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La_Voz_De_Dios_-Cindy_Jacobs

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Este libro no le dará una fórmula específica que describa el llamado profético y el
medio para escuchar la voz de Dios. El Señor utiliza métodos únicos. Sin embargo,
espero darle algunas señales que debe seguir. Una cosa he aprendido a través de los
años, que no todos los llamamientos proféticos son parecidos. Cada persona es única en
sus dones y habilidades. Los métodos de Dios, que trabajan en nuestra vida a través de la
visitación y circunstancias que señala el Espíritu Santo, nos han moldeado
individualmente de forma diferente.
Muchas de estas ocasiones especiales, kairos (una palabra griega que significa «
tiempo, estación», usada para referirse a los momentos estratégicos de la visitación),
revelan el don mezclado de la persona. Con esto quiero decir que algunos eran salmistas
o profetas y profetisas cantores, videntes, etc. (Más adelante explicaré estos términos.)
Las clases de profetas en la Biblia fueron ampliamente variadas, así como lo fueron los

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medios por los cuales Dios los llamó y señaló para el servicio. Detallaré este tema en el
capítulo nueve.

Una experiencia que me marcó para toda la vida, y me reveló parte del don en el
cual Dios me hacía operar, ocurrió en un cálido verano a la edad de doce años. Así como
Dios habló en sueños a José, también utilizó una serie de sueños o visiones nocturnas,
como se les llama algunas veces, para grabar indeleblemente en mi vida el llamamiento a
la evangelización junto con el llamado profético. Vivíamos en Phoenix, Arizona, cuando
empecé a tener una extraordinaria serie de sueños. Eran similares y dramáticos. Visiones
acerca del infierno. Más o menos durante una semana empecé a «ver», en medio de la
noche, a personas atormentadas en el juicio final. Escuchar sus angustiosos gritos era
aterrador y tuve la sensación de absoluta desesperanza, soledad y desesperación. ¡No
había oportunidad de cambiar ni de arrepentirse! Observaba mientras sus carnes se
quemaban y chamuscaban en un fuego que no se extinguía.
Se puede imaginar el efecto de tales sueños. Noche tras noche me despertaba,
lloraba y recorría la habitación, clamando a Dios que me usara a fin de ganar a los
perdidos para su reino. Queridos lectores, el infierno es un lugar real. Una experiencia
de esa naturaleza lo marca a usted con pasión para impedir a los demás que
vayan allá por toda la eternidad. Poco entendía el llamado profético que se agitaba y
despertaba a través de la oración, esa bondad que fluye de su espíritu y dice: «Señor
dirígeme y guíame hoy a alguien que no te conoce. Dame la cosecha para tu reino».
El avivamiento que se desarrolla a través del mundo entero está llevando a más y
más personas a orar de esta manera para ver que la salvación le llega a sus vecinos,
ciudades y a los grupos de inconversos. Muchos son llamados a la intercesión profética,
la que nunca antes se había usado de esta manera.
El llamado específico a la intercesión profética se me aclaró cuando tenía veinte
años (escribiré más sobre esto en el próximo capítulo). En esa época no entendía
completamente lo que me había sucedido; sin embargo, el don de profecía
definitivamente se había despertado, ampliado y derramado de gran manera durante un
tiempo de búsqueda profunda del Señor.
El único antecedente de la tarea futura que el Señor tenía para mí, en cuanto a
viajar y profetizar en las naciones, llegó un día cuando mi esposo Mike y yo, recién
casados, vivíamos en California. El Señor no me hablaba porque me sintiera súper
espiritual o porque estuviera asistiendo a la iglesia. Sentada en nuestro auto, esperaba a
Mike para ir a conseguir la mejor comida mexicana del mundo. Mientras esperaba, deslicé
mi Biblia de bolsillo fuera de la cartera y la abrí, dejándola lista para leer. Mis ojos se
dirigieron al pasaje de Salmos 2.8: «Pídeme...| por herencia las naciones, y como
posesión tuya los confines de la tierra».
Recuerdo haber pensado: Bien, ¡dices que pida y eso haré! Señor, te estoy
pidiendo por herencia las naciones. Algo se revolvió dentro de mi corazón. Las lágrimas
inundaron mis ojos. ¿Las naciones Señor? ¿Me enviarías a las naciones? La posibilidad
parecía tan remota como la luna.
Pasarían muchos años antes de que entendiera que la emoción que sentí ese día
en mi corazón era un pequeño indicio del ministerio que el Señor me daría algún día.
Cada vez que me atrevía a preguntar lo que el Señor había querido decir cuando se
dirigió a mí en la época en que tenía nueve años: «Tengo algo que quiero que hagas»,
finalizaba con la misma palabra de seis letras en mi cabeza: «Espera». Nada más, sólo e-
s-p-e-r-a. Finalmente, con el tiempo dejé de preguntarme.
¿Ha notado cómo algunas veces parece que Dios se toma una eternidad en
responder? Usted ora y ora y los cielos parecen de bronce, Él sencillamente no Le habla
acerca de esa materia. Por supuesto, me llevó años entender que debía enfocar lo que

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iba a hacer al respecto en ese tiempo. Cuando finalizara ese paso específico, Él entonces
me diría lo que debía hacer en el siguiente. Sé que El siempre está a tiempo, nunca tarde,
¡pero seguro que pierde gran cantidad de oportunidades maravillosas de estar temprano!
Diez años más pasaron en mi vida; tenía treinta. Mike y yo teníamos dos hijos,
Mary y Daniel, y vivíamos en el Paso, Texas. Comencé a estudiar intercesión, lo que
llamaría oración tipo Abraham, cuando una persona «se desvive» por otra o por un grupo
de personas (como una ciudad o nación). En ese tiempo empecé a despertarme
regularmente a medianoche para interceder, como lo describo en mi libro Conquistemos
las puertas del enemigo (Editorial Betania).
Una noche, cuando Mike estaba fuera de la ciudad por asuntos de negocios,
agarré los niños y me fui al culto de nuestra iglesia. A medida que me dirigía a la parte
trasera de la iglesia y me sentaba noté la tierna presencia del Espíritu Santo. Después de
un corto período el poder del Espíritu Santo me envolvió y en silencio incliné mi rostro.
Algo estaba pasándome, pero no estaba segura de lo que era. Pasados unos pocos
minutos, uno de los líderes pidió que oráramos por los que estaban asistiendo a la
reunión. Cuando llegó mi tumo de orar, ¡la oración se convirtió en profecía! La persona
por quien oré empezó a llorar inconteniblemente. « ¡No sabes que tu oración fue para mí
una confirmación!», exclamó.

¿Confirmación? ¿Por qué? Lo único que hice fue expresar una sencilla oración.
Más tarde, después de que recogí a los chicos, las personas se detenían para darme sus
peticiones de oración, y cuando oramos juntos sucedió lo mismo. Ahora entiendo que el
Señor estaba liberando en mí el don de la profecía.
En realidad, el don profético había estado en mí por mucho tiempo, pero el toque
del Espíritu Santo lo revolvió y lo liberó. El doctor Bill Hamon, un respetado profeta de los
Estados Unidos, llama a esto «la activación del don». Incluso después de que sucediera
este incidente, todavía no tenía una pista de que Dios me usaría para profetizar. ¡Nunca
pensé con certeza que con el tiempo viajaría alrededor del mucho y predicaría acerca de
la profecía!

« ¡HEME AQUÍ SEÑOR, ENVÍA A OTRO!»

Al año siguiente nuestra familia se mudó a Weatherford, Texas. De repente Dios
decidió que era tiempo de hacerme saber lo que había querido decir cuando expresó:
«Tengo algo que quiero que hagas para mí». Francamente, su plan llegó como una
tremenda conmoción en mi vida. Pensaba que había entendido el llamado para mi vida.
En ese tiempo, había hecho mis estudios universitarios y me había graduado en música,
había dirigido los coros de la iglesia, tocado el piano, dirigido la alabanza, enseñado en
los estudios bíblicos y era feliz como madre. Seguramente eso era suficiente, ¿no es así?
Oraba durante dos o tres horas diarias y me sentía satisfecha. Exactamente en medio de
mi maravillosa satisfacción, el Señor interrumpió mi pacífica vida.
Sucedió tarde, una noche, cuando estaba levantada orando y todos dormían. Para
ese tiempo la noticia de que tenía un don de intercesión iba de aquí para allá. Muchos me
pedían que orara por sus necesidades, por lo que algunas noches permanecía hasta muy
tarde terminando mi intercesión. Esa noche empecé igual que las demás, no puedo
decirle por qué el Señor la escogió más tarde, pero era sencillamente el momento y la
decisión del Señor.

De repente, en medio de mis oraciones empecé a sentir una fuerte
presencia del Espíritu de Dios. Era tan profunda que comencé a llorar. Con lágrimas que
me bajaban por las mejillas le dije al Señor: «Padre, ¿qué quieres?> >
No estaba del todo preparada para lo que la voz de Dios me dijo. La Biblia dice:
«Mis ovejas oyen mi voz» (Juan 10.27), y no había ningún error. Era la misma voz que

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había escuchado en mi corazón cuando estaba sentada en la roca en Prescott, Arizona,
cuando tenía nueve años. «Cindy», dijo, «quiero que tomes tu cruz y me sigas. Te estoy
llamando a llevar el evangelio a las naciones del mundo».
Sinceramente no le puedo decir que estaba emocionada. Con toda seguridad no
había entendido. Él debía haber querido decir que era Mike quien debería ir. Intenté
negociar. Usted conoce el antiguo «Heme aquí Señor, envía a otro> >. Bien, ofrecí enviar
a Mike en mi lugar y yo sería su mejor intercesor. De ninguna manera. ¿Se ha dado
cuenta de cuan persistente puede ser Dios? Me habló de nuevo: «Cindy, no le estoy
pidiendo a Mike. Te lo estoy pidiendo a ti. Te estoy llamando a ti como llamé a Jeremías a
las naciones».

¡Fue como una bomba!
Luché por espacio de dos años mientras caminaba, llorando noche tras
noche. El pasaje de Mateo 10.37-39 sonaba constantemente en mi cabeza:

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija
más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es
digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la
hallará.

Durante esa época de lucha, me di cuenta de que una cosa era decir sí al llamado de
Dios y otra abrazar ese llamado. Al fin, una oscura noche grité: «Señor, ¿por qué a mí?»
La respuesta vino cuando abrí en el pasaje de Joel 2.28, 29. Con anterioridad di el
cumplimiento del pasaje en Hechos 2.17, pero no lo completé. En la parte siguiente se
lee: «Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne (...) Y también sobre los
siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días» (Joel 2.28, 29). «
Cindy», dijo suavemente la tranquila voz de Dios, « si esa profecía se va a cumplir,
necesito algunas siervas (o criadas, como se traduce algunas veces) y te he escogido a
ti».

De alguna manera el Señor tiene la habilidad de eliminar todos nuestros temores y
dudas. Esa noche caí de rodillas y declaré lo que había dicho cuando tenía nueve años:
«Heme aquí Señor, envíame. Seré tu criada para las naciones».

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