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pastizal pampeano

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MATEADA AMBIENTAL – CEAD

EL PASTIZAL PAMPEANO
Cuando los primeros españoles desembarcaron en las costas de Buenos Aires se encontraron con una enorme planicie de horizontes ilimitados y cielos inmensos, sin árboles, donde sólo reinaban los pastos, el viento y una variada vida silvestre. Sólo a lo largo de la costa bonaerense se extendía y aún hoy se extiende el bosque de talas.
El mar de pastos Las reinas de las pampas fueron las gramíneas, que conformaban un ondulado y cambiante mar de verdes, amarillos y ocres. A lo largo de milenios, esos pastos se adaptaron a los animales, que los pisaron, comieron, vivieron y murieron entre ellos, así como a las sequías e inundaciones, a las heladas del invierno y a los calores del verano. Las gramíneas tienen algunas características particulares. Una de ellas es su capacidad de crecer desde la base. La mayoría de las plantas lo hacen desde las puntas, y si sufren cortes sucesivos, muchas pueden morir. Las gramíneas de la pampa, en el otro extremo no tienen problemas aunque sufran mutilaciones permanentes, no cesan de crecer. Los herbívoros nativos aprendieron a utilizar ese recurso ilimitado aún cuando les significó adaptaciones especiales en su dentadura y su aparato digestivo. La estepa de flechillas, dominada por gramíneas en mata, es la comunidad climáxica Vinagrillo típica de los campos altos de la pampa. Durante el invierno, merced al pasto corto, pueden desarrollarse hierbas anuales como las vinagrillas, de flores rosadas o amarillas, que florecen a principios de la primavera y salpican de color el paisaje (pero rápidamente las gramíneas crecen y cubren los campos). Sin duda el mayor y majestuoso de los pastos de la pampa es la cortadera o cola de zorro, de llamativos penachos blanquecinos. Vivir en la pampa Vivir en un mar de pastos significa adaptaciones especiales para la fauna. En las selvas hay varios estratos, y los animales pueden extenderse tanto horizontal como verticalmente, ya que cuentan con muchos sitios donde refugiarse. En una llanura tan extrema como la pampa, sólo el suelo se ofrece a los mamíferos no voladores. Las opciones para refugiarse y huir de los predadores son más limitadas: hay que aguzar el ingenio… Tener cuevas es una de las estrategias más comunes de los animales medianos y menores. Si son demasiado grandes como para vivir bajo tierra, la opción es ser un veloz corredor como el venado de las pampas, el ñandú y el guanaco, que vivió marginalmente en la región. Otra posibilidad es no resultar un bocado muy apetecible, como

Carda

el zorrino, que con su olor pestilente aleja a la mayoría de los enemigos. O ser muy pequeño, como las lauchas o el pequeño marsupial colicorto pampeano, para ellos, una mata de pasto es refugio suficiente. Para las aves voladoras el problema es dónde instalar el nido. Todo lo que consiguen normalmente para ocultarlo es una mata vegetal, como sucede con los jilgueros o con el chingolo. Otras prefieren arriesgarse a un lugar abierto donde nadie pensaría encontrar un nido, tal como lo hace el tero común, y finalmente algunas pocas también desarrollaron la nidificación en cuevas, por ejemplo la caminera y la lechucita de las vizcacheras. Perdiz colorada La dieta de pastos es la mejor opción porque es la más abundante. La cadena comienza con herbívoros como el venado de las pampas, la vizcacha y una multitud de roedores menores (cuises y ratones). Hay omnívoros como el ñandú, los peludos, las mulitas y los zorrinos. Y por fin están los predadores como el hurón, el gato montés, el gato de los pajonales y los ya ausentes puma y yaguareté, así como diversas aves. Completan el ciclo los carroñeros: el chimango y el carancho. Corredores de la llanura El ñandú, exclusivo de América del Sur, es el gran corredor. Su cuerpo le permite otear el horizonte, y en caso de peligro, alejarse con un trote continuo que puede convertirse en veloz carrera incluyendo gambetas de increíble agilidad. Su dieta es vegetal pero no desdeña insectos, culebras o ratones. El inambú común y la martineta colorada son los tinámidos más comunes del pastizal pampeano. Si bien son buenos corredores, no tienen la velocidad del ñandú, por lo que confían en su plumaje mimético para hacerse “perdiz entre los pastos”. Además pueden ejecutar cortos y enérgicos vuelos batidos. Exclusivos del Neotrópico, los tinámidos son el equivalente ecológico de las perdices del viejo mundo, y en el lenguaje común se las llama así, aunque erróneamente. Con suaves silbos que las diferencian, se comunican entre ellas en el mar de pastos, donde su visión está muy limitada. El otro corredor de la llanura es un ciervo: el venado de las Pampas, a cuya hembra se suele llamar gama. Fue el herbívoro más abundante de la región, pero en la primera década de este siglo, por modificaciones humanas, se produjo su declinación abrupta, que lo llevó casi a la extinción. Hoy sobrevive en algunos pocos lugares, especialmente en reservas ecológicas. Los que viven bajo tierra tienen dos ventajas: están protegidos de muchos predadores y soportan temperaturas moderadas (más cálidas en invierno y más frescas en verano). La vizcacha es un gran roedor. Vive en cuevas que pueden albergar 20 o 30 animales. Mantiene el pasto muy corto en los alrededores de las cuevas, lo que le permite ver acercarse a sus predadores, originalmente jaguares, pumas y zorros, que pueden cazar a sus crías. Muchos animales aprovechan las vizcacheras para hacer su vivienda. La golondrina ceja blanca y la caminera común pueden instalar sus nidos en las cuevas de vizcachas, igual que la lechuza vizcachera (que no tiene su nombre en vano). El zorro pampeano no Zorro desdeña la oportunidad de instalarse cerca de una “despensa bien servida”, sobre todo en la época de cría, cuando las vizcachas resultan un tentador bocado. Hay, además, comadrejas, ranas, sapos, el lagarto overo y una miríada de insectos, como chinches y avispas, que conviven con la vizcacha. Otro roedor es el tuco-tuco, que raramente sale al exterior, pues come raíces y bulbos que encuentra bajo tierra. Abriendo y cerrando túneles puede regular la temperatura, que mantiene entre los 20 y 22 grados. También son cavícolas el hurón, el zorrino pampeano, el peludo y la mulita: los tres últimos eximios cavadores que usan su habilidad para desenterrar bulbos, larvas de insectos y otros alimentos.

De vuelos y cantos Al vivir en un mundo horizontal, muchas aves desarrollaron técnicas particulares para hacerse notar entre sus congéneres. Los despliegues aéreos son comunes y los practica, por ejemplo, la cachirla común, de miméticos colores pardos, que se eleve y canta hasta ser sólo un punto perdido en el cielo, para luego dejarse caer en planeo mientras emite su voz. Algo similar hacen el pecho colorado y el jilguero dorado, pero su plumaje pone una nota escarlata en el primero y amarilla en el segundo. La tijereta hace vuelos de exhibición, mientras abre y cierra las larguísimas timoneras de su cola, que le dieron el nombre. Hay aves más modestas. Como el chingolo, habitante de todo el país, o el conocido hornero. Típicos de los pastizales y capaces de aprovechar las semillas de las gramíneas gracias a su pico robusto son el verdón y las corbatitas. Entre los predadores, el halcón plomizo es el más eximio cazador. El chimango come carroña, insectos y pequeñas presas, y el carancho, de mayor tamaño, tiene hábitos similares. La noche es el turno de las lechuzas. La de campanario y el lechuzón de campo (crepuscular) capturan lauchas y otros pequeños mamíferos. Fuente: “El Gran Libro de la Naturaleza Argentina”, Fundación Vida Silvestre – Editorial Atlántida.

VALORACIÓN DE LA HISTORIA NATURAL LOCAL Y REGIONAL
Preguntas relacionadas para quedar reflexionando…
• ¿Es lo mismo enseñar las distintas áreas disciplinares en una región como la nuestra que en un desierto o una isla? ¿En qué sentís que cambia? • ¿Cuáles recursos naturales de nuestra región pueden transformarse en recursos educativos para desarrollar tu área específica?
Caminando y sintiendo el ambiente original de nuestra Pampa Para entender de un modo más ameno el sistema natural pampeano, imaginemos que salimos un amanecer caminando desde las Sierras de Tandilia hacia el norte, rumbo al río Salado, recorriendo atentos un ambiente parecido al original. Vivamos esta narración con los sentidos abiertos, percibiendo los procesos ecofisiológicos que están sucediendo, desde los microbianos del suelo hasta el crecimiento de las gramíneas o el rugir de un gran predador en busca de su presa… Estamos en primavera. Bajamos entre las piedras, donde el agua fresca toma velocidad para perderse en la llanura, en uno de los tantos

arroyos que cruzan la Pampa. El suelo es muy húmedo por las abundantes lluvias de la época y el constante rocío de los amaneceres. Cada centímetro cuadrado, con humedad, calor y abundante materia orgánica, es un conjunto infinito de procesos físicos, químicos y biológicos. Algunos de los protagonistas de estos procesos son bacterias, hongos, invertebrados y plantas que interactúan desde hace millones de años, desarrollando relaciones complejas y permanentes -como la competencia, el parasitismo y otras-, que dan soporte al crecimiento del pastizal pampeano. La gran densidad de material vegetal no deja ver el suelo. Esto evita que la lluvia se lleve pequeñas porciones de tierra con cada gota que golpea. Así, el agua penetra en un suelo permeable, lleno de raíces, restos de materia orgánica, invertebrados, cuevas... En la superficie, las hojas caídas facilitan esta penetración al evitar que corra el agua, aún en lugares con marcada pendiente. El viento, a veces muy fuerte, tampoco puede arrastrar este suelo poco arenoso y fuertemente entramado. La tierra, sustrato para la vida, está protegida... Y el agua filtra hacia a las napas o derivando hacia algún curso de agua. La materia orgánica de las hojas caídas y la temperatura apropiada hacen que los microorganismos descomponedores del suelo se puedan desarrollar, metabolizando y devolviendo los nutrientes claves –nitrógeno y fósforo, entre otros-, que estarán nuevamente disponibles para ser aprovechados por las plantas. El fósforo, participa de este ciclo de descomposición y síntesis de compuestos orgánicos sin salir del ambiente del suelo. El nitrógeno, como veremos más adelante, vuelve en parte a la atmósfera pero es fijado al suelo por microorganismos asociados a ciertas especies vegetales. El sol empieza a calentar en la mañana y a través de su energía permite que todo esto suceda. Continúa la fotosíntesis, ese extraordinario proceso metabólico que desarrollaron las plantas para captar energía lumínica y transformarla en estructuras vegetales a partir del dióxido de carbono de la atmósfera. Verdes y marrones en un paisaje movido por el viento y dos energías que se cruzan, la del viento que da el movimiento y la del sol que da los colores a través del abundante material vegetal que genera. Repentinamente, un grupo de ñandúes corre a lo lejos. En sus patas, adaptadas a la carrera como mecanismo de defensa, también está la energía del sol... Mirando el paisaje las adaptaciones y las interacciones se ven a cada paso. Vuelan chingolos, jilgueros, mistitos, cabecitas negras y tordos con sus picos cortos característicos de las aves granívoras, preparados para extraer y quebrar los granos. Los insectívoros exhiben su pico alargado adaptado a explorar el suelo, como lo hace el hornero, los playeros o el tero real en las costas barrosas. El pico corto del churrinche, la golondrina o la tijereta sirve para atrapar insectos en vuelo, con la ayuda de una extraordinaria habilidad de las aves en sus movimientos. Las lechucitas de las vizcacheras asoman sus miradas desde los nidos subterráneos. ¿Quién podría imaginar una lechuza en una cueva?! Pero, en esta Pampa sin árboles, hay que aprovechar lo que hay, arreglándose con los espacios construidos por otras especies como las vizcachas y transformándolos en hogares compartidos. Si seguimos con los ojos en el paisaje, las adaptaciones y las interacciones se vuelven a ver a cada paso aunque no sea de un modo muy aparente, justamente porque son adaptaciones… Por eso en la gama de los marrones, colores de hojas envejeciendo e indicadores de ciclos de minerales, están los “colores pampa”. La perdiz, marrón y confundiendo a sus predadores; los pequeños roedores de esta gama, escondidos en los pajonales. El puma marrón claro, cazando al acecho. Y el marrón también está en el pelaje del venado que se mueve por el pastizal tratando de pasar desapercibido. Es posible que hace miles de años muchas de estas especies tuvieran individuos que no fuesen marrones, sino blancos o grises y que, con su color llamativo, atrajeran más fácilmente a los predadores. Podemos imaginarnos que, con el correr del tiempo, los individuos marrones, escondidos y mimetizados con el pastizal, habrían tenido muchos hijos, más que el resto de otros colores. Así, la predominancia de los marrones determinaría la desaparición de los blancos, llegando a la actualidad a una especie toda marrón... Algo semejante podría ocurrir con cada aspecto de los seres vivos, morfológico o de comportamiento, moldeado por su ambiente y sus interrelaciones. Seguimos caminando, viendo bandadas de “cuervillos de cañada” volar desde los dormideros a las zonas de alimentación. Su vuelo conjunto, en forma semejante a lo que ocurre con los gansos exóticos, se realiza en forma de “V”; esto reduciría el gasto de energía al cortar el aire del modo más eficiente. Otra vez el

comportamiento adaptado al medio. Cerca de una laguna sentimos el fresco; el sonido de las aves de lagunas es intenso. Por allí, entre las cortaderas pasan los carpinchos que, al igual que las mal llamadas nutrias o coipos, se defienden de sus predadores escondiéndose en los pajonales, donde se confunden con el marrón de su pelaje o sumergiéndose en el agua, su medio más seguro. Se ve un grupo cruzando la laguna. Los carpinchos con su nariz bien dorsal que le permite nadar con el cuerpo sumergido asomando sólo una muy pequeña porción de su cabeza. Nuestro coipo, con gran velocidad y ayudado por las membranas interdigitales de sus miembros posteriores, semejantes a las extremidades de un pato. Ambas adaptaciones útiles para evitar a sus predadores: preparados para ocultarse o huir. A medida que avanzamos hacia el norte rumbo al Salado, alejándonos de las sierras, los campos contienen cada vez más lagunas y empezamos a ver grandes cantidades de garzas, cigüeñas y patos. Estos campos están inundados y la vegetación cambia. Los juncos y totoras en las zonas de agua permanente o temporaria, las increíblemente hermosas flores de geranio, varios de los senecios, el llantén, el mastuerzo, la gerardia, los oxalis, las cardas y las verbenas, como tantas otras, son fruto de años de coevolución, intentando llamar la atención de los insectos polinizadores de quienes depende su reproducción. Nuevas comunidades vegetales aparecen con claras adaptaciones a ambientes húmedos, subsistiendo con agua permanente en la superficie. Como otros, el “pelo de chancho” se adueña de las zonas bajas y salinas. Las especies de las lomas y las sierras no hubieran soportado tanto nivel de agua y salinidad pero ellas sí, porque lograron un increíble sistema por el cual bombean la sal (que les es tóxica) hacia la superficie de sus hojas, donde es lavada por la lluvia. Las inundaciones son cortas pero cíclicamente cobran protagonismo, tendiendo a eliminar a ciertas especies y favoreciendo a otras; tal vez esto pueda ser considerado un disturbio en otros sitios –o para las especies exóticas-, pero no en este ecosistema adaptado. A lo largo de los años, el equilibrio se mantiene... Los Matorrales de chilcas se integran a los de Curro y Chilca viscosa, acompañados de carquejillas, romerillos y diversas gramíneas. Cruzamos entre ellos una zona de “paja colorada”. Esta planta crea enormes matas densas de más de un metro de altura donde grandes cantidades de animales se refugian. Acostándose entre ellas el frío desaparece y una sensación de seguridad y abrigo se instala. Avanzada la noche vemos fuego en algunos lugares del horizonte, justo en la dirección de nuestra marcha. El fuego, a veces una herramienta inevitable, está quemando el pastizal, refugio de muchos. El fuego destruye. El fuego construye. Esos pastos muy altos y secos que ardieron con tanta facilidad, hogar de aves, roedores y carnívoros, tienen muy bajo valor alimenticio. Cuando el fuego pasa, los manchones negros comienzan a ponerse verdes. Verde rebrote tierno y fresco, alimento de alta calidad... Los venados y ñandúes se congregan para pastorear en esos lugares. Juntos se sienten seguros de los predadores y toman nutrientes para su época reproductiva. El clima de primavera, junto al seco y frío del invierno, el seco y cálido del verano y el húmedo y fresco del otoño, regulan el crecimiento de los pastos y, con ellos, los ciclos reproductivos de invertebrados, aves, mamíferos y demás vertebrados. La primavera es tiempo de nacimientos. Los requerimientos de lactancias y de rápidos crecimientos pueden ser satisfechos por la cantidad y calidad del pasto, por la presencia de la proteína que aportan los insectos, por la exuberante cantidad de frutos y semillas que aparecen hacia el verano. Frutos y semillas salvadoras para muchos animales, que a su vez se dispersan con ellos después de ser ingeridas, como los “duraznillos” o “huevitos de gallo”. Otras veces viajan transportadas sobre su cuerpo como lo hacen las flechillas o el “amor seco”, arpones enredados en plumas y pelos. Estos frutos y semillas dan energía a algunos y piden energía a otros para que más allá, tal vez muy lejos, se puedan esparcir las recombinaciones de material genético que en cada semilla, cada año, la Pampa vuelve a crear. Seguimos caminando y entendiendo los frutos de millones de años de interacciones. Los ciclos de sequía e inundaciones. Los pulsos de fuegos. Los vientos que arrastran otras semillas y obligan a los animales a buscar refugios en esta Pampa sin árboles. Nos acercamos al Río Salado. Vemos, a lo lejos un animal extraño. Un animal que nunca se había visto antes. Es muy pesado. Mucho más grande que los guanacos de los Pampas. Es un bovino. Un protagonista nuevo en la región traído por los españoles. El ecosistema de la Pampa tiene un nuevo habitante. Ha comenzado un cambio... Fuente: “Algunas de las muchas plantas nativas de las sierras del Tandil” Cuadernos de trabajo. Docentes aprendiendo en red

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