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Gustavo Bernal

LA PUTA
GANA
(Novela)

Ediciones de La Polla Literaria


Santiago de Chile, diciembre de 2010

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La Puta Gana - Gustavo Bernal
Inscripción Nº143.654
Segunda Edición, Santiago de Chile, diciembre de 2010

Diseño de Portada: Adrián Barahona


Fotografía de Portada: Indeterminado

Se autoriza la copia exacta de este libro, su distribución


indiscriminada por cualquier medio, siempre que sea sin
fines de lucro y citando claramente la fuente.

Ediciones de La Polla Literaria


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Gustavo Bernal

LA PUTA
GANA
(Novela)

Ediciones de La Polla Literaria


Santiago de Chile, diciembre de 2010

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“Para ser escritor hay que dedicarse
con la energía de un adicto a las anfetas”.

Jack Kerouac. On the road.

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PRÓLOGO

“Nosotros, mi libro y yo, vamos de acuerdo y con la misma


marcha. En otros casos puédese elogiar la obra y criticar al obrero,
por separado; en éste no: si se ataca al uno, se ataca al otro”.
(Montaigne ; Ensayos III, II)

Susan Sontag recalca con asombrosa simpleza que un


escritor es “alguien que pone atención al mundo”. Elver Cruzila
lo es, incluso poniendo en riesgo cualquier etiquetado. Es que
Elver Cruzila pone demasiada atención al mundo. No sólo es
el gran recordador o el nuevo Dostoievski con jeans, sino que
también es el “gran escuchador”, una grabadora humana que
no se detiene, aún cuando sus oídos tuviesen que hacer de ojos.
El día infantil que atestiguó por primera vez con una grabadora
de bolsillo todo lo que acontecía, descubriría su desesperación
(estética) literaria. Pero nada satisface a este poeta, una noche
en un ataque de ira lanzó esa grabadora por los techos de
Eureka, su ciudad natal, y las palabras de Elver magnéticamente
quedaron abandonadas en los tristes y solitarios pizarreños
de su pueblo. Elver nos dijo que Eureka podría ser mejor que
la Florencia de Leonardo por el sólo hecho de narrarla en el
abandono de una grabadora partida en mil pedazos.
En él la metáfora no es recibida con la típica ingenuidad
del escritor moderno, la metáfora “metá phorein” es “llevar
más allá”, reemplazar un lenguaje por otro más colorido, en
Elver Cruzila todo esta acá y en eso consiste su talento, hacer
una metáfora “del acá” que no se escape, que no vuele, porque
volar en Eureka no es algo novedoso, si dice por ejemplo: “...Con
la frescura del helado de piña y la calidez del fernet habíamos
resucitado a fuerzas moribundas internas, por fin podíamos ver
al mundo brillar en el rojizo atardecer de Estación Central...”.
No hay imagen más allá de puros referentes tristes que tratan
de entusiasmar, pero cada vez que lo logran para inventar “otra
fiesta”, la grabadora choca con los techos miserables de la
existencia: “...tengo la transparencia de una casa de putas en el
cerebro, y muchas veces, sólo veo fantasmas...”.
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Pero ese acto de registro de un hombre desesperado
ante la muerte, sólo se comprende en la frase que nos dice
Camus: “Todos los días que no se han anotado equivalen a días
que no han sido”… ¿Escribir por estética o por desesperación?
Es lo mismo. Criado entre los delincuentes tenía que contarnos
algo sobre ellos. Si leemos “La Puta Gana” hoy en día, no nos
es indiferente su conexión con la poesía goliarda medieval que
nos contaba las vidas de los delincuentes y marginales, ni con el
aliento rimbaudiano de la Francia campesina o el renacimiento
de los bosques del San Francisco beatnik, incluso no nos es
ajeno el olor a ese poeta viejo y suicida, Pablo de Rokha, que se
iba en tren al sur sólo con la triste misión de vender sus libros.
¿Y ese esfuerzo? ¿Para que el tren? ¿Para que los libros? Sólo
para hacer del tiro en la cabeza un momento justificable. Fama
no, éxito no, muerte tal vez.
Los poetas de Eureka encabezados por Cruzila, lo único
que tienen a mano para cantar en sus inicios es a su tierra, pero
no es la tierra del antiguo naturalismo literario que se regocijaba
en llenarnos de gallinas o de fábricas sino la tierra donde se
desploman los ángeles borrachos, donde los niños juegan a
las bolitas, la tierra que se despide triste de la niñez mientras
un camión la llena de cemento. Jorge Teillier lo identificó con
los lares, esos viejos dioses tutelares romanos, Elver sólo hace
de Eureka una desesperada página en blanco donde todos
inevitablemente vomitamos. El arte y su ciudad, Florencia,
New York, Dublín y Eureka. Cruzila nos bombardea por que nos
retiene en su jazz frenético. Es un beat pero a él no le importa:
en el mismo momento en que Bolaño necesitaba un hígado,
Cruzila destrozaba el suyo.
El escritor no es el que cuenta sino el que padece. El
escritor no es un reponedor de supermercado que coloca las
cosas para el inventario. Aunque Elver lo fue, porque Elver ha
estado en casi todos los lugares y todos los lugares no han
salido intactos de él, es decir han sido escuchados, registrados
y luego lanzados al aire al igual que esa grabadora que lanzó por
los techos de Eureka. La actividad, la acción en él, se vuelven
insoportables por que la literatura lo demanda todo; desde
beberse un jarabe ziprepol hasta limpiar una reineta.

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Mirar es encontrar una oposición. El escritor en su
paseo diario (si es paseante urbano o “flaneur” como lo llamó
Baudelaire) o en su paseo psicológico (si es un “monologador”
moralista) encuentra los objetos sólo por la rebeldía de estos
y no por que el escritor los disponga a su antojo. El “theoros”
griego que llegaba a las fiestas para hacerse espectador y relatar
luego en el ágora vecina lo acontecido envía su etimología al
concepto de “teoría” (que se traduciría como “el participe de
afuera”). Pero Elver no es un teórico (si esta afuera no escribe).
Elver necesita estar adentro, por eso habrá que arrancar de los
pacos primero, luego escribir. más que un espectador Elver es
un tropezador: pareciese que las cosan que tropiezan con él se
volviesen literatura incluso a regañadientes.
El escritor necesariamente necesita propiedad. Para
los nuevos poetas, las cosas dejan de ser “algo para” y se
transforman en “algo contra”: Dublín para Joyce, el recuerdo
para Proust, la nada para Turgueniev, el mal para Melville. Elver
contra lo que tropieza, Elver contra lo que ama, Elver contra
lo que cree, Elver contra Elver. Nada le es propio pero todo
le pertenece. Tropezón versus contemplación. Daño versus
narrativa. La puta siempre gana, es su deber, su negocio sexual,
pero también a veces merecemos tener un poco de puta gana
para escribir, para vivir, incluso a veces debemos tener un
poco de ganas para morir (si no, no nos moriríamos). El juego
de palabras no es gratuito. Eso quiere decir que en este libro
se ha estado tanto en los puteríos más extremos como en el
cielo más artificial, ya que “gana” (entusiasmo, enthousiasmos)
significaría “llevar un Dios dentro”, es decir, al fin y al cabo,
todos llevamos un “puto dios” dentro. ¿Y qué es un Dios sino
una grabadora hecha trizas en la madrugada con palabras que
nadie escuchará y que por lo mismo son las más sagradas?
Esperemos que este dios literario, que esta hecho trizas
en los techos de Eureka, haga su trabajo. Esto quiere decir que
cuando Proust utilizaba el mecanismo del olfato para escribir
poéticamente sobre el pasado, Elver utilizaba la ñata para
darle un toque al cerebro. Aquí no hay simple belleza, sino ruda
supervivencia.
Coctelmarx, Noviembre 2009

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No creo que sea sueño en la tarde, simplemente ella no me quiere


ver, es culpa de mi escatológica adicción y su avejentado devenir de noches
tristes y solas.
Ella siempre trae los ojos espesamente teñidos y agotados. Miraba
como si quisiera follar con todos, siempre me gustó porque tenía un exquisito
sentido del humor.
–Perra culiada– pienso. Permito cualquier opinión.
–Romántico– díganle eso a Elver Cruzila que se la pasa mirando por la
ventana por si su amor aparece y ella no se da por aludida. La chiquilla vagaba
de fiesta en fiesta intentando ser ingeniosa y sexy, y aunque creía conseguirlo,
sus intentos ebrios sólo obtenían lo inverso. Entre desesperado y adicto bebo
jarabes y vinos baratos que me vuelven torpe y sedado a la vez, pero lerdo y
eso me confunde, avanzo mandándome una cagada tras otra, mi madre traía
puesto un vestido viejo y zuecos altos de madera, batiendo una sopa alterada
grita haciendo que el vestido se vea además de viejo y sucio, feo y agresivo:
–¡Siento que aún no me mejoro de ti!– grita.
–Como si el embarazo fuera una enfermedad– pensaba.
Es la edad de los errores la que me persigue, a pesar que alguien me
hace cosquillas, me encuentro con mi negro amor incompleto y la maldita luz
de alguien, es difícil para un ser tan opaco como Elver Cruzila, y para mi, pero
lo haremos a su modo, sin perdedores y en silencio.
En el universo puedo diferenciar las casas de la luna con las luces
encendidas, las casas de la Tierra no alcanzan a iluminar los pasos de sus
moradores noctámbulos y llenos de vestigios inciertos. De los bloques salen
cientos de negros murciélagos vomitados, chocan entre ellos, los débiles
quedan pegados en contraseñas blancas. Ocurre en bastantes circuitos
de otras especies más evolucionadas de animales. Una vecina de esas que
cotorrean todo el día en cada esquina, en cada negocio, corre espantada
gritando:– ¡ELVER…MUCHACHO!… los murciélagos son peligrosos…
¡¡AGUARDA!!–
–No señora, si tuvieran rabia la municipalidad habría fumigado– le
aclaro.
–Tú dices que no tienen rabia, pero no sabes si tienen rencor.
Un arrendatario hace chillar su Hammond nuevo, es penoso entregar
tanta dedicación y tiempo a perfeccionar rúbricas artísticas sin pies ni cabeza
y a los meses mirar tu cara en el espejo y resignarte a encontrar otra tumba, es
parecido a tener una compañera, amarla y después de unos meses dejarla sola

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y con infecciones, en parte, por no decir en todo, ellas son culpables que nos
preocupemos tanto por lo exterior, pues las razones interiores importan poco o
nada cuando ves unas tetas y un culo girando, un feriano les grita en éxtasis:
–¡Estás como papo!– El del puesto del lado continúa:– ¡Como
Paponérselo!–
En la feria van chicas antimoda con botas rojas y vestidos blancos,
antimoda por el lugar, o sea quién va a comprar zapallo así vestida, avanzo
entre los colores de las frutas y los bendiciones de los caseros con rasgos
indefinibles, me encuentro con María Mall y sus ojeras de anoréxica, siempre
he creído que las ojeras son atractivas bajo unos adorables ojos verdes
suaves, les da un tierno aire calentón a su mirada, ella pasaba todo el día
fumando cigarrillos y hablando en un estado adormilado, no tenía grandes
preocupaciones, su vida era hacer nada, nunca pensé que ella, alguna vez, se
pudiera pear con un olor tóxico o pudiera cagar siquiera un pequeño lulo, era
extraño pero la fragilidad de sus manos me inspiraba calma, nos besamos las
mejillas y con una voz coqueta le pregunto:
–¿Qué te pasa Mari?, te ves cadavérica.
–Aparte de los problemas Elver, me sentía gorda y empecé a
vomitar.
–¿No gueí? ¿Vomitas?
–Sí, después de cada comida.
–Yo creo que vomitas cuando el pico te toca la campanilla.
–Oye gueón. No seas ofensivo, yo no te critico por robar ropa donde
Caroca.
–¿Quién te lo dijo?, nadie debía saberlo.
–Robaste y eso siempre se sabe.
–¿Tienes cogollitos?
–Sí, pero son personales. Soy artesana no traficante.
–No hay drama, igual te los compro.
Todos sabían que María Mall estaba metida en el negocio de las
drogas, además estaba catalogada por media población como loca, en el acto
armó un cuete gigante, me deslumbraban sus deditos, por ambos lados del
papelillo caían cogollos enteros, ya quería poner una cama elástica y salvarles
la vida, era hermosa su forma de armarlo, con la misma calma lo encendió.
–Ponle un bombero– le digo.
–¿A quién?
–Al pito.

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–Pensé que a tu polola.
Sin duda es una mujer hermosa, pero a mí me gusta cuando es una
matita absoluta. En la feria observamos los productos, a veces te equivocas y
compras algo a quinientos y caminas tres pasos y está lo mismo a doscientos,
mi madre se enoja cuando regala la plata, a María Mall le da lo mismo, no se
da cuenta, imagino que a Cecilia Bolocco también le importaría un cuerno.
Volví a casa, mi sobrina Paz que es una niña redonda y acurrucada jugaba
ahorcando al perro, Paz es un nombre simbólico pues ella nació en medio de
una guerra, interrumpo su juego y le pregunto:
–¿Me llamó alguien?
–Si me dejas decir un garabato te digo.
–Bueno dilo, ¿quién me llamó?
–Nadie cagón.
Siguen ahí. Despeguen. Arriba todos tenemos cosas que decir. Yo
creo en esa mentira, ochos perros negros siguen violando a una perra blanca,
en turnos, la persiguen por las cuadras hartándola con su calentura canina.
Esta tarde trata de dos hombres que ambicionan cumplir en el siglo XXI sus
propósitos de otros períodos.
–Charlie Parker tocando el saxo es como un león comiéndose una
cebra– dice Damián haciendo como si masticara al animal inflando sus
cachetes.
Damián tiene mi edad pero parece de menos, su palidez exacerbada le
da un estilo ario que no puede negar ni con la cédula de identidad en la mano,
sus ojos de odio constante, achinados, sus manos son enormes y sus dedos
esqueléticos, pero muy bien cuidados, se hace la manicure con las cuerdas de
su guitarra, Damián trabaja con ellos en cada arpegio.
–Hablando de comida, una vez estuve con una mina en un motel y
traté de sacarle los calzones con fina sensualidad y ella prefirió hacerlo sola.
Dejó los calzones escondidos en su cartera, pensé que podían tener caca y
después tuve un cierto rechazo.
–Cuando estoy con una mina que realmente me interesa, me corto.
Tal vez lo peor sea que Damián Jass y Elver Cruzila son
irremediablemente jóvenes, y pronto, unos huesos bajo tierra. Damián llega
con unas botellas de cerveza y dentro de un periódico viejo al menos medio
kilo de macoña verde recién podada. Después de invocar múltiples jazzistas
muertos, el saxo y los solos de plumillas sonaron mejor. Un saxofonista es la
marioneta del viento dentro del pulmón de alguien, Damián abre la ventana
de su pieza que está sobre la casa y grita:
–¡Bebamos esta cerveza pasando frío! Es imprescindible la
incomodidad.

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Por supuesto que cierro la ventana, tirito y titubeo sobre el buen gusto
de Damián, camina alrededor de la habitación tratando de encontrar algún
viejo síntoma que lo haga volver a querer el sitio, enciende un cigarrillo caro y
el título exacto de la escena podría ser “sarcasmo café”.
–¡Quiero tener un horizonte libre con mi guitarra en las manos!, pero
todo Santiago está tan cerrado, miras para el sur y ves montañas, al norte la
misma tanga.
–Este lado del mundo jamás se volverá una marmolería– le digo
invocando frases de un libro de poemas empolvados de Don Vicente.
– Sí, tienes razón, la gueá que dije.
Las hermanas de Damián me llaman “el niño”, es un lúdico sistema
castrador, Elia Jass es una mujer nerviosa, trae a cuestas un aspecto inocente
que nadie alcanza a tragar, cuelga su ropa recién lavada en los alambres del
patio, un gato le ronronea entre las piernas y ella se deja querer. Su ropa
interior es blanca igual que su esencia adquirida ojeando libros de Alejandro
Jodorowsky y unos cuantos otros de Reiki y meditación trascendental.
–El dolor seduce la anestesia– canta Damián.
–Debería ser al revés.
–No, claro que no, así está bien, lo contrario sería lo rico.Quizás nadie lo entienda.
Damián bebe cerveza y llama a su gato Aire. En la radio suenan
acordes de praderas escocesas y en un ataque de zoolatría Damián se lanza a
besar al gato, todo en un ambiente muy romántico, tres guitarras son la casa
de Aire, el gato las ocupa sin inmutarse, escuchamos a Ian Brown, El Mono,
luego The Prayer de Carl Cox. Antonia Jassim pinta cuadros alocados en su
pieza, lanza colores a la tela buscando parajes costeros, con conchitas y hojas
secas que avanzan con la corriente, una gélida cara se refleja en la profundidad
del pincel, es una pintura mística. Antonia es la mayor de las hermanas, tiene
los cabellos negros y crespos, sus ojos claros y sonrisa fácil, siempre busca
lo positivo y con sutileza carcome la autoridad del viejo loco negativo que
cargamos. A Antonia le encanta esa palabra, – Místico–, como si adoptara
fuerzas y energías al decirla. Y la repite, la embruja, una pintura mística
realizada con misticismo, aunque sea un tanto místico decirlo. Compramos
muchas cervezas tratando de evitar ir donde las “cumitas” a comprar
marihuana, las bebemos escuchando a Radiohead y de igual forma, juntamos
la plata para los petardos neoprénicos, los cuetes. Caminamos por Eureka
Dark Plaza dando zapatazos a las piedras, los dos vamos pateando la misma
y de paso aprovechamos de espantar a unos basenómanos mirándolos con
cierta repugnancia, ellos sufren como perros condenados a comer caca. Son
débiles coprófagos. Comen feca a la hora de almorzar, y las sobras. En la Pío
VI no sobra almuerzo y los perros hacen nata con la basura. Pocos almuerzan.
Las casas son con puerta de trapo, muy feas y los habitantes flacos y con ojos
transformados, siempre están hablando de algún espécimen que esté en

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cana, de algún movimiento, gueás turbias. Damián ignora las cuchillas y les
responde violentamente.
–No hay monedas pelaíto– le dice a uno.
–Eso nos puede traer problemas– le digo.
–No creo. Están tan flacos que les pego un combo en el hocico y se cagan– alega.
–Evita compadre.
–Evita Perón. La Madonna está cada día más rica, demasiado rica diría yo.
–Y eso que fue mamá.
Compramos una caleta de pitos y volvemos. Un incienso humea al
fondo de la pieza y el gato duerme acurrucado entre las guitarras. El incienso
mantiene el aire respirable, pero también es para evitar problemas con los
vecinos y los olores de los gatos y los pitos, Damián no comprendía bien por
qué debíamos caminar rápido y sin mirar feo a nadie, y le explico que los
basenómanos son capaces de cortar tu cabeza por una papelina más, ellos
creen que somos muchachos de plata, todo por que vestimos una chaqueta
Levi’s y nos lavamos la cara, molestan con cara de niños buenos y sabemos
que son unos hijos de puta, nos piden desesperados. Una tarde le di diez
pesos a uno, ironizando, y me los recibió igual.– Vale perrito– me dijo. Quizás
con otros cincuenta parecidos a mí le alcanzaría para otra cachetada, y a
caminar por el borde del precipicio otra vez. Pedir es su profesión y mientras
avanzan en la miseria anhelan encontrar el final, espero. La policía pasa de ida
y al instante, de vuelta, saben que esto es terrible. En realidad, no creo que
sepan. Nunca saben nada. Un policía es alguien inculto que prefirió quedarse
con un disfraz de niño, de engrupido del colegio. Damián pone Siouxie and
the Banshees y nos reímos de las putas de la Blondie y el pasito de las piernas
cruzadas. Izquierda, derecha y aleteo, derecha, izquierda y aleteo. Un paso
raro que la mayoría de las putas góticas hacen aún. Es un festín decadente
de oscuras personas que sólo aspiran a ganar el concurso del jopo, y en pleno
invierno usan chaquetones gruesos y negros como si Santiago fuese London
o Manchester, pensando ridículamente que hace el mismo frío que allá.
Damián Jass siempre tiene gustos musicales a tono con los días, era tarde y
hacia mucho frío, Jassim escuchaba a Ray Charles, el genio.
–Las minas me mandan cartas, pero no estoy ni ahí con ninguna
gilipollas– me cuenta.
–Tu última mina fue muy mala.
–No tanto, la Pao siempre me ha gustado, es como yo– dice Damián.
–¿Hombre?– güeveo.
–No. Quitada de bulla. Habla cuando es necesario.
–Dice presente en la sala y permiso en la micro.

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–Claro. Ni siquiera dice provecho.
–Eso no se dice. Lo encuentro último.
–Sí, “provecho”, la gueá tonta.
–Es como decir “salud” después que alguien estornuda.
–También, la gueá necia.
–La Pao es super bonita, parece cuica italiana.
–Y eso que nunca la has visto en pelotas.
–¿Rica?
–Rica es poco, mojaba las sábanas. Nunca nos podíamos soltar por
completo, “vos cachai poh Elver”, esta pieza es una habitación universal,
entran y salen los que quieren. Esa gueá me aburrió. Los que somos, somos,
los demás palomos. Se me han perdido decenas de compact y cassettes, se
me perdió el cassette tuyo de James y uno de Tricky de la Antonia, menos
mal que no se ha dado cuenta. Los gatos siguen entrando y se mean en los
cojines. Me gustan los gatos, pero se ponen huevones.
–Sube un perro entonces.
–¿Y la caca?
–Y el pichi de estos putos.
La pieza de Damián es un antro poético, beat, una joya de antología
pero en bruto, con fotos de todas las razas y las historias etílicas de
misceláneos paraísos próximos, nunca pude salir lúcido de ahí, menos Cruzila
que se tomaba hasta el agua de los floreros.
–¿Porqué dejaste de venir un tiempo?– pregunta Damián afinando
una guitarra y con el movimiento despertando al gato Aire.
–De taimado, me gusta estar aquí.
–Compré estos inciensos para evitar los meados de gato.
–Para soportar los meados tóxicos de gato querrás decir.
–Una vez el Ítalo le puso una bolsa amarrada en la tula al gato y cada
vez que meaba se juntaba ahí el pichi. Después se dio cuenta que podía pegar
los trabajos y las maquetas con la excéntrica solución.
–Pero le ponían rojos por hediondo.
–Lo pudo usar una sola vez.Cuando la maqueta era sobre el “MercadoCentral”.
–La Pao odiaba los gatos y siempre peleábamos por eso.
–¡La Pao!, ¡La Pao!, me tienes huevón con la Pao…

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–Y cuando hablas borracho de Ly García y yo tengo que escuchar tus
plegarías cabrón reculiado, tienes que ser más tolerante, ¿te gusta que te
escuchen o no?
–Ok, uno cero.
–Hablar de mujeres es signo de mal gusto.
–Cambiemos el tema.
–¿¿Fórmula uno??
–¡¡Fútbol!!
–¡¡¡¡Coños!!!!
–El sábado en una fiesta me agarré a una morena entera rica y me
descuadré, después nos fuimos a la “Plaza de los Callados”, la negra estaba
marihuaneada y quería puro chuparme la verga, me decía “Papito” la puta de
mierda.
–¿Te lo chupo príncipe mío?– insistía, y le dije que bueno de una,
después quise bigotearme, pero ella había bailado toda la noche y me acordé
de mis gatos, la morenaza chica top estaba pasada a marisco, onda puerto
muerto.
–¿Quién es?
–No te puedo decir. Es la mina de un amigo tuyo.
–¡Que importa!, no soy un paparazzi copuchento, es para no
cometer el mismo error.
–La Toñita.
–Ah, sí sabía, esa negra es cochina.
–Pero es rica.
–Que pena, tremenda figura, inmenso culo y tan podrida la mierda.
–Y las tetas, más encima con frío, los pezones parecían pequeñas pichulitas.
–¡Rica!, se me paró.
–Los perros me ladran con rabia, debo tener olor a gato.
–Tal vez sea olor a perra.
–A perra del sexo.
–En todo caso si te ladran mucho asegúrate unas piedras.
–Demás. Oye, ¿qué vas a hacer más tarde?, podríamos fumarnos un
perno. Quinientos y quinientos.
–Mejor ochocientos cada uno y nos compramos una chelita también.

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–Me compré un compact de meditación. Un mantra rock.
–¿Te lo compraste donde la chica Alicia?
–Sí, es bien pegado, se parece a Tomita.
En la pieza de Damián todos se sirven, los gatos juegan con la
ropa sucia. Saturnino se comporta como una verdadera sabandija y habla
exclusivamente de él, su nihilismo atroz deja al desnudo una descabellada
dictadura cerebral, el muchacho es aparentemente inofensivo aunque los que
lo conocen saben que es un infierno, pues hierve de manera inmoral, es un
freak, es capaz de transformar cualquier relación de amor en una caricatura.
–¡Estoy más chato que nunca!– decía. La Antonia cree que es única
por sus inciensos y sus libros de chacras, reiki y runas, pero en otros barrios
está lleno de minas así, me cargan todos los conchesumadres, ¡¡¡BAJA LA
RADIO, ESTOY HABLANDO YO!!!, esta noche salí a ganar, ¿hay más pisco?,
quiero un trago fuerte, voy a culiarme al mundo, a la Antonia la dejaron mal
las motos. Me llamo Shelltox y ahora estoy aplastando bicharracos, ¡¡PÁSAME
EL MICRÓFONO!!– grita. ¡¡VOY A CANTAR!!, en serio cabros, voy a cantar.
Todo puede ser, todo en un segundo, Damián instala el cable y toca la
guitarra, me pide que suba el volumen de la tele, les digo que los gatos cuando
están enamorados no comen, no me pescan ni en bajada, mis palabras van
directo al viento penetrando la esencia que nunca, al parecer, es integradora,
sino que más bien es, personal e íntima.
–No puedes concentrarte en las dos cosas– dice Saturnino.
–Tengo cuatro cerebros aquí arriba, (Damián se golpea la cabeza).
Cago y leo. Escucho música y monto a la Pao.
–Eres un fenómeno entonces.
–Un tragafuegos es capaz de hacer malabarismo.
–Ya entendí huevón.
–No te enojes, hagamos cerditos.
El humor de Damián es gringo, parecido a un Al Bondi criollo, Antonia
atiende el negocio en el primer piso, su madre fue a Laguna Zapallar y se
encontró con Ly García. Madre e hija se telefonean como cartománticas.
–¿Con qué has tenido problemas mi amor?
–Con la abundancia.
–No te preocupes, hay cosas peores (ríen).
Damián estaba muy borracho y Elver Cruzila también, esa escena se
repetía como la deuda que deja un lápiz si se esfuma, Elver gritaba al televisor,
Damián llega corriendo entre tropiezos y gritando:

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–¡¡GOLPÉAME!! ¡¡DAME EL COMBO QUE QUIERAS!!.
Me quedo viéndolo. Después de eso se va. Masushi nos regaló un
paquete de macoña y nos salvó la noche, con el ahorro alcanzamos a comprar
un pisco del malo. Masushi se jactaba de pensar más de la cuenta, pues
decía tener un exceso de vida, su nariz era gigante, eso saltaba a la vista.
Bebimos de a poco, entre arcadas rancias que agregaban a la escena cierta
dosis de agitación. Las chicas que vendían marihuana lloraban porque en la
tarde habían llegado los pacos y se habían llevado al “care guape” y a otro
que le estaba comprando. Los basenómanos juntan cenizas en una hoja de
cuaderno, fuman pasta base con ceniza, creando según antiguos apuntes de
Williams Burroughs en su enciclopedia adicta llamada “Naked Lunch” un yen
pox, para el caso, excesivamente cuma, los secuaces nos dicen:
–¡Quedó la patá!– Quieren decirnos que todo se funó.
Damián pone a chicos y chicas de la onda Pánico y dice que conoce
a Rosita. No sé siquiera si exista esa mujer, de ser así le deseo que pueda
ser una gran pornostar, cambiamos la música a danzas pigmeas. Bailamos
puro hueviando, se cae el copete, se mezclan humos que también están
bailando. Tenemos estufita y cigarrillos. Antonia y Elia conversan de la crisis
del Periodismo Chileno y beben café muy cargado. Elia estudia y se hace
preguntas a solas, a veces se las contesta. Siempre parece con problemas o
pensando en cosas virulentas, vive seria, como si vivir fuera únicamente una
mala excusa para no morir. Damián afina por sexta vez su guitarra y no lo
consigue, le apago el amplificador, él se molesta dando alaridos pavorosos.
–¡Estaba creando inconsciente de mierda!–
Saturnino sigue bebiendo y nos cuenta que cuando era chico
siempre lo sacaban, por sabio e inquieto, a resolver los ejercicios a la pizarra,
empezaba a escribir la respuesta y todo el curso se mataba de la risa, después
comprendía que estaba escribiendo hacia arriba.
–¡¡Yo soy ganador. Escribía hacia arriba. Tú entiendes Elver. Hacia
arriba!!–
(Saturnino apuntaba el cielo buscando a un espíritu celeste. Un
angelillo loco. Un país nuevo, un paradero de mentalidades nuevas. Todos
confabulados en un único ideal de liberación).

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2

Un vehículo de seguridad recorre Eureka Dark Plaza, buscan posibles


traficantes que estén vendiendo la pescada, o que se duerman de volados y
los pillen, el acompañante del chofer parece un paco de civil y tiene en sus
manos algunos datos apuntados en un cuadernillo lleno de dibujos de penes
y tetas que el mismo ha hecho, también varios historiales de uno y de otro
camello. En el tablero del sapomóvil hay un computador con su respectivo
y escondido teclado, los hombres visten como guardias de supermercado y
responden –Afirmativo, negativo–, ¡mierda que debemos decir!, inventaré
cualquier güevá…”COBRA 9 LLAMANDO”, tenemos a la vista una “CLAVE
ÉTER”.
Se estacionan cerca de una cancha de baby fútbol que construyeron
hace menos de un año, algunos dicen que la mano de obra la pagó un viejo
ladrón internacional, lo cierto es que nos están vigilando a todos, hay vecinos
tan endeudados que inventan datos con respecto a cualquiera y se los venden
a los ratis, a veces la recompensa por estos informes es en droga. En coca.
Juan Kongos siempre los engañaba con documentos de mentiras, les escribía
pergaminos falsos con direcciones donde alguna vez tuvo un amor, o un
amorfo, y las “ratas” buscaban el queso mordiendo la trampa, la mitomanía
de Juan por fin era relevante. A Juan lo veía en una fiesta, luego esperando
micro, en su trabajo hablando con una mujer cualquiera, a veces sentado en
un parque, caminando sin destino y siempre pensaba lo mismo de él, ¡que
hombre tan melancólico! Hasta que un día los ratis se aburrieron y le dieron
una gran pateadura por la raja y la cara a Juanito, perdió dos dientes producto
de tanto bototazo en la trompa, los que siempre estaban en la esquina del
contagio para prestar ayuda, en ese torturado momento, justo no vieron
nada, no estaban ni ahí.
–¿Cómo se les ocurre que les voy a mentir a ustedes, yo los respeto
más que a mi mamita?, se los juro por Diosito, no me peguen más por favor.
Parece que las palabras de Juan Kongos elevaban la furia de los
detectives y le encerraron la cabeza en una bolsa de basura y lo cacheteaban
por turnos. Uno se fumaba un cigarro mientras que el otro practicaba con la
insólita pera de box.
En la madrugada me encontré con Saturnino que venía de una juerga
en la casa de Antonia Jassim, caminaba muy borracho y enojado como de
costumbre; intentaba decir:
–¡Ayúdame, yo no puedo en este mundo!– Elver la pulenta, se me da
vuelta la calle.
–¿Y qué puedo hacer yo?– le pregunté.
–¡SI UNA MINA PIERDE SU HIMEN, DESPUÉS CAMINA HECHA

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SOMBRA!– gritaba él tratando de despertar a toda Eureka Plaza, sus gritos
consiguieron respuesta inmediata en los bloques y una vieja que fumaba
parada en la ventana del tercer piso le enrostra:
–¡Guatón baboso, anda a acostarte, mañana te voy a acusar a tu vieja!–
–¡Cállate vieja sapa, preocúpate de los calzones de tu hija mejor!–
Seguimos caminando por entre los perros leprosos y el frío que
volvía de mármol nuestro interior, las botillerías aún atendían a ebrios que se
sostenían de las botellas y por efecto del viento y la relatividad.
–Hay muchas cosas lindas, es bonito ver a una mujer embarazada por
ejemplo– le digo.
–Vi un gran problema en sus ojos, en su casa finge la alegría, el amor
no está por ningún lado. Ni en los cines, ni en las plazas, ni en los museos. Ella
está esperando algo. Es mi mejor amiga y no pudo aguantarse las lágrimas.
Hay vida en su bodega umbilical.
–Si esperas mi consejo te va a subir la fiebre.
–El manjar de los fármacos me mantuvo la esperanza, dime algo por favor.
–Ahora los fármacos han cambiado.
–No mucho, ella ha cambiado más.
–¿Y tú?
–También he cambiado, antes no podía resistir entrar a un restorán de
comida chatarra, sentía que me picaba el cuerpo, me daba alergia, me erizaba
y me subía la presión, ahora al menos puedo entrar y ver como mis sobrinos
comen esa mierda. Comen Mc Mierda, sin darse cuenta que alguien los U$A.
–Quizás tus sobrinos sean bulímicos y se estén librando de ese
demonio con bonitos vómitos posteriores.
–No bromees con eso, tú no me conoces.
–Sí te conozco, crees que no sé que vomitabas después de almorzar.
–¡Cállate hablador de mierda!
–Entonces no hables tú tampoco.
Ambos nos callamos. Fue saludable el silencio, advertí sus ojos. Me
conocía mucho más de lo aceptable. Un hombre fumaba de dos cigarrillos
a la vez, bostezaba y casi nos traga a los dos, Saturnino le habría quedado
atragantado, como a muchos, el sujeto tiene cara de mujer y escucha en sus
audífonos rojos gigantes una melodía de Emir Kusturica, silba y mueve las
piernas sin dejar de fumar de los dos cigarrillos en intervalos, murmura:
–Ninguna olla tiene lo que quiero…pero estoy resignado porque yo
soy amargo.

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No puedo dejar de hablar de ti, porque todo lo que decías sonaba a
verdad, mi vida es una cuenta regresiva, estoy en contra de todo, mis vecinos
son fascistas encubiertos que visten Robert Lewis de segunda mano, hoy
por hoy la luna está sangrando de tanto pisotón. Si me dejas o te dejo, no
es lo mismo y me da mucho miedo el resultado, si continúo así mi vida sería
ficción. No llores mujer de piernas suaves, no llores en mi cama, no llores
por cosas que ocurrieron, no llores por cosas de ayer, no llores más perra,
porque llorar no sirve. Creo que una mujer inteligente se acuesta con muchos
hombres antes de morir, a todos les pide preservativo, exceptuando a su
hombre querido, al de culto. A veces estoy feliz de que exista Elver Cruzila
y al mismo tiempo lo mataría, algún día ese loco dominará a todo el mundo
descifrando puzzles los domingos en la tarde, quizás sea en la “Fiesta de los
Abrazos del Partido Comunista” donde se concentran estos milicos y policías
descerebrados, –¿siguen buscando a quién matar?–, pero no entienden nada,
esa es nuestra arma. Su ignorancia. La honestidad de convivir pensando en
la alegría de las arrugas que están prontas a salir, en la fiesta todos beben y
dan rienda suelta a sus emociones, los que pintan el mono quedan muertos
de curados esparramados en el suelo, pero a pesar de estar muy borrados
existe una constante, en ese profundo sueño etílico no los abandona su puño
izquierdo en alto, los risueños miserables fotografían a medio mundo desde el
vehículo del computador central. Nosotros seguimos disfrutando de la fiesta
y la música, avanzamos entre caminos polvorientos y afiches de revolución,
buscando con la pretérita esperanza de encontrar el menoscabado desenlace
o algo que, por lo menos, se le parezca.

22
3

Después de mucho tiempo me dispongo a fumar verde con Juan


Kongos, voy a conseguirla donde el Chaggy, los paquetes traen poco y pienso
seriamente abandonar al camello. Un hombre lee poesía sentado en un
tronco podrido y su madre lo busca por cielo, mar y tierra, tiene servida la
comida y ella se indigna cuando se enfría. El Chaggy nos abre la puerta, Juan
se respinga la nariz y estornuda. Juan es ultra asquiento.
–Pasa Cruzila, disculpen locos, está súper desordenado y además está
lleno de tierra.
–No podría ser de otra manera, estamos en el planeta Tierra– le digo.
–Te gusta el güeveo Elver? La Tierra cierto, entonces trabajémosla.
–No trabajaría por nada del mundo. Odio trabajar.
–El trabajo dignifica al hombre pos socio– me advierte.
–Pero el trabajo que tiene un buen sueldo y no la porquería que nos ofrecen.
–¿Qué te gustaría hacer de tu vida entonces?
–Quería ser marino mercante, pero ya estoy muy viejo.
–Quieres ser un maricón igual que Kerouac.
–Si, y descartuchar minas que no saben nada, creo que eso es lo peor,
en los puertos en cambio te encuentras con ninfómanas experimentadas.
–¿Qué tiene que ver?– dice Juan.
–Prefiero zorritas viejas y peludas, con olor a zorra en lo posible.
Mujeres de puerto.
–Es muy peligroso, esas putas siempre te ganan, te quitan las lucas y te
mandan cortado en diez segundos– dice el Chaggy preparando los paquetes.
–Por supuesto, ese es el riesgo que se debe correr con las mujeres.
Acción y velocidad.
–Deben ser capaces de intimidar.
–Te comprendo, una actitud puramente sexual.
–Por supuesto, acaso te gustaría que una mujer te intimidara de otra manera.
–¿A ti te gustaría?
–Claro que no, sería peor que un asalto.
–¿Entonces porque preguntas esa clase de imbecilidades?
–Emm…no lo sé.

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–Piensa dos veces antes de hablar.
–¿Estás tratando de aconsejarme?
–Te doy un consejo. Nunca obedezcas a alguien mayor que tú.
–¿Qué clase de tontería es esa?, tú tienes veintidós y yo quince, ¿qué
quieres decir?
–Entendiste bien. Eso prueba que puedo contra ti.
–Eso prueba que tratas de competir con alguien mayor y te conviertes
en un estúpido gorila chupapico.
–Fuck you, ¿what is your fucking problem men?
–¡Dios mío!, pobre criatura.
–Me gustan las mujeres de grandes tetas, de raja grande y que
parezcan inteligentes, levantadas al alba y que paseen desnudas por la casa,
despiertas y que conozcan el crimen.
–¿Para qué quieres una mujer así?, tú eres un oso.
–Para eso justamente, para invernar en su interior.
Una vez en la calle nos juntamos en la esquina. Llega Saturnino con
una polera de Nine Inch Nails y se cree la raja con ella puesta, Saturnino no
fuma pitos desde que le dio una brutal pálida y casi muere de un imaginario
ataque al corazón. Las mujeres que pasan por nuestro lado nos miran la verga
y también miran nuestros culos, algunas más osadas lo palpan y ríen, las
muchachas comunistas se ríen de mi poto de león, las chiquillas tienen todo
el derecho a reírse después de haber llorado más de veinte años, Saturnino les
pela el cable, las golpea con erotismo revestido, les agarra las tetas y rebota
en sus esponjosas nalgas sudadas, Saturnino ríe con los trucos sexuales que
desempolvó de la bodega del terror. Todo se funde en rojo fuego.
–¿Un oso?, me cagaste Cruzila, ¿que pretendes decir?– me pregunta Juanito.
–Un oso, una güevá floja, sin originalidad, un monstruo inservible,
un humilde mamífero de la urbe cosmopolita y distinguido entre los osos,
un pronombre de una oración nunca dicha, un genio Eurekense con algunos
atributos que no me conciernen– le digo.
–No quería venir a tu casa y lo pensé mucho, pero vine porque eres mi
amigo y tengo unas amigas que quieren conocerte, yo pago todo, elevemos
nuestro nivel, las minitas son lo máximo, siempre que vengo crees que es
porque te voy a pedir un libro o música.
–¿Se me montarán?– le pregunto.
–Elver, viven en una casa entera gigante, una mansión, debemos
enamorarlas con nuestro carisma, como sabes si salta la liebre y le damos el
palo al águila.

24
–¿Enamorarlas dijiste? Prefiero perder la tarde con una mujerzuela de cabaret.
–Perdónalo Señor, no sabe lo que dice.
–¿Tienen mucho dinero?
–Elver, sabes que no mentiría con algo así, están podridas en plata.
–Me anima, pero no digas que no mentirías porque eres un mentiroso
reculiao. Igual ahora te creo, total no hay nada que perder, y si es así, hay
mucho que ganar.
–La fiesta puede cambiar nuestras vidas, imagínate en un auto nuevo
y bien cuidado, con ropa cara y dejando atrás la ropita americana igual que
un bacán haciendo cosas buenas por el prójimo y no las maldades que hacen
los otros tontos.
–Yo no estoy ni por ahí con esa catarsis tuya de megalomanía estúpida,
siempre he desconfiado de esas perras que buscan un pico con ruedas y tu
crees que me voy a mezclar con tus ideas fascistas, cualquiera que te escuche
pensaría que eres tu hermana, que estás completamente afiebrado y ansioso
de poder, ni que fueras la Bolocco.
–¿Lo quieres insinuar?, hazlo, me gustaría castrar los cerebros
militares, cazar moscas con sus cuerpos en descomposición, chupar tetas y
cagar debajo de un puente. Eso me gustaría hacer Cruzila, y lo del pico con
ruedas es al revés, son tetas con ruedas porque hasta donde yo sé nosotros
no tenemos ni bicicleta.
–¿Entonces estás loco?, algo se te aflojó en la cabeza.
–No, a ti también te gustaría cagar debajo de un puente, diré las cosas
por su nombre.
–Sí, es verdad, no puedo discutirlo, pero si tengo que escoger me
inclino por reír en la cara de algún cuico rey de la bohemia.
–No te rías de ellos, su clase social los distingue.
Todos alguna vez han pateado la perra, Juan Kongos dejó embarazada
a una chica que no es su verdadero amor, su culo es de los favoritos del barrio,
pero lo demás no, de cara es un huevo, conozco demasiado a Juanito y la trata
como a una pendeja chupapico.
–¡¡Mi amor no te rías de mí, dime cosas buenas. Apenas alcanzo a oírte!!
Juan Kongos parecía un muchacho educado y hasta elegante, pero
una vez que bebía la segunda copa era primitivo y salvaje, además entre sus
títulos se sabe que es dueño de la mentira como Elver es el lord de la paja.
Es complejo tratar de aconsejarle heroísmo a un cadáver. Juan es muy listo
y nada tímido, era el único que hacia pompas de jabón cantando poesías de
Redolés por Eureka Plaza. Una noche que estábamos borrachos lo invité a
dormir a mi casa, era tarde y los cogoteros esperaban cualquier descuido.

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Nos quedamos en mi pieza escuchando el álbum “Bello Barrio” del señor
Ruido Bustos y sus poesías a Lennon y Lenin, esa noche tomamos vino como
carretoneros y celebrábamos el triunfo de la Universidad de Chile contra
Colo Colo, con dos golazos del cucarro Gino Cofré. Juan Kongos se acostó
en la cama de Luna y yo me tiré en un sofá cama al lado para hacerlo sentir
visita. Eran como las cinco de la madrugada y mientras hablábamos Juanito
bostezó largo, en eso, sin medir las consecuencias, le metí el dedo en la boca
y él como un perro lo mordió con toda su fuerza, con el inmenso dolor del
apretón empecé a gritar:
–¡Suéltame!, ¡suéltame conchetumadre!, ¡¡ME DUELE, ME DUELE!!–
Golpearon la puerta y sin esperar respuesta entraron, era mi madre
con bata que media soñolienta pudo ver dos lagrimillas en mis ojos y escuchar
como me quejaba, ella imaginó lo peor, un acto sexual lleno de ambigüedad
juvenil y donde su hijo era el penetrado, con cierta cuota de duda exclamó:
–¡Elver, acuéstate en tu cama!–. Acto seguido dio un sonámbulo
portazo y se largó.
Juanito se reía sin hacer ruido y burlándose de mí, seguimos bebiendo
hasta que el sueño nos derrotó. Hoy por hoy estoy pateando la perra porque
encontré trabajo pero no es ese el motivo por el que estoy derrotado, sino
que el sitio de tortura está muy lejos de Eureka y la micro demora tres horas
en llegar, la Nasa está estudiando la posibilidad de contratarme para viajes
interplanetarios debido a mi gran resistencia, cuando vuelvo por las tardes
debo dibujarme la raya del culo. Almuerzo cualquier cosa en la micro,
tallarines con arvejas y choclo y trozos de carne molida y cebollines, perdí un
poco el tema por el que me senté a follar a esta máquina llena de polvo, es una
máquina vieja, pero que aún tiene tinta y palabras por decir, no me preocupa
que esté vieja porque los futbolistas de igual forma pueden jugar con una
pelota embarrada y los médicos pueden operar con los instrumentos que han
ocupado antes. Juan Kongos fue lo que me sentó hoy, como paréntesis entre
el snobismo y el sarcasmo, esas noches en que reíamos fueron de lo mejor, no
existía nada más importante que reír, todo el mundo era huevón para nosotros
y eso no ha cambiado, el mundo sigue cabizbajo, nosotros le pateamos el
culo. Recuerdo que soñábamos con irnos en un Chevy Nova a recorrer Chile
de norte a sur y redescubrir a las perras del camino, onda Sal Paradise y beber
en los bares donde los abuelos roñosos dejan caer la lágrima número cinco
millones. Ahora tu deberás pasear con un coche y arriba estará esa nueva
persona que tendrá tu sangre, el asunto no tiene nada catastrófico, es una
nueva sonrisa, el problema no es una embarazada sino que sabemos que los
embarazos se evitan con hielo, el que a hierro mata a matraca cae. Todos los
textos, todos los diálogos del mundo pueden convertirse en Literatura. Unos
serán de gran contenido, otros vacíos. Los vacíos no comprometen a nadie,
los llenos de intención casi siempre terminan con la vida de alguien.
En nuestro lindo país, que más bien parece una aldea, ¿cuánta gente

26
ha muerto por decir lo que piensa?, eso le sucede a Juan Hongos, intentan
matarlo por ser un francotirador de lactosos espermios que conocieron la
última puerta sin saber que existía un umbral primero. Eureka Plaza es cada
día que pasa un mejor cagadero. Estoy bebiendo vino tinto y hablando con
Dios, le pido que deje libre a Juan y que se lleve mi estudio descontrolado
de la vida, cambié el tinto por cerveza, a fin de cuentas el hígado no piensa.
Todo ocurre de noche, cuando los vasos pasan de mano en mano y de boca
en boca, las sábanas se volvían lycra apegada a mi cuerpo transpirado, oía a
El Mono Ian Brown y después a Elso Tumbay.
–¿Quién protegerá nuestras tierras de la oscuridad?, las ropas húmedas
de tanto sudar. Las estrellas daban sus primeros gemidos y parpadeaban,
desde la Tierra se veían azules, rojas y amarillas, según Antonia Jass ella podía
distinguir entre los colores, Elver Cruzila sólo veía los techos de las casas.
Juan me contó después que ella le decía que terminado el coito quedaba
insatisfecha y por eso no dejó que le sacara la verga a tiempo, la cuota de los
testículos fue a parar justo donde tenía que hacerlo, su puto óvulo. Juan debía
terminar sobajándole con la mano o sino ella se enojaba, siempre quería un
bonus track, un repechaje, un intenso bardo, que es el momento antes de
morir. Juan Kongos no va a morir porque no le teme a la muerte, no lo asusta
ni el diablo, menos un niño. Un querido gusano gordo. En Eureka se enciende
una esperanza, dudo que exista alguien más hijo de puta que él, vacilo en mi
conclusión final. Lo pienso aún, la vida es producto del sexo y la vanidad, del
ego, del yo fui, yo soy, yo seré, es mejor que olvidemos la vendida existencia.
Para mí existe una sola, después nos volveremos polvo como antes también
lo fuimos.
Ly García siempre está atenta a lo que pueda decir Cruzila, lo criticó
de improviso y le preguntó:
–¿Y cómo explicas entonces tu talento para escribir?
–Eso de mi talento lo sabemos tú y yo. Nadie lo ha visto. Entonces no
existe.
–¿Qué tontería es esa?, nadie ha visto la gran banda y todos quieren
encontrarla. Nadie ha visto realmente a Dios y mira las iglesias, mira a todos
los insolentes que se hacen candado chino en los monasterios budistas.
–La virtud no es hereditaria, es sólo virtud.
–Quieres decir que tus escritos son originales.
–Por supuesto.
–No creo. La reencarnación existe. Todos los cerebros son iguales.
Como te explicas
“Las cosas nuevas que se repiten”.
–¿Cómo te gusta la manzana?, ¿con cáscara o pelada?

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–Con cáscara.
–A mí pelada. Encuentra para qué eres buena y perfecciónate
encerrada en tu pieza, un estudiante puede dejar a su profesor de boca abierta.
Un obrero a un capataz. Nuestra aventura dura el tiempo que necesitamos.
No creas que algo viene de atrás. Sería como despertar en otro cuerpo, ¿crees
eso? Ly García guardo silencio unos segundos y hojeo un libro de Salman
Rushdie, después de leerlo unos segundos se tomó la cintura y efluvió un leve
eeehhh, no continuó hablando.
La próxima elección de Presidente será como elegir mierda de lentes,
mierda de dedos, mierda chica, mierda azul, mierda roja, mierda fresca,
mierda seca o huevón de mierda. Para la votación es necesario esterilizar las
urnas y los votos, y si rociamos a los candidatos con soda cáustica es mejor
aún. La perra sigue siendo pateada, eso quiere decir que los problemas
aumentan, cada persona tiene un millón de problemas, pero en un momento
recuerda uno y ese es el peor, al rato recuerdan otro y ese es el peor, y así
continúan los días.
Vago por las calles. En la Plaza del Barba está sentado un rasta
ermitaño, se alimenta de frugelés y frutas que dejan botadas los ferianos
cuando se van, come una naranja que pela de un movimiento salvaje, entierra
sus garras en la cáscara y la quita en un segundo, se saca los zapatos y se ríe
del tremendo agujero de la suela, camina por el pasto y busca algo en sus
manos, sus uñas parecen las de un animal, mira sus manos duras y negras,
llega al grifo y deja los zapatos en el suelo, mete la mano buscando agua y
consigue unas miserables gotas, luego ve que un abuelo está regando las
plantas y los árboles y le pide agua, tiene sed y estoy seguro que ama el agua,
por dentro y no por fuera. Sus olores infames van transformando la cara
del viejo y trata de improvisar una tos compulsiva y nerviosa. Vuelve donde
sus zapatos y un ciclista se le acerca a buscar conversación. El rasta se va,
no lo pesca, se envuelve un sucio chaleco azul al cuello y camina hablando
solo como si estuviera retrasado con los tramites del lunes por la mañana, en
una casa venden cubos, son de hielo con sabor a mote o a ciruela, también
hay de leche de mipalo, puedes comer cualquiera, todos te van a caer mal al
estómago, las niñas del barrio se entrenan con el porte del cubo y lo meten
y lo sacan de sus bocas con ritmo, lo desasen con sus ardientes labios, es
un precoz entrenamiento que dará frutos y niños y placeres de orgasmia,
desvelos y dolores de piernas a alguien algún día, o noche. Tiritones y alegrías
que sólo puede brindar una mujer que ha entrenado desde pequeña con
cubos de leche como lamer falos.
Una paloma blanca come migas sobre una alcantarilla, las garrapatas
se comen un perro, en la esquina del carácter a los hombres les brota el
caribe, es un fenómeno cocacolesco, llevan poleras floreadas y bermudas
y lentes Ray Boom oscuros. Mis vecinos quieren más al Nintendo que a sus
madres. En Eureka han llenado de plazas y canchas de fútbol y nada de arte
ni centros de rehabilitación para adictos, no hay presupuesto para los pobres.

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En la Plaza de la Paloma Sagitario hay una mujer paseando a su perro blanco
y desinfectado, los bichos se encargarán de recordarle que está en Eureka
Pus y se lo contagiarán. Como a todos. La metáfora con nosotros serían los
narcos analfabetos, los incultos policías, los buenos, los malos, la izquierda,
la derecha, cualquier extremo es un pantano y la mujer sigue paseando al
perro blanco y desinfectado, no estoy tan seguro que sea una mujer pero si es
innegable que es un culo, lo mueve con ganas y potencia, como un preciado
amuleto redondo partido justo en dos, supongo que su idea es que miren
más su culo que su cara. Se da vuelta y lo confirmo. Es un culo. Las mujeres
pensarán: –¡Que maricón!–, las pendejas adolescentes corren por los pasajes
moviendo las tetas más de la cuenta, los niños de Eureka imitan a su ídolo
con paletas de madera porque es necesario para ellos sentir esos golpes de
triunfo en sus manos. Eureka está lleno de Spice Girl de cartón y borrachos
de un sorbo, se mantienen en pie con esnifes de “salopa” o zolben molido,
cualquier pateadura al cráneo los hará sentir menos ebrios. Los detesto, esas
personan me incomodan, ellos hablan de mí y yo escribo como los detesto, es
el mismo grado de copucha, dejaré de hacerlo y cerraré la ventana para evitar
oír a los hermanos evangélicos, predican con los ojos cerrados en una catarsis
en lengua, salud hermano, el hombre que canta tiene manchada la corbata
con vino y con palta. De una vez por todas irá toda la mierda que tengo para
ustedes, traficantes incultos sé que hablar de ustedes es de mal gusto, pero,
¿con qué se emocionan malditos?, acaso consiguen la merca prestando el
culo de sus madres. Un día alguien traficará vida y lo asesinaremos como
a Jesús. La muerte entra por la nariz de muchas formas, respirando y
exhalando, los dealers no necesitan ingenio, yo soy blando, soy desconocido
y tengo espinillas dentro de las orejas, Ly García dice que no tengo ni pizca
de corazón. El maldito trabajo de tirar cajas me está deformando la cara y
siempre quiero estar haciendo otra cosa, pregunto la hora cada dos segundos,
¿qué hora es?, estoy cagado de sueño, estoy para la cagá, quiero dormir. Soy
una metáfora, no un trabajador diurno, “WORK, WORK MOTHERFUCKER”
(retumba en mi cabeza), un trabajador es irremediablemente el estropajo de
alguien maloliente, mi casa es Eureka Dark Plaza, el alquitrán que aúlla, si vas
por mi calle no digas mi nombre. El Rolo es el adicto más antiguo del sector y
anda cada día con las comisuras blancas, le cuelga el merengue en la boca y
la baba, su nariz rara vez no tiene el amarillo de las chicotas, según Ly García
es igual que azúcar sin limpiar, azúcar rubia, para la ocasión los asuntos tibios
serán los reservados.
Ly García: ¡En tu casa tienes un woodstock de sonidos!
Elver: Alguien debe salir corriendo, me gusta tu sonrisa.
Ly García: Sospecho que dices la verdad.
Elver: Puedes pensar lo que quieras.
Ly García: Tú también te ríes muy bonito.
Elver: ¿Por qué dijiste que sospechabas una verdad?

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Ly García: ¿Acaso no puedo?
Elver: Es imposible, nadie puede sospechar una verdad.
Ly García: Si puedo, te traiciono antes de comenzar.
Elver: ¿Antes de comenzar qué cosa?
Ly García: ¡El Mundo!
Elver: ¡Basura!
Ly García: El mundo es bello si se mira con la sencillez de un niño, el
planeta Tierra siempre ha estado a favor de la vida, mira sus ríos, su sangre
transparente y sus árboles que juntos representan la purificación de los días
y las noches.
Elver: Es difícil limpiar las noches de Eureka, este cagadero es el octavo
mundo, ¿de qué mierda hablas?, este barrio nunca podrá salir adelante.
Ly García: Levantas la voz cuando dices cosas del odio porque el amor
se dice en voz baja, eres tan evidente.
Elver: Eso es Shakespeare.
Ly García: Eso es mi barrio…recuerda que Eureka también es mi
barrio. Yo también veo como los comunistas encienden velas en la cuneta y al
rato neumáticos en la avenida y llegan los policías y se van empapelados de
garabatos y piedras y los comunistas continúan prendiendo velas en la cuneta
recordando a los muertos de la dictadura.
Elver: Lo encuentro decente.
Ly García: Yo no he dicho lo contrario, el problema es cuando llegan
los barristas, las cloacas, los perdedores irreales, los trashers y protestan por
nada, dicen que están aburridos y tiran cadenas a los cables de electricidad
y cortan la luz para cogotear. Los muertos no están para ese show, el
once de septiembre es para recordar, no un disco rayado que se repita
cada año transformando la emotividad en patéticas carreras de pendejos
encapuchados.
Elver: La música también tiene que ser nueva, igual que las
manifestaciones, quizás nos estemos esforzando demasiado por conseguir
ideas frescas y alguien improvisa cualquier lesera y todos le creen y le
siguen.
Ly García: Cuántas cosas realmente buenas no han comenzado
siendo el sueño de un loco, yo te recibo Elver con los brazos abiertos aunque
tú traigas la boca con sangre.
Elver: Estoy harto del arte del orto.
Ly García: Eso es vulgar, pero es cierto.

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Elver: La inteligencia es una enfermedad del cerebro.
Ly García: Yo creo que es una guerra anónima.
Elver: Nada nuevo.
Ly García: Escuché a Pánico y en partes es igual a Pixies y la Velvet,
después a Upa y se parecen a Duran Duran, La Ley es igual que Talk Talk y
para que seguir.
Elver: Los Ex igual a Sonic Youth, Mal Corazón a The Smiths y Shogún
a Nine Inch Nails…también encuentro que Jirafa Ardiendo es muy parecido a
Primal Scream.
En el mundo continúa subiendo el volumen de la risa de las mujeres,
los empresarios llevan la guerra como un órgano de sus cuerpos y destruyen
y sobornan los diálogos y la consecuencia es la crisis del país. Un remolino de
tierra envuelve a la feria y un predicador grita en contra del diablo y le veo cara
de diablo, el remolino es el coludo según los mitos urbanos poblacionales,
se ensucian las vitrinas de manzanas fuji y naranjas valencia. Unos abuelos
juegan Rayuela, y rayuela corta y desconocen a Cortázar, cuando lanzan el
tejo se les ve la Rayuela del culo y toman pipeño en un vaso hecho con una
botella plástica cortada, chupan el trozo de naranja que flota en la superficie
del veneno, una micro aplasta a un niño que corría detrás de un volantín,
su muerte fue lo que perseguía, ambos se fueron cortados. Los traficantes
venden éter paraguayo y estoy aprendiendo casi de memoria el idioma del
olvido. No me mata la vida, me deja inconciente la muerte. La inteligencia
no tiene nada que ver con la lectura, un chupatinta casi siempre es un idiota.
Mis amigos beben cerveza y se vuelan con marihuana light, dan vuelta autos
estacionados y roban motos, una noche estábamos en la casa del Ché Barraza
y Emiliano Wail salió a comprar, unas minas que estaban sentadas en el suelo
le gritaron:
–¡Trae algo para picar!– Emiliano respondió:– ¡Que te parecen unos zancudos!–
Emiliano tiene el look comunista setentero, lentes de marcos gruesos
y bigotes negros y gordos, el Ché Barraza es su mejor amigo, incluso el mismo
lo bautizó como Ché, para según nos explicó, quererlo más. La casa estaba
hedionda a incienso y cualquiera que viniera y respirara pensaría que éramos
krishnas o que se nos estaba prendiendo el poto. Emiliano volvió con tequila
y cojeando, decía que por mirar una pelea de dos giles en bicicleta se cayó en
la entrada de la botillería y que por suerte fue de entrada, porque de salida se
habría quebrado la botella.
–Me caí en la puerta de la botica, quedé cojo, me cagué una pata– nos dice.
–Ningún cojo es bueno– le advierte el Ché.
–Yo no cojeo.
–Cógeme.

31
–¿Aquí, estás segura?
–Vives en las nubes, estás ignorando lo evidente.
–La calle está llena de Jims Morrison pintando el mono.
Las horas parecen arrastrarse. Con tantos amigos drogos todo se
vuelve un lío de mierda. ¿Qué nos dirá la luna esta noche?, un evangélico
se bebe quince litros de vino y sale a gritar por las calles: –¡¡LEVÁNTATE
LÁZARO!! ¿quién dice la verdad? ¿LA RATA ES FEA?, la virgen es mugrienta,
yo la vi tomando ron con los Filisteos.. ¡¡Y LES MOSTRABA LAS PIERNAS
HERMANO QUE ESCUCHA!!–
En la esquina se quema la fe y se nos presenta una oportunidad
fiestera, El Cabeza de Perno dice que tiene una fiesta donde una compañera
cuica del curso que arrendó un galpón en la Plaza Brasil y que todos podemos
ir, sólo existe una constante, en la puerta va a estar el pololo de la cumpleañera
y para entrar debemos decir la contraseña “TOMO TODO” y caminar hasta
la barra y tomar, es simple. Sin perfume y sin plata nos fuimos cara de palo
y entramos al sitio rodeado de parejillas amorfas de mujeres bailando entre
ellas y Elver Cruzila al ver semejante aberración, corrió hasta el lugar y
comenzó a bailar con una, Saturnino no perdió más tiempo y tomó a la otra
por la cintura y se armó la juerga mierda, Saturnino hablaba de Josh Wink
y Paolo Salvatore, Emiliano Wail servía los vasos con una sonrisa de oreja a
oreja, él tenía un pasado como garzón y aprovechó de saludar a las primas
de la festejada que eran unas gorditas metidas a presión en sus vestidos para
etíopes, Emiliano trabajó en una recepción que dieron los militares para otros
militares, a cada trago le echaba un escupo, algunos momios dicen que es una
mala persona, otros que era genial, yo le presté plata para la micro esa tarde y
lo abracé cuando volvió. La noche se ponía cada vez más desvencijada, había
sexo en los baños y todos se corrían mano delante de los padres de la niñita
celebrada, ella por supuesto estaba gozando montada en un ariete de carne
desconocido, su novio estaba muerto de borracho y no sabía para donde iba
la micro. El galpón humeaba y las chicas se ponían cada vez más calientes con
tanto alcohol en sus cuerpos, una rubia me sacó a bailar una canción que decía
estribillos de las botellas de Coca Colas y le tomé la cintura con entusiasmo, al
instante murmuré en su oído cosquilloso:
–¿Tu no pareces una botella de Coca Cola?, ¡Para ser bien sincero más
bien pareces…?
–¡¡NO LO DIGAS!!– gritó ella confundida.
La solté asustado y ella a mí, se ponía roja y cada vez más roja, era un
tanto gorda pero muy bonita, no quise ofenderla, traté de arreglar su noche
y exclamé:
–¡No te sientas ofendida, la botella de Coca Cola no es tan bonita, hay
otras mejores!

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Se fue a llorar a un rincón y se puso a besar con el Ché Barraza,
sentado en un water dormía Damián Jass, Saturnino trató de reanimarlo con
canapés, no había caso, el Ché le daba como caja a la rubia en la casita del
lado, según él, la ofendida tenía un gollete de primera y se había sentido mal
porque yo de mala suerte confundí su envase tetabrik. La fiesta seguía arriba,
en los rincones había muchachos ultra duros mendigándose droga entre
ellos, el dueño del local se dio cuenta de la orgía descomunal del baño y entró
repartiendo combos y botellazos, la niña que estaba de cumpleaños lloraba,
el maldito había interrumpido su mejor coito en meses y los demás alegaban
con el viejo de mierda entrometido, todo se había ido a la cresta, nuestra
ubicación en el mundo encandiló a las brujas, no tendremos problemas con
ellos, sin duda volveremos a caernos y volveremos a levantarnos, y sin darnos
cuenta volveremos a caer. En las esquinas hay grifos para los incendios y
para los conversadores, Saturnino se calienta cada vez que bebe y habla,
su imaginación revienta en ego y nihilismo sanguinario, nadie llama a los
bomberos porque todos quieren seguir gritando. Uno que no conocíamos
trató de poner orden en los diálogos y le pegamos por intruso. Duró menos
que un candy para dos como moderador nocturno.
–¿De qué trataba la luna esa noche?– No recuerdo, pero si sé que nos
alejamos cantando por la Avenida Brasil. En Eureka no está precisamente lleno
de roqueros, pero si de “rosqueros” o personas que buscan terminar peleando
las cosas que los otros quieren terminar durmiendo o masturbándose. Tuve
que golpear a un imbécil después que intentó probar suerte con Ly García, ella
caminaba despreocupada del mundo y un hijo de puta prototipo construcción
le lanza el piropo vulgar en mi nariz, si existe algo horrible en la vida del
humano es el piropo vulgar,– “Te comería los mojones”– le dijo el cerdo.
Me volví justo delante de su cara barbuda y le di en medio de los ojos
con todos mis nudillos comprimidos, el tipo al suelo y nosotros a un bus. Era
increíble como celebrábamos el combo, uno sólo, pero seco, sin vuelta, era un
poco más grande que yo, pero cayó como saco de papas al cementerio de la
cuneta. Los grandes caen más fuerte que los chicos, es una mala estadística,
como todas, igual creo que existen más mujeres que hombres, al menos se
dejan ver más, como comercio, un poto una moto, unas tetas un auto, una
prima una tele, una loca una raya. Imagino que el Rasta Pedro sigue caminando
descalzo, mira los autos y grita en silencio con gestos toscos y rabiosos, es
un sistema de poder absurdo, sé que la vida lo desilusiona, cada código,
cada sonrisa, caminar lo despega del mundo, es Eureka y el Aeropuerto, los
escolares y la sopaipilla, el carrito manicero y los niñitos cagados de hambre
viéndolo pasar, el borracho que conoce a una viuda y se aprovecha de ella, son
los malformados y la tierra en sus miradas. Mucho polvo en sus cabezas, en la
mía, son verdaderos arenales de mentira y sufrimiento, se cae la ciudad y las
casas pueden soportan un invierno más con los ladrillos en el techo, la gente
pone cualquier sólido arriba para evitar tener que levantarse a media noche a
poner otra vez las planchas que volaron, el viento es un incomprensivo que te
come la cara y que pasa sin que podamos golpearlo, el viento hacia adentro

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y hacia fuera. Respiro y continuo leyendo Opio de Cocteau y La Antología
Personal de Jorge Luis Borges a la vez, me esperan los Vagabundos del
Dharma y La danza de la Realidad del sicopánico Alejandro Jodorowsky.
–¿Estás escribiendo?, siento la máquina.
–Chao, bup bup bup, ya ridículo, ¿quieres colgar?
–Te volviste loca.
–El teléfono me tiró unos peítos.
–Fui yo, fue un beso.
Se cortó la comunicación, volvió a sonar el teléfono, pensé que era Ly
García nuevamente, pero no. Era Damián Jass.
–¿Qué hiciste en la mañana?– me pregunta.
–Trabajé.
–Tú trabajas en la tarde.
–¿Llamaste a tu prima para que venga el sábado?
–Te doy el teléfono y tú la llamas.
–¡YA!, YO LA LLAMO.
–Estás loco. Después te la cuentearías y yo igual me la pescaba, era
súper puta, bueno es, somos primos pero igual me deja atraparle el conejo y
otras güevas más turbias, incestuosas.
–Me gustaría tocarle todo.
–Elver, piensa en mí, es mi prima, me da miedo, es una loca.
–A mí me gustan las minas locas para tener sexo, esas perras que
parecen indias amazónicas, onda charapas. Tienes que bajarlas a puñetes del
cabeza de gato.
–Si te entiendo Elver, pero ese incesto es mío y no quiero que lo
cagues.
Se corta la luz en La Población, el gobierno corta la luz por la sequía y
Yolanda Sultana sale con la ocurrencia de traer el agua de las Lagunas del Sur
Chileno, otros años diluvia y no hay un taxi cantaba el Sir Cerati.
–Ok, te respeto.
–No podría ser de otra manera.
–…
–¿Elver, estás ahí?, ¡RESPONDE!, empaná de mierda habla… saco de
güevas?

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La música sin querer me dice que “hoy ya no soy yo”. Puede ser un
accidente nena, pero hoy ya no soy yo. Paso días flotando, no me esperes,
tengo ganas…a veces. Sin quererlo el gobierno vuelve románticas las tardes
y las noches de los pobres, con velas y hojeando revistas porno. Me dejo caer
un poco de esperma caliente en los brazos y el olor a pelo quemado me da
arcadas, este olor a quemado, porque existe otro pelito quemado que los
hombres llamamos cuando una mina está apretada, o sea de piernas gruesas
y el vellito pudendo, de felpa, incendiándose. Mi familia cree que estoy
borracho y me preguntan por unos tragos que se perdieron, la falta de luz me
beneficia, no pueden ver mis ojos y mi aliento ha sido purificado con chicles
de canela, los tomé en un supermercado porque no sabía que existían, los
deje en mi bolsillo por curiosidad, la curiosidad de robar.
–Hola Elvertigo.
–Hola compaile, ¿cómo estás?
–Bien, ¿estás trabajando supongo?
–Sí, en Dos en Uno.
–¿Y qué haces ahí?
–Soy chicle imbécil.
–No creo…no creo…(la pensaba), vos soi goma.
Suena el teléfono, levanto y digo:
–En este momento no estoy, pero puedes dejar tu mensaje después
de la señal.
–¡Aló Luna!, hablas con el amigo buena onda que conociste en la
salsoteca, te acuerdas de mí, arreglé el auto, te espero el viernes a las diez en
la esquina de Coito con Cachimboy, no faltes princesa porque voy a dejarte
los calzones por el suelo y me pondré Prolong.
El trabajo es una manzana roja y grande al principio, y tiene una hojita
en el tallo para mostrarse más coqueta y elegante, suena swing en mi cabeza,
muerdo un poco y no quiero seguir mascando, igual la engullo a pesar que la
toma el aire y la pudre. Los eternos viajes en micro me tienen los testículos
como platillos, una madre le dice a su hijo que no duerma y que espere al
heladero, ella primero se asegura que la puerta del bus esté cerrada. Un calvo
era mi supuesto e impuesto jefe, claro que yo era capaz de volarle el culo con
un estornudo, amar el trabajo es igual que chutar una pelota trancado por
un muro. Para hablar sobra tiempo, algunos están sentados, solos y todavía
esperando.
Me destruyo a gran escala, el cansancio me incentiva a consumir
sustancias químico energéticas, repongo unas cajas, lleno los estantes y
quedo vacío yo, aunque esas cosas no me pertenezcan. Las anfetas son
rápidas y lentas al mismo tiempo. Entiendo poco al mundo, las necesidades

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humanas tropiezan y caen. –¿Qué ridículo?, mover el culo, trabajar, peinarse,
trabajar, un guascazo en la ñata, dos palomas canábicas, pedir disculpas y
escribir, hacer el amor y hacer parar la micro. Reír, punto seguido de fumar.
–Alguien debe explicarme. ¿Venimos al mundo a superar qué?
–¡Señor… hoy tendrá que quedarse tiempo extra. Ayer se retiró
temprano y sin autorización!
–Bien jefe, hoy tampoco me quedaré.
Por supuesto que me voy, ese pequeño lío de mierda me costará el
trabajo, – ¡Por Dios!–, crisis económica en todo el país, en el mundo entero
y yo “El Abril” quedaré cesante. Me comporto como un escolar rebelde, al
carajo con los jefes, las fechas y los horarios. Sigo siendo exacto como mosca
en la caca, como hediondo en la hípica, como copucha en almacén, como
grasa en vulca, como gato en cité, hay tantas cosas exactas que se repiten,
como chino explotador y turco usurero, todo lo que hago es poner rabiosa
a la gente rabiosa, soy una peste con resfriado. A veces soy muy grato.
Mis vecinos son clanes de Pedro Navaja, cuando desperté y salí a la calle a
trabajar iban llegando a Eureka los borrachos discotequeros, que son algo así
como los Vatos Locos Forever Carnal y sus minas “Las Juatos Potos”, ellos
son lo contrario de la limpieza, la lucidez y las vigilancias. Aún me quedan
extrañas lágrimas de leche, en el supermercado se pasean hermosas mujeres
adineradas que no se preocupan de lo que les falta en la despensa, sino de
lo que les queda menos, un reponedor de benzatina les canta moviendo las
manos como tentáculos de pulpo jalado:
–“Chupen la callampa…quiero ver tu vista blanca, tu ojete heroico…
tu culo gordo”– me cago de la risa. Mientras hago crecer el capitalismo con
mis manos marxistas voy pensando en la clase de perros que están a mi lado,
distingo una raza que aprieta despacio pero que muerde fuerte: –Las esposas
rubias–. Cuando encontré este trabajo supe que todos los que me daban
ánimo eran unos flojos de mierda que veían en mí al Mesías que compraría las
cervezas cada quince y cada treinta, siempre supe que buena suerte era ser
un vago, con el sueldo mi idea inicial era comprar una batería usada y poder
tocar con Damián Jass, pero él no tenía muy claro si quería formar una banda
o un fansclub de U2, cuando se ama algo con tal intensidad es sin duda porque
te ha dañado, cuando los músicos buscan una esposa en realidad quieren una
carátula.
Nos subimos a un taxi la noche del sábado con Saturnino, vimos que
el taxista zigzagueaba en la Avenida Paja–a–gritos, el chofer era una pirueta
al volante, una danza del alfalto, los tres estábamos muy locos y Saturnino
empezó con las preguntas de rigor:
–¿Amigo, cuéntenos, lo han asaltado alguna vez?
El taxista nos miró por el retrovisor y exclamó abriendo los ojos:

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–¡Una noche se subieron tres hombres y me enterraron una cuchilla
por las costillas, yo tengo una promesa con mi patrón…”si me salen a asaltar
yo acelero y me reviento contra un árbol o un poste”– (mientras cuenta el
novelesco argumento digno de Paul Auster se tira a los postes y a los árboles),
Saturnino grita:
–¡¡ABUELO DE MIERDA, TE VOLVISTE LOCO!!–
–¡¡TRANQUILO TATITA…ES BROMA!!– gritaba yo como una puta que
perdía un cliente por que estaba cobrando de más, cuando en realidad no
valía ni la pena.
El taxista continúo manejando con despreocupación:
–Mi patrón y yo hicimos una instalación aquí abajo, (nos mostraba un
supuesto injerto de cables que volaría el auto en caso de asalto), tenemos
conectados el motor y el estanque de bencina, si yo llegara a tocar esos
cables volamos los tres, ustedes creen que bromearía con algo así,– ¡¡SOY UN
“COCHE–BOMBA” COMO LOS DE LA ETA CHIQUILLOS!!.
–No le creo nada señor– dije mirando el nombre de la calle ”El Callejón
de los Perros”.
–¡¡Qué!! ¿Qué dijiste?, ¡madre mía!…¡¡¡Yo nunca meto la mano ahí abajo!!!
–Ja, Ja Ja, viejo culiado mentiroso– gritó Saturnino riendo. Tata no
somos longies.
Nos bajamos del taxi y el hombre se bajó con nosotros, nos despedimos
de manos. Todo tenía gran sentido, ahora no. ¿Que taxista se baja a carretear
contigo? El tata quería entrar con nosotros a la fiesta, le dimos la cortada no
sin antes prepararle un combinado para calmarlo, se lo tiró al seco. En la fiesta
Saturnino cantó imitando a un Morrison a mal traer y tocó la gloria cuando
todos salieron al patio a ver quién estaba cantando, después se abrazó con
el infierno cuando insultó a una sorda–muda y lloró porque no se había dado
cuenta de la sordera de la niña. Nos dormimos en el bus de vuelta a casa y
soñé que la droga era un mundo animal pleno, dónde la cocaína la tenían
los puercos, para que la movieran los perros y la consumieran los monos, los
pollos y los caballos. Los que nunca han agarrado un lápiz dicen que escriben
y escriben, y los que nunca se han metido muerte en la cabeza lo dicen más
que los demás, los que beben se etiquetan y los que roban siguen negándolo,
los músicos se pifean entre ellos y los perros sangran en la cuneta, los asesinos
encuentran que la vida es buena y se jalan chicotas hablando de Dios, Masushi
me telefonea y me dice que nos encontremos en la esquina del Piano Piano, le
pregunto por el rumor que escuché:
–¿Dicen que vas a ser papá?
–¿Quién te dijo?
–Escuché por ahí.

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–Es verdad, era una sorpresa.
–¿Para quién?
–Para ustedes.
–¿Qué importa eso?, el que debería estar sorprendido eres tú.
–Sí, sí lo creo, siempre pensé que era estéril y que me salía pilsen por
la verga, por lo mismo nunca dejé preñada a tu hermana, supuse que escupía
cerveza.
–¿?…¿Por qué?. ¡¡
–Porque me acosté mil veces con tu hermana y nunca pasó nada,
todos los días intentaba…y nada.
–¡Por teléfono es fácil decirlo!–
Venía Damián y Diego Masushi en su Suzuki Nomade nuevo, nos
subimos con Saturnino que viene llegando del País de las Maravillas o de la
Casa en el Aire y destapamos una cerveza helada que nos hace recordar el
temple de los dientes y olvidar la supuesta inmortalidad y posterior muerte
del cangrejo. Masushi estaba raquítico, no quiero exagerar, y eso que lo veía
comer como un león, su voz era débil, casi sin audio, tenía el rostro arruinado
y a ratos conseguía asimilarlo con una poesía sin fin, algo similar a un pasillo
de un hospital solitario. Dobla las esquinas como monito de manga japonesa,
onda Akira y escucha a Freddy Fresh muy fuerte con los nuevos parlantes que
compró a un angustiado de ocasión. Iniciamos una nueva terapia camino al
Noviciado con un estado de ánimo acelerado, desde meses que no participaba
en esto, el trabajo me tenía prisionero de las cajas y los horarios, el auto
avanza entre los camiones de ferianos y el viento se trae consigo a unas
abuelas sin chauchera, Masushi pasa los cambios y habla de nuevos músicos
suecos, en la Avenida Eureka está lleno de personas muriendo de pena y
nosotros reímos y bebemos cerveza insultándolos, Saturnino trae también un
poco de sus sabias crisis de pánico, se le escucha una risotada negra, creímos
que le estaba dando un ataque, su risa era un látigo que despertaba hasta
almas desmayado. No sabíamos si estaba riendo o llorando. Damián nos
lleva a una nueva picada de cuetes que resulta ser una antigua población de
moscas que sueñan con cambiar, los paquetes son gigantes y están envueltos
en hojas de cuadernos con tareas de niños, unas muchachas de trece años
parecen de treinta y unos giles sienten fiebre pasando frío. Nos vamos en
piragua al beatificado Noviciado, lo vamos a viciar, eso queremos, viciarlo y lo
apretamos antes de que él alcance a darse cuenta, Saturnino bebe Heineken
y grita desde el asiento trasero:
–¡¡LA MUERTE ABRE SUS PIERNAS DEPILADAS EN NÜRENBERG
CON SUS JUGOSOS GENITALES SOVIÉTICOS!!….¡¡LA PROMISCUIDAD
BAUTIZA LA JUVENTUD HACIÉNDOLA HONESTA!!–
Un silencio retuerce el auto, todos habían entendido que el ángel

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sobrio se estaba volviendo demonio, todo yuxtapuesto, “volviendodemonio”.
Damián trataba de beber mientras el auto saltaba en los baches del camino, lo
hacía de igual forma, Masushi intentaba esquivar los hoyos, pero eran muchos
y el láser del CD saltaba inventando un beat, era como escuchar una canción
olvidada, al rato escuchábamos Pink Floyd y pasábamos por un lugar donde
muchas veces nos vimos intoxicados en éter, ahora teníamos marihuana de
verdad, con sello de calidad incluido, Damián cortaba el papelillo y sonreía de
puro volado, aplaudimos a Masushi por su hija que nacería, la niña se llamaría
en el futuro, Camila Masushi.
El viento traía tierra y paja y hasta grandes hojas de árboles que todavía
invaden nuestros pensamientos, asaltan de improviso nuestro corazón y
algún maestro fumaba sentado en un andamio del centro limpiando vidrios
y el puto viento del Noviciado nos estaba despreciando, entramos en cólera,
era demasiado y Pink Floyd sonaba agudo y muy fuerte. El viento maldito me
estaba dejando ciego, yo parecía un loco gritando en medio del remolino, –
¡¡ES EL DIABLO HIJOS DE PERRA…ES EL DIABLO!!–
Corrí hacia un lado y el remolino gigante me seguía, quería conmigo,
me acosaba con furia como un tigre a la varilla, como una metáfora a un
poeta, me seguía como los adictos a la muerte, como los roqueros a la fama,
el remolino era el diablo y andaba en busca de mi condición, no creo en el
alma, pero eso quería. Algo tonto de mí y se lo dí. Un piedrazo.
–Todos vamos a ser famosos el día de nuestro accidente– dice
Saturnino.
–Hoy soy yo, mírame los brazos, tengo tierra hasta en la raja– le
cuento.
–¡¡EL TORNADO ESTÁ EN LO CIERTO!!– grita Masushi.
–Tu cabeza es el remolino Elver– agrega Saturnino.
Quedé de guerra, sudado y con tierra encima. Seguimos bailando y
haciendo deporte al aire libre, Damián sin polera se veía inmaculado, blanco,
casi transparente, como un Burroughs quinceañero, Masushi caía en locura
rebotando y corriendo calle de tierra abajo, de vuelta a la vida, a la ciudad
muerta, de vuelta el evidente progreso–retroceso, apuntábamos a unas
botellas vacías que colocaba el que las quebraba, volviendo placer cada
sonido, congelando imágenes en los archivos de la mente, sintiendo que el
amor hacia sonar la manilla de la puerta por la parte de afuera. Volviendo sin
más remedio a los amigos paseo. Creyendo firmemente en los asados y el vino
y las pilsener. Soplando cenizas, escondiendo la fuerza de la personalidad,
cambiando el disco. Play–Stop. ¿Cortarán nuestra luz hoy?, es fin de semana,
como pueden hacerlo, de igual forma, no podrán con nosotros, tenemos
pasajes hacia el sol y por supuesto incluye el viento de las montañas.

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4

Eureka Plaza tiene al joven Max Kerosene como antiguamente tuvo


al Viejo Braulio, un viejo gordo que vivía sentado en una silla de playa en el
patio de su casa y que con sólo mover los dedos tenía todos los ilícitos bajo
su perfecto control. Cuando Eureka se llamaba Las Barrancas el barrio tenía
fama de peligroso y cualquiera que escuchaba esta dirección traía a su mente
un sitio oscuro y lleno de ratas. Braulio fue una leyenda viviente, casi dueño de
la comuna, Barrancas era gigante y casi todos los flaites cargaban sus armas
en plena calle y a pleno sol y se jactaban del dinero que robaban a los grandes
bancos internacionales. Eureka hoy está dividida en tres, para sectorizar y
reducir a las masas y poder disolverlas llenando a sus tres pequeñas comunas
de casas verdes con verdes hombres de cerebro, por supuesto, verde y vacío
y creyendo que así se fomentará la calma y nosotros los nocturnos, siempre la
rompemos. Barrancas era periférica, aún lo es, al final de todo. Abajo, en los
terminales de aviones y buses, una comuna pensada para un final, la última
chupada del mate, los desperdicios de una hornada cruda que los demás no
comen porque no se atreven. La policía está a medias con los traficantes,
todos los días se pasean hombres rascas en sendas camionetas rojas y
besan a sus rubias recién oxigenadas, el negocio va cincuenta cincuenta, la
madre de Elver sabe poco de negocios, casi nada, pero acertó cuando dijo
que todos los negocios a medias se volvían calcetines. Braulio aún es dueño
de unos fundos eurekenses y siempre llegan niños a jugar con los chanchos
y los ponis de los sitios, todos se creen el cuento laceando a los pequeños
puercos y trabándoles el cuello con cordeles furiosos, el viejo es más conocido
que el mote con huesillos y un día se reunió mucha gente a organizar las
tomas de los edificios nuevos, Braulio se metía en medio de las marchas de
encapuchados y se dejaba uno que otro departamento, que aún conserva.
Los niños reventaban en la Avenida el carburo que los comunistas les daban.
Los milicos se pasean entre las protestas con los cascos verdes que parecen
pelelas y llevan impresas en blanco las letras PM, de policía militar y Braulio les
gritaba: – ¡Paquete, eres de la tarde!– Se suponía que los de la mañana dirían
AM. En medio de la calle hay un herido y uno que se cree médico ordena:
–¡Salgan de encima por favor, le están tapando el aire!–
Barrancas nunca cambió, sigue así, sin aire, después de las protestas
desaparecen los paraderos de micros y los semáforos, desaparecen también
algunas personas, eso es por que los milicos han recibido una orden marcial
y la cumplen al pie del cañón, es la pega de Judas, habría que rellenar de
monedas al Ejercito y apalearlo y quemarlo en una plaza pública como a un
muñeco ensangrentado de kerosén vivo, un vecino camina hacia todos lados,
quiere hablar con alguien con urgencia, todos conocen su ultra adicción a las
blancas y también le encantan esos “Dulces de La Legua”, dice:
–Elver, ¿préstame quinientos?, ¡¡necesito una blanquita!!

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Imagino mujeres albinas, pantrucas, vírgenes, después caigo. Camina
con dificultad, dando saltitos y gesticula en inconexión, de un momento a
otro dudo que exista y también cuestiono su adicción, creo que es adicto a
creer que consumió algo, le apodan “El Costilla”, él es la ilustración precaria
de los pedigüeños, pone una cara especial, incluso el mundo sería un lugar
grato si todos anduvieran con esa cara, no con esa postura de pedir, sino con
la cara de dame un pase en una pichanga. –Tócamela… estoy solo–. El Costilla
es hijo del viejo Braulio y La Topo, una pareja que terminó hace un tiempo,
con ella loca y Braulio perdido en la droga que le daban por guardarla a los
dealers de Eureka, sería estúpido seguir hablando de los muertos, aunque se
hable una eternidad, sería un mero tributo y no aportaría nada en materias
de genocidios, Hitler y Pinochet son la misma mierda, claro que guardando
las proporciones. Braulio admira a uno cuando debería amar a los dos, él y
la Gran Eureka están conectados con la leyenda y la tradición estocada de la
noche borracha. Las tinieblas de voz alta como las estrellas que mutan con
maestría cirrosa y que se repiten cada fin de semana. Tratar de separarlos
sería como sacarle la miel a una noche de recién casados. El viejo Braulio es
parecido a las moscas, las mujeres y el diablo, está en todos lados, a su mujer
La Topo la perdió cuando un finado le propuso la prueba de amorfo, ella se fue
y Braulio esa noche se vio oscurecido por las piernas y los licores y las palabras
de otra jovenzuela, su deseo estaba siendo sabiamente excitado. El viejo me
contó que después se sentía tan deprimido que comenzó a levantarse sólo
para ir a buscar droga y le salió peor porque esa nueva cabrona empaquetada
era una diosa blanca que le jalaría el pelo tan firmemente y con tanta crueldad
que conseguiría desconectarlo del todo.
Braulio Bernabé, alias Sam Bocanegra, organizaba las peleas callejeras
con un ring artesanal, la campana era un balón de gas y los boxeadores todos
adictos flojos que paseaban justo por el lugar de la convocatoria, claro que
para ser papanatas pegaban muy fuerte. Las peleas terminaban cuando
Braulio Bocanegra repartía tiros al aire y se quedaba con la plata de las
apuestas, nadie le diría nada porque él era la patraña viviente de Eureka, su
hijo está pegado en los circuitos flaites de la droga, lo buscan para matarlo,
Bocanegra increpa a todos los camellos del barrio, no se achica con ninguno,
cosa seria.
Me mareo y voy al patio, Paz juega con su perro, lo viste de cualquier
cosa, el perro se queja, ella lo ahorca, lo columpia y después lo tira a la piscina,
estamos pensando en cambiarle el nombre, todos dicen que Paz debería
llamarse Estratagema que más rima con poema, ella rompe las plantas, las
teles, el refrigerador, los sillones, las murallas.
–¡No quiero cuidarla más, es mi nieta, la quiero, pero no quiero cuidarla más,
este mojón rompe todo!– decía su abuela. La cagó, la echaron del jardín infantil, nadie se
arriesga, las madres modernas les llenan el estómago con pollos hormonizados y papas
fritas y ketchup, y como resultado tienen hijos hiperkinéticos y desorientados, con miles
de cables sueltos en la cabeza, mi sobrina reacciona:

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–Estás hablando de mí, también como arroz y sopa verde, mami deja
de mentir, mami pareces bruja, a ti te hizo mal el agua de boldo, te pusiste..
–Cállate– grita Luna.
Facundo es el padre de Elver Cruzila y hace de serio, ¿qué saca con
parecer serio?, son sus recién adquiridos hábitos de abuelo, prácticas de
poeta. Facundo es como Huxley y Benedetti a la vez, un día entró al baño
y me dio un fuerte combo en la nariz, me brotó la sangre como caca de
una alcantarilla, me cayó una lágrima, le devolví el combo y más encima lo
empuje dentro de la tina. Quedó entubado, chistoso y ridículo, se paró y trató
de continuar la pelea, lo detuve con bromas, por dentro me reía y por fuera
me sobaba, me gusta el box porque es el lema salvaje de la vida. Las veces
que he peleado en la calle escucho en mi interior algo de rock, con mis jeans
favoritos y mis manos empuñadas, cada piquete está en su lugar, perfección
de Levis carreteado, es cariño mutuo, sé que a ellos les gusta estar conmigo
puestos, están muy húmedos y me los quiero poner, los apuro con la plancha,
en la cocina suena la cañería, mi madre la deja sonar, Facundo se irrita:
–¡Trabaja Elver, escucha la cañería.
–¡Música!
–Trabaja huevón, nos estamos cayendo a pedazos.
–Mierda…todo es culpa mía, si no llega el maldito caballo en el club es mi
culpa, si se llevan preso a un volao’ de la esquina es culpa mía, ¿es culpa mía si un
esposo llega con pintura de labios en la camisa? ¡Tú no sabes nada de mí!
–Eres mi hijo, te conozco desde siempre.
–Para mí eso es mierda, yo te conozco el mismo tiempo y ni siquiera
sé tu color favorito.
No es que el milenio esté acabando, ya estamos en la tercera
repetición y nadie lo ha notado, cualquier cosa nueva es el menú preciado y
olvidado, como humanos nos encanta creer y crear una vida de una muerte. El
milenio es una simple estrategia y la leche que interrumpe al agua ardiente en
la oscuridad, olor a canela y soda helada. La mala vida yanqui la he visto en las
peores vidas de los chilenos, nuestras conclusiones después de los cuetazos,
los juegos y las luces del treinta y uno en la noche serán:
–Mierda, otra vez la fiesta infame.
–La noche pésima.
–Somos geniales.
–¿Por genio y por genital?
–Supongo que genial será por ideal y gen.
–Y genital, por gen y ¿qué tal?

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–Muy fome. Castigado al rincón.
Los genios son sensibles y casi siempre vagan, son beligerancias
claras, casi invisibles, van donde sea, cualquier sitio les causa gran iluminación,
observan la fotografía, la escena, la palabra, consiguen alcanzar una idea de
exaltación y cuando es muy buena se desesperan y se ponen delicados. En
el caso de las mujeres se calientan y es probable que obtengan un opulento
orgasmo en el lugar, de pie, y alborotando al resto con abrazos, y el frío no
existe en sus pezones, pero sí lo podemos ver. Sin madurez me encuentro con
románticos que asesinan amando, estoy totalmente cambiado, de cabeza,
dado vuelta, hasta mi almuerzo trae decenas de muertes trozadas, las
disuelvo en el paladar sin recordar al antiguo vegetariano que descansó en mí
algún día, al individuo sano que merodeaba por mis vísceras, y que al tiempo
se paró y se marchó. Conocido mortal que sin más, se fue.

43
5

El Hombre siempre mira con locura, con sus ojos celestes ultra abiertos,
la boca seca y los dedos con sangre porque se los muerde, se perdió seis años
de Eureka Plaza por asesinato, después volvió, ganó la libertad haciéndose
pasar por hermano de la palabra de Dios, ahí me contó eso, echando el tres y
el cuatro seguidos, en distintos hoyos.
–Cacha, estoy pillo coco– bromea él–. Se acuesta en la mesa. –Pásame
el diablo– agrega.
–Vos mismo– le respondo.
Saca una pistola negra, me apunta y su cara de loco me revuelve el
estómago, de suerte se me ocurre decir: –Mira, te quedo pagado el cinco–.
Quiero que sepa que está listo el cinco para caer y hacerlo suyo. El Hombre
gira, ve la bola pagada y guarda la pistola entre el cinturón y su panza, le
pone un leve massé a un costado a la blanca y suavemente se va el cinco en
la buchaca.
–Si no le hago esa güevá no cae la naranja mecánica– me advierte.
Dudo que sepa de la película, pero esta vez no digo nada, no quiero
decirle nada, lo dejo que hable y trato de concentrarme en los golpes.
–Cacha esta macha.
Lentamente el siete se acerca a la banda, le peñisco el costado y se va
El Hombre dice:
–Buena. Pero sácate este pillo. Con dificultad lo hago y trato de tirarle
uno que falla por la nerviosa imprecisión que llevo a cuestas.
–¡Buena cariño, quedé ciego!– dice él. Andai con la paipa. Elver se te
cayó la guagua, recuerda que estamos sin rajazos. El diez era mío.
–A palos caen las nueces– digo sudando helado.
Cuando hacían campeonatos o apuestas El Hombre siempre ganaba,
fue lejos el mejor, a su modo, a su hijo mayor por lo mismo le dicen Pool
Newman, con la blanca me echa el once y el trece estaba pagado, pero
primero había que tirar el doce y le recalco:
–El doce trae regalo.
–Esas bolas son mías. Las dos, la mesa, ¡toda esta güevá es mía! (se
ríe y yo sólo respiro, pienso decirle “este es tuyo”, pero cierro la boca como
un cobarde apolillado)
De la mesa del fondo le gritan, –¡¡¡Aquí todos te tienen miedo porque
hay puros lonjis!!!

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Era el “paté de mierda”, otro maldito adicto que jugaba pool para
distraerse de la volada, El Hombre deja la tiza en la baranda y me dice “calmao’
nomás Cruzila…se va a tirar ese culiao”. Me paga el doce y el trece también…
con un poco de miedo le echo las dos bolas.
–¡Tiene hartos pillos usted eso si ahh!–. El hombre era burlesco y
quería parecer educado, rara vez alguien le tiraba una talla, nunca era vacilado
por el resto, pocos se atrevían y si por eventualidad lo hacían la noche anterior
al otro día no salían a la calle. Se le cae el catorce y se pelea. La bola lógico.
El Hombre gana la mesa, pero igual paga, siempre tiene dinero producto
del tráfico y los hurtos, es raro que sea adicto a las “penelopes” como él les
llama teniendo cocaína de sobra. Quizás sea eso, su violencia era seducida en
extremo. Muchas muertes rápidas y lentitud adicta, le gustan demasiado las
chiquititas, las chicotas, médicamente ipnopen, lo ponen aturdido y agresivo
después de la paja eterna que dan, El Hombre siempre tiene sed y ganas de
disparar, lo veo que muele con un envoltorio de alka cuatro pastillas juntas y
se las esnifa, luego compra unas cervezas y yo prefiero seguir bebiendo en
otro lado. De a poco me voy corriendo de su lado. Pasó toda la tarde y la
noche de Eureka Dark Plaza comienza a apestar, esa noche El Hombre, le diré
así aunque sea un animalito, no le bastó con partirle la cara a combos al paté
de mierda, sino que le disparó entre las cejas, en los ojos y gritando: –¡¡¡Viste
que igual te tiraste!!!
El Hombre y el “Paté de Mierda” se entendían en ese idioma, no da
lo mismo quien termine muerto, está claro, por muy vacío que estén. Según
cuenta la tragedia, las chiquititas y el alcohol son pelea segura, yo estaba
acostado con Denis Gaita y Los Rolling Stones sonando a medio filo, los
balazos se escuchaban como música de fondo en la población, es cotidiano en
Eureka oír aviones desvencijados, balizas policiales y balazos en fuga, Denis
Gaita dejaba escapar una leve nube de excitación, pensamos que El Hombre
era el único capaz de disparar dos veces y al mismo personaje, el paté de
mierda cayó muerto al suelo, literalmente cagó. Las periodistas callejeras, o
las viejas sapas de las esquinas comentan que el finado estuvo toda al noche
en el suelo esperando al juez, en eso le sacaron la ropa para saber si tenía
otras lesiones y claro, había cientos de marcas antiguas, cicatrices de peleas
pasadas, miles de puñaladas y cortes varios como ríos en mapas arrugados y
con profundos acantilados de piel. Cada uno muere en su ley, en esta selva
delictiva siempre es así, Denis Gaita ironiza:
–Elver, cuídate mucho, ¿no te vaya a caer encima un punto seguido o una eme?
–¿Por qué eme?– pregunté.
–Por mamón, ¿Por qué más?
Me viene la risa cuando veo su cara pidiendo compasión, una gran
bocanada sale de su boca como el vaho de un trencito de carne blanca y
con tetas, El Hombre escoge muy mal a sus víctimas, al paté de mierda se
le cayeron todos los sesos cuando levantaron el cuerpo, El Hombre dio tres

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tiros al aire y los ratis lo buscaron toda la noche para matarlo, así se comenta,
pero yo creo que lo buscan con el ridículo sistema de gallina ciega. El Hombre
anda fugitivo y con todas las ganas de no llevársela pelada, que es lo mismo
que irse con las manos vacías, si cae un policía o él para mí es igual, veo a
todos haciendo el mal en toneladas, a pie y en auto y con baliza. Un día
normal advertí al Hombre haciendo deporte, por rutina lento, era su oficio,
jalaba chicotas y aumentaba en lentitud y agresividad, va atemorizando a sus
rivales, gente buena que sólo quiso practicar con una pichanguita y El Hombre
echando todo a perder con su cara parca, desquiciada y criminal. Corre con
su mano suelta al lado como si estuviera mal clavada, la pelota salía de la
cancha y nadie se atrevía a cobrar en su contra, seguía la jugada, no sé si él
lograba distinguir que los demás lo respetaban sobremanera, nadie cobraba
y la pichanga se ponía desigual, ningún otro HOMBRE se atrevía a parar la
chacota, nadie era capaz de decirle con un grito:
–¡PARA PARA PARA!–, como siempre lo hacíamos, porque El hombre
era el demonio enojado, el culo cagando y una chirimoya podrida por las
aguas del Zanjón, El seguramente pensaba que todo iba bien, incluso se
define como alguien justo y si no puede, es arbitrario como determinaba
William Seward, ¿tú o yo?, –¡YO!–. Balazo contigo.
Un tipo le negó un cigarrillo y al suelo, otro por error muerto también,
y dos más por ahí que seguramente fueron a tierra sin peros, ahí me investigo
la mente y me levanto indignado y le pregunto al Dios fenómeno:
–¿Por qué no haces feliz a este infeliz calando sandías en la feria?–
Saturnino comentaba acerca de películas que podrían haber
influenciado al Hombre, pero no, Oliver Stone ni Scorsesse eran los culpables,
El Hombre no tenía idea de cine.
–¡¡Miren a Block 8 Video!!…¡¡arrienda las peores películas y mal
copiadas!!, ¡¡Asesinó al cine y nadie lo busca!!– se preguntaba Saturnino. Ese
video club arrendaba cintas piratas y viejas y para peor, películas que nadie
conocía, pero no había más en Eureka Plaza. Block 8 Video tenía el monopolio
del mal cine.
El Hombre vuelve a matar después de quince años en la cárcel, no
sé mucho de asesinatos, pero eso no quiere decir que yo no sea un asesino,
porque debo serlo, como mujer y por qué no animal también. El peligro es
un grueso nudo en la garganta y la muerte llega cuando el nudo se afloja.
Emiliano Wail que era un gordo comunista encendió su celular y me pregunta
si quiero hablar con el Ché Barraza, yo sabía que el Ché estudiaba en Iquique
y era pasado de las doce de la noche, antes fui a encaminar a Denis Gaita para
evitarle los mordiscos de algún lobo basenómano, hablé con la operadora y
me dio el código de la ciudad y Red Abierta, el Ché Barraza me contesta:
–¿Cómo estás pos guatón culiado?
–Bien pos huevón, habla Elver, no soy el porcino, estoy con el guatón

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en la Plaza del Barba y los pacos están a veinte metros mirándonos con una
máquina que puede descifrar hasta nuestras huellas digitales.
–No gueí.
–Sí la dura, ¡¡mierda!!– le grito, –vienen para acá.
Presiono send y se corta la comunicación.
–Señores buenas noches, ¿qué están haciendo?
–Nada, nosotros nunca hacemos nada, conversamos, somos
profesionales.
–Ya giles culiados, muy chistoso, al suelo, ¡AL TIRO!
–No pasa ná, yo no me tiro al suelo ni cagando– digo.
–Al suelo conchetumare– grita el paco que más bien parece una
sabandija maleante.
–¿Pero por favor, que pasa?– asiste Wail.
–Al suelo–, ordena otro y desenfunda su arma.
–Muy valiente– ironiza Wail.
Nos tiramos de guata al suelo lentamente y el olor a caca de perro
inunda nuestra nariz, el pasto estaba húmedo y el paco me pisa la mano y le
grito:– ¡Gil conchetumadre, me estás pisando los dedos!
–¿Cómo me dijiste? ¡¡repítelo!!
–Me estás pisando, soy trabajador.
Me quita la bota de los dedos y el otro polizonte pregunta con cara
de adicto si tenemos algo. Se refiere a marihuana, cocaína, pastillas, jarabes,
alcohol.
–Si quieren algo busquen a los traficantes– grita Wail.
–Cállate, ¿acaso sabes mucho?
–Me basta con saber que ustedes son los delincuentes, debemos
cuidarnos, andan muchos pacos sueltos. Siempre la misma tanga, quieren
drogas y nos pegan a nosotros.
Los policías se van en su camioneta verde y de los árboles bajan unos
basenómanos que estaban escondidos entre las ramas, encienden sus pipas
y el olor a neumático quemado es intenso, recogemos unos pitos que antes
habíamos guardado entre unas hojas secas, preparo el pito y alguien dice con
voz nerviosa… –“Pacos culiados”– … –sí sí sí– decimos los demás. Aquellos
fantasmas que vuelan a mi lado no consiguen inquietarme, un gallo canta en
plena noche y una señora escupe al suelo antes de tomar la micro, una bolsa
de basura negra se arrastra por el asfalto y hace un bailoteo ondulante.

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–Uno disfruta la vida como puede, porque como quiere es imposible–
dice Wail que de disfrutar sabe mucho y de la vida nada.
Si el Barbudo fuese un verdadero filósofo tendría las horas distribuidas
de tal forma que el día y la noche se toparan cada dos días, es decir, dos días
dos noches, pero como es morboso nos ejecuta entre sol y sol y nos conduce
a ciegas entre luna y luna. Esta idea es muy difícil de argumentar y es mera
literatura o intenta serlo, hay días en que todo son letras para mí, de cordillera
a mar, pero en auto y escuchando Jirafa Ardiendo y el hígado sangrando, es una
broma de Mister Califont que ya está sufriendo por las noches intermitentes,
siempre piensa que te encontrarás con ella una vez más y en el sitio menos
oportuno. Pero los dos a solas. Estaba triste porque Denis Gaita se había
largado a la playa sin decirme ninguna palabra, escuchábamos Suede a todo
chancho y bailábamos a cualquier hora del día, en la soledad de mi pieza oía
las canciones que cantábamos juntos. Antonia Jass sabía del viaje de Denis
Gaita y también había callado. Sabía de las intenciones de Denis, las descubrí
una tarde que hablaban por teléfono en voz baja, Antonia decía:
–Está despertando la cabra– Como si despertar significara abandonar
a alguien y partir a acostarse con hombres en la playa y quizás sea lo cierto.
Es complejo quitarse la arena del trasero después de follar en la costa sin
toalla, que nombre tan bien puesto. Trasero, o era follar. Saturnino hablaba
de cómo convencer a las chicas con simples palabras, su ubicación en la tierra
ha variado, es más que una religión y menos que un crimen. A Saturnino
siempre lo quise como a un hermano y sé que el manjar de los fármacos le
mantuvo la esperanza. A ratos se comportaba brutalmente espiritual. Él se
define veterano en dolores y sé que nadie lo haría sentir realmente bien. Las
personas depresivas siempre obtienen beneficios económicos y artísticos
de su mal, eso piensa él, no se pronuncia con respecto a las putas callejeras,
le gustan mucho o las odia, nunca una mina es precisa y creo que Saturnino
será el vocalista del encuentro con los insípidos, disfrazados de grandes picos
de cabezas rojas seguiremos siendo presidentes de una nación de muslos.
Saturnino grita:
–¡¡NO SE ACOSTUMBREN!!...¡¡LO NORMAL NO!!
En Eureka Plaza hay contrasentidos de diversas índoles, sin ir más lejos
hay una escuela de sordos mudos y al lado una pajarería y cuando éramos chicos
la visitábamos a diario, es raro porque cuando niño me gustaba trabajar y recorría
cuarenta kilómetros para limpiar vidrios en una Shell de San Bernardo y me
cuarteaba a las rubias y las morenas que abrían sus piernas de puro malditas y yo
con mi trapito mugriento casi moría de un ataque al corazón, les veía los calzones
y algunos pelitos lobos que se les escapaban y me dolía el corazón de tanta
excitación infante. A veces se hacían las desentendidas y giraban a buscar un bolso
del asiento trasero y sus falditas se subían hasta el limbo de mi pichulita erecta,
partía con la propina al baño y me la corría hasta ver en mi–proyectora–cabeza–
porno que ese semen estaba en sus labios o repartido sobre sus senos, quién sabe,
en su cintura inalcanzable.

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Las máquinas de la bencinera eran tan antiguas que se podían arreglar,
nunca paraban de generar energía hacia la pistola y en cualquier momento
se podía partir la venta de tres mil o cuatro mil, el incauto cliente pedía el
estanque lleno y si estaba paveando un poco, le mandaban el pico en el ojo.
También decían ocho mil trescientos y en realidad eran tres mil ochocientos,
así había miles de patrañas y maquinazos varios para un oficio de carretera
perdida. Facundo obtenía dinero de lugares insospechados, una tarde íbamos
de vuelta a casa y entramos a jugar pool, Facundo decía:
–Tengo mil por el siete en la esquina–, y así ocurría. Yo seguía pasando
el pañito apestoso sobre los vidrios y siempre caían cien, seguía cuarteando
exquisitas cuicas perfumadas con calzones de monitos y semi húmedas,
las perras abrían las piernas porque veían en mí a un pendejo feo incapaz de
violarlas y además que importancia tenía pararle el pájaro a un pájaro. Ningún
mal aroma, ni pensar en caries, al contrario, sus sonrisas eran perfectas y su olor
despedía una fragancia facha imposible. Siempre tenían la mirada extraviada,
veían en el niño de los vidrios a un doloroso sistema capitalista importado y a
decir verdad, que mierda les importaba alguien si siempre estaban tan alegres y
radiantes con sus cuerpos de porcelana suave y sus vidas aseguradas. Si la pega
estaba floja caminaba a sacar duraznos a un fundo cercano de la Avenida del
Barrancón, de vuelta me quedaba visitando el cementerio de autos y chatarras,
jugaba a manejar vehículos y los perros ladraban hasta que alguien les daba en
la cabeza con alguna tuerca guacha botada en el suelo. Una tarde llegaron dos
mujeres en un camión y pidieron permiso para tomar una ducha, los bomberos
se frotaban las manos y limpiaron el barro y colocaron cartones en el suelo para
evitarles los hongos a las princesas y también que no se vieran las baldosas que
faltaban y las rotas y la mierda acumulada por años. Ellas venían exhaustas y
con un tóxico bálsamo por todo el cuerpo, se notaba que tenían mucho calor
y se quitaron la ropa en menos de diez segundos. Un lavador se ofreció para
quitarle la mugre a sus vestidos y después manguerear con detergente y
suavizante, a los minutos todos sabían que en el baño estaban dos minas en
pelotas, colgaron la ropa en las ligustrinas del fondo de la bomba y todos querían
orinar a esa hora y las minas desnudas se reían sin importarles nada. Hasta
unos polvorines se dieron con las desnutridas hippies hambrientas, el lavador
mojaba la ropa cada dos minutos y los bomberos entraban al baño a mirar a los
otros culiar y a pegarse una escurrida, por supuesto, el jefe primero. Las hippies
estaban peludas, flacas y blancas, verdaderas reinas del camino seduciendo a
los camioneros, y ahora a los bomberos, supuse que conocían todas las literas
del mundo y no estaba tan lejos de la realidad. Yo seguía mi pega de seudo
limpieza. La modernidad ha traído limpiadores de goma y esponja, pero antes
era paño húmedo y un paño seco. Yo tenía sólo uno. El sucio. Cuando estaba
muy apurado y a pesar de mi esfuerzo quedaba muy la cagá. Facundo le tiraba
un balde con agua encima al parabrisas y los vidrios salvaban un poco. Un viejo
adinerado se bajó de su auto y me increpó con garabatos y gritos, sin saber que
el antiguo boxeador que Facundo tenía dentro, reviviría. Facundo escuchaba
al energúmeno viejo acumulando poder y empuñando las manos, se acercó al
viejo y con respeto y mucha calma le preguntó:

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–¿Cómo le dijo al niño?
–¡¡Cabro culiado le dije!!, ¡¡mira como dejó el auto este roto de
mierda!!!.
Facundo le dio un golpe en la nariz y uno a la zona baja, el imbécil
vestido con camisita Polo cayó al suelo con un talonario de cheques en la
mano que para colmo de males cayó sobre una poza de aceite quemado. Una
vez que salíamos de la pega con la plata de las propinas pasábamos a jugar
un buen caballo. China linda. Pato Donald. Nobleza Obliga. Hijo del viento.
Griego. De Niro. Armako. Super gala. Sordilla. Curadito. Corazón verde. A
veces gana. Una tarde ganó un caballo austriaco y cobramos en schillinges.
Todavía me acuerdo del abuelo que le agarraba las piernas a la lolita en el
Teletrak, una niña que podía tener diez o doce, parecida a la Glen, la Glen es
la enana que se deja poner vasos con copete sobre la cabeza en las fiestas, de
puro buena onda, y todos la huevean con que aproveche la altura, le dicen que
es una mesita que puede caminar o de esquina humana, y que tiene las orejas
precisas para afirmarse.
Facundo traía a sus compañeros en el Chevrolet lanchón del 78’.
Sentados atrás El Bastardo, El Gusano y El Palma, El Rata sobre las piernas
del Bastardo. Todos ciento por ciento eruditos en filosofías alcohólicas,
ironizaban a Facundo:
–¡Chiss taita, lo mandaron con carné!
–Este es tumba– decía Facundo.
Yo ni siquiera sabía cual era el secreto, ¿qué ocultaban?, una noche
había un taco enorme en la carretera, un taco de unos tres kilómetros por
lo menos, Facundo aceleró por la cuneta y un modelo nuevo de Toyota se
cruzó, nuestro auto era un Chevrolet 78’ y el Toyota del noventa y pico, y así
quedó, pal pico. Lo descuadramos por completo, los dueños no podían cerrar
las puertas y la señora que conducía el machacado vehículo gritaba:
–¡Conchetumadre mira, con tu auto feo me cagaste mi auto nuevo!
–Su auto nuevo es de plástico señora– le decíamos.
–¡Policía, este sujeto está borracho!
–¡Cállate vieja histérica!
Se llevaron detenido a Facundo y antes de eso todos debíamos pasar
por el alcotest, menos yo con mis siete años, los policías reconocieron a mi
viejo como el bombero silencioso que firmaba cuando ellos pasaban en las
rondas nocturnas antiasaltos, lo dejaron que se tomara dos litros de leche
y Facundo le dio unos billetes por debajo con tal que lo dejaran ir, pero lo
traicionaron, como siempre, y estuvo preso toda esa noche en Buín, así fue.
Todo por celebrar la penetración de unas putas de la carretera.
Después de estar solo varios días busco a Denis Gaita igual que un

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loco, viajo en micros que me llevan a lugares que no conozco, me detengo
en los kioscos a ver las portadas de Interview y Penthouse. Unos raperos
enseñan a bailar a un mocoso que limpia vidrios cuando los semáforos están
en rojo. Tengo la duda terriblemente presionada en mis ojos, sé que Denis
Gaita miente, pienso que no está en la playa y que se esconde en la casa de
su prima en La Florida, no tengo datos certeros que confirmen mi paranoia.
La quiero conmigo, tanto como a sus senos y ropa y zapatillas nuevas, tanto
hurguetear encuentro otras cosas, las mujeres me miran y tengo suerte con
las viejas y con las novias de mis amigos. Saturnino me invitó al cumpleaños
de una amiga, la mina es ligeramente miope y usa unos lentes gruesos que
la afean, cuando se los quita parece ver mal y se acerca a mí en busca de
conversación.
–¿Tú eres el actor?, ¿erís el Yeyo de “Motes Blues, la película”?
–Yo soy, pero no soy actor– le digo y pego una suave mirada a sus
labios y paseo mi vista por sus pechos que ya escapan de la camisa.
–Te salió bien ese trabajo– elogia ella y se sube los pantalones pata
de elefante, lo hace para demostrarme que se siente segura de su culo que
también parece de elefante.
–¿Quién es el dueño de casa?– pregunto mientras me sirven un clavo
oxidado.
–Mi pololo– responde ella y me atoro con el gas de la bebida y la
noticia.
–¡Que pena que estés comprometida!
–Pero eso no es problema. El Mario se cura y se pone a dormir al
ratito.
El Mario es el sujeto a gorrear y también el que organizó todo para
que nosotros lo arruinemos. La música me parece bien, suena Simply Minds
y The Strokes, camino por la casa con personalidad y eso que no conozco a
nadie. Saludo a unas tías que ya están como camarón de cocidas y trago unos
canapés frescos, recién preparados, aún no estaba lista la bandeja y como no
había nadie en la mesa yo empecé a rumbear y a bajarla rápidamente. En una
pantalla gigante pasaban “Motes Blues” sin sonido y cuando el cortometraje
terminó un borracho cambió la cinta por una porno, care raja, nadie dijo nada.
Las chicas opinan sobre los tamaños sexuales de los galanes. La chiquilla que
me cortejaba y que además era corta de vista se llama Michelle y al fondo de
la cocina la veo intoxicando a su novio con tragos.
–¡Quiere conmigo!– pensaba.
Pasó un poco menos de una hora y estábamos revolcándonos en una
cama que no sé de dónde salió, una cama blanda y perfumada que parecía
haber caído del cielo. Michelle juega con mi pene como si fuese un peluche
erótico y lo mira buscando sentido a aquel mosaico fálico.

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–Es un bonito adorno– dice y juguetea con mis testículos estirándolos
y yo paso mi lengua en círculos por sus pezones. Alguien abre la puerta de
golpe y da las disculpas, después supe que había sido Saturnino buscándome.
Michelle gime igual que las actrices de las películas pornográficas, “Sí sí
yes yes…dame más, dame” y esas frases que de sólo recordarlo me dan
vergüenza ajena. Mientras lo hacíamos se ponía colorada, ponía los ojos
blancos a propósito, ardía. La masturbé unos minutos y me aburrí, era
demasiado jugosa, parecía una chirimoya madura. Alguien tocó la puerta
y con voz delicada y sugerente nos advierte: –Chiquillos vengan. Vamos a
cantar cumpleaños.
–¡Nosotros cantaremos de aquí¡– gritó Michelle. –Tengo un micrófono
a mano.
Me amasaba la verga sin darle tregua. Seguimos una hora más en la
cama, ella encendió un cigarrillo que escondía detrás de la lámpara, Michelle
intentó vestirse. La detuve sonriente, le bajé el pequeño calzón rosado y
lo dejé hasta sus rodillas, le besé el cuello y todo comenzó otra vez. Al rato
nos vestimos felices, los dos nos creíamos ganadores de algo, pensaba en
Denis Gaita y Michelle seguramente en Mario, o en el mosaico fálico que
había devorado. Podíamos oír la locura de la casa. Estuvimos dos horas más
encerrados, era un tiempo prudente para que un borracho se recuperara.
Sentí un nudo en el estómago, sería muy complicado ver a Mario repuesto
y parado fuera de la pieza, por suerte no ocurrió así, él seguía durmiendo
con la boca abierta y la baba colgando, era un perfecto imbécil y yo un
antiestético caradura. Michelle me dio su dirección, ni siquiera el teléfono,
no necesitábamos hablar y menos citas frías. Ella arrienda sola, al menos eso
dijo. Su departamento quedaba en pleno Barrio Lastarria y podía ir y tomarla
cualquier día y a cualquier hora.
–¿Si quieres puedo pasar la noche en tu casa?– le insinué.
–Si quieres puedes quedarte todo el tiempo y pagas la mitad del
arriendo.
–Voy a pensarlo.
–No lo pienses mucho, me llueven las ofertas.
–Entonces nos vamos.
Su casa era un manjar, con chimenea y equipo de música. En las
ventanas había autoadhesivos del SÍ de la votación en donde por fin se fue el
viejo, era insoslayable la patética propaganda y la saqué de un tirón y ella me
dejó. Se disculpó diciendo que la güevá estaba ahí de antes.
–Basta de esta mierda– dije y abrí el refrigerador, tomé una Corona,
bebí la mitad y salí a la calle a buscar una nacional, no es xenofobia, la cerveza
mexicana es sensacional, pero quería una nacional, vaya a saber uno por
qué. Cuando volví Michelle estaba desnuda paseando por el departamento.

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Perfecta, limpia y llena de ganas que me transmitía telepáticamente, nos
tiramos en un colchón del suelo y la penetré mil veces. Hacia frío y preferí
quedarme con polera. A ella le incomodó y terminó quitándome todo, hasta
las calcetas. Durante la noche hicimos muchos números sexuales, incluso
los romanos, esa perra del sexo había encontrado mi salvajismo libidinoso,
siempre supe que alguien desconocida me haría explotar de hedonismo,
Michelle aullaba y yo caía a pedazos transpirando. La luz de la calle ponía un
nuevo color a la habitación, creaba una glorificación perfecta, algo así como
el mejor clímax de nuestras vidas.

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6

Recién me enteré de la aventura de Denis Gaita. Su padre no habla


mucho conmigo, nos llevamos mal y cuando quise saber dónde estaba ella, el
viejo se levanto de raja y gruñó:
–¡La Denis se fue con mi hermana a Zapallar!
–Gracias– respondí y corté de golpe.
El viejo no habla conmigo y dio la explicación para calentarme, sentí su
burla y su desahogo, como si yo fuera un monstruo maldito pero no me hago
problemas y llamo por teléfono a una chica que conocí vagando por la ciudad,
además de tener sólo trece años tiene unas tetas gordas y un culo hecho a
mano, la conocí en los pasillos de una galería de ropa interior y me acerqué
a ella atraído igual que imanes negativos, nos miramos de la forma más loca
que ambos conocíamos, como si fuéramos a morir si no nos volviéramos a
ver, nuestros cuerpos se contenían, la chica es morena de labios gruesos, una
frágil Pocahontas de pelo liso y largo, sensual e ingenua, la lleve a mi ojo cien
veces en un minuto, incluso me puse nervioso una vez que dije las primeras
palabras.
–¿Cómo has estado?– le pregunto sin siquiera conocerla. Sentía que
ella iba a responder bien, pero me confíe demasiado.
–No te conozco.
–Yo tampoco, nos hemos mirado quince minutos, al menos déjame
anotar tu teléfono.
–Anótalo, pero llama dentro de una semana, porque ahora está cortado.
–Bien, quizás te llame el próximo año.
–No exageres.
Actuaba colocando pañitos tibios a cada pregunta, estaba siendo
muy delicado con ella, como si algo fuera a quebrarse, casi suspirando viendo
a su ángel dopándome y sabía que no podía molestar a Denis Gaita porque
yo era un caliente enfermizo y tenía claro que no estaba en Zapallar y creía
aún en la hipótesis de la casa de Departamental, ella está convencida que
la engaño y es seguro que va por el desquite, tiene derecho a vivir, no tengo
deberes con ella ni recursos para tenerlos, me enrabia que me engañe con un
cuico de mierda, un ufólogo, es sabido que me supera en distancias siderales.
Ando con la mierda hirviendo y mi madre me critica:
–¡Te trato bien y mira como me respondes!
Las madres que hacen semejantes afirmaciones la mayoría de las
veces no han hecho nada por sus hijos. Paso las penas con Diego Masushi y

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nos vamos en terapia al Noviciado, antes llamamos a Saturnino y Damián,
Masushi me pasa el celular y alguien contesta:
–Carnicería–. Era Saturnino.
–Te pasamos a buscar en tres minutos.
Saturnino viste un chaquetón café estilo manager de boxeador y unos
lentes negros de Elver Cruzila, oculta sus ojeras, Antonia Jass lo hace bailar en
suelos del aire, o en autos del cielo. Pasamos las penas riendo, es excelente
la terapia, ciento por ciento eficaz, Masushi pregunta por marihuana y lo
llevamos donde unas minas que venden, en el auto me muerdo las uñas y
Saturnino retrocede una cinta de un cassette con un lápiz, Masushi nos
muestra su último cd electrónico que es un tecno español muy pegado y
mula. La reunión comienza con cervezas por doquier, nos iremos a respirar al
final de Eureka, a Las Lomas de la Chucha. Escuchamos Dave Angel y Roger
Waters, he comprado pitos tantas veces a las minas que puedo distinguir bien
entre ellas, a pesar que se visten todas iguales y siempre mal teñidas como
arquetipos caóticos, son rascas en rigor, pero una parece que no tanto, esa
pendeja me gusta, esconde los paquetes en el tubo que sostiene al poste,
nos miramos, si fuera un millonario me la llevaría raptada a una isla con la
idea fija de “yo te voy a sacar de aquí”, tiene rasgos arios tan pasados a llevar
que parece una mujer que ha sobrevivido a dos guerras mundiales, pero es
bruscamente sensual, maneja la situación, compré cinco paquetes y ella
escogió los grandes y con papel de arroz dentro, caminé de vuelta al auto que
esperaba unas cuadras más allá, volví a mirarla y ella se sonrió muy bien, se
veía muy limpia con un fondo de casas de tabla y puertas de paño. Está muy
flaca, me gustaría que no fumara tanta pasta, no le hablo por miedo, siempre
hay hombres cerca esperando la plata, cabrones recién llegados de la cana.
Las otras minas se huevean con los abortos, ella no se da por enterada, sus
pantalones van justos y se despide de mí a la distancia con un movimiento
infantil y una cara tratando de encontrar mi comprensión.
–Te demoraste caleta– jadea Saturnino.
–Está bien– asiste Diego.
En el desvío hacia el Noviciado siempre hay minas haciendo dedo
hacia la montaña y por esa carretera sólo pasa un bus y cada una hora y de
casualidad una muchacha se nos sube al Jeep, en dos minutos la llenamos de
lascivas preguntas.
–¿Nunca te han intentado violar?
–¿Por qué haces dedo?
–¿Te gusta el dedo?
–¿Te han hecho propuestas indecentes?
–¿Qué número de sostén usas?

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Nos aprovechamos de su necesidad y además tenía cara de tonta y
asustada, el camino parece una carátula de Pink Floyd, con vacas y el pasto
largo y húmedo hasta la mitad de las patas de las rumiantes.
–¿Perdona mi patudez?– dice Masushi. ¿Te gustaría pasar los cambios?
–Perdón señor, pero usted se equivocó de mujer. Yo no tengo
locomoción para llegar a mi casa y me veo en la necesidad de hacer dedo,
trabajo en la Copec y soy casada.
–¡Mierda tranquila, es broma!
–¡Súbela!– grita Saturnino y quiebra el seguro de una lata. Suena
Beck. La muchacha pide que la dejemos en el disco Pare, Masushi se detiene
y ella da las gracias dos veces como buena campesina, el auto patina al partir
y la mina queda en medio de una nube de polvo igual que el video del autito
que tira esmog hacia atrás en la pista.
–Le cambiamos el polvo. Debimos ser más insistentes.
–Ustedes se quedaron callados, ahora les bajaron las ganas.
–Fea culiada, tenía los labios muy finos, no hubiese servido de mucho.
Cuando venían autos en nuestra contra Masushi ponía el dedo en el
vidrio delantero, igual las piedras quebraron el foco neblinero de mi lado. La
terapia no se apagaría con nada. Ni siquiera con frío, nos detuvimos en el
camino lleno de árboles frutales. Unas semanas atrás encontramos un perro
policial muerto y lo queríamos enterrar, pero ya no estaba, había solamente
pelo y tierra. Masushi actúa como si tuviera un arma, se pone guantes negros
y sonríe macabramente, dice que nos matará. Saturnino salta una cerca y se
esconde detrás de un pino quemado, también actúa, me confundo con lo real,
¿Masushi nos mataría?, es peor que una caja de sorpresas y no sé bien en
qué diablos creer. Saturnino trata de frenar el histriónico y letal argumento, le
dice a Diego que está viejo para esas porquerías. Para que no me mate le digo
que se ve muy joven y más delgado.
–¿Qué suerte que todo sea cine?
–El cine barato de la amistad.
–No fue suerte. Ustedes supieron elegir, otro los habría matado, acá
se pueden pudrir esperando por ayuda. Eligieron bien.
Saturnino cuenta que vio a un hombre tocando el saxo tan borracho que
se volvió loco, como de costumbre, Saturnino es un poco como Ed Wood, todo lo
impresiona, cuando estoy deprimido consigo jarabes con un amigo farmacéutico
que además produce fiestas góticas y ahí quedo expuesto a las impresiones, es
bendita codeína.– Una carta cerrada sobre la mesa, un pan con mermelada,
la campana absorbe humo, un closet lleno de ropa de otra estación, un beso
inolvidable, una holografía de la bella durmiente, un libro de Lucas Estrella. Un
auto patina quince metros y deja marcado el pavimento con un trazado negro.

56
Masushi maneja como en una película de asaltos, Saturnino grita
suplicando:
–¡Despacio Diego, tenemos proyectos en casa!
De vuelta nos miramos las caras de locos, nos decimos “abre más
los ojos”, “ponte gotitas para el rojo”, “cómete un alka”, todas excusas que
no conseguirán alejarnos de la locura. Escuchamos a Morrissey a máximo
volumen, una buena canción. Parece de Fantasilandia. Viva Hate. En la
borrachera recuerdo a Denis Gaita, concluyo que me dejó después de mi
rabieta. Mandé todo a la mierda y cuando se largó en la Plaza de la Paloma
fue clara:
–¡Puedes ir donde esas mujeres y emborracharte con ellas, pero no
me importa. Aún tengo tiempo para mí!
Lo nuestro terminó mal y eso es lo peor, siempre es rico encontrarse
con la ex polola y darse una revolcada y después chao. Denis Gaita me celó con
mujeres que no existían, las inventó para disculpar sus romances. La imagen
de sus labios se transformó en mi monograma. No tolero su comportamiento
porque soy incapaz de soportar el mío. Dudo de mí y escucho a Eric Burdon,
estoy triste y un niño grita fea a su abuela.
Me pregunto, –¿Cuándo volveré a considerar las tetas? –, sin duda
necesito su cuerpo, es doloroso perder. En vacaciones de invierno y en la playa
siempre habrá alguien a quién recordar. Mi sobrina Paz encontró unas revistas
porno y las votó al basurero, quedé aún más solo. Es rico pololear hasta que
a uno le gusta demasiado la mina y tiene que llamarla por teléfono pidiendo
disculpas. Conseguiré una nueva mujer, no muy Kraftwerk ni muy parecida a
Janis Joplin, necesito algo como esa mujer que pasó en la micro del lado y me
miró todo el color rojo del semáforo, movía las pestañas y sonreía, levantó la
mano antes de partir, una mano inalcanzable para mi, por velocidad. Voy a la
ropa americana y me traigo lo que pienso que es mío de antes. Me comunico
por teléfono con Betsy y quedamos de vernos en el Paradero siete a las doce
en punto. Cuando llegué me sorprendió la belleza de su amiga, una rubia de
lentes muy coqueta y de mi gusto. Betsy se dio cuenta y trató de ponerse en
medio. La amiga se llamaba Céfora y su polera dice Armstrong. En la noche
cuidamos una casa y de paso bailamos sobre los sillones y bebimos. Betsy es
un poco adicta, se la lleva pensando en coca, y después en los cocos. Todo es
tan ridículo.
–¡Estoy enamorada de ti Elver!– gritó Betsy desde un sillón que ya se caía.
–¿Qué?, no te oí.
–Si me oíste, dame una respuesta.
–No las entiendo.
–No hay nada que entender.

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–Es súper bonita tu prima.
–No es mi prima, es una amiga.
La rubia se pone cocoroca y bebe un sorbo de cerveza y cambia la
radio. Se detiene en The Smiths, “I wont share you”. Salto del sillón y canto
dando saltos en estridencia coreográfica. Betsy saltó sobre mí. Fue brusca y
yo más todavía. Le torcí un brazo y lloró un poco, fue mojigata y luego nos
dormimos, sin besarnos y sin decirnos cosas lindas, Betsy me empujaba y
decía:
–¡Deja de roncar!–. Se notaba que necesitaba sexo y preferí dormir.
Denis Gaita me revuelve la cabeza, despierto y me gustaría estar
aquí para siempre, con las persianas cerradas, desnudo, estirando la mano
hacia el lado y tocando su piel sedienta. Están operando a mi sobrina con
algunos estanques y una mariposa de suero en el brazo, cuando los médicos
matan a alguien los ascienden y cuando un borracho choca mueren otros.
El diablo no falla, me serví un té caliente y tuve que esperar cinco minutos
antes de tomarlo, Van Morrison es realmente bueno. Hay neblina y toso. La
rubia Céfora me anota su teléfono y dice que nos pongamos de acuerdo para
visitarla por las tardes, claro que lo haré, necesito mi venganza, lo volveré a
pensar, mejor no. He tenido malas experiencias con rubias, a muchas de ellas
se les parte el corazón como un huevo y de adentro les sale un pajarraco. Denis
Gaita no entiende que esto de hablar de mujeres es un concurso literario que
estoy perdiendo de control. Las aventuras llegan al orgasmo en mi cabeza.
Sólo tengo ideas y más ideas, ahora mismo podría contar que le hice el amor
por el culo a la dueña de la amasandería. Denis Gaita cree que me acosté con
una niña de trece años. No soporto el olor a pichi y fumo mientras escribo,
cuando fumo estoy borracho, eso se sabe, los que me conocen lo saben. Ella
lo encuentra todo tan real y me halaga. Llamo por teléfono a la casa de Denis
y pregunto por su paradero a su madre.
–¡Zapallar hombre!– me responde y mastica algo de almuerzo o
de once. No sé qué hora es y salgo a caminar por Eureka con muestras de
evidente frustración. La gente rumorea lo cagado que estoy, la gente siempre
habla de mí. No es vanidad, se dan vuelta a mirarme. Mi madre se acelera y
me manda a encerar las baldosas del patio.
–¡Necesitamos lluvia, limpia Elver!– me ordena. Marca el teléfono
de su amiga adivina, hacen una cita para mañana en la tarde. Con inciensos
y extractos de ruda, polvos de sexualidad y Cristo de por medio. Facundo
duerme a mi lado, ayer trabajó de noche y su pieza está llena de juguetes de
mi sobrina Paz. La operación la mantiene con la boca cerrada y Alicia en el
video. Facundo me pide que deje de escribir.
–¡Tengo sueño Elver!–, ¿crees que estuve jugando anoche?
–Me quedan pocas líneas, ten paciencia. Dame un minuto.

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–No has conseguido nada escribiendo. ¿De qué paciencia me hablas?
–Espera ya término.
Facundo ronca nuevamente y me cambio de habitación. Entro al
cuarto de herramientas con mi máquina de escribir y creo que es un buen
sitio para trabajar, no lo había pensado. Lo ordeno y bautizo a la vez como
escritorio, una pala con barro y varios tambores de aceite, un saco de dormir y
pintura al agua. Me encierro con las herramientas a terminar mi construcción.
Denis Gaita me dejó porque estoy sumergido en cosas supuestamente malas.
No tengo conciencia política y menos ídolos, me gusta beber y fumar. Nada
interesante, ella encontró algo mejor y lo tomó, eso es todo. El mundo
prefiere una manzana roja y limpia que una podrida. Escribir sobre Denis
Gaita es complejo, porque la amo y tengo la esperanza de que esté pensando
en mí. Suena el teléfono y cortan, creo que es para mí.
–Impresiónalo tanto como sabes, con movimientos circulares y tu
lunar sobre el ombligo. Serpiente, Flor Asesina, Vampira, Droga Barata,
Estafa, esa es mi mujer.
Escucho un cassette que grabamos mientras hacíamos el amor. Es
terrible pensar que gimes en el oído de otro. Yo me equivoqué, escogí mal
el argumento a exponer, debí escribir sobre polillas. Entro a un teletrak y
me encuentro con el padrino de Saturnino. El Turko es nombrado entre los
apostadores. Los viejos dicen que él sabe. El Turko es cabezón y colorado,
parece una gran frutilla con pelos, usa camisas caras y sus brazos son tan
peludos que apenas se le ve el Festina en la muñeca. Apuesta unas trifectas
y lo veo cobrar, cuando me ve entre los viejos me llama y me invita unas
cervezas. A mi suerte le quedaba un poco de resina sin daños. Hablamos de
Saturnino, el Turko lo quiere demasiado.
–¡Ese gordo es como mi hijo, me gusta verlo borracho. No se calla
nunca, no para de hablar. Me gusta que llore curado y se desahogue. Saturnino
no sabe todo lo que lo quiero!
–Sí sabe, siempre me habla de usted.
–Dime tú. Tutéame, no soy tan viejo.
–Turko suena bien, te diré Turko.
–Las cicatrices y las arrugas me dan tranquilidad. Es una garantía en
barrios peligrosos.
–Entiendo.
–Supongo que entiendes. No me gusta beber con giles.
–¿Cuánto ganaste hoy?– le pregunto y sorbeteo.
–Eso no se dice, menos se pregunta.
–¿Por qué no?, ¿es cábala?

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–Siempre llegan a jugar primerizos y cuando ganan gritan con los
boletos en la mano. Hay niños adiestrados para robar boletos. Cuando gritan
gané y levantan los boletos, los cagan, tú debes saber como son de “agujas”
en Eureka. Todo es necesario.
–Por eso los ganadores no abren la boca.
–Por eso, ¿entiendes?
–Leí algo parecido en un libro de Charles Bukowski.
–Dicen que ese escritor borracho era bueno en las apuestas. Al
menos eso escribía.
–Yo escribo que soy casanova. Puras mujeres y es mentira.
–Entonces Bukowski no sabe hacer ni una quiniela.
–¡Está muerto!
–¿Se le echó la yegua?, ¡peor todavía!
Dos mujeres entran al bar. Traen la cara llena de neoprén y un niño
las acompaña. El Turko les sirve una cerveza y les pide que salgan de eso.
Ellas se ríen. Nunca le escucharían tanto como para dejar el ñoco, la bolsa
de pegamento. Tomaron la cerveza en un minuto y se fueron, el ambiente se
impregna con el olor y la luz de la noche comienza a seducirnos.
–Pareces aproblemado Cruzila– dice el Turko.
–Mi mujer se fue con otro.
–¿Adónde?…muy lejos.
–A la playa. A Laguna Zapallar.
En una radio vieja suena la hermosa calva irlandesa, después Camilo
Sesto y Leo Dan.
–¿Cómo se puede saber cuando una mujer te ha sido infiel?–, le pregunto
al Turko que llama al mozo y pide dos combinados más cabezones que él.
–Con blanca o de la otra.
–Con blanca.
–Dos con blanca– dice él. Para saber si miente mírale los ojos. Si tiritan
está mintiendo.
–Ella es profesional para mentir. Cuando dice la verdad se pone roja.
–¡Entonces cagaste!
–Es injusto.
–Nada parece muy justo. Puedes estar súper bien un día y al otro te están velando.

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El mozo trae los vasos y agrega: “Les puse harta malicia”.
–¡Está muy fuerte el trago!– digo besando el vaso.
–Pide más bebida. Los maricones piden bebida.
–Si no la pido se me va a coser el hígado.
–Está bien, pide dos. También necesito un poco.
Bebimos dos tragos más y nos dimos la mano fuerte. Ebrios. Nos sacudimos.
–¡Cuida a mi gordo!– jadea el Turko tambaleándose.
–No hay problema.
–Busca a tu mina. Es triste que la potranca de uno tenga tantos jinetes.
Caminé de vuelta a mi casa. Facundo dormía y le robé cinco mil de la
chaqueta. Tomé una micro hasta el Terminal. Hacía frío. La gente caminaba
rápido y la policía esperaba un asalto para entrar en calor. De grupo. –¡El clima
es un mal carácter de Dios!– efluviaba una propaganda de paraguas.
Pagué mi boleto con dirección a Zapallar, el Turko había conseguido
echarme el suficiente ají en la raja. Si no era capaz de buscarla, no era capaz
de nada. Compré un libro de cuentos de Germán Marín y me subí al bus
que iba vacío. Dormí y soñé con las niñas embetunadas en neoprén, quedé
rotundamente pegado. Al llegar a Zapallar no sabía por dónde empezar,
así que caminé hacia todos lados, giraba como un perro antes de defecar.
Buscaba su cara, quería besarla y romperla al mismo tiempo. Compré una
marraqueta y meé en un kiosco cerrado. Yo parecía forastero, estaba sucio,
borracho y con la caña que es peor. El sol se había entrado hace horas, en
unos videos sonaba Duran Duran y los niños jugaban Mortal Kombat, se reían
con el fatality descuartizador.
–¡Así le haría a tu hermana!– decían.
Bajé a la playa. Reaccioné. ¿Qué buscaba realmente? ¿Qué haría si la viera?
Dos bichos en leva hacían el amor sobre unas rocas. Los policías en
moto buscaban pescadores clandestinos, un grupo de invernantes jugaban
con una pelota al fondo de la playa. Se veían como hormigas. Es pleno
invierno y aunque yo lo quisiera, no podrían llamarse veraneantes. Tenía la
certeza que ahí estaba Denis Gaita, estaba tan seguro como el final de una
teleserie venezolana en que alguien muere, queda inválido, ciego o muere
quemado. Caminé pensando en cosas malas.– ¿Qué había pasado con todo
el amor que me tenía el lunes a las cinco?– ¿Qué había pasado con los putos
besos mojados?
La noche estaba ahí, sobre nosotros como alguna vez escribió William
Gibson. Todo parecía una tele sintonizada en un canal muerto. Denis Gaita
fumaba sentada sobre una frazada, un chico moreno apoyaba la cabeza en sus
piernas. Siempre supe que le gustaban los morenos. Me acerqué lentamente

61
y di mis saludos, ella puso la cara de un trasher viendo al diablo, pálida, muy
pálida. El moreno se levantó y se fue, lo detuve y le dije:
–¡Ahora que ella está en problemas te vas!
–¿Qué problema?, ¿le vas a robar?
–Ándate imbécil o tu papá va a gastar mucha plata arreglándote la cara.
No sé de dónde me florecía tanta violencia. El idiota se fue con su
polerón Hugo Boss y su miedo en las nalgas.
–¿Cuánto tiempo más piensas quedarte aquí?– pregunté dejando
el libro en la arena. Los demás muchachos miraban y prendían una fogata,
escondían las botellas de ron y mango sour enterrándolas en la arena.
–¡Me quedaré todo el tiempo que sea necesario para olvidar que
estuvimos juntos!– dice ella pretendiendo disimular su cara la pena.
–No me necesitas.
–No, no he dicho eso. Estoy dejando atrás lo nuestro, él es pintor y
me ha tratado muy bien, incluso me propuso hacer desnudos. Artísticos por
supuesto.
–Es igual de cualquier forma, ¿supongo que te negaste?
–¡Por qué habría de hacerlo!, ¿siempre creí que te gustaba el arte?
–Espera vuelvo enseguida.
Caminé hasta donde el moreno que apodaban Vangó, espere que
estuviera en guardia y le di un derechazo en la sien tan bueno que gané la pelea
por puntos, por abandono y por knock out. Denis Gaita lloraba, no comprendí
si por él, por mí o por el frío. La cuestión o el amor estaba muerto, caminé por
la playa de vuelta al terminal. Lloré unos minutos. Había llorado antes por una
mujer, por mi vecina, mi primera relación. Valentina se fue con un estudiante
de ingeniería y tuvo dos niñas en un año. Ella piensa que aseguró su futuro y
yo pienso lo mismo, claro que su felicidad no se ve por ningún sitio. No miré
atrás, sentía que alguien venía, si volteaba alimentaría su necrófago placer y
no estaba dispuesto a que comieran de mi cadáver. Las lágrimas tienen más
moléculas que habitantes en la tierra, mis lágrimas tenían cinco planetas
unidos, iban dejando grietas en la arena, un corazón dibujado con ramas en la
arena me punzaba el pecho:
–Van y Denis–. Giré hacia el grupo, la fogata tenía el porte de una
persona, vi como tragaban ron puro, Denis atendía al pintor con su boca loba,
todos me gritaban pero el viento se llevaba sus chuchadas al horizonte del
mar y corrí hacia ellos y ellos hacia mí. Iba a perdedor y no me importaba,
ya había perdido a Denis Gaita y que importaba perder la nariz o un diente,
corrí como un búfalo de América Salvaje, avanzaba herido, y sólo uno de ellos
seguía haciéndolo en mi dirección, me tiré una patada voladora como Hulk

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Hogan y lo aplasté, le golpeé la cabeza hasta dejarlo inconsciente, como yo.
Sin ideas y lleno de sangre, el cuico gritaba “Mamá…mamita” y más fuerte
le pegaba, lo aturdí a combos, lo traté como si me hubiese matado a un ser
querido, en cierto modo, habían acabado conmigo, yo era un monstruo.
Pensé en llenarlo de arena y enterrarlo vivo, algo me detuvo, la culpa no era
de ellos, le pegué la última patada en la cabeza y me fui. Fue fácil golpear al
cuico y los porcentajes decían que él estaba mejor alimentado que yo pero
tenía menos frustraciones y menos ganas de pelear. Todo se había terminado
entre nosotros, me subí al bus y comencé a buscar mi asiento y a una nueva
compañera. Una muchacha pelirroja dormía con un paquete de galletas de
vino en las manos y la baba le colgaba en las comisuras blancas.– No creo que
esté borracha– pensé.
Busqué mi número que por suerte era de la ventana, una abuela estaba
sentada ahí y le mostré mi ticket, ella gruñó: –¡Mal educado!–. Ya había tenido
muchos problemas como para enfrentarme con una vieja de lentes y con la
menopausia viva. Vi mucha gente rubia y morenos que vestían como rubios,
no encontré ningún zapallo, pero si autos caros y casas que parecían sacadas
de algún cuento de Perrault. No pude dormir de vuelta y perdí el libro, detuve
el bus en Las Rejas con Alameda y volví a Eureka. Era muy tarde y la neblina
insinuaba a Jack El Destripador, si hubiese aparecido esa noche quizás yo lo
habría destripado a él. La gente deja la basura arrumbada en los postes de luz
y es raro porque ahí más se ve y uno piensa en lo cerdos que son, los perros
rompen las bolsas y los cartoneros hurguetean por cachureos. Los perros
muertos de hambre se pelean por una perra, tal como yo lo hice en la tarde.
Todos la siguen y ella se queda sólo con uno. Con el más feroz. Luna conversa
con el médico por teléfono, ella se ríe y le dice que no dejará que la opere
tan rápido. Me sirvo un té caliente y le paso el boleto del bus a Paz, ella hace
un barco y luego un avión. Algo terrible me entra en el pecho, es una bola
de miedo, me sale un suspiro y me desahogo un poco, casi nada, bebo el té
y me encierro en mi pieza. Coloco música y tomo amitriptilina para dormir,
no puedo hacerlo, con pena me cuesta hacer cualquier cosa. En el amor
muchos pierden, unos más a menudo que otros, mis amigos han perdido, mis
vecinos han perdido, mis padres han perdido, todo el mundo ha perdido. Yo
he perdido, si deseamos ser felices de algún modo debemos rechazar al amor,
los ojos me tiritan otra vez, me estoy transformando en María Magdalena, la
raza humana es la más curiosa y buscando por aquí y por allá, encontramos
sexo y deseos oscuros, las mujeres son artificiales y los hombres avanzadas
bestias en estas lides. Hoy busqué mis lágrimas y las encontré, al menos gané
las dos peleas, no podía perder en todo, también gané una carrera y en la otra
casi lo consigo, la potranca falló. Un extraño pensamiento me da vueltas en
la cabeza.
–¿Alguna mujer vale una lágrima? ¿algún hombre vale una mentira? El
futuro es un laberinto de veinticuatro horas y me concentro para dormir, por
fin tengo sueño de verdad. Sigo buscando palabras groseras para describir el
día. Decir amor es suficiente.

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7

–¿Esta crema es para la cara o para las manos?


–Yo creo que te sirve para las dos cosas, tus manos y tu cara
son de la misma piel.
No es un sarcasmo, te ves muy linda cuando te pones esas cremas
blancas y luego la máscara de palta, lo lamento, pero me satisfaces cuando
te marchas, el fin de una buena película no se compara con lo que siento,
mastico chocolates pensando en cambiar las cosas, debe existir algún modo,
las letras ya las cambie para siempre, pertenezco a la eternidad, también
cambié unos corazones y los volví satélites. Hay veces en que los corazones
se vuelven sol, y es bueno imagino para alguien.
–¡Detente por favor!, ¡no te bajes a los berros!
Acto treinta. Misma hora.
–Algunos encuentran en las drogas lo que otros consiguen en la
iglesia, la diosa y el odioso, tal vez la historia más olvidada.
–Si el rock es anglosajón, nosotros tendremos que darle con tambores y la raza.
–La luna de un corazón tiró el ancla.
–Es un exceso.
–Me parece que para liberarse hay que conocer el encierro primero.
–En esto del amor alguien es–cúpido.
–Todos somos escupidos en un comienzo.
–¿Tienes algún malabar?
–Olvídate viejo.
–Amor cuaja en mis brazos.
–¿Elver?
–Sí.
–Alguien salió corriendo.
De un momento a otro se unen la garganta, el hígado y el corazón.
No recuerdo bien, parecíamos felices y me grita y mando todo a la
mierda. Ahí queda muerto nuestro amor, con un zapato suelto al lado y una
roca encima oprimiéndolo.
–¿Qué dijiste?
–Dije hazlo tú.

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–¿Entonces no digas que puedes hacerlo?
–Bueno disculpa.
–Está bien. ¿Cómo si te costara?
–Bueno dije, cállate ahora.
–¡Cállate tú! ¿Elver te calmas o mejor chao?
–¿Qué quieres decir con ese chao?
–Tú…mírate.
–(me miro de los pies al pecho)
–Pareces tarado ahí, (Denis pone caras), siempre pensando en algo
malo, como un adicto terminal, hazlo por ti, ¿cómo puedes querer estar
endurecido todo el día?
–Ya entiendo tus intenciones.
–Sienta cabeza.
–Todos los seres vivos buscamos algo más que la simple vida, por eso nos
matamos día a día. Nos destruimos a escala disfrutando la lentitud exacta del dolor.
–¿Me intentas decir que estás matando tus sentimientos de puro gusto?
–¡Estoy esfumado!
Denis Gaita se va y salgo a caminar, a las chicas lindas les pongo cara
de león borracho, a las feas cara de gato con tiña, hay días que entran en
mi ritual y después las abandono, me duermo igual que los escolares para
no ceder el asiento, sacan sus cuadernos y simulan estudiar mientras las
ancianas hacen acrobacias en los pasillos emparafinados de la micro. Los
obreros parecen reclutas obligados a trabajo forzado, las nuevas y modernas
máquinas cobradoras atochan y demoran la continuación de las mañanas,
(o)jala que no quieras, es una cuestión personal, cualquiera se manda cuesta
abajo entre insectos, es mi terapia diseminada en amor, ¿pero, que pasó
con él?, es verdad que se quedó abajo porque no traía sencillo para pagar.
Quedé plantado, es triste ser desechado, siempre tuve la maldita costumbre
de dejarla sola y marcharme a buscar drogas con cualquier patán, en cierto
modo, merezco este trato. Esta inaccesible, la puedo tener conmigo pero ella
tiene su cabeza en otro lado, podría pagar una recompensa por mi perrita
perdida, cosas simples me hacen pensar y perder el control, empeoran las
relaciones, es mi muerte esta soledad, cuatrocientas unidades de cloruro de
potasio por vía intravenosa, y ya. De sorpresa en sorpresa se aparece en mi
puerta Denis Gaita, trae los ojos chinos y rojos y una botella de Martini a la
mitad.
–Me tomé varios sorbos para poder venir– dice.
–Traes un escudo.

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–No, Martini.
Está muy borracha y tratamos de conversar unos minutos, al instante
todo estaba solucionado, alguien debía limpiar la sangre y zurcir mi corazón.
Prometimos no contarle a nadie de nuestras discusiones, siempre hay
enemigos que esperan saber tus dolores para después utilizarlos en tu contra.
Sin darnos cuenta hemos caído en un místico juego de suspensión corporal,
no podemos dejar que nuestras ideas se fuguen, nos calcinaría la memoria.
–¿Te acuerdas cuando bebiste más de la cuenta y le intentaste agarrar
el culo a mi compañera de la U?
–Sí, lo recuerdo bien, ¿qué mierda tiene de malo tocar un culito?
–Elver, eres último, eres peor que un puto, cualquier micro te sirve.
–Los imbéciles creen que es pecado el sexo o la carne.
–Ninguna religión se atreve a explicar la desobediencia.
–La carne se lava.
–En realidad la realidad no es real.
–No hay remedio, eres una barricada, mi privilegio es un
hermoso obstáculo.

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8

–¡¡La poesía es el plato principal, no el postre!!– grité mirando las caras


de los viejos poetas de la reunión internacional de Escritores Americanos. La
selecta conferencia había terminado y como era costumbre, pasaríamos al
momento literario en donde todos leerían sus poesías y relatos y los demás
escucharían y una vez terminada la lata, aplaudirían haciendo gala de su
hipócrita sonrisa, era una patética escena. Algunos abuelos critican mi
oscura forma de vestir. –Miren el peinado de ese muchacho– escuché que
murmuraban. Una tarde me pidieron que dejara amarrado en el patio a mi
perro recién nacido, un viejo me pasó una soga y preferí abandonar al grupo,
esa tarde vagué por las plazas céntricas cantando:
–“Si no bebo estoy seco, y seco no puedo cantar, si no canto me
muero, y muerto no puedo amar, sin amar me vuelvo loco, y si estoy loco me
atarán”.
Una de las petizas poetas también trabaja como uróloga y la
apodamos “la curapenes”, hablar de poetas me fatiga, sólo los sordos deben
preocuparse de escuchar, no se hable más de estos propósitos, no hablaré
más de escribir, eso prueba sin duda que creo mucho más en el virtuosismo
que en el fingismo pues mi naturaleza es escribir, no necesito hacer centelleo
de ello, ¿quién anda todo el día mostrando que tiene los dientes lavados o diez
dedos?, –“ser escritor es oficio de sepulturero”– decía Don Vicente que de esta
debilidad sabía mucho. Todo lo antes escrito ha muerto irreversiblemente.
Todos deberíamos tener un vidrio en la cabeza y así poder mirar dentro todos
los días, sería más fácil encontrar soluciones y no existirían los siquiatras,
¿Porque quién pagaría por saber su estado mental? Indudablemente estoy
hecho un solitario, tanto como los mapuches en la capital, las personas
avanzan tan rápido que los sonidos cósmicos del kultrún se pierden en el aire
y de tanto pensar en ello, también paso de largo ignorándolos. La maldita
reunión de poetas siempre había sido para mí una desilusión.
–Brindemos, a ustedes vayan mis saludos, llenen sus botas de oro
y plata, al final todos los poetas mediocres se terminan vendiendo, tendré
precaución para no ir a la cárcel pero les robaré. Sus corazones se abren por
encima de mi reino, sus palabras atrincheradas han ganado muchas batallas
en este camino de orgullo herido, poetas embotellados en compasión, no
escondamos nuestro castillo, el tesoro rebalsa el cofre.
–Pero es nuestro tesoro– murmura un abuelo con roña en las orejas.
–¡No quiero sus chiches abuelo ridículo!– grité desde un gigantesco
edificio que le hacia cosquillas en la guata al barbudo.
–¡El cofre se queda aquí, aunque contenga arena, lo quiero!
La sala de reuniones metafísicas está a nuestro lado, un gran parlante

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chicharrea…”piensa lo bueno y se te dará”. Los castillos caen y los poetas
traen una grúa para sacar los escombros, los mendigos comen pan duro y
los magos por vez primera sacan elefantes de sus sombreros, una pendeja
muestra el culo desde un ventanal aledaño a Plaza Italia. Las gaitas de juguete
desnudan a las culebras en silencio, la razón la desconozco.
–Aquí gana el primero en doblar la esquina.
–¿La esquina de la calle de dónde?– preguntó a un perdedor
no muy resignado.
–Tranquilo señor– le digo. Le tomo las manos y sé que nunca ganará nada.
–Nosotros los rimadores tenemos el torniquete de los sueños– vocifera él.
–Supongo que no es tan grave.
–No lo creo, aunque estamos a un paso del purgatorio.
–Cuando estemos muertos nos volveremos a juntar.
–En el idioma del mundo odiado.
–Mucha gente pensará que somos unos visionarios descabellados.
–O tal vez profetas estúpidos con trancas amorosas irreparables.
–Dirán que tenemos la intención de formar un país de intelectuales y
artistas, dirán que estamos completamente afiebrados.
–Un país con tanta gente cuerda no existe, se disfrazan de hecatombes,
pero son unos fracasados, igual que los intelectuales.
–Eso es lo que falta a este pacato stablishment.
–¿Locura?, ¿eso quieres decir?
–Necesitamos a todos los obreros y ciegos disponibles, haremos una
majestuosa borrachera en el Parque de la Revolución.
–Debemos estudiarlo primero, después vemos como resulta.
–Antes brindemos, recuerda que todo es posible.
–Mira hacia delante, ahí está todo, debemos darle luz, es probable
que algo resulte.
–Siento vergüenza. Creo que debemos medir las proporciones.
–No hablemos más del asunto, que yo sepa no he tenido descanso
alguno, fui feto, molestia de embarazo.
–¿Parece un tanto contradictorio?
–¿Qué cosa?
–Llegar al mundo incomodando a otros, en realidad somos una cruel desazón.

68
–¡Muy bien!, brindemos por nuestras tertulias irreales.
–La vulgaridad se pondrá un día de nuestro lado.
–Al momento de morir.
–¿Qué dices?, morir es lo más sagrado del mundo, sólo ahí las letras
se bañan en sangre.
–¡No!, estás confundiendo los códigos.
–Poesía, dos puntos, es para mí una visión cósmica en cuya unión
universal se pueden revelar los dardos grises del que todo lo crea, lo
comprende y lo perdona.
–¡Volcanes en erupción!, ¡poetas con altoparlantes!– dice un hombre
bebiendo vodka.
–Los poetas a la cuenta de tres…
–¡¡Expandirse!!– gritamos todos en los puños izquierdos en alto.
–Me tengo que ir, me disculpan.
–Claro Elver, reza, anda y reza con convicción, te aseguro que te curarás.
–Ya me siento bastante mareado, unos pocos tragos siempre consiguen
desequilibrarme físicamente, porque mi cabeza a pesar de estar alocada con
el alcohol, es potente y no caería a los riscos desolados por ningún motivo.
Estoy en perfecta armonía. Caminé hasta el Metro pensando en los pobres,
¿Qué debe ocurrir para que sirvamos los pobres?, según Facundo los pobres
le dan carisma a los países porque los ricos son iguales en todo el mundo.
Al bajar al subterráneo vi a Tomas Miller fotografiando los murales de Toral,
por esos tiempos Miller estaba obsesionado con los colores del pintor, estaba
canoso y panzón y no hablábamos hacia mucho tiempo, tuvimos una pequeña
diferencia laboral y Tomas me echó del estudio fotográfico de Shelber antes
de comenzar el trabajo, fue un chantaje que su descocada esposa montó, un
acto fuera de foco, su esposa dice que soy un escritor de porquerías y que
él, un fotógrafo demente. Tal vez tenga razón, no pude eludir mis ganas de
saludarlo, me acerqué a su lente y le tomé el hombro, el cabezón al girar
exclamó:
–¡Hermano!, ¿cómo estás?
–Bien, ¿y tú?
–Bien, chucha que tienes el pelo largo.
–Si, ha pasado tiempo. ¿Te cambió el color del pelo o es idea mía?
–Me cambió por completo, parezco un cerro nevado.
–Pareces una coliflor con tetas, un viajero satélite enviado a Saturno.
–Ese soy yo, el viejo Titanio.

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–¿Y el amor?, ¿cómo va?– pregunté mirando su nikon encendida.
–No hablemos de eso, mira mis canas.
–¿Estás mal?– insistí.
–No quiero hablar de mis heridas Elver, estoy tapado en canas– dice
tocándose sobre la oreja y de paso peinándose hacia atrás.
–¿Debe ser muy delicado para ti?– volví a punzar.
–Para hacerte el cuento corto te puedo decir que ella se fue con otro,
gracias a Dios se fue, estoy mucho más tranquilo, me siento a toda raja soltero.
–Eres una coliflor feliz.
–Si, y mejor que eso, un león sin dueño. (se ríe)
–Te invito a tomar unos tragos al “Centro de mesa”.
–¿Pero tú ya andas con unos copetes dentro?
–Sí algo, vamos a escuchar jazz.
–¿Quién toca?
–No sé, pero si quieres vamos donde “Dios está tocando el violín”.
–¿Dónde está ese barucho?
–Ya sabrás, camina no más.
–Pero dime donde queda, no voy a caminar detrás de ti como
una putilla caliente.
–Queda en el Circodélico Estado, cerca de “El Toro”.
–Mejor vamos al “Centro de mesa”.
Una vez allí, pedimos dos vasos de whisky con hielos.
–Bebamos, quiero olvidar, desbordar al mundo, nada es como ese
momento– dice Miller.
–¿Qué momento?– pregunté parándome hacia la máquina de música.
–El momento del desborde, ¡salud hermano!
–Es un instante único en que respiras fuera de la vida.
–Sí, no se compara con ninguna embriaguez.
–¿Conoces muchas?, ¿acaso una por trago?
–Creo que dos. La borrachera del vencedor y la del vencido.
–¿Y en cuál mierda estás tú?
–No lo sé, siempre termino ahogándome en la sangre de la batalla.

70
–Eso quiere decir que tú pierdes.
–No, claro que no, con eso se aprende mucho.
–Sólo aprendes a reconocer tu grupo de sangre, RH positivo o negativo.
–¡Salud viejo!, quiero deshacerme de este pesado sueño.
–No te he oído decir nada horrible.
–¡Maldición!, ¿cómo no?
–Estás muy blanco. ¿Qué te sucede?
–Soy un ángel. (se ríe otra vez)
–El otro día maté un gato– comenté.
–¿Cómo es eso?– preguntó Miller mirándome por entre el vaso.
–Lo que ocurre es que Denis Gaita tiene unos canarios enjaulados y
un gato todas las noches intentaba comérselos, ella armó un canario eléctrico
enchufado a una batería de auto y como todas las noches llegó el gato a
intentar cenar y por huevón se electrocutó.
–Yo nací de noche, vivo de noche, me siento bien en la noche, también
debería morir a oscuras– reflexionó Miller sorbeteando whisky y dejando el
vaso a la mitad.
–Tengo que hacer otras cosas, ¿por qué no nos vamos?, ¡mozo!
–¡Mozo!, nos traes la cuenta por favor.
Nos despedimos y en mi cabeza existía solamente una idea clara,
quería follar con todo el mundo. Pongo la llave en la cerradura y las luces
de la casa están apagadas, todos duermen y paso al baño entre palmadas
silenciosas, enciendo la luz y lo primero que veo es mi cara roja y mis ojos
chinos reflejándose en el espejo manchado con agua seca y pasta de dientes
de niño. Escucho el sonido de la puerta de mi madre, de seguro se levantará
a su vuelta de rutina nocturna antiborrachos, discutimos un poco sobre arte
y la conciencia, ella decía que los artistas son unos taimados que reflexionan
bobadas y que creen hacerlo todo bien, cuando en realidad, sus teoremas,
poesías, pinturas, etcétera, sólo embellecen un par de segundos la vida de
otros, pero el mundo sigue siendo el mismo lugar de mierda y el trabajo
mejor logrado, a la larga, se llevará la cabeza de chancho o los aplausos.
Mi borrachera estaba perdiendo altura y sus palabras parecían una charla
medieval. Salí con el pretexto de un cigarro y busqué a Emiliano Wail, Eureka
está encendida y los carritos de papas fritas y completos están llenos de
volados con el bajón, la marihuana abunda, pareciera que brotara de todas las
esquinas y los niños creen que esta mierda nos hace pensar cardúmenes de
fantasías interplanetarias y todo es asombroso y la noche se abre de piernas.
Puedo ver sus bragas rojas y sucias, los adictos caminan o están estáticos,
no hacen otra cosa, los paquetes de paraguayos tienen ligaciones secretas

71
con la escuela de mudos, son tóxicos venenosos que nos hacen extrañar aún
más a la Tere y sus cogollos andinos. Joselito El Magnate siempre apoyado
en la esquina con el pie en la muralla y el otro listo para correr, plasmado,
pacífico y sobrenaturalmente ido, hay días que muchos adictos se congregan
y se desconectan en grupos, esperan toda la noche que algo entretenido
pase, odian la música electrónica y siguen escuchando a la rubia de los ojos
celestes y Divididos. Emiliano se acerca con pasos livianos, como suspendido
en el aire, el olor a marihuana y alquitrán tiene a los perros durmiendo, las
zapatillas españolas de Wail tienen nueve colores y parecen de un velocista
de los años treinta, la suela se pega en el alquitrán fresco porque es época
de elecciones parlamentarias y las calles lucen una nueva y delgada capa de
“cemento light”. Los candidatos creen que les creemos, como si nos pudieran
comprar con obsequios raquíticos. Mis vecinas alcahuetes votan por el imbécil
que se tome más fotos con ellas, acaso es tan complicado el asunto, “estamos
en la época del tributo a la basura”, tal como lo explicara Rimbaud en su paso
por el infierno hace más de doscientos años.
–¿Quiero descargarme con alguna perra caliente?– exclamé
tocándome la verga.
–Vamos Elver, conozco un sitio en donde te pajean por tres lucas–
dice Emiliano encendiendo un hachís ínfimo.
–¡Apaga esa cagá!– lo recrimino. Pareces angustiado.
–Tienes razón.
Igualmente se quema los dedos y un taxi último modelo se detiene
en nuestra nariz, nos subimos y bastó que Emiliano dijera Ka%a para que el
chofer replicara con John Milton, según el chofer mañana lloverá, Emiliano lo
compara con Travis, el taxista de Taxi Driver y al final terminamos hablando
del error de Scorsesse en la toma del ventanal afuera de la sede del candidato
Palantine, en donde se ve la cámara reflejada en el vidrio pasando por sobre
el eje de filmación.
–Topless chiquillos, adentro están las guerreras– gritaba un hombre
de dientes amarillos y otros ausentes.
–Está bien aquí– dice Emiliano tosiendo.
–¡Pasen cabros, no se van a arrepentir, por luca cada uno, adentro
están las perritas calientes, Geisha dos melones, Turca la zorruda, Culito de
chantilly, y la nunca bien manoseada…Clítoris de ballena.
–Entremos– digo y pagamos al portero.
–Pasen cabros, la paja va por cuenta de la casa.
Al entrar sentía intenso olor a puerto, será por los choritos y los picos
locos, hay también un denso olor a semen y pescado, el suelo tenía grietas
que eran producto de las colillas encendidas que quemaban la alfombra,

72
una chica baila sobre la tarima, no trae sostenes ni calzones, pero si zapatos
y estrías, sus pelitos del monte de venus son brillantes y negros, todos los
hombres la aplauden y los ejecutivos entusiastas tienen la corbata amarrada
en la frente, gritan, fuman, corren mano, el portero con su guoquitoqui se
comunica con un sapo del exterior, está todo controlado en caso que lleguen
los policías, ellos les llaman botones. Un gordo le pone mil en la mano a la
bailarina, le toca las piernas y le mete los dedos en su profundidad húmeda
y delicada, ella lo mira indignada y le deja caer un manotazo como Martín
a su esposa, los lentes del gordo se pierden entre las piernas de los demás
calientes voyeristas, también se pierden maletines y comienza a quedar la
cagá. Nosotros miramos embobados como comienza a agigantarse el clítoris
de la bailarina, Emiliano ha tenido suerte en los negocios y me presta cinco
mil para que escoja entre las putas, camino hasta la barra en donde sólo
venden bebidas para deshidratados, se me acerca una chica y su perfume no
es tan ordinario y la abrazo como gángster jalado, ella sonríe y me invita a un
sitio oscuro, me habla en el oído, me lame la oreja y me erecto, la música del
ambiente es Scorpions y no me deja oírla. Entramos a un pequeño cuarto,
el olor es de orgía africana, ajusto mi pupila y comienzo a ver. Ella se saca
los calzones y tiene poquitos pelos ahí abajo, me pone la mano dentro del
pantalón y sus dedos están tibios, me hace el movimiento del sube y baja
con exacta coreografía, una lolita blanca se queja a mi lado, le toco los
pezones, está lleno de parejas interraciales, una negra colombiana altísima
muestra sus dientes y sus tetas, detrás de ella un hombre perdido en sus
nalgas, todos sudados fornicando como perros en leva, uno al lado del otro
sin darle importancia a la performance del vecino, el conjuro de pieles es
digno de Sudáfrica o Pompeya destruida a cachas. Le pregunto el nombre
a mi compañera, ella responde Beatriz, me baja el cierre y solita me pone el
condón con la boca, le pido que me la mame primero, entra Emiliano con una
rubia de población, me siento extraño con todos los coitos a mi lado, Beatriz
es una profesional de la felatio, por momentos siento que me explotará la
verga, le agarro las tetas a una chica de mi lado, ella me deja sonriente, mi
pupila a cada segundo se ajusta más a la realidad, hay muchos a punto de
acabar y las mujeres no se dan por enteradas, parece que fueran inmunes a
los orgasmos, ninguna se queja, es su trabajo y por más que intenten gozar,
tal vez no lo consigan, cuando viene subiendo el semen por mis testículos la
detengo y trato de frenar el impulso arrebatado, se lo saco y le converso, no
puedo distraerme del todo y me quito el condón para llenarle los pechos con
semen, se lo froto entre las tetas y el cuello. Ella comprende mi fantasía y me
dice al oído:
–Si quieres más ratito te doy una gratis.
No respondí y caminé hasta el escenario. Ella venía detrás de mí, su cuerpo es
hermoso y me dice que la mire cuando esté en el escenario, me siento flaco de tanto
carrete, las piernas me duelen como si viniera llegando de un triatlón extremo en China.
Emiliano sale del cuarto oscuro y no estaba haciendo fotos precisamente, camina en
zigzag y trae el cierre abajo y una sonrisa de oreja a oreja.

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–¿Alguna vez la vagina te ha tirado el pedo?– me pregunta
Emiliano sonriendo.
–Sí claro– respondí pensando en la Chica Tiniebla.
–¡Qué loca la güevá!– exclama él.
–Una vez guatón, estaba tan loco de borracho que hablé una hora
o tal vez más con mi pene, conversábamos de la vida, él miraba y hablaba
por donde mismo, pero que importancia tenía su precariedad lingüística o de
visión, igual me respondía a las preguntas.
–¿Y como qué cosas le preguntabas?
–No sé, puras güevas, era mi volada lisérgica, yo era su ventrílocuo.
–Si te entiendo, es lógico, ¿cómo podrías hablar con una tula?
–Con mi tula sí pude hacerlo.
–Entonces cuenta. La marihuana te produce lagunas mentales.
–Sí, pierdo las ideas.
–Se fugan cuando no eres consistente con el argumento.
Beatriz salta al escenario, trae un bikini azul y rojo y sus ojos
desembocan en los míos.
–Recuerdo que hablábamos del futuro estudiantil de él, yo le
preguntaba por sus estudios superiores y la cabecita de gato me respondía
que le gustaba Derecho.
–Es muy extraño que puedas hablar con tu pichula, es un caso para ser
estudiado con calma, quizás tengas serias complicaciones mentales o te estés
desdoblando en un estado fálico. Anda donde un especialista Elver, hazte ver
por un profesional– ironiza Wail.
–¿Cómo resulta tu vida dentro de mis calzoncillos?, ¿es muy solitario?
–No tanto, a veces viene un lobo a visitarme y me come y me deja y
me vuelve a comer, tú entiendes.
–¿Pero te gusta o te parece muy monótono?
–Me encanta, sobre todo cuando el lobo me deja mojadito.
–¿Y la Manuela?
–Esa güevá es fome porque duele un poco que te estén apretando el
cuello. Me gusta cuando viene una tal Antonia Tres Cocos y me besa con los
ojos cerrados.
–¿Quién te agrada más?
–Irene tiene caries y su olor a muelas podridas me fastidia mucho,
además tiene bigotes.

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–¿La chica tiniebla tiene carisma?– pregunté mirando hacia abajo.
–Me gusta esa, esa me gusta mucho– decía mi verga limpia, inteligente
y con sólo un ojo y boca a la vez, la roja cabeza de gato contestaba a todo.
Tiene bonita dentadura, buen perfume y por sobre todo, Limpieza.
Emiliano no me escuchaba y me callé. La chica de calzones púrpuras
desgastados que había estado conmigo minutos antes no estaba por ninguna
parte, seguramente estaba ganando más dinero con su peludo y profundo
negocio, quería hablar con ella y apareció por mi espalda por arte de magia.
Emiliano relaciona a las mujeres con cuchillas afiladas, la puta Beatriz se
sube la polera para mostrarme ronchas y ampollas que tenía producto de mi
semen restregado en su cuello y sus tetas, me restregaba los ojos para sacar
esas heridas de mi campo visual, pero seguían ahí, intactas, llenas de líquido,
–¿tienes el semen de ácido?– me preguntaba ella, –¿qué te pasa puta?– le
decía yo. Acaso nunca has escuchado hablar del famoso “Eyaculador de
Ácido”. Emiliano saca una petaca de ron de sus testículos y le digo a Beatriz
que se olvide del asunto y le paso luca y además le doy un sorbo restringido.
Emiliano baila y no sabe nada de las ampollas sulfúricas. Tampoco le cuento.
Beatriz me insinúa sus senos en los hombros, me dice que por un paquete de
marihuana nos la chupa a los dos, Emiliano accede. Conquistar a una mujer es
apretar una rosa con cuchillas afiladas.
Los señores de nuestro lado son choferes de micros y en sus camisas
tienen el recorrido inscrito, hablan de fútbol gremial, Tropezón versus El Golf.
Emiliano enciende uno y Beatriz se pasa la lengua sobre los labios, ansiosa,
sabemos que no de nosotros.
–¡Cuando las mujeres se enamoran lo único que están haciendo es
exagerar las diferencias entre un hombre y otro!– dice Emiliano mojando un
costado del cuete.
–¡Ojala que tu lengua sea de mi agrado!– le digo a Beatriz.
–Me toca– murmura ella.
Fumamos y después ella se fue en una gran volada lingüística. Salimos
a la calle y veíamos como los ciegos se fabricaban lesiones con parches
sobre los ojos, bastones de cochayuyo y heridas de neoprén mientras los
semáforos dan los tres colores a la vez, del cementerio católico veo saliendo
a mi familia enterrada. Corazones de volcán reencuentran a sus caballos
sonámbulos, estallan y se alejan detrás de los barcos de sangre. Los flacos
vagabundos escuchan la palabra de Dios –“Persona que escucha, la mujer que
se esmera por encontrar a Jesucristo, cada uno tendrá que dar cuentas en la
sala de espera del Señor, persona oyente… pecadores… gloria al cielo”–, los
vagamundos siguen caminando y viendo desperdicios de alimentos dentro
de los tarros de basura, se aproxima la lluvia predestinada por el taxista.
Emiliano se encuentra con la pena y llora, está borracho y me confidencia
cosas de su pasado semental.

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–Sabes Elver, tengo otro hijo.
–No, ¿de quién?
–De una huevona fea, se lo metí y quiere cargarme el cacho.
–¿Cómo?, ¿acaso quiere que le firmes algún papel de paternidad?
–No, nunca tanto. El otro día llamó a mi casa y puso a la guagua
llorando por el teléfono.
–¡Ahh, la huevona loca!
–Cuática.
–La cagó, se merece otro helado– le digo y sonrío.
–Onda helado con palo vale otro.
–¿Cómo la conociste?,– pregunté con voz cansada y ronca.
–En una fiesta, me curé y canté una cueca, después me tiré un piquero
en la piscina llena de condones inflados, ella se enamoró de mí y me buscó.
Tú me conoces, yo no dejo escapar las tetitas de ninguna cabrona, soy un
engrupidor cósmico, sabes soy capaz de regalar estrellas, planetas y universos
inexistentes, uno siempre piensa en poner la bandera en terreno lunar, nos
metimos al baño y se lo hice y luego le mostré mí satélite artificial, un condón,
ella insistió que no y tampoco la rogué.
–¡No hay problema!– dijo y continué.
–¡Eras su marido ideal!
–¡Cómo dices!, ni loco.
–Marido ideal, esposo infernal.
–Te gusta Oscar Wilde y Rimbaud, te caché Elver… ¿infernal sí?
–Me tinca que eres pariente lejano de Oscar Wilde.
–No creo, debo ser del indio mala cueva.
–Vamos a la cantina de la abuela Duras, a cachar.
–A esa vieja le dieron un premio hace poco, ¡la poeta es rica, la veterana rajúa!
–Una vez me la comí– asegura Wail.
–¿Y le salieron ronchas?– pregunté.
–Sí, te lo juro Elver, no te miento. Yo también soy de ácido fértil.
–Tú eres fértil, yo soy ácido.

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9

Juan Kongos me pincha por teléfono, le devuelvo la llamada. Me


señala que su padre acaba de llegar de un viaje de negocios por África y
Europa y le ha traído de regalo una máquina de última generación con efectos
de samplers de elefantes chinos y loops de canguros excitados y sin marsupio.
Mientras escuchamos a The Velvet Underground nos sentamos en la escalera
del tercer piso, pasa una señora cargada con bolsas de la feria, lleva varios
kilos de papas y tomates en racimos, tiene los ojos bizcos y no sabemos a
quien mira realmente, nos saluda y alegre libera:
–¡Hola Juanito!, ¿cómo le va mijo?
–Bien, ¿y a usted?– pregunta él.
–Igual que siempre, “Tirando para arriba”– responde ella.
Repetía la frase a medida que subía los escalones cargada como
burro. Ella es del cuarto piso del block. Al rato llegó el hermano chico de Juan
que es igual a una licuadora escandalosa y mejor me vine a mi casa. Llamé
por teléfono a Emiliano y su madre me hablaba de justicia social y libertad
a los presos políticos, decía cosas de la revolución cubana y manifestaba su
profundo odio al capitalismo gringo, le repetí la pregunta y ella enmudeció,
me dijo que Emiliano había salido con el fascista de Saturnino. Un tiempo
atrás Saturnino se había declarado anticomunista y capitalista en potencia,
de sueños, sólo para hacerla enfadar. Emiliano y Saturnino salen a deambular
juntos, según ellos van a la Plaza vigilada del Tragafuego. La poesía sigue
siendo el don de los miserables vanidosos y la noche está descalza y con
sombrero de copas, un hombre tira hacia abajo el sol y la luna comienza a
quitarse el maquillaje, alguien la espera.
Amo a Denis Gaita y me he demorado dos años en decírselo, Dios,
puedes mirarla, pero no la toques. Al instante aparece ella con su sonrisa
blanca y expresiva, siempre está feliz, la invito a dar una vuelta con mi perro
en el auto de mi padre “Al aeropuerto los pasajes”, llevamos al perro para que
corra por las laderas solitarias del camino. La invito a un sitio feo, desolado
y sin vegetación. Estamos detrás del aeropuerto, un lugar donde muchas
veces vine con Masushi a quemar algún porro. Los aviones se ven pasar
majestuosos y graves, caen en la pista y el ruido que hacen nos revienta los
tímpanos, la fiereza de los frenos rebota en el viento y se produce un extraño
ruido de dolor, mi perro aúlla, la reja parece tener electricidad y casi no veo
mis manos. Está oscuro y comienzan a llegar los primeros invitados de piedra,
los zancudos han invadido el auto y Denis Gaita fuma y elimina unos cuantos
con el humo y sus palmas. La radio del auto es antigua y chicharrea un poco,
el sonido de los parlantes se vuelve poético y eso nos resulta demasiado
peligroso, el siberiano se lame las patas y subo el volumen, suena “Último
Recurso”, –¿Por qué eres diosa y no eres animal?– canta Ciriaco Pescador.

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Trato de imaginar un buen lugar para pasar la noche con ella, es fácil ahora
que tengo dinero y una mujer hermosa sonriendo en el asiento del lado, el
cinturón de seguridad le queda nadando y no hay como ajustarlo, ella es muy
delgada, una contemporánea Twiggy sin maquillaje. La carretera está llena
de vehículos, puedo ver destellos rojos delante mío y altas luces blancas por
la pista del lado, no veo muy bien y me confundo con tantos colores, acelero
sobre cien, ciento diez, ciento veinte, ciento treinta, el auto tirita y la bencina
se chupa a mayor velocidad en el carburador. Denis Gaita me toca el muslo,
me estremezco y miro por el retrovisor, mi siberiano duerme y pelecha sobre
el tapiz negro de los asientos. Ella enciende un cigarrillo y la música esta
increíble, la voz en la radio Futuro dice: –¡VA–QUIUR!– que quiere decir The
Cure, y me siento tan caliente como el coro de la canción. No soy poeta y
no intento serlo, soy hostil y hombre, ella es una flor, es aún mejor, mujer y
hermosa como el primer brote de una semilla altiplánica, una insinuación del
paraíso. Los recuerdos se han cansado de seguirme y lo único que recuerdo
con claridad es que estoy comprando una sandía en pleno terremoto del
ochenta y cinco y Dios caló otras cuantas con el remezón. Sigo manejando
y voy muy conforme con la belleza de Denis Gaita a mi lado y sus palabritas
suaves haciéndome presentir los segundos actos de su exageración artificial
y absoluta. Estamos cerca de su casa y Denis me pide que la lleve hasta allá,
dice que le duele la cabeza y en silencio obedezco, nos despedimos con un
beso frío tanto como el Aeropuerto y sus transacciones aduaneras, guardo el
auto, despierto al perro de un portazo y me tiro en el sillón del living, –Vengan
aquí– pienso. Me levanto y me cambio de cuarto, estoy solo en mi pieza de
cuatro por cuatro, solo como siempre he estado, pueden traer sus bebidas
y sus paquetes de dudosas procedencias. Suena Charlie “Pájaro” Parker, Be
Bop in Camarillo, obtengo extraños planes en mente.
–Cocaína metálica– diría Burroughs.
–Paladín sin esperanza– se le escucha gritar a Huidobro.
No tengo a la mujer, esquiva mi crueldad, se desaparece con el
arrebato de mis impulsos, esparramado en la cama tengo tiempo para
perdonar al hombre que soy. La noche avanza lenta, como siempre lo hace
y en mi cerebro las adicciones son un torbellino gris que se acumulan con
la muerte de la razón. Espero que existan otras cosas, pero estas letras son
mi contienda, tengo sangre mapuche o preferiría tenerla, antes que los
impotentes y sucios patrimonios sanguíneos de la burguesía. El viento corre
fuerte como si viniera escapando con algo robado y algunos adictos delgados
vuelan por el aire dejando sus olores labriegos, Denis esa noche se recuperó
y fue a visitar a la Chica Tiniebla, todos comentan que hacen el amor con un
gato en un ritual de apasionada zoofilia y la relacionan con la fabricación
clandestina de pastillas para esquizofrénicos que los muchachos muelen con
envoltorios plásticos y se esnifan como jugando. La Chica Tiniebla y Denis
seguramente fueron a ver a Patricio Manns al anfiteatro de Eureka Plaza,
Emiliano me aconseja que recapacite y que cambie mi arrogante actitud con

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la señorita Gaita, pero a veces creo que exageran y especulan en vano sobre
mi carácter.
–Mi pueblo no estará jamás al sur de Estados Unidos, quizás los
adinerados lo estén.
–No importa tu idea, porque la mía siempre es mejor. La astucia es permitida.
Emiliano es el vendedor oficial de celulares de los traficantes
analfabetos de Eureka y les cambia el chip cuantas veces sea necesario, ellos
pagan todos los servicios con mandanga, estamos por esos minutos, horas,
días en el limbo, alucinados. Compramos cervezas y Hilton corriente, le digo
a Emiliano que tome el dinero y que salgamos a divertirnos con mujeres por
Santiago Capital, pero nos quedamos encerrados practicando un alicaído
deporte de nariz, le comento que me cuesta escribir borracho, que es casi
imposible para mí y me pasa un pitillo encendido,– ¡Para el pulso!– bromea.
Estamos en el departamento abandonado del block 73 y el olor
sobrepasa las murallas y las vecinas hacen comentarios en las ventanas
conjuntas –¿A los vecinos nuevos les gustan los sahumerios?,– Si niña… parece
que son bien místicos porque queman inciensos todos los días y buenos para
tomar también los muchachos, yo no sé de donde sacan plata si nunca los he
visto temprano saliendo a trabajar, yo creo que son movidos estos hueones…
algo raro tiene que haber o sino cómo?, ya no se puede confiar en nadie.
Pasamos la noche bebiendo y hablando de pornografía y política, de
deporte y literatura rusa. Cuando amanece unos pájaros entumidos cantan
de poste en poste y sin abrir los ojos siento que es una jazz band de gorriones,
como puedo me levanto sin despertar a Emiliano, mi cabeza encañada pesa
cien kilos y mi nariz ha subido cinco gramos. Distraído llego a mi casa con una
feroz crisis de pánico, busco entre los vhs alguna película que ver y encuentro
London 66, la pongo y me instalo en el sillón, es la milésima vez que la escucho
y me quedo tranquilo analizando los disfraces de neoarte.
Emiliano sigue protestando por las reformas laborales con pancartas
de colores y gritos de –¡Justicia, Justicia!–, ¿dónde quieres llegar? En medio
de Eureka aúlla como perro atropellado, la saliva le cuelga en el labio inferior
y como de costumbre enciende un caño verde. Entramos a “La Rueda Eureka
Bar” con familiaridad porque hemos estado muchas veces en estas mesas
y siempre queremos volver, como si se nos enganchara el perfume especial
de la verdad. Un ciego duerme apoyado en sus brazos, lo acompañan cuatro
botellas de cerveza vacías, la cabeza ya no sostiene sus ideas, la dueña del
bar intenta despertarlo pero el ciego además se hace el sordo, entre sílabas
cortadas murmura:
–Perro mundo, ahora que estoy borracho puedo ver–
Un homosexual que atiende las mesas grita con el teléfono colgando
y ensucia los vasos con grasa, sus dedos han tocado los penes de todos los
maestros de la vulcanización del lado, los hombres lo llaman “cosita” y él se

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siente su cosita. Entre tanto grito desesperado se fueron unos clientes sin
pagar y la dueña se toma la cabeza y le echa la culpa al maricón, un candidato
a alcalde entra al bar y todos se callan, se siente el olor de su perfume y su
camisa es más blanca que sus intenciones, su corbata tiene el signo peso de
rompe y raja, Emiliano se levanta enfurecido y va donde este señor, conversan
un rato y beben tratando de encontrar respuestas a las mentiras, –¿Cuál fue el
acuerdo?– pregunté.
–Le dije que dejara fuera a Eureka Plaza del modernismo miserable
y la estética enferma, no queremos edificios multinacionales ni centros
europeos de ropa, menos Mall.
Lo que nosotros necesitamos son galpones culturales donde los
niños jueguen con el lápiz y dibujen y escriban lo que quieran, ellos tienen la
sensibilidad virgen y aún no sienten el agobio de la existencia.
–Si encuentras tan difícil la vida, mátate y abandónala ahora o
cierra el hocico y actúa.
–Ok me callo– reflexionó Emiliano y llenó los vasos con cerveza.
–¿Qué piensas del tratado de libre comercio?
–Esa güevá nos va hacer cagar. Imagina que Chile pone la mano de
obra y los canadienses los instrumentos, lo que sucede entonces es que los
colegios y liceos que entregaban una Educación Humanista van a pasar a ser
Técnicos porque el gobierno va a necesitar mano de obra barata y así podrán
reducir costos con hartos maestros.
–O sea que si mi hijo en el futuro quiere estudiar Sicología, Filosofía o
Sociología le va a salir un ojo de la cara.
–Claro, ahí está en plenitud el tratado de libre comercio.
–Ayer en la tarde vi a unos niños jugando fútbol en la puerta del cementerio.
–Debe haber sido una final a muerte, muy poética, pero no quiero ser
un hueco de mierda preocupado por el arte. ¿O acaso crees que…?, no, mejor
no, no tiene importancia.
–Sigue Elver, me encanta cuando te calientas hablando algo.
–Te iba a preguntar si tú crees que los antiguos poetas se
preocupan por nosotros.
–Te pusiste un poquito posero. ¿Te importa mucho que la gente hable de ti?
–¿Tú no?– le digo.
–No recuerdo que seguía.
–Dime con que mano te limpias el culo y te diré quién eres.
–No sé, ordenar esta historia es tan complicado como
deshojar una enciclopedia sobre el Everest.
80
–Oye huevón, no me has contado nada de la pega que te ofreció
Tomas Miller.
–Ayer me llamó ese gusano, su esposa lo mete en una lavadora y el
muy imbécil se deja, ella lo manda, lo culea y lo caga, una tarde antes de
comenzar el trabajo nos volamos y emborrachamos dentro del local, Tomas
compraba y compraba cervezas, nos sacamos fotos y escuchamos starjazz
de la radio universo, fue tanta la borrachera de Tomas que cuando llegó a su
casa, su esposa lo bañó y le metía la cabeza hasta el fondo de la tina llena y lo
tenía tragando agua brutalmente, luego lo tiró sobre la cama y lo desnudó, se
la mamó un rato y mientras Tomas revivía se tiraba pedos y ella lo golpeaba
con rabia en el pecho gritándole cerdo.
–¿Cómo sabes tanto huevón mentiroso?– interrumpió Emiliano.
Acaso eras la almohada.
–Espérate, el me contó al otro día, cuando me despidió. Su mujer
es muy cerrada, de cabeza por supuesto, y lo obligó a despedirme, ella es la
perra insensata que grita ordenes sin sentido y que odia igual que un selector
de sensaciones grotescas y mezquinas, tiene la enfermedad de la incultura,
esa es ella, a veces creo que lo destruirá. Salen a comprar y ella toma el carro
del súper y echa al desgraciado dentro, lo confunde con sus payasadas de
progreso y triunfo, lo conduce por el camino de la desesperación permanente
que ultraja al fotógrafo revelador de nuestras vidas, las fotos se autodestruirán
cuando ella opine algo al respecto.
Salimos de Eureka Bar y caminamos por Jota Pérez, nos encontramos
con Igor que entusiasmado baila remeciendo sus omóplatos, sostiene un
vaso a la mitad y se mueve en círculos y fuma mientras mueve la cabeza de
lado a lado, –está mezclando Ricardo Villalobos– me grita. Igor mide más de
dos metros y los niños que se atreven a subir a sus hombros sufren vértigo,
él cierra los ojos y da vueltas en redondelas ancestrales, sus dedos juegan
parecido a los de un egipcio, alguien se pasea con su minicomponente por la
calle y todos pueden ir y poner sus discos, nada de hambre y dolor, el mundo
se arrodilla ante los pies de las melodías. –¿Dios cuéntame en qué mierda me
equivoqué?– He sido fiel a tu anarquía y nuestra disciplina. Cuando volvimos
a la población, inquietos por los comentarios de disparos y la tardanza de los
muchachos que traerían paquetes chilombianos para vender, los encontraron
arrumbados en la vereda, agonizantes y abrazados a una botella de Coñac
Siete Azotes, no dijimos nada por que el negocio era de ellos. Una abuela del
barrio decía apadrinarme literariamente, yo creo que ella y su capitalismo
pueden irse marchando de mi lado. Denis Gaita llega mística y alocada, habla
con Luna acerca de cepillos de pelo y champúes de placenta de mico, Emiliano
me propone que vamos a su casa a buscar cualquier cosa y nos peguemos
unos fierrazos, beso a Denis Gaita y voy de cabeza al trámite alucinador, igual
que siempre, con nerviosas convulsiones estomacales.
–“El amor mueve montañas, pero, ¿qué montaña eres tú?, ¿por qué
no te mueves?”– Puede ser que los abismos del mar guarden en los corales

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de la profundidad el secreto de las montañas sumergidas, sería anormal
que el abismo rojo escondido en el cielo guarde tu secreto azul”– Esnifamos
como cerdos. Ella me toca la espalda y eso es suficiente para amarnos al aire
libre. Ya no sé bien si Denis Gaita es parte de mi pasado o de mi futuro, o
de ninguna etapa, decía que dormiría conmigo en la calle si fuese necesario,
también recuerdo con claridad sus argumentos fantasiosos con relación al
amor…” no hay invierno, no hay tristeza con amor”. Una tarde por casualidad
nos encontramos y sin pensarlo dos veces nos desnudamos para darnos un
hermoso coito primaveral, sus sostenes cayeron en la mesa y mis calcetines
sobre unos parlantes, amor, es cierto, hay veces en que el sol brilla sólo para
nosotros y otras no lo vemos en meses. Creo firmemente que si alguien habla
demasiado bien de otra persona y lo halaga con brutal desenfreno, es porque
piensa totalmente lo contrario. Los poetas recurren todas las frías tardes de
invierno al amor como fuente de inspiración y de paso el cielo rojo se abre
y deja caer golondrinas viudas y ciegas, caen palomas reinas y mujeres en
celo, unas vienen con lápiz labial fresco y me dejan los besos marcados en las
mejillas de niño bueno y dopado.
Denis Gaita llama por teléfono y si le contesto yo, corta, esas son las
consecuencias de un buen sexo, suena Thelonius Monk, los nombres de los
viejos jazzistas siempre quieren hacer amistad conmigo. Masushi tiene su
teoría con respecto a las perras de Eureka:
–¿Qué importa que sea inculta o intelectual, al final todas tienen la misma
güevá?, si mi lengua hablara diría que lo importante es tomar el a–tajo.
Algunos amigos poetas tienen buenas intenciones con las mujeres,
exceptuando a Saturnino que mantiene vigentes sus rituales sadomasoquistas,
escuche a sus antiguas novias quejarse de lo brusco y violento que resultaba
tener sexo con él, la Chica Tiniebla estaba parida para el carnaval de los
masoquistas, le gustaba el punto “pasión–dolor” y Saturnino decía que a
la Chica Tiniebla se la comía igual que a una chuleta de cerdo, primero bien
caliente.
El amor entre liceanos es un simple amor de liceanos, entre vecinos
es latero y para concluir de inmediato con este pequeño bosquejo amoroso,
está el amor entre una mujer lúcida y clara en sus razonamientos con un
patán poeta de lo absurdo, tal vez el creador del amorfismo y tercer precursor
de la fiesta de la vendimia pues el primero y el segundo son otros. Siempre
tuve el extraño presentimiento que no iba a prosperar esta ingenua comedia
venezolana de cuarta categoría, nos ocurre de lo peor cada vez que estamos
juntos, somos yeta uno para el otro, una meada de perro en nuestros pies.
Hace años una tarde Facundo me prestó su deteriorado auto, un Dodges
antiguo. Nos volcamos en plena carretera y ella casi muere, yo salí ileso del
accidente, pero después mi padre se encargó que fuera de igual forma al
hospital.
–¿Cómo va a ir sola la niña?– y con un bate de béisbol me partió la
cabeza igual que un huevo duro.

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–Acompáñala– murmuró entre sus dientes de oro.
En el colegio mientras otros leían La Celestina, yo le daba apretones
a Kerouac y me creía Jack Kerouac, avanzaba por las calles como lo haría
Jack Kerouac y algunos amigos entraron en el juego beat y se creyeron por
meses Ryder, Corso, Ginsberg, Neal Cassady y Old Bull Baloon. No tengo
documentos en el camino y avanzo tan campante como la negra Mardou Fox
desnuda. Aquellas eran noches que no terminaban hasta que algún accidente
nos recordaba que todo estaba corrompido por la policía, cuando nos fuimos
presos con el Pelao Lorenzo, un buen amigo poeta y punk de Renca y en
la celda del lado me encontré con un compañero del Liceo de Aplicación,
–¡Buena hermano!, ¿Qué haces aquí?– le pregunté entre señas. La pequeña
ratonera cada vez se rebalsaba más de antiestéticos cumas, lanzas hediondos,
mecheros de supermercado y tiendas, torpes ebrios y simples hombres que
nada habían hecho, cometas del centro y estudiantes sin libros y también
ebrios, además de nosotros.
–Mi mamá llamó a los pacos porque en la casa nos estaban robando
y los pacos vieron mis matas de marihuana y me calzaron, una güevá retonta
y al pedo.
–¡Qué mala raja!
–Eeehh, la mala cueva– dijo Chulompi afirmado en una pared rota.
–¿Cuánto tiempo se está en esos casos?– le pregunté.
–Poco, casi nada, como en todas las güevas, estos culiados si nos
tienen dos días es mucho– pensaba Chulompi sacándose un moco.
–Si, no creo que más, hace unos meses estuve preso con los choferes
y todos trataban de maquinarme. La costumbre.
–Yo a esos giles no les compro, una vez quisieron cagarme con las
zapatillas y los pantalones, onda ¿cuánto calzai?, y en las noches tenía que
dormir con un ojo abierto, me paré del suelo y le dije al culiao:
–¿Querí las zapatillas chuchetumare? ¡¡Entonces le vamos a “poner
gueno nomás”!!
–¿Y que te dijo el huevón?
–Nada. Se cagó entero y se fue.
–A mi primo Benson lo dejaron en pelota y eso que cayó con treinta
gramos y siete computadores.
–¿Computadores dijiste?– pregunto Chulompi.
–El Benson se junta con puros bacanes en robos de computadores, es
como el virus de sus amigos, se les mete en las movidas y les deja la patá.
–Voy al baño.

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–Yo no voy al baño ni cagando, encontraron a un huevón ahorcado
anoche y siempre se culean a los novatos. Estos criminales sodomitas tienen
el agua cortada hace meses.
–¿A qué hora se bañan?– pregunté mirando hacia la cancha de golf, (¿…?)
–Como a las ocho de la mañana, pero no puedes botar el jabón.
–Supongo que conoces a Saturnino, ese loco mató al carnicero judío
de Eureka, con ese hombre nunca se sabe que pueda pasar, es un demonio
cuando está loco de borracho. Una vez se subió a una palmera a cagar dentro
de la comisaría de Santo Domingo y los pacos no lo podían bajar, al tiempo
embalsamó a su gato por que pretendía crear el concepto de Arte Dinámico,
no era una técnica taxidermista por que su gato estaba vivo, por eso era
vanguardia. Sabes que no quiero estar más tiempo aquí, quiero que me
saquen luego, no soporto este lugar lleno de caras vulgares.
Los sujetos se jactan de sus cortes en la cara y los brazos, los de
San Ramón conversan con los de la Legua York, o la Lewinski, es todo tan
canallesco.
–Está oscureciendo y creo que ésta es la peor hora, siempre escucho
gemidos, gritos y risas, acá está lleno de gusanos, de ratas con hanta, de
maricones con sida, de vidas llenas de costras y de sueños violados, o sea
pesadillas.
–Afuera también, no te preocupes– aclaré.

84
10

Tomas Miller preparaba una exposición de fotografía en la cancha


de Eureka, había muchos hombres expectantes con lo que tenía que decir
Miller, llegaron el Gary Nuevo y Rolland para intentar burlarse de Miller,
pero él demostró que en fotografía color también se pueden decir muchas
cosas. Muchas mujeres miraban a Titanio como un demente consagrado,
lo apreciaban mucho más por su condición de orate y tuve suerte, porque a
pesar que la Chica Tiniebla también tenía ganas de acostarse con Miller, esa
noche se quedó conmigo.
–¿Quieres?– le pregunté mientras miraba sus gordas tetas como
bombas de agua, sus senos son de lo más hermoso de la humanidad, con la
suave luz de la luna encima.
–Por supuesto Cruzila, siempre es emocionante beber vodka contigo.
–A mí también me emociona saber que te comeré crudos los
pezoncitos.
Ella no escuchó nada y preguntó, –¿fumas?– en la mano tenía un
viceroy king.
–Bueno, pero nunca fumo– recalqué mientras veía la primera
fotografía de Miller en el paño blanco del área de la cancha.
–Este amigo tuyo es un excelente fotógrafo.
–Si, es muy bueno, ¿y con el vodka cómo es tu relación?
–Como todas las cosas son ilusiones, yo siento que lo mío con el
alcohol es ilusión.
–Me gustaría ser tu último sorbo y que me bebieras sedienta, ¿me
beberías cierto?
–Claro Elver, incluso si no fueras el último. Te bebería gota a gota. ¡Me
excitaste Cruzila, mírame los pezones!–
Se los miré mucho rato, lo suficiente para saber que su talla de sostén
era cuatro, Miller mostraba a unos niños pobres vendiendo globos de colores,
felices de perder, porque siempre iban a estar así, con los mocos colgando y
los pelos parados y la ropa vieja y sucia.
–Hablas mucho y haces poco, ¿cuál es tu inquietud?– insistí.
–No tengo trancas contigo Elver, si quisiera te besaría, estoy segura
que no podrías resistirlo, déjame ser franca, me gustaría tener sexo oral
contigo, pero no quiero que me penetres.
–Me da lo mismo, que rico que quieras sólo eso, a mí me encanta que me la chupen
pero no me pidas un litro de leche, no he comido nada, estoy débil.
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La Chica Tiniebla era de armas tomar y tomó mis armas, me tocaba
suave pero respiraba violentamente, muy excitada, su lengua buscaba la
exactitud de mi falo y mi halo pulmonar, me estiraba los testículos como si
fueran de chicle, lo hacia con la fuerza de cien elefantes, los tirones se volvían
cada vez más desesperados, los demás que estaban en la cancha pudieron
notarlo cuando con un grito de dolor supremo le pedí:
–¡Suéltame conchetumadre caníbal!– ella me tenía firmemente
atrapado,– ¡Suéltame por favor perra de mierda!– todos voltearon a ver mis
contorsiones del bajo vientre. Era la noche intensa y acalorada de la Chica
Tiniebla y tal vez la más descarada, ella es una tonta, pero de igual forma
seguí a su lado, al rato estaba borracho yo también, me dejé ir y me puse a
hablar de las flores y la luna, estuve mucho tiempo en el baño y casi nada en
la exposición de Tomas, había bebido demasiado rápido, el vodka me tenía
acelerado y pensando en tener sexo con la Chica vuelta carne, después de
desconectar los sistemas y ordenar las diapos y los equipos nos fuimos a la
casa de Esteban, que es un joven punk de Eureka, amigo de un amigo, los
panketas estaban cuidando la casa con el Ape Jackson y tenían la zorra con el
orden, Miller fotografía al Ape con una pistola de juguete en la sien. Después
de unos minutos llegó la mamá de Esteban y supimos de inmediato que la
señora era buena para tomar también y no le puso color con los cabros, todos
estaban aparejados y se besaban eufóricos en un show de urracas borrachas,
toda la orgía era tan evidente que la madre de Esteban entró a la pieza con
una escoba en la mano y pala en la otra y exclamó:
–Permiso muchachos, vengo a barrer los polvitos– tosió y se fue por el pasillo.
–Tía, ¿sírvase un trago?– gritó Saturnino.
–Están locos, después les da por culiarme a mí también.
En la calle aún quedan varias horas de aburrimiento, la luna alta y
el viento delicado pasan por mis mejillas y algunos pendejos vienen recién
del colegio, los evangélicos cantan y vienen alineados en una larga fila de
hombres y mujeres vestidos muy formales, al final viene un señor con un carro
y parlantes, algunos con la Biblia en la mano se creen el cuento, otros cargan
panderos y guitarras, justamente una niña que va al lado del guitarrista lleva
el micrófono y canta con desafinada voz algo de Jesús y lo vuelve a crucificar
con su pésima voz.
–“Persona linda, persona que escucha, el señor nos quiere a todos
por igual, pero si usted lo desafía y lo contradice, él no lo inflará más”– se
escuchan estrepitosos gallos y una evangélica quinceañera comienza a reír
fuertemente, el hombre que pasea a un costado la mira insinuando:
–No te rías del Todopoderoso– en ese mismo instante le cae un
mojón de pájaro del cielo, que por gracia y sin dudar se pega en la espalda del
hombre,–¡No debí mirarle las tetas a la chica cristiana, no pude evitarlo, las
tenía enormes, debo pagar, discúlpame señor!

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Cuando giré pude ver nuevamente a la Chica Tiniebla y sus pezones
erectos, era lo mejor de su cuerpo porque su cara era un huevo. La esperanza
es el bastón de los perdedores y ella lo sabe bien, la evité mucho tiempo y
caminé rápido tratando de dejarla atrás, pero ella aceleraba su saltarín
caminar.
–¿Por qué quieres perderte de mí?– preguntó la Chica.
–Salí a comprar solamente, vuelve a la casa de Esteban.
–No puedo volver sola, esos vagos me culiarían.
–Ese es tu problema, yo no sé nada.
–Pero ayúdame Elver, por último te doy a ti la parte.
La acerqué a mi cuerpo de un tirón y la acurruqué suavemente para
que pudiera sentir mi calor, ella me deseaba tanto como los yanquis a la luna,
su boca dejaba escapar un ligero bouquet a cebada, la soportaba porque
ese era mi olor favorito, me besaba el cuello insinuante y me decía entre
escalofríos sugerentes: –¡Quiero sentirte adentro!–
–No puedo acostarme contigo, eres muy pegajosa y además no me
gustas, mejor ándate a tu casa y olvida este mal rato, quiérete un poco, que
no te humillen esos hijos de puta.
Todavía no terminaba de hablarle y ella estaba abrazada a mí llorando,
las lágrimas le hicieron bien, se sentía aliviada y tranquila y hasta un poco
menos caliente.
–Llévame contigo Elver– insistió la Chica Tiniebla con los ojitos chinitos.
–No puedo, yo no te necesito. Así solo me siento muy bien.
–Pero Elver, yo te daría todo.
La Chica estaba deprimida y su ínfima autoestima la estaba
transformando en una pequeña desagradable, se restregó los ojos y el rimel
le quedó por toda la cara igual que un mapache huérfano, sus mejillas estaban
negras y sus delgados labios pidiendo mi amor.
–A ver, déjame limpiarte.
–No, no me toques cagón.
–Cállate puerca.
–Eres un escritor fracasado por eso estás irritado todo el tiempo,
nunca nadie te leerá, sólo a mí me importan tus cuentos y eso lo sabes bien.
–Bueno, está bien, pero ahora ándate, estás muy borracha.
Volví a la casa de Esteban y estaba Denis Gaita esperándome, ella
fue muy buena conmigo y no me derrumbó pidiéndome más, a la mañana

87
siguiente todos pedían el baño para vomitar y la puerta estaba trancada con
la cabeza de Saturnino, en la bañera estaba desnuda la Chica Tiniebla, con la
boca abierta y la baba de vómito colgando, Saturnino se quedó con ella y Juan
Kongos también tomó cartas en el asunto. La tina parecía una jalea de semen
de ambos, el espejo estaba tirado en el suelo y las toallas mojadas sobre el
lavamanos, la ardiente Chica tenía jabón entubado a la fuerza por la vagina,
se veían los rasguños y los dedos marcados sobre la blanca piel de la pequeña
ninfómana, la cortina del baño tenía dibujos de arte de hombres y mujeres
desnudos en la Edad de Piedra, cortinajes exclusivos de Esteban y su ebria
madre, la mujer de las tinieblas no entendió nada, o tal vez lo hizo. Yo prefería
escribir antes que hacer el amorfo con ella, la Chica es una máquina de follar
y le restaba importancia, ciertamente a pensar. Esa es la gran diferencia. El
vodka nos dejó hablando en ruso y pensando en Chéjov y Lenin y su utópica
dictadura del proletariado, también nuestras mentes eran dueñas de fantasías
sexuales con intensas pajas rusas hasta acabar, montañas rusas con ideas de
muerte y, en cierto modo, ruletas rusas demasiado arriesgadas y kamikazes.
La Chica Tiniebla serpentina entre vulgares realidades, eso la hace una ilusión
terrestre, un circunloquio pausado que intenta apresurarse en vano.

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11

En la micro hay poco que pensar de vuelta a casa, el sol golpea la


ventana o el frío se cuela por la bastilla del pantalón, siempre en extremos.
Es la hediondez a poto que se impregna o el caos de las micros que avanzan
como carretas campestres, es el esmog o el regaettonto enfermizo.
Juan Kongos venía de pie entre tantos cuerpos apretujados, sedientos y
traumados, contorsionados en los estrechos pasillos del bus. Hablábamos en
voz alta del sexo bizarro que creíamos haber tenido una noche con unas putas
de San Antonio, Juan desganado me entrega el secreto de los mamones que
le daba su tía cuando llegaba del colegio, la historia felática de Juan salía de
la realidad con sus ojos sin expresión, siempre era el mismo, excepto con
alcohol, cuando hablaba entre cuico y tonto y trataba sin fuerzas de pelear
en los bares para no pagar la cuenta y salíamos con la del bandido haciendo
perro muerto.
–En la mañana me acosté con una compañera de curso y cuando
acabé, ella me dijo que estaba embarazada de un primo suyo del sur, no sé si
creerle, pero parece que es verdad.
–Que tendría de malo, sólo quería culiar y contarle un secreto a
alguien, claro que se equivocó de persona.
–Elver, ¿es cierto que tú con la Josefina se bañaron en miel y mermelada
una vez y lo hicieron así?
–¿Ella te lo dijo?
–¿Quién más?
–Esa puta siempre fue chivata delatora, de repente me acusaba con mi
mamá porque yo fumaba demasiada marihuana, yo si hubiese querido podría
haberle dicho a la suya que la Josefina me mordía el pico de pura celosa.
–A mí un compañero de curso en el “Salvador Allende” me chupó la
tula, claro que yo tenía la conciencia infantil invertida.
–Igual la vendiste, ¿o crees que le pegaste al bueno con la felatio?
–Sabía que me ibas a columpiar con la güevá, eres un maldito pollo.
–No me da ni frío ni calor tu historia, yo me estoy pescando a la
Josefina ahora y me da mucho gusto cuando la veo en pelotas porque tiene
un clítoris gordito, lleno de carnecita.
–No me interesa esa perra levantada de raja, me vuelvo misógino con
su nombre, cagaba a todos los hombres que podía, los giles se dejan querer
con sus ojitos verdes de mosquita muerta y luego se arrepienten cuando los
deja caer con las monedas.

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Josefina me quería cuando pololeamos, pero siempre supe que si no
tenía dinero estaba cagado, ella quería a alguien con plata a su lado, como si
fuera a salvar su vida con ese cruel comercio de poder ajeno, llevábamos como
dos años y me cambió por un cuico, lo hizo care raja y descompuso mi corazón.
Nos tirábamos en su sofá de pera del living, nos besábamos en la cocina, en el
baño y ella paraba el potito y yo la apuntalaba hasta el lavamanos, la apretaba
estremeciendo sus delicadas tetitas de porcelana, nunca quise creer en sus
palabras por que sabía que todo se derrumbaría, me dolía llegar a quererla un
poco, en la micro conversamos que lo nuestro estaba vacío, yo tenía el mundo
entero para sus ojos verdes de puerca ensañada con mis sentimientos, ella
tenía vacío los bolsillos y estaba perdiendo la paciencia y dejando al desnudo
su mercenario ser, sólo hablábamos un poco, ella se tocaba las tetas bailando
con videos de Depeche Mode y otras influencias musicales que le metía en
la cabeza el enano Morrissey del Bío Bío y esas putas fiestas que producía
en dónde lo único bueno era Happy Mondays y el ron venezolano a luca, si
sonaba The Smiths todos bailaban despavoridos y nadie podía hacerlo bien,
al estilo Morrissey, algunos gays bailaban entre ellos y las lesbianas también
en su onda, no había seguridad de mirar con intenciones sexuales o tal vez
etílicas a una mina y no equivocarse y tener en frente a un macho con tetas.
Las mujeres compartían la misma ruleta rusa, los sexos se fusionaban en pares
iguales y que mejor entonces, que bailar solo. Esa güevá de estar enamorado
no se lo doy ni a mi peor enemigo, le daría una pesadilla, una ceguera, un
error tierno que fascina al caer. Cuando Josefina bailaba en esos dark side de
Providencia yo escuchaba las cumbias pensantes en la Planet de San Diego
y Jorgito peleaba con Saturnino por distensiones mentales ebrias y los dos
se querían besar, pero se gritaban y unos diyéis vinieron a socorrer a Jorge,
es sabido que Saturnino no mata ni una mosca, con los hombres es budista,
con las mujeres sadomasoquista y esa noche con Jorge estaba siendo un
gordo amenazante para morir peor que un quiltro atropellado, Jorge tuvo
que reaccionar así porque Saturnino es un profesional para cargar a los que
se equivocan, como si estuviera limpio de culpa, su nihilismo empaña su
inteligente actitud y cuando lo cargan a él, llora.
Me fui a descansar al sillón nuevo del living, descansar de nada, me
ducho y quedo libre, me siento un escritor porque escribo un poco más de lo
normal, creo que este documento puede ser publicado por algún viejo culiado
algún día, quizás ese viejo de mierda sea yo mismo, aunque es muy difícil que
llegue a pensar seriamente en la independencia editorial, tal vez no sea tan
difícil.
–”Para ser escritor hay que dedicarse con la energía de un adicto a las
anfetas”– decía Jack Kerouac, en “On the road”.
Josefina tiene a su segunda niña del mismo pequeño hombre burgués,
las ojeras le tapan la mitad de la cara, ayer por la noche un perrito guagua
lloraba en la puerta del edificio y la hija de Josefina también lo hacía, yo la
podía oír a través de la puerta, miré por el ojo mágico y la vi con un plato en

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la mano, le llevaba leche y puré al indefenso quiltro. Quise salir a ayudarle,
pero no lo hice, ella baraja sus posibilidades con una rapidez increíble, sé que
estoy fuera de lugar, yo no le compraría a nadie en el mundo un abrigo de piel
y menos la marearía con fajos de billetes para el súper. Seguro que Josefina
piensa –Te doy mi cuerpo y tú me das almuerzo–, como un Naked–Lunch–
Cash–Criollo. Este planeta poeta le pone los ojos blancos, su ateísmo al amor
dice que está loca de currículo, aunque el perro dejó de llorar gracias a ella.
El tipo la pisa cuando se le para y su automóvil con asientos “reculiables”
está pasado a perfume de otras perras, el muchacho es de Vitacura y ella de
Eureka Plaza, lo que puede derivar en unas niñas confundidamente locas,
viciosas y resentidas. Salí a recorrer Eureka Plaza con mi discman encendido,
Tom Waits cegado, por suerte atravesé bien la calle, es día de feria y siempre
atropellan a alguien en este caos de la fruta y la verdura, llegué a la Plaza de
la paloma sagitario y me senté en un engrudo de cemento y piedras, unos
abuelos arreglan la plaza con flores multicolores y un vino escondido de la
policía, son viejos conversadores y jubilados agotados, preparo un porro con
mucha marihuana y unos niños se eligen para una pichanga de cuatro por
lado, se me acercan unos volados y me piden un papelillo, mientras lo busco,
uno de ellos dice entredientes que vienen los pacos.
–No huevón, van a seguir derecho– dice otro de rasgos gitanos y
aguileños.
–Van a dar la vuelta.
–Tira el pito a la chucha flaco– me grita uno que se abrocha las
zapatillas abrochadas para desviar la atención.
–¿Tienes mucha marihuana?– le pregunto al de cintillo.
–Dos paquetes.
–¡Mierda!–
Se baja un paco alto con la metralleta colgando de una correa negra,
suenan las vulgares y típicas voces de marciano en clave en el interior de la
patrulla y el paco apunta con el cañón y nos obliga a poner las manos sobre
el techo de “la zapatilla” y las piernas abiertas, el techo de la pocilga tiene la
patente inscrita y caca de paloma impregnada, en Eureka no te tratan como
en Vitacura por citar reales diferencias, a veces no comprendo porque los ricos
pagan sus delitos en cárceles jaibonas y no donde todos los delincuentes. La
zapatilla verde con caña se abre las nalgas para nosotros, le encuentran los
pitos al volado de cintillo y lo suben entre forcejeos desmadres, su amigo
reclama diciendo que son cabros tranquilos y que están trabajando en un
camión a la vuelta.
–Déjenos ir señor policía por favor– decía con histriónica cultura orgullosa.
Otro paco busca evidencia en el asiento y escarba la tierra como un
perro que esconde un hueso, busca entre las hojas secas del suelo, encuentra

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el cuete quemado ínfimamente y se lo carga al del cintillo, ese era mi perno.
Por desgracia aún estaba virgen el cogollo andino.
Los policías se van con el loco arriba, antes nos revisaron las
billeteras, los bolsillos de perro y las calcetas, verificaron nuestros datos en
el computador central y nos trataron de hacer olvidar lo inolvidable, antes de
avanzar ironizaron con mi corte de pelo neopunk.
–Con la plata córtate bien el pelo saco de güevas, no gastes más
dinero en esta mierda.
–Ojalá queden volados con los pitos. Delincuentes policíacos–
pensaba yo.

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–Quinto piso, puerta 503– murmura el ascensorista medio borracho


medio con sueño, en su peluda mano reluce la pulsera del comercial del Bam
Bam Zamorano.
–Gracias viejito– respondí y me sequé las manos transpiradas, al
segundo volvía a tenerlas igual.
–¿Qué mierda puede querer de mí?– pensaba mientras mi mano
viajaba hacia el timbre. Un error es muy probable. Madame tiene montones
de problemas de identidad, de personalidad, de autoestima, de frigidez, lo
único que tiene es dinero y siento que la visita será corta. No abre la puerta y
creo que me mira por el ojo mágico a lo que respondo con una mirada de niño
bueno. Se abre la puerta de cristales gruesos y dibujos de ancianos aztecas
inmortalizados y temblando de frío, escucho la voz suave de Madame Barrett
y unos vals electrónicos de Tomita, me recibe en llamas y dice:
–Por el ojito mágico se te veía la cara larga, parecías un gay africano, no
sé muy bien pero parecías un mapuche dentro de un submarino, como si yo te
amenazara. Mientras no cometas errores con tu tripulación estaremos bien,
¿cuántos años tienes Elver?– pregunta Madame dándole suma importancia a
sus leyes laicas de ingreso a su affaire.
–Diecinueve– respondí apestado.
–Pasa hombre, es broma.
Entré al salón lleno de cabezas embalsamadas de políticos muertos.
Madame insinúa:
–Yo tengo, mmm, eso no se dice.
–Como quieras, yo no he preguntado nada.
La primera mirada que di alrededor cayó sobre un libro de Henry
Miller, leí Trópico y no supe cual de los dos, la luz de las lámparas era delicada
como un rayo enfermo, unos pinceles y géneros coloreados abstractamente
decoraban su solitaria exquisitez. También había telones en blanco y
explosiones biotérmicas y caimanes rezando de rodillas por un universo
superior, telas ansiosas de arte o de un buen martillazo.
–¿Qué estás haciendo en las tardes Elver?– pregunta ella desganada.
–Escribo, leo, cuando sale algo trabajo.
–¿Y para que trabajas?– ironiza.
–Por dinero, por qué más va a ser, así puedo invitar a mujeres a
pasear por las calles apartadas y desconocidas y encerrarme en moteles y
emborracharme con mi plata.

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–Invítame entonces– agregó Madame Barrett mostrándome su
concepto absoluto de belleza, su delgada cintura deja reluciendo una silueta
perfecta y mejor me mordí la mano para evitar decir algo grosero o hacer sin
querer un sonido vulgar.
–Anoche me costo un kilo quedarme dormido– le digo para despabilar
y ella se retuerce para parecer a gusto, –Qué extraño, a mí también me costó–
murmura.
Madame Barrett seguía las reglas, me miraba poco y su cabeza iba
pensando cosas malas de todo el mundo.
–Qué triste es tener tantos enemigos– insinúe sobre sus hombros,
salimos de su departamento y esperamos que llegue el ascensor, nos subimos
solos. –El tipo debe andar comprando más chicha– dice ella. En el techo van
descendiendo los números en una pantalla de números romanos. Bajamos y
algo me sube en el estómago. Madame Barrett tiene pinchazos marcados en
las venas de los brazos, no puedo ocultarlo, siento pena y una desilusión no
por ella, sino por nosotros los que a diario inspiramos su lento suicidio.
Después de un tiempo alguien me contó que era enferma y debía
picarse drogas permitidas. Su enfermedad era muy común, jugaba a la
escondida dentro de su cerebro. La medicina le da la guerra al pacifista
atolondrado que guarda en las trincheras de sus entrañas, o al revés, en
esos momentos esquizoides era capaz de darse un tiro y despertar con los
gritos a sus vecinos artistas y mercenarios, despertaban hasta los bailarines
callejeros que dormían en la puerta del edificio. Había unos adictos hardcore
cohabitando con los murciélagos en el entretecho y su aspecto de leñadores
gringos mezclado con punk híbrido, habían domadores de pirañas y de
esposas, políticos renunciados que querían vivir bebiendo hasta morir,
muchas lagunas mentales y guachos epilépticos, todos despertaban cuando
Madame Barrett desataba su esquizofrenia. De pronto me dijo al oído:
–¡Tengo el calzón metido en el poto, me siento violada, hay minas que les
gusta, pero a mí no, más bien me divierte la situación callejera de tener que
sacarlos de ahí!–
–Yo no uso– le digo.
–Ni que fueras maricón.
–Estoy hablando de calzoncillos, ando a lo gringo.
La conversación estaba apta para chistes cortos y desviados,
pero según Madame Barrett los chistes cortos son una prueba rotunda de
nuestra imbecilidad. Caminamos todas las plazas de Eureka y en todas
veíamos pequeños raperos en tablas de skate que chocaban entre si, uno
que otro lograba dar el giro completo y seguir arriba. Algunos candidatos se
autopropagandean y dan leche a los niños más flacos, hacen risitas hasta a los
perros vagos y se pelean por cada voto.

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–Que pena que seas tan flaco, es posible la existencia de algún
músculo dentro de eso– sentenció Madame riendo a carcajadas mientras me
apretaba el brazo fofo.
–Pero hay casos peores– advertí a falta de argumentos. Ojalá que por
la noche no sientas deseos sexuales y sólo me tengas a mí cerca– ironicé.
–No seas tan extremista, igual me gustas mucho.
–No, entre nosotros hay una distancia astronómica.
–Yo no tengo nada que cobrar en otro mundo– dice Madame Barrett.
Acércate Elver, ven hasta aquí, dame un beso.
–Para que vamos a matar este romance tan rápido, tú también me gustas.
Cuando el dolor se esconde mucho tiempo queda sepultado en la
sangre y le siguen fuertes dolores estomacales, naturalmente que intentaré
terminar con este mal rato, la miré un momento y sentí que sus labios me
esperaban, ella me miraba poco, su vanidad se sobreponía. Cuando nos
despedimos sentí nervios por el lugar donde pondría el beso, volví a mirarla
y quería saber que mierda estaba pensando de mí. Quizás me veía igual que
un apollerado o un poco hombre, su mirada me desnudaba y el pudor y mi
corazón acelerado me hicieron hablar entre vocablos cortados. Criticamos los
movimientos económicos de nuestros padres y Madame Barrett comentaba
lo malo que era Eureka de noche, eran cerca de las doce de la noche y por
un cigarro ciertamente un basenómano nos cogotearía. Las gotas tibias de
información caen sobre nuestras frías cabezas, quizás algún día encontremos
la medida exacta. Siempre he creído en la extraña estadística de que las
uniones de burgueses terminan mal, pero nunca pensé en el polo opuesto, el
mío, yo no tengo nada y ella tres ovejas en una cabaña.
–¡Quiero pelliscarte!– murmuro Madame mirando la luna
menguante.
–¿Por qué?– pregunté sobándome el estómago.
–Para que despiertes, me das nervios.
–Bésame un poco te faltó decir, tengo un punto en mí contra.
–Nada grave.
Le bese suavemente la mejilla y me vine caminando por la oscuridad
del Brooklyn criollo, para que me temieran, un cigarro a esta hora es un
seguro de vida por que en todas las esquinas se juntan los adictos a fumar
y a esperar que alguien les de dinero, y si no es así, se lo quitan. Giro para
verla por última vez y alcanzo a incrustarle la mirada en su culo precioso
con el pequeño calzón embutido y su espalda afinada, mientras avanzaba
alejándome quería poder verla al otro día, se sabe más de una persona
escuchando que hablando, por ese mismo motivo no estoy inscrito en los
registros electorales, miro su espalda y sus lindas nalgas por última vez,

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pienso en sus calzones que de seguro están perdidos entre sus cachetes
depredadores. Se puede escuchar desde la calle los gritos alharacos de Janis
Joplin, suena extremadamente fuerte y los vecinos miran hacia el ventanal
también, los vecinos rumorean que la alocada muchacha los dejara sordos,
otros más exagerados gritan “incendio, incendio”, la mayoría de ellos mueren
a la mañana siguiente. Madame Barrett se cuelga de los cortinajes y llegan
cuatro bombas rojas directo al grifo de la puerta de entrada del edificio. No
existe tal fuego y los bomberos llaman a la policía para que proceda con la
detención del vecino exagerado y el chancho del cuento del lobo también.
Puedo soportar tus miradas demoledoras, pero no podré con tus exóticos
lunares, sé que Madame Barrett odia los peluches, los chocolates y las flores,
según ella yo sólo ando en busca de sexo, quiero relacionarme con arquetipos
vanguardistas y anti–circunstancias, lo mejor siempre es tomarlo con calma,
sorbo a sorbo, es mejor así, para no perder nada, pocas veces pongo tanta
atención a una mujer, con Antonia Jass hablábamos tardes enteras y nunca
escuché sus argumentos reales sino que me conformaba con su olor y sus
palabras volando en círculos dentro de la habitación para mí y mi soledad
ilustre.
–¿Me gustaría saber que significó el silencio tuyo en la mitad de la noche?,
aunque tal vez desista de saberlo, porque prefiero escuchar cosas buenas.
Madame Barrett se quedó mirando los neones de la ciudad parada
en el ventanal de su departamento, se me revuelve el estómago y toso como
debo hacerlo, la cerveza fría de las noches anteriores me pasa su cuenta
carraspera. Suena Silvio Rodríguez y algunos calman sus conciencias con
el control remoto y el camaleón cubano. Me pierdo en la vereda y en los
edificios las señoras cuelgan ropa recién lavada, los ladrones esperan que la
gente duerma, todo ocurre como una emboscada de las favelas, recuerdo su
calzón perdido y me excito nuevamente.
–Cuídate Elver– dijo Madame Barrett y me tocó el pie con su pie,
sin emoción, pero con espontaneidad. Caminé hasta la botillería y escogí la
etiqueta de siempre. Emiliano deambula fumando hierba por Eureka, según
él todas las fantasías con mujeres son posibles, siento que Madame Barrett se
incrustará en mi pecho peor que una dictadura.
Sin lugar a dudas la mejor sombra la dan las matitas de marihuana
y Joselito el magnate tiene trae consigo los dominantes mojones en sus
bolsillos, se sube a su auto modelo pitomóvil de emergencia Eureka total,
enciende la radio y sin saberlo escucha The Smiths, cambia el dial y busca
música basura.
–Quiero escuchar esa canción que cambiaste– le digo con actitud.
–A mí no me gusta y la güevá es mía y escucho lo que yo quiero.
–Bájate entonces y veamos quién manda.
–En mi auto mando yo Elver.

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–Voy a hundir en el polvo tu insolencia– le grito.
–Ándate cagón, anda a lavarte el poto primero.
–Nunca te enfrentarías conmigo analfabeto. Te haces caca primero.
–Elver, ya te dije con buenas palabras, si sigues vas a ver.
–¿Crees que te tengo miedo cagón sin seso?
–Sácate el kiwi del hocico.
–Cállate imbécil chupapico.
Joselito el magnate es el peor vendedor de todos los infames, siempre
pierde todo lo que ganó fumando pasta, cuando ve a un posible cliente sale
corriendo a ofrecer su mierda, sus ganancias son escasas y fuma pasta de
forma ininterrumpida, una pipa tras otra, es ridículamente seco para la “pasta
yola” y nunca sube lo suficiente para terminar de una buena vez, Joselito
necesita más a cada instante, en los momentos que vuelve a la Tierra se
desespera y bebe petacas guatonas de coñac o menta, a veces creo que sería
capaz de atravesar Chile por una última pasta base.
–A veces ni fumo y me conformo con tener una en la mano– dice con la
baba apunto de caer, la devuelve a su boca pasando por sus labios quemados
y con los cueros resecos.
–La güevá loca.
–Vos no te imaginai’.
Joselito está con el beneficio de la salida diaria por su buena conducta,
goza de una libertad vigilada, claro que con nadie vigilando.
–Ya no estoy seguro ni preso ni libre, siempre creo que alguien me
esta sapeando, desconfío hasta de mi cara en el espejo, hay días que miro
en el interior del iris y siento que la policía está ahí grabándolo todo, viste
que uno también ha sido del frente armado, vos ni te imaginai, los pacos ni
preguntan por mí porque saben que me arreglo con los ratis.
–Tengo tanta coca como pelos en la raja y los demás longis tienen que
bailar la cumbia que yo les canto.
–Vos poh– arremetió Kamisú Brancato, un pequeño vendedor de
marihuana, sobrino de la Tere y de otros traficantes de la sucia élite.
–Te creí el tarro con más duraznos agueonao.
Camina hasta el carrito de las papas fritas y se come un completo
gigante para saciar su bajón cruel, algunos mean entre los arbustos que
crecieron sin que nadie los plantara.
–Tengo la espalda cansada de tanto pensar en trabajo– dice Joselito.
Viene Denis Gaita y Emiliano Wail, en la radio de Joselito suena

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Marilyn Manson, el músico que come murciélagos de chocolate igual que
Ozzy Osbourne, sin duda, en lo estrictamente melódico prefiero a un abuelo
borracho cantando en Chiloé a punto de llover. Caminamos un rato por el
basural de ideas, el viento le sube un poco el vestido a Denis y mis revoluciones
cardiacas se elevan igual que mi falo, su ropa americana junta y pega con su
peinado y sus ojos verdes, entre los tres nos fumamos una tuerca del porte de
un dedo y desatamos irreverentes dogmas superfluos, desatamos nuestras
expresiones vacías y legitimas. Queremos desatarnos de todo eso, y que
mejor que dejar volar las palabras, desamarrarlas de nuestra lengua.

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13

Es día de lluvia de verano y los arcoiris sirven de puentes para atravesar


la calle mientras los pasoniveles están llenos de buses interprovinciales
mojados con el agua acumulada ahí, las alcantarillas colapsan su gris huída y
se siente en el aire, algo huele mal, la ciudad está maligna, el aire se disuelve
como marinero con piernas de porteñas y no me considero un teósofo pero
existe la probabilidad que las personas tengan algo así como un aura que
despidan desde el cerebro, con pensamientos encaprichados y paradigmas
refinados, es el aura alrededor de las cabezas, una energía invisible que se
manifiesta en carisma, el fluido de Eureka es malo, está muy espeso y muy
cargado y echado de la suerte de pendejos ladrones y roedores adictos.
–Elver, ¿ya amaneciste maldiciendo?– dice Denis Gaita, y era probable
que insistiera:
–Ya estás ahí con tus megalomanías de fin de siglo.
–Soy un maldito pesimista. Nadie se imagina como me duele el
corazón.
–Sólo los bulímicos saben.
–Te invito a olvidar a los muertos y desaparecidos, si están viudas es
porque las convicciones y el copete matan.
Denis se levanta y camina dejando todo atrás. La música de Porno for
Pyros me divierte y ella sigue avanzando, olvidando, intentando dejar atrás
el día de lluvia de verano. Las lluvias literalmente arrojadas del cielo hacen
que los autos patinen al estilo Picapiedra, durante horas he caminado por
Departamental, beta y gama, las abuelas de los condominios me preguntan si
estoy perdido, me hago el sordo y sigo sentado bajo un poste leyendo a Pedro
Lemebel y sus locos afanes, decido salir a buscarla a gritos, los perros ladran
como si se aproximara un terremoto, en cierto modo, yo soy un terremoto
con gotitas de fernet. Los vendedores ambulantes siguen vendiendo sus
productos en cada semáforo en rojo sin importarles la lluvia, son treinta
segundos de promoción lastimera, los automovilistas suben los vidrios por
miedo a perder los mocos o la cerilla, un anillo con dedo o los lentes, mientras
la busco voy gritando:
–¡Denis!... ¡Denis!– ella está en el mismo ordinario condominio donde
la busco y debe oírme, los paraderos de micros están llenos de escolares
cimarreros que comen pasteles empolvados con coca dulce, después de tres
bocados salen con el cuerpo caliente a caminar y de a poco la lluvia comienza
a transformarse en granizo y los vendedores siguen y me sorprenden
sobremanera, uno de ellos baila delante de un Ford Taurus azul y el bocinazo
lo saca de la actuación, retuerce al bodhissatva de luca, despierta al payaso y
con esa pirueta vendió cuatro cocos pelados y una piña puccalpa. A pesar de la

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lluvia y los granizos llegan prepotentes policías que deberían proteger la paz
ciudadana y se llevan presos a los vendedores, les hacen la quitada y supongo
que para evitarles un resfrío. Sin usar una brújula ni un mapa busca tesoros
encontré la casa, siempre que tenemos problemas ella viene a refugiarse a
esta puta casa, necesitaba decirle algunas cosas, toqué el timbre y me dio la
corriente, estaba empapado, un rubio de ojos verdes me recibe y agrega al
instante:
–¿A quién buscas?
–A la señorita Gaita–. El sujeto se parecía a ella. Supe de inmediato
que era su primo.
–Espérate un poco, ya viene– se peinó soplando hacia arriba y cerró
la puerta. Se me vino a la cabeza la virulenta imagen pasada de cuando nos
conocimos y parecías un dibujo de los comics de Clive Barrer. Ella era una
mujer blanca y te bauticé como mujer pálida, parecía sacada de una revista
de moda inglesa o de algún esnobismo ario de propaganda. Al lado de la casa
hay enormes graffitis hip hoperos y funkies. –¡No a la pasta, sí al pasto!
Un niño bronceado juega en frente del murallón, se pasa los rollos
con finales Sudamericanas y golpea la muralla con rabia. Chile siempre gana
a Argentina, y en la final, golea a Brasil.
–Todos estos culiados se enchapan de vida sana y son más volados
que la mierda.
Se puede sentir el olor a pichi, vómito y caca de caballo, en el tarro de
la basura había otra consigna moral: –Has el amor sólo por amor.
El murallón es de los camioneros que se paralizaron hace treinta y cinco
años, cuando no debían hacerlo, en eso sale el rubio y me mira de pies a cabeza.
–No está, salió con mi mamá, fueron a comprar al mall.
–Gracias– murmuré y le di la misma antipática mirada.
–Entre el bien y el mall– pensé.
Al paradero nuevamente, los escolares se habían perdido por la
vereda, los vendedores volvieron intactos, sin importarles el frío y menos los
polis, los cocos pelados según el mito urbano son buenos para la memoria
y sirven para no olvidar que las mujeres se escapan peor y más rápido que
un jabón en la ducha, cuando te das cuenta ya te has bañado con agua fría
y shampoo barato, lo buscas entre el sebo, lo encuentras y ya está desecho.
Denis Gaita no está, dónde mierda se ha metido. La idea me masturba la
conciencia, soy un onanista de ideas paranoides, me despejo jugando fútbol
y agrediendo a mis rivales, reviso videos pornos y me masturbo cuatro o cinco
veces al día, bebo cerveza fría y limpio el semen con confort–lija. Morrissey
sigue con sus canciones de funeral, a mí me gustan, ¿hasta cuándo pensará
hacernos llorar este señor?, ¿acaso no le bastó con The Smiths? Estoy atado

100
también a las bibliotecas públicas, me robé a Vicente Huidobro y Ezra Pound
y persisto con este onanismo literario. Mientras vago por el barrio que no es
mi barrio recuerdo cuando fuimos a jugar una final de fútbol interregional
a Linares, la mitad del Liceo de Aplicación estaba ahí, yo iba sentado en la
mitad del bus y atrás bebían cervezas y fumaban cigarrillos, en el bus iba todo
pasando, todos sabían que la profesora de Química que nos acompañaba era
una putilla, el DT del equipo se la comía en los ratos libres, que por cierto,
fueron más que el simple partido. En la mitad del bus me erecté pensando
en los coitos que se pegaban a escondidas, me levanté y fui hasta el baño del
fondo, me bajé el cierre y me la corrí, mi cerebral pajeo funcionaba, después
de sentir los escalofríos y ver como crecía y crecía mi verga, el yogurt de piña
saltó hasta el pasamanos, el defensa central que estaba a mi lado se levanta y
con la misma pícara sonrisa pajera me dice: –Voy a atacar cobardía.
–¿Qué cosa?– le pregunto.
–Sistema cobarde. Cinco para uno.
Cuando quedé solo en el asiento saqué mi frasco de jarabe para la tos,
bebí hasta el concho y hasta luego depresión. Los grandes son siempre motivo de
conversación de los pequeños, la vulgaridad gubernamental une al mundo, en las
murallas de la ciudad había consignas electorales, o era el jarabe.
–Vote por Francisco Pene Gris– su liberación nacional a nivel sexual,
ustedes usen condones y si llueve en plena cacha yo les pasaré un nailon o en
último caso bolsitas de cubo, no obstante, si hace demasiada calor, yo mismo
les prestaré un ventilador de güevas, o sea testicular, cero millas nuevo para
el paquete.
Cuando llegamos a jugar todos estábamos borrachos, perdimos
trece a cero, nuestro DT se había perdido mucho antes en el bosque con la
señorita califa. Después del partido bebimos otro poco y el árbitro hablaba
de la candidatura de su vecino, con la mirada perdida le pregunté quién era su
vecino, la codeína del jarabe aleja de la realidad durante horas.
–Don Francisco Pene Gris, él es un hombre derecho, de palabras
creadoras de guaguas y ojeras, le hace honor a su apellido– de vuelta todos
dormían con la boca abierta, cada uno disipado en los asientos de forma
singular, el DT se sacaba las ramitas y el pasto que traía en la chaqueta y la
profesora se peinaba con la mano mirándose en un pequeño espejo. La caña,
las piernas, la cabeza, el sueño, el saco con goles, todos sentían que el día era
demasiado, algunos murmuraban entre sueños lo hecho mierda que estaban.
Nuestro Liceo de Aplicación se merecía un triunfo y lo celebramos antes,
en la carretera borraban un cartel de Francisco Pene Gris, más allá otros
anuncios decían que era posible la reelección del viejo Willy Texarkana, alias
el murmurador y alias “Willy El Cazaperros”, le llamaban así porque atrapaba
perros callejeros y los vendía al circo como comida para los leones.
Puras mentiras me llenan la cabeza, Denis una vez de vuelta en su casa

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se hace esperar, pactamos una cita y me lee algunos párrafos de poemas que
yo le había mandado antes, no discutimos y hacemos como si nada hubiese
ocurrido, comenta de malas ganas acerca de un error gramatical menor, sin
relevancia, no recuerdo si eran acentos o comas, yo le digo que la coma, que
es toda suya. Antes de empezar una nueva tragedia prefirió irse, y así mismo,
se fue.

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14

Saturnino Cros y Emiliano se abrazan felices y comentan largo rato


sobre el exitoso cortometraje “Motes Blues” que escribió Cruzila y que dirigió
Saturnino. Emiliano actúa en una pelea de boxeo clandestino dándole una
paliza a un supuesto porteño. Según Saturnino todo saldrá bien esta noche,
en la avenida pasa lentamente un furgón policial y Wail esconde las botellas
entre unos arbustos, cada sorbo aumentamos la voz, Saturnino corre hasta
la esquina para saber la dirección de los polis, enciendo un cigarro y Emiliano
vuelve a tener la botella en los brazos. Antes de salir esa noche de la casa mi
vieja me gritó:
–¡Cuídate del sida!– a lo que respondí pasándome una película: –Nací
por tu vagina y quién me asegura que no muera por una–, siempre es Literatura,
Cine o Fotografía, depende con que “música–tornado” esté ambientado lo
demás. Por nuestro lado pasan los muchachos de Harley Cadáver, pensamos en
“armar cuática”, pero por miedo a quebrar botellas llenas desistimos. Cuando
se largaron Emiliano mostró su revólver y sonrió macabro:
–Esta es la verdadera razón por la que los dejamos ir–
Saturnino lo halagaba por resolver el asunto con sensatez y terminó
hablando de su amor roto por Antonia Jass, después se detractó y decía
que le importaba un pico todo ese lío. Estábamos demasiado borrachos,
una vez más, arruinados de tanto pensar, condenados a beber fuerte por el
frío maldito, a beber desvencijados de pena, Saturnino viajará a Quintay a
una rave electrónica y compramos cocaína para seguir bebiendo, ya no es
tristeza ni soledad, es que nos queremos morir duros, adelantando el paso.
No podremos llorar ni reír, sólo morir.
Como es costumbre en estas infernales noches unos vomitan,
Emiliano le echa la culpa a los paraguayos, Saturnino dice que no tomó once,
la típica. Nos sentamos abrazados a intentar moldear el camino al clorhidrato,
no quedamos mejor ni peor, pienso que moriré una mañana por culpa de
una noche, no podemos ponernos de pie, después de vomitar el estómago
quedo como nuevo y seguimos bebiendo caradura. A Emiliano le sale sangre
de nariz y Saturnino llora cuando nos ve esnifar tan seguido, Saturnino no
tolera la cocaína, la plata es lo de menos según él, sino que es la persona.
Entre escritos y manchas de sangre seca seguimos bebiéndonos la noche.
Saturnino continúa con su depresión latera y lo enfrento:
–¿No te da vergüenza hablar tanto de depresión?
–Todas las formas en conflicto son tema de todo drama, nunca hemos
cerrado los ojos ante una guillotina o un letal golpe eléctrico, seguimos
mirando con placer el dolor de los que sufren.
–¿Y para tu futuro ves algún cambio?, ¡de lo contrario mátate!– le digo.

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–Quizás, pero la felicidad no la veo venir ni desde lejanías siderales,
esta sociedad no busca hacer feliz a la gente, busca que ella se acostumbre
o se adiestre a un cabrón puesto de trabajo que nunca desarrolle sus
potencialidades.
–A mí me encantaría ser jefe en la construcción– dice Emiliano.
–Tu padre vende pasas y nueces y en realidad es pintor.
–Eso es culpa de la Educación Militar que recibimos todos estos años.
–NO, nada que ver– recalcó Saturnino defendiendo al Malo.
–Cuando la Educación deje de inculcar prejuicios fantásticos en vez
de verdades en las cabezas de los jóvenes, cuando las glándulas endocrinas
hayan aprendido a funcionar en perfecta armonía y se hayan suprimido las
enfermedades estudiantiles y proletarias, ahí quizás avanzaremos en colectivo
desarrollo, por decir algo, un poco, la transformación de las etapas es siempre
un problema de retardo de la cultura y el Arte, mientras más esquizofrénicos
haya, más posibilidades de triunfar tendremos nosotros los individualistas
masturbadores cerebrales– recalqué bebiendo como un borracho mentiroso,
muy borracho y muy mentiroso.
–¿Eso quiere decir que el arte es una ramera que se va con el mejor
postor?– pregunta Emiliano mirando hacia Eureka Plaza y su desoladora
armonía muerta.
–Si el mundo fuera vivido con comunes acuerdos no existiría el arte
propiamente tal, sería cotidiano encontrarse con personas que hablaran de
arte sin estar en contra de algún establecimiento, toda nuestra Literatura de
conflicto y desgracia sería incomprendida, es muy obsceno sentir gusto por la
denigración de otros, los hombres decentes se avergüenzan porque el gozo
del arte no está ahí, la alegría del arte está precisamente en ningún sitio.
–¿Qué sucede con los avances y la transformación entonces?
–Simple– acota Saturnino. El arte deja de existir. Actualmente
decimos que una patria sin sufrimiento no tiene tradición, a lo que podríamos
agregar que un individuo radiante no tiene literatura.
–Cierto, eso es cierto– recalqué. Si se acaba la miseria no habrá de
que escribir.
–Un novelista narra un párrafo de sufrimiento y dolor, se demora
veinte capítulos entre mendigos, ciegos y golondrinas cansadas. En cambio
para relatar un día de gloria y semanas de heroísmo ocupará cuatro líneas.
–¡Cuida tus frases Elver!– me dicen. Pareces un viejo que pisó una
bomba y volvió cojo de la guerra, ¿eres un maldito cojo?
–Las putas y el arte se juntan por un fenómeno natural de atracción,
es igual que el Malo y las Fuerzas Armadas, se buscan como plaza y paloma,

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como Cristo y abuela ajada y quejumbrosa, como poesía y mierda y vino– gritó
Saturnino y encendió un cigarrillo, lo que dejaba clara su locuaz borrachera,
porque no fumaba, entre aleteos etílicos vociferó:
–¡Dejen tranquilo al viejo, ya le queda poco! Dios me escuche y el
Diablo también.
–¿Elver, vamos a la Blondie?– pregunta Emiliano meando detrás de un poste.
–No puedo, estoy pato.
–Igual que siempre– arremetió Igor acercándose.
–Entonces vamos– dice Emiliano. Hice unos buenos negocios.
–Yo no voy, prefiero hablar con la Antonia– dice Saturnino
amorosamente cegado.
Se dio media vuelta y caminó hacia la cordillera, cantaba por Eureka:
–“Quiero que estés conmigo como en un final de cuento”– desafiando
a Matías Bazán con su porfiada voz estilo Bob Dylan. Igor y su metro noventa
y siete iría con nosotros, antes de marcharnos Emiliano saca su frasco de
gotas para la irritación ocular, las mal llamadas gotas farmacológicas, según
él después de echarte quedas ciego unos minutos, yo pasé, Emiliano puso
el frasco de gotas sobre su ojo, Igor le pregunta con su heredado sarcasmo
lingüístico:
–¿Qué miras hacia dentro?, ¿guatón ves algo?
Reí y miré mi reloj, eran las tres de la madrugada, detuvimos un
taxi y a la Alameda los boletos. Podíamos ver miles de borrachos y perros
atropellados, el reloj de la Estación Central carga con un obeso viejo
pascuero lleno de regalos vacíos y los mendigos buscan comida en los
basureros, también vacíos. Al llegar al sitio el taxista nos dice “cuídense”,
a lo que respondimos “igualmente”. Emiliano esconde su revólver en unas
plantas cerca del Boliche del huaso Carlos. Las putas de la Blondie paradas
en la puerta del antro escogiendo clientes con la mente, en la portería nos
revisan hasta las cajas de fósforos y el imbécil de la puerta pronuncia las
palabras éxtasis, peleas y cuchillas. Entro al baño y unos gays se arreglan
el peinado, otros se chupan la verga en las casitas, en el baño de hombres
es fácil encontrar hombres con zuecos de madera y ojos pintados y labios
delineados, al salir veo centelleos en el techo y la performance del anfitrión
sobre unos andamios, un tal Maldito, es impresionante ver sus vuelos en los
andamios sin protección y sin cama elástica, baila en los metales oxidados
para la ocasión y una mala maniobra acaba con toda la magia, El circense
Maldito cae al suelo de unos cuatro metros de altura, el golpe retumba
muy fuerte en el piso de madera de la pista central y entran unos camilleros
improvisados después de una gran carcajada colectiva y solemne, lo levantan
como pueden y sabemos que el golpe es de fractura, clavícula, codos, que sé
yo. Pasa el bochorno y suena la música de Kamala, un nuevo Dj recién llegado

105
de la India, hace buenas mezclas musicales y nosotros mejores mezclas de
ron y bebida. Se oyen silbatinas chillonas que acompañadas de locas tetas
y potos enormes y cinturas moldeadas mejoran el ambiente. Cae espuma
en la pista, primero todos piensan en arrancar, pero después se transforma
un rito orgásmico tocarse con las muchachas jabonosas y todos de guata
al suelo nadando de felicidad, Dj Kamala entiende que la fiesta está arriba
y continua con un jungle de Goldie. Me entregan vasos enteros y me siento
mucho mejor que con las manos vacías. Cambia el Dj, se sube a la caseta
de música un muchacho delgado y clavo, escucharemos sus melodías de
retornado político, le tocó vivir la tortura de la despatria y ahora nos hace
sudar con su lícito Drums and Bass. En medio de la pista me palabreo con
un punki celoso, según él yo había estado mirando a su novia unos sábados
anteriores y yo no tenía mierda idea quién era su mina, el animal de mohicano
me empuja con fuerza y caigo de espalda, Emiliano se acerca y todo queda en
nada. Al rato nos volvemos a encontrar y lo pateo en el pecho como los viejos
titanes del ring, el punki cae por las escaleras arrastrando unos afiches de la
próxima fiesta, recuerdo hasta el segundo o tercer combo y llegaron otros
punkies a defenderlo y me patearon en el suelo entre hombres y mujeres,
me buscaban la cabeza, la boca, yo sabía que todo era un mal entendido y
se me hinchó la frente, como pude conseguí escapar, entré en el baño de las
mujeres y tenía mucha sangre en la cara, Emiliano un poco borracho terminó
peleando con los guardias del boliche, Igor le mentía a una muchacha al lado
del escenario donde tocaba Congelador. Mi camisa quedó negra de pasta de
bototos, de sangre y anarquía, quedará así para siempre, nunca la quise lavar
porque nunca más me la pondría. En la portería nos daban disculpas y yo
amenazaba a medio mundo diciendo que mi padre era un mafioso adinerado
y que pertenecía a un cartel narco de asesinos, gritaba mentiras como un
loco, igual nadie me creía: –¡Cuídense perros culiados, voy a dejar la cagá en
este local!–
Emiliano va a buscar el revólver y comienzo a despabilar sobre
la gravedad de disparar a alguien por un error de chichas, los hechos eran
evidentes y podía vengar mi cara y con la sangre caliente y todo, decidí dar un
disparo al neón de afuera de la galería y quedaron de igual forma cagados de
miedo, nos marchamos gritando como si hubiésemos ganado una copa, pero
tal vez todos habían ganado, excepto yo y mis huesos molidos a patadas y mi
nariz chueca y mi frente hinchada. Nos fuimos bebiendo. Llegué a mi casa
medio borracho y muy delicado del cuerpo, me acosté entre quejas y cuando
estaba por conciliar el sueño entra mi hermana Luna y me pregunta:
–¿Qué te pasó?, ¿quién eres ahora? ¿Rimbaud o Rambo?–
No respondí y me quedé mirando hacia la ventana. Ya había salido el sol.

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–¡Miren mi credencial, pertenezco a la prensa internacional, soy un


corresponsal virtual de la revista francesa Le Point Fascism, véanla todos, Elver,
es de verdad mi credencial!, ¿Elver, tú la viste?– gritaba Tomas Miller y trataba
de cerrar un canuto tambaleándose de lado a lado y apoyando sus manos en los
bordes de una repisa antigua y con vista al corredor del edificio.
–Debo confesar que me pareces un perfecto imbécil, eres un posero
de mierda, te puedes meter la credencial por el culo, cómo sabes si te resulta
un buen reportaje del cuerpo humano de los cretinos o del intestino de un
chalado. O al menos del arte del orto.
–¿Por qué hablas así hermano, pensé que mis logros eran tuyos
y viceversa?
–Espera un poco, yo no he dicho lo contrario, pero cálmate un
poco, estás sorprendido por lo que tienes, pareces un etíope con una pepita
de azúcar. Tus fotografías son mucho mejor de lo que piensas, para que
mostrarlas en esas páginas de vertederos fascistas.
–Me tienes envidia, sólo me criticas.
–Juguemos en el bosque por mientras que el lobo no está.
–Estás loco, para mí todo esta bien.
–¿Ojalá que el lobo quiera?
–¿Qué me quieres decir Elver Cruzila, acaso tienes miedo?
–Nada, nunca digo nada. Tranquilo. Continúa siempre con las fotos,
que te puedo decir.
Salí cabizbajo, Tomas hacía las del pensador, parecía que pensaba,
por el pasillo del edificio viene un hombre, mitad humano, mitad vagabundo,
se nos acerca con su olor oficial, grandilocuente fetidez, parece estiércol y
mezclas de amoníaco. Tomas lo fotografía y el mendigo sonríe y nosotros
también, bajamos la escalera forrada con goma negra y el andrajoso nos sigue,
Tomas le entrega una moneda y cae al suelo, el mendigo sigue caminando y la
moneda queda botada. Comienza un temblor grado tres tirando para cuatro,
se caen unos maceteros y el mendigo se detiene y nosotros a la misma vez,
todos reímos y disfrutamos el pánico helado del miedo. Le digo a Tomas que
invitemos al sujeto a beber cerveza. –Claro dile– gruñe él, dudando de lo que
puedo sentir por un mendigo con muchos tragos dentro, me creo Rimbaud
y avanzo por la capital al ritmo de Sonic Youth, muchos piojos resucitan,
nosotros, él, sonic yogurt en mis oídos, resucitan buenas intenciones en
cuerpos malintencionados. Por el espejo del Bar puedo verle las piernas a
la inmensa peruana que atiende el local y sus formas y su piel morena me

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recuerdan que tengo dos testículos y una verga inquieta, no tanto como
me gustaría, pero la peruana atraviesa mis ganas con sus rasgos quechuas
dibujados idealmente para “la sopa”. La mujer tenía mucho de todos lados y el
harapiento me tenía hasta la cresta de enojado, que me importaba en realidad
ese hombre, ¿quién era?, su olor a mierda fresca era irresponsablemente su
culpa, al comienzo lo disculpamos porque tenía una polera de Jimi Hendrix
en blanco y negro dibujada en el pecho, pero su olor nos fastidia los tragos.
Pedimos otra ronda y a pesar de todo lo que creo de él le pregunto su
nombre, para hacerlo sentir a gusto. La mujer que nos atiende tiene unos
pechos altos, distingo la aureola de sus pezones y la miro con cara de caliente
y ella responde con ojitos de mosca muerta, disfruto la situación igual que
escolares despidiéndose del profesor odiado. Por muy querido que llegue a
ser un profesor, es irrefutablemente odiado con el tiempo. La mesonera se
acerca al mendigo que nos acompaña y le dice que tiene que marcharse, que
no soporta más su olor y que los otros señores están almorzando y no pueden
tolerar más su pestilencia, se lo pide por favor.
–¿Cómo se le ocurre, si está con nosotros?– le digo.Y además es enfermo.
–Enfermo de chancho será el hediondo culiado– agrega Tomas.
–¡Señores la cuenta!– grita la tetoncita y los garzones y el
administrador ni la pescan y el harapiento bizarramente corre y nosotros lo
seguimos, mal que mal, la cerveza estaba tibia y por el desaire les hacemos
perro muerto cagados de la risa, a las cuadras notamos que nadie nos sigue.
De igual forma nos escondemos en un callejón lleno de gatos y bolsas negras
de basura, el mendigo hurguetea las bolsas con una cara sin expresión, coge
una zanahoria y la muerde en la mitad, mastica y traga de una vez y vuelve
a morder ahora toda la zanahoria, se vuelve a agachar y toma el envase
muerto de exprimido de una mermelada de mora y lo aprieta fuertemente,
de abajo hacia arriba, consigue poca mermelada, pero lo suficiente para
recordar esas onces lejanas de la niñez, el vagabundo se conforma y engulle
con tranquilidad los pequeños bocados y no lo desesperan los banquetes
de élite bohemia, almuerza un papel con manqueque pegado o una bebida
desechable en la que hay, nada más, que un breve gargajo acuoso al fondo,
un voraz submarino final de espesura fantasía. Nos despedimos del mendigo,
caminamos hacia la calle nueve y los dueños del bar vienen corriendo por
la calle seis, los vemos con sus caras de velocidad y la rabia del perro por
el perro muerto, –nunca nos alcanzarán– dice Tomas y se sube a un bus de
una dirección cualquiera. Pagar la micro nos saldrá mucho más barato que
la juerga corrompida por nuestros goces cosmopolitas. Nos vamos a Eureka
Bar a terminar con terremotos y viejas gordas bailando borrachas. De tanto
correr nos vino la sed alcohólica y primero pasamos a “El Hoyo”, pedimos
terremotos, réplicas y destrozos, todo gira mientras reímos. Antes de pedir
los sanguinarios sismos nos preguntamos mutuamente si tenemos dinero,
Tomas Miller dice que si y llamamos al mozo con hidalguía.– Si no lavaremos
platos simplemente– dice Tomas antes de saludar al garzón que viste un frac

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pasado de moda, y pasado a grasa. Nos trae malos recuerdos, pero al fin y al
cabo queremos beber y eso es lo que hacemos.
–Estás loco Cruzila, si nos pillaran yo pagaría todo y punto.
–Y punto final– exclamé desde mi asiento.
En el techo cuelgan bolsas con agua para espantar las moscas y la
máquina de música tiene a The Strokes y Coldplay pero en rancheras, llegan
los vasos con el helado de piña flotando como un iceberg etílico y se me eriza
la espalda.
–Salud, pos piojo– le digo.
–Hay que decir Salud ante la enfermedad mi querida liendre literata–
me reclama Tomas con sarcasmo y un brillo en los ojos que denota su
frustración.
Con la frescura del helado de piña y la calidez del fernet habíamos
resucitado a fuerzas moribundas internas, por fin podíamos ver al mundo
brillar en el rojizo atardecer de Estación Central y también reencontrarnos
con el maravilloso planeta que sabíamos encontrar de memoria en el alcohol,
en un repetido falso final, tal como la muerte. Pero esta vez nadie iba a morir,
ahora corríamos hacia delante no más, el golpe se encargaría de avisarnos.
Nos daba lo mismo todo lo ocurrido, de todos modos sabíamos que no existía
tal mundo.

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Desde hace un tiempo a esta tarde he notado cambios relevantes en los


prehistóricos comportamientos sociales subterráneos del Barrio, en este caso
serían los cambios de los “clubes deportivos”, o “Aeropuerto Social Club” y sus
velorios inesperados y mucho vino tinto que caía en paracaídas. Los jugadores
eran todos ebrios solapados y capaces de matar a una abuela y comprar un ataúd
con tal de seguir bebiendo vino, toda nuestra vida gira en torno a una botella más,
verdaderos bebedores incansables, querían más al vino que a sus mujeres. Otro
cambio son los asados de Joselito el Magnate cocinando perros y gatos y captando
clientes drogos que no comerían nada, la Tere fuma cada media hora y se ríe
mucho y habla del contacto y la droga que viene viajando de Bolivia, vía burro,
antes se tomaban precauciones para no caer presos y escondían la chatarra entre
los poros o en el culo o los calcetines, es cosa de suerte, cuando llegan a la ciudad
los traficantes se regalan en las esquinas del barrio, en verdad, no me importan,
siento lástima por ellos, siempre nos esperan con su cara llena de problemas y
ultra–drogada de costumbre, traen los ojos rojos como ironizando locura con el
comprador impaciente. Están intactos, se desconectan en grupos y juegan con
diábolos rojos que tiran al cielo, hacen piruetas dignas de Moscú y se adueñan de
la calle y exclaman: –“El que sabe, sabe”. Sé que no saben nada, y que importa.
Seguro piensan en el otro papel, ojalá que se vayan todos presos y engorden y
trabajen de verdad, total no hay de que preocuparse porque siempre habrá
alguien con ganas de vender y otro con ganas de comprar, siempre se escuchará
lo mismo acerca de las zorras y el pico que chuparon en la fiesta del Crespo, la peor
frase de los camellos es: –¡Cuéntame loco, yo soy tu amigo!– después continúan
recordando a sus primeras pololas ninfómanas, a las que ni siquiera les tocaron la
espalda, Joselito brindaba por la nada, eso merecía un altar.
Mojaba el papel de pasta con saliva y lo secaba con el encendedor,
todo queda negro y lo fuman, todo el día se pasean en un auto que
consiguieron producto del tráfico. Escuchan a Humble Pie a todo chancho y
comen terroríficas tortas de mierda, suena también The Police y se burlan del
nombre de la banda.
–Sting es yuta culiao– dice otro.
–¿Qué tal Joselito?
–¿Qué pasa Elver?
–¿Te fumas muchas bases como para hacer negocios?
–Qué te importa compadre, yo no te pregunto por tu desodorante o
tu cepillo de dientes.
–En buena cholo, es sólo curiosidad.
–Para mí es molesto, recuerda que nadie debe recordarle la muerte a nadie.

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–¿Qué tiene que ver?, bueno sí tienes razón– agrego
aceptándolo.
–Yo lo tengo claro, esta güevá me va a llevar al cementerio, es
la mía, es mi muerte y tú me estás preguntando por el día exacto en
que me voy a pitear.
–No, de ninguna manera– digo gritando sin paz.
–No sigas, me pongo furioso y esta güevá me acelera por
dentro y no sé qué podría pasar.
–NADA, qué va a pasar. Te pesco y te saco la cresta y te hago
fumar mierda de conejo.
–¿Sí?, ¿y qué más?…es broma, te conozco Elver.
–¿Y?, ¿qué hay de especial en que me conozcas?
–No me importa caerte bien Elver, no dejaré escapar mis ideas
por un desafío ínfimo tuyo, además no figuras entre nosotros los
cabrones de las palabras. Anda solo, y que Dios te acompañe.
–¿A conseguir más?– le pregunto.
–Se supone, ¿quieres que te enseñe la teoría del yonqui?
–No, no quiero saber nada de esa mierda.
–Yo soy moderado, no fumo mierda como los otros.
–¿Y esta conversación tampoco ocurre?, ¿tú la inventas,
cierto?
–Sí, es cierto, ¿pero tienes ganas de vivir o morir?
–¿Qué pregunta tan poco elaborada?, soy igual que tú, vivo y
muero cada día.
–Claro, eres irresponsable todos los días– acoté y me fui a
beber cerveza.
En la botillería del Diablo hay dibujos de Obituary y Sepultarro,
también veo fotografías LIFE del Ché Guevara bebiendo Coca Cola y
fumando habanos importados de Miami. Fumamos y bebimos hasta
desfallecer y Emiliano recuerda a su padre muerto en los tiempos
de la dictadura, la única diferencia es que su muerte nos entra vía
Alto del Crimen, y la nostalgia nos empapa los pómulos tristes y
neovírgenes, Emiliano celebra el lanzamiento de una nueva historia
escrita del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, Emiliano tiene a su
padre desaparecido y exclama:

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–¡Por mi padre muerto!–
–¡Por tu padre– respondo yo y me quedo serio.
La muerte de nuestros padres es dolorosa como el nacimiento
de nuestros hijos, son de esa clase de pactos imprevistos que nos
aferran a decir:– ¡Es así!, ¿qué podemos hacer?– Y echando un vistazo,
estoy herido, esa es mi verdadera naturaleza. No es un falso juicio, es
brotar y sucumbir a la vez, mi luminoso corazón se marchita y puede
dar fe de los dolores tan propios de la existencia acuchillada. Nacer,
morir. Rostros tan distintos de la iluminación, personalmente me
haré cargo de falsificar todos los documentos, he vivido cosas muy
importantes que de ninguna forma dejaré morir.

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–He dormido veinte años con la misma mujer a mi lado y crees que
me va a dar miedo pasar una noche contigo en un motel– exclamé indignado
contando los billetes rancios e inexactos de mi bolsillo.
–¿Quién es esa mujer de la que hablas tan siútico?– preguntó Denis
Gaita mirando el frontis de un restorán chino, ”Los chinitos dicen”.
–Mi hermana, ¿quién más?– respondí.
–Ahhh, ¿y cómo va la relación de tu hermana con el doctor?– arremetió
ella para indagar en el tema.
–Bien, por lo menos eso creo, el matasanos es muy inteligente, demasiado
avispado diría yo, quizás por eso está eliminando a los judíos que lo consultan.
–Yo creo que dices inteligente porque escogió a tu hermana.
–No, nada que ver, quizás, en parte sí, nosotros tenemos un carisma
que bien explotado son obras de arte, tú no lo has notado porque no te
interesa, además no sabes nada de arte.
–Me halagas con eso, supongo que piensas que me ofendes, estás muy
equivocado, los artistas son imbéciles que creen estar siempre en lo correcto y
piensan en avanzar con habilidad e inteligencia, pero creo que no serían capaces
de resolver ni el más simple de los problemas. Te pongo el caso hipnótico de los
poetas, ¿respóndeme si algún poeta ha cambiado el mundo?
No respondí, porque tenía la certeza que muchos poetas lo habían hecho.
–¿Cuándo vas a dejar de hablar de arte, pareces un hueco de
mierda?– dice ella.
–Gracias por el piropo.
–¿Qué ocurrió con la esperanza de dormir juntos?
–Tú cambiaste el tema.
–¿Yo?, ja ja, tú lo cambiaste, acuérdate bien. De verdad me da lo mismo.
Seguimos caminando hacia el motel, el neón blanco se ve al fondo de
la avenida y rebota en una muralla roja colonial. Ella me abraza y me busca
los elásticos de los calzoncillos con los dedos, lo hace sobre mis caderas, pero
para desgracia suya nunca encontrará dicho artículo, pues yo no uso, menos
de noche. Rompemos calles húmedas y llenas de piedrecilla que cae de los
edificios en construcción, en las esquinas de Cumming se quema la fe, como
dijo Jaime Caldato con respecto a la hierba y sus derivados fumables, llámese
hachís, yen pox o la venganza de los bolivianos.
–No comenzaré otra guerra, quiero que esta noche sea la última que

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pasemos juntos– le digo aguantando la pena y las ganas de tirar mi orgullo
por la borda, pero respiro y callo.
–Perro maldito, eres un perro.
–Gracias, es un muy buen calificativo para alguien que ha esperado
dos meses este momento. Tú me entiendes, son dos meses y yo nada.
–No te creo, eres muy bonito y siento que cualquiera sería feliz
dejándote al día.
–Entonces si no me crees, ándate.
–Oye, espera un poco, tampoco lo digo para que te pongas así.
–Es cosa tuya, todo me importa una verga– recalqué mirando un gato
que se colaba por la ventana en donde además cuelga ropa de sacerdote.
Por la avenida pasa un colectivo con cuatro obreros borrachos
cantando y se les escucha un himno solemne, algo así como una consigna
ebria de fraternidad, un canto que los vuelve más obreros, más borrachos y
por supuesto, más amigos.
–Pico, Zorra y Teta, somos de Recoleta– Me quedó claro de donde
venían y adonde iban.
Al llegar debajo del neón me pongo neurasténico y miro hacia todos
lados, en mi nerviosismo juvenil exclamo: –¿Qué te parece si compramos unas
chelitas para tener en la noche?, yo ni cagando me resigno con ese aperitivo
asqueroso que dan.
–¿Tienes plata?– pregunta ella.
–Algo– digo. Igual nos alcanza, recuerda que siempre nos alcanza
para tomar.
Compré un pack de cervezas y un Manquehue espumante para mí,
una botella de Martini y cigarrillos para ella.
–Dinn Donn– suena el timbre y arriba dice: –Presione los dos timbres–
presiono el otro botón y me abre la puerta una mucama blanca, chica y arrugada.
–Buenas noches– exclama la mujer. –¿se queda la noche o el
momento?– pregunta.
–Noche mi reina– le respondo. –Qué pintura tan bonita tiene–, ella
voltea y observa el cuadro con precisión para encontrarle lo bonito.
–Pero eso no es una pintura, es un dibujo– dice ella.
El dibujo es precioso, está con técnica esfumada en blanco y negro.
–¡Hombre Orquesta!– le enseño.
Unos organilleros bailan en la Plaza de Armas con un tambor en la

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espalda, lo golpean con un palo y zapatean sobre una cuerda que viene de
unos platillos dorados que asoman sobre el tambor, suena fuerte y se agrupan
copuchentos a escuchar en blanco y negro y sin ajuste de acoples, fácilmente
se puede confundir con bases electrónicas y Joe Strummer tendría su
problema resuelto, podría comer exageradamente bien durante unos cuatro
años.
–Según Saturnino, los himnos de las galaxias vecinas son intervenidas
por un aficionado.– La sangre corre por la cuerda del organillero y los
mapuches del fondo del dibujo aplauden, se quiebran las manos y hacen
sonar su trutruca y su kultrún cósmico, algo en mí simboliza un llanto del
futuro. Un maestro psicodélico grita sobre el rascacielos de Eureka, son sólo
cuatro pisos, nadie tendría vértigo ahí, el maestro es Heriberto Gacitúa y grita
de puro loco:
–¡Levántense abuelos culiados, ya son las cinco de la mañana, arriba
abuelos de mierda!
Denis Gaita se desnuda y me llama cariño, después de un segundo es
violenta y me grita:
–Elver, puta huevón, hace un copete luego.
–Tranquila reina de los pantanos.
–Ah, mucha tele.
–No, sólo algo de cine.
–Ya poh, ¿qué esperas?
–Chucha.
–Quiero estar en otro estado de conciencia.
–Tranquila. Todo está en nuestras manos.
–Lo sé.
–Me da rabia que te sientas tan ansiosa por beber, esta mierda sirve
para transformar un país de incultos y ramplones en una pocilga hedionda y
de devoción mutua, además te apuesto que quieres marihuana, como si ella
te amara y tú a ella, devoción mutua también significa que los fumadores se
engrupen de artistas con mayor facilidad.
–Una noche me guíe por los suspiros y supe que había que
pudrir la carne virgen.
–Hey you, ¿cannabis addicts?, negocios son negocios.
–Ya es tiempo que ningún techo nos proteja– me zumba al oído el
murmullo ebrio de Saturnino.
–¿No me digas que pretendes hacer el amor en un árbol?

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–Sólo espero no sentirme gobernado por tu amor.
–Mira la tele, está el Matador Salas.
–Ese loco es el Pelé chileno.
–El pelele querrás decir.
Me quito la ropa y estoy profesionalmente erecto, me tiro en la cama
y juego estirando mis bolas, me peino los pendejos al medio, en la televisión
sale el oso polar de Coca Cola y el frío me chinga. Trato de volver a excitarme.
Denis Gaita está en el baño y creo que sus zonas húmedas se alistan para este
intruso ariete moreno, o el sueño mentido de mi pene. Me erecto nuevamente
viendo el cablesex, unas lesbianas juegan a algo súper choro, preparo el
anhelado porro, lo enciendo y la radio de paso. Suena Schubert y el cuete se
quema de mil maravillas, lo toma Denis Gaita y camina alrededor de la pieza
como Cleopatra mirando a sus sirvientes sexuales. Por fuera de la pieza, por
los pasillos pasa la mucama cantando: –“Ese olor a pito, ese olorcito a pito”–
con ritmo cumbianchero.
–“Su cuerpo quieto se deja acariciar, tomo mi mano y la llevó no sé
donde”– la vieja radio deja en libertad palabras nuevas, y todo lo que escucho
me está ocurriendo en el mismo instante.
–¿Para qué visitamos tantos moteles creyendo encontrar el
paraíso?– pregunta ella.
–Porque este es mi paraíso– le aseguro.
–¿Cómo te gusta que te seduzca?– pregunta descarada.
–Sácate un moco bien grande…
–Puta que eres asqueroso– critica ella fuertemente.
Trato de penetrarla simulando una violación, ella ríe pero de igual
forma se acelera su corazón y sus gemidos son chabacanos, me salgo de
encima y fumo un poco más, ella enciende el televisor y está Elvis gordo
sudando en la pantalla.
–¿Por qué crees que se habla tan poco de las películas de Elvis?
–Sin duda. Porque fue muy mal actor.
–Pude irme a la casa y estoy aquí Elver, acércate.
–Después de esta noche no quiero verte nunca más, si te veo voy a
meter la cabeza en el ventilador, si quieres puedes echarte encima mío.
–¿Cómo que echarte huevón tonto?, ¿crees que soy una maldita perra acaso?
–Tienes esa “extraña lúcida ira congelada” hace mucho tiempo, ¿qué
mierda te pasa?
–Me siento mal, con un sorbo se me va a pasar. Dame uno.

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–No, claro que no, hablemos– le digo.
–¡No quiero hablar de nada!– me responde con un grito.
La cabeza se me vuelve un rojo profundo y me vuelvo loco
y salgo corriendo con una sábana amarrada a la cintura. Salí a
la calle por el estacionamiento, pensaba en lo torpe de mis
decisiones y encontraba coartadas en su mutismo ensimismado,
había una moto en el suelo, muchas parejas caminan ansiosas por
las puertas de los moteles y no entran y quedan psicopáticamente
calientes, terminan en los parques frotándose con rabia los
genitales por sobre la ropa. Otros en mi lugar se habrían quedado
fornicando y después habrían intentado retomar el tema, pero
mi locura es una trampa, una esquizofrenia arbitraria, tengo la
transparencia de una casa de putas en el cerebro, y muchas veces,
sólo veo fantasmas.

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El matasanos está gastando mucho dinero con tal de impresionar a


mi hermana Luna, ella por su parte se deja querer con banquetes en el Colegio
Médico y otras comilonas en la casa de algún amigo. El matasanos conoce
las debilidades de las féminas y ataca feroz y directamente ahí, con gigantes
ramos de rosas rojas y tulipanes y anillos y promesas de viajes y hoteles con
vista al mar y música en vivo a la orilla de la playa. Para navidad regaló cosas
a todos, incluso a mí me regaló unos cds de Jean Michel, The Smiths y James
Taylor y yo sólo estaba diciendo una mentira. El matasanos la seduce como
sea, anoche me mostró las cartas que él le escribía y fácilmente podría ser
un poeta, supe que le habían editado un ensayo de letras y coágulos. Seguro
que el disco de James Taylor es para la intimidad, salgo con el matasanos y
me invita a almorzar a la Tanguería Torres, el escritor E. Lafrustrade almuerza
acompañado de un gato siamés con ojos de perla, un hermoso felino, pedimos
la carta y el matasanos me cuenta de las otras minas que conquista al mismo
tiempo, supongo que debo guardar el secreto, pero para qué hacerlo, Luna es
mi hermana y el otro guatón no es más que un desconocido adinerado. Cuando
Luna supo le dio lo mismo y me contó que conversaban de medicina:
–¿Mi amor sabes?, quiero editar un libro de Geriatría.
–¿Por qué, te gustan mucho las matemáticas, los gráficos y los
cubos?– pregunta ella.
–¿Qué mierda estás hablando?, te hablo de Geriatría no Geometría.
–¡Mierda!– exclamó Luna y se puso colorada.
El matasanos pide choclo y lo come con mantequilla, el tenedor
resbala y tira sin querer la botella de vino, el administrador del Torres nos pide
que nos retiremos, cree que estamos ebrios y el matasanos pierde el juicio y
lo manda a freír monos al África. Salimos y Lafrustrade nos mira por sobre el
hombro, masticando,– ¿Qué miras tanto viejo culiado sapo?– le digo y traga
por el camino viejo, se atora.
Caminamos alegres como si al que tuviera que pololear fuera a mí,
me cuenta sus mejores historias, hablamos de cine y teatro, soy ignorante
en las dos cosas, pero si hubiésemos conversado de colores o frutas tampoco
sabría que decir, no quería pensar nada, podía hablar de libros y de escritores,
todo lo demás era polvo para barrer para mí, la idea de editar un libro me
sobreexcitaba y ahí tengo una buena explicación para sentarme toda la
tarde a escribir, no quiero escuchar a mi madre gritar que soy un papanatas
inservible, un drogadicto perdido, siempre le contesto con garabatos y me
echa de su casa y la mando a la mierda y sigo escribiendo, claro que con la
idea de abandonar la casa pegada en la cabeza igual que una nata fría sobre
un tazón de leche. Camino al refrigerador y saco una champaña, la bebo y
duermo un poco, sueño que trabajo de caramelo y las mujeres me comen,

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antes me quitan el envoltorio y me chupan el poto y la cara, me mastican y
siento escalofríos y contracciones igual que una embarazada, me gritan:
–¡PUJA, PUJA!– y me cago en la cama, me levanto corriendo
y suena “Te necesito” de Shogun y llego al baño cagado, me limpio
y mi cara parece estar muy enferma, atiborrada de malas noticias,
gesticulo variando el ceño:– ¡Diablos!, o ¿demonios? Vuelvo a la
casa porque se me quedó la ventana abierta y el viento mueve
una cortina que en realidad es una sabana vieja y descosida con
manchones negros de tinta, el viento la mueve igual que los cabellos
de Luna, el matasanos la besa, pero sé también que será unas
horas nada más, antes estuvo de novia con un pintor eyaculador
precoz que nunca mentiría en un cuadro, pero sí en la vida. Ahora
vive sola, tiene hijas e hijos de distintos hombres y entre comidas
los reta. Por estos días preferiría que todo el tiempo fuese de
noche y así caminar por calles bonitas y vacías, y pensar en dramas
literarios que nunca concretaré. Cuando conocí al matasanos nos
dimos un apretón de manos confiando mutuamente en nuestro
silencio y complicidad, tanto de drogas como de amor, el confía
en los depresivos bipolares y los otros adictos enfermos. Siempre
llegan a verle estos arribistas del dolor, o masoquistas ruidosos,
lunáticos depresivos, cuicos quisquillosos, ese ghetto de locos que
vale tanto o menos que la casa de Papá Pitufo. El matasanos ve a
sus abuelos como niños, los ancianos son niños también, el dinero
no es lo importante, pero igual le hace unos cariños calientitos a
los apretujados fardos geriátricos. Discuto con mi mamá sobre los
temas de la novela, ella se ofusca con la droga y las payaserías
gratis, tal vez sólo quiere saber qué alguien dijo por allá acerca de
cualquier cosa, repite siempre la misma frase: –Los poemas son
para las mujeres Elver–
Suena el teléfono y Denis Gaita me dice que su papá la echó
de la casa y que está en una parcela de su tía en el campo, abro
mi agenda y beso su foto, escucho The Commitments a volumen
elevado y abro otra botella de champagne, mi cabeza se enfurece,
en mis ojos estalla Otelo, pero a esta distancia no tiene asunto.
A Denis Gaita la moverán los vientos del mar y a mí me ayudarán
los árboles, al matasanos seguramente los abuelitos jugosos, y a
Luna nadie. La Luna se hace todo sola, se apaga y se enciende y
se vuelve apagar.
–Enhebrar una idea es pasear en la luna, es tener el culo
almendrado, poder ver una alacrán subiendo la escalera y al ciego
acordeonista que tal vez le salió el tiro por la culata y quedo
ciego de verdad, me estoy irritando porque mis ideas caen por
toboganes y se desvanecen al juntarse con otras ideas, parecen
insectos esculturales que pasean sin polera por la playa, son

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tristes ególatras decapitados. Farsantes. Tienen razón, perdí
la noción del tiempo, eso ya no ocurre, ahora estamos entre
avemarías y bacterias, cerebritos malformados y cero conciencia
sobre el pecho, los bosques y las depresiones. El corazón nos
recuerda la dirección del motel, estoy asfixiándome, no tengo los
mismos pulmones de Armstrong y ni siquiera tengo mis pulmones
originales, el ASKOTUMUNDO se agiganta o pregúntale a tu a go–
go mundo interior que ocurre, con nuestros sentimientos barremos
igual que el gobierno hace con los damnificados. No sonó nunca
más James Taylor en mi casa, su apariencia y su peinado eran
similares a los de un momio, parecía udi, opus dei, algo malo, por
eso no lo escuché más.
Caminé varias cuadras sin pensar en nada, pateaba la perra,
no tenía las cosas claras y algunas chiquillas miraban mi camiseta
del subcomandante Marcos montado desnudo sobre un caballo,
en su mano flameaba la bandera de México, tampoco me podía
concentrar en las perras ni en sus gruesos culos. Es muy linda
la polera que Pedro Lemebel me regaló una tarde de aquellas y
vagando por la ciudad encontré unas viejas dudas empolvadas en
los pasillos de mi mente, le vi los labios y pensé:
–¿Los besos se dan o se quitan?–

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El cumpleaños de Diego Masushi es una fiesta volcánica, de fulgores


rojos de cansancio y amarillos de bilis estomacal. Llegamos al pueblo vecino
en donde el frío fue inventado, es un pueblo nuevo y las casas están siendo
habitadas lentamente. Los vecinos de Diego son todos de alma polar y en la
avenida principal el arte sobresale con sigilosas exclamaciones y esculturas
alargadas de tallarines de indomables metales con bistec y huevos fritos de
aluminio, onda ciudad del futuro de Niemeyer. Diego pone en la puerta una
alfombra roja para la ocasión, nos abrazamos como hermanos y me muestra
la casa empezando por las cervezas del refrigerador. Saturnino se acerca al
asado y no para prepararlo ni para comer, sino para mirar y fotografiar. Diego
nos muestra un tarro inmenso con ponche y trozos de piña y durazno, suena
el experimentado Funky Broadway de Wilson Picket, Ly García conversa
con Elia Jass en el patio y fuman como locas, Diego come canapés de carne
vegetal,– “los puse por si alguien no come asado”– dice mezclando el disco.
En seguida entra con Albert King y se soba la guata y eructa, –qué tal Cruzila–
dice sonriendo. Camila es la esposa de Diego y se siente mal, creo que es por
la cagá que está quedando, Diego la acurruca como buen recién casado y unos
huevones que ni conozco miran como todos bailamos, gritamos y bebemos,
parece que ellos son rumberos, salseros o tal vez voyeristas cursis que sólo se
fijan en los demás. Diego baila con energía y Saturnino parece caminar sobre
algodones, Ly García me toma del brazo y me saca a caminar por el frío de
esas montañas al lado del aeropuerto. Cierro los ojos y me besa, estamos muy
borrachos y creemos que podremos excitarnos con el menos pico grados,
le bajo los pantalones lentamente, pero ella es audaz y de un movimiento
ya no los tiene donde quiero investigar, sus calzones están húmedos y mi
mano exploradora redescubre sus cataratas vaginales, podía sentir su espesa
primavera negra y le entregaba mis besos fríos sobre su cuello frío, la hacía
perder el juicio y Ly García se carcomía los labios y yo mordía sus pezones
duros, ella se incomodaba de tanto placer y me decía que la mordiera y yo lo
hacia con fuerza, jamás pensé que tendría sexo oral con ella pues sus rebeldes
consideraciones al respecto me servían de dato, pero cuando cerraba los ojos
y me apretaba las bolas ya sabía que vendría un inmenso placer, y así era, se
tragaba mi roja cabeza a punto de explotar y me miraba con la ingenuidad
de una chupapicos novata, yo acariciaba su cabello y la hacía atorarse de
puro gusto. Eyaculé en su boca y su cara entera, encendí un cigarrillo y ella
agregó, –Cruzila está dulce este néctar de banana… qué rico mi negrito… me
encantó–
Al volver a la fiesta de seudo–reventados sonaba Steve Stoll y bailamos
desordenados y sueltos con gritos de hombres étnicos desconocidos. El
exótico Diego cambia la música y nos trae comida africana y panqueques
mesopotámicos con pulpa viva, los manjares se derriten al aire y con el piano
excitado sonando solo. Las tenues luces dan el entorno espacial necesario,

121
una lámpara, un libro y un sillón. Las flores del mal de Baudelaire, la lámpara
es halógena y el sillón, muy cómodo. En medio de la pista me flaquean las
piernas y caigo al suelo pegajoso, Saturnino me levanta de un tirón, bebo un
trago y busco a mi mujer, Diego prepara sus audífonos amarillos para mezclar,
Saturnino le grita: –Ray Charles plis– comienza Hit the Road Jack y el cuñado
de Masushi hace la nunca bien ordeñada vaca, no tengo estómago para seguir
y sin embargo, continuo, y aplaudo la iniciativa. Van y vienen las botellas y la
televisión cerebral comienza a obtener su canal seis, veo mosaicos grises que
se mueven y gritan y continúan moviéndose, por favor, ¿hasta cuando?, ¿quien
va a encender otra vez la tele? Ly García quiere pararme del suelo y la mando
a la mierda. Diego no moriría porque sus pastillas se lo prohíben. Saturnino se
pone el parche antes de la herida y se cuida de no ser el escabroso borracho
de siempre con sus maniaco–depresivas ideas del mundo y como por arte de
magia ocultó al lenguasuelta que acostumbra gritar poesías graves y folk–men,
además de monólogos tristes y llantos desorientados. Saturnino necesita
una oreja ajena para saciar su alcoholismo. De pronto para sanar es bueno
parar, pero quién caminará por nosotros a los bares nocturnos y nocturnos
de día, hablamos de escribir y de ser escritores. Todo el mundo está chalado.
Esa noche Saturnino protegió su ridícula borrachera adormeciéndola y me da
asco, le preguntaría: –¿Has pensado en la gran pareja que somos cuando nos
emborrachamos? Somos la pareja de tango que es aplaudida en las fondas y
los chilenos nos respetan y nos muerden, pero no nos tragan.
El hogar de Diego es hermoso, hasta la casa de la gata tiene dedicación,
la niña recién tiene un diente y su ángel la protege tan bien que sonríe a cada
segundo, el pasto bien cuidado entre la cuneta y la vereda, los árboles frutales
escapando por los techos de las casas y en las plazas los duraznos y manzanos
sirven de arco de unos noctámbulos futboleros, las frutas son planetas jugosos
y caramelos envueltos de ternura de luna de miel, las copas han rebalsado
la mesa y los cojines del living están mojados con cerveza y ron. Nuestras
espaldas también lo están y el suelo y es seguro que una que otra raja. Partí a
vomitar al baño y encuentro a Saturnino sentado con las manos en la cara y
los pantalones en los tobillos, lo vi y el intenso olor a caca de canapé africano
me tentó a una bofetada terrible y se la doy con toda mi fuerza, el puñetazo
fue tan fuerte que Saturnino se levanto y me dio uno mucho más efectivo,
cerca de la ceja y caí desvanecido. Al otro día tenía una fractura en un dedo
y vomité cinco litros de cerveza y ponche y pisco, todo revuelto, mientras lo
hacia gritaba: –Soy un líquido, soy un líquido– y seguía progresando mi grifo
imparable. Le pregunté a Saturnino como sabía tanto de mi delirio estomacal
y dijo: –Tuve que sacarte del vomito, te estabas cayendo dentro del guáter y
el maldito vomito estaba ahí.
–¿Qué clase de amigo eres?, si me estoy cayendo al vomito me salvas y cuando
me pegaron cinco punkitos en la Blondie no hiciste nada, ¿no te entiendo?
–Si te estaban pegando tantos huevones era porque tenían razón.
–¿Estás huevón?, podrían haberme matado.

122
Saturnino creaba, siempre inventaba o le ponía mucho más a las
historias, nunca copiaba el original sino que adulteraba los cuentos para
hacerlos más sabrosos como diría el papá de Diego que está en Venezuela,–
Sabroso, ese culo está sabroso– al volver a mi casa les cuento sobre la fiesta,
y claro, les cuento sólo lo que pueden saber, o sea los tragos y los canapés. Mi
viejo es un bebedor anti–fino de esos que toma hasta quedar raja, los prados
interminables entre las piernas de Ly García para qué necesitaran saberlo, eso
era mío. Les digo que en medio del parque del condominio hay una pileta
con finas esculturas europeas y varios cuerpos de blancos griegos desnudos,
Facundo exclama:
–¡Soy un anti–elegancia bohemia!, mejor anda a dormir.
–Te crees muy revolucionario porque te aprendiste esos párrafos en
manuales de arte francés de vanguardia, a mí no me sorprendes ni con tu muerte.
–¿Cómo se te ocurre llamarme revolucionario?, soy un trabajador
esforzado y los que hacen la revolución lo único que saben es oponerse a
otros revolucionarios que se levantan cinco minutos antes, o más tarde que
ellos, de eso se trata la revolución, de persuadir o cambiar la vida de los otros.
Los revolucionarios son flojos y un revolucionario que ame no existe, yo amo
a tu madre, así que no podría serlo, ¿entiendes?, piensa dos veces antes de
hablar, usa la cabeza joven Cruzila, no el culo, no seas cretino, el culo úsalo
para cagar.
Vicente Huidobro no creía en los viejos, no deseaba saber nada con
ellos, pero a mi padre no puedo ignorarlo porque siempre sabe las respuestas
que necesito, esas respuestas sin consistencia porque en realidad no sabe
nada profundo, todo lo resuelve a ras de suelo. Facundo habla como vive
mientras sigue soñando en silencio y los prólogos y las editoriales se las salta y
responde sólo con precisión retocada de cultura desteñida, de forma relativa
se equivoca pero esta vez se equivocó mucho porque la fiesta de Diego no
tenía nada de elegancia bohemia y los prados y las piletas eran sólo ilusión
y se lo dije para causarle una buena impresión, eso fue el error, las buenas
intenciones terminan como malas impresiones. En la casa había cuadros con
despegues de aviones y electrónica principalmente, los banderilleros de la
loza estaban indefensos del viento y jugaban al lado de los parlantes de la pista
como destellos de pintura y poesía cósmica. Después de vomitar varios litros
quedamos con el estómago vacío y los canapés entraban en mi estómago
con la velocidad de una princesa ardiendo. Antonia Jass conversaba con
Saturnino y fumaban del mismo cigarrillo, él le miraba los labios con sincera
devoción y ella movía el pie con ritmo. En la cabina musical Diego, al igual que
toda la noche, las oficiaba de DJ, mezclaba más o menos, o sea con tristeza,
cerebralmente mareado, le parpadeaba a las chicas y algunas entraban
después de la misma escena repetida mil veces. Elia Jass se engrupió con los
tragos y los pestañeos calientes, Diego programó la música para una hora y
se fue con Elia y una botella de pisco, volvieron de las montañas pasados a
eucaliptos y ambos muy sudados y risueños. Diego aún nervioso preguntó:

123
–¿Puedo ducharme?
–Claro, estás en tu casa, te traeré una toalla seca.
–Oye, ¿el agua es potable aquí, cierto?– tose y desvía la mirada.
–Yo creo. Pagaste el agua para que esté potable. Pero para mayor
seguridad te voy a comprar una mineral saco de mierda.
Oíamos a Syd Barrett y su gato siamés, luego a White Stripes en vivo
y la alta borrachera se complicaba cada vez, sólo alguien como los hermanos
White y Barrett podían hacernos sentir así, eufóricos y ultra–alocados, viendo
literalmente la fiesta en llamas. A veces pienso que Diego esperó cumplir
treinta años para mezclarnos su vida, su verdadera entropía musical, es así
porque a los treinta años sabes verdaderamente quién eres, tal vez Diego sin
saberlo y sin siquiera proponérselo sea un trastornado discjockey.

124
20

Me gustaba mucho Ly García. Me gustaban sus piernas largas y su


manera de caminar tan coqueta, tenía las manos grandes y los dedos suaves
y bien cuidados. Su cabello colorado siempre estaba como recién purificado,
tan lleno de vida y bajo sus lentes su celeste mirada de ángel degollado. Varias
veces la invité a vagar por las calles y ella no se hacía mala sangre por nada, no
teníamos dinero y no nos importaba, siempre estaba dispuesta a compartir
un cigarro, un helado, un pastel. Mitad y mitad, no se hacía problema con
pequeñeces e incluso una vez que entramos a un centro de meditación
trascendental sin permiso de nadie y sin pagar la entrada tuvimos que correr
de los supuestos maestros que vendían paz, por suerte no nos alcanzaron,
corrimos de la mano por avenida Matta y antes de salir les grité:
–¡¡Qué se creen imbéciles!! ¡No se preocupen saldré por la misma
puerta de donde entré!
–¡¡CLARO QUE TE IRÁS!!– me gritó un seudo chamán. Chispean los
dedos y nos apunta.
Cuatro prosélitos suyos me sacan a empujones. El chantamán les
paga en inciensos guatemaltecos y los manda a podar y lavar sus moñitos
donde un peluquero gay y gratuito.
En nuestra vigorosa, huesuda y desusada juventud activa de carretes
solíamos visitar Espectro Club y sus alrededores nocturnos y etílicos, primero
comenzábamos con sendos terremotos “Donde el Huaso” y seguíamos
con los bares de República. Me acordé de esas noches porque, en medio
de entropías y utopías, encontré unos antiguos cassettes de Skinny Puppy
y Meat Beat Manifesto y recuerdo bien que todos los hombres de negro de
la pista de baile se mueven igual, pasan la pierna izquierda hacia la derecha
y aletean un poco con los brazos y luego la pierna derecha pasa sobre la
izquierda y aleteo. Muchos están maquillados como mimos góticos y otros
farsantes se retocan las ojeras en el baño, sitio que siempre estaba húmedo
y lleno de locas miradas desafiantes, donde además de poder ver sexo oral
entre hombres y sus respectivas embutidas desprejuiciadas atiende una reina
madre del trasnoche y el confort a cien pesos. La anciana cada vez que me
veía pasar a las casitas me lanzaba sus delatoras sentencias;
–¡Chiss, ya andaí cucarro chiquillo!– ¡Mañana no te vai a poder la cabeza!
–¿Por qué línea te estás yendo poeta?– tal vez sin saber lanzó sus
rudos fuegos contra mí.
Ella leía a Nietzsche y, a veces, budismo tibetano. En escena sobre
el escenario Francisco Maldito y su insípida arrogancia presentaban un show
mediocre, la excesiva televisión gringa que éste ha visto obtiene un artista–
vómito sonámbulo. Una noche sin estrellas pudimos hablarle y Masushi lo

125
saludó después de reconocerlo. –¿Te acuerdas de mí?, fuimos compañeros
en el Colegio Eureka 311. Era el colegio rasca de Eureka, donde daban
almuerzo añejo y los profesores mataban corderos para tomar once. Maldito
presentaba su performance “Los niños bonitos también mueren”. Masushi le
pregunta: ¿Qué significan las flores negras y las velas rojas? –No sé– le dice
Maldito, –es para darle caché no más.
En el Espectro Club me tiré a varias minas y todas decían frases
aprendidas de libros de sucios escritores, las que no lo hacían eran las
entretenidas y que mejor lugar para culear que en la inmensa oscuridad del
antro. También había un motel cerca, dos mil pesos por el rato, se sube una
eterna escalera de madera y entre telarañas una vieja adicta espera arriba.
Espectro es una cueva hedionda a tabaco desinfectante que fuma un cuico en
pipa, lo he visto llegar en un Mercedes convertible, ¿convertible en qué?, ¡no
sé!, pero el sujeto es glamoroso y usa largos abrigos negros y lentes en medio
de la oscuridad, a veces anda con una resplandeciente catana, no parece
capaz de usarla, tal vez por eso lo dejan entrar con el arma. A Saturnino
no creo que lo admitan con un revólver. Le ven el brillo en la mirada y las
cuencas profundas y no hay probabilidad alguna. Saturnino es el mejor color
de la noche, siempre quiere hablar, –para bien o para mal–, no voy a negar
que salir con él es siempre escalofriante porque en cualquier esquina puede
conocer a alguien, a un paco o una persona inteligente. Siempre habla mucho
de los artistas y quizás ese sea su real problema. Sin ir más lejos, hablamos
demasiado de nosotros mismos, de la poesía, de Jack Kerouac o del niño
maravilla Rimbaud, estábamos alcoholizados de por vida y esa noche había
que hablar de todo. Tenemos variopintos encuentros ebrios para decirnos
las duras, pelar a las minas, cotorrear un rato sobre arte y otras vanidades.
Estamos peor que huachacas eruditos de ojos alocados. Lo más aceptable de
la noche es que hablamos harto, sin parar y nos alucinamos otro tanto.
–¡A veces hablas tanto que mi interior se arrodilla– le decía yo
entonado. Me burlaría de ti. Te atacaría por tu sarna, pero Bukowski también
tenía granos en todo el cuerpo. A mí se me pegaron cuando me prestaste la
polera de Juanita Adicción, “el ritual de lo habitual” y jugué a la pelota con
ella y tu sudor tóxico se pego en mi cuerpo. Tengo unos granos en los brazos
pero nunca quise que supieras, sané gracias a la lengua de mi perro, ahora el
siberiano no ladra, sólo aúlla con la sarna que le infectó la boca y la dentadura.
Con Saturnino siempre vemos fútbol inglés en su televisor pantalla plana.
–Cacha, el árbitro le mostró tarjeta roja al huevón, y más
encima se ríe– me dice.
–Igual que “El Malo”.
–¿Qué Malo?
–Puercochet. El viejo demente los mataba y después se reía. ¡¡El malo
que todo el mundo conoce!!, ¿para qué te haces el huevón?

126
–Si una mina rica me mira y después se va con su pololo también es
mala. Yo quería decirle: “Dame tu membrillito” y no me pesca y me meo los
pies de puro curao’. A veces creo que la máquina de escribir se transforma en
piano.
–Mi sobrina recogió una flor de la feria y era tarde, quedaban las puras
basuras y le tomó el olor a la florcita. Mi madre la retó porque según ella esas
flores tienen bichos que le conquistarían la cabeza y a la larga le comerían el
cerebro, igual que fabitos neurálgicos.
–Si un niño no puede tomarle el aroma a una flor, prefiero matarlo.
–Viste, te volviste malo.
–Come arvejas y se te van a poner los ojos verdes.
–Jugo de zanahoria y serás rosadita.
–Betarraga para los labios.
–¿Plátano y kiwis?, ¿tú sabes que crece?
–Imagino. Sé que el olor de las plantas purifica el aire.
–¿Y el olor de mis matas te hace reír?
–Es bacán ese olor. No sabes que hacer y sonríes y ríes. “La risa
también purifica”.
–En cambio cuando estás lúcido y no sabes que hacer, gruñes y te arrugas.
–Con una risotada es probable que te arrugues.
–Lamento que estemos tan unidos, encuentro en ti una amistad única.
–Los otros giles siguen en un planeta luminoso pero están en el sitio sombrío.
–Esa es la idea. No quiero ser un viejo amargado punteando
escolares en la micro.
–¡Tengo hambre!
–Cómete este fiambre.
–Echo de menos a Masushi. Es como tener un amigo encarnado,
igual que una uña.
–Sí, no se ve mucho, pero huevea caleta.
–Una noche nos dijo que estaba listo para amar.
–Cuando se casó tenía miedo de no poder soportar cincuenta años.
–Mis padres llevan treinta y tres años casados. Los soportó
Cristo y ellos también.
–El sábado viene Masushi y su canto detroit–house–acid.

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Diego cambió su celular por una telefonía satelital más barata, le pega
un silbido a Igor que sale medio despeinado y con una empanada en la boca.
Sabemos de inmediato que está con resaca, cada vez que la tiene se come
una empanada y revive. Masushi arremete con sus ganas de fumar marihuana
y me preguntan donde estoy consiguiendo la buena. Los llevo donde unas
chorizas que venden, son las Spice Girls del cuete, son cinco minas con una
cara de susto que perdura en las semanas, me preguntan,– ¿qué querí oe’?–
ellas lo saben pero igual preguntan, lo dicen para mirarme la cara fijamente
y responderme de paso algunas incógnitas divinas que sacuden el templo de
mi literatura con historias vulnerables o meras fábulas secretas de zoofilia
insensata, yo soy un cerdo, ellas unas perras y todos los que fomentan el
trafico se vuelven monos de lianas que se cortarán en cualquier segundo.
–¡Véndeme pitos!– le digo.
–¿Cuántos?
–¡Cinco!
Así de fácil. Nos vamos al Noviciado, más allá de las Lomas de lo
Aguirre de Eureka, al final del camino nos encontramos con fotógrafos
entusiasmados y una señora toma apuntes en su libreta de bolsillo. También
podemos respirar aire puro y preparo un perno con la mitad del paquete, un
buen ejemplar a encender, las minas venden paquetes grandes. Masushi dice
que la boca se le hace agua, lo enciende, tose, le moja un costado, lo mira,
cambia la radio, se encuentra con Faith No More en la 103.3. Masushi nos
cuenta que ha pasado una etapa de visitas a médicos y que el último lo mandó
a un centro de tratamientos. Le pusieron un scotch en el culo y se burlaron de
él, empieza una canción de Metallica y Diego manda sus elogios a la batería,
“es tan rápida la caja que nunca me pude correr la paja al ritmo”.
El matrimonio tiene a Masushi consumido de cara y más gordinflón
de cuerpo, la cazuela no la ve hace tiempo y nos contó que comía pizzas
espolvoreadas con queso rallado y sopas de sobre con huevo. Conocía todos
los restaurantes de comida china de Avenida Briboncillos, por desgracia.
Estos primeros meses de casado le han servido para aprender a escuchar los
mensajes que sus tíos le decían, y que él, después de oír, olvidaba.
–¡Qué mejor que una mina te chupe el miembro hasta el fondo y
pasando con cuidado la lengua sobre la cabeza del copi!– palabrea Saturnino
desde atrás. Bebe una cerveza en lata y saca un cigarrillo blanco de un paquete
de diez.
–Me gusta cuando me chupan los cocos. Una vez estaba tan
borracho en el campo, que me dormí en un establo y cuando desperté
había una vaca al fondo de unos fardos de pasto y le miré los hoyos
de la nariz. Se veían tan redonditos y húmedos que no pude soportar
la terrible tentación de meterle la tula y mi verga insensata estuvo
dentro de la ñata de la vaca unos diez minutos. Después de ese rato

128
tenía a la vaca lamiéndome los cocos con la lengua y mi fastuosa
verga seguía en su nariz. Me dolió su traición, después supe que la
vaca tenía terneritos con otro.
–¿Qué vas a poner?
–Jeff Mills.
–Mira, ¿cuántos gusanos se están comiendo al perro policial?
–Lo mataron de un balazo y los gusanos salen de ahí, junto del
balazo en la guata.
–¿Quienes podrían haberlo matado?
–Unos traficantes ordinarios o cualquier huevón maldito, de cualquier
forma el vil perro era policial. Merecía morir.
Le meamos la herida en conjunto, todos apuntamos hacia el perro con
los chorros amarillos de dulce eternidad y cebada. Masushi intenta darle una
segunda muerte, pero esta vez con estilo y lo escupe dos veces, yo también
hago una gárgara espesa y con el asco cruel de mi boca le lanzo la bendita
saliva compacta de mi aturdimiento. Los gusanos se estorban entre sí. Diego
hace girar a Dj Goldfinger, Turn it up. Igor se urge cuando vienen autos por el
camino de tierra. Son parejas casuales y vienen en busca de una mamada o
un polvo a escondidas, siempre son jovencitas con viejos. Un viejo de la edad
de mi padre pasa con una muchacha de quince, la mina con cara de caliente
y chupándose el dedo insinuando “así lo chupo yo”, va con los ojos cerrados
soñando kamasutras infinitos. Desinhibido abro otra cerveza helada.
–¡Viene Plastikman a la Blondie!– dice Diego. –Richie Hawtin,
nunca fue– pienso.
–No creo que me dejen entrar después de la impecable cagada que
dejamos para el dieciocho del año pasado, unos cobardes se juntaron a
pegarme y nunca he podido volver. Los dos cuerpos rodaban por el suelo,
hice una falsa maniobra y me dieron patadas en la cabeza. Debo recordar sus
caras, algún día también le voy a sacar brillo a mis zapatos con sus camisas
blancas de cuello puntiagudo, pantalones de cuero y faldas de leopardo.
Masushi no tiene problema con la fiesta, tendré que esperar que Plastikman
o Richie Hawtin toque en otro lado, la música electrónica que oímos es la
misma que venden en Providencia todos esos patanes que se creen dueños
de ella, onda Alta Fidelidad y no te venden o no te pescan, no comprenden
que sólo son un medio inexacto de comunicación. Es un miserable trabajo de
vendedor de discos y difusión con fines de lucro. Me gustaría que la arrogancia
se la metieran por el culo y se dedicaran de una vez por todas a vender con
la boca cerrada y que a cada pregunta den respuestas serias, sólo cuando se
les pregunte algo o si no limítense a mantener la boca abierta, esta vez, para
entregar información, y no esparramando palabras coloradas de macanudo
sin importancia.

129
–Si no fuera a almorzar todos los días donde mi mamá tendría más
huesos que Squeletor– dice Diego.
–Estarías más flaco que un tajo.
–Mi vecino del segundo piso es nuevo en el edificio, es un hombre
que saluda sonriente. Ayer lo sorprendí besándose con otro hombre en la
escalera, a mí no me importa.
–Es gay ese loco.
–Esa loca.
La escalera del edificio es un lugar público, supongo que a nadie le
gusta que se metan en cosas tan privadas como esas. No sé como llamarlo,
Víctor o Victoria. Hay días que se viste de señor, otros de señora. Un adicto
me habla de su adicción y un perro come sobras de un pobre mendigo.
Eureka sigue tenebrosa y con agitada vida nocturna, como Manchester. La
gente no camina hasta muy tarde por las calles, por miedo, la oscuridad y
los basenómanos achicabezas son sinónimos, uña y mugre, más mugre que
uñas. Las manos se me ponen azules de frío y la noche disminuye de grados,
no de gramos. El ambiente en la casa está denso y supongo que es porque no
encuentro trabajo, en cierto modo, está viscoso porque tampoco busco y me
la paso mirando televisión y comiendo y mi sobrina llora cada vez que la miro.
Mis amigos ya no llaman a mi puerta, ni al teléfono. Los gángsteres italianos
se saludan mejor. Mi madre contesta muy mal y la necesito porque creo que
sería una buena manager. Nadie me busca y hay momentos en que yo mismo
me evito. El jazz me divierte, eso si que lo busco, no tengo compañía de nadie
y compro cervezas como para un grupo de cuatro, el barbudo del negocio
atiende muy bien.
–¿Qué querí’ oe?
– Dos escudos.
–No querí una lanza también. Son mil cien.
–Gracias.
– De qué.
Muy simple. No como el padre de Saturnino que es capaz de contar cien
historias cada vez que vende un cigarrillo. Sé todas las ciudades que conoce
y hasta los nombres de sus familiares muertos. El Turko es familiar. El Swing
Turko. En el negocio hay un gato tan flojo que la gente lo mira y pregunta si
está bordado en el sofá. Es una estatua de gato, las panderetas las sube en
escalera y las baja, si no existe apuro, en paracaídas. Son los sinsabores del
chalet que el gato y Saturnino comparten. Su familia es especial, su primo
perdió las cejas de un piquero en la piscina y supe que alguien lo odiaba, el
muchacho es demasiado especial, para beneficiarnos deberíamos matarlo. Es
muy raro, (le dicen El Noche). No tiene límites y son las siete de la mañana de

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una noche que terminó, autista y sonriente, hace cinco horas. Todos duermen
sus Happy dreams fuck family. No los soportaría si no fuera que no hay más.
Agradezco mi vida a quién no me la dio. Un tierno bonsái crece en el patio, un
amigo krishna me lo obsequió para que hablara bien de ellos en mí supuesto
libro y digo que le pegaste al borracho que interrumpió tu mundo espiritual.
No es muy bueno el aporte a mi mundo material, hare hare. Los espíritus
krishna te cegaron peladito. Como antidemócrata y antidictador puedo decir
que los impuestos al tabaco me importan en lo más mínimo de los índices. Me
importa realmente un soberano pucho. Supe que David Bowie leía a Kerouac
y que Johnny Depp compró su chaqueta en una subasta. Es entretenido
saber que el camaleón ambiguo lee a Sal Paradise, pero por hoy nosotros
nos conformaremos con Vicente y De Rokha y escuchamos a Morphine y a
Los Tetas. Las plazas se llenan de gordas tontas buscando amor fácil y los
chicos se acercan aspirando sus cigarrillos, al rato van a mirar la teleserie. Las
gordas quedan solas comentando que algún día las tocaran donde quieren.
Los chicos prefieren la muerte a sentarse al lado de unas bolas de grasa
echando humo y riendo como estúpidas de cualquier cosa, lo que a su vez,
las hace más gordas y más tontas. Lamento profundamente que sean tan
imbéciles. Si las tuviera cerca, de seguro les apagaría el cigarro en la lengua, o
en la panza para verlas explotar como un globo de mierda. Una banda toca en
medio de la ciudad y más abajo también. Parece una buena banda, se llaman
“Polaroid” y sus letras hablan de sexo con el control remoto y de las caras que
ponen las mujeres cuando están a punto de conseguir un orgasmo, una cara
de crucifixión incrustadas en medio de la estaca de carne, con los ojos blancos
y la boca chueca. Ly García tomó la hoja que Cruzila escribía con llamativas
ganas y la sacó del rodillo encrespada y dando raros vistazos al vacío como
pidiendo una explicación a alguien inexistente mientras respiraba con las
manos tiritando… después de unos minutos en silencio exclamó:
–¡Qué mierda tienes contra los gordas!. Aparte de misógino, eres exquisito.
–No tengo nada. De verdad, no tengo nada. Me caen bien todos los guatones.
–Déjate de escribir basura. ¡Estás escribiendo basura Elver Cruzila!,
¿entiendes?, Basura.
–¿Por qué te preocupas tanto?, ¿qué te importan los guatones?
–No es que me importan, pero no entiendo para que descargas tu
furia contra ellos.
–La verdad es que sobre una plataforma concreta llegué a pensar.
¿Guatones?, ¿flacos? Me da lo mismo, alguien debe escribir de las contexturas
humanas, sociales, alguien debe hacer como que lo hace, eso es todo,
todo es falso, la comida que engulles y los vómitos que te provocas. No te
calientes con leseras, déjame escribir en paz. La vida se reclama en canjes
no autorizados y en el momento se derrite el inmenso esfuerzo de solidificar
tu aliento en mi boca. Los bolones de la noche deben quedar ahí, tristes y
llenos de intimidad, a tambor batiente y los calzones debes bajarte, los más

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maliciosos de la noche venden a cinco lucas zolben molido y los otros que se
creen más astutos lo jalan y al menos, no les duele la cabeza en semanas, son
pequeños adictos incautos y sudamericanamente prisioneros de creer. Los
chicos están de novios con otros chicos de cejas depiladas y huevos frescos
en la heladera, todo en un contexto de hotelería barata. Un romance casual
en la mañana y se divierten tocándose poto con poto en la micro, cuando les
viene la hombría abordan a alguna chiquilla, ella quizás sea una profesora o
una nana, o quizás una refinada puta, de cualquier forma, sería una mujer
honesta que huele a ducha tibia. La mujer que imagino es una gatita con un
culo en forma de corazón, una indiferente felina de esas incapaz de tapar
su caquita. Mi cumpleaños es el año nuevo y Ly García también es de un
primero de otro mes. Me puse feliz cuando llegó con Baudelaire de regalo,
un acertado “Paraísos artificiales”, con autógrafo y huellas dactilares del opio
andante. La luna crecía como mi edad y pasé en diez míseros segundos de
existencia de pelota loba de plástico a balón profesional de cuero. Hoy los
hombres la encontraron bella, la gorda se lo creía. Todos los niños patean sus
pelotas nuevas y las niñas adormecen a sus muñecas con canciones de cuna.
En relación a los fugaces coqueteos de las micros Elia afirmo que existían, de
forma duradera, en los trenes y en las micros, los romances pene–hombro y
codo–tetas. El Block 100 muere quebrajado. Le envuelvo la cintura a Ly García
y salimos del Block 13, da un portazo y camina por la tierra entre basura y
parejas anónimas que se ocultan de sus refriegas evidentes. Los blocks tienen
el carisma casi grosero de aguantar cientos de mitos. La leyenda cuenta que
un niño se cayó por la escalera y que con él, cayó también su saquito lleno de
bolitas. En las noches se escuchan las bolitas rebotar en el cemento de algunos
pisos y todos piensan que hay alguien haciendo el ruido, pero no, es el niño
muerto que pena a los que no creen en su eterno llanto. Unos arrendatarios
del cuarto piso eran autoridades reconocidas en el Cinzano de Valparaíso y
siempre armaban cuática después de beber grapa y pisco puro. Un sábado
de aquellos, un tipo voló por el aire del cuarto piso cayendo sobre el basurero
del primero, sonaba a todo volumen “Indio deja el mezcal” de Divididos
y unos se reían con el mágico vuelo irreal, otros pedían ayuda a gritos y lo
cierto es que el superman de capa caída estaba moribundo y pidiendo a su
mamita que seguramente dormía a la distancia por unos segundos más de
vida y de borrachera. Después de una hora llegaron unas muchachas ebrias
a asistirlo y como anestésico para las heridas y el porrazo le daban coñac en
pequeñas medidas dosificando los tragos con la misma tapa de la botella,
le hacían cariño en la cabeza y le preguntaban porque lo había hecho, si no
era necesario. El hombre se recuperó y con la ayuda de sus amigas subió las
escaleras y volvió entre aplausos como un rey a la fiesta, incluso bailó un lento
con la dueña de casa y al rato rock and roll luciéndose con su prima hasta el
amanecer… se hacía el chistoso diciendo que era inmortal como Mummra de
He–man y medio en serio y en broma le preguntaba a una chica que ya se
dormía de aburrida;
–¿Cómo se llama lo que quieres que te haga?

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– Has lo que sientas– le respondió la rubia encendiendo una colilla
arrugada.
El demente la besó. Con Ly García nos vamos al patio y le quito una
garrapata de la oreja al perro de la casa, la calcinamos con la brasa de un
pitillo encendido. Ly García venía todos los días a mi casa y se desnudaba y yo
no la respeto, muchas veces el reflector rojo de su menstruación se pronuncia
en mayúsculas y evitamos acostarnos. Hay noches que muy por el contrario,
nos revolcamos a sabiendas de la sangre y con mayor intensidad nos amamos
y queda el maremoto rojo en mis sábanas oceánicas y espesas de coágulos.
Su voluptuoso cuerpo es grandioso al lado de mi cuerpo de niño flacuchento.
Al amanecer nos vamos sin despedirnos de nadie.
–¡Elver!– me grita. Estamos peinando la leona. No tenemos ni uno.
–Sí, yo tengo luca. Seguimos pegándole el palo al águila.
Nos despedimos de beso y abrazo. Camino solo, como quiero estar.
Pago la micro y busco un asiento, la chatarra se llena en la cuadra siguiente,
le pregunto a una punkita triste que carga un morral sucio:
–¿Te llevo el bolso?
–Llevo piedras– me responde seco.
–No importa, te las llevo igual. También soy extremista.
–No soy extremista. Veo que los abuelos siempre aconsejan lo que
nunca pudieron superar, apuesto que nunca pudiste protestar.
–¿Es algo que fumas para evitar conversar?
–Ya no sé, que onda, cállate idiota– me ordena.
–Eres un objeto semifuncional, apuesto que combinas los zapatos
con tus aros y puedes relacionar el color de la tintura del pelo con el clima
y caminar por la calle creyéndote alternativa, anarquista, diferente,
incomprendida, me das asco.
–¿A qué te refieres?, ¿a lágrimas y otros líquidos?, todo junto.
Banalidades eficaces, nos soy así, ¡¡estás borracho!!.
–Sí, eso.
–Apostaría que tú eres algo que murmura las cosas inteligentes y
grita las tontas.
–Veo que entiendes. Tienes una cara triste y te ves linda igual, cierras
los ojos entre queja y queja.
–Un bendito “cuerpo celeste” tirando para negro.
–Una confusión de faldas y orgasmos.
–Ya sé. ¡Tu mamá!

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–Ese viento pasmado que a veces corre. Congela.
–Me gustaría que las minas se olvidaran de mover el poto y las tetas.
–¡Mierda me apreté los dedos en la ventana!
–¿Cuántos?
–Ahora que te conocí me apreté dos, pero cuando pienso todo el día
en muchachitas incultas como tú es como si fueran los diez.
En la esquina del Block 100 venden de todo, caimanes menoscabados,
destapadores de chapas, neumáticos recauchados con la gotita, los pitos los
mueven niños que esconden la movida en los cocos y debajo de la guagua
del coche, en la vuelta de la manga de la camisa, sus madres en la raja y las
viejas en las tetas, las calientes muchachitas en el elástico del calzón cagado.
La blanca diosa es el demonio negro. Hablando de clorhidratos de la droga
lo único que sé, con certeza, es que la diosa siempre termina llegando donde
el odioso, más temprano que tarde llega a nuestros pechos con el dolor de
haber perdido el tiempo esnifando, y con la pesadilla en el bolsillo, pues más
de algunas lucas nos faltan.
Me nació un amor golpeado por ella, es raro, me gusta mucho. Debe
ser consecuencia de que no me agarre ni en bajada, de que no me tome en
cuenta. Ella me toca un pelo y me mantiene despierto, se me seca la garganta
de sólo verla y se me aturden las pocas ideas que tengo. Debo tener un perno
suelto.
En la micro sigo hablando a mujeres que van tranquilas de ida o de
vuelta a sus calvarios.
–¿Mamí, cuánto pides por un ratito?
–No joven– me dice. Yo hago aseo en un edificio. Vaya a verme, hago
aseo, en serio.
–¡Oye no te pongas huevona!, ¿Mira como estás sentada?, ¿Cuánta
plata quieres?
–Oiga, usted se equivoca de persona, yo hago aseo.
–Lávame la verga entonces. Diez lucas te doy y la hacemos corta en el
parque de atrás del Hyatt. ¿Qué dices?, es un helado no más, te va a gustar.
–No sé nada yo, vaya a Plaza Italia, yo creo que ahí puede conseguir
putas de verdad.
–¡Me estás aburriendo maraca estúpida!, ¿cuánto quieres?, ¿veinte
lucas?, ¡¡te las doy!!!
–Ah, no sé nada yo, yo hago aseo.
–Entonces déjame limpiarte la alfombra.

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–Ustedes los hombres piensan en eso nomás.
–Si no te gusta, entonces no seas tan evidente y usa otra ropa.
Esconde tu sexo, aprende de las teteras que dan líquido y están calientes y
acomodan el poto en cualquier lugar. Si te veo las tetas y el tajo de tu vagina
en el pantalón metido entre las piernas, sabes que pienso, que te vendes,
¿qué quieres que piense?
–Usted piense lo que quiera, yo hago aseo.
Mis amigos son antiguos criminales neocoloniales formados con
alguna película violenta que representara la ferocidad callejera en Europa o
Norteamérica, con fuertes disparos y dinero de por medio, esas ideales son
insípidos, fenómenos cocacolescos, prefiero algo nacional. Un viejo que roba
maletines en un banco, que se caga a un gringo en su cara. Los garabatos
de las películas chilenas antes eran ridículos, el “concha–de–su–madre” tan
bien pronunciado parece mal actuado, el “hueevvóonn” se entiende lleno
de falsedad. Sonaban añejos los nuevos directores y se dieron cuenta que
era muy notorio ese detalle y buscando y buscando, contrataron a nuevos
guionistas que resultaron aún más deficientes, ahora los garabatos son joder,
coger, cabrón, ni hablar, shit. Son empresas que no necesitan traducciones,
ya vienen mal del laboratorio, absolutamente hispanas. Como no pueden
absorber la realidad de Santiago, les falta ver a las gorditas de los cafés con
tetas que parecen arrollados de carne siendo devorados por voyeristas de
corbata y maletín vacío, cansadas de estar de pie y mascar chicle, agotadas de
estar paradas y de pararla, están ahí fajadas, jaladas, chifladas. Todas tienen
una historia, una histeria, estas hadas sonríen tristemente manoseadas y
cristalizadas detrás del ventanal con fragancia cafetera. Las parejas de la
Plaza Brasil buscan una cama disponible de Cumming, también las parejas
de hombres, de ratis, de alumna–profe, las parejas de ancianos buscan juntos
una cripta. Los culos siguen siendo armas y los escotes navajas. Una mañana
pasé con Juan Kongos a buscar condones al Consultorio de Eureka y las nuevas
y las viejas madres buscaban arroz y leche gratis, Juan Kongos le preguntó a
una señora que venía riendo con sus melones agigantados de pezón negro en
movimiento:
–¿Señora, usted sabe donde dan la leche?– y de paso le miró los
globos y ella volteo hacia una ventanilla y señaló con el dedo.
–¡Yo pensé que la leche la daban más cerca!– dije.
–Yo también– dijo Juan.
–¡Aquí no hay leche MOCOSOS CULIAOS!– gritó ella. Yo soy abuela
huevones. Aquí hay aventuras y fibra enferma (se apretaba las enormes
tetas), frescos de mierda tengo cáncer. Con una teta les doy de comer a los
dos y después los mato.
Reímos. No había condones en el pobre consultorio, ni siquiera había
un médico. En Eureka los niños son tratados como perros guachos. Un chofer

135
de ambulancia se preocupa por los resfríos y un camillero por las pestes. La
señora del aseo por los piojos, supongo que Jesús lava la pus, el mítico Don
Jeshu, el N°1 en recauchajes del alma. El segundero sigue su curso de minutos
y alguna micro choca despacio por ahí. El alcalde mueve el piso con malicia
y Catedral intenta morir dignamente y parece que la han clonado. La muerte
de este barrio era linda, perdía sus días de forma vieja y tranquila. Pero ya es
tarde, Alcalde, ¿su madre tiene cien años y luce como una niñita de trece? Los
artistas callejeros son la portada de un libro de fracasos y por supuesto que
admiro sus gotas de sudor. Lo bueno sería que con esa transpiración cantada,
mentida, tal vez sufrida, creciera un árbol y pudieran conseguir sombra
mientras viene la otra micro. Mientras más grande sea tu casa, más grande
será tu infierno. Estamos casi bien en el Block 100, escuchando Rank The
Smiths y Panteras Negras, directamente de la Huamachuco. Si los hombres
fueran los del poto y las tetas, el mundo habría muerto de SIDA hace mil años
atrás. Un krishna me saluda y le pregunto por Amara Goatanga Des, el krishna
comienza a transmitir su danza hindú, me cuenta, –La gente dice: ¡Estoy triste
y si estuviera en Miami estaría feliz! y la gente en Miami está desesperada por
venirse a Sudamérica.
–Claro, así es, la gente nunca está conforme con lo que tiene, sería
bueno que las palabras de Facundo Cabral alguien las tomara en serio,
–“Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco”–
– Di krishna y sé feliz.
Cuando beso a una mujer y tiene mucho olor a cigarro la obligo a
tener sexo anal conmigo, me interesa saber su verdadera opinión de los
puros de carne. Una mujer desnuda y en cuatro patas, inevitablemente tiene
cuatro actores incrustados, –la fucking MUJER y la PERRA cachonda, el
cruel HOMBRE y los PELOS ERIZADOS de los brazos– El pene llega donde
tiene que llegar. Sin escrúpulos ni límites llega hasta el borde de los cocos.
Alguien dijo un día: –Si te pica la mano vas a recibir plata, y si te pica el poto,
apróntate. La formalidad tiene por objeto poner en ridículo al formal traje
al final de la fiesta. Ly García me muestra las entradas para una comida de
etiqueta. Me baño con agua helada y me reduzco. La elegancia del terno me
distrae y también me pone huevón, me afeito sin jabón y me corto. Ly García
de traje, me burlo, nos vamos. Todo es gratis en el Club Hípico y cientos de
mujeres esperando montura. Esta fiesta fue organizaba por las niñas del
Liceo Javiera Carrera. Los manteles están muy limpios y con lunares, en un
podio hay rosas de premiación para las mejores, o para las mejor peores.
Las alumnas–mujeres lucían bien, bien plásticas. Ly García era una princesa,
la bese hasta quedar volado. En el Rock and Roll nos caímos al piso, desde
los arbustos se podía escuchar “los gemidos” de las alumnas, no estudiaban
ciertamente a De Rokha pero gemían. Nosotros preferimos pagar por una
cama y pasar la noche en un motel rasca y descascarado de Avenida Matta,
bebimos muchos tragos felices y subimos una inmensa escalera de madera.
Éramos gigantes nuevamente.

136
La habitación tenía una bacinica azul y un lavamanos oxidado. Al
costado un bidé celeste corroído y con restos de sarro en el desagüe, Ly
García se colocó encima de mí a horcajadas y se liberó de la cumbia, el ska, el
rock y otras melodías. Sus pechos se movían libremente, yo los apretaba. En
la fiesta hablé con Jorge González, nos presentaron, a mí como a un abatido
poeta y al él como el dueño de la poesía. Lo mire a los ojos, él a mí. Algunos
dicen que a González se le quema, yo creo que no y con sus resultados, ¿qué
importancia tendría?, me pregunta mirándome a los ojos, siempre inspirado:
–¿Haces poesía?
–Casi nada, tengo uno que otro cuento por corregir.
–Que bueno, ten cuidado. LA FAMA ES PELIGROSA.
–¡Tú quisiste la fama, la buscaste con esos pergaminos sociales que
eran lo que querías decir en cierto momento. Ahora supongo que, ¿estás
preocupado por los asilos de viejos cuicos que no pueden tragar las sopas
solos?
–(Jorge se altera) ¿¿Qué??, yo no hablo contigo, no hablo contigo. (en
gritos)
–¡Qué…gil culiao’!, quieres que te sobe la espalda como todos los
huevones.
–¡¡Yo no hablo contigo, no hablo contigo!!– (en ladridos)
–Haz una canción con esa frase Jorge– le digo. Serías real.
–No puedo hablar con alguien tan borracho– jadea él.
–¡Y tan real!– le gritaba yo con merengue en las comisuras.
–Mira– dice Jorge y llegan sus guardaespaldas que son unos
adolescentes Dj’s que Jorge auspicia con dinero o con drogas, que sé yo.
–Estás hecho noche Cruzila– me digo.
Una fiesta de gala o de cana, cualquier música de circo podría ser
mi ritmo habitual. Me resisto a que me califiquen de buen hombre. Alguien
deberá soportar entonces que lo aplaste con mi bondad y mi facilidad de
palabras, pues ofrezco mis desagravios a todos.
–¡He matado a tres!, ¿puedo beber a tu lado?– Tu pololo reventó como
ocho globos y supongo que después te los reventó a ti. Podía decir cualquier
cosa.
–“Pudahuel la lleva adentro”– aseguran los longis o pasteles de caca,
en el óvalo y la calle catorce. Al pasar por Blanco Encalada veo una mujer
rasca haciéndole ojitos a un hombre de buena situación económica, al menos
su facha decía eso y se miraban mucho, ella quería sacarle y él quería meterle.
En la feria, que es el mall de las verduras, todos ironizan mientras venden sus

137
frescos productos.
–Casero, ¿éstas están machucadas?
–Chiss, ¿y vos te creí muy estucadita?, no perdón casera, le buscamos
unas sanitas.
Algo me decía que yo estaba más calmado y que tenía menos
“pestefernalia” en mi vida y menos cómputos equivocados para seguir
metiendo la cabeza al water. Una inteligencia coagulada entre sus
piernas y esa constante no varió. Nos gustaba hacerlo cuando ella estaba
indispuesta. Veíamos arte gore de nuestra fricción y buenos tendencias y
malos pensamientos. El rasta Pedro gritaba preguntándose en el bandejón,
–¿Seguramente al Papa nunca se le paró?– Su megalómana forma de exigir es
contestataria y pierde fuerza con su retocada excentricidad, hay días que viste
cuellos de elefantes y pantalones patas de elefante, a las chicas les mira los
culos de elefantes y sus bototos de suela de quince centímetros, el rasta se ríe
y parece sacado de una pintura de un artista muerto. Al otro día salí temprano
a trabajar, con el sol en ayunas y los panaderos peinados al lado. Caminé por la
calle mientras los ferianos ponían los primeros fierros y levantaban las vitrinas
de tomates y alcachofas, venía llegando un camión lleno de zapatos baratos
y otro de pescados y frutas de todos los colores. Exquisitos duraznos en tanga
y naranjas con el pantalón ácido a medio culo y apretado. En el paradero se
me acerca el rasta borracho con cara de bueno, tenía el rostro piadoso de una
batalla perdida, empezó:
–¡Discúlpeme señor, le pido disculpas, me caí al frasco!
–No tengo plata– respondí en seco.
–Chuta, ahí perdí. Ahí sí que estamos mal.
Se le llenaron los ojos de lágrimas en su histriónica faz alcoholizada.
–A nadie le falta Dios– agregó.
–A los borrachos menos que a nadie– respondí.
Los borrachos antiguos se saben de memoria el frío y el sol, el cruel
frío como la compra de una joya y el sol viajero oriundo del infierno de sus
soledades.
–Tuve que juntar las monedas de diez en la casa para la micro– digo
mirándolo afligido.
–Soy alcohólico y me caí…usted sabe…al frasco.
Errar es humano decía Murphy, y tal vez culpar al otro de nuestro
error es más humano. El borracho no me estaba culpando pero intentaba
hacerme sentir mal. Tenía cien pesos en la mano, en mi bolsillo y pensé por
un momento que si se los entregaba lo podía matar, pero si no se los daba,
también lo hacia, se los pasé igual. Uno está en el agua y suena el teléfono,

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uno está sin plata y un semi Dios te pide una moneda. Sus ojos eran líquidos
inflamables y su rostro agradecido calmaba mi sed.
–Le va hacer mal tomar tan temprano– le digo.
–Si sé que es muy temprano, pero yo estoy de anoche vacilando,
así que para mí ya es tarde– respondió y caminó con su pantalón meado en
dirección incierta. Llevaba su camisa sebosa de dos botones y el pelo rancio
de meses sin lavar. Lloraba desconsolado. Se plantó delante de un bus que
venía a gran velocidad por la Avenida, el bus corría sobre cien y el rasta
comenzó a gritar:
–¡¡¡MÁTAME!!!…¡¡¡SIGUE CHOFER!!! ¡¡¡ACELERA POR FAVOR!!!
¡¡¡PASA SOBRE MÍ!!! ¡¡¡TE LO PIDO DE RODILLAS!!!…¡¡APLÁSTAME O LO
QUE SEA!!–
No quería ver más. Sólo pude imaginar lo peor. La humanidad entera
por alguna extraña razón gritaba lo mismo esa mañana.

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21

En el mundo se dice, o siempre termina rumoreándose que la pareja del


amigo está mejor aliñada que la propia. Algunas de estas mujeres se abrazan
del olor de sus novios o del aroma de sus perfumes. Otras más roticuacas sólo
se preocupan de la desabrida fragancia del desodorante. Lamentablemente
los padres crían a sus hijos e hijas para que después cualquier imbécil se los
lleve y es tan patético como salir en pelotas de atrás de un biombo con frío y
con una linda enfermera mirándote.
La india que conocí tiene fama de camionera, no es precisamente una
mujer que conduzca camiones, aunque también podría serlo en cierto modo,
una raza pervertida, poco común, algo morbosa, es de esas que toma una
sábana y se la pasa por debajo de sus piernas, la coloca justo en su genital y
la mueve de adelante hacia atrás, con fuerza, como tomando un manubrio de
camión y baila y goza y pasa los cambios con los dientes y la lengua. Supe que
era tonta cuando se emocionó con una canción de Ricky Martín, pero tenía las
tetas tan grandes que el incidente musical me daba lo mismo, me dediqué a
chupar sus tetas como una guagüita fundida, quería estar empachado de sus
pezones, sus enormes globos me hacían bendecir y los apretaba con fuerza
y los reducía al porte de un melón calameño. Ella me contaba cosas de su
padre, decía que era un milico y que había trabajado como agente encubierto
de la DINA, lo cierto es que era un hombre malo, y tenía pesadillas con la
gente que había matado, –“mataba o me mataban”– decía el viejo mintiendo,
tratando de volarnos la perdiz. Un hombre cualquiera en una calle cualquiera
se jactaba: –Soy un hombre libre– y lo bajaban. Ahora el milico está muerto
en vida, está desconectado, no habla ni mueve los ojos, su dulce hijita le
cuenta todo en el oído mientras yo le veo los calzoncitos blancos y quiero
meterle mano cuanto antes, tiene pena y su carita de huérfana ninfómana
me palidece el interior, conmociona mi marrueco. Ella quiere llenar su vacío
con mi cuerpo, me encantan las minas tontas porque casi siempre lamen bien
mis pudendas presas. Son reinas oscuras que, sin más remedio, por el sensato
equilibrio, brillan. Ayer la llevé hasta su casa en un cerro, segundo encuentro
y ya le tenía la mano adentro y todo adentro, después inútilmente trató de
convencerme que era tímida. Por supuesto que me cagué de la risa en su cara.
Todo fue tan extraño, ella estaba en la caja express cuando la conocí, no me
miró, y la segunda vez le miré con descaro entre las piernas, venía caminando
de frente hacia mí y moví la cabeza y recé, hasta me mordí los labios por su
belleza, al rato la tenía embobada mirándome, un reponedor de Coca Cola me
espabiló el dato en la hora de colación, nos fumábamos un porro y me sale con
la empanada de tetas, –“le gustas a esa peuca”– volví al súper y compré dos
cervezas en lata, pasé por su caja y le pedí que anotara su número de celular
en la boleta y supe, inmediatamente, que el sexo era en su vida lo primero
después del desayuno. Temprano en la mañana venía pintada como una puta
botánica, yo pensaba eso por que sus labios parecían pintados con cardenales

140
frescos, recién salidos del tallo, su cara de india seducía mi vista. Era una
cachetada caminando, mientras no hablaba estaba todo bien aunque su voz
era suave pero con un toque estúpido que me hacía rechazarla, su sonrisa era
fina y su pelo siempre estaba húmedo y como recién peinado y teñido. Tenía
las piernas largas y depiladas con endiosadas cremas que dejaban mi baba
colgando, todo en esa india parecía perfecto, sólo le faltaba saber hablar.
No podíamos hablar de nada, no nos comunicábamos de otra forma que no
fuese sexual. Yo quería conversar y ella chupaba mis labios hasta callarme,
sus infames chacras olvidados eran el sonido de la discusión, ella siempre
ganaba. Cuando después de penetrarla un par de veces me aburría siempre
inventaba algo y me iba con Emiliano y el Ché Barraza a beber y a juntar los
billetes hasta tener una buena cantidad a repartir por las casas de negocios
inmundos. Compramos drogas y con el volumen de la radio a todo chancho
nos encerrábamos en su departamento hasta que alguien muriera.
–Nos estamos atormentando por ayudar a los demás– decía Emiliano
mientras la noche pasaba de horrible agitación y sabíamos que el día había
sido degenerado y adicto, azul, dolorido y solitario.
–Debemos pensar primero en nuestras vidas, nadie la tiene comprada–
seguía el Ché Barraza con ojos de vaquero jalado.
–Pero cabros, sáquense esa idea de la cabeza, somos muy jóvenes
todavía y lo primero es lo primero. ¿Hemos encontrado soluciones a algo?,
claro que NO, un no rotundo, entonces que pretendemos, acaso están
pensando en una organización comunal capaz de proteger del frío y el hambre
a toda Eureka Plaza, yo creo que ni siquiera somos capaces de lavarnos bien
la raja con jabón.
–Que bien Elver, siento que nos ayudarás, veo que te gustan mucho
las conclusiones.
–Viva la escritura, estamos con la cuerda.
–Dejé de escribir hace meses– les cuento.
–¿Por qué Cruzila?– arremete el Ché esnifando como puerco.
–No me siento muy bien escribiendo, además desde que supe que
Denis Gaita estaba conmigo por mis cuentos y crónicas, sentí que no era para
mí. Nunca podrá ser más importante el escritor que el relato, eso dice ella.
Claro que yo creo que soy más importante que esas palabras engendradas en
estiércol y aguardiente.
–Sigue escribiendo tú no más, ella lo dice de pendeja, para que te
enojes, Dios te dio buenas manos y buenas ideas y a nosotros estos excéntricos
forados en la ñata, Elver… al fin y al cabo, no eres bueno para nada más.
–¿Cómo que no?, acaso no te gustó cuando bailé pascuense en el
“Salvador Allende”, aunque el colegio era de profesores momios, igual se veía
bonito, hasta mi mamá opino que se había visto bien presentado y eso que

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ella tiene un fascismo al extremo ciego, antiarte.
Le pregunté por mi padre, y puso cara de muerta, yo sabía que lo
encontraría bebiendo en cualquier bar de Eureka, por esos años este vertedero
humano se llamaba Barranca. Emiliano afina el dial de la radio, alguien sopla
un clarinete, el Ché jala en la mesa de la cocina, chupa el carnet y comenta:
–Es bacán la güevá que pasa en los dientes, es como si un boxeador te diera
un puñete seco en el hocico. Emiliano se pasea del living al balcón y mira hacia
abajo, las palomas hacen su extraño sonido con la tráquea, es una gutural
sinfonía pichona. Emiliano hace un bolo de escupo en la boca, una densa masa
y la traga con el merengue de la droga. Se peina y se agarra los testículos,
luego bosteza y simula tener una guitarra a lo Hendrix, el Ché se tira las canas
y habla de lo caro que es su matrícula universitaria, luego sigue con Los de
Abajo y la playa, la Coca Cola y Silvio Rodríguez, me pregunta si puedo grabar
en su video, le respondo que estoy muy volado y a la vez, desesperado y que
mi corazón parece que quiere salir a caminar solo, puedo sentir sus ganas de
bailar y correr y de seguir probando el clorhidrato hasta la madrugada.
–Elver, mi video es inteligente.
–Entonces graba solo.
–El video es inteligente, pero yo no.
La noche nos embruja con sus palabras, está a nuestro lado hasta el
día, se insinúa mágica y como un psicópata intentamos besarla para abordar
sus curvas desquiciadas.
Bebemos como de costumbre, esta noche un poco más y nos
escuchamos parlotear a destajo nuestras intelectualidades chaladas.
Emiliano camina hasta su pieza y hurga una chaqueta de leñador, vuelve con
cinco nuevos gramos, el corazón me pide tiempo sugiriéndolo entre rabia y
descomposición, con el alboroto de un entrenador de básquetbol.
–No creo que esté del todo mal jalar– pienso y digo, –podríamos
reposar un poquito.
–Hemos gastado cualquier plata– dice el Ché.
–¡Qué importa viejo, me siento bacán con este stress!– exclamé
sentado en el sillón.
–Te sientes bacán, pero ahí sentado pareces un estropajo, un bulto humillado.
–Sí, y tú no estás muy atractivo que digamos.
–Siento que no sé nada de ti.
–¿Qué quieres saber?
–Cuéntame de los latigazos de la alegría.
–No, hoy no, esta noche quiero dormir con los angelitos.

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–Los ángeles matan con sus flechas del amor.
–A veces creo ser muy callado.
–Yo también– digo. –Hasta cuando escribo dejo espacios en blanco.
–Puedo decir que esta noche siento que ustedes son mis hermanos.
Si alguno de los tres se intoxica, no den aviso a nadie. Lo arreglaremos
entre nosotros.
–¿Te sientes bien?– pregunta Emiliano con una tarjeta de crédito
vencida en la mano.
–Muy bien. Ya nos llegará la hora de ser consecuentes. Ustedes están
dispuestos a ser carnada. Nadie llegará con un cheque en blanco a decir
–“Compro soluciones artísticas”–, dejemos de jalar esta cagada mata lengua.
–¿Cómo que mata lengua?, has hablado media hora. De tanto
escuchar tus monólogos he bostezado cinco veces.
–Cuando los veo bostezar, se me pega. Les tomo la campanilla y llamo
a la sirvienta.
Rayos escarlatas disparan sus agigantados ojos, ahora es hora, y
no antes, de encender un incienso por nuestro espíritu perturbado. Todos
los asistentes a la noche han venido de algún extraño lugar, tiritan de calor,
el autismo me aflora por los poros. Mi sangre se acelera. La adrenalina la
tengo como el día del acantilado en Quintay. Demasiada tertulia de seda,
nos abanicamos con terciopelo y creemos tener la verdad en la boca. El Ché
Barraza habla de la depresión escandalosa que sufren nuestras madres, y
como no, si somos un trío de fósiles hipertensos, ellas lo deben saber y piden
a Dios por nuestra liberación moral, piden que nos llegue cierta armonía
cósmica y quieren ver los mantras celestes explotando de alegría en nuestro
cuerpo, pero ya vamos galopando solos y estamos “bien”. Este trío sabe
lo que hace y lo que deshace. Una estrella lleva mi ritmo melancólico y las
travesuras continúan en la mesa de la cocina. Emiliano dice que mi cara esta
mal, me confunde con el tuetué mitológico, me toco la frente y estoy sudando
demasiado. Mi chaquetón negro se aprieta. El Ché Barraza comienza a sacudir
los muebles, hace el aseo y ocupa su energía de superhéroe en tonteras sin
relevancia. Emiliano mira una porno en la pieza de su madre. Doña Pabla
Victoria anda de viaje en Cuba, en casa de algún negro compañero, como ella
les dice. La mujer tiene miles de largas canas y nunca se ha teñido el cabello,
su cara carga con centenares de arrugas que la crema no conoce. Me pajeo
en el baño. Estamos muy despiertos y pienso que somos un disco rayado con
sueños de vinilo, muy distintos. Emiliano come y yo siento mi estómago lleno
con sólo verlo. El Ché Barraza continúa haciendo aseo en el baño, limpia mi
moco del suelo y exclama:
–¡Chiss, Elver! ¡dejaste cualquier cabro chico tirado!
–¿Estás limpiando el baño?– le pregunto desde el living.

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–Sí, oye Elver, cualquier moco. Estoy seguro que no eres un bulímico
marihuanero, pero el Tuetué, puede ser.
–¡El Tuetué, gracias compadre!
–No, mejor te diré…
–No culiao’, nada más conmigo, yo soy el Tuetué y punto. Usted me
invitó a tomar once ayer, aquí estoy, ahora no se haga el huevón, quiero mis
tostadas del infierno y un té hirviendo.
–¡Yo no loco, déjame en paz!–
Mi maligno santuario era grosero y virtual, esa noche era prioridad
el dolor y no podíamos conseguirlo con facilidad, al menos no en el instante,
tendríamos en cierto modo los cuatro días siguientes para reconocer
un inmenso dolor en la esencia, con el pecho congelado invocando la
sublime venganza infinita de la conciencia. Comíamos limón para evitar
una sobredosis y también para mantener a ras el pánico constante de la
coca, cierto endurecimiento era delicado, nos manteníamos encerrados en
completo aislamiento, casi sin pudor, nuestros cuerpos seguían ahí, lo demás
de nosotros se había ido hace unas horas atrás. Cuando después de varios
días lograba despegarme siempre vagaba por Eureka. Justamente ayer
estuve con Juanito de los queques en una plaza de la Av. Goldie. Le llaman
“de los queques” por su condición de vendedor de queques. Otros días anda
vendiendo plumeros y por consecuencia, lo llaman “Juanito de los plumeros”.
Me pidió un cigarrillo y me ofreció vino tinto de una caja de Planella, se me
vino a la cabeza un flash del fin de semana pasado, cuando lo vi derrumbado
en la basura, borracho y tocado, cantando una cueca y su compadre El Perro,
trataba de sintonizar una radio en un equipo roto y con las pilas gastadas,
igual se escuchaba Stand by Me y me sentía feliz de vivir en Eureka. Estuve
con Juanito abrazado como si fuéramos amigos de toda la vida y amanecí con
piojos, eso no quiere decir que él sea un cochino, es sólo que no tiene tiempo
de lavarse, el trago le dura cinco días en la sangre y la cabeza, y la cabeza ya
no le pica. Cuando conversábamos escuché que Juanito gritaba:
–¡Esta es la parafernalia!–, lo que bauticé en el instante como, “LA
PESTEFERNALIA”, (Farándula: profesión de los farsantes), por su infectada
consistencia vulgar. Es demasiado amor por lo absurdo, me pasó y lo
confieso sin ataduras, como en “Cabeza Vacía”, una banda hip hop sencilla
que formamos con Juan Kongos, sumamente mula, cantábamos sobre bases
de la Pozze Latina, Run DMC y algunas de los Beastie Boys. Era una movida
bastante fina, ideológica, llena de personalidad y sentido. “Pestefernalia
pura”. El dinamismo de los brincos sobre tablas de skate, fotos de Tomas en el
estadio que nunca terminaban de construir en el Parque O’higgins, y que hoy
es la Cúpula Arena. Grabaciones artesanales con Saturnino y sus efectos mal
logrados de amplificación, audiovisualmente hablando, seguirá siendo como
Elvis gordo. Pestefernalia. En el refrigerador hay una botella de champaña
helada, no sé de quién es, pero me la bebí igual, después tuve que dar miles

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de humanas explicaciones. La mitad de la botella se hizo espuma y lo tuve
que beber rápido. Cuando un hombre le dice no a una botella de champaña,
en realidad le está diciendo no a la vida. Parafernálica–mente levanto
el teléfono y me comunico con la Señorita Chang, su voz misteriosa me
masturba vía cable. Cuando estamos encerrados, solos, lo único que hacemos
es el amor. Suena The Smiths, Louder Than Bombs. A Saturnino lo invitaron a
probar suerte cantando en una banda que desafía a los carismáticos ingleses
Morrissey, Marr, Rourke y Joyce. El asexuado Morrissey es de los que respeto,
pero detesto su enfermiza egolatría, por motivos es sabido, netamente
recíprocos. También me gusta hablar de mí, tal vez sea eso, me identifico
con sus letras llenas de hedonismo y frustración. Llega Denis Gaita y no me
saluda, pasa de largo, me quedo con el beso congelado y me pregunto si
el autismo es contagioso, voy al refrigerador y encuentro una Canada Dry,
camino al minibar de Facundo, saco un Gin Booth’s a la mitad y preparo un
trago bien dulce, salgo a la calle con pasos parafernálicos. Viene Juanito de
los pisos y con un grito me saluda, tiene su barba de tres días y siento agrado
al verlo sonreír.
–Una mano lava la otra y las dos la cara– gesticula Juanito.
–Así es, tengo un Gin con hielo en la casa, te invito a tomar– le digo.
–No compadrito, a la tarde de repente, tengo a mis hijos esperándome
en la casa para comprar los útiles del colegio.
–Vaya entonces– le digo.
Denis Gaita dice que soy como el sembrado, es cosa de tiempo,
lamentablemente siento que mi cosecha se la están comiendo los cuervos
porque veo cientos de papeles arrugados detrás de una reja, los textos vitales
se caen de vergüenza y la muerte se encuentra con su primo hermano y las
arañas sufren de cleptomanía con tantas patas y manos. Denis me besa con
su lengua violeta, la mueve dentro de mi boca, me erecto y subo la radio, es
Happy Mondays, una verdadera juerga musical, todo el puerto se enciende
con las luces de los fuegos artificiales y los lanzas porteños aprovechan de
mirar los collares y los aros de oro a una que otra vieja estucada y embobada
con la fiesta, cuando las explosiones luminosas se detienen aparecen ellos
con su cara de adictos, dan el tirón y rajan cerro arriba. Es normal verlos en
la Avenida Ecuador sentados en los bares bebiendo y engrupiendo minas,
mostrándoles los sexuales aros del trueque, “yo te doy esto y tú me das
aquello”.
Una Pestefernalia disfrazada de ingenuidad y con esplendores
cochinazos. Estoy recorriendo sitios de tortura con más frecuencia, los topless
me parecen místicos y extravagantes como una Babilonia del sexo, es un
marisquería en plena faena, la profundidad del mar es poca comparada con las
bodegas de entrepiernas en vitrinas, las chicas son bonitas e inconsistentes,
pero saben seducir a los débiles, llenan de olores el lugar ardiente, huele entre
marisco y pachulí, la parafernalia de los topless comienza con el portero,

145
continua en la caja y luego en el culo y las tetas del escenario. Mi condición
fálica también tiene su peste intacta. Se hacen y deshacen negocios, coitos,
rumores, manoseos, transacciones apestadas. La parafernalia está en todos
lados, en las galerías de arte y los salones de belleza rosados atendidos por
homosexuales, en las gasolineras y sus servicios de milk shake, en los cines
normales y en los porno, en los microcines ocurre una erupción de peste,
todos están calientes, la entrada te da derecho a sentarte y ver el espectáculo
de la pantalla y además, como si esto fuera poco, el de las butacas posteriores.
Entré a ver “Boca Salada” y unos gays desinhibidos y lanzados al placer se
perforan por atrás como sus cabezas los mandan, actúan mirando la pantalla y
la puerta de escape está bloqueada por una mujer que está siendo crucificada
por la verga de un negro centroamericano. Siento que alguien me mira y
no quiero girar, no quiero ver unos ojos pornos devorándome sin piedad, ni
femeninos ni masculinos, no quiero ver nada, estoy “des–sexuado”, todos
hacían sonidos mientras la cinta avanzaba, o retrocedía, no sé bien, pero
todos estábamos ahí, en la oscuridad del antro, sin miedo a la peste, y sin
poder frenar ni un segundo más, la llegada de los orgasmos comunitarios.

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22

La depresión vive feliz en la paja, como los caballos. ¿Qué saben


las poesías de uno?, –desde hoy están despedidas– La calle está mala, de
pavimento y de personas, estoy yo y dos perros con sarna, uno se rasca y
el otro se recuesta en la basura, el pavimento también ha sido desgarrado y
observo los sueños de una mujer que cuelga la ropa en el tercer piso, el agua
y la espuma, algo vuelve a soñar, es su ropa limpia.
Me veo desde el aire, corro por la calle, alguien viene detrás de mí, voy
lento, como paramédico sin corazón, despierto otra vez, la resaca me hace
maldecir al desayuno, la resaca de cerveza, porque la resaca de whisky parece
hacerme cariño.
–¡Elver!– gritan afuera. Es Saturnino vestido de súper–estrella, es
su día, cumple otro año, otra fase, otra cama, otro chiste cruel. Me invita
al Parque de la Princesa Decapitada, bebemos una cerveza en la micro y
seguimos transpirando. Unas liceanas se saborean y me acerco la lata de
Escudo al marrueco, ellas siguen con la vista fija, me excitan y les ofrezco, no
aceptan. Nos bajamos y el lugar está todavía muy lejos, caminamos un rato
y en el aire hay un aroma a colonia cara. Saturnino hace dedo y un sujeto nos
lleva, es ñato y su brutal camioneta se abre paso entre los cerros, escucha a
Green Day y debemos tolerarlo con esfuerzo, Saturnino hace muecas, yo sigo
con la cerveza, el muchacho nos deja en la puerta del Parque, le agradecemos
y entramos a la fiesta. El pasto, el río, las mujeres, la locura. Una chica se
muere de borracha mientras algunos me saludan por el trabajo de “Mote’s
Blues”, un cortometraje mal copiado y producido por Saturnino, mal escrito
y mal actuado por Cruzila. Me presentan con una chica de réclames de TV,
es hermosa, demasiado para mis pretensiones, me habla un poco de arte
peruano y estornudo tapándome la boca con la mano, alergia, mi memoria
fulgente y los vacíos. Después se calla y bebemos cerveza, me ofrece algo
más que una simple amistad, no le sigo hablando, en verdad la mina era tan
fome como un beso de una película de Hitchcock, al rato se me acerco un
cuico rubio a contarme sus penas, tuve nauseas…
–Perdí a mi tercera nana en el mes– me dice entre sollozos.
–¿Te acostabas con ellas que sufres tanto?– pregunté.
–No, se te ocurre, yo jamás haría algo así.
Supe de inmediato que sí lo hacía. Me aparté. Saturnino me presentó
a una nueva mujer, de labios gruesos y demoledores. Un gordo imbécil le
despide un gas en el oído, ella me saluda, el gordo trae puesta una polera
de SUMO, supuse que el flato era porque ella parecía una rubia tarada, la
chica caminó hasta el baño y detrás suyo “El Germen”, me quedé en el pasto
conversando con José Grito, todo lo que decía lo gritaba:

147
–¡¡¡LOS PACOS NOS TRATAN COMO SI FUÉRAMOS JUGUETES
ROTOS!!!–
Unas rubias iban desechas, se abrazaban entre ellas, los sementales
veían el “chancho tirado” mientras los guatones jugaban rugby con una
pelota plástica, mujeres espantosas y divinas, todas fusionadas en alcohol y
cigarrillos, sol y cuetes, saques y metes. Los más rebeldes bailaban sobre la
capota de un auto en marcha, se les notaba demasiado su postura comercial,
esa identidad rebelde y pasajera duraría lo mismo que el efecto del alcohol en
sus cabezas, Saturnino hablaba con un punki cuico, que es lo mismo que un
hippie limpio, ambos decían frases de lavandería. Caminé al baño y un abuelo
cobraba cincuenta por entrar a mear, por supuesto que lo ignoré y el hombre
no se atrevía a imponer su sueldo entre los ebrios.
–Los borrachos de hoy no tienen humor– decía el abuelo. –No tienen
pudor– creía yo.
En las casitas andan buscando al “no sé”, trato de entrar a un water
y una voz me detiene, –“momento, salgo en seguida”– el muchacho sale y
su cabeza parece entubada a la fuerza entre sus hombros, caí, ese era el “no
sé”. Saturnino saca un bendito billete de cinco mil y nos llenamos de diversos
tragos, vino tinto, blanco, cerveza, gin, el guatón de la polera de Sumo
robó un whisky que traía entre la vejiga y el cinturón. Volvemos donde los
estudiantes que sueñan con el parque y la libertad, reconozco entre los bultos
a un ex–amigo, ex–compañero, –extúpido– Nos conocimos por accidente,
y ahora nos volvemos a ver por accidente, le decían “Condorito”, se estiró
la nariz y quedó mucho peor, le gritan “Pinocho”, su nariz, su vida es una
nariz, para Nicolas Gogol también debe haberlo sido por algún tiempo, al
menos mientras promocionaba su libro, “La Nariz”. Desde los bordes de la
conversación alguien me ofrece marihuana.
–¿Paraguayo?, no fumo.
–Son cogollos prensados.
–Es lo mismo.
Las chicas bebían vino blanco y tinto y hasta Bialcol si alguien les
convidaba. Me gustó mucho una morena con pololo, al atardecer las mujeres
caían en manos de cualquiera, el sol se había encargado de dejar caliente la
tarde, y a nosotros. Había hambre en sus pasos, había besos por doquier, había
buenos mariscales, todas eran hermosas a esas alturas, hasta las feas tenían
algo de profundidad, eso era seguro. Salí a caminar y por suerte encontré un
cuerpo para mí, era Linda Lin y un grupo de muchachos, se paró a saludarme
con la energía que necesitaba para correr diez kilómetros, mientras me
abrazaba crecía mi ego, nos caímos al pasto y fumamos cogollos naturales
que ella tenía guardados en los sostenes, subimos conversando y mirándonos
las bocas. Nos enojamos como siempre y nos reconciliamos como nunca. Mis
celos, su cuerpo. Celebrando a Saturnino terminé siendo una película de terror,

148
yo no era capaz de divertirme lanzando el disco o jugando rugby, ni siquiera
me divertía ver como se jalaban, lo que realmente me volvía un voyerista era
la destrucción de forma colectiva y humana. Después del cumpleaños me
tomó una peste terrible, una fobia extrema a los normales. Linda Lin me besó
fuerte, prehistórica. Un borracho nos gritó “calientes”, no pude responder, me
sentía algo más que eso. Nos despedimos de algunos y nos fuimos en micro,
ella también estaba muy excitada y seguimos besándonos con desenfreno,
a ratos sentía que Linda me mordía los labios por placer orgásmico. A los
diez minutos juramos no volver a vernos, a los veinte nos reíamos de las
viejas pinochetistas que protestaban por la detención del Malo en Londres,
viejas pagadas por la derecha y toda su casta de inútiles. Seguimos bajando
por Alameda, después nos reímos de los, a esas alturas, felices comunistas,
después de la música y de los dos eventos tan disímiles, Linda Lin abrió su
bolso y exclamó alegremente:
–¡¡SORPRESA!!–
Eran seis latas de cerveza, era suficiente para los dos, Linda encendió
un cigarrillo en la micro, tenía dos corazones y propuso: –Democracia,
desgracia, demos gracias–
–Apágalo– insinué siempre molestando.
–No. Estás loco. Me encanta fumar, debo relajarme después de escuchar
a esos aficionados tocando tambores. Un cigarro puede salvar mi vida.
–El viernes pasado hiciste unos movimientos geniales– le digo.
–¿Si quieres los puedo repetir?– declara Linda.
–Por supuesto, la última entrada y ese meneo clásico me mató.
–Mañana vamos a celebrar el santo de un amigo.
–¿En el parque?
–No, en su casa. Si quieres puedes ser mi pareja.
–¿Mañana?, ¿quién mierda sabe que pueda ocurrir mañana?
Hice como que dormía un poco en sus brazos, como un niño enfermo
que va camino a la posta. En la fiesta del Parque de la Decapitada había mucha
gente repetida, el muchacho de la polera de Sumo por ejemplo, podría haber
sido Luca reencarnado, ”los lentes son por el sol y para la gente que me da
asco”, o los reventados hilachentos, “Es imposible ver la luz del sol cuando
la sombra oscurece la verdad”, de Víctor Jara, todo es culpa de los pequeños
dictadores que llevamos dentro.
–¿La rebeldía es hablar mal de alguien?– me pregunta Linda.
–La rebeldía es un producto de belleza– le respondo.
–Esa mina que va ahí es rebelde porque le puedo ver los pezones entre
los encajes de su ropa interior.
149
–Está fácil, porque además anda borracha. Llámala y la manoseamos
entre los dos– (Ilusiones del éter y el suspenso). Se acercó a nosotros. Era
Sharon Stone en versión Dalí, era como mirar bajo el mar, un sueño de oro,
una mujer que podría ser acusada de intento de homicidio por abuelos con
deficiencias cardíacas, sus piernas dejaban ver un tatuaje de Pennywise, una
banda hardcore niuyorkina. Me gusto tanto que le ofrecí un cigarrillo y un
trago, le toque la pierna suavemente señalando su tatuaje.
–¿Pennywise?, bacán.
–El hardcore es amor en el fondo– dice Sharon.
–Entiendo, sadomasoquismo.
–No loco, la dura, no me tomes por imbécil… “monstruo seductor”. El
amor violento es la mejor güevá, es mejor sentir las dos cosas juntas, así no te
encariñas con ninguna.
–Claro el amor violento.
Me sometí, me gustaba tanto que debía darle la razón. Llego un punki
perdido, de bototos sport y mohicano y se la llevo como un energúmeno, digo
“perdido” para no molestarlo con palabras bonitas. El punki le hablaba al oído:
–¿Te pica el chocho?, yo te lo rasco, ¿te gusta lucirte?, ¿qué quieres?,
¿que te toquen?
–¿Qué estás hablando?, no he mirado a nadie, y si lo hubiese hecho,
¿qué tanta güevá?– reclamaba Sharon sin poder librarse del punkito.
–Muy mal, muy mala– el pajarraco le abre los ojos como un
desquiciado.
–¿Supongo que bromeas?– pregunta la chica un poco consternada.
–Claro, bromeo.
Se alejan abrazados y riendo, ella con mi cigarrillo y él con su postura
violenta, es igual que la televisión, plano y sin profundidad. Al otro día vamos a
celebrar el santo de alguien, Saturnino se acopla a nuestra fiesta improvisada,
Linda Lin nos consigue unos tragos, bebemos un poco más, Saturnino canta
con la banda de un amigo, los invitados de la fiesta saltan a ver quién está
cantando, Saturnino dejaba salir su vena del cuello, entre murmullos celestes
las minitas y sus pololos se preguntan:
–¿Quién es?, ¿Quién es?–
La voz de Saturnino era inconfundible para mí, se creía Jim Morrison
en “Soft Parade” y era igual, incluso algunos bailaban y acompañaban con
las palmas, los tragos se volvían cada vez más exquisitos, Saturnino estaba
tan borracho que no pudo soportar el peso de su cuerpo y cayó. De un salto
volvió a la vida y presentó a la banda, ladys and gentleman, con ustedes,
“Punto Rojo”. Los muchachos hicieron sus temas de revólveres y también

150
cantaron con rosas rojas encendidas y sin espinas, la fiesta estaba a la altura
de Porno for Pyros y Juanita Adicción, nos sentamos en el living a beber y
conversar, los diálogos eran sobre cine arte y televisión gringa, literatura snob
y freejazz. Cualquiera que fuese la celebración, estábamos muy borrachos
para tolerar a bichos raros. En esto de tolerar nosotros somos radicales, es
igual a lo que sucede con las comidas, –nos entran por la vista– si nos sirven
un champurreado de pastel no lo comeríamos por nada del mundo y las
personas que son así de champurreadas tampoco alcanzan a ser digeridas
por nuestro sistema. Ya está bueno de desordenes superfluos, –Lo normal
NO–, pero tampoco quiero que se suban al piano esos payasos raquíticos. En
la avenida Goldie unos hombrecillos juntan cenizas en una caja de fósforos,
son mendigos de la droga y se pegan unos acelerados pipazos y vuelven a
desesperarse al cabo de unos segundos, asaltan una barraca de fierros,
los testigos dicen a la policía que los angustiados tenían varios fierros y los
peritos de Investigaciones aclaran que el problema es de “fierrazos”. En la
televisión muestran diez películas y nueve son de asaltos. El video mental
es gratis en sus cabezas subversivas. Saturnino fue a escuchar a Prodigy y
terminó analizando a un negro que bailaba en el escenario, igual que lo que
acontecía con Happy Mondays y sus alcoholizadas tocatas, en donde un
muchacho llamado Bel, que parecía esquizofrénico o mongólico sólo bailaba
para el deleite del público, no era tan extremo como el negro de Prodigy
porque las músicas no tienen mucho que ver entre sí, Saturnino volvió sordo
del show porque su ubicación fue al lado de un inmenso parlante y cada vez
que intentaba encender un cigarrillo se le apagaba con los beats atroces, el
sonido era monstruoso y al salir a la calle no escuchaba nada, ni las balizas
ni los gritos de los comerciantes. Santiago se desvestía en las esquinas y los
agujeros de todas índoles se liberaban, por la boca muere el pez y esa libertad
vigilada es igual que un alicate en las manos de un niño.
Facundo chocó su auto y está condenado a las demoras de las micros,
tiene que caminar y según él entra al Teletrak sólo a descansar, las apuestan
varían y los jinetes se venden, las fustas golpean y los caballos cagan y los
ingenuos apostadores no espabilan y a su vez, pierden. Facundo siempre
termina maldiciendo entre dientes y observando los ticket que no dieron
resultado:
–¡¡Puta, caballo de mierda!!, ¡¡el dato era fijo!!
–¿Y qué pasó?– le pregunto.
–Llegó un avión y se coló y nos dejó pagando a todos.
–Típico, ¿de que te sorprendes?, todos los jinetes frenan a sus caballos
y llega primero uno irrelevante, uno que esté poco jugado, esta güevá es así,
una mafia bien cuidada.
Mi madre le reclama por la plata y él, como longevo crack, la
invita al cine. Se disculpa. Facundo se está volviendo adicto a apostar,
mi madre adicta a reclamar, nada nuevo bajo mi techo, yo necesito

151
que alguien me juegue un vale. Llegan visitas a mi casa y mi sobrina
Paz de cinco años, exclama sin cordura:
–¡Chuta, vinieron igual, por más que mi mami echó al mosco!–
Una tía me saluda y me deja impregnado a su perfume de miel, una
abeja hambrienta me sobrevuela, mi primo se queja de su costra dentro
de la nariz, mi dedo amarillo se ve bien comparado con su herida nasal. Su
estúpida vida deprime al resto de la familia, a pesar, de que esta ciudad sea
una carcajada eterna. Las viejas pagadas siguen gritando en contra del juicio
a Pinochet en Londres, yo me pregunto, –¿con qué sombrero visitará Lucía
al General en prisión? En Inglaterra justamente estaban pidiendo precio
por el Matador, ojalá tengas suerte con tu disparo. Mortero Ugarte y la
conchetumare. Sigo vagando con fiebre y el aire trae rumores escatológicos
y me entero de la muerte del perro llamado a ser, de día y de noche, el líder
de los perros vagabundos de Eureka Plaza, “El Barba” era un perro que no
ladraba, en su vida hizo de todo, fumó marihuana y marcianos, todos lo
conocían en la calle y le daban chicotas, pisco y cerveza, si alguien estaba
comiendo papas fritas o un Super 8, la mitad era para “El Barba”, este era
un perro flaco, huesudo y café y de barba negra, veterano de las calles, lo
atropellaron tres veces, estaba un poco ciego y no ladraba nunca, un perro
joven llamado “Garrapata Joe” le pegó y lo violó, El Barba entró en coma de
tristeza por culpa del otro pene canino, no era capaz de vengarse. Sus dueños
lo mataron, fue terrible el balazo que le dieron en la cabeza. Una plaza lleva
su nombre, “Barba Mamá”.
Es increíble como les cambia el genio a los taxistas cuando llevan
pasajeros, quise cruzar en una esquina y al chofer le falto sólo cruzarme en
brazos, fue extraño verlo dejarme pasar primero, todo es amabilidad con tal
que un nuevo número caiga. Sigo con fiebre y ambos firmamos para que el
Estado deje libre a un asesino, desconozco las vueltas de la vida. Lo único
medianamente claro es que la muerte viene de arriba, de lo más alto del cielo
y de los barrios altos, de allá vienen todos los flagelos siguiéndonos, y como
en los sueños, arrancamos lento, es cruel la forma anestesiada de arrancar,
es sarcástica, es un trote bostezado y mordaz. A lo lejos se oye: –¡No quiero
verlos felices!– me aparto canturreando por la autopista,– ¿de qué trata la
luna esta noche?– estoy tan distraído y sedado con psicotrópicos que soy un
habitante menos de cualquier sitio, entro por la ventana de una mujer, es una
Sinead O´Connor cosmopolita, blanca y clava mostrándome sus acuarelas un
tanto frívolas, la conocí en un desfile de labios, por supuesto, que ella ganó.
Su corazón viene a recibirme, da vuelta la llave y otra vez lo mismo, mi ojo
nunca se aburre. Mi otro ojo se aburre, la vuelta a la llave y lo mismo. La
promiscuidad nos bautizó honestos.
–¿Qué es la cuestión social?– pregunta ella mostrándome las piernas
con un movimiento cruzado y premeditado.
–La cuestión social somos tú y yo– respondo.

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–Nosotros no queremos trabajar, creo que nadie quiere trabajar y es
preciso que todos lo hagamos, el hombre no quiere trabajar doce horas ni
ocho ni cinco horas.
–En un trabajo agradable quizás si.
–NADA, ni agradable ni desagradable, el hombre no quiere trabajar
absolutamente en nada– enfaticé.
–Si un hombre trabaja media hora al día la cuestión social
sigue en pie– dice ella.
–Claro, la cuestión siempre está levantada.
–¿Qué hacemos?
–Tengamos sexo– le digo.
–Sexo tienen los que no se aman.
–Por eso te lo pido.
–Yo te amo Elver, ¿tú no?
–Un poco.
–¿Cómo cuanto?
–Como la piedra de mi encendedor.
–¿Es nuevo?, respóndeme Elver, ¿tu encendedor es nuevo?
–Sí, es nuevo.
–Entonces no hay problema.
–Tengamos de esa locura que tanto te gusta, todo está bien, hagámoslo.
–¿Crees que puedas soportar el mal rato de mi sangre menstrual fresca?
–Sí, la soportaré.
Nos desnudamos, nos amamos con besos y rasguños, nos recetamos
las maldiciones de último modelo, esa condena desalmada de comerse al otro
era recíproca, mi espalda empeoró y ella sacaba las cuentas de la sangre en
las sábanas. Entre los calurosos viajes que recorrí entre sus montes superiores
e inferiores, pude reconocer entre ruinas calcinadas y orgasmos alegres, una
fastuosa y blanca mujer. Después del circense Kamasutra nos reparamos con
un jugo natural de piña y mangos, ella cocinó ostiones a la francesa y yo la
apretaba por atrás, sentía a su redondo culo inquietarse, y más la apretujaba,
quería robarme su vientre y morderle el cuello hasta verla morir. Como un
semental salvaje la giré y la subí al mesón de la cocina, le bajé los pantalones
y comencé con la juerga lasciva entre los platos de ensalada. Nunca me volví
a sentir tan excitado como esa noche que entré por la ventana de esa siniestra
y nívea mujer. Cuando acabé tuve que correr al baño a lavarme los coágulos
del pene y las piernas.
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–¿Eso fue amor?– le pregunté.
–¡Amorfo!– palabrea la mujer poniéndose crema en los brazos, se la
pone con masajes circulares en los codos y la fiebre alcanza para volver loco
hasta un santo, tiene crueles lagunas mentales muy seguido, pérdidas de raza
y convicción.
–Lo bueno del flirteo es que nos fuimos juntos.
–¿Cómo lo sabes?, yo no lo he dicho.
–Lo supongo.
–Supones mal. Yo no me fui, sigo aquí.
–Eres una linda mujer poeta y no tienes para que hacer metáforas todo
el tiempo, bastan tus enormes ojos negros y tu sonrisa. Te ves fea mintiendo,
pierdes el tiempo ironizando con tu hedonismo evidente, te gusta esa güevá
felina de seducir con la mirada y los pasos.
–Ten cuidado con tus palabras, te pueden traicionar. Es sabido que la
sangre enamora y no has tomado los suficientes resguardos.
Me trago la saliva en indudable desbarajuste cerebral, ella continua
con el esparcimiento de crema por su cuerpo. Ahora se frota la cara y mueve
las manos batiéndolas como si liberara, con este genuino acto, vicios inciertos,
o pasadas impurezas, creo que intenta sacar de sus poros toda la esencia de
mi sudor revuelto con el suyo. Ya no quiero verla más, así que bajo por las
escaleras y ella da un portazo.

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23

Saturnino está de cumpleaños y mucha gente lo saluda y el muy puto


en vez de ponerse alegre, se irrita cuando le entregan un tomo de S. Freud
y su terrorífica maraña psicológica. El libro queda en una repisa del baño,
Saturnino insinuó que ese era el lugar para lecturas hediondas. Mucha gente
debe pensar que Freud es maravilloso y que con esto están a un segundo de
abandonar la lectura, es usted de aquellos lectores que simula leer y que en
realidad se está aburriendo sobremanera, yo les aconsejo que dejen este
dolor y vayan a mirar televisión, o hagan caca media hora. Simplemente
escojan otro libro, visiten iglesias y pidan consejos a un abuelo con las pupilas
vacías, recen de rodillas aspirando el cálido olor de las velas derritiéndose
y persígnense, auto–bendíganse en la entrada porque es importante
demostrarle a Dios de qué somos capaces hermanito, tu llenas de mandas
tu vida y yo me lleno los bolsillos con diezmos al portador, caridad de utilería.
Una vez de rodillas, feligreses del mundo, aprovechen la altura. Fuera de la
iglesia un viejo cojo con la camiseta de José Marcelo Salas en River Plate pasa
gritando los periódicos:
–¡¡EL ASESINO ESTÁ PRESO EN LONDRES, EL ASESINO ESTÁ
PRESO EN LONDRES!!, ¡¡se me acaban cabros, se me acaban!!–
Las personas parece que flotan, hasta las mujeres que pasean con
altos tajos son veloces. El mundo se está cambiando el nombre. Escribir los
domingos es como barrer y ensuciar la casa del vecino, escribir para que todos
te conozcan no es verdad, aunque es cierto que vamos tirando migas para allá
y migas para acá. Siempre llegan malos escritores a tratar de aconsejarme:–
¡Deja de preocuparte de la gente!, ¿¡MIRA ESO!? ¿Lo viste?
–Los míos no me juzgan– profetizaba Don Vicente. Los míos me
quieren, me aceptan como soy, en eso los reconozco.
–Amo mi dolor. Como el pantano a sus cocodrilos.
Hay días en que lloro de rabia hablando con el espejo, mirándome la
cara y bebiendo lágrimas. Un poema sin terminar es una mala noticia. Hoy,
un rumor. Las alternativas y el universo comienzan a deshojarse. Un mal
momento entre diptongos, –poeta, cocaína–. Las flores, por suerte mística,
están transformando el aguardiente en cinzano. Esto comenzó hacia atrás,
quiero decir muy mal, fundido, siempre los malos escritores, como yo, nos
rebuscamos con palabras efectistas a decir cosas que se pueden resumir en
pichi y caca junta. El licor me concentra su alcohol en los ojos, la marihuana
me adormece con su cuota extralimitada de éter, y déle con lo mismo, sueño
con ver cogollos en los maceteros de los kínder. Las flores convierten el
aguardiente en cinzano y la mierda de marihuana que fumamos se muere
de envidia, no hay nada positivo, una mujer con viruela, no tengo cargos
contra ella, muy por el contrario, el noventa por ciento de las personas que

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me interesa mirar son mujeres, las escucho decir la mitad de una frase y me
pierdo entre la multitud. La contaminación derrumba nuestro orgullo. Bebo
muchas copas y salgo a encontrarme con cualquier forma, todo parece bueno
y artístico. Bailo cerca de una mujer y le digo cosas al oído, ella no me escucha
pero de igual forma se ríe, después no sé que ocurre, pero estamos en mi
casa tratando de entrar en silencio, ella me decía que yo era un matón de las
palabras y caí sobre ella, luego al sillón y sigue la alfombra y mi puerta y la
cama y el escritorio, nos paseamos buscando lo húmedo. Entramos al baño.
De vuelta al sillón y la cama otra vez, parecía muy bonita, tenía grandes ojos
claros y el pelo castaño y liso, mejor que un poema corto o haikú, preparo té y
panes con miel caliente, ella habla de lo mal que ve al mundo.
–La gente dramatiza por cualquier tontería.
–¿Te parece una tontería no tener que comer?
–De seguro hay cosas muy graves. Muchas cosas graves. Esta
generación construye y sopla las cenizas, pero vendrán mejores tiempos.
–¿Te crees la cagá?, sal de aquí. Busca a un muchachote rubio, grande
y fuerte. Tu dinero te evita los problemas.
–Nos vemos Elver, tu pan con miel es mejor que tu sexo.
–Si hubiese continuado, esto sería un incendio.
Nunca estoy de humor para hablar bien de alguien, mis amigos lo
saben. Antonia sigue su tratamiento con Saturnino, se estudian, se tocan,
duermen. Y nada. La satisfacción es un coro aterrador. Ellos prefieren lo
interior. Se mueve el tragaluz con las carreras frías y desvencijadas de los gatos
vagabundos del techo, yo también me muevo y unos huesos mal lubricados
me suenan. Antonia nos explica que todo es producto de las vibraciones y las
malas energías. Sonidos cósmicos, tonos interiores de noches sin fundamento,
nos reímos y nuestras relaciones se van al carajo.
–La formación de espíritus queda para los locos– digo.
–Y el desfile de locos queda para ustedes.
–Es de tu mundo, una sarta enajenada de otro nombre.
–¿De humanos, de locos, o de espíritus?
–Un mundo de pantalón y camisa.
–Entonces no voy.
–¿Quién usará esa ropa?
–Nosotros. Los nuevos.
–Siento que soy lo que dices.
–Son hábitos, todo es nuevo. Sin mandamientos, ni signos, ni guaguas

156
llorando, ni abuelos tosiendo, ni menos sonidos de cuerpos. Lo único que
llevaría con nosotros sería un poco de John Coltrane, Drum & Bass o Goldie.
–Calla hombre, te hace mal el éter.
–Sin conciencia, sin palmaditas en el hombro.
–¿Y literatura?, ¿y lo antiguo?
–Empezaremos de cero. Con Blues de primer paso. Las letras
sucumbirán alegres.
–“El Blues triunfó por fin y lo llamaron Rock & Roll”.
–¿Qué es Rock?, acaso una inquietud del subconsciente.
–El equilibrio de los débiles.
–Es resignarse a morir con un libro abierto.
–Es Rock, cualquier cosa es Rock.
–Es gritar como un loco que todo esta cagado, pero a pesar de
todo, nunca tanto.
–Es dar un martillazo a la mentira.
–El aburrimiento es redondo, como el destino, se supone que deben
pasar las cosas que persigo, es instinto.
Un traficante levanta a su hija del coche y vende papelinas en hojas
de cuadernos con tareas. Las drogas están volviendo la calle en un zoológico
mundial. Y con las mujeres, para qué decir, me he enamorado hasta de los
posters de las vulcanizaciones, la mina de la propaganda de cerveza, de los
neumáticos. Mirar un culo bonito es como ser dueño de él, al menos unos
segundos, hasta que se va. Ocurre lo mismo con todos los ángeles nómades.
Los comerciantes venden su alma al diablo, es por eso que nunca sucede
nada. El alma no existe, sería distinto si lucraran con la esencia humana, una
mujer borracha cae dentro de un basurero, unos arrendatarios la toman y la
violan, la operación es más fácil que atrapar una polilla encandilada. La mujer
cruza y los hombres siguen por el bandejón, ella toma un libro y ellos una olla,
los sujetos engullen y a ella de tanto leer y poco dormir se le secó el cerebro,
la mujer arranca y los hambrientos la dejan ir. Camina con hambre y entra a
un jardín de botánica.
–Necesito comprar árboles frutales, ¿usted me puede vender
algunas semillas?
–Por supuesto señorita– responde el empleado, y le prepara un paquete.
–¿Me las puede garantizar?, ¿usted se arriesga a asegurarme que voy
a tener árboles fuertes?
–Claro que sí.

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–¿Saldrán árboles grandes y de tronco grueso?
–Naturalmente.
–¿Y de raíces firmes?
–Sí, desde luego. Sus árboles crecerán hermosos.
–Muy bien– dijo repentinamente la mujer. Entonces también
llevaré una hamaca.
Sigo caminando y un pintor callejero copia un paisaje, es un fotógrafo
lento, siento que sus clases de Artes Plásticas fueron traumantes, el alcohol
mantiene mi corazón del porte de un zapallo y lo increpo, y luego lo golpeo,
un hombre enfurecido no tiene ojos, me ciego, me da tifus y peste y sigo
bebiendo vino tinto. Una obesa intenta detenerme, una chica fea con un
peinado neopunk. El vino y mi estómago se conocen tanto como los dictadores
y la soledad, mi hígado ha pasado por todas las estaciones, como mis pies y
mis bolsillos. Cuando caigo derrumbado mi madre me prepara sopas suaves,
caldos de enfermo, escuché por ahí que todos somos capaces de soportar
las desgracias ajenas. El hombre ha domesticado animales y ha inventado
máquinas, los negros se han blanqueado y todo para evitar el trabajo, los
animales hacen la fuerza y las máquinas dejan todo listo y los negros que no
consigan blanquearse quedan eternamente como esclavos. En esta historia
todos tienen a alguien a quien preguntarle– ¿Te acuerdas?–
Facundo en el almuerzo me criticó:– Es urgente Cruzila. Debes
trabajar, nos cortaron el teléfono, me da vergüenza que la gente diga que yo
he sido “mano–blanda” contigo. Es tu vida. Ya lo sé, pero si te acostumbras a
pensar en vez de trabajar, ¡¡CAGAMOS ENTIENDES!!. No podremos pintar la
casa para las fiestas patrias y no podremos comprar carne ni pollo ni chancho,
olvídate de las cervezas, no podrás estudiar, no podremos arreglar el auto,
no luciremos bien, ¿Cómo te lo explico? ¿Entiendes o no?, ¿o quieres que te
haga un dibujo?
–Entiendo. Dinero– dije tomándome la cabeza y tapándome los
oídos de paso.
–Pero, ¿por qué no quieres hacer algo?
–Sí quiero, algo serio. La raza humana no quiere trabajar, han
inventado máquinas para bajarle el perfil a la explotación humana, estudiaré
unos años y te daré el dinero. Es cosa de suerte. Puedo apuntar unas cuantas
respuestas en la prueba y podré estudiar.
(Todo ocurre mientras almorzamos lentejas con queso rallado
y limonada)
–Si es cosa de suerte, cagamos de nuevo, Luna Bazán, tu hermanita
querida está con crisis de pánico, la escuché llorar anoche y después se reía.
Como una loca, me asusté.

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–Si hubiese sabido que el mundo era una puta no habría participado
con tanta dedicación.
–Es cosa de puntos de vista. Tú nunca morirás por ejemplo, porque
nunca has nacido.
–Entonces creo que ambos no hemos nacido.
–Sí, cuenta para todos. ¿Nadie ha nacido?
–Sí, igual hay personas que han nacido, lo peor de ellos es que pretenden
ser premiadas por sus gustos. Eso es moda. Yo no soy así, ¿quieres dinero?
–¿Bromeas?
No ahora, ni después del mediodía, –“yo no tengo ningún
inconveniente en meterme en camisa de once varas”– decía N. Parra. Intento
escribir y me inspiro desnudo tomando una ducha. Me examino partes
extrañas encontrando mi onanismo enjabonado. Según una tarotista yo soy
de Tierra, le grité que se callase, –yo soy de chela.
Ly García se desnuda en el baño y le pido que se apure, que estoy
impaciente. Tomé una cinta cualquiera y sonó un poco de jungle grabado de
la radio y después venían las cumbias pensantes de Jorge “Taurus” González
y algo de Chico Trujillo. Ly García exclamó:
–¡Cambia eso, me siento pobre con las cumbias!–
–No son cumbias comunes, son las mejores cumbias de Latinoamérica,
no seas tonta.
Tuvimos excelente sexo y me quedé sentado y desnudo en la silla café
y sucia y anacrónica del–escritor–cido que tengo dentro. Ly García se ríe de
mí. Soñamos con tigres que escapaban después de la función y el dueño del
circo les ponía precio, los felinos estaban arriba de nuestro techo y comencé
a silbar a la distancia, y ellos, como obedientes bestias, se perdieron entre la
maleza y huyeron.
Ly García cometió un error al decirme que fríamente pensando, si
hubiese encontrado una mejor oferta económica entre los hombres, me
habría abandonado.
–¿Estás hablando en serio?– le pregunté con la cuchilla recién
rasgándome el corazón.
Ly García me pidió disculpas, se justificó con la marihuana. Una actitud
que denotó su cobardía. Le miento con la idea, rebelde e ingenua, de irnos a
vivir juntos y arrendar un cuartucho. Ly no entiende nada y bebe más cerveza,
como si eso fuera a iluminar sus respuestas. Discutimos.
–Cambia la música. Parece de película– Era Ray Charles, El Genio.
Lo encontré terrible. Nunca conseguí soportar del todo sus errores. Ly

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García prepara té con tostadas y queso mantecoso, el pan caliente derrite el
queso y ella lo abre y aúlla:
–¡Aliens!– Es rico comer haciendo ruido mientras se masca. Yo veía
una mujer tragando papas con mayonesa y diciendo:
–Me pones nerviosa, no me mires así– comemos cazuela de pollo y
jalea roja, también freímos huevos y tomamos té ingles, Picadilly Lipton Té.
Con el estómago redondo discutimos otra vez. La sopa quedó recocida y la
ensalada muy fina, la lechuga es para mí, lavada en pozo o de forma artesanal,
una hoja grande que debemos destrozar con furia, una ensalada voluptuosa,
con sexo incluso, está permitido llegar a lo grosero, a lo atroz. Sin caer en la
incultura ni el morbo de mostrar sobre la lengua el bolo alimenticio. Mascar
sin filantropía que valga y tragar. El error es que Ly García, actúo al son de
los instintos y la trituró, perturbadamente existiendo, en pequeños trozos,
igual que repollo picado. Las sopas no me gustan servidas en taza, porque
después quedan aceitosas y las visitas que vienen luego no merecen tamaña
descortesía. Es parecido a ser de izquierda y quedar esperando a un juez
competente, no sólo unas horas, sino de por vida, para que dicte sentencia
sobre crímenes calificados, y no lo haga, y simplemente se haga el de las
chacras, y se declare inexperto para resolver los evidentes asesinatos.
Una tía era tan siútica para responder antojadizas frivolidades,
siempre decía:
–Está sabroso, pero no tengo deseo– le salía tan huevón, ahora está
muerta, prolija y sola, fría y estáticamente muerta.
Escuchamos algo de música, Pixies en español, “corazón diablo,
siempre me, intentas regañar, con tu falsa sonrisa y tus canciones, que
me entregas sonriendo, engañando, es que te vas conmigo, es que no hay
esperanzas, respondiendo, declarando, que te quedas, conmigo hasta que…
no hay esperanzas”. Al segundo escuchamos “ladrones del mundo, ÚNANSE,
y tomen todo”, Mozzer no tardaría en robar todo, a su modo.
Le beso el cuello y a continuación un mete y saca frenético, la llevé
donde su padre, un maestro chalado y alterado que declara sus ambiciones
entre escupitajos y palabrotas insociables. En el bucólico patio de la casa
donde el maestro maneja su huerto hidropónico, supe que desarmó un
espantapájaros y Ly García me aseguró que el imitador vulgar de nuestra
raza, a palos y paja, pretendía ahuyentarme a mí. Volví a mi cama, escuché
Electrodomésticos, y por sobre todo a Cabezas en El Frío Misterio, algo
así siento por ella, me iría con Ly si no fuera por mi hijo recién nacido. No
podría abandonarlo después de verlo salir por una vagina ensangrentada. De
igual forma, no tolero demasiadas presiones y no soporto ver que las cosas
marchen al revés. Un verano nos aislamos en el Sur de Chile, que es lo mismo
que estar huérfano de país, en cierto modo, es insostenible y valeroso pasar
días y noches a la intemperie silvestre. Una vez en “Las Siete Tazas” nos
relajamos por completo, ya no nos importaban las personas inmundas del

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bus interprovincial que lanzaban papeles y pañales sucios al camino, además
de sus solemnes olores y sus gallinas claustrofóbicas que decoraban el paisaje
con un pedestre e irreal grado. Nosotros estuvimos a la altura del folklore y la
chilenidad. Eso es seudo–perturbador. Según Ly García saludar desconocidos
y tolerar corderos decapitados, era suficiente. El río Claro baja entre las
musgosas piedras antes derrumbadas y sobre el bus la cosa no se ve tan clara,
moras maduras y conejos adolescentes, unos cuantos piqueros atolondrados
y bikinis diminutos, eso si era una buena razón para acampar entre los
árboles. Había mucha gente libre y respirando apurada para de alguna forma
ahorrar aire limpio, y ventilar, de paso, los pulmones que el humo asesina. El
sol del verano nos daba un nuevo color a los pómulos, Ly García miraba a los
huasos llenos de músculos que tenían por su aperrado trabajo, eran capaces
de lanzarse clavados desde los riscos del “Puente Pancho”,y los cuicos o los
extranjeros pagaban la gracia. No faltó el más arriesgado que estacionó un
camión cargado con carbón en medio del puente y se subió a pata pelada
sobre los sacos teñidos de tizne, y se lanzó, penetrando el aire y cayendo en
picada al río. Era el Tío Pancho que se creía Tarzán. Con Ly García nos fuimos
a almorzar embobados comentando lo espectacular del lanzamiento, entre
sopas y fideos, brindábamos por el sol y los árboles y el pan amasado con
tomate y mayonesa. A veces venían amigos a almorzar con nosotros y nos
traían cogollos y grandes colas de zorro voladoras, “El Pino” llegó con chicha
de manzana y sus chistes ahuasados y ebrios tanto o más que el barco de
Rimbaud. Yo les decía “huastecos” a todos y me pegaban miles de patadas en
las pichangas. Por las noches contábamos historias alrededor de una fogata
en gloria y nos curábamos como nunca antes, todo era campo y a nadie le
importaba pegarse el show. Ly García movía las brasas y escribía poesía, en
las madrugadas caminábamos entre las vertientes y los cerros, Pablo Mordaza
tenía muchos tiros y el Miller nos prestaba el cañón. Cazábamos conejos y
liebres y las comíamos aliñadas con cebolla y vino blanco. El Pino era un viejo
borracho que se sentía solo y compartía con nosotros mejor que cualquier
otro humano, nos decía que nunca se casaría por la iglesia, sería ilegítimo
porque ya estaba casado con “la flaca”, que era la caña de pipeño. El Pino
trajo chicha, panes, tomate, huevos y una olla con una cabeza de cordero, Ly
García se dio media vuelta y le pedí que se la llevara. El Pino se acorraló con su
cabeza de cordero y se fue, me devolví a gritarle que volviera, y él sin el más
mínimo orgullo, volvió en seguida.
–No comemos carne– le dije esperando su respuesta.
–Disculpen, no sabía que ustedes eran cristianos.
–No somos cristianos. No comemos carne, eso es todo.
–Pa’ qué nos vamos a enojar. Tomemos chichita mejor será– insistió El Pino.
–¿Usted en qué trabaja?– preguntó Ly.
–Yo camino hacia el otro lado de este cerro. (Apuntó hacia la cueva de
la India), ahí esta la casa de la mamita y yo me traigo ochenta ovejas todas las

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tardes. Aquí les sacan la ropita y hacen chalecos. Una tarde apareció El Leo…
–¿Quién es el Leo?– preguntó Ly García. ¿Su socio?– agregó.
–El Leo es el puma que se come a las ovejas. Ahí apreté pa’l río y me
quedé sumergido como cinco minutos. Después el Leo se fue y pude caminar
con una ovejita menos.
Es tan exacta la charla que todo parece ocurrir dentro de otra
galaxia, estrellas fugaces, conejos fugitivos, gallinas ciegas, salmones,
queltehues, palotes gigantes, arañas y alacranes en desarrollo. El sol, la
luna, la medianoche. Los quiques atletas intentan cazar gallinas despistadas,
destapamos otra garrafa y hacemos brindis por el dolor y el placer. El placer
de sentir dolor. Antes de llorar de felicidad, entonamos una canción de Silvio
Rodríguez, y cada noche que pasa, antes de abrazar al osito de púas, no
soñamos con serpientes, porque nada es como dormir aquí. A la intemperie.
En un mundo de nylon forrado y estacas en las esquinas, un feliz mundo que
Huxley no describió así pero que tal vez soñó. Dormimos abrazados en un
pequeño saco de dormir individual, podía sentir su corazón, el universo era
para los dos, romántica economía.

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En Eureka, como en todo el país, está lleno de poetas y de adictos


ansiosos por coca, o eritroxiláceo del Perú. Lo inaudito era que todos
estuviéramos en la misma cancha para enfrentarnos por la “Copa Barranca
en la Memoria”. El partido comenzó con el agudo pitazo de un traficante,
el asistente técnico de los jalados estaba demasiado prendido. Saturnino
decía:– ¡Corramos lo más que podamos!–
–Nunca correremos igual que ellos, te lo aseguro– dije desganado.
Por la orilla izquierda de la cancha viene corriendo “José Chute”,
adicto y traficante menor, un cocainómano frustrado, lo intento detener
entre agarrones y el arbitro cobra el foul, nuestra barra está muda y la del otro
lado bebe y fuma marihuana, los de la serie que viene han desaparecido entre
los arbustos y se puede ver sus pies rebotando de ansiosa sed atlética. Al rato
vuelven a la cancha y gritan a sus jugadores:– ¡Eléctrico!, ¡Tai duro culiao!, ¿en
qué planeta andaí?, la mansa pescaíta, ¡wuena chuchetumare!–
Nuestro arquero no ataja ni una pelota saltarina, cada vez que le hacen un
gol se echa la culpa y desconoce la habilidad de nuestros adversarios, como si eso
nos diera un juego organizado y pulcro. El obeso arquero me la toca, avanzo con el
balón dominado, por mi espalda pasa Saturnino y se la doy por entre medio de dos
jalados, Saturnino se frena y la cambia para Boss, la finta es muy larga y el “Perro
Chico” lo tranca. El Perro estuvo preso por vender falopa en las discos gays, por
cierto, sus tratantes no eran muy hombres y lo delataron.
En caso de foul descalificador o mano dudosa es mejor guardar
silencio, van cinco minutos y ellos corren como hienas detrás de un conejo,
nosotros los esperamos en nuestra área, no nos podemos las piernas, el
Bastardo es el goleador de los jalados y entra como pedro por su casa, es
demasiado rápido y seguramente a él le gritan eléctrico, lo veo pasar de ida
y de vuelta tan veloz como un Mirage, José Chute se la pide, el arbitro cobra
“saque lateral” y ellos se miran y se ríen. Saturnino va con la lengua afuera
persiguiendo al Perro Chico, parece un vagabundo en el desierto sediento por
agua, el Perro corre desvencijado, José Chute a mi lado, avanza y retrocede,
estornuda y se cubre la nariz con la palma de la mano, se mira y se lame la
mano con entusiasmo, sin asco, sin pudor, con residuos de coca. El primer
tiempo concluye y todos vuelven diseminadamente a la banca.
En el entretiempo se vacían los bidones con agua y los consejos de los
antiguos patriarcas del club salen de sus criptas, entre murciélagos y arañas
desempolvan inmemoriales sermones futboleros, –¡Vos soi bueno cabro, lo
que tienen que hacer es esperarlos!
–¡Elver!– dice el Huevo. –Llega hasta dentro. Juégate la personal.
¡Véanla como Vovi!

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Ellos también escuchaban a los que veían de afuera el partido, todos
los traficantes se enmarañaban a vender entre los árboles, había marihuana
hasta en los culos de las guaguas.
El árbitro camina al círculo central y con un pitazo llama a los capitanes
de los equipos, da un par de instrucciones referentes al tiempo de juego y
comenta: –Ellos parten–
–A tu hermana– responde Saturnino.
El Perro juega con el Bastardo, la pisan y ponen en movimiento al
Gritón, un nuevo cambio de posiciones, Boss pica por la orilla y consigue
recuperar el balón, me la toca despacio y Chute la detiene, no puedo correr
más, no quiero hacerlo, pido el cambio, el Huevo me dice que no hay más
jugadores y que debo continuar, el arbitro se empuña un gran cóctel de
pastillas y las toma con mineral, sus ojos se dilatan y pitea el silbato sin motivo,
el juego se detiene. Pido agua, me mandan cagando a jugar, Saturnino y José
Chute se patean, se empujan y los jalados de la barra se venían metiendo a
la cancha. Tomo la pelota en media cancha y le hago un túnel lleno de estilo,
sin pensar en Sábato, al Bastardo. Se ofusca y me persigue furioso, nuestro
arquero es un onanista disfrazado de Daniel Morón, me la pide y rechaza con
un puntete a las nubes. Vamos perdiendo dos cero y la gente se amontona
en la reja a mirar, el juego es rápido y los traficantes ganan más dinero que
de costumbre, en las cuatro esquinas de la cancha hay yonquis y dealers
y volados de corbata, el territorio se impregna con un escabroso olor a
paraguayo prensado.
Chelines, (no la moneda austriaca) Vitoco, El Cuático, Pepe Trueno,
La Tere, Sam el Bandido y Clemente mosquito venden cogollos sin parar,
son los únicos que tienen la mano y se ríen cada vez que nos pifiamos o
cuando intentamos enhebrar una jugada que se castra en su génesis por
imperfecciones técnicas.
Perdimos tres cero y Saturnino es derribado en el área de ellos, el volátil
árbitro cobra el penal, lo pateo y, para colmo de males, se va desviado.
Cuatro cero. El árbitro mea a la orilla de la cancha y La Tere le grita:
–Tírate un peíto pa bailarlo, care chala–
Cinco cero. Los cocainómanos juegan con nosotros como Maradonas
amateurs. Nuestro arquero es un saco de güevas declarado, se ofusca, patea
la pelota hasta la Avenida Goldie y un taxi la revienta. Queda el partido
paralizado unos minutos. Conseguimos otro balón y continua la masacre
esnifada. Seis cero y una patrulla policial da la vuelta por entre los bloques, los
traficantes se sienten acorralados y dejan los paquetes desparramados por
la orilla de la cancha. Los angustiados los toman y caminan en distracción.
Automáticamente desaparecen Chelines, el Pata de búho, Vitoco sin
sombrero, El cuático, Pepe Trueno, La Tere, Sam el Bandido y Clemente
mosquito, el árbitro también se persigue y se va, algunos de la barra también

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se esfuman. Según el veedor del partido faltan garantías y nos declaran
vencedores, el partido lo ganamos por bocoy, K.O., repentina retirada.
Lo importante es ganar, y como sea, ganamos, claro que no podremos
sacarnos el sabor amargo del seis cero real. Es una caricaturesca metáfora del
fútbol moderno y el arte, una vez más, los poetas después de ser pisoteados,
como lo anhelábamos, hemos salido victoriosos, con la camiseta encendida y
la frente sudada, y en alto.
En la tarde, con el sol y el viento acechando, reflexiono que me he
equivocado con ganas, y que los abortos espontáneos son parte de ese plan.
Para controlar la maldición marqué el celular de Betsy, una brasilera con el
culo flojo, tal vez la única en su especie.
–¿Por qué no me habías llamado?
–¿Quién habla?
–Elver Cruzila.
–Hola negrito, ¿qué ocurre?
–Ya te lo pregunté. ¿Por qué no me habías llamado?
–No he tenido tiempo, igual me acuerdo ene de tí y tus fantasías.
–Pensé que mi teléfono se te había perdido.
–No, por el contrario, te tengo súper bonito, te hice incluso un
asterisco.
–Como amigo soy una barricada.
–No Elver. Para mí eres un príncipe.
–No me trates igual que Lemebel.
–¿Te dice príncipe?
–Sí. Pero es distinto, porque ella es la Reina Madre y se lo puedo
aceptar. Cuando escucho a una mujer diciendo que me quiere mucho, pienso
en mi madre.
–Supongo que te quiere mucho.
–No me refiero al amor, es lástima. Salté de sus pezones a la vida, algo
nos une, aunque sean sus tetas. Betsy, ¿cómo sigue tu embarazo?
–Ni te imaginas por lo que pasado, visité a unas matronas brujas,
siempre supe que era peligroso. Lo peor es que “la brutalidad no se hace
responsable por los condones rotos”.
–Un trovador cubano dice que lo más terrible se aprende.
–Sabes Elver, mis amigos siempre me llaman para calmar sus
depresiones.

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–Yo no. Mis depresiones las controlo jugando fútbol y pateando los
tobillos de mis rivales y de los que me caen mal.
–Yo no entiendo mucho de fútbol, pero siendo objetiva y un poco
profunda, alcanzo a comprender que el fútbol es como los sentimientos,
haces una de más y pierdes el control.
–Es divertido perder el control.
–En el amor no.
–En el fútbol tampoco.
–Ahora estoy bien, ya perdí la pelota que me dejó un puerco culiado,
le advertí que tenía que acabar afuera porque estaba en mis días fértiles y el
muy maricón me quiso cagar, igual libré, pero tuve que pagar noventa lucas
a la matrona bruja.
–¿De qué te libraste?
–Del crío.
–¡Matándolo!
–Elver. No te pongas huevón.
–Disculpa, estoy acostumbrado a decepcionar con mis palabras.
–Pero estoy cierta que tus manos enloquecen.
–Si, y mi aliento espanta.
–Y tus pies se devuelven.
No respondí.
–¿Elver, estás ahí?
–Un poco.
–¿Qué parte?
–Mis ojos cerrados.
–Estoy casi segura que eres poeta.
–No. No podría ser un diptongo.
–Un poeta que habla por teléfono es un fantasista de primera línea.
–¿Y cuales son los poetas de segunda línea?
–Las gallinas solitarias.
–Podríamos vernos. Tengo unos dólares que quiero cambiar.
–Dinero. Si no lo tuvieras, ¿qué habrías dicho en vez de esa mierda?

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–Habría pensado que el dinero no existe.
–Los que creen así lo inventan para obtenerlo sin esfuerzo.
–Sí Elver, tienes razón.
–Claro que la tengo, nunca me equivoco.
–Si te llamaras Elder serías mormón y estarías sapeando a todos de
forma equivocada.
–Así es Betsy, pero soy Elver Cruzila, el hombre que toma el aspecto
de las lágrimas.
–Claro Príncipe. Estoy boca abajo mojando el teléfono con saliva.
–Y el culo gordo parado para el suelo.
–¿Para dónde?– pregunta ella espantada.
–Para el cielo mi amor.
–Ah, te escuché otra güevá.
–Te tengo que cortar.
–De raíz.
–Mañana te llamo.
–No te creo.
–Que bueno. No pensaba hacerlo.
–Chao Elvertigo.
–Ese es un verdadero piropo, soy un verdadero vértigo.
Destapé una cerveza helada y las burbujas subían y desaparecían en
la superficie como almas muertas por imprudencia milica, la cebada viaja
directo a mi estómago y a mi cabeza furiosa, continúo desamontonando
monedas y azotando teclas, pensando que es imposible mear con el mazote
parado, un auténtico hombre no puede hacerlo con corriente desenvoltura.
Yo, al menos no puedo, tal vez Saturnino si pueda. Las moscas vuelan muertas
cuando las palabras son limosna. Saco la basura y pateo perros callejeros, mis
patadas son lo más delicado de sus vidas, tienen racimos de garrapatas, como
pequeños diablos. Exclusividades de la pobreza. Viene Linda Lin llorando,
sorbeteando lágrimas y me pregunta:
–¿Qué puedo hacer?
Mi respuesta es levantar las cejas y los hombros.
–¿Dime Elver?, ¿te importa nuestra relación?
–Un poco.

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Me importaba realmente poco, tanto como sudar por trabajo.
–No entiendo como hablas tanto de problemas, siento que no tienes ni uno.
–Ahora estoy en la calle. Ni siquiera tengo tu cariño. Mi papá me echó
de la casa, no me quiere ni ver.
–Yo tampoco te quiero ver, tu papá te echó porque es un perdedor
ilustrado y gana tratándote mal.
–¿Qué gana Elver?
–Los perdedores se alimentan con la desgracia ajena.
–Mi papá se trizó. Elver tú eres mi soporte.
–Yo apenas me soporto. Voy a intentar no dejarte feo.
–¿Más aún?
–Un momento. ¿Somos importantes?, ¿o no?
–No sé. La importancia es personal.
No sabía realmente si necesitaba esa noche de tristeza, me sentía mal
por Linda, por cosas mías, además escuchaba en la radio una macedonia de
sentimientos que me derrumbaba. Su familia le hacía un favor con dejarla ir.
Ella no lo notaba. Estamos hechos mierda porque estamos hechos en Chile.
Linda es un buen libro, su carátula es bonita, lo que nunca me gustó fueron
sus hojas escritas a la mitad y con borrones, para que hablar de sus páginas en
blanco. Dejaré a Linda cuando baje el mercurio de su cuerpo, es una chilena
preguntándole al niño cagado:
–¿Te cagaste?–
Nuestros líquidos siempre estaban bien mezclados y la carne
ensangrentada bien lavada en el pantano del amor con semen oxidado,
óvulos de personales utopías consagradas. Un hombre intimida sexualmente
a una chica.
–Déjame por favor. Sólo un poquito. La mitad, te lo juro.
–¿Estás loco?, ningún hombre quedaría conforme con la mitad.
–Entonces todo.
–Eso es una cosa muy diferente. Viste que la mitad es mentira, de
chiquitita me lo enseñaron, la mitad de un cuete es mentira, la mitad del sexo
también. Todo es entero.
Almuerzo, vómito, cerveza. Palabras. Eureka se está llenando de
árboles en forma regular, las autoridades dejan que siga el tráfico, de autos,
por supuesto. El otro tráfico es controlado cortando la mano. Reduciendo las
partes, los paquetes y las ganancias. Los dealers intimidan con sus mujeres
en las plazas y dejan el asunto olvidado unos minutos dentro del anaranjado

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basurero ovalado. Los activistas están cansados, es raro ver a la gente bien,
los abuelos se sientan y se callan, hablan entre ellos tartamudeando, es muy
peligroso que las personas se dejen engañar por líderes que son como enchufes
mojados. Tanta libertad es estar prisionero, dejo a Linda Lin autónoma, sin
mí, soy un carcelador moderno, encierro su amor flotando como estropajos
viejos en agua aceitosa. Cojines de carne humana llorando los domingos. Los
fascistas nos apagan la luz para jodernos, estoy seguro que si pudieran nos
apagarían el sol. En las poblaciones los delincuentes aprovechan la oscuridad
y cogotean hasta cansarse, converso con el Demonio Negro, que es un ruin
ente en evolución, es un asesino y recién está en la fase del Homo Erectus y
me cuenta que a su polola cuando anda indispuesta la penetra por atrás, por
el culo. Es sabido que la unión de un mojón y un espermio no conduce a nada,
pero hay personas, como el Demonio Negro que parecen haber salido de esa
fusión. Ustedes podrán reconocerlos por su olor, además de sus aterradoras
características físicas y mentales. Existen de todos los tipos, pobres y ricos,
pueden andar bronceados en invierno o llenando carros por inercia en algún
supermercado. A veces viven con un estilo equivocado en cualquier ático del
centro de Santiago. Se creen la cagá y andan cerca, pues sus vidas están echas
mierda. Acompaño a Damián Jass a una casa abandonada de Eureka y por un
momento pensé que sería un sitio lleno de adictos escondidos lamiéndose
los tajos y aspirando neoprén. Pero no fue así, la casa estaba en medio de
una población callampa, marginada automáticamente. Damián lleva consigo
a su Roland, que es un monstruo electrónico con pedales y su guitarra negra
inseparable, yo llevo las cervezas y mi voz. Improvisamos canciones en
una sesión lúdica, es un cónclave solitario, cantamos la vida como ascetas
fabricados a pulso y depresión. Mi voz suena desgarrada y Damián se motiva
aún más en cada falsete, saca orgasmos a su guitarra mientras el Roland
hace el bajo y la frecuencia Trip hop, todo permanece en el retumbar de la
casa sin muebles. Nos mudamos por la tarde a la casa vacía, los dueños son
familiares de Damián y no hay problema con la bulla o los vecinos. Dejamos el
lugar anestesiado con resonancias cósmicas. Bebemos cervezas y fumamos
cigarrillos racionando las piteadas, nos llega la melancolía de la soledad y
al rato nos alegramos de estar tan solos. Parecemos rabinos ensayando la
sagrada escritura y por desgracia nuestra tarde de sabios colores entre
los cerros se convierte en noche, nuestras ideas iluminan la casa igual que
cerebros encendidos de teósofos excitados. Damián Jass roba unas melodías
a la máquina y se arrepiente, –No puedo plagiar la música, sería una crueldad
hacerlo– dice Jass creando un nuevo sampler con el multiefectos y sus dedos
blancos. Sus manos son casi transparentes.

169
25

Estaba sola en la esquina, era una princesa, su bolso también parecía


de cuento de hadas, sus lunares en la espalda, certeramente incrustados, su
cuerpo entero, su boca, el brillo de sus ojos, su pelo delgado y negro, sonreía
sin motivo, como una loca, quedaba mirando a los manifestantes, miraba los
panfletos que decían –Gracias Inglaterra– y la cara del Malo impresa, venía
una micro que le servía y ella la hizo parar, por supuesto que aquel bus se
detuvo a sus pies, el chofer seguro que veía lo mismo que yo, debo reconocer
que por mi cabeza pasaban escenas pornos y estaba a segundos de soltar una
gota de excitación. Sabía que si hablaba con ella me temblaría la voz y las
manos. No podría hacerlo sin temblar. Ella avanzaba blanca con su mp3 a alto
sonido, yo pude distinguir un house, ella zapateaba y yo quería hacerlo en
su cama y diciéndole al oído lo magnífico que era poder verla, es sabido que,
–“un pendejo de mujer tira más que una corrida de bueyes”– eso le cantaba
un mendigo anciano nadando en la pileta de Cumming, se jabonaba las axilas
y la raja, su olor cambiaría al menos unas horas, unos muchachos de pantalón
a medio culo saltan en skate y unas monjas gringas pasan parando las tulas de
los curas por afuera del Don Bosco, son unas monjas de película y un chofer
en su auto rojo convertible les toca la bocina y ellas se ponen cocorocas y
ríen– ¡Oh my god!–se dicen. Subimos a la micro, suena su bip con un saldo
de quinientos y pasa al medio, me siento a su lado pero en la hilera paralela,
mientras pasaban las sucias calles pude distinguir su sonrisa limpia sólo para
mí. Unos raperos empujan a un escolar y un punki machetea con su mina a
la salida del Metro. Algunos hippies pioneros en limpieza también piden, las
damas de rojo piden, los nerds, la televisión, las revistas, las mujeres parecen
obligadas a lucir bien y a pedir, los hombres a estar locos y a tener estilo,
lo bueno sigue virgen, pero está caldeada la cosa y va a quedar la cagá, en
el mismo sitio donde me juraste amor eterno, hoy abortan las gatas, algo
parece volar en el país de los vasos picados y las aficiones tontas. Los pobres
juegan béisbol y los ricos rugby. La mujer blanca sigue con su culo sentado
a mi lado y riendo con las caras de la gente, un abuelo que esperaba micro
en el paradero había tenido bigote durante, por lo menos, diez años, y su
cara estaba muy morena pero debajo del bigote era blanca y en un mal día
optó por rasurárselos, debe haber sido ayer y la mujer blanca y yo lo vimos
y sonreímos juntos mirando al estúpido hombre, el tenía asumido que su
cara esa tarde era un chiste y hacia como si le picara y no nos dejaba ver,
nos miramos entre risas y no pude hablarle, porque sabía que mi maldita
voz iba a tiritar, no pensaba en cosas malas, en morderla, en hacerla gritar,
en metérsela hasta hacerla sangrar. Sabía que la humedad era importante y
que mojadito entra jabonado, ella tenía litros y litros de mundo,– ¿si supiera
controlar estos miedos?– pensaba. Mi talento lo fui perdiendo con el paso
de las cuadras, luego vendría otra mujer hermosa, yo escuchaba “Aluminio
El Mico” de Shogún y las minas parecían caminar al ritmo de los alaridos, en
parte creo que el cine tiene mal influenciado al campestre país que somos,

170
somos una verdadera colonia chilena en Chile. Los pobres de espíritu tienen
la culpa y esa es otra duda existencial que tengo que resolver, –¿La culpa?–
los protestantes o cualquiera que se manifieste públicamente rayando una
muralla debiese, por parte baja, escribir bien, y los ignorantes ponen con letras
rojas de liquidación,– ¡¡PINOCHET ASECINO!!– escriben mal en todos lados y
las pancartas tienen faltas de ortografía, pero no de humanidad, además de
ser pobres, somos tontos y hoy estamos contentos. –“El que a hierro mata a
matraca cae”– Pin8 H chino. La blanca mujer se bajo y no miro hacia atrás, me
partió el corazón. En Eureka me encontré con demócratas ebrios y socialistas
en llanto, comunistas hablando hasta por los codos y abuelos nihilistas y
anarquistas negando cualquier suculenta verdad. Un viejo me mira a los ojos
y grita hacia el grupo: –¡El Elver es el diablo. Tiene los ojos rojos!– Camino solo
por Eureka y el frío se adhiere a las personas callejeras y a los árboles, escucho
una canción de Los Prisioneros, “Exijo yo también”, voy a la farmacia que
atiende un ex profeta, ex músico, ex tantas cosas, le pido unas pastillas y me
las da sonriendo– Ya no me muevo, ni me retuerzo, quiero todo lo contrario,
la calma, para pensar bien donde dar el golpe. No quiero terminar como un
microondas sobrecargado– Tomé los manjares químicos con agua y me quedo
escribiendo en completa inconexión, mis antiguos cassettes saltan a la pista,
Too Dark Park y Portishead, veo como se consume el cigarrillo montado en
soledad sobre el cenicero, siempre he tenido claro que apretar teclas es mejor
que apretar gatillos, aunque disparar tenga un alto grado de excitación civil
porque es muy similar a lo que pasa con la promiscuidad y la honestidad, lo
húmedo bautiza la noche, las mujeres salieron de compras y han traído cinco
clítoris nuevos y músculos para sus nalgas, además de dos labios postizos y
un colaless brasilero. Allá arriba se da mucho que los abuelos financien a las
lolitas, nada de erección y grandes billeteras, mi escuela son botellas llenas
y siempre dispuesto a limpiar una alfombra limpia, mi lengua gitana conoce
algunos barrios, estoy aburrido de la aldea Eureka y vago por Manuel Montt,
una chica me saluda y ni siquiera la conozco, sin pensarlo dos veces le digo
que almorcemos juntos y de suerte, ella me acepta, en buena parte yo estoy
aceptando su cara criminal y sus pequeñas tetas, caminamos por Providencia
hablando naturalmente de nada, entramos a un local asequible para ambos.
Los tallarines eran como puré, los garbanzos eran como puré, el arroz era
como puré, la carbonada parecía puré, todo era puré. La cocinera era un
fiasco, así que pedimos, puré. La niña se llama Céfora y tenía cara de pena
ese día, estaba tan destruida como la ciudad. Le faltaba cara para tener más
espinillas pero me parecía honesta, y sólo quería conversar.
–Se ve triste el día.
–No es para tanto. Estamos en un barrio que ayer lloró por Pinochet.
–¿Van a condenar a ese asesino o no?
–Es terrible pensar en los muertos, en sus familiares.
–Si, sobre todo cuando uno quiere ver a tanta gente muerta.

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–¿Quieres decir que somos asesinos incógnitos?
–Yo no quiero matar a nadie, espera. Sí, también a unos tantos.
Los únicos que se ríen son los escolares y los heladeros, unos cuicos
fachos cacarean sus ideas a nuestro lado –Tenemos soberanía, no somos
indios, suelten al tata– Me enderezo la pluma con disimulo, yo entiendo por
soberanía todo lo que la gente decide, soberanía es cualquier cosa que tenga
que ver con los objetivos de vida, ¿cuáles son?, –la vida. Punto.
Los hábitos silvestres de los que se jactan de liberales son meras
imitaciones yanquis impensadas, está muy claro que un muerto es un muerto
y que cien muertos son cien muertos, a su vez, tres mil muertos son tres mil
corazones muertos. Una flor por muy linda que sea, quiere liberarse. Nuestros
lentes deberían conseguir un aumento, vamos directo a la mierda y el futuro
se aproxima con tonalidades entrópicas y guturalmente sanguinarias.
–Pinochet no mató a nadie– palabrea un nazi mientras engulle con su
rubia adinerada.
–No mató a nadie, pero decía fuego por teléfono– dice Céfora en voz baja.
–Es lo mismo que ser anfitrión del abismo.
–Los comunistas dan lo que no es de ellos.
–Y los de derecha no dan nada.
–Yo creo que en la próxima elección voy a votar por un árbol.
–Yo no voto, es lo mejor, ese día duermo hasta tarde.Yo voto por dormir.
–Entonces estás cerrado. Pestañas cerradas, mente cerrada.
–Nunca tanto. Es sólo que no he encontrado a un candidato que no
hable de muerte.
–Es difícil porque la muerte es parte de un todo.
–Ahora mismo uno de nosotros dos está muerto.
–Yo creo que tú.
–Mira que coincidencia. Yo creo que tú.
El mozo desnutrido se nos acerca y dice que debe cuadrar la caja
porque entrega el turno y continúa con una sarta de güevas que nos obligan a
pagar antes de beber todo.
–Son trece mil señor– dice arreglando su corbatín negro.
–No me diga señor. El señor está en el cielo, ahí tiene.
Llevé a Céfora a su casa y le besé la mejilla. En las manos me
aparecieron unos cueros sueltos, parezco un leproso sin recursos, Masushi

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dice que es mi hígado y quizás tenga razón, sepa moya. Un abuelo va en su
triciclo con motor acelerando, atrás va su esposa en un carrito dorado tirado
con un elástico, cada vez que el abuelo acelera ella sale disparada, Masushi
está tranquilo, beatificado, está haciendo el amor día por medio, dice que
es respeto a su hijo, porque a nadie le gusta que le peguen en la frente, me
muestra su oreja y deja en libertad su mitomanía aventurera, enciende un
cigarrillo y comenta:
–A mi papá se le pasó la mano y mira Elver, me falta un pedazo de oreja.
–A mí me rompieron la oreja de tanto sexo.
Un helicóptero sobrevuela Eureka, los militares quieren decirnos
tantas cosas, pero no tienen nada claro, excepto que están afiebrados y
enloqueciendo, aceleran sus aviones de juguete y gastan el combustible
en vuelos ridículos y acrobacias infantiles, marchan y marchan rindiendo
honores a cagones ex militares muertos o, en el peor de los casos, vivos y
chalados. Pasan por nuestro cielo, nuestras calles y esperan que los miremos
con admiración, cuando han sido motivo de sufrimiento y dolor para tantos
compatriotas. Pasan por el aire dejando una estela de sangre y nos intentan
decir tantas cosas, cosas que no han siquiera comenzado a resolver, por
miedo, por vergüenza. Por tropiezo de la cultura de camuflaje e hipocresía
militar.
–Quieran al Papi o los bombardeamos a todos– nos insinúan, y
nosotros NADA. No hay una pizca de cariño para el Malo, no hay siquiera una
mala palabra. Sólo nos queda acercarnos y de manera marcial darles la mano,
pero con caca.

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26

Cuando las personas son desagradables sin siquiera percatarse, como


a muchos de nosotros suele ocurrirnos, lectores o no, es mejor olvidarse de
hablar y de mirar y es, querámoslo o no, simplemente el deber de soñar el
que nos mantiene en pie. Si fuera por demostrar aptitudes o monólogos, o
tal vez valentía, un borracho sería un maestro en estas lides bizarras y los
intelectuales de pacotilla se rebuscarían hasta las chauchas para terminar
diciendo “al mundo le faltan lideres”.
Un día de mierda dijiste que no volverías a decirlo y en la tarde pasada
lo dijiste tres veces, yo no sabía si era cierta esa tortura y las encuestan me
daban perdedor, un poeta llamado Extingo canta sus noches demostrando
en coros su debilidad por la cuneta. Mi mujer se fue, no sexualmente, sino
de viaje, que a la larga puede resultar lo mismo. Estoy arrinconado entre
sentimientos y como en una cárcel personal intento abrazar al mundo y quedo
atrapado en lo mundano, saludo con apretón de manos a un asesino. Por las
noches en Eureka es mejor amarrarse a la cama y tratar por todos los medios
posibles de dormir, a nosotros entre chistes y botellas de pisco nos importa
poco si vuelves, es seguro que algún adicto se estrujará la ropa empapada en
lagrimones, cuando alguien dice la verdad es difícil creerle, los adictos pueden
engañar hasta a un detector de mentiras con tal de conseguir sus drogas una
vez más. Si de mentir se trata de inmediato pienso en Elver, que es capaz
de disfrazarse de cerro para esconderse de su polola los sábados. Ella no se
hace problema y toma otro destino y candorosa y sin esconderse va cayendo
a los espesos y sucios pantanos llenos de viejos cocodrilos ebrios, dicen que
la muchacha lo ama, nadie sabe porqué, pero todos lo comentan. Elver no es
para nada lo que ella anhelaba, porque detrás de unos lentes oscuros y algo
de creatividad no pueden estar sus sueños de mujer, la princesa es Denis Gaita
y necesita de muchos reyes que la ennoblezcan a cada segundo del día, es por
eso que tomé el puñal y pensé en el romanticismo de verla sangrar, su vida es
morir, desconozco las vueltas de la existencia, los mandamientos yo podría
burlarlos con facilidad, es muy difícil acertar la frecuencia de los “pecados”,
que no son mucho más que pequeñas rebeliones naturales. En estos tiempos
gemidores hasta un pedo puede ser considerado un atentado. Matar, desear,
robar. Pensar, lo que existe es la tentación, un toffee para un abuelo, el asunto
es para profesionales.
–¿Cómo podríamos ayudar al amor y volverlo limpio otra vez?–
me dice Denis.
–A veces siento que son tantos y tontos los recuerdos que abochornan
la pureza de la idea y esa extensa imaginación animal manual que nos
retuerce. Al menos yo nunca he levantado la mano a una mujer, pero si les
he bajado las faldas y luego los calzones. Gracias a mi instinto no quedaste
antes embarazada.

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–Bastardo de mierda, gracias a Dios eres estéril, te imaginas que en
este momento mi estómago podría estar maldito con algo tuyo, y que tú para
más cagarla, ignorarías.
–Tú crees, ¿sería como terminar con la evolución?
–Tú no evolucionas, te ramificas semejante al mal.
–Eres tan buena conmigo.
–No te hagas el imbécil ni el judío, ahora que estás escribiendo di la verdad.
–Nunca te he engañado. Siempre espero a alguien, eso es todo.
–Ahora supongo que esperarás que te crea.
–Denis te quiero.
–Necesito pensar un poco. Me voy de viaje unas semanas.
–Cada verano necesitas más a esos insectos esculturales.
–También soy un bicho, ¿o no?
–Pero mío– digo.
–¡Estás loco!, los insectos no tenemos dueños.
–En realidad los insectos siempre me han dado asco.
–Por eso me voy. Dame las llaves.
Abrió las alas y se fue volando entre los árboles, el viento la llevó a
un sitio que ella no había escogido, estaba demostrado que podría haberla
aplastado. El romanticismo no podría revolcarse en la cama, el sexo y sus
deformaciones de armonía no podrían hacernos olvidar los secretos y el
misterio de cada noche. Éramos como las antiguas ansias de la raza, la
tierra para unos y el cielo para otros, el frenesí de los movimientos me lanza
al vacío. Las mujeres deberían tener códigos y los poetas de primera línea
acceso directo a sus corazones. Desde tiempos remotos que la humanidad se
empeña en conseguir fácilmente cosas que en la práctica y en el ejercicio de
vivir cuestan mucho, siempre hay inexpertos que anhelan terminar con sus
problemas instalándose justo sobre otros más terribles. Es parecido a intentar
hacer un cover de una mala canción o ir a buscar miel al panal de abejas
asesinas. Tal vez las buenas personas ya han partido y ahora estemos aquí
las aves de rapiña, que sin elegancia ni escrúpulos filudos carroñaremos todo.
Es muy “arrogángster” pensar que dos serpientes exquisitas se han fijado en
mí. Una es García y su amor aguachento, de palabras cortas y de hospital,
un “amor–miedo” análogo de ejecución, nunca fue trascendental mirarnos el
brillo de los ojos. Ahí fallamos. La otra serpiente es pequeña, aunque a modo
de bestia es más gigante, es preciso que sepa si está vinculada al veneno de
los mordiscos o es principiante. Dice que no consigue sacarme de su cabeza
y yo creo que está loca y trata de correr frenéticamente hacia un galope

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carnal conmigo, la veo delante del sol con su falda corta y ensillo la yegua, de
paso le tomo la cintura y sus labios después. Todo es sublime e imposible, es
absurdo que la pueda evitar, supongo que debo agradecerle al diablo por esta
invitación. Ella es una serpiente sin ancestros y en sus cartas hablaba de mis
ojos y todo aquello que refrescará las heridas.
–Cuando las personas tranquilas duermen, deben estar diciendo
algo– le digo.
–Los aullidos de los perros también tienen su dialecto canino.
–Si tuviera más tiempo para visitarte.
–No te preocupes, estoy acostumbrado a ser una isla.
–Y yo un barco extraviado.
–Estoy recién almorzado, ¿podríamos?
–¿Quieres seguir con esta estupidez?
–Si, por qué no, es como robar.
–Pero robar no es tan estúpido.
–¿Cuál es el extremo?
–Robar es hermoso.
–…
–…
–¿Desde cuando robar es tan hermoso?– preguntó uno que robaba
con diplomacia.
Era comerciante. Robar se justifica a pesar que uno sea la víctima,
es evidente que las armas blancas son almas negras. En un bar “Un Dios
Solo” mezcla música y tragos, el cerebro es el depravado, escucha sexo y se
pone duro y cruel, y húmedo del otro bando. La vida es más loca de lo que
cualquier loco escritor pueda escribir. Las rubias son un cuento aparte, si se
van con todo el hilo son tildadas de putas y si se quedan echadas como vacas
son cartuchas, si hablan poco son huecas y si se callan todos piensan que
son tontas. No hay remedio con ese color de pelo, o son cloacas inservibles
o pendejas escupidas de sus casas. Aclarar este cuento es como peñiscar un
vidrio, pero los místicos de hoy, como yo, que soy un antiguo prolijo que trata
de permanecer al centro y con hábitos decentes, lo resolveré. El alma de las
rubias está en cada repollo de cuaderno de fin de año y en los candelabros
que podemos encontrar en baratijas navideñas. Una rubia mística sería una
exposición de defectos, ellas siempre te mirarán con una sonrisa y estarán
pensando lo peor de ti, te escucharán y se reirán contigo y sólo esperan que
te mueras reventado por un container.
Salí a la feria a buscar papel higiénico y fui alejándome sin querer de la

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necesidad de comprarlo, ella esperaba sentada en el baño. ¿Cómo demostrar
ciertas cosas sin caer en el invierno infrasensorial del olvido?, ”de perder la
vista, el gusto, el tacto. A perder las ganas de volver a casa”. Es permanente
el arrepentimiento que obtengo, un perdedor entusiasmado con el triunfo.
Encajarían a vuelo de pájaro unas brujas sinceras y con resortes lubricados
bajo los zapatos para elevarse con mayor velocidad y sin consultarlo con
nadie. –No se muevan de la Tierra– gritan neurasténicas.
Venía un abuelo gritando por la feria y un adicto intenta llevarle
las cosas sin su mínima autorización, es un carrito fabricado con ruedas de
patines y maderas viejas, en Eureka acelera un Opel Century de dos puertas,
el abuelo jadea:
–Nadie nos quiere a “losotros”– mientras compra tomates y yo me
distraigo con el escote de una cuarentona caliente y despeinada. –¿Que habrá
querido decir el viejo?, ¿los otros?, ¿o nosotros?– Envuelto en sofocantes aires
vuelvo a mi casa, entro al living y desde el baño ella grita:
–¡Amor confort!–
–Chucha, espera otro poco. Se me olvidó– y salgo corriendo.
–Elver apúrate. Tengo acalambrada las piernas y el poto.
–Disculpa Reina. Soy un maldito desmemoriado.
–Mierda apúrate. Como puedes tenerme aquí una hora.
Salí otra vez en busca del producto relegado y como era de esperar,
volví a olvidarlo.

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27

Partiendo de la plataforma “Humanidad = Debilidad”, quiero expulsar


unas alegóricas imágenes que me oprimen el pecho sin motivo. Íbamos con
Denis Gaita por las calles interiores de San Diego y podíamos ver el comercio
sexual cuneteado de los cuicos venidos a menos, unos rubios hacían la
francesa por diez mil a quién, además del dinero, les diera un lugar semi
privado, bien podría ser un asiento “reculiable” de auto, lo que estaría dotado
de hermosura para la cotizada mamada. Caminábamos hablando de nuestras
depresiones que nunca tienen un génesis establecido, y que por suerte,
algunas veces se desvanecen en la medida que catamos vinos y opinamos
de arte o música, o simplemente de crisis de pánico y otras tonterías. Denis
es una flor que necesita cuidado y le hablé casi con suspiros acerca de su
nuevo color azabache de peinado, sus ojos verdes, grandes y brillantes
me veían flotar, sus manos blancas y suaves, a ratos rozaban las mías, era
un pequeño contacto sublime, le hablé mucho de cosas sin relevancia para
tenerla desconectada de la depresiva obsesión de su pecho, le comenté del
demonio y los incubos, los aguaceros y los pobres, los caballos de cristal y
las estrellas fugaces, le recordé con lujos y detalles el primer día que hicimos
el amor y ella prestó especial importancia a mis manos, le mostré que
seguía siendo prolijo al amarla porque siempre me gustó tocar, y cada vez lo
intentaba de mejor forma, mi pelvis bestial y sus retorcidas excitadas, a ella
le gustó sobremanera mi forma de partirla y después se dedicó a buscar picos
gigantes, pollas records, pijas fabulosas. Denis no sabía que con sus dientes
apretados me daba un placer único y que mi “porno–cerebro” pensaba en
entrepiernas comprimidas, vírgenes, casi infantes. Es importante dibujar en
papeles limpios, pero nunca tan al extremo, también es refrescante despertar
cierta curiosidad.
Un pájaro vuela libre y otro lo caza, vuelan juntos un tiempo, uno como
rehén, tienen sueños de pájaro y cada uno por dentro piensa en encontrar un
árbol mejor, por suerte encuentran una planta sagrada y vuelan y vuelan por
siempre.
–¿Elver, préstame cinco mil?
–Ahí vemos.
–Los necesito ahora, el ciego dijo ahí vemos y chocó con la
puerta y quedó ñato.
–No tengo– digo para alejarla.
–Recién te pagaron, no me vas a decir que te compraste ropa,
realmente pareces espantapájaros, estás igual a un vago bodhissatva.
–¡NO TE PREOCUPES POR LO QUE USA, PREOCÚPATE POR DONDE
ABUSA!– interrumpió Facundo arreglándose los lentes y volviendo de un

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puzzle en proceso de solución. Facundo pensaba que la vida era escuchar
reggae y fumar verde, sus canas y las trompetitas de los volados de Jamaica
me tenían chato, muchas veces hice el fuego de los asados con sus puzzles y
sopas de letras de mierda. Facundo es mi padre adoptivo. Diciembre por fin.
El niño Dios estaba naciendo en una caja de fósforos y a la gente la tratan
como a ratones de laboratorio, “alcotest, narcotest, maricotest”. Los viejos
nos conducen con tropiezos, el viejo continente es el viejo avaro que consiguió
comercializar lo del mundo, lo de Latinoamérica y a nosotros nos tratan como
lesas nanas sudacas, estropajos de cantina de segunda categoría, guaipes de
vulcanización en ruinas.
Un tipo se me acercó con dudosa calma y me preguntó:
–¿Tu eres de Eureka?, ¿nacido y criado?
–Sí, ¿por qué?
–Entonces eres Eurekense.
–Yo creo, pero también siento que puedo estar de paso unos treinta años.
–((¡¡DE PASO!!))– retumbó la Tierra.
–Si. ¿Por qué te extraña tanto?, todos vamos a morir algún día.
–Eso es para los viejos, tú eres de Eureka y de ningún otro lado.
Mi silencio era un pensamiento,– Si pudiera te daría con África en la cabeza.
–Si quieres dejar atrás toda la muerte que encontraste. Me parece
medianamente razonable, pero no podrás olvidar a los muertos, porque ellos
no te olvidan.
–La muerte es igual para todos.
–La muerte eres tú. Es tu sepelio loco.
–Ironía por mayor sale más barata que ironía por unidad.
–Esta ciudad es buena, siéntete bien. El mundo es transparente.
–Estás loco– dije. Conozco al tesorero.
Otro silencio interrumpió la conversación.
–¿Supongo que también conoces a Silvio?
–Se escribe con ese o con zeta.
–Con ese.
–Ah, veo que lo conoces bastante.
–Si, y eso que tengo pésima ortografía.
Las piscinas de los hoteles céntricos se llenan de turistas que creen que

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están en sus países, el chileno es tan hospitalario y cagón a la vez, que tiene
adornados los barrios con dibujos, nombres y hábitos de otros lados. Turistas
tostados que son gatas de chalet o físico–culturistas gays con vasos llenos de
ron y whisky con hielo saludan hacia nuestra principal avenida, La malcriada
A–la–mierda, desde la terraza del Hyatt mueven sus traseros y les hago un
conchetumadre con el brazo y me agarro las bolas y les ofrezco un afectuoso
Pato Yáñez. (un Pato Yáñez, para los que lo ignoran, es un caluroso gesto
popular en Chile que nació en Brasil después de que Roberto “Cóndor” Rojas,
excelente portero chileno, durante pleno partido en el Estadio Maracaná se
cortara la ceja para intentar ganar así las eliminatorias de no sé que Mundial.
El veloz y peligroso Pato Yáñez les hizo este singular gesto para mostrarle el
racimo pudendo a toda la torcida brasilera y así inmortalizó este ingenioso
desaire)
Una abuela me hace cariño levantándome las cejas y creo que cada
arruga es un año, como cada cuadrado del caparazón de las torturas, las
mujeres tienen una edad en que son como tortugas, les gusta dormir con la
cabeza adentro y siempre muy lento, lentito. En cierto modo ocurre en todas
sus edades. Las chicas usan ventanas en sus agujeros y ropa de ciclista, los
hombres avanzan detrás embobados, es la nueva revolución del culo y las
tetas, hay millones de yeguas en busca de jinetes, en turnos. Todo eso me
da asco, los swinggers, los tríos, los pendejos que se creen irreverentes y se
mean con una sola palabra lasciva, me volví puritano, para beber. Cerveza con
cerveza y pisco con pisco, nada de mezclas. A cualquier humano escasamente
normal debe parecerle ridículo que alguien tosco y parco se vea como una
persona grata, es cuestión de mirar fijo a los ojos y descubrir a los lobos:
“El que más muestra es el que menos tiene”.
Es aterrador pensar en los rebotes, no puedo controlar esta manía casi
sexual de criticar, se vuelve una literatura crónica, son balas verbales o como
una noche entre cigarrillos y alcohol Pedro Lemebel me calificó halagándome,
“eres un escupidor de palabras”. Siento que intento hacerlo sentir como un
desagravio pero lo cierto es que me pareció atinado, Hombres, mujeres y
homosexuales sufren lo mismo, en esto del dolor no importa demasiado tu
sueldo, ni tu sexo ni cuanto sepas, la inteligencia es una enfermedad, si estás en
la universidad no sabes más que yo, sólo obtendrás un diploma de limitación.
Los desórdenes cardíacos te darán preocupaciones, pondrás orden y el amor
tirará todo abajo otra vez. Enamorarse es afirmar la teoría del amorfismo, es
jugar al amigo secreto entre dos, yo la vi a ella y ella a él. Fue doloroso, tanto
o más que cuando atropellaron al rasta, un mendigo atípico, de pies sucios
y descalzos. Un semi–dios–animal. Venía la ambulancia y mucha gente se
agrupó a mirar la sangre amarilla del rasta, Elia Jass dijo que era producto de
los frugelé de limón que comía, su hipótesis podía tener justificación pues ella
se los regalaba de su negocio. Ahora ella está en Las Islas Canarias y ve cientos
de marroquíes muriendo de calor y de hambre, mueren despellejados en las
carreteras, de verdad, mueren por todos lados. La destartalada ambulancia

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pasó de largo, como siempre, al rato después volvió y bajó una camilla vieja,
oxidada, parecía exclusiva para rastas, el auxiliar se sacó las lagañas de los
ojos y bostezó y dijo:
–¿Quién va a pagar por este inmundo?
Una vieja potona y con un vestido delgado que se traslucía le
preguntó al auxiliar:
–¿Usted usa lentes de contacto señor?
–¿Qué?– Abrió los ojos el camillero.
–Sus ojos son verdaderos. Son hermosos. Le veo un ojo café y uno verde.
–¡SON MÍOS SEÑORA!. Yo los compré. Se me perdío el izquierdo pero
no importa. Y además, le pregunté quién va a pagar por este señor
–¡Usted imbécil!, se supone que el estado debe hacerlo, ¿es un chileno
o no?– le grité.
–Vamos– dijo él a su colega también vestido de angelical blanco.
El rasta se levantó herido, tomó su sangre amarilla y camino a pies
pelados por la avenida hirviendo.
–¿Usted lo conoce?– me preguntó la señora.
–No– dije. Y a usted menos.
–Yo tampoco a vó poh culiao– gruñó ella.
–Entonces no preguntís güevás.
Caminé de vuelta con la sirena rebotando en los edificios
descascarados. Mi perro me muerde las manos y llega otra mujer a mi vida,
quiere besarme y dice cosas de otros hombres, es mejor que una fotografía
de volado, todos la miran. Tiene lo que los hombres llaman –velocidad–
Sobre el espacio, la Tierra. Estoy moviendo el dedo dentro de la mujer,
libero sus deseos aprisionados, alcanzo a fulminar su Ecuador y dice en inglés
las veces que se ha ido. Four. Five. Sex.
Por la avenida Goldie corre un adicto terminal, va meado y cagado,
ya no conoce ni a su madre, no se baña hace meses. Está ido. El Chicota corre
detrás de un bus y a pesar que éste está detenido no puede alcanzarlo, trata
de detener a los taxistas y no lo consigue y se planta en medio de la calle con
las manos adelante, como tomando distancia, los buses vienen en bajada, el
Chicota en subida, unos carniceros con sus cuchillos en las manos le gritan:–
¡Quítate imbécil!– Los buses lo esquivan y unas viejas aletean, las lolitas
mueven el culo hasta conseguir una erección más. El Chicota es una mezcla
de ladrón y adicto, soslaya el respeto y encuentra la anarquía, si miras para
otro lado mientras hablas con él, eres su víctima. Alguien toca el timbre por
error y sube el Chicota, se sienta al fondo, le duele el pecho y llora por dentro,

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se limpia las uñas y se peina a lo Beckham. Los pasajeros lo miran y dudan que
pueda ser alguien importante. No recuerdo el fin, pero de cualquier forma
sigue vivo.
–¿Esta micro es rápida o lenta?– pregunta el Chicota.
–No lo sé, pero el chofer tiene canas– le responde alguien.
–Mierda, vamos a llegar mañana.
El taco en la Avenida parece una mujer negándose a tener sexo,
igualmente avanzamos quince cuadras sin detenernos, un dentine a la boca,
el MP3 a los oídos, la poca visión de futuro de los antiguos arquitectos nos
tiene cagados de calor entre San Antonio y Puente, calles angostas, ardiendo,
hombres cabeza gacha, me bajo del bus y camino hasta el Cerro Santa Lucía
y busco a un dealer, cuando lo encuentro le digo:– véndeme un pito flaco por
favor y préstame un papel.
–Chiss, no querí un pulmón también– me responde.
Un krishna vende inciensos entusiasmado, –“Señora esta varita le
dará un aroma limpiador de ambientes, si las energías están malas en su
casita, el incienso le dará vida a sus seres queridos. Hay días en que usted se
amarga solita y pelea con todos”.
–Yo peladito– dice una liceana. Pero sabes que yo ando enojada en la
calle, ¿dónde puedo andar trayendo el incienso?
–En tu oreja princesa, igual que un lápiz.
–Gracias.
–Di krishna, gracias a ti.
El calvo toma los cien y se baja del bus no sin antes decir:– hare
kriskna–, el chofer sudado le responde: –súbete a vender a un ángel pelao’
culiao’.
Ly García trata de sacarme celos con hombres prefabricados en
democracia, tipos de Educación Privada que es lo mismo que karate sin
golpes, a mí me tiene sin cuidado lo que Ly haga, los muchachos no pueden
investigar demasiado, exponen sus dramas en clases:
–Perdí a la tercera nana del mes, estoy desecho.
–Parece que al Joaco no le van a regalar la camioneta, su papá quedó
corto y sólo tendrá que conformarse con una Dodge del año, que desgracia,
que chulería.
Yo creo que esos bichos están llenos de piquetes, sin humanidad, con
la balanza descalibrada de la vida, con celulitis cerebral, me importan poco,
casi nada. Me voy con mi amigo Saturnino a comer a Los Buenos Pistachos,
no hay muchas hembras y los buenos muchachos son todos ejecutivos que

182
no escatiman en gastos. Entre las personas distingo a una princesa castaña
ensangrentada recién fugada de los castillos de mi mente. Telefoneo sin
treguas a Denis Gaita cuando recuerdo que robó por la mañana cerca de
doscientos dólares, –¿Cómo será hacer el amor con una mujer que robó
doscientos dólares?– me pregunto, es fácil percibir cuando ellas están a punto
de fundirse con las lucas, insisto que Denis es para mí, quiéralo ella o no,
queda de venir en cuanto se desocupe. A los minutos llegó al sitio y el mozo
le tomó el brazo y la dejó cerca de unos leones hambrientos, insinuante, casi
diciéndoles a los felinos de traje y corbata –“miren, más comida”–
Ella se sienta en nuestra mesa y pedimos vodka y cuba libre.
–¿Quisiera saber si tus orgasmos son reales?– le pregunto.
–Aplícame Clitotest– me responde. Por último si notas que te miento,
tírame el pelo.
Ella me ama tanto como a mentir y yo la necesito igual que a mi
silencio de borracho. Ahora es tiempo que participen los otros, hay enormes
cantidades de aspirinas molidas y así pueden evitar resfríos creyéndose lolos.
Al salir del local le choco el hombro a un asesino y Denis me insulta:
–¡Tarado!, ¿cómo se te ocurre?, ¿quieres que nos mate?
–¿Lo conoces acaso? Si hubiese chocado a un violador no
habrías dicho nada.
–Ridículo.
Ella a veces me trata como si yo fuese un guatazo descomunal en la
piscina repleta de turistas.
–Conseguiste tu voz en una librería– le digo.
–No, ¿por qué?
–Pregunto nada más, siempre los intelectuales que desertan
terminan atropellados.
–Imagino que tus lentes en el velador son la evidencia.
–¿Y la plata?
–Uh, verdad la plata, quiero gastarla, nadie nos dirá nada, nadie dirá:
“Cuide la plata, junte la plata”, eso es un maldito viejo y sucio dicho, igual que
ese “cuide la pega”.
–Son las artimañas de los empresarios, o tú crees que a ellos
les dicen lo mismo.
–¿Elver?, dime la verdad. ¿Tú amas a los asesinos?
– A algunos.
–Entonces, ¿te gusta Pinochet?

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–No, por supuesto que no. Reconozco que me habría gustado escuchar
en directo un discurso de Allende, ¿como puedes pensar eso? Allende fue el
verdadero héroe, el otro patán se arrimó a su fama, no fue más que eso.
–Pero está muerto.
–Allende fue el histórico, sin él, Pinochet se habría quedado sentado,
resolviendo puzzles, solo en una casa de reposo o tal vez, jubilado y llorando.
–Eso sí que es de librería– me dice Denis.
–No seas peyorativa conmigo. Te agradecería un poco más de
distinción hacia mí.
Pareces una mexicana solterona de teleserie sin presupuesto, te
faltan sólo los bigotes.
–Soy mexicana.
–¿De cuáles?
–Zapatista, pos Cruzila, es un hecho.
–¿Por qué?, ¿haces zapatos?– le pregunto.
Silencio de ultratumba, luego una risotada demente, Denis encendía
su cigarrillo número tres mil y sonaban campanas y fuegos de artificio
celebrando su proclamada ofensiva cancerígena, sus negros pulmones
alcanzaban el primer lugar del concurso.
–Cuando venía llegando estaban todos los estacionamientos
ocupados, así que volví a la calle y busqué un lugar entre las cuadras de
modelos nuevos de autos, un viejito me llamaba con su paño cochino, pero
estaba muy chico el espacio y yo no soy muy erudita para estacionarme. La
güevá es que, mientras me estacionaba en el único sitio que había, llegó un
policía con care perro y muy serio y me quería sacar un parte de transito. El
letrero decía clarito– “no estacionar ambos lados”– y yo le trataba de explicar
que me estacionaría sólo en un lado.
–¿Y el simio pudo entender?– pregunté riendo.
–¿Ni en broma?, esos primates no entienden nada.
–¿Y qué hiciste para quedarte ahí?
–Tuve que mostrarle los calzones un poco, me bajé el escote, tácticas
de yeguas, y así comprendió.
–¿Hiciste un trueque maraco con un policía?
–¿Qué tiene de malo?
–Nada. Siempre es mejor ser un huracán que un vientucho.
–También pienso como tú, prefiero las conductas avasalladoras, a los
coloquios tenues.
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–Así es mi Reina.
–¿Qué vamos a hacer ahora, Elver?
–Viajemos lejos, bien lejos.
–¿Dónde?
–A Orgásmica. ¿Qué te parece?
–A Orgásmica los boletos entonces.
–Qué bien– pensé.
Denis no retrocede cuando hemos decidido algo y podía ver su silueta
gélida en el umbral de la noche. Esas eran las palabras verdaderas de las
que tanto hablaba el zapatista Marcos, el tornado Lennon y los millares de
puercos escritores desnudos que no se detienen jamás. Hace mucho que
existe la escondida promiscuidad en medio de la extensa noche y nosotros
estamos libres bajo sospecha. Quisiera saber si alguien merece esta fugitiva
libertad.

FIN

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LIBROS PUBLICADAS POR LA POLLA LITERARIA
O DE PRONTA APARICION

Al Revés de los Cristianos, Poemas, de Marcelo Valdés


La Puta Gana, Novela, de Gustavo Bernal
Relatos Biolentos, Bolumen 1, Cuentos, de Adrian
Barahona
Dolores de Cabezas, Relato, de Pepe Calderón
Obscena, Literatura fuera de Escena, de Nikanor
Molinares

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