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EL MUNDO INQUEBRANTABLE

Las murallas flaqueaban. Sus ladrillos provocaban humo, y entre sus huecos, el musgo se desmenuzaba y caía en pedazos al suelo. La grava hacía ruido y los niños gritaban, se aferraban a las ropas de sus madres y estas los cobijaban bajo sus brazos mientras corrían a salvaguardarse. Al otro lado, desde la inquebrantable mirada de la ciudad de Linho, el ejército ordenaba mediante la violencia el desalojo de sus vecinos. Tenían que controlar la última de las tierras salvajes del territorio de Alanha.

Pero el pueblo de Cardim no estaba dispuesto a irse. Pese a que todo cuanto les quedaba eran sus propias cosechas y el agua que bullía en el manantial, no pensaban marcharse. Si abandonaban Cardim no tendrían lugar en el que vivir, y menos, en el que estar seguros. Linho tenía el poder del mundo. Era inquebrantable.

Las murallas seguían con su invisible forcejeo con el ejército, formado por varias razas, tanto humanas como de otras zonas. Se oían gritos de guerra y de vez en cuando alguna flecha atravesaba las defensas de la ciudad y atravesaban los cuerpos de los ciudadanos de Cardim. Todo aquello era una masa de miedo, terror y desesperación. Se amontonaban en las casas más cercanas al ayuntamiento, esperando respuesta de su alcalde, pero este no aparecía y no tenía intención de hacerlo. Sabía que si aparecía, sería abatido como si fuese un pájaro en pleno vuelo.

Cuando la puerta se movió ligeramente, señal inequívoca de que habían conseguido matar a los guardas que controlaban el acceso a Cardim, los ciudadanos se asustaron más y soltaron gritos ahogados. Los niños lloraban y sus padres pedían clemencia. Se amontonaban como podían, unos sobre otros, en total y completa oscuridad. El cobijo era lúgubre, y frío, pero un centenar de personas se reunían en él, en abundancia muchachos de apenas unos años. Las madres no daban crédito a sus ojos, ya que en sus largas vidas, jamás habían visto tal dominación y cabezonería de parte de los militantes de Linho.

De pronto, y sin que nadie estuviese preparado para ello, entraron todos en estampida desde el otro lado. Sus pies se oyeron por toda la ciudad. Arrasaron con todo. Las cabañas fueron echas pasto de las llamas, las lamían y dejaban en completo desuso.

Los animales fueron sacrificados, aunque los que estaban en mejor estado fueron llevados de uno en uno a las fronteras de Linho para que los campesinos los condujesen a sus granjas, así que quien antes los cogiese, mejor. El humo comenzó a expandirse, y los pueblerinos a toser. Poco a poco se acercaba el ejército, con sus armas destrozando todo cuanto encontraban a su paso. Era más bien poco y de escaso valor, pero era lo único que tenían.

Algunos hombres, cansados del dominio de Linho sobre Cardim, salían con hachas frente a sus casas, defendiendo así a su familia, pero no lo conseguían y acababan en el suelo. La sangre rodeaba sus cuerpos. Uno fue el valiente que colocó varias ballestas sobre la muralla del otro lado de la ciudad y las activó simultáneamente para abatir a algunos de los Linhianos. Pero ellos estaban más preparados y consiguieron evitar las flechas. Al cabo de un breve lapso de tiempo, cuando uno de los generales del batallón segundo divisó en lo alto al ciudadano rebelde, tomó el arma de la mano de uno de sus camarillas y disparó. El cuerpo sin vida cayó al otro lado con un ruido sordo.

Siguieron avanzando y alcanzaron de una vez por todas las cabañas de refugiados. Ellos mantuvieron la respiración, escuchando tras las paredes cómo los bravucones de los soldados se reían. Veían sus sombras desde las sombras. Abrieron la puerta. Y dio comienzo la mayor matanza jamás vista. Por el dominio de una civilización. Tan solo vidas para un imperio. El último resquicio de sentido común.