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Una historia de contrabandistas

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LA VIDA EN LA FRONTERA

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Pangea

CONTRABANDISTAS

UNA HISTORIA DE

Pangea

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LA VIDA EN LA FRONTERA

UNA HISTORIA DE CONTRABANDISTAS

El Pirineo navarro ha sido refugio para mitos de brujas, rebeldes maquis, y como toda tierra de frontera, también de contrabandistas. Honorio y Nicolás Ibarra Villanueva fueron dos eslabones de una cadena que cada noche se adentraba en la montaña para transportar paquetes, luchando así contra la escasez de la posguerra y forjando la fortuna de unos pocos que ni siquiera tocaban la mercancía. La suya es una historia de contrabandistas.
Urepel
2

1

Texto: LEIRE ARIZ SARASKETA. Fotografías: SALVADOR ARELLANO TORRES

PAMPLONA

Mezkiritz

C

1

UREPEL
Sus 340 vecinos viven al otro lado del monte Aztakarri. El pueblo pertenece al departamento de Pirineos Atlánticos, en la región de Aquitania, Francia. El pueblo es conocido por ser el lugar de nacimiento del popular cantante y bertsolari vasco, Xalbador.

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MEZKIRITZ
Pueblo de 80 habitantes en el Valle de Erro, en Navarra. Está a 37 kilómetros al norte de Pamplona en pleno Pirineos. Sus habitantes se dedican a la agricultura y la ganadería, y son conocidos por sus buenos pelotaris y haber emigrado como pastores a California.

ada vez que Honorio y Nicolás Ibarra cruzaban la frontera de los Pirineos con un paquete a las espaldas, sus jefes les pagaban 800 pesetas. Lo hacían tres veces a la semana. 82 kilómetros, 11 horas, 15 kilos cada vez. Porque Honorio y Nicolás... eran contrabandistas. Cada vez que Honorio y Nicolás hacían contrabando, se calzaban sus botas de agua y caminaban toda la noche. Salían al atardecer de Mezkiritz, en el valle navarro de Erro, para llegar a Urepel, en Francia, ya de madrugada. Allí, y antes de emprender el camino de vuelta, aún conservaban energías para echar un partido de pelota en el frontón Gure Amentsa. Y en ocasiones, hasta ir a misa. Recogían la mercancía en la casa Monaco, con acento en la penúltima sílaba, y la cargaban en la espalda con una tela que colgaba de su frente y caía por los hombros. A veces, llevaban ruedas de camiones, otras, ganado, pero, la mayor parte del tiempo, puntillas para las labores de costura. Aunque, a decir verdad, a veces Honorio y Nicolás ni siquiera sabían lo que transportaban. Ellos cargaban y caminaban. 82 kilómetros, 11 horas, con 15 kilos a las espaldas. Honorio había dejado la escuela a los 14 años. Su padre requería ayuda con la

ganadería para mantener a la familia. Había que pastorear a las vacas y ovejas que daban de comer a los cinco hermanos que vivían en la casa Apesui, un gran caserío vasco al lado de la iglesia de Mezkiritz. Hoy, con 83 años, Honorio sigue viviendo en Apesui. E igual que hizo su padre con él, requirió a su hijo para ayudar con la ganadería y mantener la tradición familiar. Aunque esta vez, solo da de comer a tres. Los demás se han ido. “Ahora el único que me sigue es Popi”, se queja Honorio señalando a su perro pastor. El pueblo ha pasado de tener más de 150 habitantes a cobijar a 80. De ser un pueblo joven a tener 15 solteros mayores de cuarenta años y a que en 2010 naciera el primer bebé de los últimos 22. Y a que, claro está, ya nadie practique el contrabando. No desde un Viernes Santo hace 52 años. LEYENDA DEL PIRINEO De la actividad quedan una docena de leyendas urbanas e historias reales que Honorio cuenta con humor. Lleva el mismo tipo de botas de agua que calzaba al cruzar los Pirineos y un bastón con el que arrea a sus vacas. Pide su txapela para las fotos, y se lamenta por no llevar el traje que se había puesto por la mañana para misa. Porque Honorio, como su nombre

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115 Honorio Ibarra, de 83 años, al frente de la casaPangea en Mezkiritz. Apesui

LA VIDA EN LA FRONTERA
indica, es un señor elegante. Camina con una rectitud sorprendente para su edad. Y mientras lo hace, cuenta la anécdota del pastor de Valcarlos que todos los días cruzaba la frontera a lomos de su bicicleta. “¿A dónde irá este?”, debían de preguntarse los guardias civiles que lo veían. “Seguro que anda en algo de contrabando”. “Pero es que nunca lleva ningún paquete, así no hay quien le dé el alto”. Y la explicación popular, como no podía ser de otra manera, es que aquel pastor de Valcarlos hacía contrabando de bicicletas. Pero la historia favorita de Honorio es, con toda seguridad, la de un espabilado de Baztán que había amaestrado a su yegua para saberse el camino de vuelta a casa. El pastor cruzaba la frontera, ataba el ganado a la parte trasera de su caballo, y ahí que se volvía a casa sin tener que preocuparse por ocultar su mercancía o buscar pasos alejados de los guardias. Al día siguiente, al despertar, la yegua y todo el ganado de contrabando le estarían esperando en la puerta de su casa. “Cuántos problemas nos habría ahorrado este invento”, ríe Honorio. Porque la mercancía más difícil de transportar era precisamente el ganado. Honorio recuerda que, una vez, el grupo de machos (cruce entre yegua y burro) que traían de Urepel se hundió en un pozo del río por el que cruzaban. No podían salir de él y todo indicaba que se iban a ahogar. Pero Honorio y su hermano Nicolás se quitaron las ropas y con las telas, apretaron los hocicos de los animales, de forma que al no poder respirar dieron un brinco, saliendo así del pozo y pudiendo seguir caminando por el río. La crisis de la Guerra Civil y la posguerra, “una de verdad y no como la de ahora” según Honorio, llevó a decenas de jóvenes de los valles navarros a aventurarse en los Pirineos para dedicarse al contrabando. Las cartillas de racionamiento no daban más que “dos bolas de pan”, y de vez en cuando había que ir a por harina de maíz para tener de más. Honorio recuerda que

UNA HISTORIA DE CONTRABANDISTAS

Nicolás Ibarra (segundo por la derecha), tomando un vino con unos amigos en una imagen típica de la época/CEDIDA

Familia Ibarra el día de la boda de Honorio con Aurelia Murillo. Él (tercero por la derecha) y Nicolás (primero por la izquierda) transportaron paquetes durante un mes para consiguier el dinero que sufragara los gastos de la boda/ CEDIDA

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Hoy día, Honorio Ibarra ayuda a su hijo en la explotación ganadera cuidando vacas.

en Mezkiritz había familias que tenían que poner cepos en los caminos del pueblo para así cazar las aves que luego comerían. “La mitad de los jóvenes se fueron de pastores a California, y aquí nos quedamos los más sufridores”, dice. El sobresueldo que se ganaban transportando paquetes les ayudaba a hacer frente a esa escasez, pero ellos no dejaban de ser los eslabones de una cadena que hacía ricos a otros. Honorio y Nicolás no vendían lo que traían de Francia, ni siquiera se lo quedaban, sino que lo dejaban en San Pau, cerca de Lusarreta, para que otros porteadores lo llevaran a su destino final.

En los 60 los contrabandistas dejaron de transportar mercancía para guiar a portugueses que huían de la pobreza en su país. Un grupo de navarros les ayudaba a pasar a Francia en lo que hoy llamarían “camiones patera”.

Vistas del pueblo Urepel, en la región francesa de Aquitania, donde Honorio y Nicolás Ibarra recogían la mercancía.

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LA VIDA EN LA FRONTERA

UNA HISTORIA DE CONTRABANDISTAS

EL CONTRABANDO DURANTE LA GUERRA CIVIL EN NAVARRA

15 kg
Tela en la frente que caía por los hombros para cubrir los paquetes.

Zona ampliada

EL CAMINO DE HONORIO Y NICOLÁS IBARRA

Urepel Mezkiritz Pamplona NAVARRA

UREPEL
2 Collado de Aztakarri

1

3 Alto de la Virgen 4 Ligetza

SOROGAIN

6 Mezkiritz (ERRO)
5 km 2 mi

6 horas
Ropas de labranza para mayor omodidad.

Lusarreta (ARCE)

5

LOS 41 KM DE MERCANCÍA

Botas de agua para el fango y escapar de algún curioso o guardia civil en el monte.

Salen de Urepel por la madrugada. Recogen la mercancía en la casa Monaco

Atraviesan el collado de Aztakarri (996m)

1

2

0
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LA RUTA DEL CONTRABANDO
Dicen algunos que el contrabando es el segundo oficio más antiguo de Navarra. Se ha desarrollado en todas las épocas y por sus cuatro costados, ya que la tierra ha sido fronteriza en tiempos de reino y de provincia, y ha tenido aduanas tanto en el Norte como en el Sur. Ya en el siglo XVIII, poetas e historiadores incluían la palabra traficante para referirse a los navarros. Antes de la Ley Paccionada aprobada en 1841, el centro de la actividad era la Ribera, pero cuando con esa regulación la frontera se dibujó en los Pirineos, los valles a sus pies heredaron la costumbre. Durante la Guerra Civil, el valle de Baztán era el núcleo, pero con los años la actividad se extendió hacia el este, sacando de la escasez a pueblos como Etxalar, Elizondo u Orbaiceta y utilizando diversos caminos como los de Zugarramurdi, Eugui o Aldudes. La huella del contrabando se palpa en las costumbres de la zona, como la carrera de contrabandistas que cada mes de agosto se organiza en Sara, localidad francesa antiguamente perteneciente a Navarra y hoy parte de lo que los vascos consideran la provincia de “Baja Navarra”. A pocos kilómetros y ya en España, están las cuevas de Zugarramurdi, donde el contrabando se mezclaba con la mitología al utilizar las antiguas cuevas de las brujas como almacén para sus mercancías. La materia ha servido durante décadas como inspiración para los novelistas de la zona. Autores como Pío Baroja en Zalacaín el Aventurero o Félix Urabayen en Los Centauros de los Pirineos retratan la vida y costumbres de este oficio convirtiendo a sus protagonistas en héroes románticos que, además de luchar contra su pobreza, se erigían como resistencia al estado.
Francisco “ Poema dede salas: Gregorio Navarra en la realidad, da de sí gente honrada, y aunque es un poco pesada, guardan palabra y verdad. En todo tiempo y edad, son terribles comedores, igualmente bebedores, y todos son traficantes, asentistas, comerciantes, indianos o cazadores

1936

MERCANCÍAS 60%
ganado

S
1940

10%

alimentación y

ale evasión de capit

s

50%

objetos de casa

20%
1942

tabaco y café

20% y alimentación tabaco 12%

café lás Ibarra Honorio y Nico Ruedas de cam Ganado ión (una por via je)

Puntillas

Bajan a Sorogain y suben el Alto de la Virgen

Bordean Mezkirtiz, por Ligezta dirección a Lusarreta

Pasan por la carretera vieja hacia Lusarreta hasta Saint Paul, donde dejan la mercancía

De Lusarreta vuelven a Mezkiritz. Llegan al amanecer

3

En Viscarret y Espinal se encontraban las garitas de los guardias civiles

4

5

6

41km

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Una vez, y solo una, Honorio se atrevió a quedarse con algo de lo que llevaba a hombros. Sabiendo que contrabandeaban puntillas, una de sus hermanas le había pedido que le dejara quedarse con un metro. Así que una vez, y solo una, Honorio se desvió de su camino y paró en Mezkiritz para reunirse con su hermana en el pajar y que esta cogiera parte de la tan deseada puntilla. Cuenta Honorio que cuando abrió el paquete, se quedó sorprendido de lo que era. “¿Por eso tanto revuelo?”. Esos pequeños riesgos hacían que el sobresueldo fuera tan necesario como peligroso. Honorio y Nicolás sabían que se la jugaban cada vez que salían de Urepel con las espaldas cargadas. Subían al alto de Aztakarri tanto en verano como en invierno, entrando a la península por el camino de Sorogain y temiendo el momento de cruzarse con un guardia civil. Los tricornios y las capas asustaban. Qué decir de los fusiles. En cambio, la montaña y sus trampas eran familiares. Se sabían el camino como cualquiera sabe volver a casa del trabajo. “Este en el monte no se pierde, en cambio lo sueltas en el asfalto de Pamplona, y eso es otra cosa...”, ríe su yerno Jaime. Dice la familia que para Nicolás el contrabando tenía algo de aventura. Se había sacado el carné para conducir camiones, y su sueño era salir del valle para vivir la vida. Pero también cuentan que solía decir que haría contrabando, “aunque sea de gratis”. Quizá le gustara eso de jugar a engañar a la autoridad. Y quizá por eso, y por su valentía, se citó con sus jefazos en fiestas de Orbaiceta para pedir un aumento de sueldo. Les hablaría de los riesgos y de sus necesidades. Y al parecer lo hizo de forma convincente. Porque le ofrecieron una subida de sueldo para cobrar 3.000 pesetas por paquete. Eso sí, con condiciones. Si perdían la mercancía al tirarla huyendo de la Guardia Civil, tendrían que hacer dos viajes más sin cobrar. 82 kilómetros, 11 horas, con 15

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kilos a las espaldas. Gratis. Pronto se despertaron los celos de los demás contrabandistas, que seguían cobrando las antiguas 800 pesetas. Ante las quejas, Honorio prometió a sus compañeros hablar con los jefes, dueños de un banco de la provincia, y consiguió que el salario fuera el mismo para todos. Eso sí, con las mismas condiciones. Si perdían la mercancía, hacían dos viajes gratis. En el siguiente viaje que hicieron, los que en principio tenían envidia sufrieron las consecuencias. Como era habitual, al subir hacia Sorogain, se pusieron de dos en dos con pastores franceses. Primero pasaba una pareja, y si los carabineros no daban el alto, cruzaba el resto. Claro que a veces, los guardias dejaban libres a los primeros solo como cebo para pillar al resto. Aquella vez, Honorio fue el primero en cruzar con su pastor francés. Se comunicaban en euskera, y cuando a los minutos escucharon los tiros de la Guardia Civil, no dijeron ni rápido, ni vite (en francés), ni azkar (en euskera batua), sino “¡fite, fite!” en el euskera de la zona. Oyeron los fusiles y echaron a correr. Más tarde supieron que no le había pasado nada a nadie, pero que todos habían tirado sus paquetes por el camino. Así, la primera vez en la que iban a cobrar 3.000 pesetas se convirtió en las primeras tres en las que no cobraron ni una. SOSPECHAS EN EL PUEBLO Ganar dinero merecía la pena, pero también tenía riesgos. Además de los jefes del banco navarro, Honorio y Nicolás hicieron encargos para un empresario de San Sebastián, que con mala fortuna, murió antes de pagarles lo que les debía. Cuando fueron a reclamarle a su mujer, esta les dijo que no tenía dinero para ofrecerles, pero que se podían quedar con uno de los coches de su marido. Nada menos que un Mercedes. Y esa es la historia de cómo dos jóvenes de pueblo renunciaron a un coche de lujo. “Si ya había sospechas en el Mezkiritz, con un Mercedes íbamos a llamar

EL MAQUIS Y EL CONTRABANDO, VECINOS EN LOS PIRINEOS
El maquis y el contrabando convivieron en la frontera durante un tiempo muy breve. Compartían rutas en la montaña y aversión por la autoridad, pero su relación fue escasa y según Honorio, sus encuentros, poco afortunados. Los maquis, antiguos combatientes republicanos, luchaban en un frente de resistencia antifascista. Sus objetivos eran políticos; los del contrabandista, económicos.Su momento de madurez iba a tener lugar en octubre de 1944, con la fracasada operación del Valle de Arán. El objetivo era hacerse con la zona entre los ríos de Cinca y Segre y proclamarla bajo el gobierno de la República. En Navarra, la operación iba a partir precisamente desde Roncesvalles, cerca de Mezkiritz.

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demasiado la atención”, cuenta Honorio. Según él, todos en el valle sabían quiénes andaban en el contrabando. Pero nadie lo decía. Y nadie preguntaba. Así que Honorio y Nicolás se veían obligados a guardar las apariencias. Cuando volvían al pueblo antes de salir el sol, los dos se iban a dormir. Hasta que su madre empezaba a quejarse. “Ayyyy, ¡qué vergüenza!, la hierba sin dar la vuelta”. Honorio tenía que renunciar al sueño, pasando así días enteros sin dormir, e ir a darle la vuelta a la hierba para que se secara por ambos lados. Aunque, según su mujer Aurelia, “Nicolás solía quedarse dormido”. Cuando empezaron a ganar 3.000 por paquete, fue más difícil guardar el secreto. Honorio pudo pagar su boda y viaje de novios con Aurelia, y lo más sorprendente, se compró una moto de la marca Ossa. El rumor, “¡que Honorio se ha comprado una osa!”, recorrió el pueblo haciendo creer a los menos modernos que tendrían a un animal grande y peludo por vecino. Las sospechas de que Honorio y Nicolás eran contrabandistas se confirmaron con la visita de unos vecinos a Urepel. Honorio acababa de llegar al pueblo de la montaña, y estaba dando una vuelta en bici cuando de una casa vio que lo señalaban. “¿Es Honorio?”. “No, no puede ser”. Él intentó pasar desapercibido, pero años más tarde, en el bar Herriko Txokoa del pueblo, aquel vecino indiscreto le preguntó por el misterioso encuentro. “Oye Honorio, me vas a hacer ganar una merienda. Aquel que andaba en bici en Urepel... Eras tú, ¿verdad?”. Y efectivamente, aquel vecino venció la apuesta que dudaba si el joven en bicicleta de Urepel era Honorio Ibarra. Todas estas idas y venidas de rumores afectaban a la madre de Nicolás y Honorio y a la mujer de este último, a la que no le gustaba eso del contrabando. Pero nada era más complicado que las relaciones con la Guardia Civil. Desde que empezaron sus viajes a la frontera, Nicolás y Honorio sobornaban a los carabineros. Cuan

Honorio y Nicolás sabían que se la jugaban cada vez que salían de Urepel con las espaldas cargadas. Para Nicolás el contrabando tenía algo de aventura y, según la familia, lo haría de gratis.
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do lo cuenta, pregunta riendo: “¿No me irán a meter a la cárcel por esto?”, como si los miedos de otra época no se fueran ni con 83 años. Explica que en los pueblos contaban que los guardias andaban tan necesitados como los habitantes. Y que de hecho, en Viscarret solían robar las gallinas de los vecinos. Estando así las cosas, fue fácil hacer un trato con ellos. Los hermanos les pagarían cada vez que iban a viajar a Urepel, y ellos les dirían por dónde patrullarían cada noche. UN DESENLACE INESPERADO El problema llegó cuando, al empezar a cobrar 3.000 pesetas, Honorio y Nicolás cambiaron su ruta desde Viscarret a Espinal, comenzando a sobornar a los guardias de este otro pueblo. La decisión enfadó a la benemérita del primero. En Viscarret querían seguir cobrando las pagas de los contrabandistas, y aunque hicieron lo posible por convencerles para mantenerlas, se quedaron sin ellas. No tardaron en planear una emboscada. Fue el Viernes Santo de hace 52 años. El día en que acabó el contrabando en la familia Ibarra. Nicolás había salido a caminar por el monte. No era una de esas caminatas de 82 kilómetros, 11 horas y con 15 kilos a las espaldas, sino un paseo normal. Camina-

ba por la carretera vieja hacia Lusarreta, cuando un guardia civil, le disparó tres tiros. Uno, dos y tres. Nicolás murió en el acto. Tenía 28 años. El rumor de que habían matado a alguien llegó a Mezkiritz. Y preocupó a la familia Ibarra. Honorio no habla de ello, pero Aurelia cuenta que su marido cogió la ossa y fue a buscar al carabinero de Viscarret al que solían sobornar. Cuando lo encontró, lo debió de agarrar por las solapas y le preguntó: “¿Quién es?”. “Es tu hermano. Y está muerto”. Hubo un juicio. Pero nadie fue declarado culpable. Honorio tuvo que participar como testigo, y cuando entró en la sala, le tocó ver al asesino de su hermano. Estaba sentado en el resquicio de la ventana, y Honorio sintió la tentación de abalanzarse y empujarlo. Pero lo agarraron y detuvieron. Y nadie pagó por aquello. Ese Viernes Santo de 1959 acabó el contrabando en la familia Ibarra, y por contagio, en gran parte del valle de Erro. Se acabaron los 82 kilómetros, las 11 horas, los 15 kilos a las espaldas. Del negocio quedó la venta de café de contrabando en casa de Pedro, la frase recurrente de “¡Eso son los pecados de juventud!” cada vez que Honorio se queja de los dolores de espalda y una cruz en memoria de Nicolás en el punto donde lo mataron. Sobre todo, su recuerdo.

Para que la gente del pueblo no sospechara, se pasaban días sin dormir. Era fácil sobornar a la Guardia Civil porque estaban tan necesitados que robaban gallinas.

SIGUE LA HUELLA

LIBROS Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja. Es la última novela de la trilogía Tierras Vascas, y en ella se narra cómo en el contexto de la Tercera Guerra Carlista, Zalacaín y su amigo Bautista trafican a través de la frontera hispano-francesa.

MUSICA Xalbador. Fernando Aire Etxart nació en Urepel en 1920 y es uno de los históricos bertsolaris vascos. Su amigo Erramun Martikorena escribió en su honor “Urepeleko Artzaia” o el pastor de Urepel, una de las canciones más populares entre los euskaldunes.

PELÍCULAS El bosque de la luz, Karlos Alastruey. Se trata del primer cortometraje del director bilbaíno, Karlos Alastruey. A pesar de que la trama transcurra en la guerra serbo-bosnia, muchas de las escenas se rodaron en la localidad de Mezkiritz.

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Honorio hace 20 años. /CARLOS OCTAVIO Pangea

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