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Duarte Paradigma de la juventud dominicana

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Duarte PARADIGMA DE LA JUVENTUD DOMINICANA

Duarte

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

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Duarte

PARADIGMA DE LA JUVENTUD DOMINICANA
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Primera Edición: Mayo del 2009

Diseño y Diagramación Eligio Pérez Tel.: 809-394-4996 E-Mail: perezeligio2316@gmail.com Impresión EDITORA FORMACION Tel./Fax: 809-238-5257 E-Mail: editora_formacion@hotmail.com Santo Domingo, R. D. ISBN------------Derechos reservados por el autor. Derechos reservados de esta edición por Editora Formación Impreso y hecho en la República Dominicana

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INDICE Prólogo De Fabricio Collado ……………………………. Pág. 7 Presentación ......................................................................... Pág. 9 Prólogo a la Conferencia Del Dr. Juan Isidro Jimenez Grullon ............................... Pág. 13 La Ideologia Revolucionaria de Juan Pablo Duarte Origenes y Manifestaciones ...............................................Pág. 17 Duarte Paradigma de la Juventud Revolucionaria Por Pedro Manuel Casals Victoria ................................... Pág. 51 El Pensamiento Político y la Acción Revolucionaria de Juan Pablo Duarte, Parte de la Conferencia del Profesor Francisco Henríquez Vázquez (Chito) .............................................. Pág. 60 Duarte, Apóstol y Libertador -Proemio de la Obra de Pedro R. Vazquez ...................... Pág. 72 Biografías de Juan Pablo Duarte ..................................... Pág. 77 5

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PRÓLOGO Juan Pablo Duarte y Diez –más conocido por los dominicanos por su primer apellido: “Duarte”– es uno de esos personajes históricos universales que desde que conoces su accionar patriótico, te transforma, te conmueve, te convoca. Te hace ver su empresa libertaria como tuya. Él te influye con su fe y su testimonio nacionalista. Él te envuelve en el aroma romántico que deja el ímpetu que inyectó a su objetivo superior fundacional. Duarte y su obra procera han sido causas de admiración suprema. Una muestra evidente es la siguiente recopilación de trabajos que exponen sobre Duarte con estilos distintos: unos, son casi conversacionales, adquiriendo, sin proponérselo, un tono de amenidad y con un lenguaje bravo que llama al reencuentro con el Ideario Duartiano; otro, es más esquemático, conceptuoso, profundo y ponderado en el estudio de la ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte, para también hurgar críticamente en su obra política. Advertimos que los cuatro son ensartados por la pureza, la honestidad, el sacrificio y la hechura de incuestionable valor patriótico de Juan Pablo Duarte y Diez. En ellos logro percibir una imagen aclarada de Duarte, que me ha guiado para ahora definirlo como político de gran estabilidad ideológica, de indudables dotes de liderazgo, de dilatado accionar moral y ético; un ser de este mundo que hoy nos sorprende, sin aun llegar a comprender sus sacrificios, su humanismo y la entrega de la fortuna familiar por una causa que no era personal, ni mucho menos 6

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individualista, sino de todos, por la que luchó contra mareas ideológicas reaccionarias, que han colmado, hasta hoy, su espacio. Son éstos los que aprovechan en la retórica su imagen patriota que les inspira adjetivos vacios, con los que suplen la carencia de civismo, nacionalismo y pureza, que sobraban a Duarte, cuya ideología, por demás, progresista y liberal, fue la prístina llama votiva de los hombres y mujeres que lucharon (y luchan) por la patria, hasta más no poder. Sostengo, al igual que muchos, que Duarte fue un político puro y clarividente, que supo proyectar una República democrática sobre pilares liberales, progresistas y humanistas, que tuvo como cedazo purificador su romanticismo político. Fue un prócer exactamente completo, con un alto concepto del sacrificio y del martirio, si era de lugar; valores que exaltan al cristianismo en su fundación humanizante de la historia, que aclara la igualdad con el otro, ese prójimo que para Duarte es el conciudadano, que en su generalidad social encarna a la nación. Digo “prócer exactamente completo”, porque tuvo la preclara visión de independizar la nación dominicana y constituirla en un Estado sobre el estamento clásico del Estado Republicano, integrado por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y avizoró un cuarto poder, que denominó “poder municipal”, admitido hoy, aunque no reconocido constitucionalmente, como un verdadero gobierno del municipio, unidad comunitaria que en su conjunto integra el Estado. Hay que admitir que, sin lugar a dudas, su visión, pensamiento y acción son, al día de hoy, revolucionarios por antonomasia, porque no fueron presa de las ideologías conservadoras y reaccionarias de la clase social a la que pertenecía, y a la que muy cómodamente podía responder por ser hijo de un importante comerciante capitalino de la época; vio lo que otros no veían: un pueblo tan de7

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sarrollado como nación, que llegaría a ser un Estado independiente; actuó con método y astucia en la consecución de su proyecto al imponerse, inteligentemente, sobre un ejército superior ocupante que controlaba todos los medios de ascenso económico y social. Desde el principio al fin, sus intenciones fueron genuinamente positivas, transparentes, limpias de las máculas del egoísmo y de la apostasía. Duarte no fue él, en carne y hueso; Duarte no es su nombre ni las efemérides del 26 de enero ò el 27 de febrero. Es que no lo comprenden… Duarte es más que él, más que eso, materia; él es un Ideario que se nos cierne en una sola línea recta a través de la historia Dominicana y se proyecta al infinito, que a su paso por esta tierra de mortales deja una única palabra mayúscula: PATRIA. Y por eso digo: ¡hay Duarte!, en la independencia; ¡hay Duarte!, en la Restauración; ¡hay Duarte!, en los que combatieron, con voz o con fuego, la primera intervención norteamericana; ¡hay Duarte!, en los expedicionarios antitrujillistas de Luperòn, del 1949, en los expedicionarios de la Raza Inmortal de Constanza, Maimón y Estero Hondo, del 1959, y en todo el movimiento de resistencia nacional contra la dictadura de Trujillo; ¡hay Duarte!, en Manolo y el 1J4; ¡hay Duarte!, en Bosch y sus eternos siete meses de gobierno; ¡hay Duarte!, en la guerra de abril del 1965, en los constitucionalistas, en Fernández Domínguez, en Caamaño y el pueblo en armas; ¡hay Duarte!, en Caracoles; ¡hay Duarte!, en todos los que han luchado por la libertad. Y todavía, aquí y ahì ¡hay Duarte!…por los siglos de los siglos. Fabricio Collado

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Presentación
A partir de la caída del gobierno tiránico de Trujillo el camino de la transición política hacia un desarrollo democrático y ordenado ha sido tortuoso, traumático y frustrante, ya que el liderazgo dirigencial que relevó al tirano ha dirigido políticamente la nación con criterios caprichosos y personalistas teniendo como arma de disensión la intriga, el revanchismo y las apetencias personales. Estas actitudes son el reflejo de las limitaciones de nuestros líderes, por no decir mediocridad, en lo que a visión política se refiere, han sido y son improvisadores inmediatitas carentes de visión de futuro. En esta panorámica no han escapado ni escaparán los líderes políticos de las izquierdas que se dejaron arrastrar por los partidos tradicionales y líderes del sistema y no fueron capaces de elaborar un proyecto de desarrollo, y fortalecimiento institucional de la democracia basados en reivindicaciones, reformas y cambios, o sea estrategias coyunturales abiertas, no cerradas. La historia política del país es el más importante aporte que debió servir y sirve de base para poder tener una visión política clara y razonable para definir una estrategia de reencausar la nación hacia sus metas de desarrollo y autodeterminación. Dos acontecimientos históricos fueron lo suficientemente aleccionadores para la superación política de nuestros dirigentes Lilís y Trujillo, 50 años de régimen de dictadura tiránica. Estos dos períodos de nuestra historia no fueron producto de 9

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la casualidad ni del destino, fueron el producto de los estados de ingobernabilidad, desorden y anarquía que implantó el liderazgo político en su época con su mentalidad caciquista y caudillista una ideosincracia que a esta fecha debió ser superada; para éstos sólo existían y existen sus intereses personales y grupales y con ello someten continuamente a la nación al caos productor de tiranos si es preciso, cuando sus ambiciones codiciosas no son satisfechas. La actual crisis política, económica, social y moral no deja de ser una repetición histórica y no podrá conducir como tal a lo que la historia nos señala en peor situación puesto que estamos al borde de la extinción nacional con un estado de ingobernabilidad caótica y falta de autoridad en grado alarmante que demanda de parte de las reservas morales que todavía existen y les preocupa la nación, aúnan esfuerzos e ideas políticas de salvación nacional, dejándole el espacio para que una nueva generación política que existe, y si no existe surgirá, reencauce la nación por caminos más certeros para las conquistas justas de nuestra soberanía, desarrollo y libertad. No se trata de ideas políticas externas ni de rendir culto a los errores y aventuras pasadas ni de seguir figuras e ideologías externas que jugaron y juegan su papel histórico en sus naciones. Se trata de jugar nosotros nuestro propio rol como nacionalistas frente al multinacionalismo gobernante, tomando como estandarte nuestros líderes históricos creadores de nuestra nacionalidad o sea que los dominicanos tenemos en quien atenernos y acogernos, no necesitamos figuras extrañas porque tenemos las nuestras; no hay que transculturizar caminos porque tenemos el nuestro. No somos huérfanos, tenemos nuestro padre. El 25 de noviembre del año 2001 un grupo de intelectuales y profesionales agrupados en una institución llamada “Educación para la Democracia” publicó en la revista cultural Vetas de marzo del mismo año un documento que analiza brevemente el panorama de la República Dominicana en lo social y económico, los dere10

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chos ciudadanos, el poder judicial, legislativo y ejecutivo; el problema ecológico y la conducta ciudadana frente a la problemática que nos afecta. En su resumen dicho documento propone lo siguiente: “Es menester luchar por modificar la composición del Estado y sus políticas, pero, al mismo tiempo, se debe construir la alternativa reinvidicadora desde el feudo de la sociedad. Los diversos segmentos del pueblo deben organizarse alrededor de sus reinvindicaciones y poner fin a un estado de dispersión fruto de la pobreza, la ignorancia y la seducción de los intereses nefastos, situación sobre la cual estos se basan para perpetuar impunemente el clientelismo y la corrupción. Los ejemplos y las lecciones de patriotismo, moral y sacrificio que nos legó el fundador de la república, Juan Pablo Duarte, pueden ser la única y última opción que tengamos disponibles para salvar a nuestro país del colapso total. El ejemplo y los ideales del Padre de la Patria deben ser el faro que la juventud siga para reclamar su redención. En el ideario de Duarte está la clave de nuestra salvación como nación libre, justa y feliz”. Estas certeras apreciaciones conjuntamente con las del Lic. Fulgencio Espinal que prologa la conferencia del licenciado Jiménez Grullón, nos motiva a publicar una compilación de conferencias y artículos que sobre la figura de nuestro patricio Juan Pablo Duarte, han hecho reconocidos historiadores y politólogos distinguidos, nacionalistas y dominicanistas, las cuales sirven de faro de iluminación para que nuestra juventud adquiera una plataforma ideológica, política y moral para poder jugar su rol histórico de ser relevo generacional para nuestro presente y futuro necesitamos y tenemos que salvar la patria, necesitamos una mejor nación y esto solo será posible acogiéndonos el pensamiento de nuestro Juan Pablo Duarte que junto a sus compañeros trinitarios nos dieron la pauta y nos trazaron el camino a seguir para tener una patria libre y soberana. Duarte es nuestro paradigma, no necesitamos transculturizar 11

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figuras históricas que son legados de sus naciones y se mantienen viviente porque sus pueblos de generación en generación los mantienen vivo lo respetan y les rinden tributo.

Prof. José Ant. Figueroa

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PROLOGO A LA CONFERENCIA DEL DR. JUAN ISIDRO JIMENEZ GRULLON Es difícil la tarea de prologar una obra del doctor Juan Isidro Jimenes Grullón, aunque reconozco que es un gran ho-nor, cuya sapiencia intelectual ha relumbrado en los cielos de nuestra América concitando productivas la categoría de combatiente, de prodigioso escritor y la rectitud de sus convicciones teóricas; pero manos a la obra: A pesar de la trascendencia histórica de Juan Pablo Duarte, forjador y Padre de la Patria, sus ideas y sus obras no han sido difundidas con la intensidad y con la profundidad que ellas merecen. Incluso, mas dramático aun, la mayor parte de los análisis, en muchos casos bien intencionados, que se han realizado, presentan una visión limitada y deformada de este insigne patriota. Dentro del marco de las excepciones, con relación a la figura de Duarte, sus ideas y sus obras, tenemos que inscribir de manera destacada el ensayo que hoy presentamos del eminente profesor e investigador social, Dr. Juan Isidro Jimenes Grullón. Al Duarte tradicionalmente mitificado y fetichizado, Juan Isidro nos descubre y nos contrapone al Duarte concreto, cotidiano, humano y patriota, con sus limitaciones, virtudes, defectos e ideales. Para lograr esto, el autor, superando la visión anecdótica, individualista y psicologista, realiza un análisis dialéctico desde una perspectiva histórica, donde se destacan adecuadamente las características económicas, sociales, políticas, ideológicas, doctrinarias y religiosas de la época. 13

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El niño Duarte, como buen hijo burgués de la época en la Colonia Española, fue educado bajo los preceptos y enseñanzas de la religión católica, y de la ideología colonialista. Una redefinición de lo primero y una ruptura radical con lo segundo se producirá no solamente con la provocación del capitán del buque que lo transporta a Norteamérica, o por el recorrido por los Pirineos cuando estaba en Europa, sino por sus vivencias generales en el viejo continente y su relación con las doctrinas políticas en ese momento como era el liberalismo, el nacionalismo y el romanticismo, muy especialmente, de acuerdo a Juan Isidro, en lo referente al hombre y la historia, “El Romanticismo Histórico “. Entrando en contradicción con su propia clase, familiares y amigos, Duarte, a su regreso a la Patria, concibe la creación de una Patria libre y soberana “de toda potencia extranjera” y en esa base se incorpora en cuerpo y alma a la organización y a la lucha para conseguir este objetivo. En todo ese proceso, Juan Isidro nos desvela y nos descubre un Duarte distinto a las caricaturas tradicionales, nos da un Duarte histórico, humanista, patriota y revolucionario, donde el nacionalismo, el anticolonialismo y el antiimperialismo constituyen los atributos más relevantes. Después de un largo período de concubinato de la burguesía hispaniola local con el dominador haitiano, la idea nacionalista radical de Duarte encuentra al asidero para la lucha independentista, aunque, como lo demostraron los hechos posteriores al 1844, al proyecto de esta clase se situaba en su separación de Haití y en su entrega “a una gran potencia, en la cual la preferida era España. Pero si otra se anticipaba en el respaldo al propósito, no había reparos para iniciar con ellas las correspondientes gestiones y llegar a un concierto”. Y esto chocaba realmente con el nacionalismo integral de Duarte cuando expresaba “la nación dominicana es libre e independiente, y no es ni puede ser jamás parte integrante de ninguna otra potencia, ni el patrimonio de familia ni persona alguna propia 14

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ni mucho menos extraño”. Y aunque la lucha inmediata para conseguir la independencia nacional era la lucha contra el invasor haitiano, Juan Isidro sostiene muy atinadamente que esta razón no lo hacia caer en un gratuito antihaitianismo. Por el contrario, supo reconocer y admirar las luchas independentistas del pueblo haitiano. En su nacionalismo, “solo sustentaba el derecho de nuestro pueblo a constituirse en nación libre e independiente” de toda potencia extranjera sin importar su nombre. Y aun mas, superando el contenido monárquico que dominaba en Europa la concepción nacionalista, Duarte incorpora un contenido republicano-liberal al proyecto histórico, independentista, que en lo inmediato chocaría con el proyecto burgués imperante. Duarte, que lo dio todo por la libertad y la independencia de su patria, le pagaron con la persecución, la calumnia y el destierro. Pero como era consecuente con sus ideas, como creía en el pueblo, cuando la patria fue “anexada” a España y la bota del invasor mancillaba su frente, Duarte dice de nuevo presente en la epopeya restauradora aceptando “una misión patriótica en el exterior”, al tiempo que afirmaba que “por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”. Y en una carta que envía en 1865 a Manuel Rodríguez Objío, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Restaurador, entre otras cosas expresaba; En Santo Domingo no hay mas que un pueblo que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra este querer del pueblo dominicano, logrando siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación, esa fracción o mejor diremos esa facción ha sido, es y será siempre todo menos dominicana”. Y agrega mas adelante, “si me pronuncio dominicano independiente desde el 16 de julio del 15

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1838, cuando los nombres de patria, libertad, honor nacional se hallan poscriptos como palabras infame... Si después en el año 44 me pronuncié contra el protectorado francés decidido por esos facciosos y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mi han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la Anexión a España, llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando… no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestare siempre, no digo tan solo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquier otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínima nuestra independencia Nacional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano”. Ese Duarte nacionalista, patriótico, anticolonialista y antiimperialista, coherente en sus acciones con sus ideas, consecuente con sus palabras, es el Duarte Histérico, el legado Duartiano que nos entrega el maestro Juan Isidro Jimenes Grullón en este trabajo que presentamos al pueblo dominicano a los pueblos del mundo.

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LA IDEOLOGIA REVOLUCIONARIA DE JUAN PABLO DUARTE ORIGENES Y MANIFESTACIONES POR DR. JUAN ISIDRO JIMENEZ GRULLON
Desarrollar el tema que los organizadores de este Seminario me han asignado no es tarea fácil, pues es bien poco lo que se conserva de lo escrito por el Padre de la Patria. Parece, sin embargo, que para el 1844, ya el había emborronado muchos papeles que su tío, José Diez, “tuvo arbitrariamente la ocurrencia de reducirlos a cenizas”. Tal redacción la llevo a cabo durante “ocho meses”, y desventura fue que la pagina en la cual su hermana Rosa -en sus ce1ebres “Apuntes”— se refiere a su contenido, se extraviara. Son precisamente estos “Apuntes”, junto a la escasa correspondencia que de el o a el dirigida se conserva y los documentos que aparecen en su “Archivo”, la única cantera de la cual es posible extraer las esencias de su pensamiento político. Esas han sido, por cierto, las fuentes utilizadas tanto por sus detractores como por sus apologistas. En cuanto a los primeros, es ocioso decir que sus afirmaciones han sido reducidas a polvo por la publicación de nuevos documentos y las argumentaciones de algunos de los segundos. Desgraciadamente, preciso es reconocer que muchos de estos últimos, impulsados por el afán apologético, se alejaron frecuentemente de lo estrictamente histórico para caer en generalizaciones absurdas, unidas a menudo a lo novelesco. Esta desorientadora corriente la inicio Emiliano Tejera, y la continuaron, en los últimos tiempos, Joaquín Balaguer y Pedro Troncoso Sánchez. Débese al primero un panegírico de Duarte en el cual, en un párrafo relativo a la dominación haitiana, se dice lo siguiente: “Cuanto horror” ¡cuanta ruina! 17

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¡cuanta amargura devorada en las soledades del hogar!. Nunca la elegía animada por intenso y legítimo dolor produjo quejas mas lastimeras que las exhaladas por las madres dominicanas en sus eternas horas de angustia” Lo particular, Tejera lo convierte así en general ¿Ignorancia? ; ¡No! obró a sabiendas de que los sectores mas importantes del país brindaban gustosos su apoyo al dominador. Se trata, por tanto, de una clara tergiversación de la historia... Balaguer, en su obra El Cristo de la Libertad cae también frecuentemente en esta tergiversación. Y pinta a veces a Duarte con frases que el análisis de su psiquismo y su pensamiento desmienten. Habla de “la locura patriótica del joven repúblico” dando así a entender que el auténtico patriotismo es cosa de locos; y expresa que Santana, “severo como un familiar del Santo Oficio y sanguinario como un tártaro, solo le resulta abominable cuando trabaja para menoscabar la Independencia de la patria o cuando de pie sobre su trono de despotismo vierte sangre, sangre inocente o culpable, pero sangre dominicana”. Evidentemente, esta última afirmación se da de bruces con el profundo sentido humano que latía en el alma del patricio. ¡Y eso no es todo! Obedeciendo a un fervoroso racismo del cual ha dado múltiples pruebas, habla de la “raza maldita de Dessalines”.. . En cuanto a Troncoso Sánchez, su biografía de Duarte recientemente publicada es un novelón insólito en el cual las falsedades históricas -a algunas de las cuales habré de referirme luego- corren parejas con la cursilería literaria de la mayor parte de las escenas que su imaginación inventa. Al falsear la realidad, todos estos autores han contribuido a presentar a un Duarte que cae dentro de lo mítico. Por ventura, los documentos ya mencionados y sobre todo los referidos Apuntes permiten descubrir al hombre de carne y hueso. Pero insisto: llegar a este descubrimiento es empresa ímproba, pues forzoso es atar cabos sin alejarse de la mayor objetividad. Ya lanzado en esta vía, el investigador lamenta que la base documental más importante -es decir, los reciñe citados Apuntes- se aquejan - tal como afirma el notable buceador de nuestra historia, Lic. Emilio Rodríguez Demorizi- de 18

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errores cronológicos. A ello agrego que pasan a la ligera sobre dos épocas fundamentales para el debido conocimiento de la formación del ideario político del apóstol: me refiero al período de su infancia y su adolescencia y al que, finalizada ya esta, cubre los inicios de la edad adulta. Hoy, todos los psicó1ogos insisten en la importancia fundamental que tienen estos dos períodos en la concreción definitiva del psiquismo y el desarrollo de lo que Pavlou llama los “estereotipos dinámicos”. Durante el primero de estos periodos es cuando los factores externos -o paratíficos- comienzan a influir, a través de la sensibilidad exteroceptiva, sobre lo genotípico. Contribuyendo así a la formación del fenotipo. Ha quedado demostrado, además, que determinadas influencias paratípicas pueden a veces exaltar -brindándole vías y contenidos de expresión -ciertos rasgos genotípicos; pero a menudo sucede lo contrario: bajo la presión de lo paratípico, estos rasgos tienden a desaparecer y el proceso culmina en la enajenación plenaria. Los datos que Rosa Duarte brinda sobre la infancia del Padre de la Patria imponen la conclusión de que había en este, como factores genotípicos, una refinada sensibilidad -que se traducía en su carácter “dulce y amable”- y prendas intelectuales que se manifestaban fundamentalmente, en la capacidad memorística. Sobre tales condiciones psíquicas congénitas gravito el ámbito familiar y profesoral, típicamente burgués, y en cuya superestructura ideológica primaba la cosmovisión sustentada por el colonialismo hispánico. Esta primacía explica la preferencia por lo religioso en la enseñanza que el recibió cuando su intelecto despertaba. Su hermana expresa, al respecto, que a los “seis años sabia leer y de memoria recitaba todo el catecismo”, y que sus maestros de entonces fueron dos clérigos: el Pbro. José Antonio de Bonilla y el Pbro. Dr. Gutiérrez. Afirma, además que “los pocos conocimientos que adquirió fueron debidos a su amor al estudio, estimulado por el laudable propósito de ilustrarse para poder libertar a su patria.” 19

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Indudablemente, esta última afirmación es incorrecta. Pues nunca se ha dado el caso de que en el primer decenio de la vida alguien tome conciencia -pese a la gravitación de predicas ambientales- del contexto de realidades políticas imperantes en el sitio donde vive. Es más: si bien hay pruebas de que para entonces el padre del apóstol, Juan José Duarte, era hostil a la dominación haitiana, lo mas probable es que alentara -como tantos otros emigrados españoles residentes, durante esos años, en el país, la idea de substituir dicha dominación por la colonial española, sin ni siquiera sospechar que su hijo abrazaría con el tiempo, el ideal nacionalista. Mas aún: nada indica que cuando el lo envió bajo la tutela del ex Juez Pablo Pujol- a los Estados Unidos y a Europa, lo impulsara otro afán que la formación cultural de su hijo. Juan José Duarte era comerciante importador, lo que lo ubicaba dentro de la clase social burguesa, y como buen burgués, deseaba que Juan Pablo aprendiera bien idiomas, contabilidad y otras materias que, dominadas por este, bien podrían contribuir al desarrollo futuro de su negocio. Ello hace ver que la infancia y la adolescencia del futuro Padre de la Patria se diferenció de las de Bolívar y Marti. Bolívar nació y se crío en el ámbito familiar pseudo-aristocrático de la burguesía atípica venezolana; pero tan pronto adquirió los primeros conocimientos elementales, cayó bajo la tutela intelectual de Simón Rodríguez, figura ganada por las corrientes de la ilustración y fundamentalmente, por el pensamiento de Rousseau. Gracias a la influencia de este preceptor, muchos de sus estereotipos dinámicos iniciales fueron substituidos por los que prevenían del otro, que indudablemente se ajustaban más a lo genotípico del psiquismo de su discípulo. En lo que respecta a Marti, nace en un ambiente pequeño-burgués, políticamente adaptado a las realidades coloniales cubanas. Sus primeros estereotipos dinámicos van a ser, por tanto, un producto de este ambiente. Pero bajo la influencia de su primer maestro, Rafael Mendive, hombre solidarizado con el nacionalismo y el liberalismo en auge entonces en Europa y en nuestra America, se siente rápidamente dominado por las predi20

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cas que aquel hacía de dichas doctrinas. Puede, pues, afirmarse, que ya en plena juventud, Bolívar y Martí eran figuras que habían roto con los moldes ideológicos que encuadraron sus respectivas infancias; y se convirtieron en abanderados de las citadas doctrinas. El caso de Duarte fue distinto. . . Aun cuando su padre y sus maestros sintieran cierta aversión por el dominio que ejercía sobre el país la vecina Republica y trataran de desarrollar en el este sentimiento, no hay el menor indicio de que ninguno de ellos considerara que el problema se resolvía mediante la creación de una nación independiente, libre y soberana. Hasta prueba en contrario, forzoso es convenir en que la paternidad de esa idea corresponde al hijo y discípulo, que comenzó a difundirlo tan pronto regreso de su viaje a los Estados Unidos y a Europa. Existiendo pruebas concretas de que el Sr. Pujols ya no era juez en el año 1828 forzoso es convenir que dicho viaje tuvo lugar en ese año o en el anterior. Para entonces, Duarte era un adolescente -había nacido en 1813 y bien se sabe que en esta época toda inteligencia alerta comienza a desarrollar su sentido crítico. Por cierto, su hermana Rosa expresa que el capitán del buque que lo conducía a Norteamérica le preguntó si a él “no le daba pena decir que era haitiano. Juan Pablo le contesto: -yo soy dominicano: a lo que con desprecio le contesto el capitán, tu no tienes nombre, porque ni tu ni tus padres merecen tenerlo, porque cobardes y serviles inclinan la cabeza bajo el yugo de sus esclavos”. Ante ello según le manifestó el hermano este juró “probarle al mundo entero que no tan solo teníamos un nombre propio, dominicanos, sino que nosotros (tan cruelmente vilipendiados) éramos dignos de llevarlo”. La confesión es reveladora: demuestra que hasta entonces, Duarte veía probablemente con naturalidad la dominación haitiana; y lo mas interesante del caso es que, al renunciar a esta visión, no se le ocurrió, siendo hijo de español, propugnar por un retorno al coloniaje hispánico: ¡tal vez en esos momentos gravitó sobre su mente el recuerdo de las 21

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gestas emancipadoras de los pueblos de nuestra America! . Ya en Nueva York, “siguió aprendiendo el ingles, y empezó a estudiar Geografía con Mr. Davis, que le daba clases a domicilio”. Esto es todo lo que su hermana dice respecto a su estancia en dicha urbe. Desgraciadamente, la escasez de datos propició la creación y difusión de una leyenda que presenta al estudiante como un conocedor de la historia política de los Estados Unidos. Esta leyenda la recoge en su ensayo El Pensamiento Político de Duarte, el Lic. Joaquín Salazar quien en este trabajo afirma que el joven Duarte debió “seguir con máximo interés” las pugnas políticas norteamericanas de entonces y sobre todo, la tesis democrática sustentada por John Quincy Adams en el sentido de que el Congreso tenía “la obligación, más que la facultad, para dirigir su atención y para dictar disposiciones de aplicación general en todos aquellos asuntos que pudieran reconocerse como de interés general para el país”. Ningún documento avala estas afirmaciones, y es de toda evidencia que Duarte -que era entonces un mozalbete- carecía de la cultura política necesaria para captar ese problema. En cambio, lo que si tuvo que impresionarlo fue la grandiosidad de la urbe neoyorquina y el mantenimiento de la esclavitud en aquella “democracia” entregada al desarrollo del capitalismo. A estos puntos no se refiere el Lic. Salazar; y si el Dr. Balaguer menciona el primero, termina diciendo que el joven viajero se sintió “feliz en aquel ambiente donde los hombres parecen circular impelidos por ambiciones desmesuradas y donde cada persona se siente dueña de un imperio como si en su fuero íntimo oyera fermentar las energías de una individualidad poderosa”. Claro esta: al escribir esto, el autor no tuvo en cuenta que si bien en la aludida ciudad los esclavos eran poco numerosos, existía una población negra, víctima del más inhumano discrimen racial. Es más: en otro párrafo de su libro da a entender que Boyer no abolió la esclavitud en nuestro país, pues expresa -sin establecer diferencia entre esta última y un régimen político semi-dictatorial impuesto por una fuerza extraña- que la bandera de Haití flotaba “sobre la fortaleza colonial (de Santo Domingo) como un símbolo 22

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de esclavitud y de ignominia”. Se ignora el tiempo que pasó Duarte en los Estados Unidos; pero lo más probable es que la estancia fue breve, pues el máximo interés de Pujol era ver de nuevo a sus familiares de Cataluña. Desde Nueva York, ambos partieron hacia Inglaterra, país que contrariamente a lo afirmado por Salazar, no atravesaba entonces un período de “gran tensión”, como el que vivió en la época napoleónica. Por eso, no hay razón para sostener que la política dual de Canning -que murió en el 1827- impresionara al futuro prócer. Feliz María Del Monte, despreciable tránsfuga del ideal trinitario e intelectual corrompido y perverso -tal como lo demostró en el primer tomo de mi Sociología Política Dominicana- pero a quien Troncoso Sánchez presenta como hombre de “reconocida probidad, manifiesta que en Londres, dicho futuro prócer asistió a las celebres sesiones del Parlamento”, cosa que hay que poner en duda en virtud de quien viene, y llega al colmo del dislate al ver en el Estado inglés de esa época un organismo “monopolizador de las industrias” lo que significa que ya existía allí -¡oh laudable anticipación! un capitalismo monopolista de Estado. De Londres, el prócer en ciernes paso a Paris, y allí si pudo darse cuenta -pues no se necesitaba para ello amplia cultura y madurez intelectual- de que, pese a que Francia se hallaba sacudida por el espíritu revolucionario que nació al calor de la gran Revolución de 1789, este espíritu apenas podía manifestarse, en razón del dominio ya decadente pero aun ejercido por la Santa Alianza. Tal vez no pudo captar el fondo del problema y comprender así que la Francia derrotada seguía siendo el máximo exponente de la Revolución democrático burguesa. Pero es indudable que -dada su inteligencia alerta- todo aquello repercutió en su intimidad provocando meditaciones que lo llevaron a analizar el sentido de las corrientes políticas en pugna y sus variantes. Es entonces a nuestro juicio- cuando el ámbito comienza a crear 23

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en su espíritu nuevos estereotipos dinámicos, que van a entrar en pugna con algunos de los que presidieron sus actuaciones anteriores. Pero iba a ser mas tarde, al llegar a Barcelona y permanecer allí hasta el 1831, cuando estos nuevos estereotipos se desarrollarían con amplitud, llegando a ejercer sobre su ánimo una función dominante. No es posible adentrarme en ese mundo íntimo sin una incursión más amplia en las realidades y corrientes políticas de la Europa occidental y central de entonces, y fundamentalmente, en las existentes en España. El ya citado Sr. Del Monte expresa que en Londres, Duarte se sintió asordado por “los rumores del comercio y de la industria fabril; en Francia, por el ruido de las discusiones y a veces de los motines. En España, había visto una nación sin unidad de idioma, de usos, costumbres y legislación: “aquella desmembración histórica malamente incrustada a un todo más bien que restringida por la política, posee únicamente un punto de asimilación... iba a decir que la religión, pero no quiero hacer injuria al dogma católico, diré mejor el fanatismo y la intolerancia”. Obedeciendo a su rancio hispanismo, Troncoso Sánchez rechaza estas últimas afirmaciones: a su juicio, parecen “contener elementos subjetivos”, e indudablemente los contiene, al igual que las relativas a Inglaterra y Francia. Pero el problema es inmaterial: lo que importa es poner al desnudo que toda Europa -incluyendo, por tanto, a España- se sentía entonces agitada por diversas corrientes políticas, y que algunas de estas influyeron poderosamente en el espíritu del joven viajero, despertando y estimulando el desarrollo de sus nuevos estereotipos dinámicos. Es evidente que para ello no bastaba una estancia de pocas semanas. José Gabriel García, considerado generalmente como el padre de nuestra historiográfica tradicional, estima que su permanencia en Barcelona duro “años” y lo mismo sostiene Del Monte. Si se recuerda que inició el viaje en los finales del 1827 ó en el curso del 1828 -partiendo del dato ofrecido por la renuncia de Pujol hay que admitir 24

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la corrección de tales afirmaciones, lo que aparece avalado por Rosa Duarte cuando afirma que sus conocimientos de Derechos instaron al Lic. López Umeres y al Dr. Montolio a recomendarle -cuando llegó a Caracas huyendo a la persecución de Herard- que “repasara lo que había estudiado, (y) que ellos lo presentarían a la Universidad para que lo examinaran y se recibiera de Doctor en Derecho”. Ocioso es decir que tales conocimientos jurídicos requerían varios años de estudio. Pese a estos datos, en su fantástica novela, Troncoso Sánchez afirma que “su ausencia en el exterior no fue tan larga como el y sus padres se lo propusieron. Pasado un año en el extranjero, su creciente deseo de regresar lo movió a considerar que era suficiente lo aprendido en la capital catalana, y así se lo comunicó a su tutor... Su ambición no era ya tanta la de cultivar su espíritu como la de dedicarse en cuerpo y alma a la redención de su pueblo”. De este criterio se infiere que los contenidos del ideario del prócer brotaron de su hontanar anímico casi por generación espontánea, pues no era posible que en pocos meses las nuevas corrientes políticas -algunas de las cuales se proyectaban sobre todas las regiones ideológicas -brindaran aquellos contenidos ¿Cuales eran estas nuevas corrientes? El romanticismo, el liberalismo, el nacionalismo y el socialismo utópico. Con la excepción de la última, cada una de ellas penetró en su espíritu brindándole las esencias de su actuación futura. Pero el caso no puede ser estudiado a la ligera, pues tales corrientes, pese a que respondían al común denominador de la libertad, ofrecían contradicciones dialécticas recíprocas y a menudo internas. Es más: sobre todo el romanticismo y el socialismo evolucionaron de tal modo que en gran parte perdieron mucho de sus conceptuaciones originarias. El ideario de Duarte no estuvo ajeno a dichas contradicciones, lo que me dispongo a exponer someramente de inmediato, a fin de que pueda captarse con facilidad la raíz de algunas de sus actitudes. 25

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Comienzo con el romanticismo... Se trata de un movimiento que sosteniendo la tesis de una libertad individual plenaria, dió primacía sobre lo racional, y en vez de enfrentarse al futuro haciendo tabla rasa del pasado, exaltó lo tradicional e histórico. Se enfrentó, pues al culto de la Razón, que, en términos generales, dió la tónica al pensamiento del llamado Siglo de las Luces. Asomó, por tanto, con un carácter reaccionario. Y ofreció tres vertientes: una filosófica; otra artística, que dió origen a una amplia literatura y una música nuevas; y otra política, rica en contradicciones. Tales contradicciones se extendieron a la totalidad del movimiento, que en Alemania fue “hasta mitad del siglo”, estrictamente conservador; en Italia se abrazó al liberalismo, al igual que en España; en Inglaterra fue liberal y reaccionario; y en Francia, siguiendo las huellas alemanas, tradicionalista y monárquico. Pero después de esa etapa -llamada la del romanticismo histórico- la vertiente política evolucionó por dondequiera hacia el liberalismo, y la burguesía, que sobre todo en Francia había sido hostil al conjunto de la doctrina, la incorporó -al menos parcialmente- a su ideología: El inicio del vuelco lo produjo en París, en el 1830, la representación del drama de Víctor Hugo intitulado Hernani. En nuestra América, tal evolución no hubo apenas de observarse. Como señala Engels, desde temprano hubo allí un “romanticismo y su exaltación amorosa, pero sobre una base burguesa y con fines en último término burgueses”. Nos anticipamos, por tanto, a lo que aconteció en Europa en los precisos momentos en que Duarte se encontraba en Barcelona. Paso ahora al nacionalismo... Entró en el tema señalando que este movimiento estuvo estrechamente enlazado al desarrollo del capitalismo, y por tanto, de la revolución democrático-burguesa. Con razón Lenin sostiene que la época estudiada es la de “la bancarrota del feudalismo y del absolutismo, (y) los movimientos nacionales adquieren por primera vez el carácter de movimientos de masas, incorporando de uno u otro modo a todas las clases de la población a la política”. En el fondo, el nacionalismo respondió al afán de liberación de los pueblos sojuzgados por una nación extraña a ellos. 26

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Esto explica que el factor precipitante del auge de la doctrina fuera la expansión napoleónica. Lenin expresa al respecto: “Las guerras de la Revolución Francesa comenzaron con guerras nacionales, y lo eran efectivamente. Eran revolucionarias pues tenían como objetivo defender a la gran revolución contra la coalición de las monarquías contra-revolucionarias. Pero cuando Napoleón fundó el Imperio Frances, y avasalló toda una serie de Estados nacionales de Europa... entonces las guerras nacionales francesas se convirtieron en guerras imperialistas, que a su vez dieron origen a guerras de liberación nacional contra el imperialismo francés”. Se dio así el caso de que pese a que el movimiento tenía, en última instancia, un origen esencialmente económico -La Revolución Francesa - se vio, forzada por la dialéctica histórica, a enarbolar la bandera romántica del historicismo. Aquellos Estados sojuzgados tenían, en efecto, su historia, y respondían a rasgos culturales propios. Fue sobre estas realidades que se levantó el nuevo nacionalismo! El movimiento comenzó a cobrar vida en la lucha del pueblo español contra el dominio napoleónico. Todo el esfuerzo se orienta, en sus inicios, a destruir al invasor y restaurar así la nación. Al acercarse el triunfo, la unidad nacional se vió sacudida por la pugna dialéctica entre los absolutistas y los liberales. Sin embargo, había entre ellos un común denominador de origen romántico: el respeto a la historia, sentimiento que en el orden político se manifestó en el establecimiento de la monarquía. El liberalismo español del entonces, a pesar de que se inspiraba en determinados principios de la Revolución Francesa, no fue republicano Fernando VII se hizo de nuevo cargo del poder, y después de algunas concesiones a las tendencias liberales, restaur el absolutismo. Luego advinó el paréntesis del “trienio constitucional”; pero el rey, ayudado por campesinos tradicionalistas y la llegada de 90,000 franceses- los celebres “cien mil hijos de San Luis” -restauró una vez mas la plenitud de su poder en el 1823, y la plana mayor del liberalismo español- que no constituía un partido político -se vió obligada a emigrar. 27

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No produjo entonces España un hombre que -como Mazzini en Italia- hermanara el nacionalismo con tal convicción liberal republicana y la idea de la “eminente dignidad del pueblo”. Claro esta: el gran insurgente Italiano veía al pueblo como el conjunto de la comunidad, lo que pone al desnudo su fondo romántico, como también lo hace su tesis de la inseparabilidad de la religión-elemento tradicionalista- y la política. Me detengo ahora en el liberalismo... Fue este, indudablemente, la mas nítida expresión de la revolución democrático-burguesa en el campo de la política y la economía. Ello ha impulsado a algunos autores a ver en el a “uno de los elementos originarios de la filosofía de la burguesía”, cuando más bien se trata de una de sus expresiones ideológicas. La doctrina acusó variantes -derivadas de los países en los cuales logró desarrollarse- y contradicciones. Pero giró alrededor de una idea central: la libertad o las libertades propias de cada ser humano. Hubo así un liberalismo económico -fundado en la tesis del “laisser-faire” y el respeto de la propiedad privada-, que se oponía a toda intervención estatal en la actividad económica de los ciudadanos; un liberalismo político, opuesto al despotismo y del cual surgiría la democracia representativa; y un liberalismo intelectual, que sustentaba la necesidad de la tolerancia y la conciliación. Todo ello fue admirablemente sintetizado por Benjamin Constant al decir que abogaba por “la libertad en todo, en filosofía, en industria, en política; y (que) por libertad entiendo el triunfo de la individualidad, tanto sobre la autoridad que pretende gobernar mediante el despotismo, como sobre las masas que reclaman el derecho de sojuzgar a la minoría. En un conocido texto de Historia de las Ideas Políticas, dirigido por Touchard -que al igual que sus colaboradores no puede ser calificado de marxista se expresa que, dentro de las contradicciones ofrecidas por la doctrina, hállase la siguiente: “Los liberales consideran, como regla general, que ni al Estado ni a los patronos corresponde mejorar la suerte del obrero. El obrero es el principal responsable de su miseria; corresponde a la beneficencia privada su remedio”. En otro párrafo, el texto dice: “Pero en la misma medida 28

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en que el liberalismo aparece como la filosofía, de la clase burguesa, no asegura mas que la libertad de la burguesía, y los no-burgueses, por ejemplo Proudhon, tratan de establecer la libertad frente al liberalismo”, mediante la aplicación de los patrones del socialismo utópico. Fue en Francia e Inglaterra donde este tipo de socialismo surgió. En Inglaterra, la figura mas destacada del movimiento fué Owen; y en Francia lo fueron Saint-Simon, Fournier, Cabet y Dezamy. En lo que respecta a Proudhon, sus ideas ofrecen una mezcolanza de socialismo utópico y anarquismo, y fueron objeto de una demoledora crítica de Marx. Naturalmente, la aristocracia aún gobernante en la mayor parte de los países europeos, vio en aquella doctrina -menos en la del romanticismo histórico- un grave peligro... -De esta visión surgió la mencionada Santa Alianza, que se consideró con autoridad para intervenir, mediante la acción armada, allí donde se produjera una sublevación inspirada en una de ellas. Es más: donde dicha aristocracia apenas pudo obtener apoyo en la burguesía, se impuso el férreo absolutismo. Ello obligó a los dirigentes liberales, nacionalistas y socialistas utópicos a recurrir a la organización clandestina o a refugiarse en las Logias Masónicas. Las sociedades de “Carbonarios” que, nacidas en Italia, se extendieron a todos los países meridionales, brindaron el más señero ejemplo de organización clandestina. Pero España no se quedo atrás... Allí surgieron, obedeciendo al mismo patrón, las sociedades “Los Comuneros”, “Los Hijos de Padilla”, y “Los templarios” Todas respondieron, en términos generales, a una estructura. No puedo afirmar que una de estas naciera con anterioridad a la de los “Carbonarios”; pero es probable que así fuera, pues en España, el romanticismo histórico se convirtió en romanticismo liberal -pese a que conservó rasgos del primero- antes de que tal acontecimiento tuviera lugar en Francia y en Italia. Es más: la guerra 29

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nacional española contra Napoleón ha sido considerada por casi todos los historiadores, como el movimiento inicial de “todo proceso revolucionario que... quedará ultimado en la cuarta década del siglo XIX”. Este proceso, cargado de múltiples pugnas, condujo, en el 1820, al levantamiento militar de Riego y al ya referido “trienio Constitucional”, que puso determinadas “trabas legales al mantenimiento e incremento de los bienes eclesiásticos”, amplió el marco de las libertades publicas, suprimió de nuevo el Tribunal del Santo Oficio y procuró “poner orden” en la hacienda mediante, entre otras cosas, una reforma del sistema monetario. Bien cabe afirmar que España dio entonces la pauta al mundo europeo. Más aún: tuvo tanta importancia el liberalismo español de la época, que pese a que Balzac afirma que la palabra liberal fué lanzada por Madame de Stael y Benjamín Constant, Marx -conocedor a fondo de la historia universal y sobre todo de la de su época -expresa que dicha palabra salio de “España para difundirse por toda Europa”. Duarte llego a Barcelona en los precisos momentos en que asomaba en el horizonte la consumación de la revolución democrático-burguesa a “escala nacional” y la guerra civil entre los liberales y los absolutistas españoles. José Gabriel García afirma que durante su estancia en aquella ciudad, hizo un recorrido por los Pirineos, y las dificultades que palpo en los pueblos fronterizos le sugirieron... la patriótica idea separatista”. Evidentemente, con ello este autor da a entender que mucho mas que los insultos a los dominicanos proferidos por el Capitán del barco que lo llevo a Nueva York, fue este recorrido lo que determinó su futura actuación. A lo recién citado, García agrega que, en la gran urbe catalana el futuro prócer encontró “un vasto campo para inspirarse en las doctrinas liberales que sirvieron de origen a la forma de gobierno del Estatuto Real de 1834”. ¿Que decir de estas citas? Pues bien: la primera es inaceptable, pues no hay un solo documento firmado por Duarte en el cual aparezca la palabra “Separación”. Fue en el manifiesto del 16 de enero de 1844 donde por primera vez se uso esta palabra... En cuanto a la 30

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segunda, es taxativa: no fue en efecto, exclusivamente el liberalismo, sino también el romanticismo y el nacionalismo las doctrinas que influyeron decisivamente en la integración de su ideario. Es mas: no hay ningún dato que permita sostener que el se familiarice con la ora de los enciclopedistas y de los más destacados liberales de su época. Nada revela, por otra parte, que estuviera al tanto de las doctrinas filosóficas entonces en boga. Estas doctrinas apenas habían llegado a España, donde la filósofa seguía obedeciendo a los cánones de la escolástica, y es poco probable que durante su corta permanencia en Inglaterra y Francia, pudiera estudiar las concepciones de un Locke, un Hume, un Condillac y las de los materialistas mecanicistas franceses. Era para entonces demasiado joven y carecía de las bases culturales imprescindibles para dicho estudio. En lo que respecta a la visión del hombre y su historia, hay que admitir que la corriente que más influyó en el fue la del romanticismo. Para la captación de este lo preparaban sus iniciales estereotipos dinámicos y la evidente primacía que en su psiquismo tema lo afectivo. Es más: esta primacía explica -al menos parcialmente- que se solidarizará con la concepción de la libertad individual propugnada por el liberalismo. Profundizó -dada su importancia- en lo uno y lo otro... En lo concerniente al romanticismo, ya dije que acusó una evolución. En su primera fase, “fue un elemento de choque contra el racionalismo de la Enciclopedia, y en este sentido constituyó una de las plataformas ideológicas de la Restauración. Muchos de los liberales veían en esa corriente una actitud espiritual aliada de la Santa Alianza y la política contrarrevolucionaria de Metternich. Pero en su fase final, marchó al lado del liberalismo”. ¿Por que? Según el historiador Vicens Vives, porque ponderó en demasía lo irracional y lo individual, la revuelta del espíritu contra toda norma; cayó, en definitiva, en una disgregación caótica de los valores clásicos, de la misma manera que lo liberal hendía los bloques aun resistentes de la 31

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tradición” De hecho, si el primero se disgrega y anarquiza en virtud de que su irracionalismo le impide señalar metas concretas, el segundo aboga por la liquidación de las viejas convenciones sociales y, simultáneamente, por el nacimiento de un nuevo orden, bajo la égida de la burguesía. Pero insisto en que entre ambos hay -en la esfera estrictamente teórica- un punto central común: el postulado de la libertad, del cual surgirá “el regionalismo, y aún el nacionalismo literario, precursor del nacionalismo político de la época posterior”. El romanticismo inicial, reaccionario y tradicionalista, desemboca así en un nacionalismo que se fundamenta en el “espíritu” de cada pueblo (Volkgeist), cuya existencia “se manifiesta en su lengua, en su cultura, en su historia, en las costumbres”. Schlegel, convirtiéndose en el portavoz literario y filosófico del movimiento, llega a ver en la poesía romántica “un mundo en si” derivado del “principio fichteano de lo infinito”, y lanza la tesis de que en Europa hay cinco culturas nacionales de categoría excepcional de las cuales dos son “esencialmente clásicas” porque clásico es el genio nacional de los pueblos que las crearon (Francia e Italia), y tres culturas “románticas” (Alemania, Inglaterra y España). Tal concepción, carente indudablemente de asidero, pero que pretende basarse en la historia, repercute en la península hispánica, donde es introducida por Juan Nicolás Bohr de Faber, despertando en sus primeros líricos románticos el sentimiento de la nacionalidad, al cual las masas populares ya habían obedecido cuando se lanzaron a la guerra contra la invasión Napoleónica. Pero aconteció que al dársele a este sentimiento- que se proyectó a lo racional produciendo la revalorización del Siglo de Oro- una determinada orientación, corresponde al liberalismo brindarla, lo que a las claras negó el irracionalismo propio de aquella corriente. A la postre, el culto de la tradición fue reemplazado por el afán de progreso, en base al nacionalismo cultural sobre el cual las nuevas nacionalidades habrían de levantarse. ¡Nada pudo ofrecer una mayor prueba de la dialéctica histórica: el romanticismo- que dio primacía al sentimiento -llevaba en su seno a su contrario: el fervor por la razón! Naturalmente, el recién cita32

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do nacionalismo dió origen a empeños separatistas: comunidades pequeñas, pero culturalmente homogéneas, se consideraron con los mismos derechos a la vida política independiente que las grandes naciones. Ello tiende a explicar las desigualdades que ofrecieron aquellos empeños. En efecto, mientras en Italia los nacionalistas se inspiraron en el romanticismo liberal, en los Balcanes y en Cataluña obedecieron fundamentalmente al romanticismo histórico. Las ideas de Schlegel se difundieron rápidamente en Barcelona, y el novelista Walter Scott -defensor del historicismo- devino allí el ídolo de los jóvenes intelectuales románticos, que se expresaron en determinadas revistas, como “El Europeo” y “el Vapor”. Luego, muchos de estos jóvenes evolucionaron hacia el romanticismo liberal. Pero el auge de este último fué efímero: los hermanos Milá y Fontanals se impusieron sobre el liberalismo en auge arrastrando a casi todos los románticos mas destacados con la mística del “Resurgimiento Catalán”. Cuando esto sucedió, ya Duarte había partido de Cataluña. Pedro Rodríguez Demorizi tiene razón al insistir en el impacto que en su ánimo provocó el romanticismo. Es más: de su estudio al respecto se infiere que fue el romanticismo liberal el que más contribuyó a brindar los elementos románticos de su ideario. No me parece que este criterio sea acertado. Es cierto que las poesías de Duarte -pobres, por lo común, en hechos poéticos -acusan marcadas influencias de los poetas románticos españoles de aquella época. Empero, la historia enseña que no puede ser vista como una regla la identificación del romanticismo literario con el liberalismo. Touchard y sus colaboradores dicen al respecto: “No hay que confundir el romanticismo con los escritores románticos”, máxime cuando dicha corriente acusó -como se ha visto- una importante evolución, especialmente en su vertiente política. Valgan estos ejemplos: en Alemania, Holderling y Novalis fueron románticos tradicionalistas -o históricos; en Inglaterra, también lo fueron Coleridge y Young; y en España, Mariano José de Larra y Martínez de la Rosa. El propio Duque de Rivas -a quien Rodríguez Demorizi menciona- escribió 33

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el drama “La conjuración de Venecia”, obedeciendo a los cánones románticos historicistas. En cuanto a Espronceda, el caso es distinto: perteneció a una nueva generación, y fue un romántico liberal tanto en la literatura como en la praxis. Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que el romanticismo histórico, al exaltar el sentimiento colocándolo por encima de la razón, propició la apología de lo religioso. Tal fue el caso del alemán Schleiermacher, quien llegó a afirmar que “las diversas religiones se justifican todas, porque todas en conjunto constituyen la religión infinita”. Por ventura, tan absurda tesis fue luego sometida a una severa y destructora crítica por Feuerbach y Marx. Ya se dijo que en Duarte, entre sus estereotipos dinámicos iniciales se encontraba el religioso. Y cierto es que este no fue suplantado por el que originó su adhesión al liberalismo. Prueba de ello es que, habiendo sido victima de la expatriación por obra de la reacción colonialista que se impuso cuando Santana surgió como mandón supremo de la recién nacida Republica, el Pbro. San Gervi, después de haberle dado clases de “historia sagrada”, quiso que se dedicara a la Iglesia, proposición que el otro rechazó porque “los asuntos de mi patria que esperaba concluir, me impedían tomar estado”. Había en este, por tanto, un autentico fervor católico, que, por cierto, se tradujo en la constante lealtad a los principios evangélicos, lo que obliga a decir que mucho más que católico, se sentía cristiano y que este sentimiento influyó en su postura espiritualista. La fuerza que en él tuvo el romanticismo histórico aparece , además, en otros hechos, a los cuales me referiré de inmediato... Cuando regresó al país, declaró que lo que más lo había impresion ado durante su estancia en Europa fueron “los fueros y libertades de Barcelona”. Pues bien: se trata de conquistas logradas por Cataluña durante el Medioevo, y que los “carlistas” -muerto ya Fernando VII - defendieron, al igual que hicieron con la monarquía y 34

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la religión católica. Historiadores contemporáneos precisan, refiriéndose a este punto, que en la guerra civil desatada por el “carlismo” entonces, sus consignas básicas fueron: “Dios, Patria, Rey, Fueros”, principios político-religiosos de tipo tradicionalista que las masas campesinas sustentaban con fervor. Al fundar “La Trinitaria”, Duarte hizo uso de los dos primeros en calidad de lema, agregando los de libertad y República Dominicana. Evidentemente, el agregado era un producto del romanticismo liberal que él también sustentaba, pero el hecho de que apareciera junto a los otros demuestra que el lema respondió tanto a este último como al romanticismo histórico. Voy más lejos: estimo que lo que mas contribuyó a que en su mente surgiera la idea de la nueva República fue precisamente el tipo de romanticismo recién citado. Demostrar esta afirmación me obliga a incursionar una vez más en la historia europea y americana. E inicio la incursión señalando que si bien el nacionalismo surgió en la época del Renacimiento, encontró un vibrante eco en la Reforma y permaneció en latencia hasta la emancipación norteamericana, fue a raíz de la Revolución Francesa cuando comenzó a cobrar vigor y a extenderse. Al proclamar los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el trascendental suceso despertó el afán de liberación de los pueblos oprimidos, y dio así origen a la rebelión de los esclavos en Haití y a la ulterior creación del nuevo Estado haitiano. Es más: influyó -al igual que la emancipación norteamericana - en las guerras de Liberación Nacional de nuestra América. Reitero, sin embargo, algo ya dicho: fue la expansión napoleónica en Europa lo que dió auge al movimiento. Los pueblos subyugados por Napoleón despertaron... Duarte siente los vagidos de este despertar, y pensando en su tierra, se da cuenta - y así se lo dice poco tiempo después de su regreso al país, a José María Serra - que “entre los dominicanos y los haitianos no es posible una fusión”. ¿Que lo lleva a esta conclusión tan categórica? Sobre todo el concepto de que ambos pueblos responden a culturas diferentes, de que en cada uno de ellos late un “espíritu” peculiar, que hacía imposible una simbiosis, ¡Ocioso es decir que el concepto 35

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respondía al romanticismo histórico! Convertido en un nacionalista radical, se lanza a propagar esta doctrina... Pero - punto de sumo interés- tal radicalismo no implica chauvinismo. Llego a decir: “Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recorriendo las paginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores y veo como los vence y como sale de la triste condición de esclavo para convertirse en nación libre e independiente. Lo reconozco poseedor de dos virtudes eminentes; el amor a la libertad y el valor”... Su nacionalismo no revela, pues, anti-haitianismo: solo sustenta el derecho de nuestro pueblo a constituirse en nación libre e independiente, pues poseía, por naturaleza, las condiciones para ello. Es incontrovertible que de la prédica de ese nacionalismo radical nació nuestra Republica. El haberlo sentido y predicado constituye, pues, la mayor gloria del prócer. Pero esta gloria es reafirmada por las esencias de dicho nacionalismo y las dificultades que el encontró para su difusión. Dada su importancia, debo detenerme en ambos puntos, a reserva de volver sobre algunos de sus aspectos... Lo primero sobre lo cual considero imprescindible insistir es en el contenido republicano-liberal que incorpora a la tesis. No se trataba, por tanto, de un nacionalismo monárquico, que era el que mas en boga se hallaba entonces en Europa. Además, -obedeciendo a los principios de la Revolución Francesa antes de ser traicionada por Napoleón - se fundamentaba en la confianza en el pueblo, visto este como una totalidad indivisa cuyo atributo básico e inalienable es la soberanía. Duarte hizo así suyo el concepto de que - como afirma Kohn “la patria es superior a los reyes y a los magistrados, comprende a todas las clases sociales, a toda clase de gente, al rico y al pobre, tanto al grande y al famoso como a la multitud desconocida, a los fieles de todas las religiones y sectas” y, por tanto, a los hombres de todas las razas que en su suelo conviven. Es indudable que fué 36

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en Europa, a raíz de la Revolución Francesa, donde esta idea de la Patria alcanzó difusión, y si bien es cierto que en nuestra America eminentes figuras de la guerra emancipadora la hicieron suya, en la mayor parte de las naciones nacidas de esta guerra fue imposible materializarla, pues al igual que en los Estados Unidos, en muchas de ellas persistió durante largo tiempo la lacra de la esclavitud. Es más: no me parece que el pensamiento de aquellas figuras ejerciera una marcada influencia sobre el de Duarte, pues en la época en que este dió concreción a su ideario, es poco probable que tuviera noticias precisas de los ideales que alentaron los creadores de las naciones fraternas, en plena infancia entonces. Estimó, por tanto, que mayor fuerza tuvieron en la aludida concreción, determinados prohombres del nacionalismo y el romanticismo liberal europeo. Y me inclino a creer que entre estos, el que más gravitó sobre su espíritu fue Mazzini. ¿Por que sustento esa creencia? Porque el análisis del pensamiento político-social del uno y del otro revela casi una identificación. Ambos no concebían la lucha de clases y consideraban que en sus respectivos pueblos latía un afán de libertad y de progreso. Es más: recogieron y alentaron principios tanto del romanticismo histórico como del romanticismo liberal. Y fueron nacionalistas integrales. Más aún: impulsados por el más puro ensueño, tuvieron fe -siguiendo las huellas de Rousseau-, en la bondad ingénita del hombre... Este humanitarismo llevó a Duarte a enfrentarse a los remanentes del prejuicio racial; declaró -según afirma su hermana Rosa -que “la unidad de raza” constituía “uno de los principios fundamentales de nuestra asociación política”. Su concepción política tuvo, pues, en cuenta nuestra realidad demográfica, pero chocaba al mismo tiempo con la posición asumida al respecto por nuestra burguesía, clase social de la cual él aún formaba parte. En efecto, pese al duro golpe que el dominio haitiano infligió al referido prejuicio, esta clase seguía manteniéndolo en su intimidad. Es mas: pese a que ella se colocó, en términos generales, al lado del dominador y medro a su sombra, su máxima aspiración fue siempre convertir al país, 37

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una vez más, en colonia de una gran potencia. La preferida era España. Pero si otra se anticipaba en el respaldo al propósito, no había reparos para iniciar con ella las correspondientes gestiones y llegar a un concierto. En suma: el colonialismo era la tesis sustentada por la burguesía criolla como único camino para liberarse del dominio de la nación vecina. Hay bases suficientes para sostener que la labor realizada por el Pbro. peruano Caspar Hernández -quien llego al país en el 1839contribuyó a reafirmar este colonialismo en los burgueses que escuchaban sus predicas. Desgraciadamente, la historiografía tradicional y la novelística duartiana se han empeñado en presentar a este clérigo - que fue un defensor fanático de la religión católica y de la monarquía absolutista española - como un abanderado del ideal independentista y como uno de los “maestros” que más contribuyo a afianzarlo en el espíritu de Duarte y de otros trinitarios. Félix María del Monte - quien confiesa que debió a dicho cura cavernícola “sus primeras y más notables aspiraciones” -lo presenta como un profesor “liberal y patriota” que discurría ante sus alumnos “sobre los derechos imprescindibles del hombre, sobre el origen del poder en las sociedades, sobre las formas de gobierno, sobre la índole de las Constituciones, sobre el sufragio de los pueblos, sobre el principio legítimo de la autoridad”... A su vez, Joaquín Balaguer, en su obra ya citada, afirma que el personaje de marras fue “un activo animador de la idea separatista”. Y Pedro Troncoso Sánchez, en su novela también ya citada, llega a decir que Hernández, después de escuchar una fervorosa apología de la independencia hecha por Duarte, respondió: “Aquí me quedaré por siempre a compartir vuestra lucha”. Todo esto es una clara distorsión de la historia; y la mejor prueba de ello la ofrece el propio clérigo en su obra “Derechos y Prerrogativas del Papa y de la Iglesia”, publicada en el 1853. En ella afirma, entre otras cosas, lo siguiente: ‘Ojala que los hombres emplearan su tiempo en las Américas en estudiar y conocer bien su religión, y no en leer obras impías y revolucionarias... Entonces compararían el 38

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tiempo presente con el año de 1810; recordarían lo que fueron y lo que hoy son: y de esta comparación inevitable, productora sin duda de nuevos y más arreglados deseos, resultaría a vista de tanto infortunio, el anhelo de depender más bien de su antigua Metrópoli, antes que experimentar tantas y tan repetidas oscilaciones políticas con daño y detrimento de toda la sociedad”. Y al referirse a los abanderados de la independencia, los “sofistas llenos de ideas revolucionarias contra el altar, contra los Reyes, y contra toda autoridad”... expresa: “De estas plagas están libres los gobiernos monárquicos absolutos o moderados, los que aseguran garantías; y no los democráticos de la América Española, que prometen mucho y nada cumplen; al contrario, destruyen libertad y derechos sociales”. Bastan estas citas para poner al desnudo lo que fue entonces la prédica de éste cuya cabeza era una inagotable cantera de delirios oscurantistas! Y para comprender como estos delirios debieron influir en el colonialismo de nuestra burguesía, clase social sobre la cual cae la responsabilidad de la anexión a España y de las desventuras del Padre de la Patria, a los pocos meses de nacida! Claro esta: no pudo este prever tales desventuras. Su romanticismo le hacia ver en cada dominicano a un auténtico patriota y por tanto, a un celoso colaborador de su empeño; abstracciones brotadas exclusivamente del sentimiento le impedían captar las corrientes en pugna en el país y sus orígenes económico-sociales. A diferencia de Martí, tuvo escasa visión de lo concreto. El Apóstol cubano fue - y así lo he afirmado en otra parte - un espiritualista realista. Duarte, en cambio, vivió y murió dominado por el espiritualismo. Evidentemente, no tuvo el genio del otro. Vivieron, además, en épocas distintas. Pero hay que reconocer que ambos se destacaron por la firme lealtad a los nobles ideales que sustentaron y la inmaculada pureza de sus vidas. Siempre se ha dicho que en Duarte había un trasfondo místico. Y Balaguer y en parte Troncoso Sánchez, - cuyas trayectorias públicas durante el trujillato obliga a ver en ellos a señeros exponentes del anti-duartismo- lo han divinizado. Estimo- y así lo expresé en uno 39

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de mis libros- que ese trasfondo existió y brindó una base genética a su religiosidad y a su concepción providencialista de la vida. Pero no se consagro, como los auténticos místicos, al culto de las cosas llamadas “divinas”. Bien visto el punto, si en el lema de la proyectada República figura en primer término la palabra “Dios”, fueron los conceptos de “Patria” y “Libertad”- los que dieron el sentido y la tónica a sus actividades. En efecto, la creación y consolidación de la patria -propósito que revelaba un profundo amor a su pueblo- fue su máximo empeño. “Por desesperada que sea la causa de mi Patria -dijo - siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”. Ello explica su oposición radical al “bando traidor y parricida” que la había entregado a España y que, después de la Restauración, se la ofreció, por unas míseras monedas, a los Estados Unidos. Jamás tuvo su patriotismo la menor flaqueza o un ínfimo desvío. Vió un enemigo en todo aquel que tendiera a “menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y a cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del Pueblo Dominicano”. Estos derechos aparecen consignados en el proyecto de Constitución que escribió y el cual paso, incompleto, a la posteridad. Fue redactado en las semanas siguientes al nacimiento de la República: Así lo prueba el Artículo 60; en el cual se dice que esta fue proclamada el 27 de febrero de l844; y es en su contenido donde mas se manifiesta el liberalismo del autor. Para entonces, el triunfo de esta corriente política sustentada por la burguesía “progresista” de otros países, apuntaba en la Europa occidental y devino un hecho con el movimiento revolucionario del 1848. Quedó así consolidada en dichos países la revolución democrático-burguesa y esta consolidación sirvió de base al desarrollo del imperialismo. Los vaivenes iniciales del proceso -que tuvo su punto de partida en Francia -Marx los describió magistralmente en su obra “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”. Además, historiadores no marxistas como Hauser, Maurain, Benaerts y L’ Huillie- han dedicado importantes obras al estudio de dicho proceso, que apenas tuvo repercusión en nuestra 40

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América. Esto último es explicable: el liberalismo se impuso en los países capitalistas que habían alcanzado la etapa industrial, hecho que apenas se dió en los nuestros, lo que evidentemente confirmaba la ley del desarrollo desigual del capitalismo. Cuando luchaba por la creación de la República, el romanticismo de Duarte le impidió darse cuenta de que nuestra burguesía, en vez de haberse solidarizado con el liberalismo -y, por tanto, con el afán de progreso técnico- sustentaba la tesis colonialista, que era entonces el exponente máximo de la reacción política. Puesto que dicha tesis traducía una concepción antipatriótica, Duarte chocó con su propia clase social, y pese a que la primera Constitución de la República, votada en noviembre de 1844, recoge principios que aparecen en el proyecto que él hubo de redactar, bien se sabe que los hechos ulteriores dieron un constante mentis a tales principios. Considero importante detenerme en algunos puntos del mencionado proyecto... En su Artículo 60; -ya parcialmente citado- expresa que “siendo la Independencia Nacional la fuente y garantía de las libertades patrias, la Ley Suprema del Pueblo Dominicano es y será siempre su existencia política como Nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera”... Tal Artículo traduce un nacionalismo intransigente y opuesto, por tanto, a cualquier concesión colonialista. Este anticolonialismo aparece con mayor énfasis en el Artículo 18°, cuyo texto afirma: “La nación dominicana es libre e independiente, y no es ni puede ser jamás parte integrante de ninguna otra potencia, ni el patrimonio de familia ni persona alguna propia ni mucho menos extraña”. Por otra parte, en el Artículo 21° el autor afirma que “son dominicanos los que obtienen esta cualidad o por nacimiento o por haber obtenido del Gobierno cedula de nacionalidad con arreglo a la ley”. Ello implica, evidentemente, la exclusión de la esclavitud 41

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y de toda diferencia jurídica basada en el prejuicio racial. Además, un Artículo no numerado establece el sistema “republicano” de gobierno, y señala que este último “es y deberá ser siempre popular en cuanto a su origen, electivo en cuanto al modo de organizarlo, representativo en cuanto al sistema, y... responsable en cuanto a sus actos”. Podría decirse que estos conceptos aparecían consignados en Constituciones de otros países y que la Constitución norteamericana de Filadelfia había trazado al respecto la pauta. Sin embargo, importa destacar que esta ultima, -al ratificar el Artículo 4° del Acta de Confederación - Artículo que limito el ejercicio de los derechos humanos a “los habitantes libres de cada uno de los Estados”, aprobó tácitamente la institución de la esclavitud, razón por la cual la “democracia” que existió allí hasta el fin de la guerra de Secesión, se asemejó -tomando en cuenta las diferencias de épocas -a la que imperó en determinadas polis de la Grecia antigua. En consecuencia, al fijar Duarte en su proyecto los aludidos conceptos, dió un importante paso de avance que implicaba el reconocimiento del sufragio universal. El punto segundo del Artículo 13°; bis expresa lo siguiente: “Todo poder dominicano esta y deberá estar siempre limitado por la ley, y está por la justicia, la cual consiste en dar a cada uno lo que en derecho le pertenezca”. En su citado ensayo, el Lic. Salazar lo encomia diciendo que en este texto “no se enuncia únicamente un postulado jurídico de cuestionable (¿incuestionable? J.G.) aplicación en el mundo de la realidad, sino que contiene, por encima de eso, un principio de convivencia que no se funda en abstracciones ni deficiencias históricas, sino, antes bien, en verdades concretas, efectivas, mensurables y negociables”. Fundamenta el autor tales afirmaciones en el principio de que no existe “ningún valor más elevado que la justicia, para fundar en el criterio de la validez de la ley.” No voy a entrar en disquisiciones sobre el tema... Me limito a decir que el postulado jurídico a que el Lic. Salazar se refiere es, dentro del Derecho burgués, una insó1ita mentira y que el “principio de convivencia” que el deriva del texto constituye una típica ab42

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stracción cuya supuesta verdad aparece negada por la naturaleza del sistema capitalista, que el aludido Derecho consagra. A mi entender, Duarte expresó en este caso un juicio filosófico que cae dentro del campo del deber -ser, pues da por sentadas la inexistencia de las clases sociales y del afán de poder y lucro de las clases dominantes. Estimo que expuso ese juicio impulsado por su fervor romántico, que lo hacía ver en cada hombre una cantera de bien y un cotidiano exponente de pureza. Pero hay algo más: contrastando con las disposiciones a que acabo de referirme, el aludido proyecto consigna que “la religión predominante en el Estado deberá ser siempre la Católica, Apostólica, sin perjuicio de la libertad de conciencia y tolerancia de cultos”, lo que indudablemente revela que pese a la riqueza de pensamientos liberales contenidos en el documento, Duarte no había podido liberarse -pese a que visito países protestantes- de todos sus estereotipos dinámicos iniciales y sustantivos. Acentúa su determinación al respecto fijando, en el Articulo 23°; el ordenamiento de lo eclesiástico, con lo cual daba a entender que veía” en la Iglesia Cató1ica una institución estrechamente vinculada al Estado. En el ámbito de libre-pensadores existente para entonces en nuestra América -tal como lo confirman las citas del Pbro. Hernández - es evidente que aquello constituía un lastre tradicionalista repudiable. Pero insisto en que tales fallas tenían su origen, fundamentalmente, en la heterogeneidad y relativa unilateralidad de la formación intelectual del Prócer. Su visión de la realidad político-social de la época era la que sustentaban casi todos los grandes románticos, en quienes latía, pese al reaccionarismo de los primeros tiempos, pureza de actuación y ansias de bien común. Por eso, el hecho de que Duarte se solidarizara con ellos, de ningún modo desmedra su gloria. De todos modos, tal visión era falsa. Es más: chocó con el colonialismo burgués, y del choque surgieron sus mayores tribulaciones. Salvo el de la creación de la patria, sus demás propósitos se frustraron... La respuesta a sus nobles afanes y sacrificios fue el destie43

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rro. Y con este, el más hondo dolor, la ruina. Declarado traidor a la patria, só1o dos de los antiguos compañeros -Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina- siguieron manifestándole amor y lealtad. ¿Valía acaso la pena emprender, en tales condiciones una lucha? ¡No! Hubiera sido un suicidio. Prefirió esperar. Y como buen romántico, buscó un momentáneo consuelo en la naturaleza agreste. ¡Pero no renunció a su ideario! Y cuando llego la hora de poder servirle de nuevo a la patria, entonces mortalmente herida por la anexión a España, regreso a ella. Pese a su edad avanzada y a los padecimientos físicos de que era víctima, quiso dar su vida en la contienda restauradora. Pero su requerimiento no encontró en el gobierno de armas la acogida por el esperada... Aceptó entonces una misión patriótica en el exterior. Y desde allí, cuando no había aun terminado aquella guerra desigual -pues era entre un gigante y un pigmeo- escribió a Félix María Del Monte, de cuya deslealtad al ideal trinitario probablemente no había tenido noticias, una carta histórica en la cual lanza duros dicterios contra los traidores a la patria, y, no obstante su desgarramiento anímico, reitera su fé en la providencia. En la misiva se pregunta: ¿Que más se quiere del patriota? ¿Se quiere que muera lejos de su patria, é1, que no pensó sino en rescatarla?... Pues no, no... El buen dominicano tiene hambre y sed de justicia ha largo tiempo, y si el mundo se la negare, Dios, que es la suma bondad, sabrá hacerla cumplida y no muy dilatado, y entonces, hay de los que tuvieron oídos para oír y no oyeron, de los que tuvieron ojos para ver y no vieron... la eternidad de nuestra idea! Porque ellos habrán de oír y habrán de ver entonces lo que no hubieran querido oír ni ver jamás! “ Con tales palabras había, evidentemente, su trasfondo místico. Pero hay en ellas algo significativo: el prócer habla de buenos y malos dominicanos. La carta, fechada el 2 de mayo de 1865, reitera así conceptos que semanas antes había emitido en la que dirigió a Manuel Rodríguez Objío, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Restaurador. En esta decía: “En Santo Domingo no hay mas que un pueblo que desea ser y se ha proclamado in44

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dependiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra este querer del pueblo dominicano, logrando siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación... esa fracción o mejor diremos esa facción ha sido, es y será siempre todo menos dominicana”. Juzgaba, pues, la dominicanidad, en base al sentimiento patriótico. En consecuencia, quienes pertenecían a aquella “fracción” o “facción”, eran miembros de “un bando traidor y parricida,... que no tienen, ni merecen otra patria sino el fango de su miserable abyección”. La carta se destaca -como se ve- por la categórica reafirmación de su anticolonialismo. Dice además en ella; “Si me pronuncio dominicano independiente desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad, Honor Nacional (no habla de Separación. J.G.) se hallaban proscritos como palabras infames;... si después en el año 44 me pronuncie contra el protectorado francés decidido por esos facciosos y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la Anexión a España, llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando,... no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestaré siempre, no digo tan solo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo mas mínimo nuestra Independencia Nacional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano”. De estas afirmaciones se infiere que su concepción romántica sobre la bondad ingénita del hombre se sintió golpeado tan pronto el inició su lucha por la Independencia Nacional, y que al regresar al país, ya nacida la Republica, y ser luego víctima de aquel “bando traidor y parricida”, renunció a dicha concepción. Claro está: su formación intelectual le impedía comprender que aquel “bando” es45

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taba integrado fundamentalmente por burgueses cuyo colonialismo se sirvió de la palabra “Separación” para alcanzar sus proditorios fines. Es sabido que al finalizar la guerra restauradora, su misión en el exterior terminó. ¿Quiso entonces regresar al país? Semanas antes de producirse la desocupación española, alentó indudablemente el propósito, pues en la citada carta al tránsfuga Del Monte le dice: “Esta situación, aunque no lo parezca, es violenta y no promete un desenlace tan suave y natural como lo esperan los necios que representan en esta comedia... Y mientras... se agita y bulle el malo, ¿que hace el bueno? Se estará quedo... Sería un crimen del cual se nos podría acusar ante la Historia, a nosotros... los individuos de la Sociedad Filarmónica. Félix, no hay reposo ya para nosotros sino en la tumba, y que pues el amor de la patria nos hizo contraer compromisos sagrados para con la generación venidera, necesario es cumplirlos o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes”. ¿Por que no cumplió ese compromiso? Porque prematuramente envejecido y con la salud en quiebra, volvió a sentirse totalmente solo... ¡Y con el ánimo terriblemente abatido por la dolorosa evolución de los acontecimientos nacionales! Báez, el exMariscal español, había trastornado “el juicio del pueblo” y a su lado se arremolinaba, gozosa, la burguesía anexionista. El propio Del Monte se incorporó, una vez más, a su carrera de infamias. Y pese a que cuando escribió a éste la referida carta, el Apóstol pensaba que “Dios ha de concederme bastante fortaleza para no descender a la tumba sin dejar a mi Patria libre, independiente y triunfante”, la vida fue gradualmente desvaneciendo este pensamiento... Hay, sin embargo, testimonio de que nunca cayó en un total derrotismo. Pues pese a que llegó a la conclusión de que su hora había pasado, confió en el porvenir, pues “todo es providencial... y los providencialistas son los que salvaran la Patria del infierno a que la tienen condenada los ateos, cosmopoli46

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tas (?) orcopolitas”. Claro está: tales palabras, nacidas de su religiosidad, carecen de sentido. Pero eran una expresión de confianza en el triunfo final del albo propósito a que consagro su vida. Cierto es que su ideario no contiene reivindicaciones sociales. A diferencia de Bolívar, que en su Decreto de Trujillo, promulgado en 1824, quiso proteger a “los indios del Perú y reordenar allí el sistema de la propiedad agraria”, ó de Morelos, que se lanzó a la lucha por la emancipación mexicana para llevar la justicia a las grandes masas desposeídas o hambrientas; o de Artigas, que decretó la expropia-ción de las tierras de “los malos europeos y peores americanos”, Duarte elaboró su proyecto de Constitución en base a la visión ideal del hombre que impulsaba entonces sus actuaciones. Es más: de cuanto abrazó su ideario lo único que cobró vida -menguada, precaria y varias veces traicionada- fue la Patria. ¿Queda algo en pie de ese ideario? La respuesta se halla en relación directa con las realidades político-sociales del mundo de hoy y la neo-colonia dentro de la cual vivimos... El romanticismo fué sepultado por la historia: de él solo queda el recuerdo; y -como afirma Grouzet en todas partes “se acentúa el retroceso del liberalismo y se amplían las atribuciones del Poder Ejecutivo”. Más aún: la crisis actual del capitalismo ha hecho añicos los sueños de los neo-liberales. Pero el capitalismo no se suicida... Amenazado de muerte, ha acentuado, con el apoyo de las burguesías de los países neocoloniales, su derivación imperialista. Nuestra República, al igual que las demás neo-colonias, es víctima de dicha acentuación. Frente a esta tragedia no hay otro camino que luchar a brazo partido por la Liberación Nacional, como primer paso hacia el establecimiento de una Patria Socialista. Ello hace ver que del ideario de Duarte algo tiene aún vigencia: su nacionalismo radical, su anticolonialismo. ¡Pregonémoslo con fervor, convirtámoslo en bandera de la lucha inmediata! Procedamos así conscientes de que los errores del insigne Prócer respondieron a su momento histórico y de que la pureza de su vida 47

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brinda ejemplo a los que hoy riegan la simiente del futuro.

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Duarte Paradigma de la Juventud Dominicana
POR PEDRO MANUEL CASALS VICTORIA La figura de Juan Pablo Duarte, el auténtico fundador de la Republica Dominicana, ha sido insuficientemente estudiada y en muchos de los libros y artículos que se han escrito sobre el, se le ha idealizado exageradamente, presentando la imagen de un Cristo o de un filosofo etéreo sin los pies sobre la tierra, cuando no la de un pusilánime carente de valor personal y hasta misógino o andrógeno, incapaz de amar a las mujeres. Esas últimas falacias peyorativas han sido escritas por espíritus torcidos, santanitas o sanchistas, olvidando estos últimos que Sánchez, quien lo seguía con el amor de un discípulo, lo considera su Nazareno Jesucristo. En la época actual, se han sumado a esa actitud distorsionadora, pseudo-intelectuales pagados por gobiernos y agencias del exterior. Para estos y sus mandantes, el pensamiento y la obra de Duarte es algo que debe ser destruido porque podría conducir, como en efecto debe llevar, a la juventud dominicana, a oponerse a sus planes en marcha de destruir la República fusionándola con Haití y transfiriendo a la Plutocracia extranjera unida a traidores locales, las riquezas naturales, el territorio y todos los bienes públicos que Dios y los fundadores de la República y el trabajo acumulado de nuestros antecesores nos legaron para que hoy, y en el futuro, ustedes y sus hijos y los hijos de sus hijos, vivan con independencia, en libertad, con dignidad y seguridad y para que prosperen con sus familiares en armonía y justicia social sin tener que pasar penurias, carentes de futuro y contemplando como única salida, la de aventurarse a emigrar a otros países. Son esos irreverentes, los que osan cambiar la sagrada fecha de celebración del día 49

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consagrado a Duarte. Este cambio irreverente dista de ser inocente pues tiende a que el pueblo perciba que si fechas sagradas, como la del día de Duarte y la de los Reyes Magos pueden hacerse cambiar a voluntad de un burócrata cualquiera, en consecuencia, el patriotismo y la religión, carecen de importancia, haciendo inconscientemente aceptable la fusión y la dominación extranjera. Entonces, ustedes y los demás dominicanos deben por su propio bien y el de la República, buscar y encontrar el verdadero Duarte; esta vez, no como un paradigma nebuloso e inalcanzable, sino como lo fue en realidad: un líder juvenil carismático de carne y hueso: buen mozo, valiente, conspirador, revolucionario, osado, un pensador elevado y honrado que sedujo a los demás jóvenes de su época sellando con sangre el juramento de liberar a su patria de Haití y de toda dominación extranjera y de crear una Republica democrática y asentada en el respeto a la ley con justicia social y con unidad multirracial: un hombre capaz de sacrificar su patrimonio y el de su familia que le apoyó en todo por su patria, y quien desempeñó áreas comunes en la sociedad como tenedor de libros, comerciante, maestro, apuntador de teatro; un hombre que se enamoró y que tenía novias aquí y mujeres en los países que visitó; un verdadero estudiante que recibía libros y revistas del exterior en los barcos con que su padre negociaba y que leía de noche hasta las dos de la mañana para aprender más para realizar su meta patriótica; un líder cívico y también militar y sobre todo, un patriota a tiempo completo. Duarte practicaba esgrima, una disciplina que posiblemente asimiló en Europa y la que requiere alto condicionamiento y destreza física y la enseñaba a sus amigos como parte de su preparación militar para lo cual trajo consigo de Europa los equipos necesarios y compró pertrechos militares para la revolución que organizaba, mientras en su casa, su hermana Rosa hacía balas para patriotas, y él escribía con gran hondura filosófica y precisión lingüística, su filosofía patriótica y política en conceptos breves que todo joven dominicano debe leer y con los cuales debe compenetrarse pues de manera casi increíble, se ajustan a nuestra peligrosa y penosa situación actual, como guián50

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donos aún, para que nueva vez, salvemos a la patria que agoniza. Ese es el Duarte verdadero que ustedes deben conocer. De todo lo que he leído sobre él, las que más lo presentan como fue en realidad son las obras breves y didácticas de Enrique Patín Veloz, los volantes descriptivos del Instituto Duartiano que se deben adquirir, estudiar y difundir y el ideario compilado por Don Vetilio Alfau Durán deben ser el catecismo patriótico y político de la juventud. Antes de desarrollar algunos de los puntos tratados en esta introducción, deseo decirles algo que aprendí temprano en mi hogar y en mi sociedad; que un hombre joven aunque aspire a los placeres de la vida no debe dejar que ellos sean el único aliciente pues además de convertirse en un ser socialmente inútil, descubrirá a su tiempo, que ese vino deja la boca amarga. Un joven se forja y se hace hombre, haciendo siempre lo que es correcto aunque ello sea peligroso y riesgoso. Yo, como muchos otros jóvenes de mi generación, lo he hecho siempre así, aceptando correr todos los riesgos, peligros y sacrificios; la cárcel, la tortura, la guerra, el hospital, la pobreza total, la persecución, el destierro y sin embargo, he disfrutado del amor y de los placeres del mundo, he estudiado y he sido exitoso en mi profesión y trabajo, y no tengo la boca amarga, sintiéndome bien de haber hecho lo que por mi patria he hecho y dispuesto arriesgarlo todo de nuevo por ella como hizo Duarte a los 52 años, cuando vino a ofrecer sus servicios para luchar contra la Anexión a España. No pretendo con esta digresión, ni remotamente, compararme con Duarte, el más puro de todos los líderes nacionales y del continente americano sino enseñarles que hay gozo en ser patriota de veras y que de alguna misteriosa manera material o espiritual, casi siempre la providencia compensa los sacrificios y las penurias que hacemos y recibimos cuando luchamos por las buenas causas. Sin embargo, me sentiría muy honrado si alguien pensara algún día que soy el humilde discípulo suyo que procuro ser. Duarte: el dirigente juvenil 51

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Duarte se hizo patriota a los 16 años de edad, cuando en el buque que se lo llevaba a Estados Unidos, como parte de sus estudios que continuó en Europa, y especialmente en Barcelona, el capitán, durante una conversación descortez con su acompañante P. Pujols le dijo que ni su familia tenían nombre porque inclinaban viles sus cabezas ante el yugo de sus esclavos. Desde entonces comprende que “vivir sin patria es vivir si honor” y decide liberar a su patria de Haití y de toda potencia extranjera. A su regreso, algo más de dos años después, reunió a un grupo de jóvenes fundando la Escuela de la Atarazana cuando apenas contaba 18 años, enseñándoles sus principios patrióticos y convirtiéndose en un admirado y respetado líder juvenil que funda a los 25 años la Sociedad Secreta La Trinitaria y la preside, en la cual los conjurados patriotas deben sellar su compromiso con su propia sangre. El juramento de los miembros define la determinación y el objetivo concreto del compromiso que asumía y hasta la forma y el color de la bandera dominicana. Duarte el revolucionario era un joven como ustedes que hizo la Republica con jóvenes; un joven que creyó en la juventud y la consideró como “La esperanza de la patria”. Tanto es así, que a su movimiento, los conservadores lo denominaban “La revolución de los muchachos”. Los Trinitarios iniciales eran todos jóvenes como el: Pedro Alejandrino Pina tenía 18 años, Jacinto de la Concha y José María Serra, 19; Juan Nepomuceno Ravelo y Félix María Ruiz 23 y los más viejos eran Juan Isidro Pérez y Benito González, con 27 años. Además, tal como acertadamente apunta Patín: “ha sido el único prócer dominicano” que comenzó y terminó su apostolado en plena juventud”, convirtiéndose a los 31 años en “Padre de la Patria”, fundador del futuro Ejercito de la República y su primer general, autor de un Proyecto de constitución y creador de la bandera nacional. Sus seguidores y discípulos lo adoraban, Sánchez lo llamaba Nuestro Jesús Nazareno y José María Serra lo define como “el mentor de la juventud contemporánea”. Fue un joven inspirado, apasionado, determinado, lleno de fe y 52

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de valor, visionario, noble, culto, de principios razonables y justos que jamás traicionó ni transigió, cualidad eminente que le reconoció Juan Isidro Jiménez Grullón. Tampoco cedió a los sentimientos del odio y de la venganza contra Santana que desterró a toda su familia y que por ironía del destino, esa espada gloriosa sin la cual tampoco quizás hubiese habido República, murió desengañado, deprimido y afrentado por los españoles a quienes anexó nuestra patria por temor a una reconquista haitiana y no por bastardas y fútiles ambiciones personales como sostienen algunos historiadores, en mi modesta opinión. No tuvo mácula Duarte en su vida. Fue absolutamente puro y es por ello que el venezolano Carlos Larrazabal Blanco lo definió como “el más puro de los héroes de America”, Mella, por error político mas que por doblez, aceptó ser legado de Santana enemigo sin causa valedera de Duarte y gestionar la protección de España contra los haitianos Sánchez, fue al propio Haití a pedir ayuda contra la anexión tal como lo hicieron los restauradores de Santiago, favoreciendo así los designios haitianos, siendo a su regreso fusilado por Santana por su error trágico luego de ser juzgado sumariamente por la justicia santanista a la cual había aceptado anteriormente, servir como Fiscal en otro error que no obstante, no empaña su gloria independentista. Solo Duarte no comete errores ni transige con sus principios ni arriesga el destino de la Patria a impulsos de los que pudieron haber sido justificados sentimientos o ambiciones personales. ¿Imaginan ustedes lo que es regresar de Curazao a donde tuvo que refugiarse por corto tiempo para huir de la encarnizada persecución haitiana que lo ubica como líder de la revolución y ser recibido como un héroe en marzo de 1844 y proclamado “Padre de la Patria” por el Arzobispo Portes a los 31 años sin envanecerse y modestamente, aceptar ser miembro de la Junta Gubernativa y no su Presidente como le correspondía? ¿Imaginan lo que es ser proclamado Presidente de la República por Puerto Plata, y Santiago en el Cibao y no nombrar Gabinete por prudencia, para evitar una sublevación de Santana que debitara a la República en provecho de Haití aceptando en septiembre ser deportado por este, 53

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quien más tarde deportó a su familia entera? O cuando ya no joven, arma una expedición y desembarca en Monte Cristy en 1864, solicitando un mando militar como General, que los Restauradores, pese a tratarlo con el respeto debido, le niegan pidiéndole en cambio, que regrese a Venezuela como Embajador ante ese país, Colombia y el Perú? Donde encontramos tanta modestia, tanto renunciamiento por el interés de mantener unida la República? Si Duarte militar Duarte tuvo gran afición al arte militar y leyó libros de táctica y de estrategia practicando esgrima, conocimientos que comunicó a los Trinitarios que formaban secretamente un ejercito para combatir a los haitianos. Igualmente, para extender sus conocimientos y hacer amistades castrenses, se alistó en la Guardia Nacional Haitiana donde alcanzo el rango de Coronel, participando aquí en la revuelta contra Boyer que había estallado en Haití. Fue el fundador del primer Ejército de la República en Armas y Comandante Adjunto del Ejército Revolucionario del Sur en 1844 e intentó participar como General en jefe que era de la Guerra de la Restauración la cual, tal como referí previamente, no fue aceptada por el gobierno restaurador. Ello ocurrió tal vez porque Duarte como libertador insobornable era odiado por los haitianos quienes tácticamente y para propósitos futuros de recuperar nuestro territorio, apoyaban a los restauradores. Debemos tener presente que en marzo de 1844 cuando solo el valeroso y determinado Pedro Santana había aceptado comandar los desprovistos dominicanos, para enfrentar en el Sur al poderoso, bien armado y fogueado ejército haitiano que penetraría por Azua y otros dos frentes, Duarte, en su calidad de Comandante Adjunto del Ejercito del sur, marchó al frente de una división, intentando, sin éxito, convencer a Santana para atacar a los haitianos que se retiraban después de la Batalla del 19 de marzo y cogerlos entre dos fuegos cuando, atacados por él, retrocedieran a tierra domini54

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cana donde debería estarlo esperando Santana. Este último, le dijo que consultaría la propuesta con sus oficiales y pidió a la Junta Gubernativa secretamente, que llamara a Duarte y lo dejase solo. Así sucedió, aceptándolo el Héroe nacional pese a que sus oficiales le pedían desacatar a Santana. Ese sólo gesto lo revela como un militar valiente, osado y con capacidad estratégica, más sin embargo, respetuoso de la jerarquía. Un evento similar ocurrió el 10 de mayo del mismo 1844, cuando solicitó ir a combatir a Santiago y San Juan por el camino de Constanza, impidiéndolo la Junta Gubernativa. El liderazgo militar de Duarte estaba claramente establecido tal como se confirmó el 31 de mayo de 1844 cuando 57 oficiales de la oficialidad del Ejército de Santo Domingo solicitaron a la Junta Gubernativa que su rango fuera elevado a General de División, Comandante del Ejército, expresando en su carta que el patricio era el hombre constantemente consagrado al bien de la Patria, adquiriendo prosélitos y públicamente regando las semillas de la separación, “quien más ha contribuido a formar ese espíritu de libertad e independencia de nuestro suelo”. Ese reconocimiento, que resalta su prestigio militar, aumentaría los recelos y la rivalidad del caudillo militar Pedro Santana. Fuentes de las ideas de Duarte Resulta fácil advertir que el cristianismo, las doctrinas liberales en boga y la masonería, impregnan las ideas de Duarte pero tengo pocas dudas y ello debería investigarse, que influyó en ellas su estancia en Barcelona. Cataluña se encontraba entonces en un periodo de transformaciones y luchas que darían su fisonomía a su sociedad actual y Duarte manifestó su admiración por sus Fueros. Desde 1807 y 1808 luchaba contra la Convención y contra Napoleón y las invasiones francesas, apoyadas por Fernando VII. En Cataluña y poco antes de su llegada se había desatado una terrible persecución y represión de los liberales (1827-1832) por lo que florecieron los 55

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movimientos y asociaciones secretas y formando tal vez allí el germen de su “Trinitaria”. Dos años después de su partida, en 1832, estalló la revolución Carlista. Es significativo, que en las obras teatrales de propaganda política soterrada de la sociedad “La Filantrópica” se repitan los agravios y las burlas contra los franceses que eran populares en Cataluña y que también lo fueron hecha, dado que los invasores haitianos hablaban el idioma francés y así mismo, que después de Febrero, Duarte enfrentara resueltamente a la Junta Gubernativa, oponiéndose a la idea de un protectorado francés. Sus principios políticos y patrióticos Sus principios políticos los encontrarán ustedes en las publicaciones que he citado y son totalmente vigentes hoy y su aplicación, absolutamente necesaria y especialmente el respeto a la ley, que junto a nuestra Constitución, se viola sistemáticamente por los gobiernos, para favorecer bastardos intereses de grupúsculos nacionales y extranjeros; la democracia liberal, substituida por el neoliberalismo globalizador que destruye y oprime al pueblo; la anti-oligarquía, que debe ser nuestra reacción a la salvaje explotación de nuestra patria por algunas pocas corporaciones, empresas y desalmados políticos nacionales o foráneos, el anticolonialismo como reacción urgente a la neocolonización que imponen el neoliberalismo y Europa a través de Lome, obrando ya nuestra fusión con Haití que ya con mas de 2 millones de haitianos ilegales que debemos deportar, acabaría con el Estado y la República y con la propia nación dominicana. Cambien el anti-imperialismo, que anula la soberanía nacional mediante nuevas formas de injerencia política, económica y cultural desnacionalizante, incluyendo la suplantación efectiva de la democracia representativa y de la voluntad popular mediante el artificio de hacernos votar por soterrados agentes del imperio, colocándolos como candidatos a cargos electivos en nuestro sistema de partidos políti56

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cos. Entre sus principios patrióticos y morales, el principio cardinal es el amor y la voluntad de sacrificio por la patria; la justicia social; la economía y fraternidad en nuestra sociedad multirracial, compuesta de blancos, negros, mulatos y mestizos de indio la cual hemos, gracia a Dios, mantenido, considerándonos solo dominicanos sin tontas diferencias étnicas; producto de preferencias estéticas respetables individualmente pero inaceptables socialmente. Duarte comprendió perfectamente esa realidad, anticipándose con ella a las repugnantes previsiones del nazismo en Alemania, y del Apartheid en Sudáfrica. Esos sistemas políticos degradaron con sus aberraciones la dignidad de la condición humana cometiendo crímenes contra la humanidad que jamás podemos perdonar ni olvidar. Predicó también la libertad, la independencia y nos recomendó atender una necesidad imperiosa y aún no cumplida: el debido castigo a los traidores sin lo cual, los buenos y verdaderos dominicanos -en palabras de Duarte- seguiremos siendo víctimas de sus maquinaciones. DUARTE VIVE!!

El pensamiento político y la acción Revo57

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lucionaria de Juan Pablo Duarte
Parte de la Conferencia del Profesor Francisco Henríquez Vázquez (Chito)
No se ha cumplido todavía un mes de haber celebrado la nación el 179 aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte y hoy, víspera del nacimiento de la República, fruto de sus desvelos y de su sacrificio, esta alta casa de estudios, primera de América, atendiendo a las sugerencias del benemérito Instituto Duartiano, inaugura la cátedra que llevará su nombre, haciendo recaer sobre mis escasas fuerzas y reducida mi capacidad de palabras de su solemne instalación en este acto. El título indicado en la resolución reza así: El pensamiento político de Duarte. Pero Duarte fue, como lo prueba la historia, también un hombre de acción, por lo que me voy a permitir extenderlo, para que se lea así: El pensamiento político y la acción revolucionaria de Juan Pablo Duarte. Hemos dicho repetidas veces, refiriéndonos a Juan Pablo Duarte, que es justo el homenaje que la nación le rinde cada año, al que ahora se suma tan significativamente la Universidad Autónoma de Santo Domingo, porque además de ser el más puro y sacrificado de sus fundadores, fue el primero en la idea y en la acción. A ello se debe que solamente las fiestas patrias del 27 de febrero y del 16 de agosto, aniversarios del nacimiento y resurrección de la república, tienen mayor significación para el pueblo dominicano que el 26 de enero: “Día de Duarte”. Y es que el fundador de La Trinitaria, además de los méritos antes señalados, ostenta entre otros el título de forjador de la conciencia nacional de los primeros dominicanos que con él a la cabeza se lanzaron a la conquista de nuestra independencia, proclamando la existencia de la nación dominicana y allanando el camino al nacimiento y organización de la república. 58

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Es cierto que en el año 1838, cuando Duarte funda la sociedad secreta La Trinitaria, ya hacía largo tiempo que el pueblo dominicano, como agrupamiento humano diferenciado, constituía una nacionalidad. Allá, colocados de espaldas a esta realidad, como lo que quieran ser ¡menos dominicanos! Quienes quieran negarlo. Pero no así los que conociendo y reconociendo su épica lucha frente a todos los infortunios imaginables, saben que de todas las nacionalidades americanas surgidas de la crisálida colonial, ninguna se vió tan amenazada de muerte, como la dominicana antes y después del parto milagroso de su emancipación. Duarte aparece así, junto a la pléyade de forjadores de naciones y repúblicas americanas, galardonado con méritos excepcionales. No exageramos...! Al hacer su aparición en nuestro panorama político La Trinitaria, nadie en el país tenía conciencia de que el pueblo dominicano constituía una nacionalidad y gozaba de actitudes para forjar su propia nación, porque: 1) Era dueño de un territorio perfectamente definido, que había defendido a punta de lanza y a filo de machete desde los días de la invasión inglesa de 1655; 2) Hablaba un idioma común a todos sus componentes; 3) La economía del oro primero, luego la del azúcar, después la del ganado (pieles), había entrelazado y soldado las diferentes partes de ese territorio; 4) Había forjado una cultura propia, producto de la fusión de la indígena con la española y la africana, proceso de transculturación que le daban al dominicano formas peculiares de ser: Y sin embargo, para esa época, todos los elementos de la sociedad dominicana a quienes correspondía jugar tan honroso papel, o se habían sumado a la” diáspora iniciada en 1795 con el Tratado de 59

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Basilea, o habían rendido sus voluntades a la dominación haitiana. De ahí el culto a Duarte y su exaltación, cada vez que una crisis ha amenazado las instituciones democráticas y la soberanía de la nación dominicana. Al final del esbozo de su figura egregia, primero de 17 ensayos de que consta su obra titulada “Siluetas”, publicada en 1902, al término de doce años de férrea dictadura, cómplice de las acciones dolosas de la Santo Domingo Improvement Co., apoyada por el gobierno de los Estados Unidos; cuando la Nación, además se veía amenazada por perentorias reclamaciones de Francia y por el fantasma de la subversión contra el Estado de derecho, Miguel Ángel Garrido, pluma de periodista rebelde, siempre al servicio de las causas sagradas de la patria, estampó con pulso decidido la oración siguiente: “Tú gloria, oh! Duarte, no tiene eclipse! Padre de Patria en la cruzada de la independencia, erguido a cruzada de la Restauración, bajaste a la tumba como un sol de llama que se hunde en el abismo, dejando a tus hermanos en la miseria ellos que fueron ricos y ofrecieron a la patria sus riquezas!- y legándoles como único patrimonio la locura, y el hambre y la eterna impiedad de sus conciudadanos! Más grande que tú... ni la Patria misma, iba a exclamar entusiasmado! Ese juicio de exaltado reconocimiento al patriotismo de Juan Pablo Duarte, vertido por Miguel Ángel Garrido en su obra citada de comienzos de siglo, representó en su hora un acto necesario de reparación histórica que se inició con la Guerra Restauradora y con la instalación de la Segunda República, legado a las generaciones siguientes por Gregorio Luperón, Fernando Arturo de Meriño, Emiliano Tejera, Máximo Gómez, José Gabriel García, Federico Henríquez y Carvajal y cuantos lucharon a partir de entonces por el ideal incumplido de una patria libre, próspera y feliz, dirigido a salvar del olvido y a reconocer al forjador de La Trinitaria, como Fundador de la República, Padre de la Patria y Apóstol de la Independencia 60

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dominicana. Esa labor de rescate se abrió paso por entre los escollos interpuestos por el dictador Ulises Heureaux y emergió triunfante al comenzar esta centuria; se afincó a todo lo largo de la lucha contra la primera intervención norteamericana (1916-1924), tremolando de nuevo junto a la enseña nacional, al instalarse la Tercera República; y salvando los obstáculos levantados por la tiranía de Rafael Trujillo, ha podido ampliarse y calar en la conciencia nacional. Y no podía ser de otra manera, porque esa pléyade de dominicanos ilustres por su saber y por su patriotismo, conocieron, estudiaron y tomaron de ejemplo y como guía la trayectoria y el pensamiento del fundador de La Trinitaria. Esos que acabamos de mencionar, junto a sus discípulos y seguidores que se contaron por miles, sabían por ejemplo que el organizador y jefe supremo del movimiento independentista contra la dominación haitiana y contra toda otra dominación, viniera de donde viniere, sobre la Patria de los dominicanos, había actuado obedeciendo a un pensamiento revolucionario de la más alta significación emancipadora, referente a la Nacionalidad y a la Nación, cuya fundación fue el objetivo supremo del movimiento que encabezó; con relación a la patria y al tratamiento que debía darse a sus enemigos internos; sobre el Gobierno que debía establecerse para hacer viable, democrática y fuerte la República por él soñada. Todos ellos, dolidos por la injusticia cometida contra el supremo fundador de la República, exaltaron su grandeza e hicieron suyos los ideales por los que luchó y dejó plasmados en su forma de pensar; pensamientos que el infatigable investigador de nuestra historia Vetilio Alfau Durán, ordenó y publicó en 1969, bajo los auspicios del Instituto Duartiano con el título de “Ideario de Duarte”. De esa obra meritoria, extraemos los pensamientos siguientes: “La Nación está obligada a conservar y a proteger por medio de leyes sabias y justas la libertad personal, civil e individual, así como la propiedad y demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen; sin olvidarse de los extranjeros a quienes también se 61

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les debe justicia, emanada de los deberes que impone la filantropía”. (Proyecto de Ley Fundamental). “Los enemigos de la Patria, por consiguiente nuestros, están todos muy acordes en estas ideas: destruir la nacionalidad, aunque para ello sea preciso aniquilar la Nación entera”. (Carta a Félix María Delmonte). “El amor a la Patria nos hizo contraer compromisos sagrados para con la generación venidera; necesario es cumplirlos, o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la Historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes...” “Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus maquinaciones”. (Carta al Ministro de RR.EE. del Gobierno Provisorio de Santiago, Caracas, 7 de marzo de 1865). “Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera, o se hunde la isla… (Ibidem). “El gobierno debe mostrarse justo y enérgico… o no tendremos patria y por consiguiente ni libertad ni independencia…” (Ibidem). “Vivir sin Patria es lo mismo que vivir sin honor”. (Carta a Félix María Delmonte). Pensamos, sin embargo, que de ahora en adelante, no bastará con repetir los pronunciamientos en torno a Duarte, expresados por esos compatriotas que entonces y después, sembraron en la conciencia de sus coetáneos su figura como paradigma del patriota ejemplar, incontaminado e inconmovible en sus convicciones. No debemos conformarnos con lo que se ha dicho y se ha hecho en relación con el pensamiento y la acción del patriota ejemplar que “en las humildades de La Trinitaria –como dijeron José Martí- urdió “la rebelión 62

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que, de una pechada de héroes, echó atrás al haitiano, tan grande cuando defendía su libertad como culpable cuando oprimió la ajena…” (“Adhesión de Patria al Monumento a Duarte”). Artículo escrito por José Martí en el periódico de ese nombre, órgano del PRC de fecha 17 de abril de 1894. Ver “Martí en Santo Domingo” de ERD, pp. 96-99). La crisis que estremece en este momento a todas las naciones del planeta; crisis que la juventud sufre, presa de la desorientación y la desesperanza, exigen que se vuelva a las fuentes prístinas de los hechos, permitiendo que cada uno de sus componentes pueda palpar y sentir que los héroes del pasado fueron de carne y hueso como ellos, logrando vencer situaciones iguales o peores que las que ellas padecen hoy, razón por la cual merecen ser imitados. Hoy, como resultado de una situación tan excepcional, no basta con proclamar la grandeza que otros entendieron e imitaron en Duarte. Esa grandeza hay que probarla de nuevo, para que otra vez sea entendida e imitada. Y ese objetivo no podrá lograrse, sino fijando nuevamente los contornos del marco histórico y social, tanto nacional e insular, como europeo e internacional, dentro del cual vivió, luchó, triunfó y padeció Juan Pablo Duarte. Duarte nació, como todos sabemos, el 26 de enero del año 1813, hijo del español Juan Duarte Rodríguez y de la dominicana Manuela Díez Jiménez. Su fecha de nacimiento indica que vio la luz 9 años después de que las huestes de Dessalines, detenidas por el azar frente a las murallas de Santo Domingo, devastaron con la tea y el pillaje en su retirada hacia Haití, buena parte de las aldeas y ciudades del Cibao, llevando en calidad de rehenes a decenas de familias dominicanas que no regresaron al país, hasta 15 años más tarde, al morir Cristóbal en 1820, rey desde la muerte de Dessalines en 1806. En 1809, es decir, tres años antes del nacimiento de Duarte, Juan Sánchez Ramírez, luego de derrotar al general Ferrand en la batalla de Palo Hincado, tras un terrible sitio de ocho meses, entró en la ciudad de Santo Domingo, iniciando el segundo período colonial español 63

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en la isla (España Boba): régimen que tiene cuatro años instalado, cuando viene a este mundo el vástago de Juan Duarte y Manuela Díez. Duarte, pues, estaba en víspera de cumplir 9 años, cuando el 1ro. de diciembre de 1821, José Núñez de Cáceres, al deponer al gobernador español Pascual Real proclamó nuestra primera independencia de España, poniendo el nuevo Estado que así nacía a la vida independiente, bajo la protección de la Gran Colombia. Diremos de paso, que el único comerciante catalán de la plaza de Santo Domingo, cuya firma estuvo ausente de la representación dirigida a José Núñez de Cáceres, conminándolo a que no otorgara libertad a los esclavos, cumpliendo el compromiso pactado con el jefe de la guarnición de la ciudad, coronel Pablo Alí, fue la de Juan Duarte. Todo lo señalado antes, quiere decir que la infancia de Duarte sin duda alguna tuvo que transcurrir oyendo de boca de sus progenitores, narraciones terribles sobre la invasión de Dessalines en 1805 y sobre el largo sitio de Santo Domingo, que puso fin a la dominación francesa en 1809. Así, pues, antes de llegar a la pubertad, Duarte va a contemplar con sus propios ojos en sucesión relampagueante, dos acontecimientos decisivos para la tierra en que había nacido, su patria: la proclamación del Estado Independiente que incorporaba el territorio dominicano al proyecto bolivariano de la Gran Colombia y la invasión organizada y dirigida por el presidente de Haití, Jean Pierre Boyer, que tronchó de cuajo ese experimento. Dudamos que en el hogar Duarte-Díez, se produjeran las críticas acerbas contra el Lic. José Núñez de Cáceres, calificándolo de imprevisor por haber puesto fin a la dominación española, facilitando los planes del mandatario haitiano, si tomamos en cuenta su negativa a presionarlo para impedir que le diera la libertad a los escasos 9,000 esclavos que entonces había en Santo Domingo. Pero de lo que sí estamos seguros es de que ese gesto de Juan Duarte, no oponiéndose a la manumisión proyectada por el precursor de nuestra Independencia, provocó las 64

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simpatías de Boyer y sus acólitos; cuya primera medida, como se sabe, luego de recibir las llaves de la ciudad de manos de Núñez de Cáceres, fue decretar la abolición de la esclavitud. Después, todo el resto de su infancia, hasta que teniendo apenas 16 años embarca para Europa vía los Estados Unidos, Juan Pablo no podrá observar una sola medida del ocupante haitiano, destinada a favorecer a su país y a sus compatriotas, ya que todas tendían a borrar la nacionalidad dominicana y a reforzar la coyunda que le había sido impuesta por la fuerza de un ejército de 20,000 solados. De todas ellas vamos a referirnos nada más que a una por estas dos razones: primera, porque ella involucra y explica la parte más recóndita y medular de la invasión haitiana de 1822; segunda, porque permitió que Francia, después de ser derrotada en Saint Domingue en 1804 y en Santo Domingo en 1809, sentara de nuevo sus reales de potencia imperial en la isla, hasta tal punto que la derrota de Duarte y los trinitarios en 1844, más que a Bobadilla, Santana y sus seguidores, se debió a la injerencia del cónsul de Francia en Santo Domingo, Eustache Juchereaux de Saint Denys, respaldado por una flota de guerra, bajo el mando del almirante De Moges que estacionada unas veces en la rada de Santo Domingo, otras frente a Puerto Príncipe, estuvo desde 1838 hasta 1846 siempre amenazante, pendiente de los resultados del Plan Levasseur, lista para tomar posesión de la Bahía de Samaná. Pero veamos qué derecho asistía a ese escuadrón naval francés a permanecer en las aguas territoriales de la isla. El 3 de julio de 1825, una formación naval francesa compuesta de tres navíos y seis fragatas, bajo el mando de dos almirantes, llevando a bordo al Barón de Mackau, quien representaba al rey de Francia, Carlos X, había presentado al presidente Boyer un ultimátum que éste acató, comprometiéndose a pagar una indemnización de 150 millones de francos a los herederos de los antiguos colonos de Saint Domingue. Para cumplir ese oneroso y antipatriótico compromiso, Boyer promulgó un Código Rural, remedo del implantado por Toussaint Louverture en 1801, basado en el trabajo forzado, como 65

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fórmula de elevar la productividad de la agricultura, tanto en Haití como en Santo Domingo, al tiempo que anunciaba a los habitantes de esta parte de la isla, que tendrían que pagar una parte sustancial de lo que era ya la deuda de Haití con Francia..... Como y por que Duarte adquiere los conocimientos políticos que le llevan al convencimiento de que la nacionalidad dominicana debía y podía constituirse en una nación independiente. De acuerdo con el Diario de Rosa Duarte, que a ratos resulta ser también el de su hermano, Duarte debió permanecer cerca de un año en Nueva York, ya que en esa ciudad perfeccionó el idioma ingles y recibió clases de Geografía Universal con Mr. W. Davis. De ser así, Duarte debió llegar a Europa ya iniciada la década de los años 30, cuando el llamado Viejo Mundo, dominado desde 1814 por los ejércitos de la Santa Alianza, formada por Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra al derrumbarse el Imperio Napoleónico, era el escenario de múltiples protestas e insurrecciones armadas, dirigidas por el Movimiento Romántico, organizado en sociedades secretas que enarbolaban la bandera del nacionalismo y del derecho de las nacionalidades a regir sus propios destinos, contra las imposiciones, la dominación y el terror de esos imperios. Una rápida relación de esas protestas y movimientos armados, confirmará lo que decimos: Lisboa: insurrección armada (1817-1820); Polonia: guerra de liberación (1821 -1830); Madrid: movimiento armado (1820); Génova: movimiento armado (1821); Milán: procesos (1821-1823); Nápoles: movimiento armado (1820-1821); Grecia: guerra de liberación (1821 -1830); Bélgica: revolución (1831). Polonia: revolución (1830-1831); Modena: revolución (1831). Esa Europa de las sociedades secretas y de las barricadas, fue la escuela política de Duarte. Entre esas organizaciones secretas, junto a la Masonería, surgió la de los Carbonarios, que se proponía dar a Italia una constitución moderna. Todos sus miembros estaban abrazando al ideal romántico de la igualdad, la fraternidad, la libertad y la filantropía, como prendas del auténtico patriota. 66

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Uno de ellos, que inauguró una cátedra en la Universidad de Turín sobre el principio de las nacionalidades, asistió luego a las reuniones en que quedó fundada la Primera Internacional. Se llamaba Guiseppe Mazzini, fundador de la joven Italia. Cito su nombre porque es el romántico con el que tiene mayor parecido Juan Pablo Duarte. El programa de su organización apelaba al pueblo y lo incitaba, mediante el martirio de unos pocos, a sacudirse de encima el yugo de la opresión extranjera. En el trabajo “Duarte romántico”, de Emilio Rodríguez Demorizi, discurso con el que ingreso en el Instituto Duartiano, leemos: “En Duarte no hay un solo elemento volitivo que pueda separarse de su ideal romántico, de su ideal de Patria. En ninguna de sus nobles actividades, ni en sus escritos, verso y prosa, ni en los libros que poseía, en ninguna de las excelsas manifestaciones de su vida, está ausente la Patria, encarnación romántica. Hasta cuando el amor lo encadena fugazmente, una y otra vez la Patria esta presente y se interpone victoriosa”. Párrafo antes, Rodríguez Demorizi dice: “El hijo de Manuela Diez tuvo el extraordinario privilegio de ser espectador -directo o indirecto- del máximo escándalo romántico de todos los tiempos: el estreno de Hernani, el 25 de febrero de 1830, verdadera batalla victoriosa librada contra los clasicistas a la que asistió complacido Chaeaubriand, adelantado romántico de Francia y que devino celebre hasta por detalles pintorescos, como el del chaleco rojo que Gautier ostentaba en la ocasión a manera de enseña desafiante contra los adversarios de Hugo”. Y luego pasa el acucioso investigador a revelarnos datos que sirven, además, para fijar el año en que Duarte regreso a su patria, al señalar: “Y he aquí un sugestivo testimonio de la repercusión que tuvo en Duarte a representación del drama de Hugo. En su interesante obra “Ayer o Santo Domingo hace 50 años”, Luis E. Gómez Alfau ofreció esta noticia sin parar mientes en su importancia: ‘Los chalecos eran generalmente de color blanco o negro. Se comenzaron 67

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a usar de otros colores en el año 1832, cuando Duarte regresó de Europa y les trajo a sus amigos como obsequio unos muy finos que estaban de moda en París. A Felipe Afau le regaló uno rojo muy elegante”. Era, nada menos!, que el chaleco rojo de los románticos, el que lucia Gautier, convertido desde entonces en símbolo romántico”. A lo dicho antes, prueba inequívoca de la filiación romántica de Juan Pablo Duarte, agregaremos ahora algunas precisiones que Consideramos no exentas de importancia, al intentar calibrar la gigantesca labor revolucionaria desplegada por Duarte, siempre ceñido inflexiblemente a principios políticos que tenían por divisa el patriotismo, el coraje, la probidad, la lealtad, la fraternidad y la filantropía, desde que regresa de Europa en 1833 hasta la fecha memorable del 27 de febrero de 1844; y, desde que vuelve a la Patria del primer exilio el 15 de marzo de ese año, hasta el 26 de agosto en que es detenido en Puerto Plata, cuando ya, declarado traidor a la Patria por Pedro Santana y sus seguidores, es extrañado del suelo natal. Para eso, vamos a intentar presentar el pensamiento político de Duarte en acción, durante esas breves pero cruciales etapas de nuestra historia. Diremos a manera de introducción al propósito antes señalado, que asombra la perfección y eficacia de a Trinitaria, como organismo conspirativo que supo difundir por todos los ámbitos del país, sobre todo entre la juventud, las ideas libertadoras de Duarte. Hay quienes se complacen en afirmar, prevalidos en la falta de noticias al respecto por la forma ultra secreta en que trabajaban los conjurados, que la organización no pasó de un grupo pequeño y que la conspiración, como labor sistemática, fue abandonada poco después del 16 de julio de 1838. Pero la forma en que se sumaron los pueblos a la proclamación del 27 de febrero en la Puerta del Conde, junto al prestigio adquirido por Duarte en todo el territorio nacional, desmienten esa versión. El recto pensar político de Duarte, por otra parte, nunca le permitió envanecerse por los logros alcanzados, dándole una exacta medida de la correlación de fuerzas existentes, entre el movimiento que lideraba y el ocupante haitiano. Siempre estuvo atento a las 68

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alianzas posibles, como táctica que facilitara y acelerara el objetivo estratégico de la independencia. En 1841, al viajar a Venezuela, Duarte intentó movilizar la solidaridad de los antiguos emigrados y sus descendientes que habían abandonado a Santo Domingo a causa del Tratado de Basilea de 1795 y de las sucesivas invasiones haitianas, pero no tuvo éxito. En 1843, enterado de la existencia del movimiento de la Reforma, contra el régimen de Boyer, envía a Los Cayos, sucesivamente a dos trinitarios: Juan Nepomuceno Ravelo y Matías Ramón Mella. Este último tuvo éxito en la misión que se le encomendó.

-PROEMIO DE LA OBRA DE PEDRO R. VAZQUEZ 69

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Duarte, Apóstol y Libertador Quiero ofrecer mi aporte, muy humilde, a la difusión del pensamiento duartista que crea el movimiento emancipador a cuyos tesoneros y patrióticos esfuerzos se debió la fundación de la República el 27 de Febrero de 1844. Esta obra, pues, en razón de ser una selección de trabajos relativos a la persona de nuestro Procer Máximo Juan Pablo Duarte y a los más resonantes hechos de la epopeya independentista, no es, específicamente, ni biográfica ni histórica, como tampoco estudio crítico. Sin embargo, en parte es biografía y también historia y crítica, en la medida en que se hace necesario recurrir a las distintas disciplinas del conocimiento para la referencia objetiva del citado movimiento emancipador. Hasta el momento, entendemos que resulta escasa la bibliografía existente acerca de la vida y de la obra de Juan Pablo Duarte, por lo que sería útil revisar más minuciosamente los archivos tanto de la nación como de otros países con los que relacionó el procer ilustre toda su insistente y sabia labor emancipadora. Este libro, pues, quiere contribuir al enriquecimiento de esa bibliografía para un más amplio y sólido conocimiento de nuestra razón de ser, conforme la luminosa trayectoria trazada por el Padre de la Patria. En toda la extensión del libro decimos que Juan Pablo Duarte fue hombre singularísimo. Le cupo la gloria de hacer la liberación de la patria, con cuya acción adquirió dimensión histórica, aunque no es menos cierto que experimentó muy amargos desengaños. Por eso, una vez concluida tan bella como consistente obra libertadora, bien podría decirse, con Rodó, que “Todo lo que queda de esa vida es dolor”. Esa fue —como diría el gran uruguayo— la expiación de su grandeza. Proscrito por el régimen de fuerza que le mantiene en el poder, su nombre permanecerá en el olvido por casi todo el resto del siglo pasado, puesto que ese régimen político, impuesto por el derecho de 70

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la fuerza, trata por todos los medios de deslustrar su obra de redención. Expatriado el mismo año en que nace la República (10 de septiembre de 1844), en cuya condición permanece fuera del país largos años, fue un desconocido, para las nuevas generaciones que en la niñez no aprendieron a balbucir su nombre. Sacada toda la familia Duarte del país, se diría que ese apellido ilustre, por largos años fue como un pecado mortal en ese complejo mundo político de desaforadas pasiones. Es, pues, en principio, el objetivo de este libro, contribuir, aunque modestamente, al conocimiento de nuestro Procer Máximo, como asimismo al de los otros defensores del patriotismo, en la medida en que cada uno de ellos es merecedor de la gloria. Creemos que hay necesidad de hurgar más hondamente en la personalidad y la obra de Juan Pablo Duarte. Pero hugar con postura desapasionada, sin torpes influencias, sin resabio ni terquedades, como si se estuviera en zona neutral o en tierra de nadie. De esa forma no sólo se habrá logrado un estudio serio, sino que también echar a un lado, definitivamente, los tímidos pronunciamientos y acomodaticias posturas de críticos de la historia que se diría que se encuentran entre la espada y la pared. Dudamos mucho que con simplistas opiniones se pueda borrar el pensamiento de viejo emitido por la abrumadora mayoría de la intelectualidad dominicana: historiadores y críticos, demostrativos de que la obra duartista es tan diáfana y a tal grado efectiva que de ella surgió la República. Quiérase o no, los hechos son los hechos y ni nosotros ni nadie puede tergiversarlos, so pena de caer en el ridículo e infligir grave daño a la verdad de nuestro quehacer histórico. 71

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Luego de conocer el pensamiento de nuestros intelectuales, estudiosos de la historia, sociólogos, escritores y una vez que hemos tomado conciencia de lo que fue nuestra epopeya libertadora, nos pronunciamos, decididamente, en favor del grupo trinitario de 1838, sin negar la valíosa participación de quienes, alineados como conservadores “afrancesados”, contribuyeron, aunque carentes de fe, a hacer posible la gesta gloriosa del 27 de Febrero de 1844. Visto objetivamente el panorama dominicano y tras profundo meditar acerca de asunto tan claro como el agua pura aunque complejo para algunos, hemos llegado a la conclusión —sin que luego tengamos que sentir pesar en nuestra conciencia— de que sólo uno de esos proceres, limpio de culpa solidario y glorioso: Juan Pablo Duarte, resulta, al mismo tiempo que libertador y fundador de la nacionalidad dominicana, “el dominicano de gloria más pura”. El “único”, al decir de Federico Henríquez y Carvajal. De los Trinitarios, unos más próximos, otros más lejanos al resplandor del Prócer, puede afirmarse en términos generales, que son dignos del más amplio reconocimiento por la firme aportación a la causa sacrosanta de nuestra Independencia. Sin embargo, también participaron los que lamentablemente tenían que cargar sobre los hombros sus pesados errores, sus terquedades, sus ofuscaciones, sus ambiciones, sus pecados mortales. La pluma no quiere escribirlo, es doloroso pero estamos en presencia de una realidad insoslayable y querer falsear esa realidad con sofismas y bellas metáforas resulta tan absurdo como querer negar el movimiento que mantiene en equilibrio el Universo. Por tanto, con pesar hemos de arrostrarle a nuestros grandes equivocados sus actitudes desaforadas, sus contradicciones, sus pasiones. Nos duele tener que colocar en esta primera fila al grupo “afrancesado”, pero no podemos caer en esas mentiras piadosas que tanto daño han hecho al país. Por eso no nos es posible pronunciarnos a favor de la obra de estos hombres, ilustres algunos, pero todos sin vocación 72

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de dirigentes, puesto que no supieron canalizar sus actividades hacia la efectiva consolidación de la independencia y soberanía de la República. Más, el mayor pecado de estos señores no fue el no haber hecho en sentido positivo sino el haber hecho en sentido negativo. El pecado no es el no haber consolidado la soberanía, sino el haber atentado contra ella hasta aniquilarla. Que no se nos califique de apasionados. Nos hubiera dado lo mismo que el Padre de la Patria se llamara Santana, Bobadilla o el señor X. La referencia y la gloria pertenecen al que crea, al que liberta, pero no fueron ellos los libertadores, puesto que un libertador no hubiera tirado por tierra la soberanía nacional como cuando fue anexada la República a España. Acto proditorio que los partidarios del futuro Marqués de las Carreras defendieron con opiniones deslustradas y aferrados a expedientes cancelados, como el de que nuestra tradición y nuestra descendencia son hispánicas. Todo esto es inconcebible., se desmorona por la falta de consistencia, puesto que nada puede justificar un hecho a todas luces aborrecible, sólo admitido en mentes enfermas. De ser válido tan pobre criterio se vendría abajo la brillante epopeya emancipadora que desde principio del siglo pasado, con los golpes de genio y de espada de los Bolívar, San Martín, Sucre, Washington, Martí, y tantos consagrados a la defensa de las libertades, aniquila el poderío anárquico y soberbio de los regímenes que entonces imperaban. Sí, es verdad, nuestra descendencia, en primer grado, es hispánica. Es más, el propio padre de Duarte, don Juán José, era español nacido en Vejer. Sin embargo, él es el primero en seguir los pasos de su hijo cuando lo ayuda en su propósito por una independencia pura y simple. Mentes privilegiadas, voluntades firmes hechas para la batalla, que no sería dura por librarse a campo raso, bajo soles de fuego y penetrante olor de sangre y metralla, sino porque se libra con fe, con estoicismo, con abnegación, en forma persistente y metódica. 73

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Tal ocurre en el hogar del Padre de la Patria donde Doña Manuela alienta al hijo amado en su magnífica concepción de patria libre. Y, sin embargo, todos fueron descendientes de la España que nos colocó junto a otras colonias en este continente donde luego hubo de crecer, sin cálculo alguno y como yerba mala, la intriga y la guerra de las incompresiones y de los apetitos nunca satisfechos. Esta descendencia hispánica no justifica la Anexión que, a nuestro entender, fue un acto tan innecesario como necesaria la gran epopeya emancipadora de la América hispana y de todo el Continente. No obstante, respetamos el criterio de los que mantuvieron una insistente defensa de quienes se dieron a la tarea de vender la Patria. Pero precisamente, ese respeto nos faculta para emitir nuestro pensamiento, definitivamente opuesto a toda lesión del territorio nacional y por tanto, de nuestra soberanía. Nacimos libres, sin intervenciones ni anexiones ni protectorados. Así lo proclamó el Padre de la Patria y así nos entregó la República. Por tanto, no hay alternativa; nadie tiene el derecho de lesionar nuestro territorio obtenido a costa de sacrificios, de sangre y fuego, a golpes de heroicidad y patriotismo. Sin odios y con admiración para todos los personajes que fueron actores en nuestro proceso independentista y posterior a él y con mucho deseo de contribuir a la mejor orientación histórica del país, doy a la publicidad este libro: “Duarté, Apóstol y Libertador”. Ojalá ofrezca alguna luz, especialmente a las nuevas generaciones, respecto del interesante episodio del que surgió la República libre y soberana. El Autor Santo Domingo,República Dominicana, 1980. Enero del 1983.

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Biografías de Juan Pablo Duarte

Juan Pablo Duarte y Diez nació en la ciudad de Santo Domingo el 26 de enero de 1813, durante el período conocido como el de la “España Boba”. Sus padres fueron Juan José Duarte, oriundo de Vejer de la Frontera en la provincia española de Cádiz, y Manuela Diez Jiménez, oriunda de El Seibo, hija a su vez de padre español y madre dominicana Luego de que las tropas del haitiano Toussaint L’Ouverture llegaron al país en 1801, tomando posesión de la ciudad de Santo Domingo, los Duarte salieron hacia Puerto Rico, residiendo en Mayagüez, Puerto Rico, donde ha debido nacer su hijo primogénito Vicente Celestino, pero hasta ahora no se ha encontrado constancia de ello. La familia regresó al país luego de terminada la guerra de la Reconquista en 1809, cuando el país volvió a ser colonia Espanola. Su padre trabajó tesonera y provechosamente en su negocio de efectos de marina y ferretería, único en su género en la ciudad de entonces, situado en la margen occidental del río Ozama, en la zona conocida con el nombre de La Atarazana. En esta época nacieron, además de Juan Pablo, dos de los cinco hijos llegados a mayores: Filomena y Rosa. Nacieron otros que murieron jóvenes: Francisca, Sandalia y Manuel. El padre de Duarte murió en la ciudad de Santo Domingo eI 25 de Noviembre del 1843, estando Duarte ausente del país y su madre en Caracas en el 1858, durante el destierro que le impuso Santana, en unión de sus hijos. Juan Pablo fue bautizado en la Iglesia de Santa Bárbara el 4 de fe75

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brero de 1813. Sus primeras enseñanzas las recibió de su madre y, más tarde, asistió a una pequeña escuela de párvulos dirigida por una profesora de apellido Montilla. De allí pasó a una escuela primaria para varones, donde desde muy temprano dio muestras de una gran inteligencia. Fue admitido más tarde en la escuela de don Manuel Aybar, completando sus conocimientos de lectura, escritura, gramática y aritmética elemental. Siendo casi un niño recibió clases sobre teneduría de libros para pasar, ya adolescente bajo la tutoría del doctor Juan Vicente Troncoso, uno de los más sabios profesores de entonces. Con él estudió Filosofía y Derecho Romano, mostrando, una vez más, su gran deseo de superación y de amor por los estudios. En 1828 o en 1829, con apenas quince años de edad, y acompañado del señor Pablo Pujols, comerciante ligado a su familia, sale vía Estados Unidos, Inglaterra, y Francia rumbo a España, radicándose en Barcelona, donde tenía parientes. Poco se conoce de Duarte durante su permanencia en España. Para 1831 ó 1832 aparece de nuevo en Santo Domingo y trabaja en el negocio de su padre. Realiza una intensa vida social que le liga a importantes sectores de la pequeña burguesía urbana. Es testigo de matrimonios, apadrina bautizos y asiste a reuniones de carácter cultural. Esa vivencia de la sociedad es la que le permite percibir que existe un sentimiento patriótico que rechaza la presencia de los haitianos en el país.

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Esta primera edición de mil ejemplares de “DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana” se terminó de imprimir en el mes de Febrero del 2010, en los talleres de la Editora Formación, Santo Domingo, República Dominicana

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