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El velatorio.

DUILIO LURASCHI

Era una tarde de frío intenso. Las manos se agrietaban y tomaban un
color violáceo, mortecino: los labios se quebraban en filosas escamas, que
mordíamos inconscientemente con cada palabra.
Los tres caballos bufaban nubes espesas, blancuzcas, que cubrían sus
enormes cabezas hasta el tronco de la oreja. El camino era bastante malo,
bordeado de pinos y eucaliptos. Por fin apareció, detrás de un puente de
granito, un pueblo pequeño y agrisado.
No recuerdo bien si se llamaba Villa Saucedo o Los Sauces. Hace de
esto ya mucho tiempo.
Llegamos por una ruta que pronto se convirtió en calle, bordeamos la
plaza –escasamente arbolada– y torcimos a la derecha para tomar una calle
menor. Era tan angosta que apenas pudimos pasar con el carro.
Dejamos el féretro en casa de Juan Veronés, un hombre de unos
cincuenta y tantos, consumido por el alcohol y el tabaco.
– Llegan tarde –dijo.
– El camino estuvo cortado, hay ramas por todas partes –constestamos.
– Me comuniqué con otra empresa en Pueblo Dorrego. Pensé que ya no
vendrían.
– ¿Entonces?
– Eso no tiene importancia, cancelo todo con un llamado. Aquí tenemos
teléfono.
Nos hizo pasar enseguida, con un gesto mínimo.
Bajamos del carro el cajón, los candelabros y la bitácora con el libro de
firmas. Nos condujo luego por un corredor angostísimo, que daba a una pieza
pequeña y modesta, en el fondo de la casa. Colocamos cada cosa en su lugar
con sumo cuidado y preguntamos por el muerto.
– De eso se va a encargar Evaristo Lago –dijo el hombre, y nos empujó
levemente de los hombros mientras él también salía.
Nos pagó con billetes pequeños; parecía más dinero.
Preguntamos dónde podíamos tomar algo fuerte y nos marchamos.
Llegamos, con las pocas señas que nos había dado, hasta un viejo
almacén con despacho de bebidas. Quedaba en una esquina ochavada, sobre
tres escaloncitos de madera. Una cortina de metal estaba medio caída sobre su

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única ventana y la puerta tenía un aviso de pasta dental de chapa que hacía
necesario agacharse un poco para traspasarla.
Cuando entramos, los presentes se volvieron sobre el hombro y miraron;
luego siguieron hablando entre ellos en voz baja.
Pedimos caña con yuyos y un queso bien salado. Mientras nos servían,
refregábamos las manos una con otra, y luego nos pasábamos las dos a la vez
por la nariz y las orejas.
Ya estaba anocheciendo. Encendieron, entonces, las luces de la araña y
las de la puerta de entrada. El dueño acercó una estufa a querosén y le puso
sobre la parrilla algunas cáscaras de naranja. La puerta se abrió y una tromba
de viento helado se coló, de repente, y todos cabeceamos para ver quién
llegaba.
Era un hombre muy bajo. Tenía sobre la cabeza anudada la bufanda que
le envolvía también el cuello y parte del pecho. Una vez que se devanó todo
ese abrigo, tomó un sorbo de vino y dijo:
– Ya llegó don Evaristo; en cosa de hora y media comienza el velatorio.
Sentimos la mirada de más de un parroquiano sobre nosotros.
Levantamos la vista de los vasos y nos dimos cuenta de que el hombre bajo
también nos observaba.
– ¿Ustedes están de paso?
Nos miramos unos a otros. Por fin Farías contestó:
– Nosotros trajimos el féretro.
– ¿Y ya se van para su pueblo?
Nos miramos nuevamente. Farías continuó.
– Con este frío tal vez esperemos a mañana. La noche va a ser muy
cruda.
El hombre bajo, que entonces se acercó a pasitos de chihuahua, nos
interrogó nuevamente:
– ¿Tienen dónde quedarse? En el pueblo no hay hotel.
Entonces –antes me hubiese dado lo mismo irme que quedarme– me
adelanté y, observando a uno y otro lado primero, le dije al hombrecito de la
bufanda:
– Ya vamos a encontrar dónde pasar la noche. Si nos resulta imposible
dormir, entonces velamos al muerto.
– Ustedes no pueden ir al velatorio.
– ¿Por qué? –dije, y alcé inconscientemente la mano.
Había recorrido no más de seis baldosas, pero estaba frente a él,
observándole la calvicie enrojecida. El hombre se inquietó, y con unos cuántos
pasitos hacia atrás se alejó y no habló más del asunto. Todos volvieron a

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inclinar la cabeza sobre su vaso y de a poco se fueron, en grupos de tres o
cuatro, por la puerta de vidrio.
Una vez que quedamos solos, Morales encendió un cigarrillo y apagó el
fósforo con un golpe de brazo en el aire. Se acercó un poco más a nosotros y
preguntó:
– ¿Nos quedamos?
– Por qué no –dije, y miré a Farías.
– Sí, nos quedamos.
El dueño del bar nos oía y permanecía en silencio.
Buscamos una pensión o casa que alquilase una habitación con camas
pero no encontramos lugar alguno. Decidimos, entonces, pasar la noche en el
velatorio.
Llegamos a la casa de Veronés pasadas las nueve.
En la puerta de al lado había un hombre parado, de gris, que tenía la
vista en alto, quizá en pensamientos oscuros o simplemente descansando.
Entramos y caminamos por el corredor, ahora lleno de velas. Había un
extraño ruido, como de una gotera, y un fuerte olor a humo.
Al fin apareció la puerta que nos separaba del muerto. Era una puerta
ordinaria, de un color verdoso o azulado. Estaba cerrada. No había pestillo o
tirador, pero al empujarla se abrió por completo.
La pieza estaba casi vacía. Había dos grandes cirios encendidos, la cruz,
una corona de flores rojas, y en medio de todo el féretro.
Me acerqué al cajón para verificar que estuviese muerto. Tenía una cara
rozagante; parecía en medio de un buen sueño y no en el juicio de los justos.
No había una persona –familiar o amigo– en el velatorio. Todo era
oscuridad y silencio.
Por una puerta más pequeña, detrás, apareció Veronés. Sólo nos miró.
No dijo palabra. Era como si hubiesen arrancado su lengua en la tarde. Como
si un perverso dolor me impidiera abrir la boca.
Estuvo no más de cinco o seis segundos y luego se volvió por la misma
puerta.
Yo retrocedí los pasos que había avanzado y me reuní con mis
compañeros. Tampoco dije palabra. Farías y Morales estaban pálidos y mudos.
– ¿Y si nos vamos? –dijo Morales.
– Oí la tormenta –dije– es una locura llevar el carro en esta noche.
Farías esta vez no intervino.
No había silla para sentarse, así que nos recostamos a la pared más
oscura.
Morales, con sus ojos redondos y saltones, observaba las manos del
muerto. Sólo su cabeza y las manos asomaban debajo de una mortaja
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blanquísima, satinada, que formaba pliegues profundo a los lados y en los
pies.
En eso apareció un gato. Era un gatito rubio con la cara manchada. Se
acercó lentamente y pasó entre mis piernas, luego se echó cuan largo era,
debajo de uno de los cirios.
Cuando una gotita de sebo le caía se retorcía, contorneándose como una
serpiente, pero no se iba del lugar. Seguía ilusionado con la luz de la vela.
Morales dijo:
– ¿Y si nos vamos?
– Acá estamos al abrigo. Apenas amanezca recogemos el carro y nos
vamos.
Sólo entonces advertí que no había ventana alguna en la habitación.
Simplemente dos puertas: una que nos separaba del corredor por el que
habíamos entrado y otra enfrente, por donde había salido Veronés un rato
antes. Lo demás eran sólo sombras: los candelabros, la cruz, una corona de
flores y el cajón.
Eso me llevó a la idea del túnel. Siempre soñaba que entraba en un túnel
del que no se veía la luz de salida. El sueño siempre era el mismo pero cada
noche despertaba en medio de un gran grito, agitado. Era tal vez el terror a ser
sepultado vivo; quizás veía mi propia vida, una y otra vez, sin la mínima
salida.
La habitación era como el túnel pero, extrañamente, yo no quería huir
esta vez, probablemente porque estaba despierto (eso al menos era lo que yo
creía). Una rara sensación de opresión nos rodeaba. El olor fuerte a humo, a
ramas húmedas, invadía todo. Pasamos así, en silencio, no sé cuánto tiempo.
Nadie entró a la pieza.
Morales estaba cada vez más nervioso. Farías fumaba, con un pie
apoyado en la pared, recostado en uno de sus brazos.
Me hubiese gustado que por lo menos hubiera una silla.
A media noche –había estado observando mi reloj a cada rato– me
acerqué al féretro nuevamente. El muerto tenía una pequeña sonrisa en su
cara. Quién sabe cómo había sido su muerte. Era un hombre joven y, por su
sonrisa, seguramente había muerto en una cama de un prostíbulo.
Fui hasta la puerta del fondo y traté de abrirla, pero me fue imposible.
Estaba cerrada con llave o habían corrido un pasador del otro lado.
Quizá fue el mismo Veronés, cuando salió y quedó observándonos como un
tonto. Me agaché, haciendo el menor ruido posible, y observé por el ojo de la
cerradura.
La habitación estaba iluminada. Estaba llena de gente. Todos eran
hombres. Los más jóvenes con diminutos bigotes ralos, los más ancianos
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sentados en sillas amplias y fuertes. Había no menos de veinte o treinta
personas. Luego me di cuenta de que había dos cirios, una corona de flores
rojas, una cruz y un ataúd en el centro.
La habitación donde estaba la gente era una réplica de la que nos
encontrábamos. Era como si hubiesen colocado, detrás del ojo de la cerradura,
un espejo que reflejaba el mismo velatorio, pero iluminado, lleno de gente, al
cual nosotros no habíamos ido.
Tal vez se estaban dando al mismo tiempo las dos realidades, separadas
por una puerta y un perverso reflejo que las unía.
No le comenté nada a mis compañeros: los habría asustado, y yo quería
pasar allí la noche, que estaba fría y ventosa. Quería vencer el temor al túnel o
cerciorarme de que este no era otro de mis sueños de que el muerto estaba allí,
frente a nosotros.
Me recosté otra vez contra la pared más oscura de la pieza y dejé que la
noche pasara.
Morales se sentó en el piso y se tapó la cara con su sombrero. Pensaba
que el calor afelpado del sombrero lo mecería, alejándolo del muerto y de la
tormenta. Farías fumaba un cigarro tras otro. El gato seguía hipnotizado por la
luz de los cirios. Yo miraba, a cada rato, mi reloj de bolsillo.
Por un momento entré en un estado de ensoñación, donde veía a
Veronés riendo del otro lado de la puerta. También veía nuestra habitación
llena de gente, de ancianos en sillas de roble y jovencitos de finos bigotes.
Luego abría los ojos y volvía todo a la normalidad: el féretro, nosotros tres y
el gato.
Quise, en más de una ocasión, regresar al ojo de la puerta, pero no salí
de la pared, que tomé como refugio.
Cantaron por lo menos seis gallos.
Las velas estaban casi apagadas, volcando sebo caliente a los lados de
los candelabros. Morales dormía y roncaba. Farías seguía fumando. Yo me
desperecé, me acomodé el cinturón, pasé uno y otro brazo por mis hombros y
quedé esperando qua amaneciera.
Al rato, la puerta del fondo se abrió. Se podía oír las conversaciones de
la pieza vecina. Era un sonido ronco y apagado, como los pasos que retumban
sobre un colchón de hojas secas en otoño.
Veronés, siempre con gesto circunspecto, sacó apenas la cabeza del
marco de la puerta y, sin mirarnos siquiera, dijo con voz clara:
– ¡Alfredo! Es la hora. Nos vamos al cementerio.
Entonces, desde el fondo del cajón salió el que hasta ese entonces
creíamos que era el muerto, sacudió un poco la cabeza, se acomodó bien el

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cuello, masajeándoselo, y cruzó la puerta que enseguida se cerró con un
pasador pesado.
El ataúd quedó revuelto y vacío. Morales abrió la boca tan grande que
se podía ver por ella lo que había comido. Farías sólo se persignaba en
silencio, y el gato seguía hipnotizado por las llamas azuladas.
Me acerqué a la cerradura y los vi partir en lenta procesión, detrás del
féretro. Hombres jóvenes y viejos iban por el largo y estrecho corredor,
completamente iluminado por la luz del día.

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