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UNIVERSIDAD GALILEO

FISICC – IDEA

HERRAMIENTAS DE NEGOCIACION

MARTES 18:00 HRS.

LIC.

INVESTIGACION COEFICIENTE INTELECTUAL Y COEFICIENTE


EMOCIONAL

DIEGO A. GARCIA SIERRA

CARNE: 07170043

GUATEMALA, 29 de abril de 2008


INTRODUCCION

La presente investigación trata de la comprensión de los dos coeficientes que son


evaluados en las personas para saber si son capaces y a la vez productivos para
beneficio, ya sea de una organización contratante o vislumbrar el alcance de sus metas.

Cabe mencionar que el trabajo que a continuación se presenta, trata de cómo ser
mejores personas dentro de las organizaciones tomando en cuenta la perfección personal
acerca de nuestro nivel de intelectualidad y/o emocional. En la parte del coeficiente
intelectual se hace mención de pruebas psico-analíticas para medir dicho coeficiente.

No queda más que dar gracias y que disfruten de la investigación descrita a


continuación, para ampliar más esto, pueden dirigirse a www.wikipedia.com.
COEFICIENTE INTELECTUAL

El cociente intelectual, abreviado CI (en inglés IQ) es un número que resulta de la


realización de un test estandarizado para medir las habilidades cognitivas de una
persona, "inteligencia", en relación con su grupo de edad. Se expresa de forma
normalizada para que el CI medio en un grupo de edad sea 100 –es decir, una persona
con un CI de 110 está por encima de la media entre las personas de su edad. Lo más
normal es que la desviación estándar (σ) de los resultados sea de 115 ó 116, y los test se
diseñan de tal forma que la distribución de los resultados sea aproximadamente la
distribución normal o gaussiana, es decir, que siguen la curva normal.
Las puntuaciones en un test dado y en una población dada han tendido a subir a lo largo
de la historia de los test de CI (el efecto Flynn), así que estos test requieren una
adecuación continuada si se desea que los estándares anteriores se mantengan.
Los superdotados son aquellos que se encuentran por encima del 98% de la población.
Desde 1925 y, de forma más amplia, desde 1936, principalmente por trabajos de
Thurstone, se han desarrollado complejos estudios estadísticos para la normalización de
test de CI, en la llamada "Teoría de respuesta al ítem" (TRI). Los modelos de Rasch
(1960) y Birnbaum (1968) son los más usados en los mejores test modernos. Estos
métodos difieren de los tradicionales sistemas basados en media y desviación típica, que
son medidas de paridad que producen una escala ordinal, mientras que la TRI genera
medidas de habilidad (trazo latente) en una escala casi de intervalo (o mismo de razón).

Los test de C.I. se diseñan para dar aproximadamente la distribución normal (también llamada distribución
gaussiana). Los colores delinean una desviación estándar.
BREVE RESEÑA HISTORICA.

En 1905, el psicólogo francés Alfred Binet publicó el primer test de inteligencia


moderno: la escala de inteligencia de Binet-Simon. Su principal objetivo era identificar
a estudiantes que necesitaban ayuda especial para cumplir con las exigencias escolares.
Con la colaboración de Theodore Simon, Binet publicó revisiones de su escala de
inteligencia en 1908 y 1911, apareciendo la última justo antes de su prematura muerte.
En 1912, la abreviatura de cociente intelectual o CI, una traducción del alemán
intelligenz-quotient, fue acuñada por el psicólogo alemán William Stern.
Una adaptación de la escala de Binet-Simon se publicó en 1916 gracias a Lewis M.
Terman, de la Universidad de Stanford, quien incorporó la proposición de Stern de que
el nivel de inteligencia de un individuo puede ser medido como un cociente de
inteligencia (CI). El test de Terman, al cual se le denomina Escala de Inteligencia de
Stanford-Binet, formaba la bases de uno de los tests de inteligencia modernos usados
habitualmente hoy en día. Se conocen coloquialmente como test de CI.

EL EFECTO DE FLYNN
Se le llama Efecto Flynn después de que James R. Flynn, un neozelandés especializado
en ciencias políticas, descubriera que en todo el mundo las puntuaciones de CI subían
pausadamente a razón de tres puntos de CI por década (Flynn, 1999). Las explicaciones
que se han intentado han incluido la mejor nutrición, una tendencia hacia familias más
pequeñas, la mejor educación, una mayor complejidad en el ambiente y la heterosis
(Mingroni, 2004). De todos modos, los tests se renormalizan ocasionalmente para
obtener valores medios de 100 en la puntuación, como, por ejemplo, en WISC-R
(1974), WISC-III (1991) y WISC-IV (2003). Por lo tanto, es difícil comparar
puntuaciones de CI cuya medición dista varios años en el tiempo.
Hay una evidencia reciente de que la tendencia al alza de las puntuaciones en tests de
inteligencia ha remitido en algunos países del primer mundo. En 2004, Jon Martin
Sundet (de la Universidad de Oslo) y algunos colaboradores publicaron un artículo
documentando puntuaciones en tests de inteligencia administrados a reclutas noruegos
entre la década de 1950 y 2002, mostrando que el incremento en las puntuaciones en
tests de inteligencia general paró después de mediados de la década de 1990, y que
incluso disminuyó en subtests de razonamiento numérico.
Thomas W. Teasdale (de la Universidad of Copenhage) y David R. Owen (del Brooklyn
College de la ciudad de Nueva York), descubrieron resultados similares en Dinamarca,
donde los resultados de los tests de inteligencia mostraron que no hubo aumento durante
la década de los 1990. También hay indicaciones provenientes del Reino Unido de que
las puntuaciones en los test de inteligencia no están siempre subiendo. Michael Shayer
(un psicólogo del King's College de la Universidad de Londres) y dos colaboradores
reportaron que el rendimiento en los tests de razonamiento en Física que se
administraron a adolescentes británicos de las escuelas secundarias disminuyó
considerablemente entre 1976 y 2003.
COEFICIENTE EMOCIONAL FRENTE A COEFICIENTE INTELECTUAL

Daniel Goleman, psiquiatra y autor del libro Inteligencia emocional asegura que
estamos asistiendo, en este final de siglo, a la revancha de los sentimientos sobre la
inteligencia. El pensamiento frío y calculador impuesto en los años ochenta, durante la
era del yuppismo, está siendo desbancado por la inteligencia emocional, que engloba
cualidades tan intangibles como la conciencia de uno mismo, la capacidad de poder
comunicarse con los demás, la receptividad a los sentimientos ajenos o la autoestima.

Fruto de este nuevo enfoque es la justa valoración que se le empieza a dar a la intuición,
como forma de conocimiento no formada en la razón, pero igualmente válida.
Valoración bastante alejada de la expresada por Darwin, hace tan solo un siglo y medio
y relacionada con la mujer: "Se admite que en la mujer los poderes de la intuición, la
percepción y quizás la imitación son más señalados que en el hombre, pero algunas de
estas facultades, al menos, son características de razas inferiores y, por consiguiente, de
un estado de civilización menos desarrollado". Por aquel entonces abundaban las teorías
que mostraban a las mujeres esclavizadas a sus sentimientos o histéricas -recordemos a
Freud- y, por tanto, con menor capacidad para el raciocinio y la ciencia que sus colegas
varones.

Sin embargo hoy se ha demostrado que la intuición, el sexto sentido y lo emocional,


cualidades todas ellas acompañadas con el adjetivo femenino, no son sólo necesarias
para asegurar la supervivencia de la especie, sino que también son muy recomendables
para efectuar algo tan genuinamente masculino como una inversión en bolsa.

Muchas veces sorprende enterarse que personas que parecían destinadas a convertirse
en exitosos profesionales y que tendrían matrimonios felices, con el tiempo fracasaron
paulatinamente en sus trabajos o en sus relaciones de pareja, y terminaron
desempeñándose en labores mediocres y con sus vidas arruinadas.
Otros, en cambio, que nunca destacaron en el colegio, llegaron a ser personas felices,
plenas y realizadas.

¿Por qué algunas personas parecen dotadas de un don especial que les permite vivir
bien, aunque no sobresalgan por su inteligencia?
¿Por qué unos son más capaces que otros para enfrentar los contratiempos, superar
obstáculos y ver las dificultades bajo una óptica distinta?
Un nuevo concepto de la psicología está tratando de dar respuestas a estas interrogantes.
Al parecer, para tener éxito en la difícil vida moderna, tanto o quizás más importante
que las habilidades intelectuales son las capacidades para expresar y manejar
sentimientos y emociones: la inteligencia emocional.

Daniel Goleman, doctor en Filosofía y redactor científico del The New York Times,
resumió muchas de las teorías y propuestas al respecto en su libro Emotional
Intelligence (La Inteligencia Emocional), superventas en Estados Unidos. A principios
de octubre saldrá a la venta en Chile la edición en español. En el texto
Se afirma que tomar conciencia de nuestras emociones, comprender los sentimientos de
los demás, manejar las presiones y frustraciones laborales y acentuar el trabajo en
equipo, son habilidades simples pero cruciales para desenvolverse con propiedad en la
sociedad actual.

Estas habilidades parten desde los primeros años de la infancia.

Goleman cita un estudio realizado por el psicólogo Walter Mischel en la década del
sesenta. El investigador invitaba a niños, uno a uno, a una sala de juegos y les ofrecía un
bombón. Pero si esperaban a que Mischel regresara luego de un momento, podrían
recibir no uno sino dos bombones.

Con este desafío ponía a prueba a los niños para evaluar su autocontrol, es decir, si eran
capaces de postergar la gratificación inmediata para así lograr beneficios mayores en el
futuro. En efecto, algunos niños agarraban el obsequio al minuto que Mischel salía de la
habitación, pero otros esperaban. A estos últimos, cuando
regresaba, Mischel les daba sus dos bombones duramente ganados.
Entonces, el investigador esperó que crecieran.

Cuando estos mismos niños llegaron a la enseñanza media, sucedió algo revelador.
Aquellos niños que supieron esperar eran adolescentes más adaptados, populares,
seguros y responsables.
Los que cedieron rápidamente a la tentación eran más solitarios, obstinados, con mayor
facilidad para frustrarse y temerosos de los desafíos. Este experimento demuestra cómo
la capacidad para controlar la impulsividad rinde beneficios en la vida.

El psicólogo Howard Gardner señala que en el mundo cotidiano ninguna otra


inteligencia es más importante que la intrapersonal, la del autoconocimiento. Si uno no
la tiene, elegirá inadecuadamente con quién casarse o qué trabajo aceptar. Por eso, uno
de los secretos a voces de la psicología es la relativa incapacidad de las notas, el
coeficiente intelectual (CI) o las pruebas de aptitud académica para predecir de manera
infalible si alguien tendrá éxito en la vida. En el mejor de los casos, apunta Goleman, el
CI contribuye con sólo un 20 % a los factores que determinan el éxito en la vida. En el
80 % restante, caben elementos tan alejados del CI como la clase social e, incluso, la
suerte. Pero, sobre todo, juegan un papel relevante las habilidades emocionales, tales
como:

• Conocer las propias emociones: La conciencia de uno mismo –el reconocer un


sentimiento mientras ocurre- es la clave de la inteligencia emocional para ser
nuestro propio guía en la vida. La incapacidad de advertir nuestras auténticas
emociones nos deja a merced de las mismas.

• Manejar las emociones: Quienes carecen de esta destreza luchan constantemente


contra sentimientos de aflicción, mientras que quienes la tienen desarrollada se
recuperan más rápidamente de reveses y trastornos de la vida. El objetivo de esto es
el equilibrio, no la supresión emocional: cada sentimiento tiene su valor y su

• Significado. Cuando las emociones son demasiado apagadas crean aburrimiento y


distancia. Pero lo que se requiere es la emoción adecuada, el sentir de manera
proporcionada a las circunstancias, ya que cuando están fuera de control y son
persistentes, las emociones se vuelven patológicas, como en la depresión
inmovilizante, la ansiedad abrumadora, la furia ardiente y la agitación maníaca.

• La auto motivación: Ordenar las emociones al servicio de un objetivo es esencial


para prestar atención a la auto motivación y la creatividad.
• Manejar las relaciones: El arte de las relaciones es, en gran medida, la habilidad de
manejar emociones en los demás.

• Reconocer emociones en los demás: La empatía, otra capacidad que se basa en la


autoconciencia emocional, es la "habilidad" fundamental de las personas
emocionalmente aptas. Las personas que tienen empatía están mucho más adaptadas
a las sutiles señales sociales que indican lo que otros necesitan o quieren.

Esta capacidad para detectar señales provenientes de otra persona y entender su


verdadero estado de ánimo, de "sentir como el otro" y ponerse en su lugar, es una
habilidad que facilita en gran medida las relaciones interpersonales. Los resultados de
pruebas que miden el grado de empatía, apuntan a que las personas más empáticas
tienden a ser más exitosas en su trabajo y relaciones. Los niños con buenos puntajes son
más populares y exitosos en el colegio, incluso
aunque su CI sea promedio.

Otra cualidad que también distinguen a las personas emocionalmente inteligentes, es el


optimismo. Evita que la gente caiga en la apatía, la desesperanza o la depresión ante la
adversidad y reporta importantes beneficios en la vida (por supuesto, siempre y cuando
sea un optimismo realista; el optimismo demasiado ingenuo puede resultar catastrófico).

Martin Seligman, psicólogo de la Universidad de Pensilvania, define el optimismo en


función de la forma en que la gente se explica a sí misma sus fracasos y éxitos. Las
personas optimistas consideran que el fracaso es algo pasajero y que el éxito vendrá en
la siguiente oportunidad, mientras que los pesimistas asumen la culpa del fracaso,
adjudicándolo a alguna característica perdurable que son incapaces de cambiar.

Una de las demostraciones más reveladoras del poder del optimismo para motivar a la
gente es un estudio llevado a cabo por Seligman sobre los vendedores de seguros de la
empresa MetLife.
El descubrió que los vendedores nuevos, que generalmente eran más optimistas,
vendían un 37 % más de seguros en los dos primeros años de trabajo. Y durante el
primer año, los pesimistas abandonaban en doble proporción que los optimistas. Más
aún, Seligman convenció a MetLife de que contratara a un grupo especial
de aspirantes que habían obtenido una puntuación elevada en un test de optimismo, pero
que fracasaban en las pruebas normales de selección, las que se basaban en un perfil
estándar obtenido de vendedores exitosos. Este grupo especial superó a los pesimistas
en un 21 % durante el primer año, y en 57 % durante el segundo.

¿Cómo aplicar las habilidades emocionales? Estas resultan útiles a lo largo de toda la
vida, en cada momento en que sea necesario tomar decisiones y enfrentar desafíos. Pero
su aplicación y beneficios se observan, principalmente, en tres áreas vitales de cada ser
humano:

sus relaciones de pareja, el trabajo y la crianza de los hijos.

Las actuales tendencias en cuanto a matrimonio y divorcio hacen que la inteligencia


emocional sea más crucial que nunca. De los matrimonios norteamericanos que se
formaron en 1890, alrededor del 10 % acabó en divorcio. Para aquellos que se casaron
en 1920, el índice fue aproximadamente del 18 %; para las parejas casadas en 1950, el
30 %.

Las parejas que se casaron en 1970 tenían un 50 % de probabilidades de divorciarse, y


para las que se unieron en 1990, la probabilidad de acabar en divorcio estaba cerca del
67 %. Si el cálculo se mantiene, sólo 3 de cada 10 matrimonios recientes pueden contar
que seguirán unidos como pareja.

Goleman se refiere a las diferencias emocionales entre los sexos para explicar esta
situación. En una pareja existen dos realidades emocionales:

la de él y la de ella. De niños, las nenas están más expuestas a la información sobre las
emociones. Por eso, centenares de estudios han descubierto que, en promedio, las
mujeres muestran más empatía que los hombres y suele ser más fácil interpretar los
sentimientos a partir del rostro de una mujer que de un hombre.
Es necesario, entonces, considerar las implicaciones de esta brecha emocional entre los
sexos con respecto a la forma en que las parejas enfrentan los conflictos que cualquier
relación íntima, inevitablemente, genera. De hecho, temas específicos tales como con
cuánta frecuencia hacer el amor, cómo disciplinar a los hijos o cuántas deudas o ahorros
resultan aceptables, no son los que unen o rompen un matrimonio.

Es más bien la forma en que una pareja discute esos temas críticos lo más importante
para el destino de ella.

Igual para las relaciones laborales. Las vicisitudes emocionales presentes en el


matrimonio también funcionan en el lugar de trabajo, donde adoptan formas similares.
A veces, las críticas se expresan como ataques personales más que como quejas sobre
las que se puede actuar; existen acusaciones con dosis de disgusto, sarcasmo y desdén;
ello da origen a actitudes defensivas, evasión de la
responsabilidad y, finalmente, al bloqueo por sentirse injustamente atacado.

Una crítica razonable, según Harry Levinson, sicoanalista y asesor de empresas, es


específica: hay que decir qué se ha hecho bien y qué se ha hecho mal. Además, ofrece
una solución abriendo la puerta a posibilidades y alternativas que la persona, tal vez, no
advertía que existían. Levinson agrega que es necesario hablar cara a cara y en privado
y mostrándose sensible. Esta es una apelación
directa a la empatía, a estar sintonizado con el impacto que provoca en el receptor lo
que uno dice y la forma en que lo dice.

En el caso de las relaciones entre padres e hijos, tener inteligencia emocional trae una
serie de ventajas para educar niños emocionalmente sanos y equilibrados. Cientos de
estudios muestran que la forma en que los padres tratan a los hijos -ya sea con férrea
disciplina o una comprensión empática, con indiferencia o cariño-,
tiene consecuencias profundas y duraderas en la vida emocional del hijo.

Cuando los equipos de investigación dirigidos por Carole Hooven y John Gottman, de
la Universidad de Washington, llevaron a cabo un microanálisis de las interacciones que
se producen en las parejas sobre la forma en que los padres trataban a sus hijos,
descubrieron que los matrimonios mejor avenidos eran también los más eficaces cuando
se trataba de ayudar a sus hijos en sus altibajos
emocionales. El estudio determinó tres estilos más comunes de paternidad
emocionalmente inepta:

Ignorar los sentimientos en general: Tratar las aflicciones de sus hijos como algo trivial
o aburrido, algo que deben esperar que pase.

Estos padres no logran utilizar los momentos emocionales como una oportunidad para
acercarse a su hijo o ayudarlo a aprender una lección en el aspecto emocional.

Mostrarse demasiado liberal: Estos padres se dan cuenta de lo que siente el niño, pero
siempre aprueban la forma que éste usa para enfrentarlo, aunque sea inadecuada.

Mostrarse desdeñoso y no mostrar respeto por lo que el niño siente: Estos son padres
típicamente desaprobadores, duros tanto en sus críticas como en sus castigos. Cuando el
niño trata de dar su versión de algún hecho que les molestó, suelen gritar "¡No me
contestes!".

Lo sano es aprovechar la oportunidad de un trastorno del hijo para actuar como un


mentor o un entrenador emocional. Los buenos padres toman las preocupaciones del
hijo con seriedad, para tratar de entender exactamente qué le preocupa y ayudarlo a
encontrar soluciones positivas. Para que los padres sean eficaces entrenadores en este
sentido, deben tener un buen dominio de los rudimentos mismos de la inteligencia
emocional.

El impacto que este tipo de paternidad ejerce en los niños es extraordinariamente


profundo. El equipo de la Universidad de Washington descubrió que cuando los padres
son emocionalmente expertos, sus hijos manejan mejor sus propias emociones, son más
eficaces a la hora de serenarse cuando están preocupados y se preocupan con menor
frecuencia. En el plano biológico, son chicos más relajados, y presentan menores
niveles de estrés (una pauta que, de mantenerse, puede augurar una buena salud para el
futuro).
Otras ventajas son de tipo social: son niños más populares, caen mejor a sus pares y
tienen menos problemas de conducta.
Finalmente, hay beneficios cognitivos: estos niños prestan más atención y, por lo tanto,
son alumnos más eficaces. Si tomamos la constante del CI, los niños de cinco años
cuyos padres eran buenos entrenadores tenían mayor puntuación en matemáticas y en
lectura cuando llegaban al tercer grado.

Un poderoso argumento para enseñar las habilidades emocionales que ayudan a


preparar a los niños tanto para el aprendizaje como para la vida.