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No te enamores, idiota
Guillermo Paniaga

Dos de la mañana. Silencio ficticio de las madrugadas. Sólo se oía el ventilador de la pc y, cada cinco minutos, el motor de la heladera que arrancaba estridente, sobresaltándolo. El humo del cigarrillo se elevaba frente a la pantalla. Fumó y miró la pared blanca; blanca como las cortinas y la alacena, a las que también miraba. No acertaba con las palabras. Presionaba las letras en el teclado con mucho cuidado de no hacer ruido, leía la frase resultante y luego la borraba. No era lo que estaba pensando. Y es que en realidad no debía pensar. El motor de la heladera se detuvo una vez más. Miró la pared, el cigarrillo ahora apagado y aplastado en el cenicero, las cortinas, la alacena y en el dormitorio, recortadas por el marco de la puerta, las piernas de María. La heladera arrancó y el corazón se le atragantó. María yacía muerta sobre la cama; él la había matado. María nunca había existido sino hasta el momento del asesinato. ¿Podía considerarse, su muerte, un crimen? De la culpa no había duda, la sentía. Si al menos pudiera escribir lo que había ocurrido aquella noche. Estaba seguro que de las frases que escupieran sus manos saldría alguna respuesta. Pero no acertaba con las palabras, porque cometía el error de

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pensarlas. La heladera lo asustó otra vez, no la había oído detenerse. Le molestaban esos sobresaltos continuos; sin embargo, en ningún momento se le cruzó por la cabeza desenchufarla. La heladera funcionando era como los pulmones respirando, algo que simplemente sucedía y que, sin notarlo, sin estar pendiente de ello, lo mantenía con vida. Él estaba vivo y había matado a María. Pero María no era real, él la había creado, la había imaginado para una historia que hablaba de amor, o de amores, o de sexo y de la que escribía cada noche una, dos, tres páginas, con suerte cuatro. Pero María era real; su cuerpo todavía tibio se rigidizaba en la cama y en sus labios abiertos se secaba un finísimo hilo de sangre primero rojo y ahora negro. María no tenía más historia que la que él le había inventado. Nadie la había visto entrar, mucho menos salir. Llegó repentina y verdadera como llegan las ideas y él la mató asfixiándola, como se matan las ideas. Las ideas se matan, las ideas mueren y se pudren; los bárbaros lo sabemos bien. Y María. Se cubrió los ojos con las manos e intentó llorar para desahogar la culpa; los ojos permanecieron tan secos y tan aturdidos como su mente. La heladera arrancó y, sin pensar en lo que hacía, le arrojó el cenicero que rebotó en el costado y se hizo añicos en el piso. Dos y media de la mañana. Dos y media. El sonido del cristal partiéndose retumbó amplificado por la hora y el desconcierto. Fue como si todos los espejos de un laberinto cayeran destrozados al unísono. La heladera se detuvo y María seguía muerta. El piso cubierto de astillas de vidrio. Porque era un cenicero de vidrio, aunque a él le gustara escribir cristal.

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Encendió otro cigarrillo y comenzó a escribir una vez más, esta vez sin pensar en las palabras que iba a decir. Simplemente dejó que las manos obedecieran al mandato que la mente les daba en el instante. Una palabra tras otra, frases con sentido o no, qué importancia tenía. Nada de lo que estaba ocurriendo tenía sentido. Esperaba que la página escrita se lo diera, pero para eso no necesitaba unas frases coherentes. Sólo se requería de las palabras adecuadas, aquellas que plasmaba sin el tamiz razonador de una mente perturbada e inmóvil. No estaba desesperado; no hubiera podido estarlo. Por qué esperaba estas horas tan ingratas para escribir, no lo sabía. Tal vez porque el sueño ayudaba a no pensar demasiado. Todo lo que había ocurrido, lo que había hecho, lo hizo sin pensar. Pero era falso. Sí pensaba, sí sabía. Sólo desatendía las consecuencias, de qué servía tenerlas en cuenta. De nada. Porque nada de lo que estaba pasando era real. Sin embargo María estaba muerta.

La primera vez que la trajo al departamento fue, creía recordar, la segunda o tercera noche de habitarlo. Los libros seguían embalados en las cajas y los pisos estaban limpios. Todavía olía a desinfectante con aroma a pino y a perfume de ambientes. Un leve aroma a cloro se elevaba desde el canasto desodorante que había colgado en la taza del inodoro. Él, recién bañado, olía a jabón de tocador, a antitranspirante. En la cocina, café recién hecho. La luz de la luna entraba por la ventana del comedor todavía desnuda. Había encendido la pc, abrió el procesador de textos con el propósito de escribir lo primero que acudiera a su mente. Luego ya vería cómo encauzar esas palabras. Y lo primero que tipearon sus manos fue el

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nombre de la chica. María. Nada más que un nombre. Una semana después, con los pisos no tan limpios, las cortinas puestas y el café de la mañana frío en la cafetera, la mataba. A María. Sería inútil creer que por algún secreto vergonzoso en el pasado de la chica, de la que, no creo que sea necesario aclararlo pero va de todos modos, se había enamorado. No te enamores, idiota. Era una frase que le había oído pronunciar a Nelson, personaje de Los Simpsons. El pequeño matoncito de Springfield se lo decía a un Milhouse itálico que le enseñaba el idioma de Pavece a Lisa. La había elegido como apóstrofe para esta nueva historia; aún no la volcaba en la página, pero la tenía presente todo el tiempo, como un mantra consejero. No te enamores, idiota. Cuatro palabras que definían perfectamente las horas de sus días. Por qué precisamente María. Tampoco lo sabía. Fue la primera palabra que surgió. Tan simple como eso. Ni siquiera se había propuesto que fuese un nombre propio lo que fuera a escribir. Ni tampoco se le ocurrió asociar aquella primera aparición con la madre de Cristo. Esto vino después, cuando para el pasado de la chica decretó que sus padres habían elegido el nombre tanto por devotos cristianos como por celosos militantes peronistas. María se llamó, entonces, María Eva. Como a la santita, la peronista, le atribuyó un pasado bastardo y provinciano, un arribo adolescente a la ciudad de la mano de un cantor, la aspiración de convertirse en actriz (en artista, según palabras de María) y hasta aquí las similitudes, porque la chica que pensó, en lugar de encontrarse con un militar o un político que la amancebara, se topó con él, con Manuel, en un departamento de Rosario, ya no tan limpio y con los

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libros desembalados. Su llegada, sin embargo, no fue presente. Lo primero que acudió al espacio de paredes y pisos blancos, de cortinas y alacenas también blancas, fue su infancia. No ella niña. Su infancia. Las aburridas tardes en Malabrigo, los hermanos, la plaza, la casa con un fondo repleto de naranjales y limoneros, el club donde los sábados proyectaban las películas que llegaban ya deterioradas por el uso reiterado en los cines de la capital. Quería ser actriz y la culpa de que eligiera Rosario en lugar de Buenos Aires no fue suya, sino de Manuel. La adolescencia de María fue lo segundo que acudió. No ella adolescente. Su adolescencia. El cantante que la desfloró y, meses más tarde, la obligó a un aborto; la pensión de la calle Rioja, la seducción de un cafiolo que la tentó con la promesa de muchos miles fáciles por mes. Manuel pensó primero atribuirle algo de dignidad, la imaginó rechazando la propuesta. Pero ese rechazo le resultó tan falso en los labios de María que no tuvo más remedio que claudicar a la evidencia, al privado de la calle Mitre, a las fotos del catálogo que promocionaban en internet. La profesión de María fue lo tercero que acudió al departamento. No María puta. La profesión. Las tardes entregada a cualquiera que pagara el precio, el tedio de las mañanas, la nada elegante ropa de marca, los invasores perfumes caros, el pequeño auto negro y de vidrios polarizados digno de un narcotraficante de cabotaje. Con sólo estas tres perlas ramificadas Manuel comenzó a hilar el collar que, sin saberlo todavía, hubiese querido abrochar al hermoso cuello de María. No te enamores, idiota. Se apresuró a escribir la frase al comienzo de la página. La atribuyó, como correspondía, a Nelson. No recordaba el apellido del personaje. Sabía que

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tenía uno, lo había escuchado alguna vez. No lo recordaba. Puso, simplemente, Nelson. No te enamores, idiota. Nelson.

El proceso parecía simple. Una cuestión de oficio. Había escrito lo suficiente como para sospechar más o menos inconscientemente cómo encarar el trabajo. Lo cumplía religiosamente cada día, a veces con el placer de las cosas que se hacen por puro gusto, otras con el tedio de la obligación que, sin saber de dónde provenía, ahí estaba y también lo movilizaba. Y esto era lo que más le costaba explicarse: nada ni nadie le exigía que terminara la historia, ni siquiera que la empezara. No había plazos de entrega y mucho menos un dinero esperándolo al final del recorrido. Escribía porque quería escribir. Lo hacía, primero, por las palabras, la página, la historia. Pero al segundo o tercer día se dio cuenta de que también lo hacía por María. Y como el dinero al final del camino, como los plazos y la obligación contractual, María tampoco existía. Tal vez, como cuando se afanaba en la escritura tratando de encontrar una voz propia y un estilo de los que en el futuro pudiera livianamente renegar, huir y, creyéndose victorioso en su rebelión, capitular en él, ahora mismo estuviera buscando a la chica. A María, de la que, salvo un nombre y un esbozo de pasado, no tenía nada más. Cómo eran su cara, su cuerpo, cómo eran sus ojos, de qué color sus cabellos. Cuando intentaba una descripción, las frases enfilaban hacia el callejón sin salida donde solía esperarlo emboscada la memoria. Ponía que así o asá y estaba más que claro que tal o cual eran el reflejo de alguna vieja novia o de alguna chica de la que hubiera querido que lo fuera. Y no, mierda, no. María no podía

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ser nada de lo que ya era. María tenía que ser completamente María. Rubia o Morena, ágil o torpe, alta o retacona, solamente ella. Y no podía verla. Había determinado, sí, que María fuera tremendamente bella. Sospechó la vanidad en la incógnita belleza de María, porque también había establecido que sería su mujer. Una mujer de la que pudiera alardear, pensó con tristeza de sí mismo. Muy paseable, diría alguno de sus amigos. Tal vez hubiera algo de eso, aunque la negación era más fuerte que la sospecha y entonces se decía que María era hermosa porque ella merecía, al menos, ese don. ¿Al menos? Sí, al menos. La vida de María no sería nada fácil. Si la vida le daba palos, que no dejara marcas ni secuelas. María, la bella. Sin verla todavía, conocía el lugar donde se hallaban las puntas de cada madeja. Se situaba en el tiempo y en el lugar. Reconocía las calles de tierra del pueblo, el asfalto sucio también de tierra, la plaza de escaso cemento y los juegos quietos durante la mañana, el chalet de la familia más acaudalada, la vieja construcción en la que funcionaba la panadería donde horneaban los bizcochos más sabrosos de la región, el hotel con inexplicable nombre de albergue costero, los perros callejeros y las bandadas de loros, el barsucho que además era despensa y donde vendían unas ondas de horqueta de; el quiosco de revistas donde los diarios llegaban cerca del mediodía y las revistas porteñas lucían tan preciosas como un broche de hojalata atado al cuello con un cordón de zapatillas. El broche dorado y el cordón azul. Todo eran tan vivo, tan presente. Igual que la madre y los hermanos de María, de los que hubiera podido deducir

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un parecido en la chica. Pero a ella, a María, no la veía. O la veía de espaldas. Ni siquiera de cuerpo entero, aunque no le hiciera falta verla para saber que su cuerpo era perfecto. Perfecto para quién, atinaba a preguntarse. Perfecto para él, claro. Y entonces volvía el fantasma de la vanidad, que espantaba de un manotazo antes de volver a la página y las frases, a la punta de la madeja. María, o mejor dicho la infancia de María, estaban ahí, en el departamento, al alcance de la mano. Mucho más cerca, incluso, que el atado de cigarrillos que había dejado sobre la heladera de pronto muda. Sintió ganas de fumar, pero le daba fiaca levantarse del sillón en busca del atado. Para darse ánimos, se impuso que debería arrebatárselos al artefacto blanco y ruidoso antes de que volviera a caminar el motor. Lo pensó decididamente, pero la decisión moría en el pensamiento y en la lucha contra su inercia terminaba sobresaltándolo el repentino arranque estridente. Hubiera sido honesto, una vez traspuesto el límite pactado consigo mismo, no fumar esa noche. Pero como además de vago era un experimentado incumplidor de sus autopactos y promesas, con el motor todavía en marcha se levantó, dio los dos pasos que lo separaban del paquete de Marlboro y sacó un cigarrillo que encendió al retomar el sillón. El atado seguía sobre la heladera. Ya sentía pereza, mientras fumaba, por el próximo cigarrillo. Con el pasado de María en el escritorio y el cigarrillo a medio fumar en el cenicero, un aroma de revista Billiken le llenó la nariz, era un aroma de papel ilustración a cuatro colores, el aroma de las de Atlántida. Había que reconocerle, a esas revistas, que al menos el perfume de las páginas no reflejaba la basura que cargaban.

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María había entrado al quiosco de revistas. Había comprado el fascículo semanal de Érase una vez el hombre, que había llegado a Malabrigo esa mañana. A veces llegaban, a veces no. A veces salía a la venta el fascículo 20, por dar un ejemplo, antes que el 18. Y tres semanas después venían el 19 y el 14. María, claro, le reclamaba al quiosquero la ausencia de los fascículos, y el quiosquero le reclamaba a su vez a la distribuidora, y la distribuidora reconocía la falta, tomaba nota del reclamo y luego seguía mandando las devoluciones en los quioscos de Resistencia y Santa Fe. María nunca pudo completar la colección y ese fue su primer trago amargo real, el de los que daban a tomar fuerzas ajenas a la propia voluntad: la historia de María. La historia de María. Y la historia de María, no María, la historia, crecía noche tras noche; sumergido en la avalancha de palabras y acontecimientos Manuel se enamoraba. No de la historia, de María. No te enamores, idiota, se repetía. Pero a esa altura de las páginas ya era demasiado tarde. No alcanzaba con abandonar el relato, ni con borrar las páginas del ordenador. María ya estaba presente y si no era en ésta, resurgiría en cualquiera otra de las historias que encarara. Por eso decidió matarla y fue en ese momento que su imagen surgió tan real; su cara, el color de sus ojos, del cabello; su cuerpo… y ahora yacía en la cama de Manuel. Quiso escribir alguna palabra más para despedirla, pero no pudo; con la sensación de una lágrima en los ojos, culpable, miró hacia el cuarto. El cuerpo de María, no María, su cuerpo, ya no estaba. Pero María sí y para eso no conocía el remedio.

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