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EL SEXTO SENTIDO (del libro Relatos de una mujer-suela)

EL SEXTO SENTIDO (del libro Relatos de una mujer-suela)

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Publicado porCarola Baratti
Ir a una fiesta y aburriste puede traer consecuencias inesperadas. Sino, mira, huele, siente y tápate los ojos para experimentar mejor.
Ir a una fiesta y aburriste puede traer consecuencias inesperadas. Sino, mira, huele, siente y tápate los ojos para experimentar mejor.

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Published by: Carola Baratti on Mar 22, 2011
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05/01/2014

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El sexto sentido (del libro Amores de una mujer.

suela)
Hacía tres días que estaba encerrada en mi departamento escuchando blues, fumando, comiendo mal y pensando tortuosamente en cómo abandonar mi condición de gusanito de seda para integrarme a la comunidad de las felices mariposas. Llamando a otro gusano que también deseara la metamorfosis, encontré una serie de contestadores automáticos que entre voces seductoras y músicas varias, anunciaban que la vida, efectivamente, estaba en otra parte y no dentro de la propia casa. Finalmente, una amiga adicta a la televisión y a los sándwiches de miga, me invitó a una fiesta de navegantes a la que había que llevar algo. Además del clásico vino blanco comprado en el almacén coreano, yo llevé un cartel gigante que decía “Busco Marido. Psicópatas y Mendigos Abstenerse” y agregaba mi teléfono dispuesta a correr ciertos riesgos. Se me acercaron varios felicitándome por el chiste mientras yo paseaba por la casa escuchando conversaciones sin encontrar un nido. Cuando el cartel me resultó pesado, lo dejé apoyado en una pared mientras bailaba en forma maníaca y delirante tratando de exorcizar mi soledad y mi nunca satisfecha necesidad de comunicación. Francamente, me movía como si me hubieran dado algo más que chizitos y cerveza. Llegué a apoyarme contra una pared contoneándome y seguí dando vueltas y poniendo caras en una especie de dramático acto erótico en medio del palabrerío de navegantes, psicólogas de buen vestir y matrimonios jóvenes que de vez en cuando me clavaban los ojos como diciendo así jamás lograrás la sagrada familia que nosotros, amantes del sol y el agua, supimos conseguir. Ya exhausta y al borde de llorar contra un parlante de donde salía una salsa de moda a todo volumen, fui aminorando la marcha pensando en irme a casa para seguir leyendo, escribiendo o rezando un rosario. No sabía bien hacia dónde ir. Abrí una ventana y miré la avenida del Libertador con cara de telenovela para ver si alguien se me acercaba a socorrerme. Allá abajo todo era todavía peor. Motos, rubias con el culo pegado a un pantalón, gritos. Me pregunté el sentido de vivir y, sin respuesta, volví a bailar, esta vez tratando de parecerme al resto. De repente se me acercó un tipo con cara de mexicano que bailaba muy mal. —Hola. Me llamo Santiago, acabo de llegar.

—¿Qué tal, Santiago? —Muy bien. Contento. ¿Y vos? —Nunca estuve mejor, sinceramente. ¿Se me nota? —Me encantó verte bailar. Sos muy sexy. —Gracias, Santiago, muy amable, ¿cuánto te debo? —Qué graciosa. Che, ¿viste un cartel apoyado por ahí donde una mina media loca anuncia que busca marido? Asentí y no me animé a decirle que “la mina medio loca” era yo. Después de todo, siempre sobran oportunidades para ese tipo de confesiones. Él estaba encantado con mi vestido del mercado de pulgas y no tenía por qué desilusionarlo de entrada. Santiago bailó enfrente de mí como si yo tuviera la flauta mágica y él fuera una serpiente de cascabel con arteriosclerosis múltiple. Era un viernes de primavera y Santiago me invitó a su jardín en San Isidro. Yo no hubiera aceptado haciendo ademanes de fascinación si no hubiese sido porque los olores de por allá en primavera me rejuvenecían los sentidos. Le conté que yo conocía bien esa zona de Buenos Aires porque había tenido un novio que tenía una casa por ahí, a la que había dejado de ir porque él me pegaba, me insultaba y me hacía ir a la verdulería a las nueve de la noche en pleno invierno porque quería comer bifes con ensalada mixta. Qué horror, ¿no? —Inconcebible. —Tenía cosas muy mágicas, como todos los locos. Por ejemplo, esa casita era de cuentos, estaba en medio de un pinar cerca del Golf Club. Todo olía a limpio, a árboles, a aire de flores. ¿Viste que a veces el aire parece que tiene olor, cuando es muy puro y hay mucho oxígeno? —Totalmente. Santiago Lucero no sé cuánto, de respuestas cortas y concisas, se tomó al pie de la letra mi sensorialidad deseada mientras me escuchaba atentamente y en silencio. Eso me gustó. Generalmente era yo la que escuchaba las locuras de los otros, pero se ve que el baile me exorcizó y no paraba de hablar. Él asentía quieto ahí, erguido como un caballero de la corte inglesa. Qué masculino, pensé. Qué correcto. Quién te dice.

Nos pusimos de acuerdo. Dejamos el ruido de merengues y rock and roll. Salimos como si fuéramos íntimos amigos. Fuimos a comer una pizza y después me llevó a casa para cambiarme el vestido por unos pantalones abrigados. Finalmente, nos acomodamos en su auto con olor a nuevo y salimos rumbo a un fin de semana inesperado. Llegamos. Serían más o menos las cinco de la mañana, hacía frío y el cielo turquesa prometía un día perfecto. Con un control remoto Santiago abrió la puerta de madera de un garaje. Sin detenerse, entró en un subsuelo y guardó el auto. Cuando apagó todas las lucecitas del tablero, anunció: “Esperá acá. No bajes”. Esperé tanto, que pensé que me estaría organizando una fiesta sorpresa. —Ahora sí, ya podés bajar. —Me gustaría ir al baño... —Antes que nada: lo prometido es deuda. —¿Me habías prometido algo? Qué bueno. —Vení por acá. —Voy, voy... Tengo las piernas un poco acalambradas... Pero no te preocupes, ya se me está pasando. ¡Che, qué lindos árboles! Esos pinos azules son típicos de Pinamar, me traen tantos recuerdos... ¿Qué es esto? Esperá... No, no veo nada... ¡Qué olor a mierda tiene esto! Santiago me estaba vendando los ojos con una vincha vieja, áspera y pegajosa, y cuando dio por terminada esa parte de la operación, me sentó en una sillita de mimbre y en tono doctoral explicó: —El sentido de la vista confunde y disminuye los demás sentidos quitándoles intensidad. Por eso la venda. Siempre un sentido prevalece sobre los otros y atrapa gran parte de nuestra atención. Si querés intensificar el sentido del olfato, conviene suprimir los otros, y así tenés que hacer con cada uno de los sentidos que quieras experimentar en profundidad. —Entiendo, gracias. El único problema es que confundo el olor de los árboles con el de la vincha. Santiago Lucero rondaba las cercanías de su majestuoso jardín de pinos mientras yo me dedicaba a oler. Después de pasar un buen rato al aire libre y quedar con la nariz congelada, le pedí que entráramos. Santiago se

sentó en el living mirando el piso. Para poder mirar el piso con la misma incomodidad, me senté a su lado. Tosí. —¿Querés un té? —Un tesito me vendría bien. Te ayudo. Yo me preparé para el primer beso que creí Santiago me daría, aprovechando la situación matrimonial que ofrecía la preparación de un té a las siete de la mañana y los roces de buscar las tazas, el azúcar y el colador. —Vamos a tomarlo arriba y te indico cuál es tu cuarto. —Ah, bueno... ¿Hay más de uno? —El cuarto de huéspedes. Fui depositada en categoría de huésped dentro de un pequeño cuarto con cortinas azules, una camita de madera y una lámpara en forma de hongo. Mientras escuchaba los ruidosos preparativos de Santiago antes de meterse en la cama, esperé que se acomodara. La iluminación burdelesca de la luz matinal, filtrada por las cortinas azuladas, me hacía sentir un murciélago. No había dormido nada, ya era de día y yo ahí, con el hongo encendido. ¿Y los besos? ¿Y el amor que supuse comenzaría justamente cuando terminaba lo demás? Hervía en mi propio hormiguero de preguntas. ¿No era que era sexy? En un rapto de insoportable levedad del no ser, invadí su habitación exigiendo un lugarcito en su cama. Él tosió un par de veces, prendió la lámpara que estaba encima de una mesa de patas cortas y me miró peinándose los bigotes. Yo, en cambio, con cara de madre protectora me quedé mirándolo pacientemente, convencida de que Santiago sufría de timidez. —La cama de al lado me queda chica, me salen los pies para afuera. ¿Me hacés un lugar? Se levantó, abrió una persiana y con ojos de resolana y cara de Tradición, Familia y Propiedad, dijo: —¿Te sentís bien? Le dije que sí, que estaba bastante bien. Agradecí los aromas y la frescura matinal y comencé a acariciarle la espalda, algo granulada pero bastante ancha. Él, nada. Tieso. —¿Te da cosquillas?

—Nada que ver. —¿Te molesta? —Me estaba por dormir. —Yo no. Ya sentado como quien ha dormido perfectamente y hace planes mañaneros, lúcidos y en orden, Santiago explicó que había sido brutalmente abandonado por su novia, una cantante de coros que tras meses de dudas, había decidido, gracias a Dios, meterse en un convento de clausura. La soprano había elegido ofrecer su vida (la de ella, no la de él) a una serie de monjas que antes que ella también había tomado la decisión de ofrecer sus vidas a otra serie de monjas y así sucesivamente en nombre de Dios. —No te puedo creer... —Mirá, yo al principio tampoco, pero es así, como te lo cuento. Ahora ella está encerrada ahí, vive ahí, come ahí, corta la ligustrina, hace pan y reza mucho. Yo no lo puedo soportar, a veces la voy a visitar, charlamos bien pero tras las rejas es muy... —¿Enervante...? —Creo que ella me sigue queriendo, me mira con la misma cara de siempre, sólo que está más callada, y siempre como flotando. Dios sabrá lo que hace. —Así parece. Que sueñito, ¿no? ¿Me hacés un lugar entonces? Acariciándome la cabeza en forma paternal, y como disculpándose del amor celestial que ocupaba sus sentimientos más hondos, Santiago me pidió que lo dejara dormir tranquilo. Prometió que esa misma tarde daríamos un extenso paseo y ya más relajado por la indiscutible intimidad que genera el hecho de viajar juntos de Capital Federal hasta San Isidro, él seguiría contándome lo que suponía muy interesante. Yo no tenía ganas de saber mucho más. Ya había aprendido que para oler hay que ser ciego y que para encontrar marido, al menos en esa época de mi vida, era mejor no buscarlo. Mientras Santiago Lucero soñaba con los salmos eclesiásticos de la mujer que lo había dejado para consagrarse a otro Señor, yo abría la puerta de su casa y caminaba en dirección a la parada del 60, que en menos de una horita me devolvería a mi condición de larva.

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