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Precisiones sobre el complejo de castración y la noción de falo.Prof.

Blanca Bazzano y
Prof. Ricardo Gandolfo.

Complejo de castración y falo son nociones propuestas por Freud en el contexto de sus
explicaciones sobre la sexuación1 de los sujetos. Este trabajo tiene el objetivo de aportar
precisiones acerca del alcance teórico de estas nociones porque suelen dar lugar a
confusiones, contrasentidos y malentendidos.

Coincidiendo con Marie-Hélène Brousse en que “ser freudiano después de Freud


implica la exigencia de encontrar soluciones allí donde él se había topado con
dificultades y contradicciones”2, hace indispensable remitirnos a Lacan para esclarecer
estas nociones.

Una primera cuestión a tener en cuenta es que tanto el complejo de castración como el
falo pueden ser abordados desde una perspectiva imaginaria o simbólica, y que ambas
se recubren parcialmente.

En este punto convendría aclarar que lo simbólico es para J. Lacan todo lo concerniente
al orden del lenguaje, a su capacidad de evocar lo ausente y de trascender las
limitaciones temporales (por ejemplo podemos hablar de sucesos y de personas que ya
no existen en la realidad). Lo simbólico se encuentra constituido por un orden de
significantes, que en su combinación engendran los efectos de significado que el
lenguaje puede proveer al sujeto. Lo imaginario tiene que ver con la imagen, con el
poder cautivante que tiene la imagen para la constitución del yo. El yo se estructura , en
un primer momento lógico, por identificación narcisista con la imagen del otro. Entre
ambos se establece una correlación imaginaria.

La primacía fálica.

En 1923 en su artículo La organización genital infantil, Freud afirma que en el


desenlace de la sexualidad infantil “no hay un primado genital, sino un primado del
falo” (pág. 146).

¿Cuál es el alcance de la palabra falo?En el Diccionario de Laplanche y Pontalis,


encontramos que “en psicoanálisis, el empleo de este término hace resaltar la función
simbólica cumplida por el pene” (pág. 140).

Pero esta función simbólica no siempre se aprecia con claridad en los textos freudianos
al no haber diferenciado lo imaginario de lo simbólico.

Cuando Freud se refiere a la percepción de los órganos genitales por parte del varón o
de la niña, nos está remitiendo a una captación imaginaria que no es suficiente para
explicar la primacía fálica en la primera expresión psicológica de la diferencia entre los
sexos. Es decir que la percepción de la diferencia sexual anatómica no basta para que el
niño y la niña ingresen a la fase fálica. Para que el órgano masculino tenga un papel
importante en esta fase se requiere que se lo haya simbolizado como falo y sólo así el
niño teme su pérdida y la niña quiere tenerlo. Es en el orden simbólico donde se
inauguran todas las significaciones del tener o no tener que recaen sobre el cuerpo
imaginario.

A fin de evitar ambigüedades, Lacan propone caracterizar al falo como significante


de la falta, de la carencia o del deseo3.El varón y la mujer tienen diferentes formas de
relacionarse con la falta-falo. La diferencia se establece por la captación imaginaria de
los órganos genitales, que en este caso tienen valor simbólico. Este anclaje imaginario
requiere de la simbolización del falo “ya que en lo real, nada está privado de nada”,
según lo expresa Lacan en 1956-57 en el Seminario La relación de objeto.

La falta simbólica está ejemplificada por Lacan con el libro que consideramos que no
está en una biblioteca cuya ausencia sólo puede determinarse simbólicamente, porque
en lo real de esa biblioteca no falta nada. Si decimos por ejemplo que falta el tomo II de
las Obras Completas de Freud, es porque hemos simbolizado su ausencia.

“Esta función de la falta, cuyo símbolo es el falo, no deriva de la diferencia anatómica


de los sexos, sino de que el ser humano, hombre o mujer, debe inscribirse forzosamente
en el que es su único ambiente natural, el lenguaje”4.

En 1958, en su texto La significación del falo5, Jacques Lacan avanza un paso más en
el esclarecimiento de esta noción al afirmar que el falo no es una fantasía, ni es tampoco
un objeto y menos aún es el órgano, pene o clítoris.

Si el falo no es una fantasía, esto quiere decir que no es una referencia de la


imaginación, ni tampoco ninguna ensoñación que pudiera armarse sobre él. En todo
caso las fantasías que dicen de la relación del sujeto con el significante fálico son
posibles por estar gobernadas desde otro lugar, esto es, desde la cadena simbólica de
significantes en que el sujeto encuentra su destino histórico. O dicho de otra manera,
“imaginar” cualquier relación con el falo implica ya que ésta se encuentra
primariamente simbolizada. Puesto que la noción de relación es fundamentalmente
simbólica, aunque luego podamos llenarla con un contenido imaginario cualquiera6.

Que tampoco sea un objeto, destaca también su carácter simbólico por excelencia. En
otras palabras, el falo no tiene ninguna consideración “realista”. No es un objeto real,
sino un significante simbólico.

Finalmente, que no sea ni el pene ni el clítoris despeja con mayor claridad cualquier
equívoco que pudiera surgir al leer los textos freudianos. Sólo es posible encarnar
imaginariamente en el cuerpo el significante fálico si previamente se lo ha simbolizado.

Por último es preciso indicar que si el falo es un significante, el sujeto no podrá tener
acceso a él sino a través del Otro. Aquí es importante tener en cuenta que el significante
fálico -significante de la falta y del deseo- al provenir del Otro, marca a ese Otro como
sujeto a la falta y al deseo. El significante fálico es la marca del deseo. Que el Otro
desee (cualquier cosa, no importa aquí más que la función de desear) supone su
incompletud, su limitación, la pérdida de su omnipotencia, en definitiva su castración.
Esto es lo que afirma Freud cuando sostiene la castración materna como fundamental
para la estructuración subjetiva del hijo, al final de su texto de 1923, La organización
genital infantil.
En conclusión, Lacan distingue el falo imaginario del falo simbólico. El primero es la
desigación en la teoría de la imagen por la cual el sujeto se representa a sí mismo como
no faltándole nada, es lo que completa la falta. Podemos ejemplificar esto con el sujeto
que imaginariza que se completa teniendo un auto, un título... algo que expanda su
narcisismo.

Por su parte, el falo simbólico no es una imagen sino el significante de la falta, por ello
puede ser sustituido por otra cosa que lo represente. Se lo puede tener, perder, dar,
recibir... es sustituible. Esta idea de que el falo pueda desplazarse de un significante a
otro, ya fue introducida por Freud en las equivalencias simbólicas entre pene-hijo-
regalo-dinero (en Sobre las transposiciones de la pulsión, en particular del erotismo
anal de 1917).

Relaciones entre el concepto de falo y el de castración.

Freud no llegó a establecer con claridad la dimensión simbólica del complejo de


castración por lo que muchos pasajes de su obra dedicados a esta cuestión resultan
confusos y poco precisos.

A pesar de que afirma que sería un infantilismo, una asombrosa teoría sexual infantil,
considerar que la mujer tuvo originariamente un pene que perdió por castración7, es lo
que se desliza en algunas de sus propias consideraciones.

De todos modos nos dio las pistas necesarias para aprehender que “...sólo puede
apreciarse rectamente la significatividad del complejo de castración si a la vez se toma
en cuenta su génesis en la fase del primado del falo”8

Lacan al introducir el uso lógico del significante falo permite precisar qué es lo que se
pone en juego en el complejo de castración. Este complejo adquiere significatividad en
la medida en que el falo “nunca está verdaderamente donde está, nunca está del todo
ausente de donde no está”9.

La fase fálica tiene importancia por la aceptación subjetiva de que no se es el falo sino
que se lo puede tener o perder. El dilema principal de la castración y su solución no está
en tenerlo o no tenerlo sino en que el sujeto reconozca primero que no lo es.

El complejo de castración también, como el falo, tiene dimensión simbólica al ser un


conjunto de representaciones que imponen un límite a causa de la prohibición del
incesto. .

El concepto de castración en psicoanálisis no responde entonces a la concepción vulgar


de mutilación del órgano sexual masculino, sino que organiza la lógica del tener o no
tener que va más allá de la percepción del pene.
“...La castración no procede del padre sino del lenguaje, ella traduce en forma dramática
la pérdida de goce que afecta al sujeto en tanto que es sujeto del lenguaje”10. La función
del padre con relación a la castración es una función simbólica, por eso Lacan la
denomina “metáfora paterna”. El deseo de la madre no se cierra sobre el hijo por esta
interdicción simbólica. El padre representa una ley que lo trasciende y a la que también
él se encuentra sujetado. El Nombre del Padre tiene una función mediatizadora que
posibilita a cada ser la búsqueda exogámica al desprenderse de los objetos primordiales,
reconociendo que tampoco ellos son omnipotentes sino, por lo contrario, que están
sujetos a la castración –término con el que se designa la incompletud.

La estructuración normal del un sujeto requiere de la separación subjetiva para lo cual


debe haber circulado lo prohibido de una generación a otra. La ley de prohibición del
incesto determina las relaciones que están permitidas y las que están prohibidas. De esto
trata el mito edípico que se construye para dar cuenta de cómo se origina el sujeto como
ser deseante.

Resulta difícil captar el alcance simbólico de la castración, con la que culmina el


complejo edípico, cuando Freud señala como condiciones para que se establezca en el
varón: la amenaza de corte del pene y la percepción del genital femenino. O que para la
niña se presente por varios caminos: no conseguir una satisfacción suficiente en la
masturbación y/o culpar a la madre de que le haya denegado el pene.

Lo mismo cuando afirma que el niño trata de salvar su miembro sexual o que la niña
tiene un juicio de inferioridad por su mutilado pene, Freud sólo establece algunos de los
procesos imaginarios de la castración sin llegar a establecer su alcance simbólico.

Laplanche y Pontalis formulan la siguiente pregunta: “¿Cómo explicar su presencia [del


complejo de castración] casi invariable en todo ser humano, siendo así que las amenazas
reales que lo originarían distan de comprobarse siempre (y más raramente aun van
seguidas de ejecución), y siendo así que la niña no puede sentirse realmente amenazada
de perder lo que no tiene?”11 A partir de planteos como este los psicoanalistas nos
hemos visto motivados para continuar investigando el alcance del complejo de
castración desde que, en los primeros decenios del siglo pasado, Freud se atrevió a
encararlo de una manera revolucionaria, pero sin contar con los elementos teóricos que
Lacan desarrolló posteriormente.

Hoy podemos afirmar que si bien hay consecuencias psíquicas por la diferencia sexual
anatómica, lo determinante no es la anatomía sino los complejos representacionales que
inciden en cómo cada uno se posicione con relación a la falta.

Joël Dor sintetiza muy bien los aportes lacanianos cuando afirma que “la castración sólo
podría intervenir en el complejo de Edipo bajo el aspecto de una castración simbólica,
sin lo cual se nos muestra radicalmente ininteligible. De hecho, teniendo por objeto el
falo, no puede traducir otra cosa que la pérdida simbólica de un objeto imaginario”12.
Con lo cual hace referencia a cómo la falta puede manifestarse en tres operaciones: la
frustración, que es la falta imaginaria de un objeto real; la privación, que es la falta real
de un objeto simbólico; la castración, que es la falta simbólica de un objeto imaginario.

Conviene agregar unos párrafos más para aclarar el sentido de estos términos: la
frustración se produce porque imaginamos que nos falta un objeto real. Así, la niña o el
niño podrían sentirse frustrados al imaginar que podría faltarles el pene (temor
imaginario de castración).

Lacan habla de privación cuando nos falta un objeto que hemos simbolizado. La
privación, en tanto dimensión real de algo que falta, establece la diferencia sexual
anatómica. La mujer se encuentra privada de pene si comparamos su anatomía con la
del varón, pero no es esto lo que determina su castración. Sólo si ha simbolizado que
algo le falta se siente privada de ello porque en lo real nada le falta. La privación se
define como una operación en lo real cuyo objeto es simbólico.

En tanto la castración, como falta simbólica de un objeto imaginario, supone que la


diferencia real es asumida por la estructura de la lengua, que la nombra y la hace
intercambiable en términos significantes. El paso que Freud describe entre el ser y el
tener referido al significante fálico es fundamental para entender la estructura de la
castración. En efecto, después de ella se puede tener o perder el falo. En este sentido la
castración es una operación común a ambos sexos, aunque con características singulares
en cada uno de ellos. Todos, en tanto sujetos hablantes, estamos sometidos a la
castración.

Para concluir podemos sostener que si bien la diferencia anatómica no es sin


consecuencias queda encadenada estructuralmente a un orden simbólico y a lo
imaginario de cada sujeto. La diferencia sexual existe, pero llegar a ser femenino o
masculino implica un recorrido lleno de avatares, de complejos que van anudando lo
real del cuerpo a ideales -transmitidos de generación en generación, aunque no por ello
permanecen siempre iguales- y a cómo esos mensajes son operativizados en la relación
que cada uno establece con la falta en el Otro.

Para el psicoanálisis no es el sexo biológico lo determinante. Existir como hombre o


como mujer significa existir en un mundo en el que no hay una existencia “natural” sino
determinantes culturales que se producen por el sistema de la lengua13.

Entonces no es sencillo decir por qué se es femenino o masculino, sobre todo porque no
vasta aludir al órgano genital ni a los otros elementos secundarios de la fisiología, como
confirmación. Somos incapaces de dar cuenta (porque no nos damos cuenta) de las
determinaciones que han entrado en juego para llevarnos a nuestra identidad sexual.