Plebe, prostitución y conducta sexual en Lima del Siglo XVIII

Apuntes sobre la sexualidad en Lima borbónica
Richard Chuhue Huamán*
“...Que ves la plaza abundante, de carnes, de vivanderas De verduras, de primores, y de frutas en todo tiempo… Que ves muchas mulatas, destinadas al comercio Las unas al de la carne, Las otras al de lo mesmo. Que ves indias pescadoras, pescando mucho dinero Pues a veces pescan más, que la pesca que trajeron…” (Esteban Terralla y Landa. Lima por dentro y por fuera. 1797)

IntroduccIón
Desde nuestra infancia se nos ha enseñado a tratar la sexualidad como un tema vedado. Hablar del tema hasta el día de hoy sigue siendo un asunto espinoso, del cual como integrantes de este sistema social no podemos escapar. En sociedades como la peruana, hondamente patriarcales y altamente dominadas por una sexualidad retenida, muda e hipócrita (Foucault 1985) es difícil reunir testimonios que nos acerquen a la historia de manifestaciones sociales tales como la prostitución. El ordenamiento que aplicó la modernidad se exteriorizó en ese silencio cómplice e hizo que no se hallasen registros bibliográficos específicos acerca del tema para el caso peruano hasta ya comenzado el siglo XX (Dávalos y Lisson 1900) Aunque uno de nuestros más representativos historiadores opinó con anterioridad que puede existir un texto perdido sobre esta problemática para la época virreinal, pero escrito en la época republicana (Macera 1977). Sin embargo estos indicios no nos ayudaban en gran medida a resolver los interrogantes sobre el comercio sexual en la Lima Borbónica. Es decir ¿por qué siendo Lima la capital del imperio español de ultramar en América no encontramos datos sobre un fenómeno que afectó grandemente a otras ciudades del orbe en el mismo espacio temporal? ¿Por qué los pocos datos conocidos hasta hoy aluden solamente a las clases populares –la plebe– como productora y consumidora de esta problemática? ¿Es que acaso las clases acomodadas de Lima no fueron afectas a este flagelo social? ¿Fueron las meretrices solamente las mulatas empobrecidas o las negras sensuales que denunciaban las autoridades coloniales? En las siguientes páginas intentaremos establecer algunas respuestas acerca de estos ítems. Obviamente este artículo no pretende cubrir todo el espectro de la prostitución colonial en Lima, pues nos vemos limitados por la carencia de fuentes, pero lo que si nos permitimos hacer es dar algunos alcances con respecto a este fenómeno considerando las particulares circunstancias del hallazgo de algunos documentos que describiremos a continuación.
* Historiador por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima-Perú. Agradezco las recomendaciones y apoyo de colegas como Sandro Covarrubias Llerena, Antonio Coello Rodríguez y el Dr. Efraín Trelles Aréstegui con quien sostuviéramos una charla sobre el tema para el programa El Perú y sus raíces que se transmite en Radio Programas del Perú (RPP).

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nocIones sobre la prostItucIón peruana
Hablar de prostitución en el Perú del siglo XVIII es adentrarnos en las entrañas más sórdidas de la sociedad colonial limeña y específicamente dentro de aquel espectro social que se denominaba “plebe”1. Si bien es cierto existe un estudio pionero que nos ayuda a ubicarnos dentro de la misma, este reflejó una visión parcial e incompleta de la clase baja (Flores Galindo 1984), estableciendo relaciones tensas y de conflicto permanente entre los sectores negro e indígena de la capital peruana, azuzados por la población hispana para mantenerlos bajo control. Otros trabajos complementarían luego la perspectiva que tenemos sobre nuestros antepasados limenses. Uno de ellos propone la relación usual y continua entre afroamericanos y la población aborigen, a través del análisis de los matrimonios en la iglesia de indígenas de Lima: Santa Ana (Cosamalon 1996). Sin embargo ninguno de estos dos estudios dedicó un ítem especial a la prostitución, tal vez debido a la ausencia de fuentes. No obstante el hecho de que no existan referencias frecuentes en los documentos no significa que no haya existido el problema, más aun estando probado que era ejercida y regulada desde la Metrópoli. Lo que podemos apreciar, en todo caso, es que hubo una intención, inconciente o directa, de mantener este tema soterrado, sin más manifestaciones que las que los habitantes limeños de esa época podían encontrar en un paseo habitual por las calles de la tres veces coronada villa. Es conocido por las investigaciones previas de los etnohistoriadores, que en el espacio andino no existió la prostitución en su concepto actual (Juan José Vega 1993); no obstante, se sabe acerca de ciertas mujeres a disposición de los oficiales del Estado inca (denominadas pampayrunas), aunque recalcamos, estas no configuraban la idea de prostitución moderna que tenemos hoy. La prostitución pues, y sus iniciales expresiones en Perú, la apreciamos en las crónicas que describen los primarios encuentros de mujeres indígenas con españoles, quienes las raptaron, violaron y en muchas oportunidades abusaron de ellas y las convirtieron en esclavas sexuales. Así, por ejemplo, cronistas como Fray Bartolomé de las Casas, Fray Calixto Túpac Inca, Guamán Poma de Ayala, Juan de Betanzos, Cristóbal de Molina y el padre Pablo José de Arriaga describieron algunas escenas acerca de esta realidad (Sara Beatriz Guardia 2004), en la cual los conquistadores hispanos creyeron tener acceso ilimitado a todas las mujeres sin importarles su condición de solteras o casadas, viudas o doncellas y las forzaron a satisfacer sus necesidades sexuales, convirtiéndolas de esta forma en sus barraganas, amantes, sirvientas y prostitutas. Las que se negaban a los avances sexuales no deseados de los hispanos eran torturadas y asesinadas. En algunas regiones de América las mujeres fueron vendidas en prostitución o intercambiadas en juegos de cartas, pasando por encima de las leyes que las protegían (Socolow 2000). En ese sentido el drama de la conquista y el choque
1 “Plebe” es un término que se solía usar en la época colonial para referirse a los estratos bajos de la sociedad. Agrupaba tanto a la gente más miserable de la ciudad como a los que trabajaban en oficios manuales que les ocupaban pocas horas, producto de lo cual tenían mucho tiempo libre dedicado al ocio. En el siglo XVIII no es difícil encontrar manifestaciones con respecto a este grupo social con epítetos descalificadores como “gente vil de la plebe” o “descarriada plebe”.

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cultural que ella significó, adquiriría una dimensión particular y trágica para las mujeres peruanas. Sin embargo en estos iniciales días también se embarcaron hacia el Nuevo Mundo mujeres españolas, quienes formaron familia con los primeros conquistadores afincados en las recién fundadas ciudades. Pero esto no significó que prostitutas europeas no llegaran a América. A pesar de la facilidad con la que los españoles podían acceder a dar rienda suelta a su sexualidad, estos recurrieron también a los servicios de prostitutas como una forma de compartir momentos de relax con alguien de su misma cultura y costumbres. Así un autor refiere cómo en enero de 1575 las autoridades del Perú se habían quejado de la llegada de un número demasiado grande de prostitutas, que hacían peligrar la necesaria armonía conyugal de las familias de la colonia (Baudot 1981). A su vez, las libertades que adquirían las limeñas a través de su característico traje de la saya y el manto originó que en España fuera prohibida esta vestimenta, pero así como la prostitución fue permitida en América lo mismo habría de suceder con las tapadas. Los virreyes a pesar de haber intentado acabar con ellas y el pernicioso ejemplo del que algunas hacían gala, se vieron imposibilitados de hacerlo por la moda generalizada de esta vestimenta entre la población femenina colonial. Así por ejemplo Juan de Mendoza y Luna, Marques de Montesclaros, decía en su Memoria de Gobierno de 1614, que intentó erradicarlas, mas viendo que dichas mujeres no le hacían caso ni a sus propios esposos era difícil para él poder con tantas. Por la misma razón su antecesor el virrey don Luis Velasco y Castilla y Mendoza tuvo la intención de “fundar un recogimiento donde las distraídas pudiesen estar detenidas y encerradas”2, lo cual no se pudo concretar pues el citado virrey dispuso ello casi al final de su gobierno y su sucesor el virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey, tuvo tan corta vida que no pudo culminar dicha obra. Melchor de Liñán y Cisneros, virrey del Perú entre 1678 y 1681, en su recuento de gobierno entregado a su sucesor el Duque de la Palata, le recomienda poner mucho empeño en “remediar los escándalos y pecados públicos que suelen ocasionar algunas mujeres de licenciosa y desenvuelta vida, especialmente mulatas de que abunda esta ciudad”. Añade que las soluciones que dieron sus antecesores para castigar este hecho fueron la cárcel y en ocasiones el destierro, pero que fue contraproducente pues al parecer dichas mujeres no moderaron su conducta en prisión, donde solían compartir los mismos ambientes que los presos varones. Para ello precisa que su idea fue construir un espacio especial en el segundo piso de la Cárcel de Corte donde se les pusiera a trabajar “distribuyéndoles costura y otras tareas para el servicio de los hospitales”, pues pensaba que de esta forma se podía mantenerlas alejadas de su oficio y “por lo menos todo aquel tiempo de la prisión se evitarían muchos pecados que ejecutaron sueltas”3.
2 Memoria de los Virreyes que han gobernado el Perú durante el tiempo del coloniaje español. Tomo Primero, Felipe Bailly (Editor) Lima, 1859: p. 36. 3 Ídem: 294-295

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Sin embargo, unos años antes ya se había hecho un esfuerzo por contener a ciertas “mujeres públicas”. Fue el sacerdote jesuita Francisco del Castillo, quien en 1668, movido por sentimientos propios de su catolicismo, propuso al virrey Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, un proyecto para la fundación de una casa de recogidas, lo que consideraba un esfuerzo que, debía hacerse para lograr la salvación de las almas de aquellas mujeres que arrastradas por la pobreza, se prostituían. Cabe agregar que el padre Castillo solía predicar en El Baratillo, área ubicada en la zona de “Abajo el Puente”, lugar habitual de reunión de la plebe limeña, rodeado de chinganas y pulperías, donde se refugiaba gran parte de la población delincuencial de la ciudad. La casa de recogimiento obtuvo la aprobación real en 30 de septiembre de 1670 y se pasó a llamar Beaterio de las Amparadas de la Purísima Concepción4. En 1690 el virrey Don Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova, ordenó que el beaterio incorpore la recolección forzosa de “mujeres escandalosas”, las mismas que fueron depositadas en una cárcel dentro de dicha institución (Martín 1983). Años más tarde, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, un sacerdote de la orden mercedaria y que coincidentemente llevaba el mismo nombre del fundador del Beaterio de las Amparadas, nos dejó en sus escritos un variopinto cuadro acerca de la prostitución colonial. Fray Francisco del Castillo Andraca y Tamayo, conocido también como “El ciego de la Merced”, fue un mordaz crítico de la sociedad colonial y un ácido fustigador del meretricio, cuestión que está muy presente en su poesía satírica; así, en el romance “Conversación de unas negras en las calles de los borricos”, nos refiere la presencia de las prostitutas en los mismos portales de la Plaza Mayor de Lima: “Allí es donde a todas horas / a Venus se sacrifica / por medio de sus infames / inmundas sacerdotisas. / Estas son aquellas furias / más que las parcas malditas, / portaleras, que por tales / de todos son conocidas.” (Vargas Ugarte 1948). A su vez, corroborando lo expuesto por el viajero Jorge Juan unos años antes5 acerca de las enfermedades venéreas que solía padecer la población limeña, en especial las mujeres, sin distinción de clase social, el Ciego de la Merced dice: “Las idólatras de Venus, / por quien están en la extrema / muchos males padeciendo, / las fieles adoradoras / de aquel Dios de los Mineros / que para bubas y cancros / Mercurio es dulce remedio.” Sobre el mismo tema también hizo referencia el sacerdote jesuita alemán Wolfang Bayer, quien estuviera en el Perú entre 1752 y 1766, quien no duda en comparar a Lima y las aldeas que la circundan con Sodoma y Gomorra, pues a su ver “No hay ningún genero de pecado contra el sexto mandamiento, al que no se haya entregado este pueblo malo y desvergonzado, razón por la que domina en todos los lugares de este país el repugnante mal gálico”6. Agrega que en el Virreinato peruano no se castigaban convenientemente, ni por las autoridades civiles ni por las religiosas, los grandes y constantes escándalos, pues más veían en ellos una debilidad de la naturaleza humana.
4 Memorias del Virrey del Perú Marques de Avilés. Publicado por Carlos A. Romero. Imprenta del Estado. Lima, 1901: p. 14. 5 Jorge Juan y Santacilia y Antonio de Ulloa. Relación histórica del viaje a la América meridional. Segunda parte. Impreso en Madrid por Antonio Marín, Año de 1748: p. 119. 6 Wolfang Bayern. “Viaje por el Perú de 1751”. En 4 Cronistas Alemanes en el Perú. Estuardo Núñez (Compilador). UNMSM. Lima, 1971: p. 31.

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En la última década del siglo XVIII, Tadeo Haenke, un viajero alemán, adscrito a la expedición científica española de Alejandro Malaspina manifestó refiriéndose a las costumbres de los limeños: “Son dados a los placeres, el juego y a una vida regalada y ociosa. Idólatras de las mujeres, casi siempre estiman poco la suya propia. Se ven sujetos de carácter y personas cuyo estado los aparta de ciertas concurrencias, asistir a ellas con el disimulo y empacho que en otras partes. Se ve hombres entregados al juego y otras disoluciones. La juventud se corrompe fácilmente, y en Lima es crecido el número de mujeres prostitutas, cuyo lujo y riqueza prueban los muchos hombres acomodados que con ellas viven y las mantienen, hasta que se arruinan y sacrifican sus caudales”7. El mismo virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos advertía que ante la falta de industrias y fábricas con las cuales las mujeres españolas de baja condición, que no fueran casadas o que no tuvieran bienes heredados por sus padres, pudieran emplearse, estas se veían en “inminente riesgo de sacrificarse al desorden que se nota siempre con dolor en bastante número”8. Vemos a través de todas estas señales que la prostitución era conocida y no era un problema del que las autoridades coloniales estuvieran desatentas. Pasemos entonces, luego de esta primera vista a ese submundo, a ver el análisis de casos.

prostItucIón, espacIos públIcos y vIolencIa físIca
El primer caso que presentamos nos ayudará a conocer cómo era la situación de las mujeres que sin ser pobres se relacionaron con la plebe, pues la ciudad limeña tenía esas características de heterogeneidad social intraurbana (Panfichi 1995), en sus calles se mezclaban tanto gente con mucho dinero y poder como artesanos, jornaleros, esclavos o españoles venidos a menos; callejones y mansiones estaban juntos. En 1774, María del Carmen de la Torre contaba con tan solo 14 años de edad. Su juventud, sin embargo, no había sido obstáculo para que un individuo nombrado Juan Ignacio de Saavedra y Delgado la tomara por esposa, un año antes. Ella lo describió en el auto de divorcio que le había interpuesto como “de naturaleza yndica (o sea india) y de edad avanzada”. A través del documento9 sabemos que Maria del Carmen fue obligada a casarse por su madrina doña Ángela de la Torre, esposa de don Francisco Ortiz de Foronda. Los motivos indican que fue por asegurarle un matrimonio convenido al lado de una persona cuya solvencia económica quedo demostrada a lo largo de todo el proceso que detallamos.
7 Tadeo Haenke. Descripción del Perú. Editorial El Ateneo, Lima, 1901: p. 27. 8 Memoria de los Virreyes que han gobernado el Perú durante el tiempo del coloniaje español. Tomo Sexto. Felipe Bailly (Editor) Lima, 1859: p. 80. 9 Archivo General de la Nación (en adelante AGN) Superior Gobierno – Gobierno – Contencioso (GO BI 5) Caja 150, Documento 304. 1774, Lima, fojas 24. Juan Ignacio de Saavedra y Delgado contra su esposa María del Carmen de la Torre sobre su reclusión en el Beaterio de Amparadas de Lima por observar una conducta licenciosa. Ante Manuel de Amat y Junient, virrey del Perú.

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El origen de María es incierto, el documento no nos muestra mayores detalles a este respecto. Solo nos dice que ella se crió en la casa de Francisco Ortiz de Foronda desde muy temprana edad. La familia Ortiz de Foronda era una de las más respetadas dentro de la sociedad limeña del siglo XVIII. Descendían de una rama nobiliaria venida de Extremadura (Barredo de Valenzuela, 2000). Juan Ortiz de Foronda y Aguilar, su abuelo, y Francisco Ortiz de Foronda y Marcellano, su padre, habian sido Caballeros de Santiago, a la vez que ocuparon diversos cargos en la administración colonial. Asimismo un tío suyo, Pedro Ortiz de Foronda, Conde de Vallehermoso, había sido alcalde de la ciudad en 1747 (Lohmann Villena, 1993). De la misma familia fue Vicente Ortiz de Foronda, canónigo de Lima y rector de la Universidad de San Marcos en 1726 y 1729. Poseían además en Lima, las haciendas de Chillón y Márquez, así como también Pando, Quevedo y Maranga (Vegas de Cáceres, 1996). Juan Ortiz de Foronda –hermano del citado Francisco– era alcalde de la ciudad en 1774, año en que ocurrieron los hechos que puntualizamos. Este mismo cargo también lo ocuparía el propio Francisco años después, en 1780. El hecho de que María llevara el mismo apellido que su madrina Ángela de la Torre, a pesar de no tener una relación de parentesco más cercana y también la circunstancia de haberse criado en su casa, nos lleva a pensar que tal vez pudo tratarse de una niña abandonada, una niña ilegítima dejada en el hogar de una familia pudiente. Esta era una práctica usual entre los sectores dominantes de la sociedad colonial urbana (Manarelli, 1994). Si bien es cierto existía un hospicio para niños huérfanos, abandonarlos ahí les significaba a los niños “expuestos” una vida de penurias, pues la situación de la Casa de Huérfanos no era buena (Chuhue, 2009), cosa que se evitaba dejándolos en casas de familias adineradas. Al ser aceptados dentro de esas viviendas los niños podían acceder no a todos los privilegios de un hijo legítimo pero si al menos podían ostentar comodidades o una vida diferente a la de los expósitos tradicionales. Al ser admitidos también se reconocía implícitamente la responsabilidad sobre el infante, es decir, se sospechaba de que si un niño blanco era abandonado en casa de una familia rica era porque quizás era producto de relaciones ocultas del jefe de hogar con una amante. Ese tal vez fue el origen de la historia de María de la Torre. Sin embargo, para María la vida en casa de la familia Ortiz de Foronda no fue nada fácil. Ella relata que su madrina la obligó, en base a amenazas y con mucha violencia, a aceptar la proposición matrimonial a pesar de sus escasos 13 años y que todo esto lo hacía con el fin de expelerla de su casa pues sospechaba que su esposo, don Francisco, tenía también otras intenciones hacia ella, razón por lo cual la llenaba constantemente de improperios. No obstante los malos tratos que ella detalla, también refiere que al momento de casarse se le entregó algunos bienes como abundante ropa, aunque no especifica si se le otorgó alguna dote, como correspondía a las costumbres de la época. La dote en realidad era un adelanto de herencia para prevenir una posible viudez. En los sectores populares, salvo casos excepcionales10, los matrimonios no incluían dote. Aunque la mujer podía llevar un baúl de ropa,
10 En el caso de María era lo que correspondía por haber sido criada en casa de una familia pudiente como lo era la familia Ortiz de Foronda. Las familias pobres y las mujeres viudas podían solicitar esta ayuda para sus hijas a las distintas obras pías existentes en la ciudad, bien para profesar su vocación religiosa, para su manutención o para un anhelado matrimonio.

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cubiertos, cama y a lo mejor una mesa, todo lo cual significaba que la mujer había sido entregada por el padre “completamente equipada”11. Una vez casada, prosigue María, los problemas continuaron, pues la violencia y los malos tratos eran propinados ahora por su esposo. De esta forma describe cómo, a pocos días de ese involuntario matrimonio, experimentó los más rigorosos tratamientos: “Trate de evitar sus violencias las que con todo no era bastante, antes si con estas mi sumisión mas enardecía su depravado genio hasta obligarme a responderle y suplicarle se sosegase y en lugar de moderarse mas se exasperaba y violentaba sin que yo encontrase medio alguno a reprimir su orgullo y violencia de manos con que me castigaba con golpes y empujones sacándome sangre de la boca y narices de suerte que la vida que he pasado y me ha dado el dicho mi marido ha sido no como el de una esclava con su amo mas cruel y sin temor de Dios sino como el mas impío tirano sin fe.” Agrega que “toleró todo esto con la esperanza de que su prudencia le sirviere de freno a sus excesos”. No fue este el caso y advirtiendo María que su vida estaba en peligro al lado de un hombre “imprudente, temerario y tan desaforado que a cada paso le infería crueles golpes y le amenazaba con la muerte que pensaba darle” acudió al remedio que en semejantes circunstancias le era permitido por el derecho colonial: entabló una demanda de divorcio ante el Tribunal Eclesiástico. Pero Juan Ignacio de Saavedra no era un hombre de escasos recursos y de pocas conexiones. Valiéndose de la cercanía de las personas que criaron a María, busco encerrarla. A este efecto consiguió que el alcalde Juan Ortiz de Foronda, hermano de su padrino de matrimonio, ordenara que se la pusiera depositada en el Real Beaterio de las Amparadas. Esta institución, que como ya detallamos fue creada en 1668 a instancias del padre Francisco del Castillo, recibía mujeres que habían sido puestas bajo su custodia por maridos que se iban de viaje, o por estar en proceso de divorcio. También albergaba mujeres de conducta licenciosa o “arrepentidas” (Van Deusen 2007). Su local tuvo muchas ubicaciones, para 1774 se ubicaba en el primitivo local de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri12, antes sede del Hospital de San Pedro, de clérigos. Una parte del mismo se usó luego como hospital de mujeres y cárcel para el recogimiento de “mujeres escandalosas”. Por su lado, los padres que la habitaban antes habían pasado a tomar posesión de la principal iglesia de la orden jesuita recién expulsada: San Pablo, conocida hoy como San Pedro (Bromley 1945). Juan Ignacio también nos dio su punto de vista acerca de la reclusión de su púber esposa. Cuenta que ella empezó a ausentarse de su domicilio conyugal a los pocos días de casados, sin más fundamento que “el deseo de tener una amplia libertad para seguir un desenfrenado modo de vida”. Ante sus repetidas fugas no bastaron los consejos dados por personas piadosas para que modere su conducta y por ello
11 Archivo Arzobispal de Lima (en adelante AAL), Divorcios, Legajo 87, 1819. Citado por Cosamalón (1999 b). 12 Actual jirón Ayacucho, cuadra dos, Cercado de Lima.

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resolvió “entrarla en el Beaterio de Recogidas (donde ya la había tenido dos veces)”. Mas esto no fue suficiente para aplacar las ansias de libertad de María quien “a los 14 días de su entrada, quebrantó el deposito con grande insolencia, se huyo forzando el techo, y haciendo escala (según lo ha contado) de la leña que halló a la mano, con otras dos depositadas”. El motivo de la fuga de María guardaba una explicación explícita: quería ser cómica. Tenía además, al parecer, un amante: Manuel Gutiérrez. Ambos habían convencido a Bartolomé Massa, para que la aceptara como parte de su elenco. Bartolomé Massa era un personaje muy conocido en la época, pues era el administrador del Coliseo de las Comedias (Aragón Noriega 2004). Este, luego de ser noticiado de los hechos y del juicio pendiente, se abstuvo de verse inmiscuido y de seguir protegiendo a María. Pero no así Gutiérrez, que fue acusado por Juan Ignacio de “mover acciones que no le corresponden para separar a una mujer de su marido sin tener poder ni otra acción alguna como que no es pariente en ningún grado”. Juan Ignacio creía que María quería ingresar a “el efugio de la farsa…para mantener licenciosa vida”. Cabe agregar que las cómicas en la Colonia estaban mal vistas porque se advertía en ellas una vida no ajustada a los cánones de la moralidad imperante en la época. Un ejemplo claro es el de la famosa Perricholi, amante del virrey Amat. Los actores eran un grupo totalmente desclasado y con un estatus social ambiguo y contradictorio. Por una parte tenían mucha estima de los ciudadanos que iban a ver sus representaciones teatrales, pero por otro lado, la Iglesia los había marcado con un carácter maldito. Los insistentes rumores sobre su vida relajada les impedían ser considerados como personas decentes (Viqueira y Alban, 1987). Por ello desde comienzos del siglo XVII se había querido reglamentar el mismo espacio interno de las comedias, donde los hombres tenían prohibido entrar en los aposentos de las mujeres13 debido a los escándalos que se fomentaban. Bueno, al menos eso decía el papel, para asegurar su cumplimiento el Nuevo Reglamento de Comedias editado en 1786 firmado por el virrey Teodoro de Croix, establecía disposiciones similares14. María quería divorciarse y ser cómica para poder tener una absoluta y completa libertad sobre su cuerpo y conducta sexual. Oprimida desde muy niña, sufriendo violencia doméstica y luego marital, obligada a mantener relaciones con alguien de quien no gustaba ¿qué otro camino le quedaba a esta niña-mujer? Esto era, sin embargo, para la mentalidad patriarcal del siglo XVIII, una afrenta, no solo a la calidad moral de la propia María, sino a la del concepto de honor de su esposo y de la familia que la había criado, por eso anteponen ante ese deseo de libertad el recogimiento, el encierro, la disciplina como una forma de contrarrestar lo que ellos consideraban una falta muy grave a su autoridad. Por estas razones Juan Ignacio Delgado en misiva al virrey le exige: “humildemente la benignidad y superior equidad de V.E. que en vista de todo se sirva providenciar por superior decreto que en cuanto a la pretensión que solicita su mujer no se le admita por ningún motivo ni pretexto por los inconvenientes y riesgos que conocidamente brotan en el honor del ma13 Archivo Histórico Municipal de Lima (en adelante AHML), Libros de Cédulas y Provisiones Reales. Libro 3, Folio 397, 1620. 14 Ordenanzas para el Régimen interior y exterior del Real Coliseo de Comedias de esta capital. Lima, 22 de diciembre de 1786.

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trimonio como para que con poco acuerdo y sin mas intento que en el que quedar libre y desembarazada pretende aquel efugio para con el mayor descaro seguir el desenfrenado camino de la prostitución… últimamente Excmo. Sr. V.E. con su superior prudencia y caritativa consideración se hará cargo de todo lo que lleva expuesto y no ha de permitir que esta ovejita quede abandonada, ni expuesta a peligrar en las garras de lobos carniceros, cuando todavía esta en estado de guardarla y recogerla y hay la probable esperanza de su enmienda devolviéndola al deposito”. María se defendió exponiendo más detalles de la forma en la cual su esposo la había varias veces violentado: en dos ocasiones la había encerrado en su casa, en la primera le amarro las manos y le corto el pelo con, unas tijeras “dejándome imperfecta y afrentosa”, en la segunda extendió mas el castigo pues llegó a azotarla severamente “hasta abrirme las carnes como si fuera algún reo que hubiera cometido el mas atroz delito”. Es interesante la descripción anterior pues ambas estan relacionadas a prácticas según las cuales se solían castigar a las mujeres que habian tenido contacto con prostitutas o en palabras del propio Juan Ignacio “ilegalidades mujeriles”. El trasquilar a las mujeres sospechosas de vida licenciosa ya lo vemos reflejado tempranamente en un escrito del Inca Garcilaso de la Vega, refiriéndose a las primeras prostitutas indígenas que vio en su Cuzco natal: “Pampayruna…en suma quiere decir mujer pública…Los hombres las trataban con grandísimo menosprecio. Las mujeres no hablaban con ellas, so pena de llevar el mismo nombre y ser trasquilada y en público y dadas por infames y ser repudiadas de los maridos si eran casadas. No las llamaban por su nombre propio, sino pampairuna, que es ramera”15. A este respecto debemos recordar que María describió a su esposo en muchas ocasiones como indígena. No nos debe extrañar que él le hubiera aplicado el mismo castigo que éstos muchos años antes solían dar a las mujeres con malas juntas. A su vez, los azotes también eran un escarmiento usual (aunque no permitido por la ley) para corregir algunos devaneos de las mujeres, líneas adelante abordaremos con más amplitud este tema. Nunca podremos saber si María obtuvo el divorcio que anhelaba o si Juan Ignacio logro, en base a la fuerza de sus influencias, retenerla consigo. El fiscal decidió que la citada causa, si bien es cierto se había iniciado en el fuero real –por haber pedido el esposo la corrección de su mujer– luego había mudado de naturaleza para convertirse en un litigio entre cónyuges (divorcio) por lo que el juicio debía ser seguido ahora en la jurisdicción privativa del fuero eclesiástico. En el Archivo Arzobispal no hemos encontrado registrado este caso, por lo que nos es difícil establecer el fin de esta historia. Sin embargo con lo que hemos podido describir hasta aquí se puede establecer una introducción a los patrones de conducta moral del siglo XVIII y la realidad de la sojuzgación femenina, muchas veces totalmente brutal. Cabría señalar además que el adulterio, como bien lo ha sostenido Socolow en su obra anteriormente citada, fue también creído como el primer paso para que una mujer se convirtiera en prostituta. Unos años después, en 1780, y ya siendo alcalde Francisco Ortiz de Foronda, se presentó una denuncia muy seria por parte de doña Tomasa Espinoza de
15 Garcilaso Inca de la Vega. Comentarios Reales de los Incas. Lib. IV, Cap. XVI. Madrid, BAE, 1960.

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los Monteros. El testimonio16 de ella es importante porque es el relato de la población española pobre en el Siglo de las Luces. La población hispana que no ostentaba riquezas y que formaba parte integrante de la plebe limeña. Es revelador también porque implica una suerte de práctica de la que hasta este momento no se tenía conocimiento: la prostitución ofrecida a los estratos altos y en espacios no conocidos para este uso hasta hoy: los cafés. Doña Tomasa Espinoza comienza el testimonio diciendo que es casada con Antonio Álvarez, español y “hombre europeo de un genio sensible y dedicado solamente a su trabajo personal”. Durante 20 años de matrimonio de esta pareja, se habían engendrado 10 hijos, lo cual nos muestra como, al igual que en la sociedad actual, la gente de escasos recursos económicos, no dudaba en llenarse de vástagos, aunque en muchas ocasiones tuvieran dificultades para hacerse cargo de tan pesada carga familiar. Ella contó que en repetidas oportunidades, a instancias de su esposo, había alojado a varios “paisanos” de este en su “reducida habitación”, sin experimentar ninguna mala conducta por parte de los huéspedes, pues “siempre he solicitado se alimenten con una vianda y que se acomoden a trabajar como lo he logrado y en ellos un perenne agradecimiento”. Es de esta forma que en 1779 llega a su casa Juan Santos Fidriani, quien fue recibido por la denunciante con “igual cariño” y “disfrutaba las atenciones mías y de mi marido”. Una vez que estuvo instalado en casa de doña Tomasa Espinoza, este individuo a su vez condujo a Bernardo Marconies y ambos fueron alojados ahí, tomando ese recinto por residencia temporal. El problema comenzó cuando, dos meses después que estos sujetos entraran a vivir en su casa, una de las hijas de quince años de la pareja escapó, sin dejar mayores noticias de su paradero. Esto preocupó mucho a los esposos y al parecer también a los huéspedes “cuya desgracia sufrieron en extremo”, dándose a la tarea de indagar personalmente su destino. Fue de esta manera como los referidos inquilinos lograron dar con la joven y así se lo hicieron saber a doña Tomasa, pero no pudieron lograr su vuelta al hogar pues argumentaban que esta tenía una deuda de 100 pesos. Para subsanar la misma, en una primera oportunidad, la afligida madre otorgó 70 pesos, luego al aumentar las demandas pecuniarias les hizo entrega de más dinero hasta llegar a la suma de 102 pesos y una cadena de oro para que la pignorasen. En el testimonio estan insertos los recibos firmados dando cuenta de estos pagos. Una vez que recibieron dicha suma, los citados Fidriani y Marconies no aparecieron más. Doña Tomasa se dio entonces a la búsqueda nuevamente por las calles y empezó a “averiguar el destino y manejo de estos sujetos y a pocos pasos tuve pésimos informes de sus conductas”. De esta forma llegó a saber que su hija se encontraba en “casa de una mujer ramera, amasia de Don Bernardo. Y que ambos la llevaban a prostituirse a los cafés y disfrutaban el precio de esta vil tercería”.
16 AGN Cabildo – Justicia Ordinaria – Causas Civiles (CA JO 1) Caja 96, Documento 1476. 1780, Lima, fojas 5. Tomasa Espinoza de los Monteros, contra Bernardo Marconies y Juan Santos Fidriani, sobre cantidad de pesos por préstamo para encontrar a su hija, la cual había sido prostituida por los demandados. Incluye pagarés.

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Grande fue la sorpresa de doña Tomasa al enterarse de esta realidad, y no era para menos. Estudios anteriores han delimitado el papel de los cafés limeños como espacios de reunión imitativos de la moda europea, en donde la población que acudía y en especial la aristocracia, platicaba, discutía y se reunía para tratar temas políticos (Rosas, 2006). Pero no solo servían para intercambiar ideas o como un espacio de intelectuales. En el Mercurio Peruano se nos da cuenta acerca de la labor de diversión pública que cumplían también dichos establecimientos17; así es como dentro de esos ambientes los visitantes podían encontrar mesas de truco o de billar, o sea reunirse para disfrutar de un sano esparcimiento, muy distinto al que se apreciaba entre la plebe que se solía reunir, por ejemplo en el atrio de plena Catedral de Lima o en los alrededores de la Plaza Mayor de Lima a jugar cartas, llegando incluso muchos esclavos a perder el dinero que sus amos les entregaban18. Pero por lo visto, no solo eran mesas de truco lo que se les ofrecía, tal parece que a pesar de que las mujeres no eran aceptadas en estos espacios como visitantes habituales, si lo eran como acompañantes. Al respecto también es cierto que si bien la plebe limeña no tuvo presencia dentro de los cafés como clientes, si la tuvieron como trabajadores de dichos comercios. Incluso en muchas ocasiones se promovieron escándalos por estos individuos en sus centros de trabajo19. En 1806 el francés Juan Baudino poseía un concurrido café en la calle de San Agustín20. Todo iba bien para él hasta que Julián Pizarro -quien es descrito en el auto como “indio del pueblo del Cercado”- decide mudar su chingana de mitad de cuadra a la casa contigua al café. Baudino argumenta que ello le traerá mucho perjuicio a su local a lo que el abogado defensor de Pizarro replica diciendo que en realidad todos los cafés de Lima poseían espacios en los cuales se podía libar aguardiente y que esto se ocultaba teniendo áreas reservadas dentro de estos establecimientos. Es decir, para evitar que los negros u otras personas indeseables entraran a consumir, lo usual era que a
17 Mercurio Peruano, Tomo I, 10 de Febrero de 1791. Pág. 110. “Rasgo histórico y filosófico sobre los cafés en Lima”. 18 AGN Cabildo - Administración – Archivo (CA AD 3) Caja 9, Documento 225. 1786, Lima. Testimonio seguido por los recauderos de la Plaza Mayor de Lima, sobre prohibición a los negros, zambos y mulatos jugar con apuestas en esa plaza, donde pierden el dinero que le entregan sus amos viéndose obligados a robar para recuperarlo. AHML, Cedulas y Provisiones Reales, Libro 5, foja 147, Año 1619. Comisión dada por S.E. á Bartolomé de Paz, alguacil del campo, para que visite el cementerio (atrio) de la santa iglesia y se castiguen los negros que se hallaren jugando en él. 19 AGN Cabildo – Justicia Ordinaria – Causas Criminales (CA JO 2) Caja 205, Documento 385, 1807. Autos de oficio seguidos por Antonio Álvarez del Villar, alcalde ordinario de Lima, contra Manuel Amenz y Antonio el Porteño, patrón y mayordomo respectivamente del café de San Agustín, sobre lesiones por heridas que infirieron a José Cárdenas. AGN Cabildo – Justicia Ordinaria – Causas Criminales (CA JO 2) Caja 206, Documento 405, 1808, Lima. Bartolomé Gerzi, dueño de una cafetería en la esquina de las ánimas, vecino de Lima, contra Clemente Castro, mozo de esa cafetería, sobre robo de dinero, reloj y otras prendas de su tienda. 20 AGN Cabildo – Gobierno de la Ciudad – Control de Abastos (CA GC 2) Caja 25, Documento 243. 1816, Lima. Julián Pizarro con Juan Bautista Baudino, dueño de café en la plazuela de San Agustín, sobre licencia para abrir una chingana inmediata al referido café por los perjuicios que ocasiona a este último. La Calle de San Agustín se ubica en la actual cuadra 2 del jirón Ica, Cercado de Lima.

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los clientes habituales de los cafés, una vez instalados, se les permitiera beber licor y, por qué no, a la luz de las evidencias, tener tratos con mujeres. Terralla y Landa también nos ha dejado sus impresiones acerca de esta realidad al comentar: “Que pasas por un café, y dices ¿acá fe? Niego; Porque acá fe no se halla, ni en uno ni en otro sexo”21. El café era, en suma, un espacio en el que las clases acomodadas podían obtener un momento de relax, en el cual se les permitían ciertas libertades que las autoridades tolerarían, haciéndose de la vista gorda, pues estos lugares estaban acordes a los nuevos preceptos de la modernidad ilustrada que trataron de imponer los gobernantes Borbones. Pero, volviendo al caso de la hija de Tomasa, ella procuró recogerla ni bien se enteró de su triste situación, evitando hacer escándalo de ello “por no hacer notorio su desorden que recae sobre otros hermanos que tiene afuera”, procurando así resguardar el honor del resto de la familia. Pero la mujer que tenía a su hija la ocultó e instó para que se quejara de su progenitora ante el alcalde don Francisco Ortiz de Foronda. Sin embargo la prudencia del alcalde se impuso y este dispuso que obedeciese a su madre, dándose orden para que se le sacase del lugar en donde la tenían escondida. Unos días después, aprovechando que el alcalde Ortiz de Foronda se había retirado a su hacienda y había dejado en su reemplazo al Marqués de Castellón, la proxeneta presentó una queja acusando a Tomasa de insultarla y querer “atropellar su casa”. El Marqués no la conocía y dispuso que se encarcele a Tomasa. Ante este hecho su hija “que se acordó que lo era” no soportó ver los trances de su madre y se presentó ante el juez, llorando su yerro, volviendo de esta manera al hogar familiar. El testimonio culmina con la petición de Tomasa para que se castigue a los autores de este hecho pues ellos “me burlan, pifian y atropellan”. Asimismo denuncia que Bernardo Marconies se desempeñaba como trabajador del Estanco del Tabaco como guardia en dicha dependencia. Sobre esto cabría comentar que fue una realidad constantemente citada el que los hispanos que se asentaban en Lima rápidamente se ganaban la simpatía de los encargados de la administración colonial en detrimento de los criollos, consiguiendo empleo fácilmente, lo cual molestaba a la población limeña que se refería a ellos en forma despectiva como “chapetones”22. Por otro lado es importante señalar también la implementación de las políticas ilustradas de erradicación de indeseables (gente de la clase baja) que empleó para el caso de Nueva España el virrey Teodoro de Croix (posteriormente también Virrey del Perú), donde dispuso un programa destinado a promover el empleo entre la gente necesitada (Haslip Viera 1993). De esta forma, en México, se ejecutó la colocación de empleados provenientes de los estratos con menos recursos económicos en el Estanco del Tabaco. Para el caso peruano, también es cierto que la Administración de
21 Esteban de Terralla y Landa (o Simón Ayanque) “Lima por Dentro y por fuera”. Madrid, Imprenta de Villalpando, 1798. Pág. 11. 22 Amadee Francois Frezier. Relación del viaje por el mar del sur a las costas de Chile y el Perú durante los años de 1712, 1713 y 1714. Caracas, Editorial Arte, 1982: p. 214.

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Tabacos empleó tanto a hombres como mujeres pobres para la venta de este producto23. El Estanco del Tabaco a fines del siglo XVIII estuvo ubicado en el solar contiguo a la Casa de Huérfanos, en la antigua calle de la Chacarilla de San Bernardo24. También se conocen testimonios acerca de que dicha zona estaba considerada un lugar peligroso y desolado, donde los limeños tenían mucho cuidado al pasar. A fines del siglo XVII los integrantes de algunas de las cofradías de la Iglesia de los Huérfanos (Nuestro Amo Sacramentado, Bautismo de San Juan, Santa Catalina de Sena, Nuestra Señora del Amparo, por citar algunas), solicitaron su reubicación para pasar a ser adscritas a la Catedral de Lima, argumentando la peligrosidad del lugar, considerada por muchos como parte de los extramuros de la ciudad25. En 1806, Juan José Cavero, cura administrador de este hospicio colonial expuso algunas obras ejecutadas por su gestión para mejorar la Casa del total abandono en que estaba sumida luego del terremoto de 174626. De esta forma narró como cuando el asumió el cargo encontró que los pobres niños eran amontonados en un lugar denominado “la Canoa”, en el cual se dejaba a los párvulos por días, pues las amas de leche que los tenían a su cuidado los abandonaban al no recibir sus pagos, por estar la Casa de Expósitos en ruina luego del cataclismo. De esto al parecer también se aprovecharon muchas personas que eligieron dicho lugar como espacio de reunión para desarrollar sus ilícitos amoríos, en palabras del propio Cavero: “influían por otra parte no poco en tal fatal resultado el pésimo ejemplo y la escuela de prostitución que se abría a sus ojos diariamente. Porque había venido a tal extremo el abuso… que no era mas un monumento levantado a la perpetuidad de la beneficencia limeña, era si un nefando asilo en que gentes perdidísimas e indignas de substraerse a los cuidados de una policía vigilante, iban favorecidas de la noche a ponerse bajo la salvaguardia de las paredes sus inculpables cómplices y aban23 AGN, Superior Gobierno – Gobierno – Político Administrativo (GO BI 1). Caja 39, Documento 416. Lima, 1789. Melchora Buitrón y otras solicitan que se les restituya el trabajo que desempeñaban en la fábrica de cigarros de la real renta de estancos. Ante Teodoro de Croix, caballero de Croix, virrey del Perú. AGN, Superior Gobierno – Gobierno – Político Administrativo (GO BI 1). Caja 41, Documento 463. Lima, 1790. María Mercedes de Eyzaguirre, viuda de Fermín Tarón, sobre asignación de un estanquillo de tabaco para poder subsistir. Ante Teodoro de Croix, caballero de Croix, virrey del Perú. AGN, Superior Gobierno – Gobierno – Político Administrativo (GO BI 1). Caja 41, Documento 464. Lima, 1790. María Eufemia Suárez, viuda de Juan de Pasos, estanquera del estanquillo de la esquina del Tigre, solicita seguir desempeñando la venta de tabaco por ser viuda y tener que mantener una hija. AGN, Superior Gobierno – Gobierno – Político Administrativo (GO BI 1). Caja 49, Documento 765. Lima, 1790. Antonia Ron, viuda de Manuel de Rocha, estanquero del estanquillo en la calle La Merced, solicita la asignación de un estanquillo de tabaco en rama, que se han de repartir en Lima. Ante Francisco de Gil de Taboada y Lemos, virrey del Perú. 24 AGN, Cabildo – Gobierno de la ciudad – Propios y rentas. (CA GC 1). Caja 18, Documento 150, 1790. Mariano de Peña, vecino de Lima, sobre compra de un sitio llamado el Corralón, en la Chacarilla de San Bernardo para fabricar tiendas, destinado para ampliación de las oficinas de la Real Renta de Tabacos. La Chacarilla de San Bernardo queda ubicada en el actual Jirón Apurimac cuadra 4, cercado de Lima. 25 AAL, Cofradías. Legajos: LV (5,7-17,20-16), LXXIII (34), XXXVII-A(16), LVI-A(7). 26 AGN, CA-GC 4, Caja 30, Documento 67, Año 1806. Autos seguidos por Don Juan Cavero, clérigo presbítero mayordomo administrador de la Real Casa de Niños Expósitos, para que se le reconozca, previa presentación de testigos, la labor que ha desarrollado en la organización de la dicha casa que se encontraba en deplorable estado de atención.

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donarse en secreto a todos los excesos de la licencia mas desenfrenada”. Don Antonio Espinoza, ecónomo de la Real Casa de Niños Expósitos, cita cómo una de las primeras disposiciones del citado Cavero fue “fue hacer cerco de toda la casa para evitar el comercio franco que había de los Barrios de la Chacarilla y Santa Teresa que se pasaban a tener sus devaneos y festejos”. No podemos afirmar ligeramente que las mujeres que laboraban en la Casa de Tabacos o la visitaban fueran las mismas que aprovechando la cercanía del lugar se prostituyeran, pero queda la sospecha, más aun conociéndose que cierto personal de dicha casa, como lo es el caso del citado Marconies, eran en realidad reputados proxenetas que pudieron aprovecharse de sus necesidades económicas para arrástralas hacia el camino del mal.

las tapadas, las destapadas, los escándalos lImeños y los azotes
Mucho se ha escrito sobre la peculiaridad del vestir de las limeñas de antaño. La Tapada, es el símbolo clásico de dichas aseveraciones. La estela de misterio que encerraba la saya y el manto, que permitía solo divisar un ojo de cada mujer, ha sido bien descrita por multitud de viajeros, quienes nos han dado cuenta de su carácter seductor y de cómo aprovechándose de la personificación anónima que obtenían en su vestimenta, las mujeres podían engañar a desprevenidos caballeros galantes. Y no solo eso sino que, al parecer, no fueron pocas las que aprovechándose del mismo disfraz engatusaron mucha gente, por lo que fueron resistidas por la Iglesia. De esta forma en el siglo XVII encontramos hasta cuatro ordenanzas prohibiendo su uso por las mujeres limeñas (1619, 1624, 1631 y 1639)27, asimismo para el mismo espacio temporal existe legislación que pide se respete las disposiciones de la Pragmática Real sobre los trajes y vestidos28. Julian Mellet dice que a las mujeres limeñas la modestia de su vestimenta (que a su parecer asemejaba el hábito de una religiosa) lejos de inspirarles recato las impulsaba a sentimientos totalmente contrarios. Asevera además que quedaban tan bien ocultas sus facciones que podían esconder todos sus defectos y muchos maridos a menudo se veían imposibilitados de reconocer a sus propias mujeres29. Los gobernantes del periodo borbónico dotaron a Lima de amplios espacios para que los limeños pudieron obtener momentos de solaz, acordes a los nuevos preceptos ilustrados de urbanismo y sociabilización (Ramón, 1999). Así podemos encontrar por ejemplo a la famosa Alameda de Acho (inaugurada en 1773) y la remodelación de la de los Descalzos en la misma época, además de la construcción del también conocido Paseo de Aguas (1770). Todas estas edificaciones estaban ubicadas en el antiguo barrio de Abajo el Puente (actual distrito del Rímac), en las afueras de la ciudad, una zona en la que habitaba gente de la condición social más humilde, artesanos, gente dedicada a oficios eventuales,
27 AHML. Libros de Cédulas y Provisiones Reales. Libro 5, Folio 51, 1619; Libro 3, Folio 388, 1624; Libro 8, Folio 44, 1631; Libro 9, Folio 377, 1639, respectivamente. 28 AHML. Libros de Cédulas y Provisiones Reales. Libro 8, Folio 41, 1617. 29 Julian Mellet. Viajes por el interior de América Meridional 1808-1820. Santiago de Chile, Ed. Del Pacífico S.A. 1959.

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así como la mayor parte de la población delincuencial de Lima. Dentro de su contorno se ubicaba el mercado del “Baratillo”, conocido por la venta de especies robadas a precios más bajos que del común, así como los temidos callejones de Malambo (hoy avenida Francisco Pizarro, residencia acostumbrada de gran porcentaje de la población negra de la capital). También el famoso “Tajamar” del río Rímac, singular espacio destinado usualmente a ser refugio de vagos, ebrios y prostitutas así como escenario de rencillas y disputas callejeras (Chuhue, 2004). La idea de los gobernantes era contrarrestar estas costumbres con los conceptos de decencia y urbanidad que propiciaban estas edificaciones, más a tono con el gusto de las clases acomodadas europeas. Es de esta forma como en los citados paseos y alamedas la presencia de la tapada fue habitual también. No era raro encontrarlas conversando, formando un verdadero ejercito de féminas a la espera de algún galante caballero que pudiera satisfacer sus caprichos. El viajero Gabriel Lafond narra como en 1822 vio e invitó a cenar a un par de estas mujeres luego de abordarlas en la alameda de Acho, lo cual no significaba de ninguna manera aceptación de requerimientos sexuales30. Cuenta también como en otra ocasión tuvo que escapar huyendo por los techos de las casas contiguas a la de una de sus “amigas” limeñas ante el inesperado regreso del marido de esta. Parece ser que este tipo de actitudes lleva a confundirse a Terralla cuando las califica como “mujeres públicas” o “chuchumecas”, tachándolas de prostitutas cuando en realidad estas mujeres tenían un concepto diferente de la sexualidad, tal vez por su origen proveniente de los niveles más deprimidos de la urbe capitalina, pero no se acostaban por dinero. No obstante lo cual poseían actitudes que escandalizaban a cierta porción de la sociedad limeña. Su extinción, 40 años después, ya instaurada la República, casi en la misma etapa del derribamiento de las murallas que circundaban la ciudad, esta definida también por acusaciones de inmoralidad. Así en El Comercio hacia 1866 los periodistas llamaban la atención a la policía para que se detuviera a las que usaban esta vestimenta pues bajo ella se escondían mujeres de dudosa reputación que caminaban en la noche por la calle Plateros31. Pero, si bien es cierto las tapadas escandalizaron la ciudad y promovieron legislación en su contra que buscó preservar las buenas costumbres, eso fue solo una parte de la realidad sexual del siglo XVIII. Hacia 1783 era alcalde de Lima Joaquín de Abarca, quien pertenecía a una de las más encumbradas familias de la época32. Don Joaquín era una persona muy celosa de su cargo y no tenía reparos en castigar severamente a quien desobedeciera los postulados de la ley y la moral. Sin embargo, una de estas acciones le valió que la Real Sala del Crimen le formulara cargos por “excesos en el ejercicio de su empleo” por haber ordenado azotar en el interior de la cárcel a tres prostitutas a las que previamente se había arrestado.
30 Gabriel Lafond. Voyages autour du monde et naufrages célebres. París, Imp. Dóndrey-Dupre, 1843. Vol II, 1843: 133-144, 275-298. 31 “Tapadas”. en El Comercio. Lima, 21 de agosto 21 de 1866, p. 3. 32 Su hermano fue otro famoso personaje: Isidro de Abarca, el IV Conde de San Isidro, quien fuera alcalde de la ciudad en 1779 y cuyo hijo Isidro Cortazar de Abarca, lo fuera también en 1817, 1818 y 1821, cuando se proclamara la independencia del Perú. El primer Conde de San Isidro fue Isidro Gutiérrez Cossio y fue declarado así por Felipe II en 1744 (Rizo Patrón, 2002).

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Ante esa realidad, que el consideraba afrentosa, presentó su renuncia al cargo, la misma que no fue aceptada. El expediente33 es rico en información acerca de las costumbres sexuales de algunos sectores de la sociedad colonial. En sus descargos, Joaquín de Abarca no descubre otro motivo para la apertura de esta acusación más que “el ultraje de mi persona y empleo”, y en razón a ello expone los hechos que a su entender justificaron su conducta. En primer lugar señala que ni bien fue elegido alcalde ordinario de Lima se propuso desempeñar el cargo “con todo el celo, vigilancia y exactitud a que alcanzaron mis fuerzas”, poniendo especial énfasis y esmero en rondar las calles a todas horas de la noche, por las “fundadas noticias que tenia así del desorden al que acostumbraban entregarse las gentes de la baja esfera”. De la misma forma, remarca que así lo hizo pues esto era deber de “los alcaldes ordinarios que se hallaban con salud competente para hacerlas”, así como también el hecho de que no existían otras rondas en la ciudad más que las de un piquete de la Guardia de Infantería dirigidas por el capitán don Valerio Gasols. El citado capitán cobraba por dicha labor 500 pesos anuales34; el Juzgado de Policía se establecería recién en 1786 bajo el mando de José Maria Egaña35. Agrega Abarca que desempeño ese trabajo nocturno sin faltar nunca al despacho diario de sus obligaciones como alcalde y que esto le había valido el reconocimiento explícito del virrey y de los pobladores que “me estimulaban a continuar en el más exacto cumplimiento de mi obligación.” Es de esta forma que logro enterarse de una práctica habitual y frecuente de prostitución limeña conocida con el apelativo de “Chingote”. En sus propias palabras era “una congregación de hombres y mujeres en que indistintamente se entrelazan en trato torpe los unos y los otros, viéndose mutuamente y mezclando en estos actos todas las obscenidades que son propias de unas gentes de las mas abandonadas”. Notificado de estos eventos y enterado también de que unas mujeres llamadas Cayetana Martínez, Francisca Salazar y Bartola Gasitua lo practicaban con mucha repetición, las sorprendió en pleno intercambio sexual hasta en dos ocasiones, las llevó a cárcel por dicho delito, dándoseles severos apercibimientos para que modifiquen su conducta, antes de ordenar su liberación. Prosigue su relato diciendo: “No basto esto para que enmendasen su vida y habiéndoseme denunciado que continuaban en el mismo desorden las ronde en alta
33 AGN, Superior Gobierno – Gobierno – Político Administrativo (GO BI 1). Caja 37, Documento 360. Lima, 1783. Joaquín Abarca, alcalde ordinario de Lima, informa sobre su renuncia a ese cargo en salvaguarda de su honor al habérsele enjuiciado por los azotes que mandó dar a unas mujeres dedicadas a la prostitución. Ante Agustín de Jáuregui y Aldecoa, virrey del Perú. 34 AGN, Cabildo – Gobierno de la ciudad – Propios y rentas (CA GC 1). Caja 17, Documento 77. Lima, 1782. Juan Canel, mayordomo de los propios y rentas de Lima sobre cantidad de pesos que anualmente entrega a Valerio Gasol, capitán de la guardia del virrey por su trabajo de vigilar la ciudad. 35 Hipólito Unanue. Guía Política, Eclesiástica y Militar del Virreynato del Perú para el año de 1793. Publicada por la Sociedad Amantes del País en la Imprenta Real de los Huérfanos. Pág. 48.

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noche y logre aprender a las tres en el Chingote con dos hombres”. Puestas nuevamente en prisión, y en vista de “los particulares encargos que sobre este punto me había hecho el Excelentísimo Sr. Virrey Jáuregui como a que era materia de buen gobierno el castigo y extirpación de este gran desorden” se procedió a darle cuenta al gobernante, y a decir de Joaquín de Abarca, este vio con buenos ojos la propuesta de castigo pensada para las prostitutas por su reiterada falta. Así nos manifiesta que “su excelencia aprobó mis modos de pensar y me ordeno que procediese a castigar con azotes en el interior de la Cárcel a las tres mujeres y destinarlas después a servir a los Hospitales y Beaterios encargándome la pronta ejecución para su justo escarmiento”. El argumento que trataba de esgrimir el alcalde Abarca era no haber actuado de propia voluntad o por capricho sino contando con la aprobación superior del Virrey. Agrega que tampoco actuó con ligereza sino usando todos los medios que la prudencia y la equidad recomendaban, es por ello que esperó la reincidencia de dichas mujeres para azotarlas. Dicha reincidencia además podía ser constatada en los apuntes de su libro de rondas. Aseveró también, que “hice lo mismo y sin duda mucho menos de lo que a ciencia y paciencia de Vuestra Excelencia han hecho mis antecesores”. Cuenta, por ejemplo, como su hermano, el Conde de San Isidro, rondó incesantemente, castigó con azotes en el interior de la cárcel, penó con prisión y carcelaje a proporción de los delitos y en virtud a dicho proceder se hizo acreedor no solo de la superior aprobación, sino de mucho elogio, y esto era de amplio conocimiento público. Lo cierto es que, al parecer, el alcalde –aunque él trató de ocultarlo– no solo las había azotado sino que las había paseado en “vergüenza pública”, desnudas dentro de la cárcel y esto fue lo que desencadenó el repudio general en la población, que rechazó esta decisión. El alcalde jamás pensó que por estas acciones en contra de aquellas mujeres, que él consideraba “indignas y viles, tanto por su extracción como por su prostitución y abandono”, se le formara un proceso; más aun considerando que el castigo de carcelería según el derecho de la época era mucho menor que lo que la ley Real de Castilla imponía a las amancebadas: “la pena del marco”36. También dijo el alcalde Abarca que era falso que al momento de azotarlas se las hubiera dejado desnudas pues “siempre se les ha dejado con aquel ropaje interior llamado fustán”. Asimismo, detalló que en la vestimenta de cierto sector de las mujeres limeñas existía el uso de un armazón conocido por el apelativo de “postizo o suplemento”. Las mujeres usaban dicho aditamento “con el cual abultando el anca y aliuecando la falda levantan el faldellín a tanta altura que se les ven las piernas y los muslos, lo cual entre la gente vil sube a más alto punto, porque es menor la vergüenza y mayor la disolución”. Abarca aseguró que las mujeres de los chingotes y otras prostitutas que llego a aprehender en sus rondas, siempre usaban de este modo de vestir y por lo tanto, para evitar el mal ejemplo e infundirles “algo de vergüenza”, ordenó que al momento de ejecutarse los azotes se le
36 La pena del marco alude a un castigo pecuniario, una multa. En España en 1448 en la región de Zaragoza a las mujeres casadas “que viven con sus amigos” se les pide que dejen esa vida y retornen con sus esposos so pena de multa de 500 sueldos jaqueses o 500 azotes (García Herrero 1989)

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retiraran dichos “postizos”. Agrega que “si en alguna ocasión que no me acuerdo he hecho andar dentro de la cárcel a alguna de esas mujeres a presencia de los concurrentes había sido para que mas avergonzadas se logre en ellas mayor escarmiento”. Tomando en cuenta todo lo expuesto se decidió que el alcalde se había comportado en forma abusiva en sus acciones, si bien es cierto a las presas se les consideró el delito flagrante y se les apercibió nuevamente para que no vuelvan a incurrir en su escandalosa vida, dejándolas en libertad. El alcalde fue multado con 300 pesos y le ordenaron que antes de ejecutar cualquier castigo físico se le consultara primero a la Real Sala del Crimen37. Sobre los azotes, como ya se comentó en líneas anteriores, al parecer fue una práctica habitual para corregir a mujeres que habían tenido algún tipo de inconducta sexual, aunque para el caso peruano no estuvo regulado por algún tipo de legislación que lo respalde, todo lo contrario el caso de Abarca al parecer sentó jurisprudencia en el sentido de que los alcaldes no debían azotar a nadie sin antes informar de ello. En 1789 una mujer indígena del pueblo de Surco nombrada Rosa Zavala entabló una denuncia contra José Toribio de Jesús, alcalde ordinario del primer voto de dicha jurisdicción38 por los azotes que este le había propinado en la chichería y picantería que regentaba en su casa, al encontrarla encerrada de noche con 2 hombres y una mujer que respondían a los nombres de Melchora Celis, José Lumbreras y Apolinario Vixoran. Ella comenta cómo los integrantes de dicha ronda procedieron “excediéndose en el acto a tenderme en mi mismo rancho y descubriéndome la mayor honestidad de mi cuerpo me castigaron cruelmente con azotes. El delito no puede ser más atroz ya que considere la violencia con que lo ejecutaron y al modo como lo perpetraron ya a mi inocencia y principalmente a la contravención del auto acordado y proveído por esta Real Sala para que en ninguna persona se ejecute pena corporal o aflictiva sin que se le de parte y se le consulte”. En su declaración, el alcalde cita que efectivamente solía rondar el poblado de Surco por las noches y “que es cierto que la noche del día seis del corriente mes de mayo cumpliendo con los deberes de mi obligación a cosa de las diez, auxiliado del ministro salí a rondar el pueblo a fin de ahuyentar y aprehender a tantos malhechores y del mismo modo evitar las ofensas a Dios”. Asimismo agrega que introduciéndose al interior de dicha vivienda, halló primero a la “india viuda Melchora Celis que estaba durmiendo emparejada con su amacio Apolinario Vixoran, que asegurados estos mando dirigirse a la cama de la citada Rosa que estaba en otro cuarto accesorio a la que encontró levantada con tan solo su faldellín puesto, y registrando su cama con una luz debajo de ella se saco al indio José Lumbreras su amacio. Que habiendo hecho vestir a todos cuatro cómplices para llevarlos a la cárcel entro en acuerdo de dejar en su misma habitación a la sobredicha Rosa Zavala recelando no se divulgase su honor, dándole por pena 4 o 5 latigazos que mando dar con el regidor Manuel Luyon, sobre la ropa”. Rosa argumenta que en realidad fueron 12
37 La versión teatralizada de este expediente fue difundida el sábado 20 de Setiembre del 2009, vía RPP <http://www.youtube.com/watch?v=ILYxGFIu-mw>. . 38 AGN, Real Audiencia, Causas Criminales. Legajo 65, Cuaderno 761. Lima, 1789. Causa seguida por Rosa Zavala contra el alcalde y regidores del Pueblo de Surco por los azotes que le propinaron.

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latigazos los que se le aplicaron, presentando por testigos a otros dos indígenas vecinos suyos y a un cirujano que constató las cicatrices de las heridas, pero su caso se agravó al saberse de que ella estaba casada con Pablo Ruiz, a quien había abandonado para tener “escandaloso concubinato” con Lumbreras, y que ambos ya habían sido reconvenidos frecuentemente por los anteriores alcaldes del pueblo sin lograr su separación. Por los tanto a Lumbreras se le castigó con ocho meses de trabajo a favor de la administración virreinal en el Lanchón del Callao, destino que no corrió la otra pareja, pues optaron por casarse en el transcurso del juicio, con lo cual remediaban en cierto modo su falta. Los azotes cuando eran aplicados a las esclavas eran tomados por sevicia, y aunque estas presentaran sus reclamos para su libertad inmediata como lo dictaba la ley, por lo general sólo lograban el cambio de amo (Arrelucea 2007). La misma autora cita el caso de Juana Gorochátegui, una mulata de 16 años, quien denunció a su amo José Antonio Pando, por haberla flagelado y también porque “el castigó no solo fue de azotes sino también en tenerla con las faldas levantadas por espacio de dos horas sin reparar siquiera en su estado virginal39. Es importante resaltar el hecho de que la esclava agrega a los conceptos de vergüenza pública el énfasis que puso en la denuncia sobre la exposición de sus zonas íntimas pues esto ponía en entredicho su honor sexual. Similar caso era el de las hechiceras amancebadas, las que en el siglo XVII recibían azotes o ramalazos por sus actos (Sánchez, 1991). Así tomamos conocimiento de la hechicera María Inés del corregimiento de Chancay, quien juzgada en 1662 por “facilitar hierbas para que los hombres y las mujeres se comuniquen ilícitamente” fue primeramente castigada exponiéndola públicamente y aplicándole 4 varazos y luego enviada a servir por espacio de dos años a servir al hospital de indígenas de Lima: el hospital de Santa Ana. Sobre el mismo caso también encontramos referencias explicitas en un recuento de los autos de la Santa Inquisición de Lima40. Así por ejemplo en 1742, María Teresa de Malavia, esclava mulata de 28 años, fue azotada por ser encontrada culpable de “hechicera y mal entretenida”, desterrada posteriormente a Arequipa. En la misma ocasión una mulata limeña llamada Antonia Osorio y que era conocida por el apelativo de “La Manchada” fue acusada de llevar ilícita vida y de regentar una casa de prostitución en el Callao. Fue condenada a ser paseada en las calles sobre una bestia, con el torso desnudo y sufrir 200 azotes previos a su destierro a Guayaquil. Esta pena también fue habitual contra la población homosexual, los “maricones” a los que se refería el Mercurio Peruano41 y sobre los cuales el testimonio del alcalde Abarca también nos dejó algo. Refiriéndose a la gestión anterior de su hermano el Conde de San Isidro en el mismo cargo, señala: “Siempre se han tenido por castigos ligeros y proporcionados a las facultades de un alcalde ordinario los azotes en el interior de la cárcel y con tan buen suceso que por medio de ello logró
39 AGN, Real Audiencia, Causas Civiles. Legajo 235, Cuaderno 2020. Lima, 1783. Autos seguidos por Juana Gorrochategui contra J. A. Pando sobre sevicia. 40 Ricardo Palma. Anales de la Inquisición de Lima. Madrid, 1897. Tercera Edición. 41 Mercurio Peruano, Tomo III, 17 de Noviembre de 1791, Pág. 230. “Carta sobre los maricones”.

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mi hermano extirpar la raza de sodomitas conocidos con el nombre de maricones”. A pesar de esta evidencia, lo que contemplaba en estos casos la legislación era el castigo por seis meses en el presidio del Callao, así está citado en un Bando de Buen Gobierno del virrey Pezuela42, agravándose la condena por la reincidencia y cuando “constare haber aprovechado este disfraz y los adornos mujeriles para designios torpes porque en este caso deberán las justicias instruirles su causa e imponerles la pena que los corrija y escarmiente de su impureza abominable”. Al respecto cabria agregar que existía también prostitución masculina, tal y como se señala en un periódico de la época43; este único prostíbulo era atendido por negros calificados como sodomitas y estaba ubicado en un territorio adyacente a la muralla, en el borde intramuros, en la calle del Sauce, en el extremo meridional limeño, una de las zonas más pobres de la ciudad. Aunque en realidad no debe creerse que la homosexualidad fuera un problema solamente adscrito a las clases bajas, en realidad estas manifestaciones tenían mucho arraigo en distintos sectores sociales de la sociedad colonial limeña (Tantaleán 2003).

“abusar de la poca experIencIa de jóvenes sIn rumbo”
El hecho de que la prostitución estuviera bastante difundida en Lima es algo innegable. Esta debió ser también una preocupación para los padres de familia, quienes por razones obvias no querían que sus hijos se vieran atraídos por aquellos placeres mundanos. En 1816 se presenta una queja ante el alcalde limeño José Antonio de Errea, por parte de doña Rosa Guzmán44, viuda de don Vicente Lafora. Ella se declara vecina del pueblo de Lambayeque, pero residente en Lima y presenta denuncia contra dos mujeres nombradas Manuela Montero, natural de Guayaquil, de casta china, y Maria Magdalena Cabello, mestiza, quienes llevadas por un arriero de apellido Arana habían partido hacia Lambayeque en persecución de sus dos hijos Tomas y Josef Lafora, lo cual la perturba en demasía pues “dichas mujeres son de vida prostituida notoriamente y de perversos designios”. Agrega que “el animo de ellas no es otro que el de abusar de la poca experiencia de unos jóvenes sin rumbo, y a la noticia que van a disfrutar de sus legitimas paternas tratan de estafarlos y arruinar mis intereses en aquellos destinos”. Por lo expuesto, Rosa Guzmán pidió que se librasen las respectivas requisitorias a la ciudad norteña y de esa forma poder capturar a las mujeres y encarcelarlas en Lima “y en este modo se evite el daño que amenaza y se conserve la honra a Dios”.
42 AGN Superior Gobierno – Gobierno – Político Administrativo (GO BI 1). Caja 56, Cuaderno 1044. Lima, 1818. Joaquín de la Pezuela y Sánchez de Aragón, virrey del Perú emite un bando sobre el buen gobierno, conteniendo instrucciones y reglamentos de la policía para el mejor desempeño de la administración pública. 43 El Investigador 18. VI. 1814. 44 AGN Cabildo – Justicia Ordinaria – Causas Criminales (CA JO 2) Caja 210, Documento 497. Lima, 1816. Rosa Guzmán, viuda de Vicente Lafora, vecina de Lambayeque, residente en Lima, contra Manuela Montero y María Magdalena Cabello, sobre daños y perjuicios que puedan causar a sus hijos, como prostitutas que son.

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Para sustentar su demanda presenta tres testigos. El primero de ellos José Mariano Román, de 28 años, dijo que “según ha oído hablar…son de una vida prostituida, según es público y notorio”. El segundo declarante José María Muñoz, de 29 años, dijo que con motivo de ser amigo de los hijos de Rosa Muñoz es que conoció a Manuela Montero y María Magdalena Cabello a quienes visitaba frecuentemente en compañía de los jóvenes, así es que “sabe y le consta que las susodichas son conocidas por publicas rameras en esta ciudad”, agrega que las vio vender sus pertenencias pues su objetivo era perseguir a dichos jóvenes a Lambayeque y que estos se oponían a llevarlas en el viaje. El último testigo fue Santiago Peláez, de 30 años, quien dijo que era íntimo amigo de los nombrados y que las mujeres eran de “conducta libre e irreligiosa”, en especial Cabello quien “vive desunida de su marido con el mayor escándalo en esta capital” y que viendo la determinación de las mujeres de ir siguiendo a los jóvenes en su viaje las reconvino de no hacerlo por ser ellos “hijos de familia” y que a pesar de estas advertencias ellas partieron. Las autoridades determinaron que de lo manifestado no resultaba justificado el supuesto delito de seducción de las mujeres, a pesar de haber tenido “trato ilícito” con los jóvenes, sin embargo y para tranquilidad de la madre querellante se pidió a los administradores de justicia en Lambayeque que de verificarse el criminal proceder de las susodichas se les separase inmediatamente de su jurisdicción. Este auto nos demuestra cómo solo por sospechas se podía agraviar o perjudicar a las mujeres de dudosa reputación. En todo caso, el qué dirán era un elemento presente en la mentalidad colonial. Así por ejemplo en 1797, se entabla una demanda por parte de Juan Guerrero contra su propia madre Josefa Castillo45 por oposición a su matrimonio. Como el demandante era menor de edad, no podía casarse a menos de tener autorización de sus padres. Su madre argumentó que ella no podía autorizar dicho enlace pues la novia Gertrudis Vélez era en realidad una mujer de dudosa conducta y que solo buscaba aprovecharse del caudal de la familia de Guerrero. Así define pues a Gertrudis como “mujer cuyo carácter y debilidades la constituyen en un estado de menosprecio”. Denuncia que bajo el influjo de esa mujer y de un maestro hojalatero de apellido Gunt, quien los protegía y cobijaba en su casa, ella estaba viviendo amancebada con su hijo, quien había huido del control paterno. Cuenta además que el padre de Juan, don Francisco Guerrero le entregó a su hijo una cuantiosa suma de dinero para que con la misma se pudiera habilitar un negocio con el cual obtener utilidades. Pero su hijo lejos de hacer ello “lo disipo en una vida prostituida con juegos y malas compañías”. Y cuando sus malas juntas se dieron cuenta que se había quedado sin dinero y para que no reprobaran su conducta en su hogar, decidieron urdir el proyecto de casarlo. Al final las autoridades le dan la razón a la madre pues esto iba en concordancia con lo que había establecido las leyes. La Pragmática Real sobre matrimonios
45 AGN Cabildo – Justicia Ordinaria – Causas Civiles (CA JO 1) Caja 136, Documento 2439. Lima, 1797. Juan Guerrero, contra Josefa Castillo, su madre natural, sobre oponerse al matrimonio que pretende contraer su hijo con Gertrudis Vélez, a quien no acepta.

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de 1776, que otorgó derechos a los familiares para exigir que los alcaldes impidieran una unión que desluciera su calidad (Rodríguez, 2001); asimismo se tenía como objetivo prevenir los matrimonios desiguales, es decir se trató de evitar que contraigan matrimonio dos personas que en opinión de los padres, tutores e incluso autoridades coloniales, manifestaran desigualdad, entendida principalmente bajo términos raciales (Cosamalon 1999), aunque como vemos el aspecto de la reputación sexual también tenía mucho que ver.

conclusIones
Por lo expuesto en estas páginas y a la luz de las evidencias y registro documental se puede afirmar que en realidad no existió en Lima un apogeo de la prostitución que pudiera tener un símil al de las grandes ciudades europeas como Madrid, París o Ámsterdam en el siglo XVIII (Fuchs 1996) donde las mancebías con autorización estatal funcionaron de manera regulada (ejemplo que seguiría el Perú ya instaurada la República). En el Perú virreinal existió la prostitución, es un hecho demostrado, pero en niveles e intensidad que estaban por debajo de otro tipo de manifestaciones sociales más visibles como el amancebamiento, el libertinaje y la relajación de costumbres morales, el aprovechamiento sexual de las esclavas y la vieja institución de las “queridas”, por usar un término coloquial. El hecho de que un hombre tuviera una esposa oficial y una o varias amantes no era algo que las leyes o la iglesia aceptaran pero socialmente resultaba un hecho muy recurrente y con el cual el hombre demostraba no solamente su masculinidad sino su estatus y poder económico. Constantemente se suelen repetir términos que definen como prostitución lo que es en verdad la ligereza, ya sea de carácter sexual o moral, de ciertas féminas para acceder a los deseos varoniles, pero no se especifica que sea un intercambio de dinero por sexo. Así llevar una vida prostituida o licenciosa se podía aplicar también al caso de varones que no se aplicaban al trabajo, que se dedicaban al juego y a la bebida, o de mujeres que querían liberarse del yugo patriarcal o marital, que frecuentaban compañías dudosas o extrema coquetería. Es por ello que surge la idea del encierro y el control sobre estos grupos subalternos. El diccionario de la Real Academia Española no define como prostituta a la mujer pública sino hasta 180346. Hasta antes de ello se tenía el concepto de prostituir como el acto de “Exponer públicamente a todo genero de torpeza y sensualidad” y prostituido(a) a: “lo así expuesto al público y entregado a todos”47. En lo que respecta al papel jugado por la Ilustración, si bien es cierto se trato de reglamentar y corregir las conductas de relajamiento moral y social, como por ejemplo a los grupos de vagos que llenaban la ciudad (Chuhue, 2008), fomentando el amor al trabajo como correctivo a este modo de vida, estas no se llegaron a aplicar de manera efectiva, menos aun con las mujeres pobres, que debido a su situación miserable estuvieron más propensas a caer en las garras de la prostitución. Así lo expreso por ejemplo en 1794 Joseph Ignacio
46 Real Academia de la Lengua Española. Año de 1803, p. 692. 47 Real Academia de la Lengua Española. Año de 1737, p. 411.

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de Lequanda cuando señalaba que “cuando las mujeres se hallaban en una situación económica lamentable se empleaban en los oficios mas indecorosos, y hacían en la sociedad el papel más despreciable y criminal”48. Proponía la instalación de telares en donde las mujeres pobres pudieran trabajar y aliviar en algo su miserable situación. Esta también fue la idea de un grupo de vecinos notables limeños que en 1799 solicitaron autorización para fundar una “Sociedad de beneficencia”49 para darles trabajo a dichas féminas pues la necesidad laboral “es bastante notoria y se eleva de punto al recordarse que cuando se practicaba de cuenta del rey la fábrica de cigarros ocurrían las mujeres a tropel para ser preferidas en este género de labores.” El Rey no aprobó esta petición y de esta forma en 1804 se da por extinguida dicha Sociedad, con gran pena por parte de la población pues no se daban soluciones a su pobreza, por ello no debe extrañarnos que años después la plebe limeña haya apoyado la causa libertaria al ver que la Monarquía desatendía sus problemas y se hacía de la vista gorda ante problemas como la prostitución, el adulterio o la vagancia.

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