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Rachels, "Introducción a la Filosofía Moral"

Rachels, "Introducción a la Filosofía Moral"

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La concepción mínima puede enunciarse ahora muy breve-
mente: la moral es, como mínimo, el esfuerzo de guiar nues-
tra conducta por razones —esto es, hacer aquello para lo
que hay las mejores razones— al tiempo que damos igual
peso a los intereses de cada persona que será afectada por lo
que hagamos.

Eso nos da, entre otras cosas, una imagen de lo que sig-
nifica ser un agente moral responsable. Tal agente es alguien
que se preocupa imparcialmente por los intereses de cada
uno de quienes se verán afectados por lo que hace; alguien
que distingue cuidadosamente los hechos y examina sus
implicaciones; alguien que acepta principios de conducta
sólo después de analizarlos con cuidado para estar seguro de
que son firmes; alguien que está dispuesto a “escuchar la
razón”, incluso cuando esto significa que tendrá que revisar
sus convicciones previas, y, finalmente, alguien que está dis-
puesto a actuar siguiendo los resultados de su deliberación.
Por supuesto, como es de esperarse, no toda teoría ética
acepta este “mínimo”. Como veremos, se ha impugnado de
diversas maneras esta imagen del agente moral. Sin embar-
go, las teorías que rechazan la concepción mínima tienen
serias dificultades. La mayoría de los filósofos se ha dado
cuenta de esto y, por ello, la mayor parte de las teorías de la
moral incorporan la concepción mínima, de una manera u
otra. Los filósofos están en desacuerdo, no sobre este míni-
mo, sino sobre cómo se debe extenderlo, o quizá modificar-
lo, con el fin de alcanzar una visión enteramente satisfactoria.

¿QUÉ ES LA MORAL?

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II. EL DESAFÍO DEL RELATIVISMO
CULTURAL

La moral difiere en cada sociedad, y es un tér-
mino conveniente para referirse a costumbres
aprobadas por la sociedad.
Ruth Benedict,Patterns of Culture(1934)

2.1. De cómo diferentes culturas
tienen códigos morales diferentes

Darío, rey de la antigua Persia, se sintió intrigado por la va-
riedad de culturas que encontró en sus viajes. Había descu-
bierto, por ejemplo, que los calacios (una tribu de la India)
tenían la costumbre de comer los cadáveres de sus padres.
Los griegos, por supuesto, no lo hacían; los griegos practi-
caban la cremación y consideraban la pira funeraria como la
manera natural y adecuada de deshacerse de los muertos.
Darío creyó que un entendimiento profundo del mundo
debía incluir una apreciación de tales diferencias entre cul-
turas. Un día, para enseñar esta lección, llamó a algunos
griegos que casualmente estaban en su corte y les preguntó
a cambio de qué comerían los cadáveres de sus padres. Ellos
se escandalizaron, tal como Darío sabía que lo harían, y con-
testaron que ninguna cantidad de dinero podría persuadirlos
de hacer algo semejante. Entonces Darío llamó a algunos
calacios y, mientras los griegos escuchaban, les preguntó a
cambio de qué incinerarían los cuerpos de sus padres muer-

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tos. Los calacios quedaron horrorizados y le dijeron a Darío
que ni siquiera mencionara algo tan espantoso.
Este relato, narrado por Heródoto en su Historia, ilustra
un tema recurrente en la literatura de ciencias sociales: cul-
turas diferentes tienen códigos morales diferentes. Lo que
es correcto dentro de un grupo puede ser completamente
detestable para los miembros de otro, y viceversa. ¿Debería-
mos comer los cuerpos de los muertos o incinerarlos? Si
fueras griego, una respuesta parecería obviamente correcta;
pero si fueras calacio, la opuesta parecería no menos cierta.
Es fácil dar ejemplos adicionales del mismo tipo. Con-
sideremos a los esquimales (cuyo mayor grupo es el de los
inuit). Son un pueblo remoto e inaccesible; no pasan de
25000, viven en poblaciones pequeñas, apartadas y disper-
sas sobre todo a lo largo de las márgenes septentrionales de
Norteamérica y de Groenlandia. Hasta principios del siglo
xx, el mundo exterior supo poco acerca de ellos. Entonces
los exploradores empezaron a traer relatos extraños.
Las costumbres esquimales resultaron ser muy diferen-
tes de las nuestras. Los hombres a menudo tenían más de
una esposa, y las compartían con sus huéspedes, prestándo-
selas por la noche en señal de hospitalidad. Además, dentro
de una comunidad, un hombre poderoso podía pedir y
tener acceso sexual regular a las esposas de otros. Sin em-
bargo, las mujeres eran libres de romper estas disposiciones
simplemente dejando a sus esposos y asociándose con otros;
esto es, eran libres en tanto que sus ex esposos no decidie-
ran quejarse. En resumen, la práctica esquimal era un siste-
ma volátil, con poca semejanza con lo que nosotros llama-
mos matrimonio.

Sin embargo, no sólo sus prácticas matrimoniales y se-
xuales eran diferentes. Los esquimales también parecían te-

EL DESAFÍO DEL RELATIVISMO CULTURAL

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ner menos respeto a la vida humana. El infanticidio, por
ejemplo, era común. Knud Rasmussen, uno de los prime-
ros y más celebres exploradores, dijo haber conocido a una
mujer que había dado a luz a 20 niños, pero que había ma-
tado a 10 de ellos al nacer. Encontró que las niñas estaban
en especial riesgo de que las mataran al nacer, y esto queda-
ba simplemente a la discreción de los padres, sin ningún
estigma social. También a los viejos, cuando ya eran dema-
siado débiles para contribuir a la familia, se les dejaba morir
afuera, en la nieve. Así, en esta sociedad, parecía haber no-
tablemente poco respeto a la vida.
Para el público en general, estas revelaciones fueron per-
turbadoras. Nuestra propia forma de vida parece tan natu-
ral y correcta que para muchos de nosotros es difícil conce-
bir a otros viviendo de manera tan distinta. Y cuando nos
enteramos de tales cosas, tendemos inmediatamente a tildar
a esos otros pueblos de “atrasados” o “primitivos”. Mas para
los antropólogos, no hubo nada muy sorprendente en los
esquimales. Desde los tiempos de Heródoto, observadores
ilustrados se han acostumbrado a la idea de que las concep-
ciones de lo correcto y lo incorrecto difieren de cultura en
cultura. Si suponemos que nuestras ideas éticas serán com-
partidas por todos los pueblos y en todas las épocas, somos
simplemente ingenuos.

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