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LA FORJA DE LA ESPADA MAESTRA

LA FORJA DE LA ESPADA MAESTRA Jose Man<nel Bringas

Jose Man<nel Bringas

De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

>no q<e son tres sabid<ría poder y valor El Tesoro Dorado q<e g<arda los miesterios de Hyr<le

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L a posada estaba atestada de gente y el recién llegado tuvo que esforzar-

se para llegar a la barra. Iba envuelto en una capa de viaje de color marrón cu- ya capucha le ocultaba el rostro. En sus manos sujetaba un bastón de recia ma- dera con el que golpeó en la barra para llamar la atención del posadero, un hombre de mediana edad y rostro enjuto, que se acercó en cuanto lo recono- ció.

- Pasad – le dijo al oído -. Os estaban esperando.

El encapuchado asintió y se dirigió a la parte de atrás de la posada donde había una puerta cerrada con llave. De nuevo con el bastón, golpeó la plancha de madera con una peculiar cadencia y el sonido de una llave al girar en la ce- rradura le llegó a través del griterío de la gente. La puerta se entreabrió y apa- reció la cara de un niño a apenas un metro del suelo. Al verle asintió con serie- dad y se hizo a un lado, invitándole a pasar.

El otro atravesó la puerta y oyó cómo se cerraba detrás de él. Apenas hubo andado unos metros cuando se detuvo ante una escalera excavada en piedra que desaparecía un poco más adelante en la oscuridad del subterráneo.

- ¿Hace mucho que han llegado? – preguntó.

- El suficiente como para empezar a impacientarse.

Se rió ante el mordaz comentario.

- Entonces dame una luz para que no sigan esperando.

El niño le tendió un farol que acababa de encender.

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Every game has a story, only one is a legend. Blades will bleed, shields will shatter, b<t as the light fades, will the Hero rise again or will the darkness reign?

- La segunda puerta de la izquierda.

Asintió y, rebuscando en el interior de la capa, sacó una pequeña gema alargada de cristal azulado que dio al muchacho. Acto seguido, sostuvo el farol para ver por donde pisaba. Había recorrido aquellos túneles varias veces y cada vez que bajaba aquellas estrechas escaleras de caracol sentía como si la tierra se lo tragase. El olor a cerrado y la humedad del pasadizo no eran de su agrado, pero la naturaleza de su pequeña reunión requería aquel secretismo.

Al cabo de unos segundos llegó al final de la escalera y al inicio de un túnel con cuatro puertas. Siguió las instrucciones del chico y llamó a la segunda de su izquierda.

- ¿Quién es? – preguntó una voz cascada al otro lado.

- Soy yo, Eminencia – contestó.

La puerta se abrió de inmediato y ante él estaba el viejo Cadler, el clérigo a cargo del Santuario Dorado. Era un hombre grueso, de expresión amable en el rostro y cabellos entrecanos que le caían en cascada sobre los hombros. Sus ojos eran de un azul clarísimo, casi gris, sus ropajes eran blancos y el único adorno que se permitía era una estola bordada con hilo de oro.

- ¡Muchacho! – exclamó al verle - ¡Cuánto me alegro de que estés sano y

salvo!

Correspondió al abrazo del anciano con cariño y afecto.

- También yo me alegro de verte. Veo que todavía no se han atrevido a ponerte la mano encima.

- Aún hay fuerza en estos brazos y cordura en mi vieja sesera. Sin embar-

go, él es cada vez más fuerte y no está lejano el día en que yo también me vea

obligado a luchar por mi vida.

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“Pero pasa y hablemos de cosas más inmediatas. Déjame que te presen- te a los otros para que podamos comenzar.

Entró, se quitó la ajada capa y apareció un joven de apenas veinte años. Su rostro rezumaba juventud y excitación. Sus cabellos eran de un castaño muy claro, casi rubio, y los ojos de un profundo azul. Sus orejas acababan en una graciosa punta que lo marcaban como un hylian, la más apreciada de las razas de Hyrule. En la oreja derecha, además, lucía un sencillo aro de oro.

Iba ataviado con una cota de mallas de bella manufactura. Una camisa y un pantalón, ambos de color crema y gastados por el uso, eran los encargados de que una armadura de anillas no le rozara la piel. Completaban su vestuario unas botas de viaje, marrones, una bolsa abultada que le pendía de un grueso cinturón de cuero y una vaina a su espalda donde tenía guardado el bastón de madera.

Depositó su capa en el respaldo de una silla y con mirada tranquila estu- dió a las otras personas que se encontraban en la sala, de mediano tamaño, bien iluminada y con varias sillas dispuestas alrededor de una mesa.

Había un hombre de mediana edad, pasados los cuarenta años, de pie, con el cuerpo vuelto hacia un cuadro de caza. Sus cabellos eran rubios y lucía una barba bien cuidada. Vestía con ricos ropajes y una espada pendía de su cin- to. Al verle aparecer se dedicó a estudiarle detenidamente con unos inquisiti- vos ojos verdes.

A los pocos segundos desvió la mirada y la posó en las otras dos perso- nas que quedaban. Una de ellas también estaba de pie y era una mujer de gran estatura, calculó que casi un metro ochenta, protegida con un peto de acero y armada con una espada de pomo oscuro. Sus cabellos eran plateados y de sus hombros surgía una capa negra que le rozaba los tobillos. Su rostro estaba pin-

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tado con dibujos tribales y una de sus manos, enfundadas en guantes de cuero negro, se posaba en el respaldo de una silla ocupada por la criatura más bella que había visto en su vida.

Unos cabellos largos y rubios descendían por su espalda como una casca- da bajo la luz del atardecer y aureolaban un níveo rostro de facciones exquisi- tas. Tendría su edad, tal vez un poco menos, y sus ojos, grandes y azules, lo mi- raron de una forma que sintió que las piernas le iban a fallar. Vestía unos ropa- jes blancos y una sobretúnica de color azul cuya capucha descansaba sobre sus hombros. Un último detalle, era también una hylian, le confirmó la identidad de la mujer.

Inmediatamente se arrodilló y bajó la mirada.

- Princesa

– dijo con tono reverente.

- Levantaos – ordenó la joven con una voz melodiosa -. En esta habita- ción no hay lugar para las jerarquías.

- Dejadme hacer las presentaciones - dijo Cadler a la vez que el recién lle-

gado se incorporaba -. Maestro Arad – el hombre rubio asintió con la cabeza -; Lady Impa – señaló ahora a la guerrera plateada y negra –; y ya habéis recono- cido a la princesa Zelda.

- Vuestra belleza es digna de mencionarse en las leyendas, princesa Zel- da. Es un honor conoceros.

La princesa aceptó el cumplido con una sonrisa que hizo que el joven hiciera otra profunda reverencia que ocultara su sonrojo.

- Y vos sois

– preguntó Arad acercándose a su silla.

- Link - contestó el joven.

- Como ya os dije antes, es mi protegido desde hace muchos años – dijo Cadler mientras que invitaba a todos a tomar asiento.

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- También es un placer conoceros, Maestro Arad. Vuestra fama ha llega- do a oídos de todos.

El aludido respondió a la deferencia del muchacho con un modesto cabe-

ceo.

- Me temo que esa fama está mal adjudicada, puesto que la guerra está

– se frenó y abarcó con un gesto a todos los pre-

casi perdida, joven Link. Yo

sentes – Todo el reino está en serio peligro.

- Dejémonos de cortesías inútiles – cortó secamente Lady Impa -. El tiem-

po corre en nuestra contra y el lazo en nuestro cuello aprieta cada día más.

- Maestro Arad – preguntó la princesa -. Vos sois el único que ha luchado contra Ganondorf. Contadnos cómo fue.

El hombre se mesó los cabellos y cerró los ojos durante un momento, mientras hacía memoria. Luego comenzó su relato.

- Ya hemos perdido la cuenta de las batallas que hemos librado contra él.

Esta guerra ya ha durado veinticinco años, demasiados, y a pesar de que al principio ganamos los enfrentamientos, las fuerzas de Ganondorf se han ido haciendo más fuertes mientras que las nuestras se debilitaban.

"Hará cosa de un mes que sufrimos nuestra última derrota, la única oca- sión en que he podido ver al Demonio de Jade en persona. Ante nosotros se ex- tendía un enorme ejército mientras que nosotros éramos apenas un par de mi- les. Luchábamos por mantener el puente norte del Zora, el que lleva a la ciudad de Kakariko. La batalla comenzó y los dos ejércitos se juntaron en medio de los gritos y el entrechocar de metales. Y de pronto lo vi. Vi al Demonio de Jade.

"Sacaba una cabeza al más alto de mis hombres y sus ropajes eran oscu- ros como la noche. Su piel era verdosa y sus cabellos eran del color de la san- gre. En su frente refulgía una gema amarillenta y sus ojos rebosaban odio. Iba a

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lomos de un infernal corcel, tan negro como el alma de su jinete, de cascos, cri- nes y aliento llameantes. Se desprendía de ambos un aura oscura que contras- taba con la luminosidad de la mañana.

“Enarbolaba una enorme espada curva y aplastaba a cuantos se le pon- ían en medio. Di la orden de acabar con él y dos compañías de arqueros dispa- raron. Las flechas no parecieron causarle más daño que el viento o la lluvia. Las espadas, hachas y lanzas rebotaron antes de alcanzarle a él o a su cabalgadura.

“Por donde pasaba, mis tropas huían atemorizadas y las suyas recrudec- ían el ataque. Tuve que ordenar la retirada para evitar nuestra total aniquila- ción. Algunos huimos hacia Kakariko, otros hacia los pueblos al margen del Zora y unos pocos escaparon a los Bosques Perdidos; de esos no hemos sabido nada.

Arad se derrumbó en su silla y metió la cabeza entre los brazos.

- Un par de días después, los que nos resguardábamos en Kakariko tuvi-

mos que huir de nuevo. La ciudad ha caído y ahora no es más que otra provin- cia en manos de Ganondorf. Si tan solo

- Nadie podría haberlo hecho mejor, Arad – lo consoló la princesa -. Ga-

nondorf es un demonio con extraños poderes y ha quedado demostrado que las armas normales no le pueden dañar.

- Es por eso que estamos aquí – dijo Cadler -. Después de tantos años,

Ganondorf no sólo amenaza con destruir nuestro amado reino sino todo Hyru- le. Los Gorons temen el despertar de Volvagia, al antiguo Dragón de los Sub- mundos, y la frontera con los Zora ya ha sido testigo de más de un derrama- miento de sangre.

- El último reducto que nos queda es esta ciudad con su castillo y Ganon-

dorf busca desesperadamente un arma que le ayude – dijo Arad apoyando las palabras del abad.

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- ¿Existe ese tipo de arma? – preguntó Link.

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- Existe – contestó Impa extremadamente seria -, y conquistar Kakariko

era parte de sus planes para apoderarse de ella. Allí se guardaba el Libro de

Mudora.

El rostro de Cadler palideció.

- ¿El

el Libro de Mudora? – preguntó con voz entrecortada.

- Así es.

- ¿Por qué es tan importante ese libro? – preguntó Link inocentemente.

- Es antiguo, muy antiguo, escrito cuando Hyrule eran aún un reino joven

– explico Lady Impa -. Los Sheikans somos sus guardianes desde hace muchos siglos y sus secretos nunca han podido ser desvelados, pues está escrito en una lengua ya muerta.

- Entonces no hay problema, ¿verdad? No creo que Ganondorf tenga éxi- to allí donde sheikan e hylian han fracasado.

- Ganondorf no está solo – dijo Impa -. Hay muchas criaturas bajo su mando, y entre ellas las Hechiceras; dos hermanas brujas de una sabiduría tan grande como la negrura de su corazón: son las madres de Ganondorf y puede que ellas sí sean capaces de descifrar el contenido del Libro de Mudora.

- ¿Entonces es posible que Ganondorf encuentre algún hechizo que le dé el poder suficiente como para conquistar el mundo?

- No hay hechizo en el mundo que tenga ese poder – aleccionó Impa -.

Los antiguos jamás lo hubieran permitido. Pero sí existe algo, no creado, sino

otorgado, que tiene ese poder.

- El Triforce – dijo la princesa en un susurro.

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- El Triforce, sí – contestó su guardiana, apesadumbrada -. El Tesoro Do-

rado aguarda, quien sabe si más allá de las fronteras de este mundo, a que al- guien lo encuentre y use su poder.

Link asintió ante esas palabras. Se había criado en el Santuario Dorado y conocía la leyenda del Triforce.

- ¿Cómo podría Ganondorf usar un objeto del bien para hacer el mal? – preguntó Arad.

- El Triforce no entiende de bienes y males – explicó Cadler – al igual que

las Tres Doncellas – e hizo un gesto de respeto – a las que representa. Cumplirá

los deseos de quién lo encuentre, sean para bien o para mal. Es una herramien- ta, una de un tremendo poder, y por eso permanece oculta; a la espera de que alguien demuestre ser merecedor de usarlo.

- ¿Hay alguna forma de recuperar el libro? – preguntó Link.

- Ninguna – dijo Arad -. Si lo que se ha dicho hoy aquí es cierto, entonces

Ganondorf lo protegerá con su propia vida. Pase lo que pase, el Libro de Mudo- ra es inalcanzable.

- Entonces debemos encontrar el Triforce antes que él – sentenció Link.

Arad sonrió a pesar del dramatismo de la situación.

- ¿Encontrar el Triforce? ¿Sabrías por dónde empezar a buscar?

- El Libro de Mudora no es la única fuente que revela las claves para en-

contrar el Tesoro Dorado – dijo Lady Impa -, aunque sí la única que teníamos, por así decirlo, a mano. Hablaré bien claro:

"La situación es desesperada, es una evidencia harto probada. Vuestras noticias, General, no nos toman por sorpresa, a excepción de la pérdida del li- bro. Con motivo del gran peligro que todos corremos se ha concertado una reu-

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nión en el lago Hylia, durante la próxima luna llena, cuyo objetivo será dilucidar una forma de derrotar a Ganondorf.

- Por eso te he hecho llamar– le dijo Cadler a su joven pupilo -. Link debía

conocer la gravedad de lo que está sucediendo pues quiero que vaya por mí a ese Concilio.

- ¡Inaudito! – exclamó Arad levantándose – Vos debéis acudir sin duda a

una reunión tan importante. No hay nadie en todo Hyrule tan docto como vos

en interpretar la voluntad de las diosas. Vuestra ayuda será inestimable.

- Y sin embargo no creo que pueda aportar nada nuevo – contestó Cadler

apaciguando con un gesto al general-. Link fue criado en el Santuario y está ver- sado en las escrituras y la tradición. Conoce tan bien como yo los textos refe-

No creo que haya na-

die que pueda considerarse docto en esa materia. Link lo hará estupendamen- te. Además, yo ya soy viejo para un viaje tan largo y Link sin duda será de mas

ayuda si surge alguna dificultad en el camino.

rentes al Triforce y respecto a la voluntad de las diosas

– dijo Arad, más tranquilo y otra vez sentado, aunque

ni mucho menos convencido – Aún así, yo no podré ir, tengo que preparar las defensas de la ciudad y reorganizar al ejército.

- Si vos lo decís

- Yo tampoco puedo ir – dijo Lady Impa -. Hay ciertos asuntos que me

apartarán unos días de la princesa y si queremos que llegue a tiempo debemos salir mañana a más tardar.

- Lo que deja a Link como único escolta de la princesa. Otro motivo más para que sea él quien vaya.

- ¡Un momento! – volvió a interrumpir Arad – Una cosa es que permita

que este joven vaya en lugar de vos, una concesión a vuestra sabiduría y buen juicio si así lo queréis ver, pero otra muy distinta es que acceda a que mi prince-

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sa viaje por medio reino sin más protección que un sólo hombre. Os otorgaré una escolta en condiciones; seis hombres deberían bastar.

- No – dijo Zelda, sorprendiéndolos a todos -. Debemos viajar ligeros.

Una escolta nos haría avanzar mucho más lentos. En un primer momento ire- mos Link y yo solos, ya se nos unirá Impa más adelante.

- Pero princesa

Zelda miró a Arad y sus ojos reflejaban la autoridad que había heredado de un centenar de antepasados.

- Respetareis mi decisión, Arad. Que mi palabra se haga ley.

Viendo que no haría cambiar de opinión a su señora, Arad bajó el rostro, algo avergonzado por haber sido puesto en su lugar.

- Si es vuestra voluntad la acataré.

- Lo es – sentenció.

En ese momento se abrió de golpe la puerta y apareció el muchacho de la entrada, visiblemente alterado.

- ¡Atacan la ciudadela! ¡El Demonio de Jade ha llegado!

En un primer momento ninguno pudo articular palabra, conmocionados por la noticia. El primero en reaccionar fue Arad.

- ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo? – interrogó al muchacho.

- La noticia corre por las calles. El ejército ya se divisa en el horizonte y la gente huye aterrorizada.

- ¡Maldición! – exclamó Arad – No creí que fuera a avanzar tan rápido.

- La guerra es impredecible, General – dijo Impa -. Y más aún contra Ga- nondorf.

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- Sea lo que sea la guerra debo atender mis deberes cuanto antes. Soy un

general sin apenas ejército y Hyrule precisa de uno desesperadamente. Buena suerte en vuestro viaje, princesa – dijo haciendo una reverencia -. En vos reside

la esperanza de nuestro mundo.

Dicho esto, y sin despedirse del resto, salió atropelladamente de la habi- tación, casi arrollando al muchacho.

Link estaba confuso, no sólo por la enorme responsabilidad de la misión que le acababan de asignar, sino por la noticia de que el ejército de Ganondorf estaba a punto de atacar la ciudadela.

- No puede ser. Llegué hace un par de horas y no vi nada.

- La hechicería puede ser una aliada poderosa – dijo Cadler, tratando de consolarle -. Tus ojos fueron cegados por el poder de Ganondorf.

"Lo único que importa es que ahora debemos salir cuanto antes de aquí, antes de que se produzca el ataque.

Nadie quiso rebatir la predicción de Cadler. Ninguno de los presentes era lo suficientemente iluso como para pretender que la ciudadela de Hyrule resis- tiría a las fuerzas del conquistador.

- ¿Por dónde huiremos? – preguntó Link – Las puertas de la ciudad pron-

to se atrancarán y antes de eso habrá cientos de personas intentando abando- nar la ciudad.

- Existe una forma – dijo Impa -. Hay un pasadizo en el castillo que con- duce al Santuario Dorado.

Link miró significativamente a Cadler.

- A ver si lo adivino: el retablo de Farore. Ese al que nunca dejabas que me acercara.

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Cadler sonrió.

- Si lo hubiera permitido, pronto habría recibido quejas de un muchacho insoportable haciendo de las suyas.

nace

- Un hermoso recuerdo familiar, tal vez cuando un ejército no nos ame- – dijo Impa imponiendo la realidad.

- Por supuesto – se disculpó Link -. Entonces: atravesamos el pasadizo,

llegamos al Santuario Dorado y allí decidimos la mejor ruta para llegar al Lago

Hylia.

- Vamos – dijo la princesa -. No hay tiempo que perder.

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a noticia había corrido como la pólvora y, mientras salían de la posada,

Link se preguntó si sería posible llegar al palacio sanos y salvos. Carros y carre- tas cruzaban las calles empedradas de la ciudadela a velocidades de vértigo, to- das buscando la oportunidad de escapar antes de que el Demonio de Jade lla- mara a sus puertas.

Los relinchos de los caballos se entremezclaban con el griterío de la gen- te, presa del pánico. Aquellos que no tenían corcel alguno, la gran mayoría, tenían que contentarse con llevar sus pertenencias más valiosas a cuestas y correr para llegar a tiempo a las puertas.

- El pánico convierte en extraños a los seres queridos – dijo Cadler, repitiendo un viejo dicho.

-

Esto

es

apesadumbrada.

mucho

peor

que

el

pánico

respondió

la

princesa,

- Os veré en la sala del trono – les dijo Impa, muy seria -. Hablaré con Su Majestad y le haré saber que estaréis a salvo.

Zelda asintió y la sheikan desapareció entre la multitud como una sombra.

- Tratemos de llegar lo antes posible al palacio – dijo Link al acabo de unos segundos-. Lo que debe importarnos ahora es buscar una forma de poneros a salvo.

Con resignación, los tres comenzaron a avanzar en dirección contraria al resto del gentío. Afortunadamente, el miedo impedía que le gente les prestara

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demasiado la atención y nadie dio señales de haberlos reconocido. Varias veces tuvieron que retroceder y avanzar por estrechas callejuelas, ya que la guardia de la ciudad había formado barricadas para defender la ciudad y las calles estaban cortadas.

Finalmente, llegaron a los muros del palacio, a poca distancia del rastrillo de entrada. Su elevada posición les permitía ver lo que sucedía más abajo. A lo lejos, se podía ver a los que habían logrado salir de la ciudad, huyendo sin orden alguno. Aquellos que no lo habían conseguido se debatían entre el desespero y la aceptación; muchos de estos últimos se habían unido al ejército de la ciudad para luchar hasta el final. El resto, volvían a sus casas a la espera de lo inevitable. En el horizonte, que ya comenzaba a teñirse con los colores del ocaso, una densa humareda se elevaba en toda su longitud. Era el polvo que levantaba el ejército de Ganondorf.

- Llegaran dentro de muy poco – dijo Cadler.

- Para entonces estaremos muy lejos de aquí – contestó Link -. ¿Alguna idea de cómo entrar en el palacio?

- Hay por aquí un arbusto con forma extraña – dijo la princesa -. Debajo de sus raíces hay un túnel que lleva a los sótanos del palacio.

- Ya lo tengo – anunció Link a los pocos segundos de buscar.

- Tiene que haber una argolla camuflada en la tierra – instruyó la princesa.

Link se agachó y buscó en la base del matojo. Con una sonrisa de satisfacción levantó una trampilla de madera: un oscuro agujero con una escala de cuerda y madera quedó al descubierto.

- Primero Cadler, luego vos y finalmente yo – dijo Link a la vez que oteaba a su alrededor, en busca de curiosos.

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El grueso clérigo comenzó el descenso entre bufidos y gruñidos de esfuerzo. Al cabo de un tiempo dejó de oírse nada y, unos segundos más tarde de aquello, la escala dio tres tirones suaves.

- Vuestro turno – llamó Link a Zelda, que estaba distraída viendo la

panorámica de la ciudad. El joven hylian la ayudó a descolgarse y la vio

desaparecer por el húmedo agujero.

No tuvo que esperar tanto como con Cadler y poco después s reunió con ellos en las profundidades del pasadizo. Estaba apuntalado con gruesas vigas de madera, como si del interior de una mina se tratara. La poca luz de que disponían provenía de los resquicios de la trampilla de entrada, que Link había cerrado antes de bajar para que no les siguieran. Más adelante, al túnel se lo tragaban las sombras.

- ¡Maldición! – exclamó Link – Tendríamos que haber traído algo de luz.

- Ya es demasiado tarde para pensar en eso. Démonos las manos y confiemos en no tropezar – dijo la princesa.

Primero Zelda, luego Link y finalmente Cadler avanzaron con extrema cautela por el pasadizo durante varios minutos. Link ya comenzaba a sentirse agobiado por la falta de visión, cuando se detuvieron.

- Aquí – susurró la princesa -. Hay una puerta corrediza de piedra. Cuando la abramos estaremos en los dormitorios de la reserva.

- Echaré un vistazo – propuso Link -, aunque no creo que haya nadie. Sólo por si acaso.

Se adelantó un par de pasos, guiándose con las manos, hasta palpar el muro de piedra.

- Tiene que haber un asidero a la izquierda – lo guió la princesa.

- Ya lo tengo – contestó el joven cuando lo encontró -. Pegaos a la pared.

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Tuvo que hacer más fuerza que con el arbusto pero, finalmente, también cedió. Sin embargo, esta vez sólo la separó un poco de la pared y echó un vistazo. Por la delgada ranura entró una débil luz que, según Link pudo comprobar, provenía de un farol, olvidado encima de una mesa. La puerta secreta daba a un dormitorio con cerca de veinte literas, completamente vacío. Link esperó unos segundos, para cerciorarse de que estaban solos, y terminó de abrir la puerta.

Una vez fuera, la princesa los guió por los laberínticos subterráneos del castillo hasta llegar a unas escaleras.

- Éstas escaleras dan al patio interior del castillo – instruyó la princesa -. Allí hay dos puertas laterales y una principal. Las laterales conducen a las dependencias de los sirvientes y a las caballerizas. La central es la puerta principal.

- A estas alturas el castillo estará totalmente vacío – razonó Cadler -. Todos los hombres tendrían que estar en las puertas de la ciudad.

- Nunca se sabe. Vamos.

Link encabezó la marcha y comenzó a subir por los escalones. El aire se hizo más liviano y el joven notó cómo volvían a estar cerca de la superficie. Unos pocos metros más subiendo y ya se encontraban bajo la luz del agonizante sol. Tal y como Cadler predijera, no había un alma en el castillo.

- Démonos prisa – dijo Cadler -. Ya no aguanto más esta situación.

Atravesaron el patio y entraron en el palacio por la puerta principal. Cruzaron habitaciones y pasillos totalmente vacíos. Incluso había pequeños elementos que resaltaban aun más esa soledad, como alimentos a medio terminar o herramientas tiradas por el suelo: todos habían salido huyendo.

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- Orgulloso pueblo del pasado / luz que a los presentes guía Link, distraído.

k

– tarareó

- Guía es precisamente lo que necesitamos ahora – dijo la princesa mientras entraban en la enésima habitación desierta.

- Y uno se pregunta, ¿dónde está la orgullosa sangre de los hylian? ¿Lo sabéis vos, princesa?

- Quedamos muy pocos. El poder de nuestro pueblo se ha diluido con la sangre de los humanos.

- Tranquila – dijo Cadler, burlón a pesar de las circunstancias -, no me

ofendo.

La princesa abrió muchos los ojos y trató de disculparse por sus palabras. Cadler y Link se rieron.

- Sé que no queríais decir eso, alteza – aclaró Cadler -. Incluso os doy la

razón: tal vez las cosas hubieran sido diferentes si más de los vuestros quedaran con vida, pero hay que aceptar lo que tenemos. Los antiguos sabían que esto podría llegar a suceder.

- Podrían haber averiguado quiénes eran los antepasados de Ganondorf

y habernos ahorrado todo esto, ¿no te parece? – dijo Link amargamente.

Cadler decidió ignorar ese comentario, como tantas veces lo había hecho en el pasado. Cuando Link se ponía pesimista solía decir tonterías.

- Ellos dejaron por escrito pistas y secretos que sólo ahora, cuando el

peligro ha mostrado sus dientes, hemos empezado a desentrañar. ¿Quién sabe cuántas maravillas nos quedan por descubrir?

- Ninguna, si Ganondorf se apropia de ellas antes – dijo Link -. Hemos

llegado.

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Cruzaron el último pasillo y abrieron la última puerta. Llegaron a una amplísima sala con altas cristaleras por las que se filtraba la luz del ocaso. Al fondo había una figura alta, que les aguardaba, impaciente, con una antorcha encendida en la mano: era Impa.

- ¡Rápido! – los azuzó la guardiana – La batalla está a punto de comenzar.

Una vez todos juntos, Impa rebuscó detrás de una columna al lado del trono y unos segundos después se oyó un chasquido. El enorme asiento, de oro y seda azul, se hizo a un lado dejando ver un oscuro pasadizo.

Los cuatro se quedaron de pie unos momentos, frente a la oscuridad, en completo silencio e iluminados por la luz de la antorcha, que crepitaba ansiosa.

Link se ajustó la capa y elevó una rápida plegaria a las tres diosas, para que los protegieran.

- Vámonos – dijo finalmente.

- Esperad un momento, joven Link – le dijo Lady Impa -. ¿Sabéis usar la espada?

- Sí.

- Es posible que en vuestro camino os enfrentéis a peligros que deban ser

combatidos con acero, no con madera. Tomad la mía - diciendo esto se la

tendió, con vaina y todo.

- Pero

- No hay tiempo para eso. Debéis ser raudos y llegar a salvo al Lago Hylia.

Nos veremos dentro de poco – esta última frase iba sobre todo dirigida para

tranquilizar a Zelda.

La princesa la miró con ojos brillantes a causa de las incipientes lágrimas que pugnaban por aflorar y le dio a su protectora un largo y sentido abrazo.

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Mientras, Link se ciñó la espada de Impa a la espalda y dejó el bastón a un lado. La guerrera y la princesa se separaron tras decirse algo ininteligible al oído. Luego, ella y Cadler se internaron en el pasadizo portando la antorcha. Link ya se disponía a seguirles cuando la mano de la sheikan le detuvo.

- Protegedla con vuestra vida si es preciso.

No sabría decir por qué, pero a Link no le gustó para nada aquel tono de súplica desesperada. Se limitó a asentir solemnemente y corrió para alcanzar a los demás.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

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GloriaGloriaGloriaGloria yyyy honorhonorhonorhonor alalalal

ReinoReinoReinoReino dededede Hyr<lesHyr<lesHyr<lesHyr<les

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I mpa vio cómo su protegida y sus dos acompañantes desaparecían por el

pasadizo. Cuando la luz de la antorcha que llevaban no era más que un nítido recuerdo, la guerrera se apresuró a clausurar y bloquear el pasadizo. Con la re- taguardia de la princesa protegida hasta donde ella podía, no le quedaba más que ir a las puertas de la ciudad y luchar por Hyrule.

Unos minutos después, la legendaria sheikan cabalgaba a lomos de una yegua blanca, blandiendo una espada nueva y jurando venganza contra Ganon- dorf. No había cruzado ni media ciudad cuando los ataques comenzaron.

Las enormes máquinas de guerra lanzaron sus primeras salvas y el silbido de los enormes proyectiles al cruzar el aire hendió sus oídos. Cayeron los pri- meros edificios antes de que las máquinas de los defensores contestaran a las de los invasores. Impa apreció, no sin cierto desespero, que el ejército de Ga- nondorf era abrumadoramente numeroso, mucho más de lo que cualquier es- peranza era capaz de resistir.

- No abras las puertas, Arad - murmuró Impa -. Eso es lo que él quiere.

Fue como si la hubiera oído y decidido que, a fin de cuentas, era él el ge- neral de Hyrule y quien debía tomar las decisiones. Los clarines del ejército de la ciudad se dejaron oír por encima del estrépito y las puertas se abrieron de par en par.

Impa maldijo en voz alta y redobló sus esfuerzos para llegar lo antes po- sible. Poco a poco perdió la perspectiva y pronto ya no pudo ver nada más. El clamor de la batalla era cada vez más cercano, pero para la amazona era deses-

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perante no saber a ciencia cierta lo que ocurría. Finalmente, cruzó una esquina, encarriló la avenida principal de la ciudad y, pocos segundos más tarde, llegó al puesto de mando.

Se había improvisado una pequeña maqueta en una tienda de una plaza y, desde allí, los altos mandos decidían los movimientos de la batalla. Un núme- ro ingente de mensajeros entraban y salían continuamente del lugar con noti- cias y órdenes. Arad, despeinado y con el rostro desencajado, discutía con otro general cuando se percató de la llegada de Impa.

- ¿Qué demonios ha pasado? - le recriminó la sheikan mientras bajaba

del caballo y apartaba a un soldado - ¡Habéis abierto las puertas! ¡Será una completa masacre! ¿Dónde está Su Majestad? ¿Cómo es que lo ha permitido?

Arad decidió que no era momento para sutilezas, así que le dio la noticia.

- El rey ha muerto. Lo alcanzó una catapulta durante la primera andana-

da.

Impa se quedó muda, aunque sólo unos instantes. Su ganada fama de fría luchadora consiguió imponerse y centró su atención en la batalla.

- ¿Quién ha ordenado abrir la ciudad al enemigo? - preguntó sin mira-

mientos mientras prodigaba una intensísima mirada a todos los presentes.

Fue Arad el que contestó.

- ¡Por el amor de las diosas, Impa! ¿Es que acaso no lo ves? La batalla está perdida. Ganondorf ha ganado la guerra.

Impa se giró ante tal afirmación y estudió detenidamente a Arad. Vio en él algo que antes se le había pasado por alto; vio resignación, miedo y cobardía. Vio traición.

- ¡Chacal! - gritó mientras lo señalaba con la punta de la espada - ¡Has traicionado al pueblo al que ordenaste servir!

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Todos los hombres que se encontraban cerca de Arad los miraron confu- sos; primero al uno, luego a la otra. Luego, desenvainaron sus propias armas y Arad se encontró rodeado por un círculo de amenazadores aceros. El general traidor ni siquiera se dignó a rebatir las acusaciones de la guerrera.

Justo cuando iba a ajusticiarlo allí mismo, un terrible estruendo se dejó oír y la tierra tembló. Una enorme nube de humo se elevó por encima de la ciu- dad allí donde la muralla había cedido y las tropas de Ganondorf entraron por la brecha rugiendo. Los muertos comenzaron a contarse por centenares.

Antes de que Impa pudiera atravesar al traidor con su espada, éste apro- vechó el momento de distracción que se le brindaba para escabullirse y salvar la vida. Cuando Impa se dio cuenta, Arad desaparecía por entre los edificios de la ciudad. Maldiciendo su suerte, la guerrera centró su atención en sus proble- mas más inmediatos: los primeros soldados aparecieron por las calles, huyendo de la muerte. Reorganizó la retirada al palacio real, aunque insistió en presen- tar batalla siempre que fuera posible.

Riadas de soldados y valientes civiles luchaban por las calles de la ciudad, batiéndose en retirada. Impa se movía entre los diferentes grupos, con la espa- da manchada con la sucia sangre de sus enemigos, alentándoles y alimentando sus corazones con algo de esperanza. Por donde pasaba, los defensores redo- blaban sus esfuerzos y, durante unos instantes, eran capaces de mantener sus posiciones, pero todo ese sentimiento era mera ilusión y sus brazos acababan cediendo.

Cayó la oscuridad y ahora la batalla se libraba bajo la atenta mirada de las estrellas. El fuego prendió en los edificios más cercanos a las murallas, allí donde comenzaron los saqueos, y avanzó amenazador hacia el interior. Los de- fensores, que cedían metro a metro, blandían sus armas con una mano mien- tras que con la otra sostenían antorchas para poder ver. Todo hombre, mujer o

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niño que quedaba en la ciudad estaba allí, combatiendo por sus vidas y por su reino.

Cuando ya era medianoche, los últimos defensores que quedaban en pie protegían la entrada al palacio real. Impa contempló horrorizada lo que queda- ba del poderoso reino de Hyrule. Una ciudad en llamas y un centenar de hom- bres, ensangrentados y exhaustos

La guerrera indicó a uno de los supervivientes que bajara el rastrillo de la entrada y avisó a los demás que retrocedieran hasta el interior del patio de ar- mas. A los pocos segundos la enorme reja de acero cayó y cerró el camino a los invasores. Un chillido agónico se oyó por encima del estruendo: un cuerpo yac- ía atravesado en el suelo. Más de esos feroces hombres del sur, de aspecto bes- tial y cubiertos por pieles extrañas y con los rostros tatuados, alargaban las ma- nos por entre las rejas, como queriendo atravesar el acero tan sólo con su vo- luntad. Los defensores acabaron con los pocos que quedaban en el patio antes de proceder a cerrar unas gruesas puertas de madera: la segunda defensa del palacio.

Gimiendo por el esfuerzo, veinte hombres tiraban del mecanismo, situa- do en uno de los laterales del patio, mientras que el resto los cubría con largos arcos. Finalmente, las dos planchas de madera contrachapada encajaron y los defensores pudieron gozar de unos segundos de descanso.

Impa se llevó la mano al costado, allí donde un salvaje la había alcanzado con su lanza. Rezó porque no estuviera emponzoñada. Sin embargo, podía con- siderarse afortunada, ya que la gran mayoría de los presentes estaba en condi- ciones mucho peores que ella. Incluso había varios que se apoyaban en otros para poder seguir luchando. Uno de ellos, notó Impa, había incluso perdido un brazo. Una gruesa tira de cuero le hacía de torniquete allí donde la espada de un enemigo le había amputado el miembro y tenía la ropa manchada de san-

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gre, pero en sus ojos ardía el fuego de los héroes. Asía con su única mano una espada y, cuando su mirada se cruzó con la de la guerrera, sonrió como sólo lo hacen aquellos que saben que van a morir, pero en paz consigo mismos. Admi- rada por semejante entrega y valor, la sheikan le devolvió la sonrisa y se juró tener el suficiente arrojo como para imitar a aquel desconocido.

De pronto, los aullidos y el ruido de los enemigos al otro lado de las puertas cesó de improviso. Todos se miraron, horrorizados, intentando adivinar que nueva sorpresa les demandaba aquella noche. Impa no: ella sabía qué era lo que ocurría. Sólo una cosa era capaz de imponer tal silencio en un ejército de animales sedientos de sangre: el miedo. Y sólo una persona era capaz de inspi- rar el suficiente.

Suspirando de impotencia hizo que todo el mundo tomara posiciones lo más alejado de las puertas posible.

- ¡Por Hyrule! - gritó uno de los supervivientes.

- ¡Por Hyrule! – contestaron todos, enfervorecidos.

Un golpe tremendo astilló la puerta de madera y casi hizo saltar los goz- nes. Los defensores callaron y se prepararon para la batalla final. Un segundo golpe llegó y un enorme remache metálico salió volando por los aires y se es- trelló en el suelo, a muy pocos metros de donde estaban. El tercer envite des- trozó la puerta y mandó pedazos de hierro y madera en todas direcciones.

Impa tuvo que saltar a un lado para esquivar un escombro que le habría arrancado la cabeza. Rodó por el suelo y, cuando se incorporó, tuvo que conte- ner el aliento. Apostado en la puerta, con el fuego rugiendo a sus espaldas, es- taba aquel al que llamaban el Demonio de Jade.

La enorme figura dio media docena de pasos y entró, triunfante, en el patio del palacio. Era increíblemente alto y de una corpulencia extrema. Vestía

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unos ropajes negros, como el plumaje de un cuervo, que llegaban hasta el sue- lo. Su piel era verde, aunque con la oscuridad parecía también negra, y encima de su frente lucía una joya amarilla que parecía tener vida propia. Avanzó hasta llegar a los pies un soldado, apenas un niño, que se dolía de un madero que lo había derribado.

Al notar la presencia de aquel ser los ojos del muchacho se llenaron de terror y trató de huir, arrastrándose por el frío suelo de piedra. Ganondorf, pues no podía ser otro, desenvainó una enorme espada curva que brilló de for- ma pálida bajo la luz de las antorchas y le asestó un golpe que segó su vida.

Ante la brutalidad del ataque, cuatro soldados se lanzaron a por él, gri- tando para camuflar el miedo que los embargaba. Pero Ganondorf era un temi- ble adversario. Fintó a un lado y, con una agilidad sobrehumana, giró sobre sí mismo mientras movía su arma de arriba a abajo. Dos hombres cayeron, abier- tos en canal. Luego, alargó su brazo con la rapidez de una cobra y le partió el cuello a un tercero. El cuarto se quedó inmóvil, aterrorizado, mientras su ene- migo se le acercaba y, con una mueca de desprecio, lo atravesaba de parte a parte y lo levantaba en el aire hasta ponerlo a la altura de sus ojos. Cuando el destello de la vida hubo desaparecido de su mirada, el gigante se limitó a arro- jar el cadáver a un lado, sin apenas esfuerzo.

- Gloria y honor para el reino de Hyrule - dijo con voz cavernosa y llena de burla mientras que con la mano que le quedaba libre hacía un gesto que abarcaba al resto de defensores. La gema de su frente brilló por un momento y de su ademán brotaron una miríada de bolas de luz que los embistieron.

Cuando Impa fue alcanzada sintió un dolor como nunca antes había pa- decido. Cayó de hinojos mientras corrientes de energía la abrasaban. A su alre- dedor los últimos héroes del reino de Hyrule morían entre terribles gritos, pri-

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vados de su gloriosa y última batalla. Luego, llegaron las sombras y no sintió nada más.

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Más tarde, con los ánimos de la batalla ya enfriados, Ganondorf medita- ba acerca de las noticias que su agente acababa de comunicarle. Se encontraba en lo que en su tiempo fue una hermosa sala de reuniones que, ahora, con su sola presencia, veía su belleza reducida a una mera sombra.

- Has hecho un buen trabajo - dijo con voz profunda y tenebrosa.

- Sólo cumplo con mi deber, mi señor - contestó Arad, arrodillado y satis-

fecho.

- La princesa Zelda y su acompañante no tardarán en morir ¡y con ellos el

resto de los que todavía se atreven a enfrentarse a mí! - exclamó el conquista- dor en un repentino estallido de furia.

Arad se encogió, amedrentado, e hizo un ademán de protegerse la cara con un brazo, como sin con ello pudiera aplacar la furia de su señor. Ganondorf se plantó a su lado y le puso una enorme mano en el hombro. El contacto fue frío y heló a Arad hasta el tuétano, casi haciéndole gemir de dolor.

- Me has sido de ayuda, Arad, eso es algo que no olvidaré.

- Solo vivo para serviros - agradeció el hombre, aunque algo en la mirada

de su señor lo alertó-. ¿Amo? - su voz apenas fue un hilillo que, no obstante, rezumaba miedo.

Ganondorf sonrió despectivamente, movió su mano a una velocidad in- creíble, aprisionó el cuello de Arad y lo levantó hasta dejar su rostro a la altura de sus ojos. El apresado pataleó y trató de sujetar el brazo de su captor, pero la fuerza lo abandonaba por momentos y con ella, la vida. Los ojos de Ganondorf

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llamearon, disfrutando de cada instante, y la gema que lucía en la frente brilló de forma siniestra.

Arad abrió mucho los ojos, el miedo poblando cada fibra de su ser y ali- mentando su determinación, pues se rumoreaba que en aquella joya habitaban las almas de aquellos que morían a manos de Ganondorf, almas que luego utili- zaba para alimentar su oscura hechicería. Luchó ahora con más fuerza, tratando de librarse de aquel destino, pero ya era demasiado tarde, o tal vez siempre lo había sido. La presa de Ganondorf se hizo cada vez más fuerte hasta que, final- mente, el cuello del pobre Arad se quebró con un seco chasquido y su cuerpo, inerte, se desmadejó como un muñeco de trapo.

- Mi reino no paga a traidores.

Ganondorf sonrió, pues un plan había cobrado forma en su mente. Y también porque acababa de segar una vida.

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L a antorcha hacía tiempo que se había consumido y, desde entonces,

avanzaban a tientas por el pasadizo.

- ¿Falta mucho para llegar? – preguntó Link, que ya estaba harto de es-

trechos pasadizos carentes de iluminación. ¿Por qué a nadie se le había ocurri- do un sistema para que aquellos que los transitaran no tuvieran que hacerlo en una eterna penumbra?

- La última marca indicaba que todavía quedaban diez kilómetros – in- dicó Cadler.

Link hizo un cálculo mental.

- ¡Genial! Eso quiere decir que tal vez podamos salir de aquí a mediano-

che.

- ¿Y quién te dice que no es medianoche ya? Aquí abajo no hay forma de medir el tiempo.

- Mi estómago me lo diría. ¿Ocurre algo?

La princesa, que marchaba justo detrás de Link, se había parado repenti- namente.

- Hyrule ha caído – dijo, desconsolada.

Ninguno dijo nada durante unos larguísimos segundos. Finalmente Link la sujetó por un brazo y la obligó suavemente a continuar la marcha.

- Nos vengaremos, os lo juro – dijo Link -. Ganondorf pagará por todo lo que ha hecho.

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Casi al instante tuvo que admitir lo vacuo que sonaba aquel juramento. Él era sólo un hombre, según muchos ni siquiera eso, y Ganondorf un ser de te- rrible poder. ¿Cómo haría realidad esas palabras? Le sorprendió descubrir que después de pronunciar el juramento se sentía mejor. Y más le sorprendió des- cubrir que pensaba cumplirlo, aunque le costara la vida.

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- ¡Ahí está! – exclamó Link varias horas después – Largo tiempo hace que salí de estos muros y hace otro tanto que los añoraba. Bienvenidos al Santuario Dorado.

El Santuario Dorado era, desde cualquier punto de vista, un regalo para la vista. Construido cerca de los bosques y casi bañado por las frías aguas del río Zora, que bajaba con bastante caudal a causa del deshielo tardío de aquel año, era de muros altos y gruesos. Erigido en la época en la que los hylian eran un pueblo poderoso y no la sombra de aquellos días, tres altas torres de blanco mármol coronaban la fachada con su regia presencia. Los muros aparecían lim- pios, pues ninguna mancha podía salpicar aquella piedra dotada de una miste- riosa y ya olvidada magia.

En la torre central había un hueco destinado en su día para una campa- na, pero el fatídico día en que Ganondorf había comenzado su campaña de con- quista, Cadler había ordenado retirar la hermosa campana de oro y dispuesto que la próxima vez que tañera fuera cuando la sombra desapareciera del todo.

Pero a pesar de la ausencia de sus solemnes repiques, la música todavía reinaba en aquel solaz de calma y tranquilidad. De los altos ventanales y vidrie- ras de colores que cubrían las paredes se filtraba un coro de voces que canta-

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ban una dulce melodía. Las notas se entrelazaban en perfecta armonía y parec- ía en verdad que la música llegaría a las mismas Doncellas.

- Triste será el día en el que la sucia mano de Ganondorf mancille este lugar – dijo el clérigo con resignación.

- Eso nunca ocurrirá – sentenció Link -. No mientras yo viva.

Cadler miró a su joven pupilo y sintió una llamarada de alegría.

- Esas palabras alegran mi corazón más de lo que puedas imaginar – sus

facciones volvieron a sumirse en la preocupación -. Pero no es tiempo de la- mentaciones ni de predicciones funestas; hemos de preparar vuestro viaje.

Sin hacer ruido una sección de la pared de piedra se hizo a un lado y la luz invadió el estrecho pasadizo. Los tres viajeros parpadearon repetidamente para acostumbrarse a la luz y, finalmente, entraron en el interior del templo.

La capilla era grandiosa. Decenas de filas de bancos de madera, bella- mente trabajados, se sucedían en escrupuloso orden. Había una nave principal y dos menores a su lado. Una de estas naves conducía a un antiguo retablo de la diosa Farore que ahora se había desplazado un par de metros para dejar al descubierto el pasadizo secreto. El otro tenía unas estrechas escaleras de cara- col que llevaban al segundo piso de la capilla, donde estaba el órgano y se ins- talaba el coro.

La nave principal, en cambio, conducía al altar: un sencillo bloque de mármol blanco cubierto con un antiguo mantel de lino y oro con escritos y di- bujos sagrados.

Ahora la música se oía mucho más próxima y las voces comenzaron a en- tonar una canción que a la princesa le sonó triste y desconsolada a pesar de que no reconoció el lenguaje de los versos. Cerró los ojos un momento y se dejó llevar por la melodía y las cautivadoras voces.

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- Triste, ¿verdad? – le preguntó Cadler en voz baja sacándola de su en-

sueño – No entiendo lo que dice y sin embargo se me antoja como un canto a la esperanza. Nadie recuerda ya el significado de su letra pero a pesar de ello la

seguimos cantando.

- Es una pena que algo tan hermoso no conserve su significado.

- Todos los que escuchan las canciones del Santuario Dorado con el co-

razón, tarde o temprano, se ven afectados por su embrujo. Ya sea una magia

antigua o no, lo cierto que hace más sabias a las personas.

Se pusieron de nuevo en movimiento. En las puertas de la gran capilla les esperaba un monje de mediana edad, de espalda algo encorvada y una barba larga y rala de aspecto descuidado.

- Eminencia – saludó el monje inclinando levemente la cabeza - . Hemos oído las terribles noticias y temíamos por vos.

- Gracias Derr. Veo que no te sorprendes demasiado de vernos.

El monje volvió a inclinarse, esta vez con modestia.

- Supusimos que tomaríais el pasadizo secreto. Cualquier persona inteli- gente en vuestro lugar lo habría hecho.

- Yo también me alegro de haber vuelto, Derr – dijo Cadler sonriente -.

Me alegro ver que todo funciona perfectamente en mi ausencia. Link, ocúpate de que le proporcionen una habitación a la princesa.

"Alteza – dijo esta vez dirigiéndose a la princesa -, os sugiero que comáis algo y descanséis unas horas. Luego os mandaré llamar a mi despacho y allí dis- cutiremos la ruta que habréis de seguir.

La princesa asintió. Estaba demasiado hambrienta y agotada como para discutir con nadie.

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- Vamos, Derr. Tenemos mucho de que hablar. ¿Qué noticias habéis reci-

bido exac

?

Cadler y Derr desaparecieron por las puertas y doblaron una esquina a la vez que sus voces se perdían en medio de los cánticos.

- Si tenéis a bien seguirme, princesa, me ocuparé de que os proporcionen comida y lecho.

Sin intercambiar una sola palabra, salieron de la capilla y recorrieron va- rios pasillos hasta subir por unas escaleras. No se cruzaron con nadie, aunque sí pudieron ver a varios monjes por las ventanas ocupándose de sus tareas dia- rias. Era casi mediodía y Link estaba agotado, aunque dudaba poder conciliar el sueño con todo lo que había pasado. Llegaron por fin al pasillo donde se hospe- daban los invitados del templo. Allí, condujo a la princesa hasta una conforta- ble habitación con una acogedora cama.

- Ahora os dejo, pero haré que os traigan algo de comer. Si necesitáis

cualquier cosa, al final del pasillo de la derecha encontraréis la biblioteca; allí

siempre hay gente y sabrán atenderos.

- Link – dijo la princesa -. No se cómo agradecértelo.

El joven se limitó a encogerse de hombros.

- Es pronto para agradecer nada. Descansad ahora.

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Ganondorf entró con paso indolente en la oscura y húmeda estancia. Un par de velas medio derretidas sobre unas ajadas palmatorias de bronce eran la única fuente de luz, insuficiente para discernir los límites de la habitación.

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Una gran mesa de roble, no demasiado alta, ocupaba la mayor parte de lo que se veía. Sobre ella se encontraban todo tipo de redomas, morteros, raí- ces e ingredientes para elaborar filtros y pociones. A uno de los lados había una estructura de pequeño tamaño, un altar, adornado con tallas de serpientes en- roscadas, del que parecía emanar una extraña fuerza.

Ganondorf se asombró de la rapidez con la que se había adecuado la sala para albergar a sus nuevas inquilinas. Realmente, no tenía nada que envidiar a aquella lejana cueva, en el desierto, en la que había comenzado su andadura por las oscuras artes, auspiciado por las dos figuras, envueltas en las sombras y encorvadas en extremo, que se desplazaban por la habitación, renqueantes. Ambas murmuraban en voz baja y señalaban con dedos huesudos el texto de un enorme libro de páginas enmohecidas y letra apretujada.

- ¿Quién viene? – preguntó una voz cascada y fría como el hielo.

- ¿Quién nos molesta? – espetó otra voz, igual de avejentada, pero carga- da de un ardiente odio.

- Soy yo – contestó Ganondorf secamente.

Unas extrañas risas brotaron de las dos figuras y le hicieron estremecer- se. Las dos figuras, envueltas en mantos negros, se acercaron un poco más a la luz. Eran dos ancianas, de una edad ya imposible de medir en años, arrugadas y decrépitas que, sin embargo, poseían una mirada rebosante de energía.

- ¿Qué quieres? – preguntó la de los ojos azules.

- Algo te perturba– la anciana cerró los ojos, como dos carbones encendi-

dos, y pareció concentrarse en algo -. Sombras te envuelven. Veo herederos que retornan para buscar venganza.

- La princesa Zelda – gruñó Ganondorf con odio.

La anciana abrió los ojos y rió.

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- ¿La princesa? Sí, es una de las que desean venganza, pero otro es del

que te hablo. Un heredero que te odia todavía más. Cuídate de él; podría des- truirte.

- ¡Jamás! – gritó Ganondorf – No he llegado tan lejos para ser destruido.

Mi destino está muy cerca de cumplirse; lo percibo. ¡Y vosotras vais a ayudar-

me!

- ¡Baja el tono y enfunda tu lengua! – lo reprendió la otra anciana – No se

pide ayuda amenazando al auxiliador. Favor por favor: esa es la regla de la Ma- gia de Sangre.

- ¡Paga el precio! – exigió la otra bruja tendiéndole un cuchillo.

Involuntariamente, Ganondorf se estremeció. Los extraños rituales de aquellas dos ancianas, sus madres, exigían un pago de sangre, pero los resulta- dos siempre habían sido satisfactorios. Se remangó la túnica y dejó al descu- bierto un brazo de piel verde surcado por cicatrices blanquecinas. Cogió el cu- chillo con la otra mano y se abrió un nuevo tajo. Inmediatamente, una sangre negra y espesa comenzó a brotar de la herida. La sangre fue recogida en un cuenco por las dos ancianas y depositada en el altar.

- ¡Cuál es tu deseo! – ordenó una anciana.

- ¡Rápido! ¡Antes de que la sangre se enfríe! – dijo la otra.

Ganondorf respiró entrecortadamente, no por la herida, había sufrido cortes mucho peores, sino por la magia que le arrebataba las fuerzas. Cuando consiguiera el Triforce, se dijo, ya no necesitaría de aquellas viejas ni de sus os- curas artes.

- Un asesino. Deseo un asesino para eliminar a mis enemigos.

Las dos viejas gritaron de satisfacción mientras que la sangre burbujeaba y un humo siniestro salía de ella.

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- ¿Lo habéis oído? – espetó la de la mirada llameante a alguien invisible a la vez que agitaba su puño en el aire.

- El precio se ha pagado y la petición está hecha – dijo la otra en tono ad- monitorio -. ¡Cumplid vuestra parte! ¡Traed al asesino!

El humo se deslizó por el aire y se enroscó alrededor de Ganondorf, co- mo una serpiente hace con su presa.

- Dale un nombre.

- Bautízalo.

- Link.

Incluso las mismas ancianas, cuyas almas albergaban un mal absoluto, se estremecieron cuando pronunció aquella palabra con un odio feroz.

La niebla se arremolinó rápidamente y comenzó a adoptar una forma va- gamente humanoide. Brotaron de ella dos brazos y dos piernas y comenzó a solidificarse hasta adquirir una consistencia viscosa y blanda.

Los últimos rasgos del asesino tomaron forma. Parecía un hombre, ape-

nas salido de la adolescencia, de espaldas anchas y brazos delgados pero pode-

todo era del negro más absoluto. Sus fac-

ciones estaban a medio terminar; la línea de la mandíbula y la forma de la nariz y las orejas eran los únicos rasgos claros que su rostro mostraba. Apenas se di- bujaba la línea de la boca y la de los párpados, pero en el interior de lo que debían ser sus ojos, pues apenas se diferenciaban del resto de la cara, brillaba una luz apenas visible, mortecina y enfermiza, como si viniera de muy lejos.

rosos. La piel, los ropajes, el cabello

Tenía una espada que pendía de su cinto y un escudo a la espalda. Las runas que los cubrían de seguro proveían de alguna oscura magia a quien los empuñara. El asesino cruzó una mano sobre el pecho y se inclinó ante Ganon- dorf, esperando sus órdenes.

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El Demonio de Jade admiró a su asesino con orgullo. Sería un ser infati- gable, alimentado por el odio y la sangre de sus venas, que perseguiría a su pre- sa hasta destruirla. No había poder en el mundo que pudiera derrotarle y tam- poco huir de él. Era su asesino de las sombras.

- Encuentra a la princesa Zelda y al que la acompaña. Tráemela a ella, mátalo a él.

El asesino se inclinó nuevamente y luego salió de la habitación con paso decidido y en completo silencio.

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Link y Zelda se dirigieron al estudio de Cadler. La sala estaba sobriamen- te amueblada. Presidiendo la habitación había un gran escritorio, con varios cajones en un lateral, colocado debajo de un gran ventanal que daba al bosque- cillo cercano al templo. Encima de la mesa había pluma con tinta, varias hojas de papel en blanco, un sello de lacre y una estatua de madera de un búho de vigilantes ojos y severa expresión. Las paredes estaban llenas de estanterías con grandes volúmenes pulcramente ordenados.

Cadler estaba sentado en su sillón e invitó a Link y a la princesa a que hicieran lo mismo en un par de sillas de aspecto cómodo situadas justo enfren- te del escritorio. Mientras se sentaban, Cadler desenrolló un mapa de Hyrule encima de la mesa.

- El camino hasta el lago Hylia es largo.

- Conozco bien la ruta hasta los alrededores de Kakariko – dijo Zelda -. Pero nunca he llegado más allá.

- No debéis acercaros a zonas muy pobladas - advirtió Cadler -. Cuantas

menos personas os vean, más seguro será el viaje. Aunque tendréis que cruzar

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el río Zora por algún sitio y los dos únicos vados que hay están muy próximos a Kakariko.

- No si atravesamos el Bosque Kokiri – repuso Link, pensativo.

Tanto Cadler como la princesa lo miraron como a un perturbado.

- ¿Hablas en serio? Esos bosques son siniestros - repuso Cadler sombría-

mente-. Kokiri está demasiado cerca de los Bosques Perdidos - dijo con el ceño fruncido - y nada bueno sale de allí.

- Los que alguna vez los han visto dicen que los árboles tienen vida pro-

pia y confunden a los extraños que se le acercan – coincidió la princesa con el sacerdote -. Nadie que haya entrado ha salido con vida; jamás.

- Decid más bien que nunca volvieron, que no es lo mismo - contestó Link

-. Yo estuve en la linde y lo que percibí fue algo muy diferente. Hay algo que no

es natural, pero tampoco maléfico. No sé qué era, pero

- No concibo que alguien los haya visto y quiera volver a ellos – dijo la princesa.

- Tan sólo opino que debemos tomar rutas que impidan que nos siga Ga-

nondorf. No se me ocurre una ruta más segura que a través de los bosques.

- Sigue sin gustarme la idea.

- La otra opción es llegar hasta Kakariko y cruzar el puente, cabalgar du-

rante tres días llanura a través y después tomar el vado del este. Quedarían en- tonces seis jornadas más a caballo siguiendo el margen del río - dijo Link seña- lando en el mapa la enorme llanura por la que discurría el río Zora -. Ahí no hay sitio para esconderse en caso de que nos persigan. En cambio, si cruzamos los bosques - dijo señalándolos en el mapa - perderíamos a nuestros perseguidores y estaríamos tan sólo a tres jornadas del lago.

- Eso si salís de ellos

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- Hay que arriesgarse - dijo Link con total convicción -. Estoy seguro de

que a estas alturas Ganondorf ya estará tras nuestra pista y no debemos darle ninguna facilidad. La ruta del bosque es peligrosa, lo sé, pero también es la úni-

ca que se me antoja segura.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

- Este camino no os hace gracia, ¿me equivoco?

La princesa le miró fijamente a los ojos.

- No. Demasiado siniestro.

- A mi tampoco me gusta nada.

- Y sin embargo me apoyas.

Cadler meditó su respuesta un instante.

- Tienes razón cuando dices que hay que arriesgarse. Ganondorf os

querrá muerta – dijo dirigiéndose a la princesa -. Un legítimo heredero al trono

de Hyrule que ha escapado a su cerco

Estará enloquecido de furia.

- ¿Entonces? – preguntó Link - ¿Iremos bosque a través?

La princesa se encogió de hombros.

- Qué remedio. Espero que no estemos cometiendo una locura y nos diri- jamos de cabeza a un peligro mayor que Ganondorf.

- Que las diosas te oigan - dijo Cadler a la vez que hacía un gesto de pro-

tección -. Ellas saben que toda ayuda es poca para lo que os espera. Esa reunión

es nuestra última esperanza.

- ¿Quién irá? – inquirió Link.

- Gente sabia y poderosa de todo Hyrule. Los zora y los goron estarán

allí. También se ha convocado a los kokiri, pero no hemos recibido contestación

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de los bosques. Incluso puede que acudan los sheikan, pero con ellos nunca se sabe.

- Irán – sentenció la princesa -. Impa me aseguró que lo harían.

Cadler enarcó una ceja, claramente poniendo en duda lo que la princesa acababa de aseverar, pero sin atreverse a discutírselo en voz alta. Los sheikan eran una raza tan antigua como los hylian y su número era aún menor que el de estos. Durante siglos habían sido los guardianes de los secretos de Hyrule y ac- tuaban en las sombras, siempre vigilantes y siempre escondidos. Apenas se re- lacionaban con el resto del reino y habían sufrido más que nadie la persecución de Ganondorf. No, no era probable que fueran.

Link no dijo nada, sino que se quedó muy pensativo observando la escul- tura del búho, pero en realidad con la cabeza en otra parte.

- ¿Ocurre algo? - le preguntó Cadler.

- Tan sólo me imaginaba cuál sería mi reacción si fuera Ganondorf y me enterara de la existencia de este concilio.

- Pensaría que el miedo que provocaba se ha mitigado, que por fin co- mienzan las revueltas.

- No, no lo haría.

- ¿Entonces?

- Pensaría que sería un desperdicio tener a tantos enemigos juntos y no hacer nada al respecto.

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Los servidores de Ganondorf eran reputados maestros del dolor y la agonía había sido indescriptible. La habían encadenado a una pared y profana-

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4 El Sant<ario Dorado

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do su cuerpo con el fin de buscar la información que Ganondorf deseaba. Había oído hablar a sus torturadores y así había descubierto que no era la primera sheikan que "interrogaban", como tan elocuentemente lo había expresado uno de ellos, un salvaje deforme con mirada de loco. Con orgullo, supo que ninguno había desvelado uno solo de los antiguos secretos. Al igual que ella, su lealtad al Juramento era inquebrantable.

Ahora, después de horas de sufrimiento, la habían dejado sola, aunque seguía encadenada a la pared. Con el único ojo que le quedaba miró a su alre- dedor y vio los cadáveres en un rincón de la celda. Con lástima, reconoció a va- rios de ellos, soldados del castillo que habían muerto honorablemente. No creía que sus torturadores vinieran demasiado pronto: la dejarían unas horas para recobrar fuerzas y luego continuarían con su trabajo. Sabía que si se quedaba allí moriría.

Pero eso no iba a suceder, al menos no tan pronto. Respiró profunda-

mente y se concentró en los grilletes que la mantenían sujeta. Notó su frío abrazo alrededor de sus ensangrentadas muñecas, se imaginó el acero pulido

brillante al sol, el poderío del herrero que lo forjo

de los años, en cómo la herrumbre lo cubría y debilitaba. Vio al óxido ganar la batalla y corromper el poderoso acero volviéndolo quebradizo. Sintió la magia brotar de su ser y rodear sus manos. Era una sensación gratificante, casi sen- sual, que por unos instantes la sumergió en el olvido. Por un momento la res- ponsabilidad, el dolor y el miedo, sí el miedo, desparecieron y sólo quedo Impa. No Impa, La Guerrera, o Impa, La Guardiana, sino simplemente Impa, la shei-

Y luego se imaginó el paso

kan.

Los grilletes se volvieron polvo y quedó libre. Tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no caer de hinojos, presa de la debilidad. Pero no había tiempo para descansar. Apelando de nuevo a su magia, se concentró en un ob-

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jeto muy importante. Era lo único que podría llevarla fuera de ese lugar, un te- soro que había pertenecido a la familia real de Hyrule durante siglos y cuyos auténticos poderes sólo un puñado de personas conocía.

Al cabo de unos pocos segundos, y no sin cierta satisfacción, sintió entre sus manos sus redondeadas formas. Con los ojos todavía cerrados se lo llevó a los labios y entonó con la ocarina, pues esa era la naturaleza del tesoro, una dulce melodía. Cuando las notas terminaron de sonar y miró a su alrededor, ob- servó la noche desde una colina en la que, siglos atrás, sus antepasados habían adorado a las diosas.

A pesar de no haber estado nunca allí reconoció el sitio, pues era la ma- gia de la ocarina la que la había transportado a ese lugar y sólo podía tratarse de uno. Localizó el oeste, en donde debería estar el Santuario Dorado, y, ren- queante por el dolor y el cansancio, comenzó a caminar.

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L ink se despertó de repente, totalmente despejado, y con la terrible sen-

sación de que algo no iba bien. Se sentó en la cama y trató de normalizar su respiración para oír mejor. Todo estaba en silencio: demasiado en silencio. Ni el ulular de los búhos, ni el chirriar de los insectos; ni siquiera el susurro del vien- to. Nunca antes el Santuario Dorado había estado tan callado.

Link se levantó, se vistió rápidamente y cogió la espada, que descansaba apoyada en la pared. Salió de su cuarto y fue hacia el de la princesa siguiendo un inexplicable instinto. Sus pasos resonaron en las losas de piedra mientras avanzaba por el oscuro pasillo. Era noche cerrada y no había luna ni estrellas, ocultas tras las nubes de tormenta que se habían formado a primera hora de la noche.

- ¿Dónde está? – la voz sonó un poco más adelante y Link se estremeció.

Aquella voz era sibilante y había formulado aquella sencilla pregunta con un odio y desprecio que lo dejaron sin aliento.

- Tendrás que matarme para llegar a ella.

“¡Impa!” exclamó Link para sus adentros al reconocer aquella segunda voz. Olvidando toda cautela corrió para reunirse con la sheikan y prestarle su apoyo. Dobló una esquina y vio a las dos personas, de pie, recortadas sobre la poca luz que penetraba por un ventanal. Se puso al lado de Impa y enarboló la espada.

La guardiana se sobresaltó al verlo aparecer de repente pero, al recono- cerlo, sonrió, aunque aquella fue una sonrisa sin rastro de humor.

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Su camisa era un harapo manchado de sangre que dejaba ver terribles heridas y quemaduras. Los pantalones estaban rotos y sus piernas también es- taban estigmatizadas. Sólo un ojo lo miraba, pues en donde debía estar el otro sólo quedaba una cuenca vacía, y estaba apagado, carente de su habitual brillo, reflejando angustia y dolor. Su rostro estaba manchado de sangre y había per- dido parte de su hermosa cabellera plateada. No estaba armada, pero la seguri- dad de su actitud era arma suficiente para ella.

- No podéis derrotarme – dijo la voz -. Ningún arma de este mundo pue- de herirme.

Entonces Link lo vio. Era totalmente negro, salvo por sus armas, de acero pulido. Su rostro no poseía rasgos; era un amasijo de carne… no, de carne no:

de algo negro y siniestro. Una burla de rostro sin facciones, tan sólo una nariz y unas incipientes cuencas oculares. Pero a pesar de todo, y precisamente por eso, Link pudo reconocer a ese ser.

- ¡Por el amor de Nayru! – exclamó mientras retrocedía unos pasos, asus- tado - ¿Qué eres tú?

El engendro giró la cabeza en un gesto que a Link se le antojó como una burla cruel.

- Soy tú.

El joven guerrero miró con ojos exorbitados a aquella aparición.

- ¿Qué clase de brujería es ésta? – susurró.

- Coge a la princesa y vete.

Link observó a la sheikan. Por muy hábil que fuera con la espada, no le parecía que pudiera enfrentarse a aquella sombra y salir victoriosa. Aferró la espada y se adelantó hasta protegerla con su cuerpo.

- No. Cógela tú. Yo me quedo aquí para cubrir vuestra huída.

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5 El J<ramento

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El Link oscuro retrasó un pié y se protegió con el escudo a la vez que se preparaba para asestar un golpe con la espada.

- Por segunda vez en un día te digo que te vayas con la princesa y que la

lleves a un lugar seguro – le dijo la Sheikan -. No importa lo que me pase a mí, ella debe salvarse.

- Tú puedes protegerla mucho mejor que yo – repuso Link, no dispuesto

a ceder.

- Pero no debo ser yo quién la acompañe; así está escrito – Impa le puso una mano a Link en el hombro y lo obligó a retroceder -. Ve con ella.

Link la miró a los ojos y supo que no cedería. Tenía ganas de preguntarle cómo había llegado hasta allí, quién era esa criatura que decía ser él… Pero no había tiempo. Asintió.

- Te la devuelvo - le dijo mientras le tendía la espada.

Por un momento pareció que Impa la rechazaría, pero finalmente la aceptó. Luego, como si se le acabara de ocurrir, sacó del interior de su destroza- da camisa una hermosa ocarina azul con adornos dorados.

- Toma esto y dáselo a la princesa.

Link cogió la ocarina sin saber que decir. Se dio la vuelta y ya se iba cuan- do la guerrera se dirigió a él una última vez.

- Arad – dijo -. Fue él quién nos traicionó.

No lo vio, pero ella sabía que los ojos del joven bullían de furia y odio.

- Vete – ordenó, pero Link ya se alejaba.

Impa le deseó en silencio buena suerte y se preparó para el combate.

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- ¿Qué es lo que ocurre?

Link había llegado a las habitaciones de la princesa por otro camino y la había despertado.

- Tenemos que salir ahora. Nos han encontrado.

- ¿Encontrado? ¿Quién?

Link ni se dignó a responder a algo tan obvio y se limitó a agarrar de la mano a la princesa y a guiarla hacia los establos. Zelda lo seguía a trompicones, pero sin protestar.

Bajaron las escaleras que llevaban a la capilla y pasaron por delante de la puerta. Siguieron por un pasillo lateral y llegaron a los establos. Entraron tan apresurados que despertaron a los caballos que se agitaron, nerviosos. Uno de ellos, de un hermoso blanco, piafó de alegría al reconocer a Link y aceptó las caricias que le prodigó. Cogió una silla de montar de un rincón y se la colocó con soltura.

- Abrid las puertas del establo – ordenó mientras aseguraba los correa-

jes.

Sin rechistar, la princesa obedeció. Link acabó de atar la silla y sacó al corcel de la cuadra.

- Montad – dijo mientras miraba nervioso a su alrededor.

La princesa se subió con soltura y Link lo hizo detrás de ella. Con un fuer- te taconeo azuzó al corcel y lo puso al galope.

A los pocos segundos una figura solitaria salió del Santuario Dorado. An- daba con paso firme y en su mano llevaba una espada grabada de runas y man- chada de sangre. Envainó la espada y murmuró en voz baja unas palabras mis- teriosas. El aire se onduló a su alrededor y de su cuerpo brotó un torrente de llamas que se expandieron y lo consumieron todo en varios metros a la redon-

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da. El fuego prendió el interior de las cuadras y se extendió al interior del edifi- cio. Cuando aquello se convirtió en un infierno, la sombra se puso de nuevo en marcha siguiendo el rastro de los fugitivos.

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Link notaba la tensión en el ambiente y el aire le traía olores extraños. Dirigió a su montura hacia una colina cercana y desde allí se arriesgó a echar un vistazo. El Santuario Dorado era pasto de las llamas y él no podía hacer nada por impedirlo.

Delante de él, la princesa emitió un jadeo de asombro y dolor. Notó que sus manos se entrelazaban con las suyas, buscando y dando consuelo.

- Es la segunda vez que el fuego de Ganondorf me arrebata aquello que

más aprecio – dijo Link en un tono que a la princesa le produjo escalofríos -. Nunca más. A nadie.

Y aquella promesa, aunque él no lo supiera, selló definitivamente su des-

tino.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

>no q<e son tres sabid<ría poder y valor El Tesoro Dorado q<e g<arda los miesterios de Hyr<le

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M ientras cabalgaban, Link no podía dejar de pensar en Cadler y en los

monjes del Santuario. Su infancia pasó ante sus ojos llorosos. Recordó las pri- meras clases de ocarina y las lecciones de rezos y cantos. Recordaba cómo le gustaba meterse dentro del armario del estudio de Cadler para espiar sus reu- niones y de las horas sentado en la biblioteca, leyendo libros de aventuras mientras todos creían que estudiaba los credos.

En su corazón todavía palpitaban los coros de los monjes, elevándose por encima de las columnas del templo y llegando hasta lo a que a Link siempre le había parecido que era el límite del firmamento. Ahora todo yacía convertido en cenizas. En su corazón renovó el juramento que hiciera al ver lo más cercano a lo que él podía llamar hogar devorado por el fuego de Ganondorf.

Delante de él, la princesa había cedido al cansancio y dormía inquieta. No la culpaba en absoluto. Ya casi había amanecido pero no podían parar, to- davía no.

Desde donde estaban sólo se veía una interminable llanura. Cabalgaban hacia el suroeste, con el incipiente sol a su espalda. Si la memoria no le fallaba Link calculó que debían estar bastante cerca de una arboleda en la que podrían descansar un poco. Efectivamente, al bajar una ligera hondonada, la vio a lo le- jos. A los pocos minutos llegaron y Link sofrenó a su montura.

Despertó a la princesa con suavidad y la ayudó a desmontar.

- ¿Dónde estamos? – preguntó la princesa mientras Link trataba de en- cender un fuego.

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- En algún lugar entre el Santuario y el Bosque Kokiri.

- ¿Y adónde vamos? No tenemos armas ni comida.

Por primera vez desde su huída, Link se dio cuenta de aquello. Las alfor- jas no estaban listas cuando habían partido. Además, le había entregado su es- pada a Impa y no disponía de arma alguna.

- Ya nos las arreglaremos – contestó, rezando para que su voz sonara

convincente -. No te he alejado de Ganondorf para que mueras de hambre en

medio de ninguna parte.

- Te lo agradezco. Otra vez – contestó la princesa.

Link ni siquiera se atrevió a mirarla a la cara. Estaba seguro de que si lo hacía las lágrimas volverían y lo último que necesitaba ahora era que se pusiera a llorar como un niño pequeño.

- Di mi palabra a Impa de que te protegería.

- Espero que esté a salvo.

Link no dijo nada. Finalmente consiguió que las ramas prendieran y se arrimó al fuego. Las noches todavía no habían alcanzado la calidez del verano y las madrugadas siempre eran frías.

- ¿Nos dirigimos al lago?

Link deseó gritarla. ¿Qué le importaban a él el lago Hylia o el reino de Hyrule? Su mundo acababa de ser destruido por un demonio, un demonio con- vocado por alguien todavía más perverso. Si antes odiaba a Ganondorf por lo que había hecho, lo que sentía en esos momentos trascendía más allá de los sentimientos humanos. El deseo de venganza nublaba su visión y se descubrió apretando las manos con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.

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Sin embargo, a pesar de que no dijo nada, la princesa supo exactamente qué era lo que estaba pasando por la cabeza del joven guerrero. La impotencia, la pena, el miedo… Eran los mismos sentimientos que la habían dominado al ver como Hyrule se hundía cada vez más en el caos de la guerra y el miedo. To- das las personas a las que quería habían muerto, o lo estarían muy pronto. No se engañaba con falsas esperanzas; estaba segura de su padre habría sido de los primeros en caer a manos de Ganondorf.

Aquel hombre era virtualmente invencible. Ni las armas ni ninguna ma- gia conocida eran capaces de herirlo. Además, no sólo era un guerrero de enor- me fuerza, tamaño y destreza, sino que también era un formidable hechicero y si, como sospechaban, estaba tratando de hacerse con el Triforce… Las diosas no lo quisieran; si se apoderaba del Tesoro Dorado ya no quedaría esperanza para nadie.

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Link vio a la princesa acostarse y hacerse un ovillo al lado del fuego. Estu- vo tentado de hacer lo mismo, pero ella había estado en lo cierto: estaban des- armados y carentes de provisiones, así que se propuso solventar ambos proble- mas.

Después de atender al caballo, gracias a la ayuda de un par de ramas y a unas cuantas crines, Link pudo confeccionar un arco más o menos decente y un recio bastón, como los que solía utilizar. Con ayuda de una piedra de cantos afi- lados fabricó unas cuantas flechas caseras y practicó un par de tiros hasta sen- tirse satisfecho. Aparte de los defectos lógicos, lo cierto era que había hecho un gran trabajo.

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Dedicó el resto del tiempo a recolectar algunos frutos y a tratar de cazar algo. Finalmente, un par de ardillas, debidamente desolladas, pendían de las alforjas del caballo, que había seguido la actividad de su jinete con innegable interés.

- Tendrá que bastar hasta que encontremos a los kokiri – dijo mientras guardaba el arco y las flechas.

- Pareces conocerles muy bien – la princesa se había despertado y le mi-

raba con ojos curiosos -. Al menos lo suficiente para no temer internarte en sus bosques.

- Te lo contaré mientras cabalgamos – contestó Link, algo más animado que antes -. No podemos perder más tiempo.

La princesa asintió y a los pocos minutos ya habían salido del bosqueci-

llo.

- Los kokiri – comenzó a explicar Link – son un pueblo de niños, o al me-

nos ese es el aspecto que tienen a nuestros ojos. Visten con ropajes verdes y casi todos son rubios o los cabellos verdes. Se dice que un principio fueron hy- lian que dedicaron su vida a proteger los bosques y entablaron amistad con los misterios que en ellos habitan.

- Los cuentos también hablan de hadas y de un gran árbol que habita en medio del bosque.

- El Gran Árbol Deku, sí – dijo Link asintiendo -. Nunca lo he visto, pero

los kokiri hablan de él con veneración. Se dice que lleva allí desde el principio

de los tiempos. Las hadas son sus guardianas y las aliadas de los kokiri.

- ¿Estuviste mucho tiempo con ellos?

- Apenas unos días. Me hirieron en una emboscada de lizalfos y ellos me

acogieron hasta que recuperé las fuerzas. Son un pueblo bastante introvertido,

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pero creo que al final me habían cogido aprecio, sobre todo por ser un hylian, son más reservados con el resto de los pueblos. Hubo alguien, una chica de ca- bellos verdes, Saria, que fue especialmente amable conmigo.

- ¿Y cuándo lleguemos allí qué haremos? ¿Cómo pretendes cruzar sus bosques?

Link se encogió de hombros.

- No lo sé. Supongo que los kokiri odian a Ganondorf tanto como al que

más. Creo que si les explicamos quién eres y la situación en la que nos encon- tramos nos prestarán su ayuda.

- Así que estamos actuando a ciegas.

- Sí. Sin embargo, es la mejor opción que tenemos.

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Aquel día estuvo marcado por la tristeza. Ninguno de los dos se sentía con demasiadas ganas de hablar, por lo que apenas cruzaron un par de pala- bras en todo el día. Vadearon un par de riachuelos y atravesaron la intermina- ble llanura bajo un cielo nublado que amenazó todo el día con descargar.

Los árboles mostraban brotes verdes y nuevos. Lejos quedaban las hela- das del invierno y la nieve en sus copas desnudas. El verdor y la vida de la pri- mavera contrastaba tremendamente con la tristeza de sus corazones, lo que hacía el viaje aún más incómodo.

Comieron sin descabalgar y apenas hicieron un par de paradas en todo el día, para beber agua y para descansar unos minutos. Sin embargo, Link forzó la marcha hasta los límites de la razón. Sabía que eso que había destruido el San- tuario Dorado seguía su pista y que no pararía hasta apoderarse de la princesa.

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De vez en cuando miraba hacia atrás, por si lograba discernir en el horizonte la temida figura negra.

Finalmente, tuvo que hacer una parada para dormir, justo después de que el sol se pusiera, para evitar que tanto él como la princesa se cayesen de la silla de puro agotamiento. Eligió como campamento un emplazamiento cerca de un río. Se detuvieron junto a unas rocas, que los protegerían en caso de que también lloviera esa noche. El río estaba tan frío que sus aguas helaban hasta el alma.

- Volveremos a ponernos en camino antes del alba – le dijo a la princesa - . No me gusta tener que parar, pero necesitamos tomarnos un descanso; los tres – dijo mientras acariciaba el cuello del corcel blanco, que respondió a la caricia empujándole con el morro. “Hoy has estado a la altura, viejo amigo” pensó Link.

Recogió unas cuantas ramas, las más secas que pudo encontrar, y consi- guió prender un pequeño fuego. A los pocos minutos, la llama de la hoguera de campamento era la única luz que podían atisbar. Link se derrumbó al lado de las rocas y se recostó sobre ellas, presa del agotamiento.

Con el anochecer se levantó un frío viento que ululaba por entre las ro- cas y los obligó a dormir juntos para darse calor. En otras circunstancias Link habría disfrutado con la experiencia, pero aquella no era ninguna excursión campestre. Sus sueños estuvieron llenos de oscuros espectros y chirriantes ri- sas que hicieron que su descanso fuera intermitente.

Finalmente, en uno de sus repentinos despertares, ya no pudo volver a conciliar el sueño. En el fondo le dio igual, pues el cielo ya comenzaba a tintarse con los colores del alba y había que partir, así que se levantó con suavidad para no despertar, todavía, a la princesa y fue a buscar al caballo.

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Lo encontró abrevando un poco más allá y, cuando se acercó, lo recibió con un suave relincho.

- Tú también te has despertado pronto, ¿eh?

Revisó las correas y ajustó las bridas. De pronto, el corcel piafó, asusta- do, e hizo un intento de encabritarse. Con mano firme, Link lo sujetó mientras buscaba con la mirada qué era lo que lo había alterado.

Y de pronto lo vio. Recortado sobre cielo, como un depredador. Era todo negro y blandía una espada manchada de sangre reseca. Estaba a menos de doscientos metros y avanzaba como un animal hambriento.

Con las bridas aún bien sujetas, Link corrió hacia la princesa y la despertó bruscamente.

- ¡Arriba! ¡Nos ha dado alcance!

La princesa se despertó alarmada y desorientada, pero Link no tenía tiempo para explicaciones, así que la levantó y cruzó sobre el lomo del caballo. Luego montó él y lo puso al galope.

Una voz gorgoteante gritó a su espalda y vio por el rabillo del ojo cómo el ser que los perseguía llegaba a las rocas que les había servido de refugio y los señalaba con la espada.

- ¡Corre! – lo animó Link - ¡Galopa como el viento!

Sus cascos parecían no tocar el suelo y el paisaje se convirtió en un borrón a los ojos del jinete. Con algo de dificultad, consiguió sentar a la prince- sa, demasiado conmocionada como para decir nada.

Después de varios minutos de desenfrenado galope, Link frenó la huída y oteó su retaguardia en busca de su perseguidor. No vio nada.

- ¿Qué era eso? – logró articular la princesa.

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- No lo se, pero fuera quien fuese es quien destruyó el Santuario Dorado.

¡No debí quedarme dormido! Tendríamos que haber seguido, al menos, hasta el bosque.

- No ha sido culpa tuya- lo disculpó la princesa-. No podías saber

- Pero debería haberlo previsto. Juré protegerte. Si hubiera tardado un poco más ahora estarías de camino a las garras de Ganondorf.

- Parece ser que lo hemos perdido.

- No lo creo, tan sólo lo hemos dejado atrás. Seguiremos hasta bien en- trados en territorio Kokiri.

Con la esperanza de que bajo la protección de los centenarios árboles pudieran escapar de su perseguidor, galoparon otra media hora antes de ver por primera vez la linde del Bosque Kokiri. En ese momento fue cuando Link comprobó que su instinto no estaba bien afinado.

De entre los árboles surgieron más de media docena de altas figuras, casi humanas, de feroces rasgos y duras escamas esmeralda, armadas con afiladas espadas. Corrieron hacia ellos con asombrosa agilidad y comenzaron a acortar distancias rápidamente.

- ¡Maldita sea! – masculló Link – Hemos caído en una emboscada de lizal-

fos.

Al oír mencionar a los terribles hombres-lagarto, fieles servidores de Ga- nondorf, la princesa no pudo evitar dejar escapar una pequeña exclamación. A sus espaldas, una infatigable silueta avanzaba a un ritmo frenético hacia ellos.

- ¡Es una trampa! – exclamó el hylian, más sorprendido que preocupado.

- ¿Qué vamos a hacer?

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- Nuestra única oportunidad es perderlos en el bosque – mientras decía

esto desenfundó el bastón de madera -. Mantén el cuerpo pegado a la silla y no te levantes por nada del mundo.

Antes de que la princesa tuviera tiempo de replicar, Link taconeó los flancos del caballo y éste comenzó a correr, raudo como el viento. La intención

de Link era intentar rodear a los lizalfos e internarse en el interior del bosque, pero pronto esa opción quedó descartada ya que estos respondían con rapidez

a sus maniobras de evasión. A cada metro que se acercaba, más evidente era

que tendrían que pasar a través de las filas enemigas y Link elevó una plegaria a las diosas.

- ¡Agárrate fuerte!

Con un grito primigenio, Link blandió el bastón por encima de su cabeza

y se dirigió hacia el grupo de lizalfos. Estos levantaron las armas en actitud de- safiante y se prepararon para la embestida del hylian: el choque fue brutal.

Asiendo el bastón con ambas manos, Link asestó un tremendo golpe a uno de los lizalfos en la cabeza. La violencia del impacto hizo que parte del bastón saltara de sus manos, hecho astillas, y que el ser cayera al suelo, con la cabeza abierta. Otro hombre-lagarto fue arrollado por el caballo y, luego, aplas- tado bajo sus furiosos cascos, mientras que Link arrojaba lo que le quedaba de bastón y hería a otro en el pecho, atravesándolo con la madera.

Sin embargo, ellos eran más y no habían cabalgado durante horas bajo la sombra del miedo. A duras penas, Link evitó una espada que le hubiera segado el cuello, pero en su nueva postura otro de sus enemigos lo alcanzó en un cos- tado. La espada superó su cota de mallas y penetró en la carne. La herida era profunda y de ella empezó a manar mucha sangre. Link intentó seguir avanzan- do, pero un lizalfos se había apoderado de las bridas y las sujetaba con inque-

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brantable firmeza. Link sintió unas frías garras clavarse en su pierna y dejó es- capar un gemido de dolor.

Se echó encima de la princesa para protegerla y propinó una fuerte pata- da a un séptimo contrincante, que retrocedió varios metros. Sin embargo, la batalla estaba perdida, aunque Link luchara valientemente contra ese destino. Unos poderosos brazos, más fuertes que los de cualquier humano, lo levanta- ron en volandas y lo estrellaron contra el suelo. El golpe hizo que soltara todo el aire de sus pulmones y quedara tendido en el suelo, luchando por recobrar el aliento.

Así, indefenso, oyó los gritos de la princesa y el piafar desesperado del caballo. Intentó levantarse, pero un puño con la fuerza de un ariete se estrelló contra su rostro.

Lo último que oyó antes de que la negrura lo engullera fue música. Una dulce canción que le sonaba terriblemente familiar. Luego sobrevino la oscuri- dad.

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C uando Link despertó y trató de levantarse, unas manos amables lo obli-

garon a permanecer tumbado. Estaba en una habitación, sobre una cama con- fortable. Afuera, se oía el ulular de los búhos y el susurro del viento entre las copas de los árboles. Olía a césped recién cortado y a manzanas asadas; adora- ba las manzanas asadas. Giró la cabeza para encontrar al propietario de las ma- nos y se llevó una grata sorpresa al reconocerla.

En cualquier otro lugar de Hyrule, su actitud inocente y corta estatura habrían logrado que se la tomara por una niña pequeña, de no más de once o doce años, pero cualquiera que la observara más detenidamente, en especial sus insondables ojos esmeralda, se daría cuenta de su error. Un rostro angelical le sonreía con la candidez de la inocencia. Una mata de cabellos verdes se des- parramaba coquetamente debajo de un curioso gorro, también de color verde. Entre el cabello había prendidas hojas y flores que acentuaban sus exóticas fac- ciones.

Todo esto lo vio bajo una luz azulada que no se filtraba por ninguna ven- tana, ni provenía de velas o antorchas. De pronto, la fuente de la luz cambió de lugar a gran velocidad y una pequeña bola luminosa revoloteó a pocos centíme- tros de su cara. Si uno se fijaba detenidamente en ella, vería un par de alas cris- talinas, como las de una libélula, batir frenéticamente el aire. La bola lo escrutó unos instantes y una pequeña risa, cantarina como una corriente de deshielo, salió de ella.

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Every game has a story, only one is a legend. Blades will bleed, shields will shatter, b<t as the light fades, will the Hero rise again or will the darkness reign?

- Navi se alegra de volver a verte – la no tan niña tenía una voz dulce y aflautada, exenta de toda malicia.

Link no pudo evitar sonreír ante el comentario.

- No tanto como yo de veros a las dos – dijo sinceramente -. No has cam- biado nada, Saria.

Ciertamente, estaba tal cual la recordaba.

- Y tampoco ha cambiado la circunstancia de nuestro encuentro – dijo ella, risueña.

- Emboscado y herido por los lizalfos – de pronto, Link pareció recordar algo muy importante -. ¡La princesa! ¿Está ella bien? ¿Está a salvo?

Los ojos de Saria lo taladraron con su habitual eficacia.

- No sé a qué te refieres – contestó -. Te encontramos medio muerto, al

lado del cadáver de tu caballo, en la linde del bosque. Te rodeaba una manada

de lizalfos

y algo más. Los ahuyentamos.

Link cayó derrotado en la cama. Unas lágrimas de frustración pugnaron por escaparse de sus ojos, pero las contuvo a tiempo, no así la rabia que sentía.

- Ahora todo está perdido.

- ¿Qué ha sido de aquel muchacho animoso de fe inquebrantable?

- No puedes comprenderlo – Link no pudo evitar un leve reproche en su

tono -. La ciudadela ha caído, Ganondorf se ha alzado con el poder y me fue en- comendada la seguridad de la princesa Zelda, tarea en la que he fracasado es- trepitosamente.

- No hay vergüenza en perder contra un oponente más poderoso. Tan

sólo la hay en no volver a levantarse cuando se puede seguir luchando.

Link no dijo nada.

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- Te aseguro que la esperanza es algo mucho más fuerte de lo que la gen-

te cree. Aún cuando todo parece perdido, se las arregla para sobrevivir y germi- nar.

- Ojalá pudiera tener tu fe, Saria.

Link se incorporó y, esta vez, la kokiri no le detuvo. Se llevó la mano al costado y topó con un vendaje colocado por manos expertas. Apenas le dolía, aunque sabía que todavía no había cicatrizado del todo y no debía forzarse. Na-

vi,

el hada compañera de Saria, se acercó a su hombro y trató de consolarle con

un

sonido como de campanillas. A pesar de todo, Link sonrió.

- Ese es un buen comienzo – dijo Saria -. Lo siguiente es planear tu próxi- mo paso.

- ¿Próximo paso? No hay próximo paso. Sin la princesa no puedo cumplir

mi misión.

- Aún así deberás ir a la reunión del Lago Hylia.

- La reunión

¿Cómo lo has sabido?

- Vino un mensajero hace semanas.

- Será durante la próxima luna llena – confirmó Link.

- Así es. Mañana por la noche.

- ¿Mañana? – Link se alarmó - ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

- Muchos días. La herida se te infectó y tuviste mucha fiebre – Saria se le

acercó mucho y habló con un susurró casi inaudible -. Había magia en tu cuer- po. Magia negra, muy poderosa. Costó mucho expulsarla.

Instintivamente, Link se palpó la herida a la vez que recordaba a su si- niestro alter ego.

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- Y te diré algo más – continuó Saria en ese tono tan misterioso -. Algo

ronda el bosque desde que te encontramos. Siempre camina oculto entre las sombras, pero a su paso las criaturas del bosque callan y la tierra muere. Busca

algo.

 

-

Me busca a mí.

Saria asintió sombríamente.

-

Sabe donde estás, pero no puede entrar. El Árbol Deku nos protege

aquí.

- Sé de quién se trata. Es negro, un tenebroso ente con una espada y un escudo diabólicos. Pensaba que sólo quería a la princesa.

- No sólo a la princesa. Es un asesino. Uno alimentado por la sangre de tu enemigo. No cejará en su empeño hasta verte muerto.

- ¿Y cómo llegar entonces hasta el lago? Incluso sin ese asesino ahí afue-

ra, tardaría lo menos tres días en atravesar el bosque, y otros tantos en llegar a

su orilla. ¿Cómo hacer en un día el camino de seis?

Saria sonrió.

- Las sendas están para aquellos que las buscan. Ven conmigo.

Ofreciéndose como apoyo, Saria ayudó a Link a incorporarse del todo. Sin embargo, el joven hylian demostró tener una capacidad de recuperación asombrosa y, una vez de pie, quedó claro que podía manejarse apenas sin ayu- da. Después de vestirse con sus ropas, con los rotos zurcidos, salieron de la casa de Saria, construida en la cima de un árbol, al fresco aire de la noche.

Una escala de cuerda pendía de la plataforma donde se había edificado la casa y bajaba hasta el suelo, a unos diez metros. Link bajó con soltura, aun- que notó cómo la herida le tiraba en algunos momentos. Abajo les esperaban todos los kokiri.

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Casi medio centenar de niños de cabellos revueltos y vestidos de verde, y otras tantas hadas revoloteando, estaban silenciosos al pie del árbol de Saria, aguardando. Nadie habló, sólo lo miraron con sincera culpabilidad. Todos ex- cepto uno.

- ¡Otra vez tú aquí! ¡Creí advertirte que nunca volvieras a este bosque!

Link contempló al kokiri que acababa de hablar. Era bajo, incluso para los suyos, con los rubios cabellos despeinados asomando debajo del habitual gorro verde. Estaba de pie, con las piernas abiertas y los brazos en jarras.

- Mido

– murmuró Link, recordando a aquel incordio con desagrado.

- Apártate Mido – le espetó Saria, desatando murmullos entre los pre-

sentes -. Tenemos cosas más importantes que hacer que discutir con un tronco

podrido como tú.

Mido pareció sorprendido unos instantes, pero luego se recordó que era él quien mandaba sobre los kokiri y recobró la compostura.

- No vais a ir a ninguna parte. Él – dijo señalando a Link con un dedo tem- bloroso – va a largarse y tú recibirás tu castigo por ayudarle.

Saria se lo quedó mirando muy fijamente. Su labio inferior temblaba de rabia y cerró los puños hasta que quedaron blancos. Mido retrocedió un paso y Link leyó temor en su mirada.

- ¡En mi casa yo hago lo que me da la gana! Link es mi amigo y necesita

ayuda. Vamos a ver al Árbol Deku y ¡ay de aquel que intente detenernos!

Los murmullos volvieron a desatarse.

- El

El Árbol Deku – tartamudeó Mido, consternado por el ataque de

furia de Saria -. Pero

Pero

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Saria ni se dignó a contestarle y, cogiendo de la mano a Link, comenzó su andadura por el poblado kokiri hacia la morada del venerado árbol. Nadie los siguió ni intentó nada contra ellos.

Link se apresuró a obedecer a Saria, pues no deseaba sentir el aguijón de su furia. Durante al menos cinco minutos, lo único que se oyó fue un continuo torrente de quejas e insultos que salían de su boca y cuyo blanco era cierto ko- kiri por el que Link sentía ahora una profunda lástima.

Cruzaron el poblado, formado por pequeñas casas construidas en el in- terior de los gruesos árboles, y encararon un sendero que se internaba en la es- pesura. Allí, Saria se detuvo para dirigirle unas palabras.

- El Gran Árbol Deku te hará preguntas y deberás contestar con sinceri-

dad. Sabe muchas cosas, probablemente ya conozca parte de tu historia, pero otras escapan a su percepción, pues ocurren muy lejos de este bosque. No le mientas y tal vez te halle digno.

- ¿Digno? – inquirió Link.

- De ser ayudado. Existen atajos en estos bosques, atajos que podrían

llevarte al lago Hylia esta misma noche, pero para transitarlos es necesario so- meterse al juicio del Árbol Deku.

"Pero no te preocupes demasiado – siguió Saria sonriendo para quitarle hierro al asunto -. Estoy segura de que superarás la prueba.

- Espero que tengas razón. La verdad es que no me encuentro nada digno en estos momentos.

- Por cierto – dijo la kokiri ignorando el último comentario de Link -. Lle-

vabas esto encima cuando te encontré – mientras decía esto rebuscaba en una bolsa a su costado y sacaba la ocarina que le diera Impa en el Santuario Dorado -. Supongo que querrás recuperarla.

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- Gracias, me la entregó una buena amiga.

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- En verdad es buena esa amiga tuya. Esa ocarina es un artefacto muy po- deroso. Uno de los tesoros de Hyrule si no me equivoco.

Link se encogió de hombros sin saber qué responder.

Continuaron avanzando por el sendero. Link percibió que a medida que avanzaban los árboles parecían más y más viejos. Además, el camino era empi- nado, por lo que apenas podía ver unos metros más adelante. Al fin, Saria se detuvo de nuevo e instó a Link a que avanzara, esta vez solo.

Con decisión, el hylian la obedeció y coronó el sendero. Era de noche y había luna casi llena, pero una densa niebla flotaba por encima de sus cabezas

y la luz llegaba amortiguada. Los árboles se habían retirado por completo y

habían formado un enorme claro en medio del bosque. Un gigantesco árbol, tan alto que era imposible de abarcar con la mirada, extendía sus poderosas ramas por encima de sus cabezas.

Sus raíces eran gruesas, como los troncos de los demás árboles, y se des-

plegaban muchos metros, entrando y saliendo de la tierra, hasta internarse en

el interior del bosque. Su corteza era increíblemente rugosa, aunque conserva-

ba un aspecto lozano, lleno de vida. Las ramas crecían muy alto y se abrían en

un amplio abanico protector. Tal vez fuera efecto de la niebla y la escasa luz, pero a Link le pareció que en el tronco había una cara cuyos rasgos eran nudos

y protuberancias de la madera; una cara muy anciana, con una barba hecha de

líquenes y musgo. Grande fue su sorpresa cuando todo aquello resultó ser pre-

cisamente lo que parecía.

Unos roblizos párpados se abrieron y unos enormes ojos verdes lo mira- ron con curiosidad. Las ramas del árbol se agitaron, impacientes, y un millar de

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hojas cayeron de su frondosa copa, creando el curioso efecto de una lluvia a cámara lenta.

- ¡Vaya, vaya! – la ancestral voz del Gran Árbol Deku resonó en todo cla- ro e inspiró a Link un profundo respeto - Hola, Saria. Hola, Navi.

- Saludos, Gran Árbol Deku – dijo Saria a la vez que hacía una respetuosa

reverencia. Navi dejó escapar un sonido como de campanillas y revoloteó, con- tenta.

- Veo a alguien más con vosotros. ¡Un hylian! ¿Eres tú el herido que en-

contraron mis pequeños amigos? ¿Qué hacías en mis tierras? ¿Acaso te has

perdido?

Al ver que Link no contestaba, Saria lo pellizcó con suavidad en una pier- na para que reaccionara.

- Mi nombre es Link – dijo finalmente – y no me he perdido. Cumplía una

importante misión que me trajo aquí. Sin embargo, me emboscaron en la linde de los bosques y fui herido.

El Árbol Deku agitó sus ramas de nuevo, Link no supo si en un gesto de enfado o de asentimiento.

- Lo sé. Sé lo de los lizalfos y siento una presencia oscura en mis territo-

rios. Hiede a magia negra, marchita las plantas que toca y contamina las aguas que vadea. ¿Qué misión es esa de la que hablas?

Link se lo explicó todo. La reunión en el lago, la huída de la ciudadela y su caída, la destrucción del Santuario Dorado, las últimas palabras de Impa, su agotadora marcha por las llanuras y la emboscada de los lizalfos y el asesino. Con la historia medio contar se sentó en el suelo y, desde allí, continuó. No omitió detalle alguno y se descubrió hablando de los pensamientos y emocio-

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nes que le habían embargado. De los temores que se habían adueñado de él cuando se sintió derrotado. De su odio hacia Ganondorf.

Durante todo el tiempo que habló el Árbol Deku permaneció en silencio. De vez en cuando sus ojos brillaban y el claro entero parecía iluminarse con un relámpago verde. Poco a poco, del bosque salieron los kokiri y escucharon con atención cada palabra del joven hylian. Todo el bosque atendía a Link, mara- villándose con su relato.

Cuando acabó, Link se quedó sorprendido por lo mucho que había habla- do. Se dio cuenta de que ahora había mucha más luz que antes, gracias a los centenares de hadas, de pálidos e innumerables colores, que se habían posado en las ramas del Árbol Deku hasta hacerle parecer un firmamento verde salpi- cado de estrellas multicolores. A su lado, Saria parecía satisfecha.

- Antigua y orgullosa sangre corre por tus venas – le dijo finalmente el

Árbol Deku -. Eres un digno heredero de tus antepasados. Comprendo los inter-

rogantes que te atormentan y creo poder responder a algunos de ellos.

"La princesa sigue viva – ante esta afirmación Link se levantó de golpe, como si con esa información bastara para encontrarla -, aunque está fuera de tu alcance y de cualquiera con la voluntad de rescatarla.

- ¿Por qué está viva? Pensé que Ganondorf había mandado a su asesino para acabar con su vida.

- El asesino era para ti, supongo. Por eso tiene tu forma. Ganondorf ne-

cesita a la princesa viva porque cree que ella sabe algo que lo puede guiar hasta el Tesoro Dorado.

- ¿Y es así?

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- No lo sé. El Triforce se ocultó fuera de las fronteras de este mundo y,

por lo tanto, no se nada de dónde, o de cómo, encontrarlo. Habrás de pregun- tarle a otros.

- ¿Me dejaréis, entonces, usar los caminos secretos del bosque?

- Lo haré, aunque necesitarás un guía.

- Yo iré con él, Gran Árbol Deku – dijo Saria, adelantándose -. Soy su ami- ga y conozco esos caminos.

- Lo sé, Saria, y tu ofrecimiento te honra, pero no puedo prescindir de ti. No ahora que la sombra está tan cerca.

La kokiri se quedó de piedra, no sabiendo muy bien cómo reaccionar. ¿Por qué el Árbol Deku la necesitaba en los bosques?

- Sin embargo, una parte de ti quiero que vaya con él. Sé que lo que voy

a pediros es difícil pero

Navi, ¿acompañarías tú a Link?

Un murmullo, acompañado de un millar de campanillas, resonó en todo el claro. Nunca un kokiri se había separado de su hada. Nunca en toda la histo- ria de Hyrule. Sin embargo, Saria no parecía demasiado sorprendida. Navi voló hacia ella, dejando una brillante estela azulada a su paso, y se posó en su hom- bro. Hablaron durante unos segundos, Saria en susurros y Navi en el particular lenguaje de las hadas, hasta que ambas parecieron tomar una decisión.

Navi dio varias vueltas alrededor de Saria y, finalmente, se acercó a Link.

- Estamos de acuerdo, las dos – dijo Saria y Navi la secundó con su voz de campanilla -. Navi será la nueva compañera de Link.

Aturdido, Link se arrodilló hasta quedar a la misma altura que la kokiri.

- Saria, yo

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- No te preocupes – contestó sonriendo -. Será temporal y lo hacemos por una buena causa, ¿verdad?

Navi agitó las alas muy rápido y comenzó a dar vueltas sobre sí misma. Ambos, Link y Saria, rompieron a reír.

- ¡Bien! – el Árbol Deku parecía animado – Aunque los atajos de éste bos-

que son rápidos, aún os queda mucho camino por delante y no hay que retra- sarse.

- No sé cómo agradeceros vuestra ayuda, Gran Árbol Deku – dijo Link -. Me habéis devuelto la esperanza.

- No hay nada que agradecer. Partid con mi bendición.

Sin mediar más palabras, los enormes párpados del Árbol Deku se cerra- ron y tanto las hadas como los kokiri abandonaron el claro. Link y Saria hicieron lo mismo por donde habían llegado y volvieron hasta el poblado. Allí los espe- raban todos, excepto uno.

- Sube de nuevo a mi casa – le dijo Saria -. Come conmigo una última vez antes de tu partida.

Link asintió y siguió a la kokiri,de nuevo al interior del árbol. En cuanto se sirvió un cuenco de sopa, dulce y deliciosa, se dio cuenta de lo hambriento que estaba. Con un sincero gracias, ambos, hylian y kokiri, comieron en completo silencio. Cuando acabaron, Link repitió dos veces, Saria se fue a otra habitación y volvió trayendo un paquete hecho con una hoja gigante. Se lo entregó con una sonrisa.

- Tus ropas están hechas polvo, así que mientras estuviste inconsciente te cosí éstas.

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Link abrió el paquete con cuidado y descubrió que en su interior había un peto verde bosque, de mangas cortas y que apenas le llegaría a la mitad del muslo, y un gorro, también verde, muy largo y acabado en punta.

- Me encanta, Saria – dijo sinceramente -. Me lo voy a probar ahora mis-

mo.

Al cabo de un minuto estaba de pie, luciendo nueva indumentaria.

- Te queda muy bien – dijo Saria. Navi opinó lo mismo revoloteando a su alrededor como loca -. Pareces un kokiri gigante.

Link sonrió.

- Muchas gracias. Me sienta estupendamente.

Se agachó y le dio a Saria un beso en la mejilla. La kokiri enrojeció y ca- rraspeó un poco.

- Será mejor que bajemos, tenéis una larga caminata por delante.

Mientras bajaban, Link se sorprendió al comprobar que todos los kokiri continuaban alrededor del árbol de Saria, esperando. Sin embargo, cuando hubo llegado abajo, abrieron filas y se adelantaron dos de ellos, un chico y una chica, cargados con una espada y un escudo.

- Esto perteneció a un soldado hylian que hace mucho tiempo se perdió

en estos bosques – dijo el que portaba el escudo mientras se lo ofrecía -. Ojalá a ti te proteja mejor que a su anterior dueño.

Link aceptó el regalo con una reverencia y se colocó el escudo en su bra- zo derecho.

- Esta es la Espada de los Kokiri – dijo la otra -. Lleva aquí muchos siglos,

pero nunca nadie ha tenido la suficiente fuerza y talla para empuñarla. Úsala bien.

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La espada era preciosa, con la guarda en madera, y su funda era de oro y seda azul. Link se la colocó a la espalda y la empuñó con su mano libre.

- Muchas gracias por vuestros regalos – les dijo a todos -. Espero hacer- me merecedor de ellos.

- Buena suerte en tu búsqueda, Link – dijo la que le había entregado la espada -. Vuelve a nosotros siempre que quieras.

Link asintió y se giró.

- Nos tenemos que ir – le dijo a Navi -. Despídete.

El hada se acercó a Saria y le susurró algo al oído. La kokiri sonrió y acari- ció la brillante bola de luz, que tintineó, triste.

- Vamos, vete. Cuida de él por mí.

Así, Link abandonó el bosque guiado por Navi y acompañado por una dulce canción: el último regalo de Saria.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

>no q<e son tres sabid<ría poder y valor El Tesoro Dorado q<e g<arda los miesterios de Hyr<le

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L ink no sabía donde estaba. Llevaba horas andando por el bosque guiado

por la incansable Navi y hacía mucho tiempo que había abandonado toda espe- ranza de localizar puntos de referencia en el entorno. Los árboles que lo rodea- ban rehuían su mirada y parecían cambiar constantemente de lugar y forma.

Navi revoloteaba un par de metros por delante, a fin de alumbrarle el camino. Según la opinión de Link, debía de haber amanecido hacía bastante tiempo, pero el ramaje era tan espeso que no dejaba pasar un sólo rayo de luz. También era inquietante la ausencia total de sonido, únicamente sus pasos so- bre la tierra y el tintineo de su acompañante.

Sólo una vez se había detenido un momento para echar un vistazo a su espalda y lo que vio lo dejó helado. No había nada. Tan sólo una insondable ne- grura que le hizo apartar la mirada, asustado. En ese momento, Navi se acercó a él y lo obligó a continuar andando. Si no hubiera sido por ella, Link se hubiera quedado en ese lugar, demasiado atemorizado como para poder moverse, pre- sa de los encantamientos del bosque.

A pesar del cansancio, Link se negó a parar, diciéndose que no había tiempo, pero en realidad lo que tenía era miedo de que si volvía a ver aquella negrura, ni todas las hadas de Hyrule podrían hacerle retomar el camino. Final- mente, cuando dar el siguiente paso se había convertido en un gesto carente de sentido, vio una luz al fondo del túnel de árboles.

Navi se volvió y voló frenéticamente a su alrededor, comportamiento que Link ya había identificado como una mezcla de alegría y excitación. Anima-

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do por la perspectiva de su llegada aceleró la marcha y, a los pocos minutos, contemplaba el maravilloso atardecer del Lago Hylia.

La luz del moribundo sol se derramaba como la miel sobre las serenas aguas del gigantesco lago, arrancándole reflejos anaranjados. El aire era fresco y limpio, revitalizante, y Link tomó una honda bocanada, agradecido de estar de nuevo a cielo abierto.

Se encontraban sobre una pequeña colina, al sudeste del Lago. Con asombro, se percató que a sus espaldas había un pequeño conjunto de árboles, apenas cinco o seis, nada que ver con la densa arboleda que había cruzado. Na- vi pareció reírse de su incredulidad y Link murmuró algo ininteligible. Luego, se dio la vuelta y comenzó a buscar con la mirada el posible lugar de la reunión.

- Pronto será de noche – le dijo – y todavía no veo a nadie. ¿Sabes dónde se celebrará el concilio?

Navi se agitó y avanzó con seguridad hacia el lago. Link se apresuró a se- guirla. Bajaron por la colina y llegaron a la orilla del lago. El murmullo de las olas se mezcló con el de los grillos y el graznar de los cuervos. De pronto, oyó delante de él gritos y el familiar entrechocar del metal.

Desenvainó su nueva espada y corrió en dirección al ruido. Al bordear una colina vio los restos de unas ruinas, apenas un suelo de piedra y dos colum- nas medio derruidas. Enfrente del suelo de piedra estaba atracada una embar- cación roja, de un solo palo, unos quince metros de eslora y una peculiar proa con la forma de la cabeza de un dragón. A bordo de la embarcación un grupo de hombres luchaba contra casi una veintena de salvajes y lizalfos que intentaban abordarlos.

Los hombres luchaban con valentía, pero los secuaces de Ganondorf pa- recía que llevaban ventaja y Link descubrió el por qué. Un tardío rayo de sol

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arrancó reflejos de una armadura negra, absolutamente aterradora. Su casco era cerrado y no se le podía ver el rostro. Tenía casi tres metros de altura y es- taba armado con un gigantesco espadón. Ninguno de los defensores era rival para él. Link lo reconoció como un miembro de los Soldados de Ónice, integran- tes de los Muerte de Hierro, las fuerzas de élite de Ganondorf.

Sin pensárselo dos veces, Link corrió hacia la batalla. Dos salvajes se per- cataron de su presencia y fueron a por él, armados con largas lanzas.

Link paró el primer ataque con el escudo y blandió la Espada Kokiri con precisión. El otro ni siquiera se percató del ataque y cayó muerto, con el co- razón atravesado. Link atacó de nuevo y su adversario trató de parar el golpe con la lanza, pero la espada atravesó la madera sin lastimarla, como si no exis- tiera, y hendió el cráneo de la criatura, matándolo en el acto.

Un grito de aliento surgió de las gargantas de los defensores del barco, al ver que el joven guerrero acudía en su ayuda. Redoblaron sus esfuerzos y un lizalfos cayó, atravesado por una lanza plateada.

Link arremetió contra un grupo de tres salvajes. Al verle, sacaron unas espadas deformes y oxidadas, que blandieron amenazadoramente. Navi se acercó a toda velocidad y revolteó alrededor de uno de ellos, que comenzó a lanzar estocadas al aire, tratando de acabar con aquella molestia. Link se quedó a solas con los otros dos.

Lo atacaron a la vez, desde ángulos opuestos y a diferentes alturas, pero Link los esquivó acrobáticamente dando un salto mortal hacia atrás. En cuanto sus pies tocaron el suelo, se lanzó hacia adelante y asestó un poderoso tajo contra uno de sus enemigos. Éste trató de interponer su espada en la trayecto- ria del ataque, pero ya era demasiado tarde. Con los ojos muy abiertos y dicien- do algo en su obscena lengua, se desplomó con una herida terrible.

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Link se giró justo a tiempo para parar un golpe a su cabeza. Sintió el gol- pe en el escudo y, con un rugido de rabia, dio un rápido giro, atacando de revés a la altura de las piernas. Con satisfacción, oyó el grito de dolor del salvaje, que se desplomó, con la pierna izquierda casi amputada. Sin detenerse más de lo necesario, lo remató en el suelo y fue hacia el que estaba entretenido con Navi. Con ese tardó aún menos que con los otros.

De pronto, sintió estremecerse la tierra y una sombra le arrebató la poca luz que quedaba. Ante él se erguía el gigantesco ser de la armadura y leyó en sus ojos, encerrados en una cárcel de metal, rojos y brillantes, una promesa de muerte.

- Ganondorf me recompensará si le llevo tu cabeza, Link – dijo el ser con voz grave y acento extraño.

- Veamos si toda esa chatarra sirve para algo – dijo mientras adoptaba

una pose de lucha y trataba de parecer indiferente al hecho de que Ganondorf

hubiera oído hablar de él.

Con un gruñido, el Soldado de Ónice blandió su mandoble por encima de la cabeza y asestó un golpe brutal. Link vio el ataque con mucha antelación y lo esquivó con facilidad, saltando a un lado. Dio una rápida estocada para introdu- cir su propio filo entre las placas de la armadura, pero fue insuficiente. La hoja rebotó, inofensiva, y Link tuvo que alejarse con otro salto, pues su contrincante volvía a la carga.

La lucha se prolongó varios minutos, sin ningún cambio que inclinara la balanza a favor de nadie. A su alrededor, los defensores humanos estaban con- siguiendo imponerse a sus atacantes, pero la batalla aún distaba de estar finali- zada.

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De pronto, después de esquivar un golpe que casi lo alcanza, Link sintió un agudo dolor en el costado. Allí donde estaban los vendajes de Saria, una in- cipiente mancha oscura indicaba que la herida se había reabierto. El Soldado de Ónice se dio cuenta y recrudeció sus ataques. Link, apurado y con dolores, es- quivó los dos primeros, pero en el tercero el dolor fue tan intenso que se quedó sin aliento. Sabiendo que no iba a ser capaz de esquivar un cuarto, levantó el escudo.

El brazo se le quedó dormido y supo que le dolería durante días, eso si salía vivo. La fuerza del golpe lo obligó a hincar la rodilla. Sin embargo, le quedó la suficiente entereza para mantener empuñada la espada y asestar un golpe al brazo de su rival. Esta vez la hoja sí hizo blanco, y lo hirió en las manos, allí don- de la armadura era más débil. Con un gruñido de dolor, el Soldado de Ónice soltó su espadón, pero propinó un empellón a Link, lanzándolo por los aires.

El guerrero se debatió para levantarse cuanto antes y, cuando lo hizo, vio cómo su contrincante se inclinaba para recoger su arma. En ese momento, bajo una propicia luz azul, observó las correas de cuero en su espalda. Con una son- risa, se lanzó al ataque mientras que Navi, en un alarde valentía, se colocaba frente al visor del Soldado de Ónice y no lo dejaba ver.

Aprovechando la treta del hada, Link lo rodeó y, con un preciso golpe, cortó las trenzas de cuero que mantenían la armadura en su sitio. Aquello fue como soplar sobre un castillo de naipes. Las piezas de la monumental armadura cayeron al suelo, pesadamente y una a una, dejando al descubierto el enorme cuerpo de una bestia con forma humanoide, de rostro canino y pelaje oscuro, que se giró, alarmado por la súbita ausencia de protección.

Link se agachó y, mientras que el mandoble pasaba a pocos milímetros de su cabeza, enterró la Espada Kokiri en el abdomen de la bestia hasta la em- puñadura. El Soldado de Ónice cayó a un lado, muerto.

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Un silencio sepulcral cayó sobre el campo de batalla. Contendientes de uno y otro bando contemplaban la gesta de Link quién, sin advertir que era el centro de atención, extrajo la espada del cuerpo como si de una Excalibur se tratase. De inmediato, los pocos salvajes y lizalfos que quedaban con vida co- menzaron a huir, aterrorizados, ahora que su líder había desaparecido. Los humanos, no dispuestos a dejarles escapar, cargaron sus arcos y, andanada tras andanada, no cejaron hasta acabar con ellos.

Link vio todo esto mientras se recuperaba de sus heridas. La del costado le dolía bastante, pero un rápido examen le reveló que era menos grave de lo que había creído. El brazo derecho también le dolía, y tenía un feo moratón en un lado de la cara. Por lo demás, tenía que dar gracias a las diosas por haber salido vivo.

- Has sido muy valiente – le dijo a Navi, que no se había apartado de su

lado.

El hada tintineó, agradecida por su cumplido, y le tocó delicadamente el costado herido.

- Me duele un poco, pero no es grave.

Navi pareció asentir con gravedad y voló hasta colocarse en su hombro. Con cuidado de no hacerla daño, Link envainó la espada y pensó, agradecido, en los kokiri. Justo en ese momento, el que parecía el capitán de los defensores se le acercó.

Era un hombre ya mayor, de cabellos canos, aunque todavía vigoroso. Andaba renqueante por una herida en una pierna y se apoyaba en una larga lanza plateada. Al llegar, hizo una ligera reverencia.

- ¡Bien hallado, viajero! Hoy nos has prestado un grandísimo servicio.

Link respondió con otra reverencia.

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- Tan sólo he cumplido con mi deber. Mi nombre es Link.

- Saludos entonces, Link. Yo soy Edgard Landaniel, Capitán de las fuerzas

de Kakariko. ¡Y por las diosas que si hubiéramos tenido más hombres como tú,

no nos habrían arrebatado la plaza!

- ¿Todos tus hombres están bien?

- Solo heridos, ninguno de gravedad. ¿Cómo…? ¡Por el amor de Nayru! ¡Un hada!

Edgard señalaba el hombro de Link con asombro. Al oír gritar a su ca- pitán varios hombres se acercaron a toda prisa. Link pudo advertir que eran hombres curtidos, de aspecto casi salvaje, pero de porte noble. Todos observa- ron embobados a Navi, que, decidida a impresionarlos de verdad, levantó el vuelo y se paseó, coqueta, bajo su atenta mirada.

De pronto, un carraspeo rompió aquel silencio hipnótico y Link vio como los soldados se apartaban y dejaban paso a una nueva figura. Era un anciano, alto y delgado. Iba vestido con una túnica dorada y andaba con paso decidido. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Link pudo apreciar una larga melena blanca y unos inquisitivos ojos azules que los observaron, primero a Navi y lue- go a él.

- ¿Quién eres? – la voz del anciano era clara y limpia

- ¿Perdón? – contestó Link, pillado por sorpresa.

- Eres demasiado alto para ser un kokiri. Sin embargo, vistes sus ropas y

un hada te acompaña, por lo que te has encontrado con ellos. Repito, ¿quién

eres?

- Mi nombre es Link.

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El anciano lo escrutó detenidamente y luego se acercó hasta que Link pu- do sentir su aliento. Sin pedir permiso, el anciano alargó la mano y le quitó el gorro verde.

- Eres un hylian…

Link fue a replicar cuando cayó en la cuenta de que su interlocutor tam- bién poseía orejas puntiagudas y ojos rasgados. Sin embargo, alrededor de los ojos y en las manos, había ligeras arrugas, y sus ojos contenían más saber de lo que un humano podría adquirir en diez vidas.

- Mi nombre es Rauru.

Y Link no necesitó saber nada más, pues el nombre de Rauru era casi una leyenda en todo Hyrule. Un sabio de un conocimiento más allá de este mundo, un ente que había sobrevivido a catástrofes y reyes. Un ser tan antiguo como la propia tierra que pisaban.

- Maestro – acertó a decir, no sin que unos incómodos segundos hubie-

ran pasado, mientras hacía una profunda reverencia que, sin embargo, el sabio detuvo con una mano firme, aunque gentil.

- Estás herido, no hagas esfuerzos.

Mientras decía esto, murmuró unas palabras en una lengua extraña que, sin embargo, le sonó terriblemente familiar. Las manos de Rauru se iluminaron con una luz dorada y allí donde se las impuso, las heridas sanaron y la piel apa- reció limpia y sonrosada. Link contempló el milagro con estupefacción y Navi se agitó, emocionada.

- ¿Cómo…? – preguntó Link.

- Todavía queda en mis viejos huesos algo del antiguo conocimiento de

nuestros antepasados – dijo Rauru con una sonrisa paternal -, aunque ya casi

todo esté perdido, ¿no es cierto?

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8 >n Sabio de otra Era

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Link no contestó, pues comprobaba con deleite que sus heridas habían realmente desaparecido.

- ¡Gracias! – exclamó, pero luego, viendo a los soldados de Kakariko, aña- dió – Vuestros guardianes también están heridos.

Rauru volvió a sonreír.

- Hay pociones curativas de sobra en el barco.

Link asintió. Navi se acercó hasta tocar la punta de la nariz de Rauru.

- ¿Y tú eres?

Link fue a contestar, pero Navi soltó una larguísima perorata en aquel lenguaje suyo, tan parecido a una orquesta de campanillas. Para asombro del joven hylian, Rauru asintió varias veces e hizo varias preguntas a Navi, aunque en voz tan baja que no las pudo oír. Pasado un minuto, Rauru volvió a dirigirse a Link, aunque ahora había una intensa curiosidad en su mirada.

- Navi me ha contado el largo camino que has recorrido para llegar aquí.

Ignoro el por qué el Gran Árbol Deku te ha ayudado, o por qué Ganondorf quie- re tu muerte, pero lo que sí sé es que te has ganado un puesto propio en el con-

cilio. ¿Harás el honor de acompañarnos?

Sin saber que decir, Link asintió y acompañó a Rauru y los soldados de Kakariko al interior del velero rojo, en busca de su destino.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

>no q<e son tres sabid<ría poder y valor El Tesoro Dorado q<e g<arda los miesterios de Hyr<le

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E

l barco surcaba el lago sin manos que lo tripulasen ni viento que hinchara

su vela blanca. Rompía las oscuras aguas con decisión, impulsado por una mis- teriosa fuerza. A lo lejos, veían su destino: una pequeña isla en el centro del la- go.

- ¿Qué hay en el centro del lago? – le preguntó a Rauru.

El anciano parecía una antigua escultura, de aquellas que había en las antiguas ruinas hylian y que representaban a un rey o a un poderoso y aclama- do héroe. La luz de la luna arrancó unos reflejos plateados de sus cabellos y acentuaron su misterioso porte cuando habló.

- Dice la leyenda, una en verdad tan antigua como la misma tierra, que fue en este lugar donde las diosas crearon Hyrule. Fue allí donde nuestro mun- do tomó forma y fue también el primer lugar de reposo del Tesoro Dorado.

Link oía fascinado las palabras del anciano hylian.

- ¿El Templo de los Guardianes? ¿Estamos yendo hacia el Templo de los Guardianes?

- Hacia lo que en su día fue ese templo, sí. Ahora no son más que un con-

junto de hermosas ruinas. Apenas queda rastro de su antigua santidad, pues tanto el Triforce como sus cuidadores lo abandonaron hace mucho.

- ¿Allí es donde se va celebrar el concilio?

Rauru asintió y Link guardó silencio. Los soldados, después de curar sus heridas, también permanecieron callados, conscientes de la solemnidad del

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momento. Navi permanecía en la proa del barco, como iluminando el camino para aquello que los conducía.

Unos instantes antes de que el barco atracara en la orilla, Link creyó ver varios cuerpos en el agua, pero desaparecieron de inmediato. Sin embargo, el joven guerrero reconoció las delgadas y atléticas siluetas de los zora.

Nada más poner los pies en la isla, Link sintió un cosquilleo que lo atra- vesó de parte a parte. Los cabellos se le pusieron de punta y sintió una enorme paz.

- Pase el tiempo que pase – le susurró Rauru al oído – este lugar nunca perderá del todo su magia. Aquí estamos a salvo de Ganondorf.

A partir de ahí, caminaron por un sendero de tierra amarilla flan-

queado por altas antorchas doradas hasta llegar a un llano; el lugar de la reu- nión.

El tiempo no había pasado en balde y, poco a poco, la naturaleza se

había adueñado de las ruinas. Columnas partidas, frisos caídos y murales des- coloridos… todo cubierto por los líquenes y las plantas trepadoras, como si se avergonzaran de aquel destrozo y quisieran ocultarlo de posibles visitantes.

Los soldados, a una orden del sabio hylian, aguardaron en lo que en su día fue la entrada del templo y Link avanzó en compañía de Rauru. Y allí esta- ban, apenas media docena de figuras, aguardando en el interior de un derruido claustro.

Dos de ellas eran de una corpulencia extrema. Su piel era marrón y lisa. Sus brazos, gruesos como un hombre. Sus espaldas eran enormes, más de la mitad de su altura, que superaba con mucho a la del humano más alto que Link hubiera visto en su vida. Tenían también unas barrigas prominentes, acordes con su monumental tamaño. Uno de ellos parecía más joven que el otro; su mi-

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rada era algo inquieta y guardaba con celo un pesado cofre de piedra. El otro tenía un peculiar tatuaje en un brazo y en el otro un hermoso brazalete de oro que a un hombre le habría quedado grande como corona. Ambos iban desnu- dos salvo por unos pantalones de gruesa piel y unas capas pardas de viaje. Eran los goron de la Montaña de la Muerte.

Justo enfrente había otras tres figuras que tampoco eran humanas. Se cubrían con gaseosas túnicas tejidas con seda, oro y plata. Su piel era azulada y sus ojos, sin pupila, negros y rasgados, no parecían tener expresión. Tanto las manos como los pies tenían membranas y sus cabezas acababan en un largo apéndice que cada uno llevaba colocado de una forma diferente, como si de un peinado se tratase. Eran los zora, guardianes de las aguas de Hyrule. Un hom- bre, más grande que sus acompañantes y con una larga capa púrpura, y dos mujeres, una de ellas apenas más alta que un kokiri. Ellas también custodiaban un cofre, éste hecho de coral. Estudiaron a Link con curiosidad.

A un lado, sentado en una piedra, estaba un anciano humano, cubierto de pies a cabeza con un sayo gris. Sus cabellos y su barba eran de un blanco purísimo, casi cegador, y sus ojos quedaban ocultos tras unas prominentes ce- jas. No pareció darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor hasta que su acompañante, un joven de la misma edad que Link, lo zarandeó suavemente. El anciano pareció salir de su letargo, recogió un cayado nudoso que había a sus pies, y se incorporó con ayuda del muchacho.

La última figura que quedaba estaba recostada en una columna. Llevaba embozo y sólo se distinguían sus ojos, de un peculiar tono rojo. Sus ropas eran blancas y azul oscuro y en su pecho lucía un blasón que Link ya había visto an- tes, en la espada que le diera Impa semanas atrás. El sheikan, pues tal era la naturaleza de esta última figura, se inclinó cortésmente y fue el primero en hablar.

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- Os saludo, Sabio entre los Sabios, Mentor de Reyes y Guía de Héroes –

en su voz no había lugar para el sarcasmo, en cambio, reverencia y respeto.

- Te saludo, Sheik, Señor de los Ocultos, Guardián de los Secretos, Gober-

nante de las Sombras – tampoco había burla en el tono de Rauru -. Y también os saludo al resto: Darunia, Señor de los Goron, Protector de la Montaña y Vigi-

lante del Dragón; Rey Zora, Emperador de las Aguas y Convocador de Tormen- tas.

Ambos aludidos correspondieron al cortés saludo de Rauru con una incli- nación de cabeza.

- Hola, Sharashala.

El viejo sonrió debajo de toda aquella barba.

- ¿Y la prrrincesa? – preguntó Darunia con un peculiar acento.

- ¿Y el joven que os acompaña? – inquirió el Rey Zora.

- Se llama Link y lo acompaña Navi, de los Kokiri.

El hada, que había permanecido oculta, salió y se sentó en el hombro de Link, como desafiando a todos a dudar de su presencia. Su aparición provocó tal quietud, que Link pensó que el tiempo se había detenido.

- Sus pasos lo condujeron a través de los Bosques Perdidos con el be-

neplácito de los niños del bosque. Pero será mejor que sea él quien os explique su historia.

Rauru le hizo un gesto y Link relató todo lo ocurrido desde que le fuera encomendado el cuidado de la princesa Zelda.

- ¿Ganondorf la tiene? – Sharashala parecía, de pronto, haber envejecido

cien años. A mitad del relato de Link se había vuelto a sentar y su acompañante lo miraba, preocupado.

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- ¡Arggggg! – Darunia rugió, dando rienda suelta a toda la frustración que

sentía. Fue un grito salvaje, primigenio, cargado de tal fuerza que Link sintió que las piernas le temblaban.

El rey Zora, consternado, buscó consuelo en sus dos acompañantes: mu- jer e hija, comprendió Link en ese momento.

- Con la captura de la princesa – dijo Sharashala con un hilillo de voz - y

rendido el reino de Hyrule nuestra esperanza está casi muerta. Ella es la clave,

la necesitábamos.

Rauru se separó de Link, que de pronto se sintió terriblemente solo, y se colocó en medio de todos los presentes.

- Zelda era la llave sí. Nuestras esperanzas de acabar con Ganondorf ago-

nizan, pero siguen vivas. Os miro aquí, esta noche, y veo que no todo está per- dido, aunque sí pende de un hilo muy fino.

- ¿Tan importante era la princesa? – Link tenía miedo de descubrir el

auténtico alcance de su fracaso, pero las palabras surgieron sin que las pensara.

Todos le miraron y el joven hylian descubrió, sorprendido, que no había reproche en aquellos ojos. Sólo frustración y cansancio, mucho cansancio.

- Lo era, Link – contestó Sheik -. Ganondorf ansía el Tesoro Dorado y la

clave para encontrarlo reside en la familia real de Hyrule. La llave para acceder a él reside en sus venas… literalmente.

- ¿Entonces…?

- Sí – dijo Sharashala -. La vida de la princesa corre tremendo peligro.

- Pero para rescatarla – dijo Rauru anticipándose a la siguiente pregunta

de Link – tenemos que celebrar esta reunión. Hay que encontrar una forma de salvar Hyrule y de derrotar a Ganondorf.

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- Creo que ha llegado mi turno para hablar – dijo el rey Zora -. Y para ello, Ruto, querida hija, abre el cofre.

La pequeña zora asintió y abrió el cofre que habían traído consigo desde las profundas simas de su hogar. Aquella ornamentada caja de coral que había permanecido en las salas de los zora tanto tiempo y a la que nunca le habían permitido acercarse.

La tapa se abrió y un brillo azulado salió de su interior. Dentro del cofre, reposando sobre una hermosa tela de raso negro, había varias piedras de gran tamaño; la fuente de la luz azulada.

Darunia se quedó extasiado mirando aquellas rocas. Su compañero tam- bién parecía fascinado. Cruzaron un par de palabras en su lengua, gutural y pe- sada, muy rápidamente y luego Darunia habló para que todos le entendieran.

- ¿De qué clase de piedrrra se trrrata? Nunca antes había visto una de ese tipo y eso es decirrr mucho, viniendo de un gorrron.

- Nunca has visto esta piedra, mi querido amigo, ni nunca la volverás a ver, porque es única en su especie – contestó el rey Zora.

“Como sabréis, los zora amamos tanto el agua donde vivimos, como las estrellas del firmamento. Desde hace siglos nos guía su luz y leemos en ellas el porvenir. Está escrito que, algún día, nosotros abandonaremos las aguas y sur- caremos los cielos, como también estaba escrito que nos acechaba una gran amenaza: Ganondorf.

“Hace muchos años, cuando yo acababa de acceder al trono de mi pue- blo, un hecho increíble sacudió los cimientos de nuestro reino. Una estrella cayó en medio del océano, muy lejos de estas costas. Cuando llegamos, encon- tramos esta roca en medio de un gran cráter. A su alrededor, la vida había flo- recido de manera increíble. Algas de metros de largo, corales tan hermosos y

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grandes que cubrirían varias veces el fondo de este lago y un agua tan pura co- mo nunca antes los zora habíamos sentido.

“Cogimos la piedra y la guardamos en nuestro reino. Poco tiempo des- pués, los augurios fueron tan claros que fue imposible ignorarlos: no había sido ninguna casualidad. Un día, sería necesaria para proteger Hyrule de un gran pe- ligro. Por aquel entonces, Ganondorf era apenas un niño en su lejano desierto, pero el destino ya nos avisaba de lo que estaba por ocurrir.

“Así que, cuando Rauru convocó este concilio, supimos que era el mo- mento para traer la piedra estelar. Aquí sabríamos finalmente encontrar su propósito, el por qué nos fue enviada.

Darunia se acercó al cofre de coral y se agachó para ver más de cerca las rocas. Sonrió a la princesa, que habría cabido perfectamente dentro de su gi- gantesca mano, y alargó una para coger un brillante fragmento. La examinó con ojo experto y, después de unos segundos, la volvió a dejar en su sitio.

- Es un metal y está caliente – dijo incorporándose.

El Rey Zora asintió.

- El destino es más sabio de lo que crrreía. Y manipuladorrr también. Abr- rre el cofrrre, Balast.

El joven goron sacó una llave de hierro negro y abrió el pesado cofre de piedra que habían traído consigo. En su interior había un magnífico mazo de plata. Darunia se acercó y lo cogió para mostrárselo a todos.

- Este es el Marrrtillo Megatón. Lo empleó nuestrrro grrran antepasado

parrra derrrotar a Volvagia, el Dragón de los Submundos. Ha pasado de gener-

rración en generrración hasta llegarrr a nuestrrros días.

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“Errra un herramienta concebida para crrrear, no parrra destrrruirrr. Sin embarrrgo, la necesidad de aquellos tiempos hizo necesarrrio mancillarrrr su prrropósito.

“Tiene una inscrrripción en la superrrficie de la cabeza, una inscrrripción en antiguo hylian. RRRaurrrru la conoce – el anciano asintió -, pues fue él quien nos la trrradujo. Dice así:

“Ningún metal de éste mundo me prrroporrrcionarrrá descanso.

“Muchos de nuestrrros sabios han debatido estas palabrrras, perrro su significado se nos escapaba… Hasta ahorrra.

- Tenemos el antiguo mazo de los goron – dijo Sharashala - y tenemos el

metal estelar de los zora. Rauru nos llamó a todos para debatir, he ahí la contri-

bución de los hylian. Queda por ver, pues, cual es el papel de los kokiri, sheikan y humanos.

- Los humanos ya están haciendo más que suficiente – dijo Sheik -. Ellos

han sangrado por todos nosotros, demasiado pocos como para luchar abierta- mente contra Ganondorf. Ellos nos han proporcionado el tiempo.

“En cuanto al papel de los sheikan respuesta si se cumplen mis sospechas.

Eso es algo que puede tener fácil

- Tened también en cuenta – dijo Rauru – que yo no debo ser incluido en

las predicciones de Sharashala. Estoy más allá de cualquier visión que propor- cione este mundo.

Sheik asintió.

- Muy cierto. Sin embargo, tenemos con nosotros un joven hylian, salva-

do por los kokiri y acompañado por un hada de los bosques. Según tu historia, gracias a ellos y al Gran Árbol Deku pudiste atravesar los Bosques Perdidos y

llegar aquí a tiempo.

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“Creo que la auténtica pregunta que debemos hacernos es, ¿cuál es tu papel en todo esto, Link? ¿Por qué tú, de entre todos los hylian?

- Lo cierto es que Impa confiaba en él – recordó el rey Zora -. Al menos todo lo que un sheikan es capaz de confiar en alguien.

Sheik soltó una risita socarrona, aunque con un trasfondo de pena.

- Cierto, cierto… Nuestra amada Impa era desconfiada incluso para noso- tros. Pero eso no contesta a mis preguntas.

Se hizo el silencio unos segundos.

- ¿Qué pensáis hacer con el metal y el martillo? – preguntó finalmente

Link.

- Forjar una espada – dijo Sharashala y todos le miraron -. Un arma que no pertenezca a este mundo para herir a aquel que es invulnerable.

- Pues creo que mi papel está bien claro, el papel de los hylian en todo

esto.

“Yo empuñaré el arma.

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-N

adie lo duda – contestó Rauru, sorprendido por el arrojo del joven -. Tal

vez eres el que con más derecho reclama esa responsabilidad de todos los pre- sentes.

Sheik miró al sabio duramente.

- No todos estamos dispuestos a entregar nuestra fe tan fácilmente – di-

jo -. Es demasiado joven y ya ha sido derrotado por un sirviente de Ganondorf. ¡Qué no le hará el Demonio de Jade en persona!

Link se adelantó un paso y habló antes de que Rauru lo defendiese.

- Ganondorf mató a mis padres hace años, cuando yo era tan pequeño

que su recuerdo me es desconocido. Hace apenas unos días volvió a hacer lo mismo al asesinar a Cadler y destruir el Santuario Dorado. Todo lo que tenía y pude ser me ha sido arrebatado por ese engendro y he jurado acabar con su vi- da, aún a costa de mi propia alma.

“Te juro ahora que, con la espada que forjéis o sin ella, cabalgaré hasta las mismas puertas de la guarida de ese demonio y acabaré con su existencia. Se lo debo a mis padres, a Cadler, a Impa y a Zelda. Se lo debo a todos aquellos que han muerto a sus manos y que claman venganza desde sus tumbas. Y, so- bre todo, me lo debo a mí mismo.

Sheik se lo quedó mirando un momento y Link casi pudo entrever cierto reconocimiento en aquellos fascinantes ojos rojos. Reconocimiento que lucha- ba con una intensa indecisión.

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- ¡Mandaremos a este muchacho a la muerte con nuestra última espe- ranza! – exclamó finalmente.

- Necesitamos tu ayuda, Sheik – dijo Sharashala -. Tu gente guarda secre-

tos que serán precisos en la forja de la espada. Vuestra magia es antigua y po- derosa.

- Nuestra magia no es fácil de invocar y para lo que queremos hacer pre-

cisaríamos de una muy poderosa. Magia Creadora. ¿La conoces, Sharashala? ¿Y

tú, Rauru? ¿Aprendiste en la Tierra Dorada tal poder?

- ¿Magia Creadora? – dijo Link.

- Música, joven hylian – dijo Rauru -. La música que las diosas entonaron

para crear al mundo. Los antiguos hylian, los primeros de entre todos nosotros,

podían extraer de sus notas el poder suficiente para obrar prodigios.

- Conozco la Magia de la Música. Al menos las leyendas concernientes a

ella – dijo Link, recordando sus años en el Santuario Dorado-. Con el tiempo, la Primera Melodía se fue difuminando y fue cada vez más difícil acceder a ella. Finalmente, desapareció.

- No desapareció – dijo Sharashala –. Ahora es apenas audible. Sólo en

determinados lugares y bajo determinadas circunstancias puede invocarse.

- Lugarrres como este – dijo Darunia, metiendo baza por primera vez -.

Podéis sentirrrlo tan bien como yo. Aquí la rrroca parrrece estarrr viva. Casi puedo notarrr como late.

-¡Hasta las mismas estrellas brillan con más fuerza! – coincidió el rey Zo- ra mientras movía el brazo en un amplio abanico para ilustrar sus palabras.

- Cierto – reconoció Sheik -. Aquí podría invocar ese poder, aunque aún

me haría falta un poderoso instrumento. Pero sólo queda uno de esas carac-

terísticas y estaba en la ciudadela de Hyrule.

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10 La Forja de la Espada Maestra

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A todos les dio un vuelco el corazón, pues si eso era cierto estaban perdi- dos. Sin embargo, Link no podía compartir esa desazón.

- ¿Qué instrumento es ese? – preguntó, sólo para estar seguro.

- La Ocarina del Tiempo. Sólo Impa sabía dónde encontrarla exactamente y me temo que ya está totalmente fuera de nuestro alcance.

- No desesperes – respondió el hylian -, pues Impa aún tenía un último regalo para nosotros.

Diciendo esto, alargó la mano y en ella estaba la ocarina que le fue en- tregada aquella noche teñida de sangre y fuego. Era de un color azul oscuro y con adornos en dorado y tenía grabado el símbolo del Triforce en uno de sus laterales.

Los ojos de Sheik se abrieron de par en par y se abalanzó sobre ella.

- ¡Por las Doncellas!

Rauru sonreía, satisfecho, pues su fe en el joven hylian se había visto re- compensada. La mirada de los dos se cruzó un instante y el anciano asintió aprobatoriamente.

- Las señales no pueden ser más claras – dijo el rey Zora –. Debemos pre- pararlo todo.

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Las llamas rugían salvajes, aprisionadas en el interior de la roca: estaban hambrientas. Nada parecía alimentarlas, brotaban de la nada, intentando con- sumir la piedra inútilmente. Si miles de años a la intemperie no habían conse- guido quebrarla, el fuego tampoco lo lograría.

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Habían construido una forja muy tosca, hecha de las piedras de las rui- nas. El misterioso metal estelar estaba en la parte superior y unos pequeños canales hendidos en la roca harían de conductos para llevar el metal derretido a un primitivo molde con forma de espada que Darunia había tallado a toda pri- sa con la habilidad propia de los maestros artesanos.

El fuego era demasiado pequeño como para generar el calor necesario para derretir el metal, las herramientas de que disponían, salvo el magnífico martillo, eran inadecuadas y disponían de poquísimo tiempo para terminar el trabajo. Y, sin embargo, todo parecía estar funcionando.

Efectivamente, el metal se derritió y comenzó a depositarse en el molde. Sin embargo, a los pocos minutos, Darunia torció el gesto y llamó a Rauru.

- Algo ocurrre. No se solidifica – le dijo al sabio.

- ¿Va todo bien? – preguntó el Rey Zora.

- Cuando un metal se enfrrría pasa de líquido a sólido, cualquierrr cabeza

de grrranito lo sabe. Este no parrrece querrrerrr hacerrrlo. Está frrrío, perrro perrrmanece líquido. Así no podrrremos trrrabajarrr con él.

- ¿Y a qué puede deberse? ¿Quizás a la forja?

- Mi querrrido amigo, tu pueblo es maestrrro en el arrrte de leerrr las estrrrellas, perrro cundo se trrrata de piedrrras y metales… El prrroblema está en el metal.

Se oyó a un bastón golpear el suelo rítmicamente. Sharashala, acompa- ñado de cerca por su cuidador, se acercó a ellos mientras hablaba.

- Todo en este mundo posee una asombrosa dualidad, una faceta física y

otra espiritual. La una es la que vemos, la forma que se nos ha otorgado para

relacionarnos con los demás. Es importante, pero no tanto como la otra, que define lo que realmente somos.

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10 La Forja de la Espada Maestra

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“Éste metal estelar es un regalo de las diosas. Un regalo que nos otorga una oportunidad de enfrentarnos al mal que amenaza con destruir todo lo bello que Ellas crearon. No sabemos nada de él salvo el uso que le vamos a dar. Es, por así llamarlo, un metal espiritual porque nos ha sido dado en bruto, sin for- ma física.

- ¿Y cómo le vamos a darrr forrrma si no se deja?

Esta vez fue Rauru el que habló.

- Necesita algo físico a lo que agarrarse. Algo que complete su identidad.

Sharashala asintió y Darunia pareció comprender.

- Necesita otro metal parrra quedarrr ligado así a éste mundo, ¿no es

así?

- Efectivamente – contestó el sabio humano -. Hemos de proporcionar un cuerpo a su espíritu.

Link se llevó la mano a la espalda y allí palpó la empuñadura de la espa- da que le dieran los kokiri. Elevando una plegaria silenciosa, agradeciendo a aquellos misteriosos seres su generosidad, desenvainó la espada y se la entregó a Darunia por el mango.

-

Fúndela – le dijo.

Y

así se hizo.

La Espada de los Kokiri fue fundida y añadida al misterioso metal caído de las estrellas. La mezcla resultó y un par de horas más tarde, el Martillo Me- gatón dejaba oír su tintineo sobre la piedra que les hacía las veces de yunque.

El Señor de los Goron golpeaba una y otra vez el metal con precisión y poderío. Su enorme brazo estaba en tensión y pronto su lisa piel estuvo cubier- ta de sudor. Bajo el fuego de la forja, sus facciones transmitían una enorme

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concentración. Con gesto serio, la mirada algo ida y su rostro brillante hacía ga- la de todo su saber y dominio sobre los metales en aquel mágico y único mo- mento. A su lado, Balast lo ayudaba con maestría, como una sombra: presente, pero sin molestar.

Con cada golpe de martillo una nube de chispas saltaba del improvisado yunque. Cuando el martillo callaba, lo único que rompía el silencio era el carac- terístico silbido del metal al ser enfriado. Luego, otra vez a calentarlo y de vuel- ta al rítmico repiqueteo. Doblez tras doblez.

Antes incluso de que la hoja comenzara a adoptar la forma final, Sheik comenzó a tocar. Sus dedos, ágiles, volaron con maestría sobre los agujeros de la Ocarina del Tiempo, arrancando de sus entrañas una dulce melodía que se elevó y llegó hasta las mismas estrellas.

La música era triste y hablaba en una lengua en la que las palabras no eran necesarias, pues aquel era el idioma de las rocas y la tierra, del agua y del firmamento. La paz después de la guerra, el rocío después de la mañana… la caricia después del beso. Todo lo que era caro a hombres, hylian, goron, zora, kokiri y sheikans era nombrado en ese canto y transformado en algo mucho más grande.

Los golpes del martillo, hacía un momento estridentes, se entrelazaron con la música y pasaron a formar parte de ella. También ocurrió con el sonido de las aguas, el murmullo del viento, el cantar de los grillos… Hasta los propios latidos de sus corazones. Link comenzó entonces a captar el auténtico alcance de aquella magia, el verdadero poder que se escondía tras las, aparentemente inofensivas, notas de aquella melodía.

Y, de pronto, la música cesó. Link abrió los ojos, no recordaba haberlos cerrado, aturdido por la brusquedad del silencio. A su alrededor, todos se esta-

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10 La Forja de la Espada Maestra

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ban dormidos. Sheik todavía sujetaba entre sus manos la Ocarina del Tiempo y

el hylian vio una pacífica sonrisa en su rostro. Sharashala estaba sentado y apo-

yado en su acompañante: ambos respiraban sosegadamente.

El Rey Zora y su familia estaban abrazados y apenas se les oía. Darunia había dejado caer el Martillo Megatón al suelo y tanto él como Balast descansa- ban sobre la hierba. Incluso Rauru no había podido resistir el embrujo y yacía al pie de la forja, ahora apagada, sin mostrar signos de vigilia. Un leve tintineó in- dicó a Link donde dormía la pequeña Navi, su brillante luz reducida a un pálido resplandor titilante.

Link avanzó hacia la forja, atraído como una polilla hacia la luz brillante.

El fuego se había apagado y la piedra estaba fría. ¿Había estado también él dor-

mido? ¿Cuánto tiempo había pasado?

Y allí estaba, sobre la fría roca, como salida de las mismas entrañas de la tierra. Pálida su hoja bajo la luz de la luna y las estrellas. Su hoja era de doble filo, pulida y sin manchas. Casi donde la hoja se unía con el pomo, el acero se ensanchaba un poco y, luego, encajaba a la perfección en una empuñadura azul, con forma de alas que quisieran remontar el vuelo. En el centro, había una gema gris, carente de vida, que contrastaba enormemente con el resto de la obra.

Link alargó la mano para agarrar la espada, pero cuando su mano estaba

a punto de cogerla, se detuvo. ¿Realmente era él el adecuado? Un poderoso

goron sería mucho mejor guerrero que él, mucho más fuerte. ¿Debía entonces reclamarla para sí? Y luego se dio cuenta de que todo aquello era absurdo y que realmente poco importaba si se merecía o no la responsabilidad de aquella hoja, porque deseaba dicha responsabilidad. El peso de su juramento lo obliga- ba, pero además, debía rescatar a la princesa. Ella lo necesitaba.

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Con ese pensamiento cerró la mano alrededor del pomo. Él no lo sabía, pero acababa de dar su primer paso por un largo y amargo camino. Un camino del que ni siquiera las diosas conocían el final.

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A quel al que llamaban el Demonio de Jade caminaba por la habitación co-

mo un león enjaulado. Hacía días que no dormía, obsesionado por arrancar del Libro de Mudora los secretos que éste contenía y que, tercamente, se negaba a revelar.

- ¡Me dijisteis que podríais leerlo! – gritó, enfurecido a un par de bultos

que se cernían encima del libro, en un atril de hueso y abierto de par en par.

- Te dijimos que tal vez podríamos descifrar las antiguas escrituras – le contestó una voz del color de carbones encendidos.

Ganondorf se giró, colérico, y se cernió amenazador sobre las brujas.

- No te atreverás – dijo la otra, la de los ojos azules, aunque con cierto temblor en la voz.

- Sólo la necesidad de vuestra magia contiene mi mano, os lo aseguro – contestó Ganondorf -. Pero atreveos a engañarme, a oponeros a mí…

No necesitó completar la amenaza, pues estaba bastante claro lo que ocurriría entonces. No sentía ningún aprecio por esas viejas decrépitas, sino to- do lo contrario. Las odiaba hasta el punto de desear matarlas con sus propias manos. Ellas, que eran su vínculo con el mundo, las que le recordaban constan- temente lo que era estar sometido a aquella oscura magia suya y el precio que había que pagar. No había poder suficiente en el mundo para compensar aque- lla angustia cada vez que cogía la daga y la hendía en su carne para pagar el sa- crificio de sangre.

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Pero cuando obtuviera el Triforce… ¡Ah, cuando estuviera en sus manos! ¡Todo sería diferente entonces! Sin límites a su poder, inmortal hasta el final de las eras, señor de todo cuanto existiera: Rey del Mal. Se estremeció con aque- llos sueños de gloria… y la cólera volvió a él, tan intensa como antes.

- ¡Se acabó! No pienso esperar más. ¿Eso es lo todo que tenéis? – dijo señalando una hoja de pergamino que contenía una única frase.

Las viejas asintieron al unísono.

- “Su savia abrirá las puertas” – citó Ganondorf en voz alta -. Pregunté- mosle a ella.

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Zelda estaba sucia y famélica. No había comido en días y la tenían ence- rrada en una estrecha y sucia mazmorra sin ventanas. Su única compañía eran las ratas y el cadáver de un hombre. Se sentía completamente desamparada y ahora, además, sangraba y temblaba de pavor.

Durante horas, el mismísimo Ganondorf había escudriñado su mente, violando cada pensamiento, cada idea, pervirtiendo hasta el último de sus re- cuerdos. Había azotado y cortado su carne, la había herido sólo por el mero pla- cer de ver su sufrimiento. Al final, ni siquiera había gritado; no tenía fuerzas.

- ¿Has descubierto algo? – la princesa creyó oír una gélida voz a través de sus turbados sentidos.

- Sí… - al oír la voz de Ganondorf, la princesa se encogió instintivamente

y él se rió ante su gesto -. Aunque ha sido difícil. Ni siquiera ella sabía a qué se refería.

- ¿Entonces? – esa otra voz pertenecía a unos ojos rojos como la sangre.

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11 La Llave

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- Su sangre es la llave – Ganondorf paladeó su triunfo -. El Templo de las Diosas la puerta.

Se agachó, sujetó entre sus manos el rostro del Zelda, ahora lacerado y manchado de sangre, y la susurró al oído.

-

Vuestra sangre, princesa, me conducirá al Triforce. ¿Cómo os hace sen-

tir eso?

Zelda sacó fuerzas de flaqueza y sus hermosos ojos azules sostuvieron su enloquecida mirada.

- Serás destruido. A estas alturas los sabios de Hyrule ya habrán encon- trado una forma de derrotarte.

- ¿Destruirme? Me he encargado personalmente de evitar esa pequeña

reunión de insurgentes, mi querida princesa. Y aunque ahora supieran cómo herirme, nada de eso importará cuando me alce victorioso con el Tesoro Dora- do en mis manos.

Con un gesto despectivo la soltó y se levantó.

- Preparadla para salir dentro de una hora – le dijo a uno de los celadores -. Una hora, princesa, eso es lo que le queda de libertad a Hyrule.

Zelda se sintió desconsolada y, entre incipientes sollozos, elevó una ple- garia a las Diosas.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

>no q<e son tres sabid<ría poder y valor El Tesoro Dorado q<e g<arda los miesterios de Hyr<le

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ElElElEl AsesinoAsesinoAsesinoAsesino

L ink se giró justo a tiempo para detener una estocada que le hubiera atra-

vesado el corazón. Los dos metales, uno plateado y el otro negro y cubierto de runas, chocaron limpiamente en medio del alba.

Conocía a su adversario. La primera vez que lo vio fue en el Santuario Do- rado, minutos antes de que éste ardiera hasta los cimientos. La segunda había sido en el preludio de su fracaso en su tarea de proteger a la princesa.

- Vas a morir – dijo con una absoluta certeza que desconcertó a su alter ego -. Aquí y ahora comienza mi venganza.

El asesino volvió a atacar y Link interceptó el tajo con limpieza. A su alre- dedor todo el mundo comenzó a despertar. Justo a tiempo, pues a una orden de su versión tenebrosa, la tierra se abrió y una mano putrefacta salió de ella, como dudando. Un poco más lejos un brazo esquelético emergió anhelante. To- dos, ya despiertos, miraban asombrados la escena. Una docena de cadáveres todavía portando las armas y armaduras con las que murieron, con el metal herrumbroso y manchado de la tierra en la que habían estado enterrados du- rante siglos, se acercaron ágilmente y los atacaron.

La informe boca negra del Link oscuro pareció esbozar una sonrisa e hizo un molinete con su impía espada. Las hojas chocaron dos veces más, pero Link no se engañó, se estaban probando.

- ¡Link! – Sheik lo llamó y le lanzó su escudo.

En un movimiento fluido, el guerrero se giró, agarro el escudo en el aire y, mientras completaba el giro, paró un golpe destinado a separarle la cabeza

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de los hombros. El asesino pareció asombrado unos instantes y, de ser otras las circunstancias, se habría detenido unos momentos para analizar la situación. Pero él era el asesino y la sangre que le había dado la vida latía en su interior empujándolo a satisfacer un temible deseo.

La nueva espada de Link se movió como una centella y detuvo su embes- tida. Luego, se adelantó y golpeó con el escudo la cara de su oponente. El Link oscuro retrocedió varios pasos, aturdido, pero aparentemente ileso.

- No puedes herirme – dijo con una voz de ultratumba -. Nada puede

hacerlo.

Las mismas palabras que en el Santuario Dorado.

La espada negra chocó contra su escudo. El joven hylian hizo un movi- miento hacia afuera con el brazo derecho, obligando así a separar mucho la es- pada de su enemigo y luego lanzó una estocada. Su sombra se retorció para es- quivar el golpe, pero fue muy lento y lo hirió en el costado. Una espesa sangre oscura comenzó a manar de la herida. El asesino gritó, asombrado y adolorido.

- Parece ser que sí puedo herirte.

De pronto, el asesino pareció hundirse en la tierra y desapareció de su vista. Link miró a su alrededor, sorprendido por la súbita huída. Cerca, Sheik usaba una extraña daga curvada para deshacerse de un esqueleto mientras que Darunia empleaba el Martillo Megatón para aplastar a otro. El Rey Zora movía las manos y entonaba una misteriosa cantinela. Rauru estaba con Sharashala y los demás, protegiéndolos dentro de una esfera traslúcida de color azulado, ro- deado por esqueletos que pugnaban por entrar. Pero ni rastro de su adversario.

Unas campanillas a sus espaldas, Navi, le advirtieron del ataque. Por el rabillo del ojo sintió una presencia elevarse detrás de él. Link rodó hacia delan- te, pero sintió un agudo dolor en una pierna. Completó el giro y se dio la vuelta.

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12 El Asesino

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La espada negra goteaba sangre. Con un rápido vistazo comprobó que la herida no era grave y pasó a la ofensiva.

Atacó desde todos los ángulos. Arriba, abajo, estocadas… Cada golpe fue interceptado con limpieza. Era como si cada uno de sus pensamientos fuera leí- do y contrarrestado limpiamente. Empezó a preguntarse si de verdad era posi- ble vencer a aquel enemigo, ¿acaso no había acabado con Impa?

- ¡Ten fe! – le gritó Sharashala desde la burbuja de Rauru - ¡Sólo la fe puede ayudarte a derrotarlo!

El sabio tenía razón. Era necesario que creyera en si mismo y tuviera fe. Fe en el acero y fe en la confianza que los demás habían depositado en él. Una luz se encendió en su corazón y, súbitamente, la gema grisácea de la empuña- dura estalló en un brillo dorado. Una poderosa energía recorrió la hoja y la en- volvió con un aura, también dorada.

Su adversario gorgoteó, en lo que podría considerarse una carcajada y, a una seca orden, las runas de su espada brillaron con luz plateada y de la hoja comenzó a desprenderse un aura de completa oscuridad. Cuando las hojas cho- caron esta vez, zarzillos de energía saltaron de los aceros y se desvanecieron en el aire. Un grito avisó a Link de que habían herido al Rey Zora.

Las espadas continuaron juntas y Link las mantuvo trabadas, tratando de alcanzar el rostro de su adversario; su propio rostro. Las hojas permanecieron inmóviles unos segundos pero, después, las fuerzas empezaron a fallarle. Su enemigo, alimentado por la magia y la sangre de Ganondorf, aumentó su pre- sión y el hylian se vio obligado a hincar rodilla en tierra. Navi revoloteó para tratar de confundir al asesino, pero éste no cejó en su lucha.

Link decidió cambiar de táctica y se tiró al suelo. Su adversario, que no se esperaba la maniobra y apoyaba todo su peso en la espada, se desequilibró y

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cayó hacia adelante. Link se cubrió con el escudo y, usando sus piernas como palanca, lo lanzó por encima de su cabeza. Luego, se giró y retomó la postura de ataque.

El otro cayó al suelo, aunque se levantó con igual presteza. Estaban co- mo al principio. El asesino comenzó a murmurar en voz baja mientras las runas de su escudo se prendían de rojo, como ascuas ardientes. Link recordó el San- tuario Dorado y comprendió cómo había sucumbido a las llamas. Se abalanzó antes de que pudiera completar su sortilegio. El escudo detuvo su golpe y las llamas saltaron de su superficie y los envolvieron.

Con un salto acrobático, Link se alejó. Sus ropas estaban algo chamusca- das pero había podido salvarse del fuego. Su espada tembló ligeramente y vol- vió a sentir una corriente de fuerza que la atravesaba. Siguiendo una corazona- da, apuntó con ella a su adversario y dejó que la energía fluyera libre.

Un haz de energía dorada salió de la espada e impactó contra el escudo rúnico, haciéndolo pedazos. El golpe también lanzó a su oponente por los aires y lo estrelló contra una columna medio derruida. Sin esperar a que se levantara del suelo, Link atacó.

El asesino intentó esquivar el golpe colocándose detrás de la columna, pero no fue lo suficientemente rápido y consiguió herirlo en la espalda. Rápida- mente lo atacó por el otro lado de la columna, pero Link ya esperaba esa ma- niobra y detuvo el ataque con facilidad. Se apartó varios pasos para obligarle a salir de su escondite.

Aprovechó esos segundos de pausa en el combate para observar cómo les iba a los demás. El Rey Zora estaba en el suelo y la reina y Ruto estaban arrodilladas a su lado. La esfera de protección y Rauru habían desaparecido y no había ni rastro de Sharashala ni de su lazarillo. Balast estaba inconsciente en

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12 El Asesino

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el suelo y Darunia y Sheik luchaban codo con codo para proteger a los demás de los tres esqueletos que quedaban en pie.

- ¡Acabemos esto! – le gritó a su alter ego.

De pronto, sintió algo a su espalda y se zambulló a un lado por puro ins- tinto. Una espada negra lo hirió en el brazo de la espada. Su adversario había surgido de la sombra de una roca y lo había atacado a traición. Link se dolió de la herida aunque agradeció su rapidez de reflejos: de no haber reaccionado con tanta presteza la espada se habría clavado en mitad de su espalda.

El intercambio de golpes se reanudó. De nuevo, cada golpe fue intercep- tado con limpieza, pero Link advirtió que su adversario ya no hacía gala de su fuerza sobrehumana.

- Te has debilitado – le dijo -. La magia que has empleado ha mermado tus fuerzas.

El otro sintió miedo pero, a causa de su naturaleza, volvió al ataque.

Link continuó hablando mientras paraba un tajo con su escudo.

- Los esqueletos, tus dos desapariciones, la magia de la espada y del es-

cudo, las heridas… Te debilitas a cada segundo que pasa – y mientras decía esto último conseguía herirlo por tercera vez, esta vez en la clavícula.

El asesino apretó la boca y saltó hacia atrás, arrancándose la hoja de herida. Sin embargo, lejos de acobardarse, agarró la espada con ambas manos y asestó un tremendo mandoble. Link arrojó el escudo y respondió al golpe tam- bién sujetando su espada con ambas manos. Sintió la misma fuerza de antes recorrer sus brazos y el filo negro saltó hecho pedazos.

Sin detener el movimiento, Link completó el giro y lanzó una poderosa estocada que atravesó de parte a parte al asesino. Las manos del ser trataron de agarrar la espada para arrancársela, pero sus manos se abrasaron cuando

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trató de sujetar la hoja. Link la enterró aún más en su cuerpo justo antes de sa- carla de un tirón. El asesino se desplomó y, en completo silencio, comenzó a despedir un apestoso humo negro.

El asesino, así como había nacido, moría.

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HaciaHaciaHaciaHacia elelelel Sant<arioSant<arioSant<arioSant<ario

L ejos, muy lejos de allí, Ganondorf sintió la muerte de su secuaz como la

suya propia. La sangre hirvió en sus venas y cayó de rodillas presa del dolor. El aullido que salió de su garganta resonó en las paredes de piedra e hizo que to- dos los habitantes del castillo se encogieran de pánico.

Poco a poco, la agonía remitió, pero a Ganondorf le habían infligido una profunda herida. Incluso después de haber pagado el precio de sangre, la magia se vengaba de quién se había atrevido a invocarla sin ser lo suficientemente fuerte. El castigo que sufría sólo podía significar una cosa: su asesino había sido aniquilado.

Las connotaciones que tenía ese hecho amenazaron con abrumarlo. Era tal y como había predicho la princesa: los sabios habían encontrado una forma de combatirle. Por un momento pensó en dirigirse a las Hechiceras para crear otro asesino, pero desechó la idea. Si volvía a fallar sufriría un nuevo castigo e iba a necesitar toda la fuerza de la que dispusiera.

Se incorporó y respiró hondo. Ahora más que nunca debía de ser cuida- doso; un paso en falso podía resultar fatal. Continuó su camino hacia el patio del castillo. Allí lo esperaba una pequeña escolta de sus seis mejores hombres:

La Guardia Escarlata. Desde la ventana del pasillo los miró con orgullo.

De todas sus fuerzas, los que más satisfacciones le habían dado eran los Muerte de Hierro. Los Soldados de Ónice, con sus armaduras oscuras y terribles eran unos guerreros insuperables siempre ansiosos por entrar en liza; los Hojas de Plata y las Espadas de Oro, sus superiores, eran astutos y temibles tanto en

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la guerra como en la administración de sus dominios; por último, la Guardia Es- carlata, los más fuertes entre los fuertes y, sobre todo, los más leales entre los leales. Su guardia personal: seis soldados dispuestos a obedecer el más mínimo deseo de su amo. Si él les pidiera que se atravesaran con sus espadas allí mis- mo, no dudaba que cumplirían la orden sin vacilar siquiera.

Los seis guardas cargaban con una jaula de acero negro, tosca y de una manufactura tan antigua que hacía parecer jóvenes a las mismas piedras del Castillo de Hyrule. Dentro de la jaula, inconsciente, estaba la princesa Zelda.

Cuando Ganondorf llegó al patio, los Guardias Escarlata lo saludaron apasionadamente. Ganondorf les devolvió el saludo y centró su atención en la jaula.

- ¿Cómo están sus heridas? – preguntó.

- Vivirá todo el tiempo que deseéis, mi Señor – contestó con una voz gu-

tural uno de aquellos guardias enfundados en armaduras rojas como la sangre.

- Bien.

Dicho esto silbó con los dedos y un relincho contestó a su llamada. Entró en el patio un corcel gigantesco, negro como el ala de cuervo y con las crines rojas. Sus cascos parecían envueltos en llamas, así como su mirada. Se colocó al lado de Ganondorf, que lo admiró como siempre hacía, fascinado por su ele- gancia y poderío.

- ¿Cabalgarás conmigo, Simún? ¿Serás hoy mi montura?

El corcel piafó y golpeó con fuerza un casco contra el suelo. El sonido re- sultante fue como si un trueno hubiera caído sobre el patio. Ganondorf sonrió. Con gran soltura, fruto de años de práctica, el Demonio de Jade montó al tene- broso corcel. Levantó la mirada hacia el castillo y vio a dos figuras que lo obser- vaban desde una torre. Dos figuras que, estaba seguro, deseaban que Simún lo

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arrojara al suelo y aplastara su cabeza bajo sus cascos. Con un gesto lleno de desprecio y de promesas futuras, se despidió de ellas.

- ¡Vamos! – ordenó a la comitiva - ¡Mi destino aguarda!

Mientras abandonaban el castillo, negras nubes de tormenta cubrieron el cielo y comenzó a llover. Era como si el mundo entero llorara de pena ante el futuro que lo acechaba.

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Link recuperó su escudo y se adelantó para reunirse con Sheik, Darunia y la familia real de los Zora.

- ¿Estáis bien? – preguntó - ¿Dónde están Rauru y Sharashala?

Sin mediar palabra, ambos aparecieron de la nada, a su lado. Rauru pa- recía muy cansado y tuvo que apoyarse en una columna.

- ¿Estáis herido? - preguntó Link al Rey Zora.

- Es superficial, lo peor es la fatiga – contestó con voz débil -. Me temo que me excedí en el uso de mis poderes.

- Yo también, amigo mío – dijo Rauru -. Yo también.

- ¿Y Balast?

- Me rrrecuperrrarrré – dijo el goron levantándose-. Hace falta más que un esqueleto parrra herrrirrrme.

- Magnífica batalla – alabó Sheik -. ¿Era ese el ser que os perseguía?

Link asintió.

- Conozco la magia a la que debía su existencia – dijo Rauru -. Una anti-

gua y poderosa hechicería: terriblemente peligrosa y cruel. Ha sido una dura prueba.

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No tuvieron más tiempo para celebrar la victoria. El entrechocar del me- tal y los gritos de guerra se lo impidieron. Los soldados de Kakariko irrumpieron en las ruinas mientras luchaban contra un ejército de salvajes. Junto a ellos, lu- chando codo con codo, los guerreros zora demostraban por qué las tropas de Ganondorf les tenían tanto respeto. Pero ellos eran muchos, más de lo que sus fuerzas podían abarcar. Sin embargo, humanos y zora combatían valerosamen- te, haciendo que cada metro de terreno costara caro a sus atacantes.

Link se encaró con la lucha y se dispuso a unirse a ellos cuando una fuer- te mano lo detuvo. Era Sheik.

- No, amigo mío. Tú debes librar una batalla mucho más importante.

- Pero ellos me necesitan.

- Link – Rauru le puso paternalmente una mano en el hombro -. Hyrule es quien te necesita.

- La princesa, muchacho – el anciano Sharashala levantó su cabeza y lo

miró fijamente tras sus pobladas cejas. Por primera vez, Link pudo ver sus ojos, de un gris parecido al del cielo cuando hay tormenta -. Piensa en la princesa.

Link volvió su mirada hacia la batalla. Los defensores perdían cada vez más terreno y pronto sobrepasarían la linde de las ruinas. El ansia de batalla latía en sus venas. Su reciente victoria aún llameaba en su corazón y lo impulsa- ba a unirse a aquellos valerosos hombres, pero sabía que no debía hacerlo. Con soltura, envainó la espada y le dio la espalda a la lucha.

- Hay que darse prisa, ¿cómo llegaré a la ciudadela antes de que sea de- masiado tarde?

- Con ayuda de esto – Sheik levantó la Ocarina del Tiempo -. Acercáos to- dos, vamos a salir de aquí.

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13 Hacia el Sant<ario

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- Nosotros no – dijo el Rey Zora -. Debemos preparar a nuestro pueblo para lo que se avecina.

Nosotros tampoco – Darunia se golpeó el pecho con firmeza. A su lado, Balast asintió -. Los tamborrres de guerrra suenan y nosotrrros también debe- mos prrreparrrarrr a nuestrrra gente.

- Y yo soy demasiado viejo como para ir a ninguna parte. Además, me

parece que mi sobrino está demasiado ocupado y no pienso abandonarle.

Link siguió la dirección que señalaba el bastón de Sharashala y vio al jo- ven que lo acompañaba atravesar con limpieza a un salvaje.

- Entonces iremos nosotros tres – dijo Rauru poniéndose al lado de Sheik -. Que las bendiciones de las Diosas os acompañen eternamente.

- Que Ellas iluminen vuestro camino – dijo Sharashala.

Sheik simplemente se llevó la ocarina a los labios y comenzó a tocar una dulce melodía. Una melodía que Link conocía demasiado bien, pues la había cantado miles de veces cuando era un niño: era la canción del Santuario.

Todo comenzó a ponerse borroso y a parecer irreal. Sentía como era arrancado de ese lugar bendito y llevado a otro lugar, muy lejos de allí. Con difi- cultad vio a los goron lanzarse a la batalla. Apenas pudo distinguir al Rey Zora y su familia sumergirse en las aguas del Lago, en busca de su pueblo.

Pero lo que sí pudo distinguir fueron un par de ojos grises que lo miraban fijamente y una clara voz que le dijo:

- Valor, Link. Ese es tu verdadero poder. Valor.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

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D urante unos instantes todo fue de color blanco. Sintió un vacío en el

nada. Lo único real era la melodía de la ocarina. Aquellas

familiares notas lo rodeaban y lo transportaban lejos del Lago Hylia. Se aferró a ellas y se dejó llevar por su magia.

estómago y luego

Tan rápido como el paisaje había desaparecido, volvió a surgir de la nie- bla blanca. Sólo que esta vez era distinto. Estaban en una colina y llovía. El inci- piente amanecer ahora estaba sepultado bajo negras nubes de tormenta. La oscuridad únicamente era rota por algún relámpago ocasional y sólo durante un fugaz instante.

- ¿Dónde estamos? – preguntó Link.

- En este lugar, hace muchos siglos – contestó Sheik – mi pueblo honraba a las Doncellas.

- ¿Y por qué nos ha traído aquí la ocarina?

- La canción que he tocado era una de las que usábamos en nuestras ora-

ciones. Con el tiempo, su significado se fue perdiendo, pero tengo entendido que los monjes del Santuario Dorado siguieron cantándolas. Eso mantuvo viva

su magia y nos ha permitido llegar a este lugar a tiempo.

- Conocía esa canción – asintió Link -. La canté muchas veces cuando era

niño, al lado de Cadler – la voz se le quebró y no pudo seguir hablando.

De pronto, una decena de bultos oscuros se materializaron delante de sus ojos. Eran figuras pequeñas, con capas oscuras que ocultaban sus facciones, no así sus armas; bastones y arcos. Una silueta se adelantó a las demás y se

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quitó la capucha. Navi, campanilleando como loca, se lanzó hacia la recién lle- gada.

- ¡Hola! – gritó Saria para hacerse oír por encima de la tormenta -. Me alegro de veros, amigos míos.

Navi se acercó a su cara y bajo su aterciopelada luz quedaron visibles los infantiles rasgos de la kokiri. El resto de las siluetas también se libró de su em- bozo y otras tantas bolas de luz, de diversos colores, dejaron de manifiesto lo que ya era evidente: los kokiri estaban en guerra.

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- El Árbol Deku intuyó que necesitaríais ayuda – dijo Saria mientras avan- zaban en medio de la tormenta.

- Una intuición certera, sin lugar a dudas – dijo Sheik.

A Link le había sorprendido encontrarse a los kokiri tan de repente, pero más aún lo hacía el trato casi reverencial con que Rauru y Sheik se dirigían a ellos. Link siempre los había considerado unas criaturas curiosas, ciertamente muy diferentes del resto de pueblos de Hyrule. Pero, a fin de cuentas, su aspec- to era inofensivo y su marginalidad acerca de los asuntos del mundo había ayu- dado a formarse una imagen de ellos diferente a la de los otros dos.

Por su parte, Navi estaba encantada de volver a juntarse con Saria y el resto de los kokiri. Después de hablar durante unos segundos entre ellas, las hadas habían vuelto a ocultarse con sus compañeros y Navi había hecho lo mis- mo con Saria.

- Parece ser que han ocurrido muchas cosas desde que nos separamos,

Link – le dijo Saria -. Aprovechas bien el tiempo que las diosas te han concedi-

do.

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- Lo mismo podría decirse de ti.

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Efectivamente, Saria parecía haber cambiado. Físicamente estaba igual:

cabellos verdes, ahora apelmazados por la lluvia, de corta estatura, manos deli- cadas y profundos ojos verdes. ¡Ah, esos ojos! Era en ellos donde Link notaba el cambio de su amiga. Igual de inquisitivos pero ahora mucho, mucho más sa- bios.

- ¿Me contarás qué te ha ocurrido? – le preguntó.

Saria se detuvo un segundo, lo contempló y luego se rió con esa voz suya tan dulce como la miel en primavera.

- No, no lo haré –dijo finalmente -. No lo comprenderías y tardaría una vida entera en explicártelo.

Link fue a replicar cuando se dio cuenta de que su amiga hablaba com- pletamente en serio. Rauru asentía y Sheik le indicaba con un gesto que era mejor dejarlo donde estaba.

- Te basta con saber que los kokiri hemos salido de nuestros bosques por primera vez en siglos.

- Y armados, por lo que veo – apuntó Sheik -. ¿Lucharéis contra las fuer- zas de Ganondorf?

- ¿Lo haremos? – preguntó Saria en voz alta.

- ¡Caerán bajo nuestras flechas!

- ¡Quebraremos sus huesos!

- ¡Los enterraremos adónde el aliento de Farore nunca llegue!

- ¡Por Kokiri y el Árbol Deku! – gritó Saria, levantando su arco, en res- puesta a los comentarios de sus compañeros.

- ¡Por la gloria del Gran Bosque! – contestaron todos a una.

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Every game has a story, only one is a legend. Blades will bleed, shields will shatter, b<t as the light fades, will the Hero rise again or will the darkness reign?

- Ahí tienes tu respuesta – se dirigió Saria a Sheik – de boca de los mejo- res guerreros de mi gente.

- ¿Y los demás? – preguntó Link.

Saria lo miró gravemente y en las filas de los habitantes del bosque se desató un murmullo.

- Preparándose para lo peor – dijo finalmente.

- Alto – indicó Link -. Creo que hemos llegado.

Aunque hacía poco que había estado allí mismo, en aquella colina, con- templando al Santuario Dorado arder, Link tuvo la sensación de que habían pa- sado eones. El panorama no podía ser más desolador. Donde antes estaban los imponentes y regios muros del santuario, ahora había sucias y negras ruinas que se erguían, amenazadoras.

Antaño, ese lugar había estado invadido por la fragancia de las flores y el viento había acariciado la hierba y arrancado susurros de los árboles. Ahora, las flores habían desaparecido, la yerba consumida y los árboles no eran más que esqueletos carbonizados y sin vida. Aquel lugar hedía a muerte.

Link se sintió desfallecer. La realidad de sus recuerdos lo azotó con vive- za y sacudió de arriba abajo. Sólo la actitud de los demás, tan consternados co- mo él, terminó de convencerlo de que aquello era real y no un mal sueño.

- Es… horroroso – dijo Saria acariciando uno árbol cercano, con el tronco carbonizado y el corazón muerto.

Link recordaba a aquel árbol verde y lozano y cómo, cuando era niño, había trepado a sus ramas más altas para ver el mundo que había más allá del Santuario. Ahora su tronco estaba calcinado, como hendido por un rayo. Nunca más volvería a florecer y, pronto, sus raíces cederían a las lluvias y no quedaría nada de él salvo el recuerdo.

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- Ahora más que nunca nuestro pensamiento vuela a la batalla – dijo uno de los kokiri.

- Pronto vuestro deseo se verá satisfecho – dijo Sheik-. Mirad allí.

Saliendo de un recodo, una tenebrosa comitiva apareció en el camino:

seis gigantes enfundados en armaduras escarlata que portaban una jaula de hierro forjado comandados por el Demonio de Jade en persona. Aquella era la primera vez que Link lo veía y, a pesar de la distancia, pudo percibir su enorme poder. También pudo ver el pequeño bulto brillante que había en el interior de la jaula y su corazón se inflamó de rabia. Desenvainó la espada, que respondió al gesto brillando suavemente.

- ¡Guárdala! – le ordenó Sheik -. ¡Revelerás nuestra posición!

Dándose cuenta de que el sheikan tenía razón, Link corrigió el gesto y volvió a enfundar la espada. Demasiado tarde. Abajo, en el camino, Ganondorf había sofrenado a su montura y los miraba fijamente. Sus seis escoltas también se detuvieron, sin saber qué hacer.

Nadie dijo ni hizo nada. Link se irguió y le dirigió a Ganondorf lo que es- peraba fuese una mirada desafiante. A pesar de la distancia, pudo sentir la in- tensidad de aquellos ojos, el odio que emanaba de ellos. Y supo que él lo había reconocido. Sabía quién era y lo que había hecho. Entonces, Link desenvainó de nuevo la espada y la elevó sobre su cabeza. El acero brilló, desafiante, y rompió el velo de oscuridad. Un relámpago rasgó el firmamento y lo iluminó todo du- rante un instante.

Y entonces todos la oyeron. Una risa profunda y cruel más allá de toda medida. Sintieron cómo sus corazones se encogían y la esperanza los abando- naba. Allí abajo, Ganondorf reía, fascinado por el desarrollo de los aconteci- mientos y, por qué no decirlo, complacido de que al fin el destino le proveyera

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de un adversario a su altura. Sin embargo, su venganza por todos los problemas que ese muchacho le había ocasionado tendría que retrasarse, pues el tiempo corría en su contra.

- ¡Soltad a la princesa! – ordenó.

Sin discutir tan repentina decisión, la Guardia Escarlata dejó la jaula en el

suelo.

- Allí – dijo señalando a la colina. Los soldados los vieron entonces -. Esos son mis enemigos: aniquiladlos.

Fue como si un terremoto se desencadenara sobre la tierra. Rugiendo como bestias salvajes, los seis gigantes metálicos se lanzaron a la batalla. Mien- tras, Ganondorf desmontó y, con una fuerza irresistible, despedazó los barrotes de la jaula, cogió a la princesa, la cruzó sobre el lomo de Simún y volvió a mon- tar detrás de ella. Taconeó con fuerza los flancos del negro corcel y éste salió disparado hacia las ruinas del Santuario.

Alrededor de Link, los kokiri se habían puesto en acción. Las capas caye- ron al suelo y los arcos comenzaron a cantar, pero las flechas rebotaban inofen- sivas contra la imponente armadura de sus adversarios. Link se puso al lado de Saria, dispuesto a combatir hasta el final, pero una vez más aquella era una ba- talla en la que no debía participar y así se lo hizo saber su amiga.

Saria se apartó de sus compatriotas y se reunió con Rauru y Sheik mien- tras cogía a Link del brazo y lo obligaba a seguirla.

- Vosotros tres – dijo con autoridad – debéis ir al Santuario.

- Pero esos guerreros… - comenzó a decir Link.

- Olvídate de ellos – le cortó Saria con urgencia -. Han osado enfrentarse

a los kokiri y lo pagarán caro. Tú misión, jovencísimo hylian – Link no pudo evi-

tar estremecerse al notar que aquel adjetivo no resultaba ridículo en boca de

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aquella niña de ojos esmeralda –, consiste en proteger a la princesa. Y aquí no podrás hacerlo.

- De acuerdo – dijo Link, ciertamente cohibido por las duras palabras de la kokiri.

- Id por ahí – dijo Saria señalando un abrupto descenso en la colina -. En

caso de que traspasen nuestra defensa no podrán seguiros con esas armaduras que llevan.

- Gracias, Saria – dijo Link.

- Sí – dijo Rauru -. Gracias por todo.

Sheik se limitó a hacer una leve reverencia y a comenzar el descenso. Rauru también hizo un gesto de deferencia y siguió al sheikan. Justo cuando Link se daba la vuelta, la mano de Saria se posó sobre la suya, como cuando es- taban en el bosque. Miró a los ojos de la kokiri y vio que ella estaba llorando.

- Tus padres habrían estado orgullosos de ti – dijo con voz entrecortada.

Antes de que Link reaccionara a esas palabras, se giró y, sacando un me- dallón de debajo de sus ropas, se reunió con el resto de los kokiri. Parpadeando para librar a sus ojos de incipientes lágrimas, Link comenzó el descenso de la colina.

Avanzaban más rápido de lo que la prudencia dictaba. El terreno estaba resbaladizo por la lluvia y no se veía prácticamente nada. Aprovechaban los relámpagos para comprobar el camino y corregir la ruta. De vez en cuando se oían arriba gritos de batalla y el entrechocar de metales. Más de una vez, Link estuvo tentado de desandar el camino y añadir su acero al de los kokiri, pero una y otra vez rechazaba esos impulsos. Saria tenía razón, su misión era otra.

Justo cuando Sheik llegaba abajo, sano y salvo, Ganondorf y la princesa alcanzaban la puerta del Santuario. Link y Rauru no tardaron en reunirse con el

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sheikan y comenzaron la carrera hacia las ruinas del templo. Rauru, a pesar de su edad y de que sus ropas no eran las más adecuadas, mantuvo perfectamente el ritmo impuesto por sus dos compañeros, más jóvenes.

Dejó de llover, y aquí y allá el sol consiguió romper el muro de nubes que conformaban la tormenta. La luz grisácea era perfecta para aquel desolado lu- gar. La piedra ennegrecida, los árboles arrancados y quemados y la tierra abra- sada y desprovista de toda vida ahora convertida en un barrizal casi intransita- ble. Cuando llegaron a las puertas del templo, las piernas les dolían y sentían sus corazones brincar enloquecidos en sus pechos; pero no había tiempo para descansar. Irrumpieron en el interior, Link y Sheik con las armas sacadas, bus- cando frenéticos alguna señal de Ganondorf o de la princesa Zelda. Y lo vieron.

Por dentro, el Santuario Dorado estaba tan destruido como por fuera. Las filas de bancos se habían convertido en astillas, ora por el fuego, ora porque el piso superior se había derrumbado. Muchas de las columnas habían sido arrancadas de raíz o estaban medio destruidas en medio de las naves, ahora tímidamente insinuadas. Las hermosas cristaleras estaban rotas y los antiguos retablos habían sido mancillados. Pero mucho peor que eso, peor que la visión del hogar destruido, peor que el horrible silencio en un lugar donde el canto era una forma de vida, era contemplar la horripilante escena del altar.

Ganondorf estaba de pie sobre la blanca piedra, a la que ni siquiera el fuego había conseguido hacer mella. Miraba al cielo, pues en esa zona parte del techo había caído, y ofrecía un cuchillo aserrado al firmamento. La gema de su frente brillaba con un resplandor enfermizo y malsano mientras que el resto de su figura parecía rechazar toda luz y permanecía en las sombras. Con la otra mano sostenía de los rubios cabellos a la princesa, atada y amordazada, que recibió a los recién llegados con sobrecogedor desamparo. Link leyó en aquellos ojos azules la súplica de ayuda, el miedo y el súbito renacer de la esperanza.

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Corrió todo lo rápido que pudo. En su mano, la espada refulgió con su aúreo resplandor mientras cubría la distancia que le separaba del Demonio de Jade. Vio a cámara lenta cómo Ganondorf bajaba la mirada y sonreía al verle avanzar entre los escombros. En lo que parecieron años, la mano de Ganon- dorf, la que sostenía el cuchillo, bajó. Mientras, con la otra, tiraba fuertemente hacia atrás, dejando expuesto el cuello de la princesa, que ahogó un quejido de dolor.

Y, finalmente, antes de que nadie pudiera impedirlo, el frío y despiadado acero quedó teñido de sangre fresca e inocente. Sheik gritó. Rauru gritó. El ala- rido de Link llegó a las mismas Diosas.

Mientras Ganondorf soltaba a la princesa y ésta caía sobre la piedra pro- fanada, la hoja goteante de la daga fue ofrecida a los antiguos poderes que habían morado en aquel lugar hacía eones. Un vórtice se abrió, rasgando la ma- teria entre los mundos. Blanco en el centro y dorado en los bordes, fascinaba la visión. Un remolino interminable de iridiscencias que en sus extremos se hacía jirones.

La princesa yació inmóvil, tendida sobre el altar, con un charco creciente de sangre manando de su garganta. Ganondorf soltó la daga y llamó con un gesto a Simún. Antes de montar y desaparecer por el vórtice, su carcajada se oyó en todo lugar. Lo último que vieron todos de él fue el brillo de sus ojos en- loquecidos.

Y allí, en aquel lugar maldito, en aquella funesta hora, Hyrule perdió a su princesa.

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De las lagrimas del cielo y alimentada por la pri- mera cancion. El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal

El regalo de las diosas al m<ndo y la perdicion del mal >no q<e son tres

>no q<e son tres sabid<ría poder y valor El Tesoro Dorado q<e g<arda los miesterios de Hyr<le

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S aria se secó la lluvia y las lágrimas del rostro y encaró la difícil batalla

que tenían delante. Protegía en sus manos un hermoso medallón de madera pintado de verde: uno de los legados del pueblo kokiri.

A su alrededor, los guerreros que la acompañaban habían dejado los ar- cos a un lado y habían sus armas cuerpo a cuerpo. Todas las espadas tenían un rubí en la guarda y todos los escudos tenían el mismo blasón en resina roja. Las hadas habían salido de sus escondites y volaban al lado de sus compañeros, campanilleando lúgubremente.

Saria echó un vistazo colina abajo y calculó que apenas tenían un minuto antes de que la Guardia Escarlata llegara hasta su posición. Cerró los ojos y asió el medallón con fuerza. Sintió su fuerza palpitante, como si se tratara de un ser vivo, a través de su mano, recorrer su brazo e inundar todo su ser. Aquel era un poder salvaje, indomable, nacido de las propias entrañas de la tierra. Tal y co- mo la habían enseñado, evocó su tierra: los árboles milenarios de troncos grue- sos y cubiertos de líquenes, los riachuelos que se formaban con la llegada de la primavera, en el susurro del viento al hablar entre el follaje…

La energía fluyó dulcemente y abrió los ojos. Uno a uno, impuso las ma- nos sobre los jóvenes guerreros. Estos, arrodillados y con la cabeza gacha, reci- bieron su bendición con honor y orgullo. Aparentemente no hubo cambios, pe- ro a cada uno de ellos le fue otorgada la fuerza de las raíces de los robles y su piel adquirió la dureza de sus cortezas centenarias. Diez luchadores con aspecto de niños aguardaron en la colina como si formaran parte de ella. Al verles, in-