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COFRADÍA DE LA VERONICA

TOTANA

Cuentos de Semana Santa


La Visita pag. 2

El Aroma de los Nardos pag. 6

El lienzo de Berenice pag. 11

La Leyenda del Rey Adgar pag. 14


COFRADÍA DE LA VERONICA
TOTANA

La Visita

Hace ya casi treinta años que ocurrió lo que hoy os cuento. El


acontecimiento, que pasó desapercibido para casi todo el mundo en una
época y un pueblo que no iba precisamente a la vanguardia de la cultura,
fue eso, un verdadero acontecimiento para mí y para esta ciudad; después
de décadas sin que esto se haya sabido, creo llegado el momento de que se
conozca. Yo sólo os pongo en antecedentes y os transcribo una carta en mi
poder y que da testimonio de la autenticidad de esos hechos.

Escuchad: Llegó a Totana aquella Semana Santa un hombre anónimo al


que a pocos llamó la atención. La gente de aquí andaba enfrascada en sus
ritos y ya era cada vez más normal que algún extranjero arribase hasta el
pueblo a descubrir lo auténtico, que los forasteros habían perdido con sus
adelantos y modernidad. Era nuestro hombre de edad madura, rebasados
los cincuenta pero sin aspecto todavía de jubilado: menudo de talla y enjuto
de carnes se movía con inseguridad, tal vez por su vista que cansada de
tanto mirar, leer y buscar se negaba ya a funcionar; aquel hombre casi
ciego, tenía el pelo cano, la frente amplia, profundos ojos azules refugiados
bajo espesas cejas; su nariz robusta, los labios fi- nos y las mejillas amplias.
Se apoyaba en una mujer bastante más joven que él; ella lo llevaba del
brazo indicándole los obstáculos. Aunque nadie lo identificara (no
frecuentaba el NODO, ni los escasos televisores lo habían hecho popular)
era aquel hombre un poeta, un filósofo y un narrador conocido
mundialmente; venía buscando el rastro de una familia de la que tuvo
noticia en la Argentina, su país de origen, y uno de cuyos miembros,
Benjamín, fue protagonista de un relato titulado El muerto, que el visitante
casi ciego escribiera veinte años antes.

El joven Benjamín vivió en la Argentina en mil ochocientos noventa y uno;


fue el hijo de una pareja de jóvenes inmigrantes vascos que buscaron
fortuna, cuando no supervivencia, en aquella tierra de la que manaba leche
y miel; la cosa no fue como anhelaron y sus esperanzas se fueron trocando
en frustraciones y fracasos. Tan grave llegó a ser su situación que alguno
de los vástagos de aquel matrimonio acabó buscándose la vida y
encontrando la muerte como contrabandista. La noticia de la historia de
aquel muchacho llegó hasta nuestro poeta a través de las leyendas y las
canciones de los gauchos. No sé si fue la fuerza y la pasión de la poesía
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popular que recogió los hechos, si el carácter del joven, o simple- mente la
intuición mágica del maestro, la que hizo que le calara profundamente y la
elevase a la categoría de eterno a través del relato al que antes me referí. Lo
cierto es que nuestro escritor, veinte años después de publicar su libro,
continuaba intensamente marcado por la historia, Así que hizo lo posible
por seguir la pista en la Argentina de aquella desdichada familia, pero no
encontró sino tumbas desoladas y marchitas. A través de la oficina de
inmigración supo que los últimos parientes de Benjamín, dos hermanos,
habían abandonado la tierra de promisión, reuniendo lo poco que tenían
para regresar a España; Así que tras conocer las fechas aproximadas de la
partida y con influyentes contactos de nuestro famoso escritor en la aduana
de Cádiz, descubrió que uno de aquellos hermanos falleció de fiebres
durante la travesía, y el otro no tuvo ansias para cruzar la península, y se
quedó en el sur, y terminó en Murcia. Allí se casó, y engendró hijos, y los
crió, y éstos tuvieron hijos e hijas, que a su vez engendraron y parieron
zagales que ya nada supieron del origen nefasto de aquella estirpe.

El admirado poeta llegó a Totana, sin que nadie lo reconociera, buscando a


los parientes de Benjamín; llegó un Jueves Santo, a eso de media mañana,
en un oscuro y ruidoso mil quinientos; llegó ex profeso a Murcia y desde
allí al pueblo, enjuto e inseguro, apoyado en una mujer mucho más joven
que él, y así se presentó en mi casa. Yo entonces era un niño, el más
pequeño de la familia, pero intuí la fuerza y la luminosidad de aquel
escritor que ya había visto suficiente. Nos contó la historia que os he
referido, ya mí que los cuentos y los relatos siempre me embelesaron no
perdí detalle, ni me fui a ver la llegada de los pasos a la Iglesia, ni la rueda
del caracol de los armaos; el hombre no pudo verme, pero me percibió allí
durante todo el tiempo, y tras una amplia sobremesa me pidió que lo
acompañase en un breve periplo por el pueblo. Estuvimos en los Oficios de
Santiago, le llevé capilla por capilla y yo le explicaba los pasos, cómo en la
Negación había un pollo disecado, las caras de los chepes, la espada de San
Pedro que cortaría la oreja, el cordero y las frutas de la Última Cena, San
Juan con su palma, la Verónica tan apenada y portando el lienzo con las
tres caras de Jesús impresas. El niño fue ojos nuevos para el maestro que
observaba con frescura a través de aquella mirada; y juntos vieron salir la
procesión, y sintió el ciego como yo también el eco primitivo y esencial de
los tambores en el estómago. Llegó la hora de la partida, y con la misma
discreción que había venido, de la misma forma anónima, el poeta montó
en el coche donde le esperaba esa mujer bastante más joven que él y
desaparecieron por la calle Cartagena. Antes de partir, se despidió
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cariñosamente de mí revolviendo el pelo de mi cabeza, y prometió


escribirme: " Adiós, Benjamín", me dijo aunque no es mi nombre y
entonces yo no lo entendí.

Pasaron varios años desde aquella visita, y cuando ya pensaba que el


escritor se había olvidado de mí, apareció el cartero un día de Semana
Santa con un sobre remitido desde la Argentina. Éste es su contenido:

Querido muchacho: Supongo que estarás sorprendido de que este viejo


aparezca en tu vida tan súbitamente como se presentó hace algún tiempo;
pasados estos años he tenido tiempo de pensar, y tú ya serás capaz de
entender por qué hice ese viaje y me crucé en vuestras vidas.

Desde que conocí la historia de Benjamín, allá en mi tierra, no he podido


dejar de preguntarme por aquel mocetón que en tres años surgió del arrabal
y la espiral del deseo y la ambición acabó liándolo y asfixiándolo. Me ha
cuestiona- do continuamente por el destino vertiginoso, por la voluntad, por
cómo los padres del muchacho, su origen, su barrio, pesaron en la losa de
su vida; me he interrogado sobre mi propio trabajo, sobre mi vida: la
sombra de tu pariente no ha dejado de cubrirme en estos años, y necesité
cono- ceros, hube de ir hasta Totana para que este viejo ciego comenzara a
ver claro. Aquel ambiente optimista y sensual de la primavera en tu tierra,
la gente esencial y pueblo, las imágenes y los ritos, el niño que me
acompañó, tú mismo, fuisteis la clave de mi enigma.

¿Podía el destino agarrar del cuello a toda una estirpe? ¿Estaba grabado en
la frente de Benjamín, como en la de sus padres, su destino trágico?
¿Habría podido cruzar un océano de agua y de tiempo? Cuando os conocí
supe que erais de ellos, pero también percibí claramente que tu corazón era
un libro en blanco, un espacio en el que sólo tú escribirás.

Me encantó, y todavía recuerdo en mi universo de ciego, los sitios por los


que me llevaste, tu desenvoltura y tu gracia para presentarme unas
imágenes y unas situaciones que nunca antes vi, pero que están nítidas en
mi mente; recuerdo especialmente la imagen de la Verónica, cómo me la
dibujaste, esa mujer que tendía hacia mí, entre flores y tulipas moradas, un
lienzo con el que limpió el rostro de Cristo, tal vez para enjugar mi angustia
también. Me contabas que la cara del Señor no se podía borrar, por más que
la lavara Verónica, y al regar con el agua de la colada la parra del patio de
su casa, en todos los pámpanos apareció la imagen sufriente. y esas
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historias, que te contara tu madre, en los labios de aquel niño parecían


recién ocurridas. y no hallé ninguna sombra de tragedia; y volví a ver, a ser
niño; y me entusiasmé con tambores, azahares y claveles. Supe que el
gaucho Benjamín había muerto, mas otro Benjamín también de su sangre,
pero nuevo y libre, me llevaba de la mano por un laberinto de pueblo,
nazarenos y bocinas. y sentí paz.

Hoy, más viejo que cuando te conocí, estoy cansado pero tranquilo; no hay
ya sombras que me persigan. Sólo con serenidad y alegría sigo recreando
en mi particular memoria de ciego la imagen de un niño que, de la mano de
un viejo, cuenta, como si hubiera ocurrido ayer, la historia de la Verónica.

J.L.B

Nunca más volví a tener noticias suyas.

Juan Francisco Otálora Tudela.


Totana, marzo de 2000
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El Aroma de los Nardos

Hubo en Totana un juez, allá por los años veinte, llamado don Ambrosio
Escudero Abad, natural de Villanueva de los Infantes, provincia de Ciudad
Real, que se hizo famoso en los cuatro escasos años que mantuvo su
destino por dos razones: por un lado el porte elegante y altanero con que
desplazaba su casi metro noventa de talla, dando la sensación a los
administrados de que la justicia por él impartida fuese más solemne,
impoluta, distante e incuestionable; por otro su afición a la buena mesa, ya
fuese berza, ya chiche, el togado las hacía buenas elogiando siempre el
buen oficio de las manos agradecidas que con frecuencia la invitaban. Mas
aunque su estampa fuese tan estirada y distante, le interesaba a don
Ambrosio conocer y conectar con las inquietudes y problemas de pueblo: le
encantaba conocer las costumbres y tradiciones de allí donde estaba
destinado.

Yo le conocí hace ya algunos años, en un viaje que una primavera hice por
Castilla; al pasar por Villanueva una serie de coincidencias me llevó hasta
el convento de las Hijas de la Caridad, que regenta allí un asilo de
ancianos, con el fin de saludar a una Sor, antigua conocida mía. Mientras
esperaba en el claustro del convento - ahora convertido en solarium donde
los viejos se calientan al tibio sol de marzo- a que apareciera la monja,
escuché de lejos el retumbar de tambores que ensayaban para Semana
Santa; en esto se me acercó un abuelo más que octogenario con ganas de
conversación, y yo, que necesito poco estímulo para escuchar con fruición
historias antiguas, pronto quedé embaído con el cuento del viejo. Lo
reproduzco tal como fue y como mi memoria lo ha conservado.

- Así que de Totana. Vaya, vaya... Allí ejercí yo como juez más de tres
años y medio antes de la Guerra. ¡Buena tierra aquella...! Buena gente y
buena comida, sí señor. ¿ y de quién era usted hijo mío? ¡Pero cómo vas a
conocer a sus padres, viejo chocho! Si todavía no habrían nacido cuando
estuviste por allí.… Debe haber cambiado todo mucho, ¿verdad? Y es que
el mundo gira rápido, más y más y más, como si nada ya pudiera
mantenerse en su sitio, aunque la gente de su pueblo respetaba como pocos
costumbres y tradiciones, y sepa usted, joven, que por mi oficio he podido;
conocer muchos pueblos y ciudades de España. Todavía recuerdo, sobre
todo en este tiempo de primavera recién estrenada, la Semana Santa, las
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procesiones, los armaos, los pasos. Me acuerdo de un lío muy gordo que se
armó un Jueves Santo, no sé si fue el del año 29 ó el del 30; seguro que
algo le habrán contado. ¿Cómo que no? Pues aquello fue sonado; pregunte,
pregunte usted por el sudario de la Verónica. A mí no se me ha olvidado y
dudo mucho que nadie con conocimiento borre de su memoria lo que
ocurrió. La cosa empezó joven, cuando como todos los años se disponían al
arreglo de los pasos en la Iglesia: llevaban bien temprano a la Parroquia los
pasos, las imágenes, la cera, las flores, el ajuar de los santos... Estos
preparativos empezaban el martes o el miércoles, y el jueves bien temprano
estaban los tronos listos; la chiquillería y las mujeres gustaban de entrar a
ver lo bonitos que estaban cada año. Yo también disfrutaba observando,
aunque todos desaparecían o enmudecían cuando me acercaba: ¡ el juez, el
juez!, decían dándose codazos descaradamente. Pues bien, recuerdo aquel
Jueves Santo que me llamaron al juzgado para que interrogara a una mujer
que lloriqueaba temblona. Antes, el Cabildo en pleno se había reunido
urgentemente para tratar el caso; habían decidido que fuese el cura y la
Junta Rectora quienes interrogarían a la mujer del sacristán. En realidad,
Catalina no hacía sino guardar sillas y reclinatorios; los alquilaba durante
las misas de los domingos y otras fiestas. Pero aquel miércoles que entró en
la iglesia algo le pareció extraño; iba a abrir el templo. Había accedido por
la puerta de la sacristía y se dirigió a la principal que casi siempre no estaba
más que con la aldaba echada; en ese momento sintió cierto olor dulzón,
casi pegajoso que flotaba en la cancela, mientras tiraba de la puerta
haciendo chirriar sus goznes. Y no quiso darle importancia; continuó su
recorrido, como hacía todos los días, encendiendo candelas en
determinadas capillas y altares: empezó por la del Resucitado, encendió
también luces en Santa Rita, San José y San Antonio, en la de la
Comunión, en la capilla del Rosario, cruzó la nave y al llegar a la de la
Purísima, el lado de Evangelio del Altar Mayor, sintió de nuevo ese olor
tan denso y tan dulce y al alzar la vista, entre la débil luz del comienzo del
día y la temblona y mortecina llama de la candela que llevaba en la mano,
sintió que la Verónica desde su trono no estaba como siempre; luego
aclararía el señor cura que se refería a que extendía sus manos al aire como
pidiendo algo u ofreciéndose, pero lo que no tenía era el paño con las tres
impresiones del rostro de Jesús que mostraba tan dolorida en el desfile: el
sudario de Cristo había desaparecido.

Después de hablar con ella durante más de tres horas, los dignos
representantes del Cabildo no habían conseguido sino escuchar el mismo
relato una u otra vez. Únicamente un detalle, una pista que era tan absurda
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como extraña: el fuerte olor al que la mujer había hecho referencia una y
otra vez; y sin saber qué hacer y ante la urgencia por resolver el enigma
antes de que se convirtiera en escándalo, solicitaron mi consejo y auxilio.

Vamos a ver, Catalina - le decía yo intentando tranquilizarla-, tiene que


hacer usted memoria, algo tiene que haber visto y no se ha acordado de
contárnoslo. Pero nada, la mujer que nunca antes se viera en un trance
como aquél, estaba tan excitada que sólo gimoteaba y no acertaba a
articular palabra. Se me ocurrió entonces - gajes del oficio- personarnos en
el lugar de autos, y recorrimos el templo en el mismo sentido que lo hiciera
esa misma mañana, todavía por amanecer, Catalina la sillera; éramos tres:
el presidente del Cabildo, el señor cura y un servidor. Al llegar a la cancela,
donde Catalina dijo haber percibido el olor dulzón por vez primera
aguzamos los sentidos pero allí no veíamos nada fuera de lugar; dimos
cincuenta vueltas hasta que se me ocurrió remover la pila de sillas y
reclinatorios que hay junto a la entrada principal. Déjelo don Ambrosio, me
decía el señor cura, ahí no va a encontrar más que asientos desmarridos y
exhaustos, los buenos los tienen sus dueñas atados con cadenitas por las
capillas. Pero yo no buscaba asiento, claro, sino algo que explicase aquella
sensación de la mujer; hasta que en un rincón de aquella estructura que
formaba el cúmulo de los destartalados asientos, descubrí un hueco en el
que pudo haber estado alguien, pequeño pero una persona. Aquí puede
haber algo, dije ante el escepticismo de los ilustres sabuesos; y,
efectivamente, la almohadilla de un ruinoso reclinatorio había sido la
cátedra del autor de nuestra desaparición. ¿El olor? Ya, ya, joven, no se
impaciente que ya le cuento. Junto a la desvencijada sede recogí entre el
pulgar y el índice de mi mano derecha un capullo entre pergamino y rosa
que se debió desprender de una vara de nardo. ¡ Aquí está, señores, el olor
dulzón de doña Catalina! Así que el enigma dejaba de serIo: sería cuestión
de continuar el hilo de Teseo que nos había proporcionado nuestra
Ariadnasillera para superar el laberinto y que la procesión del Jueves Santo
fuese con la Verónica y el sudario de Cristo. Continuamos el recorrido
hasta llegar a donde estaba la imagen expoliada y allí vimos que, en efecto,
unas varas de nardo estaban descuidadamente colocadas en uno de los
búcaros del paso: ¡amigos, alguien ha querido resarcir el hurto con flores!
Catalina percibió sin duda aquel olor intenso y dulzón propio de los nardos
en el momento del día que más hueles, al amanecer, e imponiéndose con
fuerza a un fato a cera y aceite de lamparillas; el olor inhabitual primero y
la desaparición del paño después, embaucaron a la mujer.
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Dos pistas nos impulsaban al próximo paso: una persona pequeña, un niño
tal vez, y alguien que tuviese varas de nardo en su casa. ¿Quién puede tener
plantadas cebollas de estas flores? Demandé a mis acompañantes; el señor
cura, aunque llevaba ya casi diez años en el pueblo, nunca prestó atención a
situaciones como la que planteaba en mi cuestión, pero el presidente del
Cabildo, de oficio escribiente en el ayuntamiento, aportó una salida desde
su conocimiento y trato con casi todos los vecinos: es difícil dar una sola
respuesta, porque mucha gente tiene macetas en sus patios y ventanas con
nardos, pero hay en el Rincón de las Flores, en la puerta de la casa de la
esquina, un sembrado de nardos que hace ojo. Y allá nos encaminamos los
tres, escalando la calle Mayor Sevilla para girar a la izquierda, rebasada la
casa de doña Carmen Aledo. ¿ Sabe usted si vive todavía? ¡ Qué lástima,
con las buenas meriendas que tomamos en esa casa! Bueno joven, llegamos
al Rincón de las Flores y, tal como nos había referido el presidente del
Cabildo, la casita de la esquina, con tejado blanco y achaparrado, fachada
corta pero blanquísima, puerta y ventana verdes, cortina de loneta gris en la
entrada con dos listas blancas en el bajo para quitar el resol y las moscas,
tenía debajo de la ventana, sembrados en la tierra, un macizo de nardos que
al atardecer y al alba perfumaban dulce e intensamente todo el barrio. Nos
acercamos y empujamos la puerta que estaba abierta. Ave María Purísima,
dijo el señor cura; pero nadie respondía. ¿ Quién hay por aquí? Ave María
Purísima, repitió. En la puerta del patio que había en el tercer cuerpo de la
casa se recortó la figura de una mujer que venía secándose las manos en el
delantal. Era joven todavía, de rasgos simples pero hermosos; tras la falda
amplia, agarrado, se escondía un niño que todavía no habría comulgado.
Buenas tardes, Isabel, le dijo el presidente del Cabildo que conocía a casi
todos los vecinos; estos señores y yo intentamos resolver un asunto de
bastante importancia, ¿querrías contestar a las preguntas que te haga don
Ambrosio? La mujer asintió respetuosa ante tanto jerarca junto y le
pregunté ¿qué les ha ocurrido a los nardos de la puerta? ¿ acaso el gato se
ha revolcado quebrando más de la mitad de las flores? Isabel me miró
desconcertada, pensando qué extraña importancia podía tener para la
justicia sus flores. Mi Agustín cogió un buen puñado para llevarlo a la
Iglesia, ¿no fue así, nene? , decía mientras sacaba al crío bajo sus faldas. ¿
y por qué quisiste llevar las flores a la Iglesia, Agustín? , le pregunté; pero
no me contestó él sino su madre: Mi marido está delicado y el crío se
escapó la otra noche para pedirle a Dios y a sus santos que su padre se
ponga bueno; yo no me enteré hasta otro día y se llevó dos azotes en el culo
, porque es muy chico para andar por ahí solo, aunque sus intenciones
fueran buenas. ¿ y tu marido, Isabel? , le preguntó el cura, ¿mejora? Pues
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aunque parezca mentira, después de la escapada de mi Agustín, ha


empezado a comer y ya se levanta a ratos de la cama, dijo la mujer
mientras su rostro dibujó una sonrisa luminosa y esperanzada. Yo entonces
me acerqué al niño me agaché y le dije bajito al oído. ¿No tienes nada que
devolvernos? El muchacho fue hasta la habitación de su padre y debajo del
colchón sacó algo doblado con mucho esmero y liado en un pañuelo
limpio, alargó la mano y me lo entregó. ¿Qué es eso, Agustín? , le preguntó
su madre, pero el crío no respondió. Ya sabes, Isabel, que en la catequesis
le enseñan la Historia Sagrada a los niños, y tu hijo se acordó del Cristo
sufriente y agonizante cargado con la cruz, de la mujer que le enjugó el
rostro; cuando vio enfermo a su padre, igual que hizo la Verónica, quiso
enjugar su sufrimiento acercándole el mismo rostro de nuestro Señor; cosas
de críos, Isabel, cosas de críos.

A partir de aquella Semana Santa dos cosas se convirtieron en costumbre:


la Verónica siempre llevó alguna vara de nardo en su trono, y el sudario
que portaba la santa recorrió las casas de los agonizantes, para ver si se
volvía a obrar el prodigio o para reconfortarlos en el último trance.

Perdone, ¿era usted quien esperaba a sor María de los Ángeles?, me


preguntó una monja dulce y rechoncha. Sí, soy yo, contesté. Pues siento
muchísimo que haya aguardado tanto rato, he estado buscando a la
hermana por todo el convento, pero parece ser que ahora mismo no se
encuentra aquí. No se preocupe usted - dije mientras el viejo se aleja
despacio- ha sido una espera muy agradable. Vuelva usted cuando quiera,
me dijo la sor. Volví, pero aquella fue la última vez que vi a don Ambrosio.

JUAN FCO. OTÁLORA TUDELA .


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El Lienzo de Berenice

Berenice recoge a toda prisa las ropas que tenía tendidas sobe los espliegos
y romeros; termina de enjuagar lo poco que todavía quedaba en el pilón, y
hace dos hatos para que no se moje la ropa seca con la que hace un
momento todavía estaba dentro del agua. Cuando he salido esta mañana ya
lo oí decir; y todo el tiempo que he estado lavando la comidilla de las
mujeres ha sido la misma. La verdad es que desde hace varios días no se
habla de otra cosa en la ciudad, pero ni a mi marido ni a mí nos gusta
meternos en líos. Para Berenice lo mejor ha sido siempre no destacar ni por
arriba ni por abajo. pasar desapercibida; sólo en esta situación es como le
dejan a uno tranquilo. Ya he conocido mucha gente e incluso familiares que
se han jugado el pellejo por las ideas, que han hecho oposición y de la
fuerte, pero no les ha traído sino quebraderos de cabeza y cosas peores. Por
eso. cuando dicen que hay tal revuelo montado en la ciudad. Berenice
decide acabar cuanto antes e ir a su casa.

Berenice baja todas las semanas a los pilones que forma el arroyo que hay
junto al cementerio. Allí bajaron su madre. y la madre de su madre, y la
madre de la madre de su madre; allí baja ella a su hija. para que sepa cómo
lavar bien la ropa. Si quieres encontrar un buen marido es necesario que
gobiernes la casa con soltura: los hijos. la comida, y la limpieza no deben
tener secretos para ti. La hija de ocho años escucha atenta mientras
Berenice sube la pendiente; la enseñanza de la madre se repite
continuamente y la niña graba en su mente y en su corazón. Suben rápido
porque no quieren encontrarse con todo el jaleo. Deberían prohibirlo: toda
la ciudad está inquieta; en la fiesta mayor del año deberían evitar
espectáculos como el que nos quieren dar. Quieren que la gente aprenda lo
que se debe y lo que no se debe hacer, hasta dónde se puede llegar, con
quién puedes echar un pulso. Se han oído versiones para todos los gustos:
quienes creen que esto tenía que llegar y quienes creen que es una
injusticia. Berenice en los últimos días esquiva a todos. Yo tengo mi
opinión, como todos, pero en estos tiempos inciertos en los que tan pronto
estás arriba, como la tortilla acaba dando la vuelta es preferible callar, que
nadie crea que estás contra él; cuando nos ofuscarnos es mejor no embestir
de frente.
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La pasión había prendido muchas veces en este pueblo; parece como si


todos los que vivimos alrededor de este mar, próximos a él, escuchemos
continuamente el canto de sirenas que nos atraen hacia aguas turbias.
Nuestra ciudad es un hervidero y parece que hoy se va a resolver el
conflicto definitivamente. Todos andan inquietos y Berenice también; ya ha
subido las terribles cuestas de la torrentera en cuyo fondo hay un arroyo
donde van las mujeres a lavar; suben Berenice y su hija de apenas ocho
años; van cargadas con dos hatos, con la ropa limpia de los hijos; corren sin
querer mirar atrás para que no las paralicen. Vamos, vamos; no digas que
estás cansada. Hemos de cruzar antes de que no podamos atravesar la calle
Mayor. Vamos. Trae que yo llevaré las dos talegas. ¡vamos, niña! Berenice
agarra un fardo y lo coloca sobre la cabeza; el lío con la ropa seca lo lleva
bajo un brazo; con la otra mano agarra la mano de la niña y le empuja
decidida. Cada vez el alboroto y la confusión crecen por las calles donde
van pasando. Todo el mundo ha salido de sus casas para ver en qué acaba
todo aquel jaleo; la curiosidad ante la desgracia ajena y el cotilleo
despiadado no son sólo cosa del pueblo: también ocurren en la ciudad.
¡Mira que la gente tiene gana de llevar y traer! Con lo bien que hiría el
mundo si cada uno se ocupara de sus asuntos. Vamos niña, vamos.

Es casi mediodía y Berenice está a punto de traspasar el corazón de la


ciudad que late desbocado. La niña casi no puede más: lo que otros días ha
sido divertido hoy se ha convertido en una carrera frenética. Otras veces se
detienen en las tiendas para ver y oler todo lo que venden. Muchas veces
compran dátiles o higos secos o miel. Les gusta acariciar las telas que
vienen de tan lejos y escuchar la melodía de los perfumes que pulsan los
sentidos para llevarnos a espacios tan lejanos... Hoy todo eso no existe:
mañana es la gran fiesta, pero este año la gente ya anda ebria pero no de
vino, sino de rencor y envidia. Vamos, vamos que ya llegamos, niña. Un
último esfuerzo y estaremos a salvo de esta maraña humana. Ya casi cruzan
la arteria principal, la que conduce a las afueras cuando le cortan el paso de
forma brusca. La niña se escabulle y llega hasta el otro lado de la calle,
pero es imposible que ella pueda cruzar. Sin quererlo y sin buscarlo va a ser
testigo en primera línea del desfile macabro que se sucede
precipitadamente.

La primavera es muy hermosa cuando llega a esta tierra. Sobre todo en las
mañanas, el sol irisa el ambiente y entre las hojas de las palmas y los olivos
parece como si amaneciera por vez primera. Todo se hace rotundo y se
afirma al avanzar el día, pero la tibieza hace que la luz nunca llegue a ser
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insolente. Sin embargo esta mañana de primavera un olor dulzón a vida


pero también a sangre lo llena todo. Berenice está paralizada: poco a poco
se aproxima aquello de lo que viene huyendo durante tanto tiempo. !Dios
mío! ¿Qué es esto? ¿Como es posible que hayan podido hacerle esto a un
hombre? !Mi hija, mi hija! ¿donde está mi hija? I Por Dios, que no vea
esto! Ante sus ojos está pasando al que van a ajusticiar. Es un hombre
joven, conocido por todos no sólo en la ciudad sino más allá. Va casi
desnudo, apenas cubierto por harapos; arrastra un madero; su espalda es un
amasijo de sangre, jirones de piel, polvo y esputos; sus pies desnudos y las
piernas destrozadas no pueden sostenerlo ya; ¿el rostro? No tiene rostro: se
lo han borrado con los golpes y la tortura. Y ahí está el hombre pasando
ante Berenice. la gente le grita, le empuja y le golpea; él no puede
sostenerse y cae hundiendo la cara en el empedrado de la calle. los guardias
tiran de él para que se levante y siga. la mujer está paralizada muerta de
miedo y de vergüenza y siente como el corazón se le desmorona. !Dios
mío, Dios mío! ¿Cómo te han podido hacer esto? ¿Qué puede hacer alguien
para que le hagáis esto? !Dios mío! ¿Qué puedo hacer yo? El tumulto crece
e intentan levantar al reo. Berenice, con el corazón en la mente, mete la
mano al hato de la ropa seca y saca un lienzo de su ajuar; decidida se
escabulle de la guardia y acercándose al hombre le seca el sudor, la sangre
y las lágrimas de la cara. Se miran apenas un instante y la arrancan de su
lado. El amargo cortejo sigue su camino. la mujer estrujada por la multitud
y todavía en el suelo mira tristemente como se aleja. Mientras aprieta el
lienzo sobre su vientre su hija de ocho años le acerca los dos líos de ropa
que, pisoteada por la gente, habrá que volver a lavar. Pero por mucha agua
que emplee, por mucho que pueda llover sobre sus ojos o su corazón, el
verdadero icono, la imagen real de aquel hombre la ha marcado para
siempre.

Juan Fco. Otálora Tudela.


Hermano de "La Verónica".
Totana, marzo de 1998
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La Leyenda del Rey Abgar

Existió hace muchos siglos un pequeño reino floreciente en cultura y


comercio. Situado en el corazón de las rutas de las caravanas que
circulaban por Mesopotamia. Al país llegaban productos tanto del oriente
como del occidente, muchos continuaban su viaje, pero también eran
numerosos los que allí se quedaban: olorosas especia, brocados brillantes,
suntuosas joyas, animales extraños... todo lo nuevo se veía en Edesa, y todo
longevo se oía en aquel pujante reino. Era aquella tierra un espacio de
confluencia y convivencia, de libertad y abundancia. Aquel reino estaba
gobernado por un buen rey llamado Abgar, al que todos respetaban y
querían por su sabiduría y justicia; desde muy joven Abgar había sido
educado para ser monarca y sus padres, en ese próspero país, no le
inculcaron la ociosidad y la diversión como valores del príncipe, sino el
trabajo y el reconocimiento de su tierra y de su gente, así que no era
extraño verle mezclado entre los mercaderes, preguntando a los vendedores
o cabalgando hasta el pueblo más recóndito del país, sin que nadie reparase
especialmente en el rey.
Volvió del último de sus viajes Abgar tras ausentarse tres días del trono, sin
embargo no todo había sido como en sus salidas anteriores: quiso el destino
que se topase con la miseria más cruel, la de un grupo de leprosos que le
sorprendieron cuando dormía en un apartado oasis. Volvió casi desnudo,
pues no dudó en rasgar sus ropas para ofrecer vendas con que atar la carne
y las articulaciones que case se desgranaban de los miembros de aquellos
desgraciados. Abgar comió con ellos y les entregó lo poco que llevaba.
Desde aquel día el rey no fue el mismo, y los médicos le habría
diagnosticado simple melancolía si no fuese por unas sospechosas manchas
que comenzaron a extenderse por todo el cuerpo, alguna de ellas se
convirtieron en purulentos abscesos, que cuando reventaban, alejaban hasta
los perro por su fétido olor. Aunque todo se había mantenido en secreto, el
pueblo echaba de menos la presencia casi anónima del rey y flotaba en el
aire la impresión de que algo grave estaba pasando. Fueron consultados los
más prestigiosos médicos y los oráculos más fiables, se trajo desde muy
lejos una verdadera legión de mago, curanderos y sanadores, todos
coincidieron en su diagnóstico, pero fracasaron en los tratamientos. Y el
rey cada vez más taciturno, languidecía sin ánimo ni coraje para luchar
contra el mal. Una mañana, mientras descansaba en el huerto de palacio
pudo oír cómo al otro lado de la valla una familia descargaba sus
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TOTANA

borriquillos para instalar su puesto en el mercado; un hombre, su mujer y


tres críos sacaban de entre la paja de los serones fuentes, jarras y lebrillos,
eran hebreos sin duda, Abgar conocía bien su lengua, sus tradiciones y su
buen oficio alfarero, sin c. embargo fue verdaderamente un descubrimiento
el tema de su conversación: la pareja se maravillaba y daba constantemente
gracias a su Dios por el joven rabí que había sanado al mayor de sus
criaturas. Sin dudarlo in un momento, y embargado por una feliz intuición,
el rey mandó llamar aquello judíos y le pidió razón más amplia y clara de
lo que les ocurrió. "mi hijo nació ciego, majestad, en sus quince años nunca
pudo distinguir lo claro de lo oscuro, hasta que el joven rabino lo curó; se
llama Jesús el Galileo, todos lo conocen porque ha sanado a mucho como
mi hijo, y aunque no vive en un sitio fijo, es muy fácil dar con él porque
son muchos los que le siguen" El velado rostro de Edgar comenzó a
iluminarse con esta noticia y ese mismo día envió mensajeros a Israel con
cartas para el joven rabí, demandando su presencia para que con su arte
pudiera sanarle del mal que ya casi le había vencido. Y allá fueron y, tal
como les dijeran los alfareros hebreos, encontraron al tal Jesús fácilmente y
le hicieron saber su encargo. El rabino se acompañaba de un grupo de
hombres y mujeres que no le dejaban ni un momento; cuando los emisarios
de Abgar expresaron su encargo no fueron poscas las voces del grupo que
protestaron e increparon a los mensajeros; sin embargo, con la serenidad
más contundente Jesús dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos,
sino los enfermos" "pero Rabí" dijo uno de sus allegados ¿cómo nos vamos
a ir a tierra de gentiles? ¿cómo vamos a alejarnos de Israel? Son muchos
los que aquí también te reclaman; acuérdate de los esfuerzos que tenemos
que hacer cuando llegamos a cualquier pueblo para que no nos desborde".
Habiendo oído a su amigo Jesús dijo a los enviados: "He sido enviado para
proclamar el Año de Gracia no sólo a Israel, sino a toda persona de buena
voluntad. Decid a vuestro rey que no es necesario el encuentro, si cree en el
Hijo del Hombre, entonces contemplará su rostro y así sanará".
Los mensajeros tomaron buena nota del mensaje del joven rabino y
partieron raudos hacia Edesa. Allí el pobre rey empeoraba
precipitadamente y esperaba ansioso noticias de Israel; cuando las hubo
conocido, en su corazón y su estómago comenzaron a revolotear miles de
mariposas de colores insuflándole esperanza "Abgar, no puedes viajar en tu
estado, se decía el joven rey, pero tienes que ver el rostro de Jesús; sólo así
recuperarás la alegría, la fuerza y la salud". Y con tal decisión hizo venir al
mejor de los pintores que había en su corte y lo envió a Israel para que
hiciese el mejor retrato de su vida, el retrato del rabino que traería la
curación del rey y la prosperidad para el pueblo.
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El pintor acompañado, por una escolta real, salió sin demora al encuentro
del personaje para poder hacer el mejor retrato de su vida, no entendía muy
bien la misión, ni los motivos de Abgar, pero sin dudarlo preparó su bolsa
de pinturas y se puso en camino. También esta vez encontraron pronto a
Jesús, un gentío inmenso le rodeaba y escuchaba con mucha atención su
enseñanza, el pintor se sentó en una roca y apoyándose en una tablilla
comenzó a dibujar sobre un papiro nuevo. Intentó fijarse bien en las
facciones y en el tono del hombre, para intentar transmitirlo a su dibujo,
pero algo extraño ocurría, porque el solo una extraña luz no le dejaba bien
percibir su rostro, aprehender su figura, se movió de lugar, trató de cambiar
de perspectiva, pero no conseguía hacerse con las facciones para plasmarlas
en su papel. Cuando el maestro hubo acabado y la multitud comenzó a
desperdigarse, el pintor de Edesa, cargado con sus tablillas, papiros,
pigmentos, pinceles y lienzos se acercó al grupo donde estaba Jesús e
intentó verlo de cerca, hablar con él, pero sus amigos se lo impedía. "Rabí,
rabí, ten compasión de Abgar que está muriendo y necesita ver tu rostro"
gritó desesperadamente, fue entonces cuando Jesús visiblemente cansado se
acercó a él y le preguntó por el rey. El retratista contó entonces su misión y
cómo Abgar había puesto toda su confianza en el rabino, cómo todo el
reino estaba pendiente de la curación y la felicidad del buen rey. El
maestro, que se había sentado para escuchar el relato abatido por el calor
sofocante, tomó entonces uno de los lienzos del pintor y se enjugó el rostro
"toma, devuelve estos linos a tu rey y dile que hiciste tu trabajo lo mejor
que pudiste" Recogiendo todos sus bártulos los metió tristemente en su
bolsa, sin entender bien que quiso decir el rabino, pero con firme propósito
de cumplir lo encargado con total fidelidad. "no seas incrédulo, sino
creyente, la paz sea contigo y con tu rey Abgar" le deseó Jesús mientras
partía hacia Edesa.
Y el pintor se presentó de nuevo ante su rey, inquieto, no sabía muy bien
cual sería la reacción del monarca, pero cuando estuvo ante él sacó de su
bolsa el lino donde debiera hacer el retrato y se lo entregó a Abgar. "toma,
hice mi trabajo lo mejor que pude". El rey se levantó y desplegando
lentamente el trozo de tela percibió con fuerza la luz intensa que no dejara
al pintor ejecutar el retrato. En ese mismo momento la sangre comenzó a
fluir con la fuerza del torrente por sus venas, las pústulas y eccemas se
cerraron y los ojos del joven Abgar se llenaron de vida y alegría. La noticia
corrió por toda la ciudad y todo el reino, y el lienzo en el que se perciben
los rasgos inciertos de un hombre pero que irradia una luz recia, es fuente
de salud y vida para quienes lo contemplaron y para los que siguen
viéndolo.
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TOTANA

Juan Fco. Otálora Tudela