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El pensamiento filosófico del siglo XIX

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UNIDAD 9: EL PENSAMIENTO FILOSÓFICO DEL SIGLO XIX

EL MOVIMIENTO ROMÁNTICO El siglo XIX, en el que emergen poderosas corrientes filosóficas como el Idealismo, el Positivismo y el Marxismo, es un siglo sumamente complejo. Distinguimos dos etapas: La primera arranca a finales del siglo XVIII, hacia 1780, y termina en 1830: e la etapa del Romanticismo, con su visión exaltada de la libertad, que conectará con los nacionalismos emergentes; la filosofía dominante será el Idealismo alemán de Hegel. La segunda etapa comprende el periodo de las revoluciones liberales y nacionalistas y del colonialismo de las grandes potencias europeas. En el ámbito de las ideas se caracteriza por una gran diversidad de tendencias que oscilan desde el Positivismo cientifista de Auguste Compte o el Liberalismo utilitarista de John Stuart Mill hasta el Materialismo de Karl Marx o el Vitalismo de Friedrich Nietzsche. En su radical heterogeneidad todas ellas tienen en común la crítica al idealismo hegeliano, considerado demasiado abstracto e incapaz de dar cuenta de los fenómenos reales. En los primeros años del siglo XIX se mantienen las expectativas de libertad, igualdad y fraternidad que arrancan en los ideales nacidos de la toma de la Bastilla, inicio de la Revolución Francesa de 1789. la desaparición del Antiguo Régimen se extiende por Europa como un paso hacia la libertad. Sin embargo, el ascenso de Napoleón Bonaparte al poder, como cónsul primero y luego como emperador a partir de 1804, muestran lo vano de estas expectativas. Las guerras napoleónicas, que se extendieron hasta 1812, favorecieron la difusión de las ideas ilustradas, pero vencido Napoleón en 1815, se impone una tendencia conservadora y de restauración monárquica en toda Europa. Es el triunfo de la Santa Alianza, una coalición de Estados absolutistas formada por Austria, Prusia, Rusia y Francia (una vez restablecida la monarquía autoritaria), consagrada a la restitución del orden social anterior al estallido revolucionario. La restauración absolutista supone, pues, un intento de vuelta atrás a la situación anterior a la revolución tanto en lo político como en lo social y cultural. Pero las semillas ilustradas ya están sembradas y se expanden por doquier la causa de los derechos individuales y de las libertades económicas y políticas seguirá a lo largo del siglo su marcha imparable, no exenta de dificultades, de la mano del Socialismo y el Liberalismo En el aspecto cultural, el Romanticismo, con la exaltación de la libertad, contribuye al desarrollo de movimientos culturales de carácter nacionalista, promueve una revalorización de la Edad Media, el contacto con la naturaleza y el recurso a la imaginación, como se refleja en la obra literaria de múltiples autores románticos, entre los que cabría destacar a los autores vinculados al movimiento del Sturm und Drang, como Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), Friedrich Schiller (1759-1805) y "los románticos alemanes" (Novalis, E.T.A. Hoffmann y Friedrich Hölderlin) que formaron una corriente mística centrada en las bases históricas (Geschichte) del pueblo (Volk) opuesta al estratificado ideal francés.

HISTORIA DE LA FILOSOFIA 2º BACHILLERATO
LAS REVOLUCIONES DEL SIGLO XIX El siglo XIX es también el siglo de las revoluciones: el espíritu revolucionario se extiende desde Francia a toda Europa, y a la Revolución Francesa de 1879 le siguen las de 1830 y 1848. Al fracaso de cada una de ellas suceden intentos de restauración que no consiguen restablecer ni el equilibrio ni la paz social. Tras la revolución Francesa, la burguesía que había asumido los ideales revolucionarios se sube al carro de los nacionalismos independentistas, restaura las monarquías pero impone al Estado el principio liberal de no intervención económica y social. En 1830, de nuevo desde París, vuelve la revolución a Europa: la restauración monárquica y la Santa Alianza han concluido, y las clases populares exigen una vez más libertad para todos, verdadera igualdad de oportunidades y justicia social. Fracasada la revolución. La burguesía (que continúa reservándose el poder político) promueve ahora las monarquías parlamentarias, con gobiernos representativos elegidos a través de un censo que se basa en un determinado nivel de renta (lo que se conoce como sufragio censitario). En 1848, impulsada por los movimientos democráticos, estalla en Europa una cascada de hechos revolucionarios que exigen al poder el sufragio universal, la pluralidad de partidos políticos e iguales cargas tributarias. La revuelta solo tiene éxito a medias: se acepta el sufragio masculino, pero el republicanismo cae víctima del orden restaurado. Tras estas revoluciones, la clase social que más directamente sale favorecida es la burguesía, que acaba siempre por hacer prevalecer sus intereses. Enriquecida en los siglos anteriores por el auge del comercio y las finanzas, el capitalismo mercantil se hace ahora con el poder político, apoyada en los grandes avances científicos, impone un capitalismo industrial como nuevo modelo de producción y de organización económica y social, cuyas crueldades no tardarán en ponerse de manifiesto. Los románticos no deseaban la paz, sino una vida individual vigorosa y apasionada. No tenían ninguna simpatía por el industrialismo porque era feo, porque la búsqueda de dinero les parecía indigna de un alma inmortal y porque el crecimiento de las modernas organizaciones económicas interfería la libertad individual. En el periodo postrevolucionario se vieron comprometidos en la política, gradualmente, por el nacionalismo: cada nación había caído en la cuenta de que tenía un alma corpórea, que no podía ser libre mientras los límites de los estados fueran diferentes de los de las naciones. En la primera mitad del siglo XIX el nacionalismo era el más vigoroso de los principios revolucionarios y muchos románticos lo apoyaron con todo entusiasmo. Bertrand Russell. Historia de la filosofía occidental

EL IDEALISMO ALEMÁN El idealismo trascendental kantiano se fue convirtiendo en Idealismo subjetivo por obra de Fichte, discípulo inmediato de Kant; en Idealismo objetivo con Schelling; finalmente en Idealismo absoluto en Hegel. Al eliminar la oposición entre fenómeno y cosa-en-sí o entre conciencia y realidad, estos filósofos inauguran una corriente de pensamiento, el Idealismo contemporáneo, según la cual el ser equivale al pensar. Se llega así a la máxima expresión del Racionalismo. Hay que tener presente que los románticos reaccionaron contra la superioridad de la razón entendida como la facultad de la mente que analiza y ordena limitándose a los datos empíricos. En cambio, defendieron la razón que aspira a la realidad nouménica, al Absoluto. Su actitud ante la vida se caracteriza por los rasgos siguientes: sed de infinito, anhelo de libertad y revalorización de la vida. El idealismo, vertiente filosófica del Romanticismo, asume la distinción kantiana entre razón y entendimiento, pero identificando la razón con el espíritu creador que, libre de estructura, interpreta y da sentido. En el Idealismo, el sujeto de Kant se transforma en un sujeto extremadamente poderoso, hasta el punto de considerar que las cosas por sí mismas no tienen sentido, sino que es el ser humano quien se lo atribuye. Para Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), el yo o sujeto ya no es la condición de posibilidad del conocimiento, sino que pasa a serlo el espíritu humano, que en un proceso dialéctico se niega a sí mismo para construir la alteridad, el no-yo, siendo generador de la realidad, responsable tanto de la materia como de la forma del conocimiento. La cosa-en-sí kantiana desaparece como origen de los datos que constituyen el punto de partida del conocimiento. Lo que en Kant era trascendental, las condiciones a priori, se convierte en lo absoluto. En síntesis, el sujeto de Fichte ya no reconstruye el mundo sino que literalmente lo crea. El yo es un yo creador que deviene más real en la medida en que, al realizarse en el mundo, toma más conciencia de sí mismo. Con Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854) se sube un peldaño más en el proceso, al transformar el Idealismo subjetivo en objetivo. Para Schelling lo absoluto se concibe como la conciencia universal que identifica el yo y el no-yo., que son generados desde la conciencia universal a través de un proceso: este proceso se puede observar a partir del estudio de la filosofía como manifestación de la propia conciencia. Se trata pues, de una filosofía que identifica el espíritu y la naturaleza, el yo y el no-yo, el sujeto y el objeto, fundiéndolos en una unidad esencial. Nos acercamos aquí a una perspectiva panteísta. La identificación entre espíritu y naturaleza es el punto de partida del pensamiento hegeliano, un ambicioso proyecto de unificación de toda la realidad. Había llegado el momento en que la filosofía debía constituirse como un sistema científico, el Idealismo absoluto, que mediante un método adecuado, la dialéctica, expresa una confianza indefectible en la capacidad de la razón para desentrañar la clave última de la naturaleza y de la cultura humana.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) nacido en Stuttgart y recibió su formación en el Tübinger Stift (seminario de Iglesia protestante en Württemberg), donde trabó amistad con el futuro filósofo Schelling y el poeta Hölderlin. Le fascinaron las obras de los clásicos, así como de Revolución Francesa, que rechazará al caer en manos del terror jacobino. Se le considera el último de Grandes Metafísicos. Murió víctima de una epidemia de cólera, que hizo estragos durante el verano de 1831. Entre sus obras destaca “Fenomenología del espíritu” (1807), la “Ciencia de la lógica” (1812-1816), la “Enciclopedia de las ciencias filosóficas” (1817, con algunas reediciones posteriores) y la “Filosofía del derecho” (1821). En sus escritos de juventud, Hegel manifiesta que su propósito es pensar la vida. En este sentido considera que la dialéctica es el instrumento más idóneo para someter a la razón el flujo continuo y contradictorio a través del cual se nos manifiesta la realidad. Ahora bien, para manifestar la realidad correctamente, la razón tiene que concebirla tal y como ella es: un continuo devenir y despliegue en permanente contradicción consigo misma. La realidad es contradictoria, dialéctica y, por consiguiente, para captarla, la razón tienen que proceder también dialécticamente, captando las contradicciones como momentos del devenir o partes de un todo en relación. Siguiendo el principio de que el todo es anterior a las partes, afirma que tan solo el conocimiento del todo revela cada una de las partes que lo constituyen. Como ciencia de la realidad, la dialéctica es el movimiento que tiene a la contradicción como motor: su imagen es la de un movimiento en espiral, porque los momentos que lo constituyen no se hallan yuxtapuestos, sino que más bien son contrapuestos o antagónicos, generando un proceso de avance: en el todo, entendido como movimiento y devenir, nada se encuentra aislado, todas las partes están relacionadas, pero no con una relación de identidad, sino de oposición. Lógica Filosofía de Naturaleza Filosofía del Espíritu Momento de la afirmación Momento de la negación, Momento de la negación de la Idea, de la razón: de la alienación de la Idea: de la negación, de la momento del pensamiento momento en que la idea reconciliación: la idea puro. Es el fundamento de sale de sí misma y se renace después tras pasar toda existencia natural y manifiesta en el espacio y por su exteriorización y se espiritual el tiempo como naturaleza hace consciente de sí

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LA DIALÉCTICA HEGELIANA Según Hegel, la realidad es el movimiento eterno que se despliega como proceso, y se expresa en tres momentos configurados a modo de tesis, antítesis y síntesis. Esta última, a su vez, se convierte en una nueva tesis que da continuidad histórica a todo el proceso. El primer momento es el de la revelación del proceso abstracto, accesible al entendimiento, que solo se refiere al ser como identidad pero no a la totalidad. Debe superarse por medio del pensamiento racional, que da paso al segundo momento. El segundo momento es la negación o contradicción en el que el ser, negándose a sí mismo en el otro, se aliena y objetiva. Este momento expresa la tensión de contrarios que identifican la realidad como realidad en movimiento. Hace que un ser sea y no sea al mismo tiempo, esté necesariamente referido a aquello que todavía no es, lo otro entendido como motor de la dialéctica. El tercer momento es la negación de la negación o superación en el que el ser, desde el antagonismo anterior, reaparece de nuevo reconciliado consigo mismo y, a la vez, superado. Es el ser real, aquel en el que los dos momentos anteriores se dan. Es, pues, totalidad que solo se alcanza en la razón y en la que identidad y negatividad se dan a la vez. Este momento se constituye en el nuevo momento que continúa el proceso. La dialéctica, a través de lo infinito, construye la idea del todo, cuando afirma que lo finito no es más que un momento de la vida de lo infinito, de lo absoluto. Por eso la razón humana, al pensar las contradicciones que ponen de manifiesto la trama dinámica de la realidad, encuentra finalmente el sentido de todo el proceso como manifestación del absoluto. En él todo se unifica, todo es uno: la vida que se desarrolla a sí misma en la Naturaleza y en la conciencia o Espíritu. El proceso total del autodesarrollo es la realización de una idea eterna. Su movimiento real es descubierto por la dialéctica como método, que explica como la realidad y la razón coinciden: La Idea, lo absoluto, es el pensamiento autopensante: solo lo ideal es real y lo real es ideal. Mediante el proceso de autorreflexión llega a conocerse a sí misma, y lo hace desde y a través del espíritu humano. Pensar dialécticamente consiste en dar cuenta de las relaciones de oposición de conceptos y superarlas integrándolas en una totalidad superior que establece, a su vez, nuevas relaciones. Afirmación (tesis) Negación (antítesis) Reconciliación (síntesis) Es la posición inicial, sea Toda posición comporta La reconciliación de los una idea o acontecimiento también una negatividad elementos en una unidad Toda posición contiene, interna, la necesidad de superior, reconocimiento en su interior, un opuesto: reconocer la negación de del acontecer como la Pensar en el ser, en lo que la afirmación anterior, ya superación del ser y el noes, nos lleva a pensar que la realidad es siempre ser: el espíritu se hace también en aquello que no conflicto y contradicción consciente de sí mismo y es, en el no-ser de todo el proceso

LA FILOSOFÍA DEL ESPIRITU Hegel supone que la razón unifica toda la realidad: a través de ella puede explicarse todo el proceso de lo real. Es la filosofía como sistema científico de la realidad, el medio adecuado para manifestarlo. Existe una equivalencia entre pensamiento, realidad y el proceso dialéctico que los rige. Según esto, el sistema científico ha de tener tres partes: la Idea es sí (lógica), la alienación de la Idea (filosofía de la Naturaleza) y el retorno de la Idea a sí misma (filosofía del Espíritu). Se trata de una construcción perfectamente cerrada, en la que cada momento tiene su lugar como parte de un todo único. A este sistema omnicomprensivo y completo de todo lo real-racional se le denomina Idealismo absoluto. La filosofía del Espíritu es la culminación del sistema hegeliano: su centro de análisis es la acción humana por medio de la cual se ha manifestado el espíritu a lo largo del tiempo. Tres son las distintas maneras que ha adoptado el espíritu en su manifestación: Espíritu subjetivo, objetivo y absoluto. Estas maneras constituyen la trama de la historia que culmina con la consecución de la libertad. El Espíritu subjetivo: manifiesta la relación del espíritu consigo mismo, en la que se descubre como conciencia o sujeto. Se expresa en la reflexión del hombre sobre sí mismo que parte del análisis de sus características específicas. Lo relacional y diferencial del mero ser vivo, hasta su consideración como ser pensante, que le hace darse cuenta de la conciencia y le descubre su propio destino: la libertad, que se revela a la conciencia mediante la antropología, la fenomenología y la psicología. El Espíritu objetivo: la aparición de la libertad supone el segundo momento de la manifestación del Espíritu: sólo si se objetiva la libertad en las acciones humanas, se vuelve real. Para ello se vale de la historia a través del derecho, la moral y el Estado Cuando el espíritu se encarna en el Estado se realiza la libertad. Esto es así porque el Estado es capaz de conciliar los intereses de todos los ciudadanos y velar por el bien común. Se hace patente aquí el optimismo de Hegel acerca de la “bondad” intrínseca del Estado, en claro contraste con los pensadores liberales que tienden a ver en él una amenaza para las libertades individuales. El Espíritu absoluto: es la conciliación de estos dos momentos, el Espíritu subjetivo y el Espíritu objetivo, por el que nuevamente retorna a sí mismo como pensamiento: este espíritu se manifiesta a la conciencia por medio del arte la religión y la filosofía El arte es la representación sensible de la Idea; la religión es su representación interna en el sentimiento, en la conciencia; y la filosofía es su representación por medio del concepto o del pensamiento. Cada una de estas formas ha tenido diversas etapas a lo largo de la historia que han dado lugar a los distintos estilos, religiones y filosofías. Son los momentos en que el Espíritu se ha captado a sí mismo en la realidad exterior y por ello hay que entenderlo como absoluto. Ahora, sin embargo, dado el carácter científico de la filosofía hegeliana (que expresa la realidad por la dialéctica), no ha lugar para otra filosofía posterior una vez que la historia está completa con la aparición de la libertad

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LA GÉNESIS DEL PENSAMIENTO LIBERAL Los orígenes del pensamiento liberal hay que retrotraerlos a los comienzos de la reflexión política, interesada en la búsqueda del equilibrio entre la autonomía personal y el ejercicio del poder. Esta reflexión cobra especial fuerza a partir del Renacimiento con los estudiosos del Iusnaturalismo, como Jean Bodin y Nicolas Althusius que, al fundamentar el derechos en la propia naturaleza del hombre proclaman la igualdad originaria y, por tanto, de trato entre los individuos. A este planteamiento de teoría política se unen las exigencias prácticas derivadas del desarrollo económico y a la aparición de a burguesía mercantil a lo largo del siglo XVII. Ésta proclama la tolerancia en el terreno religioso e ideológico y considera necesaria una pax fidei que evite las guerras de religión y permita los intercambios comerciales. Testimonio de este planteamiento es el Tratado teológico- político (1670) de Spinoza en cuyo prefacio afirma que ha emprendido una obra útil. Estas mismas ideas serán defendidas por dos autores más cercanos a la Ilustración como Pierre Bayle, con su obra “Comentario filosófico sobre las palabras de Jesucristo: Oblígales a entrar o tratado de la tolerancia universal” (1686), y John Locke en su “Carta sobre la tolerancia” (1689). Las tesis expuestas por estos autores, recogidas por los pensadores holandeses y británicos en los inicios de la Ilustración, serán la base teórica para la defensa de la convivencia pacífica entre todas las religiones tal y como defenderán autores ilustrados como Voltaire (1694-1778) y Rousseau (1712-1778). Será este trasfondo ideológico el que tomará cuerpo aplicándose no solo a los asuntos religiosos sino también a la política y la economía. Siguiendo las ideas de Locke sobre la división de poderes, Montesquieu (1689-1755) desarrollará su teoría política en la que la defensa de los individuos frente al absolutismo se relaciona con el control del poder por medio de las cámaras legislativas y la independencia judicial. Rousseau, por su parte, al considerar que el Estado fue creado para preservar la libertad, insiste en que ésta solo es posible dentro de una organización democrática en la que el individuo puede manifestar su opinión. La nueva consideración del Estado abre las puertas, sobre todo en Gran Bretaña, a las teorías económicas que tratan de explicar el funcionamiento de la economía nacida al amparo de la industrialización. Frente a las ideas de los fisiócratas franceses, para los que la riqueza se encuentra el la posesión y explotación de la tierra, los economistas ingleses como Adam Smith (1723-1790) defenderán que es el trabajo el que la crea riqueza. Es necesario, por lo tanto, defender la iniciativa individual para que por medio de la libre competencia se alcance el equilibrio social que se manifestará en la aparición de la justicia social. El Estado, por su parte, debe intervenir lo menos posible en la economía, siendo su papel únicamente el de dar seguridad a la sociedad frente a peligros exteriores o a los incumplimientos de las leyes del interior. Se inaugura así el credo del pensamiento liberal, según el cual la iniciativa privada, la libre concurrencia y el mercado constituyen un mecanismo autónomo capaz de producir por sí mismo el desarrollo económico y el progreso social. La falta de restricciones exigida por este pensamiento se resume en este lema: “laisser faire, laisser passer”.

EL LIBERALISMO UTILITARISTA Estos planteamientos filosóficos se enmarcan en el proceso de transformaciones que se producen en Gran Bretaña a lo largo del siglo XIX: aceptadas la independencia de las colonias americanas (1783), vencido Napoleón (1815), afirmado su poderío como potencia colonial en Canadá y la India e inmersa en el proceso de restauración europea que culmina el periodo revolucionario abierto en 1789, Gran Bretaña se ve sometida a las tensiones propias de la industrialización y al desarrollo económico derivado de la expansión comercial que caracteriza la época victoriana. Las tendencias que se habían iniciado a mediados del siglo XVIII con la revolución agrícola, el uso de la energía de vapor, la introducción de modernas máquinas textiles y los subsiguientes problemas sociales que nacen del aumento de la población y su desplazamiento hacia las ciudades, acertadamente reflejados en las novelas de Charles Dickens, orientarán el pensamiento hacia la economía, como se refleja en Adam Smith y, posteriormente, en David Ricardo (1772-1823), creadores de la economía política clásica, que fundamentará el Liberalismo económico. Con él se consagrará la idea de que es necesaria la libertad de empresa y el comercio para alcanzar la mayor felicidad de la sociedad. Asimismo, Los problemas relacionados con el aumento de la población serán tratados por Thomas Malthus (1766-1834), que considera que difícilmente se puede alcanzar una mayor felicidad para la mayoría al tender los salarios a mantenerse y la población a aumentar, creando crisis de subsistencia. En el trasfondo de estos problemas hay un tema recurrente, el de la felicidad social, que ya había tratado David Hume y se vuelve clásico en la reflexión ética, dando lugar a la aparición del Utilitarismo. Jeremy Bentham (1748-1832) será el primero que confiera una dirección moral a los presupuestos implícitos del Liberalismo. Formula el principio de interés, según el cual el hombre actúa siempre movido por sus propios intereses, que se manifiestan en la búsqueda del placer y la huida del dolor, los dos “maestros soberanos” que la naturaleza ha impuesto al hombre. Sin embargo, es consciente de que en una vida en sociedad los intereses particulares pueden entrar en colisión. Para evitar este peligro, la sociedad debe regirse por el principio de felicidad que establece la conocida máxima de buscar “la mayor felicidad para el mayor número de individuos”. A tal fin, los instrumentos adecuados serían la razón y la ley. En un primer momento, considera que para cumplir este objetivo bastarían los gobiernos ilustrados, capaces de legislar con racionalismo, aunque posteriormente se inclinó por la democracia, siendo claro defensor del lema “un hombre, un voto”. A su juicio, un gobierno nacido a partir del voto libre y secreto tendría como tarea asegurar cuatro aspectos fundamentales: subsistencia, abundancia, seguridad, igualdad. De ellos, la subsistencia y la seguridad tienen primacía sobre los otros dos, ya que causa más dolor la pérdida de la subsistencia y de la seguridad que de la abundancia o la igualdad. Su realización, sin embargo, sería el camino hacia la realización personal de la felicidad individual y social.

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John Stuart Mill (1806-1873) nació en Londres y recibió una cuidada educación por parte de su padre, el historiador James Mill, quien le enseñó griego y álgebra desde la edad de tres años. A los 20 años, sufrió una “crisis mental” descrita con detalle en su Autobiografía (1873). Se rebeló contra su estricta educación y contra el utilitarismo y se aproximó a nuevas corrientes intelectuales como el positivismo de Comte, el pensamiento romántico y socialista. Filósofo, político y economista, se le considera representante de la escuela económica clásica y teórico utilitarista, planteamiento propuesto por su padrino Jeremy Bentham. Entre sus obras: “Principios de economía política” (1848), “Sobre la libertad” (1859); “El utilitarismo” (1863) y “Sometimiento de las mujeres” (1869) Stuart Mill considera la individualidad humana como el centro de todo su pensamiento, pero no defiende una visión egoísta del individuo: promulga el permanente desarrollo de cada uno, debiendo ocupar un lugar central en su vida el cultivo interior, ya que para la plenitud personal no basta ni la organización social ni la económica. Mantiene notables diferencias con los otros utilitaristas, para los que la felicidad de cada uno es la meta inmediata. Esto le lleva a redefinir el término “útil”: para Stuart Mill, lo útil, lo correcto es todo lo que promueve la felicidad pero entendida no como fin, sino como medio para alcanzar dicha meta. Por ser un medio es algo sobre lo que se puede razonar y discutir. En cuanto a los placeres, defiende la prioridad de los aspectos cualitativos sobre los cuantitativos: no se trata de hacer un cálculo sobre los distintos tipos sino ser conscientes de que entre los mismos existen diferencias que han de tenerse en cuenta, no solamente porque unos pertenezcan al ámbito corporal y otros al intelectual, sino porque entre ellos se da una distinta gradación que afecta a la cualidad, no solamente a la cantidad. Desde aquí ya no es posible mantener que la única norma de la felicidad y el bien es el placer. La norma que propugna Stuart Mill está relacionada con la concepción de lo que es el ser humano: es la naturaleza del hombre la que se convierte en la norma última de lo que es útil, la que determina la forma en la que hay que entender el placer. En definitiva, es la felicidad de la humanidad lo que interesa. El concepto de naturaleza humana al que acude no es el concepto tradicional de animal racional acuñado por Aristóteles, sino más bien una difusa concepción propia de la Ilustración: el ser humano como un ser más de la naturaleza, sometido a la ley del progreso, tan en boga en el optimismo ilustrado, un ser en permanente desarrollo, con una capacidad inagotable de perfeccionamiento.

EL CONCEPTO DE FELICIDAD Desde esta perspectiva, ni lo útil, ni el placer ni la felicidad pueden considerarse fines en sí mismos, sino que cobran sentido en tanto en cuanto contribuyen a es perfeccionamiento y, por esta razón, pueden jerarquizarse en función de su contribución a la perfección del ser humano. En un planteamiento que recuerda al de Aristóteles, justifica la gradación y la distinción entre lo que son los medios y lo que son los fines. Los unos están encaminados al logro de los otros, siendo los segundos superiores a los primeros. Siguiendo también en esto la tradición occidental, Stuart Mill considera que deben valorarse los fines mentales por encima de los corporales. Por otra parte, siguiendo los presupuestos ilustrados, según los cuales la realización plena de cada ser humano se enmarca en el contexto de la humanidad, afirma que la felicidad individual es mayor si, al mismo tiempo, contribuye a la felicidad de todos. De alguna forma cada individuo se vuelve responsable de la felicidad de todos: la felicidad se logra por el ejercicio de aquellas acciones que perfeccionan las capacidades de cada uno. Stuart Mill es sumamente celoso en la defensa de la autonomía y de la iniciativa individuales: para él, el individuo es total y absolutamente independiente de la sociedad. Para dar solidez a este principio, Stuart Mill hace un recorrido por la historia y concluye que es el mismo proceso de desarrollo de la sociedad el que ha encaminado a los seres humanos en esta dirección. Si en épocas primitivas fue necesario el control externo o la coacción moral por gobiernos o iglesias, cuando los hombres han alcanzado la “plenitud de sus facultades” esto ya no es necesario y “hay que permitir su libre desarrollo”. Afirmar este principio radical no quiere decir que la sociedad no tenga ningún control sobre el individuo. Es necesario diferenciar distintos tipos de acciones: unas le afectan directamente y únicamente a él; otras, por el contrario, tienen repercusiones sobre los demás seres humanos. En este caso, puede ser necesario un determinado control que podía ejercerse bien impidiendo la acción del individuo o imponiéndole determinados deberes, ya que no solo la acción puede ser perjudicial y limitadora de los intereses de los demás; también la omisión puede tener consecuencias negativas. Se aplica en este caso el principio de que la “libertad de un individuo termina donde comienza la libertad de los demás”. Y son los demás, sea el gobierno, por medio de la ley, o la sociedad, por medio de la coacción moral, los que deben controlar estas conductas. La relación, pues, con la sociedad impone al individuo determinados deberes que limitan de alguna forma su libertad: es de iure responsable de sus acciones exteriores, en tanto que afectan a otros o a la sociedad. Sin embargo, dado que todo individuo recibe protección del entorno social debe por ello algo a la sociedad. Esta deuda se paga “no perjudicando los intereses de los demás” y asumiendo “los trabajos y sacrificios necesarios para defender la sociedad o a sus miembros de cualquier daño o vejación”. Las relaciones entre la sociedad y sus miembros deben perseguir el equilibrio que permita su mutuo desarrollo: nadie puede decir a un ser “maduro” cómo debe actuar porque nadie está más interesado que él en el propio bienestar, y en esto se incluyen también sus relaciones con los demás.

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REQUISITOS DE UNA SOCIEDAD LIBRE El ser humano, hombre o mujer, tienen derecho a ejercer y buscar con plena libertad su propia realización. Así, defiende la igualdad de sexos y el derecho al voto de la mujer. En el trasfondo de esto está presente la conciencia de la burguesía triunfante y las ideas de la Ilustración sobre el progreso humano: el individuo se ha convertido en el valor dominante, y frente a las teorías socialistas de sus contemporáneos, en la que el valor supremo es el colectivo y que exigen el sacrificio de la individualidad, Stuart Mill se acerca a la postura kantiana y acepta su “supere aude” como lema válido. Lo que le preocupa es precisamente evitar el intervencionismo de la sociedad sobre el individuo. Defender la libertad social y política la parece la tarea más urgente: no le basta pensar que el modelo democrático electivo, tal como lo conoce en su tiempo, baste para evitar el control impuesto por el gobierno, que a veces se quiere plantear como un bien para el propio individuo. La única forma de coacción individual o colectiva que admite es aquella dirigida a la propia defensa o a impedir que alguien perjudique a los demás. En estos casos solamente podría justificarse una coacción si tal proceder podría tener alguna repercusión negativa sobre los demás. En los casos restantes hay que mantener siempre como principio general que “para todo aquello que no atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta. Sobre si mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano”. Es la radicalidad de esta postura la que le convierte en un claro defensor del pensamiento liberal y de la tolerancia. Luchar contra la imposición y la intolerancia se muestra como el primer deber moral, dado que todos los hombres y los gobiernos, de acuerdo con los sentimientos de la naturaleza, tienden a imponer a los demás obligaciones, formas de conducta y gustos como su fuesen la verdad. Cualquier sociedad en la que triunfen estas imposiciones no puede ser llamada sociedad libre, independientemente de la forma de gobierno que presente. Solamente en una sociedad en la que sea posible la independencia del individuo y esté garantizada la libre discusión, será posible la existencia real de la libertad y, por lo tanto, debe respetarse el principio fundamental de las relaciones del individuo con la sociedad: el perjuicio de los demás. La concreción de este principio afecta en especial a las libertades fundamentales: la libertad de conciencia, de prensa, de asociación... que forman parte de nuestra manera de entender el mundo. Se trata de libertades que están unidas indisociablemente al sujeto mismo y que “deben ser respetadas en toda circunstancia y sin ninguna reserva”. Así, la libertad exige de una autonomía de gustos y de inclinaciones, la posibilidad de organizar la propia vida con criterios propios y actuar solo teniendo en cuenta las consecuencias de los propios actos. Si el ser humano no puede renunciar a la libertad, tampoco el Estado o la sociedad deben proceder a ello y cualquier interferencia es negativa para la libertad, el individuo y la sociedad misma. Crítico con la situación de Europa y deudor de A.Torqueville (1805-1859), considera que el modelo de organización social de su obra “La democracia en América” y su cerrada defensa de la sociedad civil, representa el modelo ideal en el que el respeto a la libertad individual se cumple en todos los extremos

LA EFERVESCENCIA CIENTÍFICA DEL SIGLO XIX Uno de los factores que contribuyeron al dinamismo de la ciencia del siglo XIX fue la emergencia de nuevas necesidades fruto de la industrialización, que exigieron recursos y maquinaria progresivamente más especializados y sofisticados. Esto dio un considerable impulso a la investigación y experimentación técnicas, inevitablemente unidas al avance científico. Desde entonces, y cada vez de una manera más estrecha, ciencia y técnica irán de la mano. Así por ejemplo, en esta época, estimulados por la necesidad de nuevas fuentes de energía, se investigaron y se descubrieron principios físicos relacionados con la electricidad y aparecieron inventos como la pila de Volta. Es este el siglo de los inventos (la locomotora, el fonógrafo, la fotografía, el teléfono, la anestesia, el avión…) así como de los grandes descubrimientos (Thomas Alva Edison, Thomas Seebeck, William Thomson, Friedrich Wöhler, Claude Bernard). Durante el siglo XIX, la ciencia se expandió considerablemente y abarcó ámbitos hasta entonces olvidados. Los avances producidos en ciencias como las matemáticas y la física impulsaron otras disciplinas que trataron de conseguir logros similares. Esto explica la aparición de nuevas ciencia, como la sociología y la psicología. Estas disciplinas nacían con la pretensión de proporcionar conocimientos tan rigurosos y fiables sobre el ser humano y la sociedad como los que la física proporcionaba sobre la naturaleza. Por otro lado, se ponen las bases de la teoría de números (Carl Friedrich Gauss), la teoría psicoanalítica (Sigmund Freud) y la teoría atómica (John Dalton). De todos modos, en esta época también se produjo un proceso de especialización que contribuyó en gran medida al desarrollo y progreso científicos. Un siglo antes, los sabios todavía eran hombres doctos en todas las materias (física, química, geometría, óptica, biología...). Estas eminencias cada vez eran más escasa: los grandes científicos se concentraban y se especializaban ahora en una de estas parcelas, de la que, en consecuencia, llegaban a ser grandes especialistas. Tenemos entre otros los casos de Esta efervescencia científica fue especialmente productiva y relevante en el ámbito de la medicina, con la identificación de los microorganismos como causantes de las enfermedades infecciosas, por Louis Pasteur y Robert Koch; la genética, con las leyes de la herencia propuestas por Gregor Mendel, y sobre todo de la biología, pues propició el surgimiento del evolucionismo, de la mano de hombres como Lamarck () y Charles Darwin (1809-1882) que se concreto en estos puntos: Las formas de vida no son estáticas, sino que sufren cambios y transformaciones. El proceso de transformación o evolución de especies es gradual, lento, continuo. Las especies semejantes están emparentadas entre sí: provienen seguramente de una especie ya extinta que debe considerarse su antepasado común. Las especies experimentan modificaciones espontáneas en la constitución de algunos de sus individuos. La selección natural es el mecanismo biológico que favorece las modificaciones más adaptativas; los individuos que sufren las modificaciones más favorables tienen más posibilidades de sobrevivir, reproducirse y transmitir sus rasgos.

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Auguste Copte (1798-1857) filósofo natural de Montpellier, fue secretario del socialista utópico Saint Simón, con el que rompe por una necesidad de “higiene cerebral”, en sus palabras Testigo directo de la industrialización y de su situación social, generadora de desigualdades, injusticias y desequilibrios propios del primer capitalismo, se propuso como objetivo la reforma social: para transformar la sociedad y acercarla a un estadio positivo, en el que la humanidad disfrutara de paz y estabilidad, era necesario conocerla y tener claro cuál es su estructura, qué relaciones se producían en su seno y qué mecanismos internos la movían. Destacamos “Curso de filosofía positiva” (1842) Y “Discurso sobre el espíritu positivo” (1844). La filosofía positiva o positivismo de Compte arranca de la confianza ilustrada en el progreso, de la valoración de la experiencia del empirismo y de la crítica a la metafísica que realizó Kant, y se concretó en un abierto rechazo de las infructuosas construcciones idealistas, que en su vuelo metafísico únicamente conseguían alejarse de la realidad. En oposición a esto, el positivismo reivindica una filosofía centrada en los hechos concretos y reales, de los que podemos tener experiencia y que pueden ser explicados mediante leyes. Solo una filosofía con esta orientación podría contribuir al progreso. El positivismo comptiano se basa en la creencia de que la historia consiste en un proceso de mejora y perfección, que llevará al ser humano a un estadio en el que las necesidades se solucionarán racionalmente y donde imperará un orden moral justo y pacífico. La culminación de este proceso se dará cuando la ciencia impregne todos los ámbitos humanos. Esto se producirá en una evolución entres fases o estadios: Estadio teológico Estadio metafísico Estadio positivo La realidad se explica por Los acontecimientos se Acontecimientos naturales poderes sobrenaturales y explican por principios y y sociales se explican fuerzas míticas religiosas leyes generales abstractas mediante leyes científicas Este progreso no es exclusivo de la historia, se da también en el ámbito del saber: cada una de las ciencias ha evolucionado desde un estadio primitivo a otro de carácter positivo y definitivo. Además, todo el sistema del saber (compuesto por seis ciencias o disciplinas) se encuentra estructurado y jerarquizado según el grado de complejidad, especialización y dificultad. En un orden de menos a más, las ciencias se ordenarían así: matemáticas, astronomía, física, química, biología y finalmente sociología.

VOCABULA
ABSOLUTO (del latin solvo, soltar, desatar, desvincular y de ab, separación total): que existe separado (ab-suelto) de cualquier otra cosa, lo incondicionado e independiente, lo que es por sí mismo, lo que no está sujeto a nada, porque no tiene vínculo alguno de dependencia con cualquier otra realidad. Cualquier otra realidad, en tanto que pueda ser considerada como tal, ha de tener una relación de dependencia última con el Absoluto. DIALÉCTICA (del griego dialektiké y téchne) literalmente: técnica de la conversación; con igual significado, en latín (ars) dialectica) es una rama de la filosofía cuyo ámbito y alcance ha variado significativamente a lo largo de la historia. ESPÍRITU: La parte racional del alma de una persona. IDEALISMO: teorías que, en oposición al Materialismo, sostienen que la realidad extramental no es conocible tal como es en sí misma, y que el objeto del conocimiento está preformado o construido por la actividad cognoscitiva: la entidad en sí de lo real permanece en principio incognoscible, aunque la reflexión permita aproximarse asintóticamente a un conocimiento más refinado, en las teorías del idealismo subjetivo o trascendental. LIBERTALISMO: sistema filosófico económico y político, que promueve las libertades civiles y se opone a cualquier forma de despotismo, suscitando a los principios republicanos y fundamentando la democracia representativa y la división de poderes. Aboga por el desarrollo de las libertades individuales y el progreso de la sociedad, y por el establecimiento de un Estado de Derecho, donde todas las personas sean iguales ante la ley, sin privilegios ni distinciones, en acatamiento de mismo marco mínimo de leyes. POSITIVISMO: corriente o escuela filosófica que afirma que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico, y que tal conocimiento solamente puede surgir de la afirmación positiva de las teorías a través del método científico. Según esta escuela, todas las actividades filosóficas y científicas deben efectuarse únicamente en el marco del análisis de los hechos reales verificados por la experiencia. ROMANTICISMO: movimiento cultural y político originado en Alemania y Reino Unido a finales del siglo XVIII como reacción revolucionaria contra el racionalismo de la Ilustración y el Clasicismo, confiriendo prioridad a los sentimientos. El romanticismo es una manera de sentir y concebir la naturaleza, la vida y al hombre mismo que se presenta de manera distinta y particular en cada país donde se desarrolla. SOCIOLOGÍA: ciencia que estudia los fenómenos colectivos producidos por la actividad social de los seres humanos dentro del contexto histórico-cultural en el que se encuentran inmersos y que analiza e interpreta las causas, significados e influencias culturales que motivan la aparición de diversas tendencias de comportamiento en el ser humano especialmente cuando se encuentra en convivencia social y dentro de un hábitat UTILITARISMO: teoría ética que asume que lo que resulta intrínsecamente valioso para los individuos, el mejor estado de cosas es aquel en el que la suma de lo que resulta valioso es lo más alta posible, por lo que la moralidad de cualquier acción o ley viene definida por su utilidad para los seres sintientes en conjunto.

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SELECCIÓN DE TEXTOS IDEALISTAS
I) Frecuentemente la Dialéctica se considera como un subjetivo peloteo de razonamientos sin contenido, mientras la vaciedad que producen tales razonamientos se cubre con aquel ingenio. En su propia determinación, la Dialéctica es la propia y verdadera naturaleza de las determinaciones del entendimiento, de las cosas y de lo finito en general. La reflexión es, en primer lugar, el salir de la determinación aislada y ponerla en su relación, de modo que en su conexión se mantenga, sin embargo, su valor aislado. La Dialéctica, por el contrario, es este inmanente salir, mediante el cual se pone de manifiesto la unilateralidad y limitación de las determinaciones del entendimiento u se muestra aquella unilateralidad como lo que es, es decir, como la negación de las determinaciones. Todo lo finito es este superarse a sí mismo: por ello lo dialéctico constituye el Alma móvil del avance científico y es el único principio que confiere conexión inmanente y necesidad al contenido de la ciencia, de modo que en ello reside precisamente la verdadera y no extrínseca elevación sobre lo finito. G.W.F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas II) El pensamiento puro ha avanzado hacia la contraposición de lo subjetivo y lo objetivo; la verdadera conciliación de esta contraposición consiste en comprender que el antagonismo, al ser llevado a su límite absoluto, se disuelve por sí mismo, de que en sí los términos antagónicos son términos idénticos, y no solamente en sí, sino que la vida eterna consiste precisamente en producir eternamente y conciliar eternamente la contraposición. Saber en la unidad la contraposición y en la contraposición la unidad: tal es el saber absoluto; y la ciencia consiste en conocer esta unidad en todo su desarrollo a través de sí misma. G.W.F. Hegel, Lecciones sobre filosofía de la historia universal III) Desde que el sol está en el firmamento y los planetas giran en torno a él, no se había visto que el hombre se apoyase sobre su cabeza, esto es, sobre su pensamiento, y edificase la realidad conforme al pensamiento. (…) Anaxágoras había dicho el primero que el nous rige el mundo; ahora, por primera vez, ha llegado el hombre a reconocer que el pensamiento debe regir la realidad espiritual. Fue esto, por consiguiente, un magnífico orto. (…) Todos los seres pensantes han celebrado esta época. Una emoción sublime reinaba en aquel tiempo: el entusiasmo del Espíritu estremeció al mundo, como si solo entonces se hubiera llegado a la efectiva reconciliación de lo divino del mundo. G.W.F. Hegel, Lecciones sobre filosofía de la historia universal IV) En el Estado alcanza la libertad su objetividad y vive en el goce de esa objetividad. Pues la ley es la objetividad del Espíritu, y la voluntad es su verdad; y solo la voluntad que obedece a la ley es libre, pues se obedece a sí misma y permanece en sí misma, y es, por tanto, libre. Por cuanto el Estad, la Patria es una comunidad de existencia; por cuanto la voluntad subjetiva del hombre se somete a las leyes, desaparece la oposición entre la libertad y la necesidad…, la voluntad objetiva y la subjetiva se reconcilian así y constituyen uno y el mismo todo imperturbable. G.W.F. Hegel, Lecciones sobre filosofía de la historia universal

SELECCIÓN DE TEXTOS UTILITARISTAS
V) Ningún hombre puede, en buena lid, ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo, porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, porque ello le ha de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo. Estas son buenas razones para discutir con él, para convencerle o para suplicarle, pero no para obligarle a causarle daño alguno si obra de modo diferente a nuestros deseos. Para que esta coacción fuese justificable, sería necesario que la conducta de este hombre tuviese por objeto el prejuicio de otro. Para aquello que no atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta. J.Stuart Mill, Sobre la Libertad VI) Los seres humanos tienen facultades más elevadas que los apetitos animales y, una vez que se han hecho conscientes de ellas, no consideran como felicidad nada que no incluya su satisfacción. Realmente, yo no creo que los epicúreos hayan reducido cabalmente las consecuencias del principio utilitarista. Para hacer esto de un modo suficiente hay que incluir muchos elementos estoicos, así como cristianos. Pero no se conoce ninguna teoría epicúrea de la vida que no asigne a los placeres del intelecto, de los sentimientos y de la imaginación, un valor mucho más alto en cuanto a placeres, que a los de la mera sensación. Sin embargo, debe admitirse que la generalidad de los escritores utilitaristas ponen la superioridad de lo metal sobre lo corporal, principalmente en la mayor permanencia, seguridad y facilidad de adquisición de lo primero; es decir, más bien en las ventanas circunstanciales que en su naturaleza intrínseca. Con respecto a estos puntos, los utilitaristas han probado completamente su tesis; pero con la misma consistencia, podrían haberlo hecho con respecto a otros, que están, por así decirlo, en un plano más elevado. Es efectivamente compatible que algunas clases de placer son más deseables y más valiosas que otras. Sería absurdo suponen que los placeres dependen sólo de la cantidad, siendo así que, al valorar todas las demás cosas, se toma en consideración la cualidad tanto como la cantidad J.Stuart Mill, El utilitarismo VII) El mal comienza cuando, en lugar de estimular la actividad y las facultades de los individuos y de las instituciones, los sustituyen por su propia actividad; cuando en lugar de informar, aconsejar y, si es preciso, denunciar, él los somete, los encadena al trabajo y les ordena que desaparezcan, actuando por ellos. El valor de un Estado, a la larga, es el valor de los individuos que lo componen; y un Estado que pospone los intereses de la expansión, y elevación intelectual de sus miembros a favor de un ligero aumento de la actividad administrativa, en detalles insignificantes; un Estado que empequeñece a los hombres, a fin de que sean, en sus manos, dóciles instrumentos (incluso para asuntos de carácter benéfico), llegará a darse cuenta de que con hombres pequeños, ninguna cosa grande podrá ser realizada; y que la perfección del mecanismo al que ha sacrificado todo, acabará por no servir de nada, por carecer del poder vital que, con el fin de que el mecanismo pudiese funcionar más fácilmente, ha preferido proscribir. J.Stuart Mill, Sobre la Libertad

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