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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA:

Stiglitz, Joseph E.: El malestar en la globalización. Buenos Aires, Taurus, 2002. 348
páginas.

El libro esta dividido en nueve capítulos.


El primero se titula: La promesa de las instituciones globales. El autor afirma que medio
siglo después de la fundación el FMI no ha cumplido su misión. No hizo, lo que
supuestamente debía hacer: aportar dinero a los países que atraviesan coyunturas
desfavorables para permitirles acercarse nuevamente al pleno empleo. A pesar de los
esfuerzos realizados las crisis en el mundo han sido más frecuentes y mas profundas. Lo que
es peor, muchas de las políticas del FMI, en particular las prematuras liberalizaciones de los
mercados de capitales, contribuyeron a la inestabilidad global. Una vez que los países sufrían
una crisis, los fondos y programas del FMI no solo no estabilizaban la situación sino que en
muchos casos las empeoraban, especialmente para los pobres. El FMI incumplió su misión
original de promover la estabilidad global, tampoco acertó en las nuevas misiones que
emprendió, como la orientación de la transición de los países comunistas hacia la economía de
mercado.

El capítulo 2 se titula Promesas rotas: El autor se plantea que puede hacer, desde el lugar de
su trabajo para abogar por un mundo sin pobreza. Se plantea así una labor triple: a) pensar las
estrategias más eficaces para promover el crecimiento; b) hacer todo lo que pudiese en los
países desarrollados a favor de los intereses e inquietudes del mundo subdesarrollado; c)
presionando para que abrieran sus mercados o prestaran una asistencia efectiva mayor.
Las experiencias con Etiopia y Bousuana, le permitió al autor conocer como funciona el FMI.
Incluso a una entidad de cierto tamaño como el FMI, le resulta arduo conocer con detalle
todas las economías del mundo. La falta de conocimientos detallados le parece poco
importante, puesto que tiende a adoptar el mismo enfoque ante cualquier circunstancia. Las
dificultades de este enfoque se vuelven particularmente acusadas ante los desafíos de las
economías en desarrollo. Los temas del desarrollo son complicados, y en muchas facetas los
países subdesarrollados presentan dificultades muy superiores a las de los países más
desarrollados. Esto es así porque en las naciones en desarrollo los mercados a menudo no
existen o, cuando lo hacen, a menudo funcionan mal.
El FMI ha sido eficaz en persuadir a muchos de que sus políticas ideológicamente orientadas
eran imprescindibles para que los países salgan adelante en el largo plazo.

En el capítulo 3, titulado ¿Libertad de elegir? se pone de manifiesto que la austeridad fiscal,


la privatización y la liberalización de los mercados fueron los tres pilares aconsejados por el
Consenso de Washington durante los años 80 y 90. Las políticas del consenso de Washington
fueron diseñadas para responder a problemas muy reales de América Latina y tenían mucho
sentido. La mayoría de los países mejorarían si los gobiernos se concentraran más en proveer
servicios públicos esenciales que en administrar empresas que funcionarían mejor en el sector
privado, y por eso la privatización es a menudo correcta. Con la liberalización comercial se
pueden lograr significativas ganancias de eficiencia. El problema radicó en que muchas de
esas políticas se transformaron en fines en si mismas, más en que en medios para un
crecimiento equitativo y sostenible. El FMI propició enérgicamente la privatización a un
ritmo que a menudo impuso costes apreciables sobre países que no estaban en condiciones de
afrontarlo.

El capítulo 4, titulado La crisis del este asiático. De cómo las políticas del FMI llevaron al
mundo al borde de un colapso global. En este capítulo se analiza la crisis del sudeste asiático,
iniciado con el hundimiento del bath tailandés, en julio de 1997, inaugurando una crisis que se
extendió a América Latina y amenazó a todo el mundo. Las políticas del FMI impuestas en
esos momentos tumultuosos empeoraron la situación. Era claro que las políticas del FMI no
solo exacerbaron la recesión sino que en parte fueron responsables de que comenzara: la
liberalización financiera y de los mercados de capitales excesivamente rápida fue
probablemente la causa más importante de la crisis, aunque también influyeron las políticas
erradas de los propios países.
Sin embargo, la crisis del Este Asiático tuvo efectos saludables. Los países de la región
desarrollarán seguramente mejores sistemas de regulación financiera y mejores instituciones
financieras en general. El FMI acepta ahora que cometió graves errores en sus
recomendaciones de política fiscal, en cómo propició la reestructuración bancaria en
Indonesia, en promover la liberalización del mercado de capitales quizás prematuramente, y
en subestimar la importancia de los impactos interregionales, por los cuales la caída de un
país contribuía a la de sus vecinos, pero no han admitido los errores de su política monetaria,
y ni siquiera ha intentado explicar porque sus modelos fracasaron tan estrepitosamente en la
predicción del curso de los acontecimientos.
Las políticas del FMI en el Este asiático tuvieron exactamente las consecuencias que han
hecho que la globalización haya sido atacada. Los fracasos de las instituciones internacionales
en los países pobres en desarrollo viene de lejos. La crisis enseñó nítidamente al mundo mas
desarrollados algunas de las insatisfacciones sentidas desde hacia mucho en el mundo
subdesarrollado.

En el capítulo 5, con el titulo Quién perdió a Rusia? el autor analiza la evolución de la


economía rusa. La privatización en Rusia no sólo no contribuyó al éxito económico del país
sino que socavó la confianza en el Estado, en la democracia y en la reforma. Este análisis se
continua en el capítulo 6,titulado: Leyes comerciales injustas y otros agravios. El autor
describe los intereses de EEUU en la crisis de Rusia, y en detalle describe la situación de
interferencia en el comercio, como es el caso del aluminio. De toda estas crisis, Rusia recibió
un curso acelerado de economía de mercado, y el FMI y EEUU fueron los profesores. Fue un
curso muy peculiar. Por un lado, recibieron grandes dosis de economía de libre mercado y en
la práctica vivenciaron fuertes restricciones al comercio, conformación de monopolios, el
empleo de influencias, etc.

Mejores caminos hacia el mercado, se titula el capítulo 7. Cuando los fracasos de la


estrategias de reforma radical en Rusia y otros lugares se han vuelto cada vez más obvias,
quienes las recomendaron alegan que no tenían otra elección. Sin embargo había otras
alternativas. Polonia y China recurrieron a estrategias diferentes de las aconsejadas por el
Consenso de Washington. A juicio del autor, el éxito de los países que no siguieron las
prescripciones del FMI no fue casual. Sugiere diseñar las políticas no en función de cómo
serán aplicadas en un mundo ideal sino en el mundo real.

El capítulo 8, se titula La otra agenda del FMI, plantea los nadas exitosos esfuerzos del FMI
durante los años 80 y 90 que generan problemáticos interrogantes sobre la manera en que el
Fondo enfoca el proceso de globalización, esto es, sobre como concibe sus propios objetivos y
cómo procura alcanzarlos como parte de su papel y misión. El FMI cree que está realizando
las tareas que le han sido asignadas: promover la estabilidad global, ayudar a los países
subdesarrollados en transición a conseguir no sólo la estabilidad sino también el crecimiento.
Hasta recientemente, el FMI debatía sobre si debía atender a la pobreza- era la
responsabilidad del Banco Mundial- pero en la actualidad la ha incorporado también. El autor,
cree, que ha fracasado en su misión, y que los fracasos no fueron meras casualidades sino
consecuencias del modo en que entiende su misión. Esto es así porque el FMI persigue no
solo los objetivos en su mandato original, también promueve los intereses de la comunidad
financiera. Significa esto que el FMI tiene objetivos que suelen estar mutuamente en
conflicto.
El cambio en mandato y objetivos, aunque fue discreto, no fue nada sutil, fue el paso de
servir a los intereses de las finanzas globales. Por otra parte, la conducta del FMI no es
sorprendente, enfocaba los problemas desde la perspectiva y la ideología de la comunidad
financiera, y ellas naturalmente se ajustaban a sus intereses.

La globalización actual no funciona, afirma el autor en el capítulo 9, titulado Camino al


futuro. Para muchos de los pobres de la Tierra no está funcionando. Para algunos la solución
es muy sencilla: abandonar la globalización. Pero esto no es factible ni deseable. El problema
asegura el autor no es la globalización, sino el modo en que ha sido gestionada. Parte del
problema radica en las instituciones económicas internacionales, como el FMI, la OMC que
ayudan a fijar las reglas del juego. Lo han hecho de forma que por lo general han favorecido
los intereses de los países industrializados más avanzados, más que los del mundo en
desarrollo. Y no era sólo que hayan favorecido esos intereses, a menudo han enfocado la
globalización desde puntos de vistas particularmente estrechos, modelados conforme a una
visión específica de la economía y la sociedad.
El autor cree que la globalización puede ser rediseñada para que haga realidad su buen
potencial, y que las instituciones pueden ser re-diseñadas para garantizar que ello se logre,
pero para que ello sea posible, es necesario conocer porque han fracasado de forma tan
lastimosa.
No se puede anular la globalización, está aquí para quedarse. La cuestión mas importante es
cómo hacerla funcionar. Y si va a funcionar, habrá que contar con instituciones públicas
globales que ayuden a establecer la reglas. Tales entidades internacionales por supuesto,
deberían concentrarse en aquellos temas en los cuales la acción colectiva global es deseable o
incluso necesaria.
Hoy la globalización es desafiada en todo el mundo. Hay malestar con la globalización, y con
sobrados motivos. La globalización puede ser una fuerza benigna. La globalización de la
economía ha beneficiado a los países que han aprovechado esta oportunidad, abriendo nuevos
mercados para sus exportaciones y dando la bienvenida a la inversión extranjera. Pero los
países que más se han beneficiado han sido los que se hicieron cargo de su propio destino y
reconocieron el papel que debe cumplir el estado en el desarrollo, sin confiar en la noción de
un mercado autorregulado que resuelve sus propios problemas.

Lic. Elena Alfonso1

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Elena Alfonso es Profesora Titular de Economía Internacional de la FCE-UNNE.