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EL NATURALISMO

El naturalismo es un estilo artístico, sobre todo literario, basado en reproducir


la realidad con una objetividad perfecta y documental en todos sus aspectos, tanto en
los más sublimes como los más vulgares. Su máximo representante, teorizador e
impulsor fue el periodista Émile Zola que expuso esta teoría en el prólogo a su novela
Thérèse Raquin y sobre todo en Le roman expérimental (1880). Desde Francia, el
Naturalismo se extendió a toda Europa en el curso de los veinte años siguientes
adaptándose a las distintas literaturas nacionales. El naturalista presenta al ser humano
sin albedrío, determinado por la herencia genética y el medio en que vive.

Características:
1. Determinismo positivista como orden vital supremo, traducido, con
frecuencia, en fatalismo mecanicista. El naturalista presenta al ser humano sin
albedrío, determinado por la herencia genética y el medio en que vive. En él influyen
el Positivismo de Auguste Comte, que no valora que no puede ser objeto de
experiencia, el Utilitarismo de Bentham y Stuart Mill, que juzga todo en función de su
utilidad, y el Evolucionismo físico de Darwin y social de Herbert Spencer, que niega
la espiritualidad del hombre al negar la intervención divina, y el materialismo
histórico de Marx y Engels.
2. La fisiología como motor de la conducta de los personajes;
3. Anticlericalismo radical;
4. Sátira y denuncia social. La novela naturalista no vale como simple
pasatiempo, es un estudio serio y detallado de los problemas sociales, cuyas causas
procura encontrar y mostrar de forma documental.
5. Concepción de la literatura como arma de combate político, filosófico y social;
6. Argumentos construidos a la sombra de la herencia folletinesca y orlados de
un abrumador pesimismo;
7. Feísmo y tremendismo como repulsivos. Puesto que se presentan casos de
enfermedad social, el novelista naturalista no puede vacilar al enfrentarse con lo más
crudo y desagradable de la vida social.
8. Adopción de los temas relativos a las conductas sexuales como elemento
central de las novelas. No se trata de un erotismo deleitoso y agradable, sino que es
una manifestación de enfermedad social, suciedad y vicio. Por ello, frecuentemente el
novelista naturalista se centra en el mundo de la prostitución, vista como lacra social y
como tragedia individual. El público confundía sin embargo a veces naturalismo con
pornografía, lo que no era la intención de los naturalistas. Estos critican con
frecuencia la literatura folletinesca que trastorna la percepción de la realidad.

En la mayoría de los escritos lo que se intenta es reflejar que la condición


humana está mediatizada por tres factores:

1. La herencia genética
2. Las taras sociales (alcoholismo, prostitución, pobreza, violencia)
3. El entorno social y material en que se desarrolla e inserta el individuo.

Esto es, lo que se conoce en filosofía como Determinismo. De aquí deriva otra
importante característica del Naturalismo, una crítica (implícita, ya que el valor

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documental y científico que se pretende dar a la literatura de este tipo impide aportar
opiniones propias) a la forma como está constituida la sociedad, a las ideologías y a
las injusticias económicas, en que se hallan las raíces de las tragedias humanas.

Cabe destacar que, si bien Realismo y Naturalismo son muy parecidos en el


sentido de reflejar la realidad tal y como es (contrariamente al idealismo romántico),
la diferencia radica en que el Realismo es más descriptivo y refleja los intereses de
una capa social muy definida, la burguesía, mientras que el Naturalismo extiende su
descripción a las clases más desfavorecidas, intenta explicar de forma materialista y
casi mecanicista la raíz de los problemas sociales y alcanza a hacer una crítica social
profunda; además, si el individualismo burgués es siempre libre y optimista en su fe
liberal de que es posible el progreso sin contrapeso y labrar el propio destino, el
Naturalismo es pesimista y ateo merced al determinismo, que afirma que es imposible
escapar de las condiciones sociales que guían nuestro sendero en la vida sin que
podamos hacer nada por impedirlo. Por otra parte los naturalistas españoles hacen uso
de un narrador omnisciente y se alejan del impersonalismo que busca el maestro
francés Zola; por otra parte, estas novelas no consiguen una reproducción fiel de la
realidad, objetivo que sí busca Zola, sino que recargan excesivamente los aspectos
que quieren destacar, con lo que pierden el valor documental que busca Zola.

Se considera que el Naturalismo es una evolución del Realismo. De hecho, la


mayoría de los autores realistas evolucionó hacia esta corriente materialista, si bien
otros orientaron su descripción de la realidad hacia el interior del personaje llegando a
la novela psicológica.

El Naturalismo, al igual que el Realismo, refuta el Romanticismo rechazando la


evasión y volviendo la mirada a la realidad más cercana, material y cotidiana, pero,
lejos de conformarse con la descripción de la mesocracia burguesa y su mentalidad
individualista y materialista, extiende su mirada a las clases más desfavorecidas de la
sociedad y pretende explicar los males de la sociedad de forma determinista.

El Naturalismo tenía como objetivo explicar los comportamientos del ser


humano. El novelista del Naturalismo pretende interpretar la vida mediante la
descripción del entorno social y descubrir las leyes que rigen la conducta humana. El
Naturalismo surge en París; Zola fue el iniciador del movimiento Naturalista, al
decidir romper con el romanticismo, crea este movimiento literario; siendo
considerado el maestro de este movimiento junto con Gustave Flaubert. En sus obras
más importantes describirían de manera cruda y realista el contexto social de París, el
lugar de inicio del movimiento.

El Naturalismo en Europa
En Alemania destacan los escritores Karl Hauptmann (1858-1921) y Gerhart
Hauptmann (1862-1946) entre otros. En Italia el Naturalismo se denominó Verismo y
tiene su principal autor en Giovanni Verga (1840-1922), y su obra maestra en la
novela de este autor titulada Los Malavoglia (Los Malasangre); también siguió esta
estética Luigi Capuana (1839-1915). En Gran Bretaña el gran novelista y poeta del
naturalismo fue Thomas Hardy, y en el terreno dramático puede reconocerse alguna
influencia de los postulados naturalistas en George Bernard Shaw a través de la

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asimilación que hace de dicha estética el dramaturgo noruego Henrik Ibsen. En
Alemania no se desarrolló este movimiento con tanta fuerza y en Estados Unidos este
movimiento llegó bastante tarde, aunque es posible reconocer el Naturalismo en las
obras de Theodore Dreiser (Una tragedia americana) y una evolución importante en
el Nuevo periodismo americano de, por ejemplo, Truman Capote. En Francia, fuera
del líder del movimiento, Emile Zola, existe naturalismo en Gustave Flaubert y en
otros autores de menor fuste. En Rusia difundió el movimiento el gran crítico literario
Belinski y lo siguieron en algunas de sus obras autores importantes, como Gógol,
Dostoievski, Goncharov y otros.

El Naturalismo en España
El Naturalismo fue apoyado por los sectores republicanos y demócratas de
España, la izquierda de época, y se enfrentó con una firme resistencia de los sectores
conservadores que veían en él la disolución de los valores cristianos. Se difundió
principalmente a principios de los 80, cuando se fueron dando una serie de pasos que
terminaron por aclimatar esta estética en una parte de la literatura española de
entonces:

• Traducción en 1880 de varias novelas de Zola.


• Aparición de La desheredada, de Benito Pérez Galdós, y crítica a la misma
por Clarín, que vino a ser un manifiesto teórico del Naturalismo en España.
• Aparición de Un viaje de novios, de Emilia Pardo Bazán (1881), cuyo prólogo
es otro manifiesto del movimiento.
• Discusiones en el Ateneo (finales de 1881 - principios de 1882) sobre el
Naturalismo.
• Publicación efímera de la revista Arte y Letras desde agosto de 1882
propiciada por Galdós, Sellés, Clarín, etc.
• Artículos de Clarín (en La Diana) titulados Del Naturalismo (1882).
• Publicación por Pardo Bazán, desde noviembre de 1882, de La cuestión
palpitante.
• Publicación efímera de la Revista Ibérica (desde abril de 1883), por Clarín,
Jacinto Octavio Picón, etc.
• Homenaje a Galdós por el Bilis club (1883), que fue una multitudinaria
manifestación pública de apoyo al autor de La desheredada. En ella nació la idea de
un centro de propaganda naturalista.
• Otros artículos dispersos en diversas publicaciones sobre el naturalismo y la
finalidad docente o no del arte.

Empero, y con la excepción de algunos ensayos serios, como La desheredada,


de Galdós, lo que se practica en España no es un auténtico naturalismo zolesco, sino
una fórmula conciliadora que extrae algunos recursos formales de Zola sin seguir su
doctrina ideológica (ateísmo, positivismo, determinismo). Este sincretismo es el que
practican Pardo Bazán o el marqués de Figueroa.

En España participaron de este movimiento hombres comprometidos con


posturas cercanas al Krausismo o la iquierda como Galdós (La desheredada), Clarín y
Vicente Blasco Ibáñez. Desde la óptica conservadora puede también hablarse de un
Naturalismo cristiano no rigurosamente pesimista ni determinista en el que militaron

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autores como Pardo Bazán, Luis Coloma, José María de Pereda (que se acercó al
naturalismo en su novela La Puchera), Juan Armada y Losada, José de Siles,
Francisco Tusquets, Ángel Salcedo y Ruiz y Alfonso Pérez Gómez Nieva. Otro tercer
grupo estaría integrado por los hombres de la revista Gente Nueva, luego ampliado en
otra revista, Germinal, de ideología más extremista y que estaría integrado por los
escritores del llamado Naturalismo radical: Eduardo López Bago, José Zahonero,
Remigio Vega Armentero, Enrique Sánchez Seña, Joaquín de Arévalo, Jose María
Matheu Aybar, Manuel Martínez Barrionuevo, Eugenio Antonio Flores, Silverio
Lanza, Emilio Bobadilla, Alejandro Sawa, Joaquín Dicenta (quizá el poeta y
dramaturgo del naturalismo más importante en castellano), José Ortega Munilla,
Jacinto Octavio Picón, Ernesto Bark, Ricardo Macías Picavea y algunos otros más.
Epígonos del naturalismo son en cierta medida Felipe Trigo y Augusto Martínez
Olmedilla.

Clarín
El Naturalismo de Clarín no sigue toda la doctrina del Naturalismo francés. Se
aleja bastante de la rigidez de la novela experimental de Zola y de sus tres leyes
fundamentales, aunque se aproveche de algunos de sus principios; esas tres leyes que
pueden resumirse en la influencia que ejercen el medio, la herencia genética, y los
sentimientos y emociones (que tienen un origen puramente fisiológico), en el
comportamiento de los personajes novelescos, él las interpretó de modo muy
personal. Y aunque él mismo manifestó su admiración por Schopenhauer, disentía del
filósofo en un supuesto fundamental: Clarín no negaba la libertad del hombre, no
creía que sus acciones estuvieran determinadas por concatenaciones causales. Por el
contrario, enriquece el legado naturalista y el determinismo de Schopenhauer, al
incorporar un sentido moral, una conciencia atormentadora de las consecuencias de
cualquier elección en sus protagonistas. Esto es lo que algunos han venido en llamar
naturalismo espiritualista. Clarín tampoco consideraba el Naturalismo como una
concepción sistemática y consecuente del mundo, ni creía que la novela debía
convertirse en un laboratorio experimental donde hacerse ciencia, sino que la
estimaba como “el género de la libertad en literatura”, “la forma libre de la literatura
libre”, como menciona Sobejano. Cualquiera que lea La Regenta, echará en falta las
descripciones feas o desagradables, la imitación de lo desagradable, tan del gusto de
la mencionada escuela; y, sin embargo, sí introdujo elementos ajenos a esta estética,
como el profundo sentimiento religioso, la preocupación filosófica o la dimensión
moral en las caracterizaciones psicológicas.

Emilia Pardo Bazán


Siempre se mantuvo atenta a las novedades literarias europeas, y en 1881 fue la
primera que divulgó y defendió el Naturalismo francés en España en una serie de
artículos recogidos después en libro con el título de La cuestión palpitante . Unos
años después fue también una de las primeras en señalar el declive del Naturalismo y
su sustitución por nuevas corrientes espiritualistas.

Es igualmente de corte naturalista Los pazos de Ulloa (1886), la novela más


importante de Emilia Pardo Bazán. Esta obra está ambientada en una de las zonas
rurales más atrasadas de Galicia y se centra en el choque de unos personajes sensibles,

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educados en la ciudad, con otros personajes, representativos del ambiente degradado y
brutal que reina en una aldea.

Los personajes de Los pazos de Ulloa aparecen, de acuerdo con las tesis de
Zola, determinados por el medio ambiente. De un lado, Pedro Moscoso, señor del
pazo de Ulloa, aristócrata decadente y embrutecido, dominado por sus criados. Del
otro, Nucha, la joven esposa traída de la ciudad, y Julián, el capellán recién salido del
seminario. Ambos sucumbirán ante la terrible hostilidad de la aldea, un "paisaje de
lobos". El relato se convierte así en una dura visión del campesinado y del mundo
rural, totalmente opuesta a la visión idílica que ofrecía Pereda.

En Los pazos de Ulloa y en La madre naturaleza, doña Emilia configura su


mundo propio, del que sacará mucho material posterior, pero en donde convergen
también creaciones anteriores, como El cisne de Vilamorta o Bucólica, y que se podrá
rastrear en otras novelas mayores de esa primera “manera” (Insolación o Morriña y
otras). Muchos de los personajes que aquí nacen aparecen en todas ellas. En esa
primera manera, por así decirlo, naturalista, hay ciertos rasgos que desaparecerán en
la segunda, que algunos críticos califican de “espiritual” o idealista, pero que no es
más que la culminación de la maestría narrativa de la autora (La quimera, La sirena,
Dulce dueño). Dichos rasgos son de tipo moral, como el antisemitismo o la falta de
compasión hacia los más débiles, que algunos críticos como Darío Villanueva llaman
“despego aristocrático de lo social”, mientras que se mantienen la sensualidad de las
descripciones sobre la belleza de hombres y mujeres. Otro de los logros es la
excelente descripción de las tres clases de nobleza rural gallega: la clasista
(configurada en Ramón Limioso, feo, católico y sentimental), la institucional (los
notarios y los curas) y la feudal (un marqués de Ulloa, caracterizado como bestial e
ignorante). En este sentido, Darío Villanueva compara a doña Emilia con Henry
James y no anda muy descaminado. Ambos admiran a Zola y al naturalismo, ambos lo
superan en sus respectivos niveles, sin que a él por cierto le tache nadie de hacer una
“naturalismo protestante”, como se tachó a doña Emilia –e incluso al propio Zola– de
hacer un “naturalismo católico”. Pero el gran logro estético de Emilia Pardo Bazán,
que se hace especialmente patente en estas dos novelas, es la descripción del paisaje
gallego, con un conocimiento de la botánica y de las costumbres rurales muy superior
al de sus contemporáneos, lo que hay que atribuir a su peculiar biografía. Aquí hay
que hacer una salvedad en lo que se refiere al paisaje de Castilla. Doña Emilia es la
madre de muchas cosas, y de ella parten, o se consolidan, muchos de los tópicos sobre
Castilla y los castellanos, referidos unos al paisaje (el páramo, el desierto, etc.) y otros
al idioma. En un momento dado dos personajes están hablando de la “saudade” o
“morriña” y aluden a que en catalán eso se dice “anyoranza”, pero que en castellano
no hay término para expresar ese sentimiento. No claro, sólo existe “añoranza”…
Pero hay que atribuirlo a la mentalidad de la época, como ella atribuye a la madre
naturaleza el drama que se desarrolla en estas dos novelas. El incesto que se lleva a
cabo en la segunda parte y que acaba definitivamente con la casa de Ulloa, no es tan
sólo debido al secretismo del parentesco entre los protagonistas –hermanos sin
saberlo, aunque la autora tiene el atrevimiento de que el joven se entere antes de
cometerlo- sino, sobre todo, al efecto deletéreo, y a la par estimulante, de “la madre
naturaleza” que como dice Gabriel Pardo de la Lage (personaje ilustrado y liberal que
doña Emilia sacará en otras novelas, como hacía también Galdós con los suyos,
configurando así su propio universo literario), más bien deberían llamarla madrastra.

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