1. A cinco días de la noche buena.

Eché un vistazo a mí alrededor sin poder evitar resoplar de tedio -al igual niño fastidiado contemplando su habitación patas para arriba, la cual acaban de ordenarle limpiar- mientras descargaba el peso de mi cuerpo sobre el mostrador invadido por cajas de galletas navideñas, traídas del viejo continente. A cinco días de la noche buena, el local rebosaba de mercadería recién llegada, que el chico nuevo llevaba toda la mañana acarreando hasta el depósito ubicado en el sótano justo debajo de mis pies; en síntesis encontraba parada sobre el vacío en más de un sentido. Pero bien, ni modo, debía utilizar mi cabeza para ocuparme de cosas más urgentes, como: despejar el lugar antes de que llegase la hora pico y esto se convierta en un hervidero de gente dispuesta a gastar dinero -en más de un caso: mucho dinero, dinero en mayúscula- en comida y bebida con la que se llenarán hasta saciarse durante las fiestas de fin de año. Por ahora todo estaba en calma. Por suerte Susana y yo gozábamos de una bien merecida tranquilidad, no había clientes a la vista, razón por la cual me tomé cinco minutos para acomodar los recibos y demás papeles dejados por el último proveedor en llegar, el mismo que me dejó las cajas de galletas cuyo aroma traspasaba el embalaje y me embotaba los sentidos con un fuerte perfume a clavo de olor. Intenté recordar el nombre de las galletas, pero el fuerte aroma me impedía a mi cerebro trabajar para traerme de vuelta aquella palabra llena de consonantes que flotaba en la nebulosa de mi mente. El caos que me rodeaba se me había contagiado y apenas si podía pensar, menos que menos razonar, y ni que hablar de lograr encontrar coherencia a todas aquellas facturas cuyas cifras parecían burlarse de mí en cuanto intentaba compararlas con las de la orden de compra que tenía entre las manos. A mi lado, Susana, perdida en la pantalla de su celular, escribía un mensaje de texto a su intermitente novio, con el cual acababa de reconciliarse después de su tercera pelea en menos de un mes. Suspirando, no me quedaba otra opción que ocuparme de mis deberes de encargada de local y sus responsabilidades derivadas (por las cuales no me remuneraban lo debido) volví al trabajo, poniendo todo mi esfuerzo en evitar que los malignos números me confundieran una vez más, y casi a punto estuve de lograrlo« En cuanto el carillón de la puerta sonó, ambas levantamos la vista. Una bocanada de aire caliente y húmedo, impregnado con los olores de la calle atestada de tránsito, nos golpeó con desagradable contundencia; dio de lleno sobre nuestros rostros, junto con la imagen de alguien a quien ninguna de las dos deseábamos ver. El hombre de prominente barriga dejó que la puerta se cerrara sola, a su espalda, mientras se llevaba las manos al vientre; ni diciendo jo, jo, jo, feliz navidad, ni disfrazado de rojo y con una barba postiza de la mejor calidad, hubiese podido pasar por papá Noel, al menos no para alguien que no tenga una visión extremadamente bizarra y retorcida de ese personaje. - Es tu turno- me susurró Susana sin soltar su celular-, lo atendí la última vez. - ¡Mentirosa!- repliqué sin desdibujar la sonrisa de bienvenida que se suponía debía aflorar naturalmente en mis labios, cada vez que un potencial comprador entraba en el local-. Antes de ayer lo atendí yo y lo sabes. Me tuvo media hora dando vueltas entre las botellas de whisky y al final no compró nada-. Me volví y la miré de reojo-. Es tu turno. - Te pago el almuerzo si lo atiendes- me ofreció en un intento de sobornarme, poniendo cara de cachorrito abandonado debajo de la lluvia; negué con la cabeza. El tedioso papeleo resultaba muchísimo más atractivo que la mole libidinosa de carnes flácidas que se nos

venía encima, devorándonos con sus pequeños ojos oscuros y centelleantes, los cuales tenían una expresión que me hacían sentir como si estuviese desnuda en medio de una multitud, desde la recién inaugurada sección de panes dulces, frutas secas y demás exquisiteces gourmet típicas de las festividades navideñas (típicas al menos para aquellos que puedan gastar en una caja de galletas lo que un ciudadano medio gastaría en una buena cena). Susana resopló al tiempo que lanzaba el celular al interior de su cartera, la cual estaba debajo del mostrador. - Te odio- masculló por lo bajo al dejarme sola en el mostrador. - Sí, sí, yo también- le contesté por lo bajo alzando la mano para saludar a nuestro desagradable visitante. - Eliza- entonó el recién llegado a modo de saludo. - Señor Sufár- dije devolviéndole la cortesía. Susana y él cruzaron un par de palabras y luego se dirigieron a la sección de puros. La cara de resignación de Susana me causó gracia. Sentí lástima por ella, era sabido que cada vez que Sufár venía a comprar sus cigarros, estaba al menos una hora dando vueltas sin poder decidir qué llevar (quizá no deseaba decidirse muy pronto a causa de un propósito muy preciso que nada tenía que ver con su habito de fumar), lo contradictorio -no se puede decir que fuera gracioso, por que no hay quien no pueda evitar no perder la paciencia, es que siempre, indefectiblemente, terminaba escogiendo los mismos: tres largos habanos cubanos que cuestan un ojo de la cara-. Me disponía a volver a lo mío cuando el chico nuevo apareció por la puerta trasera para llevarse la caja de carísimo champagne francés. Le pedí que tuviera mucho cuidado. En realidad no había razón para remarcarle que debía ser cuidadoso, él ya lo era, y de sobra, pero me traicionó el subconsciente, la torpe que siempre deja caer todo por más que ponga su vida en evitarlo, soy yo. - No te preocupes- me contestó con un dejo de fastidio, sin duda lo había ofendido. Levantó la caja del suelo y se fue por dónde había llegado. Fue entonces -momento sublime- cuando la puerta volvió a abrirse y apareció él. No sé si fue mi imaginación o qué, pero el aire que entró de la calle no contaminó el fresco microclima que reinaba dentro del local (gracias al potente equipo de aire acondicionado) con la polución y el ruido de la calle, sino todo lo contrarío, parecía como si hubiesen abierto la puerta al paraíso, fue como si aquella esquina de pleno centro de la ciudad se hubiese trasladado al medio del un campo virgen. Podía jurar que olía a bosque o a lavanda talvez. Lo que también puedo jurar es que me puse más roja que un tomate mientras que él, con su porte perfecto, su paso firme y su sonrisa blanca que sin dudas no era forzada como la que había hecho yo cinco minutos atrás, pasaba entre las góndolas de snacks salados para plantarse a un metro del mostrador detrás del cual, para este momento, me aferrada yo, por miedo a caerme o a tropezarme con mis propios pies, con la misma presencia, ímpetu y descaro del David de Miguel Ángel (exageraciones aparte). Intenté saludarlo y para mi vergüenza, las palabras salieron de mi boca, entrecortadas e ininteligibles. Sin duda debía dar la impresión de comportarme igual que una quinceañera inexperta y tonta al ser abordada por uno de esos modelos que aparecen en las revistas promocionando perfumes o ropa. Sí, sin duda el extraño que acababa de entrar era lo más parecido a la materialización de una de esas publicaciones. Me sonrió con benevolencia, seguramente debía pensar que yo era un retardada mental, que alguien me había contratado por caridad, por lástima, no porque creyera que podía

llevar en mis manos un negocio que redituaba a sus dueños más dinero del que nadie puede esperar ganar con algo que no es ni un almacén, ni una bodega, ni una tabaquería, ni nada en particular. Una carcajada estridente proveniente del otro lado del local me obligó a volver a la tierra, lo cual resultó terriblemente desagradable. Eché un vistazo y vi que Sufár toqueteaba, con sus regordetes y cortos dedos, un cortador de puros mientras sonreía a Susana con descaro sin prestar atención a nada más. Me sentí mal por haberla enviado a atenderlo, de repente me entraron ganas de agarrar a Sufár por las solapas de su costoso traje sedoso y arrastrarlo hasta la salida, mientras con palabras poco educadas, le expresaba mi opinión sobre su desagradable persona. Tuve que contenerme, resultó más fácil cuando Susana lo puso en su sitió arrancándole el cortador de las manos para devolverlo a su sitio, para luego interponer entre ambos, una caja de la marca de puros que Sufár compraba siempre. Cuando volví la vista al frente algo más aliviada, me di cuenta que el recién llegado también había estado contemplando la escena. Volvió la vista hacia adelante apenas un segundo más tarde que yo. Por la expresión en su rostro se hizo evidente que lo que había visto no le agradaba ni un poco. Torció la boca, ese gesto amargo se borró de su perfecto y esculpido rostro, en un segundo estaba mirándome otra vez con sus penetrantes ojos, que por primera vez caí en cuenta, eran grises, del color del acero. Volvió a sonreír. - Busco un buen Pinot Noir- me dijo en voz muy baja como si pretendiera que nadie más que yo, se enterara de lo que deseaba. Por alguna razón no pude moverme de detrás del mostrador, tenía la misma sensación que experimenta un paracaidista que está a punto de lanzarse al vacío, sólo que yo tenía la impresión de estar a punto de lanzarme sin paracaídas. En síntesis: iba a estrellarme contra el suelo y a quedar hecha puré. - Disculpe, ¿Tiene algún Pinot Noir?- preguntó él, ante mi ridículo silencio. Seguro que terminó por confirmar que mi cerebro acababa de convertirse en polvo que quedó atrapado en el filtro del aire acondicionado. Alzó las cejas en una mueca inquisitiva sin dejar de sonreír. - Sí- terminé exclamando más fuerte de lo necesario, tanto que Susana y Sufár se volvieron para mirarme. Volví a enrojecer; me ardieron las orejas-. Por aquí- le indiqué, señalándole la sección de vinos que se hallaba a mi izquierda. Salí de detrás del mostrador y él me cedió el paso. No puedo decir que no me incomodó tenerlo detrás. No poder verlo me mortificaba todavía más que la babosa mirada de Sufár, pero supongo que por razones muy distintas, esta nueva presencia en el local me hacía sentir insignificante, más diminuta y sin importancia, que en cualquier momento de depresión que hubiese podido pasar en la vida, además de terriblemente llena de defectos y porqué no admitirlo: poco atractiva. Me maldije a mí misma por no haber puesto un poco más de énfasis en mi aspecto aquella mañana (no me habría llevado mucho tiempo ponerme un poco de máscara de pestañas o peinarme con un poco más de ahínco). Era tarde para eso, igual, de todos modos no creo que hubiese afectado el modo en que me veía a mí misma ahora. Ni siquiera la modelo de piernas kilométricas, piel perfecta libre de cicatrices o cualquier rastro de acné y puntos negros, ojos azules y leónica cabellera dorada, que figuraba en la tapa de la revista de moda que Susana ojeaba ayer, le hubiese hecho justicia al adonis que tenía detrás. - Estos son- articulé lo mejor que pude, poniendo una mano sobre el borde del estante en el que estaban los vinos que él pedía. A la altura de mis ojos, no de los suyos, me llevaba al menos una cabeza y media, se hallaban los más caros. Los de precios inferiores eran

relegados a las partes más bajas de la columna: a la altura de mi cintura estaban los de precios razonables, y finalmente al ras del piso, aquellos más económicos, que paradójicamente, eran los que menos se vendían (poner a alguien de rodillas para llevarse un producto más barato: ¿jugarreta psicológica o simple táctica de comercio?, ni modo, a los dueños poco les importa lo que yo pueda creer siempre y cuando todo funcione como es debido). Nuestra clientela se conformaba de personas que no tienen problemas para llegar a fin de mes, sino todo lo contrario, teníamos un par de esos clientes que vuelven una y otra vez; a ellos se los debía dar un trato preferencial para que se sintiesen como casa, para que gastasen sin reparos; yo los conocía a todos ya que era la encargada de atenderlos, no por placer-aunque tampoco es que lo pasara tan mal atendiéndolos-, sino porque ellos me buscaban, pese a todo, era buena en lo que hacía y le pese a quien le pese, mis clientes gastaban sumas que no hubiesen gastado jamás con nadie más -esa era otra cosa por la cual no era remunerada con justicia-. - Éste es el que quiero. Su mano pasó por encima de la mía, muy cerca, pero sin tocarla, aun así, sentí el calor que emanaba de su cuerpo. Bajé la mano con algo de brusquedad, su súbito avance me tomó por sorpresa. Él tomó la botella, era el más caro de todos. Le llevó unos segundos leer la etiqueta y asentir con un movimiento de cabeza. - Quiero una caja. - Bien- respondí con seguridad. Para mi trabajo era buena, sabía que tenía disponibilidad de esa misma cosecha. Estaban abajo, en la bodega-. ¿Puedo ofrecerle algo más? Sin contestarme, se dio vuelta y tomó una botella de champagne francés, otra vez, el más caro de todos, y no exagero, esa botella era tan cara aquí cuanto podía serlo en cualquier otra parte del mundo. - ¿Algo más? - No, creo que no. Me di cuenta que dudaba, no solamente porque se quedó callado mirándome mientras sostenía la botella de champagne con una sola mano (a Dios gracias que no se le ocurrió dármela, de seguro la habría dejado caer), sino porque no se movió de su sitio. El silencio duró más de lo humanamente soportable; no es normal que un cliente se quede así, quieto, contemplándote sin decir nada, ni siquiera era algo normal en Sufár, quien podía devorarte con los ojos por minutos sin el menor remordimiento pero siempre hablándote, entreteniéndote, llenando cada momento con una verborrágica catarata de palabras de tono meloso que tendía siempre a resultar por demás empalagosa y nauseabunda. - ¿Pueden enviarme el vino a mi domicilio?- me consultó de repente saliendo de su ensimismamiento. ¿Acaso acababa de su sufrir algún tipo de ataque? Tan solo esperaba no tener que llamar a una ambulancia, ni tener que recoger los trozos de botella del suelo, si él la dejaba caer al desmayarse o algo así. Si existe vidrio de por medio es más que seguro que me haga un buen tajo. Para reivindicarme, intenté mostrarme diligente. - Sí, por supuesto. Podemos enviarle las botellas esta misma tarde. - Perfecto-. Recuperó su postura inicial igual que si nada hubiese sucedido. - ¿Desea que le envíe eso también?- le consulté haciendo referencia a la botella que tenía en la mano. - No, si no hay problema me gustaría llevármela conmigo-. Al decirlo aferró el cuello de la botella con ambas manos; parecía que le daba miedo que alguien se la arrebatara de las manos.

- Sí, claro, es decir« no hay problema, puede llevarse eso con usted si lo desea-. Alcé la misma mano que él estuvo a punto de tocar y le indiqué el camino hacia la caja registradora. Por suerte, esta vez, él tomó la delantera luego de sonreír, y yo me limité a seguirlo, contemplando su espalda, más bien la espalda de su saco sport, el cual a todas luces era de estreno (si hasta olía a nuevo, a limpio -supongo que fue ese el aroma que sentí cuando entró-), no es que fuese demasiado observadora, ni que me importasen ese tipo de detalles, pero sus zapatos sin duda también eran nuevos, así como sus pantalones y sin duda la camisa blanca que llevaba también lo era; y si no acababa de salir de la peluquería era pura casualidad. Ni uno solo de sus cabellos castaños cobrizos encontraba fuera de lugar, pese a que estaba peinado imitando no estarlo, era, como diría uno de esos peluqueros que sale por la tele: un ³peinado despeinado´, fríamente calculado para lograr el efecto deseado: hacernos creer a todos los demás mortales que no importa cuanto tiempo le dediquemos al espejo, jamás podremos levantarnos de la cama y vernos así de perfectos, maravillosos y devastadoramente abrumadores. En cuanto llegué al mostrador apareció Matías, el chico nuevo, le pedí que recogiese por mi del depósito, seis de los vinos que debía enviarle al desconocido que aún aferraba la botella de champagne igual que si fuese un madero al que se sujeta alguien que no sabe nadar, en medio del mar, después de un naufragio. En cuanto me dispuse a facturar su compra, dejó la botella en el mostrador, parecía reacio a soltarla y en cuanto lo hizo no le quitó la vista de encima, siquiera cuando con sumo cuidado, la empaqué dentro de una de nuestras bolsas negras de aspecto lujoso. Con la misma soltura con la que cualquier ama de casa puede pagar la compra del almacén, él sacó su billetera (una elegante billetera de cuero negro, simple pero de estilo, la cual también desprendía olor a nuevo, el olor del cuero fue más fuerte que el de las galletas que continuaban sobre el mostrador) y en efectivo, abonó la suma de la factura que consistía en un par de billetes de alta denominación -en realidad eran más que un par-, lo que hizo que me preguntara qué tipo de persona puede andar por la vida, más precisamente por la calle, con una cantidad tal de dinero en el bolsillo interior del saco, en época de compra de regalos, cuando los robos parecen a la orden del día esperando a los desprevenidos que se paran a mirar las vidrieras sin pensar en otra cosa que no sea si el presupuesto les alcanza para comprar un regalo más o no, o quizá en regalarse algo-después de todo, se lo merecensin preocuparse por convertirse en blanco de un carterista« es posible que alguien que tenga tanto más que eso, por lo que no le preocupa perder esa suma. Conté los billetes a la vista de él y por si acaso, los revisé también, no es que temiera que fuesen falsos, sino que como todo en su persona, y en lo relacionado con él, los billetes también tenían aspecto de ser demasiado nuevos, sin embargo, no encontré defecto alguno en ellos, eran buenos. Guardé el dinero en la caja registradora, arranqué la factura de la impresora y se la entregué. Con birome en mano me disponía a preguntarle la dirección a la que debía enviarle las botellas de vino cuando él sacó de no sé dónde, una tarjeta personal que dejó caer frente a mis manos. - Esa es mi dirección... Levanté la vista. - También está mi número- añadió. Yo había tomado la tarjeta sin siquiera mirarla antes, por lo que bajé la mirada para comprobar lo que decía, no deseaba tener que volverme loca para ubicarlo si había algún problema con la entrega.

- ¿Llegarán esta tarde?- soltó escuetamente, por alguna razón, desde que tomó en el corredor de los vinos, la botella de champagne francés, no pudo recuperar ese gesto amable que tenía cuando entró en el local y ahora me miraba de un modo extraño, podía aventurar que era posible captar ciertos rastros de enojo en sus ojos grises que ahora parecían de hierro forjado. Temí haber hecho algo, fuera de lugar pero sinceramente, más que mi torpeza inicial no recordaba nada que pudiese haberlo ofendido o quizá exasperarlo, si acaso eso no hubiese sido suficiente para sacarlo de quicio. Es posible que fuese ese tipo de personas que no soporta que los demás tengan fallas porque ellos se creen libres de éstas. No me pareció que diera con el talle de ese tipo de persona pero qué sabía yo, el hombre que tenía en frente había llegado no hacía mucho más de cinco minutos y apenas si habíamos cruzado un par de palabras. De repente se me cruzó por la cabeza que podría haber peleado con su perfecta novia de piernas kilométricas y cabello de peluquería, tan perfecta cuanto él, y que yo no era nada más que alguien con quien descargar su mal humor. Pensar en todas esas tonterías me enojaron conmigo misma, ¿Qué demonios me sucedía? Las vecinas de mi barrio, algunas tan viejas cuanto las casas que poblaban las calles hubiesen aventurado que era victima de un golpe de calor que trastocó mis ideas, sin embargo lo cierto es que ese día todavía no había estado expuesta al calor del verano, que no precisaba fechas exactas para empezar y que sin duda se hacía sentir desde hacía un par de semanas ya, puesto que había llegado temprano al local y no había salido de éste, por lo cual del fresco de la mañana había pasado al aire acondicionado. No, el calor no era excusa para mi súbita estupidez extrema. ¿Qué tengo yo que hacer pensando en todo esto?, me reprendí a mí misma. Sacudí la cabeza en un intento de aclarar mis ideas. No sirvió de mucho, he de admitir. Esperando recuperar un poco de lo que se supone me hacía una de las mejores vendedoras que este negocio hubiese visto jamás, le contesté que no se preocupara, que las botellas de vino le llegarían en un par de horas, acompañadas de un regalo especial que todos nuestros buenos clientes estaban recibiendo con motivo de las fiestas (lo de buenos clientes era un titulo que se ganaban aquellos que gastasen una suma igual o superior a un numero de cuatro dígitos). Él no dio muestras de interesarse ni un poco en el regalo sorpresa que les dábamos a nuestros ³buenos clientes´, contradiciendo la regla a la que yo había llegado a conclusión, que consistía en que a todos nos emociona que nos regalen algo, por más insignificante que sea ese regalo. Por otro lado, que contradicción: darle regalos a quien tiene dinero de sobra para comprarse todo lo que necesita y lo que no necesita también. - Bien, muchas gracias- articuló con un tono un tanto áspero. - No hay por qué, fue un placer-. Todavía sostenía su tarjeta personal entre las yemas de los dedos. Él tomó la bolsa del mostrador, dio media vuelta y se echó a andar en dirección a la salida. En el momento no reaccioné, pero el carillón no sonó cuando abrió la puerta para salir a la calle, ni cuando la soltó y ésta se cerró. De repente el moderno carillón de diseño comprado en un lugar de renombre, el cual había costado una fortuna al dueño del local, parecía haber enmudecido. Como si algo me golpeara en la cabeza, recordé que tampoco lo había oído sonar cuando él entró. Lo que jamás hubiese podido pasar por alto fue lo que quedó luego de su salida. El aire parecía enrarecido, igual que si súbitamente del paraíso, hubiésemos descendido en picada al infierno y estuviésemos rodeados de nubes de azufre y llamas tan altas como el techo en el cual estaban embutidas las luces dicroicas.

Su figura, se perdió entre los demás cuerpos que iban y venían por la calle frente a nuestras amplias y llamativas, pero no menos refinadas, vidrieras decoradas para las fiestas por una experta en la materia: la esposa del dueño, una decoradora recibida después de tres meses de un curso acelerado en un lugar tan poco creíble como el rubio de su cabello, si se me permite decirlo. Ni modo, las vidrieras estaban muy lindas y todo el mundo, comprara o no, se detenía a mirarlas, es por eso, que entre los cuerpos que se amontonaban frente a los gigantescos paños de vidrio, no pude seguir a mi cliente. Me hubiese gustado ver qué camino tomaba, pero se esfumó dejándome con la sensación de que su imagen no había sido otra cosa que una alucinación. En cuanto caí en cuenta de qué ya no podía verlo, me sentí realmente estúpida. Sinceramente no entendía qué acababa de sucederme. Suspirando, bajé la vista hasta la tarjeta. La cartulina era ligeramente sedosa, sin brillo, suave al tacto, tanto cuanto puede serlo la más pura seda. En elegantes y sobrias letras negras estaba escrito un nombre: Vicente Campo; una dirección: una calle cuyo nombre me resultaba familiar pero la cual ciertamente no podría haber ubicado en un mapa, y un número de teléfono: el de un celular. Aquella extraña experiencia finalizó abruptamente, tal cual había empezado. - Lo mismo de siempre- gruñó Susana metiéndose por detrás del mostrador. En la mano cargaba tres habanos cubanos, de esos, que costaban un ojo de la cara, los de siempre. No necesité pasarlos por el detector de código de barras, me sabía el número de memoria, apreté un botón y la factura comenzó a imprimirse. Tampoco necesité decirle a Sufár el monto de su cuenta, él ya lo sabía y además jamás pagaba en efectivo, siempre hacía gala de su tarjeta de crédito de platino, la cual en ese momento extendió en dirección a mis manos, las cuales todavía estaban ocupadas con la tarjeta de Vicente Campo, fue entonces cuando se me ocurrió que parecía un nombre un tanto pasado de moda, Vicente podría haber sido el nombre de mi abuelo, no el de alguien que no daba la impresión de tener muchos más años que yo. El trámite fue rápido, en menos de dos minutos Sufár estaba fuera de nuestra vista. - ¿Qué fue eso?- curioseó Susana haciendo caso omiso del pitido de su celular el cual indicaba que acababa de entrarle un mensaje de texto, supongo que de su novio. - ¿Qué fue qué?- repliqué sin comprender a qué se refería. Todavía me duraba el aturdimiento. Llegué a la conclusión de que no debí de desvelarme tanto leyendo, sin duda no me hacía ningún favor dormir poco. - ¡Eso!- exclamó ella señalando hacia el sector de vinos-. ¡Esto!- se recostó sobre la caja que Matías había dejado para pegarle la etiqueta que debía completar con los datos del envío a domicilio-. Y esto otro- añadió con una sonrisa burlona para finalmente manotear la tarjeta del resguardo de mis manos posadas sobre el mostrador de madera oscura-. ¿Vicente Campo?- entonó enarcando las cejas-. Tienen nombre de esos que juegan al polo o de esos que son dueños de media Patagonia-. Hizo una pausa-. ¿Te invitó a salir? - ¡¿Qué?! ¿Te volviste loca? ¿Qué estás diciendo?- le arranqué la tarjeta de las manos con la firme intención de completar la etiqueta que se suponía debía pegarle a la caja para que tal lo había prometido, el pedido llegara a su destino esta misma tarde. Empecé a anotar los datos sin poder dejar de pensar-. ¿Por qué habría de invitarme a salir?- no era una pregunta para Susana, sino una pregunta retórica que se me escapó en voz alta por accidente y de la cual no esperaba obtener una respuesta, sin embargo, Susana parecía muy dispuesta a dármela y de hecho lo hizo. - ¿Acaso no te diste cuenta del modo en que te miraba?

- Sí, me miraba como si fuese una pobre descerebrada, me comporté peor que una tontaretruqué volviendo a ponerme roja de vergüenza al recordar la forma en que me había sucedido todo. - Nada de eso- apartó mi argumento dando un manotazo al aire-. Más bien diría que estaba sumamente interesado. - En entender porqué me comportaba igual que si no supiese cómo comportarme frente a otros seres humanos-. Insistí yo. - Eso que entró y se fue llevándose consigo una botella de la bebida más cara que vendemos no era un ser humano. No podría serlo, era demasiado perfecto- suspiró. Su celular volvió a sonar una y otra vez, ya no eran mensajes, era una llamada, y por la música con que lo hacía, Susana supo que era su novio-. Sin comparación a eso- añadió lanzándole una mirada a su cartera, dentro de la cual sonaba el celular. - Sí, sin dudas no era un ser humano, lo más probable es que haya sido una alucinación. - Una perfecta y hermosa alucinación en masa provocada por el tedio de un trabajo aburrido y de relaciones insatisfactorias- añadió ella rebuscando en su cartera para pescar el celular que por lo visto se había perdido entre la cantidad de cachivaches que cargaba en su enorme cartera que más parecía un bolso de viaje pequeño (dentro ésta era posible encontrar casi cualquier cosa, desde un bolso de maquillaje, desodorante, perfume, un paquete de galletitas convertidas en cientos de miles de migas, alguna que otra prenda de ropa, una agenda repleta de papeles añadidos entre sus hojas, lápices, un bloc de hojas, manojos de llaves (las de su departamento, las del departamento de su novio-recientemente incorporadas a su colección como resultado de su última pelea-, las de la casa de su padre y las de una amiga azafata a la cual le cuidaba el gato cada vez que viajaba); además de llaves podía encontrarse un reproductor de música, un libro de poesía estropeado de tanto ser leído -se lo había regalado su primer novio y jamás se había desprendido de él pese a que ese primer novio no le había durado más de dos meses-, un mazo de cartas -lo juro, yo lo vi en su cartera, no tengo idea de para qué lo lleva-, y otros artículos varios. Pretendiendo olvidarme del asunto, para dedicarme de lleno ahora sí, al papeleo dejado por el proveedor, terminé de completar la etiqueta, la pegué en uno de los costados de la caja, la cual luego bajé al suelo para dejarla con el resto de los envíos que la camioneta de reparto pasaría a buscar después del mediodía. « - Que día- se lamentó Susana volviendo de cerrar la puerta y bajar las persianas mientras yo terminaba con el arqueo de la caja-. Esto fue un infierno- con todo el peso de su cuerpo se dejó caer de la cintura para arriba sobre el mostrador. Su cabeza quedó colgando hacía adentro, para donde yo estaba-. Un verdadero infierno- repitió todavía con la cara entre las manos y la superficie del mostrador-, así no vamos a llegar a la noche buena. Parece que todo el mundo hubiese decidido regalar vinos y whisky para las fiestas. Es que acaso no tienen imaginación- rezongó incorporándose sobre los codos y me miró-. Existen tantas cosas más originales que regalar. - Siempre fue así, es típico, además esto recién empieza- le dije con ánimo de hacer que juntara valor, pero solamente sirvió para deprimirla todavía más. Así como se levantó se dejó caer otra vez gimiendo. - Vamos, ya pasamos por esto antes- yo lo había sufrido tres años, el tiempo que llegaba trabajando aquí, para Susana era su segunda vez, había entrado a trabajar hacía un poco

más de un año, justo antes de las fiestas del año pasado-, ya sabes cómo es, durante el verano tendremos un buen descanso, esto se convierte en un paraíso olvidado en época de vacaciones. - Por suerte- Susana levantó la cara-. Si no fuese así no estaría aquí. Cerré la caja y me refregué los ojos, estaba agotada pero ya había terminado por hoy. Mi espalda se quejó con una fuerte punzada cuando intenté enderezarla. - ¿Qué es eso? Soltándome la cola en que tenía sujeto el cabello me di vuelta para ver a qué se refería y fue entonces cuando se me cayó el alma a los pies. Se me escapó una grosería poco elegante que a Susana le resultó graciosa, supongo que lo más divertido de todo para ella fue que soltara una palabrota así, según su concepto yo era demasiado recatada y cada vez que se me escapaba un insulto, lo cual solamente sucedía en raras ocasiones, ella se burlaba de mí. - No puedo creerlo-. Intuyendo lo peor, me agaché para corroborar lo que suponía encontraría-. El mismo insulto se me escapó por segunda vez. - ¿Es la caja del adonis?- curioseó Susana estirando el cuello en un intento de alcanzar a leer el nombre que figuraba en la etiqueta. - Sí- confirmé. Se me hizo un nudo en el estómago. - ¿Qué vas a hacer? No le respondí, me puse de pie y abrí el cajón largo que ocupaba la mitad del ancho del mostrador, mis manos encontraron solas sin la ayuda de mis ojos la tarjeta de comprador que por estas alturas no estaría nada feliz ni satisfecho con el servicio que se suponía debía brindarle. - Bien pensado, vas a llamarlo- Susana de bajó de un salto-. Es una buena oportunidad para invitarlo a salir- dijo sonriendo feliz como si fuese la oportunidad de mi vida. La ignoré por completo, no con mala intención, simplemente porque estaba convencida de que a estas alturas él debía estar no furioso, sino al menos enojado por haber pagado un dineral algo que jamás había llegado, cuando ya se suponía debía haberlo hecho. Estaba nerviosa por tener que enfrentarlo, incluso a través del teléfono; sin equivocarme puedo asegurar que no lograría juntar el coraje para enfrentarlo cara a cara si es que algún día decidía volver a comprar aquí, a ojos de cualquiera, incluso a los míos esta era una reacción un tanto exagerada, sin embargo no podía evitar sentirme igual que si hubiese faltado a mi palabra, a un juramento hecho a alguien, sobre el cual dependía su vida. Me estoy volviendo loca- me repetí dentro de la cabeza una y otra vez mientras el teléfono llamaba y llamaba. Por suerte, o quizá no tanto, saltó el contestador, no dejé mensaje« no pude hablar. Susana se dio cuenta de que algo me pasaba. Antes de darle tiempo a preguntarme nada volví a marcar, esta vez sí dejé un mensaje, disculpándome, de todos modos, no me satisfizo simplemente dejar un mensaje en el que me comprometía a realizar la entrega al día siguiente, sabía que él tampoco estaría satisfecho. Miré el teléfono y miré la caja. Jamás en lo que llevaba atendiendo el local había pensado en hacer semejante cosa, pero ahora no se me ocurría nada más. - ¿Qué?- curioseó Susana contemplándome desorientada. - Puedo llevarle la caja a su casa- le contesté. Susana soltó una carcajada todavía más fuerte que la que dejó escapar cuando insulté-. Lo sabía- me gritó dejándome sorda-. Quiero ver eso- lanzó proponiendo algo que yo ni siquiera pensaba considerar.

- Ni loca voy a permitir que me acompañes, simplemente me subiré a un taxi, le daré la dirección, dejare la caja en su casa, me disculpare, volveré a subirme al taxi y con un poco de suerte no tendré que volver a cruzármelo en mi vida. - Nada de eso, Sebas viene con el auto a buscarme, él nos llevará. - ¿Vas a hacer que tu novio nos lleve a dónde él vive, para entregarle la caja? - ¡Por supuesto!- exclamó ella como si fuese lo más razonable del mundo. - ¿No te parece demasiado?- la certeza de que había perdido el último gramo de cordura que me quedaba me hizo desconocerme a mí misma. - ¡No, que va!, nada de eso, forma parte del castigo por habérmelo hecho pasar tan mal en nuestra última separación. - No me refería a Sebastián, aunque me parece que el pobre no tiene porqué hacernos de chofer y menos para algo del trabajo; me refería a él- miré la caja de reojo-, que vayamos todos a su casa a entregarle algo que se suponía ya debería tener en sus manos no me parece« - No te preocupes tanto, si estuviese desesperado por sus botellas ya habría llamado, el tiene la boleta, ¿no es así? - Sí. - Y ahí figura nuestro número. - Sí, sabes que sí. - Si estuviese tan enojado como piensas ya habría llamado para reclamarnos. - ¿Estás sugiriendo que se las mande mañana?-. Volvió a parecerme lo mejor y lo más coherente también. - ¡¿Y perderme la oportunidad de ver dónde vive el adonis?! ¡Ni loca!- exclamó en respuesta a mi momento de duda. Alguien golpeó con los nudillos sobre el vidrio de la puerta, desvié la vista y comprobé que no era otro que Sebastián. - ¡Justo a tiempo!- vitoreó Susana sonriendo. Corriendo fue a abrirle a su novio y después de darle un escueto beso le ordenó que recogiera la caja que estaba detrás del mostradorvamos a dar un paseo- añadió entusiasmada. No tuve las fuerzas para volver a negarme, por lo que para cuando me di cuenta, ya estaba en el destartalado auto del novio de Susana, acomodada en el asiento trasero junto a la caja de Pinot Noir y la bolsa negra conteniendo el regalo para ³buenos clientes´ rumbo a la casa de un desconocido, delante del cual había pasado suficiente vergüenza por un día como para además someterme a esto. Si la calle en la que el ³adonis´, tal como Susana lo llamaba, me había sonado a algo no era a nada parecido a esto, sin duda mi imaginación no era tan fructífera para idear una imagen ni parecida por asomo a la que contemplaba. Las casas que pasaban por las ventanillas del automóvil con una lentitud pasmosa, ya que estábamos buscando la altura que figuraba en la etiqueta, daban la impresión de ser salidas del mismo lugar que mi ³buen cliente´, todas tenían esa apariencia de irreales, o era él la que la tenía a causa de salir de aquí. - ¡Ahí!- exclamó Susana apuntando a la derecha, tan fuerte y con tanto entusiasmo que casi se me para el corazón, y de hecho, por un segundo creo que se me detuvo cuando vi la casa. Entendí que no iba tener el valor para llamar a su puerta, es decir portón, ya que aquello era lo suficientemente grande para dejar pasar a un camión de remolque o a cualquier cosa que pudiese contener mi diminuto departamento dentro. De la casa en sí, se veía poco y nada ya que una arboleda la tapaba, para salvaguardar la intimidad de sus habitantes. No me

equivoco al asegurar que era el caserón más grande de toda la cuadra, es más, de toda la manzana, incluso de todo el barrio. - Sigue por ahí- comentó Susana apuntando más adelante. - Pequeña casita- murmuró Sebastián en tono irónico-. Esa debe ser la puerta de servicio-. Sosteniendo el volante del auto con una sola mano, apuntó con la otra a un portón más pequeño-. Supongo que deberíamos ir por ahí. - No somos el servicio- replicó Susana ofendida. - Es cierto- dije yo apoyando a Sebastián, desde que nos subimos al auto ya habían reñido tres veces por insignificancias; además creo que tenía toda la razón, jamás había vivido ni pasado remotamente cerca de una casa similar a aquella pero podía comprender que cualquier entrega debería realizarse por aquella puerta y no por el portón principal-. Vamos por ahí- le indiqué a Sebastián. Él guió el auto en dirección al portón no más grande que una puerta común y corriente, y lo detuvo junto al cordón, sin estacionar demasiado bien, después de todo no íbamos a quedarnos, es más, tenía pensado bajar sola, tocar el timbre, esperar ser atendida, disculparme, dejar la caja y largarme de allí lo antes posible. - Te acompaño. Susana se ofreció voluntariamente pero no pensaba dejarla bajar del automóvil, sería rápido y lo menos doloroso y vergonzoso posible. - Déjala tranquila- le dijo Sebastián. El pobre, sin querer, su intención era apiadarse de mi cara de espanto, inició una nueva disputa. No sé si estuvo bien: aprovechando que discutían me escapé del auto cargando la caja y caminé lo más rápido que el peso de las botellas de vino y mis torpes piernas me permitieron, sin llegar al punto de arriesgarme a tropezar y terminar el día del peor modo posible, incluso peor de lo que estaba ahora. Mi dedo índice presionó el botón del moderno aparato empotrado en la pared junto a la puerta antes de que estuviese realmente lista para ser atendida. La voz que contestó del otro lado del audífono sonó más familiar, juvenil y desenfadada de lo que hubiese podido especular. Eso me descolocó, sinceramente había esperado la voz de una empleada doméstica, del ama de llaves y en esa casa, incluso de un mayordomo o alguno de esos hombres de seguridad que más se parecen a orangutanes a hombres, evolución de esas mismas criaturas. Si la voz que preguntó quién era y qué deseaba pertenecía a una de esas criaturas debía resultan bastante cómico verlo y oírlo hablar. Le expliqué al aparato cual era el motivo de mi visita y me pidieron que esperara. La voz continuó sonando amable y desenfadada. Si no me equivocaba parecía la de un adolescente. ¿Acaso el adonis tenía la edad suficiente para tener un hijo adolescente o sería la voz del hijo de alguno de sus empleados, o a caso un empleado? Susana me saludó con una sonrisa desde el auto y luego alzó el pulgar con intensión de darme ánimo. No tengo idea de qué esperaba que fuese a suceder, evidentemente sus expectativas eran demasiado altas, por supuesto que ³el adonis´ no atendería la puerta, esperar que apareciera al otro lado de ésta era algo que estaba fuera de mis planes, es más, deseaba que fuese así. No tenía ganas, ni coraje suficiente para volver a verlo. Un chasquido metálico sonó a mi espalda, luego algo que zumbaba igual que un pequeño motor. La puerta se abrió sola. - Buenas noches- saludé automáticamente. Quien me devolvió el saludo con un simple ³hola´ no debía tener más de veinte años como mucho, a mi entender, unos diecisiete o dieciocho máximo. Era delgado, alto y de aspecto

desgarbado, por lo que las ropas de aspecto costoso que llevaba puestas le colgaban alrededor del cuerpo igual que si estuviesen colgadas de una percha y no sobre un cuerpo de carne y hueso. Me dio la impresión de que aquellas no eran prendas que hubiese vestido un empleado domestico, bueno, no con un sueldo promedio. Suponiendo que podría ser hermano del ³adonis´ o al menos un pariente, procuré buscarle un parecido sin ser capaz de hallarlo. El muchacho tenía la tez más oscura, sus ojos eran prácticamente negros, pese a ello irradiaban un brillo muy particular, y el cabello que le colgaba a los costados del rostro, el cual sin lugar a dudas llevaba demasiado tiempo sin visitar una peluquería, era de un intenso negro y brillaba más que el terciopelo, debajo de la luz que teníamos sobre nuestras cabezas. - Te ayudo con eso- me dijo avanzando en mi dirección. - Lamento que no hayan llegado antes-. Permití que cargara el peso sobre sus delgados y en apariencia quebradizos brazos los cuales soportaron el peso de las seis valiosas botellas mucho mejor que los míos. No di más explicaciones, a la gente usualmente la irrita más que uno intente desvivirse dando excusas para compensar sus errores, además el muchacho no parecía demasiado preocupado por la demora. - Está bien, no hay problema- aseguró con una sonrisa divertida-. Son cosas que pasanañadió dedicándome una mirada sugerente mientras tomaba la bolsa con el regalo. No entendí qué quiso decir con eso y tampoco se lo pregunté, me dio la impresión de que había algo que no alcanzaba a comprender, algo que siquiera conseguiría imaginar, me sentí como quien se queda afuera de una broma privada; esa fue la señal para darme cuenta de que estaba lista para largarme de allí, antes de correr el riesgo de cruzarme con Vicente. Sin saber por qué fue esa la primera vez que me animé a pensar en él por su nombre de pila. Saludé al muchacho y prácticamente corrí hacia el auto. La verdad es que huí despavorida, igual que si alguien hubiese gritado fuego. Patético, simplemente patético. La puerta de la casa se mantuvo abierta hasta que nos alejamos. - Es una lástima que no te haya atendido él- se lamentó Susana. Yo daba gracias de no habérmelo cruzado. Esa noche, su rostro se me apareció una y otra vez, invadiendo mis sueños cada vez que lograba pegar un ojo entre desvelo y desvelo en los que revivía lo bizarro del día que ya había quedado atrás.