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Utopia Manifestó Versión española

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imposible

No se puede pensar en reducir la cantidad de mercancías sin querer al mismo tiempo
una economía radicalmente diferente, una economía cuyo primer objetivo no sea hacer dinero
y en la cual la riqueza no se exprese ni se mida en términos monetarios. La ecología política
es una disciplina económicamente anticapitalista y subversiva.

ANDRÉ GORZ

La utopía capitalista del crecimiento material ilimitado nos lleva a un callejón sin
salida y las fuerzas de la derecha están irremediablemente condenadas a sostener este
capitalismo destructor. Un crecimiento ilimitado en un mundo limitado es una ilusión. La
aberración es que la ciencia económica ignora los datos ecológicos en sus razonamientos y se
desconecta de la realidad de la biosfera. Cada uno de nosotros sabe que los recursos naturales
del planeta son insuficientes para permitirnos a todos un modo de vida a la europea y mucho
menos a la americana. El 20% de los seres humanos consumen el 80% de los recursos del
planeta. Se necesitarían uno o dos planetas más para continuar explotando los recursos
naturales mundiales al ritmo actual. Con un crecimiento económico mundial de solamente el
3% anual, se necesitarían ocho planetas más en el año 2100.

El PIB a escala internacional se ha multiplicado por siete en los últimos cincuenta
años. En un siglo, la población del planeta se ha multiplicado por cuatro y el consumo de
energía por diez. Este crecimiento es debido a la multiplicación de las riquezas por veinte y de
los bienes industriales por cincuenta. Si cada habitante del planeta consumiera lo mismo que
lo consumido por los países desarrollados, hacia 2050 tendríamos que producir ocho veces
más energía. Todos sabemos que esto no es posible. Pero como lo dice con mucho acierto el
filósofo Jean-Pierre Dupuy, «nosotros no queremos creer en lo que sabemos».

Un sistema económico que destruye el medio ambiente se destruye a sí mismo. Aun en
China, a la que muchos consideran actualmente como una de las principales naciones
beneficiarias de la globalización (el ultraliberalismo económico puede llevarse muy bien con
el totalitarismo político), si se sumaran los costes invisibles ligados a la reducción de los
recursos naturales y a la contaminación, el crecimiento del PIB debería disminuirse, entre
1985 y 2000, de 3 a 5 puntos.

Pero, tanto en China como en otras regiones, serán las generaciones futuras las que
pagarán la cuenta. Con respecto al clima, la constatación queda sin réplica: los seres humanos
estamos desregulando el clima del planeta en el que vivimos de manera irreversible, y además
estamos aceptando casi serenamente las dramáticas consecuencias que nosotros mismos
provocamos. Solamente algunos grandes grupos de presión se permiten poner en duda la
relación que existe entre las actividades humanas, el efecto llamado de invernadero y el
recalentamiento del clima. Ya en la actualidad, el número de refugiados por catástrofes
climáticas es mayor que el causado por las guerras. Trece millones de hectáreas de bosques,
que son verdaderos surtidores de CO2, se destruyen cada año. Dos mil millones de habitantes
sufrirán de escasez de agua en el año 2025 en razón del aumento de la desertificación.

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Luchar contra el recalentamiento climático costaría actualmente, por año, 1% del PIB
mundial. Pero si se hace poco o nada, el coste será en el año 2050 del 20%, o sea, de 55.000
millones de dólares.7

La disminución del crecimiento: ¿una proposición justa o un
callejón sin salida política?

Si no elegimos disminuir el crecimiento por nosotros mismos ahora, estamos
arriesgando una disminución impuesta en un futuro próximo, junto a una terrible regresión
social, humana y de nuestras libertades.

VINCENT CHEYNET

Sí bien el término «decrecimiento» tiene su origen en el fracaso de ¡as ideologías del
siglo XIX y XX y la noción da vueltas desde hace tiempo en la mente de algunos visionarios,
concretamente, su aparición en la esfera política es reciente. Ya en 1970 los economistas del
Club de Roma intitulaban sus conclusiones: «Alto a! crecimiento en la economía» y, por esos
mismos años, el economista Nicolas Georgescu-Roegen fue el primero en constatar que un
crecimiento, aún pequeño a largo plazo, es imposible en un sistema cerrado. Él introdujo
también el concepto de biosfera que consiste en pensar la economía en su interior. En esa
misma época Cornelius Castoriadis, André Gorz, Edgar Morin y François Partant
promovieron la ecología política. «La ecología es subversiva porque pone en duda el
imaginario capitalista que domina el planeta.»*

Durante las elecciones presidenciales francesas ríe 1974, Rene Dumont alertó a la
opinión pública sobre los límites de los recursos naturales pero, aun teniendo razón —
demasiado temprano—, obtuvo menos del 2% de los votos.

El decrecimiento es una idea demasiado nueva para el gran publico, pero no tardara en
propagarse a causa de la crisis ecológica y social

* Cornelius Castoriadis, cofundor de ‘ Socialismo ou barbarie’ psicologista y escritor.

7. Informe de Nicholas Stern, ex jefe economista del Banco Mundial.

Los principales teóricos del decrecimiento en Francia son actualmente Paul Aries,
Serge Latouche y Vincent Cheynet. Yves Cochet, del Partido de los Ecologistas, simpatiza
también con esta idea. Para ellos el decrecimiento no es el crecimiento negativo, sino la salida
de la religión del crecimiento, es decir una manera de atacar a los ídolos económicos y de
derrumbar todas las estatuas del Antiguo Régimen. El término «decrecimiento»,palabra obús
según Paul Aries, sirve para interpelar y poner en evidencia lo absurdo del economicismo. Se
expresa de esta manera el deseo de que el decrecimiento pueda ser acompañado de un

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crecimiento relaciona!, convivid y espiritual. Y esto no tiene nada que ver con el retorno a la
época de las velas, como lo pretenden, caricaturizándolo con mucha frecuencia los
enceguecidos partidarios del crecimiento económico. Según la expresión de Serge Latouche,
«descolonizar la izquierda del imaginario progresista» se hace imperativo.

Para nosotras, las soluciones se encontrarán prioritariamente en el campo de lo
político, sin subestimar el peso y el impacto positivo que tienen también lo individual y lo
asociativo. Aún si nosotros seguimos una estrategia diferente y si defendemos otro modelo de
desarrollo, que Paul Aries no acepta, nos consideramos más próximos de este movimiento que
del conjunto del pensamiento productivista y cientificista preconizado y ensalzado por ¡a
mayoría de los partidos políticos. La ecología política, que sirve de base a las reflexiones y
acciones de quienes ponen en tela de juicio el crecimiento, junto con la alterglobalizadón, son
las únicas dos ¡deas nuevas de estos últimos cincuenta años, y ellas alimentan también
nuestras reflexiones.

Si usted habla hoy en día de decrecimiento a un político, a un empresario o a un
sindicalista, es muy probable que lo consideren como un ingenuo soñador, además de un
privilegiado. En un país que tiene siete millones de desocupados y de trabajadores precarios
resulta normal que esta palabra no sea bien recibida. «Una ideología de hijos de ricos»
titulaba en itálica el cotidiano Le Monde. Los teóricos del movimiento tienen también
conciencia de esta dificultad, reconociendo que este pensamiento genera lo mejor, pero a
veces también lo peor. Es necesario que la tentación mimética no arrastre a los militantes del
decrecimiento hacia la lógica nefasta de una nueva «ideología del decrecimiento». De ahí
proviene la autodenominación de «objetores del crecimiento». Como dice Paul Aries, «la
palabra decrecimiento caerá también en desuso después que haya cumplido con su cometido
de como grito de alarma».

Crecimiento y decrecimiento no tendrían que ser el objetivo sino más bien el
resultado, diferente según los sectores, de una política que coloque el bienestar humano a la
cabeza de sus objetivos.

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