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Historia de la liturgia (vol. 1) - RIGHETTI, Mario

Historia de la liturgia (vol. 1) - RIGHETTI, Mario

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Dos son las principales obras con las cuales Dios ha manifestado a los hombres su
omnipotencia y su bondad: la creación y la redención. La Iglesia le alaba por ellas,
conmemorándolas incesantemente en su liturgia; la creación, con el servicio eucológico semanal,
cantado admirablemente en los himnos vespertinos de San Gregorio; la redención, con el ciclo
anual del tiempo, que se desarrolla desde la primera dominica de Adviento hasta la última
dominica después de Pentecostés, evocando sucesivamente todos los misterios de la vida de
Cristo: su nacimiento, sus epifanías, su actividad apostólica, su pasión y muerte, su resurrección,
su vuelta al Padre, la venida del Espíritu Paráclito, mandado por El para fecundar su Iglesia. El
ciclo semanal tiene, por tanto, un carácter eminentemente trinitario, mientras el anual es
preferentemente soteriológico y escatológico; uno y otro, sin embargo, tienen concretamente por
objeto a Dios en sus manifestaciones de poder y de amor.
Este carácter del año litúrgico, de ser memorial de las obras de Dios y de los misterios de
Cristo, se remonta a sus mismos orígenes, porque fue impuesto por Cristo a su Iglesia. Cristo
mismo mandó a los apóstoles que la celebración eucarística fuese reproducción y recordatorio de
lo que El había hecho. En efecto, el marco de tiempo, lugar y rito en el cual fue celebrada desde
la primera generación cristiana está calcado en la cena dominical. La dominica nace como
conmemoración semanal del gran día de la resurrección de Cristo, y el primer núcleo del año
litúrgico está constituido por la reproducción de lo que Cristo hizo en su pasión, muerte y
resurrección
: la Pascha crucifixíonis y la Pascha resurrectionis. Era el misterio fundamental de
la nueva fe, al cual se asoció en seguida, en la liturgia, el de Pentecostés; eran dos puntos
luminosos de historia reciente que se unían y completaban mutuamente; recuerdo ciertamente de
antiguas fiestas hebraicas, pero ya reabsorbidas en un significado y contenido radicalmente
diverso.

La solemnidad pascual era demasiado grande para no exigir una preparación; prolongada,
después, en los cincuenta días de alegría hasta Pentecostés, reclamaba necesariamente un
contrapunto adecuado. Y he aquí que surge (s. II-IV) un período de preparación a la Pascua de
carácter penitencial, que, de pocos días en un principio, se extendió, poco a poco, a una, tres, seis
semanas (Cuaresma), y, finalmente, a tres dominicas precuaresmales.
Entre tanto, los grandes debates cristológicos que agitaron la Iglesia en el siglo IV
contribuían a hacer resaltar mejor también en la liturgia los misterios que afectan a la persona
de Cristo.
Vemos así introducirse en Roma y en Oriente, si bien en días distintos, la fiesta de
Navidad con sus tres epifanías (los Magos, el bautismo en el Jordán, las bodas de Cana), que
rápidamente adquirió difusión y prestigio, y, a semejanza de la Pascua, se enriqueció con un
período preparatorio (Adviento, s. V-VI) y más tarde, con el Ipapante, de una cuadragésima
conclusiva. Encontramos, por tanto, ya en el siglo VI, esencialmente organizados los dos grandes
ciclos litúrgicos, pascual y natalicio, que constituirán en adelante los dos polos en torno a los
cuales gravitará el conjunto de las fiestas universalmente celebradas en la Iglesia católica.
En tiempos más cercanos a nosotros fueron instituidas otras solemnidades,
preferentemente de carácter cristológico, como la Trinidad, el Nombre de Jesús, el Corpus
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Christi, el Sagrado Corazón, la Preciosísima Sangre, Cristo Rey; pero, aunque adquirieron rango
de importancia, todos fueron engastados en los dos ciclos dichos y subordinados a ellos.
2. En torno a ellos, y sirviéndose de ellos como de fondo, comienza a brillar ya desde el
siglo II, con las primeras conmemoraciones de los mártires, otro ciclo, el ciclo hagiográfico o de
los santos. Pero, en verdad, la esperanza de una resurrección gloriosa, de la cual la resurrección
de Cristo había sido el prototipo, asoció en seguida el concepto de la deposítio de los difuntos, y
en especial de los mártires, a aquel de la solemnidad dominical; de suerte que San Ignacio de
Atioquía escribe a los romanos que no desea ya otra cosa sino morir y que el anuncio de su
martirio les llegue antes de la ofrenda del divino sacrificio, a fin de que todos a una puedan dar
gracias al Señor por haber ensalzado al obispo de Siria al cielo de su ciudad.
El culto litúrgico de los mártires, que fue el primer anillo del ciclo hagiográfico fue en un
principio unido con la liturgia funeraria de las catacumbas. Lo comprueban todos los datos
contenidos en los antiguos calendarios, comenzando por el feríale filocaliano; no hay que
maravillarse, por tanto, si durante mucho tiempo su culto conservó los caracteres de ella. La
celebración de las fiestas de los mártires y después las de los santos obispos que habían ilustrado
la propia sede era totalmente local, es decir, restringida a las memorias erigidas sobre sus
sepulcros. En Roma, por ejemplo, fuera del cementerio de Calixto o de Priscila, cuando se
celebraba el aniversario de algún mártir, la fiesta no tenía ninguna expresión litúrgica; de forma
que mientras los devotos se agrupaban fuera del promerium para tomar parte en la solemnidad
cementerial, el clero dedicado al servicio de los títulos urbanos continuaba en ellos la celebración
de los oficios divinos según el acostumbrado ciclo hebdomadario.
Sucesivamente (s. VII-VIII), al multiplicarse los altares dedicados a los mártires y a los
santos confesores, que guardaban sus reliquias, también sus fiestas se multiplicaron y se
extendieron; la reforma litúrgica carolingia (s. IX).

La repartición de las fiestas litúrgicas según los varios ciclos arriba mencionados es más bien de
orden descriptivo o didáctico. En realidad, el ciclo litúrgico es uno solo: la Pascua. En efecto, el
ciclo de la encarnación (Navidad), así en el plan de la Providencia como en el pensamiento de la
Iglesia, está subordinado al ciclo de la resurrección (Pascua). El Hijo de Dios se ha hecho
hombre para redimirnos: propter nos et propter nostram salutem. Las fiestas de la Virgen y de
los santos no están separadas de aquel ciclo cristológico, sino que forman parte integrante de él,
ya que el sacrificio cruento sufrido por los mártires y el sacrificio incruento de los confesores
está esbozado en torno a la pasión de Cristo; no la pasión histórica, se entiende, sino aquella que
se desarrolla y se perpetúa en la Iglesia a través del misterio redentor de la misa.

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