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Justo Gonzales - Historia Del Cristianismo I

Justo Gonzales - Historia Del Cristianismo I

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A la muerte de Benito los cardenales no encontraban el modo de ponerse de

acuerdo acerca de quién sería su sucesor. Por una parte los partidarios de la
buena memoria de Bonifacio, bajo la dirección del cardenal Mateo Rosso Orsini,
insistían en que fuera electo alguien que siguiera la política del ultrajado pontífice.
Frente a ellos otro bando, encabezado por Napoleón Orsini, sobrino del anterior,

se prestaba a los manejos del rey de Francia, y buscaba el modo de hacer elegir

un papa dócil. Tras largos meses de disputas, los cardenales lograron ponerse de
acuerdo gracias a una artimaña de Napoleón Orsini y los suyos. Uno de los
candidatos que el partido del otro Orsini había sugerido, al principio de las
negociaciones, era Bertrand de Got, el arzobispo de Burdeos. Este había sido
nombrado por Bonifacio, y además Burdeos pertenecía en esa época a la corona
inglesa. Por esas razones, Orsini el tío creía que Bertrand se opondría a los
designios del rey de Francia. Pero en lo que duró el cónclave, el sobrino envió
agentes a Burdeos, y se aseguró de la adhesión del candidato propuesto
originalmente por su tío. Entonces, mientras los defensores de la memoria de
Bonifacio creían que sus contrincantes, vencidos por la resistencia, accedían a la
elección de uno de sus candidatos, lo que en realidad estaba sucediendo era que
ese candidato había cambiado de postura secretamente.

Un papa electo en tales circunstancias no podía ser un modelo de firmeza y
rectitud. De hecho, el pontificado de Clemente V —que así se llamó Bertrand de
Got después de tomar la tiara papal— fue funesto para la iglesia romana. Durante
todo su reinado, este papa no visitó a Roma ni siquiera una vez. Al parecer, esto
no se debió a una decisión tomada por él, sino sencillamente a su carácter

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indeciso. Puesto que al rey de Francia le interesaba tener al Papa cerca de él, sus
agentes hacían todo lo posible por postergar la partida del pontífice hacia Italia.
Mes tras mes, y año tras año, Clemente se paseó por Francia y sus cercanías, sin
acceder a las peticiones que le hacían los romanos, rogándole que viniera a su
ciudad. Uno de los lugares donde pasó buena parte de su pontificado fue Aviñón,

ciudad junto a la frontera francesa que era propiedad papal, y donde sus

sucesores fijaron después su residencia por largos años.

La política de Clemente se puso de manifiesto en el primer nombramiento de

cardenales, pues nueve de los diez nombrados eran franceses. Durante todo su

pontificado, creó veinticuatro cardenales, y veintitrés de ellos eran franceses.
Además, varios eran sus sobrinos o allegados, y con ello Clemente le dio gran
auge al nepotismo, que sería una de las grandes lacras de la iglesia hasta el siglo

XVI.

Empero fue sobre todo en lo referente a la memoria de Bonifacio y a la supresión
de los templarios que Clemente se mostró instrumento dócil a los designios
franceses. La cuestión de la memoria de Bonifacio era un arma poderosa en
manos de los franceses, quienes sabían que el nuevo papa no podía permitir que
se convocara un concilio para juzgar a su difunto predecesor. Por tanto,

amenazándolo siempre con la posible convocatoria de tal concilio, los franceses
obtuvieron de Clemente todo lo que deseaban en cuanto a la anulación de las

decisiones de Bonifacio. Las bulas Clericis laicos y Unam sanctam fueron

abrogadas, o al menos reinterpretadas de tal modo que ya no decían lo que
Bonifacio había deseado. Los Colonna fueron restaurados a todas sus dignidades.
Nogaret fue perdonado, a condición de que en algún futuro impreciso fuese en
peregrinación a Tierra Santa. Por fin, en una bula del 1311, Clemente declaraba
que en lo que se refería a sus acciones contra Bonifacio, Felipe había actuado con
un “celo encomiable”. Todas estas concesiones le fueron arrancadas al papa que
había sido hecho arzobispo por el propio Bonifacio. Y le fueron arrancadas de tal
modo que siempre parecía que los franceses, aunque tenían derecho a pedir más,

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estaban dispuestos a ceder en algunas de sus exigencias más extremas, y que
por tanto el Papa debía estar agradecido.

El caso de los templarios fue todavía más bochornoso. Al terminar las cruzadas, la
vieja orden había perdido la razón de su existencia. Pero, en teoría al menos, los
papas seguían predicando el ideal de la cruzada para reconquistar la Tierra Santa.
Luego, aunque en un sentido es cierto que la orden estaba destinada a

desaparecer, no es menos cierto que el momento y el modo de su desaparición se
debieron a la avaricia de Felipe el Hermoso y a la debilidad de Clemente. A través
de los siglos, los templarios habían acumulado grandes riquezas y extensiones de
terreno. Para una monarquía pujante como la francesa, los bienes y el poder de
los templarios eran un obstáculo a su política centralizadora. En otras partes de

Europa, otros monarcas daban muestras de sentimientos parecidos. Poco a poco,

en parte gracias al apoyo de la burguesía, los reyes iban debilitando el poder que
hasta entonces habían tenido los grandes señores feudales. Pero el caso de los
templarios era distinto, pues, por ser una orden monástica, no se les podía
someter directamente al poder temporal. Por ello se acudió al subterfugio de
acusarlos de herejía e inmoralidad, y forzar al débil Clemente V a suprimir la orden
y disponer de sus bienes en provecho de la monarquía.

Repentinamente, y contra todo derecho de ley, los templarios que se hallaban en

Francia fueron arrestados. Mediante el uso de torturas, se les obligó a confesar los
más nefandos crímenes. Aunque muchos se negaron a traicionar a sus
compañeros y soportaron valientemente los más crueles tormentos, a la postre se
reunieron suficientes declaraciones para justificar la acción ilegal que el Rey había
tomado. Según confesaron algunos, la orden de los templarios era en realidad una
confraternidad opuesta a la fe cristiana. A los neófitos se les obligaba a practicar la
idolatría, a escupir la cruz y a maldecir a Cristo. Además, otros declararon bajo
tortura que en la orden se practicaba la sodomía, y se incitaba a ella por diversos

medios. Entre los que se rindieron ante el suplicio se contaba Jacques de Molay,

el gran maestro de la orden, quien además envió una carta a sus compañeros,
pidiéndoles que confesaran cuanto supieran. Algunos piensan que la razón por la

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que de Molay hizo esto era que estaba seguro de que las acusaciones eran tan

absurdas que no se les daría crédito, y que el escándalo sería tal que el Rey se
vería obligado a poner en libertad a los cautivos. Otros creen que lo hizo
sencillamente porque flaqueó ante la tortura.

Cuando el Papa recibió noticias de lo acaecido, y el expediente de las confesiones
de los torturados, era de esperarse que acudiera en defensa de los miembros de

una orden que estaba bajo su protección, y cuyos derechos el Rey había violado.
Pero lo que sucedió fue muy distinto. Clemente dio orden de que en todos los
países se encarcelara a los templarios, y de ese modo impidió cualquier medida
que el resto de la orden pudiera tomar contra Felipe. Cuando se enteró de que
muchas de las supuestas confesiones habían sido obtenidas por la fuerza, trató de
evitar tales abusos declarando que, dada la importancia del caso, sería él mismo
quien serviría de juez, y que por tanto las autoridades locales no tenían
jurisdicción para continuar las torturas. Pero esto fue todo lo que el débil papa hizo
en defensa de quienes le habían jurado obediencia y confiaban en su protección.
Mientras esperaban el día del juicio, los templarios continuaron encarcelados.

Al año siguiente el Rey y el Papa debían reunirse en Poitiers. Al llegar a esa
ciudad, Clemente encontró que se le acusaba de ser el instigador de las
supuestas prácticas de los templarios. En las sesiones públicas, y a instancias de
Nogaret, se le insultó y amenazó. Además, para acallar su conciencia, le fueron
presentados algunos de los templarios más dóciles, quienes repitieron en su
presencia las confesiones que el miedo o el dolor les habían arrancado
anteriormente. Por fin, el Papa accedió a dejar el asunto en manos de un concilio
que se reuniría en la ciudad francesa de Viena.

El primero de octubre de 131 1, casi cuatro años después del encarcelamiento de
los templarios, se reunió el concilio. Las esperanzas de Felipe, en el sentido de
que la asamblea, dominada por los franceses, se prestara rápidamente a la
condenación de la orden, resultaron infundadas. La comisión que el concilio
nombró para ocuparse del asunto de los templarios insistía en la necesidad de

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escuchar la defensa de los acusados. El Rey trono y amenazó; pero los prelados,
avergonzados quizá por la debilidad de su jefe, permanecieron firmes. Por fin,
mientras la asamblea se entretenía en asuntos de menor importancia, el Rey y el
Papa llegaron a un acuerdo. La orden de los templarios sería suprimida, no
mediante un juicio, sino por decisión administrativa del Papa. Al concilio no le
quedó otra alternativa que acceder. Después, tras otra serie de negociaciones, se
decidió cumplir los deseos del rey de Francia, y traspasar los bienes de los
templarios a los hospitalarios. Pero esa transferencia fue mínima, pues el traspaso
de las propiedades se demoró varios años, y en todo caso el Rey le hizo llegar al

Papa una cuenta por gastos del juicio de los templarios, a cobrarse de los bienes

de la orden suprimida antes de traspasárselos a los hospitalarios, y la supuesta
cuenta ascendía a la casi totalidad de esos bienes. En cuanto a los acusados,
muchos fueron condenados a cadena perpetua. Cuando Jacques de Molay y uno

de sus principales subalternos fueron llevados a la catedral de Nuestra Señora de
París para confesar públicamente sus crímenes, se retractaron. Ese mismo día

fueron quemados vivos.

Clemente V murió en 1314. Su pontificado fue índice de las condiciones en que el
papado existiría por varias décadas. No es cierto que todos los papas de este
período quisieran hacer de la iglesia un instrumento de la política francesa. Pero sí

es cierto que, a veces muy a pesar suyo, se vieron obligados a apoyar esa

política.

No podemos narrar aquí los detalles de los pontificados que sucedieron a
Clemente. Baste señalar algunos de los acontecimientos más importantes, y por
último destacar las principales características del papado en aquellos tiempos

aciagos.

Juan XXII fue electo más de dos años después de la muerte de Clemente, pues

los cardenales no lograban ponerse de acuerdo. Puesto que el nuevo papa

contaba setenta y dos años al ser electo, es de suponerse que el cónclave decidió
nombrarlo con la esperanza de que durante su breve pontificado aparecería otro

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candidato. Pero el anciano papa fue inesperadarnente longevo y activo. Su
preocupación principal durante su largo pontificado (1316–1334) fue tratar de
restaurar la autoridad papal en Italia. Su política en ese sentido consistió en
intervenir en una serie de guerras que desangraron la región, y en las que los
intereses papales se confundieron cada vez más con los de Francia. A fin de
sostener esa política, que fue un fracaso rotundo, Juan XXII se vio obligado a
incrementar los ingresos del papado. Fue a él que se debió buena parte de un
complejo sistema de impuestos eclesiásticos cuyo propósito era hacer fluir hacia
las arcas pontificias los recursos necesarios para los designios políticos y los
sueños arquitectónicos del papado. Como era de esperarse, en muchos casos
este sistema de impuestos eclesiásticos redundó en perjuicio de la vida religiosa.

Benito XII (1334–1342), al mismo tiempo que les prometía a los romanos regresar
en breve a la sede de San Pedro, comenzaba la construcción de un gran palacio
en Aviñón, que a partir de entonces sería la residencia papal. Además, dando a

entender con ello que Roma no era ya la residencia habitual de los papas, hizo
traer de ella los archivos papales. Aunque dio por excusa para no regresar a la
ciudad eterna los disturbios que reinaban en toda Italia, lo cierto es que muchos de
esos disturbios se debían a la política del Papa mismo, y que su ausencia
contribuía a ellos. Durante su pontificado quedó claro que el papado estaba en
manos de la corona francesa, pues era la época de la guerra de los Cien Años, y
tanto los recursos económicos como la red de información de los pontífices fueron
puestos a disposición de los franceses. Todo esto alejó cada vez más al papado

de Inglaterra y de su principal aliado, el Imperio.

El próximo papa, Clemente VI (1342–1352), continuó apoyando el esfuerzo bélico
francés. Aunque a veces sirvió de mediador entre los contendientes, lo hizo
siempre en beneficio y a conveniencia de Francia. Además, fue él quien llevó a su
punto culminante dos de las peores características del papado aviñonés: el
nepotismo y el derroche excesivo de su corte, que no se distinguía de la de
cualquier otro gran señor. Cuando la peste bubónica estalló durante su

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pontificado, no faltaron quienes vieron en ella un castigo del cielo por el nivel a que

había descendido la vida eclesiástica.

Inocencio VI fue un papa relativamente bueno, sobre todo si se le compara con su

predecesor inmediato. Siempre soñó con regresar a Roma, y con ese propósito
envió a Italia, como legado suyo, al cardenal Gil Álvarez de Albornoz. Este último

hizo mucho por restaurar el poder y el prestigio papales en Italia. Pero tanto el
Papa como su legado murieron antes de poder llevar al papado de regreso a la
ciudad eterna.

Urbano V (1362–1370) era un hombre de profundas convicciones y rígida
disciplina monástica. Su principal tarea fue simplificar la vida de la curia. Varios de
los cortesanos papales de gustos más ostentosos fueron despedidos. El propio
Papa dio el ejemplo, negándose a deshacerse de su hábito monástico y ceñir las
vistosas ropas que sus predecesores habían llevado. También fomentó el estudio
y trató de reformar la vida eclesiástica. Por fin, en 1365, gracias a la sabia y tenaz
obra que había realizado el cardenal Albornoz, Urbano V pudo trasladarse a
Roma, que lo recibió con gran júbilo. Pero el santo papa no tenía la sabiduría
necesaria para enfrentarse a las complejidades políticas de la época. Por razones
desconocidas, y ciertamente erradas, deshizo la política de Albornoz y se lanzó
por nuevos derroteros. El resultado fue tal, que en 1370 decidió abandonar a
Roma y regresar a Aviñón.

Gregorio XI (1370–1378) había sido hecho cardenal por su tío Clemente VI cuando
contaba solo diecisiete años de edad. Aunque se percataba de la necesidad de

regresar a Roma, el intento fallido de Urbano V lo amedrentaba. Fue entonces que

se hizo sentir la intervención de Santa Catalina de Siena.

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