COFRADÍA DE LA VERONICA TOTANA

Cuentos de Semana Santa
La Visita El Aroma de los Nardos El lienzo de Berenice
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La Leyenda del Rey Adgar pag. 14

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La Visita

Hace ya casi treinta años que ocurrió lo que hoy os cuento. El acontecimiento, que pasó desapercibido para casi todo el mundo en una época y un pueblo que no iba precisamente a la vanguardia de la cultura, fue eso, un verdadero acontecimiento para mí y para esta ciudad; después de décadas sin que esto se haya sabido, creo llegado el momento de que se conozca. Yo sólo os pongo en antecedentes y os transcribo una carta en mi poder y que da testimonio de la autenticidad de esos hechos. Escuchad: Llegó a Totana aquella Semana Santa un hombre anónimo al que a pocos llamó la atención. La gente de aquí andaba enfrascada en sus ritos y ya era cada vez más normal que algún extranjero arribase hasta el pueblo a descubrir lo auténtico, que los forasteros habían perdido con sus adelantos y modernidad. Era nuestro hombre de edad madura, rebasados los cincuenta pero sin aspecto todavía de jubilado: menudo de talla y enjuto de carnes se movía con inseguridad, tal vez por su vista que cansada de tanto mirar, leer y buscar se negaba ya a funcionar; aquel hombre casi ciego, tenía el pelo cano, la frente amplia, profundos ojos azules refugiados bajo espesas cejas; su nariz robusta, los labios fi- nos y las mejillas amplias. Se apoyaba en una mujer bastante más joven que él; ella lo llevaba del brazo indicándole los obstáculos. Aunque nadie lo identificara (no frecuentaba el NODO, ni los escasos televisores lo habían hecho popular) era aquel hombre un poeta, un filósofo y un narrador conocido mundialmente; venía buscando el rastro de una familia de la que tuvo noticia en la Argentina, su país de origen, y uno de cuyos miembros, Benjamín, fue protagonista de un relato titulado El muerto, que el visitante casi ciego escribiera veinte años antes. El joven Benjamín vivió en la Argentina en mil ochocientos noventa y uno; fue el hijo de una pareja de jóvenes inmigrantes vascos que buscaron fortuna, cuando no supervivencia, en aquella tierra de la que manaba leche y miel; la cosa no fue como anhelaron y sus esperanzas se fueron trocando en frustraciones y fracasos. Tan grave llegó a ser su situación que alguno de los vástagos de aquel matrimonio acabó buscándose la vida y encontrando la muerte como contrabandista. La noticia de la historia de aquel muchacho llegó hasta nuestro poeta a través de las leyendas y las canciones de los gauchos. No sé si fue la fuerza y la pasión de la poesía

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popular que recogió los hechos, si el carácter del joven, o simple- mente la intuición mágica del maestro, la que hizo que le calara profundamente y la elevase a la categoría de eterno a través del relato al que antes me referí. Lo cierto es que nuestro escritor, veinte años después de publicar su libro, continuaba intensamente marcado por la historia, Así que hizo lo posible por seguir la pista en la Argentina de aquella desdichada familia, pero no encontró sino tumbas desoladas y marchitas. A través de la oficina de inmigración supo que los últimos parientes de Benjamín, dos hermanos, habían abandonado la tierra de promisión, reuniendo lo poco que tenían para regresar a España; Así que tras conocer las fechas aproximadas de la partida y con influyentes contactos de nuestro famoso escritor en la aduana de Cádiz, descubrió que uno de aquellos hermanos falleció de fiebres durante la travesía, y el otro no tuvo ansias para cruzar la península, y se quedó en el sur, y terminó en Murcia. Allí se casó, y engendró hijos, y los crió, y éstos tuvieron hijos e hijas, que a su vez engendraron y parieron zagales que ya nada supieron del origen nefasto de aquella estirpe. El admirado poeta llegó a Totana, sin que nadie lo reconociera, buscando a los parientes de Benjamín; llegó un Jueves Santo, a eso de media mañana, en un oscuro y ruidoso mil quinientos; llegó ex profeso a Murcia y desde allí al pueblo, enjuto e inseguro, apoyado en una mujer mucho más joven que él, y así se presentó en mi casa. Yo entonces era un niño, el más pequeño de la familia, pero intuí la fuerza y la luminosidad de aquel escritor que ya había visto suficiente. Nos contó la historia que os he referido, ya mí que los cuentos y los relatos siempre me embelesaron no perdí detalle, ni me fui a ver la llegada de los pasos a la Iglesia, ni la rueda del caracol de los armaos; el hombre no pudo verme, pero me percibió allí durante todo el tiempo, y tras una amplia sobremesa me pidió que lo acompañase en un breve periplo por el pueblo. Estuvimos en los Oficios de Santiago, le llevé capilla por capilla y yo le explicaba los pasos, cómo en la Negación había un pollo disecado, las caras de los chepes, la espada de San Pedro que cortaría la oreja, el cordero y las frutas de la Última Cena, San Juan con su palma, la Verónica tan apenada y portando el lienzo con las tres caras de Jesús impresas. El niño fue ojos nuevos para el maestro que observaba con frescura a través de aquella mirada; y juntos vieron salir la procesión, y sintió el ciego como yo también el eco primitivo y esencial de los tambores en el estómago. Llegó la hora de la partida, y con la misma discreción que había venido, de la misma forma anónima, el poeta montó en el coche donde le esperaba esa mujer bastante más joven que él y desaparecieron por la calle Cartagena. Antes de partir, se despidió

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cariñosamente de mí revolviendo el pelo de mi cabeza, y prometió escribirme: " Adiós, Benjamín", me dijo aunque no es mi nombre y entonces yo no lo entendí. Pasaron varios años desde aquella visita, y cuando ya pensaba que el escritor se había olvidado de mí, apareció el cartero un día de Semana Santa con un sobre remitido desde la Argentina. Éste es su contenido: Querido muchacho: Supongo que estarás sorprendido de que este viejo aparezca en tu vida tan súbitamente como se presentó hace algún tiempo; pasados estos años he tenido tiempo de pensar, y tú ya serás capaz de entender por qué hice ese viaje y me crucé en vuestras vidas. Desde que conocí la historia de Benjamín, allá en mi tierra, no he podido dejar de preguntarme por aquel mocetón que en tres años surgió del arrabal y la espiral del deseo y la ambición acabó liándolo y asfixiándolo. Me ha cuestiona- do continuamente por el destino vertiginoso, por la voluntad, por cómo los padres del muchacho, su origen, su barrio, pesaron en la losa de su vida; me he interrogado sobre mi propio trabajo, sobre mi vida: la sombra de tu pariente no ha dejado de cubrirme en estos años, y necesité cono- ceros, hube de ir hasta Totana para que este viejo ciego comenzara a ver claro. Aquel ambiente optimista y sensual de la primavera en tu tierra, la gente esencial y pueblo, las imágenes y los ritos, el niño que me acompañó, tú mismo, fuisteis la clave de mi enigma. ¿Podía el destino agarrar del cuello a toda una estirpe? ¿Estaba grabado en la frente de Benjamín, como en la de sus padres, su destino trágico? ¿Habría podido cruzar un océano de agua y de tiempo? Cuando os conocí supe que erais de ellos, pero también percibí claramente que tu corazón era un libro en blanco, un espacio en el que sólo tú escribirás. Me encantó, y todavía recuerdo en mi universo de ciego, los sitios por los que me llevaste, tu desenvoltura y tu gracia para presentarme unas imágenes y unas situaciones que nunca antes vi, pero que están nítidas en mi mente; recuerdo especialmente la imagen de la Verónica, cómo me la dibujaste, esa mujer que tendía hacia mí, entre flores y tulipas moradas, un lienzo con el que limpió el rostro de Cristo, tal vez para enjugar mi angustia también. Me contabas que la cara del Señor no se podía borrar, por más que la lavara Verónica, y al regar con el agua de la colada la parra del patio de su casa, en todos los pámpanos apareció la imagen sufriente. y esas

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historias, que te contara tu madre, en los labios de aquel niño parecían recién ocurridas. y no hallé ninguna sombra de tragedia; y volví a ver, a ser niño; y me entusiasmé con tambores, azahares y claveles. Supe que el gaucho Benjamín había muerto, mas otro Benjamín también de su sangre, pero nuevo y libre, me llevaba de la mano por un laberinto de pueblo, nazarenos y bocinas. y sentí paz. Hoy, más viejo que cuando te conocí, estoy cansado pero tranquilo; no hay ya sombras que me persigan. Sólo con serenidad y alegría sigo recreando en mi particular memoria de ciego la imagen de un niño que, de la mano de un viejo, cuenta, como si hubiera ocurrido ayer, la historia de la Verónica. J.L.B Nunca más volví a tener noticias suyas. Juan Francisco Otálora Tudela. Totana, marzo de 2000

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El Aroma de los Nardos

Hubo en Totana un juez, allá por los años veinte, llamado don Ambrosio Escudero Abad, natural de Villanueva de los Infantes, provincia de Ciudad Real, que se hizo famoso en los cuatro escasos años que mantuvo su destino por dos razones: por un lado el porte elegante y altanero con que desplazaba su casi metro noventa de talla, dando la sensación a los administrados de que la justicia por él impartida fuese más solemne, impoluta, distante e incuestionable; por otro su afición a la buena mesa, ya fuese berza, ya chiche, el togado las hacía buenas elogiando siempre el buen oficio de las manos agradecidas que con frecuencia la invitaban. Mas aunque su estampa fuese tan estirada y distante, le interesaba a don Ambrosio conocer y conectar con las inquietudes y problemas de pueblo: le encantaba conocer las costumbres y tradiciones de allí donde estaba destinado. Yo le conocí hace ya algunos años, en un viaje que una primavera hice por Castilla; al pasar por Villanueva una serie de coincidencias me llevó hasta el convento de las Hijas de la Caridad, que regenta allí un asilo de ancianos, con el fin de saludar a una Sor, antigua conocida mía. Mientras esperaba en el claustro del convento - ahora convertido en solarium donde los viejos se calientan al tibio sol de marzo- a que apareciera la monja, escuché de lejos el retumbar de tambores que ensayaban para Semana Santa; en esto se me acercó un abuelo más que octogenario con ganas de conversación, y yo, que necesito poco estímulo para escuchar con fruición historias antiguas, pronto quedé embaído con el cuento del viejo. Lo reproduzco tal como fue y como mi memoria lo ha conservado. - Así que de Totana. Vaya, vaya... Allí ejercí yo como juez más de tres años y medio antes de la Guerra. ¡Buena tierra aquella...! Buena gente y buena comida, sí señor. ¿ y de quién era usted hijo mío? ¡Pero cómo vas a conocer a sus padres, viejo chocho! Si todavía no habrían nacido cuando estuviste por allí.… Debe haber cambiado todo mucho, ¿verdad? Y es que el mundo gira rápido, más y más y más, como si nada ya pudiera mantenerse en su sitio, aunque la gente de su pueblo respetaba como pocos costumbres y tradiciones, y sepa usted, joven, que por mi oficio he podido; conocer muchos pueblos y ciudades de España. Todavía recuerdo, sobre todo en este tiempo de primavera recién estrenada, la Semana Santa, las

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procesiones, los armaos, los pasos. Me acuerdo de un lío muy gordo que se armó un Jueves Santo, no sé si fue el del año 29 ó el del 30; seguro que algo le habrán contado. ¿Cómo que no? Pues aquello fue sonado; pregunte, pregunte usted por el sudario de la Verónica. A mí no se me ha olvidado y dudo mucho que nadie con conocimiento borre de su memoria lo que ocurrió. La cosa empezó joven, cuando como todos los años se disponían al arreglo de los pasos en la Iglesia: llevaban bien temprano a la Parroquia los pasos, las imágenes, la cera, las flores, el ajuar de los santos... Estos preparativos empezaban el martes o el miércoles, y el jueves bien temprano estaban los tronos listos; la chiquillería y las mujeres gustaban de entrar a ver lo bonitos que estaban cada año. Yo también disfrutaba observando, aunque todos desaparecían o enmudecían cuando me acercaba: ¡ el juez, el juez!, decían dándose codazos descaradamente. Pues bien, recuerdo aquel Jueves Santo que me llamaron al juzgado para que interrogara a una mujer que lloriqueaba temblona. Antes, el Cabildo en pleno se había reunido urgentemente para tratar el caso; habían decidido que fuese el cura y la Junta Rectora quienes interrogarían a la mujer del sacristán. En realidad, Catalina no hacía sino guardar sillas y reclinatorios; los alquilaba durante las misas de los domingos y otras fiestas. Pero aquel miércoles que entró en la iglesia algo le pareció extraño; iba a abrir el templo. Había accedido por la puerta de la sacristía y se dirigió a la principal que casi siempre no estaba más que con la aldaba echada; en ese momento sintió cierto olor dulzón, casi pegajoso que flotaba en la cancela, mientras tiraba de la puerta haciendo chirriar sus goznes. Y no quiso darle importancia; continuó su recorrido, como hacía todos los días, encendiendo candelas en determinadas capillas y altares: empezó por la del Resucitado, encendió también luces en Santa Rita, San José y San Antonio, en la de la Comunión, en la capilla del Rosario, cruzó la nave y al llegar a la de la Purísima, el lado de Evangelio del Altar Mayor, sintió de nuevo ese olor tan denso y tan dulce y al alzar la vista, entre la débil luz del comienzo del día y la temblona y mortecina llama de la candela que llevaba en la mano, sintió que la Verónica desde su trono no estaba como siempre; luego aclararía el señor cura que se refería a que extendía sus manos al aire como pidiendo algo u ofreciéndose, pero lo que no tenía era el paño con las tres impresiones del rostro de Jesús que mostraba tan dolorida en el desfile: el sudario de Cristo había desaparecido. Después de hablar con ella durante más de tres horas, los dignos representantes del Cabildo no habían conseguido sino escuchar el mismo relato una u otra vez. Únicamente un detalle, una pista que era tan absurda

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como extraña: el fuerte olor al que la mujer había hecho referencia una y otra vez; y sin saber qué hacer y ante la urgencia por resolver el enigma antes de que se convirtiera en escándalo, solicitaron mi consejo y auxilio. Vamos a ver, Catalina - le decía yo intentando tranquilizarla-, tiene que hacer usted memoria, algo tiene que haber visto y no se ha acordado de contárnoslo. Pero nada, la mujer que nunca antes se viera en un trance como aquél, estaba tan excitada que sólo gimoteaba y no acertaba a articular palabra. Se me ocurrió entonces - gajes del oficio- personarnos en el lugar de autos, y recorrimos el templo en el mismo sentido que lo hiciera esa misma mañana, todavía por amanecer, Catalina la sillera; éramos tres: el presidente del Cabildo, el señor cura y un servidor. Al llegar a la cancela, donde Catalina dijo haber percibido el olor dulzón por vez primera aguzamos los sentidos pero allí no veíamos nada fuera de lugar; dimos cincuenta vueltas hasta que se me ocurrió remover la pila de sillas y reclinatorios que hay junto a la entrada principal. Déjelo don Ambrosio, me decía el señor cura, ahí no va a encontrar más que asientos desmarridos y exhaustos, los buenos los tienen sus dueñas atados con cadenitas por las capillas. Pero yo no buscaba asiento, claro, sino algo que explicase aquella sensación de la mujer; hasta que en un rincón de aquella estructura que formaba el cúmulo de los destartalados asientos, descubrí un hueco en el que pudo haber estado alguien, pequeño pero una persona. Aquí puede haber algo, dije ante el escepticismo de los ilustres sabuesos; y, efectivamente, la almohadilla de un ruinoso reclinatorio había sido la cátedra del autor de nuestra desaparición. ¿El olor? Ya, ya, joven, no se impaciente que ya le cuento. Junto a la desvencijada sede recogí entre el pulgar y el índice de mi mano derecha un capullo entre pergamino y rosa que se debió desprender de una vara de nardo. ¡ Aquí está, señores, el olor dulzón de doña Catalina! Así que el enigma dejaba de serIo: sería cuestión de continuar el hilo de Teseo que nos había proporcionado nuestra Ariadnasillera para superar el laberinto y que la procesión del Jueves Santo fuese con la Verónica y el sudario de Cristo. Continuamos el recorrido hasta llegar a donde estaba la imagen expoliada y allí vimos que, en efecto, unas varas de nardo estaban descuidadamente colocadas en uno de los búcaros del paso: ¡amigos, alguien ha querido resarcir el hurto con flores! Catalina percibió sin duda aquel olor intenso y dulzón propio de los nardos en el momento del día que más hueles, al amanecer, e imponiéndose con fuerza a un fato a cera y aceite de lamparillas; el olor inhabitual primero y la desaparición del paño después, embaucaron a la mujer.

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Dos pistas nos impulsaban al próximo paso: una persona pequeña, un niño tal vez, y alguien que tuviese varas de nardo en su casa. ¿Quién puede tener plantadas cebollas de estas flores? Demandé a mis acompañantes; el señor cura, aunque llevaba ya casi diez años en el pueblo, nunca prestó atención a situaciones como la que planteaba en mi cuestión, pero el presidente del Cabildo, de oficio escribiente en el ayuntamiento, aportó una salida desde su conocimiento y trato con casi todos los vecinos: es difícil dar una sola respuesta, porque mucha gente tiene macetas en sus patios y ventanas con nardos, pero hay en el Rincón de las Flores, en la puerta de la casa de la esquina, un sembrado de nardos que hace ojo. Y allá nos encaminamos los tres, escalando la calle Mayor Sevilla para girar a la izquierda, rebasada la casa de doña Carmen Aledo. ¿ Sabe usted si vive todavía? ¡ Qué lástima, con las buenas meriendas que tomamos en esa casa! Bueno joven, llegamos al Rincón de las Flores y, tal como nos había referido el presidente del Cabildo, la casita de la esquina, con tejado blanco y achaparrado, fachada corta pero blanquísima, puerta y ventana verdes, cortina de loneta gris en la entrada con dos listas blancas en el bajo para quitar el resol y las moscas, tenía debajo de la ventana, sembrados en la tierra, un macizo de nardos que al atardecer y al alba perfumaban dulce e intensamente todo el barrio. Nos acercamos y empujamos la puerta que estaba abierta. Ave María Purísima, dijo el señor cura; pero nadie respondía. ¿ Quién hay por aquí? Ave María Purísima, repitió. En la puerta del patio que había en el tercer cuerpo de la casa se recortó la figura de una mujer que venía secándose las manos en el delantal. Era joven todavía, de rasgos simples pero hermosos; tras la falda amplia, agarrado, se escondía un niño que todavía no habría comulgado. Buenas tardes, Isabel, le dijo el presidente del Cabildo que conocía a casi todos los vecinos; estos señores y yo intentamos resolver un asunto de bastante importancia, ¿querrías contestar a las preguntas que te haga don Ambrosio? La mujer asintió respetuosa ante tanto jerarca junto y le pregunté ¿qué les ha ocurrido a los nardos de la puerta? ¿ acaso el gato se ha revolcado quebrando más de la mitad de las flores? Isabel me miró desconcertada, pensando qué extraña importancia podía tener para la justicia sus flores. Mi Agustín cogió un buen puñado para llevarlo a la Iglesia, ¿no fue así, nene? , decía mientras sacaba al crío bajo sus faldas. ¿ y por qué quisiste llevar las flores a la Iglesia, Agustín? , le pregunté; pero no me contestó él sino su madre: Mi marido está delicado y el crío se escapó la otra noche para pedirle a Dios y a sus santos que su padre se ponga bueno; yo no me enteré hasta otro día y se llevó dos azotes en el culo , porque es muy chico para andar por ahí solo, aunque sus intenciones fueran buenas. ¿ y tu marido, Isabel? , le preguntó el cura, ¿mejora? Pues

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aunque parezca mentira, después de la escapada de mi Agustín, ha empezado a comer y ya se levanta a ratos de la cama, dijo la mujer mientras su rostro dibujó una sonrisa luminosa y esperanzada. Yo entonces me acerqué al niño me agaché y le dije bajito al oído. ¿No tienes nada que devolvernos? El muchacho fue hasta la habitación de su padre y debajo del colchón sacó algo doblado con mucho esmero y liado en un pañuelo limpio, alargó la mano y me lo entregó. ¿Qué es eso, Agustín? , le preguntó su madre, pero el crío no respondió. Ya sabes, Isabel, que en la catequesis le enseñan la Historia Sagrada a los niños, y tu hijo se acordó del Cristo sufriente y agonizante cargado con la cruz, de la mujer que le enjugó el rostro; cuando vio enfermo a su padre, igual que hizo la Verónica, quiso enjugar su sufrimiento acercándole el mismo rostro de nuestro Señor; cosas de críos, Isabel, cosas de críos. A partir de aquella Semana Santa dos cosas se convirtieron en costumbre: la Verónica siempre llevó alguna vara de nardo en su trono, y el sudario que portaba la santa recorrió las casas de los agonizantes, para ver si se volvía a obrar el prodigio o para reconfortarlos en el último trance. Perdone, ¿era usted quien esperaba a sor María de los Ángeles?, me preguntó una monja dulce y rechoncha. Sí, soy yo, contesté. Pues siento muchísimo que haya aguardado tanto rato, he estado buscando a la hermana por todo el convento, pero parece ser que ahora mismo no se encuentra aquí. No se preocupe usted - dije mientras el viejo se aleja despacio- ha sido una espera muy agradable. Vuelva usted cuando quiera, me dijo la sor. Volví, pero aquella fue la última vez que vi a don Ambrosio. JUAN FCO. OTÁLORA TUDELA .

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El Lienzo de Berenice

Berenice recoge a toda prisa las ropas que tenía tendidas sobe los espliegos y romeros; termina de enjuagar lo poco que todavía quedaba en el pilón, y hace dos hatos para que no se moje la ropa seca con la que hace un momento todavía estaba dentro del agua. Cuando he salido esta mañana ya lo oí decir; y todo el tiempo que he estado lavando la comidilla de las mujeres ha sido la misma. La verdad es que desde hace varios días no se habla de otra cosa en la ciudad, pero ni a mi marido ni a mí nos gusta meternos en líos. Para Berenice lo mejor ha sido siempre no destacar ni por arriba ni por abajo. pasar desapercibida; sólo en esta situación es como le dejan a uno tranquilo. Ya he conocido mucha gente e incluso familiares que se han jugado el pellejo por las ideas, que han hecho oposición y de la fuerte, pero no les ha traído sino quebraderos de cabeza y cosas peores. Por eso. cuando dicen que hay tal revuelo montado en la ciudad. Berenice decide acabar cuanto antes e ir a su casa. Berenice baja todas las semanas a los pilones que forma el arroyo que hay junto al cementerio. Allí bajaron su madre. y la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre; allí baja ella a su hija. para que sepa cómo lavar bien la ropa. Si quieres encontrar un buen marido es necesario que gobiernes la casa con soltura: los hijos. la comida, y la limpieza no deben tener secretos para ti. La hija de ocho años escucha atenta mientras Berenice sube la pendiente; la enseñanza de la madre se repite continuamente y la niña graba en su mente y en su corazón. Suben rápido porque no quieren encontrarse con todo el jaleo. Deberían prohibirlo: toda la ciudad está inquieta; en la fiesta mayor del año deberían evitar espectáculos como el que nos quieren dar. Quieren que la gente aprenda lo que se debe y lo que no se debe hacer, hasta dónde se puede llegar, con quién puedes echar un pulso. Se han oído versiones para todos los gustos: quienes creen que esto tenía que llegar y quienes creen que es una injusticia. Berenice en los últimos días esquiva a todos. Yo tengo mi opinión, como todos, pero en estos tiempos inciertos en los que tan pronto estás arriba, como la tortilla acaba dando la vuelta es preferible callar, que nadie crea que estás contra él; cuando nos ofuscarnos es mejor no embestir de frente.

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La pasión había prendido muchas veces en este pueblo; parece como si todos los que vivimos alrededor de este mar, próximos a él, escuchemos continuamente el canto de sirenas que nos atraen hacia aguas turbias. Nuestra ciudad es un hervidero y parece que hoy se va a resolver el conflicto definitivamente. Todos andan inquietos y Berenice también; ya ha subido las terribles cuestas de la torrentera en cuyo fondo hay un arroyo donde van las mujeres a lavar; suben Berenice y su hija de apenas ocho años; van cargadas con dos hatos, con la ropa limpia de los hijos; corren sin querer mirar atrás para que no las paralicen. Vamos, vamos; no digas que estás cansada. Hemos de cruzar antes de que no podamos atravesar la calle Mayor. Vamos. Trae que yo llevaré las dos talegas. ¡vamos, niña! Berenice agarra un fardo y lo coloca sobre la cabeza; el lío con la ropa seca lo lleva bajo un brazo; con la otra mano agarra la mano de la niña y le empuja decidida. Cada vez el alboroto y la confusión crecen por las calles donde van pasando. Todo el mundo ha salido de sus casas para ver en qué acaba todo aquel jaleo; la curiosidad ante la desgracia ajena y el cotilleo despiadado no son sólo cosa del pueblo: también ocurren en la ciudad. ¡Mira que la gente tiene gana de llevar y traer! Con lo bien que hiría el mundo si cada uno se ocupara de sus asuntos. Vamos niña, vamos. Es casi mediodía y Berenice está a punto de traspasar el corazón de la ciudad que late desbocado. La niña casi no puede más: lo que otros días ha sido divertido hoy se ha convertido en una carrera frenética. Otras veces se detienen en las tiendas para ver y oler todo lo que venden. Muchas veces compran dátiles o higos secos o miel. Les gusta acariciar las telas que vienen de tan lejos y escuchar la melodía de los perfumes que pulsan los sentidos para llevarnos a espacios tan lejanos... Hoy todo eso no existe: mañana es la gran fiesta, pero este año la gente ya anda ebria pero no de vino, sino de rencor y envidia. Vamos, vamos que ya llegamos, niña. Un último esfuerzo y estaremos a salvo de esta maraña humana. Ya casi cruzan la arteria principal, la que conduce a las afueras cuando le cortan el paso de forma brusca. La niña se escabulle y llega hasta el otro lado de la calle, pero es imposible que ella pueda cruzar. Sin quererlo y sin buscarlo va a ser testigo en primera línea del desfile macabro que se sucede precipitadamente. La primavera es muy hermosa cuando llega a esta tierra. Sobre todo en las mañanas, el sol irisa el ambiente y entre las hojas de las palmas y los olivos parece como si amaneciera por vez primera. Todo se hace rotundo y se afirma al avanzar el día, pero la tibieza hace que la luz nunca llegue a ser

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insolente. Sin embargo esta mañana de primavera un olor dulzón a vida pero también a sangre lo llena todo. Berenice está paralizada: poco a poco se aproxima aquello de lo que viene huyendo durante tanto tiempo. !Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Como es posible que hayan podido hacerle esto a un hombre? !Mi hija, mi hija! ¿donde está mi hija? I Por Dios, que no vea esto! Ante sus ojos está pasando al que van a ajusticiar. Es un hombre joven, conocido por todos no sólo en la ciudad sino más allá. Va casi desnudo, apenas cubierto por harapos; arrastra un madero; su espalda es un amasijo de sangre, jirones de piel, polvo y esputos; sus pies desnudos y las piernas destrozadas no pueden sostenerlo ya; ¿el rostro? No tiene rostro: se lo han borrado con los golpes y la tortura. Y ahí está el hombre pasando ante Berenice. la gente le grita, le empuja y le golpea; él no puede sostenerse y cae hundiendo la cara en el empedrado de la calle. los guardias tiran de él para que se levante y siga. la mujer está paralizada muerta de miedo y de vergüenza y siente como el corazón se le desmorona. !Dios mío, Dios mío! ¿Cómo te han podido hacer esto? ¿Qué puede hacer alguien para que le hagáis esto? !Dios mío! ¿Qué puedo hacer yo? El tumulto crece e intentan levantar al reo. Berenice, con el corazón en la mente, mete la mano al hato de la ropa seca y saca un lienzo de su ajuar; decidida se escabulle de la guardia y acercándose al hombre le seca el sudor, la sangre y las lágrimas de la cara. Se miran apenas un instante y la arrancan de su lado. El amargo cortejo sigue su camino. la mujer estrujada por la multitud y todavía en el suelo mira tristemente como se aleja. Mientras aprieta el lienzo sobre su vientre su hija de ocho años le acerca los dos líos de ropa que, pisoteada por la gente, habrá que volver a lavar. Pero por mucha agua que emplee, por mucho que pueda llover sobre sus ojos o su corazón, el verdadero icono, la imagen real de aquel hombre la ha marcado para siempre. Juan Fco. Otálora Tudela. Hermano de "La Verónica". Totana, marzo de 1998

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La Leyenda del Rey Abgar

Existió hace muchos siglos un pequeño reino floreciente en cultura y comercio. Situado en el corazón de las rutas de las caravanas que circulaban por Mesopotamia. Al país llegaban productos tanto del oriente como del occidente, muchos continuaban su viaje, pero también eran numerosos los que allí se quedaban: olorosas especia, brocados brillantes, suntuosas joyas, animales extraños... todo lo nuevo se veía en Edesa, y todo longevo se oía en aquel pujante reino. Era aquella tierra un espacio de confluencia y convivencia, de libertad y abundancia. Aquel reino estaba gobernado por un buen rey llamado Abgar, al que todos respetaban y querían por su sabiduría y justicia; desde muy joven Abgar había sido educado para ser monarca y sus padres, en ese próspero país, no le inculcaron la ociosidad y la diversión como valores del príncipe, sino el trabajo y el reconocimiento de su tierra y de su gente, así que no era extraño verle mezclado entre los mercaderes, preguntando a los vendedores o cabalgando hasta el pueblo más recóndito del país, sin que nadie reparase especialmente en el rey. Volvió del último de sus viajes Abgar tras ausentarse tres días del trono, sin embargo no todo había sido como en sus salidas anteriores: quiso el destino que se topase con la miseria más cruel, la de un grupo de leprosos que le sorprendieron cuando dormía en un apartado oasis. Volvió casi desnudo, pues no dudó en rasgar sus ropas para ofrecer vendas con que atar la carne y las articulaciones que case se desgranaban de los miembros de aquellos desgraciados. Abgar comió con ellos y les entregó lo poco que llevaba. Desde aquel día el rey no fue el mismo, y los médicos le habría diagnosticado simple melancolía si no fuese por unas sospechosas manchas que comenzaron a extenderse por todo el cuerpo, alguna de ellas se convirtieron en purulentos abscesos, que cuando reventaban, alejaban hasta los perro por su fétido olor. Aunque todo se había mantenido en secreto, el pueblo echaba de menos la presencia casi anónima del rey y flotaba en el aire la impresión de que algo grave estaba pasando. Fueron consultados los más prestigiosos médicos y los oráculos más fiables, se trajo desde muy lejos una verdadera legión de mago, curanderos y sanadores, todos coincidieron en su diagnóstico, pero fracasaron en los tratamientos. Y el rey cada vez más taciturno, languidecía sin ánimo ni coraje para luchar contra el mal. Una mañana, mientras descansaba en el huerto de palacio pudo oír cómo al otro lado de la valla una familia descargaba sus

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borriquillos para instalar su puesto en el mercado; un hombre, su mujer y tres críos sacaban de entre la paja de los serones fuentes, jarras y lebrillos, eran hebreos sin duda, Abgar conocía bien su lengua, sus tradiciones y su buen oficio alfarero, sin c. embargo fue verdaderamente un descubrimiento el tema de su conversación: la pareja se maravillaba y daba constantemente gracias a su Dios por el joven rabí que había sanado al mayor de sus criaturas. Sin dudarlo in un momento, y embargado por una feliz intuición, el rey mandó llamar aquello judíos y le pidió razón más amplia y clara de lo que les ocurrió. "mi hijo nació ciego, majestad, en sus quince años nunca pudo distinguir lo claro de lo oscuro, hasta que el joven rabino lo curó; se llama Jesús el Galileo, todos lo conocen porque ha sanado a mucho como mi hijo, y aunque no vive en un sitio fijo, es muy fácil dar con él porque son muchos los que le siguen" El velado rostro de Edgar comenzó a iluminarse con esta noticia y ese mismo día envió mensajeros a Israel con cartas para el joven rabí, demandando su presencia para que con su arte pudiera sanarle del mal que ya casi le había vencido. Y allá fueron y, tal como les dijeran los alfareros hebreos, encontraron al tal Jesús fácilmente y le hicieron saber su encargo. El rabino se acompañaba de un grupo de hombres y mujeres que no le dejaban ni un momento; cuando los emisarios de Abgar expresaron su encargo no fueron poscas las voces del grupo que protestaron e increparon a los mensajeros; sin embargo, con la serenidad más contundente Jesús dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos" "pero Rabí" dijo uno de sus allegados ¿cómo nos vamos a ir a tierra de gentiles? ¿cómo vamos a alejarnos de Israel? Son muchos los que aquí también te reclaman; acuérdate de los esfuerzos que tenemos que hacer cuando llegamos a cualquier pueblo para que no nos desborde". Habiendo oído a su amigo Jesús dijo a los enviados: "He sido enviado para proclamar el Año de Gracia no sólo a Israel, sino a toda persona de buena voluntad. Decid a vuestro rey que no es necesario el encuentro, si cree en el Hijo del Hombre, entonces contemplará su rostro y así sanará". Los mensajeros tomaron buena nota del mensaje del joven rabino y partieron raudos hacia Edesa. Allí el pobre rey empeoraba precipitadamente y esperaba ansioso noticias de Israel; cuando las hubo conocido, en su corazón y su estómago comenzaron a revolotear miles de mariposas de colores insuflándole esperanza "Abgar, no puedes viajar en tu estado, se decía el joven rey, pero tienes que ver el rostro de Jesús; sólo así recuperarás la alegría, la fuerza y la salud". Y con tal decisión hizo venir al mejor de los pintores que había en su corte y lo envió a Israel para que hiciese el mejor retrato de su vida, el retrato del rabino que traería la curación del rey y la prosperidad para el pueblo.

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El pintor acompañado, por una escolta real, salió sin demora al encuentro del personaje para poder hacer el mejor retrato de su vida, no entendía muy bien la misión, ni los motivos de Abgar, pero sin dudarlo preparó su bolsa de pinturas y se puso en camino. También esta vez encontraron pronto a Jesús, un gentío inmenso le rodeaba y escuchaba con mucha atención su enseñanza, el pintor se sentó en una roca y apoyándose en una tablilla comenzó a dibujar sobre un papiro nuevo. Intentó fijarse bien en las facciones y en el tono del hombre, para intentar transmitirlo a su dibujo, pero algo extraño ocurría, porque el solo una extraña luz no le dejaba bien percibir su rostro, aprehender su figura, se movió de lugar, trató de cambiar de perspectiva, pero no conseguía hacerse con las facciones para plasmarlas en su papel. Cuando el maestro hubo acabado y la multitud comenzó a desperdigarse, el pintor de Edesa, cargado con sus tablillas, papiros, pigmentos, pinceles y lienzos se acercó al grupo donde estaba Jesús e intentó verlo de cerca, hablar con él, pero sus amigos se lo impedía. "Rabí, rabí, ten compasión de Abgar que está muriendo y necesita ver tu rostro" gritó desesperadamente, fue entonces cuando Jesús visiblemente cansado se acercó a él y le preguntó por el rey. El retratista contó entonces su misión y cómo Abgar había puesto toda su confianza en el rabino, cómo todo el reino estaba pendiente de la curación y la felicidad del buen rey. El maestro, que se había sentado para escuchar el relato abatido por el calor sofocante, tomó entonces uno de los lienzos del pintor y se enjugó el rostro "toma, devuelve estos linos a tu rey y dile que hiciste tu trabajo lo mejor que pudiste" Recogiendo todos sus bártulos los metió tristemente en su bolsa, sin entender bien que quiso decir el rabino, pero con firme propósito de cumplir lo encargado con total fidelidad. "no seas incrédulo, sino creyente, la paz sea contigo y con tu rey Abgar" le deseó Jesús mientras partía hacia Edesa. Y el pintor se presentó de nuevo ante su rey, inquieto, no sabía muy bien cual sería la reacción del monarca, pero cuando estuvo ante él sacó de su bolsa el lino donde debiera hacer el retrato y se lo entregó a Abgar. "toma, hice mi trabajo lo mejor que pude". El rey se levantó y desplegando lentamente el trozo de tela percibió con fuerza la luz intensa que no dejara al pintor ejecutar el retrato. En ese mismo momento la sangre comenzó a fluir con la fuerza del torrente por sus venas, las pústulas y eccemas se cerraron y los ojos del joven Abgar se llenaron de vida y alegría. La noticia corrió por toda la ciudad y todo el reino, y el lienzo en el que se perciben los rasgos inciertos de un hombre pero que irradia una luz recia, es fuente de salud y vida para quienes lo contemplaron y para los que siguen viéndolo.

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Juan Fco. Otálora Tudela

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