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Ingeniería precolombina

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431 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA

INGENIERÍA PRECOLOMBINA
*
POR
LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA
Los indígenas americanos realizaron notables trabajos de transformación
y adecuación de su medio ambiente con propósitos de supervivencia, comu-
nicaciones, obtención de recursos, e incluso con fines ceremoniales. Intervi-
nieron el paisaje con obras, en ocasiones extraordinarias, que demuestran su
ingenio, su gran capacidad de trabajo y un profundo conocimiento tanto de
la geografía como de los materiales. Carreteras; puentes; taludes y terraple-
nes; obras de ingeniería hidráulica; canales; represas; pozos; túneles; y por-
tentosos trabajos de adecuación de tierras para la agricultura; son logros que
aún sorprenden por su magnitud, audacia y concepción ingenieril. Esta era
por completo diferente a la del Viejo Mundo y en algunos casos puede decir-
se que la superaba.
Carreteras
Antes de la llegada de los europeos existían en el continente americano,
caminos y carreteras construidos por los nativos, que enlazaban poblados y
muchas veces servían de comunicación entre distantes regiones geográficas,
a través de altísimas cordilleras, bosques, páramos, desiertos, selvas y abis-
mos insondables.
Los taironas construyeron en la Sierra Nevada de Santa Marta una ex-
tensa red de caminos enlosados. Cuando en 1525 los españoles iniciaron la
conquista de ese territorio, dieron con esos caminos y aunque no fueron ca-
paces de utilizarlos eficientemente, porque no estaban diseñados para sus
animales de carga sino para el transporte a pie, sintieron por ellos gran admi-
ración. Un siglo después esas vías habían desaparecido bajo la selva.
* Lectura para su posesión como Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Historia
el 28 de marzo de 2006.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 432
A fines del siglo XIX, el conde Joseph de Brettes describió los restos de
algunas de ellas
1
. En 1922 el arqueólogo John Alden Mason confirmó la
existencia de una compleja y extendida red de caminos, así como de grandes
aldeas construidas en piedra en el noroeste de la Sierra Nevada. Describió
los caminos como una obra de ingeniería admirable, de la cual, sin em-
bargo, desconocía su función
2
. En años posteriores el profesor Reichel-
Dolmatoff adelantará nuevas investigaciones en la zona. Algunas décadas
más tarde, el Instituto Colombiano de Antropología ha de emprender impor-
tantes estudios y exploraciones, en el curso de una de las cuales fue descu-
bierta la llamada “Ciudad Perdida” de los taironas (1976)
3
.
Aún hoy se ignora mucho acerca de los caminos de la Sierra. Al respecto
escribe el investigador Augusto Oyuela, de la Universidad de Pittsburg: “El
norte de la Sierra Nevada de Santa Marta tiene como particularidad ser una
de las zonas más escarpadas del territorio colombiano. Estrechos valles son
recorridos por ríos separados por imponentes cuchillas, por ello la construc-
ción de carreteras en esta región presenta grandes dificultades (...) Los cami-
nos de la Sierra son construcciones de lajas o cantos rodados. Muchas veces
se requirió de rellenos con materiales seleccionados, tales como gravilla, are-
nas y arcillas o incluso de la construcción de muros de contención a fin de
evitar el derrumbe de algunos tramos y escaleras en zonas pendientes. Prin-
cipalmente existen dos clases de vías: las urbanas y las interurbanas”
4
.
La localización de los caminos taironas (foto 1.) sugiere el recorrido de
trayectos cortos (de máximo un día de marcha). Los picos nevados están
localizados tan sólo a unos 50 kilómetros del litoral. De ahí que el trayecto
entre la costa y asentamientos como Ciudad Perdida (a 1.100 metros sobre el
nivel del mar), pudieran hacerse, siguiendo verticalmente el valle del Buritaca,
en menos de 10 horas a través de los caminos enlosados.
Los taironas manejaban el concepto de micro-verticalidad, el cual se
define como “la explotación de pisos ecológicos distanciados de un pueblo
por una trayectoria no mayor de un día de camino, lo que posibilita retornar
al lugar de residencia durante la noche”
5
. Por esos caminos se daba además
1 Citado por Augusto Oyuela en su artículo Las redes de caminos prehispánicos en la Sierra
Nevada de Santa Marta, trabajo incluido en el libro Ingenierías Prehispánicas. Icanh, Bogotá,
1990, p. 48.
2 Ídem, p. 48.
3 En el libro La Ciudad Perdida Buritaca 200, de Bernardo Valderrama, se refiere en detalle ese
hallazgo.
4 Augusto Oyuela. Op. cit., p. 51.
5 Ídem., p. 59.
433 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Camino tairona. J. Mayor.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 434
todo un movimiento comercial de productos como sal, pescado, conchas de
mar, algodón, coca, objetos de oro y textiles.
En la Ciudad Perdida (también llamada Buritaca 200) hay una piedra de
forma irregular y unos 2 metros de altura, cuya superficie presenta grabada
una serie de líneas que se entrecruzan en todas direcciones. Algunos investi-
gadores consideran que se trata de un antiguo mapa que muestra los caminos
de la Sierra.
Más al interior del país, el historiador Ernesto Restrepo Tirado señala que
“la provincia de Aburrá, con su hermoso valle donde está hoy situada
Medellín, debió de ser centro de los indígenas catíos. Allí encontró el con-
quistador Robledo anchas calzadas talladas en la roca viva por el estilo de las
de los taironas, pero de mayor amplitud y aún superiores a las de Cuzco”
6
.
El investigador Darío Ruiz Gómez asegura que en Antioquia existió una
red de caminos que incluso la comunicaban con Centroamérica: “Existía ya
a la llegada de los españoles, una serie de vías a lo largo y ancho del territorio
por medio de las cuales se comunicaban con el Norte y con el Sur, tal como
lo pone en evidencia la cabeza maya encontrada en un río de Urabá. Por
estas vías y no solamente ‘abriendo trocha’ penetró el conquistador quien
encontró unas sociedades basadas en una economía ya muy compleja en
cuanto a la producción se refiere”
7
.
El historiador alemán Hermann Trimborn señala que en Antioquia, más
exactamente en el sitio de Buriticá, existió un importante centro de mercado
precolombino, el principal situado al occidente de Colombia. “De ese punto,
según Trimborn, partían cuatro caminos comerciales: uno hacia Urabá, otro
hacia la Sierra Nevada de Santa Marta, otro hacia el territorio de los muiscas
y otro hacia la tierra de los quimbayas
8
.
Los indígenas guanes –situados en la cordillera oriental– “tenían ca-
minos públicos que comunicaban los centros de sus diversas agrupacio-
nes”. El padre Isaías Ardila informa que: “Estas vías seguían la dirección
que ellos veían más recta, de un lugar a otro, remontando en zigzag las
altas cordilleras y siguiendo por sus filos, sin preocuparse de buscar, como
6 Ernesto Restrepo Tirado. “Construcciones indígenas”. En: Boletín de Historia y Antigüedades.
Vol. 1. Academia Colombiana de Historia. 1903, p. 587.
7 Darío Ruiz Gómez. Proceso de la cultura en Antioquia. Edic. Autores Antioqueños. Medellín.
1987, p. 23.
8 H. Trimborn citado por E. Barney-Cabrera. Calima, el Dorado prehispánico. Historia del Arte
Colombiano. Salvat. Bogotá. 1977, p. 280.
435 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
hoy se hace, las curvas de nivel o las llamadas travesías, para hacer más
suave el camino”
9
.
Los muiscas, según informa el cronista Castellanos, frente a los cerca-
dos de sus viviendas tenían “siempre una carrera (o carretera) bien nivela-
da, de más de media legua de largo y con el ancho suficiente para el paso
de dos grandes carretas (españolas). Las tenían siempre muy aseadas, y tan
rectas, que a veces trepaban algún cerro sin discrepar una línea. A uno y
otro lado ostentaban valladares de piedra trabajados con mucha simetría y
que partían desde la puerta de los cercados siguiendo por todo el camino
hasta un santuario...”
10
.
El cronista Lucas Fernández de Piedrahita refiere que en territorio muisca,
“en memoria de Bochica hay una carrera abierta desde los Llanos a Sogamoso,
que tendrá como cien leguas de longitud, muy ancha, y con sus valladares o
pretiles por una y otra parte, aunque ya maltratada y oscurecida por la paja y
barzal que se ha criado en ella, por la cual dicen que subió el Bochica desde
los Llanos al Nuevo Reino”
11
.
“En los linderos del resguardo de Guatavita –señala el historiador Rober-
to Velandia– se habla de ‘una carrera antigua’ o camellón. Entre Chía y Cajicá
había otra que se llamaba Rubquetá”
12
.
“Rastreando el hilo de las voces indígenas –anota Germán Arciniegas–,
ha podido saberse que la civilización de los chibchas cubrió en sus mejores
días territorios que van desde la América Central hasta el Ecuador. Pudo
ocurrir también que los comerciantes del altiplano hubieran mantenido una
zona de influencia así de grande, porque ellos, en busca del oro que no te-
nían, viajaban con panes de sal, con mantas de algodón, con esmeraldas, a
través de todo el país que hoy es Colombia, y aún más allá. No sólo tenían
ferias regulares en Natagaima que queda sobre las márgenes del Magdalena;
en Aipe, que se halla sobre el departamento de Huila; en Vélez, de Santander,
sino que sus caminos de comercio iban por el Carare hasta Santa Marta, y las
esmeraldas de Somondoco se conocieron en el Perú. Este comercio fue acti-
vo y constante”
13
.
9 Isaías Ardila. El pueblo de los Guanes. Colcultura. Bogotá. 1986, p. 295.
10 Castellanos citado por Ernesto Restrepo Tirado. Op. cit., p. 593.
11 Piedrahita citado por Vicente Restrepo. Los chibchas antes de la conquista española. Banco
Popular. Bogotá. 1973, p. 73.
12 Roberto Velandia. Enciclopedia Histórica de Cundinamarca. T. 3. 1980, p. 1380.
13 Germán Arciniegas. América tierra firme. Plaza y Janés. Bogotá. 1982, p. 151-152.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 436
Los chibchas del altiplano tenían rutas comerciales hasta la costa Caribe o
al menos hasta la región del Magdalena Medio. Es importante anotar que los
expedicionarios de Jiménez de Quesada llegaron a la Sabana en 1537 si-
guiendo las rutas comerciales de los muiscas, guiados por un nativo de nom-
bre Pericón.
Comenta don Roberto Velandia: “Los caminos transitados por los con-
quistadores seguían en buena parte los mismos de los indios, algunos de los
cuales (más tarde) se convirtieron en caminos reales, sostenidos por el go-
bierno español”
14
.
Los calimas, al suroccidente de Colombia, construyeron una extensa red
vial, que aún hoy permanece en gran medida inexplorada. Según indican las
arqueólogas Leonor Herrera y Marianne Cardale: “entre los tramos de cami-
no más evidentes hay cinco que llegan al extenso valle del Calima (hoy lago),
atestiguando su importancia, pero no hemos todavía explorado en detalle ni
éstos, ni su continuación hacia afuera del área Calima. Según informes no
confirmados, algunos caminos bajan por la cordillera, internándose en las
selvas del Chocó, otros, como el que conecta el valle del Calima con el valle
del Cauca, lo atraviesan continuándose hasta la cordillera Central”
15
.
Amplios y rectos eran los caminos trazados por los calimas, con vías
menores que accedían sobre las principales. Estos caminos –según el
antropólogo Roberto Pineda– “presentan un ancho hasta de 10 metros en
algunas partes, con una profundidad de 120 a 150 cm. Todos los caminos
siguen siempre la línea recta, sin presentar ningún zig zag para trepar las
faldas de las colinas (…)”
16
.
Las gentes de la cultura calima, al parecer fueron portadoras de influen-
cias extranjeras, por su actividad como mercaderes y viajeros constantes.
Sus cerámicas representan con frecuencia, figuras humanas llevando a la
espalda pesadas cargas de mercancías contenidas en cestas o canastos.
Eugenio Barney-Cabrera describe los caminos prehispánicos que unían
el Tolima con el valle Calima
17
.
14 Roberto Velandia. Op. cit. T.1, p. 344.
15 Leonor Herrera, Marianne Cardale. “La arquitectura y el paisaje en la región Calima”. En:
Ingenierías Prehispánicas. Op. cit., p. 143.
16 Roberto Pineda citado por E. Barney-Cabrera. Calima, el Dorado Prehispánico. Historia del
Arte Colombiano. Op. cit., p. 282.
17 E. Barney-Cabrera. Calima, el Dorado prehispánico. Historia del Arte Colombiano. Op. cit., p.
281.
437 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
El trazado de caminos y carreteras en la América Precolombina respondía
a diversas necesidades: el comercio; el control militar; el correo; conexiones
entre regiones y aldeas; vías para acarrear agua o leña; para obtener produc-
tos del mar; e incluso a causas de tipo religioso; algunos eran senderos de
peregrinación.
Ciertos caminos trazados de forma transversal en las cordilleras, tenían la
función de enlazar el llamado Archipiélago Vertical, sucesión de pisos tér-
micos, en que los grupos indígenas explotaban con habilidad una gran diver-
sidad de productos agrícolas, los cuales –en un proceso paciente y laborioso–
iban siendo aclimatados a las diferentes altitudes.
Las cumbres de las colinas eran sagradas para muchos pueblos andinos.
Con frecuencia sus rutas seguían el filo de las montañas. Otras veces discurrían
por empinadas laderas, bordeando los más escabrosos precipicios; y en ocasio-
nes se adaptaban las curvas de nivel para resolverse en suaves pendientes.
Esos caminos fueron “abiertos con su sabio olfato, con la técnica de su milenaria
experiencia”
18
. Más tarde, los españoles retomarían algunos de éstos para con-
vertirlos en los llamados “caminos reales”. Otros serían olvidados.
Puentes
En diversas zonas de América, los caminos indígenas debían superar abis-
mos y cursos de agua. Para salvar esos obstáculos, los nativos construían
magníficos puentes de madera, guadua y piedra, con variados e imaginativos
diseños.
La técnica de los puentes hechos de cuerdas o bejucos estaba especial-
mente desarrollada en territorio suramericano. Patiño
19
cita varios de éstos,
descritos por los españoles durante la primera fase de la Conquista:
– En Jegua y Tagua, cerca de donde se fundó después Mompós, halló la
gente de Pedro de Heredia puentes de bejucos de más de 150 brazas
“por donde pasaban infinitos indios”, como lo anota Juan Friede
20
.
Es de anotar que una braza equivale 1,671 metros; por tanto, ese puen-
te habría medido unos 250 metros. Una cifra nada despreciable, a me-
nos que los españoles hubiesen cometido un error de cálculo.
18 Roberto Velandia. Op. cit. T.1, p. 342.
19 Víctor Manuel Patiño. Historia de la cultura material en la América equinoccial. Inst. Caro y
Cuervo. Bogotá. 1991. T. 3, p. 52.
20 Citado por Patiño. Op. cit. T. 3, p. 53.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 438
– En el sector del Magdalena, entre las poblaciones de Victoria y Reme-
dios, los indios cruzaban los ríos por puentes de bejucos, según refiere
Aguado.
En 1538, el explorador Juan de San Martín con 30 compañeros, en ruta
hacia los Llanos, llegó al poblado de Teguas cerca del impetuoso río Lengupá,
el cual no pudieron cruzar hasta que un indio de la región les condujo hasta
un puente de bejucos tendido de ribera a ribera desde los árboles, primera
obra de ese género que vieron esos expedicionarios “y no se atrevieron a
pasar por él sino después de muchos ensayos, atemorizados por los vaivenes
que hacía”
21
.
También la gente de Jorge Spira, explorando el territorio de los choques,
se vio precisada a atravesar un río por “unas puentes de bejucos bien peligro-
sos y de gran riesgo” (Aguado)
22
.
Los indígenas americanos construían varios tipos de puentes colgantes:
a. El puente de una sola cuerda era el más sencillo. Consistía en uno o
varios bejucos retorcidos, o una trenza de fibras que formaba un cable.
El viajante pasaba colgado, sosteniéndose con las manos y las piernas.
b. El puente de doble cuerda consistía en dos cuerdas extendidas: una
arriba y otra abajo. El viajero pasaba caminando sobre ésta última,
mientras se asía con las manos de la cuerda superior.
c. En el puente de aro la cuerda inferior era sustituida por un aro colga-
do, donde se sentaba el viajero.
d. El puente de canastilla o asiento aumentaba la comodidad del pasan-
te. Estos eran llamados en Suramérica, tarabita, cabuya o cuerda. Al-
gunos de estos ingenios continuaron empleándose muchos años después
de la llegada de los españoles.
El padre Isaías Ardila anota que “lo que más llamó la atención a los españo-
les sobre los caminos de los guanes, fueron sus puentes hechos de bejucos o de
cables de fique, para atravesar los grandes ríos. La construcción de éstos no era
fácil, sino demostración de una gran habilidad de los naturales. Aprovechaban
bejucos gruesos y retorcidos unos con otros o gruesos lazos de fique para su
construcción y para hacer las barandillas con que sostenerse al pasar”
23
.
21 Patiño. Op. cit. T. 3, p. 53.
22 Ídem.
23 Isaías Ardila. El pueblo de los Guanes. Colcultura. Bogotá. 1986, p. 295-296.
439 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Los guanes, quienes se distinguen como grandes tejedores, puede decirse
que tejían sus puentes.
Los indios paeces en la región de Tierradentro, Cauca, construían con
guadua puentes atirantados o con tirantas, los cuales tenían una bella geo-
metría y la ventaja de poder construirse entre dos puntos localizados a dife-
rentes alturas (foto 2.).
La guadua, una gramínea de la familia del bambú, ha sido llamada por
algunos ‘el acero vegetal’. Sus extraordinarias características físicas permi-
tieron su empleo, por parte de los Quimbayas y otras culturas en todo tipo de
elementos estructurales, tales como flexibles pero resistentes varas para los
puentes atirantados; cables para puentes colgantes y también en estructuras
rígidas.
Los puentes colgantes americanos eran catenarios. Es decir, su forma y
su tablero (cuando lo tenían) seguía la curva de los cables tensores.
Muy famoso fue, en tiempos de la conquista, el puente del cacique
Berenuco. Era colgante y estaba tendido en un punto donde termina el bajo
Cauca y comienza el alto Cauca. Según refiere el capitán Fonseca Truque,
cubría una distancia superior a los 100 metros.
Los españoles llamaron a los extraordinarios puentes colgantes (foto 3.)
que encontraron en América, las puentes, así en femenino, por contraste con
Dibujo de Hidalgo.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 440
Puente colgante. Dibujo de Riou.
441 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
los pesados puentes de sillares europeos. Las puentes eran delgadas, esbel-
tas, femeninas... Desde el punto de vista estructural, también eran diferentes.
No se apoyaban como los puentes o los muebles europeos; se colgaban como
las hamacas americanas. Se suspendían, y realmente cubrían luces mucho
mayores que sus contemporáneos del viejo continente. Trabajaban no a la
compresión como éstos, sino a la tracción.
La construcción de los puentes indígenas, técnica que se remonta a la
época prehispánica, no desapareció con la Conquista, la Colonia, ni la Repú-
blica. De hecho, en algunas regiones las comunidades indígenas siguieron
elaborándolos. Al respecto se encuentran testimonios escritos y gráficos des-
de el siglo XVI hasta el XXI. Veamos algunos de ellos:
El cronista Joseph de Gumilla señala el uso de tarabitas en la región
septentrional de Suramérica: “Corresponde el hacer mención de los inven-
tos o artificios, de que usan los indios para pasar los ríos caudalosos. El
más común, y al parecer más seguro, es el que llaman taravita, y vulgar-
mente cabuya; del que nadie se puede librar, si sube a la capital del Nuevo
Reino, por el camino de Mérida y Pamplona. Este da el paso por el aire en
los ríos de Chama y Chicamocha: la maniobra consiste en sólo una maro-
ma, que atraviesa de barranca a barranca, bien elevada por el aire, y afian-
zadas sus extremidades en maderos fijos y sólidos: de la maroma está
prendido un garabato de madera fuerte, con dos sogas fijas en las dos par-
tes ínfimas; la una soga tiene las veces y oficio de asiento, y con la otra
afianzan al pobre pasajero por la cintura, y por debajo de los brazos, tan
ajustadamente, que si al pasar se rompe la taravita o el garabato, es preciso
que se ahogue el pasajero; pues allí no hay valor que valga: y el hombre
más valeroso se pone mortal (...) luego que ligado, se ve volando por el
aire; y llega a la otra banda del río, sin color en el rostro, y sin habla a
veces; y no falta quien llegue desmayado”
24
.
“Del mismo modo pasan las cargas de una en una. Del garabato o taravita
hay dos sogas pendidas, la una llama la carga para el otro lado del río, y la
otra hace retornar la taravita, para transportar nueva carga o nuevo pasajero.
Donde el río es muy ancho, como en Chicamocha, para pasar la carga, atan
la soga del garabato a la cola de un caballo, que ya esté enseñado a dar un
galope hasta cierto término, que equivale al ancho del río; en Chama y otros
ríos menores, hace uno de aquellos hombres, a fuerza de brazos, y de ordinario
24 Joseph de Gumilla. Historia natural, civil y geográfica de las naciones situadas en las riveras
del río Orinoco. Ed. Facsimilar. Carvajal. Santander de Quilichao, Cauca. Colombia. T. 2, p.
118-119.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 442
concurren dos, que tiran al desventurado pasajero por aquellos aires con no-
table velocidad”.
“Esto, que con razón causa horror a los forasteros, es tan familiar a la
gente de aquellos países, que no necesitan de pagar a nadie que los pase:
ellos mismos se atan, aunque vaya uno de ellos solo, y tomando la soga, que
está afianzada en el otro lado del río, se transportan sin susto. ¡Tanto como
esto puede la costumbre!”
“Otro artificio más peligroso es el de los puentes de Paya y de Siama, que
son una especie de red colgada en el aire de banda a banda, y afianzada en
ambas extremidades en árboles, y en estacas firmes: la red es de bejucos
correosos, a modo de largos sarmientos: en el fondo de la red ponen guaduas,
que son cañas huecas y muy gruesas, una en pos de otra, desde la una a la
otra barranca: en una y otra orilla de la red ponen de las mismas guaduas,
trabadas unas con otras, las que sirven de barandillas; y las del fondo de la
red, para ir poniendo los pies: por aquí se pasa con mucho cuidado, porque
todo ayuda y provoca a desmayarse en la travesía: la red toda se conmueve y
balancea, y al llegar a la mitad de ella los balances son mayores: el río está
muy abajo, y pasa con estrépito entre peñascos: la vista se turba, y muchos
caen desmayados, pero quedan dentro de la red, y entonces va un indio,
carga con el pasajero, y le pone en tierra; y después va y vuelve por dicho
puente o red, transportando las cargas, con tanta frescura, como si fuera un
puente de cal y canto” (Gumilla)
25
.
En el verano de 1800, el barón de Humboldt, al explorar el Orinoco y sus
afluentes, conoció varios puentes indígenas suspendidos de lianas entrelazadas
26
.
A mediados del siglo XIX, el explorador y geógrafo Agustín Codazzi,
consignó en su diario que aún existían y se construían puentes de guadua en
diversas regiones, de acuerdo a las técnicas ancestrales, para salvar los más
vertiginosos abismos
27
. Tras remontar el río Atrato, este viajero tuvo que
proseguir a pie por trochas a través de la selva y puentes de troncos retorci-
dos, ramas y bejucos (foto 4.).
Los pintores de la Comisión Corográfica registraron un puente colgante
de bejucos sobre el río Zulia; un puente de guadua (doble) sobre el río Ingará,
Chocó; y un puente atirantado también de guadua sobre el río La Plata, fren-
te a la población del mismo nombre, a 131 kilómetros de Neiva.
25 Joseph de Gumilla. Op. cit., p. 120.
26 Adolf Meyer-Abich. Humboldt. Salvat. Barcelona. 1985, p. 102-103.
27 Beatriz Caballero. Las siete vidas de Agustín Codazzi.
443 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Puente de ramas. Dibujo de Riou.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 444
Consigna Manuel Ancízar que cerca de la población de Arboleda, sobre
el río Zulia, había un puente colgante de bejucos “para facilitar la comunica-
ción de este distrito y el de Cucutilla”
28
.
En la región del Patía, relata el naturalista francés Edouard André quien
explorara el sur de Colombia hacia 1876: “Al franquear el Cuaiquer, a 1.036
metros de elevación, lloviendo a cántaros, tomé un croquis del puente de
palmeras y bambúes que atraviesa el río por encima de sus encajonadas már-
genes, de más de quince metros de elevación, formada de negros esquistos.
Su curso es torrentoso desde su origen. Tres postes de palmera gualte (Iriartea)
forman el piso del puente, y el tenedor o repecho, sostenido por horcones o
ramas de árbol hincadas de pie, se compone de grandes pértigas de bambú,
cargadas en sus extremos con un montón de pedruscos que le dan rigidez al
arco aplanado”
29
.
El mismo André describe el río Chucunes, que desciende por una falda
del volcán Cumbal: “El sitio es incomparablemente pintoresco. El río muge
dentro de su angosto cauce, formado por grandes rocas, y lo atraviesa un
puente, acerca del cual diré tan sólo que en él no figura para nada la línea
recta, pues está enteramente construido con troncos de árboles torcidos
en todos sentidos, encabestrados y sujetos con bejucos al par que asegura-
dos en la orilla por enormes rocas formando contrapeso, y pies derechos
que lo sostienen en sus horquillas. Adherido a unos montantes (horcones),
se ve una especie de parapeto, compuesto de livianas varillas destinadas á
guardar al imprudente pasajero de precipitarse en el abismo que se abre a
sus pies”
30
.
Igualmente registra André que sobre el río de la Paira (Valle del Cauca)
“se veía tendido el arco de un puente hecho de bambúes, construcción sin
igual por su carácter pintoresco y seductor”
31
.
En un número del Papel Periódico Ilustrado, del año 1881, don Ramón
Guerra Azuola describe detalladamente la construcción de los puentes
atirantados de los indígenas
32
.
28 Manuel Ancízar. Peregrinación de Alpha. Biblioteca del Banco Popular. Bogotá. 1984. T. 2, p.
202.
29 Edouard André. Viaje a la América Equinoccial. Montaner y Simón Editores. Barcelona. 1884,
p. 801.
30 Ídem, p. 785.
31 E. André. Op. cit., p. 692.
32 Ramón Guerra Azuola. “La guadua”. En: Papel Periódico Ilustrado. No 2. Año 1. Vol. 1 en la
edición facsimilar, p. 26-27.
445 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Puente de guadua.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 446
También se utilizó en la construcción de puentes un material llamado
“chonta”. Un viajero que hizo en 1906 la azarosa ruta entre Pasto y Mocoa
escribe al respecto: “Titango y Campucana son ríos que se pasan por puentes
hechos de una palma que se llama chonta; estas chontas tienen en estos pa-
sos, un largo de más de treinta metros. El primero de estos puentes sólo tiene
dos varas para pasarlo, las que están unidas entre sí por unas cuerdas de
bejuco y el pasamanos lo forma una vara muy delgada, sostenida a los dos
lados del puente por unas horquetas. De igual manera está hecho el segundo,
con la diferencia de que éste tiene cuatro chontas, pero que al pasarlas se
mueven, por su flexibilidad, como las teclas de un piano; cuando la una baja,
la otra sube. Ambos puentes están a una gran altura sobre los ríos y estos son
sumamente correntosos; muchos viajeros han perecido, por causa de un des-
vanecimiento de cabeza o por la ruptura del pasamanos o chontas, pues poco
se cuidan de renovar sus maderas a tiempo”
33
.
Ingeniería hidráulica
La obtención del agua, su transporte hacia las áreas pobladas y zonas de
cultivo, así como el almacenamiento del preciado líquido, fueron logros no-
tables de las primeras civilizaciones, las cuales por esta causa han sido llama-
das “culturas hidráulicas”. Así ocurrió en el viejo mundo, con Egipto,
Mesopotamia y China; al igual que en el nuevo mundo con diversas culturas.
El manejo del agua no sólo tuvo que ver con los aspectos ya citados, sino
con la protección de las comunidades ante el riesgo de desbordamientos e
inundaciones.
Muchos pueblos indígenas de América desarrollaron una magnífica tec-
nología hidráulica que además de abarcar esos factores, cumplía también
con objetivos estéticos y ceremoniales. Todo dentro de un gran virtuosismo
técnico.
En la Sierra Nevada de Santa Marta floreció la cultura tairona, que fue
una de las más extraordinarias civilizaciones americanas. Fueron ellos hábi-
les orfebres, tejedores, ceramistas, comerciantes y constructores. Respecto a
su manejo del medio ambiente y en especial acerca del problema hídrico,
sorprende que sus muros, aparentemente frágiles, hayan podido resistir du-
rante el paso de los siglos, todas las presiones de una selva magna, donde las
raíces de los árboles han tratado de desplazarlos y derrumbarlos; o que el
33 Relato de Jorge Moya V. incluido en el libro Mocoa su historia y desarrollo de Pedro Mesías
Mora. Cámara de Representantes. Bogotá. 1997, p. 91.
447 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
clima invernal, muchas veces con características de diluvio, no haya produ-
cido deslizamientos y fallas, propios en terrenos tan escarpados como estos.
Trabajos arqueológicos recientes han descubierto un eficiente sistema de
desagües, el cual capta el agua que puede afectar la estabilidad de los muros,
y la conduce sin peligro a través de ellos. Por eso dicha ciudad ha sido des-
crita como “La ciudad filtro”.
Al norte de Colombia, todos los años al llegar el invierno se inunda la
región del Sinú, extensa planicie donde convergen tres grandes ríos: Mag-
dalena, Cauca y San Jorge. Sus crecidos caudales anegan entonces casas y
cultivos; se ahoga el ganado y se crea una situación de desastre invernal que
suele prolongarse por cerca de ocho meses al año.
Mas esto no siempre fue así. Los indígenas zenúes o panzenúes, anti-
guos habitantes de ese territorio, desde tiempos inmemoriales tenían resuelta
esa contingencia. ¿Cómo? Por medio del que puede ser el más vasto y for-
midable sistema de ingeniería hidráulica realizado por el hombre ameri-
cano con el fin de regular las crecientes de los ríos y dar un hábil manejo al
recurso hídrico, tanto en invierno como en verano.
Clemencia Plazas y Ana María Falchetti refieren que los zenúes, pobla-
dores prehispánicos de la depresión momposina, no sólo trabajaron con maes-
tría el oro, sino que llegaron a manejar la hidráulica de tal manera que supieron
controlar las aguas de las partes bajas de sus territorios, azotadas por las
inundaciones, mediante un complejo sistema de canales que llegó a cubrir la
cifra asombrosa de 500.000 hectáreas
34
(foto 6.).
“En 1966 el geógrafo estadounidense James Parsons llamó la atención
sobre la alteración del paisaje en la región del San Jorge, indicando que sin
ninguna duda la mano humana era causante de ese rastrillado que podía ob-
servarse en las fotografías aéreas. Estudió cuidadosamente su conformación
e investigó las características físicas y geográficas de la zona, pero se abstuvo
prudentemente de sacar otras conclusiones”
35
.
Investigaciones posteriores establecieron la función que cumplía el anti-
guo sistema de camellones y canales. En invierno éstos últimos captaban el
exceso de agua, evitando las inundaciones y en verano se mantenían como
34 C. Plazas, A.M. Falchetti. “Manejo hidráulico Zenú”. En: Ingenierías Prehispánicas. Icanh.
Bogotá. 1980, pp. 151-170.
35 C. Plazas, A.M. Falchetti. “La cultura del oro y el agua”. En: Boletín Cultural y Bibliográfico.
Vol. 13. No. 6. Banco de la República. Bogotá. 1986, p. 58.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 448
reservas de agua y hábitat para la piscicultura. Los habitantes se abastecían
durante todo el año a través de la agricultura de yuca y otros tubérculos, más
la pesca, la caza y la recolección.
Entre canal y canal había unos camellones elevados para el cultivo de
frutales y hortalizas. El agua penetraba lateralmente supliendo la labor de
riego.
Este sistema hidráulico, que cubre toda la zona inundable, les permitió
una óptima explotación del área y requirió el concurso de toda la sociedad
para su construcción y mantenimiento.
500.000 hectáreas. “Para poder imaginar la magnitud de esta obra hu-
mana, colocándolos uno detrás de otro, los canales darían varias veces la
vuelta a la Tierra. Los antiguos zenúes hicieron de la periódica inundación
Canales de la región Sinú.
449 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
del Magdalena una solución y no un problema como lo ha sido para el
civilizado”
36
.
Se ha calculado que hacia el año 150 d. C. había en la zona una densidad
de 160 habitantes por kilómetro cuadrado. Hoy no sobrepasa la cifra de un
habitante por kilómetro cuadrado.
En el bajo San Jorge los antecesores de los zenúes habitaban hacia el año
150 d. C. asentamientos nucleados que albergaban unas 600 personas cada
uno. Uno de estos poblados, al que se distingue en arqueología con el nom-
bre de Marusa, constituye un ejemplo de lo que podríamos llamar eco-urba-
nismo o quizá urbanismo orgánico (por su adaptación y relación armónica
con el medio).
El ingenioso sistema hidráulico funcionó por cerca de doce siglos hasta
que entre los años 1200 y 1300 d. C., a causa de una prolongada sequía, los
zenúes abandonaron gradualmente el sector.
Se establecería allí otro grupo étnico: el de los malibúes quienes, según el
doctor Reichel-Dolmatoff, no llegaron a trabajar en obras para el control de
las aguas.
Cuando llegaron los españoles en el siglo XVI, hallaron la zona práctica-
mente deshabitada. Subsistían algunos pequeños pueblos como Ayapel, con
“calles, plazas y calles bien trazadas y limpias, y gran copia de huertas culti-
vadas maravillosamente...” tal como lo describe fray Pedro Simón.
Más al sur, en tierras de Antioquia, más precisamente en Guatama, los
españoles encontraron grandes algodonales irrigados, según indica Ruiz
Gómez.
Los coronados, quienes habitaron la región del Cesar, al parecer cultiva-
ban la tierra con ayuda de canales y acequias, según refiere Pedro Castro
Trespalacios en su libro Culturas aborígenes cesarenses.
El historiador Rodríguez Plata, por su parte indica que “los guanes cono-
cían los principios básicos de la agricultura y emplearon para el laboreo de la
tierra instrumentos bastante perfectos de madera o piedra. Lo que más nos
sorprende es el sistema de regadío de sus tierras por medio de acequias de
magnífica construcción. Los españoles encontraron profusamente estableci-
do este sistema racional en la agricultura y se maravillaban de la perfección
que alcanzó en las tierras asoleadas y secas de Macaregua y Butaregua, cerca
36 “Atlas Panorámico de Colombia. Departamento de Sucre”. En: El Tiempo. Bogotá. 1985.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 450
de las actuales poblaciones de Barichara y San Gil. En sus grandes labranzas
sembraban algodón y fique”
37
.
El padre Isaías Ardila informa cómo los guanes canalizaban los arroyos:
“Esas antiguas fuentes que mansamente corrían por doquier, eran conduci-
das hábilmente, para el regadío de sus campos. Los españoles quedaron muy
admirados al ver cómo los guanes, especialmente los de Butaregua, tenían el
riego de sus tierras. Esta región se presta fácilmente para ser regada, porque
de la peña a cuyos pies se extiende Butaregua brotan abundantes aguas, que
los indios guiaban por tomas abrocaladas con piedras, que aún se conservan,
para bañar esos terrenos”
38
.
“Los agataes y cocamés, tribus guerreras diezmadas cruelmente por los
castellanos en terrible lucha, –informa Rodríguez Plata– solían cavar gran-
des pozos en los que recogían las aguas durante la estación lluviosa para usar
de ellas cuando viniera el verano. Ocupaban la casi totalidad de lo que hoy
forma la provincia de Vélez y la parte sur del río Carare o Minero”
39
.
La historiadora Mercedes Medina de Pacheco señala que los indios teguas,
quienes habitaban la fértil hoya del río Lengupá, dejaron una serie de vesti-
gios como túmulos funerarios, plataformas, caminos, escalinatas y acueduc-
tos construidos en piedra”
40
.
Al occidente de la Sabana de Bogotá, en inmediaciones de la población
de Madrid, se descubrió en 2003 un conjunto de vestigios de la llamada
cultura Herrera, la cual precedió en varios siglos a la civilización muisca.
El hallazgo arqueológico consiste principalmente en una serie de ingeniosas
estructuras hidráulicas que de forma accidental se encontraron en el subsuelo.
“Se trata de canales y hoyos de pesquería que datan de unos dos mil años,
según precisiones científicas de los antropólogos de la Universidad Nacional
y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh). Habían sido
construidos como reservorios de agua”
41
.
Según comenta el investigador José Vicente Rodríguez: “A juzgar por las
estructuras del sistema hidráulico, los indígenas tenían un conocimiento del
suelo bastante evolucionado (…) Los canales estaban diseñados para trans-
37 Horacio Rodríguez Plata. Temas históricos. Fondo Cultural Cafetero. Medellín. 1978, p. 13.
38 Isaías Ardila. El pueblo de los Guanes. Op. cit., p. 163.
39 H. Rodríguez Plata. Op. cit., p. 5.
40 Mercedes Medina de Pacheco. Historia de Colombia 7 días. Bogotá. 1997, p. 50.
41 Nelly Meldivieso. “Pistas de los Herrera”. En: UN Periódico. Universidad Nacional. Bogotá.
20 jul. 2003, p. 21.
451 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
portar el agua y la fauna lacustre del río Subachoque y la Laguna del Herrera,
hasta los hoyos y pirámides invertidas que habían construido simétricamente
con la profundidad exacta y en la superficie arcillosa ideal para que el líquido
fluyera, no traspasara las paredes y se conservara. Así se aprovisionaban en
los períodos de sequía”
42
.
En Somondoco (provincia de Tunja) –anota Germán Arciniegas– los
muiscas “lavaban las rocas mediante un sistema de ingeniería hidráulica,
para buscar entre la blanca córnea de los cuarzos, la pupila verde de las
esmeraldas”
43
.
El primero en describir esa práctica fue Jiménez de Quesada, quien refie-
re: “Tienen los indios hechos artificios para sacarlas (las esmeraldas), que
son unas acequias hondas, grandes, por donde viene el agua para lavar la
dicha tierra que sacan de las dichas minas para seguir las dichas vetas donde
las dichas esmeraldas están”
44
.
En las faldas de los cerros que enmarcan la Sabana de Bogotá, tenían
los muiscas interesantes obras hidráulicas, algunas de las cuales lograron
sobrevivir hasta el siglo XX. Las llamadas “manas”. Estas eran unas zan-
jas que se extendían por el contorno bajo de algunas montañas; y junto a
ésas, unas “cajas” (o pequeñas excavaciones de forma cuadrada) que se
iban llenando de agua limpia al inundarse las zanjas receptoras de la
escorrentía natural del terreno. Al parecer, el agua se filtraba desde éstas a
las cajas a través de las delgadas paredes de tierra arenosa que hacían de
separación.
Además, los muiscas, para optimizar sus recursos de tierra y agua,
construyeron canales de riego y terrazas de cultivo en las laderas de algu-
nos cerros.
En 1967 la investigadora Silvia M. Broadbent identificó desde un avión
las trazas de un extenso y antiguo sistema agrícola en la Sabana de Bogotá,
las cuales no eran detectables desde la superficie del terreno.
Se trataba de unos campos elevados compuestos por una serie de
camellones de tierra y surcos alternados. Sistema que habría sido elaborado
por los muiscas con propósitos agrícolas.
42 N. Meldivieso. Op. cit., p. 21.
43 Germán Arciniegas. América tierra firme. Plaza y Janés. Bogotá. 1982, p. 153.
44 Jiménez de Quesada. Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada. Santafé capital
del Nuevo Reino de Granada. Carlos Martínez. Banco Popular. Bogotá. 1987, p. 297.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 452
Con base en ese descubrimiento, la doctora Broadbent adelantó estudios
de campo entre 1968 y 1973. Y pudo analizar in situ una serie de camellones
abandonados en cercanías del aeropuerto de Guaymaral
45
.
Al revisar antiguas crónicas del siglo XVI, encontró referencias de que el
sistema era utilizado para la siembra del maíz. En efecto, el cronista Aguado
refiere que “el maíz no se siembra en la tierra arada de los bueyes en este
reino, sino en cierta manera de camellones que hacen a mano”
46
.
Acerca de los muiscas, escribe don Vicente Restrepo en 1895: “Llegaron
a sacar acequias de los ríos para regar sus propiedades (...) Aún se ven en
algunas haciendas anchos camellones cruzados de surcos, que son restos de
antiguos trabajos agrícolas de este pueblo laborioso”
47
.
Según la doctora Broadbent, la principal función de esos ‘campos eleva-
dos’ pudo estar relacionada con el control del agua en zonas que son fre-
cuentemente sometidas a inundaciones, un uso que quizá se complementaba
con la piscicultura.
Otra posible función de esos camellones sería, nada menos que el con-
trol climático o la protección frente a las heladas, de forma similar al papel
que –según recientes investigaciones– cumplirían obras semejantes descu-
biertas en México, Ecuador, Perú y Bolivia, donde se las conoce como
“sucacollos”.
En el Altiplano de Bolivia, cerca de la antigua ciudad de Tiahuanaco, han
podido descubrirse de 15 a 20.000 hectáreas de restos ondulantes de sucacollos.
“Allí, –explica el arqueólogo Oswaldo Rivera– se dio la más avanzada inge-
niería agrícola del mundo, no superada ni a fines del siglo XX. Sin
agroquímicos ni fertilizantes se obtenían rendimientos en papa y quinua 10
veces superiores a los obtenidos hoy en cualquier parte del mundo”
48
.
Existen fotos aéreas que se remontan a la década de 1940, las cuales mues-
tran los curiosos patrones de diseño de los camellones artificiales de la Saba-
na de Bogotá.
45 S. Broadbent. The chibcha raised-fields system in the Sabana de Bogotá. Further
investigations. 45 Congreso de Americanistas. 1985, p. 425.
46 Citado por S. Broadbent. Op. cit., p. 425.
47 Vicente Restrepo. Los chibchas antes de la conquista española. Banco Popular. Bogotá. 1973,
p. 156.
48 Oswaldo Rivera citado por Ángela Posada-Swafford, en “El milagro agrícola tiwanacota”.
Artículo publicado en el diario Nuevo Herald de Miami. 7 abr. 1991.
453 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Se han identificado este tipo de vestigios en Sopó, Guaymaral, la hacien-
da Los Arrayanes (en Cota), La Conejera y Suba, en una zona paralela al río
Bogotá. Y han ido desapareciendo debido a los movimientos de tierra causa-
dos por la progresiva transformación de la Sabana.
Al suroccidente del país, en la región Calima, los indígenas obtenían el
oro a partir de las gravas de los lechos de los ríos, mediante el sistema de
batea o del de canalón. Este se usaba para lavar oro de las terrazas de las
corrientes y de los altos y antiguos depósitos de gravas. “Para trabajarlos –
señala el historiador Robert C. West– los indios desviaban el agua de co-
rrientes por medio de canales cavados en la tierra o por canales hechos por
mitades de guadua (Guadua angustifolia). En lugares alejados de corrientes
de agua se construían pozos de tierra en lo alto de las colinas para recoger
agua de lluvia, que era conducida mediante acequias hasta la superficie de la
terraza, donde se lavaba el oro del cascajo”
49
.
En las vertientes del río Cauca, región Quimbaya, cada población estaba
rodeada –hasta el tiempo de la conquista– por huertos y sementeras irrigados
por complejas redes de acueductos construidos con guaduas, según lo refiere
don Julio Carrizosa Umaña.
El río Consota se une con el río Otún y forman el río Quindío (límites
actuales entre Risaralda y Cauca). En ese punto se descubrieron, en tiempos
de la conquista, bombas impelentes-expelentes, que utilizaban los indíge-
nas para extraer agua salada del fondo del río, la cual ponían luego a evapo-
rar, para obtener así el preciado mineral. Pedro Cieza de León describe que
dichas bombas eran hechas con “las cañas gordas”, guaduas, según anota el
capitán Fonseca Truque
50
.
La arqueóloga Laurette Séjourné indica: “Las Casas describe una técnica
astuta para captar el agua salada que aflora de las profundidades de algunos
ríos de Venezuela y de Colombia. Se utilizan tubos de bambú que la canalizan
antes de que se pierda en el agua dulce y la hacen subir a la superficie “por la
manera que se saca y chupa el agua por las bombas de las naos (o naves)”
51
.
Los paeces, en un territorio muy ondulado, trazaban acequias que consti-
tuían verdaderas obras de ingeniería para llevar el agua cerca de sus casas
52
.
49 Robert C. West. Citado por E. Barney Cabrera. Op. cit., p. 286.
50 Entrevista realizada por el autor en Sept. 1996.
51 Laurette Sejourné. Antiguas culturas precolombinas. Siglo XXI Editores. México. 1986, p.
97-98.
52 V.M. Patiño. Op. cit., p. 152.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 454
Una obra misteriosa es la llamada fuente de Lavapatas. Constituye uno
de los más importantes vestigios de la llamada ‘cultura de San Agustín’, al
suroeste de Colombia, cultura que para el tiempo en que llegaron los españo-
les, hacía mucho había desaparecido.
Consiste en una gran laja de piedra ubicada en un río, y labrada en su
superficie para que el agua, al pasar, forme caprichosas figuras. Se descono-
ce cuál era su función.
En la misma zona de San Agustín, los yalcones (habitantes del período
tardío, desde el siglo X d. C.) construyeron varios poblados. En el curso
inferior del río Granates fue localizado en años recientes uno de ellos, el cual
posee sectores habitacionales y campos de cultivo integrados por una red de
caminos y un sistema de drenaje
53
.
“En el poblado, los caminos comunicaron las terrazas de habitación con los
canales recolectores de agua y con los campos de cultivo. Estos últimos están
localizados cerca de las viviendas a manera de huertas caseras, o sobre la gran
terraza natural que bordea el río Granates y consisten en eras longitudinales,
trazadas en el sentido de la pendiente y en el contrario, y separadas entre sí por
surcos cuya función fue recolectar el agua de las lluvias y conducirla al canal
principal, que vierte sus aguas al mencionado río” (H. Llanos).
Canales navegables
El más importante canal navegable en la América antigua parece haber
sido el llamado Canal de Raspadura. El explorador y científico Alexander
von Humboldt, quien estudió varias posibles rutas para comunicar los océa-
nos Atlántico y Pacífico, se sorprendió de que un canal ya había sido cons-
truido. Y reportó que en 1788, el cura párroco del pueblo de Nóvita, en las
aguas altas del río San Juan, había persuadido a los indios de su parroquia,
de excavar un canal, el cual uniera ese río con otro llamado el Raspadura, el
cual fluía o corría hacia el Atrato. Fue llamado el Canal de Raspadura. Ape-
nas permitía el paso de pequeños botes, pero había sido usado para llevar
cacao de Ecuador a Cartagena, desde el Pacífico, subiendo el San Juan, a
través del canal y bajando por el Raspadura y el Atrato hasta el Caribe.
No obstante –comenta David Howarth, en su libro Panamá– “es posible
que el canal fuera mucho más antiguo de lo que creía Humboldt y sólo había
sido reabierto por el cura de Nóvita”
54
.
53 Héctor Llanos. “Espacios míticos y cotidianos en el sur del Alto Magdalena agustiniano”.
En: Ingenierías Prehispánicas. Op. cit., p. 38-39.
54 David Howarth. Panama. Mc Graw-Hill. N.Y. 1966.
455 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Noventa años antes, el explorador William Paterson, quien fundara una
colonia escocesa en el Darién (llegando en 1699) escribió en la bahía de
Caledonia que había sido informado de que “tenemos sólo 8 ó 9 leguas hasta
un río por el cual los botes pueden ir hasta el Mar del Sur”
55
.
Por ello –considera Howarth– “posiblemente este canal fue construido
por los indios en una época anterior. Eran perfectamente capaces de ello. Y
así, es posible que el cura de Nóvita haya unido los océanos 150 años antes
de que fuera abierto el Canal de Panamá; y que los indios quizás lo hayan
hecho, al menos, un siglo antes que él”
56
.
El capitán Fonseca Truque cita a Walter Krikberg (autor de Las grandes
culturas de México), quien escribe que en 1527, Bartolomé Ruiz, piloto y
cronista del viaje de Pizarro al Perú, anotó que próximos a la línea equinoccial
avistaron dos velas que luego capturaron y que eran dos canoas de indios
que habían salido de las bocas del río Noanamás (hoy San Juan) trayendo
algodón desde Cumaná para llevarlo al Inca.
Fonseca considera “que los antiguos navegantes y comerciantes caribes
usaban el paso de Raspadura (paso Atrato - San Juan) para viajar desde
Cumaná en el Caribe hasta Cajamarca donde estaba el Inca en el Pacífico”.
Y critica el hecho de que “en el siglo XX los colombianos aún no hemos ni
intentado habilitar ese canal”
57
.
El doctor Alberto Mendoza Morales, presidente de la Sociedad Geográfi-
ca de Colombia, recoge el otro nombre de este canal, denominado por algu-
nos “el canal del cura”, y precisa aún más su localización, al explicar que
éste une la cabecera de la quebrada “La Honda” que fluye hacia el sur y
desemboca en el río San Juan; y la cabecera de la quebrada “La Raspadura”,
afluente del río San Pablo que corre hacia el norte y es afluente del río Quibdó,
el cual desemboca en el río Atrato.
“El canal es una modesta zanja de 200 metros de longitud, 2,0 a 2,5 metros
de anchura y 1,0 metro de profundidad. Un humilde paso de canoas que unió
dos océanos. Un canal que no se podía ampliar; (pues) no hay agua suficiente
en esa cabecera para hacerlo navegable por embarcaciones regulares”
58
.
55 Ídem.
56 Ídem.
57 Guillermo Fonseca Truque. “Velas del Caribe”. En: Diario El Tiempo. Lecturas Dominicales.
Bogotá. 18 Oct. 1998.
58 Alberto Mendoza Morales. El Canal Atrato-Truandó. Sociedad Geográfica de Colombia. Bogotá.
1996, p. 33.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 456
Terrazas
Es bien sabido que las faldas de los cerros son, en la mayoría de los
casos, terrenos inadecuados para la agricultura; por la escasa profundidad
del suelo; la pobreza de su capa vegetal; la tendencia a la erosión que au-
menta con la pendiente al ser trabajado; la dificultad de retener
eficientemente la humedad, etc. Sin embargo, enfrentando todos esos obs-
táculos, diversos pueblos indígenas construyeron terrazas para hacer culti-
vables las laderas de las montañas.
Los taironas realizaron inmensas obras de infraestructura para adaptarse
a un difícil medio topográfico. Para subsistir sin romper el delicado equili-
brio ecológico, usaron los recursos naturales en beneficio de todos, locali-
zando sus asentamientos cerca de los ríos, en los filos de las montañas y
valles refrescados por vientos marinos.
Entre sus obras de ingeniería y urbanismo, hay que destacar sus terrazas
tanto de cultivo como habitacionales con muros de contención hechos en
piedra; al igual que sus calzadas, graderías, plazoletas enlosadas para reunio-
nes públicas, acueductos, canales, drenajes y fuentes.
En sus terrazas agrícolas tenían cultivos intensivos de maíz y algodón
entre otros; y en ellas el trabajo se realizaba de forma comunitaria.
Los muiscas también eran hábiles agricultores. Para ayudarse en sus la-
bores construyeron canales de riego y terrazas de cultivo. Matos Hurtado
informa que usaban acueductos de madera; y Julio César García que hacían
terrazas sencillas en los declives de los cerros
59
.
Modernas investigaciones de los arqueólogos Emil Havry y Julio César
Cubillos han determinado la existencia de terrazas agrícolas de ladera en la
región de Chocontá. Se ha podido precisar que también las hubo en los sec-
tores de Facatativá, Tocancipá y Tunja (Posada, Rosso y De Santis). A su
vez la arqueóloga Lucía Rojas de Perdomo indica que los O’Neil excavaron
terrazas en Suba
60
.
Túneles
Se conocen pocos pero interesantes ejemplos de construcción de túneles
u obras subterráneas en la Colombia prehispánica.
59 Julio César García. Los Primitivos. Ed. Voluntad. Bogotá. 1968, p. 189.
60 Lucía Rojas de Perdomo. Manual de arqueología colombiana, p. 154.
457 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Algunos de esos trabajos fueron hechos para minería, otros para comuni-
cación o para funciones que aún se desconocen.
Se sabe que en ocasiones, para sus trabajos de minería los nativos practica-
ron profundas galerías perforando la roca viva y otros materiales de menor resis-
tencia, con ayuda de herramientas hechas en piedra o de fuertes aleaciones.
Las tribus indígenas dedicadas a la minería en Antioquia excavaban filo-
nes de cuarzo. Así describe sus obras el investigador Barney-Cabrera: “Los
pozos eran estrechos, de reducido diámetro, de manera que sólo un hombre
podía descender por ellos, haciéndolo generalmente de cabeza y apoyándose
en una serie de huecos abiertos en las paredes a manera de escalera. Como no
practicaron la minería de galerías horizontales, los pozos eran abiertos en serie
sobre los filones a distancias de 3 o 4 metros uno de otros, como bocas de
hormigueros. La abundancia de estos pozos en Antioquia presupone no sólo la
intensidad que tuvo la minería indígena, sino también la densa población que
habitaba la región y los muchos hombres dedicados a esta industria”.
En la región Calima (al suroccidente de Colombia) el oro solía buscarse
en los mismos yacimientos de cuarzo. El sistema de explotación consistía en
excavar los filones de cuarzo mediante la apertura de pozos verticales y uso
de instrumentos de piedra para machacar el material que posteriormente se
fundía en crisoles de arcilla.
El doctor Manuel Humberto Gamboa, en su monografía sobre el munici-
pio de San Luis, Tolima, indica lo siguiente: “del túnel que se encuentra en
la base del Cerro del Pital, por los lados de La Arenosa, frente al gran Caracolí,
nada se sabe de su construcción y uso. Se deduce que fue obra de los pijaos,
con fines defensivos, no se ha encontrado boca por el lado occidental del
cerro, algún derrumbe la tapó, sólo se anota que sobre su lomo se han encon-
trado huecos como respiraderos”
61
.
En Fresno, Tolima –informa el destacado arqueólogo Gonzalo Correal–
se han hallado túneles en forma de escudo, que penetran 100 metros o más,
a través de estratos arcillosos, siendo fácil caminar por ellos, desconociéndo-
se tanto su función como sus constructores. Hay mucha mica en ellos (llama-
da el falso oro) y ello quizá permita adivinar su utilidad
62
.
El propio doctor Correal descubrió un túnel prehispánico que cruza bajo
la plaza de Muzo, Boyacá. De una altura tal que por él apenas se puede
61 Manuel H. Gamboa. El municipio de San Luis, Tolima. Ed. Nelly. Bogotá. 1995, p. 52.
62 Entrevista realizada por el autor en Marzo de 2002.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006 458
gatear, sus paredes y techo están reforzadas con lajas de piedra. Al explorar-
lo, el doctor Correal encontró que en un momento dado se bifurcaba en for-
ma de Y. Había fragmentos de una copa muisca de cerámica, por lo cual se
cree que los muiscas pudieron ser sus constructores, siendo expulsados más
tarde de la región por los belicosos muzos. El túnel tenía unos 70 metros de
longitud, y estaba obstruido al final; conduciendo al parecer a un barranco
sobre el río Minero. Su función se desconoce, aunque probablemente estaba
relacionada con alguna estrategia defensiva
63
.
Supervivencia de algunas tradiciones
Las técnicas de ingeniería empleadas por los antiguos indígenas de Co-
lombia no han desaparecido del todo.
En ciertas regiones de Colombia, algunas comunidades indígenas con-
tinúan haciendo sus puentes de acuerdo con sus tradiciones ancestrales.
Por ejemplo, los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta construían
puentes colgantes y otros con troncos y ramas fuertemente entrelazados, cos-
tumbre que aún se mantiene. Refiriéndose a uno de éstos situado en Ulundúa,
sobre el río Tucurinca, (foto 7.) el famoso antropólogo Gerardo Reichel-
Dolmatoff escribió lo siguiente:
Todo puente es un símbolo. El puente une y separa;
pasa por encima de algo y lleva de lo conocido a lo desconocido.
Pasar por un puente es arriesgarse y liberarse.
Nadie como un kogi puede hablar de eso
64
.
Hay testimonios gráficos más recientes, como la fotografía de un puente
indígena de Guadua (foto 7.), tomada en la región de Tierradentro, en la
década de 1970 y reproducida en la Historia del Arte Colombiano publicada
por Salvat en 1977.
Más recientemente, el viajero y fotógrafo Andrés Hurtado García ha pu-
blicado, en varios números de la revista Viajar del diario El Tiempo, de Bo-
gotá, fotografías de “chinchorros” que son los típicos puentes kogis elaborados
con un tronco de base y barandas agarradas por bejucos.
También hay que indicar que en el mundo moderno algunos de los con-
ceptos manejados por la ingeniería prehispánica parecen haber alcanzado
una proyección insospechada.
63 Ídem.
64 Gerardo Reichel-Dolmatoff. Indios de Colombia.
459 LUIS HENRIQUE GÓMEZ CASABIANCA: INGENIERÍA PRECOLOMBINA
Al respecto, anotemos que el ingeniero José María Villa (nacido en Sopetrán
en 1850) estudió primero en la Universidad de Antioquia, destacándose en
las matemáticas y más tarde viajó a los Estados Unidos a perfeccionarse en el
campo de la Ingeniería Civil. Refiere don Alfredo Bateman que una vez
graduado, Villa tuvo ocasión de intervenir, como ingeniero ayudante, en los
diseños del famoso puente de Brooklyn, en Nueva York (hacia 1880), uno
de los primeros puentes colgantes que emplearon tensores de acero.
El capitán Fonseca Truque, quien fuera vicepresidente de la Sociedad
Geográfica de Colombia, indica que ante el problema que enfrentaban los
constructores de ese puente, consistente en que los cables se rompían, Villa
les propuso que los trenzaran como él mismo lo había visto hacer a los indí-
genas en Colombia. Así se hizo y los cables de acero pudieron resistir la
tensión
65
.
De ese modo un antiguo concepto constructivo parece haber sido
reeditado.
Más tarde, José María Villa construirá el famoso puente de Santafé de
Antioquia.
Para finalizar, podemos preguntarnos: ¿descienden los modernos puentes
colgantes de las antiguas puentes americanas?
Algunos dibujos de Edward Mark (como el que muestra un puente col-
gante sobre el río Minero, foto 8.) así permiten sospecharlo.
Aunque no se tiene una certeza al respecto, la otra opción es que los
ingenieros del siglo XIX redescubrieron el concepto estructural que siglos
atrás manejaban los indígenas americanos y que hoy, en pleno siglo XXI,
sigue produciendo algunas de las obras más bellas de la ingeniería mundial
(foto 9.).
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BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

A fines del siglo XIX, el conde Joseph de Brettes describió los restos de algunas de ellas1 . En 1922 el arqueólogo John Alden Mason confirmó la existencia de una compleja y extendida red de caminos, así como de grandes aldeas construidas en piedra en el noroeste de la Sierra Nevada. Describió los caminos como una obra de ingeniería admirable, de la cual, sin embargo, desconocía su función2 . En años posteriores el profesor ReichelDolmatoff adelantará nuevas investigaciones en la zona. Algunas décadas más tarde, el Instituto Colombiano de Antropología ha de emprender importantes estudios y exploraciones, en el curso de una de las cuales fue descubierta la llamada “Ciudad Perdida” de los taironas (1976)3 . Aún hoy se ignora mucho acerca de los caminos de la Sierra. Al respecto escribe el investigador Augusto Oyuela, de la Universidad de Pittsburg: “El norte de la Sierra Nevada de Santa Marta tiene como particularidad ser una de las zonas más escarpadas del territorio colombiano. Estrechos valles son recorridos por ríos separados por imponentes cuchillas, por ello la construcción de carreteras en esta región presenta grandes dificultades (...) Los caminos de la Sierra son construcciones de lajas o cantos rodados. Muchas veces se requirió de rellenos con materiales seleccionados, tales como gravilla, arenas y arcillas o incluso de la construcción de muros de contención a fin de evitar el derrumbe de algunos tramos y escaleras en zonas pendientes. Principalmente existen dos clases de vías: las urbanas y las interurbanas”4 . La localización de los caminos taironas (foto 1.) sugiere el recorrido de trayectos cortos (de máximo un día de marcha). Los picos nevados están localizados tan sólo a unos 50 kilómetros del litoral. De ahí que el trayecto entre la costa y asentamientos como Ciudad Perdida (a 1.100 metros sobre el nivel del mar), pudieran hacerse, siguiendo verticalmente el valle del Buritaca, en menos de 10 horas a través de los caminos enlosados. Los taironas manejaban el concepto de micro-verticalidad, el cual se define como “la explotación de pisos ecológicos distanciados de un pueblo por una trayectoria no mayor de un día de camino, lo que posibilita retornar al lugar de residencia durante la noche”5 . Por esos caminos se daba además
1 Citado por Augusto Oyuela en su artículo Las redes de caminos prehispánicos en la Sierra Nevada de Santa Marta, trabajo incluido en el libro Ingenierías Prehispánicas. Icanh, Bogotá, 1990, p. 48. Ídem, p. 48. En el libro La Ciudad Perdida Buritaca 200, de Bernardo Valderrama, se refiere en detalle ese hallazgo. Augusto Oyuela. Op. cit., p. 51. Ídem., p. 59.

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