Está en la página 1de 18

ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . .

309

TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS


PRODUCTORES DE SAL EN EL ALTIPLANO DE
BOGOTÁ, SIGLOS XVI - XVII *
POR
ANA M ARÍA G ROOT S ÁENZ**

Introducción
Al referirme al “Trabajo y la vida cotidiana en los pueblos productores
de sal en el altiplano de Bogotá entre los siglos XVI y XVII” es necesario
señalar cómo me acerqué al tema y por qué elegí este período. Mi motiva-
ción es documentar cómo se llevaba a cabo el beneficio de la sal por los
indios y cómo se afectó este oficio con la intervención de la Corona Espa-
ñola. El tema lo abordé a través de fuentes documentales de Archivo, con
una perspectiva de análisis etnográfico, donde simultáneamente a la identi-
ficación de transformaciones de la sociedad a través del tiempo, intento
interpretar cómo se establecían y se daban, en un momento dado, las rela-
ciones sociales entre las diferentes personas que interactuaban en los pue-
blos de indios de Nemocón, Zipaquirá y Tausa, dadas las particularidades
de los mismos al ser productores de sal. El referirme al siglo comprendido
entre 1540 y 1640 tuvo el propósito de ahondar en esos primeros cien años
de establecimiento de la colonia española, por ser una época difusa, en la
que se produjeron cambios fundamentales que señalaron nuevas formas de
organización de la población indígena y europea en el territorio, deberes y
derechos entre los pobladores autóctonos y los recién llegados, y nuevos
ritmos de trabajo.

* Lectura para su posesión como Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Historia


el 30 de agosto de 2005.
** Profesora Universidad Nacional de Colombia (amgrootd@unal.edu.co).
310 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

El libre beneficio de la sal por los indios


La historia de las salinas del altiplano de Bogotá tiene una profundidad
temporal que se remonta varios siglos antes de la era cristiana. Los grupos
humanos que poblaban el altiplano conocieron y aprovecharon las fuentes de
agua salada que tenían, con referencias de vestigios arqueológicos en Nemocón
y Zipaquirá que datan aproximadamente de 250 a 50 años antes de Cristo1 .
Muchos siglos después, el llamado “camino de la sal” guió la expedición
de Gonzalo Jiménez de Quesada a la sabana de Bogotá. En el año 1537, el
conquistador descansó una noche con su gente en donde estaba poblado el
cacique Nemocón y pudo observar cómo los indígenas elaboraban la sal
allí2 . No obstante, la esperanza que la sal infundió en el quebrantado ánimo
de estos españoles, como augurio de la presencia de un pueblo industrioso,
después de su dura travesía por el valle del Magdalena y el penoso ascenso a
la cordillera de los Andes, son tenues las descripciones que dejaron sobre el
trabajo de los indios en la elaboración de sal. Las preocupaciones que traía
esta gente eran otras, para detenerse a escudriñar aspectos relacionados con
este oficio. Se hablaba escuetamente de panes de sal blanca.
Una vez establecidos los españoles en la sabana de Bogotá y fundada la
ciudad de Santafé se generó una trama de relaciones políticas, económicas y
sociales, que involucraron tanto al español como al indígena y que dinamizaron
la vida social de la región en el siglo XVI en una lucha por sobrevivir. Un nuevo
orden político se impuso sobre las comunidades de indios muiscas, el cual, con el
transcurrir del tiempo, debilitó las autoridades locales indígenas, pero que, a pe-
sar de la institución de la encomienda, permitió que ciertas prácticas de la econo-
mía indígena subsistieran, ya que en muchos niveles, los españoles dependieron
en estos años de la producción y de la fuerza de trabajo de los indios.
Con el establecimiento de la Real Audiencia en Santafé en 1550, se die-
ron los primeros pasos para poner orden en el Nuevo Reino y en lo que atañe
a la producción de sal hay algunos informes de interés. Es así como en mayo
13 de 1553, el Presidente y los oidores de la Real Audiencia pidieron que se
hiciera una relación de cómo en aquella tierra había sido el aprovechamiento
de la sal con el fin de proveer al respecto3 . Casi un año después, el rey recibió

1 Schrimpff, Marianne Cardale de. Las salinas de Zipaquirá: su explotación indígena. Bogotá:
Fundación de Investigaciones arqueológicas Nacionales, 1981.
2 Castellanos, Juan de. Historia del Nuevo Reino de Granada. T. I. Madrid, 1886, p. 95.
3 En: Restrepo T., Ernesto. Boletín de Historia y Antigüedades. Año XIV, No.16. Enero, 1925 p.
582-583.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 311

un pliego enviado por los licenciados Briceño y Montaño, en el que entre


otras cosas le refirieron sobre algunos aspectos relativos al manejo de la sal
por los indios. Así se lo narraron: “...Hay tres pueblos que tienen fuentes
saladas. A ellos acuden los indios a negociarla y la llevan a vender a las
demás poblaciones. Los indios que quieren hacer sal o sacar agua salada,
la pagan a los caciques de los pueblos que poseen las fuentes”4 .
En el año 1560 un visitador Anónimo anotaba que en los términos de la
ciudad de Santafé existían fuentes de sal beneficiadas por los indios, quienes
elaboraban muchos panes de sal. Además, señalaba que era uno de los pro-
ductos de intercambio más importantes que tenían, el cual era llevado por los
indios muiscas más allá de su territorio étnico y por su rescate obtenían oro5 .
Según la misma relación, el visitador narraba que estos indios tenían la
costumbre de “...hazer sus mercados como en España, cada día de la sema-
na en poblazon de un cacique prençipal a los quales mercados acude gran
cantidad de gente”6 . En estos mercados se intercambiaban diversos produc-
tos y, además, se trataba con oro y coca. La coca, decía el visitador, era como
moneda, pues con ella compraban, tanto españoles como indios, gran varie-
dad de frutas, sal, pescado, mantas, papas y maíz7 .
Por su parte, los españoles que salían a conquistas y fundaciones de ciuda-
des, llevaban sal entre sus mercaderías, por ser algo apreciado por los indios.

El control de la sal por la corona


La explotación de las minas de plata en Mariquita, en la última década del
siglo XVI, incidiría en las determinaciones que tomó la Corona Española en
relación con el beneficio de sal, ya que este producto se requería para la
separación de los minerales de plata por el sistema de amalgamamiento en
frío o de patio. De acuerdo con un cálculo realizado por el presidente de la
Real Audiencia Antonio González en 1590, para el beneficio en un año de
cinco ingenios de molienda de mineral necesitaban 7.812 arrobas de sal8 .
Además, en la misma región, los encomenderos de Honda requerían sal para

4 En: Restrepo T., Ernesto.Boletín de Historia y Antigüedades. Año XV, No. 172. Febrero, 1926,
p. 399
5 Visita de 1560 (Anónimo), fl. 19r. En: Tovar, Hermes. No hay caciques ni señores. Barcelona:
Sendai, 1962
6 Ibíd. Fl. 17v.
7 Ibíd. Fl. 21r.
8 Archivo De Indias, Sevilla. Santafé, legajo 60. En: Friede, Juan. Fuentes documentales para la
historia del Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Banco popular, 1976.
312 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

conservar el pescado que cosechaban dos veces en el año, en una proporción


aproximada de 100 arrobas de sal por quinientas arrobas de pescado. Dadas
estas necesidades, los encomenderos de la Provincia de Mariquita mandaban
recurrentemente a sus indios a la de Santafé a proveerse del preciado produc-
to9 . Al estar la producción de sal supeditada al libre beneficio de los indios,
se presentaban con frecuencia momentos de alta escasez, lo cual afectaba a
pobladores de ciudades y villas, y obviamente a los mineros, encomenderos
y pescadores.
Todo lo anterior en conjunto llevó a que la Corona Española asumiera
el control de las salinas e impartiera instrucciones para su administración.
Al Presidente de la Audiencia Francisco de Sande con fecha 5 de junio de
1599 le correspondió dar las indicaciones a seguir para la administración
de las salinas, en tierras de los repartimientos y pueblos de Guatavita,
Nemocón, Zipaquirá y sus anexos y Tausa10 . Las disposiciones que se die-
ron cambiaron las relaciones de trabajo y, en gran medida, los patrones de
distribución de sal e intercambio que tenían los indios. Las salinas pasaron
a ser administradas por un funcionario designado por la Real Audiencia,
quien organizaba todas las actividades que se desarrollaban en ellas. Ade-
más de distribuir el trabajo para el beneficio de sal, debía supervisar la
producción para que se cumplieran las tasas impuestas por las ordenanzas,
orientar las obras para proteger las fuentes de agua, velar porque los insu-
mos requeridos como leña y ollas de barro estuvieran en los lugares de
explotación; debía propiciar la apertura y el arreglo de caminos para facili-
tar el acarreo y garantizar que la sal llegara a los depósitos de las ciudades
y villas. Los indios podían intercambiar sal entre ellos pero no podían ven-
derla a personas españolas, y el tributo que pagaban a su encomendero no
podía ser en sal.
Un año después el oidor Luis Henríquez visitó las salinas de Zipaquirá,
Nemocón y Tausa, recorrió los lugares de las fuentes, observó las condicio-
nes en que se beneficiaba la sal e interrogó a varios testigos acerca del fun-
cionamiento de las mismas11 . Por otra parte, instó a que los indios, que en los
más de los casos estaban dispersos por el campo, se agregaran en los llama-
dos “Pueblos de Indios”.

9 Archivo general de la Nación, Bogotá. Tributos, t. 16, f. 928v. En: Tovar, Hermes. Relaciones
y visitas a los Andes, siglo XVI (región del alto Magdalena). T. IV. Bogotá: Colcultura-Instituto
de Cultura Hispánica, 1956, p. 209.
10 Archivo General de la Nación, Bogotá. Visitas Cundinamarca. T. 13, fls. 162r- 169r.
11 Archivo General de la Nación, Bogotá. Visitas Cundinamarca, t. 13, fls. 900r-908r; 129r-188v.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . .

Las ollas las transportaban los indios en sus espaldas. Olleros de Tocancipá. Plumilla de Ramón Torres Méndez. En: Sánchez Efraín.
313

313

Ramón To rres Méndez, p intor de la Nueva Granada 180 9-1885. Bogotá: Fondo Cultural cafetero, 1987.
314 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

Estos pueblos debían tener la traza urbana española, en dameros confor-


mados a partir de una plaza principal, presidida por el templo doctrinero y en
la cual también estaban la casa del cacique y del encomendero. Los grupos
de parientes allegados al cacique, organizados por capitanías como lo descri-
bieron los españoles, tenían sus casas y solares en manzanas adyacentes a la
plaza. En la medida que los lazos de parentesco eran más lejanos con el
cacique, el lugar de las casas en la población era, a su vez, más distanciado
de la plaza central. La zona de resguardo, reservada a los indígenas para sus
cultivos y el levante de ganado menor, se señalaba en tierras relativamente
próximas a los pueblos12 .
En el caso de Zipaquirá, Nemocón y Tausa, el citado oidor intentó que en
cada uno de estos pueblos se agregaran capitanías sujetas a caciques diferen-
tes y cuyo lugar de residencia era distante, pero que tenían el oficio de la
ollería. De esta manera se buscaba que en los mismos pueblos se produjeran
las ollas necesarias para la cocción de sal. Esto no resultó y en muy corto
tiempo los indios olleros lograron la dispensa de la Audiencia para retornar a
sus lugares de origen. No obstante, les obligó a producir las vasijas que se
requerían en las salinas.
Los lugares escogidos para los nuevos pueblos por el oidor Henríquez,
con el aparente beneplácito de los caciques, fueron determinados por la cer-
canía a las fuentes de agua salobre, en donde de antemano tenían los indios
salineros sus casas dispersas por sus labranzas de maíz.

Trabajo y vida cotidiana


Los españoles tuvieron que adaptarse a las condiciones que tenían los
indios para procesar la sal. Las mujeres hervían el agua salada en vasijas de
barro que llamaban gachas o moyas, siguiendo un proceso que es bien des-
crito por Juan de Castellanos quien al referirse a pueblo de Nemocón decía:
Acudían allí de todas partes
a comprarles la sal que hacen del agua,
en blancura y sabor aventajada
á cuantas en las Indias he yo visto.
La cual cuecen en vasos que de barro
aposta tienen hecho para esto,
que llaman ellos gachas, y no sirven
mas de una sola vez, por que se quedan
pegadas a la sal, que (ya formado el pan

12 Ibíd., fls. 900r-909r.


ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 315

que pesa dos o tres arrobas,


o mas o menos peso, según suele
ser la capacidad de la vasija),
no puede despegarse sin quebrarla13.
Esta labor la hacían en sus casas y llevaban el aguasal en múcuras o jarras
de barro, de las fuentes a sus bohíos. Los hombres y los niños colaboraban
con el acarreo de la leña, por lo que, la actividad de elaboración de sal era de
carácter familiar. Si alguna persona ajena a los pueblos salineros quería hacer
uso de aguasal, se negociaba con el cacique del pueblo, ya fuera para
intercambiarla o para sacar el agua salada, como lo sugiere la información
que enviaron los licenciados Briceño y Montaño al rey en el año 155414 .
Según esto, el cacique del pueblo tenía control sobre las fuentes.
La organización de las salinas bajo la administración de la Corona,
implicó que se construyeran ramadas con distintas funciones como luga-
res de almacenamiento de leña, de ollas y de los panes de sal. De igual
forma, se hicieron bohíos de paja para cubrir las fuentes y ramadas donde
se cocía la sal15 .
Al concentrarse el beneficio de la sal en lugares específicos, el oficio ca-
sero quedó atrás y fueron impuestos nuevos ritmos de trabajo a los indios. La
cocción de sal se mantuvo como una actividad femenina.
De acuerdo con lo que observó Henríquez, en promedio trabajaban
once mujeres directamente en el oficio, diez hombres en el acarreo de
leña y dos hombres en el acarreo de agua de las fuentes a los bohíos de
cocción. En los tres pueblos la cantidad de sal que producían era diferen-
te. Semanalmente se hacían hornadas que producían entre 20 y 44 panes
de sal, con un peso estimado por pan de sal de dos a tres arrobas. El
tiempo requerido para la cocción de una hornada de sal dependía de la
salinidad del agua, pero oscilaba entre dos días y una noche o dos días y
medio y tres noches16 .
A partir de la visita del mencionado oidor Henríquez, la Real Audiencia
estipuló que las personas que se alquilaran para el beneficio de la sal, de-
bían recibir un pago por cada mes de trabajo cumplido, lo cual, según los

13 Castellanos, Juan de. Historia del Nuevo Reino de Granada. T. I. Madrid, 1886: 95.
14 En: Restrepo T., Ernesto. “Reales Cédulas”. En: Boletín de Historia y Antigüedades. Año XV,
No. 172, febrero. Bogotá, 1926, p. 399.
15 Archivo General de la Nación, Bogotá. Visitas Cundinamarca, t. 13, fls. 162r-169r; 184r.
16 Archivo General de la Nación, Bogotá. Visitas Cundinamarca, t. 13, fls. 129r-130v; Salinas, t.
5, f. 34r.
316 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

muchos testimonios de los indios, estuvo supeditado a la buena disposi-


ción o no del administrador para hacerlo. Estos funcionarios actuaban de
manera independiente a las reglamentaciones de la Audiencia y ajustaban
los salarios de los indios a su conveniencia. A las mujeres salineras se les
permitió decidir si aprobaban como parte del pago el seguir haciendo pa-
nes de sal pequeños, que en la lengua chibcha llamaban catalnicas, los
cuales tenían por costumbre producirlos marginalmente entre los grandes
panes de sal. La decisión de ellas fue que les permitieran seguir haciéndo-
los pues con ellos mercaban coca, maíz y otras cosas que necesitaban. En
consecuencia, además de esto, les pagaban en especie dándoles cada se-
mana media fanega de maíz desgranado, y al año debían recibir seis pesos
de oro corriente. Los indios que traían leña debían recibir de pago por cada
mes dos pesos de oro corriente17 .
En estos primeros años en que las salinas pasaron a ser administradas por
la Corona, muy pronto empezaron a oírse las voces de protesta de los indios.
Fernando Paunso, cacique del pueblo de Zipaquirá, en representación de los
capitanes y demás indios de dicho pueblo elevó un memorial de quejas ante
el visitador de la real Audiencia, contra Luis Gutiérrez, administrador de las
salinas. Algunas de ellas fueron18 :
1. Los indios que acarreaban leña tenían que traer dos cargas cada día del
arcabuco que estaba retirado dos leguas, aproximadamente once kiló-
metros, del pueblo. Sí no lo hacían los maltrataba encerrándolos en la
cárcel, propinándoles azotes o colocándolos en el cepo. Se anota que
la marca de las cargas de leña era más grande de lo que los indios
podían traer a cuestas.
2. Por el trabajo no les pagaba lo que la Audiencia tenía estipulado por
veinticuatro días de labor al mes, y les hacía trabajar los treinta días
del mes.
3. A las indias que las ocupaban de noche y de día haciendo sal, no las
dejaba comer mientras trabajaban. Además, las trataba mal y las azota-
ba porque no se apuraban a atizar el fuego.
4. A las indias no les permitía hacer sal en vasijas pequeñas para sus
contrataciones.

17 Archivo General de la Nación, Bogotá. Visitas Cundinamarca, t. 13, fls. 161v y 169 bis v; 156v;
171r-172r.
18 Ibíd. Caciques e Indios, t. 20, f. 148r-151r.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 317

Gacha (olla de barro) con el bloque de sal compactada. Horno de Marcos Olaya en
Nemocón. Foto de Ana María Groot, 1973.

En Nemocón en el año 1604 el cacique y cuatro capitanes se quejaron


ante la Audiencia por los muchos problemas que tenían desde que hacían sal
para el Rey19 . El trabajo era continuo y excesivo y no les quedaba tiempo
para acudir a sus labranzas. Manifestaron, además, que las mujeres que ati-
zaban el fuego, que se turnaban entre todas las del pueblo, enfermaban y no
tenían descendencia. En su opinión, la esterilidad se debía a que después de
aguantar calor en exceso se metían a una quebrada muy fría para mitigarlo.

19 Ibíd. Salinas, t. 5, fls. 34r y 37r.


318 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

Este choque de temperatura tuvo efectos negativos en su salud. Por otra par-
te, la traída de la leña era difícil ya que cerca al pueblo no tenían un arcabuco.
Requerían desplazarse de dos a tres leguas (11 a 16,5 km. aproximadamen-
te) para ir a cortarla y traerla. La carga era mayor de la “marca” que llevaban
los indios a Santafé, lo que les ocasionaba serios problemas sobre todo en
invierno, por el paso de algunos ríos, donde a veces morían.
Las condiciones en que trabajaban los indios salineros no variaron mucho
a pesar de sus quejas. El oidor Henríquez impartió ordenes a los administra-
dores Luis Gutiérrez y Gonzalo de Martos, que se relacionaban, en primera
instancia, con un mejor control de la sal producida para evitar cualquier in-
tento de fraude y, en segunda, con prestar mejor atención al pago del salario
de los indios.
Para que la renta de salinas fuera en aumento, el oidor Henríquez fundó
almacenes de sal públicos, llamados alfolíes en Santafé, Tunja, Villa de Leiva,
Pamplona, Mariquita y Honda20 .
Las quejas surgidas en los virreinatos de Nueva España y el Perú acerca
de las dificultades que ofrecía el estanco sin mayor beneficio para la Real
Hacienda llevaron a que el Rey promulgara una Cédula Real de 31 de di-
ciembre de 1609, dirigida al virrey del Perú, que ponía fin en las colonias al
beneficio de la sal por su cuenta.
Esta cédula Real fue conocida por Juan de Borja, Presidente de la Real
Audiencia de Santafé, quien no la dio a conocer hasta el 8 de noviembre de
1617. Por un breve tiempo a partir de este año, los indios volvieron a disfrutar
de las salinas libremente comprometiéndose a abastecer de sal al Nuevo Rei-
no, tanto para consumo personal como para las minas de plata en Mariquita21 .
A muy pocos años en 1622 es registrada una gran escasez de sal en la
ciudad de Santafé y en todo el Nuevo Reino. El efecto de la escasez fue
notorio en el aumento del precio y en la parálisis de la labor de los metales en
las minas de plata de las Lajas22 .
Dadas estas circunstancias el presidente Borja encargó al capitán Francisco
Beltrán de Cayzedo para que visitara las salinas y tomara las determinaciones

20 Archivo General de indias, Sevilla. Mapas Panamá, 24. En: Ruiz, Julián. Fuentes para la
demografía histórica de Nueva Granada. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos,
1972, p. 52.
21 Calderón, Clímaco. Elementos de Hacienda Pública. Bogotá: La Luz, 1911, p. 373.
22 Archivo General de la Nación, Bogotá. Salinas, t. 1, f. 1r.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 319

necesarias para aumentar la producción. Entre los inconvenientes que detectó


que limitaban la producción de sal refirió que los indios de Cogua que abastecían
de ollas a los de Nemocón, Zipaquirá y Tausa, disminuyeron la fabricación de
ollas y las redujeron de tamaño. Antes hacían ollas en que obtenían panes de sal
de cuatro y cinco arrobas y en 1622 eran tan pequeñas que no alcanzaban a las
tres arrobas. De otra parte, los indios de Gachaqueca y Gachancipá dejaron de
hacer ollas. En el pueblo de Nemocón la escasez de leña era notoria. No la tenían
cerca y dependían de la que contrataban con los indios de Nemsa, vocablo que
actualmente se conoce como Neusa. En los arcabucos se suscitaban riñas y dis-
gustos ya que los indios unos a otros se robaban la leña que cortaban, argumen-
tando que estaba en la parte del arcabuco sobre el cual tenían derecho23 .
Como resultado de la visita del capitán Beltrán de Cayzedo se expidieron
varias ordenanzas, por medio de las cuales se haría más efectivo el control de
las salinas y por ende de los trabajadores de la sal24 . Algunas de las que
afectarían más la vida de los indios fueron las siguientes:
A cada pueblo se le impuso una carga de sal por semana; los indios no
podían vender sal en el pueblo a ninguna persona. La sal debía ser llevada a
los destinos que señaló la Audiencia. De no cumplir con estas instrucciones
se les castigaría con cincuenta azotes y se les enviaría a servir en las minas de
plata, lo cual era percibido con terror por los indios, ya que eran muchos los
que partían y pocos los que regresaban.
Lo que debía producir cada pueblo por semana fue tasado así:
– En Nemocón los indios debían dar cada semana trescientas cincuenta
arrobas de sal para el beneficio de las minas de plata. A Nemocón
debían venir los arrieros a cargarla.
– En Zipaquirá, los indios debían dar cada semana ciento sesenta arro-
bas de sal para la ciudad de Santafé. Debían llevarla a la ciudad y
entregarla a la persona que el presidente de la Audiencia señalara en el
depósito de sal.
– En Tausa, los indios debían dar cada semana ciento cuarenta arrobas
para las ciudades y villas de Tunja, Santafé y Muso, y también para las
haciendas cercanas. Por la distancia de Tausa a Santafé y demás luga-
res señalados, podían entregar la sal en el propio sitio y vender las
catalnicas en los hatos y haciendas.

23 Ibíd., fls. 1v-2r.


24 Ibíd., fls. 14r-19r.
320 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

– Por otra parte, a los indios de Cogua les impuso la obligación de dar
semanalmente a los de Nemocón cuarenta y cuatro ollas grandes de la
marca de a dos tomines cada una; a los de Zipaquirá, veinte ollas de a
dos tomines y treinta de a tomín, y a los de Tausa treinta ollas de tomín
y medio.
– En cuanto a la leña, los indios de Nemsa debían dar a Nemocón, de
acuerdo a lo acostumbrado, cada semana ciento cincuenta cargas de
leña de la “marca” que era aproximadamente atados de 1,60 m de lar-
go por 0,50 m de diámetro. Para que no hubiera problemas entre estos
indios, ya que la parcialidad de indios de Tasgata del cacique de
Nemocón acudía al arcabuco de Nemsa por leña, la Audiencia señaló
que los montes fueran comunes y “...que tan solamente se guarden los
unos a los otros la leña que cada uno cortare”25 . A estos indios de
Tasgata, que tenían su resguardo a siete kilómetros del pueblo de in-
dios de Nemocón, se les autorizó para que beneficiaran sal, pero mani-
festaron que no sabían hacerlo y que ayudarían a los de Nemocón a
traer leña como siempre lo habían hecho.
En Zipaquirá, a diferencia de los otros dos pueblos, se había asentado en el
Pueblo de Indios, población blanca que negociaba de alguna manera con los
indios para sacar provecho de la sal. Para establecer un orden en cuanto al
manejo del espacio del pueblo y para que no se mezclaran indios y blancos, el
oidor Francisco de Sosa en enero de 1623 mandó que los blancos tuvieran su
asiento en el centro y parte baja del pueblo, mientras que a los indios se les
señaló que tuvieran sus casas hacia arriba. Desde este momento, se propició en
el poblado una separación entre las casas de habitación de blancos e indios.
El trabajo de la sal era la motivación económica que tenían los vecinos
blancos, quienes contrataban a los indios para que les hicieran hornos para
cocer sal. Esto fue prohibido por Beltrán de Cayzedo, otorgando excepción
cuando los españoles tenían licencia del Presidente de la Audiencia. No obs-
tante, con el correr del tiempo, se relajaría de nuevo esta disposición y sería
otra de las fisuras por la cual a los indios les restringirían aún más el derecho
a usufructuar las fuentes de sal, y se multiplicarían los hornos en manos de
españoles. Tal fue la situación, que llevó a que en 1769 operaran 163 hornos.
Para que los indios pudieran cumplir con lo que se señalaba en las orde-
nanzas, el capitán Beltrán de Cayzedo pidió a la Audiencia que los eximiera
de ser llevados a trabajar a las minas de plata.

25 Ibíd., f. 18v.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 321

Campensina separando trozos de sal compactada. Horno de Marcos Olaya en


Nemocón. Foto de Diane Wittlin. En: Fotografía Contemporánea. Vol. III, No. 13. Bogotá.
322 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

Estas ordenanzas afectaron notoriamente la vida en los pueblos de indios,


en los cuales la disminución de la población ya era notoria. En estos años los
padrones de indios disponibles para el beneficio de sal daban cuenta de 78
indios en Nemocón, 64 en Tasgata, 105 en Zipaquirá, 74 en Tausa, 88 en
Cogua y 42 en Nemeza26 .
Si analizamos solo la situación de Nemocón, para producir 350 arrobas
de sal por semana debían construir cinco hornos de veinte panes, para lo cual
se requerían trescientas cargas de leña. Al traducir esto al número de perso-
nas requeridas para el trabajo se puede estimar que cada horno debía ser
atizado por cinco mujeres, más sus relevos, lo que nos daría diez mujeres por
horno, para un total de cincuenta mujeres alquiladas para la producción se-
manal. Para cumplir con la leña requerida se necesitaban aproximadamente
entre veinte y treinta hombres. Y, por cada horno se requerían por lo menos
dos hombres para el acarreo del agua.
Del balance que hizo Beltrán de Cayzedo dedujo que los indios de
Nemocón no podían cumplir si no eran ayudados por otros indios a traer
leña. De hecho, antiguamente acudían a Nemocón indios de Cajicá, Suesca
y Tocancipá a llevarles leña y otras cosas27 .
En Cogua también percibió que los indios no podían cumplir con las ollas
por ser tan pocos, y decidió exigirles a los indios de Gachancipá para que
dieran cada semana treinta moyas a los de Nemocón28 .
Para este momento, era el corregidor de naturales el responsable de la
administración de las salinas y de velar porque se cumplieran las ordenanzas.
Al año siguiente de haberse puesto en práctica éstas, algunas de las comuni-
dades relacionadas con el beneficio de sal empezaron a apelar ante la Au-
diencia para que tuviera en consideración algunas de sus quejas.
De los problemas más sentidos era el exceso de trabajo en las diferentes
actividades en las salinas, lo que les impedía atender sus labranzas y los
oficios cotidianos como hilar y tejer. Esto era un verdadero problema para
los indios pues estaban tasados en mantas para el pago de la demora a los
encomenderos. En Zipaquirá y Tausa los indios salineros trabajaban tanto en
la cocción de sal como en el acarreo de leña, labores en las que se involucraba
todo el núcleo familiar, y no les quedaba tiempo para nada más. En Nemocón
escaseaba la leña. Los indios del pueblo de Zipaquirá y de Gotaque solicita-

26 Ibíd., f. 20v.
27 Ibíd., f. 20v.
28 Ibíd., f. 20v.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 323

ban la ayuda de algunos indios agregados al dicho pueblo que no eran


salineros, como eran los de Tenemenquira y Suatiba. Petición que fue acogi-
da por la Audiencia en el año 1628 que encomendó a los tres capitanes de
Tenemenquira, Suatiba y Tibito a que les ayudaran a traer la leña y a llevar la
sal del abasto de Sanatafé29 .
Pocos años después, en razón que una epidemia de tifo en 1633 ocasionó
el deceso de un número considerable de indios, se hicieron nuevas peticio-
nes para aliviar la tasa que tenían.
Es así como Pedro, cacique de Tausa, informó que los indios no podían cum-
plir con los ciento cuarenta panes de sal por haberse muerto muchos indios. Pidió
que del pueblo de Suta les ayudaran con la leña necesaria. La averiguación que
se siguió al respecto, verificó lo dicho por el cacique y el 3 de octubre de 1634 el
presidente de la Audiencia, Sancho Girón de Narváez, ordenó que los indios del
pueblo de Suta acudieran con cien cargas de leña cada semana en ayuda de los
de Tausa. En atención a esta labor, reservó a los indios de Suta del alquiler gene-
ral y de la conducción a las minas reales de las Lajas y Santana30 .
El protector de naturales refiriéndose al pueblo de Nemocón dijo que al
momento la población había disminuido a casi la mitad, que en ello había
incidido la peste general. Lo mismo pasaba en los pueblos que les ayudaban,
por lo que no podían cumplir con la leña y con las ollas. Denunció el proble-
ma que tenían con las gachas de Gachancipá, que no eran las más apropiadas
pues se quebraban por la concentración de aguasal y dañaban los hornos.
Los indios de Cogua entregaban las ollas rajadas a los de Nemocón31 .
En consecuencia, pidió a la Audiencia que les disminuyera la obliga-
ción a dar ciento cincuenta arrobas cada semana; que los de Suesca dieran
doscientas cargas de leña cada semana, reservándolos del alquiler general
y de las minas de plata; que los de Cogua dieran todas las ollas necesarias
en buenas condiciones; que los de Gachancipá dieran las ollas a Zipaquirá,
donde el aguasal era menos fuerte, y que los indios de Nemocón y Tasgata
pudieran cortar la leña en los montes comunes, sin ser estorbados por los
Nemesas.
La Audiencia después de la verificación que mandó hacer al corregidor,
en marzo 8 de 1635 mandó que los indios del pueblo de Nemocón dieran
cada semana doscientas cincuenta arrobas de sal y para ello les ayudaran los

29 Ibíd., fls. 54r -56r.


30 Ibíd., fls. 88r y 93v.
31 Ibíd., f. 96r.
324 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006

indios de los pueblos de Cogua, Nemesa, Tasgatá y Sesquilé con las ollas,
moyas y leña en que estaban repartidos32 .
En Zipaquirá sucedía algo similar. Domingo, cacique y los demás capita-
nes e indios del dicho pueblo, por el mismo motivo, pidió que les rebajaran la
obligación de dar ciento sesenta arrobas de sal para el abasto de Santafé. A
su vez pidió que les autorizaran llevar a la ciudad ochenta arrobas cada quin-
ce días y que fueran transportadas en sus cabalgaduras y no en las de particu-
lares. El presidente de la Audiencia, el marqués de Sofraga, en junio 15 de
1635 ordenó que los indios de Zipaquirá cumplieran con llevar a Santafé
cada semana ciento veinte arrobas de sal33 .

A manera de conclusión
Al articular la información sobre la actividad de los pueblos salineros sur-
gen múltiples imágenes que cobran vida y dan cuenta de las relaciones socia-
les que existían entre las comunidades indígenas y cómo se transformaron o
permanecieron en este primer siglo de colonización. En dos sentidos es posi-
ble observar dichas relaciones, uno en torno al beneficio de la sal y, otro, en
referencia con la circulación del producto.
En cuanto al beneficio de sal se observa una cadena de interacción al
interior de los pueblos, en los que se resalta que el trabajo en torno a este
oficio era una actividad familiar que involucraba a varios miembros de una
parentela, con tareas definidas según el sexo. De otra parte, en el quehacer
cotidiano se introdujeron personas determinantes en la organización del tra-
bajo y del tiempo de los indios como el administrador de las salinas, el corre-
gidor, el cura doctrinero y el alguacil de la sal.
En un nivel regional se relacionaban aquellas comunidades que traían los
insumos de leña y ollas para la cocción de sal. En el ir y venir de gente a los
pueblos salineros se consolidaron los caminos, por medio de la recurrencia
en su uso, y marcaron los destinos de personas y familias en un diario trajinar.
Varios aspectos son de resaltar en cuanto a la circulación de la sal que
permiten observar otras escenas de la vida cotidiana de los indios. Mercados
se hacían cada semana en los pueblos de indios, como lo acostumbraban a
hacer antes de la llegada de los españoles en los cercados de los caciques. En
estos mercados el acceso a distintos productos era por medio del trueque. El

32 Ibíd., f. 98r.
33 Ibíd., f. 99r y v.
ANA MARÍA GROOT SÁENZ: TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN LOS PUEBLOS. . . 325

día de mercado más allá de los intercambios, permitía que se fortalecieran


lazos entre parientes, con personas que hacían parte de comunidades con las
que se habían establecido alianzas y que se prodigara tiempo para sus ritos y
ceremonias.
A los pueblos productores de sal acudían indios de diferentes lugares del
altiplano de Bogotá y de lugares apartados para proveerse de este producto.
Antes que se estableciera el control de la sal por la Corona, algunas unidades
sociales indígenas se habían convertido en intermediarios para llevar la sal a
sitios lejanos. Con ella, en el valle del río Magdalena y en la región del río de
Oro, en Santander, intercambiaban oro e hilos de algodón. Junto con la sal
los indios llevaban también mantas tejidas de algodón. De otra parte, los
encomenderos del valle del río Magdalena mandaban a sus indios por sal al
altiplano de Bogotá.
Desde que la producción de sal fue controlada por la Corona Española, se
prohibió que los indios vendieran sal a otros indios y menos a españoles. Se
exceptuaba los panes de sal pequeños llamados catalnicas con las que las
mujeres procuraban abastecerse de lo necesario para su subsistencia. Los
mercados se siguieron realizando en los Pueblos de Indios y a ellos acudían
de distintas partes con variados productos agrícolas y manufacturados. La
sal tenía un destino ya señalado, y los indios que no lograban adquirir catalnicas
muy seguramente debían comprar el producto en los almacenes de sal o
revendida por españoles. Las catalnicas eran muy apreciadas en las hacien-
das sabaneras, donde las indias las intercambiaban por quesos.
El haber mirado desde el presente aspectos de la vida de los pueblos pro-
ductores de sal, a través del recorrido de hojas de papel con letras enmaraña-
das y trazos difuminados por el tiempo, me ha llevado a reflexionar sobre
paisajes, personas, sudores de calor y de fatiga, historias de vidas perdidas en
las frías aguas de quebradas o ante el calor insoportable de hornos de labor.
En otras palabras en cómo pasó la vida de indios e indias de estos pueblos en
el primer siglo de contacto con los españoles y cómo algunos ritmos de su
vida cambiaron, o se adaptaron, fue algo de lo que quise esbozar hoy. Para
terminar, quiero señalar que muchas cosas quedan por resolver, pero el cami-
no está abierto para continuar con la indagación sobre esta gente que con su
trabajó forjó una tradición laboral heredada también por los blancos que se
prolongó hasta más allá de la segunda mitad del siglo XX.
326 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 833 – JUNIO 2006