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Interpretando el Variorum

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Traducción del texto de Fish "Interpretando el Variorum", para Teoría y Análisis Literarios, plan 1969
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Interpretando el Variorum Stanley Fish

[Traducción de Ricardo J. Kaliman de “Interpreting the Variorum”, en la versión incluida en David Lodge (Ed.), Modern Criticism and Theory. A Reader. Londres-Nueva York: Longman, 1988, pp. 311329. La versión original se publicó en 1976 en Critical Inquiry y luego fue corregida por Fish para incluirla en su libro Is there a Text in this Class?, en 1980. El comentario retrospectivo incluido entre corchetes al comienzo fue preparado por Fish especialmente para la edición en el libro editado por Lodge.]

[Este ensayo fue escrito en tres etapas y ha resultado finalmente algo así como un aparato que se consume a sí mismo. La versión original fue preparada en 1973 para una sesión de la Modern Language Association que organizaba Fredric Jameson y estaba concebida como un resumen de la crítica orientada al lector. Aprovechaba que se había publicado el Variorum de Milton, lo que facilitaba enormemente lo que desde mucho tiempo atrás se había convertido en mi método: trazar un panorama de la historia crítica de una obra a fin de encontrar disputas que se apoyaban sobre una base de acuerdo de la que los propios contendientes eran inconscientes. Identificaba entonces esa base con la experiencia de una obra y argüía que la crítica formalista, por ser espacial más que temporal en su énfasis, ignoraba o suprimía lo que realmente estaba ocurriendo en el acto de la lectura. Así, en el caso de tres sonetos de Milton, lo que realmente ocurre depende de un momento de duda o deslizamiento sintáctico, en el que se invita al lector a dar cierto sentido sólo para descubrir (al comienzo del verso siguiente) que el sentido que ha dado es incompleto o simplemente erróneo. “En un análisis formalista”, me quejaba, “ese momento desaparece, sea porque se lo aplana, tornándolo en un enigma (insoluble), sea porque ha sido eliminado en el curso de un procedimiento que es incapaz de encontrar valor en un fenómeno temporal.” Lo que no vi entonces es que el momento que desaparece en un análisis formalista es un momento que se ha hecho aparecer en otro análisis, el tipo de análisis que yo reclamaba en este ensayo. Este es el punto de la segunda etapa del ensayo, que comienza declarando que los rasgos formales no existen independientemente de la experiencia del le ctor y termina admitiendo que mi propia descripción de la experiencia del lector es el producto de un conjunto de presuposiciones interpretativas. En otras palabras, los hechos que yo cito como ignorados por una crítica formalista (conclusiones prematuras, sintaxis doble, identificación errónea de los hablantes) no son descubiertos sino creados por la crítica que yo mismo estaba practicando. La acusación de las primeras dos secciones -que un modelo malo (por espacial) había suprimido lo que realmente estaba pasando- pierde su fuerza a causa de mi toma de concie ncia de que la noción “realmente pasando” es sólo una interpretación más. Esta toma de conciencia me puso inmediatamente frente al problema que me llevó a escribir la sección final en el otoño de 1975, el de dar cuenta de los acuerdos a los que los lectores llegan a menudo y de los modos principiados en que están en desacuerdo. Fue en este punto que elaboré la noción de comunidades interpretativas como una explicación tanto de las diferencias que vemos -y que, por ver, hacemoscomo del hecho de que estas diferencias no son azarosas o idiosincráticas sino sistemáticas y convencionales. El ensayo concluye así con una perspectiva que es muy diferente de aquella con que empezó, y es desde esta perspectiva que han sido escritos los ensayos posteriores a éste.]

En defensa del análisis de la respuesta del lector Acaban de aparecer los dos primeros volúmenes de los Variorum Commentary de Milton, y yo los encuentro interminablemente fascinantes. Mi interés, sin embargo, no está en las cuestiones

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 2

que allí se logran resolver (aunque son muchas) sino en los presupuestos teóricos que son responsables de sus ocasionales fracasos. Estos fracasos conforman un patrón, en el cual huestes de comentaristas -separados por unos doscientos setenta años pero contemporáneos por las preocupaciones que comparten- se alinean a uno u otro lado de un enigma interpretativo. Algunos de éstos son famosos, hasta infames: ¿qué es la “máquina de dos manos” en Lycidas? ¿Cuál es el significado de Haemony en Comus? Otros, como la identidad del que -o lo que- se acerca a la ventana en L’Allegro, son sólo apenas menos notorios. Aún hay otros que son de interés sobre todo para los que hacen ediciones: cuestiones de referentes de pronombres, ambigüedades léxicas, puntuación. En cada caso, sin embargo, el patrón es coherente: toda posición tomada se apoya en evidencia totalmente convincente -en el caso de L’Allegro y el acercamiento a la ventana hay un persuasivo adalid para cada nombre propio dentro de un radio de diez versos- y el procedimiento editorial siempre termina lavándose graciosamente las manos o registrando el desacuerdo entre los propios editores. En pocas palabras, estos son problemas que aparentemente no se pueden resolver, al menos no con los métodos que tradicionalmente se usan para abordarlos. La posición que quisiera defender aquí es que no se pretendía que esos problemas se resolvieran, sino que se los experimentara, (son significantes), y que por eso ha de fracasar necesariamente cualquier procedimiento que intente determinar cuál de un conjunto de lecturas es la correcta. Esto significa que los comentaristas y editores han estado haciendo las preguntas equivocadas y que debe formularse un nuevo conjunto de preguntas basado en nuevos presupuestos. Quisiera al menos iniciar el camino en esa dirección mediante el examen de algunos de los puntos en disputa en los sonetos de Milton. Elijo los sonetos porque son breves y porque uno puede moverse fácilmente desde ellos hacia los temas teóricos en los que en última instancia se interesa esta monografía. El vigésimo soneto de Milton -”Lawrence de virtuoso padre virtuoso hijo”- ha sido tema de relativamente pocos comentarios. En él, el poeta invita a un amigo a que lo acompañe en ciertos placeres distintivamente horacianos -una esmerada comida entremezclada con conversación, vino y música, un respiro en el trabajo, todavía más apetecible porque afuera la tierra está helada y el día es gris. La única controversia que el soneto ha inspirado se refiere a sus dos versos finales:
Lawrence de virtuoso padre virtuoso hijo, ahora que el día está húmedo, y los caminos lodosos, donde a veces nos encontramos, y junto al fuego ayudemos a pasar un día taciturno; lo que puede ganarse de la estación dura obteniendo; el tiempo pasará en algo más suave, hasta que Favonio reinspire la congelada tierra; y vista con nuevos atavíos la azucena y la rosa, ni sembrada ni devanada. ¿Qué esmerada comida nos festejará, con luz y gusto, de sabor ático, con vino, de donde podremos elevarnos a oír el laúd bien tocado, o la voz habilidosa gorjeará notas inmortales y aire toscano? Aquel que puede juzgar esas delicias, y excusarse

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 3

de/para* mezclarse con ellas a menudo, no es ignorante.1

El foco de la controversia es la palabra ‘excusarse’ [‘spare’], para la cual se han propuesto dos lecturas: ‘dejar tiempo para’ y ‘contenerse de’. Obviamente el punto es crucial para resolver el sentido de estos versos. En una lectura, se recomiendan ‘esas delicias’ [‘those delights’] -no es ignorante quien se da tiempo para ellas-; en la otra, son objeto de una advertencia -no es ignorante quien sabe cuándo privarse de ellas. Los que proponen cada una de las dos interpretaciones citan como evidencia tanto la sintaxis inglesa como la latina, varias fuentes y casos semejantes, las “actitudes conocidas” de Milton según aparecen en sus otros escritos, y los sentimientos expresados sin ambigüedad sobre la misma cuestión en el soneto siguiente. Tras revisar todos estos argumentos, A.S.P. Woodhouse declara tajantemente: “Está claro que todos los honores quedan para” el significado ‘contenerse de’ o ‘privarse de’. A esta declaración sigue inmediatamente un párrafo entre corchetes, inicializado D.B. por Douglas Bush, quien, escribiendo presumiblemente después de la muerte de Woodhouse, comienza: “A pesar de la falange de prestigiosos nombres, la defensa de ‘privarse de’ puede considerarse mucho más débil, y la de ‘dejar tiempo para’ mucho más fuerte, de lo que Woodhouse los encontraba”. 2 Bush procede entonces a repasar mucha de la evidencia aportada por Woodhouse y extrae de ellas la conclusión exactamente opuesta. Si no otra cosa, este curioso desempeño anticipa un punto que haré en unos momentos: la evidencia traída a colación en el curso de un análisis formalista -esto es, análisis generados en la presunción de que el significado está inserto en el artefacto- apuntará siempre en tantas direcciones como intérpretes haya; esto es, no sólo probará algo, sino que además no probará nada. Parecería que estamos de nuevo en la casilla inicial, con una controversia que no puede ser resuelta porque la evidencia no es concluyente. Pero ¿y si la controversia misma fuera tomada como evidencia, no de una ambigüedad a ser eliminada, sino de una ambigüedad que los lectores han experimentado siempre? En otras palabras, ¿y si reemplazamos la pregunta “Qué significa ‘excusarse’” por la pregunta “¿Qué significa el hecho de que el significado de ‘excusarse’ ha sido siempre un problema”? Esta pregunta tiene la ventaja de que se la puede contestar. De hecho, ya ha sido contestada por los lectores que se citan en el Variorum Commentary. Lo que éstos discuten es el juicio que el poema emite sobre las delicias del recreo; lo que su debate indica es que el juicio resulta confuso por un verbo que puede participar de lecturas contradictorias. (Así, lo importante de la evidencia reseñada en el Variorum no es cómo se la presenta sino el hecho de que pudo ser presentada en primer lugar, porque entonces se convierte en evidencia de la disponibilidad equivalente de ambas interpretaciones.) En otras palabras, los versos generan primero una presión en pos de un juicio -‘aquel que puede juzgar esas delicias’- y luego se niegan a emitirlo; la presión, sin embargo, persiste, y se transfiere de la página al lector (el lector es “aquel que”), quien sale del poema no con una sentencia sino con una responsabilidad, la responsabilidad de decidir cuándo y cuán a menudo -si es que ha de hacerlo- ha de concederse uno esas delicias (que siguen siendo delicias en cualquier caso). Esta transferencia de la responsabilidad del texto a sus lectores es lo que

[N. del T.] La elección entre estas dos proposiciones trata de sugerir, en la traducción, la ambigüedad que es relevante para la discusión que sigue y que no parece posible lograr en español sin una abierta violencia. 1 Todas las referencias son a The Poems of John Milton, ed. John Carey and Alastair Fowler (Londres: Longman, 1968). 2 A Variorum Commentary on the Poems of John Milton, vol.2, 2a. parte, ed. A.S.P. Woodhouse y Douglas Bush (Nueva York: Columbia University Press, 1972), p. 475.

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Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 4

esos versos nos piden que hagamos -es la esencia de su experiencia- y en mis términos es por lo tanto lo que ellas significan. Es un significado del que dan testimonio los críticos en el Variorum al resistirse a él, porque se esfuerzan denodadamente por fijar el sentido de los versos para devolverles la responsabilidad. El texto, sin embargo, no ha de aceptarla y se mantiene determinadamente evasivo, incluso en sus dos últimas palabras, ‘no ignorante’ [‘not unwise’]. En esa posición, estas palabras confirman la imposibilidad de extraer del poema una fórmula moral, porque completan una aseveración (aunque esta palabra es en realidad demasiado fuerte) de esta forma: “De quien hace tal cosa, de él no puede decirse que sea ignorante”; pero por supuesto tampoco puede decirse que sea sabio. Así, lo que Bush correctamente denomina el “defensivo” ‘no ignorante’ opera para evitar que adjudiquemos el rótulo ‘sabio’ a acción alguna, incluyendo cualquiera de las acciones -dejar tiempo para, o contenerse de- representadas en la ambigüedad de ‘excusarse’. No sólo se desembaraza el poema de la presión por un juicio, sino también de la propia actividad que al principio el poema simulaba juzgar. La cuestión finalmente no es el status moral de ‘esas delicias’ -que, en términos del siglo XVII, se vuelven “cosas indiferentes”- sino los buenos o malos usos que le pueden dar los lectores, a quienes se les permite, como Milton siempre lo hace, que elijan y se las arreglen por sí mismos. Retrocedamos un momento y veamos hasta dónde hemos llegado. Empezamos por un problema aparentemente insoluble y procedimos, no a resolverlo, sino a hacerlo significante, primero considerándolo como evidencia de una experiencia y luego especificando un significado de esa experiencia. Además, las configuraciones de esa experiencia, cuando se las pone a disposición mediante un análisis orientado al lector, sirven como un cheque contra la presentación inconcluyente de evidencia que caracteriza el análisis formalista. En efecto, cualquier determinación de lo que significa ‘excusarse’ (en un sentido positivista o literal) puede desplomarse ante la consideración de un nuevo caso análogo, o por una computación más completa de las frecuencias estadísticas, o por el descubrimiento de nueva información biográfica, o por cualquier otra cosa; pero si nosotros primero determinamos que todo en el verso antes de “excusarse” crea la expectativa de un juicio inminente, entonces puede asignársele una significancia a la ambigüedad de ‘excusarse’ en el contexto de esa expectativa. (La frustra y nos transfiere la tensión del juicio.) Ese contexto es experiencial, y es dentro de sus contornos y restricciones que se establecen las significancias (tanto en el acto de la lectura como en el análisis de ese acto). En los análisis formalistas, las únicas restricciones son las posibilidades y combinaciones de posibilidades cuyos límites son notoriamente abiertos y que emergen cuando uno comienza a consultar diccionarios y gramáticas e historias; consultar diccionarios, gramáticas e historias es presumir que tales significados pueden especificarse independientemente del acto de la lectura; lo que el ejemplo de ‘excusarse’ muestra es que es en y por esa actividad que los significados -experienciales, no positivistas- se crean. En otras palabras, es la estructura de la experiencia del lector más que cualesquiera estructuras disponibles en la página lo que debería ser el objeto de la descripción. En el caso del soneto 20, la estructura experiencial quedó al descubierto cuando un examen de las estructuras formales llevó a un impasse; y la presión para superar ese impasse llevó a la sustitución de un conjunto de preguntas por otro. Se da más a menudo el caso en el que esté ausente la tensión provocada por un fracaso espectacular. Los pecados de los análisis formalistas-positivistas son primariamente pecados por omisión; no una incapacidad para explicar los fenómenos sino una incapacidad para ver que están allí, a causa de que sus presuposiciones hacen inevitable que se los pase por alto o se los suprima.

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 5

Consideren, por ejemplo, los versos finales de otro de los sonetos de Milton: “Vengad Oh Señor vuestros santos sacrificados.”
Vengad Oh Señor vuestros santos sacrificados, cuyos huesos yacen dispersos en las alpinas montañas frías, incluso aquellos que guardaron vuestra verdad tan pura de antiguo cuando todos nuestros padres veneraban troncos y piedras, No olvidéis: en vuestro libro registrad sus gemidos quienes fueron vuestras ovejas y en sus antiguos rediles asesinados por los sangrientos piamonteses que hicieron rodar Madre con niño por las rocas. Sus quejidos los valles redoblaron hacia las montañas, y ellas al cielo. Su sangre y cenizas martirizadas sembraron sobre los campos italianos donde todavía se balancea el triple tirano: que de éstos crezca un centenar, que habiendo conocido vuestro camino tempranamente huyan del enemigo babilonio.

En este soneto, el poeta simultáneamente hace una petición a Dios y se pregunta en alta voz sobre la justicia de permitir que los piadosos -“Incluso aquellos que guardaron vuestra verdad”sean tan brutalmente masacrados. La nota tañida es alternativamente de ruego y de queja, y hay más de una pista de que se clama a Dios para que rinda cuenta de lo ocurrido a los valdenses. Hay un acuerdo general, sin embargo, de que la nota de queja suena cada vez menos a lo largo del poema y que éste termina con una afirmación de fe en la realización final de la justicia de Dios. En esta lectura, se entiende que los versos finales dicen algo como esto: De la sangre de esos mártires, Oh Dios, cría un nuevo y numeroso pueblo, quien, en virtud de una educación temprana en vuestra ley, escape de la destrucción, huyendo del enemigo babilonio. El enemigo babilonio ha sido glosado de diversos modos;3 pero como sea que se lo interprete se lo lee siempre como parte de una declaración que especifica un conjunto de condiciones para escapar de la destrucción o el castigo; es una advertencia al lector tanto como una petición a Dios. Como advertencia, sin embargo, su ubicación es extraña dado que las condiciones que parece especificar fueron de hecho satisfechas por los valdenses, quienes de entre todos los hombres fueron los que más siguieron las leyes de Dios. En otras palabras, los detalles de su historia parecerían menoscabar la moraleja afirmativa que el hablante propone extraer de ella. Esta es todavía más menoscabada por una lectura que está momentáneamente disponible, aunque nadie la ha reconocido porque es una función no de las palabras en la página sino de la experiencia del lector. En esa experiencia, el verso 13 será por un momento aceptado como una unidad con sentido completo y el énfasis del verso recaerá sobre

Es primero que todo una referencia a la ciudad de la iniquidad de la cual se urge a los hebreos que escapen en Isaias y Jeremías. En las pol‚micas protestantes Babilonia se identifica con la Iglesia Romana cuya destrucción se profetiza en el libro de la Revelación. Y en algunos tratados puritanos Babilonia es el nombre de la ciudad terrenal de Agustín, de la cual los piadosos han de huir interiormente a fin de escapar al destino que espera a los no regenerados. Ver Variorum Commentary, p.440-441.

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Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 6

‘vuestro camino’ [‘thy way’] (una frase que no ha recibido atención alguna en los comentarios). En este punto, ‘vuestro camino’ sólo puede referir al camino en el que Dios se ha manejado con los valdenses. Esto es, ‘vuestro camino’ parece alzar de nuevo la nota de atrocidad con la que el poema empezaba, y si seguimos interpretándolo así, la conclusión del poema será realmente severa: dado que por este ejemplo parece que Dios hace llover el castigo indiscriminadamente, tal vez sería mejor retirarse de la arena de sus servicios, y así esperar al menos quedar a salvo, fuera de la línea de fuego. Esta no es la conclusión que desarrollamos, porque a medida que se desenvuelve el verso 14, se va poniendo a disposición otra interpretación de ‘vuestro camino’, una lectura en la que ‘temprano’ califica a ‘aprendido’ y refiere lo que el piadoso debería hacer (aprender el camino a una temprana edad) más que algo que Dios no ha llegado a hacer (salvar a los valdenses). Estas dos lecturas son posibles respuestas a las presiones ejercidas por el comienzo y el final del poema: la indignación expresada en los versos finales genera una presión por una explicación, y la lectura más severa es una posible respuesta a esa presión (incluso aunque sea un poco inquietante); el final del poema, el movimiento hacia adelante y ascendente de los versos 10-14, crea la expectativa de una afirmación, y la segunda lectura satisface esa expectativa. La crítica muestra que al final concordamos en la lectura más optimista -nos hace sentir mejor- pero aún así la otra ha sido parte de nuestra experiencia, y a causa de que ha sido una parte de nuestra experiencia, significa. Lo que significa es que mientras podemos ser capaces de extraer del poema una declaración que afirma la justicia de Dios, no se nos permite olvidar la evidencia (de cosas vistas) que hacen tan difícil esa extracción (tanto para el hablante como para nosotros). Es una dificultad que experimentamos en el acto de la lectura, incluso aunque una crítica que no toma en cuenta este acto, como hemos visto, la hayan suprimido. En cada uno de los sonetos que hemos considerado, la palabra o frase significativa ocurre en un cambio de verso donde se invita a un lector a ubicarla primero en una y luego en otra estructura de sintaxis y sentido. Este momento de duda, de deslizamiento sintáctico o semántico, es crucial para la experiencia que el verso proporciona, pero en un análisis formalista este momento desaparecerá, sea porque ha sido aplanado y convertido en una (insoluble) encrucijada interpretativa o porque ha sido eliminado en el curso de un procedimiento que es incapaz de encontrar valor en un fenómeno temporal. En el caso de “Cuando considero cómo se ha gastado mi luz”, estos dos fracasos se combinan:
Cuando considero cómo se ha gastado mi luz, antes de la mitad de mis días, en este oscuro mundo y ancho, y que un talento que es muerte para esconder, se alojó conmigo inútil, aunque mi alma más inclinada a servir allá junto a mi hacedor, y presente mi verdadera relación, menos él regresando a reprenderme, ¿exige Dios la jornada de trabajo, la luz negada?, yo encarecidamente pregunto; pero Paciencia para evitar ese murmullo, pronto replica, Dios no necesita ni el trabajo del hombre ni sus propios dones, quienes mejor soportan su silvestre yugo, ellos le sirven mejor, su estado

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 7

es de realeza. Miles a su ofrecida velocidad y después sobre la tierra y el océano sin descanso: También sirven los que sólo están parados y esperan.

La encrucijada interpretativa una vez más tiene que ver con el verso final: “También sirven los que sólo están parados y esperan”. Para algunos esta es una aceptación sin calificaciones de la voluntad de Dios, mientras que para otros la nota de afirmación está enmudecida o incluso forzada. Los tipos usuales de evidencia han sido proporcionados por los diversos partidos, y la inconclusividad usual es el resultado. Hay algunas áreas de acuerdo. “Todas las interpretaciones”, observa Woodhouse, “reconocen que el soneto comienza en un estado anímico depresivo, frustración e impaciencia”.4 El objeto de la impaciencia es un Dios que primero exige servicio y después nos deja sin los medios para servir, y la alusión, a menudo observada, a la parábola de los talentos presta apoyo en las Escrituras a la acusación que el poeta está haciendo implícitamente: has arrojado al sirviente que no correspondía en una oscuridad estéril. Se ha observado asimismo que la sintaxis y el ritmo de estos primeros versos, y especialmente de los versos 6-8, son ásperas e inciertas; el hablante está luchando con sus agitados pensamientos y cambia de direcciones abruptamente, sin cuidado por el verso como una unidad de sentido. El poema, dice un crítico, “parece casi fuera de control”. 5 La pregunta que yo haría es: “¿el control de quién?” Porque a lo que estas descripciones formales apuntan (pero no lo reconocen) es al extraordinario número de ajustes requeridos de los lectores que negocien con estos versos. El primer ajuste es el resultado de las expectativas creadas por la segunda mitad del verso 6 - ‘menos él regresando a reprenderme’. Como no hay punto final después de ‘reprenderme’, es natural suponer que esto será una introducción a un estilo indirecto, y además que lo que se reportará es la anticipación del poeta de la voz de Dios que lo llama, para exigirle injustamente una rendición de cuentas. Esta presuposición no sobrevive al verso 7 -‘Exige Dios la jornada de trabajo, la luz negada’- que, más que reprender al poeta por su inactividad, parece censurarlo por haber esperado esa reprensión. Los acentos son precisamente los que se escuchan en el Viejo Testamento cuando Dios responde a un dubitativo Gedeón, o un discutidor Moisés, o a un Job que se autojustifica: ¿pretendes juzgar mis modos o puntualizar mis motivos? ¿piensas que yo exigiría la jornada de labor, la luz negada? En otras palabras, el poema parece volcarse, en este punto, de un cuestionamiento a Dios hacia un cuestionamiento a ese cuestionamiento; o, más bien, el lector se vuelca de uno al otro en el acto de revisar su proyección de lo que el verso 7 dirá y hará. Resulta, sin embargo, que esa revisión misma debe revisarse porque ha sido hecha bajo la suposición de que lo que estamos escuchando es la voz de Dios. Esta presuposición se cae bajo la frase inmediatamente siguiente. ‘Yo pregunto encarecidamente,’, lo que requiere no uno sino dos ajustes. Dado que el hablante del verso 7 es firmemente identificado con el poeta, el verso debe reinterpretarse como una continuación de la queja -¿es ese el modo en que tú operas, Dios, negando la luz, pero exigiendo trabajo?- pero incluso mientras esta interpretación emerge, el poeta se retira de ella al insertar el adverbio ‘encarecidamente’, y una vez más el verso se escapa del control del lector.

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Variorum Commentary, p.469. Ibid., p.457.

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 8

En cuestión de segundos, entonces, el verso 7 ha guiado cuatro vidas experienciales, una cuando la anticipamos, otra cuando esa anticipación es revisada, una tercera cuando identificamos retrospectivamente su hablante, y una cuarta cuando el hablante se descompromete de ella. Lo que cambia en cada una de estas vidas es el status de las murmuraciones del poeta -son alternativamente expresadas, rechazadas, reestablecidas y calificadas- y cuando la secuencia termina, el lector no tiene una perspectiva firme sobre la pregunta de marras: ¿se maneja Dios con justicia con sus siervos? Una perspectiva firme parece ser provista por Paciencia, cuya entrada en el poema, nos dicen los críticos, proporciona estabilidad tanto argumentativa como métrica. Pero de hecho la presencia de Paciencia en el poema asegura que finalmente la inestabilidad persista porque hace imposible especificar el grado en el que el hablante aprueba, o incluso participa de, la afirmación del verso final: “También sirven los que están parados y esperan”. Sabemos que Paciencia, para evitar el murmullo del poeta, pronto replica (no demasiado pronto como para evitar que el murmullo quede registrado), pero no sabemos cuándo termina esa réplica. ¿Se queda Paciencia en silencio en el verso 12, después de “realeza”? ¿O en la conclusión del verso 13? ¿O en ningún momento? ¿Se apropia el poeta de estos versos o los comparte o simplemente los escucha, como nosotros? Estas preguntas no pueden responderse, y es porque permanecen sin respuesta que el poema termina inciertamente. La incertidumbre no está en la declaración que realiza -en aislamiento, el verso 14 es inequívoco-, sino en nuestra incapacidad para asignar esa declaración al poeta o a Paciencia. Si el verso final se asignara sin ambigüedad al poeta, entonces lo recibiríamos como una resolución de sus dudas anteriores; y si se lo asignara a Paciencia, sería una señal de que sus dudas están todavía en vigor. No se lo asigna a ninguno, y por lo tanto no tenemos la satisfacción que un final firmemente conclusivo (en cualquier dirección) nos hubiera proporcionado. En pocas palabras, dejamos el poema inseguros, y nuestra inseguridad es la toma de conciencia (en nuestra experiencia) de la inseguridad con que se hace, o no se hace, la afirmación del verso final. (Esta inseguridad también opera para actualizar las dos posibles lecturas de “esperar”; esperar en el sentido de tener expectativas, esto es esperar una oportunidad de servir activamente, o esperar en el sentido de esperar en servicio, un esperar en sí mismo totalmente satisfactorio porque el impulso a la acción auto-glorificante ha sido aquietado.) La cuestión que se debate en el Variorum Commentary es ¿cuán lejos llega finalmente el estado de frustración e impaciencia? La respuesta dada por el análisis experiencial es que no podemos decirlo, y el hecho de que no podamos decirlo es responsable por la inquietud que el poema ha inspirado siempre. Es esa inquietud que los críticos reconocen sin advertirlo cuando discuten sobre la fuerza del último verso, pero no pueden hacer uso analítico de lo que reconocen porque no tienen modo de manejarse o incluso de reconocer una estructura experiencial (esto es, temporal). De hecho, más de un editor ha eliminado estas estructuras con una puntuación que las hace desaparecer de la existencia: primero poniendo un punto final al final del verso 6 y de este modo haciendo improbable que el lector asigne el verso 7 a Dios (ya no habrá expectativas de un estilo indirecto), y luego proveyendo de comillas para el sexteto a fin de eliminar cualquier duda que uno pudiera tener sobre quién está hablando. No hay por supuesto aval para estas enmiendas, y en 1791 Thomas Warton tuvo la gracia y honestidad de admitirlo hasta cierto punto. “Yo he

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 9

introducido”, dijo, “las comas torneadas en la pregunta y la respuesta, no de ninguna autoridad, sino porque parecen absolutamente necesarias para el sentido.”6 Deshaciendo la defensa del análisis de la respuesta del lector Prácticas editoriales como éstas son sólo las manifestaciones más obvias de las presuposiciones a las que yo me opongo: la presuposición de que existe un sentido, que está incorporado o codificado en el texto, y que puede ser captado de una sola mirada. Estas presuposiciones son positivistas, holísticas y espaciales, en ese orden, y adoptarlas es comprometerse al mismo tiempo con un objetivo y con un procedimiento. El objetivo es establecer un significado, y el procedimiento involucra primero retroceder desde el texto y luego unir o de otra manera calcular las unidades discretas que contiene. Mi lucha contra este procedimiento (y contra las presuposiciones que lo generan) es que al aplicarlo las actividades del lector son a la vez ignoradas y devaluadas. Son ignoradas porque el texto se toma como autosuficiente -todo está en él- y son devaluadas porque cuando se piensa en ellas de algún modo, se las piensa como un aparato de extracción, descartable. En los procedimientos que yo reclamaría, las actividades del lector son el principal centro de atención, y se las considera no como guías hacia el significado, sino como que tienen significado. El significado que tienen es una consecuencia de que no son vacías; porque incluyen hacer y revisar presuposiciones, proponer y desechar juicios, llegar a conclusiones y abandonarlas, dar la aprobación y retirarla, especificar causas, hacer preguntas, proporcionar respuestas, resolver rompecabezas. En una palabra, estas actividades son interpretativas -más que preliminares a cuestiones de valor, están a cada momento estableciendo y reestableciendo preguntas de valor- y porque son interpretativas, una descripción de ellas será también, y sin ningún paso adicional, una interpretación, no después del hecho, sino del hecho mismo (de experimentar). Será una descripción de un campo de intereses en movimiento, presente en su totalidad de una vez (no a la espera del significado sino constituyendo significado) y continuamente reconstituyéndose a sí mismo. Como proyecto, una descripción tal presenta enormes dificultades, y hay apenas tiempo para considerarlas aquí;7 pero a partir de mis breves ejemplos resulta obvio cuán diferentes son de un proyecto positivista-formalista. Todo depende de la dimensión temporal, y en consecuencia, la noción de error, por lo menos como algo que debe ser evitado, desaparece. En una secuencia donde un lector primero estructura el campo en el que él habita y luego se le pide que lo reestructure (mediante el cambio de una asignación de hablante o el realineamiento de actitudes y posiciones) no hay cuestión de prioridad entre sus estructuraciones; ninguna de ellas, incluso si es la última, tiene privilegios; cada una es igualmente legítima, cada una es igualmente el objeto propio de análisis, porque cada una es igualmente un hecho en su experiencia.

Poems upon Several Occasions, English, Italian, and Latin, with Translation, by John Milton, ed. Thomas Warton (Londres, 1791), p. 352. 7 Ver mi Surprised by Sin: The Reader in Paradise Lost [Sorprendidos por el pecado: el lector en El Paraíso Perdido] (Londres y Nueva York: MacMillan, 1967); Self-consuming artifacts: The Experience of Seventeenth-Century Literature [Artefactos que se consumen a sí mismos. La experiencia de la literatura del siglo XVII] (Berkeley: California University Press, 1972); “¿What is Stylistics and Why Are They Saying Such Terrible Things About it?” [“¿Qué es la estilística y por qué están diciendo cosas tan terribles de ella?”]; “How Ordinary is Ordinary Language?” [“¿Cuán ordinario es el lenguaje ordinario?”]; “Facts and Fictions: A Reply to Ralph Rader” [“Hechos y ficciones: una respuesta a Ralph Rader”] en Is there a Text in This Class? [¿Hay un texto en esta aula?] (Cambridge Mass.: Harvard University Press, 1980).

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Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 10

La sólida afirmatividad de este párrafo no hace sino llamar la atención sobre las preguntas que evita. ¿Quién es el lector? ¿Cómo puedo presumir que describo sus experiencias, y qué les digo a los lectores que no tienen las experiencias que yo describo? Déjenme contestar estas preguntas o más bien intentar un comienzo de respuesta en el contexto de otro ejemplo, esta vez del Comus de Milton. En el verso 46 del Comus se nos presenta al villano por medio de una genealogía:
Baco que primero desde la viña púrpura destrozó el dulce veneno del mal usado vino.

En casi todas las ediciones de este poema, una nota a pie de página les dirá que Baco es el dios del vino. Por supuesto la mayoría de los lectores ya sabrán eso, y porque ellos ya lo saben, estarán anticipando la aparición de “vino” mucho antes de que llegue en la posición final. Además, estarán también anticipando un juicio negativo de él, en parte por la asociación de Baco con rebeldía y exceso, y especialmente porque la frase “dulce veneno” sugiere que el juicio ya ha sido hecho. Con bastante anticipación, entonces, habremos rellenado la forma de la afirmación y tomado una decisión sobre su contenido moral. Esa decisión es contrarrestada por la expresión “mal usado”; porque lo que “mal usado” nos pide que hagamos es transferir la presión del juicio desde el vino (donde nosotros ya lo habíamos ubicado) a los que abusan del vino, y por lo tanto cuando “vino” finalmente aparece, debemos declararlo inocente de los cargos que ya le habíamos hecho. Esta es, entonces, la estructura de la experiencia del lector -la transferencia de un rótulo moral desde una cosa a los que se apropian de ella. Es una experiencia que depende de un lector para el que el nombre Baco tiene asociaciones inmediatas y precisas; otro lector, un lector para quien esas asociaciones son menos precisas no tendrá esa experiencia porque no se habrá adelantado a una conclusión en relación a la cual la expresión “mal usado” se erigirá en desafío. Obviamente estoy discriminando entre estos dos lectores y entre dos experiencias igualmente reales que ellos tendrán. No es una discriminación basada simplemente en información, porque lo que es importante no es la información misma, sino la acción de la mente que su posesión hace posible para un lector e imposible para el otro. Uno puede discriminar además entre ellos notando que el punto de marras -si el valor es una función de objetos o de intenciones- está en el corazón del debate del siglo XVII sobre las “cosas indiferentes”. Un lector que está consciente de ese debate no sólo tendrá la experiencia que describo; además reconocerá al final de ella que se le ha pedido que tome una de las posiciones en una persistente controversia; y ese reconocimiento (también parte de su experiencia) será parte de la disposición con la cual se moverá hacia los versos que siguen. Sería posible continuar con este perfil de un lector óptimo, pero no llegaría muy lejos antes de que alguien puntualice que lo que estoy describiendo realmente es el lector ideal, el lector cuya educación, opiniones, preocupaciones, competencias lingüísticas, etc. lo hacen capaz de tener la experiencia que el autor quería provocar. No me resistiría a esta caracterización porque parece obvio que los esfuerzos de los lectores son siempre esfuerzos por discernir y por lo tanto por realizar (en el sentido de hacer realidad) la intención del autor. Sólo pondría objeciones si esa realización se concibiera estrechamente, como un acto solitario de comprehender el propósito de un autor, más que (como yo la concebiría) como la sucesión de los actos que los lectores llevan a cabo en la presuposición continua de que están en tratos con seres intencionales. En esta perspectiva discernir una intención no es más ni menos que entender, y entender incluye (está constituido por) todas las

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 11

actividades que hacen a lo que yo llamo la estructura de la experiencia del lector. Describir esa experiencia es por lo tanto describir los esfuerzos del lector para entender, y describir los esfuerzos del lector para entender es describir su realización (y su darse cuenta) de la intención de un autor. O para ponerlo de otro modo, lo que mis análisis vienen a ser son descripciones de una sucesión de decisiones tomadas por los lectores sobre la intención de un autor -decisiones que no se limitan a especificar el propósito sino que incluyen la especificación de cada aspecto de los mundos sucesivamente intentados, decisiones que son precisamente la forma, porque son el contenido, de las actividades del lector. Habiendo dicho esto, sin embargo, parecería que soy susceptible de dos objeciones. La primera es que el procedimiento es circular. Yo describo la experiencia de un lector cuyas estrategias son posibles respuestas a la intención de un autor, y yo especifico la intención de un autor puntualizando las estrategias empleadas por el mismo lector. Pero esta objeción sólo tendría fuerza si fuera posible especificar una independientemente de la otra. Lo que se especifica desde cualquier perspectiva son las condiciones de la enunciación, lo que se pudo entender que se pretendía decir mediante lo que se dijo. Esto es, intención y comprensión son dos extremos de un acto convencional, cada uno de los cuales estipula necesariamente (incluye, define, especifica) al otro. Construir un perfil del lector informado y familiarizado es al mismo tiempo caracterizar la intención del autor y viceversa, porque hacer cualquiera de las dos cosas es especificar las condiciones contemporáneas de la enunciación, identificar (y volverse miembro de) una comunidad constituida por aquellos que comparten estrategias interpretativas. La segunda objeción es otra versión de la primera: si el contenido de la experiencia del lector es la sucesión de los actos que lleva a cabo en busca de las intenciones de un autor, y si él lleva a cabo estos actos según el mandato del texto, ¿no produce o contiene el texto entonces todo -intención y experiencia- y no he llegado a un compromiso en mi posición antiformalista? Esta objeción tendrá fuerza sólo si se presupone que los patrones formales del texto existen independientemente de la experiencia del lector, porque sólo entonces se puede reclamar su prioridad. En realidad, las pretensiones de independencia y prioridad son una y la misma; cuando se las separa es para que puedan prestarse mutuo apoyo circular e ilegítimo. La pregunta “¿existen independientemente los rasgos formales?” se responde usualmente puntualizando su prioridad: están “en” el texto antes de que el lector se llegue a él. La pregunta “¿son los rasgos formales anteriores?” se contesta usualmente puntualizando su status independiente: están “en” el texto antes de que el lector se llegue a él. Lo que parece un paso en un argumento es realmente el espectáculo de una afirmación que se apoya a sí misma. Se sigue entonces que un ataque a la independencia de los rasgos formales será también un ataque a su prioridad (y viceversa), y me gustaría montar tal ataque en el contexto de dos breves pasajes de Lycidas. El primer pasaje (en realidad el segundo en la secuencia del poema) comienza en el verso 42:
Las copas de los sauces y los avellanos verdes nunca más serán vistas, abanicando sus jubilosas hojas a tus suaves canciones.

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 12

Es mi tesis que el lector está siempre dando sentido (pretendo que “dar” tenga su fuerza literal* ), y en el caso de estos versos el sentido que da involucrará la presuposición (y por lo tanto la creación) de una afirmación completa después de “vistas”, a saber la muerte de Lycidas ha afectado tanto las copas verdes de los sauces y el avellano que, en simpatía, ellos se marchitarán y morirán (no serán vistas más por nadie). En otras palabras, al final del verso 43 el lector habrá aventurado una interpretación, o llevado a cabo un acto de clausura perceptiva, o tomado una decisión sobre lo que se está aseverando. No quiero decir que habrá hecho cuatro cosas, sino que habrá hecho una cosa cuya descripción puede tomar una cualquiera de cuatro formas -dar sentido, interpretar, efectuar una clausura perceptiva, decidir sobre lo que se intenta. (La importancia de este punto se aclarará después.) Sea lo que sea que haya hecho (esto es, cualquiera sea el modo en que lo caractericemos), lo deshará en el acto de leer el verso siguiente, porque aquí descubrirá que su clausura, o su dotación de sentido, era prematura y que debe hacer una nueva en la cual la relación entre hombre y naturaleza es exactamente la inversa de la que había presupuesto primero. Las copas verdes de los sauces y el avellano serán en realidad vistas, pero no serán vistas por Lycidas. Es éste el que no será más, mientras que ellos siguen como antes, abanicando sus jubilosas hojas ante las suaves canciones de algún otro (la totalidad del verso 44 es ahora percibida como modificando y eliminando lo absoluto de ‘vistas’). La naturaleza no es simpática, sino indiferente, y la noción de su simpatía es una de esas “falsas conjeturas” que el poema está continuamente alentando y luego desautorizando. La oración previa muestra qué fácil es rendirse al prejuicio de nuestro lenguaje crítico y comenzar a hablar como si los poemas, no los lectores o los intérpretes, hicieran cosas. Palabras como “alentar” y “desautorizar” (y otras que he usado en este ensayo) implican agentes, y es simplemente “natural” asignar agencia primero a las intenciones de un autor y después a las formas que supuestamente las encarnan. Lo que realmente ocurre, pienso, es algo bastante diferente: más que la intención y su realización formal produciendo interpretación (el cuadro “normal”), la interpretación crea la intención y su realización formal, creando las condiciones en las que se hace posible captarlas. En otras palabras, en el análisis de estos versos de Lycidas yo hice lo que otros críticos siempre hacen: “Vi” lo que mis propios principios interpretativos me permitieron o me llevaron a ver, y entonces di la vuelta y atribuí lo que había “visto” a un texto y una intención. Lo que mis principios me llevaron a “ver” son lectores llevando a cabo actos; los puntos en los que yo encuentro (o para ser más preciso, declaro) que esos actos han sido realizados se convierten (mañosamente) en demarcaciones en el texto; esas demarcaciones están entonces disponibles para la designación de “rasgos formales”, y como rasgos formales se les puede (ilegítimamente) asignar la responsabilidad de producir la interpretación que en realidad los produjo. En este caso, la demarcación que mi interpretación convoca a la existencia está ubicada al final del verso 42; pero por supuesto el final de ese (o cualquier otro) verso vale la pena de ser notado o puntualizado sólo porque mi modelo demanda (la palabra no es demasiado fuerte) clausuras perceptivas y por lo tanto ubicaciones en las cuales éstas ocurran; en ese modelo este punto será una de esas ubicaciones, aunque (1) no necesita serlo (no todo final de verso ocasiona una clausura) y (2) en

[N. del T.] La expresión en inglés para “dar sentido” es “making sense”, literalmente “hacer sentido”, lo cual no es idiomático en español, por lo que he preferido traducir por “dar”. Sin embargo, debe considerarse que cuando Fish dice que pretende todo el sentido literal, entonces, se refiere a la idea de “hacer” y no estrictamente a la de “dar”.]

*

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 13

otro modelo, uno que no dé valor a las actividades de los lectores, la posibilidad de que lo sea no hubiera surgido. Lo que estoy sugiriendo es que las unidades formales son siempre una función del modelo interpretativo que uno traiga a colación; no están “en” el texto, y yo haría el mismo argumento para las intenciones. Esto es, la intención no está más encarnada “en” el texto de lo que están las unidades formales; más bien una intención, como una unidad formal, se hace cuando se aventura una clausura interpretativa o perceptiva; se verifica por un acto interpretativo, y yo agregaría no puede verificarse de ninguna otra manera. Esta última aseveración es demasiado grande para considerarla completamente aquí, pero puedo esbozar la secuencia argumentativa que yo seguiría cuando la considerara: la intención se conoce cuando y sólo cuando es reconocida; es reconocida tan pronto como Ud. decide con respecto a ella; Ud. decide con respecto a ella tan pronto como Ud. da un sentido; y Ud. da un sentido (o por lo menos eso pretende mi modelo) tan pronto como puede. Permítame atar los hilos de mi argumento con un ejemplo final de Lycidas:
El no debe flotar sobre su féretro acuoso sin ser llorado...

Aquí la experiencia del lector tiene un recorrido muy semejante al que hace en los versos 4244: al final del verso 13 se aventura una clausura perceptiva, y se da un sentido en el cual se toma al verso como una resolución que se acerca a una promesa: esto es, hay ahora la expectativa de que algo se hará sobre su desafortunada situación, y el lector anticipa una llamada a la acción, tal vez incluso un programa para hacerse cargo de una misión de rescate. Con ‘sin ser llorado’, sin embargo, la expectativa y la anticipación son desilusionadas, y la toma de conciencia de esa desilusión será inseparable de la construcción de un nuevo (aunque menos confortable) sentido: nada se hará; Lycidas continuará flotando sobre su féretro acuoso, y la única acción a emprenderse será la lamentación del hecho de que ninguna acción será eficaz, incluyendo las acciones de hablar y escuchar ese lamento (que en el verso 15 recibirá la designación postiza y de autoburla de “lágrima melodiosa”). Estas “estructuras” vienen a la vista precisamente en el mismo momento, el momento en que el lector habiendo resuelto un sentido lo “desresuelve” y hace uno nuevo; ese momento será también el momento de levantar un patrón o unidad formal, fin de verso/comienzo de verso, y será también el momento en el que el lector, habiendo decidido sobre la intención del hablante, sobre lo que se quería decir con lo que se dijo, tomará la decisión de nuevo y al hacer eso construirá otra intención. Esta es, entonces, mi tesis: que la forma de la experiencia del lector, las unidades formales, y la estructura de la intención son una, que vienen a la perspectiva simultáneamente, y que por lo tanto las preguntas sobre la prioridad y la independencia no surgen. Lo que surge es otra pregunta: ¿qué las produce? Esto es, si la intención, lo formal y la forma de la experiencia del lector son simplemente modos diferentes de referirse a (diferentes perspectivas de) el mismo acto interpretativo, ¿una interpretación de qué es ese acto? No puedo contestar a esa pregunta, pero tampoco, sostendría, puede nadie hacerlo, aunque los formalistas tratan de contestarla apuntando a patrones y sosteniendo que éstos están disponibles independientemente de (antes de) la interpretación. Estos patrones varían de acuerdo a los procedimientos que los producen: pueden ser estadísticos (número de palabras de dos sílabas cada cien palabras), gramaticales (proporción de

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 14

construcciones pasivas sobre activas, o de oraciones ramificadas a la derecha sobre ramificadas a la izquierda, o de cualquier otra cosa); pero sean lo que sean yo argumentaría que no yacen inocentemente en el mundo sino que están ellas mismas constituidas por un acto interpretativo, incluso si, como es a menudo el caso, ese acto no es reconocido. Por supuesto, esto es tan cierto de mis análisis como de los de cualquier otro. En los ejemplos aquí ofrecidos yo me he apropiado de la noción “final de verso” y lo he tratado como un hecho de la naturaleza; y uno podría concluir que en tanto que hecho es responsable de la experiencia de lectura que yo describo. Pienso que la verdad es exactamente la inversa: los finales de verso existen en virtud de estrategias perceptivas más que al revés. Históricamente, la estrategia que conocemos como “leer (o escuchar) poesía” ha incluido poner atención en el verso como una unidad, pero es precisamente esa atención la que ha convertido el verso en una unidad (sea de imprenta o de duración oral) disponible. Un lector tan práctico en prestar esa atención que considere al verso como un hecho bruto más que como una convención tendrá una gran dificultad con la poesía concreta; si supera esta dificultad, no será porque ha aprendido a ignorar el verso como una unidad sino porque habrá adquirido un nuevo conjunto de estrategias interpretativas (las estrategias constitutivas de la “lectura de poesía concreta”) en el contexto de la cual el verso como unidad ya no existe. En pocas palabras, lo que se nota es lo que se ha hecho notable, no por un vidrio claro y sin distorsión, sino por una estrategia interpretativa. Esto parece difícil de ver cuando la estrategia se ha vuelto tan habitual que la forma que arroja parece parte del mundo. Nos parece fácil presuponer que la aliteración como efecto depende de un “hecho” que existe independientemente de cualquier “uso” interpretativo que uno pueda hacer de ella, el hecho de que palabras en proximidad comiencen con la misma letra. Pero toma sólo un momento de reflexión darse cuenta que la semejanza, lejos de ser natural, está reforzada por una convención ortográfica; esto es decir, es el producto de una interpretación. Si reemplazáramos las convenciones ortográficas con convenciones fonéticas (una “reforma” tradicionalmente urgida por los puristas), las bases supuestamente “objetivas” de la aliteración desaparecerían porque una transcripción fonética requeriría que distinguiéramos entre los sonidos iniciales de las mismas palabras que entran en relaciones aliterativas; en lugar de conformarse a esas relaciones, las reglas de deletreo las hacen. Podría replicarse que dado que la aliteración es un fenómeno oral más que visual cuando se escucha la poesía, tenemos acceso sin mediación a los sonidos físicos mismos y escuchamos similaridades “reales”. Pero los hechos fonológicos no carecen menos de interpretación (o no son menos convencionales) que los “hechos” de la ortografía; los rasgos distintivos que hacen posible la articulación y la recepción son el producto de un sistema de diferencias que deben ser impuestos antes de que puedan ser reconocidos; los patrones que el oído escucha (como los patrones que el ojo ve) son los patrones que sus hábitos perceptivos ponen a su disposición. Este análisis puede extenderse eternamente, incluso a los “hechos” de la gramática. La historia de la lingüística es la historia de paradigmas competidores, cada uno de los cuales ofrece una descripción diferente de los constituyentes del lenguaje. Verbos, nombres, oraciones hendidas, transformaciones, estructuras profundas y superficiales, semas, remas, tagmemas -ora se los ve, ora no, dependiendo del aparato descriptivo que se emplee. El crítico que apoya su análisis confiadamente en el fundamento de descripciones sintácticas se está apoyando en una interpretación; los hechos a los que apunta están allí, pero sólo como una consecuencia del modelo interpretativo (hecho por el hombre) que los ha convocado a la existencia.

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 15

La moraleja es clara: la elección no es nunca entre objetividad e interpretación sino entre una interpretación que no se reconoce como tal y una interpretación que es al menos consciente de sí misma. Es esta conciencia la que yo estoy reclamando para mí, aunque al hacerlo debo abandonar las pretensiones implícitamente hechas en la primera parte de este ensayo. Allí yo sostenía que un modelo malo (por espacial) había suprimido lo que realmente estaba ocurriendo, pero por mis propios declarados principios la noción “realmente ocurriendo” es sólo una interpretación más. Comunidades interpretativas Parece que el precio que uno paga por negar la prioridad de las formas o de las intenciones es una incapacidad para decir cómo es que uno alguna vez empieza. Sin embargo nosotros empezamos, y continuamos, y porque lo hacemos surge una contraobjeción a las páginas precedentes. Si los actos interpretativos son la fuente de las formas más que a la inversa, ¿por qué no es el caso de que los lectores estén siempre ejecutando los mismos actos o una secuencia de actos al azar, y por lo tanto creando las mismas formas o una sucesión de formas al azar? ¿Cómo, en pocas palabras, se explican estos dos “hechos” de la lectura?: (1) El mismo lector se desempeñará de forma diferente al leer dos textos “diferentes” (la palabra está entre comillas porque su status está precisamente en cuestión); y (2) Diferentes lectores se desempeñarán de manera similar al leer el “mismo” (entre comillas por la misma razón) texto. Esto es decir, tanto la estabilidad de la interpretación entre lectores y la variedad de interpretación en la carrera de un mismo lector parecería argumentar en favor de la existencia de algo independiente y anterior a los actos interpretativos, algo que los produce. Responderé a este desafío afirmando que tanto la estabilidad como la variedad son funciones de estrategias interpretativas más que de los textos. Supongamos que estoy leyendo Lycidas. ¿Qué es lo que estoy haciendo? Primero que nada, lo que no estoy haciendo es “simplemente leyendo”, una actividad en la cual no creo porque implica la posibilidad de la percepción pura (es decir, desinteresada). Más bien, estoy procediendo sobre la base de (por lo menos) dos decisiones interpretativas. (1) Que Lycidas es una pastoral (2) que fue escrita por Milton. (Yo agregaría que las nociones “pastoral” y “Milton” son también interpretaciones; esto es, no representan un conjunto de hechos indisputables, objetivos; si lo fueran, muchísimos libros no estarían escribiéndose en este momento.) Una vez que estas decisiones se han tomado (y si yo no las hubiera tomado, hubiera tomado otras, que serían consecuentes del mismo modo), estoy inmediatamente predispuesto a realizar determinados actos, para “encontrar”, buscando, temas (la relación entre procesos naturales y los cursos de la vida de los hombres, la eficacia de la poesía o de cualquier otra acción), para conferir significancias (a las flores, las corrientes de agua, los pastores, las deidades paganas), para demarcar unidades “formales” (el lamento, el consuelo, el giro, la afirmación de fe, y así sucesivamente). Mi disposición a ejecutar esos actos (y otros; la lista no pretende ser exhaustiva) constituye un conjunto de estrategias interpretativas, que, cuando se las pone en ejecución, se convierten en el amplio acto de leer. Esto es decir, las estrategias interpretativas no se ponen en ejecución después de leer (el acto puro de percepción en el que yo no creo); son la forma de la lectura, y porque son la forma de la lectura, les dan a los textos su forma, haciéndolos más que, como se presupone usualmente, surgiendo de ellos. Varias cosas importantes se siguen de esta presentación:

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 16

(1) Yo no tenía que ejecutar este conjunto particular de estrategias interpretativas porque yo no tenía que tomar esas decisiones interpretativas (pre-lectura) particulares. Podría haber decidido, por ejemplo, que Lycidas era un texto en el cual un conjunto de fantasías y defensas encuentran expresión. Estas decisiones hubieran traído consigo la presuposición de otro conjunto de estrategias interpretativas (tal vez como las que avanza Norman Holland en The Dynamics of Literary Response [La dinámica de la respuesta literaria]) y la ejecución de ese conjunto hubiera hecho otro texto. (2) Podría haber ejecutado ese mismo conjunto de estrategias frente a textos que no llevaran el título (de nuevo una noción que es en sí misma una interpretación) Lycidas, A Pastoral Monody [Lycidas, una monodia pastoral]. Podría decidir (es una decisión que algunos han hecho) que Adam Bede es una pastoral escrita por un autor que conscientemente tomó a Milton como modelo (siempre recordando que “Pastoral” y “Milton” son interpretaciones, no hechos de dominio público); o podría decidir, como hizo Empson, que muchísimas cosas que no se consideran usualmente pastorales habían sido hechas en realidad para ser leídas así; y cualquier decisión hubiera dado lugar a un conjunto de estrategias interpretativas que, al ponerse en acción, hubieran escrito el texto que yo escribo cuando leo Lycidas. (¿Me siguen?) (3) Un lector que no fuera yo y que, cuando se le presenta Lycidas, procediera poniendo en práctica un conjunto de estrategias interpretativas similares a las mías (cómo es que podría hacer eso es una cuestión que abordaré después), llevaría a cabo la misma (o por lo menos una parecida) sucesión de actos interpretativos. El y yo tendríamos la tentación de decir que estamos de acuerdo sobre el poema (presuponiendo en consecuencia que el poema existe independientemente de los actos que cualquiera de nosotros lleva a cabo); pero en lo que realmente estaríamos de acuerdo es en el modo en que lo escribimos. (4) Un lector que no fuera yo y que, cuando se le presenta Lycidas (por favor, recuerden que lo que está en cuestión es el status de Lycidas), pone en práctica un conjunto diferente de estrategias interpretativas, llevará a cabo una sucesión diferente de actos interpretativos. (Estoy presuponiendo, es el artículo de mi fe, que un lector siempre ejecutará algún conjunto de estrategias interpretativas y por lo tanto llevará a cabo una sucesión de actos interpretativos.) Alguno de nosotros podría sentir la tentación de quejarse ante el otro de que no hay posibilidad de que hayamos estado leyendo el mismo poema (la crítica literaria está llena de tales quejas) y tendría razón: porque cada uno de nosotros estaría leyendo el poema que él ha hecho. La gran conclusión que se sigue de estas cuatro más pequeñas es que las nociones de textos “iguales” y “diferentes” son ficciones. Si yo leo Lycidas y The Waste Land de modo diferente (en realidad no lo hago), no será a causa de que las estructuras formales de los dos poemas (llamarlos a ellos así es también una decisión interpretativa) convoquen diferentes estrategias interpretativas sino porque mi predisposición a ejecutar diferentes estrategias interpretativas producirá estructuras formales diferentes. Esto es, los dos poemas son diferentes porque yo he decidido que lo sean. La prueba de esto es la posibilidad de hacer lo inverso (por eso es que el punto 2 es tan importante). Esto es decir, la respuesta a la pregunta “¿por qué textos diferentes dan lugar a secuencias diferentes de actos interpretativos?” es que no tienen que hacerlo, una respuesta que implica fuertemente que “ellos” no existen. De hecho, siempre ha sido posible poner en acción estrategias interpretativas

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 17

diseñadas para hacer de todos los textos uno, o para ponerlo más adecuadamente, para estar haciendo para siempre el mismo texto. Agustín exige precisamente tal estrategia, por ejemplo en On Christian Doctrine [Sobre la doctrina cristiana] cuando emite la “regla de fe” que es por supuesto una regla de interpretación. Es deslumbradoramente simple: todo en las Escrituras, y de hecho el mundo donde se lo lee con propiedad, apunta a (porta el significado de) el amor de Dios por nosotros y nuestra correspondiente responsabilidad de amar a nuestras co-criaturas en Su beneficio. Si Ud. llegara a darse con algo que no parece a primera vista portar este significado, eso “no pertenece literalmente al comportamiento virtuoso o la verdad de la fe”, Ud. ha de tomarlo entonces como “figurativo” y proceder a escudriñarlo “hasta que se produzca una interpretación que contribuya al reino de la caridad”. Esto es entonces tanto una estipulación de lo que puede existir de significado como un conjunto de direcciones para encontrarlo, que es por supuesto un conjunto de direcciones -o estrategias interpretativas- para hacerlo, esto es, para la interminable reproducción del mismo texto. Sea lo que sea que podamos pensar de este programa interpretativo, su éxito y facilidad de ejecución están testimoniados por siglos de exégesis cristiana. Es mi contención que cualquier programa interpretativo, cualquier conjunto de estrategias interpretativas, puede tener éxito similar, aunque pocos han sido tan espectacularmente exitosos como este. (Desde hace un tiempo, por lo menos trescientos años, los programas interpretativos más exitosos han salido bajo el nombre de “lenguaje ordinario”.) En nuestra propia disciplina programas con la misma característica de siempre reproducir un texto incluyen la crítica psicoanalítica, el robertsonianismo* (siempre amenazando extender su imperio sobre períodos cada vez más posteriores), la numerología (una semejanza basada en la asunción de innumerables diferencias fijas). La otra pregunta desafiante -“¿por qué lectores diferentes ejecutan la misma estrategia interpretativa cuando encaran el ‘mismo’ texto?”- puede manejarse del mismo modo. La respuesta es de nuevo que no tienen que hacerlo, y mi evidencia es la historia entera de la crítica literaria. Y de nuevo la respuesta implica que la noción “mismo texto” es el producto de la posesión por dos o más lectores de estrategias interpretativas similares. Pero ¿por qué llegaría a ocurrir esto alguna vez? ¿Por qué llegarían dos lectores alguna vez a estar de acuerdo, y por qué llegarían a darse alguna vez diferencias regulares, esto es habituales, en el curso de un solo lector? ¿Cuál es la explicación, por un lado, de la estabilidad de la interpretación (al menos entre ciertos grupos en ciertos momentos) y por el otro de la ordenada variedad de interpretaciones, si no es la estabilidad y variedad de los textos? La respuesta a todas estas preguntas ha de hallarse en una noción que ha estado implícita en mi argumento, la noción de comunidades interpretativas. Las comunidades interpretativas están compuestas por todos aquellos que comparten estrategias interpretativas no para leer (en el sentido convencional) sino para escribir textos, para constituir sus propiedades y asignarles intenciones. En otras palabras, estas estrategias existen antes del acto de la lectura y por lo tanto determinan la forma de lo que se lee más que, como se presupone usualmente, a la inversa. Si es un artículo de fe en una comunidad particular que hay una variedad de textos, sus miembros ostentarán un repertorio de estrategias para hacerlos. Y si una comunidad cree en la existencia de un solo texto, entonces la única estrategia que sus miembros emplearán será la de escribirlo eternamente. La primera comunidad acusará a los

*

Una referencia al medievalista D. W. Robertson.

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 18

miembros de la otra de ser reduccionistas, y estos a su vez llamarán superficiales a sus acusadores. La presuposición en cada comunidad será la de que la otra no está percibiendo correctamente el “verdadero texto”, pero la verdad será que cada cual percibe el texto (o los textos) que sus estrategias interpretativas demandan o convocan a la existencia. Esta es, entonces, la explicación tanto para la estabilidad de interpretación entre diferentes lectores (pertenecen a la misma comunidad) como para la regularidad con la que un solo lector empleará diferentes estrategias interpretativas y así hará diferentes textos (pertenece a diferentes comunidades). Explica también por qué hay desacuerdos y por qué éstos pueden debatirse de manera principiada: no a causa de la estabilidad en los textos, sino a causa de una estabilidad en la composición de las comunidades interpretativas y por lo tanto en las posiciones opuestas que éstas hacen posible. Por supuesto esta estabilidad es siempre temporaria (a diferencia de la ansiada y atemporal estabilidad del texto). Las comunidades interpretativas crecen y declinan, y los individuos se mueven de una a otra; así, aunque los alineamientos no sean permanentes, siempre están vigentes, proporcionando precisamente la estabilidad suficiente para que continúen las batallas interpretativas, y precisamente el cambio y deslizamiento suficiente para asegurar que nunca se terminen. La noción de comunidades interpretativas así se alza entre un ideal imposible y el miedo que lleva a muchos a mantenerlo. El ideal es de un perfecto acuerdo y requeriría que los textos tuvieran un status independiente de interpretación. El miedo es a la anarquía interpretativa, pero se realizaría sólo si la interpretación (la factura de textos) fuera completamente azarosa. Es la consolidación frágil pero real de las comunidades interpretativas la que nos permite hablar uno con otro, pero sin esperanza ni miedo de poder alguna vez detenernos. En otras palabras, las comunidades interpretativas no son más estables que los textos porque las estrategias interpretativas no son naturales o universales, sino aprendidas. Esto no significa que hay un punto en el cual un individuo no ha aprendido todavía ninguna. La habilidad para interpretar no se adquiere; es constitutiva del ser humano. Lo que se adquiere son los modos de interpretar y esos mismos modos pueden olvidarse o suplantarse, o complicarse o perder el favor (“nadie lee ya de ese modo”). Cuando pasa cualquiera de estas cosas, hay un cambio correspondiente en los textos, no porque se los lea de modo diferente, sino porque se los escribe de manera diferente. La única estabilidad, entonces, es inherente al hecho (al menos en mi modelo) de que las estrategias interpretativas están siempre desplegándose, y esto significa que la comunicación es mucho más una cuestión de suerte de lo que estamos acostumbrados a pensar. Porque si no hay textos fijos, sino sólo estrategias interpretativas que los hacen, y si las estrategias interpretativas no son naturales, sino aprendidas (y por lo tanto no están a disposición de una descripción finita), ¿qué es lo que hacen los enunciantes (hablantes, autores, críticos, yo, Uds.)? En el viejo modelo los enunciantes están en el negocio de alcanzar significados listos para usar o prefabricados. Se dice que estos significados están codificados, y se presupone que el código está en el mundo independientemente de los individuos que están obligados a adherirse a él (si no lo hacen corren el peligro de ser declarados desviantes). En mi modelo, sin embargo, los significados no se extraen sino se hacen y se hacen no mediante formas codificadas sino mediante estrategias interpretativas que convocan las formas a la existencia. Se sigue entonces que lo que los enunciantes hacen es dar a oyentes y lectores la oportunidad de hacer significados (y textos) invitándolos a poner en práctica un conjunto de estrategias. Se presume que la invitación será reconocida, y esta presunción descansa

Stanley Fish, “Interpretando el Variorum” [Trad. de Ricardo J. Kaliman], p. 19

en una proyección de parte del hablante o del autor de los movimientos que él haría si se lo confrontara con los sonidos o marcas que está enunciando o estableciendo. Parecería que en principio esta descripción de las cosas simplemente reintroduce la vieja objeción; porque ¿no es esto una admisión de que después de todo hay una codificación formal, no tal vez de significados, sino de las direcciones para hacerlos, para poner en práctica estrategias interpretativas? La respuesta es que ellas serán sólo direcciones para los que tienen ya las estrategias interpretativas en primer lugar. Más que producir actos interpretativos, ellos son el producto de uno. Un autor aventura su proyección, no a causa de algo “en” las marcas, sino a causa de algo que el presupone que está en el lector. La existencia misma de las “marcas” es una función de una comunidad interpretativa, porque ellas serán reconocidas (esto es, hechas) sólo por sus miembros. Aquellos que están fuera de la comunidad estarán desplegando un conjunto diferente de estrategias interpretativas (la interpretación no puede retenerse) y por lo tanto hará marcas diferentes. Así de nuevo he hecho desaparecer el texto, pero desafortunadamente los problemas no desaparecen con él. Si todos están continuamente poniendo en práctica estrategias interpretativas y en ese acto constituyendo textos, intenciones, hablantes y autores, ¿cómo puede cualquiera de nosotros saber si es o no miembro de la misma comunidad interpretativa que cualquier otro de nosotros? La respuesta es que no puede saberlo, dado que cualquier evidencia avanzada para apoyar una posición será ella misma una interpretación (especialmente si el “otro” fuera un autor muerto hace mucho tiempo). La única “prueba” de membrecía es el colegaje, el asentimiento de reconocimiento de alguien en la misma comunidad, alguien que le dice lo que ninguno de nosotros podría probar jamás a una tercera parte: “Nosotros sabemos”. Se lo estoy diciendo ahora, a sabiendas de que Uds. estarán de acuerdo conmigo (esto es, comprenderán) sólo si están ya de acuerdo conmigo.

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