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— Autobiogratia Es verdad que en todos los paises y épocas, los acontecimientos principales de la vida humana se relacionan de modo inseparable con algunos de Jos incidentes mas nimios de la infancia... En lo que a mi respecta, el curso y cardcter de mi vida se sellaron desde el momento en que expresé mi deseo pueril de ser sacerdote. No obstante, el amor al saber que me Ilev6 arteramente al camino de la desventura no ha desemparado nunca a su vietima y es probable que nunca hubiese hallado la dicha en un estado de tosca ignorancia. Escasa y dura mente ganada como es la provision de que se nutre ‘mi espiritu, no me desharfa de ella por una vida entera de despreocupado placer ; y si la fuerza de las circunstancias no me dejé otro camino de goce intelectual que el que tan penosamente he hollado, bendigo el momento en que entré en él y s610 maldigo la fatalidad que me hizo nacer en un pais catélico (1), Los efectos de la confesién en las mentes jévenes son por lo general desfavorables a su paz y virtud futuras. Debo a dicha practica el primer sabor del remordimiento cuando mi alina se hallaba todavia en un estado de inocencia infantil. Las reglas solemnes de la ley penitencial habian impresionado mi fantasia y la palabra « sacrilegio» me habia hecho temblar al oir decir que el acto de ocultar cualquier pensamiento © accion cuya rectitud fuesen dudosas me haria culpable de los. peores crimenes y.aumentaria gravemente mi peligro de sufrir los tormentos eternos. Mis padres, en este caso, no hicieron mas que cumplir con su deber, conforme a las normas de su Iglesia, Pero aunque habian logrado despertar mi temor al infierno, éste era, con todo, demasiado débil para vencer una vergiienza pueril que convirtié la revelacién de una naderia en una empresa superior a mis fuerzas. Legs al fin, el dia sefalado en que debia ir a ver al confesor. Ora vacilante, ora resuelto a no incu rrir en un sacrilegio me arrodillé ante al sacerdote, dejando no obstante el ultimo lugar, en mi lista’ de pecados, al abominable erimen : creo que el hurto insignificante de un pajarillo. Pero cuando legué al punto temido, la vergGenza y confusion se aduefaron de mi y la acusacién se atascé en mi garganta. La culpa imaginaria de este silencio acos6 a mi espiritu por espacio de cuatro afios acumulando horrores a cada confesién sucesiva ¢ hinchandolos hasta transformarlos en un espectro aterrador cuando, a Ia edad de doce anos, tuve que recibir la comunién, Continué en este lastimoso estado hasta que, con el progreso de la |razén,_ euni, a los catorce afios, fuerzas suficientes para descargar _mi conciencia’ mediante una confesiéa, general del pasado. No hay que suponer que se frata de un caso singular. motivado por un sent miento morboso o la indole de mi educacién pri mera. Pocos en verdad, entre los numerosos pent fentes que he examinado, han eseapado a los males de semejante estado... Vista a distancia, la neces ‘dad de ia confesion es mas ligera que una pluma fn la balanza del deseo mientras que, en un periodo “subsiguiente se convierte en un castigo de la escru pullosidad : un instrumento para embotar el sentido moral mediante la multipficacién de los motivos de romordimiento, y dirigiendo sus mayores temores contra imaginarios crimenes (2). Pero debo regresar aqui a un perfode mucho mis femprano demi vida, lo que hare de muy buen frado pues me dard’ la ocasion de corregir un Tapsus de Ia memoria con Fespecto a los libros que lel en mi nines, Cuando toqué et tema, olde meneionar una” traduccién espanola. del Telé tmaco de Fenelon, que m: padre tenia en $0 minis Gila. biblioteca de’ una media docena’ de libros. Lo'tei'y relel tana menudo cuando contaba tan Solo seis ©. ricte’ aos que. fe To sabia casi de Iemoria. El efecto que’ ejercia sobre mi magi hacion era poderosisimo, y no limit su infajo W'Ssta simple facultad. Curtosamente, mi primera Guida aceren de la verdad del eristianismo la motié teste libro cuando no habia cumplido aun Tos ocho Shos. Mi recuerdo de cuantos pormenores se rela Sloman con aquella vacilacion pasajera es cli La descripcion de los sacrifiios ofrecidos a Io dioses me llenaba de delete; a mds de ello, entia tina fuerte simpatia por los personajes principales {el relat. La drterencia entre su religion ya mia ‘me impresionaba fuertemente y mi admiracion por St" prudencisy covaje me sugeria in pregunta de 1 fue nos sentigmos tan seguros de que sa culia Peligioso fuese falso. Este argumento me absorbié durante algin tiempo y, cuando lego et dia de Confesarme y consulte el catalogo de pecados que figura ene! libro de Preparacion, enti la necesidad de acusarme de dudas contra la fe. A medida que tseribo, aparece con nitidez en sai mente el sitio dhnde Se ea el confesioario ve el rosto del dominico que solia olorgarme la absolucion : se tlamaba padre Barca, un hombre grueso, sonrosado 5 yae alo del fol tro, que ofr ing) pro pro Ael< dia gus Mis gh que Tas fen Al des ale el El de de ob el Pi a yde muy buen caracter, a pesar de que era te6logo Isesor del Santo Oficio y odiaba de todo corazon ios herejes como parte de su profesin. Al acu fame, expuse lisa y anamente mi argumento, El sombro del fraile por poco le hizo caer de espal: | das en el confesionario; no obstante, valiéndose fe las frases mas dulces que posee el idioma espa fol para dirigirse a los nifos, me pregunts : Ange lito, ¢ qué libros lees? Le respondi con sencillez que Gl'tinico libro que leia era el Telémaco. Al Gr esto se sonrié ¥, tras exhortarme a que no squietara mi cabecita atolondrada con semejantes problemas, me absolvid de todos mis pecados, sin prohibirme siquiera la lectura del libro, causa’ ino- fente de mi escepticisme, Creo que si hubiera _ tenido el don de la profecia me habria retorcido uello de buena gana, previendo que legaria el iia en que los propivs herejes que él hubiera que- mado con alegria, me habrian de encontrar, para su gusto, excesivamente herético (3). Mis temores de ser desgraciado en el seno de la Iglesia crecieron de tal modo que, aunque con menso dolor, decidi expresarios con entera fran- queza. Mi madre escucho mis palabras con todas las sefiales de congoja que un ardiente carécter femenino, alentado por sus creencias religiosas, rmanifiesta infaliblemente cuando su voluntad es Contrariada. Desde aquel dia no me miro una sola ver sin que las lagrimas no asomaran a sus ojos. Ala verdad, si menciono mi absoluta debilidad y esamparo siempre que me enfrento al hecho de causar dolor a un ser humano, y sobre todo a flguno a quien quiero personalmente, no es con cl propésito de clogiarme sino mas bien al revés. E1 sentido del deber me ha sostenido, segin creo, muchos casos dificiles mientras que una con Ciencia insoportable de mi esclavitud mental me ayudo a arrancarme de mi familia y pais, pero estoy convencido de que la mayor parte de las cosas que no he tenido et valor de desatar se eben a dicha debilidad. ¢ Qué podia esperarse {de un mozo de veinte anos con menos experiencia de la vida que un escolar inglés de doce ? No obstante, acallando el dolor de mi corazén, tuve el valor de persistir en mi actitud por espacio de lun mes. Mi padre hubiera podido ayudarme, pues Su juicio era sereno y no confundia nunca sus pro- pios deseos con los deberes religiosos... Recuerdo ue Ia vispera del dia en que debia sujetarme irre vocablemente a Ia Iglesia y a una vida de celibato, me llamé aparte y me aseguré que atin estaba a tempo de cambiar de determinacién : si aborre: cia la profesién para la que habia sido educado, Gijo. se esforvaria en Duscarime otra. Uno 0 dos Sos antes me habia dado esa garantia para ase gurar mi libertad de clecciOn.. Pero legaba dema. Eggo tarde sen aquel momento estaba bajo el hechizo del afecto de'mi madre y no podia concebir fm propia felicidad sin la existencia. de la. suya. Por ot parte, habia ganado para sus fines a cuan fos personas, viejas 0 jovenes, podian influie sobre mi, Su auxillar mas poderovo fue Arjona. Creo que fn la €poca de mi subdiaconado se habia ordenado de sacerdote y era ya mi confesor — autoridad Que cjercio alrededor de dos afios. Todas las per Gnas implicadas en la conjura — pues ciertamente Is’hubo = de aprisionarme en Ia, Tglesia obraron fof motives que no. puedo censurar. Todas me fucrian; todas eran sinceras:y la. Providencia fhabia decretado para mi propio bien cuantos pasos Tevaron a cabo. Pero, (que. amargura de corazén debe de haber sufrido mi pobre madre desde el fia en que Ia angustia insoportable de mi espfritu tne lieve a abandonar su casa por primera vez ¥ buscar en Madrid una pobre sombra de libertad! cual habra sido su angustia.al verme partir a Inglaterra sospechando fuertemente en mi Tesoli- clon de no retornar Jamas." Cedf, pues, y, al hacerlo, confundl la alegria de secar las lagrimas de mi madre con una renovada inclinacién a la vida sacerdotal (4) 1802. — A la edad de veintisicte aftos podia consi derar que me hallaba ‘no. solo en posesion de un medio de subsistencia decoroso y holgado, sino tambien al alcance de promociones mas altas con: forme a los mismos medios limpios ¢ independien- tes que me habjan procurado la que ya disfrutaba, Si va a decir verdad, mi acceso a las dignidades superiores de Ia Iglesia habria sido casi una sim- ple cuestion rutinaria, {Quien hubiera podido pensar que, en tales cir Glnstancias, justo en el momento en que con ‘oda seriedad y conciencia me entregaba a los debe: res de mi profesion, éaeria sobre mi una tormenta intelectual y moral que barreria de golpe todas las huellas religiosas tan larga y penosamente graba- das en mi espiritu, volveria odiosa la perspectiva de honores y emolumentos eclesidsticos y haria absolutamente intolerable mi estancia en el pals native? Sin embargo, esto fue lo que acaecié, a pesar de una obstinadisima resistencia mia (5). (eg te rw Jr Beco Whe itn ym» (adr top SU (2) Ae, vot,» 108, 1