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Kardec, Allan - El Evangelio Segun El Espiritismo

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El evangelio según la doctrina espiritista
El evangelio según la doctrina espiritista

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BUSCAD Y HALLARÉIS

Ayúdate y el cielo te ayudará. – Contemplad las aves del
cielo. – No os acongojéis por la posesión del oro.

AYÚDATE Y EL CIELO TE AYUDARÁ

1. Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; tocad a la puerta
y se os abrirá; porque todo aquel que pide, recibe, el que busca
halla, y se abrirá al que toque a la puerta.
También, ¿cuál es el hombre, entre vosotros, que da una
piedra al hijo que le pide pan? ¿O si le pide un pez, le dará una
serpiente? Si, pues, siendo malos, como sois, sabéis dar buenas
cosas a vuestros hijos, ¿con cuánta más fuerte razón vuestro Padre,
que está en los cielos, dará los verdaderos bienes a los que se lo
pidan? (San Mateo, cap. VII, v. 7 a 11).
2. Bajo el punto de vista terrestre, la máxima: Buscad y
hallaréis,
es análoga a esta otra: Ayúdate y el cielo te ayudará. Es
el principio de la ley del trabajo y por consecuencia, de la ley del
progreso
, porque el progreso es hijo del trabajo y el trabajo pone
en acción las fuerzas de la inteligencia.
En la infancia de la Humanidad, el hombre sólo aplica su
inteligencia a buscar el alimento y los medios de preservarse de la
intemperie y defenderse de sus enemigos; pero Dios le ha dado más
que al animal: el deseo incesante de mejorar. Este deseo es el que le
impulsa a buscar los medios para mejorar su posición y le conduce
a los descubrimientos, a las invenciones y al perfeccionamiento de
la ciencia, porque la ciencia le proporciona lo que le falta. A través
de sus investigaciones, su inteligencia aumenta y su moral se purifica;

perderá; y aquel que se pierda por amor a mí y por el Evangelio,
se salvará. Porque, ¿qué aprovechará a un hombre ganar todo el
mundo y perderse a sí mismo? (San Marcos, cap. VIII, v. 34 a 36.
San Lucas, cap. IX, v. 23, 24, 25. San Mateo, cap. X, v. 38 y 39.
San Juan, cap. XII, v. 24,25).

19. Regocijaos, dijo Jesús, cuando los hombres os
aborrecieren y os persiguieren por mi causa, porque por eso seréis
recompensados en el cielo. Estas palabras pueden ser traducidas
así: Sed felices cuando los hombres, por su mala voluntad hacia
vosotros, os proporcionen la ocasión de probar la sinceridad de
vuestra fe, porque el mal que os hacen se vuelve en provecho
vuestro. Compadecedles, pues, por su ceguedad, y no los
maldigáis.

Después añade: “Que el que quiera seguirme cargue su
cruz”; es decir, que sobrelleve con ánimo las tribulaciones que
su fe le proporcionará; porque el que quiera salvar su vida y sus
bienes renegando de mí, perderá las ventajas del reino de los
cielos, mientras que aquellos que hubieren perdido todo en este
mundo, aun la vida, para el triunfo de la verdad, recibirán en la
vida futura el premio de su valor, de su perseverancia y de su
abnegación; pero a aquellos que sacrifican los bienes celestes a
los goces terrestres, Dios dice: Ya recibisteis vuestra recompensa.

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NO PONGÁIS LA CANDELA DEBAJO DEL CELEMÍN

necesaria si quieres aprovecharte de ella. (El libro de los
médiums,
cap. XXVI, números 291 y siguientes).
5. Desde el punto de vista moral, las palabras de Jesús
significan: Pedid la luz que debe iluminar vuestro camino y os
será dada; pedid la fuerza para resistir el mal y la tendréis; pedid la
asistencia de los buenos Espíritus, y vendrán a acompañaros y como
el ángel de Tobías, os servirán de guías; pedid buenos consejos y
nunca os serán rehusados; tocad a nuestra puerta y se os abrirá;
pero pedid sinceramente, con fe, fervor y confianza; presentaos
con humildad y no con arrogancia; sin esto seréis abandonados a
vuestras propias fuerzas y los mismos desengaños que tengáis serán
el castigo de vuestro orgullo.
Tal es el sentido de estas palabras: Buscad y hallaréis; tocad

y se os abrirá.

CONTEMPLAD LAS AVES DEL CIELO

6. No juntéis tesoros en la Tierra, donde la herrumbre y los
gusanos los corroen, donde los ladrones los desentierran y roban;
mas formad tesoros en el cielo, donde ni la herrumbre, ni los
gusanos los corroen, porque dónde está vuestro tesoro, allí está
también vuestro corazón.
Por tanto os digo: no os acongojéis por saber dónde hallaréis
que comer para el sustento de vuestra vida, ni dónde encontraréis
ropa para cubrir vuestro cuerpo; ¿acaso la vida no es más que el
alimento y el cuerpo más que la ropa?
Contemplad las aves del cielo; ellas no siembran ni siegan
y no amontonan nada en los graneros, mas vuestro Padre celestial
las alimenta; ¿no sois vosotros mucho más que ellas? Y, entre
vosotros, ¿quién es el que puede, con todos sus cuidados, añadir a
su estatura la altura de un codo?
¿Por qué, también, os preocupáis por la ropa? Observad
como crecen los lirios de los campos; ellos no trabajan ni hilan; y,
sin embargo, yo os digo que ni siquiera Salomón, con toda su gloria
jamás se vistió como uno de ellos. Pues, si Dios tiene el cuidado

a las necesidades del cuerpo suceden las necesidades del espíritu;
después del alimento material, es preciso el alimento espiritual; es
así como el hombre pasa del estado salvaje al de civilización.
Pero como el progreso que el hombre cumple
individualmente, durante la vida, es muy poco, y aun imperceptible
en un gran número, ¿cómo podría, pues, progresar la Humanidad,
sin la preexistencia y la reexistencia del alma? Si las almas se
fuesen todos los días para no volver jamás, la Humanidad se
renovaría sin cesar con elementos primitivos, teniendo que hacerlo
todo; no habría, pues, razón para que el hombre estuviese más
adelantado hoy que en las primeras edades del mundo, puesto que
en cada nacimiento, todo el trabajo intelectual estaría para empezar.
El alma, por el contrario, volviendo con su progreso hecho y
adquiriendo cada vez alguna cosa más, pasa así gradualmente de
la barbarie a la civilización material y de ésta a la civilización
moral.
(Véase el cap. IV, número 17).
3. Si Dios hubiese librado al hombre del trabajo del cuerpo,
sus miembros estarían atrofiados; si le hubiese librado del trabajo
de la inteligencia, su espíritu habría permanecido en la infancia,
en estado de instinto del animal; por esto hizo del trabajo una
necesidad y le dijo: Busca y hallarás, trabaja y producirás; de
esta manera serás hijo de tus obras, tendrás el mérito de ellas y
serás recompensado según lo que hubiereis hecho.
4. Es debido a la aplicación de este principio que los
Espíritus no vienen a ahorrar al hombre el trabajo de las
investigaciones, trayéndoles descubrimientos e invenciones
enteramente hechos y prontos a producir, de modo que no tenga
que hacer otra cosa que tomar lo que se le pondría en la mano,
sin tener el trabajo de bajar para recoger, ni menos el de pensar.
Si así fuese, el más perezoso pudiese enriquecerse, y el más
ignorante ser sabio a poca costa, y el uno y el otro atribuirse el
mérito de lo que no habrían hecho. No, los Espíritus no vienen
a librar al hombre de la ley del trabajo, sino a enseñarle el
objeto que debe conseguir y el camino que a él conduce,
diciéndole: Marcha y llegarás.
Encontrarás piedras a tu paso,
pero procura quitarlas por ti mismo, pues te damos la fuerza

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CAPÍTULO XXV

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BUSCAD Y HALLARÉIS

de vestir de esa manera la hierba de los campos, que hoy es y
mañana será echada en el fuego, ¡Cuánto más cuidado tendrá en
vestiros, oh hombres de poca fe!
No os angustiéis, pues diciendo: ¿Qué comeremos, o qué
beberemos, o con qué nos vestiremos? Como hacen los paganos
que buscan todas estas cosas; porque nuestro Padre sabe que de
ellas tenéis necesidad.

Buscad, pues, primeramente, el reino de Dios y su justicia,
y todas esas cosas os serán dadas por añadidura. Por eso no os
angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana cuidará
de sí mismo.
A cada día basta su propio mal. (San Mateo, cap. VI,
v. de 19 a 21 y de 25 a 34).

7. Estas palabras, tomadas literalmente, serían la negación
de toda previsión, de todo trabajo y por consiguiente de todo
progreso. Con semejante principio, el hombre se reduciría a una
pasividad expectante; sus fuerzas físicas e intelectuales estarían
inactivas; si tal hubiese sido su condición normal, la Tierra, nunca
hubiera salido de su estado primitivo y si de ello hiciera su ley
actual, no tendría otra cosa que hacer que vivir sin hacer nada. No
pudo ser ese el pensamiento de Jesús, porque estaría en
contradicción con lo que dijo en otra parte y con las mismas leyes
de la Naturaleza. Dios creó al hombre sin ropa y sin abrigo, pero
le ha dado la inteligencia para fabricarlos. (Cap. XIV, número 6;
cap. XXV, número 2).

No se debe, pues, ver en estas palabras sino una poética
alegoría de la Providencia, que nunca abandona a los que ponen
en ella su confianza, pero quieren que trabajen por su parte. Si no
viene siempre en su ayuda para un socorro material, inspira las
ideas con las cuales se encuentran los medios de salir de la
dificultad. (Cap. XXVII, número 8).
Dios conoce nuestras necesidades y las provee según lo
que se necesita; pero el hombre, insaciable en sus deseos, no
siempre sabe contentarse con lo que tiene; no le basta lo necesario,
le es preciso lo superfluo, y entonces la Providencia le abandona
a sí mismo; con frecuencia, es infeliz por su culpa y por haber

desconocido la voz que le advertía en su conciencia, Dios le deja
sufrir las consecuencias con el fin de que eso le sirva de lección
para el futuro. (Cap. V número 4).
8. La Tierra producirá lo suficiente para alimentar a todos
sus habitantes; cuando los hombres sepan administrar los bienes
que da según las leyes de justicia, de caridad y de amor al prójimo;
cuando la fraternidad reine entre los diversos pueblos, como entre
las provincias de un mismo imperio, lo superfluo momentáneo de
uno suplirá a la insuficiencia momentánea del otro y cada uno
tendrá lo necesario. El rico se considerará entonces como el hombre
que teniendo una gran cantidad de semillas, que si las siembra,
producirán el céntuplo para él y para los otros; pero si él sólo se
come las semillas, si malgasta y deja perder lo sobrante de lo que
coma, nada producirán, y no habrá para todos y si las guarda en su
granero, los gusanos las comerán; por esto ha dicho Jesús; no
acumuléis tesoros en la Tierra, que son perecederos, mas formad
tesoros en el cielo, porque son eternos. En otros términos; no deis
más importancia a los bienes materiales que a los bienes espirituales
y sabed sacrificar los primeros en provecho de los segundos. (Cap.
XVI, número 7 y siguientes).
No es con leyes que se decreta la caridad y la fraternidad; si
no están en el corazón, el egoísmo las sofocará siempre; hacerlas
penetrar en él es la tarea del Espiritismo.

NO OS ACONGOJÉIS POR LA POSESIÓN DEL ORO

9. No os acongojéis por la posesión del oro, o de la plata, o
de otra moneda en vuestra bolsa. No preparéis ni una alforja para
el camino, ni dos ropas, ni calzado, ni bastón, porque el que trabaja
es digno de ser alimentado.
10. En cualquier ciudad o aldea que entréis informaos quien
es digno de alojaros y permaneced con él hasta que salgáis. Cuando
entréis en la casa, saludadla diciendo: que la paz sea en esta casa.
Si esa casa de ella fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; y si
no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
Cuando alguno no os quisiere recibir, ni escuchar vuestras

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CAPÍTULO XXV

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BUSCAD Y HALLARÉIS

palabras, sacudid, cuando salgáis de esa casa o de esa ciudad, el
polvo de vuestros pies. En verdad os digo, en el día del juicio,
Sodoma y Gomorra serán tratadas con menor rigor que esa ciudad.
(San Mateo, cap. X, v. de 9 a 15).

11. Estas palabras que Jesús dirigió a sus apóstoles, cuando
los enviaba por primera vez para anunciar la buena nueva, nada
tenían de extraño en aquella época: eran conformes a las
costumbres patriarcales del Oriente, en que al viajero se le recibía
siempre en la tienda. Pero entonces los viajeros eran raros; en los
pueblos modernos, el aumento de la circulación llevó a crear
nuevas costumbres; las de los pueblos antiguos sólo se encuentran
en las comarcas retiradas, en donde no ha penetrado aún el
movimiento; y si Jesús volviese hoy, ya no podría decir a sus
apóstoles: Poneos en marcha sin provisiones.
Además del sentido propio, estas palabras tienen un sentido
moral muy profundo. Jesús enseñaba así a sus discípulos a confiar
en la Providencia; pues no teniendo nada, no podrían tentar la
ambición de aquellos que los recibiesen; era una manera de
distinguir a los caritativos de los egoístas; por eso, les dice:
“Informaos de quien es digno de alojaros”; es decir, que es
bastante humano como para hospedar al viajero que no tiene con
que pagar, porque aquellos son dignos de escuchar vuestras
palabras; los reconoceréis por su caridad.
En cuanto a los que no quisieran recibirles ni escucharles,
¿Dijo, acaso, a sus apóstoles que les maldijeran, que se les
impusieran, que usaran de violencia y apremio para convertirlos?
No, sino que se fueran sencillamente a otra parte y buscasen a las
personas de buena voluntad.
Así mismo dice hoy el Espiritismo a sus adeptos. No
violentéis ninguna conciencia; no forcéis a nadie a dejar su
creencia para adoptar la vuestra; no anatematicéis a los que no
piensan como vosotros; acoged a los que acudan a vosotros y
dejad en paz a los que os rechazan. Acordaos de las palabras de
Cristo: en otro tiempo el cielo se tomaba por la violencia, hoy
por la dulzura. (Cap. IV, números 10 y 11).

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