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Bergalli Roberto-SISTEMA PENAL Y PROBLEMAS SOCIALES

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La sociología del conflicto encaró las tareas de explicar las nuevas formas
de malestar social y de describir cómo podía ser entendida la conflictividad
social que se conectaba con ese malestar. Para llevarlas a cabo tuvo que
reinterpretar conceptualmente el papel del conflicto y del cambio social. El
núcleo fundamental de esta reinterpretación puede encontrarse en los
trabajos de R. Dahrendorf y de L. A. Coser, cuya influencia se extiende a los
criminólogos conflictualistas de carácter no marxista.

Es importante subrayar que la conflictividad propia de estas sociedades no se manifiesta
tanto como una contraposición entre capital y trabajo asalariado, tal como la había
definido la teoría marxista, sino como un problema de participación o exclusión en las
relaciones de poder (Baratta, 1986, 145; Pavarini, 1988, 141-142). Si bien, como señala
Dahrendorf (1979, 285-296), esta forma de entender el conflicto tiene bastante que ver
con el hecho de entrar en una fase económica monopolista o oligopolista. En esta fase el
capital ya no está en las manos de una clase sino que es principalmente capital del estado
empresario o de grandes concentraciones económicas internacionales, las cuales no se
preocupan tanto por obtener el máximo de ganancias como por conservar y extender su
esfera de poder político, es decir, su capacidad de interlocución y de presión respecto de
las instituciones públicas que toman las decisiones sobre el desarrollo de los procesos
productivos. Para un análisis de los mecanismos técnico-jurídicos propios de esta nueva
etapa económica puede acudirse a Galgano (1980).
Como indica Moya (1982, 85) la «radical oposición entre enfoques centrados en el
consensus y enfoques centrados en la dominación y el conflicto social se mantiene a lo
largo de toda la historia de la Sociología.»

SOCIOLOGÍA JURÍDICO-PENAL Y ACTIVIDAD LEGISLATIVA

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En la obra de Dahrendorf, quizás por su propia biografiV, se percibe una
constante preocupación por la ley y el orden —más concretamente por las
maneras en que la anemia puede ser evitada—, pero no en un sentido
técnico-criminológico sino político-social. De hecho, su obra expresa un
intento de conjugar la existencia de conflictos con las necesidades de
integración sociaF.

Para intentar superar la explicación del sistema social descrito por el
estructural-funcionalismo, Dahrendorf (1958, 126-127) reahza dos opera-
ciones argumentativas. En primer lugar, sostiene la normahdad de los
cambios y de los conflictos sociales; éstos no deben ser concebidos como una
desviación de un sistema normal y equilibrado —producto de un proceso
patológico— sino como el propio eje de equilibrio del sistema sociaP. En
segundo lugar, afirma que la cohesión social no se ñindamenta en el
consenso sobre unos valores comunes sino en la coacción o el constreñimien-
to, en el dominio ejercido por algunos sobre otros.

Partiendo de estas premisas, Dahrendorf concibe la sociedad como un
entramado plural y competitivo de grupos de intereses, que se articula a
través de cierto tipo de relaciones: las asociaciones coordinadas impera-
tivamente (imperatively coordinated associations). Su esquema explicativo
es el siguiente. La desigualdad en la distribución de poder y autoridad
genera en cualquier clase de organización social dos tipos de grupos (que
están integrados, a su vez, por una pluralidad de subgrupos): los que
detentan el poder y la autoridad y los sometidos al control que ejercen los
primeros; estos grupos se encuentran, por fuerza, en conflicto y están
empeñados en conseguir una transformación en las normas y valores para

En este punto son reveladores los datos que, a modo de apunte introductorio, el propio
autor nos aporta sobre su infancia (Dahrendorf, 1994, 13-15). También tiene interés al
respecto la entrevista contenida en Marsal (1973).
«Hemos visto que hay dos fuerzas que empujan a la sociedad por el camino hacia la
Anomia o, con más precisión dos clases de vacío que la solucionan por este camino. Una
es la impunidad, la declinante validez de las normas sociales. La otra es el progresivo
debilitamiento de las ligaduras. Sería un error abandonar el contrato social sin
preguntarse al menos qué debería suceder, y qué sucede, a este respecto. ¿Hay signos de
reconstitución de esos vínculos sin los cuales el contrato social no puede funcionar?»
(Dahrendorf, 1994, 95). Esta cuestión aparece también en Dahrendorf (1990,189-195),
Según Dahrendorf (1958; 1990, 73-79) el cambio es el estado normal de toda sociedad,
éste se produce continuamente y en todos sus niveles porque siempre hay individuos que
no comparten el orden social y se encuentran en condiciones de tratar de sustituirlo. Lo
mismo pasa respecto al conflicto, lo anormal es su ausencia, ya que si bien puede ser
regulado o encauzado no puede ser erradicado para siempre.

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JOSÉ LUIS DOMÍNGUEZ FIGUEIRIDO

lograr que los sistemas de estratificación social y de evaluación moral
evolucionen al mismo ritmo que evoluciona la sociedad industrial (empeño
que en última instancia responde a la finalidad de obtener, mediante ese
cambio, la satisfacción de sus intereses); ahora bien, los conflictos no
siempre evidencian un desmoronamiento de la estabilidad social sino que
pueden ser funcionales: al promover la adecuación de la estructura social a
las condiciones emergentes —siempre con la correspondiente mediación de
las instituciones democráticas— contribuyen a un desarrollo más justo y
efectivo del orden sociaF.

Por su parte. Coser (1961 y 1970) —que parte de una concepción del
conflicto más amplia que la de Dahrendorf—^" realiza una explicación más
detallada de las funciones positivas del conflicto, explicación en la que
cambio normativo e integración grupal son procesos que, como mínimo, se
desarrollan en paralelo'^

ComoseñalanTaylor,WaltonyYoung(1977,256), Pitch(1980,141-142), Baratta(1986,
127) y Ritzer (1995,81), la explicación conflictual de Dahrendorf desplaza la atención del
contenido material del conflicto —relativo a las dinámicas del proceso económico— a las
formas cambiantes de su mediación política, como si los cambios de estructura y los
cambios de gobierno constituyeran términos equivalentes. Y como resultado de este
desplazamiento aparece una estrategia ideológica reformista —cercana a la orientación
político-social del estructural-funcionalismo— que expresa un nuevo consensualismo.
Lo que sucede es que el consensus no se funda ahora en la adhesión efectiva de la mayoría
de la población a determinadas jerarquías de valores sino en la adhesión a las formas
político-institucionales y jurídicas de recomposición y resolución de la conflictividad
ofrecidas por el estado de bienestar (Pavarini, 1988, 140-142).

Mientras que para Dahrendorf el conflicto siempre es reconducible al poder o a las bases
del dominio, Coser considera el poder es sólo uno de sus posibles objetos. «[El conflicto
es] una lucha que versa sobre valores y sobre pretensiones a status sociales escasos,
sobre el poder y los recursos; una lucha en que los fines de las partes en conflicto son los
de neutralizarse, lesionarse o eliminarse recíprocamente» (Coser, 1956, 10; citado por
Baratta, 1986, 129).
El planteamiento de estas cuestiones en Coser es deudor de la perspectiva de G. Simmel
(Pitch, 1980, 135-136), en la que antagonismo y armonía eran los dos principios que al
concurrir permitían la integración de los grupos sociales. Como indica Giner (1986,186),
«en la época moderna, fue Simmel quien abrió el camino a un entendimiento más
apropiado de los efectos del conflicto sobre las partes contendientes. En vez de concentrar
su atención sobre los efectos disfuncionales del conflicto, Simmel observó que éste
también producía efectos de otro género. El conflicto es una de las fuerzas integrativas
más potentes con que un grupo pueda contar; aumenta la solidaridad interna; ayuda al
mantenimiento de la disciplina; bajo su presión se toman decisiones drásticas que no
hubieran sido aceptables en condiciones "normales".»

SOCIOLOGÍA JURÍDICO-PENAL Y ACTIVIDAD LEGISLATIVA

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En primer lugar, el conflicto puede ser considerado como una válvula de
seguridad que da salida y neutraliza la tensión social. Los conflictos
permiten que los individuos canalicen la agresividad y las fi-ustraciones
reprimidas, impidiendo que dicha carga pasional alcance un nivel peligroso
para las propias bases del consenso social.

En segundo lugar, constituye un expediente psicológico adecuado tanto
para mantener la estratificación social como para establecer y conservar la
identidad y los límites de sociedades y grupos. En este sentido Coser señala
que el modelo económico-social imperante promueve una ideología de la
competencia que sólo tiene sentido sobre la base de una organización social
estratificada. Sin antagonismo la estratificación —y la propia identidad de
los grupos— se vería amenazada y carecería de sentido la incentivación de
aquellos sectores de la población que se encuentran en una posición desven-
tajosa^^.

En tercer lugar, el conflicto —que se desarrolla en un contexto
normativamente determinado— actúa como estímulo para el estableci-
miento de nuevas normas, permitiendo la adaptación de las relaciones
sociales a unas condiciones cambiantes en correspondencia con las necesi-
dades advertidas por los miembros individuales y por los grupos que
integran la sociedad'^.

La traslación del modelo conflictual de explicación de las relaciones
sociales a la teoría de la criminalidad corrió a cargo, fundamentalmente, de

En la medida en que desapareciera la idea de ascenso social, es decir, la posibilidad de
realizar un movimiento vertical en la estructura social, sería muy difícil motivar a
grupos e individuos hacia la aceptación de un sistema que exige, para hacer efectiva esa
promesa de mejora, aceptar no sólo unas determinadas reglas del juego sino también un
status previamente asignado.
Pero no todo conflicto desarrolla las funciones positivas que acabamos de comentar, para
ello es necesario que el conflicto sea realista, que no constituya una mera descarga de
agresividad. El conflicto realista o funcional, según Coser, hace referencia a aquellas
conductas que infringen las normas institucionales para asegurar la consecución de
metas y objetivos culturalmente prescritos. Lo relevante en estos casos es que esa
infracción irá acompañada de la formulación de alternativas de comportamiento cuya
elección depende de un cálculo racional en la lucha por la obtención de una meta
establecida y/o aceptada por el sistema. En consecuencia, el conflicto realista al no
cuestionar el marco normativo más general —es decir, al no cuestionar la legitimidad del
sistema— podrá ser canalizado por parte de la estructura jurídico-administrativa
estatal.
Desde una perspectiva crítica debe observarse que con este esquema interpretativo
resultan devaluadas todas las formas de conflictividad que no encuentran forma de
mediación política, siendo definidas como no realistas, utópicas o negativas.

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JOSÉ LUIS DOMÍNGUEZ FIGUEIRIDO

Georg B. Vold y Austin Turk. Aunque con distintos acentos, ambos autores
proponen desplazar el centro de interés de la investigación criminológica
desde el delincuente al poder de definición de lo que se considera como
criminal y, en consecuencia, reclaman que el análisis de la organización
social y política sea integrado en dicha investigación'*.

Vold afirma que buena parte de los delitos tienen una explicación
conflictual, son el resultado de las confi^ontaciones entre los diversos grupos
que componen el tejido sociaP'', las cuales también tienen lugar en el terreno
jurídico. En contra de lo sostenido por el principio de neutralidad del
derecho, los grupos sociales intentan influir sobre la legislación —y, desde
luego, sobre el fiíncionamiento de las instituciones jurídicas— para comba-
tir y neutralizar los comportamientos de los contrarios. De esta manera, el
derecho es interpretado como un mecanismo instrumentalizado que expre-
sa la voluntad del más fuerte y el crimen como la definición institucional de
ilegalidad de aquellos comportamientos que son considerados como contra-
rios a los intereses del grupo dominante, viéndose constreñido el grupo
dominado a actuar contra la ley"'.

En este punto el planteamiento de los criminólogos conflictualistas se entronca con la
explicación del proceso de -eriminalización primaria realizada por los teóricos del
labelling approach (García-Pablos, 1988, 602-603).
Confrontaciones que aparecen cuando los grupos devienen competitivos y operan en un
mismo campo de interacción, es decir, cuando se solapan o se entrecruzan sus intereses
contrapuestos (Vold, 1979, 284-285).
A partir de los años setenta diversos autores acuden al enfoque conflictual para analizar
el funcionamiento de la justicia penal —pioneros en seguir esta senda fueron Chambliss
y Seidman o Quinney (García-Pablos, 1988, 623-628). Sus trabajos reafirman que la
posibilidad de que la ley acoja los sistemas de valores propios de cada uno de los grupos
que integran una sociedad pluralista no se reparte por igual entre todos ellos sino que
guarda una estrecha relación con la posición política y económica de los mismos, es decir,
con las estructuras de poder. De igual forma, subrayan que las agencias oficiales actúan
al servicio de los intereses de los grupos de poder cuando aplican el derecho, lo cual puede
ser constatado tanto en su estructura como en su funcionamiento. Por este motivo,
concluyen, el sistema penal debe ser considerado una función de las relaciones de poder.
Sobre esta base, Quinney (1970,16) —que en este punto se alinea con el sector más radical
del labelling approach — llega a afirmar el carácter definitorial y no ontológico del delito;
éste constituye una definición de la conducta humana que procede, en las sociedades
organizadas políticamente, de determinados agentes e instancias legitimados para poner
en marcha ciertos procesos de formulación y aplicación de las definiciones legales.
Por otra parte, debe señalarse que es esta interpretación conflictualista la que abre la
puerta a la posibilidad de considerar al delito como un comportamiento político y al
criminal como el miembro de un grupo minoritario sin la base pública suficiente para
dominar y controlar el poder del estado (Baratta, 1986,132; Pavarini, 1988,140; García-
Pablos, 1988, 620).

SOCIOLOGÍA JURÍDICO-PENAL Y ACTIVIDAD LEGISLATIVA

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Aunque con algunas variantes, el mismo esquema explicativo se reitera
en la obra de Austin Turk. Este autor pretende realizar, sobre la base de su
peculiar manera de explicar el conflicto sociaP^ una teoría general de la
criminalizacion que especifique las condiciones en las que una persona
sometida en una relación de autoridad/sometimiento será definida como
delincuente^**.

Pero lo que nos interesa resaltar en este momento es la forma en que Turk
explica los motivos por los que la criminalidad es atribuida como un status
social. Según este autor, el orden social descansa en un equilibrio entre
consenso y coerción que es sostenido por las autoridades. Éstas deben
procurar que las relaciones de poder no sean ni excesivamente coercitivas
ni excesivamente consensúales, ya que en la medida en que lo consigan los
ciudadanos asumirán como inevitables los roles sociales de la autoridad. Por
lo tanto, todo el orden social descansa en un mecanismo de condicionamiento,
que las autoridades modulan mediante la creación, la interpretación y la
aplicación coactiva de las normas. En suma, las relaciones de autoridad no
se consolidan porque los individuos crean en la justicia y en el orden social
establecido sino porque son condicionados para aceptarlas como un hecho
más de la vida'**.

Turk (1980, 78-91) cree que la razón del conflicto se encuentra en el hecho de que los
individuos perciben y comprenden de manera diversa los fenómenos sociales. Cada parte
en el conflicto procura llevar a la práctica su respectiva manera de pensar y actuar, lo
que genera una lucha deliberada sobre la distribución de los recursos disponibles y el
acceso efectivo a las metas perseguidas. Ahora bien, el conflicto no se produce en una
esfera estrictamente individual ya que quienes comparten creencias y actitudes seme-
jantes tienden a agruparse. De esta manera los conflictos se institucionalizan y adoptan
las formas de sistemas de estratificación, los cuales permiten mantener un modelo social
caracterizado por la explotación económica. Dicho modelo social es sostenido por la
dominación política en sus diversas formas.
Para cumplir este objetivo, Turk intenta dar respuesta a una serie de cuestiones
encadenadas entre sí; en primer lugar, debe especificar las condiciones en las que los
individuos aceptarán la autoridad y los motivos por los que lo hacen; en segxindo lugar,
debe explicar bajo qué condiciones las discrepancias culturales y sociales entre autori-
dad e individuos conducirán a un conflicto; en tercer lugar, debe explicar bajo qué otras
tendrá lugar la criminalizacion en el seno de éste; y, finalmente, debe determinaren qué
medida influye el grado de pobreza de un individuo en la probabilidad de ser etiquetado
como criminal. Para un análisis detallado de la manera en que Turk da respuesta a estas
cuestiones ver García-Pablos (1988, 628-631), Pitch (1980,142-146) y Taylor, Walton y
Young (1977, 256-265).
Como en el caso de los teóricos del etiquetamiento y de Quinney, Turk (1966, 341-345)
llega a afirmar que hacerse criminal es distinto que llevar a cabo una conducta delictiva.
Una persona es valorada no por su comportamiento sino por concretas reacciones de los

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Turk establece así una relación entre sanción, conducta sancionada
(discriminatoriamente) y posición en el conflicto social que conduce, si
quiere ser correctamente entendida, a la necesidad de analizar el contexto
en el que las normas son creadas (Pitch, 1980, 143-144)^".

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