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HONORE DE BALZAC

Esplendores y miserias de las cortesanas


Esplendores y miserias de las cortesanas (Splendeurs et miseres des
courtisanes), continuación de Ilusiones perdidas, consta de cuatro partes
que se publicaron independientemente en el curso de casi diez años, entre
1838 y 1847. El título general de la obra no corresponde a la totalidad de su
contenido, y se le ocurrió a Balzac cuando la novela terminaba con el
suicidio de Esther; luego, el tema de la vida galante quedaría rebasado por
la prolongación del libro (cuyas partes no se reunieron en un volumen hasta
1855, una vez ya muerto el escritor), y así la más trepidante de las
creaciones balzaquianas lleva un título algo impropio, pero sugestivamente
folletinesco que no le va mal.
Ha transcurrido algún tiempo desde el fin de Ilusiones perdidas, y de nuevo
encontramos a Lucien en París y en pie de guerra. Ya no se acuerda de la
literatura, ahora quiere triunfar por el engaño, ha perdido las ilusiones, pero
no el afán de conquista social. Persigue una boda aristocrática y un título de
nobleza, lo cual significa mucho dinero, ya que sin una gran fortuna para
invertir en deslumbramientos, nada de lo que se propone estará a su
alcance. Aunque sus aspiraciones —ser marqués por gracia real y
emparentar con unos duques— nos suenan casi anticuadas, a lo Antiguo
Régimen por imprevisoras, pues seguimos en la Restauración y reina Carlos
X, pero ya por tan poco tiempo...
Junto a él, otra vez la coartada del amor puro, un doble de Coralie, Esther,
cortesana por tradición familiar. Porque a este ambicioso no le basta su
ambición, también se empeña en tener sentimientos y en ser feliz aunque
sea de un modo clandestino, y estas debilidades serán la causa de su
derrota. Como le falta voluntad y energía para renunciar a algo, está
condenado al amor dividido: de un lado, la belleza, la voluptuosidad, el amor
propiamente dicho e inconfesable; de otro, el apellido, la estirpe, la posición,
la fortuna, la seguridad. Ambos incompatibles y ambos presentes, haciendo
de él un doble falsario del bolsillo y del corazón.
Esther, la prostituta regenerada por el amor sincero y sacrificado, es un mito
que la posteridad identifica con el personaje de La dama de las camelias, de
Dumas hijo. Su función en la obra es despertar nuestras simpatías, y en la
primera parte del libro se derrochan esfuerzos para que nos conmovamos.
Es bellísima y patética, enamorada hasta la suprema abnegación, pero en
esa extraña Magdalena al gusto romántico no se acierta a mezclar en sus
justas proporciones la inocencia y el vicio, y su figura tiende a hacerse
convencional.
Esther, al igual que su amante, superpone una vida deseada a otra vivida
que quisiera olvidar, pero uno y otro recaen en un pasado del que no
consiguen liberarse (aunque cuando Esther, empujada por su amor,
recupera las antiguas mañas de su oficio y olvida por un rato sus aires de
Margarita Gautier, volviendo a ser, por así decirlo, tunanta, se hace más
interesante y recobra vida novelesca). Lucien ha ido de los ideales a la
corrupción, Esther, al revés, de la corrupción a la pureza, pero para acabar
regresando a «los países impuros».
A los dos, al adonis de carácter débil y a la cortesana sentimental, les
maneja un hombre de temple fortísimo, Vautrin, a quien no tardamos en
reconocer bajo los hábitos de Carlos Herrera, el bien nombrado; porque
Balzac le describe incansablemente como un ser férreo: «mano de hierro»,
«corazón de acero», «naturaleza de bronce», «voluntad de hierro», «nervios
de solidez metálica», «seré como una barra de hierro», etc. Falsario también
por partida doble o triple —como Esther y Lucien—, y además sacrilego, un
criminal capaz de todo, la energía y la reciedumbre personificadas.
Los personajes de Balzac llevan una avidez insaciable en la masa de la
sangre, pero incluso entre ellos Vautrin es un caso único. Su peligrosa
vitalidad (estaba «consumido por una fibre de vida») hace su grandeza, es
«innoble y grande», deja tan admirado al propio novelista como a nosotros, y
los contrastes que Balzac le infunde (va a ser «como una madre» para
Lucien, y se describe a sí mismo como «medio mujer») acaban de perfilarle
como un titán maligno y arrebatador. Un salvaje dotado de infinitas dotes de
seducción, diabólico en el arte de tentar por el halago y por la fuerza. No hay
hechura balzaquiana más viva, ni tampoco más terrible.
La erudición le presenta como un derivado de Vidocq —primero presidiario
y más tarde jefe de la policía—, pero Vautrin está muy por encima de
cualquier modelo: pone en práctica el principio de que «la realidad es la
idea», y efectivamente la realidad parece doblegarse ante su ímpetu
incontenible. Nada puede detener a ese Napoleón del crimen, ansioso de
dominio universal, que da a sus servidores el nombre de continentes. Su
única debilidad es Lucien, que despierta en él un amor que podemos medir
en las trágicas escenas de la Conserjería; amor paterno u homosexual,
hondísimo en cualquier caso, que resume una redención imaginaria por la
belleza, por ese simulacro de ángel al que domina y sirve a la vez.
Asombroso trío que se moverá en un ambiente distinto del de Ilusiones
perdidas, que era la novela del París visible, de las apariencias, aunque de
escasa solidez, el París que sólo existía como manifestación exterior, por la
pluma o por la palabra (periodismo, teatro, literatura, política). Ésta es en
cambio la novela de lo escondido, de los misterios, porque ninguno de sus
protagonistas puede mostrarse tal cual es, y hay que fingir. Es el París de las
tinieblas, indecible y crapuloso, y la acción transcurre engañando y
simulando sin cesar, ocultándose. El libro empieza significativamente en un
baile de máscaras, y a partir de ahí todo se desarrolla entre manejos
secretos.
Al baile de máscaras suceden las páginas sobre la prostitución del barrio
próximo al Palais-Royal, un «mundo fantástico» descrito como una visión
nocturna y alucinada, una fantasmagoría que se expresa por metáforas,
porque «aquí nada es real»; Esther oculta en un pensionado, luego recluida
en una casa que alberga sus amores secretos, para convertirse una noche,
en pleno bosque, al claro de luna, en la bella desconocida que deslumhra a
Nucingen, y acabar enclaustrada de nuevo en otro escondrijo. Esther, la
eterna reclusa, desde el burdel al palacete, prisionera de su condición de
objeto carnal.
El final de la primera parte se publicó en 1843—, en otras palabras, es
posterior al terremoto que un año antes había sacudido la literatura
novelesca: la aparición de Los misterios de París, de Eugéne Sue. El éxito
inaudito de esta obra —muy burda, pero infalible en sus recetas para
impresionar al gran público—, dejó boquiabiertos, no sin envidia y rencor, a
todos sus rivales, y Balzac, lanzado por la pendiente de los enigmas, los va
a hacer cada vez más tenebrosos y chillones. Competirá con Sue en su
mismo terreno, si se trata de efectismos, los suyos serán tan melodramáticos
como el que más, si al lector le gustan las emociones fuertes, no podrá
quejarse.
Cuando Nucingen pide ayuda para encontrar a aquella esquiva beldad,
Balzac da entrada en la novela a todo un repertorio de peligrosos
indeseables puestos al servicio de la ley, ya que trabajan para la policía
secreta. Peyrade, Contenson, Corentin, este último con rasgos del histórico
Fouché, más sus múltiples sicarios, son otro aspecto de la actividad
subterránea de París, otro poder misterioso que contrapesará las andanzas
de la banda de Vautrin. Entre ellos se va a librar un despiadado combate
(con episodios tan truculentos como el de la hija de Peyrade), y penetramos
así en una variante narrativa que bien podríamos llamar, valga el
anacronismo, una historia de gángsters.
Balzac ve que muchos millares de lectores se interesan por el París maldito,
y se dispone a ofrecerles, según sus propios términos, «la poesía del terror»:
el hampa, la prostitución, el turbio mundillo de los confidentes, de los
chivatos y hombres de la vida airada que apenas se distinguen de los
criminales, y que gozan de protección en las altas esferas. Parias sociales,
entretenidas, presidiarios, soplones, que rondan la inmensa fortuna de otro
ladrón, pero éste de alto bordo y honorable, el banquero Nucingen. Lo que el
amor cuesta a los viejos pasa a ser una carrera de atrocidades digna de la
serie negra: asesinatos, secuestros, orgías, sacrilegios, chantajes, trata de
blancas, estafas, suicidios...
El embrollo es colosal, toda la panoplia de la novela de folletín con su
impaciente atropellamiento de peripecias que no da respiro al lector; y tal
como exigen las leyes del género, los contrastes han de ser muy abultados;
no puede haber términos medios que gradúen la ambientación: o la alta
nobleza o la escoria social, los bajos fondos o los círculos más estrictos de la
aristocracia, el inframundo o el faubourg Saint-Germain. El faubourg —que
se ve exageradamente con una óptica de advenedizo—, en Balzac es un
lugar hermético, como hermética es la sociedad de los facinerosos y
hampones; son esferas cerradas dentro de París, y su incomunicación con
los demás se hace patente en las hablas particulares que les caracterizan.
En el faubourg, por ejemplo, se cultivan giros arcaicos que la alta nobleza
conservaba amorosamente como signos distintivos, diferenciales, y que
Balzac reproduce (el que emplea en una ocasión el duque de Chaulieu
reaparecerá en las novelas de Proust). Y en los ambientes canallas son
incontables los vocabularios enigmáticos, las hablas secretas, de las que
cualquier traductor sólo puede dar una vaga aproximación; Corentin y los
suyos se entienden entre sí con un lenguaje casi cifrado, como Vautrin y los
que le sirven usan un argot de presidio, para no hablar de las locuciones
pintorescas y achuladas de las entretenidas, o de la jerigonza profesional de
los hombres de leyes.
A todo ello hay que añadir la lengua común deformada por la imitación de
un idioma extranjero: el falso inglés que habla Peyrade cuando va
disfrazado, o el corrompido francés a la española que emplea el supuesto
Carlos Herrera. Pero nada iguala a la jerga germánica de Nucingen (tortura
del lector, después de haberlo sido de los traductores), también en el fondo
un lenguaje secreto, pero involuntario, y que es casi el más impenetrable de
todos. Es el lenguaje del dinero, que Balzac reproduce laboriosamente hasta
extremos que van desde el cómico despiste (cuando conversa a solas con
su cajero, compatriota suyo, los dos usan la misma jerga, lo cual es absurdo,
ya que es de suponer que hablarían en alemán) hasta inesperados quiebros
de tono: al escribir una carta Nucingen emplea un francés correcto, pero
entonces no reconocemos su voz, el personaje pierde identidad.
La lengua tiende, pues, a utilizarse en circuito cerrado, y ello hace que el
conjunto tenga un aire de algarabía babélica, y que Balzac aluda en cierto
momento a «un texto indescifrable». El París que describe está compuesto
por ámbitos particulares muy distintos que parecen desconectados
lingüísticamente entre sí, aunque las necesidades de la vida común los
interrelacionen. El lenguaje, a escala individual y de cada uno de esos
círculos, sirve más que de comunicación, de defensa, de atrincheramiento,
su objeto es marcar distancias, ocultar y engañar. La lengua estalla en
códigos secretos, pervierte sus fines naturales y pasa a ser un arma de
lucha defensiva, una alambrada social, cuando no una trampa.
El libro pinta el estrepitoso choque de esos mundos que conviven
mirándose recelosamente entre el miedo, el odio y el desdén; la vida galante
y la nobleza, los bandidos y los millonarios, la policía y la magistratura, y
concluye en una batalla de truhanes que se aniquilan unos a otros. Por el
momento, Vautrin y sus aliados parecen llevar las de perder, sus planes se
desbaratan irremisiblemente; como ellos mismos dicen, comentando los
hechos en términos de ajedrez, pierden la reina, aunque matan a sus
enemigos las dos torres. Los eufemismos disimulan, claro está, muertes
verdaderas. A la intriga ha sucedido la violencia total.
La tercera parte, Adonde llevan los malos caminos, quizás aún sea más
emocionante que la anterior, pero aquí la acción es casi meramente
sicológica, hay muy poco movimiento, y todo transcurre entre cuatro
paredes; cuatro paredes que encierran, y que pueden ser las del coche
celular, las del edificio de la Conserjería —Palacio de Justicia que también
sirve de prisión parisiense—, las de una celda o calabozo, o las del
despacho de un juez de instrucción, que efectúa los interrogatorios de los
detenidos. Porque toda esta parte es exclusivamente policíaca y carcelaria, y
no tardará en contársenos una situación arquetípica de novela detectivesca,
un problema de «recinto cerrado».
Policíaca por la investigación que se lleva a cabo, pero de unas
características insólitas que invierten el proceso y el sentido habitual de un
relato detectivesco. En primer lugar ya sabemos que los protagonistas son
culpables, no hay, pues, sorpresa en este aspecto, y en segundo lugar
simpatizamos con ellos. Es decir, que se busca una verdad que el lector ya
conoce, y en el fondo lo que deseamos es que esta verdad no se descubra.
Se acabará descubriendo por un exceso de celo que se equipara a una
torpeza, pero este «error» no tarda en repararse, y los hechos se ocultarán.
La moral sale malparada, pero el lector suspira aliviado.
Balzac se muestra habilísimo manejando este caso tan irregular, y de él
extrae la tensión novelesca que el mismo desarrollo de la historia le impide
tener por otras vías más ortodoxas. Gracias al novelista, nos identificamos
con los héroes, que no son precisamente ejemplares, y de ahí nuestro temor
cuando parece que sus planes se van a estropear, y nuestra admiración por
Vautrin cuando finge de un modo magistral ante el juez que le interroga (y la
angustia que compartimos con él previendo que Lucien no estará a la altura
de las circunstancias); pero al. mismo tiempo es inevitable que un cierto
sentido moral nos haga reprobar conductas tan ruines, y no sólo sufrimos
por los protagonistas, sino que además nos desazona desear su triunfo.
De este modo, la turbadora ambigüedad de los personajes —objetivamente
malos, pero subjetivamente atractivos— pasa de la novela al lector, quien
experimenta también la disociación de verse implicado en un dilema muy
confuso. Lucien y su mentor no tienen nada de recomendables, pero sus
enemigos de la policía son aún más odiosos, la víctima, Nucingen, es un
desaprensivo que no inspira ninguna compasión, y ahora la misma
magistratura no va a hacer un papel demasiado brillante en la persona del
juez Camusot, dominado por su ambiciosa mujer, que es hijo del antiguo
protector de Coralie (el destino de los Camusot es ser cautelosamente
marrulleros y tontos).
Las pesquisas de esta tercera parte complican aún más el pavoroso lío de
falsas identidades en el que nos hemos estado debatiendo. La variedad de
falsarios que aparece en la novela es infinita, todo el mundo se sirve de
máscaras, hay un vertiginoso transformismo de los nombres, la
indumentaria, el maquillaje, el habla, toda la novela es un carnaval lleno de
seres trucados. Cuántos disfraces, camuflamientos, suplantaciones de
personalidad, nombres ficticios, acentos imitados, apariencias engañosas
que encubren lo inconfesable; lo inconfesable que suele ser el mal, pero que
en algunas ocasiones, como en el caso de Esther, es el bien, para hacer aún
más intrincado el laberinto de la novela.
Esta parece desembocar ya en un término previsible y lógico, como
creemos ver por una cierta simetría que da la sensación de que Balzac se
dispone a cerrar el círculo del drama: Lucien es detenido en una carretera,
tras su nuevo fracaso, de manera semejante a como Vautrin le salvó de la
muerte; y al entrar en su celda cree reconocer el mismo escenario de su
primer cuarto en París. También Vautrin ha vuelto a sus orígenes, a su
medio natural, la prisión, y Esther abandona este mundo como tiempo atrás
Coralie. Todo parece volver de antes, hemos dado la vuelta completa, se
acerca el final.
No obstante, como también ocurría al término de Ilusiones perdidas, el
escritor no se conforma con dar por resuelto el asunto. Cuando todo parecía
irremediable —nada mas irremediable, judicialmente hablando, que una
confesión firmada— hace intervenir a un Deus ex machina personificado por
las grandes damas del faubourg («a la vez madres y amantes», como no
podía ser menos tratándose de Lucien), que han escrito al joven cartas
imprudentes y apasionadas. Y se repite lo de Ilusiones perdidas, el papel
protagonista no tiene la última palabra, se destruye, una decisión enérgica
puede rehacer una vida condenada por un trozo de papel. Aunque ya es
demasiado tarde para Lucien, culpable, más que de sus desórdenes y su
repetida actividad rufianesca, del imperdonable pecado de ser débil, de tener
«alma de mujer». Aventurero un poco pelele, ahora sus flaquezas cristalizan
en mito, y la muerte coronará la transformación. Impresionante muerte la
suya, sobre la que hay que citar las frases que le dedicó Oscar Wilde: «Una
de las mayores desgracias de mi vida es la muerte de Lucien de Rubempré,
y nunca he podido superar por entero el dolor que me causó; me atormenta
aun en mis momentos de placer, recuerdo esta muerte cuando río.» Pero su
desaparición no rubrica ningún final, y la moraleja del libro, si así puede
llamarse, se confiará al «hombre de bronce» que ha quedado solo, como un
indomable genio de la rebeldía, ante el mundo. La última encarnación de
Vautrin recompone en la medida de lo posible los destrozos de las tres
primeras partes; a la violencia sucede una cierta frialdad de tono, mientras
«el general del presidio» calcula sus jugadas, encargándose de restaurar
una apariencia de orden; se llega así a una serie de pactos secretos entre la
sociedad y el criminal. La Justicia olvida lo que sabe y no le interesa saber,
indulta, se deja engañar, y Vautrin, después de haber perdido la baza mayor
y más dolorosa, la vida de su protegido, gana en todos los tableros, y el que
se define repetidamente como «el mal social» pasa a ser el jefe de policía.
Le vemos hacer las paces con el mundo, pero la maniobra, que es
complicadísima, contiene tantos elementos subversivos, que las soluciones
que acaban apaciguando ese drama múltiple son más inquietantes que las
antiguas amenazas. Vautrin impone una vez más, y con la bendición del
propio rey de Francia, su sentido del poder sin límites, su afán de
omnipotencia, lo que habría que llamar su real gana. Engaña a unos y a
otros, escarnece la ley, salva in extremis a un condenado a muerte, obliga a
reconocer al faubourg que las damas más nobles y altivas escriben
incendiarias cartas de amor que harían ruborizar a las prostitutas; y consigue
el indulto y ocupar el puesto del principal de sus perseguidores, de quien
tomará cumplida venganza, ahora en nombre de la ley.
Esta última transformación del antiguo forzado se inspira en la biografía de
Vidocq, pero Balzac pone en este episodio una acidez que están muy lejos
de sugerir las memorias del famoso ex presidiario que llegó a jefe de la
policía. Aquí el escritor no sólo se muestra realista y pragmático, de un cruel
individualismo que sólo exalta la indómita energía de los más fuertes, los
únicos que triunfan, sino que además hace gala de cinismo; el tema del
argot se explícita de maneras muy curiosas («la alta sociedad tiene su argot,
pero este argot se llama estilo»), y el de la homosexualidad de Vautrin se
exhibe ya sin rebozo en diversos pasajes de una cruda insolencia.
Por tercera vez en las novelas en que interviene Vautrin, asistimos a una
escena culminante en el cementerio del Père Lachaise; primero Rastignac
desafiaba a París, luego Lucien reconocía su derrota, y ahora el hombre
fuerte desfallece de dolor, pero en seguida baja a la ciudad para rematar su
obra de venganza. Al menos esto era lo previsto al final del libro, que debía
terminar con un duelo en el que mataba a Corentin; Balzac renunció a este
desenlace, y la última imagen que nos ofrece de Vautrin es la de un pacífico
jubilado. Es de veras la paz, pero sólo después de una existencia fulgurante
que Balzac resume lapidariamente en una expresión de la que unos años
más tarde se acordaría Baudelaire: «la poesía del mal».
CARLOS PUJOL

A S. A. el príncipe Alfonso Serafino di Porcia:


Permitidme que encabece con vuestro nombre una obra esencialmente
parisiense y meditada en vuestra casa estos últimos días. ¿Acaso no es
natural ofreceros las flores de retórica crecidas en vuestro jardín, regadas
con las añoranzas que me ha hecho conocer la nostalgia, y que vos habéis
dulcificado cuando erraba bajo los boschetti cuyos olmos me recordaban los
Campos Elíseos? Quizá pueda así pagar el crimen de haber soñado con
París frente al Duomo, de haber suspirado por nuestras fangosas calles
pisando las baldosas tan limpias y tan elegantes de Porta Renza. Cuando
tenga varios libros que publicar que puedan ser dedicados a milanesas,
tendré la dicha de encontrar nombres ya caros a vuestros antiguos
cuentistas italianos entre las personas a las que estimamos, y a las que os
ruego hagáis presente el recuerdo de vuestro sinceramente afectuoso,
DE BALZAC.
Julio de 1838.

PRIMERA PARTE
DE QUÉ MODO AMAN LAS RAMERAS

En 1824, en el último baile de la Ópera, muchas máscaras se impresionaron


ante la belleza de un joven que paseaba por los pasillos y por el salón con
ese aire de las personas que buscan a una mujer retenida en su hogar por
circunstancias imprevistas. El secreto de su andar, unas veces indolente y
otras apresurado, no lo conocen más que las viejas y algunos de esos
notables personajes dados a callejear. En este inmenso encuentro la
muchedumbre observa poco a la muchedumbre, los intereses están
exaltados y el propio Ocio está en actividad. El joven dandy se hallaba hasta
tal punto absorto en su inquieta búsqueda, que no se daba cuenta de su
éxito: no oía ni advertía las exclamaciones burlonamente entusiasmadas de
ciertas máscaras, las admiraciones serias, las mordaces cuchufletas o las
más dulces palabras. Aunque su belleza lo clasificaba entre esos personajes
excepcionales que acuden al baile de la Ópera en busca de una aventura, y
que la esperan como se esperaba la suerte en la ruleta cuando vivía
FrascatiJ, parecía burguesamente seguro de su velada; debía de ser el
héroe de uno de esos misterios de tres personajes que componen el baile de
máscaras de la ópera, conocidos tan sólo por los mismos que representan
en él un papel; porque para las mujeres que acuden para poder decir: He
visto, para los provincianos, para los jóvenes sin experiencia y para los
extranjeros, la ópera debe de ser entonces el palacio de la fatiga y del
aburrimiento. Para éstos, esa multitud negra, lenta y apresurada, que va,
viene, serpentea, gira, sube y baja, y no puede compararse sino a una masa
de hormigas en un montón de madera, no es más inteligible que la Bolsa
para un campesino bretón que ignora la existencia del Gran Libro. En París,
con raras excepciones, los hombres no se ponen disfraces: un varón vestido
de dominó parecería ridículo. En esto se manifiesta el genio de la nación. La
gente que quiere ocultar su felicidad puede ir al baile de la Ópera sin acudir
a él, y las máscaras absolutamente obligadas a entrar, salen de allí en
seguida. Constituye un espectáculo divertidísimo la aglomeración que se
forma en la puerta, desde que comienza el baile, entre el alud de gente que
huye de allí y los que se disponen a entrar, los hombres con máscaras son
maridos celosos que van a espiar a sus mujeres, o bien maridos afortunados
que no desean ser espiados por ellas, situaciones ambas que resultan
igualmente cómicas. Al joven, sin que él lo advirtiera, le seguía una máscara
asesina, baja y rechoncha, que rodaba sobre sí misma como un tonel. Para
cualquier asiduo de la Ópera aquel dominó ocultaba a un administrador, un
agente de cambio, un banquero, un notario o un burgués cualquiera,
receloso ante una infidelidad. Efectivamente, en la alta sociedad, nadie suele
buscar testimonios humillantes. Varias máscaras habían señalado ya,
riendo, a este personaje monstruoso, otras le habían interpelado, unos
jóvenes se habían burlado de él, pero su solidez y su aplomo expresaban un
acentuado desdén hacia estas manifestaciones que no parecían tener
ninguna importancia para él; iba por el camino que le trazaba el joven, como
un jabalí perseguido que no se preocupa de las balas que silban a sus
oídos, ni de la jauría que ladra tras de él. Aunque a primera vista el placer y
la inquietud se muestren con un mismo atuendo, el ilustre vestido negro
veneciano, y que todo sea confusión en el baile de la Ópera, los diferentes
círculos que cpmponen la sociedad parisiense acaban por encontrarse, se
reconocen y se observan. Para unos pocos iniciados hay nociones tan
precisas que pueden leer como si se tratara de una novela divertida en ese
libro de magia de los intereses. Para los asiduos, pues, aquel hombre no
podía considerarse afortunado, ya que en tal caso llevaría alguna de las
señales convenidas —roja, blanca o verde— que anuncian las delicias
preparadas con larga antelación. ¿Se trataba acaso de alguna venganza? Al
ver aquella máscara que seguía tan de cerca a un hombre afortunado,
algunos ociosos volvían a contemplar el bello rostro sobre el cual había
puesto su divina aureola el placer. El joven despertaba interés: cada vez
suscitaba mayor curiosidad. En él, por otra parte, todo mostraba las huellas
de una vida elegante. Según una ley fatal de nuestra época, hay poca
diferencia, física o moral, entre el más distinguido y mejor educado de los
hijos de un duque y par y aquel encantador muchacho que antes se había
visto oprimido entre las garras de hierro de la miseria, en pleno París. La
belleza y la juventud podían disimular en él profundos abismos, como entre
muchos otros jóvenes que aspiran a desempeñar sus pretensiones, y que
cada día se juegan el todo por el todo brindando sacrificios al dios más
cortejado en esta villa real, el Azar. No obstante, su compostura y sus
ademanes eran irreprochables, y pisaba el suelo clásico del salón con el
aplomo de un asiduo de la Ópera. ¿Hay alguien que no haya observado que
ahí, como en cualquier otra zona de París, se da un modo de obrar que pone
de manifiesto lo que uno es, lo que uno hace, de dónde viene y lo que
quiere?
—¡Qué joven tan apuesto! Aquí está permitido volverse para verle —dijo
una máscara, en quien los asiduos del baile reconocían a una mujer
respetable.
—¿No se acuerda usted de él? —le contestó el hombre que le daba el
brazo —la señora Du Châtelet se lo presentó...
—¡Cómo! ¿Es aquel hijo de boticario de quien ella se enamoriscó, y que se
hizo periodista, el amante de la señorita Coralie?
—Creía que había caído demasiado bajo para poder alguna vez
recuperarse, y no comprendo cómo puede volver a aparecer en el mundo de
París —dijo el conde Sixte du Châtelet.
—Tiene un aire de príncipe —dijo la máscara—, y seguramente no le viene
de aquella actriz con la que vivía; mi prima supo descubrirlo, pero no fue
capaz de pulirlo; quisiera conocer a la amante de este Sargine; dígame algo
de su vida que me permita intrigarle.
Esta pareja, que cuchicheando seguía al joven, fue entonces objeto de una
cuidadosa observación por parte de la máscara de anchas espaldas.
—Querido señor Chardon —dijo el prefecto de la Charente cogiendo al
dandy por el brazo—, permítame que le presente a alguien que quiere
reanudar con usted sus relaciones...
—Querido conde Châtelet —repuso el joven—, esta persona me ha
mostrado qué ridículo es el nombre que me da usted. Una ordenanza real
me ha restituido el de mis antepasados maternos, los Rubempré. Aunque los
periódicos hayan publicado este hecho, se refiere a un personaje tan
insignificante que no me sonrojo al recordarlo a mis amigos, a mis enemigos
y a los indiferentes: clasifíquese usted donde quiera, pero estoy seguro que
no desaprobará en lo más mínimo una medida que me aconsejó su esposa
cuando todavía era la señora de Bargeton. —Esta bonita mordacidad, que
hizo sonreír a la marquesa, provocó un nervioso estremecimiento en el
prefecto de la Charente. —Dígale usted —añadió Lucien —que ahora llevo
de gules, con un toro furioso de plata en un prado de sino pie.
—Furioso de dinero —dijo Châtelet.
—La señora marquesa le explicará, si no lo sabe usted ya, por qué razón
este viejo escudo es algo mejor que la llave de chambelán y las abejas de
oro del Imperio que hay en el suyo, para desesperación de la señora
Châtelet, que antes de casarse era una Négrepelisse de Espard... —dijo con
viveza Lucien.
—Puesto que me ha reconocido, he de renunciar a intrigarle, y no sabría
decirle hasta qué punto es usted quien me intriga a mí —le dijo en voz baja
la marquesa de Espard, asombrada por la impertinencia y el aplomo
adquiridos por el hombre a quien antaño había despreciado.
—Permítame pues, señora, conservar la única oportunidad que tengo de
ser objeto de sus pensamientos, permaneciendo en esta misteriosa
penumbra —dijo con la sonrisa de un hombre que no quiere comprometer
una felicidad segura.
La marquesa no pudo reprimir un pequeño ademán seco al sentirse —
según una expresión inglesa— cortada por la precisión de Lucien.
—Le doy mi enhorabuena por su cambio de posición —dijo el conde de
Châtelet a Lucien.
—En cuanto a mí, la recibo tal como me la da usted —replicó Lucien,
saludando a la marquesa con una gracia sin límites.
—¡El muy presuntuoso! —dijo el conde en voz baja a la señora de Espard
—. Ha terminado por conquistar a sus antepasados.
—En los jóvenes, la presunción, cuando se deja caer sobre nosotros, es
casi siempre la señal que anuncia una ventana de muy altos vuelos; entre
vosotros, en cambio, anuncia la mala fortuna. Por esto quisiera conocer a la
que, de entre nuestras amigas, ha tomado bajo su protección a este
hermoso pájaro; quizá tenga oportunidad de divertirme esta noche. El billete
anónimo que he recibido es, sin duda, el gesto de maldad de alguna rival,
porque habla de este joven; seguramente le habrán dictado esa
impertinencia que exhibe; vigílelo. Voy a tomar el brazo del duque de
Navarreins, ya sabrá encontrarme.
En el momento en que la señora de Espard iba a abordar a su pariente, la
máscara misteriosa se colocó entre ella y el duque y le dijo al oído:
—Lucien le ama a usted, él es el autor del billete; el prefecto de usted es su
mayor enemigo, por eso no podía extenderse en explicaciones delante de él.
El desconocido se alejó, dejando a la señora de Espard doblemente
sorprendida. La marquesa no conocía a nadie capaz de desempeñar aquel
papel y temió una trampa. Se sentó en un rincón disimulado. El conde Sixte
du Châtelet, a quien Lucien había suprimido el ambicioso du con una
afectación que hacía pensar en una venganza largamente madurada, siguió
a cierta distancia a aquel magnífico dandy, y pronto encontró a un joven con
quien creyó poder hablar con toda franqueza.
—¿Qué hay, Rastignac? ¿Ha visto usted a Lucien? Ha cambiado de piel.
—Si yo fuera tan guapo mozo como él, todavía sería más rico que él —
respondió el elegante, con un tono ligero de fina burla.
—No —le dijo al oído la gruesa máscara, devolviéndole la burla al ciento por
uno por la manera con que acentuó el monosílabo.
Rastignac, que no encajaba fácilmente los insultos, pareció herido por el
rayo, y se dejó conducir hacia el vano de una ventana por una mano de
hierro de la que le fue imposible liberarse.
—Pollito salido del gallinero de mamá Vauquer, que desfallecía ante la idea
de hacerse con los millones del viejo Taillefer cuando lo más duro del trabajo
ya estaba hecho, sepa usted, para su seguridad personal, que si no se
comporta con Lucien como si se tratara de un hermanó amantísimo, está
usted a nuestra merced y nosotros en la impunidad. Silencio y lealtad: de no
ser así iré a desbaratar su juego. Lucien de Rubempré está protegido por el
poder más grande de hoy, por la Iglesia. Escoja entre la vida y la muerte.
¿Cuál es su respuesta?
Rastignac sintió vértigo, como si, habiéndose dormido en medio de un
bosque, se despertara junto a una leona hambrienta. Tuvo miedo, pero
nadie era testigo de ello: en tales ocasiones los hombres más valerosos se
abandonan al miedo.
—Sólo él puede saber... y puede atreverse... —dijo como hablándose a sí
mismo.
La máscara le apretó la mano para que no terminara la frase:
—Actúe pues como si se tratara de él —le dijo.
Rastignac obró entonces como un millonario asaltado en pleno camino por
un bandolero: se rindió.
—Mi apreciado conde —dijo a Châtelet volviendo a su lado—, si tiene
interés de conservar su posición, trate a Lucien de Rubempré como a
alguien que algún día ha de estar en una situación mucho más alta que la de
usted.
La máscara hizo un ademán imperceptible de satisfacción y volvió a situarse
tras los pasos de Lucien.
—Querido amigo, ha cambiado usted muy rápidamente de opinión acerca
de él —dijo el prefecto, justamente sorprendido.
—Tan rápidamente como los que están con el Centro y votan por la
Derecha —replicó Rastignac al diputado-prefecto que, desde hacía pocos
días, negaba su voto al Ministerio. —¿Acaso hay opiniones hoy en día? No,
no hay más que intereses —dijo Des Lupeaulx, que los escuchaba—. ¿De
qué
se trata?
—Del señor de Rubempré, que Rastignac quiere hacerme pasar por un
personaje —dijo el diputado al secretario general.
—Querido conde —re spondió Des Lupeaulx con aire grave—, el señor de
Rubempré es un joven de méritos elevados, y cuenta con tan sólidos apoyos
que me sentiría muy feliz si pudiera volver a entablar relaciones con él.
—Allí lo tienen, a punto de caer en medio del avispero 4e las víctimas de la
época —dijo Rastignac.
Los tres interlocutores se volvieron hacia un rincón donde estaban algunos
talentos, de mayor o menor celebridad, y varios elegantes. Esos señores
intercambiaron sus observaciones, sus agudezas y sus murmuraciones,
intentando así divertirse y pasar una velada agradable. En este grupo de
composición tan singular se hallaban personas con quienes Lucien había
tenido relaciones en las que la corrección aparente se mezclaba con la
maldad de los propósitos y de los hechos ocultos.
—¡Qué hay, Lucien, hijo mío, encanto! Veo que estás arreglado,
remendado. ¿De dónde venimos? Hemos podido recuperar nuestro puesto
gracias a los regalos enviados desde el camarín de Florine. ¡Bravo
muchacho! —le dijo Blondet, soltando el brazo de Finot y apretando contra
su pecho a Lucien, después de cogerlo con toda familiaridad por el talle.
Andoche Finot era el propietario de una revista para la que Lucien había
trabajado casi gratuitamente y que Blondet enriquecía con su colaboración,
con la sapiencia de sus consejos y con la hondura de sus ideas. Finot y
Blondet personificaban a Bertrand y Ratón, con la salvedad de que el gato
de LaJFontaine acabo dándose cuenta de que era engañado, y que, aunque
fuera consciente del engaño, Blondet seguía al servicio de Finot. Este
brillante condotiero de la pluma, efectivamente, había de seguir siendo
esclavo durante mucho tiempo. Finot ocultaba una brutal fuerza de voluntad
bajo una apariencia de torpeza, bajo una cascara de impertinente necedad
refregada de agudeza, de modo análogo a como una rebanada de pan de
un albañil es refregada de ajo. Sabía almacenar lo que iba espigando —ya
fueran ideas o escudos —a través de los campos de la vida disipada que
lleva la gente de letras y la gente mezclada en asuntos políticos. Para
desgracia suya, Blondet había puesto su fuerza a sueldo de los vicios y de la
pereza de Finot. La necesidad siempre le sorprendía; formaba parte del
pobre clan de esa gente insigne que puede hacer cualquier cosa para la
suerte de los demás y que en cambio no puede hacer nada para la suya
propia, de esos Aladinos que se dejan quitar su lámpara de las manos.
Estos consejeros admirables demuestran perspicacia y agudeza de ingenio
cuando no les acucia el interés personal. En ellos lo que actúa no es el
brazo, sino la cabeza. De ahí lo deshilvanado de sus costumbres y la
reprobación de que son objeto por parte de los espíritus inferiores. Blondet
compartía sus haberes con el compañero a quien había herido el día antes;
era capaz de cenar, beber y acostarse con uno al que iba a degollar el día
siguiente. Sus divertidas paradojas lo justificaban todo. Tomaba a toda la
gente a broma y, consiguientemente, tampoco quería ser tomado en serio.
Era joven, se le apreciaba, era célebre y feliz, y no se preocupaba, como
hacía Finot, por reunir la riqueza que necesita un hombre maduro. Lucien
necesitaba en aquel momento para cortar a Blondet, como acababa de
cortar a la señora de Espard y a Châtelet una clase de valentía que es quizá
la más difícil. Desgraciadamente, los placeres de la vanidad eran en él un
estorbo para la práctica del orgullo, que sin duda alguna es el principio de
muchas cosas grandes. Su vanidad había triunfado en el encuentro anterior:
se había mostrado rico, dichoso y desdeñoso con dos personas que le
habían despreciado a él en otros tiempos, cuando era pobre y miserable;
pero, ¿acaso puede un poeta romper, como si fuera un diplomático
achacoso, con dos pretendidos amigos que le han acogido cuando ha
estado en la miseria en cuya casa ha recibido hospedaje en los momentos
de apuro? Finot, Blondet y él se habían envilecido juntos y habían tomado
parte en orgias que no sólo engullían el dinero de sus acreedores. Como
hacen los soldados que no saben emplear oportunamente su valor, Lucien
actuó entonces de una manera muy habitual en París: se comprometió de
nuevo aceptando la mano que le tendía Finot y no rechazando la lisonja de
Blondet. Todo el, que ha mojado su pan en el plato del periodismo, o lo moja
todavía, está cogido por la cruel necesidad de saludar a los seres que
desprecia, de sonreír a su mejor enemigo, de pactar t con las bajezas más
hediondas o de ensuciarse las manos pagando a sus agresores con su
misma moneda. Uno se acostumbra a ver cómo se hace el daño y a
tolerarlo; se empieza apro— bándolo y se termina cometiéndolo. A la larga,
el alma, manchada incesantemente por transacciones vergonzosas y
reiteradas, se rebaja, se oxidan los resortes de las ideas nobles, y los
goznes de la trivialidad se desgastan y giran por sí solos. Los Alcestes se
convierten en Filintos, los caracteres se reblandecen, los talentos se vuelven
bastardos y desaparece la fe en las grandes obras. Aquel que quería
enorgullecerse con sus páginas se desgasta en tristes artículos que, tarde o
temprano, manifestarán su indignidad a su conciencia. Todos llegan, como
Lousteau o como Vernou, para elevarse al rango de gran escritor, pero
resultan a la postre folicularios impotentes. Por esto son tan estimables las
personas cuyo carácter está a la altura de su talento, los D'Arthez que saben
caminar con seguridad entre los escollos de la vida literaria. Lucien no supo
qué responder a las zalamerías de Blondet, cuyo talento ejercía sobre él, por
otra parte, una seducción irresistible; Blondet conservaba el ascendiente del
corruptor sobre el discípulo y, además, gozaba de una buena situación
mundana gracias a sus relaciones con la condesa de Montcornet.
—¿Ha heredado usted de algún tío? —le dijo Finot con aire burlón.
—He puesto, como usted, a los tontos en un papel cuadriculado— le
respondió Lucien en el mismo tono.
—¿Acaso tiene el caballero una revista o algún periódico? —repuso
Andoche Finot con la impertinente suficiencia que manifiestan los
explotadores para con sus explotados.
—Tengo algo mejor —replicó Lucien, quien, al sentir herida su vanidad por
la superioridad fingida por el redactor-jefe, recobró el sentimiento de nueva
posición.
—¿Qué tiene pues, querido amigo?...
—Tengo un partido.
—¿Existe el Partido Lucien? —dijo Vernou, sonriendo.
—Finot, ahí te ves, relegado por este muchacho; te lo había predicho.
Lucien tiene talento, y tú no le has cuidado, sino que lo has molido.
Arrepiéntete, pedazo de alcornoque —repuso Blondet.
Con su peculiar agudeza, Blondet vislumbró no pocos secretos en el
acento, en los ademanes y en el aire de Lucien; con estas palabras supo,
pues, al tiempo que aflojaba, volver a apretar la cadenilla de la brida. Quería
saber los motivos del regreso de Lucien a París, sus proyectos y sus medios
de existencia.
—¡De rodillas ante una superioridad que no alcanzarás nunca, por muy
Finot que seas! —dijo—. ¡Admite al caballero, en este mismo momento,
entre los hombres fuertes a quienes pertenece el porvenir; es de los
nuestros! Con ese ingenio y esa belleza, ¿no debe acaso llegar por tus
quibuscumque viis? ¡Ahí está con su excelente armadura de Milán, con su
potente daga medio desenvainada y enarbolando su pendón! ¡Voto a Dios,
Lucien!, ¿dónde has robado esta preciosa armilla? Sólo el amor sabe
encontrar telas como ésta. ¿Tendremos un domicilio? En estos momentos
necesito conocer las direcciones de mis amigos, no sé dónde ir a dormir.
Finot me ha echado de su casa por esta noche, con el vulgar pretexto de
haber tenido buena suerte...
—Amigo mío —respondió Lucien—, he puesto en práctica un axioma con el
cual se tiene la seguridad de vivir tranquilo: Fuge, late, tace!2 Ahí les dejo.
—Pero yo no dejo que te vayas sin satisfacer una deuda sagrada que tienes
para conmigo: aquella cena, ¿te acuerdas? —dijo Blondet, que daba en el
blanco casi con un exceso de puntería y que sabía cómo arreglárselas
cuando se encontraba sin dinero.
—¿Qué cena? —dijo Lucien con un gesto de impaciencia. —¿Ya no te
acuerdas? He aquí en qué reconozco la prosperidad de un amigo: en que ya
no tiene memoria.
—Sabe bien lo que nos debe, respondo de sus sentimientos —repuso Finot,
siguiendo la broma de Blondet.
—Rastignac —dijo Blondet, cogiendo al joven elegante por el brazo en el
instante en que llegaba al extremo del salón, cerca de la columna junto a la
cual se hallaban los supuestos amigos—, se trata de una cena: será uno de
los nuestros... A menos que el caballero —añadió con seguridad, señalando
a Lucien— siga negándose a cumplir una deuda de honor; bien puede
hacerlo.
—Él señor de Rubempré es incapaz de hacerlo, lo aseguro —dijo
Rastignac, que no pensaba en absoluto en ninguna mixtificación.
—Aquí está Bixiou —exclamó Blondet—, nos acompañará: no hay fiesta
completa sin su presencia. Sin él el vino de Champaña se me hace pastoso,
y lo encuentro todo insípido, incluso el picante de los epigramas.
—Amigos míos —dijo Bixiou—, veo que estáis reunidos en torno a la
maravilla del día. Nuestro querido Lucien repite las Metamorfosis de Qvidio.
Así como los dioses se transformaban en asombrosas legumbres y en otras
cosas para seducir a las mujeres, él ha convertido el "cardo" en caballero
para seducir. ¿A quién? ¡A Carlos X! Amiguito —dijo a Lucien, cogiéndole
por un botón de su chaqueta—, un periodista que asciende a la categoría de
gran señor merece una buena cencerrada. Si estuviera en su lugar —dijo el
implacable satírico, indicando a Finot y Vernou—, me metería contigo en su
pequeño periódico; les rendirías un centenar de francos, con diez columnas
de frases ingeniosas.
—Bixiou —dijo Blondet—, un anfitrión es sagrado veinticuatro horas antes
de la fiesta y doce horas después de ella: nuestro ilustre amigo nos invita a
cenar.
—¡Vaya, vaya! —repuso Bixiou—. Pero, ¿hay algo más necesario que
salvar un gran nombre del olvido, o proporcionar a la indigente aristocracia
una persona de talento? Lucien, cuentas con el aprecio de la Prensa, de la
que constituías el mejor florón, y nosotros te apoyaremos. ¡Finot, un breve
artículo de primera página! ¡Blondet, una soflama insidiosa en la cuarta
página de tu diario! ¡Anunciemos la aparición del libro más bello de la época,
El arquero de Carlos IX! ¡Supliquemos a Dauriat que nos entregue pronto
Las Margaritas, esos divinos sonetos del Petrarca francés! ¡Elevemos a
nuestro amigo al solio de papel sellado que hace y deshace las
reputaciones!
—Si querías cenar —dijo Lucien a Blondet para deshacerse de aquella
pandilla que amenazaba con ir en aumento—, me parece que no tenías por
qué emplear la hipérbole y la parábola con un viejo amigo, como si se tratara
de un memo. Hasta mañana,por la noche en el Lointier —añadió
rápidamente al ver que se acercaba una mujer, hacia la cual se apresuró a
dirigirse.
—¡Oh, oh, oh! —exclamó Bixiou en tres tonos distintos y con aire burlón,
como si reconociera bajo la máscara a la persona hacia la cual se dirigía
Lucien—. Esto merece una confirmación.
Con esto, siguió a la pareja, se adelantó a ella, la observó con perspicacia y
regresó a su sitio con gran satisfacción por parte de todos aquellos
envidiosos que deseaban saber de dónde provenía el cambio de fortuna de
Lucien.
—Amigos míos, conocéis desde hace tiempo la fuente de la fortuna del
señor de Rubempré —les dijo Bixiou—; es la que fue el rat de Des Lupeaulx.
Una de las perversiones olvidadas ya, pero que eran habituales a
comienzos de este siglo, es la de los rats. El término de rat, que hoy en día
ya ha envejecido, se aplicaba a las niñas de diez a once años, comparsas
de los teatros, especialmente de la Ópera, que en manos de los crapulosos
eran iniciadas en el aprendizaje del vicio y de la infamia. Un rat era una
especie de paje infernal, un píllete hembra a quien se perdonaban las malas
pasadas. El rat podía tomarlo todo; había que desconfiar de él como de un
peligroso animal. Introducía en la vida un elemento de jocosidad, como
antaño los Scapin, Sganarelle y Frontín en la antigua comedia. Un rat era
demasiado caro: no proporcionaba honor, ganancia ni placer; la moda de los
rats se extinguió tan completamente, que hoy en día muy poca gente
conocía este detalle íntimo de la vida refinada anterior a la Restauración,
hasta que algunos escritores se apoderaron del tema del rat como si se
tratara de una novedad.
—¿Cómo es eso? —dijo Blondet—. ¿Después de haber matado a Coralie,
nos quita ahora a la Torpille?
Al oír este nombre, la máscara de formas atléticas dejó escapar un ademán
que no pudo retener del todo y que fue sorprendido por Rastignac.
—¡No es posible! —contestó Finot—, La Torpille no tiene ni un céntimo que
dar; Nathan me ha dicho que ha pedido mil francos prestados a Florine.
—¡Oh, caballeros, caballeros!... —dijo Rastignac, intentando defender a
Lucien frente a tan odiosas acusaciones.
—¿Qué pasa? —exclamó Vernou—. ¿Tan gazmoño es el antiguo gigolo de
Coralie?
—Estos mil francos —dijo Bixiou— me demuestran que nuestro amigo
Lucien vive con la Torpille...
—¡Qué pérdida irreparable para la élite de las letras, de la ciencia, del arte y
de la política! —dijo Blondet—. La Torpille es la única ramera que tiene
madera de cortesana; no está estropeada por la instrucción, no sabe leer ni
escribir: nos habría comprendido. Con ella habríamos proporcionado a
nuestra época una de esas magníficas figuras asgasianas que caracterizan
los grandes siglos. Observen cómo la Dubarry destacó oportunamente en el
siglo dieciocho, Ninon de Lenclos en el diecisiete, Marion de Lorme en el
dieciséis, Imperia en el quince y Flora durante la república romana, a la que
dejó su herencia, ¡qué le permitió pagar la deuda pública! ¿Qué serían
Horacio sin Lidia, Tibulo sin Delia, Catulo sin Lesbia, Propercio sin Cintia y
Demetrio sin Lamia, que constituyen el motivo de su actual celebridad?
—Blondet adopta un tono demasiado propio de los Débats hablando de
Demetrio en el salón de la Ópera —dijo Bixiou al oído de su vecino.
—Y sin todas estas reinas, ¿qué sería del imperio de los cesares? —seguía
diciendo Blondet— Lais y Ródope son Grecia y Egipto. Todas son, por otra
parte, la poesía de los siglos en que vivieron. Una tal poesía, que faltó a
Napoleón! (porque la viuda de su Grande Armée es un chiste de cuartel), no
faltó en cambio a la Revolución, que tuvo a la señora Tallien. Actualmente en
Francia, donde el trono está en cuestión, hay sin duda alguna un trono
vacante. Entre todos nosotros podríamos proclamar una reina. ¡Yo podría
dar a la Torpille una tía, ya que su madre murió demasiado ostensiblemente
en el campo del deshonor; Du Tillet le habría pagado un palacio, Lousteau
un coche, Rastignac unos criados, Des Lupeaulx un cocinero, Finot habría
corrido con los gastos de sombrerería —Finot no pudo reprimir un gesto al
recibir esta sátira a quemarropa—, Vernou le habría puesto anuncios y
Bixiou se encargaría de sus frases ingeniosas! La aristocracia entonces
vendría a divertirse a casa de nuestra Ninon, donde habríamos convocado a
los artistas bajo la amenaza de mortíferos artículos. Ninon II exhibiría una
impertinencia solemne y un lujo aplastante. Demostraría tener opiniones. En
su casa se habría leído alguna obra maestra de arte dramático prohibida,
que se habría hecho ex profeso para la ocasión si hubiera sido preciso. No
sería liberal; toda cortesana es por definición monárquica. ¡Ah, qué pérdida!
¡Debería abrazar a su siglo entero y se limita a hacer el amor con un
jovencito! ¡Lucien hará de ella un perro de caza!
—Ninguna de las potencias femeninas que has nombrado ha chapoteado
en la calle —dijo Finot—, mientras que este precioso rat ha rodado en el
fango.
—Así se ha embellecido y ha florecido —repuso Vernou—, como la semilla
del lirio germinando del estiércol. De ahí su superioridad. ¿Acaso no hay que
haber pasado por todo para ser capaz de crear la risa y la alegría que todo lo
abarcan?
—Tiene razón —dijo Lousteau, que hasta entonces había estado
observando sin decir palabra—, la Torpille sabe reír y hace reír. Esta
sabiduría de los grandes autores y de los grandes actores es propia de los
que han penetrado todas las profundidades sociales. A la edad de dieciocho
años esta muchacha conoció ya la mayor opulencia, la más mezquina
miseria y los hombres de todas las categorías. Tiene como una varita
mágica con la que desencadena los apetitos brutales violentamente
reprimidos en los hombres que aún tienen corazón ocupándose de política o
de ciencia, de literatura o de arte. No hay otra mujer en París que pueda
decir, como hace ella, al Animal que llevamos dentro: "¡sal de ahí!"...
Entonces el Animal sale de su guarida para refocilarse en los excesos; esta
mujer exalta los placeres de la mesa, de la bebida y del tabaco. En fin, es la
sal cantada por Rabelais que, esparcida sobre la Materia, la anima y la eleva
hasta las regiones esplendorosas del Arte; su vestido despliega unas
inauditas maravillas, sus dedos dejan caer oportunamente las joyas que
llevan, como su boca las sonrisas; sabe dar a todas las cosas el tono que
precisan; su jerga está llena de rasgos picantes; posee el secreto de las
onomatopeyas más vivaces y más turbadoras; tiene...
—Estás perdiendo cien sueldos de folletín —dijo Bixiou, interrumpiendo a
Lousteau—. La Torpille es infinitamente mejor que todo eso: vosotros habéis
sido más o menos sus amantes, pero ninguno de vosotros puede decir que
ella ha sido querida vuestra; ella os puede coger siempre, vosotros en
cambio nunca la cogeréis. Forzáis su puerta, vais a pedirle un favor...
—¡Oh!, es más generosa que un jefe de bandoleros a quien vayan bien las
cosas, y más abnegada que el mejor compañero de colegio —dijo Blondet
—; se le pueden confiar dinero y secretos. Pero lo que me movía a elegirla
reina es su borbónica indiferencia hacia los favoritos caídos en desgracia.
—Es como su madre, demasiado cara —dijo Des Lupeaulx—. La Bella
Holandesa habría engullido los ingresos de un arzobispo de Toledo; llegó ya
a tragarse a dos notarios...
—Y dio de comer a Máxime de Trailles cuando era paje —añadió Bixiou.
—La Torpille es demasiado cara, como Rafael, como Cáreme, como
Taglioni, como Lawrence, como Boule, tan cara como todos los artistas
geniales... —repuso Blondet...
—Esther jamás ha tenido este aspecto de mujer respetable —dijo entonces
Rastignac, señalando la máscara a quien Lucien daba el brazo—. Apuesto a
que se trata de la señora de Sérizy.
—No hay ninguna duda —repuso Du Châtelet—, y así se explica la suerte
del señor de Rubempré.
—¡Ah! La Iglesia sabe elegir a sus levitas; será un hermoso secretario de
embajada —dijo Des Lupeaulx.
—Tanto más —repuso Rastignac —cuanto que Lucien es un hombre de
talento. Estos caballeros han podido comprobarlo más de una vez —añadió,
dirigiendo su mirada a Blondet, Finot y Lousteau.
—Sí, el muchacho está hecho para llegar lejos —dijo Lousteau, a punto de
estallar de envidia—, mayormente por cuanto posee eso que llamamos
independencia de ideas.
—Tú eres quien le ha formado —dijo Vernou.
—¡Pues bien! —intervino Bixiou, mirando a Des Lupeaulx—. Invoco los
recuerdos del señor secretario general y relator; aquella máscara es la
Torpille, me apuesto una cena...
—Acepto la apuesta —dijo Châtelet, lleno de interés por saber la verdad.
—Vamos, Des Lupeaulx —dijo Finot—, a ver si reconoce las orejas del que
fue su rat.
—No es necesario cometer ningún crimen de lesa máscara —repuso Bixiou
—; la Torpille y Lucien van a volver hacia nosotros cuando lleguen al
extremo del salón, y me comprometo entonces a demostraros que es ella.
—Así que ha vuelto nuestro amigo Lucien —dijo Nathan, uniéndose al
grupo—; creía que se habría retirado en el Angoumois para el resto de sus
días. ¿Ha descubierto quizás algún secreto contra los ingleses?
—Ha hecho lo que tú no harás por ahora —respondió Rastignac—, ha
pagado todas sus deudas.
La gruesa máscara movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Cuando un joven a su edad se vuelve atinado, lo que hace en realidad es
desatinarse: pierde su audacia, se convierte en rentista —repuso Nathan.
—¡Oh!, éste será siempre un gran señor, y siempre habrá en él un nivel
intelectual que le colocará por encima de muchos hombres supuestamente
superiores —contestó Rastignac.
En aquel momento los periodistas, los dandys, los ociosos, todos, en suma,
observaban, con la mirada de un tratante que observa un caballo en venta,
el delicioso objeto de su apuesta. Estos jueces, envejecidos con la
experiencia de las depravaciones parisienses, todos de espíritu superior y
cada uno a título distinto, por igual corrorrtpidos, por igual corruptores,
entregados todos ellos a desenfrenadas ambiciones, acostumbrados a
suponerlo, a adivinarlo todo, fijaban intensamente su mirada, en una mujer
enmascarada, en una mujer que sólo ellos podían identificar. Ellos y algunos
asiduos del baile de la Ópera eran los únicos capaces de reconocer la
redondez de las formas, las peculiaridades del porte y del andar, el balanceo
de la cintura y la erección de la cabeza, es decir, lo más fácil de captar para
ellos aunque fuera lo más inasible a una mirada vulgar, bajo el largo manto
del dominó negro, bajo la capucha y bajo la esclavina, que hacen
irreconocibles a las mujeres. Pese a tan amorfo recubrimiento, pudieron
percibir el más emocionante de todos los espectáculos, el que ofrece una
mujer animada por un auténtico amor. Ya se tratara de la Torpille, de la
duquesa de Maufrigneuse o de la señora Sérizy, el grado ínfimo o el superior
de la escala social, aquella criatura era una asombrosa creación, el destello
de luz de los sueños felices. Tanto aquellos jóvenes envejecidos como
aquellos ancianos de aire juvenil, experimentaron una impresión tan intensa,
que envidiaron a Lucien el privilegio sublime de aquella metamorfosis de la
mujer en diosa. La enmascarada estaba allí como si estuviera a solas con
Lucien; para aquella mujer no existían ni las diez mil personas, ni una
atmósfera cargada y llena de polvo; no; se hallaba bajo la cúpula celeste de
los Amores, como las madonas de Rafael bajo su óvalo dorado. No percibía
el roce con los demás, la llama de su mirada partía de los dos agujeros del
antifaz para unirse con los ojos de Lucien, y el estremecimiento de todo su
cuerpo parecía tener como principio los propios ademanes de su amigo. ¿De
dónde procede esta llama que irradia de una mujer enamorada y la destaca
de entre las demás? ¿De dónde procede esta ligereza de sílfide que parece
cambiar las leyes de la gravedad? ¿Es acaso el alma que huye? ¿Tiene la
felicidad propiedades físicas? Bajo el dominó se traicionaban la ingenuidad
de una virgen y los encantos de la infancia. Aunque andaban separados,
aquellos dos seres semejaban esos grupos de Flora y Céfiro cogidos por el
talle, que revelan la pericia de ¡os más hábiles escultores; pero era más que
escultura —la mayor entre las artes—, Lucien y su bello dominó recordaban
aquellos ángeles portadores de flores o pájaros que el pincel de Gian-Bellini
ha puesto bajo las imágenes de la Virgen madre; Lucien y aquella mujer
pertenecían a la Fantasía, que está por encima del Arte como la causa está
por encima del efecto.
Cuando la mujer, abstraída de cuanto la rodeaba, estuvo a un paso del
grupo, Bixiou gritó: "¿Esther?" La desgraciada volvió rápidamente la cabeza,
como hace el que oye su nombre, reconoció al malicioso y bajó la cabeza
como un agonizante que acaba de exhalar el último suspiro. Se oyó una risa
estridente, y el grupo se precipitó hacia la muchedumbre como una banda
de ratones espantados que desde la orilla de un camino regresan a sus
madrigueras. Sólo Rastignac no se alejó más de lo que debía para no
parecer que huía de la mirada fulminante de Lucien, y pudo admirar dos
pesares igualmente profundos, aunque velados: el de la pobre Torpille,
abatida como por el rayo, y el de la máscara ininteligible, única persona del
grupo que había permanecido allí. Esther dijo una palabra al oído de Lucien
en el instante mismo en que sus rodillas flaqueaban, y Lucien desapareció
haciendo que se apoyara en su brazo. Rastignac siguió con la mirada a
aquella bonita pareja mientras quedaba abismado en sus reflexiones.
—¿De dónde ha sacado este nombre de Torpille? —le preguntó una voz
sombría que le llegó hasta las entrañas, porque había abandonado todo
intento de ocultarse.
—No hay duda, es él, se ha vuelto a escapar... —dijo Rastignac, aparte.
—Cállate, si no quieres que te degüelle —respondió la máscara, adoptando
otra voz—. Estoy satisfecho de ti, has mantenido tu palabra, y por esto
tienes más de un brazo a tu servicio. A partir de ahora, sé mudo como una
tumba; y antes de callarte, contesta a mi pregunta.
—¡Está bien! Esta muchacha es tan atractiva que habría sido capaz de
turbar al mismo emperador Napoleón, e incluso a alguien aún más difícil de
seducir: ¡a ti! —contestó Rastignac mientras se alejaba.

—Un momento —dijo la máscara—. Voy a mostrarte que no debes


haberme visto jamás en ninguna parte.
Se quitó la máscara. Rastignac vaciló breves instantes al ver que no tenia
nada del personaje repugnante a quien había conocido tiempo atrás en la
Casa Vauquer.
—El diablo le ha permitido cambiar todo su aspecto, excepto los ojos, que
son difíciles de olvidar —le dijo.
La mano de hierro le apretó el brazo para recomendarle un silencio eterno.
A las tres de la madrugada, Des Lupeaulx y Finot encontraron al apuesto
Rastignac en el mismo lugar, apoyado en la columna donde le había dejado
la terrible máscara. Rastignac se había confesado a sí mismo, había sido
sacerdote y penitente, juez y parte. Se dejó conducir al restaurante para
comer y regresó a su casa achispado, aunque taciturno.
La calle de Langlade, así como las adyacentes, desdora el Palais-Royal y la
calle de Rivoli. Esta parte de uno de los barrios más refinados de París
conservará por mucho tiempo la señal de suciedad dejada por los montones
de inmundicias del viejo París, donde hubo en otro tiempo unos molinos.
Aquellas calles estrechas, oscuras y llenas de lodo, donde se ejercen
actividades equívocas, adquieren por la noche una fisonomía misteriosa y
llena de contrastes. Cualquier persona que no conozca el París nocturno,
viniendo de la parte iluminada de la calle Saint-Honoré, de la calle Neuve-
des-Petits-Champs y de la calle Richelieu, donde se agolpa una incesante
muchedumbre y donde relucen las obras maestras de la Industria, la Moda y
las Artes, se siente embargada por un terror mezclado de tristeza al verse en
medio de esta red de callejuelas que rodea aquella zona de luz cuyo
resplandor se refleja en el cielo. A los torrentes de luz de gas sucede una
sombra espesa. De tarde en tarde un pálido farol deja caer su resplandor
incierto y nebuloso, que no llega a alumbrar ciertas callejas negras. Los
viandantes son escasos y andan de prisa. Las tiendas están cerradas, y las
que están abiertas tienen mal carácter: un figón sucio y sombrío, lencerías
que venden agua de colonia. Un frío malsano deja una capa de humedad
sobre los hombros de los viandantes. Pasan pocos coches. Hay rincones
siniestros, entre los que destacan la calle de Langlade, la salida del pasaje
de Saint-Guillaume y algunas esquinas. El consejo municipal no ha podido
aún tomar ninguna medida para sanear esta gran leprosería, ya que la
prostitución ha establecido en ella desde hace tiempo su cuartel general.
Quizá sea bueno para el mundo de París, en definitiva, que estas callejuelas
conserven su aspecto de suciedad. Si se pasa por estos lugares durante el
día, no se puede adivinar el aspecto que adquieren por la noche; se ven
surcados por seres extraños que no pertenecen a ningún mundo; las
paredes se ven flanqueadas por formas blancas y medio desnudas, las
sombras parecen animadas. Entre los muros y los viandantes se deslizan
tocados que andan y hablan. Algunas puertas entreabietas se ponen a reír a
carcajadas. Los oídos recogen palabras de esas que, según pretende
Rabelais, se han helado para luego fundirse. Se oyen estribillos que surgen
del pavimento. El ruido no es informe, quiere decir alguna cosa: cuando es
bronco, se trata de una voz; pero si se asemeja a un canto, ya no tiene nada
de humano, se parece a un silbido. A menudo se oyen pitidos. Por último, los
taconazos de las botas tienen un no sé qué de provocador y burlesco. El
conjunto produce vértigo. Las condiciones atmosféricas están invertidas: en
invierno se tiene calor, en verano frío. Pero cualquiera que sea el tiempo que
hace, esta extraña naturaleza siempre ofrece el mismo espectáculo: el
espectáculo del mundo de fantasía de Hoffmann el berlinés. Para la
mentalidad matemática de un cajero es irreal el recuerdo de lo visto cuando
se ha atravesado el estrecho que lleva al barrio decente, con sus viandantes,
tiendas y quinqués. La administración o la política moderna, más desdeñosa
o más vergonzosa que las reinas y los reyes de antaño, que no tenían
escrúpulos en tratar con cortesanas, no se atreve a enfrentarse directamente
con esta plaga de las capitales. No hay duda de que las medidas cambiarán
con el tiempo, y las que afectan a los individuos y a su libertad son
delicadas; pero quizás habría que mostrar amplitud de miras y valentía en
cuanto se refiere a las combinaciones puramente materiales, como las del
aire, la luz y los locales. Puede que los moralistas, los artistas y los
prudentes administradores echen de menos las antiguas Galerías de
Madera del Palacio Real, donde se estacionaban esas ovejas que van
siempre tras las huellas de los paseantes; y, ¿acaso no es mejor que los
paseantes vayan adonde están ellas? ¿Qué ha ocurrido? Actualmente las
partes más esplendorosas de los bulevares, esos lugares de ensueño para ir
de paseo, no son recomendables por la noche para las familias. La policía
no ha sabido aprovechar los recursos que ofrecen, a este respecto, algunos
pasajes, para salvar la vía pública.
La muchacha hundida por los efectos de una palabra en el baile de la Ópera
vivía, desde hacía uno o dos meses, en la calle de Langlade, en una casa de
vil apariencia. Este edificio, adosado a una casa enorme, mal enyesado, de
poca profundidad y de altura prodigiosa, recibe toda la luz por la parte
delantera y se asemeja bastante a una vara de cacatúa. En cada piso hay
un apartamiento con dos habitaciones. Se accede a ellos por una estrecha
escalera pegada a la pared y extrañamente iluminada por unos bastidores
que señalan exteriormente su recorrido, y en los que cada planta es indicada
por un plomo, lo cual constituye una de las particularidades más horrorosas
de París. La tienda y el entresuelo pertenecían entonces a un hojalatero, el
propietario vivía en el primero y los otros cuatro pisos los ocupaban unas
modistillas muy decentes que recibían por parte del propietario y de la
portera un trato muy considerado y complaciente, acorde con lo difícil que
resulta alquilar una casa de características y de situación tan singulares. El
destino de este barrio se comprende por la existencia de una cantidad
considerable de casas como ésta, que no sirven para el comercio y que sólo
pueden ser explotadas por industrias desautorizadas, precarias o carentes
de dignidad. A las tres de la tarde, la portera, que había visto regresar a las
dos de la madrugada a la señorita Esther en muy mal estado y acompañada
por un joven, acababa de deliberar con la modistilla que vivía en el piso
superior, la cual, antes de tomar un coche para dirigirse a algún lugar de
diversión, le había expresado su inquietud a propósito de Esther: no había
oído ningún ruido en su piso. Seguramente Esther dormía aún, pero aquel
sueño era sospechoso. La portera sentía no poder ir a averiguar lo que
pasaba en el cuarto piso, donde vivía la señorita Esther, puesto que no
podía abandonar su garita. En el mismo instante en que se decidía a dejar
en manos del hijo del hojalatero la guardia de su garita, que era una especie
de nicho habilitado en un entrante de la pared, se detuvo un coche de punto.
Se apeó un hombre tapado de pies a cabeza por una capa, con el propósito
evidente de ocultar su atuendo o su calidad, y preguntó por la señorita
Esther. La portera quedó entonces plenamente tranquilizada, y le pareció
que el silencio y la calma de la reclusa quedaban claramente justificados.
Cuando el visitante pasaba por los escalones qué están encima de la garita,
la portera pudo advertir que en sus zapatos llevaba hebillas de plata y creyó
ver la franja negra de la faja de una sotana; bajó y preguntó al cochero, que
le respondió callando, de modo que la portera acabó de comprender.
El sacerdote llamó y no tuvo respuesta alguna, oyó unos débiles suspiros y
forzó la puerta con el hombro, con un vigor que sin duda le confería la
caridad, pero que en cualquier otra persona hubiera parecido ser cuestión de
hábito. Se precipitó hacia la segunda habitación y vio a la pobre Esther
arrodillada o, mejor dicho, desplomada, con las manos juntas, ante una
Virgen de yeso pintado. La muchacha estaba agonizando. La presencia de
un braserillo con carbón ya consumido indicaba lo que había ocurrido
durante aquella terrible mañana. La capucha y la esclavina del dominó
estaban en el suelo. La cama estaba deshecha. La pobre criatura, herida
mortalmente en el corazón, lo había dispuesto todo, sin duda, a su regreso
de la Ópera. De la cera derretida que llenaba la arandela del candelero
emergía una mecha; era indicio de la medida en que Esther había estado
absorbida por sus últimas reflexiones. Un pañuelo empapado de lágrimas
probaba la sinceridad de aquel desespero, propio de una Magdalena, cuyo
modelo clásico era el de la cortesana impía. Aquel arrepentimiento absoluto
hizo sonreír al sacerdote. Esther, poco hábil para la muerte, había dejado la
puerta abierta sin pensar que el aire de las dos habitaciones requería una
mayor cantidad de carbón para hacerse irrepirable; el vapor solamente la
había aturdido; el aire fresco procedente de la escalera le devolvió
gradualmente el sentido de sus males. El sacerdote se quedó en pie,
absorto en una sombría meditación, sin ser afectado por la belleza divina de
la muchacha, y examinaba sus primeros movimientos como si se tratara de
algún animal. Su mirada se desplazaba desde aquel cuerpo desmoronado
hacia objetos indiferentes con aparente indiferencia. Contempló el mobiliario
de la habitación, cuyo suelo de baldosas rojas, gastadas y frías, no quedaba
del todo tapado por una alfombra fea y usada. Una cama de madera pintada,
modelo antiguo envuelta con cortinas de calicó amarillo con rosetones
encarnados; una única butaca y dos sillas también de madera pintada, y
cubiertas con el mismo calicó de las cortinas; un empapelado de fondo gris
estampado con flores, aunque ennegrecido por el tiempo y grasiento; una
mesa tallada de caoba; la chimenea llena de utensilios de cocina de la clase
más ordinaria, dos haces de leña empezados, un marco de piedra con
abalorios dispersos y entremezclados con joyas y tijeras; un ovillo sucio,
guantes blancos y perfumados, un delicioso sombrero tirado sobre una
cacerola, un chal de Terneaux tapando la ventana, un elegante vestido
colgado de un clavo, un pequeño.canapé sin cojines; unos horrendos
chanclos rotos y unos graciosos zapatitos, unos borceguíes que
despertarían la envidia de una reina, platos de porcelana ordinaria
desportillados con restos de la última comida y con cubiertos de metal
blanco, que es la vajilla de los pobres de París; una canasta llena de patatas
y ropa blanca para lavar, con un gorro ligero de gasa encima; un feo armario
de luna abierto y vacío, sobre cuyos estantes podían verse las papeletas del
Monte de Piedad: tal era el conjunto de objetos lúgubres y alegres, míseros y
ricos, que sorprendían a quien los miraba. ¿Era aquel espectáculo singular
lo que hacía meditar al sacerdote, aquellos vestigios de lujo en aquellos
recipientes, aquel ajuar tan apropiado a la vida bohemia de aquella
muchacha abatida entre sus ropas deshechas como un caballo muerto entre
sus arneses, bajo la vara rota del carruaje y enredado con las riendas?
¿Pensaba siquiera que aquella criatura descarriada tenía que ser muy
desinteresada para consentir en aunar una tal pobreza con el amor de un
joven rico? ¿Atribuía acaso el desorden del mobiliario al desorden de la
vida? ¿Qué sentía? ¿Piedad, espanto? ¿Se conmovía su caridad?
Cualquiera que le hubiese visto con los brazos cruzados, la frente inquieta,
los labios crispados y la mirada áspera, habría creído que alimentaba
sentimientos sombríos y rencorosos, reflexiones contradictorias y proyectos
siniestros. Era, sin duda, insensible a la deliciosa redondez de unos senos
apretados bajo el peso del cuerpo encorvado, y a las formas atractivas de la
Venus acurrucada que se marcaban bajo el negro de la falda, tan
completamente doblada sobre sí misma se hallaba la agonizante; el
abandono de aquella cabeza que, desde atrás, ofrecía a la mirada la
blancura de su nuca, tierna y flexible, y los hermosos hombros de un cuerpo
audazmente desarrollado, no le conmovían; no levantaba a Esther, ni
parecía oír las desgarradoras aspiraciones que indicaban el retorno a la vida:
fue preciso un sollozo horrible y la espantosa mirada que le lanzó la joven
para que se dignara levantarla y depositarla sobre la cama con una facilidad
que ponía de manifiesto una fuerza prodigiosa.
—¡Lucien! —dijo ella en un murmullo.
—El amor regresa, la mujer no está lejos —dijo el sacerdote con cierta
amargura.
La víctima de las depravaciones parisienses vio entonces el atuendo de su
salvador y dijo, con la sonrisa del niño que puede tocar con su mano el
objeto ansiado:
—¡Así que no.me moriré sin haberme reconciliado con el cielo!
—Podrá expiar sus faltas —dijo el sacerdote, mojándole la frente con agua y
haciéndole aspirar el vinagre de una vinagrera que encontró en un rincón.
—Siento como si la vida, en lugar de abandonarme, afluyera a mí —dijo tras
recibir los cuidados del sacerdote y expresándole su gratitud con gestos de
la mayor naturalidad.
Aquella atractiva pantomima, que las propias Gracias hubieran
representado para seducir, justificaba plenamente el sobrenombre de la
singular muchacha1.
—¿Se siente mejor? —preguntó el eclesiástico, dándole a beber un vaso de
agua azucarada.
El hombre parecía muy hecho a tales insólitas situaciones, sabía todo lo que
debe hacerse. Estaba allí como en su casa. Este privilegio de estar en todas
partes como en la propia casa sólo es patrimonio de los reyes, las rameras y
los ladrones.
—Cuando se haya repuesto del todo —dijo aquel sacerdote singular— me
dirá las razones que le han llevado a cometer su último, crimen, este suicidio
frustrado.
—Mi historia es muy sencilla, padre —respondió la joven—. Hace tres
meses vivía en medio del desorden en que nací. Era la última de las
criaturas y la más infame; ahora soy tan sólo la más desgraciada de todas
ellas. Permítame que me abstenga de contarle nada de mi pobre madre, que
murió asesinada...
—Por un capitán, en una casa de mala nota —dijo el sacerdote,
interrumpiendo a su penitente—. Conozco el origen de usted, y si hay algún
caso de persona de su sexo a la que pueda excusarse de llevar una vida
vergonzosa, sin duda alguna es el suyo, puesto que no ha tenido ningún
buen ejemplo.
—¡Ayi, no he sido bautizada ni he recibido las enseñanzas de ninguna
religión.
—Así pues, todo tiene aún arreglo —repuso el sacerdote—, con tal que su
fe y su arrepentimiento sean sinceros y no tengan segunda intención.
—Lucien y Dios llenan mi corazón —dijo ella con conmovedora ingenuidad.
—Habría podido decir Dios y Lucien —replicó el sacerdote con una sonrisa
—. Me ha recordado usted el objeto de mi visita. No omita nada de cuanto
se refiere a este joven.
—¿Viene usted de su parte? —preguntó con una expresión de amor que
hubiera enternecido a cualquier otro sacerdote—. ¡Oh! Se ha figurado lo
ocurrido.
—No —contestó—, no es su muerte, sino su vida lo que es motivo de
inquietud. Vamos, explíqueme sus relaciones con él.
—En una palabra —dijo ella.
La pobre muchacha temblaba ante el tono brusco del eclesiástico, aunque
su reacción era la de una mujer que desde hace tiempo no se sorprende por
la brutalidad.
—Lucien es Lucien —añadió—, el más hermoso de los jóvenes y el mejor
de los seres vivos; si usted le conoce, mi amor ha de parecerle del todo
natural. Le conocí por casualidad, hace tres meses, en la Porte-Saint-Martin,
donde había ido un día de descanso; teníamos un día por semana en casa
de la señora Meynardie, donde entonces estaba yo. Al día siguiente, como
puede comprender, me fui de allí sin permiso. El amor había irrumpido en mi
corazón, y me había transformado hasta tal punto que al regresar del teatro
no me reconocía ya a mí misma: sentía horror de mí. Lucien jamás ha
sabido nada de eso. En vez de decirle dónde estaba, le di la dirección de
esta casa, en la cual vivía entonces una de mis amigas, que tuvo la
generosidad de cedérmela. Le juro por lo más sagrado...
—No se debe jurar.
—¿Acaso es jurar dar su palabra sagrada? Bien, desde aquel día he
trabajado en este cuarto, como una desesperada, haciendo camisas de
veintiocho sueldos para vivir de un trabajo honrado. Durante un mes no he
comido más que patatas para poder ser buena y digna de Lucien, que me
quiere y me respeta como la más virtuosa de las mujeres. Hice una
declaración ante la policía, en la debida forma, para recobrar mis derechos, y
estoy sometida a dos años de vigilancia. La inscripción en esos registros
infamantes están siempre dispuestos a hacerla; en cambio, para tachar un
nombre ponen unas dificultades exageradas. Lo único que pedía al cielo era
que protegiera mi resolución. Tendré diecinueve años el mes de abril; a esta
edad se puede ya salir a flote— Me da la sensación de haber nacido hace
tan sólo tres meses... Cada mañana he estado rezando a Dios para pedirle
que no permitiera jamás que Lucien descubriera mi vida anterior. Compré
esta Virgen que ahí ve; le dirigía plegarias a mi modo, puesto que no sé
ninguna oración; no sé leer ni escribir, nunca he entrado en ninguna iglesia,
y salvo en las procesiones, por curiosidad, jamás he visto a Dios.
—¿Qué le dice a la Virgen?
—Le hablo como a Lucien, con arrebatos de esos que le hacen llorar.
—¿Llora?
—De alegría —dijo en seguida—. ¡Pobrecito mío! Nos entendemos tan bien,
que tenemos una sola alma. ¡Es tan amable, tan cariñoso, tan dulce de
corazón, de espíritu y de ademán!... Dice que es poeta, pero yo digo que es
dios... ¡Oh, perdón!, pero ustedes los sacerdotes no saben lo que es el amor.
Sólo nosotras conocemos bastante a los hombres para apreciar lo que vale
Lucien. Un hombre como Lucien es tan poco frecuente como una mujer sin
pecado; cuando se le conoce, no se puede amar más que a él, ahí está.
Pero un ser como él necesita su igual. Quisiera ser digna de ser amada por
mi Lucien. De ahí viene mi desgracia. Ayer, en la Ópera, me reconocieron
unos jóvenes que tienen tanto corazón como piedad tienen los tigres; creo
que aún sería más fácil entenderse con un tigre que con ellos. El velo de
inocencia que tenía cayó; sus risas me partieron la cabeza y el corazón. No
crea que me ha salvado, me moriré de pena.
—¿Su velo de inocencia?... —dijo el sacerdote—. ¿Trató entonces a Lucien
con todo rigor?
—¿Cómo me hace, usted que le conoce, padre, una pregunta como ésta?
—contestó con una esplendorosa sonrisa—. No se resiste a un dios.
—No blasfeme —dijo el eclesiástico con voz suave—. Nadie puede
parecerse a Dios; la exageración es perjudicial para un verdadero amor; no
tenía usted hacia su ídolo un amor puro y verdadero. Si hubiera
experimentado el cambio del que se enorgullece, habría usted adquirido las
virtudes que constituyen el patrimonio de la adolescencia, conocería las
delicias de la castidad y la delicadeza del pudor, que son las dos glorias de
la jovencita. Usted no ama de verdad.
Esther hizo un ademán de espanto que vio el sacerdote, pero que no
conmovió la impasibilidad del confesor.
—Sí, lo quiere por usted y no por él, por los placeres temporales que la
cautivan, pero no por el amor en sí mismo; así es como lo ha poseído; no
está agitada por ese temblor sagrado que inspiran los seres en quienes Dios
pone el sello de las perfecciones más adorables: ¿ha pensado usted que lo
degrada con las impurezas de su pasado, que iba a corromper a un inocente
con las horrendas delicias que han merecido el sobrenombre que lleva, con
su resonancia de gloria y de infamia? Ha sido usted inconsecuente consigo
misma y con la pasión de un día...
—¡De un día! —repitió, alzando la mirada.
—¿Qué calificativo hay que dar a un amor que no es eterno, que no nos
une, hasta en el más allá, con la persona a quien queremos?
—¡Ah! ¡Quiero ser católica! —exclamó la muchacha, con un grito tan sordo
y violento que habría arrancado la gracia del Salvador.
—¿Acaso podía ser la mujer de Lucien de Rubempré una muchacha que no
ha recibido ni el bautismo de la Iglesia ni el de la ciencia, que no sabe leer,
escribir ni rezar, que no puede dar un paso sin que las losas del suelo se
alcen para acusarla, notable tan sólo por el privilegio efímero de una belleza
que la enfermedad le arrebatará quizá mañana mismo; acaso puede ser su
esposa este ser envilecido y degradado, y consciente de su degradación...
(si fuera más inconsciente y menos amante, la cosa sería menos grave...), la
presa futura del suicidio y del infierno?
Cada frase era un puñalada que penetraba hasta el fondo de su corazón. A
cada frase los sollozos crecientes y las abundantes lágrimas de la
desesperada muchacha atestiguaban la fuerza con que la luz se abría paso
simultáneamente en su inteligencia, pura como la de un salvaje, en su alma
por fin despierta, en aquella naturaleza en la que la depravación había
sedimentado una capa de fango helado que empezaba entonces a derretirse
al calor de la fe.
—¡Por qué no habré muerto! —era el único pensamiento que expresaba de
entre todas las ideas que, a borbotones, afluían a su cerebro causándole
estragos.
—Hija mía —dijo el juez terrible—, hay un amor que no se declara a los
hombres, y cuya confidencia reciben los ángeles con sonrisas de felicidad.
—¿Cuál es?
—El amor sin esperanza, cuando inspira la vida, cuando conduce a ésta por
la senda de la abnegación, cuando ennoblece todos los actos con el
propósito de alcanzar una perfección ideal. Sí, los ángeles aprueban un tal
amor, que lleva al conocimiento de Dios. Perfeccionarse sin cesar para
hacerse digno del ser amado, dedicarle mil sacrificios secretos, adorarle
desde lejos, dar la propia sangre gota a gota, sacrificarle el amor propio, no
dejarse llevar con él ni por el orgullo ni por la cólera, ocultarle incluso los
celos atroces que pueda despertar, darle todo cuanto desea, aunque sea en
perjuicio, querer lo que él quiere, tener siempre el rostro vuelto hacia él para
seguirle sin que él lo sepa; un amor así la religión se lo hubiera perdonado,
porque no ofende las leyes humanas ni las divinas y lleva por una senda
muy distinta que el de sus sucias voluptuosidades.
Al oír esta sentencia horrible cifrada en unas palabras (¡y qué palabras!,
¡con qué acento fueron pronunciadas!), Esther sintió una legítima
desconfianza. Aquellas palabras fueron como un trueno que descubre la
inminencia de la tormenta. Miró al sacerdote y sintió que se le removían las
entrañas, como le ocurre a cualquiera, por valiente que sea, ante un peligro
inminente y repentino. Ninguna mirada hubiera sido capaz de descubrir lo
que pasaba en el interior de aquel hombre; pero incluso para los más
valientes habría habido más motivos de temor que de esperanza en el
aspecto que ofrecían sus ojos, que habían sido claros y amarillentos como
los de los tigres, y en los cuales las austeridades y las privaciones habían
dejado un velo parecido al que se forma en el horizonte en plena canícula: la
tierra es cálida y luminosa, pero la niebla la hace indistinta, borrosa y casi
invisible. Su rostro oliváceo y tostado por el sol estaba surcado por una
gravedad muy española y por unas profundas arrugas que, debido a las
infinitas cicatrices producidas por una horrible viruela, había adquirido un
aspecto repugnante de roderas deformadas. La dureza de su fisonomía
resaltaba aún más por el hecho de estar enmarcada por una vieja peluca,
propia del sacerdote que ha dejado de ser cuidadoso de su persona, una
peluca repelada de color negro que con la luz adquiría irisaciones rojizas. Su
tórax de atleta, sus manos de antiguo soldado, la anchura de su pecho y sus
fuertes espaldas eran propios de aquellas cariátides esculpidas en ciertos
palacios na medievales italianos que recuerdan imperfectamente las que hay
en la fachada del teatro de la Porte-Saint-Martin. No hacía falta mucha
clarividencia para pensar que lo que le había empujado al seno de la Iglesia
eran pasiones muy violentas o accidentes poco comunes; era indudable que
sólo bajo los efectos de golpes muy fuertes había llegado a cambiar, en caso
de que sea posible que cambie una naturaleza como la suya. Las mujeres
que han llevado una vida como la que Esther acababa de repudiar con tanta
violencia, llegan a sentir una indiferencia absoluta por las formas exteriores
¡de los hombres..Se parecen a los críticos literarios de hoy, que, en ciertos
aspectos, pueden comparárseles, y que llegan a una profunda
despreocupación por las fórmulas artísticas: han leído tantas obras, han
visto pasar tantas de ellas, se han acostumbrado tanto a las páginas
escritas, han tenido que sufrir tantos desenlaces, han visto tantos dramas,
han hecho tantos artículos sin decir lo que pensaban, traicionando tan a
menudo la causa del arte en aras de sus amistades o enemistades, que
llegan a sentir asco por todo y sin embargo continúan juzgando. Hace falta
un milagro para que tales escritores produzcan una obra, así como el amor
puro y noble requiere otro milagro para brotar del corazón de una cortesana.
El tono y los modales de aquel sacerdote, que parecía haber salido de un
cuadro de Zurbarán, se le figuraron tan hostiles a la pobre muchacha, que no
se sintió amparada bajo un cuidado solícito, sino objeto de un plan
preestablecido. En la incertidumbre de no saber si se hallaba ante la
marrullería del interés personal o ante la unción de la caridad, ya que hay
que estar alerta para poder reconocer la falsedad que procede de los
supuestos amigos, se sintió como entre las garras de un pájaro monstruoso
y feroz que se hubiera abatido sobre ella después de haber planeado un
buen rato, y, presa de espanto, dijo con voz alarmada las siguientes
palabras:
—¡Creía que los sacerdotes tenían la misión de consolar, y usted me está
asesinando!
Ante esta exclamación de la inocencia, el eclesiástico dejó escapar un
ademán, e hizo una pausa; antes de responder, se concentró en sí mismo.
Durante aquellos instantes, los dos personajes, reunidos en circunstancias
tan singulares, se observaron mutuamente a hurtadillas. El sacerdote
comprendió a la joven sin que la joven pudiera comprender al sacerdote.
Seguramente renunció a algún designio que amenazaba a la pobre Esther, y
reemprendió el curso primitivo de sus ideas.
—Somos los médicos de las almas —dijo con voz suave— y sabemos qué
remedios convienen a sus enfermedades.
—Hay que perdonar muchas cosas a la miseria —dijo Esther.
Creyó que se había equivocado; entonces se deslizó hasta el suelo, se
postró a los pies del hombre, besó su sotana con profunda humildad y
levantó hacia él sus ojos bañados en lágrimas.
—Yo creía haber hecho mucho —dijo.
—Escuche, hija mía, su fatal reputación ha sumido en el dolor a la familia de
Lucien; temen, y no sin cierta justificación, que le arrastre a una vida de
disipación, a un mundo desquiciado...
—Es cierto, fui yo quien le llevé al baile para intrigarle.
—Es lo bastante hermosa como para que él quiera triunfar en usted a los
ojos del mundo, mostrarla con orgullo y exhibirla como una especie de
caballo de parada. ¡Y si no gastara más que dinero!... Pero gastará además
su tiempo, sus energías; perderá la afición para el espléndido destino que se
le ha preparado. En vez de ser algún día embajador, rico, admirado y lleno
de gloria, no habrá sido más que el amante de una mujer impura, como
tantos y tantos disolutos que han ahogado sus talentos en el fango de París.
En cuanto a usted, habría vuelto más adelante a su modo de vida anterior,
tras haber formado parte por unos instantes del mundo de la elegancia,
porque no hay en usted la fuerza que proporciona la buena educación para
resistir el vicio y pensar en el porvenir. Si no ha podido romper con la gente
que la ha avergonzado esta madrugada en la Ópera, menos aún hubiera
podido romper con sus compañeras. Los verdaderos amigos de Lucien,
alarmados por el amor que le inspira usted, han seguido sus pasos y se han
enterado de todo. Llenos de espanto, me han mandado a usted para
sondear sus disposiciones y para decidir su suerte; y aunque tengan el
poder suficiente para quitar cualquier dificultad del camino de este joven, son
misericordiosos. Sépalo, hija mía: una persona que goza del amor de Lucien
tiene derecho a todos sus respetos, como un verdadero cristiano adora el
lodo que irradia, por casualidad, luz divina. He venido como portavoz del
pensamiento benefactor; si la hubiera encontrado en la perversión más
completa, llena dé descaro y de astucia, corrompida hasta el tuétano y sorda
a la voz del arrepentimiento, la hubiera abandonado en manos de su cólera.
Aquí tiene esta liberación civil y política, tan difícil de obtener, que la Policía,
con razón, no cede fácilmente, en interés de la propia Sociedad, y cuyo
deseo ha expresado usted con el anhelo de un arrepentimiento sincero —
dijo el sacerdote, sacando de su cintura un papel administrativo, a juzgar por
su aspecto—. Ayer fue usted descubierta, y esta carta de aviso está fechada
hoy: fíjese si son poderosos los que se interesan por Lucien.
Al ver aquel documento, el temblor convulsivo que producen las alegrías
inesperadas agitó a Esther de una manera tan ingenua, que sus labios se
iluminaron con una sonrisa fija que le daba un aire estúpido. El sacerdote se
detuvo, contempló a la muchacha para ver si sería capaz, al hallarse privada
de la fuerza horrible que la gente corrompida saca de su misma corrupción y
al volver a su primitivo ser, frágil y delicado, de resistir tantas impresiones. Si
hubiera seguido siendo una cortesana engañosa, Esther habría podido fingir;
pero había vuelto a la inocencia y a la verdad, y podía morir como puede
perder la vista un ciego operado bajo el efecto de una claridad demasiado
intensa. El hombre penetró entonces hasta el fondo en la naturaleza
humana, pero guardó una tranquilidad terrible por su fijeza.
Las rameras son seres esencialmente movedizos, que sin motivo pasan de
la desconfianza más alelada a la más absoluta confianza. En este aspecto
están por debajo de los animales. Son extremosas en todo, en sus alegrías
como en sus depresiones, en su religión como en su irreligión, y casi todas
se volverían locas si la mortalidad que les es peculiar no las diezmara y si la
suerte azarosa no elevara de vez en cuando a algunas de ellas por encima
del fangal en que viven. Para llegar hasta el fondo de las calamidades de
esta horrible vida, habría que ver hasta dónde puede llegar por el camino de
la locura sin quedar prendida en ella, admirando el violento éxtasis de la
Torpille en las rodillas del sacerdote. La pobre muchacha miraba el papel
con una expresión olvidada por Dante, que superaba las invenciones de su
Injierno. La reacción estalló al mismo tiempo que los sollozos. Esther se
levantó, echó sus brazos alrededor del cuello de aquel hombre, apoyó la
cabeza contra su pecho, derramó lágrimas sobre él, besó la basta tela que
cubría aquel corazón de acero y pareció que quería penetrarlo. Cogió al
sacerdote y le cubrió las manos de besos; puso en obra todas las
zalamerías de sus caricias, aunque en un santo arrebato de gratitud le aplicó
los más dulces calificativos, y le pidió miles de veces, con las expresiones
más almibaradas y en tonos diferentes, que le diera el papel; le envolvió de
ternura y le cubrió con su mirada tan resueltamente que le cogió indefenso;
acabó, finalmente, apaciguando su ira. El sacerdote se dio cuenta de cómo
había merecido su sobrenombre; comprendió cuán difícil era resistir a aquel
ser cautivador, y adivinó de repente el amor de Lucien y lo que debió de
haber seducido en él al poeta. Semejante pasión oculta, entre otros muchos
encantos, un anzuelo que prende sobre todo el alma elevada de los artistas.
Tales pasiones, incomprensibles para la muchedumbre, se explican
perfectamente por la sed de un bello ideal que distingue a los seres
creadores. ¿No se hace uno semejante de algún modo a los ángeles
encargados de promover los buenos sentimientos de los pecadores, no se
convierte uno en creador, si llega a purificar a un ser como éste? ¡Qué
atrayente resulta la tarea de hacer concordar la belleza moral con la belleza
física! ¡Qué satisfacción para el orgullo si se consigue! ¡Qué tarea tan
hermosa la que no tiene más instrumento que el amor! Tales concordancias,
ilustradas por el ejemplo de Aristóteles, de Sócrates, de Platón, de
Alcibíades, de Cetego, de Pompeyo, y tan horrendas a los ojos de la gente
vulgar, se fundan en los mismos sentimientos que movieron a Luis XIV a
edificar Versalles y que empujan a los hombres a toda clase de empresas
ruinosas: transformar las miasmas de un pantano en un cúmulo de perfumes
rodeado de surtidores; poner un estanque en lo alto de una colina, como
hizo el "príncipe de Cohti en Nointel, o el paisaje de Suiza en Cassan, como
el recaudador general Bergeret. En suma, es la irrupción del Arte en la
Moral. El sacerdote, avergonzado de haber cedido a la ternura, rechazó
bruscamente a Esther, la cual se sentó, avergonzada también, al oír que le
decía:
—Nunca deja usted de ser una cortesana.
Y guardó fríamente la carta en su cintura. Esther se quedó mirando
fijamente el lugar de la cintura donde estaba el papel, como un niño que
tiene en la mente un solo deseo.
—Hija mía —añadió el sacerdote tras una pausa—, su madre era judía;
usted, aunque no recibió el bautismo, tampoco fue llevada a la sinagoga:
está en los limbos religiosos, donde están los niños pequeños...
—¡Los niños pequeños! —repitió la muchacha con voz conmovida.
—...de un modo semejante a como figura en las fichas de la policía, en tanto
que número apartado de los seres que forman la sociedad —dijo el
sacerdote, prosiguiendo impasible—. Si el amor le hizo creer, hace tres
meses, que nacía usted de nuevo, ahora debe de sentirse como si hubiera
vuelto a la infancia. Debe pues comportarse como si fuera una niña; ha de
transformarse enteramente, y yo voy a encargarme de que no se parezca ya
más a la que ha sido. Primero de todo, olvidará a Lucien.
Con estas palabras se le partió el corazón a la pobre muchacha; alzó la
mirada hacia el sacerdote e hizo con la cabeza un signo de denegación; no
tuvo fuerzas para hablar, al hallar de nuevo al verdugo en la persona del
redentor.
—Por lo menos renunciará a verle —continuó—. La llevaré a una casa
religiosa donde reciben educación las jóvenes de las mejores familias; allí se
hará católica, será instruida en la práctica de los ejercicios cristianos y
aprenderá la religión; de allí podrá salir una joven cumplida, casta, pura y
bien educada, si...
Levantó el dedo, haciendo una pausa.
—Si se siente con fuerzas para dejar aquí a la Torpille —continuó.
—¡Ah! —exclamó la pobre muchacha, que había escuchado cada una de
sus palabras como si fuera la nota de una música a cuyo son se estuvieran
abriendo lentamente las puertas del paraíso—. ¡Ah, ojalá fuera posible
derramar aquí toda mi sangre y tomar otra nueva!...

—Escúcheme.
La muchacha se calló.
—Su futuro depende de su capacidad de olvido. Piense en la enormidad de
sus obligaciones: la menor palabra, el menor gesto que dejara entrever a la
Torpille, mataría a la esposa de Lucien; una simple palabra pronunciada en
sueños, un pensamiento involuntario, una mirada deshonesta, un gesto
cualquiera de impaciencia, el recuerdo de alguna inmoralidad, cualquier
omisión, cualquier signo que revele lo que usted sabe o lo que, para
desgracia suya, se ha sabido acerca de usted...
—¡Sí, oh, sí padre —dijo la muchacha con una exaltación de santa—, todo
será dulce y llevadero! Caminar con zapatos de hierro candente y sonreír,
llevar un corsé lleno de púas y conservar la gracia de una bailarina, comer
pan espolvoreado con ceniza, beber ajenjo...
Volvió a caer de rodillas, estalló en sollozos, besó los zapatos del sacerdote
y los regó con sus lágrimas, le abrazó las piernas y se apretó contra ellas,
murmurando palabras insensatas en medio de los sollozos que le provocaba
la alegría. Sus hermosos y admirables cabellos rubios se soltaron y formaron
como una alfombra a los pies de aquel mensajero celestial cuya mirada le
pareció sombría y dura cuando le miró, al levantarse.
—¿En qué le he ofendido? —dijo la muchacha, muy asustada—. He oído
hablar dé una mujer como yo que lavó con perfumes los pies de Jesucristo.
Por desgracia, la virtud me ha hecho tan pobre que solamente puedo
ofrecerle mis lágrimas.
—¿Es que no me ha oído? —contestó con voz cruel—. Le he dicho que ha
de ser capaz de salir de la casa adonde la llevaré transformada, física y
moralmente, hasta tal punto que ninguno ni ninguna de quienes la
conocieron en otro tiempo pueda reconocerla ni hacerle volver la cabeza
llamándola por su nombre. El amor todavía no le ha dado fuerza suficiente
para enterrar a la prostituta de manera que no pueda reaparecer jamás, y
ésta aún reaparece incluso en los gestos de adoración a Dios.
—¿No le ha enviado él hacia mí?
—Si durante el período de educación Lucien llegara a verla, todo estaría
perdido —repuso—. Piénselo bien.
—¿Quién le consolará?
—¿De qué le consolaba usted? —preguntó el sacerdote con una voz, que
por vez primera desde el comienzo de esta escena, delataba un temblor
nervioso.
—No sé, a menudo estaba triste al llegar.
—¿Triste? —repuso el sacerdote—. ¿Dijo alguna vez por qué lo estaba?
—Nunca —contestó ella.
—Estaba triste por amar a una mujer como usted —exclamó.
—¡Sí! Debía de estarlo! —dijo con profunda humildad—, soy el ser más
despreciable de mi sexo, y no podía hallar gracia a sus ojos más que por la
fuerza de mi
amor.
—Este amor ha de darle fuerzas para obedecerme ciegamente. Si la llevara
ahora mismo a la casa donde recibirá educación, todos dirían a Lucien que
usted se ha marchado, hoy domingo, con un cura; en tal caso, podría
ponerse tras su pista. Dentro de ocho días, la portera, al ver que no he
vuelto, me tomará por lo que no soy. Así pues, dentro de ocho días, al
atardecer, a las siete, saldrá usted furtivamente y cogerá un coche de punto
que la esperará en la parte de abajo de la calle de los Frondeurs. Durante
estos ocho días, evite a Lucien; busque pretextos, prohíbale que venga, y, si
viene, suba al piso de alguna amiga; yo sabré si le ha vuelto a ver y, en tal
caso, todo habrá terminado: ni siquiera regresaré. Estos ocho días le bastan
para prepararse unas cuantas prendas decentes y para librarse
definitivamente de su aspecto de prostituta —dijo mientras depositaba una
bolsa sobre el marco de la chimenea—. En su aspecto, en su ropa se nota
ese no sé qué tan conocido de los parisienses que les indica su condición.
¿No ha visto nunca por las calles, por los bulevares, a ninguna joven
modesta y virtuosa caminando en compañía de su madre?...
—¡Oh, sí, por desgracia mía! La visión de una madre con su hija es uno de
los mayores suplicios para nosotras, nos remueve los remordimientos que
tenemos ocultos en los pliegues de nuestros corazones y que nos devoran...
Sé demasiado bien lo que me falta.
—Pues bien, ya sabe cómo tiene que estar el próximo domingo —dijo el
sacerdote, levantándose.
—¡Oh! —exclamó ella—, enséñeme una verdadera oración antes de
marcharse, para que pueda rogar a Dios.
Era conmovedor ver al sacerdote haciendo repetir a la muchacha el
Avemaria y el Padrenuestro.
—¡Es muy hermoso! —dijo Esther cuando logró repetir sin ninguna falta
estas dos magníficas expresiones populares de la fe católica—. ¿Cómo se
llama usted? —preguntó al sacerdote cuando le dijo adiós.
—Carlos Herrera, soy español y me expulsaron de mi país.
Esther le tomó la mano y se la besó. No era ya una cortesana, sino un ángel
que se levantaba después de una caída.
En un establecimiento famoso por la educación aristocrática y religiosa que
en él se da, un lunes por la mañana, a primeros del mes de marzo de este
año, las pensionistas vieron aumentar su agraciado grupo con una recién
llegada cuya belleza triunfó inapelablemente, no sólo sobre cada una de sus
compañeras, sino incluso sobre cada uno de los encantos particulares que
en ellas parecían haber llegado a la perfección. En Francia es muy poco
frecuente, por no decir imposible, encontrar las treinta famosas perfecciones
descritas en versos persas grabados, según dicen, en las paredes del
serrallo, y que son necesarias para que una mujer sea hermosa. En Francia
no abunda la perfección de conjunto, y en cambio hay detalles
encantadores. La armonía del conjunto, que la escultura intenta reproducir y
que ha reproducido en algunas escasas composiciones, tales como la Diana
y la Venus Calipigia, es un privilegio de Grecia y de Asia Menor. Esther
procedía de esta cuna de la humanidad, la patria de la belleza: su madre era
judía. Los judíos, aunque tantas veces degenerados por su contacto con los
demás pueblos, ofrecen entre sus numerosas tribus ciertos filones en los
que se ha conservado el tipo sublime de las beldades asiáticas. Cuando no
son de una fealdad repelente, tienen el esplendoroso aspecto de las figuras
armenias. Esther se hubiera llevado el premio del serrallo, puesto que
poseía los treinta encantos fundidos armoniosamente. En vez de haber
afectado al acabado de las formas o al frescor de la envoltura, su vida
irregular le había comunicado ese no sé qué de la mujer, ese no sé qué que
se manifiesta en el momento en que ya ha pasado la piel suave y tersa de la
fruta verde y aún no ha llegado el tono cálido de la edad madura, en que
todavía se conserva algo de la flor. Si su vida disoluta hubiera durado tan
sólo unos días más, habría empezado a perder esbeltez. Para un fisiólogo
debe de ser digno de consideración la exuberancia de salud y la perfección
corporal de un ser como aquél, en quien la voluptuosidad hacía las veces de
pensamiento. Por una casualidad poco frecuente, por no decir imposible en
muchachas muy jóvenes, sus manos, que tenían una nobleza incomparable,
eran blandas, transparentes y blancas como las de una mujer encinta de su
segundo hijo. Tenía los pies y los cabellos exactamente iguales a los de la
duquesa de Berri, tan justamente famosos, cabellos que no podían ser
tocados por la mano de ningún barbero, por lo abundantes; eran tan largos
que al caer al suelo formaban anillos, ya que Esther tenía la estatura
mediana que permite manejar a las mujeres como si fueran juguetes,
cogerlas, dejarlas, volverlas a coger y llevarlas sin fatiga. Su piel, fina como
el papel de China, tenía un color cálido de ámbar matizado por venas rojas,
relucía sin sequedad y era suave sin ser húmeda. Esther, que era nerviosa
en demasía, aunque aparentemente delicada, atraía repentinamente la
atención por un rasgo destacable íen las figuras mejor dibujadas por el lápiz
de Rafael, ya que Rafael es el pintor que ha estudiado más y que mejor ha
reproducido la belleza judía. Este rasgo maravilloso era el que producía la
profundidad del arco bajo el cual se movía el ojo, como si rebasara su propio
marco, y cuya curva semejaba por su nitidez la arista de alguna bóveda.
Cuando la! juventud reviste con sus tonos puros y diáfanos este hermoso ¡so
arco coronado de pestañas a modo de raíces perdidas, [ cuando la luz, al
deslizarse en el surco circular de abajo, adquiere una tonalidad rosa pálido,
se reúnen allí tesoros de ternura capaces de saciar a un amante y bellezas
bastantes para hacer desesperar a un pintor. Estos pliegues luminosos en
que la sombra adquiere matices dorados, este tejido que tiene la
consistencia de un nervio y la flexibilidad de la más; delicada de las
membranas, constituyen el último esfuerzo de la naturaleza. El ojo en reposo
parece, allí dentro, un huevo jflo milagroso puesto en un nido de hebras de
seda. Pero más tarde, cuando las pasiones hayan difuminado estos
contornos tan perfilados, cuando los dolores hayan arrugado esta red de
fibrillas, esta maravilla adquirirá una horrible melancolía. Los orígenes de
Esther se adivinaban en el corte original de sus ojos, de párpados turcos,
cuyo color era un gris pizarra que con la luz adquiría el tono azulado de las
alas negras de los cuervos. Sólo la ternura excesiva de su mirada podía
moderar su esplendor. Únicamente las razas procedentes de los desiertos
poseen en los ojos el poder de la seducción universal, ya que una mujer en
cuanto tal siempre fascina a alguien. Sus ojos guardan seguramente algo del
infinito que han contemplado. ¿Acaso la naturaleza, siempre previsora, ha
provisto sus retinas de algún tapiz reflector que les permite resistir los
espejismos de los arenales, los torrentes del sol y el ardiente cobalto del
éter? ¿O quizás ocurra que los seres humanos asimilan, como los demás,
algo de los ambientes |lo en los que se desarrollan y conservan durante
siglos las pro— ¡piedades que hacen suyas? Esta gran solución al problema
de las razas radica quizás en la misma pregunta. Los instintos son hechos
vivos que tienen por causa necesidades. Las variedades animales son el
resultado de la ejercitación de tales instintos. Para convencerse de esta
verdad, que es objeto de tan afanosa búsqueda, basta hacer extensiva a los
rebaños de hombres la observación hecha recientemente sobre los rebaños
de ovejas españolas e inglesas, las cuales en los prados de las llanuras
donde abunda la hierba pacen apretujadas unas contra otras, y en cambio
se dispersan en las montañas donde la hierba escasea. Si se saca de sus
respectivos países a ambas especies de ovejas y se las lleva a Suiza o a
Francia, las ovejas de montaña seguirán paciendo separadas, aunque se
hallen en un prado bajo y espeso, mientras que las del llano lo harán juntas
aun cuando estén en un monte. El paso de varias generaciones apenas
modifica los instintos adquiridos y transmitidos. A cien años de distancia
resurge el espíritu de la montaña en los corderos refractarios, análogamente
a como el Oriente, después de mil ochocientos años de destierro, brillaba en
los ojos y en la figura de Esther. Su mirada no ejercía una fascinación
terrible, sino que irradiaba una calidez suave, despertaba la ternura sin
asombro, y las voluntades más inquebrantables se fundían bajo su llama.
Esther había vencido al odio, había asombrado a los depravados de París, y
su mirada y la suavidad de su piel la habían hecho merecedora del terrible
sobrenombre que acababa de empujarla hasta el borde mismo de la tumba.
Todo en ella armonizaba con esas características de la peri de las ardientes
arenas. Tenía la frente firme, de perfil altivo. Su nariz, como la de los árabes,
era fina y delgada, de ventanas ovaladas, bien puestas y realzadas en los
bordes. Su boca roja y fresca era como una rosa sin marchitar, y no
conservaba ninguna huella de las orgías vividas. La barbilla, que parecía
estar modelada por un escultor enamorado que hubiera pulido su perfil, era
blanca como la leche. Un solo detalle, al que no había conseguido poner
remedio, revelaba su condición de cortesana sumida en la pobreza: sus
uñas estropeadas, que requerían mucho tiempo para recuperar una forma
elegante, hasta tal punto se habían deformado a causa de las faenas más
vulgares de la casa. Las jóvenes pensionistas empezaron por envidiar tales
milagros de la belleza, pero terminaron por admirarlos. No pasó la primera
semana sin que hubieran tomado afecto por la ingenua Esther, pues
sintieron interés por la secreta desgracia de una muchacha de dieciocho
años que no sabía leer ni escribir, para quien la ciencia y la instrucción eran
nuevas, y que iba a proporcionar al arzobispo el honor de haber convertido a
una judía al catolicismo, y al convento la fiesta de su bautismo. Le
perdonaron su belleza en la medida en que se sentían superiores a ella por
la educación. Esther adquirió pronto los ademanes, la suavidad de voz, el
porte y las actitudes de aquellas muchachas tan distinguidas; por fin volvió a
encontrar su primera naturaleza. La transformación fue tan completa que,
con ocasión de su primera visita, Herrera se sorprendió, pese a que parecía
que nada en el mundo pudiera sorprenderle, y las superioras le felicitaron
por su pupila. Aquellas mujeres jamás habían encontrado, a lo largo de su
actividad docente, ningún carácter tan amable, dulzura tan cristiana,
modestia tan auténtica ni deseo tan grande de aprender. Cuando una
muchacha ha sufrido los males que habían pesado sobre la pobre
pensionista y espera una recompensa como la que el español ofrecía a
Esther, no es extraño que lleve a cabo tales milagros, semejantes a los de
los primeros tiempos de la Iglesia, que repitieron los jesuítas en el Paraguay.
—Es edificante —dijo la superiora, besándola en la frente.
Esta frase, esencialmente católica, lo dice todo.
Durante las horas de recreo, Esther interrogaba con discreción a sus
compañeras sobre las cosas más simples del mundo, que para ella
significaban lo que para un niño los primeros descubrimientos acerca de la
vida. Cuando supo que iría vestida de blanco el día de su bautismo y de su
primera comunión, que llevaría una cinta de raso blanco, lazos blancos,
zapatos blancos y guantes blancos, y en la cabeza un tocado de lacitos
blancos, se deshizo en llanto en medio de sus asombradas compañeras. Era
lo contrario de la escena de Jefté en la montaña. La cortesana que había en
ella temió ser comprendida, de modo que atribuyó aquella horrible
melancolía a la alegría que el espectáculo le producía por anticipado. Puesto
que los hábitos que abandonaba distaban tanto de los hábitos que adquiría
como distan el estado salvaje de la civilización, manifestaba Esther la gracia,
la ingenuidad y la profundidad que distinguen a la maravillosa heroína de
Los puritanos de América. Sin que ella misma lo supiera, tenía también en el
corazón un amor que la atormentaba, un amor extraño, un deseo más
violento en ella, que lo conocía todo, que en una virgen que no sabe nada,
aunque ambos deseos tengan la misma causa y el mismo objeto. Durante
los primeros meses todo contribuía a relegar sus recuerdos al olvido: la
novedad de una vida recluida, las sorpresas de la enseñanza, los trabajos
que aprendía, la práctica de la religión, el fervor de su santa resolución, la
dulzura de los afectos que inspiraba, el ejercicio de las facultades de una
inteligencia despertada, e incluso los esfuerzos que había de desplegar para
dominar sus recuerdos; tenía tanto que olvidar como que aprender. Hay en
nosotros varias memorias; el cuerpo y el espíritu tienen cada uno la suya; y
la nostalgia, por ejemplo, es una enfermedad de la memoria física. Durante
el tercer mes la violencia de esta alma virgen, que volaba con las alas
desplegadas hacia el paraíso, resultó no dominada, sino entorpecida por una
sorda resistencia cuyas causas desconocía la propia Esther. Como las
ovejas de Escocia, quiso pacer aparte de las demás; no podía vencer los
instintos desarrollados por la vida licenciosa. ¿Sentía la llamada de las calles
llenas de barro del París que había dejado? ¿Acaso se aferraban a ella por
lazos olvidados las cadenas rotas de sus horribles costumbres y las sentía
como sienten los viejos soldados —según dicen los médicos— los miembros
que perdieron en la batalla? ¿Habían quizá penetrado hasta el tuétano de la
muchacha los vicios y sus excesos, hasta el punto que las aguas sagradas
no llegaban a alcanzar el demonio que se ocultba allí? ¿Era preciso que
contemplara a aquel por quien estaba realizando esfuerzos auténticamente
angélicos? ¿Era esto preciso para ella, a quien Dios había de perdonar que
mezclara el amor humano con el amor divino? El uno había llevado al otro.
¿Acaso se producía en su interior un desplazamiento de la fuerza vital que
acarreaba ciertos sufrimientos inevitables? Todo es dudoso y oscuro en una
situación que la ciencia no se ha dignado examinar por considerar que el
tema es demasiado inmoral y comprometedor, como si el médico y el
escritor, el sacerdote y el político no estuvieran por encima de cualquier
sospecha. Sin embargo, un médico tuvo la valentía de emprender unos
estudios que dejó inacabados por culpa de la muerte. Quizá la negra
melancolía que afectó a Esther y que oscurecía su feliz existencia participara
de todas aquellas causas; y ella, al no ser capaz de adivinarlas, sufriría quizá
como los enfermos que no conocen la medicina ni la cirugía. El hecho era
extraño. La alimentación sana y abundante que había sustituido a su anterior
y detestable régimen alimenticio no sustentaba a Esther. Una vida pura y
regular, repartida entre trabajos moderados y ratos de recreo, en lugar de
aquella otra vida desordenada, en que los placeres eran tan horrendos como
las desdichas, quebrantaba a la joven pensionista. El reposo aliviador y las
noches tranquilas, en sustitución de las fatigas abrumadoras y de las más
crueles excitaciones, provocaban una fiebre cuyos síntomas escapaban a la
exploración y a la observación de la enfermera. En suma, el bien y la
felicidad que sucedían al mal y al infortunio, la seguridad que reemplazaba al
desasosiego, resultaban tan funestos a Esther cuanto hubieran sido para
sus compañeras los desórdenes de su vida anterior. En la corrupción la
habían implantado y en ella se había desarrollado. Su patria infernal todavía
ejercía su imperio, pese a las órdenes soberanas de una voluntad absoluta.
Lo que odiaba era para ella la vida, mientras que lo que amaba la conducía a
la muerte. Tenía una fe tan ardiente, que su piedad enaltecía el alma. Le
gustaba rezar. Había abierto su alma a los resplandores de la religión
verdadera, que recibía sin esfuerzos ni dudas. Su director espiritual estaba
muy satisfecho; pero su cuerpo contrariaba continuamente a su alma. En
cierta ocasión se sacaron algunas carpas de un estanque cenagoso para
ponerlas en un pilón de mármol, con aguas claras, con objeto de satisfacer
un deseo de la señora de Maintenon, que les daba de comer las migas de la
mesa real. Las carpas desmejoraban. Los animales pueden ser abnegados,
pero el hombre jamás les contagiará la lepra de la adulación. Un cortesano
hizo notar aquella muda oposición que tenía lugar en Versalles. "Son como
yo —respondió aquella insólita reina—, echan de menos sus turbios
lodazales." Estas palabras expresan toda la historia de Esther.
De vez en cuando, la joven se sentía impulsada a correr por los espléndidos
jardines del convento, corría apresuradamente de árbol en árbol, se tiraba
desesperadamente en los rincones oscuros, ¿en busca de qué? No lo sabía,
pero sucumbía al demonio, coqueteaba con los árboles y les decía palabras
que no llegaba a pronunciar. A veces se deslizaba a lo largo de las paredes,
por la noche, como una culebra, con los hombros desnudos, sin chai. A
menudo, en la capilla, durante los oficios, se quedaba con los ojos fijos en el
crucifijo; todas la admiraban, los ojos se le inundaban de lágrimas; pero su
llanto era de rabia; en lugar de las imágenes santas que quería ver, se
alzaban ante su imaginación, desbreñadas, furiosas y brutales, aquellas
noches suyas llameantes durante las cuales dirigía ella las orgías como en el
Conservatorio dirige Haheneck una sinfonía de Beethoven. aquellas noches
llenas de risas y de lascivia, entrecortadas por movimientos nerviosos, por
risas inextinguibles. Por fuera era dulce como una virgen unida a este mundo
sólo por su figura femenina; por dentro en cambio se agitaba una imperial
Mesalina. Ella era la única que conocía el secreto de esta lucha entre el
demonio y el ángel; cuando la superiora le regañaba por llevar un peinado
más presumido de lo que permitía la regla, lo cambiaba con una
encantadora y presta obediencia, y hubiera estado dispuesta a cortarse el
cabello si la madre se lo hubiera ordenado. Aquella nostalgia tenía una
gracia conmovedora, tratándose de una muchacha que prefería morir que
regresar al mundo de la impureza. Se volvió pálida, se transformó y
adelgazó. La superiora redujo sus tareas y la tomó bajo su custodia para
interrogarla. Esther era feliz, se sentía muy a gusto entre sus compañeras;
no se sentía atacada en ninguna parte vital, pero su vitalidad estaba
esencialmente en peligro. No echaba nada de menos ni deseaba nada. La
superiora, sorprendida por las respuestas de la pensionista, no sabía qué
pensar al verla poseída de aquella devoradora languidez. Se llamó al médico
cuando pareció que el estado de la joven era grave, pero aquel médico
desconocía la vida anterior de Esther y no podía sospecharla; halló por todas
partes la vida, el sufrimiento no aparecía por ningún lado. Las respuestas de
la enferma desarticulaban todas las hipótesis. Quedaba aún una manera de
aclarar las dudas del sabio, que había concebido una idea horrible y
persistía en ella; pero Esther se negó obstinadamente a prestarse al examen
del médico. Ante este peligro, la superiora apeló al padre Herrera. El español
llegó, advirtió la gravedad del estado en que se hallaba Esther y conversó un
rato a solas con el doctor. Después de aquella confidencia, el hombre de
ciencia declaró al hombre de fe que el único remedio era un viaje a Italia. El
padre no quiso que Esther emprendiera el viaje antes de su bautismo y su
primera comunión.
—¿Cuánto tiempo falta? —preguntó el médico.
—Un mes —contestó la superiora.
—Ya habrá muerto —repuso el doctor.
—Sí, pero en estado de gracia, y se salvará —dijo el sacerdote.
Lo religioso domina en España a lo político, lo civil y lo vital; el médico,
pues, no contestó nada al español y se volvió hacia la superiora; pero el
terrible clérigo le cogió entonces por el brazo para detenerle.
—¡Ni una palabra, caballero! —dijo.
El médico, aun cuando era religioso y monárquico, dirigió a Esther una
mirada llena de piedad y ternura. Aquella muchacha era hermosa como un
lirio inclinado sobre su tallo.
—¡Sea pues lo que Dios quiera! —exclamó al salir.
El mismo día de esta consulta, Esther fue conducida por su protector al
Rocher de Canéale, ya que el deseo de salvarla había sugerido al sacerdote
los más insólitos expedientes; hizo la prueba de dos maneras: con una cena
excelente que pudiera recordar a la muchacha alguna de sus orgías, y con la
Ópera, que le ofrecería algunas imágenes mundanas. Fue precisa su
aplastante autoridad para decidir a la joven santa a tamañas profanaciones.
Herrera se disfrazó de militar, de un modo tan completo que Esther apenas
le reconocía; tuvo la precaución de hacer que su acompañante se pusiera un
velo, y la llevó a un palco donde pudiera permanecer oculta a las miradas.
Este paliativo, que no entrañaba ningún peligro para una inocencia
recuperada de un modo tan completo, pronto se mostró insuficiente. La
pensionista sintió repugnancia por las cenas de su protector y una aversión
religiosa por el teatro, y se sumió de nuevo en la melancolía. "Se muere de
amor por Lucien", se dijo Herrera, que quiso medir la profundidad de su alma
para saber todo cuanto podía exigírsele. Llegó un momento en que aquella
pobre muchacha sólo se aguantaba por una fuerza moral, y el cuerpo estaba
a punto de ceder. El sacerdote calibró este momento con la horrenda
sagacidad práctica que antaño ponían en obra los verdugos en su trabajo.
Encontró a su pupila en el jardín, sentada en un banco, a lo largo de un
emparrado que recibía las caricias del sol de abril; parecía tener frío y buscar
allí un poco de calor; sus compañeras contemplaban con interés su palidez
de hierba marchitada, su mirada de gacela agonizante y su postura
melancólica. Esther se levantó y fue hacia el español con un movimiento que
mostraba cuán poca vida quedaba en ella y también cuán poco gusto por la
vida. Aquella pobre gitana, aquella salvaje golondrina herida despertó por
segunda vez la piedad de Carlos Herrera. El sombrío ministro de Dios, a
quien éste no debía de utilizar más que para la realización de sus
venganzas, acogió a la enferma con una sonrisa que expresaba tanto la
tristeza como la dulzura, tanto la venganza como la caridad. Esther, que
durante su período de vida casi monacal se había acostumbrado a la
meditación y a replegarse en sí misma, experimentó por segunda vez un
sentimiento de desconfianza hacia su protector; pero, como la vez anterior,
la palabra de éste la tranquilizó.
—Dígame, hija mía —le decía el sacerdote—, ¿por qué no me ha hablado
jamás de Lucien?
—Le había prometido a usted —respondió, estremeciéndose de pies a
cabeza con un movimiento convulsivo—, le había jurado que no volvería a
pronunciar este nombre.
—Sin embargo, no ha dejado de pensar en él.
—Ésta ha sido mi única falta, padre. Pienso en él a todas horas, y cuando
usted ha aparecido hace un momento estaba pronunciando interiormente
este nombre.
—¿Es su ausencia lo que la abate?
Esther no contestó y se limitó a inclinar la cabeza como hacen los enfermos
que sienten ya el aire del sepulcro.
—¿Volverle a ver?... —dijo él.
—Sería volver a vivir —respondió.
—¿Piensa usted en él sólo en espíritu?
—¡Ah, padre, el amor no admite esta separación!
—¡Hija de raza maldita! Lo he hecho todo para salvarte; ahora voy a
devolverte a tu destino: le volverás a ver.
—¿Por que ofende usted mi felicidad? ¿Acaso no puedo amar a Lucien y
practicar la virtud, a la que quiero tanto como a él? ¿No estoy dispuesta a
morir aquí por ella, como estaría dispuesta a morir por él? ¿No estoy a punto
de morir por ambos fanatismos, por la virtud qué me hace digna de él que
me ha echado en brazos de la virtud? Sí, estoy dispuesta a morir sin volverle
a ver y a vivir en cuanto le vea. Dios me juzgará.
Había recuperado sus colores, su palidez había adquirido un matiz dorado.
Esther volvió a resplandecer por unos momentos.
—En cuanto haya sido lavada en las aguas del bautismo, al día siguiente,
volverá a ver a Lucien; y si se cree usted capaz de vivir virtuosamente
viviendo para él, no se separarán ya más.
El sacerdote tuvo que sostener a Esther, porque sus rodillas se doblaron. La
pobre muchacha se desplomaba como si la tierra cediera bajo sus pies. El
clérigo la sentó sobre el banco; cuando recuperó el habla, le dijo:
—¿Por qué no hoy mismo?
—¿Quiere sustraer a Monseñor el triunfo de su bautismo y de su
conversión? Está demasiado cerca de Lucien para no estar lejos de Dios.
—¡Sí, ya no pensaba en nada!
—Nunca será de ninguna religión —dijo el sacerdote con un gesto de
profuna ironía.
—Dios es bueno —repuso ella— y lee en mi corazón.
Vencido por la deliciosa ingenuidad que estallaba en la voz, en la mirada, en
los ademanes y en la actitud de Esther, Herrera le besó la frente por vez
primera.
—Los libertinos te habían aplicado un calificativo adecuado: tú seducirás a
Dios Padre. Todavía algunos días, es preciso; después seréis libres los dos.
—¡Los dos! —repitió la muchacha en un arrobamiento de alegría.
Esta escena sorprendió a las pensionistas y a las superioras, que la habían
contemplado desde lejos, y les hizo creer que habían asistido a alguna
operación mágica al comparar a la Esther de entonces con la de antes. La
joven, transformada, del todo, vivía de nuevo. Volvió a mostrarse en su
auténtica naturaleza de amor, amable, coqueta, zalamera y alegre; en
definitiva, pareció resucitar.
Herrera vivía en la calle Cassette, cerca de la iglesia de Saint-Sulpice, a la
que se hallaba adscrito. Esta iglesia, de estilo duro y seco, cuadraba a este
español, cuya religiosidad se emparentaba con la de los dominicos. Era una
víctima de la astuta política de Fernando VII; atentaba contra la causa
constitucional, sabiendo que esta entrega sólo podría ser recompensada
cuando fuera restablecido el Rey netto. Carlos Herrera se había dado en
cuerpo y alma a la camarilla en el momento en que las Cortes parecía que
no iban a ser derrocadas. Aquel comportamiento anunciaba, según la gente,
un alma superior. La expedición del duque de Angulema había tenido ya
lugar, reinaba de nuevo Fernando VII, pero Carlos Herrera no iba a reclamar
el pago a sus servicios a Madrid. Protegido de la curiosidad por un silencio
diplomático, dio como justificación de su estancia en París su gran afecto
hacia Lucien de Rubempré, el cual había ya conseguido, gracias a este
afecto, el decreto real referente a su cambio de apellido. Herrera vivía
desuna manera muy oscura, como suelen hacerlo tradicionalmente los
sacerdotes dedicados a misiones secretas. Cumplía sus deberes religiosos
en Saint-Sulpice y no salía más que para sus ocupaciones, siempre de
noche y fén algún vehículo. Le ocupaba una gran parte de su jornada la
siesta española, que sitúa el descanso entre las dos comidas, llenando así
las horas en que París está activo y tumultuoso. El cigarro español
desempeñaba también su papel, consumiendo tanto tiempo como tabaco.
La pereza es una careta ¿en igual medida que la gravedad, que también es
pereza. Herrera vivía en un ala del edificio, en el segundo piso, y Lucien
ocupaba la otra ala. Las dos viviendas estaban a la vez separadas y unidas
por una gran sala de recepción, cuya magnificencia y cuyo estilo antiguo se
adecuaban tanto al grave clérigo como al joven poeta. El patio de la casa era
sombrío. Le daban sombra unos árboles altos y espesos. El silencio y la
discreción se dan cita en las habitaciones elegidas por los sacerdotes. La de
Herrera puede describirse en dos palabras: era una celda. La de Lucien,
resplandeciente de lujo y provista de muchas comodidades, reunía todo
cuanto exige la vida elegante de un dandy, poeta, escritor, ambicioso,
vicioso, lleno a la vez de orgullo y de vanidad, descuidado pero amante del
orden, ejemplo de uno de esos genios incompletos que tienen cierta
potencia para desear y para concebir —que quizás es lo mismo—, pero
carecen de fuerza para hacer. Lucien y Herrera formaban, entre los dos, un
político. Ahí radicaba, seguramente, el secreto de su unión. Los viejos, en
los que la actividad vital se ha desplazado para trasladarse a la esfera de los
intereses, sienten a menudo necesidad de una bonita máquina, de un actor
joven y apasionado, para realizar sus proyectos. Richelieu buscó demasiado
tarde alguna hermosa y blanca figura con bigotes para echarla a las mujeres
a quienes debía divertir. Se vio obligado a desterrar a la madre de su señor y
a espantar a la reina, tras haber intentado hacerse querer por ambas
inútilmente, ya que no es de los que gustan a las reinas. En una vida
ambiciosa, se haga lo que se haga, es obligado tropezar con una mujer en el
momento en que menos se espera un tal encuentro. Por po— ¡deroso que
sea un gran político, necesita una mujer para oponer a la mujer, como los
holandeses desgastan el diamante con el diamante. Roma, en su época de
esplendor, obedecía a esta necesidad. Obsérvese también cómo la vida de
Mazarino, cardenal italiano, tuvo un carácter de dominación muy otro que la
de Richelieu, cardenal francés. Richelieu halló una oposición entre los
grandes señores, y contra ella empleó el hacha; falleció en la flor de su
poder, desgastado por este duelo para el cual sólo contaba con un
capuchino como ayudante. Mazarino fue rechazado por la Burguesía y por la
Nobleza unidas, armadas, a veces victoriosas, que hicieron huir a la realeza;
pero el servidor de Ana de Austria no cortó ninguna cabeza, supo vencer a
Francia entera y formó a Luis XIV, que completó la obra de Richelieu
ahogando a la nobleza con cordones dorados en el gran serrallo de
Versalles. Una vez muerta la señora de Pompadour, Choiseul estuvo
perdido. ¿Se había empapado Herrera de estas elevadas doctrinas? ¿Se
había hecho a sí mismo justicia antes de lo que lo hiciera Richelieu? ¿Había
hallado en Lucien un Cinq-Mars, aunque un Cinq-Mars fiel? Nadie podía
responder a tales preguntas ni medir la ambición de aquel español, como
tampoco podía preverse su fin. Estas preguntas, que se hacían los que
pudieron echar una mirada sobre aquella unión, mantenida tanto tiempo en
secreto, apuntaban a un misterio horrible que Lucien sólo conocía desde
hacía unos pocos días. Carlos era ambicioso por dos: esto era lo que
mostraba su conducta a la gente que le conocía, y que creía que Lucien era
el hijo natural del sacerdote.
Quince meses después de su aparición en la Ópera, que le lanzó
demasiado pronto en medio de un mundo en el que el clérigo no quería verle
antes de haber terminado de armarlo contra el mundo, Lucien tenía tres
hermosos caballos en su caballeriza, una berlina para las noches, un
cabriolé y un til— buri para las mañanas. Comía fuera de casa. Las
previsiones de Herrera se habían cumplido: la disipación se había
apoderado de su pupilo; pero había creído necesario desviarle del insensato
amor que el joven guardaba en su corazón por Esther. Después de haber
gastado unos cuarenta mil francos aproximadamente, cada locura había
devuelto a Lucien más ansiosamente a la Torpille, y la buscaba con
obstinación; al no encontrarla, era para él, cada vez más, lo que es la presa
para el cazador. ¿Podía Herrera comprender lo que es el amor de un poeta?
Cuando este sentimiento se ha apoderado, en uno de estos grandes
hombres pequeños, de la cabeza, cuando ha inflamado el corazón y
penetrado los sentidos, el poeta se hace tan superior a la humanidad por el
amor como lo era ya por la potencia de su fantasía. Debe a un capricho del
engendramiento intelectual la rara facultad de expresar la naturaleza por
medio de imágenes en las que imprime a la vez el sentimiento y la idea, y
confiere a su amor las alas de su espíritu: siente y retrata, actúa y medita,
multiplica sus sensaciones con el pensamiento, triplica la felicidad presente
mediante la aspiración al futuro y la memoria del pasado; y mezcla en todo
ello los exquisitos goces del alma que lo convierten en el príncipe de los
artistas. La pasión de un poeta se transforma entonces en un gran poema
que muchas veces rebasa las proporciones humanas. ¿No sitúa entonces el
poeta a su amante a una altura en que las mujeres habitualmente no quieren
verse situadas? Convierte a una rústica moza en princesa, como el sublime
caballero de la Mancha. Emplea para sí mismo la varita con la que
transforma en seres maravillosos todas las cosas, y engrandece así la
voluptuosidad mediante el majestuoso mundo del ideal. Por esto un tal amor
es un modelo de pasión: tiene un exceso de todo, en sus esperanzas, en
sus desesperanzas, en sus cóleras, en sus melancolías, en sus alegrías;
vuela, salta, se desliza, y no se parece a ninguna de las agitaciones que
experimentan los comunes mortales; frente al amor burgués es como el
torrente eterno de los Alpes comparado con los riachuelos de ¡as llanuras.
Estos bellos genios son tan a menudo incomprendidos, que se consumen en
falsas esperanzas; se desgastan en busca de sus amantes ideales, y
mueren casi siempre como hermosos insectos engalanados para las fiestas
del amor por la más poética de las naturalezas, y que terminan aplastados,
vírgenes aún, bajo la planta de algún caminante; pero hay otro peligro:
cuando encuentran la forma que responde a su espíritu, que a menudo es
una panadera, hacen como Rafael, < hacen como el hermoso insecto,
mueren junto a la Fornarina. Lucien estaba en este estadio. Su natural
poético, necesariamente extremoso en todo, tanto en lo bueno como en lo
malo, había adivinado al ángel que había en el interior de aquella muchacha,
restregada de corrupción más que corrompida: siempre la veía blanca,
alada, pura y misteriosa, tal como ella se había hecho para él, adivinando
que él la quería así.
Hacia finales del mes de mayo de 1825, Lucien había perdido toda su
vivacidad; no salía, cenaba con Herrera, estaba meditabundo, trabajaba, leía
la colección de tratados diplomáticos, se quedaba sentado a la turca en un
diván y fumaba tres o cuatro hukás cada día. Su groom se pasaba más
tiempo limpiando los tubos de este bonito instrumento y perfumándolos, que
cepillando el pelo de los caballos y enjaezándolos con rosas para los paseos
por el Bosque de Bolonia. El día en que el español se dio cuenta de la
palidez de la frente de Lucien, en que advirtió las huellas de la enfermedad
en las locuras del amor reprimido, deseó ir hasta el fondo de aquel corazón
de hombre sobre el cual había asentado su existencia.
Un bello atardecer en que Lucien, sentado en una butaca, contemplaba
maquinalmente la puesta del sol a través de los árboles del jardín, corriendo
sobre ella el velo del humo perfumado de su tabaco en exhalaciones
regulares y prolongadas, como suelen hacer los fumadores preocupados,
sus ensueños se disiparon al oír un profundo suspiro. Se volvió y vio al
sacerdote de pie, con los brazos cruzados.
—¿Estabas ahí? —dijo el poeta.
—Desde hace un buen rato —respondió el clérigo—. Mis pensamientos han
seguido la extensión de los tuyos...
Lucien comprendió.
—Nunca me he tenido por una naturaleza de bronce, como la tuya. La vida
es para mí, alternativamente, un paraíso y un infierno; pero cuando, por
casualidad, no es ni una cosa ni otra, me aburre, y yo me aburro...
—¿Cómo puede uno aburrirse teniendo unas esperanzas tan magníficas
delante de sí?
—Cuando no se cree en tales esperanzas, o cuando están demasiado
veladas...
—¡No digas tonterías!... —dijo el sacerdote—. Es mucho más propio de tu
dignidad y de la mía que me abras tu corazón. Hay entre nosotros algo que
jamás debiera haber: ¡un secreto! Este secreto dura desde hace dieciséis
meses. Amas a una mujer.
—¿Qué más...?
—Una muchacha inmunda, llamada la Torpille...
—Sí, ¿y qué?
—Hijo mío, te había permitido que tomaras una amante, pero una mujer de
la corte, joven, hermosa, influyente, por lo menos condesa. Había elegido
para ti a la señora de Espard, para hacer de ella sin escrúpulos un
instrumento de fortuna; porque nunca te habría pervertido el corazón, te lo
habría dejado libre... Amar a una prostituta de la más baja ralea cuando no
se tiene, como tienen los reyes, poder para ennoblecerla, es un error muy
grave.
—¿Soy acaso el primero que ha renunciado a la ambición para seguir la
pendiente de un amor desenfrenado?
—¡Bien! —exclamó el sacerdote mientras recogía el bocchetino del houka,
que Lucien había dejado caer, y se lo devolvía—. Comprendo adonde
quieres ir a parar. ¿No se pueden conciliar la ambición y el amor? Hijo mío,
tienes en el viejo Herrera a una madre cuya entrega es total y absoluta...
—Lo sé, amigo mío —dijo Lucien, dándole la mano.
—Has deseado los juguetes de la riqueza, y ya los tienes. Has querido
brillar, y te he llevado por el camino del poder; beso manos muy sucias para
hacerte medrar, y medrarás. Dentro de un tiempo ya no te faltará nada de lo
que gusta a los hombres y a las mujeres. Aunque viril por tu espíritu, eres
afeminado por tus caprichos: he pensado cualquier cosa de ti, y te lo
perdono todo. No tienes más que hablar para satisfacer tus pasiones de un
día. He engrandecido tu vida poniendo en ella lo que produce la adoración
de la mayoría, el sello de la política y del poder. Llegarás a ser tan grande
como ahora eres pequeño; pero no hay que romper el volante con el que
acuñamos la moneda. Te lo permito todo menos las faltas que frustrarían tu
porvenir. Si bien te abro las puertas de los salones del faubourg Saint-
Germain, te prohibo que te revuelques en los arroyos. Lucien, seré como
una barra de hierro en interés tuyo, sufriré cualquier cosa de ti y para ti. Así
pues, he convertido tu falta de tacto para el juego de la vida en un
refinamiento de jugador habilidoso... —Lucien alzó la cabeza con un
movimiento brusco y furioso—. ¡Me he llevado a la Torpille!
—¿Tú? —exclamó Lucien.
En un arranque de ira animal, el poeta se levantó, tiró a la cara del
sacerdote el bocchetino de oro y piedras preciosas, y le empujó con la
suficiente brusquedad para hacer caer a aquel atleta.
—Yo —dijo el español, levantándose, sin perder su terrible gravedad.
Se le había caído la peluca negra. Un cráneo pulido como la cabeza de un
muerto hizo recuperar a aquel hombre su auténtica fisonomía: era
espantosa. Lucien permaneció en el diván, con los brazos colgantes,
abrumado y mirando al clérigo con un aire estúpido.
—Me la he llevado —siguió el sacerdote.
—¿Qué has hecho con ella? Te la llevaste el día siguiente al baile de
máscaras...
—Sí, el día después de haber visto cómo insultaban a un ser que te
pertenecía unos tipos que no quisiera que...
—Unos tipos —dijo Lucien, interrumpiéndole—, di mejor unos monstruos;
comparados con ellos, los que van a la guillotina son unos ángeles. ¿Sabes
lo que la pobre Torpille ha hecho por tres de ellos? Uno fue durante dos
meses su amante: ella era pobre y se buscaba su sustento en el arroyo; él
no tenía ni un céntimo, estaba en una situación parecida a la mía cuando me
encontraste; el individuo en cuestión se levantaba por la noche, se iba al
armario donde ella guardaba los restos de su cena, y se los comía. Esther
acabó descubriendo este tejemaneje; se mostró comprensiva con lo que
tenía aquello de humillante, y tenía buen cuidado de dejarle unos restos
copiosos; se sentía dichosa al hacerlo; esto sólo me lo ha revelado a mí, en
su coche de punto, al regreso de la Ópera. El segundo había robado, y antes
de que se descubriera el robo, ella le prestó la cantidad, que pudo restituir,
sin acordarse luego nunca más de devolverla a la pobre muchacha. En
cuanto al tercero, le hizo hacer fortuna prestándose a una farsa propia del
genio de Fígaro; simuló ser su esposa y se hizo amante de un personaje
todopoderoso, a quien hizo creer que era la más candida de las burguesas.
A uno la vida, al otro el honor, al último la fortuna, y ¡qué queda hoy de todo
esto! Y mira de qué manera le pagan.
—¿Quieres que mueran? —dijo Herrera con los ojos humedecidos.
—¡Vamos, en seguida con ésas! Te conozco...
—No, has de saberlo todo, furioso poeta —dijo el sacerdote—. La Torpille
ya no existe...
Lucien se abalanzó con tal ímpetu sobre Herrera para agarrarle por la
garganta, que de haber sido otro le habría derribado; pero el brazo del
español retuvo al poeta.
—Escúchame —dijo fríamente—. He hecho de ella una mujer casta, pura,
bien educada, religiosa, una mujer respetable, en suma; la he puesto en el
camino de la instrucción; puede, debe convertirse, bajo el imperio de tu
amor, en una Ninón, una Marion de Lorme o una Dubarry, como decía aquel
periodista en la Opera. La reconocerás como tu amante o permanecerás tras
el velo de tu creación, lo cual sería más prudente. Cualquiera de estas dos
alternativas te proporcionará provecho y orgullo, placer y progreso; pero si
llegas a ser tan gran político como eres gran poeta, Esther no ha de ser para
ti más que una amante, pues más tarde puede sacarnos de apuro: vale su
peso en oro. Bebe, pero no te embriagues. Si yo no hubiera tomado las
riendas de tu pasión, ¿en qué situación te hallarías hoy? Habrías rodado,
junto a la Torpille, en el fango de las miserias de las que te saqué. Toma, lee
—dijo Herrera con la misma sencillez de Talma en Manlio, que él jamás
había leído.
""Un papel cayó sobre las rodillas del poeta, sacándole del extático estado
de sorpresa en que le había sumido esta aterradora respuesta; lo cogió y
leyó la primera carta escrita por la señorita Esther.

AL REVERENDO PADRE CARLOS HERRERA


"Apreciado protector: Puede usted apreciar cómo antepongo el
agradecimiento al amor, viendo que utilizo la facultad de expresar mis
pensamientos, por vez primera, para atestiguarle mi gratitud, en lugar de
dedicarla a describir un amor que Lucien quizás haya olvidado. Pero a usted,
ser divino, le diré lo que no me atrevería a decirle a él, que, para mi dicha,
sigue todavía ligado a la tierra. La ceremonia de ayer infundió en mí los
tesoros de la gracia, de modo que dejo entre sus manos mi destino. Aunque
tenga que morir permaneciendo lejos de mi amado, moriré purificada como
la Magdalena, y mi alma será para él la rival de su ángel de la guarda.
¿Podré alguna vez olvidar la fiesta de ayer? ¿Cómo podría desear
abandonar el trono glorioso al que ascendí? Ayer lavé todas mis lacras en el
agua del bautismo, y recibí el cuerpo sagrado de nuestro Salvador; me
convertí en uno de sus tabernáculos. En aquel momento oí los cantos de los
ángeles, no era más que una mujer, nacía a una vida de luminosidad, en
medio de las aclamaciones de la tierra, admirada por el mundo, en una nube
de incienso y de plegarias que embargaba, y engalanada como una virgen
para un esposo celestial. Sintiéndome digna de Lucien, cosa que jamás
esperaba, he abjurado de todo amor impuro y no quiero seguir más camino
que el de la virtud. Si mi cuerpo es más débil que mi espíritu, que perezca.
Sea usted el arbitro de mis destinos, y si muero, diga a Lucien que he
muerto por él naciendo a Dios.
"Hoy, domingo por la noche."
Lucien alzó sus ojos llenos de lágrimas, hacia el clérigo.
—Ya conoces el piso de la gruesa Carolina Bellefeuille, en la calle Taitbout
—siguió el español—. Esta muchacha, a quien acababa de abandonar su
magistrado, se hallaba en un espantoso estado de miseria, podían
detenerla; he mandado comprar su domicilio, en bloque, y ella se ha ido con
sus trapitos a otra parte. Esther, ese ángel que quería subir al cielo, está allí
y te espera.
En aquel momento Lucien oyó piafar a sus caballos en el patio, y no se
sintió con fuerzas para expresar su admiración por una abnegación que sólo
él podía apreciar; se echó en brazos del hombre al que acababa de ultrajar,
y le dio reparación con una simple mirada y con la muda efusión de sus
sentimientos; a continuación bajó las escaleras, dio a su tigre la dirección de
Esther, y los caballos partieron como si la pasión de su amo animara sus
extremidades.
A la mañana siguiente, un hombre que por su indumentaria podía ser
confundido con un policía disfrazado, se paseaba por la calle Taitbout,
delante de una casa, como si esperase que alguien saliera; su modo de
andar revelaba su agitación. Es frecuente encontrarse en París con
paseantes apasionados como aquél, auténticos gendarmes que vigilan a
algún guardia nacional refractario, agentes que toman sus medidas para
proceder a un arresto, acreedores pensando qué infamia pueden
desencadenar contra un deudor suyo que se ha encerrado en su casa,
amantes o maridos celosos o suspicaces, amigos apostados al servicio de
amigos; pero no es frecuente hallar un rostro iluminado por los salvajes y
ásperos pensamientos que se adivinaban en el del sombrío atleta que
deambulaba bajo las ventanas de la señorita Esther, con la pensativa
precipitación de un oso enjaulado. Hacia mediodía se abrió una ventana por
la que se vio salir la mano de una criada, que abrió las persianas rellenas de
cojines. Unos instantes más tarde, Esther se asomó en déshabillé para
respirar el aire fresco, apoyada en Lucien; quien los viera podía tomarlos por
el original de una dulzona viñeta inglesa. Esther vio en seguida los ojos.de
basilisco del sacerdote español, y la pobre muchacha dio un grito de
espanto, como si la hubiera herido una bala.
—Ahí está el terrible sacerdote —dijo, mostrándoselo a Lucien.
—¡Él! —dijo éste con una sonrisa—. Es tan sacerdote como tú...
—¿Qué es, pues? —dijo ella, asustada.
—Es un viejo barbián que sólo cree en el diablo —dijo Lucien.
Si se hubiera tratado de un ser menos entregado que Esther, esta claridad
que Lucien acababa de proyectar sobre los secretos del falso clérigo hubiera
podido ser la perdición del joven. Al trasladarse de la ventana de su
habitación hacia el comedor, donde acababan de servirles el desayuno, los
dos amantes encontraron a Carlos Herrera.
—¿Qué vienes a hacer aquí? —le preguntó Lucien con brusquedad.
—Vengo a bendeciros —contestó el audaz personaje, deteniendo a la
pareja y obligándola a permanecer en el saloncito del piso—. Escuchadme,
amiguitos. Divertíos bien, sed felices, está muy bien. La felicidad a cualquier
precio, ésta es mi doctrina. Pero tú —dijo a Esther—, tú a quien he sacado
del fango, a quien he enjabonado el cuerpo y el alma, no tengas la
pretensión de interponerte en el camino de Lucien... En cuanto a ti, pequeño
—siguió tras una pausa, mirando a Lucien—, ya no eres tan poeta como
para abandonarte a otra Coralie. Ahora estamos haciendo prosa. ¿Qué
puede llegar a ser el amante de Esther? Nada. ¿Puede Esther convertirse
en la señora de Rubempré? No. Así pues, pequeña —dijo, poniendo su
mano sobre la de Esther, que se estremeció como si la hubiera tocado
alguna serpiente—, el mundo ha de ignorar que usted existe; el mundo ha
de ignorar sobre todo que una cierta señorita Esther ama a Lucien y que
Lucien está prendado de ella... Este piso será su prisión, pequeña. Si quiere
salir (cosa que exigirá su salud), se paseará durante la noche, durante las
horas en que no pueda ser vista, porque la belleza, la juventud y la distinción
que ha adquirido en el convento serían advertidas en seguida en París. Si un
día alguien, sea quien sea —dijo con acento terrible unido a una terrible
mirada—, llegara a saber que Lucien es su amante o que usted es la amante
de él, ese día sería el penúltimo de su vida. Se ha logrado para este
jovencito una ordenanza que le permite llevar el nombre y las armas de sus
antepasados maternos. ¡Pero esto no es todo! El título de marqués no se
nos ha restituido; y para recuperarlo, tiene que casarse con la hija de alguna
buena familia, en cuyo beneficio el rey nos otorgará esta gracia. Esta unión
abrirá a Lucien las puertas de la corte. Este niño, de quien he sabido hacer
un hombre, será primero secretario de embajada; más tarde será ministro en
alguna pequeña corte de Alemania, y con la ayuda de Dios, o con la mía
(que es más eficaz), irá a ocupar algún día un puesto en los bancos de los
pares...
—O en los jergones de los presidiarios... —dijo Lucien, interrumpiéndole.
—¡Cállate! —exclamó Carlos, tapando con su gran mano la boca de Lucien
—. ¡Un secreto como éste a una mujer!... —le murmuró al oído.
—¿Esther, una mujer?... —exclamó el autor de Las Margaritas.
—Ya vuelves a salir con sonetos —dijo el español—. ¡O con pamplinas!
Todos los ángeles de esta especie vuelven a ser mujeres, tarde o temprano;
y la mujer pasa siempre por momentos en que es a la vez simio y niño: dos
seres que nos matan cuando quieren reír. Esther, cariño —dijo a la pobre
pensionista asustada—, le he encontrado como criada un ser que me
pertenece como si fuera hija mía. Como cocinera tendrá a una mulata, lo
cual da tono a una casa. Con Europa y Asia podrá vivir aquí con un billete de
mil francos al mes para todos los gastos, como una reina... de teatro. Europa
ha sido costurera, modista y comparsa. Asia ha servido a un milord goloso.
Estas dos criaturas serán para usted como dos hadas.

Al ver a Lucien tan amilanado ante aquel personaje, que por lo menos era
culpable de un sacrilegio, aquella mujer, consagrada por su amor, sintió
entonces un terror profundo en el fondo de su corazón. Sin contestar,
arrastró a Lucien hacia la habitación, y le dijo:
—¿Es acaso el diablo?
—¡Es algo mucho peor... para mí! —dijo con viveza—. Pero si me quieres,
procura imitar la abnegación de este hombre y obedécele, bajo pena de
muerte...
—¿De muerte?... —dijo con un espanto creciente.
—De muerte —repitió Lucien—. ¡Ah, pequeña! Ninguna muerte sería
comparable a la que me esperaría si...
Esther palideció al oír estas palabras, y se sintió desfallecer.
—¿Qué pasa? —les dijo gritando aquel falsario sacrilego—. ¿Todavía no
habéis deshojado todas vuestras margaritas?
Esther y Lucien volvieron, y la pobre muchacha dijo, sin atreverse a mirar al
hombre misterioso:
—Será usted obedecido como se obedece a Dios.
—¡Bien! —respondió—. Podrá ser muy feliz durante algún tiempo, y... no
necesitará más que la ropa interior y algún traje de noche, resultará muy
económico.
Los dos amantes se dirigieron hacia el comedor; pero el protector de Lucien
hizo un ademán para detener a la hermosa pareja, que se detuvo.
—Le acabo de hablar de su servidumbre, voy a presentársela.
El español tocó dos veces la campanilla. Aparecieron las dos mujeres, a las
que él denominaba Europa y Asia, y entonces se adivinó fácilmente el
motivo de tales apodos.
Asia, que parecía haber nacido en la isla de Java, ofrecía el espantoso
espectáculo de uno de esos rostros cobrizos peculiares de los malayos,
aplanado como una tabla, en el que la nariz parece haber sido hundida por
una presión violenta. La extraña disposición de los huesos maxilares daba a
la parte inferior de su cara una cierta semejanza con el rostro de los monos
superiores. La frente, aunque deprimida, no carecía de una cierta
inteligencia producida por el hábito de la astucia. Sus dos ojuelos ardientes
conservaban la tranquilidad de los ojos de los tigres, pero nunca miraban
cara a cara. Asia parecía temer que su aspecto asustara a los que la
rodeaban. Sus labios, de un azul pálido, dejaban entrever unos dientes de
blancura resplandeciente, aunque entrecruzados. Aquella ñsonomía animal
expresaba, en conjunto, la ruindad. Los cabellos, relucientes y grasientos,
como la piel de la cara, formaban dos franjas negras rodeadas por un
pañuelo exótico. Las orejas, demasiado bonitas, llevaban como adorno dos
enormes perlas oscuras. Asia, con su figura pequeña, corta y rechoncha,
recordaba las sombras borrosas que los chinos se dedican a proyectar en
sus pantallas, o quizá, mejor, esos ídolos hindúes cuyo modelo parece que
no ha de existir y que sin embargo los viajeros acaban encontrando. Viendo
a aquel monstruo con un delantal blanco encima de un vestido de paño,
Esther sintió un estremecimiento.
—¡Asia! —dijo el español; la mujer levantó la cabeza hacia él con un
movimiento sólo comparable al de un perro al mirar a su amo—. Ésta es tu
señora...
Y señaló a Esther, en bata, con el dedo. Asia contempló a la joven hada con
una expresión casi dolorosa; pero al mismo tiempo dirigió a Lucien un
resplandor casi apagado por entre sus apretadas pestañas, como la chispa
de un incendio; el muchacho, que llevaba una magnífica bata abierta, una
camisa de frisa y unos pantalones rojos, y en la cabeza un gorro turco,
ofrecía una imagen divina. El genio italiano puede inventar a Ótelo, y el
genio inglés puede llevarlo a escena, pero sólo la naturaleza tiene el derecho
de ser en una única mirada más esplendorosa y más completa que
Inglaterra e Italia en la expresión de los celos. Esther, que captó esta mirada,
cogió al español por el brazo y le clavó las uñas como hiciera un gato que
temiese caer en un precipicio sin fondo. El español dijo tres o cuatro
palabras en lengua desconocida a aquel monstruo asiático, que se arrodilló
arrastrándose hasta los pies de Esther, y los besó.
—No es una cocinera —dijo el español a Esther—, sino un cocinero que
haría enloquecer de envidia a Careme. Asia sabe hacer de todo en cuanto a
cocinar. Le preparará un simple plato de judías que le hará dudar si no han
bajado los ángeles para condimentarlas con hierbas del cielo. Irá todas las
mañanas ella misma al mercado y se peleará como el demonio que es para
conseguir las cosas al mejor precio; agotará a los curiosos por su discreción.
Como habrá que fingir que usted ha estado en la India, Asia le ayudará
mucho a hacer verosímil esta historia, porque es una de estas parisienses
que nacen para ser del país del que quieren ser; pero no creo que deba
usted pasar por extranjera...
—Europa, ¿tú qué dices?...
Europa formaba un perfecto contraste con Asia, ya que era la doncella más
amable que onrose hubiera podido jamás desear como adversario en el
teatro. Europa era esbelta, tenía un aire aturdido, una carita de comadreja y
la nariz retorcida; ofrecía a la mirada una figura cansada por las
corrupciones parisienses, la figura descolorida de una muchacha alimentada
con manzanas crudas, linfática y correosa, blanda y tenaz. Avanzando uno
de sus pies y con las manos en los bolsillos de su delantal, se agitaba aun
permaneciendo inmóvil, tan grande era su animación. Era a un tiempo
modistilla y comparsa, y, pese a su juventud, debía haber hecho ya muchos
oficios. Su perversión no tenía límites: podía haber robado a sus propios
padres y haber rozado los banquillos de la policía correccional. Asia
inspiraba un gran temor; pero se la adivinaba en un instante de pies a
cabeza, descendía en línea directa de Locusta. Europa, por el contrario,
inspiraba una inquietud que no podía por menos de aumentar a medida que
se utilizaban sus servicios; su corrupción parecía no tener límites; como dice
el pueblo, era una de ésas que "la saben muy larga".
—La señora podría ser de Valenciennes —dijo Europa con una vocecita
cortante—; yo soy de allí. ¡Querrá el señor —dijo en tono pedante a Lucien
— decirnos qué nombre piensa dar a la señora?
—Señora Van Bogseck —respondió el español, dando en seguida la vuelta
al nombre de Esther—. La señora es una judía procedente de Holanda,
viuda de un negociante y afectada por una enfermedad del hígado contraída
en Java... Sin demasiada fortuna, para no excitar la curiosidad..
—Tiene tan sólo con qué vivir, seis mil francos de renta, y nos quejaremos
de su tacañería —dijo Europa.
—Esto es —dijo el español, inclinando la cabeza—. ¡Endiabladas farsantes!
—siguió, con una voz terrible, al sorprender en ambas unas miradas que no
le gustaron—. ¿Sabéis lo que os he dicho? Vais a servir a una reina, le
debéis el respeto debido a una reina, la cuidaréis como se cuida una
venganza, y le tendréis tanta abnegación como a mí. Nadie en el mundo, ni
el portero, ni los vecinos, ni el dueño, han de saber lo que pasa aquí. A
vosotras os toca neutralizar todas las curiosidades, si llegan a despertarse. Y
la señora —añadió, poniendo su ancha mano velluda sobre el brazo de
Esther—, la señora no ha de cometer ni la más ligera imprudencia; si fuera
preciso se lo impediríais, aunque... siempre con el mayor respeto. Europa, tú
estarás en contacto con el exterior para el guardarropa de la señora, y
cuidarás de no gastar demasiado. En fin, que nadie, ni siquiera la gente más
insignificante, ponga los pies en el piso. Entre las dos tenéis que
conseguirlo.
—Mi pequeña joya —dijo a Esther—, cuando desee salir por la noche en
coche, se lo dirá a Europa, que sabe adonde ha de ir a buscar a su gente,
pues tendrá para usted un criado, y a mi estilo, como estas dos esclavas.
Esther y Lucien no sabían qué decir, escuchando al español y miraban a las
dos extrañas mujeres a las que daba órdenes. ¿A qué secreto debía la
sumisión y la entrega grabadas en aquellos dos rostros, el uno tan
traviesamente picaro y el otro tan profundamente cruel? Adivinó los
pensamientos de Esther y Lucien, que parecían embotados como lo habrían
estado seguramente Pablo y Virginia ante la visión de dos horribles
serpientes, y les dijo con su buena voz al oído:
—Podéis contar con ellas como conmigo mismo; no tengáis secretos con
ellas, esto las halagará. Vete a servir, mi querida Asia —dijo a la cocinera—;
y tú, preciosa, pon un cubierto de más —le dijo a Europa—; lo menos que
puede hacer esta pareja es dar de comer a papá.
Cuando las dos mujeres hubieron cerrado la puerta, y en cuanto el español
oyó como Europa andaba de un lado para otro, dijo a Lucien y a la joven,
abriendo su ancha mano:
—¡Las tengo cogidas!
Las palabras y el ademán hacían estremecer.
—¿Dónde las has encontrado? —exclamó Lucien.
—¡Ah, diablo! —respondió el hombre—. No he ido a buscarlas a los pies de
un trono. Europa ha salido del fango y tiene miedo de volver a él...
Amenazadlas con el señor cura cuando no os den satisfacción, y las veréis
temblar como ratones que oyen hablar de un gato. Soy un domador de fieras
—añadió sonriendo.
—¡Me da usted la impresión de ser un demonio! —exclamó graciosamente
Esther, apretándose contra Lucien.
—Hija mía, intenté darla al cielo; pero la pecadora arrepentida será siempre
una mixtificación para la Iglesia; si apareciera alguna, volvería a convertirse
en cortesana en el paraíso... Con todo esto ha conseguido hacerse olvidar y
convertirse en una mujer respetable; porque allí ha aprendido lo que nunca
habría podido aprender en el mundo infame en que vivía... No me debe nada
—dijo al observar en el rostro de Esther una expresión deliciosa de
agradecimiento—, lo he hecho todo por él... —Señaló a Lucien.— Es usted
cortesana, seguirá siendo cortesana y morirá siendo cortesana; porque,
pese a las cautivadoras teorías de los criadores de animales, uno no puede
llegar a ser, aquí abajo, más que lo que ya es. Tiene razón el hombre de los
bultos en la cabeza1; tú tienes el bulto del amor.
El español era, como puede verse, fatalista, como Napo" león, Mahoma y
muchos grandes políticos. Es extraño que casi todos los hombres de acción
se inclinen hacia la Fatalidad, así como la mayoría de pensadores se
inclinan hacia la Providencia.
—No sé lo que soy, verdaderamente —respondió Esther con una dulzura
angelical—; pero amo a Lucien y moriré adorándole.
—Venga a comer —dijo bruscamente el español—, y niegue a Dios que
Lucien no se case demasiado pronto, porque entonces ya no lo vería nunca
más.
—Su casamiento sería mi muerte —dijo ella.
Dejó pasar primero al falso sacerdote, para poderse alzar hasta el oído de
Lucien sin ser vista.
—¿Es voluntad tuya —preguntó— que permanezca bajo el poder de este
hombre, que me hace guardar por esas dos hienas?
Lucien inclinó la cabeza. La pobre muchacha reprimió su tristeza y pareció
alegre; pero se sintió terriblemente oprimida.
Fue preciso más de un año de cuidados constantes y abnegados para que
llegara a acostumbrarse a aquellas dos horribles criaturas, a las que Carlos
Herrera llamaba los dos perros guardianes.
La conducta de Lucien desde su regreso a París estuvo marcada por el
cuño de una política tan profunda que debía excitar, y efectivamente excitó,
la envidia de todos sus antiguos amigos, contra los cuales no ejerció más
venganza que la de hacerles rabiar con sus éxitos, con su porte
irreprochable y por su manera de distanciarse de la gente. Aquel poeta tan
expansivo, tan comunicativo, pasó a ser frío y reservado. De Marsay, a quien
la juventud parisiense habia adoptado como prototipo, no mostraba ni en su
manera de hablar ni en sus acciones mayor mesura que la que mostraba
Lucien. En cuanto al ingenio, el periodista ya había hecho sus
demostraciones en otro tiempo. De Marsay, a quien mucha gente se
complacía en comparar con Lucien, dando preferencia al poeta, tuvo la
mezquindad de molestarse por ello. Lucien, que gozaba del favor de quienes
ejercían secretamente el poder, abandonó hasta tal punto toda ambición de
gloria literaria, que permaneció indiferente al éxito de su novela, publicada
de nuevo bajo el verdadero título de El arquero de Carlos IX, y al revuelo
que produjo su colección de sonetos titulada Las Margaritas, que Dauriat
vendió en sólo una semana.
—Se trata de un éxito póstumo —contestó riendo a la señorita Des
Touches, que lo elogiaba.
El terrible español mantenía con brazo de hierro a su protegido en la senda
que lleva a los políticos pacientes, a la larga, a cosechar los honores y las
ventajas de la victoria.

Luicen tomó un piso de soltero en Beaudenord, en el muelle Malaquais, con


objeto de estar más cerca de la calle Taitbout, y su consejero se instaló en
tres habitaciones de la misma casa, en el cuarto piso. Lucien no tenía más
que un caballo de silla y de cabriolé, un criado y un palafrenero. Cuando no
estaba invitado, cenaba en casa de Esther. Carlos Herrera vigilaba tan bien
al personal en el muelle Malaquais, que Lucien no llegaba a gastar en total
diez mil francos al año. A Esther le bastaban diez mil francos, gracias a la
entrega constante e inexplicable de Europa y Asia. Lucien tomaba, por otra
parte, las mayores precauciones para ir a la calle Taitbout o para salir de allí.
Iba siempre en coche de punto, con las cortinas corridas, y hacía entrar
siempre el coche. Ni su pasión por Esther ni la existencia de la casa de la
calle Taitbout, totalmente ignoradas por el mundo, fueron obstáculos para
ninguna de sus relaciones o empresas; jamás se le escapó ninguna palabra
indiscreta sobre este asunto delicado. Los errores de esta clase que había
cometido con Coralie, con ocasión de su primera estancia en París, le
habían dado experiencia. Su vida adoptó esa regularidad de buen tono bajo
la cual pueden ocultarse tantos misterios: frecuentaba la alta sociedad cada
noche, hasta la una; se le podía encontrar en su casa todas las mañanas de
diez a una; luego se iba al Bosque de Bolonia y de visitas hasta las cinco.
Pocas veces se le veía ir a pie, de este modo evitaba encontrarse con sus
antiguos conocidos. Cuando le saludaba algún periodista o alguno de sus
antiguos compañeros, respondía inclinando cortésmente la cabeza, de
manera que fuese imposible ofenderse, pero dejando entrever un profundo
desprecio que cercenaba la familiaridad francesa. Así se libró en poco
tiempo de la gente a quien no deseaba haber conocido. Debido a viejos
rencores, no gustaba de ir a visitar a la señora de Espard, que le había
invitado varias veces a su casa; si se encontraba con ella en casa de la
duquesa de Maufrigneuse o de la señorita Des Touches, en casa de la
condesa de Montcornet o en otra parte, manifestaba hacia ella una cortesía
exquisita. Este rencor, compartido por la señora de Espard, obligaba a
Lucien a ser prudente, pues ya se verá como el joven lo había avivado al
permitirse una venganza que, por lo demás, le valió una fuerte reprimenda
de parte de Carlos Herrera.
—No eres aún bastante poderoso para vengarte de quien quieras —le
había dicho el español—. Cuando se está de camino, bajo un sol ardiente,
uno no se puede parar para coger la flor más bonita...
Había demasiado porvenir y demasiada superioridad auténtica en Lucien
para que los jóvenes, ofendidos o resentidos por la inexplicable fortuna que
había tenido a su regreso a París, no estuvieran deseosos de hacerle
cualquier mala pasada. Lucien, que no ignoraba que tenía muchos
enemigos, tampoco desconocía las malas disposiciones que abrigaban
muchos de sus amigos. Por esto el sacerdote ponía en guardia, de un modo
tan admirable, a su hijo adoptivo contra lo traicionero del mundo y contra las
imprudencias fatales tan propias de la juventud. Lucien tenía la obligación de
explicar cada noche al clérigo los acontecimientos más insignificantes del
día, y cada noche lo hacía. Gracias a los consejos de aquel mentor,
esquivaba la curiosidad del mundo, que es la más hábil. Protegido por una
seriedad británica y acuartelado tras los reductos que alza la circunspección
de los diplomáticos, no dejaba que nadie se tomara el derecho ni la
oportunidad de echar una mirada a sus asuntos. Su hermosa y joven figura
había terminado siendo, en el mundo, impasible como la de una princesa en
una ceremonia. Hacia mediados del año 1829, se trató de su boda con la
hija mayor de la duquesa de Grandlieu, que entonces tenía nada menos que
cuatro hijas para situar. Nadie dudaba de que el rey, con ocasión de tal
enlace, concedería a Lucien el favor de darle el título de marqués. Esta boda
iba a decidir la suerte política de Lucien, quien seguramente sería nombrado
ministro en alguna corte de Alemania. Sobre todo desde hacía tres años, la
vida de Lucien había sido de una honestidad inatacable; De Marsay había
dicho acerca de él estas singulares palabras:
—Este muchacho ha de tener detrás suyo a alguien muy poderoso.
Lucien se había convertido en casi un personaje. Su pasión por Esther le
había ayudado en gran medida a desempeñar su papel de persona seria.
Una costumbre de esta especie protege a los ambiciosos de muchas
tonterías; al no estar atraídos por ninguna mujer, no dejan que prevalezca lo
físico sobre lo moral. Respecto a la felicidad de que gozaba Lucien, era la
realización misma de los sueños de los poetas bohemios, en ayunas y sin un
céntimo. Esther, el ideal de la cortesana enamorada, le recordaba a Coralie,
la actriz con la que había vivido durante un año, pero al mismo tiempo la
superaba plenamente. Todas las mujeres enamoradas y entregadas
prometen la reclusión, el incógnito, la vida de la perla en el fondo del mar;
pero en la mayoría de ellas se trata de uno de esos encantadores caprichos
que constituyen el tema de una conversación, una prueba de amor que
sueñan en dar, pero que nunca dan; Esther, en cambio, que acababa
siempre de vivir su primera felicidad, que a cada instante se sentía bajo la
primera mirada ardiente de Lucien, no tuvo a lo largo de cuatro años ni un
solo impulso de curiosidad. Empleaba toda su mente en adaptarse a los
términos del programa trazado por la mano fatal del español. Es más,
incluso en la cima de las más embriagadoras delicias, nunca abusó del
poder ilimitado que adquieren las mujeres amadas cuando renace el deseo
en el amante, para hacer preguntas sobre Herrera, el cual, por otra parte,
seguía produciéndole espanto: no se atrevía a pensar en él. Los beneficios
de aquel inexplicable personaje, a quien sin duda alguna Esther debía tanto
su gracia de pensionista como sus maneras de mujer respetable y su
regeneración, parecían a la pobre muchacha el preludio de la condenación.
"Algún día pagaré todo esto", se decía con terror. Durante las noches de
buen tiempo, salía en un coche de alquiler. Con una celeridad que
seguramente le había impuesto el sacerdote, iba a pasear por alguno de
esos encantadores bosques que rodean París, al de Bolonia, al de
Vincennes, Romainville o Ville-d’Avray, a menudo con Lucien y a veces sola
con Europa. Se paseaba sin ningún miedo porque iba acompañada, cuando
iba sin Lucien, por un fornido lacayo que vestía como el más elegante de los
lacayos, que iba armado con un auténtico puñal y cuya fisonomía y vigorosa
musculatura eran las de un temible atleta. Este guardián estaba provisto,
según la moda inglesa, de un bastón muy largo con el que se puede hacer
frente a varios atacantes a la vez. De acuerdo con una urden dada por el
clérigo. Esther nunca había dicho una palabra a este lacayo. Cuando la
señora quería regresar, Europa daba un grito; el cazador daba un silbido al
cochero, que siempre permanecía a una distancia conveniente. Cuando
Lucien se paseaba con Esther, Europa y el lacayo se quedaban a cien pasos
de distancia, como los pajes infernales de que hablan Las mil y 0 una
noches, y que un encantador da a sus protegidos. Los parisiense, y sobre
todo las parisienses, ignoran los encantos de un paseo por el bosque en
plena noche cuando el tiempo es bueno. El silencio, los efectos de la luna y
la soledad producen el mismo efecto sedante que los baños. Habitualmente
Esther salía a las diez, se paseaba de doce a una y regresaba a las dos y
media. Nunca se levantaba antes de las once. Se bañaba y procedía a esa
toilette minuciosa que desconocen la mayor parte de mujeres de París,
porque exige demasiado tiempo, y que sólo practican las cortesanas, las
mujeres galantes y las grandes señoras, las cuales pueden disponer para sí
del día entero. Siempre acababa de arreglarse cuando llegaba Lucien, y se
ofrecía cada vez a sus miradas como una flor recién abierta. Su única
preocupación era la felicidad de su poeta; era suya como una cosa suya, es
decir, le dejaba la más completa libertad. Nunca dirigía ninguna mirada más
allá de la esfera que ella irradiaba; el cura se lo había recomendado
especialmente, porque, según el plan de aquel profundo político, Lucien
debía desenvolverse a su gusto. La felicidad no tiene historia, y los
cuentistas de todos los países lo han comprendido tan bien, que terminan
todas las aventuras de amor con esta simple frase: Y vivieron felices. Por
esto, sólo es posible explicar las condiciones materiales de aquella felicidad
realmente fabulosa que se desarrollaba en pleno París. Fue la felicidad en
su forma más hermosa, un poema, una sinfonía de cuatro años. Las mujeres
dirán: "¡Es mucho!" Pero ni Esther ni Lucien dijeron: "¡Es demasiado!" Por
último, la fórmula Y vivieron felices fue en su caso aún más explícita que en
los cuentos de hadas, ya que no tuvieron hijos. Así, Lucien pudo galantear
por el mundo, abandonarse a sus caprichos de poeta y, hay que decirlo
también, a las necesidades de su posición. Durante el período en que se
abría lentamente camino, prestó algunos servicios secretos a ciertos
políticos cooperando en sus actividades. En esto actuó con una gran
discreción. Cultivó mucho el ambiente de la señora de Sérizy, con la cual,
según se comentaba en los salones, estaba en los mejores términos. La
señora de Sérizy había quitado Lucien a la duquesa de Maufrigneuse, de
quien se decía que había perdido su afición por él... expresión mediante la
cual las mujeres se vengan de una felicidad envidiada. Lucien estaba, por
así decirlo, bajo el amparo del arzobispado y en la intimidad de algunas
mujeres amigas del arzobispo de París. Era modesto y discreto, y esperaba
pacientemente. Puede decirse, pues, que la exclamación de De Marsay, que
se había casado entonces y obligaba a su mujer a llevar la vida que llevaba
Esther, contenía más que una mera observación. Pero los peligros
subterráneos de la postura de Lucien se pondrán de manifiesto
suficientemente en el curso de esta historia.
En estas circunstancias, una hermosa noche de agosto, el barón de
Nucingen regresaba a París de la finca de un banquero extranjero
establecido en Francia, en cuya casa había cenado. La finca está a ocho
leguas de París, en plena región de Brie1. Como que el cochero del barón
se había jactado de poder llevar allí a su amo y de llevarle también de
regreso con sus caballos, se tomó la libertad de ir lentamente cuando cayó la
noche. Al entrar en el Bosque de Bolonia la situación de los animales, de la
servidumbre y del amo era la siguiente. El cochero, que había sido abrevado
con liberalidad en él cuarto de servicio del ilustre autócrata del Cambio,
estaba completamente borracho y dormía, sosteniendo sin embargo las
riendas, como si quisiera engañar a los transeúntes. El criado, que iba detrás
sentado, roncaba como un trompo de Alemania, que es el país de las
pequeñas figuras de madera tallada, de los grandes Reinganum y de los
trompos. El barón quería pensar; pero a partir del puente de Gournay le
había cerrado los ojos la suave somnolencia de la digestión. Por la soltura
de las riendas, los caballos comprendieron cuál era el estado del cochero;
oyeron el sonido continuo de bajo que emitía el criado, que iba detrás, de
vigía, y se vieron convertidos en dueños. Aprovecharon aquel rato de
libertad para andar a su antojo. Como si fueran esclavos inteligentes, dieron
oportunidad a los ladrones de asaltar a uno de los capitalistas más ricos de
Francia, al más hábil de los que se ha dado en llamar, con gran energía, los
Lobos Cervales. Finalmente, convertidos ya en dueños y atraídos por esta
curiosidad que todo el mundo ha podido observar en los caballos
domésticos, se detuvieron en un claro cualquiera del bosque, delante de
otros caballos, a los que dijeron seguramente, en el lenguaje de los caballos:
"¿A quién pertenecéis? ¿Qué hacéis? ¿Sois dichosos?" Cuando la calesa
dejó de moverse, el barón, adormecido, despertó. De momento creyó que no
había abandonado aún el parque de su colega; pero en seguida fue
sorprendido por una visión celestial que le halló desprovisto de su arma
habitual, el cálculo. Hacía un claro de luna tan espléndido, que se podía leer
cualquier cosa, incluso un periódico de la tarde. En el silencio del bosque y
en aquella nítida claridad, el barón vio a una mujer sola que contemplaba el
singular espectáculo que ofrecía la calesa adormecida, mientras subía a un
coche de alquiler. Al ver a aquel ángel, el barón de Nucingen se sintió como
iluminado por una luz interior. Al sentirse admirada, la joven bajó su velo con
un ademán de espanto. El lacayo profirió un grito ronco cuyo significado
comprendió muy bien el cochero, ya que el coche partió como una flecha. El
viejo banquero sintió una terrible emoción: la sangre, que le subía de los
pies, llenaba de fuego su cabeza, y su cabeza devolvía llamas a su corazón;
se le oprimió la garganta. El pobre temió una indigestión, pero, pese a tal
aprensión, se puso bruscamente en pie.
—¡A doto calobe! ¡Maltido gochero, no de tuermas! —chilló—. ¡Cien
vrangos si algansas esde goche!
Al oír aquellas palabras, cien francos, el cochero se despertó, y el criado de
atrás las oyó seguramente en medio de sus sueños. El barón repitió la
orden, el cochero puso los caballos a todo galope, y consiguió alcanzar, a la
altura de la barrera del Tróne, un coche parecido al que Nucingen había
visto con la divina desconocida, pero en cuyo interior se repantigaba el
encargado de alguna tienda importante, junto a una mujer decente de la
calle Vivienne1. Esta equivocación dejó consternado al barón.
—5"» hupiera draito a Chorche —pronuncíese George— en lugar te di,
betaso te prudo, él hupiera sapito algansar esta muquer —dijo al criado
mientras los consumeros registraban el coche.
—¡Eh, señor barón! El diablo estaba detrás, lo juraría, en forma de lacayo, y
me ha cambiado este coche por el suyo.
—El tiaplo no exisde —dijo el barón.
El barón de Nucingen aparentaba entonces sesenta años, las mujeres le
eran ya totalmente indiferentes, y, con mayor motivo, la suya propia. Se
vanagloriaba de no haber conocido jamás el amor que hace cometer
locuras. Consideraba una suerte haber acabado ya con las mujeres, de las
que decía, sin ¡miramiento alguno, que la más angelical de todas no valía lo
que costaba, aun cuando se entregara gratis. Se fingía tan ¡totalmente
hastiado, que había dejado de comprar, por un par de billetes de mil francos
al mes, el placer de dejarse engañar. Desde su palco de la Ópera, su mirada
fría se sumergía tranquilamente en el cuerpo de baile. De aquel temible
enjambre de muchachas viejas y de ancianas jóvenes, la flor y nata de los
placeres parisienses, no partía ninguna mirada en dirección al palco donde
estaba el capitalista. Amor natural, amor postizo y amor propio, amor de
decoro y de vanidad; amor-gusto, amor decente y conyugal, amor
excéntrico, el barón lo había comprado todo, lo había conocido todo, salvo el
auténtico amor. Este amor acababa de abatirse sobre él como un águila
sobre su presa, como él mismo se abatía sobre Gentz, el confidente de S. A.
el príncipe de Metternich. Son de sobra conocidas las tonterías que aquel
viejo diplomático hizo por Fanny Elssler, cuyos ensayos le tenían más
ocupado que los altos intereses europeos. La mujer que acababa de
trastornar a aquella caja reforzada de hierro, cuyo nombre era Nucingen, se
le había aparecido ,; como una de esas mujeres únicas en una generación.
No es seguro que la amante del Ticiano, que la Monna Lisa de Leonardo da
Vinci o la Fornarina de Rafael fuesen tan hermosas como la sublime Esther,
en cuya persona ni siquiera el ojo más adiestrado del parisiense más
observador hubiera podido reconocer el menor vestigio que recordara a la
cortesana. Por esto impresionó al barón principalmente el aire de mujer
noble e importante que tenía Esther en el más alto grado, ella que vivía
envuelta en el lujo, la elegancia y el amor. El amor dichoso es el santo óleo
de las mujeres: todas se hacen entonces altivas como emperatrices. Durante
ocho noches seguidas, el barón fue al bosque de Vincennes, luego al de
Bolonia, luego a los de Ville-d'Avray, después al bosque de Meudon, y
finalmente por todos los alrededores de París, sin poder encontrar a Esther.
Aquella sublime figura judía, de la que decía que era una vicitra te la Piplia,
estaba siempre presente ante sus ojos. A los quince días, perdió el apetito.
Delphine de Nucingen y su hija Augusta, a quien la baronesa empezaba a
mostrar en público, al principio no se dieron cuenta del cambio operado en el
barón. La madre y la hija sólo veían al señor de Nucingen por la mañana,
durante el desayuno, y por la noche durante la cena, cuando todos cenaban
en casa, lo cual únicamente ocurría los días en que Delphine tenía invitados.
Pero al cabo de dos meses, poseído por una fiebre de impaciencia y por un
estado parecido al que provoca la nostalgia, el barón, sorprendido por la
impotencia de los millones, adelgazó y pareció tan gravemente afectado que
Delphine empezó a abrigar la secreta esperanza de enviudar. Se puso a
compadecer con bastante hipocresía a su marido con preguntas; él contestó
como lo hacen los ingleses enfermos de spleen: apenas contestó nada.
Delphine de Nucingen ofrecía una gran cena cada domingo. Había adoptado
aquel día para la recepción después de observar que, en el gran mundo,
nadie iba a los espectáculos, de modo que resultaba un día sin ocupación.
La invasión de las clases mercantiles o burguesas ha hecho que el domingo
sea tan estúpido en París como es aburrido en Londres. La baronesa invitó
[ pues al ilustre Desplein a cenar, para poderle hacer una consulta sin que lo
supiera el enfermo, puesto que Nucingen afirmaba que se encontraba
perfectamente. Keller, Rastignac, De Marsay, Du Tillet, todos los amigos de
la casa, habían hecho comprender a la baronesa que un hombre como
Nucingen no debía morir de improviso; sus inmensos negocios reclamaban
ciertas precauciones, era absolutamente necesario saber a qué atenerse. Se
rogó a estos señores que asistieran a la cena, así como al conde de
Gondreville, el suegro de Francpis Keller, el caballero de Espard, Des
Lupeaulx, el doctor Bianchon, el discípulo más querido de Desplein,
Beaudenord y su esposa, el conde y la condesa de Montcornet, Blondet, la
señorita Des Touches y Conti; por último, Lucien de Rubempré, por quien
Rastignac, desde hacía cinco años, había concebido la más firme amistad;
pero por orden, como se dice en los bandos.
—No nos libraremos fácilmente de ése —dijo Blondet a Rastignac cuando
vio entrar en el salón a Lucien, más apuesto que nunca y vestido de un
modo encantador.
—Vale más hacerse amigo de él, es de temer —dijo Rastignac.
—¿Él? —dijo De Marsay—. No considero de temer más que a la gente cuya
situación está clara, y la suya no es que— sea inatacable: hasta ahora ha
estado, simplemente, inatacada. ¡Vamos a ver! ¿De qué vive? ¿De dónde
procede su fortuna? Estoy seguro de que tendrá por los sesenta mil francos
de deudas.
—Ha encontrado en un sacerdote español un protector muy rico que le
ayuda mucho —respondió Rastignac.
—Se casa con la señorita de Grandlieu, la mayor —dijo la señorita Des
Touches.
—Sí —añadió el caballero de Espard—, pero le piden que adquiera una
finca con una renta de treinta mil francos para asegurar la fortuna que ha de
reconocer a su futura esposa, para lo cual necesita un millón, y esto no se
encuentra a los pies de ningún español.
—Es caro, porque Clotilde es muy fea —dijo la baronesa. La señora de
Nucingen se daba tono llamando por su nombre de pila a la señorita de
Grandlieu, como si ella, que se apellidaba Goriot, frecuentara aquella
sociedad.
—No —replicó Du Tillet—, la hija de una duquesa nunca es fea para
nosotros, sobre todo si aporta el titulo de marqués y un cargo diplomático;
pero el mayor obstáculo para este enlace es el amor desenfrenado de la
señora dé Sérizy por Lucien, a quien debe dar mucho dinero.
—No me extraña ver a Lucien tan serio; la señora de Sérizy no le dará
precisamente un millón para que se case con la señorita de Grandlieu.
Seguramente no debe saber cómo salir del apuro —prosiguió De Marsay.
—Sí, pero la señorita de Grandlieu le adora —dijo la condesa de Montcornet
—, y con la ayuda de esta jovencita quizá logre mejores condiciones.
—¿Qué hará con su hermana y con su cuñado de Angulema? —preguntó el
caballero de Espard.
—Su hermana es rica —contestó Rastignac—, y él siempre la llama señora
Séchard de Marsac.
—Tendrá muchas dificultades, pero la verdad es que es un guapo mozo —
dijo Bianchon, mientras se levantaba para saludar a Lucien.
—Hola, mi querido amigo —dijo Rastignac, dando a Lucien un cálido
apretón de manos.
De Marsay saludó fríamente, después de haberle saludado Lucien primero.
Antes de la cena, Desplein y Bianchon, que examinaban al barón de
Nucingen mientras bromeaban con él, se dieron cuenta de que su
enfermedad tenía causas enteramente morales; pero nadie pudo
sospecharlas, de tan imposible como parecía que pudiera estar enamorado
aquel profundo político de la Bolsa. Cuando Bianchon, a quien sólo en el
amor le parecía posible hallar una explicación del estado patológico del
banquero, lo comunicó brevemente a Delphine de Nucingen, ésta sonrió,
expresando en su sonrisa la seguridad de la esposa que desde hace tiempo
sabe muy bien a qué atenerse respecto a su marido. No obstante, después
de la cena, los íntimos de la casa rodearon al banquero y quisieron dilucidar
aquel caso extraordinario en cuanto oyeron a Bianchon decir que Nucingen
debía de estar enamorado.
—¿Sabe usted, barón —le dijo De Marsay—, que ha adelgazado
considerablemente? Se sospecha que ha violado usted las leyes de la
naturaleza financiera.
—¡Nunga! —dijo el barón.
—Sí, hombre —repuso De Marsay—. Hay quien se atreve a insinuar que
está usted enamorado.
—Es fertat —contestó lastimosamente Nucingen—. Esdoy susbiranto bor
aleo tesgonotsito.
—¿Usted enamorado, usted?... ¡Es un presuntuoso!
—dijo el caballero de Espard.
—Esdar enamorato a mi etat, ya sé gue es lo más rití-gulo gue buete oírtse;
bero, jgué guieren usdetesf Es tsierdo!
—¿Es de alguna dama del gran mundo? —preguntó Lucien.
—El barón —dijo De Marsay— tan sólo puede adelgazar así si se trata de
algún amor sin esperanza, puesto que tiene dinero suficiente para comprar a
todas las mujeres que quieran o puedan venderse.
—No la gonozgo en apsoludo —respondió el barón—. Y se lo bueto tecir,
ahora gue la señora te Nutsinken esdá en el salón. Hasda ahora nunga he
sapito gué es el amor. ¿El amor? Greo gue ess atelcatsar.
—¿Dónde encontró usted a esta joven inocente? —preguntó Rastignac.
—En goche, a metianoche, en el posgue te Finsennes.
—¿Su descripción? —dijo De Marsay.
—Un tsomprero te casa planga, un pesdito rossa, un chal plango, un pelo
dampién plango... ¡una vicura realmende pí-pliga! Unos ocos te vueco, una
dez oriendal.
—¡Usted soñaba! —dijo Lucien, sonriendo.
—Es fertat, tormía gomo un drongo... gomo un drongo —dijo, como si
volviera en sí —, bor gue era polpiento te señar en la vinga te mi amico...
—¿Estaba sola? —dijo Du Tillet, interrumpiendo al lince.
—Sí —dijo el barón con un tono doliente—, salpo gon un griato tedrás tel
goche y una sirpienda...
—Lucien parece conocerla —exclamó Rastignac al observar que el amante
de Esther sonreía.
—¿Quién no conoce a las mujeres capaces de ir, a medianoche, a una cita
con Nucingen? —dijo Lucien, haciendo una pirueta verbal.
—No era ninguna mujer de las que frecuentan el gran mundo —dijo el
caballero de Espard—, porque el barón hubiera reconocido al criado.
—No la he pisdo en nincún lato —repuso el barón—, y hase guarenda tías
gue la manto pusgar bor la bolitsia, gue no gonsigne hallarla.
—Vale más que le cueste algunos centenares de miles de francos que la
vida, y a su edad una pasión sin alimento es peligrosa —dijo Desplein—,
puede costar la vida.
—Sí —respodió Nucingen a Desplein—, lo gue yo gomo no me abropecha,
el aire me barese mordal. ¡Poy al posgue te Finzmnes, a per el lucar tonte la
fi!... ¡Sí, ésda es mi fita! No he botito ogubarme tel úldimo embrésdido: me
he remv-dito a mis goléeos gue dienen bietat te mí... Taría un millón bara
gonotser a esda muquer; saltría cananto, borgue ahora ya no poy a la
Polsa... Brecunten a Di Düet.
—Sí —respondió Du Tillet—, no tiene ninguna afición por los negocios, está
transformándose, esto es señal de muerte.
—Señal te amor —corrigió Nucingen—; bara mí es lo mismo.
La ingenuidad del anciano, que había dejado de ser Lobo Cerval, y que por
primera vez en su vida percibía algo más santo y más sagrado que el oro,
conmovió a aquella hueste de gente que estaba de vuelta de todo; unos
intercambiaron sonrisas, otros contemplaron a Nucingen expresando con
¿su fisonomía esta misma idea: "¡Que un hombre tan fuerte llegue a este
extremo!"... Luego todos regresaron al salón hablando del acontecimiento.
Era, efectivamente, un acontecimiento capaz de producir la mayor
sensación. La señora de Nucingen se puso a reír cuando Lucien le hizo
saber el secreto del banquero; pero al oír las burlas de su mujer, el barón la
cogió por el brazo y se la llevó hasta el marco de una ventana.
—Señora —le dijo en voz baja—, ¿agaso he denito camas una sola balapra
te purla hacia sus basiones, bara gue ahora se purle así te las mías? Una
puena esbosa ayutaría a su marito a salir te aburos, en lucar te parlarse te
él, gomo hase usdet...
Por la descripción del viejo banquero, Lucien había reconocido a su Esther.
Se había molestado porqué su sonrisa no había pasado inadvertida;
aprovechó el momento de conversación general que se produce mientras se
sirve el café para desaparecer.
—¿Qué se ha hecho del señor de Rubempré? —dijo la baronesa de
Nucingen.
—Es fiel a su lema: Quid me continebit? —respondió Rastignac.
—Que significa: ¿Qué puede retenerme? O también: Soy indomable, como
prefieran —añadió De Marsay.
—Cuando el señor barón hablaba de su desconocida, Lucien ha dejado
escapar una sonrisa que me inclina a creer que no le es desconocida —dijo
Horace Bianchon, sin saber el peligro de una observación tan anodina.
"¡Pien!", se dijo a sí mismo el Lobo Cerval.
Como todos los enfermos desesperados, aceptaba cualquier cosa que
pareciera abrirle una esperanza, y se prometió hacer vigilar a Lucien por
gente que no fuera la de Louchard, el más hábil de todos los Guardias del
Comercio de París, a quien se había dirigido desde hacía quince días.

Antes de ir a casa de Esther, Lucien tenía que ir a la mansión de los


Grandlieu, a pasar un par de horas; aquellos ratos hacían de la señorita
Clotilde-Frédérique de Grandlieu la muchacha más feliz del faubourg Saint-
Germain. La prudencia que caracterizaba la conducta del ambicioso joven le
aconsejó que informara en seguida a Carlos Herrera del efecto producido
por la sonrisa que se había dibujado en su rostro al oír la descripción de
Esther hecha por el barón de Nucingen. El amor del barón por Esther y su
iniciativa de lanzar a la policía en busca de su desconocida eran, por otra
parte, acontecimientos de suficiente importancia para que se los comunicara
cuanto antes a quien había buscado bajo la sotana el asilo que antaño los
criminales hallaban en el interior de las iglesias. Entre la calle de Saint-
Lazare, donde vivía en aquel tiempo el banquero, y la calle de Saint-
Dominique, donde está la casa de los Grandlieu, se situaba
aproximadamente su domicilio del muelle Malaquais. Lucien encontró a su
terrible amigo entretenido con su breviario, es decir, curando una pipa antes
de acostarse. Aquel personaje, extraño más que extranjero, había acabado
renunciando a los cigarros españoles, por parecerle demasiado suaves.
—Esto se pone serio —contestó el español cuando Lucien se lo hubo
contado todo —. El barón, que se sirve ya de Louchard para buscar a la
pequeña, tendrá sin duda la ocurrencia de mandar a un sabueso que siga
tus pasos; todo se descubriría. Entre esta noche y mañana por la mañana
quizá no tendré tiempo para preparar las barajas para la partida que voy a
jugar contra ese barón. Ante todo voy a demostrarle la impotencia de la
policía. Cuando nuestro Lobo Cerval haya perdido toda esperanza de
encontrar a su oveja, me encargaré de vendérsela, al precio que vale para
él...
—¿Vender a Esther?... —exclamó Lucien, cuyo primer impulso era siempre
excelente.
—¿Acaso olvidas nuestra situación? —exclamó Carlos Herrera.
Lucien bajó la cabeza.
—¡Sin dinero —siguió el español— y con una deuda de sesenta mil francos!
Si quieres casarte con Clotilde de Grand-lieu, tienes que comprar una finca
de un millón para asegurar la viudedad de aquel adefesio. ¡Perfectamente!
Esther es una presa tras la cual voy a hacer correr a ese Lovo Cerval para
aligerarlo de un millón. Esto me atañe a mí... —Esther no querrá jamás... —
Esto me atañe a mí. —Se va a morir...
—Esto atañe a las pompas fúnebres. Y en definitiva, ¿qué?... —gritó aquel
salvaje, cortando en seco las elegías de Lucien con el ademán que adoptó
—. ¿Cuántos generales ¡no murieron en la flor de la edad por el emperador
Napoleón? —preguntó a Lucien tras un momento de silencio—. ¡Mujeres
hay muchas! En 1821, para ti Coralie no tenía igual, y sin embargo más
tarde encontraste a Esther. Después de esta muchacha, vendrá... ¿sabes
quién?... ¡La mujer desconocida! De todas las mujeres, la rilas hermosa, y la
buscarás en la capital donde el yerno del duque de Grandlieu sea ministro y
representante del rey de Francia... Y además, dime, caballerete, ¿va a morir
Esther por eso? ¿Acaso el marido de la señorita de Grandlieu va a poder
conservar a Esther? Déjame hacer a mí, no tienes por qué preocuparte de
todo: me atañe a mí. De momento prescindirás de Esther por una o dos
semanas, y no te acercarás en absoluto a la calle Taitbout. Venga, vete a
arrullar a tu tabla de salvación y juega bien tu papel; pásale a Clotilde la
carta incendiaria que has escrito esta mañana y tráeme de su parte alguna
respuesta cálida. Esta muchacha se desahoga de sus privaciones mediante
la escritura: ¡eso me va! A Esther la encontrarás algo triste, pero dile que
obedezca. Se trata de nuestra librea de virtud, nuestra casaca de
honestidad, la mampara detrás de la cual los grandes ocultan todas sus
infamias... Se trata de mi hermoso yo, de ti, que debes quedar siempre por
encima de toda sospecha. El azar nos ha hecho mejor servicio que mi
imaginación, que, desde hacía un par de meses, trabajaba en el vacío.
Mientras lanzaba estas terribles afirmaciones, una tras otra, como
pistoletazos, Carlos Herrera se iba vistiendo y se disponía a salir.
—Tu alegría es patente —exclamó Lucien—, nunca has querido a la pobre
Esther, y ahora ves llegar con fruición el instante en que te librarás de ella.
—Nunca te has cansado de amarla, ¿no es cierto?... Pues bien, yo nunca
me he cansado de execrarla. Pero, ¿no he obrado siempre como si sintiera
un sincero afecto por esta muchacha? ¿No he tenido su vida entre mis
manos, a través de Asia? Unas cuantas setas malas en un guisado, y todo
estaba terminado... Sin embargo, la señorita Esther existe todavía... ¡y es
feliz!... ¿Sabes por qué? ¡Porque la quieres! No seas niño. Hace cuatro años
que esperamos una casualidad, a nuestro favor o en contra nuestra. Ahora,
pues, hemos de desplegar algo más que talento para mondar el fruto que
nos echa el azar. Esta suerte de ruleta tiene, como todo, su parte buena y su
parte mala. ¿Sabes en qué estaba pensando cuando has entrado?
—No...
—Pensaba en convertirme, como hice ya en Barcelona, en el heredero de
alguna vieja beata, con la ayuda de Asia...
—¿Un crimen?...
—No tenía otro recurso para asegurar tu felicidad. Los acreedores se
agitan. ¿Qué habría sido de ti, perseguido por alguaciles, y expulsado de la
mansión de los Grandlieu? Habría llegado para ti el plazo de vencimiento del
diablo.
Carlos Herrera describió con un ademán el suicidio de un hombre que se
tira al agua, y a continuación fijó en Lucien su mirada, una de esas miradas
fijas y penetrantes que hacen entrar la voluntad de los hombres fuertes en el
alma de los débiles. Aquella mirada fascinadora, que relajó todo residuo de
resistencia, anunciaba el establecimiento entre Lucien y su consejero no sólo
de ciertos secretos de vida y muerte, sino también ciertos sentimientos que
se elevaban tan por encima de los sentimientos ordinarios como se elevaba
aquel hombre por encima de la bajeza de su posición.
Aquel personaje a la vez vil y poderoso, oscuro y célebre, obligado a vivir
fuera del mundo, donde la ley le impedía volver a entrar nunca más, agotado
por el vicio y por furiosos refrenamientos, aunque provisto de una fuerza de
espíritu que le roía por dentro; aquel personaje, consumido principalmente
por un ansia febril de vivir, revivía en el cuerpo elegante de Lucien, cuya
alma había llegado a ser la suya. Se hacía representar en la vida social por
aquel poeta, a quien comunicaba su firmeza y su voluntad férrea. Para él
Lucien era más que un hijo, más que una mujer amada, más que una familia
y más que su propia vida: era su venganza; y como las almas fuertes sienten
más apego a un sentimiento que a la vida, lo había unido a sí con lazos
indisolubles.
Tras haber comprado la vida de Lucien en el instante en que el poeta
desesperado estaba a punto de suicidarse le propuso uno de esos pactos
infernales que sólo se ven en las novelas, pero que son del todo posibles,
como lo han demostrado en la audiencia tantos y tantos famosos dramas
judiciales. Proporcionando a Lucien todos los placeres de la vida parisiense
y demostrándole que aún podía forjarse un porvenir brillante, le había
convertido en objeto suyo. Por otra parte, cuanto tuviera que ver con su
segundo yo no le costaba ningún sacrificio a aquel extraño ser. Pese a su
fuerza, era tan débil frente a los caprichos de su protegido, que había
acabado confiándole sus secretos. Quizá la complicidad puramente moral
era un lazo más entre ambos. Desde el día en que fue ocultada la Torpille,
Lucien sabía sobre qué base horrible descansaba su felicidad.
La sotana de sacerdote español ocultaba a Jacques Collin, una de las
celebridades del mundo del presidio, que diez años antes vivía, con el
respetable y burgués nombre de Vautrin, en la Casa Vauquer, donde habían
vivido como pensionistas Rastignac y Bianchon. Jacques Collin, apodado el
Engañamuertes, se escapó del presidio de Rochefort al poco de ingresar en
él, y siguió el ejemplo dado por el famoso conde de Sainte-Hélène, aunque
modificando todo lo que podía tener de vicioso la audaz acción de
Coignard1. Hacerse pasar por persona honrada y seguir viviendo como un
presidiario es una conjunción demasiado contradictoria para que no se
produzca un desenlace fatal, sobre todo en París; situándose en el seno de
una familia, el peligro se multiplica. Además, para estar realmente a salvo de
toda investigación, ¿no hay que situarse a una altura mayor que la que
ocupan los asuntos ordinarios de la vida? Un hombre de mundo está
sometido a ciertos riesgos que casi nunca pesan sobre quienes no tienen
contacto con el mundo. Por esto la sotana es el disfraz más seguro, si puede
ir acompañado de una vida ejemplar, solitaria y sin acción.
"Así pues, seré cura", se dijo a sí mismo aquel muerto civil, que quería
revivir bajo una forma social y satisfacer unas pasiones tan extrañas como
su propia persona. La guerra civil que la constitución de 1812 provocó en
España, donde se hallaba aquel enérgico ser, le ofreció la oportunidad de
matar secretamente en una emboscada al auténtico Carlos Herrera. Este
sacerdote, bastardo de un gran señor, que no sabía qué mujer le había dado
a luz y que había sido abandonado por su padre, debía ir a Francia a realizar
una misión política encomendada por el rey Fernando VII, bajo la
recomendación de algún obispo. Este obispo, única persona interesada por
Carlos Herrera, murió durante el viaje que llevaba a éste hijo pródigo de la
Iglesia de Cádiz a Francia, pasando por Madrid, Jacques Collin, satisfecho
de haber encontrado al personaje buscado, en las condiciones oportunas, se
hizo algunas heridas en la espalda para borrar la marca fatal que llevaba, y
cambió su rostro mediante reactivos químicos. Transformándose así ante el
propio cadáver del sacerdote antes de destruirlo, pudo incluso darse una
cierta semejanza con su sosias. Para completar la metamorfosis, que era
casi tan maravillosa como la de aquel cuento árabe en que el derviche ha
conseguido el poder de entrar, él que ya es viejo, en el cuerpo de un joven
mediante unas palabras mágicas, el presidiario, que ya sabía hablar
español, aprendió todo el latín que puede saber un sacerdote andaluz.
Collin, que había sido banquero en los tres presidios en que había estado,
se había llevado la suma confiada a su conocida probidad y forzada
honradez, ya que entre socios de esta ralea los errores se pagan a
navajazos. Añadió a este dinero la suma entregada por el obispo a Carlos
Herrera. Antes de salir de España, se apoderó del tesoro de una beata de
Barcelona, a quien dio la absolución prometiéndole que restituiría la parte de
su fortuna que provenía de un asesinato cometido por ella. Jacques Collin,
provisto de importantes recomendaciones para desempeñar una misión
secreta en París, transformado en cura y resuelto a no echar a perder este
nuevo carácter que había revestido, se estaba abandonando a la suerte de
su nueva existencia, cuando he aquí que encuentra a Lucien en el camino
de Angulema a París. Le pareció al falso sacerdote que el muchacho podría
ser un maravilloso instrumento de poder; le salvó del suicidio diciéndole: "
Entregúese a un hombre de Dios como se entrega uno al diablo, y tendrá
usted oportunidad de forjarse un nuevo destino. Vivirá como en un sueño, y
su peor pesadilla será esa muerte a cuyo encuentro iba usted tan
decididamente..." La alianza de aquellos dos seres, que habían de fundirse
en uno solo, se estableció sobre este sólido razonamiento, que Carlos
Herrera se encargó, además, de consolidar mediante una complicidad
hábilmente administrada. Era un genio de la corrupción, y destruyó la
honradez de Lucien sumergiéndole en crueles necesidades de las cuales le
libraba a cambio de su consentimiento tácito a toda una serie de infamias
que cometía el sacerdote y que permitían que Lucien apareciera siempre
puro, leal y noble ante los ojos del mundo. Lucien representaba el brillo
social a cuya sombra quería vivir el falsario. "Yo soy el autor, y tú serás el
drama; si tú fracasas, me silbarán a mí", le dijo el día en que le reveló el
sacrilegio de su disfraz. Carlos le fue confesando paulatinamente sus
secretos, de manera que. la infamia de sus confidencias guardara
proporción con los progresos y con las necesidades de Lucien. Siguiendo
esta pauta, Engañamuertes no reveló su último secreto hasta que el hábito
de los placeres parisienses, los éxitos y la vanidad satisfecha no hubieron
puesto del todo bajo sus garras, en cuerpo y alma, al hábil poeta. Mientras l|
ue Rastignac, tentado hacía tiempo por aquel demonio, se había resistido,
Lucien sucumbió porque se vio envuelto en más hábiles maniobras, más
comprometido, y vencido, principalmente, por la dicha de haber conquistado
una eminente situación social. El Mal, cuya configuración poética se llama
Diablo, empleó con aquel hombre medio mujer sus artimañas más
seductoras, y M al comienzo le exigió poco dándole mucho. El principal
argumento de Carlos fue el secreto eterno, el secreto prometido por Tartufo
a Elmire. Las pruebas reiteradas de una absoluta abnegación, parecida a la
de Zaida por Mahoma, llevaron a su culminación aquella inmunda operación,
la conquista de Lucien por un Jacques Collin. En aquel momento, no sólo
Esther y Lucien se habían gastado todos los fondos confiados a la honradez
del banquero de presidio, que se exponía por ellos a terribles represalias,
sino que además el dandy, el falsario y la cortesana tenían deudas. En el
instante en que Lucien estaba a punto de alcanzar el éxito, el más pequeño
guijarro en medio del camino podía hacer demoronarse el fabuloso edificio
de aquella fortuna construida con tanta audacia. En el baile de la Ópera,
Rastignac había reconocido al Vautrin de la Casa Vauquer, pero sabía que
corría peligro de muerte en caso de indiscreción; por eso en las miradas que
dirigía el amante de la señora de Nucingen a Lucien el miedo se mezclaba
con las expresiones de amistad. En el instante de peligro, Rastignac habría
proporcionado con la mayor alegría un coche para llevar a Engañamnertes
al patíbulo. Puede ahora adivinarse la sombria satisfacción que sintió Carlos
al enterarse del enamoramiento del barón de Nucingen y al intuir
repentinamente el partido que podía sacar de la pobre Esther un hombre de
su temple.
—Venga —dijo a Lucien—, el diablo protege a su capellán.
—Estás fumando sobre un polvorín.
—Incedo per ignes —respondió Carlos, sonriendo—. Es mi oficio.

La casa de Grandlieu se dividió en dos ramas a mediados del pasado siglo:


por un lado la casa ducal, condenada a extinguirse porque el actual duque
no ha tenido más que hijas; por otro los vizcondes de Grandlieu, que han de
heredar el título y las armas de la rama principal. Las armas de la rama ducal
son de gules, con tres hachas de oro formando un haz, con el famoso lema
CAVEO NON TIMEO, que resume toda la historia de esta casa.
El escudo de los vizcondes está cuartelado con el de Navarreins, que es de
gules, con el has almenado de oro, y la divisa GRANDS FAITS, GRAND
LIEU (grandes hechos, gran lugar) inscrita sobre el casco de caballero. La
actual vizcondesa, viuda desde 1813, tiene un hijo y una hija. Pese a que
regresó de la emigración casi en la ruina, pudo recuperar una considerable
fortuna gracias a la fidelidad de un procurador, de Derville.
A su vuelta en 1804, el duque y la duquesa de Grandlieu fueron objeto de
ciertas lisonjas por parte del Emperador; Napoleón, que los tuvo en su corte,
les devolvió todo lo que había pertenecido a la casa de Grandlieu, que
representaba una renta de cerca de cuarenta mil libras. De todos los
grandes señores del faubourg Saint-Germain que se dejaron seducir por
Napoleón, el duque y la duquesa (una Ajuda de la rama primogénita,
emparentada con los Braganza) fueron los únicos que no renegaron del
Emperador ni de sus beneficios. Luis XVIII mostró deferencia hacia una tal
fidelidad en los momentos en que todo el faubourg Saint-Germain se lo
echaba en cara a los Grandlieu; pero con esto quizá Luis XVIII quisiera tan
sólo molestar a MONSIEUR. Se juzgaba probable la boda del joven
vizconde de Grandlieu con Marie-Athénais, la hija menor del duque, que
entonces tenía nueve años de edad. Sabine, la penúltima de sus hijas, casó
con el barón Du Guénic después de la Revolución de Julio. Joséphine, la
tercera, se convirtió en la señora de Ajuda-Pinto cuando el marqués perdió a
su primera esposa, la señorita de Rochefide (alias Rochegude). La mayor se
había hecho monja en 1822. La segunda, la señorita Clotilde-Frédérique,
estaba en aquellos momentos, a la edad de veintisiete años, profundamente
enamorada de Lucien de Rubempré.
No es preciso preguntarse si la mansión del duque de Grandlieu, una de las
más bellas de la calle de Saint-Dominique, ejercía o no fascinación sobre la
mente de Lucien; cada vez que se abría su inmensa puerta para dar paso a
su cabriolé, experimentaba aquella sensación de vanidad satisfecha de la
que habló Mirabeau. "Aunque mi padre no haya sido más que un boticario
del Houmeau, yo tengo acceso a esta casa..." Esto era lo que pensaba. Sin
duda, habría cometido muchos más crímenes que los inducidos por su
alianza con el falsario, sólo para conservar el derecho a subir por las gradas
de la escalinata, y oír cómo le anunciaban en el gran salón al estilo de Luis
XIV sobre el modelo de los de Versalles, donde se reunía la élite, la crema
de París: " ¡El señor de Rubempré!"
La noble portuguesa, que era una de las mujeres menos aficionadas a salir
de su casa, vivía rodeada casi a todas horas por sus vecinos los Chaulieu,
los Navarreins, los Lenoncourt. A menudo iban a visitarla, yendo o viniendo
de la Ópera, la atractiva baronesa de Macumer (de la casa de Chaulieu), la
duquesa de Maufrigneuse, la señora de Espard, la señora de Camps y la
señorita Des Touches, emparentada con los Grandlieu de Bretaña. El
vizconde de Grandlieu, el duque de Rhétoré, el marqués de Chaulieu, el que
había de ser algún día duque de Lenoncourt-Chaulieu, su esposa Madeleine
de Mortsauf, nieta del duque de Lenoncourt, el marqués de Ajuda-Pinto, el
príncipe de Blamont-Chauvry, el marqués de Beauséant, el vidamo de
Pamiers, los Vandenesse, el viejo príncipe de Cadignan y su hijo el duque de
Maufrigneuse eran los asiduos de aquel salón inmenso donde se respiraban
los aires de la corte, donde las maneras, el tono y el ingenio armonizaban
con la nobleza de los dueños, cuyo gran porte aristocrático había hecho
finalmente olvidar su servidumbre napoleónica.
La vieja duquesa de Uxelles, madre de la duquesa de Maufrigneuse, era el
oráculo del salón, en el cual la señora de Sérizy nunca había conseguido
hacerse admitir, pese a que pertenecía a la familia de Ronquerolles.
Lucien había sido introducido en aquel ambiente por la señora de
Maufrigneuse, que había hecho actuar con este propósito a su madre, la
cual anduvo loca durante un par de años por él, y el seductor poeta se
mantenía allí gracias a la influencia del Arzobispado de París. Sin embargo,
no fue admitido antes de haber logrado la disposición que le devolvió el
nombre y las armas de la casa de Rubempré. El duque de Rhétoré, el
caballero de Espard y otros, envidiosos de Lucien, indisponían
periódicamente contra él al duque de Grandlieu, contándole anécdotas de su
vida anterior; pero le sostuvieron la devota duquesa, que estaba rodeada ya
por las cumbres de la Iglesia, y Clotilde de Grandlieu. Lucien atribuía estas
enemistades a su aventura con la prima de la señora de Espard, la señora
de Bargeton, que llegó a ser condesa Châtelet. Luego sintió la necesidad de
hacerse adoptar por una familia tan poderosa como aquélla y, empujado por
su consejero íntimo a seducir a Clotilde, Lucien desplegó la valentía de los
nuevos ricos: acudió allí cinco de los siete días de la semana, se tragó sin
pestañear las culebras de la envidia, sostuvo las miradas impertinentes y
respondió con agudezas a las burlas. Su asiduidad, el encanto de sus
maneras y su complacencia acabaron neutralizando los escrúpulos y
reduciendo los obstáculos. Lucien seguía en óptimas relaciones con la
duquesa de Maufrigneuse, cuyas ardientes cartas, escritas en los momentos
de su apasionamiento por el joven, guardaba cuidadosamente Carlos
Herrera; era el ídolo de la señora de Sérizy y gozaba de la simpatía de la
señorita Des Touches. Satisfecho por verse admitido en estas tres casas,
aprendió de su protector a guardar la más estricta discreción en cuanto a sus
relaciones.
—Uno no puede dedicarse a varias casas a la vez —le decía su consejero
íntimo—. Quien va a todas partes no despierta interés en ningún sitio. Los
grandes no protegen más que a los que rivalizan con sus muebles, a
quienes ven cada día y saben convertirse en algo necesario para ellos,
como el diván sobre el cual se sienta uno.
Acostumbrado a ver en el salón de los Grandlieu su campo de batalla,
Lucien reservaba su ingenio, sus ocurrencias, las noticias y sus gracias de
cortesano para los ratos que pasaba allí por las noches. Se mostraba
insinuante y cariñoso, y advertido por Clotilde de los escollos que debía
evitar, halagaba las pequeñas pasiones del señor de Grandlieu. Tras un
período en que había envidiado la felicidad de la duquesa de Maufrigneuse,
Clotilde se enamoró perdidamente de Lucien.
Comprendiendo las ventajas que podía tener una aliaza como aquélla,
Lucien desempeñó su papel de enamorado como lo hubiera hecho Armand,
el último de los jóvenes grandes intérpretes de la Comedia Francesa.
Escribía a Clotilde unas cartas que, sin ninguna duda, eran obras maestras
de primer orden en el aspecto literario, y ella le contestaba poniendo todos
sus esfuerzos en la expresión sobre el papel de su apasionado amor, ya que
únicamente podía amar de aquella manera. Lucien iba a misa a Santo
Tomás de Aquino cada domingo, se hacía pasar por un ferviente católico y
se entregaba a prédicas monárquicas o religiosas que causaban un
excelente.efecto. Escribía, por otra parte, artículos excesivamente notables
en los periódicos afectos a la Congregación, sin querer recibir por ellos
ningún pago y poniendo como firma una simple L. Hizo folletos políticos, a
petición del rey Carlos X o del Arzobispado, sin exigir la menor recompensa.
"El rey —decía— ha hecho ya tanto por mí, que le debo mi sangre." En
relación con ello, hacía unos días queestaba en trámite la propuesta de
introducir a Lucien en el gabinete del primer ministro en calidad de secretario
particular; pero la señora de Espard movilizó a tanta gente en contra de
Lucien, que el dócil instrumento de Carlos X1 dudaba antes de tomar esta
decisión. No sólo no estaba clara la posición de Lucien e incierta la fuente de
sus ingresos; ocurría además que tanto la curiosidad benévola como la
maliciosa iban inquiriendo más y más y descubriendo mayor número de
puntos débiles en la coraza de aquel ambicioso. Clotilde de Grandlieu servía
de espía inocente a su padre y a su madre. Unos días antes, había cogido a
Lucien para hablar con él junto al marco de una ventana y participarle las
objeciones de su familia. "Tenga usted una finca de un millón, y de este
modo obtendrá mi mano; ésta ha sido la respuesta de mi madre", le había
dicho Clotilde.
—¡Más adelante te preguntarán de dónde procede tu dinero! —le había
advertido Carlos a Lucien, cuando éste le transmitió aquellas palabras.
—Mi cuñado debe de haber hecho fortuna —había hecho notar Lucien—;
tendremos en él a un editor responsable.
—Ya sólo nos falta el millón —había exclamado Carlos—; lo pensaré.
Para explicar adecuadamente la posición de Lucien en la mansión, de los
Grandlieu, hay que señalar que jamás había cenado allí. Ni Clotilde, ni la
duquesa de Uxelles, ni la señora de Maufrigneuse, que se mostró siempre
muy bien dispuesta hacia Lucien, pudieron arrancar al anciano duque aquel
favor, tal era la desconfianza que conservaba el noble por el que él llamaba
señor de Rubempré. Este matiz, advertido por toda la sociedad de aquel
salón, hería muy sensiblemente el amor propio de Lucien, que se sentía
únicamente tolerado. El mundo tiene derecho a ser exigente: ¡se le engaña
tan a menudo! Ser en París una figura destacada sin poseer ni una fortuna ni
una actividad reconocidas, es una posición que, por muchos artificios que se
empleen, no puede sostenerse mucho tiempo. Lucien, al elevar su rango, iba
dando una significación cada vez más apremiante a la pregunta: "¿De qué
vive?" se había visto obligado a decir en casa de la señora de Sérizy, a
quien debía el apoyo del procurador general Grandville y el de un ministro de
Estado, el conde Octave de Bauvan, presidente de un tribunal soberano:
"Me estoy endeudando considerablemente."
Cuando entraba en el patio de la mansión donde se hallaba la legitimación
de sus vanidades, se decía a sí mismo amargamente, pensando en las
reflexiones de Engañamuertes: "¡Siento que todo cruje bajo mis pies!"
¡Amaba a Esther y quería por mujer a la señorita de Grandlieu! ¡Qué extraña
situación! Había que vender a una para tener a la otra. Sólo un hombre
podía realizar aquella transacción sin que se viera afectado el honor de
Lucien, y este hombre era el falso español: ¿no era cierto que se debían
recíprocamente discreción, tanto el uno como el otro? No es frecuente
hallarse ligado a pactos de esta especie, en los que uno es a la vez el
dominador y el dominado.
Lucien ahuyentó las nubes que oscurecían su frente, y entró alegre y
radiante en los salones de la mansión de los Grandlieu. En aquel momento
las ventanas estabas abiertas, la fragancia del jardín llenaba el salón y la
jardinera colocada en su centro ofrecía el espectáculo de una hermosa
pirámide de flores. La duquesa, sentada en un rincón, en un sofá,
conversaba con la duquesa de Chaulieu. Varias mujeres componían un
conjunto notable por la diversidad de expresiones con la que manifestaban
fingidos sufrimientos. En el mundo nadie se interesa por una desgracia o un
sufrimiento, todo queda en palabras. Los hombres se paseaban por el salón
o por el jardín. Clotilde y Joséphine estaban atareadas alrededor de la mesa
del té. El vidamo de Pamiers, el duque de Grandlieu, el marqués de Ajuda-
Pinto y el duque de Maufrigneuse jugaban el whist en un rincón. Cuando fue
anunciado Lucien, éste cruzó el salón, fue a saludar a la duquesa, y se
interesó por la aflicción que se leía en su rostro.
—La señora de Chaulieu acaba de recibir una horrible noticia: su yerno el
barón de Macumer, el exduque de Soria, acaba de morir. El joven duque de
Soria y su esposa, que habían ido a Chantepleurs a cuidar a su hermano,
han contado por carta esta triste noticia. Louíse se encuentra en un estado
lastimoso.
—Una mujer no suele encontrar a dos personas en la vida que la quieran
como la quería su marido —dijo Madeleine de Mortsauf.
—Será una viuda rica —repuso la duquesa de Uxelles, mirando a Lucien,
cuyo rostro permaneció impasible.
—Pobre Louise —dijo la señora de Espard—, la compadezco.
La marquesa de Espard adoptó el aire reflexivo de las mujeres rebosantes
de alma y de corazón. Aunque Sabine de Grandlieu tuviera sólo diez años,
alzó hacia su madre una mirada inteligente, casi burlona, que su madre
fustigó con la expresión fulminante de su rostro. Esto es lo que se dice
educar bien a los hijos.
—Si mi hija resiste este golpe —dijo la señora de Chaulieu con un tono
altamente maternal—, su porvenir me preocupará. Louise es muy
imaginativa.
—No sé de dónde han sacado nuestras hijas esta manera de ser —dijo la
anciana duquesa de Uxelles.
—Es difícil conciliar hoy en día el corazón y los intereses —replicó un viejo
cardenal.
Lucien, que no tenía nada que decir, se dirigió hacia la mesa del té para
cumplimentar a las señoritas de Grandlieu. Cuando el poeta estuvo a pocos
pasos del grupo de mujeres, la marquesa se inclinó para poder hablar al
oído de la duquesa de Grandlieu.
—¿Cree entonces que este muchacho quiere mucho a su Clotilde? —le
preguntó.
No puede apreciarse la perfidia que presuponía aquella pregunta sin haber
hecho antes un retrato de Clotilde. Esta joven, de veintisiete años de edad,
estaba en aquellos momentos de pie. Su postura permitía a la marquesa de
Espard abrazar con la mirada el talle seco y delgado de Clotilde, que
semejaba un espárrago. El busto de la pobre muchacha era tan liso que ni
siquiera admitía la utilización de lo que las modistas llaman "el truco".
Clotilde, que, por añadidura, sabía que su nombre tenía anzuelo suficiente,
lejos de molestarse en disimular aquel defecto, lo subrayaba heroicamente.
Con sus vestidos muy ceñidos lograba reproducir el efecto del trazo rígido y
neto que los escultores de la Edad Media intentaron imprimir en las
estatuillas cuyo perfil destaca sobre el fondo oscuro de las hornacinas, en
las catedrales. Clotilde medía cinco pies y cuatro pulgadas. Puede decirse, si
se acepta una expresión familiar que por lo menos resulta gráfica, que era
toda piernas. Una desproporción como aquélla daba a su busto un cierto
aspecto de deformidad. Con su tez morena, sus cabellos negros y gruesos,
las cejas muy pobladas, los ojos ardientes y enmarcados en órbitas
sombreadas que los resaltaban y con su cara arqueada como un cuarto
creciente y dominada por una frente prominente, era como la caricatura de
su madre, una de las mujeres más hermosas de Portugal. La naturaleza se
complace en estos juegos. En muchas familias se encuentra a alguna
hermana de sorprendente belleza cuyos rasgos, en el hermano, son de una
fealdad total, aunque los dos se parezcan. En su boca, excesivamente
hundida, Clotilde tenía una expresión estereotipada de desdén. Por esta
razón sus labios, más que cualquier otra parte de su rostro, denunciaban los
secretos anhelos de su corazón, porque los sentimientos les imprimían una
expresión encantadora, tanto más notable cuanto que sus mejillas,
demasiado oscuras para sonrojarse, y sus ojos negros, siempre duros,
nunca expresaban nada. Pese a tantas desventajas, pese a su prestancia de
tabla, debía a su educación y a su raza un cierto aire de grandeza, un porte
altivo, en una palabra, eso que se llama tan acertadamente el no sé qué,
quizás a causa de la franqueza de su manera de vestir, que delataba en ella
a la hija de buena casa. Sacaba partido de sus cabellos, cuya fuerza, cuya
abundancia y cuya longitud eran una prenda de hermosura. Su voz,
cultivada por ella, tenía encanto. Cantaba maravillosamente. Clotilde era
exactamente la persona de quien se dice: "Tiene unos bonitos ojos", o bien:
"Tiene un carácter muy agradable." En cierta ocasión le respondió a alguien
que le llamó "Su Gracia", siguiendo la costumbre inglesa: "Llámeme usted
Su Delgadez."
—¿Por qué no habrían de amar a mi pobre Clotilde? —contestó la duquesa
a la marquesa—. ¿Sabe usted lo que me decía ayer? "Si me aman por
ambición, me encargaré de que me amen por mí misma." Tiene talento y es
ambiciosa, y hay hombres a quienes gustan estas cualidades. En cuanto a
él, mi querida amiga, es hermoso como un sueño; y si puede recuperar las
tierras de Rubempré, el rey le devolverá, en atención a nosotros, el título de
marqués... Después de todo, su madre es la última Rubempré...
—Pobre muchacho, ¿de dónde sacará un millón? —dijo la marquesa.
—Esto no nos incumbe —replicó la duquesa—; pero lo cierto es que es
incapaz de robarlo... Y ni que decir tiene que jamás entregaríamos a Clotilde
a un intrigante o a una mala persona, aunque fuera muy guapo, aunque
fuera poeta y joven como el señor de Rubempré.
—Llega usted tarde —dijo Clotilde a Lucien, sonriendo con gracia infinita.
—Sí, estaba invitado a cenar.
—Frecuenta usted mucho los ambientes mundanos desde hace unos días
—dijo, ocultando bajo una sonrisa sus celos y sus inquietudes.
—¿Los ambientes mundanos?... —replicó Lucien—. ¡Oh, no! Simplemente,
por el más puro azar he estado cenando toda la semana en casa de algún
banquero, hoy con los Nucingen, ayer con Du Tillet y anteayer con los
Keller...
Lucien, como puede verse, había sabido adquirir el tono de impertinencia
ingeniosa característico de los grandes señores.
—Tiene usted muchos enemigos —le dijo Clotilde, ofreciéndole (¡y con qué
gracia!) una taza de té—. Han venido a decir a mi padre que tiene usted una
deuda de sesenta mil francos, y que dentro de poco se irá a Sainte-Pélagie a
pasar unas vacaciones. Y si supiera lo que para mí representan todas estas
calumnias... Todo esto recae sobre mí. No me refiero a lo que yo misma
sufro (mi padre me lanza miradas que me crucifican), sino de lo que usted
sufriría si hubiera un ápice de cierto en ello...
—No se preocupe en absoluto de estas necedades, ámeme como yo la
amo y déme un plazo de algunos meses—, respondió Lucien, dejando su
taza vacía en la bandeja de plata cincelada.
—No se acerque a mi padre, le diría alguna impertinencia; y como usted no
la toleraría, estaríamos perdidos... Esa pérfida marquesa de Espard le ha
dicho que la madre de usted había hecho de comadrona y que su hermana
era planchadora...
—Hemos vivido en la más profunda miseria —contestó Lucien, cuyos ojos
se humedecieron—. Esto no son calumnias, sino murmuraciones de buena
ley. Hoy en día mi hermana es más que millonaria, y mi madre murió hace
un par de años... Estas informaciones estaban reservadas para el momento
en que estuviera a punto de alcanzar el éxito.
—Pero, ¿qué le ha hecho a la señora de Espard?
—Cometí la imprudencia de contar, en casa de la señora de Sérizy y
delante de los señores de Bauvan y de Grandville, la historia del proceso
que había iniciado para lograr la incapacitación de su marido el marqués de
Espard, que yo sabía por Bianchon. La presión del señor de Grandville,
apoyado por Bauvan y Sérizy, hizo cambiar de opinión al ministro de
Justicia. Uno y otro se echaron atrás ante la Gaceta de los Tribunales, ante
el escándafo, y la marquesa se pilló los dedos respecto al juicio que puso
término a aquel terrible asunto. Si por un lado el señor de Sérizy cometió una
indiscreción que ha hecho de la marquesa una enemiga mortal mía, por otro
he ganado con ello su protección, la del procurador general y la del conde
Octave de Bauvan, a quien la señora de Sérizy advirtió el peligro en que me
habían implicado al dejar traslucir la fuente de donde procedían sus
informaciones. El señor marqués de Espard cometió la torpeza de ir a
visitarme, considerando que aquel infame proceso se había ganado gracias
a mí.
—Voy a conseguir que nos veamos libres de la señora de Espard —dijo
Clotilde.
—¿Y de qué manera? —exclamó Lucien.
—Mi madre invitará a sus hijos, que son encantadores y que ya están ahora
bastante crecidos. El padre y los dos hijos cantarán las alabanzas de usted,
y estamos seguros de no ver nunca más a su madre...
—¡Oh, Clotilde, es usted adorable! Si no la quisiera por usted misma la
querría por su ingenio.
—No es ingenio —dijo, concentrando todo su amor en sus labios—. Adiós.
Esté algunos días sin venir. Cuando me vea en Santo Tomás de Aquino con
un pañuelo rosa, será que mi padre habrá cambiado de humor. En el
respaldo de la butaca donde está usted sentado encontrará una respuesta,
que quizá le consuele de nuestra separación... Ponga en mi pañuelo la carta
que trae para mí...
Aquella joven tenía obviamente más de veintisiete años. Lucien tomó un
coche de punto en la calle de la Planche, lo dejó en los bulevares, tomó otro
en la Madeleine y le indicó la calle Taitbout, mandándole entrar en el patio
interior. Al entrar en la casa de Esther, a las once, la encontró bañada en
lágrimas, aunque ataviada como siempre para recibirle. Esperaba a su
Lucien tendida en el diván de raso blanco bordado con flores amarillas,
vestida con una deliciosa bata de muselina de Indias, con nudos de lazos de
color cereza, sin corsé, con los cabellos sencillamente recogidos sobre su
cabeza y, en los pies, unas bonitas zapatillas de terciopelo forradas de raso
rojo; las velas estaban encendidas y el narguilé preparado, pero ella no
había fumado del suyo, que quedaba sin encender, constituyendo así un
indicio de su situación. Al oír que se abrían las puertas, se secó las lágrimas,
saltó como una gacela y rodeó a Lucien con sus brazos como una tela
empujada por el viento se enreda en las ramas de un árbol.
—Separados —dijo ella—, ¿es cierto?... —¡Bah! Sólo por algunos días —
respondió Lucien. Esther soltó a Lucien y se desplomó sobre el diván como
si estuviera muerta. En tales situaciones la mayoría de mujeres parlotean
como loros. ¡Ah, os quieren!... Después de cinco años, parecen estar en el
primer día de su felicidad, no pueden abandonaros, están sublimes de
indignación, de desespero, de amor, de rabia, de enojo, de terror, de pena,
de ¡presentimiento... En suma, se muestran tan hermosas como luna escena
de Shakespeare. Pero, sabedlo bien, estas mujeres no aman de verdad.
Cuando están tal como dicen estar, cuando decididamente aman de verdad,
hacen lo que hizo Esther, lo que hacen los niños, lo que hace el auténtico
amor; Esther no decía una sola palabra, sino que estaba tendida con el
rostro hundido en los cojinetes, y lloraba a lágrima viva. Lucien, por su parte,
se esforzaba por levantar a Esther y le hablaba.
—Pero, pequeña, no estamos separados... ¿Así es como te tomas una
ausencia, después de cuatro años de felicidad? —"¿Qué habré hecho yo a
todas estas muchachas?", se dijo a sí mismo, acordándose de que Coralie
también le había amado con una pasión como aquélla.
—¡Ay, señorito, es usted muy guapo! —dijo Europa.
Los sentidos tienen su hermoso ideal. Cuando a aquella hermosura tan
seductora se unen la dulzura de carácter y la poesía que distinguían a
Lucien, puede concebirse la loca pasión de estos seres tan altamente
sensibles a los dones naturales externos y tan ingenuos en su admiración.
Esther sollozaba suavemente; se había quedado en una actitud que dejaba
traslucir un extremado dolor.
—Vamos, tonta —dijo Lucien—, ¿no te han dicho que se trata de mi vida?...
Al oír aquellas palabras, pronunciadas a propósito por Lucien, Esther se
alzó como un animal salvaje, y sus cabellos sueltos enmarcaron su rostro
sublime a modo de follaje. Fijó su mirada en Lucien.
—¡De tu vida!... —exclamó, levantando los brazos y dejándolos caer con un
gesto propio de las muchachas cuando están en peligro—. Sí, es cierto, la
carta de aquel salvaje habla de cosas graves.
Sacó de su cintura un papel muy basto, pero vio a Europa y le dijo:
"Déjanos, anda." Cuando Europa hubo cerrado la puerta, prosiguió:
—Toma, esto es lo que me ha escrito —y tendió a Lucien una carta que
Carlos acababa de mandarle y que Lucien leyó en voz alta.
"Se irá mañana a las cinco de la mañana, la conducirán a la casa de un
guarda forestal, en lo más hondo del bosque de Saint-Germain, donde
ocupará una habitación que está en el primer piso. No salga de esta
habitación hasta que yo se lo permita; no le faltará nada. El guarda y su
mujer son gente segura. No escriba a Lucien. No se asome a la ventana
durante el día; por la noche, en cambio, podrá pasearse en compañía del
guarda si es que tiene ganas de estirar las piernas. Durante el trayecto lleve
las cortinas cerradas: se trata de la vida de Lucien.
"Lucien irá esta noche a despedirse: queme este papel delante de él..."
Lucien quemó inmediatamente la carta con la llama de una vela.
—Escucha, Lucien mío —dijo Esther tras haber oído la lectura de la carta
como un criminal su sentencia de muerte—, no te diré que te amo, sería una
tontería... Hace ahora cinco años que me parece que amarte es tan natural
como respirar, como vivir... El mismo día en que comenzó mi felicidad bajo la
protección de este ser inexplicable, que me colocó aquí como una
bestezuela curiosa en una jaula, supe que tenías que casarte algún día. El
matrimonio es un elemento necesario de tu destino, y Dios me guarde de
obstaculizar los caminos de tu fortuna. Este enlace es mi muerte. Pero no te
molestaré; no haré como las grisetas que se suicidan con un hornillo de
carbón; tuve bastante con una vez, y una vez y no más, como Santo Tomás.
No, me iré muy lejos, fuera de Francia. Asia conoce algunos secretos de su
país, y me ha prometido que me enseñaría a morir tranquilamente. Basta
con pincharse, y ¡todo listo! No te pido más que una cosa, ángel mío
adorado: que no me engañes. La vida me ha dado lo que me podía dar:
desde el día en que te vi por vez primera, en 1824, hasta hoy, he tenido más
felicidad que la que cabe en diez vidas juntas de diez mujeres felices. De
modo que debes tomarme como lo que soy: una mujer tan fuerte como débil.
Dime: "Me caso." No te pido más que un adiós muy tierno, y nunca más
volverás a oír hablar de mí... Se produjo un momento de silencio después de
esta declaración, cuya sinceridad sólo era comparable con la ingenuidad de
los ademanes y del tono que la acompañaban.
—¿Se trata de tu boda? —dijo, hundiendo una de sus miradas fascinadoras
y brillantes como la hoja de un puñal en los ojos azules de Lucien.
—Hace dieciocho meses que nos ocupamos de mi boda y todavía no está
acordada —respondió Lucien—, ni sé cuándo podrá acordarse; pero no se
trata de esto, cariño... Se trata del padre, de mí, de ti..., estamos seriamente
amenazados... Nucingen te ha visto...
—Sí —dijo ella—, en Vincennes, ¿me reconoció?...
—No —contestó Lucien—, pero ha perdido el tino por ti. Después de la
cena, cuando te describía al hablar de vuestro encuentro, dejé escapar
involuntariamente una sonrisa imprudente, porque estoy en medio del
mundo como un salvaje en medio de las trampas de una tribu enemiga.
Carlos, que siempre me alivia de la molestia de pensar, considera que esta
situación es peligrosa; se encarga de desviar a Nucingen en caso de que
éste decida hacernos espiar, y es muy capaz de hacerlo. Habló ya de la
impotencia de la policía. Has provocado un incendio en una vieja chimenea
llena de hollín...
—¿Y qué quiere hacer tu español? —dijo Esther con mucha dulzura.
—No lo sé, me ha dicho que duerma con los ojos abiertos —respondió
Lucien, sin atreverse a mirar a Esther.
—Si es así, obedezco con la sumisión canina de siempre —dijo Esther,
cogiendo a Lucien por el brazo y llevándole hacia su habitación, mientras le
decía—: ¿Cenaste bien en casa de ese infame Nucingen, Lucien mío?
—El arte culinario de Asia me impide apreciar ninguna otra comida, por
famoso que sea el cocinero de la casa donde cene; pero Caréme había
hecho la cena como todos los domingos.
Lucien comparaba involuntariamente a Esther con Clotilde. La amante era
tan hermosa, tan perennemente encantadora, que no había permitido
todavía que se le acercara el monstruo que devora a los amores más
robustos: ¡la saciedad! "¡Qué lástima —pensaba—, encontrar a la mujer de
uno en dos tomos!; por un lado, la poesía, la voluptuosidad, el amor, la
entrega, la belleza, la gracia..." Esther fisgaba como lo hacen las mujeres
antes de acostarse, iba de un lado para otro, mariposeaba cantando. Daba
la impresión de un colibrí.
"...¡por otro, la nobleza del nombre, la raza, los honores, el rango, la ciencia
mundana!... ¡Y no hay manera de retiñirías en una sola persona!", exclamó
Lucien.
Al día siguiente, a las siete, al despertarse en aquella encantadora
habitación ro.sa y blanca, el poeta vio que estaba solo. Llamó, y en seguida
acudió la sorprendente Europa. —¿Qué quiere el señor?
—¡Esther!
—La señora se ha marchado a las cinco menos cuarto. De acuerdo con las
órdenes del señor cura, he recibido un nuevo rostro, con los portes pagados.
—¿Una mujer?...
—No, señor, una inglesa... una de esas mujeres que van de camino, por la
noche, y tenemos órdenes de tratarla como si fuera la señora; ¿qué quiere
hacer el señor con este adefesio?... Pobre señora, cómo ha llorado al subir
al coche... En fin, "¡hay que hacerlo!... (ha dicho). He dejado a mi pobre
gatito durmiendo (me ha dicho, secándose las lágrimas); Europa, si me
hubiera mirado o si hubiera pronunciado mi nombre, me habría quedado,
aunque hubiera tenido que morir con él..." Mire, señor, tengo tanto cariño por
la señora que no el he enseñado a su sustituía; muchas camareras lo
hubieran hecho, sólo para ponerla triste. —¿Está bien?
—Está todo lo bien que puede estar una mujer de ocasión, pero no tendrá
dificultad en desempeñar su papel, si el señor pone de su parte lo que debe
—dijo Europa mientras iba a buscar a la falsa Esther.
La noche anterior, antes de acostarse, el todopoderoso banquero había
dado a su ayuda de cámara las órdenes oportunas, y éste, a las siete de la
mañana, introducía al célebre Louchard, el más habilidoso de todos los
guardias de comercio, en un pequeño salón, adonde acudió el barón en bata
y zapatillas...
—¿Se ha purlado usdet te mí? —dijo a modo de respuesta a los saludos del
guardia.
—No podía ir de otra manera, señor barón. Tengo apego a mi cargo, y tuve
ya el honor de decirle que no podía mezclarme con un asunto ajeno a mis
funciones. ¿Qué le prometí? Ponerle en relación con el que me parece el
más capaz de todos mis agentes para servirle a usted. Pero el señor barón
conoce muy bien las demarcaciones que existen entre los individuos de los
diversos oficios... Cuando se edifica una casa, no se puede encargar a un
carpintero lo que corresponde a un cerrajero. Pues bien, hay dos policías: la
Policía PolíJ£f tica y la Policía Judicial. Los agentes de la Policia Judicial}
nunca se mezclan con los asuntos de la Policía Política, y viceversa. Si se
dirigiera usted al jefe de la Policía Política, éste necesitaría una autorización
del ministro para tomar el asunto de usted entre sus manos, y seguramente
no se atrevería usted a referirlo al director general de la Policía del Reino.
Cualquier agente que investigara por su cuenta, correría el riesgo de perder
su puesto. Ahora bien, la Policía Judicial es tan circunspecta como la Policía
Política. Y nadie, ni en el Ministerio del Interior ni en la prefectura, actúa más
que en interés del Estado o en interés de la Justicia. Trátese de una
conspiración o de un crimen, ¡ah, Dios mío!, todos los jefes van a ponerse en
tal caso en seguida a las órdenes de usted; pero comprenda, señor barón,
que tiene muchas otras cosas que hacer antes que ocuparse de los
cincuenta mil amoríos que hay en París. Por lo que a nosotros respecta,
nuestra única misión es la detención de los deudores; en cuanto se trata de
alguna otra cosa, nos exponemos tremendamente en caso de burlar la
tranquilidad de quienquiera que sea. Le he mandado a uno dejos míos, pero
diciéndole que no respondía de él; le ha mandado buscar a una mujer en
París, y Contenson le ha birlado a usted un billete de mil sin molestarse
siquiera. Buscar en París a una mujer de quien se sospecha que va al
bosque de Vincennes y cuyas señas se parecen a las de todas las bellas
mujeres de la ciudad, es algo así como buscar una aguja en un pajar.
—¿Gondanson (Contenson) —dijo el barón— no botía tecirme la fertat en
lucar te pirlarme un pillede te mil vrangos? —Escúcheme, señor barón —dijo
Louchard—, déme usted mil escudos y voy a darle... a venderle un consejo.
—¿Mil esgutos bor un gonsejo?
—Yo no me dejo engañar, señor barón —respondió Louchard—. Usted está
enamorado, quiere descubrir el objeto de su pasión, por el cual está usted
adelgazando como un bacalao al sol. Me ha dicho su ayuda de cámara que
ayer vinieron a verle dos médicos y le hallaron en muy grave estado; yo soy
el único que puede colocarle entre las manos de un hombre hábil...
¿Demonio! ¡Cómo si su vida no valiera mil escudos!...
—¡Tícame el nompre te esde hompre hápil, y güende gon mi generositat!
Louchard cogió su sombrero, saludó y se dirigió hacia la puerta.
—¡Tiaplo te hompre! —exclamó Nucingen—. ¡Fenca... denca!...
—Tenga en cuenta —dijo Louchard antes de tomar el dinero— que le vendo
pura y simplemente una información. Le daré el nombre y la dirección del
único hombre capaz de servirle, pero es un maestro...
—¡Fede a baseo! —exclamó Nucingen—. Sólo el nompre te Varschild jale
mil esgutos, y aun, guanto esdá firmato al bie te un pillede... ¡Ovrezgo mil
vrangos!
Louchard, que era bajito y socarrón, y que nunca había podido conseguir
ningún cargo de procurador, de notario, de ujier ni de procurador, miró de
soslayo al barón de una manera significativa.
—Para usted, son mil escudos o nada; los recuperará en pocos segundos
en la Bolsa —le dijo.
—¡Ovrezgo mil vrangos!... —repitió el barón. —¡Usted regatearía hasta una
mina de oro! —dijo Louchard mientras saludaba y se retiraba.
—Dentré la tireksión bor un pillede te guiniendos vrangos —gritó el barón, y
mandó seguidamente a su ayuda de cámara que llamara a su secretario.
Turcaret ya no existe. Hoy en día tanto el más grande como el más
pequeño de los banqueros ejerce su astucia en las cosas más ínfimas:
regatea las obras de arte, la beneficencia y el amor, y regatearía incluso una
absolución al papa. Oyendo hablar a Louchard, Nucingen había pensado en
un destello que Contenson, siendo como era el brazo derecho de Louchard,
debería conocer también la dirección de aquel maestro del espionaje.
Contenson soltaría por quinientos francos lo que Louchard quería vender por
mil escudos. Esta rápida maniobra demuestra con todo vigor que, aun
cuando el corazón de aquel hombre había sido invadido por el amor, su
cabeza seguía siendo la de un Lobo Cerval.
—Faya usdet mismo —dijo el barón a su secretario— a gasa te Gondanson,
el esbía te Luchart, el cuartia tel gomercio, bero faya en gabriolé, tebrisa, y
dráicalo en sequita. ¡Le esbero! Base bor la buerda tel cartín. Aguí diene la
Ilafe; es mecor gue natie fea a esde hompre en mi gasa. Hácalo endrar en el
begueño bapellón tel cartín. Brogure hacer doto esdo gon hapilitat.
Recibió varias visitas de gente que iba a hablarle de negocios; pero
esperaba a Contenson y soñaba con Esther, pensando que dentro de poco
volvería a ver a la mujer a quien debía el haber vivido unas emociones
inesperadas. Los despidió a todos con expresiones vagas, con promesas
ambiguas. Contenson le parecía el personaje más importante de París, y
miraba al jardín constantemente. Por último, después de dar la orden de
cerrar su puerta, mandó que le sirvieran el desayuno en el pabellón que se
hallaba en uno de los ángulos del jardín. La conducta y los titubeos del
banquero más taimado, más clarividente y más político de París parecían
inexplicables a sus empleados.
—¿Qué tendrá el patrón? —decía un agente de cambio a uno de sus
oficinistas.
—No se sabe, parece que su estado de salud es inquietante; ayer la señora
baronesa reunió a los doctores Desplein y Bianchon...
Un día unos extranjeros fueron a ver a Newton en el momento mismo en
que estaba atareado curando a uno de sus perros, una perra llamada
Beauty, que le echó a perder, como es sabido, un trabajo inmenso; no le dijo
más que: "¡Ah, Beauty, no sabes lo que acabas de destruir...!" Los
extranjeros se fueron, respetando los trabajos del gran hombre. En todas las
vidas de grandes personajes se encuentra alguna perra Beauty. Cuando el
mariscal de Richelieu fue a saludar a Luis XVTdespués de la toma de
Mahón, uno de los hechos de armas más importantes del siglo dieciocho, el
rey le dijo: "¿Sabe ya la gran noticia?... ¡El pobre Lansmatt ha muerto!"
Lansmatt era un portero que estaba al corriente de las intrigas del rey. Los
banqueros de París no supieron nunca lo que debieron a Contenson. Este
espía fue el causante de que Nucingen dejara sin concluir un asunto
importantísimo, que quedó de esta manera en manos de los demás
banqueros. Cada día el Lobo Cerval podía encañonar una fortuna con la
artillería de la Especulación, pero el Hombre que había en él estaba a las
órdenes de la Felicidad.
El famoso banquero estaba tomando el té, y mordisqueaba unas tostadas
con mantequilla, con muy escaso apetito, cuando oyó que un coche se
paraba ante la pequeña puerta de su jardín. Poco después el secretario de
Nucingen le presentó a Contenson,. a quien había encontrado, tras
laboriosas búsquedas, en un café cerca de Sainte-Pélagie, donde el agente
desayunaba con la propina proveniente de un deudor que se hallaba en la
cárcel, beneficiándose de ciertas deferencias que cuestan dinero.
Contenson, como se ve, era todo un poema, un poema parisiense. Por su
aspecto hubierais visto en seguida que el Fígaro de Beaumarchais, el
Mascarille de Molière, los Frontín de Marivaux y los Lafleur de Dancourt,
todas estas expresiones de la audacia picaresca, de la astucia al acecho y
de la estratagema que renace de sus propias cenizas, no eran más que
mediocridades al lado de aquel coloso del ingenio y de la miseria. Cuando se
encuentra en París a un tipo, no es simplemente un hombre, ¡es todo un
espectáculo! Si se pone tres veces a cocer en un horno un busto de yeso, se
obtiene algo con apariencia de bronce florentino; pues bien, los chispazos de
innumerables desgracias y las presiones de la necesidad habían bronceado
el rostro de Contenson como si hubiera estado tres veces al calor de un
horno. Sus arrugas, apretadísimas, no podían ya desfruncirse, formaban
pliegues eternos, de fondo blanco. Aquella figura amarilla era toda arrugas.
Su cráneo, parecido al de Voltaire, tenía la insensibilidad de la cabeza de un
muerto, y, de no ser por algunos cabellos que tenía por atrás, podía dudarse
de si se trataba de un hombre vivo. Bajo una frente inmóvil se agitaban unos
ojos de chino, inexpresivos, parecidos a los que se exponen, envueltos en
cristal, en algunas tiendas orientales; eran unos ojos artificiales que se
hacían pasar por vivos, y cuya expresión era inmutable. Su nariz, roma
como la de la muerte, desafiaba el destino, y su boca, apretada como la de
un avaro, siempre estaba abierta y sin embargo era discreta, como la
hendidura de un buzón de cartas. Contenson, aquel hombrecillo delgado y
enjutó, era apacible como un salvaje, sus manos eran curtidas, y mantenía
una actitud diogénica de descuido que jamás es capaz de plegarse a las
formas del respeto, Qué comentarios de su vida y de sus costumbres
estaban grabados en sus ropas, para quienes saben leer y descifrar un
atuendo! ¡Qué pantalones, sobre todo!... Eran unos pantalones negros y
relucientes como la tela con la que están hechas las togas de los
abogados... Su chaleco era del Temple, de lana y con bordados. El traje era
de un negro rojizo. Todo estaba cepillado, casi limpio. Llevaba un reloj de
cadena. Se le veía una camisa de percal amarillo, plisada, con una aguja
prendida que llevaba un diamante falso. El cuello de terciopelo parecía un
collar sobre el que rebosaban los pliegues rojizos de una carne cobriza. Su
sombrero de seda relucía como el raso, pero se habría podido sacar de él
grasa para un par de farolillos si se hubiera puesto a hervir. No basta con
enumerar los accesorios, habría que saber describir la pretensión excesiva
que Contenson sabía imprimirles. Había una cierta coquetería en el cuello
del traje y en el brillo reciente de sus botas, cuyas suelas estaban medio
abiertas, que no puede describirse exactamente con ninguna expresión.
Puede decirse, por último, para describir de algún modo aquella mescolanza
de tonos diversos, que una persona de mediana inteligencia habría podido
comprender que, si en lugar de tratarse de un soplón hubiera sido un ladrón,
todos sus andrajos, en lugar de provocar la sonrisa, habrían hecho
estremecer de horror. Viendo el traje, un observador cualquiera habría dicho:
"He aquí a un nombre indeseable; bebe, juega, tiene vicios, pero no se
emborracha, no hace trampa, no es ladrón ni asesino." Contenson era
efectivamente indefinible hasta que acudía a la mente la palabra "espía"
Aquel hombre había ejercido tantos oficios desconocidos cuantos pueda
haber conocido. La fina sonrisa de sus pálidos labios, el parpadeo de sus
ojos verdosos y la ligera mueca de su nariz achatada revelaban la agudeza
de su ingenio. Tenía una cara de hojalata, y su alma debía de ser como la
cara. Los gestos de su fisonomía eran muecas motivadas por la corrección
en los modales, más que expresión de sus movimientos interiores. Su
aspecto sería temible si no fuera cómico. Contenson, que era uno de los
productos más curiosos de la espuma que sobrenada a los borboteos de la
tina parisiense, en la que todo está en fermentación, alardeaba sobre todo
de ser filósofo. Decía, sin amargura: "¡Tengo mucho talento, pero es como si
nada, es como si fuera cretino!" Y se condenaba a sí mismo en lugar de
acusar a los demás. Es difícil encontrar a muchos espías que tengan menos
hiél que Contenson. "Las circunstancias están en contra nuestra —repetía a
sus jefes—; podríamos ser cristal de roca y no somos más que granos de
arena, eso es todo." Su cinismo en el vestir tenía un sentido, puesto que
tenía por su atuendo habitual el apego que puede tener un actor teatral por
el suyo; tenía una gran habilidad para disfrazarse y maquillarse; hubiera
podido dar lecciones a Frédérick Lemaître, ya que podía hacerse el dandy
cuando quería. En otros tiempos, durante su juventud, debió de pertenecer a
la sociedad poco refinada de las personas de origen humilde. Mostraba una
profunda antipatía por la Policía Judicial, debido a que había pertenecido
durante el Imperio a la policía de Fouché, a quien consideraba un gran
hombre. Desde que fue suprimido el ministerio de la Policía, se había
dedicado, como mal menor, a la delincuencia comercial; pero su reconocida
capacidad y su finura hacían de él un instrumento precioso, y los jefes,
desconocidos, de la Policía Política habían conservado su nombre en sus
listas. Contenson, igual que sus compañeros, no era más que uno de los
comparsas del drama cuyos papeles principales pertenecían a sus jefes
cuando se trataba de algún trabajo político.
—Redírese —dijo Nucingen a su secretario con un gesto.
"¿Por qué este hombre está en una mansión y yo en un cuartucho...? —se
preguntaba Contenson—. Ha engañado tres veces a sus acreedores, ha
robado... Yo en cambio jamás he tomado un céntimo... Tengo más talento
que él...
—Gondanson, begueño —dijo el barón—, me ha ropato usdet un pillede te
mil vrangos...
—Mi parienta debía dinero a Dios y al diablo...
—¿Dienes una guerita? —exclamó Nucingen, mirando a Contenson con
admiración y envidia a la vez.
—No tengo más que sesenta y seis años —contestó Contenson, a quien el
vicio, para fatal ejemplo, había conservado joven.
—¿Y gué haze?
—Me ayuda —dijo Contenson—. Cuando uno es ladrón y le quiere una
mujer honrada, o ella se hace ladrona o uno se vuelve honrado. Yo he
seguido haciendo de chivato.
—¿Necesidas tinero? —preguntó Nucingen.
—Siempre —respondió Contenson con una sonrisa—; mi estado natural es
desear dinero, como el de usted es ganarlo; podemos llegar a un acuerdo:
recoja usted dinero para mí, que yo me encargaré de gastarlo. Usted será el
pozo y yo seré el cubo...
—¿Guieres cañar un pillede te guiniendos vrangos?
—¡Bonita pregunta! Pero, ¡alto ahí!... Seguramente que no va usted a
ofrecérmelos simplemente para compensar la injusticia que la fortuna ha
cometido en contra mía...
—Mira, lo añato al pillede te mil gue me has pirlato, gon lo gue serán mil
guiniendos los gue de toy.
—Bueno, me da los mil francos que he cogido y añade otros quinientos
francos...
—Eksagdamende —dijo Nucingen, moviendo la cabeza.
—Lo cual significa que siguen siendo tan sólo quinientos francos —dijo
Contenson imperturbablemente.
—¿Guiniendos vrangos gue tar?... —dijo el barón.
—¡Quinientos francos que tomar! Bien, y ¿a cambio de qué el señor barón
piensa darme este dinero?
—Me han ticho gue hay en Barís un hompre gapaz te tesguprir a la muguer
gue yo guiero, y gue dú sapes su tireksión... Es tecir, un maesdro en
esbionague.
—Es cierto.
—¡Pien! Bues tame la tireksión y de toy los guiniendos vrangos.
—¿A verlos? —respondió rápidamente Contenson.
—Aguí los dienes —contestó el barón sacando un billete de su bolsillo.
—Pues démelos —dijo Contenson, tendiendo la mano.
—Fenca, fenca, jamos a fer al hompre, y de lo toy, borgue así botrias
fenferme muchas tireksiones a esde brecio.
Contenson se echó a reír.
—Por cierto que tiene usted derceho a pensar esto de mí —dijo con un tono
de autoacusación—. Cuanto más canallesco es nuestro estado, tanta más
probidad nos es necesaria. Pero, ve usted, señor barón, ponga seiscientos
francos y le daré un buen consejo.
—Tame, y gonfía en mi guenerositat...
—Me expongo —dijo Contenson—, pero voy a jugar fuerte. En punto a
policía, hay que irse bajo tierra. Usted dice: vamos, ¡adelante!... Usted es
rico y cree que todo se inclina ante el dinero. El dinero, efectivamente, es
algo. Pero con Do dinero, como dicen los dos o tres hombres fuertes de
nuestra partida, no se logran más que hombres. ¡Y hay cosas en las que no
se suele pensar y que no pueden comprarse!... A la > suerte no se la puede
sobornar. Por eso en buena ley no se procede de esta manera. ¿Quiere
usted que no le vean conmigo en un coche? Alguien nos vería. La suerte
igual puede estar en favor que en contra de uno.
—¿Es cierdo? —dijo el barón.
—¡Y tanto, señor! Fue una herradura encontrada por la calle lo que permitió
al prefecto de policía descubrir la máquina infernal. A lo que iba: si fuéramos
en coche de punto esta noche a la casa del señor de Saint-Germain, lo
mismo que podría importarle a usted que le vieran yendo hacia allí, le
importaría a él que le vieran entrar a usted en su casa.
—Es fertat —dijo el barón.
—¡Ah! Es el fuerte entre los fuertes, el segundo del célebre Corentin, el
brazo derecho de Fouché, de quien algunos dicen que es hijo natural, de
cuando era cura; pero eso son (tonterías: Fouché sabía ser cura, como supo
ser ministro. Pues a este hombre, ve usted, no le hará trabajar por menos de
diez billetes de mil francos... piénseselo... Eso sí, el trabajo se lo hará, y bien
hecho. Ni visto ni oído, como se suele decir. Tendré que avisar al señor de
Saint-Germain, y él le dará una cita en algún lugar donde nadie pueda ver ni
oír nada, porque investigando por cuenta de particulares se arriesga mucho.
Pero, ¿qué le vamos a hacer?... Es muy buen hombre, una joya, que ha sido
objeto de importantes persecuciones, y además ¡por haber salvado a
Francia!... ¡Como yo, y corno todos los que la han salvado!
—¡Pueno! Esgrípeme guando y tónde bodré fer a esda joya —dijo el barón,
sonriendo.
—Entonces... ¿no me unta el carro el señor barón? —dijo Contenson en un
tono a la vez humilde y amenazador.
—Jean —gritó el barón a su jardinero—, fede a betir feinde vrangos a Cor
que y algánsamelos...
—Si el señor barón no tiene más informaciones que las que me dijo, dudo
sin embargo de que el maestro pueda serle de utilidad.
—¡Denco odras! —respondió el barón en un tono astuto.
—Tengo el honor de despedirme del señor barón —dijo Contenson,
tomando la moneda de veinte francos—, y tendré el honor de venir a decir a
Georges en qué lugar deberá personarse el señor esta noche, porque es
mejor no escribir nunca nada.
—"Es gurioso lo lisdos gue son esdos intifituos —pensó el barón—; en los
atsundos te la bolicía ogurre lo mismo gue gon doto lo temas.
Al dejar al barón, Contenson se dirigió tranquilamente de la calle Saint-
Lazare a la calle Saint-Honoré, hasta el café David; miró a través de los
cristales y vio a un anciano conocido allí por el tío Canquoèlle.
El café David, sito en la esquina de la calle de la Monnaie con la de Saint-
Honoré, gozó durante los primeros treinta años del siglo de una especie de
celebridad, circunscrita al barrio llamado de los Bourdonnais. En él.se
reunían los viejos negociantes retirados o los grandes comerciantes aún en
activo: los Camusot, los Lebas, los Pillerault, los Popinot y algunos
propietarios como el viejo Molineux. De vez en cuando se veía al tío
Guillaume, que iba hasta allí desde la calle del Colombier. Se hablaba de
política, pero con discreción, porque el café David era de tendencia liberal.
Se contaban las habladurías del barrio; es muy grande la necesidad que
sienten los hombres de burlarse unos de otros. Aquel café, como cualquier
café, tenía un personaje original, el tío Canquoèlle, que concurría a él desde
el año 1811, y que parecía armonizar tan bien con la gente respetable que
allí se reunía, que todo el mundo hablaba tranquilamente de política en su
presencia. Algunas veces aquel buen hombre, que era motivo de frecuentes
bromas por parte de los asiduos al establecimiento, desaparecía por un mes
o dos; pero sus ausencias se atribuían siempre a sus achaques o a su vejez,
ya que desde 1811 parecía haber rebasado los sesenta años, y no
extrañaban a nadie.
—¿Qué se ha hecho del tío Canquoèlle? —preguntaba la gente a la mujer
del mostrador.
—Siempre pienso —contestaba— que un buen día nos enteraremos de su
muerte por los Petites-Affiches.
Con su manera de pronunciar, el tío Canquoèlle certificaba constantemente
su origen. Su nombre provenía de una pequeña propiedad situada en el
departamento de Vaucluse, que era su lugar de origen, y que se llamaba Les
Canquoèlles, palabra que significa abejorro en algunas provincias. Se había
acabado diciendo Canquoèlle en lugar de De Canquoèlles, sin que el
hombre se ofendiera por ello, ya que decía que la nobleza había muerto en
1793; por otra parte, el feudo de Les Canquoèlles no le pertenecía, porque
era el hijo menor de una rama segundona. Hoy en día el atuendo del tío
Canquoèlle parecería muy extraño, pero entre 1811 y 1820 no sorprendía a
nadie. Aquel viejo llevaba unos zapatos con hebillas de acero, medias de
seda con rayas circulares blancas y azules alternadas, unos calzones de tela
de seda sin lustre, con hebillas ovaladas semejantes a las de los zapatos por
su hechura. Completaban su vestimenta un chaleco blanco con bordados,
un viejo traje de una tela verdosa y castaña, con botones metálicos, y una
camisa con chorrera. En medio de la chorrera brillaba un medallón de oro
que llevaba un pequeño templo hecho con cabellos, una de esas
encantadoras pequeneces sentimentales que tranquilizan a los hombres, de
un modo parecido a como un espantapájaros ahuyenta a los gorriones. La
mayoría de los hombres, como los animales, se asustan y se tranquilizan por
cosas nimias. El calzón del tío Canquoèlle se aguantaba mediante una
hebilla que lo mantenía apretado por encima del abdomen, siguiendo la
moda del pasado siglo. Del cinturón colgaban paralelamente dos cadenas de
acero compuestas por varias cadenillas y con una serie de colgantes en su
extremo. Su corbata blanca se aguantaba por detrás mediante una pequeña
hebilla de oro. Por último, su cabeza blanca y empolvada iba adornada,
todavía en 1816, con el tricornio municipal que llevaba también el señor Try,
presidente del Tribunal. El tío Canquoèlle había cambiado no hacía mucho
aquel sombrero, al que tenía tanto aprecio (creyó deber aquel sacrificio a su
tiempo), por ese innoble sombrero redondo contra el cual nadie se atreve a
reaccionar. En la espalda del traje, una pequeña coleta con un lazo dejaba
una marca circular en la que la mugre desaparecía bajo una fina capa de
polvo. Atendiendo al rasgo distintivo de su cara, constituido por una nariz
bulbosa y encarnada, digna de figurar en un plato de trufas, podía suponerse
que aquel viejo papa-moscas tenía un carácter fácil, simple y bonachón;
pero esta suposición era errónea, y había caído en la trampa todo el café
David, cuyos clientes nunca habían examinado la frente observadora, la
boca sardónica y la mirada fría de aquel viejo mecido por los vicios y
tranquilo como un Vitelio cuyo vientre imperial reapareciera, por así decirlo,
palingenésicamente. En 1816 un joven viajante de comercio llamado
Gaudissart, asiduo del café David, se emborrachó de once a doce de la
noche con un oficial de media paga. Tuvo la imprudencia de hablar de una
conspiración tramada contra los Borbones, que parecía muy importante y
que estaba a punto de estallar. En el café no se veía más que al tío
Canquoèlle, que parecía dormir, dos camareros medio dormidos y la mujer
del mostrador. Antes de veinticuatro horas Gaudissart fue detenido: la
conspiración se había descubierto. Dos hombres murieron en el patíbulo. Ni
Gaudissart ni nadie sospechó jamás que el bueno de Canquoèlle hubiera
dado el soplo. Los dos mozos fueron despedidos, todos se vigilaron
recíprocamente durante un año, y creció el temor general por la policía,
incluso por parte del tío Canquoèlle, el cual decía que iba a abandonar el
café David, tal era el horror que le inspiraba la policia. Contenson entró en el
café y pidió una copa de aguardiente; no miró al tío Canquoèlle, que estaba
leyendo los periódicos; cuando hubo bebido la copa de aguardiente, tomó la
moneda del barón y llamó al mozo dando tres golpes secos sobre la mesa.
La mujer del mostrador y el camarero examinaron la moneda con un cuidado
que a Contenson se le antojaba injurioso; pero su desconfianza estaba
justificada por la sorpresa que causaba a todos los asiduos el aspecto de
Contenson. "¿Este oro es producto de un robo o de un asesinato?..." Ésta
era la pregunta que se hacían algunas mentes sólidas y clarividentes que
miraban a Contenson por debajo de sus gafas, fingiendo que leían el
periódico. Contenson, que lo veía todo y jamás se sorprendía de nada, se
limpió desdeñosamente los labios con un pañuelo que sólo tenía tres
zurcidos, cogió el cambio y se lo metió en el bolsillo, cuyo forro, que había
sido blanco en otro tiempo, entonces era tan negro como la tela del pantalón,
tras lo cual se marchó sin dejar ni un céntimo para el camarero.
—¡Vaya carne de horca! —dijo el tío Canquoèlle a su vecino el señor
Pillerault.
—¡Bah! —respondió, dirigiéndose a todos el señor Camusot, el único que
no había mostrado la más mínima sorpresa—. Es Contenson, el brazo
derecho de Louchard, nuestro guardia del comercio. Estarán buscando a
alguien del barrio...
Un cuarto de hora más tarde el tío Canquoèlle se levantó, cogió su
paraguas y se marchó tranquilamente.
Sin duda alguna, es necesario explicar qué terrible y profundo personaje se
ocultaba bajo el vestido del tío Canquoèlle, como el padre Carols disimulaba
a Vautrin. Este meridional, nacido en Canquoèlle, la única propiedad de su
familia, la cual, por cierto, era bastante respetable, se llamaba Peyrade.
Pertenecía efectivamente a la rama segundona de la casa de La Peyrade,
una familia antigua, aunque pobre, del Comtat, que posee aún la pequeña
propiedad de La Peyrade. Era el séptimo hijo y se fue a pie a París, con dos
escudos de seis libras en el bolsillo, en 1772, a la edad de diesiete años,
impulsado por los vicios de un temperamento fogoso, por el deseo brutal de
mejorar de posición que atrae a tantísimos meridionales hacia la capital en
cuanto comprenden que la casa paterna no podrá jamás proporcionarles las
rentas que necesitan para satisfacer sus pasiones. Toda la juventud de
Peyrade se resume en el hecho de que en 1782 era el confidente, el héroe,
de la jefatura superior de Policía, donde gozó de un gran aprecio por parte
de los señores Lenoir y D'Albert, los dos últimos tenientes generales. La
Revolución no tuvo policía, no la necesitó. El espionaje, que se convirtió en
una actividad muy generalizada, se llamó entonces civismo. El Directorio,
que fue un gobierno algo más regular que el del Comité de Salvación
Pública, se vio obligado a reorganizar una policía, y el Primer Cónsul
completó su reconstitución mediante la prefectura de policía y el ministerio
de la Policía general.
Peyrade, el hombre de las tradiciones, eligió y organizó el personal con la
colaboración de un individuo llamado Corentin, mucho más hábil que el
propio Peyrade, aunque más joven, que no puso de manifiesto su genialidad
más que en los sótanos de la comisaría. En 1808 los enormes servicios que
prestó Peyrade fueron recompensados con el nombramiento para el alto
cargo de comisario general de la policía de Amberes. La idea de Napoleón
era que aquella especie de prefectura equivalía a un ministerio de la policía
encargado de vigilar Holanda. A la vuelta de la campaña de 1809, Peyrade
fue destituido de su cargo en Amberes por una orden del gabinete del
Emperador, fue llevado en diligencia a París entre dos gendarmes y
encerrado en la Force. Dos meses más tarde salió de la cárcel bajo la fianza
de su amigo Corentin, tras haber sufrido, sin embargo, tres interrogatorios de
seis horas cada uno en la prefectura de policía. ¿Debía acaso Peyrade su
caída en desgracia a la actividad milagrosa con la que secundó a Fouché en
la defensa de las costas francesas cuando fueron atacadas por lo que se dio
en llamar la expedición de Walcheren, y en la que el duque de Otranto
desplegó una pericia que alarmó al Emperador? En aquellos momentos se
consideró plausible esta explicación; hoy en día, que todo el mundo sabe lo
que pasó en el Consejo de ministros convocado por Cambacérés, es cosa
cierta. Fulminados por la noticia de la intentona inglesa, como réplica a la
expedición de Boulogne llevada a cabo por Napoleón, y sorprendidos en
ausencia del amo, que estaba entonces replegado en la isla de Lobau,
donde toda Europa lo creía perdido, los ministros no supieron qué decisión
tomar. El sentir general se inclinaba por enviar un correo al Emperador;
Fouché fue el único que se atrevió a trazar un plan de campaña que,
además, puso en ejecución. "Actúe como le parezca —le dijo Carríbacérés
—; por mi parte, como tengo apego a mi vida, voy a mandarle un informe al
Emperador."
Ya se sabe a qué absurdo pretexto se acogió el Emperador, a su regreso,
en pleno Consejo de Estado, para hacer caer a su ministro y castigarle por
haber salvado a Francia sin él. Desde aquel día Napoleón añadió a la
enemistad que le profesaba el príncipe de Talleyrand la del duque de
Otranto, figuras que eran los dos únicos grandes políticos debidos a la
Revolución y que quizás hubieran podido salvar al Emperador en 1813. Para
apartar a Peyrade se empleó el vulgar pretexto de la concusión: había
favorecido el contrabando repartiéndose algunos beneficios con algunos
grandes comerciantes. Aquel trato era duro para quien había recibido el
bastón de comisario general a cambio de importantes servicios. Aquel
hombre, que había madurado en el ejercicio de los negocios, poseía los
secretos de todos los gobiernos desde el año 1775, año de su ingreso en la
jefatura superior de Policía. El Emperador, que se creía lo bastante hábil
como para formar a la gente en función de sus necesidades, no tuvo en
cuenta ninguna de las recomendaciqnes que se le hicieron más tarde a favor
de un hombre que era considerado como uno de los más seguros, hábiles e
inteligentes de entre esos genios desconocidos que están encargados de
velar por la seguridad de los estados. Creyó que podría substituir a Peyrade
por Contenson; pero Contenson estaba entonces absorbido por Corentin en
provecho suyo. Peyrade, que era un libertino glotón, se sintió tanto más
afectado cuanto que con relación a las mujeres estaba en la situación de un
pastelero a quien le gustaran los pasteles. Sus hábitos viciosos se habían
convertido en él en su propia naturaleza: ya no podía prescindir de buenos
ágapes, del juego, de esa vida de gran señor sin fastos a la que se entregan
todos los individuos de gran vitalidad, los cuales suelen convertir en
necesidad ciertas exorbitantes diversiones. Luego había vivido a lo grande,
sin tener que figurar, puesto que nadie contaba nunca con él ni con Corentin,
su amigo. Era un cínico ingenioso que, vivía a gusto de esta manera; era un
filósofo. En definitiva, ningún espía, cualquiera que sea el nivel que ocupe en
la maquinaria policíaca, puede dedicarse a ninguna de las profesiones que
se dicen honradas o liberales; en esto es igual que un presidiario. Una vez
marcados, una vez matriculados, los espías y los condenados tienen un
carácter indeleble, como los diáconos. Hay seres a quienes el estado social
imprime fatales destinos. Para desgracia suya, Peyrade se había
enamoricado de una linda muchachita, una niña de la que él estaba
convencido que era una hija que le había dado una famosa actriz, a la cual
prestó un servicio por el que le estuvo reconocida durante tres meses.
Peyrade, que hizo regresar a su niña de Amberes, se encontró pues sin
recursos en París, con una ayuda anual de mil doscientos francos otorgada
por la prefectura de policía al antiguo alumno de Lenoir. Se fue a vivir a la
calle de los Moineaux, en un cuarto piso, en una pequeña vivienda de cinco
habitaciones que le costaba doscientos cincuenta francos.
Si hay hombre capaz de sentir la utilidad y la dulzura de la amistad, ¿no
será acaso el leproso moral al que la muchedumbre llama espía, el pueblo
chivato y la administración agente? Peyrade y Corentin eran amigos como
Orestes y Pílades. Peyrade había formado a Corentin como Vien formó a
David; pero el alumno superó pronto al maestro. Juntos habían hecho más
de una expedición. (Véase UN ASUNTO TENEBROSO.) Peyrade, feliz por
haber intuido la capacidad de Corentin, le había lanzado al ejercicio de la
carrera preparándole un triunfo. Obligó a su alumno a servirse de una
amante que le desdeñaba, a modo de anzuelo para pescar a un hombre.
(Véase Los CHUANES.) Y Corentin tenía entonces apenas veinticinco
años... Corentin, que seguía en aquel puesto de general cuyo capitán
general es el ministro de la policía, había conservado durante el mandato del
duque de Rovigo el puesto eminente que había ocupado en tiempos del
dque de Otranto. En aquella época tanto daba la Policía general como la
Policía judicial. Con motivo de cualquier asunto importante, los presupuestos
se fijaban con ayuda de los tres, cuatro o cinco agentes de talla. El ministro,
en cuanto se enteraba de alguna conspiración, en cuanto se le advertía que
se estaba fraguando alguna maquinación, fuera como fuera, decía a uno de
los coroneles de la policía: "¿Qué necesitan para llegar a tal resultado?"
Corentin o Contenson respondían, tras un meditado examen: "Veinte, treinta,
cuarenta mil francos." Luego, una vez dada la orden de emprender aquel
asunto, los medios y los hombres necesarios eran elegidos por Corentin o
por el agente de quien se tratara. La Policía judicial actuaba también así
para descubrir los crímenes con el famoso Vidocq.
La Policía política, así como la Policía judicial, escogía a sus hombres
primordialmente entre los agentes conocidos, matriculados, entre los
habituales, que son como soldados de una fuerza secreta que es
imprescindible para los gobiernos, pese a las declamaciones de los
filántropos y de los moralistas miopes. El exceso de confianza que se daba a
los dos o tres generales del temple de Peyrade y de Corentin implicaba en
ellos el derecho a emplear a personas desconocidas, con la condición, sin
embargo, de rendir cuentas al ministro en los casos graves. La experiencia y
la penetración de Peyrade tenían un enorme valor a los ojos de Corentin, el
cual, una vez hubo pasado la tormenta del 1810, hizo uso de su viejo amigo,
le consultó siempre y subvino con prodigalidad a sus necesidades. Corentin
halló la manera de entregar cerca de mil francos mensuales a Peyrade.
Éste, por su parte, prestó grandes servicios a Corentin. En 1816, a propósito
del descubrimiento de la conspiración en la que había de tomar parte el
bonapartista Gaudissart, Corentin probó de hacer que fuera reintegrado
Peyrade a la Policía General del Reino; pero alguna influencia desconocida
mantuvo apartado a Peyrade. He aquí la razón de ello. Por su afán de
hacerse imprescindibles, Peyrade, Corentin y Contenson, instigados por el
duque de Otranto, habían organizado por cuenta de Luis XVIII una
Contrapolicía, en la que trabajaron Contenson y los agentes de primera talla.
Luis XVIII falleció, llevándose unos secretos que seguirán siendo secretos
hasta para los historiadores mejor informados. La pugna de la Policía
General del Reino y la Contrapolicía del Rey dio lugar a ciertos terribles
asuntos cuyos secretos a veces permanecieron ocultos por obra del cadalso.
No es éste lugar indicado ni ocasión oportuna para entrar en detalles a este
respecto, porque las Escenas de la vida parisiense no son Escenas de la
vida política; basta con indicar cuáles eran los medios de subsistencia del
llamado tío Canquéolle del café David y por qué hilos estaba unido al poder
terrible y enigmático de la policía. Entre 1817 y 1822, a Corentin, Contenson,
Peyrade y sus agentes se les encargó a menudo la misión de espiar al
propio ministro. Esto puede explicar la razón por la cual el ministerio se negó
a emplear a Peyrade y a Contenson, sobre los cuales Corentin, sin que ellos
lo supieran, dirigió las sospechas de los ministros, con objeto de utilizar a su
amigo cuando su reintegración le pareció imposible. Los ministros entonces
sintieron más confianza por Corentin, y le encargaron que vigilara a Pyrade,
lo cual hizo reír a Luis XVIII. Corentin y Peyrade quedaban entonces
convertidos en los dueños del terreno. Contenson, que había estado durante
mucho— tiempo ligado a Peyrade, seguía a su servicio. Se había puesto al
servicio de los guardias del comercio por orden de Corentin y de Peyrade.
En efecto, a consecuencia de esa suerte de pasión que inspira toda
profesión que se ejerce con amor, estos dos generales gustaban de situar a
sus más hábiles soldados en todos los puntos en que pudieran abundar las
informaciones. Por otra parte, los vicios de Contenson, sus depravadas
costumbres, que le habían hecho caer más bajo que sus dos amigos,
exigían tanto dinero que necesitaba trabajar mucho. Sin cometer ninguna
indiscreción, Contenson había dicho a Louchard que conocía al único
hombre capaz de dar satisfacción al barón de Nucingen. Peyrade era, en
efecto, el único agente que podía investigar impunemente por cuenta de un
particular. Una vez muerto Luis XVIII, Peyrade perdió no sólo su importancia,
sino también las ventajas de su posición de Espía Ordinario de Su Majestad.
Se creyó indispensable y continuó con el mismo tren de vida. Las mujeres,
las comilonas y el Círculo de Extranjeros habían mantenido alejado de todo
espíritu de ahorro a un individuo que gozaba, como todos los hombres
hechos para el vicio, de una constitución de hierro. Pero entre 1826 y 1829,
cerca ya de los setenta y cuatro años, empezaba a encasquillarse, como él
decía. De año en año sus ingresos habían ido disminuyendo. Asistía a los
funerales de la policía, veía con lástima como el gobierno de Carlos X
abandonaba las buenas tradiciones. La Cámara, sesión tras sesión, iba
recortando los subsidios necesarios para la existencia de la policía, por odio
hacia tal medio de gobierno y por el prejuicio de moralizar a dicha institución.
"Es como querer cocinar con guantes blancos", decía Pey-rade a Corentin.
Corentin y Peyrade preveían 1830 desde 1822. Conocían el profundo rencor
que Luis XVIII abrigaba contra su sucesor, lo cual explica su abandono con
respecto a la rama segundona, sin la que su reinado y su política serían un
enigma completo.
Al hacerse más viejo, había crecido el amor de Peyrade hacia su hija
natural. Por ella adoptó cierto tono burgués, pues quiso casar a su Lydie con
algún hombre respetable. Por eso, desde hacía sobre todo tres años, quería
colocarse en la prefectura de policía o en la Dirección de la policía general
del Reino, es decir, en algún cargo ostensible, confesable. Había finalmente
inventado un puesto cuya necesidad se echaría de ver más tarde o más
temprano,.según decía a Corentin. Se trataba de crear, en la prefectura de
policía, una oficina llamada de información, que sería un intermediario entre
la policía de París propiamente dicha, la Policía judicial y la Policía del Reino,
y cuyo objeto sería dar a la Dirección general los medios para sacar
provecho de todas estas fuerzas diseminadas. Peyrade era el único que
podía ser, a su edad, después de cincuenta y nueve años de discreción, el
eslabón que uniría las tres policías, una especie de archivero a quien
pudieran dirigirse la Política y la Justicia para aclarar ciertos casos. Peyrade
esperaba encontrar así, con la ayuda de Corentin, la ocasión de descubrir
alguna dote y algún marido para su pequeña Lydie. Corentin había hablado
ya de este asunto con el director general de la policía del Reino, sin
mencionar a Peyrade, y el director general, un meridional, consideraba
necesario que la proposición llegara de la prefectura.
Cuando Contenson dio tres golpes con su moneda de oro sobre el velador
del café —señal que significaba: "Tengo que hablar con usted"—, el decano
de los sabuesos de la policía estaba meditando el siguiente problema:
"¿Qué persona podría influir sobre el actual prefecto de la policía? ¿Qué
interés podría moverle?" Y tenía el aspecto de un imbécil mientras parecía
estudiar su Courrier français.
"¡Nuestro pobre Fouché —pensaba mientras iba caminando por la calle
Saint-Honoré—, aquel gran hombre, ha muerto! ¡Nuestros intermediarios
con Luis XVIII han caído en desgracia! Por otra parte, como me decía ayer
Corentin, ya nadie confía en la agilidad e inteligencia de un septuagenario...
¡Ah! ¿Por qué me he dado a cenar en el restaurante de Céry, a beber vinos
exquisitos... a agasajar a la vieja Godichon... y a jugar en cuanto tengo algún
dinero? Para garantizarse una posición, no basta con ser ingenioso, como
dice Corentin, hay que tener también cierto comedimiento. El bueno del
señor Lenoir acertó cuál sería mi suerte cuando me predijo, a propósito del
asunto del collar: "¡Nunca llegará a ninguna parte!", cuando supo que no me
había quedado bajo la cama de Oliva."
Si bien el venerable tío Canquoèlle (le llamaban tío Canquoèlle en su casa)
había permanecido en la calle de los Moineaux, en el cuarto piso, cierto es
que había encontrado en la disposición del local algunas singularidades que
favorecían el ejercicio de sus terribles funciones. Su casa, situada en la
esquina de la calle Saint-Roch, no lindaba por uno de los lados con ninguna
casa vecina. Como estaba dividida en dos partes por medio de la escalera,
había en cada piso dos habitaciones completamente aisladas. Estas dos
habitaciones daban a la calle Saint-Roch. Encima del cuarto piso había las
buhardillas, una de las cuales servía de cocina y la otra era la habitación de
la única sirvienta del tío Canquoèlle, una flamenca llamada Katt, que había
criado a Lydie. El tío Canquoèlle había instalado su dormitorio en la primera
de las dos habitaciones separadas, y su gabinete en la segunda. Un grueso
tabique aislaba dicho gabinete por la parte del fondo. La ventana, que daba
a la calle de los Moineaux, estaba frente a una pared de rinconera sin ningún
vano. Como les separaba de la escalera toda la anchura de la habitación de
Peyrade, los dos amigos no temían ser vistos ni oídos mientras hablaban de
sus negocios en aquel gabinete hecho a propósito para su horrible oficio. Por
precaución, Peyrade había colocado un grueso de paja y una alfombra muy
espesa en la habitación de la flamenca, con el pretexto de contentar al ama
de cría de su pequeña. Además, había condenado la chimenea a la
inactividad, y utilizaba una estufa cuya tubería daba, por la pared exterior, a
la calle Saint-Roch. Por último, había puesto en el suelo del cuarto varias
alfombras con objeto de que no llegara ningún sonido a los inquilinos del
piso de abajo. Mostrando su pericia en cuestiones de espionaje, sondeaba
cada semana el tabique, el techo y el suelo, y les daba un repaso como si
quisiera terminar con todos los chinches que pudieran ocultarse en ellos. La
certidumbre de no tener allí ningún testigo, ni visual ni auditivo, había movido
a Corentin a elegir aquel gabinete como sala de deliberación, cuando no
deliberaba en su propia casa. Nadie conocía el domicilio de Corentin, salvo
el director general de la Policía del Reino y Peyrade, y en él recibía a las
personas elegidas por el ministerio o por palacio como intermediarios en
circunstancias graves; en cambio nunca iba a su casa ningún agente ni
ningún subordinado, y las combinaciones del oficio las fraguaba en casa de
Peyrade. En aquel cuarto de aspecto trivial se tramaron ciertos planes y se
tomaron resoluciones que proporcionarían datos para elaborar extraños
anales o insólitos dramas si las paredes hablaran. Entre 1816 y 1826 fueron
sometidos a la criba del análisis enormes intereses. Allí se descubrieron en
sus gérmenes los acontecimientos que habían de pesar sobre la nación. Allí
Peyrade y Corentin, tan previsores como Belart, el procurador general, pero
más instruidos que él, comentaban ya entre sí a partir de 1819: "Si Luis XVIII
no quiere descargar tal golpe o tal otro, ni deshacerse de tal príncipe, ¿será
que odia a su hermano? ¿Querrá legarle una revolución?"
La puerta de Peyrade tenía una pizarra en la que a veces se veían extrañas
marcas y cifras escritas con tiza. Aquella suerte de álgebra infernal tenía
significados muy claros para los iniciados. Frente a la mezquindad de las
habitaciones de Peyrade, la parte de la casa destinada a Lydie se componía
de una antesala, de un pequeño salón, de un dormitorio y de un tocador... La
puerta de Lydie, como la de la habitación de Peyrade, se componía de una
chapa de cuádruple espesor, colocada entre dos fuertes tableros de roble, y
estaba provista de unas cerraduras y de un sistema de goznes tales que
resultaba tan resistente como la puerta de una cárcel. Por eso, aunque la
casa fuera de pasadizo y careciera de portero, Lydie podía vivir allí sin tener
nada que temer. El comedor, el saloncito y la habitación, cuyas ventanas
tenían todas jardines aéreos, exhibían una pulcritud flamenca y lujosa. La
nodriza flamenca había estado siempre junto a Lydie, a quien llamaba hija
suya. Las dos iban a la iglesia con regularidad, gracias a lo cual se había
forjado una opinión excelente sobre el tío Canquoèlle el dueño de la tienda
de comestibles de la esquina de la calle de los Moineaux y de la calle
Neuve-Saint-Roch, que era monárquico; su familia y sus mozos, junto con la
cocina de la casa, ocupaban el primer piso y el entresuelo. En el segundo
piso vivía el propietario, y el tercero estaba arrendado a un lapidario desde
hacía veinte años. Cada uno de los inquilinos tenía la llave de la puerta de la
escalera. La tendera recibía muy complacida las cartas y paquetes dirigidos
a las tres familias, ya que la tienda estaba provista de un buzón. Sin estos
detalles, los extranjeros y los que conocen París no habrían podido
comprender el misterio y la tranquilidad, el abandono y la seguridad que
convertían aquella casa en una excepción dentro de la ciudad. Pasada la
medianoche, el tío Canquoèlle podía urdir todas las maquinaciones que
quisiera, recibir a espías y ministros, mujeres y jóvenes, sin que se enterara
absolutamente nadie. Peyrade era considerado el mejor de los hombres; la
flamenca le había dicho a la cocinera del tendero: " ¡Sería incapaz de matar
una mosca!" No escatimaba nada a su hija, la cual, después de haber
aprendido música con Schmuke, era capaz de componer. Sabía utilizar la
sepia, pintar al gouache y a la acuarela. Peyrade cenaba todos los domingos
con su hija. Este día el hombre hacía exclusivamente de padre. Lydie, que
era religiosa sin ser beata, cumplía el precepto pascual y confesaba una vez
al mes. No obstante, se permitía ir de vez en cuando a algún espectáculo.
Se paseaba por las Tullerías cuando hacía buen tiempo. Estos eran todos su
placeres, ya que su vida era de lo más sedentaria. Lydie, que adoraba a su
padre, ignoraba sus siniestras habilidades y la ocupación tenebrosa a la que
se dedicaba. Ningún deseo había enturbiado la vida pura de aquella niña tan
pura. Era esbelta y hermosa como su madre, tenía una voz deliciosa y una
cara s finísima enmarcada por preciosos cabellos rubios, y se parecía a
aquellos ángeles más místicos que reales que algunos ¡pintores primitivos
colocaron en el fondo de sus Sagradas ¡Familias. Cuando favorecía a
alguien con una mirada de sus ojos azules, parecía verter sobre él un rayo
del cielo. Su casta manera de vestir, sin las exageraciones de ninguna
moda, desprendía un encantador perfume de burguesía. Imaginaos a un
viejo Satanás padre de un ángel, refrescándose con su divino contacto, y os
haréis una idea de Peyrade y su hija. Si alguno hubiera ensuciado aquel
diamante, el padre, para hundirlo, se hubiera inventado una de esas trampas
formidables en las que se vieron cogidos durante la Restauración algunos
desgraciados que pagaron con su cabeza. Mil escudos anuales bastaban a
Lydie y a Katt, a quien ella llamaba su doncella.
Al entrar por la parte alta de la calle de los Moineaux, Peyrade vio a
Contenson; pasó delante de él, subió primero, oyendo las pisadas de su
agente en la escalera, y le hizo pasar antes de que la flamenca se asomara
a la puerta de la cocina. Una campanilla que partía de una puerta con
claraboya situada en el tercer piso, donde vivía el lapidario, permitía avisar a
los inquilinos del tercero y del cuarto cuando subía alguien que iba a sus
casas. No hace falta decir que, a partir de medianoche, Peyrade acolchaba
el badajo de la campanilla.
—¿Qué es lo que corre tanta prisa, Filósofo?
Filósofo era el sobrenombre que Peyrade daba merecidamente a
Contenson, aquel Epicteto de los soplones. El nombre de Contenson
disimulaba, por desgracia, uno de los nombres de más solera de la
feudalidad normanda. (Véase LOS HERMANOS DE LA CONSOLACIÓN.)
—Algo hay; como unos diez mil. —¿De qué se trata? ¿De política? —No,
¡una tontería! El barón de Nucingen, sabe usted, aquel viejo ladrón
patentado, relincha tras una mujer que vio en el bosque de Vincennes, y si
no se la encontramos se va a morir de amor... Ayer varios médicos tuvieron
una consulta, según me ha dicho su ayuda de cámara... Ya le he sustraído
mil francos, bajo el pretexto de buscar a la princesita.
Y Contenson contó el encuentro de Nucingen con Esther, añadiendo que el
barón tenía algunas informaciones nuevas.
—Bien —dijo Peyrade—, encontraremos a esta Dulcinea; dile al barón que
vaya en coche esta misma noche a los Campos Elíseos, a la avenida
Gabriel esquina calle Marigny. Peyrade despidió a Contenson y llamó a la
puerta de su hija del modo convenido para que le abriera. Entró
alegremente, puesto que la suerte acababa de concederle un medio para
obtener por fin el cargo que deseaba. Se hundió en una magnífica butaca "a
lo Voltaire" tras haber besado a Lydie en la frente, y le dijo:
—¿Me tocarás alguna cosa?
Lydie tocó una pieza de piano escrita por Beethoven.
—Lo has hecho muy bien, hijita —dijo, cogiendo á su hija entre sus rodillas
—. ¿Sabes que tenemos ya veintiún años? Hay que casarse, porque nuestro
padre tiene ya más de setenta...
—Soy feliz aquí —contestó.
—¿No quieres a nadie más que a mí, que soy tan feo y tan viejo? —
preguntó Peyrade.
—Pero, ¿a quién quiere que ame? —Hoy comeré contigo, guapa, díselo a
Katt. Pienso que deberíamos establecernos, yo debería tomar algún cargo y
buscarte un marido digno de ti... Algún joven bueno, de talento, de quien
algún día puedas sentirte orgullosa...
—Hasta ahora sólo he visto a uno que me haya gustado como marido.
—¿Has visto a uno?...
—Sí, en las Tullerías —repuso Lydie—; paseaba dándole el brazo a la
condesa de Sérizy. —¿Cómo se llama?
—¡Lucien de Rubempré!... Estaba sentada bajo un tilo con Katt, sin pensar
en nada. A mi lado había dos señoras que dijeron: "Ahí viene la señora de
Sérizy con el guapo Lucien de Rubempré." Yo miré entonces la pareja de la
que hablaban aquellas dos damas. "¡Ay, querida (dijo entonces la otra), hay
mujeres que son muy dichosas! A ésta le toleran cualquier cosa porque es
una Ronquerolles y porque su marido tiene el poder." "Sí, pero, amiga mía
(contestó la otra señora), Lucien le cuesta caro..." ¿Qué quiere decir esto,
papá?
—Son tonterías de las que dice la gente de mundo —respondió Peyrade a
su hija, con un aire bondadoso—. Quizás hacían alusión a algún hecho
político.
—En fin, usted me ha preguntado y yo le respondo. Si quiere usted
casarme, búsqueme un marido que se parezca a aquel joven...
—Mira, niña —respondió el padre—, la belleza, entre los hombres, no es
siempre un signo de bondad. Los jóvenes con un físico agradable no
encuentran ninguna dificultad al comienzo de su vida, y por esto no
desarrollan ninguno de sus talentos, se corrompen con los anticipos que el
mundo les da y más tarde hay que pagarles los intereses de sus
cualidades... Quisiera encontrar para, ti lo que los burgueses, los ricos y los
imbéciles dejan sin recursos ni protección...
—¿Quién sería, padre?
—Un hombre de talento desconocido... Pero, bueno, hija mía, tengo la
posibilidad de rebuscar por todos los desvanes de París y dar satisfacción a
tu programa ofreciendo a tu elección algún hombre tan hermoso como el
pillo de quien me hablas, pero con un porvenir, uno de esos hombres
destinados a la gloria y a la fortuna... ¡Ya no pensaba que debo tener un
rebaño de sobrinos, y entre tantos puede que haya alguno digno de ti!... ¡Voy
a escribir o hacer escribir a Provenza!
Cosa curiosa: en aquel mismo instante, un joven, muerto de hambre y de
cansancio, un sobrino del tío Canquoèlle, llegaba a París por la Barriere de
Italie en busca de su tío, procedente del departamento de Vaucluse, de
donde había llegado andando. Según los sueños de la familia, para la cual el
destino de aquel tío era un enigma, Peyrade ofrecía muchas esperanzas:
¡creían que había regresado de las Indias con varios millones! Estimulado
por aquellas fantasías, este resobrino, llamado Théodose, había emprendido
un viaje de circunnavegación en busca del tío mitológico.
Después de haber saboreado las delicias de su paternidad durante algunas
horas, Peyrade, con el cabello lavado y teñido (los polvos formaban parte de
su disfraz), vestido con una gruesa levita de tela abotonada hasta el cuello,
cubierto con una capa negra, calzando gruesas botas de suela resistente y
provisto de una tarjeta particular, caminaba lentamente por la avenida
Gabriel, donde Contenson, disfrazado de vieja vendedora ambulante, se
encontró con él delante de los jardines del Elíseo-Bourbon.
—Señor Saint-Germain —le dijo Contenson, llamando a su antiguo jefe por
su nombre de guerra—, me ha dado usted a ganar quinientas leandras; pero
estoy aquí para advertirle que el condenado barón, antes de dármelas, se
fue a recoger informaciones a la casa (la prefectura).
—Seguramente te necesitaré —contestó Peyrade—. Mírame los números 7,
10 y 21, podremos emplear a esos hombres sin que nadie lo advierta, ni la
policía ni la prefectura.
Contenson volvió a colocarse cerca del coche en el que el señor de
Nucingen esperaba a Peyrade.
—Soy el señor de Saint-Germain —dijo el meridional al barón, alzándose
hasta la altura de la portezuela.
—¡Bues, supa aguí gonmico! —respondió el barón, dando al cochero la
orden de ir hacia el Arco de Triunfo de la Estrella.
—¿Ha ido usted a la prefectura, señor barón? Esto no está nada bien...
¿Puede saberse lo que ha dicho al señor prefecto, y lo que él le ha
respondido? —preguntó Peyrade.
—Andes te tar guiniendos vrangos a un billo gomo Gondanson, güeña
esdar securo te gue los hapía canato... He ticho simblemende al brevegdo te
bolicía gue teseapa emblear a un aquende llamato Beyrat en el
eksdranquero bara una misión teligata, y si botía boner en él una gonviansa
ilimidata... El brevegdo me ha goudesdato gue usdet ess uno te los hompres
más hápiles y más honratos. Esdo es doto.
—¿Querrá decirme el señor barón de qué se trata, ahora que ya sabe mi
verdadero nombre?...
Después de explicar con gran extensión y palabrería, en una horrenda jerga
de judío polaco, su encuentro con Esther, el grito del criado que se hallaba
tras el coche y sus inútiles esfuerzos por encontrarla, terminó contando lo
que había ocurrido la noche antes en su casa: la sonrisa que escapó a
Lucien de Rubempfé y la sospecha abrigada por Bianchon y algunos dandys
de que pudiera haber alguna relación entre la desconocida y aquel joven.
—Escuche, señor barón, primero me entregará diez mil francos por
adelantado para los gastos, ya que para usted, en este asunto, lo importante
es vivir; y como que su vida es una fábrica de negocios, no hay que
descuidar nada que nos pueda llevar hasta esta mujer. ¡Ah, está bien
cogido! —Sí, esdoy goquito...
—Si se necesita más, señor barón, ya se lo diré; confíe en mí —siguió
Peyrade—. No soy un espía, como podría usted creer... En 1807 era
comisario general de la policía de Amberes, y ahora que Luis XVIII ha
muerto, puedo decirle que durante siete años he dirigido su contrapolicía...
Por eso, conmigo no se regatea. Comprenda usted, señor barón, que no se
puede hacer el presupuesto de las conciencias que hay que comprar antes
de haber estudiado el asunto. No se preocupe, conseguiré lo que usted
quiere. No crea que me dará satisfacción con una cantidad cualquiera,
quiero algo más como recompensa...
—¡Gon dal te gue no sea un reino!... —dijo el barón. —Para usted es una
nimiedad. —¡Esdo me va! —¿Conoce usted a los Keller? —Los gonosgo
mucho.
—Frangois Keller es el yerno del conde de Gondreville, y el conde de
Gondreville cenó ayer en casa de usted con su yerno.
—Guien tiaplo buete haperle ticho... —exclamó el barón—. Será Corque,
gue siembre hapla.
Peyrade se echó a reír. El banquero concibió entonces extrañas sospechas
sobre su criado al observar aquella risa.
—El conde de Gondreville está en muy buena posición para conseguirme
un puesto que deseo en la prefectura de policía, y sobre cuya creación
llegará a manos del prefecto una memoria en menos de cuarenta y ocho
horas —prosiguió Peyrade—. Pida para mí este puesto, haga que el conde
de Gondreville se ocupe de este asunto con interés, y me sentiré
recompensado por el servicio que voy a prestarle. No quiero más que su
palabra, ya que si faltara a ella, llegaría usted a maldecir el día en que
nació... palabra de Peyrade...
—Le toy mi balapra te honor te hacer doto lo bosiple...
—Si yo por usted no hiciera más que lo posible, no bas—. taría.
—¡Pien! Bues akduaré gon vranguesa.
—Con franqueza... Eso es lo que quiero —dijo Peyrade—, y la franqueza es
el único regalo algo nuevo que podamos hacernos entre nosotros.
—Gon vranguesa —repitió el barón—. ¿Tónte guiere usdet gue le teje?
—Al otro lado del puente de Luis XVI.
—Al bumde te la Gámara —dijo el barón a su lacayo, que se acercó a la
portezuela.
"Bor fin poy a dener a la tesgonocita...", se dijo a sí mismo el barón mientras
se alejaba.
"Qué cosa tan curiosa —pensaba Peyrade mientras regresaba andando al
Palacio Real, donde se proponía triplicar los diez mil francos para reunir una
dote para Lydie—. Hete aquí que me veo obligado a meter la nariz en los
asuntillos del joven cuya mirada ha embrujado a mi hija. Seguramente será
uno de estos individuos a quienes las mujeres se les dan fáciles", pensó
para sí, empleando una expresión del lenguaje particular que se había
fraguado para su propio uso, y en la que sus observaciones se resumían
mediante palabras en las que era violada frecuentemente la gramática, pero
que, por eso mismo, resultaban enérgicas y pintorescas.
Al volver a su casa, el barón de Nucingen no se parecía al que era antes;
sorprendió a su mujer y a todos mostrándoles una cara colorada y alegre;
estaba animado.
—¡Qué vayan con cuidado nuestros accionistas! —dijo Du Tillet a
Rastignac.
En aquel momento se estaba sirviendo el té en el saloncito de Delphine de
Nucingen, al regreso de la Ópera.
—Sí —replicó sonriendo el barón, que había captado la broma de su colega
—, siendo canas te hacer necosios...
—¿Has visto acaso a tu desconocida? —preguntó la señora de Nucingen.
—No —contestó—, no denco más gue la esberansa te engondrarla.
—¿Alguna vez la esposa es objeto de tanto amor?... —exclamó la señora
de Nucingen, sintiendo un poco de celos o fingiendo sentirlos.
—Cuando la tenga usted —dijo Du Tillet al barón—, llévenos a cenar algún
día con ella, pues tengo gran curiosidad por examinar a la belleza que ha
sido capaz de rejuvenecerle en tal medida.
—Es una opra maesdra te la greacián —respondió el viejo banquero.
—Va a dar ocasión de que le agarren como si fuera un chiquillo —dijo
Rastignac al oído de Delphine.
—¡Bah! Gana bastante dinero para...
—Para restituir una parte, ¿no es eso?... —dijo Du Tillet, interrumpiendo a la
baronesa.
Nucingen se paseaba por el salón como si sus piernas le molestaran.
—Éste es el momento de hacerle pagar sus últimas deudas —dijo
Rastignac a la baronesa, al oído.
En aquel mismo instante, Carlos, que se había personado en la calle
Taitbout para dar sus últimas órdenes a Europa, que tenía que desempeñar
el principal papel de la farsa ideada para engañar al barón de Nucingen, se
marchaba de allí henchido de esperanza. Lucien le acompañó hasta el
bulevar; el joven estaba inquieto de ver a aquel medio demonio disfrazado
con tal perfección que sólo le había reconocido por la voz.
—¿Dónde diablo has encontrado a una mujer más bella que Esther? —
preguntó a su corruptor.
—Hijo mío, esto no se encuentra en París. Una tez de esta clase no se
fabrica en Francia.
—Aún estoy algo aturdido... ¡Ni siquiera la Venus Calipigia está tan bien
hecha! Uno haría cualquier cosa por ella... Pero, ¿de dónde la has sacado?
—Es la muchacha más guapa de Londres. En un rapto de celos, y bajo los
efectos de la ginebra... mató a su amante. El amante era un indeseable cuya
muerte alivió a la policía de Londres, y han mandado a la chica a París por
algún tiempo para que el asunto caiga en el olvido... La pájara tiene muy
buena educación. Es hija de un ministro y habla el francés como si fuera su
lengua materna; no sabe lo que hace aquí, ni podrá jamás saberlo. Le han
dicho que si te gustaba podría chuparte muchos millones, pero que eras
celoso como un moro; se le ha asignado el plan de vida de Esther. No sabe
tu nombre.
—¿Y si a Nucingen le gustara más ella que Esther?...
—¡Vaya, por fin has venido a lo mío!... —exclamó Carlos—. ¡Ahora tienes
miedo de que no se cumpla lo que hace un tiempo tanto te espantaba!
Estáte tranquilo. Esta chica rubia y blanca tiene ojos azules; es todo lo
contrario de la hermosa judía, y sólo los ojos de Esther pueden causar
impacto en un viejo tan podrido como Nucingen. Y si se tratara de un
adefesio, no tendría sentido que la ocultaras, ¡qué demonios! Cuando esta
muñeca haya cumplido su misión, la enviaré, en compañía de alguna
persona segura, a Roma o a Madrid, a que desate pasiones.
—Ya que la tenemos por poco tiempo —dijo Lucien—, me vuelvo con ella...
—Ve, hijo mío, diviértete... Mañana tendrás un día más. Yo espero a alguien
a quien he encargado de enterarse de lo que ocurre en casa del barón de
Nucingen.
—¿Quién?
—La amante de su ayuda de cámara; porque, claro, hay que saber en todo
momento lo que ocurre en casa del enemigo.
A medianoche, Paccard, el criado de Esther, se encontró con Carlos en el
puente des Arts, el lugar de París más indicado para hablar sin que se
entere nadie. Mientras hablaban, el criado miraba hacia un lado y su amo
hacia el otro.
—El barón ha ido esta mañana a la prefectura de policía, entre las cuatro y
las cinco —dijo el criado—, y esta tarde se ha jactado de encontrar a la
mujer a quien vio en el bosque de Vincenes, se la han prometido...
—¡Nos espiarán! —dijo Carlos—. Pero ¿quién?
—Han utilizado ya a Louchard, el guardia del comercio.
—Sería un juego de niños —repuso Carlos—. No tenemos que temer más
que la brigada de seguridad y la policía judicial; ¡y mientras ésta no se ponga
en acción, nosotros sí que podemos ponernos manos a la obra!...
—¡Hay algo más!
—¿Qué?
—Los amigos del prado... Ayer vi a La Pouraille... Dejó fiambres a un
matrimonio y tiene diez mil machacantes de cinco leandras... ¡de oro!
—Le cogerán —dijo Jacques Collin—; se trata del asesinato de la calle
Boucher.
—¿Qué órdenes hay? —dijo Paccard, con el mismo aire respetuoso que
debía de tener un mariscal recibiendo las consignas de boca del propio Luis
XVIII.
—Saldréis todas las noches a las diez —respondió Carlos—, iréis a buena
marcha hasta el bosque de Vincennes y a lor Meudon y de Ville-d'Avray; si
alguien os observa o va tras de vosotros, déjale, hazte el encontradizo,
muéstrate hablador y corruptible. Habla de los celos de Rubempré, que está
loco por la señora y que, sobre todo, no quiere que se sepa en el mundo que
existe una mujer de esta clase...
—¡Bien! ¿Hace falta ir armado?...
—¡Nunca! —dijo Carlos prestamente—. ¿Un arma? ¿De qué iba a servir
más que para hacer desgracias? No hagas uso en ningún caso de tu puñal
de caza. Cuando se pueden quebrar las piernas de un hombre, por fuerte
que sea, con la llave que te enseñé... cuando puede uno hacer frente a tres
cabos de varas armados con la certeza de haber derribado a dos de ellos
antes de que hayan apresado el arma, ¿qué hay que temer? ¿Acaso no
tienes tu bastón?...
—Cierto —dijo el lacayo.
A Paccard le atribuían los calificativos de Vieja Guardia, de Perillán, el
hombre de corva de hierro, de brazo de acero, de patillas italianas, de
melenas de artista, con barba de zapador, de cara pálida e impasible como
la de Contenson; su fogosidad no se manifestaba al exterior, y tenía una
apostura de tambor mayor que alejaba toda sospecha. Los evadidos de
Poissy o de Melun no tienen aquella fatuidad seria y aquella convicción de
su propio valer. Giafar del Arum-al-Raschild del Presidio, le manifestaba la
misma admiración amistosa que Peyrade sentía por Corentin. Aquel coloso,
lleno de cicatrices, sin demasiado pecho y sin demasiada carne sobre los
huesos, andaba con paso grave con sus largas piernas. La derecha nunca
se movía sin que el ojo derecho hubiera examinado las circunstancias
externas con esa plácida rapidez que caracteriza al ladrón y al espía. El ojo
izquierdo imitaba al derecho. ¡Un paso, una mirada! Paccard, por su
delgadez y agilidad, y por estar siempre dispuesto a todo, habría sido
perfecto, según Jacques, de no ser por el íntimo enemigo que para él era el
licor de los fuertes; poseía la pericia indispensable para el hombre que está
en guerra contra la sociedad. El amo, sin embargo, había logrado convencer
al esclavo de que debía mantener cierta compostura, bebiendo únicamente
de noche. Al volver a casa, Paccard absorbía el oro líquido que le
escanciaba en pequeñas dosis una muchacha pecosa y de voluminoso
vientre, procedente de Dantzick.
—Estaremos ojo avizor —dijo Paccard, volviéndose a poner su espléndido
sombrero de plumas, tras haber saludado al que llamaba su confesor.
Éstos fueron los hechos que llevaron a tres hombres, a Jacques Collin,
Peyrade y Corentin, cada uno de los cuales era, en su propio terreno,
invencible, a enfrentarse en un mismo campo de batalla y a desplegar su
ingenio en una lucha en la que cada cual combatía por su propia pasión o
por sus intereses. Fue uno de esos combates inadvertidos pero terribles, en
los que el gasto de talento, de odio, de irritaciones, de avances y retrocesos,
y de astucia, es tan considerable como el que se precisa para reunir una
fortuna. Todo se mantuvo en secreto, tanto los hombres como los medios,
por parte de Peyrade, que fue secundado por su amigo Corentin en esta
expedición, que representaba una nimiedad para ellos. La historia, pues, no
nos cuenta nada de este asunto, como tampoco nos cuenta nada de las
verdaderas causas de muchas revoluciones. Pero he aquí los resultados.
Cinco días después de la entrevista del señor de Nucingen con Peyrade en
los Campos Elíseos, una mañana, un hombre de unos cincuenta años, con
un rostro de ese color de albayalde que confiere la vida mundana a la tez de
los diplomáticos, vestido con un traje de paño azul, de cierta elegancia, que
le daba casi el aspecto de un ministro de Estado, se apeó de un espléndido
cabriolé dejando las riendas a su criado. Preguntó si podía ver al barón de
Nucingen al criado que estaba sentado en el banquillo del peristilo, el cual le
abrió respetuosamente la magnífica puerta de espejos.
—¿El nombre del señor?... —dijo el criado.
—Dígale al señor barón que vengo de la avenida Gabriel —contestó
Corentin—. Si está con gente, guárdese mucho de decir este nombre en voz
alta, a menos que quiera correr el riesgo de ser despedido de esta casa.
Un minuto más tarde volvió el lacayo, que condujo a Corentin al gabinete
del barón, pasando por las habitaciones interiores.
Corentin y el barón intercambiaron sendas miradas impenetrables, y se
saludaron con toda corrección.
—Señor barón —dijo Corentin—, vengo en nombre de Peyrade...
—Pien —dijo el barón mientras iba a cerrar los cerrojos de las dos puertas.
—La amante del señor de Rubempré vive en la calle Taitbout, en el antiguo
piso de la señorita de Bellefeuille, la examante del señor de Grandville, el
procurador general.
—¡Ah, dan cerga te gasa! —exclamó el barón—. ¡Qué gurioso!
—Se comprende muy bien que haya perdido usted la cabeza por esta
espléndida mujer, me ha dado mucho gusto verla —prosiguió Corentin—.
Lucien está tan celoso de ella, que le prohibe dejarse ver; y ella le quiere
mucho, ya que en los cuatro años que lleva viviendo con el mobiliario de la
Bellefeuille y en sus mismas condiciones, jamás los vecinos, los porteros, ni
los inquilinos de la casa han podido verla en absoluto. Sólo se pasea por las
noches. Cuando sale, el coche lleva las cortinas tiradas y la señora el velo
puesto. Lucien tiene, además de los celos, otras razones para ocultar a esta
mujer: tiene que casarse con Clotilde de Grandlieu, y es en este momento el
favorito íntimo de la señora de Sérizy. Como es natural, quiere conservar
tanto a su amante suntuaria como a su prometida. De modo que es usted
dueño de la situación, porque Lucien sacrificará su placer a sus intereses y a
su vanidad. Usted es rico, y se trata probablemente de su postrera felicidad:
sea usted generoso. Conseguirá lo que desea por mediación de la criada.
Déle usted diez mil francos y le esconderá en la habitación de su ama; por lo
que conseguirá, ¡bien lo vale!
Ninguna figura retórica puede describir la dicción brusca, tajante y absoluta
de Corentin; el barón lo acusaba con un gesto de asombro expresión que
desde hacía tiempo no se dibujaba nunca sobre su rostro impasible.
—Vengo a pedirle cinco mil francos para mi amigo, que ha perdido cinco de
los billetes que usted le dio... ¡un ligero contratiempo! —prosiguió Corentin,
en el tono del que da una orden—. Peyrade conoce París demasiado bien, y
para no ponerse en evidencia no era cuestión de escatimar: ha contado con
usted. Pero esto no es lo más importante —dijo Corentin, dominándose, con
objeto de quitar toda gravedad a la petición de dinero—. Si no quiere ser
desgraciado en sus últimos días, consígale a Peyrade el puesto que le pidió,
que usted puede conseguir con facilidad. El director general de la policía del
Reino debió de recibir ayer una nota a este respecto. Ahora basta con hacer
que Gondreville hable de ello con el prefecto de policía. Pues bien, dígale a
Malin, conde de Gondreville, que se trata de complacer a uno de los que le
libraron de los Simeuse, y se moverá...
—Aguí diene, señor —dijo el barón, tomando cinco billetes de mil francos y
entregándolos a Corentin.
—La camarera se entiende con un criado que se llama Paccard y vive en la
calle de Provence, en casa de un carrocero, y que se alquila como servidor
para los que quieren dárselas de príncipes. Puede usted llegar hasta la
camarera de la señora Van-Bogseck a través de Paccard, un tuno piamontés
que tiene mucha afición al vermouth.
Esta confidencia, que Corentin soltó con elegancia a modo de postdata, era
obviamente el precio de los cinco mil francos. El barón intentaba descubrir a
qué raza pertenecía Corentin, que a su mirada perspicaz más que un espía
parecía el director de algún servicio de espionaje; pero el sabueso siguió
siendo para él como una inscripción a la que falten por lo menos los tres
cuartos de las letras para un arqueólogo.
—¿Gomo se llama la gamarera? —preguntó.
—Eugénie —contestó Corentin, que saludó al barón y se fue.
El barón de Nucingen, henchido de alegría, abandonó sus negocios y sus
despachos y subió a sus habitaciones con el estado de ánimo de un
muchacho de veinte años ante la inminencia de una primera cita con una
primera amante. El barón cogió todos los billetes de mil francos de su caja
particular, que representaban una cantidad —¡cincuenta y cinco mil francos!
— con la que hubiera podido hacer la felicidad de todo un pueblo, y se los
puso en el bolsillo de su traje para tenerlos a mano. Pero la prodigalidad de
los millonarios sólo puede compararse con su avidez por la ganancia. En
cuanto se trata de un capricho o una pasión, el dinero ya no es nada para los
Cresos: efectivamente, es más difícil para ellos tener caprichos que tener
oro. Un placer es la mayor rareza de tales vidas ahitas, colmadas por las
emociones que proporcionan las grandes operaciones de la especulación,
que tienen embotados sus corazones. Ejemplo. Uno de los mayores
capitalistas de París, conocido ya por sus extravagancias, se cruza cierto día
en los bulevares con una muchachíta obrera excesivamente bonita. Esta
griseta, que iba en compañía de su madre, daba el brazo a un joven, de
indumentaria bastante ambigua, que meneaba las caderas con mucha
fanfarronería. En el primer encuentro, el millonario se enamora de la
parisiense; la sigue hasta su casa, y entra; hace que le cuenten aquella vida,
mezcla de bailes en el Mabile, de días sin pan, de espectáculos y de trabajo;
se toma interés por ella y deja cinco billetes de mil francos bajo una moneda
de cinco francos: una generosidad deshonrada. Al día siguiente, un célebre
tapicero llamado Braschon se pone a las órdenes de la griseta, le amuebla
un piso que ella elige y en el que se gasta unos veinte mil francos. La obrera
se entrega a fabulosas esperanzas: hace vestir adecuadamente a su madre
y alardea de poder colocar a su exnovio en las oficinas de una compañía de
seguros. Espera... un día, dos...; luego... una semana, dos... Se considera
obligada a ser fiel, contrae deudas. El capitalista, mientras, había tenido que
irse a Holanda y había olvidado a la obrera; ni una sola vez fue al Paraíso
que había hecho construir para ella, y la muchacha cayó en lo más bajo que
es posible caer en París. Nucingen no jugaba, Nucingen no protegía las
artes, Nucingen no tenía ninguna clase de caprichos; por eso quiso
satisfacer su pasión por Esther con una ceguera con la que Carlos Herrera
contaba.
Después del desayuno, el barón mandó llamar a Georges, su ayuda de
cámara, y le ordenó que fuera a la calle Taitbout a rogar a la señorita
Eugénie, la camarera de la señora Van-Bogseck, que pasara por su
despacho para un asunto importante.
—La jiquilarás —añadió— y la harás supir a mi hapidación ticiéntole gue ha
hecho vorduna.
Georges tuvo grandes dificultades para lograr que Europa-Eugénie se
decidiera a ir. La señora, le dijo, jamás le permitía que saliera; podía ser
despedida, etc. Así que Georges destacó sus propios méritos al oído del
barón, quien le dio diez luises.
—Si la señora sale esta noche sin ella —dijo Georges a su amo, cuyos ojos
brillaban como carbones ardiendo—, vendrá aquí sobre las diez.
—¡Píen! Fentras a jesdirme a las nuefe... y a beinarme; guiero esdar lo
mejor bosiple... Greo gue brondo esdaré gon mi amata, si no, el tinero no
sería ya el Uñero...
Entre las doce y la una el barón se hizo teñir los cabellos y las patillas. A las
nueve el barón, que había tomado un baño antes de la comida, se acicaló
como un novio, se perfumó y se puso hecho un Adonis. La señora de
Nucingen, que fue informada de tal metamorfosis, se dio el gusto de ver a su
marido. —¡Dios mío —dijo—, serás ridículo!... Ponte una corbata de raso
negro en lugar de esa corbata blanca que destaca aún más la dureza de tus
patillas; además, hace Imperio, hace vejestorio, parece que te des el aire de
un antiguo consejero del Parlamento. Quítate esos botones de diamantes,
que valen cada uno cien mil francos; esa mona te los pediría y no serías
capaz de negárselos; y para darlos a una cualquiera, más vale que me los
ponga yo de pendientes.
El pobre financiero, vencido por la justeza de las observaciones que le hacía
su mujer, le obedecía rezongando.
—¡Ritígulo, ritígulo!... Yo nunga te he ficho gue esdujieras ritígula guanto de
gombonías lo mecor gue botías bara du señorido te Rasdiñag.
—¡Claro que nunca has podido encontrarme ridícula! ¿Acaso soy mujer que
haga semejantes faltas de ortografía en cuanto al vestir? ¡Vamos a ver, date
la vuelta!... Abróchate el traje hasta arriba, como el duque de Maufrigneuse,
dejando los dos últimos ojales de arriba. En fin, procura rejuvenecerte algo.
—Señor —dijo Georges—, aquí está la señorita Eugénie.
—Atiós... —exclamó el banquero.
Acompañó a su mujer hasta pasados los límites de sus respectivas
habitaciones, para estar seguro de que no escucharía la conversación.
Al regresar cogió a Europa por la mano y la llevó hasta su habitación con
una especie de respeto irónico:
—Paya, hica mía, es usdet muy velís bor esdar al serjisio te la muquer más
hermosa tel uniferso... Dentrá lo gue usdet guiera si guiere haplar en mi
japor y tefenter mis indereses.
—Eso no lo haría ni por diez mil francos —exclamó Europa—. Comprenda
usted, señor barón, ante todo soy una muchacha honrada...
—Sí. Ya giiendo gon bacar su honratet. Eso es lo gue en el munio tel
gomercio se llama la guriositat.
—Y es no es todo —dijo Europa—. Si el señor no gusta a la señora, y hay
razones para que así sea, se enfada, me despide, y resulta que mi trabajo
me da mil francos al año.
—El gabidal te mil vrangos ess te feinde mil vrangos; si se los toy, no Vierte
usdet nata.
—A fe mía, si se lo toma usted de esta manera, compadre —dijo Europa—,
la cosa cambia mucho. ¿Dónde están?...

—Aguí esdán —respondió el barón, enseñando uno a uno los billetes de


banco.
Contempló el fulgor que cada uno de los billetes hacía saltar de los ojos de
Europa, que revelaba la concupiscencia que él había imaginado.
—Me paga usted el puesto; pero, y la honradez y la conciencia?... —dijo
Europa, levantando su semblante astuto y lanzando al barón una mirada a la
vez seria y burlona.
—La gonciensia no jale dando gomo el buesdo; bero, boncamos cingo mil
vrangos más —dijo el barón, y añadió cinco billetes de mil francos.
—No, veinte mil francos por la conciencia y cinco mil por el puesto; si lo
pierdo...
—Gomo usdet guiera... —dijo mientras añadía los cinco billetes—. Bero,
bara canarios, dienes gue esgonterme en el guardo te du ama turande la
noche, guanto esdará sola...
—Si me garantiza que nunca dirá usted quién le ha introducido, lo acepto.
Pero le advierto una cosa: la señora es fuerte como un toro, quiere al señor
de Rubempré con locura, y aunque le diera usted un millón al contado no le
haría cometer una infidelidad... Será una tontería, pero es así cuando le da
por querer a uno, es peor que una mujer honrada. Cuando se va de paseo
con el señor por el bosque, el señor no suele quedarse en casa al regreso;
esta noche ha salido, de modo que puedo esconderle en mi cuarto. Si la
señora regresa sola, iré a buscarle a usted; usted se quedará en el salón y
yo no cerraré la puerta de la habitación; lo demás... ¡lo demás es cosa
suya!... ¡Prepárese!
—De taré los feinticingo mil vrangos en el salón... gondandes y sonandes.
—¡Vaya! —dijo Europa—. ¡Qué poco desconfiado es usted!... Usted lo pase
bien...
—Dentrás muchas ogasiones te sisarme... Llecaremos a gonocernos pien...
—Bien, venga usted a Ja calle Taitbout a medianoche; pero lleve usted
treinta mil francos. La honradez de una camarera, como los coches de
punto, resulta más cara después de las doce de la noche.
—Bor bruténcia de taré un pono tel Pango...
—No, no —dijo Europa—, han de ser billetes; si no, las cosas no van...
A la una de la mañana el barón de Nucingen, escondido en la buhardilla
donde dormía Europa, era presa de la ansiedad que siente un hombre
afortunado. Vivía; la sangre parecía hervirle en los dedos de los pies y su
cabeza iba a estallar como una máquina de vapor demasiado calentada.
" ¡Moralmende cozapa bor más te cien mil esgustos!", le decía luego a Du
Tillet, cuando le contaba esta aventura. Escuchaba los más ligeros ruidos
que venían de la calle, y a las dos de la mañana oyó el coche de su amante
desde el bulevar. Cuando la enorme puerta giró sobre sus goznes, su
corazón palpitaba con tal fuerza que parecía que iba a alzar la seda del
chaleco: por fin iba a ver de nuevo la celestial y ardiente cara de Esther. Su
corazón acusó el ruido del estribo y el de la portezuela al cerrarse. La espera
del supremo instante le producía mayor agitación que si estuviera en juego
su fortuna entera.
—¡Ahí —exclamó—, ¡esdo es jifir! Es ingluso fijir temasiato, no foy a ser
gabás te haser nata te nata.
—La señora está sola, baje usted —djo Europa dejándose ver—. ¡Sobre
todo, no haga ruido, pedazo de elefante!
—¡Petazo te elevande! —repitió el barón, riendo y andando como si
estuviera descalzo sobre barras de hierro al rojo vivo.
Europa iba delante, con una palmatoria en la mano.
—Doma, güéndalos —dijo el barón, entregando a Europa los billetes
cuando llegaron al salón.
Europa tomó los treinta billetes con seriedad y salió, dejando encerrado al
banquero.
Nucingen se fue derecho a la habitación, donde halló a la hermosa inglesa,
que le dijo:
—¿Eres tú, Lucien?...
—No, cuaba —exclamó Nucingen, sin ser capaz de terminar la frase.
Se quedó helado al ver a una mujer que era absolutamente lo contrario de
Esther: rubia en lugar de morena, débil en lugar de la fuerza que él había
admirado, una suave noche de Bretaña en vez del resplandor del sol de
Arabia.

—¿Qué es eso, de dónde viene usted?... ¿Quién es usted?... ¿Qué quiere?


—exclamó la inglesa, tocando la campanilla sin que la campanilla sonara.
—He inudilizato las gambanillas, bero no denca mieto... foy a marcharme —
dijo—. ¡Dreinda mil vrangos echatos a berter! ¿Es usdet realmente la
amande tel señor Lisien te Ripembré?
—Hay algo de eso, sobrinito mío —dijo la inglesa, que hablaba bien el
francés—. Bero, guien eres dú? —preguntó, imitando el modo de pronunciar
de Nucingen.
—¡Un hompre encanasto!... —contestó lastimosamente.
—¿Encañato bor dener una muquer ponida? —prosiguió ella en tono
burlón.
—Bermídame gue mañana le mante un recalo, en regüerto tel paran te
Nitsinguen.
—¡No denco el cusdo!... —dijo la mujer, desternillándose de risa—. Pero tu
regalo será bien recibido, mi querido allanador de morada.
—¿Ya lo gonocerá? Atiós, señora. Es usdet poggado ti gartenale; bero no
soy máss gue un bopre panguero te más te sesenda años, y usdet me ha
hecho gombrenter el boter gue diene sopre mi la muquer a guien guiero,
buesdo gue su pelleza soprehumana no ha botito hacérmela olpitar...
—Garampa, ser bonido lo gue me esdá ticiendo —respondió la inglesa.
—Aún no lo es dando gomo la gue me lo insbira...
—Hablaba usted de dreinda mil francos... ¿A quién se los ha dado usted?
—A la sinjerqüenza te su gamarera...
La inglesa tocó la campanilla; Europa no estaba muy lejos.
—¡Oh! —exclamó Europa—. ¡Un hombre en la habitación de la señora, y no
es el señor!... ¡Qué horror!
—¿Es cierto que le ha dado a usted treinta mil francos para que lo
introdujera?
—No, señora; entre las dos no los valemos...
Y Europa se puso a dar gritos de alarma con tanta fuerza que el banquero,
asustado, se fue a la puerta, desde donde Europa le echó escaleras abajo.
—¡Granuja —le echó en cara—, denunciarme a mi ama! ¡Al ladrón!... ¡Al
ladrón!
El enamorado barón, al borde de la desesperación, pudo llegar sin más
afrentas hasta su coche, que le aguardaba en el bulevar; pero ya no sabía a
qué espía encomendarse.
—¿Acaso la señora quiere arrebatarme mis ganancias?...
—dijo Europa, volviendo hecha una furia al cuarto de la inglesa.
—No conozco las costumbres de Francia —dijo ésta.
—Pues, si quiero, no tengo más que decirle al señor dos palabras y mañana
mismo está usted de patitas en la calle —contestó Europa con insolencia.
—Esde temonio te gomar era —dijo el barón a Georges al preguntarle éste
si estaba contento— me ha pirlato drexuda mil vrangos..., ¡bero es gulba
mía, nata más gue mía!...
—Así que no le ha servido de nada ponerse hecho un pimpollo. ¡Demonio!
No le aconsejo al señor que se tome las pastillas para nada...
—Chorch, me muero te tesesberación... Denco vrío... denco el gorasón
helato... Nata te Esder, amico mío.
Georges era siempre el amigo de su señor en las grandes ocasiones.
Dos días después de esta escena, que contada por la joven Europa
resultaba aún más cómica gracias a su mímica, Carlos comía a solas con
Lucien.
—Es preciso, hijo mío, que ni la policía ni nadie meta las narices en
nuestros asuntos —le dijo en voz baja mientras encendía su cigarro con el
de Lucien—. Es peligroso. He encontrado un medio audaz pero infalible de
hacer que el barón y sus agentes se estén quietos. Vas a ir a casa de la
señora de Sérizy, y serás complaciente con ella. En el curso de la
conversación le dirás que para hacer un favor a Rastignac, el cual está harto
desde hace tiempo de la señora de Nucingen, consientes en servirle de
tapadera para ocultar a una amante. El señor de Nucingen, que se ha
enamorado perdidamente de la mujer que Rastignac oculta (esto la hará
reír), te hace espiar por la policía; con eso, tú, que eres inocente de las
marrullerías de tu compatriota, corres el peligro de comprometer tus
intereses ante los Grandlieu. Rogarás a la condesa que obtenga el apoyo de
su marido, que es ministro de Estado, para ir a la prefectura de policía.
Cuando estés allí, delante del señor prefecto, preséntale tus agravios, pero
con el tono del político que pronto ha de entrar a formar parte en la inmensa
maquinaria del gobierno para ser una de sus principales piezas. Serás
comprensivo con la policía, como buen estadista, y mostrarás tu admiración
por ella y por el prefecto. Ya se sabe que incluso las máquinas más
perfectas manchan de grasa y sufren ligeros contratiempos. Enfádate sólo
en la medida justa. Naturalmente, no tienes nada contra el señor prefecto;
pero compromételo a que vigile a su gente y compadécelo por tener que
reprender a sus subordinados. Cuanto más suave y untuoso seas, tanto más
duro será el pretexto contra sus agentes. Entonces estaremos tranquilos y
podremos hacer volver a Esther, que debe de estar bramando como los
ciervos en el bosque.
El prefecto de entonces era un antiguo magistrado. Los antiguos
magistrados resultan demasiado jóvenes como prefectos de policía.
Imbuidos de Derecho y a horcajadas sobre la legalidad, su mano no suele
tener esa ligereza para la arbitrariedad que requieren a menudo las
circunstancias críticas, en las que la actuación de la prefectura tiene que
parecerse a la de un bombero encargado de apagar un incendio. En
presencia del vicepresidente del Consejo de Estado, el prefecto reconoció
que la policía tiene más incovenientes que los que de verdad tiene, lamentó
sus abusos, y se acordó entonces de la visita que le había hecho el barón de
Nucingen y de la información que había solicitado a propósito de Peyrade. El
prefecto, tras prometer que reprimiría los excesos a los que se entregaban
sus agentes, agradeció a Lucien que se hubiera dirigido directamente a él, le
prometió guardar el secreto y dio muestras de comprender toda aquella
intriga. El ministro de Estado y el prefecto cambiaron hermosas frases sobre
la libertad individual, sobre la inviolabilidad del domicilio, y el señor de Sérzy
hizo observar al prefecto que, si bien los altos intereses del reino exigían a
veces la práctica de ilegalidades secretas, el crimen, a su vez, comenzaba
con la aplicación de los resortes del Estado en aras del interés privado. Al
día siguiente, cuando Peyrade se dirigía hacia su entrañable café David,
donde disfrutaba del espectáculo de los burgueses del mismo modo que un
artista viendo cómo crecen las flores, un gendarme vestido de paisano se
acercó a él por la calle.
—Iba a su casa —le dijo al oído—, tengo orden de llevarle a la prefectura.
Peyrade cogió un coche de punto junto con el gendarme, sin hacer la más
mínima observación.
El prefecto de policía trató a Peyrade como si hubiera sido el último de los
cabos de varas de un presidio, paseándose por la avenida del jardincillo de
la prefectura de policía que, en aquel entonces, estaba situada junto al
muelle de los Orfévres.
—No sin razón fue usted apartado de la administración en 1809, señor
mío... ¿No sabe usted a qué nos está usted exponiendo y a qué se expone
usted mismo?...
La reprimenda terminó con una fulminación. El prefecto anunció
inflexiblemente al pobre Peyrade que no sólo quedaba suprimido su subsidio
anual, sino que además él sería objeto de una vigilancia especial. El anciano
recibió esta ducha de agua fría con la mayor tranqulidad del mundo. No hay
nada tan inmóvil e impasible como un ser fulminado. Peyrade había perdido
todo su dinero jugando. El padre de Lydie, que contaba con su puesto, se
veía sin más recursos que las limosnas de su amigo Corentin.
—He sido yo también prefecto de policía y le doy toda la razón —dijo con
calma el anciano al funcionario, que había adoptado una postura propia de
su majestad judicial, y que tuvo entonces un significativo sobresalto—. Pero
permítame, sin que quiera excusarme con ello, que le haga observar que no
me conoce en absoluto —prosiguió Peyrade, echando una sutil mirada al
prefecto—. Sus palabras, si se dirigen al antiguo comisario general de policía
de Holanda, son demasiado duras; y si van destinadas a un simple sabueso,
no son bastante severas. Sólo le pido, señor prefecto —añadió Peyrade tras
una pausa, viendo que el prefecto guardaba silencio—, que recuerde lo que
voy a tener el honor de decirle. Sin mezclarme en nada de su actuación ni de
mi justificación, tendrá usted ocasión de comprobar que en este asunto se
está engañando a alguien; en estos momentos el engañado es un servidor
de usted; más adelante será usted mismo.
Se despidió del prefecto, que había adoptado un aire meditabundo para
ocultar su sorpresa. Volvió a su casa con los miembros deshechos y
embargado por una ira profunda contra el barón de Nucingen. Sólo aquel
burdo financiero podía haber descubierto un secreto que estaba encerrado
en las cabezas de Contenson, Peyrade y Corentin. El anciano acusó al
banquero de querer eximirse del pago convenido, una vez alcanzado su
objetivo. Una única entrevista le había bastado para adivinar las astucias del
más astuto de los banqueros. "Liquida con todo el mundo, incluso con
nosotros, pero me vengaré", se decía a sí mismo el pobre hombre. "Nunca
he pedido nada a Corentin, pero ahora voy a pedirle que me ayude a
vengarme de este zopenco. ¡Maldito barón! Verás cómo las gasto cuando te
encuentres, un día, con tu hija deshonrada... Pero, ¿sentirá algún amor por
su hija?"
El mismo día en que se produjo aquella catástrofe que hacía derrumbarse
sus esperanzas, el anciano parecía haber envejecido diez años. Hablando
con su amigo Corentin, unía a sus agravios las lágrimas que le producía la
perspectiva del sombrío porvenir que dejaba a su hija, que era su ídolo, su
perla, su ofrenda a Dios.
—Seguiremos este asunto —le decía Corentin—. Hay que saber primero si
el barón es tu delator. ¿Fuimos prudentes apoyándonos en Gondrevílle?...
Este viejo Sabelotodo nos debe demasiadas cosas para que no intente
hundirnos; por eso hago vigilar a su yerno Keller, que no sabe ni palabra de
política, y que es muy capaz de meterse en cualquier conspiración que
pretenda derrocar a la rama primogénita en provecho de la secundona...
Mañana sabré lo que ocurre con Nucingen, si ha visto ya a su amante y de
dónde procede este golpe bajo... No te desesperes. Para empezar, el
prefecto no aguantará mucho en su puesto... El momento está preñado de
revoluciones, y las revoluciones son nuestras aguas turbias.
Se oyó un silbido peculiar, procedente de la calle.
—Es Contenson —dijo Peyrade, colocando una luz en la ventana— que
tiene algo de interés personal para mí.
Un momento después comparecía el fiel Contenson ante los dos gnomos de
la policía, reverenciados por él como dos genios.
—¿Qué hay? —dijo Corentin.
—¡Hay novedades! Salía del 1131, donde lo había perdido todo. ¿A quién
veo bajo las arcadas?... ¡A Georges! El barón acababa de despedirle por
sospechar que se había ido de la lengua.
—Eso es el efecto de una sonrisa que se me escapó —dijo Peyrade.
—¡Vaya! ¡Cuántos desastres motivados por sonrisas!... —exclamó Corentin.
—Sin contar los que provocan los golpes de látigo —dijo Peyrade,
aludiendo al asunto Simeuse (véase UN ASUNTO TENEBROSO)—. Pero,
vamos a ver, Contenson, ¿qué es lo que ocurre?
—Esto es lo que ocurre —repuso Contenson—. He hecho cantar a Georges
llenándolo de vasos de todos colores hasta dejarlo borracho perdido; por lo
que a mí respecta, debo de ser una especie de alambique. Nuestro barón
fue a la calle Taitbout después de atiborrarse de pastillas afrodisíacas. Allí ha
encontrado a la mujer que ya sabéis. Pero ahí está la broma: ¡la inglesa no
es su tesconocita!... Y se gastó treinta mil francos para sobornar a la
camarera. Se cree grande porque hace pequeñeces con grandes capitales;
dadle la vuelta a la frase y encontraréis el planteamiento del problema que
resuelve el genio. El barón regresó en un estado lamentable. Al día
siguiente, Georges, para hacer méritos, dijo a su amo: "¿Por qué utiliza el
señor gente de tan baja ralea? Si el señor quisiera poner su confianza en mí,
encontraría a su desconocida; la descripción que el señor me ha hecho de
ella me basta, pondré todo París patas arriba." "¡Ve (dijo el barón), te
recompensaré si lo consigues!" Georges me ha contado todo esto mezclado
con detalles de lo más descabellado. Pero... ¡ya estamos acostumbrados a
oír cualquier cosa! Al día siguiente el barón recibió una carta anónima que
decía algo así: "El señor de Nucingen se muere de amor por una
desconocida y se ha gastado ya mucho dinero inútilmente; si se aviene a
presentarse esta misma noche, a las doce, al extremo del puente de Neuilly,
y subir al coche detrás del cual estará el criado del bosque de Vincennes,
dejándose tapar los ojos con un pañuelo, podrá ver a la que ama... Como su
fortuna puede infundirle sospechas acerca de la pureza de intenciones de
los que así proceden, el señor barón puede llevar consigo a su fiel Georges.
No habrá, por otra parte, nadie dentro del coche." El barón se presenta al
lugar indicado con Georges, sin decirle nada. Los dos se dejan tapar los ojos
y se dejan cubrir la cabeza con un velo. El barón reconoce al criado. Dos
horas más tarde, el coche, que parecía de los del tiempo de Luis XVIII (¡qué
Dios le tenga en su gloria!, ¡él sí que entendía en asuntos de policía!), se
para en medio de un bosque. El barón, a quien alguien quitó el pañuelo, vio
a su desconocida en el interior de un coche parado, el cual... ¡zas!...
desapareció en seguida. El coche en que iba (estilo Luis XVIII) le llevó de
regreso a Neuilly, donde le esperaba el suyo. En la mano de Georges
habían dejado un billete que decía: "¿Cuántos billetes de mil francos está
dispuesto a soltar el barón para que le pongan en relación con la
desconocida?" Georges entrega el billete a su amo, y el barón, convencido
de que Georges se entiende conmigo o con usted, señor Peyrade, con el fin
de explotarle a él, pone a Georges de patitas en la calle. ¡Vaya un banquero
imbécil! No tenía que despedir a Georges antes de haberse agosdato gon la
tesconocita.
—¿Ha visto Georges a la mujer?... —dijo Corentin.
—Sí —dijo Contenson.
—¿Y cómo es? —exclamó Peyrade.
—¡Oh! —replicó Contenson—. No me ha dicho más que eso: ¡una
hermosura resplandeciente!...
—Nos están dando el esquinazo unos tíos más hábiles que nosotros —
exclamó Peyrade—. Esos pájaros van a venderle esta mujer muy cara al
barón.
—¡Ya, mein Herr!1 —contestó Contenson—. Por eso, al saber que le
habían dado un rapapolvo en la prefectura, he hecho cantar a Georges.
—Quisiera saber quién me la ha jugado —exclamó Pey-rade—.
¡Mediríamos nuestras fuerzas!
—Hay que estar al acecho —dijo Contenson.
—Tiene razón —dijo Peyrade—; deslicémonos por todos los agujeros,
escuchemos, esperemos...
—Vamos a estudiar esta versión —exclamó Corentin—; por de pronto, no
tengo nada que hacer. ¡Pórtate bien, tú, Peyrade! Siempre hay que
obedecer al señor prefecto...
—El señor de Nucingen es fácil de desangrar —hizo observar Contenson—,
tiene demasiados billetes de mil francos en las venas...
—¡Y pensar que tenía la dote de Lydie al alcance de la mano! —dijo
Peyrade al oído de Corentin.
—Contenson, vamonos, dejemos dormir a nuestro tío Peyrade... ¡Hasta
mañana!
—Señor mío —dijo Contenson a Corentin en el umbral—, ¡qué curioso
intercambio iba a hacer este hombre!... ¡Vaya! ¡Casar a su hija con el precio
de...! Vamos, con este argumento podría hacerse una bonita obra dramática,
moral incluso, que se titularía La dote de una joven.
—¡Ah, qué bien organizados estáis vosotros!... ¡Qué orejas tienes!... —dijo
Corentin a Contenson—. Decididamente, la Naturaleza Social provee a
todas las especies de las cualidades necesarias para los servicios que
espera de ellas. ¡La Sociedad es una segunda Naturaleza!
—Es muy filosófico lo que está usted diciendo —exclamó Contenson—;
seguro que un profesor sacaría de ello una teoría.
—Procura estar al corriente —repuso Corentin, sonriendo mientras
caminaba con el espía por las calles— de todo cuanto ocurra en casa del
barón de Nucingen, a propósito de la desconocida... sin entrar en detalles...
no cometas trapacerías...
—¡Se mira si sale humo por las chimeneas! —dijo Contenson.
—Un hombre como el barón de Nucingen no puede ser feliz de incógnito —
repuso Corentin—. Y por otra parte, nosotros, que jugamos con los seres
humanos, ¡no debemos nunca convertirnos en sus juguetes!
—¡Diablo! Sería como si el reo se entretuviera cortando el cuello del
verdugo —exclamó Contenson.
—Siempre tienes un chiste a punto —respondió Corentin, dejando escapar
una sonrisa que formó unas ligeras arrugas en su máscara de yeso.
El asunto era excesivamente importante por sí mismo, al margen de sus
resultados. Si él barón no había traicionado a Peyrade, ¿quién había tenido
interés en ver al prefecto de policía? Para Corentin se trataba de saber si
entre los suyos no había algún traidor. Al acostarse pensaba lo mismo que
Peyrade: "¿Quién habrá ido a quejarse al prefecto?... ¿A quién pertenece
esa mujer?" De este modo, pese a ignorarse mutuamente, Jacques Collin,
Peyrade y Corentin se iban aproximando entre sí sin saberlo; y la pobre
Esther, Nucingen y Lucien iban a verse necesariamente envueltos en la
lucha que había comenzado ya y que iba a ser terrible debido al amor propio
que caracteriza a los hombres de la policía.
Gracias a la habilidad de Europa, pudo saldarse la parte más amenazadora
de la deuda de sesenta mil francos que pesaba sobre Esther y sobre Lucien.
La confianza de los acreedores no se resintió siquiera. Lucien y su corruptor
pudieron respirar por unos instantes. Como dos fieras acosadas que beben
furtivamente de alguna charca, pudieron seguir bordeando los precipicios
cerca de los cuales el hombre fuerte conducía al débil, ya fuera a la horca o
a la fortuna.
—Ahora —dijo Carlos a su protegido— nos jugamos el todo por el todo;
afortunadamente, las cartas las tenemos marcadas, y los jugadores son muy
jóvenes.
Durante algún tiempo Lucien frecuentó asiduamente a la señora de Sérizy,
por orden de su terrible mentor. Efectivamente, había que evitar la sospecha
de que Lucien mantuviera a alguna amante. Por otra parte, encontró una
compensación en el gozo de sentirse objeto de amor y en la animación de
una vida mundana. Obediente a la señorita Clotilde de Grand-lieu, no la veía
más que en el Bosque de Bolonia o en los Campos Elíseos.
La mañana siguiente del día en que Esther fue encerrada en la casa del
guarda, el personaje terrible y para ella problemático que la amedrentaba fue
a proponerle que firmara en blanco tres papeles sellados en los que
figuraban las siguientes comprometedoras palabras: Aceptado por sesenta
mil francos en el primero; Aceptado por ciento veinte mil francos en el
segundo, y Aceptado por ciento veinte mil francos en el tercero. En total,
trescientos mil francos en letras. Poniendo. vale por, no hacéis más que un
simple billete. La palabra aceptado constituye la letra de cambio y os somete
a la prisión por deudas. Esta palabra hace incurrir a quien la firma
imprudentemente en la pena de cinco años de cárcel, pena que el tribunal
correccional no dicta casi nunca y que la audiencia aplica a los criminales.
La ley de prisión por deudas es un recibo de los tiempos de la barbarie que
reúne en sí la estupidez y el mérito inestimable de ser inútil, puesto que
jamás afecta a los granujas. (Véase ILUSIONES PERDIDAS.)
—Se trata de sacar de apuros a Lucien —dijo el español a Esther—.
Tenemos una deuda de sesenta mil francos, y con estos trescientos mil
quizá nos libremos de ella.
Tras haber antedatado en seis meses las letras de cambio, Carlos las hizo
extender a nombre de Esther por un hombre incomprendido por parte de la
policía correccional, cuyas aventuras, pese al escándalo que provocaron,
cayeron pronto en el olvido, se perdieron y fueron cubiertas por el alboroto
de la gran sinfonía de julio de 1830.
Este joven, que es uno de los más audaces caballeros de industria, e hijo de
un escribano de Boulogne, cerca de París, se llama Georges-Marie
Destourny. Su padre, obligado por las circunstancias poco prósperas a
vender su cargo, dejó a su hijo, hacia 1824, sin ningún recurso, tras haberle
dado una brillante educación, ese delirio que cometen tantos pequeños
burgueses con sus hijos. A los veintitrés años, el joven y brillante alumno de
derecho había renegado ya de su padre escribiendo así su nombre en sus
tarjetas:

GÉORGIS D'ESTOURNY

Estas tarjetas daban al personaje un olor de aristocracia. Este lechuguino


tuvo la audacia de adquirir un tílburi, un groom y de frecuentar los clubs.
Todo se aclara con pocas palabras: hacía negocios en la Bolsa con el dinero
de las mujeres mantenidas de las cuales era el confidente. Por último
sucumbió ante la policía correccional, ante la que compareció acusado de
jugar con cartas demasiado afortunadas. Tenía cómplices: jóvenes
corrompidos por él, secuaces suyos ligados a él por la gratitud y muchachos
que compartían su elegancia y sus créditos. Al verse obligado a huir,
desdeñó el pago de sus diferencias en la Bolsa. Todo París, el París de los
Lobos Cervales y de los clubs, de los bulevares y de los industriales, se
estremecía aún con aquel asunto.
En su época de esplendor, Georges d'Estourny, que era guapo y sobre todo
muy cordial, generoso como el jefe de una banda de bandoleros, había
protegido a la Torpille durante algunos meses. El falso español basó sus
especulaciones en el trato que había tenido. Esther con este famoso
estafador; el trato con tales individuos es frecuente entre las mujeres de su
especie.
Georges d'Estourny, cuya ambición se había enardecido con el éxito, había
tomado bajo su protección a un hombre llegado a París desde una lejana
provincia en busca de negocios, a quien el partido liberal quería indemnizar
de las condenas arrostradas valerosamente en el curso de la lucha de la
prensa contra el gobierno de Carlos X, cuya persecución se había frenado
en los tiempos del ministerio Martig-nac. En aquella ocasión se había
indultado al caballero Cérizet, aquel gerente responsable apodado Valiente-
Cérizet.
Cérizet, bajo el patrocinio formal de las lumbreras de la Izquierda, fundó una
casa que a la vez participaba de una agencia de negocios, de un Banco y de
una gestoría. Era una de estas casas que constituyen el equivalente, en el
comercio, de esas criadas para todo que se anuncian en los periódicos.
Cérizet estuvo muy contento de relacionarse con Georges d'Estourny, que lo
educó.
Esther, en virtud de la anécdota acerca de Ninon, podía hacerse pasar por
la fiel depositaría de una porción de la fortuna de Georges d'Estourny. Carlos
Herrera se hizo dueño de los valores que había creado gracias a un endoso
en blanco firmado Georges d'Estourny. Este papel falso no ofrecía ningún
peligro, dado que o bien la señorita Esther o bien otra persona a cuenta suya
podía o debía pagarlo. Informado acerca de la casa Cérizet, Carlos adivinó
en él a uno de esos oscuros personajes decididos a hacer fortuna, aunque...
legalmente.
Cérizet, el auténtico depositario de D'Estourny, estaba provisto de
cantidades importantes, invertidas entonces en la Bolsa, en valores que
estaban en alza, lo cual permitía a Cérizet dárselas de banquero. Todo esto
se hace en París: se desprecia a un hombre, pero no su dinero. Carlos se
personó en casa de Cérizet con la intención de trabajarlo a su manera, ya
que por casualidad resultaba ser dueño de todos los secretos del digno socio
de D'Estourny.
Valiente-Cérizet vivía en un entresuelo de la calle Gros-Chenet, y Carlos,
que se hizo anunciar misteriosamente como alguien que iba de parte de
Georges d'Estourny, sorprendió en el rostro del supuesto banquero la
palidez producida por dicha presentación. Carlos vio, en un modesto
gabinete, a un hombrecillo de escasos cabellos rubios, en quien reconoció al
Judas de David Séchard, según la descripción que del mismo le había hecho
Lucien.
—¿Podemos hablar aquí sin miedo a que nos escuchen? —dijo el español,
que se había transformado súbitamente en inglés pelirrojo, con gafas azules,
limpio y pulido como un puritano yendo a la iglesia.
—¿Por qué razón, caballero? —dijo Cérizet—. ¿Quién es usted?
—El señor William Barker, acreedor del señor D'Estourny; y voy a
demostrarle la necesidad de cerrar las puertas, ya que usted lo desea.
Sabemos, señor mío, cuáles han sido sus relaciones con los Petit-Claud, los
Cointet y los Séchard de Angulema...
Al oír aquellas palabras, Cérizet se precipitó hacia la puerta para cerrarla,
volvió a otra puerta que daba a un dormitorio y corrió el cerrojo; a
continuación dijo al desconocido:
—¡Más bajo, caballero! —Examinó al falso inglés, diciéndole—: ¿Qué
quiere usted de mí?...
—¡Dios mío! —repuso William Barker—, en este mundo cada uno va a la
suya. Usted tiene los fondos del bueno de D'Estourny... Tranquilícese, no
vengo a pedírselos; pero, después de mucho apremiarle, este granuja (que,
dicho sea entre nosotros, merecería ir al patíbulo) me entregó estos valores
diciendo que podía haber alguna posibilidad de hacerlos efectivos; y como
yo no quiero demandarle en mi nombre, me dijo que usted no me negaría el
suyo.
Cérizet miró la letra de cambio y dijo:
—Pero si ya no está en Francfort...
—Lo sé —respondió Barker—, pero podía haber estado allí todavía en la
fecha de esta operación...
—Pero es que yo no quiero hacerme responsable... —dijo Cérizet.
—No le pido este sacrificio —contestó Barker—; usted puede encargarse de
recibirlos, los salda, y yo me encargaré del cobro.
—Me sorprende que D'Estourny tenga tan poca confianza en mí —añadió
Cérizet.
—En su caso —respondió Barker— no se le puede acusar de haber puesto
sus huevos en muchos nidos distintos.
—¿Acaso cree usted...? —preguntó el pequeño negociante, devolviendo al
falso inglés las letras de cambio aceptadas y en regla.
—...¿Si creo que conservará bien sus fondos? —dijo Barker—. ¡Ya lo creo!
¡Están ya sobre el tapete verde de la Bolsa...!
—Mi interés estriba en...
—En perderlos ostensiblemente —dijo Barker.
—¡Caballero...! —exclamó Cérizet.
—Mire usted, querido señor Cérizet —dijo fríamente Barker, interrumpiendo
a Cérizet—, me haría usted un favor si me facilitara este cobro. Tenga la
amabilidad de escribirme una carta en la que diga que usted me entrega
estos valores aceptados a cuenta de D'Estourny, y que el demandante
tendrá que considerar al portador de la letra como a su propietario.
—¿Hará el favor de decirme sus nombres?
—¡Nada de nombres! —respondió el capitalista inglés—. Ponga: El portador
de esta letra y de los valores... Recibirá usted buen pago por este, favor...
—¿Y de qué manera?... —dijo Cérizet. —Con sólo una palabra.
Permanecerá usted en Francia, ¿verdad?
—Sí, señor.
—¡Pues bien! Georges d'Estourny nunca regresará. —¿Y por qué?
—Hay por lo menos cinco personas, que yo sepa, que le asesinarían, y él lo
sabe muy bien.
—Así no me extraña que me pida lo que le haria falta para irse a las Indias
—exclamó Cérizet—. Por desgracia me obligó a invertirlo todo en los fondos
públicos. Ya estamos en deuda con la casa Du Tillet. Yo vivo al día. —
¡Saque usted, pues, sus cartas del juego! —¡Ah, si lo hubiera sabido antes!
—exclamó Cérizet—. Me ha fallado la suerte...
—Una última palabra —dijo Barker—: ¡discreción! De esto es usted
perfectamente capaz; pero también se necesita fidelidad, y esto ya no es
quizá tan seguro. Nos volveremos a ver, y haré que se enriquezca.
Después de haber introducido en aquella alma de fango una esperanza que
tenía que asegurar su discreción durante mucho tiempo, Carlos,
caracterizado de nuevo como Barker, fue a ver a un escribano con quién
podía contar, para encargarle que lograra un enjuiciamiento definitivo en
contra de Esther.
—Esto se pagará bien —dijo al escribano—, es un asunto de honor y se
quiere que todo esté en regla.
Barker hizo que un abogado representara a la señorita Esther ante el
Tribunal del Comercio, para que los enjuiciamientos fueran contradictorios.
El escribano, a quien se había pedido que obrara con dilicadeza, puso en
sobre cerrado todas las actas del sumario y fue él mismo a embargar el
mobiliario, en la calle Taitbout, donde le recibió Europa. Una vez hecha la
denuncia, Esther cayó manifiestamente bajo la amenaza de prisión por
deudas por la cantidad declarada de más de trescientos mil francos.
En esto Carlos no tuvo que hacer ningún gran esfuerzo de inventiva. Un tal
vodevil de deudas falsas se representa muy a menudo en París. Existen
ciertos sub-Gobstck, ciertos Gigonnet que, a cambio de una recompensa, se
prestan a estos retruécanos, ya que aún bromean a propósito de tan
horrendas maniobras. En Francia todo se hace en son de burla, incluso los
crímenes. De modo que se pone precio, ya sea a parientes recalcitrantes, ya
sea a ciertas pasiones dispuestas a regatear pero que, ante una flagrante
necesidad o por miedo a un supuesto deshonor, sueltan en seguida la pasta.
Máxime de Trailles había empleado este sistema muchas veces, remedando
las comedias del antiguo repertorio. Carlos Herrera, esta vez, queriendo
salvar el honor de su hábito y el de Lucien, había recurrido sin exponerse a
un documento falsificado, aunque por aquel entonces la costumbre de
emplear falsificaciones se había generalizado tanto que la Justicia había
llegado a conmoverse. Dicen que en los alrededores del Palacio Real existe
una Bolsa de falsificaciones donde, por tres francos, puede adquirirse una
firma.
Antes de iniciar el asunto de aquellos cien mil escudos destinados a servir
de centinelas en la puerta del dormitorio, Carlos se propuso hacer pagar
otros cien mil francos al señor de Nucingen. He aquí de qué manera.
Siguiendo sus órdenes, Asia se hizo pasar ante el enamorado barón por
una vieja que estaba al corriente de los asuntos de la hermosa desconocida.
Hasta la fecha, los autores costumbristas han descrito a muchos usureros;
pero han olvidado a las usureras, a las madame La Ressource, de hoy, a
esos tan curiosos personajes que actualmente reciben la decente
denominación de prenderas, y cuyo papel podía representar la feroz Asia,
que tenía dos establecimientos, uno en el Temple y el otro en la calle Saint-
Marc, ambos regentados por mujeres de su confianza.
—Te meterás en la envoltura de la señora de Saint-Estève —le dijo, y quiso
examinarla una vez disfrazada.
La falsa alcahueta se presentó con un vestido de tela adamascada,
estampada con flores, que parecía la de una cortina arrancada de algún
camarín; se cubría con un chal de cachemira viejo y gastado, invendible, de
esos que agotan su existencia sobre los hombros de mujeres como la que
representaba. Llevaba un cuello con puntas preciosas, pero deshilachadas,
y un sombrero horrible; llevaba zapatos de piel de Irlanda, a cuyos bordes la
carne de sus pies hacía el efecto de unos burletes de seda negra.
—¡Y la hebilla del cinturón! —dijo, mostrando una pieza de orfebrería muy
sospechosa que comprimía su vientre de cocinera—. ¡Eh, vaya estilo! Y la
cintura... ¡con qué gracia me afea! ¡Oh, mama Rorro me ha vestido muy
lindamente!
—Primero has de ser melosa —le dijo Carlos—, casi temerosa, y
desconfiada como una gatita; sobre todo, haz que el barón se avergüence
de haber echado mano de la policía sin que ésta te haya molestado a ti para
nada. Por último, dale a entender, en la práctica, en términos más o menos
claros, que desafías a todas las policías del mundo a que descubran dónde
está su belleza. Oculta bien tus trazas... Cuando el barón te conceda la
libertad de darle palmadas en la barriga llamándole "¡Depravadote!",
entonces adopta una actitud insolente y trátale como a un lacayo.
Nucingen, amenazado con no ver nunca más a la mediadora si procedía a
la más leve vigilancia, tenía que ver a Asia yendo a pie hasta las
inmediaciones de la Bolsa, misteriosamente, a un entresuelo miserable de la
calle Neuve-Saint-Marc. ¡Cuántas veces han sido holladas aquellas calles
mugrientas por enamorados millonarios, y con qué fruición! Las piedras lo
saben. La señora de Saint-Estève, llevando al barón de esperanza en
desesperanza, en dosis sabiamente estudiadas, logró, que éste deseara
enterarse de cuanto concernía a la desconocida a cualquier precio...
Entretanto el escribano proseguía sus gestiones a buena marcha, puesto
que, al no toparse con ninguna resistencia por parte de Esther, actuaba de
acuerdo con los plazos legales sin perder un solo día.
Lucien, acompañado por su consejero, visitó cinco o seis veces a la
prisionera en Saint-Germain. El feroz cerebro de estas maquinaciones había
considerado necesarios tales encuentros para impedir que Esther
desmejorara, ya que su belleza se había convertido en capital. En el
momento de marchar de la casa del guarda, llevó a Lucien y a la pobre
cortesana al borde de un camino desierto, a un lugar desde donde se veía
París y donde nadie podía oírles. Los tres se sentaron, de cara al sol
naciente, bajo el tronco de un álamo derribado, ante aquel paisaje, que es
uno de los más espléndidos del mundo y abarca el lecho del Sena,
Montmartre, París, Saint-Denis.
—Hijos míos, vuestro sueño ha terminado —dijo Herrera—. Tú, pequeña,
nunca más verás a Lucien; y si lo ves, lo habrás conocido hate cinco años,
sólo durante unos días.
—Mi muerte ha llegado ya —dijo Esther sin derramar una sola lágrima.
—Bueno, hace cinco años que estás enferma —repuso Herrera—. Suponte
que estás tísica y muérete sin aburrirnos con tus elegías. Pero ahora verás
que aún puedes vivir, ¡y muy bien!... Déjanos, Lucien, ve a coger sonetos —
le dijo, señalándole un campo a algunos pasos de distancia.
Lucien dirigió a Esther una mirada mendigante, una de esas miradas
propias de los hombres débiles y ávidos que tienen mucha ternura en el
corazón y mucha cobardía en el ánimo. Esther le contestó con un
movimiento de cabeza que significaba: "Voy a escuchar al verdugo para
saber cómo he de poner el cuello bajo el filo del hacha, y tendré la valentía
de morir bien." El gesto fue tan dulce y al mismo tiempo apuntaba tales
horrores, que el poeta lloró; Esther corrió hacia él, lo apretó entre sus brazos,
bebió sus lágrimas y le dijo:
—¡Tranquilízate!
Fue una de esas palabras que se expresan con el gesto, con la mirada y
con la voz del delirio.
Carlos se puso a explicar claramente, sin ambigüedades, y muchas veces
con expresiones terriblemente descarnadas, la crítica situación de Lucien, su
posición en la casa de Grand-lieu, la espléndida vida que le esperaba en
caso de triunfar y, por último, la necesidad por parte de Esther de
sacrificarse a tan maravilloso porvenir.
—¿Qué hay que hacer? —exclamó la muchacha, fanatizada.
—Obedecerme ciegamente —dijo Carlos—. ¿De qué puede usted
quejarse? De usted misma dependerá el labrarse un futuro dichoso. Va a
convertirse usted en lo que ahora son Tullía, Florine, Mariette y la Val Noble,
sus antiguas amigas, es decir, en la querida de un hombre rico por quien no
sentirá ningún amor. Una vez liquidados nuestros asuntos, su enamorado es
lo bastante rico para hacerla feliz...
—¡Feliz!... —dijo levantando los ojos al cielo.
—Ha gozado usted de cuatro años de paraíso —prosiguió—. ¿Acaso no
puede vivirse con semejantes recuerdos?...
—Le obedeceré —contestó Esther, secándose una lágrima—. ¡No se
inquiete por lo demás! Usted lo ha dicho, mi amor es una enfermedad
mortal.
—Aún no he terminado —repuso Carlos—; debe conservarse hermosa. A
los veintidós años y medio, está usted en el punto culminante de su belleza
gracias a su felicidad. En fin, vuelva a ser de nuevo la Torpille. Sea usted
traviesa, malgastadora y astuta, no tenga piedad con el millonario del que le
hago entrega. ¡Escúcheme!... Este individuo es un ladrón de grandes
Bolsas, no ha tenido piedad por mucha gente, ha engordado con los dineros
de la viuda y del huérfano; ¡usted será la Venganza de sus víctimas!... Asia
vendrá a recogerla en un coche de punto, y esta misma noche estará de
nuevo en París. Si deja usted entrever la relación que ha tenido con Lucien
durante cuatro años, será como si le disparara un tiro en la cabeza. Le
pregur.carán dónde ha estado; contestará que se la llevó de viaje un inglés
exageradamente celoso. En otros tiempos demostró usted mucho ingenio
para bromear, procure recuperar todo aquel ingenio...
¿Habéis visto alguna vez una cometa radiante, una de esas mariposas
gigantes de la infancia, recubierta de papel dorado, planeando por el cielo?...
Los niños se distraen un momento, alguien corta el hilo y el meteoro cae con
una espantosa velocidad. Lo mismo le ocurrió a Esther oyendo a Carlos.

SEGUNDA PARTE
LO QUE EL AMOR CUESTA A LOS VIEJOS

Desde hacía ocho días Nucingen iba, casi a diario, a regatear la entrega de
su amada a la tienda de la calle Neuve-Saint-Marc. Allí Asia, a veces bajo el
nombre de Saint-Estève y a veces bajo el de señora Rorro, presumía entre
los más hermosos atavíos que han llegado a aquella horrible situación en
que los vestidos ya no son vestidos, pero no son todavía andrajos. El marco
estaba en armonía con el aspecto que aquella mujer adoptaba, ya que tales
tiendas son una de las más siniestras peculiaridades de París. Allí pueden
verse los despojos que la Muerte ha dejado con sus manos descarnadas, y
puede oírse el estertor de un pecho atacado por la tisis; se adivina también
la agonía de la miseria bajo un traje de brocado de oro. Las horrendas
disputas entre el Lujo y el Hambre están allí escritas sobre ligeros encajes.
Uno puede encontrar la fisonomía de una reina bajo un turbante con plumas
cuya postura recuerda —restablece casi— el rostro ausente. ¡Es lo
repugnante dentro de lo hermoso! El látigo de Juvenal, agitado por las
manos oficiales del perito tasador, desparrama los manguitos gastados, la
peletería mustia de las cortesanas arruinadas. Es un estercolero de flores en
el cual destacan, acá y allá, algunas rosas recién cogidas y pronto
desechadas, y sobre el cual está siempre acurrucada una vieja, la prima
hermana de la Usura, la Ocasión que pintan calva, desdentada y dispuesta a
vender el contenido, pues el continente está ya acostumbrada a comprarlo:
compra o vende tanto a la mujer sin el vestido como el vestido sin la mujer.
Asia se encontraba en su elemento, como el cabo de varas en el presidio o
como el buitre, con el pico ensangrentado, sobre un cadáver; su aspecto era
más espantoso que el de los salvajes horrores que hacen estremecerse a
los transeúntes cuando a veces encuentran sorprendidos alguno de sus más
remotos y sentidos recuerdos expuesto en algún sucio escaparate, tras el
cual hace muecas alguna auténtica Saint-Estève retirada.
De irritación en irritación, de diez mil francos en diez mil francos, el
banquero había llegado a ofrecer sesenta mil francos a la señora de Saint-
Estève, que le respondió con una mueca de repulsa que hubiera hecho
perder la paciencia a un macaco. Después de una noche agitada, después
de haber reconocido cuánto desorden había introducido Esther en su mente
y tras haber conseguido unas ganancias inesperadas en la Bolsa, se
presentó una mañana con la intención de soltar los cien mil francos que Asia
le pedía; pero antes quería sonsacarle muchísimas informaciones.
—¿Por fin te decides, chungón? —le dijo Asia, dándole palmadas en el
hombro.
La familiaridad más deshonrosa es el primer tributo que esta clase de
mujeres imponen a las pasiones desenfrenadas o a las desgracias que se
entregan en sus manos; nunca se alzan a la altura del cliente, sino que le
obligan a sentarse junto a ellas sobre su montón de basura. Como puede
observarse, Asia obedecía admirablemente a su dueño.
—Pien lo jale —dijo Nucingen.
—Y no sales perdiendo —respondió Asia—. Ha habido mujeres que se han
vendido más caras que ésta, relativamente. ¡Es que hay mujeres y mujeres!
De Marsay dio por Coralie sesenta mil francos. La que tú quieres ha costado
cien! mil francos de primera mano; pero para ti, te das cuenta, viejo verde, es
un asunto de conveniencia.
—Bero, ¿tónte esdá?
—¡Oh, ya la verás! Tú y yo somos iguales: ¡dadme, dadme!... ¡Ah, amiguito,
tu pasión ha cometido locuras! Esta clase de jovencitas no son nada
razonables. La princesa es ahora lo que decimos un dondiego de noche...
—Un tontieco...
—Vamos, no te hagas el babieca... Tiene a Louchard sobre su pista; yo le
he prestado cincuenta mil francos...
—Feindicingo, serán —exclamó el banquero.
—Demonio, veinticinco por cincuenta, esto cae por su propio peso —
respondió Asia—. Seamos justos, ¡esta mujer es la honradez misma! Ya no
le quedaba más que su persona, y me dijo: "Querida señora Saint-Estève,
estoy en apuros y sólo usted puede hacerme este favor.; présteme veinte mil
francos, se los hipotecaré sobre mi corazón..." ¡Oh, tiene corazón noble!...
Sólo yo sé dónde está. Una indiscreción me costaría los veinte mil francos...
Antes vivía en la calle Taitbout. Antes de irse de allí... (Sus muebles fueron
embargados... ya se sabe, los gastos. ¡Esos golfos de los alguaciles!... ¡Ya
lo sabe usted, que entiende mucho en Bolsa y cosas así!) Pues no fue tonta,
alquiló por un par de meses su piso a una inglesa, una espléndida mujer que
tenía de amante a Rubempré, y él tenía tantos celos que la sacaba de paseo
por las noches... Pero como iban a llevarse los muebles, la inglesa se
marchó; además era muy cara para un pipiólo como Lucien...
—Hace usdet te pango —dijo Nucingen. —En especie —dijo Asia—. Hago
préstamos a las mujeres guapas; y esto rinde, porque se cuenta con dos
valores a la vez.
Asia gustaba de acentuar el papel de esas mujeres, que son muy ásperas,
pero más zalameras y dulces que la malaya, y que justifican su comercio
con motivos de gran elevación. Asia fingía haber perdido todas sus ilusiones,
decía que había perdido a sus cinco amantes y a sus hijos; se lamentaba de
ser víctima de todo el mundo, a pesar de su experiencia. De vez en cuando
enseñaba papeletas del Monte de Piedad como prueba de lo mal que iba su
negocio. Fingió estar en apuros y con deudas. En suma, actuó con tanta
ingenuidad que el barón acabó por creer en el personaje que representaba.
—¡Pueno! Si sueldo los cien mil, tónte la jeré? —dijo con el tono del que está
dispuesto a cualquier sacrificio.
—Verás, gordo, vas a venir hoy, al anochecer, en tu coche por ejemplo,
ante el Gimnasio. Aquél es el camino —dijo Asia—. Te pararás en la esquina
de la calle Sainte-Barbe. Yo estaré allí de guardia; nos iremos en busca de
mi hipoteca de pelo negro... ¡Oh, tiene unos cabellos preciosos mi hipoteca!
Cuando se quita la peineta, Esther queda a cubierto como si estuviera bajo
un pabellón. Pero me parece que aunque entiendas de números, de todo lo
demás estás hecho un babieca; te aconsejo que escondas bien a la
pequeña, porque te la meten en Sainte-Pélagie, sin chistar, al día siguiente,
si la encuentran... y... la están buscando.
—¿No se botrían reguberar las ledras? —dijo el incorregible Lobo Cerval.
—Las tiene el alguacil... pero no hay tu tía. La chiquilla duvo una pasión y se
gastó todo un fondo que ahora le reclaman. ¡Maldita sea! Un corazón de
veintidós años es muy juguetón.
—Pien, pien, yo arreciaré eso —dijo Nucingen, adop
tando un aire de lince—. No hace váida tecir gue seré su brodegdor.
—¡Oye, tontaina! Te advierto que es cosa tuya hacerte querer por ella, y
tienes bastante dinero para comprar un amor fingido que valga lo que uno
verdadero. Yo te pongo a tu princesa entre las manos; lo demás ya no es
asunto mío... Eso sí, está acostumbrada al lujo y a las mayores atenciones.
¡Ah, hijo mío! Es una mujer bien... De no ser así, ¿crees que le habría dado
quince mil francos?
—¡Muy pien! Ticho esdá. ¡Hasda la noche!
El barón volvió a proceder al acicalamiento nupcial que ya una vez había
llevado a cabo; pero esta vez la certeza del éxito le hizo duplicar la dosis de
las pildoras. A las nueve encontró a la mujer en la cita y la hizo subir a su
coche.
—¿Atonte? —dijo el barón.
—¿Adonde? —dijo Asia—. A la calle de la Perle, en el Marais, que es una
dirección muy oportuna, porque tu perla está en el charco1, pero tú vas a
lavarla.
Al llegar allí, la falsa señora Saint-Estève dijo a Nucingen con una
desagradable sonrisa:
—Vamos a caminar un poco, no soy tan tonta como para haber dado la
verdadera dirección.
—Biensas en doto —respondió Nucingen. —Es mi oficio —replicó la mujer.
Asia llevó a Nucingen a la calle Barbette, donde fue introducido en el cuarto
piso de una casa amueblada, propiedad de un tapicero del barrio. Al ver a
Esther con ropas de trabajadora y haciendo un bordado, en una habitación
pobremente amueblada, el millonario palideció. Al cabo de un cuarto de
hora, durante el cual Asia pareció cuchichear con Esther, el anciano apenas
podía hablar aún.
—Señorida —dijo por fin a la pobre muchacha—, ¿dentro usdet la pontat te
acebdarme gomo brodegdor?...
—Es preciso que así sea, señor —dijo Esther, de cuyos ojos brotaron dos
gruesas lágrimas.
—No llore. Guiero hacerla la más velís te las maqueres... Téjese
únigamende amar bor mí, jera.
—Hija mía, el señor es razonable, sabe muy bien que tiene más de sesenta
y seis años, y será indulgente. En fin, ángel mío, es un padre lo que te he
encontrado...
—Hay que hablarle así —dijo Asia al oído del banquero, descontento ante
aquellas palabras—. No se cogen las golondrinas disparando con la pistola.
Venga por aquí —añadió, llevándose a Nucingen al cuarto de al lado—. Ya
sabe cuáles son nuestros acuerdos, angelito.
Nucingen sacó del bolsillo de su traje una cartera y corito los cien mil
francos, que Carlos esperaba con gran impaciencia, oculto en un gabinete,
donde la cocinera se los llevó en seguida.
—Aquí tenemos cien mil francos que nuestro hombre invierte en Asia, ahora
vamos a hacerle invertir en Europa —dijo Carlos a su confidente cuando
estuvieron en el rellano. Desapareció tras haber dado instrucciones a la
malaya, que regresó al piso donde Esther lloraba derramando abundantes
lágrimas. La joven, como un criminal condenado a muerte, se había hecho la
ilusión de un desenlace novelesco y, sin embargo, había llegado la hora
fatal.
—Hijos míos —dijo Asia—, ¿adonde vais a ir?... Porque el barón de
Nucingen...
Esther miró al famoso banquero con un gesto de asombro perfectamente
fingido.
—Sí, mi be güeña, soy el paran te Nisinquen...
—El barón de Nucingen no puede, no debe permanecer en una pocilga
como ésta. ¡Escúcheme!... Su antigua doncella Eugénie...
—¡Echénie! Te la galle Daidboud... —exclamó el barón.
—Pues sí, la encargada del mobiliario —repuso Asia— que alquiló la casa a
la inglesa...
—¡Ah, gombrenio! —dijo el barón.
—La antigua doncella de la señora —prosiguió respetuosamente Asia,
señalando a Esther— les recibirá muy bien esta noche, y jamás se le
ocurrirá al guardia del comercio ir a buscarla a su antiguo piso y del que se
fue hace tres meses...
—¡Bervegdo, bervegdo! —exclamó el barón—. Atemáss, yo gonosgo a los
cuartias tel gomercio, y sé lo gué hay gue tecirles bara gue tesabarezgan...
—Con Eugénie tendrá una buena pieza —dijo Asia—, yo fui quien se la
proporcionó a la señora...
—Ya la gonosgo —exclamó el millonario, riendo—. Échenle me pirló
dreinda mil vrangos... —Esther dio tal muestra de horror, que cualquier
hombre de corazón le habría confiado su fortuna—. ¡Oh, vué gulba mía! —
añadió el barón—. Ipa dras te usdet... —Y contó el equívoco a que había
dado lugar el alquiler del piso a una inglesa.
—¡Vaya! ¿Ve usted, señora? —dijo Asia—. Eugénie no le ha dicho nada de
todo esto, ¡la muy astuta! Pero la señora ya está acostumbrada a esa
muchacha —dijo al barón—; consérvela usted, a pesar de todo. —Asia
volvió a tomar a Nucingen aparte y le dijo—: Con quinientos francos
mensuales para Eugénie, que sabe muy bien lo que se hace, estará usted
enterado de todo lo que haga la señora, désela usted de doncella. Eugénie
estará tanto más de su parte cuanto que ya le ha sableado a usted... No hay
nada que ate tanto una mujer a un hombre como el hecho de haberle
sableado. Pero téngala bien cogida: lo hace todo por dinero, aquella
muchacha, ¡es de alivio!...
—¿Y dú?
—Yo —dijo Asia —recupero mi dinero. Nucingen, aquel ser tan penetrante,
tenía una venda sobre los ojos; se dejó llevar como un niño. La visión de
aquella candida y adorable Esther, secándose los ojos y pasando los puntos
de su labor con el aire de respetabilidad de una joven virgen, evocaba en el
anciano enamorado las sensaciones que había experimentado en el bosque
de Vincennes: ¡habría dado entonces la llave de su caja fuerte! Se sentía
joven, su corazón rebosaba adoración, y esperaba que Asia se marchara
para poder postrarse de hinojos ante aquella madonna de Rafael. Un tal
estallido súbito de la infancia en el corazón de un Lobo Cerval, de un
anciano, es un fenómeno social de los que la fisiología puede explicar más
fácilmente, la adolescencia y sus ilusiones sublimes, comprimida bajo el
peso de los negocios, ahogada por continuos cálculos y por las continuas
preocupaciones que impone el afán por los millones, reaparece, brota y
florece como una semilla olvidada cuyos efectos, cuya esplendorosa
germinación obedece al azar, a un sol que surge, que brilla tardíamente. El
barón, que a los doce años era ya empleado en la antigua casa de Aldrig-ger
en Estrasburgo, no había puesto jamás los pies en el mundo de los
sentimientos. Por eso permanecía ante su ídolo sintiendo que en su cerebro
se entrechocaban centenares de palabras, sin que sus labios pudieran
pronunciar ninguna. Entonces obedeció a un deseo brutal en el que
reaparecía el hombre de sesenta y seis años.
—¿Guiere usdet jenir a la galle Daidboud?... —dijo.
—Donde usted quiera, señor —contestó Esther, levantándose.
—¡Tonte usdet guiera! —repitió entusiasmado—. Ess usdet un ánquel fenito
tel cielo, a guien guiero como si vuera un covencido, aungue en realitat
denco gopellos crises...
—Bien puede decir blancos, son de un negro demasiado bonito para no ser
más que grises —dijo Asia.
—¡Fede, asguerosa fente tora te garne humana! ¡Ya dienes du tinero, no
papees más sopre esda vlor te amor! —gritó el banquero, desquitándose
mediante este salvaje dicterio de todas las insolencias que había tenido que
soportar.
—¡Viejo sinvergüenza! ¡Me pagarás este insulto!... —le dijo Asia,
amenazándole con un ademán de pescadera que le hizo encogerse de
hombros—. Entre la boca de la botella y la del bebedor, hay espacio para
una víbora: ¡ahí estaré yo!... gritó, excitada por el desprecio de Nucingen.
Los millonarios, cuyo dinero guarda el Banco de Francia, cuyas mansiones
defienden escuadras de lacayos y cuya persona goza, en las calles, de la
protección de un veloz coche con caballos ingleses, no temen ninguna
desgracia; por eso el barón miró fríamente de reojo a Asia, con la expresión
de quien acaba de entregar cien mil francos. Su aplomo tuvo un efecto
inmediato. Asia inició su retirada, refunfuñando hasta la escalera; su
lenguaje era demasiado revolucionario: ¡hablaba incluso de patíbulo!
—¿Qué le ha dicho usted?... —preguntó la virgen del bordado—; es una
buena mujer.
—La ha fentito a usdet, le ha ropato...
—Cuando una está en la miseria —respondió con un aire capaz de partir el
corazón a un diplomático—, ¿quién tiene dinero o atenciones para una?...
—¡Bopre begueña! —dijo Nucingen—. ¡No se esdé ni un minudo más aguí!
Nucingen ofreció su brazo a Esther, se la llevó tal como iba y la hizo subir al
coche, quizá con más respeto que habría podido mostrar por la hermosa
duquesa de Maufrigneuse.
—Dentrá usdet un pello jesduario, el más ponido te Baris —le decía
Nucingen por el camino—. Le roteará el luco máss maravilloso... Nincuna
reina será más riga gue usdet. Será resbedata gomo una nofia en Alemania:
guiero gue sea lipre... No llore. Esgúcheme... La guiero realmende gon un
amor buró. Gata una te sus lacrimas me barde el gorazón...
—¿Se puede amar con verdadero amor a una mujer a quien se compra?...
—preguntó la muchacha con una voz deliciosa.
—Cose pien vue fentito bor sus hermanos a gausa te su quendilesa. Esdo
esdá en la Piplia. A temas, en Oriende se gombra a las muqueres
lequídimas.
Una vez en la calle Taitbout, Esther no pudo volver a ver el marco de su
felicidad sin ser afectada por recuerdos muy dolorosos. Se quedó sobre un
diván, inmóvil, secando sus lágrimas una a una, sin oír ni una sola de las
tonterías que le farfullaba el banquero, que se había arrodillado; le dejó que
siguiera en aquella postura, le abandonaba las manos cuando él se las
cogía, aunque ignorando, por así decir, de qué sexo era el ser que le
calentaba los pies, pues Nucingen los había encontrado fríos. Esta escena
de lágrimas ardientes derramadas sobre la cabeza del barón, y de pies
helados que él le calentaba, duró desde la doce de la noche hasta las dos
de la madrugada.
—Echénie —dijo finalmente el barón, llamando a Europa—, mire usdet te
gue su ama se agüesde...
—¡No! —exclamó Esther, poniéndose bruscamente de pie como un caballo
espantado—. ¡Aquí de ningún modo!...
—Mire, señor, conozco a la señora, es dulce y buena como un cordero —
dijo Europa al banquero—; pero no hay que contrariarla; hay que cogerla
siempre al sesgo... ¡Ha sido tan desgraciada aquí! ¿Ve usted?... El mobiliario
está muy usado. Déjele hacer su voluntad. Sea bueno y póngale una casa
bien bonita. Quizá cuando lo vea todo nuevo a su alrededor se sienta
desorientada, y a lo mejor le encontrará a usted mejor de lo que es y
mostrará una dulzura angelical. ¡Oh, no hay otra como la señora! Puede
estar orgulloso de su magnífica adquisición: un buen corazón, una gran
amabilidad, un fino empeine, una piel de rosa... ¡Ah!, y un ingenio con el que
haría reír a un condenado a muerte... Es fácil sentir apego por la señora... ¡Y
qué bien sabe vestirse!... En definitiva, aunque sea cara, bien lo vale. Aquí
todos sus vestidos han sido embargados, de modo que su guardarropa está
anticuado de tres meses. ¡La señora es tan buena, ve usted, que yo la
quiero, es mi ama! Pero sea usted justo: ¡que una mujer como ella tenga que
verse entre muebles embargados!... ¿Y a causa de quién? A causa de un
sinvergüenza que la ha hundido... ¡Pobre señora! Ya no es la misma.
—Esder, Esder... —decía el barón—, agüesdese, ánquel mío. Si soy yo
guien le ta mieto, me guetaré en esde ganábé... —exclamó el barón,
enardecido por el más puro amor, viendo que Esther no paraba de llorar.
—Bueno —contestó Esther, cogiendo la mano del barón y besándosela con
un sentimiento de gratitud que puso en los ojos de aquel Lobo Cerval algo
muy parecido a una lágrima—, se lo agradeceré en el alma...
Y se apresuró hacia su habitación, donde se encerró.
"Hay aleo ineksbligable en doto esdo... —decía para sí el barón, agitado por
las pildoras—. ¿Gué tiran en mi gasa?... —Se levantó y miró por la ventana
—: Mi goche sique esdanto ahí... ¡Brondo será te tía!... —Se paseó por la
habitación—: ¡Te gué moto se purlaría te mí la señora te Nuchinquen si
llecara a saper gomo he basato la noche!... —Incomodado por lo ridículo de
su situación, fue a pegar la oreja a la puerta de la habitación—: ¡Esder!... —
Ninguna respuesta—. ¡Tios mío! Aún llora...", dijo para sí, volviendo a
acostarse al canapé.
Unos diez minutos después del alba, el barón de Nucingen, que había
podido finalmente conciliar un mal sueño en una postura incómoda sobre el
diván, despertó sobresaltado a las voces de Europa, en medio de uno de
esos sueños cuyas rápidas complicaciones constituyen uno de los
problemas sin solución de la fisiología médica. —¡Ay, Dios mío, señora! —
gritó Europa—. ¡Señora! ¡Los soldados, la policía, la Justicia! Quieren
detenerla...
En el instante en que Esther abrió la puerta y apareció, medio envuelta en
su bata, en zapatillas, con el pelo desordenado, capaz de llevar a la
condenación, por su belleza; al arcángel Rafael, la puerta del salón dio paso
a un alud de basura humana que se precipitó, sobre sus diez patas, hacia
aquella celestial muchacha que parecía un ángel de alguna ¡pintura religiosa
flamenca. Se destacó un hombre. Contenson, el horrible Contenson, puso su
mano sobre el hombro húmedo de Esther.
—¿Es usted la señorita Esther Van...? —dijo.
Europa con un buen revés en la mejilla de Contenson y un golpe seco en
las piernas, derribó al agente.
—¡Atrás! —gritó—. ¡Nadie toca a mí ama!
—¡Me ha roto la pierna! —gritaba Contenson al levantarse—. ¡Me las
pagarán...!
De aquella masa de cinco esbirros vestidos de esbirros, que no se habían
quitado los horrendos sombreros que llevaban sobre sus cabezas, más
horrendas aún, y que exhibían unas caras venosas de madera de caoba con
ojos bizqueantes y bocas retorcidas, se destacó Louchard, que vestía con
más decoro que sus hombres, aunque conservaba también su sombrero
puesto, y que mostraba una cara dulzona y chispeante.
—Señorita, queda usted detenida —dijo a Esther—. En cuanto a usted, hija
mía —dijo a Europa—, toda rebeldía recibirá su castigo y toda resistencia es
inútil.
Estas palabras fueron reforzadas por el ruido de los fusiles, cuyas culatas
golpearon las baldosas del comedor y de la antesala, anunciando así que la
guardia acompañaba y apoyaba al guardia.
—¿Y por qué me detienen? —preguntó Esther con toda inocencia.
—¿Y sus pequeñas deudas?... —contestó Louchard.
—¡Ah, es cierto! —exclamó Esther—. Déjenme vestir.
—Desgraciadamente, señorita, debo cercionarme de si tiene usted algún
medio de evasión en su habitación —dijo Louchard.
Todo esto ocurrió tan de prisa, que el barón no había tenido todavía tiempo
de intervenir.
—¡Gué! ¡Soy ahora una fentetora te garne humana, paran te Nichinquen!...
—exclamó la terrible Asia, deslizándose por entre los esbirros hasta el diván,
donde fingió descubrir al banquero.
—¡Invame! —exclamó el barón, irguiéndose con toda su majestad
financiera.
Se interpuso entre Esther y Louchard, el cual se descubrió al oír la
exclamación de Contenson:
—¡El señor barón de Nucingen!...
A un gesto de Louchard, los esbirros salieron del piso mientras se
descubrían todos con respeto. Sólo se quedó Contenson.
—¿Va a pagar el señor barón?... —preguntó el guardia, con el sombrero en
la mano.
—Foy a bacar —contestó—, bero denco gue saper te gué se drada.
—Trescientos doce mil francos y algunos céntimos, con todos los gastos
liquidados; pero la detención no está incluida. —¡Dresciendos mil vrangos!
—exclamó el barón—. Ess un tesperdar temasiato garó bara un hompre gue
ha pasato la noche sopre un ganabé —añadió al oído de Europa.
—¿Es este hombre el barón de Nucingen? —dijo Europa a Louchard,
acompañando su expresión de duda con un gesto que le habría envidiado la
señorita Dupont, la última confidenta del Théâtre-Français. —Sí, señorita —
dijo Louchard. —Sí —contestó Contenson.
—Resbonto te ella —dijo el barón, cuyo pundonor había herido la duda de
Europa—, téjenme tecirle unas balapras. Esther y su viejo enamorado
entraron en la habitación, y Louchard creyó necesario pegar el oído a la
cerradura.
—La guiero más gue a mi fita, Esder; bero ¿bor gué tar a sus agreetores un
tinero gue esdaría mecor en el polsillo te usdet? Faya a la gárcel: le
carandizo gue reguberaré los sien mil esgutos gon cien mil vrangos, y
guetarán bara usdet tosciendos mil vrangos...
—Este sistema es inútil —le gritó Louchard—. El acreedor no está, como
usted, enamorado de la señorita... ¿comprende usted? Lo quiere todo, y
más, desde que sabe que está usted prendado de ella.
—¡Impécil! —dijo Nucingen a Louchard, abriendo la puerta e introduciéndole
en la habitación—, no sapes lo gue tices. A di de toy el feinde bor ciendo, si
acebdas el necocio... —Imposible, señor barón.
—¡Cómo, señor! ¿Tendría usted estómago—dijo Europa, terciando— para
dejar que mi ama fuera a la cárcel?... Pero, ¿quiere usted mis prendas, mis
ahorros? Tómelos, señora, tengo cuarenta mil francos.
—¡Ay, pobre amiga mía! —exclamó Esther—, no te conocía —dijo
apretándola entre sus brazos. Europa estalló en sollozos.
—Focaré —dijo lastimosamente el barón, sacando un carnet del cual extrajo
uno de esos papelitos cuadrados e impresos que los bancos dan a los
banqueros y que basta rellenar con cifras y letras para convertir en talones al
portador. —No se moleste, señor barón —dijo Louchard—; tengo órdenes de
no recibir el pago si no es en oro o en plata. Siendo usted, me contentaré
con billetes de banco.
—¡Enséñatme los dídulos! —exclamó el barón.
Contenson le presentó tres carpetas forradas de azul; el barón las cogió,
mirando a Contenson, y dijo a éste al oído: "Haprías sólito cananto si me
hupieras atferdito."
—¿Acaso sabía que estaba usted aquí, señor barón?
—contestó el espía, sin preocuparse de si Louchard le oiría o no—. Ha
salido usted perdiendo al retirarme su confianza.
Le están sableando —añadió aquel profundo filósofo, encogiéndose de
hombros.
"Es jertat", dijo el barón para sí.
—¡Ah, mi begueña —exclamó al ver las letras de cambio y dirigiéndose a
Esther—, es usdet fígdima te un faliende sinvergüenza, te un esdavator!
—¡Sí, por desgracia! —dijo la pobre Esther—. Pero me quería mucho...
—Si lo hupiera sapito, hupiese inderbuesto regurso.
—Pierde usted la cabeza, señor barón —dijo Louchard—; hay un tercer
portador.
—Sí —asintió—, hay un dercer bordator... ¡Serisé! ¡Un hompre te la
obositión!
—¿Tendrá la bondad el señor barón de escribir una nota a su cajero? —dijo
Louchard, sonriendo—; voy a mandar allí a Contenson y despediré a mi
gente. El tiempo pasa, y pronto todo el mundo sabría...
—¡Fede, Gondanson.... —gritó Nucingen—. Mi gajero fife en la esguina te la
galle te Madurins y te l'Argate. Aguí dienen una nodo boro gue faya a fer a Ti
Dilet o a los Keller en gaso te gue no dencamos los mil esgutos, ya gue
nuesdro tinero esdá doto en el pango... Físdase usdet, ánquel mío —dijo a
Esther—, esdá usdet lipre. Las piejos son máss belicrosas gue las cófenes...
—exclamó mirando a Asia.
—Voy a dar de reír al acreedor —le dijo Asia—, y me dará con qué
entretenerme hoy. Sin rengor, señor parán... —añadió la Saint-Estève con
una desagradable reverencia.
Louchard tomó los títulos de manos del barón y se quedó a solas con él en
el salón, adonde llegó media hora más tarde, el cajero acompañado de
Contenson. Esther salió con un atuendo encantador, aunque improvisado.
Cuando Louchard hubo contado la suma, el barón quiso examinar los títulos;
pero Esther se apoderó de ellos con un ademán felino y los llevó a su
escritorio.
—¿Qué da usted para la canalla?... —dijo Contenson a Nucingen.
—No han denito usdetes muchos miramiendos —dijo el barón.
—¡Y mi pierna!... —exclamó Contenson.
—Luchart, le tará usdet cien vrangos a Gondanson tel gampio tel pillede te
mil...
—¡Es una muquer muy hermosa! —decía el cajero al barón de Nucingen al
salir de la calle Taitbout—, bero güesda muy gara al señor parón.
—Cuárteme el segredo —dijo el barón, que había pedido también a
Contenson y a Louchard que le guardaran el secreto.
Louchard se marchó seguido por Contenson; pero en el bulevar, Asia, que
los vigilaba, detuvo al guardia del comercio.
El escribano y el acreedor está ahí en un coche, están sedientos —le dijo—
¡y tienen con qué untar el carro!
Mientras Louchard contaba el dinero, Contenson pudo examinar a los
clientes. Vio los ojos de Carlos, distinguió la configuración de la frente bajo
su peluca, y la peluca le pareció sospechosa; tomó el número del coche de
punto, mostrándose totalmente ajeno a lo que pasaba; Asia y Europa le
tenían muy intrigado. Pensaba que el barón era víctima de gente
extraordinariamente hábil, tanto más cuanto que Louchard, al pedirle ayuda,
había mostrado una discreción extraña. La zancadilla de Europa, por otra
parte, no había afectado a Contenson únicamente en la tibia. "Este golpe no
me augura nada bueno", había pensado al levantarse.
Carlos despidió al escribano después de recompensarle generosamente, y
gritó al cochero:
—¡A las escaleras del Palacio Real!
"¡Vaya con el tunante! —dijo para sí Contenson al oír la orden—. ¡Aquí hay
gato encerrado!...
Carlos llegó al Palacio Real con una rapidez que no hacía temer que le
siguieran. Cruzó de prisa las galerías y tomó otro coche de punto en la plaza
del Château-d'Eau, diciendo:
—Pasaje de la Ópera, por la parte de la calle Pinon.
Un cuarto de hora más tarde entraba en la calle Taitbout.
Al verle, Esther le dijo:
—¡Aquí están estos endiablados papeles!
Carlos tomó los títulos y los examinó; a continuación fue a quemarlos en la
cocina.
—¡Ya hemos dado el golpe! —exclamó, enseñándole el paquete de los
trescientos diez mil francos que sacó del bolsillo de su levita—. Esto y los
cien mil francos sonsacados por Asia nos permiten ya actuar.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —exclamó la pobre Esther.
—Pero, imbécil —dijo el feroz calculador—, conviértete ostensiblemente en
la querida de Nucingen y podrás ver a Lucien, que es amigo de Lucingen;
¡no te prohibo que tengas una pasión por él!
Esther vislumbró una débil claridad en su tenebrosa vida, y dio un respiro.
—Europa, hija mía —dijo Carlos, llevándose a esta mujer a un rincón del
gabinete en que nadie podía escuchar la conversación—. Europa, estoy
contento de ti.
Europa levantó la cabeza y miró al hombre con una expresión que
transformó de tal manera su rostro ajado, que Asia, que presenciaba la
escena desde la puerta, llegó a preguntarse si el interés por el cual Carlos
tenía cogida a Europa sería superior en profundidad al interés por el cual ella
misma se sentía ligada a él.
—Esto no es todo, hija mía. Cuatrocientos mil francos no son nada para
mí... Paccard te entregará la factura de una vajilla de plata que asciende a
treinta mil francos, y sobre la cual se han cobrado algunos anticipos; pero
nuestro orfebre Biddin ha hecho algunos gastos. El mobiliario que nos
embargó será puesto a subasta seguramente mañana. Vete a ver a Biddin,
que vive en la calle de LArbre-Sec, te dará recibos del Monte de Piedad por
valor de diez mil francos. ¿Comprendes? Esther ha encargado una vajilla de
plata y no la ha pagado, ha dejado la liquidación pendiente, de modo que le
presentarán una pequeña denuncia por estafa. Entonces habrá que dar
treinta mil francos al orfebre y diez mil francos al Monte de Piedad para
recuperar la cubertería. Total: cuarenta y tres mil francos, gastos incluidos.
Esta cubertería no es de plata de ley, por lo que el barón se la renovará y
por este lado podremos sablearle algunos billetes más de mil francos. ¿A
cuánto pueden subir los gastos de modista por dos años?
—A seis mil francos —respondió Europa.
—Pues bien, si la señora Auguste quiere cobrar y conservar el ejercicio,
tendrá que hacer una cuenta de treinta mil francos desde hace cuatro años.
Haremos el mismo acuerdo con la dueña de la tienda de modas. El joyero
Samuel Frisch, el judío de la calle Saint-Avoie, te prestará recibos, tenemos
que deberle veinticinco mil francos, y habremos sacado seis mil francos por
nuestras joyas del Monte de Piedad. Devolveremos las joyas al joyero, de
las cuales la mitad serán piedras falsas; de todos modos el barón no las
mirará. Por último, le harás escupir ciento cincuenta mil francos a nuestro
primo en el plazo de ocho días.
—La señora tendría que ayudarme un poco —respondió Europa—; dígale
usted algo, porque se queda como atontada y me obliga a desplegar más
ingenio que tres autores para una sola obra.
—Si Esther cae en la gazmoñería, avísame —dijo Carlos—. Nucingen le
debe un coche con sus caballos, y ella querrá elegirlo y comprarlo todo ella
misma. Iréis a la tienda del vendedor de caballos y del carrocero de la casa
donde vive Paccard. Allí hay unos caballos admirables, muy caros, que
cojearán al cabo de un mes, y entonces los cambiaremos.
—Podríamos sacar seis mil francos mediante una cuenta de perfumista —
dijo Europa.
—¡Oh! —dijo, moviendo la cabeza—, hay que ir despacio, de concesión en
concesión. Por ahora Nucingen sólo ha introducido el brazo en el asunto y
tenemos que conseguir hacerle meter la cabeza. Necesito, además de todo
esto, quinientos mil francos.
—Podrá conseguirlos —contestó Europa—. Al llegar a los seiscientos mil, la
señora se enternecerá por ese gordo imbécil, y le pedirá cuatrocientos mil
para quererle adecuadamente.
—Escucha esto, hija mía —dijo Carlos—. El día en que yo recoja los últimos
cien mil francos, tú recibirás veinte mil.
—¿De qué podrán servirme? —exclamó Europa, dejando caer sus brazos
con el ademán de la gente a quienes la existencia les parece imposible.
—Podrás volver a Valenciennes, comprarte una hermosa tienda y
convertirte en una mujer honrada, si quieres; hay gustos para todo, y
Paccard sueña en algo así, a veces. Él no tiene nada en el bolsillo y casi
nada sobre la conciencia, de modo que podréis llegar a un arreglo —
contestó Carlos.
—¡Volver a Valenciennes!... ¡Ni pensarlo, señor! —exclamó Europa,
asustada.
Europa, que había nacido en Valenciennes y era hija de unos tejedores muy
pobres, empezó a trabajar a los siete años en una fábrica de hilados en la
que la Industria moderna había abusado de sus fuerzas físicas y el Vicio la
había depravado antes de tiempo. A los doce años estaba ya corrompida y a
los trece era madre, y mantenía relaciones con seres profundamente
degradados. Con ocasión de un asesinato, había comparecido como testigo
ante la sala de lo criminal. Vencida por un residuo de probidad y por el terror
que produce la Justicia (tenía en aquel entonces dieciséis años), hizo que
con su testimonio condenaran al acusado a veinte años de trabajos
forzados. El criminal, que era uno de esos reincidentes cuyas organizaciones
se fundan en el temor a tremendas represalias, había dicho en plena
Audiencia a la muchacha: "Dentro de diez años, Prudence (Europa se
llamaba Prudence Servien), volveré para ajustarte las cuentas, aun a riesgo
de que me apiolen." El presidente de la Audiencia procuró tranquilizar a
Prudence Servien prometiéndole el apoyo y el interés de la justicia; sin
embargo, la pobre muchacha fue presa de un terror tan grande, que enfermó
y tuvo que permanecer en un hospital durante cerca de un año. La Justicia
es un ente de razón encarnado por una serie de individuos que se renuevan
sin cesar y cuyas buenas intenciones y recuerdos son, igual que ellos,
excesivamente efímeros. Las fiscalías y los tribunales no pueden prevenir
nada en cuestión de crímenes: su misión es aceptarlos una vez
consumados. En este contexto una policía preventiva sería un beneficio para
cualquier país; pero la palabra policía asusta actualmente a los legisladores,
que ya no saben distinguir entre estos términos: gobernar, administrar,
legislar. El legislador tiende; a absorberlo todo en el Estado, como si pudiera
actuar. El condenado no iba a dejar de pensar en. su víctima, y consumaría
su venganza cuando ya la Justicia no se acordaría del uno ni de la otra.
Prudence, que instintivamente comprendió el peligro que corría, aun sin
hacerse de él una idea demasiado precisa, se marchó de Valenciennes y se
fue a París, a la edad de diecisiete años, para esconderse. Tuvo cuatro
oficios, el mejor de los cuatro fue el de comparsa en un pequeño teatro.
Paccard se encontró con ello, y a él le contó sus desgracias. Paccard, el
brazo derecho de Jacques Collin, habló de Prudence a su amo; y cuando el
amo tuvo necesidad de un esclavo, dijo a Prudence: " Si te avienes a
servirme como se serviría al diablo, te libraré de Durut." Durut era el
presidiario, la espada de Damocles colgada sobre la cabeza de Prudence
Servien. Sin conocer estos detalles, muchos críticos habrían considerado
algo desorbitada la fidelidad de Europa, y nadie habría podido comprender el
impacto espectacular que provocaron las subsiguientes palabras de Carlos.
—Sí, hija mía, podrás volver a Valenciennes... Toma, lee. —Y le dio el
periódico del día anterior, señalándole con el dedo el artículo siguiente:
TOULON—. Ayer tuvo lugar la ejecución de Jean-Francois Durut... Desde
primera hora de la mañana, la guarnición, etc.
Prudence dejó caer el periódico; sus piernas no resistieron el peso de su
cuerpo; tras leer aquello recobraba la vida, ya que, según decía, ni siquiera
podía apreciar el gusto, del pan desde que había recibido la amenaza de
Durut.
—Ya lo ves, he cumplido mi palabra. Han hecho falta cuatro años para
hacer caer la cabeza de Durut atrayéndole a una trampa... Pues bien,
ayúdame a redondear mi obra y te verás dueña de una pequeña tienda en tu
tierra, con veinte mil francos en la mano y desposada con Paccard, que tiene
mi autorización para adoptar la virtud como paga del retiro.

Europa volvió a coger el periódico y leyó con mirada fulgurante todos los
detalles que suelen dar los periódicos sobre la ejecución de los condenados
desde hace veinte años, sin saciarse: el marco impresionante, el sacerdote
que siempre logra convertir al reo, el viejo criminal que exhorta a sus
antiguos compinches, los fusiles apuntando, los condenados! de rodillas; y a
continuación, las triviales reflexiones que no cambian nada del régimen de
los presidios, donde hormiguean los crímenes por millares.
—Hay que hacer volver a Asia a casa —dijo Carlos.
Asia se adelantó, sin comprender nada de la comedia que parecía
representar Europa.
—Para hacerla volver aquí de cocinera, empezaréis por servir al barón una
cena tal que jamás haya probado otra igual —añadió—; luego le diréis que
Asia ha perdido todo su dinero en el juego y que ha vuelto a su trabajo. No
necesitaremos recadero: Paccard será cochero, porque los cocheros no se
mueven de su asiento, de modo que son menos accesibles y no será un
objetivo tan fácil para los espías. La señora le hará llevar una peluca
empolvada y un tricornio de fieltro galoneado; con esto ya cambiará
bastante, y además lo haré maquillar.
—¿Vamos a tener criados con nosotros? —preguntó Asia
desconfiadamente.
—Tendremos a gente honrada —respondió Carlos.
—¡Gente sin carácter! —replicó la mulata.
—Si el barón alquila una mansión, Paccard tiene un amigo que puede hacer
de portero —prosiguió Carlos—. No necesitaremos más que un lacayo y una
pinche: a dos extraños podréis vigilarlos bien...
En el momento en que Carlos iba a salir, apareció Paccard.
—Quédese aquí, hay gente en la calle —dijo el criado.
Estas palabras tan sencillas provocaron el espanto. Carlos subió a la
habitación de Europa y se quedó allí hasta que Paccard volvió a buscarle
con un coche de alquiler que entró en la casa. Carlos corrió las cortinas y el
coche partió a toda velocidad, sin que fuera posible de ningún modo que lo
persiguieran. Una vez llegado al faubourg Saint-Antoine, se apeó a unos
pocos pasos de una parada de coches de punto, hasta donde fue andando,
y volvió al muelle Malaquais, librándose así de la mirada de los curiosos.
—Toma, muchacho —dijo a Lucien, enseñándole cuatrocientos billetes de
mil francos—; aquí tienes, espero, un anticipo sobre el precio de las tierras
de Rubempré. Vamos a arriesgar cien mil, Acaban de lanzar los ómnibus, y
los parisienses se volverán locos con esta novedad, de modo que hablemos
triplicado los fondos dentro de tres meses. Ya conozco el truco: van a dar
unos dividendos espléndidos sobre el capital para inflar las acciones. Es la
repetición de una idea de Nucingen. Al recuperar la tierra de Rubempré no lo
pagaremos todo al contado. Irás a ver a Des Lupeaulx y le rogarás que te
recomiende él mismo a un procurador muy astuto llamado Desroches, a
quien irás a visitar a su estudio; le dirás que vaya a Rubempré a estudiar el
terreno, y le prometerás veinte mil francos de honorarios si consigue
constituirte treinta mil libras de renta comprando tierras por valor de
ochocientos mil francos alrededor del castillo.
—¡Tú siempre adelante, adelante!
—¡Siempre! Nada de bromas ahora. Vete a invertir cien mil escudos en
títulos del Tesoro, para no desperdiciar los intereses; puedes dejárselos a
Desroches, es tan honrado como taimado... Una vez hecho esto, corre a
Angulema y logra que tu hermana y tu cuñado acepten hacer suya una
pequeña mentira oficiosa. Tus familiares pueden decir que te han dado
seiscientos mil francos para facilitar tu boda con Clotilde de Grandlieu, eso
no es deshonroso.
—¡Estamos salvados! —exclamó Lucien, deslumbrado.
—¡Tú sí! —repuso Carlos—. Aunque no debes cantar victoria hasta que
salgas de Santo Tomás de Aquino con Clotilde por esposa...
—¿Qué es lo que temes? —dijo Lucien, lleno de un aparente interés por su
consejero.
—Tengo a algunos curiosos tras mis huellas... Tengo que adoptar el aire de
un auténtico cura, lo cual es muy molesto. Y el demonio ya no seguirá
protegiéndome por el mero hecho de verme con un breviario bajo el brazo.
En este mismo momento el barón de Nucingen, que se iba del brazo de su
cajero, franqueaba la puerta de su residencia.
—Denco mucho mieto —dijo al entrar— te haper hecho un necocio muy
malo... ¡Pah, ya nos reguberaremos!
—Lo malo bara el señor paran es gue se ha gorrito la jos —respondió el
bueno del teutón, preocupado sólo del decoro.
—Sí, mi amande didular tepe te esdar en una siduación tigna te mí —
respondió este Luis XIV de los negocios.
Seguro de conseguir a Esther tarde o temprano, el barón volvió a ser el gran
financiero que era antes. Hasta tal punto volvió a coger las riendas de sus
negocios, que su cajero, al encontrarle la mañana siguiente a las seis en su
despacho comprobando unos valores, se frotó las manos.
—Tecititamendet el señor parón ha reguberado la noche basata —dijo con
una sonrisa de alemán, medio avispada y medio necia.
Aun cuando la gente rica al estilo del barón de Nucingen tiene más ocasión
que los demás de perder dinero, tiene tambien más ocasiones de ganarlo,
incluso cuando están entregándose a sus desvaríos. Aunque la política
financiera de la Casa Nucingen se explica en otra parte, no es baldío hacer
notar que fortunas tan considerables como la suya no se consiguen, no se
constituyen, no se amplían y no se conservan, en el torbellino de las
revoluciones comerciales, políticas e industriales de nuestra época, sin que
se produzcan enormes pérdidas de capitales o, si se quiere, fuertes
imposiciones que repercuten sobre las fortunas particulares. Son muy
escasos los nuevos valores que se añaden al tesoro común de la tierra.
Todo nuevo acaparamiento representa una nueva desigualdad en el reparto
general. El estado devuelve lo que pide; en cambio, lo que una casa
Nucingen coge, se lo queda para sí. Estos golpes de mano escabullen las
leyes por la misma razón que habría hecho de Federico II un Jacques Collin,
un bandolero, si en lugar de operar mediante batallas para conquistar
provincias enteras, hubiera trabajado en el contrabando o sobre valores
mobiliarios. Forzar a los estados europeos a tomar empréstitos al veinte o al
diez por ciento, hacerse con este diez o veinte por ciento con los capitales
del público, sangrar las industrias apoderándose de las materias primas y
tender al fundador de una empresa una cuerda para mantenerlo a flote hasta
haber recuperado su negocio que hacía agua, en suma, todas estas batallas
del franco son lo que constituye la alta política del dinero. Es cierto que el
banquero, como el conquistador, corre sus riesgos; pero hay tan poca gente
en condiciones de librar tales combates, que las ovejas no intervienen en
ellos para nada. Estas grandes gestas se libran entre pastores. Además,
como que los ejecutados (término corriente en la jerga de la Bolsa) son
culpables de haber querido ganar demasiado, suscitan generalmente muy
escaso interés las desgracias provocadas por las combinaciones de los
Nucingen. Que un especulador se salte la tapa de los sesos, que un agente
de cambio ponga los pies en polvorosa, que un notario se lleve los ahorros
de cien familias; —lo cual es más grave que matar a un hombre— o que un
banquero haga liquidación, son catástrofes que en París se olvidan en pocos
meses y que pronto quedan sumergidas por la agitación casi oceánica de
esta gran urbe. Las colosales fortunas de los Jacques Coeur, de los Médicis,
de los Ango de Dieppe, de los Auffredi de La Rochelle, de los Fugger, de los
Tiépolo o de los Córner fueron antaño lealmente conquistadas mediante
privilegios cuya existencia se debía al hecho de ignorar el origen de todos
los productos exóticos; pero actualmente los conocimientos geográficos han
penetrado tanto en las masas y la competencia ha limitado tanto los
beneficios, ¡que las fortunas se acumulan rápidamente: o bien son
consecuencia de un azar y de un descubrimiento, o resultado de un robo
legal. El pequeño comercio, pervertido por ejemplos escandalosos, ha
respondido, sobre todo en los últimos diez años, a la perfidia de las
concepciones del gran comercio mediante odiosos atentados a las materias
primas. Donde se practica la química, ya no se bebe vino; de ahí que la
industria vinícola esté sucumbiendo. Se vende sal falsificada para burlar al
fisco. Los tribunales están alarmados ante esta falta general de probidad.
Por último, el comercio francés despierta las sospechas de todo el mundo, y
la propia Inglaterra se desmoraliza también. En nuestro país el mal viene de
la ley política. La Carta ha proclamado el reinado del dinero, de modo que el
éxito se convierte entonces en la razón suprema de un mundo ateo. La
corrupción de las altas esferas, pese a sus resultados resplandecientes con
el oro y sus sustanciosas justificaciones, es mucho más repugnante que las
corrupciones viles y casi personales de las esferas inferiores, de las que
algunos detalles sirven de elemento cómico —aunque terrible, si se quiere—
de este episodio. El gobierno, que se asusta ante toda idea nueva, ha
desterrado del escenario teatral todos los elementos de la comicidad actual.
La burguesía, menos liberal que Luis XIV, tiembla ante la perspectiva de ver
sus Bodas de Fígaro, prohibe la representación del Tartufo político y
seguramente no dejaría que actualmente se representara Turcaret, porque
Turcaret se ha convertido en el soberano. Así pues, la comedia se narra y el
libro se convierte en el arma, menos rápida pero más segura, de los poetas.
Durante aquella mañana, en medio de las idas y venidas de las audiencias,
de las órdenes dictadas y de las entrevistas de unos pocos minutos, que
hacen que el despacho de Nucingen se asemeje a una especie de sala de
los Pasos Perdidos financiera, uno de sus agentes de cambio le anunció la
desaparición de un miembro de la compañía, uno de los más hábiles y más
ricos, Jacques Falleix, hermano de Martin Falleix y sucesor de Jules
Desmarets. Jacques Falleix era el agente de cambio titular de la casa
Nucingen. De acuerdo con Du Tillet y con los Keller, el barón había tramado
la ruina de este hombre tan fríamente como si se tratara de matar un cordero
pascual.
—No botía acuandar —dijo tranquilamente el barón.
Jacques Falleix había prestado muy grandes servicios al agiotaje. Durante
una crisis, algunos meses antes, había salvado la nave maniobrando con
audacia. Pero pedir gratitud a los Lobos Cervales, ¿no es acaso como
querer enternecer en pleno invierno a los lobos de Ucrania?
—Pobre hombre —contestó el agente de cambio—; se esperaba tan poco
este desenlace, que le había puesto en la calle Saint-Georges una casita a
su querida; se ha gastado ciento cincuenta mil francos en pinturas y
mobiliario. ¡Quería tanto a la señora de Val-Noble!... Y ahora la mujer tendrá
que dejar todo eso...
—¡Píen, pien! —exclamó Nucingen—. Es güesdión te rebarar las bértitas te
esda noche... ¿No ha bacato nata? —preguntó al agente de cambio.
—¡Vamos! —respondió el agente—. ¿Cuál de entre los comerciantes habría
sido tan grosero cómo para no fiar a Jacques Falleix? Parece ser que tiene
una bodega maravillosa. A propósito, la casa está en venta, él pensaba
comprarla. El arrendamiento está a su nombre. ¡Qué barbaridad! La
cubertería, el mobiliario, los vinos, el coche y los caballos, todo recibirá un
valor de subasta, y ¿qué van a cobrar los acreedores?
—Fenca mañana —dijo Nucingen—, hapré ito a jer doto esdo, y si no se
teglara la guiepra, gue se arrecie el asunr do amisdosamende; le engarcaré
a usdet gue bonca un brecio razonaple a esde mobiliario, domanto el
arriento...
—Esto es muy factible—;dijo el agente de cambio—. Vaya allí esta mañana
y enontrará a uno de los socios de Falleix con los proveedores, que quieren
conseguir un privilegio; pero la Val-Noble tiene sus facturas a nombre de
Falleix.
El barón de Nucingen mandó inmediatamente a uno de sus empleados al
notario; Jacques Falleix le había hablado de esta casa, que a lo sumo valía
sesenta mil francos, y quería ser inmediatamente su propietario, para ejercer
el privilegio sobre los alquileres.
El cajero (hombre honrado) fue a enterarse de si su amo perdía algo con la
quiebra de Falleix.
—Al gondrario, mi puen Volfgang, joy a reguberar cien mil vrangos.
—¡Ah! ¿Y cómo?
—Bues, me guetaré gon la gasida gue ese bopre tiaplo te Valleix le
brebarapa a su guerita teste hace un año. Lo gonsequiré doto ovreciento
cingüenda mil vrangos a los agreetores, y mi nodario Gardot va a recipir
insdruksiones bara la gasa, ya gue el brobiedario esdá en aburos... Yo ya
esdapa al gorriende, bero úldimamende no sé tónte denía la gapesa. Brondo
mi tifina Esder fifirá en un balado... Valleix me llevó una ves: ess una
maravilla, y esdá muy cerga te aguí. Me va gomo anillo al teto.
La quiebra de Falleix obligaba al barón a ir a la Bolsa; pero le fue imposible
irse de la calle Saint-Lazare sin pasar por la calle Taitbout; ya sufría por no
haber visto a Esther desde hacía algunas horas, le habría gustado tenerla
junto a sí. El beneficio que pensaba sacar de los despojos de su agente de
cambio le resarciría de la pérdida de los cuatrocientos mil francos que
llevaba ya gastados. Feliz de poder anunciar a su ánquel el traslado de la
calle Taitbout a la calle Saint-Georges, donde le esperaba un fertatero
balado, donde sus recuerdos no se opondrían ya a su felicidad, Nucingen
caminaba rejuvenecido, abrigando sueños de juventud, y el pavimento le
parecía suave bajo sus pies. A la vuelta de la calle de Trois-Frères, en medio
de sus ensueños y en medio de la calzada, el barón vio acercársele a
Europa con una expresión de trastorno.
—¡Atonte fas? —dijo.
—¡Ah, señor! Iba a su casa... Tenía usted mucha razón ayer. Ahora me doy
cuenta de que la pobre señora debería dejarse encerrar en la cárcel por
algunos días. Pero, ¿qué entienden las mujeres de finanzas? Cuando los
acreedores de la señora supieron que había vuelto a su casa, se
abalanzaron sobre nosotros como sobre una presa... Ayer por la tarde, a las
siete, señor, colocaron unos horribles anuncios que dicen que el sábado su
mobiliario se pondrá a la venta... Pero eso no es todo... La señora, que es
toda corazón, ha querido entretanto hacer un favor a aquel monstruo, ya
sabe usted.
—¿Gué monsdruo?
—Pues aquel a quien amaba, a ese D'Estourny. ¡Oh, era encantador! Le
gustaba jugar, ya está todo dicho.
—Jucapa gon las gardas margatas...
—¿Y usted, qué?... —dijo Europa—. ¿Qué hace usted en la Bolsa? Un día,
para evitar que Georges se saltara la tapa de los sesos (¡vaya usted a
creer!), llevó al Monte de Piedad toda su cubertería y sus joyas, que aún no
estaban pagadas. Al enterarse de que había entregado algo a un acreedor,
todos fueron y le cantaron las cuarenta... La amenazaban con la cárcel...
Imagínese usted a su ángel en un trago como éste... ¿No hay acaso como
para que se le pongan los pelos de punta? Rompió en sollozos y habló
incluso de que se echaría al río... ¡Y es muy capaz de ir!
—¡Si ahora foy a feria, atiós Polsa! —exclamó Nucingen—. Y es imbosiple
gue no joya, borgtie allí cañaré mucho tinero para ella... pede a galmarla:
bacará sus teutas; iré a feria a las guadro. Pero Ichénie, tile gue me ame un
bogo...
—¡Cómo un poco! ¡Mucho le ama a usted!... Mire, señor, no hay como la
generosidad para ganarse el corazón de una mujer... Seguramente que se
ahorraría usted quizás unos cien mil francos dejando que se la llevaran a la
cárcel. Pero nunca habría logrado usted su corazón... ¿Sabe usted lo que
me decía? "Eugénie, se ha portado maravillosamente, con toda
generosidad... ¡Es una persona excelente!"
—¿Ha ticho eso, Ichénie? —exclamó el barón.
—Sí, señor, a una servidora.
—Doma, aguí dienes tiez luises...
—Gracias... Pero en estos momentos está llorando desde ayer todo lo que
santa Magdalena hubiera llorado durante un mes... La que usted ama está al
borde de la desesperación, y a causa de unas deudas que no son suyas, por
añadidura. ¡Oh, los hombres! Engañan tanto a las mujeres como éstas
engañan a los viejos, ¡vamos!
—Dotas son icual!... ¡Gombromederse!... Nunga hay gue gombromederse...
Gue no firme nata más. Esda fez baco, bero si fuelfe a boner su firma en
álcún sidio... me...
—¿Qué haría usted? —dijo Europa en actitud de desafío.
—¡Dios mío! No denco nincún boter sopre ella... Foy a liprarla te dotas sus
goncojas... Pede, fede a gonsolarla, y a tecirle gue tendro te un mes fifirá en
un begueño balado.
—Señor barón, ha hecho usted unas inversiones que rinden muchos
intereses en el corazón de una mujer. Mire usted, le encuentro rejuvenecido,
yo que no soy más que sirvienta, y que he visto a menudo este mismo
fenómeno... Es la felicidad... y la felicidad se refleja de un modo u otro... Si
tiene algunos gastos, no lo lamente... ya verá lo que rinde. Además, ya se lo
he dicho a la señora: sería la peor de las peores, una arrastrada, si no le
mostrara a usted amor, porque la está usted salvando de un verdadero
infierno... Cuando ya no tenga preocupaciones, se dará usted cuenta de
quién es. Entre nosotros, ahora puedo contárselo, aquella noche que lloraba
tanto... ¡qué quiere usted!... siempre se siente apego por el hombre que va a
mantenerla a una... y no se atrevía a decirle todo esto... quería huir.
—¡Huir! —exclamó el barón, asustado por la idea—. ¡Lásdima te Polsa!
Fede, no foy a endrar... Bero haz gue se asome a la fendana... su imaquen
me tara ánimos...
Esther sonrió al señor de Nucingen cuando éste pasó por delante de la
casa; se marchó de allí pesadamente, diciéndose a sí mismo: "¿Es un
ánquel!"
Obsérvese de qué manera había procedido Europa para lograr este
resultado inverosímil. Hacia las dos y media Esther se acababa de vestir
como cuando esperaba a Lucien, estaba deliciosa; viéndola así, Prudence le
dijo, mirando a la ventana: "¡Ahí está el señor!" La pobre muchacha se
abalanzó creyendo que vería a Lucien, y se encontró con Nucingen.
—¡Oh, qué daño me haces! —dijo ella. —No había otra manera de lograr
que hiciera usted como si se tomara interés por un pobre anciano que va a
pagar sus deudas —respondió Europa—, porque por fin las pagará todas.
—¿Qué deudas? —exclamó la muchacha, que no pensaba más que en
retener a su amor, arrancado de su lado por unas manos terribles.
—Las que el señor Carlos le hizo a la señora. —¡Cómo! ¡Pero si eran ya
cerca de cuatrocientos cincuenta mil francos! —exclamó Esther.
—Todavía quedan ciento cincuenta mil francos; pero el barón se lo ha
tomado muy bien... va a sacarla de aquí y a instalarla en un begueño
balado... ¡La verdad, no puede usted quejarse!... Si yo estuviera en el lugar
de usted, dado que lo tiene usted muy bien ogido, después de haber dado
satisfacción a Carlos, intentaría conseguir del viejo una casa y algunas
rentas. La señora es sin ninguna duda la mujer más hermosa que jamás
haya visto, y la más atractiva; pero ¡la fealdad llega tan de prisa! Yo tuve
belleza y lozanía, y ahora ya lo ve... Tengo veintitrés años, casi la misma
edad que la señora y parezco diez años más vieja. Basta una enfermedad...
A lo que iba: cuando se posee una casa en París y una renta, no hay miedo
a terminar en la calle.
Esther ya no escuchaba a Europa-Eugénie-Prudence Servien. La voluntad
de un hombre poseído por el genio de la corrupción estaba hundiendo en el
fuego a Esther con la misma fuerza con que la había sacado de él. Los que
conocen el amor en su dimensión infinita saben que no se pueden
experimentar sus goces sin aceptar el peso de sus virtudes. Después de la
escena del tugurio de la calle Langlade, Esther había olvidado por completo
su vida anterior. Hasta entonces había vivido muy virtuosamente,
enclaustrada en su pasión. El hábil corruptor, para no hallar obstáculos,
tenía el talento de disponerlo todo dé tal manera que la pobre muchacha,
movida por su abnegación, no tuviera más remedio que dar su
consentimiento a las bribonadas que le proponía. Esta habilidad, reveladora
de la superioridad del corruptor, explicaba el éxito con que había sometido a
Lucien. El procedimiento consistía en crear terribles necesidades, cavar la
mina, rellenarla de pólvora, y, en el momento crítico, decir al cómplice: "Haz
un signo con la cabeza y todo saltará." En otro tiempo Esther, imbuida de la
moral propia de las cortesanas, consideraba tan naturales todos esos
agasajos, que valoraba a sus rivales en proporción" al gasto al que eran
capaces de obligar a un hombre. Las fortunas derrochadas son los
distintivos de estas mujeres. Carlos no se había equivocado al contar con los
recuerdos de Esther. Aquellas astucias y estratagemas, empleadas una y mil
veces tanto por parte de esas mujeres como por parte de los corruptores, no
impresionaban a Esther. Sólo afectaba a la pobre muchacha la degradación
en que iba a caer. Amaba a Lucien y se convertía en la querida titular del
barón de Nucingen: ahí radicaba para ella todo el asunto. Que el falso
español se embolsara el dinero conseguido con sus prendas, que Lucien
edificara su fortuna con las piedras del sepulcro de Esther, que una sola
noche de placer costara más o menos billetes de mil francos al anciano
banquero o que Europa consiguiera de éste algunos centenares de miles de
francos empleando trucos más o menos ingeniosos, nada de todo esto
preocupaba a la enamorada muchacha. Otro era el cáncer que le roía el
corazón. Durante cinco años se había mantenido pura como un ángel.
Amaba, era feliz y no había cometido la menor infidelidad. Este amor
hermoso y puro iba a ser manchado. En su mente no se formaba el
contraste entre su hermosa vida pasada y su futuro inmundo. No había en
ella cálculo ni poesía, sino que se limitaba a experimentar un sentimiento
indefinible pero infinitamente poderoso: de blanca, pasaba a ser negra; de
pura, pasaba a ser impura; de noble, pasaba a ser vil. Su propia voluntad la
había llevado a tener que asumir aquella contradicción, pero no le parecía
soportable la mancha moral. Por eso, cuando el barón la había. amenazado
con su amor, se le había ocurrido la idea de echarse por la ventana. En
suma, amaba a Lucien de un modo absoluto, de un modo tal que es muy
poco frecuente en el amor que las mujeres tributan a los hombres. Las
mujeres que dicen querer, y que a menudo creen querer muchísimo, bailan y
coquetean con otros hombres, se engalanan para los demás y van en busca
de miradas codiciosas; en cambio, Esther había llevado a efecto los milagros
del amor sin ningún sacrificio. Había amado a Lucien durante seis años del
modo como aman las actrices y cortesanas que, después de revolcarse en
el fango y en la impureza, ansian la nobleza y la abnegación del amor
verdadero, y son capaces entonces de vivirlo en exclusividad (¿no habría
que inventarse alguna palabra para designar una actitud como ésta, que tan
raramente se pone en práctica?). Los pueblos de la Antigüedad, como
Grecia, Roma y el Oriente han se— w cuestrado siempre a la mujer; la mujer
que ama tendría que secuestrarse siempre a sí misma. Es fácil comprender
que al abandonar el palacio fantástico en que se había desarrollado aquella
fiesta, aquel poema, para penetrar en el begueño balado de un frío anciano,
Esther se sintiera sobrecogida por una especie de enfermedad moral. Como
había sido empujada por una mano de hierro, se había ido sumergiendo en
—la infamia hasta medio cuerpo antes de poder reflexionar; pero desde
hacía un par de días se había dado a reflexionar y sentía en su corazón un
frío mortal.
Al oír aquellas palabras: "terminar en la calle", se levantó bruscamente y
dijo:
—¿Terminar en la calle?... No, antes acabar en el Sena...
—¿En el Sena?... ¿Y el señor Lucien?... —dijo Europa.
Bastaron estas palabras para que Esther volviera a sentarse en su sillón,
donde permaneció con la mirada fija en una roseta de la alfombra,
conteniendo el llanto.
A las cuatro, el barón de Nucingen encontró a su ángel sumido en ese mar
de reflexiones y de resoluciones sobre el que flotan los espíritus hembras y
del cual sólo emergen mediante ciertos balbuceos incomprensibles para
quienes no han navegado sobre sus olas.
—T esfrunza el ceño..., hermosa mía —le dijo el barón, sentándose a su
lado—. Ya no dentrá más teutas..., me arreclaré gon Ichénie y tendro te un
mes se marchará usdet te esde biso y se insaculará en un begueño
balacio... ¡Oh, gué mano dan hermosa! Téjemela goquer. —Esther dejó que
le cogiera la mano como perro que da su patita—. ¡Ahí, me ta usdet la mano,
bero no el gorazón, y es el gorazón lo que yo guiero...
Lo dijo con tal autenticidad de expresión, que la pobre Esther volvió su
mirada hacia el anciano con una expresión ide piedad que casi le volvió loco.
Los enamorados, como los mártires, se sienten hermanados en los suplicios.
No hay nada en el mundo mejor para entenderse que dos dolores
semejantes.
—¡Pobre hombre! —dijo Esther—. Me ama.
Al oír estas palabras, que interpretó mal, el barón palideció, su sangre
chispeó en sus venas; le parecía respirar el aire celestial. A su edad, los
millonarios pagan una sensación como aquélla con todo el oro que les
pueda pedir una mujer.
—La guiero dando gomo a mi hija... —dijo—, y siendo aguí —prosiguió,
poniéndose la mano en el corazón— gue lo únigo gue guiero es feria veliz.
—Si no quisiera usted ser más que un padre para mí, le querría a usted
mucho, jamás le abandonaría, y podría darse cuenta de que no soy una
mujer mala, ni venal, ni interesada, como aparento en estos momentos...
—Ha gomedito usdet begueñas loguras —repuso el barón— gomo dotas
las muqueres hermosas, eso es doto. No haplemos más te esdo. Mi oficio es
cañar tinero bara usdet... Sea veliz: gonsiendo en ser su batre turande
alcunos tías, ya endiento gue diene usdet gue agosdumprarse a mi bopre
osamenda.
—¿De veras? —exclamó, levantándose y sentándose sobre las rodillas de
Nucingen, pasándole el brazo tras el cuello y apretándose contra él.
—Te feras —contestó él, esforzándose por sonreír.
Le besó en la frente y creyó en una transacción imposible: permanecer pura
y ver a Lucien... Acarició con tanta destreza al banquero, que reapareció en
ella la Torpille. Embrujó al viejo, que le prometió seguir comportándose como
un padre durante cuarenta días. Estos cuarenta días eran necesarios para la
adquisición y el arreglo de la casa de la calle Saint-Georges. Cuando estaba
ya en la calle, de vuelta hacia su casa, el barón pensaba: "¡Soy un papiega!"
Efectivamente, mientras que en su presencia se achicaba como un niño, al
alejarse de ella se revestía de nuevo su piel de Lobo Cerval, igual como el
jugador que volvía a amar a Angélica cuando se quedaba sin un chavo.
"Metió millón y esdar dotafía gon ésdas, eso es ser muy dondo; suerde gue
natie saprá nata", se decía veinte días después.
Y tomaba muy firmes resoluciones respecto a una mujer que le había
costado tan cara; pero cuando volvía a estar en presencia de Esther,
dedicaba todo el tiempo que pasaba con ella a restañar la brutalidad de sus
primeros gestos. Al cabo de un mes le decía:
—No bueto ser el Batre Ederno.
Hacia finales del mes de diciembre de 1829, justo antes de instalar a Esther
en la pequeña mansión de la calle de Saint-Georges, el barón rogó a Du
Tillet que llevara allí a Florine para que comprobara si todo estaba de
acuerdo con la fortuna de Nucingen, y si los artistas encargados de hacer
que la pajarera resultara digna del ave que tenía que cobijar habían
cumplido con su cometido. Todos los hallazgos del lujo anteriores a la
revolución de 1830 se daban cita en aquella casa hasta hacer de ella un
prototipo de buen gusto. El arquitecto Grindot consideraba que era su obra
maestra como decorador. La escalinata de mármol, los estucos, los
tapizados y los dorados, distribuidos con sobriedad, los menores detalles y
los grandes efectos superaban todo cuanto se conserva en París del siglo de
Luis XV.
—Éste es mi sueño: ¡esto y la virtud! —dijo Florine, sonriendo—. Y ¿para
quién haces todo este gasto? —preguntó a Nucingen—. ¿Se trata de alguna
virgen que ha caído del cielo?
—Es una muquer gue juelje a supir al cielo —respondió el barón.
—Es una manera, para ti, de hacerte el Júpiter —repuso la actriz—. Y
¿cuándo se la podrá ver?
—¡Oh! El día en que se celebre el estreno de la casa —dijo Du Tillet.
—Teste hueco, no será andes te ese tía... —dijo el barón.
—Habrá que cepillarse, pulirse, engalanarse —prosiguió Florine—. ¡Vaya!
¡Todas las mujeres se pondrán muy exigentes con sus modistas y
peluqueros para esa velada!... ¿Y cuándo será?...
—Yo no soy el tueño.
—¡Vaya una mujer!... —exclamó Florine—. ¡Cuánto me gustaría
conocerla!...
—Y a mí —añadió ingenuamente el barón.
—¿Así que casa, mujer y muebles, todo será nuevo?
—También lo será el banquero —dijo Du Tillet—; mi querido amigo me
parece muy rejuvenecido.
—Le hará falta volver a sus veinte años, al menos por unos instantes —dijo
Florine.
Durante los primeros días de 1830 todo el mundo en París hablaba de la
pasión de Nucingen y del lujo desenfrenado de su casa. El pobre barón,
puesto en evidencia y ridículizado, fue presa de una ira fácil de comprender
y concibió una voluntad de financiero que se armonizaba con la furiosa
pasión que abrigaba en el corazón. Deseaba, con ocasión del estreno de la
casa, poder desprenderse de sus ropas de padre noble y cobrar el precio de
tantos sacrificios. Como la Torpille siempre le vencía, decidió tratar el asunto
de su casamiento por correspondencia, con objeto de obtener por parte de
ella un compromiso quirógrafo. Los banqueros no creen más que en las
letras de cambio. Así pues, el Lobo Cerval se levantó un día muy temprano,
a comienzos del mencionado año, se encerró en su despacho y se puso a
escribir la siguiente carta, escrita en buen francés, ya que, aun cuando lo
pronunciara mal, lo escribía muy bien.
"Estimada Esther, flor de mis pensamientos y única felicidad de mi vida,
cuando le dije que la amaba como a mi hija, la engañaba a usted y me
engañaba a mí mismo. Sólo quería expresarle la santidad de mis
sentimientos, que no se parecen a los que suelen experimentar los hombres,
primeramente porque soy ya un anciano y luego porque jamás había vivido
el amor. La quiero tanto, que aunque me costara mi fortuna entera, no por
ello dejaría de amarla. Sea usted justa. La mayoría de los hombres no
habrían visto en usted a un ángel, como he visto yo: jamás he tenido en
cuenta su pasado. La amo a la vez como a mi hija Augusta, que es mi única
hija, y como querría a mi mujer si ella hubiera sido capaz de amarme.
Suponiendo que la felicidad sea la única absolución de un anciano
enamorado, piense por un momento en el ridículo papel que estoy
desempeñando. La he convertido a usted en el consuelo y en la alegría de
mis últimos días. Ya sabe que hasta el día de mi muerte será usted todo lo
feliz que pueda serlo una mujer, y que después de mi muerte será lo
bastante rica como para despertar la envidia de muchas mujeres. De todos
los negocios que hago desde que tuve la dicha de hablarle, una parte es
para usted, tiene usted una cuenta abierta en la casa Nucingen. Dentro de
unos pocos días va a entrar usted en una mansión que será suya, tarde o
temprano, si es de su agrado. ¿Seguirá viendo en mí a su padre cuando me
reciba en ella, o seré por fin feliz?... Perdóneme que le escriba con tanta
claridad; pero cuando estoy cerca de usted, pierdo el valor y siento con
demasiada fuerza que es usted mi dueña y señora. No tengo intención de
ofenderla, sólo quiero decirle cuánto sufro y lo cruel que resulta, a mi edad,
la espera, cuando cada día que pasa me arrebata algunas esperanzas y
algunos placeres más. La delicadeza de mi comportamiento es, por otra
parte, una garantía de la sinceridad de mis intenciones. ¿He actuado alguna
vez como un acreedor? Usted es como una ciudadela, y yo ya no soy ningún
joven. A mis quejas responde usted que se trata de su vida misma, y me lo
hace creer cuando la escucho; pero luego quedo sumido en un profundo
pesar y en unas dudas que nos deshonran a ambos. Siempre me ha
parecido usted tan buena y cándida como hermosa; pero parece empeñarse
en destruir mis convicciones. Juzgúelo usted misma. Me dice que tiene una
pasión en el alma, una pasión despiadada, y se niega a darme el nombre de
aquel a quien ama... ¿Le parece natural? Ha convertido a un hombre
bastante fuerte en un hombre de una debilidad inaudita... ¿Se da cuenta
hasta dónde he llegado? ¿Verme obligado a preguntarle qué porvenir le
reserva usted a mi pasión después de cinco meses? Aún tengo que saber
qué papel me tocará desempeñar en la inauguración de su palacete. El
dinero no es nada para mí cuando se trata de usted; no voy a hacer la
tontería de exhibir ante usted tal desprecio para destacar el mérito que
representa; pero, si bien mi amor no tiene límites, mi fortuna sí los tiene, y mi
único interés por ella radica en usted. Pues bien, si dándole todo cuanto
poseo pudiera lograr su afecto, preferiría tener su amor, aunque fuera pobre,
que ser rico pero desdeñado por usted. Me ha transformado tanto, mi
querida Esther, que nadie me reconoce: he pagado diez mil francos por un
cuadro de Joseph Bridau, porque usted me dijo que era un talento
incomprendido. En fin, a todos los pobres a quienes encuentro les doy cinco
francos en nombre de usted. Pues bien, ¿qué pide el pobre anciano que se
siente deudor de usted cada vez que le hace usted el honor de aceptar la
más pequeña nimiedad?... Tan sólo quiere una esperanza, ¡y qué
esperanza, Dios mío! ¿No es acaso la certeza de no recibir de usted más
que lo que mi pasión reclamará? El fuego de mi corazón fomenta sus
crueles engaños. Heme aquí dispuesto a aceptar todas las condiciones que
pueda usted poner a mi felicidad, a mis escasos placeres; pero por lo menos
dígame que el día en que tome posesión de su casa, aceptará usted el
corazón y la servidumbre del que, para el resto de sus días, se considerará
su esclavo.
"Fréderic de Nucingen."
—¡Oh, ya estoy harta de ese saco de billetes! —exclamó Esther, que volvía
a ser cortesana.

Cogió papel de carta y escribió tantas veces como cabía en él la famosa


frase: Quédese con mi oso, que se ha hecho proverbial en honor de Scribe.
Un cuarto de hora después, llena de remordimiento, Esther escribió la
siguiente carta:

"Señor barón:
"No dé ninguna importancia a la carta que le he mandado y que era fruto de
un retorno momentáneo a mi loca juventud; perdone, pues, a una muchacha
que debiera ser una esclava. Nunca había sentido tanto la bajeza de mi
condición como desde el día en que fui entregada a usted. Usted ha pagado,
me debo a usted. No hay nada tan sagrado como las deudas del deshonor.
No tengo derecho a liquidar echándome al Sena. Siempre se puede pagar
una deuda en esta repugnante moneda que sólo es buena por un lado, de
modo que me hallará usted a sus órdenes. Quiero pagar en una sola noche
todas las sumas que están hipotecadas sobre aquel instante fatal, y tengo la
certidumbre de que una hora conmigo vale millones, con tanto mayor motivo
cuanto que será la única, y la última. Después ya habré cumplido y podré
abandonar la vida. Una mujer honesta tiene alguna posibilidad de
recuperarse tras una caída; nosotras, en cambio, caemos demasiado bajo.
De modo que mi decisión está tomada con tal firmeza, que le ruego
conserve esta carta como testimonio de los motivos de la muerte de la que,
por un día, se reconoce
"Su humilde servidora,
"Esther."

Después de mandar esta carta, Esther sintió haberla escrito. Diez minutos
más tarde, escribía una tercera carta, cuyo texto era el siguiente:

"Perdóneme, estimado barón, vuelvo a ser yo. No quise burlarme de usted


ni herirle; sólo quiero que reflexione en esta cosa tan sencilla: si seguimos
juntos manteniendo las relaciones de padre a hija, tendrá usted un goce
tenue, pero duradero; en cambio, si exige la ejecución del contrato, tendrá
que llorarme. No quiero molestarle ya más: el día en que usted elija el placer
en lugar de la felicidad, será el último de mi vida.
"Su hija,
"Esther."

Al recibir la primera carta, el barón fue presa de una de esas iras frías que
pueden dar al traste con los millonarios; se miró a un espejo y tocó el timbre.
—¡Un paño te bies!... —dijo a su nuevo ayuda de cámara.
Mientras estaba tomándose el baño de pies, llegó la segunda carta; la leyó y
perdió el conocimiento. Lo llevaron a su cama. Cuando el financiero volvió
en sí, la señora de Nucingen estaba sentada a los pies de la cama.
—¡Esta muchacha tiene razón! —le dijo—. ¿Por qué quieres comprar el
amor?... ¿Acaso es una mercancía que pueda encontrarse en el mercado?
A ver la carta que le has mandado.
El barón le dio varios borradores que había hecho, y la señora de Nucingen
los leyó sonriendo. Llegó la tercera carta.
—¡Es una muchacha sorprendente! —exclamó la baronesa tras haber leído
esta última carta.
—¿Gué tepo hacer? —preguntó el barón a su esposa.
—Esperar.
—¡Esberar!—replicó—. Za naduraleza es imblagaple... —Mira, amigo mío
—dijo la baronesa—, me estás resultando una excelente persona y voy a
darte un buen consejo.
—¡Eres una puena muquer! —dijo—. Gómprate lo gue guieras, ya de lo
bacará...
—Lo que te ha ocurrido al recibir las cartas emociona más a una mujer que
todos los millones que se pueda uno gastar en ellas, o que todas las cartas
que se le puedan enviar, por hermosas que sean; procura que se entere
indirectamente de ello, y... ¡probablemente la consigas! Y... no tengas ningún
escrúpulo, que no se morirá por eso —dijo, mirando de arriba abajo a su
marido.
La señora de Nucingen ignoraba por completo lo que es una muchacha de
la vida.
"¡Gué inquenio diene la señora te Nisinquen!", pensó el barón al quedarse
solo.
Pero cuanto más admiraba la finura del consejo que le acababa de dar la
baronesa, tanto más difícil le parecía llevarlo a la práctica; no sólo se sentía
estúpido, sino que se lo repetía a sí mismo.
La estupidez de la gente de dinero, aunque sea casi pro verbial, no es, sin
embargo, más que relativa. Con las facultades de nuestro espíritu ocurre lo
que con las aptitudes del cuerpo. La fuerza del bailarín reside en sus pies, la
del herrero en el brazo; el mozo de cuerda se ejercita para llevar paquetes,
el cantante adiestra su laringe y el pianista se refuerza la muñeca. El
banquero se acostumbra a combinar los negocios, a examinarlos, a mover
unos y otros intereses —como un sainetista que mueve y combina las
diferentes situaciones y personajes—. Así como al matemático no se le
puede exigir la imaginación del poeta, tampoco al barón de Nucingen se le
puede pedir ingenio en la conversación. ¿Cuántos poetas pueden contarse
en cada época que sean prosistas o que sepan desenvolverse en los
asuntos de la vida, ¡como la señora Cornuel? Buffon era torpe. Newton no
co— noció el amor, Byron sólo conoció el amor de sí mismo, Rousseau fue
taciturno y casi loco, La Fontaine era un distraído. Cuando está repartida
uniformemente, la energía humana engendra la estupidez o la mediocridad
en todas partes; cuando no lo está, da lugar a esos seres deformes a los que
se llama genios, cuyos méritos, si fueran visibles, parecerían deformidades.
El cuerpo se rige por la misma ley: la perfecta belleza va casi siempre
acompañada de frialdad o estupidez. El hecho de que Pascal fuera a la vez
un gran geómetra y un gran escritor, que Beaumarchais fuera un gran
hombre de negocios y Zamet un cortesano de profunda inteligencia,
constituyen raras excepciones que confirman el principio de la peculiaridad
de las inteligencias. En la esfera de los cálculos especulativos, el banquero
despliega, pues, tanto ingenio, tanta habilidad, tanta agudeza y tantas
cualidades como las que puede mostrar un diplomático en la de los intereses
nacionales. Si una vez fuera de su despacho el banquero siguiera
mostrando talento, sería entonces un gran hombre. Nucingen multiplicado
por el príncipe de Lig-ne, por Mazarino o por Diderot es una fórmula humana
casi imposible, y que, sin embargo, se ha dado, bajo los nombres de
Pericles, Aristóteles, Voltaire y Napoleón. La irradiación del sol imperial no
ha de ocultar al hombre privado; el emperador tenía su encanto, era instruido
e ingenioso. El señor de Nucingen, meramente banquero, carente de toda
imaginación para lo que no fueran sus cálculos —como la mayor parte de los
banqueros—, no creía más que en los valores ciertos. En cuestiones de arte
tenía el buen sentido de recurrir, dinero en mano, a los expertos en cada
cosa particular; recurrir al mejor arquitecto, al mejor cirujano, al mejor
conocedor de cuadros o esculturas o al abogado más eficaz en cuanto se
trataba de edificar una casa, de cuidar por la salud o de adquirir alguna
antigüedad o alguna finca. Pero como que no existen peritos en intrigas, ni
expertos en pasiones, los banqueros están en mala situación cuando aman,
y se ven muy apurados en el manejo de las mujeres. Nucingen no descubrió
nada nuevo y siguió haciendo lo de siempre: dar dinero a un Frontín
cualquiera, macho o hembra, para que actuara y pensara en su lugar. La
señora Saint-Estève era la única que podía explotar el medio ideado por la
baronesa. El banquero sintió profundamente haberse enfadado con la
odiosa vendedora. No obstante, confiando en el magnetismo de su caja
fuerte y en los calmantes que llevan la firma de Garati, llamó a su ayuda de
cámara y le ordenó que preguntara en la calle Neuve-Saint-Marc por aquella
horrenda vieja, y le rogara que acudiera a su casa. En París, los extremos se
tocan gracias a las pasiones. El vicio reúne perpetuamente al rico con el
pobre, al grande con el pequeño. La emperatriz consulta a la señorita
Lenormand. Por último, el gran señor encuentra siempre algún
Ramponneau, de siglo en siglo.
El nuevo ayuda de cámara regresó un par de horas después.
—Señor barón —dijo—, la señora Saint-Estève está en la ruina.
—¡Mecor gue mecor! —exclamó alegremente el barón—. Así la dentré
goquita...
—La buena señora, por lo que parece, es algo aficionada al juego —
prosiguió el servidor—. Además, está bajo la férula de un comediante, sin
demasiada importancia, de los teatros de las afueras, al que hace pasar por
su ahijado, para guardar las formas. Parece ser que se trata de una
excelente cocinera y busca colocación.
"Esdos temonios te quenios supaldernos dienen dotos mil maneras te cañar
tinero y tiez mil te casdarlo", pensó el barón, sin sospechar que coincidía con
Panurge.
Volvió a mandar a su criado en busca de la señora Saint-Estève, que no
compareció hasta la mañana siguiente. Al ser interrogado por Asia, el nuevo
ayuda de cámara comunicó a este espía hembra los terribles resultados de
las cartas escritas por la amante del señor barón.
—El señor debe de querer muchísimo a esta mujer —dijo el criado para
terminar—, porque estuvo a punto de morir. Yo le aconsejo que no vuelva
con ella, que le engatusará. ¡Una mujer que, según dicen, ya ha costado al
barón quinientos mil francos, sin contar lo que se acaba de gastar en la casa
de la calle Saint-Georges!... Esa mujer lo que quiere es dinero y nada más
que dinero. Cuando salía de la habitación del señor, la señora baronesa
decía riendo: "Si esto continúa, esta muchacha va a dejarme viuda."
—¡Demonio! —respondió Asia—. ¡No hay que matar nunca a la gallina de
los huevos de oro!
—El señor barón ya no confía más que en usted —dijo el ayuda de cámara.
—¡Oh, es que yo sé muy bien cómo hay que tratar a las mujeres!...
—Vamos, entre usted —dijo el ayuda de cámara, inclinándose ante aquella
potencia oculta.
—¿Qué hay? —dijo la falsa Saint-Estève, entrando humildemente en el
cuarto del enfermo—. ¿El señor barón tiene alguna pequeña contrariedad?
¡Qué le vamos a hacer! Todo el mundo tiene su punto débil. Yo también he
pasado desgracias. En dos meses la rueda de la fortuna ha girado
muchísimo para mi: ahí me tiene buscando una ocupación... Ni el uno ni el
otro hemos sido razonables. Si el señor barón quisiera colocarme como
cocinera en casa de la señora Esther, tendría en mí a la más abnegada de
las abnegadas, y podría serle de utilidad para vigilar á Eugénie y a la señora.
—No se drada te esdo —dijo el barón—. No gonsico tominar la siduación, y
me hace tar fueldas gomo...
—Como a una peonza —añadió Asia—. Usted ha hecho bailar a los demás,
ahora es ella la que le tiene a usted cogido y le está zurrando... ¡El cielo
hace justicia!
—¿Custicia? —dijo el barón—. No la he hecho fenir bara oír tiscursos te
moral...
—¡Vamos, hijo mío, un poco de moral no hace ningún daño! Para nosotros
es la sal de la vida, como el vicio para los devotos. Veamos, ¿ha sido usted
generoso? ¿Ha pagado sus deudas...?
—Sí —dijo el barón lastimosamente.
—Está bien. Ha desembargado sus cosas: mejor aún; pero reconozca que
no es bastante: no le da de que reír, y a estas muchachas les gusta
inflamarse...
—Le esdoy brebanto una sorbresa, en la galle Sainte-Chorche... Ella lo
sape... —dijo el barón—. Bero no guiero ser un belele.
—Pues déjela correr...
—Denco miedo te gue no guiera saper ya nata gonmico —exclamó el
barón.
—Y queremos que el dinero nos rinda, ¿verdad hijo mío?
—respondió Asia—. Escúcheme. ¡Hemos exprimido muchos millones de la
gente, amiguito! Dicen que tiene usted veinticinco. —El barón no pudo
reprimir una sonrisa—.
¡Pues bien! Tiene que soltar uno...
—Lo soldaría gon cusdo —respondió el barón—, bero dan brondo lo haya
tato, me betirán odro.
—Sí, ya lo entiendo —contestó Asia—, no quiere decir B por miedo a llegar
hasta la Z. Sin embargo, Esther es una muchacha honrada...
—¡Muy honrata! —exclamó el banquero—. Asebda gumblir lo bromedito,
bero gomo el gue baca una teuta.
—En suma, que no quiere ser su querida, que le repugna. Y lo comprendo,
la chica siempre ha obrado según sus caprichos. Cuando no se ha conocido
más que a jóvenes encantadores, una no presta demasiada atención a un
anciano... Y usted no es una belleza, que digamos; está tan gordo como Luis
XVIII, y algo atontado, como todos los que se ocupan de dinero.en lugar de
ocuparse de mujeres. En fin, si para usted no tienen importancia seiscientos
mil francos —dijo Asia—, yo me encargo de que sea para usted todo lo que
quiere que sea.
—iSeistsiendos mil vrangos!... —exclamó el barón con un ligero sobresalto
—. ¡Esder me esdá gosdanto ya un millón.
—La felicidad bien vale seiscientos mil francos, mi gran vicioso. En estos
tiempos se conocen hombres que se han gastado probablemente más de
uno y de dos millones con sus queridas. Sé incluso de mujeres que han
costado la vida a sus amantes y que los han llevado al patíbulo... ¿Recuerda
a aquel médico que envenenó a un amigo?... Quería apoderarse de su
fortuna para hacer feliz a una mujer.
—Sí, ya lo sé, bero aungue esdé enamorato, no soy dondo, aguí bor lo
menos, borgue guanta esdoy cundo a ella le endrecaria dotas mis riguezas...
—Escúcheme, señor barón —dijo Asia, adoptando una pose de Semíramis
—, ya le han exprimido a usted bastante. Tan cierto como que me llamo
Saint-Estève (en el comercio, se entiende), que me paso a su bando.
—¡Pient... De regombensaré...
—Ya lo creo, porque le he mostrado ya que sé vengarme. Además, sépalo
usted bien, papaíto —dijo, echándole una mirada espantosa—, tengo
medios para soplarle a la señora Esther cómo se apaga una vela. ¡Y
conozco a la mujer! Cuando le haya dado la felicidad, le será a usted aún
más necesaria de lo que es ahora. Usted me ha pagado, hubo que sacárselo
con pinzas, pero por fin aflojó el dinero. Yo, por mi parte, cumplí mis
compromisos, ¿verdad? Pues bien, mire, voy a proponerle un arreglo.
—Featnos.
—Me coloca usted de cocinera en casa de la señora, me contrata por diez
años, con un sueldo de mil francos, me paga los cinco primeros años por
anticipado (para usted, una menudencia). Una vez en casa de la señora,
lograré de ella las siguientes concesiones. Por ejemplo, le manda usted un
vestido delicioso de la tienda de la señora Auguste, que conoce los gustos y
las costumbres de la señora, y ordena usted que el obsequio llegue a las
cuatro de la tarde. Al volver de la Bolsa, sube usted a su casa y se van los
dos a dar un paseo por el Bosque de Bolonia. ¡Pues bien! Esta mujer
declara de esta manera que es la amante de usted, se compromete ante
toda la opinión de París... Cien mil francos... Entonces cena usted con ella
(sé cómo se preparan estas cenas); luego la lleva usted a algún espectáculo,
al Varietés, a un primer palco, y todo París dice entonces: "Ahí está ese viejo
pillo de Nucingen con su querida..." No me diga que no es halagüeño hacer
creer eso. Todo esto va comprendido en los primeros cien mil francos, y se
lo pongo a buen precio... En ocho días, siguiendo esta pauta, habrá
avanzado usted mucho.
—¡Hapré bacato cien mil vrahgos!...
—Durante la segunda semana —prosiguió Asia, sin que pareciera haber
oído aquella lastimosa frase— la señora, movida por aquel preámbulo, se
decidirá a dejar su pequeño piso y a instalarse en el palacio que usted le
ofrece. ¡Su querida Esther habrá vuelto a ver el mundo, habrá encontrado a
sus antiguas amigas, querrá brillar y hará los honores de su palacio! Es lo
lógico... ¡Otros cien mil francos! Usted está en su casa, Esther está
comprometida... es para usted. No queda más que una bagatela, que usted
convierte en lo principal, ¡viejo elefante! (¡Cómo abre los ojos, el monstruo!)
Pues bien, de esto me encargo yo. Cuatrocientos mil... ¡Ah!, y no te
preocupes, el dinero no lo sueltas hasta el día siguiente... ¿No es eso
probidad?... Tengo yo más confianza en ti

que tú en mí. Si convenzo a la señora para que se muestre en público como


amante de usted, para que se comprometa y para que acepte todo cuanto
usted le ofrezca, y quizás hoy mismo lo consiga, espero que me crea usted
capaz de conseguir que le franquee el paso del Gran San Bernardo. ¡Y que
no es fácil!... Hacer pasar su artillería es empresa tan ardua como la de
Napoleón cruzando los Alpes.
—¿Y bor gué?
—Porque tiene el corazón rebosante de amor, gratis, como decís vosotros,
los que sabéis latín —repuso Asia—. Cree ser una reina de Saba porque se
ha lavado con los sacrificios que ha tributado a su amante... ¡tonterías que
se meten esas mujeres en la cabeza! ¡Ay, hijo mío, hay que ser justo, qué
hermoso! Esta cuentista sería capaz de morirse de pena si le perteneciera a
usted, no me extrañaría; pero lo que a mí me da cierta esperanza, y se lo
digo para animarle, es que hay en ella un buen fondo de cortesana.
—Dienes el quenio te la gorrubción —dijo el barón, que escuchaba a Asia
con un profundo silencio y con admiración—, gomo yo el te las vinansas.
—¿Trato hecho, cariño? —repuso Asia.
—¡Acebdo cingüenda mil mangos en lucar te cien mil!... Y endrecaré
guiniendos mil el tía tesbués te mi driunvo.
—Bien, voy a ponerme manos a la obra —contestó Asia—. ¡Oh, ya puede
venir! —añadió respetuosamente—. El SEÑOR hallará a la SEÑORA suave
como el lomo de una gata, y dispuesta quizás a darle satisfacción.
—Fe, fe, muquer —dijo el banquero, frotándose las manos. Y después de
sonreír a la repugnante mulata, dijo para sus adentros: "¡Guánda razón
denco en dener dando tinero!"
Se levantó de la cama, se fue a su despacho y reemprendió las tareas de
sus negocios con el ánimo alegre.
Nada podía ser tan funesto para Esther como la resolución de Nucingen. La
pobre cortesana defendía su vida defendiéndose contra la infidelidad. Carlos
llamaba mojigatería a una defensa tan natural como ésta. Asia, con las
precauciones que requería el caso, fue a contar a Carlos la entrevista que
acababa de tener con el barón y todo el partido que había sacado de ella. La
ira de aquel personaje fue terrible como su carácter; inmediatamente se
trasladó, con las cortinas corridas, a casa de Esther, haciendo entrar el
coche en su interior. El falsario por partida doble, que aún estaba pálido
cuando subió, se presentó ante la muchacha; ésta estaba de pie y, al
mirarlo, se desplomó sobre un sillón como si le hubieran quebrado las
piernas.
—¿Qué le pasa, señor? —preguntó, temblando de pies a cabeza.
—Déjenos solos, Europa —dijo a la camarera.
Esther miró a la mujer con la mirada que un niño dirigiría a su madre al
verse separado de ella por un asesino que se dispusiera a matarlo.
—¿Sabe adonde va usted a mandar a Lucien? —dijo Carlos cuando estuvo
a solas con Esther.
—¿Adonde?... —preguntó con voz débil, aventurándose a mirar a su
verdugo.
—Al lugar de dónde yo vengo, preciosidad.
Mirando a aquel hombre, se le subió la sangre a la cabeza.
—A galeras —añadió en voz baja.
Esther cerró los ojos, estiró las piernas, los brazos le quedaron colgando y
quedó blanca como el papel. El hombre llamó y acudió Prudence.
—Haz que vuelva en sí —dijo fríamente—, aún no he terminado.
Mientras esperaba, se paseó por el salón. Prudence-Europe se vio obligada
a pedir al señor que llevara a Esther a la cama; la cogió con una faciildad
que ponía de manifiesto su fuerza atlética. Hubo que ir a buscar un
medicamento muy enérgico para devolver el sentido a Esther. Una hora más
tarde, Esther estaba en condiciones para escuchar a aquel ser de pesadilla,
que estaba sentado al pie de la cama, con unos ojos de mirada fija y
deslumbrante como dos surtidores de plomo fundido.
—Dulce corazoncito —siguió diciendo—, Lucien se halla entre una vida
esplendorosa, llena de honores, digna y feliz, y el foso lleno de agua, fango y
piedras en que iba a tirarse cuando yo me lo encontré. La casa de Grandlieu
exige al muchacho una finca de un millón como condición para conseguirle
el título de marqués y para cederle esa gran percha que se llama Clotilde,
con cuya ayuda subirá al poder. Gracias a nosotros dos, Lucien acaba de
adquirir la casa solariega materna, el viejo palacio de Rubempré, que no ha
costado demasiado, sólo treinta mil francos; pero su procurador, gracias a
algunas afortunadas negociaciones, ha conseguido añadir a aquel terreno
propiedades por valor de un millón por las que hemos pagado trescientos mil
francos. El palacio, los gastos y las recompensas que hemos tenido que dar
a los que se han prestado para disfrazar la operación ante la gente del lugar,
se han llevado todo lo demás. Es cierto que tenemos invertidos cien mil
francos, que dentro de unos meses valdrán de dos a trescientos mil francos;
pero seguirá quedando una deuda de cuatrocientos mil francos... Dentro de
tres días, Lucien regresa de Angulema, adonde ha ido para que no se
sospeche que ha hallado su fortuna cardando sus colchones...
—¡Oh, no! —exclamó ella, alzando sus ojos con un movimiento sublime.
—Ahora le pregunto: ¿es éste el momento de asustar al barón? —dijo con
toda tranquilidad—; ¡estuvo usted a punto de matarlo anteayer! Se desmayó
como una mujer al leer su segunda carta. Tiene usted un estilo muy gallardo,
y le felicito por ello. Si se hubiera muerto el barón, ¿qué habría sido de
nosotros? Cuando Lucien salga de Saint-Thomas-d’Aquin siendo yerno del
duque de Grandlieu, si quiere usted echarse al Sena... le ofreceré incluso la
mano, querida mía, para que hagamos juntos el chapuzón. Es una manera
como otra de acabar. Pero reflexione un poco. ¿No sería mejor vivir,
pensando en todo momento: "Toda esta esplendorosa fortuna, toda esta feliz
familia...?" Porque tendrá hijos, ¡hijos!... (¿ha pensado alguna vez en el
placer de acariciar los cabellos de sus hijos?)
Esther cerró los ojos y se estremeció suavemente.
—Pues bien, viendo el edificio de esta felicidad, podrá decirse a sí misma:
"¡Es obra mía!"
Se produjo una pausa, durante la cual aquellos dos seres se miraron.
—Esto es lo que he pretendido hacer con un desesperado que se echaba al
agua —siguió Carlos—. ¿Soy un egoísta? ¡Así es como se ama! Esta
abnegación sólo se ofrece a los reyes; pero yo ¡he hecho rey a mi Lucien!
Aunque me encadenaran para el resto de mis días en mi antiguo presidio,
me quedaría tranquilo pensando: " Está en el baile, está en la corte." ¡Mi
alma y mi pensamiento triunfarían, mientras que mis despojos caerían bajo
las garras de algún cabo de vara! ¡Es usted una hembra miserable, ama
usted como una hembra! ¡Pero el amor, en una cortesana, tendría que ser,
como en todas las demás criaturas degradadas, un medio de convertirse en
madre, un medio de superar la infecundidad impuesta por la naturaleza! Si
alguna vez se descubriera que bajo el manto del padre Carlos Herrera se
oculta el proscrito que yo era antes, ¿sabe lo que haría para no
comprometer a Lucien?
Esther esperó la respuesta con una especie de ansiedad.
—Pues —añadió tras, una breve pausa—, moriría como los negros,
tragándome la lengua. Y usted, con sus remilgos, me está poniendo al
descubierto. ¿Qué le había pedido?... Que volviera a ponerse los vestidos de
la Torpille por seis meses, por seis semanas, y que hiciera uso de ellos para
sablear un millón... ¡Lucien jamás la olvidará! Los nombres no olvidan al ser
cuyo recuerdo es evocado por la felicidad de que se goza todas las
mañanas al despertarse en medio de las riquezas, Lucien vale más que
usted... Empezó queriendo a Coralie, y ella muere, bien; no tenía con qué
pagarle el entierro, pero no hizo lo que ha hecho usted hace un momento, no
se desmayó, aunque es un poeta; escribió seis alegres canciones, de las
que sacó trescientos francos, que le permitieron pagar el entierro de Coralie.
Tengo estas canciones, me las sé de memoria. Pues, ¡vamos! ¡Componga
usted sus canciones, póngase alegre y caprichosa, sea irresistible e
insaciable!... ¿Me ha oído? No me obligue a seguir hablando... Déle un beso
a papá. Adiós...
Cuando Europa, media hora después, entró en la habitación de su ama, la
halló arrodillada ante un crucifijo, en la postura que el más religioso de todos
los pintores atribuyó a Moisés ante la tumba de Horeb, para expresar su
profunda y absoluta adoración a Jehová. Tras haber rezado sus últimas
oraciones, Esther renunciaba a su hermosa vida, al honor que se había
creado, a su gloria, a sus virtudes y a su amor. Se levantó.
—¡Oh, señora, nunca volverá a estar como ahora! —exclamó Prudence
Servien, estupefacta ante la sublime belleza de su ama, y colocó el espejo
de manera que Esther pudiera contemplarse.
Sus ojos retenían aún algo del alma que huía hacia el cielo. Su faz de judía
estaba resplandeciente. Sus cejas, empapadas de lágrimas que había
absorbido el fuego de la oración, parecían un follaje tras una lluvia de
verano; el sol del amor puro las hacía brillar por última vez. Los labios
conservaban como una expresión de sus últimas invocaciones a los ángeles;
sin duda se había hecho acreedora de la palma del martirio ofreciéndoles su
vida sin mácula. En fin, tenía la majestad que debió de brillar en el rostro de
María Estuardo «v3 en el momento en que dijo adiós a su corona, a la tierra
y al amor.
—Me hubiera gustado que Lucien me viera así —dijo, exhalando un suspiro
contenido—. Ahora —añadió con una voz vibrante—, vamos a hacer
comedia...
Al oír aquellas palabras, Europa quedó boquiabierta, como si hubiera oído
blasfemar a un ángel.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras como si tuviera capullos en la boca en
lugar de dientes? Ya no soy más que una criatura infame e inmunda, una
ladrona, una mujer de la vida, y espero al caballero. De modo que pon agua
a calentar y prepárame el baño. Son cerca de las doce, el barón vendrá
seguramente después de la Bolsa, mandaré decirle que le espero y
encargaré a Asia que le prepare una comida de primera, quiero volver loco a
ese hombre... Venga, vamos, vamos, mujer... Vamos a reírnos, es decir,
vamos a trabajar.
Se sentó a su mesa y escribió la siguiente carta:
"Amigo mío, si la cocinera que me ha mandado usted no hubiera estado
nunca a mi servicio, habría creído que la intención de usted era hacerme
saber cuántas veces se desvaneció anteayer al recibir mis tres billetes.
(¿Cómo decírselo? Estaba muy nerviosa aquel día porque estuve
recordando los detalles de mi lamentable existencia.) Pero conozco la
sinceridad de Asia. Así pues, ya no me arrepiento de haberle causado
alguna pena, ya que ha servido para convencerme hasta qué punto me ama
usted. Así somos nosotras, pobres muchachas despreciadas: un afecto de
verdad nos llega mucho más al alma que el vernos agasajadas con enormes
riquezas. Siempre he tenido miedo de ser para usted la percha donde
pretendía exhibir sus vanidades. Me molestaba no ser para usted más que
esto. Sí, a pesar de sus protestas, tenía la impresión de que me tomaba
usted por una mujer comprada. Pues bien, a partir de ahora siempre seré
buena con usted, con la condición de que me obedezca siempre un poco.
Pruébeme usted que esta carta puede sustituir las recetas de los médicos
viniéndome a ver a la salida de la Bolsa. Encontrará usted engalanada con
todos sus obsequios a la que se declara, para toda su vida, su máquina de
placer,
"Esther."
En la Bolsa, el barón de Nucingen estuvo tan animado, tan alegre y tan
complaciente, se permitió tantas bromas, que Du Tillet y Keller, que allí
estaban, no pudieron reprimir los deseos de preguntar la razón de su
hilaridad..
—Me ama... Brondo inaucuramos la gasa —dijo a Du Tillet.
—¿A cuánto le resulta eso? —le espetó bruscamente Franepis Keller, a
quien la señora Colleville, según decían, le costaba veinticinco mil francos al
año.
—Esda muquer, gue es un ónquel, camas me ha betito nata.
—Esto no se hace nunca —le contestó Du Tillet—. Es para no tener que
pedir nunca nada por lo que se atribuyen muchas tías o madres.
Desde la Bolsa hasta la calle Taitbout, el barón dijo siete veces al cochero:
—¡Temasiato tesbacio, hostique más al gapallo!...
Subió ágilmente la escalera y encontró por vez primera a su amante con
aquella hermosura que caracteriza a las muchachas cuya única ocupación
es el cuidado del cuerpo y del vestir. Recién salida del baño, la flor estaba
fresca y perfumada de tal modo que habría despertado el deseo de Robert
d'Arbrissel. Esther se había vestido deliciosamente. Llevaba una levita
negra, adornada con pasamanería de seda rosa, sobre una falda gris de
raso, es decir, el traje que había de llevar más adelante la hermosa Amigo
en I Puritani. Una toquilla de punto inglés le caía sobre los hombros
jugueteando. Las mangas del vestido fruncidas por trencillas, según la nueva
moda que había sustituido a las antiguas mangas de jamón que habían
llegado a ser monstruosas. Esther se había apuntado con un alfiler sobre
sus magníficos cabellos un bonete de encaje, que parecía a punto de
caérsele y que daba a su peinado un cierto aire de desorden, si bien se
veían perfectamente las rayas blancas de su cabecita entre los surcos de
sus cabellos.
—¿No es una lástima ver a la señora tan hermosa en un salón tan
anticuado como éste? —dijo Europa al barón al abrirse la puerta del salón.
—Bues, féngase a la galle Sainte-Chorche —dijo el barón, quedándose
inmóvil como un perro de caza ante una perdiz—. El dicmbo es macnífigo,
nos bascaremos bor los Gampos Elíseos, y la señora Saint-Estéje e Ichénie
llejarán dotos sus jesditos, las gosas tel dogator y la gomita a la galle Saint-
Chorche.
—Haré todo lo que usted quiera —dijo Esther—, si me hace el favor de
llamar Asia a mi cocinera y Europa a Eugénie—. Son los sobrenombres que
he puesto a todas las mujeres que me han servido, desde las dos primeras
que tuve, y no me gustan los cambios...
—Asia, Euroba... —repitió el barón, riendo—. Gué tijerdita es usdet... gué
maquinación... Yo hapría gomito muchas gomitas andes te tar a una
gocinera el nompre te Asia.
—Nuestro oficio es ser divertidas —dijo Esther—. Vamos a ver, ¿acaso no
puede una muchacha hacerse alimentar por Asia y hacerse vestir por
Europa, cuando ocurre que usted vive a costa de todo el mundo? ¡Es un
mito, vaya! Hay mujeres que se comerían toda la tierra, mientras que a mí
me basta con la mitad. ¡Eso es lo que pasa!
"¡Gué muquer, esda señora Saind-Estéfe!", pensó el barón admirando el
cambio operado en las maneras de Esther.
—Europa, me hace falta un sombrero —dijo Esther—.
Tengo que tener una capa de raso negro forrada de rosa y adornada con
puntillas.
—La señora Thomas no la ha mandado... ¡Vamos, barón, de prisa! ¡Arriba!
¡Comience con su papel de lástima, es decir, de alegría! ¡Qué dura es la
felicidad!... Ahí abajo tiene usted un cabriolé: vaya a casa de la señora
Thomas —dijo Europa al barón— y ordene a su criado que vaya a buscar la
capa de la señora Van Bogseck... Y sobre todo, tráigale el ramo de flores
más bonito que haya en París. Ya que estamos en invierno, procure
encontrar flores tropicales.
El barón bajó y le dijo a su criado:
—A gasa te la señora Domas.
El criado llevó a su amo a una famosa pastelería.
—Es una dienta te motas, dondaina, y no una basdelería —dijo el barón,
que se apresuró hacia el Palacio Real, a la tienda de la señora Prévót,
donde se hizo preparar un ramo de cinco luises, mientras que su criado iba a
casa de la famosa modista.
Paseando por París, un observador superficial se preguntaría quiénes son
los locos que van a comprar las flores fabulosas que adornan la tienda de la
ilustre vendedora y las novedades del europeo Chevet, el único, junto con el
Rocher de Cancale, que ofrece una deliciosa y auténtica Revue des Deux
Mondes... Cada día estallan en París ciento y pico de pasiones al estilo de la
de Nucingen, que se ratifican con rarezas que ni siquiera las reinas se
atreven a codiciar, y que los amantes ofrecen de rodillas a muchachas que
gustan de inflamarse, según la expresión de Asia. Sin este pequeño detalle
las honradas mujeres burguesas no comprendrían de qué manera se
esfuman las fortunas entre las manos de esos seres, cuya función social en
el sistema fourierista consistiría quizás en compensar los daños de la
Avaricia y de la Codicia. Tales despilfarros son probablemente para el
Cuerpo Social algo parecido a una sangría para un organismo pletórico. En
dos meses Nucingen había irrigado el comercio con más de doscientos mil
francos.
Cuando volvió el anciano enamorado, caía ya la noche y el ramo era ya
inútil. En invierno la hora de paseo es de dos a cuatro. Sin embargo, el
coche sirvió para que Esther se trasladara de la calle Taitbout a la calle
Saint-Georges, donde tomó posesión del begueño balacio. Hay que decir
que jamás había sido Esther objeto de un culto tal ni de semejantes
profusiones, que le sorprendieron; pero se guardó mucho de manifestar el
más mínimo asombro, siguiendo la pauta de todas esas solemnes ingratas.
Cuando se entra en San Pedro de Roma, para hacer apreciar debidamente
la extensión y altura de la reina de las catedrales, se enseña a los visitantes
el meñique de una estatua, que tiene no sé qué longitud y que parece al
observador que tenga un tamaño natural. Pues bien, se han criticado tanto
las descripciones, tan necesarias no obstante para la historia de nuestras
costumbres, que habrá que imitar en este caso al cicerone romano. Al entrar
en el comedor, el barón no pudo reprimir el deseo de hacer apreciar a Esther
la tela de las cortinas del ventanal, con una abundancia de pliegues digna de
la de un monarca, forrada de moaré blanco y adornada con una
pasamanería digna del corpiño de alguna princesa portuguesa. Aquella tela
era una seda comprada en Cantón, donde la paciencia china había sido
capaz de pintar las aves asiáticas con una perfección que sólo puede
encontrarse en las vitelas de la Edad Media o en el misal de Carlos V,
orgullo de la biblioteca imperial de Viena.
—Ha gosdato tos mil vrangos el ana a un milort gue la ha draíto te las
Intias...
—Muy bien. ¡Es encantador! ¡Qué gusto dará beber aquí champaña! —dijo
Esther—. La espuma no se derramará sobre baldosas.
—¡Oh, señora! —dijo Europa—. Fíjese usted en la alfombra...
—Gomo gue hapían tiseñato la alvompra bara mi amico el tugue Dorlonia,
gue lo engondró temasiato garo, me lo gueté yo bara usdet, gue es una
reina —dijo Nucingen.
Por casualidad los dibujos de esta alfombra, debidos a uno de los más
ingeniosos de nuestros dibujantes, se combinaban con los caprichos de la
tela china. Las paredes, pintadas por Schinner y León de Lora,
representaban escenas voluptuosas, con relieves de ébano tallado
comprados a precio de oro en la tienda de Du Sommerard, y que formaban
unos paneles en los que unos simples filetes dorados atraían sobriamente la
luz. Ahora se puede imaginar lo demás.
—Ha hecho usted bien en traerme aquí —dijo Esther—; necesitaré por lo
menos ocho días para acostumbrarme a mi casa y no tener el aire de una
advenediza...
—¡Mi gasa! —repitió exaltado el barón—. ¿Acebda usdet, buesf...
—¡Pues claro que sí, mil veces sí, so bobo —dijo ella, sonriendo.
—Pasdapa gon lo te popo...
—Es para halagarte —dijo, mirándole.
El pobre Lobo Cerval cogió la mano de Esther y se la llevó al corazón: era
bastante animal para sentir, pero demasiado tonto para hallar la palabra
adecuada.
—Mire gomo balbida... ¡gon una simble balapra te dernura!... —repuso—. Y
llevó a su diosa (tiosa) a la habitación.
—¡Oh, señora! —dijo Eugénie—. ¡Yo no puedo quedarme aquí! Le entran a
una demasiadas ganas de meterse en la cama.
—Pues mira —dijo Esther—, quiero pagarte todo esto de golpe... Después
de la cena, elefantito mío, iremos juntos al teatro. Me muero por ir al teatro.
Hacía exactamente cinco años que Esther no había ido al teatro. Todo París
iba en aquel entonces a la Porte-Saint-Martin a ver una de esas obras que
cobran una terrible expresión de realidad gracias al talento de los actores, y
que se llamaba Richard d'Arlington. Como todos los seres ingenuos, Esther
gustaba tanto de experimentar los estremecimientos del miedo como de dar
rienda suelta al llanto de la ternura.
—Iremos a ver a Frédérick-Lemaître —dijo—, ¡me encanta este actor!
—Es un trama salfaje —dijo Nucingen, que se vio obligado repentinamente
a ponerse en evidencia.
El barón mandó a su criado a buscar uno de los dos palcos de proscenio.
¡He aqui otra originalidad parisiense! Cuando el Éxito de pies de barro
produce el lleno en algún teatro, siempre está disponible, diez minutos antes
de que suba el telón, algún palco de proscenio; los directores se lo reservan
para sí si no se presenta ninguna pasión al estilo de Nucingen. Como las
novedades de Chevet, este palco es el tributo que se hace pagar a las
fantasías del Olimpo de París.
No hace falta hablar de la vajilla. Nucingen había acumulado tres vajillas: la
pequeña, la mediana y la grande. Los platos y bandejas de la vajilla grande
eran todos de plata sobredorada y con relieves. El banquero, para no
parecer que amontonaba sobre la mesa un cúmulo de valores de oro y plata,
había comprado, además de todas estas vajillas, otra de porcelana de
Sajonia, frágil y hermosísima, que costaba más que toda una cuberteríá. En
cuanto a las mantelerías, las telas de Sajonia, de Inglaterra, de Flandes y de
Francia rivalizaban en perfección con sus flores adamascadas.
Durante la cena, fue el barón el sorprendido al gustar los guisos de Asia.
—Gombrento —dijo— la razón bor la gue la llama usdet Asia: es una gocina
realmende asiádiga.
—¡Vaya! Comienzo a pensar que me quiere —dijo Esther a Europa—,
acaba de decir algo que se parece a una frase de ingenio.
—Las balapras no gombrometen, las virmas si —dijo él.
—¡Caramba! ¡Es aún más Turcaret de lo que la gente |« dice! —exclamó
riendo la cortesana ante aquella respuesta digna de figurar entre las
ingenuidades célebres dichas por el banquero.
La cena había sido condimentada de tal modo que se le indigestara al
banquero y para que se marchara a su casa temprano; así pues, esto es
todo lo que obtuvo de su primera entrevista con Esther en cuanto a placer.
Durante el espectáculo, se vio obligado a beber innumerables vasos de agua
azucarada, dejando sola a Esther en los entreactos. Tullía, Mariette y la
señora Du Val-Noble, reunidas seguramente de un modo no casual, se
hallaban aquel día en la sala. Richard d'Arlington fue uno de esos éxitos
desmesurados —éxito merecido, por otra parte— de los que sólo se dan en
París. Viendo aquel drama, todos los hombres concebían que se pudiera
echar por la ventana a la mujer legítima, y todas las mujeres gustaban de
verse injustamente oprimidas. Las mujeres pensaban: "Es demasiado, nos
tratan a golpes... ¡y esto nos ocurre muchas veces!... Un ser de la belleza de
Esther y arreglada como iba Esther, no podía inflamarse impunemente en el
proscenio de la Porte-Saint-Martin. Por eso, a partir del segundo acto se
produjo en el palco de las dos bailarinas una especie de revolución al
comprobarse que la hermosa desconocida era la Torpille.
—¡Caramba! ¿De dónde sale? —dijo Mariette a la señora Du Val-Noble.
¿Creía que había muerto ahogada!...
—¿Seguro que es ella? Me parece treinta y siete veces más joven y
hermosa que hace seis años.
—Quizá se ha conservado dentro del hielo, como la señora de Espard y la
señora Zayonschek —dijo el conde de Brambourg, que había acompañado a
las tres mujeres al espectáculo, a un palco de platea—. ¿No es el rat que
quería usted mandarme para engatusar a mi tío? —dijo a Tullia.
—Precisamente —contestó la balarina—. Du Bruel, acér—.quese a la
orquesta para comprobar si es ella.
—¡Cómo se las da! —exclamó la señora Du Val-Noble, expresándose en el
lenguaje propio de las cortesanas.
—¡Oh! —exclamó el conde de Brambourg—, tiene derecho a hacerlo,
puesto que está con mi amigo el barón de Nucingen. Voy a ver.
—¿Será acaso esa supuesta Juana de Arco que ha conquistado a
Nucingen y con la que nos están dando la lata desde hace tres meses?... —
preguntó Mariette.
—Buenas noches, mi querido barón —dijo Philippe Bridau, entrando en el
palco de Nucingen—. ¿Casado con la señorita Esther?... Señorita, soy un
pobre oficial a quien libró usted en cierta ocasión de un trance apurado, en
Issoudun... Philippe Bridau...
—No tengo el gusto —dijo Esther, enfocando sus gemelos hacia la sala.
—La señorida —contestó el barón— ya no se llama Esder a segas; se llama
señora te Jamby (Champy), te una be güeña brobietat gue te he gombrato...
—Si usted hace bien las cosas —dijo el conde—, aquellas señoras dicen
que en cambio la señora de Champy se las da demasiado... Si no quiere
acordarse de mí, dígnese reconocer a Mariette, a Tullia y a la señora de Val-
Noble —dijo aquel advenedizo, que había logrado el favor del Delfín gracias
al duque de Maufrigneuse.
—Si estas señoras se portan bien conmigo, estoy dispuesta a ser agradable
con ellas —contestó secamente la señora de Champy.
—¡Portarse bien! —dijo Philippe—. Pero si son excelentes, la llaman a usted
Juana de Arco.
—Si esdas tamas guieren hacerle gombañia —dijo Nucingen—, la tejaré
sola, borgue he gomito temasiato. Su goche j'entra a regoquerla, gon dota su
queride... ¡Temonio te Asia!...
—¡Y me dejaría usted sola por vez primera! —dijo Esther—. ¡Vamos! Hay
que saber morir sin abandonar el barco. Necesito a mi hombre para salir. Si
me insultan, ¿de qué servirían mis voces?...
El egoísmo del anciano millonario tuvo que inclinarse ante las obligaciones
del enamorado. El barón aguantó sus molestias y se quedó. Esther tenía sus
razones para no dejar que su hombre se marchara. Si recibía a sus antiguas
conocidas, no iba a ser interrogada tan a fondo si estaba con alguien más,
que si estaba sola. Philippe Bridau volvió en seguida al palco de las
bailarinas y les informó sobre el estado de cosas.
—¡Vaya! ¡Es ella la que hereda mi casa de la calle Saint-Georges! —dijo
con amargura la señora Du Val-Noble.
—Probablemente —contestó el coronel—. Du Tillet me ha dicho que el
barón se ha gastado tres veces más que el pobre de Falleix.
—¿Vamos a verla? —dijo Tullia.
—¡Ah, no! —contestó Mariette—. Es demasiado hermosa, iré a verla a su
casa.
—Yo me encuentro lo bastante bien como para arriesgarme —contestó
Tullia.
La valerosa primera bailarina aprovechó el primer entreacto para volver a
tomar contacto con Esther, que mantuvo la conversación a un nivel de
generalidades.
—¿Y de dónde vienes, hija mía? —preguntó la balarina, que no resistía ya
más la curiosidad.
—¡Oh!, he estado durante cinco años en una casa de los Alpes con un
inglés celoso como un tigre, un verdadero nabab; yo le llamaba un nabot,
porque no era tan alto como el bailío de Ferrette. Y vuelvo a estar con un
banquero, de Sílaba a Caritis, como dice Florine. Y ahora que vuelvo a estar
en París, tengo tantas ganas de divertirme que voy a pasarme un auténtico
carnaval. Tendré casa puesta. ¡Ay!, tengo que recuperarme de cinco años
de soledad, y ya he empezado a resarcirme. Cinco años con un inglés es
demasiado; de acuerdo con los anuncios, no hay que estar con ellos más de
seis semanas.
—¿Ha sido el barón quien te ha dado este encaje?
—No, es un residuo de nabab... ¡Seré desgraciada! Estaba tan amarillo que
parecía la risa de un amigo ante un triunfo, y creí que se moriría en un plazo
de diez meses. Pero estaba más fuerte que un roble. No hay que fiarse de
los que dicen que están enfermos del hígado... Ya no quiero oír hablar del
hígado. He tenido demasiada fe... en los proverbios... El nabab me robó,
murió sin hacer testamento, y la familia me echó como si tuviera la peste.
Por eso le dije a este gordo que pagara por dos. Tenéis mucha razón en
llamarme Juana de Arco: he perdido Inglaterra y quizá moriré quemada.
—¡De amor! —dijo Tullia.
—¡Y viva! —respondió Esther, que quedó pensativa a causa de aquellas
palabras.
El barón se reía con todas aquellas simplezas, pero no las comprendía
siempre en seguida, de modo que su risa se parecía a aquellos cohetes
olvidados que se disparan cuando los fuegon artificiales se han terminado ya
hace un rato.
Todos vivimos dentro de una esfera cualquiera, y los habitantes de cada
esfera están provistos de una misma dosis de curiosidad. Al día siguiente, en
la Ópera, la aventura del regreso de Esther corrió entre los bastidores. Por la
tarde, entre las dos y las cuatro, todo el París de los Campos Elíseos se
había enterado de la reaparición de la Torpille y sabía por fin cuál era el
objeto de la pasión del barón de Nucingen.
i. Renacuajo, persona de corta estatura. 2. De Scila a Caribdis.

—¿Sabe usted —decía Blondet a De Marsay en el salón de la Ópera— que


la Torpille desapareció justo después de que la reconociéramos como la
amante del joven Rubempré?
En París, igual que en provincias, se sabe todo. La policía de la calle de
Jérusalem no está tan bien montada como la de los ambientes mundanos,
en los que todos se vigilan entre sí sin saberlo. Por eso Carlos sabía cuál era
el peligro que implicaba la situación de Lucien durante el tiempo en que
estuvo yendo a la calle Taitbout y también después.
No hay ninguna situación más terrible que aquella en que se encontraba la
señora Du Val-Noble, y que retrata muy adecuadamente la expresión estar
apeada. La despreocupación y la prodigalidad de esas mujeres les impiden
pensar en el futuro. En este mundo excepcional, mucho más cómico y con
más ingenio de lo que puede creerse, las mujeres que carecen de esa
belleza positiva, casi inalterable y fácil de reconocer, las mujeres que sólo
por un capricho pueden ser amadas, son las únicas que piensan en su vejez
y reúnen una fortuna: cuanto más hermosas son, más imprevisoras se
muestran. "Veo que empiezas a acumular rentas: ¿acaso temes volverte
fea?" Estas palabras de Florine a Mariette ayudan a comprender las causas
de esta prodigalidad. Cuando están unidas a un especulador que se suicida
o a un pródigo que apura sus reservas, esas mujeres caen con una rapidez
pasmosa de lo alto de una insolente opulencia a una miseria profunda.
Entonces se echan en brazos de la vendedora de ropa usada, venden a
cualquier precio unas joyas valiosísimas y se endeudan, con el principal
propósito de conservar un lujo aparente que les permita recuperar lo que
acaban de perder: una caja de dónde sacar dinero. Estos altibajos de su vida
explican bien el valor que dan a cualquier unión, que procuran preservar
siempre, como hacía Asia atrapando (otra palabra de su vocabulario) a
Nucingen con Esther. Los que conocen bien París saben a qué atenerse
cuando en los Campos Elíseos, ese bazar movedizo y tumultuoso, se
encuentran con tal a cual mujer en coche de alquiler, mientras que un año o
seis meses antes iba en un carruaje de un lujo sorprendente y con un
vestido hermosísimo. "Cuando uno cae hasta llegar a Sainte-Pélagie, hay
que saber saltar hasta el Bosque de Bolonia", decía Florine, riendo con
Blondet, del pequeño vizconde de Portenduére. Algunas mujeres hábiles no
se arriesgan nunca a verse así en boca de las gentes. Permanecen
enterradas en horribles cuartuchos de fonda, donde purgan sus despilfarros
con privaciones comparables a las que sufren los viajeros extraviados en un
Sahara cualquiera; pero no por eso conciben la menor veleidad de ahorro.
Se aventuran en los bailes de máscaras, hacen algún viaje fuera de la
capital y, en los días soleados, se exhiben muy elegantes por los bulevares.
Por otra parte, se manifiestan entre sí ese espíritu de ayuda mutua propio de
las clases proscritas. Los socorros otorgados le cuestan poco a la que está
en buena posición, y que piensa: "Yo puedo encontrarme en la misma
situación dentro de poco." Sin embargo, la protección más eficaz es la que
da la vendedora de ropa usada. Cuando esta usurera es acreedora,
remueve todos los corazones de ancianos a favor de su hipoteca de
borceguíes y sombreros. La señora Du Val-Noble, incapaz de prever la
quiebra de uno de los agentes de cambio más ricos y hábiles, se vio cogida
en pleno desorden. Empleaba el dinero de Falleix para sus caprichos, y se
remitía a él para las cosas útiles y para su porvenir. "¿Cómo podía
esperarse una cosa así por parte de un hombre que parecía tan buena
persona?", decía a Mariette. En casi todas las clases de la sociedad, la
buena persona es el que tiene magnanimidad, que presta algún difiero por
aquí y por allá sin reclamarlo luego, que siempre se comporta según las
reglas de una cierta delicadeza, al margen de la moralidad obligada y vulgar.
Ciertos individuos supuestamente virtuosos, que al igual que Nucingen han
arruinado a sus propios benefactores, y ciertos individuos salidos de los
establecimientos correccionales, son a los ojos de algunas mujeres de una
probidad muy ingeniosa. La virtud completa, el sueño de Molière encarnado
en Alcestes, es excesivamente poco frecuente; sin embargo, se la encuentra
por todas partes¡incluso en París. La buena persona es el resultado de una
cierta gracia de carácter que no prueba nada. Los hombres así son como los
gatos, suaves al tacto, o como una zapatilla que se amolda agradablemente
al pie. Asi pues, según el concepto de buena persona que tienen las mujeres
mantenidas, Falleix tenía que haber avisado a su amante de la quiebra y
tenía que haberle dejado con qué vivir. D'Estourny, el galante estafador, era
buena persona; hacía trampas en el juego, pero había puesto de lado treinta
mil francos para su amante. De modo que en las cenas de carnaval, las
mujeres respondían a sus acusadores: "¡Es IGUAL!... Por mucho que usted
diga, Georges era una buena persona, tenía un trato muy agradable;
¡merecía mejor suerte!" Las muchachas se ríen de las leyes, les encanta un
poco de delicadeza; saben venderse, como Esther, por un hermoso ideal
secreto, que es la religión a la que dan culto. Tras haber salvado con penas
y trabajos algunas joyas del naufragio, la señora Du Val-Noble sucumbía
bajo el peso terrible de esta acusación: "¡Ha arruinado a Falleix!" Se
acercaba a la edad de treinta años, y aunque se hallara en pleno apogeo de
su belleza, era fácil que fuera considerada una mujer mayor, sobre todo si se
tiene en cuenta que en tales crisis toda mujer, ve enfrentársele todas sus
rivales. Mariette, Florine y Tullía invitaban a cenar a su amiga y le ofrecían
una cierta ayuda; pero como que no conocían la suma de sus deudas, no se
atrevían a sondear la profundidad de aquel abismo. El intervalo de seis años
constituía una distancia demasiado grande en las fluctuaciones del océano
parisiense entre la Torpille y la señora Du Val-Noble para que la mujer
apeada dirigiera la palabra a la mujer que iba en coche; pero la Val-Noble
sabía que Esther era suficientemente generosa como para no dejar de
pensar alguna vez que, según sus propias palabras, había heredado de ella,
y como para no acudir a ella en alguna ocasión que pareciera fortuita, pero
que en realidad habría sido prevista. Para favorecer este azar, la señora Du
Val-Noble, ataviada como una mujer respetable, se paseaba todos los días
por los Campos Elíseos del brazo de Théodore Gaillard, que había acabado
casándose con ella, y que en aquel momento difícil se portaba muy bien con
su antigua amante, la llevaba a los palcos y hacía que la invitaran a todas las
partidas. Esperaba que algún día de buen tiempo Esther saldría de paseo y
que se encontrarían cara a cara. Paccard era el cochero de Esther, ya que
su casa estuvo organizada en cinco días por Asia, por Europa y por
Paccard, según las instrucciones de Carlos, de tal modo que la calle de
Saint-Georges se convirtió en una fortaleza inatacable. Por su parte,
Peyrade, movido por un odio profundo, por un deseo de venganza y sobre
todo por el deseo de establecer a su querida Lydie, decidió ir también a
pasearse a los Campos Elíseos en cuanto Contenson le dijo que allí podría
ver a la amante del señor de Nucingen. Peyrade sabía caracterizarse
perfectamente como subdito inglés y sabía imitar los susurros con que los
ingleses pronuncian el francés; hablaba el inglés con tanta perfección y
conocía tan bien los asuntos de este país, al que la policía le había mandado
en tres ocasiones, en los años 1779 y 1786, que desempeñó su papel de
subdito inglés en las embajadas y en Londres sin despertar ninguna
sospecha. Peyrade, que se parecía mucho a Musson, el célebre mixtificador,
sabía disfrazarse con tanto arte, que un día Contenson no le reconoció. En
compañía de Contensón, que iba disfrazado de mulato, Peyrade observaba
a Esther y a sus acompañantes con una de esas miradas que no parecen
estar atentas, pero que no pierden detalle. Aconteció pues que se hallaba en
la calle lateral, allí donde se pasea la gente que lleva séquito en los días de
buen tiempo, el día en que Esther se encontró con la señora Du Val-Noble.
Peyrade, con su mulato en librea a la zaga, anduvo sin afectación, con el
aire de un verdadero nabab que sólo piensa en sí mismo, cerca de las dos
mujeres, para tratar de coger al vuelo algunas palabras de su conversación.
—Ven a verme —decía Esther a la señora Du Val-Noble—. Nucingen no
puede dejar sin un céntimo a la amante de su agente de cambio...
—Máxime cuando dicen que él mismo lo arruinó —dijo Théodore Gaillard—,
y que bien podríamos hacerle cantar...
—Mañana cenará conmigo, ven tú también, querida —le dijo Esther. Y
añadió al oído: "Hago con él lo que quiero, ¡todavía no ha hecho ni un tanto
así!" Y poniendo una de sus uñas enguantadas bajo uno de sus dientes, hizo
ese conocido y enérgico gesto que significa: ¡nada de nada!
—Lo tienes cogido...
—Querida, no ha hecho más que pagar mis deudas...
—¡Será agarrado! —exclamó Suzanne du Val-Noble.
—¡Oh! —repuso Esther—, tenía tal cantidad de deudas como para asustar
a un ministro de Hacienda. Ahora quiero treinta mil francos de renta antes de
la primera campanada de medianoche. ¡Oh, es encantador, no tengo de qué
quejarme!... Va bien. Dentro de ocho días vamos a inaugurar la casa, te
esperamos... Por la mañana tiene que entregarme el contrato de la casa de
la calle Saint-Georges. No se puede vivir decentemente en semejante casa
sin tener treinta mil francos de renta propia, para recobrarlos en caso de
ocurrir alguna desgracia. Ya conocí la miseria, y me bastó. Hay ciertos
conocidos de los que una se hastía en seguida.
—Tú que decías: "¡La fortuna soy yo!", ¡cómo has cambiado! —exclamó
Suzanne.
—Es el aire de Suiza, allí una se hace ahorradora... Mira, ¿por qué no te
vas allí, querida? Échate un suizo, y quizá lo conviertas en tu marido, porque
todavía no saben lo que son las mujeres como nosotras. En cualquier caso
regresarías con el amor de las rentas en el Gran Libro, que es un amor
honesto y delicado. Adiós.
Esther subió a su hermoso carruaje, con los más hermosos caballos tordos
que podían encontrarse entonces en París. —La mujer que sube al coche
está bien —dijo entonces Peyrade a Contenson en inglés—, pero prefiero a
la que sigue paseándose; sigúela y entérate de quién es.
—¿Sabe lo que acaba de decir este inglés en su lengua? —dijo Théodore
Gaillard. Y repitió a continuación a la señora Du Val-Noble la frase de
Peyrade.
Antes de arriesgarse a hablar inglés, Peyrade había dicho en esta lengua
unas palabras que provocaron en el rostro de Théodore Gaillard un gesto
que revelaba que el periodista sabía inglés. La señora Du Val-Noble se fue
entonces muy poco a poco hacia su casa, en la calle Louis-le-Grand, a una
casa amueblada decente, mirando al soslayo para ver si le seguía el mulato.
La casa pertenecía a una tal señora Gérard, con la cual la señora Du Val-
Noble, en sus días de esplendor, había tenido ciertas atenciones, y que
entonces le mostraba su gratitud proporcionándole un alojamiento
adecuado. Aquella buena mujer, honrada burguesa llena de virtudes, incluso
piadosa, aceptaba a la cortesana como si se tratara de una mujer de orden
superior; siempre la veía rodeada de su lujo y la tomaba por una reina caída
en desgracia; le confiaba sus hijas, y la cortesana —y eso es más natural de
lo que pudiera creerse— era escrupulosa como una madre cuando las
llevaba a un espectáculo.público; las dos señoritas Gérard la querían.
Aquella buena y digna mujer se parecía a esos sacerdotes sublimes que aún
ven en esas mujeres puestas fuera de la ley un alma que salvar y que amar.
La señora Du Val-Noble respetaba aquella honestidad, y a veces la echaba
de menos cuando por la noche conversaban, y lamentaba sus desgracias.
"Todavía es usted joven, puede usted tener un buen fin", decía la señora
Gérard. Por otra parte, la señora Du Val-Noble había venido a menos sólo
relativamente. El guardarropa de esta mujer, tan dispendiosa y elegante,
estaba aún lo bastante bien provisto como para que pudiera exhibirse de vez
en cuando, como el día de Richard d'Arlington en la Porte-Saint-Martin, con
todo su esplendor. La señora Gérard pagaba además con mucha afabilidad
los coches que necesitaba la mujer apeada para ir a cenar a la ciudad o para
ir al teatro y volver.
—¡Mi querida señora Gérard! —dijo a la honrada madre de familia—, mi
suerte va a cambiar, creo...
—Vaya, señora, lo celebro; pero pórtese bien, piense en el mañana... No se
endeude más. ¡Me cuesta tanto sacarme de encima a los que la
persiguen!...
—¡Oh!, no se preocupe por esos perros, todos han ganado bonitas sumas
conmigo. Tenga, ahí tiene unas entradas de Varietés para sus hijas, un buen
palco en el segundo. Si alguien pregunta por mí esta noche y aún no he
vuelto, déjenle subir de todas formas. Arriba estará Adéle, mi antigua
camarera; voy a mandársela.
La señora Du Val-Noble, que no tenía tía ni madre, estaba obligada a
recurrir a su doncella (¡también apeada!) para hacerle desempeñar el papel
de Saint-Estève cerca del desconocido con cuya conquista iba a poder
remontar su rango. Fue a cenar con Théodore Gaillard, que aquel día tenía
una partida, es decir, una cena que ofrecía Nathan por haber perdido una
apuesta, una de esas juergas en las que se dice a los invitados: "Habrá
mujeres."
Peyrade tenía poderosas razones para enredarse personalmente en aquella
intriga. No obstante, su curiosidad, como la de Contenson, estaba tan
excitada que, aun sin razones, se fwO habría mezclado gustosamente en el
drama. En aquellos momentos la política de Carlos X había terminado su
última evolución. Tras haber dejado el timón de sus asuntos a ministros de
su confianza, el rey preparaba la conquista de Argelia para utilizar el triunfo
como salvoconducto para lo que luego se llamó su golpe de estado. En el
interior ya nadie conspiraba, y Carlos X creía no tener ningún enemigo. En la
política, como en el mar, hay bonanzas engañosas. Corentin se veía, pues,
reducido a una inactividad absoluta. En tales ocasiones, a jaita de pan,
buenas son tortas. Domiciano mataba moscas cuando no tenía cristianos.
Contenson, que había asistido a la detención de Esther, había juzgado el
hecho con una gran perspicacia, gracias a su exquisita sensibilidad de espía.
Como ya se ha visto, el individuo no se habia tomado la molestia de notificar
su opinión al barón de Nucingen. "¿En provecho de quién se hace pagar un
tributo a la pasión del banquero?", fue la primera pregunta que se hicieron
los dos amigos. Tras haber reconocido que Asia era uno de los personajes
del drama, Contenson habia abrigado la esperanza de llegar, a través de
ella, hasta el autor; pero se le escurrió entre las manos durante algún
tiempo, ocultándose como una anguila en la ciénaga de París, y cuando
supo que se había colocado de cocinera en casa de Esther, la colaboración
de aquella mujer le pareció inexplicable. Por vez primera los dos artistas del
espionaje se hallaban ante un texto indescifrable, que les hacía sospechar
algún tenebroso asunto. Después de tres asaltos sucesivos y valerosos a la
casa de la calle Taitbout, Contenson chocó con el más obstinado de los
silencios. Mientras Esther vivió allí, el portero pareció estar dominado por un
terror profundo. Quizá Asia le hubiera asegurado que en caso de
indiscreción tendrían albóndigas envenenadas él ysu familia. Al dia siguiente
de marcharse Esther, Contenson encontró al portero mucho más razonable;
dijo que echaría mucho de menos a aquella damita que, según decía, le
alimentaba con los restos de sus comidas. Contenson, disfrazado de
corredor de comercio, regateaba la casa y escuchaba las quejas del portero
burlándose de él y manifestando sus dudas sobre lo que decía con
constantes "¿Es verdad?"... "Sí, señor, esta damita ha vivido cinco años aquí
sin salir ni una sola vez, y su amante, que era muy celoso aunque ella no le
diera el más mínimo motivo, tomaba las mayores precauciones para venir,
entrar y salir. Era un señor muy joven y agraciado." Lucien estaba todavía en
Marsac, en casa de su hermana la señora Séchard; en cuanto estuvo de
vuelta, Contenson mandó al portero al muelle Malaquais para preguntar al
señor de Rubempré si consentía en vender los muebles de la vivienda
dejada por la señora Van Bogseck. El portero identificó a Lucien como el
amante misterioso de la joven viuda, y Contenson no quería saber más.
Juzgúese qué profunda, aunque contenida, sorpresa tuvieron Lucien y
Carlos, que aparentaron creer que el portero estaba loco, e intentaron
persuadirle de tal cosa.
En veinticuatro horas Carlos organizó una contra-policía, que sorprendió a
Contenson en flagrante delito de espionaje. Contenson, que iba disfrazado
de mozo del mercado central, había llevado ya dos veces los artículos
alimenticios que Asia había comprado por la mañana, y había entrado dos
veces en el pequeño palacio de la calle Saint-Georges. Corentin, por su
parte, se movía; pero la realidad del personaje de Carlos Herrera le detuvo
en seco, porque pronto supo que aquel sacerdote había llegado a París a
finales de 1823 como enviado secreto de Fernando VII. No obstante,
Corentin tuvo que examinar las razones por las cuales el español protegía a
Lucien de Rubempré. Pronto comprobó Corentin que Lucien había tenido
durante cinco años a Esther por amante. De modo que la sustitución de
Esther por la inglesa había sido en interés del dandy. Ahora bien, Lucien no
tenía ningún medio de subsistencia, le negaban por esposa a la señorita de
Grandlieu y acababa de comprar por un millón las tierras de Rubempré.
Corentin, con gran habilidad, hizo que se moviera el director general de la
Policía del Reino, que supo por boca del prefecto de Policía, a propósito de
Peyrade, que los denunciantes eran el conde de Sérizy y Lucien de
Rubempré. "¡Ya los tenemos!", habían exclamado Peyrade y Corentin. En
breves instantes los dos amigos trazaron un plan. "Esta muchacha (dijo
Corentin), ha tenido muchas relaciones, y tendrá alguna amiga. Entre sus
amigas no es posible que ninguna haya caído en desgracia; uno de nosotros
tiene que hacer el papel de un extranjero rico que va a mantenerla; haremos
que se vean entre sí. Siempre tienen necesidad las unas de las otras para
hablar de los respectivos amantes, y entonces habremos penetrado ya en la
fortaleza." Peyrade pensó muy lógicamente que le correspondía hacer el
papel del inglés. Le atraía la vida licenciosa que llevaría durante el tiempo
necesario para descubrir la conspiración de que había sido víctima, mientras
que a Corentin, enclenque y envejecido por su laboriosa existencia, esta
posibilidad no le seducía. Contenson, disfrazado de mulato, se escabulló en
seguida de la contra-policía de Carlos. Tres días antes del encuentro de
Peyrade y de la señora Du Val-Noble en los Campos Elíseos, el último de
los agentes de los señores Sartine y Lenoir, provisto de un pasaporte
completamente en regla, y procedente de las colonias, pasando por El
Havre, se apeó en la calle de la Paix, en el hotel Mirabeau, de una pequeña
calesa tan salpicada de barro que parecía venir de El Havre, cuando en
realidad sólo había hecho el trayecto de Saint-Denis a París.
Carlos Herrera, por su parte, se hizo poner el visado en el pasaporte en la
embajada española, y lo dispuso todo en el muelle Malaquais para un viaje a
Madrid. La razón era la siguiente: A los pocos días Esther iba a ser
propietaria de la casa de la calle Saint-Georges e iba a conseguir un asiento
de treinta mil francos de renta; Europa y Asia tenían la suficiente astucia
para hacérsela vender y entregar secretamente la suma a Lucien. Lucien,
supuestamente rico por la liberalidad de su hermana, acabaría así de pagar
la finca de Rubempré. Nadie tenía por qué fallar en este tejemaneje. Esther
era la única que podía ser indiscreta, y preferiría morir antes que dejar
escapar un solo gesto comprometedor. Clotilde acababa de lucir un pañuelo
rosa én su cuello de cigüeña, de modo que la partida estaba ganada en la
casa de los Gradlieu. Las acciones de los ómnibus rendían ya al tres por
uno. Carlos, al desaparecer por algunos días, intentaba esquivar toda
sospecha. La prudencia humana lo había previsto todo, y no era posible
ningún error. El falso español debía marchar el día después de la tarde en
que Peyrade se encontrara en los Campos Elíseos con la señora Du Val-
Noble. Pero aquella misma noche, a las dos de la madrugada, Asia llegó en
coche de punto al muelle Malaquais, donde halló al artífice de todo el asunto
fumando en su habitación y meditando en todo lo que se acaba de referir en
breves palabras, como un autor que repasara una hoja de su obra para
descubrir las posibles faltas que hubieran de corregirse. Un hombre como
aquel no estaba dispuesto a cometer por segunda vez un olvido comparable
al del portero de la calle Taitbout.
—Paccard —dijo Asia al oído de su amo— ha reconocido esta misma tarde,
a las dos y media, en los Campos Elíseos, a Contenson disfrazado de
mulato y haciendo de criado de un inglés que desde hace tres días se pasea
por los Campos Elíseos para observar a Esther. Le ha reconocido por sus
ojos, como me ocurrió a mí cuando iba disfrazado de mozo de cuerda.
Paccard procura no perder de vista al pájaro. Está en el hotel Mirabeau, y se
han cruzado tales signos de inteligencia con el inglés, que, según Paccard,
es imposible que el inglés sea un inglés.
—Tenemos un tábano encima —dijo Carlos—. No me marcharé hasta
pasado mañana. Este Contenson es el que por ahora le ha tirado de la
lengua al portero de la calle Taitbout; necesitamos saber si el falso inglés es
nuestro enemigo.
Al mediodía el mulato del señor Samuel Johnson servía con toda seriedad a
su amo, que siempre comía demasiado bien, según cálculos. Peyrade
quería hacerse pasar por un inglés de la clase de los bebedores; bebía antes
y después de los paseos. Llevaba polainas de tela negra que le llegaban
hasta la rodilla y que estaban rellenas con objeto de aparentar unas piernas
más gruesas; sus pantalones estaban forrados de fustán; llevaba un chaleco
abrochado hasta el cuello; la corbata azul le rodeaba el cuello hasta las
mejillas; llevaba una peluca pelirroja que le ocultaba la mitad de la frente; su
altura había aumentado aproximadamente en tres pulgadas; ni siquiera los
más asiduos al café David lo habrían reconocido. Por su traje ancho, negro y
limpio como un traje inglés, cualquiera que lo viera lo habría tomado por un
millonario inglés. Contenson mostraba la fría insolencia propia del criado de
confianza de un nabab; era silencioso, altanero y poco comunicativo, y se
permitía hacer gestos extraños y emitir gritos agresivos. Peyrade estaba
terminando una segunda botella cuando uno de los criados del hotel
introdujo en su habitación, sin preámbulos, a un hombre que Peyrade y
Contenson identificaron como algún policía de paisano.
—Señor Peyrade —dijo el gendarme, dirigiéndose al nabab y hablándole al
oído—, tengo orden de llevarle a la prefectura. —Peyrade se levantó sin el
menor comentario y buscó su sombrero—. Encontrará un coche de punto
ante la puerta —le dijo el gendarme en la escalera—. El prefecto quería
hacerle detener, pero se ha limitado a pedirle explicaciones sobre su
conducta a través del agente que le espera en el coche.
—¿Debo quedarme con ustedes? —preguntó el policía al agente, después
de que Peyrade hubo subido al vehículo.
—No —respondió el agente—. Dígale discretamente al cochero que nos
lleve a la prefectura.
Peyrade y Carlos iban juntos en el mismo coche. Carlos llevaba un estilete
al alcance de la mano. Conducía el coche un cochero de confianza, que era
capaz de dejar salir a Carlos sin darse cuenta y capaz de asombrarse de
encontrar un cadáver en el coche al llegar a alguna plaza. Jamás se reclama
a ningún espía. La justicia suele dejar casi siempre sin castigar tales
crímenes, en los que resulta muy difícil aclarar algo. Peyrade lanzó una
mirada de espía al magistrado que le mandaba el prefecto de policía. Carlos
ofrecía un aspecto satisfactorio: un cráneo pelado, con arrugas en la nuca,
cabellos empolvados; ante sus ojos enrojecidos y delicados, llevaba unas
gafas de oro muy ligeras y muy burocráticas, con cristales dobles de color
verde. Aquellos ojos mostraban huellas de achaques indecorosos. Una
camisa de percal con chorrera plisada, un chaleco de raso negro usado,
unos pantalones de picapleitos, unas medias negras y unos zapatos atados
con lazos, una larga levita negra, unos guantes de cuatro chavos, negros,
comprados diez días antes, y una cadena de reloj dorada. Ni más ni menos
era el retrato perfecto del magistrado inferior que se denomina, con un claro
contrasentido, oficial de pos.
—Querido señor Peyrade, siento que una persona como usted sea objeto
de vigilancia, y que además dé usted pie a ella. Su disfraz no es del gusto
del señor prefecto. Si cree que así va a esquivar nuestra vigilancia, se
equivoca. Probablemente tomó usted la carretera de Inglaterra en
Beaumont-sur-Oise...
—En Beaumont-sur-Oise —contestó Peyrade.
—¿O quizás en Saint-Denis? —repuso el falso magistrado.
Peyrade quedó turbado. Aquella nueva pregunta pedía una respuesta. Pero
toda respuesta era peligrosa. Decir que sí resultaba una burla; y si decía que
no, en caso de que aquel hombre supiera la verdad, salía perdiendo
Peyrade. "¡Vaya habilidad!", dijo para sus adentros. Intentó mirar al oficial de
paz sonriendo, y le respondió con aquella sonrisa. La sonrisa fue aceptada
sin protesto.
—¿Con qué objeto se ha disfrazado usted y ha tomado una habitación en el
hotel Mirabeau, haciendo disfrazar a Contenson de mulato? —preguntó el
oficial de paz.
—El señor prefecto hará de mí lo que quiera, pero no debo rendir cuentas
de mis acciones más que a mis jefes —dijo Peyrade con dignidad.
—Si pretende darme a entender que actúa por cuenta de la Policía general
del reino —dijo secamente el falso agente—, vamos a cambiar de rumbo:
iremos a la calle Grenelle en lugar de ir a la calle de Jérusalem. Tengo
órdenes estrictas a propósito de usted. Pero, vaya con cuidado: por ahora no
hay nada especialmente grave contra usted, y si miente puede agravar su
situación... Por lo que a mí respecta, no le deseo ningún mal... Pero,
vamos... ¡dígame la verdad!
—¿La verdad? Aquí la tiene —dijo Peyrade; echando una mirada astuta a
los ojos de su cancerbero.
La cara del supuesto magistrado permaneció muda e impasible; hacía su
trabajo y daba la sensación de atribuir todo aquello a algún capricho del
prefecto. A veces los prefectos tienen antojos.
—Me he enamorado locamente de una mujer, la amante de ese agente de
cambio que viaja por gusto suyo o para disgusto de sus acreedors, y que se
llama Falleix.
—¿La señora Du Val-Noble? —dijo el oficial de paz.
—Sí —repuso Peyrade—. Para poderla mantener durante un mes, lo cual
no me costará mucho más de mil escudos, me he hecho pasar por un nabab
y he tomado a Contenson como criado. Esto es tan verdad, caballero, que si
quiere que me quede en el coche esperándole, puede usted subir al hotel a
interrogar a Contenson, palabra de un excomisario general de la policía. Y
no sólo Contenson le confirmará lo que tengo el honor de decirle, sino que
podrá usted ver llegar a la doncella de la señora Du Val-Noble, que ha de
venir esta misma mañana a comunicarnos la aceptación de mis
proposiciones o las condiciones que impone su señora. Soy perro viejo y
conozco el paño: le he ofrecido mil francos al mes y un coche, que son mil
quinientos; quinientos de regalos, otro tanto en algunas fiestas, en cenas y
en espectáculos; como ve usted, no me equivoco en un solo céntimo
diciéndole mil escudos. Y un hombre de mi edad bien puede gastarse mil
escudos en un último capricho.
—¡Vaya, papá Peyrade! ¿Todavía tiene usted tanta afición a las mujeres
como para... En eso me gana; yo tengo sesenta años y me paso
perfectamente sin ellas... Si es cierto lo que usted dice, comprendo que para
satisfacer este capricho haya tenido que adoptar el aspecto de un extranjero.
—Ya comprenderá que Peyrade o el tío Canquoèlle de la calle des
Moineaux...
—Sí, ni uno ni otro habrían sido del agrado de la señora Du Val-Noble —
repuso Carlos, encantado de haberse enterado del domicilio del tío
Canquélle—. Antes de la Revolución —dijo— tuve relaciones con una mujer
que había sido la amante del verdugo. Un día, en el teatro, se pinchó con un
alfiler y exclamó: "¡Ay, verdugo!", empleando esta exclamación que entonces
estaba de moda. "¿Es alguna reminiscencia?", le dijo su acompañante...
Pues fíjese, querido Peyrade, no pudo soportar más a aquel hombre a causa
de esas palabras. Comprendo que no quiera exponerse usted a una tal
afrenta... La señora Du Val-Noblé es una mujer para gente de buena
posición; la vi un día en la Ópera y me pareció muy hermosa... Haga volver
al cochero a la calle de la Paix, querido Peyrade; subiré con usted a su
habitación para comprobarlo todo personalmente. Seguramente un informe
oral bastará al comisario.
Carlos sacó del bolsillo una petaca de cartón negro forrada de rojo, la abrió
y ofreció tabaco, a Peyrade con un gesto de gran amabilidad. Peyrade
pensó: "¡Vaya unos agentes!... ¡Dios mío! Si el señor Lenoir o el señor de
Sartine volvieran al mundo, ¿qué dirían?"
—Hasta aquí me ha contado usted sin duda alguna una parte de la verdad,
pero eso no es todo, querido amigo —dijo el falso oficial de paz después de
aspirar su pellizco de rapé—. Se ha inmiscuido usted en los asuntos
sentimentales del barón de Nucingen, y seguramente quiere atraparlo con
algún nudo corredizo; le ha fallado el tiro de pistola y ahora quiere darle a
cañonazos. La señora Du Val-Noble es amiga de la señora de Champy...
"¡Demonio! ¡Habrá que ir con cautela! —se dijo Peyrade—. Puede más de
lo que pensaba. Me está enredando, dice que va a soltarme y sigue
tirándome de la lengua."
—¿Qué hay, pues, de eso? —dijo Carlos con un aire de firme autoridad.
—Caballero, es cierto que cometí el error de indagar por cuenta del barón
de Nucingen el paradero de una mujer de la que se había enamorado
perdidamente. Ésta fue la causa de que cayera en desgracia, ya que según
parece interferí sin saberlo con ciertos intereses muy altos—. El magistrado
subalterno permaneció impasible—. Pero como conozco lo bastante a la
policía después de cincuenta y dos años de servicio —siguió Peyrade—, me
he abstenido de toda ulterior indagación después del rapapolvo que me echó
el señor prefecto, que sin duda alguna tenía razón...
—¿Renunciaría, pues, a su capricho si se lo pidiera el señor prefecto? Creo
que sería la mejor prueba que podría usted dar de la sinceridad de lo que me
dice.
"¡Cómo tira, Dios mío, cómo tira! —se decía Peyrade para sus adentros—.
¡Caramba! Los agentes de hoy en día son de la misma valía que los del
señor Lenoir."
—¿Renunciar? "—dijo Peyrade—. Esperaré las órdenes del señor
prefecto... Pero, si quiere usted subir, ya hemos llegado al hotel.
—¿De dónde saca usted el dinero? —le preguntó Carlos, con un aire sagaz
y a quemarropa.
—Caballero, tengo un amigo...—dijo Peyrade.
—¿Diría usted esto a un juez de instrucción? —añadió Carlos.
Esta atrevida escena era, por lo que a Carlos respecta, una de esas
combinaciones cuya simplicidad sólo podía provenir de un personaje de su
temple. Había enviado a Lucien muy temprano a casa de la condesa de
Sérizy. Lucien rogó al secretario particular del conde que fuera a pedir al
prefecto informes acerca del agente empleado por el barón de Nucingen. El
secretario había regresado con unas observaciones sobre Peyrade, copia
del sumario que figuraba en su expediente:
Miembro de la policía desde 1778; llegado a París procedente de Aviñón
dos años antes.
Sin fortuna y sin moralidad; depositario de secretos de Estado.
Domiciliado en la calle des Moineaux con el nombre de Canquoelle, nombre
de la pequeña finca en la que reside su familia, en el departamento de
Vaucluse; familia honorable.
Reclamado recientemente por uno de sus sobrinos-nietos, llamado
Théodose de la Peyrade. (Ver informe de un agente, número $7 del archivo.)
—Debe ser el inglés a quien Contenson hace de mulato —había exclamado
Carlos al recibir de Lucien las informaciones de viva voz, además de la nota
escrita.
En el espacio de tres horas aquel hombre, que desplegaba una actividad de
general en jefe, había hallado a través de Paccard a un cómplice inocente
que podía desempeñar el papel de gendarme vestido de paisano, y se había
disfrazado de oficial de paz. Había estado a punto de matar a Peyrade en el
interior del coche en tres ocasiones; pero se había propuesto no cometer
jamás ningún asesinato por su propia mano, y decidió deshacerse a tiempo
de Peyrade dando a entender a algunos reclusos recién liberados que se
trataba de un millonario.
233Peyrade y su Mentor oyeron la voz de Contenso, que hablaba con la
doncella de la señora Du Val-Noble. Peyrade hizo entonces señal a Carlos
de que se quedara en la primera habitación, como si quisiera decirle: "Ahora
podrá usted juzgar acerca de mi sinceridad."
—La señora consiente en todo —decía Adéle—. La señora está en estos
momentos en casa de una de sus amigas, la señora de Champy, que tiene,
todavía por un año, un piso enteramente amueblado en la calle Taitbout, y
que seguramente se lo cederá. La señora podrá recibir mejor allí al señor
Johnson, puesto que los muebles están aún en muy buen estado, y el señor
podrá comprárselos a lá señora entendiéndose con la señora de Champy.
—Bien, hija mía. Si no es un nabo, serán sus hojas —dijo el mulato a la
muchacha, que quedó estupefacta—; ya nos lo partiremos...
—¡Vaya con el mulato! —exclamó la señorita Adéle—. Si su nabab es un
verdadero nabab, bien puede regalar los muebles a la señora. El arriendo
termina en abril en 1830, su nabab podrá renovarlo si está en condiciones.
—¡Yo estar moy content! —contestó Peyrade, que entró y dio unas
palmaditas en el hombro de la doncella.
Hizo a Carlos un gesto de entendimiento, y éste respondió con un gesto de
asentimiento, comprendiendo que el nabab tenía que ser fiel a su papel.
Pero el cuadro cambió súbitamente al entrar un personaje sobre el cual ni
Carlos ni el prefecto de policía tenían ningún poder. Corentin apareció de
pronto. Había encontrado la puerta abierta y se acercaba a ver cómo el viejo
Peyrade desempeñaba su papel de nabab.
—¡El prefecto siempre me pilla! —le dijo Peyrade a Corentin, al oído—. Me
ha descubierto bajo el disfraz de nabab.
—Haremos caer al prefecto —contestó Corentin al oído de su amigo.
Luego, tras haber saludado fríamente, se puso a examinar disimuladamente
al magistrado.
—Espérese aquí hasta mi regreso; me voy a la prefectura —dijo Carlos—.
Si no regreso, esto indicará que puede usted seguir adelante con su
capricho.

Después de haber dicho estas palabras al oído de Peyrade para no


desprestigiar al personaje a los ojos de la doncella, Carlos salió, pues no
tenía ningunas ganas de permanecer bajo la mirada del recién llegado, en
quien reconoció a uno de esos individuos rubios y de ojos azules que son
terribles en frío.
—Es el oficial de paz que me ha enviado el prefecto —dijo Peyrade a
Corentin.
—¡Ése! —dijo Corentin—. Te has dejado enredar. Este hombre lleva tres
juegos de cartas en los zapatos; eso se advierte por la posición del pie en el
zapato; además, un oficial de paz no tiene por qué disfrazarse.
Corentin bajó rápidamente para aclarar sus dudas. Carlos iba a subir al
coche.
—¡Eh, señor cura!... —llamó Corentin.
Carlos volvió la cabeza, vio a Corentin y subió al coche.
Sin embargo, Corentin tuvo tiempo de decirle, a través de la ventanilla:
—Eso es todo cuanto quería saber. ¡Al muelle Malaquais! —gritó Corentin al
cochero, imprimiendo a su acento y a su mirada una sorna infernal.
"Vaya —se dijo a sí mismo Jacques Collin—, voy listo, ya los tengo a la
zaga; hay que ganarlos por pies y, sobre todo, averiguar qué quieren de
nosotros.
Corentin había visto cinco o seis veces al padre Carlos Herrera, y la mirada
de aquel hombre no podía olvidarse. Corentin había reconocido primero la
corpulencia de sus espaldas, luego la hinchazón de la cara y la trampa de
las tres pulgadas de estatura logradas mediante un talón interior.
—¡Vamos, amigo mío, te han tomado el número! —dijo Corentin, al ver que
en la habitación no había más que Peyrade y Contenson.
—¿Quién es? —exclamó Peyrade, con una vibración metálica en la voz—.
Emplearé los últimos días de mi vida en darle vueltas y más vueltas sobre
una parrilla.
—Es el padre Carlos Herrera, probablemente el Corentin de España. Todo
se explica. El español es un vicioso de grandes vuelos que ha querido hacer
la fortuna de ese jovencito batiendo moneda con la almohada de una
muchacha bonita... Allá tú si quieres enfrentarte con un diplomático que me
parece estará recibiendo muchos palos.
—¡Ah! —exclamó Contenson—. ¡Él recogió los trescientos mil francos el día
de la detención de Esther, estaba en el coche de punto! Me acuerdo de esos
ojos, de esa frente, de esas señales de viruela.
—¡Qué dote habría tenido mi pobre Lydiet —exclamó Peyrade.
—Puedes seguir haciendo de nabab —dijo Corentin—. Hay que ligar con la
Val-Noble para tener acceso al domicilio de Esther: ella era la auténtica
querida de Lucien de Rubempré.
—Ya le han birlado más de quinientos mil francos al Nucingen —dijo
Contenson.
—Y aún les falta otro tanto —repuso Corentin—, puesto que la finca de
Rubempré cuesta un millón. Papá —dijo, dando unas palmadas al hombro
de Peyrade—, podrás disponer de más de cien mil francos para casar a
Lydie.
—No me digas eso, Corentin. Si tu plan fallara, no sé de qué sería capaz...
—¡Quizá los tenga mañana! El cura, querido amigo, es muy listo, hay que
inclinarse ante él, es un diablo superior; pero le tengo cogido: pese a su
ingenio, tendrá que capitular. Procura ser tan tonto como un nabab, y no
temas nada más.
El mismo día en que los verdaderos adversarios se habían encontrado cara
a cara y en terreno llano, Lucien fue a pasar la velada en la casa de los
Grandlieu. La asistencia era nutrida. Ante la mirada de todos los invitados, la
duquesa retuvo a Lucien junto a ella durante un rato, mostrándosele muy
obsequiosa.
—¿Ha ido a hacer un corto viaje? —le dijo.
—Sí, señora duquesa. Mi hermana, deseosa de facilitar mi boda, ha hecho
grandes sacrificios, de modo que he podido adquirir las tierras de Rubempré
y recomponerlas enteramente. Mi procurador de París es hombre hábil, ha
sabido esquivar las pretensiones que los detentadores de los bienes habrían
manifestado de haber sabido el nombre del comprador.

—¿Hay algún palacio? —preguntó Clotilde, sonriendo demasiado.


—Hay algo que se asemeja a un palacio; pero lo más sensato será
emplearlo como material para edificar una casa moderna.
Los ojos de Clotilde despedían llamaradas de felicidad a través de sus
sonrisas de satisfacción.
—Esta noche tendrá usted una entrevista con mi padre —le dijo en voz muy
baja—. Espero que dentro de quince días le inviten a cenar.
—Bueno, querido amigo —dijo el duque de Gradlieu—; ha comprado usted,
según dicen, la tierra de Rubempré; le felicito. Es una buena respuesta a los
que le andaban atribuyendo deudas. Nosotros podemos tener una Deuda
Pública, como Francia o Inglaterra; en cambio, la gente sin bienes, los
comerciantes, no pueden darse este tono...
—¡Oh!, señor duque, todavía debo quinientos mil francos de esta
adquisición.
—Pues habrá que casarse con una muchacha que se los proporcione, y es
difícil que encuentre un partido de tanta fortuna en este barrio, donde las
muchachas reciben muy poca dote.
—Les basta con su apellido —contestó Lucien.
—Sólo somos tres para jugar al whist, Maufrigneuse, de Espard y yo —dijo
el duque—; ¿quiere usted ser el cuarto? —dijo a Lucien, mostrándole la
mesa de juego.
Clotilde se acercó a la mesa de juego para ver jugar a su padre.
—Quiere que me quede esto para mí —dijo el duque, dando palmaditas en
las manos de su hija y mirando de reojo a Lucien, que permaneció en
silencio.
Lucien, el compañero del señor de Espard, perdió veinte luises.
—Querida mamá —fue a decirle Clotilde a la duquesa—, ha tenido la
habilidad de dejarse ganar.
A las once, tras intercambiar algunas palabras de amor con la señorita de
Grandlieu, Lucien volvió a su casa y se metió en la cama, pensando en el
triunfo completo que había de obtener al cabo de un mes, ya que no dudaba
de que sería aceptado como pretendiente de Clotilde y de que se casaría
antes de la cuaresma de 1830.
Al día siguiente, a la hora en que Lucien fumaba algunos cigarros después
de comer, en compañía de Carlos, que estaba muy preocupado, les
anunciaron la visita del señor de Saint-Estève (¡vaya broma!), que deseaba
hablar con el padre Carlos Herrera o con el señor Lucien de Rubempré.
—¿Le ha dicho, abajo, que estoy fuera? —exclamó el cura.
—Sí, señor —contestó el groom.
—Recibe tú, pues, a este hombre —dijo a Lucien— pero no digas ni una
sola palabra comprometedora, no dejes escapar ni un solo gesto de
sorpresa: se trata del enemigo.
—Ahora vas a oírme —dijo Lucien.
Carlos se ocultó en la habitación de al lado, y por la rendija de la puerta vio
entrar a Corentin, al que no reconoció más que en la voz, tal era el talento
que aquel gran desconocido poseía para transformarse. En aquel momento
Corentin parecía un viejo jefe de división de las finanzas.
—No tengo el honor de que me conozca usted, caballero —dijo Corentin—,
pero...
—Perdone que le interrumpa, caballero —dijo Lucien—, pero...
—Pero se trata de su casamiento con la señorita Clotilde de Grandlieu, que
no se efectuará —dijo con viveza Corentin.
Lucien se sentó y no contestó nada.
—Está usted entre las manos de un hombre que tiene el poder, la voluntad
y todas las facilidades para demostrar al duque de Gradlieu que las tierras
de Rubempré se pagarán con el precio que ha recibido usted de un tonto a
cambio de su querida, la señorita Esther —prosiguió Corentin—. Se pueden
encontrar fácilmente las minutas de los procesos en virtud de los cuales la
señorita Esther ha sido perseguida por la justicia, y hay medios de hacer
hablar a D'Estorny. Se expondrán a la luz del día las maniobras habilísimas
utilizadas contra el barón de Nucingen... En estos momentos todo puede
arreglarse. Entregue usted la suma de cien mil francos y se le dejará a usted
tranquilo... Esto no me incumbe en absoluto. Simplemente soy el encargado
de negocios de los que proceden a este chantaje.
Corentin habría podido hablar una hora seguida: Lucien seguía fumándose
el cigarrillo con toda tranquilidad.
—Caballero —contestó—, no quiero saber quién es usted, porque la gente
que se encarga de llevar recados de esta índole no tiene nombre, al menos
para mí. Le he dejado hablar tranquilamente, estoy en mi casa. Me parece
usted una persona de sentido común, creo que puede comprender mi
dilema.
Se produjo una pausa, durante la cual se enfrentaron la mirada felina de
Corentin con una mirada gélida por parte de Lucien.
—O bien se apoya usted en hechos enteramente falsos, que no deben
preocuparme —añadió Lucien—, o bien tiene usted razón, y en tal caso,
dándole cien mil francos, le concedería a usted el derecho de reclamarme
otros cien mil tantas veces como el que le manda pudiera encontrar otros
Saint-Estève para enviarme... En fin, para acabar de una vez con su
apreciable negociación, sepa que yo, Lucien de Rubempré, no le temo a
nadie. No estoy metido en absoluto en los chanchullos de que me habla. Si
los Grandlieu ponen muchos reparos, quedan muchas otras jóvenes de la
nobleza con quienes casarse. Y en definitiva, no sería ninguna afrenta para
mí quedarme soltero, especialmente si me dedico, como usted parece creer,
a la trata de blancas con tamaños beneficios.
—Si el padre Carlos Herrera...
—Caballero —dijo Lucien, interrumpiendo a Corentin—, el padre Carlos
Herrera está en estos momentos en camino hacia España; no tiene nada
que ver con mi casamiento, ni con mis intereses. Este estadista ha tenido a
bien ayudarme con sus consejos durante algún tiempo, pero tiene cuentas
que rendir a Su Majestad el rey de España; si quiere usted hablar con él,
póngase en camino hacia Madrid.
—Caballero —dijo Corentin con toda nitidez—, jamás será usted el marido
de la señorita Clotilde de Gradlieu.
—Peor para ella —respondió Lucien, empujando impacientemente a
Corentin hacia la puerta.
—¿Ha reflexionado usted bien? —dijo fríamente Corentin.
—Caballero, no tiene usted derecho a mezclarse en mis asuntos, ni siquiera
a hacerme desperdiciar un solo cigarrillo —dijo Lucien, tirando su cigarro
apagado.
—Adiós —dijo Corentin—. No nos volveremos a ver... pero algún momento
habrá en su vida en que estará dispuesto a dar la mitad de su fortuna a
cambio de haber tenido en este momento la ocurrencia de llamarme antes
de que salga de esta casa.
En respuesta a esta amenaza, Carlos hizo con la mano gesto de degollarlo.
—¡Manos a la obra, en seguida! —exclamó mirando a Lucien, que se había
quedado pálido después de aquella horrible entrevista.
Si entre el restringido número de lectores que atienden a la parte moral y
filosófica de un libro hubiera uno solo capaz de creer en la satisfacción del
barón de Nucingen, demostraría con ello la dificultad que hay en someter el
corazón de una muchacha a cualquier clase de máxima fisiológica. Esther
había decidido hacer pagar caro al pobre millonario lo que él llamaba su tía
te driunfo. Así pues, a primeros de febrero de 1830 todavía no se había
celebrado la inauguración del begueño balado.
—Voy a abrir por Carnaval —dijo Esther confidencialmente a sus amigas,
que lo transmitieron al barón—, y voy a hacerle feliz como un gallo de vitrina.
Aquella expresión se hizo proverbial en el mundillo de las cortesanas.
El barón se deshacía en infinidad de lamentaciones. Al igual que los
casados, hacía bastante el ridículo: empezaba a quejarse delante de sus
íntimos, y se traslucía su descontento. A pesar de todo, Esther continuaba
concienzudamente en su papel de Pompadour del príncipe de la
Especulación. Había dado ya dos o tres veladas tan sólo para introducir a
Lucien en la casa. Lousteau, Rastignac, Du Tillet, Bixiou, Nathan y el conde
de Bramboürg, la flor de los calaveras, fueron los asiduos de la casa. Por
último, Esther aceptó como actrices de la comedia que representaba a Tullia,
Florentine, Fanny-Beaupré y Florine, dos actrices y dos bailarinas, y,
además, a la señora Du Val-Noble. No hay nada tan triste como la casa de
una cortesana sin la sal de la rivalidad y sin la diversidad en el vestir y en las
fisonomías. En seis semanas Esther se convirtió en la más ingeniosa, en la
más amena, en la más hermosa y elegante de las mujeres de esa casta de
parias que constituyen las entretenidas. Desde su merecido pedestal
saboreaba cuantos goces de la vanidad seducen a las mujeres ordinarias,
pero a la vez abrigaba un sentimiento secreto de superioridad sobre su
casta. Tenía en su interior una imagen de sí misma que la hacía
avergonzarse a la vez que la enaltecía, puesto que el momento de su
abdicación nunca dejaba de estar presente en su conciencia; así pues, vivía
una especie de doble vida sintiendo lástima por su personaje. Sus
sarcasmos reflejaban el profundo desprecio que el ángel de amor encerrado
en el alma de la cortesana sentía hacia el papel infame y odioso que
representaba su cuerpo. Esther, espectadora y actriz, juez y reo a un tiempo,
encarnaba la admirable ficción de los cuentos árabes, en los que casi
siempre aparece un ser sublime bajo la figura de un ser degradado, y cuyo
prototipo se encuentra, con el nombre de Nabucodonosor, en el libro de los
libros, en la Biblia. Habiéndose concedido un plazo de vida hasta el día
siguiente a la infidelidad, la víctima podía divertirse un poco a costa del
verdugo. Por otra parte, las informaciones recogidas por Esther acerca de
los medios solapadamente vergonzosos a los que el barón debía su colosal
fortuna, la libraron de todo escrúpulo, y se complació en representar el papel
de la diosa Até, la Venganza, de acuerdo con las palabras de Carlos. Se
hacía unas veces encantadora y otras aborrecible a aquel millonario, que
sólo vivía para ella. Cuando el barón llegaba a un grado de sufrimiento en
que deseaba bandonar a Esther, ésta se lo ganaba de nuevo con una
escena de ternura.
Herrera, cuya partida hacia España había sido muy ostentosa, había
llegado hasta Tours. Había mandado que su coche prosiguiera hasta
Burdeos, dejando en él a un criado encargado de hacer el papel del amo y
de esperarle en una fonda de Burdeos. Luego, tras regresar en diligencia
vestido de viajante de comercio, se había instalado en casa de Esther,
desde donde, por mediación de Asia, de Europa y de Paccard, dirigía
cuidadosamente sus maquinaciones vigilándolo todo, y en particular a
Peyrade.
Unos quince días antes del elegido para celebrar la fiesta, y que tenía que
ser el día después del primer baile de la Ópera, la cortesana, cuyas
agudezas empezaban a causar temor, se hallaba en los Italianos, en el
fondo de un palco que el barón, obligado a ofrecerle un palco, había
conseguido para ella en la platea, con objeto de ocultar a su amante y no
mostrarse con ella en público, y que estaba a pocos pasos de la señora de
Nucingen. Esther había elegido su palco de tal manera que pudiera
contemplar el de la señora de Sérizy, a quien Lucien casi siempre
acompañaba. La pobre cortesana ponía ilusión en contemplar a Lucien los
martes, jueves y sábados, junto a la señora de Sérizy. Esther vio entonces,
hacia las nueve y media, que Lucien entraba en el palco de la condesa muy
inquieto, pálido y con la cara casi descompuesta. Estas señales de aflicción
interior sólo eran visibles para Esther. Para una mujer que ama, el rostro de
un hombre es como el mar para un marinero. "¡Dios mío! ¿Qué le ocurrirá?...
¿qué habrá pasado? ¿Necesitará hablar con ese ángel infernal, que para él
es ángel de la guarda, y que ahora está en una buhardilla entre las de
Europa y Asia?" Torturada por tan crueles pensamientos, Esther apenas oía
la música. De modo que no es difícil creer que no escuchaba en absoluto al
barón, que entre sus manos guardaba una mano de su ánqael hablándole
en su jerga de judío polaco, cuyas curiosas desinencias no son más fáciles
de entender para el que las lee que para el que las oye.
—Esder —dijo, soltándole la mano y rechazándola con un ligero gesto de
enfado—; ¡no me esgucha en apsoludo!
—Oiga, barón, chapurrea usted el amor igual que lo hace con el francés.
—¡Gué gruel!
—Aquí no estoy en mi tocador, estoy en los Italianos. Si no fuera usted una
de esas cajas fuertes fabricadas por Huret o por Fichet, transformada en
hombre por un prodigio de la naturaleza, no haría tanto ruido en el palco de
una mujer á quien le gusta la música. ¡Naturalmente que no le escucho! Está
ahí, molestándome con mi vestido como un abejorro sobre un papel, y me
hace reír de compasión. Me dice usted: "Es ponida, esdá gomo bara
gomérsela..." ¡Viejo presuntuoso! Y si le contestara: " Me disgusta usted
menos esta noche que ayer, volvamos a casa." Pues bien, por la manera
como le veo suspirar (ya que aunque no le escuche, le huelo), me doy
cuenta de que ha cenado usted tremendamente, y que empieza ahora a
hacer la digestión. Aprenda de mí (¡le salgo lo bastante cara como para que
reciba de vez en cuando un consejo de mi parte a cambio de su dinero!);
sepa usted, querido amigo, que cuando uno tiene digestiones pesadas como
le ocurre a usted, no le está permitido decir a su amante
indiscriminadamente y a horas inoportunas: "Es usdet ponida..." Un soldado
murió de una fatuidad de este tipo, en los brazos de la Religión, según ha
dicho Blondet... Son las diez, y terminó usted de cenar a las nueve en casa
Du Tillet, con su pichón el conde de Brambourg, y tiene muchos millones y
trufas que digerir; ¡vuelva mañana a las diez!
—¡Gué gruel es usdet!... —exclamó el barón, que reconocía la profunda
justeza de aquel argumento médico.
—¿Cruel?... —dijo Estehr, que seguía mirando a Lucien—. No ha
consultado usted a Bianchon, Desplein, al viejo Haudry... Desde que está
entreviendo el alba de su felicidad, ¿sabe de qué me hace usted el efecto?...
—¿Te gué?
—De un hombrecito envuelto en una manta que a cada hora se va del sillón
al ventanal para saber si el termómetro ha llegado al artículo gusanos de
seda, a la temperatura que le manda su médico...
—¡Famos, es usdet una incrada! —exclamó el barón al oír una melodía que
los ancianos enamorados suelen escuchar con frecuencia en los Italianos.
—¡Ingrata! —dijo Esther—. ¿Pues qué me ha dado usted hasta ahora?...
Muchos sinsabores. Vamos, papá, ¿puedo estar orgullosa de usted? Usted
sí que está orgulloso de mí; yo llevo bien sus galones y su librea. ¡Ha
pagado mis deudas!... Cierto. Pero ha birlado los millones suficientes... (y no
haga muecas, que me lo dijo usted mismo) para no tener que ir con
miramientos. Y éste es el mejor de sus títulos de gloria... Una ramera y un
ladrón, no hay pareja que armonice mejor. Ha construido usted una jaula
magnífica para un loro que le gusta... Vaya a preguntarle a algún
guacamayo del Brasil si le debe agradecimiento alguno al que le ha metido
en la jaula de oro... No me mire así, se parece a un bonzo... Y exhibe su
guacamayo rojo y blanco ante todo París. Y dice: "¿Hay alguien en París
que posea un loro como éste?... ¡Hay que ver cómo parlotea, cómo sabe
encontrar las palabras adecuadas! Cuando entra Du Tillet, le dice: <Buenos
días, sinvergüenza...»" Pero es usted feliz como un holandés que posee un
tulipán único, como un antiguo nabab residente en Asia por cuenta de
Inglaterra que le ha comprado a un viajante de comercio la primera
tabaquera suiza que toca tres oberturas. ¡Quiere mi corazón! Pues mire, voy
a proporcionarle los medios de tenerlo.
—Tica, tica... haré gualguier gosa bor usdet... ¡Me cusda gue usdet me
dome el helo.
—¡Sea usted joven y guapo, sea como Lucien de Rubempré, que está allí
con su mujer, y conseguirá gratis lo que jamás podrá usted comprar con
todos sus millones!...
—¡ha tejo borgue, realmende, esdá usdet exegraple esda noche! —dijo el
Lobo Cerval con una cara larga.
—Bien, pues, ¡buenas noches! —contestó Esther—. Recomiéndele a
Chorche que le ponga la cabeza bien alta, en la cama, y los pies hacia
abajo, qué esta noche pone cara de apoplético... No me dirá que no me
tomo interés por su salud.
El barón estaba de pie, con la mano en el pomo de la puerta.
—¡Aquí, Nucingen!... —dijo Esther, llamándole con expresión altanera.
El barón se inclinó ante ella con una servilidad perruna.
—¿Quiere que sea buena con usted y que le dé, en mi casa, unos vasos de
agua azucarada y le mime un poco, monstruo...?
—Me esdá guepranto el gorazón...
—¡Quebranto lleva una cu y no una ge! —dijo ella, burlándose de la
pronunciación del barón—. Mire, tráigame a Lucien, invítelo a nuestro
banquete de Baltasar y tenga la seguridad de que no faltará. Si tienes éxito
en esta pequeña negociación, te diré tan bien que te amo, Frédéric mío, que
te lo vas a creer...
—Ess usdet engandatora —dijo el barón, besando el guante de Esther—.
Estoy tisbuesdo a esguchar una hora te insuldos si al final denco una
garicia...
—Vamos, si no obedeces... —dijo, amenazando al barón con el dedo, como
si se tratara de un niño pequeño.
El barón movió la cabeza como un "pájaro cogido en una trampa y que
implora al cazador.
"¡Dios mío! ¿Qué tiene Lucien? —se dijo a sí misma cuando se quedó sola,
sin retener ya más sus lágrimas, que asomaron a sus ojos—. ¡Nunca ha
estado tan triste!"
Veamos lo que aquella misma noche había ocurrido a Lucien. A las nueve,
como cada noche, Lucien había salido en su berlina para ir a la casa de
Gradlieu. Reservaba su caballo de silla y su caballo de cabriolé para las
mañanas, como suelen hacer los jóvenes; para las noches de invierno había
tomado una berlina y había alquilado al principal propietario de carrozas una
de las más espléndidas, equipada con magníficos caballos. Desde hacía un
mes todo le sonreía: había cenado tres veces en la casa Grandlieu y el
duque se mostraba amabilísimo con él; la venta de sus acciones de la
empresa de los ómnibus al precio de trescientos mil francos le habían
permitido pagar un tercio del valor de la tierra; Clotilde de Gradlieu, que se
arreglaba deliciosamente, llevaba diez botes de cremas en la cara cuando él
entraba en el salón, y confesaba en voz alta su pasión hacia él. Algunas
personas situadas muy arriba hablaban del casamiento de Lucien con la
señorita de Gradlieu como de algo probable. El duque de Chaulieu,
exembajador en España y exministro de Asuntos Extranjeros, había
prometido a la duquesa de Grandlieu que pediría al rey el título de marqués
para Lucien. Después de cenar en casa de la señora de Sérizy, Lucien había
ido aquella noche desde la Chaussée-d'Antin al faubourg Saint-Germain
para efectuar la visita de cada día. Al llegar, el cochero da una voz, la puerta
se abre y el coche se detiene ante la escalinata. Lucien, al bajar del coche,
ve que hay cuatro carruajes en el patio. Uno de los criados que abren y
cierran la puerta del peristilo, al ver al señor de Rubempré, se adelanta, se
coloca en la escalinata y se pone ante la puerta como un centinela que
vuelve a su puesto. "¡Su Señoría no está!", dice. "La señora duquesa
también recibe", hace notar Lucien al criado. "La señora duquesa ha salido",
contesta gravemente el criado. "La señorita Clotilde..." "No creo que la
señorita Clotilde reciba al señor en ausencia de la señora duquesa." "Pero
ahí hay gente", añade Lucien, fulminado. "No lo sé, señor", contesta el
criado, tratando de ser a la vez tonto y respetuoso. No hay nada más terrible
que la etiqueta para quienes la admiten como la ley más poderosa de la
sociedad. Lucien adivinó fácilmente el sentido de aquella escena atroz para
él: el duque y la duquesa no querían recibirle; sintió que la médula espinal se
le helaba entre los anillos de la columna vertebral, y le aparecieron algunos
gotas de sudor frío en la frente. Este coloquio se estaba desarrollando ante
su ayuda de cámara, que aguantaba la empuñadura de la portezuela y no se
decidía a cerrarla; Lucien le hizo signo para volver a marchar; pero al subir
de nuevo al coche oyó ei ruido que hace la gente al bajar por una escalera, y
el criado anunció sucesivamente: "¡El coche del señor duque de Chaulieu!"; "
¡El coche de la señora vizcondesa de Grandlieu!" Lucien no dijo más que
una palabra al criado: "¡De prisa, a los Italianos!..." Pese a su presteza, el
desafortunado dandy no pudo evitar al duque de Chaulieu y a su hijo el
duque de Réthoré, con quienes se vio obligado a intercambiar sendos
saludos, ya que ellos no le dijeron una palabra. En la corte las grandes
catástrofes, la caída de un temible favorito, se consuma a veces en el umbral
de un despacho mediante la palabra de un ujier con cara de cera. "¿Cómo le
haré saber este desastre a mi consejero ahora mismo?", se preguntaba
Lucien mientras se dirigía hacia los Italianos. "¿Qué estará ocurriendo?"...
Se perdía en conjeturas.
He aquí lo que acababa de pasar. Aquella misma mañana, a las once, el
duque de Gradlieu, al entrar en el pequeño salón donde desayunaba en
familia, había dicho a Clotilde tras haberla besado: "Hija mía, hasta nueva
orden no atiendas más al señor de Rubempré." Después había cogido a la
duquesa de la mano y se la había llevado al hueco de un ventanal para
decirle algunas palabras en voz baja que hicieron mudar de color a la pobre
Clotilde. La señorita de Gradlieu observaba cómo su madre escuchaba al
duque, y vio que sobre su rostro se dibujaba una fuerte sorpresa. "Jean —
había dicho el duque a uno de sus criados—, tenga, lleve esta nota al señor
duque de Chaulieu, y pídale que le dé respuesta con un sí o un no." "Le
invito a que venga a cenar con nosotros hoy", dijo a su mujer. El desayuno
había sido profundamente triste. La duquesa parecía pensativa, el duque
parecía estar enfadado contra sí mismo y Clotilde necesitó un gran esfuerzo
para retener el llanto. "Hija mia, tu padre tiene razón, obedécele —le había
dicho con voz conmovida la madre a la hija—. No puedo decirte, como ha
hecho él: "¡No pienses en Lucien!" No, comprendo tu dolor. —Clotilde besó
la mano de su madre—. Pero te diré algo más, ángel mío: ¡Espera sin dar un
solo paso, sufre en silencio, ya que le amas, y confía en la solicitud de tus
padres! Las grandes damas, hija mía, son grandes porque siempre saben
cumplir con su deber en toda ocasión, y con nobleza." "¿De qué se trata?...",
había preguntado Clotilde, pálida como un lirio. "De algo demasiado grave
para que se te pueda decir, cariño —había respondido la duquesa—; si es
falso, tu mente quedaría inútilmente manchada, y si es cierto, debes
ignorarlo." A las seis, el duque de Chaulieu había ido a ver al duque de
Grandlieu, que le esperaba en su despacho. "Óyeme, Henri... —Estos dos
duques se tuteaban y se llamaban por sus nombres de pila. Es uno de esos
matices ideados para indicar los grados de intimidad, para contener los
excesos de la familiaridad francesa y para humillar el amor propio—. Óyeme,
Henri, me encuentro en un apuro tal que no puedo seguir el consejo más
que de un viejo amigo que esté bien enterado de todo, y tú cumples estas
condiciones. Mi hija Clotilde quiere, como ya sabes, a ese Rubempré, a
quien casi me han obligado a prometerle por marido. Siempre he estado en
contra de esta boda; pero, en fin, la señora de Grandlieu no ha sabido
resistirse al amor de Clotilde. En cuanto el muchacho hubo adquirido la tierra
y en cuanto hubo pagado las tres cuartas partes de su importe, no ha habido
ya ninguna objeción por mi parte. Pero anoche recibí una carta anónima (ya
sabes qué caso hay que hacer de ellas), en la que me afirman que la fortuna
dé este muchacho tiene un origen impuro, y que nos miente al decirnos que
su hermana le da los fondos necesarios para tales adquisiciones. Me
requieren, en nombre de la felicidad de mi hija y de la consideración de
nuestra familia, a que recoja informaciones, indicándome la manera de
hacerlo. Toma, léelo primero." "Comparto tu opinión sobre las cartas
anónimas, querido Ferdinand —había respondido el duque de Chaulieu tras
haber leído la carta—; pero aun despreciándolas, hay que servirse de ellas.
Con estas cartas pasa igual que con los espías. Cierra la puerta al
muchacho y procuremos recoger informaciones... ¡Ya sé lo que has de
hacer! Tienes como procurador a Derville, un hombre de nuestra plena
confianza; guarda el secreto de muchas familias, también puede guardar
este otro. Es un hombre probo, un hombre que pesa, un hombre de honor;
es hábil y astuto, pero sólo para los negocios: no debes emplearlo más que
como testigo. En el Ministerio de Asuntos Extranjeros, por la Policía del
reino, tenemos a un hombre único para descubrir los secretos de Estado, a
quien mandamos a menudo en misión. Advierte a Derville que para este
asunto podrá contar con un lugarteniente. Nuestro espía es un señor que se
presentará condecorado con la Legión de Honor y con aspecto de
diplomático. Éste será el cazador, y Derville se limitará a asistir a la caza. Tu
procurador te dirá si el parto de la montaña es un ratón o si tienes que
romper con Rubempré. Dentro de ocho días sabrás a qué atenerte." "El
joven no es aún bastante marqués como para ofenderse por no encontrarme
en casa durante ocho días", había dicho el duque de Grandlieu. "Sobre todo
si le das tu hija —había contestado el exministro—. Si la carta anónima tiene
razón, ¿qué más te da? Puedes mandar de viaje a Clotilde con mi nuera
Madeleine, que quiere irse a Italia..." "¡Me sacas de un apuro! Aunque
todavía no sé si tengo que agradecértelo..." "Esperemos el acontecimiento."
¿Y cuál es el nombre de este caballero? —había exclamado el duque de
Grandlieu—; hay que decírselo a Derville... Mándamelo mañana hacia las
cuatro; Derville estará aquí y les pondré en contacto." "Su verdadero nombre
es, según creo, Corentin... (es un nombre que seguramente no habrás oído),
pero este caballero vendrá a tu casa armado con su nombre de ministro. Se
hace llamar señor de Saint-algo... ¡Ah, Saint-Yves, o Sainte-Valere, uno de
éstos! Puedes confiar en él, Luis XVIII le tenía una confianza absoluta."
Después de aquella entrevista, el mayordomo recibió la orden de cerrar la
puerta al señor de Rubempré, como acababa de producirse.
Lucien se paseaba por el salón de los Italianos como un borracho. Le
parecía ser ya objeto de las murmuraciones de todo París. Tenía en el
duque de Rhétoré a uno de esos enemigos implacables a los que hay que
sonreír y de los que es imposible vengarse porque sus golpes siguen las
leyes del mundo. El duque de Rhétoré conocía lo que acababa de pasar
ante la escalinata de la casa de los Grandlieu. Lucien, que sentía la
necesidad de informar de aquel súbito desastre a su consejero-privado-
íntimo-actual, temió comprometerse si iba a casa de Esther, donde quizás
habría gente. Olvidaba que Esther estaba allí, tan confusas eran sus ideas;
en medio de tanta perplejidad, se vio obligado a conversar con Rastignac, el
cual, desconocedor todavía de la noticia, le felicitaba por su próxima boda.
En aquel momento Nucingen se acercó sonriendo a Lucien y le dijo:
—Guiere usdet hacerme el fafor te fenir a jer a la señora te Jamby, gue
guiere infidarle a usdet bersonalmende a la inaucuración te nuesdra gasa...
—Con mucho gusto, barón —contestó Lucien, a cuyos ojos el financiero se
transformó en ángel salvador.
—Déjenos —dijo Esther al señor de Nucingen, al verle entrar con Lucien—;
vaya a ver a la señora Du Val-Noble, veo que está en un palco del tercero
con su nabab... Crecen muchos nababs en las Indias —añadió, dirigiendo a
Lucien una mirada de complicidad.
—Y éste —dijo Lucien, sonriendo— se parece terriblemente al de usted.
—Tráigamela usted con su nabab —dijo Esther, respondiendo a Lucien con
otra señal de complicidad mientras seguía dirigiéndose al barón—; tiene
muchas ganas de conocerle a usted, dicen que es extraordinariamente rico.
La pobre mujer me ha entonado ya no sé cuántas elegías, se queja de que
este nabab no va; si le quitara usted su lastre, quizás iría más ligero.
—¿Nos doma usdet agaso bor latrones? —dijo el barón.
—¿Qué tienes, Lucien mío?... —dijo al oído de su amado, rozándole la
oreja con sus labios en cuanto se hubo cerrado la puerta del palco.
—¡Estoy perdido! Acaban de negarme la entrada en la casa de los
Grandlieu con el pretexto de que no había nadie, cuando en realidad
estaban el duque y la duquesa, y en el patio había cinco coches con sus
caballos piafando...
—¡Cómo, quizá no haya boda! —dijo Esther con voz emocionada,
entreviendo ya el paraíso.
—Todavía no sé lo que se está tramando contra mí...
—Lucien mío —le contestó con una voz encantadora y acariciante—, ¿por
qué entristecerse? Harás un casamiento aún más hermoso más adelante...
Te conseguiré el doble de tierras...
—Organiza una cena para esta noche para que pueda hablar secretamente
con Carlos, y sobre todo invita al falso inglés y a la Val-Noble. Este nabab ha
producido mi ruina; lo cogeremos y lo...
Pero Lucien se paró de pronto, haciendo un gesto de desespero.
—¿Qué pasa? —preguntó la pobre muchacha, a quien le parecía estar
sobre un brasero.
—¡Oh, me está viendo la señora de Sérizy! —exclamó Lucien—. Y para
colmo está con ella el duque de Rhétoré, uno de los testigos del chasco de
esta tarde.
Efectivamente, en aquel mismo instante el duque de Rhétoré jugaba con el
dolor de la condesa de Sérizy.
—¿Deja usted que Lucien se deje ver en el palco de la señorita Esther? —
decía el joven duque, señalando el palco y a Lucien—. Usted, que se toma
interés por él, debería advertirle que eso no se hace. Uno puede cenar en su
casa, incluso puede... pero, la verdad, no me extraña la desconfianza de los
Grandlieu hacia este muchacho; acabo de ver cómo le negaban la entrada,
en la escalinata...
—Estas mujeres son muy peligrosas —dijo la señora de Sérizy, enfocando
sus gemelos hacia el palco de Esther.
—Sí —dijo el duque—, tanto por lo que pueden como por lo que quieren...
—¡Le arruinarán! —dijo la señora de Sérizy—. Ya que, según me han dicho,
cuestan tanto cuando se las paga como cuando no se las paga.
—¡Éste no es su caso!... —contestó el joven duque, sorprendido—. No es
fácil que le cuesten dinero; más bien serían ellas quienes se lo darían si
fuera preciso, puesto que todas corren tras de él.
La condesa hizo con la boca un ligero movimiento nervioso que no podía
incluirse en la categoría de sus sonrisas.
—Bien —dijo Esther—, ven a cenar a medianoche. Tráete a Blondet y a
Rastignac, para que tengamos a dos individuos divertidos, y que no seamos
más de nueve.
—Habría que hallar algún medio para mandar buscar a Europa de parte del
barón, bajo el pretexto de avisar a la cocinera, y le dirías lo que acaba de
ocurrirme, para que Carlos lo sepa antes de tener al nabab a su alcance.
—Así se hará —dijo Esther.
Así pues, Peyrade iba probablemente a encontrarse, sin saberlo, bajo el
mismo techo de su adversario. El tigre iba al antro del león, y de un león
acompañado por sus guardianes.
Cuando Lucien regresó al palco de la señora de Sérizy, ésta, en lugar de
girar hacia él la cabeza, de sonreírle y de recogerse el vestido para dejarle
sitio al lado de ella, simuló no hacer el menor caso al que entraba y siguió
escrutando la sala; pero Lucien se dio cuenta, por el temblor de sus
gemelos, de que la condesa era presa de una de esas agitaciones
tremendas con las que se purgan los placeres ilícitos. No por eso dejó de
bajar hasta la parte delantera del palco, a su lado, y se plantó en el ángulo
opuesto, dejando entre él y la condesa un pequeño espacio vacío; se apoyó
en la barandilla del palco con el codo derecho, con la barbilla sobre su mano
enguantada; luego se puso de través, esperando que ella le dirigiera la
palabra. A mitad del acto, la condesa no le había dicho nada todavía y no le
había siquiera mirado.
—No sé —le dijo ella— por qué está usted aquí; su sitio está en el palco de
la señorita Esther...
—Allí voy —dijo Lucien, saliendo sin mirar a la condesa.
—¡Ah, querida! —dijo la señora Du Val-Noble, entrando en el palco de
Esther con Peyrade, a quien el barón de Nucingen no reconoció—, estoy
encantada de presentarte al señor Samuel Johnson; es un admirador del
talento del señor de Nucingen.
—¿De verdad, caballero? —dijo Esther, sonriendo a Peyrade.
—Oh, yes, miucho —contestó Peyrade. —Pues bien, barón, ahí tiene un
francés que se parece un poco al que usted habla, aproximadamente como
el bajo bretón se parece al dialecto borgoñón. Me va a divertir mucho oírles
hablar de finanzas... ¿Sabe usted lo que le exijo, señor Nabab, para que
conozca usted a mi barón? —dijo Esther, sonriendo.
—¡Oh... minchas grasias! Me presenderá al siñor baronet.
—Sí —repuso ella—. Tiene que hacer el favor de venir a cenar a casa... No
hay lazo que sea tan fuerte como la cera de una botella de champaña para
unir a los hombres; precinta todos los negocios, sobre todo aquellos en los
que uno se hunde. Vengan esta noche y encontrarán a unos muchachos
estupendos. En cuanto a ti, Frédéric mío —le dijo al barón al oído—, coja el
coche, vaya a la calle Saint-Georges y tráigame a Europa; tengo que decirle
algunas cosas para la cena... He invitado a Lucien, que nos traerá a dos
personajes divertidos... ¡Nos reiremos del inglés! —dijo al oído de la señora
Du Val-Noble.
Peyrade y el barón dejaron solas a las dos mujeres. —¡Ay, querida, si lo
consigues con ese gordo infame, es que tienes mucho ingenio! —dijo la Val-
Noble.
—Si fuera imposible, me lo prestarías ocho días —contestó Esther, riendo.
—No, no lo resistirías ni medio día —respondió la señora Du Val-Noble—;
es como un pan demasiado duro, se me quiebran tos dientes. En toda mi
vida ya no querré encargarme nunca más de dar placer a ningún inglés...
Son todos unos fríos egoístas, unos puercos que llevan vestido...
—¿Qué ocurre? ¿No tiene miramientos? —dijo Esther, sonriendo.
—Al contrario, querida, ese monstruo todavía no me ha llamado de tú.
—¿En ninguna situación? —dijo Esther.
—El muy miserable, siempre me llama señora, y conserva la mayor sangre
fría en los momentos en que todos los hombres son más o menos
cariñosos... Yo diría que hacer el amor, para él, es algo así como afeitarse.
Limpia la navaja, la guarda en el estuche, se mira al espejo y parece decir,
en su fuero interno: "No me he cortado." Además, me trata con un respeto
capaz de enloquecer a cualquier mujer. Ese infame milord Carne-de-cocido
se divierte, por añadidura, haciendo esconder al pobre de Théodore y
dejándole de pie en mi cuarto de aseo durante horas y horas. Por último, se
dedica a contrariarme en todo. Y es avaro... como Gobseck y Gigonnet
juntos... Cuando me lleva a cenar y no llevo mi coche, nunca me paga el de
vuelta.
—¿Y qué te da por este servicio? —dijo Esther. —Pues, querida,
absolutamente nada; quinientos francos pelados, cada mes, más el vehículo.
Pero, ¿sabes lo que es?... Un coche como esos que alquilan los tenderos el
día de su boda para ir al ayuntamiento, a la iglesia y al Cadran-Bleu... Me
abruma con el respeto. Si intento estar mal de los nervios o mal dispuesta,
no se enfada, sino que me dice: Yo querer que miléidi haga su pequeño
deseo, porque nada es más hó-rribel, proprio de nou gentleman, que desir a
una gentil señora: "Es usted un bala de algotón, una mercansía!..." He, he,
es usted con un member of society de sobriedad y antiesclavitud! Y el tío ese
se queda pálido, yerto y frío, dándome a entender así que tiene por mí el
mismo respeto que tendría por un negro, y que eso no atañe a su corazón,
sino a sus ideas de abolicionista.
—Es imposible ser más infame —dijo Esther—. ¡Yo arruinaría a esta
especie de chino!
—¿Arruinarle? —dijo la señora Du Val-Noble—. Antes haría falta que me
quisiera... Ni tú misma querrías pedirle cuatro chavos. Te escucharía
gravemente y con esa cortesía británica que hace que las bofetadas mismas
sean agradables, te diría que ya te paga bastante por la pequeña cosa que
sido lo amor en su trist existence.
—Y pensar que podamos, en nuestra condición, encontrar a individuos
como éste —exclamó Esther.
—¡Ah, querida tú sí has tenido suerte!... Cuida bien a tu Nucingen.
—¿Acaso va con alguna segunda intención, tu nabab?
—Esto es lo que me dice Adéle —respondió la señora Du Val-Noble.
—Mira, querida, éste habrá hecho la apuesta de hacerse odiar por una
mujer y de no durar con ella más que un tiempo determinado —dijo Esther.
—O bien quiere hacer negocios con Nucingen y me ha tomado a mí porque
sabe que nosotras nos relacionamos: eso es lo que cree Adéle —contestó la
señora Du Val-Noble—. Por eso te lo presento esta noche. ¡Ah, si pudiera
enterarme de sus proyectos, qué bien me entendería contigo y con
Nucingen!
—No te esfuerces —dijo Esther—. ¿Y no le cantas las cuarenta de vez en
cuando?
—Aunque tú lo probaras, tú que sabes tanto... pues, pese a todos tus
mimos, te mataría con sus sonrisas heladas. Te contestaría: Yo ser
antiesclavitud, y osté ser libre... Ya podrías decirle las cosas más
descabelladas, que te miraría y te diría: ¡Very góod!, y te darías cuenta de
que a sus ojos no eres más que un polichinela. —¿Y la ira?
—¡Igual! Sería un espectáculo para él. Podrían operarle bajo el pecho
izquierdo, y no le harían el menor daño; sus entrañas deben de ser de
hojalata. Se lo dije una vez. Me contestó: Yo estar muy contento de este
disposisión físical... Y siempre bien educado. Querida, tiene un alma
enguantada... Seguiré resistiendo este martirio durante algunos días para
satisfacer mi curiosidad. De no ser así, ya habría hecho abofetear a milord
por Philippe, que no tiene rival con la espada; no hay otro remedio...
—¡Ahora iba a decírtelo! —exclamó Esther—. Pero antes tendrías que
enterarte si sabe boxear, porque estos viejos ingleses, querida, guardan a
veces un fondo de malicia.
—¡Como éste no hay otro igual!... ¡Oh, no! Si lo vieras pidiéndome que le dé
órdenes, y a qué hora puede presentarse para sorprenderme
(¡naturalmente!), y desplegando las fórmulas de respeto de los gentlemen,
según parece, dirías: "A esa mujer la adora"; y no habría mujer que dijera
menos...
—¡Y nos tienen envidia, querida! —dijo Esther.
—¡Por supuesto!... —exclamó la señora Du Val-Noble—. Mira, todas hemos
ido descubriendo más o menos, a lo largo de nuestra vida, el poco caso que
hacen de nosotras; pero, hija mía, nunca me había sentido tan cruel,
profunda y completamente despreciada por la brutalidad como lo soy ahora
por el respeto de este enorme odre lleno de vino de Oporto. Cuando está
achispado, se va para no ser disgrada ble como le dice a Adéle, y para no
dejarse llevar por dos potensias a la vez, la mujer y el vino. Abusa de mi
coche de punto, lo emplea más que yo... Ojalá pudiéramos dejarlo borracho
esta noche... pero se bebe diez botellas y sólo se pone achispado; la mirada
se le pone turbia, pero sigue viendo claro.
—Es como esa gente cuyas ventanas están sucias por fuera —dijo Esther—
y que desde dentro ven lo que pasa fuera... Ya conozco esta propiedad de
algunos hombres; Du Tillet la posee en grado superlativo.
—¡Ojalá Du Tillet y Nucingen lo enredaran en alguna de sus combinaciones!
¡Al menos me sentiría vengada!... Le reducirían a la mendicidad... ¡Ay,
querida, ir a pasar a manos de un protestante hipócrita, después de ir con
aquel pobre Falleix, que era tan divertido, tan guasón y tan agradable!... ¡Si
supieras cómo nos reíamos!... Dicen que los agentes de cambio son todos
tontos... Pues lo que es a éste, nunca le faltó ingenio...
—Cuando te dejó sin un chavo, eso te abrió los ojos sobre los sinsabores
del placer.
Europa, enviada por el señor de Nucingen, asomó su cabeza de víbora por
la puerta; y tras haber escuchado algunas palabras que le dijo su ama al
oído, desapareció.
A las once y media de la noche había estacionados cinco coches en la calle
Saint-Georges, a la puerta de la ilustre cortesana; eran el de Lucien, que fue
acompañado de Rastignac, Blondet y Bixiou, el de Du Tillet, el del barón de
Nucingen, el del Nabab y el de Florine. El triple cierre de las ventanas
quedaba oculto por los pliegues de las magníficas cortinas de China. La
cena tenía que servirse a la una, las velas estaban encendidas, el saloncito y
el comedor desplegaban toda su suntuosidad. Todos esperaban pasar una
de esas noches de juerga que sólo pueden resistir aquellas tres mujeres y
aquellos hombres. Empezaron por el juego, ya que había que esperar
aproximadamente un par de horas.
—¿Juega usted, milord?... —dijo Du Tillet a Peyrade.
—lo he jiugado con O'Connell, Pitt, Fox, Canning, lort Brougham, lorU..
—Diga usted ahora mismo una infinidad de lords —le dijo Bixiou.
—Lort Fits-William, lort Ellenborough, lort Hertford, lort...
Bixiou miró los zapatos de Peyrade y se agachó.
—¿Qué buscas?... —le preguntó Blondet.
—¡Diablos! Busca la palanca que hay que accionar para hacer parar esta
máquina —contestó Florine.
—Juega usted a veinte francos la ficha?... —dijo Lucien.
—to jiuego todo lo que osté quiera pierder...
—Lo hace muy bien... —dijo Esther a Lucien—; todos lo toman por un
inglés.
Du Tillet, Nucingen, Peyrade y Rastignac se sentaron a una mesa de juego.
Florine, la señora Du Val-Noble, Esther, Blondet y Bixiou se quedaron
charlando junto al fuego. Lucien se dedicó a hojear una magnífica obra llena
de grabados.
—La señora está servida —dijo Paccard, vestido con un espléndido
uniforme.
Peyrade fue colocado a la izquierda de Florine y flanqueado por Bixiou, a
quien Esther había recomendado que hiciera beber más de la cuenta al
nabab, desafiándolo. Nunca en la vida había visto Peyrade tal esplendor,
nunca había probado una comida como aquélla ni había visto mujeres tan
hermosas.
" Esta velada me compensa los mil escudos que me ha costado ya la Val-
Noble —pensó—, y por otra parte acabo de ganarles mil francos."
—Ahí tiene usted un ejemplo para seguir —le dijo en alta voz la señora Du
Val-Noble, que estaba al lado de Lucien y que le señaló con un ademán las
magnificencias del salón.
Esther había colocado a Lucien a su lado y le cogía uno de sus pies entre
los suyos bajo la mesa.
—¿Lo oye usted? —dijo la Val-Noble, mirando a Peyrade, que se hacía el
ciego—. ¡Así es como tendría que arreglarse usted una casa! Cuando se
vuelve de las Indias con millones y se quieren hacer negocios con gente
como Nucingen, uno se pone a su nivel.
—lo soy member de society of temperante...
—Entonces va usted a beber de lo lindo —dijo Bixiou—, porque hace
mucho calor en las Indias, ¿no es cierto?...
Durante la cena la broma de Bixiou consistió en tratar a Peyrade como si
fuera uno de sus tíos de regreso de las Indias.
—La señora Ti Fal-Nople me ha ticho gue denía usdet cierdOs brobósidos...
—apuntó Nucingen, examinando a Peyrade.
—Eso es lo que yo quería oír —dijo Du Tillet a Rastignac, los dos
chapurreando a la vez.
—Ya verá usted cómo acaban entendiéndose —dijo Bixiou, que adivinó lo
que Du Tillet acababa de decir a Rastignac.
—Sir baronet, ío ho pensado un pequeño speculasión, oh, very
comportable... muy mucho provechoso, y rich of benefisios...
—Ya verá —dijo Blondet a Du Tillet— que no hablarán más de un minuto
sin que salga el parlamento y el gobierno inglés.
—Esto ser en el China, por el opio...
—Sí, ya sé —dijo en seguida Nucingen, mostrando así que estaba al
corriente de la actualidad comercial en el mundo—, bero el gofierno inclés
denía un metió te aksión gon el obio bara aprirse las buertas te la China, y
no nos bermidvría...
—Nucingen le ha tomado la palabra sobre el gobierno —dijo Du Tillet a
Blondet.
—¡Ah!, ha comerciado usted con opio —exclamó la señora Du Val-Noble—.
Ahora comprendo por qué es usted tan estupefaciente, le ha quedado algo
en el corazón...
—¡Faya! —exclamó el barón, dirigiéndose al supuesto comerciante de opio
y señalándole la señora Du Val-Noble—, le basa lo mismo gue a mí: los
millonarios nunga gonsiquen hacerse guerer te las muqueres.
—lo amado mocho y mochas veses, miléidi —contestó Peyrade.
—Siempre a causa de la templanza —dijo Bixiou, que acababa de vaciar en
la copa de Peyrade la tercera botella de vino de Burdeos, y que le hizo
descorchar una botella de vino de Oporto.
—¡Oh! —exclamó Peyrade—, it is very vine de Portugal of Ingleterra.
Blondet, Du Tillet y Bixiou cambiaron una sonrisa. Peyrade tenía la
capacidad de parodiarlo todo, incluso el ingenio. Hay pocos ingleses que no
sostengan que el oro y la plata son mejores en Inglaterra que en cualquier
otra parte. Los pollos y huevos procedentes de Normandía que llegan al
mercado de Londres autorizan a los ingleses a sostener que los pollos y los
huevos de Londres son mejores (very fines) que los de París, que vienen del
mismo sitio. Esther y Lucien quedaron estupefactos ante aquella perfección
en el vestir, en el habla y en la audacia. Se bebía y se comía tanto y con tal
placer, entre conversaciones y risas, que pronto fueron las cuatro de la
madrugada. Bixiou creyó haber logrado una de esas victorias descritas con
tanta gracia por Brillat-Savarin. Pero en el mismo momento en que pensaba,
ofreciendo más vino a su tío: "¡He vencido a Inglaterra!...", Peyrade dijo a
aquel temible bromista:
—¡Echa más, muchacho!
Sólo Bixiou oyó estas palabras.
—¡Eh, amigos! ¡Es tan inglés como yo!... ¡Mi tío es un gascón! ¡No podía
ser de otra manera!
Bixiou estaba solo con Peyrade, de modo que nadie oyó esta revelación.
Peyrade se cayó de la silla al suelo. Paccard cogió en seguida a Peyrade y
lo subió a una buhardilla, donde se durmió profundamente. A las seis de la
tarde el nabab se despertó al sentir el contacto de un trapo húmedo con el
que le lavaban la cara, y se encontró sobre un mal catre; frente a él, a Asia
enmascarada y disfrazada con un dominó negro.
—¡Vaya, tío Peyrade, ya somos dos! —dijo ella.
—¿Dónde estoy?... —dijo mirando a su alrededor.
—Escuche lo que voy a decirle y se le pasará la borrachera —contestó Asia
—. Aunque no quiera usted a la señora Du Val-Noble, a su hija sí la quiere,
¿verdad?
—¿Mi hija? —exclamó Peyrade con un rugido.
—Sí, la señorita Lydie...
—¿Qué pasa?
—Que ya no está en la calle de los Moineaux, está secuestrada.
Peyrade dio un suspiro parecido al que dan los soldados que mueren,
heridos repentinamente en el campo de batalla.
—Mientras que usted fingía ser un inglés, otro fingía ser Peyrade. Su
pequeña Lydie creyó que seguía a su padre, y ahora está en lugar seguro...
¡Oh, no la encontraría usted nunca! A menos que repare el daño que ha
hecho...
—¿Qué daño?
—Ayer negaron la entrada en casa del duque de Grandlieu al señor Lucien
de Rubempré. Este resultado se debe a tus intrigas y al hombre que nos has
destinado. Ni una palabra. ¡Escucha! —dijo Asia, viendo que Peyrade iba a
abrir la boca—. No tendrás a tu hija, pura y sin mancilla —prosiguió Asia,
recalcando con énfasis cada palabra—, más que el día en que el señor
Lucien de Rubempré salga de Saint-Thomas-d'Aquin casado con la señorita
Clotilde. Si dentro de diez días Lucien de Rubempré no vuelve a ser admitido
como antes a la casa de Grandlieu, primero morirás de muerte violenta, sin
que haya nada que pueda preservarte del golpe que te amenaza... Luego,
cuando ya te sientas herido de muerte, te dejarán algún tiempo, antes de
morir, para que medites sobre esto: "¡Mi hija es una prostituta para el resto
de sus días!..." Aunque hayas sido tan tonto de dejar esta presa al alcance
de nuestras garras, todavía te queda la.suficiente inteligencia para meditar
sobre este mensaje de nuestro gobierno. No ladres, no digas una sola
palabra, ve a cambiarte de ropa a casa de Contenson,. vuelve a tu casa y
Katt te dirá que tu pequeña Lydie, siguiendo lá orden de un billete que tú
mandaste, bajó de casa y no han vuelto a verla. Si te quejas, si das el menor
paso, se empezará por donde te he dicho que se terminaría con tu hija: ya
está prometida a De Marsay. Con el tío Canquoèlle no hay que emplear
frases bonitas ni guantes de lana, ¿no es así?... Vete y procura no meter la
nariz en nuestros asuntos.
Asia dejó a Peyrade en un estado lastimoso; cada palabra fue para él como
un mazazo. El espía tenía dos lágrimas en los ojos y otras dos en la parte
inferior de sus mejillas, unidas por sendos regueros húmedos.
—Esperan al señor Johson para la comida —dijo Europa, asomando la
cabeza, un instante después.
Peyrade no respondió, bajó y caminó, por las calles hasta una parada de
coches, fue a cambiarse a casa de Contenson sin decirle una palabra, volvió
a vestirse como tio Canquoèlle, y a las ocho llegó a su casa. Subió las
escaleras con el corazón palpitando. Cuando la flamenca oyó a su amo, le
preguntó con tanta ingenuidad por su hija, que el viejo espía tuvo que
apoyarse. El golpe rebasó sus fuerzas. Entró en las habitaciones de su hija y
llegó a perder el sentido a causa del dolor al encontrar vacío el piso y al
escuchar la narración de Katt, que le contó las circunstancias de un rapto
montado con tanta habilidad como si fuera él mismo quien lo hubiera ideado.
"Bueno —dijo para sí—, hay que ceder, me vengaré más tarde, vamos a ver
a Corentin... Es la primera vez que encontramos adversarios. Corentin
dejará que ese pimpollo se case con emperatrices, ¡si lo quiere!... ¡Ah!,
comprendo que mi hija se haya enamorado de él la primera vez que le vio...
¡Oh!, el cura español sabe hacer las cosas... ¡Valor, tío Peyrade, deja libre a
tu presa!" El pobre padre no preveía el horrible golpe que le esperaba.
Una vez en casa de Corentin, Bruno, el criado de confianza; que conocía a
Peyrade, le dijo:
—El señor se ha marchado...
—¿Por mucho tiempo?
—¡Por diez días!...
—¿Adonde?

—¡No lo sé!... "¡Oh, Dios mío, me estoy volviendo estúpido! Pregunto


adonde... como si se lo dijéramos", pensó..
Unas horas antes de que Peyrade fuera despertado en la buhardilla de la
calle Saint-Georges, Corentin, que venía de su finca de Passy, se
presentaba en casa del duque de Grandlieu vestido de ayuda de cámara de
casa rica. En uno de los ojales de su traje negro llevaba la cinta de la Legión
de Honor. Se había puesto, maquillándose, una cara de anciano, con el
cabello empolvado, pálida y llena de arrugas. Sus ojos estaban velados por
unas gafas de concha. Tenía el aspecto, en suma, de un anciano jefe de
oficina. Cuando hubo dado su nombre (señor de Saint-Denis), fue conducido
al despacho del duque de Grandlieu, donde halló a Derville leyendo la carta
que había dictado él mismo a uno de sus agentes, el Número encargado de
las Escrituras. El duque cogió aparte a Corentin para explicarle todo lo que
sabía Corentin. El señor de Saint-Denis escuchó fríamente,
respetuosamente, entreteniéndose en estudiar a aquel gran señor, en
penetrarlo hasta el meollo, en poner al descubierto aquella vida ocupada,
entonces y siempre, en el whist y en la fama de la casa de Grandlieu. Los
grandes señores son tan ingenuos con sus inferiores, que Corentin no
necesitó hacer humildemente demasiadas preguntas al señor de Grandlieu
para que brotaran impertinencias.
—Si quiere usted hacerme caso, caballero —dijo Corentin a Derville, tras
haber sido presentado al procurador con todos los requisitos—, saldremos
esta misma tarde hacia Angulema con la diligencia de Burdeos, que va tan
de prisa como el coche correo, y no necesitaremos estar más de seis horas
para reunir las informaciones que desea el señor duque. Si he comprendido
bien a Su Señoría, basta con saber si la hermana y el cuñado del señor de
Rubempré han podido darle un millón doscientos mil francos, ¿no es así?...
—dijo, mirando al duque.
—Lo ha comprendido perfectamente —contestó el par de Francia.
—Podemos estar de vuelta dentro de cuatro días —repuso Corentiri,
mirando a Derville—, y así ni el uno ni el otro habremos abandonado
nuestros negocios por un espacio de tiempo tal que se vean afectados.
—Es la única objeción que tenía que hacer a Su Señoría —dijo Derville—.
Son las cuatro, vuelvo a mi casa a dar unas instrucciones a mi primer
pasante; después de la cena estaré a las ocho... Pero, ¿tendremos plazas?
—dijo al señor dé Saint-Denis, interrumpiéndose.
—Respondo de ello —contestó Corentin—; le espero a las ocho en el patio
de las Mensajerías de la Oficina Principal. Si no hay plazas, haré que las
haya: así es como hay que servir a Su Señoría el duque de Grandlieu.
—Señores —dijo el duque con infinita gracia— todavía no les doy las
gracias...
Corentin y el procurador, que tomaron estas palabras como señal de
despido, saludaron y salieron. En el momento en que Peyrade estaba
interrogando al criado de Corentin, el señor de Saint-Denis y Derville,
instalados en la berlina de la diligencia de Burdeos, se observaban
mutuamente en silencio a la salida de París. Al día siguiente, yendo de
Orléans a Tours, Derville, que se aburría, se puso a charlar, y Corentin se
avino a entretenerle, aunque guardando las distancias; le hizo creer que
pertenecía a la diplomacia y que esperaba llegar a ser cónsul general con la
protección del duque de Grandlieu. Dos días después de su salida de París,
Corentin y Derville se detenían en Mansle, con gran sorpresa por parte del
procurador, que creía dirigirse a Angulema.
—En esta pequeña ciudad —dijo Corentin a Derville —conseguiremos
informaciones positivas sobre la señora Séchard.
—¿La conoce usted, pues? —preguntó Derville, sorprendido de ver que
Corentin estaba tan bien informado.
—He hecho hablar al conductor al darme cuenta de que es de Angulema, y
me ha dicho que la señora Séchard vive en Marsac, que no está más que a
una legua de Mansle. He pensado que aquí estaremos en mejores
condiciones que en Angulema para desentrañar la verdad.
"Por lo demás —pensó Derville—, según me ha dicho el señor duque, yo no
soy más que el testigo de las indagaciones que haga este hombre de
confianza..."
La posada de Mansle, llamada La Belle Étoile, tenía por dueño a uno de
esos hombres gruesos a los que se teme siempre no volver a encontrar a la
vuelta y que, en cambio, vuelven a estar al cabo de diez años en el umbral
de la puerta con la misma cantidad de carne, el mismo gorro de algodón, el
mismo delantal, el mismo cuchillo, los mismos cabellos grasientos y la
misma triple papada, y que aparecen estereotipados en las obras de todos
los grandes novelistas, desde el inmortal Cervantes hasta el inmortal Walter
Scott. ¿Acaso no ocurre que todos tienen grandes pretensiones acerca de
su arte culinario, que dicen estar todos al entero servicio del cliente y que
acaban todos sirviendo un pollo descarnado y unas legumbres aderezadas
con mantequilla rancia? Todos ponderan sus vinos y le obligan a uno a
consumir los vinos de la región. Pero desde temprana edad Corentin había
aprendido a obtener de los posaderos cosas más importantes que un plato
dudoso o un vino apócrifo. Por eso se presentó como un hombre muy fácil
de contentar y que se abandonaba por completo a la discreción del mejor
cocinero de Mansle, según dijo a aquel hombre.
—No me cuesta mucho ser el mejor, puesto que soy el único —respondió el
posadero.
—Sírvanos en la sala de al lado —dijo Corentin, haciendo un guiño a
Derville—, y sobre todo no tenga a mal poner mucho fuego en la chimenea,
tenemos los dedos entumecidos.
—No hacía precisamente calor en la berlina —dijo Derville.
—¿Está muy lejos Marsac? —preguntó Corentin a la mujer del posadero,
que había bajado de las regiones superiores al saber que en la diligencia
habían llegado viajeros que se quedaban a dormir.
—¿Va usted a Marsac, caballero? —preguntó la posadera.
—No lo sé —contestó con una ligera sequedad—. ¿Es muy grande la
distancia de aquí a Marsac? —volvió a preguntar Corentin, tras haber dejado
a la dueña tiempo suficiente para que viera su cinta roja.
—En cabriolé es cuestión de una media hora corta —dijo la mujer del
posadero.
—¿Cree usted que estarán ahora en invierno el señor y la señora
Séchard?...
—Sin duda alguna: pasan allí todo el año...
—Son las cinco; no se habrán acostado a las nueve, ¿verdad?
—¡Oh, y hasta las diez pueden encontrarlos! Todas las noches reciben
visitas, el cura, el señor Marron, el médico.
—¡Son buena gente! —dijo Derville. —La flor y nata, caballero —contestó la
mujer del posadero—; son unas personas dignas y honradas... ¡y que no
tienen nada de ambición! El señor Séchard, aunque lleva una existencia
acomodada, tendría millones, según dicen, si no se hubiera dejado arrebatar
un invento sobre la fabricación de papel del que se han aprovechado los
hermanos Cointet.
—¡Ah, sí, los hermanos Cointet! —dijo Corentin.
—Cállate —dijo el posadero—. ¿Qué les importa a estos señores que el
señor Séchard tenga o no tenga derecho a una patente de un método para
fabricar papel? Estos señores no comercian con papel... Si piensan pasar la
noche en casa, en La Belle Étoile —dijo el posadero, dirigiéndose a los dos
viajeros—, aquí tienen el libro, les ruego que se inscriban. Tenemos un
sargento que no tiene nada que hacer y que se pasa el tiempo
molestándonos...
—Demonio, demonio, yo creía que los Séchard eran muy ricos —dijo
Corentin, mientras, Derville escribía su nombre y su calidad de procurador
en el Tribunal de Primera Instancia del departamento del Sena.
—Hay quien dice que son millonarios —respondió el posadero—, pero
querer evitar que se muevan las lenguas es como proponerse evitar que
fluya el río. Séchard padre dejó doscientos mil francos en bienes, y eso es
ya mucho para un hombre que había empezado siendo obrero. Pues bien,
tenía quizás otro tanto de ahorros... ya que acabó sacando de diez a doce
mil francos de sus bienes. Pues supongamos que haya sido lo bastante
tonto como para no invertir su dinero durante diez años, y nos salen las
cuentas. Pero pongamos trescientos francos, si practicó la usura como se
sospecha, y tenemos todo el asunto. Quinientos mil francos está muy lejos
de un millón. Me conformaría con la diferencia; si la tuviera no seguiría
estando en La Belle Étoile.
—¡Cómo! —dijo Corentin—. ¿El señor David Séchard y su esposa no tienen
una fortuna de dos o tres millones?...
—Eso es lo que les atribuyen a los señores Cointet, que le arrebataron el
invento —exclamó la mujer del posadero—, y no sacó de ellos más de veinte
mil francos... ¿De dónde quiere usted que esa buena gente sacaran
millones? Vivían con lo justo en vida de su padre. De no ser por Kolb, su
administrador, y por la señora Kolb, que les era tan fiel como su marido,
habríatl vivido con grandes dificultades. ¿Qué tenían con la Verberie?... ¡Mil
escudos de renta!...
Corentin tomó a Derville aparte y le dijo:
—In vino ventas! La verdad se halla en el zumo de la vid. Por mi parte, veo
en las posadas los auténticos registros civiles de las regiones; los notarios
no están mejor informados que los posaderos de todo lo que pasa en los
lugarejos. Ya lo ve: se supone que conocemos a los Cointet, a Kolb, etc. Un
posadero es el repertorio viviente de todas las aventuras, hace de policía sin
darse cuenta. Un gobierno cualquiera ha de mantener a lo sumo a
doscientos espías, puesto que en un país como Francia hay diez millones de
soplones honrados. Pero no estamos obligados a fiarnos de esta
información, aunque en este pequeño pueblo podríamos ya enterarnos de
algo acerca del millón doscientos mil francos que desaparecieron para pagar
las tierras de Rubempré... No nos quedaremos mucho tiempo aquí...
—Así lo espero —dijo Derville.
—Ahora le diré por qué —repuso Corentin—. He encontrado la manera más
natural de sacarles la verdad a los esposos Séchard. Cuento con usted para
que apoye, con su autoridad de procurador, la pequeña astucia que
emplearé para lograr unas cuentas claras y precisas acerca de su fortuna.
Después de cenar iremos a casa del señor Séchard —dijo Corentin a la
mujer del posadero—, prepárenos usted las camas; queremos una
habitación para cada uno. En La Belle Étoile tiene que haber sitio.
—Hemos acertado con el nombre —dijo la mujer—, ¿verdad, caballero?
—¡Oh!, este juego de palabras se da en todos los departamentos —dijo
Corentin—; ustedes no tienen el monopolio.
—Están servidos, caballeros —dijo el posadero.
—Pues, ¿de dónde diablos habría sacado el dinero ese joven?... ¿Será
verdad lo que dice la carta anónima? ¿Será el precio de alguna muchacha
bonita? —dijo Derville a Corentin, sentándose a la mesa para cenar.
—¡Oh!, eso sería el objeto de otra investigación —dijo Corentin—. Lucien de
Rubempré vive, según me ha dicho el duque de Chaulieu, con una judía
conversa que se hacía pasar por holandesa y cuyo nombre es Esther Van-
Bogseck.
—¡Qué curiosa coincidencia! —dijo el procurador—. Estoy buscando a la
heredera de un holandés llamado Gob-seck; se trata del mismo nombre con
un cambio de consonantes...
—En París —dijo Corentin—, a mi regreso, le conseguiré informaciones
sobre su filiación.
Una hora después los dos encargados de negocios de la casa de Grandlieu
partían para la Verberie, la casa del señor y la señora Séchard. Lucien no
había tenido jamás emociones tan profundas como las que sintió en la
Verberie comparando su destino con el de su cuñado. Los dos parisienses
iban a encontrar el mismo espectáculo que unos días antes había
impresionado a Lucien. Allí todo respiraba tranquilidad y abundancia.
Cuando los dos forasteros estaban por llegar, había cinco personas en el
salón de la Verberie: el cura de Marsac, joven sacerdote de veinticuatro años
que, a instancias de la señora Séchard, se había hecho preceptor de su hijo
Lucien; el médico del lugar, llamado señor Marron; el alcalde del municipio, y
un viejo coronel retirado que se dedicaba al cultivo de rosas en una pequeña
propiedad situada frente a la Verberie, al otro lado de la carretera. Estas
personas, en invierno, iban cada tarde a jugar al inocente juego del bostón, a
un céntimo cada ficha, a coger los periódicos o a devolver los que ya habían
leído. Cuando el señor y la señora Séchard compraron la Verberie, hermosa
casa de piedra caliza cubierta de pizarra, sus dependencias de recreo
consistían en un pequeño jardín. Con el tiempo, y dedicando a ello sus
ahorros, la hermosa señora Séchard amplió su jardín hasta un riachuelo,
sacrificando los viñedos que adquirió y convirtiéndolos en céspedes y
macizos. En aquel momento, la Verberie, rodeada de un pequeño parque de
unos dieciséis arpents rodeados por muros, era considerada la finca más
importante de la región. La casa del difunto Séchard y sus dependencias no
servían más que para la explotación de algunos arpents de viñedo dejados
por él, además de cinco alquerías que producían cerca de seis mil francos, y
ocho arpents de prados. situados al otro lado del riachuelo, justo delante del
parque de la Verberie; la señora Séchard tenía el propósito de incluirlos en el
parque al año siguiente. En los alrededores ya se le daba a la Verberie el
nombre de mansión señorial, y llamaban a Éve Séchard la señora de
Marsac. Al satisfacer su vanidad, Lucien no había hecho sino imitar a los
campesinos y a los cultivadores de viñedos. Se rumoreaba que Courtois, el
propietario de un molino situado a algunos tiros de fusil de los prados de la
Verberie, estaba en tratos con la señora Séchard a propósito de este molino.
Aquella adquisición probable acabaría de dar a la Verberie el aire de una
finca de primer orden en el departamento. La señora Séchard, que
prodigaba muchos favores con tanto discernimiento como grandeza, era
muy estimada y querida. Su magnífica belleza había alcanzado entonces su
máximo despliegue. Aunque tenía cerca de veintiséis años, conservaba el
frescor de la juventud gracias al reposo y a la abundancia que proporciona la
vida del campo. No había dejado de sentir amor por su marido y respetaba
en él al hombre de talento suficientemente modesto para renunciar a las
pompas de la gloria; por último, para acabar de retratarla, basta quizá con
decir que durante toda su vida no había tenido un solo latido de corazón que
no hubiera sido suscitado por sus hijos 0 por su marido. El tributo que este
matrimonio pagaba a la infelicidad era, como es fácil de adivinar, la profunda
tristeza que causaba la vida de Lucien, en la que Éve Séchard presentía
muchos misterios que le producían un gran temor, abonado por el hecho de
que Lucien, durante su última visita, cortó secamente todas las preguntas de
su hermana díciéndole que los ambiciosos no responden de los medios que
emplean más que ante sí mismos. A lo largo de seis años Lucien había visto
tres veces a su hermana y no le había escrito más de seis cartas. Su primera
visita a la Verberie tuvo lugar con ocasión de la muerte de sü madre, y la
última había tenido por objeto pedir el favor de aquella mentira tan necesaria
para su política. Esto fue motivo de una escena muy grave entre el señor y la
señora Séchard y su hermano, escena que dejó dudas atroces grabadas en
el interior de aquella existencia noble y apacible.
El interior de la casa, que estaba transformado igual que el exterior,
resultaba confortable sin ofrecer ningún lujo. Esto podrá apreciarse dando
una rápida mirada al salón donde en aquel momento estaba la gente
reunida. Una hermosa alfombra de Aubusson, algunos tapices de tela
asargada de algodón gris adornados con trencillas de seda verde, unas
pinturas imitando madera de Spa, un mueble de caoba esculpida, adornado
con cachemira gris y pasamanería verde, y unas jardineras llenas de flores,
pese a la época del año en que se hallaban, ofrecían un conjunto acariciador
a la mirada. Las cortinas de seda verde de las ventanas, los adornos de la
chimenea, el marco de los espejos, no caían en ese mal gusto provinciano
que todo lo estropea. Por último, los detalles más nimios, limpios y
elegantes, todo daba sensación de reposo debido a esa especie de poesía
que toda mujer enamorada y con talento puede y debe introducir en su
hogar.
La señora Séchard, que aún guardaba luto por su padre, trabajaba junto al
fuego en una labor de tapicería con la ayuda de la señora Kolb, el ama de
llaves, a cuyos cuidados dejaba todos los detalles de la casa. En cuanto el
cabriolé llegó a la altura de las primeras casas de Marsac, a los visitantes
habituales de la Verberie había que añadir la presencia de Courtois, el
molinero, viudo de su esposa, que quería retirarse de los negocios y que
esperaba vender bien su propiedad, que parecía interesar a la señora Éve, y
Courtois sabía por qué.
—¡Un cabriolé que se detiene aquí! —dijo Courtois al oír en la puerta el
ruido del coche—. Por el ruido de chatarra es presumible que sea del país...

—Serán seguramente Postel y su mujer, que vienen a verme —añadió el


médico.
—No —repuso Courtois—, el cabriolé viene del lado de Mansle.
—Señora —dijo Kolb (un alsaciano alto y gordo)—, hay un brogurator te
Barís gue guiere haplar gon el señor. —¡Un procurador!... —exclamó
Séchard—. Esta palabra me produce cólico.
—Gracias —dijo el alcalde de Marsac, llamado Cachan, procurador durante
veinte años en Angulema, y que en otro tiempo había recibido el encargo de
demandar a Séchard.
—Mi pobre David no cambiará nunca, siempre será un distraído —dijo Éve,
sonriendo.
—Un procurador de París —exclamó Courtois—. ¿Tiene acaso negocios en
París? —No —dijo Éve.
—Tiene un hermano —explicó Courtois, sonriendo. -Ojo que no sea a causa
de la herencia del tío Séchard —dijo Cachan—. Había hecho negocios
turbios, aquel buen hombre...
Corentin y Derville entraron y, tras haber saludado a los presentes y
anunciado sus nombres, pidieron si podían hablar particularmente con la
señora Séchard y su esposo.
—Con mucho gusto —dijo Séchard—. Pero, ¿se trata de negocios?
—Se trata tan sólo de la herencia de su señor padre —respondió Corentin.
—Permitan ustedes, pues, que asista a la entrevista el señor alcalde, que es
un exprocurador de Angulema.
—¿Es usted el señor Derville?... —dijo Cachan, mirando a Corentin.
—No, señor, es este caballero —contestó Corentin señalando al procurador,
que hizo un saludo.
—Pero si estamos en familia —dijo Séchard—, no tenemos nada que
esconder a nuestros vecinos; no hace falta que vayamos a mi despacho,
donde no hay fuego... Nuestra vida transcurre a la vista de todos...
—La de su padre —dijo Corentin— tuvo algunos misterios que quizá le
incomodaría que se publicasen.
—¿Se trata de algo que nos pueda hacer enrojecer?... —dijo Éve,
alarmada.
—¡Oh, no, es un mero devaneo de juventud! —dijo Corentin, tendiendo con
la mayor sangre fría una de sus innumerables trampas—. Su padre le dejó a
usted un hermano mayor...
—¡Vaya con el viejo zorro! —exclamó Courtois—. No le quería a usted
demasiado, señor Séchard, y le guardó ésta, el cazurro... Ahora entiendo lo
que quería decir cuando me decía: "¡Las verá de todos los colores cuando
esté enterrado!"
—¡Oh, tranquilícese usted, caballero! —dijo Corentin a Séchard, mirando a
Éve de soslayo.
—¡Un hermano! —exclamó el médico—. Pero, ¡eso significa que la herencia
deberá repartirse!
Derville fingía contemplar los hermosos grabados antiguos que estaban
expuestos en los paneles del salón.
—¡Oh, tranquilícese, señora! —dijo Corentin al ver la sorpresa pintada en el
rostro de la hermosa señora Séchard—, no se trata más que de un hijo
natural. Los derechos de los hijos naturales no son los de los hijos legítimos.
Este hijo está en la miseria más profunda, y tiene derecho a una suma
proporcionada a la importancia de la herencia... Los millones dejados por su
padre...
Al oírse aquella palabra, millones, se produjo un grito unánime en el salón.
En aquel instante Derville dejó de contemplar los grabados.
—¿El tío Séchard millones?... —dijo el grueso Courtois—. ¿Quién le ha
dicho eso? Algún campesino.
—Caballero —dijo Cachan—, no pertenece usted al fisco; de modo que
podemos decirle lo que hay en realidad...
—Esté usted tranquilo, le doy palabra de honor de que no soy ningún
funcionario de Hacienda.
Cachan, que acababa de hacerles a todos señal de que se callaran, dejó
escapar un gesto de satisfacción.
—Señor mío —añadió Corentin—, aunque no hubiera más que un millón, la
parte del hijo natural seria aún sustanciosa. No venimos a hacer ningún
proceso, al contrario, venimos a proponerle que nos dé cien mil francos y
nos vamos en seguida.
—¡Cien mil francos!... —exclamó Cachan, interrumpiendo a Corentin—.
Pero, caballero, si el tío Séchard dejó dieciséis arpents de viñedos, cinco
pequeñas alquerías, ocho arpents de prados en Marsac y ni un céntimo...
—Por nada del mundo quisiera decir una mentira, señor Cachan —exclamó
David Séchard, interviniendo—; y en asuntos de intereses, menos aún que
en otras cosas... Caballero —dijo a Corentin y a Derville—, mi padre nos ha
dejado, además de estos bienes... —por mucho que Courtois y Cachan se
esforzaran en hacer signos a Séchard, éste continuó—, trescientos mil
francos, con lo cual la herencia se eleva aproximadamente a quinientos mil
francos.
—Señor Cachan —dijo Éve Séchard—, ¿cuál es la parte que la ley atribuye
al hijo natural?...
—Señora —dijo Corentin—, no somos unos saqueadores, sólo le pedimos
que nos jure delante de estos señores que no reunieron más de cien mil
escudos de plata de la herencia de su suegro, y nos entenderemos bien...
—Antes —dijo el exprocurador de Angulema a Derville—, dé usted su
palabra de honor de que es procurador.
—Aquí tiene mi certificado —dijo Derville a Cachan, tendiéndole un papel
doblado en cuatro—, y el caballero no es ningún inspector general de
Hacienda, como ustedes podrían creer, tranquilícense —añadió Derville—
Sólo teníamos un gran interés por saber la verdad sobre la herencia
Séchard, y ya la sabemos... —Derville cogió a la señora Éve de la mano y la
llevó muy cortésmente al extremo del salón—. Señora —le dijo en voz baja
—, si no estuvieran en juego el honor y el porvenir de la casa de Grandlieu
en este asunto, no me habría prestado a esta estratagema ideada por este
caballero condecorado; excúsele usted, se trataba de descubrir la mentira
gracias a la cual el hermano de usted ha sorprendido la fuena fe de tan
noble familia. Guárdese bien ahora de intentar hacer creer que le ha dado un
millón doscientos mil francos para comprar las tierras de Rubempré...
—¡Un millón doscientos mil francos! —exclamó la señora Séchard,
palideciendo—. ¿Y de dónde los habrá sacado, el desgraciado?...
—¡Ahí está! —dijo Derville—. Me temo que el origen de esa fortuna sea
muy impuro.
A Éve se le llenaron de lágrimas los ojos, como advirtieron sus vecinos.
—Quizá le hayamos prestado un gran servicio —le dijo Derville—
impidiéndole caer en una mentira cuyas consecuencias pueden ser muy
peligrosas.
Derville dejó a la señora Séchard sentada, pálida, con lágrimas en las
mejillas, y saludó a los presentes.
—¡A Mansle! —dijo Corentin al muchacho que conducía el cabriolé.
La diligencia de Burdeos a París, que pasó por la noche, tenía una sola
plaza libre; Derville rogó a Corentin que le dejara marchar a él primero,
alegando negocios; en el fondo no se fiaba de su compañero de viaje, cuya
habilidad diplomática y cuya sangre fría le parecieron responder a un hábito.
Corentin se quedó en Mansle tres días, sin hallar ocasión para marchar; se
vio obligado a escribir a Burdeos para reservar una plaza hasta París, de
modo que no pudo estar de vuelta hasta nueve días después de su partida.
Durante aquel tiempo, Peyrade iba todas las mañanas a casa de Corentin, a
Passy o a París, para saber si ya había vuelto. El octavo día dejó en ambos
domicilios una carta cifrada según el código convenido entre ambos, en la
que explicaba a su amigo la clase de muerte con la que le amenazaban, el
secuestro de Lydie y la horrible suerte a la que la destinaban. Viéndose
atacado de un modo análogo a como él solía atacar, Peyrade, privado de
Corentin, pero con la ayuda de Contenson, siguió llevando su disfraz de
nabab. Aunque lo hubieran descubierto sus invisibles enemigos, pensaba
muy sensatamente que podría recoger ciertas informaciones permaneciendo
en el mismo campo de batalla. Contenson había puesto en marcha a todos
sus conocidos en busca de Lydie, y esperaba descubrir la casa en que
estaba escondida; pero la imposibilidad, día a día confirmada, de descubrir
el menor rastro, fue incrementando paulatinamente el desespero de
Peyrade. El viejo espía se rodeó de una guardia de doce o quince agentes
de los más diestros. Vigilaban los alrededores de la calle de los Moineaux y
de la calle Taitbout, donde vivía, en su papel de nabab, con la señora Du
Val-Noble. Durante los tres últimos días del plazo fatal dado por Asia para
restablecer la buena fama de Lucien en la casa de Grandlieu, Contenson no
abandonó al veterano de la antigua dirección general de policía. Así pues, la
poesía de terror que difunden las tribus guerreras enemigas con sus
estratagemas en el seno de los bosques de América, y de la que se valió
Cooper, se desprendía de los más nimios detalles de la vida parisiense. Los
transeúntes, las tiendas, los coches de punto, una persona de pie en una
encrucijada, todo ofrecía a los hombres-número encargados de la defensa
de la vida del viejo Peyrade el enorme interés que en las novelas de Cooper
ofrecen un tronco de árbol, una guarida de castores, una roca, una piel de
bisonte, una canoa inmóvil o un follaje a flor de agua.
—Si el español se ha marchado, no tiene usted nada que temer —decía
Contenson a Peyrade, haciéndole notar la profunda tranquilidad de que
gozaban.
—¿Y si no se ha marchado? —contestaba Peyrade.
—Se fue con uno de mis hombres detrás de su calesa; pero al llegar a Blois,
mi agente tuvo que bajar y no pudo volver a coger el coche.
Cinco días después del regreso de Derpille, Lucien recibió una mañana la
visita de Rastignac.
—Querido amigo, estoy desesperado de tener que comunicarte algo que se
me ha encargado, debido a nuestra íntima amistad. Tu casamiento está roto,
sin que te quepa la menor esperanza de recomponerlo. No vuelvas a poner
los pies en la casa de Grandlieu. Para casarte con Clotilde tendrías que
esperar la muerte de su padre, y se ha vuelto demasiado egoísta para
morirse pronto. Los viejos jugadores de whist aguantan mucho... Clotilde se
marchará a Italia con Madeleine de Lenoncourt-Chaulieu. La pobre
muchacha te quiere tanto, amigo mío, que ha sido preciso vigilarla; quería
venir a verte, y ya había concebido su pequeño proyecto de evasión... Es un
consuelo, dentro de tu desgracia.
Lucien no contestaba, miraba a Rastignac.
—Después de todo, ¿es realmente una desgracia?... —le dijo su
compatriota—. ¡Muy fácilmente encontrarás a otra muchacha tan noble y
más hermosa que Clotilde!....La señora de Sérizy te casará para vengarse;
no puede soportar a los Grandlieu, que jamás han querido recibirla; tiene
una sobrina, la pequeña Clémence du Rouvre...
—Mi querido amigo, desde nuestra última cena no estoy en buenas
relaciones con la señora de Sérizy; me vio en el palco de Esther y me hizo
una escena, así que la dejé correr.
—Una mujer de más de cuarenta años no se enfada por mucho tiempo con
un muchacho tan guapo como tú —dijo Rastignac—. Yo sé algo de estas
puestas de sol... que duran diez minutos en el horizonte y diez años en el
corazón de una mujer.
—Hace ocho días que espero carta suya.
—¡Ve a verla!
—Ahora será preciso.
—¿Vendrás al menos a casa de la Val-Noble? Su nabab corresponde con
una cena a Nucingen por la invitación del otro día.
—Iré —dijo Lucien con gravedad.
El día después de la confirmación de su desgracia, de la que Carlos fue
inmediatamente informado, Lucien fue con Rastignac y Nucingen a casa del
falso nabab.
A medianoche el antiguo comedor de Esther reunía a casi todos los
personajes de aquel drama, cuyos hilos, ocultos bajo el lecho mismo de
aquellas torrenciales existencias, sólo eran conocidos por Esther, Lucien,
Peyrade, el mulato Contenson y Paccard, que fue a servir a su ama. La
señora Du Val-Noble, sin que se enteraran Peyrade ni Contenson, había
pedido a Asia que fuera a ayudar a su cocinera. Al sentarse a la mesa,
Peyrade, que había dado quinientos francos a la señora Du Val-Noble para
que se hicieran bien las cosas, encontró en su servilleta un papel en el que
leyó estas palabras escritas en lápiz: Los diez días expiran en el mismo
momento en que usted se sienta a la mesa. Peyrade pasó el papel a
Contenson, que estaba detrás suyo, y le dijo en inglés: —¿Eres tú el que ha
puesto aquí mi nombre? Contenson leyó a ía luz de las velas aquel Mane,
Tecel, Fares y se guardó el papel en el bolsillo, pero sabía lo difícil que es
reconocer al autor de una escritura en lápiz, y sobre todo una frase escrita
en mayúsculas, es decir, con unos trazos, por así decirlo, matemáticos, ya
que las mayúsculas se componen únicamente de curvas y rectas, en las que
es imposible reconocer los hábitos de la mano, a diferencia de la escritura
llamada cursiva.
La cena se desarrolló sin ninguna alegría. Peyrade era presa de una
preocupación visible. De los jóvenes calaveras que saben alegrar las cenas,
no había más que Lucien y Rastignac. Lucien estaba muy triste y meditando.
Rastignac, que acababa de perder dos mil francos antes de la cena, bebía y
comía con la idea de recuperarlos después de la comida. Las tres mujeres,
impresionadas por aquella frialdad, se miraron. El aburrimiento hizo perder
sabor a la comida. Con las cenas ocurre como con las obras de teatro y con
los libros, tienen sus días. Al terminarse la cena, sirvieron helados en forma
piramidal, con pequeños frutos confitados colocados encima del helado, y
servidos en pequeños vasos. La señora Du Val-Noble había encargado
estos helados en la casa Tortoni, cuyo famoso establecimiento se halla en el
cruce de la calle Taitbout con el bulevar. La cocinera mandó llamar al mulato
para pagar la cuenta del heladero. Contenson, que consideró que la
exigencia del mozo no era natural, bajó y le espetó lo siguiente: "¿No viene
de la casa Tortoni?..." Y volvió a subir en seguida. Pero Paccard había
aprovechado esta ausencia para repartir los helados entre los invitados.
Cuando el mulato llegaba a la puerta del piso uno de los agentes que
vigilaban la calle de los Moineaux gritó en la escalera:
—¡Número veintisiete!
—¿Qué pasa? —preguntó Contenson, volviendo a bajar rápidamente la
escalera.
—Dígale al papá que su hija ha vuelto, y ¡en qué estado, Dios mío! Que
venga en seguida, que se muere.
En el instante en que Contenson volvió a entrar en el comedor, el viejo
Peyrade, que había bebido considerablemente, estaba ingiriendo la guinda
de su helado. Brindando a la salud de la señora Du Val-Noble, el nabab llenó
su copa de un vino llamado de Constance y la vació de un trago. Pese a la
turbación que llenaba a Contenson al pensar en la noticia que iba a tener
que dar a Peyrade, le chocó, al entrar de nuevo, la profunda atención con la
que Paccard miraba al nabab. Los ojos del criado de la señora de Champy
parecían dos llamas fijas. Esta observación, a pesar de su trascendencia, no
detuvo sin embargo al mulato, que se inclinó hacia su amo en el instante en
que Peyrade dejaba su copa vacía sobre la mesa.
—Lydie está en casa —dijo Contenson—, y en un estado muy triste.
Peyrade soltó la más francesa de todas las palabrotas francesas con un
acento meridional tan pronunciado, que en las caras de todos los invitados
se grabó la más profunda de las sorpresas. Dándose cuenta, de su falta,
Peyrade descubrió su disfraz diciendo en perfecto francés a Contenson:
—¡Tráeme un coche!... Me largo de aquí.
Todos se levantaron de la mesa.
—¿Quién es usted? —exclamó Lucien.
—¡Sí!... —dijo el barón.
—Bixiou me había asegurado que sabía usted imitar a los ingleses mejor
que él, y no quería creérmelo —dijo Rastignac.
—Es alguno que ha hecho bancarrota —dijo Du Tillet en voz alta—. ¡Me lo
sospechaba!...
—¡Qué lugar tan singular es París!... —dijo la señora Du Val-Noble—.
Después de haber ido a la quiebra en su barrio, un negociante hace
impunemente su aparición en los Campos Elíseos disfrazado de nabab o de
dandy... Qué suerte la mía; siempre me afecta la misma infección: ¡la
quiebra!
—Dicen que todas las flores tienen uno u otro bicho —dijo Esther, con
calma—; el mío se parece al de Cleopatra, el áspid.
—¡Que quién soy yo!... —dijo Peyrade desde la puerta— ¡Ya lo sabréis,
porque si muero saldré de mi tumba para venir a tiraros de los pies cada
noche!...
Al decir estas últimas palabras, miraba a Esther y a Lucien; a continuación
aprovechó el asombro general para marcharse con una gran agilidad, ya que
quiso ir corriendo a su casa sin esperar el coche. En la calle, Asia, envuelta
en un mantón negro de los que llevaban las mujeres para salir del baile,
detuvo al espía por el brazo, en el umbral de la puerta cochera.
—Manda a buscar los sacramentos, papá Peyrade —le dijo la misma voz
con que le había profetizado la desgracia.
Allí había un coche, al que subió Asia, y que desapareció como si se lo
hubiera llevado el viento. Había cinco coches, de modo que los hombres de
Peyrade no pudieron enterarse de nada.
Al llegar a su casa de campo, situada en una de las plazas más apartadas y
más risueñas de la pequeña ciudad de Passy, en la calle de las Vignes,
Corentin, que aparentaba ser un negociante apasionado por la jardinería,
halló el mensaje de su amigo Peyrade. En vez de descansar, volvió a subir
al coche que le había llevado y mandó que le condujera a la calle de los
Moineaux, donde halló a Katt sola. Por la flamenca, se informó de la
desaparición de Lydie y quedó sorprendido de la falta de previsión que tanto
Peyrade como él habían tenido.
"Todavía no me conocen —dijo para sus adentros—. Esa gente es capaz
de cualquier cosa; vamos a ver si matan a Peyrade, pues en tal caso ya no
me exhibiré más..."
Cuanto más infame es una vida, más apego tiene el hombre por ella;
entonces se convierte en una protesta, en una venganza de cada instante.
Corentin bajó y fue a su casa a disfrazarse de anciano enfermizo, con una
pequeña levita verdosa y una peluca de grama, y volvió a pie, fiel a su
amistad por Peyrade. Quería dar órdenes a los más leales y hábiles de entre
sus números. Cuando iba de la plaza Vendóme a la calle Saint-Roch por la
calle Saint-Honoré, caminaba delante de él una muchacha en zapatillas y
vestida con la ropa de cama que llevan las mujeres. La muchacha, que
llevaba una camisa de dormir blanca y en la cabeza un gorro de noche,
dejaba escapar de vez en cuando algunos sollozos mezclados con
involuntarios quejidos; Corentin la adelantó algunos pasos y reconoció a
Lydie.
—Soy el amigo de su padre, el señor Canquoèlle —dijo con su voz natural.
—¡Ah, por fin encuentro a alguien de quien pueda fiarme!... —dijo la
muchacha.
—Haga como que no me conoce —repuso Corentin—, nos persiguen unos
enemigos implacables; yo he tenido que disfrazarme. Cuénteme lo que le ha
pasado...
—¡Oh, caballero! —dijo la pobre muchacha—, eso no se dice ni se cuenta...
¡Estoy deshonrada y perdida, sin poder explicarme de qué manera!...
—¿De dónde viene usted?...
—¡No lo sé, caballero! Me he marchado con tanta precipitación, he andado
por tantas calles, dando tantas vueltas, porque creía que me seguían...
Cuando encontraba a alguna persona honrada, le preguntaba el camino
para ir a los bulevares, para llegar a la calle de la Paix. En fin, después de
haber andado durante... ¿Qué hora es?
—Las once y media —dijo Corentin.
—¡Me he escapado a la caída de la tarde, de modo que hace ya cinco horas
que estoy andando!... —exclamó Lydie.
—Vamos, vayase a descansar, encontrará en casa a su buena Katt.,.
—¡Oh, señor, ya no habrá más reposo para mí! No quiero más reposo que
el de la tumba; y me iré a esperarlo en un convento, si me juzgan digna de
entrar en él...
—¡Pobre pequeña! ¿Se resistió usted?
—Sí, señor. ¡Oh! Si supiera en medio de qué abyectos seres me metieron...
—Seguramente la adormecieron...
—Quizá —dijo la pobre Lydie—. Un poco más de esfuerzo y llegaré hasta la
casa. Me siento desfallecer y mis ideas no son muy claras... Hace un rato
me creía en un jardín...
Corentin cogió a Lydie entre sus brazos, donde perdió el sentido, y la subió
por las escaleras.
—¡Katt! —gritó.
Katt apareció dando gritos de alegría.
—¡No se regocije tan de prisa! —dijo Corentin sentenciosamente—. Esta
muchacha está muy enferma.
Cuando Lydie fue depositada sobre su cama y a la luz de las dos velas
encendidas por Katt reconoció su habitación, empezó a delirar.
Alternativamente cantaba estribillos de graciosas melodías y vociferaba
ciertas horribles expresiones que había oído. Su hermoso rostro estaba
salpicado de manchas violáceas. En su mente se entremezclaban los
recuerdos de su vida tan pura con los de aquellos diez días de infamia. Katt

lloraba. Corentin se paseaba por la habitación, parándose de vez en cuando


para examinar a Lydie.
—¡Está pagando por su padre! —dijo—. ¿Existirá alguna Providencia? ¡Oh!
Cuánta razón tengo de no tener familia... ¡Un hijo! Es, palabra de honor,
como ha dicho no sé qué filósofo, un rehén que se entrega a la desgracia...
—¡Ay! —dijo la pobre muchacha, sentándose y dejando sueltos sus
hermosos cabellos—. En lugar de estar acostada aquí, Katt, tendría que
estar acostada en la arena del fondo del Sena...
—Katt, en lugar de llorar y de contemplar a la niña, con lo que no se curará,
debería ir a buscar a algún médico, primero al del Ayuntamiento, y luego a
los señores Desplein y Bianchon... Hay que salvar a esta criatura inocente...
Y Corentin anotó las direcciones de los dos famosos doctores. En aquel
instante subió por la escalera un hombre acostumbrado a sus peldaños; se
abrió la puerta. Peyrade, empapado de sudor, con el rostro violáceo y los
ojos casi ensangrentados, resoplando como una marsopa, se abalanzó
desde la puerta del piso a la habitación de Lydie, exclamando:
—¿Dónde está mi hija?...
Vio que Corentin movía tristemente el brazo, y su mirada siguió la
indicación. El estado én que se hallaba Lydie sólo era comparable al de una
flor amorosamente cultivada por un botánico y que, después de ser
arrancada de su tallo, hubiera sido aplastada por las fuertes botas de un
campesino. Trasládese esta imagen al corazón mismo de la Paternidad, y se
comprenderá el impacto que recibió Peyrade, cuyos ojos se inundaron de
lágrimas.
—Alguien llora, es mi padre —dijo la muchacha.
Lydie aún pudo reconocer a su padre; se levantó y fue a ponerse en el
regazo de su padre en cuanto éste se hubo hundido en un sillón.
—¡Perdón, papá!... —dijo con una voz que atravesó el corazón de Peyrade,
en el mismo momento en que sintió como si le descargaran un mazazo
sobre la cabeza.
—Me muero... ¡canallas! —fueron sus últimas palabras.
Corentin fue a socorrer a su amigo, y recogió su último suspiro.
"¡Muerto envenenado!... —pensó Corentin—. Bien, aquí está el médico —
exclamó al oír el ruido de un coche.
Contenson, que se había quitado su maquillaje de mulato, hizo su aparición
y se quedó inmóvil como una estatua al oír que Lydie decía:
—¿No me lo perdonas, padre mío?... ¡No ha sido culpa mía!
—No se daba cuenta de que su padre estaba muerto.
—¡Oh! ¿Con qué ojos me mira!... —dijo la pobre demente...
—Hay que cerrárselos —dijo Contenson, que colocó al difunto Peyrade
sobre la cama.
—Estamos cometiendo una tontería —dijo Corentin—; llevémosle a sus
habitaciones; su hija está medio loca, y se volvería loca del todo si se diera
cuenta de su muerte, creería haberlo matado ella.
Al ver que se llevaban a su padre Lydie quedó como atontada.
—¡He aquí a mi único amigo!... —dijo Corentin, que parecía conmovido
cuando Peyrade fue depositado sobre la cama de su habitación—. ¡En toda
su vida sólo una vez se dejó llevar por la codicia, y fue pensando en su
hija!... Que esto te sirva de lección, Contenson. Cada estado tiene su código
de honor. Peyrade ha hecho mal entrometiéndose en asuntos privados; en
cuanto a nosotros, no tenemos más que limitarnos a los asuntos públicos.
Pero, ocurra lo que ocurra, juro —dijo con un tono, una mirada y un gesto
que llenaron de temor a Contenson—, ¡juro que vengaré a mi pobre
Peyrade! ¡Descubriré a los autores de su muerte y a los de la deshonra de
su hija!... ¡Por mi propio egoísmo, por los pocos días de vida que me quedan
y que pongo en juego con esta venganza, toda esta gente acabarán sus días
a las cuatro de la tarde, en buena salud y bien afeitados, en la plaza de la
Greve!...
—¡Y yo le ayudaré! —dijo Contenson, emocionado.
Efectivamente, no hay nada más conmovedor que el espectáculo de la
pasión en un hombre frío, acompasado, metódico, en el cual nadie, desde
hacía veinte años, había advertido el menor asomo de sensibilidad. Es como
una barra de hierro en estado de fusión, que hace fundir todo lo que
encuentra. Por eso a Contenson se le revolvieron las entrañas.
—¡Pobre tío Canquoèlle! —agregó mirando a Corentin—, me había
obsequiado tantas veces... A menudo (eso sólo sabe hacerlo la gente
viciosa) me daba diez francos para ir a jugar...
Después de esta oración fúnebre, los dos vengadores de Peyrade fueron a
las habitaciones de Lydie al oír que Katt y el médico de guardia subían por la
escalera.
—Vete a la comisaría de policía —dijo Corentin—. El procurador del rey no
encontraría en esto elementos para ninguna investigación; pero vamos a
hacer un informe a la prefectura, quizá pueda servir de algo. Caballero —dijo
Corentin al médico de guardia—, encontrará usted en esta habitación a un
hombre muerto; no creo que haya muerto de muerte natural, hará usted su
autopsia en presencia del señor comisario de policía, que va a venir ahora a
petición mía. Mire de descubrir el rastro del veneno; dentro de un rato podrá
contar con la ayuda de los señores Desplein y Bianchon, a quienes he
avisado para que examinen a la hija de mi mejor amigo, que está en un
estado peor que el del padre, aunque éste haya muerto...
—No necesito a esos señores para desempeñar mi cometido... —dijo el
médico del Ayuntamiento.
"¡Ah, bien!", pensó Corentin.
—Evitemos los roces, caballero —repuso Corentin—. En pocas palabras, he
aquí mi opinión. Los que acaban de matar al padre han deshonrado también
a la hija.
Al alba, Lydie acabó sucumbiendo al cansancio; dormía cuando llegaron el
ilustre cirujano y el joven médico. El médico encargado de registrar la
defunción había abierto entonces el cadáver de Peyrade y buscaba las
causas de la muerte.
—En espera de que se despierte a la enferma —dijo Corentin a los dos
famosos médicos—, ¿querrían ustedes ayudar a uno de sus colegas en una
indagación que seguramente tendrá para ustedes interés? Su opinión no
estará de más en el atestado.
—Su pariente ha muerto de apoplejía —dijo el médico—; hay pruebas de
una congestión cerebral espantosa...
—Examínenlo, señores —dijo Corentin—, y piensen si en la toxicología no
hay venenos que produzcan el mismo efecto.
—El estómago —dijo el médico— estaba lleno de materias; pero, a no ser
que sean analizadas con el instrumental químico adecuado, no hallo ninguna
huella de veneno.
—Si están plenamente reconocidos los caracteres de la congestión
cerebral, hay ahí, dada la edad del sujeto, una causa suficiente de defunción
—dijo Desplein, mostrando la enorme cantidad de alimentos...
—¿Ha comido aquí? —preguntó Bianchon.
—No —dijo Corentin—; ha venido aquí rápidamente desde el bulevar y se
ha encontrado con su hija violada.
—Ahí tenemos el verdadero veneno, si quería a su hija —dijo Bianchon.
—¿Qué veneno podría producir un tal efecto? —preguntó Corentin, sin
apearse de su idea.
—No hay más que uno —dijo Desplein, tras haberlo examinado todo
cuidadosamente—. Es un veneno del archipiélago de Java, procedente de
ciertos arbustos aún bastante poco conocidos, del género de los Strychnos,
y que se emplean para envenenar esas armas tan peligrosas... los kris
malayos... Eso dicen, por lo menos...
Llegó el comisario de policía, a quien Corentin comunicó sus sospechas y le
pidió que redactara un informe, diciéndole en qué casa y con qué gente
había cenado Peyrade; luego le informó acerca de la conjura contra la vida
de Peyrade y de las causas del estado en que se hallaba Lydie. Luego,
Corentin se trasladó a las habitaciones de la pobre muchacha, donde
Desplein y Bianchon examinaban a la enferma; pero se encontró con ellos
en el umbral de la puerta. —¿Qué hay, caballeros? —preguntó Corentin. —
Lleven a esta joven a un sanatorio, y si no recupera la razón al dar a luz,
suponiendo que quede embarazada, conservará durante toda su vida una
demencia maníaco-depresiva. Para curarse no tiene más recurso que el
sentimiento maternal, si llega a brotar...
Corentin dio cuarenta francos, en oro, a cada doctor, y se volvió hacia el
comisario de policía, que le tiraba de la manga.
—El médico afirma que la muerte es natural —dijo el funcionario—, y no
puedo hacer ningún informe tratándose del tío Canquoèlle; se entrometería
en muchos asuntos y no sabemos con quién nos enfrentaríamos... Esta
gente, a veces, muere por orden...
—Yo me llamo Corentin —dijo Corentin al oído del comisario de policía.
—Así pues, haga una nota —añadió Corentin—; será muy útil más
adelante, y no la mande más que a título de informaciones confidenciales. El
crimen no es demostrable y sé que las diligencias serían cortadas a los
primeros pasos... Pero algún día entregaré a los culpables, voy a vigilarlos y
a cogerlos en flagrante delito.
El comisario de policía saludó a Corentin y se marchó.
—Señor —dijo Katt—, la señorita no hace más que cantar y bailar. ¿Qué
hay que hacer?...
—Pero, ¿ha ocurrido algo?...
—Se ha enterado de que su padre acababa de morirse...
—Métala en un coche de punto y llévela al sanatorio de Charenton; voy a
escribir una nota al director general de la Policía del reino para que reciba un
trato adecuado. La hija a Charenton y el padre a la fosa común —dijo
Corentin—. Contenson, manda venir la carreta de los pobres... Y ahora, don
Carlos Herrera, ¡estamos frente a frente!...
—¡Carlos! —exclamó Contenso—. Está en España.
—¡Está en París! —dijo Corentin en un tono que no admitía réplica—. Es un
genio español al estilo de Felipe II, pero tengo trampas para todo el mundo,
incluso para los reyes.
Cinco días después de la desaparición del nabab, la señora Du Val-Noble
estaba sentada, a las nueve de la mañana, a la cabecera de la cama de
Esther, llorando, porque se sentía en una de las pendientes que llevan a la
miseria.
—¡Si por lo menos tuviera cien luises de renta! Con esto, amiga mía, una
puede retirarse a cualquier pequeña ciudad y encuentra con quien casarse...
—Puedo conseguírtelos —dijo Esther.
—¿Y de qué manera? —exclamó la señora Du Val-Noble.
—¡Oh, es muy sencillo! Escucha. Harás como que deseas matarte, haz bien
la comedia; llamarás a Asia y le propondrás diez mil francos a cambio de dos
perlas negras de cristal muy fino, que contienen un veneno que mata en un
segundo; entonces me las traes y yo te doy cincuenta mil francos...
—¿Y por qué no las pides tú misma? —dijo la señora Du Val-Noble.
—Asia no me las vendería.
—¿No serán para ti?... —dijo la señora Du Val-Noble, —Quizá.
—¡Tú, que vives en medio de la alegría, del lujo y en casa propia! ¡Y en
vísperas de una fiesta de la que se hablará durante diez años, y que le
costará veinte mil francos a Nucmgen! Dicen que se comerán fresas en el
mes de febrero, espárragos, uvas... melones... En las salas habrá flores por
valor de mil escudos.
—¿Qué dices? Hay mil escudos de rosas sólo en la escalera.
—Dicen que tus vestidos y adornos cuestan diez mil francos.
—Sí, mi vestido es de punto de Bruselas, y Delphine, su esposa, está
furiosa. Pero he querido tener un disfraz de novia.
—¿Dónde están los diez mil francos? —dijo la señora Du Val-Noble.
—Es todo el dinero que llevo encima —dijo Esther, sonriendo—. Abre mi
tocador, están debajo de mis papillotes...
—Cuando se habla de morir, uno no se mata —dijo la señora Du Val-Noble
—. Si fuera para cometer...
—Un crimen, ¡vamos, mujer! —dijo Esther completando la idea de su
amiga, que estaba dudando—. Puedes estar tranquila —añadió Esther—, no
quiero matar a nadie. Tenía una amiga, una mujer muy dichosa, que se
murió; yo la seguiré, eso es todo.
—¡Serás tonta!...
—Qué quieres que le haga, nos lo habíamos prometido. ¡
—Deja que te protesten esta letra —dijo sonriendo su amiga.
—Haz lo que te digo, y vete. Oigo llegar un coche, es Nucingen; ¡se va a
volver loco de felicidad! Éste me quiere... ¿Por qué no querer a los que nos
quieren? Ya que, en definitiva, hacen cualquier cosa para darnos gusto...
—Sí —dijo la señora Du Val-Noble—, es la historia del arenque, que es el
más intrigante de todos los peces.
—¿Por qué?...
—Pues, precisamente, nunca se ha sabido por qué.
—¡Vamos, querida, vete ahora! Tengo que pedirle tus cincuenta mil francos.
—Bueno, adiós...
Desde hacía tres días el comportamiento de Esther hacia el barón de
Nucingen había cambiado por completo. El mono se había transformado en
gata, y la gata se estaba volviendo mujer. Esther derramaba sobre el
anciano sus tesoros de afecto y se mostraba encantadora. Sus palabras,
libres de malicia y de acritud, llenas de tiernas insinuaciones, habían llevado
la convicción al espíritu del pesado banquero, le llamaba Fritz y él creía que
le amaba.
—Mi pobre Fritz, te he puesto a prueba —decía—, te he atormentado, has
mostrado una paciencia sin límites; me amas, lo veo, y te recompensaré.
Ahora me gustas, no sé lo que ha ocurrido, pero te preferiría a ti antes que a
cualquier hombre joven. Quizá sea resultado de la experiencia. A la larga
uno acaba dándose cuenta de que el placer es la fortuna del alma, y no es
más lisonjero ser amado por el placer que serlo por el dinero... Además, los
jóvenes son demasiado egoístas, piensan más en sí mismos que en
nosotras; en cambio tú sólo piensas en mí. Soy toda tu vida. De modo que
no quiero nada más de ti, quiero demostrarte hasta qué punto soy
desinteresada.
—Yo no le he tato nata —contestó el barón, encantado—, y bienso draerle
mañana dreinta mil vrangos te renda... es mi recalo te potas...
Esther besó tan cariñosamente a Nucingen, que le hizo palidecer sin
necesidad de pildoras.
—¡Oh! —dijo ella—, no vaya a creer que es por sus treinta mil francos de
renta por lo que estoy así; es porque ahora...te quiero, Frédéric mío...
—¡Oh, Tíos mío! Por gué haperme buesdo a bruepa... hapría sito dan velís
teste hace dres meses...
—¿Es al tres, o al cinco por ciento, cariñito? —le dije Esther, pasando las
manos por los cabellos de Nucingen arreglándoselos a su capricho.
—Al dres...
El barón traía, pues, aquella mañana los papeles de la donación; venía a
desayunar con su querida niña y a recibir las órdenes para el día siguiente,
para el famoso sábado, ¡el gran día!
—Denca, muquercida mía, úniga muquer mía —dijo el banquero, con la
cara radiante de alegría—, aguí diene gon gué bacar sus casdos te gocina
bara el resdo te sus tías...
Esther tomó el papel sin la menor emoción, lo dobló y lo guardó en su
tocador.
—Está usted muy contento, monstruo de iniquidad —le dijo, dándole una
palmadita en la mejilla—, viendo que por fin acepto algo de usted. Ya no
puedo decirle más las verdades, porque comparto el fruto de lo que usted
llama sus trabajos... Esto no es un regalo, pobre amigo mío, sino una
restitución... Vamos, no ponga usted esta cara de Bolsa. Sabes muy bien
que te quiero.
—Mi pella Esder, ánquel mío te amor —dijo el banquero—, no me haple
más así... mire... me tarta lo mismo gue el munto endero me domara bor un
latrón, gon dal gue ande sus ocos vuera una bersona honrata... La guiero
gata jes más.
—Entra en mi plan —dijo Esther—. Por eso ya no te diré nunca más nada
que te entristezca, cachorrito de elefante, porque te has vuelto cándido como
un niño... ¡Granuja! Nunca has tenido inocencia, ya hacía falta que la que
recibiste al venir al mundo reapareciera a la superficie; lástima que estuviera
tan hundida que no ha vuelto más que a los setenta y pico... y gracias al
gancho del amor. Esto ocurre en los muy viejos... Ésa es la razón por la que
he acabado; queriéndote, eres joven, muy joven... Sólo yo habré conocido a
este Frédéric... ¡yo sola!... Porque tú ya eras banquero a los quince años...
En el colegio debías de prestar una bola con la condición de que te
devolvieran dos... —Se sentó en sus rodillas al verle reír—. ¡Bien! ¡Pues haz
lo que quieras! Por Dios, roba a la gente... ¡te ayudaré a hacerlo! A la gente
no vale la pena quererla, Napoleón los mataba como moscas. Que los
franceses te paguen los impuestos a ti o que los paguen a la Hacienda,
¿qué más les da?... No se hace el amor con la Hacienda, y la verdad... Mira,
me lo he pensado bien, tienes razón, esquila las ovejas; lo dice el Evangelio,
según Béranger... Da un beso a tu Esder... ¡Ah! Óyeme, le vas a dar a esa
pobre Val-Noble todos los muebles del piso de la calle Taitbout. Y además,
mañana, le regalas cincuenta mil francos... esto te dará mucho prestigio, te
das cuenta, ricura. Has matado a Falleix y empiezan a hablar mal de ti...
Este rasgo de generosidad parecerá babilónica... y todas las mujeres
hablarán de ti. ¡Oh! En París no habrá nadie que sea grande, nadie que sea
noble, más que tú, y la gente de mundo es de tal manera que Falleix caerá
en el olvido. ¡De modo que, después de todo, será un dinero bien invertido!...
—Dienes rosón, ánquel mío, gonoces el munto —contestó—, serás mi
gonsequera.
—¡Cómo! —repuso ella—. Ya ves como pienso en los negocios de mi
hombre, en su fama, en su honor... Vamos, ve a buscarme los cincuenta mil
francos...
Quería librarse del señor de Nucingen para hacer venir a un agente de
cambio y vender aquella misma noche en la Bolsa los valores de la
donación.
—¿Y bor gué en séquito?... —preguntó.
—Hombre, cariño, tienes que entregárselos en un pequeño estuche de raso
que contenga un abanico. Y le dices: "Aquí tiene, señora, un abanico que
espero sea de su agrado..." ¡Creen que no eres más que un Turcaret, y vas
a convertirte en un Beaujon!
—¡Esdubento, esdubento! —exclamó el barón—. ¡Ahora ingluso dentré
inquenio!... Sí, rebediré tus balapras...
En el momento en que la pobre Esther se sentaba, agotada por el esfuerzo
que le representaba desempeñar su papel, entró Europa.
—Señora —dijo—, ahí está un mozo que viene del muelle Malaquais de
parte de Célestin, el ayuda de cámara de Lucien...
—¡Qué entre!... No, ya voy yo a la antesala.
—Trae una carta de Célestin para la señora.
Esther corrió hacia la antesala, miró al recadero, y vio en él al recadero de
pura sangre.
—¡Dile que baje!... —dijo Esther con voz débil, dejándose caer sobre una
silla tras haber leído la carta—. Lucien quiere matarse... —añadió al oído de
Europa—. Enséñale también la carta.
Carlos Herrera, que seguía vestido de viajante de comercio, bajó en
seguida, y su mirada se dirigió automáticamente hacia el mozo al advertir la
presencia de un extraño en la antesala.
—Me habías dicho que no habia nadie —dijo a Europa al oído.
En un exceso de prudencia se trasladó inmediatamente al salón, tras haber
examinado al mozo. Engañamuertes no sabía que desde hacía algún tiempo
el famoso jefe del servicio de seguridad, que le había detenido en la Casa
Vauquer, tenía un rival en quien se pensaba para sustituirle. El mozo era
este rival.
—Es cierto —dijo el fingido mozo a Contenson, que le esperaba en la calle
—. El que usted me ha descrito está en la casa; pero no es ningún español,
y pondría la mano en el fuego de que hay carne de horca bajo esa sotana.
—Éste no es ni cura ni español —dijo Contenson.
—Estoy seguro de ello —repuso el agente de la brigada de seguridad.
—¡Oh! ¡Si tuviéramos razón!... —exclamó Contenson.
Lucien había estado efectivamente dos días fuera, y habían aprovechado
aquella ausencia para tender una trampa; pero regresó aquella misma noche
y la inquietud de Esther se apaciguó.
A la mañana siguiente, a la hora en que la cortesana salió del baño y volvió
a la cama, llegó su amiga.
—¡Tengo las dos perlas! —dijo la Val-Noble.
—¿A ver? —dijo Esther, incorporándose y hundiendo su hermoso codo en
una almohada llena de encajes.
La señora Du Val-Noble dio a su amiga dos bolas con aspecto de grosellas
negras. El barón había regalado a Esther dos de esas galgas, de cierta raza
famosa, que acabarán llevando el nombre del gran poeta contemporáneo
que las ha puesto de moda; la cortesana, que se sentía muy orgullosa de
haberlas obtenido, les había conservado los nombres de sus antepasados,
Romeo y Julieta. No es menester hablar de la ¡n0 simpatía, de la blancura y
de la gracia de esos animales, adaptados a vivir en pisos, y cuyos hábitos
tienen algo de la discreción inglesa. Esther llamó a Romeo, y Romeo acudió,
con sus patas tan flexibles y finas, tan firmes y nervudas que parecían
varillas de acero, y miró a su ama. Esther hizo ademán de tirar una de las
dos perlas para despertar su atención.
—¡Su nombre le predestina a morir así! —dijo Esther tirando la perla, que
Romeo quebró entre sus dientes.
El perro no exhaló el menor quejido, sino que sólo giró sobre sí mismo y
cayó muerto. El asunto quedó despachado al recitar Esther la oración
fúnebre.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Du Val-Noble.
—Tienes un coche de punto, llévate a Romeo —dijo Esther—; su muerte
aquí sería un escándalo, yo te lo habré dado y tú lo habrás perdido, puedes
poner un anuncio. Vamos, apresúrate, esta noche tendrás tus cincuenta mil
francos.
Lo dijo con tanta tranquilidad y con una insensibilidad tan perfecta de
cortesana, que la señora Du Val-Noble exclamó:
—¡Eres sin ninguna duda nuestra reina!
—Ponte guapa y ven temprano...
A las cinco de la tarde Esther se puso galas de novia. Se puso el vestido de
encajes encima de una falda de raso blanco, una faja blanca, zapatos de
raso blanco, y sobre sus hermosos hombros un chal de punto inglés. En la
cabeza llevaba camelias blancas naturales, imitando el tocado de una joven
virgen. Sobre su pecho exhibía un collar de perlas de treinta mil francos,
obsequio de Nucingen. Aunque a las seis ya estaba arreglada, cerró la
puerta a todo el mundo, incluso a Nucingen. Europa sabía que Lucien tenía
que ser introducido en el dormitorio. Lucien llegó sobre las siete, y Europa
halló la manera de hacerle entrar en la habitación de la señora sin que nadie
se diera cuenta de su llegada.
Lucien, al ver a Esther, dijo para sus adentros: "¡Por qué no ir a vivir con ella
a Rubempré, lejos del mundo, sin regresar jamás a París!... ¡Tengo cinco
años de arras sobre esta vida, y esta encantadora criatura no se echará
atrás!... Además, ¿dónde encontrar una obra maestra como ésta?" —Amigo
mío, de quien he hecho un dios —dijo Esther, doblando una rodilla sobre
una almohada delante de Lucien—, déme su bendición.
Lucien quiso alzar a Esther y besarla, diciéndole: —¿Qué broma es ésta,
amor mío? Y trató de coger a Esther por el talle; pero ella se separó con un
ademán que expresaba a la vez respeto y horror.
—Ya no soy digna de ti, Lucien —dijo, derramando algunas lágrimas—. Te
lo suplico, bendíceme y júrame que establecerás en el hospital una
fundación de dos camas..., porque con plegarias en la iglesia Dios nunca me
perdonará más que a mí misma... Te he querido demasiado, amor mío. En
fin; dime que te he hecho feliz y que pensarás en mí alguna vez, dímelo...
Lucien advirtió tanta y tan solemne buena fe en Esther, que permaneció
pensativo.
—¡Quieres matarte! —dijo finalmente, en un tono de voz que denotaba una
profunda meditación.
—No, querido, pero hoy, te das cuenta, es la muerte de la mujer pura, casta
y amante que tú tuviste... Y me temo mucho que la pena acabe conmigo.
—¡Espera! —dijo Lucien—. Desde hace un par de días he estado haciendo
muchos esfuerzos y he podido llegar hasta Clotilde.
—¡Siempre Clotilde!... —dijo Esther con un tono de ira concentrada.
—Sí —repuso él—, nos escribimos... El martes por la mañana se va, pero
tendré una entrevista con ella camino de Italia, en Fontainebleau...
—¡Vamos! ¿Qué es lo que queréis, vosotros, por mujeres?... ¡Unas tablas!...
—exclamó la pobre Esther—. ¿Qué, si yo tuviera siete u ocho millones, no te
casarías conmigo?...
—¡Esther! Iba a decirte que si todo ha terminado para mí, no querré a otra
mujer más que a ti...
Esther inclinó la cabeza para ocultar la súbita palidez que le sobrecogió y
las lágrimas que enjugó.
—¿Me quieres?... —dijo, mirando a Lucien con un profundo dolor—. Pues
tienes mi bendición. No te comprometas, vete por la puerta falsa y haz como
si llegaras al salón desde la antesala. Bésame en la frente —dijo. Cogió a
Lucien, lo apretó con rabia contra su pecho y le dijo—: ¡Sal!... Sal o seguiré
viviendo.
Cuando la agonizante apareció en el salón, provocó un grito de admiración.
Los ojos de Esther reflejaban el infinito en el cual se hundía el alma al
contemplarla. El negro azulado de su fina cabellera hacía destacar las
camelias. En suma, se lograron todos los efectos que aquella muchacha
sublime había pretendido dar. No tuvo ninguna rival. Parecía la expresión
culminante del lujo desenfrenado que la rodeaba. Además, mostró un
ingenio chispeante. Dirigió la orgía con la misma energía fría y tranquila que
despliega Habeneck en el Conservatorio en esos conciertos en que los
músicos más destacados de Europa alcanzan la sublimidad de la ejecución
interpretando a Mozart y a Beethoven. Sin embargo, observaba con terror
que Nucingen comía poco, no bebía y hacía el papel de dueño de la casa.
Llegada la medianoche, nadie conservaba sus cabales. Se rompieron las
copas para que nunca más volvieran a ser usadas. Fueron rotas dos
cortinas de pekín pintado. Fue la única vez en su vida que Bixiou se
emborrachó. Como nadie se sostenía de pie y las mujeres estaban dormidas
por los divanes, los invitados no pudieron llevar a cabo la broma, concertada
entre ellos anteriormente, de acompañar a Esther y a Nucingen al dormitorio,
puestos en dos hileras, con candelabros en la mano y cantando el Buona
sera del Barbero de Sevilla; Nucingen sólo dio la mano a Esther; Bixiou, que
los vio, pese a su borrachera, tuvo aún fuerzas para decir, como Rivarol a
propósito del último casamiento del duque de Richelieu:
—Habría que avisar al comisario de policía... Aquí va a producirse algo
malo...
El bromista creía bromear y estaba profetizando.
El señor de Nucingen no llegó a su casa más que el lunes hacia mediodía;
pero a la una su agente de cambio le informó de que la señorita Esther Van-
Gobseck había hecho vender los valores cuya renta era de treinta mil
francos y que acababa de cobrar su importe.
—Pero, señor barón —dijo—, el primer pasante de Derville ha llegado a mi
casa en el instante en que hablaba de esta transferencia, y, tras haber visto
los verdaderos nombres y apellidos de la señorita Esther, me ha dicho que
heredaba una fortuna de siete millones.
—¡Pah!
—Sí, a lo que parece, es la única heredera del viejo negociante Gobseck...
Derville ha ido a verificar los hechos. Sí la madre de su amante es la Bella
Holandesa, ella hereda... —Ya lo sé —dijo el banquero—, me ha gondato su
fita... Foy a esgripirle una nada a Terfile!...
El barón se sentó a su despacho, escribió una pequeña nota a Derville y la
mandó a por uno de sus criados. Luego, después de la Bolsa, volvió sobre
las tres a casa de Esther.
—La señora ha prohibido que la despierten bajo ningún pretexto, se ha
acostado, duerme...
—¡Ah, tiaplos! —exclamó el barón—. Euroba, no greo gue se enfate guanto
se endere gue se fuelfe riguísima... Hereta siede millones. El piejo Copseck
ha muerdo y teja esdos siede millones, y du ama es la úniga heretera,
buesdo gue su. matre era la soprina te Copseck, guien, bor odra barde, ha
hecho desdamendo. Yo no botía bensar gue un millonario gomo él— tejara a
Esder en la miseria...
—¡Perfecto! ¡Entonces su reino ya se ha terminado, viejo saltimbanqui! —le
dijo Europa, mirando al barón con el descaro propio de un criado de alguna
comedia de Molière—. ¡Arre, viejo cuervo alsaciano!... ¡Le quiere a usted
más o menos como se quiere a la peste!... ¡Dios de Dios! ¡Millones!... ¡Pero
si así podrá casarse con su amante! ¡Qué contenta va a estar!
Y Prudence Servien dejó al barón de Nucingen literalmente fulminado para
ir a anunciar a su ama aquel golpe de fortuna. El anciano, ebrio de
sobrehumana voluptuosidad y creyendo en la felicidad, acababa de recibir
una ducha de agua fría sobre su amor en el momento en que alcanzaba su
más alto grado de incandescencia.
—¡Me encañapa! —exclamó con lágrimas en los ojos—. ¡Me encañapa!... o
Esder... o mi fita... ¡Gué dondo soy! Vlores gomo ésda no grecen nunga bara
los ancianos... ¡Y lo bueto gombrar doto menos la jufendut!... ¡0 Tios mío!...
¿Gué hacer? ¿Atonte iré a barar? ¿Diene razón la gruel te Euroba? Siento
riga, Esder se me esgdbará... ¿dentré gue golearme? ¿Gué será la fita sin la
llama tifina tel blaser gue he bropato?... Tios mío...
Y el Lobo Cerval se arrancó la peluca que desde hacía tres meses llevaba
para completar sus escasos cabellos grises. Un penetrante chillido proferido
por Europa hizo estremecer a Nucingen hasta las entrañas. El pobre
banquero se levantó y caminó con un andar que traslucía la ebriedad
producida por la copa de Desengaño que acababa de beber, porque no hay
nada que emborrache tanto como el vino de la desgracia. Desde la puerta
de la habitación vio a Esther yerta sobre su cama, amoratada por el veneno,
¡muerta!... Fue hasta la cama y cayó de rodillas.
—¡Dienes razón, lo hapía ticho!... Se ha muerdo te mí...
Paccard, Asia y todo el personal acudió. Fue un espectáculo, una sorpresa,
y no una desolación. Se produjo una cierta vacilación entre los presentes. El
barón volvió a ser banquero, tuvo una sospecha y cometió la imprudencia de
preguntar dónde estaban los setecientos cincuenta mil francos de la renta.
Paccard, Asia y Europa se miraron de un modo tan extraño, que el señor de
Nucingen salió en seguida, convencido de que se trataba de un robo y un
asesinato. Europa, que vio un paquete por cuyo tacto advirtió la presencia de
los billetes de banco, bajo la almohada de su ama, se puso a componer su
cadáver, según dijo.
—¡Vete a avisar al señor, Asia!... ¡Morir antes de saber que tenía siete
millones! ¡Gobseck era el tío de la difunta señora!... —exclamó.
Paccard se dio cuenta de la maniobra de Europa. En cuanto Asia hubo
salido, Europa abrió el paquete, sobre el cual la pobre cortesana había
escrito: Para entregar al señor Lucien de Rubempré. Setecientos cincuenta
billetes de mil francos relucieron ante los ojos de Prudence Servien, que
exclamó:
—¡Aquí hay para ser feliz y honrado durante el resto de la vida!...
Paccard no respondió nada, su naturaleza de ladrón prevaleció sobre su
lealtad a Engañamuertes.
—Durut ha muerto —contestó, cogiendo el dinero—; más vale pájaro en
mano que ciento volando; huyamos juntos, repártamenos la suma para no
poner todos los huevos en un mismo cesto, y casémonos.
—Pero, ¿dónde nos esconderemos? —dijo Prudence. —En París —
contestó Paccard.
Prudence y Paccard bajaron en seguida, con la rapidez de dos personas
honradas que acaban de cometer un hurto.
—Hija mía —dijo Engañamuertes a la malaya en cuanto ésta le hubo dicho
las primeras palabras—, búscame una carta de Esther mientras que yo
escribo un testamento en la debida forma, y le llevarás a Girard el modelo de
testamento y la carta; pero que se apresure, porque hay que deslizar el
testamento bajo la almohada de Ester antes de que precinten la casa.
Y compuso el testamento siguiente:
"No habiendo querido jamás en el mundo a otra persona fuera del señor
Lucien Chardon de Rubempré, y habiendo decidido poner fin a mi vida antes
que recaer en el vicio y en la vida infame de los cuales su benevolencia me
libró, entrego y cedo al susodicho Lucien Chardon de Rubempré todo lo que
poseo en el día de mi defunción, con la condición de que establezca una
fundación de una misa a perpetuidad en la parroquia de Saint-Roch por el
reposo de la que se lo ha dado todo, incluso sus últimos pensamientos.
"Esther Gobseck."
"Es bastante su estilo", pensó Engañamuertes.
A las siete de la noche, el testamento, escrito y puesto en un sobre cerrado,
fue colocado por Asia bajo la cabecera de Esther.
—Jacques —dijo, subiendo precipitadamente—, en el instante en que yo
salía de la habitación llegaba la Justicia... —Quieres decir el juez de paz...
—No, hijo mío; el juez de paz, efectivamente, estaba, pero acompañado de
gendarmes. También están el procurador del rey y el juez de instrucción, y
las puertas están guardadas.
—La noticia de esta muerte se ha corrido muy de prisa —dijo Collin.
—Por cierto, a Europa y a Paccard no se les ha vuelto a ver el pelo; me
temo que se hayan llevado los setecientos cincuenta mil francos —le dijo
Asia.
—¡Ah, los canallas!... —dijo Engañamuertes—. ¡Con este robo nos llevan a
la perdición!...
La justicia humana y la justicia de París, es decir, la más desconfiada, la
más ingeniosa, la más hábil y la más instruida de todas las justicias,
demasiado ingeniosa incluso, puesto que interpreta la ley a cada instante,
dejaba caer finalmente su garra sobre los directores de esta horrible intriga.
El barón de Nucingen, al reconocer los efectos del veneno y al no encontrar
los setecientos cincuenta mil francos, pensó que alguno de aquellos odiosos
personajes que le disgustaban tanto, Paccard o Europa, sería el culpable del
crimen. En un primer arranque de furor fue a la prefectura de la Policía. Fue
un redoble de campanas que reagrupó a todos los números de Corentin.
Todo fue alertado: la prefectura, el ministerio público, el comisario de policía,
el juez de paz y el juez de instrucción. A las nueve de la noche tres médicos
autorizados asistían a una autopsia de la pobre Esther, y daban comienzo
las indagaciones. Engañamuertes, advertido por Asia, exclamó:
—¡No saben que estoy aquí, puedo esfumarme!
Se irguió por el bastidor de la ventana de la buhardilla y, con una agilidad
sin igual, se colocó en pie sobre el tejado, desde donde se puso a estudiar
los alrededores con la sangre fría de un tejador.
"Bueno —pensó, viendo cinco casas más allá, en la calle de Provence, un
jardín—; ¡allí hay lo que necesito!..."
—¡Estás listo, Engañamuertes! —le contestó Contenson, que salió de
detrás de un tubo de chimenea—. Ya le contarás al señor Camusot qué misa
vas a decir en los tejados, señor cura, pero sobre todo por qué razón huías...
—Tengo enemigos en España —dijo Carlos Herrera.
—Vamos allá por tu buhardilla —le dijo Contenson.
El falso español hizo como que se entregaba; pero, tomando apoyo en el
marco de la ventana, cogió a Contenson y lo lanzó con tanta fuerza que el
espía cayó en el arroyo de la calle Saint-Georges. Contenson murió en su
campo de honor. Jac-ques Collin volvió tranquilamente a su buhardilla y se
puso eri la cama.
—Dame algo que me ponga muy enfermo, sin matarme —dijo a Asia—,
porque tengo que estar agonizante para poder negarme a responder a los
curiosos. No temas nada, soy sacerdote y seguiré siéndolo. Acabo de
deshacerme, y con toda naturalidad, de uno de los que podían
desenmascararme.
A las siete de la tarde, la víspera, Lucien se había marchado en su cabriolé
con un pasaje tomado la misma mañana para Fontainebleau, donde se
acostó en la última posada de la parte de Nemours. Hacia las seis de la
mañana del día siguiente se fue solo, a pie, al bosque, donde caminó hasta
Bouron.
"Es ahí —pensó, sentándose sobre una de las rocas desde la que se divisa
el bello paisaje de Bouron— el lugar fatal en donde Napoleón tuvo aún la
esperanza de realizar un gigantesco esfuerzo, dos días antes de su
abdicación."
Al alba oyó el ruido de un coche de correo y vio pasar un vehículo donde
iban los servidores de la joven duquesa de Lenoncourt-Chaulieu y la
camarera de Clotilde de Grandlieu. "Aquí están —se dijo Lucien—; vamos,
interpretemos bien esta comedia y estaré salvado, seré el yerno del duque a
pesar suyo."
Una hora después la berlina en que iban las dos mujeres dejó oír ese ruido
tan fácil de reconocer que hacen los coches de viaje elegantes. Las dos
damas habían pedido que el coche se detuviera en la bajada de Bouron, y el
camarero que iba detrás mandó parar la berlina. En aquel instante Lucien
avanzó.
—¡Clotilde! —llamó, golpeando el cristal.
—No —dijo la joven duquesa a su amiga—, no subirá al coche ni estaremos
a solas con él, querida. Consiento en que tenga una última entrevista con él,
pero será en la carretera, por donde iremos andando, seguidas de Baptiste...
El día es hermoso y vamos bien abrigadas, de modo que no hemos de temer
el frío. El coche nos seguirá...
Las dos mujeres se apearon.
—Baptiste —dijo la joven duquesa—, que vaya despacio el cochero;
queremos hacer un trecho del camino andando y usted nos acompañará.
Madeleine de Mortsauf tomó a Clotilde por el brazo y dejó que Lucien le
hablara. Fueron juntos así hasta el pequeño pueblo de Grez. Eran entonces
las ocho, y Clotilde despidió a Lucien.
—Pues bien, querido amigo —dijo Clotilde, clausurando solemnemente
aquella larga entrevista—, no me casaré más que con usted. Prefiero creer
en usted que en los hombres, en mi padre y en mi madre... Nunca se habrá
dado tan alta prueba de cariño, ¿verdad?... Ahora, procure disipar las
desdichadas sospechas que pesan sobre usted...
Se oyó entonces el galope de varios caballos, y la gendarmería, con gran
sorpresa por parte de aquellas dos damas, rodeó al pequeño grupo.
—¿Qué quieren ustedes?... —dijo Lucien con la arrogancia de un dandy.
—¿Es usted el señor Lucien Chardon de Rubempré? —dijo el procurador
del rey en Fontainebleau.
—Sí, así es.
—Esta noche la pasará usted en la Force —contestó—; tengo una orden de
arresto contra usted.
—¿Quiénes son estas señoras?... —exclamó el sargento.
—¡Ah, sí! Perdón, señoras, ¿sus pasaportes?... Porque el señor Lucien
tiene tratos, según mis informes, con mujeres que por él son capaces de...
—¿Acaso toma usted a la duquesa de Lenoncourt-Chaulieu por una
cortesana? —dijo Madeleine, dirigiendo una mirada de duquesa al
procurador del rey.
—Es usted lo bastante hermosa como para ello —replicó hábilmente el
magistrado.
—Baptiste, muestre nuestros pasaportes —contestó la joven duquesa,
sonriendo.
—¿Y de qué crimen se acusa al señor? —dijo Clotilde, a quien la duquesa
quería hacer subir de nuevo al coche.
—De complicidad de un robo y asesinato —contestó el sargento de la
gendarmería.
Baptiste subió a la señorita de Grandlieu, completamente desmayada, en la
berlina.
A medianoche Lucien ingresaba en la Force, prisión situada en las calles
Payenne y de los Ballets, y quedaba incomunicado en una celda; el padre
Carlos Herrera estaba allí desde su detención.
París, junio de 1843.
TERCERA PARTE
ADONDE LLEVAN LOS MALOS CAMINOS

Al día siguiente, a las seis, dos coches celulares de los que el pueblo llama,
con expresión enérgica, escurrideras para lechuga salieron de la Force en
dirección a la Conserjería, al Palacio de Justicia.
Habrá pocos caminantes ociosos que jamás hayan encontrado por las
calles este calabozo ambulante; pero aunque la mayor parte de los libros se
escriban únicamente para los parisienses, los forasteros estarán
seguramente satisfechos de hallar aquí una descripción del aparato
formidable de nuestra justicia criminal. ¡Quién sabe! Quizá las policías rusa,
alemana o austríaca, las magistraturas de los países que carecen de estos
coches celulares, se beneficiarán de ello; y en varios países extranjeros la
imitación de este medio de transporte sería seguramente una mejora para
los presos.
Este horrendo vehículo de caja amarilla, montado sobre dos ruedas y
reforzado con plancha metálica, está dividido en dos compartimientos.
Delante hay un banquillo tapizado en cuero y ante el cual se alza un tablero.
Es la parte libre del vehículo, y en ella se colocan un alguacil y un gendarme.
Una fuerte reja de hierro con teja metálica separa, a todo lo alto y a todo lo
ancho del coche, esta especie de cabriolé del segundo compartimiento,
donde hay dos bancos de madera colocados, como en los ómnibus, a
ambos lados de la caja y en los que se sientan los presos; éstos son
introducidos en su interior por medio de un estribo y por una portezuela sin
abertura alguna que se halla al fondo del coche. Su sobrenombre de
"escurridera para lechuga" viene de que primitivamente, al ser el vehículo
enrejado por todos lados, los presos iban zarandeados de un lado para otro.
Para mayor seguridad, y en previsión de algún accidente, un gendarme a
caballo sigue al coche, sobre todo cuando conduce a condenados a muerte
al lugar de la ejecución. Así la evasión es imposible. El coche, reforzado por
una plancha metálica, está a prueba de cualquier herramienta. Los presos,
que son escrupulosamente cacheados en el momento de su detención o de
su encarcelamiento, sólo pueden, a lo sumo, llevar engranajes de reloj que
permiten aserrar barrotes, pero que resultan impotentes ante superficies
planas. Por eso, la "escurridera de lechuga", perfeccionada por el genio de la
Policía de París, ha acabado sirviendo de modelo para el coche celular que
conduce a los condenados a presidio y que sustituye a la horrible carreta de
antaño, vergüenza de las civilizaciones anteriores, aunque Manon Lescaut la
haya ilustrado. Primero mandan en el coche celular a los presos preventivos
de las diversas cárceles de la capital al Palacio de Justicia para ser
interrogados por el magistrado instructor. En la jerga carcelaria a esto se le
llama ir a la instrucción. Luego mandan a los acusados de estas mismas
prisiones al Palacio de Justicia para ser juzgados, si se trata de casos de
justicia correccional. Cuando es asunto, en la terminología del Palacio de
Justicia, de la Sala de lo Criminal, se los traslada de las cárceles a la
Conserjería, que es la Sala de Justicia del departamento del Sena.
Finalmente, los condenados a muerte son conducidos en uno de estos
coches celulares desde Bicêtre a la barrera de Saint-Jacques, lugar
destinado a las ejecuciones desde la revolución de Julio. Gracias a la
filantropía, estos desdichados ya no soportan el suplicio que representaba el
antiguo trayecto desde la Consejería a la plaza de Gréve en una carreta
absolutamente semejante a las que usan los vendedores de madera. Esta
carreta está reservada actualmente al transporte del cadalso. Sin estas
explicaciones no se comprendería el comentario que hizo un ilustre
condenado a muerte a su cómplice al subir al coche celular: "Ahora es
asunto de los caballos." Es imposible ir al patíbulo más cómodamente de lo
que se va ahora en París. En aquel momento dos coches que salieron tan
de mañana servían excepcionalmente para conducir a dos presos
preventivos de la prisión de la Force a la Consejería; cada uno de estos
presos ocupaba por sí solo un vehículo.
Las nueve décimas partes de los lectores y las nueve décimas partes de la
última décima parte ignoran probablemente las diferencias considerables
que separan estas palabras: inculpado, preso preventivo, acusado, detenido,
prisión, sala de justicia; seguramente se sorprenderán al saber que se trata
de todo nuestro Derecho Penal, cuya explicación clara y sucinta se les dará
dentro de poco, tanto para su propia instrucción como para que puedan
comprender con claridad el desenlace de esta historia. Además, en cuanto
se sepa que el primer coche llevaba a Jacques Collin y el segundo a Lucien,
el cual en pocas horas acababa de pasar de la cumbre de la grandeza social
al fondo de un calabozo, la curiosidad estará ya suficientemente excitada. La
actitud de los dos cómplices era característica de cada uno de ellos. Lucien
de Rubempré se escondía para evitar las miradas que los viandantes
dirigían hacia el enrejado del siniestro y fatal vehículo a su paso por la calle
Saint-Antoine en dirección al río, a través de la calle du Martroi y de la
arcada de Saint-Jean, bajo la cual se pasaba entonces para cruzar la plaza
del Ayuntamiento. Hoy en día esta arcada constituye la puerta de acceso a
la residencia del prefecto del Sena, en el vasto palacio municipal. El audaz
presidiario, en cambio, pegaba su rostro a la reja de su coche, entre el
alguacil y el gendarme, quienes charlaban entre sí, confiados en la
seguridad del vehículo celular.
Las jornadas de Julio de 1830 y su formidable tempestad hasta tal punto
cubrieron con su estruendo los acontecimientos anteriores, y el interés
político absorbió tanto a Francia durante los seis últimos meses de aquel
año, que hoy ya nadie se acuerda, o apenas se acuerda, de aquellas
catástrofes privadas, judiciales o financieras, por insólitas que fueran, que
constituyen el consumo anual de la curiosidad de París y que no escasearon
en los seis primeros meses de aquel año. Es necesario, pues, hacer notar
cuán agitado estuvo entonces París por la noticia de la detención de un
sacerdote español hallado en la casa de una cortesana y por la del elegante
Lucien de Rubempré, el futuro de la señorita de Grandlieu, arrestado en la
carretera de Italia, en el pueblecito de Grez, acusados ambos de un
asesinato cuyo fruto subía a los siete millones. El escándalo de este proceso
superó durante algunos días el enorme interés despertado por las últimas
elecciones realizadas en tiempos de Carlos X.
En primer lugar, este proceso criminal sé debía en parte a una denuncia
hecha por el barón de Nucingen. Además, la detención de Lucien, en
vísperas de convertirse en secretario íntimo del primer ministro, removía a la
sociedad parisiense de más alto rango. En todos los salones de París más
de un joven se acordó de haber sentido envidia hacia Lucien por haber sido
distinguido por la bella duquesa de Maufrigneuse, y todas las mujeres sabían
que despertaba en aquellos momentos el interés de la señora de Sérizy,
esposa de uno de los principales personajes del Estado. Por último, la
hermosura de la víctima gozaba de una singular celebridad en los diversos
mundos que componen París: en el gran mundo, en el mundo de la juventud
y en el mundo literario. Desde hacía dos días todo el mundo en París
hablaba, pues, de estas dos detenciones. El juez de instrucción a quien
correspondió el asunto, el señor Camusot, vio en él una oportunidad de
ascenso; y para actuar con la máxima rapidez posible, había ordenado que
los dos inculpados fueran transferidos de la Force a la Conserjería en cuanto
Lucien de Rubempré hubiera llegado de Fontainebleau. Puesto que el padre
Carlos no pasó en la Force más que doce horas y Lucien la mitad de una
noche, no es preciso describir esta cárcel que, desde entonces, ha sido
enteramente modificada; en cuanto a las particularidades del
encarcelamiento, sería una repetición de lo que iba a ocurrir en la
Conserjería.
Pero antes de entrar en el terrible drama de una instrucción criminal, es
imprescindible, como acaba de decirse, explicar la marcha normal de un
proceso de esta clase; en primer lugar, se comprenderá mejor, tanto en
Francia como en el extranjero, la diversidad de fases de que se compone;
además, los que la desconocen podrán apreciar la economía del derecho
penal tal como lo concibieron los legisladores en tiempos de Napoleón. Y
esto es tanto más importante cuanto que esta grande y hermosa obra corre
en estos momentos el peligro de ser destruida por el sistema llamado
penitenciario.
Se comete un crimen: si hay flagrancia, los inculpados son conducidos al
cuerpo de guardia más próximo y metidos en esa celda que el pueblo
denomina violín, seguramente por la música que de ella sale: allí se grita o
se llora. De allí, los inculpados comparecen ante el comisario de policía, que
procede a un comienzo de instrucción, y que puede soltarlos si ha habido
error; por último, los inculpados son trasladados al depósito de la Prefectura,
donde la policía los guarda a disposición del procurador del rey y del juez de
instrucción, que, según la gravedad de los casos, avisados con mayor o
menor prontitud, llegan e interrogan a los individuos en situación de arresto
preventivo. Según la naturaleza de las sospechas, el juez de instrucción
firma una orden de depósito y manda encarcelar a los inculpados. En París
hay tres prisiones: Sainte-Pélagie, la Force y Les Madelonnettes.
Obsérvese la expresión de inculpados. Nuestro código ha establecido tres
distinciones esenciales para los procedimientos penales: la inculpación, la
prevención y la acusación. Mientras no se haya firmado ninguna orden de
arresto, los supuestos autores de un crimen o de un delito grave son
inculpados; bajo el peso de una orden de arresto, se convierten en presos
preventivos, y quedan pura y simplemente en prisión preventiva mientras
sigue la instrucción. Al terminarse la instrucción, una vez el tribunal ha
dictaminado que los presos preventivos tienen que ser trasladados a la
audiencia, pasan a ser acusados, cuando la audiencia real ha juzgado, a
instancias del procurador general, que hay cargos suficientes para pasarlos
a la sala de lo criminal. Así pues, los sospechosos de crimen pasan por tres
estados distintos, por tres blancos, antes de comparecer ante lo que se
llama la justicia del país. En « primer estado, los inocentes tienen muchos
medios de justificación: el público, la guardia, la policía. En el segundo
estado comparecen ante un magistrado, son confrontados con los testigos y
juzgados por la sala de un tribunal en París o por todo un tribunal en los
departamentos. En el tercero comparecen ante doce consejeros y, en caso
de error o de defecto de forma, los acusados pueden apelar al Tribunal
Supremo. Los jurados, cuando absuelven a un acusado, no saben a cuántas
autoridades populares, administrativas y judiciales abofetean. Por eso, a
nuestro juicio, es muy difícil que en París (no hablamos aquí de otras
jurisdicciones) un inocente llegue jamás a sentarse en el banquillo de la sala
de lo criminal.
El detenido equivale al condenado. Nuestro Derecho Penal ha creado
establecimientos penitenciarios que corresponden a las tres categorías de
preso preventivo, de acusado y de condenado. El encarcelamiento supone
una pena ligera, es el castigo de un delito mínimo; la detención es ya una
pena aflictiva, y en ciertos casos infamante. Los que actualmente proponen
el sistema penitenciario pretenden, pues, acabar con un admirable derecho
penal en el cual las penas estaban graduadas, y así propugnan que se
castiguen las faltas leves casi con tanta severidad como los mayores
crímenes. Por otra parte, pueden compararse en las ESCENAS DE LA VIDA
POLÍTICA (Véase Un asunto tenebroso) las extrañas diferencias que
existieron entre el derecho penal del código de Brumario del año IV y el del
código de Napoleón que lo sustituyó.
En la mayoría de los grandes procesos, como en este caso, los inculpados
pasan en seguida a prisión preventiva. La justicia lanza inmediatamente la
orden de depósito o de detención.
Efectivamente, en casi todos los casos, los inculpados, o bien se han dado
a la fuga, o bien han sido sorprendidos al instante. Como ya se ha visto, la
policía, que no es más que el medio de ejecución, y la justicia, habían
llegado con la presteza del rayo al domicilio de Esther. Aun cuando no
hubiera habido motivos de venganza, que movieron a Corentin a informar a
la policía judicial, había la denuncia de un robo de setecientos cincuenta mil
francos puesta por el barón de Nucingen.
En el instante en que el primer coche, que llevaba a Jac-ques Collin, llegó a
la arcada de Saint-Jean, pasaje estrecho y sombrío, algún estorbo obligó al
cochero a parar bajo la arcada. Los ojos del detenido brillaban a través de la
reja como dos carbunclos, pese a su máscara de moribundo que el día antes
había convencido al director de la Force de la necesidad de llamar al
médico. Aquellos ojos fulgurantes, libres en aquel momento porque ni el
gendarme ni el alguacil se volvían para ver a su custodiado, hablaban un
lenguaje tan claro, que cualquier juez instructor hábil, como el señor Popinot,
por ejemplo, habría reconocido al presidiario cometiendo un sacrilegio.
Efectivamente, Jacques Collin, desde que el coche celular, había
franqueado la puerta de la Force, lo examinaba todo a su paso. Pese a la
rapidez de la carrera, abrazaba con una mirada ávida y exhaustiva las casas
desde el último piso hasta la planta baja. Veía a todos los viandantes y los
examinaba. Dios no capta su creación en sus medios y en su fin mejor de lo
que aquel hombre podía captar los más nimios detalles en las cosas y en las
personas. Armado de una esperanza, como lo estuvo el último de los
Horacios de ¡su espada, esperaba socorro. Para cualquiera que no fuera
aquel Maquiavelo del presidio, tal esperanza habría parecido} tan irrealizable
que se habría dejado ver maquinalmente, como hacen casi todos los
culpables. Ninguno de ellos piensa en resistir, dada la situación en que la
justicia y la policía de París colocan a los acusados, especialmente a los
incomunicados, como era el caso de Lucien y el de Jacques Collin. UnoN.
no se imagina el súbito aislamiento en que se encuentra un preso
preventivo: los gendarmes que lo detienen, el comisario que lo interroga, los
que lo llevan a la cárcel, los guardianes que lo conducen a lo que
literalmente se llama calabozo, los que lo cogen por debajo de los brazos
para hacerlo subir a un coche celular, en definitiva, todos los seres que le
rodean desde el momento de su arresto, permanecen mudos o registran sus
palabras para repetirlas ante la policía o ante el juez. Esta separación
absoluta entre el mundo entero y el detenido, lograda con tanta facilidad,
produce un descalabro completo de sus facultades y una asombrosa
postración del espíritu, sobre todo cuando se trata de alguien que no esté
familiarizado por sus antecedentes con la acción de la justicia. El duelo entre
el culpable y el juez es, pues, tanto más terrible cuanto que la justicia cuenta
con el silencio de los muros y la incorruptible indiferencia de sus agentes.
No obstante, Jacques Colhn o Carlos Herrera (hay que darle uno u otro
nombre de acuerdo con las necesidades de la situación) conocía desde
hacía tiempo las costumbres de la policía, de los carceleros y de la justicia.
Por eso aquel gigante de la astucia y de la corrupción había empleado todas
las fuerzas de su espíritu y los recursos de su mímica para fingir la sorpresa
y la ingenuidad de un inocente, mientras representaba ante los magistrados
la comedia de su agonía. Como se vio, Asia, esa sabia Locusta, le había
hecho tomar un veneno mitigado para producirle los síntomas de una
enfermedad mortal. La acción del señor Camusot, la del comisario de policía
y la actividad interrogante del procurador real habían sido, pues, anuladas
por la acción de una apoplejía fulgurante.
—Se ha envenenado —había exclamado el señor Camusot, horrorizado por
los sufrimientos del supuesto sacerdote cuando lo habían bajado de la
buhardilla presa de horribles convulsiones.
Les había costado mucho esfuerzo a cuatro agentes escoltar al padre
Carlos por la escalera hasta la habitación de Esther, donde estaban reunidos
todos los magistrados y gendarmes.
—Es lo mejor que podía hacer si es culpable —había contestado el
procurador del rey.
—¿Creen ustedes que está enfermo?... —había preguntado el comisario de
policía.
La policía siempre duda de todo. Los tres magistrados habían hablado
entonces entre sí y, como se supone, al oído, pero Jacques Collin había
adivinado por sus fisonomías el tema de sus confidencias, y lo había
aprovechado para imposibilitar el interrogatorio sumario que se hace en el
momento de la detención, o para hacerlo por lo menos totalmente
irrelevante; había balbuceado algunas frases en las que el español y el
francés se combinaban de tal forma que resultaban sin sentido.
En la Force aquella comedia había tenido primeramente un éxito completo
porque el jefe de la Seguridad (abreviación de "jefe de la brigada de la
policía de Seguridad"), Bibi-Lupin, que antaño había detenido a Jacques
Collin en la pensión de la señora Lauquer, estaba de servicio en provincias,
y le sustituía un agente considerado el probable sucesor de Bibi-Lupin, que
no conocía al presidiario.
Bibi-Lupin, expresidiario y compañero de presidio de Jacques Collin, era
enemigo personal suyo. Esta enemistad arrancaba de las reyertas en las
que Jacques Collin había triunfado siempre, y en la supremacía ejercida por
Engañamuertes sobre sus compañeros. Por último, Jacques Collin había
sido durante diez años la Providencia de los reos liberados, su jefe y
consejero en París, su tesorero, y, por consiguiente, el antagonista de Bibi-
Lupin.
Así pues, aunque incomunicado, contaba con la fidelidad inteligente y
absoluta de Asia, su brazo derecho, y quizá con Paccard, su brazo izquierdo,
a quien esperaba volver a tener a sus órdenes una vez puestos a salvo por
el cuidadoso lugarteniente los setecientos cincuenta mil francos robados.
Ésta era la razón de la sobrehumana atención con la que su vista lo
abarcaba todo por el camino. ¡Extraña cosa! Su esperanza iba a ser
plenamente satisfecha.
Las dos gruesas paredes de la arcada de Saint-Jean estaban cubiertas
hasta una altura de seis pies por una capa permanente de barro producida
por las salpicaduras del arroyo; los viandantes, para protegerse del pasó
incesante de coches y de sus posibles golpes, no contaban más que con
mojones, deshechos desde hacía tiempo por los cubos de las ruedas. Más
de una vez la carreta de un cantero había aplastado a algún peatón
desprevenido. Así fue París durante mucho tiempo y en muchos de sus
barrios. Este detalle puede hacer comprender la estrechez de la arcada de
Saint-Jean y lo fácil que era obstruirla. Bastaba que un coche de punto
entrara por la plaza de Gréve, mientras que una vendedora ambulante
empujando su carro cargado de manzanas llegaba por la calle du Martroi,
para que un tercer coche produjera un atasco. Los peatones huían
asustados, buscando un mojón que pudiera preservarles del golpe de los
antiguos cubos, cuya longitud era tan desmesurada que hizo falta una ley
para acortarlos. Cuando el coche celular llegó, la arcada estaba obstruida
por una de esas vendedoras ambulantes tan características, de las que aún
quedan algunas en París, pese al creciente número de tiendas de fruta. Era
un ejemplar tan característico de vendedora ambulante, que cualquier
guarda municipal, si esta institución hubiera existido entonces, la habría
dejado circular sin pedirle que le enseñara el permiso, pese a su siniestro
aspecto, que exhalaba olor a crimen. Su cabeza, cubierta por un feo pañuelo
de algodón a cuadros hecho harapos, estaba erizada de mechones rebeldes
de cabellos que parecían cerdas de jabalí. Su cuello colorado y lleno de
arrugas era sobrecogedor, y la toquilla dejaba un poco al descubierto una
piel curtida por el sol, el polvo y el barro. El vestido se parecía a una
alfombra. Los zapatos parecían hacer muecas, como si se burlaran de la
cara de la vieja, que tenía tantos agujeros como el vestido. ¡Y qué
porquería?... Un emplasto llevaría menos suciedad. Aquel harapo ambulante
y fétido debía afectar el olfato de la gente delicada desde una distancia de
diez pasos. Sus manos habrían hecho un centenar de siega». Aquella mujer,
o bien volvía de algún aquelarre alemán, o salía de un asilo de mendicidad.
Pero, ¡qué miradas!... qué audaz inteligencia y qué contenida energía había
en los rayos magnéticos de su mirada cuando se cruzaron con la de
Jacques Collin para intercambiar una idea.
—¡Apártate, viejo criadero de piojos!... —gritó el cochero con una voz ronca.
—No irás a aplastarme, húsar de la guillotina —contestó la mujer—; tu
mercancía no vale lo que la mía.
Y tratando de arrinconarse entre dos mojones para abrir paso, la vendedora
obstruyó el paso el tiempo necesario para el cumplimiento de su proyecto.
"¡Oh, Asia! —dijo para sus adentros Jacques Collin, que reconoció
inmediatamente a, su cómplice—. Todo marcha."
El cochero seguía intercambiando bellas palabras con Asia, y se
acumulaban los vehículos en la calle du Martroi.
—Ahé!... pécairé jermati. Souni la. Vedrem!... —exclamó la vieja Asia con
esas modulaciones propias de las vendedoras ambulantes que deforman de
tal manera sus palabras que se convierten en onomatopeyas inteligibles
únicamente a los parisienses.

En medio de la algarabía de la calle y de los gritos de todos los cocheros allí


reunidos, nadie podía fijarse en aquel grito salvaje que parecía ser el de la
vendedora. Pero este clamor, audible para Jacques Collin, le transmitía en
una jerga convencional, con mezcla de italiano y de provenzal corrompidos,
este terrible mensaje: Tu pobre pequeño está detenido; pero aquí estoy para
velar por vosotros. Me volverás a ver...
En medio de la infinita alegría que le causaba su triunfo sobre la justicia,
puesto que esperaba poder mantener comunicaciones con el exterior,
Jacques Collin encajó un golpe que habría bastado para matar a cualquier
otra persona.
"¡Lucien detenido!...", pensó. Y estuvo a punto de desmayarse. Aquella
noticia era para él más espantosa que la denegación de un recurso de
gracia para un condenado a muerte.
Ahora que los dos coches celulares corren junto al río, el interés de esta
historia exige que se digan unas palabras sobre la Conserjería,
aprovechando el rato que tardarán en llegar a ella. La Conserjería, nombre
histórico, palabra terrible y edificio más terrible aún, está mezclada con las
revoluciones de Francia y con las de París sobre todo. Ha contemplado a la
mayoría de los grandes criminales. Aunque sea el más interesante de todos
los monumentos de París, es también el menos conocido…, por la gente que
pertenece a las clases superiores de la sociedad; pero a pesar del gran
interés que tiene esta digresión histórica, será tan rápida como la carrera de
los dos coches celulares.
¿Cuál es el parisiense, el extranjero o el provinciano que, aunque sólo se
haya detenido un par de días en París, ha dejado dé advertir las murallas
negras flanqueadas por tres gruesas torres con atalayas, dos de las cuales
están casi acopladas, y que constituyen un ornato sombrío y misterioso del
muelle de las Lunettes? Este muelle empieza en el Pont au Change y se
extiende hasta el Pont-Neuf. Una torre cuadrada, llamada la torre del Reloj,
desde donde se dio la señal para la matanza de la Noche de San Bartolomé,
y que es casi tan alta como la de Saint-Jacques-Ia-Boucherie, señala el lugar
del Palacio de Justicia y el ángulo de este muelle. Las cuatro torres y las
murallas están revestidas por el sudario negruzco que tienen en París todas
las fachadas que miran al Norte. Hacia la mitad del muelle, a la altura de una
arcada desierta, empiezan las construcciones privadas que se edificaron
durante el reinado de Enrique IV, al mismo tiempo que el Pont-Neuf. La
plaza Royale fue la réplica de la plaza Dauphine. Es el mismo estilo
arquitectónico, a base de ladrillo enmarcado con festones de piedra tallada.
Esta arcada y la calle de Harlay señalan los límites occidentales del Palacio
de Justicia. En otro tiempo la prefectura de la policía y la residencia de los
primeros presidentes del Parlamento dependían del Palacio. El tribunal de
cuentas y el tribunal de contribuciones completaban la justicia suprema, que
era la del soberano. Como puede verse, antes de la Revolución el Palacio
de Justicia gozaba del aislamiento que se le pretende dar hoy en día.
Este cuadrilátero, esta isla de casas y de monumentos donde se halla la
Sainte-Chapelle, la alhaja más preciosa del joyero de San Luis, este espacio
es el santuario de París; es su plaza sacrosanta y su arca sagrada. Al
principio este espacio constituyó la primera ciudad; donde ahora está la
plaza Dauphine había un prado dependiente de los dominios reales, donde
se hallaba una ceca para acuñar monedas. De ahí el nombre de la calle de
la Moneda dado a la que lleva al Pont-Neuf. De ahí también el nombre de
una de las tres torres redondas, la segunda, que se llama la torre de la Plata,
lo cual parece aludir a que primitivamente se batía en ella moneda. El
famoso molino, que puede verse en los antiguos planqs de París, es
seguramente posterior al tiempo en que se acuñaba la moneda en el propio
Palacio, y se debió probablemente a algún perfeccionamiento en el arte de la
acuñación. La primera torre, casi adyacente a la torre de la Plata, se llama la
torre de Montgommery. La tercera, que es la más pequeña, pero la mejor
conservada de las tres, puesto que aún tiene almenas, lleva el nombre de
torre Bonbec. La Sainte-Chapelle y estas cuatro torres (incluida la torre del
Reloj) determinan perfectamente el recinto del palacio —o el perímetro,
como diría un empleado del catastro—, desde los merovingios hasta la
primera dinastía de Valois; pero para nosotros, y como resultado de estas
transformaciones, este palacio representa más propiamente la época de san
Luis.
Carlos V fue el primero en trasladar el Palacio al Parlamento, institución
recientemente cerrada, y, bajo la protección de la Bastilla, fue a vivir en la
famosa mansión de Sant-Pol, a la que adosaron más adelante el palacio
Des Tournelles. Luego, en tiempo de los últimos Valois, la realeza dejó la
fortaleza de la Bastilla para regresar al Louvre, que había sido su primitiva
fortaleza. La primera residencia de los reyes de Francia, el palacio de san
Luis, que ha conservado el apelativo de Palacio a secas —como para
designar al que es el palacio por excelencia—, está enteramente enterrado
bajo el palacio de Justicia, del cual constituye los sótanos, porque estaba
edificado en el Sena, como la catedral, y había sido construido tan
cuidadosamente que cuando el río se sale de madre, sus aguas apenas
llegaban a los primeros escalones. El muelle del Reloj sobrepasa en unos
veinte pies estos edificios diez veces seculares. Los coches circulan a la
altura del capitel de las sólidas columnas de estas tres torres, cuya elevación
debía de estar antes en armonía con la elegancia del palacio y debía de
producir un efecto pintoresco sobre el agua, puesto que hoy estas torres aún
rivalizan en altura con los monumentos más elevados de París. Cuando se
contempla esta gran capital desde lo alto de la cúpula del Panteón, el
Palacio, con la Sainte-Chapelle, aún es lo que parece más monumental en
medio de tantos monumentos. Este palacio de nuestros reyes, sobre el que
se camina cuando se recorre la inmensa sala de los Pasos Perdidos, era
una maravilla arquitectónica, y lo es todavía para la mirada inteligente del
poeta que se acerca para estudiarla al examinar la Conserjería. Por
desgracia la Conserjería ha invadido el palacio real. Sangra el corazón al ver
cómo se han construido calabozos, reductos, pasillos, habitaciones y salas
sin luz ni aire en esta magnífica composición en la que los estilos bizantino,
románico y gótico, estas tres caras del arte antiguo, fueron sintetizadas por
la arquitectura del siglo XII. Este palacio es, para la historia monumental de
la Francia de los primeros tiempos, lo que el palacio de Blois para la historia
monumental de los segundos tiempos. Igual que en Blois (Véase Estudio
sobre Catalina de Médicis, ESTUDIOS FILOSÓFICOS), donde en un mismo
patio pueden admirarse las mansiones de los condes de Blois, de Luis XII,
de Francisco y de Gastón, en la Conserjería se agrupan en un mismo recinto
el espíritu de las primeras razas, y, en la Sainte-Chapelle, la arquitectura de
san Luis. Consejeros municipales: si otorgáis millones, ¡poned junto a los
arquitectos a uno o dos poetas, si queréis salvar la cuna de París, la cuna de
los reyes, procediendo a dotar a París y al tribunal real de un palacio digno
de Francia! Es un asunto que todavía debe estudiarse durante varios años
antes de emprender nada. Si se construyen una o dos cárceles como la de
la Roquette, el palacio de san Luis se salvará.
Actualmente muchas lacras afectan a este gigantesco monumento, hundido
bajo el palacio y bajo el muelle, igual que uno de esos animales
antediluvianos que hay en los yesos de Montmartre; pero la mayor de todas
es la Conserjería. El Nv t término se comprende. En los primeros tiempos de
la monarquía, los grandes delincuentes, a saber, los propietarios de feudos
grandes o pequeños, ya que los villanos y los burgueses pertenecían a las
jurisdicciones señoriales o urbanas, eran conducidos ante el rey y
custodiados en la Conserjería. Como había pocos reos de esta categoría, la
Conserjería bastaba para la justicia real. Es difícil establecer exactamente
qué lugar ocupaba la primitiva Conserjería. Sin embargo, como aún existen
las cocinas de san Luis, constituyendo hoy lo que se denomina la Ratonera,
es presumible que la primitiva Conserjería estuviera situada en el lugar
donde se hallaba la Conserjería judicial del Parlamenjo antes de 1825, bajo
la arcada de la derecha de la gran escalinata exterior que lleva a la
audiencia real. Hasta 1825 los condenados salían de allí para ir al patíbulo.
De allí salieron todos los grandes criminales, todas las víctimas de la política,
tanto la maríscala de Ancre como la reina de Francia, tanto Semblanqay
como Malesherbes, tanto Damien como Danton o Desrues como Castaing.
El despacho de Fouquier-Tinville, que actualmente es el del procurador del
rey, estaba situado de tal modo que el acusador público pudiera ver desfilar
en sus carretas a las personas a quienes acababa de condenar el tribunal
revolucionario. Aquel ser convertido en espada podía de esta manera dar
una última ojeada a sus hornadas.
A partir de 1825, bajo el ministerio del señor de Peyronnet, tuvo lugar un
gran cambio en el Palacio. El viejo rastrillo de la Conserjería, donde tenían
lugar las ceremonias del encarcelamiento y el cacheo, fue cerrado y
trasladado adonde se encuentra hoy, entre la torre del Reloj y la torre Mont-
gommery, en un patio interior señalado por una arcada. A la izquierda se
halla la Ratonera y a la derecha el rastrillo. Los coches celulares entran en
aquel patio bastante irregular, donde pueden permanecer y maniobrar con
facilidad, y, en caso de motín, quedan protegidos frente a cualquier ataque
por la sólida reja de la arcada, mientras que antaño no tenían la menor
facilidad para maniobrar en el estrecho espacio que separa la gran
escalinata exterior del ala derecha del Palacio. Hoy en día la Conserjería,
que apenas basta para los acusados (se necesitaría lugar para dos o
trescientas personas, entre hombres y mujeres), ya no recibe ni presos
preventivos ni detenidos, salvo en raras excepciones, como era el caso de
Jacques Collin y de Lucien. Todos los que están presos en ella han de
comparecer ante la sala de lo criminal. Excepcionalmente, la magistratura
admite a los culpables de la alta sociedad, quienes, bastante deshonrados
ya por la comparecencia ante la sala de lo criminal, recibirán un castigo
excesivo si tuvieran que cumplir su pena en Melun o Poissy. Ouvrard prefirió
la estancia en la Conserjería antes que en Sainte-Pélagie. En este momento,
el notario Lehon y el príncipe de Bergues están allí detenidos en virtud de
una tolerancia arbitraria, aunque muy humanitaria.
Generalmente los presos preventivos, ya sea para ir a la instrucción (como
se dice en la jerga carcelaria), ya sea para comparecer ante la policía
correccional, son depositados por los coches celulares directamente en la
Ratonera, situada enfrente del rastrillo, que se compone de una serie de
celdas practicadas en las cocinas de San Luis, en las que los presos
preventivos sacados de sus respectivas prisiones esperan la hora de la
sesión del tribunal o la llegada de su juez de instrucción. La Ratonera limita
al norte con el muelle, al este con el cuerpo de guardia de la guardia
municipal, al oeste con el patio de la Conserjería y al sur con una inmensa
sala abovedada (probablemente la antigua sala de festines), aún sin ninguna
función. Encima de la Ratonera hay un cuerpo de guardia interior, con una
ventana que da al patio de la Conserjería, que está ocupado por la
gendarmería departamental y al que conduce la escalinata. Cuando llega la
hora del juicio, los alguaciles van a llamar a los presos, y los gendarmes, en
número igual al de los presos, bajan y cogen cada uno a un preso por
debajo el brazo; acoplados de esta manera, suben por la escaleras,
atraviesan el cuerpo de guardia y llegan, a través de unos pasillos, a una
habitación contigua a la sala donde se reúne la famosa Cámara Sexta del
tribunal, a la que se adjudica la audiencia de la policía correccional. Este
camino es también el que toman los acusados para ir de la Conserjería a la
sala de lo criminal y volver.
En la sala de los Pasos Perdidos, entre la puerta de la Primera Cámara del
Tribunal de primera instancia y la escalinata que lleva a la Sexta, se observa
inmediatamente, cuando uno se pasea por allí por vez primera, una entrada
sin puerta y sin decoración arquitectónica alguna, un orificio cuadrado
realmente desagradable. Por allí es por donde los jueces y los abogados
entran en esos pasillos, en el cuerpo de guardia, y bajan a la Ratonera y a la
taquilla de la Conserjería. Todos los despachos de los jueces de instrucción
están situados en diversos pisos en esta parte del Palacio. Se llega a ellos
por horribles escaleras, que constituyen un laberinto en el que se pierden
casi siempre aquellos que desconocen el Palacio. Las ventanas de estos
despachos dan las unas sobre el río y las otras sobre el patio de la
Conserjería. En 1830 los despachos de algunos jueces de instrucción daban
sobre la calle de la Barillerie.
Así pues, cuando un coche celular gira hacia la izquierda en el patio de la
Conserjería, lleva presos a la Ratonera; cuando va hacia la derecha, lleva
acusados a la Conserjería. El coche que llevaba a Jacques Collin se dirigió
hacia este lado, para depositarle en el rastrillo. No hay nada tan
impresionante como el rastrillo. Los reos o las visitas advierten dos rejas de
hierro forjado separadas por un espacio de cerca de seis pies, que se abren
siempre una tras otra, y a través de las cuales todo se observa tan
escrupulosamente que las personas a quienes se otorga el permiso de visita
atraviesan aquel espacio a través de la reja antes de que la llave rechine en
la cerradura. Los magistrados instructores y los propios miembros del
ministerio fiscal no pueden entrar sin haber sido reconocidos. Si se
menciona la posibilidad de comunicar o de evadirse... se dibujará una
sonrisa en los labios del director de la Conserjería que desvanecerá toda
duda de la mente del novelista más audaz en empresas contrarias a la
verosimilitud. En los anales de la Conserjería sólo se recuerda la evasión de
Lavalette; pero la certeza de una complicidad de alto rango, actualmente
demostrada, disminuyó el peligro de un fracaso. Juzgando sobre el terreno
acerca de la naturaleza de los obstáculos, la gente más aficionada a la
fantasía habría de reconocer que siempre estos obstáculos fueron tan
invencibles como lo son ahora. No hay expresión que pueda describir la
fuerza de las paredes y de las bóvedas, hay que verlas. Aunque el nivel del
pavimento del patio sea más alto que el del muelle, cuando se atraviesa el
rastrillo hay que bajar aún varios escalones para llegar a una inmensa sala
abovedada, cuyas sólidas murallas están adornadas por magníficas
columnas y flanqueadas por la torre Montgommery, que actualmente forma
parte de la residencia del director de la Conserjería y de la torre de la Plata,
que sirve de dormitorio a los vigilantes o guardianes. El número de tales
empleados no es tan considerable como pudiera imaginarse (son veinte); ni
su dormitorio ni sus catres difieren mucho del que se llama de la Pistola.
Este nombre proviene seguramente de que antaño los presos daban una
pistola1 a la semana a cambio de este alojamiento, cuya desnudez recuerda
las frías buhardillas donde van a vivir los grandes hombres sin fortuna que
llegan por vez primera a París. A la izquierda, en esta gran sala de ingreso,
se halla la escribanía de la Conserjería, una especie de despacho con
vidrieras donde están el director y su escribano y donde se guardan los
registros de encarcelamiento. Allí el preso preventivo y el acusado son
inscritos y cacheados. Allí se decide la cuestión del alojamiento, cuya
solución depende de la bolsa del detenido. Frente al rastrillo de esta sala se
ve una puerta vidriera, que es la de un locutorio en el que los parientes y
abogados comunican con los acusados por un vano con doble reja de
madera. El locutorio recibe la luz del patio, que constituye el lugar de paseo
interior donde los acusados respiran a sus anchas y hacen ejercicio a
determinadas horas.
Esta gran sala iluminada por la luz dudosa de estas dos taquillas, ya que la
única ventana que da al patio de entrada está en la escribanía, ofrece a la
mirada una atmósfera y una luminosidad en perfecta armonía con las
imágenes preconcebidas por la imaginación. Su aspecto es tanto más
sobrecogedor cuanto que, paralelamente a las torres de la Plata y de
Montgommery, se ven esas criptas misteriosas, abovedadas, formidables y
en penumbra que rodean el locutorio y conducen a los calabozos de la reina,
de la señora Elisabeth, y a las celdas llamadas de incomunicación. Este
laberinto de piedra tallada se ha convertido en el sótano del Palacio de
Justicia, después de haber asistido a las fiestas de la realeza. Entre 1825 y
1832, en esta inmensa sala se hacía la operación del afeitado, entre— una
gran estufa y la primera de las dos rejas. Todavía hoy no pasa uno sin
estremecerse por encima de esas baldosas que han recibido el impacto y las
confidencias de tantas últimas miradas.
Para apearse de su horrendo vehículo el moribundo necesitó la ayuda de
dos gendarmes que lo cogieron cada uno por debajo de un brazo, lo
aguantaron y lo llevaron a la escribanía, de tal modo que parecía haber
perdido el sentido. El agonizante, arrastrado de esta manera, alzaba los ojos
al cielo para parecerse al Redentor bajando de la cruz. Ciertamente, en
ningún cuadro ofrece Jesús una cara más cadavérica y más descompuesta
que la que mostraba el falso español, que parecía a punto de exhalar el
último suspiro. Cuando lo sentaron en la escribanía, repitió con voz
desfalleciente las palabras que dirigía a todo el mundo desde el momento de
su detención:
—Apelo a su excelencia el embajador de España... —Le dirá usted esto al
señor juez de instrucción —contestó el director.
—¡Ay, Jesús! —repuso Jacques Collin, suspirando—. ¿No podría tener un
breviario?... ¿Seguirán negándome un médico?... No me quedan ni siquiera
dos horas de vida.
Como Carlos Herrera tenía que estar incomunicado, fue inútil pedirle si
quería las ventajas de la Pistola, es decir, el derecho a vivir en una de esas
celdas en las que se goza de la única comodidad permitida por la Justicia.
Estas celdas están situadas al extremo del patiq del que se hablará más
adelante. El alguacil y el escribano, simultánea y flemáticamente, efectuaron
las formalidades del encarcelamiento.
—Señor director —dijo Jacques Collin, chapurreando el francés—, me estoy
muriendo, ya lo ve usted. Si puede usted hacerlo, dígale lo más pronto
posible al señor juez que solicito como un favor lo que un criminal debería
temer más: comparecer ante él en cuanto llegue; porque mis sufrimientos
son realmente intolerables, y en cuanto lo vea terminará todo error...
La regla general es que todos los criminales hablen de error. Vayase a los
presidios, pregúntese a los condenados, casi todos son víctima de algún
error de la justicia. Por eso esta palabra hace sonreír imperceptiblemente a
todos los que están en contacto con presos preventivos, con acusados o con
condenados.
—Puedo hablar de su reclamación al juez instructor —contestó el director.
—¡Tendrá mi bendición, caballero!... —replicó el español, alzando los ojos al
cielo.
Una vez realizadas las formalidades, dos guardias municipales,
acompañados por un vigilante a quien el director indicó en cuál de las celdas
tenía que ser encerrado el preso, cogieron a Carlos Herrera cada uno por un
brazo y le condujeron a través del laberinto subterráneo de la Conserjería a
una habitación muy sana, por mucho que digan ciertos filántropos, pero
totalmente incomunicada.
En cuanto hubo desaparecido, los vigilantes, el director de la cárcel, su
escribano, el propio alguacil y los gendarmes se miraron como pidiéndose
unos a otros su opinión, y en todos los rostros se dibujó la duda; pero ante la
vista del otro preso preventivo, todos los espectadores volvieron a su
habitual incertidumbre, encubierta bajo un aire de indiferencia. Salvo en
circunstancias extraordinarias, los empleados de la Conserjería son poco
curiosos, siendo para ellos los criminales lo mismo que una peluca para un
peluquero. Todas las formalidades que sobrecogen a la imaginación se
efectúan con mayor sencillez que los asuntos de dinero entre los banqueros,
y muchas veces con mayor cortesía. Lucien ofre cía el aspecto del culpable
abatido: no oponía resistencias, s abandonaba maquinalmente. Desde
Fontainebleau, el poel contemplaba su ruina y se decía a sí mismo que
había llegad la hora de la expiación. Estaba pálido y deshecho, ignoraba
todo cuanto había ocurrido durante su ausencia en casa d Esther y sabía
que era el compañero íntimo de un presidiario evadido; tal situación bastaba
para hacerle imaginar catas trofes peores que las de la muerte. El único
proyecto que con cebía su mente era el suicidio. Quería escapar a todo preci
de las ignominias que adivinaba, a modo de fantasías de un inquietante
pesadilla:
Jacques Collin, considerado el más peligroso de ambo detenidos, fue
colocado en una celda totalmente de piedr tallada, con luz procedente de
uno de esos pequeños patio interiores que hay diseminados por el recinto
del palacio,; situada en el ala en que tiene su despacho el procurador g-
neral. Este pequeño patio sirve de patio de paseo para la sec ción de
mujeres. Según órdenes del juez de instrucción,: director tuvo cierta
consideración por Lucien, de modo qu fue conducido, por el mismo camino,
a una celda vecina d las Pistolas.
Por lo general, la gente que nunca tendrá altercados co la justicia concibe
las más negras ideas sobre la incomunica ción. La idea de justicia criminal
suele Ir asociada con la viejas ideas sobre la antigua tortura, sobre la
insalubridad d las cárceles, la frialdad de los muros de piedras rezumand
humedad, la brutalidad de los carceleros y la mala alimenta ción, que
constituyen accesorios obligados en los dramas; pero no es inútil decir aquí
que tales exageraciones no existen má que en el teatro, y hacen sonreír a
los magistrados, a lo abogados y a los que visitan por curiosidad las
prisiones o va a observarlas. Durante mucho tiempo, éstas estuvieron en
condiciones terribles. Es cierto que los acusados, bajo el antiguo
Parlamento, en los siglos de Luis XIII y de Luis XIV, eran amontonados
confusamente en una especie de entresue lo situado encima del antiguo
rastrillo. Los encarcelamientos fueron uno de los crímenes de la revolución
de 1789, y basta con ver el calabozo de la reina y el de la señora Elizabeth
para sentir un profundo horror por las antiguas formas judiciales. Pero
actualmente, aun cuando la filantropía haya causado daños incalculables a
la sociedad, ha traído en cambio algunos alivios para los individuos.
Debemos a Napoleón el Código penal, que es uno de los monumentos más
importantes de este reinado tan breve, más aún que el Código civil, cuya
reforma en algunos puntos es urgente. Este nuevo Código penal colmó un
verdadero abismo de sufrimientos. Así pues, puede afirmarse que, dejando
aparte las horribles torturas morales a las que se ven sometidas las
personas de las clases superiores al caer bajo el imperio de la Justicia, la
acción de este poder es de una enorme dulzura y simplicidad, que por
inesperadas resultan aún más sensibles. El inculpado y el preso preventivo
no están alojados, ciertamente, como en su casa; pero en las prisiones de
París se halla lo necesario. Por otra parte, la gravedad de los sentimientos
que a uno le abruman quita a los accesorios de la vida su significado ha
bitual. Nunca es el cuerpo el que sufre. El espíritu se halla en una situación
tan violenta, que puede soportarse fácilmente todo malestar o toda
brutalidad, en caso de que se produzcan. Hay que admitir que, sobre todo
en París, el inocente es puesto pronto en libertad.
Lucien, al entrar en su celda, halló, pues, una fiel imagen de la primera
habitación que había ocupado en París, en el hotel Cluny. Una cama
parecida a la de las fondas más pobres del Barrio Latino, algunas sillas
oscuras de paja, una mesa y algunos utensilios componían el mobiliario de
una de estas habitaciones, donde a menudo se ponen juntos dos acusados
cuando su comportamiento es tranquilo y sus crímenes tranquilizadores,
como la falsificación de moneda o la bancarrota. Este parecido entre su
punto de partida, lleno de inocencia, y el punto de llegada, último peldaño de
la vergüenza y del envilecimiento, hizo vibrar en un último esfuerzo su fibra
poética, y el desdichado rompió a llorar. Lloro durante cuatro horas,
aparentemente insensible como una figura de piedra, pero sufriendo por el
hundimiento de todas sus esperanzas, abrumado por el aplastamiento de
todas sus vanidades sociales, por la aniquilación de su orgullo, herido en su
egocentrismo de ambicioso, de amante, de afortunado, de dandy, de
parisiense, de poeta, de voluptuoso y de privilegiado. Todo se había roto en
él debido a esta caída propia t de un Icaro.
Carlos Herrera, por su parte, empezó a dar vueltas por su celda en cuanto
le dejaron solo, como el oso blanco del zoológico dentro de su jaula.
Examinó cuidadosamente la puerta y comprobó que no tenía más agujero
que la mirilla. Sondeó todas las paredes, miró por el cuévano por el que
penetraba una débil luz, y pensó: "¡No hay peligro!" Fue a sentarse a un
ángulo en el cual no pudiera verle el vigilante mirando por la mirilla. A
continuación se quitó la peluca y despegó rápidamente un papel que se
hallaba en el fondo de la misma. El lado del papel que estaba en
comunicación con la cabeza tan mugriento que parecía ser el tegumento de
la peluca. Si a Bibi-Lupin se le hubiera ocurrido quitarle aquella peluca para
verificar la identidad del español con Jacques Collin, no habría advertido el
papel, que parecía formar parte de la obra del peluquero. La otra cara del
papel estaba aún lo bastante blanca y limpia para permitir que se escribieran
algunas líneas. La difícil y minuciosa operación de la despegadura había
comenzado en la Force, puesto que dos horas no habrían bastado. La
víspera había empleado ya la mitad del día para este trabajo. El preso
empezó recortando aquel precioso papel hasta conseguir una tira de una
anchura de cuatro o cinco líneas, y la partió en varios pedazos; luego
devolvió al insólito depósito su reserva de papel, tras haber humedecido la
capa de goma arábiga gracias a la cual podía restablecer la adherencia.
Buscó en un mechón de cabellos uno de esos lápices delgados como
alfileres, cuya fabricación, debida a Susse, era reciente, y que estaba fijado
a la peluca con cola; tomó un pedazo bastante grande para escribir y lo
suficientemente pequeño para disimularlo en su oreja. Una vez terminados
estos preparativos con la rapidez y con la seguridad propia de los viejos
presidiarios, cuya destreza es increíble, Jacques Collin se sentó al borde de
su cama y se puso a estudiar las instrucciones que tenía que dar a Asia, con
la certidumbre de hallarla en su camino, tanta era la confianza que tenía en
el genio de aquella mujer.
"En mi interrogatorio sumario —pensaba— he fingido ser español y hablar
mal el francés, he apelado al embajador, alegando los privilegios
diplomáticos y fingiendo no comprender nada de lo que me preguntaban,
todo bien salpicado de debilidades, silencios y suspiros; en suma, de todas
las pamplinas de un agonizante. Mantengámonos en este mismo terreno.
Mis papeles están en regla. Asia y yo podremos con el señor Camusot, que
no es demasiado hábil. El problema es Lucien, se trata de devolverle la
moral, hay que llegar hasta este muchacho a cualquier precio, y señalarle
una pauta de conducta; si no se va a entregar él mismo y me va a entregar a
mí, y lo echará todo a rodar... Antes de su interrogatorio tiene que ser
adiestrado. Y además necesito testigos que confirmen mi condición
sacerdotal!"
Tal era la situación moral y física de los dos presos preventivos, cuya suerte
dependía en aquellos momentos del señor Camusot, juez de instrucción del
Tribunal de primera instancia del Sena, supremo arbitro, durante el espacio
de tiempo que le daba el código penal, de los más nimios detalles de su
existencia, puesto que él era el único que podía autorizar que el capellán, el
médico de la Conserjería o quienquiera que fuese se comunicara con ellos.
No hay poder humano, ni rey, ni ministro de Justicia, ni primer ministro, que
pueda inmiscuirse en el poder de un juez instructor; no hay nada que le
detenga, ni nada que le dirija. Es un soberano sometido únicamente a su
conciencia y a la ley. En este momento en que filósofos, filántropos y
publicistas no cejan en sus esfuerzos por recortar todos los poderes
sociales, el derecho conferido por nuestras leyes a los jueces de instrucción
se ha convertido en blanco de muchos ataques terribles, que hallan su
justificación en lo desorbitante de este derecho. No obstante, para todo
hombre razonable este poder debe seguir siendo inviolable; en ciertos casos
se puede suavizar su ejercicio mediante un extenso uso de las garantías;
pero la sociedad, conmovida ya por la falta de inteligencia y por la debilidad
del jurado (magistratura suprema que sólo debiera atribuirse a
personalidades notables electas), se vería amenazada de ruina si se
rompiera esta columna que sostiene todo nuestro derecho penal. La
detención preventiva es una de esas facultades terribles y necesarias cuyo
peligro social está compensado por su propia grandeza, por otra parte;
desconfiar de la magistratura es un comienzo de disolución social.
Destruyase la institución, reconstituyase sobre otras bases; pídase, como
antes de la Revolución, enormes garantías de fortuna para la magistratura;
pero que no se pierda la fe en ella que no la convierta en imagen de la
sociedad, con todo lo que ésta tiene de condenable. Hoy en día el
magistrado, retribuido como un funcionario, pobre la mayor parte de veces,
ha trocado su dignidad de antaño por una altanería que parece intolerable a
todos los que se han hecho sus iguales; porque la altanería es una dignidad
sin base de sustentación. En eso radica el vicio de la institución actual. Si
Francia estuviera dividida en diez jurisdicciones, se podría elevar el rango de
la magistratura exigiendo grandes fortunas, lo cual resulta imposible con
veintiséis jurisdicciones. La única mejora real que puede reclamarse en el
ejercicio del poder atribuido al juez de instrucción es la rehabilitación de la
prisión preventiva. El estado preventivo no debería significar ningún cambio
en las costumbres de los individuos. Las prisiones preventivas de París
deberían construirse, amueblarse y disponerse de tal forma que se
modificaran profundamente las ideas de la gente acerca de la situación de
los presos preventivos. La ley es buena y necesaria, pero su ejecución es
mala, y la opinión pública juzga las leyes según la manera de proceder. La
opinión pública en Francia condena a los presos preventivos y rehabilita a
los acusados por una contradicción explicable. Quizá sea el resultado del
espíritu esencialmente criticón del francés. Esta inconsecuencia del público
parisiense fue uno de los motivos que contribuyeron a la catástrofe de este
drama; como ya se verá, fue incluso uno de los más poderosos. Para
comprender adecuadamente las terribles escenas que se desarrollan en los
despachos de los jueces de instrucción, para conocer bien la situación
respectiva de las dos partes beligerantes, los detenidos y la Justicia, cuya
lucha tiene por objeto el secreto que ambos preservan de la curiosidad del
juez —tan justamente llamado el curioso en la jerga carcelaria—, nunca
debe olvidarse que los presos preventivos encerrados en estado de
incomunicación desconocen todo lo que dicen los siete u ocho públicos
particulares que constituyen el público en general, todo lo que saben la
policía, la justicia y lo poco que publican los periódicos de las circunstancias
del crimen. Por esta razón, dar a un preso una noticia como la que Jacques
Collin acababa de recibir de Asia sobre la detención de Lucien, es como
echar una cuerda a un hombre que se ahoga. Se verá cómo fracasa un
intento que, de no haber sido por aquella comunicación, el presidiario no
habría podido realizar. Una vez planteados los términos del problema, la
gente menos impresionable va a asustarse de los resultados de estas tres
causas de terror: el secuestro, el silencio y el remordimiento.
El señor Camusot, yerno de uno de los escribanos del gabinete real,
suficientemente conocido ya para explicar sus alianzas y su posición, se
hallaba en aquellos momentos en un estado de perplejidad casi idéntico al
de Carlos Herrera respecto a la instrucción que se le había confiado. En otro
tiempo había sido presidente de un tribunal de apelación y había sido
llamado para ocupar un puesto de juez en París, una de las plazas más
codiciadas de la magistratura, gracias a la protección de la célebre duquesa
de Maufrigneuse, cuyo esposo, infante del Delfín y coronel de uno de los
regimientos de caballería de la guardia real, gozaba del favor del rey, así
como ella del de la reina. Por un favor insignificante, aunque importantísimo
para la duquesa, con ocasión de la falsa denuncia contra el joven conde de
Esgrignon puesta por un banquero de Alençon (véase en las ESCENAS DE
LA VIDA DE PROVINCIAS, El gabinete de antigüedades), de simple juez de
provincias había ascendido a presidente y de presidente a juez instructor en
París. Desde hacía dieciocho meses formaba parte del tribunal más
importante del reino, y había podido, bajo la recomendación de la duquesa
de Maufrigneuse, prestarse a los propósitos de una gran dama no menos
poderosa, la marquesa de Espard; pero había fracasado. (Véase La
interdicción.) Como se ha dicho al comienzo de esta obra, Lucien, para
vengarse de la señora de Espard, que quería incapacitar a su marido, pudo
restablecer la verdad de los hechos a los ojos del procurador general y del
conde de Sérizy. Cuando estas dos altas potencias estuvieron alineadas
junto a los amigos del marqués de Espard, la esposa sólo se libró de la
acusación del tribunal gracias a la clemencia del esposo. El día antes la
marquesa de Espard, al enterarse de la detención de Lucien, había enviado
a su cuñado el caballero de Espard a casa de la señora Camusot. La señora
Camusot se había ido inmediatamente a visitar a la ilustre marquesa. En el
momento de la cena, al volver a su casa, había cogido a su esposo aparte
en su dormitorio.
—Si puedes mandar al presuntuoso Lucien de Rubempré a la sala de lo
criminal y lograr una condena contra él —le dijo al oído—, serás consejero
en el Tribunal Real...
—¿Y de qué manera?
—La señora de Espard quisiera ver caer la cabeza de este pobre
muchacho. Sentía escalofríos oyendo cómo hablaba el odio de una mujer
hermosa.
—No te mezcles en los asuntos del Palacio de Justicia —contestó Camusot
a su mujer.
—¿Yo mezclarme? —repuso ella—. Cualquiera hubiera podido
escucharnos: no habría sabido de qué hablábamos. La marquesa y yo
hemos estado la una con la otra tan deliciosamente hipócritas como lo estás
siendo tú conmigo en estos momentos. Quería agradecerme tus buenos
oficios en su asunto, diciéndome que, pese a la falta de éxito, te está muy
reconocida. Me ha hablado de la terrible misión que la ley os atribuye. "Es
horrible tener que mandar a un hombre al patíbulo, pero en este caso... ¡sí
que es hacer justicia!, etc." Ha lamentado que un joven tan guapo, traído a
París por su prima, la señora Du Châtelet, haya llegado tan bajo. "¡Ahí es
adonde las malas mujeres, como una Coralie o una Esther (decía), llevan a
los jóvenes lo bastante corrompidos como para repartirse con ellas unas
ganancias envilecedoras!" Y luego unos hermosos discursos sobre la
caridad y sobre la religión... La señora Du Châtelet le había dicho que Lucien
merecía mil veces la muerte, por haber estado a punto de matar a su
hermana y a su madre. Ha hablado de una vacante en el Tribunal Real, de
—que conocía al ministro de Justicia. "¡Su esposo, señora, tiene una gran
ocasión para distinguirse!", dijo para terminar. Y eso es todo.
—Nos distinguimos cada día, haciendo nuestro deber —dijo Camusot.
—Irás lejos si eres magistrado en todas partes, incluso con tu mujer —
exclamó la señora Camusot—. Vaya, te creía bobo; hoy en cambio te
admiro...
Sobre los labios del magistrado se dibujó una de estas sonrisas que son
exclusivas de los jueces, como la sonrisa de las bailarinas, que también es
exclusiva de ellas. —Señora, ¿puedo entrar? —preguntó la camarera. —
¿Qué quiere de mí? —le dijo su ama. —Señora, la primera doncella de la
señora duquesa de Maufrigneuse ha venido aquí durante la ausencia de la
señora, y ruega a la señora, de parte de su ama, que vaya en seguida y sin
falta al palacio de Cadignan.
—Que aplacen la cena —dijo la mujer del juez, pensando que el conductor
del coche de punto que la había llevado estaría esperando el pago.
Se volvió a poner el sombrero, subió al coche de punto, y a los veinte
minutos estuvo en el palacio Cadignan. La señora Camusot, que fue
introducida por una puerta lateral, esperó durante unos diez minutos sola en
un gabinete adyacente al dormitorio de la duquesa, que se presentó con un
aspecto resplandeciente, puesto que partía para Saint-Cloud, donde la
reclamaba una invitación en la corte.
—Hija mía, entre nosotras, bastan dos palabras.
—Sí, señora duquesa.
—Lucien de Rubempré está detenido, su esposo instruye el sumario; yo
garantizo la inocencia de este pobre muchacho: que esté libre antes de las
veinticuatro horas. Esto no es todo. Alguien quiere ver a Lucien mañana, en
secreto, en su celda; su esposo, si quiere, podrá estar presente, con tal que
no se deje ver... Soy fiel para con los que me sirven, ya lo sabe usted. El rey
espera mucho del valor de sus magistrados en las graves circunstancias en
que va a encontrarse pronto; yo haré progresar a su marido, le recomendaré
como a una persona leal al rey, aun a riesgo de su cabeza. Nuestro
Camusot será primero consejero, luego primer presidente donde sea...
Adiós..., me esperan; me perdona usted, ¿verdad? No sólo complacerá al
procurador general que, en esta cuestión, no puede pronunciarse, sino que
además salva la vida a una mujer que agoniza, a la señora de Sérizy. De
modo que no le faltarán apoyos... Vamos, ya ve mi confianza, no es
menester que le recomiende... ¡ya sabe! Se puso el índice sobre los labios y
se marchó. "¡Y no poderle decir que la marquesa de Espard quiere ver a
Lucien en el patíbulo!...", pensaba la mujer del magistrado volviendo a su
coche.
Llegó en un tal estado de ansiedad, que al verla el juez le dijo:
—Amélie, ¿qué tienes?...
—Estamos entre dos fuegos...
Contó a su esposo la entrevista que acababa de tener con la duquesa
hablándole al oído, tal era su temor de que la sirvienta escuchara tras la
puerta.
—¿Cuál de las dos es más poderosa? —dijo al terminar—. La marquesa
estuvo a punto de comprometerte con el estúpido asunto de la interdicción
de su marido, mientras que a la duquesa se lo debemos todo. Una me ha
hecho promesas vagas, mientras que la otra ha dicho: Primero será
consejero y luego primer presidente... Dios me libre de darte ningún consejo,
jamás me entrometeré en los asuntos del Palacio de Justicia; pero tenía que
transmitirte con toda fidelidad lo que se dice en la corte y lo que allí se
prepara...
—¿No sabes, Amélie, lo que me ha mandado el prefecto de policía y a
través de qué persona? A través de uno de los hombres más importantes de
la policía general del reino, el Bibi-Lupin de la política, el cual me ha dicho
que el Estado tiene ciertos intereses secretos ligados con este asunto.
Cenemos y vayamos al Varietés... Ya hablaremos esta noche de todo esto,
en el despacho, donde estaremos más tranquilos; necesitaré tu inteligencia,
ya que la del juez quizá no baste...
Nueve de cada diez magistrados negarán la influencia de la mujer sobre el
marido en ocasión semejante; pero, aunque se trate de una de las
excepciones sociales más importantes, puede hacerse notar que es cierta,
aun cuando accidental. El magistrado és como el sacerdote, sobre todo en
París, donde se halla la élite de la magistratura: raramente habla de los
asuntos del Palacio, y sólo lo hace cuando se trata de casos ya
sentenciados. Las esposas de los magistrados no sólo fingen no saber
nunca nada, sino que además tienen todas el suficiente sentido de las
conveniencias para adivinar que molestarían a sus maridos si, cuando están
enteradas de algún secreto, lo dieran a entender. No obstante, en las
grandes ocasiones en las que está en juego un ascenso, muchas esposas
asisten, como Amélie, a la deliberación del magistrado. Estas excepciones,
que siempre son dudosas por ser desconocidas, dependen por completo de
la manera en que la lucha entre los dos caracteres se ha desarrollado en el
seno del matrimonio. La señora Camusot dominaba enteramente a su
esposo. Cuando todos dormían en la casa, el magistrado y su esposa se
sentaron en el despacho, sobre el cual el juez había ordenado ya todos los
documentos del caso.
—He aquí las notas que me ha remitido el prefecto de policía, a petición
mía, por otra parte —dijo Camusot.

EL PADRE CARLOS HERRERA

"Este individuo es seguramente el llamado Jacques Collin, apodado


Engañamuertes, cuya última detención se remonta al año 1819 y tuvo lugar
en el domicilio de una tal señora Vauquer, casa de huéspedes de la calle
Neuve-Sainte-Geneviéve, donde permanecía escondido bajo el nombre de
Vautrin."
En el margen estaba escrito, de puño y letra del prefecto de policía:
"Se ha dado, orden por telégrafo a Bibi-Lupin, jefe de la policía de
seguridad, de que vuelva inmediatamente para facilitar su identificación,
puesto que conoce personalmente a Jacques Collin, a quien hizo detener en
1819 con la ayuda de una tal señorita Michonneau.
"Los huéspedes que se alojaban en la casa Vauquer viven todavía y pueden
ser citados para establecer la identidad.
"El supuesto Carlos Herrera es el amigo íntimo y consejero del señor de
Rubempré, al que, durante tres años, ha estado proporcionando sumas
considerables, provenientes sin ninguna duda de robos.
"Esta solidaridad, si llega a establecerse la identidad del supuesto español y
de Jacques Collin, es motivo suficiente de condena para el señor Lucien de
Rubempré.
"La súbita muerte del agente Peyrade se debió a un envenenamiento
provocado por Jacques Collin, por Rubempré o por alguno de sus secuaces.
El motivo de este asesinato estriba en que dicho agente andaba desde hacía
tiempo tras las huellas de estos dos hábiles criminales."
El magistrado señaló la siguiente frase, escrita en el margen por el propio
prefecto de policía:
"Todo esto es de mi información personal, y tengo la certeza de que el
señor Lucien de Rubempré se ha burlado indignamente de Su Señoría el
conde de Sérizy y del señor procurador general."
—¿Qué te parece, Amélie?
—¡Es espantoso!... —contestó la mujer del juez—. A ver, terminemos.
"La sustitución del sacerdote español Carlos Herrera por el presidiario Collin
es el producto de algún crimen más hábil que aquel por el cual Cogniard se
convirtió en conde de Sainte-Hélène."
"Lucien Chardon, hijo de un farmacéutico de Angulema y cuya madre era
señora de Rubempré, debe a una ordenanza real el derecho a llevar el
apellido de Rubempré. Esta ordenanza fue concedida a petición de la señora
duquesa de Maufrigneuse y del señor conde de Sérizy.
"En 182..., este joven llegó a París sin ningún medio de existencia, con la
ayuda de la señora condesa Sixte du Chá-telet, que entonces llevaba el
nombre de señora de Bargeton, prima de la señora de Espard.
"Faltó a la gratitud debida a la señora de Bargeton y vivió maritalmente con
una tal señorita Coralie, actriz del Gymnase; actualmente difunta, que, para
vivir con él, abandonó al señor Camusot, propietario de una tienda de sedas
de la calle de Bourdonnais.
"Pronto se hundió en la miseria por la insuficiencia de la ayuda que le daba
la actriz y comprometió gravemente a su honorable cuñado, impresor de
Angulema, poniendo en circulación letras falsas, para cuyo pago David
Séchard fue detenido durante una breve estancia del susodicho Lucien en
Angulema.
"Este asunto determinó la huida de Rubempré, que reapareció
repentinamente en París en compañía del padre Carlos Herrera.
"Sin medios de vida conocidos, el señor Lucien ha gastado durante los tres
primeros años de su segunda estancia en París un promedio de trescientos
mil francos, aproximadamente, que sólo podía lograr de parte del supuesto
sacerdote Carlos Herrera; pero, ¿a título de qué?
"Además, ha gastado recientemente más de un millón en la compra de la
finca de Rubempré para cumplir una condición estipulada para hacer posible
su enlace con la señorita Clotilde de Grandlieu. La ruptura de este
casamiento se debe a que la familia de Grandlieu, a la que Lucien había
dicho que tal cantidad provenía de su cuñado y de su hermana, mandó pedir
información a los respetables esposos Séchard, en particular a través del
procurador Dervílle, con lo que se comprobó que no sólo ignoraban dichas
adquisiciones, sino que además creían que Lucien estaba muy endeudado.
"La herencia recibida por los esposos Séchard consiste en inmuebles, y el
dinero en metálico, según su declaración, apenas ascendía a doscientos mil
francos.
"Lucien vivía secretamente con Esther Gobseck, y no hay duda de que
todos los obsequios del barón de Nucingen, protector de esta señorita, han
pasado a manos de Lucien.
"Lucien y su compañero el presidiario han podido aguantarse más tiempo
que Cogniard ante la opinión pública sacando sus recursos de la prostitución
de la susodicha Esther, que había sido en otro tiempo ramera sumisa".
Pese a la repetición ociosa que representan estas notas en el curso de la
narración, era necesario detallarlas textualmente para hacer comprender el
papel de la policía en París. Como pudo verse ya a propósito del informe
pedido acerca de Peyrade, la policía tiene unos ficheros casi siempre
exactos sobre todas las familias y sobre todos los individuos cuya vida es
sospechosa o cuyas acciones son reprensibles. No desconoce nada de
cualquier desviación. Esta agenda universal, este registro de conciencias,
está tan al día como el registro de fortunas hecho por el Banco de Francia.
Así como el Banco señala los más ligeros retrasos en asunto de pagos,
sopesa todos los créditos, valora a los capitalistas y vigila todas sus
operaciones, la policía procede igual respecto a la honradez de los
ciudadanos. En esto, igual que en el Palacio de Justicia, la inocencia no
tiene nada que temer, la acción sólo se ejerce sobre las faltas. Por alta que
esté situada una familia no puede escapar a esta providencia social. La
discreción de este poder, por otra parte, es tan grande como su extensión.
Esta enorme cantidad de atestados de los comisarios de policía, de
informes, de observaciones, de fichas, este océano de informaciones
duerme inmóvil, profundo y tranquilo como el mar. En cuanto ocurre un
accidente, en cuanto apuntan el delito o el crimen, la justicia apela a la
policía; y en seguida, en caso de que exista una ficha sobre los inculpados,
el juez se informa de ella. Estos ficheros en los que son analizados los
antecedentes, son informaciones que mueren entre las paredes del Palacio
de Justicia; la justicia no puede hacer de ellos ningún uso legal, sino que se
limita a utilizarlos para aclarar las situaciones. Estos pedazos de cartón
proporcionan de algún modo el envés del alfombrado de los crímenes, sus
causas primeras y casi siempre inéditas. Ningún jurado les daría fe, y el país
entero se alzaría de indignación si se alegara su testimonio en el proceso
oral en la sala de lo criminal. Es la verdad condenada a quedarse en sui
pozo, como en todas partes y siempre. No hay magistrado que, después de
doce años de práctica en París, no sepa que la sala de lo criminal y la policía
correccional ocultan la mitad de esas infamias, que son como el lecho sobre
el cual durante mucho tiempo se ha estado incubando el crimen; no hay
magistrado que, además, no confiese que la Justicia deja sin castigo la mitad
de los delitos que se cometen. Si la gente pudiera saber hasta dónde llega la
discreción de los empleados de la policía que tienen memoria, sentiría por
esta buena gente la misma reverencia que por Cheverus. Abunda la
creencia de que la policía es astuta y maquiavélica, cuando de hecho su
benignidad es excesiva; de hecho se limita a escuchar las pasiones en su
paroxismo, a recibir delaciones y a guardar todas sus observaciones. No es
temible más que por un lado. Lo que hace por la Justicia, lo hace también
por la política. Pero en política es tan cruel y tan parcial como la antigua
Inquisición.
—Dejemos esto —dijo el juez, poniendo los papeles en el archivo—; esto es
un secreto entre la policía y la justicia, el juez ya comprobará qué grado de
validez tiene todo esto; el señor y la señora Camusot ignoran que existe.
—¿Qué necesidad tienes de repetirme esto? —dijo la señora Camusot.
—Lucien es culpable —repuso el juez—; pero, ¿de qué?
—Un hombre a quien aman la duquesa de Maufrigneuse, la condesa de
Sérizy y Clotilde de Grandlieu no es culpable —respondió Amélie—; otro
tiene que haberlo hecho todo.
—¡Pero Lucien es cómplice suyo! —exclamó Camusot.
—¿Quieres seguir mi consejo?... —dijo Amélie—. Devuelve el cura al
mundo diplomático, al que sirve de hermosísimo adorno, declara inocente a
ese pobre desventurado y busca otros culpables...
—¡Cómo te lanzas! —respondió el juez, sonriendo—. Las mujeres tienden a
la meta a través de las leyes, como los pájaros, a los que nada detiene en el
aire.
—Mira —repuso Amélie—, ya sea un diplomático o un presidiario, el padre
Carlos te indicará alguno que pueda sacarte del atolladero.
—Yo no soy más que un gorro y tú eres la cabeza —dijo Camusot a su
esposa.
—¡Bien! La deliberación se ha terminado; ven a dar un beso a tu Mélie, ya
es la una...
Y la señora Camusot fue a acostarse, dejando que su marido ordenara sus
papeles y sus ideas pensando en los interrogatorios a que tenía que someter
a los dos presos preventivos el día siguiente.
Así pues, mientras los coches celulares conducían a Jac-ques Collin y a
Lucien a la Conserjería, el juez de instrucción, después del desayuno,
cruzaba París a pie, de acuerdo con la modestia característica de los
magistrados de la ciudad, para dirigirse a su despacho, adonde habían
llegado ya todos los documentos del caso. A continuación se verá de qué
manera. Todos los jueces de instrucción tienen a su servicio a un escribano,
a una especie de secretario judicial jurado, cuya raza se perpetúa sin primas
y sin estímulos, produciendo siempre excelentes especímenes cuyo
mutismo es espontáneo y absoluto. En el palacio, desde los orígenes de los
parlamentos hasta hoy, se desconoce cualquier caso de indiscreción
respecto a las instrucciones judiciales que hayan cometido los escribanos.
Gentil vendió el recibo dado a Semblanay por Luisa de Saboya, un
funcionario de la Defensa vendió a Czernicheff el plan de la campaña de
Rusia; todos estos traidores eran más o menos ricos. La perspectiva de un
empleo en el Palacio —el de una escribanía— y la conciencia profesional
bastan para convertir al escribano de un juez de instrucción en aventajado
rival de las tumbas, ya que las tumbas han perdido su discreción debido a
los avances de la química. Estos empleados son la pluma en persona del
juez. Mucha gente comprende que se pueda ser el eje de una máquina y en
cambio se preguntan cómo puede uno conformarse siendo una de sus
tuercas; lo cierto es que una tuerca puede sentirse feliz de serlo, y es posible
que tenga miedo de la máquina. El escribano de Camusot, muchacho de
veintidós años llamado Coquart, había pasado por la mañana a recoger
todos los documentos y observaciones del juez, y lo había preparado todo
en su despacho cuando el magistrado aún vagando junto a las orillas del río,
mirando antigüedades en las tiendas y preguntándose en su fuero interno:
"¿Cómo habérselas con un tipo tan hábil como Jacques Collin, suponiendo
que se trate de él? El jefe de la policía de seguridad reconocerá, yo tengo
que dar la sensación de estar cumpliendo con mi profesión, aunque sólo sea
de cara a la policía. Veo tantas dificultades, que pienso que lo mejor será
convencer a la marquesa y a la duquesa enseñándoles las fichas de la
policía, y vengaré a mi padre de la afrenta que le hizo Lucien quitándole a
Coralie... Si logro desenmascarar a unos criminales tan abyectos, adquiriré
un gran prestigio y pronto todos los amigos de Lucien renegarán de él.
Vamos, el interrogatorio lo decidirá."
Entró en una tienda de antigüedades, atraído por un reloj de Boule.
"Ni mentir a mi conciencia ni dejar de servir a dos grandes damas, eso es
una obra maestra de habilidad", se decía para sus adentros.
—Vaya, usted también aquí, señor procurador general —dijo Camusot en
alta voz—. ¿Está buscando medallas?
—Es una afición que tenemos casi todos los leguleyos —contestó riendo el
conde Grandville—, ¡a causa de los reversos!
Y, tras haber mirado la tienda durante algunos instantes, como si pusiera
término a su examen, se llevó a Camusot a lo largo del río, sin que Camusot
dejara de pensar que aquel encuentro respondía a una casualidad.
—Esta mañana va a interrogar usted al señor de Rubempré —dijo el
procurador general—. Pobre muchacho, cómo le quería...
—Hay muchos cargos contra él —dijo Camusot.
—Sí, ya he visto los informes de la policía; pero en parte provienen de un
agente que no depende de la prefectura, del famoso Corentin, un hombre
que ha hecho cortar el cuello a más inocentes que culpables pueda usted
mandar al patíbulo, v—. Pero este individuo está fuera de nuestro alcance.
Sin querer influir sobre la conciencia de un magistrado como usted, no
puedo dejar de hacerle observar que si llegara usted a la convicción del
desconocimiento por parte de Lucien del testamento de aquella muchacha,
se desprendería de ello que 150 tenía ningún interés en que muriera, puesto
que le proporcionaba unas sumas prodigiosas de dinero...
—Se tiene la seguridad de que estaba ausente durante el envenenamiento
de la tal Esther —dijo Camusot—. Estaba en Fontainebleau, esperando
entrevistarse con la señorita de Grandlieu y la duquesa de Lenoncourt.
—¡Oh! —repuso el procurador general—, conservaba tantas esperanzas
acerca de su matrimonio con la señorita de Grandlieu (lo sé por boca de la
propia duquesa de Grandlieu), que no es posible suponer que un joven de
tanto ingenio lo comprometa todo con un crimen inútil.
—Sí —dijo Camusot—, sobre todo si es cierto que esta Esther le daba todo
cuanto ganaba...
—Derville y Nucingen dicen que murió sin saber nada de la herencia que le
había correspondido desde hacia tiempo —añadió el procurador general.
—Pero, ¿qué piensa usted entonces? —preguntó Camusot—. Porque algo
hay...
—Pienso en un crimen cometido por los criados —contestó el procurador
general.
—Por desgracia —hizo observar Camusot—, es muy coherente con la
manera de actuar de Jacques Collin (puesto que el sacerdote español es
con toda seguridad este presidiario evadido) quedarse con los setecientos
mil francos conseguidos con la venta de los valores al tres por ciento
donados por Nucingen.
—Péselo bien todo, querido Camusot, tenga prudencia. El padre Carlos
Herrera pertenece al cuerpo diplomático... pero... un embajador que comete
un crimen deja de estar protegido por su estatuto. La cuestión más
importante es si se trata o no del padre Carlos Herrera...
Y el señor de Grandville se despidió, saludando sin esperar respuesta.
"¿Así que también él quiere salvar a Lucien?", pensó Camusot, siguiendo
por el muelle de las Lunettes, mientras el procurador general entraba en el
Palacio de Justicia por el patio de Harlay.
Una vez en el patio de la Conserjería, Camusot entró en el despacho del
director de la cárcel y condujo a éste al centro del patio, para poder hablar
sin miedo a ser oído.
—Querido amigo, hágame el favor de ir a la Force a enterarse de si su
colega guarda en estos momentos algún recluso que haya estado en el
presidio de Toulon entre 1810 y 1815; mire también si usted mismo tiene
alguno. Haremos trasladar aquí a los de la Force por algunos días, y me dirá
usted si el supuesto cura español es identificado por ellos con Jacques
Collin, llamado Engañamuertes.
—Bien, señor Camusot; pero Bibi-Lupin ha regresado...
—¡Ah! ¿Ya está aquí? —exclamó el juez.
—Estaba en Melun. Le han dicho que se trataba de Engañamuertes y ha
sonreído de contento; espera sus órdenes...
—Mándemelo.
El director de la Conserjería tuvo entonces ocasión de transmitir al juez
instructor la demanda de Jacques Collin, cuyo deplorable estado refirió.
—Tenía ya la intención de interrogarle el primero —respondió el magistrado
—, pero no a causa de su salud. Esta mañana he recibido una nota del
director de la Force. Resulta que este individuo, que pretende estar
agonizando desde hace veinticuatro horas, durmió tan bien, que entraron en
su celda de la Force sin que oyera al médico, a quien el director había
mandado buscar; el médico ni siquiera le cogió el pulso, sino que le dejó
dormir; lo cual prueba que su salud es tan buena como su conciencia. Sólo
creeré en esta enfermedad para estudiar el juego que está llevando —dijo
con una sonrisa el señor Camusot.
—Cada día se aprende algo con los preventivos y los acusados —hizo notar
el director de la Conserjería.
La prefectura de policía comunica con la Conserjería, y los magistrados, así
como el director de la prisión, conocedores de tales pasillos subterráneos,
pueden personarse en ella con toda rapidez. Así se explica la milagrosa
facilidad con que el ministerio fiscal y los presidentes de la sala de lo criminal
pueden conseguir ciertas informaciones sin abandonar las sesiones. Cuando
el señor Camusot llegó a lo alto de la escalera que lleva a su gabinete, se
encontró con Bibi-Lupin, que habia llegado de la sala de los Pasos Perdidos.
—¡Cuánto celo! —le dijo el juez, sonriendo. —¡Oh! Es que si es él —
contestó el jefe de la policía de seguridad—, se armará una zarabanda
terrible en el patio de la cárcel, por pocos que sean los reincidentes que se
encentren allí.
—¿Y por qué razón?
—Engañamuertes se ha alzado con sus fondos, y sé que ellos han jurado
exterminarlo.
Ellos eran los reclusos cuyos fondos, dejados bajo la custodia de
Engañamuertes, habían sido disipados para ayudar a Lucien, como ya es
sabido.
—¿Podría usted encontrar testigos de su última detención?
—Déme usted dos citaciones de testigos, y se los traeré
hoy mismo.
—Coquart —dijo el juez, quitándose los guantes y de jando su bastón y su
sombrero en un rincón—, rellene dos citaciones de acuerdo con lo que le
diga el señor agente.
Se miró en un espejo situado sobre el marco de la chimenea, en el cual
había una jofaina y una jarra de agua. A un lado había un garrafón lleno de
agua y un vaso, y al otro una lámpara. El juez tocó el timbre. El ujier se
presentó a los pocos minutos.
—¿Hay alguien que me espere?—preguntó al ujier encargado de recibir a
los testigos, verificar sus citaciones y colocarlos de acuerdo con su orden de
llegada.
—Sí, señor.
—Tome los nombres de las personas que han venido y tráigame la lista.
Los jueces de instrucción, avaros de tiempo, están obligados a veces a
llevar varias instrucciones a la vez. Ésta es la causa de las largas esperas
que deben hacer los testigos convocados en la sala donde están los ujieres
y donde suenan los timbres de los jueces de instrucción.
—Después —dijo Camusot a su ujier— irá a buscar padre Carlos Herrera.
—¡Vaya! ¿Se hace pasar por español? Finge ser sacerdote, según me han
dicho. ¡Bah! Se lo ha copiado de Collet, señor Camusot —exclamó el jefe de
la policía de seguridad!
—No hay nada nuevo —contestó Camusot.
Y el juez firmó dos de esas impresionantes citaciones que turban a todo el
mundo, incluso a los testigos más inocentes, a quienes la justicia ordena
comparecer, bajo la amenaza de graves penas en caso de que se nieguen a
obedecer.
En aquel instante Jacques Collin hacía media hora que había terminado su
profunda deliberación, y estaba sobre las armas. Nada mejor que las pocas
líneas que había escrito sobre sus grasientos papeles puede acabar de
perfilar a esta figura del pueblo en rebeldía contra las leyes.
El sentido del primero era el siguiente, porque estaba escrito en el lenguaje
convenido entre Asia y él, que era la jerga de la jerga o la cifra aplicada a la
idea.
"Ve a casa de la duquesa de Maufrigneuse o a casa de la señora de Sérizy,
que una u otra vea a Lucien antes de su interrogatorio y le dé a leer el papel
que te adjunto. Luego hay que encontrar a ese par de ladrones de Europa y
Pac-card para que se pongan a mi disposición y se dispongan a
desempeñar el papel que les indicaré.
"Apresúrate a ver a Rastignac y dile, de parte de aquel a quien encontró en
el baile de la Ópera, que venga a atestiguar que el padre Carlos Herrera no
se parece en nada al Jacques Collin detenido en casa de la Vauquer.
"Hay que lograr lo mismo del doctor Bianchon.
"Hay que hacer trabajar a las dos mujeres de Lucien para este mismo fin."
En el papel adjunto, decía, en buen francés:
"Lucien, no confieses nada respecto a mí. Para ti tengo que ser el padre
Carlos Herrera. No se trata sólo de tu justificación, sino que con un poco de
compostura lograrás siete millones y tener el honor a salvo."
El preso pegó los dos papeles por el lado de la escritura, de tal manera que
pareciera que se trataba de un fragmento de la misma hoja, e hizo con ellos
una bola, con una destreza que es propia de los que han estado soñando en
un presidio sobre los medios de lograr la Übertad. El papel adquirió la lorma
y la consistencia de una bolita mugrienta, parecida a los pegotes de cera con
los que las mujeres ahorradoras reparan las agujas de coser cuando se les
rompe el ojo.
Si voy yo primero a la instrucción, estamos salvados; pero si interrogan
primero al muchacho, todo está perdido", pensó mientras esperaba.
El momento era tan cruel que, a pesar de su temple, se le cubrió la cara de
un sudor blanco. Aquel hombre prodigioso daba en el blanco en su esfera de
crimen, como Molière en la ¡esfera de la poesía dramática y Cuvier con las
especies desaparecidas. El genio, en todos los campos, consiste en una
intuición. Por debajo de este fenómeno, las restantes obras notables se
deben al talento. En esto consiste la diferencia que separa a la gente del
primer orden de la gente del segundo. El crimen tiene sus figuras geniales.
Jacques Collin al acecho se encontraba con la ambiciosa señora Camusot y
con la señora de Sérizy, cuyo amor había rebrotado bajo el impacto de la
terrible catástrofe en que se hundía Lucien. Así procedía el postrer esfuerzo
de la inteligencia humana contra la armadura de acero de la Justicia.
Al oír el ruido de la pesada chatarra de cerraduras y cerrojos de su puerta,
Jacques Collin volvió a ponerse su máscara de agonizante; le ayudó a ello la
embriagadora sensación de placer que le produjo el ruido de las botas del
vigilante en el pasillo. No sabía por qué medios llegaría Asia hasta él; pero
esperaba encontrársela a su paso, sobre todo después de la promesa que
ella le había hecho en la arcada de Saint-Jean.
Después de aquel afortunado encuentro, Asia había bajado hasta la plaza
de la Grève. Antes de 1830 el nombre de la Grève tenía un sentido que hoy
se ha perdido. Toda la parte de la orilla del río que iba desde el puente de
Arcôle hasta el puente Louis-Philippe estaba entonces tal como la había
hecho la naturaleza, con excepción de la calzada pavimentada, que estaba
dispuesta en talud. Por eso cuando el río se salía de madre se podía ir en
barca bordeando las casas y por las calles inclinadas que descendían al río.
En esta orilla, las plantas bajas estaban casi todas un poco elevadas.
Cuando el agua llegaba al pie de las casas, los coches cogían la espantosa
calle de la Mortellerie, que actualmente ya no existe porque su espacio ha
pasado a formar parte del recinto del Ayuntamiento. De modo que resultó
fácil a la falsa vendedora empujar el pequeño carro hasta la parte baja de la
orilla y ocultarlo allí hasta que la verdadera vendedora, que estaba
bebiéndose el precio de la venta en una de las viles tabernas de la calle de
la Cortellerie, fuera a recogerlo en el lugar en que Asia había prometido
dejárselo. En aquellos días se estaba terminando la ampliación del muelle
Pelletier, la entrada de la obra estaba custodiada por un inválido y la
carretilla dejada a su vigilancia no corría ningún riesgo.
Asia cogió en seguida un coche de punto en la plaza del Ayuntamiento, y
dijo al cochero:
—¡Al Temple, y de prisa, habrá buena propina!
Con el atuendo de Asia, cualquier mujer podía perderse, sin despertar la
menor curiosidad, en la enorme nave en la que se amontonan todos los
harapos de París, donde hormiguean muchísimos vendedores ambulantes,
donde chacharean centenares de revendedoras. Apenas acababan de ser
encarcelados los dos presos preventivos, cuando ya Asia estaba haciéndose
vestir en el interior de un pequeño entresuelo húmedo y bajo situado en una
de esas horribles tiendas en las que se venden todos los retales robados por
las modistas o por los sastres, y regentada por una vieja solterona llamada la
Romette, porque su nombre de pila era Jéromette. La Romette era para las
vendedoras de ropa lo mismo que las señoras La Ressource son para las
mujeres que están en un aprieto: una usurera al ciento por ciento.
—¡Hija mía! —dijo Asia—, me tienes que cambiar de pies a cabeza. Por lo
menos tengo que ser una baronesa del faubourg Saint-Germain. Y hay que
hacerlo a toda velocidad —añadió—, tengo los pies hirviendo. Tú ya sabes
qué vestidos me van bien. Adelante con los maquillajes, y búscame unos
encajes que sean un primor. Dame las chucherías más resplandecientes
que tengas... Manda a la pequeña a buscar un coche de punto y que lo haga
esperar en la puerta de atrás.
—Sí, señora —dijo la vieja, con la sumisión y la solicitud propias de una
sirvienta en presencia de su ama.
Si hubiera habido algún testigo en aquélla casa, se habría dado cuenta de
que la mujer que se ocultaba bajo el nombre de Asia se hallaba en su casa.
—¡Me han ofrecido unos diamantes!... —dijo la Romette, mientras le hacía
el tocado a Asia.
—¿Son robados?...
—Creo que sí...
—Bien, pues sea cual sea la ganancia, hija mía, hay que prescindir de ellos.
Durante algún tiempo tendremos que guardarnos muy bien de los curiosos.
Asi se comprenderá que Asia pudiera hallarse en la sala de los Pasos
Perdidos del Palacio de Justicia, con una citación en la mano, haciéndose
guiar por los pasillos y escaleras que conducen hacia los jueces de
instrucción y preguntando por el señor Camusot, aproximadamente un
cuarto de hora antes de la llegada del juez.
Asia no se parecía ya en nada a sí misma. Después de haberse quitado su
maquillaje de anciana, como una actriz, y de haberse puesto colorete, se
había envuelto la cabeza con una admirable peluca rubia. Ataviada
exactamente como una dama del faubourg Saint-Germain que busca un
perrito extraviado, parecía tener cuarenta años; se ocultaba el rostro bajo un
magnífico velo de encaje negro. Su talle de cocinera era realzado por un
corsé muy reforzado. Iba muy bien enguantada, su falda llevaba un
ahuecador muy rígido y toda su persona desprendía un fuerte olor a
perfume. Jugueteando con un bolso de montura de oro, repartía su interés
entre las paredes del Palacio, en el cual era sin duda alguna la primera vez
que entraba, y la correa de un hermoso king's dog. La población de traje
negro de la sala de los Pasos Perdidos pronto advirtió la presencia de
semejante viuda de calidad.
Además de los abogados sin causa que barren esta sala con los bajos de
sus togas y que mencionan a los grandes abogados por sus nombres de
pila, como hacen los grandes aristócratas entre ellos, para hacer creer que
pertenecen a la aristocracia de la Orden, se ven a menudo en ella a algunos
pacientes jóvenes, a disposición de los abogados, que esperan a propósito
de alguna causa retenida en final de lista, pero susceptible de ser litigada si
los abogados de las causas retenidas al comienzo de lista se hicieran
esperar. Resultaría curiosa una descripción de las diferencias entre cada
una de las togas que se pasean por esta inmensa sala de tres en tres, a
veces de cuatro en cuatro, dando lugar con sus charlas al amplio zumbido
que resuena entre las paredes de esta sala de nombre tan adecuado,
porque los pasos gastan a los abogados tanto como la prodigalidad de la
palabra; una tal descripción, sin embargo, tendrá lugar en el estudio
destinado a retratar a los abogados de París. Asia contaba ya con los
paseantes del Palacio, se reía para sus adentros de algunas bromas que oía
y acabó por atraer la atención de Massol, un joven pasante más absorbido
por la Gazette des Tribunaux que por sus clientes, que se puso a disposición
de una mujer tan bien perfumada y tan ricamente vestida.
Asia adoptó una vocecita especial para explicar a este amable caballero que
se presentaba a la citación de un juez llamado Camusot...
—¡Ah, por el asunto Rubempré!
¡El proceso estaba ya bautizado!
—¡Oh!, no se trata de mí, se trata de mi camarera, una muchacha apodada
Europa, que he tenido durante veinticuatro horas y que ha huido al ver que
mi lacayo me traía este papel sellado.
Luego, como toda mujer de edad cuya vida transcurre en charlas junto al
fuego, incitada por Massol, hizo muchos incisos y contó sus desgracias con
su primer marido, uno de los tres directores de la caja territorial. Consultó al
joven abogado acerca de si tenia que iniciar un proceso contra su yerno, el
conde de Gross-Narp, que hacia muy infeliz a su hija, y si la ley le permitía
disponer de su fortuna. Massol, pese a sus esfuerzos, no conseguía adivinar
si la citación iba dirigida a la señora o a la criada. Al principio se había
contentado con lanzar alguna mirada hacia aquel documento judicial cuyos
ejemplares son bien conocidos, ya que, para facilitar los trámites, están
impresos de tal modo que los escribanos de los jueces instructores no tienen
más que rellenar los espacios en blanco destinados a poner los nombres y
domicilio de los testigos, la hora de comparecencia, etc. Asia le hacía
explicar al abogado cómo era el Palacio, que ella conocía mucho mejor que
él; al final acabó preguntándole a que hora llegaba aquel señor Camusot.
—Por regla general los jueces de instrucción empiezan sus interrogatorios
hacia las diez.
—Son las diez menos cuarto —dijo mirando un bonito pequeño reloj,
auténtica obra maestra de joyería, que hizo pensar a Massol: "¡Hay que ver
adonde va a parar la fortuna!..."
En aquel momento Asia había llegado a la sala oscura que da al patio de la
Conserjería y en la que están los ujieres. Al ver la taquilla a través de la
ventana, exclamó:
—¿Qué son estas enormes paredes?
—Es la Conserjería.
—¡Ah! Ésta es la Conserjería, donde nuestra pobre reina... ¡Oh, cuánto me
gustaría ver su celda!...
—Es imposible, señora baronesa —respondió el abogado, que llevaba a la
viuda del brazo—; se necesita un permiso que es muy difícil de conseguir.
—Me han dicho —repuso Asia— que Luis XVIII había grabado, en latín, la
inscripción que se halla en la celda de María Antonieta.
—Sí, señora baronesa.
—Quisiera saber latín para entender las palabras de esta inscripción —
replicó ella—. ¿Cree usted que el señor Camusot puede darme una
autorización?...
—No es de su incumbencia; pero puede acompañarla...
—¿Y sus interrogatorios? —dijo ella.
—¡Oh! —contestó Massol—, los preventivos pueden esperar.
—¡Vaya, son preventivos, es cierto! —repuso ingenuamente Asia—. Yo
conozco al señor de Grandville, su procurador general...
Esta exclamación tuvo un efecto mágico sobre los ujieres y sobre el
abogado.
—¡Ah! Conoce usted al señor procurador general —dijo Massol, que tenía la
intención de pedir el nombre y la dirección de la dienta que el azar le
proporcionaba.
—Lo veo a menudo en casa del señor de Sérizy, su amigo. La señora de
Sérizy es parienta mía, por los Ronquerolles...
—Si la señora quiere bajar a la Conserjería —dijo un ujier—, no tiene más
que...
—Sí —dijo Massol.
Y los ujieres dejaron bajar al abogado y a la baronesa, que pronto se
encontraron en el pequeño cuerpo de guardia al que desemboca la escalera
de la Ratonera, local muy conocido de Asia y que constituye, como se ha
visto ya, una especie de puesto de observación entre la Ratonera y la
Cámara sexta, por el cual todo el mundo se ve obligado a pasar.
—Pregunte a estos señores si ya ha llegado el señor Camusot —dijo ella,
mirando a los gendarmes que jugaban a las cartas.
—Sí, señora, acaba de subir de la Ratonera...
—¡La Ratonera! —dijo—. ¿Qué es esto?... ¡Oh!, qué tonta soy, no haberme
dirigido directamente al conde de Grandville... Pero ahora no tengo tiempo...
Lléveme, caballero, a hablar con el señor Camusot antes de que esté
ocupado.
—¡Oh, señora! —dijo Massol—, tiene usted todo el tiempo que quiera para
hablar con el señor Camusot. Si le hace llegar su tarjeta de visita, le ahorrará
a usted la molestia de estar esperando en la antesala con los demás
testigos... En el Palacio de Justicia se tienen muchas atenciones hacia las
mujeres como usted... Tiene usted tarjetas...
En aquel momento Asia y su abogado se hallaban precisamente ante la
ventana del cuerpo de guardia, desde la cual los gendarmes pueden ver el
movimiento del rastrillo de la Conserjería. Los gendarmes, educados según
el respeto que se debe a las viudas y huérfanos, sabían además cuáles eran
las prerrogativas de la toga, y por esto toleraron durante algunos instantes la
presencia de una baronesa acompañada por un abogado. Asia dejaba que
el joven abogado le contara todo lo que puede contar de espantoso un joven
abogado acerca del rastrillo. La mujer se negaba a creer que afeitaran a los
condenados a muerte tras las rejas que le mostraban; pero el sargento se lo
confirmó.
—¡Cuánto me gustaría ver esto!... —dijo.
Se quedó allí, coqueteando con el sargento y con su abogado, hasta que
vio a Jacques Collin, sostenido por dos gendarmes y precedido por el ujier
del señor Camusot, que salía del rastrillo.
—¡Ah! Aquí está el capellán de la prisión, que seguramente acaba de
confesar a algún desdichado...
—No, no, señora baronesa —contestó el gendarme—. Es un preso
preventivo que va a la instrucción.
—¿Y de qué le acusan?
—Está implicado en este asunto de envenenamiento.
—¡Oh! Me gustaría mucho verlo...
—No se puede quedar usted aquí —dijo el sargento—, porque está
incomunicado y tiene que atravesar este cuerpo de guardia. Mire, señora,
esta puerta da a la escalera...
—Gracias, señor oficial —dijo la baronesa, dirigiéndose hacia la puerta para
precipitarse a la escalera, donde exclamó—: Pero, ¿dónde estoy?
Su estentórea exclamación llegó a oídos de Jacques Collin, a quien quería
advertir de esta manera de su presencia. El sargento se dirigió corriendo
hacia la señora baronesa, la cogió por la cintura y la depositó como una
pluma en medio de cinco gendarmes que se habían erguido como un solo
hombre; porque en este cuerpo de guardia se desconfía de todo. Era una
arbitrariedad, pero una arbitrariedad necesaria. El propio abogado había
exclamado por dos veces consecutivas: "¡Señora! ¡Señora!", lleno de
espanto, pues temía mucho comprometerse.
El padre Carlos Herrera, casi desmayado, se dejó caer en Una silla en el
cuerpo de guardia.
—¡Pobre hombre! —dijo la baronesa—. ¿Es de verdad culpable?
Estas palabras, aunque fueron emitidas al oído del joven abogado, fueron
oídas por todo el mundo, porque en aquel horrible cuerpo de guardia reinaba
un silencio mortal. Algunas personas privilegiadas consiguen a veces
permiso para ver a criminales célebres a su paso por este cuerpo de
guardia, de modo que ni el ujier ni los gendarmes encargados de conducir al
padre Carlos Herrera hicieron observación alguna. Por otra parte, gracias a
la solicitud del sargento que había agarrado a la baronesa para impedir toda
comunicación entre el preso incomunicado y los forasteros, quedaba entre
ellos un espacio tranquilizador.
—¡Vamos! —dijo Jacques Collin, haciendo un esfuerzo para levantarse.
En aquel mismo instante la bolita cayó de su manga, y la baronesa, cuyos
ojos quedaban disimulados por el velo, advirtió el lugar en el que se había
detenido. Debido a que era húmeda y grasienta, la bolita no llegó a rodar:
todos estos detalles, en apariencia indiferentes, habían sido calculados por
Jacques Collin para lograr un éxito completo. Cuando el preso fue conducido
a la parte superior de la escalera, Asia dejó caer su bolso con toda
naturalidad y lo recogió ágilmente; pero al agacharse había cogido la bola
que, debido a que su color coincidía con el color de polvo y barro del suelo,
pasaba inadvertida a los ojos de los demás.
—¡Ay! —dijo—, me ha oprimido el corazón... está agonizando...
—O lo aparenta —replicó el sargento.
—Caballero —dijo Asia al abogado—, lléveme en seguida al despacho del
señor Camusot; vengo por este asunto... y quizá le sea de alguna utilidad
verme a mí antes de interrogar a este pobre sacerdote...
El abogado y la baronesa abandonaron el cuerpo de guardia, con sus
paredes oleaginosas y fuliginosas; pero cuando estuvieron en lo alto de la
escalera, Asia, inesperadamente, exclamó:
—¿Y mi perrito?... ¡Oh, caballero, mi pobre perrito!
Y se abalanzó como una loca hacia la sala de los Pasos Perdidos,
preguntando por su perro a todo el mundo. Alcanzó la galería del fondo y se
precipitó hacia una escalera, diciendo:
—¡Aquí está!...
Aquella escalera era la que conducía al patio de Harlay, por el cual, una vez
representada la pantomima, Asia se metió en un coche de punto de los que
tienen la parada en el muelle de los Orfévres, y desapareció con la citación
enviada a Europa, cuyos verdaderos nombres eran aún desconocidos por la
policía y por la justicia.
—¡Calle Neuve-Saint-Marc! —gritó al cochero.
Asia podía contar con la discreción inquebrantable de una vendedora de
vestidos llamada señora Rorro, conocida también por el nombre de señora
Saint-Estève, que no sólo le Prestaba su identidad, sino también su tienda,
que era el lugar donde Nucingen había contratado la entrega de Esther.
Asia estaba allí como en su casa, puesto que ocupaba una habitación en el
alojamiento de la señora Rorro. Pagó el coche y subió a su habitación, tras
haber saludado a la señora Rorro dándole a entender que no tenía tiempo
de cambiar ni siquiera dos palabras.
Una vez lejos de toda acechanza, Asia se puso a desdoblar los papeles con
el cuidado que ponen los sabios para desdoblar los palimpsestos. Tras
haber leído las instrucciones, juzgó necesario transcribir sobre papel de
escribir las líneas destinadas a Lucien; luego bajó a la vivienda de la señora
Rorro, a la que hizo hablar mientras una empleada de la tienda iba en busca
de un coche de punto al bulevar de los Italianos. Asia consiguió así las
direcciones de la duquesa de Maufrigneuse y de la señora de Sérizy, que la
señora Rorro conocía gracias a sus relaciones con la servidumbre de una y
otra.
Estos viajes y estas minuciosas tareas duraron más de dos horas. La
señora duquesa de Maufrigneuse, que vivía en la parte alta del Faubourg
Saint-Honoré, hizo esperar a la señora de Saint-Estève una hora, pese a
que su camarera le había entregado a través de la puerta de su tocador,
después de llamar, una tarjeta de la señora Saint-Estève en la que Asia
había puesto: "El propósito de la visita es una gestión urgente relativa a
Lucien."
A la primera mirada que dirigió al rostro de la duquesa, Asia comprendió
cuán intempestiva era su visita; por eso pidió excusas por haber turbado el
reposo de la señora duquesa a causa del peligro en que se hallaba Lucien...
—¿Quién es usted?... —preguntó la duquesa sin la menor fórmula de
cortesía, mirando a Asia de arriba abajo, que bien podía ser confundida con
una baronesa por el abogado Massol en la sala de los Pasos Perdidos, pero
que pisando las alfombras del saloncito de la casa de Cadignan daba la
misma sensación que una mancha de aceite negruzco sobre un vestido de
raso blanco.
—Soy una vendedora de vestidos, señora duquesa; porque en
circunstancias como ésta se acude a mujeres cuya pro« fesión descansa en
una discreción absoluta. Jamás he traicionado a nadie, y Dios sabe cuántas
grandes señoras han depositado en mis manos sus diamantes por un mes,
pidiéndome alhajas falsas absolutamente iguales que las suyas...
—¿Tiene usted otro nombre? —dijo la duquesa, sonriendo por un recuerdo
que suscitaba en su mente aquella respuesta.
—Sí, señora duquesa; soy la señora Saint-Estève en las grandes
circunstancias, pero en el trato cotidiano me llamo señora Rorro.
—Bueno, bueno... —respondió con viveza la duquesa, cambiando de tono.
—Puedo prestar servicios muy importantes —prosiguió diciendo Asia—,
porque nosotras poseemos tanto los secretos de los maridos como los de la
esposas. He hecho muchos negocios con el señor De Marsay, a quien la
señora duquesa...
—¡Basta, basta!... —exclamó la duquesa—. Vayamos a por lo de Lucien.
—Si la señora duquesa quiere salvarlo, tendría que tener el valor de no
perder tiempo en vestirse; por otra parte, la señora duquesa difícilmente
podría estar más hermosa que en estos momentos, Está usted guapa a
rabiar, ¡palabra de vieja que entiende de esto! En fin, señora, no mande que
le preparen el coche: véngase en mi coche de punto... Vamos a casa de la
señora de Sérizy si quiere evitar desgracias mayores que la simple muerte
de este querubín...
—¡Vamos, la sigo! —dijo entonces la duquesa, tras unos instantes de duda
—. Entre las dos infundiremos ánimo a Léontine...
Pese a la actividad verdaderamente infernal de aquella 5°.rine del presidio,
tocaban las dos cuando entraba con la; duquesa de Maufrigneuse en casa
de la señora de Sérizy, que vivía en la calle de la Chaussée-d'Antin. Pero
allí, gracias a la duquesa, no se perdió ni un instante. Ambas fueron
introducidas junto a la condesa, a quien encontraron acostada en un diván,
dentro de un chalet en miniatura situado en el centro del jardín lleno de la
fragancia de las flores más exóticas... Está bien —dijo Asia, mirando a su
alrededor—; nadie podrá escucharnos.
-¡Ay, querida, me muero! A ver, Diane, ¿qué has hecho.... —exclamó la
condesa, que dio un salto de corza y cogió a la duquesa por los hombros,
estallando en sollozos.
—Vamos, Léontine, hay ocasiones en que las mujeres como nosotras no
deben llorar, sino actuar —dijo la duquesa, obligando a la condesa a
sentarse junto a ella sobre el canapé.
Asia examinó a la condesa con esa mirada peculiar de las viejas muy
bregadas que se deslizan sobre el alma de una mu—, jer con la rapidez del
bisturí de un cirujano curando una llaga. La compañera de Jacques Cozin
descubrió entonces los rastros del menos frecuente de todos los
sentimientos que abrigan las mujeres de mundo: ¡el dolor auténtico!... Este
dolor que deja surcos imborrables en los corazones y en los rostros. No
había la menor coquetería en su vestir. La condesa contaba entonces
cuarenta y cinco primaveras, y su bata de muselina estampada y arrugada
dejaba entrever su corpino sin ningún aderezo, y sin siquiera corsé. Sus ojos
rodeados de profundas orejas y sus mejillas veteadas atestiguaban un llanto
amargo. No llevaba cinturón en la bata. Los bordados de la falda de debajo y
de la camisa estaban ajados. Los cabellos, recogidos bajo un gorro de
encaje y sin haber sido peinados desde hacía veinticuatro horas, mostraban
en toda su pobreza una corta y delgada trenza y algunos mechones rizados.
Léontine se había olvidado de ponerse sus falsas trenzas.
—Usted ama por primera vez en su vida... —le dijo Asia en tono
sentencioso.
Léontine advirtió entonces a Asia e hizo un gesto d espanto.
—¿Quién es, querida Diane? —dijo a la duquesa d Maufrigneuse.
—¿A quién quieres que te traiga, que no sea una mujo leal a Lucien y
dispuesta a servirnos?
Asia había adivinado la verdad. La señora de Sérizy, que era considerada
como una de las mujeres de mundo más frí volas, había sentido por el
marqués de Aiglemont un afect que duró diez años. Desde la partida del
marqués hacia colonias, se había vuelto loca por Lucien, y lo había separ do
de la duquesa de Maufrigneuse, sin saber —nadie en París lo sabía, por otra
parte— el amor de Lucien por Esther.
Entre la gente de mundo un afecto comprobado es más comprometedor
para la reputación de una mujer que diez aventuras secretas, y con mayor
razón dos afectos— seguidos. Sin embargo, como nadie contaba con la
señora de Sérizy, el historiador no podría garantizar su virtud doble