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LA PRENSA EN LA REVOLUCIÓN

(Parte 1)

Por Gloria Fuentes S.

Tan enconada como la guerra misma, fue la contienda periodística en la etapa de la lucha
armada revolucionaria generalizada, que abarca de 1910 a 1917. Fascinaciones y desencantos;
intereses encontrados; lealtades y deslealtades; alabanzas y befas en letra impresa fueron reflejo
fiel de los sacudimientos sociales y políticos que caracterizaron la época. El apostolado del
periodista que se entrega a la profesión de sus convicciones tomó matices heroicos.
Como había venido ocurriendo desde las etapas tempranas del porfirismo, editores y
periodistas que se oponían a los tiranos fueron perseguidos, sujetos a actos violentos y
encarcelados. Con Francisco I. Madero llegó la apertura y la libertad de expresión, lo cual llevó
a excesos por parte de la prensa de oposición. Y al llegar Victoriano Huerta al poder,
nuevamente la represión sangrienta hizo presa en las voces periodísticas. Con Carranza, las
posiciones se polarizan entre el convencionismo y quienes seguían al Primer Jefe; de nuevo
(dado que esto no es nada nuevo bajo el Sol, pero sería muy largo referirse aquí a ello; por el
mismo motivo tampoco se toca en este trabajo la interesantísima etapa de la prensa
prerrevolucionaria), muchos hubieron de acogerse al proteccionismo gubernamental para
subsistir. Veamos, a grandes rasgos, a la prensa combatiente:

ANTECEDENTES
Hacia 1900 surgieron los llamados Clubes Liberales. En 1901, en San Luis Potosí, se celebró el
Congreso Liberal promovido por Camilo Arriaga y durante 1902 y 1903 hubo múltiples
protestas contra la reelección de Porfirio Díaz, cuya respuesta fue cárcel y muerte a los
inconformes. La libertad de prensa y de asamblea garantizadas en la Constitución de 1857
fueron suprimidas, en tanto que persistían las condiciones de miseria y explotación de obreros
y campesinos debido al latifundismo, las tiendas de raya y concesiones a empresas extranjeras
fomentadas durante el porfiriato. En sólo una línea, con una pancarta instalada fuera de las
oficinas del periódico El hijo de El Ahuizote, se expresó la situación que campeaba: "La
Constitución ha muerto”.

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En 1904, los hermanos Flores Magón salieron de la cárcel y se exiliaron en San Luis
Missouri, EUA, desde donde siguieron impulsando, a través de Regeneración (que por cierto
fue el primer periódico bilingüe mexicano) el estallido de la revolución social; desde allá
organizaron el Partido Liberal Mexicano (PLM) cuyo ideario se publicó, en la ciudad y el
medio mencionados, en 1906. Para ese año dicho partido había programado que iniciara la
revuelta, pero la policía porfirista y detectives estadounidenses descubrieron la conspiración.
Sin embargo, ese año hubo sucesos que se consideran precursores del estallamiento de 1910,
como la huelga de los mineros de Cananea y las rebeliones de Acayucan, Minatitlán y Puerto
México, Veracruz; éstas últimas fueron reprimidas por el ejército.
Había tomado cuerpo la conciencia que desde fines del siglo XIX se había venido
extendiendo entre muchos mexicanos: urgía emprender reformas sociales en el país, pero para
ello era necesario que el pueblo participara en la vida política. Sin menospreciar al periodismo
decimonónico, sin pretender ignorar las ideas de Francisco Zarco, puede afirmarse que fue a
partir de 1906 cuando prensa se erigió en medio concientizador de masas, debido, sobre todo, a
que numerosos medios de comunicación impresos comenzaron a seguir los modelos de los
grandes diarios de Estados Unidos en cuanto a la presentación de la noticia y la circulación.

PARTEAGUAS
Las declaraciones del presidente Díaz al periodista James Creelman, publicadas en la Pearson’s
Magazine en 1908, en el sentido de que consideraba que México ya estaba preparado para la
democracia y que él dejaría el poder al concluir su periodo en 1910, definieron la tendencia
hacia la revolución. En tanto, los magonistas Juan Olivares y José Neyra habían fundado en Río
Blanco, Veracruz, el periódico Revolución Social; Olivares, que era obrero textil, fue
comisionado para ir a agitar a los trabajadores en Orizaba. En las ciudades fronterizas del norte
aparecieron periódicos y semanarios liberales como Reforma, Libertad y Justicia, de Antonio
P. Araujo; Libertad y Trabajo; La Voz de la Mujer y Resurección.
En la Ciudad de México aparecieron numerosas publicaciones, realizadas por parte de
los diferentes sectores que aspiraban al poder, mediante las cuales difundían sus programas e
ideología. En general, podemos decir que ésta fue una prensa personalista, que dejó en segundo
plano los aspectos sociales y económicos, proponiendo tan sólo soluciones políticas; así, entre
1909 y 1910, este tipo de periódicos unificó su criterio, desde sus respectivos puntos de vista,
en el sentido de que, con un simple cambio de quienes ocupaban determinados puestos clave de
la administración pública, se operarían las transformaciones necesarias en los ámbitos

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económico y social. Cosa que la historia nos ha demostrado que es falsa. No son los hombres,
sino los sistemas, los criterios y el orden administrativo, lo que debe cambiarse.

SÍ, PERO NO…


El primero de enero de 1909, apareció México Nuevo, órgano del Club Organizador del Partido
Democrático, dirigido por Juan Sánchez Azcona; llegó a ocupar el segundo lugar en circulación
en su época, con 30 mil ejemplares diarios. Propugnaba el “pacífico y fecundo encauzamiento
del anhelo democrático” , así como la conveniencia de que Bernardo Reyes ocupara la
vicepresidencia, y la emprendía contra otras publicaciones, a las que calificaba de oficiosas y
neoconservadoras, que se habían echado a cuestas “la ingrata y antipatriótica tarea de estar
alarmando al público con los peligros de revolución”, como lo dice en su edición del 21 de julio
de ese año. De mayo a noviembre apareció El Partido Democrático, dirigido por Jesús Urueta,
entre cuyos redactores se encontraban Diódoro Batalla, Alfonso Cravioto, José Peón del Valle,
Rafael Zubarán Capmany, Francisco Martínez Baca y Blas Urrea (o sea, el seudónimo de Luis
Cabrera). Opositor del partido científico, fue objeto de embates de El Imparcial y de otras
publicaciones adictas a Rafael Corral e Yves Limantour.
Vale detenerse brevemente en el periódico cuyo nombre en sí mismo fue una paradoja:
fundado en septiembre de 1896 por Rafael Reyes Spíndola con la colaboración de Delfín
Sánchez Ramos y Tomás Braniff, El Imparcial, desde un principio, fue subsidiado por el
gobierno de Porfirio Díaz. Resulta significativo no sólo en cuanto a su manejo político, sino
porque con él se inició en nuestro país la era del periodismo industrial, ya que fue el primero en
introducir linotipos y ser impreso en rotativas de gran tiraje; el ejemplar de este diario costaba
un centavo. Además vendía espacios publicitarios, lo que le permitió reducir sus costos de
producción. En sus talleres también se imprimían el vespertino El Mundo y el dominical El
Mundo Ilustrado. En repetidas ocasiones, para captar lectores, recurrió al amarillismo, pro su
constante más notoria fueron las desmedidas loas para don Porfirio. Después de Reyes Spíndola
lo dirigieron Carlos Díaz Dufoo, Manuel Flores, Fausto Moguer y Salvador Díaz Mirón, quien
fue su último director y terminó convirtiéndolo, de 1913 a 1914, en órgano oficioso del
gobierno golpista de Victoriano Huerta. Al entrar las fuerzas constitucionalistas a la capital del
país, se incautaron las instalaciones del periódico y éste desapareció.

ANTIRREELECCIONISMO
Desde 1904, entre los medios opositores al porfirismo, luego de fundar en Coahuila el Club
Democrático Benito Juárez, Francisco I. Madero organizó periódico El Demócrata, que
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combatía abiertamente al dictador. En agosto de 1909 apareció el periódico El
Antirreeleccionista, fundado por el periodista Paulino Martínez y apoyado económicamente por
Madero, el cual se convirtió en el órgano del Centro Antirreeleccionista de México. En
diciembre fue sustituido por El Constitucional, semanario dirigido por Moisés A. Sanz.
El 20 de abril de 1910, Partido Nacional Antirreeleccionista postuló para el periodo
1910-1916, a Madero y Francisco Vázquez Gómez (quien había sido médico de Porfirio Díaz,
pero se había ya distanciado de él), como candidatos a la presidencia y a la vicepresidencia de
México, con un programa que, además de que se proponía asegurar la efectividad del sufragio y
restablecer la independencia de los poderes federales, estaba a favor de la libertad de expresión,
el fomento de la instrucción, el desarrollo de la riqueza pública, el apoyo al ejército y el
impulso a las relaciones con los países americanos.
Entre los periódicos antirreeleccionistas particularmente enfocados a esta tendencia para
el cargo de vicepresidente, figuraron: La Voz de Juárez, La Guacamaya, El Insurgente, El
Chinaco, el ya mencionado El Constitucional e Idea Libre, en la Ciudad de México; El
Dictamen, El Voto y La Opinión Libre, en Veracruz, y La Voz del Obrero, de Xalapa; El
Correo de Chihuahua y El Grito del Pueblo, chihuahuenses; El Demócrata Fronterizo, de
Laredo, Texas; La Gaceta, de Torreón; El Renacimiento, El Mañana, El Monitor Democrático
y El Republicano, en Monterrey; El Eco de la Comarca en Gómez Palacio, Durango, y La Voz
de la Justicia, en Oaxaca.
Luego de una masiva manifestación popular organizada por Rafael Martínez (Rip-Rip),
quien a la muerte de Sanz había asumido la dirección de El Constitucional, y Severino Herrera
Moreno, en la que desfilaron, a decir de Juan Sánchez Azcona, entre 18 mil y 20 mil personas,
incluidos redactores y personal de periódicos independientes como México Nuevo, Diario del
Hogar, Anáhuac, México Obrero, El Precursor, Lealtad, El Grito del Pueblo, Reconquista, El
Monitor Democrático, Evolución, El Hijo del Fantasma, Labor, El Ciudadano y otros, el
gobierno de Díaz desató la que sería su última campaña de represión a la prensa independiente.
El Constitucional cayó, y todavía Rafael Martínez sacó la llamada Hoja Republicana; luego lo
aprehendieron y ésta dejó de publicarse.
Pero la mecha estaba encendida, todo era cuestión de que la flama llegara al cartucho de
dinamita. Las caricaturas y artículos se hicieron cada vez más incisivos y así, en sólo seis meses
(de noviembre de 21910 a mayo de 1911), según narra Luis Cabrera, la opinión pública cambió
y las ideas revolucionarias, “que al principio no habían tenido cabida ni en los más radicales
antirreeleccionistas”, fueron ganando terreno hasta hacer insostenible la dictadura.

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LEÓN DE LA BARRA Y MADERO
La renuncia de Díaz y Ramón Corral a la Presidencia y vicepresidencia, consecuencia de los
Tratados de Ciudad Juárez, llevaron al nombramiento de Francisco León de la Barra como
presidente interino, cargo que desempeñaría del 25 de mayo al 6 de noviembre de 1911, cuando
Madero tomó posesión del Ejecutivo.
Ha de dedicarse aquí al menos un párrafo a Filomeno Mata Rodríguez, quien se definió,
luego de ser porfirista, por el maderismo, y quien fuera fundador y director de varios periódicos
como El Sufragio Libre, El Cascabel, La Hoja Eléctrica, El Monitor Tuxtepecano (éste último
partidario del gobierno de Porfirio Díaz, merced al cual, luego Mata fue nombrado director del
Diario Oficial y de la imprenta del gobierno) y Diario del Hogar (que empezó siendo de recetas
de cocina en 1881 y terminó en críticas virulentas al porfirismo, que lo llevaron a pisar la cárcel
varias veces; la última de ellas, luego de siete meses salió de la de Belén en mayo de 1911, muy
enfermo y falleció en Xalapa en julio de aquel año); apenas alcanzó a vislumbrar algunos
logros de su periodismo crítico, pero su lucha de más de 30 años sentó un ejemplo para la
defensa del pleno ejercicio de las libertades de prensa y expresión. Él y sus colegas con quienes
formó el Grupo Reformista y Constitucional, fueron, a decir de varios investigadores, pioneros
de lo que hoy se conoce como sociedad civil, pues se constituyeron en observadores y críticos
independientes de la labor gubernamental.
Quizá el aspecto en que más se notó la caída de la dictadura porfirista fue en el
periodismo político, pues regresó una irrestricta libertad de expresión, aunque con una
recomendación emitida el 5 de julio de 1911, por la Secretaría de Gobernación, y hecha circular
entre los editores, que entre otras cosas decía que el gobierno solicitaba su apoyo “para concluir
con la efervescencia o excitación que aún se nota en el pueblo y que de seguro se calmará con
los persuasivos artículos que a tal fin se sirva usted dedicar”. Aquel mes reapareció Redención,
de Alfonso Barrera Peniche, luego de que su editor había estado en prisión más de dos años.
El Diario del Hogar, por aquellas fechas, quedó bajo la dirección de Juan Sarabia y
Luis G. Mata; el 5 de agosto del mismo año reapareció Regeneración, bajo la batuta de Jesús
Flores Magón como propietario, Juan Sarabia y Antonio I. Villareal en la dirección, y como
redactores Camilo Arriaga, Alfredo Ortega, Fernando Igleisas Calderón, Antonio Díaz Soto y
Gama, Agustín Navarro Cardona, Luis Jaso y Santiago R. de la Vega. Aunque estos periódicos
y otros como La Voz de Juárez y El Clarín apoyaban la causa revolucionaria, estaban en contra
de los movimientos obreros, a los que tildaban de “torpes e inoportunos”.
Pronto, El Imparcial, El País y La Nación contraatacaron. Nacieron otros medios
conservaduristas: La Prensa, dirigida por Francisco Bulnes; La Tribuna, de Nemesio García
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Naranjo; Multicolor (éste, profusamente ilustrado, aparecía con portadas a color, algo novedoso
para la época), del español Mario Vitoria y El Mañana, de Jesús M. Rábago.
No toda la prensa de oposición a Madero fue reaccionaria; hubo en su contra también
magonistas y varios periodistas contrariados por la postergación de la aplicación de los
elementos revolucionarios en la cuestión pública; hubo también quienes, habiendo apoyado la
fórmula Madero-Vázquez Gómez, se sintieron incómodos por la imposición de Pino Suárez
como vicepresidente. De tal manera, involuntariamente, los reaccionarios y un sector de
revolucionarios formaron una combinación letal. De hecho, entre los factores que dificultaron
su labor política estuvo la propia prensa. Aun cuando otorgó una ilimitada libertad de
expresión, perdió autoridad porque olvidó forjar una corriente de opinión fuerte, capaz de
contrarrestar a la furiosa propaganda de los contrarrevolucionarios, que terminó por
ridiculizarlo. La prensa maderista lo defendió, pero el uso de argumentos dogmáticos, así como
la sospecha de que era financiada por el régimen, le restaron fuerza.
El régimen de Madero tuvo, además de estas críticas destructivas, otras serias
debilidades, según el investigador Charles Cumberland: nunca hubo mayoría maderista en el
Congreso que, por otra parte, arrastraba una enorme cola de corrupción y adolecía de
heterogeneidad; tanto la prensa como la gente criticaban la falta de decisión del Presidente; los
diferentes sectores de la sociedad eran presa del egoísmo y la apatía, en tanto que el clima de
inseguridad por la permanente guerrilla era una amenaza constante. Esto, sin contar las caóticas
condiciones que Madero heredó al llegar al poder y nunca pudo revertir.
Entre los periódicos antimaderistas, uno de los más furibundos fue el matutino El Noticioso Mexicano,
fundado en octubre de 1912, a raíz del cuartelazo de Félix Díaz en Veracruz, por Vicente Garrido
Alfaro. Respecto a la Decena Trágica, publicó: “El cuartelazo dado por el abnegado Ejército Federal el
9 de febrero de 1913, pasará a la historia coronado por el aplauso unánime de un pueblo y la bendición
de la patria agradecida”. Por su parte, La Guacamaya, que databa desde la dictadura porfirista y había
desaparecido, reapareció en abril de 1911, dirigida por Fernando P. Toroella, como “Semanario
independiente defensor de la clase obrera”; respecto a los sucesos de la Ciudadela, su encabezado
principal del 16 de febrero de 1913 rezaba: “La caída del gobierno maderista es el prólogo para la
nivelación nacional”.
También desembocaron en el huertismo otros medios impresos opositores al maderismo, como
El Mañana, fundado en junio de 1911 por Jesús M. Rábago, que luego fue secretario de Huerta; La
Tribuna, de Nemesio García Naranjo; La Prensa, de Francisco Bulnes; El Defensor del Pueblo, de
Mariano Duque; La Voz del Pueblo y El Heraldo Nacional; éste último se refundió con El Noticioso
Mexicano en diciembre de 1913; Tilín-Tilín, trisemanario, dirigido por Álvaro Pruneda e ilustrado por
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su hijo del mismo nombre; Sancho Panza, dirigido por J. M. Romo e ilustrado por el dibujante citado;
El Mero Petatero, de Ángel P. Montalvo y Ramón Álvarez Soto y Las Actualidades, que llegó a
alcanzar un tiraje de 20 mil ejemplares.
Caso particular es el de Nueva Era, fundado en julio de 1911 y dirigido por Juan Sánchez
Azcona, que pasó luego a Querido Moheno, futuro huertista, y que dirigió también Serapio Rendón,
mártir del huertismo.
En su afán por defenderse, el gobierno revolucionario compró El Diario (que estaba en
quiebra) y El Imparcial (del que no renovó el personal); México Nuevo, El Demócrata Mexicano y The
Mexican Herald fueron también atraídos con la intención de formar un trust gobiernista de prensa,
pero en realidad eran gérmenes contrarrevolucionarios incrustados en la administración de Madero.
Por otra parte, había agudas contradicciones no sólo entre unos y otros medios, sino, muchas veces,
dentro de un mismo periódico, lo cual desorientaba a la opinión pública.
En tal clima, el diario católico El Tiempo brindó sus páginas a Luis Cabrera para combatir los
ataques contrarrevolucionarios; de entonces datan dos artículos que se consideran clásicos del
periodismo mexicano: “La Revolución es la Revolución”, publicado el 20 de julio de 1911, y “La
Revolución dentro del gobierno” nueve días después. En enero de 1912, este medio publicó una serie
de artículos en los que sopesó el zapatismo, concediéndole la importancia de una verdadera revolución
agraria. [continuará]

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