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La consulta

Era la primera vez que iba al psiquiatra y debo confesar que estaba
bastante angustiado, no sólo por el problema que me había obligado a acudir
a un profesional, sino también ante el hecho mismo de ir a la consulta y
tener que contarle ese problema a un desconocido. Por otro lado la sola
perspectiva de que alguien pudiera reconocerme yendo al loquero me ponía
bastante nervioso, debo admitirlo.
Antes de ir a la consulta me atormenté durante horas delante de mi
guardarropa, dilucidando cuidadosamente lo que me pondría. Quería algo
discreto pero sin perder la elegancia que me caracteriza, por supuesto.
Después de pensarlo mucho, al fin me decidí por un traje oscuro y un
sombrero de ala ancha que me tapaba bastante el rostro, amén de disimular
mis enormes orejas, que tantos complejos me han creado. Para darle un
toque de color me até al cuello un pañuelo monísimo de color morado que me
daba un aire muy mundano. Completé el atuendo con unas gafas de sol que
disimulaban algo mi enorme nariz, y un abrigo negro muy “fashion”, que me
encantaba; siempre he sido muy friolero.

Me costó un poco encontrar la consulta del psiquiatra; confieso que soy un


animal de campo y me muevo muy torpemente en la ciudad. Tomé aire para
darme valor y toqué el timbre.
Me abrió la puerta una enfermera bajita y rechoncha que me hizo pasar a la
sala de espera. Era una habitación de decoración agradable, con plantas por
doquier, y unos sofás que parecían muy cómodos. Allí sentadas había dos
mujeres elegantísimas, que de inmediato despertaron mi curiosidad. No
estaban sentadas juntas ni hablaban entre ellas, por lo que deduje que no se
conocían entre sí. La enfermera salió haciéndoles una reverencia, así que
pensé que debían ser de la “jet-set”.
Los minutos comenzaron a pasar lentamente y el silencio se hacía cada vez
más denso e incómodo. Yo me revolví algo incómodo en la silla, pero las dos
señoras seguían inmóviles como estatuas, las espaldas muy rectas y una
exquisita expresión adusta e impenetrable en sus bellos rostros. Aproveché
para observarlas de reojo con mis enormes ojos (lo mejor, sin duda, de mi
pobre físico); pude darme cuenta de que la de mi derecha, que era la más
joven, llevaba un carísimo traje de un color rojo intenso que contrastaba
maravillosamente con el oro pálido de su cabello. La más madura, a mi
izquierda, envolvía su aún esbeltísima figura en un vestido de seda negra con
capa a juego, que acentuaban la extrema palidez de su rostro. Se tocaba con
un sombrero también negro que se confundía con su oscurísimo cabello.
Me pregunté qué podrían estar haciendo dos damas como aquellas en la
consulta de un psiquiatra, y aunque la discreción es mi lema, confieso que
ardía de curiosidad por saber qué oscuros y retorcidos motivos las habrían
llevado allí. Mi imaginación comenzó a desbordarse, y deseé ardientemente
encontrar alguna excusa para entablar conversación con ellas.

En ese momento la puerta se abrió y apareció la enfermera rechoncha


haciendo una reverencia, y con voz solemne nos anunció que el paciente que
se hallaba en consulta había sufrido una crisis; por lo visto el buen señor
estaba convencido de que ser un mandril en época de celo y en su delirio
había tomado al doctor por un mandril hembra. La enfermera dijo que el
médico estaba intentado controlar la situación y que por tanto nuestro
turno se retrasaría un poco. Un súbito estruendo de cosas que caían y
cristales rotos llegó hasta nuestros oídos en ese momento, y propició que la
oronda mujer murmurara una disculpa y regresara apresuradamente al
interior de la consulta.
Las damas parecían algo molestas y fruncieron sus delicados ceños. Tras un
breve lapso de tiempo, unas palabras escaparon de los labios de la más
joven.
- ¡Qué fastidio! –dijo haciendo un puchero- yo soy una princesa, no estoy
acostumbrada a esperar… no hay derecho.
- ¿Una princesa? –preguntó la otra- bueno, yo soy una reina, y desde luego
tampoco estoy acostumbrada a que me hagan esperar.
Yo no daba crédito a mis oídos ¡una princesa y una reina, en la misma sala
que yo!
Las dos se observaron un instante, con porte altivo, y finalmente decidieron
presentarse. La más joven resultó ser la princesa Alexia del reino Muy-
Lejano, y la otra se presentó como la reina Brígida, del reino Aun-Más-
Lejano.
- He oído hablar de vos –dijo la reina- sois la princesa a la cual su prometido
abandonó el año pasado por una sirena ¿verdad?
Miré a la princesa Alexia con ojos desorbitados, yo también había oído la
historia. En el bosque donde vivo no llegan demasiados cotilleos, pero yo
estoy suscrito a todas las revistas del corazón que existen… no es por
cotillear, claro, sólo por estar informado ¡Así que era ella!
- Sí, soy yo- respondió la joven haciendo un gesto de disgusto- ¡pero el
príncipe no llegó a abandonarme! Al final se casó conmigo hace unos meses y
la sirena se convirtió en espuma de mar.
- ¡Enhorabuena!- dijo la reina- de todas formas esa historia de amor habría
sido imposible. Las sirenas fuera del mar lo pasan muy mal, aunque se
consigan unas piernas. Y hacen cosas raras como comer algas. Y huelen
siempre a pescado por mucho perfume que usen.
- Oh, él lo hubiera perdonado todo, excepto una cosa…
La princesa bajó la voz y se inclinó hacia la reina.
- Ella se hizo activista de “Green-Peace”-dijo en tono de confidencia.
La reina parecía horrorizada
- ¡Qué escándalo, una princesa con esos desarrapados! No me extraña que el
príncipe la dejara y volviera con vos. Claro, supongo que al dejarla él, fue
cuando ella se convirtió en espuma de mar. Bueno, parece que la historia
acabó bien para vos, querida.
La princesa hizo un puchero.
- Sí pero… yo quedé tan traumatizada que desde entonces he tenido que
venir al psiquiatra… que tu marido esté enamorado de otra ya es duro, pero
que encima sea una sardina con tetas es de lo más humillante. Y para colmo,
desde entonces el príncipe está muy raro y me pide cosas sospechosas,
como que use un perfume con olor a calamar por las noches o que le diga
“glu-glu” al oído mientras…
- ¡Querida! –exclamé yo en ese momento sin poder controlarme- ¡el que está
de psiquiatra es él, y no vos!
Las dos damas se volvieron a mirarme con sorpresa, como si hasta entonces
no hubieran reparado en mi plebeya presencia.
- ¿Vos no seréis periodista como ese tal Andersen o esos Grimm, verdad? O
el tal Perrault. Sólo buscan el morbo y el escándalo, y lo tergiversan todo.
- ¡Oh, no no no no! Nada parecido, podéis confiar en mí.
- Sí –concluyó la princesa- parecéis alguien en quien se puede confiar, con
esos enormes y dulces ojos castaños. Pues como os decía, al final el príncipe
se casó conmigo, pero ni somos felices ni comemos perdices… sino más bien
boquerones. ¡La situación es tan dura para mí!
La reina y yo nos deshicimos en palabras de aliento para animar a la
princesa.
- Desde luego el matrimonio no garantiza la felicidad, eso es cierto, ni
aunque sea con un príncipe –manifestó finalmente la reina- Es un cuento de
hadas que nos meten en la cabeza desde que somos niñas, pero nunca es tan
perfecto como nos prometen. La vida es compleja, no es tan simple como la
pintan los cuentos. La gente también es compleja, nadie es completamente
malo o completamente bueno.
- ¿Lo decís por experiencia propia, Majestad? –me atreví a preguntar con un
hilo de voz, temiendo ofenderla. Ella clavó en mí su mirada penetrante y me
apercibí de que tenía los ojos negrísimos como ala de cuervo, y el nacimiento
del pelo en forma de pico. Por un momento la delgada línea de su boca se
arqueó hacia abajo en un gesto de disgusto y pareció estar apunto de
regañarme por mi impertinencia, pero luego debió de pensarlo mejor y su
mirada se suavizó.
- Más o menos –respondió- pero mi problema es aún más complejo porque
cuando me casé mi marido era viudo de un matrimonio anterior y tenía ya
una niña, a la que llamaban… Blancanieves.

Un estruendo de algo que se rompía en la consulta del doctor y un par de


gritos de socorro del pobre hombre, nos indicaron que el paciente en celo
aún no estaba bajo control, así que la princesa y yo nos aprestamos
encantados a escuchar la historia de la reina Brígida ¡que prometía ser de lo
más sabrosa!

- Cuando conocí al rey Oswald, yo también era viuda de un primer


matrimonio; lo había pasado tan mal con la muerte de mi primer esposo que
había jurado no volver a enredarme en ninguna otra historia de amor para no
sufrir de nuevo. Pero Oswald me conoció un día en una fiesta de sociedad y
se prendó de mí. Algunos dicen que soy una bruja y que lo hechicé, pero sólo
son sucias mentiras… ¡ni sé freír un huevo con que muchos menos hacer un
brebaje o un conjuro! Yo ni siquiera quería casarme de nuevo. Pero Oswald
me cortejó durante un año entero… flores, cenas románticas, regalos…
hasta que finalmente me fui enamorando de él y acepté su propuesta de
matrimonio. Yo sabía que tenía una hija, la princesa Blancanieves, pero no
fue hasta después de la boda que me la presentó. No le culpo, si la hubiera
conocido antes, no me hubiera casado con él jamás, ¡menudo pequeño
monstruo!
La reina movió la cabeza, como intentando apartar un triste recuerdo, y
luego continuó su terrorífico relato.
- Aún recuerdo el día que la conocí, ella tenía unos diez años y una cara
angelical. Al ser presentadas fui a besarla en la mejilla… ¡y la muy bestia me
mordió una oreja y casi me la arranca!. Le sentó fatal que su padre se casara
de nuevo. Me hacía todo tipo de trastadas diarias, metía bichos en mi cama,
me escondía las cosas, me agredía, me manchaba los vestidos a propósito…
incluso rompió un espejo precioso que era lo único que me quedaba de mi
primer esposo… La muy ladina procuraba hacer todas las maldades sin que
nadie la viera, era muy lista. Nadie parecía darse cuenta del
comportamiento psicópata de la princesa, o hacían como que no se daban
cuenta… figúrate, que la única heredera al trono esté como una cabra pone
los pelos de punta, la verdad. Yo creo mi esposo lo sabía perfectamente pero
también miraba hacia otro lado; decía que simplemente la niña era algo
rebelde y que yo no le daba el cariño que ella necesitaba… ¡pero es que
habría sido más fácil mimar a un troll que a aquella adolescente agresiva!
Soporté esta situación de malos tratos impunes durante cinco largos años,
que me dejaron tales secuelas que ahora tengo que estar en tratamiento
psicológico.
La Reina suspiró y se llevó un blanquísimo pañuelo a sus níveos labios. Cuando
se hubo repuesto continuó hablando.
- Afortunadamente, el mal carácter de la niña se fue haciendo cada vez más
patente, y se volvió menos cuidadosa al esconder sus fechorías. La prueba
de que estaba un poco desequilibrada se presentó precisamente el día que
rompió el espejo de mi difunto esposo ya que afirmaba que el espejo hablaba
¿habéis oído alguna vez tamaño disparate? Después de aquello el rey Oswald
mandó hacerle unas pruebas y descubrieron que la niña tomaba varias
sustancias psicotrópicas. El rey se enfadó muchísimo y la confinó en su
cuarto mientras se decidía qué tipo de ayuda necesitaba para restablecerse.
Pero la niña que era muy lista consiguió escapar del castillo, y entonces fue
cuando al rey le dio aquel infarto provocado por los disgustos. El pobre
nunca ha vuelto a ser el mismo, quedó débil como un pajarito y no rige muy
bien de la cabeza tampoco.

La narración de la reina Brígida se vio interrumpida bruscamente por las


sirenas de varios vehículos policiales que pararon frente a la puerta de la
calle. Me asomé a la ventana e informé a las damas de que además de la
policía, acababa de llegar una ambulancia del hospital psiquiátrico. En la
consulta se escuchaban aún los gemidos entrecortados del doctor.
- Se ve que la situación con el paciente no ha mejorado demasiado.
Majestad, por favor, continuad vuestro relato, os escuchamos atentamente.
- Está bien, continúo pues. Como he mencionado antes, la princesa escapó del
castillo. Lo hizo gracias a la ayuda del leñador que nos proveía de leña para
el invierno, que además resultó ser el que le conseguía las drogas ¡menudo
angelito! El leñador la escondió en casa de unos amigos suyos, bastante
hippies, que vivían en el bosque y que eran mineros. También ellos consumían
drogas para poder soportar el duro trabajo en la mina. Y allí se quedó la niña
unos meses, viviendo en esa especie de comuna, con aquellos siete hombres.
Imaginad mi situación, con el rey medio lelo y la princesa desaparecida, el
peso del reino cayó sobre mis hombros ¡con lo aburrida que me resulta la
política! Los ministros y yo ocultamos la situación a la opinión pública lo
mejor que pudimos para que no se desestabilizara el reino. Envié detectives
a investigar el paradero de Blancanieves hasta que por fin uno de ellos la
descubrió en la comuna del bosque; yo misma fui disfrazada de vieja
vendedora de manzanas para comprobar con mis propios ojos que estaba allí.
Cuando volví al palacio tomé la decisión de enviar en secreto al Primer
Ministro, un joven muy inteligente, a que la trajera de vuelta… pero cuando
llegó allí la encontró caída en el suelo por una sobredosis de pastillas. Le
hizo el boca a boca y los primeros auxilios mientras llegaba la ambulancia, y
consiguió reanimarla. Los psicólogos descubrieron graves trastornos de
personalidad y bueno, tiene que estar con medicación continua. El Consejo
de Ministros y yo, con el beneplácito del rey Oswald en uno de sus escasos
momentos de lucidez, decidimos que el Primer Ministro se casara con ella y
fuera coronado rey. Y así se hizo, el muchacho se sacrificó por el bien del
reino. Ahora ella está siempre bajo medicación y control de los médicos, y
parece que la situación se mantiene tranquila. De todas formas, no hemos
logrado evitar ocultar completamente los hechos y bueno, ha trascendido
una historia en la que yo no salgo nada bien parada… pero mientras sea por
el bien del reino, no me importa quedar como “la mala”.

Cuando la reina acabó su historia, lágrimas de emoción surcaban mis mejillas.


¡Qué gran mujer, y cuánto había sufrido!
Un tremendo estruendo y varios gritos provenientes de la habitación de al
lado nos devolvieron a la realidad, y nos indicaron que el lascivo “mandril”
estaba siendo al fin reducido por la policía y los loqueros.
Al momento entró la enfermera rechoncha y nos anunció que el doctor no
iba a estar en condiciones de recibirnos ese día, que ya nos avisarían por
teléfono para la próxima cita en cuanto se reestableciera y pudiera
sentarse de nuevo. Y se fue corriendo a socorrerle.
- Bueno, al menos nos hemos desahogado –dijo la princesa sonriendo- yo me
he sentido mejor charlando con ustedes que en todas las citas que he tenido
con el psiquiatra.
- A mí me ha pasado lo mismo –afirmó la reina, y a continuación se volvió
hacia mí- pero, señor lobo, usted no nos ha contado por qué está aquí.

- Bueno –titubeé mirándome los zapatos- después de las historias tan


terribles que me han contado ustedes, lo mío ya no me parece tan grave, de
hecho yo también me siento mejor. Lo cierto es que estoy aquí también por
causa de una muchacha maligna, Majestad, se llama Caperucita y lleva
acosándome sexualmente dos años. Cada vez que visita a su abuela, que vive
en el bosque, aprovecha para perseguirme e insinuarse de todas las formas
posibles. ¡Jesús, qué sobresaltos! Hasta ahora he logrado esquivarla por
atajos que conozco del bosque, pero no sé cuánto tiempo más voy a lograrlo.
Para colmo fui a hablar con su abuela para que hiciera algo, y no sólo no me
creyó sino que además me sacó de la casa a sartenazos ¡qué carácter se
gasta la vieja! Y encima me insultó haciendo referencia a mis enormes
orejas, mi enorme nariz y mi enorme boca ¡como si no tuviera ya bastante
complejos por culpa de mi físico!
- ¡Pobrecito! – exclamó comprensiva la princesa Alexia- ¿Y a usted, no le
gusta la tal Caperucita ni un poquito?
Negué con la cabeza
- A mí el que me gusta es el leñador del bosque –aclaré, ruborizándome un
poco- Estábamos iniciando un flirteo, pero Caperucita y su abuela se
encargaron de estropearlo al contar un montón de mentiras sobre mí. El
leñador no ha podido soportar la presión de los rumores, y me ha dejado. Ya
no sabe qué creer, el pobre.
Unas lágrimas de desamparo corrieron por mi rostro. La reina me rozó la
mejilla con sus blancos dedos, a modo de caricia.
- No llore, señor lobo –dijo dulcemente la princesa- seguro que el leñador
entra en razón. Tiene usted un corazón muy bueno, unos ojos muy dulces y…
¡una dentadura perfecta, qué envidia!

Sonreí a las damas, y me di cuenta de que me sentía ya mucho mejor y mis


problemas ya no parecían tan terribles. Sin duda había sido una buena
terapia en grupo, aunque el psiquiatra, el pobre, no hubiera colaborado
mucho.

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