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La Institucion de la Ley Biblica, Tomo 1

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Rushdoony's Institutes of Biblical Law, Volume 1 in Spanish
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06/10/2015

Las Escrituras tienen mucho que decir en cuanto a la lengua mentirosa. Los co-
mentarios de Salomón sobre el asunto son especialmente reveladores:

Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la
lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón
que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el
testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos
(Pr 6:16-19).

De los siete pecados que se citan aquí, tres se relacionan directamente con asuntos
del habla: «la lengua mentirosa», «el testigo falso» y «el que siembra discordia entre
hermanos». Como Delitzsch comentara, lo que Salomón señala es que «no hay
vicio que sea mayor abominación ante Dios que el esfuerzo (de hecho satánico)
de indisponer a los hombres que se aman unos a otros»1

. Estos siete pecados se
relacionan estrechamente. «Las primeras tres características se relacionan entre
sí como mentales, verbales, reales»2

. La cuarta tiene que ver con el corazón; la
quinta, con pies que se apresuran al mal; la sexta de nuevo es verbal, como tam-
bién la séptima. «El principal de todos los que Dios detesta es el que toma un
diabólico deleite en indisponer entre sí a hombres que tienen relaciones bastante
estrechas»3
.

El cómo los hebreos entendieron este asunto aparece en los comentarios de la
ley que hace Ben Sirac. Ben Sirac condenó a todos los que se apoyaban en sueños
y adivinaciones, y en falsa profecía de cualquier clase. Haciendo eco de las Escri-
turas, preguntaba: «De algo impuro, ¿qué se puede hacer limpio? Y de la falsedad,
¿qué puede ser verdad?»4

. Añadió que «La Ley en cambio se cumplirá sin falta: es
sabia en lo que dice, fel en lo que promete» (Eclo 34:8). Incluso más, Ben Sirac
declaró que «más vale un ladrón que un mentiroso empedernido, pero uno y otro
caminan a su perdición» (Eclo 20:25). Este punto es de importancia especial. El

1

Franz Delitzsch, Biblical Commentary on the Proverbs of Solomon (Eerdmans, Grand Rapids,

[1872] 1950), I, 146.
2

Ibid., p. 147.

3

Ibid., p. 148s.

4

Eclesiástico 34:4. De la traducción de J. M. Powis Smith.

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ladrón le quita la propiedad a un hombre, pero por ello no le hace daño a la repu-
tación del hombre, en tanto que el mentiroso en la práctica daña la reputación de
un hombre y le priva de su paz, no solo una vez, sino continuamente, mientras la
mentira circule y permanezca. De ahí la condenación de la lengua mentirosa por
Salomón y todas las Escrituras.
La calumnia y la difamación son, pues, ofensas muy serias. La difamación es
falso testimonio respecto a un hombre por palabra verbal; es chisme que le hace
daño al carácter o propiedad del hombre, a su ofcio o profesión. La difamación
es falso testimonio mediante escritos, cuadros o letreros. La calumnia y la difama-
ción son formas de falso testimonio.
En toda época el falso testimonio ha sido extenso debido a que el hombre es
pecador, pero en la época actual particularmente se ha desarrollado en una ciencia
refnada. El humanista, desde Maquiavelo a Hegel, Marx, Nietzsche y al presente,
por no tener creencia en una ley absoluta, ha revivido la doctrina platónica del
derecho del estado a mentir. Especialmente con el nacimiento de la era revolucio-
naria, la mentira se ha convertido en un instrumento principal de la política civil.
Las calumnias y difamaciones crueles de Luis XVI, María Antonieta y Napoleón
persisten en los libros de texto hasta hoy. Con las dos guerras mundiales, la men-
tira se volvió de veras prominente en la política internacional.
En este punto hay que hacer una distinción. La guerra requiere engaño estra-
tégico, pero no es justifcable el falso testimonio respecto al carácter del enemigo.
Como Rahab, no estamos bajo obligación de decirle la verdad al que trata de ma-
tar a un hombre pío, pero estamos bajo la obligación de dar testimonio verdadero
respecto al enemigo. El falso testimonio que se hizo respecto a Alemania en la
Primera Guerra Mundial fue a todas luces un mal. Los relatos de las atrocidades
alemanes fueron invenciones y eran crueles y totalmente falsos.
El falso testimonio que nació durante la Segunda Guerra Mundial respecto a
Alemania es especialmente notorio y revelador. Repetidas veces se lanza la acusa-
ción de que los nazis masacraron a seis millones de judíos inocentes, y la cifra, e
incluso cifras más altas, ahora está atrincherada en los libros de Historia. Poncins,
al resumir los estudios del socialista francés Paul Rassinier, él mismo prisionero en
Buchenwald, dice:

Rassinier llegó a la conclusión de que el número de judíos que murieron des-
pués de la deportación había sido aproximadamente 1 200 000 y esta cifra,
nos dice, ha sido fnalmente aceptada como válida por el Centre Mondial
de Documentation Juive Contemporaine. De igual manera nota que Paul
Hilberg, en su estudio del mismo problema, llegó a un total de 896 292
víctimas5
.

5

Vicomte Leon de Poncins, Judaism and the Vatican (Britons Publishing Company, Londres,

1967), p. 178.

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Un elevado número de estas personas murieron de epidemias, muchas fueron
ejecutadas. Volveremos a ese asunto más tarde.
Mientras tanto, notemos que no se ha dicho gran cosa de los asesinatos en
masa muy extensos perpetrados por los comunistas. Los Estados Unidos ayudaron
a eso al entregar al general Vlásov y a su ejército de anticomunistas a los comu-
nistas para que los ejecutaran. Los comunistas ejecutaron a 12 000 ofciales del
ejército polaco en el bosque de Khatyn; 400 000 polacos murieron en su viaje de
deportación. De los 100 000 prisioneros alemanes capturados en Stalingrado, solo
5 000 volvieron vivos; 95 000 murieron en los campamentos de prisioneros; cua-
tro millones de alemanes deportados por los comunistas de Silesia murieron, y así
por el estilo6

. Los británicos y americanos el 13 de febrero de 1945 atacaron por
aire Dresden, una ciudad hospital, y mataron a 130 000 personas, casi el doble
que en Hiroshima, sin ninguna buena razón militar7

. Así que, sin ir al teatro de
operaciones del Pacífco, está claro que todos los que intervinieron se dedicaron
no solo a la guerra, sino también al asesinato, y los comunistas continuaron ha-
ciéndolo como política común del estado.
Pasemos ahora a otro aspecto del mismo problema. Una novela popular pos-
terior a la guerra describía los eventos de Auschwitz durante la guerra y presentaba
su material no solo como hecho, sino que en realidad con los nombres reales de
personas vivas. A un médico polaco que fue prisionero de guerra en el campamen-
to y sirvió en el cuerpo médico del campamento se le acusó de haber realizado
17 000 «experimentos» en presos judíos en cirugía sin anestesia. El médico de
inmediato entabló una demanda contra el novelista por difamación. El juicio,
realizado en Londres, rápidamente redujo los 17 000 casos a 130 cuestionables; la
esterilización de mujeres judías y la castración de los hombres fueron básicas a los
«experimentos». Si el doctor se hubiera rehusado, testifcó alguien, a él mismo lo
hubieran matado. El número de casos establecidos se redujo; 17 000 era una cifra
falsa. El juez, en su resumen al jurado, dijo que no podía darles «guía en cuanto
a moral». El médico ganó el caso, siendo su recompensa la moneda más pequeña
del reino, medio penique; su parte de los costos legales fue como 20 000 libras
esterlinas8

. El jurado acordó en que había sido víctima de difamación, pero tam-
bién creía que su culpa seguía siendo sufcientemente real para merecer solo una
victoria simbólica.

6

Ibid., p. 101s. Ver también J. K. Zawodny, Death in the Forest, The Story of the Katyn Forest
Massacre (University of Notre Dame Press, Notre Dame, Indiana, 1962); Edward J. Rozek, Allied
Wartime Diplomacy: A Pattern in Poland (John Wiley and Sons, Nueva York, 1958); Albert Kalme,
Total Terror, An Expose of Genocide in the Baltics (Appleton-Century-Crofts, Nueva York, 1951); y
Harold M. Martinson, Red Dragon Over China (Augsburg, Minneapolis, 1956).
7

David Irving, The Destruction of Dresden (Holt, Rinehart & Winston, Nueva York, 1964).

8

Mavis M. Hill y L. Norman Williams, Auschwitz in England, A Record of a Libel Action (Stein

and Day, Nueva York, 1965).

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Este juicio pone al descubierto la insensibilidad básica a la verdad demasiado
extendida que caracteriza a esta edad. El hecho de que un médico bajo cualquier
presión realizara tales operaciones es en sí mismo un hecho horrible. Si se hicieron
solo diez, o siquiera una sola, en vez de 130 o 17 000, el crimen es real y muy
serio. ¿Por qué, entonces, la grotesca exageración? ¿Por qué, también, la falsa re-
presentación maliciosa de hombres que se oponían a la política aliada, hombres
tales como Laval y Quisling, «patriotas» a su manera, no mejores que algunos de
los líderes aliados, peor que otros, y tal vez mejores que la mayoría?9
.
Examinemos de nuevo los asesinatos en masa de la Segunda Guerra Mun-
dial, y el trasfondo de los falsos testimonios durante la Primera Guerra Mundial
y después. La vida se había vuelto tan barata e insulsa para estos jefes de estado y
sus seguidores en su campamento que un asesinato o dos no era nada. De igual
manera, una generación instruida para la violencia en películas, radio, literatura y
prensa no podía esperarse que reaccionara ante un asesinato o dos. El resultado fue
una mentalidad desesperadamente torcida que solo podía apreciar el mal como
mal en escala masiva. ¿En realidad ejecutaron los nazis a muchos miles, decenas de
miles o cientos de miles de judíos? Los hombres para quienes tales asesinatos no
eran nada tenían que exagerar la cifra a millones. ¿Realizó el médico un número
de experimentos en hombres y mujeres vivos? Unas pocas mujeres esterilizadas
y unos pocos hombres castrados y sus lágrimas y aficción horrorosas no eran
sufcientes para atizar los gustos enfermos y estropeados del hombre moderno; há-
ganle culpable de realizar 17 000 de tales operaciones. Los males eran demasiado
reales; e incluso mayor es el mal de dar falso testimonio respecto a ellos, porque ese
falso testimonio producirá una realidad incluso más cruel en el próximo trastorno.
Los hombres ahora se han «reconciliado» con un mundo en donde millones se
asesinan o se dice que fueron asesinados. ¿Qué se requerirá a modo de acción y
propaganda la próxima vez?
Durante la Segunda Guerra Mundial, un libro breve y popular dio un indicio
de la nueva mentalidad. Kaufman pidió en 1941 la esterilización total de todos
los alemanes y la eliminación con ello de la nación alemana10

. Kaufman no estaba
solo. El novelista Ernest Hemingway pidió la esterilización masiva de todos los
miembros de las organizaciones del partido nazi en el prefacio de su libro Hombres
en guerra11

. Un antropólogo de Harvard, Ernest Hooton, pidió que se «eliminara»
al liderazgo alemán y «la subsiguiente dispersión por todo el mundo del resto de
los alemanes»12
.

9

Hubert Cole, Laval, A Biography (Heinemann, Londres, 1965); Ralph Hewins, Quisling,
Prophet Without Honor (The John Day Company, Nueva York, 1960).
10 Theodore N. Kaufman, Germany Must Perish! (Argyle Press, Newark, New Jersey, 1941).
11 Time Magazine (21 diciembre 1942), p. 108.
12 «Non Germanic Germany is One Solution» [«Solución no alemana es una solución»], San
Francisco Chronicle (viernes, 17 abril 1942), p. 2.

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En vista a esta insensibilidad masiva al asesinato, tanto que se recurre al falso
testimonio, la exageración del mal para hacerlo que parezca mal, el mal mismo
crece a fn de mantener el paso con la imaginación de los hombres, imaginación
perversa basada en falsos testimonios. En la Primera Guerra Mundial los turcos
trataron de asesinar a todos los armenios; en ese tiempo, horrorizó al mundo. Hoy,
algunos negros hablan libremente del asesinato masivo de todos los blancos, y al-
gunos blancos anhelan la muerte todos los negros, y el espanto de tal pensamiento
es menor cada día.

Algo básico a todas las lenguas mentirosas es la negativa a aceptar la responsa-
bilidad. Nuestro Señor llamó a Satanás padre de mentiras (Jn 8:44), y Adán y Eva,
después de aceptar el principio de Satanás, de inmediato mintieron sobre su culpa
(Gn 3:9-13). Cuando los hombres evaden su responsabilidad, son mentirosos. Al
negar su culpa y su responsabilidad, arrojan la culpa y la responsabilidad contra
su medio ambiente, humano o de otra índole. Por tanto, volviendo a Poncins, la
tesis de su estudio es que la iglesia de Roma fue víctima de los judíos. La suerte
de la iglesia no es responsabilidad de la iglesia; a los religiosos, desde el Papa hacia
abajo, se les blanquea13

. Para Poncins la culpa siempre está en otra parte, es de los

judíos o de los masones14

. Satanás en efecto tentó a Eva, y otros tal vez nos tienten,
pero, a la vista de Dios, la responsabilidad básica y primaria siempre es nuestra.
No podemos escapar de la culpa echándoles la culpa a otros; entonces añadimos
una lengua mentirosa a nuestras transgresiones, y nos volvemos progresivamente
insensibles a la realidad del mal. Así como el adicto al narcótico cada vez necesita
una dosis mayor para mantener su hábito, el mentiroso necesita una mentira más
monstruosa y una realidad más perversa a fn de mantener su estabilidad en las
condiciones del mal. Por tanto, el mentiroso se vuelve más peligroso que el ladrón;
destruye mucho más, y desata males mayores.
Poncins, acerbamente antijudío, estuvo presto a informar los errores en la
cuenta de los asesinatos nazis de los judíos; no está listo para que se le fastidie
porque alguno fue asesinado brutalmente. Poncins es hostil a las mentiras con
respecto a los números de judíos ejecutados, pero ¿no está repitiendo la mentira
de Adán y Eva al echar la culpa de los males de la iglesia a cualquier otro excepto
a la iglesia? Igual que Eva, Poncins dice que «la serpiente me dio, y yo comí; por
consiguiente no es mi culpa». Poncins debe culpar a otro aparte de los religiosos
que tienen grandes poderes, porque hacerlo sería aceptar la culpa de la iglesia, y de
sus miembros, incluyéndose él mismo.
Todo falso testimonio es peligroso, pues libera una vasta cadena de conse-
cuencias que no se pueden revertir; desata una mancha que se extiende y conduce

13 Poncins, op. cit., pp. 32ss., 80, 160ss.
14 Vicomte Leon de Poncins, Freemasonry and the Vatican (Britons Publishing Company, 1 Lon-
dres, 968).

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fnalmente a la acción. Salomón tenía razón en la secuencia de las consecuencias:
primero el pensamiento, luego la palabra y fnalmente la acción.
Una nota fnal: el falso testimonio no tiene status privilegiado. El que una per-
sona nos diga en confanza un chisme, pidiéndonos que no revelemos su nombre,
no quiere decir que debamos respetar sus deseos. Hacerlo es convertirse en parte de
su difamación de otra persona, grupo o raza. Más bien debemos rehusar concederle
a ninguna mentira el status de comunicación privilegiada y debemos más bien co-
rregir o reprender al mentiroso y, si fuera necesario, desenmascarar sus tácticas.

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