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Para aquellos que no la conocen, la semiótica se define como el estudio de los signos.

Un signo (del
griego semeîon) es todo lo que se refiere a otra cosa (referente), es la materia prima del pensamiento y
por lo tanto de la comunicación.

"Semiología" es un término usualmente intercambiable con el de "semiótica", este último preferido por
los anglosajones; el primero por los europeos. De hecho Charles Sanders Peirce fue al parecer el
primero en usar el término semiotic, aunque fue otro estadounidense -Charles William Morris- quien
realizó el primer proyecto completo para una semiótica.

Semiología ≈ semiótica + semántica


Aunque aún no hay consenso, la semiología debería incluir la semiótica para el apartado de los signos
no lingüísticos y la semántica para el de la lingüística.

Ya dentro de la semiología, habrá que usar adjetivos u otros términos afines para precisar un
determinado campo como: la semiología médica (estudio de los signos naturales a través de los cuales
se manifiesta la enfermedad), zoosemiótica (para la comunicación animal), cibernética (para la
comunicación de las máquinas), biónica (para la comunicación de las células vivas), etcétera.

Según otro punto de vista, el de Charles Sanders Peirce, la "semiótica" es la que debería incluir a las
demás ciencias que tratan de los signos en determinados campos de uso o del conocimiento. Este
pensamiento es coherente con el hecho de que la semiótica se plantea como la ciencia básica del
funcionamiento del pensamiento, intentando responder a la interrogante de cómo el ser humano conoce
el mundo que lo rodea, cómo lo interpreta y cómo crea conocimiento y lo transmite. Por esto, la
semiótica ha llegado a ser planteada como la ciencia de las ciencias rivalizando con la epistemología.

En lingüística se utiliza más la palabra semántica, porque la semántica es una ciencia que estudia los
significados de los signos pero sólo en comunicaciones escritas (y humanas), la semiología estudia la
comunicación escrita y oral en general (y la semiótica también todos los signos -incluyendo los que
usan los animales en sus expresiones).

Algirdas Julius Greimas presenta la teoría semiótica como la relación fundamental entre el sujeto que
conoce y el objeto conocido, y tiende a precisar las condiciones de producción de sentido. Además de
las exigencias del método que ayuda a formular esas hipótesis en una serie de axiomas como
estructuras elementales de la significación.

(http://es.wikipedia.org/wiki/Semiotica#Glosario_de_t.C3.A9rminos_de_semi.C3.B3tica)

Semiótica y Comunicación
Modelo lineal de la comunicación
Comunicarse implica una interacción con alguien. Sin embargo, esta interacción posee cualidades y
consecuencias distintas según el punto de vista con el que analicemos la comunicación. El punto de
vista más clásico en la teoría de la comunicación es aquel en el que se tiene en cuenta un aspecto de la
interacción: la transmisión de información. Este punto de vista ha surgido desde el modelo lineal de la
comunicación.

Desde la Teoría de la Comunicación, Shannon elaboró una teoría matemática de la comunicación. Esta
teoría describía la comunicación como un proceso lineal. En el contexto de la comunicación humana a
este proceso de comunicación se le etiquetó como modelo lineal de la comunicación. El modelo tuvo
gran influencia en las ciencias sociales de la época, hasta el punto de que posteriores modelos, que han
intentado describir el proceso de la comunicación desde la psicología, han mantenido el esquema
básico del modelo de Shannon.

El estudio de la comunicación desde este modelo se apoya en la descripción del proceso que sigue el
acto comunicativo. Un primer aspecto a tener en cuenta desde este proceso es que sólo hay
comunicación cuando aquello que se comunica tiene un significado común para los dos elementos de la
interacción. Antes de atribuir significado a una idea es necesario codificarla en términos comprensibles,
y a partir de ahí realizar el acto de la comunicación. Un segundo aspecto consiste en que no se puede
transmitir una idea sin disponer de un medio o soporte. Aquí es necesario referirse a dos conceptos que
suelen confundirse: información y comunicación. Para el modelo lineal de la comunicación, el primer
concepto (información) hace referencia a la acción de informar, es decir, al contenido de una
comunicación (mensaje); el segundo (comunicación) se refiere a cómo el proceso pone en contacto dos
o más polos (emisores y receptores) que intercambian información.

La comunicación desde el modelo lineal se concibe como un proceso de transmisión de información,


realizado con un acto lingüístico, consciente y voluntario. En este proceso los dos elementos más
importantes para el éxito de la comunicación son el emisor y el receptor, considerados individualmente.

Este modelo ha sido pensado para sistemas técnicos. Cuando se intentó aplicarlo a la comunicación
entre personas se vio que era insuficiente. Posteriores modificaciones del modelo desde la psicología,
siguen manteniendo una concepción de la comunicación entre dos personas como transmisión de un
mensaje sucesivamente codificado y después descodificado. Sin embargo, ha sido necesario incorporar
al modelo el concepto aplicado por Wienner de retorno. El retorno proviene del modelo cibernético de
Wienner, y rompe el esquema lineal al hacerlo circular. Es la única forma de que la base del modelo
pueda tener una aplicación en la comunicación humana, puesto que las personas no son elementos
estáticos en el proceso de comunicación, como lo puedan ser dos terminales telegráficos.

De esta forma la estructura del acto comunicativo sigue manteniendo la misma concepción de
comunicación como proceso de transmisión de información, pero desarrollando un modelo circular,
más próximo al modelo cibernético de Wiener. Un modelo humano basado en el modelo lineal de la
comunicación quedaría así:

Vemos, pues, la relevancia que tienen los procedimientos simétricos de codificación y descodificación
en todo proceso comunicativo. Estos procedimientos se llevan a cabo mediante signos y por ello ha
irrumpido la semiótica (la ciencia de los signos) en el campo de la Teoría de la Comunicación.

La semiótica

Es difícil dar una definición unánime de lo que es la semiótica. Sin embargo, puede haber acuerdo
acerca de "doctrina de los signos" o "teoría de los signos". Esta definición presenta el inconveniente de
transferir al término "signo" la mayor parte de los interrogantes. Para algunos el signo es, en principio,
un objeto construido; para otros, es, en principio, un objeto observable; otros sólo toman en cuenta
sistemas de signos previamente establecidos, que pueden alcanzar desde sistemas de señalización
concretos hasta los sistemas de significación implícitos en toda práctica social (ritos, mitos,
costumbres).

Existen, pues, concepciones opuestas de la disciplina, que van desde el estudio de un sistema concreto
de señales hasta una concepción "absolutista" que hace depender la propia cultura del fenómeno
comunicativo. Un breve sumario de estas concepciones sería el siguiente:

Una concepción limitada a los sistemas de signos instituidos en la práctica social y no-lingüísticos:
carteles de señalización, escudos, uniformes, etc... En todo caso, podría hablarse de "signalética" para
calificar esta concepción.
La concepción que puede llamarse "saussuro-hjelmsleviana" que considera con Saussure, que la
lingüística es una parte de la semiología, "ciencia que estudia la vida de los signos en el seno de la vida
social". Extendiendo el modelo lingüístico a todos los sistemas de signos humanos, la misma podría
calificarse como "semiolinguística" aún cuando sus sostenedores recusan este apelativo. Sin embargo,
construye sus objetos sobre el "patrón" de los objetos de la lengua.
La concepción peirceana que combina, en el estudio de los signos un análisis de los fenómenos de
significación como la cooperación de tres instancias que implican al representante (el signo
propiamente dicho), al representado (aquello de lo que el signo da cuenta) y a un intérprete genérico
considerado como un muestrario representativo portador de los hábitos interpretativos de la comunidad
a la que pertenece.
Concepciones etnoculturales que ven en la cultura una combinación de sistemas "modelizadores" de lo
real (Yuri Lotman, Escuela de Tartú).
Concepciones que tienden a abolir la separación entre ciencias humanas y ciencias de la naturaleza, a
partir de una zoosemiótica, de una fitosemiótica, reagrupadas con la teoría de la información y las
neurociencias, para constituir una especie de "perspectiva semiótica" (Círculo de Toronto).
Concepciones "regionales" del objeto semiótico limitadas a campos como el visual, las prácticas
culturales y artísticas (danza, literatura, poesía, urbanismo y arquitectura, cine, teatro, circo, pintura,
presentación de la persona, etc...), los "discursos" de carácter social (jurídico, religioso, político, etc...).
Aunque pretendidamente independientes, dada la especificidad de su objeto, no dejan de vincularse,
más o menos explícitamente, con alguna de las concepciones enunciadas anteriormente.
Las concepciones 2) y 3) son las más comúnmente aceptadas y no han dejado de existir intentos de
proceder a síntesis de ambas, de los que el más reputado ha sido el de Umberto Eco[1]. Sin embargo,
dicha síntesis se presenta problemática, ya que, como veremos, sus metodologías de trabajo se
presentan casi como irreconciliables, apoyándose la concepción saussureana en una base binaria
(significado / significante) mientras que la pierceana se apoya en una base triádica (objeto / signo /
interpretante).
El uso de los signos en el pasado.

Los hombres primitivos se contentaban con un uso puramente instrumental de los signos, ligado a sus
condiciones de subsistencia (lugar donde encontrar la caza, avisar de peligros inminentes, etc.), lo que
no implicaba problemáticas específicas que resolver. Pero, a medida que la realidad social se va
haciendo más compleja, el uso de los signos deviene más estricto: el signo debe reproducir de forma
unívoca las realidades del mundo material con el fin de preservar la integridad y la identidad del grupo
humano.

Los primeros pensadores que reflexionaron sobre los signos fueron Aristóteles y los estoicos, quienes
buscan las relaciones entre la configuración de los términos en el silogismo y la configuración del
orden real, así como los motivos de la transferencia de valores de verdad de una a otra.

La primera ampliación del campo de estudio se la debemos a Leibniz, quien con su Mathesis
Universalis, extenderá las nuevas funciones matemáticas a nuevos campos significantes. Sin embargo,
el proyecto quedará inconcluso al enfrentarse con los numerosos problemas de polisemia que
requerirán el regreso al estudio específico de la lengua humana. Locke y los filósofos ilustrados
(especialmente Condillac) fundamentarán la semiótica en la gramática.

El inicio de la semiótica contemporánea.


Pese a que todos los grandes pensadores, aunque no lo hayan hecho explícitamente, se hayan
interrogado acerca del problema de la significación, generalmente se coincide en distinguir dos fuentes
de la semiótica contemporánea: F. de Saussure y Ch. S. Peirce. Para completar conviene acercar al
nombre del primero el del lingüista danés L. Hjelmslev.

Ferdinand de Saussure (1857-1913) tenía como objetivo estudiar la lengua considerada en sí misma,
retomando de esta forma el proyecto estoico sobre la base de la materialidad del lenguaje mismo.
Naturalmente, ubica a la lingüística como una parte de la semiología, ciencia que estudia la vida de los
signos en el seno de la vida social y que nos enseñaría en qué consisten los signos y qué leyes los rigen.
Para Saussure el signo es una unidad psíquica de dos caras: la imagen acústica (el significante) y el
concepto (el significado); la unión que existe entre ambos es totalmente arbitraria. El signo es, pues,
fruto de un contrato concertado entre los miembros de la sociedad, que actúa como fuerza externa sobre
la lengua modificándola pero sin alterar sus características formales.

Louis Hjelmslev (1899-1963) era un lingüista danés cuya obra es un eslabón indispensable para
comprender la evolución de la lingüística moderna surgida de las intuiciones de Saussure. Hjelmslev
añade dos caras más a cada una de las caras de Saussure: tanto el contenido (significado) como la
expresión (significante) tienen forma y substancia. La función semiótica se establece entre la forma del
contenido y la forma de la expresión; mientras que la substancia del contenido (el pensamiento) y la
substancia de la expresión (la cadena fónica) dependen exclusivamente de la forma y no tienen
existencia independiente. Este homomorfismo entre el plano de la expresión y el plano del contenido
abre las puertas a una semántica estructural.

Charles Sanders Peirce (1839-1914) se interesó, entre otras cosas, en la semiótica a la que consideraba
ante todo como una lógica, lo que no deja de evocar el proyecto estoico. Sin embargo, su propósito
apunta a aprehender la totalidad de los procesos comprometidos en el establecimiento de las
significaciones, por ello su concepto de signo es general y pragmático. En la significación cooperan
tres instancias: el objeto (que se pretende representar), el signo (que lo representa) y el interpretante
(que lo interpreta). El interpretante es, a la vez, una norma social o un hábito colectivo
institucionalizado y la determinación aquí y ahora de una mente que interioriza esta norma.

La relación entre semiótica y comunicación.

Todo acto de comunicación puede describirse como un par constituido por un signo producido por un
emisor, interpretado luego por un receptor. Su estudio combinará producción e interpretación de un
mismo signo. Tomando el modelo peirceano podríamos representar los procesos de producción e
interpretación con un gráfico en el que O representa el objeto, S representa el signo, I representa el
interpretante y las flechas muestran las relaciones de dependencia:

La mayor parte de los autores se han interesado casi exclusivamente en el problema de la interpretación
de los signos, partiendo de la opinión, ampliamente extendida, de que la producción y la interpretación
son procesos absolutamente reversibles. De esto se desprendería que describir la interpretación es
describir también, como en un espejo, la producción.

Contra esta afirmación se puede observar que, si el productor es dueño del objeto que elige para
comunicar su mensaje (elección de palabras, de grafismos, de gestos, de configuraciones múltiples de
unos y de otros), el intérprete está obligado a efectuar un trabajo de reconstrucción de ese objeto (una
semiosis inferencial) que no tiene por qué llegar necesariamente a reencontrar el mensaje original. En
efecto, las relaciones singulares que productor e intérprete mantienen con las instituciones de la
significación son las que regulan su comunicación. Hay, entonces, una disimetría a priori, puesto que el
primero pone en marcha algo ya presente en él, mientras que el segundo debe descubrir precisamente lo
que el primero actualizó.

Lo que hay que remarcar antes que nada es que toda producción es, en alguna medida, una
interpretación a priori. Dicho en otras palabras, la producción es un proceso de incorporación de un
pensamiento en una configuración que se ubica bajo la dependencia de una interpretación anticipada,
respecto de la que el productor se vuelve un intérprete más. En este sentido participa en este proceso
colectivo de interpretación que describimos como una institución social. Por parte del intérprete hay un
proceso que va de lo particular a lo universal, de lo individual a lo colectivo, mientras que, de parte del
productor, se va de lo universal a lo particular y de lo colectivo a lo individual. Más que de
reversibilidad, que no diferencia los dos procesos, debemos hablar de dualidad.

Algo pasa de la mente del productor a la del intérprete. Más formalmente, puede considerarse que en
todo fenómeno semiótico hay un traspaso, a través de un signo, de una cierta forma de relaciones que
está en la mente de un productor hacia la mente de un intérprete. El signo se transforma en un medio
para la comunicación de una figura.

Hay que destacar que en el acto de comunicación, definido como un par (signo producido / signo
interpretado), tanto el productor como el intérprete hacen referencia a la misma relación de naturaleza
institucional que liga al signo con su objeto. El productor lo utiliza como algo ya institucionalizado que
le permite elegir una cosa (el signo) y presentarla como el sustituto de otra cosa ausente (el objeto), con
la garantía (en el interior de su comunidad) de que un intérprete eventual que comparta su cultura
tendrá la posibilidad de poner en funcionamiento la relación empleada en el otro sentido. La
comunicación sólo se logra cuando el objeto del que habla el productor es el mismo que imagina el
intérprete.

Es precisamente en este sentido donde la concepción peirceana del signo se muestra más potente que
sus rivales binarias. La noción de interpretante nos remite a las normas sociales compartidas que hacen
posible la simetría en el proceso de producción y en el de interpretación; mientras que, en las
concepciones binarias, nada nos remite a una intersubjetividad indispensable para cerrar felizmente el
proceso comunicativo.

El proceso cognitivo.

Para que exista esta intersubjetividad que permite la comunicación, es necesario postular que existen
rasgos comunes en los procesos cognitivos de todos los seres humanos. Tanto si se cree que el proceso
de conocimiento es categorial (como dirían Aristóteles o Kant) como si se cree que es puramente
perceptivo (como defenderían Locke o Hume), el producto de este conocimiento individual establece
un área de consenso con el resto de los miembros de la comunidad.

La filosofía de la mente y demás ciencias cognitivas debaten todavía sobre los procesos neuronales y/o
ambientales que permiten la configuración de los esquemas de conocimiento (imágenes mentales o lo
que quiera que éstas sean) que compartimos intersubjetivamente. Desde el campo de la semiótica, lo
máximo a lo que podemos aspirar es al control del producto mental de este conocimiento.

Nuevamente es en Peirce donde encontramos las ideas más sugestivas sobre la formación de los
contenidos. Sus categorías de primeridad, secundidad y terceridad definen las modalidades de
conocimiento del mundo que, al propio tiempo, son los procedimientos por los que el mundo se
interpreta a sí mismo. La teoría semiótica de Peirce clarifica muchos de los problemas de la percepción
y de la forma que las percepciones se organizan en forma de conocimiento. De la misma forma que
existen tres categorías de conocimiento, existen tres tipos de signos correspondientes a la naturaleza, al
individuo y a la sociedad/cultura. Esta triple triada nos da la siguiente organización de los tipos de
signos, en la que los signos de la naturaleza (cualisigno, sinsigno y legisigno) están en el origen de los
signos del individuo (icono, índice y símbolo) que a su vez son socializados como signos compartidos
por la comunidad (rema, dicente y argumento). El signo más elemental es el cualisigno (pura
posibilidad lógica) que puede interpretarse como signo del ser (como rema) y como similaridad (como
icono). En un nivel parejo se halla el sinsigno (existencia real) que se interpreta como existencia
efectiva (dicente) y como objeto real (icono). El legisigno representa el signo convencional (el más
importante, ley de la naturaleza) que se interpreta como norma (argumento) y como precepto de la
naturaleza (símbolo).
Con ello Peirce puede estarnos sugiriendo que cuando actuamos en el mundo, lo que percibimos no es
de hecho el mundo real sino el mundo como un desplazamiento de signos; que el mundo que existe en
nuestras mentes es una representación simbólica determinada por nuestra cultura.
En este sentido puede tener razón Umberto Eco cuando propone la hipótesis de que existe "una especie
de petición incondicional por parte de la semiótica que exigiría que el conjunto de la cultura se
estudiara como un fenómeno de comunicación".

El propio Umberto Eco ha propuesto recientemente unos conceptos que nos brindan otra aproximación
al fenómeno cognitivo. Partiendo de dos ejemplos en los que un individuo y su comunidad se enfrentan
a un fenómeno desconocido hasta la fecha, estudia el proceso de formación de los contenidos o
conceptos de dicho fenómeno. En el primer caso se trata del ornitorrinco, de los zoólogos de finales de
XVIII y buena parte del XIX y de Kant quien probablemente nunca llegó a saber nada del animal ya
que falleció en 1804, mucho tiempo antes de que la comunidad científica se pusiera de acuerdo sobre
su clasificación. En el segundo caso se trata de los caballos, de los aztecas y de su rey Moctezuma
quienes nunca, hasta la llegada de los tercios españoles, habían visto animales como aquellos.

Eco afirma que a la vista del fenómeno nuevo (ornitorrinco o caballos) los individuos elaboran un Tipo
Cognitivo (TC). Este TC no tiene nada que ver con un tipo ideal platónico ni con un juicio perceptivo
kantiano. Es algo similar a un esquema morfológico, parecido a un modelo tridimensional, pero que
puede incluir otras características como el olor, el ruido del relincho u otras propiedades funcionales
(ser cabalgable, por ejemplo). Mediante el TC, los individuos son capaces de reconocer otros
ejemplares del mismo fenómeno que no han visto anteriormente: tienen un tipo, un parámetro mediante
el que pueden cotejar las ocurrencias. Este tipo tampoco tiene nada que ver con una esencia aristotélico
escolástica (la caballinidad).

Sin embargo, el TC que se desarrolla en las primeras instancias no es común a todos los hablantes.
Como en el caso del ornitorrinco en los primeros años de su estudio, en que diferentes zoólogos
pretenden clasificarlo en distintos grupos (mamíferos, anfibios, aves), cada hablante destaca alguna
característica por encima de las otras.

Cuando los aztecas empiezan a hablar entre ellos sobre los caballos o los zoólogos a discutir sobre el
ornitorrinco, se empiezan a establecer áreas de consenso. Empiezan a aparecer las primeras
interpretaciones colectivas que se asemejan bastante a una definición. Estas interpretaciones serían
como los interpretantes en sentido peirceano. Eco denomina a este conjunto de interpretantes
Contenido Nuclear (CN), señalando que mientras el TC es privado el CN es público. En este sentido el
CN es el modo en que intersubjetivamente establecemos los rasgos que componen el TC, de tal forma
que el CN puede transmitirse creando TC en individuos que no han tenido percepción alguna del
objeto. ¿Acaso no identificaríamos hoy en día un ornitorrinco sin haberlo visto jamás sabiendo que es
una especie de topo con pico de pato? ¿No pudo identificar Moctezuma los caballos la primera vez que
los vio gracias a las informaciones que le habían suministrado sus emisarios? Como hemos visto, pues,
el TC se puede constituir por dos vías: la directamente perceptiva y la informada por un CN. Podríamos
llamar a esta segunda vía TC tentativo que podría llegar a ser tan imperfecto que impidiese la
identificación. Al distinguir entre los casos empíricos (el ornitorrinco o los caballos) de los casos
culturales (la amistad, la enfiteusis o el matrimonio) se pone de manifiesto que en los primeros se va
del TC al CN, mientras que para los casos culturales sucede lo contrario. En cualquiera de ambos casos
queda claro que tanto los TC como los CN son negociables siempre, fruto de la cultura y las
circunstancias.

Finalmente, una vez los zoólogos acabaron los estudios sobre el ornitorrinco (en 1884, 86 años después
de su descubrimiento) se alcanzaría el Contenido Molar (CM), un tipo de conocimiento complejo que
abarca una gran cantidad de características. Sin embargo el CM de caballo sería distinto para un
zoólogo que para un jinete profesional, ya que sus áreas de competencias son diferentes. La suma de
los distintos CM sería el conocimiento enciclopédico del caballo.

Eco plantea estos conceptos de TC, CN y CM desde lo que el denomina folk psychology, es decir,
desde el sentido común, y no desde las ciencias cognitivas que requerirían conceptos más precisos.
Pero no por ello debemos despreciarlos, ya que evidencian los fenómenos del reconocimiento y de la
referencia feliz sin los que la comunicación sería imposible. La experiencia cotidiana nos demuestra
que asociamos de forma constante ciertos nombres a ciertos objetos y esta asociación, compartida por
el conjunto social, garantiza la simetría entre codificación y descodificación de los mensajes. La
comprensión sólo es posible atribuyendo al interlocutor creencias similares a las nuestras y esta
uniformidad de creencias sólo puede garantizarla la cultura.

http://personal.telefonica.terra.es/web/mir/ferran/semiotica.htm

Sobre los pilares de la Semiótica


Ferdinand Saussure

Ferdinand de Saussure NO PUBLICO, publicó a los 21 años (1878) Memoria sobre el sistema
primitivo de las vocales indoeuropeas, obra que responde a las ideas de las escuela neogramática. Sin
embargo, inmediatamente decide decantarse por la teoría lingüística, pues su labor investigadora le ha
llevado a la conclusión de que los fundamentos de la lingüística como ciencia son todavía muy
inciertos. Durante tres cursos impartidos en la Universidad de Ginebra entre 1906 y 1911, Saussure
somete la lingüística a una revisión teórica que vería la luz tres años después de su muerte en forma de
libro con el título de Curso de lingüística general (1916), compilación y ordenación de apuntes de clase
elaborada por algunos de sus alumnos. De forma directa, e indirecta en bastantes ocasiones, de ese
curso se extraen las siguientes ideas:

la lengua es fundamentalmente (y no por accidente o degeneración como pensaban los comparatistas)


un instrumento de comunicación. Existe una arbitrariedad lingüística fundamental que proviene del
hecho de que el pensamiento, considerado antes de la lengua, es como una masa amorfa, como una
nebulosa, que se presta a todos los análisis posibles, sin privilegiar ninguno; por consiguiente, las
formas de organización de las lenguas en cada momento de su existencia no tienen que ver con ninguna
función preexistente a la que es la única que tienen: la de comunicar.
frente a los comparatistas, Saussure niega que los cambios lingüísticos puedan alterar la organización
de la lengua. La analogía, por ejemplo, lejos de destruir, refuerza las clasificaciones lingüísticas. Según
él, tampoco las leyes fonéticas tienen ningún efecto anárquico como pretendían los comparatistas, pues
una determinada organización gramatical, desplazada por la evolución fonética, siempre puede
establecerse en otra.
el lenguaje, en cualquier momento de su existencia, debe presentarse como una organización, como un
sistema (lo que más tarde se denominaría estructura): los elementos lingüísticos no tienen ninguna
realidad independientemente de su relación con el todo.

el elemento lingüístico es el signo, es decir, la asociación de una imagen acústica (significante) y de un


concepto (significado); en tanto que valor, su poder de cambio consiste en que sirve para designar una
realidad lingüística que le es extraña (y que no es su significado, sino que este sirve para llegar a ella) y
su poder significativo está condicionado por las relaciones que lo unen a otros signos de la lengua, de
manera que no es posible aprehenderlo sin reubicarlo en una red de (imbricaciones) relaciones
intralingüísticas.
http://es.wikipedia.org/wiki/Saussure

Charles Sanders Peirce:

Las nociones clave son las de objeto e interpretante. El primero corresponde a un referente ambiental o
social, cosa o hecho que se da en el mundo y que puede ser percibida por un organismo, animal o
humano, o puede ser pensada por él. El segundo constituye una contribución fundamental de Peirce, y
está ligado a la máxima pragmática.

En la práctica, y particularmente en la semiótica de la comunicación, el interpretante puede verse como


el efecto o consecuencia del signo, es decir, de la acción o emisión comunicativa, lo que equivale a
centrarlo en un cambio o respuesta mental que, para el observador humano, se manifestará como
cambio o respuesta conductual. Así, en la esgrima el interpretante de una estocada a fondo sería la
parada del contrincante.

El triángulo semiótico arriba mencionado se descompone en dos vertientes de significado: en el


componente semántico-referencial (cuando el representamen remite a su objeto) y en el componente
pragmático-funcional (cuando el representamen remite al interpretante).
Si este triángulo se proyecta sobre una secuencia de interacciones entre dos individuos (como un
diálogo), se transformará en una tríada lineal en la que los elementos del signo se suceden en el tiempo
(objeto - representamen - interpretante) y donde, por consiguiente, el objeto se puede tomar como un
contexto antecedente del representamen, mientras que el interpretante nos puede servir como contexto
consecuente del mismo. En resumen, la superposición de estas tríadas a una cadena de interacciones
nos dará las claves del significado, a partir de sus antecedentes (significado referencial) y de sus
consecuentes (significado funcional). En este sentido, el esquema peirceano puede verse como núcleo
bien de una semiótica, bien de una lógica de la acción concebible o efectiva.

Para Peirce, la extensión del signo es ilimitada (un libro entero es para él un signo). Es fundamental,
además, su idea de que un signo puede ser empleado para mentir, lo que implica que no debe ser
explicado necesariamente por medio de una referencia a la cosa, al objeto a que corresponde. Para
explicarlo, habrá que recurrir entonces a otro signo, a otro interpretante que, a su vez, se convierte en
un signo que pide otro interpretante, y así sucesivamente. La relación de todo signo con otro signo
cualquiera constituye para Peirce el proceso de semiosis ilimitada.

La diferencia entre estas tres variedades de signos es solo una diferencia de lugar dentro de una
jerarquía muy relativa. Es una división que no se basa en la presencia o ausencia absolutas de similitud
o contigüidad entre el significante y significado, ni en el hecho de que la conexión habitual entre estos
constituyentes pertenezcan al orden de lo real o al orden de lo establecido; se debe simplemente al
predominio de uno de esos factores sobre los demás.

En resumen, las tesis de Peirce sobre el signo son las siguientes:

1. Toda representación puede ser el vehículo o el soporte del representamen de una relación
semiológica, llamada signo.

2. La relación semiológica, o signo propiamente dicho, debe ser triádica: ha de tener un representamen,
un objeto y un interpretante.

3. La significación del signo es la de su objeto.

4. El representamen es un icono cuando representa a su objeto, un indicio cuando además remite a otro
objeto, un símbolo cuando además enuncia la ley de aplicación del representamen a su objeto.

5. El interpretante es un signo - no el significante, ni la significación, ni el objeto del signo - que para


significar requiere, a su vez, un signo interpretante o una regla o ley de interpretación, un hábito, el
interpretante final.

(http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Sanders_Peirce)