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Profesorado o la vocación de pasarla mal

No es cosa fácil, en Chile -y quizás en cualquier parte del mundo, salvo Japón y China-,
enfrentar un aula de clases. Lo sé por experiencia propia. Fui profesor en dos instituciones
distintas, ambas privadas y con un alumnado que, a diferencia del que deben enfrentar los
maestros de colegio, era gente mayor y/o jóvenes en su veintena y estaban allí, en los pupitres,
por voluntad propia. Tenían todas las razones del mundo para atender bien la clase y
disciplinarse, pero aun así y en ambas experiencias, una de dos años de duración, la otra
alrededor de cuatro o cinco, no pocas veces me sentí arando en el mar.

Digamos las cosas por su nombre: de entre las virtudes que adornan la personalidad de
los chilenos, la diligencia, capacidad de trabajo, seriedad y disciplina no destacan como las más
notables. Es así aun en medios profesionales, quienes a menudo, como alumnos, muestran la
ojota. Lo es, incluso, con quienes parecen trabajar seriamente, porque nuestra idea de qué es
serio resulta bastante acomodaticia. Aun a nivel universitario, como bien puede referirlo
cualquier profesor, la tarea es cuesta arriba. Los hábitos de estudio, de existir, son facilones; la
disposición para tomarse en serio lo que significa estar en una universidad que los padres pagan
con sangre, sudor y lágrimas es muchas veces casi nula.

Imaginen entonces cómo es enfrentar a niños provenientes de hogares donde ni madre


ni padre han sabido disciplinar a sus cabros, porque ellos mismos carecen de hábitos de lectura,
no saben hacer otra cosa que ver TV, son mediocres o malos empleados, sacan la vuelta, se
quejan de todo y crean así las condiciones para criar a una prole intelectualmente zafia, burda y
maleada. Agreguen a eso a los niños de familias más deterioradas, donde hay un padre y a veces
ambos dados al frasco o la droga, cesantes, donde reinan la violencia y las palabrotas. Y sumen
las condiciones ambientales, esto es, los valores predominantes en los medios de comunicación
y el barrio y de hecho en todas partes, donde ya no hay otro énfasis que el ganar dinero, sacarles
el bulto a los deberes y ser vivo y exitoso a como dé lugar. E imaginen, para terminar, todos
esos elementos juntos y revueltos en el ámbito de un aula y un colegio y, además, en medio de
una atmósfera permisiva, donde es imposible siquiera concebir que un niñito saque una mala
nota por ser él un flojo o un tonto, menos aún sancionarlo por mala conducta, considerarlo
culpable y responsable de algo. Hoy un mocoso puede blandir una navaja y amenazar al
profesor y éste debe dar las gracias si lo dejan salir con el pellejo intacto.

Ese es el ambiente que deben encarar los profesores de casi todas las escuelas
municipalizadas y aun los que trabajan en establecimientos privados caros. Por tanto, culparlos
a ellos del 100% del problema educacional es injusto, casi ridículo. Este es un tema que deriva
de las actuales condiciones de la totalidad de la sociedad chilena, partiendo por la formación de
los propios alumnos en sus primeros años de vida, en familias donde no se hace ningún esfuerzo
para lograr una buena crianza, suponiendo que supieran qué es una buena crianza.

Esto no exime a los profesores. Son también parte del problema. Me lo han reconocido
muchos de ellos, por mail. Me llegan todas las semanas. Lo cierto es que hay un número
sustantivo de ellos que nunca quiso ser profesor y llegaron a esa destinación laboral de rebote.

No es, eso, un buen antecedente. Y hay quienes, como ha sido probado en pruebas de
evaluación, no saben siquiera el ABC de las materias que supuestamente deben impartir. Hablo
de profesores de inglés que apenas saben inglés, profesores de matemáticas que no recuerdan la
regla de tres, profesores de geografía -los he visto en clase- que creen que el verano y el
invierno dependen de la cercanía o lejanía de la Tierra del Sol. Culpable es también un
ministerio repleto de teóricos de sillón dados a cortar y pegar desde internet materiales pedantes
y teorías ridículas. Una de las últimas ha sido -y creo sigue siendo- la idea de que la tarea del
profesor es "enseñar a aprender", mero y tonto juego de palabras que, sin embargo, ha guiado un
programa escolar tras otro.

Hay en Chile deudas históricas por todas partes, sin excluir la del profesorado mismo
hacia el país. En cuanto a la reclamada por éstos, cabe decir una cosa: en el gobierno militar se
empobreció brutalmente al profesorado, al punto de desplazárselos desde una posición de clase
media acomodada, a la de una suerte de proletariado intelectual. Aún hoy, pese a las numerosas
mejoras, no han superado esa condición. ¿Por qué no habrían de reclamar algo que se les birló?
Otra cosa es que se pueda y deba pagar precisamente esa cifra.

Muchos la considerarían excesiva para sus merecimientos, pero los "méritos" son cosa
irrelevante cuando hay un deudor y acreedor, lo que vale son los contratos o términos de
acuerdos, no las gracias cívicas de los contrayentes.

¿Por qué entonces ante este intríngulis no partir de cero, de una hoja en blanco? Hablo
de restituir al profesorado siquiera una parte de dicha deuda, pero también revisar de arriba
abajo los programas de estudio, imponer exigencias y disciplinas en los colegios, en vez de la
atmósfera de relajo y "derechos" que prevalece. Y finalmente, exigir del profesorado pruebas de
calidad. Todas las partes han de asumir responsabilidades y tareas, si no vamos a pasarnos los
próximos 20 años con la misma prédica vacía e infructuosa sobre el "hay que" mejorar la
educación.