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ENSAYO

La
dulce
dulce
Marilyn
Marilyn
Turquoise Marilyn © By Andy Warhol

Por
Juan José Oppizzi
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LA DULCE MARILYN
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P ocas mujeres han logrado instalarse en el


ámbito de las imágenes colectivas como
Marilyn Monroe. Cabellera rubia, labios
carnosos, ojos rasgados, cuerpo jugando en
vestidos ligeros y flameantes. Ya es una figura
que apenas requiere de los trazos completos
para ser identificada. Cualquier dibujante
puede hacer un bosquejo casi abstracto y, si
destaca dos o tres rasgos característicos, la
vuelve reconocible para muchos.

¿Qué tuvo Marilyn que no hayan tenido otras


colegas de exhibición? Entre otras cosas, fue el
primer producto abiertamente sexual
hollywoodense masivo. Fue armada para ser la
muñeca felina que no habían sido hasta ese
momento las actrices de la gran pantalla. No al
menos para un gran sector del público. Y se le
podría señalar algo que no tuvo y que,
curiosamente, infló su trascendencia: ni una
gota de condiciones dramáticas. La Monroe no
sabía lo que era la interpretación; en cambio,
sabía muy bien lo que era la seducción. Quienes
la rodearon fueron los primeros en caer bajo el
imán de esa característica y en darse cuenta de
su valor: directores, empresarios y actores
emitieron juicios tan laudatorios sobre la
personalidad de ella, que es imposible no
atribuirlos a la influencia hormonal y al cálculo
monetario, antes que a la objetividad
profesional. No de otra manera se explica que
toda su trayectoria en el cine se reduzca a
actuaciones bobas. Lo que Hollywood veía en
esa joven químicamente rubia era la posibilidad
de inaugurar una forma aluvional –y, por
supuesto lucrativa– de estímulo al voyeurismo.

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JUAN JOSE OPPIZZI
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Como sucede en la mayoría de los casos, detrás del


escenario había una realidad algo diferente.
Marilyn era una mujer desgraciada. La rodeaba el
lujo, pero su condición era la que tal vez había sido
antes de entrar en el rayo de luz de las cámaras: un
simple objeto.

Su problema era que el objeto resultaba codiciado


por gentes no simples. Para colmo, el cerebro no le
aportaba las sugerencias mínimas para tomar
buenos caminos. Algunos corrillos empezaron a
adjudicarle visitas a la Casa Blanca, donde el
patrón de turno era el famoso Johnn Kennedy. En
un acto público, en el cumpleaños de éste, ella
apareció, ondulante como una ola marina, y le
cantó con voz estrógena; eso acabó por darle a los
rumores un tinte veraz. Por supuesto que las visitas
de Monroe a la sede presidencial yanqui –siempre
en labios de los chismosos que nunca faltan– no
eran en calidad de amante de Johnn, sino que se
debían al papel más vulgar de complemento para
las orgías en las que participaban varios miembros
del gobierno y de la célebre familia.

Hacia 1960, Marilyn se veía atormentada; los


dichos sobre su adicción a los fármacos arreciaron.
Algunos episodios violentos fueron silenciados por
los representantes artísticos; también se habló de
internaciones en busca de cura. Su aspecto varió:
de la chica brillante, que trascendía la pantalla
grande para habitar los anuncios de muchísimos
productos, sólo fue quedando una sonrisa forzada
y triste, una pose indiferente. En 1962 la novedad
de su fallecimiento inundó diarios y revistas del
mundo con la carita jubilosa de otrora. Una ingesta
desmesurada de pastillas cargó, en el parte oficial,
con la responsabilidad del hecho. Los infaltables
chismosos que propalaran la índole concupiscente
de sus visitas a la Casa Blanca, contaron que la
sobredosis mortal no era voluntaria, sino aplicada
a la fuerza por hábiles custodios del entorno
presidencial, a fin de conjurar el peligro que
significaba una muñeca de escaso intelecto en
posesión de secretos de estado oídos en el vértigo
de las fiestas negras de palacio.

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