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Los Orígenes de la Burguesía

Régine Pernoud
Ayudantía Historia Moderna 2011

FORMACIÓN DE LA BURGUESÍA.
Tras haber llegado Europa a una situación de estabilidad
durante la segunda mitad del S. X, después de que pueblos
como el sarraceno, el normando y el húngaro lograron
establecerse y las invasiones cesaron, aparecen dos factores
de unidad: La restauración del Imperio de Occidente bajo la
dinastía de los otónidas y la vuelta del reino de Carlos, el
Calvo, a la dinastía de los capetos.
A la vez, la cristiandad medieval con el impulso del papado, se
halla en condiciones de reemplazar a la Europa inorgánica y
dividida.
De ello resultó una atmósfera de seguridad y calma.
Comienzan las construcciones, gracias a la estabilidad; Europa
se cubre de Iglesias y, al mismo tiempo, renace la actividad
económica, comenzando a circular la gente de un lado a otro,
al ser los caminos ya no tan peligrosos como en el pasado. En
el caso de una mala cosecha, por ejemplo, era posible
abastecerse de otras regiones más afortunadas, y a la vez
abastecerse de mercaderías que no eran producidas en el
propio dominio.
Es un despertar general, en donde aparece entonces un
nuevo individuo dentro de la sociedad feudal: El
Comerciante o Mercator. Se lo ve trasladándose de un
dominio a otro, exhibiendo su mercancía, acompañado de
socios, compartiendo gastos y beneficios. Ofrecían
preferentemente productos de lujo, dada la utilidad de estos a
razón del escaso volumen que ocupaban las especias,
perfumes, tejidos y la gran ganancia que estas dejaban.
No obstante, este Mercator seguía siendo, en palabras de
Pernoud, un pobre diablo, un “pies polvorientos”, dentro de un
contexto social en el que se apreciaba la estabilidad y la
posesión de bienes raíces, al preferir el comerciante ser un
errante debido a sus necesidades.
El comerciante era el único que en la sociedad
medieval no vivía del producto de su trabajo, si no del
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intercambio de bienes que no producía. Junto a ello, su


existencia no se concebía sin el manejo de dinero y la noción
de ganancia, la cual esta última, no dejaba de hacerlo
sospechoso ante la iglesia, poseedora de una repulsión hacia
el comercio.
Siguiendo con lo anterior, cuando un comerciante no podía
trasladarse, se establecía en ciudades cerca de rutas. Ello
vuelve a dar alguna animación a las antiguas ciudades, las
que no tenían razón de existir, fuera de ser residencias
episcopales.
A menudo surgía un Burg nuevo debajo de una ciudadela y
otros surgían espontáneamente en lugares mejores situados.
De estos burgs, que los comerciantes fortificaban para la
seguridad de sus actividades y sus mercancías, vendrá el
nombre de Burgenses, dado a los comerciantes que allí se
juntaban. También el término Burgensis seguirá siendo por
mucho tiempo sinónimo de Mercator, antes de adquirir el
sentido de la palabra burgués.
Por otro lado, este despertar de las ciudades se produjo
primero en Italia (Venecia, Milán, Pisa, Luca y Génova, las que
se convierten en centros comerciales) y luego en Francia
(Marsella, Montpellier, Nantes, Burdeos, Ruán, París y
Orleans). En consecuencia entonces, se producirá una
transformación radical en la forma de existencia de
toda la sociedad. La ciudad atraerá a la gran mayoría de los
artesanos. La industria sucederá a los pequeños oficios
rurales y se provocará una vasta revolución económica. Los
campesinos por su parte, ven abrirse nuevas perspectivas,
advirtiendo que toda una población habrá de necesitarlos en
lo sucesivo.
Con ello entonces, ya no resultaba necesario que el dominio
se bastara así mismo, gracias a la labor del negociante, por lo
tanto, la agricultura también se especializa.
De esta manera se forma un gran comercio medieval, con una
vasta corriente de intercambios que lleva a los mercados
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europeos los productos de la India o del Asia Menor,


transportados por inmensas caravanas.
Vale mencionar que los comerciantes de aquellos tiempos,
eran, ante todo, viajeros, por tanto, forman parte de intensos
tráficos carreteros y fluviales. Hay en las ciudades de los
siglos XI y XII una animación que no puede compararse con la
de ninguna ciudad antigua, y el comercio conservará su
carácter de aventura durante esta época.
Es dentro de este contexto en donde surge y crece una
gran población. Nace la Burguesía, un poder totalmente
nuevo, que debía hacerse un lugar dentro del mundo en el
que surgía.
Como mencionaba Pernoud, en la sociedad medieval cada
cual gozaba de derechos inherentes a su condición, por tanto,
el burgués necesitaba también ciertos privilegios, sobretodo
la libertad de circular. Resultaba indispensable para el
comerciante poder ir y venir, para instalarse en mercados y
ferias, sin ser molestado por peajes e impuestos.
Tanto las Cartas de franquicias de simples municipios
rurales, como la de las nuevas ciudades, concedían la libertad
personal al mismo tiempo que la abolición del trabajo
obligatorio y la de la mayoría de los impuestos referentes a
las ferias y mercados.
Por otro lado, el hecho de vivir en la ciudad aseguraba a todo
los burgueses los derechos que en un principio se concedían
sólo a los comerciantes.
En aquel entonces, el Burgués era el habitante de una ciudad
fortificada o burgo, siendo vasallos del señor bajo las
condiciones de la carta antes mencionada. A su vez, no se
sometían al juicio tradicional a manos del preboste
(representante del señor), designando en cambio un
representante propio, conocido como “el honorable” o
prudhommes.
Otra necesidad del burgués, era la de poder defenderse sin
recurrir para ello a la tradicional protección del señor, ya que
no era posible el comercio sin protección. Uno de los primeros
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derechos que solicitaron los burgueses, fue el de construir


fortificaciones, en donde se protegían los unos a los otros.
Por último, los comerciantes necesitaban para resolver los
litigios, tribunales más expeditos y mejor informados en
asuntos de negocios, que las tradicionales cortes laicas o
eclesiásticas.
Estas diferentes reivindicaciones son las que constituyen el
movimiento municipal, en cuya formación los burgueses
actuaban según sus intereses y circunstancias, es decir, de
forma empírica.
Por tanto, tal movimiento, que se dio principalmente durante
el S. XII, a la luz de las necesidades de los burgueses, el cual
buscaba un régimen más regular mediante la obtención de
una carta del señor, dio origen al Municipio o Comuna:
contrato entre la ciudad y un señor, en donde algunos
burgueses recibieron el permiso de gobernarse por sí solos,
representados mediante un sello para sellar sus actas, una
caja para depositar su dinero, una torre con campana para
llamar a los burgueses a las armas y un cabildo o
ayuntamiento.

Todos los municipios medievales (comunas) se presentaron


formando personalidades colectivas privilegiadas que
gozaban, bajo la protección de su recinto fortificado, de
autonomía política-administrativa y judicial, en donde los
burgueses buscaban el derecho mediante su propia corte o
tribunal, compuesto por el preboste y el cuerpo mismo de la
ciudad. Sólo las necesidades locales determinaron la forma y
evolución de los municipios, evolución sujeta también a la
emancipación más o menos completa de la ciudad y de sus
habitantes. También los burgueses compraron con dinero sus
franquicias (libertades), en especial cuando varios señores
tenían derechos sobre una ciudad.
Tal evolución, permitió, con el tiempo, establecer la noción de
clase, bajo la influencia de la burguesía y sobre todo en las
ciudades donde era poderosa.
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Por otro lado en los señoríos laicos, era raro recurrir a la


violencia durante el proceso de formación de municipios, caso
todo lo contrario en aquellos señoríos eclesiásticos. No
obstante, la iglesia no era hostil en un principio a las
franquicias, si no todo lo contrario, a ella hay que atribuir la
iniciativa de varias ciudades nuevas, creadas por un señor
para atraer población dotada de tales cartas. Dichas ciudades,
surgieron alrededor de abadías durante la segunda mitad del
siglo XI, pero su construcción siempre suscitaba conflictos, ya
que la ciudad era la residencia del obispo, temiendo que
aparte de ver disminuida su autoridad administrativa, su
autoridad religiosa se viera afectada.
No obstante, estos estallidos de anticlericalismo no impedirían
que la burguesía participase, como toda la sociedad de aquel
entonces, de los principios del cristianismo, no sólo en la
organización general de la ciudad, si no en todos los detalles
de dicho orden, como en la fijación de precios justos a las
mercaderías, hasta el régimen de trabajo subordinado
moralmente.
A la vez, se tiene presente el bien común de la población,
limitando estrictamente los intereses particulares, impidiendo
los acaparamientos de materias primas, castigando el fraude,
suprimiendo intermediarios para dar al productor y al
consumidor la ventaja de una transacción directa; evitando la
publicidad y reglamentando las condiciones de trabajo. Es
una organización no capitalista, según Perenne, en la cual
“las restricciones a la libertad de circulación de cada
uno son la garantía de la independencia económica de
todos”.
Lo anterior, responde a la doctrina de la iglesia respecto al
uso de los bienes materiales, que según los teólogos, debe
utilizarse en función de las necesidades del hombre, en vez de
ser explotados por algunos en detrimento de los demás.
Además, el espíritu religioso anima todas las confederaciones
y asociaciones de oficios en la época, al igual que las
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fundaciones de caridad, interviniendo la iglesia por tanto,


directamente.

En su conjunto, señala Perenne, esta economía fue creada


para responder a necesidades totalmente nuevas. Ha
asegurado a los burgueses el bienestar de la vida a buen
precio, ha perseguido el fraude, ha protegido al trabajador de
la explotación y la competencia, ha reglamentado su labor y
su salario, y ha cuidado su salud favoreciendo el aprendizaje y
evitando la labor de la mujer y el niño.
Dentro de su novedad, conservaba los principios de la
sociedad feudal, en particular, la subordinación del trabajo y
de la producción, es quizás el intento de adaptación más
notable. Sin embargo, existirán causas de decadencia que
tenderán a destruir los efectos de la naciente economía
urbana.

La principal de esas causas, venía de la condición misma del


burgués, del comerciante, en quien el deseo de lucro se
oponía por naturaleza a la norma de satisfacción de las
necesidades.
Por previsores que fueran los reglamentos vigentes, no podían
impedir por completo que algunos ganasen más de lo
necesario, ya sea trabajando más, engañando o defraudando.
La acción de la iglesia contra esta tendencia a enriquecerse,
resultaba perjudicial para la burguesía, y las luchas violentas
no cesaron, prácticamente durante toda la historia de los
municipios, ante el tema de la usura, es decir, el préstamo
con interés. Las polémicas sobre esta cuestión, habrán de
durar varios siglos, existiendo restricciones ante los
préstamos de consumo, y autorizaciones a aquel interés
moderado en los préstamos con fines lucrativos, punto
fundamental en una época en donde el comercio marítimo y
el gran comercio en general, originaban casi siempre,
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contratos de sociedad en los cuales era preciso prever una


ganancia para el inversor de los capitales.
En realidad, desde el S. XIII, la burguesía de las ciudades
eludió o enfrentó las restricciones al préstamo con
interés, dedicándose al tráfico de dinero.
Arras por ejemplo, era en esa época una ciudad de banqueros
y en toda las ferias se veían cambistas judíos, cristianos,
lombardos, etc., que hacían adelantes para transacciones y
operaciones de crédito.
A la vez, la oposición tenaz de la iglesia se explica también
por la acogida en las ciudades a las herejías, ya que por
ejemplo el albigeísmo se introdujo y propagó en el Medio Día
de Francia (Sur) por medio de los comerciantes.

Por otro lado, en su impulso de expansión, la burguesía


encuentra otro adversario: el pueblo. Si bien en los comienzos
de la formación de los municipios no se advierten
divergencias con éste, no tardan en producirse conflictos
internos graves a partir de mediados del S. XIII, en donde en
las ciudades reinaba la discordia.
Muy temprano en la clase burguesa propiamente dicha,
integrada sobretodo por grandes comerciantes, se separa del
pueblo y usufructúa el poder en su provecho.
Ejemplo de ello, lo proporcionan las ciudades flamencas,
convertidas en las capitales europeas del paño, cuya
industria, durante el S. XII, estaba en mano de algunos
grandes negociantes que compraban la materia prima (lana)
en Inglaterra y la distribuían a los tejedores, vendiendo por los
primeros el producto manufacturado de estos últimos.
De esta manera, cuando hacían importaciones o
exportaciones a gran escala, primaba el capital por sobre el
trabajo, y a merced de sus fortunas, los grandes comerciantes
podían adquirir tierras y casa, junto con reservarse la
administración de la ciudad, formando grandes dinastías,
atenuándose esta lucha, aún más, cuando se enfrentaban los
minors, el común, con los majores, los grandes o divites y
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ricos. Éstos últimos eran quienes acaparaban los cargos


públicos y malversaban las finanzas del municipio, y al
dominar los tribunales, también privaban a los demás de todo
recurso legal.
Como resultado, los municipios fueron escenario de
verdaderas luchas sociales, en donde los dirigentes formaban
una casta que ejercía el poder casi sin control, otorgándose
para sí, cargos importantes en confederaciones y asociaciones
de trabajo; y los pequeños artesanos, formando coaliciones
para contrarrestar aquello, eran anulados. Por tanto, a falta de
un medio eficaz, se desata la violencia. Ejemplo de ello,
podemos encontrarlo nuevamente en las ciudades flamencas,
en donde reinó la insurrección durante la segunda mitad del
S. XIII y se vieron enfrentados los intereses del patriciado,
encabezados por Felipe el Hermoso, contra un humilde pueblo
de tejedores quienes les inflingieron a la caballería francesa,
la primera derrota conocida.
La agitación del pueblo humilde es un hecho, y en el
transcurso del S. XIII se señalan perturbaciones sangrientas
en Abbeville (1232), en Beauvais (1233) y más tarde en Ruán,
Provins, Caen y Orleáns durante 1280.

Durante el S. XIV, las crisis sociales serán más frecuentes,


complicándose por los efectos de la guerra franco-inglesa,
considerando éstas luchas Pernoud, como las primeras luchas
sociales.
Si bien en la sociedad feudal, las diferencias sociales estaban
fundadas en diferencias de las funciones de cada individuo, en
el régimen burgués, las diferencias de fortuna tienen un
carácter esencial, dando a la minoría los derechos superiores.

Por otro lado, durante la lucha contra la burguesía, el pueblo


encontró aliados naturales en los nobles y en los religiosos,
quienes en algunas ocasiones, intervenían.
No obstante, la posición de la realiza no fue muy clara, ya que
en sus comienzos, el poder real se limitaba prácticamente al
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dominio y sólo rara vez tenía derecho a intervenir en otras


cuestiones, no siendo los reyes hostiles al principio de las
franquicias (libertades), al poder beneficiarse con ellas.
A la vez, sólo algunos religiosos como San Luís, no
permanecieron indiferentes ante los abusos que se cometían
en varios municipios, en lo relativo a la gestión financiera.
Beaumanoir, describe la forma de cómo gobernadores y
regidores, al disponer de los impuestos, se exceptuaban a sí
mismos y a las familias aliadas, de modo que todo el peso
recaía sobre el pequeño pueblo, los minors, quienes no
conocían el camino correcto para lograr su bienestar,
recurriendo a la fuerza con resultados que implicaban excesos
y errores.
Por su parte, la justicia también estaba mal administrada, al
permanecer en manos de las personas con más fortunas,
quienes podían acceder a los cargos municipales.

Por tanto, se ve surgir desde el comienzo, las dos causas de


malestar: Justicia y Finanzas, las que seguirán siendo
inseparables en la historia de la burguesía.
Respecto a esto último, casi todos los conflictos con la iglesia
se originaron por uno u otro caso. Los burgueses pretendieron
cobrar impuestos a los religiosos, pese a sus exenciones, y
agravando aún más las rivalidades entre la justicia municipal
y la eclesiástica, los éstos violaban el derecho de asilo
reconocido a las iglesias y monasterios.
Un caso típico de insurrección popular, fue el del municipio de
Beauvais en 1233, en donde estallaron sangrientos disturbios,
los que se prolongaron durante veinte años, perdiendo allí la
vida varios ricos burgueses, conocidos con el nombre de
campsores o cambistas. Una vez que se sublevó el pueblo,
fue demasiado lejos, rehusándose a someterse a las medidas
tomadas por el alcalde nombrado por el rey, complicándose
aún más, por el hecho de que el obispo de Milon, que apoyaba
a los rebeldes, se negó a compadecer ante la justicia real.
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No obstante, a a pesar del panorama, Felipe el Hermoso


impuso un cambio total de procedimiento sobre las comunas,
embargando el poder real de éstas, imponiendo la política por
sobre el espíritu de justicia.