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09/28/2013

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Sabemos que es contrario a las normas de urbanidad y a las buenas
costumbres, y, sin embargo, ¡qué tentación la de mirar a una niña que
mea al lado de una tapia! Hay una canción que no perece en ese chorro
amarillo que le brota de dentro, como un hilo de bramante, como un
estambre de oro en perpetuo diálogo con la tierra. El coño de las niñas es
un coño pituso, pizpireto, demasiado rosa como para albergar pecado, un
coño liso que, por un momento, nos devuelve al paraíso de la infancia. El
coño glabro de las niñas que mean en las tapias, en una celebración casi
siempre solidaria (qué frecuente es ver mear a las niñas en pandilla), es
un monumento jubiloso erigido en honor de su inocencia y su malicia,
porque esas niñas que nos muestran su huchita y nos arrojan al pie de la
tapia la calderilla de su pis son inocentes y maliciosas a partes iguales,
inocentes por enseñarnos su coño y maliciosas porque saben que lo
enseñan con impunidad, sin atisbo de peligro, pues las cortapisas del
civismo y la religión nos impiden acercamos más a su hendidura rosa, ni
siquiera para limpiada con esas briznas de hierba que crecen junto a la
tapia. El coño de las niñas, descarado y meoncete, nos inunda en la
distancia de los años con el sabor primitivo de su pis, con el calor grato de
esas últimas gotas que aún gotean cuando se suben las bragas y se alejan
en ruidoso conciliábulo, susurrando entre sí:
-¿Os habéis fijado en ese señor, cómo nos espiaba el conejito?
Y yo las veo marcharse súbitamente entristecido, con presagios de
próstata y cálculos renales.
Sobre la tapia hay un rosario de salpicaduras que forman dibujos
caprichosos, un mapa de lunares que no acierto a descifrar. La tapia huele
a pis rancio, porque las niñas son seres de costumbres atávicas y mean
siempre en el mismo sitio. A lo mejor, esta noche, en casa, su mamá las
reñirá por hacer pipí en la calle y no limpiarse después la hendidura sin
pelos, olorosa de malicia, perfumada de inocencia, como una gran llaga
que nos hubiese gustado besar.

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