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Del socialismo utopico al anarquismo - Félix García Moriyón

Del socialismo utopico al anarquismo - Félix García Moriyón

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Pretendemos en este libro ofrecer una exposición coherente de lo que fue y significó el movimiento anarquista. El anarquismo es una determinada corriente del pensamiento socialista y del movimiento obrero, que tiene su aparición y desarrollo en los siglos XIX y XX, y que se diferencia de las demás corrientes socialistas por su especial énfasis en la crítica al Estado y por una defensa radical de la libertad individual compatible con la solidaridad, para lo cual propone un modelo autogestionario de sociedad.
Pretendemos en este libro ofrecer una exposición coherente de lo que fue y significó el movimiento anarquista. El anarquismo es una determinada corriente del pensamiento socialista y del movimiento obrero, que tiene su aparición y desarrollo en los siglos XIX y XX, y que se diferencia de las demás corrientes socialistas por su especial énfasis en la crítica al Estado y por una defensa radical de la libertad individual compatible con la solidaridad, para lo cual propone un modelo autogestionario de sociedad.

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La insistencia constante y machacona en la libertad confi-
rió al anarquismo, indiscutiblemente, un cierto aire ascético,
casi puritano, especialmente por el tinte moralista que daba a
toda la vida del individuo y a esa solidaridad que ponía como
centro. Ya Bakunin había dicho que no se puede ser moral en
la vida pública sin serlo en la vida privada, ni viceversa. Del
mismo modo, Kropotkin insiste en que el apoyo mutuo desem-
boca en un “ama al prójimo como a ti mismo”, de innegables
resonancias cristianas, y en la misma línea se situará Malatesta.
Llevando hasta el final este sentido ético de la revolución y esta
búsqueda de la justicia social como meta más importante, los
habitantes del pueblo de Membrilla explicarán su obra revolu-
cionaria durante 1936 con una afirmación definitiva: “En
Membrilla no se socializó la riqueza, se socializó la pobreza”.
Pero, como bien decía Malatesta en la cita que acabamos
de incluir, la solidaridad altruista no se debe oponer al egoís-
mo, sino que se complementan, del mismo modo que la exalta-
ción del individuo no está reñida en ningún momento con la
dimensión social y comunitaria de ese individuo. Al igual que
la libertad individual se ampliaba con la libertad comunitaria,
el egoísmo, el pleno desarrollo de las propias capacidades, no
se ve dificultado por la solidaridad o el altruismo, sino que
encuentra en él su más cabal expresión. No parece oportuna,
por tanto, la división en dos anarquismos, como sugiere algún
autor:

La praxis del movimiento demostró que su valor ético excedía
ampliamente del de este planteamiento, aunque, también en el
terreno práctico, se escindió entre quienes se abstenían de fu-
mar y beber y durante alguna insurrección* triunfante cerra-
ban bailes y cafés, y quienes se negaban a aceptar diariamente
los cauces establecidos para la reforma de la sociedad y postu-

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DEL SOCIALISMO UTÓPICO AL ANARQUISMO/ 147

laban, a la larga, la implantación del reinado del placer y la
liberación de la ética calvinista del trabajo o de la estoico-
cristiana general del sufrimiento y la sumisión.

(ÁLVAREZ JUNCO: 1976, p. 133)

Los anarquistas propugnaron, es cierto, el derecho a satis-
facer todas nuestras necesidades, las actuales y las que pueden
ir surgiendo en momentos posteriores de la evolución de la
sociedad; pero no desde el egoísmo, sino desde la exigencia de
una sociedad que no fuera un cúmulo de represiones para la
felicidad material de las personas.
Es decir, el fondo de la ética anarquista sería, en este senti-
do, vitalista. Kropotkin, indiscutible paladín del apoyo mutuo,
lo expone con claridad.

Buscar el placer, evitar el dolor, es el hecho general (otros di-
rán la ley) del mundo orgánico: es la esencia de la vida. Sin
este afán por lo agradable, la existencia sería imposible. Se
disgregaría el organismo, la vida cesaría. Así, pues, cualquiera
que sea la acción del hombre, cualquiera que sea su línea de
conducta, obra siempre obedeciendo a una necesidad de la
naturaleza. El acto más repugnante, como el más indiferente,
o el más atractivo, son todos igualmente dictados por una ne-
cesidad del individuo. Obrando de una u otra manera, el indi-
viduo lo hace porque en ello encuentra un placer, porque se
evita, de este modo, o cree evitarse una molestia. He aquí un
hecho perfectamente determinado, la esencia de lo que se ha
llamado la teoría del egoísmo.

(KROPOTKIN: 1978, p. 27)

Pero evidentemente se busca el placer y el bienestar de toda
la humanidad, hasta el punto de que lo bueno sería lo que be-
neficia a toda la comunidad, mientras lo malo sería lo que la
perjudica. Y la raíz de este comportamiento ético habría que
buscarla en la vida misma y su plena expansión. El origen del
deber

ha dicho Guyau, es el sentimiento de su propia fuerza, es la
vida que se desborda, que busca esparcirse. Sentir interiormente

lo que uno es capaz de hacer, es tener conciencia de lo que se
ha dicho el deber de hacer. El impulso moral del deber que
todo hombre ha sentido en su vida y que se ha intentado expli-
car por todos los misticismos del deber, no es otra cosa que
una superabundancia que pide ejercitarse, darse, es al mismo
tiempo la conciencia de un poder. Toda energía acumulada
ejerce presión sobre los obstáculos colocados ante ella. Poder
obrar es deber obrar. Y toda esa obligación moral, de la cual
se ha hablado y escrito tanto, despojada de toda suerte de mis-
ticismo, se reduce a esta verdadera concepción: la vida no pue-
de mantenerse sino a condición de esparcirse.

(KROPOTKIN: 1978, p. 45)

Guyau había planteado esa identificación de la moral con
la expansión vital de forma correcta.

La parte de la moral fundada única y sistemáticamente sobre
los hechos positivos puede definirse así: la ciencia que tiene
por objeto todos los medios de conservar y acrecentar la vida,
material e intelectual. Las leyes supremas de esta moral serán
idénticas a las más profundas leyes de la vida misma y, en al-
gunos de sus más generales teoremas, valdrán para todos los
seres vivientes.

Para añadir a continuación el carácter abierto y fecundo de
este principio vitalista, en ningún modo cerrado sobre el pro-
pio individuo:

Vida es fecundidad y, recíprocamente, la fecundidad es la vida
rebosante, es la verdadera existencia. Hay una cierta generosi-
dad inseparable de la existencia, y, sin la cual se muere, se
agota uno interiormente. Es preciso florecer: la moralidad, el
desinterés, es la flor de la vida humana.

(GUYAU: 1978, pp. 68 y 77)

La ética vitalista se completa con la ética solidaria, siendo
las dos expresión de una riqueza de existencia que no se agota
en el propio individuo, así como del reconocimiento de la di-
mensión social del ser humano. Por eso Mella denunciará con

148 /FÉLIX GARCÍA MORIYÓN

DEL SOCIALISMO UTÓPICO AL ANARQUISMO/ 149

dureza la sociedad burguesa, que hace compatible la predica-
ción de un amor abstracto y vacío de contenido con un egoís-
mo despiadado que aniquila a la mayor parte de la población.
El amor sólo tendrá sentido en la medida en que se desarrolle
sobre la base de la igualdad y de la satisfacción de todas las
necesidades; en este sentido, el amor no aparece como forma
de acción social, sino más bien como culminación y aspiración
definitiva de la humanidad, que una vez satisfechas sus necesi-
dades, podrá ejercer el amor, que pasa a ser así el ideal que se
entrevé más allá de la resolución del problema general de la
existencia común.

Pretendemos que no quede una necesidad sin satisfacer para
que la obra de humanización se realice en la amplitud del tiem-
po, libre de todo obstáculo artificialmente creado. Producto
de la humanización del hombre, sin la que no nos distinguiría-
mos de los demás animales, será el amor a los semejantes. No
es pues, ni agente de acción social ni finalidad humana.

(MELLA: 1978, p. 144)

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