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La lechuza de Minerva es símbolo de la filosofía porque se trata de un animal capaz de ver en la

oscuridad, y tal es la pretensión última del filósofo: arrojar luz sobre cuestiones que aún permanecen en las
sombras. Cuando todos duermen, la lechuza alza el vuelo buscando aquello que no pueden ver los que
durante el día han trabajado hasta quedar exhaustos. Sin embargo, la historia nos enseña que uno de los
mayores desafíos intelectuales de la lógica lo planteó un pensador extremadamente dormilón: Epiménides.

Este singular cretense vivió en el siglo VI a. C. Diógenes Laercio cuenta que en cierta ocasión su padre
lo envío a al campo con una oveja, pero sintiendo sueño se apartó del camino para descansar en una
cueva. Al despertar y no encontrar a la oveja salió sobresaltado, y aún fue mayor su sorpresa cuando vio
que todo el paisaje había cambiado. Desconcertado, se dirigió a la ciudad, y al llegar a su casa lo recibió un
anciano que resultó ser su hermano menor. ¡La siesta había durado cincuenta y siete años!

Tan prolongado sueño dio sus frutos, pues, según la misma fuente, compuso más de 11.500 versos,
además de algunas obras en prosa. Pero por lo que realmente ha pasado a la historia ha sido por la
paradoja del mentiroso. Teniendo en cuenta que era cretense, afirmó que todos los cretenses son unos
mentirosos. ¿Bajo qué condiciones puede considerarse verdadera esta afirmación, y bajo qué condiciones
falsa? Hemos de aclarar que por mentiroso se entiende aquella persona que nunca dice la verdad. Si la
frase de Epiménides fuera verdadera, sería falsa, pues Epiménides, siendo ceretense, habría dicho algo
verdadero. Si, por el contrario, fuera falsa, sería al mismo tiempo verdadera, pues significaría que
Epiménides había mentido, luego es verdad que los ceretenses son unos mentirosos.

Este problema ha sido objeto de preocupación para grandes pensadores durante más de 2.400 años. Y
es que la cuestión, aunque pueda parecerlo, no es baladí. Lo que está es juego es el concepto mismo
de verdad. En efecto, la paradoja de Epiménides obliga a establecer las condiciones bajo las cuales se
puede hablar de verdad. Ya en el siglo XX, el filósofo polaco Tarski estudió detenidamente el tema, y formuló
una definición de verdad para los lenguajes formales, como los de las matemáticas o la lógica. No
entraremos en cuestiones técnicas: basta con saber que en tales lenguajes se puede hablar de
proposiciones verdaderas en la medida en que existe otro lenguaje que permite interpretar los signos de
aquél. A este segundo lenguaje se le denomina metalenguaje. El ejemplo que Tarski propone es el siguiente.
Consideremos la siguiente proposición: "La nieve es blanca" es verdadera si y sólo si la nieve es blanca.
Obsérvese que en este caso hay dos niveles de lenguaje: el primero es el que aparece entrecomillado (se le
denomina lenguaje objeto), y el segundo, el resto. Por ello, pueden diferenciarse dos referentes: la primera
parte de la oración se refiere a "la nieve es blanca", mientras que la segunda a la nieve. Como ambos
enunciados son equivalentes, se puede hablar de verdad. Sin embargo, según Tarski este modelo no es
extensible a los lenguajes naturales (por ejemplo, el castellano), que se refieren ilimitadamente a sí mismos.
Para que lo fuera sería necesario, entre otras cosas, un metacastellano (Tarski pone otras condiciones en
las que no entraremos). Hasta aquí, filosofía; demos paso ahora a la imaginación.

De acuerdo con la hipótesis de Sapir-Worf, nuestra visión del mundo está determinada por el lenguaje.
Esto quiere decir que cuando aprendemos una lengua no sólo adquirimos unos instrumentos para
comunicarnos con los demás, sino que nos situamos ante la realidad de un modo determinado. Al parecer,
los esquimales poseen hasta veintidós vocablos diferentes para designar el color blanco (dependiendo del
brillo, intensidad, etc.). Por lo tanto, aquel que aprendiera tal idioma necesariamente habría de adquirir una
visión del entorno diferente de la que posee el hablante castellano. Pues bien, el lenguaje no sólo determina
nuestra percepción del mundo, sino que nos ofrece el marco en el que se desarrolla nuestro pensamiento, e
incluso el modo en el que nace la conciencia de nosotros mismos. Vemos en castellano, pensamos en
castellano, sentimos en castellano; en definitiva, nuestro mundo es lo que el castellano nos ofrece.

Si relacionamos la teoría de Tarski con la de Sapir y Worf podemos llegar a curiosas conclusiones.
Según Tarski no es posible una teoría de la verdad para los lenguajes naturales, porque para ello habría que
recurrir a un metalenguaje que interpretara sus signos. Por otra parte, nuestro mundo está construido sobre
el lenguaje natural en el que nos hallamos instalados. En consecuencia, no es posible construir una teoría
de la verdad para nuestro mundo. Dicho de otro modo, estamos encerrados en una realidad de la que no
podemos decir que sea verdadera o falsa, pues no tenemos instrumentos para interpretarla. Somos
prisioneros de nuestro lenguaje.

Sin embargo, hoy se multiplican los textos de autoayuda, se habla de autorrealización, en los centros de
enseñanza se busca el desarrollo de la autonomía personal, etc. Después de lo que acabamos de exponer,
parece al menos lícito preguntarse si un individuo encerrado en su autorreferencia puede interpretarse a sí
mismo. Quizás necesite para ello una instancia exterior a él, del mismo modo que los lenguajes formales
tienen necesidad de un metalenguaje.

La paradoja de Epiménides nos ha conducido a una teoría de la verdad, y de ella se deriva una
cosmovisión y una comprensión de la realidad humana como abierta a lo que está más allá de sí. Es posible
que todo ello sea consecuencia de los cincuenta y siete años que Epiménides pasó durmiendo. ¡Para que
luego digan que dormir es perder el tiempo!