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Crítica: “La prudencia en la mujer” de Tirso de Molina

Alberto González Vergel, director de la adaptación de esta obra, apuesta por, al igual que Tirso de
Molina, mezclar lo contemporáneo con lo pasado para lograr, así, un paralelismo entre la sociedad moderna y
la medieval como hace el autor. De esta manera, intenta hacer llegar y acercar al espectador contemporáneo
un hecho histórico que no dista tanto de la realidad actual, pudiéndose ver en los nobles que se disputan la
corona, un reflejo de la presente lucha entre los partidos políticos. Precisamente, nos introduce en la obra de
Tirso de Molina con la intención de que el público se vea afectado a nivel personal por el desarrollo y el tema
del drama.

Tirso de Molina vive en una sociedad marcada por una crisis general, tanto a nivel político, social, económico,
como religioso. Se respira un ambiente en el cual la jerarquía cristiana lucha por imponerse frente a la
Reforma de Lutero. Las luchas de separación de Portugal y Cataluña, la falta de recursos que provenientes de
América, cada vez más escasos, y la Guerra de los 30 Años, provocan un desmembramiento del Reino. Todo
ello se verá reflejado en el arte de la época, tanto a nivel literario como artístico. Y así nos lo hace ver dicho
autor al comparar la situación moderna con un hecho histórico del siglo XIII.

En este aspecto, hay que decir que la adaptación que realiza González Vergel al teatro contemporáneo es
bastante fiel al drama barroco, viéndose incluso en la utilización del verso como medio expresivo. En cuanto a
la escenografía se aprecia la fusión, antes referida, por el uso de vestuario actual que contrasta con el de época
usado por la intérprete de María de Molina y por el de su hijo Felipe IV. Apuesta, también, por la simplicidad
y diafanidad escénica, usando un tríptico como elemento principal, al cual acompaña con grandes paredes a
ambos lados cubiertas de recortes de periódico. En ellos, se leen palabras o trozos de frases que ayudan, aún
más, a unir la historia contemporánea con la medieval. Introduce, además, dos figuras alegóricas que
representan la lucha entre los nobles, que dan un aspecto mucho más renovado a una obra que se puede tachar
como “vieja” por nuestra sociedad.

Sin embargo, el arduo esfuerzo por ser fiel a esta obra provoca en el espectador, en mi opinión, una
experiencia algo tediosa. La falta de expresividad en los actores, los cuales a pesar de saberse muy bien su
papel carecen de poder para transmitir, hace que la obra quede relegada a la sensación de estar escuchando a
alguien que lee un libro en voz alta y no logra captar del todo la atención del público. Para aquellos que no
conozcan la historia del drama y el hecho histórico de ambas épocas, podrán caer en la impresión de estar ante
una representación interminable. Creo, que a pesar de todo, no se logra transmitir a los asistentes los
sentimientos de crisis que se asemejan tanto a los presentes.

A nivel personal, no creo que este drama histórico ahonde en nuestra sociedad porque, en mi opinión, vivimos
en una época en la que la historia no parece ir más allá de las grandes enciclopedias. Ésta está encuadrada en
el saber erudito y en el afán de investigación con el fin de descubrir lo pasado, pero se puede decir que no sale
de ahí. Actualmente no se aprecian síntomas de aplicar lo que aprendemos de la historia a nuestra vida
presente. Por ello, concretamente, esta obra, a pesar de que me hace reflexionar sobre la historia como algo no
tan lejano y verla con más cercanía, no me aporta soluciones. Quizá, lo único que experimenté fue un pequeño
sentimiento de angustia por la realidad, puede que lo mismo que sintió, en una medida más pequeña, la
sociedad del siglo XVII.

Verónica González Rivera


2º A Historia del arte
Literatura moderna