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1- La condescendencia divina en la teología de la pastoral popular del padre Rafael Tello

1- La condescendencia divina en la teología de la pastoral popular del padre Rafael Tello

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Publicado porOmar César Albado
Proponer desde los elementos brindados por Tello en su reflexión teológica la condescencia de Dios como un fundamento de todo obrar pastoral, pero particularmente de aquel que quiere realizar una pastoral popular. Poner de relieve que debemos amar a todos, especialmente a los hombres y mujeres de nuestro pueblo, como Dios nos ama a nosotros.
Proponer desde los elementos brindados por Tello en su reflexión teológica la condescencia de Dios como un fundamento de todo obrar pastoral, pero particularmente de aquel que quiere realizar una pastoral popular. Poner de relieve que debemos amar a todos, especialmente a los hombres y mujeres de nuestro pueblo, como Dios nos ama a nosotros.

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1

LA CONDESCENDENCIA DIVINA EN LA TEOLOGÍA DE LA PASTORAL
POPULAR DEL PADRE RAFAEL TELLO
1

Pbro. Omar César Albado
Publicado en: Vida Pastoral 281 (2010) 19-27

“La pastoral popular busca imitar la condescendencia divina […] La pastoral popular es
una pastoral de condescendencia” (R. TELLO, La Nueva Evangelización, 87).
“La pastoral popular parece moverse alrededor de tres centros: la condescendencia de
Dios, los pobres y el pueblo” (R. TELLO, Cómo entendemos la pastoral popular, 1988,
inédito).
“La pastoral popular, que parece necesaria para una nueva evangelización de América,
parte del amor misericordioso y busca acentuadamente imitar a la condescendencia
divina” (R. TELLO, La Nueva Evangelización, 16).
Estas frases pertenecen al padre Tello y destacan la importancia que el tema de la
condescendencia tiene para la pastoral popular. ¿Cuál es la razón de esta importancia? ¿Por
qué Tello insiste en que la condescendencia es uno de los centros alrededor del cual parece
moverse la pastoral popular?
Comencemos diciendo que Tello verifica la condescendencia al menos en dos
momentos. El primero se refiere a Dios. Existe una infinita distancia de Dios a la creatura
(que de suyo, por esencia, no es) que sería infranqueable si Dios no hubiese tomado la
iniciativa de acomodarse (abajarse) por amor a la situación concreta del hombre para que el
hombre pueda conocer y unirse a Dios. Este abajamiento alcanza su punto culminante en la
encarnación de Cristo.
Pero la condescendencia se experimenta también cuando se vuelve la mirada hacia el
pueblo latinoamericano y argentino. Es un pueblo pobre, sometido, sufriente, muriente que
encaja perfectamente con la descripción del siervo de Yahvé de Isaías; es un pueblo con una
cultura propia (la popular) que lo distingue y diversifica de otras formas culturales. Para
conocerlo y comprenderlo la Iglesia debe adaptarse a su modo de ser y, siguiendo la manera
de actuar de Dios, acomodarse por amor a su situación concreta para ofrecerle la salvación.
Estos dos registros teológicos permiten vislumbrar inicialmente la importancia del
tema. La pastoral popular, imitando a Dios, se ocupa de los pobres del pueblo
condescendiendo (abajándose) a su modo cultural para conocerlos y amarlos tal como Dios
los ha puesto en la historia. Adentrémonos en la teología de Tello buscando una mayor
explicitación de esta intuición original.

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Agradezco a la Fundación Saracho, quien posee los derechos de autor de los escritos del P. Rafael Tello,
haberme permitido utilizar los textos inéditos para escribir el presente artículo.
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1.- La pastoral popular y la condescendencia divina
1.1.- Una actitud de Dios
La condescendencia es, ante todo, una actitud de Dios para con el hombre descripta en
la Sagrada Escritura de diferentes maneras. Es Dios quien sale al encuentro y se hace presente
en Israel para liberarlo de la esclavitud egipcia, quien le tiene paciencia en sus infidelidades y
perdona sus idolatrías, quien renueva la alianza con el pueblo prometiendo una presencia
única en los corazones de los creyentes. Y en los tiempos finales Cristo ha mostrado de un
modo peculiar y con variedad de de actitudes hasta dónde llega la cercanía de Dios para con
los hombres.
Esta presencia condescendiente no es un “parche” con el que Dios subsana alguna
deficiencia circunstancial o un mero correctivo que recuerda al hombre dónde está el camino
verdadero, sino el modo por el cual Dios quiebra la infinita distancia que tiene con la creatura.
Por tanto, es una presencia de amor en donde Dios se comunica de modo estable y habitual.
Así lo entiende Tello, para quien la condescendencia
“De suyo mira a la comunicación de la bondad de Dios a la creatura (la humanidad de
Cristo también es creatura); de aquí que a mayor comunicación (por ejemplo en la
Virgen) mayor condescendencia. Puede ocurrir que la creatura sea pecadora (per
accidens, porque el pecado le adviene a la creatura) y así la condescendencia se mira por
el abajarse al pecador. De este modo, Dios tiene admirable condescendencia hacia el
hombre pecador, pero de suyo tiene más condescendencia al que más se comunica aunque
no tenga pecado –la Virgen, por ejemplo” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo
popular, inédito).
Se destaca aquí la gratuidad de la condescendencia, la cual no queda condicionada de
antemano por ninguna miseria humana, aún cuando consecuentemente se extienda al pecador.
Dios al manifestar su condescendencia no tiene en cuenta sólo ni principalmente al hombre
pecador, sino aquellas realidades (personas y acontecimientos) que responden con mayor
verdad a su voluntad salvífica (por ejemplo, la Virgen o los sujetos de la bienaventuranza en
donde no se habla en ningún momento que los pecadores son bienaventurados). El
fundamento de esta gratuidad remite a Cristo, quien se hizo pobre pero no pecador.
“La condescendencia divina mira de suyo al pobre (humilde) y se extiende también al
pecador. Pero no hay que igualar al pobre y al pecador (aunque éste tenga la mayor
carencia que es la de Dios). Cristo se hizo pobre, no se hizo pecador; proclamó
bienaventurados a los pobres, el pecador es más bien miserable; enseñó que el Reino de
los cielos es de los pobres, sería blasfemo entender que es de los pecadores en cuanto
tales, etc.” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo popular).
Esto no quita que Dios tenga especial misericordia con los pecadores, pues de hecho la
pastoral popular trabaja donde hay pecado. Tello dirá comentando Rom 11,32: “La pastoral
popular es una pastoral de misericordia que busca y se inclina especialmente sobre los
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miserables, como Cristo que no vino a buscar a los justos sino a los pecadores” (R. TELLO,
Desgrabación clase 25 de septiembre de 1986, inédito). La misericordia, como veremos, es
una de las principales expresiones de la condescendencia divina. Pero ésta no queda
condicionada por el pecado, pues de suyo (la expresión es clave) tiene mayor
condescendencia quien, aún sin pecado, recibe más intensamente los bienes divinos.
1.2.- Cristo hace visible la condescendencia
La manifestación de Cristo en la historia humana es la piedra angular de la
condescendencia. Para Tello en Él Dios se abaja amorosa y complacientemente hacia toda
creatura, a todo lo que es bajo e inferior para comunicar su vida, su intimidad y propiciarle al
hombre la unión por gracia. Y por ello pertenece a la condescendencia toda la economía de la
encarnación. Sin duda son actos de la condescendencia divina los misterios de la Navidad y
de la Semana Santa, pero también lo son los misterios de la vida pública de Jesús en donde
pasó haciendo el bien a los hombres y curando sus dolencias. Su modo de estar entre la
multitud, su manera de tratar a los sufrientes y enfermos, su vida en pobreza y su convivencia
con los demás (comía con pecadores, fue a una fiesta de casamiento), su amor privilegiado
por los pobres son manifestaciones concretas de la condescendencia que muestran causal y
ejemplarmente el modo como Dios quiere estar presente en la historia de los hombres. Por
ello, “la encarnación del Verbo, que al hacerse carne y habitar entre nosotros, asume y salva,
asumiendo toda la debilidad del hombre, pone la plenitud de la perfección en Cristo, y en
Cristo son salvados y mirados con benevolencia todos los hombres” (R. TELLO, La Nueva
Evangelización, 88).
1.3.- La Virgen María
Junto a Cristo una presencia privilegiadísima de la condescendencia de Dios para la
pastoral popular es la Virgen. Ya vimos como en ella se da una mayor comunicación de los
bienes divinos y, por tanto, una mayor condescendencia. Al mismo tiempo, ella es percibida
como muy cercana a las alegrías y los sufrimientos de los hombres, como lo manifiestan las
numerosas advocaciones que pueblan nuestro continente, cada una de ellas con una historia de
salvación concreta.
Para Tello esta cercanía responde a un querer de Dios. “Viendo la cosa desde el modo
real como se desarrolló la evangelización de América Latina, la Virgen María tiene una
primacía especial en América Latina que proviene de la disposición de Dios. Dios le dio
América Latina a la Virgen, y esto hay que saberlo y acatarlo” (R. TELLO, Breve
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fundamentación de las peregrinaciones y misiones con la Virgen, Luján 2004). El querer del
hombre simple que ve a la Virgen como la Madre cercana y comprensiva no sólo no se opone
a la voluntad de Dios, sino que en verdad responde a un impulso del Espíritu. “Para la piedad
popular, la Virgen es asimismo el lugar donde se halla y se lo encuentra a Dios. Por eso va
ante todo hacia Ella (es hortus conclusus no en sentido excluyente -Ella y Dios solo con Ella-
sino en el sentido de que el pueblo en Ella lo encuentra a Dios)” (R. TELLO, Breve
fundamentación).
Por ello, la condescendencia tiene para Tello “su realización más alta y al mismo
tiempo su imagen, su tipo, su modelo -y por ello su fuente abundantísima- en la Virgen María,
unida a Cristo en un mismo decreto divino. Por eso el pueblo, y con él la pastoral popular,
vuelve sus ojos constantemente a Ella”. Así, sin que obste en nada la centralidad de
Jesucristo, la pastoral popular es una pastoral “de condescendencia a imitación de Dios Padre,
de bondad, de misericordia, de encarnación y de paciencia. Y por eso fuertemente mariana”
(R. TELLO, La Nueva Evangelización, 89).
1.4.- Los pobres
Los pobres, a quienes Dios les ha otorgado un trato preferencial, son vistos también
como objeto de la condescendencia divina. Juan Pablo II ha corroborado esta certeza en la
Homilía durante la misa celebrada en el hipódromo de Santo Domingo el 11 de octubre de
1984 cuando dijo: “[Dios] es el Dios de todos, pero otorga su primera misericordia a los
desposeídos de este mundo”.
Cristo ha hecho constatable esa misericordia en su propia existencia no sólo
haciéndose hombre, sino hombre-pobre. “La preferencia de Dios por los pobres [radica] en el
hecho de que Cristo se hizo pobre y a ellos les dio el Reino” (R. TELLO, Notas para una
pastoral popular, inédito). Por ello, para captar la condescendencia que Dios tiene con ellos
es necesario amarlos tal como son antes que hacer cosas. No se trata de fomentar un
pasivismo o una indiferencia frente a las necesidades concretas y reales de los pobres, sino de
no desvirtuar la intención de Dios y la vida misma de los pobres. “Antes que una opción por
el trabajo a favor de los pobres, es una opción preferencial por el amor a ellos. No basta obrar
por los pobres; primero hay que amarlos. Del amor surgen las obras. No debe haber trabajo
por otros motivos alejados del amor, ni amor sin obras, cuando ellas sean posibles” (R.
TELLO, Notas para una pastoral popular). En este mismo sentido una expresión que puede
parecer un poco dura pero que es profundamente evangélica señala que la pastoral popular, tal
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como la entiende Tello, “no atiende primeramente a objetivos de mejoramiento o excelencia
sino a la pobreza de los pobres” (R. TELLO, Cómo entendemos la pastoral popular).
1.5.- Consecuencias para la vida del hombre
La condescendencia no queda reservada para el ámbito divino y sobrenatural, sino que
repercute en las actitudes del hombre (y de la pastoral, dirá Tello más adelante), quien deberá
imitarla y traducirla en actos que la actualicen en un momento histórico determinado. “A la
condescendencia divina corresponde en el hombre la humildad (que la Sagrada Escritura
presenta muchas veces como pobreza y también como pequeñez o condición de siervo) y se le
opone la soberbia” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo popular). En este nivel
práctico la adhesión a la condescendencia se verifica en el abajarse ante Dios y ante los
hombres, mientras que la oposición se resuelve en la búsqueda consciente de la propia
excelencia también ante Dios o ante los hombres. Tello señala algunos de los diversos modos
que puede revestir la soberbia: atribuirse un bien mayor que los demás, expresado por las
riquezas, la belleza, la religiosidad, la espiritualidad, de donde surge el apetito desordenado de
la propia excelencia; usar lo religioso para exaltación humana; creer que lo que se tiene es por
haberlo merecido, aún cuando se refiera a lo temporal, lo cual se da frecuentemente en el
calvinismo y en ciertos imperialismos.
En cambio la humildad es la que visibiliza en el espacio humano la condescendencia
divina, ante todo porque es la que Cristo asumió en su modo de vida. Pero se manifiesta
también en situaciones humanas donde lo único que se percibe es sometimiento y despojo. En
este contexto reflexivo toma una fuerza inusitada el amor privilegiado de Dios a los pobres,
vinculado a su raíz más teologal. “La humillación puede ser activa (humillarse) o pasiva (ser
humillado, los pobres tiene ésta en alto grado, por eso suelen ser objeto de mayor
condescendencia)” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo popular). No sólo la
humillación voluntaria, sino también la impuesta puede ser motivo de una presencia
condescendiente de Dios. El pueblo judío reducido a esclavitud por los egipcios es un ejemplo
histórico-bíblico de humillación pasiva y, al mismo tiempo, de una intensa comunicación de
los planes escondidos de Dios a su pueblo por medio de su profeta Moisés, por lo cual no
resulta forzada ni extrapolada la aplicación que hace Tello al pueblo pobre de América Latina
y Argentina. La condescendencia, lejos de diluir el amor de Dios en una humanidad
indiferenciada, es asumida por la pastoral popular como una expresión de su preferencia
amorosa por aquellos que en nuestras tierras sufren las mayores humillaciones: los pobres.
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1.6.- Una pastoral de la condescendencia
La condescendencia repercute también en el modo de hacer la pastoral, pues ella debe
imitar y continuar la encarnación de Cristo insertándose en todos los grupos y pueblos. “La
pastoral popular es una pastoral de encarnación: de abajarse y tomar lo que es bajo. A este
aspecto de encarnación pertenece el poner al alcance de los pobres los sacramentos, prácticas
y agentes pastorales” (R. TELLO, La Nueva Evangelización, 88). Una pastoral de la
condescendencia deberá tener presente, al menos, dos manera de acercarse al pueblo pobre: el
sacramental y la misión. Haré una breve referencia a cada uno de ellos.
El camino sacramental que la pastoral popular toma amplía el de los siete sacramentos
en sentido estricto, que por supuesto también son tenidos en consideración (especialmente el
bautismo). Se trata de recuperar el valor sacramental de muchas realidades que en nuestro
pueblo remiten a lo sagrado y que no siempre son tenidas en cuenta. Tello enumera entre
ellos, además de los siete sacramentos, la Iglesia como sacramento universal de salvación, lo
sagrado sensible como signo de lo santo (la imagen, el agua bendita, la capilla, el sacerdote, la
“hermanita”, etc.) y todo lo de la naturaleza sensible que manifiesta a Dios (alimento, salud,
trabajo).
La convicción que late detrás de estas afirmaciones es que Dios salva por los signos.
En el signo, que es de orden natural o humano, Dios se hace presente dándole una carga
salvífica que por sí mismo no posee pero que en cierto modo está abierto a recibir. Esta es
también una clara manifestación de cómo la condescendencia divina quiebra con la infinita
distancia que media entre Dios y la criatura.
“Es decir que Dios es tan condescendiente que la realidad es como inducida o preparada
por sólo el signo de esa realidad. ¿Por qué la fe salva? O ¿cómo salva? La fe de suyo
como acto intelectual no pertenecería a un signo, pero la fe en cuanto se expresa a través
de una cosa sensible, por ejemplo de las palabras, sí es signo. Entonces así como Dios
salva en la fe, entendiendo, significando... Entendiéndolo a Cristo yo participo, creyendo
en Cristo yo participo de la salvación de Cristo. Cristo vino, vivió y se murió hace
muchos años y lejos. ¿Entonces cómo me uno yo? A través de la fe fundamentalmente.
Creyendo yo participo de la justicia que Cristo recibió y de la salvación de Cristo. Pero
no solamente es la fe como conocimiento mental sino la fe expresada a través de
fórmulas, de palabras o de hechos, de signos, de cosas sensibles. Por ejemplo, el bautismo
es un signo. Entonces la fe expresada se convierte en un signo y ese signo causa o efectúa
o produce la salvación. Es decir: Dios es tan condescendiente que a través de un signo, da
la realidad de la salvación” (R. TELLO, Desgrabación clase del 25 de septiembre de
1986).
Por su parte, la actividad misionera, en estrecha relación con el camino sacramental,
también se ve condicionada por la condescendencia. En Cómo entendemos la pastoral
popular Tello justifica esta posición desde algunos textos del magisterio de Juan Pablo II.
“Con una actitud misionera, „que comienza siempre por un sentimiento de profunda estima
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frente a lo que en el hombre había, por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu ha
elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo
lo que en él ha obrado el Espíritu, que sopla donde quiere” (Redemptor hominis, 12). “La
misión no es nunca una destrucción” (Ib.)”.
La condescendencia en la pastoral popular está marcada íntimamente por la lógica que
introdujo la encarnación de Cristo en la historia. El pueblo pobre es contemplado por Tello
desde su asociación providencial al misterio de Cristo y comprendido teológicamente a partir
de él. Tello había dicho: “pertenece a la condescendencia toda la economía de la
encarnación”. Y economía es propiamente la que inauguró Cristo, pero también la que está
llamada a continuar la Iglesia y, en ella, la pastoral popular. Por ello, es posible afirmar que:
“La pastoral popular es verdaderamente una pastoral de la condescendencia divina porque
mira a los pobres y a los humildes (a los cuales suele darse una mayor comunicación del
bien divino); porque apoya su acción en la Virgen María, máximo signo entre las puras
creaturas de la condescendencia de Dios; y porque da suma importancia al camino
sacramental” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo popular).
2.- Manifestaciones de la condescendencia
La condescendencia admite sin duda muchas maneras concretas de hacerse presente en
la historia humana. Presento aquí dos modos que en Tello asumen una peculiar importancia.
2.1.- La misericordia
Para Tello una de las manifestaciones que traduce de modo particular la
condescendencia es la misericordia. Decididamente afirma: “La pastoral popular es una
pastoral de misericordia” (La Nueva Evangelización, 88).
Las fuentes de las cuales se nutre para reflexionar sobre el tema son dos. Una, la
Sagrada Escritura. Allí encuentra un mosaico de expresiones que describen a un Dios que ha
puesto su prioridad en rescatar a los hombres de las garras de la miseria y del pecado. “Esta
misericordia se expresa en al Antiguo Testamento como bondad, amor, fuerte y firme, que
surge del que es fiel; se expresa además como cariño, ternura, comprensión afectiva, maternal,
piedad y compasión” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo popular).
La segunda fuente es santo Tomás. Al encontrarse con los textos de la Suma Teológica
que atribuyen la primacía de la misericordia sobre el ejercicio de otras virtudes, Tello
comenta:
“Santo Tomás ya decía que la virtud mayor en el hombre es la caridad, pero de suyo y en
Dios, la virtud mayor y primera es la misericordia. Dios obra porque es misericordioso.
El corazón de Cristo es un torrente de amor y misericordia hacia los pecadores, hacia
todos, porque toda la humanidad es pecadora. La pastoral popular no afirma tanto la
acción del hombre para la salvación, sino que dice que es más poderosa la acción de Dios.
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Y Dios es amor misericordioso hacia la humanidad pecadora. La pastoral popular no
afirma tanto la acción del hombre para la salvación, sino que dice que es más poderosa la
acción de Dios” (La Nueva Evangelización, 107-108).
Teniendo como trasfondo esos mismos textos tomistas escribe en otra parte que la
misericordia “que cubre y sana la miseria del hombre, es la máxima virtud, mayor incluso que
la caridad, a la que Dios tiñe, da color y convierte en amor misericordioso” (R. TELLO,
Pastoral popular y cristianismo popular).
Por otra parte, y contrariamente a lo que podría pensarse, es la primacía de la
misericordia la que garantiza un orden más humano y más justo. Ella no es causa de
relajamiento o relativización de las leyes y de la moral, sino la expresión vital del corazón del
evangelio en donde se pide que nos amemos los unos a los otros.
“La misericordia cubre la miseria del miserable y al hacerlo lo reconoce como otro con
quien relacionarse, lo halla (como el Padre al hijo pródigo), rescata al bien del mal, juntos
dador y receptor de la misericordia viven un orden novedoso, más digno, más humano.
Reconocer a Dios como el amor misericordioso y entregar y dejar guiar la vida por él
„forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye la esencia del ethos
evangélico‟ (DinM 3). Y por ello la auténtica misericordia es la fuente más profunda de la
justicia y en cierto modo de la igualdad” (R. TELLO, Pastoral popular y cristianismo
popular).
2.2.- La paciencia
La paciencia es también una manifestación de la condescendencia y Tello la relaciona
con el hiato posible entre el llamado oído y la respuesta de la conversión. Es decir, introduce
la problemática del tiempo transcurrido entre la aceptación de la fe y la plenitud de la
santificación. ¿Forma parte de la condescendencia divina ser paciente con el hombre que
habiendo recibido el germen de la fe difiere la conversión plena? Para Tello, sí. Y la
justificación teológica viene dada por la relación de las virtudes teologales entre sí. Escribe
Tello: “La fe de suyo se ordena a la caridad. Y ésta en estado o grado inicial se ordena a su
plenitud o perfección. Puede darse la fe sin caridad, que en ese caso no es virtud, pero es don
sobrenatural y salvífico infundido por Dios operante como tal, que conserva siempre su
ordenación a la caridad y a la caridad perfecta de la gloria” (La Nueva Evangelización, 88). El
fundamento de este análisis vuelve a ser santo Tomás en el tratado de la fe de la Suma
Teológica, especialmente II-II, q 6, a 2.
Por ello no resulta extraño afirmar que es propio de la paciencia sapientísima de Dios
la espera en la dilación de la conversión, luego de la respuesta de fe. En consecuencia, dado
que en la mente de Tello la pastoral popular debe imitar el modo de Dios para con los
hombres de nuestro continente y de nuestro país, ésta es una pastoral de paciencia como
espera de la conversión.
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3.- Conclusiones
La reflexión inclaudicable sobre el pueblo latinoamericano y argentino en su conjunto
(especialmente sobre los pobres, considerados el corazón del pueblo) condiciona el quehacer
teológico de Tello. Si bien la condescendencia es una actitud de Dios que se encuentra en la
revelación, Tello no la piensa aisladamente sino que la conecta con la realidad histórica. En
América Latina y Argentina se vuelve una categoría central porque existe un pueblo pobre del
cual la Iglesia tiene que ocuparse. La pastoral popular a imitación de Dios busca abajarse al
pobre del pueblo, configurado por una cultura popular que lo determina incluso en su modo
de vivir el cristianismo, para amarlo tal cual es y ofrecerle los bienes de la salvación. El
espíritu que anima a algunos párrafos de Aparecida (especialmente los números 391-398)
parece reafirmar las intuiciones de Tello y volverlas así más urgentes en orden a la nueva
evangelización.
Sin duda, son numerosas las cuestiones que quedan pendientes de ser tratadas y
explicitadas. En otro momento será necesario detenernos en lo que Tello entiende por cultura
y por pueblo, o en sus análisis sobre los pobres y la pobreza, o en su concepción de las
virtudes teologales vividas en el cristianismo popular. Sin embargo, lo expuesto aquí nos
aproxima al descubrimiento de un pensamiento sensible, profundo y original que procura
alcanzar una mirada evangélica y teologal sobre la historia de los hombres sin atarse a
esquemas preconcebidos.

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