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Vida, Pasión y Muerte del Mexicano

Notas de Costumbrismo
Joaquín Antonio Peñalosa
PROLOGO A LOS NIÑOS MEXICANOS QUE ESTÁN POR NACER

QUERIDOS niños: Lo primero que deseo a ustedes que están por nacer, es que nazcan.
Sucede que en el trayecto, a veces el tren de aterrizaje no funciona. Y entonces los
viajeros simplemente no llegan. Les llegan.
El destino, la suerte, el horóscopo, la estrella, el ya-me-tocaba, la fatalidad del
grecolatino, los signos aztecas del Tonalámatl o, para decirlo en cristiano, la Divina
Providencia, les ha deparado el privilegio de nacer en México y ser mexicanos, una de
las pocas cosas serias que puede ser un hombre.
En otros países ustedes hubieran podido ser más ricos que aquí, pongo por caso; pero
jamás hubieran disfrutado de la región más transparente del aire, el colorido de nuestro
folclor, las bellezas naturales, la gallardía de las charreadas, la picante sabrosura de los
guisos, el respeto a las garantías individuales, el clima de libertad, el amor de la madre.
Ah, las sorpresas que les esperan. ..
Tengo que decirles que dentro de este territorio el hombre conjuga once verbos: nace,
habita, se relaciona, estudia, trabaja, se divierte, hace política, se casa, va a misa el
domingo, se enferma y se muere. Como ven, no son muchas cosas las que ustedes podrán
hacer, aunque aquí se hacen de dos maneras diferentes.
Ustedes pueden, por ejemplo, nacer en una clínica con todas las atenciones o sin
ninguna atención en cualquier petate. Ustedes pueden vivir en casa propia o morirse de
renteros en la ajena. Ustedes pueden graduarse de profesionales en cualquiera de las
ochenta ramas que ofrecen las instituciones de estudios superiores, o quedarse como
candidatos de la campaña de alfabetización, porque de otra manera se acabaría la
campaña. Ustedes pueden llegar a capitanes de empresa, señores dones, o vender
banderitas tricolores cada 16 de septiembre. Ustedes pueden divertirse en la alberca
climatizada de su residencia o jugar fut en la tierra suelta de la barriada. Ustedes
pueden verse ungidos diputados si saben alinearse, o serán ejemplares ciudadanos de
cédula cuarta para toda la vida. Ustedes pueden casarse, o los casan, si el tiempo
apremia. Ustedes, en fin, que es lo único donde no hay alternativa, se van a morir,
aunque las alternativas del entierro, perpetuidad o fosa común, sea asunto de sus
inconsolables deudos. Y deudas.
Como ven, queridos niños, les ha tocado vivir en un país del que se puede decir todo,
menos que sea monótono y aburrido.
En otros países el misterio de un hombre consiste en saber cuántas horas de trabajo
produce o cuántos kilos de carne consume. Aquí, el problema de ustedes consiste en
saber si su "curriculum vitae", que empieza ahora, se acabará o lo acabarán. Sean
ustedes bienvenidos.
San Luis Potosí, 4 de octubre de 1973.
EL NACIMIENTO

TODAVÍA no nace un mexicano, y ya empieza la discusión de los sexos. ¿Qué quieren,


niño o niña?
Es claro que el papá lo prefiere hombre. Sobre todo si es el primogénito y aun cuando
fuera el undécimo. Con un hijo varón, el papá demuestra no sólo a familiares y amigos,
sino también al pueblo en general, la superioridad del sexo masculino, lo muy hombre
que es él y, si se quiere, lo muy macho, cuando pudo traer al mundo nada menos que a un
hombre. Valentía, arrojo, dominio, fuerza, trabajo fecundo y creador.
Con un hijo varón el papá asegura la continuidad del apellido, la procesión de la sangre,
el orgullo de las dinastías, este humilde y sutil racismo paterno que lo inclina a preferir
un niño, porque un júnior es un júnior.
Con un hijo varón el papá se mira repetido como la voz y el eco; igual sexo, igual
nombre, igual raza de bronce; su futuro ayudante en el trabajo, socio de su negocito,
albacea universal de bienes y deudas, futurible sostén de la madre, celoso guardián de sus
hermanas para cuando el tiempo encoja.
La madre, resignada de siglos, por sí o por no prepara dos canastillas, la azul y la rosa, la
del niño y la de la niña, que al fin y al cabo la que no use ahora se usará después, al
siguiente parto, que habrá de venir seguramente con el tiempo y un ganchito. Otras
mamas, mucho más funcionales, preparan solamente un ropón blanco que sirva para lo
que venga, no por superficial acatamiento a la neutra moda del unisex, sino por honda
aceptación a la voluntad divina. Lo que Dios manda, todo es bueno. Y Dios nunca se
equivoca.
Los hijos de este honrado matrimonio también toman partido a su manera. Opinan y
deciden casi como personas mayores. Pues si los niños mexicanos de ayer no sabían
cómo nacen sus hermanitos, los niños de hoy saben hasta cómo no nacen. Cosas que trae
aparejadas el progreso.
Durante los nueve meses de rigor, las señoras que están de encargo o en estado —aunque
bien a bien no saben de qué estado se trata, y que no es otro que el estado de
buenaesperanza como antaño se decía—, las señoras, digo, aprovechan estos nueve meses
para platicar con cuanta mujer se topan, conocida o desconocida, da lo mismo, del trance
y el apuro en que se encuentran. Reciben recomendaciones de las tías, consejos de las
experimentadas, recetas y medicamentos a porrillo de cuanta vecina están rodeadas. Pero
cargadas como andan de hijos y de drogas, a las pobres no les queda más remedio que
seguir trabajando, tan voluminosas y delicadas como están, hasta media hora antes del
suceso, en que arreglan su maleta y, encomendadas a Dios, se van al hospital a aliviarse.
La única enfermedad en México de que infaliblemente se cura la mujer.
Otras futuras madres, menos subdesarrolladas, no van a aliviarse a la clínica sin antes ha-
ber festejado en casa un "baby shower", que los periodistas de la página de sociales
traducen por chubasco y que, a su vez, el diccionario de la lengua define como chaparrón
o aguacero con mucho viento.
Ello es que las amigas más íntimas se congregan a media tarde en casa de la inminente,
nerviosa parturienta, mientras los niños andarán en el cine y el esposo en la chamba, que
no le queda otra sino redoblar el paso, al menos que pertenezca al siempre concurrido
sector de maridos desobligados. En tal caso andará celebrando, también él, con sus
amigos íntimos, otro chubasco más líquido y torrencial, cual debe ser: con mucho viento,
en alguna cantina del centro de la ciudad que pueda llamarse, por ejemplo, "La vida en
Rosa" o "La Silla Eléctrica"...
Las amigas van llegando a casa con la impuntualidad de costumbre. Un besito en la
mejilla. Aquí te traigo para el niño.
La mamá acomoda en la mesita de centro de la sala la alegre lluvia de regalos, muy fresca
y muy fina, una horrible sonaja, un chupón de plástico, unos cuentos de Walt Disney por
si al niño le alcanzara la Campaña de Alfabetización, un osito de peluche con que se
anticipa la madrina, unos zapatos tejidos por las milagrosas manos de la suegra, una
medalla de San Gerardo, indecible protector de mujeres en trance, y algunas pantimedias
por si resulta niña. Sería mejor, ¿no te parece? Los hombrecitos son muy trabajosos.
Después de una inevitable discusión sobre los sexos y un tupido intercambio de remedios
y tratamientos para ahora que salgas de la clínica con la ayuda de Dios, las amigas se
echan su ronda de barajas, mientras la próxima señora madre reparte furiosamente
pastitas y canapés. Están riquísimos. A ver si me das la receta. Siéntate, yo te ayudo.
Debes cuidarte lo mejor que puedas. No vayas a romper el ayuno al cuarto para las doce.
En eso llega el fotógrafo de la página de sociales. Todas las señoras enmudecen.
Increíblemente. Como si la voz y el interminable parloteo les fuera a quedar grabado en
la fotografía. Que tomen nota los maridos. Cuando no puedan callar a su mujer, basta y
sobra con que le pongan enfrente una cámara fotográfica. Santo remedio.
En tiempos de don Porfirio Díaz, tan afrancesados como fueron, surgió la historia de que
los niños mexicanos venían de París, donde de seguro estarían las fábricas produciendo
infantes en cantidades industriales a fin de surtir las excesivas demandas hasta por unos
dos millones de niños al año. Lo que suponía para México un desfavorable estado en la
balanza comercial, pues de aquí para allá no mandábamos ni un esmirriado escuincle de
muestra.
Si ayer se encargaban los niños a París, hoy dichosamente nacen en el Instituto Mexicano
del Seguro Social. O deberían nacer; porque la mismísima Secretaría de Salubridad
afirma que el setenta por ciento de los mexicanos, mucho más de un millón de niños al
año, son extraídos a la luz por líricas comadronas de pueblo, vejezuelas ignorantes,
rinconeras nada higiénicas que curan la cicatriz umbilical con tierrita del bracero, sin que
esto obste para que las parturientas las prefieran a los médicos. Porque como ellas dicen
con toda razón, ¿qué puede saber de esto un médico si él nunca ha parido?
De tal manera el mexicano ha adquirido conciencia de nacer en México y no en París,
que a fin de demostrar su mexicanidad por todos cuatro costados, canta una canción que
dice así:
Yo soy puro mexicano,
nací bajo de un nopal,
del nopal que está en el centro
del escudo nacional.

Como prueba de que el mexicano nace en México, ninguna más contundente que esta fe
de nacimiento otorgada nada menos que por el escudo nacional, aunque el orgullo
nacionalista resulte un poco incómodo desde que al pobre advenedizo lo espera un
espinoso nopal por blanda cuna. Pero así se liquidan, con un verso, treinta años o más de
intervención francesa.
Apenas el llanto del nuevo ser irrumpe en la región más transparente del aire, cuando
madre, padre, hijos y demás familia, empiezan como a ahogarse por preguntar con qué
sexo vino marcado al mundo el último de los mexicanos.
A nadie interesa conocer si nació vivo o muerto, completo o mutilado, si llegó con salud
o enfermedad, si el peso fue normal de acuerdo naturalmente con nuestra terca
desnutrición; lo que preocupa averiguar es la condición orgánica, anatómica y fisiológica
que distingue al macho de la hembra. Y cuando la partera se asoma a la puerta a dar el
veredicto, salen de estampida los hermanos y demás parientes para anunciar la buena
nueva a la rosa de los vientos. "Fue niña". Entonces la mamá guarda cuidadosamente la
canastilla azul que espera utilizar a su debido tiempo, por ejemplo, dentro de unos diez
meses; mientras el papá esconde los bienolientes puros con que pensaba obsequiar a sus
amigos en caso de que la niña hubiera sido niño. Quien quita y para otra vez.
A poco rato se inunda la habitación de visitantes que vienen a conocer a la criatura. Se
sientan unos en la cama de la parturienta, se encaraman otros en el buró y en la mesa del
desayuno, conforme los señores se relegan a las paredes echando broncas bocanadas de
humo. Si el recién nacido tolera este primer encuentro con la contaminación ambiental,
inmunizado quedará para siempre contra el esmog y demás poluciones atmosféricas, que
de la contaminación cerebral no podrá librarse a menos que se resuelva a no comprar
jamás una televisión, así lo tienten las ofertas de Sears, Woolworth y otros diablillos
menores.
Si la madre recibe canastillas de flores, ramos de claveles, composturas muy lindas de
rosas y azucenas, señal es que se alivió en distinguida clínica; pero si no recibe ni un
humilde manojo de florecillas del campo, quiere decir que se alivió en democrático
hospital. Dime qué flores recibes y te diré quién eres.
Los expertos afirman que el setenta por ciento de los niños mexicanos nacen desnutridos;
y ojalá sólo nacieran, porque es el caso que nacen, viven, se reproducen y mueren en
igual desnutrición.
Aunque bien vistas las cosas, no han de nacer tan raquíticos los crios cuando soportan las
furiosas embestidas de la afectuosa curiosidad. Con el ansia de conocer al recién llegado,
a cada rato lo despiertan del bendito sueño para saber de qué color tiene los ojos, lo
descobijan hasta desnudarlo para palparle pies y manos con riesgo de pulmonía doble, o
lo enrollan en cuanta cobija encuentran hasta temperaturas de baño ruso, y ahí va como
en juego de pelota, pasando de mano en mano, resistiendo abrazos, apretones, besos más
o menos antihigiénicos. Digan ustedes si a esto se puede llamar desnutrición o estoica
raza de Cuauhtémoc.
Mucho más asépticos que nosotros, los norteamericanos no toleran visitas al recién
nacido ni a la bien parida, conforme sólo a los abuelos dan la noticia del nacimiento.
Apenas nace un mexicano empieza la identificación. ¿A quién se parece? Igual de feo
que su padre, sentencia la extrema izquierda. Es la misma cara de su madre, suspira la
derecha conservadora. Yo creo que tiene de los dos, tercian los centristas
contemporizadores que nunca faltan, aspirantes a políticos que suelen encender dos velas,
una al PRI y otra también al PRI por si alguna se apagara.
En realidad, el niño no se parece a ninguno. Cualquier semejanza que se entabla con la
abuela, el tío o la madrina afortunadamente nada tiene que ver con la realidad. Bastante
tiene con lo suyo la criatura para que todavía le encimen fealdades ajenas.
Apenas hoy se oyen al borde de las cunas las canciones de arrullo, las coplas de nana, los
romancillos, mentiras y cuentos de nunca acabar, esa trémula y pura cristalería con que
las madres de ayer dormían a los niños al ritmo de la música y al balanceo de los brazos:
Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan
piden pan y no les dan.

Duérmete, niño,
duérmete sólito,
que cuando despiertes
te daré atolito.

Tu tata y tu nana
se fueron a León,
a ver el convite
del viejo pelón.

Arriba del cielo


está un agujero
por donde se asoma
narices de cuero.

Este niño lindo


que nació de día,
quiere que lo lleven
a comer sandía.

Caballo de pita,
caballo de lana,
vamos a la guerra
del cojo Santana.

Y hágase paca
y hágase palla,
que mi caballito
lo atrepellará.

Tan automatizadas como se han vuelto las mamis modernas, acuestan al niño a como
caiga, le encienden el radio a todo volumen y se van a platicar las muy cansadas con la
señora de enfrente. Ahorita vengo. Voy con la del ocho. Las canciones de cuna, como las
golondrinas de Bécquer, "ésas, no volverán".
Este es el juzgado segundo del ramo civil. Archiveros metálicos. Un escritorio de
burocrático color gris. Una silla giratoria vacía. El jefe avisó que llegaría hasta la una,
porque tiene audiencia. Una mesa gris con la máquina de escribir. En la pared, la
fotografía del señor presidente cruzado con la banda tricolor. Sobre el escritorio, una
edición de la ley de impuestos donde ya vienen las penúltimas reformas; las noticias
deportivas éstas sí al día con los resultados del fut y los apéndices de los toros, y algún
refresco de cola a medio beber.
Un viejecito empolvado que debe ser conserje, cuidandero, meritorio, recadero o todo a la
vez, me invita automáticamente. Siéntese, ahorita viene la señorita secretaria. Nomás fue
al baño.
A los tres cuartos de hora entra la señorita secretaria con cara de semana inglesa, un sand-
wich de queso amarillo en la derecha y un refresco en la izquierda. Se sienta. Abre el
gran libro de la vida. No sé por qué me acuerdo de la biblia y del Valle de Josafat.
Comienza el interrogatorio.
—¿Usted es el padre de la criatura?
Claro que uno lo es. Y no lo niega. Para eso es uno hombre.
—¿Cuál es el nombre de su hijo?
—Guadalupe López Pérez.
La señorita secretaria teclea en la máquina. Una firma, un sello según estilo y ya está. Ya
está un nuevo ciudadano de México. A sus órdenes. Con todos los deberes y derechos
que le otorga la Constitución. Cédula cuarta. Cuotas sindicales. Registro Nacional de
Electores. Cuota del Seguro Social. Uno por ciento para la educación superior.
Impuestos de pavimento y drenaje. Cinco por ciento para el INFONAVIT. Tarjeta de
identificación. Seis retratos de frente tamaño credencial. Tenía razón mi madre cuando
rezaba la Salve, "gimiendo y llorando en este valle de lágrimas".
Por largos años los calendarios que entonces incluían el santoral y aun desplegaban en un
mismo día toda una lujosa parada de bienaventurados, monopolizaron el derecho de
conferir nombre a cuanto mexicano se le ocurría nacer. Ninguno tan celebrado como el
Almanaque del Más Antiguo Galván, verdadera enciclopedia de asuntos caseros, libro de
cabecera de los hogares mexicanos. Tuvo un altar en la conciencia de muchos. No eran
los padres, sino el cielo mismo el que proveía a los niños de su nombre de pila. Después
cerramos el santoral para no volverlo a abrir. Y el nombre de los recién nacidos ya no se
buscó en almanaques, martirologios, ni en el Año Cristiano, sino que brotó de la
selvática, barroca imaginación de los progenitores quienes, como Don Quijote para su
caballo, buscan un nombre "alto, sonoro y significativo" que dé prestigio a sus retoños,
singularidad y prestancia, lo que se dice personalidad. Así surgen nombres de niñas que
parecen como de perritas de casa rica o etiquetas de farmacia, como esas Volgas,
Dunstas, Violas, Renas, Marbas y otras cursilerías extranjerizas. Por algo Eugenio D'Ors
decía que lo cursi es la elegancia fallida. No faltan papás que ponen piedras en el futuro
camino de sus herederos desde que los bautizan con dispendiosa retahíla de tres cuatro
advocaciones que a la postre estorbarán al hijo y a medio mundo; o les endilgan sonoras
etiquetas hurtadas a la historia y la mitología, como Cleopatra, Quetzalcóatl, Hércules
Arquímedes o Nerón, seguro manantial de burlas que padecerán sus retoños per infinita
sécula.
O el caso singular y mexicanísimo de tantos barbados varones que ostentan nombres
femeninos de Refugio, Rosario, Luz, Merced, Guadalupe o Socorro. No discutimos el
fervor mariano de las devotas familias, sino los tropiezos a la hora de identificar los
sexos. Vaya usted a saber si Socorro es él o ella, o si Rosario es masculino, femenino o
neutro.
Si de diminutivos e hipocorísticos se trata, ay, los mexicanos que estudian con fiebre el
inglés según creen hablar el español desde chiquitos, han dado en la flor de suprimir las
desinencias castellanas que la gramática registra para formar diminutivos en "ito, ico, illo
y uelo", conforme utilizan la única desinencia inglesa, que es una pobre, solitaria y
griega; digamos mejor, y gringa. Así padecemos en abundancia de barata y abonos
fáciles, esa exótica fauna gramatical de las Lety, Susy, Sony, Mary, Rosy, Any, Bety,
Lucy, Paty, Billy, Tony y el inefable Johny. De veras que se hace agua la boca.
Sin embargo, la tradición del pueblo mantiene frescos los nombres antañones de Juan,
José, María y el mexicanísimo de Guadalupe. Tenemos un Juan en cada puerta y una
María en cada esquina, sobre todo en el primer cuadro de las grandes ciudades donde
ellas se sientan a vender sus nopalitos.
De los apellidos del mexicano sólo habrá que decir que siempre ostenta dos. La razón es
muy sencilla, porque nació de padre y madre. Los norteamericanos y los ciudadanos de
muchos países únicamente usan un apellido, el del padre. Allá ellos. Porque el mexicano
tiene madre. Y por lo mismo ha de llevar también el apellido materno. Maternalista desde
la raíz del alma, hasta la rosa y la espina de los labios, el mexicano necesita para
demostrarse a sí mismo su identidad y para exhibirla a los demás, necesita apoyarse en su
madre como la yedra en el roble, el nido en el alero, o la espuma en la cresta de la ola.
El primer mestizo nació de un padre ausente y una madre soltera. Después de más de
cuatro siglos, la historia sigue siendo casi igual. La ausencia física y espiritual del padre,
a quien el hijo respeta, teme o quizás odia; y la indeclinable presencia de una madre cuya
imagen el hijo sublima y magnifica. Por eso los mexicanos son López Pérez, Hernández
García, González Gutiérrez, Garza Cantú; que si los padres no andan avenidos en la
realidad de las cosas, los hijos se contentan con unirlos en la idealidad de la firma.
Los únicos mexicanos que no usan dos apellidos, sino que se dejan el materno en el
tintero, son escritores, poetas, pintores, artistas. Diego Rivera, Agustín Yáñez, Pedro
Infante, Carlos Fuentes, Amado Nervo, Juan Rulfo, Octavio Paz, Rosario Castellanos,
José Luis Cuevas.
La última ola del gremio ha optado por desmontarse ambos apellidos para ostentar el
puro nombre mondo y lirondo, cual los viejos reyes y emperatrices que sólo fueron
Carlos, Luis, Isabel, Eugenia, editados ahora en acelerada versión de José Agustín,
Manoella, José José, Víctor, Roberta.
No puede darse por consumado el nacimiento de un mexicano mientras no llevan a
bautizarlo, cristianarlo como dicen en la barriada, cortarle la cola al niño, quitarle lo
meco y lo judío o como pulidamente escriben los chicos de la prensa, derramarle las
aguas del Jordán.
Para lo cual los felices padres comienzan escogiendo padrinos de lujo. Lo de menos es
que sean cristianos viejos o esposos intachables que sepan llevar al niño por sendas de
virtud, puesto que "a falta de padres, padrinos", si en cambio éstos tienen un negocito
donde el día de mañana el ahijado pueda colocarse, y mucho mejor si son influyentes y
políticos, que entonces todo está asegurado.
Mientras el señor cura masculla las oraciones con velocidad de experto en la materia,
derrama el agua con una conchita de plata y unge con santo crisma la cabeza del infante
ahí donde pudiera alguno romperle la crisma, los fotógrafos se dan gusto imprimiendo
placas del acto litúrgico, en tanto que el señor papá y el señor padrino siguen la
ceremonia con los ojos piadosamente bajos, puestos en el suelo, no vaya a ser que el
padrecito los ponga a rezar el credo, que cual buenos católicos ignoran.
Un venerable obispo de Michoacán, de cuyo nombre no puedo acordarme, envió una
carta pastoral a sus diocesanos para prohibir que nadie diera ni pidiera bolo. Pero quién
les quita a los niños lo bailado, y qué padrino que sepa respetarse ignora que su primera
obligación consiste en aventar a la juria un generoso puñado de moneditas, a riesgo de
que la chiquillería lo acuse de tacaño o el ahijado resulte cursiento, como atestigua el
experimentado olfato del pueblo.

Ahí va ya el último de los mexicanos al aire libre y soberano de la patria, luciendo el


registro civil del nacimiento y la fe de bautismo, como para comenzar la rica colección
burocrática de documentos con que lo espera su futuro.
¿Qué será de este nuevo compatriota? ¿A qué rama quedará colgada la débil flor? ¿Será
mexicano de primera división, de segunda, de tercera, o se verá descalificado mucho
antes de comenzar el torneo?
Pero como decía allá por 1790 doña María Antonia Pintado, ilustre dama de Compostela
en Nayarit:
Aunque todos somos del mismo barro,
no es lo mismo bacín que jarro.
LA CASA

APENAS la comitiva sale de la iglesia con la preciosa carga del recién nacido,
satisfechos todos de haber cumplido con el rito, se estrenan títulos y parentescos que
llenan la boca como de yerbabuena, agua florida o pastillas de olor...
—¿Dónde anda mi compadre?
El compadre fue a conseguir un taxi, o a esperar un milagro. Nunca hay taxis. En ninguna
esquina. A ninguna hora. Y aunque de la iglesia a la casa apenas son cinco cuadras, la
comitiva no debe irse a pie. No faltaba más. En ello va empeñada la cortesía, la finura del
mexicano, el compadrazgo mismo. Es preciso que el padrino se acomida luego y
comience a corresponder cuanto antes a sus compadres la honra que le hicieron al elegirlo
para padrino de su hijo. Nobleza obliga.
Ya en el taxi, se amontonan dificultosamente muchos kilos de carne magullada. Después
de los treinta, el mexicano propende inevitablemente a la obesidad. Por tres razones: Por
el culto de latría que rinde a grasas, mantecas y fritangas; por la deficiencia nutritiva y
mala alimentación con que viene engañando el hambre desde hace seis o siete siglos,
pues a juicio de expertos en ciencias de la salud, la desnutrición desemboca en hinchazón,
según la falta de vitaminas y proteínas produce espantables tejidos adiposos y otros
excesos superlativos, y, en fin, porque el mexicano no está dispuesto a luchar a cuerpo
limpio contra la obesidad y si alguna vez se decide por seguir algún tratamiento que
pudiera dejarlo altivo y lineal cual silueta de antena, lo abandona a las primeras de
cambio. ¡ Cualquier día va a renunciar a sus huevos rancheros, carnitas en chile verde y
tacos de maciza, por dietas blandas, vegetarianismos insípidos, gimnasias reductivas,
pildoras para cerrar el apetito, caminatas contra reloj, ejercicios de abdomen y otros
ayunos y abstinencias así de penitenciales!
El Instituto Nacional de Nutrición, con datos de este mismo año (1973), asegura que el 26
por ciento de los habitantes de las ciudades de la república padece obesidad. Es decir,
que por tres flacos existe un gordo. Pero para finales de siglo, y compruébelo quien viva,
se avisora un empate fraterno. Habrá un gordo por un flaco, o viceversa.
—¿Adónde vamos?, pregunta el chofer del taxi a sus pasajeros que con el zangoloteo de
los baches han logrado el acomodo de las carnes. Con razón en Durango dicen que van a
ampliar las calles para que quepan los baches. ¿Adónde irá a vivir por largos años, tal vez
hasta la muerte, este mexicanito recién nacido, recién registrado, recién bautizado,
dormido como va el inocente en el regazo tibio y ancho de su madrina?
El carro se detiene. Entonces se entabla un forcejeo entre los compadres. A ver quién
paga la corrida. Con furores de lucha campal se abalanzan contra el indefenso chofer
tratando de ganar al primer round, mientras las señoras presencian el altercado no sin un
dejo de envidia. Así quisieran ver a sus maridos dándoles el diario con parecido
entusiasmo. Pero, ay, desde que recibieron con amor las arras el día del matrimonio, las
pobres se viven forcejeando cada quincena para extraer a cuentagotas el gasto de la casa
y, ya de perdidas, la leche del niño.
—Pase, compadre, esta es su pobre casa.
El mexicano se pasa la vida ofreciendo su casa a cuanto desconocido le presentan a
media calle, se apresura a darle de viva voz la dirección con todos sus pelos y señales, o
manda imprimir un rimero de tarjetitas que va obsequiando a lo largó del día a cuanta
gente encuentra. Con todo lo cual, cualquier mexicano se convierte rápidamente en
coleccionista. No hay día de Dios en que uno deje de recibir de dos a tres tarjetas. Claro
está que las únicas que conserva son las que traen impreso el escudo nacional. Con
políticos topamos, Sancho. Y algún día puede ofrecerse.
Cuando el mexicano alude a su casa siempre la designa como su pobre casa, así sea
soberana residencia. Este rebajamiento verbal, distorsión de realidades,
empequeñecimiento de las cosas, obedece a sutiles mecanismos de espiritual delicadeza,
humilde suavidad de ánimo, culto ancestral que el mexicano rinde a la finura. De ahí
proviene tanto la disminución de valores con que trata a todo cuanto le pertenece, como
el chorro abundoso de diminutivos con que salpica las conversaciones. Tendencia
connatural a hacer pequeño lo grande, y más cuando todo esto es pertenencia suya.
"Tengo una casita en las Lomas de Chapultepec y otra casita en Las Brisas de Acapulco".
Pues pobrecito.
El "primero sueño" del mexicano, que diría Sor Juana Inés, es el pertinaz anhelo de llegar
a ser dueño de una casa. Su vida se divide en dos, antes y después de tener casa. Y una
vez que la tiene, guarda las escrituras mejor que su alma.
Muchos son los que mueren como renteros a perpetuidad, pagando por tres veces la casa
que jamás fue suya, esperando en vano que le taparan las goteras y le soldaran el bóiler;
otros se la pasan de arrimados, sufriendo desaires, pero ahorrándose rentas. Y aun de
entre aquellos privilegiados que lograron convertirse en propietarios, los censos afirman
que existe en el país la bonita cifra de doce millones de mexicanos cuya casa no es más
que un tugurio, una choza de palma, una barraca de cartón, una cueva de zoológico; sin
contar otros dieciocho millones que viven en casas de una sola pieza con mayor
promiscuidad que las medicinas en la botica.
Con razón una poetisa mexicana, Pita Amor, escribió un libro de versos con el nombre
radical de "Yo soy mi casa". Igual que los caracoles, muchos mexicanos ruedan por el
mundo no llevando consigo sino a su propia persona, pues no tienen ni un petate en que
caerse muertos.
Las casas que habitamos de niños eran espaciosas, abiertas, soleadas. Los cuartos
grandes, trapeados de rodillas a la hora del alba. Los altos techos de vigas crujían a media
noche, tal vez acordándose con un suspiro de cuando tuvieron flores. Los muros de adobe
no dejaban pasar ni el frío ni el calor.
Entrando, a la derecha, estaba la sala con el confidente y las sillas de bejuco, la rinconera
con una linda Purísima de vestir encerrada en su capelo, las lunas de marco de oro, el
óvalo del abuelo de espumosa barba. Al frente el comedor, con aparadores y alacenas
luciendo la vajilla de dorados filos, los pozuelos de porcelana china, el frutero de cristal,
las vinagreras bienolientes. Las recámaras en procesión, una tras otra, comunicadas entre
sí por puertas interiores, todas con vista al patio. En el patio cuadrado, las macetas de
helechos, las hortensias, el plato y taza, el huele de noche, la siempreviva, la ruda, la
mejorana, los tulipanes rodándose como una cascada de cálices amarillos, y los canarios
"con el buche teñido con un verde inicia! de lechuga".

Es de ver
la amplitud de los patios empedrados,
el brocal con arcadas de ladrillos,
los arriates adosados a los muros,
altos muros patinados y sin brillos,
y la parra que se afianza
entre sus grietas y macetas, y macetas, y macetas...
(Francisco González León).

Atrás, el segundo patio con bodegas penumbrosas, casi siempre cerradas y, más allá, el
tercer patio, todavía un tercer patio, remoto, empedrado con piedra bola; y al fondo,
trasponiendo una puertecilla con aldaba, el corral, las palomas torcazas, las habaneras,
las gallinas mestizas que ponían huevos de gallo y no de granja, el perro lanudo de orejas
estereofónicas que entendía por ingeniosos nombres, en español desde luego: El Pinto, el
Oso, el Piscuintillo, el Capulín, el Sufrelhambre. Pase, pase, no le hace nada el perro.
Pero el que tiene que certificarlo no es el dueño, sino el perro.
La casa era un universo, por el despilfarro de piezas, patios y corredores; por la holgura
donde todo cabía en adecuado sitio: personas, animales, vegetales y cosas; por la
multiplicidad de funciones, un poco hospedería, taller, almacén, arca de Noé, invernadero
y, lo que quizá más se añore, la casa tenía un rincón para la intimidad, un rincón donde
uno podía perderse sin que lo hallaran. Y el "placer de no saber la hora que es".
Luego llegó de pronto, sin decir ahí va el golpe, el cemento armado, el imperio del yeso y
del tabique, los elementos prefabricados, los camiones materialistas, los industriales de la
construcción, la furia de los fraccionamientos, las revistas norteamericanas de
arquitectura y otra docena de plagas que de la noche a la mañana cambiaron de raíz el
hábitat del mexicano.
En una pieza de antes, hoy acomodan toda una casita de interés social; y lo que fue un
solo piso, dio para tres o cuatro. Aparecieron las colonias de pacotilla, los techos al
alcance de la mano, las recámaras de Blanca Nieves y los Siete Enanos, casitas en serie
repitiendo planos y distribución hasta la monotonía, pero eso sí, muy pintadas de
colorines; los departamentos de poco espacio y mucha renta, los condominios de lujosa
nombradía y proletaria incomodidad, donde los bostezos de la alcoba llegan con alta
fidelidad a la calle y el olor de la cocina entra de rápido aperitivo a la estancia.
La comitiva que salió de la iglesia con la preciosa carga del recién bautizado se detiene a
la puerta de la casa. ¿Por qué nadie quiere entrar?
—Pase usted.
—Usted primero.
—No faltaba más.
—Le ruego que pase.
—Sírvase usted pasar.
A cada puerta con que se topa en la vida, el mexicano repasa el manual de urbanidad y
buenas maneras.
Luego que concluye el rito de la cortesía, el niño entra por fin, toma posesión de su casa.
Ésta calle, este número serán su rincón en el mundo. Lo identificarán como pobre o como
rico. Lo marcarán con un sello en el alma. Desde ahora por siempre.
Entrando a mano derecha está el contador de luz y un cuadrito desconchado con esta
leyenda: Dios bendiga este hogar. O con esta otra piadosa fórmula: Aquí somos católicos,
no queremos propaganda protestante.
La sala está cerrada. Los mexicanos siempre tienen cerrada la sala. El colegio de
arquitectos debería tratar en asamblea la posibilidad de suprimir la sala de las casas. Inútil
museo, arca de la alianza, sancta sanctorum intocable, al que no tienen acceso los hijos,
los niños por niños y los jóvenes por jóvenes. Se acuestan en el sofá, rompen las flores de
plástico, manchan las alfombras, destructores de oficio, edición corregida y aumentada
del mismísimo Atila, con vocación de aplanadora y de buldozer.
Pero ni siquiera a los familiares y amigos de confianza se les da el pase a la sala.
"Vénganse mejor al comedor. ¿Por qué no nos sentamos en el patio? La cocina es muy
calientita". Cualquier artimaña es buena para que nadie entre a la sala. Cuidado. Se
prohíbe tocar.
La pared central ostenta el retrato de bodas. Los pocos elegidos que tienen el privilegio
de admirarlo de cerca, suelen emitir el mismo elogio: "Estaban ustedes muy jóvenes".
¿Cómo estarán ahora?
El orgullo de la sala, de toda la casa, del apellido mismo de los dueños, es la consola. La
consola es muy lucidora, viste a cualquiera. Un radio y un tocadiscos metidos en un
mueble de relumbroso triplay cuya marca es lo de menos, con tal que esté muy grande.
Llena la sala y el corazón de dicha. Fíjate que ya compramos una consola. Es claro que
en abonos. El mexicano está metafísicamente imposibilitado de comprar al chas chas.
Arriba de la consola hay muñequitos despostillados de caolín y un cenicero de barro de
Tlaquepaque. La consola siempre está cerrada. No es para usarse. Basta y sobra con
verla, acariciarla con las pupilas, sacudirla con una franela muy suavecita, tenerla ahí
presidiendo la vida del hogar, mudo testigo de esperanzas y sinsabores. "Con qué
sacrificios la compró mi viejo".
Cerca está la chimenea. Una chimenea postiza, simulada, de puro adorno, aunque suele
ser feísima. Porque fuera de algunas ciudades norteñas, la nieve no la conocemos más
que en postre de helado y sabor de vainilla.
Al abrir la recámara, la puerta golpea en seguida con la cama matrimonial que parece
desbordar la pieza. Una colcha amarilla, dos cojines con palomas bordadas a mano. Ay,
los cojines que nos regalaron el día de la boda. ¿ Te acuerdas, Juan? Hay ropa tirada en el
suelo, cajones abiertos, el talco espolvoreado en el tocador. Con estos niños es por demás.
El buró hace oficios de botiquín femenino y librero masculino. Ahí la señora guarda sus
remedios y el señor sus revistas para cuando se le va el sueño; porque libros, lo que se
dice libros, no hay uno por ahí.
Arriba del tálamo está el altar mayor de la familia. Un Sagrado Corazón de yeso. Una
Virgen de Guadalupe que se ilumina de noche con tres foquitos, uno verde, otro blanco y
el otro colorado. Un cromo de la milagrosa Virgen de San Juan. En una repisa con
veladoras, San Martín de Porres con la escoba rota y el ratonzuelo dcscarapelado. Un
Crucifijo de fierro que "es recuerdo de la caja en que enterramos a mi tía". Y entre santo
y santo, los almanaques que nos dieron en el super, con paisajes de los volcanes y
anuncios de tequila. "Este año no nos dieron almanaque en la carnicería".
La mesa del comedor es de formica protegida con un hule para que no se manche, en
torno de la cual se acomodan seis sillas acojinadas en plástico azul. El trinchador está
siempre con llave. Cuanto el mexicano adquiere, en seguida lo encierra. Lleva la
propiedad privada en la sangre. Las llaves son su símbolo.
La señora compra un mantel y lo guarda. Compra un juego de cubiertos y no lo usa.
Compra una batería de aluminio y le mete llave. El ahorro y el cuidado de las cosas le
nacen de la sustancia del alma.
Por eso la familia come en platos descontinuados, bebe en vasos de diversos tamaños o
toma su cafecito en tazas variopintas. La vajilla de bodas cumple funciones más altas que
el uso rutinario. Es adorno, orgullo, recuerdo, futura herencia. Arribita del trinchador se
mira el cuadro de la Ultima Cena, estandarizado en marco café y figuras blancas de pasta.
Nadie se persigna ni reza ante la imagen. La Ultima Cena está en fila con los demás
objetos decorativos del comedor: Una peribana de Pátzcuaro, servilletas deshiladas, dos
perritos de caolín y unas empolvadas figuritas de azúcar, recuerdo del pastel de la
Primera Comunión del niño.
Siguiendo por el estrecho pasillo que la gente grande cruza caminando de lado, se llega a
un jolecito de miniatura donde está la televisión. Ahí acude la señora a tejer de gancho y
hacer flores de migajón; ahí lava y plancha, ahí recibe a las vecinas; ahí los niños
estudian la lección y hacen la tarea; ahí el marido cuando llega de la fábrica, se sienta a
descansar el pobre, en camiseta y calcetines; ahí frente a la pantalla luminosa que trabaja
horas corridas, la familia mexicana aprende lo que sabe, piensa lo que piensa y escucha lo
que después dirá. Vea usted para arriba. No hay azotea sin antena de televisión.
El excusado de ayer, con tan exacto nombre de privacía, hoy funciona bajo la razón
social de baño o, abreviado con siglas, doble u ce. Apenas cabe quien ingresa con
premura. Entrando está el lavabo con dos llaves. La llave del agua caliente es de simple
ornato, pues cómo va a haber agua caliente si apenas sale la fría. Pegada al lavado está la
taza, y pegada a la taza, la regadera. Todo en estrecha secuencia. La regadera suele
descansar entre semana. Su día de trabajo es el sábado.
En el ahora llamado patio de servicio, los tendederos exhiben gráficamente la explosión
demográfica conforme no mira uno sino ropa de niño flotando al aire en surtido rico de
pañales y mantillas, dudosamente emblanquecidos por la competencia de los detergentes.
Hay casas que no se llaman casas, sino residencias; habitadas por clases que ya no son
clases proletarias ni medias, sino puro yet-set; construidas con piezas que ya no son
simples piezas, sino suits, alcobas con closet de pared a pared, estancia familiar,
desayunador, alfombrados y encortinados, cuarto de lavado y plancha, hall de televisión,
cocina con muebles integrales, asador, aire acondicionado, estudio caush, plafones y
terrazas, cochera cubierta, jardines con plantas de sombra, perro gran danés, cantina,
control de natalidad. ¿Cómo la ve por ahí? ¿No se le hace como que ya cambia la imagen
de México evolucionando hacia nuevas fronteras de progreso?
Colonizado, sin embargo, por el anglicismo mental y verbal, el mexicano designa las
diversas partes de su casa como si estuviera viviendo al otro lado del Río.
Anteriormente decía uno zaguán y entraba la sombra, la frescura. Olía a geranios; hoy de-
cimos hall. Decíamos alacenas, mundos, baúles, ropero de lunas, y se expandía un
perfume a membrillo y a madera de cedro; hoy decimos closets. Decíamos calentador, y
crepitaban los leños y las burbujas de agua; hoy decimos bóiler. Decíamos cochera y
surgía "el ruido con que rueda la ronca tempestad"; hoy decimos garach. Decíamos
excusado, común, retrete, palabras de claras prosapias cervantinas; hoy decimos guater,
que ni Shakespeare pudo digerirlo. Decíamos candil, y un chorro de luz nos bañaba de
ráfagas. Hoy decimos, guataje y eslim lain.
Por el amor que el dueño tiene hacia su casa propia y por el amor que otros tienen hacia
la ajena, el mexicano, hombre prevenido que vale por dos, cumple cada noche antes de
entregarse al sueño, el minucioso ritual de asegurar su casa. Así lo veréis desplegando un
amplio, ingenioso repertorio de seguridades, desde la tranca elemental y la simple cadena
hasta las chapas dobles y los candados poderosos, sin que falte un despliegue de
fortificación en los vidrios de botella al filo de las bardas y una pistola descomunal
debajo de la almohada.
Arriba en el cielo, Diosito santo cuida de sus hijos. Y afuera de la casa, la policía siempre
vigila.
LA ESCUELA

JOSÉ Guadalupe va a cumplir siete años. Nada especial en su pequeña vida sino ir
creciendo a jalones de viruela, tosferina, sarampión, el día que lo llevó su mamá a
vacunarlo contra la polio al Centro de Salud, los descalcificados dientes de leche se
fueron desgranando como las mazorcas. Si hubiera sido niño rico, los habría sembrado en
el jardín junto a la magnolia y entonces hubiera llegado de noche el ratón a dejarle en
cambio cincuenta pesos.
—Ya está bueno que lo eches a la escuela. Ya tiene siete años.
El papá no contestó nada, se levantó de la cama donde se desaburría leyendo el periódico
y se salió a la calle. Así lo hace siempre que su mujer le trata un asunto serio. Luego
arranca a la calle y regresa hasta la madrugada.
Si José Guadalupe hubiera nacido en otra casa, en otra calle, en otra zona de la ciudad,
hubiera oído otro lenguaje. Por ejemplo: —Vamos a poner al niño en el colegio.
Los pobres echan y los ricos ponen. Unos van a la escuela porque es gratuita, otros van al
colegio porque pueden pagar. Desde la más tierna infancia, cada oveja con su pareja.
Si el edificio tiene los vidrios rotos, los bebederos sin agua y la pintura en decadencia,
jure usted que es una escuela. Si hay portero electrónico, detalles en caoba y aluminio,
entonces es un colegio; aunque los hay que no se satisfacen con nombre de por sí tan
elitista, sino que se adornan con el de instituto, y cualquiera querría enseguida ponerlo en
fila con institutos de altos estudios, como el de París, sin saber que se trata de un plantel
de primeras letras, pero con segundas intenciones.
—¿En qué colegio está tu hija Anabel?
Qué bochorno social sufrió la elegante dama interpelada frente a la flor y nata de sus
amigas.
—Fíjate que la tengo en la escuela Josefa Ortiz de Domínguez.
Algunas cejas se arquearon alarmadísimas; a las demás cejas no les fue posible por la
depilación.
—¿Cómo, tu hija en una escuela?
La división del trabajo es una gloriosa realidad en los matrimonios mexicanos. Los
maridos en asuntos de calle. Las mujeres en labores del hogar. Cada cual sus límites, su
pequeño imperio absoluto, su tajada de trabajo. Ellos ignoran lo que hacen sus mujeres en
la casa, aunque ellas se imaginan todo lo que sus maridos hacen en la calle.
La crianza y educación de los hijos, por acuerdo tácito de ambas partes, es gobierno
específico de la señora. A ver cómo se las arregla. El bastante hace con ganar el dinero,
recibirlo en sus manos callosas y pasarlo, lo más mermado posible, a las cosmetizadas,
insaciables manos de su mujer.
Por eso la mamá de José Guadalupe se apostó desde las cinco de la mañana a la puerta de
la escuela para matricularlo. Cuando llegó, todavía quebrando albores, ya había una cola
larga de puras mujeres. No había un hombre ni para remedio. "Animas santas que
alcancemos lugar." "Primeramente Dios." "Yo estoy aquí desde las tres." "Usted de qué
se apura, trae recomendación escrita, pero uno que no tiene influencias." Había mujeres
sentadas en la banqueta con resignación de escultura totonaca, envueltas otras en
colchonetas de borra para resistir el sereno, y un lloradera de chiquillos que partía el
alma.
De pronto la noticia electrizó de alegría la conformista modorra del montón de mujeres.
Ya llegó la señorita directora. ¿Cuál es? Esa gordita de vestido verde. Cuando logró
abrirse paso entre el tumulto, despedía suaves fragancias de lápiz recién tajado. La fila
comenzó a avanzar poco a poco.
—¿Este es el niño que viene a matricular?
—Sí, señorita.
—A ver su registro civil de nacimiento.
El Santo Job fuera aprendiz de paciencia ante la que arrostró la señorita directora en
aquella jornada heroica. La mitad de los niños no estaban registrados. Y de los
registrados, válgame Dios, que sólo siendo experto en heráldicas y genealogías hubiera
podido desenmarañarse el retorcido bosque de lianas. Era tanta la confusión de nombres y
apellidos, tanto el caos, que unos niños aparecían como si no tuvieran padre y otros como
si tuvieran dos.
—Es que el papá de mi niño no quiso reconocerlo y entonces yo le puse el apellido de su
padrino. —A mí, cuando se fue con la otra, no me quiso dar los papeles de la criatura y la
mera verdad no sé con qué apelativo haya quedado.
Había hermanos con apellido distinto y medios hermanos con apellido igual. Las madres
solteras contaban historias tristes a la señorita directora como extraídas de la telenovela
de las cinco de la tarde; las tragedias griegas se quedaban así de chiquitas ante las
tragedias mexicanas.
Aquello más que matrícula escolar parecía consultorio sentimental. Los niños iban
quedando inscritos en la escuela no con teclas de máquina, sino con lágrimas de sangre.
Las mamas acuden en procesión a la escuela a matricular a los hijos, después ya no
regresan. Algunas por excepción se paran durante el año para informarse si el niño asiste
o se hace la pinta, y a ver cómo lo ve de aplicado la señorita directora. Pero un papá, lo
que se dice uno, jamás pone el pie en la escuela. Se limita a preguntar a su vieja, cada 30
de junio al término del ciclo escolar, si el muchacho quedó aprobado o reprobado.
Respetuosos que son de la división del trabajo.
José Guadalupe llegó puntualísimo el primer día de clase, los negros ojos llenos de
sorpresa, cargando un velicito de lámina con los útiles escolares, dos cuadernos, un lápiz,
una torta de aguacate que le hizo su mamá por si le da hambre al mediodía, y una
resortera de añadidura.
Cuando ya casi salía rumbo a la escuela, su padre lo detuvo jalándolo de la camisa para
aconsejarlo. Usted no se deje de nadie. Para eso es hombre. Si le quieren pegar,
defiéndase. Y si lo molestan, lo mismo.
Muy pronto supo José Guadalupe lo que era la dirección de la escuela. No sólo ese cuarto
solemne donde está la enseña patria, el retrato de don Benito Juárez y los muebles más
lucidores del plantel, sino también el temible lugar de las sentencias, Valle de Josafat en
miniatura, liliputiense procuraduría general de la nación, preludio de juzgados y otros
anexos espantables, a donde los profes y las seños, una vez que agotan cuanto recurso
correctivo florece en su imaginación, envían a los alumnos más guerrosos, ésos que le
hacen cosquillas al diablo, por ver si ahí los irredentos pingos se arrepienten y tiemblan a
la vista de la Diré, personificación de la autoridad y estampa de la justicia, ésta sí con
ojos bien abiertos.
—Cómo te llamas.
—Este, este, José Guadalupe.
—A ver díme qué hiciste.
—Nada.
—Ustedes nunca hacen nada. Los hombres dicen la verdad. Y si no la dices, mando
llamar a tu mamá.
—Es que ya me la llamaron.
Como pudo el chiquillo con palabras sincopadas en llanto, le explicó a la Dire que un
niño grande le mentó a su mamá y que él le tiró una patada. Lo que en derecho se llama
legítima defensa o ley del Talión. Y que además su papá le dijo que no se dejara de nadie,
que para eso era hombre.
¿Qué podrá hacer la señorita directora ante los papás-muy-machos que lo que más les im-
porta es tener hijos-también-muy-machos? Por otra parte se enfrentaba ante un caso de
conciencia. El amor a la madre, esencia y flor del alma nacional, es tan expresivo en el
mexicano que hasta un puntapié pasa por muestra de cariño filial. Por eso la señorita
directora, todavía vestida de verde, tuvo que ponerse tierna y consolar al niño. Ella
también es madre, maternales son sus entrañas.
—Vete a tu salón y ya no sigas llorando.

Aunque a tu lado me ves travieso


me vuelvo bueno cuando te beso;
mamita amada, mi gran tesoro,
yo soy el niño que más te adoro.

De los salones de clase salen al patio bocanadas de versos. Los alumnos de quinto B pre-
paran el día de la madre memorizando en "El declamador sin maestro".

Mamita, mamita,
yo no quiero un hermanito,
que quiero es un perrito
chiquitito y juguetón.

El día en que tu naciste


nacieron todas las flores
y en la pila del bautismo
cantaron los risueñores.

Todavía no se ha inventado en el país una sola recitación consagrada al padre. Los


críticos de arte dicen que tienen la culpa los poetas por falta de inspiración; pero los
psicólogos piensan que los culpables son los papas, por eso, por culpables.

Papá no me quiere.
Está donde juzga
y riñe a los hombres
que tienen la culpa.
Si voy a buscarlo,
él bota la pluma,
se pone muy bravo,
me ofrece una tunda.
Mamá, soy Paquito,
no haré travesuras.
Y un cielo impasible
despliega su curva.

Hay momentos en que si uno se para a mitad del patio, parece que todos los alumnos
cantan desde sus pupitres binarios. En realidad memorizan. Los avances pedagógicos no
han podido desterrar este aprendizaje a ritmo de martillo sobre yunque, compases de
salmodia, introducción al vals, con que los niños aprenden lo mismo la aritmética que la
geografía.
Las ariscas tablas de multiplicar darían tema para una leve sonatina en re menor: dos por
dos cuatro/ dos por tres seis/ dos por cuatro ocho/ dos por cinco diez.
—Ahora digan a coro las partes de la oración.
—Artículo, sustantivo, adjetivo/ pronombre, verbo y adverbio.. . Vibra un aire de
clavecín bien temperado.
Si de lucirse se trata, a ver tú, López Pérez, dile a la señorita directora los nombres de los
reyes nahoas. Se yergue el chiquillo seguro de sí mismo, la frente altiva como un
pequeño dios azteca tallado en obsidiana, de cuyos memoriosos labios va derramándose,
fluido, terso, musical, purísimo, ante el asombro de los condiscípulos, el glorioso
trabalenguas: Acamapiztli, Huitzilíhuitl, Chimalpopoca, Itzcóatl, Moctezuma Primero,
Axayácatl, Tizoc, Ahuítzotl y Moctezuma Segundo.
Un friso de aplausos recorre las paredes del salón como esculpiendo instantáneos
jaguares victoriosos, águilas de triunfales plumajes. López Pérez se hunde en el pupitre
tiritando de escalofrío. El precio de la fama.
Los niños gozan cada vez que el profesor les cuenta un episodio de la historia nacional;
se imaginan estar viendo un programa de la tele, los ojillos extáticos y un silencio en el
salón que no vuela una mosca.
Lástima que a veces se les ofrece la historia patria como una alfombra que se ha ido te-
jiendo en la lanzadera de los siglos, con hilos de sangre, demasiada sangre, tal como si la
guerra y la historia fueran la misma cosa.
Se proclaman los hechos bélicos, pero se silencian otros acontecimientos menos
clamorosos, pero acaso igualmente conformadores de nuestro ser en el mundo. Un hecho
cultural, económico, artístico, es también historia patria. Y entonces van quedando, lastre
por toda la vida, semillas de agresividad, acaso de venganza, odios sutiles, tal vez alguna
fobia, que pueda marcar la mente y el corazón con un signo negativo de antiyanquismo,
antiespañolismo, antifrancesismo y aun anti-indigenismo. Triste y desgraciada
consecuencia de una absurda pedagogía histórica que erosiona el alma como si hubiera
estallando una granada, según divide los espíritus en vez de armonizarlos.
No es que se pretenda desfigurar la historia, ahí está objetiva y real; sino que se enseñe de
tal modo que, aun detrás de los hechos por sangrientos que sean, los chicos vayan
advirtiendo los grandes ideales por los que vale la pena soñar y trabajar, vivir y morir.
Ideales de paz, de justicia, de independencia nacional, sí; pero también ideales de
generosidad, de perdón, de solidaria convivencia y fraternidad universal. Después de
todo, vivimos en la misma casa y somos un hermano más de igual familia.
Las fiestas patrias se arman con un desfile de niños a media mañana y un castillo de
pólvora a media noche, cuyas astillas de luz se derraman sobre las vendimias de elotes,
quesadillas y taquitos burbujeantes en aceite de cártamo.
Al frente va una niña de sexto, toda llena de bucles y cosméticos portando con espigada
gracia la enseña patria, la misma que se guarda durante el año en el armario encristalado
de la dirección. Luego los muchachos de la banda que estoicamente sacan fuerza de su
desnutrición según golpean con furor el cuero de los tambores y, hasta el límite de cuanto
puedan restirarse, inflan los cachetes para soplar el largo cuello de cisne de los metales.
Después cruzan falditas y pantaloncillos blancos con un paso demasiado marcial para el
cafecito aguado y la pieza de pan con que ayunaron las criaturas este otro nuevo día.
En la capital, donde sobra que enseñar, desfilan carrozas tiradas por caballos retintos,
tanques blindados, artistas de cine, los héroes de los estadios, los campeones de goleo,
baladistas de onda, mariachis, yudokas, cuanta estrella chispea sobre el terciopelo de la
fama. Que si no fuera por la carne morena, inocente y desnutrida de los chavos de la
escuela que desfilan por la plaza de armas, los pueblos y las ciudades pequeñas no
sabrían cómo celebrar las fiestas patrias.
Si los obreros aún andan retrasadísimos en sus reivindicaciones sociales forcejeando por
tener semana de cuarenta horas, los acelerados escolapios desde hace mucho tiempo
tienen años de cien días. Son más los que descansan que los que estudian.
Tal vez siga siendo discutible hipótesis la tristeza del indio, pero qué tesis comprobada lo
fiestero que resultó el mexicano, como que a ensayarse empieza desde el jardín de niños.
Claro que siempre hay una razón para el asueto. Mire usted la tabla de especificaciones.

1. Fiestas cívicas: batallas que ganamos, extranjeros que devolvimos por entrega
inmediata a su lugar de origen, héroes que nacieron, patricios que murieron,
petróleo que nacionalizamos, independencia lograda, reforma consumada, re-
volución en marcha.
2. Días, porque personas, vegetales y cosas tienen su reservado de mesa. Desde
luego el sacratísimo y comercializadísimo día de la madre, el árbol, el cartero, el
trabajo, la amistad, el padre, el niño, el maestro, la bandera, la constitución, el
informe, el glorioso ejército nacional.
3. Períodos vacacionales como altos en el camino para rehacer las fuerzas; desde
posadas hasta el año nuevo, la semana santa, la última quincena de mayo, la
semana anterior a exámenes finales, con el objeto de que los niños repasen la
materia muy quietecitos en casa.
4. Fiestas religiosas que celebran con asueto los colegios particulares según el
calendario de la liturgia.
5. Extras, donde la imaginación florece y los días de descanso extraoficial superan a
los oficializados. Por ejemplo, el santo de la Diré, el cumpleaños del profe, la
enfermedad de la seño, la junta del sindicato, el recibimiento al candidato oficial,
la inauguración de un aula, las competencias interescolares de voli, el ensayo de
la fiesta, el cansancio con que todos amanecieron al día siguiente del desfile, la
campaña de reforestación en que la chiquillería pasa tres días subiendo cerros
pelones, la función de títeres, la visita del inspector, el concurso de recitaciones,
el día de campo, el aniversario de la fundación del plantel.
6. Puentes. No esas fábricas de piedra o de hormigón armado que se construyen
sobre los ríos para poder pasarlos. Sino estas otras artimañas de la pereza que el
mexicano traza sobre calendarios para pasar en blanco —sin clase, sin trabajo—
los días que median entre dos festividades próximas.

Así por ejemplo, si el día de la Revolución cae en jueves, qué caso tiene que los alumnos
vayan a clase el viernes, ya que el sábado tradicionalmente no hay clases. Con un poco de
ingenio, que jamás le falta, el ingeniero puede extender un tramo más prolongado hasta
seis días consecutivos de feria, seguro como está de que la estructura de sus puentes, por
volada que sea, jamás se dobla, resiste siempre, a puro valor mexicano.
Sume usted, por favor, o reste y divida. ¿Cuántos días quedan efectivos de clase? Aunque
la frase es de tiempos de María Conesa, marxistas y escolares siguen aspirando "por una
sociedad sin clases". Los escolares mexicanos la tienen logradísima.
"Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus
principios hasta llegar a su último fin", según sentencia el Quijote, hoy es el último día de
clases, la lectura de calificaciones, el juicio final, la despedida de los que terminan su
instrucción prima la música de "las golondrinas" que pone ahogos en la voz y nublados
en la vista, el postrer adiós a la querida escuela que los recibió lactantes y los devuelve en
el seno de la sociedad, útiles y utilizables. Ay, cuántos serán simplemente utilizados.
Por la puerta que da a la calle y a las vacaciones, van saliendo a borbotones los niños
confundidos en el mismo júbilo. Confundidos salen los inteligentes y los reprobados, los
guerrosos y los pacíficos, los pleitistas, los mentirosos, los serviciales, los barberos, los
trabajadores, los chismosos, los obedientes, los lidercillos, los burros, el México de
mañana que comienza hoy, aquí, en esta escuela humilde, esperanzadora.
Adentro los salones despintados, los vidrios rotos, los pupitres llenos de rayas, los
cuadernos tirados, los bebederos descompuestos, un balón desinflado en el rincón del
patio, la señorita directora y su vestido verde en la dirección solitaria.
Afuera, tristeando, los vendedores con sus carritos ambulantes. ¿A quién venderán ahora
las paletas, los muéganos, las semillas, las tortas de aguacate, las rebanadas, las
carcajadas de sandía?
LAS RELACIONES HUMANAS

AL mexicano le encanta saludar y ser saludado. ¿ Qué le gustará más, tomar la iniciativa
privada o dejar que otros se la arrebaten? Lo mismo da, puesto que del saludo ha hecho
un deporte nacional, un hobby callejero, casi un rito consagrado. Forma parte de sus
tradiciones y de sus convicciones. A veces saluda por costumbre, sin saber a quién, por
subterráneos atavismos de raza que de pronto emergen al aire de las plazas; a veces por
inspiración libérrima, por pura satisfacción personal. Cuando uno saluda, el ánimo sonríe
y el corazón se aquieta. Y cuando es saludado, la alegría se expande por la terraza del
rostro y el sótano del alma, satisfecho de haber conseguido uno de los pocos trofeos que
puedan conquistarse en la vida. Te fijas cuántas personas me saludan. Son cosas que no
tienen precio.
Valoramos nuestra categoría social, nuestra capacidad de relaciones públicas, de acuerdo
con el número de personas que saludamos en el trayecto que va de la casa a la oficina.
Dime cuántas personas te saludaron y te diré quién eres. Cuántas manos estrechaste, y
qué popularidad tienes. El código de nuestras relaciones humanas empieza y termina con
un solo capítulo: el arte de saludar en la calle.
Nadie lo practica mejor que el político y el aspirante a político. Reparte apretones de
manos como reparte promesas. Que al fin y al cabo ni una ni otra comprometen.
El mexicano sale de su casa a las ocho de la mañana decidido a detener gente, quien sea,
y en cuanta más mejor, sólo para darle los buenos días. La primera lección que recibe el
niño al ingresar a la escuela versa sobre el deber de llegar saludando al profe y a su
señorita. En el trabajo ni se diga, apenas traspone la puerta de la fábrica, el empleado
tiene que hacerse presente con un "buen día", a riesgo de que el jefe lo cese. Por las
oficinas de los políticos suelen desfilar astutos vividores que se cuelan de rondón; si el
conserje o secretario los detiene para preguntar qué asunto los ha traído tan temprano, los
muy educados contestan: ninguno, sólo venía a saludar al jefe. Saludar al jefe es asunto
de urbanidad y otra cosita.
Un mexicano puede tolerar cualquier descortesía no importa que sea una bofetada, menos
que le nieguen el saludo. Porque si le dan un guamazo, señal es que lo toman en cuenta;
pero si le niegan los buenos días, quiere decir que lo ningunearon. Lo peor que puede
acontecerle a uno es que lo hagan ninguno. Simplemente nadie. La pura negación
metafísica del ser.
Cuando decimos de alguien que "no sabe dar ni los buenos días" o que "ni adiós dice",
queremos expresar que esa persona es apenas gentuza maleducada, broza majadera y
montaraz, deatiro pelado y otros sabrosos epítetos que se quedan entre dientes silbando
de ganas por salir.
Si dos mexicanos se lían a golpes, la reconciliación es cuestión de semanas, tal vez de
días. Pero cuando ya no se saludan, ¿qué esperanza queda?
La más violenta de las enemistades se expresa cuando alguien nos voltea la cara. Porque
así como el saludo protagoniza la amistosa comunicación, así también la negación del
saludo representa el mayor bloqueo del diálogo entre mexicanos.
Nuestra teoría de persuasión y técnica de publirrelacionistas se concentran en la magia de
estas frases: buenos días, cómo está usted, qué hay de nuevo, qué tal, quihúbole, qué ha
habido, cómo andamos y la atrevidísima pregunta de "cómo amaneciste". Si uno la
contestara, nunca acabaría. Ay del que no dispara alguno de estos cohetes de luz al
encontrarse, digamos, con un prójimo.
Ahí comienza el rito. El ceremonial escrupuloso del apretón de manos, el abrazo efusivo,
las palmaditas, las preguntas, las admiraciones, las interjecciones. Qué gusto de verte. El
gusto es para mí. Hace mucho que no te veía. Dónde te escondes. Estás igualito. A ver
cuándo nos vemos, como si no se estuvieran viendo ya. Qué bien estás. El mexicano
atraviesa por tres etapas en su vida: la primera es la niñez, la segunda es la juventud, la
tercera es "qué bien estás". Glorioso eufemismo para no desacreditarlo a uno de viejo y
descontinuado.
La ceremonia del saludo no es fácil que termine. No se rompen los cables así como así.
El mexicano está convencido de que no pierde el tiempo saludando, ni lo hace perder.
Todo es ganancia. Pobres, pero educados.
Y cuando por fin parece que va a concluir el saludo con el séptimo apretón de manos que
lo deja a uno descoyuntado y sin encuadernación, viene la recomendación ritual como fin
de fiesta: "Saludos por tu casa". Al mexicano no le basta el saludo físico de cuerpo
presente, tiene que extenderse por el tiempo y el espacio, y llegar en espíritu y en verdad
al ejército de todos los ausentes.
Una antigua fábula cuenta que se abrió un certamen internacional de pintura con el tema
de la eternidad. Asunto nada fácil para ser expresado plásticamente. Ganó el concurso un
pintor mexicano. Porque pudo representar a la eternidad exactamente como es: dos
mujeres mexicanas despidiéndose a la puerta de la casa. La mujer mexicana empieza a
despedirse, sigue despidiéndose, no acaba jamás.
Toda esta alegre liturgia del saludo, su sentido ceremonial, su finura de espíritu, sus gra-
ciosos escarceos, suelen despeñarse por abismos de infinita nostalgia, de incurable
conformismo.
Cuando al mexicano lo saludan preguntándole cómo está, responde con aires doloridos y
parlamentos de tragedia: más o menos, regular, ahí pasándola, ahí tristeando.
¿ Por qué nunca dice que está bien, sano, rico, joven, dichoso, enamorado, ilusionado,
feliz, a todo dar? Ah, el fatalismo del mexicano. Ahí tristeando. Como para sentarse a
media calle y ponerse a suspirar.
El muy magnífico conversador don Artemio de Valle-Arizpe, que gloria tenga, escribió
por 1944 un lindo librillo con el nombre de "La conversación en México". Muy galano de
leer. Con el ingenio que hace ligera la sabiduría y la salsa suculenta que adereza los más
indigestos documentos que guardan el pasado.
Por ahí desfilan los más grandes conversadores que ha tenido el país. Desde luego los mi-
sioneros evangelizadores que con sus pláticas unciosas ganaron para Dios las bellas y
numerosas almas de los indios. El conquistador Hernán Cortés cuya palabra pronta,
insinuante, persuasiva, sugestionaba de tal modo que hacía ver y creer lo que él quería, lo
que conveníale mejor que se mirara y se creyera para lograr sus fines. Bernal Díaz del
Castillo tenía una verba tan inagotable y pintoresca, que le sirvió para componer la
"Historia verdadera de la conquista de la Nueva España", que por no ser más que una
plática llena de elocuencia narrativa, es uno de los primeros libros del mundo.
El anticuario y polígrafo famoso don Carlos de Sigüenza y Góngora veíase rodeado cada
noche de Su Excelencia el Virrey, oidores, maestros de la Real y Pontificia Universidad,
pausados canónigos, entonados magnates y gentileshombres de mucho viso que se
miraban prendidos de sus labios oyéndole la charla mansa y sapiente.
En su fragante locutorio de San Jerónimo, la melodiosa Sor Juana Inés de la Cruz
embobaba cada tarde a los concurrentes que suspensos y hechizados quedaban sorbiendo
la pulida palabra de esa monja "en toda ciencia superlativa". Viniendo a épocas recientes,
grandes conversadores fueron los escritores Manuel Payno, el autor de "Los bandidos de
Río Frío", de charla florida y sabrosa; Ignacio Manuel Altamirano, de fluida gracia en sus
frases redondas y tersas; Vicente Riva Palacio, que en la misma capital de España se hizo
célebre por sus innumerables agudezas y mentiras; Guillermo Prieto, cuya voz
temblorosa de viejo imantaba, dicharachero y feliz, la atención de sus oyentes; Juan de
Dios Peza, punzante y mordaz en la sarta de sus inacabables cuentecillos y chistes; Rafael
de Alba, a quien la fama tenía por rey de conversadores y a tal grado que en una ocasión
en que el Ministro de Fomento daba un baile, la concurrencia prefirió seguir la
entretenida plática del poeta que continuar las polcas, mazurcas y contradanzas.
Don Justo Sierra contaba las cosas con picante burla, soberana maestría y castizos giros,
en tanto que Amado Nervo conversaba con una mansa cordialidad, con ritmo pacífico,
casi con unción, y dábale interés a su charla el tono de compostura suave y apacible,
subrayado por la noble elocuencia de sus manos largas y sus ojos que entrecerraba o que
abría mucho según fuese la frase.
Manuel Gutiérrez Nájera entraba al café o a la peluquería; la camelia en el ojal y el puro
entre los labios, evocando con florida palabra cosas estupendas que no le habían
sucedido. El sapientísimo Victoriano Salado Álvarez dejaba caer en cuanto contaba todo
lo que sabía —y lo sabía todo— con su frase a veces atropellada y dificultosa, pero eso
sí, siempre colorida y apropiada, con nervio para persuadir y disuadir.
Manuel José Othón atraía fácilmente a los tertulianos con aquella su voz ahuecada, la
inventiva fácil y la bondad acogedora. Cuentan de Salvador Díaz Mirón que desde las
siete de la noche encendía la verba sin dejar que nadie más platicara sino él, hasta las
cuatro de la madrugada, y que solamente tenía cinco o seis largos temas, bien tomados en
la memoria y muy cocidos y condimentados, y uno tras otro los iba disparando al infeliz
mortal que se le ponía a tiro de oratoria, con palabra grandilocuente de tono mayor.
Pero, ay, a don Artemio de Valle-Arizpe, a quien Dios perdone, amén, se le olvidó
insertar en su historia al mayor de todos los conversadores de México, Juan Pueblo, el
pueblo mondo y lirondo, el anónimo y jamás bien comprendido pueblo, lo que se dice el
hombre, la mujer de la calle, éste o aquél, que cualquiera se la pasa platicando del alba
hasta la anochecida en una sarta de acontecidos, murmuraciones, chismes de vecindad,
reflexiones de filosofía casera y otras sabrosuras que limpian el alma del mexicano de
todo polvillo que pudiera lastimar el alma. Porque quien habla todo el día, nada guarda en
la trastienda, expuesto como lo tiene en visible aparador.
Fuera de algunas señoras ricas y maniáticas, enfermas de puro aburrimiento por no hacer
nada, que tienen su psicoanalista de planta con quien sesionan periódicamente, la gente
del pueblo, limpia de afecciones mentales, no acude jamás con el psiquiatra, ni el analista
tiene que andar hurgando en los bajos fondos de su espíritu, porque el pueblo no tiene
subconsciente a fuerza de trasladar, con la interminable locuacidad de las pláticas, todo lo
que es fondo a todo lo que es superficie. Mucho antes de Freud, el mexicano viene
practicando la terapia verbal. De la conversación ha hecho descongestionante y alivio,
consuelo y dulzura de la vida.
No puede tener la boca cerrada ni cuando trabaja ni cuando estudia. Con decirles que no
es capaz de guardar ni siquiera un minuto de silencio cuando en los estadios y plazas de
toros lo pide, a nombre de un pobre difuntito, una fúnebre voz en el sonido local. Lo más
que ha podido conseguirse es un cuarto de minuto de silencio.
El mexicano halla modo y razón para bisbisear en la sacrosanta homilía de la misa del
domingo; nadie puede contener el chorro destapado de la plática mientras está viendo una
película en el cine; y ni qué decir cuando asiste a una conferencia. Como la conferencia
es monólogo tedioso y lo que el mexicano busca es diálogo entretenido, se compensa
susurrando palabras al compañero de al lado que está en iguales condiciones. Por lo que
al cabo de un rato todos los oyentes se convierten en conferencistas y el verdadero
conferencista en oyente. Santo remedio para la plaga de conferencias que últimamente se
ha desatado hasta en pueblecillos de tercera.
Así como los varones han erigido en trincheras de sus conversaciones los casinos, las
reboticas, los cafés, las barras de los restaurantes, los postes de las esquinas, las cantinas
de todo jaez, desde el bar seudointernacionalizado que expende jaiboles con angulas
hasta la precortesiana pulquería que a los jarros de neutle añade botanas en chile
colorado, así las mujeres han hecho de los supermercados y salones de belleza oficina de
sus parlerías y asamblea plenaria de sus chismorreos. Son más largas para platicar que
discurso de líder en vísperas de elecciones.
Los tópicos más usuales entre conversadores mexicanos son cuatro. Sea el primero, el
tema climatérico:
—Qué frío, ¿verdad?
—Sí, mucho frío.
—Qué calor está haciendo
—Cómo le va de aires.
La temperatura y la sequía, el nublado y el norte en realidad no interesan al conversador
sino como aperitivo para entrar a banquetes más formales, pretexto para iniciar el
palique, escalerilla de servicio para trepar a la azotea.
Luego que se despacha con honor el comentario del tiempo y sus locuras, aparece un
tema fuerte, con tela de donde cortar hasta el infinito, si de mujeres se trata, el tema
sanitario, que suele ser tratado como por expertas masoquistas. Gozan las señoras
relatando el proceso de dolencias propias y ajenas con una precisión de detalles, que ni el
médico más pintado podría dibujarlos con mayor colorido de pinceles.
Vienen después los diálogos financieros entrecortados de penosos disgustos, ayes
lastimeros, amarguras mortales. Dígame usted qué compra con diez pesos. Todo ha
subido. La situación anda muy mal. No alcanza el dinero para nada. ¿Cuánto paga usted
de contribuciones? Ya no se puede con el alza de precios. Ignorante quizá en otros
apartados de la cultura, el mexicano puede hablar de economía como experto sufrido en
la materia, capaz de manejar entre los labios leyes de ingresos, balanza de pagos, bolsa de
valores, cuenta de ahorros, cotizaciones y plusvalías y con mayor razón letras vencidas,
abonos retrasados, quiebra en el negocito, cheques de hule y drogas a porrillo.
Tema sólo para hombres es la política. Sentados en plazas y cafés, hurtando horas y horas
a la monotonía de la oficina los señores van revisando en orden la política internacional,
de ahí descienden a la nacional donde se dan gusto haciendo cambios y colocando
prospectos, y de ahí bajan un peldaño más para enjuiciar la política del terruño que
conocen como la palma de sus manos.
Tema de última hora que prende emoción y pasión en corrillos locuaces y bullangueros,
es el fútbol que da para averiguar de domingo a sábado, opio del pueblo, imantación de la
fanaticada que no ajusta con siete días a la semana para ponderar un gol y argumentar un
córner. Antes se defendían los colores de la bandera como ahora se defienden los colores
de la camiseta.
Si es verdad que los hombres se dividen en aristotélicos y platónicos —esto es, cerebrales
y sentimentales—, es claro que el mexicano es redondamente platónico, sensitivo desde
el abismo del alma hasta la superficie de la piel. Puro corazón. Por eso el connatural
sentimentalismo del mexicano tenía que incidir, a lo largo de sus pláticas, en un rico
muestrario de interjecciones. Se habla como se es.
Y eso es la interjección. El son del corazón. El grito. El desahogo. La expresión de las
impresiones súbitas del alma. La voz con que prorrumpen los afectos. La dinamita
interior que estalla. La única palabra del idioma que no trasporta una idea porque
conlleva un sentimiento. Caliente, eruptiva, volcánica.
Al abrir cualquier gramática española en el capítulo consagrado a las interjecciones, qué
desilusión. Ahí encontramos un canon de interjecciones como antigüedades en vitrina de
museo. Nadie las usa como lenguaje vivo y cotidiano. Ningún mexicano y ni siquiera un
español dice: Sus, tate, cáspita, guay, quia, recórcholis y otras palabrejas así de
reverendas y obsoletas.
Los mexicanos han ido confeccionando poco a poco su propio sistema interjectivo, de
suerte que de los castizos vocablos castellanos apenas nos quedan unos cuantos; ah, ay,
eh, oh, ojalá, huy, caramba, hola. Y el taurino ole, que según los entendidos es voz de
origen árabe que significa "Oh Dios".
Nuestras interjecciones mayores son las maldiciones que en algunos estratos se vierten
como agua de uso, y quien las ha contado, afirma que de cada diez palabras que
pronuncian esos léperos redomados, una de ellas es insultativa y procaz. Todo este
florido lexicón alude a majaderías sexuales, con la ventaja de que muchos las pronuncian
sin saber el contenido. Cosas que hace la costumbre.
Con las maldiciones a flor de labios, el mexicano se exhibe como es, agresivo y tímido,
indefenso, insatisfecho, definitivamente acomplejado de machismo. Tan débil por dentro,
que necesita simular fortaleza por fuera.
Por pintoresca curiosidad apuntamos unas cuantas interjecciones nacidas al aire de las
plazas y al trajín de la calle. Hervorosas y risueñas. Entre irónicas y picosas.
Sentimentales siempre como su autor, el pueblo soberano.
Es de advertir que muchas de estas interjecciones mexicanas terminan en "le", como
órale, éjele, épale. Este dichoso "le" es pronombre neutro totalmente vacío, verdadera
muletilla sin sentido que a cada paso se incrusta en el lenguaje hablado.

Aguas. Para dar el pitazo, prevenir el peligro, advertir a tiempo la amenaza. Como
cuando se acerca la policía o la suegra.
Ah Chihuahua. No es tanto la entidad federativa ni su capital, cuanto discreto
eufemismo con que se elude una gruesa maldición que empieza con chi, como
Chihuahua.
Ah jijo. El mismo procedimiento evasivo. Se trata del hijo de Chihuahua.
Ah chispeado. No es quien recibe un baño de chispas sino de maldiciones en chi.
Ajúa. Explosión jubilosa de los norteños.
A pa... A veces indica admiración; a pa carrito que traes. A veces descontento; a pa comi-
da ingrata que nos dieron.
Cuas. Interjección más o menos onomatopéyica que imita el ruido del cuerpo que cae. Se
usa para reírse de quien dio el costalazo o el changazo. Cuas, se fue de hocico.
Charros, charros. Interjección doble. Es un mentís rotundo. Oposición definitiva. En su
lugar puede usarse: chorros, chorros.
Ehi, eita, éítale. Para llamar a alguien. Para llamar la atención de alguno.
Epa, épale. Tiene los mismos significados y usos que la anterior.
Ejele. Cuando dudamos de lo que nos cuentan o de plano lo negamos. Y en todo caso con
un ribete de burla.
Fuchi, fúchila. Para expresar asco.
Hijo, híjole, íjole. Otro recatado eufemismo para evitar aquello de "hijo de la..."
Juega. Aceptación. Sí, con gusto, está bien, convenido.
Ora, órale. Tiene múltiples significados; ya, enseguida, cómo no, de acuerdo.
Pácatelas. A la hora de la caída, el golpe, la derrota.
Sobres. Es lo mismo que "juega".
Uuuuh. Burlesco.
Vóytelas. Sinónimo de "pácatelas".

Con estas yerbezuelas aromáticas se condimenta el sabor y el punto de las charlas


cotidianas que los habladorsísimos del barrio extreman en cantidades industriales. Por
gente así tal vez se dijo que el silencio es oro.
La vida del mexicano empieza cuando alguien dice jubilosamente "ya habla el niño",
termina cuando alguien solloza con suspiros "ya no habla". Es una historia de palabras.
EL MATRIMONIO

LAS primeras escaramuzas se anticipan cada vez más. Marta de 13 años y Carlos de 15.
Juanita de 14 y José Guadalupe de 16. Ella anda terminando la primaria en la escuela
Expropiación Petrolera y él es aprendiz en un taller de ventanas donde gana cuarenta
varos por semana. O, traducido a tecnicolor; él ejerce de vago corriendo por avenidas y
periféricos en el carro de su papá —escape abierto, autoestéreo, cigarros de fayuca—, y
ella estudia secundaria en el internado del Sacratísimo Corazón, alma muy limpia, de
familias muy honorables de Guadalajara.
Todos novios. En ligue. Amarrados. El amor llega con las primeras lluvias. Cuanto antes.
Para no aburrirse. Para ir aprendiendo. Y pasársela a todo dar.
Adolescente sin pareja apenas queda alguno, expuesto a lástimas, admiraciones y
sospechas de los cuates, los carnales, usted sabe cómo es la raza.
La novia típica mexicana es una muchacha bajita, morenita, ojos negros; va a misa los
domingos, trabaja de secretaria, tiene cuatro hermanos menores y dos mayores, su papá
es muy derecho, a mí no me vengan con sus cosas, ustedes dense a respetar y la que salga
con domingo siete ahí está la puerta de la calle, ese día hagan de cuenta que me morí, no
cuenten conmigo para nada, ay de ustedes si las encuentro con algún pelado.
De los noviazgos de las hijas no quieren saber nada los papás y aunque sepan se hacen de
la vista gorda, se les figura que pierden su dignidad si se rebajan a tratar el asunto de
frente; prefieren dejarlo a un lado, prohibido tocar, pintura fresca. Las mamas, al fin
madres y no padres, son las que están al tanto del secreto y condescienden. Que no se
entere tu papá, Rosita. Anden con mucho cuidado. Porque donde los vea...
Para no faltarle al respeto a su padre, Rosita y él se refugian en el cine, algún sitio lejano,
si es oscuro tanto mejor, no por nada, sino por evitarle un coraje a su padre, tan enfermo
del hígado como ha estado últimamente.
Las hijas de las mamas, todas tienen novio; pero las hijas de los papas, ninguna tiene
novio. De tan embarazosa situación no es raro que alguna resulte embarazada, porque a
falta de control y comprensión paterna, se da el triste caso de que el novio abuse o
piensen entre los dos que sólo así don-papá concederá el permiso para que la niña se case.
Si alguna vez los compañeros de trabajo le sueltan la pregunta a quemarropa, "oye Justo,
que tu hija tiene novio", don Justo, muy entero, muy digno el hombre, lo niega con igual
desplante y desenfado. ¿Mi hija con novio? Cosas de muchachos. Chiquilladas. Nada
más.
El novio típico mexicano tiene veintiún años, pelo lacio, ojos cafés, presume de
deportista, muy al tanto del fútbol, perito en la materia, posters en su recámara, sabaditos
alegres con los cuates, forcejeos cada noche con la mamá, por qué llegas tarde, nunca das
un centavo a la casa, no sales de parrandear con tus amigos, aquí nunca te vemos, no
ayudas en nada; siempre en vivo pleito con tus hermanos; desde que andas con esa tal
Rosita eres otro; me estás acabando la vida.
El papá suele entrar al quite. Déjalo, vieja, yo sé lo que te digo. Desde que anda con
Rosita ya no falta al trabajo. Para un hijo calavera, nada como el matrimonio. Los papas
están convencidos, tal vez por personal experiencia, que con la boda encuentran los
juniors la horma de sus zapatos. Al matrimonio inducen a sus hijos varones no tanto
como realización de su vocación y plenitud humana, sino como institución correccional
donde los muy acelerados jovenzuelos encontrarán segura readaptación social. A partir de
la marcha nupcial se acabarán parrandas, borracheras y mujeres conforme empezarán a
mostrarse trabajadores, abstemios y ahorrativos. Apenas consuman la mutua conquista,
los enamorados se intercambian los trofeos de la victoria. Ella comienza a lucir al cuello
una medallita de la Virgen de Guadalupe, media bañada en oro para disimular la chafa,
que él le regaló si no como insignia de su religiosidad, que brilla por su ausencia, sí como
atinada argucia para que ella lo tenga por respetuoso y morigerado.
Ella, a su vez, le presta el anillo de graduación, pero qué más que le obsequia su retrato
con dedicatoria, que el novio guarda en la cartera con mayor esmero que su alma,
protegiéndolo con fuerte mica, ahí donde también conserva los documentos más
importantes de su vida: la cartilla del servicio militar, la credencial del Seguro, la
credencial de la escuela, la credencial del club deportivo, la boleta del empeño del reloj,
los teléfonos de los cuates y una docena de tarjetas con que el pobre indefenso acaso
pueda protegerse de policías y otras acechanzas menores.
Vivir en el país es aprender a ser influyente. Se crece en años y en mañas para saber estar
a la defensiva. Uno contra todos y todos contra uno. El tarjetismo nacional no es manía
de coleccionista, sino necesidad de protección.
Vea usted qué reacción tan diversa suscitan los anillos, las medallas y los retratos. Las
amigas de la novia: Dichosa tú que fuiste elegida. Los amigos del novio: Ahora sí te
pescaron, mano, a sufrir y portarse bien. En ellas, la alegría con un ribete de envidia. En
ellos, una infinita tajada de lástima.
Las metáforas con que verbalmente se acarician los novios son moneda circulante desde
antaño, gastada, desgastada a fuerza de uso; pero con qué brillos de novedad y timbres de
sorpresa se dicen al oído esta trilogía de arrullos así de cursi y así de cariñosa: Mi rey, mi
cielo, mi corazón. Aún no inventan la cuarta metáfora.
Que allá entre la raza, los imaginativos palabreros llaman a la novia, con perdón sea
dicho del reverendo diccionario de la lengua, la gorda, la chava, la chamaca, la rorra, la
vieja, la mona, la joya, la rubia, la costilla, la ruca, la torta, la cebolla, la changa, la maría,
la chamacona, la morra, la ranfla, el asunto, el detalle, el chicharrón, el ágape y el parche,
por aquello de que no se despega.
Las parejas suelen despedirse con pregunta inevitable. A qué horas nos vemos mañana.
Desde el primer momento entra en funciones el horario de las entrevistas, que está en las
antípodas de la semana inglesa. Su ley federal de trabajo anhelaría horas corridas,
supresión de vacaciones, de ser posible turnos extras, con predilección por el turno de la
noche. No por nada, la noche y su lámpara de plata ha iluminado el romanticismo tan
antiguo como el mundo con no sé qué inefables llamas de atracción.

Eso de pelar la pava


tiene mucho que entender,
unos platican de noche
y otros hasta amanecer.

La noche propicia ese dulce trabajo, la obligación reglamentaria de echar reja, ir a pegar,
ir a castigar, pasar revista, pasar lista, echar lío, checar, garcear, caldear, galanear,
reportarse, gatear, pero con una exactitud cronométrica fuera de serie. Pues lo único que
en México empieza a tiempo es el fútbol, los toros y las citas de los novios. Como que los
traen locos, los traen de un ala, los traen derrapando, marcando el paso, arando el suelo
con las pestañas, andan entradazos, bien empelotados, volando bajo, los muy volados,
encariñados, enamoriscados, acaramelados, flacos y ojerosos del poco comer y mucho
suspirar.
Como a la tercera entrevista, el novio le desliza a la novia cuestiones muy sutiles como
de analista y confesor. Quiere estar seguro, convencido, certificado con pruebas
contundentes de que su novia es señorita, lo que se dice virginal, impoluta, agua
electropura, o no podría ser ella digna ni de desatar la correa de sus sandalias. La más
leve sospecha, un rumor etéreo, cualquier chisme improcedente basta y sobra para poner
punto final al noviazgo por feliz que hubiera sido.
No ha nacido mexicano que se beba un trago de agua donde otro haya bebido. El vaso ha
de ser purísima red de cristal, o se avienta lejos estrellándolo ipso facto. El posible cliente
jamás se decidiría a realizar la compra sin la garantía de la virginidad de la mujer con que
sueña. Sueña y se desvela. Los celos lo agitan, las dudas lo conturban, las interrogaciones
se abren y jamás se cierran. Si fuera posible, el novio encerraría a la novia en un
convento, una isla desierta, una cápsula espacial, tal vez un Skylab de fabricación casera,
para que ni ella viera el rostro de ningún hombre ni una mirada varonil se posara como un
pájaro en el temblor de sus hojas.
Siente una terrible envidia por Adán, que pudo amar sin tropiezo de rivales. Aunque, bien
vistas las cosas, Adán no tuvo más opción que Eva.
El novio mexicano, que para eso es hombre, suele ser muy opcional, se da su tiempo para
promiscuar con una y otra novia, y aun para alternar el casto amor de su noviecita santa
con alguna aventura sabatina o dominical. Exige una fidelidad que no practica y pide en
exclusiva lo que no sabe dar.
Sigue creyendo el grandísimo pícaro que a cada varón mexicano le tocan nueve mujeres.
Puestas una detrás de otra, sumarían 14 metros con 85 centímetros. Casi 15 metros de
mujer. Serían 450 kilos en caso de haber guardado la línea, 18 brazos, 180 dedos, 288
dientes dispuestos a comer tres, cuatro veces al día. ¿Qué Atlas puede soportar estos
mundos? Dadme un punto de apoyo y moveré el universo.
A donde quiera que va la pareja, los amigos la asaltan con la misma imprudencia. Cuándo
se casan. Aquello es un tiroteo. Un disco rayado. Cuándo se casan. La novia entonces,
desde su estatura de niño y de dedal, levanta los ojos cuarenta centímetros arriba como
para leer en las pupilas del amado la respuesta que la desosegada viene anhelando desde
hace tres años. Pero, ay, el escurridizo se esfuma con pretextos monumentales; apenas
termine mi tesis; estoy esperando que me llamen de un trabajo, ahora que se alivie mi
papá, sin que falte un bobo, inasible "ya mero". Los novios varones podrían lucir por
leyenda de su escudo "noviazgo sí, matrimonio no".
A veces llega el día. Después de mil entrevistas y de dos mil telefonazos. Después de
haber tomado juntos muchos litros de refresco, muchos kilos de pastelillos. A veces llega
el día, después del estira y afloja entre los consuegros, después de haber roto el noviazgo
varías veces, cuando se devolvieron sus cosas, cuando el anillo de graduación volvió a su
dueña y la medalla de la Virgen de Guadalupe regresó al donante, cuando ella llegó
llorando a su casa porque "terminamos", él explicó en rueda de amigos "la corté" y algún
cuate enterado, "te la tumbaron". A veces llega el día.
Exactamente igual que en tiempos de los aztecas, el novio sabe hoy que no sólo se casa
con la mujer sino también con la familia y que el contrato de dos se desborda a los clanes,
donde el proyecto de boda pudiera encontrar oposiciones, reticencias, plazos, tal vez
como acontece en el campo, tentativas de amenaza y aun balaceras tupidas que ponen al
amor con pies en polvorosa. Como Dios puso al perico, verde y en una estaca.
Por aquello de las dudas y para hacer las cosas como Dios manda, los padres del novio se
apersonan a las nueve de la noche con los padres de la novia para pedir la mano y cuanto
está conexo con la mano de su hija: cabeza, cuello, tronco y extremidades.
Aunque la novia está dada mucho antes de estar pedida, el pedimento es un rito. Saludos.
Caravanas. Silencios. Proposición del asunto. Argumentación. Diálogos. Ataques y
contrataques. Oratoria forense. Sistema parlamentario.
La novia entre tanto está en su recámara, frente al tocador, mordiéndose las uñas de puro
nerviosismo. Bonare, Valium-5, té de hojas de naranjo. Y una veladora encendida en
honor de San Judas Tadeo, patrono de imposibles. El novio acecha en la esquina, traje
nuevo, cigarro tras cigarro, en espera del fallo del tribunal colegiado.
—Si su hijo José Guadalupe y nuestra hija Rosita ya se pusieron de acuerdo, nosotros no
tenemos por qué oponernos. El papá de Rosita concluye filosofando con lógica fatalista,
de la mejor cepa mexicana. Ni modo. Es ley de la vida.
La señora de la casa entra en escena con una botella en alto. La copa de la paz. La firma
de los tratados. Qué prefieren, un jerecito o un brandy.
Desde ese momento José Guadalupe asume su papel de soberano. Aquí mando yo. Rosita
deberá abandonar el trabajo a partir del día siguiente, y esperar en casita hasta que salga
de ahí, entre torbellinos de gasa, a los pies del altar. Si necesitara salir a la calle, habrá de
acompañarla su madre o en su defecto alguno de los cuñadillos, para evitar que ande sola,
ovejuela entre lobos. Se dan casos en que la mercancía, tan bien empacada por el
remitente, llega hecha polvo a su destino, y a veces ni llega. Una nueva página de
fidelidad se abre ante los ojos de Rosita.
A media noche irrumpe José Guadalupe a la casa de los inminentes suegros, acompañado
de mariachis y media docena de cuates. El gallo. El balcón. La luna nueva. Las canciones
románticas, llorosas. El vecindario insomne, fastidiado. Las guitarras. El bajo. Las
botellas de vino. Un grito horadando las sombras. El naufragio.
Una vez fijada la fecha de la boda, las novias mexicanas se vuelcan en la confección del
vestido. El sueño acariciado desde el alba de la vida. Casarse de blanco, la frente muy en
alto.
A medida que la cola se va armando a fuerza de hojear revistas americanas de modas,
visitar almacenes, contratar costureras expertas en holanes, correr por la tía para que
emita su opinión, colocar espejos ante pecho y espalda de la novia para que diga cómo se
siente; a medida que empieza a verse el montaje y la puesta en escena del escote en V, las
hopalandas y el tocado, gracias al medio kilo de los siempre útiles alfileres que dan el
toque final, todo el hogar respira. Un aire de felicidad llena pasillos y recámaras. El
vestido blanco salvó por esta vez la dignidad de la familia. Patria o muerte, venceremos.
Al hojear el periódico de la mañana, el lector puede saborear la linda croniquilla en la
página de sociales que se inaugura con esta cabeza: "Lluvia de dólares para Rosita y José
Guadalupe".
El lector avisado se preguntará por qué, en la inminencia de la boda, los amigos regalan a
los novios precisamente dólares, ahora tan flotantes en la bolsa de valores, en vez de
obsequiarles moneda nacional, estos pesos chiquitos pero picosos, firmes y aguantadores
como la raza, si al fin y al cabo se compra lo mismo —es decir, nada— con un dólar que
con doce pesos cincuenta centavos.
La croniquilla continúa. Es una delicia: "Anoche se reunieron en la residencia de Rosita,
sita en las calles de Práxedis Guerrero, un grupo de amigas para despedirla de soltera,
pues la semana entrante contraerá enlace con su prometido el joven José Guadalupe
López Pérez, quien asistió en compañía de sus numerosos amigos. Se sirvieron bocadillos
y se hicieron bromas. Rosita, que lucía una preciosa combinación marrón, recibió de
regalo el simbólico rodillo".
Estas croniquillas sociales tienen una grandísima ventaja para quien las escribe: siempre
dicen lo mismo, lo único que varía es el nombre de los personajes.
El experto lector del periódico, que sabe leer entre líneas, entiende que entre bocadillos y
bromas, los numerosos amigos del novio, con el novio al frente, consumieron cantidades
industriales de vino a cuenta del próximo suegro, que las bromas fueron sangre molida,
de tan coloradas y anatómicas, y que así exprese el rodillo el grito de liberación de
millones de mujeres reprimidas por siglos, Rosita lo seguirá usando para amasar el pan
del desayuno. Una nueva reina del hogar se entroniza en México. El antecomedor es su
palacio. El rodillo, su cetro. Los panes tan bien hechos, su corona.
Psss. Psss. Alguien trata en vano de poner silencio a la concurrencia. El señor juez ha to-
sido, señal que va a entrar en funciones. Un libretón de cuatro kilos sobre la mesa. Los
anteojos de leer. Un rostro ceremonial, de pompas fúnebres.
—¿Es su voluntad unirse en legítimo y disoluble matrimonio?
Rosita ha oído bien. Disoluble matrimonio. Ella venía decidida a lo indisoluble. Creía que
la fórmula del amor era para siempre. Ojalá José Guadalupe, que se frota una mano con la
otra, sudorosas ambas, no se haya fijado en que el juez dejó la puerta entreabierta,
rendijas al divorcio, persianas a la disolución del vínculo. Ni lo quiera Dios. Los felices
contrayentes agachan la cabeza.
—Sí.
—Declaro en nombre de la ley y de la sociedad que quedan ustedes unidos en legítimo y
disoluble matrimonio (Rosita parpadea), con todas las prerrogativas (sonrisa de José
Guadalupe) y con todas las obligaciones (cambio a ceño fruncido) que la ley impone a los
casados.
Desfilan a firmar, mudos, parsimoniosos, los clanes de uno y otro contrayente en rigurosa
jerarquía; abren la marcha los calvos tíos de traje oscuro, a continuación los melenudos
primos hermanos en color pastel; firma también el antiguo patrón de Rosita que le pagaba
salario mínimo y seguro, porque el nuevo patrón que es José Guadalupe, lo más seguro es
que no le pague nada.
Fue una boda muy sonada. Cual deben ser en México. Las fiestas se hacen echando la
casa por la ventana, o mejor no se hacen. Que si uno se queda después sin lana y toditito
endrogado, ahí Dios dirá.
Tan sonada fue la ceremonia como que empezó cincuenta minutos tarde, que los
invitados, con sus mejores trapitos, aprovecharon platicando muy a gusto en el sagrado
recinto de la iglesia.
Fue una misa de bodas herida por ráfagas de fotógrafos, pajecitos malabaristas
revolcándose en la cola de la novia, desfile de damas, que lucían ¡horrores! cual ramillete
de fresas, señoritas muy serviciales repartiendo envoltorios de arroz a los fieles mientras
predicaba el padre.
—Rosita, recibe también estas arras en señal del cuidado que tendré de que no falte lo
necesario en nuestro hogar.
Las arras son el enganche, apenas el enganche de una cuenta que jamás acaba de saldarse.
Fue una alfombra larga, larga, por donde una lánguida paloma salió del brazo de un
pingüino. ¡ Arriba los novios!
Como a últimas fechas las parejas prefieren casarse de noche por evitarse el gasto de la
comida formal del mediodía, al mole tradicional de sabores, temperaturas y perfumes
telúricos, sucede hoy un insípido, un inodoro lunch en frío, el clásico sandwich, la
gelatina escurridiza, la ensaladita de zanahoria y papas con mayonesa, una cuba libre de
entrada y rebanada de pastel a la salida.
En el momento más álgido de la recepción, los novios se dirigen a la mesa donde está el
pastel de bodas, embetunado con una semana de anticipación, las manos entrelazadas, el
cuchillo en alto, la tajada, el aplauso, el grito no diremos de los invitados, pues la mitad
de los presentes se invitan solos y arrastran a sus cuates, el grito de la chaviza enardecida:
Béeso, bée-so, bée-so.
Las suegras medio horrorizadas susurran al unísono.
—Qué tiempos.
¿A dónde irán los novios de viaje de bodas? ¿A las embrujadas playas de Acapulco y
Puerto Vallarta, o el paquete turístico de los muy brujas apenas los dejará al borde de
Xochimilco y San Juan de los Lagos?
Los lunamieleros abandonan el salón. Dejadlos solos. Prohibida la entrada a menores de
edad. Un día volverán y sabrán entonces que la marcha nupcial se convierte, pronto, en
marcha crucial.
LA POLÍTICA

DEAR Daniel:
Como te lo prometí cuando el director de nuestro periódico me notificó que viniera de
Nueva York a México para escribir una serie de reportajes sobre la política de este país
"very very different", cumplo con escribirte ésta y otras cartas. Confidenciales, tú sabes.
Al periódico mandaré cosas peinadas y en su lugar. Esto no es más que desahogo de
amigo. Cuidado con hacerme un "watergate".
Mi primer contacto ha sido con un grupo de políticos jóvenes, entre los 30 y 40, que se
reúnen cada tarde en el Café Capitolio. Creo que te suena el nombre. No ha sido nada
fácil. Yo no soy para ellos más que un gringo y además un periodista. "Danger", por
ambos lados.
Poco a poco se ha ido rompiendo el hielo y casi puedo asegurarte que ya empiezan a
aceptarme sin tantos recelos. No hay día que no los oiga decir: los mexicanos somos puro
corazón. Viven orgullosos de autodefinirse así.
Apenas mis amigos se acomodan en la mesa del café, jalando sillas de donde encuentran
y vaciando las mesas cercanas de ceniceros, servilletas y azucareras para surtir la propia,
todos sacan al unísono su cajetilla de Raleigh con filtro y, como impulsados por resortes
automáticos, extienden el brazo al mismo tiempo para ofrecerte un cigarro. Es un bello
gesto de gimnasia y cortesía. Gracias, prefiero de los míos.
Qué quieres tomar. Nada, les dije la primera vez, yo no acostumbro. Ellos pensaron que
yo era abstemio, hijo de la ley seca, conforme yo pensé que ellos me juzgaban ladrón o
lépero indecente. Mi diccionario dice que tomar significa coger alguna cosa. Pero según
los mexicanos, tomar es beber. Algunos toman tanto en activo, que luego se vuelven
pasivos, andan tomados.
—Señorita, tráiganos por favor unas cervezas.
En México son señoritas casi todas las mujeres. Bendito sea Dios. Hasta las divorciadas.
Señoritas son las maestras de escuela, las empleadas de tiendas, las enfermeras de
hospitales, las secretarias de cualquier oficina pública y privada, las recepcionistas de
consultorios, las meseras de cafés y, por sabido se calla, cualquier novia que pudiera
convertirse en esposa. Mujer que trabaja, es preciso graduarla de señorita. No sólo por sí
o por no, sino porque a ver si así le hacen caso a uno.
La señorita mesera no suele apersonarse a la primer llamada. Es necesario inducirla con
señas, atraerla con voces, como hace el torero para fijar la atención de los mansos,
inducirla con discretos aplausos o rudos golpes descargados sobre la mesa, dedicarle
alguna furtiva sonrisa y convencerla al fin con razones de orden cronológico. Señorita,
por favor, ya tenemos media hora esperando. Señorita, me quedan diez minutos para
entrar a la chamba.
Todos mis amigos están casados. Y aunque bastante jóvenes, todos están casados con
viejas. Yo no entiendo que si son puro corazón, así llamen por cariño a sus mujeres. Me
dicen que casarse y engordar es aquí asunto de rutina, desde luego en ellas, y por
concomitancia en ellos.
Como me ven extrañado observando a la señorita mesera tocada con una especie de cofia
blanca de enfermera de la Cruz Roja o monja actualizada, mis amigos me explican que
anda vestida de tehuana, porque a este café vienen muchos turistas gringos amantes de lo
"typical". Tú sabes que todo es permitido a nombre del folklore.
No sé por qué acostumbran las meseras limpiar las mesas con dos o tres trapazos
precisamente cuando los contertulios llegan a sentarse. Cosas del folklore, tal vez.
—¿Cómo ven ustedes la situación? Mis amigos comienzan a pasar revista a la política
nacional. Una política que se presenta con dos caras distintas, atractiva y repelente,
despreciada y sobrevalorada, digna de atención y de olvido. Apasiona y decepciona. Igual
que la concepción dualista con que los antiguos indios entendieron el mundo, igual que
sus dioses que fueron a la vez constructores y destructores. Igual que la Coatlicue Mayor,
la política es también la madre fecunda por la que tantos viven y la devoradora fatal que a
tantos quema hasta la incineración.
De esto te platicaré muy pronto. Saludos a los colegas de nuestro periódico "The Mirror"

Estimado Daniel:
Los mexicanos nunca se apasionan tanto como cuando hablan de fútbol, de toros y de
política. No sé hasta qué punto el interés de la política se vea disminuido por la
futbolización del país. Donde quiera se da algún opio del pueblo. Se da o se lo dan.
Quiero decirte que el mexicano es más espectador que actor de la política. Prefiere ver los
toros desde la barrera, comentar la faena desde la barra del café, que tirarse al ruedo a
donde sólo bajan algunos para saciar sus ansias de novillero y salir de ahí, los pocos
diestros que saben manejar la mano izquierda, por la puerta grande, y la turba de
ingenuos maletillas directamente a la enfermería. Coatlicue vital y mortal, la política da y
quita como el Coso de Insurgentes.
Pero como espectador de la política, qué activo, qué hervoroso, qué enterado resulta el
mexicano. Maneja los hechos y los interpreta, discute y opina, comenta y chilla,
reflexiona y crítica. Murmurar de la política es artículo nacional, mexican-curios, en fila
con los sarapes de Saltillo, las guitarras de Paracho, el mezcal de Laguna Seca y los
chicharrones de Tepatitlán. Algo que el mexicano lleva en la sangre. Cuestión de genes y
cromosomas. Verdadero genio de la raza.
Nunca apasiona tanto la política al mexicano como cuando la lumbre de ella llega a los
aparejos de él, cuando en inevitable encuentro chocan las leyes con sus intereses, se
atraviesan los gordos impuestos por sus flacos bolsillos y el bien común trata de
enseñorearse del bien particular. Me parece que el mexicano no acaba de entender
todavía ni el sentido ni la función del bien común, según vive defendiendo con uñas y
dientes su propio bienestar, a veces por encima del bien común, a veces a costa del bien
común.
Esto lo entendí mejor la otra noche en que fui a ver al cine una película que se llama
"Mecánica Nacional". Y es que como todos tratan de aprovecharse de todos, el pobre
ciudadano opta por madrugarles a los demás antes que los demás le madruguen a él. Todo
es cuestión de adelantar el reloj o la teología. Aquí oigo decir mucho esta frase: "Al que
madruga, Dios lo ayuda", que me hace recordar aquélla otra de Patricio Chamizo:
"Ganarás el pan con el sudor del de enfrente".
Voy ganando terreno en el grupo de amigos, que capitanea como líder Mister José
Guadalupe López Pérez. Un buen muchacho. Al encontrarlo ayer en la calle me dijo: Nos
vemos en el café, yo te lo disparo, cuate. Después supe que cuate es aquí lo máximo. Más
que amigo. Mucho más. Algo así como hermano gemelo, y que es palabra azteca, coatí,
que significa precisamente eso.
Lo que me trae confundido es por qué este hermano del alma quiere dispararme,
arrojarme el café, tirármelo a la cara. El mexicano dispara lo mismo un balazo que un
"cofee pot". Pancho Pistolas.
¿Por qué, le pregunté a Mister López Pérez, por qué si los mexicanos hablan todo el día
de política, por qué un cincuenta por ciento de la población se mantiene al margen de
ella? En las elecciones presidenciales de 1964, ocho millones de mexicanos que deberían
votar, no votaron. Y así en cualquier episodio mayor o menor. Abstencionista pertinaz, el
mexicano lo es por inercia, por ignorancia, por dejadez, sobre todo por inconsciencia
cívica, y quizá también por personal convicción y experiencia de siglos.
Lo mismo cuando fue indio puro, mestizo de dos razas, variopinto de sangres, en aquellas
castas en que fue mulato, lobo, torna-atrás, morisco, albino, zambayo o cambujo, luego
novo-hispano subordinado a la Corona de España, y al fin mexicano independiente,
siempre se encontró con que jamás pudo comer a la carta eligiendo democráticamente a
su placer lo que apetecía, sino que desde que apareció el hombre en este cuerno de la
abundancia, una oligarquía habilísima en preparar comidas corridas le viene sirviendo un
menú obligatorio que, a fuerza de no haber otro, tiene que ingerirlo, así sea poco
apetitoso, falto de calorías, crudo, requemado o indigesto.
Porque si de historias se trata, el mexicano no se acuerda haber elegido jamás ni a reyes
aztecas ni tarascos; nunca fue a las urnas para votar a favor o en contra de oidores y
virreyes, emperadores rubios y altezas serenísimas y, aunque después luchó y murió por
el sufragio efectivo, resultaba con que el premio mayor de la lotería ya había caído
mucho antes de celebrarse el sorteo, con lo que de tonto andaba comprando cachitos,
compadeciendo huérfanos y haciéndose ilusiones de pegarle al gordo.
La política a la mexicana es difícil de asir como la igualdad a la norteamericana y el
macarrón a la italiana. No sé cómo empezar mis reportajes para "The Mirror". Para tu
tranquilidad, te diré que Mister Salvador Novo, que es académico de la lengua, cronista
de la Ciudad y señor de los anillos, me explicó que disparar es un mexicanismo con
significado de invitar. Así que me salió el tiro por la culata. No me aventaron el café, me
lo obsequiaron. Estos mexicanos son puro corazón. Ba-bye.

Dear cuate Daniel:


Mis técnicas de reportero me vienen fallando. Por más que trato de investigar si alguno
de mis amigos se lanzará como candidato en las próximas elecciones, nadie suelta
prenda. José Guadalupe me ha dicho que para ser político en México se necesitan tres
cualidades digamos sicosomáticas: buena lengua, buen estómago y buena espalda. La
lengua para saber hablar, pero yo creo que sobre todo para saber callar, porque candidato
que habla se quema. El estómago, para resistir los menudos kilos de barbacoa y
espumosos litros de cerveza con que sus simpatizadores agasajan a presuntos, electos y
ungidos. La espalda para que, como agua sobre concha, por ahí se resbale todo lo que tú
puedes imaginarte.
El político salta como la liebre, por donde menos uno se la espera. Hasta de la manga de
la camisa, como por arte de prestidigitación. El que se siente amarrado, de pronto se mira
suelto al vacío y atraído por una ley de gravedad hasta que no da el changazo, según
expresión muy extraña que oigo con frecuencia. Debería decirse dar el personazo, ya que
la caída no es de changos sino de personas, a no ser que ahí se esconda una sutil
referencia al darwinismo.
Aquí no te dan nombres concretos; el candidato es un fantasma, se llama el tapado. Tapa-
do. ¿Por qué? Mi diccionario español dice que tapado es un adjetivo masculino singular
—de veras, muy singular—, que significa torpe o cerrado de inteligencia. No seré yo
quien lo diga, sino el pueblo que lo soporta.
Pero como mi diccionario es un humilde pocketbook, telefoneé a un amigo para que me
aclarara el término. Me contestó muy amablemente diciéndome que él nació en San Luis
Potosí, y que allá en su tierra se llama tapado al que por comer muchas tunas, no puede
obrar. Como tampoco entendí de qué obras se trata, con pena y todo volví a molestar a
mister Salvador Novo, el cual como libro abierto con encuadernación de lujo, me explicó
que tapado es otro mexicanismo. Tapado es el presunto candidato, cuyo nombre se
guarda en secreto hasta última hora.
¿Pero quién lo guarda, Mister Novo, quién lo sabe, quién lo designa? He llegado a la
hipótesis de que aquí hay dos clases de electores: Los de arriba y los de abajo. Los de
arriba seleccionan el personaje y los de abajo simplemente votan por él. Los de abajo son
el pueblo, los ciudadanos, lo que se dice la raza. Pero, ¿quiénes son los de arriba? ¿Quién
es el gran elector, el acomodador en el teatro, el repartidor de utilidades, el juez que dicta
la última palabra? La política mexicana está en fila con las películas de suspenso, o la
Avenida de los Misterios, esa que desemboca en la Basílica del Tepeyac.
Para que veas lo atrasado que andamos por allá en la Unión Americana, en Estados
Unidos sabemos quién es el vencedor hasta 48 horas después de las votaciones gracias a
un costoso montaje de computadoras electrónicas, mientras que aquí se conoce con
certeza metafísica hasta medio año antes de la votación. Para lo que basta y sobra una voz
al oído, un recadito de tres palabras, un simple telefonazo, un sobre lacrado, una
palmadita al hombro.
Sabrás que allá por el año de 1929, el presidente Plutarco Elias Calles, que en paz descan-
se, creó un partido político que jamás ha sido partido, ni compartido ni repartido, sino
monolítico y erecto cual los gigantes de Tula, de suerte que en sus 44 años de galana vida
no ha perdido una sola elección de presidente de la república, ni de gobernador o senador,
para que lo sepan allá los republicanos y los demócratas, que a veces ganan y a veces
pierden, aunque a veces también ganan perdiendo o pierden ganando.
A los otros tres partidos políticos que hay en este país, les cae de vez en cuando algún
escaño del Congreso o tal cual alcaldía de tono menor y sinfonía inconclusa. Fenómeno
sin igual que el mexicano designa con patente automotriz de "carro completo". Preciosa
imagen de lirismo. Imagínate que tú eres dueño de un Mustang último modelo. Por
amplio que sea, el cupo es limitado. Y es claro que tú prefieres llenarlo con tus amigos.
El viaje es así más cómodo y feliz.
Mis perplejidades no acaban, Daniel. ¿ Quién fabrica a quién? ¿El gobierno al partido o
el partido al gobierno? Aún el mexicano que va por las tardes al Café Capitolio no ha
podido descifrar el enigma de la Esfinge. Apenas se le ocurren malos pensamientos y
falsos testimonios, pues a veces cree que el partido sirve para que sean elegidos
democráticamente las personas previamente designadas por el gobierno, y a veces piensa
lo contrario; que los altos mandos del partido son quienes seleccionan, eligen y
entronizan a cuanto ciudadano ocupa un puesto de representación popular. Así se la pasa
discutiendo horas y años sin acabar de saber quién engendra a quién, si el partido al
gobierno o el gobierno al partido. Todo un morrocotudo problema de paternidad
responsable, que ni con análisis de sangre.
Pero aficionado como es a la historia patria, al mexicano le bastará hojear el libro tercero
de la "Historia antigua de México" escrita por el sabio Francisco J. Clavijero para que ahí
compruebe que en pleno siglo XIV, Acamapitzin fue el creador del PRI y de la familia
revolucionaria. Nada de hipótesis, historia químicamente pura. Verás:
Hasta el año 1352 el gobierno mexicano era aristocrático. La nación prestaba obediencia
a una camarilla de veinte miembros, compuesta todavía no por compadrazgos y
recomendaciones, sino por personas las más notables por su nobleza y sabiduría. Un buen
día la camarilla decidió, naturalmente sin consultar al pueblo, erigir su pequeño estado en
una monarquía. Entonces eligieron a Acamapitzin con el más ortodoxo estilo nacional
que es el clásico dedazo; pues como escribe Clavijero, lo designaron "los sufragios de
algunos electores a cuya decisión se sometieron todos".
Como esta primera experiencia de elecciones que hubo en la nación resultó tan cómoda y
pacífica, sin que ningún indio plebeyo o caballero-halcón amenazara con porristas
armados de flechas con punta de obsidiana ni organizara mítines callejeros al son del
teponaztli, el feliz ensayo se convirtió en costumbre y la costumbre en ley, como suele
ser el proceso de las cosas de este mundo, por lo cual después de seis siglos corridos
seguimos con iguales procedimientos democráticos. Unos cuantos designan
previamente al Acamapitzin en turno que posteriormente la inmensa mayoría elige,
acepta y reverencia, los brazos cruzados, la frente inclinada, la boca ligeramente abierta
para que por ahí pueda escaparse el inocuo y gracioso desquite de los chistes.
Apenas designado emperador, Acamapitzin comenzó luego a coleccionar mujeres,
quienes, agradecidas por el título de reinas con que su señor automáticamente las
honraba, le dieron muchos hijos, a los cuales el emperador fue situando como
gobernantes y administradores de la cosa pública, de suerte que en un momento dado el
poder quedó en familia, la primera familia revolucionaria que registran los fastos del país.
Esta otra segunda experiencia de controlar el poder entre los afines, se convirtió
igualmente en costumbre y ley. Pues enseguida se integró un Consejo de Estado formado
por nobles de la misma sangre, es decir, compuesto por individuos de la misma familia
reinante. A la muerte del Tlacatecuhti o señor principal, este Consejo decidía quién había
de substituirlo, pero cuidando siempre que el sucesor tuviera gotas de su misma sangre.
Exactamente lo que hoy acostumbra la familia revolucionaria que no suelta fácilmente el
poder a ningún extraño, llámese partido de oposición o ingenuos independientes, sino que
da la exclusiva a sus propios hijos, cual debe ser, aquellos que viven unidos no por delez-
nables vínculos carnales como hacían los aztecas, sino por más altos dinamismos
psicológicos, como pueden ser los reconocidos servicios a la causa revolucionaria, la
mutua amistad, los intereses personales o de grupo, el temor a la derrota, la disciplina al
partido con esperanza de conseguir algún huesillo en próximo futuro y aun cierta inercia
del pesado aparato gubernamental.
Como un reconocimiento público de eterna gratitud ciudadana, todas las oficinas del
partido deberían lucir el retrato, por lo menos hablado, del emperador, ya que murió sin
conocer cámaras Kodak, ornado quizá con una donosa leyenda que dijera así: "Al
emperador Acamapitzin, fundador del PRI en México y patriarca de la Familia
Revolucionaria. Honor a quien honor merece".
Presenta mis respetuosos saludos a la Estatua de la Libertad. Thank you very much.
Dear Daniel:
Estoy feliz. Ya puedo enviar al periódico noticias concretas. Se destaparon los
candidatos. A la media noche fue la develación de las estatuas. Humo blanco. Diputados
habemus. Los fantasmas huyeron entre las sombras para dar paso a rostros radiantes y
juveniles. Juveniles, sí. Al político de ayer, viejo gallo de duros espolones que no se cocía
de un hervor, sucede la chaviza recién salida del cascarón. Melenas beatlerianas
sustituyen a testas desforestadas. Detrás de los escritorios donde antaño languidecían
rostros enjutos como diseñados por el Greco, y manos sarmentosas que se posaban cada
hora sobre el frasco de los analgésicos y la caja de los calmantes, hoy bullen inquietos
pesos pluma, anatomías de olimpiada, atletas de pura sangre, como que el fenómeno
cósmico de la juvenilización irrumpió también por cuanta puerta conduce a oficinas y
privados de palacios grandes y chicos. ,
Los políticos que antaño trasudaban olor a pólvora por entre el cuero de la bronca
chamarra, las lejanas de anchas alas y las altas botas sísmicas, hoy despiden suaves
emanaciones de lavanda inglesa por en medio de los encajes de las camisas Arrow y los
casimires de legítimo contrabando "in English fashion".
Ya no cuelgan las temibles pistolas de las caderas caídas, sino esclavas de oro en las
muñecas elocuentes de gestos. El aire de bravucón y perdonavidas optó por eternizar
convencionales sonrisas. La Gioconda ha regresado a su sitio.
El político de ayer se llamaba mi sargento y refrendaba sus decretos con zoológicas
huellas digitales. El político de hoy se titula el señor licenciado, la pluma fuente en la
diestra, los códigos en la siniestra, las técnicas declaraciones a flor de labios frente a un
staff de secretarías bilingües que le beben el aliento, un tinglado de interfonos y una
rueda de inquietos periodistas de la fuente, decididos a convertir una sola frase de un solo
político en esperanza y redención nacional. Es la hora de la juventud y de la inteligencia.
Como mi olfato periodístico lo presentía, José Guadalupe López Pérez ha sido nominado
por el tercer distrito de su estado natal, gracias sin duda a un padrino de lujo que pudo
darle el espaldarazo, palanca del ímpetu de aquel punto de apoyo que pedía el filósofo
para mover el universo. De otra manera López Pérez sería en estos momentos un
disciplinado a la fuerza, un pobre chamuscado, definitivamente quemado. Recuerda,
hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás.
Llevamos dos noches de fiesta sin pegar el ojo. El Café Capitolio hierve de adhesiones
sofocantes y besamanos en tumulto, así de los simpatizadores de la primera hora, como
de los obedientes perdidosos que la celebran todos en familia con proletarios whiskies en
las rocas con fondo de mariachis. Ya lo decíamos, tú eres nuestro gallo.
Estoy admirado de la buena memoria que tienen los mexicanos, funciona como en días de
exámenes. Unos se acuerdan de que José Guadalupe fue su compañero en el jardín de
niños, otros cuentan anécdotas de cuando jugaban béisbol con él hace veinte años. Su tía
Bertha es muy amiga de mi mamá. Mi concuño, que en paz descanse, era su primo carnal.
¿Te acuerdas que de chico vivías a la vuelta de mi casa?
Unos empiezan a llamarlo licenciado, aunque parece que destripó en la prepa; otros no le
quitan el aparejo del don, Don José Guadalupe, sin que olviden algunos que en el barrio
lo apodaban el arroyuelo. Por fresco y murmurador.
Desde el preciso instante en que lo destaparon, no lo dejan en paz sus seguidores, amigos
unos, acomodaticios buscachambas otros, lo siguen a donde va, pendientes de sus gestos,
obsequiosos a sus deseos. Dime qué se te ofrece. Estoy a tus órdenes incondicionalmente.
Cuenta conmigo para lo que quieras. Trabajo le cuesta al pobre escaparse unos segundos
si quiere obrar o hacer obras, no me acuerdo cómo se dice.
Ojeroso y desvelado, López Pérez trabaja a marchas forzadas hasta dieciséis horas al día.
Es la tónica en uso. Por las mañanas recorre las oficinas públicas, se entrevista casi
diariamente con el jefe, saluda de abrazo y palmadita a cuanta celebridad encuentra por la
calle, ya casi completa la lista de los teléfonos privados de los políticos influyentes, cada
semana viaja al De Efe sin otro asunto que hacerse presente ante ciertos personajes de
cierto edificio que se ubica en la esquina de Insurgentes con Mina. Mina es un héroe
nacional, pero mi diccionario spanish-english dice que mina es un lugar donde el
explorador puede encontrar un tesoro.
Su agenda está repleta de citas y compromisos: la boda de los García, la confrontación
con estudiantes barbones, el pleito de los carniceros, el alza de las tortillas, la conferencia
sobre estructuralismo y sus bostezos. Todo lo que caiga. Lo que venga es bueno. No
digas nunca no. Santo que no es visto, no es adorado.
Hoy ha empezado su campaña. Pero como hombre prevenido vale por dos, desde hace
tres meses tenía ya impresa toda la propaganda.
Aunque a media noche se tomó una pastilla de Valium-10, el candidato se veía nervioso.
A las once de la mañana llegó un camión de redilas a recogerlo a la puerta de su casa para
comenzar la confrontación con el pueblo. El estudio de campo de la problemática de su
distrito. El diálogo en vivo bajo el sol quemante, la tierra suelta y entre los nopales. Así
quiere la raza ver a sus candidatos. De cerca y en guayabera.
El camión se detuvo en la plaza de armas. Un mar de sombreros de palma. Las paredes de
la botica y del billar lucían enormes mantas de bienvenida. "López Pérez, símbolo de
unidad revolucionaria. Un voto por López Pérez es un voto por el campesinado. Con
López Pérez hasta las cachas. Nunca un solo hombre ha hecho tanto por tantos".
La gente aplaudía cada vez que un globo cautivo se escapaba de las torres. En vilo baja-
ron del camión al candidato, sofocado de abrazos y tatuado de confetti. Él sudor perlaba
su frente casi heroica. Dos muchachas vestidas de chinas poblanas le ofrecieron la
dulcedumbre de sus brazos y así subió escoltado por la fresca belleza de la mujer
campesina, hasta el centro del tablado donde en pie y abriendo los brazos, crucificado ya
en la misión que el pueblo le encomendaba, agradeció las porras y los vítores, cuyos ecos
el viento esparcía entre los maizales en espiga y aún más allá, al fondo de las cañadas
donde se desmadejan las barbas espumosas de los ríos, y hasta la esfumación azul de las
montañas.
Luego el silencio. Ese silencio tenso que antecede a los grandes momentos. El orador
preparó la garganta tosiendo dos veces. Sopló sobre el micrófono para asegurarse del
funcionamiento. Sacó un papel de la bolsa del pantalón. Volvió a toser. "Ciudadano
candidato de nuestro partido. Honorables señores del presidium y demás personalidades
que lo acompañan. Señor representante del secretario del señor Regidor. Ciudadanos que
me escucháis..."
Te diré aquí ínter nos, my friend Daniel, que si de oratoria se trata, los políticos se
dividen en dos: los mudos y los tartamudos.
No es que el político tenga que ser orador. Nadie le exige una palabra bella, simplemente
una palabra. Una palabra tan breve y tan urgente como la flecha que señale el rumbo. O
nos perdemos. No hablan muchos porque no tienen nada que decir, peor si no quieren
decirlo. Ni siquiera un grito a tiempo. Guardianes del rebaño sin la garantía del ladrido.
Son los mudos.
A riesgo de equivocarme, yo creo que muchos líderes de aquí no pecan de mudez, sino de
tartamudez. Para que me entiendas mejor, te diré que muchos hablan como Cantinflas.
No se entiende lo que dicen, porque no quieren que uno los entienda. Escamotean los
problemas, los hechos, los nombres, las verdades, las soluciones. No aluden a lo que
sucede, sino que eluden la realidad. No son expresivos, sino evasivos.
Y como tienen un santo horror a llamar a las cosas por su nombre, prefieren la bruma, la
opacidad, la neblina, la penumbrosa elusión. ¡ Arriba el smog!
"Compañeros de partido, lucharemos por acabar de una vez por todas, con los enemigos
vendepatrias, las fuerzas oscuras que se oponen al progreso y las doctrinas exóticas que
se mueven fuera y dentro del país".
All right. Pero, ¿no hubiera sido más útil para el auditorio y más digno para el orador que
dio la bienvenida a López Pérez, haber explicado quiénes son esos enemigos en concreto,
cuáles son esas fuerzas oscuras, en qué consisten esas doctrinas, por qué son exóticas y
quiénes las auspician?
¿No te parece que es muy cómodo denunciar en abstracto, y muy estúpido? Como un
disparo al aire. Eludir, yo creo que es tener miedo a la verdad. Y quien tiene miedo a la
verdad no puede ser conductor de palabras, mucho menos de hombres.
López Pérez concluyó el discurso de su campaña con esta parrafada de antología:
"Sigamos nuestros ideales revolucionarios, conjugando la marcha de nuestros propósitos
de acuerdo con los postulados que nos rigen hasta lograr la meta''. ¿De qué ideales se
trata, querido López Pérez? ¿Por qué no nos explicas cuáles son esos propósitos? ¿En qué
estriban los postulados que invocas? ¿Cuál es la meta que te has fijado?
Las dianas inflamaron el aire, retumbaron las matracas, una procesión de globos cautivos
enfiló hasta las nubes redondas, empreñadas de infinito. En la huerta de don José Castillo
se sirvió al candidato y demás personalidades que lo acompañaban una suculenta
barbacoa con crepitantes carnitas, rociadas de inefables teporochas.
Al día siguiente, la prensa local publicó a toda plana una fotografía de la comida
campestre con este pie de grabado: "El candidato López Pérez promete regresar". Así
hasta yo regresaría de Nueva York. La barbacoa estaba "truly delicious".
LA CULTURA

CADA una de las áreas del progreso nacional se expresa con su respectivo anuncio
radiofónico y televisivo. Incremento de la riqueza silvícola: "Adopte un árbol". Limpieza
general de las ciudades: "Ponga la basura en su lugar". Conciencia de los deberes cívicos:
"No dejes que otros decidan por ti". Auge de la industria eléctrica: "Ayuda un poco
apagando un foco". Avance de la cultura: "Si no sabes leer, aprende. Si sabes leer,
enseña". No es que el progreso se haya vuelto puro slogan, sino que hasta el slogan se ha
convertido en puro progreso. Los tiempos audiovisuales en que vivimos exigen un
desarrollo así de plástico y tangible.
Ello es que la campaña de alfabetización más o menos eficaz para enseñar a leer al que
no sabe, apenas ha hecho nada para enseñar a leer al que sabe. Gracias a los infinitos
medios con que hoy cuenta la pedagogía, resulta bastante sencillo hacer que un analfabeta
lea; lo que no se ha logrado todavía es que lea un alfabetizado.
Unos no leen porque no saben, y otros aunque sepan no leen. En conclusión, nadie lee.
La gente compra el periódico de la mañana y más que leerlo lo hojea con hache y lo ojea
sin hache, es decir, da vuelta febrilmente a las hojas una tras otra, según los ojos brincan
de aquí para allá. Simple y errátil lector de encabezados, mariposilla fugaz que apenas
roza las corolas de los títulos gordos.
En dos minutos se despacha el medio kilo de papel impreso que después guardará
cuidadosamente para venderlo al ropavejero o utilizarlo como combustible del sabatino
regaderazo.
Cada sección del periódico tiene sus fans. La juventud masculina se va derechamente a la
página deportiva que lo nutre de infinitos temas que luego va a compartir con los amigos,
mientras que la editorial está más desierta que casillas en día de votación. De dos
maneras el escritor mexicano se queda inédito: o no publicando lo que escribe o
publicando en la página editorial. La juventud femenina prefiere la página de sociales,
que debería llamarse de anti-sociales por clasista y discriminatoria. Sólo da albergue a
quinceañeras y novias de la alta. Por pura curiosidad haga usted una lista del vocabulario
empleado en cabezas, noticias y pies de grabado de esta selectísima sección. Ahí
encontrará usted elegantes señoritas, lluvia de dólares, smokings, recepciones y cocteles,
open-house, lunas de miel en el Caribe, ágapes exclusivos, trousseaus bordados de perlas,
viandas rociadas con los mejores vinos.
Los viejecitos jubilados descabezan el bendito sueño leyendo los avisos oportunos con la
vana esperanza de encontrar un terrenito barato, una máquina de escribir proporcionada o
cualquier cosa que ellos pudieran comprar, la que fuera, con tal que se tratara de una
ganga, pero eso sí, sin enganche y en abonos. Demasiados milagros a la vez.
Hay una sección del periódico que todos devoran con apetito de antropófago —viejos o
muchachos, lo mismo da—. Es la nota roja. Por razones teológicas uno nace morboso, y
por razones comerciales, lo hacen a uno todavía más. Nadie pregunte después por qué es
tan cochambrosa la mente del mexicano. La mente, y la boca, y la mano y demás
corpóreas dependencias.
Tal vez por cuestiones de marketing y otras razones así de metafísicas, los periódicos
dedican páginas y páginas al deporte en general y al fútbol en particular, mientras los
hechos culturales quedan por principio fuera del sistema.
Qué diera el mejor libro del año por lograr siquiera una parcela del latifundio que ocupa
la crónica de una boda-muy-popis; jamás una exposición de pintura ha visto el despliegue
publicitario que los plumíferos conceden a una pelea de box. Si los conferencistas
famosos fueran toros de Mimiahuapan, seguramente verían su fotografía a todo color en
las páginas centrales de los diarios, lástima que los conferencistas no sean negros zainos,
bien puestos de pitones, sino inocentes bípedos incapaces de embestir a nadie a no ser
con algún silogismo cornuto.
¿El resultado? El pintor se dedica a vender aceite de cocina. El escritor termina en
burócrata. El sabio emigra. El poeta, sobre todo el poeta, se muere de hambre. La poesía
nunca fue "modus vivendi", sino el mejor "modus moriendi".
La sociedad ofrece como prototipo del éxito y la fama a ese mundillo ruidoso y espumoso
como tapón de sidra que es el futbolista, el boxeador, el baladista lastimero, la vedette-
afuera-ropa, mientras le importa un comino el mérito del investigador y la virtud del
sabio.
¿ Con qué autoridad vamos a exigir a la gente que estudie, se cultive y se perfeccione
intelectualmente? ¿Y para qué? ¿Para que sufra hambres y olvidos? Mejor que aprenda a
banderillar novillos, se entrene a dar patadas y catorrazos, se meta un micrófono en la
laringe o se enseñe a golpear la batería; eso sí da dinero, honor y gloria por los siglos de
los siglos.
El intelectual con poco se conforma: la barbita subversiva, la taza de café, la miopía en
aumento, la desvelada por libros y el gesto heroico y contestatario de luchar contra lo
establecido.
Los libros han de estar sin duda en las librerías como es lógico suponerlo, pues no se
miran en manos sino de unos cuantos. La gente prefiere "monitos", pues la mucha imagen
y el poco texto hacen llevadera la pesada carga de la lectura. Últimamente los ricos han
dado por comprar libros, no crea usted que para leerlos, ni lo permita Dios, sino como
objetos decorativos de su residencia; y así hacen la compra por metros lineales de libros
de acuerdo con el cupo del librero de caoba.
—¿Qué te parecen mis libros? ¿Verdad que se ven muy bien?
Hay más clientela comprando carros último modelo que libros última edición. Lo que
prueba que al mexicano le interesan más los bienes consuntivos que los productivos. Y
que no es lo mismo ser rico que rico de espíritu. Por algo Amado Nervo decía que "a ser
rico, preferí ser poeta", según Manuel José Othón se burlaba de "el vulgo vestido".
En la ciudad de México hay una librería por cada quince mil habitantes; y en el interior
del país, una por cada setenta mil. Con lo que se puede juzgar lo poco que leen los
tranquilos provincianos.
Las librerías suelen ser librerías con algún además. Por ejemplo, librería y papelería,
librería y artículos de tocador, librería y juguetería. En Matamoros hay un
establecimiento que por fuera se llama librería y por dentro sólo vende coronas de papel
para difuntos. Abrir una librería químicamente pura en algunos lugares del país, es abrir
una quiebra.
Cuando el buen provinciano por fin acude a comprar un libro, después de pensarlo
mucho, la señorita empleada utiliza una escalera rastreadora para buscar el volumen que
posiblemente esté allá arriba en el penúltimo entrepaño del estante, a cuatro metros de
altura. Fíjese que no lo tenemos. A ver si nos llega esta semana. Ya lo pedimos a México
hace dos meses. ¿Por qué no se lleva mejor "Los últimos días de Pompeya"? Y si de
milagro aparece el libro apetecido, el futurible lector mira de soslayo el precio marcado
en la primera página, arriba y adelante. El precio equivale a tres días de salario. Mañana
vuelvo, señorita.
En 1969 se publicaron 2,966 títulos con evidente predominio de autores extranjeros,
puesto que se prefiere editar obras que hayan tenido éxito en sus países de origen. En el
mejor de los casos, un libro de autor reconocido del país apenas alcanza los cinco mil
ejemplares. Estos son nuestros best-sellers. Los autores primerizos agotan pronto sus
ediciones, regalan el libro con todo y autógrafo a sus amigos y parientes. "A mi querida
tía Pánfila, que me enseñó las primeras letras. El autor".
Lo que menos se lee en México como en cualquier país del globo, es la poesía, manjar de
dioses no fácilmente digerible por mortales, quizá porque éstos piensen que la poesía es
ininteligible, aburrida y cara. Lo grave del asunto es que a veces le atinan. Algunos
señores y señoras hacen versos sin necesidad de ser poetas.
Lo que más se lee en México es la pornocultura. Lo afirman graves estadísticas como lo
ve el más desaprensivo ciudadano. Los quioscos andan llenos de revistas, que luego se
vacían, cuyos ingredientes literarios y fotogénicos se cocinan con carne, exclusivamente
con carne femenina. Entre un libro sobre el Arte Griego y otro sobre las Leyes de
Reforma, el mexicano no duda, se queda con el libro que trata sobre la frigidez de la
mujer. Eso sí que es pan caliente.
Las bibliotecas son lujo de grandes ciudades; y cuando existe alguna en una población
digamos de cincuenta mil habitantes, los anaqueles lucen obras filosóficas de Descartes y
Kant, cuando la gente busca tratados para combatir las plagas y cultivar la alfalfa.
En la ciudad de México hay 350 bibliotecas cuyo acervo sobrepasa los cinco millones de
libros, lo que representa el 63 por ciento del fondo bibliográfico del país. La Biblioteca
Nacional cuenta con un millón de volúmenes.
Más o menos solitarias por costumbre, las bibliotecas suelen colmarse hasta los topes
cuando la muchachada anda en vísperas y pánicos de exámenes. Las salas de lectura se
convierten entonces en salas de estudio, donde los redomados perezosos tratan de engullir
en unos días lo que no pudieron masticar en todo un año.
Si es poco lo que lee el mexicano, es menos lo que escribe. A no ser alguna carta. Las
cartas de novios, hace varias décadas que emigraron con las golondrinas. Aquel papel
sonoro, aquel perfume que se efundía como una caricia al abrir el sobre de lino azul,
aquella letra a mano de floridas mayúsculas con arabescos y guirnaldas de muy lindo ver.
Tan poco ortográficos como se han vuelto los novios, hoy sustituyen las gráciles cartas
por telefonazos de permanencia voluntaria y entrevistas personales de sol a sol, aunque
unos prefieren tenerlas precisamente cuando el sol se ha metido.
Sólo van quedando las cartas de negocios terriblemente insípidas, uniformadas con
iguales giros, adobadas en el mismo molde. Todas empiezan con un "muy señor mío" y
concluyen con "su atento y seguro servidor". Que si alguno quiere ponerse elegante,
entonces recurre a la fórmula dos: "Dígnese aceptar las expresiones de mi más alta
consideración".
Los maestros viven quejándose de la cada vez peor ortografía de sus alumnos. No
distinguen la elle de la y griega, ni la jota de la ge; a la hache la dan por letra muerta, con
eso de que la pobre es muda, y una zeta jamás la han utilizado en su vida. No sabe uno
por qué los profes se quejan de los alumnos, sino por qué no les enseñan ortografía.
Dicen las malas lenguas que aun profesionales insignes tienen serios problemas con la ve
chica, qué será con la be grande. Y que existen por ahí algunos ayuntamientos cuyo
secretario no es elegido temporalmente por la democracia del sufragio efectivo, sino
impuesto a perpetuidad por la necesidad no menos efectiva, ya que es el único que sabe
escribir en todo el pueblo. Lo mismo acontece con las designaciones que hace el señor
cura para la señora secretaria de la Acción Católica y señora tesorera de la Vela Perpetua
quien, para estar a tono también es perpetua, porque no hay más cera que la que arde.
Pueblo y gobierno erogan generosas cantidades para la educación del país. En ello
invierte la Federación el veinticinco por ciento del presupuesto nacional, sin contar las
inversiones de gobiernos estatales y municipales, y de particulares. El gasto en la
educación representa el tres por ciento del producto nacional bruto. El presupuesto de
educación para 1973 fue de catorce mil quinientos millones de pesos, aunque el 63 por
ciento se evapora en sueldos de maestros y administración, con lo que apenas queda un
37 por ciento para la oferta educativa, ya que es preciso pagar 400 mil plazas de trabajo.
Sin embargo, ante el reto de la demografía y la industrialización, escuelas y maestros
resultan insuficientes ante la demanda tumultuosa. Se construye un aula cada dos horas,
pero sería necesario construir dos aulas por hora. Tres millones de niños se quedan fuera
por falta de cupo.
La ley del embudo parece presidir el sistema educativo. Son ejércitos los que ingresan al
curso inicial de los estudios; pero conforme van avanzando los ciclos, los alumnos van
disminuyendo correlativamente, de suerte que al final —al final de tantos programas, de
tanto dinero invertido, de tanto esfuerzo mancomunado—, apenas una raquítica minoría
culmina la carrera. Sólo uno de cada mil obtiene título profesional.
Los catorce millones y pico de niños y jóvenes que se inscribieron en 1973 pueden
dibujar una trágica pirámide de ancha base y vértice de aguja:

escuelas primarias — 12 millones


secundarias — 1 millón y medio
preparatorias — 400,000
profesionales — 300,000

Si la escolaridad pudiera traducirse en dinero, tendríamos estas equivalencias: El adulto


mexicano analfabeto, el que no tiene educación alguna, logra en toda su vida suponiendo
la actual esperanza de vida promedio, un ingreso acumulado de 247,800 pesos. El adulto
que ha terminado su educación primaria alcanza un ingreso de 699,600 pesos. Y quien
termina la carrera profesional, puede ser dueño hasta de 2.671,200 pesos.
Bueno sería que toda esa avalancha de catorce millones de estudiantes aprovechara la
oportunidad de educación que muchísimos no pueden lograr aunque quieran, cuando por
el contrario son tantos los que impiden el bien propio y el ajeno en fuerza de desertar de
los estudios o repetir el curso. Solamente en un año y en un ciclo, en los estudios
primarios de 1965, los reprobados y desertores sumaron 1.787.570, para quienes se gastó
inútilmente la cantidad de mil millones de pesos. Ni el país más rico del mundo puede
permitirse el lujo de semejante desperdicio.
Se construye un aula cada dos horas, pero también cada dos horas desertan 148 alumnos.
Entre los que no pueden ingresar a la escuela por falta de cupo, los que abandonan el
estudio y los que reprueban año, las estadísticas concluyen con el más desagradable de
los datos: el mexicano promedio sólo llega a cuarto de primaria, independientemente de
los seis millones de analfabetos absolutos además de los funcionales, que desde luego no
funcionan.
Ahora se explica usted por qué algunos creen a pie juntillas que Nerón es un perro, que
Dinamarca es la capital de Hungría, Carlos V una marca de chocolate, y los dinosaurios,
indios belicosos de Sonora. Falta de ignorancia, que diría el ranchero.
Nuestra cultura general es de primer día del Génesis. Cuando apenas existía lo elemental,
la montaña y el río, las nubes y los árboles, y aún el hombre no había caído en la
tentación de conocer todas las cosas.
Un conocido locutor de radio y televisión que la gente identifica por la blanca melena, la
eterna sonrisa y el seudónimo de Doctor I.Q. ha sostenido por largos años un programa
en que disparando al público preguntas culturales, que premia con dinero en efectivo y
paquetes de caldo químico, no sabe uno si propicia la cultura o exhibe la incultura del
pueblo.
—Abajo a mi izquierda.
—Aquí tenemos un caballero, doctor, me dice el locutor que me ayuda paseándose entre
las filas del público.
—Cien redonditos pesos si me dice de qué país era un rey muy delgado, alto, de bigotillo,
de muy buen carácter, llamado Alfonso.
—Pues, este, este.
—Le voy a ayudar con todo gusto. Alfonso fue rey de Esp...
El concursante con un tono de triunfo en la voz, grita a todo pulmón: Hombre, no faltaba
más, rey de espadas.
Esto me sucedió en un cine de la ciudad de México, relata el Doctor I.Q. En segunda fila
de lunetas se encontraba una señora y precisamente detrás de ella otra, de esas que yo
tengo catalogadas como soplonas. Cuando mi ayudante le pasó el micrófono a la primera,
le pregunté: ¿ Quién escribió Don Juan Tenorio? La de atrás se le acerca y le dice al oído:
Zorrilla. Entonces la primera voltea enojadísima: Zorrilla será usted, vieja metiche.
Aquella noche el cine estaba hasta los topes. El de la eterna sonrisa preguntó a un señor
muy peripuesto que reconociera al personaje cuya biografía él le iba a presentar. Se
trataba del patricio Vicente Guerrero. Fíjese usted. Nació en uno de los Estados que
tienen costas al Pacífico. Desde el primer dato, el concursante se limitó a decir "no sé,
doctor". El Doctor continuó dándole datos y más datos sobre la vida de Vicente Guerrero.
No sé, doctor. Al llegar al final de la biografía, le dijo: Para que pueda usted ganar
cincuenta pesos y un paquete de caldo, voy a proporcionarle el último dato. Sus iniciales
son V. G. Entonces el concursante contestó con florida sapiencia: Victoriano Guerta,
doctor.
En geografía no andamos tan rezagados como pareciera, pues gracias a las guerras que
arman los todopoderosos y a los viajes del Primer Mandatario de la nación, la gente tiene
oportunidad de saber dónde quedan Vietnam, Inglaterra, Francia, la Unión Soviética y la
legendaria China. Que de Estados Unidos estamos al día y sabemos más de la cuenta. Los
braceros conocen en carne viva hasta las brechas, veredas, desviaciones y puentes de
vigas por donde entran a la conquista del dólar, y que no aparecen ni en los mapas
oficiales del vecino país.
Hace años padecíamos una fiebre francesa. Los almacenes exhibían los últimos diseños,
jabones y perfumes de París. Los estudiantes debían leer y traducir el francés a la
perfección, porque los libros de texto en las escuelas de medicina, arquitectura o derecho
estaban en francés. Era de muy buen tono que los escritores elegantes citaran versos de
Víctor Hugo o pensamientos de Pascal. Ay de las personas cultas que no hablaran la
lengua de Racine. Los ricos construían mansiones al estilo de Luis XV, y no faltaron
algunos cándidos millonarios, como suele ser la mayoría, que coronaron su palacito con
mansardas muy a la francesa, para que la nieve resbalara por ahí en los nevadísimos
inviernos del Distrito Federal.
¡ Y de pronto! Se cancelaron las suscripciones a L'Illustration francesa en cambio de Life,
de Time o del Reader's Digest, que nunca se imaginó el éxito de circulación entre los
mexicanos. Los intelectuales suspendieron sus pedidos de libros a París y Madrid, y
empezaron a preparar sus clases y bañarse de cultura en el Popular Mechanics.
El modisto Bill Blass eclipsó con una de sus puntadas, la antigua fascinación por los
cortes afrancesados. Y el espumante Champagne cedió al imperio del Drink Coca-Cola,
en el que no se pone el sol.
Las chicas de sociedad que en otro tiempo ingresaban en parvadas a los colegios
franceses, hoy prefieren matricularse en aquellos que prometen, desde parvulitos, el
estudio del inglés. ¿Por qué no prometen con el mismo ardor que se dedicarán a enseñar
el español?
Con frenesí se estudia el inglés, que poco a poco se va convirtiendo en segundo idioma
del país y del mundo. Y claro que se necesita. Se necesita en funciones de cultura y
tecnología. Instrumento indispensable en los estratos económicos y financieros. Pasaporte
seguro para ocupar puestos ejecutivos. Peldaño para cualquier ascenso de la vida.
Necesario, en fin, no sólo porque uno piense irse a Estados Unidos a engrosar el infinito
número de los chicanos, sino porque, decididos a vivir y morir en nuestro México lindo,
sin saber inglés no puede entender uno los nombres de los comercios mexicanos, las
advertencias de los hoteles mexicanos, las marcas de los productos mexicanos, las
informaciones turísticas del país y aún las películas que se exhiben en los cines, que en
un cincuenta por ciento son norteamericanas.
Do you speak English? Nosotros le ofrecemos un plan de treinta días con los mejores
maestros. Aprenda inglés en su propia casa. Curso en quince discos. Le garantizamos alta
conversación inglesa. Adquiera nuestros casettes. Pida informes.
Sólo falta que la mexicanísima Avenida Juárez de la capital se llame Main Street o
Avenida Studebeker. Fuera del nombre del Indio de Guelatao, todo lo demás que lleva
esta Avenida —gentes, letreros, conversaciones— nada tiene que ver ni que oír con
nuestra propia lengua y cultura.
Por ahí discurren camisas escandalosamente floreadas con mucho "love and peace" y
suéteres con paisajes de Long-Beach. Ahí acampan los vendedores de Mexican curios y
devaluada "silver". Ahí asaltan los boleros a cualquier transeúnte más o menos rubio, así
haya nacido en Xochimilco, al grito de: Shoe shine, Mister.
Lo que pasa en pleno corazón de la Capital acaece desgraciadamente a lo largo del mapa,
y con perfiles ignominiosos en la frontera. Al decir frontera, ¿quién piensa en la del Sur?
Cediendo en nuestro modo de ser, de pensar y de hablar, nos vamos transformando en
pobres conquistados que nos ufanamos en imitar únicamente lo superficial y pasajero de
Norte América, según maltratamos su idioma y el nuestro.
Si se trata de comer, el mexicano de México entra al Coffe Shop y pide hot-dogs, hot-
cakes, ice-cream y 7up (diga: Seven op). Y si se trata de beber, en cualquier esquina
encuentra un bar room para que le sirvan cocktailes y high-balls. ¿Por qué no llegar
pidiendo a los meseros, en sabrosa traducción, una copa de rabos de gallo y un vaso
grande de pelotas altas?
Si el mexicano sale a la calle, pobre de él. Una marejada de yanquismos espectaculares
en letras gordas y aun luminosas le harán creer, de pronto, que deambula con su
pasaporte en orden por alguna ciudad de Texas, de ésas ya conquistadas de plano para el
inglés desde hace un siglo. Ahí nos sale al paso desde algún cine Metropolitan o
Majestic, algún Plaza Hotel, el Radio Service, el Vanity Fair, hasta los más modestos e
incontables Barber Shop, Beauty Parlor, Grocery Store —eso es, una grosería—; y el
saltarín e invitador letrerito de Open. Walk in, que prolifica en tiendas, estanquillos y
misceláneas.
Si el buen mexicano sube al tren con su ticket respectivo, el pullman se encarga de darle
muy corteses avisos, pero en inglés, aconsejándole que pise con cuidado y no olvide sus
maletas. Dichosos los mexicanos que saben entenderlo, porque de ellos serán siempre sus
petacas, y no darán un mal paso por los siglos de los siglos.
LA MISA DEL DOMINGO

LE diré a usted. Católico, sí soy. Por la sencilla razón de que es la religión de uno, en esa
religión nací y fue la que mis padres me inculcaron. Pero tanto como fanático, santulario,
besatarimas, mocho, santurrón, beato, rata de sacristía, mojigato, siguecuras, santucho,
clerigalla, acólito, hija de María, cofrade, viste-santos, velabendita, terciario,
componealtares, monaguillo, sacristán, besacorreas, campanero, santulón, persinado,
hincamisas, eso sí que no.
Viví hasta los quince años en un pueblo chico de esos en que está todo alrededor de la
plaza de armas: la presidencia, la parroquia, la cantina, la tienda grande y el anuncio de la
coca-cola. Mi padre era el dueño de la tienda grande, muy trabajador el hombre y muy
honrado, lo que sea de cada quien. Los domingos era el día en que se nos tupía más el
trabajo, no nos dábamos abasto de tanto ranchero que bajaba a misa y a sus compras.
Mi madre, Dios la tenga en gloria, se iba a misa de doce que porque era la más bonita, y a
fuerza quería cargar conmigo. Pero entonces mi padre le decía, tú deja a los muchachos
que vayan cuando quieran. Uno ha de ir a misa cuando le nazca, no como esa gente que
no sale de la iglesia, como si no tuviera qué hacer. Primero la obligación que la devoción,
y si los muchachos se van a misa quién quieres que me ayude a despachar a tantísima
gente. Primero comer que ser cristianos.
Mi madre no le aflojaba. ¿ Ya fueron a misa? Ya van a dar la última. No se les olvide que
hoy es domingo. Es misa de precepto. José Guadalupe, váyase a misa.
Era el tiempo en que los padrecitos decían misa en latín y no les miraba uno la cara. La
misa de doce llegó a gustarme. Era una misa, cómo dijera yo, religioso-social. Las
muchachas estrenaban vestidos y los pollos del pueblo sacábamos los mejores trapitos
para andar igual que ellas. Había saludos a la entrada, sonrisas y movimientos de ojos
tipo semáforo durante el santo sacrificio, y conversaciones largas y tendidas a la salida.
Con la misa de doce, los noviazgos progresaban algunos centímetros.
Las señoras disponían la comida precisamente en funciones de la misa de doce. Don
Manuel hacía su entrada por el pasillo central saludando con leves inclinaciones de
cabeza. Doña Carmen, como gallina echada con la sarta de nietos, se esponjaba en la
primera banca que, en vista de su alcurnia y virtud reconocida, nadie se atrevía a ocupar.
Era la banca de doña Carmen. Derecho de apartado. Don José llegaba extendiendo su
blanco pañuelo en el piso, se arrodillaba sobre él para no empolvarse los pantalones
domingueros, se colocaba el sombrero de fieltro sobre las pantorrillas y esto era darse
varias persignadas al hilo.
Un conjunto de cuerdas interpretaba algún trozo no me acuerdo si de la Traviata o las
Gaviotas a la hora de la elevación, mientras las damas católicas, con un listón tricolor al
pecho, hojeaban el "Devoto del purgatorio" o acariciaban largos rosarios de plata torzal,
cuyas cuentas frisonas alcanzaban a repasar dos o tres veces. Los caballeros católicos se
pasaban la misa sin libro y sin rosario, pero según ellos muy devotos, dándose golpes de
pecho al "Agnus Dei", quién los viera tan maldicientos en la calle y tan duros de pelar a
la hora de cobrar los réditos y pagar a los jornaleros.
Trasmisora de la vida, la madre es también trasmisora de la fe. Si no fuera por la mujer
—la mujer que es madre, esposa, novia— los mexicanos serían ateos desde hace tiempo.
La madre es la evangelizadora, la catequista, guardiana y promotora de la vida religiosa
del hogar. Es ella la que enseña las creencias, la que forma la conciencia moral de los
hijos, la que acerca a los sacramentos, la que urge el cumplimiento de los mandamientos
de la ley de Dios y de la Iglesia. En la vida del mexicano, decir religión es decir madre.
Si alguna vez lo invitan a pertenecer a otro culto, aunque él ya no practique el suyo, se
defenderá objetando que él no abandonará la religión que le inculcaron sus padres. Y así
pase largos años a la intemperie, sin aparente fe ni práctica religiosa, el recuerdo de la
madre, sin meternos al viento del Espíritu, es como la brasa que aún arde entre las
cenizas. Un desprecio a la religión es un doble desprecio, a la religión y a la madre.
Así sea remiso para cumplir sus deberes religiosos, el día que los cumple, el mexicano
sigue la línea, el estilo de la vida religiosa que, durante su infancia, marcó la madre con
una impronta casi indeleble. Si pone un altar en casa el 12 de diciembre, si va a tomar
ceniza, si le tiene devoción al Sagrado Corazón, si reza tres credos al acostarse, es porque
así lo hacía su sagrada madrecita.
El mexicano hereda una religiosidad tal como la entiende, la vive, la siente, la practica la
mujer, la madre. Hay un matriarcado religioso, como hay otro matriarcado para todo lo
demás.
La fe del mexicano es fe pero una fe sencilla y espontánea. Cree en Dios, en Cristo
Salvador, ni qué decir en los santitos y en cuanto la Iglesia le propone, pero de una
manera casi intuitiva y sin complicaciones. La típica fe del carbonero, la fe firme y
sencilla de los simples de corazón, la fe del que no exige pruebas ni solicita argumentos.
Ni discute, acepta.
Lo poco que sabe lo ha recibido por pura tradición oral: la enseñanza de su madre en el
hogar y el catecismo parroquial de los domingos, tal vez elemental y memorista, si es que
acudía y que acaso abandonó apenas hizo la primera comunión. Con eso y con el sermón
del padrecito cuando va a la misa del domingo tiene bastante.
Nada, o casi nada, ha aprendido por sí mismo en libros y revistas, fuera de algún
catecismo de diez paginitas que le regaló su madrina cuando tenía seis años y algún
folleto que, si saber cómo, llegó a sus manos. Su instrucción religiosa depende del oído,
los ojos jamás los ha utilizado para cultivarse en la fe.
Para expresar lo que sabe de religión, no tiene apoyo más seguro que las fórmulas de
algunas oraciones que aprendió de memoria allá cuando era niño, el Credo, el
Padrenuestro, el Avemaría, la lista de mandamientos y sacramentos que, aun siendo tan
breves, las atropella y confunde, como aquel viejo que entremezclaba los rezos y clamaba
en cruz: "No nos dejes caer entre todas las mujeres". La eficacia de su oración estaba
avalada por sus ochenta años.
Es claro que con estas teologías que aprendió en la remota niñez y conserva como parte
de aquella dichosa edad, sin ánimo de continuarlas a lo largo de la vida y acaso sin otras
oportunidades de aprendizaje, el mexicano medio —lo demás es minoría selecta— no
tenga una síntesis de su fe, una visión panorámica y total, sino una serie de
conocimientos más o menos coherente y analítica, incompleta, insegura, superficial. Muy
en vías de desarrollo.
Por eso un mexicano jamás podrá ser fanalítico ni apologético, si no tiene armas en las
manos para la exposición y la pasión, la discusión o la defensa.
Mientras más o menos prospera en conocimiento de otras cosas, en materia de religión se
mantiene inmovilista, anclado como se quedó en lo poco que logró aprender de niño; de
donde surge, tan a menudo, un choque entre ciencia y fe, entre biblia y libros, entre
religión y cultura, lo que el mexicano trata de explicarse a sí mismo como una duda
religiosa. No hay tal duda, que sería siempre más positivo, sino simple ignorancia
religiosa, lo que desde luego es peor, por negativo.
Sin embargo, nadie podrá dudar de su sintonía frente a lo sagrado, de su espíritu tan
naturalmente religioso, como lo fueron los indios y españoles de que procede; de su
cosmovisión teñida fuertemente de implicaciones religiosas; y de una fe si se quiere
ingenua e inculta, de carbonero y de niño —en gran parte imputable a la escuela laica y
circunstancias históricas, políticas y aun eclesiásticas—; pero una fe sincera y cordial.
El calendario religioso del mexicano tiene tres estaciones: una infancia de fe tranquila y
práctica asidua bajo la presión de la madre; luego un largo período de disimulos en la fe y
práctica esporádica, que va desde las rosas de la juventud, rojas de pasión y diversión,
hasta la madurez y más allá, convulsionada de problemas económicos, urgida de hallar un
lugar en el mundo y al final, el regreso del pródigo, cuando se acerca la despedida.
Lea usted las esquelas de difuntos que a diario publican los periódicos. Todos los
mexicanos, así hayan sido generales o políticos, jacobinos o librepensadores, divorciados
o abigeos, así hayan muerto de muerte natural, como si hubiera de otras, o por accidente
al borde de la carretera 57, todos mueren "en el seno de la Santa Madre Iglesia,
confortados con los últimos sacramentos y la bendición papal". De seguro que el diablo
se muere de ganas por conocer un mexicano. No ha de haber uno en los apretados
infiernos, ni para semilla.
La fe del mexicano está en las antípodas de una fe químicamente espiritualizada. Es una
fe sensible, sentimental, afectiva, hervorosa. Una fe de pocas ideas y mucho corazón,
encarnada en datos externos y concretos, urgida de expresarse en actitudes, imágenes,
palabras.
Igual que la fe de Santo Tomás Apóstol, el mexicano necesita ver para creer. Tocar con
sus manos las llagas de la escultura de un Cristo crucificado, posar sus dedos sobre el
manto de una Virgen, encender la luz de una veladora, mirar el esplendor de las
ceremonias, caminar al filo de una procesión, oír la música del órgano y las guitarras en
la misa, adorar con las rodillas arrastrándose en los atrios, bailar al menos frente al
santuario del Señor de Chalma, bajar la corte celestial para tenerla en su recámara
tapizada de imágenes de santos. El cielo al alcance de la mano.
Es una fe de ver, oír, oler, gustar y tocar, donde la humildad de los sentidos, por otra
parte tan finos y sagaces, quiere participar a su manera.
Los misioneros del siglo XVI se hacen lenguas ponderando el número de indios que se
convirtieron gracias a la seducción que en ellos ejercieron la música, la magnificencia de
los ritos, las escenificaciones sagradas, el teatro de evangelización, el color, la luz, la
imagen, cualquier llamada al mundo de lo concreto y lo sensible. Somos racialmente
audiovisuales.
Y junto a lo sensible, lo afectivo. El pueblo se acerca al trasmundo no con lejanas inclina-
ciones de respeto, sino con explosiones vivas de familiaridad. Va al encuentro de lo
sobrenatural dejando diplomacias reverenciales por cordiales gestos de confianza.
Su Dios no es tanto el Señor Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, cuanto un
Dios paterno, casero y diminutivo —Diosito, mi padre Dios—, empequeñecido a fuerza
de cariño, cuyo nombre no se cae de los labios toditito el día. Vaya usted a saber cuántas
veces invocan a Dios los mexicanos mientras presencian un partido de fútbol. Ay, Diosito
santo, que no meta gol el América. Ojalá el equipo juegue como Dios manda. Dios mío,
que el San Luis injerte el pepino en la cabaña. Ganamos dos cero, bendito sea Dios. Dios
me perdone, pero ese arbitro está vendido. Perdimos como de costumbre, sea por Dios y
venga más...
El mexicano se tutea con la Virgen, escoge sus santos como quien escoge a sus amigos,
reza como si platicara en la intimidad del vecindario, recomienda la devoción a San
Martín de Porres con el mismo desparpajo con que recomienda un remedio para el dolor
de muelas, acude con éste o con otro santo según la necesidad que lo apremie, de la
misma manera que va al Seguro Social a consultar al especialista ofrecido. El más allá
tiene mucho de más acá. Lo invisible, en cuanto se puede, se le fuerza para hacerlo un
poco visible. Dios mismo se vuelve cotidiano. El pan nuestro de cada día.
Mire usted qué confiancitas se gasta el mexicano desde el momento en que mezcla a Dios
y los santos con jorobados, compadres, toreros, ladrones, soldados, chiquillos malcriados,
dinero, burros, escobetas, muías, estornudos, sábanas. Su pequeño mundo pintoresco y
desenfadado.
"Hágase la voluntad de Dios en las muías de mi compadre. Dios no cumple antojos ni
endereza jorobados. Cada uno estornuda como Dios le ayuda. Y qué culpa tiene Dios que
sus hijos sean malcriados. De que Dios dice a fregar, del cielo caen escobetas. No hay
más amigo que Dios ni más pariente que un peso. Soldados, ni del Santo Entierro. Este es
capaz de empeñar hasta la Sábana Santa. Cuando la burra es mañosa, aunque la carguen
de santos".
Y estos otros refranes que dicen las viejas tras el fuego, y fueran irrespetuosas parlerías si
no tuvieran el sabor picante de la gracia y el aire delicioso de la familiaridad: "No quiero
que Dios me dé, sino que me ponga dónde. Ya porque nació en Belén presume de Niño
Dios. De Cristo a Cristo no más saltan las astillas. De cruz a cruz, la más apelillada se
raja. Que lo torié Juan Diego que tiene ayate. Al cabo pal santo que es, con una limosna
tiene. Se hace que la Virgen le habla, cuando ni le parpadea".
Si el mexicano acepta gustosamente el Credo, todo el Credo, desde creo en Dios padre
todopoderoso hasta la resurrección de la carne amén, no sucede lo mismo con los
mandamientos.
La fe, la enhiesta íntegra o casi. Donde comienzan las grietas y las cuarteaduras es en la
moral, por el divorcio entre lo que cree y lo que practica. La verdad no se hace vida; ni la
fe, compromiso.
Como de creer se trate, el mexicano cree en todo; pero a la hora de encarnar esa fe en
obras, se salta los mandamientos a la torera.
Cristaleros, boqueteros o simples mete-manos que le hacen al dos de bastos, empiezan su
jornada de rodillas pidiéndole a Dios que les vaya bien, a ellos y a la policía, según
regresan por la noche al templo para dejar, en el reparto de beneficios, algunas moneditas
de limosna. Casas de citas hay que como cualquier casa honrada montan todo un desfile
de imágenes de santos en las paredes de las alcobas. Y si de mandas se trata, los
mexicanos son capaces de echarse una semana a pie recorriendo doscientos kilómetros
para ir a visitar a la Virgencita de Guadalupe, pero son incapaces de casarse por la Iglesia
o renunciar al tercer frente. No digamos de las vecinas, tan hábiles rezanderas por la
mañana cuando van a misa, y tan buscabullas y pleitistas a lo largo del día y de la noche,
en que rematan con el inocente marido.
De la moral cristiana, el mexicano guarda en la memoria una empobrecida idea
negativista, en cuanto que la reduce a una serie de barreras y prohibiciones. No matarás,
no mentirás, no hurtarás; Sin que se le ocurra voltear la moneda y mirar que el reverso
luminoso y positivo es defensa de la vida, la verdad o la justicia. Piensa más en el pecado
que en la gracia, más en el castigo que en el premio. La salvación misma se presenta no
como un encuentro con Dios, sino como un escaparse del infierno aunque sea de panzazo
como en los exámenes de la escuela, gracias al salvoconducto de una confesión urgida
minutos antes de colgar los tenis. Entre tanto, ancha Castilla, darle gusto al gusto, y esto
sí que es vida.
Le preocupa estar bien con Dios, sin importarle tanto estar bien con el prójimo. El arran-
que de su vida moral parte de sí mismo y termina en Dios, en un puro verticalismo
insuficiente.
Porque falta la otra línea horizontal que lo enchufa con el amor al prójimo. Se olvida, no
en la teoría sino en la práctica, que si de los diez mandamientos los tres primeros se
refieren a sus obligaciones con Dios, los otros siete conciernen a sus deberes con el
prójimo, es decir, con el hombre, con el mundo, con la historia, con el progreso, con la
vida misma de trabajo, familia o profesión, en que está inmerso minuto a minuto.
Su imagen predilecta de Dios es la Divina Providencia, en la que el mexicano reconoce y
adora a Dios como el padre que lo ama y ayuda. Sin embargo, suele extremar la
providencia en providencialismo. El "sea por Dios" no se le cae de los labios ni de la
conducta. Pero al acentuar la voluntad de Dios, a veces disminuye su propia voluntad con
peligros de pasividad, tentaciones de inercia o situaciones confusas en que achaca a la
voluntad de Dios precisamente lo que Dios no quiere. Como la frase que a veces oye uno,
dicha con toda ingenuidad, pero con toda inexactitud, "ya estaría de Dios que fuéramos
pobres". Contra apatía, superación. Para no trasladar a la voluntad de Dios lo que la
voluntad humana puede y debe evitar o remediar a fin de estar precisamente en sintonía
con la voluntad de Dios.
Y así vive o más o menos su religión el mexicano en un desdoblamiento raquítico y
entumecido. Arriba, la acción providente de Dios; abajo, la conformista espera del
hombre. Por un lado, el amor a Dios y por otro, el amor al prójimo. En este polo, la
salvación del alma; en el polo opuesto, la salvación del hombre. Hasta aquí termina la
religión, desde aquí comienza la vida. Al concluir la misa del domingo, concluye también
la expresión de la fe.
¿Hasta qué punto son católicos los mexicanos? ¿ Cuál es el talante de su cristianismo?
Los curiosos interesados podrían hacer un examen de conciencia a nivel nacional sobre el
cumplimiento del Decálogo. Sería un test morrocotudo, puesto que "por sus obras los
conoceréis". Por ejemplo:

Primer mandamiento: "Amarás a Dios sobre todas las cosas". Si usted, libreta en mano,
se va a la calle y pregunta a cuanta gente encuentra si ama a Dios, además de ponerle una
cara de susto, le contestará tartamudeando que sí, que en efecto lo ama. Y si en seguida
usted dispara la segunda parte —¿pero de veras usted lo ama sobre todas las cosas?—,
verá cómo el tartamudo se convierte en mudo. Amar a Dios, desde luego, cómo no; pero
tanto como amarlo sobre todas las cosas. Esas cosas que se llaman el dinero, el vino, el
negocio, la movida chueca...
Usted escriba y no juzgue a nadie. Deje a los fariseos hipócritas la boba tarea de clasificar
pecados y señalar pecadores. De lo interno, ni la Iglesia. Allá la conciencia de cada quién.
Ahora que si usted se cree limpio, tire la primera piedra. Verá usted cómo enseguida le
llueve una pedriza. Por eso limítese a hacer su test como Dios manda.
Segundo mandamiento: "No jurarás el nombre de Dios en vano". Indefenso como ha
vivido durante siglos el frágil mexicano, se la pasa aclamando al gobierno que más
pueda, persiguiendo influyentes, solicitando apoyos y respaldos, coleccionando tarjetas y
cartas de recomendación. Como la yedra que necesita el tronco.
Tal vez por eso, porque a él solo ni le creen lo que dice, ni le sueltan dinero, ni le hacen
caso, sino que para colmo se lo tiran a Lucas tachándolo de loco irracional, tal vez por
eso tenga que recurrir al nombre de Dios, a ver si así lo atienden, que mejor firma de aval
no se halla otra. "Verdad de Dios". "Por Diosito santo te lo digo". Luego hace la cruz con
la mano y le imprime un beso. Pero blasfemias, en cuatro siglos no se ha dicho una.
Tercer mandamiento: "Santificarás las fiestas". A ojo de buen cubero, el día menos
santo es exactamente el domingo, día del Señor, pues que represada la gente por el
estudio y el trabajo de la semana, el domingo se desboca en todo lo que usted está
pensando. Eso, eso mismo, y lo otro, y lo de más allá. ¡ Ah bárbaros!
Apenas un treinta por ciento de los obligados oye la misa del domingo. Los demás como
si ni repicaran las campanas. Lo de oír misa es un buen decir, pues muchos son los que no
oyen nada, ésos que no más van a hacer bulto a las puertas del templo, en plena calle,
donde la homilía del padrecito queda hecha trizas por el rugido de los automóviles de los
juniors.
Los únicos que respetan los "días de guardar" son los católicos de Monterrey, para cuyo
espíritu austero y ahorrador todos los días debieran ser de fiesta, muy aptos para
"guardar" lo que se tiene y gastar lo menos posible. Esta tesis puede usted leerla en un
antiquísimo libro de 1600, titulado "Cartas del Caballero de la Trenza", escrito nada
menos que por don Francisco de Quevedo.
Cuarto mandamiento: "Honrarás a tu padre y madre". El mexicano se limita a cumplir
exactamente la mitad del precepto. A la madre, vaya que si la honra con flores y besos
hasta la adoración, la madrecita santa. Al padre, le da los buenos días, lo respeta, lo teme,
miedo o precaución, quién sabe; le da las buenas noches, le saca el dinero que puede;
pero tanto como honrarlo, lo que se dice honrar a este pobre viejo que después de estar
todito endrogado por darles educación a los hijos comprueba que aunque está calvo por
los frentazos que se ha dado con la vida, alguien en casa le está tomando el pelo.
El mexicano honra a la madre el 10 de mayo, pero deja de honrarla el resto del año, que
es un resto, nada menos que de 364 días.
Aunque viéndolo bien, es tanto lo que el mexicano honra a la madre, a la madre
universal, a todo ser que conlleva el soberano privilegio de la maternidad, que ni olvida
jamás a su propia madre, ni en caso ofrecido deja de recordar a la madre de quien sea.
Quinto mandamiento: "No matarás". Con dos palabras la ley prohibe atentar contra la
salud y la vida, la propia y la ajena, valor esencial del hombre que el mexicano devalúa
hasta el exterminio. "No vale nada la vida, la vida no vale nada".
Homicidios. Se comete uno en el país cada 95 minutos. El homicidio figura en tercer
lugar entre las causas de la muerte de los mexicanos, después de la bronquitis aguda y la
tuberculosis. Lesiones. Hay un delito de lesiones cada 38 minutos, sin contar los que no
llegan a conocer jueces y tribunales.
Suicidios. Unos mil al año, con marcador favorable a los varones. Las mujeres, aun en la
tumba, llevan siempre las de perder.
Accidentes de tránsito. En comparación con estadísticas de otras naciones, México
resulta una de las naciones más peligrosas en sus calles y carreteras. Según datos de 1973
del Consejo Nacional de Prevención de Accidentes, en los últimos 25 años se han
registrado 40,000 muertos y 250,000 heridos. Entre 1970 y el año 2000, morirán por
accidentes de tránsito 350,000 mexicanos y los lesionados sumarán tres millones
seiscientos mil.
Alcoholismo. Uno de cada 25 conductores en las calles, entre las 6 de la tarde v las 3 de la
mañana, está intoxicado de alcohol, según los dictámenes legales. Entre la mitad y las dos
terceras partes de los accidentes mortales de la circulación se deben al alcoholismo. El 83
por ciento de los suicidas atentan contra la vida estando bajo los efectos del alcohol.
Existen en el país tres millones de perfectos alcohólicos, pecado nacional, más grave que
el problema de los accidentes, más devastador que las inundaciones y los temblores, más
extendido que el auge de las toxicomanías. Aunque con una diferencia: para los
drogadictos, el pánico y el asco; para los borrachitos, así en diminutivo cariñoso, la
bendición social.
El 33.2 por ciento de los sueldos promedio de los mexicanos va a parar a las cantinas.
Exactamente una tercera parte de lo que ganan.
Sexto mandamiento: "No fornicarás". En México los Mandamientos de la Ley de Dios
se reducen a uno: el sexto, el "sexy" mandamiento, que automáticamente se conecta,
como por Lada, con el noveno: "No desearás la mujer de tu prójimo". Ni el hombre de tu
prójima, para que las señoras no se crean con derechos de excepción ni fueros de
inocencia. Que "todos somos hijos de Adán y Eva, aunque nos diferencia la seda".
Es fácil constatar el subdesarrollo de un pueblo cuando el estómago y el sexo constituyen
las dos aspiraciones fundamentales de la ciudadanía. Poder comer y tener mujer. Doble
hambre y con excelente apetito, que todavía es peor. Con lo que el mexicano
subdesarrollado resulta dos veces proletario, tanto por los pocos bienes con que cuenta
como por la mucha prole que ya ni cuenta, resultado de un agudo padecimiento de
machismo, enfermedad de hombres poco hombres.
Racialmente el mexicano proviene de unos indios nada tristes sino muy asiduos a la
poligamia, y de unos españoles cascabeleros expertos en donjuanismo mucho antes que
Don Juan entrara a escena. Ambientalmente el mexicano aspira y transpira un aire
contaminado de obsesión sexual. Moralmente, por deficiencias de una recta formación de
conciencia que viene heredando de siglos, considera que el sexto mandamiento es casi el
único vigente, que los pecados de fornicación ésos sí son dignos de ser pecados, mientras
que los demás, pelillos a la mar. Cuando Paulo VI publicó la encíclica "Humanae vitae"
sobre el matrimonio, la regulación de nacimientos, la paternidad responsable, hasta los
malos católicos se inquietaron; pero cuando el mismo Papa promulgó la "Populorum
progressio" en defensa de los oprimidos y en favor de la justicia social, hasta los buenos
católicos se callaron.
Muchos mexicanos piensan que basta con santificarse de la cintura para abajo y que la
justicia sale sobrando, pues es el mejor método para no ganar dinero.
Pero aun en sus preocupaciones por el Sexto Mandamiento, aun ahí, fallan muy olímpica-
mente. Porque establecen una doble moralidad. Al hombre se le permite y festeja
cualquier transgresión, que para eso es hombre, conforme a la mujer, por el delito de ser
mujer, no le perdonan ni el guiño más inofensivo. Y para colmo, el mexicano divide a las
mujeres en dos categorías, las buenas y las malas, las vírgenes y las perdidas. Las buenas
son las mujeres que dependen de él: novia, esposa, hijas, hermanas solteronas. Las demás
son las demás, allá ellas. Y allá ellos, que con tan poca cosa se conforman.
Séptimo mandamiento: "No hurtarás", que se enlaza con el décimo, "no codiciarás los
bienes ajenos", porque tan malo es robar como desearlo. ¿Cómo andamos por ahí? El
viejo refrán contesta: "Sólo la cruz no roba", y eso porque no puede mover los brazos.
Con una fantasía que envidiara la ciencia-ficción, el mexicano conoce las mil y una
técnicas para robar, y el hombre sabe hacerlo con soltura, con gracia, con imaginación
creadora, con envidiable sangre fría, convencido de que eso no es robo ni pecado.
¿Ratero yo?, ni lo permita Dios.
Hay un robo en el país cada 48 minutos, un fraude cada 9 horas, un abuso de confianza
cada 10. En estas cifras no están comprendidas otras gordas pillerías que jamás conoce el
juez, por ejemplo: Los aviadores que cobran en tres nóminas sin trabajar en ninguna; los
prestamistas usureros; los acaparadores de alimentos y materias primas más negros que el
mercado que manejan; los patronos que hacen como que pagan y los obreros que hacen
como que trabajan; los ciudadanos expertos en defraudar el fisco; los comerciantes-gato-
por-liebre que engañan en cuanto a la cantidad o calidad de lo que venden; los coyotes
avorazados, los chiveros contrabandistas, los empistolados abigeos, los paracaidistas
testarudos y los inefables mordelones de heroica tarascada al filo del soborno. Y cómo
olvidar a los basteros de electrizadas manos para bolsear al más precavido; los carteristas
escurridizos entre la balumba de los autobuses urbanos; los coscorroneros de eficacia de
buldozer, pues en un santiamén horadan espesos techos de hormigón para introducirse en
apetitosas joyerías; los cristaleros volátiles que dan el aletazo y emprenden el vuelo en el
automóvil que cambió de dueño; los chicharroneros mágicos que cualquier candado y
cerradura violan, igual que "sésamo ábrete"; los valientes jauleros que no temen
encerrarse en comercios y aun en templos, los muy sacrilegos, para aprovechar la soledad
nocturna; los paleros hipócritas, sepulcros blanqueados, cuya inocente sonrisa de benditos
asegura el timo; los llamados "cuentistas" por el diccionario del hampa, ingeniosos
candidatos al Premio Nobel de novela que sin meter la mano sino la pura lengua, son
capaces de robarse hasta el Santo Entierro gracias a la facilidad asombrosa con que
enredan embustes y sazonan fábulas; las sinvergüenzas cruzadoras que unas con otras se
dan la mano para disimular y compartir; los "misioneros" o turistas, especie de andante
caballería-siglo-veinte, peregrinos del hurto, de ciudad en ciudad y de feria en feria; y
qué decir de las farderas, señoras de rostro metafísico que roban a sus anchas en tiendas y
supermercados mientras las señoritas dependientes saborean la rigurosa torta de su media
mañana; y los peliculescos asaltabancos y enmascarados secuestradores de última moda,
señores de todos nuestros respetos.
Dígame usted, después de este desfile, si será fácil que fructifique la justicia social en las
estructuras de la nación, si no hay para cuándo florezca la virtud de la justicia en la
conciencia de los mexicanos.
Octavo mandamiento: "No levantarás falsos testimonios ni mentirás". Las infracciones
a este precepto que así sale por los sagrados fueros de la verdad, son las mismas en
México que en cualquier otro país. Los mismos chismes de vecindad, las mismas lenguas
viperinas más alertas de cuanto acontece que la United Press y la France Press unidas, las
mismas Sociedades de Elogios Mutuos, la adulación al mandamás en turno, la
pintarrajeada publicidad que superlativiza y agiganta hormigas, los falsos testimonios en
los juzgados, las acusaciones intuitivas de las esposas contra los maridos, la supina
demagogia de los líderes.
Nada nuevo, como usted ve. Si acaso lo único original con que podemos presumir, sean
tres o cuatro mentirijillas piadosas que nadie cree, como el machismo del varón
mexicano, la abnegación de la mujer mexicana, la firmeza del peso mexicano y "lo hecho
en México está bien hecho". Dios nos agarre confesados. Así sea.
LA ENFERMEDAD

POR cada mexicano que cae enfermo, surge un venero raudaloso de conversación.
Aquella casa, cuyos moradores parecían mudos fantasmas cuando todos estaban sanos,
tórnase bullanguera y comunicativa cuando la enfermedad viene a desatar lenguas y
encender monólogos, diálogos, tratamientos de arte teatral.
El primero en discursiva elocuencia es el propio enfermo que a cuanta persona se le
acerca para preguntarle cómo amaneció de males, el orador se despacha con su "ópera
omnia" refiriendo la grande y general historia de sus achaques, desde los orígenes más
subterráneos hasta las dolencias y escalofríos que en ese mismo momento lo tienen así de
cariacontecido.
Luego se formaliza la tertulia familiar en que departe la parentela en pleno por largas y
sabrosas horas sostenidas con nerviosos cigarrillos y café negro —cómo ven ustedes a mi
tío—, mientras manejan diagnósticos y pronósticos cual suntuosa junta de médicos.
En seguida los vecinos comienzan a tener reuniones especiales para comentar el caso, que
como reguero de pólvora envuelve a la manzana entera y sigue más allá, hasta la tienda
de la esquina, la panadería, la botica, el super. Por el barrio ronda la noticia. Pedrezuela
que agitó el silencio del estanque con vibraciones de círculos y círculos. Don José
Guadalupe está en cama. Se sugieren remedios, se discuten tratamientos, se comparan
médicos, se aventuran funestos desenlaces, se mantiene la esperanza que muere al último.
La gente tiene de qué platicar. Los hogares viven. Las mujeres andan felices.
Alfonso Herrera Salcedo, yerno del poeta Enrique González Martínez, tuvo una
ocurrencia peregrina.
Cuando volvió a la circulación, ya restablecido, después que los médicos le atendieron
una úlcera, los amigos lo abrumaban con preguntas y preguntas sobre el origen del
padecimiento, los avances y retrocesos del mal, las temperaturas registradas, las fases del
tratamiento, qué sentiste cuando te estaban anestesiando, el número de días que se
hospitalizó, los síntomas de la recuperación, cuánto dinero te cobraron, y diez mil cosas
más.
Herrera Salcedo, que presumía de gente ocupada como todo mexicano que sabe
respetarse, dictó a su secretaria la historia clínica del caso con todos sus pelos y señales.
Luego remitió el original a la imprenta y ordenó quinientos ejemplares numerados que
obsequió a los amigos. Sin duda que ninguno leyó el libro. Porque lo bonito es que le
platiquen a uno de viva voz la historia de la enfermedad, que es el único cuento de nunca
acabar que nos queda de antiguos folklores.
Hablar de enfermedades y de sirvientas son los tenias de éxito en la conversación de las
señoras. Aun las tímidas luego se ponen en onda. Les produce fulminantes efectos de
alucinógenos. Color, pasión, vuelo, entusiasmo, verborrea, éxtasis.
La medicina de nuestros abuelos los indios aztecas fue una combinación de religión,
magia y ciencia. Y en eso estamos después de tantos siglos, apurando el mismo coctel.
Por la entrañable cosmovisión religiosa del indio, cuanto acontecía en escenarios públicos
o intimistas, todo se lo explicaba como decisión de la divinidad. Había dioses malignos
especializados en causar determinadas enfermedades, conforme otros tenían el risueño
poder de curarlas.
Grupos indígenas de nuestros días y aun cristianos más catequizados suelen ver la
enfermedad como castigo de Dios, por transgredir sus mandamientos.
Pero de lo que se llenan iglesias y capillas es de almas interesadas en su cuerpo, que el
alma los tiene sin cuidado, y que si en la salud se olvidan del Todopoderoso, en la
enfermedad se vuelven creyentes los ateos, timoratos los pelafustanes, rezanderos los
indiferentes, y esto es hincarse ante los santos, besar tarimas, encender veladoras, rezar
novenas, prometer increíbles mandas, peregrinar doscientos kilómetros a pie con pencas
de nopal en pecho y espalda, iniciar un paso de danza a las puertas del santuario del
Señor de Chalma —San Chalmita, que dicen unos—, llevar de ofrenda a la Basílica de
Guadalupe su propio retrato tamaño pasaporte, o dejar en San Juan de los Lagos un
perfecto retablo a la mexicana, pintado con monitos azules del más delicioso arte naif y
un muestrario de faltas de ortografía.
"Doy grasias a la Birjensita de San Juan porque estando tisis, salí convien de la
operasión". "Le doy gracia al Señor del Sausito, que habiendo caído mi hijo a un poso, no
murió ogado sino del golpe".
"Doy gracias a San Caralampio por el milagro tan grande que me iso de que cuando me
iva a comer un lión, desperté".
Jure usted que nadie ha ofrendado por la salud de su alma ni una de esas piececitas de
metal, que la gente llama "milagros", en forma de corazón, de pierna, de ojos, de manos...
No existe un solo retablo en el país donde un cristiano o cristiana, según convenga, le dé
gracias al cielo por verse librado de la hinchazón de la soberbia, la tortícolis de la ira o la
diarrea de los chismes.
Luego venía la magia. Los indios pensaban que muchas enfermedades los tenían
postrados en el petate por causa de personas enemigas, tal vez un brujo y un nahual, el
mundo terrible y oscuro de las fuerzas invisibles, el mal de ojo, los aires pestíferos que
corren por la atmósfera, los seres extraños que misteriosamente se introducen al cuerpo.
Y entonces esos maleficios tan atroces abandonaban el organismo al golpe de
invocaciones mágicas, al conjuro de palabras esotéricas y frases empreñadas de símbolos
arcanos.
Que si de precaver enfermedades se trataba, las madres colgaban a sus hijuelos una
semilla llamada ojo de venado para librarlos del mal de ojo, los mozos primaverales se
colgaban un amuleto al cuello para proteger su amor y las señoras que encargaban
todavía no a París sino a Xochimilco y Chalco poníanse un pedazo de cuchillo de
obsidiana debajo de la lengua para que el niño no naciera con labio partido.
¿Qué diferencia puede haber entre la medicina mágica del indígena de ayer y la del
mexicano de hoy? Nada ha cambiado. Nada. Excepto el agravante de creernos gente culta
y cristiana.
Por ahí verá usted cuellos alabastrinos luciendo preciosos amuletos, pescuezos varoniles
cargados de herraduras, ejecutivos de ventas que en la cartera guardan una monedita
como mascota y automóviles último modelo condecorados con una pata de conejo.
No hay pueblo sin curandero experto en barridas y sahumerios de copal igual que hace
cinco siglos, y con algunos ahuyentan la mala enfermedad, como si hubiera buenas,
diciendo sobre el enfermo frases en náhuatl combinadas con advocaciones a los santos
cristianos; ni barrio bajo cíe la ciudad donde no exista un centro espiritual, por lo menos
una señora, gorda y prieta, que recete polvos de siete aves para controlar los nervios,
manitas de azabache para la abundancia, ámbar para la buena suerte, la Cruz de Caravaca
para conseguir amor y trabajo, el Corazón de Púrpura contra males cardíacos, los santos
evangelios bordados en chaquira que vienen de Roma y me los traen unas monjitas desde
allá.
Don José Guadalupe, tan desasombrado que anda últimamente, aprovechó el domingo
para ir al mercado de Sonora en la civilizadísima capital de la república. Puesto Número
18.
—No crea que sólo las mujeres me compran, me contestó doña Isidora, también los
hombres se llevan remedios para el amor y la buena suerte. Ora que las señoras ricas se
hacen las misteriosas y pa pronto meten el elixir en su bolsa para que nadie las vea.
Gracias a Dios no me quejo de las ventas. Como los judíos, más vale vender mucho y
barato que poco y caro. Ese jabón de amor que es de aceite de pacholí lo dejo a diez
pesos. Ora que para las que de atiro no se dejan enamorar no hay como los chupamirtos
disecados. No me diga que están caros a quince pesos. Los compro por docena a sesenta
pesos, me los traen de la Sierra de Toluca. Pero yo tengo que disecarlos en crema, loción
y flores molidas en luna llena, luego los arreglo con piedritas de imán, ajo macho,
incienso y flores de romero. De Monterrey me surten las velas, estas negras son para la
Santísima Muerte, las azules para Santa Elena, las verdes para el Anima Sola, las
amarillas para San Pafnuncio, las rojas para San Alejo, y para los turistas gringos son
éstas que se llaman Lucky Candle.
Don José Guadalupe se puso a curiosear los títulos de tantísimas oraciones que vende
doña Isidora. Para lograr que una mujer sea fiel, Triduo a la Sombra de San Pedro, Para
que una persona dormida refiera sus secretos en alta voz, Para sanar de la gota, Alabanza
bendita de los Tres Hierros, Oración de los Trece Espíritus, Para que vuelva la persona
amada. Sacó sus anteojos bifocales y leyó: "Hoja de tabaco que en humo te conviertes,
por la virtud que tienes y la que Lucifer te ha dado, quiero penetrar en el alma y en el
cuerpo de. .. (aquí se dice el nombre de la persona de la que está uno enamorado). Si tiene
cabeza que me piense. Si tiene ojos que me vea. Si tiene nariz que me huela. Que los pies
la traigan a la puerta de mi casa y caiga de rodillas ante mí y me suplique. En caso de
necesidad, se reza tres días consecutivos esta oración de Eduardo Galeano, añadiendo tres
Padres Nuestros".
Déme dos pesos de yerba sanguinaria. ¿A cómo valen las cápsulas de víbora de cascabel?
¿Tiene baños de las mil flores? Doña Isidora no se daba abasto. Los domingos tiene una
clientela que ya la quisieran los mercados sobre ruedas y la Conasupo en persona. Por no
dejar, don José Guadalupe compró la Piedra Imán de la India guardada en un relicario de
plástico con todo y su oración:

Yo te pongo oro para mi tesoro


plata para mi casa
cobre para el pobre
coral para que retires el mal
trigo para que me des buen marido
rosa si se trata de la esposa, amén.

A unas cuantas cuadras de los puestos proletarios donde los pobres compran salud,
ilusión y buena suerte, los ricos y las personas cultas suben por elevadores a oficinas
alfombradas de pared a pared para consultar brujos de casimir inglés y hechiceras de
sedas importadas que ejercen a título de parapsicología, ciencias ocultas, yoga, astrología,
quiromancia, poder de la mente. Nada ha cambiado desde los tiempos de
Netzahualcóyotl. Nada, sino la forma y el precio.
De los indígenas también heredó el pueblo el conocimiento —tan empírico pero tan
exacto que tiene acerca de las hierbas y plantas medicinales.
No hay campesino que ignore sus propiedades curativas, así por lo que aprendió de labios
de sus mayores como por experiencia propia, al no tener más medicina al alcance de la
mano que las matas que crecen a la buena de Dios en su parcela. Apenas la mujer se
gradúa de ama de casa y así viva en el campo o en la ciudad, a orgullo tiene el dar razón
de cuanto vegetal brota sobre el haz de la tierra, según se pasa el día recetando gratis a las
vecinas, cocimientos de gordolobo, infusiones de guaje cirial, té de hojas de aguacate,
tomas de orejuela de rata, horchatas de almidón, agua de zapotillo blanco. Usted porque
no quiere curarse. Yo sé lo que le digo. Hágase este remedio que le doy. Si bien no le
hace, mal tampoco.
Por los labios memoriosos de las señoras desfilan raíces, troncos, ramas, hojas, flores,
frutos, semillas, polen, savias, todo el reino vegetal es aprovechable, recomendable,
experimentado. Puede usted pasar revista a los nombres de las yerbas que se le ocurra, y
las señoras le dirán en el acto la respectiva propiedad sanitaria que tienen, no las señoras,
sino las yerbas. Gobernadora para las diarreas. Orégano para cólicos. Rosa de Castilla
para lavativas. Limones agrios para el paludismo. Cola de zorrillo para el asma. Cuasia
para cuando se derrama la bilis. Tila y flor de azahar para los nervios. Chía para hervores
de sangre. Estafiate para purificar la orina. Tejocote para la tos. Anís para sacar el aire.
Tan admirado quedó Cortés cuando por vez primera visitó el mercado de Tlatelolco, que
se apresuró a escribir a Carlos V: "Hay calle de herbolarios donde hay todas las raíces y
yerbas medicinales que en la tierra se hallan".
Ante la fama de la medicina azteca que los conquistadores mismos se preguntaban si no
sería más científica que la europea, el rey Felipe II envió a México en 1570 a su médico
personal Francisco Hernández quien en siete años de fatigosa labor y crecidos gastos,
reunió enorme cantidad de conocimientos sobre las plantas medicinales del país y recogió
magnífico herbario, del que menciona alrededor de 1,200 plantas que los indios utilizaban
en la terapéutica, con lo que basta para ponderar la extraordinaria riqueza de la medicina
mexicana del siglo XVI, de cuyos réditos goza todavía el enfermizo en que vivimos.
Presumimos de raza de bronce. Nos imaginamos por orgullo racial, fuertes, indomables,
machos, tallados en piedra de molcajete, de heroicos perfiles numismáticos. El estoicismo
nos define. El mexicano no se raja. Jamás. Y cada veinticuatro horas cae en astillas un
ejército de ciudadanos enfermos.
Los pobres no pueden ser sanos. Treinta millones andan con hambre disfrazada, porque la
bolsa no da sino para sopa de fideo, tortillas a discreción, frijoles a plato copeteado, chile
a lo que el cuerpo aguante y pastel de fresa en el cumpleaños.
El mexicano ingiere un promedio de veinte gramos de proteínas al día, debiendo
consumir sesenta. Y en lugar de las reglamentarias 2,700 calorías con dificultad llega a
2,050. De ahí la desnutrición, que es la enfermedad nacional por antonomasia, caldo de
cultivo para cualquier otra, explicación del físico enclenque, la improductividad en el
trabajo y aun la limitada capacidad para asimilar conocimientos. Perded toda esperanza
los que os soñáis Premio Nobel o medalla de oro en la olimpiada.
El mexicano cree comer porque come. Llenarse no es comer sino engañar el hambre. Y la
engaña porque no tiene con qué comer y porque, aunque tenga, no sabe comer. A la
pobreza añade la falta de educación, tan bien avenidas que entre ambas han conformado
esta raza cristalina. Por lo transparente y lo quebradizo.
Desde que le quitaron el biberón, abandonó la leche para siempre, pero se bebe de uno a
dos litros diarios de refrescos, que no tienen ningún valor nutritivo. En su vida ha
probado pan de centeno, ni el integral, ni el negro. Rodeado de mares y lagunas, no ha
visto los pescados sino en la televisión, como no sea alguna sardinilla enlatada cada
viernes santo, que es vigilia.
Desordenadísimo para comer y goloso por definición, el mexicano no engulle lo que le
nutre sino lo que le gusta. Así se pasa el día devorando un surtido rico de esa infinita
variedad de "antojitos" que junto con la bandera y el himno nacional integran la sustancia
de la patria.
Taquitos, fritangas, aguas frescas, raspados, jicamas con chile, muéganos, frutas
peladas, cualquier cosa que el vendedor ambulante pregona en sus carritos, así esté
asoleada, añejada, empolvada, se convierte en luz roja de semáforo. El mexicano que
venía aceleradísimo para checar a tiempo en la chamba, se detiene, compra y come. No se
ha visto quién resista la tentación de unas quesadillas suavecitas a media mañana ni un
plato de enchiladas a las seis de la tarde, o el comestible que sea, con tal que tenga olor,
colorido, crepitación de grasas, sin que se le ocurran consideraciones higiénicas ni
filosofías nutriológicas. Que teniendo un taco en la mano y un refresco en la otra, eso es
vida y lo demás le importa el 10 de mayo.
Para curar a tanta raza, enferma de no tener con qué comer, de no saber comer o de comer
antojitos en la calle con aditivos de microbios, apenas hay en el país unos treinta mil
profesionales de la salud que la gente se empeña en llamar doctores, a quienes el siempre
agradecido y vilipendiado pueblo designa con el afectuoso diminutivo de doctorcitos.
No hay otro profesional en México fuera del "padrecito", a quien se otorgue título en
diminutivo. Jamás el mexicano ha dicho "ingenierito” o “contadorcito público", puesto
que el pueblo-pueblo apenas si recurre a sus servicios. Sólo reserva tal honor y tal cariño
al médico y al sacerdote, como que los mira más de cerca; el médico que mucho tiene de
apóstol y el sacerdote que ejerce como médico de almas. Tan enfermas como andan casi
todas, aunque nadie quiera curarse ni dejarse curar.
Los que saben de estas cosas afirman que se necesitaría un facultativo por cada mil
habitantes. Consecuencia: padecemos un déficit de veinte mil médicos en el país.
Pocos médicos tenemos; pero eso sí, muy mal distribuidos. La mayoría de facultativos,
enfermeras, técnicos y trabajadores de la salud se concentran en las grandes ciudades para
entablar entre sí reñida y respetuosa competencia. En un solo edificio de la capital
despachan hasta treinta médicos; y en treinta pueblos a la redonda no despacha ni uno. La
muerte es la única que despacha a la gente al otro mundo.
Los ricos tienen su médico de cabecera, si no es que un staff de especialistas dispuestos a
atenderlos con sólo una llamada telefónica, sin que falten los que toman el jet, apenas les
da una jaqueca, para irse a internar en alguna clínica famosa de Estados Unidos donde,
según ellos dicen en rico castellano, los checan.
Empleados y obreros se la pasan sacando fichas y haciendo colas en el Instituto
Mexicano del Seguro Social y en el ISSSTE, aunque todavía el setenta por ciento de la
población no recibe sus servicios. Con lo que el verdadero medico del enfermo es él
mismo. Desde que el mexicano era indio puro hasta hoy que anda medio mezclado, viene
curándose a puro valor civil, por su cuenta y riesgo, tal vez por evitar otras cuentas y
riesgos, tal vez porque no ha tenido la medicina ni al alcance de su mano ni mucho menos
al alcance de sus bolsillos, o porque sea verdad el antañón dicharacho "de médico, poeta
y loco todos tenemos un poco".
El análisis del mexicano acusa una dosis alta de médico. Entre las muy escasas aficiones
que puede practicar, porque todas resultan ya lujo estratosférico, le va quedando el "jobi"
de recetarse solo, sin intervención de nadie, llámese este nadie doctor o farmacéutico,
curandero o comadrona, enfermera o voluntario de la Cruz Roja.
No hay residencia de piso de parquet, ni pequeña casa de interés social, ni barraca de
ciudad perdida, ni jacal empotrado en un cerro, donde no exista por ahí un surtido cajón
de medicinas en espera de cualquier achaque. No hay mexicano sin botiquín.
Que el niño amaneció con vómito, la señora de antojo, o el marido con una cruda que lo
trae cocido, basta hurgar en el cajón donde hay de todo como en botica, desde
inyecciones amarillas —"este medicamento es de uso delicado"— hasta multicolores
pastillitas comerciales, de ésas que anuncian en la televisión recomendando a los
enfermos muy en serio: "Consulte a su médico". Cualquier día el mexicano va a con-
sultarlo. Para eso está él, con lo que basta y sobra. Viva la automedicación.
Las boticas son muy comprensivas al favorecer el "jobi" nacional. Venden sin necesidad
de receta médica lo que el cliente solicite, anfetaminas o ataráxicos, antidepresivos o
euforizantes. Aun los niños pueden comprar una droga como si fueran caramelos, sin
requisito alguno. Al cliente lo que pida, o cerramos la farmacia por incosteable.
El medicamento preferido por el mexicano, en el que ha depositado toda su fe, su
esperanza confiada, su amor definitivo, es el vino. Para todo mal mezcal y para todo bien
también. Bálsamo de Fierabrás que por desgracia no llegó a conocer Don Quijote, que de
otra manera no habría muerto como el pobre murió. Curalotodo de efectos instantáneos.
Bebido como agua de uso, mezclado con yerbas aromáticas, aspirado en trance de
soponcios, untado como friegas, cualquier intervención del vino se traduce luego en
remodelación del físico, infinita alegría de vivir.
No hay medicamento que contenga las virtudes del mezcal, el pulque, la tequila, el sotol.
Curan reumas, tonifican nervios, fulminan resfriados, restañan heridas del corazón, que ni
el doctor Barnard, "por una ingrata mujer".
LA MUERTE

SUCEDIÓ en San Luis Potosí allá por los fabulosos cuarenta. Sí, ciertamente el teniente
coronel era un pedacito de hombre, débil y sanforizado de carnes, estatura de niño y de
dedal, las palomas habaneras de su casa le llegaban a la cintura, las gallinas coloradas al
hombro. Pero no era tanto la naturaleza como su mujer que lo tenía así de
subdesarrollado, en algodones de timidez, indeciso de gestos, un hilillo de voz
tartamudeante, acomplejado de frente y de perfil. Su mujer voluminosa y ejecutiva, ella sí
de armas tomar, las manos en jarras y la pretina en su sitio. Llevaba mi teniente coronel
veinte años de soportar a esta rica hembra estruendosa, impositiva y tenante.
Y sucedió que un día en que mi teniente coronel acudió a palacio de gobierno para no sé
qué audiencia, cayó fulminado en plena escalera. Llegaron los médicos. Movieron la
cabeza. Todo estaba consumado. Al hombre, al pedacito de hombre, se le había acabado
la gasolina, le falló la maquinaria, se le apagaron las luces, estaba todo desbielado,
verdaderamente desinflado, había metido el freno para siempre, quedaba fuera de
circulación.
Atento y obsequioso como era el señor gobernador, ordenó a los médicos que
investigaran ipso facto la causa de la muerte de aquel sufrido esposo o varón domado.
Reunidos aquellas eminencias en una oficina de palacio, examinaron el cadáver en todas
direcciones sin que encontraran el más leve desperfecto en aquel saludable cuerpecillo.
Al cabo de varias horas de pronósticos reservados, los médicos entregaron al señor
gobernador el certificado de defunción. Teniendo en cuenta los antecedentes de la esposa,
el teniente coronel había muerto de muerte voluntaria.
Fuera de este caso único que registra la historia clínica nacional, los mexicanos se vienen
muriendo últimamente de no comer los más; de puñalada trapera, otra tanda; una buena
dotación de ciudadanos se quedan planchados en las carreteras, que cuando se ignora la
verdadera causa del óbito, entonces se mueren de paro cardíaco, pues no se ha sabido
todavía que alguien siga viviendo con el corazón estacionado. Not parking here.
Y así vamos conjugando el verbo morir que, según el licenciado Luis Cabrera, es el verbo
más irregular que conjugamos en México: "Yo muero, tú falleces, él sucumbe, nosotros
nos restiramos, vosotros os petatiáis, ellos se pelan".
Pocas realidades como la muerte, se expresan en México con tal derroche de nombres.
Pasa una lujosa procesión. La muerte es la calaca, la pelona, la canica, la copetona, la
catrina, la mocha, la dientona, la huesuda, la flaca, la descarnada, la tilica, la tembeleque,
la tilinga, la pachona, la afanadora, la pepenadora, la pálida, la chirifusca, la china
Hilaria, la jijurria, la tiznada, la tía de las muchachas, la madre Matiana, la güera, la
jedionda, la cuatacha, todo eso es la muerte ciriquisiaca y, si se pone uno elegante, es
además la novia fiel, la amada inmóvil, la hora de la verdad, la parca cruel, la dama de la
guadaña y otras voces de carretonero de mucho viso y sonoridad.
José Guadalupe López Pérez se pasó la vida, como buen mexicano, burlándose de la
muerte. La desafió en la carretera imprimiendo el acelerador hasta el fondo. Se divirtió
jugando a la ruleta rusa con espantable pistolón que desde los quince años jamás se apeó
de los cuadriles. Sus mejores chistes celebrados a risotadas por sus amigos del Café
Capitolio fueron los de humor negro sobre muertitos y otras escatologías. Se sabía de
memoria coplillas y corridos en que ofendía a la muerte hasta la irrespetuosidad.

Estaba la muerte seca


sentada en un arenal
comiendo tortilla dura
y frijolitos sin sal.

Valentina, Valentina,
rendido estoy a tus pies
, si me han de matar mañana
que me maten de una vez.

Cuando se muera mi suegra,


que la entierren boca abajo,
por si se quiere salir
que se vaya más abajo.

Fui tras de ti a los sepulcros


a buscarte, y no te hallé,
le pregunté a los difuntos:
¿en dónde la encontraré para hacernos polvo juntos?

Señora del manto negro,


qué bien le sienta a usté el luto,
vamonos queriendo bien
y olvidemos al difunto.

Cada 2 de noviembre José Guadalupe, como el resto de sus conciudadanos, se comía un


alcatraz de calaveras de azúcar, se iba al teatro a ver las escenas macabras del Tenorio y a
la salida sopeaba un pozuelo de chocolate con pan de muertos, esas tibias y peronés
esponjadas y crepitantes que sabían a gloria. Muchos domingos se fue de paseo al
panteón municipal y ahí, sobre una losa fría, a la sombra de los cipreses funerarios, se
bebió ritualmente varios jarros de pulque. Se hablaba de tú con las calacas, los difuntitos
le pelaban los dientes, la muerte le hacía los mandados. Ay, el burlador resultó burlado.
Porque vino una noche la segadora, la igualadora, la llorona, la chinita, la apestosa, la
chicharra, la impía, la cierta, la tía Quiteria, la blanca, la polveada, la triste, la patrona, la
chicharrona, la raya, patas de catre, la tostada en persona, la hora de la petateada, la mera
catrina pelona. Y entonces José Guadalupe supo lo que era amar a Dios en tierra ajena.
Aunque con una leve esperanza. Porque la diferencia que hay entre la muerte natural y la
muerte política, es que de la segunda no resucita nadie.
Indiferente ante la vida, el mexicano parece indiferente ante la muerte, cuando la muerte
es un ser como el tapado, abstracto, extraño, lejano. Pero cuando la muerte se destapa,
cuando la muerte es el muerto —él mismo, su familiar, su amigo, especialmente el
compadre—, una muerte que tiene nombre y rostro, personal, próxima, tangible, entonces
el mexicano extrema el temor y el duelo. La frialdad se deshace en lágrimas, la valentía
en fragilidad, la desestima en suspiros. "Sólo el que carga el cajón, sabe lo que pesa el
muerto".
Por un mecanismo de defensa, el mexicano disfraza sus ganas de vivir, su miedo de
morir, en gestos de indiferencia, expresiones irrespetuosas y actitudes de desprecio; de la
misma manera que esconde la finura quebradiza de su sensibilidad en broncas apariencias
de temeridad. La actitud despreciativa del mexicano ante la muerte es una nueva
expresión de machismo, alardea de hombría para disimular la inseguridad deja hombría.
La despreocupación del mexicano por la muerte puede también explicarse por el
humorismo esencial que lo define. Se ríe de la muerte porque sabe reírse, de la muerte y
de la vida, aún de lo más sagrado.
Allá otros pueblos se calen contra la alegría del sol gafas oscuras; y ante las cosas de este
mundo y del otro, canten, si es que cantan, en exclusivo do sostenido mayor. Qué culpa
tiene el mexicano de que brote y fluya en el hondón de su alma un fresco, terco hilillo de
gracia socarrona y fácil desenfado, sabiendo como sabe que el pájaro canta aunque la
rama cruja, que las penas con pan son buenas, que al mal tiempo buena cara; que el
muerto al hoyo y el vivo al pollo, que sólo los guajolotes mueren la víspera, que para qué
son tantos brincos estando el suelo parejo y cuando la de malas llega la de buenas no
dilata.

Debajo del árbol


canta el pájaro cuando llueve,
también de dolor se canta
cuando llorar no se puede.

"Ayer a las 5.16 de la mañana murió don José Guadalupe López Pérez a la edad de 57
años, en el seno de Nuestra Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana,
confortado con todos los sacramentos y la bendición papal. Su inconsolable viuda, sus
hijos, hermanos, tíos, primos, sobrinos y demás parientes, lo participan con el más
profundo dolor. La misa de cuerpo presente será hoy a las dieciséis horas en la Parroquia
de San Francisco de donde partirá el cortejo al Panteón Municipal. El duelo se recibe en
el número 178 de las Calles de Francisco I. Madero".
Amigos, vecinos y correligionarios de partido leyeron la noticia en los periódicos de la
mañana...
—No es posible. Si hace cinco días estuvimos con él en el café. Estaba bueno y sano.
Lleno de vida.
Ahí estaba la esquela que no mentía. La esquela. Las esquelas que siempre dicen lo
mismo, las mismas palabras, los mismos sustantivos, adjetivos y verbos; la redacción
jamás varía, salvo el nombre y la edad del difunto.
Todas las viudas se quedan inconsolables y todos los mexicanos se van sacramentados,
hasta los que no reciben ningún sacramento, porque se les ocurrió cortarse la coleta sin
previo aviso, doblar los remos sin decir pío, cerrar las persianas sin testigos de cargo o
dar el angelazo en la soledad de la carretera.
El único enigma gramatical de las esquelas es esta frase estereotipada "y demás
parientes". Mire usted. ¿Quiénes son los que participan la muerte de cualquier mexicano
por olvidado que sea? Primero la inconsolable viuda, y detrás de ella un gigantesco
desfile de padres, hijos, hermanos, abuelos, tíos, primos, sobrinos, sobre todo sobrinos.
Demasiada gente como usted ve, tal vez un centenar de cristianos, porque "al que Dios no
le da hijos, el diablo le da sobrinos", que siempre suelen ser cantidad. Sin embargo, como
todo ese gentío aún parece muy reducido, pues entonces vengan a hacer bulto los "demás
parientes". No podemos prescindir de acarreados ni para los mítines políticos ni para los
duelos fúnebres.
Mal expira un mexicano, cuando la casa se abarrota de gente. Los vecinos y los nada
vecinos, de cerca y de lejos van llegando, especialmente los de cerca, el matrimonio del
seis, los del catorce, los de la esquina, los de la otra esquina, la manzana completa desfila,
sobre todo las señoras, el patio de la casa se llena de señoras enlutadas con la peor de las
caras que tienen, la más triste, la máscara de la tragedia, no se puede circular por las
habitaciones, el tráfico entorpecido por embotellamientos de señoras apostadas en las
puertas, muchos kilos de sombras, y otras señoras posesionadas de la cocina haciendo té
de azahar para los nervios; a donde uno manda los ojos, ahí hay señoras, la escalera,
señoras, el pasillo, señoras, el baño es un entradero y salidero de señoras.
Cuanta persona llega a dar el pésame formula tres preguntas de rigor:
—¿A qué horas murió?
—¿ Cuántos años tenía?
—¿De qué murió?
La pobre viuda tiene que empezar otra vez a reconstruir la historia, desde aquella tarde en
que José Guadalupe tuvo un acceso de hipo. Casi mecánicamente repite escena por
escena a partir del hipo hasta el momento mismo en que sobrevino el paro cardiaco. En el
ínterin van cruzando médicos, medicinas de patente, remedios caseros, el rato aquel en
que parecía que José Guadalupe se aliviaba; la inconsolable viuda trae a cuento los
pormenores más sutiles que relata una y otra vez con soltura de labios y una cierta
fruición. Se diría que goza recordando aquellas horas de dolor. Luego llegó el señor cura,
no se vaya a asustar José Guadalupe, el señor cura entró a la recámara, el buró era una
botica de segunda, bastante surtida, pero José Guadalupe no se asustó, creo que ya ni
conocía, el señor cura le puso los santos óleos, me pidió algodón, y le aplicó las
indulgencias plenarias. Mi marido fue de muy buen corazón. Siempre que salía de gira
llevaba su medallita de la Virgen de Guadalupe. Quién había de decirlo, tan bien que
estaba, de buenas a primeras le dio hipo y de ahí para adelante.
La viuda empezaba de nuevo la historia, la misma historia, porque había llegado otro gru-
po de señoras a darle el pésame. Cómo estás de cuidados. Pasando con ellos. Pues de qué
murió mi compadre. Figúrate no más que el jueves acabando de comer le dio hipo. No,
no tuvo tiempo de hacer testamento. Los mexicanos mueren intestados. Bueno, tiempo sí
tuvo, fue desidia, lo fue dejando para después. Quien quita y me alivie. A ver si mañana.
Quiera Dios. No más hizo cama cuatro días. Quién iba a pensar que se moría. Empezó
con hipo y se fue agravando cada vez más.
Desde que la agencia funeraria instala la capilla ardiente, se abren de par en par las
puertas de la casa para que entre quien quiera. Es todo un open-house. Ni en bautismos y
fiestas de quince años, ni siquiera en bodas se junta este gentío. La solidaridad en el
dolor.
Se desalojan piezas, se arrinconan muebles, se quitan las macetas del patio, es preciso
tener espacio, ganar espacio para que los dolientes puedan caber y circular. Alguien corre
al teléfono para alquilar cien sillas, unas mujeres forman estrados, despliegan tapetes,
distribuyen ceniceros; otras más comienzan a repartir furiosamente tacitas de café entre la
concurrencia. Cómo lo quiere usted, con piquete o sin piquete. La pregunta sale
sobrando. Todos se cafetean al muerto. Es el rito, la liturgia casera de difuntos. El velorio
comienza.
La caja está en el centro de la sala. Es una caja color gris con una ventanita de cristal que
deja ver la cara del finado. Son las cajas que más se venden. Los clientes las prefieren así
con esta ventanita, con este pequeño mirador que permite estar viendo al muerto, cómo
no, si es la última vez que lo vamos a ver, míralo, parece que está dormido, fíjate cómo le
quedó el ojo derecho, pobrecito, Dios lo haya perdonado.
Una señora con delgadez y palidez de lirio propone rezar el santísimo rosario. Cómo no.
Que lo guíe doña Mariquita. Doña Mariquita agradece la elección con inclinación de
cabeza. Por la señal de la Santa Cruz. Doña Mariquita pregunta a las vecinas qué día es
hoy. Es martes. Entonces tocan los misterios dolorosos. Dale, Señor, el eterno descanso y
brille para él la luz perpetua.
De todos los rincones de la casa surgen palabras a media voz, roncos acompañamientos,
alas de mosca, bisbíseos entrecortados, los elogios postumos. Sobre el muerto las
coronas.
José Guadalupe era de buen fondo. ¿Te acuerdas que se disgustó con el jefe de la Oficina
de Hacienda? Pues en año nuevo lo fue a felicitar. Era muy noble. Es cierto que nunca
daba su brazo a torcer ni permitía que nadie lo contradijera, las cosas tenían que hacerse
como él decía, pero a honrado nadie le ganaba. Lo que sea de cada quien. Cuándo anduvo
robando y en trafiques como tantos aprovechados que no desperdician la ocasión. Con el
puesto de diputado que tuvo era para que se hubiera hecho millonario. Como otros que tú
y yo conocemos, y no digo nombres por respeto a mi compadre que está aquí presente.
Después de todo era muy bueno.
No es nada fácil arreglar el entierro de un mexicano, sobre todo si se le ocurre bajar al
sótano en domingo, porque entonces ni misa alcanza. Es preciso proveerse de una rica
colección de papeles, certificados y comprobantes. Aquí se muere como se vive:
burocráticamente. El papel más indispensable para vivir, para morir, es el papel moneda.
La inflación lo coge a uno hasta cuando ya es cadáver. Y con eso que los deudos andan
con los ojos irritados por falta de sueño y demasía de llanto, no se fijan en los precios de
la agencia funeraria, sino que firman el contrato con antiparras oscuras y vendas de
sufrimiento, de suerte que cuando empiezan a mirar, ya no hay remedio. El dolor es de lo
más rentable. Y firma dada ni Dios la quita.
Las misas de cuerpo presente suelen estar concurridísimas. En las primeras bancas
preside la inconsolable viuda asistida por los más próximos familiares, quienes se pasan
la sagrada ceremonia haciendo que la pobre mujer huela pañuelitos empapados en alcohol
a fin de que aguante, cual abnegada esposa, esa última obligación de entregar a su marido
a la tierra y darle el postrer adiós. Que los demás no acuden al templo a oír misa, lo que
se dice rezar por el eterno descanso del finado, sino para hacerse presentes con la viuda y
demás familia, si no qué dirán después, que ni el pésame les dimos. Educados que nos
hemos vuelto. Los señores optan por quedarse en el atrio a la fresca sombra de los
laureles, comentando las noticias del día; la misa, su misa, duró exactamente tres
cigarrillos con filtro.
Al término del ritual, acuden cuatro empleados de la funeraria, uniformados en color gris,
además de la cara respectiva, para echarse la caja al hombro y depositarla en la carroza.
Trabajo nada fácil. La muchedumbre se apretuja en torno con ansias de ver por última
vez al difuntito a través de la ventanita aquella. Con permiso, dejen pasar la caja, háganse
para allá por favor, ahí va el golpe.
Bocanadas de trajes y vestidos negros salen por la puerta del templo precipitándose a
tomar sus carros y autobuses, todos con la misma idea de colocarse inmediatamente
detrás de la carroza fúnebre, con lo que ningún automóvil puede lograrlo pues unos a
otros se estorban y entorpecen en un pandemónium de dudosos volantes que no saben si
salir por la izquierda, enfilar por la derecha, seguir de frente, echarse en reversa, sólo
Dios sabe cómo.
Por la calzada que va al Panteón Municipal, el cortejo va a vuelta de rueda. Cuando se
tiene el privilegio de tener muerto en casa, es preciso hacerlo durar. Saborear gota a gota
esta rara mezcla de lágrimas, olor de cera, flores marchitas, pañuelos de alcohol, tierra
recién abierta. Ayer a las 5:16 de la mañana murió José Guadalupe López Pérez. Su vida
fue una lucha. Por el pan de cada día, por la libertad, por la justicia. No sabemos si en
esta lucha vivió o simplemente sobrevivió. Descanse en paz.

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Corregido por J.C.J.

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