5 – EL NÁUFRAGO Y EL LECTOR

El mundo se había sumido en una completa oscuridad. Jim se sentía flotar en medio de la nada. No era capaz de sentir su cuerpo. En aquel lugar vacío, no encontraba ninguna referencia con la que asegurar cómo, cuándo y dónde se encontraba. De pronto sintió una fuerte corriente de aire caliente, húmedo y muy cargado. Provenía de una luz situada en el horizonte. A medida que la luz se percibía con mayor claridad, la corriente de aire se hacía más intensa. Pero no era algo que percibiera con la piel. Era algo que entraba en él, desde la garganta hasta los pulmones. Sentía un fuerte ardor en el pecho. Aquella corriente de aire sólo se detenía durante unos momentos, y era inmediatamente sustituida por unos fuertes golpes que le oprimían dolorosamente los pectorales. Cuando los golpes cesaban, la corriente de aire húmedo volvía a entrarle por la garganta. Y luego era sustituida nuevamente por otro frenético golpeteo. Una vez tras otra. Y otra. “Esto es una tortura”, pensó en medio de aquella oscuridad que le rodeaba. “Quiero que pare”, se dijo. “¡Quiero despertarme y hacer que pare!”. Jim sintió como algo le subía desde el estómago hasta la garganta. Una arcada le sobrevino e inclinó la cabeza a un lado para vomitar: ¡Lo has conseguido! – oyó decir a una voz infantil cercana, llena de alivio. El color había regresado a su mundo de oscuridad. Notaba el brillo de la luz del sol encima suya. La arena del suelo que había bajo él en la piel. Jim fue a incorporarse para ver quién había hablado, cuando otra arcada le sobrevino, y volvió a inclinarse para vomitar.

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¡Eso es! – dijo una voz diferente, más cercana, masculina – Tienes que echar todo el agua – Jim siguió vomitando, entre toses, hasta que se quedó seco. Al terminar, se giró sin ver hacia la última voz, cegado por la luz solar – A-Agua… – pidió con un hilo de voz. La voz masculina soltó una leve carcajada.

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Creo que ya has tomado suficiente, amigo – contestó divertida. ¿Se va a poner bien, John? – preguntó preocupada la voz infantil. Jim se giró hacia ella con dificultad y alcanzó a ver la figura borrosa y del revés de una niña.

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Haré todo lo que esté en mi mano – contestó la voz masculina. El pirata volvió a girar la cabeza hacia ella. Un hombre joven lo miraba sonriente – No te preocupes. Estás a salvo – Jim respiraba con dificultad. Cada bocanada de aire era una tortura. El pecho le ardía, y el vientre le dolía.

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John te ha salvado – dijo la niña con afecto. El pirata volvió a mirarla. Ella lo observaba desde arriba sonriente. Una sombra negra comenzó a nublarle la vista. El mero hecho de respirar lo agotaba en exceso – ¡Se nos va! – gritó la niña alarmada.

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¡Corre, ayúdame a llevarlo a casa! – apremió la voz masculina, mientras lo levantaba del suelo.

Jim volvió a sumirse en aquel mundo de tinieblas.

***

Abrió los ojos. Las luces titilantes de dos lámparas de aceite iluminaban la estancia. Se encontraba tumbado en la cama de una acogedora habitación, amueblada con un gusto bastante refinado. Las estrellas brillaban en el cielo, y una brisa nocturna entraba por la ventana abierta del lado derecho del cuarto. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jim. Decidió levantarse de la cama para cerrarla. Justo cuando se disponía a hacerlo, oyó a sus espaldas el sonido de una puerta al abrirse: No deberías levantarte de la cama – oyó decir a una voz infantil que ya le sonaba de algo. Jim se giró y miró a la niña de la entrada – John dijo que tenías que mantener reposo – comentó. Luego avanzó con pasos firmes hacia él y le apartó de la ventana – Ya lo hago yo – dijo cerrándola. Jim se sentó en la cama. ¿D-Dónde estoy? – preguntó aturdido. La niña se giró hacia él y le sonrió. En casa de John – informó. Jim se llevó la mano a la cabeza dolorido. ¿En qué isla? – puntualizó. Estás en Chottohitobito – dijo – Un pueblo costero de la isla Kaijou. ¿Cómo he…? – la niña le puso las manos en los hombros y le obligo a tumbarse. Las preguntas mañana – dijo – Esta noche descansa – y dicho esto salió del cuarto cerrando la puerta. No obstante, aunque seguía algo aturdido, Jim no tenía ganas de descansar. Dormir podría traerle recuerdos amargos de lo que acababa de perder. Sus nakamas. Su barco. Su capitán… Decidió desoír el consejo de la niña y se levantó de la cama. Abrió la puerta del cuarto, miró hacia los lados para asegurarse de que no hubiera nadie por los alrededores, y abandonó la estancia. Siguió el pasillo en el que estaba su habitación y salió a una zona más abierta. Jim se sorprendió de lo que vio.

Se encontraba en un segundo piso, que hacía las veces de pasarela empotrada en las paredes. Bajo él, en el primer piso, se extendían incontables estanterías repletas de libros. Más de los que jamás había visto en su vida. Miró a su derecha y divisó unas escaleras de metal que conectaban la pasarela del segundo piso con el piso de abajo. Bajó por ellas y sintió el frío del metal en los pies descalzos. Entonces cayó en la cuenta de que llevaba una ropa que no era suya. Se miró hacia abajo. “¿Un pijama?”, pensó. Una vez en el primer piso, se paseó curioso por los pasillos de estantes, ojeando intrigado algunos de los títulos: “Pescados Comestibles del Mundo” – leyó – “Islas del East Blue”. “La Leyenda de la Niebla Arcoíris”. “Las Mil y Una Curas: Enfermedades y Remedios Naturales Para Combatirlas”. “Brag Men” – cambió de estante – “Navegación: Guía Avanzada”. “La Llamativamente Impresionante Autobiografía del Gran Capitán Buggy” – rió ante el extenso título – “La Leyenda de Sennen Ryuu”. “Norland el Mentiroso” – el último libro le llamó la atención y decidió cogerlo. Se trataba de un cuento infantil. En sus páginas, un hombre sonriente, con una especie de castaña en la cabeza, navegaba en pos de aventuras – “Pero cuando llegaron a la isla, – empezó a leer en voz baja por una de las últimas páginas – la ciudad de oro había desaparecido. “Ya lo sé”, dijo Norland entonces. “La ciudad tiene que haberse hundido en el mar”. Pero nadie le creyó. Y Norland fue condenado a morir por sus mentiras. Y así se conoce a este relato como…”. “… la historia de Norland el Mentiroso” – terminó una voz masculina detrás suya. Jim dio un respingo y dejó el libro en su sitio con rapidez. Se giró hacia la voz. Y-Yo… No pretendía… – empezó.

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Es el libro favorito de Elly – dijo el hombre delante suya – Aunque ella opina que Norland decía la verdad – Jim miró el libro en el estante. Luego volvió a mirar a aquel hombre joven.

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Yo… – empezó sin saber qué decir – Tú… No nos hemos presentado – sonrió el hombre mientras se acercaba a él – Soy John Reader, – le extendió la mano – el propietario de esta librería – Jim titubeo un instante.

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Jim Golden, – le estrechó la mano finalmente – el… … pirata que naufragó – terminó el tal John por él. Jim lo miró sorprendido. ¿Sabes que soy un…? – empezó. ¿…pirata? – terminó el otro por él – Claro que sí. Tienes toda la pinta de ello – Jim se miró el pijama – Bueno, ahora no – aclaró sonriente el tal John.

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¿Y por qué no me has entregado a la Marina? – preguntó. El hombre se sacudió de hombros.

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No has hecho nada malo a este pueblo – dijo indiferente – Aún – remarcó – Y en el caso de que lo hicieras, yo mismo me encargaría de hacértelo pagar – Jim no pudo dejar pasar la puya.

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Con que “me lo harías pagar”, ¿eh? – dijo llevándose la mano a la espada, hasta que se dio cuenta de que no llevaba nada encima. El hombre rió por lo bajo.

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¿Acaso quieres batirte en duelo conmigo? – preguntó divertido. Depende – respondió Jim – ¿Eres fuerte? – preguntó. El otro se sacudió de hombros nuevamente.

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Mis enemigos son débiles – se limitó a decir. Jim sonrió. Una pena para ti que yo no lo sea – le informó. ¿Ah, sí? – lo miró divertido de arriba a abajo. Jim frunció el ceño.

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Oye, tío, si es pelea lo que quieres… – empezó. El hombre alzó las manos hacia delante.

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Tranquilo, tranquilo – se disculpó agitándolas – No pretendía ofenderte – Jim relajó la postura – Escucha, ya hablaremos del tema más tarde. Ahora será mejor que vuelvas a tu cama antes de que…

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¡Estás aquí! – gritó una voz infantil. John se llevó la mano derecha a la cara. …antes de que ella vuelva – terminó resignado. La niña de antes avanzaba airada y con paso firme hacia ellos.

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¿¡No te dije que tenías que mantener reposo!? – le reprochó a Jim indignada. Luego miró a John con una mueca de desaprobación – ¿¡Y tú que haces entreteniéndole, John!? – inquirió – ¡Se supone que estás a cargo de su salud!

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Perdona, Elly – dijo alzando las manos en señal de disculpa – Yo no quería que…

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La culpa es mía – añadió Jim para ayudarle a salir del apuro – He sido yo el que…

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¡Tú te vienes conmigo! – le cortó la niña. Le empujó con ambas manos por detrás, arrastrándole. Jim avanzó dando trompicones mientras miraba a John sin saber qué hacer. El hombre le sonrió, y luego se marchó también.

Cuando subieron al piso de arriba, el pirata decidió caminar por su propio pie. Antes de volver al pasillo, alcanzo a ver a John sentado en un escritorio. Parecía inmerso en alguna especie de proyecto. Mojaba la pluma en tinta, y escribía algo en el papel. Al cabo de un rato, soltó una maldición, hizo un gesto rápido con la mano de la pluma, como si tachara, y agarró con rabia el papel, haciendo con él una bola, para tirarlo abatido a la papelera. Jim se fijó en ella. Estaba a rebosar de más bolitas de papel, de las

cuáles muchas habían caído al suelo. Volvió a fijarse en John, que ahora había enterrado la cara en los brazos. “Está trabajando en algo”, pensó Jim. “Y no parece obtener resultados”. *** A la mañana siguiente, Jim se despertó temprano. Estaba bien descansado, y se había levantado con un gran apetito. Tras echar una nueva ojeada a la habitación en la que se encontraba, la puerta de su cuarto se abrió, y como si hubiera adivinado sus intenciones, la niña llamada Elly entró en él, sosteniendo una bandeja con ella: Le traigo el desayuno, señor pirata – informó con alegría. Jim sonrió, y se incorporó animado. No tenías porqué dijo – aunque su estómago desmentía sus palabras.

Empezó a devorar el desayuno famélico, mientras la niña lo miraba con curiosidad. Al ver como lo observaba, Jim tragó lo que tenía en la boca en aquel momento, y se limpió las migas con la manga del pijama: Oye, – empezó – ¿me has llamado “señor pirata”? – preguntó a la niña. Sí – dijo ella – ¿Es lo que no lo eres? – torció la cabeza inquisitiva. Sí, – contesto él – ya, pero… ¿No te doy miedo? – volvió a preguntar. La niña negó con la cabeza, acompañándose de un ruidito infantil – ¿Y por qué no? – inquirió divertido. No tengo por qué temerte – dijo – Pareces una buena persona – explicó – Y aunque fueras malo, John te daría tu merecido – Jim, que en aquel momento estaba bebiendo, escupió lo que tenía en la boca, entre risas. La niña frunció el ceño.

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Perdona que me ría, pequeña – se disculpó Jim, aún entre risas – No estoy diciendo que tu amigo no sea fuerte – siguió sonriente – Pero creo que puedo apañármelas bastante bien contra un simple librero – terminó. La niña lo siguió mirando con inquina, y luego empezó a hablar con una sonrisa de superioridad.

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Pero es que John no es “un simple librero” – explicó – Él ha probado una fruta del diablo. Y es muy, muy fuerte – gesticuló con los brazos, para mostrarle cuánto.

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¿Una fruta del diablo? – aquello comenzaba a interesarle. Así es – asintió ella con energía – Es fuerte y valiente, y nos ha protegido muchas veces del ataque de piratas como… – la niña se paró – B-Bueno, como tú no – aclaró – Hablo de los piratas malos – Jim sonrió.

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¿Y qué te hace pensar que yo no soy un “pirata malo”? – dijo poniendo una mueca malévola, mientras le pinchaba el costado a la niña con los dedos. La muchacha le sacudió un capón. Jim se frotó la cabeza, sorprendido.

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¡Un “pirata malo” no tendría que andar demostrándolo! – le increpó, divertida. El pirata la miró fijamente. Ambos se echaron a reír durante un buen rato. Luego decidió saber más cosas sobre el tal John.

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Oye, una cosa que quería comentarte acerca de tu amigo – dijo. ¿Sí? – inquirió la niña. La noche pasada parecía estar trabajando en algo – explicó – ¿Sabes de qué se trata? – la niña abrió la boca, y luego la cerró, para mirar al suelo con gesto apenado.

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Verás – dijo volviéndole a mirar – Es que a John le gusta leer mucho. Viviendo en un lugar como este, salta a la vista – comentó Jim. La niña asintió.

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Pues precisamente por eso, el sueño de John es escribir una historia que eclipse a todas las demás – explicó – Lo que él llama “la obra de su vida”.

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No es un sueño muy ambicioso que digamos – comentó Jim. Aunque tampoco era capaz de ponerse en el lugar de aquel hombre.

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Para él lo es todo – dijo la niña, y le miró con un cierto enfado. Luego dio un suspiro y continuó un tanto abatida – Pero por más que escribe, nada termina de convencerle – siguió – Yo he leído algunas de sus historias, y de hecho me parecen buenas – añadió – Pero él dice que no son más que porquería. Que les falta originalidad y realismo – explicó – Dice que por más que lee, nunca consigue inspirarse como es debido.

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Si tanto ha leído, puede que al final siempre acabe escribiendo de un tema perteneciente a otro libro – aportó Jim.

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Yo le dije lo mismo – asintió ella – Pero él dice que no. Que lo que le falta no se encuentra en él ni en otros libros. Que su inspiración debe de estar en otra parte.

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Comprendo – dijo Jim. Cuando lo veo ahí sentado en su escritorio, – dijo Elly – dándole vueltas a la cabeza buscando algo que le guste, para después romper su trabajo frustrado… – los ojos de la niña empezaron a humedecerse – ¡Siento mucha lástima por él! – Jim la miró apenado – A veces pienso que le vendría mejor salir de aquí – siguió la niña, sollozando – Marcharse de la isla y ver un poco el mundo. Aunque tenga que dejarme sola – miró al pirata entre lágrimas – Tal vez eso le ayude, ¿no? – Jim la obversó pensativo. Luego se incorporó de la cama y le puso su mano en la cabeza.

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Elly, – dijo – ¡acabas de darme una gran idea! – avanzó hacia la puerta de la habitación con decisión. La niña dejó de sollozar.

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¿A-A dónde vas? – le preguntó aún con los ojos llorosos. Jim la miró desde la entrada, sonriente.

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Creo que ya sé cómo hacerle llegar la inspiración a tu amigo – dijo. Y abandonó la habitación.

Encontró a John junto a unas estanterías, colocando libros. El hombre le saludó al verle. Jim le devolvió el saludo con la cabeza: Elly me ha contado lo de tu historia – dijo. Nada más oírlo, el joven frunció el ceño y le apartó la mirada. Elly tendría que mantener la boca cerrada – comentó. Sé qué es lo que te falta para escribir buenas historias – siguió Jim sin hacer caso del último comentario – ¡Te falta ver mundo! ¿Por qué no te unes a mi tripulación pirata y recorres el mar junto a mí? – John le miró con el ceño fruncido. ¿Yo? – inquirió – ¿Hacerme pirata? ¿Por qué debería interesarme? – Jim se sacudió de hombros. Verías cosas que jamás encontrarás quedándote aquí – comentó – Tendrías aventuras. Conocerías gente – siguió – Cantarías canciones… Siempre y cuando el ron las merezca, claro está – sonrió. Los piratas matan, saquean y violan – dijo John – No conocen gente, la aniquilan. No cantan canciones, sino que entonan gritos de guerra y obscenidades – lo miró – ¿O acaso me equivoco? Algunos piratas sí – corroboró Jim – Pero yo soy diferente. ¿Ah, sí? – inquirió John – ¿Acaso tú no has matado o robado alguna vez? – el pirata lo miró sin saber que contestar – Creo que tu silencio lo dice todo – terminó tajante. Jim pensó en algo con lo que salir al paso.

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Bueno, ¿y si no fuera como pirata? – preguntó – ¿Y si fuera por tu cuenta? ¿Por mi cuenta? – inquirió el librero extrañado. Sí – siguió Jim – Me gustaría que te unieras a mí. Pero si no lo quieres de ese modo, podrías viajar por tu cuenta – explicó – Ya te he dicho que es la forma de encontrar la inspiración que te falta. Sólo tienes que dejar esta isla y…

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¡De ninguna manera! – le cortó John. ¿Perdón? ¡No pienso dejar esta isla! – miró hacia el piso de arriba – No pienso dejarla a ella – entonces Jim lo comprendió.

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Así que es por esa muchacha por lo que no quieres irte – dijo – ¿Quién es? – preguntó. John lo miró con cansancio, y luego habló.

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Esa niña es huérfana – dijo – O como si lo fuera – remarcó – Hace ocho años, un barco pirata hizo escala aquí. Eran una tripulación ruidosa, violenta y hedionda, como cualquier otra. Aunque sólo vinieron a hospedarse y a gastar la fortuna que habían acumulado – Jim lo miró con atención – Se marcharon dejando un bebé en la barriga de una mujer del pueblo. Una mujer tonta y vivaracha, que pensaba que podría formar una familia con el corsario que la había dejado encinta – explicó – El día de su partida, esa misma mujer intentó convencer al pirata. “Navegaremos juntos y formaremos una familia en el mar”, le dijo esperanzada. El corsario la apartó de su lado de una bofetada, y le entregó un puñado de billetes. “Toma, este es el pago por lo de aquella noche”, le dijo antes de subir a bordo sin ella – John lo miró con seriedad – Así es como actúan los piratas de verdad, Jim Golden – dijo con sorna. Jim lo siguió observando sin decir nada – Dos años después, la madre de Elly murió, y nadie del pueblo quiso

hacerse cargo de la niña. Nadie excepto yo, claro está – sonrió apenado. Jim lo miró pensativo. Y de entre todos los habitantes de este pueblo, ¿por qué tú? – preguntó – ¿Qué te llevó a adoptarla? – John bajó la mirada al suelo. Esa niña es como yo – dijo con una triste sonrisa – Creció sin un padre. ¿Cómo tú? – se extrañó. El librero le miró detenidamente. Hace unos dieciocho años, cuando yo no era más que un mocoso de cinco, mi padre nos abandonó a mi madre y a mí – dijo. ¿Os abandonó? – John asintió con lentitud. Mi padre era un aventurero – explicó – Viajaba por el mundo y registraba sus descubrimientos y experiencias en numerosos libros. ¿Era él el propietario original de esta librería? – preguntó Jim. Así es – asintió John – Salía de viaje, y no volvía hasta pasados unos meses. Recuerdo que una vez tardó un año en regresar – siguió – Siempre traía multitud de cosas que encontraba en sus viajes, y contaba innumerables relatos sobre sus aventuras. En aquel entonces yo le admiraba, pero… – se mordió el labio y apretó los puños con rabia – Cuando yo tenía cinco años, volvió a marcharse en su barco y nunca más regresó. ¡Nos abandonó! – gritó – ¡¡Y la espera hizo que mi madre enfermara, hasta que la fiebre se la llevó!! – los ojos se le humedecían al recordar aquello. A lo mejor su barco sufrió una desgracia en la travesía. Una tormenta o… ¡¡¡NO!!! – le cortó airado – ¡¡A su barco no le pasó nada!! ¿Qué quieres decir? – inquirió. Cuatro años después de que nos abandonara, encontré un periódico – dijo – En la portada, había una foto del “Saint Romance”, el barco en el que navegaba mi

padre – explicó – La noticia informaba de que el barco había atracado en un reino famoso, y venía cargado de oro, joyas y otras mercancías de gran valor – su rostro era una máscara de odio – ¡¡Ese cabrón nos había abandonado, y se estaba pegando una vida de lujos y caprichos!! – Jim se sorprendió al ver a aquel hombre, normalmente calmado, estallar de ese modo – Así que no – siguió John – Aunque yo no pienso actuar como ese malnacido, no quiero que Elly pase por lo mismo que tuve que pasar yo – le dio la espalda – Es todo. No pienso volver a hablar del tema. Pero si ella misma quiere que… – empezó Jim. ¡¡He dicho que no pienso volver a hablar!! – le increpó. Le dirigió una mirada airada – Tú ya te has recuperado, ¿no? – inquirió – ¡Pues coge tus cosas y lárgate! – se alejó dándole la espalda – Mañana por la mañana hay un barco de pasajeros que parte del pueblo. El capitán es un viejo conocido mío – explicó – Dile que vas de mi parte. Podrás embarcar a un precio reducido – le hizo un gesto con la mano en señal de despedida mientras caminaba – ¡Hasta nunca, “señor pirata naufragado”! Jim lo miró con el ceño fruncido. Apretó los puños con rabia. “¡Maldito testarudo!”, pensó. Luego se marchó también y subió al piso de arriba, para volver a su habitación. Elly lo esperaba sentada en su cama, expectante: ¿Y bien? – dijo la niña. Jim negó con la cabeza. ¡Nada! – se quejó – Tienes razón. ¡Es más terco que una mula! – se sentó en el borde de la cama junto a ella, abatido. ¿¡Has intentado convencerle para que se vaya contigo!? – inquirió. Sí – afirmó él – ¿No te parece bien? – preguntó.

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Por mí vale, – dijo Elly – si eso le ayuda en algo. Pero él sigue empeñado en no salir del pueblo – siguió – Dice que la Marina es insuficiente para protegernos de los piratas.

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¿La Marina? – preguntó él. Sí – dijo ella – Hay una base de la Marina en la isla. Pero está algo lejos de este pueblo. En las pocas veces que ha habido un ataque pirata, para cuando las tropas llegaban, John ya había acabado con los asaltantes.

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¿Por su propia cuenta? – preguntó sorprendido. Ya te dije que era muy fuerte – asintió la niña – John siempre nos ha estado protegiendo – sonrió mientras miraba al suelo – Y a mí me ha salvado la vida en más de una ocasión.

Jim observó pensativo a la muchacha. Tal vez sí hubiera una manera de convencer al librero. La niña se giró hacia él y lo miró, intrigada: ¿Se te ha ocurrido alguna idea? – preguntó. Jim la dirigió una sonrisa. Elly, – dijo – ¿me ayudarías a hacer de “pirata malo”?

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans

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