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Andén del tren (Primera parte)

No podía creerme que fuera a verle ese día. Era algo


increíble. La simple idea de pensar en él me ponía nerviosa:
mis manos temblaban, a la vez que todo mi cuerpo, a compás
del traqueteo del tren. Quedaban apenas quince minutos para
llegar a la estación, pero no podía quedarme en el sitio.
Me levantaba cada dos por tres mirando el reloj. Diez
minutos. Sabía que seguramente fueran los diez minutos más
largos de mi vida, pero esperé, impaciente.

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La espera se hacía eterna. Estaba sentado en el andén de la


estación, esperando a que llegase la que seguramente sería la persona más importante de mi vida.
Respiré hondo.
Es una chica, no es una famosa ni nada por el estilo. Pero... Esta era especial. Venía por mí.
Solamente por verme.
Y no podía mentir: yo también iría a dónde hiciera falta por ella. Nunca me había pasado
nada parecido a esto. Mi cabeza daba vueltas sobre sí misma al pensar en todo lo que sentía.
Cinco minutos...

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Quedaban menos de cinco minutos. Cinco míseros minutos. Estaba de pie, con la maleta en
la mano y la vista dirigida eternamente hacia el reloj. Cada vez quedaba menos, y el tiempo
pasaba más y más lento. Maldije mis nervios. Mis manos no paraban de temblar, mientras mi
corazón latía tan fuerte que notaba como salía de mi pecho en cada latido. Me mareaba
violentamente, haciendo que mantenerme de pie fuera más difícil por momentos. Además, las
sacudidas del tren no ayudaban en absoluto.
En pocos instantes, estaría frente a él. Seguía pareciéndome un sueño...

Andén del tren (Final)


Abrí la ventana del tren, desesperada. Mi pelo revoloteaba alrededor de mi cabeza como
cien serpientes de oro, pero no me importaba. Dejé que el aire removiese mi alma, abatida por
los nervios y las ganas de bajar del tren. Aún con la cabeza fuera de aquella cárcel de aire
reciclado y humo de cigarrillos, respiré hondo. Quedaba poco, muy poco tiempo. Cerré los ojos
durante un segundo para imaginarme una vez más cómo sería;
otra de las muchas veces que aquel pensamiento pasaba por mi cabeza.
Pero mi mente y mi cuerpo se detuvieron. Ya podía ver la estación.
Estaba a menos de un minuto. Metí la cabeza rápidamente dentro del vagón, y me coloqué el
pelo. Dios, no tenía que haberme asomado. Intenté ignorar el hecho de que mi pelo pareciese
un nido de pájaros para coger mi maleta rápidamente y situarme frente la puerta. Estaba la
primera, aunque pronto empezaron a empujarme por detrás, incluso aunque no hubiesen
abierto las puertas. Pocos segundos después, las puertas se abrieron ante mí. Había muchas,
muchísimas personas. Me empujaron violentamente hacia fuera del tren. Una vez fuera y
apartada de la muchedumbre, miré a mi alrededor con la maleta en la mano. No encontraba
ningún rostro que me fuera familiar y, por un segundo, temí que no hubiera ido. Seguí
mirando, preocupada. No, no había nadie. Mi cuerpo se estremeció. No podía ser.
Saqué el móvil rápidamente del bolsillo, cuando empezó a sonar. Era él.
Cogí el teléfono como si mi vida fuera en ello, y le oí decir:
—Me gusta como tienes el pelo.
Tuve la sensación de que debía darme la vuelta. Lo hice y lo encontré, mirándome fijamente
a los ojos, con una sonrisa decorando su cara. Su pelo,
negro como el carbón, estaba revuelto, pero no me
importaba. Mi mirada no se podía apartar de sus ojos, de
un color verde esmeralda eléctrico.
Por fin, nos fundimos en un cálido y cariñoso
abrazo. Sentía su respiración, acelerada, casi tanto como
la mía. Su voz temblaba mientras me susurraba al oído.
Apenas era un murmullo, pero podía oír como decía,
una y otra vez: «Al fin, al fin...».
—Y nunca más va a cambiar, ¿de acuerdo? —
Suspiré antes de contestarle.

XIMENA RODERO KELLER


4ºB

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