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COMENTARIO BIBLICO

DEL CONTINENTE NUEVO


Primera Corintios
por
Arnoldo Canclini

Editor General de la obra:


Dr. Jaime Mirón
Asesor Teológico
Rvdo. Raúl Caballero Yoccou
2

[P. 2]
Junta de Referencia
Presidente: Luis Palau
Raúl Caballero Yoccou (Argentina), H. O. Espinoza (México), Olga R. de Fernández (Cuba), Pablo Finkenbinder
(EE.UU.), Sheila de Hussey (Argentina), Elizabeth de Isáis (México), Guillermo Milován (Argentina), Carlos Morris
(España), Emilio Núñez (Guatemala), Dory Luz de Orozco (Guatemala), Patricia S. de Palau (EE.UU.), Héctor Pardo
(Colombia), Aristómeno Porras (México), Asdrúbal Ríos (Venezuela), Randall Wittig (Costa Rica).
Publicado por
Editorial Unilit
Miami, Fl. EE.UU.
Todos los derechos reservados
Primera edición 1995
© 1995 Asociación Evangelística Luis Palau
Escrito por: Arnoldo Canclini
Asesoría editorial técnica: Leticia Calçada
Versión utilizada de la Escritura: Reina Valera (RV) 1960.
©Sociedades Bíblicas en América Latina
Otras traducciones se abrevian como sigue:
NVI, Nueva Versión Internacional
VP, Versión Popular
BLA, Biblia de las Américas
BD, Biblia al Día
BJ, Biblia de Jerusalén
RVA: Reina Valera Actualizada
Usadas con permiso
Producto 498646, Rústica ISBN 0-7899-0160-9
498645, Tela ISBN 0-7899-0159-5

EX LIBRIS ELTROPICAL
3

[P. 3]
PREFACIO DEL EDITOR GENERAL
Cuando por primera vez pensamos en la necesidad de una obra como ésta, una de las necesidades que
advertimos—al margen de que el material fuera original en castellano—fue que sirviera para llenar una
gran necesidad del liderazgo iberoamericano. La mayoría de los obreros del Señor en Latinoamérica no cuen-
tan con los privilegios educacionales ideales ni con las posibilidades para lograrlos. Es por eso que, recu-
rriendo a hombres de Dios y excelentes maestros bíblicos del continente americano y de España, acordamos
realizar esta obra.
Este Comentario Bíblico está especialmente dirigido al obrero, líder o pastor que recién se inicia o bien
que presiente no contar con preparación académica adecuada por falta de tiempo o de medios. Esta obra no
está dirigida a los expertos o eruditos puesto que estos hermanos ya cuentan con suficiente material.
Este Comentario Bíblico expositivo no analiza la Escritura versículo por versículo ni menos palabra por
palabra. Por lo general se toman las ideas por párrafos y se extrae el contenido esencial. No intentamos, en
esta obra, aclarar toda duda o contestar toda pregunta quo pueda tener el maestro, predicador o estudioso de
la Biblia. Lo que sí deseamos hacer es estimular al predicador y ayudarle a aplicar y predicar el pasaje bíblico.
A pesar de que hay menciones ocasionales al original griego, como parte de la filosofía editorial la Junta
de Referencia pidió a los autores no ser exhaustivos en las explicaciones técnicas ni eruditos en la presenta-
ción.
Quiera el Señor añadir su bendición a este Comentario de Primera Corintios a fin de que los líderes del
pueblo de Dios sean edificados y, a su vez, el cuerpo de Cristo crezca en conocimiento y sabiduría para gloria
de Dios.
Dr. Jaime Mirón
Editor General
4

[P. 4]
ÍNDICE DE CONTENIDO
Prefacio del Editor General
Bosquejo General del libro
Bosquejos especiales para predicación
Introducción General
1. Parte I: Apertura de la carta
2. Parte II: La unidad de la iglesia
3. Parte III: Problemas sociales
4. Parte IV: La vida de la iglesia: Cuestiones internas
5. Parte V: Cuestiones de la vida de la iglesia
6. Parte VI: La resurrección: Hecho y doctrina
7. Parte VII: Asuntos prácticos
5

[P. 5]
BOSQUEJO
Primera Epístola A Los Corintios
Introducción General
La ciudad de Corinto
La iglesia de Corinto
La carta
I. APERTURA DE LA CARTA (1:1–9)
1. Saludos iniciales (1:1–3)
2. La oración de un apóstol (1:4–8)
3. Una declaración (1:9)
II. LA UNIDAD DE LA IGLESIA (1:10–4:21)
1. El llamado a la unidad (1:10–25)
a. El cuadro de la situación (1:10–17)
b. “Predicamos a Cristo crucificado” (1:18–25)
2. Motivos para la unidad (1:26–2:5)
a. La debilidad humana reclama unidad (1:26–31)
b. La debilidad del apóstol (2:1–5)
3. Lo espiritual y lo carnal (2:6–3:4)
a. La revelación del Espíritu (2:6–16)
b. Espirituales y carnales (3:1–4)
4. El ministerio de la iglesia (3:5–23)
a. Distintos lugares de servicio (3:5–10)
b. El fundamento y los obreros (3:11–17)
c. Todo para Dios (3:18–23)
5. [P. 6] El ministerio de los apóstoles (4:1–21)
a. Servidores y administradores (4:1–7)
b. Orgullo corintio y dolor apostólico (4:8–16)
c. Un ayudante y un posible viaje (4:17–21)
III. PROBLEMAS SOCIALES DE LA IGLESIA (5:1–8:13)
1. Un caso de inmoralidad (5:1–13)
a. Medidas para una solución (5:1–5)
b. Principios generales (5:6–13)
2. Pleitos entre creyentes (6:1–11)
a. El problema y las medidas para una solución (6:1–8)
b. Principios generales (6:9–11)
3. El cuerpo es del Señor (6:12–20)
4. Problemas relacionados con el matrimonio (7:1–40)
a. Relaciones entre los esposos (7:1–7)
6

b. Solteros y viudas (7:8–9)


c. La posibilidad de un divorcio (7:10–16)
d. Algunos principios generales (7:17–24)
e. Vírgenes y solteros en general (7:25–38)
f. Las viudas (7:39–40)
5. La conciencia y la carne sacrificada (8:1–13)
a. Conocimiento y amor (8:1–3)
b. Un solo Dios creador de todo (8:4–6)
c. Nuestro conocimiento y el prójimo (8:7–13)
IV. LA VIDA DE LA IGLESIA: CUESTIONES INTERNAS (9:1–11:34)
1. Lugar y derechos del apóstol (9:1–27)
a. Aclaración inicial (9:1, 2)
b. Los derechos de un apóstol (9:3–14)
c. Libertad para renunciar a su derecho (9:15–18)
d. Libre y esclavo (9:19–23)
e. La disciplina necesaria (9:24–27)
2. En Cristo, lejos de la idolatría (10:1–11:1)
a. El ejemplo del pueblo hebreo (10:1–6)
b. Lo que deben evitar los cristianos (10:7–13)
c. La nueva vide de un nuevo pueblo (10:14–22)
d. Todo para la gloria de Dios (10:23–11:1)
3. [P. 7] Varones y mujeres en la iglesia (11:2–16)
a. Exposición del hecho (11:2–10)
b. Consideraciones sobre el tema (11:11–16)
4. La Cena del Señor (11:17–34)
a. Abusos en la práctica (11:17–22)
b. El relato de la Cena del Señor (11:23–26)
c. Advertencias sobre la forma de participar (11:27–34)
V. CUESTIONES DE LA VIDA DE LA IGLESIA: LOS DONES (12:1–14:40)
1. Los dones en general (12:1–31)
a. Los dones y la unidad (12:1–13)
b. La diversidad en la unidad (12:14–31)
2. El camino más excelente del amor (13:1–13)
a. La superioridad del amor (13:1–3)
b. La perfección del amor (13:4–7)
c. Permanencia del amor (13:8–13)
3. Profecía y lenguas (14:1–40)
a. Principios y definiciones (14:1–12)
b. El don puesto en práctica (14:13–25)
7

c. El control de las prácticas (14:26–40)


d. El lugar de la mujer en la congregación (14:34–35)
e. La autoridad del apóstol (14:36–40)
VI. LA RESURRECCIÓN: HECHO Y DOCTRINA (15:1–58)
1. Hecho y doctrina de la resurrección de Cristo (15:1–19)
a. El hecho de la resurrección (15:1–11)
b. La doctrina que se deriva del hecho (15:12–19)
2. La resurrección de los hombres: hecho y doctrina (15:20–58)
a. El hecho de la resurrección de los creyentes (15:20–34)
b. La resurrección de los hombres: su forma (15:35–50)
c. La resurrección de los hombres: su momento (15:51–56)
d. La resurrección: aplicaciones (15:57–58)
VII. ASUNTOS PRÁCTICOS (16:1–24)
1. La ofrenda para los necesitados (16:1–4)
2. Planes de Pablo (16:5–9)
3. Participación de los colaboradores (16:10–12)
4. Consejos y saludos finales (16:13–24)
8

[P. 8]
LISTA DE BOSQUEJOS ESPECIALES PARA PREDICACIÓN
Capítulo 1
• Pablo como apóstol (1:1)
• La autoridad de Sóstenes
• Un mensaje a la iglesia (1:2)
• Jesucristo siempre presente (1:1–3)
• Gracias de los creyentes (1:4–6)
• El testimonio de Cristo (1:6–7)
• El Cristo que se manifiesta (1:4–9)
• Los creyentes (1:4–5, 8–9)
• La fidelidad de Dios (1:9a)
• El Cristo que nos une en comunión (1:9b)
Capítulo 2
• La unidad de la iglesia (1:10)
• El ministerio del que evangeliza (1:17)
• Cuál es el mensaje cristiano (1:18)
• La locura de la predicación (1:18–24)
• El mensaje de la cruz (1:23)
• Los miembros de la iglesia
Capítulo 3
• La obra de Dios en los hombres (1:26–30)
• Estar en Cristo (1:30–31)
• Cómo hablar a los hermanos
• El evangelio pare el pueblo
• El obrero cristiano (2:3)
• Dios a través del predicador (2:2, 4, 5)
• El fundamento de la iglesia
Capítulo 4
• La sabiduría de los creyentes (2:6–7)
• No basta ser Príncipe (2:8)
• El Espíritu que recibimos (2:12–13)
• Cristianos carnales
Capítulo 5
• [P. 9] Los obreros como servidores (3:7–9)
• El Dios que hace crecer (3:7)
• Cristo es el fundamento (3:11)
• El obrero como arquitecto
• La iglesia como templo (3:16–17)
9

Capítulo 6
• Administradores designados por Dios (4:1)
• La opinión de los demás (4:3–4)
• Cuando Cristo vuelva (4:5)
• Un examen de nosotros mismos (4:7)
• El obrero como luchador (4:9)
• Motivos para dirigirnos a otros (4:14)
• Los obreros de Cristo
• La formación de discípulos (4:17)
• Condiciones de un discípulo (4:17)
• Criterios para una acción (4:19–20)
• El obrero en la iglesia (4:21)
Capítulo 7
• El pecado ajeno
• Cómo tomar medidas con el pecador (5:4–5)
• La fiesta del cristiano (5:8)
Capítulo 8
• Lo lícito y lo bueno (6:12)
• Avergonzando a los demás (6:5)
• Herencia del reino
• El cambio del cristiano (6:9–11)
• Los que tienen nueva vida (6:11)
Capítulo 9
• Preguntas del cristiano sobre su conducta (6:12)
• El cuerpo de Cristo y el nuestro (6:13b–15a)
• Llamado a la pureza (6:16b–18a)
• El cuerpo del creyente (6:19–20)
• No somos nuestros (6:20)
Capítulo 10
• [P. 10] Llamados a la paz (7:15)
• El llamamiento de Dios (7:17–20)
• El verdadero cristiano
• Cómo llevar las aflicciones
• Lo que puede alejar de Dios (7:29–31)
• El verdadero placer
• Lo que deseamos a los demás (7:35)
• La joven creyente (7:34)
• Servir al Señor
• Impedimentos para Servir
10

Capítulo 11
• El proceder del cristiano (8:1)
• Actuando con amor (8:3)
• Lo que adoran los hombres (8:4–6)
• Nuestro Dios (8:6)
• Qué es Dios para nosotros (8:6)
• Pautas para mi conducta (8:13)
Capítulo 12
• Derechos del obrero cristiano (9:4–8)
• La esperanza del obrero (9:10)
• Lo material y lo espiritual (9:14)
• Por qué sostener a los obreros (9:12–14)
• Por qué predicamos
• La libertad del cristiano (9:19–21)
• Pautas para la predicación (9:22–23)
• Predicando a los débiles (9:22)
• Para ganar el premio (9:24)
• Formas de vivir como cristiano
• La autodisciplina del cristiano (9:26–27)
Capítulo 13
• Todos los miembros de la iglesia (10:16–17)
• Nuestra comida y bebida (10:3–4)
• El ejemplo de algunos (10:7–11)
• Quiénes caen (10:12–13)
• Fiel es Dios (10:13)
• [P. 11] La comunión en la Mesa del Señor (10:16–17)
• La acción de los demonios (10:20–22)
• Cómo determinar qué hacer (10:24)
• La gloria de Dios (10:31–33)
• Nuestra meta en las relaciones (10:33)
Capítulo 14
• Significado de la Mesa del Señor (11:17–34)
• Diferencias de opinión (11:19)
Capítulo 15
• Tres mandatos de Cristo (11:24–25)
• En memoria de El (11:25)
• El anuncio de su muerte (11:26)
• La consecuencia de un examen (11:31)
Capítulo 16
11

• La primera obra del Espíritu en nosotros (12:3)


• Un solo Espíritu (12:4)
• Los dones que Dios da (12:6–7)
• El cuerpo de Cristo y sus miembros (12:12–14)
• El Espíritu Santo y nosotros (12:13)
• La relación entre miembros de la iglesia (12:21–22)
• Los miembros entre sí (12:24–26)
Capítulo 17
• Dones y amor (13:1–2)
• Mi amor y mi mente (13:1–3)
• Saber soportar (13:4a)
• El cristiano no debe ser vanidoso (13:4c)
• El cristiano que recibe mal (13:5)
• Creemos a nuestro hermano (13:7)
• La urgencia de predicar
• Viendo cara a cara (13:12)
Capítulo 18
• El contenido de la predicación (14:3)
• La iglesia como una orquesta (14:7–8)
• El culto de la iglesia (14:20–25)
• Lo que compone nuestro culto (14:13–15)
• [P. 12] Preguntas para cuando cantamos (14:15)
• En quiénes pensamos en el culto (14:16)
• Señales del evangelio (14:22)
• Lo que la iglesia produce en el incrédulo (14:24–25)
• Alejemos la confusión (14:32)
Capítulo 19
• Qué predicar sobre Cristo (15:3–5)
• La acción de la gracia divina (15:10)
• Si Cristo no resucitó (15:17–20)
Capítulo 20
• Adán y Cristo (15:22–23)
• Las grandes etapas de la historia (15:23–24)
• Cuando él regrese (15:25–26)
• Los ejemplos de la naturaleza
• El ser humano
• Cuando suene la trompeta (15:52–53)
• Ya no habrá muerte (15:54)
• La victoria de Cristo (15:57)
12

• Firmes y constantes (15:58)


• El trabajo no es en vano (15:58c)
Capítulo 21
• Condiciones de la ofrenda (16:1–2)
• Cómo hacer planes (16:5–9)
• Cómo recibir a un hermano (16:10–11)
• Para el trabajo cristiano (16:13–14)
• Un ejemplo de familia cristiana (16:15–16)
• El saludo de los cristianos (16:20)
• Los creyentes y el amor (16:14, 22, 24)
13

[P. 13]
INTRODUCCIÓN GENERAL
Estamos ante una joya, no sólo por lo grandioso e inspirador que aquí encontramos, sino también por el
desafío que representa un estudio serio de esta epístola paulina. Confiamos que al terminar, los lectores
habrán recibido una renovada visión de lo que Dios espera de su iglesia y, siguiendo el ejemplo del gran
apóstol, serán alentados en su tarea.
Al principio de la carta, Pablo agradece fervientemente a Dios por tanta riqueza que ha dado a los corin-
tios. Y nosotros debemos agradecer por haberle inspirado esta epístola que tanto nos inspira. En 1 Corintios
hay joyas insuperables. Uno de los grandes capítulos de la Biblia es el cántico al amor que abarca todo el cap.
13. Hay un gran valor en la insistencia paulina de que debemos predicar a “Cristo crucificado” (1:23; 2:2).
El cap. 15, sobre la esperanza de la resurrección, no sólo es de un innegable valor doctrinal sino también de
apoyo espiritual sublime en las situaciones más dolorosas. ¿No seremos capaces de pasar por alto los proble-
mas teológicos como resultado del tema de los dones (caps. 12 y 14) para alabar al Señor porque nos los con-
cede? Aprendemos a valorar nuestros cuerpos como templos del Espíritu (3:16; 6:19), y a los obreros del Se-
ñor como quienes deben ser apoyados y sostenidos (cap. 9). Encontramos la más antigua y completa reflexión
sobre la cena del Señor (cap. 11) y versículos como: “Ninguno busque su propio bien sino el del otro”
(10:24) o la promesa de que “fiel es Dios que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir” (10:13).
Y al final, podemos unirnos con el gran hombre de Dios y exclamar: “Gracias sean dadas a Dios, que nos da
la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (15:57).
Primera Corintios es un documento profundamente relacionado con la situación en que se produjo. Por
eso es imprescindible recordar algunas de esas circunstancias, procurando apuntar los datos que nos ayuden
a comprender los hechos concretos y las enseñanzas de este libro.
La mitología griega contaba que Corinto era un hijo de Júpiter, que tuvo que ver con la fundación de la
ciudad. Estaba en un lugar sumamente [P. 14] estratégico. Al mirar un mapa de Grecia, lo primero que nos
sorprende es la gran península al sur, llamada Peloponeso. Esta se encuentra unida al resto del país por un
istmo sumamente estrecho, de unos diez kilómetros de ancho, que se transforma así en la única vinculación
entre las dos partes mayores de la nación.
Hacia el oeste, se había edificado el puerto de Lejaión y hacia el este el de Cencreas. En medio de esa es-
trecha porción de tierra, la ciudad de Corinto capitalizaba todo el movimiento comercial que iba desde la
península itálica hacia el oriente y que trataba de evitar la vuelta que significaba circunnavegar el Pelopone-
so porque era sumamente peligroso. Ya en tiempos de Nerón se había intentado hacer un canal, pero no pu-
do ser concretado hasta el siglo XIX. De ese modo, Corinto tenía todas las ventajas y los problemas de una
ciudad portuaria, sin serlo, y por lo mismo de un centro de movimiento vial.
Además se destacaba en otros aspectos. Había decaído grandemente, hasta que en el año 44 A.C. los ro-
manos la jerarquizaron haciéndola capital de la provincia de Acaya, que incluía a la misma Atenas, en el 27.
Desde el punto de vista religioso, Corinto contaba con un gran templo dedicado a la diosa romana Venus,
que simbolizaba el amor—pero entendido éste con la visión de aquella época corrompida. Toda clase de luju-
ria y desbordes, especialmente de tipo sexual, eran promovidos por aquel centro de culto. Sin embargo, el
movimiento cultural de la ciudad había adquirido importancia y era reconocido en el Imperio Romano donde
Corinto era la cuarta ciudad en población, después de Roma, Alejandría y Antioquía. A ello se sumaba cierto
prestigio deportivo, pues en las proximidades se realizaban los “juegos ístmicos” (que competían con los
olímpicos, más al norte). Pablo hace referencia al atletismo, por ejemplo, al final del cap. 9.
[P. 15] Todo llevaba a una situación moral degradada resultado de numerosos factores: la condición de
lugar de tránsito, la vida portuaria, el culto al erotismo de Venus, el deporte que promovía la desnudez, la
relativa juventud de la ciudad, el crecimiento rápido de su población, la presencia conspicua de las cortesa-
nas del templo, etc. No hay duda de que se trataba de un enorme desafío para el gran predicador y explica
por qué llegó allí “con mucho temor y temblor” (2:3).
La iglesia de Corinto
La historia de sus orígenes aparece con bastante detalle en Hechos 18. Pablo llegó allí desde la cercana
pero diferente urbe de Atenas. Estaba solo y la experiencia en esta famosa ciudad, que ha quedado como
ejemplo de cultura y arte, había sido una de las más frustrantes para él. Pero Dios proveyó un aliciente con
14

un matrimonio que se ha hecho célebre: Aquila y Priscila, que serían de los mejores colaboradores del após-
tol.
No sólo se alojó en su casa, sino que comenzó a trabajar con ellos en su oficio de fabricante de tiendas, ya
que no tenía otra forma de mantenerse. Al mismo tiempo, se dedicó a hablar del evangelio en la sinagoga.
Cuando finalmente llegaron a Corinto Silas y Timoteo, sus ayudantes que habían quedado en el norte, “Pablo
estaba entregado por entero a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo”
(Hch. 18:5).
Pero los judíos se opusieron y Pablo alquiló la casa de un tal Justo, luego de to cual se produjo la conver-
sión de Crispo, el principal de la sinagoga, y de “muchos corintios”. La persecución hizo que el Señor le diera
un mensaje de ánimo, en el que le aseguraba que tenía “mucho pueblo” en esa ciudad. De ello podemos de-
ducir que la iglesia llegaría a tener un tamaño de importancia relativa en relación a otras de la época.
De todos modos, el apóstol fue llevado ante el tribunal, un edificio en cuyas ruinas hay una placa que re-
cuerda el hecho. El procónsul Galión, responsable de la justicia, no quiso comprometerse, ni aun cuando era
golpeado Sóstenes—otro principal de la sinagoga (1:1).
Después de permanecer allí un año y medio—lo que no era frecuente en él—Pablo se embarcó rumbo a
Efeso, ciudad que se encuentra frente a Corinto, en la otra margen del Mar Egeo.
En Hechos 20:2, 3 se relata escuetamente que el apóstol volvió a la región por tres meses, unos cinco o
seis años después. Corinto no es mencionada, pero no hay dudas de que Pablo debió de estar allí, inclusive
cumpliendo con la visita prometida en su carta. Desde Corinto escribió la epístola a los Romanos.
[P. 16] La carta
Proviene de la pluma de Pablo, y nadie lo ha puesto en duda. La correlación con el relato de los Hechos es
clara.
Podemos reconstruir las circunstancias que llevaron a su redacción. Después de la salida de Pablo, llegó a
Corinto un fogoso joven llamado Apolos (Hch. 18:27; 19:1), que había sido orientado por Aquila y Priscila.
Por las causas que fueren, se produjeron en la congregación una serie de problemas que llevaron al após-
tol a escribir una carta, que es mencionada en 5:9 y que es en realidad la “primes a los Corintios” pero que
no conocemos. También mandó a su discípulo Timoteo (4:17) para dar consejos en la conflictiva situación,
pero ésta no se suavizó.
La familia de Cloé visitó a Pablo para llevarle informes (1:11) y quizá una carts (7:1), aunque tal vez ésta
había llegado antes por manos de Estéfanas (1:16; 16:15–17). Allí se le planteaban una serie de preguntas
cuyo texto exacto desconocemos, si bien es posible deducir el tema general de cada una.
Es notable la suma de elementos negativos en aquella joven iglesia. De to antedicho es posible deducir que
esta carta fue redactada en el año 56 ó 57, o sea sólo cinco después de iniciada la iglesia. En una congrega-
ción de tan poco tiempo, los problemas adquirían una gran dimensión, en especial cuando eso se agravaba
por la misma constitución de la iglesia, por un ambiente hostil y corrupto, y por la ausencia de una conduc-
ción fuerte. La carta consta de las respuestas de Pablo a las preguntas que le fueron planteadas, así como
también a otras cuestiones que él creía debían aclararse. Esto nos da un esquema de la epístola, que comienza
con una introduction (1:1–9) y sigue con los problemas que enumeramos:
– Bandos que destruían la unidad de la iglesia (1:10–4:21)
– Problemas morales: a) Un caso de incesto (cap. 5)
b) Pleitos judiciales (6:1–11)
c) Inmoralidad sexual (6:12–20)
– Cuestiones sobre el matrimonio (cap. 7)
– Cuestión del sacrificio a los ídolos (cap. 8)
– Lugar y autoridad del apóstol (cap. 9)
– Problemas internos de la iglesia:
a) Idolatría (cap. 10)
b) Actuación femenina (11:1–16)
15

c) Desorden en la cena del Señor (11:17–34)


d) Sentido y uso de los dones (12:1–14:40)
– Un tema doctrinal: la resurrección (cap. 15)
¡Ciertamente es como para estremecerse! Sin embargo, con las variaciones impuestas por la época, la cul-
tura y nuestra propia idiosincrasia, [P. 17] todo eso es más o menos lo que va apareciendo tarde o temprano
en nuestras iglesias.
Sería posible confundirse y abandonar el estudio de la epístola debido a que Pablo está dando respuestas a
preguntas especificas que no conocemos. Más de una vez, podríamos sentirnos perdidos al ignorar qué era
exactamente lo que estaba pasando en Corinto y en qué términos le había sido planteado al apóstol. Sin em-
bargo, nuestro objetivo principal debe ser descubrir los principios fundamentales y básicos detrás de los
hechos presentados.
En 1 Corintios hay numerosos elementos como para que ésta sea una carta especialmente valiosa. Ningu-
na otra patre del N. T. nos muestra cómo era una iglesia én funciones, sobre todo al extenderse el evangelio
más allá del mundo israelita. Aunque no podemos negar la presencia de elementos negativos, hay gran canti-
dad de aspectos positivos en lo que se refiere a su forma de actuar y de cómo ésta debía adaptarse a la direc-
ción del Espíritu.
En cuanto a los problemas que son tratados específicamente, algunos ya no existen. Por ejemplo, quizá
sean pocos o nadie los que tengan el problema de si deben comer carne sacrificada a los ídolos. Pero hay dos
observaciones al respecto. La primera es que algunas de esas cuestiones aún persisten, por ejemplo, el uso de
los dones. En segundo lugar, en oportunidades como ésa los principios de fondo siguen en pie.
La comparación con situaciones actuales nos sorprende, ya que con frecuencia nos parece que Pablo es-
tuviera hablándonos de lo que pasa en nuestra ciudad y en nuestra congregación. Corintios es, entonces, una
epístola de gran actualidad.
[P. 18]
16

[P. 19]

PARTE I
APERTURA DE LA CARTA
1:1–9
1. Saludos iniciales (1:1–3)
2. La oración de un apóstol (1:4–8)
3. Una declaración (1:9)
[P. 20] [P. 21]
CAPÍTULO 1
Los primeros nueve versículos de la epístola tienen mucho que ver con su tono y contenido. Pablo sigue el
estilo habitual de la época, poniendo al principio el nombre de quien escribía, para indicar luego quiénes
eran los destinatarios. Después, como hace en todas sus epístolas, menciona qué dice sobre ellos cuando ora
al Señnor.
1. SALUDOS INICIALES (1:1–3)
1Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, 2a la iglesia de
Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos cos todos los que en cual-
quier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: 3Gracia y paz a vosotros,
de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Al mencionar su nombre, Pablo ya nos está haciendo una presentación digna de ser meditada. Nos dice
que ya no es el perseguidor Saulo de Tarso; utiliza ahora “Pablo”, que significa “pequeño”.
Pero sobre todo, se cuida de ratificar su autoridad como apóstol y el origen de dicha autoridad. Los temas
tratados en la carta y el tono imperativo que exigían las circunstancias así lo reclamaban.1
“Apóstol” significa enviado. Estos versículos nos muestran el lugar de Pablo en relación con los corintios.

[P. 22] PABLO COMO APOSTOL


1. Había sido enviado a predicarles el evangelio.
2. Ahora era enviado a ratificar el mensaje de Cristo.
3. Lo hacía porque era voluntad de Dios.
4. El fin: acelerar la santificación y riqueza espiritual de los
lectores.

Cuando Pablo recibió el llamado en Damasco, Dios declaró: “Instrumento escogido me es éste, para llevar
mi nombre en presencia de los gentiles” (Hch. 9:15). EI apóstol mismo lo relató años después. La “voluntad
de Dios” (que se menciona también en 2 Corintios, Gálatas y Efesios) significa un deseo expreso del Señor
Pablo mismo, para los corintios y los demás que lo recibían, y para el logro de los fines mencionados.
Se incluye el nombre de Sóstenes, que debe de ser el mismo que aparece en Hch. 18:17. Pablo une su tes-
timonio al de este creyente.

1 En las cartas a los Tesalonicenses, no usa ningún título. A los Romanos y Filipenses—donde no había mayores problemas—se
dirige como “siervo”, mientras que se presenta como “apóstol” en ésta, 2 Corintios, Gálatas y Efesios, o sea en general donde había
algo que corregir.
17

LA AUTORIDAD DE SÓSTENES
1. Era un “hermano”.
2. Ratificaba lo que Pablo decía.
3. Provenía de la misma iglesia que recibía la carta.
4. Había dejado su fe anterior y había sufrido por ello.

La relación entre el apóstol y un miembro de la iglesia de Corinto era una buena base para un mensaje
consistente.
Los destinatarios son mencionados en forma extensa, algo no habitual. De esa manera, Pablo ya comienza
a hacerles una exhortación. Si ellos hubieran reflexionado en todo lo que allí les era sugerido, no habrían
necesitado más.
Además de dirigirse sólo a la iglesia en su totalidad y no a los individuos, Pablo la denomina “iglesia de
Dios”, que sólo ocurre en el encabezamiento de esta epistola y la siguiente.
Nada es casual en las Escrituras, pero aquí el propósito deliberado se hace evidente. Uno de ellos se rela-
ciona con el profundo contenido de la carta, la necesidad de llevar una vida acorde con la voluntad de Dios.
Si la iglesia pertenece al Señor, él tiene autoridad para reclamar tal comportamiento.
Desde el principio, los lectores de esta carta—los de aquel entonces y los de ahora—debemos tener en
cuenta quién es el Señor de la iglesia. La iglesia es de Dios porque se rige por su Palabra y es dirigida por su
Espíritu.
[P. 23] Por otro lado, la frase “iglesia de Dios” también es una advertencia sobre el tema que trataría en-
seguida. Si la iglesia es de Dios, no es de Pablo, ni de Apolos, ni de Cefas, ni de Cristo (cuando su nombre se
una con espíritu faccioso) (vv. 12, 13). Todavía hoy se oyen frases como “Yo soy de la iglesia del pastor Fula-
no” o “Esta es la iglesia de Mengano”. Aunque el sentido pueda ser distinto (o sea que no implique propiedad
o dominio), hay en la expresión un peligro latente que debemos evitar.

UN MENSAJE A LAIGLESIA (1:2)


1. Debe recibirse como algo dirigido a un cuerpo.
2. Ese cuerpo es concreto, por ejemplo el que está en Corinto.
3. Debe comenzar por ser santificado.
4. Ante los demás, debe ser de quienes invocan a Cristo.
5. Forman parte de un gran pueblo “en todas partes”.

Teniendo en cuenta las fuertes amonestaciones que seguirían, Pablo comienza por recordarles que la po-
sición de los corintios era “santificados en Cristo Jesús”, y el llamamiento, “a ser santos”. La mención de otras
iglesias hace que esa responsabilidad sea aun mayor.
Luego sigue la habitual bendición apostólica, aunque a veces aparece con ligeras variantes: “Gracia y paz
a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.”
Gracia es un concepto fundamental en el N.T. Se relaciona con nuestra palabra “gratis” y se refiere al don
de Dios, que es inmerecido, y cuyo precio fue pagado por Jesucristo. Esto hace que sea gratuita y bondadosa
para nosotros. La primera consecuencia de la gracia es la “paz”: la buena relación con Dios, con nuestra con-
ciencia y con los demás, y entre los demás y nosotros. Es dada directamente “a los corintios”, así como “a
todos los demás” y al mismo autor, que se incluye al usar la palabra “nuestro”. Por sobre todo, el apóstol cui-
da de que el primer lugar sea otorgado a Jesucristo, a quien nombra cuatro veces en tres versículos.
18

JESUCRISTO SIEMPRE PRESENTE (1:1–3)


1. Es quien envía a predicar (a ser apóstol).
2. Quien santifica a los creyentes.
3. Quien debe ser invocado.
4. Quien nos da gracia y paz.
5. Nuestro Señor.

[P. 24]
2. LA ORACIÓN DE UN APOSTOL (1:4–8)
4Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús;
5porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en
toda ciencia; 6así como el testimo-
nio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, 7de tal manera que nada os falta en ningún don, espe-
rando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo; 8el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis
irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo.
Pablo siempre empezaba sus oraciones dando gracias. Cuando pensamos en los corintios y todos sus pro-
blemas, nos admiramos de que el apóstol no se dejara llevar por el desánimo.
Además, deja claro que eso es lo que hace “siempre”, sin depender de buenas noticias. Por el hecho de ser
creyentes, ellos mismos ya eran motivo para que Pablo agradeciera.

GRACIAS POR LOS CREYENTES (1:4–6)


1. Por la gracia de Dios, su salvación (4).
2. Por la abundancia que les ha sido dada (5).
3. Por el testimonio que se da de ellos (6).

En el v. 5 insiste en la palabra “todo”: Las cosas, la palabra, la ciencia. Quizá pensemos que todo eso les
faltaba, pero Pablo sabía agradecer por lo que sí tenían. “En todas las cosas fuisteis enriquecidos en él”. Es
posible que nuestra reacción sea pensar que la carta está dirigida a una iglesia espiritual y materialmente
pobre. Pablo no piensa eso, al contrario, los declara “enriquecidos”, que no es lo mismo que “ricos”. Los co-
rintios no habían recibido una herencia en dinero de sus padres, ni tenían talentos en abundancia por su
condición humana; al menos, Pablo se refiere más bien a aquellas cosas en las que Dios había actuado, trans-
formándolos en una congregación que disfrutaba de “riquezas”. Nadie puede enumerar todas las cosas, pero
la palabra indica que el apóstol tenía en mente tanto lo material como lo espiritual, lo terreno como to eter-
no.2
Notemos que él mismo menciona algunas de ellas, que debe considerar más importante: 1) toda palabra
(el mensaje transmitido oralmente); 2) toda ciencia (el conocimiento superior que Dios da); 3) el testimonio
sobre [P. 25] Cristo (que ha sido confirmado); 4) todos los dones (“nada os falta”, v. 7), aunque naturalmente
el resto de la carta mostrará que ellos no entendían bien ni la esencia ni el uso de esos dones.3
En resumen, toda la iglesia por ser parte del plan de Dios es potencialmente rica.
Pone énfasis especial al hablar del testimonio. No se trata de atesorar las riquezas espirituales que Dios
tiene listas para nosotros, sino de hacerlas ver, compartirlas y transformarlas en algo útil. El testimonio es
tanto lo que se puede decir de nosotros, como lo que nosotros decimos de Cristo.

2 Otroscomentaristas restringen el sentido de “todas las cosas” a la gracia espiritual con que los corintios habían sido enriquecidos.
3 “Toda palabra” podría definirse aquí como el don sobrenatural de saber expresar bien la verdad. De acuerdo a la mayoría de los
comentaristas, Dios enriqueció y dio, tanto a los corintios como a nosotros, la capacidad de hablar “toda palabra” para él. No todos
seremos predicadores, pero Dios nos da cierta capacidad. Pablo probablemente se refiera a lo que nosotros llamamos “testificar”
(Hch. 1:8; 4:29).
19

Sin embargo la gratitud por los dones presentes no es suficiente, y Pablo recuerda a los corintios que aún
estan esperando la revelación final cristólogica (v. 7b). En el v. 8 vemos una referencia al juicio, pero Pablo
expresa confianza en sus lectores cuyo comportamiento estaba lejos de ser sin mancha. El secreto está en la
obra de Dios, no en los corintios.

EL TESTIMONIO DE CRISTO (1:6–7)


1. Dado por la predicación a los incrédulos.
2. Confirmado por la aceptación de Jesucristo.
3. Completado con todos los dones (7a).
4. Culminará en la misma “manifestación de Jesucristo”
(7b).

Una vez más, el simple hecho de un saludo lleva a proclamar al Salvador. En este breve trozo—una ora-
ción y su comentario—Jesús aparece otras seis veces:

EL CRISTO QUE SE MANIFIESTA (1:4–9)


1. Quien nos salvó por su gracia (4).
2. Quien nos enriqueció con abundancia (5).
3. El tema de nuestro testimonio (6).
4. Quien se manifiesta: se muestra y mostrará (7, 8).
5. Quien nos confirma hasta el fin (8).
6. Aquel con quien tenemos comunión (9).

[P. 26] Lo que Pablo pide por los corintios, o mejor dicho lo que agradece a Dios como algo natural en to-
do cristiano, resulta múltiple y aumenta el cuadro presentado en los versículos anteriores:

LOS CREYENTES (1:4–5, 8–9)


1. Han recibido la gracia de Dios (4).
2. Han sido enriquecidos en todo (5).
3. Serán confirmados hasta que Cristo vuelva (8).
4. Tienen comunión con el Señor (9).

3. UNA DECLARACIÓN (1:9)


9Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo jesucristo nuestro Señor.
Al orar, Pablo tiene su corazón puesto tanto en quien le escucha, ese Dios que “es fiel”, como en quienes
leen lo que narra. En realidad, no está orando sino explicando qué dice al recordarlos en oracion. Hay un
motivo por el cual siempre vale la pena orar: tenemos un Dios cuya fidelidad no le permite faltar a sus pro-
mesas. Hay también un motivo pare ser constantes: ser fieles como él es fiel. Esa fidelidad divina se demostró
sobre todo en su Hijo Jesucristo, que es la cumbre de las promesas hechas en la antigüedad. El pueblo que las
recibió, y que no siempre fue fiel, ha dado lugar al nacimiento de un nuevo pueblo, aquel que vive en una
nueva comunión, cuyo eje es Jesucristo (Ef. 2:11–18).

LA FIDELIDAD DE DIOS (1:9a)


1. Debemos recordar que él es fiel (Dt. 7:9; Sal. 19:7; 2 Co. 1:18).
2. El también nos llamó a ser fieles.
3. Estamos en comunión con Cristo: su fidelidad nos mantiene en ella.
20

Al cerrar esta introduccion, encontramos una nueva mención de nuestro Redentor. Notemos la forma
complete y ferviente en que se mencionan los titulos del que murió en la cruz por nosotros.

EL CRISTO QUE NOS UNE EN COMUNIÓN (1:9b)


1. [P. 27] Es Hijo de Dios como desde el principio (Jn. 1:1).
2. Es Jesús, el hijo de María, el hombre de Nazaret.
3. Es Cristo, el Mesías prometido, el que salvará y honrará.
4. Es el Señor, lo que nos anticipa su gloria eterna.
5. Es nuestro Señor, de la iglesia y de cada vida.

Sobre la base de esta apelación a la misericordia divina ahora nos disponemos a entrar en el cuerpo prin-
cipal de la carta misma.

KOINONIA-COMUNIÓN
En el v. 9 aparece la palabra griega KOINONIA, traducida “co-
munión”. Es una expresión que tiene mucho auge actualmente
y además es un concepto neotestamentario básico.
En griego dice literalmente “comunión de su Hijo Jesucris-
to”. Es lo que se conoce como genitivo, y que en primer térmi-
no da la idea de propiedad. Esa comunión es algo que Jesucris-
to nos da, antes que nada para que estemos unidos a él—
“teniendo el mismo sentir” (Fil. 2)—, y en consecuencia para
que estemos unidos unos a otros.
Detrás del concepto de “comunión” del término
KOINONIA, hay más de lo que imaginamos en castellano. La
unión es profunda pues procede del hecho de que ahora todos
tenemos el mismo Espíritu, pensamos lo mismo, actuamos de la
misma manera, nos reunimos en un mismo lugar (o nos senti-
mos identificados con los que se reúnen en otros), lloramos
cuando los demás lloran y nos gozamos cuando ellos se gozan.
Es en el fondo la base de la subsistencia y progreso del cuerpo
de Cristo, el espíritu que mueve ese cuerpo.
Lo categórico de esta expresión al comienzo de la carta po-
dría parafrasearse como si su autor dijera: “Hermanos, todos
los problemas de que vamos a hablar desaparecerían si en su
corazón ustedes tuvieran hacia Jesucristo y hacia los demás de
la iglesia, ese espíritu que él puso en nosotros.”

[P. 28]
21

[P. 29]

PARTE II
LA UNIDAD DE LA IGLESIA
1:10–4:21
1. El llamdo a la unidad (1:10–25)
2. Motivos para la unidad (1:26–2:5)
3. Lo espiritual y lo carnal (2:6–3:4)
4. El ministerio de la iglesia
5. El ministerio de los apóstoles
[P. 30] [P. 31]
CAPÍTULO 2
A partir de 1:10, el apóstol entra de lleno a tratar los temas que le preocupan de la vida en la iglesia de
Corinto. Decimos que entra de lleno, pues lo hace en una forma abrupta que sorprende, por no ser la que usa
en forma habitual.
Estos problemas son muchos y variados (más o menos una docena, según cómo se los clasifique). No hay
en el N.T. otra iglesia que presentara tantas características negativas a la vez, lo que valoriza el aprecio de-
mostrado por Pablo en los saludos iniciales. Al mismo tiempo, debe servir para que midamos la seriedad de
las dificultades que pueda enfrentar nuestra propia congregación. Ni una vez el autor insinúa que se debe
dejar la congregación o producir una división.
La redacción de este apasionado trozo bíblico comienza con un cuadro de la situación, una apelación
apostólica, y una descripción de los motivos que han llevado a ella. Luego profundiza el tema en aspectos más
doctrinales, como ser la relación entre el Espíritu y la carta, o entre el ministerio de la iglesia y el del apóstol.
1. EL LLAMADO A LA UNIDAD (1:10–25)
a. El cuadro de la situación (vv. 10–17)
10Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma co-
sa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en
un mismo parecer. 11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay
entre vosotros contiendas. 12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y
yo de Cefas; y yo de Cristo. 13¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis
bautizados en el nombre de Pablo? 14Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a
Crispo y a Gayo, 15para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre. 16También bauticé a la fami-
lia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro. 17Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a
[P. 32] predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo.
Podemos decir que en la primera parte (vv. 1–3), la palabra clave para describir a los cristianos es santos
(v. 2), en la segunda es enriquecidos (vv. 4–9), y en esta tercera es unidos (v. 10). Son las características bá-
sicas que convierten a un grupo en iglesia.
Desde el punto de vista humano, notamos varias cosas. Lo primero es el afán de Pablo: dice que les ruega,
y se dirige a ellos como “hermanos míos”. Es importante usar una palabra afectuosa antes de hacer una re-
primenda o una exhortación.
La exhortación paulina debe ponerse en contexto: debemos hablar de tal manera que no haya divisiones.
No se refiere a que todos los cristianos han de pensar lo mismo en cuanto a la política, el arte, la ciencia, etc.
Tampoco hemos de considerar que todos deben pensar siempre igual en todo lo referido a la misma vida de la
iglesia. Hay aspectos en los que es natural que haya diferencias, especialmente en aspectos prácticos. Algunos
hoy se horrorizarían de un culto tan espontáneo como parece que era el de Corinto, y a otros les entusiasma-
ría. Pero la pregunta es si estamos unidos espiritualmente como para que nada de eso produzca divisiones.
Pablo promueve la unidad y no la uniformidad.
22

“Hablar la misma cosa” probablemente haga referencia a que los corintios tuvieron varios maestros que
enseñaban diferentes cosas sobre las cuestiones que Pablo trata en esta carta. Pablo entonces exhorta a la
unidad doctrinal. Debían estar unidos interna (“en una misma mente”) y externamente (“en un mismo pare-
cer”) (v. 10). La unidad que no incluye la misma mente y el mismo parecer no es verdadera unidad. No que
los creyentes tuvieran que ser calcos idénticos sino que debían tener la misma opinión en cuanto a doctrina
cristiana, estándar y básico estilo de vida.
Luego notamos la mención de una familia, “los de Cloé” (v. 11), que habían viajado a Efeso para que el
apóstol estuviera informado de to que ocurría en Corinto. No se trataba de chismosos o correveidiles, pues si
no Pablo no los hubiera escuchado o los habría condenado.
La forma en que Pablo se refiere a las informaciones que le llevó la familia de Cloé pone sobre el tapete
un delicado tema práctico: ¿cuándo una información deja de ser tal para transformarse en chisme? No es
fácil dar una respuesta definida. Lo crucial radica en la intención con que se transmite o comenta algo, y en
el resultado que se busca o se prevé. Si este resultado es la corrección de algo que se presume malo, y hay una
intención positiva, no hay chisme. Si lo único que puede esperarse es una perturbación en el prójimo o una
afirmación del propio criterio, tal mezquindad no puede ser la voluntad de Dios. Tiene mucho que ver la
persona a la cual se transmite algo. Sin duda, los de Cloé pensaban que Pablo sólo podía influir para bien en
las cosas que ellos le querían no sólo [P. 33] informar, sino también aclarar. No llevaron las noticias a cual-
quiera sino al fundador de la iglesia, que pensaba it allá y debía saber en qué condiciones llegaría. En la ac-
tualidad, hay mucho que se puede (y quizá debe) decirse a un pastor, pero no a otros.
También tiene que ver la actitud de los que transmiten la información. Tal vez Pablo aclaró a los de Cloé
que mencionaría su nombre. Además ellos sabían bien todas las facetas de los temas sobre los que hablaban y
no se basaron en simples rumores.
Conscientes de que posiblemente sólo él podía ayudar a solucionar tan compleja situación, hicieron un
esfuerzo doloroso por buscar apoyo. No les habrá sido fácil hablar de esas cosas, pero era necesario.
Lo personal se tornó dramático cuando los nombres sirvieron para dividir la iglesia. Los distintos grupos
tenían su razór de ser. Los que decían ser “de Pablo” eran los antiguos miembros de la iglesia, los de la pri-
mera hora más difícil. Los “de Apolos” (Hch. 18:24) eran el fruto de la predicación de aquel fogoso joven;
quizá tenían algo distinto de aquéllos y representaban un momento de mayor impulso juvenil y cambios en la
congregación. Pero estaban también los “de Cefas”, Pedro, que quizá habían llegado de Palestina o insistían
en atenerse a las fuentes apostólicas. Finalmente los “de Cristo”, que según los intérpretes posiblemente asu-
mían un aire de falsa piedad, como los que hoy dicen pertenecer a él y no a una iglesia o denominación.
Aparecen otros nombres cuando Pablo recuerda a quienes bautizó durante su ministerio en aquella ciu-
dad. Menciona a Crispo y Gayo (Hch. 18:8; 19:29), así como a la familia de Estéfanas, “primicias de Acaya”
(16:15), que fueron los primeros convertidos. El apóstol parece dar al bautismo un lugar secundario, pero
sólo lo hace en relación con la predicación (v. 17), que siempre es previa y más trascendente que el bautis-
mo. Notamos que ya no se efectuaba la práctica de la iglesia de Jerusalén de bautizar a los creyentes apenas
convertidos. Pablo había conseguido superar la psicología de los predicadores cristianos inmaduros que hoy
podrían decir cosas como: “Yo bauticé a tantos” o “A mí me bautizó Fulano”, como si ello fuese la clave de su
importancia.
Lo que más sobresale es que la iglesia debe ser, ante todo, un cuerpo unido.

LA UNIDAD DE LA IGLESIA (1:10)


1. Debe ser el anhelo del pastor (“os ruego” v. 10).
2. Da sentido a la palabra “hermanos” (10).
3. Comienza por lo que se habla: una misma cosa (10b).
4. Continúa en la misma mente y parecer (10c).
5. Debe seguirse hasta que se la viva “perfectamente”.

[P. 34] Pablo no pide uniformidad. La iglesia no es un ejército ni un cuerpo de bomberos. Unidos no es lo
mismo que uniformados. Al final del capítulo Pablo mostrará la gran diversidad que había en aquella iglesia,
pero lo fundamental es que haya acuerdo en el fondo, en lo espiritual: pensar y sentir lo mismo.
23

Se destaca la humildad del apóstol. Quien fue crucificado es Cristo y no él. Quien administra el bautismo
es la iglesia y no el predicador. El nombre que debe identificar al creyente y a la congregación es el de Cristo,
no el del pastor. Pablo tenía claro cuál era su ministerio, que hoy compararíamos más al de un evangelists
que al de un pastor. Este no debe desplazar la importancia de la predicación por el bautismo de los converti-
dos, pero tiene la responsabilidad de que éstos lleguen a integrarse sabiamente en la iglesia—lo que harán
por medio del bautismo. En estos versículos no hallamos una doctrina sobre el tema, sino el hecho específico
de que todos llegaban a la verdad desde el paganismo.

EL MINISTERIO DEL QUE EVANGELIZA (1:17)


1. Es algo a lo que Cristo nos envía (17a).
2. Se predica estrictamente el evangelio (17a).
3. Importa el espíritu con que se hace y no las palabras que
se usan (17b).
4. Debe exaltarse la Cruz de Cristo, sin que nuestras pala-
bras la hagan secundaria (vana) (17c).

b. Predicamos a cristo crucificado (vv. 18–25)


18Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros,
es poder de Dios. 19Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los
entendidos. 20¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo? ¿No ha enlo-
quecido Dios la sabiduría del mundo? 21Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios me-
diante la sabiduria, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. 22Porque los judíos
piden señales, y los griegos buscan sabiduría; 23pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos
ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; 24mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo
poder de Dios, y sabiduría de Dios.
[P. 35] El llamado de Pablo a la unidad se basa en dos ideas contrapuestas y complementarias. En primer
lugar, to mejor que los corintios—como cualquier grupo o persona cristiana—podían exhibir en cuanto a
conocimiento o razonamiento no pasaba de ser una “locura” para los perdidos. En segundo lugar, el mensaje
de la cruz es el mensaje de la sabiduría y el poder de Dios. Por eso nuestra palabra es concisa y simple: “Cris-
to crucificado” (v. 23).1

CUAL ES EL MENSAJE CRISTIANO (1:18)


1. Es la palabra de la cruz (18a).
2. Los que la consideran una locura se pierden (18a).
3. Los que la aceptan se salvan (18b).
4. Se transforma en poder (18b).

Desde el principio Pablo provee base bíblica para su razonamiento. Cita Is. 29:14, aunque para personas
de cultura griega la Escritura no tenía tanta importancia probatoria como para los judíos. De todos modos,
siempre es Palabra de Dios y además es posible que hubiera hebreos en la congregación—quizás los que de-
cían ser seguidores de Pedro.2 Jesús mismo debió enfrentar a los pretendidos eruditos que desmenuzaban el
texto bíblico y hasta podían decir cuántas letras había en cada libro, pero que generalmente perdían el ver-
dadero sentido y mensaje por su afán en lo exterior. Debemos recordarlo porque si no creeríamos que Pablo
se está oponiendo al estudio y al conocimiento en general.3 (En la segunda parte del cap. 2, vuelve sobre este
tema del origen del verdadero conocimiento de las cosas espirituales.)
El mismo tenía la experiencia de que lo creyeran loco (Hch. 26:24), tal como al mismo Señor to habían
declarado “fuera de sí” (Jn. 10:20). Es una reacción típica del que es incapaz de entender, sea porque él
mismo es ignorante, sea porque no ha tenido la experiencia.

1 Ver 2:2.
2A quien llamaban “Cefas” en su idioma.
3 Esto sería ilógico ya que él nunca renegó de todo Io que había aprendido, e inclusive lo usó para predicar.
24

[P. 36] LA LOCURA DE LA PREDICACIÓN (1:18–24)


1. Es lo que piensan los que se pierden (18a).
2. Es el estado de la pretendida sabiduría humana (20b).
3. Es lo que reemplaza a esa sabiduría (21).
4. Es lo que piensan los más “sabios”, como eran los griegos
(22).
5. Es donde encuentran sabiduría los llamados de Dios (24).

La distinción entre judíos y gentiles se adecua a lo que sabemos de su forma de reaccionar. La cultura
griega dominaba en el mundo, aunque para entonces estaba en decadencia. Sin embargo, el pensamiento de
Platón y Aristóteles todavía influye poderosamente en el nuestro.4 Ellos resolvían todo con razonamientos
admirables, pero que se agotaban en sí mismos y no respondían a los grandes problemas de la vida. La inmo-
ralidad del ambiente—que se descubre al leer esta carta—nos demuestra cómo la erudición y la lógica no
tenían efecto positivo en la vida social. El cristianismo, como continuación del judaísmo, fue la primera fe
religiosa que pretendió transformer las conductas de sus seguidores. El rechazo que Pablo sufrió en Atenas—
muy cerca de Corinto—se produjo cuando él pretendió hablar de la resurrección, algo que no estaba de
acuerdo con lo que sus oyentes habían estudiado (Hch. 17:31, 32).5
Los judíos, por el contrario, vivían pidiendo una “señal”. En los Evangelios a menudo se mencionan los
milagros como “señales”, demostraciones del poder de Dios pare creer en el mensaje del evangelio. Querían
que Dios siguiera mostrándose como en el Exodo. Jesús condenó esa actitud, diciendo que era resultado de
una “generación mala y adúltera”, a la que “señal no le será dada” (Mt. 12:39). Su resurrección, precisa-
mente, era la única señal que se daría. Todavía hay muchos—inclusive creyentes—que viven tratando de
regir sus [P. 37] vidas por medio de señales, que creen que Dios tiene el deber de darles. Por eso el mensaje
era un “tropezadero” (v. 23). El mismo Cristo declaró que él sería una piedra de tropiezo para quienes asu-
man esa actitud.
Si el hombre fuera realmente “sabio” al observar a su alrededor, podría haber encontrado el mensaje de
un Dios poderoso y redentor. Aún hoy los hombres piensan que la ciencia, los razonamientos (la filosofía y la
teología) o los conceptos religiosos le llevarán a la verdad. Pero ésta se encuentra por encima del pensamiento
humano, y por ello Pablo declara que es una locura. Subrayemos: no está contra la razón sino por encima de
ella.

EL MENSAJE DE LA CRUZ (1:23)


1. Es lo que predicamos “nosotros” (23a).
2. Tropiezan en él los que se escandalizan—judíos (23b).
3. Lo declaran locura los que quieren un razonamiento a su
alcance—gentiles (23c).

Pablo indica una división de la humanidad que tenía lógica en cuanto a sus lectores: los judíos y los grie-
gos. Por un lado, él era to primero y ellos lo segundo. Por el otro, era posible que en la congregación existie-
ran ambos. Y además es una división natural según la enseñanza bíblica, ya que el pueblo hebreo fue recep-
tor de las promesas, mientras que los gentiles—todas las demás naciones del mundo, incluso nosotros—eran
como un injerto en el árbol principal (Ro. 11:17). Pero en el v. 24 Pablo subraya que esa división no existe
para la gracia de Dios y para el seno de la iglesia, así como tampoco otras que mencionará luego y que los
hombres tienen en cuenta. ¿Quiénes componen entonces el cuerpo de Cristo?

Platón: filósofo griego (429–347 A.C.). Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Fue el primer filósofo político.
Aristóteles: filósofo griego de Macedonia (384–322 A.C.), considerado fundador de la lógica. Admitía la existencia de Dios y la
consideraba necesaria como cause primera del mundo.
5 Los griegos básicamente buscaban la sabiduría, es decir pruebas intelectuales para la existencia de Dios, como Pablo descubrió en

Atenas (Hch. 17:21), los filósofos allí no estaban en busca de la verdad sino que deseaban debatir sobre nuevas ideas. La sabiduría
que procuraban era humana, transitoria.
25

LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA


1. Son llamados por Dios, escogidos por él (Ro. 8:30a).
2. Provienen de cualquier origen humano, judíos y gentiles
(Ef. 2:11–14).
3. Tienen en sí el poder de Dios.
4. Tienen la sabiduría de Dios.

La idea del poder divino aparece recién ahora en el análisis paulino (v. 24), que se ha basado especial-
mente en la sabiduría de Dios. Ambos van de la mano. Pablo indica que no es “sabio” tener divisiones, por-
que la verdadera sabiduría es la acción del Espíritu Santo en los creyentes.
[P. 38] Pero además los cristianos tienen poder, siempre y cuando se mantengan aferrados a la llave que
es la comunión en Cristo. Si se dividen y por to tanto pierden “una misma mente y un mismo parecer”, el
poder se diluye y termina por desaparecer.6 El poder es de Dios.
Hay una reflexión final donde el autor apela a lo que aparentemente es una contradicción. El v. 25 vuelve
a comparar lo que corresponde a Dios con lo que corresponde a los hombres. Antes había mencionado la
sabiduría y el poder, ahora se refiere a la falta de ambos: la insensatez y la debilidad. Por supuesto que en
Dios no hay absolutamente nada de ello. Lo mejor que pudiera aportar el ser humano es nada en compara-
ción con Dios. Sería necio tratar de enfrentar al Señor con nuestras presuntas fuerzas o con nuestro entendi-
miento.

6 Elcontexto aquí pone en contraste el poder de Dios con la sabiduría y el poder humano. El poder de Dios es real, produce resulta-
dos, perdona pecados, libra de Satanás, salva el alma, etc. Y cuando uno opera según sabiduría o poder humanos, ese poder salvífi-
co desaparece.
26

[P. 39]
CAPÍTULO 3
2. MOTIVOS PARA LA UNIDAD (1:26–2:5)
a. La debilidad humana reclama unidad (vv. 26–31)
26Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos podero-
sos, ni muchos nobles; 27sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del
mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; 28y lo vil del mundo to menospreciado escogió Dios, y lo
que no es, para deshacer lo que es, 29a fin de que nadie se jacte en su presencia. 30Mas por él estáis vosotros
en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; 31para
que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
Con delicadeza Pablo traza un cuadro de la iglesia de Corinto, como si fuera necesario despertarlos a la
realidad. Tal vez algunos de nosotros, en tal situación, habríamos perdido la paciencia y hubiéramos excla-
mado algo como: “Pero hijos míos, ¡fíjense quiénes son! ¡No valen nada y se dan el lujo de pelear entre uste-
des!” En realidad, es lo que dice el texto, Pero enfocando esa debilidad humana a través del prisma de la mi-
sericordia divina.
Entrevemos así algo de la composición de aquella iglesia. Sus mismas características sociales eran una ba-
se para que surgieran problemas. Pablo menciona seis categorías en las cuales ellos no son “muchos”.1 Los
diversos problemas descritos en los capítulos siguientes nos llevan a pensar que se trataba de una congrega-
ción de cierta envergadura.2
[P. 40] Hay una distinción entre la mayoría y la minoría de la iglesia. Cuando Pablo dice que no hay “mu-
chos” poderosos, nobles, etc. está dando por sentado que sí hay “algunos”, aunque sólo algunos. La mayoría
era gente problematizada ya antes de entrar a la iglesia; traían tensiones internas que se reflejaban en la rela-
ción entre ellos.
—Sabios “según la came”, siguiendo criterios humanos. Eran personas que tenían el privilegio de una
educación formal, de una cultura más o menos elevada. Quizá hoy diríamos: “No hay muchos doctores ni
letrados”.
—Poderosos, presumiblemente desde el punto de vista político: gobernantes, militares, etc. ¿Qué diríamos
hoy? “No hay muchos miembros del gobierno, de las fuerzas armadas, de los partidos políticos”.
—Nobles. Pertenecían a familias de alto rango social, con un linaje reconocido. Si bien esto hoy no pesa
tanto, diríamos: “No hay aristócratas ni familias de prestigio”.
—Fuertes. Quizá una fuerza no de tipo físico, aunque es la primera idea que nos viene a la mente—en es-
pecial pensando en la importancia que se daba allí a los juegos atléticos. “No son muchos deportistas, ni gen-
te de físico notable” indicaríamos ahora.
—Prestigiosos, que en realidad no se nombran sino sólo su contrapartida: “lo vil del mundo, y lo menos-
preciado”. A muchas de nuestras congregaciones podríamos decir: “Fíjense cuántos de ustedes son ex mendi-
gos, ex presos, ex desempleados” y quizá deberíamos agregar: “Y no están mucho mejor ahora”.
—Lo que es. Esta es una frase poco clara, que quizás sea sólo un resumen de todo to anterior. Algunos su-
ponen que se refiere a los no esclavos, que socialmente eran considerados poco menos que cosas y que jurídi-
camente no eran nada. Por otra parte, “lo que no es” es la traducción de la expresión más despreciable en el
griego. Para el pensamiento griego, “ser” era todo, y ser llamado “nada” era el peor insulto.3
[P. 41] Más adelante veremos la descripción de los cultos en la iglesia de Corinto, donde había gran liber-
tad para que, sin mayor orden, los presentes hablaran, cantaran, oraran, etc. (14:26). Imaginémonos lo que

1 Eso ya nos indica que no podía ser un grupo demasiado chico, digamos que una o dos docenas de personas.
2 Debemos estar preparados para que haya problemas en una iglesia, sobre todo si se suman condiciones como éstas: primero, que
se trate de seres humanos; segundo, que éstos sean más de los que pueden interactuar con facilidad (como un equipo deportivo);
tercero, que haya notorias diferencias con trasfondos sociales diversos. Todo eso ocurría en Corinto y era de esperar que aparecie-
ran dificultades.
3 Otros estudiosos comentan que cuando Pablo habla de aquello “que no es” que Dios escogió para deshacer “lo que es”, el verbo

deshacer señala que la expresión es lenguaje retórico y escatológico, no filosófico. Y a pesar de que aduello “que no es” es una
expresión usada en el judaismo para hablar de la creación ex nihilo (de la nada), y de la conversión como una nueva creación, en
la mente paulina “lo que es” tiene connotación negativa.
27

podía ocurrir. Allí podía estar un esclavo sentado junto a su dueño y sentir que tenía un mensaje del Señor (y
tenerlo en realidad); podría haber un mendigo en harapos que pretendiera dirigir el canto de algunos que
estaban vestidos con ropas de lujo; y tal vez un erudito podía hacer un estudio con palabras doctas que los
demás no entendieran. ¡Ciertamente era necesario el Espíritu de unidad que sólo da el Señor!
Con gente así, ¿qué ha hecho el Señor? Pablo exhorta a mirar “vuestra vocación”4 (v. 26a). Esta palabra
es la misma que “llamados” (v. 2), lo que nos dice por qué esa gente está reunida.5

LA OBRA DE DIOS EN LOS HOMBRES (1:26–30)


1. Los llamó, “Mirad vuestra vocación”, (26a).
2. Antes los había escogido (27).
3. Les hizo superar sus deficiencias.
4. Los renovó “en Cristo Jesús” (30).
5. Les enseñó a considerarse hermanos entre sí (26a).

Los vv. 26–29 no son tanto declaraciones despectivas acerca de los corintios sino la exaltación de la ma-
ravillosa gracia de Dios. Lo que El hizo al elegir a los corintios no sólo demuestra su carácter—está lleno de
gracia—sino que además ilustra que Dios no está restringido por los valores del mundo. El no es responsable
ante los sabios ni debe responder a ellos sino que, por su obra de gracia, los avergonzó.6
Pablo nos dice que los pobres, ignorantes, viles, etc., avergonzarían a todos los sabios y entendidos. Cristo
ya había avergonzado a los “sabios” pues al escoger a los corintios, escatológicamente hablando ya había
comenzado la vindicación final sobre sus enemigos.
[P. 42] El v. 29 nos da un motivo para que “nadie se jacte en su presencia (la de Dios)”.7 Al elegirlos Dios
eliminó cualquier posibilidad humana de obtener el favor divino con recursos propios.
Cuando el v. 30 comienza con “mas”, establece una contraposición con lo anterior. Por un lado, están to-
dos los méritos del mundo; por el otro, nuestra nueva situación en Cristo Jesús.

ESTAR EN CRISTO (1:30–31)


1. Es algo hecho por Dios (30).
2. Cristo es la base de nuestra nueva vida (30a).
3. El nos ha cambiado (30b).
4. Así se cumplen las Escrituras (31).
5. Así se quita la jactancia y se llama a la humildad (31).

La enumeración de los cuatro aspectos de la obra de Dios en nosotros (v. 30) es realmente impresionante.
Abarca lo mencionado en los versículos anteriores, pero va más allá. Comienza por la “sabiduría”: ¡ahora los
creyentes son los realmente sabios! Pero luego sigue con “justificación”, “santificación” y “redención”.8 Se
trata de algunos ejemplos y no de una enumeración completa con un orden estricto de sucesión. Digamos

4 Del gr. KLESIS, origen, naturaleza y destino (ver Ef. 1:18; 2 Ti. 1:9).
5 Aunque vocación se refiere al llamado para salvación, Pablo tiene en mente quiénes eran los corintios en el momento en que fue-
ron llamados. Al llamar a su pueblo, Dios no se interesó por los valores del presente, la sabiduría humana o los méritos. Al llamar-
los eligió especialmente a los que eran contradicción viviente de tales valores.
6 Esto expresa la vindicación de Dios ante sus enemigos, vindicación relacionada con los justos juicios divinos.
7 La muerte de Cristo por los pecadores acabó con toda pretensión humana. Sólo hay que jactarse en Dios y en su misericordia.

Todo otro motivo ha sido abolido.


8 Sabiduría: No sólo somos salvos por la sabiduría de Dios, sino que él nos da su sabiduría para reemplazar la nuestra. Sabiduría

divina es la capacidad de evaluar la vida con los ojos de Dios (ver Pr. 1:7; Stg. 1:5). Justificación: Cristo es nuestra justicia. La idea
es un “estado correcto”, el de Cristo por ejemplo. Cuando uno recibe e Jesucristo, Dios le da la justicia de su Hijo (Ro. 4:5; 2 Co.
5:21), y como resultado somos justificados por la fe (Ro. 5:1). Santificación: En Cristo el creyente es apartado, declarado santo. La
santificación tiene dos aspectos: el posicional y el progresivo. En Cristo ya somos santos, pero él nos da de su Espíritu y progresiva-
mente nuestro andar se va asemejando más a nuestra posición en Cristo (Gá. 5:22–23; 2 Co. 3:18; Ef. 2:10). Redención: La idea es
comprar un esclavo en el mercado. Cristo nos compró con su sangre para librarnos de la esclavitud del pecado (Ef. 1:14; 1 P. 1:18–
19).
28

que Dios nos ha justificado en Cristo, nos ha santificado en Cristo y nos ha redimido por la sangre de Cristo.
Ya en 1:2 se refirió a la acción de nuestro Señor en cuanto a la santificación.
Pablo quiere que el tema culmine otra vez con una base bíblica. La cita nos lleva a Jeremías 9:23–24,9 y es
sólo un resumen de esos versículos.
[P. 43] Aunque en Cristo recibimos sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios, no tenemos ra-
zón para enorgullecernos ya que no las merecimos ni obtuvimos por nosotros mismos. La sabiduría humana
produce orgullo, malentendidos, peleas y divisiones. Jeremías lo había advertido siglos antes que Pablo, pero
las palabras parecen haber sido escritas para los corintios (y nosotros). Pablo las tenía bien en mente pues
resultan muy aclaratorias. “Tenemos motivos para sentimos en la gloria”, como decimos hoy. ¿Por qué? ¿Por
tener riquezas, fama, fuerza, sangre azul? No: por la obra que Dios ha hecho en nosotros por medio de Jesu-
cristo.
Todos estamos en un mismo nivel. Es así que debiéramos preocuparnos de lo que podemos dar más que
de to que podemos recibir, o debiéramos pensar en cómo dar honra a nuestro hermano y no cómo éste puede
respetarme o aplaudirme. La unidad—tal como Pablo la trata a partir de 1:10—surge de nuestra condición
que necesita de Dios y del camino que él ha propuesto en la cruz de Cristo. Por eso “predicamos a Cristo cru-
cificado”.
b. La debilidad del apóstol (2:1–5)
1Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de
palabras o de sabiduría. 2Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste cru-
cificado. 3Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; 4y ni mi palabra ni mi predicación
fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, 5para que
vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Pareciera que Pablo sintió un santo temor de que le atribuyeran méritos que no tenía. Es cierto que había
ido a predicar a Corinto y allí había sufrido persecuciones, había luchado contra propios y extraños y, aun-
que con falencias, había dejado una iglesia en marcha. El no lo negaba, pero de ninguna manera pretendía
que todo era obra suya y no del poder de Dios. No es que los cristianos deben limitar el lugar de quienes pre-
dican la Palabra o dirigen la obra del Señor. Sin embargo, estos deben hacer un doble esfuerzo para que su
acción no desplace el lugar que corresponde al Señor.10
[P. 44] La insistencia en este punto de la carta tiene que ver con el tema que está tratando: la unidad. Co-
mo mencionamos, uno de los argumentos de algunos líderes de grupos facciosos en la iglesia era que podían
apelar al nombre de su padre espiritual y fundador de la iglesia. Como era lógico que ese papel tan especial
no fuera dejado de lado, el argumento tenía su peso. No se trataba de seguir a una figura secundaria como
Apolos, ni a una personalidad lejana como Cefas, sino a quien más importancia podía tener en la historia de
aquella congregación.
Por otra parte, es importante notar el tono empleado por el apóstol.

COMO HABLAR A LOS HERMANOS


1. Con afecto—“hermanos” (1a).
2. Con humildad.
3. Con claridad.
4. Con un propósito claro (5).

Después de demostrar que la obra del evangelio no podía basarse en las características de los corintios,
Pablo expone que tampoco podía fundamentarse en él—pese a todo lo que Dios le había permitido realizar
en esa ciudad.
Su afecto por aquellos creyentes se nota en la reiteración de la palabra “hermanos”, que pareciera una
reflexión: “Pero, hermanos, no me coloquen en una situación falsa que yo no he buscado”. La palabra descri-
be los sentimientos del apóstol, así como también apela a la conciencia de los lectores.
9 VerGá. 6:14.
10 Enla exposición del capítulo 1 vimos cómo eso había ocurrido en Corinto, y sin duda había afectado al apóstol. Por lo tanto, él no
ahorraba esfuerzos para que cada cosa ocupara su lugar.
29

La primera insistencia de Pablo está precisamente en aquello que él evitó. No tenía dudas sobre lo que sí
debía predicar (v. 2). Los vv. 1b y 4 prácticamente reiteran ideas similares: nada de “excelencia de palabras”,
nada de sabiduría humana (2a, 4a, 5a), nada de “palabras persuasivas” (4a).11 Notemos que se trata preci-
samente de áreas en que los griegos se destacaban. Ellos habían producido oradores extraordinarios como
Demóstenes,12 o pensadores inigualables como Aristóteles—que ha sentado las bases para la filosofía de todos
los tiempos—, y además discutidores como los sofistas, que basaban sus razonamientos en juegos [P. 45] de
palabras o en su sentido oculto. Es cierto que los tiempos de gloria habían pasado y que la ciudad de Corinto
no se destacaba precisamente en esos órdenes, pero en general eso se esperaba de alguien que quisiera hacer
un impacto en el pensamiento general. Pablo dice que él rehuye todo eso. Cuando leemos sus cartas o lo que
nos queda de su predicación, nos admira la fuerza de sus razonamientos, así como la forma en que algunas
de sus expresiones han logrado condensar maravillosamente grandes verdades. Pero él diría con sencillez:
“Esto es sólo el poder de Dios”.
No se trata sólo de saber qué debemos evitar sino también de tener en claro qué debemos hacer.

EL EVANGELIO PARA EL PUEBLO


1. Es el mensaje de Jesucristo, el Mesías prometido que se
hizo hombre en Israel.
2. Es el mensaje de “éste crucificado”, como si dijera: “De
todo lo que se puede decir de él, hay un punto que no pue-
de omitirse”. Es aún más fuerte que en 1:23.
3. Es algo que debemos predicar. Nadie oye lo que no se dice.

Algunos autores creen que Pablo tomó una decisión específica al ir a Corinto, ya que allí llegaba desde
Atenas, donde había hecho un enfoque distinto al habitual, apelando a la cultura griega.13 Pero esta idea des-
conoce todo lo que el apóstol predicó con anterioridad. La idea de Cristo crucificado era central en todo lo
que hizo en todo momento, y un leve cambio de estrategia en cuanto a la manera que había utilizado en Ate-
nas, no indica que haya abandonado el núcleo del mensaje. “Me propuse” sólo indica que decidió continuar
con su práctica habitual (Gá. 3:1). “A éste crucificado” no sugiere una nueva estrategia. Para Pablo esto ya
era parte de predicar a Cristo.
El cuadro que Pablo traza sobre sí mismo es impactante. El apóstol debía de tener una buena medida de
aquello que, en su humildad, colocaba en un discreto segundo plano (Fil. 2:3). En los siguientes versículos
notamos que su actitud es distinta, así como el tono de autoridad que asume en diferentes momentos de la
carta.

[P. 46] EL OBRERO CRISTIANO (2:3)


1. Puede sufrir de “debilidad” física (3a).14Varios pasajes insinúan que
Pablo no gozaba de excelente salud. Pero las limitaciones eran suplidas
por “el poder de Dios”.
2. También reconoce que tenía “mucho temor y temblor” (v. 3b), proble-
mas que hoy consideraríamos psíquicos. Esta repetida expresión bíblica
no describe el miedo, sino el sentimiento de profunda responsabilidad
ante una tarea de alcances etemos.
3. Asimismo estaba limitado en su capacidad de encontrar palabras sufi-
cientemente persuasivas. La respuesta estaba en dejar que lo humano tu-
viera un papel secundario, y en dar preponderancia a lo del Espíritu.

11 Esto se refiere por ejemplo a no imitar al demagogo, que prefiere palabras que agraden al auditorio antes que lo que sea verdade-

ro—que puede o no satisfacer al que escucha.


12 Estadista ateniense (385–320 A.C.), el más grande orador de la antigüedad.
13 Algunos estudiosos comentan que Pablo en Atenas había tratado de razonar con los pensadores usando la filosofía, pero no había

resultado demasiado bien (Hch. 17:34), de manera que al llegar a Corinto decidió no filosofar sino directamente predicar a Cristo.
14 Lo más probable es que Pablo se refiriera a una condición física. La palabra aquí no se refiere tanto a debilidad como un senti-

miento interior sino en el sentido de cómo Pablo aparecía a los ojos de otros.
30

De la misma manera, podríamos pensar que si alguien está convencido a tal extremo de sus limitaciones,
bien podría replegarse y dejar el trabajo a otro que tuviera la elocuencia de Apolos o la historia de Pedro. Por
lo contrario, Pablo declara que nunca dejará de ocupar su propio lugar, siempre apelando al poder del Espí-
ritu.
Quizá todo eso era una sorpresa para los corintios, que debían recordar a Pablo con admiración. ¡De mo-
do que aquellos mensajes inflamados de poder surgían de un hombre que temblaba ante Dios! ¡Y aquellos
notables argumentos eran sólo una inspiración directa del Espíritu, que usaba los conocimientos previos del
apóstol! ¡Y aquella fuerza ante las pruebas era exhibida por un hombre que se consideraba débil! Hay una
sola conclusión posible: el poder de Dios es infinito, y el poder de Pablo no radicaba en la persona o la pre-
sentación del predicador sino en la obra del Espíritu.

DIOS A TRAVÉS DEL PREDICADOR (2:2, 4 y 5)


1. Produce el “testimonio de Dios” (2).
2. Enseña las palabras de la sabiduría de Dios.
3. Actúa con el poder de Dios (5b).
4. Se demuestra con el Espíritu de Dios (4b).

Si la fe de los cristianos se basara en la sabiduría humans, habría sido lógico que algunos fueran discípu-
los de Pablo, otros de Apolos, otros de Pedro y otros, insatisfechos con todos, dijeran ser sólo de Cristo. Pablo
[P. 47] tuvo un propósito concreto al analizar cómo debía llevar el mensaje divino en Corinto: dar a la iglesia
un fundamento verdadero. Estos conceptos reaparecerán en el cap. 3: “Nadie puede poner otro fundamento
que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (v. 11).

EL FUNDAMENTO DE LA IGLESIA
1. Es aquello que fundamenta la fe, la convicción interna
expresada en la vida continua.
2. No se basa en nada que sea humano.
3. Se basa en el poder transformador de Dios y én la guía del
Espíritu Santo.

El apóstol entonces ha descartado las razones de fondo que provocaban divisiones en la iglesia de Corinto.
No ha caído en minucias ni en hechos aislados. La importancia excesiva que los corintios daban a sus propios
méritos así como a su fundador, revelaban que no tenían, su mira en lo único que produce verdadera unidad:
el Espíritu de Dios.
En base a ello, Pablo puede proseguir exponiendo la acción de la tercera persona de la Trinidad, en un
pasaje muy digno de ser considerado con suma atención, ya que se relaciona con muchos debates actuales.
31

[P. 48]
CAPÍTULO 4
3. LO ESPIRITUAL Y LO CARNAL (2:6–3:4)
a. La revelación del espiritu (2:6–16)
6Sin
embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni
de los príncipes de este siglo, que perecen. 7Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta,
la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, 8la que ninguno de los príncipes de este siglo
conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria, 9Antes bien, como
está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha pre-
parado para los que le aman. 10Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu: porque el Espíritu todo lo
escudriña, aun lo profundo de Dios. 11Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíri-
tu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. 12Y noso-
tros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos to que
Dios nos ha concedido, 13lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino
con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. 14Pero el hombre natural no percibe
las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de
discernir espiritualmente. 15En cambio el espiritual juzga todas las Cosas; pero él no es juzgado de nadie.
16Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.

Este pasaje contiene verdades muy profundas, y hasta difíciles de comprender. En gran medida, la dificul-
tad surge de nuestros continuos esfuerzos por aplicar criterios de la razón humana, en vez de dejamos guiar
por la sabiduría del Espíritu divino. En varias otras ocasiones Pablo [P. 49] presenta trozos de igual densidad,
cuando su fervor acumula verdades que debemos ir analizando con lentitud.1 (Casos similares hay en Ro. 8,
Ef. 1 y Col. 2.)
Los vv. 6–16 son una unidad que continúa visiblemente hasta 3:4. Dividiremos el pasaje en varias sub-
secciones para facilitar su análisis, cuidando de no perder de vista el argumento del conjunto. Tampoco
hemos de olvidar la motivación básica de toda esta parte de la carta: la apelación a la unidad cristiana.
Las primeras ideas están agrupadas en los vv. 6 al 10. Recordemos que Pablo admitió que quienes predi-
camos el evangelio hablamos de algo que es una locura para el mundo. Del mismo modo, el apóstol relativizó
el valor de la cultura erudita diciendo, por ejemplo, que “lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a
los sabios”. Ahora hace una advertencia: nos consideran locos y necios, pero no lo somos, sino todo lo contra-
rio: tenemos una sabiduría que quienes nos menosprecian no pueden entender.
En primer lugar, hay un ámbito lógico para esperar que esa sabiduría sea entendida. “Hablamos sabidu-
ría entre los que han alcanzado madurez” (v. 6a). No discutimos de gramática con un analfabeto, ni de polí-
tica con un primitivo, ni de problemas conyugales con un niño. De la misma manera, lo que se refiere a la
vida espiritual sólo puede ser parte del diálogo con aquellos que la han alcanzado. Del amor hablamos con
los enamorados, y de la vida matrimonial con los casados; del mismo modo, sólo quienes sienten el amor y la
comunión con Cristo pueden entender qué es esta sabiduría.
Dicha sabiduría es “de Dios” (v. 7a). Pablo usa aquí “misterio”, una palabra que produce dificultad. Em-
plea la palabra con frecuencia en Ro. 16:25–26; Ef. 3:4–5 y esta epístola, y siempre con el mismo sentido: los
cristianos somos quienes tenemos el privilegio de conocer algo que ha estado oculto por los siglos y que sigue
oculto aun a las grandes mentes de nuestro tiempo. No supieron nada de eso ni Sócrates ni Aristóteles, ni Vir-
gilio y Homero, ni tampoco Moisés o Salomón, ni las grandes mentes contemporáneas de Pablo, como el filó-
sofo latino Séneca, el poeta latino Ovidio o el historiador hebreo Josefo.2 Dios la [P. 50] ha “predestinado”3
para nosotros, aunque nos consideren insensatos, débiles, menospreciados (1:25–28).

1 La traducción de Reina y Valera no ayuda mucho a la clarificación, y sería útil recurrir a otras más modernas.
2 Sócrates: Filósofo ateniense (470–401 A.C.). Fue acusado de ateísmo y de ser corruptor de la juventud porque se burlaba de la
pluralidad de los dioses y sólo admitía un Ser supremo creador. Aristóteles: Ver explicación de 1:18–25. Virgilio: Poeta latino, fa-
moso por La Eneida (siglo I A.C.). Homero: Poeta épico tradicional de Grecia cuya influencia fue trascendental pues representaba lo
más puro de la Continuación… educación ateniense. Séneca: filósofo y escritor hispanolatino del primer siglo. Debe su fama a
numerosos escritos en los que desarrolla asuntos de moral y filosofía. Ovidio: Su innata inclinación a la poesía le llevó a frecuentar
círculos literarios de Roma. Josefo: Famoso historiador judío nacido en Jerusalén en el 37 AD. Pasó tres años en el desierto estu-
diando las doctrinas de los fariseos, saduceos y esenios.
3 Planeado, destinado de antemano, “preparado” (v. 9c).
32

El plan de Dios es tan majestuoso que esa sabiduría que nos da tiene por fin ser “para nuestra gloria” (v.
7b). Tal gloria no se refiere a un más allá de esplendor—aunque pueda estar implícito—, sino más bien al
nuevo estado del cristiano, en cuya vida está la gloria de Dios aunque el mundo no lo vea.

LA SABIDURÍA DE LOS CREYENTES (2:6–7)


1. Hablamos de ella entre nosotros (6a).
2. Proviene de Dios (7a).
3. Ha sido desconocida en la antigüedad y el mundo no la
conoce (7b).
4. Es el camino para una vida de gloria (7b).

A la gloria de los creyentes Pablo contrapone la situación de los que pertenecen a “este siglo”,4 que no
conocen tal sabiduría.
Pablo menciona especialmente a los “príncipes”, refiriéndose a quienes gobiernan. Lo más probable es
que esté pensando en las autoridades del pueblo de Israel, ya que hace mención a su responsabilidad directa
en la crucifixión del Señor (v. 8b).5 El contraste se hace evidente porque los que quedan en desventaja son
quienes tuvieron la oportunidad más notoria.

[P. 51] NO BASTA SER PRÍNCIPE (2:8)


1. Aunque conocieron personalmente a Jesús …
2. Aunque conocían sus palabras exactas …
3. Aunque se decían estudiosos de la Ley de Moisés …
4. No tenían la sabiduría de Dios.

Pablo recurre una vez más a un fundamento bíblico (v. 9). La cita es de Is. 64:4 y 65:1, y subraya que los
hombres ni siquiera lo han visto pero Dios lo ha preparado para su pueblo del N.T.6
En los vv. 10–13 el texto pasa a explicar sumariamente el papel que juega el Espíritu de Dios en la revela-
ción de esta sabiduría que lleva a la gloria.
Ninguno conoce a fondo lo que cualquiera de nosotros tiene en su interior. De la misma manera, sólo el
Espíritu de Dios puede saber lo que el Señor atesora para nosotros en su corazón (para usar un lenguaje
humano). El apóstol dice que es como quien escudriña o examina cada uno de los detalles y de los aspectos
más recónditos. Si nosotros podemos conocer algo de Dios es sólo porque su Espíritu nos lo revela.

EL ESPÍRITU QUE RECIBIMOS (2:12–13)


1. No es el que predomina en el mundo (12a).
2. Es el que nos manda Dios mismo (12b).
3. La finalidad es que sepamos lo que nos concede (12c).
4. Eso nos permite hablar de las cosas del Señor (13a).

Permitamos que el Espíritu nos enseñe. Dejémonos “educar” por él, especialmente cuando debemos llevar
a otros esa palabra que no pueden entender. No nos desalentemos porque el mundo no nos entiende. Clame-
mos al Espíritu para que nos ilumine de modo que nuestra palabra no sólo sea entendida como algo inteli-
gente y agradable, sino como un poder transformador de Dios que “excede todo conocimiento” (Ef. 3:19).

4 “Estemundo” (V.P.), el mundo que vemos alrededor en nuestro tiempo.


5 Otra posibilidad es que Pablo se esté refiriendo tanto a judíos (a quienes el evangelio era resultaba una piedra de tropiezo) como a
gentiles (para quienes el evangelio era necedad), 1:23.
6 Pablo aquí no se refiere a las maravillas del cielo sino a Ia sabiduría que Dios ha preparado para los creyentes. El hombre natural

no puede comprender la sabiduría divina ya que sólo ha sido preparada para los que aman a Dios.
33

[P. 52] Pablo añade que hay dos clases de hombres: los “naturales” y los “espirituales”. El “hombre espiri-
tual”7 es el que ha recibido la luz del Espíritu; hoy nosotros diríamos que es cristiano. Todos somos parte de la
naturaleza: nacemos, crecemos, comemos, nos relacionamos, morimos, etc. Tal es el “hombre natural”, a
quien Dios creó como cumbre de su obra, pero por sus condiciones naturales no tiene vida espiritual. Es una
criatura8 de Dios, no un hijo de Dios pues no tiene su Espíritu.
Este “hombre natural” no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios; más aún, “para él son locura” (v.
14) y lo considera irracional. Cuando le hablan de lo divino, le parece que no tiene sentido. Por ejemplo: para
él no tiene sentido decir que Dios se hizo hombre, ni que nos haya amado sin tener motivo; considera ilógico
que toda la fama y la ciencia no sirvan para entender los caminos de Dios, y asi suma y sigue. Simple y dolo-
rosamente “no las puede entender” (v. 14c).
Después de todo, es lógico que las cosas espirituales “se han de discernir espiritualmente”. No podemos
pretender que un bebé entienda las cosas de los adultos o—para poner un ejemplo extremo—sabemos que el
más inteligente de los perros nunca podría leer un libro, componer una melodía o pensar en to eterno.
Por el contrario, “el (hombre) espiritual juzga todas las cosas” (v. 15a). Eso no significa que sabe todas las
cosas, y ni siquiera que las entiende. Más bien, es capaz de penetrar en todos los campos, siempre de acuerdo
a sus posibilidades.9 El “natural” no puede salir de esa esfera. El “espiritual”10 es el que, sin dejar lo que tiene
que ver con lo natural del ser humano, ha agregado los dones que conciernen a lo espiritual.11
El hombre espiritual “no es juzgado de nadie” (v. 15b) en el sentido de que como el hombre natural no es
capaz de juzgar las cosas de Dios, tampoco es capaz de juzgar con justicia al pueblo de Dios. Para el mundo
es tan imposible entender a los cristianos fieles como es imposible entender a Dios y su Palabra. El mundo
trata de juzgar a los creyentes pero el juicio es equivocado. Tal vez el hombre natural pueda evaluar las fal-
tas, [P. 53] deficiencias y forma de vida que no están de acuerdo con nuestra fe, pero no puede evaluar nues-
tra fe, ya que se ha de discernir espiritualmente.
Aparece una nueva cita de Is. 40:13, aunque el apóstol no lo especifica. Nadie puede enseñar nada a Dios,
pero él puede enseñarnos a nosotros.12
Esta parte del argumento está concluida. Sin embargo, aún queda un punto que Pablo quiere aclarar so-
bre los mismos corintios y que está en los versículos siguientes.
Ese razonamiento aún no expresado y la referencia a que todo proviene de Dios es un llamado a la
humildad. Los cristianos pueden asumir una posición orgullosa y, hayan o no hayan sido menospreciados por
los demás, pueden menospreciar a los que se pierden. Quizá los perdidos tienen más conocimiento que noso-
tros, y ello mismo es una dificultad. Muchos griegos pensarían que un judío supersticioso no podía enseñar-
les nada. No nos corresponde sentirnos superiores a quienes no han recibido la gracia iluminadora del Espíri-
tu de Dios, pues ésta nos ha correspondido sólo por la misericordia divina.
Como cristianos podemos entender las cosas de Dios pues tenemos la mente de Cristo (v. 16). Cristo pien-
sa los pensamientos de Dios y entiende la sabiduría de Dios. Nosotros tenemos su mente, término que en
14:14, 15, 19 está traducido como “entendimiento”.13
b. Espirituales y carnales (3:1–4)
1De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños
en Cristo. 2Os di a beber leche y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, 3porque aún
sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como
hombres? 4Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carna-
les?

7 Ver 1 Co. 10:3, 4; Ef. 5:19; Col. 3:16; 1 P. 2:5.


8 Del lat. CREATURA, toda cosa criada, hechura de otro a quien debe su posición.
9 Incluso el entendimiento de las ciencias, por ejemplo, es distinto, pues su conocimiento tiene una dimensión espiritual.
10 Algunos intérpretes sostienen que en este contexto, “espiritual” y “maduro” significan lo mismo (v. 6).
11 De este modo, Pablo ya está adelantando los temas que expondrá a partir del capítulo 12.
12 El comentarista John MacArthur bosqueja este pasaje de Corintios de la siguiente manera: revelación (vv. 10–11), inspiración

(vv. 12–13) e iluminación (vv. 14–16). Este último es el tercer paso en la transmisión de la verdad de Dios de parte del Espíritu
Santo.
13 Es la misma palabra utilizada en Lc. 24:45 acerca de la revelación de Jesús a los discípulos de Emaús, cuando les abrió el enten-

dimiento para que comprendieran las Escrituras.


34

Es como si Pablo declarara a los corintios: “No niego lo que acabo de decir: ustedes son espirituales, por-
que han recibido la iluminación del [P. 54] Espíritu de Dios. Pero lamentablemente, no se comportan como si
lo fueran”.
En el pasaje anterior, dividió a la humanidad en “hombres naturales” y “hombres espirituales”, entre los
que estaban sus lectores. Ahora subdivide a este segundo grupo. Algunos son espirituales en todo el sentido
del término, pero otros—sin dejar de serlo—deben ser clasificados como “carnales”.14

CRISTIANOS CARNALES
1. “Andan conforme a la carne y no al Espíritu” (Ro. 8:1).
2. Son creyentes que no disfrutan de la vida del Espíritu.
3. Se los puede comparar a niños (hacen niñerías).
4. Un ejemplo concreto son los celos, las luchas y divisiones.
5. No se les puede hablar como a espirituales pues no lo son.

Recurriendo de nuevo a un tratamiento afectuoso (“hermanos”),15 aunque quizá dolorido, Pablo asienta
un hecho: debe reconocer que la forma en que les ha estado hablando, y lo seguirá haciendo, es de acuerdo a
su condición de cristianos carnales, no de cristianos cuya mente está adecuada al Espíritu de Dios. Los corin-
tios vivían en una onda humana que les impedía responder a la revelatión de Dios, y consecuentemente no
producían beneficios espirituales a su congregación.
Un creyente “carnal” no deja de ser creyente, pero actúa como si no lo fuera. Esa carnalidad no se refiere
sólo a la comida, la vida sexual, etc—temas que Pablo deberá tratar luego—sino también a las relaciones
humanas, a la actuación en la congregación y a todo to demás que surge del hecho de que estamos en este
mundo con un cuerpo carnal.16
Pablo habla con mucha fuerza, pero no los considera apóstatas ni ex creyentes. Siguen siendo cristianos,
pero así como hay ciudadanos patriotas y ciudadanos indiferentes o perturbadores, también hay cristianos
espirituales y otros que son meramente carnales, que andan “como hombres” (v. 3b), sin una dimensión
eterna. “Se portan como cualquier otro y [P. 55] malgastan su vida,” diría Pablo hoy. Es indudable que entre
cristianos debe haber una conducta diferente.
De los primeros cristianos se dijo: “Mirad cómo se aman”;17 de los corintios quizá dirían: “Mirad cómo se
pelean”. Es triste cuando la gente de afuera de la iglesia comenta de los creyentes: “Son como todos”.
La primera idea de Pablo es que los corintios se están portando como niños, y debía tratarlos como si lo
fueran. Una criatura busca satisfacer sus necesidades elementales y es egoísta para poder sobrevivir. Trata de
comer y cumplir sus deseos. Después se aferra a sus juguetes, que no quiere compartir. Cuando entra a la
vida social, no admite a otros fuera de su pequeño grupo. El apóstol dice que los trata como a “niños en Cris-
to”, y por lo tanto los ha alimentado con leche y no con carne, como corresponde a un bebé.18
Del contexto se desprende que el autor cree que sus lectores deberían estar en condiciones de reflexionar
sobre temas profundos de la fe cristiana y ser así objeto de una bendición adicional. Más todavía, ya era
tiempo de que enseñaran esas cosas a otros. Sin embargo, no sólo no era posible sino que además había que
volver a “los rudimentos”, al abecé de la doctrina cristiana. A nadie se le ocurre que, por buena que sea la
leche, vivirá en base a ella toda la vida. Salvo en el caso de algunos enfermos, los seres humanos necesitamos

14 Esto se nota con una expresión característica de Pablo: “andar” (Ro. 6:4; 8:4; 13:13), que da idea de la vida como un camino a

recorrer.
15 Les habla como hermano, no como juez.
16 Ver la lista de las “obras de la carne” (Gá. 5:19–21).
17 “Es nuestro cuidado por los necesitados, nuestros actos de amor y misericordia que nos graba a fuego en los ojos de muchos. Ellos

dicen: ‘¡Mirad cómo se aman! ¡Mirad cómo están preparados para morir unos por otros!’ ” (Tertuliano, padre de la iglesia). “Es
increíble ver el fervor con el que la gente de esa religión se ayudan unos a otros en sus necesidades. Su primer legislador, Jesús, les
ha metido en la cabeza que son hermanos”. (Luciano, escritor griego no-cristiano, del siglo I, asombrado por la relación cálida y
afectuosa entre cristianos.) “Se aman unos a otros. Nunca dejan de ayudar a las viudas; salvan a los huérfanos de quienes les hacen
mal. Si tienen algo, lo dan al hombre que no tiene nada; si ven a un extraño, lo hospedan en su casa y lo tratan como a un herma-
no. No se consideran a sí mismos hermanos en el sentido usual de la palabra, sino hermanos a través del Espíritu, en Dios.” (Arísti-
des, hablando de los cristianos al emperador romano Adrián.)
18 Ver He. 5:11–12.
35

alimentos más nutritivos. El estado de los cristianos corintios podía describirse como “raquitismo espiritual”.
Según He. 5:14 “el alimento. sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los
sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.” En Corinto, la confusión sobre lo que estaba
bien (lo espiritual) y lo que estaba mal (lo carnal) era realmente grosera, y demostraba vidas enclenques que,
por su misma fragilidad, debían recibir dieta de niños.
[P. 56] Pablo agrega que si bien él los había alimentado así en el principio, era inusitado que todavía de-
biera seguir haciéndolo (v. 2).
El segundo punto va directamente a la situación concreta. ¿Cuál era la prueba de su carnalidad? Los ar-
gumentos con que justificaban la falta de unidad que Pablo quiere combatir. Que unos dijeran ser “de Pablo”
y otros presumieran ser “de Apolos”, no mostraba aprecio por sus padres espirituales puesto que no habían
comprendido sus enseñanzas, y seguían siendo criaturas (a las que había que volver a dar alimento adecuado
a tal situación).
Pregonar que somos de tal o cual pastor o predicador, es realmente cosa de niños. Es una demostración de
que no hemos crecido espiritualmente y de que, como dependemos de la palabra de un hombre, perturbamos
la posibilidad de que nos hable el Espíritu y aun de que otro hombre más sabio nos dé enseñanzas más pro-
fundas.
Son graves las consecuencias que Pablo enumera en una interesante progresión. En primer lugar vienen
los celos: quizá los que se decían “de Apolos” en realidad estaban celosos de los más antiguos, que se declara
ban “de Pablo”. Eso producía discusiones (contiendas) que terminaban en divisiones (disensiones).
Enfocando el tema de manera positiva, podemos razonar sobre la solución. Simplemente cambiar de
rumbo y aprender a depender de la sabiduría del Espíritu. Nada ganamos al querer arreglar las divisiones
condiscusiones, que partiendo de nuestros conceptos nos llevan al celo y la excesiva identificación con un
maestro. Sólo cuando “la mente de Cristo” (2:16) reine en nuestros corazones y en nuestras congregaciones,
se acabarán las divisiones y nosotros estaremos listos para recibir un alimento que nos permita seguir cre-
ciendo en el Señor.
36

[P. 57]
CAPÍTULO 5
4. EL MINISTERIO EN LA IGLESIA (3:5–23)
a. Distintos lugares de servicio (3:5–10)
5¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo
que a cada uno concedió el Señor. 6Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. 7Así que ni el
que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. 8Y el que planta y el que riega son una
misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. 9Porque nosotros somos colabo-
radores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10Conforme a la gracia de Dios que me ha
sido dada, yo como perito arquitecto puse fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo so-
breedifica.
En el pasaje anterior, el apóstol se ha mencionado a sí mismo y a su sucesor Apolos, indicando que ellos
no son los puntos de referencia de una fe bien fundamentada. A partir de allí, aprovecha para describir los
distintos roles en el nacimiento y crecimiento de una iglesia, siempre demostrando sus dos puntos básicos:
que la iglesia es sólo una y que Cristo es su fundamento. A fin de ilustrar su argumento, utiliza una serie de
comparaciones de tareas del mundo circundante. En primer lugar, menciona que los obreros del Señor son
servidores.1
Luego pasa al ámbito de la agricultura. En esa esfera se los puede comparar a plantadores y regadores. Si-
gue el ejemplo de la construcción, en el cual se identifica con un arquitecto. (La idea del edificio que estos
construyen hace surgir la del templo, v. 16). Luego en el cap. 4 usa la imagen de los administradores.

[P. 58] LOS OBREROS COMO SERVIDORES (3:7–9)


1. Están para servir.
2. Su servicio es a Dios y a los demás.
3. Son un medio para que Dios llegue a los demás.
4. Dios lo concede de manera distinta a cada uno.

Pablo se describe como servidor después de hacer una pregunta retórica.2 Notemos la palabrita “pues” (v.
5). Es como si dijera: “Al fin y al cabo, ¿qué son Pablo o Apolos? ¿Son nombres tras de Los cuales embande-
rarse para producir divisiones y grupos?” Y hasta imaginamos a Pablo exclamando: “¡Vamos, al fin y al cabo
son sólo los nombres de dos servidores!”
¿Alguno declara pertenecer al bando de una criada o un sirviente? Sirviente derive de servidor. Nuestros
conceptos sociales hacen que le demos escaso mérito, y así era también en aquellos tiempos. Pablo mismo a
veces firmaba sus cartas titulándose “siervo de Jesucristo”, asi como en Romanos o Filipenses. La palabra
griega en el original es DIAKONOS, y en latín es la que da lugar a “ministro”. Todo ello es muy sugerente
para nuestro uso actual de ese término.
Es elemental que un servidor tenga un servicio que cumplir. El servicio del obrero cristiano es ser el me-
dio por el cual otros lleguen a creer. El servicio es tanto a Dios como al prójimo.
Pero Dios no nos lanza a ciegas a la tarea. Traduce bien la Versión Popular: “Cade uno de nosotros hizo el
trabajo que el Señor le señaló” (v. 5b). El Evangelio de Marcos describe a un amo que dejó una misión enco-
mendada a cade uno de sus siervos, agregando que “al portero mandó que velase” (13:34). No sólo debemos
preguntarnos si estamos trabajando, sino también si estamos trabajando en lo que Dios quiere que hagamos y
de la manera que él lo quiere.
Seguidamente el apóstol pasa al ejemplo del mundo agrícola, que hoy usamos con frecuencia. Apelando
al ejemplo del Señor, hablamos de “sembradores”, así como de aquellos que trabajan en “plantar” iglesias.
Pensando en que la mayoría de éstas se levantan en zonas urbanas, es interesante cómo perduran estos ejem-
plos de la vide rural.

1 Esto se repite en 4:1 es muy frecuebte en sus cartas.


2 Pregunta en que no se quiere averiguar algo sino en que se da por sabida la respuesta.
37

La redacción comienza en forma concise, enumerative: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha
dado Dios” (v. 6).
[P. 59] Pablo no olvidaba su lugar en la historia de la congregatión de Corinto. Había llegado allí solo y
había comenzado a predicar sin ayuda alguna. Luego de muchas dificultades y de contar con buenos colabo-
radores, después de un año y medio pudo partir dejando un grupo relativamente numeroso de creyentes.
Su salida produjo un vacío, que poco después fue llenado con la presencia de Apolos, quien se dedicó a
“regar” lo que el apóstol había sembrado. Ninguno era más importante que el otro. Por supuesto, sin la labor
de Pablo, Apolos no hubiera cumplido la suya. Pero sin ésta, la del primero presumiblemente se habría agota-
do. Según Pablo, tratar de hacer un orden de méritos era como preguntar cuál de los dos lados de una mone-
da es más importante. Si el apóstol hubiera apelado a esta ilustración, habría contestado: “Lo que realmente
importa es el gobierno que da curso legal y respalda con su tesoro ese trozo de metal”.
Esto es to que, precisamente, quiere decir cuando agrega que “el crecimiento lo ha dado Dios”. Si la semi-
lla tiene vida, es debido a la acción divina. El agua del que riega no tiene ningún poder en sí misma, y sólo el
Creador puede producir los procesos químicos que la transforman en fertilizante imprescindible del desarro-
llo del vegetal.

EL DIOS QUE HACE CRECER (3:7)


1. Da la vida a la semilla del que planta.
2. Da poder al agua del que riega.
3. Hace productivo todo el proceso, dando crecimiento.

Ni el uno ni el otro eran algo (v. 7). El instrumento humano es simplemente eso: un instrumento. Sin
“Dios, que da el crecimiento” de hecho no sirven para nada. Más aún, el Señor es el único que sí es algo; más
bien dicho, es todo. Pero por otro lado, el apóstol cuida de que no se menosprecie a los que han trabajado. Es
verdad que no tienen valor al margen de Dios, Pero con él son “una misma cosa”, una realidad que surge del
conjunto y que exhibe el valor de algo que se complementa.
Ahora bien, tanto es así que ambos recibirán su recompensa (v. 8b). ¿A qué se refiere Pablo? Para algunos
intérpretes se trata de la corona que nos espera en los cielos, como Pablo mismo dice que recibirá (2 Ti. 4:8).
Otros piensan que ya ahora los obreros fieles van recibiendo retribuciones, la primera de las cuales es ver
parte del fruto de su trabajo. La recompensa no será igual para todos sino “conforme a su labor”, no Según el
lugar que hayan ocupado, sino como “concedió el Señor” (v. 5b). La recompensa tampoco será medida con
pautas humanas (como el número [P. 60] de convertidos, por ejemplo). Pablo se refiere a la forma en que
hemos cumplido, al espíritu que hemos puesto en ello y a la adecuación a la voluntad divina.
Pablo luego dice a la iglesia: “Vosotros sois labranza de Dios” (v. 9b). La idea de labranza no es tanto el
trabajo como el campo labrado, la plantación. Aunque no es una idea muy usada hoy, es hermoso pensar en
la iglesia como un vergel, un invernadero cuidado por el mismo Señor.
De ese Señor acaba de decir el apóstol que “nosotros somos colaboradores”. Estamos tan acostumbrados a
esa frase que perdemos de vista el privilegio que se nos concede al ser parte de los que ayudan a Dios. El la-
bora y nosotros colaboramos. Dios vino al mundo en la persona de su Hijo y no terminó la tarea. Si bien con-
sumó la obra de redención, apenas si comenzó la de predicatión, y quiere que en ella seamos sus cooperado-
res. Es un privilegio servir al lado de un gran hombre: a nosotros se nos concede hacerlo al lado de un Gran
Señor, Rey de reyes.
Pablo acude a otra imagen al decir a los corintios que la iglesia también puede compararse a un edificio.
La imagen de la plantación nos habla de vida, y ésta destaca permanencia. En ambas está presente la idea de
crecimiento y desarrollo.
El apóstol analiza esta comparación desde tres ángulos. En primer lugar, los miembros de la iglesia son el
edificio. En segundo lugar—más importante aun—el único fundamento posible es Jesucristo. Y finalmente, la
construcción es obra de todos, de acuerdo a lo que Dios dio a cada uno. Estas ideas no están expresadas en un
orden estricto, sino que se superponen.
La iglesia de Dios, un edificio. Así como éste no consta de planos o aprobaciones legales, una congrega-
tión tampoco se forma con proyectos, organizaciones y estructuras, si bien éstas pueden ser tan importantes
como son las de un edificio que podría derrumbarse si no son buenas.
38

La suma de materiales necesarios para una construcción es un reflejo de la vida congregacional. Para
aquélla, alguno aporta ladrillos, otro cemento, otro tuberías, etc., y de la misma manera que no puede haber
una casa sólo con el techo, o con un par de paredes, o con la mejor instalación eléctrica, tampoco puede
haber una iglesia con sólo una fracción de ella.
b. El fundamento y los obreros (3:11–17)
11Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12Y si sobre este
fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13la obra de cada uno se
hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el
fuego la probará. 14Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15Si la obra de
alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo [P. 61] será salvo, aunque así como por fuego. 16¿No
sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? 17Si alguno destruyere el templo de
Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.
El primer y más importante concepto es que no hay otro fundamento que Jesucristo, que ha sido estable-
cido por Dios mismo.3
Históricamente, la primera “piedra” de la construcción de la iglesia fue la cruz y la resurrección de Jesús.
Pero aún hoy, sin la predicación y la perseverancia de su pueblo, no habría iglesia posible.

CRISTO ES EL FUNDAMENTO (3:11)


1. Porque es la roca inconmovible de los siglos.
2. Porque su Palabra siempre permanece.
3. Porque fue anunciado por los profetas antiguos.
4. Porque todo puede sobreedificarse sobre él como base.

Más espacio ocupa Pablo en el análisis de los que construyen. No tiene reparo en afirmar: “Yo como peri-
to arquitecto puse el fundamento” (v. 10).

EL OBRERO COMO ARQUITECTO


1. Debe tener conocimientos, hacer planos y amar la belleza.
2. Cumple el paso inicial de la obra.
3. Depende de los demás para realizarla.
4. No ha de pretender hacerlo todo, ni permitir que lo obli-
guen a ello.
5. Debe cuidarse de poner a Cristo como único fundamento.
6. Recibe una gracia especial de Dios (v. 10a).

[P. 62] Por el otro lado, están los demás que participan. La construcción de la iglesia es un trabajo en con-
junto. Cuando Pablo dice que “otro edifica encima”, quizá insinúa a Apolos o quizá aporte una idea más ge-
neral. “Cada uno” tiene la obligación de sobreedificar y de cuidar la manera en que lo hace (v. 10c). La res-
ponsabilidad de la tarea de evangelización y edificación es obra de todos. No pocos miembros de la iglesia en
Corinto estaban edificando torcidamente. Sin embargo, tenían el fundamento correcto (v. 11)—y al menos en
esto actuaban con responsabilidad.
Aquí Pablo habla de la iglesia local. Todo cristiano tiene la responsabilidad de colaborar en la construc-
ción de la iglesia. En el v. 12 hay una enumeración de materiales posibles, que van desde el oro hasta la hoja-
rasca.4 Primero, hay aportes de enorme diferencia y valor, a veces sin valor alguno. Segundo, el creyente de-
be hacer su aporte para el edificio espiritual de la iglesia.

3 Pedro usa la misma idea en su primera carta (2:1–8). Allí nos dice cómo, a pesar de haber sido desechada por los hombres, la
piedra viva ha sido elegida por Dios. Sobre ella somos “edificados como casa espiritual y sacerdocio santo”.
4 En el v. 12 aparecen dos divisiones: (1) oro, plata, piedras preciosas—materiales de alta calidad—y (2) madera, heno, hojarasca—

materiales de calidad muy inferior. Los primeros tres materiales tienen valor semejante, ya que en el mundo antiguo algunas pie-
39

El problema con la hojarasca—símbolo de mala doctrina, por ejemplo, y de legalismo—es que se quema;
la idea del fuego como elemento de prueba es frecuente en la Biblia.5 Y volviendo al tema de la recompensa,
Pablo declara que el resultado se verá de dos maneras: por un lado, el cristiano recibirá recompensa por lo
que haga; por el otro, si “la obra de alguno se quemare”, no sufrirá la perdición, pero la salvación que man-
tenga será alcanzada con las manos vacías y sólo por la misericordia divina, “como por fuego” (v. 15).
Seguidamente Pablo inserta una idea que deduce de la anterior. Deja de hablar de “edificio” para referir-
se a “templo”. La explicación es que cuando “el Espíritu de Dios mora en vosotros”, el edificio pasa a ser
templo, un lugar donde se adora y predica a Dios.6 Un grupo humano que se ama y que proclama la verdad
no llega a ser iglesia (o sea “templo”) si no lo hace con la dirección del Espíritu Santo.
[P. 63] No es un templo eterno ya que en el cielo éste no será necesario (Ap. 21:22), de manera que está
expuesto a la destrucción. Es tan frágil como nosotros mismos, pero a la vez es “santo” (v. 17b). Por lo tanto,
¡ay de aquel que lo destruyere! Si Pablo está pensando en los enemigos que persiguen o en los falsos cristia-
nos que corroen, no lo sabemos.

LA IGLESIA COMO TEMPLO (3:16–17)


1. Todos nosotros somos parte (17b).
2. Llega a ser templo por la presencia del Espíritu (16b).
3. Corre el peligro de ser destruido (17a).
4. Pertenece a Dios, quien retribuirá su edificación o des-
trucción (16b, 17a).

Para entender mejor otros temas, como por ejemplo los dones, es bueno mantener en mente este esquema
casi aritmético que nos presenta Pablo. El fundamento de Cristo más la obra del arquitecto, más lo sobreedifi-
cado por todos los otros constituye un edificio. Y ese edificio más el Espíritu Santo se convierte en templo de
Dios.
c. Todo para Dios (3:18–23)
18Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para
que llegue a ser sabio. 19Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El
prende a los sabios en la astucia de ellos. 20Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son
vanos. 21Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro; 22sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas,
sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, 23y vosotros de Cris-
to, y Cristo de Dios.
Pablo era un hombre de gran capacidad para el razonamiento. Sus deducciones y conclusiones a menudo
nos asombran. Pero eso no significa que fuera un hombre frío; todo lo contrario. No se avergonzaba de dete-
nerse con frecuencia—a veces en medio del tratamiento de los temas que parecen más áridos—para elevar su
voz en alabanza al Señor. En esos instantes surgía su espíritu poético. Estos versículos son uno de esos casos.7
[P. 64] En el trozo anterior el apóstol ha estado haciendo declaraciones de tipo doctrinal. Ahora, se pre-
ocupa de la aplicación práctica. En general, ése es su esquema. En cartas como Romanos, Filipenses o Colo-
senses, la división es muy clara entre los primeros y los últimos capítulos. En 1 Corintios, por el contrario, la
necesidad obliga a que ambos planos permanecieran entremezclados.
En cierta manera, retoma lo que ha tratado en el cap. 1a pobreza de nuestros propios valores, sobre todo
los intelectuales. Si en el tiempo de Pablo había tanta posibilidad de jactarse de ser sabio, sin duda el peligro
es mucho mayor hoy en aspectos de ciencia, técnica, pensamiento, etc.

dras preciosas (como las perlas) se consideraban más valiosas que el oro, y la plata se utilizaba para cosas que el oro no podía usar-
se. Por otra parte, madera, heno y hojarasca no son cosas pecaminosas de manera aparente sino sutil. Las tres pueden ser útiles
para construir. Hasta el heno puede usarse para construir un techo. Pero cuando pasan por la prueba del fuego, las tres se quema-
rán. Pablo aquí no habla de los talentos o los dones espirituales que nos dio el Señor, sino de lo que hemos hecho con aquello que el
Señor nos ha dado—que por supuesto incluye dones y talentos.
5 Job 23:10; Zac. 13:9; 1 P. 1:17; Ap. 3:18.
6 Otra interpretación señala que la enseñanza del pasaje radica en que Pablo les recuerda que la iglesia es templo de Dios.
7 Aquí encontramos un claro reflejo del final de Ro. 8. Otros ejemplos son Fil. 2, Ef. 3.
40

Pablo no menciona lo que debe hacer alguien que realmente sea sabio. Sólo habla de quien “se cree sabio
en este siglo” (v. 18), y sospecha que eso puede ocurrirle a alguno de sus lectores. No los acusa directamente,
sino que les advierte con delicadeza.
Hace uso de palabras enérgicas. Los corintios necesitaban ese lenguaje y tal vez ocurra hoy lo mismo. De
todos modos, ¿qué quiere decir con “hágase ignorante”?8 Recordemos el llamado de Jesús a volvernos “como
niños” (Mt. 18:3). El niño no sabe nada. Sólo con el esfuerzo y la disciplina llega a aprender y quizá a ser
sabio—lo que Pablo acepta como buena posibilidad. Sólo aprende el que admite que ignora. Y lo que es ver-
dad en las cosas intelectuales, también lo es en las espirituales. Si queremos que el Espíritu nos enseñe (como
leímos en el cap. 2), debemos admitir nuestra ignorancia. En este caso concreto, los corintios eran creyentes
con poca experiencia cristiana y demostraban su desconocimiento de muchas cosas—a veces elementales. El
problema consistía en que no se daban cuenta.
El hecho de que haya una “sabiduría de Dios” esencialmente diferente de la sabiduría humana, plantea el
problema de que es ésa la que se precisa para la vida del individuo cristiano y la iglesia.
¿Cómo puede el hombre adquirir sabiduría de Dios cuando su propia sabiduría está limitada por sus ca-
racterísticas humanas? Naturalmente, nunca podrá tener toda la sabiduría divina, pues si no, tendría una
mente igual a Dios. Ello nos obliga a varias cosas prácticas. La primera es permitir una guía continua del Es-
píritu Santo. Casi siempre esta guía es espontánea y hasta imperceptible; a veces hay que buscarla específi-
camente. En estas situaciones, podemos recurrir a la Biblia o a la oración. En otras, Dios habla por intermedio
de los demás.9 En general, la voz colectiva de la iglesia, o sea la suma de los hermanos o la tradición de un [P.
65] largo tiempo (quizá siglos) pueda ser la respuesta; sin embargo hemos de ser prudentes, ya que no siem-
pre la mayoría implica verdad.
Ya expuso en el final del cap. 1 lo que ahora reitera: que ante la majestad divina, todo lo que los hombres
pueden saber no pasa de ser una tontería, una minucia. Si nos reímos de lo que creían los hombres de hace
unos pocos siglos, así como se reirán de nosotros nuestros bisnietos, ¿qué será cuando Dios mira nuestro or-
gullo desde los cielos?
Pablo refrenda los pensamientos anteriores con dos citas bíblicas: Job 5:13 y Sal. 94:11.10
Los últimos tres versículos tienen un tono distinto, con ese notorio fervor paulino a que aludimos antes. Es
una aplicación concreta de los principios preanunciados. Teniendo en cuenta estos, no tiene sentido jactarnos
o vanagloriarnos de lo que consiguen los hombres. En resumen, la idea es doble: todo les pertenece a ustedes
y todo proviene de Dios.
¿Por qué Pablo se menciona en primer lugar? Antes que nada, pare que quede en claro que no debían
jactarse en él. Luego, debido a que su enumeración va de lo más bajo a lo más alto, pues culmina en Dios
mismo.
Hay un sentido de interdependencia y pertenencia que impide dar valor aislado a los factores que se
mencionan. Somos parte de la vida, la cual es parte de nosotros, así como ellos eran parte del ministerio del
apóstol y éste era integrante de la misma existencia eterna de los corintios. Formamos parte de un mundo en
el que nos rodean la vida y la muerte, donde corre el tiempo presente, rumbo al porvenir. Parte de ello son
Pablo, Apolos y Pedro, que no se sienten sino servidores de los corintios y colaboradores de Dios. Por otra
parts, no ha vuelto a mencionar al sector de la iglesia que decía ser “de Cristo” (1:12), lo cual puede demos-
trar que ni eran dignos de que se les recordara.
Finalmente todo ello (vv. 21–22) es tomado en bloque y entregado a Cristo, quien se ofreció para dar
eternidad a aquello que sin él sería completamente perecedero. Y ese Cristo es una unidad con Dios, es en él y
por él y pare él (Jn. 1).

8 (BLA).
9 Quizá un predicador diga exactamente lo que es sabio para Dios y que nosotros no habíamos pensado.
10 Esta última nos demuestra que el Señor es capaz de examinar lo más profundo de nuestra mente. La primera es una expresión de
Elifaz, uno de los presuntos amigos de Job. La idea nos muestra cómo Dios permite que los hombres se enreden en su propia sabi-
duría y vanidad—que terminan siendo una trampa.
41

[P. 66]
CAPÍTULO 6
5. EL MINISTERIO DE LOS APÓSTOLES (4:1–21)
a. Servidores y administradores (4:1–7)
1Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.
2Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel. 3Yo en muy poco tengo el ser
juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo. 4Porque aunque de nada
tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. 5Así que, no juzguéis na-
da antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará
las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios. Pero esto, hermanos, lo he
presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pen-
sar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros. 7Porque ¿quién
te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras
recibido?
Todo el cap. 4 es una apasionada continuación del trozo anterior. Pablo se siente compelido a aclarar su
posición, sin entrar en detalles, pero usando un lenguaje que llega a ser doloroso más adelante. Salvo, en
cierta medida, el contenido del cap. 9, es lo único que hay de este tipo en la epístola. En la segunda, por l
contrario, a partir del cap. 10, la defensa de su ministerio por parte del apóstol es muy ferviente.
Notemos que comienza con un “así, pues”, es decir, en vista de lo anterior. Ya que todo les pertenece a
ellos y a su vez todo pertenece al Señor, ¿cuál es el lugar que corresponde a los obreros cristianos? La res-
puesta es doble: ante los creyentes, son servidores; ante Dios, son administradores. Desde el primer capítulo
ha estado presente la idea de que son servidores, para demostrar lo ilógico que resultaba dividir la iglesia
usando sus nombres. Ahora Pablo quiere ir un poco más lejos. Es [P. 67] necesario aclarar que aunque él y
Apolos son de los corintios, el dueño de sus vidas y ministerios es nada menos que Dios. Con frecuencia, las
congregaciones se consideran verdaderas dueñas de sus pastores, con autoridad para dictaminar en cual-
quier campo. Pablo lo hubiera rechazado categóricamente. En su fuero íntimo se sentía obligado a darse por
entero a la causa de la salvación y santificación de los corintios, pero al mismo tiempo comprendía que sólo
debía rendir cuentas a Dios.
En ámbitos cristianos hoy solemos usar la palabra “mayordomo” o “mayordomía”. Cuando Pablo usa aquí
el término “administradores”, está recurriendo a ese concepto.
¿Y qué es lo que administra? “Los misterios de Dios”, término que ya ha usado en 2:7.1 Se trata del conte-
nido del evangelio, que sería un misterio para los seres humanos (1 Ti. 3:9) si Dios no hubiera encargado a
algunos que lo administren—de la manera en que un gobernante administra los caudales públicos, por
ejemplo, para que sean del mayor beneficio posible a sus gobernados.

ADMINISTRADORES DESIGNADOS POR DIOS (4:1)


1. Dios los ha escogido.
2. El tesoro a administrar es el mensaje evangélico.
3. Su fin es el bien de quienes están alrededor.
4. El trabajo debe hacerse con fidelidad.

Hay ciertas condiciones para ser un buen administrador: conocimientos, orden, buena relación, sagaci-
dad, y en especial la fidelidad, es decir la honestidad unida a la lealtad. Debemos ser fieles delante de un Dios
que es fiel.2
¿Quién determina, entonces, si un administrador es en verdad fiel? Pablo toma el tema como algo perso-
nal porque había sectores en Corinto que lo ponían en tela de juicio. No nos sorprendamos si ello ocurre
también en nuestro ministerio. En tanto estemos en la tierra, es posible que tropecemos con la ingratitud y las

1 Ver también Col 2:2; 1 Ti. 3:16.


2 Ver 1:9; Dt. 7:9; 2 Co. 1:18; 2 Ti. 2:13; 1 Jn. 1:9.
42

insinuaciones de otros (y por otro lado esa también será nuestra actitud a veces). Aprendamos de Pablo y mi-
remos hacia arriba.

[P. 68] LA OPINIÓN DE LOS DEMAS (4:3–4)


1. Pablo no se dejaba gobernar por ella.
2. No la pasaba por alto; al menos la consideraba “muy poco”.
3. No daba más valor a su propia opinión.
4. Todo era juzgado a la luz de la mente de Cristo.

El apóstol menciona tres posibilidades de juicios de origen humano (v. 3): los corintios mismos (un grupo
organizado en iglesia), algún otro tipo de “tribunal” (cualquier reunión de gente), y su propia conciencia.
No es suficiente tener la “conciencia tranquila”. ¿Coincide el Señor con nuestro dictamen? Pablo no entra
al tema de cómo llega a saberlo, pero indica que en el examen de la carrera realizada se ha esforzado por
buscar la aprobación de Dios a la luz de la Palabra.
Vuelve entonces a dirigirse a los lectores, cada vez con más pasión. El v. 4 declara categóricamente que
nunca deben ponerse en actitud de jueces. Cuando leemos en el capítulo siguiente que sí deben serlo con
respecto a algún miembro descarriado, nos damos cuenta de que aquí no se refiere a la disciplina de la iglesia
sino a considerar si alguien es o no cristiano, o buen cristiano, o buen obrero de Dios. Si no fuera por su tono
enérgico, el plazo que les pone—hasta que vuelva el Señor—parecería una ironía: en ese momento ya nadie
juzgará sino aquel que regresa “para juzgar a los vivos y los muertos” (2 Ti. 4:1; 1 P. 4:5).

CUANDO CRISTO VUELVA (4:5)


1. Aclarará lo que ahora nos resulta oscuro.
2. Hará ver cuál fue la intención íntima de cada uno.
3. Dará a cada cual su recompensa.

Cuando llegue esa hora, ¡qué triviales nos parecerán nuestros juicios! Cuando vuelva el Señor aquellos
que han sido nuestros ídolos exhibirán la pobreza de sus intenciones, mientras que honraremos a muchos a
quienes antes no habíamos prestado atención. Eso debe ocurrir cuando “venga el Señor”. Entre tanto, no juz-
guemos a nadie.
Ahora bien, eso se aplica al caso específico de las fracciones de la iglesia de Corinto. Tanto Pablo como
Apolos habían actuado por amor a [P. 69] ellos y eso era lo que los corintios debían considerar. Las pautas
eran las que él mismo ya había escrito,3 pero no lo habían tenido en cuenta.
La consecuencia había sido que, habiéndose dividido, lo hacían abusando del nombre de los líderes, tra-
yéndoles dolor. Lo irónico es que, al mismo tiempo que Pablo y Apolos se sentían tan poca cosa delante de
Dios, cada uno de esos grupos se sentía más importante que el otro apelando al nombre de sus maestros. Era
un contrasentido que el apóstol tenía derecho a señalar. Como obreros del Señor, cuidémonos de no ser res-
ponsables de una división en la iglesia de Cristo.
Pablo vuelve a usar preguntas retóricas muy enfáticamente (v. 7), lo que se hace más notable por el uso
de la segunda persona del singular cuando en realidad está escribiendo en plural. Es como si dijera: “A ver,
usted, ¿qué tiene de especial? Y usted que está más allá, ¿por qué se cree superior? Y también usted, ¿qué
méritos tan especiales tiene?” Es interesante ver cómo cambia la perspectiva si los interrogantes del v. 7 los
transformamos en afirmaciones.

3 Ver 2:1–8; 3:5, 3:6; 4:1.


43

UN EXAMEN DE NOSOTROS MISMOS (4:7)


1. No tenemos nada que nos distinga o nos haga superiores.
2. No tenemos nada que no nos haya sido dado por Dios.
3. Por lo tanto, no tenemos nada por lo cual enorgullecernos.

Ser del grupo de Pablo no es algo superior a ser del grupo de Apolos, y ser de éste no nos coloca en un
plano superior al de Pedro. En una iglesia, ningún grupo debe considerarse preferido por Dios porque no lo
es. A la vez, ninguna iglesia debe compararse con otra, usando aire de superioridad. Y en un tema que el
apóstol no debía enfrentar en ese entonces, hoy podemos aplicar criterios iguales para las denominaciones.4
El Señor ha usado distintos medios, que pueden ser los primeros métodos, como los de Pedro; los más re-
conocidos, como los de Pablo; o los más novedosos, como los de Apolos. Pero todos son de él, nada provino de
nosotros, y todo es para su gloria.
b. [P. 70] Orgullo corintio y dolor apostólico (4:8–16)
8Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos
también, juntamente con vosotros! 9Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como
postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los
hombres. 10Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en Cristo; nosotros débiles,
mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados. 11Hasta esta hora padecemos hambre,
tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. 12Nos fatigamos trabajando
con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. 13Nos
difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos. 14No
escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como hijos míos amados. 15Porque aunque tengáis
diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evan-
gelio. 16Por tanto, os ruego que me imitéis.
Pasajes como éste nos llegan al corazón: ¡Cómo han sufrido otros por causa del evangelio! Y enseguida
sentimos vergüenza de quejarnos por nuestros propios problemas. Quizá hoy haya quienes puedan hacer
una lista semejante, pero eso sería más bien la excepción.
Cuando el apasionamiento llena el corazón, se suele recurrir a una de dos armas. La primera es el len-
guaje agresivo. Pablo no tenía reparos en usarlo si lo creía necesario, por ejemplo en 2 Co. 11:1 y Gá. 3:1. El
segundo camino es el que utiliza aquí: la ironía.5 Debemos usarla, en especial por escrito, sólo en situaciones
extremas.
En 1:26–28 Pablo enumeró las falencias de los corintios. Ahora repite prácticamente las mismas órdenes.
Se sienten como reyes y Pablo dice que ojalá to fuesen ya que entonces él también compartiría la gloria de ese
resultado. Vuelve sobre ello en los vv. 14 y 15.
Si los corintios se sienten como reyes, ¿cómo se siente Pablo? El cuadro de los vv. 9 y 10 es algo que él se
imagina (“según pienso”) debiera describir su sensación en el mundo. El cuadro parece el de un circo roma-
no, donde los gladiadores eran verdaderos “condenados a muerte”, pues hasta ese límite luchaban. Los más
aguerridos eran presentados al final—como se sigue haciendo hoy con los mejores números—, por eso [P.
71] se “ha exhibido” a los apóstoles “como postreros”.6 En ese sentido se habían convertido en “espectácu-
lo.”7 El orgullo de los corintios por su status espiritual probablemente incluía cierta vergüenza por la falta de
status de Pablo, y por su falta de sabiduría y elocuencia. Pablo y los apóstoles no sólo estaban condenados a
morir, sino que además el espectáculo sería visto por todos. Pablo sería exhibido, para así decirlo, ante todo el
universo, no sólo seres humanos sino también ángeles.8

4 Todas estas distinciones que menciona Pablo no debían existir, de modo que sentirse superior no tenía cabida.
5 Figura literaria que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.
6 También puede considerarse esta ilustración como si Pablo comparara la arrogancia de los cristianos corintios con los generales

romanos que vencían, y los apóstoles con los cautivos que eran colocados al final de la procesión (“postreros”), y eran condenados
a muerte.
7 El escándalo de la cruz se halla siempre presente en la visión que Pablo tiene de su apostolado.
8 Esta parece ser la razón de la referencia a los ángeles, donde Pablo, más que explicar, da por sentado el concepto.
44

EL OBRERO COMO LUCHADOR (4:9)


1. El que to coloca allí es Dios.
2. Hay que estar dispuesto a todo, aun a la muerte.
3. Puede ser doloroso transformarse en “espectáculo”.
4. De ese modo se da testimonio al mundo entero.

En el v. 10 enumera virtudes de las que se presumían los corintios, y que Pablo les había advertido que no
tenían (prudencia o sabiduría, fuerza, honorabilidad). Paralelamente, los apóstoles eran considerados insen-
satos, débiles y despreciados. El apóstol aprovecha la ocasión para dejar claro que era así simplemente “por
amor de Cristo” (v. 10a). No está diciendo que alguien sea insensato a los ojos de Cristo sino que, por actuar
con una mente que no es la del mundo, éste to considera insensato.
Las dos enumeraciones que siguen también son afligentes. La primera está en el v. 11, donde menciona
cinco aspectos de su sacrificio relacionados con nuestras aflicciones habituales: falta de medios, hostilidad y
falta de vivienda.
En la segunda lista (vv. 12–13) comienza recordando aspectos concretos de su ministerio en Corinto. Allí
efectivamente tuvo que trabajar con sus manos (Hch. 18:13) y allí padeció persecución (Hch. 18:6, 12). El
final es altamente dramático; literalmente, es lo que se llama hipérbole, la [P. 72] mención de lo extremo, y lo
hace no sólo para describir la gravedad de lo mencionado, sino para incluir también todo lo intermedio. ¿Es
que alguien había dicho que Pablo era una “escoria”?9 Quizá esas palabras habían llegado a sus oídos; quizá
sentía que ése era el sentir de algunos.

MOTIVOS PARA DIRIGIRNOS A OTROS (4:14)


1. Debe ser para amonestarlos, mostrarles el buen camino.
2. Nunca debemos desear avergonzarlos.
3. Tienen que sentir que los amamos como si fueran nuestros
hijos.

Pero él no quiere dejar las cosas allí. En dos versículos agrega ideas que hacen retornar el tono afectuoso,
y por primera vez usa una frase tan tierna como “hijos míos amados” (v. 14). Es emocionante compararla
con las líneas anteriores.
En el ejemplo del v. 15 hay un aspecto profundo en cuanto al ministerio cristiano y al lugar que debe
ocupar en la consideración de los creyentes. Apolos, Aquila y Priscila habían ocupado un lugar importante.
como Sóstenes o Estéfanas;10 habían sido verdaderos maestros del nuevo grupo de cristianos. En griego la
palabra es PAIDAGOGOS, literalmente “pedagogos”.11 Podemos llegar a tener muchos maestros que compi-
tan en excelencia. Sin embargo, nadie puede tener más de un padre. El obrero del Señor tiene el privilegio de
traer a la vida a otros “por medio del evangelio”; el uso del lenguaje fisiológico hace más fuérte aún esta
comparación.12 Al mismo tiempo, crea un deber ineludible en todos los cristianos: la lealtad hacia nuestros
padres en Cristo. Hemos de amar, respetar y recordar siempre a aquellos que primero nos presentaron la
verdad, a los que nos llevaron a una decisión de fe y a los que, como quienes plantan una débil semilla, hicie-
ron brotar en nosotros la vida eterna.
[P. 73] Aquí y así termina Pablo el tema de la necesidad de la unidad, que le ha permitido expresar mu-
chas ideas sobre lo que es la iglesia y el ministerio cristiano. Repasando toda esta parte de la carta, encontra-
mos que los obreros del Señor son definidos de distintas maneras.

9 En nuestro lenguaje diario, desecho o basura.


10 Ver 1 Co. 1:16; 16:17; Hch. 18:17; 1 Co. 1:1.
11 Generalmente eran esclavos que enseñaban a los hijos de los ricos, o eran sus escoltas para acompañarlos a la escuela.
12 “Yo os engendré.”
45

LOS OBREROS DE CRISTO


1. Servidores por medio de los cuales creen los hombres
(3:5).
2. Administradores de los misterios de Dios (4:1).
3. Insensatos a los ojos de los hombres presuntuosos (4:10).
4. Padres que han engendrado por medio del evangelio
(4:15).

Antes de pasar a los temas específicos que afligían a la iglesia, quedan aún un par de aspectos prácticos
que mencionar.
c. Un ayundante y un posible viaje (4:17–21)
17Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi
proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias. 18Mas algunos están en-
vanecidos, como si yo nunca hubiese de ir a vosotros. 19Pero iré pronto a vosotros, si el Señor quiere, y cono-
ceré, no las palabras, sino el poder de los que andan envanecidos. 20Porque el reino de Dios no consiste en
palabras, sino en poder. 21¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?
En la conclusión del tema, Pablo menciona dos cursos de acción para buscar remedio a los problemas. El
primero era enviar a su ayudante Timoteo como delegado suyo. El segundo, ir él personalmente. Hay situa-
ciones en que sólo un contacto personal es eficaz, un encuentro cara a cara, cuando es posible apelar más a
los sentimientos y a factores que de otra manera no surgen.
Sumamente atareado por la obra en Efeso (donde se producía un bendecido crecimiento y también ciertas
luchas), el apóstol piensa primeramente en que viaje otro como representante. Tenía confianza en Timoteo,
ya que conocía a fondo su modo de pensar y también había estado con él en Corinto. De todos modos, no
tenemos certeza de que realmente haya ido.13
[P. 74] Una de las grandes capacidades de Pablo era la formación de discípulos. La nómina es extensa:
Timoteo, Tito, Filemón (que recibieron sus cartas), así como Epafrodito, Onésimo, Silas, Tíquico, Lucas, Mar-
cos, Onesíforo, Epafras y otros más.

LA FORMACIÓN DE DISCÍPULOS (4:17)


1. Revela la grandeza de alma del maestro.
2. Requiere dedicación de tiempo y afanes.
3. Desarrolla la capacidad para delegar trabajo.
4. Permite ver continuidad y ampliación en la tarea.
5. Demuestra que admitimos que la obra no es nuestra, sino
del Señor.

La explicación que da el apóstol de por qué manda a su ayudante (v. 17a) es por lo que acaba de explicar:
ellos necesitaban un mensaje que, sin dejar de ser claro y enérgico, pudiera demostrar lo que él sentía como
su padre en Cristo. Para transmitirlo, nadie mejor que alguien a quien pudiera calificar como “hijo amado”.

13 Ver 16:10, 11.


46

CONDICIONES DE UN DISCÍPULO (4:17)


1. Su afecto era como de hijo a padre.
2. Era un buen hijo, que merecía ser “amado”.
3. Era “fiel en el Señor”, siguiendo la buena senda.
4. Estaba preparado y listo para cumplir aun misiones duras.

Pablo adelanta algo de lo que Timoteo hablaría: la sans doctrina. Timoteo recordaría que lo que Pablo de-
cía era lo mismo que hacía (“mi proceder”). Es crucial que haya coherencia entre proclamación y conducta
pues si no, ésta puede anular los efectos de aquélla. Además, el apóstol podía decir que su mensaje no se
adaptaba a las circunstancias salvo en cuestiones de método (como ser, predicar en la sinagoga o en una ca-
sa). En cuanto a la esencia, todo seguía siendo básicamente lo mismo. Cuando andaba por “todas partes” o
cuando visitaba “todas las iglesias”, seguía predicando a “Cristo crucificado” y la necesidad de ser “santifica-
dos en Cristo Jesús”.
No obstante, el posible viaje de Timoteo era sólo una primera etapa, pues Pablo declara su intención de
visitarlos. Todo indica que así ocurrió, [P. 75] aunque antes envió al menos otra carta (2 Corintios)—y algu-
nos suponen que también otra, más enérgica todavía.14
La presencia del mismo apóstol inspiraba respeto, ya que la jactancia de algunos se basaba sólo en su au-
sencia (v. 18), y era de suponer que se reduciría cuando tuvieran que repetir en forma personal las acusa-
ciones que estaban haciendo como bandera para divisiones.

CRITERIOS PARA UNA ACCIÓN (4:19–20)


1. Debe ser en el momento oportuno, quizá con urgencia
(“pronto”) (19a).
2. Debe ser con la seguridad de que es la voluntad de Dios.
3. Debe tener una razón clara y precisa.
4. Debe apoyarse en el poder de Dios (20).

Había una lucha en el corazón de Pablo. ¿Debía quedarse en Efeso o distraer tiempo en Corinto? ¿Cuál
era la voluntad de Dios? ¿En qué espíritu debía viajar: “con vara o con amor”?
Su intención era conocer la raíz de los problemas. Palabras ya había recibido muchas, sea por los infor-
mes de Estéfanas o la familia de Cloé, sea por la carta que le habían mandado. Pero eran sólo eso: palabras.
¿Qué había detrás? ¿Era realmente tan grave la situación? Debemos imaginar que sí, ya que se mencionan
cosas concretas. Pero también era necesario saber si bastaba con solucionar algunos pecados específicos (co-
mo los que enfrentará en los capítulos siguientes), o con aclarar temas aislados de conducta o doctrina. Su
preocupación era descubrir si sólo se trataba de un par de perturbadores o si realmente el poder espiritual de
la iglesia estaba amenazado. (Hay razones para suponer esto último.) Pero tal vez Pablo abrigaba la esperanza
de que el fundamento de la iglesia siguiera incólume y todo tuviera solución.
Había una gradación en aquellos que estaban causando inquietud. Primero, era algo interior: su propia
vanidad. Luego pasaba a las palabras, y de allí a lo espiritual: una demostración de poder. Aquí era donde la
aflicción de Pablo llegaba al máximo, ya que ello era contrario a lo que debe ocurrir en el “reino de Dios”.15
El reino de Dios era algo interno, [P. 76] hablaba de vivir para Cristo. Consecuentemente, Pablo no iba a in-
vestigar las palabras sino que iba a examinar el corazón.
Pablo no está amenazando que irá “con vara”—o sea con un palo para pegar a los malos siervos o malos
discípulos que to merezcan—de acuerdo a las leyes y pedagogía de entonces. Al contrario, con dolor explica
a los corintios que to estaban obligando a hacer lo contrario de lo que deseaba.
14 VerIntroducción.
15 Estaexpresión, tan frecuente en la Biblia, es usada por primera vez en esta carta. Posiblemente tenga un sentido algo distinto del
habitual en otras partes de la Escritura; aquí pareciera querer indicar el gobierno del Espíritu divino en la congregación (ver 1 Ts.
2:12; He. 12:28).
47

EL OBRERO EN LA IGLESIA (4:21)


1. Actúa con amor.
2. Esto le lleva a tener espíritu de mansedumbre.
3. Para ello requiere el poder de Dios.

El apóstol tenía una forma de actuar habitual y no era su deseo dejarla; por éso sigue usando un lenguaje
afectivo cuantas veces puede. Pero de ser necesario, apelaría a la vara. Algunos podrían alegar que Cristo
sacó a los mercaderes del templo con un azote. Sin embargo, olvidan que fue un breve suceso que ocurrió en
dos ocasiones a lo largo de más de tres años de mansedumbre y paciencia. En Pablo, un hombre que sabía ser
enérgico, encontramos una proporción parecida. El mismo se estaba haciendo la pregunta del v. 21: ¿Es que
me obligarán a cambiar de método y dejar de usar la mansedumbre para apelar a la energía? Se requería
gran entereza espiritual para pensar que en aquellas circunstancias el camino era la mansedumbre.
Así terming esta primera parte del cuerpo de la carta. Inicialmente el apóstol ha enfrentado la situación
de fondo, y pasará ahora a los temas específicos. Si se solucionaba el tema de las divisiones y la falta de uni-
dad, lo demás sería más fácil. Ya al final (4:20) les ha insinuado la solución: menos palabras y más poder del
Espíritu, que surge de la mansedumbre.
48

[P. 77]

PARTE III
PROBLEMAS SOCIALES DE LA IGLESIA
5:1–8:13
1. Un caso de inmoralidad (5:1–13)
2. Pleitos entre creyentes (6:1–11)
3. El cuerpo es del Señor (6:12–20)
4. Problemas relacionados con el matrimonio (7:1–40)
5. La conciencia y la carne sacrificada (8:1–13)
[P. 78] [P. 79]
CAPÍTULO 7
Es doloroso el cuadro del pecado y del fracaso en el seno mismo de la iglesia. ¿No bastatía con decir que
debemos hacer todo según la “mente de Crisio”? Es evidente que no, y por eso el apóstol decide clarificar las
cosas en forma específica. Todavía hoy, con frecuencia nos encontramos en dilemas de cómo aplicar las en-
señanzas bíblicas a situaciones concretas—que a menudo no difieren mucho de las que encontramos en estos
capítulos. Todavía seguimos luchando, por ejemplo, con el tema del divorcio, o con lo que ocurre cuando
hermanos que han sido socios en un negocio terminan acudiendo a los tribunales.
Hablamos de “problemas sociales de la iglesia”, aunque más bien deberíamos hablar de “problemas mo-
rales” que aparecieron.
No podemos hacer a un lado la vida social. Haya o no iglesias, existen los tribunales de justicia. Además
contamos con leyes o costumbres que rigen la vida matrimonial.1 De esa sociedad surge la iglesia, y en medio
de esa sociedad sigue existiendo. El escándalo, pues, era doble ya que traía aflicción en el seno de la iglesia y
perturbaba su testimonio ante los incrédulos. Por eso era necesario actuar. El apóstol entonces plantea la so-
lución y explica la necesidad de tomar las medidas del caso.
Recordemos alguno de los principios generales ya expuestos. No se trata de esperar a que se produzca
una situación idéntica ya que sería muy difícil, por ejemplo, que se dé una como el incesto del cap. 5. Lo im-
portante es conocer el principio fundamental de cómo el espíritu de Cristo, la pureza del evangelio y el amor
de Dios enfrentan situaciones de ese tipo, para entonces aplicar esos principios en cada hecho que se inter-
ponga en el camino de la iglesia.
Cuidémonos de ser condenatorios para con los corintios. En general, en toda congregación hay quienes
tienen problemas doctrinales, problemas de [P. 80] relación y luchas morales. Del mismo modo, casi siempre
alguno de esos problemas aflora a la superficie y perturba el cuerpo de la iglesia. No es raro tampoco que
sean más de uno o dos los elementos negativos con que hay que luchar en un momento dado. Sin embargo,
aunque los corintios eran creyentes de pocos años, entre quienes no había experiencia en la Palabra de Dios,
Pablo es tenaz en su deseo de corregir errores, y no justifica el comportamiento que tenían ni las actitudes
que mostraban. En la sociedad corintia, las cosas que Pablo condena con tanta energía eran no sólo comunes,
sino consideradas buenas y hasta sagradas. Si pensamos, por ejemplo, en el lugar que el cristianismo ha dado
a la mujer en la iglesia y la sociedad, y lo comparamos con la prostitución religiosa, que transformaba los
templos en burdeles, comprendemos la enorme distancia recorrida y el gran esfuerzo que debieron hacer los
que dieron los primeros pasos. Los corintios no tenian el N.T., ni el conocimiento del A.T., ni la presencia de
los apóstoles del Señor ni los conceptos éticos del pueblo hebreo. Algo así como un comprensivo amor es to
que esperamos demostrar a los corintios cuando los encontremos en la gloria.
1. UN CASO DE INMORALIDAD (5:1–13)
a. Medidas para una solución (5:1–5)

1 La gente a menudo otorga más peso a las costumbres y tradiciones que a la ley.
49

1De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombre entre los
gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. 2Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien
haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción? 3Ciertamente
yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho.
4En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor
Jesucristo, 5el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el
dia del Señor Jesús.
Pablo analiza los problemas específicos que surgían en la iglesia de Corinto, comenzando con el que pro-
vocaba la conducta de un individuo. Notemos que sigue una progresión: inmoralidad sexual (de uno), pleitos
(de varios), asuntos familiares (de grupos), cuestiones de la iglesia (toda la congregación) y tema doctrinal
(toda la cristiandad). Por otro lado, había dos aspectos de este asunto que indicaban que no era sólo una
cuestión privada. El apóstol condenó reiteradamente la actitud envanecida de los creyentes: ese pecado había
sido mal encarado por los miembros. Además, cuando dice que “se oye” que esto ocurre, está indicando que
corre el rumor. Si bien jamás habrá justificativo para tolerar algo así en el cuerpo de Cristo, si el hecho era
público, era necesario que las medidas [P. 81] también lo fueran. Esto no quería decir que se promovería un
escándalo social, sino que cualquiera que hubiera llegado a saber del mal, podría enterarse también del re-
medio aplicado.
El rumor había llegado a Pablo de que alguno tenía la mujer de su padre. La palabra “fornicación” (v. 1a)
indica cualquier clase de desviación en el campo sexual. Antes de explicar a qué se refiere, el apóstol señala
que es algo extremadamente grave, porque “ni aun se nombra entre los gentiles”. Hay que tomar con limita-
ciones la idea de que tal aberración no era mencionada en los círculos mundanos, pues por cierto no era el
caso. Inclusive en Dt. 22:30 aparece indicado como indiscutible pecado, así como se lo puede encontrar en
los códigos civiles. Sin embargo, es cierto que ese tipo de relaciones no se admite prácticamente en ninguna
sociedad civilizada. Pablo tenía conciencia de que la iglesia estaba siendo vista como el ámbito donde se tole-
raban prácticas que los paganos no aceptarían en su medio, y eso era inadmisible.
El apóstol levanta un poco el velo sobre el hecho, porque era público y porque los lectores sabían de qué
estaba hablando. Lo que ocurría era que “alguno tiene la mujer de su padre”. La idea más común es que un
hombre estaba haciendo vida conyugal con su madrastra.2 Asimismo, aunque no es lo más probable, debe-
mos reconocer que la discreción al usar el término “tiene” da cabida a algunas otras posibilidades de abuso
de la vida sexual.
Pablo no se detiene a explicar por qué está mal lo que hacía aquel hombre. Le preocupa la actitud de la
iglesia. La permisividad es un problema típico de nuestro tiempo, así como lo era de las sociedades paganas—
que no tenían códigos morales basados en su religión, ya que sus mismos dioses eran ejemplo de toda clase de
aberraciones.3
La falla de la iglesia en Corinto era múltiple. En sentido práctico, no habían tomado medida alguna y es
de suponer que el ofensor seguía participando de la vida congregational con toda libertad. Quizá se levanta-
ba a orar o a testificar, y eso hacía que algunos se escandalizaran y otros se pavonearan orgullosos ante la
impunidad de un miembro de su grupo. ¿Habrá sido una persona de “importancia” por su dinero o su pres-
tigio social? Da la impresión de que algo estaba deteniendo una sanción inescapable.
[P. 82] Una segunda falta era que se envanecían. Tal vez no fuera la actitud de todos. Pero ¿acaso hay cir-
cunstancias en las que una iglesia se jacta de ser tolerante, misericordiosa, dispuesta a una segunda oportu-
nidad? El problema aún sigue en pie.
Finalmente, parecía que los corintios no se lamentaban, como si fuera cosa ajena a la pureza y al testimo-
nio de la iglesia. Pablo esperaba que, si había algo que les acobardaba como para actuar con la necesaria
energía, por lo menos estuvieran dolidos y avergonzados. Pero ocurría lo contrario.
Otro aspecto del tema que Pablo aclara es su propia posición sobre el tema. El podría haberlo pasado por
alto, ya que estaba geográficamente lejos y sin ninguna responsabilidad directa sobre aquella iglesia. Declara
que ha de opinar “ciertamente”, dejando constancia de que le afecta en forma seria y personal. Por si fuera
necesario, explica que estaba “ausente en cuerpo, pero presente en espíritu” y que tenía su juicio formado

2 Así lo traduce la V.P. Además había otras posibilidades, como la de que un incrédulo y un cristiano estuvieran cohabitando con la
misma mujer, o que alguien pretendiera casarse con la viuda de un segundo matrimonio de su padre.
3 Las historias mitológicas de los griegos y romanos, por ejemplo, hoy se nos presentan fragmentadas, porque en general tienen

episodios realmente repugnantes.


50

como si hubiera estado presente. Ya ha declarado (v. 2b) que el hombre en falta debía ser “quitado de en
medio de vosotros”.

EL PECADO AJENO
1. Es algo que nos concierne.
2. Es algo que nos duele.
3. Es algo para lo cual debemos buscar una solución.
4. Es algo que tratamos espiritualmente.

Los corintios necesitaban una voz firme que les dijera lo que correspondía hacer, pues estaban desubica-
dos y sus divisiones hacían difícil resolver la situación. La presencia del apóstol no era crucial; no dice que
para solucionar las cosas debían esperar su llegada (4:19). El caso requería una acción más rápida, antes que
el mal ejemplo cundiera.
Los vv. 4–5 establecen en forma concreta los pasos que había que dar. Es el ejemplo más claro de lo que
llamamos “disciplina eclesiástica”, a veces olvidada y a veces utilizada abusivamente. Por eso es importante
notar las cuidadosas pautas que Pablo establece guiado por el Espíritu Santo.

COMO TOMAR MEDIDAS CON EL PECADOR (5:4–5)


1. Corresponden a toda la iglesia.
2. Debe hacerse “en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.
3. Debe tener en cuenta las enseñanzas de los mayores en la fe.
4. Debe tener un fin positivo: que el pecador sea restaurado.

[P. 83] Cristo es mencionado tres veces en relación con este tema: hay que reunirse en su nombre, hay
que actuar con su poder y hay que confiar en que, cuando él vuelva, el transgresor haya sido restaurado.
Consideremos el alcance de la admonición “reunidos vosotros”. Habiendo sido dirigida la carta a la igle-
sia como tal, es ella to que Pablo tiene en mente. Pero ¿siempre ha de ser así? El mismo Cristo dijo que debe-
mos resolver nuestras diferencias privadamente si es posible; si no lo es, hay que buscar consejo, y sólo en-
tonces llevarlo a la iglesia. Es interesante que ésta es una de las dos únicas veces que el Señor mencionó la
iglesia (Mt. 18:17).4 Por lo tanto, para actuar como Pablo recomienda aquí, es necesario que se den varias
condiciones:
Había tres elementos imprescindibles para que se tomara una medida disciplinaria: (1) que estuvieran to-
dos los afectados (aquí toda la iglesia); (2) que se siguieran los principios espirituales sobre los que se basó la
iglesia (Mt. 18); y (3) que sea claro que aquello era hecho “teniendo el mismo sentir que hubo en Cristo Je-
sus”.5
Mucha controversia existe sobre las palabras que se usan para la medida a tomar: “el tal sea entregado a
Satanás” (v. 5a). No podemos saber con exactitud qué significan; Pablo mismo dice haberlo hecho con otros
en 1 Ti. 1:20. Según algunos eruditos, podía ser simplemente una fórmula que se usaba en tales casos. El fon-
do del asunto es expresar de alguna manera algo así como: “ya que quiere andar de acuerdo a Satanás, pues
váyase con él”. El creyente no ha de invocar al demonio, de modo que no es una frase que convenga usar
textualmente. Además Pablo no se está refiriendo a algo definitivo, final y sin remedio.
Lo que más importa consignar—especialmente porque se suele olvidar cuando una iglesia ejerce discipli-
na—es la finalidad y el espíritu con que se actúa. El propósito es destruir las obras de la carne y que desapa-
rezca lo carnal. No es cuestión de que el cuerpo sea eliminado, o de una pena de muerte—due está fuera del
alcance de la iglesia. Pero además, queremos que “el espíritu sea salvo”. La intención, si bien es correctiva, es
para bien. Castigamos a nuestros hijos para orientarlos (He. 12:9–10). Lo mismo hacemos con nuestros hijos
espirituales.

4 Ver también Mt. 16:18.


5 El no perdonó ni justificó a Judas Iscariote, pero no lo avergonzó; no lo insultó ni le cerró la puerta al regreso con arrepentimien-
to.
51

El mejor comentario es señalar lo que ocurrió luego, agradeciendo a Dios que haya quedado constancia.
Al escribir de nuevo a esa iglesia (2 Co. 2:5–11),6 Pablo se apresura a volver sobre el asunto. Allí vemos que
[P. 84] la iglesia reaccionó obedeciendo a Pablo y tal persona recibió la reprensión. Cuando evidentemente el
pecador se había arrepentido, debían “perdonarle”, “consolarle” y confirmar “el amor pare con él”.7 Pablo
aclara que él también lo ha perdonado y que no hay que dar lugar a que Satanás saque ventaja del episodio.
Vale la pena insistir en este tema. Lamentablemente no siempre en una iglesia la persona que ha sido objeto
de discipline luego recibe restauración. Es posible que la disciplina no hays sido aplicada con verdadero amor
o con esperanza de que el caído regrese. Jamás una acción de la iglesia ha de ser vengativa, y aunque sea
corrective, no sólo se usará con criterio de castigo sino de ayuda. El amor de quien murió pidiendo por quie-
nes “no saben lo que hacen” ha de ser nuestra guía en estos asuntos. Baste pensar que en el único caso de
disciplina en el N.T. del que conocemos el fin, éste fue feliz.
b. Principios generales (5:6–13)
6No
es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? 7Limpiaos, pues,
de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois porque nuestra pascua, que es Cristo,
ya fue sacrificada por nosotros. 8Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de
malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad. 9Os he escrito por carta, que no
os juntéis con los fornicarios; 10no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con avaros, o con los
ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. 11Mas bien os escribí que no
os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o bo-
rracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. 12Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera?
¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? 13Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese
perverso de entre vosotros.
Dejando de lado la última indicación8—due Pablo agrega como para que no se olviden de to que hay que
hacer concretamente—comprobamos que pasa del caso particular a los principios generales. Eso permite
aplicar soluciones similares a situaciones paralelas.
Es posible que la frase “un poco de levadura leuda toda la masa” haya sido un proverbio común; Pablo
vuelve a usarla en Gá. 5:9. Cristo mismo habló de la “levadura de los fariseos” (Mt. 16:6). La comparación
guarda [P. 85] relación con la que hoy usamos al hablar de lo que pasa cuando hay “una manzana podrida
que echa a perder el resto”. En el mundo de las relaciones humanas, bien sabemos el gran impacto que puede
tener la influencia o el ejemplo.
Para un judío como Pablo, el símil del pan sin levadura tenía la inevitable correlación con los panes de la
pascua. Estos debían ser, precisamente, “sin levadura”, como forma de demostrar la pureza con que se llega-
ba ante Dios. Aún hoy, los judíos ortodoxos barren hasta los rincones de la casa para quitar cualquier migaja
de levadura. Esto es un desafío para la iglesia. Si se desliza un error de doctrina desde el púlpito; si un par de
creyentes caen en un pecado “pequeño”; si hay un asomo de desentendimiento entre algunos, eso bien podría
ser “un poco de levadura” que acabará por leudar la masa toda.
Aquí debemos detenernos para meditar sobre una de las perlas maravillosas de la Palabra Sagrada. Alu-
diendo a la pascua, que era la fecha nacional de los hebreos, Pablo hace la apelación: “Celebremos la fiesta”
(v. 8a). ¿Cómo era posible hablar de una “fiesta” en ese contexto? En el v. 2 les reprende por no haberse la-
mentado y él mismo expone su dolor, pero de todos modos no puede pasar por alto la gran verdad: ¡la vida
cristiana es una fiesta! Quizá, como en las bodas de Caná, la fiesta se perturbe porque falta algo: Cristo tiene
la solución.

LA FIESTA DEL CRISTIANO (5:8)


1. No depende de las circunstancias.
2. No debemos permitir que otros la perturben.
3. Hay que eliminar los malos ingredientes (levadura).
4. Surge del sacrificio de Cristo como Cordero de Dios.

6 Este
pasaje siempre debe ser leído al estudiar el de 1. Co. 5.
7 Nose puede “confirmar” lo que no se mostró antes.
8 “Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros”.
52

Debemos quitar la levadura, a fin de ser “nueva masa” (v. 7a): el móvil tiene que ser positivo. La razón:
“Cristo ya fue sacrificado por vosotros” (v. 7b). Desde Juan el Bautista9 la idea de que la pascua era un anti-
cipo del sacrificio de Cristo, es dominante en el N.T.
Las dos características de la levadura espiritual son la malicia y la maldad, mientras que las de los “panes
sin levadura” (la nueva vida en Cristo) son la sinceridad y la verdad.
[P. 86] En los vv. 9 y 10 Pablo señala que ya ha hecho esa exhortación, muestra de que hubo una carta
anterior. En esa ocasión había sido bien específico: “No os juntéis con los fornicarios” (v. 9). Pablo no está
diciendo que los pecados de la vida sexual son los peores, aunque hoy por lo general los consideramos como
los más escandalosos. En aquel ambiente de promiscuidad, toda amistad estrecha con una persona corrupta
era un mal ejemplo, y además era exponerse a las malas influencias. En nuestros días se da un cuadro simi-
lar.
Notemos que cuando amplía el concepto, el apóstol menciona cuatro tipos de pecado: los fornicarios, los
avaros, los ladrones y los idólatras. No significa que sean las peores transgresiones de la ley divina, pero son
los más íntimamente conectados con nuestra vida de relación.
A esos cuatro tipos de pecado agrega dos más: maldicientes y borrachos. Estas seis cosas no han de tener
cabida en la iglesia. El mundo circundante debe tener conciencia de que los cristianos somos distintos. Cuan-
do el creyente no se distingue de los demás, algo anda mal. Por eso Pablo es enérgico al extremo de decir que
“con el tal ni aún comáis” (v. 11c). Comer con una persona es todavía señal de cierto grado de buena rela-
ción: ¿qué pensarián los no cristianos del creyente que está en la mesa de un restaurante con un borracho o
un reconocido estafador o mentiroso?
Los cristianos juzgan a los cristianos. El juicio lo realiza el conjunto de los cristianos reunidos como cuer-
po de Cristo, y no como suma de individuos. No nos corresponde juzgar “a los que están fuera” (los incrédu-
los) pues eso es privativo de Dios. Nuestra misión de juicio queda cumplida cuando excluimos de nuestro
medio espiritual a cualquiera que merezca ser catalogado de perverso, con todas las precauciones que vimos
antes. Pablo no obra por resentimiento ni por reacción, sino en base a principios bien definidos y a lo que
resulta para el bien del cuerpo de Cristo, más allá de lo que sea grato para algunos.
El tema ha quedado clarificado y el apóstol ya no vuelve sobre él. Esta discreción también puede servir de
desafío para quienes tienen ideas fijas u obsesiones en el seno de la iglesia.

9 Ver Jn. 1:29.


53

[P. 87]
CAPÍTULO 8
2. PLEITOS ENTRE CREYENTES (6:1–11)
a. El problema y las medidas para su solución (6:1–8)
1¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de
los santos? 2¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por voso-
tros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? 3¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuán-
to más las cosas de esta vida? 4Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que
son de menor estima en la iglesia? 5Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun
uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, 6sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto
ante los incrédulos? 7Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos.
¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados? 8Pero vosotros come-
téis el agravio y defraudáis, y esto a los hermanos.
Una vez más desconocemos los detalles del hecho que obligó al apóstol a tratar este tema. Sin embargo, es
posible hacer algunas deducciones con bastante seguridad. Uno o más miembros de la iglesia habían tenido
algún problema con otro u otros. Seguramente se trató de algo comercial, o al menos relacionado con dinero,
teniendo en cuenta que Pablo habla de “ser defraudados”. Eso a la vez constituía un “agravio”, tenía conse-
cuencias éticas—como podría ser el caso de un pago en forma indebida, una deuda no saldada, una venta de
algo inservible, etc. Como consecuencia, la parte ofendida había acudido a los tribunales para denunciar al
culpable.
Era algo ajeno a la vida interior de la iglesia. De alguna manera, configuraba un delito, una quiebra de la
ley civil, aunque también era un pecado—una quiebra de la ley de Dios—, ya que agraviaba a un hermano.
[P. 88] El actuante obraba de acuerdo a su derecho y dentro de la legislación habitual, pero no por eso dejaba
de merecer la condena paulina.
El apóstol tenía sus motivos para dudar de la eficacia y seriedad de la justicia local. Cuando él mismo tuvo
problemas y lo llevaron con otros cristianos ante los tribunales, el procónsul Galión no quiso atender a los
querellantes, aduciendo que no era asunto de su competencia “y los echó del tribunal”.1 Luego en el mismo
lugar golpearon a Sóstenes. En cierta manera era ilógico que esta misma clase de gente debiera dirimir un
pleito entre miembros de la iglesia. El motivo del apóstol para criticar el procedimiento no se basaba en este
aspecto sino en algo más profundo: la correcta relación que debe haber entre los cristianos. El v. 12, que sirve
do puente entre este tema y el siguiente, establece el punto en profundidad: “Todas las cosas me son lícitas
(como acudir al tribunal, según las leyes), mas no todas convienen” (6:12).

LO LÍCITO Y LO BUENO (6:12)


1. Todo cristiano debe adecuar su conducta a lo lícito (lo que permiten las leyes).
2. Pero no le basta con ello: debe buscar la Ley de Dios.
3. Cuando hays conflicto, ésta debe prevalecer.
4. Lo bueno es lo que tiende a la unidad y a la comunión.

El tema de juzgar a otros había aparecido en 5:12 cuando Pablo establece dos puntos: (1) yo no tengo au-
toridad para juzgar a los que están fuera de la iglesia; (2) nosotros somos quienes juzgamos a los que están
“dentro”. Por lo tanto, surge naturalmente la tercera idea: no es concebible que los de afuera juzguen a los de
adentro. La forma en que se menciona inicialmente a los que están “fuera” es llamativa: son los “injustos” (v.
1b). Casi es irónico que sean los injustos (a los ojos de Dios) los que hayan de juzgar a los que han sido decla-
rados justos por Dios.
El estilo basado en preguntas retóricas (o sea con una contestación automática) es categórico en este pa-
saje. Por eso, la primers debe entenderse como dando por sentado que se trata de algo yue ya ha ocurrido. Es
como si dijera: “Pero ¿qué es lo que me han contado que alguno de ustedes ha hecho un pleito contra un

1 Hch. 18:12–17.
54

hermano ante la justicia civil?” De ninguna [P. 89] manera niega que exista el mal, pero ésa no es razón para
justificar el proceder.
Tampoco dice Pablo que haya que olvidar el tema y mirar para otro lado. No tenía por qué hacerlo el
afectado, ni era lo que correspondía a la iglesia, que podía asumir una actitud similar a la del procónsul Ga-
lión: “Eso no nos concierne; no es asunto de la congregación.” La falla de los corintios tenía dos fases: prime-
ro, que habían ido “delante de los injustos”; segundo, que “no (habían ido) delante de los santos”.
No podemos afirmar que esto último significara to que hoy llamaríamos una asamblea de la iglesia, como
es el caso de 5:4. Tal vez bastaba con la intervención de algunos hermanos idóneos en la materia, o hermanos
con autoridad espiritual suficiente sobre ambas partes del litigio. La enseñanza no incluye base para normas
estrictas sobre cómo manejar situaciones similares en la actualidad, pero los principios generales son perma-
nentes.
Los vv. 2 y 3 plantean dificultades de interpretación. Sin embargo, Pablo menciona como hechos ciertos
que “los santos han de juzgar al mundo” y que “hemos de juzgar a los ángeles”.2
Cuando se habla del “mundo”, creemos quc se refiere a los que no componen la iglesia—lo que inclusive
abarca a los miembros del tribunal al que habían acudido algunos corintios. Pero ¿de qué manera los miem-
bros de la iglesia serán jueces y emitirán sentencia sobre el mundo entero? No hay una respuesta categórica.
Para algunos, indica cierto grado de presencia eminente—aunque quizá no de rango—en el día del juicio de
las naciones (Dn. 7:22; Ap. 2:26–27; 3:21).3
La segunda cuestión tiene que ver con los ángeles. Las explicaciones también se agrupan en dos categorí-
as. Por un lado en el juicio al fin de los tiempos, todos los ángeles serán juzgados. La otra interpretación
apunta más bien a que se refiere sólo a los ángeles caídos, es decir a Satanás y sus huestes. El autor se inclina
más por esta última explicación, al tiempo que reconoce las limitaciones de las respuestas que encontramos.
Tal vez baste decir que Dios dijo todo aquello que quiso decir, suficiente como para que los lectores se aver-
gonzaran de su conducta.
La BLA traduce el v. 4 de la siguiente manera: “¿Por qué ponéis por jueces a los que nada son en la igle-
sia?” Dichos jueces, entonces, serían jueces inconversos, personas que no pertenecen a la iglesia. Esta forma
[P. 90] de interpretar el versículo está de acuerdo con el contexto donde Pablo apela a los corintios a no ir
ante los incrédulos.
Algunos de los corintios, los menos, podían ser considerados sabios (v. 5), y quizá sólo hubiera uno que
podía juzgar sobre la cuestión.
Era malo haber ido “ante los incrédulos”, pero to serio es que aun antes de haber llegado a eso, “el her-
mano con el hermano pleitea en juicio” (v. 6). Quizá allí estaba una de las raíces de los problemas de división
mencionados al principio. Tal vez algunos se decían “de Pablo” y otros “de Apolos”, sólo porque uno le debía
dinero al otro y éste to había denunciado a la justicia.
Resulta sorprendente que diga que su propósito al tratar el tema sea “para avergonzaros” (v. 5a), sobre
todo porque antes, en medio de un pasaje muy fuerte, había aclarado lo contrario: “No escribo ésta para
avergonzaros” (4:14a). Esto nos demuestra la importancia que Pablo daba a un problema que afectaba la
unidad de la iglesia y su testimonio.4

AVERGONZANDO A LOS DEMÁS (6:5)


1. No porque ello nos beneficie.
2. Sí cuando hiere al cuerpo de Cristo.
3. Con el propósito de lograr corrección (2 Co. 7:8–10).

Advertimos el cuidado que el predicador debe tener en aquello que pueda afectar íntimamente a quien to
oye o, como en este caso, a quien lo lee.
2 Los estudiosos no han llegado a un acuerdo sobre qué es, exactamente, el mundo, qué son los ángeles, y qué alcance tiene la pala-

bra “juzgar”
3 Otros suponen que se trata más bien de que la conducta pura de la iglesia y sus miembros ya significa un juicio sobre los que no

andan conforme al espíritu de Cristo.


4 Es interesante la traducción que hace la BLA, “para vuestra vergüenza lo digo” (v. 5a). Pablo se avergonzaba del comportamiento

de aquellos a quienes había enseñado y entre quienes había ministrado.


55

La solución que presenta Pablo (siempre como una pregunta para dar más fuerza al argumento) es insóli-
ta para quien no tenga la “mente de Cristo”. Tiene un aspecto moral y otro práctico (v. 7b). En primer lugar,
hay que estar dispuesto a sufrir el agravio. En segundo lugar, hay que estar dispuesto a sufrir un perjuicio, en
este caso ser defraudados en lo material.
De acuerdo a lo que expone el apóstol, siempre hay tres planos: (1) el práctico y concreto, como por
ejemplo un monto de dinero; (2) el aspecto moral, que podría ser la falta de cumplimiento de una promesa
de pago; y (3) la dimensión espiritual, ya que constituye un pecado y perturba la vida del cuerpo de Cristo. Si
buscáramos una clasificación, el apóstol nos diría que lo segundo es más importante que lo primero y to ter-
cero superior a todo lo demás.
[P. 91] Doctrinalmente, el tema es sencillo. En forma práctica, puede ser delicado. Es fácil que estemos de
acuerdo en los principios, pero empezamos a titubear cuando inciden en un momento específico de una si-
tuación determinada. Naturalmente, nadie puede tomar determinaciones por otro, salvo que sea “sabio” y
que su opinión haya sido solicitada. Si el tema trasciende a la iglesia, es necesario tener un sistema que logre
poner de acuerdo a ambas partes. Lo ideal es que nadie sea perjudicado. Si no, alguno debe estar dispuesto a
perder prestigio y bienes. Qué hacer con el defraudador es un tema que no se trata aquí, pero por cicrto
había que tomar alguna medida.
b. Principios generales (6:9–11)
9¿No
sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni
los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 10ni los ladrones, ni los avaros, ni los borra-
chos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. 11Y esto erais algunos; mas ya habéis
sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el
Espíritu de nuestro Dios.
Este párrafo es una especie de puente entre el tema tratado anteriormente y el tema más general que ocu-
pará el resto del capítulo. La relación con lo previo se hace clara por el uso de palabras e ideas similares. An-
tes había hablado de los “injustos” al referirse a los que podían llegar a ser jueces en los pleitos entre cristia-
nos (6:1); evidentemente, era una calificación de orden general. Asimismo la lista de tipos de pecadores es
como la que mencionó en 5:10–11, aunque aquí se extiende hasta mencionar once.
El sistema de preguntas apela al sentido común. ¿Acaso puede haber alguna duda sobre si los injustos en-
trarán o no al reino de Dios? La clásica expresión bíblica “el reino de Dios” se refiere a la vida eterna, no a
un ámbito terrestre donde Cristo sea el Rey. Pablo entonces demuestra que, al colocar a los incrédulos por
encima de los “sabios” de la iglesia, y haber acudido a ellos para juzgar cuestiones de la igelsia, el agravio se
está haciendo inclusive a Dios como Señor de la gloria. Al no haber colocado su confianza en los “sabios”, los
que tienen la mente de Cristo, habían colocado a los incrédulos por encima de los creyentes.
También es parte del vocabulario bíblico el referirse al reino de Dios como una herencia. Cristo mismo
dijo en su sermón profético: “Heredad el reino preparado para vosotros” (Mt. 25:34).5 Una herencia es habi-
tualmente lo que se recibe de parte de los mayores, generalmente de los padres, y para lo cual no tenemos
mérito alguno, sino que es fruto de los esfuerzos de aquéllos.

[P. 92] HERENCIA DEL REINO


1. Es algo que nos muestra a Dios como Padre.
2. Nos es dado por los méritos de Cristo.
3. No se echa a perder (1 P. 1:4)
4. Su plenitud nos espera en el reino de Dios (1 P. 1:4).

Pablo aquí no se ocupa de quienes heredarán el reino sino de aquellos que no lo heredarán. Quería que
evitemos su relación e influencia. En realidad, temía que no nos diéramos cuenta del peligro porque advierte:
“No erréis”. ¿Es posible creer que, por ejemplo, los adúlteros y los borrachos entrarán a los cielos? La adver-
tencia de que no será así llena el N.T. hasta su última página.6 Sigue habiendo quienes, apelando a la miseri-
cordia de Dios y olvidando su justicia, pretenden una salvación universal, alguna manera de que al final Dios
5 Eljoven rico preguntó: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?” (Mr. 10:17). Después de hacer una lista terrible de “obras de la
carne”, Pablo advierte que “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gá. 5:21).
6 Ver, por ejemplo, Ap. 22:15.
56

perdone a todos. Si esto así fuera, no sólo diríamos “Comamos y bebamos que mañana moriremos”, sino que
podríamos agregar: “Robemos, corrompámonos, maldigamos, etc, que mañana, de todos modos, viviremos”.
Poco valor habría en tanta exhortación a una vida de pureza—como encontramos en esta carta y otras—si el
desenlace final resultara el mismo para todos.
Es probable que la lista de pecadores no tenga un orden estricto ni sea exhaustiva. Algunas cosas llaman
la atención. Pablo incluye a los idólatras entre los fornicarios y los adúlteros. Ya desde el A.T. se compara la
idolatría con el amor indebidamente dado a quien no es nuestro Señor. Nos resulta extraño que en esta lista
estén otros que no nos parecerían tan serios, como los avaros o maldicientes. Sin embargo, amar demasiado el
dinero (aunque no sea estafando, como se menciona al final), y usar un lenguaje sucio son demostraciones
claras de que una persona aún no ha sido lavada, santificada, justificada—como lo dice el v. 11.

[P. 93] IDOLATRIA


Hoy no podemos aplicar la idea de “idolatría” de la misma ma-
nera que los corintios, ya que hoy no tenemos estatuas que
adorar. Inclusive, el concepto de las imágenes en otras iglesias
cristianas no tiene el mismo significado.
Hay idolatría cada vez que se da a algo un valor tal como para
que deba ser adorado, o sea tratado con tal respeto que estemos
dispuestos a acatar absolutamente lo que nos indique. En ese
sentido, hay muchos que tienen “ídolos” en concepciones polí-
ticas o tradicionales. Para muchos, son verdaderos objetos de
adoración algunos miembros de su familia. Para algunos lo es
el dinero o la fama, ya que sacrifican a ello otras cosas de valor
eterno. Muchas iglesias idolatrizan sus prácticas o algunos pe-
queños puntos de doctrina, así como algunos cristianos trans-
forman en ídolos a sus pastores o líderes. El peligro no está en
las condiciones culturales (templos con estatuas) sino en la
actitud espiritual del hombre.

EL CAMBIO DEL CRISTIANO (6:9–11)


1. Cambia nuestra moralidad (no más fornicación, ete.).
2. Cambia nuestro manejo del dinero (no más robo o estafa).
3. Cambia nuestro régimen de comida o bebida (no más bo-
rrachos).
4. Cambia nuestra manera de hablar (no más maldiciones).
5. Nos introduce al reino de los cielos.

La lista de pecados del campo sexual es la más larga, sin duda porque eran la moneda corriente en Corin-
to. La homosexualidad no era considerada como algo malo—como aún ocurre en la mayoría de los lugares—
y era revolucionario que el cristianismo así to declarara en la cultura griega. No es fácil establecer la diferen-
cia entre “afeminados” y “los que se echan con varones”7 (Reina y Valera escribieron literalmente “machos”
[P. 94] en vez de “varones”, lo que hoy nos results más fuerte que en el siglo XVI). Quizá “afeminado” se
refiere a costumbres y modes, y abarca un espectro de vida más amplio que la simple unión sexual aberrante.
De cualquier modo, la condenación es clara. Quienes anden en esos caminos, tan difíciles de dejar, deben
clamar por la misericordia transformadora de Dios para poder unirse a su pueblo.
Pero luego sigue una expresión triunfante: “Y esto erais algunos” (v. 11). El uso de un verbo en pasado
tiene una fuerza cautivante. En este contexto, también quiere decir “y ya no lo sois más”, “no tenéis más que
ver con todo eso”, “huid de quienes practican tales cosas”.
La lista de horrores recién mencionada es reemplazada por otra más concise—sólo tres componentes—
pero más gloriosa. En definitive, la nueva vida en Cristo es mucho más rica, pero más simple.

7 Gr. ARSENOKOITES (ARSEN, hombre; KOITE, cama).


57

LOS QUE TIENEN NUEVA VIDA (6:11)


1. Han sido lavados por la sangre de Cristo (Jn. 3:3–8; 2 Co.
5:17; Ef. 2:10; Tit. 3:5).
2. Han sido santificados por el Espíritu.
3. Han sido justificados por Dios (Ro. 3:26; 4:22–25).

Notemos la mención de las tres personas de la Trinidad. Cada uno de esos términos exigiría una exposi-
ción enciclopédica. El apóstol considera que su declaración abarca a todos, aunque “algunos” hubieran an-
dado por este o aquel mal camino. Es realmente notable que se diga esto después de los temas que ha trata-
do.8
En segundo lugar, en 6:11 Pablo coloca todo en el pasado. Son experiencias que ellos ya han tenido, como
parte imprescindible para heredar el reino de Dios. No habla de experiencias sucesivas, ni de la necesidad de
buscar alguna otra. Solemos detenernos mucho en el análisis de las palabras, pero da la impresión de que
para Pablo son simplemente tres facetas del mismo hecho que se produce cuando el poder del Espíritu de
Dios transforma la vida.

8 Los corintios habían dejado ciertas cosas, pero habían permitido el pecado sexual en la iglesia, y estaban plagados de divisiones.
58

[P. 95]
CAPÍTULO 9
3. EL CUERPO ES DEL SEÑOR (6:12–20)
12Todas
las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me de-
jaré dominar de ninguna. 13Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como
a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el
cuerpo. 14Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder. 15¿No sabéis que
vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una
ramera? De ningún modo. 16¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque
dice: Los dos serán una sola carne. 17Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él. 18Huid de la fornica-
ción. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su pro-
pio cuerpo peca. 19g¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el
cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a
Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.
Estos versículos profundizan los dos temas anteriores, ya que combinan el problema de la sexualidad mal
orientada con la cuestión de lo que es o no lícito y conveniente para el cristiano. Pablo no dice expresamente
que se trate de algo planteado por los corintios; no es fácil suponer que alguno preguntara si era legítimo
acudir a una prostituta. Pero sí podemos pensar que, ya sea que el hecho hubiera ocurrido o que la duda se
hubiera presentado, había motivos suficientes para que Pablo aclarara el asunto, que era tema diario de con-
versación en aquella ciudad.
En el v. 12 el apóstol establece un principio general que, como varios otros de esta carta, es de aplicación
universal. A nuestro alrededor surge a menudo la pregunta de si “nuestra religión” nos prohíbe tal o cual
coca. Esa no es la forma adecuada de enfrentar los conflictos de conciencia. Por [P. 96] supuesto, la asevera-
ción de que “todas las cosas me son lícitas” no ha de entenderse sin ver otros principios bíblicos que la modi-
fiquen.1 Algunos suponen que era la adaptación de alguna expresión popular.
Pare hacer una amplificación aún mayor, podríamos decir: “Todas las cosas que me permite la sociedad,
las leyes o el sentido común son cosas que puedo hacer lícitamente, pero no todas son cosas que conviene que
yo haga.” Lo sabemos aun por la vida diaria. A veces tenemos derecho a tal o cual actión, pero el buen gusto
o la urbanidad nos impiden realizarla; más todavía, cuando va en contra del bien del prójimo, del reino de
Dios o de su Palabra. Es claro también que lo lícito—lo social y legalmente permitido—puede ser pecamino-
so. En Corinto, no sólo era legal sino además bien visto ir al templo pagano para tener relaciones sexuales con
las sacerdotisas. Pero ningún cristiano declararía que era conveniente—al menos entre nosotros, porque ya
estamos bien embebidos de los principios cristianos que eran extraños a aquella cultura.

PREGUNTAS DEL CRISTIANO SOBRE SU CONDUCTA (6:12)


1. Lo que quiero hacer, ¿es lícito? ¿lo admiten las leyes y las
buenas costumbres?
2. Además, ¿es conveniente para el reino de Dios, el prójimo
y yo mismo?
3. ¿Soy yo quien lo decide o me estoy dejando dominar?
4. ¿Con ello glorifico a Dios? (20b)

La primera frase del v. 13 también parece un refrán popular. Sin embargo, nos describe la maravilla de la
creación de Dios. El nos ha dotado de un sistema digestivo adecuado para determinadas comidas, y ha colo-
cado a nuestro alrededor la naturaleza donde ello se produce. Así como él lo ha creado, algún díe le pondrá
fin.
Ahora bien, todo esto apunta a la aplicación práctica, sea el principio general del v. 12, sea el hecho con-
creto del v. 13a (que las viandas son para el vientre, pues la comida y el vientre pertenecen al período pre-
sente). Es muy importante la diferencia que se hace entre la vida digestiva y la vida sexual. Pablo no permiti-

1 La V.P. apela a lo que realmente es una paráfrasis: “Se dice: ‘Yo soy libre de hacer lo que quiera’. Es cierto, pero no todo convie-
ne”.
59

rá que tomen la declaración de libertad de acción del v. 12 y la apliquen a relaciones sexuales ilícitas. Los
corintios [P. 97] probablemente decían que todos los apetitos corporales eran iguales, y si la comida era para
el cuerpo y el cuerpo para la comida, el cuerpo tenía que ser para el sexo y el sexo para el cuerpo.
“El cuerpo no es para la fornicación” dice Pablo, sino que es para el Señor, y su destino no es la destruc-
ción sino la resurrección, y es para el Señor aun en el presente.
Sin embargo, desde el punto de vista práctico, si bien es necesario comer, no es imprescindible tener una
vida sexual activa como algunos pretenden. No es cierto que el ser humano “necesite” sí o sí tener relaciones
sexuales. En realidad, el razonamiento de Pablo es claro, pero guiados por su lujuria, muchos intentan justifi-
car sus acciones. Podremos pasar más o menos tiempo sin comer, pero es factible tener una vida equilibrada
sin poner en acción nuestra sexualidad.
Antes de seguir con el tema, y en realidad antes de referirse a lo más desagradable, Pablo se eleva a lo más
sublime: la resurrección de Cristo. Si Dios a su Hijo le devolvió la vida física, sin duda bien puede hacer que
nuestra regeneración alcance a nuestro cuerpo, sus instintos y sus potencialidades. Con frecuencia olvidamos
que Dios no redime sólo nuestra alma, sino todo nuestro ser. Si bien Pablo se extenderá sobre el tema en el
cap. 15, ya nos indica el respeto que hemos de tener por nuestro cuerpo, dado que Cristo mismo lo tuvo, por
ejemplo como se bosqueja en el cuadro que sigue.

EL CUERPO DE CRISTO Y EL NUESTRO (6:13b–15a)


1. Dios se encarnó en él.
2. Regeneró nuestros cuerpos, así como levantó al Señor de
la muerte.
3. Nuestro cuerpo forma parte del cuerpo de Cristo (no so-
mos sólo una relación espiritual, sino plenamente humana).

No temamos a las debilidades y enfermedades de nuestro cuerpo, pues si Dios sacó a su Hijo de la tumba
también el Señor podrá levantarnos. EI tiene cuidado de nuestro cuerpo, pues forma parte del cuerpo de Cris-
to. La iglesia no se compone de almas invisibles, ni siquiera de una comunión mística. Asistimos al templo
con nuestros miembros físicos, nos abrazamos con ellos, caminamos para llevar la Palabra y hablamos con
una lengua de carne. Y no será distinto en la gloria, salvo que allí nuestros cuerpos estarán glorificados.
Entonces en forma abrupta Pablo lanza la pregunta: “¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré
miembros de una ramera?” Esta vez no deja las cosas en tono retórico, sino que responde categóricamente:
“De [P. 98] ninguna manera”. Después de temas tan profundos y aun sublimes, pese a que lo ha insinuado en
13b, da toda la impresión de que quiso producir un efecto de shock en sus lectores, que quizá no esperaban
que esto surgiera … o esperaban que no surgiera. Imaginemos el cuadro de cuando esta carta era leída en la
iglesia y más de uno quizá enrojecía sin poder evitarlo. Repitamos que, en una medida mucho mayor de la
licencia actual y de la doble moralidad para el sexo masculino, para los corintios las relaciones con prostitu-
tas eran un acto normal y sano.2
La forma en que ha argumentado es sumamente hábil. No se refiere a un caso concreto, como en el cap.
5, sino que el mismo tema de la relación con mujeres de mala vida es presentado después de la gran verdad
de que “nuestros cuerpos son miembros de Cristo” a quien Dios levantó “con su poder”. Por eso mismo la
unión con una ramera, más que una relación entre dos seres humanos, comienza por ser una ofensa a Cristo
porque le está quitando algo que le pertenece.3
Para dar aún más fuerza a sus expresiones, la idea de la unión es puesta sólo en segundo lugar (v. 16),
como si fuera necesario aclarar qué quería decir con eso de “los haré miembros de una ramera”. Esa vincula-
ción, por fugaz e intrascendente que se considere, tiene efectos profundos no sólo en la conducta y en la per-
sonalidad, sino también en el ser mismo del hombre.
Las relaciones sexuales siempre hablan de unión. El hombre y la mujer se hacen una sola carne. El signi-
ficado esencial de la frase una carne, entonces, es unión sexual (ver Gn. 2:24). En su libro Cartas a un diablo
novato, C.S.Lewis dice que cada vez que un hombre y una mujer tienen una relación sexual, entre ellos se

2 Ladoble moralidad se refiere a un doble estándar que a veces sigue rigiendo en el mundo hispano: La mujer debe permanecer
casta, mientras que el hombre puede tener una conducta sexual mucho más liviana y hasta licenciosa.
3 Lógicamente cuando el ofensor es cristiano.
60

establece un vínculo espiritual que debe ser disfrutado o soportado eternamente. Para Dios el pecado sexual
es un asunto serio porque corrompe y destruye las relaciones espirituales tanto humanas como divinas.
El pueblo de Cristo es un espíritu con El. Esta declaración tiene un significado profundo e implicaciones
asombrosas. Pero en este caso Pablo lo usa para mostrar que un cristiano que comete inmoralidad sexual
también involucra al Señor. El sexo fuera del matrimonio es pecado, pero cuando incluye a creyentes es re-
prensible de manera especial pues profana a Jesucristo, con quien el creyente es uno (Jn. 14:18–23; 15:4, 7;
17:20–23). Debido a que somos uno con Cristo, y a que el que comete [P. 99] pecado sexual es uno con la
otra persona, según el razonamiento de Pablo eso coloca a Cristo en una posición impensable. Cristo no está
manchado por el pecado en forma directa de la misma manera que los rayos del sol sobre la basura no se
contaminan por brillar sobre la basura. Sin embargo, la reputación de Cristo se ensucia por asociación.4

LLAMADO A LA PUREZA (6:16b–18a)


1. Tiene base bíblica (16b).
2. Se basa en la unión espiritual con el Señor (17).
3. Por eso la advertencia es fuerte: “Huid” (18a).

Por cierto que no podemos unirnos físicamente con el Señor. Pero sí podemos lograr una unión mucho
más profunda que, partiendo del espíritu, nos transforma en una unidad existencial con él.
Una vez más notamos cómo Pablo va insertando estas grandes verdades doctrinales en medio de un tema
áspero (vv. 12, 14, 17, 20). Pero no se olvida de lo que está tratando. Al contrario, considera que debe ser
enérgico y su mandamiento es firme: “Huid de la fornicación” (18a). Para poner un ejemplo práctico, es co-
mo si dijera que no pasemos por calles donde hay prostíbulos, ni comentemos estos temas (Ef. 5:2), sino que
crucemos a la otra acera cuando veamos a alguien que nos tienta a pecar. Cuando la tentación es a la forni-
cación, la recomendación apostólica no es luchar, sino huir, escapar como de la peste.
Da una razón: “El que fornica, contra su propio cuerpo peca” (v. 18). No se trata sólo de que hayamos
ofendido a Dios, haciendo lo contrario a lo que él mismo dispuso en la creación, sino que estamos actuando
contra nuestro propio bienestar físico.5 Pero ¿no es más grave pecar en el campo espiritual? Esto también es
espititual, declara Pablo, ya que el cuerpo “es templo del Espíritu Santo” (v. 19a). Volvamos a lo ya mencio-
nado: el cuerpo de Cristo, que es la iglesia, se compone de hombres y mujeres de carne y hueso, también re-
gidos por las leyes de Dios. De esto se desprende [P. 100] el cuidado que debemos tener de nuestro cuerpo,
aunque el apóstol no trata ese tema aquí. Actuar en su contra—por ejemplo, comiendo algo indigesto o pi-
diéndole un esfuerzo exagerado—es privar al Espíritu Santo de un medio para continuar su obra en el mun-
do.

EL CUERPO DEL CREYENTE (6:19–20)


1. Lo ha dado Dios (19b).
2. Debemos cuidarlo y mantenerlo puro.
3. Debemos glorificar a Dios con él (20b).
4. Debe estar lleno del Espíritu Santo que habita en él.

Pablo incluye una frase que en realidad es una joya: “No sois vuestros”. No se trata sólo de que Dios nos
ha creado, considerando que era bueno que tengamos un cuerpo, sino que también nos ha adquirido “por
precio”. No precisamos que el apóstol aclare cuál es el precio ya que los mismos ángeles cantan en la gloria:
“Con tu sangre nos has redimido para Dios” (Ap. 5:9).

4 Elcreyente debe elegir entre ser un espíritu con el Señor o un cuerpo con la ramera.
5 Aunque el pecado sexual no es necesariamente el peor pecado, es el más singular. Nace en el mismo cuerpo (codicia, lujuria) y va
hacia la gratificación personal. Se comporta como ningún otro impulso lo hace, y cuando se satisface afecta al cuerpo como ningún
otro pecado. Tiene una manera únika de destruir al cuerpo internamente. Ya que la intimidad sexual es la unión más profunda de
dos personas, su mal uso corrompe al nivel más profundo—corrompe la mente, provoca lujuria, arruina relaciones, etc
61

NO SOMOS NUESTROS (6:20)


1. Porque Dios nos creó.
2. Porque Cristo nos compró.
3. Porque nuestro cuerpo y espíritu son para su gloria.

Y al final del tema, llega la gloria no sólo de la creación o la eternidad, sino la que se puede manifestar
ahora a través de nosotros, refiriéndose tanto al cuerpo como al espíritu ya que uno y otro “son de Dios”.
¿Está el apóstol hablando del dulce apóstol Juan y su mensaje de amor, o de Florencia Nightingale y su cuida-
do por las víctimas de la guerra,6 o de los grandes místicos cuyos escritos siempre habrán de emocionarnos?
De ninguna manes, estas palabras están dirigidas a los mismos corintios a quienes advirtió que una ramera
no era compañía para un cristiano. Hay vidas arrancadas del burdel para ser llevadas a la gloria de la comu-
nión íntima con Dios; de la lujuria grotesca de la camalidad a la identificación sublime con el Señor de seño-
res.

6 Florencia Nightingale (1820–1910), enfermera inglesa también llamada “la dama de la linterna”.
62

[P. 101]
CAPÍTULO 10
4. PROBLEMAS RELACIONADOS CON EL MATRIMONIO (7:1–40)
Este capítulo es una sucesión de temas de alguna manera vinculados con el hecho ya establecido de que la
humanidad, por decisión divina, se compone de hombres y mujeres que se relacionan entre sí. Habiendo des-
cartado los vínculos extramatrimoniales, los interrogantes no se acaban.
En este caso, Pablo declara específicamente que se referirá a temas que le han sido planteados: “las cosas
de que me escribisteis” (7:1a). Aunque no conozcamos con exactitud cuáles fueron tales interrogantes, po-
demos llegar a conclusiones valiosas de principios divinos para gobernar la vida cristiana.
Los corintios tenían graves problemas en cuanto al matrimonio. La sociedad era tolerante con la fornica-
ción, el adulterio, la homosexualidad y el concubinato.
Bajo la ley romana y las tradiciones de ese tiempo, había cuatro clases de matrimonios. Los esclavos por lo
general eran considerados una especie subhumana, y si una pareja deseaba casarse, se les podía permitir vi-
vir juntos en contubernium, un arreglo que duraba mientras el amo lo permitiera. Este tenía la libertad de
separarlos, de entregarlos a otros compañeros, o de vender a alguno o a ambos. Muchos de los cristianos
primitivos eran esclavos, y algunos habían vivido—y tal vez aún vivían—en esta clase de relación conyugal.
Un segundo tipo de matrimonio era el usus, una forma de concubinato que reconocía que una pareja es-
taba casada después que hubieran cohabitado durante un año. Un tercer tipo era coemptio in manum, donde
el padre vendía a su hija a un probable marido.
El cuarto tipo de matrimonio era de más categoría. La clase de los patricios, parte de la nobleza, contraía
matrimonio en una ceremonia llamada confrarreatio, donde se basa el matrimonio cristiano moderno. Fue
adoptado por la iglesia católica romana, que agregó ciertas [P. 102] modificaciones cristianas, y pasó con
algunos cambios al protestantismo a través de la reforma.
En el imperio romano de tiempos del apóstol Pablo el divorcio era común, aun entre los casados en con-
frarreatio. A veces hombres y mujeres habían estado casados 20 veces, o más. Un activo movimiento feminis-
ta había tenido origen y desarrollado. Algunas esposas competían con sus maridos en el área comercial y has-
ta en demostraciones de fuerza y destreza. Muchas no tenían interés en ser amas de casa o madres, y para ese
tiempo los matrimonios sin hijos eran comunes. Tanto hombres como mujeres deseaban vivir independien-
temente, al margen de los votos o compromisos matrimoniales.
En la iglesia primitiva había miembros cuyos matrimonios se habían celebrado en cualquiera de estos di-
ferentes tipos de unión. También había cristianos que habían tenido múltiples matrimonios y divorcios. No
sólo eso, sino que además algunos creyentes estaban convencidos que permanecer soltero y célibe era más
espiritual que estar casado, y consecuentemente despreciaban el matrimonio. Tal vez alguno estuviera ense-
ñando que el sexo era algo no espiritual que debía abandonarse por completo.
Era una situación compleja aun para cristianos maduros. Para los cristianos inmaduros, era terriblemente
confusa: “¿Qué hacer ahora que somos creyentes? Si ambos somos cristianos, ¿debemos permanecer como
marido y mujer? Si el cónyuge es incrédulo, ¿debemos divorciarnos? ¿Debemos permanecer solteros o con-
vertirnos en tales?” El caos de posibilidades presentaba innumerables perplejidades, que Pablo trata en esta
sección de su epístola.
Veamos pues cada una de las respuestas paulinas (que en los vv. 17 a 24 incluyen un estudio conciso de
principios generales).
a. Relación entre los esposos (7:1–7)
1En cuanto a las cosas de que me escribisteis, bueno le sería al hombre no tocar mujer; 2pero a causa de
las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. 3El marido cumpla
con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. 4La mujer no tiene potestad sobre su pro-
pio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. 5No os
neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en
la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia. 6Mas
esto digo por vía de concesión, no por mandamiento. 7Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como
yo; pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro.
63

[P. 103] Estamos ante un notable pasaje. Al analizar la novela “Madame Bovary” el novelista peruano
Mario Vargas Llosa recuerda lo que, según él, es la escena más erótica de la literatura (el surgimiento de un
amor adúltero en un carruaje), y señala que no se menciona parte alguna del cuerpo, lo que es posible por el
vuelo literario de Gustavo Flaubert, su autor. Del mismo modo, nos maravilla cómo Pablo puede decir tantas
cosas sin usar la palabra “sexo” ni otras parecidas. En aquel entonces eran más frecuentes en el habla común
que hoy, pero el apóstol no necesitaba acudir al léxico común, y menos aún al vulgar.
El trozo comienza con una declaración que nos deja casi pasmados: “Bueno le sería al hombre no tocar
mujer” (v. 1b). Comenzamos con una respuesta a una pregunta que no nos es conocida y, por lo tanto, no
podemos pretender la última palabra sobre el tema. Al hablar de “no tocar mujer”, Pablo se refiere a no ca-
sarse.1 Lo mismo se diría en caso de mencionarse primero a la mujer. Quizá la pregunta la hizo un hombre, o
se aplicó a los hombres de la iglesia. Sin llegar a agotar el asunto, hay varies cosas que podemos mencionar.
Pablo comienza con la cuestión de la soltería, y enseña que el celibato es algo bueno, que puede ocasionar
tentación que no es correcto para los casados, y que es un don de Dios.
La frase en griego es concisa. Palabra por palabra dice sólo: “Bueno (o ‘hermoso’) para el hombre mujer
no tocar”. O sea que como no hay un verbo como el castellano “le sería”, podemos pensar que Pablo está di-
ciendo: “Dentro de los términos que ustedes me han preguntado, el casamiento no será recomendable.”2
No se trata de un llamado al celibato. Los consejos para la vida matrimonial demuestran el respeto del
apóstol hacia ella. El usó varias veces el ejemplo de la unión conyugal para referirse a Cristo y la iglesia. No
estaríamos violentando su pensamiento si aquí leyéramos: “Es bueno [P. 104] no casarse, pero debido a las
condiciones del ser humano, es recomendable casarse.”
La primera página de la Biblia dice que “Dios … varón y hembra los creó” ( Gén. 1:27). Por lo tanto hay
dos caminos. Uno es el de la voluntad divina, matrimonio o abstención, y el otro el de la corrupción humana,
la fornicación. Teniendo eso en cuenta, corresponde que “cada uno tenga su propia mujer y cada una tenga
su propio marido” (v. 2b).
Notemos que desde el principio Pablo establece una absoluta igualdad entre los sexos. Cuando hoy se fir-
ma un acuerdo internacional, se alterna la designación de los países (la primera vez por orden alfabético y la
siguiente al revés, y así en lo sucesivo). De la misma manera, el apóstol nombra primero al marido en el v. 3
y primero a la mujer en el v. 4. En la declaración inicial del v. 2, se cuida de mencionar a ambos, aunque en
el v. 1 haya hecho alusión sólo a los hombres. La delicadeza en el tratamiento de estos temas es una condición
básica.
La monogamia3 sólo ha existido como concepto natural a partir del cristianismo. Si bien era habitual en el
mundo grecorromano, la promiscuidad, el adulterio consentido, los divorcios reiterados y otras costumbres
generalizadas hacían que en la práctica no se tuviera ese alto concepto que nos lleva a equiparar el matrimo-
nio con la unión a Dios. Pablo es muy terminante en el v. 2. Tanto para el hombre como para la mujer, cada
uno debe tener su propio cónyuge. No hay lugar para otro que se introduzca en la intimidad sin ser esposo o
esposa. No existe la más mínima posibilidad de bigamia, adulterio o algo por el estilo. Ese es el único camino
para evitar “las fornicaciones”.4 ¿Cómo evitarlo? Muy simple, dice Pablo: cada hombre y cada mujer debe
tener un cónyuge.
Luego entonces aparecen preguntas sobre la forma en que los esposos cristianos deben mantener su vín-
culo. Muchos suponen que aquí surgía la cuestión de si era legítimo que tuvieran relaciones sexuales una vez
casados. El movimiento monástico, que veía como impura la relación carnal, surgió muy pronto en el mundo
cristiano y tuvo y sigue teniendo gran fuerza en Grecia. Allí aún existe un estado semi independiente, el
monte Athos, lleno de monasterios, donde nunca ha entrado una mujer … ni una oveja, ni una gallina ni

1 Elverbo en el original habla de conectar, unir, tocar. De manera que no debe tomarse literalmente sino como una manera de
hablar de las relaciones sexuales. En el contexto Pablo parece referirse a toda la idea de la santidad del matrimonio.
2 La tradición judía no sólo consideraba el matrimonio como el estado ideal, sino que además sostenía que la soltería era desobe-

diencia al mandato de Dios de fructificar y llenar la tierra (Gn. 1:28). Es posible que, como resultado, algunos de los judíos cristia-
nos en Corinto estuvieran presionando a los creyentes gentiles solteros pare que se casaran. Por otra parte, y debido a las experien-
cias que habían tenido, tenían deseos de permanecer solteros. Adoptando una actitud similar a la de los judíos, pero para con la
soltería, los gentiles reaccionaban al pecado del pasado y consideraban que el celibato era no sólo el estado ideal, sino además el
único plenamente espiritual. Pablo reconoce que la soltería es buena, honorable y excelente, pero no sostiene la idea de que es un
estado más espiritual ni más aceptable para Dios que el matrimonio.
3 Régimen familiar que prohíbe la pluralidad de esposas.
4 La palabra usada por Pablo, gr. PORNEIA, de donde viene “pornográfico”, es muy amplia y se refiere a lo corrompido en el campo

sexual y a relaciones sexuales ilícitas.


64

cualquier cosa femenina. El gran cultivo de la vida del cuerpo producía, por reacción, que quienes ponían
énfasis en la actividad del pensamiento llegaran a despreciar el cuerpo como la parte más baja del ser huma-
no. Todavía queda en nuestra cultura un resabio de [P. 105] esa actitud griega. Es lógico suponer, entonces,
que algunos creyentes corintios creían que estaban pecando si disfrutaban del placer del matrimonio, y pre-
guntaron a Pablo qué debían hacer.
Si la pregunta era, como imaginamos, qué se podía hacer, la respuesta paulina era qué se debía hacer. La
relación conyugal no es opción sino deber, algo que se debe al otro y no se puede dejar de “pagar”. Este es
uno de los casos en que este capítulo ha influido en la legislación moderna, que suele hablar del “deber con-
yugal”.5
Notemos que la forma de ver la relación marital no es la satisfacción de un deseo propio, sino la forma de
satisfacer el deseo del otro. A muchos tal vez no les cause placer pagar una deuda,6 y en general el que recibe
el dinero se alegra; de la misma manera, asegurémonos que el cónyuge se alegre porque estamos pagándole
una deuda permanente que contraímos en el momento en que nos casamos.7 El matrimonio es una deuda
cotidiana de afecto, que tiene una clara via para manifestarse: la relación sexual.
La reciprocidad del vínculo se manifiesta en los versículos siguientes. ¿Quién es el dueño de su propio
cuerpo? La respuesta parece sencilla: cada uno hace con su cuerpo lo que quiera, siempre que sea en la vo-
luntad de Dios. No es así, dice Pablo, cuando se trata de personas casadas. Cuando alguien contrae matrimo-
nio, está diciendo al otro: “Te regalo este cuerpo; úsalo como to propiedad, pues eso es.” Y así es tanto para el
hombre como para la mujer.
Tal “potestad” tiene sus límites. Aunque es aplicado en forma restringida, el v. 5 nos da la pauta a seguir.
Hay derecho a negar al otro el uso de tal “propiedad” cuando ambos se han puesto de acuerdo. Se dan varias
normas claras para la interrupción de esa relación. Primero, que sea “de mutuo consentimiento”; segundo,
que sea para un fin específico y superior, “la oración”; tercero, que sea por un tiempo limitado.
Cuando la primera indicación es la del mutuo acuerdo, nos damos cuenta sus amplios alcances. Volvien-
do al ejemplo de la deuda, podríamos decir que toda deuda debe pagarse en el plazo establecido, salvo que,
por un acuerdo surgido del amor que tiene el acreedor al deudor, se postergue o perdone. Si uno de los cón-
yuges está enfermo o en un mal estado anímico por razones lógicas, ni siquiera habrá necesidad de tomar
una [P. 106] decisión: ambos cederán el “cobro de la deuda” hasta que estén bien físicamente.
Pero no olvidemos que Pablo menciona una razón específica: “para ocuparos sosegadamente en la ora-
ción”. Podemos compararlo al ayuno, que significa privarse de algo placentero para concentrar los pensa-
mientos y sentimientos en la comunión con Dios.
La última parte de las recomendaciones sobre este punto se refiere a que hay motivos bíblicos para no
prolongar la abstinencia sexual. Satanás está vigilando y puede aprovechar esos momentos—como los de un
ayuno; y lo hizo con el mismo Jesús—para tentarnos.
Como puente al tema que sigue, Pablo habla “por vía de concesión, no por mandamiento.” “Concesión”
no es la mejor traducción del griego SUNGNOME, que significa “pensar lo mismo que otra persona, tener
opinión en común, tener una misma mente.” Cuando Pablo aclara “esto lo digo”, se refiere a lo que ha dicho
sobre el matrimonio. Pablo era consciente de lo bueno que era ser soltero y célibe, pero también tenía con-
ciencia de los privilegios y responsabilidades del matrimonio. Sus comentarios no eran un mandamiento para
que todos los creyentes se casaran. El matrimonio fue instituido por Dios, es la norma para la relación hom-
bre-mujer, y es una gran bendición para la humanidad, pero no es un requisito para todos. Lo que él trataba
de comunicar era que si uno era soltero, estaba bien; si uno estaba casado o se casaba, había que permanecer
casado y continuar con las relaciones matrimoniales normales.8

5 La idea ha sido llevada al extremo de declarar como causa de nulidad lo que se llama “matrimonio no consumado”, pero esto
parece ir más allá del sentido del texto.
6 Aunque el cristiano se siente bien cuando lo hace.
7 Aunque se refiera a un contexto más amplio, viene a la mente otro versículo: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a

otros” (Ro. 13:8).


8 La idea de “por vía de concesión, no por mandamiento,” también se ha explicado de la siguiente manera: A menudo, para contes-

tar preguntas e inquietudes de los corintios, Pablo empleaba mandamientos del Señor o la Escritura misma. En otras oportunidades,
Pablo daba su propia opinión. Para nosotros, todo forma parte de la Escritura y es principio bíblico. “Concesión,” entonces, sería
“permiso” con la idea del derecho a opinar sin que haya un principio ya escrito. También es digna de mencionar la posición que
explica el comentarista Godet del siglo XIX. “… las palabras del v. 6 sólo pueden referirse a la idea esencial del pasaje, como se
mencionó en el v. 2 y como se mencionaría otra vez en el v. 7: el deber general del matrimonio. Los vv. 3–5 sólo han sido una acla-
65

En cuanto al v. 7, el apóstol dice que “quisiera más bien” o sea que “preferiría” que todos sean como él.
¿Quiere decir que sean solteros? Algunos piensan que Pablo era viudo (sobre todo por su posible pertenencia
al Sanedrín,9 lo que no es afirmado categóricamente en ninguna parte), [P. 107] pero es más probable que
nunca se haya casado. El sentía que ésa era la voluntad de Dios y tenía el don de continencia necesario para
permanecer soltero. Según el v. 9, “cada uno tiene su propio don de Dios”. A algunos, como a él, Dios le dio
el de continencia, que le permitió viajar continuamente sin tropiezos físicos, sociales o espirituales. A otros les
dio el don del matrimonio. Lo importante no es una cosa u otra, sino saber cuál es el don que Dios nos ha
dado.
El sello de la grandeza divina ha sido impuesto al matrimonio. Hombres y mujeres pueden repetir la glo-
riosa experiencia del encuentro de Adán y Eva y repetir la frase ingeniosa de Mark Twain—aunque era in-
crédulo—que, al fin de su imaginativo diario de nuestro primer padre, escribe: “Donde ella estuvo, estuvo el
paraíso.”
b. Solteros y viudas (7:8, 9)
8Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo; 9pero si no tienen don de
continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando.
Pablo dedica algunas líneas a otros dos estados civiles: la soltería y la viudez. En razón de que los hombres
tienen vidas más breves que las mujeres, la cantidad de mujeres viudas es grande. Las damas que habían per-
dido su compañero solían encontrarse en situación difícil, por no tener fuentes de recursos.10 “Solteros” pue-
de referirse a todo el que, en ese momento, no está casado. En aquel momento no había muchas jóvenes en
ese estado.
Pablo no nos dice por qué opina que es “bueno” que los solteros y viudos quedaran como él, o sea sin ca-
sarse. En 1 Ti. 5:9–16 el apóstol aconseja a su discípulo sobre la forma de atender a esas mujeres en la iglesia,
reconociendo que su situación social y psicológica produce problemas. Dice que debe atenderse a las mayo-
res de sesenta años, pero no a las “más jóvenes”, sobre las que dice: “Quiero … que se casen, críen hijos, go-
biernen su casa; que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia.” Esto nos demuestra que había
problemas que eran comunes en todas partes, así como que alguno sería específico de Corinto, por lo cual
Pablo aconsejaba otra cosa en esta segunda carta. Si hubiera entrado en detalles, con facilidad hubiera podido
rozar alguna sensibilidad.
[P. 108] También encontramos aquí que todo depende del don que Dios ha dado a cada uno. Si no le dio
el de continencia, que utilice el de buena esposa.11 La expresión “Mejor es casarse que estarse quemando”, tal
vez fuera otro proverbio común, o quizá apela a una imagen habitual en la literatura clásica. Por ejemplo, en
la “Eneida”, poema de Virgilio,12 la reina Dido dice al ver al protagonista: “Siento arder la antigua llama”. El
se fue sin casarse y ella se suicidó arrojándose a una hoguera. Sin duda, es un ejemplo extremo de lo que Pa-
blo tenía en mente.
Hay diversas formas en que se aplica la idea de “estarse quemando”. La más lógica es la de la tensión con-
tinua e íntima de una permanente lucha contra la tentación. Junto con ello, va la presión social de quienes
continuamente insinúan: “Tienes que casarte”, “No puedes estar sola (o solo)”, etc.
Estos consejos paulinos son una advertencia para el autoanálisis y la seguridad de estar cumpliendo sin
apresuramientos la voluntad de Dios.
c. La posibilidad del divorcio (7:10–16)

ración con la intención de mantener la idea y práctica del matrimonio en estado normal. El apóstol ahora vuelve al pensamiento
principal: ‘Al hablar como lo hago, ni por un momento trato de darles un mandamiento apostólico para que se casen. Les doy un
simple consejo fundamentado en el conocimiento que tengo de vuestras debilidades.’ ”
9 Para ser parte del Sanedrín, era preciso que el hombre fuera casado.
10 A las viudas se las menciona a menudo en el Nuevo Testamento, comenzando con el episodio de Hch. 6 que produjo el primer

problema interno en la iglesia.


11 A pesar de que la versión R.V. habla de “don de continencia” (v. 9), lo más probable es que en la expresión haya sido insertada la

misma idea del v. 7, donde efectivamente se encuentra el griego CARISMA, un don de gracia, un beneficio inmerecido. Cuando R.
V. traduce “don de continencia” (v. 9), en el griego aparece EGRATEUOMAI, dominio propio, y la BLA traduce: “Pero si carecen de
dominio propio …” Por lo tanto, al hablar de don es más apropiado hablar de don de soltería. En nuestra sociedad hay muchos que
no se han casado y no tienen el don de soltería, pero tienen dominio propio. Lo que Pablo está diciendo es para los que han recibido
el don de soltería: “No cedan a las presiones sociales de casarse si Dios les ha dado el don de soltería.”
12 Poeta Latino, 70–19 (A.C.).
66

10Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del
marido; 11y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su
mujer. 12Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella con-
siente en vivir con él, no la abandone. 13Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en
vivir con ella, no lo abandone. 14Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula
en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos. 15Pero si el
incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso,
sino que a paz nos llamó Dios. 16Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si [P. 109] quizá harás salvo a tu marido?
¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?
Este es uno de los dos pasajes neotestamentarios que habla del divorcio,13 uno de los grandes debates de
esta hora. Sin una adecuada apreciación del trasfondo, se hacen frecuentes las distorsiones o deducciones
forzadas.
Pablo está contestando “a las cosas que me escribisteis” (v. 1a). Son casos bien concretos, que natural-
mente pueden repetirse a través de la historia de la iglesia.
Esos casos incluyen, por ejemplo, el de una mujer casada que se convierte a Cristo, y no así su marido:
¿Debe seguir cohabitando con un incrédulo o eso perjudica su fidelidad a Dios? Después del ejemplo de una
mujer en tal situación, se plantea lo que ocurre cuando se trata del hombre. Otro caso es el de una separación
ya producida.
Cuando Pablo comienza a tratar el tema, pone como autoridad una frase que provoca interrogantes. ¿Qué
quiere decir: “Mando, no yo, sino el Señor” (v. 10a), así como dice después “Yo digo, no el Señor” (v. 12a)?14
El primer caso probablemente se refiera al ya citado de Mt. 19 ó 5:32, cuando Jesús habló sobre la separación
conyugal; en esa ocasión, el Maestro se refirió al principio general de la indeseabilidad del divorcio. Sin em-
bargo, en Corinto se habían producido casos concretos donde no era simple aplicar lo establecido por Cris-
to15 y entonces el apóstol desarrolla lo que había sido declarado por el Señor. Si creemos que “toda la Escritu-
ra es inspirada por Dios” (2 Ti. 3:16), tendríamos que decir que la primera vez (v. 10a) nos habló por su Hijo
y la segunda (v. 12a) por su Espíritu a través de Pablo. La diferencia sería de situación o etapa histórica, y no
de diferente valor doctrinal o de grados de revelación. En realidad, no tenemos en ninguno de los Evangelios
palabras exactas de Jesús tal como Pablo le adjudica.16 No olvidemos que, cuando fue escrita la carta a los
corintios, aún no existían los Evangelios y hasta donde sepamos, los dichos de Jesús se transmitían en forma
oral.
[P. 110] Este precepto del Señor,17 tenía dos partes: cuando la mujer no se había separado y cuando ya lo
había hecho. En realidad, el segundo caso implica una violación del primero. De ninguna manera Pablo re-
comienda la separación, pero tampoco asume una actitud tremendista cuando ha ocurrido. Era posible que
algún creyente—al parecer, una mujer—se hubiera apresurado a alejarse de su cónyuge por la presión de las
circunstancias, por la violencia, por posible peligro para los hijos, o porque pensaba que el celibato equivalía
a una vida más santa.
Por un lado, era posible que a una mujer cristiana se le hubiera hecho insoportable la vida con un esposo
incrédulo, sea porque éste la maltratara, la vejara por su fe o—caso extremo—pretendiera volverla a una
vida de pecado que ella había abandonado. Una situación intermedia podía ser cuando la práctica de la vida
cristiana se hacía difícil por la hostilidad del cónyuge o porque su conducta inmoral perjudicaba en exceso
su testimonio.18 Sin embargo, muchos estudiosos se inclinan a ver una postura más bien doctrinal, teniendo
en cuenta la primera parte del capítulo. Podía ocurrir que un hombre—y por lo visto, más aún una mujer—
considerara que un vínculo tan estrecho, en el que las relaciones son tan íntimas, no podía continuarse como
antes. Quizá algunos pensaran que la relación sexual era algo pecaminoso.
Por otra parte es posible que haya una diferencia entre la situación detrás de las frases “no se separe”19 y
“no abandone”.20 El primer caso se refiere posiblemente a lo que hoy llamaríamos divorcio legal, disolución
13 El otro es Mt. 19:1–10 y paralelos.
14 A simple vista, parecería que la segunda vez no tiene el respaldo de la palabra divina, lo que crearía un conflicto no sólo en
cuanto al valor de tal precepto, sino también de si hay diferentes niveles de autoridad en las Escrituras.
15 Por ejemplo, cuando la separación ya había sucedido o cuando uno de los cónyuges era incrédulo.
16 Lo mismo ocurre en Hch. 20:35, pues no sabemos cuándo nuestro Señor haya dicho: “Más bienaventurado es dar que recibir”.
17 vv. 10–11.
18 Esto es quizá lo más frecuente hoy.
19 Mt. 19:6; Neh. 9:2.
20 La idea en el griego es echar de la casa, y podía equivaler a divorcio.
67

del vínculo en forma definitiva; en el segundo habría un alejamiento del techo conyugal, que podría ser re-
parado.
Pareciera que en los casos del v. 11 (“si se separa”) hubiera apresuramiento, por lo que Pablo reclama
prudencia en los pasos siguientes. Lo ideal es la reconciliación; si ésta no es posible—y no se discute el por-
qué—un nuevo matrimonio no es necesariamente la solución. Pablo parece condenar a la mujer que se ha
separado de su marido con la intención de unirse a otro hombre, quizá con la excusa “espiritual” de que el
segundo era creyente y el otro no.
En los vv. 13 a 15 hay un cambio, ya que aquí sí se menciona en forma específica el caso de un marido
incrédulo. De nuevo podemos plantear las posibilidades ya señaladas, o sea una situación insostenible so-
cialmente o una actitud doctrinal. Pablo no pone en cuestión la autoridad de lo que [P. 111] enseña este pasa-
je, sino que aclara que antes Dios no había dado revelación sobre este tema. Pero ahora, en vista de la situa-
ción en Corinto,21 hay para la iglesia principios claros, prácticos, y al mismo tiempo divinos.22
Pablo entonces, nos dice que él está inspirado por el Espíritu Santo para hacer una modificación al prin-
cipio general de Cristo—que fue la respuesta a la interpretación de la Ley para los judíos (no había incrédu-
los)—de acuerdo a las circunstancias.
El concepto básico es que el cristiano, como tal, no tiene motivos para dejar a su cónyuge; eso es aclarado
para ambos sexos. La condición elemental es que el otro quiera continuar el vínculo: “Si él consiente”, “si ella
consiente”. Si ése es el caso, alejarse del hogar implica un abandono del otro. En esta ocasión, el hombre es
mencionado primero.
Podemos preguntarnos qué significa que el otro consienta en vivir con él o ella. El matrimonio no es una
sociedad comercial, sino mucho más. Si el otro “consiente”, pero se niega a conversar, o no le da los recursos
que antes proveía para el techo común, o transforma la vida conjunta en un infierno (por malos tratos, inju-
rias morales o algo similar), es dudoso que Pablo coloque todo ello en tal consentimiento de seguir con el
cónyuge. “Consentir” es más que vivir en la misma casa y soportar a un cónyuge infiel, borracho, etc. Con-
sentir implica cumplir con ciertas obligaciones en la casa y en la relación en sí. Algunas guías sobre este deli-
cado problema se nos presentan en los vv. siguientes.
En primer lugar, está la posible bendición que significa para el incrédulo la presencia del cónyuge cre-
yente. “El marido incrédulo es santificado en la mujer” (v. 14a), una expresión que despierta curiosidad. El
apóstol no se refiere a que el cónyuge inconverso se salvará. En semejante caso Pablo no emplearía la palabra
“incrédulo”, y además esa idea iría contra las enseñanzas bíblicas básicas.
De hecho, el v. 16 nos demuestra que no es así, ya que allí se pregunta: “¿Qué sabes tú, oh mujer, si quizá
harás salvo a tu marido?” y repite la pregunta para el marido en relación con su esposa. La palabra “quizá”
indica que se trata sólo de una posibilidad: que el cónyuge inconverso sea alcanzado por el testimonio de su
compañero o compañera que anda en los caminos del Salvador. Son pocos los casos en que ambos reconocen
a Cristo como su Señor simultáneamente, y la palabra y la conducta de uno son decisivos en la decisión del
otro. Pedro exhorta a las esposas a estar [P. 112] sujetas a los maridos “para que también los que no creen a
la palabra, sean ganados sin palabra, por la conducta de sus espoas” (1 P. 3:1). Si una mujer abandonara a su
marido sin motivos extremos, podríamos decir que le cierra las puertas a la fe.
La cuestión radica, pues, en la palabra “santifica”,23 que es la misma que Pablo usa para describir a los
creyentes en 6:11. El cónyuge incrédulo y los hijos de un cristiano son santificados en el creyente. Esto no
implica que los hijos y el cónyuge incrédulo sean salvos automáticamente. Una posible solución está en que
aquí la palabra “santifica” no tenga un sentido plenamente espiritual, sino más bien ético y social. Si un
hombre cuenta con la bendición de una esposa fiel y amorosa—como se supone que será si ella vive como
cristiana—eso le librará de muchas tentaciones. Y será una protección pues creará un clima de santidad en el
hogar. Ese deber de esposa amorosa, fiel y sumisa a su marido es previo aun a su responsabilidad como cris-
tiana y en la iglesia local, y ha de ser su meta (1 P. 3:1–7).24

21 Situación que podemos trasladar a nuestra sociedad contemporánea.


22 En la teología de origen católico, esto se conoce como “privilegio paulino”, o sea una concesión para casos especiales cuando el
divorcio sería posible, más allá de la “fornicación”.
23 Gr. EGIASTAI, del verbo AGIAZO.
24 Cuando un cónyuge es inconverso, la relación matrimonial debe seguir aceptándose como moral y legal ante Dios. El cónyuge e

hijos son santificados a pesar de su incredulidad, apartados y aceptados como parte de ese hogar yue integra el creyente. El matri-
monio no debe deshacerse porque tal vez el creyente los pueda ganar para el Señor. Pero de ninguna manera son salvos automáti-
68

El segundo punto se refiere a los hijos (v. 14b). Ellos son las víctimas más agudas de los casos de separa-
ción. Es simple reconocer que los menores cuya madre o padre hays dejado el hogar con la excusa de su fe,
tendrán una actitud negativa en su acercamiento a Dios. La palabra traducida por “inmundos”25 es la que
viene desde el A.T. como todo aquello que está alejado de Dios, o sea lo contrario de “santo”. No se trata de
un juicio sobre los inocentes, ni tampoco declara que su salvación está asegurada por la estabilidad del
hogar, pero sí que quien tomare una decisión de abandono no puede dejar de tenor en cuenta a sus vásta-
gos.26
[P. 113] La conclusión está en el v. 15. Si un creyente se encuentra con que su cónyuge incrédulo decide
separarse (divorciarse), debe aceptar la realidad. El cristiano no tiene autoridad sobre quien no goza de la
presencia de Dios en su corazón. No declare que la situación lo hace feliz, ni le incita a tomar la iniciativa,
sino que tan sólo no se niega a poner su parte en un trámite que implica a ambos. La aplicación concreta
varía según la legislación de cada país. El motivo es doble.
En primer lugar, “no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso” (v. 15b). A
menudo cuando el cónyuge incrédulo quiere separarse, el creyente no tiene control sobre los resultados. Pa-
blo dice a los cristianos que no deben insistir en que el cónyuge se quede si éste ha determinado abandonar el
hogar. “Si el incrédulo se separa, sepárese.”
El creyente no está sujeto a servidumbre en tales casos. A los ojos de Dios, el vínculo entre marido y mujer
sólo se disuelva con la muerte (Ro. 7:2), adulterio (Mt. 19:9) y el abandono del incrédulo. Cuando el víncu-
lo27 se disuelve de algunas de esas maneras, el cristiano está en libertad para volver a casarse pues el vínculo
se ha disuelto.
En dicho caso de abandono, Dios permite el divorcio porque “a paz nos llamó Dios”. Si el marido o la
mujer incrédulos no pueden tolerar la fe del cónyuge creyente y desea separarse, es mejor que el matrimonio
se disuelve a fin de preserver la paz del creyente en Cristo. Las peleas, la confusión, la critica y la frustración
rompen la armonía y la paz que Dios desea para sus hijos. Nuevamente esto es una concesión.
La esposa no tiene seguridad de que ella guiará al marido a Cristo, y el marido no sabe con seguridad que
podrá guiar a Cristo a su esposa. Al margen de los motivos y esperanzas del cristiano, las chances de que el
cónyuge inconverso se haga cristiano son mínimas. si el inconverso permanece casado pero de mala volun-
tad, las chances son aun menores, y se asegura la falta de paz familiar.
El evangelismo no es causa suficiente para permanecer en el matrimonio, especialmente si el cónyuge in-
crédulo quiere separarse.

LLAMADOS A LA PAZ (7:15)


1. Es la voluntad de Dios para los creyentes.
2. Nos llamó para vivir en ella.
3. Comienza por nuestra relación con él, sigue en nuestra
vida interior y se muestra especialmente en el hogar.

d. [P. 114] Algunos principios generales (7:17–24)


17Pero cada uno como el Señor le repartió, y como Dios llamó a cada uno, así haga; esto ordeno en todas
las iglesias. 18¿Fue llamado alguno siendo circunciso? Quédese circunciso. ¿Fue llamado alguno siendo incir-
cunciso? No se circuncide. 19La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los manda-
mientos de Dios. 20Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede. 21¿Fuiste llamado siendo escla-
vo? No te dé cuidado; pero también, si puedes hacerte libre, procúralo más. 22Porque el que en el Señor fue
llamado siendo esclavo, liberto es del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo.

camente, aunque la salvación es una posibilidad. Para ser salvos, tanto el cónyuge incrédulo como también los hijos que ya entien-
den las cosas de Dios deben aceptar a Cristo por la fe.
25 Gr. AKATHARTA, lo que no está limpio.
26 El cristiano no debe temer quo sus hijos serán “inmundos” porque uno de los padres sea incrédulo. Dios promete lo contrario.

Serían “inmundos” si ambos progenitores no fueran creyentes. Pero el Señor garantiza que la presencia de un padre creyente pro-
tegerá a los hijos. No quo la salvación esté asegurada, sino quo están protegidos de daño espiritual indebido y así recibirán bendi-
ción espiritual. Y porque comparten los beneficios espirituales del padre o madre creyente, son santos. a menudo el testimonio de
un padre creyente es eficaz porque el hijo ve el claro contraste con la vida del padre incrédulo, y eso to lleva a la salvación.
27 En el original ese vínculo es lo que da la idea de ester sujeto a servidumbre en la versión R.V.
69

23Porprecio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres. 24Cada uno, hermanos, en el estado en
que fue llamado, así permanezca para con Dios.
Estos versículos representan un paréntesis en el tratamiento de los temas relativos al matrimonio y la fa-
milia. Sin embargo, es posible que Pablo continúe contestando las preguntas que le fueron formuladas por los
corintios (7:1)—tal vez éstas también se desviaban a otros temas, como la necesidad o no de circuncidarse y
la situación de los esclavos que se convertían. Eran temas acuciantes de aquella hora y merecían una palabra.
Además, si bien no se refieren a la vida conyugal y sus derivaciones, sus principios básicos resultan ilustrati-
vos para ella y por eso el apóstol puede retomarlos cómodamente a partir del v. 25.
Dado el carácter genérico de estos principios, Pablo les indica que tal enseñanza es la que él imparte “en
todas las iglesias” (v. 17b). Existía el peligro de que algunos corintios opinaran que Pablo asumía una actitud
presionado por las circunstancias, por los informes que recibía, o que realmente no estaba bien informado de
lo que pasaba en Corinto. Con esta aclaración demuestra que sólo se basa en aquello que Dios le ha indicado
para todos los creyentes. Antes de buscar solución a hechos circunstanciales es aconsejable apelar a los prin-
cipios bíblicos universales que gobiernan el caso.
Lo que Pablo decía en todas las iglesias era doble. En primer lugar, cada uno debía hacer aquello que co-
rrespondía a lo que “el Señor le repartió”. En segundo lugar, “como Dios llamó a cada uno, así haga”. Pablo
daba gran importancia a este principio, ya que lo reitera otras dos veces con ligeros cambios.28

[P. 115] EL LLAMAMIENTO DE DIOS (7:17–20)


1. La vida cristiana es un llamamiento (una vocación).
2. Dios llama y el hombre responde.
3. Dios llama a hombres y mujeres en toda situación.

Cuando Pablo habla de “estado”, parecería que use adrede una palabra amplia que cubre, por ejemplo,
los dos temas que siguen—las consecuencias de su vida religiosa anterior y su status social. Según muchos
“estado” también incluye lo que acaba de tratar, o sea la situación matrimonial porque los demás problemas
ya no existen genéricamente hablando. La amplitud a que nos hemos referido hace que esa interpretación sea
atinada.29
Sin embargo, es necesario detenerse en la posible aplicación universal de “estado” cuando se trata del es-
tado civil. El apóstol ha advertido contra cambios apresurados diciendo que en cada caso deben mantenerse
en el estado que tenían al llegar a la vida cristiana, salvo para reconciliarse.
Por otra parte, Pablo no ha tratado el tema de los que llegan al Señor no estando legalmente casados, lo
cual exige una discusión amplia, pero nos limitaremos a la aplicación de este principio. Aquí no se trata de la
salvación del individuo sino a qué hacer después de la salvación. Pero, así como el separado debe reconciliar-
se si es posible, en toda otra situación el cristiano debe buscar los frutos dignos de arrepentimiento (Lc. 3:8).
Si “el estado en que fue llamado” es de adulterio, lógicamente eso debe terminar. En el Africa se discute qué
hacer con quien está legalmente casado con varias mujeres, y las iglesias asumen posiciones diferentes.
Cuando hay una persona no legalmente casada, pero unida conyugalmente a otra, habrá que poner orden en
la situación. Si no es posible solucionarlo todo, habrá que arreglar todo lo que sea factible, como reconoci-
miento de hijos, titularidad de bienes, etc. La cuestión radica en que, a partir del estado en que Dios nos lla-
mó dentro de la sociedad en que vivimos, hay que conformer la vida a los principios bíblicos hasta donde sea
posible.
[P. 116] La circuncisión (v. 18) es un ejemplo, o una respuesta a determinada situación. A Corinto, como
a tantos otros lugares, habían llegado judaizantes que enseñaban que había que cumplir la ley de Moisés, de
lo cual la circuncisión era el símbolo clásico. La interpretación debe hacerse en un plano espiritual, pues

28 En vez de “haga” (mejor sería “ande”) dice “permanezca” (7:20, 24). Además es más preciso al decir que debe andar o perma-
necer “en el estado en que fue llamado”, o sea tal como se encontraba cuando Dios le llamó a formar parte de su reino.
29 Otros opinan que se refiere a las condiciones naturales de cada uno y a la vida que ocupa en la sociedad. Por ejemplo, no hay

necesidad de cambiar de trabajo o de vocación, pues Dios puede usar a un hijo suyo en cualquier lugar. Por cierto que esto no
puede aplicarse sin limitaciones. El que tenga una profesión indigna, como narcotraficante o explotador de mujeres (para poner
casos extremos), por supuesto debe cambiarla; es natural que eso no es algo que “el Señor le repartió” (v. 17a).
70

aparentemente no es posible que una persona vuelva al estado previo a su circuncisión.30 Pablo va al fondo
del asunto en el v. 19, cuando declara que la circuncisión o la falta de ella carecen de valor en sí mismas; lo
importante es “guardar los mandamientos de Dios”. Esto en realidad condena las ceremonias externas que
esperan ganar el favor de Dios. La pregunta esencial es sobre lo interno, sobre lo íntimo del corazón, si la
persona está guardando o no los mandamientos de Dios.

EL VERDADERO CRISTIANO
1. No es el que cumple con ciertas ceremonias.
2. Es el que ha sido llamado por Dios y ha respondido.
3. Es el que guarda sus mandamientos (sigue una conducta
adecuada a esa fe).

Después de repetir el principio general (v. 20),31 Pablo pasa a la cuestión de la esclavitud. Pablo no orde-
na a los amos que liberen a los esclavos, lo cual hubiera producido un caos social.32 Cambios tan radicales [P.
117] históricamente han exigido pasos graduales, y aun cuando así se ha hecho, las consecuencias han sido
traumáticas—como en el Brasil, donde produjo la caída de la monarquía, o en los Estados Unidos, donde lle-
vó a la guerra civil más cruenta del siglo XIX.
Cuando Pablo recomienda: “No te dé cuidado” (v. 21), no está diciendo que hay que olvidarse del tema.33
Al contrario, se apresura a decir que debe hacer todo lo posible (“procúralo más”) por alcanzar la libertad.
La expresión denota que debe haber un esfuerzo dentro de lo legal. No incita a la huida o la rebelión. Pero
había medios legítimos, como la manumisión o la redención.34 En el Imperio Romano la cantidad de libertos
era elevada.35 Toda persona con dignidad, y eso es lo que debe ser un cristiano, ha de esforzarse por mejorar
su situación y lograr la posición que le otorga su condición de ser creado a la imagen de Dios. Por extensión,
lo que Pablo recomienda a los esclavos puede aplicarse a los grupos que hoy están sumergidos socialmente. Si
aquí podemos incluir el derecho de huelga o cosas parecidas, es cuestión de conciencia.
La importancia que el apóstol daba a ese consejo se demuestra al mencionarlo antes de lo fundamental:
que al fin de cuentas, en Cristo todos somos libres o más exactamente libertos, ex esclavos del pecado com-
prados “por precio”—o sea con su sangre. Hay un interesante juego de palabras: el que fue llamado siendo
esclavo, ahora es liberto del Señor; el que fue llamado siendo libre, ahora es esclavo del Señor (v. 22). Pero
todos somos iguales, ya que todos hemos sido comprados por el mismo precio de redención. En consecuencia,
nadie debe permitir que otros to esclavicen. Esto no se refiere a dejarse vender en el mercado, sino a dejarse
manejar en las decisiones que uno tiene derecho a tomar por sí mismo.36
Y vuelve a repetir el principio general sobre la permanencia en el estado en que el Señor encontró a cada
uno (v. 24) o sea a no desesperar si nos ha dado una posición que nos parece menor, sino a esforzarnos por
superarla.
e. [P. 118] Virgenes y solteros en general (7:25–38)

30 Sin embargo, había posibilidad de revertir el proceso. En el mundo romano, la circuncisión significaba vergüenza. De acuerdo a

los macabeos, algunos hombres judíos se hicieron “incircuncisos”. El historiador Josefo relata que durante el dominio griego en el
Mediterráneo oriental varios siglos antes de Cristo, algunos hombrees judíos que deseaban ser aceptados en la sociedad griega se
sometían a una operación quirúrgica para aparentar que no se habían circuncidado cuando se bañaban en los baños públicos o
asistían a los gimnasios. Literalmente, por medio de la cirugía se volvían incircuncisos. La práctica se esparció a tal punto que la
literatura rabínica mencionaba el tema en forma específica. Y tal vez algunos cristianos judíos pensaban que ésa era una manera
de demostrar que habían terminado con el judaísmo. Por otra parte, la idea también podía ser menos literal en Pablo. Al hacerse
cristianos, los judíos no debían abandonar toda su herencia judía a fin de parecer gentiles. Muchas creencias religiosas debían
cambiar, pero no la identidad racial o cultural. Lo mismo se aplicaba a los gentiles que se hacían cristianos, en el sentido que no
tenían que hacerse como judios.
31 “Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede.”
32 La epístola a Filemón trata sobre el esclavo Onésimo que había huido de su amo, ambos cristianos. Pablo insta a perdonar a Oné-

simo, no sólo como esclavo sino también como “hermano amado” (v. 16). Incluso Ef. 6:5–8 ordena a alos esclavos a ser obedientes
a sus amor (ver Col. 3:23).
33 La idea es no preocuparse ni angustiarse, sino conformarse con el estado en que está.
34 En la manumisión, el dueño liberaba al esclavo por gracia. En la redención, el precio era pagado por un tercero o la suma nece-

saria era ahorrada por el esclavo mismo.


35 Quienes han obtenido la libertad después de haber sido esclavos.
36 Otra posible interpretación es que al haber sido comprados por la sangre de Cristo en el mercado del pecado, no debemos some-

ternos a la esclavitud espiritual del legalismo, la carne y el mundo—precisamente la clase de esclavitud de los creyentes en Corinto.
71

25En cuanto a las vírgenes no tengo mandamiento del Señor; mas doy mi parecer, como quien ha alcan-
zado misericordia del Señor para ser fiel. 26Tengo, pues, esto por bueno a causa de la necesidad que apremia;
que hará bien el hombre en quedarse como está. 27¿Estás ligado a mujer? No procures soltarte. ¿Estás libre de
mujer? No procures casarte. 28Mas también si te casas, no pecas; y si la doncella se casa, no peca; pero los
tales tendrán aflicción de la carne, y yo os la quisiera evitar. 29Pero esto digo, hermanos: que el tiempo es cor-
to; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; 30y los que lloran, como si no llorasen; y
los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; 31y los que disfrutan de
este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa. 32Quisiera, pues, que es-
tuvieseis sin congoja. El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; 33pero el ca-
sado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer. 34Hay asimismo diferencia entre la
casada y la doncella. La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en
espíritu; pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. 35Esto lo digo
para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os
acerquéis al Señor. 36Pero si alguno piensa que es impropio para su hija virgen que pase ya de edad, y es ne-
cesario que así sea, haga lo que quiera, no peca; que se case. 37Pero el que está firme en su corazón, sin tener
necesidad, sino que es dueño de su propia voluntad, y ha resuelto en su corazón guardar a su hija virgen,
bien hace. 38De manera que el que la da en casamiento hace bien, y el que no la da en casamiento, hace me-
jor.
Al volver a los temas que le han sido consultados (7:1), Pablo trata más o menos simultáneamente una se-
rie de situaciones. Sin embargo no siempre to hace en forma sistemática, lo que a veces hace difícil distinguir
cuándo ha cambiado de problema. Algunas de esas cuestiones son: una pregunta suscitada por jóvenes “vír-
genes”; la conveniencia o no de que los solteros se casen; los deberes de los casados para con sus cónyuges; la
actitud del padre de una joven virgen que avanzaba en edad. Según algunos, la última cuestión era la base de
todo lo demás, pues el apóstol aprovecharía el punto para enseñanzas más amplias.
[P. 119] La referencia inicial a “vírgenes” (v. 25a) y la reaparición de la palabra en el v. 36, así como el
no analizar detalladamente el asunto al principio, indica que se trata de una misma cosa.37
Es importante la frase “a causa de la necesidad que apremia” (v. 26). Esta es la razón en la que se funda
el apóstol para dar sus consejos.38
¿Qué tenía el mente en autor? Algunos piensan en un conocimiento que Dios le habría dado de que se
acercaba un tiempo de persecución y dispersión de la iglesia. De hecho, Nerón era entonces el emperador en
Roma,39 y unos diez años después que Pablo escribió esta carta comenzó bajo Nerón la persecución de los
cristianos con una tortura refinada hasta ser un arte diabólico.40
Podía haber muchas razones que hicieran difíciles aquellos tiempos y que, en cousecuencia, no fuera re-
comendable formar un hogar. El consejo de un fiel siervo de Dios (v. 25b) siempre será de provecho, sobre
todo cuando, como Pablo reconoce en este caso, no hay un mandamiento específico del Señor (v. 25a). Si
aquella era una época de profunda crisis económica o de serias tensiones sociales, toda advertencia sería útil
y apremiante. Algo puede advertirse leyendo los vv. 30 y 31, cuando Pablo comienza hablando de “los que
lloran”, así como menciona a “los que compran”.
Parecería que la pregunta no había sido suscitada por una doncella (aunque Pablo comience mencionán-
dolas en 25a) ya que luego se dirige a los hombres (27, 28a). La cuestión puede haber sido algo así como:
“Tengo novia, y ella se ha mantenido casta para mí. ¿Debo casarme con ella ahora?” La respuesta paulina
puede parafrasearse de este modo: “Teniendo en cuenta las actuales condiciones difíciles, no es el momento
adecuado.”
[P. 120] Las aplicaciones no deben ser extremas. Tal vez Pablo sabía que había motivos para una nueva
advertencia: “¿Estás ligado a mujer? No procures soltarte” (v. 27a).41

37 Podemos también imaginar que la primera vez era una cuestión suscitada por las mismas jóvenes.
38 La V.P. en forma similar a otras traducciones modernas, dice: “por causa de los tiempos difíciles en que vivimos”. Los otros moti-
vos que da para permanecer soltero son: los problemas de la carne (v. 28), la brevedad del tiempo (vv. 29–31), las preocupaciones
del matrimonio (vv. 32–35), las promesas de los padres (vv. 36–38), la permanencia del matrimonio (vv. 35–40).
39 De acuerdo a algunos autores es posible que ya hubiera un ambiente hostil cuyo desenlace era imprevisible.
40 Y si la persecución es difícil para alguien soltero, los problemas y el dolor se multiplican para el casado. Si Pablo hubiera sido

casado, su sufrimiento hubiera sido mayor al preocuparse por su familia y saber que ellos se preocuparían por él. Hubieran sufrido
cada vez que era azotado, apedreado o encarcelado, y constantemente hubieran temido por su vida.
41 “No la abandones” (V.P.)
72

Lo importante es entender que “si te casas, no pecas” (v. 28a). Lo anterior es una orientación, un consejo,
pero no un mandamiento. Nunca es pecado casarse, pero en algunas circunstancias puede ser una impru-
dencia. Por si la duda surgiera del lado femenino, el apóstol también menciona a la “doncella” (v. 28). Pero
advierte a ambos que “tendrán aflicción de la came”, es decir en aspectos no espirituales. No dice que tal
aflicción será sólo por el hecho de casarse, sino debido a las necesidades de esos tiempos difíciles.42 Hoy sigue
siendo necesario dar ese tipo de consejos. Muchas parejas se casan sin tener lo elemental, o descontando que
basta decir “Contigo pan y cebolla”—lo que lamentablemente no es cierto. Llegan los hijos y, junto con la
alegría que siempre traen, surgen nuevos problemas, motivos de rozamiento y tensiones que ponen en peli-
gro el matrimonio.
Quizá el apóstol sintió que estaba siendo duro en un tema tan sensible y por eso aclara que su intención
es sólo evitarles aflicciones, sin imponerles su criterio.

COMO LLEVAR LAS AFLICCIONES


1. Reconocer las circunstancias reales.
2. No decidir apresuradamente cuestiones vitales.
3. Procurar el consejo de fieles obreros del Señor.
4. Hacerlo todo “en el Señor” (39)

A todo lo antedicho, Pablo agrega un argumento: “El tiempo es corto” (v. 29a).43 El concepto es como si el
tiempo se hubiera acortado y comprimido. Era así a tal extremo que afectaba todos los aspectos de la vida: las
cosas felices y las tristes, el matrimonio y los negocios (7:29–30).
Sea como fuere, queda poco tiempo; al menos, la vida es corta, “la apariencia de este mundo se pasa” (v.
31)44 y debemos tomar cuidado de [P. 121] “cómo agradar al Señor” (v. 32b). De esa meta pueden alejarnos
las cosas malas, pero también las buenas y las inevitables. El cuadro que sigue ofrece ejemplos.

LO QUE PUEDE ALEJAR DE DIOS (7:29–31)


1. Un matrimonio feliz, encerrado en sí mismo.
2. Los motivos de duelo y dolor.
3. Los motivos de alegría.
4. Los negocios y afanes de trabajo.
5. Las cosas placenteras que nos da el mundo.

¿Qué queda después de lo antedicho y de pensar en la brevedad de nuestro tiempo? Cuando Pablo exhor-
ta que “los que tienen esposa (deben comportarse) como si no la tuvieran”, por cierto no quiere decir que
deben ser descorteses, despreocupados y menos aún que deben abandonarlas. A lo largo del capítulo ha de-
mostrado que no es así, e inclusive que no deben negarse a los aspectos más intimos (v. 5). Más adelante,
indica que lo lógico es que el hombre casado se preocupe de “cómo agradar a su mujer” (v. 33).
Sin embargo, fácilmente podemos ir al otro extremo. Hoy es frecuente la literatura y la enseñanza incli-
nada a descuidar los deberes ante Dios en nombre de los deberes a la esposa o la familia en general. Es pro-
bable que Pablo hubiera observado cómo muchos buenos maridos y espoas habían estado tan estrechamente
unidos a su cónyuge que la separación—transitoria o definitiva—daba lugar a celos, inquietudes, desazones
excesivas y aun duelo permanente que anulaba toda posibilidad de servir a Dios retomando una vida normal.
Aunque lo sabemos, nos cuesta hacernos a la idea de que nuestro matrimonio tendrá necesariamente un fin,
y jamás estaremos plenamente preparados para ello. Es reconfortante ser cristiano y confiar en un reencuen-
tro en el cielo, pero es natural que la hora de la separación llegue a ser trágica. Algo hay en las advertencias

42 Otra posible interpretación es que “aflicción de la carne” se refiera a los problemas naturales en la pareja casada, ya que los
problemas de los tiempos difíciles son tanto para el soltero como para el casado.
43 “Nos queda poco tiempo” (V.P.).
44 Ver Stg. 4:14.
73

paulinas como si nos dijera: “El tiempo de la hermosa experiencia del matrimonio tiene un límite. No organi-
cemos la vida como si no fuera así”.
Las dos indicaciones siguientes son más generales (v. 30). “Los que lloran” y “los que se alegran” también
deben comprender que los motivos que han provocado el llanto o la felicidad son pasajeros. No nos apegue-
mos en extremo a ninguna de ambas circunstancias. Tengamos tranquilidad y equilibrio en nuestras expre-
siones externas e íntimas en la hora del dolor o del triunfo. Por respeto a los demás, no nos excedamos en la
demostración de nuestra alegría, que otros no sienten [P. 122] y quizá por razones de más peso. De la misma
manera, tratemos de no excedernos en la expresión de nuestras duelo, reclamando que el mundo gire alrede-
dor de nuestras aflicciones. Estas admoniciones son hechas a los que están en una u otra situación; a los que
estamos alrededor, la Palabra divina nos dice: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Ro.
12:15).
Finalmente, y ya con más conciencia de la brevedad de la vida, se nos advierte que no pongamos nuestro
cuidado ni en los aspectos económicos (v. 31c) ni en los placenteros (v. 32a). Esta exhortación es más fácil de
entender que de aplicar. Aun entre los cristianos el éxito y el valor de la vida se miden por los recursos eco-
nómicos o por las cosas que se pueden disfrutar. Sin embargo, los avaros figuran entre los que no entrarán al
reino de los cielos (6:10).45
De alguna forma, hemos vuelto a los conceptos de vida que gobernaban la cultura de aquella época, y
muy particulatmente Corinto. Como ciudad de tránsito, gran parte de la vida social estaba estructurada alre-
dedor de negocios rápidos o placeres de una noche. Tal vez los cristianos hubieran comprendido que esas
cosas fugaces no tenían verdadero valor, pero les faltaba aprender que tampoco perduraban.

EL VERDADERO PLACER
1. No está en las cosas que pasan rápidamente.
2. No está en las cosas que pueden durar toda una vida.
3. Está en las que perduran para la eternidad.

Pablo da una razón íntima para fundamentar sus exhortaciones: su deseo es que ellos no deban padecer
congoja alguna (v. 32a). Quiere que sean felices, que gocen de lo que merece ser gozado, que no se encuen-
tren con desilusiones ni dolores evitables. La vida cristiana no tiene por qué consistir en una sucesión de
“preocupaciones” (V.P.), aunque por cierto muchas forman parte de nuestro camino: duelo, avatares econó-
micos, problemas de familia y de iglesia, ansiedad por los que se pierden, etc. Pero no hay que vivir en amar-
gura, como si eso fuera más piadoso, ni tampoco lanzarse irresponsablemente a aquello que pueda ocasionar
dolores.

[P. 123] LO QUE DESEAMOS A LOS DEMÁS (7:35)


1. Que no tengan congojas.
2. Que disfruten de lo honesto y decente (35b).
3. Que tengan libertad para estar en comunión con Dios (v.
35c).

En los vv. 32b y 34, Pablo traza un paralelo entre solteros y casados, estableciendo cuál es la diferencia de
su relación entre sí y con el Señor. Podemos leerlo como si el apóstol hubiera continuado en su estilo de man-
damientos, por ejemplo: “Casados, ya que se encuentran en ese estado, su deber es agradar a sus esposas.
Solteros, ya que no tienen una esposa a la que dedicar tiempo y cuidado, vuelquen todo eso en las cosas del
Señor”. Esto sigue el hilo del pensamiento anterior (las congojas) y quizá Pablo tenía en cuenta que podía
hacer muchas cosas que hubiera tenido que dejar si hubiera debido cuidar de una familia.
Notemos que menciona primero al varón. Hasty nuestros tiempos, el sector masculino time más tendencia
a dejarse absorber por las “cosas del mundo” que la mujer—aunque más no sea porque ella afronta las car-
gas de la maternidad. No se trata sólo de que uno u otro deban luchar por el sostén del hogar, sino por el
interés que se pone en temas como la política, el deporte u otros aspectos de la vida. Esas cuestiones sociales
son importantes, y Pablo no dice que Sean malas. Lo que insinúa es que la primera razón para ocuparse de
45 Recordemos también la parábola del necio que acumuló riquezas (Lc. 12:20).
74

ellas es su interés en “cómo agradar a su mujer” (v. 33b). Buena parte de lo que hace un hombre casado debe
tener esa meta. Por otro lado, habrá alegría en compartir otro cúmulo de cosas, aunque es muy posible que
un matrimonio tenga diferencia en gustos, inclinaciones, etc.—lo cual no es un problema mientras no per-
turbe la base principal de haber aprendido a gozar juntos no sólo de la vida matrimonial, sino también de lo
que les rodea.
Las “cosas del mundo” (v. 33) no son las mundanales (placeres, diversiones, caminos errados), sino las
que forman parte de las circunstancias que nos toca vivir.46 Un hombre debe salir a trabajar. Puede hacerlo
porque le gusta, porque es útil a la sociedad, o porque no tiene más remedio, pero Dios le da la oportunidad
de una motivación elevada: “agradar a su mujer”. Si al mismo tiempo se agrada a sí mismo, mejor aún, pero
debe sentirse feliz de que lo sea la persona que más ama en la vida.
[P. 124] Volviendo al v. 32b, Pablo declara que “el soltero tiene cuidado de las cosas del Señor”. Esto no es
una promoción del celibato, sino la declaración de lo que debería suceder porque tiene más tiempo disponi-
ble. Por ejemplo, quienes aún no tienen la responsabilidad de atender una familia, a menudo no se dan cuen-
ta de cuánto cambia cuando uno se casa y debe cuidar de su esposa y luego de sus hijos, y atender cuestiones
sociales, enfermedades, cuestiones familiares o de vivienda, etc. El soltero que no se ocupa de las cosas del
Señor está perdiendo una oportunidad que no volverá.
Y entonces pasa a decir lo mismo en cuanto al sector femenino, donde “hay asimismo diferencia” (v. 34a)
entre casadas y solteras. En la Versión Reina-Valera, el texto es más corto que el de la mayoría de las traduc-
ciones más modernas, que se basan en mejores manuscritos, como por ejemplo, “y sus intereses están dividi-
dos (los del casado). Y la mujer que no está casada y la doncella se preocupan por las cosas del Señor …”
(BLA). La primera variación esta en una frase más. El original no incluye la expresión “sus intereses están
divididos”; es una insistencia sobre la tensión del que quiere ocuparse a la vez de las cosas del Señor y del
hogar, lo que es posible pero no fácil.
La segunda diferencia en esa versión suprime la primera frase del v. 34 y agrega a la mujer no casada
(viuda o divorciada) antes de las doncellas.
Pablo menciona a las vírgenes como el estado natural de la joven creyente, y echa por tierra los justifica-
tivos para relaciones prematrimoniales o extraconyugales. Si recordamos que Dios eligió a una mujer virgen
para ser madre del Salvador, debemos procurar que nuestras jóvenes tengan en cuenta ese ejemplo de casti-
dad hasta el matrimonio. El apóstol reconoce que la presión social hacía que la lucha de la mujer tuviera fac-
tores que no tenía la del hombre.

LA JOVEN CREYENTE (7:34)


1. Tiene cuidado de las cosas del Señor.
2. Tiene cuidado de su vida espiritual.
3. Tiene cuidado de su cuerpo, para una vida “honesta y
decente” (35).

Ser “santa” (v. 34) significa ser “consagrada a Dios” (V. P.). Nadie puede ocuparse de las cosas del Señor
si no ha comenzado por dedicarle su propia vida. Esa entrega debe ser completa, en cuerpo y alma. Para la
mentalidad griega, esto no era fácil de entender y parece que lamentablemente tampoco para muchos hoy.
Para los griegos, la verdadera personalidad o [P. 125] al menos lo de valor superior, era lo espiritual—
aunque solían entenderlo más como intelectual que como relación con Dios. Para la mentalidad griega im-
portaba poco lo que se hiciera con el cuerpo, por ello una orgía no tenía nada que ver con la religión, y las
más elevadas mentalidades de aquella cultura caían en desviaciones degradantes. La virginidad o la castidad
no eran realmente virtudes Para tener en cuenta y, si llegaba a ser así del punto de vista ético, no era por ra-
zones religiosas.
Pero Cristo nos ha comprado en cuerpo y alma (6:19, 20). Esto no sólo tiene que ver con la imposibilidad
de buscar relaciones irregulares, sino también con el manejo de la propia sexualidad, que en este contexto se
canaliza en el matrimonio. Aunque sea posterior, notemos la alternativa del v. 36: una joven puede ser virgen
o ser casada. El hecho de que el tiempo se acortara y que era preferible no asumir las responsabilidades de un
matrimonio y una familia, no significaba que era lícito una relación extraconyugal.

46 Por otro lado, las “cosas del mundo” son las que específicamente tienen que ver con cuestiones en el matrimonio.
75

La mujer casada también se interesa por las “cosas del mundo” (34c); qué significa esto en cada variante
cultural, es tema de discusión. El apóstol repite lo que ha dicho pare los hombres: lo hace con la intención de
“agradar a su marido” (v. 34d). Tal como en el caso de los hombres, el énfasis aquí está en las demandas de
nuestro tiempo Para las obligaciones familiares. El soltero no tiene las mismas demandas de tiempo, y puede
tomar decisiones sin necesidad de consultar al cónyuge. Al casarse, uno tiene menos libertad.
Por supuesto, cuando hablamos a cristianos, como ocurre aquí, el “pero” que hay en medio del v. 3447 no
es una oposición sino una adición. A nadie se le ocurriría que cuando un hombre o una mujer se case, ya no
se ocupe de las cosas del Señor. Pablo expresa que el problema radica en que debe ineludiblemente ocuparse
de ambas cosas a la vez. ¿Cómo conciliar el hecho de que el Señor nos pide todo el tiempo, y la esposa tam-
bién? (¡Y no ha hablado del resto de la familia!) Con frecuencia, las opciones que surgen en la vida concreta
no se resuelven de manera sencilla. Al marido creyente, sin duda, nada le agradará más que ver a su esposa
dedicada a las “cosas del Señor”. Se gozará viéndola atender a sus hijos, cultivando sanas relaciones con el
vecindario, progresando en sus conocimientos, vigilando sus necesidades conyugales, inclusive vistiendo con
elegancia, pero sufrirá si ello le impide atender el campo de las “cosas del Señor”. Notemos que Pablo no dice
que mantiene su relación con el [P. 126] Salvador, sino que “tiene cuidado” (se preocupa) de las “cosas del
Señor”, o sea to que atañe a su obra.
En el v. 35 hay una especie de resumen de lo antedicho, antes de pasar al penúltimo punto. ¿Para qué ha
dicho todo esto? Hay dos motivos. El primero es “para vuestro provecho”, o sea para el bien de sus lectores y
no por una razón caprichosa o circunstancial. El propósito no es tendernos “lazo”; la palabra traducida “la-
zo” se refiere a todo tipo de atadura, por lo cual otras versiones la traducen como “restricciones” (V.P.).48 La
primera impresión podría ser que precisamente Pablo pone restricciones. Sin embargo, a la luz de lo anterior,
y al considerarlo con espíritu positivo y no como si fuera una sucesión de prohibiciones o recomendaciones
negativas, veremos que no es así.

SERVIR AL SEÑOR
1. Es la meta del creyente.
2. Ayudar a ello es deber de la iglesia.
3. Exige dejar toda atadura que restringe.
4. Reclama una vida adecuada a nuestro llamamiento.

La segunda razón que da el apóstol es: “Para que sin impedimento os acerquéis al Señor” (v. 35c). La idea
de “impedimento” es amplia y abarca la interrupción, la distracción, la ansiedad—es decir cualquier cosa
que se interponga para una plena comunión entre Dios y nosotros.49 Por otra parte, “lo honesto y decente” en
el original es una sola palabra50 y puede traducirse como “adecuada”, “digna”, “correcta”, o sea que la pure-
za a que ha estado haciendo referencia debe tener como pauta la misma pureza de Dios y debe adaptarse a
ella.
Por otro lado, Pablo indica que una mala relación conyugal es un impedimento para servir al Señor. Pe-
dro por su parte exhorta a los esposos a tratar bien a sus esposas para que sus oraciones “no tengan estorbo”
(1 P. 3:7). O sea que quien se casa cuando no debe, o mantiene una relación íntima inadecuada con su cón-
yuge, o pretende abandonarlo por razones [P. 127] de fe o cualquier otra de las causas que se han menciona-
do, está impedido de dar un buen servicio a Dios. En la vida cristiana es tan importante el culto público como
el lecho conyugal.

47 “La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor … pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo”.
48 O “para restringirlos” (NVI).
49 Es útil citar la Versión Popular que dice aduí: “Sirviendo al Señor con toda dedicación.” No se trata sólo de acercarse como indi-

caría Reina-Valera, sino que esa proximidad implica servicio en plenitud.


50 Gr. EUSCHEMON.
76

IMPEDIMENTOS PARA SERVIR


1. No buscar la voluntad de Dios.
2. No tener las relaciones correctas con los nuestros.
3. No sentir que Dios nos llama tal como somos.
4. No tener una vida de pureza.

El tema que se presenta en los vv. 36 a 38, reclama un par de observaciones previas. Una de ellas ya ha
sido señalada: a primera vista, se trataría de un problema que no se nos presenta en América Latina, o sea el
deber de un padre de casar a su hija.51 Pero en segundo lugar digamos que son líneas no fáciles de traducir.
Si bien la versión de RV dice “hija virgen”, Pablo no escribió la palabra “hija”, sino que dice sencillamente
“su virgen”. Por eso, las traducciones se dividen, lo cual está claro en la Versión Popular: “Si alguno cree que
debe casarse con su prometida, porque ya está en edad de casarse, y si piensa que esto es lo más indicado, que
haga lo que crea conveniente; cásese, pues no es pecado.” (Los demás versículos se adecuan a éste, en cuanto
a que se trata de la relación con la novia y no con la hija.) Pero en una nota al pie, la misma traducción acla-
ra: “Otra posible traducción de los vv. 36–38: “Si alguno piensa que es mejor que su hija se case, porque va
pasando ya su juventud”, etc. Esto nos permite considerar cuál es la idea de fondo más aplicable. En distintas
situaciones sociales, será bueno aplicar una u otra redacción.
El problema en Corinto era que había una joven—más específicamente, una virgen—que ya estaba en
edad casadera o que estaba en peligro de dejarla atrás. Ella tenía un novio o quizá un padre que, según la
costumbre de entonces, debía arreglar la boda. Pablo manifiesta que no hay pecado en que se case.52 Había
varias cosas que los protagonistas, y [P. 128] en especial la muchacha, no querían hacer: casarse antes que su
edad lo hiciera adecuado, apelar a una relación que no fuera matrimonial, seguir célibe en contra de su de-
seo, violentar la voluntad del otro. Notamos cuánta prudencia había en esta búsqueda de un consejo de parte
del apóstol, y to delicado que era darlo. Es hasta emocionante el respeto que el novio tenía habia su prometi-
da en el anhelo de conciliar su normal deseo de unirse a su amada y de obedecer al Señor. Es lógico pensar
que había otros elementos que no conocemos y de los que quizá Pablo sí estaba enterado. Por ejemplo, no se
menciona lo que opinaba la principal afectada, Pero por el consejo apostólico debemos suponer que se ade-
cuaba a las pautas del v. 34. Una vez más, según la enseñanza se desprende que no casarse y permanecer
virgen son sinónimos.
Es cierto que Pablo establece la posibilidad de que no haya boda. La decisión parece estar sólo en el padre
o el novio, según queramos traducir. Por supuesto, en nuestros días la joven no puede quedar ajena a una
resolución de este tipo. Eso hace que sea más difícil y por lo tanto que más aún deba buscarse la voluntad de
Dios. Un caso de nuestros tiempos y de siempre podría ser la gran cantidad de casamientos que se producen
entre los que salen a la guerra, lo que produce naturalmente muchas viudas y también muchos divorcios.
¿Conviene esperar a que acabe la contienda? En el mundo cristiano, se da la situación del que debe dejar un
tiempo su país para servir en el campo misionero. No se puede dar a todos el mismo consejo, y no es eso to
que intenta Pablo. Su posición sigue siendo la más sabia: si la fuerza de voluntad y el análisis de las circuns-
tancias (por ejemplo, la situación en que queda la joven en cuestión) lo indican, parece preferible que vaya al
campo misionero como soltero. Pero “haga lo que quiera” (v. 36b).
f. Las viudas (7:39, 40)
39La mujer casada está ligada por la ley mientras su marido vive; Pero si su marido muriere, libre es para
casarse con quien quiera con tal que sea en el Señor. 40Pero a mi juicio, más dichosa será si se quedare así; y
pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios.
También podemos imaginar un caso concreto que le era planteado a Pablo: qué debía hacer una mujer
que había perdido a su esposo. El matrimonio no tiene como propósito solucionar el problema financiero o la

51 Por un lado, se trata de un problema local y de aquel entonces. No ocurre con frecuencia en la forma en que aquí se lo describe.

¿Cuántos casos conocemos de un hombre que pregunte si debe “dar en casamiento” a una hija “que pase ya de edad” … y que ésta
consienta en que el destino de su vida quede sujeto a esa consulta? Era algo natural en las costumbres de aquel tiempo. Los padres
actuales ya no tienen esa carga, de modo que se hace preciso que busquemos más el fondo que los detalles.
52 Quizá haya quienes deseen saber cuál era esa edad. Es uno de los temas que varían no sólo de país en país, sino también de época

en época.
77

soledad de una persona, sino que es para la felicidad de la persona que se casa. Si es preciso solucionar el
problema de dinero, hay que acudir a la iglesia (Hch. 6) o a la familia (1 Ti. 5). El texto griego no hace refe-
rencia a la ley civil, como parecería indicarlo la versión Reina-Valera. La ligadura es mucho más fuerte que
un simple contrato legal, ya que se trata de un vínculo vital instituido por Dios.
[P. 129] La viuda puede casarse, lo que no quiere decir que debe hacerlo. Son tres las prescripciones que
se den aquí: Primero, que lo hará según su voluntad (ya que no se menciona que otro puede opinar, como en
el caso de los vv. 36–38); segundo, que es ella quien determinará con quién ha de contraer enlace; tercero,
que debe ser con un creyente, esto es con alguien que sea “en el Señor” (7:39c).
La última frase es muy citada, generalmente fuera de contexto, aplicándola a todo casamiento, en parti-
cular cuando se está pensando en una joven. En cuanto a la persona específica de esta ocasión, es aun más
razonable que el aspecto espiritual sea decisivo. Si el primer esposo de la viuda había sido cristiano, no era
natural que se ligara a quien podía traerle “impedimentos”. Si el esposo había sido incrédulo, ella no tenía
por qué repetir algo de lo que quizá no era responsable cuando se casó, ya que siendo tan joven la iglesia, lo
más probable es que en el momento del desposorio no fuera creyente ninguno de los dos.
En muchos casos, la mujer tendría sus propios recursos, o hijos que cuidaran de ella, o posibilidades de
que la iglesia to hiciera. Cualquiera de esos caminos era preferible a que su práctica cristiana se viera pertur-
bada.53
En ese sentido, es legítido aplicar por extensión este mandato (1 Co. 7:39a) a todo pasible casamiento. Pa-
blo no dice que si se case con un incrédulo, su vínculo no será válido.54
En 1 Ti. 5:14 Pablo exhorta a que las viudas jóvenes se casen. Entonces, ¿contradice eso lo que declara en
el v. 40?55 ¿Cómo puede ser “más dichosa”? El hecho de que habla en singular (a diferencia de los demás
casos, cuando siempre es plural o al menos un singular genérico), confirmaría que se refería a una mujer en
particular. El apóstol, que quizá la conocía personalmente, tenía rezones pare opinar que era preferible que
siguiera viuda, antes que casarse con algún pretendiente que le era dudoso.
Al final del versículo, muchos manuscritos agregan una frase que se puede traducir: “Esta es mi opinión.”
Pablo se adjudica la paternidad de la idea, tal como cuando dice: “No tengo mandamiento del Señor” (v. 25).
[P. 130] No hay aquí niveles de revelación, como que un versículo haya surgido más del fondo del corazón de
Dios que otro. Para los corintios, esta carta no era parte del texto sagrado—lo era sólo el A.T.—sino simple-
mente la carta de un apreciado hermano. Delante de ellos, era necesario dejar claro que escribía inspirado
por el Espíritu Santo.
Así termina este largo capítulo, sólo superado en extensión por el 15. Como en esta carta los capítulos
prácticamente coinciden con los temas, notamos que las relaciones familiares han ocupado un lugar extenso.
Eso nos demuestra la importancia que Dios da, y que debe dar la iglesia, a esos problemas. De hecho, siempre
surgen cuestiones matrimoniales. En realidad, surgen mucho más que las que se han analizado aquí. Si al
estudio detenido y cuidadoso de cada frase y cada palabra de este capítulo, agregamos la oración y la bús-
queda de la guía del Espíritu, encontraremos la orientación que precisamos en los problemas más delicados y
profundos que surgen en las relaciones humanas.

53 Es el concepto de 2 Co. 6:14 “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”, que establece que toda relación donde hay mu-

tua dependencia será mala si uno es creyente y el otro no. Aunque no lo nombre específicamente, el matrimonio estaba incluido ya
que es el más estrecho “yugo” del ser humano.
54 No trata ese tema ni habla de si la iglesia debe participar públicamente del hecho, por ejemplo con una ceremonia o un festejo.

Las prácticas varían, y sería difícil declarar que algunas son contrarias a este pasaje, salvo cuando la iglesia o sus miembros promo-
vieran un matrimonio de una creyente con un incrédulo.
55 Es decir que será más dichosa si no se vuelve a casar.
78

[P. 131]
CAPÍTULO 11
5. LA LIBERTAD Y LA CARNE SACRIFICADA (8:1–13)
a. Conocimiento y amor (8:1–3)
1En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento enva-
nece, pero el amor edifica. 2Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. 3Pero
si alguno ama a Dios, es conocido por él.
El nuevo tema es mencionado específicamente por el apóstol: “lo sacrificado a los ídolos” (8:1a). Pero tal
vez los corintios hayan pretendido simplificarlo, como que podía descartarse fácilmente, para seguir a otro
tema. Pablo entonces les advierte y como diciendo: “Cuidado, en esto hay unas cuantas cosas para pensar y
decidir.”
Podemos suponer que el tema también había sido planteado por los lectores, aunque no lo diga de mane-
ra específica. También es probable que hayan expresado algo similar a lo que dice Pablo: “Sabemos que todos
tenemos conocimiento” (8:1b). Sería una gran sutileza de su parte citar textualmente las palabras de ellos. No
sabían qué hacer cuando una mujer enviudaba o cuando una joven veía que se le escapaba la juventud, y
habían obrado mal al no juzgar al corrupto o al permitir que fuera a pleito en los tribunales, pero sobre este
tema tan “elemental”, ¿quién podía tener dudas? “Un momento” dice Pablo; “una vez más, hay que analizar
las distintas posibilidades que indican la necesidad de buscar al Espíritu de Dios para que nos oriente en cada
caso.”
La importancia del tema se demuestra en que es el único que se menciona dos veces en la carta.1 Aunque
posiblemente no hayamos tenido [P. 132] que enfrentar una decisión de ese tipo, son muchas las ocasiones en
que podemos aplicar los principios de estos pasajes.
Los griegos hacían sacrificios de animales a sus dioses.2 Como ocurría también entre los hebreos, después
de haber utilizado lo que correspondía a la ceremonia, los sacerdotes utilizaban parte de esa carne para su
alimentación. La cuestión era qué se hacía con el resto. Los adoradores llevaban algo de esa carne a su casa,
con la sensación de que tenía cierto carácter sagrado, y muchos la comían sintiendo que era especial y que
implicaba alguna bendición de parte del dios correspondiente. Otros la comerían sin pensar en nada más que
su hambre o gula. Además, otra parte era vendida al público por los mismos sacerdotes (10:25). En esos ca-
sos, era probable que el comerciante quisiera aprovechar el origen de su producto como algo fuera de lo co-
mún, y tal vez aumentar el precio. También podía suceder que cuando se invitaba a alguien a comer, el anfi-
trión destacara que esa carne no era cualquier cosa y—fuera por jactancia o por devoción sincera—asumiera
una actitud especial ante el comensal. Si éste era cristiano, la situación se tornaría incómoda.
Para un creyente es claro que todos los ritos del mundo no cambian nada en esa carne. Desde el punto de
vista digestivo, no había nada que decir. Y desde el punto de vista espiritual tampoco, ya que “el reino de
Dios no es comida ni bebida” (Ro. 14:17). Pero Pablo enciende una luz roja. “Sí, hermanos, todos sabemos
mucho sobre eso; tenemos un conocimiento detallado y profundo, pero ¿eso es suficiente? ¿Es esa la pauta
para guiar la conducta?”3
La ironía de Pablo da lugar a una afirmación concisa y de gran valor: “El conocimiento envanece, pero el
amor edifica” (v. 1b).4 Los más ignorantes suelen usar el argumento de que el conocimiento envanece para
defender su pobreza de conocimiento o para descartar la de quienes [P. 133] han podido estudiar más. Nadie

1 Ver 10:23–11:1. También hay una alusión no tan extensa en Ro. 14:1–8, y aunque allí no se mencionan los ídolos, el fondo de la
cuestión es la misma.
2 Los griegos creían en muchos dioses y espíritus malos de todo tipo. Los sacrificios de alimentos—por lo general carne—eran cru-

ciales. Ellos creían que los espíritus malos trataban de penetrar en los seres humanos en forma constante, y la manera más sencilla
era adherirse a la comida antes que ésta se ingiriera. La única manera en que los espíritus podían ser eliminados de la comida era
sacrificando ésta a un dios. El sacrificio, por lo tanto, tenía dos propósitos: obtenía la aprobación o el favor de un dios, y limpiaba la
carne de contaminación demoníaca.
3 Hoy podríamos agregar la cuestión de si bastaría un análisis químico que determine que estamos ante la misma sustancia, para

declarar que podemos seguir adelante con la comida.


4 EI conocimiento de que hay un solo Dios (vv. 5–6) nos da libertad, pero la ironía es que ese conocimiento puede envanecer y

hacernos sentir superiores. No tomemos la decisión final en base a nuestro conocimiento sino en base al amor y a los otros princi-
pios presentados en este capítulo y en Ro. 8.
79

tiene derecho a decir: “Soy mejor cristiano por lo mucho que sé”, pero tampoco: “No me importa que usted
sea más preparado que yo.”
Con frecuencia, los que saben menos se sienten orgullosos de su pequeña sabiduría. En la práctica, los
más vanidosos no son los Curie, los Einstein o los Salk—para hablar de la ciencia—ya que éstos han alcanza-
do el punto elevado en que pueden ver desde la cima la gran extensión de lo que falta conocer. En cambio,
los mediocres—los que tienen un conocimiento superficial y esquemático—son los que muchas veces asu-
men pose de sabios y menosprecian a los que ignoran lo ellos saben … y a menudo menosprecian a los que
hablan de lo que ellos no alcanzan a comprender. Esto se vuelve grave en casos como el que está tratando
Pablo. Por ejemplo, un aficionado a la psicología rápidamente saca conclusiones por haber leído unas frases
sueltas de Freud, Dewey o algún autor de moda, con consecuencias que pueden ser tremendas.
Al cristiano no le basta saber que algo que hace es correcto. Debe cuidar de preguntarse si edifica al pró-
jimo. Lo único que siempre edifica es el amor. La más grande de las verdades, dicha con odio o indiferencia,
destruye. Por otro lado, una verdad sencilla y cotidiana declarada afectuosamente, levanta al caído. Pablo no
niega el valor del conocimiento, sino que reclama que se sume el amor.

EL PROCEDER DEL CRISTIANO (8:1)


1. No debe envanecerse de lo que sabe: es un don de Dios.
2. Debe hacerlo todo con amor.
3. Su meta es la edificación del prójimo.

Los versículos siguientes son una aplicación de estas ideas. Pensemos en una persona que se considera pe-
rito, especialista y autoridad en la materia. Pablo dice que se trata de alguien que “se imagina que sabe algo”,
y no que realmente lo sabe. El que se declara autosuficiente con su conocimiento, ya está mostrando su igno-
rancia pues no comprende lo mucho que le falta aprender—incluso la verdadera esencia de sus nociones
superficiales. En eso radica la vanidad del presunto sabio mencionado en el v. 1b. Puede ser cierto que sepa
muchas cosas, pero no las sabe “como debe”.
En cambio, cuando alguien pone amor en lo que hace y en la explicación de por qué to hace, no sólo es-
tablece una sana relación con su prójimo, sino también con Dios. Como actúa movido por el AGAPE—la pa-
labra griega usada aquí—, el amor que el Señor da y pone en los corazones de los suyos, éste se identifica con
el creyente y, al conocer sus buenas intenciones, le aprueba y fortalece.

[P. 134] ACTUANDO CON AMOR (8:3)


1. Comenzamos por amar a Dios.
2. Ponemos amor en cada cosa, aun en una comida.
3. Damos más valor al amor que al conocimiento.
4. Entonces Dios nos aprueba por su amor.

Pablo ha comenzado por establecer principios muy generales y útiles. ¿Qué debemos hacer con un arro-
gante que pretende saber mucho de la Biblia pero dice necedades? Podemos refutarlo y dejarlo aplastado. ¿Y
eso para qué sirvió? Para que volvamos a casa ufanos de nuestra proeza. No, dice Pablo, mostrémosle amor y
paciencia, sin dejar de lado la sabia exposición. Es así que le ganaremos primero a él y luego su mente.
b. Un solo Dios Creador de todo (8:4–6)
4Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y
que no hay más que un Dios. 5Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra
(como hay muchos dioses y muchos señores), 6para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del
cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas
las cosas, y nosotros por medio de él.
Como si temiera que sus lectores pensaran que ha abandonado lo mencionado en el v. 1, lo repite al co-
menzar el v. 4. Sigue en pie la cuestión de la carne sacrificada a los ídolos, pero es necesario aumentar el
marco en que se la trata, haciendo una verdadera declaración de fe.
80

El argumento de un pagano puede presentarse en tres niveles: los ídolos, los dioses falsos y el Dios verda-
dero. Para un cristiano, no hay nada fuera de lo último.
En cuanto a los ídolos, Pablo concede que aquí sí “sabemos” que “nada es en el mundo”.5 Podrá ser una
magnífica obra de arte o un objeto de mucho precio, pero carece de poder espiritual. Las ciudades griegas
exhibían ídolos por todos lados y, con el tiempo, los cristianos se dedicaron a destruirlos como si eso tuviera
un sentido espiritual. Quizá tuvo su razóh de ser cuando incitaban a recaer en el culto a esas imágenes, pero
Pablo enseña que “no hay más que un Dios” (v. 4c).
[P. 135] Un ídolo es expresión física de un dios, o sea de un ser espiritual imaginario cuya realidad se
hace más clara con esa reproducción artística. Los paganos no adoran estatuas o árboles, sino lo que ellos
representan. Adoraban la fuerza de un Marte, la belleza de una Venus, la sabiduría de una Minerva—usamos
los nombres romanos por ser más conocidos—, pero Pablo declara que en ninguna parte existe un Marte,
una Venus o una Minerva.
Además, aun los emperadores romanos se declaraban divinos, levantaban estatuas de sí mismos, y poco
tiempo después comenzarían a perseguir hasta el martirio a los cristianos que no las adorasen. Esos bien po-
dían ser los dioses que están “en la tierra”, o mejor dicho que se llaman dioses (v. 5a).
De estos dos tipos (los surgidos de la mitología y los de la vanagloria humana) por cierto que “hay mu-
chos (que pretenden ser) dioses y muchos señores” (v. 5c).6

LO QUE ADORAN LOS HOMBRES (8:4–6)


1. Simples objetos (ídolos) sin pensar en lo que significan.
2. Ideas que han transformado en algo sagrado.
3. Hombres y sistemas que se endiosan a sí mismos.
4. Pero “sólo hay un Dios … y un Señor Jesucristo” (6).

Esa es la idolatría que los corintios veían a su alrededor, así como la soportaba Pablo en Efeso, ciudad da-
da al culto de la diosa Diana. Sin orgullo, pero con espíritu de gratitud y alabanza, Pablo señalaba cómo “pa-
ra nosotros” (v. 6a) ya no caben aquellos errores. “Sólo hay un Dios” y no esa multitud que se hacía necesa-
ria a los que no concebían la persona del único Señor.

NUESTRO DIOS (8:6)


1. Es el único verdadero.
2. Es nuestro Padre.
3. Es el Creador de todo.
4. Es quien envió a Jesucristo.

[P. 136] QUÉ ES DIOS PARA NOSOTROS (8:6)


1. Es el que hizo todo, incluyéndome a mí
2. Es el Padre nuestro que está en los cielos.
3. Es el dueño de nuestra vida.
4. Es el que nos ha dado a Jesucristo, por medio del cual te-
nemos la nueva vida.

El v. 6 es una explosión de alabanza clásica de Pablo. Para los corintios Pablo habla de “la mente de Cris-
to” a fin de recordar de dónde provenía el amor y la sabiduría que debían aplicar. Cristo fue el Verbo por
medio de quien “todo lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:3) y eso nos incluye.7

5 “No tiene valor alguno” (V.P.)


6 Ver Sal. 115:4–7.
81

Ya es posible entrar al tema práctico. Es notable cómo una mesa que se ha servido, un simple plato de
comida, puede dar lugar a enseñanzas tan gloriosas. Así es nuestra experiencia y nuestro Dios.
c. Nuestro conocimiento y el prójimo (8:7–13)
7Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como
sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina. 8Si bien la vianda no nos hace más aceptos
ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. 9Pero mirad que
esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. 10Porque si alguno to ve a ti, que tienes co-
nocimiento, sentado n la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada
a comer de lo sacrificado a los ídolos? 11Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien
Cristo murió. 12De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra
Cristo pecáis. 13Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no
poner tropiezo a mi hermano.
[P. 137] Después de su exposición sobre lo relativo del valor del conocimiento y sobre el carácter único
de nuestro Dios, Pablo entra en materia. Lo antedicho pareciera indicar que no hay problema en lo que co-
mamos, siempre que nuestras acciones estén dirigidas por el amor. Es probable que haya comenzado con una
sonrisa diciendo que “todos tenemos conocimiento” (8:1)—aunque estrictamente hablando no es así. Siem-
pre encontraremos a algún “hermano débil” que, si lo tiene, es sólo de manera limitada.
Se trataba, por ejemplo, del caso de los que hacía poco que habían dejado la idolatría y no habían logrado
superar la sensación de que esa carne tenía algo especial. Por ello, su conciencia “los hace sentirse contami-
nados” (V.P.).8
¿Qué decir a cada uno? A los que tienen esa sensación les recuerda que nadie es más o menos por lo que
come (v. 8). No vale la pena hacer un esfuerzo y comer algo, pensando que eso demostrará nuestra espiritua-
lidad.
Pero más le preocupan los otros, los que en nombre de esa superioridad que pretenden tener no cuidan
de la vida espiritual de sus hermanos. Como cristianos tienen “libertad” (v. 9), o sea que pueden elegir. No es
obligatorio comer o dejar de comer (o hacer cualquier otra cosa que pueda traer problemas a mi hermano).
Pero lo único que hay que considerar—lógicamente si no es algo pecaminoso—es si no me convierto en “tro-
pezadero para los débiles” (v. 9). Pablo indica que somos responsables ya que ellos son nuestros hermanos, y
alguna vez nosotros también fuimos niños o jóvenes en la fe. “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a
los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (Ro. 14:13).9
Da un ejemplo concreto. Voy a un lugar donde sirven de comida carne sacrificada a los ídolos, y a los ojos
de todos como de esa carne, con el conocimiento de que no tiene ningún sentido especial.10 Pero pasa un
hermano con una conciencia díbil y me ve, lo que le provoca un conflicto íntimo (v. 10) tan grave que quizá
“se perderá”.11 Nadie se pierde por un [P. 138] plato de comida, pero ¿no puede eso ser el comienzo de algo
peor? No es forzoso pensar que aquí dice que lo que se pierde es la salvación eterna. Pero insistimos en que
dedicarnos a justificar lo que hacemos es no actuar con el amor que tuvo Cristo. Y pecamos contra él (v.
12b), porque ese hermano débil, del que no cuido como debo, es alguien “por quien Cristo murió” (v. 11).
Este es el lente a través del cual debo mirar a todos los que pasan a mi lado.
Pablo declara cuál es su decisión: si eso era ocasión de hacer caer al hermano, no comería carne jamás (v.
13). La expresión es categórica: incluye toda clase de carne,12 y agrega que no lo hará “jamás”, para mayor
seguridad.

7 Cuando trata temas paralelos en Ro. 14, Pablo hace algunas de sus más gloriosas declaraciones: “Porque ninguno de nosotros vive
para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que
vivamos o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14:7, 8).
8 La conciencia es la “vocecita” interior que Dios ha puesto en los seres humanos pero que no puede considerarse guía absoluta ya

que puede estar oscurecida por el mundo, la carnalidad, etc. Hay personas cuya conciencia les acusa continuamente por razones
espirituales o psicológicas, mientras que otras nunca oyen sus advertencias. Aquí Pablo se refiere a las personas sensibles que están
incómodas interiormente por un hecho concreto de la conducta.
9 Ver también 1 Co. 10:23–33.
10 No acepto las creencias de los idólatras y tampoco participo en el culto pagano.
11 El conflicto es que su conciencia, por su trasfondo en la idolatría, dice que no debe comer. Por otro lado, es animado a comer

porque ve a un hermano maduro comiendo lo prohibido por su conciencia.


12 O cualquier otra cosa que pudiera ser tropiezo a un hermano débil.
82

Hoy encontramos muchas situaciones en que deben aplicarse estas normas. ¿Debe un cristiano entrar en
un casino? ¿Debe comer carne de cerdo delante de un judío practicante? ¿Debe vestirse de una manera que
sea motivo de discusión, por ejemplo cuando la costumbre es cierto grado de formalidad? ¿Qué de las bebi-
das alcohólicas y de los hermanos que acaban de dejar el alcoholismo, de los que quizá tengan una tendencia
hereditaria o ambiental, de los niños a nuestro alrededor de quienes no sabemos cómo puede influirles nues-
tro ejemplo?

PAUTAS PARA MI CONDUCTA (8:13)


1. Debe ser de acuerdo a la voluntad de Dios
2. Debo aprender a usar mi libertad en caso de duda.
3. Importa más el bien de mi hermano que mi satisfacción.

Hasta aquí Pablo ha estado analizando algunos de los problemas planteados por sus lectores, o que él sa-
bía que debían ser aclarados. Se refirió a aquellas cosas que la iglesia debía cuidar en sus relaciones externas.
Ahora vuelve la vista al interior, donde por cierto también había mucho que debía ser clarificado.
[P. 139]
83

[P. 140]

PARTE IV
LA VIDA DE LA IGLESIA:
CUESTIONES INTERNAS
9:1–11:34
1. Lugar y derechos de un apóstol (9:1–27)
2. En Cristo, lejos de la idolatría (10:1–11:1)
3. Varones y mujeres en la iglesia (11:2–16)
4. La Cena del Señor (11:17–34)
[P. 141]
CAPÍTULO 12
Los temas que Pablo ha tratado hasta ahora tuvieron que ver con la vida de la iglesia.
Pero siempreN han surgido otro tipo de situaciones: ¿cómo debe funcionar la iglesia? Esta tiene una mi-
sión que cumplir, y Dios ha dado a los hombres recursos humanos y espirituales, pero ¿cómo organizarlos a
fin de que puedan cumplir la función encargada por el Señor? Casi todos los problemas que ha enfrentado la
iglesia cristiana han tenido algo que ver con situaciones como éstas en Corinto.
Pablo aquí establece principios generales sobe la organización de la iglesia y las congregaciones locales, y
es responsabilidad del pueblo cristiano en cada generación y cultura aplicar dichos principios a la situación
local. La lectura del libro de los Hechos primero y de las epístolas después, muestra una gran flexibilidad y un
deseo de adaptar la estructura a las situaciones particulares de cada lugar y momento.
En esta sección se tratan cinco temas de carácter variado. En el primero, el lugar de los apóstoles, Pablo
vuelve a su situación personal. El segundo retoma lo relativo a los sacrificios (10:1–11:1). En tercer lugar,
aparentemente los corintios veían como un gran problema al arreglo femenino (11:2–16), un gran contraste
con el cuarto tema de la Cena del Señor (11:17–34). Finalmente, el asunto de los dones abarca los caps. 12 al
14, y por lo mismo lo desglosamos para una sección posterior.
El estudio de estos temas debe ser encarado con un espíritu positivo, sin combatir lo que otros creen o
practican. Es útil estudiar estas cuestiones y aplicar a uno mismo lo aprendido, agradeciendo a Dios por su
iluminación.
1. LUGAR Y DERECHOS DEL APÓSTOL (9:1–27)
a. Aclaración inicial (9:1–2)
1¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Se-
ñor? 2Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vo-
sotros en el Señor.
[P. 142] Salvo como una consecuencia de su observación en 3:3–10 de someterse a las necesidades de los
demás—que es ampliada en 9:19–23—este capítulo es una sorpresa, una especie de paréntesis. En realidad,
ni lo dicho hasta ahora—y menos aún to que resta—puede admitirse si quien escribe no tiene autoridad. Pa-
blo deja ver que él tiene autoridad para ser apóstol, lo que implica ciertos derechos a los que no está dispues-
to a renunciar por el bien de la iglesia. El tono enérgico presagia el que usará en 2 Corintios.
Había motivos específicos pues se habían presentado algunos “que me acusan” (9:3).1 Esto nos retrotrae a
las divisiones sobre las que habla en el cap. 1. ¿De qué podía acusarse a Pablo? Algunos decían que en reali-
dad no era un apóstol; otros, que quería vivir a costa de los demás; algunos, que trabajaba para ganar dinero
en vez de predicar, que tenía algún móvil oscuro para sus afanes, y quién sabe cuántas cosas más. En el pue-
blo cristiano nadie está más expuesto a la crítica que el obrero del Señor. Pablo lo sabía, pero no por eso se
callaba. Nos ha dejado aquí su defensa (v. 3), que provee excelentes principios incluso para hoy.

1 Término legal que puede traducirse “critican” o “examinan”.


84

La primera cuestión es si era o no un apóstol. Responde con tres argumentos concisos.


En primer lugar, como todo cristiano, Pablo es libre.2 Dios le liberó del pecado y de su religiosidad equi-
vocada; ahora le da libertad para trabajar.
En segundo lugar, ha visto al Señor resucitado.3 En 15:8 se menciona a sí mismo en el mismo plano que,
por ejemplo, Pedro. Casi todos los estudiosos consideran hoy que para Pablo un apóstol era un cristiano en-
viado por Dios con una misión especialísima. En la lista de ministerios en Efesios 4:11 los apóstoles tienen en
un lugar específico, y la mayoría coincide en que ya han cumplido su misión histórica. Apóstoles eran los
que, por haber tenido un contacto personal con Cristo, podían citarlo directamente por ejemplo, narrar to
que él hizo, o transmitir el impacto de su presencia. Pablo afirmaba que el encuentro en el camino a Damas-
co equivalía a ello, pues así se lo mostraba el Señor.
Y el tercer argumento eran ellos mismos.4 No siempre Dios nos concede ver los resultados de la obra, pe-
ro en general, cuando él llama a un cristiano, le permite sentirse confirmado viendo frutos concretos de una
u otra manera. Para Pablo los corintios eran la prueba de que Dios lo [P. 143] había mandado allí. Quizá esté
jugando con el sentido etimológico de la palabra “apóstol”, a la vez que expresando el papel esencial del
apóstol en la congregación. Si alguno podía decir que el Señor no había enviado a Pablo, los corintios no pues
eran nada menos que “el sello” con que, “en el Señor”, el apóstol cerraba su argumento; eran “nuestras car-
tas … escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres” (2 Co. 3:2).
b. Los derechos de un apóstol (9:3–14)
3Contra los que me acusan, esta es mi defensa: 4¿Acaso no tenemos derecho de comer y beber? 5¿No te-
nemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los herma-
nos del Señor, y Cefas? 6¿O sólo yo y Bernabé no tenemos derecho de no trabajar? 7¿Quién fue jamás soldado
a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma
de la leche del rebaño? 8¿Digo esto sólo como hombre? ¿No dice esto también la ley? 9Poryue en la ley de
Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, 10o lo dice ente-
ramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que tri-
lla, con esperanza de recibir del fruto. 11Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si
segáremos de vosotros lo material? 12Si otros participara de este derecho sobre vosotros, ¿cuánto más noso-
tros? Pero no hemos usado de este derecho, sino que lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al
evangelio de Cristo. 13¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que
sirven al altar, del altar participan? 14Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan
del evangelio.
Pablo deja en claro que lo que sigue es una defensa personal. Si bien se refiere a su ministerio, no era éste
lo que se atacaba sino la forma en que él lo encaró en Corinto.
Con una serie de ocho preguntas retóricas,5 Pablo muestra su energía, lógica por la forma en que el tema
había sido planteado. Comienza apelando definidamente al sentido común: ¿No tenía derecho de tener comi-
da y bebida provistas por la iglesia (Gá. 6:6; 1 Ti. 5:17–18)? Es una forma muy directa de decir quo merecía
tener sostén práctico de parte del pueblo de Dios. A ello agrega una segunda cuestión: ¿No tenía derecho a
casarse si lo hubiera querido?6 Ya había dicho que prefería quedar soltero, [P. 144] pero quería tomar esa
decisión por su voluntad y no porque no tuviera cómo sostener una familia. (Además esto confirma que Pe-
dro, “los otros apóstoles” y los hermanos del Señor eran casados.) Vemos aquí que el sostén que se dé a un
obrero cristiano debe alcanzar no sólo para él, sino también para su familia. Por supuesto, el sostén debe cu-
brir mucho más que la necesidad de alimento.
El derecho que Pablo reclama es a “no trabajar”7 y se entiende que se refiere a trabajar en to secular, a fin
de poder dedicarse plenamente a la obra del Señor. Por el mismo hecho de haber sido escogido como “após-
tol”, sentía que tanto él como Bernabé no tenían por qué ocuparse de las cosas materiales, ya que sus hijos
espirituales lo harían. Pablo tenía autoridad para esperar este sostén en base a su carrera anterior, y es im-

2 “¿No soy apóstol? ¿No soy libre?” (v. 1).


3 “¿No he visto a Jesús …?” (v. 1).
4 “¿No sois vosotros mi obra en el Señor?” (v. 1).
5 vv. 4–8.
6 Son muy pocos los que entienden de otra manera la expresión “una hermana (por mujer)”, aunque en el original no esté la pala-

bra “por”.
7 “De que la comunidad nos mantenga” (v. 4), lo que sin duda es el espíritu, sobre todo cuando leemos el resto del pasaje.
85

portante destacar que no lo pretendió cuando no era posible, o sea al principio, cuando su ministerio aún no
había sido reconocido ampliamente.

DERECHOS DEL OBRERO CRISTIANO (9:4–8)


1. A tener lo necesario para su sostén material.
2. A formar una familia si así to desea.
3. A dedicar su tiempo y afanes a la predicación sin tener
que buscar recursos fuera de la Viña de Dios.

Expone entonces los argumentos en los que basa estos derechos, que son tres: la práctica del mundo (v.
7), la ley de Moisés (vv. 9–13) y la enseñanza de Cristo (v. 14).
Lo que se relaciona con la práctica común en el mundo también es presentado como asunto de sentido
común. Son tres preguntas. En primer lugar, un soldado debe ser mantenido por quien lo convoca (v. 7a). En
aquellos tiempos, las tropas consistían de soldados profesionales que recibían un sueldo como por cualquier
otro trabajo. Los soldados en realidad no pelean durante el día y luego tienen un trabajo civil durante la no-
che a fin de poder comer, beber, vestirse, y tener un lugar para vivir. Los soldados no sirven al país pagando
sus propios gastos sino que reciben comida, ropa, alojamiento y lo que necesiten para vivir y actuar en bata-
lla (o entrenamiento) en forma eficaz.
[P. 145] Los otros dos ejemplos son del campo de la producción rural. El que planta una viña (v. 7b) y el
que cría ganado (v. 7c) tienen derecho, respectivamente, a comer el fruto y tomar la leche. Quizá haya un
camino indirecto, como ser la comercialización del producto, pero siempre debe existir la “esperanza de re-
cibir del fruto” (v. 10b).
La apelación a estos argumentos coloca a los lectores en una posición difícil, pues les está diciendo que su
actitud y su conducta iban contra la lógica. Hay un gran número de obreros cristianos que prefieren un ser-
vicio incompleto y menos eficaz en la obra del Señor, a fin de no tener que depender de quienes no viven de
acuerdo a las indicaciones de Pablo en cuanto al sostén. Es crucial que este principio quedara claro, ya que
posiblemente no lo haya dejado bien asentado en la primera hora.
El segundo argumento (la ley de Moisés) se basa en la práctica que, según la Palabra de Dios, debía regir
para con los sacerdotes y todos los que servían en el templo. La tribu de Leví (una entre trece) no podía tener
tierras ni dedicarse a la producción, pues debía ser mantenida por el resto de la población. El argumento an-
terior era sólo fruto de la práctica en el mundo y de la razón humana y, sin que fuera despreciable por eso, se
reforzaba el tema con prescripciones específicas en la Ley antigua.
La cita bíblica incluida resulta llamativa: “No pondrás bozal al buey que trilla” (Dt. 25:4). Este precepto
era algo cercano al corazón de Pablo, ya que vuelve a citarlo en 1 Ti. 5:18, donde agregaN: “Digno es el
obrero de su salario”, que fue un concepto de Jesús (Lc. 10:7).8
Pensando en el cuidado de Dios para los animales, el apóstol reflexiona que también lo tiene para con los
hombres que le sirven. Cuando un buey está haciendo esfuerzo, merece una atención especial. El argumento
de Pablo apela a la manera en que se debe trabajar: con esperanza.

LA ESPERANZA DEL OBRERO (9:10)


1. Esperanza de poder trabajar (arar).
2. Esperanza de poder dedicarse de lleno a ello.
3. Esperanza de recibir parte del fruto.

[P. 146] La mirada de quienes sienten el llamado a dedicarse por completo a la obra del Señor ha de estar
puesta en su Señor y en la esperanza de lo que éste les dará en recompensa, sin tener que desviarse hacia los
afanes de su sostén económico. Los cristianos tenemos la responsabilidad de sostener a quienes están traba-

8 Loseruditos consideran que la cita de Timoteo se refería al pago económico al decir: “Los ancianos que gobiernan bien, sean teni-
dos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar.” La idea de “doble” no era tanto matemática
sino como de algo de envergadura.
86

jando tiempo completo en la obra del Señor. No seamos tropiezo para que la obra pueda ser realizada para
gloria de Dios.9
El v. 11 en realidad es una aplicación de los vv. 9 y 10. Si quienes trabajan para los hombres reciben pa-
go, lo mismo debe suceder con quienes trabajan para Dios. La única diferencia en el principio cuando se
aplica al servicio del Señor, es que se da pago material por trabajo espiritual. El Señor es quien proveerá re-
compensa espiritual, pero su pueblo debe hacerlo en forma material.
El “si” conditional del v. 11, presenta una condición que se da por sentado como realidad. Es decir, si en
verdad el ministerio espiritual ha tenido lugar, y por cierto ha tenido lugar, no es demasiado pedir cosas ma-
teriales de los corintios.
Dejando para luego el paréntesis del v. 12, notamos que el v. 13 hace referencia al derecho de los sacer-
dotes y demás servidores del templo. También hay instrucciones sobre ello en Dt. 18. Pablo por cierto se re-
fiere al culto al Dios verdadero, pero también podía suponer que algunos de sus lectores pensaran en los
templos paganos, y aun entre ellos podía existir la misma práctica.
Antes de pasar al último argumento, la palabra de Cristo, el autor se detiene a reflexionar sobre su propia
experiencia. ¿Qué estuvo haciendo él en Corinto? “Sembramos entre vosotros lo espiritual” (9:11a), lo más
valioso que pueda darse a los hombres. Como resultado de los esfuerzos del apóstol y sus ayudantes, los lecto-
res tenían la esperanza de la vida eterna, la comunión del evangelio y la presencia del Espíritu. Entonces,
apelando de nuevo al sentido común, dice: ¿no es lógica la retribución con algo de menos valor, es decir lo
material? Esto indica que no hay que “espiritualizar” tanto el tema como para que alguno pretenda “pagar”
con oraciones o amor. Si se trata de alguien que tiene derecho a comer (v. 4), a eso espiritual debe sumarse to
material. Si no queremos darle lo material, estamos poniendo la retribución del ministerio por debajo de lo
que damos a cualquiera que trabaja, por ejemplo, en la agricultura, en la milicia o en cualquier otra función
social. Aunque el ejemplo no alcanza el mismo nivel, es como quien pregunta a un artista cuánto tiempo le
llevó pintar [P. 147] un cuadro y quisiera abonarle de acuerdo a lo que la ley ordena para trabajadores ma-
nuales, sin considerar el valor espiritual de la obra artística.

LO MATERIAL Y LO ESPIRITUAL (9:14)


1. Necesitamos mensaje espiritual y medios materiales.
2. El predicador debe poder centrarse en lo espiritual.
3. El que no puede predicar, puede dar de lo material.

Sin embargo, adelantándose a lo que expondrá en los vv. 15 al 18, Pablo advierte que él mismo no usó el
derecho de ser sostenido económicamente para no poner obstáculos a la predicación (v. 12). En el caso de
Corinto, no había cristianos que hubieran mantenido al apóstol Pablo, y él no estaba respaldado, como puede
suceder hoy, por una organización misionera. Pero quería que la Palabra siguiera difundiéndose, y en conse-
cuencia no se ató a un método, sino que lo adaptó para poder cumplir su misión.10
El tercer argumento es el mandamiento de Dios. Lo dice en forma muy clara: “Así también ordenó el Se-
ñor” (14a). En Mt. 10:10 y Lc. 10:7 se citan las palabras de Cristo “El obrero es digno de su salario.” No se
trata de palabras textuales, pero es el mismo concepto. Quizá Jesús mencionó las palabras del v. 14 en una
oportunidad que no ha quedado registrada. Notamos que ya son varias las veces que, para reforzar su expo-
sición, Pablo menciona palabras del Señor. Esto tiene la fuerza natural de haber provenido de sus divinos
labios, pero para los lectores de esta carta, posiblemente se trataba de una información de algo que ignora-
ban, ya que nunca habían leído los Evangelios, simplemente porque todavía no habían sido escritos.11

9 Por otro lado, es importante destacar que Pablo no abandonó su profesión, y a pesar de su intenso ministerio siguió autosostenién-
dose.
10 Esto puede entenderse al menos de dos maneras: (a) Pablo sabía que si tuviera que esperar sostén de los corintios, el evangelio no

se difundiría, por lo tanto optó por autosostenerse. (b) Pablo no quiso poner una barrera a la predicación del evangelio. Aunque
tenía derecho a recibir sostén de sus hermanos, decidió no hacerlo para que nadie pudiera acusarlo de que estaba predicando “por
el dinero”.
11 También podemos preguntarnos cómo lo supo el mismo Pablo. Lo más probable es que se lo hubieran mencionado quienes lo

oyeron directamente de labios de Jesús. Si no hubiera sido así, tuvo que ser una inspiración directa del Espíritu Santo.
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[P. 148] POR QUÉ SOSTENER A LOS OBREROS (9:12–14)


1. Porque el mundo sostiene a los suyos.
2. Porque así se sostenían los sacerdotes de la Ley.
3. Porque Cristo lo estableció para quienes predican el evan-
gelio.

Esta exposición demuestra que el problema no era tanto si Pablo podía ser considerado apóstol o qué au-
toridad teníe en esa posición, sino si debía ser remunerado económicamente. Los corintios no se caracteriza-
ban por su generosidad, ya que en la segunda carte, el apóstol dedica dos caps. (8 y 9) a fin de instarlos a
participar en la ofrenda para los pobres de Judea. Allí explica que con esa actitud revelaban su falta de espiri-
tualidad.
c. Libertad para renunciar a su derecho (9:15–18)
15Pero yo de nada de esto me he aprovechado, ni tampoco he escrito esto para que se haga así conmigo;
porque prefiero morir, antes que nadie desvanezca esta mi gloria. 16Pues si anuncio el evangelio, no tengo
por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! 17Por lo cual,
si lo hago de buena voluntad, recompense tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido enco-
mendada. 18Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de
Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio.
Era posible que en Corinto alguno acusara a Pablo de escribir todo lo anterior como una forma velada y
maliciosa de reclamar dinero. Por eso se apura a aclarar que no es así y que, aun cuando su derecho es evi-
dente, sólo ha expuesto un principio general pero sin intentar sacar provecho de la situación. Su mirada se
dirige tanto al pasado como al presente e inclusive al futuro, cuando menciona la posibilidad de que alguien
“desvanezca esta mi gloria”, y de que se diluyan sus motivos de legítimo orgullo. Era delicado decir esto, ya
que, siempre con espíritu acusatorio, se podría tildar al apóstol de tener vanagloria. Por ese motivo en los
versículos siguientes agrega otras reflexiones quo tienen un sentido muy profundo, en particular para los
obreros cristianos.
En el v. 16 declare quo no está orgulloso ni se gloría por predicar el evangelio. Dicho así, alguno podía
imaginar quo Pablo no creyera que ésa fuera la más alta tarea concedida al hombre. Pero precisamente allí
está la cuesción: no es algo que él mismo ha logrado por sus méritos, sino [P. 149] que es un privilegio otor-
gado por la misericordia divina. Los motivos son dos: uno externo y el otro interno.
En primer lugar, declara que predica el evangelio “porque me es impuesta necesidad” (9:16b).12 No hay
ningún mérito en hacer lo que es obligatorio. Apelando a los ejemplos anteriores, el soldado no se ufanará
por marchar o luchar, así como el agricultor no esperará recibir una medalla por echar la semilla o por cose-
charla. Más adelante (v. 24), Pablo aclara que sí merece un reconocimiento el que lo hace mejor. Pero así
como Dios puso a uno para sembrar y a otro para cuidar ganado, a los obreros de su Viña los ha puesto para
predicar el evangelio. Podríamos agregar que, así como reconocemos el valor de quienes hacen tareas para
las que no estamos dotados—como los soldados que defienden la patria o los técnicos que aplican la cien-
cia—, también debemos reconocer a los que nos han traído el mensaje de vida eterna (v. 11). Una cosa no
excluye la otra.
Si por un lado estamos cumpliendo un mandato de Dios, por el otro hemos llegado a sentir que ese im-
pulso es imposible de contener. Un fuego interior nos mueve a seguir adelante a pesar de todo. Es por eso que
todo fiel siervo de Dios debiera sentir el deseo de exclamar con el apóstol: “¡Ay de mí si no anunciare el
evangelio!” (v. 16c).13 Es un eco de aquel magnífico pasaje de Jeremías, cuando el profeta reconoce que dijo:
“No me acordaré más de él”, Pero luego cuenta: “Había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis
huesos; traté de sufrirlo y no pude” (20:9). Así como la madre corre a sacar a su hijo de la casa que se incen-
dia, así como el policía no rehuye el peligro, así como el científico sigue su investigación hasta el fin, el pre-
dicador no puede dejar de hablar.

12 “Lo considero una obligación ineludible” (V.P.).


13 En el caso de Pablo, la predicación era su llamado y su don espiritual, y por ello esa frase era, literalmente, una realidad en el. Si
bien la predicación no es el llamado ni el don de todo creyente en Cristo, cada uno tiene un llamado y una responsabilidad. Cada
cristiano, entonces, debiera sentir la necesidad de exclamar: “¡Ay de mí si no cumplo la tarea que me ha encomendado Dios!”
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POR QUÉ PREDICAMOS


1. Porque el mundo lo necesita.
2. Porque Dios nos lo ha encomendado.
3. Porque tenemos esperanza en el fruto (10).
4. Porque nuestro corazón nos impulsa.

[P. 150] ¿Significa esto que el siervo de Dios nunca sentirá la tentación de abandonar, de declararse can-
sado y aun derrotado? De ninguna manera, como ya vimos en el caso de Jeremías. Más de una vez, sea por
simple desgaste físico (agotamiento, edad avanzada), sea por no ver resultados, sea por la ingratitud de algu-
nos, los obreros del Señor se sienten débiles para una tarea tan grande. Implícitamente, Pablo to reconoce al
indicar que, frente a esos hechos, hay dos posibles reacciones.
La primera es que se trabaje “de buena voluntad” (v. 17a), lo cual traerá recompensa, sea en los frutos
tangibles, sea en la satisfacción íntima, sea en la eternidad.
La segunda posibilidad es que lo haga “de mala voluntad” (v. 17b).14 No dice aquí cuál será la retribu-
ción; no hay duda de que ésta llegará, pero con un tono muy distinto al caso anterior. La reflexión de Pablo es
que si actuara de esa manera, sin suponer que simplemente podría bajar los brazos, “de todas maneras es un
encargo que Dios me ha dado” (v. 17, V.P.). ¿Qué no tengo ganas de hacerlo? Dios no me ha consultado si
debo o no debo predicar: la marcha debe proseguir y no puedo interrumpirla.
¿Acaso entonces Dios puede obligar a alguien, contra su voluntad, a proclamar el evangelio? De ningún
modo. El apóstol reconoce que hay circunstancias en que uno puede bajar los brazos y que, si no admitimos
que la voluntad de Dios es superior a la nuestra, más tarde lamentaremos no haber proclamado como debi-
éramos, y sufriremos remordimientos y pérdida de recompensa.
La recompensa que Pablo declara haber recibido es su libertad. No es que tenga libertad para predicar o
dejar de hacerlo, pues de eso debe responder ante Dios. Ha tenido el derecho de recibir retribución, pero co-
mo responde a las órdenes de Dios y no de ellos, tiene también posibilidad de renunciar a su derecho y auto-
sostenerse. Un derecho es algo que se puede usar, pero de lo que no se debe abusar. Todos tenemos derecho a
recibir retribución por lo que hacemos, pero hay circunstancias en que nos sentimos obligados a renunciar a
ello—por ejemplo cuando teniendo otros recursos, el que debe pagarnos carece de ellos. Si lo hacemos en la
vida secular, ¿cómo no lo haremos en lo espiritual, por ejemplo en la iglesia?
[P. 151] Ni una sola vez Pablo ha dicho que no recibió retribución de parte de Los corintios debido a la
mezquindad o pobreza de ellos. Si ésa hubiera sido la razón, suponemos que les hubiera enseñado a superar-
la, tal como hizo en 2 Co. 7 y 8. Su motivación al no esperar sostén económico de los corintios era mucho
más alta: poder predicar el evangelio sin obstáculos y sin que vieran intéres ecónomico en el apóstol.
d. Libre y esclavo (9:19–23)
19Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos, para ganar a mayor número. 20Me he
hecho a Los judíos como judío, para ganar a Los judíos; a Los que estaáz sujetos a la ley (aunque yo no esté
sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley;21 a los que están sin ley, como
si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin
ley. 22 Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de
todos modos salve a algunos. 23Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.
El punto de partida de Pablo es doble. Primero, yo so libre; segundo, yo me he hecho esclavo. El libre ejer-
cicio de la voluntad permite al cristiano definir cuál será su relación con los demés, dado que la relación con
Dios ya ha sido definida como la feliz obligación de predicar.15

14 “A regañadientes” (V.P.), “por obligación” (RVA). La traducción ofrecida por la RVA, echa nueva luz sobre el tema. Pablo predi-

caba el evangelio con gozo, pero no lo hacía en forma voluntaria. “Por obligación”, o la alternativa “contra mi voluntad”, no indica
que no estaba dispuesto a obedecer sino que su voluntad no tenía parte en el llamado que había recibido. Servir a Cristo no había
sido decisión propia, de manera que no recibió recompensa sino una comisión de Dios. Tenía obligación de predicar, y por hacerlo
ni esperaba ni merecía recompensa.
15 En el caso de Pablo, predicar. Para cada uno de nosotros, la gran comisión y la tarea específica que nos ha dado Dios.
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LA LIBERTAD DEL CRISTIANO (9:19–21)


1. El cristiano ha sido hecho libre por Cristo.
2. El cristiano sólo es gobemado por la ley de Dios.
3. El cristiano se goza en servir a los demás, llevándoles el
mensaje de libertad.

El término “siervo” es muy fuerte y equivale al de “esclavo” como se traduce con frecuencia.16 El princi-
pio que Pablo aplica es que voluntariamente está dispuesto a no valerse de su libertad sino a hacer ajustes en
su vida para lograr una sola meta: “ganar a mayor número” (v. 19b). Esta “esclavitud” no es impuesta por
los oyentes para lo que ellos deseen, sino [P. 152] que es la actitud de un siervo de Dios maduro que ha acep-
tado la visión de ganar al mayor número posible.
Seguidamente el apóstol menciona tres tipos de personas a las que ha tenido en cuenta, aunque sin duda
la lista podía ser mucho más detallada. En primer lugar, menciona a los judíos (v. 20a), “los que están sujetos
a la ley” (v. 20b). Históricamente, ante todo Pablo se había hecho judío en su adecuación a las normas de la
sinagoga, donde siempre comenzaba a predicar en cada ciudad. Además, nunca despreció los ritos de su raza
e inclusive después de haber escrito esta carta, hizo un ayuno público en el templo (Hch. 21:26). Actuaba
“como (si estuviera) sujeto a la ley”, aunque en realidad no lo estaba—como se cuida de aclarar aquí (v.
20b).17
En segundo lugar se refiere “a los que están sin ley” (v. 21a), a los paganos, lo que incluía a muchos en
Corinto. Ellos no obedecían la Ley de Moisés, por la sencilla razón de que no la conocían. Pablo había demos-
trado su gran capacidad de adaptarse a las costumbres y mentalidad de los gentiles: citaba a sus poetas, usaba
sus formas de razonar, enseñaba en una escuela. Pero eso no significaba que tuviera una libertad sin límites
para lo que había. El que no estaba “sujeto a la ley” (de Moisés) sí estaba “bajo la ley de Cristo” (v. 21c).18
Finalmente, están los “debiles” (v. 22a). Varias veces en sus cartas Pablo se cuida de insistir en que no de-
bemos menospreciarlos, sino que hemos de adaptarnos a sus necesidades. Los que caben en esta categoría son
innumerables: los debilitados por su edad, su ignorancia o su tozudez; los de carácter timorato y propenso a
deprimirse o caer; los quizá poderosos en el aspecto intelectual, Pero flojos ética o espiritualmente; los que no
han alcanzado la sabiduría y el poder de Dios a que se ha referido al comienzo de la carta.

PAUTAS PARA LA PREDICACIÓN (9:22–23)


1. Tenemos en cuenta los criterios de los creyentes.
2. Mantenemos firme el contenido del evangelio.
3. Nos dejamos dirigir por la mente de Cristo.
4. La meta siempre es ganar a otros para él.

[P. 153] Pablo no está diciendo, por ejemplo, que se embriagará con los borrachos o que usará un lengua-
je bajo con los profanos. Sí quiere decir que apelará a palabras sencillas con los que no tengan cultura, y que
tendrá paciencia con los que insistan en que los silogismos o sofismas de los filósofos valen tanto como la
revelación divina. Pablo era poderoso en su conocimiento y su comunión con Dios, pero no los desplegaba.
Su argumentación no se basaba en pruebas aplastantes sino en la convicción que produce el Espíritu Santo.19

16 Gr. EDOULOSA, de DOULOO, hacer esclavo de. Ver Hch. 7:6; 1 Co. 7:15 (traducido “servidumbre”); Ro. 6:18; Tit. 2:3 (traduci-
do “esclavo”).
17 Y como había polemizado inclusive con Pedro (Gá. 2:11).
18 Esta es “la ley de la fe” (Ro. 3:27), “la ley del Espíritu” (Ro. 8:2), ya que “el cumplimiento de la ley es el amor” (Ro. 13:10).
19 Ver 2:1–2.
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PREDICANDO A LOS DÉBILES (9:22)


1. Los humanamente poderosos pueden ser débiles espiritua-
les.
2. Nuestro lenguaje debe servir sólo para llevar a Cristo.
3. Debemos cuidar de abrir el camino al Espíritu de Dios.
4. Así los débiles alcanzarán el poder del Señor.

El v. 23 resume el por qué de su forma de actuar: no lo hace por su bien sino “por causa del evangelio”,
ya que quiere llegar a ser parte de ese mensaje y quiere mostrar a otros cómo transmitirlo.
e. La disciplina necesaria (9:24–27)
24¿Nosabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno sólo se lleva el premio?
Corred de tal manera que lo obtengáis. 25Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para
recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. 26Así que, yo de esta manera corro, no como
a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, 27sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en
servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.
Pablo cierra el tema con este ejemplo tomado del deporte. Hace una especie de resumen entre su disposi-
ción al sacrificio—que trató al principio—y la necesidad de disciplina para poder concretar dicho sacrificio.
Para los corintios debería ser atractiva la mención de los juegos atléticos, ya que en Corinto eran famosos los
llamados “ístmicos”, que tenían lugar al norte de la ciudad.
[P. 154] La expresión “¿No sabéis …?” (v. 24a) demuestra que el tema atlético era habitual en ellos. Los
que van al estadio van precisamente para correr; notamos que los que no corren, ni siquiera merecen ser
tenidos en cuenta en la comparación pues no son cristianos. Ahora bien, aunque todos corren, no todos lo
hacen con la misma capacidad ni con el mismo ánimo. Precisamente por eso unos ganan y otros pierden.
“¿Entre quiénes les gustaría estar a ustedes?” es la pregunta apostólica.
Hay dos cosas que tener en cuenta para obtener el premio, una para hacer y otra para dejar de hacer.
Cuando estamos en la pista, hay que correr de tal manera como para llegar primero. Esto implica esfuerzo,
entusiasmo, buena conditión física y quizá el aplauso del público (ver He. 12:1).

PARA GANAR EL PREMIO (9:24)


1. Recordar que es una carrera y no un paseo.
2. Poner todo el esfuerzo propio.
3. Poner los ojos en Jesús (He. 12:2).

Pero nadie gana una carrera sin preparación previa. En tal entrenamiento está aquello que debe ser deja-
do de lado.20 Mencionando otro deporte, “la lucha”, Pablo declara que quien lo practica “de todo se abstiene”
(v. 25a). Lo sabemos bien porque las crónicas deportivas mencionan boxeadores que han perdido un cam-
peonato por comer en exceso, ingerir bebidas alcohólicas, trasnochar, etc. Hay que optar entre lo placentero
y habitual y el ansia de ser campeones—o al menos haber demostrado que se intentó serlo.

FORMAS DE VIVIR COMO CRISTIANO


1. Sin intención de correr; quedándose quieto o siendo lerdo.
2. Corriendo, Pero sólo por cumplir.
3. Corriendo con la intención de ser el mejor.
4. Confiando en obtener el premio.

20 “El peso y el pecado que nos asedia” (He. 12:2).


91

[P. 155] Pablo no quiere decir que sólo es meritorio el que llega primero y sube al lugar principal del po-
dio. A menudo son otros los que han demostrado más garra, y los entendidos así lo destacan. Pero el vulgo se
limita a ver quién llega primero y aplaude. Al mismo tiempo, el apóstol nos está diciendo que hay un premio
esperando a todo cristiano que se esfuerza por su Señor. Tal vez aquí esté el concepto de que en la eternidad
habrá distintas formas de disfrutar el cielo.
La “corona” no era lo que entendemos hoy como tal. En los famosos juegos olímpicos era una rama de
laurel, que ha quedado como símbolo. En los juegos ístmicos era una rama de pino, pero su significación era
enorme y quien la ganaba obtenía un reconocimiento público comparable al de los magistrados.
El apóstol testifica de que ése es su modo de obrar. Se compara con un atleta que está corriendo o luchan-
do. A ninguno se le ocurre salir a competir sin saber dónde está la meta21 ni lanzando golpes al aire, como
invitando al contrario a derribarlo. Esto se relaciona inclusive con el entrenamiento, tema que menciona de
inmediato.22

LA AUTODISCIPLINA DEL CRISTIANO (9:26–27)


1. Es necesaria para la lucha o carrera.
2. Exige dominar los impulsos.
3. Debemos tener en claro la meta que nos proponemos.
4. Debe estar acorde con la corona que pretendemos.

De no ser así, dice Pablo, podría llegar a un momento de extrema vergüenza: él, que ha estado declarando
como un heraldo cuáles son las normas de la competencia, quedaría fuera de ella (v. 27). Esto debe ser visto
como una aplicación más del ejemplo atlético, y no como una acotación teológica. No se trata de que pueda
caer en la perdición, sino que no obtenga el premio que está reservado a los que han puesto todo su esfuer-
zo.23

21 “A la ventura” (v. 26a).


22 “Castigo mi cuerpo y lo obligo a obedecerme” (v. 27a V.P.).
23 Recordemos el grandioso pasaje cuando, ya cerca de la meta, el apóstol hace el análisis de lo realizado: “He peleado la buena

batalla, he acabado la carrera, he guardalo la fe. Por lo demás, me está guardadala corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez
justo” (2 Ti. 4:7, 8).
92

[P. 156]
CAPÍTULO 13
2. EN CRISTO, LEJOS DE LA IDOLATRÍA (10:1–11:1)
a. El ejemplo del pueblo hebreo (10:1–6)
1Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pa-
saron el mar; 2y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, 3y todos comieron el mismo ali-
mento espiritual, 4y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los
seguía, y la roca era Cristo. 5Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el
desierto. 6Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, co-
mo ellos codiciaron.
Antes de entrar a temas específicos de la vida de la iglesia, Pablo traza en este capítulo un cuadro sobre el
verdadero sentido de lo que es la iglesia. Para ello apela al mejor de los ejemplos, el del pueblo de Dios de la
antigüedad, “nuestros padres” (v. 1a). A partir de aquella experiencia histórica, expone cuáles son el espíritu,
las costumbres y las prácticas que deben regir a una congregatión cristiana.
Un modo de interpretación habitual es el de aplicar los hechos del pasado como ejemplos para el presen-
te. En realidad, aquellas cosas sucedieron “como ejemplos para nosotros” (v. 6a). La otra posibilidad es que
Pablo imaginaba que la mayoría de sus lectores corintios, no muy familiarizados con el A.T., necesitaba que
se le reiterasen algunos detalles del éxodo israelita. A través de la Biblia, éste es presentado como la gran ac-
ción del Dios Redentor de su pueblo. Es probable que los cristianos no necesitemos que se nos repita la narra-
ción del cruce del mar Rojo, de la peregrinación en el desierto detrás de una nube que les guiaba, de la ali-
mentación con el maná del cielo o del agua que brotó de la roca de Horeb. Con todo, una relectura de esas
historias puede ayudarnos a [P. 157] comprender las enseñanzas paulinas. También a nosotros se nos puede
decir: “No quiero, hermanos, que ignoréis …” (v. 1a).
Lo primero que advertimos es que Pablo subraya cómo aquellas grandes experiencias los tuvieron a todos
como protagonistas. En los vv. 1–4 cinco veces aparece esa palabra que indica presencia colectiva. Ahora
bien, si el pueblo de Israel fue un ejemplo del pueblo de Dios de hoy (la iglesia), eso significa que todos los
miembros pasan por experiencias que les califican para ser tales. El cuadro que sigue lo bosqueja.

TODOS LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA (10:16–17)


1. Están sumergidos en el Espíritu de Cristo.
2. Son guiados por el Señor.
3. Participan de los actos de la iglesia.
4. Reciben alimento y bebida espiritual.

Los dos primeros hechos, la ubicación bajo la nube y el cruce del Mar Rojo, son resumidos en el v. 2 en la
expresión ‘en Moisés fueron bautizados”. Tanto la nube como el mar fueron experiencias estremece doras,
símbolos del poder de Dios por encima y a los lados de su marcha. Dios les rodeaba por todas partes, y mien-
tras Moisés los guiaba dirigido por el Señor. Esa idea de algo que rodea por todos lados es lo primero que
vendría a la mente de los corintios pues en su propio idioma, el griego, leían literalmente “sumergidos”.1 En
un sentido más espiritual, que no puede estar ajeno aquí, Pablo declara que estaban separados del resto del
mundo a fin de estar absolutamente dedicados a Dios.2
Esa nueva situación de consagración a Dios en el bautismo lleva a una nueva comunión. Por así decirlo, el
cuadro externo produce un ámbito interno en el que también se demuestra la potencia divina. Dios lo hizo en
la antigüedad, proveyendo un alimento milagroso que llegó del cielo y una bebida excepcional que surgió de
las entrañas de la tierra. Era algo tan material como el trozo de carne o el vaso de agua en nuestra propia
mesa. Sin embargo, siendo con tanta claridad un don de Dios, era símbolo de lo “espiritual”.

1 Gr. EBAPTISANTO, de BAPTIZO, sumergir.


2 Ver Ro. 6:1–10.
93

[P. 158] NUESTRA COMIDA Y BEBIDA (10:3–4)


1. Damos gracias a Dios que ha creado comida y bebida.
2. Damos gracias porque podemos disfrutar de la comida.
3. Al hacerlo, comprendemos cuál es nuestro alimento espi-
ritual.
4. Cristo está presente en nuestro acto de comer a diario.

Para comprender el v. 4 debemos recordar que Pablo se refiere al sentido de los hechos y no a los hechos
mismos. Así como puede decir que el maná y el agua de Horeb eran algo “espiritual”, también tiene libertad
literaria para declarar que “la roca espiritual los seguía, y la roca era Cristo” (v. 4c). Por supuesto, una roca
material no puede seguir a nadie, pero sí una “roca espiritual”; detrás de ellos, la presencia futura de Cristo
era la explicación de los planes de Dios.
El maná y la roca eran objetos materiales. Agregándoles la actión divina, que culmina en Cristo, se trans-
formaban en espirituales.3
Los vv. 5 y 6 son el puente a la aplicación posterior. Por un lado, Dios no se limitó a dar indiscriminada-
mente. Habiéndolo hecho, tomó nota de cómo reaccionaron los beneficiados y “de los más no se agradó” (v.
5a). Por otro lado, teniendo nosotros tales ejemplos, no caigamos en su error—que básicamente es la codicia
de lo no debido.
b. Lo que deben evitar los cristianos (10:7–13)
7Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se le-
vantó a jugar. 8Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. 9Ni
tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. 10Ni murnu-
réis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. 11Y estas cosas les acontecieron co-
mo ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.
12Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. 13No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea
humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de to que [P. 159] podéis resistir, sino que dará
también juntamente con la tentacion la salida, para que podáis soportar.
Antes de llegar a la gloriosa promesa del v. 13, hemos de ver cómo Pablo aplica a los cristianos de Corinto
la dolorosa experiencia del pueblo hebreo. También aquí será bueno recurrir a los pasajes correspondientes
del A.T.; una vez más, el apóstol cree oportuno citar textualmente un ejemplo en que se da el contenido moral
y espiritual de la idolatría (Ex. 32:6).
El apóstol enumera selectivamente pecados en que cayó el pueblo antiguo: idolatría (v. 7), fornicación (v.
8), tentar al Señor (v. 9), murmuración (v. 10). En realidad es un cuadro de lo que, en los capítulos anterio-
res, se ha dicho sobre la iglesia de Corinto.
Esto no se menciona como consuelo de que el pecado siempre es el mismo y siempre habrá débiles en la
fe, sino que es una advertencia: la idolatría produce corrupción (v. 7b), y los demás pecados producen la
muerte. Además, cada uno tiene relación con el siguiente: al it tras dioses falsos, nos exponemos a perder los
valores morales (fornicación), con lo cual nos alejamos y ofendemos a Dios (le tentamos) y fracturamos la
relación con los demás (murmuración).
Pero este cuadro tan negro tiene implícito un rayo de luz. Notemos que en todos esos pecados cayeron
“algunos de ellos” (v. 7), lo que repite en cada caso. Antes indicó que “todos” fueron introducidos por Dios
en el nuevo vínculo, y que la mayoría (“los más de ellos”) actuaron en contra de la voluntad divina, mientras
que sólo “algunos” cometieron los pecados específicos. Hay una advertencia a la tendencia de generalizar lo
malo, como si siempre todos actuaran indebidamente.

3 Tengamos en mente estas ideas al estudiar el tema de los dones, donde el énfasis también está en la palabra “espirituales” y en la
suma de lo natural y lo divinamente otorgado.
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EL EJEMPLO DE ALGUNOS (10:7–11)


1. Siempre habrá algunos que caigan.
2. Ello no es excusa para que hagamos lo mismo.
3. Miremos cómo Dios otorgó bienes a todos.
4. Imitemos a los fieles, no a los infieles.

[P. 160] El v. 12 advierte quiénes pueden estar entre los que caen. Dado que los corintios se caracteriza-
ban por la jactancia—pecado que nos acecha a todos—había que estar alerta y que cada cual “mire que no
caiga” (v. 12).

QUIENES CAEN (10:12–13)


1. Los que son débiles y ceden a la tentación.
2. Los que creen estar fuertes y no vigilan.
3. Los que se miran a sí mismos y no al Señor (13).

Antes de continuar, Pablo cree necesario expresar una valiosísima promesa. Es cierto que tenemos tenta-
ciones, pero son las cosas normales que ocurren a un ser humano (v. 13a). Notemos que los ejemplos anterio
res tienen relación con los instintos naturales. Ahora bien, ¿qué hemos de hacer cuando nos sintamos abru-
mados por los ataques del tentador? Bastará recordar la concisa declaración biblica “Fiel es Dios’ (v. 13b) con
todo lo que ello implica.4

FIEL ES DIOS (10:13)


1. Mantiene sus promesas de la antigüedad.
2. Contiene la tentación para que no sobrepase nuestras
fuerzas.
3. Nos da una salida, una puerta a algo mejor.
4. Nos da fuerza para soportar.

Cuando soportamos los ataques del enemigo, no debemos pensar tanto en él sino en el Dios fiel y podero-
so. Naturalmente, hay que enseñar sobre Satanás, pero no de tal manera que parezca ser más importante que
la conciencia del poder divino.5
La historia de Job es una demostración de cómo Dios controla la acción de Satanás. Esta tiene un límite:
nuestra capacidad de resistir. Sólo Dios la conoce, de modo que no se la puede medir con criterios humanos.
[P. 161] Si se nos hubiera prometido una cantidad o pauta para la protección, temeríamos estar más allá,
pero el Dios que nos creó y conoce sabe hasta dónde llegan nuestras fuerzas y no permite que la tentación sea
superior. Por qué permite que llegue hasta ese límite es un secreto de su soberanía.
Este v. 13 también nos promete otras dos cosas. Una es que podremos “soportar”, lo que quizá indique
cierta duración o intensidad; tendremos la fuerza necesaria. Lo otro es que “dará también juntamente la sali-
da” (v. 13c), o sea que mientras estemos sufriendo, la solución ya está preparada. La “salida” o “vía de esca-
pe” implica no sólo la puerta de egreso, sino la forma de vida victoriosa.
c. La nueva vida de un nuevo pueblo (10:14–22)
14Por tanto, amados míos, huid de la idolatría. 15Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo.
16La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no
es la comunión del cuerpo de Cristo? 17Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo;
pues todos participamos de aquel mismo pan. 18Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrifi-

4 Ver también He. 4:14–16.


5 Notemos que en todo este pasaje, aunque Pablo no lo ha mencionado, atribuye luego la idolatría a “los demonios” (vv. 20–21).
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cios, ¿no son partícipes del altar? 19¿Qué digo, pues? ¿Qué el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a
los ídolos? 20Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quie-
ro que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. 21No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los
demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. 22¿ O provocaremos a
celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?
Este pasaje es tanto un compendio de mucho de lo que ya ha sido dicho por el apóstol, así como una pre-
sentación de los temas que le restan. El contenido general se refiere a la idolatría (ya tratado en el cap. 8, y
que culminará en la parte final de éste). El ejemplo del pueblo hebreo y su comunión con Dios se ejemplifica
con la participación en la mesa de Señor.6 Estos dos hechos concretos son un ejemplo de una nueva vida que
Dios nos da al incluirnos en la fraternidad de su pueblo, y son demostrativos de si le servimos a él (en la mesa
del Señor) o a los demonios (en la idolatría).
[P. 162] Comienza por hacer una doble apelación (vv. 14, 15).7 Antes de cada una, los califica sea de
“amados míos”, sea de “sensatos” (sabios, entendidos). Cada vez que quiere ser enérgico, agrega una palabra
afectuosa. Esto nos muestra que el amor ha de ser la base para cualquier exhortación categórica. Pablo había
explicado anteriormente que el verdadero cristiano tiene “la mente de Cristo” (1 Co. 2:16) y, potencialmente,
la posibilidad de juzgar con la sabiduría de Dios. Por lo tanto, Pablo les concede un margen de confianza,
dando por sentado que, siendo cristianos, podrían juzgar con sabiduría las palabras del apóstol. Al menos ésa
es su esperanza. Teniendo tales ejemplos del pasado, la presencia de un Dios fiel, y la mente de Cristo, debe-
mos estar en condiciones de juzgar qué es lo que más nos conviene.
El mandamiento es conciso, y luego se extenderá: “Huid de la idolatría” (v. 14b). En 6:18 dijo lo mismo
de la fornicación. Es evidente que los corintios necesitaban una expresión muy definida. La idolatría no era
sólo llevar sacrificios a un dios falso, sino todo un concepto de la vida y una forma de expresión social. Apa-
recía por todas partes, y era difícil eludirla. Sólo decisiones muy categóricas podían lograr la separación co-
munitaria y espiritual necesaria para el cristiano. Los últimos versículos (19–22) hacen suponer que los lec-
tores se habían permitido alguna indulgencia. Por ejemplo, haber acompañado a familiares paganos a una
ceremonia de sacrificio a los ídolos, o haber participado en actos cívicos que incluían invocación a los dioses.
Ante tales situaciones, la única solución era huir (1 Jn. 5:21).
Recurre entonces a lo que para nosotros es el máximo ejemplo, pues suponemos que los corintios tenían
gran respeto por la mesa del Señor—a pesar de los hechos negativos que describe el cap. 11. El privilegio de
participar de ella hace más grave la participación en la idolatría en cualquiera de sus formas.
Hay aquí ideas importantes sobre esa parte clave de nuestro culto. En primer lugar, hay paralelismo entre
la comida y la bebida dada milagrosamente a los hebreos del Exodo, y la copa y el pan de que participamos
hoy en la mesa del Señor. El sentido espiritual de los prodigios de la antigüedad debe estar presente en nues-
tras conciencias ahora. La expresión “la copa de bendición que bendecimos” (v. 16a) es una traducción lite-
ral de una forma de hablar de hebreos y griegos. Se refiere a la “copa bendita” (V.P.), en sí misma una bendi-
ción porque nos habla de la gran bendición redentora do Dios. Por eso “bendecimos”, damos gracias a Dios,
señalando cómo toda bendición viene de él. Al tomar esa copa, pues, [P. 163] lo hacemos elevando nuestro
espíritu en agradecida alabanza. En ese momento el Espíritu de Dios hará que reconozcamos que “la comu-
nión de la sangre de Cristo” abre camino a la declaración de 11:25. La copa no es la sangre de Cristo, sino la
expresión visible de un vínculo (la participación) que se ha creado en él por su sacrificio. Cuando participa-
mos en la Cena del Señor, se crea un nuevo vínculo con Dios y con su pueblo.
Del mismo modo, “el pan que partimos” (v. 16b) nos habla de la “comunión del cuerpo de Cristo” (v.
16b), lo que también nos lleva a 11:24. Aquí, sin embargo, la idea también abarca las enseñanzas sobre la
iglesia como cuerpo de Cristo (12:13 y siguientes). Anticipémonos ahora al tema de los dones, señalando có-
mo Pablo los ve a través de su experiencia en la mesa del Señor. No es un acto del individuo, sino del nuevo
pueblo cristiano. Nuestra “comunión”—una coparticipación espiritual—se establece tanto con el Señor como
con su iglesia, con aquél a través de ésta, y con ésta en el Espíritu de aquél.

6 Lo que será tratado más extensamente en 11:17–34.


7 “Huid de la idolatría”; “juzgad vosotros lo que digo”.
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LA COMUNIÓN EN LA MESA DEL SEÑOR (10:16–17)


1. Al participar de un mismo pan, vemos al Señor.
2. Sabemos que su sangre fue derramada por todos.
3. No importa que seamos muchos: él es uno.
4. Asimismo nos sentimos uno en él, como un cuerpo.

La noción de “pueblo de Dios” se subraya con el hecho de ser “muchos” (v. 17), así como el carácter úni-
co de Dios, confrontado con la multiplicidad de dioses paganos, se ve en el hecho de que es “uno solo el pan”
(v. 17a). Nosotros lo partimos y participamos de él: somos responsables y beneficiados por su muerte.
Seguro de que este ejemplo supremo no será fácilmente olvidado—ya que participarían una y otra vez de
la Cena—vuelve el ejemplo del pueblo hebreo, el “Israel según la carne”. En 9:13 mencionó cómo los sacer-
dotes comían de los sacrificios, con lo cual se identificaban con dicho acto (v. 18). El ejemplo histórico de los
israelitas al comenzar el tema (10:1–11), es una demostración de la unidad de lo material y externo con lo
espiritual e íntimo.
Ya ha adelantado que expone estos puntos para que huyan de la idolatría (v. 14), de modo que el planteo
del v. 19 no es tan abrupto, aunque sí directo. Su explicación lleva a una pregunta. Ha dicho antes que “un
idolo nada es en el mundo” (8:4), pero sin embargo no deja de ser símbolo del mundo demoníaco. ¿Qué hay
en un ídolo, que no es sino un trozo de materia artísticamente labrado? No hay nada.
[P. 164] Hay que diferenciar entre el objeto material y el sentido espiritual. Ni los ídolos ni los sacrificios
son más que átomos y molécular—como diríamos hoy en nuestro lenguaje científico. Pero cuando “los genti-
les” (v. 20) realizan un acto de sacrificio no piensan que están dando algo a un trozo de mármol o bronce,
sino a una fuerza, a un ser superior, de modo que no se trata de un acto vacío de contenido. Pablo dice cate-
góricamente que “a los demonios lo sacrifican y no a Dios” (v. 20a). No hacían un sacrificio a Dios porque
ellos nunca habían oído hablar del Dios verdadero. Sin embargo, esa situación tiene mucho en común con
gente que, en su ignorancia, hoy dice cosas como que “todas las religiones son buenas”, o “todos los caminos
llevan a Dios”, o “a Dios sólo le interesa la sinceridad”.
Todas nuestras traducciones dan la idea de algo demoníaco (v. 21), de las fuerzas del mal, los ángeles
caídos, las huestes de Satanás. Es la única vez que se los menciona en esta carta, que está llena de las obras de
Satanás.8 Es posible que al leer estas líneas los corintios tuvieran un panorama más amplio y advirtieran que
el demonio era parte de muchos de los problemas que atravesaban. La palabra que usa Pablo es
DAIMONION, que en griego se refiere a toda clase de espíritus y no sólo a los malos. Existe, por ejemplo, el
caso de Sócrates, que estaba convencido y así repetía que un DAIMONION guiaba e inspiraba sus enseñan-
zas, que se contaron entre lo más elevado del mundo pagano. El antiguo mandamiento9 incluía no sólo a las
fuerzas del mal sino también las buenas intenciones, las concepciones elevadas, las virtudes personificadas en
dioses mitológicos, etc. No hay que adorar ni ofrecer sacrificios al odio de Marte ni a la belleza de Venus ni a
la sabiduría de Minerva. Tenemos aquí, pues, una conjunción de aquello más elevado que puede crear el
hombre, y de aquello más bajo que puede promover Satanás—como las orgías de los templos en aquel tiem-
po—, que en última instancia es fruto de la tentación del enemigo que quiere alejarnos de Dios. Podemos
imaginar que Pablo usó una palabra que a los corintios les hablaba de un campo muy grande, para culminar
refiriéndose a las fuerzas del mal, que son lo opuesto al Señor. Por eso es imposible sentarse a la mesa del uno
cuando se ha participado de la mesa de otros (v. 21). Tremenda es la distancia entre la “copa de bendición
que bendecimos”, con himnos y oraciones, y las bacanales donde las copas embriagantes pasaban de mano
en mano como preludio de la corrupción más degradada de su tiempo.10

8 Divisiones,inmoralidad, etc.
9 “No tendrás dioses ajenos delante de mí.”
10 Bacanales eran las fiestas que celebraban los gentiles en honor del dios Baco. Por extensión, es cualquier orgía con mucho desor-

den y tumulto.
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[P. 165] LA ACCIÓN DE LOS DEMONIOS (10:20–22)


1. Inspira los cultos de los paganos.
2. Lleva a la corrupción de las costumbres.
3. Es incompatible con el camino de Dios.
4. Provoca el celo del Señor.

Pablo sigue apelando a la razón. ¿Por qué no podemos participar de ambas cosas, de la misma manera
que un día comemos con nuestra familia y otro día con los miembros de una entidad cívica? Sencillamente
porque con ésta no nos identificamos sustancialmente; en cambio, el sacrificio a ídolos se trata de algo espiri-
tual,11 nos hacemos “partícipes”, somos “parte” de ello como lo somos de un cuerpo. Un miembro (el brazo,
la pierna, el ojo, el oído que mencionará luego) no pueden formar parte de mi cuerpo y del ajeno. Un ser
humano no puede formar parte del cuerpo de Cristo y de los demonios, con quienes realmente no llega a ser
un cuerpo, sino sólo un copartícipe.
Quizá Pablo tenía en mente Dt. 32:21. Siglos después, la situación seguía repitiéndose, y no ha dejado de
encontrar variantes en cada época de la historia. El ejemplo de los terribles castigos que soportó Israel en la
antigüedad nos demuestra que no se puede jugar con Dios, provocándole como si le instáramos a actuar con
justicia y no con misericordia.
d. Todo para la gloria de Dios (10:23–11:1)
23Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. 24Ninguno busgue su
propio bien, sino el del otro. 25De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por moti-
vos de conciencia; 26porque del Señor es la tierra y su plenitud. 27Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de
todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. 28Mas si alguien os
dijere: esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de con-
ciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. 29La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues
¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia del otro? 30Y si yo con agradecimiento participo, ¿por
qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? 31Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa,
hacedlo [P. 166] todo para la gloria de Dios. 32No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de
Dios; 33como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de
muchos; para que Sean salvos. 11:1Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.
Este es el único caso en que, con claridad, el apóstol repite un tema, inclusive con las mismas palabras.
Tenía suma importancia, lo que nos mueve a tener en cuenta los principios para aplicarlos a nuestra propia
situación.
Los vv. 23–24 son principios generales. El v. 23 es una repetición literal de 6:12. La idea fundamental es
doble: primero, para un cristiano todo es lícito si no está estrictamente prohibido en la Escritura. Segundo,
hay un par de limitaciones muy claras: que cuanto hagamos sea conveniente (no sólo para mí) y que sea de
edificación, sustancialmente para la iglesia.
De allí surge el segundo principio: Cuando un cristiano piensa hacer algo, “ninguno busque su propio
bien sino el del otro” (v. 24). Por supuesto, no es malo hacer algo que sea bueno para nosotros mismos—por
ejemplo leer un buen libro, contemplar un paisaje, colocarnos un abrigo o comprarnos un mueble. Pero hay
algo superior a eso: la seguridad de que con lo que hacemos no estamos perjudicando al prójimo. Por otra
parte, entre lo que es bueno para mí y lo que es bueno para el otro, debe elegir lo segundo. Es cierto que esto
es la introduccion para un asunto específico (la comida de carne sacrificada a los ídolos) Pero también Pablo
cuida de agregar aquí un criterio general que no ha mencionado en el cap. 8.

11 Va de nuestro espíritu al espíritu de los demonios o de Dios.


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COMO DETERMINAR QUE HACER (10:24)


1. El propio bien no es malo, Pero no es lo primero que hemos de buscar.
2. Debemos cuidar que sea de bien para los demás.
3. Debe ser todo para gloria de Dios (31).

Reaparece entonces el problema de la carne que provenía de los sacrifícios paganos. El fondo de la ense-
ñanza es el mismo, pero la redención se hace más concreta, y se enumeran una serie de ejemplos prácticos
que ilustran los principios.
El primero se da cuando un cristiano va a la carnicería a comprar un trozo de carne. (Enunciado así, se
ve cómo no hay tema en el que la vida cristiana no se vea afectada.) Pablo declara que tal cristiano puede
comprar lo que desea sin preocuparse. Ni siquiera debe preguntar “por motivos de [P. 167] conciencia” (v.
25b), ya que eso indicaría ciertas dudas e intranquilidad de su parte. Más bien debe recorder que “de Jehová
es la tierra y su plenitud” (Sal. 24:1). Si es así, toda clase de carne es algo que pertenece a Dios y que ningún
ídolo o sacerdote puede trasmutar en algo perjudicial pare la conciencia.
La segunda posibilidad se da cuando un incrédulo invita a un cristiano a comer (v. 27a). Pablo aclara que
el problema se presenta cuando deseamos aceptar esa invitación. El mismo Jesús comía en casa de fariseos
que le invitaban (aunque lo hacían con el fin de tentarle). Hay muchos motivos en la vide social por los cua-
les es lógico que no despreciemos a una persona que nos invita con cordialidad; en la práctica, puede ser
alguien de la familia, por ejemplo para un cumpleaños, o una inevitable relación social, como así también
algo relacionado con un proveedor de nuestro comercio o algo parecido.
Es correcto aceptar la invitación, y además comer sin hacer pregunta alguna. Surgen algunas normales
como: “¿Quién fue la excelente cocinera?” o “¿Esta carne es del país o importada?”—preguntas que no tie-
nen por qué afectar la conciencia. Pero si preguntamos si la carne proviene del templo, estamos demostrando
que el tema nos preocupa.
Hasta ahora no hay problema alguno. Pero de repente surge una tercera posibilidad: alguien nos comenta
que la carne es en efecto resto de un sacrificio. Es de suponer que no lo dice sólo como una información—
como podría ser el lugar geográfico de origen, el tipo de animal, etc.—sino que la acotación implicaría algún
grado de inquietud al saber que somos cristianos, o de alabanza para el producto. Entonces, éste ya adquiere
un sentido espiritual. La advertencia es definitiva: “No la comáis” (v. 28b). Y el argumento es exactamente el
mismo por el cual antes declaró que sí había que comer: primero, por causa de la conciencia; segundo, por-
que “del Señor es la tierra y su plenitud”. La verdad bíblica que una vez nos lleva a hacer una cosa, luego nos
lleva a no hacerla.
Es natural entonces que el lector reaccione y Pablo sale al peso de esa posible inquietud. ¿Cómo? ¿Acaso
la conciencia primero nos dice que sí y luego que no? La respuesta es: “No estoy hablando de tu conciencia,
sino de la del otro” (v. 29). Naturalmente, lo que afecta al otro es algo que un cristiano debe sentir que le
afecta también a él. ¿Puede un verdadero creyente ester tranquilo cuando sus actitudes provocan inquietud
en el otro?
La forma en que Pablo anuncia el tema sigue siendo la que muchos usan hoy. Se trata de apelar a la liber-
tad. Un precepto de la sabiduría popular dice que “la libertad de uno termina donde empieza la libertad de
los demás.”No baste que yo dé gracias a Dios por la comida—sea con la oración habitual al comer, sea como
una actitud espiritual continua—para convalidar que estamos haciendo lo correcto. Podemos equivocarnos y
agradecer por algo que esté mal.
[P. 168] Así es cómo, en el v. 31, llega a otro principio general: “Hacedlo todo para la gloria de Dios”. Es
posible que más de uno piense que es ilógico que nos preguntemos al servir un Plato de comida o al llenar
una copa de bebida si ello es para la gloria de Dios. Pero si “del Señor es la tierra y su plenitud”, esa gloria
está presente en las cosas grandes y majestuosas como las mayores montañas o un culto en una catedral, tan-
to como en las cosas pequeñas: la mirada de un niño, una flor que brota, un trozo de carne que me aliments,
y cualquier detalle de la conducta.
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LA GLORIA DE DIOS (10:31–33)


1. Se manifiesta en “toda la tierra y su plenitud”.
2. Debe verse en cada detalle de la vida diaria.
3. Se demuestra con el amor al prójimo y a la causa del evangelio.

No podemos decir que busoamos la gloria de Dios si somos tropiezo para que alguien—judío o genti l (v.
32)—llegue a conocer la verdad o si la iglesia ve trabada su libertad de acción.12 La meta ha de ser la misma
que la del apóstol: “Yo en todas las cosas agrado a todos” (v. 33a).

NUESTRA META EN LAS RELACIONES (10:33)


1. Ser agradable a todos.
2. No buscar mi propio beneficio.
3. Tratar de lograr la salvación del mayor número posible.

La meta de Pablo sigue siendo la que expresó en 9:22. Adecua sus procederes al beneficio espiritual de los
demás, de modo de no contradecir el fondo de su ministerio. Así debe entenderse la apelación final “Sed [P.
169] imitadores de mí” (11:1a).13 No se trata de que el apóstol pretenda ser un modelo de perfección, sino
que, en el tema que está tratando, dice a sus lectores que ellos también deben hacer todo esfuerzo posible
“para que (muchos) sean salvos”. Los corintios han de imitar el ejemplo de Pablo (ver 4:16) así como Pablo
imitaba a Cristo. El énfasis aquí está en el ejemplo de Cristo.

12 Los ejemplos que siguen, aunque remotos, ilustran la enseñanza. En la India, donde los hindúes no comen carne vacuna, si un
cristiano lo hace puede ser de tropiezo para un gentil. De igual manera, en países musulmanes las mujeres no deben salir a la calle
sin cubrirse el rostro, ya que hacerlo implica desprecio por las costumbres locales.
13 Unico caso en que un versículo de un capitulo pertenece conceptualmente al anterior.
100

[P. 170]
CAPÍTULO 14
3. VARONES Y MUJERES DE LA IGLESIA (11:2–16)
a. Exposición del hecho (11:2–10)
2Os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí, y retenéis las instrucciones tal como os las entre-
gué. 3Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios
la cabeza de Cristo. 4Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. 5Pero toda
mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese
rapado. 6Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cor-
tarse el cabello o raparse, que se cubra. 7Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es images y glo-
ria de Dios; pero la mujer es gloria del varón 8Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del va-
rón, 9y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. 10Por lo cual la
mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles.
La presencia de hombres y mujeres compartiendo la vida de la congregación de Corinto daba lugar a si-
tuaciones inesperadas. Debemos entender que la vida religiosa, tanto entre los judíos como entre los griegos,
era algo estrictamente masculino. Entre los segundos, el papel femenino era a menudo degradante por la
gran cantidad de prostitutas y las orgías que se realizaban en nombre de la religión. Por eso, la participación
de las mujeres en el culto provocaba inquietud y cuestionamientos. Cuando recordamos las luchas que hubo
hace pocas décadas para la actividad política de las mujeres, nos resulta más comprensible lo que ocurría en
Corinto—y posiblemente en muchos otros lugares.
[P. 171] Pablo no está tratando una cuestión de modas ni de detalle de orden, sino del orden mismo. El
tema anterior se relacionaba con el espíritu de la vida de la iglesia, y el siguiente con la cena del Señor.
Este pasaje ha sido objeto de mucha consideración en cuanto a cómo deben ataviarse las mujeres al asistir
a los cultos religiosos. La forma en que el apóstol lo encara, apelando a la misma creación y gloria de Dios,
debe llevarnos a pensar que se trataba de algo mucho más amplio.
Suponemos que era un elemento que afectaba profundamente en la sociedad de ese lugar. Una bandera es
sólo un trozo de género de determinado color, pero sabemos cómo se la debe respetar para no herir senti-
mientos. De la misma manera, pensemos en cómo debe vestirse una mujer en una sociedad musulmana con-
servadora. Al hacerse cristiana, ninguna debería salir a la calle sin cubrirse el rostro. Los ejemplos podrían
multiplicarse.
Este tema está regido por los principios mencionados con anterioridad.1
El v. 2 puede referirse tanto al cap. 10 como al 11. Aunque se lo suele adscribir al contenido del 11, si
pensamos en el previo, el significado es más categórico. Asimismo, la redacción hace más probable que Pablo
comience un nuevo tema en el v. 3. Tiene conciencia de que no escribe para el vacío, sino que su base está en
la buena memoria y el respeto de los corintios para con sus enseñanzas, pese a todos los problemas mencio-
nados.
El problema concreto es presentado sólo en los vv. 4 y 5, y no se trata de algo común entre nosotros, al
menos con sentido religioso. En los pueblos antiguos, tener o no la cabeza descubierta llegaba a ser parte de
la adoración. Aún hoy, ningún hombre permanecerá con el sombrero delante de otra persona en un lugar
cerrado ni delante de una dama, sin hacer al menos un gesto para quitárselo. Asimismo, un militar no se lo
quita sino de acuerdo a los reglamentos. En Tailandia, por ejemplo, se entiende que la cabeza es la parte sa-
grada del individuo y se recomienda a los viajeros que no palmeen allí a un niño (y menos aún a una mujer),
lo cual es tenido en cuenta por las iglesias cristianas.
Ese tipo de símbolo en la vestimenta aparece en todas partes, y Corinto no era una excepción. Allí una
mujer se quitaba lo que le cubría la cabeza sólo cuando se declaraba “liberada”, o sea cuando no estaba suje-
ta a su marido pues había sido consagrada a los dioses—lo que de [P. 172] hecho significaba entregarse a la
vida licenciosa del templo.2 Adiferencia de los judíos, los hombres corintios nunca usaban sombrero o pañue-
lo, ni siquiera en los cultos religiosos. Como la corintia era una sociedad dominada por los hombres, lo que

1 Todo debe ser hecho para la gloria de Dios; lo importante es no escandalizar a alguien “por quien Cristo murió”; mi libertad está
limitada por la conciencia ajena; no todo lo que es lícito sirve para edificación, etc.
2 La cabeza descubierta, entonces, era símbolo de una mujer de poca o nada de moralidad.
101

hacían las mujeres se tornaba más llamativo. Se deduce del texto que, al sentirse libres en Cristo, algunas
entendían que ya no tenían por qué usar to que podía considerarse un símbolo de dependencia3—cuando no
de servidumbre.4
Cuando una de ellas se presentaba sin velo, producía una conmoción. El rumor entre los presentes debía
de ser muy notorio (como ocurriría hoy si un hombre se presenta con falda o una mujer en traje de baño).
Después de mirarla un rato, todos se volverían al marido, como preguntándole por qué lo permitía, y si eso
significaba que había un problema entre ellos—del tipo de los descriptos en el cap. 8. Además, si una de
aquellas mujeres del templo pagano entraba a un culto cristiano, posiblemente se apresuraría a ponerse algo
sobre el cabello.
Antes de entrar en materia, Pablo sienta una vez más un principio general. El tema de cubrirse la cabeza
tiene que ver con lo que representa. En todos los idiomas, el término “cabeza” habla de algo especial. Por
ejemplo, decimos que algo “va a la cabeza”, cuando precede al resto. En la Biblia tiene sentidos diferentes.5
Las ideas incluyen autoridad, prioridad (ser lo primero), fuente de la vida, control.6 Se trataba, pues, de un
símbolo mucho más significativo que en la actualidad.7
Sin duda, las tres veces que la cabeza es mencionada en el v. 3, el sentido tiene cierta similitud, pero tam-
bién algo de diferencia. Por [P. 173] ejemplo, la relación entre Cristo y su Padre (la cabeza) no es la misma
que entre el hombre (la cabeza) y la mujer.
Pablo comienza mencionando el posible error de los hombres (v. 4), o sea que ambos sexos deben tener el
mismo cuidado. Este caso demuestra que importa más el sentido de lo que hacemos que el acto mismo. Por
ejemplo, si un cristiano se acerca en Jerusalén al Muro de las Lamentaciones, o a cualquier sinagoga, no re-
chazará un casquito que le dan para ponerse en la cabeza, precisamente por respeto a quienes allí están ado-
rando a Dios.8 Si fuéramos a aplicar este v. 4 en forma literal, nos negaríamos a usarlo.
Lo mismo puede ocurrir con una mujer, tema del v. 5. No pasamos por alto que Pablo se refiere a qué de-
be cuidar una mujer “que ora o profetiza” (v. 4a); ya que esto era revolucionario,9 era de esperar que no
hubiera dos sacudimientos a la vez.10 No hay una declaración específica para toda mujer presente en la con-
gregación. Es importante destacar que aquí Pablo no plantea que sea problema que la mujer hable sino cómo
to hace, a diferencia de 14:34.
Hay un juego de palabras en el use de “cabeza”. La mujer que la tiene descubierta en ese momento
“afrenta su cabeza”, que según el v. 3 tiene que ser el marido. Eso es lo que habrán sentido los presentes, tal
como si hoy ella se sacara el anillo de bodas en público, delante de él.
El cabello de la mujer siempre ha sido parte de su encanto y es normal que ella lo cuide. Cortarlo al rape
ha sido con frecuencia un castigo; ocurrió, por ejemplo, con las mujeres que habían colaborado con los nazis
en Francia durante la guerra. El estilo de Pablo es plantear un caso extremo para ser claro. Es como si dijera:
“Si ya no tiene vergüenza, que lo demuestre del todo y se rape”.
Los vv. 7–9 retrotraen el tema a la historia de la creación. Señala el deber del hombre de respetar a Dios,
reflejando su gloria, así como el de la mujer de reconocer a su marido y reflejar la gloria de ella, la de una
vida hermoseada por su propia presencia, que permite la formación de un hogar digno.
La “señal de autoridad” (v. 10), expresión que no apareció antes, no es fácil de definir, como tampoco
qué tienen que ver los ángeles con este tema. Las explicaciones se dividen: (a) los ángeles de Dios son testigos

3 La cabeza cubierta era señal de que una persona estaba bajo la autoridad de otra.
4 Notemos que la palabra que es usual hoy, o sea “velo”, aparece una sola vez en el v. 15 y es omitida, por ejemplo, en la V.P.
5 “Ha venido a ser la cabeza del ángulo” (Sal. 118:22); “Dios herirá la cabeza de sus enemigos” (Sal. 68:21); “Ascuas amontonarás

sobre su cabeza” (Pr. 25:22), etc.


6 Todo el contexto del pasaje parece ser la idea de autoridad. No se hubieran incluido los vv. 11–12 si no existiera la posibilidad de

que el hombre abuse de la autoridad que le fue dada.


7 El principio es que el cristiano siempre debe actuar de manera decorosa. La aplicación de este principio en Corinto señalaba que

las mujeres debían cubrir sus cabezas durante los cultos de adoración. El principio tiene validez permanente, pero tal vez sintamos
que la aplicación del principio difiere. Considerando que las costumbres sociales son totalmente distintas, podríamos sostener que
la total aceptación de este principio no requiere que en el mundo occidental del siglo XX las mujeres se cubran la cabeza al orar.
Además es importance señalar que la cultura occidental no tiene una forma reconocible para expresar la sujeción de la mujer. El
símbolo de la sujeción variará de acuerdo a la raza y cultura de la iglesia local.
8 La lección es que si en cierta cultura existe una práctica que apoya los principios bíblicos, hay que usarla.
9 Porque culturalmente la mujer no tenía voz ni voto en las congregaciones religiosas.
10 Es decir que hable, y que lo haga con la cabeza descubierta.
102

[P. 174] del culto en el que de alguna manera están presentes;11 (b) se refiere a los ángeles caídos que podían
hacerle caer en tentación; (c) no habla de ángeles sino de “mensajeros” (Gr. ANGELOS), es decir los predica-
dores.
b. Consideraciones sobre el tema (11:11–16)
11Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; 12porque así como la mujer proce-
de del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios. 13Juzgad vosotros mismos: ¿Es
propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza? 14La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le
es deshonroso dejarse crecer el cabello? 15Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso;
porque en lugar de velo le es dado el cabello. 16Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no
tenemos tal costumbre ni las iglesias de Dios.
Al argumento de la creación del hombre y la mujer, Pablo agrega otros dos: lo que indica la naturaleza y
lo que es razonable. Pero antes, en los vv. 11 y 12 establece conceptos generales que son de mucho valor.
En el Señor todos los creyentes son iguales. Hombres y mujeres tienen roles diferentes en sus funciones y
relaciones, pero son iguales en cuanto a importancia y en lo espiritual. Ni la mujer es independiente del
hombre, ni el hombre de la mujer. Ambos se complementan en cada aspecto de la vida, y particularmente en
la obra del Señor ambos funcionan como un equipo divinamente diseñado.
Dios los creó a ambos. La primera mujer fue creada del hombre, pero desde entonces todos los hombres
han nacido de una mujer Así como la mujer tiene su origen en el hombre, éste nace de una mujer. Ambos
tienen roles distintos, pero igual importancia. Las mujeres son iguales a los hombres en el mundo, en la igle-
sia, y ante Dios. Ese es el sabio equilibrio y la armonía: diferencia de roles pero igualdad en cuanto a natura-
leza y espíritu. Dios los creó a ambos para sus gloriosos propósitos. Son complementos perfectos: uno es la
cabeza, el líder, quien provee; la otra es quien ayuda, apoya y acompaña. Dependen mutuamente.
Pablo hace entonces un par de preguntas, una para las mujeres y otra para los hombres. Insta a los dos
grupos a razonar sobre el tema y decidir en consecuencia. La primera cuestión es si resulta adecuado y co-
rrecto [P. 175] que las mujeres cristianas al orar en público imiten a las sacerdotisas paganas que hacían a
un lado lo que les cubría la cabeza. Si esto es más o menos fácil de contestar, el segundo planteo no lo es tan-
to. Según Pablo, la naturaleza nos enseña que es una vergüenza que el hombre lleve el cabello largo. Qué
entendía por largo es una minucia, ya que es de suponer que él lo usaba más crecido que la gran mayoría de
nosotros hoy, y que hubiera llamado la atención si se lo cortaba como es la costumbre actual. Lo que quiere
explicar es que existe una tendencia generalizada a que el hombre recorte más su cabellera que la mujer—
para quien es algo “honroso”,12 parte de su belleza y atractivo. Esas tendencias naturales son controladas por
el uso social, ya que sólo algunos primitivos no cuidan de su peinado. La unión de la inclinación habitual y la
costumbre conforman la “naturaleza”. Si fuéramos a aplicar esto estrictamente, lo que la naturaleza hace es
que el cabello (y la barba y las uñas) crezcan, de modo que Pablo no puede referirse sólo al proceso biológico.
Al volver finalmente a la mujer, Pablo dice que “en lugar de velo le es dado el cabello” (v. 15b). (No se
puede insistir en la palabra “velo”, que sólo aparece aquí y como indicando que el cabello mismo ya cumple
esa función.) Hay una apelación al cuidado de nuestro aspecto exterior. Un cristiano no debe ser exagerado
en su arreglo personal, pero no debe causar una pobre impresión.13 Cuando hay que pensar en cómo “dejar-
se crecer” (v. 14), no se trata de lo que ocurre sin nuestra intervención, y hay que asumir un criterio de lo
que se hará con el cabello. No es exagerado pensar que también se incluye la idea de qué harán los hombres,
por ejemplo, con su barba y bigote. Por extensión, todo nuestro cuerpo es digno de ser atendido como un don
de Dios.
La reflexión final de Pablo (v. 16) es una advertencia a quienes quieran seguir discutiendo el tema. Hága-
lo si así quiere, pero que quede claro que su posición es la que ha expuesto, en to cual le acompañan las fieles
congregaciones.

11 Los ángeles de Dios siempre están con los cristianos, especialmente durante la adoración a Dios. (Ver, por ejemplo, Job. 38:7; Mt.

18:10; Ef. 3:9–10.) Por lo tanto, los ángeles observan lo que hacen las mujeres, y éstas no deberían hacer cosas indecorosas—así se
consideraban—ante ellos.
12 Literalmente “gloria” como en el v. 7.
13 Los ermitaños de los primeros siglos que ni se bañaban porque sostenían que el cuerpo es algo deshonroso, no aplicaban estas

ideas.
103

[P. 176]
CAPÍTULO 15
4. LA CENA DEL SEÑOR (11:17–34)
a. Abusos en la práctica (11:17–22)
17Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porqueno os congregáis para lo mejor, sino para lo peor.
18Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo
creo. 19Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros
los que son aprobados. 20Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. 21Porque al
comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. 22Pues qué, ¿no
tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen
nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo.
Los vv. 17–34 constituyen el pasaje bíblico más extenso sobre la Cena del Señor, y lo único al margen de
los relatos de los Evangelios. Además es el único caso en que se dan instrucciones a la iglesia para su celebra-
ción. Aunque la intención de Pablo es correctiva, existen notas positivas que resultan prácticas e inspirado-
ras.1

[P. 177] SIGNIFICADO DE LA MESA DEL SEÑOR (11:17–34)


1. Somos un cuerpo en Cristo.
2. Tenemos comunión con su Espíritu.
3. Tenemos comunión unos con otros, superando divisiones.
4. Abandonamos todo lo que se relacione con el mal (10:21).

El lenguaje con que Pablo se introduce al tema es fuerte y presenta un contraste deliberado con el v. 2,
donde dice que alaba a los hermanos porque han “retenido las instrucciones”. Ahora, por lo contrario, en lo
“que sigue” no puede alabarlos.
Los vv. 17–19 son de orden general, mientras que del 20 al 22 introduce el tema de la Cena del Señor. Da
por sentado que los cristianos tienen por costumbre congregarse. Ahora bien, ¿qué significa “congregarse”?
Enseguida pensamos que debe de haber en esa palabra algo más que un grupo de gente reunida. Un grupo
puede estar reunido accidentalmente, como ser los que viajan en un ómnibus. Otros se reunen con un propó-
sito, como los que asisten a un acto político o a un espectáculo teatral. Pero para que se pueda decir que los
cristianos están congregados como tales, debe haber unidad de espíritu.
El espíritu que demuestra la presencia de Cristo estaba ausente allí. Esto es lo que se notaba “en primer
lugar” (v. 18), Pero es evidente que se refiere a la celebración de la Cena. Lo que más se percibía era que se
reunían no para destacar lo que les hacía uno en Cristo, sino para resaltar lo que les dividía.2 Podemos ima-
ginar que lo primero que se notaba en aquellas reuniones era que unos se declaraban seguidores de Pablo y
otros de Apolos, o que unos eran ricos y otros pobres, o que unos estaban pleiteando con otros, o viviendo
inmoralmente o con problemas conyugales, o que se jactaban de tener determinados dones. La consecuencia
era que, con cada encuentro, las divisiones se ahondaban. Eso no era reunirse “para to mejor” (v. 17b): dar
gloria a Dios y edificar a los hermanos, como ha de expresar más adelante. Al contrario, era hacerlo “para lo
peor” (v. 17b): dividir al cuerpo de Cristo y causar escándalo ante los incrédulos. Notemos que Pablo nunca
sugiere las dos soluciones habituales de hoy: dejar de reunirse o dividir la iglesia en dos o más grupos. No
sabemos si llegaría un momento en que el apóstol propondría esto, Pero en ningún lugar del N.T. se plantea
tal “solución” aunque los problemas abundan. Al [P. 178] contrario, expresa esperanza cuando dice que lo
cree “en parte” (v. 18b): quizá los informes han sido exagerados. En casos similares no nos apuremos a to-
mar partido, ya que las informaciones suelen ser verdad sólo “en parte”.
Es notable que en el v. 19 Pablo dice que “es preciso que entre vosotros haya disensiones”. Dado todo el
cuando anterior, aquello era inevitable. El camino para la solución era no seguir presumiendo de ser un solo

1 Otro aspecto que no podemos pasar por alto es que el tema es tratado poco después de referirse al bautismo (10:2), y que lo reto-
ma de 10:16–21. Ya allí nos explicó cómo la mesa del Señor debe ser, por un lado, una prueba de que pertenecemos a un cuerpo y
por el otro, un alejamiento de la mundanalidad.
2 Esto había llegado a oídos de Pablo por boca de “los de Cloé” (1:11).
104

cuerpo, cuando en realidad había profundas diferencias. No hay que temer al debate sino a la discusión sin
un espíritu sano y sin dependencia del Señor. Es como si Pablo dijera: “Está bien, colóquense aquí los que
piensan que sí, y de este lado los que piensan que no, y den sus razones, busquen fundamento bíblico y en las
palabras del Señor (como yo he hecho antes), piensen qué es lo que más sirve para gloria de Dios, edificación
mutua y testimonio a los incrédulos, y admitan eso todos.” Cuando no haya acuerdo, quedará manifiesto
quiénes son “aprobados”.3 La misma actitud demostrará quiénes son aprobados por Dios y entonces la igle-
sia, unida, seguirá adelante.4

DIFERENCIAS DE OPINIÓN (11:19)


1. Sirven para aclarar las cosas.
2. Muestran que quizá lo que se dice es verdad sólo “en parte.”
3. Permiten buscar juntos la voluntad divina.
4. Llevarán a conocer quién es (y qué es) un buen cristiano.

Pero Pablo quiere llegar a un punto específico: lo grave es que pretendían cumplir con los requisitos de
una iglesia pero no lo hacían al reunirse para celebrar la Cena del Señor.5 Pero de aquellas reuniones no po-
día decirse que eran “comer la Cena del Señor” (v. 20).
Entendemos que Pablo se refería al orden de ese culto. Los cristianos corintios se reunían alrededor de
una mesa y allí cada uno actuaba haciendo lo que sentía que era del Espíritu (14:26). Participaban entonces
de una comida, después de la cual se celebraba la Cena del Señor. Paraesa [P. 179] comida, al parecer, cada
cual llevaba lo suyo, pero no para compartirlo, sino para atosigarse y aun embriagarse, mientras que otros,
probablemente los pobres de la congregación, se quedaban con hambre (v. 21b). Aquello por cierto no era
ambiente propicio para recordar el sacrificio del Salvador, y era más bien menospreciarlo.
“Cada uno se adelanta a comer” (v. 21) era lo que hacían antes de llegar al lugar de reunión, y por eso
alguno se presentaba ebrio. Miraban con desprecio a los necesitados y querían demostrar su espiritualidad.
Ni siquiera esperaban a los demás (v. 33), sino que se apuraban a hablar de sus cosas, a reclamar el canto de
tal salmo, etc.
Fallaba tanto el orden como la unidad. Sin duda, una cosa influye en la otra. Aquello era menospreciar a
la iglesia de Dios (v. 22b). Avergonzar “a los que no tienen nada” también era menospreciar a la iglesia pues
esos hermanos eran miembros del cuerpo. Se advierte el disgusto de Pablo, pero también que había otras co-
sas en que sí podía alabarlos (11:2).
b. El relato de la Cena del Señor (11:23–26)
23Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entre-
gado, tomó pan; 24y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por voso-
tros es partido; haced esto en memoria de mí. 25Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado,
diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria de
mí. 26Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis
hasta que él venga.
Mencionemos algunos aspectos generales a manera de introducción. En primer lugar, es el relato más an-
tiguo que tenemos de ese solemne momento, ya que probablemente ninguno de los Evangelios había sido
escrito aún.
En segundo lugar, es sorprendente la similitud de este relato con los que aparecen en los Evangelios, que
tienen sus diferencias secundarias, por ejemplo en el orden de los elementos. La redacción sobria y concisa da
la impresión de algo conocido, casi diríamos que con el mismo vocabulario.
Finalmente, Pablo cuida de indicar la transmisión de esta narración: “Porque yo recibí del Señor lo que
también os he enseñado”, (v. 23a). Quizá no quiere decir que se trató de una revelación directa, aunque esto

3 Gr. DOKIMOI, quienes han aprobado el examen. “Verdaderos cristianos” (V.P).


4 Tales divisiones revelan a los que verdaderamente son cristianos. La prueba no es el sistema correcto de creencias sino la conducta
que refleja el evangelio.
5 Esta forma de designar la ordenanza de Cristo aparece sólo aquí, e indica que es algo que le pertenece y fue establecido luego de

la cena pascual.
105

es posible, pero sí que fue voluntad divina que él conociera todos estos detalles y asimismo que los transmitie-
ra a la iglesia de Corinto desde su momento inicial. La continuidad de la vida de la iglesia queda establecida:
el Señor, los apóstoles (que no son nombrados), los que desparraman el mensaje y los que lo van repitiendo
“hasta que él venga” (v. 26c).
[P. 180] Para comenzar, recuerda que aquello ocurrió “la noche que fue entregado” (v. 24). Era un mo-
mento negro, pero él dio gracias a Dios. Esa entrega tiene un gran contenido espiritual.
Pablo enumera claramente los pasos que siguió el Señor: tomó el pan y luego la copa; dio gracias, lo par-
tió, dijo qué representaba y lo repartió a los suyos. Por cierto que no se trata de un ritual; por ejemplo, sobre
el pan no dice que fue dado a los participantes, y sobre la copa no declara que dio gracias. Sin embargo, indi-
ca los elementos espirituales que deben estar presentes: la memoria del cuerpo y la sangre de Cristo, la acción
de gracias y la participación colectiva. Las distintas iglesias han edificado doctrinal, ceremonias y ritos sobre
este monumento a la sencillez. Con el correr de los siglos hasta se ha llegado a perder el sentido profundo:
como en el caso de la palabra “eucaristía”, usada en el catolicismo, y que sólo es el término griego que signi-
fica “acción de gracias”.
Además, cuando se dice que “partió” el pan (v. 24a), aún sonaban las palabras del párrafo anterior sobre
el pecado de que la iglesia estuviera “partida” en fragmentos; o lo dicho en 10:17, que reiterará luego de que
“siendo uno el pan, nosotros con ser muchos, somos un cuerpo”. ¡El fue partido para que nosotros seamos
unidos en un cuerpo!
Partió el pan, después de dar gracias. ¿Por qué lo hizo? Visto superficialmente, diríamos que era parte de
la celebración pascual, que estaba agradeciendo por todas las acciones divinas en el pasado y en especial por
el gran hecho liberador de Dios en Egipto. Daba gracias porque podía estar allí con los apóstoles (Lc. 22:15–
28), lo que garantizaba la continuidad de su ministerio más allá de la obra redentora—por la que, a pesar del
Getsemaní, agradecía al Padre. El énfasis está en lo que dijo, con una serie de verbos en imperativo.

TRES MANDATOS DE CRISTO (11:24–25)


1. “Tomad”: aceptad lo que yo os doy.
2. “Comed”: haced que sea parte integrante de vuestro ser.
3. “Haced esto”: como iglesia, seguid obedeciendo.

La identificación del pan y del cuerpo es una imagen semita en la concepción más elevada. Como en tales
interpretaciones, quiere decir: “Esto significa o represents mi cuerpo”. La intención de Jesús y el trasfondo en
que vivían los discípulos hacen difícil imaginar que algún cambio real tenía lugar en el pan. Tal posición sólo
pudo haber aparecido posteriormente en la iglesia, cuando las formas griegas de pensamiento reemplazaron
casi totalmente a las semitas.
[P. 181] Lo más importante, sobre todo para quienes ven sólo algo que significa o representa el cuerpo y
la sangre del Señor, es que comprendan que el simple hecho de que sea algo establecido y ordenado por él
debe implicar para nosotros un momento especial, por ejemplo para examinarnos ante su cruz (v. 31). Si lo
hacemos “en memoria” de él, debemos concentrar en él nuestros pensamientos, sobre todo en el Cristo cruci-
ficado que ha hecho posible nuestra redención y nuestra inclusión en el cuerpo de la iglesia. Sintamos hasta
qué extremo “se despojó a sí mismo” (Fil. 2:7), que pudo decir que su cuerpo era tan frágil como un pedazo
de pan, tan nutritivo como ese pan, y tan simbólico de todo lo que Dios nos da.

EN MEMORIA DE EL (11:25)
1. Es el momento en que recordamos lo que hizo.
2. Es la oportunidad para agradecerle nuestra salvación.
3. Es nuestro monumento, nuestro “memorial” a su amor.

Las palabras dichas al tomar la copa tienen un profundo significado. En Ex. 24:28, Moisés realizó la ce-
remonia por primera vez, diciendo: “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros”. Ahora
106

el Señor declaró que aquella copa era “el nuevo pacto en mi sangre”. Eso significaba que el antiguo había
dejado de tener vigencia, lo que daba gran solemnidad al momento.6
El v. 26 presumiblemente es un agregado de Pablo, con palabras propias y no citando al Salvador, pues
habla de “el Señor” en tercera persona.
La participación es del pan y de la copa, símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo. La celebración es una
forma de anunciar que él ha muerto, algo que no podemos olvidar.

EL ANUNCIO DE SU MUERTE (11:26)


1. Lo refrescamos en nuestra memoria.
2. Lo decimos unos a otros en el cuerpo de la iglesia.
3. Lo proclamamos a los que no le conocen.

[P. 182] La frase final es una afirmación muy sugestiva: “hasta que él venga” (v. 26). Pero lo que Pablo
quiere destacar aquí es que debemos insistir en esta práctica—y paralelamente en el anuncio de esa muer-
te—sin interrupción hasta el momento final de la historia. El período que va desde “la noche que fue entre-
gado” hasta que “él venga” es ocupado por la iglesia en la edificación y en la proclamación.7 Diremos que un
día él fue “como cordero entregado al matadero” y que otro día será el que vendrá rodeado de los ángeles
para juzgar al mundo. Todo ello está presente de alguna manera en el don que Dios nos ha dado al establecer
esta forma de recordación.
c. Advertencias sobre la forma de participar (11:27–34)
27De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será cul-
pado del cuerpo y de la sangre del Señor. 28Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y
beba de la copa. 29Porque el que come y bebe indignamente, sin discemir el cuerpo del Señor, juicio come y
bebe para sí. 30Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. 31Si, pues,
nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; 32mas siendo juzgados, somos castigados por el
Señor, para que no seamos condenados con el mundo. 33Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer,
esperaos unos a otros. 34Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Las
demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere.
Después de haber relatado lo que ocurrió cuando Cristo estableció la Cena del Señor, Pablo da algunas
advertencias sobre la forma en que debe ser celebrada, retomando lo que estaba diciendo en los vv. 17–22.
[P. 183] Estos versículos (sobre todo el v. 27) han sido de gran preocupación, cuando no de tropiezo, para
muchos cristianos sinceros. Su deseo de hacer las cosas de acuerdo a lo señalado en las Escrituras les lleva a
este razonamiento: al examinarme a mí mismo (v. 28, 31), llego a la conclusión de que hay en mí algo indig-
no del Señor; por lo tanto, no debo participar de su mesa.
Hay en esta serie de ideas varias cosas erradas. Pablo habla a la conciencia individual, pues dice que tal
prueba o examen debe hacerlo “cada uno a sí mismo” (v. 28a), de manera que no tenemos aquí base para
una disciplina eclesiástica. Naturalmente conviene que cada iglesia tenga un criterio de quiénes deben parti-
cipar o no de la Cena, para evitar situaciones desagradables. Sin embargo, este pasaje está hablando de lo que
cada creyente debe hacer en tal circunstancia, al margen de los principios de su congregación o denomina-
ción.
La solución radica en entender la palabra “indignamente” (v. 27). Al llegar el momento de participar de
la Cena, con frecuencia el cristiano se siente incómodo al darse cuenta de que su vida no está en orden delan-

6 La palabra “pacto” (gr. DIATHEKE) es literalmente “testamento”: el N. T. nació en aquel aposento de Jerusalén y más que un libro,
es el establecimiento de la relación entre Dios y los hombres, ratificada por la sangre de Cristo.
7 (gr. KATANGELLO) es proclamar, declarar clara y abiertamente, en voz alta (ver Hch. 13:38). Sin embargo, el verbo no está en

imperativo sino en modo indicativo. Pablo no está diciendo: “Proclamen su muerte”, sino “al celebrar la Cena, están proclamando
su muerte.” ¿Cómo proclamamos? (1) Es posible que haya una conexión con la pascua judía, oportunidad en que el hijo mayor le
podía al padre que explicara el significado. De la misma manera, cada vez que se celebraba la Cena, se daba una explicación del
significado. Es lo que se hace cada semana en las Asambleas de los Hermanos. En muchas otras iglesias se incluye una explicación
del significado, o al menos se lee el pasaje bíblico correspondiente. (2) Cada creyente podía dar testimonio de que la salvación es
resultado de la muerte de Jesús en la cruz. (3) Los himnos que se cantan proclaman su muerte. (4) La proclamación no es necesa-
riamente a los cristianos sino a las fuerzas de las tinieblas. La proclamación aquí es de victoria sobre el pecado, sobre Satanás, sobre
la muerte.
107

te de Dios. Entonces supone que no debe comer y beber de ese pan y esa copa. Sin embargo, aquí no dice “in-
digno” sino “indignamente”.8 El tema que está tratando el apóstol es: ¿de qué manera se acerca cada uno a la
mesa? Y por lo tanto, ¿qué debe enseñar la iglesia al respecto?
Si leemos lo que sigue y lo que antecede, se desprende que el tema del apóstol es el desorden impropio de
un momento tan solemne. Algunos llegaban embriagados; otros, menospreciando al hermano; otros, negán-
dose a ayudar al que tenía hambre; otros, no respetando el horario establecido, etc. Aquello debía de ser un
desorden del principio al fin, y era imposible que uno se concentrara en el significado de lo que estaba
haciendo. La Cena del Señor debe ser celebrada “de manera digna”. Para lograr tal “dignidad”, algunos la
entonan como una gran obra musical—lo que culmina con las célebres “misas” de Beethoven, Verdi, Mozart
y otros. Sin embargo, no es preciso un ritual elaborado, pero sí un ambiente de quietud, reverencia y concen-
tratión. Ello se logrará en gran medida cuando la iglesia misma se asegure de que así sea. Pero ¿de qué sirve
un clima correcto si nuestro corazón está lleno de odio, menosprecio, ligereza por los motivos antedichos? El
llamado al orden abarca cosas que podríamos considerar superficiales: cualquier cosa, actividad, actitud que
hace que no podamos discemir el verdadero significado de la Cena del Señor. Puede ser tan evidente como las
actitudes ya mencionadas (odio, menosprecio, [P. 184] etc.) o tan sutiles como la mente que vaga y se con-
centra en cosas totalmente ajenas. En resumen, es difícil comer y beber “dignamente” cuando se llega con
apresuramiento y sin una reflexión adecuada. Pablo es más categórico y habla de un examen.
La “dignidad” necesaria para la participación comienza en la entrega de la vida a quien preside la mesa,
o sea al Señor. Por otra parte, ningún no cristiano puede considerarse digno de intervenir en aquello cuyo
sentido no puede captar.
Pablo nunca dice que quien se ha probado, luego de hacerlo, no coma. Por lo contrario, hay un manda-
miento claro: “coma así del pan y beba de la copa” (v. 28b). Sería muy sencillo llegar a la conclusión de que
hay algo mal en nuestra vida y entonces volver a casa sin participar y dejando el problema sin solucionar.
Aunque Jesús estaba hablando de otra cosa—la Cena aún no había sido establecida—nos parece adecua-
do aquí recordar unas líneas del Sermón del Monte en Mt. 5:23–24). La situación es similar. Si cuando va-
mos a participar—y es probable que lo sabremos con anticipación—tenemos conciencia de que hay un pro-
blema pendiente, corramos a resolverlo y entonces participemos con el corazón tranquilo. Si no es factible, en
el momento de comer y beber “en memoria” del Redentor crucificado, prometámosle solucionar el problema
lo antes posible. Si no cumplimos, la consecuencia es lógica: nos estamos juzgando a nosotros mismos ya que
primero cometimos un pecado contra un hermano y luego hicimos una falsa promesa al Señor. Por eso, el
que cayere en ello, “juicio come y bebe para sí” (v. 29).
Pablo propone una solución simple. Cuando me acerco a la mesa del Señor, me pongo a prueba delante
del tribunal de mi conciencia, comprendiendo que estoy en la presencia de aquel que entregó su cuerpo y
derramó su sangre por mí. El examen debe ser individual: “Pruébese cada uno a sí mismo” (v. 28). Lo reitera
hablando del beneficio que habrá “si nos examinásemos a nosotros mismos” (v. 31a), lo que parece insinuar
una segunda idea: “y no a los demás”.
No se trata de hacer una lista de pecados y virtudes, sino de colocarse delante de la cruz. A esto se refiere
el apóstol cuando habla de “discernir el cuerpo del Señor” (v. 29b). Aquí no está hablando de la iglesia como
cuerpo, como entienden algunos, sino de lo que está representado por el pan de que participamos. “Discer-
nir”9 significa “reconocer”, “comprender de qué se trata”, “elegir una verdad entre varias cosas”, etc. Si te-
nemos [P. 185] conciencia de cuánto costó a Cristo lo que estamos anunciando, no podremos hacerlo livia-
namente.
Por otro lado, si no lo tomamos en cuenta, estamos llamando el juicio de Dios. Una consecuencia es que
habrá “muchos enfermos y debilitados”. La iglesia, y cada uno de sus miembros, perderá poder al no hallarse
en ella el amor del Señor, la comunión del Espíritu y la fraternidad entre los creyentes. Pablo agrega que
“muchos duermen”, y parecería que hubieran perecido. La palabra10 suele aplicarse al fallecimiento en el
sentido habitual, y hace referencia a la muerte como castigo divino.11 Algunos habían muerto en ese estado
de debilidad espiritual, y eso era lamentable.

8 De manera indigna’ (V.P.). Todos somos indignos, pero somos justificados por la fe (Ro. 5:1). El Hijo de Dios es digno, y nos acer-
camos a Dios en su digno Hijo.
9 Ver Jn. 11:1 (muerte de Lázaro); Hch. 7:60 (muerte de Esteban).
10 Gr. KOIMONTAI, de KOIMAO.
11 Es probable que Pablo aquí esté cumpliendo un rol profético. Por el Espíritu Santo ha visto causa y efectos divinos entre lo que de

otro modo son realidades independientes: las enfermedades presentes de muchos que en ocasiones habían llevado a la muerte, y las
108

Si el juicio de Dios llega, por otra parte, podemos ser “castigados por el Señor” (v. 32a). Esto no se refiere
a la pérdida de la salvación (ya que no seremos “condenados con el mundo”), sino a la pérdida del gozo y la
comunión, así como a no disfrutar de todo lo que podemos recibir en una adecuada participación de la Cena.

LA CONSECUENCIA DE UN EXAMEN (11:31)


1. Nos muestra qué tenemos que arreglar en nuestra vida.
2. Evita que tengamos debilidades espirituales.
3. Evita el juicio de Dios sobre nosotros.
4. Nos hace comer y beber con limpia conciencia.

Los vv. 33–34 son aplicaciones muy prácticas. Vuelve sobre la necesidad del orden. “Cuando os reunís a
comer”, o sea específicamente para la Cena, debían respetarse mutuamente. No había que apresurarse a rea-
lizarla, sino ser conscientes de que faltaba alguno o algunos. Suponemos que esta indicación de Pablo fue
motivada por un hecho concreto, si no pareciera muy minúscula. Por ejemplo, tal vez los que se decían “de
Pablo” llegaran adrede antes que los “de Apolos”, pare dejar fuera a los otros.
[P. 186] De la misma manera, hay que comprender que no vamos a una fiesta, sino a un acto solemne
“en memoria” de Cristo. Dejemos de lado las cuestiones materiales y nadie diga que tiene prisa porque quiere
it a comer, o vaya porque allí se sirve una comida. El lugar para comer es la propia casa; por lo menos, da la
impresión de que Pablo no favorecía mezclar ambas cosas.
Además había otras que arreglar. Quizá se las habían mencionado o se podía dar por sentado que él las
conocía. No las menciona, sino que declara que es necesario estar presente para darles solución. Al menos,
eso indica que Pablo no quería cosas que no estuvieran “en orden” (v. 34c) en el seno de la iglesia.

acciones de algunos en la mesa del Señor. Pablo no ve el juicio de una persona que se enferma por haber cometido abusos contra
otra, sino que toda la comunidad se ve afectada por las acciones de algunos.
109

[P. 187]

PARTE V
CUESTIONES DE LA VIDA
DE LA IGLESIA: LOS DONES
12:1–14:10
1. Los dones en general (12:1–31)
2. El camino más excelente (13:1–13)
3. Profecía y lenguas (14:1–40)
[P. 188] [P. 189]
CAPÍTULO 16
Este tema es continuación del anterior, ya que también se refiere a cómo vigilar la vida íntima de la igle-
sia para asegurar el orden y la unidad. La razón para dividirlo es pedagógica, pues ocupa un espacio más
extenso que los demás y puede entenderse mejor si se lo estudia separadamente. Pero es preciso tratar de
comprenderlo a la luz de todo lo antedicho, en particular los caps. 1, 9, 10 y 11.
Repasemos brevemente lo ya considerado y adelantemos en forma concisa otros temas relacionados. Para
empezar, definamos la palabra “don”. En un diccionario común, se dan dos acepciones: Obsequio o dádiva, y
gracia especial para hacer una cosa. En este sentido, en el lenguaje habitual hablamos de gente que tiene el
don de la música, el don de las relaciones humanas, el don del buen gusto, el don de escribir, etc. La diferen-
cia con el uso en este capítulo es clara, sobre todo en algunos casos. La enumeración que se hace en los vv. 8–
10 y 28–30 hablan en su mayoría de cosas que se hacen más bien que de la virtud para hacerlas.
La primera definición habla de don como obsequio o dádiva, un regalo.1
Recibimos regalos de Dios. Lo que tenemos—por ejemplo, los dones—nos ha sido dado “como él quiere”
(v. 11c).
El tema aparece implícito a lo largo de la carta, y de todo el N. T. Un buen punto de partida para com-
prender su significado está en 4:7: “Porque, ¿qué te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?” Y si lo
recibiste, ¿por qué lo glorías como si no lo hubieras recibido? Nada de lo [P. 190] que somos o tenemos po-
dría estar en nuestro poder si no fuera por la bondad y la gracia de Dios. Por lo tanto, antes de comenzar a
pensar en los dones que tenemos, hemos de colocarnos en una actitud de humildad ante el Señor y los demás,
seguida de gratitud hacia él y de espíritu de servicio hacia los hermanos y el prójimo en general. El Creador
no pone en nosotros dones sin un plan y una voluntad concreta. Todo ello lo “tenéis de Dios, y no sois vues-
tros … porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro es-
píritu, los cuales son de Dios” (6:19, 20).
Ef. 2:8 declara que la salvación “es don de Dios”, y por lo general aclaramos que eso significa que es un
regalo, que lo recibimos gratuitamente del Señor. Sin embargo, tal regalo fue comprado “por precio”, la san-
gre de Cristo. Además, nos cuesta a nosotros la entrega de toda nuestra vida a Dios, “para buenas obras” (Ef.
2:10). Aél pertenece todo lo que hay en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Todo lo que Dios nos da (todo
don o regalo que recibimos) tiene un propósito, que debe cumplirse para no exponernos al juicio divino.2
El repaso de esta epístola nos muestra cómo Pablo tenía clam por qué y para qué el Señor nos entrega ta-
les obsequios. La razón es simple: sólo porque es bueno y su gracia (su deseo de darnos algo gratuitamente)
hace natural que así sea.

1 No conocemos ninguna traducción de la Biblia que use un término distinto al de “don”, sea por el sentido más amplio que ya
citamos, sea porque hacerlo resultaria demasiado revolucionario. Por otro lado, no resulta así en otros idiomas; en inglés, por
ejemplo, la palabra gift significa don, tal como aparece en este capítulo y en el resto del N.T. y también para designar un regalo
cualquiera.
2 Una de las preguntas que debemos hacernos al participar de la Cena es la medida y la forma en que hemos usado los dones de

Dios.
110

El primer use de lo que Dios nos ha obsequiado es para cumplir este mandamiento: “Glorificad, pues, a
Dios” (6:20).
El segundo tiene que ver con nosotros mismos. No recibimos los dones para nuestra gloria, porque “el
que se gloría, gloríese en el Señor” (1:31). Pero nunca dejaremos de agradecer, por ejemplo, que nos haya
hecho claro que nuestro mensaje es “Cristo crucificado” (2:2), así como que nos haya dado la sabiduría espi-
ritual necesaria para administrarlo (2:12; 4:1). Ese don—como todo privilegio que recibamos—también im-
plica una responsabilidad y un deber, ya que “me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evan-
gelio!” (9:16).
Pero sobre todo, Dios nos dota con aquello que es útil para los demás. Dones y servicio van de la mano.
Además de las aplicaciones concretas, hay fines generales que deben ser cumplidos ineludiblemente. A lo
largo de esta carta, dos aspectos de la vida de la iglesia dominan el pensamiento del apóstol. El primero es la
edificación: “Para que la iglesia reciba edificación” (14:5). Lo segundo—íntimamente relacionado con lo
primero—es la unidad: “para que no haya desavenencia en el cuerpo, para que [P. 191] todos los miembros
se preocupen los unos por los otros” (12:25). Pablo presenta estas dos ideas en forma reiterada, y llega a
hablar de los dones como el medio que Dios ha establecido para alcanzar una unidad que edifica o una edifi-
cación que une. Dicho de otra manera, cuando usamos algo que tenemos sin que se produzcan la edificación
y la unidad, hay dos posibilidades: que lo estemos usando mal o que no sea algo realmente dado por Dios; en
el lenguaje del cap. 12, debe decirse que no es algo “espiritual”.
Es notable cómo la palabra “don” se usa para aspectos muy diferentes en esta misma epístola. Al princi-
pio, Pablo dice a los corintios: “Nada os falta en ningún don” (1:7), o sea que “fuisteis enriquecidos en él, en
toda palabra y en toda ciencia” (1:5). El cap. 2, aunque no incluye la misma palabra (don), insiste en lo que
Dios nos ha “concedido” (2:12; literalmente “dado por gracia”), sustancialmente la sabiduría espiritual, que
reaparece en el cap. 12.
En el cap. 7, Pablo dice que “cada uno tiene su propio don” (v. 7)—y concretamente menciona el “don de
continencia” (v. 9)—3 que tiene su paralelo en lo que necesitamos recibir de Dios para ser buenos esposos,
esposas, padres, madres, etc., según las enseñanzas de ese pasaje.
Pablo, además, afirma: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Co. 9:15). Este don, que no tenemos pa-
labras suficientes para describir, es el mismo Jesucristo. Con esa frase, Pablo culmina su exposición sobre la
gracia que Dios nos da—o sea un don—de ofrendar con generosidad. Pretender hablar de los dones, sin co-
menzar por la ofrenda del Salvador, no es razonable. Si no pensamos ante todo en aquel cuyo cuerpo fue par-
tido y su sangre derramada—como Pablo ha explicado líneas antes—fallamos en el discernimiento de nues-
tro lugar y del cuerpo de Jesús, cuerpo que fue sacrificado y que se une y edifica en la iglesia.
Los dones son regalos de Dios, accesorios del gran regalo que fue su Hijo. Basta con recordar que don4 es
una capacidad que Dios da a los miembros del cuerpo para beneficio de éste.
Hay quienes diferencian “dones” de “talentos”. Por supuesto, la palabra usada en las parábolas de Mt. 18
y 25 se refiere a una suma de dinero y no tiene nada que ver con el terra de los dones.5 El término “talento”,
en el sentido de una capacidad extraordinaria o específica para algo, no aparece en la Versión Reina-Valera.
Es legítimo interpretar la [P. 192] parábola de Mt. 25 como que Dios nos da capacidades, más que dinero,
pero no es correcto apelar a la palabra concreta “talento” en ese sentido.6
Pablo está hablando de lo que Dios nos da, de lo que nos regala luego de habernos dado a su Hijo. El énfa-
sis en este capítulo, como en el 2, está tanto en la idea de lo espiritual como en la de los Bones. Es interesante
notar que en 12:1 en el original griego no aparece la palabra “bones”, sino que literalmente dice: “Sobre los
espirituales, hermanos, no quiero que vosotros ignoréis”. Sin embargo, la palabra “bones” aparece cuatro
veces más adelante, a partir del v. 4, y su inclusión en el v. 1 no sólo es legítima sino que se hace necesaria

3 “Sicarecen de dominio propio …” (BLA). En el griego no aparece el equivalente de la palabra “don”.


4 Gr. CARISMA, don o regalo de gracia.
5 Gr. TALANTON, talento.
6 Según quienes diferencian talento de don espiritual, un talento es algo natural que se recibe en varios grados por herencia, y que

se debe desarrollar. Un don espiritual es una capacidad espiritual que se recibe luego del nuevo nacimiento, y se debe desarrollar y
puede complementar el talento natural de la persona. Por ejemplo, alguien tiene el talento de cantar, y el don espiritual de la ense-
ñanza. En ese caso, sería un error pasar todo el tiempo cantando y descuidar el don de la enseñanza. Sin embargo, alguien con el
talento para cantar y con el don de servicio, podría expresar el don por medio de la música, ayudando a los cristianos a alabar a
Dios con el canto.
111

para la claridad de la redacción. Sin embargo, Pablo introduce el tema poniendo énfasis en el aspecto espiri-
tual del tema que va a tratar. En 11:1 y 12, también sólo dice “espirituales”.
Para una más clara comprensión, es bueno repasar otros conceptos y razonamientos que ha usado en la
carta. Por ejemplo, en 3:10–16 habla de la iglesia como edificio, agregando que cuando “el Espíritu de Dios
mora en vosotros”, ese edificio se transforma en templo (2:16).
Otro ejemplo es el del cap. 2. Los hombres tienen sabiduría pero sólo de acuerdo a sus posibilidades, que
no les facultan para conocer “las cosas que son de Dios”. Para ello es necesario “el Espíritu de Dios” (v. 11).
A la sabiduría normal del hombre “natural” se añade por la gracia de Dios la sabiduría espiritual, la cual
tiene el creyente, “el (hombre) espiritual” (v. 15), el que ha recibido “el Espíritu que proviene de Dios para
que sepamos lo que Dios nos ha concedido … acomodando lo espiritual a lo espiritual” (vv. 12, 13). Notemos
que se da el mismo camino: Dios da a todos los hombres el don de la sabiduría humana (“natural”), pero por
la acción del Espíritu Santo ésta llega a ser “espiritual”.7
[P. 193] Dios ha dado a los hombres pruebas de su generosidad, regalándoles to que llamamos “dones”.
Por ejemplo, a un científico le ha dado “sabiduría”, que es lo primero que se menciona en el v. 8. Pero aquí
no está hablando de eso, pues desde el primer versículo aclara que se referirá a los “espirituales”. Ha vuelto
al tema del cap. 2, insistiendo en la diferencia que produce la presencia del Espíritu Santo y su acción tantas
veces reiterada aquí en la vida de aquel que ha llegado a “llamar a Jesús Señor” por la obra de la tercera per-
sona de la Trinidad (v. 3).
Lo natural se hace espiritual cuando actúa el Espíritu. El don espiritual es una habilidad natural con una
dimensión espiritual. Los dones naturales se hacen dones espirituales cuando el Espíritu obra en el cristiano.
1. LOS DONES EN GENERAL (12:1–31)
a. Los dones y la unidad (12:1–13)
1No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. 2Sabéis que cuando erais gentiles, se
os extraviaba llevándoos como se os llevaba, a los ídolos mudos. 3Por tanto, os hago saber que nadie que
hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu
Santo. 4Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. 5Y hay diversidad de ministerios,
pero el Señor es el mismo. 6Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es
el mismo. 7Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. 8Porque a éste es dada por
el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; 9a otro, fe por el mismo
Espiritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. 10A otro, el hater milagros; a otro, profecía; a
otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretatión de lenguas.
11Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espiritu, repartiendo a cada uno en particular como él quie-
re. 12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, sien-
do muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en
un cuerpo, Sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espiritu.
Como ha ocurrido en varios otros casos, las primeras líneal relativas a un tema tienen carácter introduc-
torio y general; así sucede con los vv. 1–3 de este capítulo, que deben llenarnos de gratitud, al leer sobre este
Dios que está dispuesto a darnos tanta abundancia por medio de su Espíritu.
Si bien nuestra fe sobrepasa la capacidad de nuestra mente—pues Dios obra “más abundantemente de lo
que pedimos o entendemos” [P. 194] (Ef. 3:20)—el apóstol insiste en que no quiere que los corintios estén a
oscuras en este tema tan pasible de malentendidos. Ya ha dicho que tenemos “el Espíritu que proviene de
Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (2:12)—las cosas espirituales que luego calificará de
“dones”. Esto nos indica que es un tema importante, ya que un cristiano no puede estar a cigas sobre el hecho
de que Dios le ha dotado de alguna manera y en cuanto a lo que hacer con eso que ha recibido por gracia.
Hay una diferencia con el culto pagano de los gentiles, al que había pertenecido quizá la casi totalidad de
la iglesia en Corinto. Las frases “se os extraviaba” y “se os llevaba” (v. 2) son una sola en el original8 y de-

7 Razonamientos similares se aplican inclusive a los casos prácticos. La sabiduría humana indica que lo lógico es ganar un pleito; la
espiritual dice que es mejor “sufrir más bien el agravio” (6:7). La sabiduría humana indica que lo lógico es casarse, pero la espiri-
tual nos indica que en algunos casos es preferible apelar al don de continencia, que Dios da a algunos (7:9). Asimismo, aplicamos
el amor al prójimo “por quien Cristo murió” no comiendo una carne que, humanamente hablando, es igual a cualquier otra. Lo
que es lícito “naturalmente”, no conviene, no edifica (espiritualmente). El pan y la copa, que pueden ser considerados objetos de
uso común, llegan a ser algo espiritual “en memoria” de Cristo, y un anuncio de su muerte y su regreso.
8 Gr. APAGOMENOI, de APAGO, llevar con un fin.
112

muestra cómo aquellos hombres, de un país cuna de la cultura, eran como un rebaño que se dejaba arrastrar
mansamente y ahora que eran cristianos seguían ignorando lo importante. Lo trágico es que eran llevados
delante de “ídolos mudos”, en gran contradicción a todo lo que hace en nosotros el Espíritu Santo.
Por el otro lado, Pablo menciona dos declaraciones que pueden hacer los hombres, y cuya redacción en
griego es mucho más paralela que en nuestro idioma. Esas dos declaraciones son: “Jesús maldición (anate-
ma)” y “Jesús Señor”; naturalmente en ambos casos cabe agregar el verbo “es” al traducirlo.9
“Anatema” es la palabra usada en el griego, y significa “maldición”, cualquiera de las expresiones grose-
ras frecuentes en algunos países—más en España que en América, por ejemplo—en las cuales el nombre de
Cristo es mezclado con una obscenidad. En un sentido más profundo, anatema indica un rechazo del Salva-
dor para su obra en nosotros. Nadie que tenga esa costumbre o ese concepto puede pretender que ha hablado
“en el Espíritu”. Por lo contrario, lo que éste hace en cada persona es guiarla a declarar que Jesús es su Señor.

LA PRIMERA OBRA DEL ESPÍRITU EN NOSOTROS (12:3)


1. Nos libra de las ideas erradas sobre Cristo.
2. Nos muestra que él es el Señor.
3. Hace que lo declaremos como algo personal.

[P. 195] Cuando Pablo dice que “nadie puede llamar a Jesús Señor” (v. 3b), no se refiere a los que sim-
plemente tienen ese título en su boca.10 “Llamar” aquí tiene la idea de proclamar a aquél que hemos recono-
cido como la gran verdad para nuestra vida. La confesión verdadera se basa en verdadera fe, e incluye afir-
mar quién es Jesús y obedecer sus mandamientos. El título Señor (gr. KURIOS) implica deidad. De manera
que al confesar a Jesús como Señor, estaba implícito reconocerlo como Dios. Señor implica soberanía. El se-
ñorío, deidad y soberanía de Jesucristo fue y es central a la verdadera fe, y tal afirmación es obra del Espíritu
Santo.
Lo que una persona cree en cuanto a Jesucristo es la prueba de si lo que enseña y hace es o no obra del
Espíritu Santo. A la vez que decimos que es el Señor, reconocemos que nosotros somos sus servidores.
Pablo pasa entonces de lleno al tema de los dones, comenzando por la declaración esencial de que, aun
cuando estos sean muchos y diferentes, su función es edificar y traer unidad al cuerpo de Cristo. Los dones
son muchos, pero el Espíritu que los da es uno.
En los vv. 4 al 6 son mencionadas las tres personas de la Trinidad. Es importante no limitar la bendición
de los dones concedidos a la accióon exclusiva del Espíritu Santo. La frase habitual “dones del Espíritu Santo”
no aparece en este capítulo. Son dones de Dios que nos ha dado a su Hijo para la redención y que, por medio
de su Espíritu, nos da primero el conocimiento de lo que hizo Jesús para ser nuestro Señor y ahora nos sigue
regalando toda una gran provisión de capacidades para edificar y unir a los que le pueden declarar amo de
sus vidas y llevar esta experiencia a quienes no la tienen.
Dos cosas deben considerarse en este tema: la diversidad de dones—son muchos y diversos—y la unidad
del Espíritu. Pablo está señalando un hecho absolutamente práctico; si en la iglesia se produjeran divisiones
por este o aquel don, serísa volver a cuando eran llevados “a los ídolos mudos” (2b), pues ídolos hay muchos
y Espíritu allí no hay ninguno. Quizá tambiésn insinúe que algunos de los corintios habían caído en una
suerte de idolatría de su don o el del prójimo.

UN SOLO ESPÍRITU (12:4)


1. Que proviene de un solo Dios.
2. Que nos dirige a un solo Salvador.
3. Que nos concede multitud de dones.

9 Lo mismo ocurre en el gran pasaje de Fil. 2:11, donde se declara que la voluntad de Dios es que “toda lengua confiese que Jesu-
cristo es el Señor”, donde literalmente dice: “confiese a Jesucristo Señor”.
10 Cristo mismo declaró que “no todo el que me dice Señor, Señor, entrará al reino de los cielos” (Mt. 7:21).
113

[P. 196] Al mismo tiempo, en estos versículos tres palabras describen la acción divina en nosotros: bones
(v. 4), ministerios (v. 5) y operaciones (v. 6).11 Por ejemplo, Dios ha dado a alguien el don de la “palabra de
ciencia”. Entonces, esa persona ocupa el ministerio (la manera de servir) de ser “maestro” (v. 28) y específi-
camente la operación de ser profesor de un seminario o maestro de una clase bíblica. De acuerdo a esa idea,
parte de las listas de los vv. 28 y 29 y de Ef. 2:11 no trata precisamente de “dones”, sino de “ministerios”.
Las tres cosas mencionadas en los vv. 4–6 son “manifestación”12 del Espíritu (v. 7), maneras en que él se
presenta a los creyentes y, por medio de ellos, al mundo. Además segúnel v. 7 la manifestación es dada “a
cada uno”; no es el privilegio de algunos, sino algo que se reparte a todos, dando a cada cual lo que le co-
rresponde.
En segundo lugar, el motivo por el que Dios nos hace ese regalo es “para provecho” (v. 7).13 En resumen:
yo recibo algo de parte de Dios y, debido a ello y por medio de ello, todos se benefician. Si no es así, no puedo
alegar que mi don es prueba del Espíritu Santo en mi vida.
El apóstol continúa poniendo una lista de ejemplos.14 Hay varios dones que se mencionan en Romanos y
no en 1 Corintios, y viceversa. El hecho de que en este capítulo Pablo ofrezca dos listados distintos, hace obvio
que no pretende agotar el tema, sino que apunta la mención de algunos de los dones de nuestro Dios. Lo
principal es que si disfrutamos de algunas de las cosas mencionadas, debemos reconocer que son un regalo
de Dios, agradecérselo y rogarle que nos enseñe a utilizarlas como corresponde.

LOS DONES QUE DIOS DA (1 Co. 12:6–7)


1. Son diversos.
2. Los da a cada uno para provecho de todos.
3. Por ellos se manifiesta el Espíritu de Dios.

[P. 197] En esta lista aparecen nueve dones.15 Podemos considerar que son cuatro pares (palabra de sabi-
duría y de ciencia, sanidades y milagros, profecía y discernimiento, lenguas e interpretación) y un caso aisla-
do en medio de la lista: la fe—que se entiende generalmente como el impulso que nos da el Espíritu para em-
prender grandes cosas para el Señor, lo que sin duda se da más en uno que en otros.
Todos los dones son acciones divinas que alcanzan a los hombres. Por medio de la acción de su Espíritu,
Dios nos permite ser el camino por el que esa acción llega a los demás. No es mi sabiduría—el don de tener
palabra sabia—sino el poder divino lo que muestra al prójimo la sabiduría espiritual; pero Dios me concede a
mí la “palabra” (el uso del lenguaje) a fin de llegar a los oídos de mi prójimo, y a su corazón. Del mismo mo-
do, el que sana a un enfermo es Dios, pero yo puedo ser el que llegue hasta él con la “fe por el mismo Espíri-
tu” que le permita clamar a Dios confiando en sus promesas para grandes cosas en su nombre. El que tiene el
don, el que ha recibido ese regalo divino, es sólo un intermediario entre el Señor que es dueño de todo, y su
pueblo que todo lo necesita.
A veces no es fácil declarar categóricamente qué significa cada uno de los dones. Dejamos de lado a los
que se ufanan de tener tal o cual don, porque eso está fuera del espíritu de este pasaje. Así es cómo “mila-
gros” es, literalmente, “operaciones de poder”; y “profecía”16 suele ser traducido como “comunicación de
mensajes”, para que no se lo limite al anuncio de lo futuro. La V. P. dice “distinguir entre los espíritus falsos y
verdaderos” en vez de “discernimiento de espíritus”; hay quienes le dan un significado más simple—y cree-
mos que más profundo—cuando encuentran aquí una referencia a lo que experimenta un predicador guiado
por el Espíritu, que “sabe” o “siente” lo que éste realiza mientras él proclama el mensaje. En los demás casos,
el significado es claro o se lo aclarará más adelante, como con las lenguas, a lo que el mismo Pablo dedica
todo un capítulo.

11 Según V. P., “dones”, “maneras de servir” y “poderes”, respectivamente.


12 “Prueba de la presencia” (V.P.).
13 “Para el bien de todos” (V.P.); “para el provecho común” (B. de J.).
14 Aunque todos están de acuerdo en que es así, muchos han invertido largo tiempo analizando la enumeración y comparándola

con la de los vv. 28–30, la de Ro. 12:6–8 y también la de Ef. 4:11. No creemos que ésta se refiere a los dones sino a los ministerios.
15 Se trata de aspectos genéricos y no de acciones específicas, de la misma manera que, en el uso habitual de la palabra, decimos

que alguien tiene el don de la música y no que hoy tuvo el don de entonar bien una canción.
16 Gr. PROPHETEIA, discurso que emana de inspiración divina y declara los propósitos de Dios.
114

El v. 11 es un resumen de lo que ya ha sido dicho. Notemos que Pablo aplica la acción del Espíritu a “to-
das estas cosas”: sea lo que fuere que recibamos es un don de parte del Espíritu (o de parte del Padre y por su
intermedio). El énfasis está en la parte final cuando señala que lo hace “repartiendo … como él quiere”. Na-
die debe quejarse del don que tiene ni [P. 198] envidiar el que tiene el otro. A lo sumo, uno puede “procurar”
los dones mejores (v. 31a). Pero la soberanía divina en la repartición está clarísima. Y por ello debemos agra-
decer ya que, por lo menos en una u otra época, hay dones que gozan de más popularidad, y el cuerpo se
empobrecería al carecer de algunos de esos obsequios divinos, pues muchos preferirían los más apetecidos.
Estamos ante el Rey que da a sus siervos lo que es necesario “para provecho” de su reino (ministros unos,
labradores otros), y no ante el dueño de un almacén donde compramos o reclamamos el producto de nuestra
preferencia.
En el v. 12, Pablo introduce la imagen que utilizará a lo largo de casi todo el resto del capítulo: la iglesia
como un cuerpo.17 Es una comparación clara y elocuente. En nuestro idioma, coincide el doble sentido de la
palabra “miembro”; como parte del organismo y como persona integrante de un organismo, que se llama
también “cuerpo”—por ejemplo una entidad académica o una rama del estado.

EL CUERPO DE CRISTO Y SUS MIEMBROS (12:12–14)


1. Los miembros son muchos y diversos.
2. El cuerpo se forma con la unión de todos esos miembros.
3. El cuerpo de Cristo (la iglesia) se forma con los miembros
(los cristianos).

Sutilmente Pablo ha pasado a otro plano: debemos suponer que los corintios han estado discutiendo sobre
los dones de cada uno. El apóstol dice que no es allí donde debe comenzarse, sino en algo mucho más origi-
nario: no sólo nuestros dones, sino que nosotros mismos somos parte del cuerpo de Cristo. Nuestro cuerpo no
se compone de la vista, la audición, la aprehensión, la digestión, etc. sino del ojo que ve, el oído que oye, la
mano que aprehende, el estómago que digiere, etc. Lo que importa no es tanto qué hacemos o para qué esta-
mos dotados, sino qué somos.
Ahora bien, lo que somos depende de nuestra fuerza vital. Mi cuerpo no es sólo una máquina porque tie-
ne vida. De la misma manera, el cuerpo de la iglesia no sólo es un organismo porque tiene un Espíritu, que es
el de Cristo. Nuestra vida es Cristo, que actúa en nosotros por su Espíritu.
En los vv. 7–11, Pablo ha insistido en que todo es acción del Espíritu Santo. Ahora agrega que éste tam-
bién es el origen, apelando al ejemplo [P. 199] del bautismo, que ya ha usado. Para entender mejor el v. 13,
son útiles las traducciones que, en vez de decir “por un solo Espíritu”, diem “por medio de” y aun mas “en
un solo Espíritu”. Lo más probable es que el apóstol haya regresado a la historia del pueblo hebreo, tal como
la relató en el cap. 10. Allí nos dice cómo los judíos fueron “bautizados en la nube y en el mar”; ahora dice
que, en el Espíritu, somos bautizados tanto judíos como gentiles. Con la alusión a los judíos quiere recorda-
mos ese ejemplo. Así como la experiencia del cruce del Mar Rojo obligó a los israelitas a mantenerse unidos
(y en movimiento), es el Espíritu lo que nos hace uno en Cristo, sin diferencias raciales o sociales (“esclavos o
libres”, v. 13b).
Pero la idea va más lejos, en forma muy llamativa. Los que practican el bautismo por inmersión declaran
que sumergen a una persona dentro del agua, pero sólo figuradamente pueden decir que tal persona está en
el agua. Sin embargo, la acción del Espíritu sí nos coloca en Cristo. Así como una persona es un cuerpo más
un espiritu, una iglesia es un conjunto de personas más un Espíritu de Dios, alrededor y dentro de aquéllas,
en una unión insustituible y esencial. Pablo dice que “se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (v. 13c). Te-
nemos el Espíritu todo a nuestro alrededor, tal como los hebreos fueron “bautizados en la nube y el mar”, y
también lo tenemos dentro como si fuera una porción de agua que hemos sorbido.

17 Apela a la misma imagen en Ro. 12 y Ef. 4.


115

EL ESPÍRITU SANTO Y NOSOTROS (12:13)


1. Nos rodea como el agua rodea al que está en un río.
2. Nos llena por dentro como el agua que bebemos.
3. Nos identifica así con Cristo, ya que es su Espíritu.

De la misma manera que el pueblo de Dios de la antigüedad se movía unido y consustanciado espiritual-
mente con el Espíritu, por medio de Moisés, hoy la iglesia también avanza gracias a todo aquello que, por su
Espíritu, Dios ha querido entregar a los suyos. Vale la pena insistir en que Pablo habla de los cristianos mis-
mos y no de sus dones, palabra que no vuelve a aparecer sino al fin del capítulo.
b. La diversidad en la unidad (12:14–31)
14Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. 15Si dijere el pie. Porque no soy mano, no soy
del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? 16Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso
no será del cuerpo? 17Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oido? Si todo fuese oído, ¿dónde estaria el
olfato? 18Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno en el cuerpo, como él quiso. 19Porque si [P.
200] todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? 20Pero ahora son muchos los miembros, pero
el cuerpo es uno solo. 21Ni el ojo puede decir a la mano: No to necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No
tengo necesidad de vosotros. 22Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más ne-
cesarios; 23y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que
en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. 24Porque los que en nosotros son más decorosos,
no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundance honor al que le faltaba, 25para que
no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. 26De
manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos
los miembros con él se gozan. 27Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.
28Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que
hacen milagros, después los que sanan, los que ayudarr, los que administran, los que tienen don de lenguas.
29¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros? 30¿Tienen todos don de
sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos? 31Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro
un camino aun más excelente.
Pablo ha variado el enfoque de su tema. En primer lugar, demostró que, debido a que todo lo que somos y
tenemos surge de “un mismo Espíritu” (v. 13c), somos “un solo cuerpo” v. 12c). Ahora quiere hacernos no-
tar que hay otra verdad igualmente preciosa: aunque formamos un cuerpo, éste “no es un solo miembro, sino
muchos” (v. 14). No se trata sólo de cantidad sino también de diversidad. La iglesia no es un ejército donde
todos están uniformados y marcan el mismo paso, sino un organismo donde cada parte es distinta de la otra,
pero absolutamente necesaria.
El primer punto del apóstol es un llamado a no menospreciarse a sí mismo (vv. 15–18) ni menospreciar a
otro miembro del cuerpo de Cristo. Aparentemente muchos de los creyentes corintios estaban desconformes
con sus dones. La envidia es señal de carnalidad, y parecía que todos querían el don que tenía el otro. To-
mando la analogía del cuerpo, Pablo dice que la persona con un pie pensaba que no podía ser parte de la
iglesia porque no era mano. Y quien era oreja se sentía inferior por no ser ojo. Pero si los roles se hubieran
revertido, las quejas hubieran sido las mismas. Algunos corintios decían: “No tengo don espiritual. No puedo
ofrecer nada pues mi don es secundario. De manera que no voy a participar.” Negarse a la acción por ser
determinada parte del cuerpo, no elimina la responsabilidad y no hace que seamos menos miembros del
cuerpo.
[P. 201] Si alguien nos preguntara qué parte del cuerpo queremos perder, la respuesta más sensata sería:
“Ninguna”. Dios no me habría creado y menos aún, no me habría dado la salvación, haciéndome parte del
cuerpo de Cristo, si no fuera porque tengo algo que hacer. Quizá no pueda ser apóstol, profeta o maestro
(hoy diríamos “pastor, evangelista, misionero”), pero el hecho de que no lo sea no significa que no forme
parte del cuerpo. Basta el sentido común, al que tanto apela Pablo, para demostrarnos que el pie es parte del
cuerpo en la misma medida que la mano; por ejemplo, recibe la misma irrigación sanguínea y se maneja con
el mismo sistema nervioso. El apóstol Pablo afirma que Dios “ha colocado los miembros cada uno de ellos en
el cuerpo como él quiso” (v. 18), repitiendo así la frase del v. 11. En esto, pues, se pone el énfasis, así como
en que tal decisión tiene en vista a “cada uno de ellos”—o sea a aquel de nosotros que se considera de menos
116

valor. Si Dios cuida que no caiga un cabello de nuestra cabeza (Lc. 21:18), si tiene cuidado de las aves, ¿có-
mo no pensar en el valor supremo que da a cada uno de sus hijos? (Mt. 6:25–34).
Son dos los planteos del apóstol. El primero es que un miembro no deja de formar parte del cuerpo por-
que se le ocurra que tiene menos importancia que el otro. Lo segundo es que la aplicación de ese razona-
miento nos hace sonreír. Supongamos que Dios dijera: “Bien, a todos los pies que desean ser mano, los haré
manos, y a todas las orejas que deseen ser ojo, en ojos los transformaré”. ¿Cuál sería la consecuencia? Nos
quedaríamos sin pies, sin oídos y hasta sin olfato, y sin una serie de otras cosas imprescindibles, que nos lle-
varía a preguntar dónde está el cuerpo (v. 19). Habría sólo una mano o un ojo gigantesco, o una pila de ma-
nos u ojos, pero no habría cuerpo. Aquel cuerpo humano que Dios creó y vio “que era bueno”, sería un obje-
to monstruoso. Pero gloria al Señor que en su sabiduría obró “como él quiso”, en una acción cuidadosa y
delicada: no nos ha puesto en el mundo sin un propósito, sino que nos “ha colocado … como él quiso” (v.
18). Tal vez éste sea el momento para agradecer a Dios que a veces dice que no a lo que le pedimos en nues-
tras oraciones.
El segundo planteo de Pablo es complemento del anterior. Hay algo más grave que menospreciarse a sí
mismo: menospreciar a los demás. Notemos el orden de los miembros, tal como Pablo los menciona: ojo, ma-
no, cabeza, pie. Primero menciona los dos que antes identificó como superiores y luego los dos extremos (ca-
beza y pie). Dentro del vocabulario de esta carta, diríamos que los que decían ser “de Pablo” ahora no podían
alegar que no necesitaban de los que decían ser “de Apolos” o “de Cefas”. Ni tampoco cabía la idea en los
nobles frente a los poderosos, los solteros frente a los casados, ni los esclavos frente a los libres (v. 13c). Si no
puedo decir a mi hermano sinceramente que no lo necesito, es porque Dios me hace saber que sí lo necesito.
Notémoslo bien: necesitamos de todos los hermanos que componen la iglesia. Ninguno puede faltar y todos
forman parte de mi existencia en el Espíritu de Cristo.

[P. 202] LA RELACIÓN ENTRE MIEMBROS DE LA IGLESIA


(12:21–22)
1. Ninguno puede decir que no es necesario.
2. Ninguno puede decir que no es necesario el otro.
3. Cristo hace que todos necesitemos unos de otros.

Hay tres tipos de personas que nos plantean ese tipo de dudas: los más débiles (v. 22), los “menos dignos”
(v. 23a) y los “menos decorosos” (v. 23b).
La existencia de miembros débiles es un tema común en las cartas paulinas. Ha aparecido ya en ésta, por
ejemplo al tratar lo sacrificado a los ídolos (8:11). Recordemos que quizá tengamos que privarnos de un sa-
broso Plato de comida por causa de un hermano débil. Casi sin pensar, la reacción es que desearíamos que no
esté. Pablo nos dice que los débiles son, precisamente, “los más necesarios” (v. 22)—además de lo que ya
había anotado: es alguien “por quien Cristo murió” (8:11). Sin los más débiles, no podremos mostrar nuestra
fortaleza, sabiduría, paciencia, perseverancia, etc., virtudes todas en las que seguimos los pasos del Maestro.
También están los miembros menos dignos; “las panes que menos estimamos” y los miembros “menos de-
corosos’ son “las partes menos presentables” (V.P.). La acción que ejercemos sobre ellas tiene que ver con la
vestimenta. En efecto, las partes que cubrimos siempre suelen ser aquellas que nos avergonzamos de mostrar.
Esto es así por voluntad divina. El también “ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le fal-
taba”, (v. 24). Ahora que sabemos mucho más que en los tiempos apostólicos sobre el cuerpo humano, nota-
mos que estas verdades son más evidentes, por ejemplo, cuando pensamos en nuestros órganos internos, que
no tienen ningún atractivo y que, por sí mismos, estarían totalmente indefensos. La forma en que Dios los ha
colocado en medio de todo lo demás, como para que sean protegidos, es una prueba de su sabiduría.
Pablo entonces explica los motivos de esa acción divina. Nos señala cuatro cosas. La primera es “para que
no haya desavenencia” (v. 25a),18 es decir que, estando conscientes de que todos somos necesarios y coloca-
dos allí por Dios, damos por terminadas las disputas y divisiones [P. 203] que desvelan al apóstol desde el
comienzo de la carte. Es sólo una forma de expresar que debiera haber armonía y unidad.
En segundo lugar, para “que los miembros todos se preocupen los unos por los otros” (v. 25b). La labor
de preocuparse por los demás es de todos. No hay miembro del cuerpo de Cristo que no deba atender las ne-

18 División (BLA).
117

cesidades de los otros. Tampoco podemos dividir a la iglesia entre los que tienen problemas y los que se ocu-
pan de epos. Como dice el proverbio, “Hoy por ti, mañana por mí”. Todos necesitamos alguna vez de los de-
más, y todos estamos alguna vez en condiciones de ayudar a otros. El cristiano siempre debe ester disponible
y siempre debe tener conciencia de que, en su imperfección, sus hermanos pueden enriquecerle.
Los otros dos motivos se complementan (v. 26). Dice Pablo en Ro. 12:15: “Gozaos con los que se gozan;
llored con los que lloran”. Cuando “un miembro padece”, padecemos todos; por eso, egoístamente algunos
prefieren no involucrarse en la vide de la iglesia. Lo que le ocurrirá es que tampoco tendrá quienes se gocen
cuando él sea honrado de alguna manera. Notemos que en este último caso, Pablo nos insta a sentirnos felices
de que, inclusive en el seno de la iglesia, alguien sea más reconocido que nosotros.

LOS MIEMBROS ENTRE SI (12:24–26)


1. Se saben parte de un cuerpo.
2. Aprecian el lugar que Dios dio a cada uno.
3. Cuidan que no haya desavenencia entre ellos.
4. Se preocupen los unos por los otros.
5. Se duelen con el que se duele y se gozan con el que es
honrado.

Cuando Pablo redondea sus ideas en el v. 27 (que es sólo un resumen de las dos ideas básicas—somos “el
cuerpo en Cristo y miembros cada uno en particular”), nos ha hecho recorrer un camino que debe impresio-
narnos si nos detenemos a pensar en él. Seguidamente el apóstol llega al final del capítulo, y retoma el tema
del principio. Aquel planteo inicial de si tenemos dones y cómo se relacionan éstos con la acción del cuerpo
(pasando por la insistencia en que somos precisamente eso, un cuerpo), ha culminado en el cuadro del amor
y la ayuda recíproca que es el fundamento de la iglesia. Si consideramos la profunda belleza del cap. 13, en
vez de pensar que la totalidad de los caps. 12–14 es una discusión del tema de los dones, consideraremos que
Pablo presenta un paréntesis en 12:28–30, y que las cosas espirituales sólo son un motivo para el camino
superior del amor.
[P. 204] Pablo cree que debe insistir en que, si somos algo en la iglesia, es porque así nos “puso Dios” (v.
28a).
Antes de pasar al tema del amor, Pablo repite el tema de los dones. Para ilustrar que somos “miembros
cada uno en particular” (v. 27b), enumera en dos listas sucesivas algunos de los dones o ministerios que ha
mencionado antes, así como otros nuevos; por ejemplo, “los que ayudan” y “los que administran” (v. 28). El
porqué del orden ha preocupado a muchos. Puede haber algún criterio histórico, dado que señala que “pri-
meramente” Dios puso a los apóstoles. Otros piensan que la mención inmediata de “dones mejores” (v. 31a)
puede entenderse como que estos son citados antes que los que no lo son. Pero no es conveniente hacer este
tipo de valoraciones, o introducir un sentido cronológico que no ha estado antes.
“Procurad los dones mejores’ (v. 31) indica que algunos son “mejores’ que otros, y nos lleva a inquirir
cuáles son, para poder entonces dedicamos a su búsqueda. La misma epístola da la respuesta. Por un lado, ése
es, en el fondo, el tema del capítulo 14, que al comienzo nos dice: “Procurad los dones espirituales, pero so-
bre todo que profeticéis” (14:1b). Aclara luego que “el que profetiza19 habla a los hombres para edificación,
exhortación y consolación” (14:3).
Esto muestra que los dones mejores son aquellos que sirven para la edificación. Todo el cap. 12 indica
asimismo que también debe traer provecho para la unidad en la diversidad del cuerpo. Cualquier don es
“mejor” cuando cumple con la función para la cual Dios lo ha concedido. La B. de J. traduce “los carismas
superiores”, o sea los más elevados, los que están más cerca de los planes divinos. La palabra griega
CARISMA—que se ha hecho popular en los campos religiosos y seculares—significa sencillamente “regalo”.
No tiene nada que ver con la noción, por ejemplo, de un “líder carismático”, como se dice en política, salvo
que se trata de una persona que tiene el don de atraer a otros. En el campo religioso, es común hablar de “ca-
rismático” para calificar a quienes ponen un énfasis especial en los dones de Dios por el Espíritu. Como Pablo
dice claramente que, en su bondad Dios nos ha dado dones (carismas) a todos, todos los cristianos son, por

19 “Comunica mensajes de parte de Dios” (V.P.).


118

definición, carismáticos—ya que es claro que no hay creyente que no haya sido bendecido por el Señor con
algún don.
Pero Pablo agrega que existe “un camino más excelente” (v. 31b), una forma más elevada de vivir cris-
tianamente que el procurar los mejores dones. No se trata de otro don, sino de otra senda por la cual transi-
tar.
119

[P. 205]
CAPÍTULO 17
2. EL CAMINO MÁS EXCELENTE DEL AMOR (13:1–13)
a. La superioridad del amor (13:1–3)
1Si
yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o
címbalo que refiñe. 2Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la
fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 3Y si repartiese todos mis bienes para
dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
Entramos aquí al trozo más citado de esta epístola, y con justa razón. Todo pensamiento sobre el amor de
Dios y el amor que Dios pone en nosotros debe llenarnos de emoción. Sin duda, este capítulo puede leerse en
forma aislada y ser de mucha bendición, pero es igualmente cierto que su sentido más pleno sólo se alcanza
si comprendemos que es una continuación del anterior.
El mensaje de Pablo puede resumirse, diciendo que debemos preocuparnos por usar adecuadamente lo
que Dios nos da para provecho de los demás, pero debemos hacerlo todo con amor. El amor no es un don,
sino el requisito indispensable para que los dones cumplan la función por la que han sido dados. Siguiendo
las ideas previas del cap. 12, el apóstol se preocupa de lo que somos, más que de lo que tenemos o hacemos;
sin el amor, “nada soy” (v. 2c).
No es sólo cuestión de erudición el preguntarse qué es aquí el amor. No se trata de un amor romántico,
que en griego es EROS.1 Tampoco se refiere a la amistad ni al amor familiar, para lo cual se usaba el término
[P. 206] FILIA.2 Por otra parte, la palabra AGAPE aparece sólo en el N.T. y describe el amor que proviene de
Dios y llega a los hombres dándoles un nuevo corazón. Es básicamente el amor que da sin pedir nada; por ese
amor, Dios nos da a su Hijo y los demás dones; por ese amor, nosotros llegamos con ellos a los hombres.
Haciendo un paralelo no estricto con lo ya expuesto, Pablo menciona algunos de los dones que ha enume-
rado (lenguas, profecías, ciencia y fe) y dice que todo eso no vale nada si no hay amor. Le da más fuerza co-
locándolo en primera persona, diciendo que ésa es su situación personal (“Si yo hablase” …, etc.). Es posible
que mencione un don que daba mucho que hablar en Corinto.

DONES Y AMOR (13:1–2)


1. Yo, sin amor, no soy nada.
2. Yo, con dones y sin amor, no soy nada.
3. Con el amor recorro el camino más excelente (12:31).

Las lenguas3 son la forma de comunicaón por excelencia. Con ellas hablo a los hombres y hasta quizá a
los ángeles, pero si lo hago sin amor, el sentido espiritual no habrá de comunicarse. Hablar muchos idiomas
era entonces algo muy respetado y debemos suponer que a eso se refiere Pablo, al menos cuando menciona
las “lenguas humanas”; en cuanto a las “angélicas”, no es fácil desir si era simplemente una forma de expre-
sarse (elocuencia angelical) o si pensaba en la posibilidad de ser un “mensajero”4 de tipo superior. Sin amor,
no se trata sólo de que el prójimo recibirá un mensaje desequilibrado, sino que le sonará como algo horrible,
como una lata que es golpeada o una campanilla que resuena incesantemente. Sin amor lo mejor se trans-
forma en lo más molesto. Suponemos que Pablo sólo piensa en una figura literaria, pero bien sabemos cómo
nos incomodan algunos predicadores que quizá tengan mucha ciencia, pero que evidentemente carecen de
amor.
[P. 207] Pasa entonces a mencionar los dones de profecía, ciencia y fe; en estos últimos subraya que se re-
fiere a su totalidad, como si. eso fuera alcanzable por un ser humano.5 Aquí suma lo espiritual (fe) a lo inte-

1 Seha hecho popular ahora en la palabra “erótico”.


2 Estetérmino surge en muchas palabras castellanas: “filosofía”, el amor a la sabiduría (SOPHIA); “bibliofilia”, el amor a los libros
(BIBLION); “filántropo”, el que ama a los hombres (ANTHROPOS, hombre).
3 GLOSSAI, idiomas.
4 Gr. ANGELOS.
5 Pablo dice “si tuviera”. Es un argumento hipotético para demostrar la imperiosa necesidad del amor.
120

lectual (conocimiento). Por un lado, sería capaz de entender todo y por el otro, de orar de modo que se mo-
vieran las montañas.6 Los montes podrán cambiar de lugar, pero yo, sin amor, sigo siendo “nada”.

MI AMOR Y MI MENTE (13:1–2)


1. Si soy predicador sin amor, no soy nada.
2. Si soy un sabio sin amor, no soy nada.
3. Si tengo mucha fe y no tengo amor, no soy nada.
4. Con amor, soy más que un predicador, un sabio o un
hombre de fe sin amor.

Finalmente, apela a los caminos de la vida práctica. Hay dos cosas extremas que podríamos hacer: repar-
tir todo lo que tenemos entre los pobres y estar dispuesto al sacrificio en la hoguera. Pero sin amor—para
seguir con la energía apostólica—eso sería sólo un espectáculo inútil. En la mente de los lectores posiblemen-
te tenía que ser un sacrificio de animales en el templo, ya que los cristianos aún no habían pasado por esa
prueba—aunque también podría ser profético en el sentido de morir en la hoguera. Pablo podría estar refi-
riéndose al sacrificio máximo.
Llama la atención que ahora dice “de nada me sirve” y no “nada soy”.
b. La perfección del amor (13:4–7)
4El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5no
hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6no se goza de la injusticia, mas se goza
de la verdad. 7Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Nada de lo que aquí dice Pablo tiene sentido si olvidamos que no se trata de cualquier amor, sino del
amor que recibimos de Dios y que Dios pone en nosotros, del AGAPE que es la clave del mensaje evangélico.
[P. 208] En la primera parte del capítulo, Pablo explicó qué sucede cuando no hay amor. Ahora trata de
penetrar—haste donde lo permite la mente humana—en la esencia del amor, en lo que realmente es. Tampo-
co hay aquí una definición, sino una enumeración de atributos y de características. La explicación es simple:
el amor es de tal profundidad que no se lo puede explicar. Simplemente se lo vive. Las grandes experiencias
(la maternidad, el enamorarse, la presencia de Dios, el abrirse los ojos de un ciego) no se pueden explicar
con palabras, sino que es necesario experimentarlos. La vide y la muerte no tienen posibilidad de razonarse, y
así es con el amor. El que nunca lo ha sentido no puede saber qué es. Lo que podemos decir de un padre ante
su hijo, de un niño ante sus abuelos, de un joven ante su amada es sólo un buen ejemplo del amor de los
amores, de lo que trata este capítulo. Por eso lo más que puede hater Pablo es mencionar una serie de carac-
terísticas, que no sólo lo describen sino que además nos ayudan a examinarnos.
La lists es de once aspectos que, en su conjunto, nos aproximan a la comprensión de lo que es el amor. Esa
lista está agrupada, al parecer, en pares, excepto un caso.7
Las dos primeras muestras de amor son que “es sufrido, es benigno” (v. 4a). “Sufrido” se traduce también
como “saber soportar” (V.P.) o “paciente” (BLA), y “benigno” como “bondadoso” o “servicial” (B. de J.).
Creemos que Pablo comenzó por aquellas cosas que eran más necesitadas por parte de sus lectores de Corin-
to. Pero esa necesidad es algo universal y permanents. Quizá podemos it más lejos y decir que quien ama co-
mo Cristo amó no necesita hacer un esfuerzo por soportar o servir con bonded, ya que eso surge naturalmen-
te de su corazón.

SABER SOPORTAR (13:4a)


1. El amor no elimina los motivos para necesitar de ello.
2. Soportamos porque Cristo nos ha soportado.
3. Soportamos porque el amor nos hace olvidar esos motivos.

6 Esinteresante que está citando otra vez a Jesucristo mismo (Mt. 17:20).
7 Sidecimos “al parecer” es porque así lo sugiere su contenido, pero no podemos asegurarlo, ya que en el original no había signos
de puntuación. De todos modos, es una buenas forma de estudiar estos versículos.
121

“El amor no tiene envidia, no es jactancioso” (v. 4b). El fondo aquí es la comparación entre lo que yo ten-
go y lo que tiene el ser amado. Lo [P. 209] que tiene el otro puede provocar mi envidia y lo que tengo yo pue-
den llevarme a la jactancia, aunque ni una cosa ni otra scan lo que deberia esperarse. Más bien, el que ama
se alegra de lo que el otro tiene—aunque a él le falte—y pide sinceramente a Dios que conceda al hermano
abundancia, honores y bendiciones. Al mismo tiempo, se cuida de no humillarlo exhibiendo aquello que ha
recibido.8 La discreción y el saber qué debemos comentar de lo que nos ha sido concedido en dones, privile-
gios, cosas materiales, etc., es una prueba de amor.
Después aparece el único caso de una mención única: “no se envanece” (v. 4c). Da la impresión de que es
sólo una reiteración de lo anterior. Otras traducciones nos hablan de un hombre engreído, orgulloso, arro-
gan te, que equivale a lo ya dicho y describen al que le gusta jactarse de lo que es o tiene. Por lo visto, era
necesario insistir en esa idea.

EL CRISTIANO NO DEBE SER VANIDOSO (13:4c)


1. Sabe que todo lo que tiene, viene de Dios.
2. Sabe que lo ha recibido para provecho de los demás.
3. Sabe que, si es vanidoso; hace mal a su prójimo.

La lista sigue diciendo que el cristiano que ama “no hace nada indebido, no busca lo suyo” (v. 5a).9 Tam-
bién encontramos la actitud de Cristo hacia nosotros vista en un reflejo de lo que debería ser nuestra propia
actitud hacia los demás. La delicadeza, la urbanidad y los modos agradables demuestran nuestra intención de
preocuparnos por el interés ajeno antes que por el nuestro.10
Pablo sigue diciendo que el amor “no se irrita, no guarda rencor” (v. 5b).11 Aquí el apóstol pasa de las ac-
ciones a los sentimientos más profundos. El amor surge del corazón, y por eso debemos cuidar que en éste no
hays rastros de enojo ni por las cosas que ahora pueden provocar nuestra ira, ni por las ya pasadas que pue-
den llevarnos al rencor.

[P. 210] EL CRISTIANO QUE RECIBE MAL (13:5)


1. No reacciona enojándose.
2. No lo mantiene en mente con rencor, sino que lo olvida.
3. Imita a Cristo que amó incondicionalmente.

La primera parte de la enumeración culmina con la observación de que el amor “no se goza de la injusti-
cia, mas se goza de la verdad” (v. 6b), con un ligero cambio de redacción que hace más dependientes entre sí
estas dos condiciones. También nos indica que, para el cristiano que ama, lo contrario de la verdad no es la
mentira o el error sino la injusticia. En el vocabulario neotestamentario, la idea de “justicia” indica conducta
acorde a la voluntad divina. La verdad no es algo alejado de la realidad diaria, como en un texto de filosofía,
sino que es la vida misma. La vida de Cristo, que fue amor, se ha hecho nuestra vida, y amamos para mostrar
que hemos buscado primeramente “el reino de Dios y su justicia”.
En cierta manera, las cuatro características que menciona el v. 7, poniendo el énfasis en “todo”, son una
especie de resumen de lo anterior, subrayando aquellos elementos que lo destacan. “Todo lo sufre, todo lo
cree” (v. 7a) nos habla de la actitud ante el prójimo que es amado. Ya ha declarado en el primer punto la
disposición a soportar lo que sea, aun cuando lleve al sufrimiento. Ahora, agrega que “todo lo cree”. Esto no
significa que cree cualquier cosa ilógica que se le diga ni que obra como un ingenuo suponiendo que nadie le
miente. Esta frase se entiende en el contexto del amor, que necesariamente exige una relación recíproca.12
Nadie puede amar a otro de quien está dudando.13 Veamos el siguiente cuadro:

8 Ver 4:7.
9 Otras traducciones son “Ni grosero ni egoísta” (V.P.) y “es decoroso, no busca su interés” (B. de J.).
10 Ver 10:24.
11 “No toma en cuenta el mal recibido” (BLA).
12 El teólogo León Morris lo explica, diciendo que Pablo se refiere a esa cualidad para ver lo mejor en los otros. Otro comentarista lo

expresó: “Siempre deseoso de creer lo mejor”.


13 Ver Fil. 4:8.
122

CREEMOS A NUESTRO HERMANO (13:7)


1. No nos acercamos a él con malicia o sospccha.
2. Suponemos que tiene sinceridad como nosotros.
3. Le escuchamos como quien tiene el espíritu de Cristo.

[P. 211] Recordemos lo dicho antes de comentar estas frases: esto desafía a hacer un examen en la mesa
del Señor (10:28, 31). Pero el resultado del examen debe ser una oración ferviente de que Dios nos conceda
poder vivir con amor tal como Pablo describe, es decir obrar como obró, pensó y habló nuestro Salvador.
c. Permanencia Del Amor (13:8–13)
8El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.
9Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; 10mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que esen
parte se acabará. 11Cuando yo era niño, hablaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre,
dejé to que era de niño. 12Ahora vemos por espejo, oseuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora
conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. 13Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el
amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
Para terminar este tema—donde el apóstol quiere mostrarnos el amor camino “más excelente” por el cual
los dones adquieren sentido—hace una comparación demostrando que, efectivamente, se trata de algo que
está en un nivel superior. Insistimos en esto: no es cuestión de que un don cualquiera valga uno y el amor
valga dos, o que tal don de grado uno lleve a otro de grado dos—que puede ser el amor. El amor está dentro,
debajo y por encima de todo ello. Es parte del Espíritu Santo que hace que un don natural se transforme en
un don espiritual, cuya manifestación “más excelente” es el amor.
La característica del amor que lo destaca sobre los dones es su Permanencia, su perdurabilidad. “El amor
nunca deja de ser” (v. 8a).14 Todos los dones no tendrán más razón de existir algún día, “cuando venga lo
perfecto” (v. 10), pero siempre habrá lugar para el amor, en el tiempo y la eternidad. Ahora necesitamos de
la profecía, las lenguas y la ciencia, para mencionar tres dones distintos entre sí, por vía de ejemplo. Mencio-
na primero la profecía, ya que está a punto de demostrar que es el más importante (14:1 y sig.). Los dones
son la forma en que servimos a los demás para su edificación, y ya no serán necesarios cuando esta vida ter-
mine y con ella sus relaciones y nuestra misión de llevar a los demás cada vez más cerca de Cristo. En cam-
bio, en la gloria todo será amor. Habrá un vínculo perfecto entre el Señor y los redimidos que le rodeen, [P.
212] así como entre éstos. Serán todos unos para otros sin restricciones, estado que supera nuestras concep-
ciones y para to cual es claro que no podemos aplicar criterios de amor romántico, familiar, etc.
Los dones que menciona Pablo son los mismos que en los vv. 1–3, aunque en otro orden, como demos-
trando que no quiere que éste sea riguroso. Esto se comprueba cuando pasamos al v. 9: “Porque en parte co-
nocemos, y en parte profetizamos.”15 La frase “en parte” puede producir la idea errada de que se trata de
secciones de un todo, como diciendo: “Sobre unos temas estamos informados; sobre los otros, profetizamos”.
Sin embargo, es crucial tener en cuenta que, cuando se habla de profecía en este y otros pasajes, no se trata
de anunciar el futuro, como encontramos con frecuencia en el A.T. y a veces en el N.T.16
Profetizamos cada vez que el Espíritu nos guía en lo que hemos de hablar. Cuando decimos, por ejemplo:
“El alma que pecare, ésa morirá”, estamos declarando un hecho futuro con la autoridad del Espíritu, estamos
profetizando. Toda nuestra predicación debe ser profecía en ese sentido de transmitir a los hombres los ca-
minos de Dios, que afectarán toda la vida que tienen por delante. Por eso, cuando ese futuro llegue, ya no
habrá más necesidad de profetizar o predicar.

14 “Jamás dejará de existir” (V.P.).


15 “Los conocimientos y las profecías son cosas imperfectas” (V.P.).
16 El v. 9 también se puede parafrasear “En parte aplicamos el don de ciencia y en parte el don de profecia”, o “Para algunas cosas

Dios da el don de profecía”, o “Para algunas cosas Dios da el don de cicencia, y para otras el don de profecía.”
123

LA URGENCIA DE PREDICAR
1. Porque aún hay tiempo para el arrepentimiento.
2. Porque los hombres pueden ser bendecidos desde hoy.
3. Porque cuando Cristo venga, ya no habrá más oportunidad.

Algún día todo aquello “se acabará”, precisamente Porque es algo que se aplica sólo “en parte”. Si no fue-
ra así, el amor, la esperanza y la fe serían perfectos, y una condición de lo perfecto es ser eterno. De ninguna
manera pretenderíamos que la ciencia, aun siendo un don espiritual, podrá servir de algo en la eternidad. De
manera que es lógico que “cuando venga lo perfecto”, lo que es parcial sea desplazado.
[P. 213] Nos preguntamos qué es “lo perfecto”. No se refiere sólo a la perfección divina. Hoy sabemos o
anunciamos imperfectamente porque somos imperfectos. Hoy sabemos y proclamamos sobre los dones, por
ejemplo, pero lo hacemos sólo con nuestro conocimiento parcial. Es de suponer que, cuando estemos en la
eternidad y haya llegado “lo perfecto”, nos daremos cuenta de que hay tanto más de aquello a que nos hemos
aferrado. Es un llamado a dedicar nuestros mejores empeños en las tareas mejores.
Pablo ilustra lo que está diciendo con dos ejemplos. El primero es el de la diferencia entre un niño y un
adulto (v. 11). La forma de hablar, pensar y juzgar17 por parte de un niño es distinta a la de un adulto, no
sólo porque ha aprendido más, sino porque el correr del tiempo proporciona madurez y perspectiva. El após-
tol nos dice que estamos en un proceso, que sólo culminará al llegar la eternidad. Pablo sencillamente destaca
la diferencia entre una y otra situación, único alcance legítimo de la comparación.18
El segundo ejemplo es el espejo (v. 12). En aquel tiempo no existían los espejos de vidrio con una capa de
mercurio, como tenemos ahora; eran sólo metales muy pulidos, que reflejaban apenas la luz y por lo tanto
daban una imagen “oscuramente”. Quizá había que mirar muy fijo para descubrir lo que quería verse. Eso es
una figura de lo que sabemos ahora, siempre esperando saber más y mejor. Ver a una persona “cara a cara”
era preferible a ver su imagen en el mejor de los espejos de aquel entonces. Cuando el viejo himno nos dice:
“Cara a cara, en plena gloria/yo veré a mi Jesús”, se está refiriendo a una grandiosa aplicación de esta frase.
Pero esta verdad es sólo una parte, ya que la frase paulina no se refiere sólo a Jesucristo sino a todo lo que nos
será dado ver en la eternidad.

VIENDO CARA A CARA (13:12)


1. Veremos lo que realmente es cada uno de nosotros.
2. Veremos cuánto vale realmente cada uno de nuestros hermanos.
3. Veremos la gloria del Cordero.

[P. 214] Finalmente, este tema de to que conocemos—o sea de los alcances del don de ciencia—culmina
con una afirmación general, que Pablo pone como una seguridad personal. “Conoceré como fui conocido”
(v. 12b). Hay una sola persona que nos conoce como realmente somos: nuestro Señor Jesucristo. El tiene de
mí y de todo un conocimiento perfecto, y es grandioso pensar que algún día compartiremos ese conocimien-
to.
“Y ahora” (v. 13), es decir más allá del tiempo,19 hay tres cosas que “permanecen” (v. 13a), palabra que
da la idea de algo o alguien que está para quedarse. Lo que hoy es sólo parcial, un día será pleno. La fe que
hoy tenemos verá cumplidas sus expectativas, así como la esperanza. “Pero el mayor de ellos es el amor” (v.
13b). No es cuestión de grado. Ni la fe, ni la esperanza ni el amor pueden medirse como para decir cuál es
más mayor. Pero en cuanto al uso de los dones, que es el tema que está tratando el apóstol, es el amor lo que
más ayuda. Por medio de él conocemos a quién tenemos que dedicar dichos dones, sabemos qué valor debe-
mos dar a cada don (pues lo basamos en el amor al prójimo), y podemos poner la mira en aquel que es amor

17 Juzgaren el sentido de dar un valor determinado.


18 De ninguna manera debemos interpretarla como que podemos comportarnos como niños o tener concepciones como ellos.
19 En contraposición con esta interpretación escatológica, otra posibilidad es considerar “ahora” como una referencia al tiempo

presente en comparación con lo que habrá de venir.


124

perfecto. Es así que a través de nuestra acción por los dones que Dios nos ha dado, podemos realizar el servi-
cio que Cristo nos encomendó.
Es quizá con algo de nostalgia que nos despedimos de este capítulo. Quizá lamentamos que el apóstol
ahora pasará a un tema más polémico. Pero tal vez es un sentimiento errado. Aquí hemos encontrado el “ca-
mino más excelente” con el cual interpretar lo que sigue, y lo que ya ha pasado. Al fin y al cabo, cuando pro-
fundizamos en las verdades bíblicas, siempre hay lugar para la polémica; lo hubo al hablar de la mesa del
Señor y pudo haberlo al reflexionar sobre el valor de repartir todos los bienes o el alcance de nuestros dones
de ciencia o profecía. Alabamos entre tanto al Dios que nos da la fe, la esperanza y el amor.
125

[P. 215]
CAPÍTULO 18
3. PROFECÍA Y LENGUAS (14:1–40)
a. Principios Y Definiciones (14:1–12)
1Seguid
el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis. 2Porque el que habla
en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla miste-
rios. 3Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. 4El que habla en
lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia. 5Así que, quisiera que todos
vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profeticéis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en
lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación. 6Ahora pues, hermanos, si yo voy a
vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con pro-
fecía, o con doctrina? 7Ciertamente las cosas inanimadas que produces sonidos, como la flauta o la cítara, si
no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? 8Y si la trompeta
diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? 9Así también vosotros, si por la lengua no diereis
palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire. 10Tantas clases de
idiomas hay seguramente en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. 11Pero si yo ignoro el valor
de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. 12Así
también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la igle-
sia.
En el v. 1 Pablo retoma el hilo para entonces fundamentar todo el tema de los dones en la excelencia sin
igual del amor. Nos ofrece una especie de resumen condensado en tres puntos básicos y sencillos. Primero, [P.
216] “seguid el amor” (14:1a).1 Es bueno reiterar que el camino a seguir es siempre el mismo.
En segundo lugar, “procured los dones espirituales” (v. lb). Tal comp ocurre en 12:1, en el original no es-
tá la palabra “dones”, como si la idea fundamental no fuera que tenemos cosas que Dios nos regale, sino que
tenemos a nuestro alcance las que están en la esfera de lo espiritual.2 En 14:12 tampoco aparece “dones” en
el original, de manera que no está en todo el cap. 14, limitándose su uso al cap. 12. Esto es un llamado de
atención, pues quizá nuestra tendencia sea dejar de ser “espirituales” (la fuerza del original griego) para in-
sistir en los “dones” que tengamos.
El hecho de que Pablo to diga en imperativo (“procurad”)3 significa que debe haber un esfuerzo de nues-
tra parte. Si bien es algo que Dios nos da por su gracia, Pablo hace un claro contraste entre seguir y procurer.
Si no mencionara seguir el amor de nuestra parte, procurer los dones espirituales tal vez parecería muy fuer-
te. Pero así queda en segundo lugar. Pablo no subestima la importancia de los dones sino que exalta la impor-
tancia del amor, que está por encima de los dones del Espíritu aunque éstos son importantes.
En tercer lugar, “sobre todo que profeticéis” (v. 1c).4 Ya hemos visto que la idea de profecía se acerca más
a nuestro concepto de predicación o proclamación que de anuncio del futuro; esto lo ratifica el v. 3.
Pablo entonces se introduce en la exposición de por qué la profecía—seguiremos usando la palabra de
nuestras traducciones—es superior a otros dones. Menciona en particular el de lenguas, sin duda porque éste
era muy apreciado por los corintios. Notemos que el tono polémico sólo aparece al final del capítulo, cuando
pasa al aspecto práctico a partir del v. 26. La parte doctrinal tiene un tono expositivo y razonador. No hay
Judas de que éste es hoy uno de los temas de división entre los cristianos. Quizá hay motivos para ello, ya que
se lo puede interpreter honradamente en más de una manera. Sin embargo, las diferentes interpretaciones no
son motivo para divisiones, como Pablo condenó en el primer capítulo. Es importante que el tema no ha sido
mencionado hasty 12:10, y que éste es el único pasaje bíblico que lo trata. El apóstol ni siquiera lo menciona
en otras cartas, lo que debe obligamos a la pregunta de si la cuestión existía en otras iglesias.
[P. 217] Sin entrar en el juego de un debate, señalamos que hay dos interpretaciones básicas sobre lo que
significa este don y la aceptación de una u otra puede considerarse legítima.

1 Cazar, perseguir con intensidad.


2 Esto sería difícil de expresar en castellano, pues expresiones como “cosas espirituales” o “espiritualidades” pueden resultar confu-
sas.
3 Gr. ZELOO, de donde proviene la palabra celo.
4 “Comunicar mensajes de parte de Dios” (V.P.).
126

Una de ellas simplifica el tema diciendo que se trata sólo de idiomas extranjeros. La palabra usada para
“lengua” (en singular en el v. 2a) es exactamente la misma para el órgano de la boca y para un lenguaje
humano.5 Lo mismo ocurre en nuestros idiomas modemos. En castellano, “lengua” significa ambas cosas, así
como ocurre con tongue en inglés, langue en francés o lingua en italiano. En realidad, el hecho de que el uso
de “lengua” en el sentido de idioma esté siendo menos usado, hace que el vocablo griego glossa—que tam-
bién significa lengua fisica e idioma—se traduzca normalmente “lengua” y no “idioma”, Así como dijimos
que nadie traduce carisma como “regalo”, aunque quiera decir eso en primer lugar, tampoco hay quien use
la palabra “idioma” para traducir glossa—aunque no hay razones lingüísticas que lo impidan. En realidad,
todo este pasaje puede entenderse bien con el significado de lenguaje humano, que es macho más natural en
el relato de Pentecostés (Hch. 2). Parece más simple en los otros episodios en que se menciona el hablar en
lenguas (Hch. 10:46; 19:6), aunque quien así lo desee puede leer que estos extranjeros hablaban en su pro-
pio idioma.
Esta interpretación reconoce que poder predicar en un lenguaje que no es el propio requiere algo especial
y—¿por qué no?—un don de Dios, que realmente él no da a machos. Es maravilloso poder predicar en idio-
ma extranjero y, si se tiene la capacidad de hacerlo, hay que reconocer que es una bendición que debe agra-
decerse al Señor.
La otra interpretación apela a la referenda de lenguas “angélicas”, hecha en 13:1. En 2 Co. 12 Pablo na-
rra una experiencia, cuya descripción exacta nos es imposible, según la cual “fue arrebatado hasta el tercer
cielo”—sea la presencia de Dios, en el lenguaje de entonces. Allí “oyó palabras inefables que no le es dado al
hombre expresar” (v. 4). Ya hemos dicho que nuestro lenguaje sólo puede referirse a lo que captamos con
nuestra razón o nuestros sentidos, y que lo divino o celestial sólo puede describirse por comparaciones. No
hay en nuestro idioma palabras para ello. Dios bien puede dar a quien él desee una posibilidad de ver algo de
la gloria, lo que luego no podría ser relatado utilizando el vocabulario común. Por eso surgiría un lenguaje
especial que exprese esa vinculación íntima con el Señor.
La exposición de Pablo no aclara cuál es la interpretación que tenía en mente. Quiere señalar que la pro-
fecía es un don mejor que el hablar en [P. 218] lenguas, sea lo que fuere que esto significa. Ni por un mo-
mento Pablo discute si Dios había dado ese don a los cristianos de Corinto. Sin embargo, su significado exacto
lo conocían sólo ellos y Pablo.
¿Cuál es la primera diferencia que señala Pablo entre hablar en lenguas y profetizar? Que el que hace lo
primero “no habla a los hombres sino a Dios” (v. 2a), mientras que el que hace lo segundo sí “habla a los
hombres” aunque lo haga movido por el Espíritu Santo. Quizá Pablo quiere comenzar mostrando su respeto
por el use de ese don, ya que luego hará observaciones que podrían entenderse como críticas. Por supuesto,
es bueno hablar con Dios, pero es igualmente cierto que es mejor hablar a los hombres mediante profecía o
proclamación, porque sólo hablándoles se logra darles “edificación, exhortación y consolación” (v. 3b).6

EL CONTENDIDO DE LA PREDICACIÓN (14:3)


1. Debemos edificar, ayudar a crecer espiritualmente.
2. Debemos exhortar, desafiar a una vida Santa.
3. Debemos consolar, mostrar a Cristo como quien nos redimió del dolor.

Tanto el que habla en lenguas como el que profetiza edifican; la diferencia está en que uno “a sí mismo se
edifica” (v. 4a),7 mientras que el otro “edifica a la iglesia” (v. 4b). Pablo deja a sus lectores la elección, que
no da mucho campo libre.
Por esa misma razón, para que ellos se edifiquen, el apóstol dice que “quisiera” que hablaran todos en
lenguas, de modo que, a la par que indica que es algo bueno, no lo establece como un mandamiento. Pero
deja claro que más grande es su deseo de que todos profeticen porque el que lo hace es “mayor”,8 salvo que

5 Mr. 16:17 o Ap. 7:9.


6 Aunque esta frase podría parecer una mención pasajera, es un magnífico resumen de lo que debemos proponernos al predicar,
sobre todo al dirigirnos a los creyentes. No es necesario que las tres cosas estén siempre presentes, pues quizá una sea más urgente
que la otra, pero en el ministerio debe programarse la presencia de todas.
7 De la íntima comunión con Dios, el que habla en lenguas obtiene una bendición que, a pesar de que no es traducida en nociones

específicas, en el interior del alma se hace sentir como un poder.


8 “Superior” (BLA).
127

haya quien interprete a las lenguas para edificación de la iglesia. “Interpretar” no es exactamente “traducir”
sino más bien exponer el significado.
[P. 219] Entonces, como ha hecho con frecuencia, Pablo pasa a dar ejemplos. El primero es lo que ocurri-
ría si el mismo fuera a predicarles y les hablara en otra lengua (v. 18). Sea que usara un lenguaje angelical,
celestial, sea que les hablara en idioma extranjero (hebreo, por ejemplo), la predicación no tendría valor.9 La
enumeración del v. 6 “con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina” se hace más clara en la
V.P.: “en vez de hablarles de lo que Dios nos manifiesta, o del conocimiento de la verdad, o en vez de comu-
nicarles algún mensaje, o alguna enseñanza.”
El segundo ejemplo nos lleva al mundo de la música, de “cosas inanimadas que producen sonidos” (v. 7),
lo que las diferencia de quienes hablan otros idiomas (v. 10). Pueden ser instrumentos de aquel entonces—
sea de viento, como la flauta, o de cuerdas como la cítara. Hoy tal vez hablaría de la trompeta y la guitarra, o
del clarinete y el arpa. No es sólo que se debe “entender” la melodía, sino también la diferencia entre un ins-
trumento y otro. Sólo así habrá posibilidad de armonía.

LA IGLESIA COMO UNA ORQUESTA (14:7–8)


1. Cada creyente es como un instrumento.
2. Todos tocan la misma melodía, pero con sonido distinto.
3. Deben armonizar para que suene la voz de Dios.

Hasta no hace mucho tiempo, en la guerra las trompetas y los clarines daban indicaciones de marchar,
retroceder, atacar, etc. Si no lo hacían con claridad, habría confusión, y ésta bien puede causar la derrota.
Este ejemplo es realmente fuerte, como el lenguaje del apóstol al aplicarlo. Si los corintios no expresaban “pa-
labra bien comprensible”, lo único que hacían era hablar “al aire” (v. 9c). Si lo relacionamos con lo anterior
(v. 5), se refiere a hablar en lenguas sin haber quien interprete.
El tercer ejemplo habla de que hay muchas “clases de idiomas” (v. 10a). Todas las traducciones utilizan
este término, aunque literalmente dice “voces”. Si ninguno “carece de significado” lo lógico es pensar que se
refiere a idiomas. Pablo conocía el hebreo y el griego y quizá el latin; amén de ellos, cada país tenía su propia
lengua, como la licaónica, que él usó en un caso (Hch. 14:11), precisamente para estar seguro de que le en-
tenderían. Si no hubiera sido así, sus oyentes se hubieran sentido “como (un) extranjero” y viceversa. Eso no
debe ocurrir en la iglesia; de hecho, [P. 220] no nos sentimos extraños ni aún cuando no entendamos el
idioma que se habla, pues captamos el espíritu. Pero ciertamente una cosa es saber que soy ciudadano del
reino de los cielos, como lo es mi hermano que habla con palabras cuyo valor yo ignoro, y otra cosa es tratar
de edificarme con su mensaje, que deja de ser tal si no logra ese efecto.
Antes de pasar a la pane práctica, Pablo hace una nueva declaración a modo de resumen (v. 12). Da por
sentado que los corintios anhelan los (dones) espirituales, supasición muy halagadora. Si es así, hay dos cosas
que procurar: primero, abundar en ellos, no conformarse con disponer de una medida mezquina de lo que
Dios quiere darnos en abundancia; y segundo, usarlo “para edificación de la iglesia”. Estos dos principios
sirven para interpretar el resto del capítulo.
b. El Don Puesto En PíáCtica (14:13–25)
13por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla. 14Porque si yo oro en
lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto. 15¿Qué, pues? Oraré con el espí-
ritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendi-
miento. 16Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa el lugar de simple oyente, ¿como dirá el amén
a lo acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho. 17Porque tú, a la verdad, bien das gracias; pero el otro
no es edificado. 18Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; 19pero en la iglesia prefie-
ro hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en len-
gua desconocida. 20Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero madu-
ros en el modo de pensar. 21En la ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y
ni aun así me oirán, dice el Señor. 22Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédu-
los; pero la profecía, no a los incrédulos, sino a los creyentes. 23Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo
lugar, y todos hablan en lenguas, y entrap indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos? 24Pero si todos

9 “¿Qué os aprovechará…?”
128

profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por todos es juzgado; 25lo oculto de su
corazón se hace rnanifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdadera-
mente Dios está entre vosotros.
Un don tiene sentido cuando se lo utiliza; no ha de quedar como una teoría o una posibilidad, sino que ha
de mostrarse en la práctica. Precisamente por eso surgen los problemas que Pablo quiere analizar y corregir
en lo que sea necesario. Su insistencia sigue siendo que utilicemos aquello que Dios nos ha dado a fin de
cumplir la finalidad initial que expresó en el v. 12: “para edificación de la iglesia”. Es posible que la situación
del [P. 221] cap. 14 no se trate realmente de excesos sino más bien de desorden, ya que aunque el lenguaje
del apóstol es categórico, no tiene la energía que ha usado, por ejemplo, ante los abusos en la mesa del Señor
(11:17–34). Hoy como siempre tenemos el peligro de extremos, pero es claro que el desorden está continua-
mente a nuestras puertas, ya que es típico de nuestro carácter latino; quizá nuestro agrado por la espontanei-
dad, que compartimos con los corintios, nos lleve a correr los mismos peligros, así como a disfrutar de iguales
bendiciones. Un pasaje como éste adquirirá más valor si lo vemos como una orientación general para nuestro
culto público y los móviles que tenemos para dicho culto, más que como una corrección específica para un
elemento determinado del mismo.
En los vv. 13–19, Pablo se dirige concretamente al creyente que tiene este don de lenguas extrañas, mien-
tras que en los vv. 20–25 habla a la congregación en su conjunto. Nuestro culto es lo que realizamos todos
juntos, luego que cada uno ha buscado delante de Dios el lugar que le corresponde.

EL CULTO DE LA IGLESIA (14:20–25)


1. Tiene partes diferentes.
2. Es regido por un mismo Espíritu.
3. Cada participante ora pidiendo la dirección divina.

Ante todo el apóstol apela a la oración (v. 13). Cuando llegamos a la convicción de que Dios nos ha dota-
do con algo, debemos comenzar por pedirle instrucciones para su uso. Aclaremos que en el original no dice
“lengua extraña” sino “lengua” a secas.10 Las palabras “extraña” y “desconocida” (v. 14) aunque no fuerzan
el sentido aparente, no están realmente en el escrito original.
¿Qué debe pedir al orar el que tiene el don? Poder interpretar (v. 13b). Lo que prosigue demuestra que tal
como en el v. 5c, Pablo sigue pensando que eso es necesario para que lo que se habla resulte motivo de edifi-
cación, aunque sea en un lenguaje distinto al de los oyentes. Tanto si se trata de una “lengua angélica” como
de un idioma extranjero, cualquier persona que lo utilice puede muy bien carecer de la elocuencia o la flui-
dez como para expresarse en el léxico que todos utilizan; por eso, algunos piensan que aquí se refiere a lo
que pudiera aportar otro (el intérprete).
[P. 222] ¿Qué ocurre cuando yo oro “en lengua”? (v. 14a). La respuesta de Pablo a la pregunta que él
mismo formula nos lleva a un tema profundo, que requiere esfuerzo para comprenderlo. Hace la diferencia
entre “mi espíritu” y “mi entendimiento” (v. 14b). ¿Qué es cada uno de ellos? Volvemos a la explicación del
cap. 2. Todos los hombres, como seres racionales, tienen entendimiento—lo que quizá podemos traducir co-
mo “mente” o “inteligencia”. Es parte de nuestra vida psíquica. Todos los seres humanos tienen también un
espíritu, pero éste no tiene vida hasta tanto entra en él el Espíritu de Dios; es con él y en él que nos relacio-
namos con el Señor. Cuando yo oro, mi espíritu se pone en contacto con Dios por medio de su Espíritu. Por
eso, cuando oramos privadamente, a veces ni siquiera nos es necesario apelar a nuestro entendimiento para
buscar la palabra correcta. Ahora bien, si estoy hablando u orando en público, estoy participando del culto
con los demás y entonces necesito usar de mi entendimiento para hacerlo de manera que los otros no sólo
entiendan sino que sean edificados. Vale la pena hacer la advertencia de que la oración no es una excusa
para predicar, sino que quienes están con nosotros se sentirán acercados al Señor junto con el que ora, pues
la acción del Espíritu se hará manifiesta. Notemos cómo, sin aclaración alguna, Pablo pasa a otras partes del
culto como son la oración y el canto.

10 Correctamente indicado en BLA y B. de J.


129

LO QUE COMPONE NUESTRO CULTO (14:13–15)


1. La profecía o proclamación del evangelio.
2. La oración, pidiendo a Dios que sea para edificación.
3. El canto, que salga de nuestro espíritu y entendimiento.

Esa doble participación, por así decirlo, de mi espíritu y mi entendimiento se aplica no sólo a lo que se
habla, sino, como hemos visto, también a lo que se ora y además a lo que se canta.11
Es fácil imaginar a la iglesia de Jerusalén recurriendo a los viejos y conocidos salmos, pero esta referencia
nos hace pensar que los cristianos corintios ya tenían himnos propios, en los que ponían su espíritu y su en-
tendimiento.

[P. 223] PREGUNTAS PARA CUANDO CANTAMOS (14:15)


1. ¿Entendemos lo que cantamos?
2. ¿Es verdad lo que estamos diciendo con la letra?
3. ¿Se eleva nuestro espíritu a Dios?

La inclusión paulina del canto es muy oportuna porque es una parte del culto donde es más fácil dejarse
llevar por el entusiasmo, el fervor o simplemente por el ritmo o la melodía. Hoy muchos prefieren hablar de
“alabanza”—como si las demás partes del culto no deban serlo—y eso está bien, pero aquí Pablo nos dice que
también debe haber un mensaje que llegue a nuestra mente y a la de los demás.
La predicación, la oración y el canto son una forma de bendecir a Dios, de proclamar lo bueno que hemos
recibido de él. Lo que Pablo dice puede parafrasearse de la siguiente manera: “Cuando haces todo eso, bendi-
ces a Dios, pero lo que importa es que el otro pueda unirse a ese espíritu.” En el v. 16 tenemos por primera
vez un detalle importante, que se repite en los vv. 23–25: en la congregación había personas que no eran
cristianas.12 Los creyentes y especialmente los que tienen dones para ser usados en el culto deben preocupar-
se de que los incrédulos o los que simplemente ignoran la verdad sean bendecidos.

EN QUIÉNES PENSAMOS EN EL CULTO (14:16)


1. En los que no conocen o rechazan la verdad, para que lleguen a aceptarla.
2. En los creyentes, para que sean edificados.
3. En mí mismo, para que mi espíritu y entendimiento reciban fruto.
4. En Dios, para que sea alabado.

Nuestro culto implica un acto de acción de gracias (v. 17a), al cual debo procurar que todos se unan. No
podemos estar seguros de que la alusión al ‘amen’ signifique que se lo decía en alta voz o que era una [P.
224] forma de describir esa unidad espiritual. Tal vez en el deseo que tenían en aquella iglesia de participar
todos, el amén fuera audible, pero lo importante es que saliera del corazón, aunque fuera en silencio.
Pablo redondea estos versículos sobre la actitud personal para con el don, con una especie de declaración
propia. Dice que habla “en lenguas más que todos” (v. 18). Una vez más, lo importante está en que ello es un
motivo para dar “gracias a Dios”. Si se refiere a idiomas, el sentido es sencillo pues Pablo era culto y hablaba
varios idiomas; si a formas superiores de lenguaje, se trata de algo que Dios y él entendían en cuanto a qué
significaba hablar “más” que todos ellos. Sin embargo, se cuida de no poner énfasis en eso, sino en lo que

11 Este detalle nos indica que en la iglesia se cantaba lo suficiente como para que Pablo llame la atención a que debe hacerse con
cuidado. Ver también Ef. 5:19 y Col. 3:16.
12 La frase “que ocupa el lugar de simple oyente” está mejor traducida como “persona no instruida” (V.P.) o “que no tiene ese don”

(BLA). Ver v. 23.


130

luego encabeza con un “pero”. A solas o con algunos, hablaría “en lengua”, pero “en la iglesia” prefiere
“hablar cinco palabras” que un largo discurso “en lengua”.13
En los vv. 20–25 Pablo pasa entonces a dar indicaciones específicas para la congregación, comenzando
más bien por una exposición que antecede a las indicaciones de los vv. 26–40.
Nuevamente, una palabra afectuosa (“Hermanos”, v. 20a) introduce la apelación a la iglesia, así como un
principio general. Cuando Pablo dice “no seáis”, es de suponer que a su juicio lo eran. Ya ha indicado que se
estaban comportando como niños; ahora agrega que están pensando como tales. Esa actitud de ir a la iglesia
para presumir de algo que Dios les había dado sin considerar el provecho de los demás (12:7), implica cierto
grado de “malicia”14 y demostraba su falta de madurez.
Por eso mismo, en el v. 21 recurre de nuevo a una base bíblica, aunque no citando textualmente Is.
28:11.15 La idea del pasaje es que Dios apela a los extraños (personas, pueblos, idiomas) cuando los suyos no
saben encontrarle.
Lo importante radica en plantearnos quién es el beneficiado con cada cosa que el Señor nos da. Ni siquie-
ra se sugiere el provecho de quien ejercita el don.16 La cuestión que Pablo presenta es: “¿A quién le sirve co-
mo señal?” Introduce así un concepto nuevo: el de señales (v. 22). Una señal es algo que indica la dirección
para llegar a un punto. En los Evangelios, sobre todo en Juan, la palabra “señal” se usa para mencionar los
milagros, cuya finalidad básica era mostrar la divinidad del Maestro. [P. 225] Del mismo modo, el uso de los
dones—aquí se mencionan las lenguas y la profecía—tienen como razón de ser el constituirse en señales que
dirijan los ojos de incrédulos o creyentes hacia la verdad evangélica.17
Lo menos que se pide a una señal es que sea clara. En muchos países las señales aparecen en más de un
idioma para que más personas puedan comprenderlas. Destruir, dañar o trastocar señales es un delito. Pablo
habla muy fuerte, cuando declara que, si entra un incrédulo y oye hablar “en lenguas”, dirá que están locos.
No importa que no lo estén: lo que interesa es que aquel que debe ser evangelizado ha sido alejado con el mal
uso de lo que Dios nos ha dado a fin de que lo ganáramos para la vida eterna.

SEÑALES DEL EVANGELIO (14:22)


1. La vida de la iglesia debe ser una señal indicadora a creyentes e incrédulos.
2. Debe tener la claridad necesaria.
3. Debe ser comprensible para el que pueda llegar.
4. Debe indicar hacia la meta, que es Cristo.

Un detalle es la observación paulina de que el cuidado debe tomarse cuando “toda la iglesia se reúne en
un solo lugar” (v. 23a). Esto parece indicar que no siempre era así, y nos lleva a pensar que también se re-
unía en casas (16:19), pero que alguna vez se congregaban todos—lo que debía producir un gran entusias-
mo. Asimismo notamos que esas reuniones no eran cerradas, y que los incrédulos y los “indoctos” (los que
aún no conocían la verdad) también participaban.
Respecto de éstos, los vv. 24 y 25 nos presentan una atractiva serie de ideas. Cuando Pablo dice que “to-
dos profetizan” (v. 24a) no puede referirse a que todos predicaran, de modo que el énfasis está en que todos
[P. 226] se ocupen de llevar de alguna manera el mensaje de la luz. Las consecuencias son varias y describen
el éxito de la proclamación.

13 Tampoco aquí está la palabra “desconocida” en el original griego


14 Hoy diríamos de “falsa picardía”.
15 Como en el original no hay signos de puntuación, no podemos decir con seguridad dónde termina la cita.
16 Esto es una seria advertencia para los que preguntan cosas como: “¿Qué me da la iglesia?” o “¿Para qué me sirve ir al culto?
17 Según el v. 22 las lenguas son para señal a los incrédulos pues cuando hay interpretación, guían al oyente al Salvador. La profe-

cía, que es más docencia, es señal para los creyentes porque la enseñanza los dirige al Señor. Sin embargo, en los vv. 23–25 Pablo
indica que las lenguas pueden resultar una locura para los incrédulos (“¿No dirán que estáis locos?”), mientras que la profecía los
convence de pecado y lleva a la salvación. El teólogo León Morris explica esta contradicción diciendo que es sólo aparente. Según
Morris, en el v. 22 los incrédulos son quienes han escuchado el mensaje y lo han rechazado, y para los tales las “lenguas” son una
señal del juicio de Dios sobre ellos. En vv. 23–25 los incrédulos son quienes nunca han oído el mensaje, y para estos las “lenguas”
son simplemente locura, mientras que la profecía los dirige a Dios.
131

En primer lugar, el incrédulo “por todos es convencido, por todos es juzgado” (v. 24b).18 La idea es que el
visitante se siente examinado por la conducta sana y la claridad de lo que oye. Una vez más, la fuerza está
colocada en la actitud colectiva.
La segunda consecuencia es que “lo oculto de su corazón se hace manifiesto” (v. 25a) para él mismo y
para Dios. Al enfrentarse con una predicatión llena del poder del Espíritu, conocerá realmente lo que hay en
su vida, llegará a la convicción de su pecado y estará listo para el arrepentimiento, que es el paso previo al
punto siguiente.
Finalmente “postrándose sobre el rostro, adorará a Dios” (v. 25b). Toda la experiencia espiritual está con-
tenida en esa frase, que tiene gran energía cuando es escrita para un ambiente pagano como el corintio. La
meta de la proclamación—y de cuanto se haga en el culto público—es ésta: que cualquiera que entre al culto
sea llevado a adorar al Señor, quien es bueno, y da también una retribución a los creyentes que usan bien sus
dones, ya que el recién llegado se inclinará ante el Señor “declarando que verdaderamente Dios está entre
vosotros” (v. 25). Esta promesa indica cuál debe ser nuestra oración y nuestro propósito cuando nos reuni-
mos como iglesia. Si podemos oir que quien entró como incrédulo sale transformado porque ha encontrado a
Dios presente entre nosotros, ya nos hemos acercado a la gloria. La acción del nuevo creyente será no sólo la
adoración del único que merece ser adorado, sino asimismo la atracción hacia aquellos que se reúnen para
proclamarlo como Señor.

LO QUE LA IGLESIA PRODUCE EN EL INCRÉDULO (14:24–25)


1. Este entiende racionalmente lo que se dice y hace.
2. Se convence de la necesidad de su corazón.
3. Adorará a Dios, postrado sobre su rostro.
4. Se sentirá atraído por la iglesia, al comprender que Dios
está allí.

Es en estos puntos que debemos centrar nuestra mira, cuidando de no enredarnos en debates de detalles,
que es claro que Pablo no pone en primer plano.
c. [P. 227] El control en las prácticas (14:26–33)
26Qué
hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene
lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación. 27Si habla alguno en lengua ex-
traña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. 28Y si no hay intérprete, calle en la igle-
sia, y hable para sí mismo y para Dios. 29Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. 30Y si
algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. 31Porque podéis profetizar todos uno por
uno, para que todos aprendan, y todos Sean exhortados. 32Y los espíritus de los profetas estén sujetos a los
profetas; 33pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos,
Aquí Pablo culmina el cuerpo más amplio de la carta, antes de pasar a su último tema en el cap. 15, que
es de orden muy diferente, ya que es el único de tipo doctrinal que es tratado amplia y aisladamente. En cier-
ta medida, es una especie de resumen de varios de los temas previos, como modo de poner ejemplos que le
permitan redondear con la idea de que todo debe ser hecho “decentemente y con orden” (v. 40).
El tono de estos versículos es más bien de precaución que de aliento. El principio básico que debe gober-
nar todo el culto es el orden y el decoro. Pablo trata los siguientes temas en forma sucesiva: el uso de los do-
nes en las reuniones de la iglesia, el don de lenguas, el de profecía, el lugar de las mujeres.
En el v. 26 nos muestra algo más sobre la forma en que actuaba la iglesia cuando se reunía; quizá la
práctica era fruto de la falta de un liderazgo adecuado. Al encontrarse juntos, cada uno apelaba al don que
tenía y hacía su aporte al culto. Uno cantaba (“salmo”), otro enseñaba (“doctrina”; literalmente “enseñan-
za”) y así los demás. El apóstol dio una regla: “Hágase todo para edificación” (v. 26c). Es decir, el que desafi-
na, que no cante; el que no sabe, que no enseñe; el que no tiene quien interprete, no hable en lenguas.
En el v. 27 Pablo vuelve a tocar el tema de las lenguas. Las admoniciones son concretas y categóricas: no
deben extenderse (“por dos, a los más tres”)—distinto que en la profecía (v. 31a); deben respetar un turno, y
no hablar a la vez; evitar las lenguas si no hay quien interprete. Este silencio autoimpuesto se refiere a lo pú-

18 Se convencerá de su pecado y él mismo se examinará” (V.P.).


132

blico, no a hablar con Dios a solas en la lengua que quiera. Al margen de la admonición del v. 39, el v. 28 es
to último que dice Pablo en cuanto a las lenguas. Ya que éstas son el idioma para oración y alabanza a Dios,
pero porque son incomprensibles y no pueden edificar, deben permanecer como parte de la oración personal
[P. 228] y la meditación. Sólo puede ser ejercitado en la congregación cuando hay presente alguien con el
don de interpretación.
En los vv. 29–31 hay consejos similares para la predicación o profecía. Aún es costumbre en algunas igle-
sias que haya más de un mensaje. Pablo estipula que no sean más de dos o tres, lo cual tiene un claro motivo
pedagógico pues allí llega el límite de aprendizaje de una persona común. Eso no indica que tales dos o tres
serán siempre los mismos, ya que es algo que de una u otra manera podrán hacer todos “uno por uno” (v.
31a), siempre que se tenga en claro cuál es la finalidad—que puede ser enseñar o exhortar (v. 31b).19 La
insistencia está en el orden:20 uno habla y los demás escuchan y “juzgan”.21 Nadie debía monopolizar una
reunión, sino dar lugar al hermano a quien Dios le revelara un mensaje, quien por supuesto pediría la pala-
bra de la manera tranquila que todo el pasaje sugiere.
La persona que habla debe controlarse a sí misma. Su “espíritu” debe estar sujeto a su entendimiento, por
ejemplo para dejar lugar a los otros, para comprender cuándo ha llegado la hora de callar y, por supuesto,
para que lo que diga sirva de enseñanza o exhortatión.
El motivo para todo lo antedicho es muy categórico: “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (v. 33).
Desde el primer día, cuando el Creador puso orden en el caos, esta gran verdad es evidente. Notemos que to
contrario de la confusión no es el orden sino que es la paz en que aquel culmina.

ALEJEMOS LA CONFUSIÓN (14:32)


1. No debe haber confusión en nuestra mente.
2. No debe haber confusión en nuestros cultos.
3. No debe haber confusión sino paz en nuestras relaciones.

d. El lugar de la mujer en la congregación (14:34–35)


34vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas,
como también la ley to dice. 35Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es inde-
coroso que una mujer hable en la congregación.
[P. 229] La última enseñanza práctica vuelve al lugar de las mujeres en el culto.
En 11:5 Pablo da por sentado que la mujer orará y profetizará. En 14:34 pareciera contradecir aquella
declaración al decir que en la congregación las mujeres deben callar.
En 11:25 había explicado las condiciones para que una mujer orara o predicara (con la cabeza cubierta,
por la simple razón de que en Corinto la cabeza descubierta en la mujer era señal de inmoralidad; y no
haciendo nada que causara vergüenza a su cabeza, es decir al varón). En 14:34 la referencia a hablar incluye
el verbo griego LALEIN, que en el N.T. se traduce unas 300 veces con una variedad de significados: conver-
sar, hacer preguntas, discutir, profesar, charlar informalmente. LALEIN no hace referencia a profecía u ora-
ción ni a hablar en público. La clase de comportamiento a que Pablo hace referencia causaría disturbios en
cualquier congregación. Hoy, por ejemplo, instamos a los niños a no conversar en la iglesia. Pablo ordena a
las mujeres a permanecer en silencio en la congregación y hacer preguntas en su casa, ya que en aquellos
tiempos las mujeres estaban en total sujeción, y muchas eran analfabetas. De manera que el esposo o el padre
debía explicarle lo que ella no había entendido. Hoy día podríamos decir que si ella no entiende (pensando
en quienes no han recibido educación), en vez de interrumpir el culto de la iglesia debieran acudir a su ma-
rido o bien, si son solteras, a un anciano de la iglesia.22

19 “A fin de que todos reciban instrucción y ánimo” (NVI).


20 Inclusive, el orden alcanzaba a la posición: se hablaba de pie y se escuchaba sentado.
21 “Consideren lo que se haya dicho” (V.P.).
22 Otra posible interpretación mantiene que en un capítulo con aplicación a las lenguas y la profecía, la referencia a hablar en la

congregación sólo puede indicar el hablar en forma pública para enseñar o edificar. Otra posibilidad es que el v. 33b “como en
todas las iglesias de los santos”, parece estar relacionado al v. 34, no al vv. 33a que habla de que Dios no es Dios de confusión.
Pablo estaba enfatizando que el principio de las mujeres que no hablaran en la congregación no era local, geográfico ni cultural
sino universal (“todas las iglesias”). Las mujeres no deben tener tal clase de ministerio público en los cultos de la iglesia cuando los
hombres están presentes. Las mujeres que tomaban parte en lo que Pablo condena, no sólo aumentaban la confusión en la iglesia,
133

Lo importante es recordar que la finalidad de este capítulo es mantener el orden en el culto público, como
acto de reverencia a Dios.
e. [P. 230] La autoridad del apóstol (14:36–40)
36¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado? 37Si alguno se cree profeta,
o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor. 38Mas el que ignora, ignore. 39Así
que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; 40pero hágase todo decentemente y con
orden.
Los últimos versículos tienen relación con el tema de su autoridad apostólica que ya ha sido estudiado en
el cap. 4. Su primer argumento está en el hecho histórico de que los corintios no habían sido los primeros en
recibir la revelación de la verdad, sino que ésta les había sido predicada, ni tenían mucho menos su exclusi-
vidad (v. 36).
Si entre ellos había quienes tenían el convencimiento de que Dios les había dotado para ser “profetas”,23
tenían una forma de demostrarlo: admitir que las palabras del apóstol eran “mandamientos del Señor” (v.
37b), no porque Pablo lo dijera, sino porque debía estar iluminado por el mismo Espíritu Santo. El v. 38, que
es poco claro en R.V., dice así en BLA: “Si alguno no reconoce esto, él no es reconocido”.24 El comentarista
Ernesto Trenchard lo expresa de esta manera: “Si alguno desconoce (voluntariamente estas cosas, dejándolas
de lado), él será desconocido, es decir, desautorizado de su ministerio como persona que rehúsa someterse al
claro mandamiento divino.”
Refrenda lo dicho anteriormente, exhortando: “Procurad profetizar” (v. 39a), exactamente como dijo en
el primer versículo del capítulo. Esto debe ser alentado hasta que todos comprendan que pueden hacerlo (v.
31). Ahora bien, si alguno siente que lo que Dios le da es hablar en lenguas, los demás no deben impedírse-
lo.25
La conclusión “Hágase todo decentemente y con orden” es el resumen de todo el capítulo y, en cierta ma-
nera, de todo lo anterior de la carta. La palabra “decentemente” tiene la idea de que sea con decoro, y no se
refiere a aspectos que llamaríamos morales, aunque hoy la usemos a menudo con ese sentido. Si alguno pre-
gunta qué es lo decoroso, enseguida comprenderemos la necesidad de usar la sabiduría del Espíritu para
aplicarlo en la práctica. El lenguaje, la forma de vestir, el orden del culto no puede ser el mismo en un servi-
cio fúnebre que en un campamento en la playa. Pero en un caso o en otro, hay que mantener la noción del
decoro. [P. 231] En el fondo, éste implica el adecuarse a los conceptos habituales en el medio de tal forma
que, si “entra algún incrédulo o indocto” (v. 24), no sienta un choque al ver algo que puede estar dentro del
espíritu de libertad cristiana, pero que no resulta de edificación.
Para muchos el mayor sacrificio será el orden. La improvisación no parece ser lo preferido del apóstol,
aunque por cierto hay momentos en que el Espíritu nos lleva a hacer algo que no estaba planeado.26
Así debe hacerse todo. ¿Qué tenía Pablo en mente al escribir esta palabra? Por supuesto, pensaba en lo
que acababa de escribir, pero sin duda no podía sacar de su mente cuanto había ido acumulando desde el
primer capítulo, en el que enfrentó las divisiones de la iglesia. En todo ha de reinar el Dios que “no es Dios de
confusión sino de paz”.

sino que simplemente no deberían haber hablado, segén indica la ley. En la creación Dios ha establecido un orden que refleja su
naturaleza divina y debe reflejarse en su iglesia. Del v. 35 se desprende que ciertas mujeres hacían to incorrecto al hacer preguntas
en la iglesia. Si deseaban aprender, la iglesia no era el lugar para hacer preguntas y perturbar el orden.
23 O estar “inspirados por el Espíritu” (V.P.).
24 “Y si ignora esto, también él será ignorado” (NVI).
25 Ver vv. 27–28.
26 Una pequeña reunión de oración bien puede ser interrumpida y cambiado su curso si entra alguien que necesita consuelo o

exhortación. Pero de allí a que nadie sepa qué es lo que va a ocurrir y en consecuencia haya una suma de personas que quieran
hablar a la vez, como explicó Pablo antes, hay una gran distancia. No es lo mismo orden que rigidez, así como espontaneidad y
desorden son dos cosas distintas. Lo importante es que de antemano nos pongamos la meta sagrada que mantendremos, si por al-
guna razón hay que introducir variantes: que todo sea para “edificación de la iglesia” (v. 12) y que el incrédulo que haya enetado
adore a Dios, declarando que verdaderamente el Señor está en medio de la iglesia (v. 25).
134

[P. 232] [P. 233]

PARTE VI
LA RESURRECCIÓN:
HECHO Y DOCTRINA
15:1–58
1. Hecho y doctrina de la resurrección de Cristo (15:1–19)
2. La resurrección de los hombres: hecho y doctrina (15:20–58)
[P. 234] [P. 235]
CAPÍTULO 19
Entramos ahora a un terreno sagrado. Por supuesto, lo es toda esta epístola y toda la Biblia, pero este cap.
15 es una de las cumbres de las cartas paulinas por su tema y su forma de presentarlo. Sólo tiene pocos para-
lelos, entre ellos Ro. 8, Fil. 2, 2 Co. 5 y otros. Después de tanta lucha, después de tanta angustia ante cuestio-
nes negativas, después de tanto fracaso de los cristianos, ahora nos elevamos al gran triunfo de Cristo y su
Iglesia, que nos hace prever la gloria del Apocalipsis.
Era común que las cartas del apóstol incluyeran to doctrinal y lo práctico, ya que el evangelio es precisa-
mente eso: una doctrina que surge de los hechos, y hechos que pueden interpretarse doctrinalmente.
Debemos leer estos versículos tratando de captar la gran importancia que daba a la resurrección la iglesia
apostólica. Es natural que demos un lugar preponderante a la muerte de Cristo en la cruz, y esta doctrina está
presente en todos los escritos paulinos. Pero es posible que la iglesia de siglos posteriores—y la de nuestros
días—haya relegado a segundo plano la resurrección de Cristo y de los suyos, y la sensación de vida triun-
fante que surge de asignarle un lugar preponderante. Por ejemplo, existe un símbolo claro de la muerte de
Cristo, la cruz, pero ¿cómo representamos gráfica y concisamente su resurrección? Es necesario, pues, que al
menos en nuestro corazones tengamos conciencia de esa grandiose realidad.
Es posible que este capítulo también haya surgido de preguntas concretas de los corintios.1 Todo lo relati-
vo a los últimos tiempos despierta [P. 236] inquietud e interrogantes. Es positivo que, en medio de todas las
disputas y conflictos, haya habido también en la iglesia de Corinto tiempo e interés para hablar de problemas
espirituales—y no sólo de situaciones presentes sino también de glorias futuras. Por eso el tono de Pablo es
positivo, sin críticas. Las cuestiones suscitadas presumiblemente se referían al regreso a la vida de los creyen-
tes, en especial los que iban muriendo en el seno de la comunidad cristiana. Pero Pablo llega a todo eso des-
pués de narrar y analizar el hecho fundamental de la resurrección del Señor.
La resurrección es el tema tratado más extensamente en la epístola. La lucha espiritual de los capítulos
anteriores no había dejado al apóstol sin fuerzas para alabar al Cristo que vive para siempre.
1. HECHO Y DOCTRINA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO (15:1–19)
a. El Hecho De La Resurrección (15:1–11)
1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he Predicado, el cual también recibisteis, en el cual
también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creis-
teis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, corforme a las Escritu-
ras; 5y que apareció a Cefas, y después a los doce. 6Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez,
de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 7Después apareció a Jacobo; después a todos los apósto-
les; 8y al último, como a un abortivo, me apareció a mí. 9Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que
no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. 10Pero por la gracia de Dios soy lo

1 Lascircunstancias especiales de la iglesia de Corinto exigían el desarrollo amplio del tema de la resurrección. Los griegos, que
admitían cierta supervivencia de las almas, tenían gran dificultad en el misterio de la resurrección de los cuerpos. En Atenas, ape-
nas empezó Pablo el tema de la resurrección, unos se le rieron y otros le dijeron que sería mejor que hablara otro día. El prejuicio
contra la resurrección de los cuerpos no lo depondrán tan fácilmente los griegos. En 2 Ti. 2:18 encontramos a Himeneo y Fileto,
que niegan la resurrección do la carne.
135

que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo sino
la gracia de Dios conmigo. 11Porque sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído.
Como siempre, Pablo comienza con observaciones generales. Es como si creyera que, al final de la carta
debe especificar cuál es la esencia del mensaje (“el evangelio”) que ha predicado, así como las etapas en que
se ha producido esa proclamación.
En cierta manera, al hablar de la resurrección de Cristo como parte especial del evangelio, se está adelan-
tando a la abjeción que suponemos fue presentada y es mencionada en el v. 12.
“Evangelio” significa literalmente “buena noticia”. Para que exista una noticia debe haber tres elementos,
como en toda comunicación: un mensaje (que aquí es lo que Pablo describe luego), un emisor y [P. 237] un
receptor. El había anunciado y ellos habían recibido y creído.2 El evangelio, como noticia, se diferencia de
todas las otras en que siendo algo de orden espiritual, no sólo debe ser escuchado (recibido) sino también
creído. Sólo entonces podremos decir que en verdad ha llegado. Haste tanto transforme al oyente, su papel
será meramente informativo. Si hasta la resurrección de Cristo es para el que nos escucha sólo un episodio
más de la historia, habrá creído “en vano” (v. 2b). Esto significa que no es verdadera fe la que no produce
perseverancia ni un cambio permanente en la persona.
Antes de pasar a la narración histórica, Pablo enuncia su decisión de hacerlo con palabras casi idéntical a
las que usó en 11:23. Lo importante son las diferencias. Aquí no dice que lo recibió “del Señor” como en
aquel caso, lo que nos da base para pensar más definidamente que lo supo por la narración de los apóstoles
que fueron testigos. Por otro lado dice que al enseñarlo, este tema fue colocado “primeramente” (v. 3a),3 lo
que demuestra la trascendencia que le da.
El sucinto relato tiene una gran importancia. Señalemos que éste es el más antiguo que tenemos sobre el
retorno de Cristo a la vida pues los evangelios aún no habían sido escritos. Indica, por lo mismo, cuál era la
forma en que se contaba la vida del Señor en la iglesia primitiva (vv. 3–8). Fuera de alguna referencia muy
pasajera (como que fue “nacido de mujer”, Gá. 4:4), no hay en las epístolas paulinas relatos de los hechos de
Jesús—salvo lo relativo a la Cena (11:23–26) y este trozo sobre la resurrección. Pablo no aporta detalles so-
bre su nacimiento, sus viajes, sus milagros, ni aun sobre su cruz y ascensión. Eso nos indica que, para él, era
importante que los creyentes corintios conocieran realmente cómo ocurrieron los hechos de la resurrección.
Haste hoy, en el terreno jurídico o histórico, el testimonio de los actores sigue siendo fundamental. En aque-
llos años iniciales—más aún entre los judíos—no había necesidad de insistir en que Jesús había muerto, aun-
que sí exponer para qué. Pero era preciso aportar pruebas de que había resucitado, sobre todo cuando algu-
nos lo negaban (v. 12). De todos modos, Pablo comienza aclarando que su mensaje comprendía varios puntos
relativos a Cristo mismo.

[P. 238] QUÉ PREDICAR SOBRE CRISTO (15:3–5)


1. Murió por nuestros pecados (según lo prometido).
2. Fue sepultado (prueba de que había muerto).
3. Resucitó al tercer día (también según las Escrituras).
4. Apareció a los suyos (prueba de que había resucitado).

Estrictamente hablando no hay un relato de la resurrección, sino una nómina de algunas de sus aparicio-
nes; en realidad, menciona sólo cinco, sin contar la que le tuvo a él mismo por testigo. Sumando lo que dicen
los Evangelios, la lista llega a no menos de once o doce, de modo que habría que reflexionar por qué las que
aquí menciona podrían tener más importancia para los corintios. No se mencionan los casos de María Mag-
dalena, las demás mujeres, Tomás, el mar de Galilea, los discípulos de Emaús y un caso al grupo apostólico.
Pero sí se refieren dos apariciones a los apóstoles, lo que tiene que ver con lo que dirá luego (vv. 9–11), y tres
casos que nos resultan interesantes. El primero es el del Pedro (v. 5a), del que sólo hay una referencia indire-
cta en Lc. 24:34. También encontramos a Jacobo (v. 7a), de quien debemos pensar era medio hermano de
Jesús, lo cual demuestra un cuidado especial del Señor por su familia en la carne. Esto puede ser una explica-

2 Pablo les declara el evangelio. Utiliza el verbo GNORIZO, que significa “hacer conocer”. Es posible que algunos corintios no en-
tendieran el evangelio. Lo habían aceptado (“recibisteis”, en tiempo griego aorista, que indica recibir una vez y para siempre) pero
no entendían todas las implicaciones. De allí que hubiera tantos problemas en Corinto.
3 “En primer luger” (V.P. y BLA).
136

ción de la diferencia en cuanto a su incredulidad previa (Jn. 7:35) y su presencia en el aposento antes de
Pentecostés (Hch. 1:14). Sería así una notable consecuencia de la resurrección.
Entre ambos aparece algo muy notable: “quinientos hermanos a la vez de los cuales muchos viven aún, y
otros ya duermen” (v. 6). ¿Quiénes formaban este enorme grupo? ¿Dónde ocurrió el hecho? ¿Por qué lo ca-
llan los Evangelios? No lo sabemos, Pero hubo necesidad de alguna tarea de información y convocatoria, pen-
samos que en Galilea adonde fue el Maestro después de aparecer en Jerusalén. Además, en esto vemos que
hubo una base para la evangelización del propio país.4
Después, Pablo se incluye a sí mismo. Por un lado, llama la atención que así lo haga, y demuestra su segu-
ridad de que lo ocurrido en el camino a Damasco no fue una mera visión sino una presencia de Cristo tan
real como la que tuvieron “todos los apóstoles” (v. 7b). Precisamente ese contacto personal es lo que le acre-
ditaba en tal condición. Sin embargo, hace algunas salvedades. La primera es que ello le ocurrió “como a un
[P. 239] abortivo” (v. 8); aunque la palabra aparece también en la B. de J., no es la más feliz, ya que no tiene
ahora el significado que suponemos le dieron Reina y Valera. Lo entendemos leyendo “como a un niño naci-
do anormalmente” (V.P.) o “como a un nacido fuera de tiempo” (BLA).5
En segundo lugar, aun después de haber defendido tanto su ministerio apostólico, reconoce que por haber
perseguido a la iglesia, no se considera “digno de ser llamado apóstol” (v. 9b). No está diciendo que no es
apóstol o que no debe ser reconocido como tal, sino que sólo ha llegado a serlo “por la gracia de Dios” (v.
10a).

LA ACCIÓN DE LA GRACIA DIVINA (15:10)


1. No desprecia ni aun a los perseguidores.
2. Puede llegar a usarlos de manera notable.
3. El cambio se produce por un encuentro con Cristo.

Todos podríamos suscribir la declaración apostólica: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (v. 10a). Es un
regalo de Dios. Asimismo notamos que el énfasis está puesto en lo que se es y no en lo que se tiene, ni siquiera
en los dones del Señor.
Pablo siente que hay motivos especiales para alabar a Dios por su gracia. Sólo debido a ésta ha podido
trabajar tanto, de modo que finalmente haya resultado más de lo que hicieron los demás. Si no fuera por la
insistencia en la gracia divina, esta expresión sería una pedantería; en el contexto es un acto de adoración.
Quizá no todos podríamos adjudicarnos su certeza de que “no ha sido en vano” (v. 10b): los corintios mis-
mos eran una prueba del éxito do Dios en el ministerio de Pablo.
Si podía hacerse una comparación en cuanto a la extensión de las tareas, no ocurría lo mismo hablando
de la predicación, ya que “éste es [P. 240] nuestro mensaje” (v. 11, V.P.). Aun cuando sea algo dicho al pasar,
es importance para nosotros este convencimiento de que todos los apóstoles predicaban lo mismo. Como con-
secuencia, los corintios habían creído un evangelio igual a los creyentes de Palestina que vieron primero al
Señor resucitado, pues habían escuchado aquello que se resume en los vv. 1–8.
b. La Doctrina Que Se Deriva Del Hecho (15:12–19)
12Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay
resurrección de muertos? 13Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. 14Y si Cristo
no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe. 15Y somos hallados falsos tes-
tigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los
muertos no resucitan. 16Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; 17y si Cristo no resucitó,
vuestra fe es vana; aun estáis en vuestros pecados. 18Entonces también los que durmieron en Cristo perecie-

4 Es interesante notar que la mayoría de los 500 todavía vivía. Cualquier incrédulo podía ir y entrevistarse con uno o más de los
testigos oculares.
5 “Nacido fuera de tiempo” (Gr. EKTROMA) por lo general hacía referencia a un aborto o nacimiento prematuro. En la figura pau-

lina, el término podía indicar que no había esperanza de vida sin intervención divina, y da la idea de que nació sin esperanza de
encontrar a Cristo. Pero el concepto de nacimiento fuera de tiempo parece adecuarse mejor al pensamiento del apóstol. El llegó
demasiado tarde como para ser uno de los doce. El término también hacía referencia a algo deforme, muerto, inútil. Antes de su
conversión, que coincidió con la visión del Cristo resucitado, Pablo fue un hombre deforme, muerto, inútil. Hasta su nacimiento se
produjo fuera de tiempo pues Cristo ya se había ido. Pero por intervención divina pudo ser un apóstol ya que el Señor se le apare-
ció
137

ron. 19Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los
hombres.
Las pruebas de que Cristo resucitó son varias: hubo numerosos testigos; aun años después Pablo lo vio con
vida, y los mismos corintios habían sido transformados en nuevas personas por el Espíritu de vida.
La explicación anterior de los vv. 1–8 fue hecha sustancialmente por una idea errónea que había apare-
cido entre los creyentes de aquella ciudad, influidos por la filosofía y las ideas populares de la época. El con-
cepto era simplemente que quien está muerto, ya no saldrá de ese estado. La idea de una resurrección no es
muy aceptada en nuestro tiempo y, en el de Pablo, encontramos que su simple mención provocó que inte-
rrumoieran su discurso en Atenas (Hch. 17:32)—ciudad de la que debemos pensar que, por su cercanía y su
influencia cultural, era el origen de lo que se creía en Corinto. En realidad, el error se había transformado en
herejía al ser admitido por algunos miembros de la iglesia (v. 12b). Era grave, ya que no sólo negaba la resu-
rrección de los creyentes en general sino que, al declararse como verdad absoluta que ningún muerto resuci-
taría, eso incluía al mismo Cristo. Pablo da vuelta el argumento: si Jesús resucitó—“primicias de los que
durmieron es hecho” (v. 20)—es evidente que la resurrección es un hecho innegable para los seres humanos.
No tenemos, por ejemplo, pruebas de que un animal resucite o de que un árbol razone o hable: si ocurriera
una sola vez, deberíamos reelaborar nuestros conceptos, y eso es lo que debían hacer los griegos.
Encontramos una interesante confrontación entre lo que predicaban “todos” los apóstoles (v. 10b) y lo
que creían sólo “algunos” (v. 12b). Es como si se señalara la presunción de que aquellos que conocían el
mensaje [P. 241] gracias a que otros les predicaron (14:36), ahora declararan que todo lo que les habían
dicho era pura fantasía. Admitamos como posibilidad que los corintios, y en particular los que erraban, no
actuaban de acuerdo a los hechos mencionados, y que por eso Pablo se los recordaba.
“Si no hay resurrección … ”
La duda se había expresado, al parecer, sólo sobre la posible vuelta a la vida de los creyentes, pero Pablo
insiste en que la resurreccioín de Cristo es una prueba de esa realidad futura. Su argumentación se basa en
tres puntos, que comienzan con un “si” condicional.
• El primero es, como principio general, que si no hay resurrección, eso incluye a Cristo (v. 13).
• El segundo punto es preguntarse qué ocurre “si Cristo no resucito” (v. 14). “Admitámoslo por un mo-
mento” sería la posición del apóstol. La consecuencia era clara. Como ellos han estado predicando que el
hecho ocurrió y que es la base del evangelio, todo habría sido en vano e incapaz de producir efecto alguno.6
Más que vana, la predicación se haría algo ridículo. El mensaje se transformaría en mero palabrerío, y pocas
líneas antes (v. 10b) ya Pablo ha dicho que no había sido así.
Pero una segunda consecuencia era que “vana es también vuestra fe” (v. 14b). Nótese el paso de “nuestra
predicación” a “vuestra fe”. Los afectados no eran sólo los apóstoles, sino los mismos lectores, incluyendo a
los que negaban la posibilidad de la resurrección. Mencionado esto, vuelve a lo primero: la validez del men-
saje.
El hecho de que estuvieran predicando un mensaje sin poder no era la única consecuencia para ellos.
Además, eso les transformaba en “falsos testigos de Dios” (v. 15). O sea que todos los apóstoles—incluso Pa-
blo mismo—eran mentirosos o ilusos. Estaban predicando una mentira o eran ellos mismos objeto de una
fantasía, lo que no tenía lógica cuando no sólo los apóstoles habían visto al Maestro resucitado, sino también
el incrédulo Jacobo y “más de quinientos hermanos a la vez” (vv. 6, 7). Por supuesto, Pablo descontaba que
los corintios no se atreverían a mantener tales acusaciones de mentira contra el padre espiritual de la iglesia.
La falsedad era especialmente grave porque atribuía a Dios lo que éste no había hecho, como si hicieran
al Señor cómplice de una farsa. Si Dios ha determinado que los muertos no resuciten, no es concebible que él
mismo haga lo contrario. Este tema es redondeado repitiendo que “si los muertos no resucitan, tampoco Cris-
to resucitó” (v. 16).
[P. 242] • El tercer punto es entonces que, “si Cristo no resucitó vuestra fe es vana” (v. 17a)—tal como ya
ha indicado en el v. 14b. Quizá podría tolerarse que un grupo de predicadores estuviera equivocado; de
hecho, bien podríamos imaginar que todos estamos errados en algo. Pero sería mucho mís grave si todos los
que han creído en una nueva vida gracias a esa predicación hubieran basado su fe en una realidad inexisten-
te. Por ejemplo, si hoy fundamos todos nuestros planes en lo que dirá o hará una persona y encontramos que
6 Notemos que, desde Pentecostés (Hch. 2:32) y toda la proclamación apostólica (Hch. 3:26; 10:40; 13:30, etc.), la resurrección era
presentada como un hecho clave.
138

ella ha muerto, nuestra fe en el futuro habrá llegado a su fin. Tener una fe vana es como no tener fe alguna;
más bien, es peor, como dirá luego. Aquello que les había hecho ver la vida de una nueva forma, que les daba
una esperanza para la eternidad, que les llevaba a predicar y a preocuparse de hacerlo debidamente, todo era
inútil y sin sentido. Sin embargo, sin concesión alguna, Pablo les dice que las cosas son peores aún y enumera
tres consecuencias realmente dramáticas “si Cristo no resucitó”.
Si Cristo no resucitó…
• La primera es que “aún estáis en vuestros pecados” (v. 17b). En efecto, si la predicación había sido sin
poder ni efecto, nada había cambiado en ellos. Seguían tan perdidos como antes de convertirse al cristianis-
mo. Aún eran siervos de Satanás y su vida no tenía perspectiva. Sólo un Cristo vivo puede sacarnos de la per-
dición del pecado.
• La segunda consecuencia era que “también los que durmieron en Cristo perecieron” (v. 18).7 Si Cristo
no resucitó porque la resurrección no existe, entonces esos amados hermanos sólo murieron espititualmente
así como han “dormido” físicamente. No sólo hemos sido ingenuos los predicadores y los que ahora discuti-
mos; también lo fueron los creyentes que han partido y a quienes ya no se puede sacar del error. Hay en este
argumento una gran carga afectiva, que no por ello le resta poder al razonamiento.
• Y en tercer término, si no hay resurrección, eso significa que toda nuestra esperanza se limita a esta vida
(v. 19).8 Alguno podría decir que aunque el cristianismo fuera un error, hace tanto bien que es mejor estar
felizmente equivocado que desdichadamente en lo cierto. Pero Pablo no hace esas concesiones; al contrario, si
nuestra esperanza en Cristo se [P. 243] reduce a estos pocos y pobres años, “somos los más dignos de conmi-
seración de todos los hombres” (v. 19b).9
¿Acaso no tenemos lástima de aquellos que han puesto su esperanza en un error? Y no se trataba de cual-
quier error, sino de lo que ellos habían considerado palabra divina. Ni tampoco era cualquier cosa, cuando
les había costado sufrimientos, ruptura de relaciones, conflictos de conciencia y cambios sustanciales en sus
medios y conceptos de vida. ¡Y pensar que todo ello había sido sólo por mejorar un tiempo tan limitado como
el resto de la existencia terrena! Habían soñado con una vida sin pecado, de comunión perfecta con el Salva-
dor y donde ya no habrá más dolor ni muerte, ¡y ahora ocurre que todo era un sueño tan vano como los que
tenemos por las noches! Sin duda, si fuera así, seríamos dignos de compasión.

SI CRISTO NO RESUCITÓ… (15:17–20)


1. Todavía vivimos dominados por el pecado.
2. Los que han partido antes, ya no viven.
3. Todo lo soñado y sufrido ha sido en vano y merecemos
que se nos tenga lástima.
4. Pero ¡Cristo ha resucitado de los muertos!

Ya no se discute más el tema. Las dos verdades se dan como probadas: primero, que Cristo resucitó; se-
gundo, que los hombres también resucitan. Pero es verdad que entonces comienzan a surgir interrogantes en
nuestras mentes y a ellos se vuelve Pablo, quizá porque le habían sido planteados por los corintios. En ningu-
na otra parte de la Biblia este tema es tratado con más extensión y profundidad, lo que confiere gran impor-
tancia al pasaje.

7 Tal vez aquí encontremos el eco de una pregunta que parecería estar subyacente en gran parte del capítulo. ¿Qué pasaba con los
creyentes que morían antes que Cristo regresara? La misma cuestión se presentó en Tesalónica (1 Ts. 4:18).
8 Los epicúreos sostenían la búsqueda del placer como fin supremo de la vida del hombre. Eran materialistas y negaban la supervi-

vencia del alma más allá de la muerte. Esta filosofía tuvo gran aceptación en el mundo griego, y se contraponía a la prédica de
Pablo, que destacaba la resurrección y el juicio de Dios.
9 “Dignos de lástima” (BLA); “de compasión” (B. de J.).
139

[P. 244]
CAPÍTULO 20
2. LA RESURRECCIÓN DE LOS HOMBRES: HECHO Y DOCTRINA (15:20–58)
a. El Hecho De La Resurrecció De Los Creyentes (15:20–34)
20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21Porque por
cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22Porque así
como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 23Pero cada uno en su debido order:
Cristo, las primicias; luego, los que son de Cristo en su venida. 24Luego el fin, cuando entregue el reino al
Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. 25Porque es preciso que él
reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. 26Y el postrer enemigo que será destrui-
do es la muerte. 27Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han
sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. 28Pero luego que todas las
cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que
Dios sea todo en todos. 29De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna mane-
ra los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos? 30¿Y por qué nosotros peligramos a
toda hora? 31Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada
día muero. 32Si como hombre batallé en Efeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan,
comamos y bebamos, porque mañana moriremos. 33No erréis; las malas conversaciones corrompen las bue-
nas costumbres. 34Velad debidamente, y no peguéis; porque algunos no conocen a Dios; pare vergüenza
vuestra lo digo.
Como ya hemos dicho otras veces, en este tipo de temas, aun teniendo la luz del Espíritu (2:12–14), lo
que podemos comprender es limitado y [P. 245] sólo “vemos por espejo, oscuramente” (13:12). Esto debe
llevarnos a asumir con paz nuestros interrogantes y a agradecer a Dios que aún quedan muchas cosas glorio-
sas por gozar.
Pablo comienza esta segunda parte de su exposición con lo que tiene apariencia de exclamación de rego-
cijo. Podría verse aquí a los cristianos actuales, por ejemplo en Europa Oriental, quienes el día de la Pascua se
saludan diciendo: “¡Cristo ha resucitado!”, a lo que el otro contesta: “¡Ciertamente ha resucitado!”. Hay un
tono categórico en la afirmación, como si dijera: “Esto no se discute”.
Sin embargo, Pablo agrega una consideración: que eso “primicias de los que durmieron es hecho” (v.
20b). Las primicias eran aquello que se ofrendaba a Dios, tanto animal como vegetal, cuando comenzaba la
cosecha. Hoy usamos la palabra para alguna noticia que no sólo es una novedad, sino también el anticipo de
cosas quizá mayores. La resurrección de Cristo entonces, aun con toda su grandeza, es sólo el comienzo de la
obra magnífica de Dios.
Esto tiene que ver con todo el transcurso de la historia, desde la creación hasta el fin de los tiempos. El
ejemplo de Adán consta también en Ro. 5:12–21, con insistencia en que nuestro primer padre introdujo el
pecado al mundo. Algunas de las frases son casi idénticas en ambas cartas. Fue necesario que el Hijo de Dios
se hiciera hombre y sufriera en carne, para que su resurrección fuera algo real y no ficticio. Tan concreto
como fue la caída de Adán al principio, ha sido la victoria de Cristo sobre la muerte, a la que llegó por su
condición de hombre (v. 21). Nuestra condición humana implica que seguiremos el camino de los moradores
del Edén y habremos de morir físicamente. Este es el tema que se está tratando aquí, pero no se menciona el
pecado. Si hay alguna relación entre la muerte y el pecado, al menos podemos decir que Pablo no trata el
tema en este lugar. De hecho, la muerte es un enemigo (v. 26) pero es también una necesidad, aunque más
no sea que por el hecho lógico de que sería imposible que todos los humanos nacidos desde el principio vivie-
ran simultáneamente en una tierra donde no cabrían. Podría argüirse que Dios hubiera buscado otra forma
de promoción al Más Allá, pero no es lícito fantasear con la voluntad divina.
140

ADÁN Y CRISTO (15:22–23)


1. Adán murió y nosotros morimos como él.
2. Cristo resucitó y nosotros viviremos como él.
3. Su resurrección fue las primicias preparadas por Dios.

[P. 246] Pero—sigue reflexionando Pablo—cada cosa debe ocurrir “en su debido orden” (v. 23a), que ha
sido establecido por Dios. En este camino vivificador, el primer paso fue la resurrección de las primicias, o
sea Cristo (v. 23a). Toda una etapa de la historia es inaugurada con ese hecho y perdura hasta “su venida”
cuando se levanten “los que son de Cristo” (v. 23b).
Su venida estará relacionada con el tercer hecho: “luego el fin” (v. 24), mencionado en forma muy escue-
ta. Como no es seguramente la intención del apóstol, no nos detenemos aquí para estudiar todo lo que impli-
ca “luego el fin”. El mismo Pablo trató el tema al escribir a los tesalonicenses, y tenemos mucho al respecto en
el Apocalipsis. Pero si entramos en ese terreno, perdemos el hilo que está siguiendo el autor sagrado, que se
refiere a uno solo de los grandes acontecimientos de aquella hora: la resurrección de los creyentes. En esta
ocasión no menciona la destrucción de Satanás, el reinado milenial, el juicio final, el descenso de la nueva
Jerusalén, etc.

LAS GRANDES ETAPAS DE LA HISTORIA (15:23–24)


1. La primera va desde la caída hasta la redención.
2. La segunda está corriendo desde la resurrección.
3. La tercera y final será cuando él vuelva en gloria.

CUANDO EL REGRESE (15:25–26)


1. Los suyos serán levantados.
2. Todos sus enemigos serán puesto bajo sus pies.
3. La muerte habrá sido vencida para siempre.

Es en este punto cuando debemos inclinarnos y adorar más que pretender usar nuestra razón. El mundo
que conocemos habrá dejado de existir y Dios lo llenará todo. Nuestra mente finita es abrumada por la men-
ción de las relaciones entre Dios el Padre y Dios el Hijo (vv. 27–28).
En estos versículos también hay gran profundidad teológica en cuanto al papel de Cristo. Hoy él es el Me-
diador (1 Ti. 2:5) que está en lucha contra “todo dominio, toda autoridad y potencia” (v. 24b). Es el rey,
aunque no todos lo reconocen, Pero llegará el día cuando habrá “puesto a [P. 247] todos sus enemigos debajo
de sus pies” (v. 25), lo que incluye la muerte (v. 26). Su misión redentora culminará y la acción de Dios al
mandarle para realizarla ya habrá sido cumplida. Entonces Cristo entregará “el reino al Dios y Padre” (v.
24a) y, una vez que todo esté sujeto debajo de sus pies (v. 27a), él mismo se sujetará al Padre “para que Dios
sea todo en todos” (v. 28c). Por supuesto, aclara Pablo, eso no significa que el mismo Dios Padre haya estado
sujeto a su Hijo (v. 27b). La resurrección será parte de esa culminación: Cristo ofrecerá a su Padre los frutos
de su sacrificio con un reino de todas las vidas redimidas.
El apóstol plantea entonces dos preguntas, cuya respuesta presuntamente abona su argumento en favor
de la resurrección. (Decimos “presuntamente” porque lo que consta en el v. 29 nos produce en realidad un
serio problema, al extremo de que también aquí debemos reconocer que se presta a varias interpretaciones.)
¿Qué quiere decir que algunos “se bautizan por los muertos” (v. 29)? Aunque Pablo no dice que se trata
de una costumbre errada, la confusión que ello implicaría pareciera pedir que así lo hiciera. Lo que se en-
tiende a simple vista no puede ser algo normal, ya que nadie puede bautizarse en lugar de otro, y menos por
alguien fallecido. No hay en todo el N.T. ninguna otra alusión al tema. Se han intentado muchas explicacio-
nes, ninguna de las cuales es plenamente satisfactoria—aun buscando problemas de redacción o similares.
Algunos suponen que los corintios habían asumido la costumbre de bautizarse en nombre de algún creyente
141

ya muerto que no lo hubiera hecho por alguna razón válida, pero esto no es admisible doctrinalmente.1 Pablo
no está condenando ni defendiendo esta práctica, sino apoyando el argumento de la resurrección.
Otra idea es que la palabra “bautizarse” no tenga aquí la idea habitual—una ordenanza de la iglesia—
sino la más común en la literatura griega de “sumergirse”, “hundirse”, etc. Eso lo relacionaría con el tema
siguiente (vv. 30–32), como si hablara de estar sumergido en luchas y problemas por causa de los que ya se
fueron—sea como herederos del mensaje o de situaciones especiales. Es algo forzado, así como también lo es
buscar una interpretación más teológica de que era “en esperanza” de cuando ellos estuvieran muertos, con-
fiando en la resurrección.2
[P. 248] La segunda pregunta de Pablo se refiere a su propia experiencia (vv. 30–32): ¿valía la pena todo
lo que él estaba pasando, con peligros “a toda hyra” (v. 30) si el tiempo que le quedaba podía ser tan corto?
Había en él una tensión: por un lado, la alegría, la “gloria” de frutos como los corintios y, por el otro, la lucha
continua que estaba soportando en Efeso, desde donde escribía. Aquello era casi como la muerte (v. 31b),
como una lucha contra fieras. Si todo acaba con esta vida,3 ¿no era más lógico aplicarse el versículo “Coma-
mos y bebamos que mañana moriremos” (Is. 22:13)? Gracias a Dios, tenemos la esperanza de una retribu-
ción que da sentido a todos nuestros empeños y dolores.
Antes de pasar al tema siguiente—la forma de la resurrección (vv. 35–50)—hace un paréntesis exhorta-
tivo. Si vale la pena sufrir, más aún vale la pena mantener una conducta digna. La declaración de que “las
malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” pertenece al poeta griego Menandro (siglo IV A.C.)
y posiblemente era algo bien conocido por sus lectores. Lo que Pablo quiere transmitir es que la amistad y el
compañerismo con quienes no es conveniente (por ejemplo, quienes niegan la resurrección), bien puede co-
rromper los buenos hábitos cristianos y hacer que las personas se alejen de lo verdadero.
Por eso debemos mantenernos despiertos o despertar a aquellos que “no conocen a Dios” (v. 34b). Estos
son los cristianos que ignoran cuál es la voluntad divina para su conducta. Eso es un motivo de vergüenza,
que [P. 249] no condice con la gloria de la esperanza sobre la cual ellos mismos preguntaron.
b. La resurrección de los hombres: su forma (15:35–50)
35Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? 36Necio, lo que tú siem-
bras no se vivifica, si no muere antes. 37Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir sino el grano des-
nudo, ya sea de trigo o de otro grano; 38pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio
cuerpo. 39No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bes-
tias, otra la de los peces, y otra la de las aves. 40Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la
gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. 41Una es la gloria del sol, otra es la gloria de la luna, y otra
la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. 42Así también es la resurrección de
los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. 43Se siembra en deshonra, resucitará en
gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. 44Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.
Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual. 45Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán,
alma viviente; el postrerAdán, espiritu vivificante. 46Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo
espiritual. 47El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, del cielo. 48Cual el
terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. 49Y así como hemos traí-

1 Esta es, precisamente, la posición de los mormones. Las ordenanzas que ellos practican son de dos tipos: las llevadas a cabo por
quienes están vivos, e idénticas realizadas en favor de los muertos. Estas últimas permitirían la liberación de las almas en prisión, a
quienes entonces se les permite ir al paraíso. Refiriéndose a este versículo, los mormones afirman que la Biblia enseña el bautismo
por los muertos, y que ellos lo practican en sus templos.
2 Otra posición sostiene que Pablo está hablando de bautizar a nuevos convertidos en lugar de otros hermanos que habían muerto,

a fin de tomar su ministerio en la iglesia local. Una explicación gramatical se basa en el diferente use de pronombres. En los prime-
ros 38 versículos, Pablo usa “nosotros” al hablar de los cristianos y a los cristianos. En el v. 29 la construcción cambia para referir-
se (tácitamente) a “ellos”, es decir no a cristianos sino a paganos no cristianos de su época que practicaban este rito. En el v. 30,
vuelve al uso de “nosotros”. Pablo entonces usa el ejemplo de las religiones que practican el bautismo por los muertos como evi-
dencia de que aun los paganos creían en la vida después de la muerte. Otra interpretación digna de ser mencionada es menos lite-
ral. En la iglesia primitiva se suponía que una persona salvada se había bautizado, y preguntar si alguien se había bautizado equi-
valía a preguntar si era salvo. Desde esa perspectiva, “los que se bautizan” podía describir a los cristianos, no a un acto especial de
bautismo. “Los muertos” podía referirse a cristianos fallecidos cuyas vidas fueron cruciales en la salvación del cristiano. La prepo-
sición griega HYPER que en el v. 29 se traduce “por”, también podría ser correctamente traducida “en razón de”. En consecuencia,
podríamos deducir que Pablo tal vez simplemente dijera que algunos estaban siendo salvos (la señal era el bautismo) en razón de
las vidas ejemplares y el testimonio de creyentes fieles que habían muerto.
3 Aunque Pablo no to sabía, le quedaba menos de una década de vida en la tierra.
142

do la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. 50Pero esto digo, hermanos: que la carne
y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.
Este largo trozo es una unidad que, aunque cueste un esfuerzo mental, debe ser leída sin interrupción pa-
ra captar todo el razonamiento del apóstol. Sin embargo, por razones pedagógicas, intentaremos su subdivi-
sión. Todo surge de una doble pregunta que “tal vez” (V.P) pueda hacer alguno y que, de hecho, se sigue
haciendo hasta hoy: “¿Cómo resucitarán los muertos?” y más concretamente: “¿Qué clase de cuerpo ten-
drán?” (v. 35, V.P.). Para los griegos, muy preocupados por el problema de la esencia del cuerpo y del alma,
éste era un tema acuciante.
Entre los vv. 36 y 41, Pablo responde por medio de comparaciones o ejemplos de cosas paralelas. Luego,
entre el 41 y el 47, presenta una respuesta, haciendo una diferenciación entre lo terrenal y lo espiritual. El
tema es redondeado con las conclusiones de los vv. 48–50.
[P. 250] Comencemos por las tres analogías, que son precedidas por una exclamación. Pablo dice que esta
cuestión sólo la puede suscitar un “necio” (v. 36a).4
El resumen de esa respuesta es: “Lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes” (v. 36). Esto nos re-
cuerda la declaración del Señor: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere,
lleva mucho fruto” (Jn. 12:24). Sembramos un grano, que puede ser de trigo (v. 37), y es necesario que se
disuelva en la tierra para reaparecer en la nueva vida de la planta. Además, “Dios le da el cuerpo como él
quiso, y a cada semilla su propio cuerpo” (v. 38). Una de las maravillas de la naturaleza es que todos los ve-
getales reciben el mismo sol y extraen las mismas sustancias de la tierra, pero un vegetal se transforma en
roble, otro en melón, otro en pasto y otro en rosal. El control de Dios sobre la materia y el traspaso de una
forma de vida (el grano) a otra (la planta) son la primera demostración de la verdad del v. 36.
Luego del ejemplo del mundo vegetal, el apóstol pasa al mundo animal. De la misma manera, “no toda
carne es la misma carne” (v. 39), pues no es igual la de los hombres, bestias, peces y aves. Hay cuerpos de
distinta sustancia o esencia. La inclusión del cuerpo humano es para recordar que el nuestro es también ma-
terial, como el de los animales, aunque la superioridad del ser humano no está en discusión.
El tercer ámbito a reconocer es el sideral. Todo lo antedicho es terrenal, pero hay cuerpos que están fuera
de esta tierra, sobre los cuales nuestro conocimiento es limitado. Por supuesto, hoy sabemos muchísimo más
que en el primer siglo, pero continuamente se va descubriendo que la materia asume muchas más variedades
de las que conocemos. Por otra parte, Pablo no está haciendo un estudio de cosmología ni de fisica, sino po-
niendo ejemplos que pudieran alcanzar la mente de sus lectures. De nada habría valido que aquí disertara
sobre galaxias, novas o quasares y otros temas que también son oscuros para la mayoría de nosotros.
Sin embargo, notemos que ha dejado de hablar de la materia que compone los distintos cuerpos, para re-
ferirse a su “gloria” (v. 40b, 41), con lo que describe su hermosura, su esplendor y la admiración que produ-
cen. La esencia de los cuerpos ha dejado lugar a su apariencia. Cada astro tiene la suya, sin importar su com-
posición físico-química.
Estos tres ejemplos abren el camino para declarar que “así también es la resurrección de los muertos” (v.
42).

[P. 251] LOS EJEMPLOS DE LA NATURALEZA


1. Su apariencia es diferente (v. 41)
2. Su esencia física es diferente (v. 39)
3. La necesidad de que algo muera para dejar lugar a otra cosa superior es visible (v. 36).

¿Cuál es el traspaso de un estado (muerte) a otro (vida), que no sólo tiene una nueva apariencia, sino
también que es esencialmente distinto? Pablo lo describe de cuatro modos: de la corrupción a la incorrup-
ción, de la deshonra5 a la gloria, de la debilidad al poder, del cuerpo animal al cuerpo espiritual. Insists en
que hay cuerpos de amber clases (v. 44b).

4 “¡Vaya pregunta tonta!” (V.P.), como diciendo: “Si razonamos un poco, la respuesta sale sola.”
5 “Despreciable” (V.P.).
143

Volviendo a ideas ya presentadas—como la corrupción inevitable de lo que se siembra y la gloria que se


ve por ejemplo en los astros—retoma otrar más lejanas, como el poder que demostró la resurrección del Se-
ñor.
Todo ello culmina con la afirmación de que “hay cuerpo animal y cuerpo espiritual” (v. 44b). El juego de
palabras se hace necesario para expresar lo inexpresable. La palabra “animal” tal como la encontramos en
Reina Valera, ha sido traducida “natural” en BLA y B. de J., y “material” en V.P. Resumiendo, podemos decir
que los seres humanos tenemos un cuerpo material que es de la naturaleza del que tienen los animales. Pero
hay más. La palabra griega significa literalmente “psíquico”, o sea que el cuerpo no sería exactamente como
el de los animales.
Hoy tenemos un cuerpo (cabeza, tronco, extremidades) en el que exists una vida psíquica (entendimiento,
sentimientos, voluntad), que Pablo ya ha mencionado en el cap. 2, como un paso previo al conocimien to
espiritual. Con este cuerpo y sus sentidos, conocemos oscuramente, como por espejo (13:12) a través de
nuestro entendimiento. Este ahora es renovado parcialmente (cap. 2), y además se nos da la esperanza de una
renovación total “cuando venga lo perfecto” (13:9). Tenemos, pues, que nuestra experiencia en Cristo nos ha
dado un nuevo espíritu, que es el Espíritu de Dios; nos ha dado también una nueva vida interior.6 Y ahora se
nos agrega otra verdad maravillosa: “en su venida” se nos dará también un nuevo cuerpo, que Pablo describe
como “espiritual”.
Nuestra capacidad actual no nos permite captar todo lo que ello significa. Volviendo al cap. 13, podemos
decir que, si ahora “vemos … oscuramente” y si ahora “conozco en parte”, “entonces conoceré comosoy [P.
252] conocido” (vv. 12, 13). Estos ojos que tanto aprecio ahora serán cambiados por una visión superior—
que quizá no sea por medio de la vista sino de un entendimiento más alto que me permitirá “ver” sin las li-
mitaciones de este cuerpo material.
Tendremos un cuerpo, pero no limitado por la naturaleza como está limitado el que Dios nos ha dado en
esta tierra. No será terrenal, ni animal (material), ni sujeto a la muerte. Lo que encontramos en la Biblia que
puede acercarnos más a esta idea es pensar en el cuerpo resucitado del Salvador. Por cierto, tenía un cuerpo:
se lo podía ver y tocar, caminaba y hablaba e inclusive comía—lo que no indica que necesitaba hacerlo, pero
sí que podía. Al mismo tiempo, podía entrar estando “las puertas cerradas” (Jn. 20:26), podía recorrer gran-
des distancias, podía tener una apariencia no fácilmente identificable (Jn. 21:4) y finalmente podía ascender
al cielo, como si careciera de peso. Si “Dios es espíritu”, su cuerpo era gobernado por las leyes del espíritu y
no por las de la materia. Así será algún día nuestro cuerpo.
Para seguir adelante con la comparación entre el hombre terrenal y el espiritual, Pablo continúa apelando
a las Escrituras y la historia más remota. “Así también está escrito” (v. 45a)—aunque no en forma literal—
cuando se narra la creación del primer hombre. Este es descripto como “alma viviente”,7 contrapuesto a “es-
píritu vivificante”.8 Adán tenía cuerpo material pero además interior. Nosotros lo identificamos como “al-
ma”, mientras que el término psicológico sería “vida psíquica.”

EL SER HUMANO
1. Tiene un cuerpo como las cosas materiales.
2. Tiene vida como los vegetales o animales.
3. Tiene vida interior, lo que no tiene otro ser de la misma manera.
4. Tiene un espíritu con el que se relaciona con Dios.

La otra diferencia es que “el primer Adán” no era sino un “alma viviente” (lo que había recibido), mien-
tras que “el postrer Adán”, Cristo, [P. 253] es un “espíritu vivificante” (capaz de dar vida)—en este caso, una
nueva vida que va más allá de lo terreno.
Entendido esto, resulta más simple comprender por qué—en el ser humano—lo “animal” debe Preceder a
lo espiritual, ya que lo primero es el continente de lo segundo.9

6 Elentendimiento.
7 En el original nuevamente aparece la palabra PSUCHE (lo psíquico).
8 La palabra “espíritu” es la que designa tanto la capacidad superior del hombre, como la tercera persona de la Trinidad.
9 Recordemos que en el cristiano, el cuerpo es el templo del Espíritu Santo (6:19), quien mora en él.
144

Sigue una nueva aclaración. El primer hombre fue hecho con polvo de la tierra (Gén. 2:7), fue prototipo
de nuestro cuerpo terrenal. Cristo fue el prototipo de nuestro cuerpo espiritual. Todos los descendientes de
Adán tienen cuerpos terrenales, y los descendientes de Cristo tendrán cuerpos espirituales. Eso no significa
que sea “espiritual” en el sentido de no tener cuerpo, sino que el cuerpo será espiritual, lo que sólo ocurre en
los cielos ahora y ocurrirá en todo lo existente cuando “venga lo perfecto” (13:10).
Los vv. 48–50 son una especie de resumen de lo antedicho. Parafraseando el primero, el razonamiento
paulino dice que así como hoy llevamos la imagen del hombre terrenal, algún día llevaremos la del único
“hombre celestial”, que es Cristo (vv. 48, 49).
La pregunta de cómo será nuestro cuerpo ya ha sido respondida, y al final se condensa diciendo que no
será de carne y sangre;10 se trata de una expresión común, que quizá se relacione con la idea de que la san-
gre era el símbolo de la vida animal y humana. Hemos heredado esta tierra de nuestro padres, que han sido
de carne y hueso, pero no podemos heredar con esa condición “el reino de Dios”. Un motivo claro es que
nuestro cuerpo ahora está sometido a la “corrupción”, mientras que en ese reino sólo cabe la “incorrupción”.
Esta frase final lleva a Pablo a las últimas consideraciones sobre la muerte y la resurrección.
c. La Resurrección De Los Hombres: Su Momento (15:51–56).
51He
aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52en un momen-
to, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resuci-
tados incorruptibles, y nosotros seremos transfomados. 53Porque es necesario que esto corruptible se vista de
incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. 54Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrup-
ción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida
es la muerte en victoria. 55¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56ya que el
aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.
[P. 254] Entonces como ahora, una pregunta inquietante era no tanto cómo sino cuándo. Los apóstoles
habían hecho la misma pregunta al Señor (Mr. 13:4) y debería bastarnos su respuesta de que nadie lo sabe ni
lo sabrá,11 sino que esa hora llegará “como ladrón en la noche” (Mt. 24:36). Y esta cuestión del “cuándo”
sigue planteándose en nuestro tiempo.
Como para explicar por qué responderá brevemente, el apóstol comienza por aclarar que ha de referirse
a un “misterio” (v. 51a), una verdad que Dios no ha revelado previamente y cuyo conocimiento pleno tendre
mos sólo cuando le veamos “cara a cara”. Por el use que Pablo hace de la primera personal plural, este “mis-
terio” es enunciado desde el punto de vista de los cristianos, abarcándolos a todos y no sólo a los corintios e
incluyéndose a sí mismo. Es importante entender esto para captar el alcance de la expresión: “No todos domi-
remos” (v. 51b). Si Pablo no estaba pensando en todos los cristianos de todos los tiempos, insinuaba que al-
gunos de sus contemporáneos podrían estar vivos cuando el Señor regresara.12
Si bien, por un lado, habrá cristianos que no hayan muerto cuando el Señor regrese, eso no hará diferen-
cia, ya que “todos seremos transformados” (v. 51b). Esta transformación es la que ha sido descripta antes: el
hombre natural será convertido en cuerpo espiritual.
En cuando al momento en que esto ha de ocurrir, Pablo no contesta directamente, sino que sólo advierte
que sucederá en forma repentina, con lo cual sigue las enseñanzas de Cristo (Mt. 24–25, Mr. 13, Lc. 21). Lo
indica con dos imágenes. Una es la frase habitual de que será “en un abrir y cerrar de ojos” (v. 52a).13 La
segunda indicación es que será “a la final trompeta”.14 Como Pablo apela varias veces aquí a la profecía de
Isaías, quizá tenía en mente la promesa: “Acontecerá también en aquel diá que se tocará con gran trompeta”
(27:13). Frases similares aparecen a lo largo del A.T., sea para ordenar las fiestas indicadas en la Ley, sea en
tono profético, como Jer. 4:5, Ez. 33:5, Sof. 1:16 y Zac. 9:14. Nunca antes, sin embargo, se había hablado de
“la final trompeta” y por eso el apóstol aclara que, en efecto, eso es lo que sucederá.
[P. 255] Ocurridas esas señales, ¿que pasará? Se menciona de dos maneras: “los muertos serán resucita-
dos incorruptibles y nosotros seremos transformados” (v. 52b). “Los muertos” son los que ya hayan fallecido

10 Hoy diríamos “de carne y hueso”.


11 1 Ts. 5:2; 2 P. 3:10.
12 Para esa idea, ver 1 Ts. 4:15. Pero parece que la confusión ya existía en Tesalónica y que, por eso, el apóstol les escribió su se-

gunda carta advirtiéndoles “Con respecto a la venida del Señor … os rogamos, hermanos, que no os dejéis mover fácilmente” (2:1,
2), y prosigue explicando las señales que habrá antes de ese gran acontecimiento.
13 Como hay una sola palabra, la B. de J. traduce: “en un pesteñear”.
14 Jesús ya había usado la imagen en Mt. 24:31.
145

al llegar esa hora, aquellos a quienes no cabe la descripción de “No todos dormiremos” (v. 51a). “Nosotros”
se refiere a todos los cristianos de todos los tiempos, hayan o no perecido. La transformación de corruptibles a
incorruptibles se producirá entonces instantáneamente en todos por igual. En las cartas a los Tesalonicen-
ses—previas a ésta—Pablo da más detalles, pero no enumerando todo, sino limitándose al aspecto que ha
estado tratando de cómo y cuándo ocurrirá la resurrección, el cambio de lo perecedero a lo imperecedero.
Como en nuestra condición de seres de carne y hueso, no podemos “heredar el reino de Dios” (v. 50), “es
necesario” que tal cambio se produzca. Lo terrenal debe convertirse en celestial. Una vez más, Pablo usa el
estilo habitual de los hebreos de decir algo dos veces para fortalecer la idea: lo necesario es que lo corruptible
“se vista” de incorrupción y lo mortal de inmortalidad.
El apóstol otras veces usa la imagen de algo que se viste, por ejemplo en Col. 3:10–12, donde Reina y Va-
lera usan la palabra “revestido,”15 que nos da una idea más exacta. Nos demuestra que nuestro yo no desapa-
recerá. Seguiremos siendo Pablo, Apolos, Pedro o Estéfanas, pero incorruptibles y eternos. Pedro describe esta
herencia como “incorruptible, incontaminada, inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 P. 1:4).

CUANDO SUENE LA TROMPETA … (15:52–53)


1. No todos los cristianos habrán muerto.
2. Todos, vivos y muertos, dejaremos toda corrupción.
3. Todos recibiremos una vida inmortal.

Llevado por su fervor de una esperanza tan gloriosa, Pablo repite las mismas ideas en el v. 54. No alcanza
con decir “cuando esto ocurra”, pues será el hecho más notable del devenir humano. Y sucederá en tal medi-
da que será el fin de ese devenir y de la historia misma—que se funda en que las cosas humanas se corrom-
pen y pasan—para ser reemplazadas por otra. Ese día todo ese proceso habrá terminado y la victoria del Cal-
vario será manifiesta.
[P. 256] ¿Qué ocurrirá entonces? La respuesta es sencilla y llamativa: se cumplirá una promesa bíblica. Es
como si Pablo dijera: “No declaro nada nuevo. Ya fue anunciado por Dios desde la antigüedad”. La “palabra
que está escrita” es la que dice: “Sorbida es la muerte en victoria” (v. 54c). Isaías 25:8 dice textualmente:
“Destruirá la muerte para siempre”, pues una vez más el apóstol cita la idea en vez de las palabras exactas.
La novedad que él agrega está en el término “sorbida”, así como en la idea de “victoria”.16 La palabra “sorbi-
da”, es decir tragada, hoy no nos resulta elegante, pero nos hace pensar en la fuerza de una absorción total.
La inmortalidad implicará que la muerte dejará de ser una realidad, y eso será victoria.17 Así como la resu-
rrección de Cristo fue su triunfo sobre la muerte, en ella Dios comenzó la obra de vencer toda muerte de
aquellos que han aceptado ese sacrificio.

YA NO HABRÁ MUERTE (15:54)


1. Porque no habrá nada corruptible.
2. Porque los hijos de Dios serán inmortales.
3. Porque la muerte habrá sido vencida.

Conviene notar otro énfasis de la redacción: el pronombre “esto” (v. 53a, 54a). Es como si el apóstol mi-
rara su propio cuerpo y dijera que eso, desgastado y sufriente, llegaría a ser incorruptible e inmortal. Somos
eternos desde el momento que abrimos el corazón para ser llenos del Espíritu eterno, por la obra redentora
del Cristo crucificado. Pero llevamos esa eternidad en el frágil vaso perecedero de este cuerpo mortal, terre-
nal y natural. La redención estará completa cuando seamos revestidos de incorruptibilidad e inmortalidad en
nuestros cuerpos. Agreguemos que dedicarnos a calcular tiempos, precedencias y etapas traiciona el sentido
profundo de pasajes como éstos, donde se nos dice todo lo que ahora nos es dado a saber sobre un “misterio”.
Entonces, lleno del santo entusiasmo que encontramos en Ro. 8, Ef. 3 y otros pasajes, Pablo deja de mirar
su propio cuerpo e increpa a la muerte misma y al sepulcro. No dice fríamente: “La muerte ha perdido el
aguijón y el sepulcro la victoria”. Parece como si su fervor le hiciera [P. 257] levantar el puño hacia los gran-

15 Cosa que la V.P. hace aquí.


16 Variasotras traducciones dicen que la muerte será “devorada”.
17 “Ya no habrá muerte” (Ap. 21:4).
146

des enemigos que ya han sido derrotados (15:26). El aguijón se refiere tanto a la punta aguda de un insecto o
serpiente venenosa, como al instrumento con que se azuza a los animales: algo doloroso y mortal, con lo cual
la gran enemiga nos impulsa a la tumba. El aguijón ya no existe; y ni siquiera existe más el sepulcro mismo
como algo victorioso. Hay aquí una cita no declarada de Os. 13:14 “Oh muerte, yo seré to muerte; y seré lo
destrucción, oh Seol”. Esta es otra expresión majestuosa que debemos atesorar. Cuando llegue a la vida el
dolor para el cual no hay verdadera respuesta, el del duelo; cuando, como el Maestro, lloremos ante la tumba
del ser amado; cuando la separación sea claramente hasta el reencuentro en la gloria, todo cristiano debiera
repetir estas palabras de victoria, con la autoridad que le dan las Escrituras y la gloria del Señor resucitado.
Como calmando su fervor, Pablo cambia el tono. Comienza por hacer un comentario doctrinal en el v.
56. “El aguijón de la muerte es el pecado” (v. 56a) porque con éste, nuestra enemiga nos va empujando como
el carretero a los bueyes o nos va envenenando continuamente como el alacrán o la víbora.18 Del mismo mo-
do, “el poder del pecado (es) la ley” porque en ella se declara qué cosas son las que Dios rechaza y castiga.19
d. La resurrección: aplicaciones (15:57, 58)
57Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. 58Así que,
hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que
vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
El tema de la resurrección final se refiere al futuro. Ahora bien, ¿cómo puede afectar el presente, específi-
camente la vida de la iglesia?20 Pablo se preocupa por dar algunas indicaciones de lo que esa suprema reali-
dad nos inspira en esta hora.
En primer lugar, gratitud a Dios (v. 57a) porque “nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucris-
to” (v. 57b). Hasta el final, es necesario recordar el papel decisivo y único del Salvador, a quien se menciona
con amplitud aquí.

[P. 258] LA VICTORIA DE CRISTO (15:57)


1. El ha vencido sobre la muerte y el sepulcro.
2. El ha vencido sobre el pecado.
3. Su victoría ha llegado a ser la nuestra.

Pablo dice escuetamente “la victoria”, con lo cual quiere describir todo lo que ha explicado a lo largo del
capítulo. Pero notemos que declara que Dios “nos da” ese triunfo ahora.21 Desde el momento que le acepta-
mos, tenemos la certeza de que la muerte no puede vencernos ni tampoco su aguijón (el pecado). Tampoco
ha de vencernos el dolor, el duelo o el sufrimiento. Cuando tengamos sensación de derrota o decaimiento,
recurramos a su victoria para tener el poder que necesitamos. Hay un solo camino provisto por Dios y está en
la cruz. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).
En segundo lugar, hay motivo para trabajar. Al hacer esta apelación, el apóstol reasume el tono afectuoso:
“Hermanos míos amados” (v. 58a). Ahora somos “hermanos”, que no sólo nos amamos entre nosotros, sino
que también compartimos la vocación del servicio. El mandato de Pablo es triple.
i) Primero, nos exhorta a estar “firmes y constantes” (v. 58b). Estas dos palabras ya nos plantean un gran
desafío.

FIRMES Y CONSTANTES (15:58)


1. En la fe que fue dada una vez a los santos.
2. En la esperanza de la victoria en Cristo.
3. En el servicio para el crecimiento de la Obra.

18 El pecado en sí es lo que da a la muerte su aguijón ya que el pecado perdonado quita el aguijón de la muerte. Pablo mismo decla-

ra que la muerte es victoria (Fil. 1:21, 23).


19 Es posible que esta referencia haya sido hecha para algunos lectores judiós, tal como aparece más extensamente en Ro. 7:9–13.

La ley es un aguijón en el sentido que condena.


20 La vida de la iglesia, más que la vida personal del cristiano, porque en esta carta el apóstol se refiere mayormente a temas que

tienen que ver con la vida de la iglesia.


21 “Nos da”, gr. DIDONTIS, es participio presente y da la idea de una victoria continua.
147

ii) Luego nos dice que debemos crecer “en la obra del Señor siempre” (v. 58c).22 Podríamos volver a las
imágenes de la plantación o el edificio. La obra de Dios—la vida de su iglesia—no es algo estático sino diná-
mico. Todo cristiano individualmente y toda iglesia como cuerpo han [P. 259] de sentir la necesidad de cre-
cer, de expandirse, de ser más. Para el creyente, la meta es llegar a ser “un varón perfecto, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13). Para la iglesia, se trata de llegar cada vez a más personas “por
quienes Cristo murió”, con un testimonio poderoso y transformador, gracias al impulso de su Espíritu.
No podemos pasar por alto que ese crecimiento debe ocurrir “siempre”. No hay un tiempo Para detenerse
y dejar de crecer momentáneamente. Por supuesto, eso no impide los planes y el orden en los trabajos: en
nada ha insistido más Pablo que en eso. Pero ese ordenamiento es parte del crecimiento y debe ser acompa-
ñado por él y tenerlo como meta. La obra es “del Señor”, que es siempre el mismo y siempre listo Para ayu-
darnos, “todos los días hasta el fin del mundo”; es lo que nos crea tal obligación.
iii) Finalmente, debemos tener una convicción: que cuando el trabajo es “en el Señor”, nunca es “en va-
no” (v. 58).23 El mismo Pablo se preguntó más de una vez si había trabajado en vano. Pocos versículos antes,
ha declarado que así habría sido si Cristo no hubiera resucitado. A los gálatas (2:2) les cuenta cómo cambió
sus planes “pare no correr o haber corrido en vano”. Pero cuando llega al final y piensa que puede compartir
estas verdades grandiosas a pesar de tanta deficiencia, está más convencido que nunca de que tanto esfuerzo
no ha sido sin fruto. Aquí no hay una promesa de tal o cual retribución, ni siquiera de que veremos el fruto
que es nuestra esperanza (9:10). Sin embargo, podemos estar seguros de que ese fruto es mucho más amplio
de lo que alcanzamos a imaginar. A algunos les es dado conocer a sus hijos en la fe e inclusive a los hijos de
los hijos, pero nunca hasta el fin de esa cadena espiritual. Escribimos páginas como éstas y muy pocas veces
conocemos para qué han servido. Un día en la gloria tendremos la dicha suprema de vernos rodeados du los
resultados do nuestro “trabajo en el Señor”.
De esta manera, de hecho se cierra la epístola. Sólo quedan algunos aspectos prácticos de planes y salu-
dos. El camino recorrido ha sido largo y difícil. Comenzó por el cuadro de las divisiones de la iglesia y fue
pasando por todos sus problemas y preguntas, para culminar con el grandioso mensaje de la victoria eterna y
la resurrección a una vida inmortal. La oración de Pablo aquí debió ser de nuevo que sus lectores aprovecha-
ran los dones que Dios les había dado, para que sean confirmados “hasta el fin”, de modo de ser “irreprensi-
bles en el día de nuestro Señor Jesucristo” (1:7, 8), porque “fiel es Dios”.

22 Elverbo traducido “creciendo” en R.V. es el término griego PERISSEUONTES, de PERISSEUO, abundar, redundar, tener en abun-
dancia.
23 En griego KOPOS más que simplemente “trabajo”(R.V.) es “duras labores”; y KENOS (“en vano”, R.V.) significa “vacío, sin cali-

dad, sin utilidad.”


148

[P. 260] [P. 261]

PARTE VII
ASUNTOS PRÁCTICOS
16:1–24
1. La ofrenda para los necesitados (16:1–4)
2. Planes de Pablo (16:5–9)
3. Participación de los colaboradores (16:10–12)
4. Consejos y saludos finales (16:13–24)
[P. 262] [P. 263]
CAPÍTULO 21
Las epístolas paulinas no eran tratados teológicos, aunque en casos como Romanos o Efesios así lo pare-
cieran. Detrás de estas líneas, siempre hay un ser humano que escribe y un grupo humano que lee. No sur-
gen de la abstracción de un sabio que ignora lo que ocurre en el mundo a su alrededor, sino de un caminante
y buceador de las almas que nunca deja de tener en cuenta las circunstancias de aquellos a quienes se dirige.
A veces nuestra predicación o nuestra correspondencia pueden no tener una vinculación real y directa
con lo que necesitan, sienten o piensan aquellos a quienes se supone estamos sirviendo. Como hemos visto a
lo largo de toda la carta, la preocupación del apóstol era tener una buena base bíblica, así como una adecua-
da aplicación al “allí y entonces” de los creyentes a quienes necesitaba escribirles. Toda vez que nos dirijamos
a nuestro prójimo, tengamos en claro el porqué de nuestras palabras y la seguridad de que éstas llegan a des-
tino.
Pablo siempre agrega asuntos prácticos al final de sus epístolas. A veces es muy genérico, como en Gála-
tas; a veces, un simple saludo personal como en 2 Tesalonicenses, una larga nómina como en Romanos, y en
algunos casos una sucesión de diversos asuntos como en Filipenses y esta epístola. Cuando se trata de y con
seres humanos, no debe haber reglas fijas.
Este capítulo, sencillo y casi meramente informativo, nos da nuevas luces sobre la vida de las iglesias pri-
mitivas, sus relaciones y las formas de trabajo de los apóstoles.
1. LA OFRENDA PARA LOS NECESITADOS (16:1–4)
1En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias
de Galacia. 2Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado,
guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas. 3Y cuando haya llegado, a quienes
hubiereis designado, a éstos enviaré para que lleven vuestro donativo a Jesucristo. 4Y si fuere propio que yo
también vaya, irán conmigo.
[P. 264] La forma en que Pablo menciona “la ofrenda”, indica que los corintios sabían bien de qué se tra-
taba, posiblemente porque el tema había sido tratado antes en la carta previa ya mencionada. El tema reapa-
rece en la segunda epístola que nos ha quedado, en la que Pablo le dedica los caps. 8 y 9 completos, y consti-
tuye el tratamiento bíblico más extenso sobre ese aspecto de la vida de la iglesia cristiana.1 En 2 Co. 8:1 se
hace mención a “las iglesias de Macedonia”, lo que incluiría a las de Tesalónica y Filipos. El tema no aparece
meneionado en las cartas a la primera, ya que habían sido escritas tiempo antes; y en cuanto a la segunda,
Pablo se explaya sobre lo recibido, insistiendo en lo que había sido enviado para él personalmente. Además,
Filipenses corresponde a una época posterior.
Es posible reconstruir la historia en forma aproximada. Los creyentes de la iglesia de Jerusalén entregaron
todas sus propiedades, para que no hubiera “entre ellos ningún necesitado” (Hch. 2:44; 4:32–35). Este autor
considera que el entusiasmo de la distribución de riqueza tal vez no había ido acompañado de suficiente sa-
bio planeamiento. Los problemas comenzaron pronto y ya en Hch. 11:28–30 encontramos que un profeta
llamado Agabo anunció que habría una gran hambre, “la cual sucedió en tiempo de Claudio”, el emperador

1 También aparece en Ro. 15:25, 26.


149

romano; los cristianos de Antioquía se apresuraron a mandar ayuda. La situación se repitió y Pablo se pre-
ocupó de despertar en las iglesias que fue fundando en Asia Menor y Grecia el deseo de aportar económica-
mente a sus hermanos en necesidad. Así surgió esta ofrenda de esfera tan amplia, que nos presenta la prime-
ra empresa de colaboración entre iglesias con fines benéficos. La necesidad no era discutida, y ni siquiera
aparece la idea de que el problema quizá era fruto de la imprevisión de los creyentes judíos. En aquel mo-
mento había una necesidad y ésa era la cuestión crucial.2
La responsabilidad de reunir ese dinero ya había quedado establecida. Pero, como en tantas otras cosas,
los corintios no habían actuado con orders, lo que es especialmente serio cuando hay dinero de por medio.
Luego aparecería el debate sobre si debía hacerse o no y cómo—pero eso sólo surgió en la segunda epístola.
En cuanto a método, también repitiendo lo dicho para otras cosas, Pablo aclara que es lo mismo que ha orde-
nado en las iglesias de Galacia.
La palabra “ordené” (v. 1b) nos da la primera indicación del aspecto espiritual de la ofrenda. No es opta-
tiva, sino que debe ser sentida por los cristianos como algo indiscutible, de lo cual no pueden abstenerse. Al
contrario, aun siendo muy pobres, el buen ejemplo era el de los macedonios [P. 265] que “abundaron en ri-
quezas de su generosidad”, por lo cual pidieron a Pablo que les concediera “el privilegio de participar en este
servicio para los santos” (2 Co. 8:1, 2).
En segundo lugar, la ofrenda había de ser metódica. Sabemos todos por experiencia que, cuando no es así,
es como si el dinero desapareciera solo. Pablo propone un método adecuado para ellos y pare nosotros, pero
no necesariamente obligatorio en los detalles. La proposición apostólica aporta un detalle colateral interesan-
te, al hacer referencia a “cada primer díe de la semana” (v. 2a). Es la primera vez que éste aparece mencio-
nado en el N.T., y es casi unánime el criterio de que eso indica que los cristianos se reunían en ese día.3 Tam-
bién es unánime la idea de que de ese modo recordaban la resurrección del Señor. Además, a pesar de que no
es tan claro, podría entenderse que la ofrenda formaba parte del culto, aunque más bien da la impresión de
que cada cual guardaba por sí mismo lo que separaba. Debemos notar que esto no era pare el sostén regular
de la iglesia o pare la extensión del evangelio, sino una ofrenda extraordinaria para un fin específico.
Tenía que ser algo en que participaran todos—señalado en la expresión “cada uno” (v. 2a). Teniendo en
cuenta la variedad en la condición social de la iglesia y el hecho claro de que la mayoría eran pobres (1:26–
29), esta indicación apostólica demuestra que, como menciona en la segunda carta, ofrendar no es una carga
sino un privilegio y una gracia de Dios, de la que ningún cristiano debe ser privado.
Además, la ofrenda debía ser planificada, bien pensada, y acorde a la situación económica de cada uno.
Pablo no sólo dice que el cristiano debe poner aparte “algo”, sino que debe ser “según haya prosperado” (v.
2b)—entendemos que en el orden económico. La bendición de Dios en este aspecto debía tener como res-
puesta generosidad hacia otros.

CONDICIONES DE LA OFRENDA (16:1–2)


1. Espiritualmente obligatoria.
2. Parte de la práctica de todas las iglesias.
3. Sistemática.
4. Metódica.
5. Proporcionada, sin mezquindad.
6. Universal, de parte de cada uno.

[P. 266] Pablo quería evitar que se recogieran ofrendas cuando él llegara. Una ofrenda apresurada nunca
podría ser tan abundante como la que se recogiera semana a semana, aparte de la situación tensa que produ-
ciría el apuro. Por otro lado, el sentido fraternal y espiritual se profundizaba en un esfuerzo continuado y
metódico.4

2 Es interesante notar que el intento de tener todo en común no fue repetido.


3 No es de extrañar que la costumbre haya surgido en el mundo gentil, ya que los judíos deberían de tener muy arraigado el carác-
ter sagrado del sábado.
4 Lo que el apóstol dice en la segunda carta parecería indicar que su éxito no fue total en este aspecto.
150

Además Pablo incluye otra precaución. Ellos debían designar a algunas personas para que se ocuparan de
llevar ese dinero a Judea. Notemos que la elección debía partir de la iglesia de Corinto y que tenía que ser
más de una persona. Podría haber habido varias razones para que Pablo recomendara más de una persona.
Seguridad en el camino si aparecían ladrones; evitar la tentacíon de tomar dinero; comunión en el camino;
evitar dudas o rumores de que no todo el dinero haya llegado.
Define claramente el lugar al que debía llevarse el donativo (3b), y que a estos hermanos se los debía con-
firmar por escrito, “por carta”. Y si era necesario—tal vez por las divisiones que afligían a la iglesia—el
mismo apóstol estaba dispuesto a formar parte del grupo que fuera con aquella ayuda. Con mucho sentido
práctico, Pablo se daba cuenta de que los asuntos de dinero deben manejarse con doble cuidado. Siempre es
preferible que no sea una sola persona, por confiable que sea, quien tenga el manejo exclusivo de las ofren-
das de los creyentes, y quienes lo hagan deben tener el respaldo de todos. Asimismo, parece haber una insi-
nuación de que el apóstol sólo intervendría “si fuere propio”, si había alguna razón que lo indicara y que
ellos aceptaran. El carácter espontáneo y generoso de una ofrenda del pueblo cristiano no debe ser perturba-
do por un manejo descuidado y que dé lugar a malos entendidos, sospechas y aun episodios dolorosos—algo
que ciertamente no ha faltado a lo largo de la historia de la iglesia.
2. PLANES DE PABLO (16:5–9)
5lré a vosotros, cuando haya pasado por Macedonia, pues por Macedonia tengo que pasar. 6Y podrá ser
que me quede con vosotros, para que vosotros me encaminéis a donde haya de ir. 7Porque no quiero veros
ahora de Paso, pues espero estar con vosotros algún tiempo, si el Señor to permite. 8Pero estaré en Efeso hasta
Pentecostés; 9porque se me ha abierto puerta grande y eficaz, y muchos son los adversarios.
[P. 267] El propósito de visitarlos ya había sido anunciado por Pablo, inclusive como algo de cierta urgen-
cia (4:18, 19). Por supuesto, ellos no eran los únicos a los que el apóstol quería ver, aunque es posible que los
corintios—como muchos de los que tienen crisis—se consideraran casi los únicos,5 sobre todo porque las
iglesias de Macedonia (Tesalónica, Filipos, Berea) al parecer no tenían problemas apremiantes. Pablo men-
ciona aquí una posibilidad que consistía en viajar por tierra, repitiendo su primer recorrido por la zona. Pero
en 2 Co. 1:15, 16 podemos ver que también pensó en viajar por mar, cruzando el Egeo, para it después a
Macedonia. Había muchas cosas que considerar y quizá había en Corinto algunos que estaban ansiosos, y
hasta puede ser que quienes no querían que viajara allí—lo cual el apóstol con altura aquí no menciona. Sea
como fuere, declara que le es necesario ir a Macedonia (v. 5b); al menos, debía atender allí el tema de la
ofrenda que ha tratado en el trozo anterior.
Con prudencia, dice que “podrá ser” que se quede un tiempo con ellos. Sin duda, la situación lo había re-
comendable, Pero había que poner muchas cosas en la balanza. Los antiguos trataban de no viajar por mar
en invierno porque no era seguro; si Pablo pasaba ese tiempo en Corinto, los hermanos de Judea debían espe-
rar más tiempo la ayuda que necesitaban. La decisión no era fácil y en realidad era sabio no tomar decisiones
antes de ver cómo transcurría el viaje y cómo se desenvolvía la situación en Corinto. Uno de los motivos de
las variantes era su deseo de ir con alguno de ellos. Es lo que significa la expresión “para que vosotros me
encaminéis”.6 Tal ayuda podría ser de consejos, dinero o compañía, ya que su intención era ir de Corinto a
Jerusalén con la ofrenda.
Si el recorrido del viaje era Efeso-Macedonia-Corinto-Jerusalén, ellos podían tener la impresión de que
sólo les visitaba porque le quedaba “de paso”, y Pablo se apura a aclarar que no era así. Asimismo, esto indica
su decisión de no hacer una estada demasiado breve. Sea por su sincero deseo de compartir con ellos, sea por
la suspicacia de los lectores, deja clara su intención de estar con ellos “algún tiempo” (v. 7b). Esta prudencia
en la expresión es subrayada con la frase “si el Señor lo permite” (v. 7c). Los corintios debían entender que,
en última instancia, Dios permitía que los planes fueran concretados.
Había asimismo otra situación que contemplar. El estaba entonces en Efeso, ciudad donde había tenido
grander luchas (15:32), Pero también grandes resultados. Por eso planeaba estar “hasta Pentecostés” (v. 8)
para aprovechar la “puerta grande y eficaz” (v. 9) que se le había abierto en [P. 268] aquella ciudad.7 Se re-
fería a oportunidades para predicar, que salían de lo común y que prometían una abundante cosecha, a pesar
de que “muchos son los adversarios” (v. 9b). (Estos incluían a los fabricantes de recuerdos del templo de Di-
ana, como nos consta en el relato del libro de los Hechos.) Precisamente por eso la presencia de Pablo era más
necesaria en Efeso. Su dificultad para una decisión le impedía definir claramente sus planes: ¿qué debía

5 Ver 1 Co. 10:13.


6 “Ustedes podrán ayudarme en mi viaje a donde tenga que ir después” (V.P.).
7 El relato nos consta en Hch. 19 y ratifica todo lo que Pablo dice aquí.
151

atender: una gran posibilidad evangelística o una iglesia llena de problemas? El quería estar en ambas partes
y confiaba que el Señor le dirigiera (v. 7b), así como que los corintios entendieran el problema.

CÓMO HACER PLANES (16:5–9)


1. Tener en cuenta la necesidad de los demás.
2. No desperdiciar las oportunidades para predicar.
3. Considerar los elementos materiales (el clima).
4. Dejar la decisión en manos del Señor.

En Hch. 20 tenemos el relato de lo que realmente ocurrió. Debido a los disturbios provocados por los
enemigos en Efeso, Pablo debió adelantar su viaje, por lo que aprovechó para ir a Macedonia. Después fue a
Grecia—que incluía a Corinto—donde permaneció tres meses. Rehizo el camino a Macedonia, deteniéndose
al menos en Filipos (20:1–6).
3. PARTICIPACIÓN DE LOS COLABORADORES (16:10–12)
10Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor así
como yo. 11Por tanto, nadie le tenga en poco, sino encaminadle en paz, para que venga a mí porque le espero
con los hermanos. 12Acerca del hermano Apolos, mucho le rogué que fuese a vosotros con los hermanos, mas
de ninguna manera tuvo voluntad de ir por ahora; pero irá cuando tenga oportunidad.
Si bien no cabe duda de que el papel de Pablo en Corinto era irreemplazable y que él sentía responsabili-
dad de ir, eso no significaba que a su juicio los demás no podían hacer algo de valor. Por lo contrario, [P.
269] se preocupa de buscar la forma en que otros pueden ir ayudando a resolver los problemas.
Ya había indicado su propósito de mandar a Timoteo (4:17), simplemente para recordarles lo que él les
había enseñado. Ahora no insiste en el motivo del viaje de su hijo espiritual, aunque era de suponer que todos
recordaban lo que ya había dicho. Pablo tenía gran confianza en Timoteo, porque en Fil 2:22 leemos: “Ya
conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en elevangelio.” Pero sea por el carác-
ter de Timoteo, sea por el de los corintios, aquí da la impresión de que necesita insistir en la forma en que
deben recibirlo. En realidad, por varias menciones en la segunda epístola (8:6, 16, 23; 12:18), sabemos que
mandó a Tito. Quizá Timoteo ni siquiera haya viajado, ya que la frase “si llega” (v. 10a) insinúa esa posibili-
dad.
La iglesia de Corinto no se caracterizaba por su clima de paz. Sin embargo, el apóstol rogaba que eso fue-
ra lo que encontrara su discípulo al llegar. El otro pedido que hace nos suena conocido en relación a Timoteo:
“Nadie le tenga en poco” (v. 11a),8 Pero en el original no es la misma palabra que en 1 Ti. 4:12. En el espíritu
de 1 Ts. 5:13 Pablo manifiesta que la labor que hace Timoteo es la razón por la cual no debe ser tenido en
poco.
Asimismo solicita que lo encaminaran “en paz”, o sea que le ayudaran para viajar, como había esperado
que hicieran con él mismo (v. 6b). La despedida debía ser hecha “en paz”. El destino era un reencuentro con
el apóstol, que esperaría su llegada con expectación. Había también algunos otros “hermanos” que aguarda-
ban al joven ayudante. Lo más importante era que los corintios reconocieran en él a un siervo del Señor, que
si bien no estaba en el plano de Pablo, estaba sí en la misma tarea.

CÓMO RECIBIR A UN HERMANO (16:10–11)


1. Como un compañero en la lid cristiana.
2. En un clima de tranquilidad.
3. Reconociendo sus valores positivos.
4. Despidiéndole con amor cuando llegue la hora de que se
vaya.

Luego, hay una referencia más breve sobre Apolos (v. 12), que es la única base que tenemos para saber
que Pablo le había tratado. El joven predicador que le había sucedido en Corinto ahora estaba con él en Efeso,

8 “Nadie lo desprecie” (BLA).


152

[P. 270] con lo que demostraba que las relaciones no habían sufrido por los acontecimientos de aquella pri-
mera ciudad.9 Sin embargo, no hay en esta mención el tono afectuoso que siempre encontramos cuando
habla de Timoteo.
El apóstol cuenta que rogó a Apolos que fuese a Corinto “con los hermanos” (v. 12b), es decir los porta-
dores de la carta. La forma de expresarse de Pablo es fuerte: “De ninguna manera tuvo voluntad de ir por
ahora.”
Si hiciéramos un paralelo entre Timoteo y Apolos, éste no saldría bien parado. Tampoco sabemos si el
primero fue, y todas las recomendaciones paulinas dan a entender que al segundo no le faltaban motivos pa-
ra su falta de entusiasmo por el viaje. Lo más probable era que, junto con Pablo, haya resistido una actitud
que podría generar la suposición de que su presencia implicara su participación en la lucha interna de la
iglesia. Apolos podría haber pensado que en vez de ayudar a la situación, su presencia podría empeorarla.
Por lo menos, pensaba distinto que Pablo en ese caso en particular, y ése era un derecho que el apóstol no le
negaba. No era menos “hermano” porque no aceptara el desafío de ir. La diferencia entre ambos colaborado-
res era de criterio para con los planes de Pablo, no por la relación con el Señor. Siempre estarán quienes con-
sideren que lo mejor es distinto de lo que pensamos nosotros, y siempre tendremos la obligación de seguir
considerándolos parte del ejército de Cristo.
Por otro lado, la negative de Apolos no había sido absoluta, ya que Pablo promete que “irá cuando tenga
oportunidad” (v. 12c). La palabra original puede entenderse como si dijera “cuando sea el momento oportu-
no”.
4. CONSEJOS Y SALUDOS FINALES (16:13–24)
13Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos. 14Todas vuestras cosas Sean hechas con
amor. 15Hermanos,ya sabéis que la familia de Estéfanas es las primicias de Acaya, y que ellos se han dedicado
al servicio de los santos. 16Os ruego que os sujetéis a personas como ellos, y a todos los que ayudan y traba-
jan. 17Me regocijo con la venida de Estéfanas, de Fortunato y de Acaico, pues ellos hen suplido vuestra ausen-
cia. Porque confortaron mi espíritu y el vuestro; reconoced, pues, a tales personas. 19Las iglesias de Asia os
saludan. Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor.
[P. 271] 20Os saludan todos los hermanos. Saludaos los unos a los otros con ósculo santo. 21Yo, Pablo, os
escribo esta salutación de mi propia mano. 22El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene.
23La gracia del Señor Jesucristo esté con vosotros. 24Mi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotros. Amén.

La lectura de estas líneas da la impresión de que al apóstol le costara poner punto final al escrito. En nin-
gún otro caso aparecen tan entremezclados los saludos y las reflexiones, lo que nos revela sus profundos sen-
timientos.
Comienza por una serie de breves exhortaciones, que condensan el espíritu de la carta. La primera es a la
perseverancia y firmeza (v. 13). En aquellas circunstancias, era posible que decayera el ánimo, pero eso no es
lo que se espera de un grupo de cristianos, ni aun en los peores momentos. Cuatro concisas frases enumeran
cuatro facetas de la actitud que debemos adoptar en casos de ese tipo. Cuando la tormenta es más agitada y
sobre todo cuando esa tormenta es interior, el esfuerzo por mantenerse de pie debe ser no doble, sino cuá-
druple. Las dos primeras frases, “Velad, estad firmes en la fe” (v. 13a) nos indican la necesidad de asegurar-
nos una sólids posición de partida. La persona que carece de firmeza en la fe, no podrá seguir adelante (en
las luchas y problemas) con un espíritu tranquilo. El seguir adelante exige hacerlo varonilmente y esforzar-
se.10 Todo es dicho para todos. No hay lugar para los timoratos o cobardes en la obra del Señor.11
Pero hay algo aun más importante ya que el cristiano no es un atleta de los juegos ístmicos. Hay “un ca-
mino más excelente” (12:31): “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (v. 14). Es una apelación notable
que retoma los temas de capítulos anteriores. La fuerza y la firmeza de nada valen en una iglesia si no hay
amor en todo.

9 1:12, 13; 3:4, 6; 4:6; Tit. 3:13.


10 Ser fuertes” (BLA).
11 Al comentar el v. 13 el teólogo León Morris manifiesta que Pablo no se refería a actitudes momentáneas sino a un estado conti-

nuo. Los cuatro imperativos merecen la atención especial de Morris. Velad denota más que simplemente no dormir. Incluye un
determinado esfuerzo al estar despierto, y podría traducirse “estad alertas”. Estad firmes en la fe señala la estabilidad de un cristia-
no cuyo fundamento es sólido en Cristo, una estabilidad ausente en los corintios. Portaos varonilmente (del Gr. ANDRIZO, mostrar
hombría) puede señalar la inmadurez en algunas cosas que los corintios hacían. Pablo los insta a comportarse como adultos res-
ponsables. Como estaban en cruenta lucha con las fuerzas del mal, era imperioso que se comportaran como verdaderos hombres.
Esforzaos puede ser pasivo: ser hechos fuertes. La fuerza del cristiano deriva no de sí mismo sino de Dios.
153

[P. 272] PARA EL TRABAJO CRISTIANO (16:13–14)


1. Es necesario estar despierto y firme en la fe.
2. Es necesario tener energía y ansia de marchar.
3. Es necesario poner amor en todo lo que se haga.

Comienza entonces la enumeración de personas y familias, con que casi se cierra la carta. Son tres pe-
queños bloques. El primero se refiere a “la familia de Estéfanas” (v. 15a), cuya cabeza estaba con Pablo (v.
17a). Al principio de la carta, el apóstol mencionó que él los había bautizado (1:14) y, al decir que era “las
primicias”, podemos suponer que estuvieron entre los primeros de Acaya—la provincia griega donde estaban
Corinto y Atenas. La importancia de esta familia no era sólo su antigüedad, y decimos “sólo” porque esa anti-
güedad en la fe era una prueba de perseverancia, o más bien de desarrollo. La primera vez se los menciona
como cristianos recién bautizados; ahora ya se nos puede decir de ellos que “se han dedicado al servicio de
los santos” (v. 15), al extremo de que era lógico que los demás les respetaran profundamente. La expresión
“os sujetéis” no indica obediencia ciega—lo que comprobamos al notar que es la misma expresión que Pablo
usa para describir la relación de la esposa con el esposo (Ef. 5:22). Hay una relación recíproca: sólo debemos
sujetarnos “a todos los que ayudan y trabajan” (v. 16b). Es una notable descripción del cuerpo de Cristo,
donde se espera que los cristianos ayuden a los demás y trabajen por el bien de la congregación. Cuando ex-
horta a los creyentes a sujetarse, es como si pidiera que permitan esa ayuda y apoyen ese trabajo.

UN EJEMPLO DE FAMILIA CRISTIANA (16:15–16)


1. Creyeron en Cristo y se integraron por el bautismo.
2. Se dedicaron a servir a los demás en su nombre.
3. Eso ayudaba a otros, que debían permitírselo.
4. Se notaba que eran personas que trabajaban.

El segundo bloque de menciones es para tres personas: “Estéfanas, Fortunato y Acaico” (v. 17a). Vimos
quién era el primero; no sabemos nada de los otros, pero sus nombres parecen insinuar que eran esclavos. Si
Estéfanas viajó acompañado de dos siervos, es sugestivo cómo Pablo los nombra en el mismo plano. Ellos lle-
varon la carta que dio lugar a esta extensa respuesta. Habrán tenido largas conversaciones con Pablo, de [P.
273] modo tal que éste sintió como si todos los corintios estuvieran allí. Le resultó bueno estar informado
“porque confortaron mi espíritu y el vuestro” (v. 18a); quizá ellos habían alentado a los hermanos en otro
tiempo y ahora, si bien había mucho dolor que comentar, era posible que también llevaran buenas noticias o
alguna demostración de que no todo era tan grave como lo habían contado “los de Cloé” (1:11). Siempre es
provechoso tener hermanos que nos visiten de iglesias con las que estamos relacionados, y ellos merecen que
les agradezcamos por el papel que cumplen (v. 18b). Era claro que lo habían hecho de una manera positiva,
con espíritu constructivo y eso había sido de bien para Pablo, que exhortaba a reconocer la importancia de
esa actitud.
Finalmente, hay varias menciones juntas, que son más colectivas. En la primera, consigna los saludos de
todas “las iglesias de Asia”, nombre que entonces no designaba al continente, sino a la provincia que tenía a
Efeso por capital.
Un saludo especial iba de parte de “Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa” (v. 19a). Este sa-
ludo tenía un trasfondo muy importante, ya que fue en su hogar en Corinto donde Pablo se alojó, usándolo
como base de operaciones para sus tareas evangelísticas (Hch. 18:2–3). Los hermanos de la iglesia corintia
les recordarían con nostalgia y tenían en ellos un desafío viviente, ya que, habiéndose trasladado a Efeso, allí
también reunían una congregación en su casa. Por eso, el saludo era especialmente afectivo y lo hacían “mu-
cho en el Señor” (v. 19b).
Para que no copiera duda alguna, de hecho Pablo se repite cuando dice: “Os saludan todos los hermanos”
(v. 20). Naturalmente, eran los mismos que constituían “las iglesias” del v. 19. Sea como fuere, nos ayuda a
comprender que las iglesias no son organizaciones formales de las que basta una nota o una resolución de
presidente y secretario, sino que son un conjunto de personas, que se sienten “hermanos” de los que forman
otros grupo como el de ellos y que presumiblemente han estado orando por los problemas que les afectaban.
Quizá una iglesia como tal no tenga problemas como la de Corinto (divisiones, doctrina), pero quizá tengan
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dificultades los creyentes que las constituyen (asuntos familiares, cuestiones de conciencia). Entonces cabría
la pregunta de si ésos no son realmente problemas de la iglesia misma, que no puede distinguirse de los
“hermanos” que la conforman.
Pablo sigue con el tema de los saludos. Después de mencionar los enviados a los corintios, consigna los
que ellos deben darse, y los que manda él mismo. Tal vez había miembros de la iglesia que negaban el saludo
a otros, a los que irónicamente seguirían llamando “hermanos”. Es frecuente en las relaciones sociales que
una persona huya de los problemas no saludando a otro en lugar de enfrentar la situación; que esto ocurra
entre cristianos es inadmisible.
[P. 274] La forma de saludarse con un beso (v. 20) puede ser natural o chocante, según las costumbres de
cada lugar. En algunos países se ha hecho habitual, mientras que en otros es mal visto. Nuevamente encon-
tramos que la forma exterior no debe perturbar el espíritu; sería exagerado considerar que aquí hay un man-
dato apostólico de cómo debemos recibirnos o despedirnos en la congregación, al margen de que eso no se
refiere a los “indoctos e incrédulos” (14:23) que nos visiten. Dos cosas merecen énfasis: (1) hay que tener un
afecto sincero y expreso hacia los hermanos, afecto que se manifiesta con el saludo; (2) el saludo debe ser
“santo”, en el Espíritu del Señor.12 Un simple saludo describe la relación que hay entre nosotros y con Dios.

EL SALUDO DE LOS CRISTIANOS (16:20)


1. Los cristianos deben saludarse entre sí.
2. Deben hacerlo todos (unos a otros).
3. Deben demostrar afecto y respeto.
4. Deben hacerlo con espíritu “santo”.

Luego sigue su propio saludo. La costumbre del apóstol era dictar sus cartas; en 2 Ts. 3:17 nos aclara que
una especie de señal de autenticidad es que agrega él mismo una línea de su puño y letra, y en Ro. 16:22 un
tal Tercio—due declara haber sido el amanuense—inserta su propio nombre. No resultaba entonces tan frío
como nos parecería a nosotros, pero de todos modos el apóstol quería agregar al final un detalle más cálido.
Cuando un obrero del Señor no puede al menos dedicar un saludo propio a los miembros del rebaño, hay
algo que le está alejando del espíritu apostólico.
Las líneas finales de esta epístola difieren de las de otras, pues incluyen algunas ideas que no son del tipo
formal que podría esperarse en el cierre de una carta. El v. 22 consta de dos afirmaciones que evidentemente
Pablo quería que queden grabadas en la mente de los lectores. La primera es: “Si alguien no ama al Señor
Jesucristo, que sea puesto bajo maldición” (V.P). Ese es el significado de la palabra arcaica “anatema”. [P.
275] Parafraseándolo, diríamos: “que sea considerado lejos de las bendiciones de Dios”, pues no es de supo-
ner que se tratara de algo más formal.13 Notemos que la última exhortación de la carta es amar a Jesucristo.
Si esto se logra, todo lo demás que ha sido dicho surgirá naturalmente.
La segunda afirmación enfatizada por Pablo es la frase “El Señor viene” en arameo, el dialecto hebreo de
ese tiempo. Literalmente dice “Maran-atha”, como se lee en otras versiones y se usa hoy con frecuencia. La
mención en otro idioms debe hacernos pensar que era algo que se citaba con frecuencia y que todos entendí-
an, como ocurre hoy con frases en latín en el ambiente católico o jurídico, o en inglés en el deportivo. Eso
demuestra la preocupación de aquel entonces por el tema del regreso de Cristo y cómo esto era usado en
forma de argumento para exhortar al amor al Señor.
En el v. 23 está el saludo habitual, rogando que “la gracia del Señor Jesucristo” estuviera con ellos (v. 23).
Ya al comienzo había pedido también que les acompañara la “gracia y paz” (1:3) y, palabra más o palabra
menos, consta también en todas las demás epístolas paulinas. Era una frase común en esas circunstancias,
pero no por eso era algo automático, desprovisto de contenido espiritual. Realmente, el apóstol creía que el

12 Existía la posibilidad de un beso no santo. Aunque en la iglesia primitiva la práctica del “ósculo santo” era una expresión pura y

significativa de amor fraternal (ver Ro. 16:16; 2 Co. 13:12; 1 Ts. 5:26; 1 P. 5:14), en siglos posteriores llegó al abuso y se practica-
ba en forma indiscriminada.
13 Debemos tener especial cuidado en el análisis o consideración de este versículo. La expresión anatema, en este caso, no implica

maldición en el sentido estricto, sino más bien separación, excomunión (no formar parte de la iglesia aunque la persona quiera
aparentarlo pues no hay engaño posible). La simulación no tiene validez porque “el Señor viene” y “manifestará las intenciones de
los corazones” (1 Co. 4:5); “el que no le amare, no tendrá parte con él” (Jn. 14:23), no estará “sellado” (Ef. 1:13) y en consecuen-
cia será excluido, separado, anatema, cuando se produzca “maranatha”.
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sentimiento de alabanza y gratitud que debe sentir todo creyente y toda iglesia al pensar en to recibido de
Dios por medio de su Hijo, debe ser el espíritu que domine todos nuestros pensamientos y acciones como
consecuencia de la lectura de estas páginas.
Aquí debería terminar la carta, pero no es así. Pablo quería insistir en el aspecto personal de cuanto había
escrito. Quería también dejar en claro que todo lo que escribió era fruto de su amor por ellos.

LOS CREYENTES Y EL AMOR (16:14, 22, 24)


1. Todo debe hacerse con amor (v. 14)
2. Ese amor es reflejo del amor a Cristo (v. 22)
3. Cada creyente en particular lo siente hacia otros (v. 24)

[P. 276] Es llamativa esta insistencia en el más elevado de los sentimientos, en el “camino más excelente”,
al cerrarse esta carta tan llena de expresiones fuertes y reconvenciones duras. No es sólo cuando nos dedica-
mos a meditar en él, como en el cap. 13, que debemos hablar y vivir en amor. Todos los que nos rodean de-
ben sentir que ésa es la base de nuestra relación. De esa manera nos veremos desafiados a amar a los demás,
mostrándolo aun en el saludo y sobre todo, amando al Señor Jesucristo.
Queda una sola palabra: “Amén”. Imaginamos los sentimientos de Pablo y su escribiente al insertar estas
cuatro letras en su idioma natal, palabra que seguimos usando hoy. No era algo mecánico como podría ocu-
rrir en nuestro tiempo, cuando quizá pocas veces pensamos que su significado es “Así sea”, dirigido al Señor.
Es una oración que brota del corazón del apóstol.
Como ocurre con todo el que acaba una obra en la que ha vertido el corazón, algo de nostalgia y de rego-
cijo se combinaban en la mente del autor sagrado. El gran historiador inglés Edward Gibbons cuenta en sus
memorias que, al terminar su famosa “Decadencia y caída del Imperio Romano”, sintió tanto una gran libe-
ración como también la sensación de haber quedado con un gran vacío y, celebrando la primera, salió a pa-
sear y meditar por el parque de su casa.
Del mismo modo, podemos imaginar al consagrado siervo de Dios, mirando al cielo, con una oración de
agradecimiento y a la vez de fervorosa súplica. Habrá repasado todo lo escrito y habrá pedido que sea en ellos
esa presencia del amor tal como Cristo nos amó; que la esperanza en la resurrección a una vida eterna domi-
nara de alegría el corazón de los corintios; que la vida interior de la iglesia, con los muchos dones de que
había sido provista, fuera de reverencia en la mesa del Señor y de claro testimonio al mundo; que los proble-
mas que la aquejaban fueran superados; que se hiciera claro que “fiel es Dios”, que los había llamado “a la
comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1:9).
Y quizá en el corazón del gran apóstol había aquello que puso por escrito a la misma iglesia cuando les
escribió otra vez: “Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y
vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros … La gracia del Señor Jesucristo, el amor de
Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Co. 13:11, 14).

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