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Teologia Sistematica Buswell I

Teologia Sistematica Buswell I

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La providencia universal de Dios es la suposición básica de toda
la Escritura. Las palabras hebreas y griegas ra’ah (Gn 28.8; 1 S 16.
1) y problepo (Heb 11.40) en sus contextos significan mucho más
que una mera presciencia o previsión. El significado es «predisposi-
ción». Usado históricamente, el término teológico «providencia» sig-
nifica nada menos que «el gobierno soberano y universal de Dios».
La providencia divina es el cumplimiento de los decretos divinos, los
cuales son el «propósito del que hace todas las cosas según el desig-
nio de su voluntad» (Ef 1.11).
Dice la Confesión de fe de Westminster: «Aunque con respecto a
la presciencia y decreto de Dios, causa primera, todas las cosas suce-
derán inmutable e infaliblemente, sin embargo, por la misma provi-
dencia las he ordenado de tal manera, que sucederán conforme a la
naturaleza de las causas secundarias, sean necesaria, libre, o
contingentemente».

»...[La providencia de Dios incluye la permisión de] todos ... los
pecados de los ángeles y de los hombres, y esto no sólo por una mera
permisión, sino limitándolos de un modo sabio y poderoso, y orde-
nándolos de otras maneras en su dispensación múltiple para sus pro-
pios fines santos, pero de tal modo, que lo pecaminoso proceda sólo
de la criatura, y no de Dios, quien es justísimo y santísimo; por lo
mismo, no es, ni puede ser el autor o aprobador del pecado».
No debiera parecer raro ni paradójico que la providencia de Dios
incluya su decreto de permitir el pecado. Una de las cosas buenas en
la llamada educación progresiva es el aprender por la experiencia, y
esto se basa en la suposición de que lo que no debe ser no es lo mismo
que lo que no debe ser permitido.
Es costumbre distinguir la providencia especial de la providencia
general. Aquella se refiere al cuidado particular de Dios sobre la vida y
actividad del creyente. «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las
cosas les ayudan a bien» (Ro 8.28). «Por Jehová son ordenados los
pasos del hombre piadoso» (Sal 37.23, V.M., ver Flp 1.28). «Buscad
primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas [necesi-
dades diarias] serán añadidas» (Mt 6.33). Todo el libro de Job se dedica
a los sufrimientos temporales de un hombre piadoso bajo la providencia
divina. Hebreos 11.40 enseña que la providencia, para hombres de fe,
incluye algo mucho mejor que las experiencias de esta vida.
Aunque la gracia de Dios se ofrece siempre a todos los hombres
(Hch 10.34,35), el cauce principal de la revelación histórica y de

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bendición para el mundo, por la mediación de Israel y la Iglesia, es un
tema principal de las Escrituras (ver Ro 3.1,2; 9.3-6; 11.1; 1 Tim
3.15). Para este fin, a veces Dios actúa en eventos y procesos no
reconocidos (Is 40.1-5; 44.28; 45.4).
No sólo el curso general de la naturaleza está sostenido por la
providencia de Dios, sino también el orden moral y sus consecuencias
lógicas. «Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre
sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de
la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del
Espíritu segará vida eterna» (Gl 6.7,8). La divina providencia soste-
niendo el orden moral es el tema principal del libro de Proverbios.
La distinción entre la acción natural o inmanente de Dios y su
acción trascendente o sobrenatural, es de suma importancia en el en-
tendimiento de la doctrina de la providencia. El caso para el cristia-
nismo depende completamente de los milagros de la encarnación y la
resurrección de Cristo. No obstante, como nuestra discusión de mila-
gros mostrará más adelante, siempre ha habido gran fe en un mundo
en que existen largos períodos de tiempo, aun en la historia bíblica,
en los cuales Dios eligió no dar señales o milagros como evidencias.
Es imperativo que aprendamos a ver la gloria de Dios en las obras
normales de la providencia tanto como en lo milagroso.
Los científicos cristianos se quejan a veces de que los
fundamentalistas tienden a invocar lo sobrenatural cuando hay lapsos
en el conocimiento científico, y hay cristianos que se ven confundidos
cuando los científicos salvan esos lapsos con pruebas y datos. Un mero
«Dios de los Lapsos» puede ser tan dañino como el panteísmo mecáni-
co. Lo verdaderamente milagroso en el cristianismo no es oscurecido,
sino más bien magnificado, por el reconocimiento de la fidelidad provi-
dencial de Dios en los procesos regulares de la naturaleza.

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