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Arocena-Probl as Del Desarrollo America Latina

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Este tipo de organización productiva alcanzó sus expresiones más nota-
bles en la industria del automóvil, una de las más gravitantes en la produc-
ción contemporánea, tanto por sus dimensiones como por su producto. Su
influjo múltiple en la vida cotidiana ha llevado a decir que el siglo XX ha sido
la era del automóvil, sin que el fin de esta última esté a la vista, por cierto.
Los primeros vehículos a motor surgieron en la última década del siglo
XIX, pero fue en el siglo siguiente cuando su impacto llegó a ser comparable
al de la introducción del ferrocarril, estimulando la demanda, planteando
nuevos problemas técnicos, generando grandes inversiones en infraestructu-
ra y también oportunidades de empleo.

❘❚❚ “El camino hacia su crecimiento vino marcado por los desarrollos que se

produjeron en Estados Unidos, con la introducción de la manufactura de preci-

sión, las piezas intercambiables, y la cadena de montaje, que pusieron al auto-

móvil incluso al alcance de los obreros que lo fabricaban. El modelo T data de

1908 y costaba 1.000 dólares al principio. En 1924 … su precio había bajado

a menos de 300, y, hacia 1926, Henry Ford había vendido 15 millones de sus

cochecitos motorizados. Se los daré del color que quieran, decía, con tal de

que sea negro. En consecuencia, los Estados Unidos tenían en 1913 el triple

de coches registrados que los tres mayores países europeos juntos; hacia

1921, debido a la guerra, la relación pasó a ser de 13 a 1, y de 10 a 1 para el

conjunto de Europa.” (Landes, 1969: p.470) ❚❚❘

El taylorismo había dado origen al fordismo, la producción en serie a gran
escala estructurada en torno a la cadena de montaje, que fue la forma domi-
nante de organización del trabajo a lo largo de por lo menos medio siglo, du-
rante el cual tuvo mucho que ver con el crecimiento del producto y del em-
pleo industriales y, en los países más desarrollados, del nivel de vida de los
obreros de la gran industria.
Sus principios fundamentales habían sido ya establecidos por Taylor:
estricta separación entre las actividades de concepción y dirección, por un
lado, y las de ejecución, por otro; descomposición de éstas últimas en
operaciones elementales, susceptibles de ser sistematizadas al detalle y
encomendadas a personas con mínima preparación previa; consiguiente
especialización de la mayor parte de los asalariados en la repetición ruti-
naria de tareas simples. Semejante sistema posibilitó una reducción gene-
ral de los costos salariales, tanto por el pago de menores retribuciones
por tareas no calificadas como por el ejercicio de un mayor control sobre
el proceso de trabajo. El propósito de avanzar en esta última dirección –
conviene siempre recordarlo – ha constituido históricamente uno de los

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grandes impulsos para desarrollar la técnica y para modificar la organiza-
ción de la producción.
Diversos avances técnicos ya mencionados, y típicos del segundo perío-
do de crecimiento industrial – como la mecánica de precisión –, hicieron ren-
table la gran producción en serie con las características anotadas. El creci-
miento productivo llegó a niveles que hicieron posible incluso un sostenido
aumento del salario industrial, lo cual es propio del “modelo fordista” de las
grandes empresas, y a través del cual se amplió y diversificó notablemente
el mercado interno de los países más ricos. Producción masiva, uniforme y
en expansión; despliegue del consumo, masivo y uniforme. Las grandes fá-
bricas norteamericanas de automóviles constituían, durante la década de
1950, los ejemplos por antonomasia del modelo. Las actitudes y la econo-
mía vinculadas a éste se encarnaban en sus productos, propios de una épo-
ca de materias primas baratas, energía también barata y ausencia de preo-
cupaciones ambientales.
En las décadas siguientes, el modelo confrontó desafíos de envergadura
creciente en los países “centrales” donde surgió y llegó a ser dominante. En
primera instancia, por su propio éxito, que propulsó su irradiación a países
de nivel de vida en promedio muy inferior, donde la producción con tecnolo-
gías que se habían vuelto bien conocidas podía llevarse adelante con gastos
salariales mucho menores. Y frecuentemente también con menos conflictos
con los asalariados, dado el férreo control de éstos y de sus organizaciones
sindicales ejercido por regímenes represivos. Ello constituyó una manera de
esquivar el creciente descontento de los trabajadores ante las condiciones
“fordistas” de trabajo, descontento que alcanzó niveles altos en los países
más desarrollados a comienzos de los ‘70. De ese fenómeno dio cuenta en
Estados Unidos un informe oficial, “Work in America”, citado por Braverman
(1975: pp. 45-50).

El desplazamiento de plantas a diversas regiones del Tercer Mundo se
vio más tarde acelerado por las preocupaciones ecológicas, que generaron
en los países más avanzados reglamentaciones crecientemente estrictas y
por ende costosas, mientras que la despreocupación ambiental en el mundo
del atraso se convirtió en un nuevo lujo impuesto por la pobreza.
La vigencia del modelo en los países centrales se vio así cuestionada por
su extensión a la periferia. Desde una cierta perspectiva, este proceso pue-
de ser visto como una incipiente globalización de la división y segmentación
del trabajo: empresas de alcance mundial pasan a distribuir entre sus filia-
les repartidas a lo largo y a lo ancho del planeta las diversas fases de la
producción para el mercado mundial.
En una segunda etapa, el modelo fordista conocería un ataque global mu-
cho más serio, proveniente no ya de la maduración que permite la difusión
de la tecnología sino de la innovación, que parece indicar que su época ya
ha pasado. El desarrollo del complejo electrónico – a través de la automati-
zación flexible, de la manufactura asistida por computadora, etc. – ha res-
quebrajado los cimientos de la rentabilidad de la producción repetitiva en se-
rie de índole taylorista.
Al reducirse los costos y los tiempos que la diversidad requiere, las ven-
tajas de la uniformidad en gran escala se van esfumando, y la innovación
consigue un lugar en lo que hasta ayer era el santuario de la repetición. Pe-
ro éste abría ciertos espacios a bastante gente, que al perderlos difícilmen-
te encuentra otros, salvo en condiciones de labor deterioradas, mientras

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Universidad Virtual de Quilmes

que quienes los sustituyen son menos y se sienten menos seguros que los
que allí estaban en tiempos no lejanos. No parece fenómeno coyuntural sino
tendencia profunda esa mayor “dureza” del mundo del trabajo, tanto por la
dificultad de acceder a él como por la tensión que lo signa.
Antes de abordar las cuestiones anotadas, conviene sintetizar la evolu-
ción del empleo en las regiones más industrializadas, donde más directa es
la incidencia de la innovación técnico-productiva. Castells la estudia en deta-
lle para los países del denominado Grupo de los Siete, G-7, constituido por
Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Canadá, Reino Unido e Italia. Dis-
tingue dos períodos, 1920-1970 y 1970-1990, que grosso modo correspon-
den, respectivamente, al auge y a la decadencia (al menos relativa) del for-
dismo. A continuación glosamos su análisis y consignamos algunos de los
datos que el mismo incluye.

El enfoque nos introduce a la cuestión del “postindustrialismo”. Se afirma en
efecto que: “La principal distinción analítica entre los dos períodos proviene del
hecho de que durante el primer período las sociedades en consideración se con-
virtieron en postagrícolas, mientras que en el segundo período se convirtieron en
postindustriales. Por tales términos entiendo obviamente el declive masivo del
empleo agrícola en el primer caso y el rápido descenso del empleo industrial en
el segundo período.” (Castells, 2000: 263)
El proceso varió de país a país pero, hacia 1970, tanto en Estados Unidos co-
mo en Japón el empleo industrial constituía un 26% del total, algo menos en Ca-
nadá y una proporción mayor en las otras naciones del G-7, constatándose que
“el cambio en la estructura del empleo en este medio siglo (1920-1970) fue de la
agricultura a los servicios y la construcción pero sin dejar la industria.” (Ibid.)
En los veinte años siguientes, el empleo industrial disminuyó, pero a ritmos
diferentes: cayó rápidamente sobre todo en el Reino Unido (de 38,7% a 22,5%) y
Estados Unidos (de 25,9% a 17,5%); el descenso también fue considerable en Ita-
lia (de 27,3% a 21,8%) y Francia (de 27,7% a 21,3%), así como en Canadá (de
19,7% a 14,9%); la disminución apreciable en Alemania (de 38,6% a 32,2%) man-
tuvo empero en un alto nivel al empleo industrial, que en Japón disminuyó bas-
tante menos (de 26% a 23,6%).
En el mismo período 1970-1990 se expandieron los “servicios de producción”
que “se consideran los servicios estratégicos de la nueva economía, los que pro-
porcionan información y apoyo para el aumento de la productividad y la eficiencia
de las compañías”; también se expandieron los “servicios sociales”. Sumando el
empleo en ambos, “observamos un incremento considerable en lo que podría eti-
quetarse de ‘categoría de servicios postindustriales’ en todos los países” del G-7,
que llega casi al 40% del empleo total en Estados Unidos y el Reino Unido. (Cas-
tells, 2000: 266 y 269)

Recapitulemos. Los cambios tecnológicos e institucionales mayores de la
denominada Segunda Revolución Industrial impulsaron importantes transfor-
maciones de la estructura ocupacional y modalidades de expansión de la
producción que se hicieron especialmente notables después de la I Guerra
Mundial. Durante el medio siglo siguiente, en las naciones más industrializa-
das se pasó notoriamente a una estructura ocupacional “postagrícola”
mientras el fordismo se consolidaba y llegaba a su auge, haciendo del em-
pleo fabril masivo uno de los rasgos fundamentales de la estructura social

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de la época. El período desembocó, cuando la paz se instaló en aquellas na-
ciones después de la II Guerra Mundial, en lo que ha sido considerada como
una “edad de oro” de la economía capitalista, que duró hasta la década de
1970. Paralelamente, las dinámicas generadas por la Segunda Revolución
Industrial, y particularmente la consolidación del llamado matrimonio de la
ciencia y la tecnología, interactuaban con otros procesos para inducir una
nueva aceleración del cambio técnico, cuyas manifestaciones más destaca-
das fueron discutidas en una sección anterior. Sus impactos en la organiza-
ción de la producción devinieron muy grandes hacia la misma década cuan-
do, conjugados con tendencias de otra índole, pusieron en cuestión la
primacía del “modelo fordista”. A partir de entonces se asiste a una deca-
dencia de lo que puede llamarse el empleo industrial “tradicional”, propio
del proletariado fabril, tanto por su disminución relativa a la ocupación total,
recién consignada, como por la transformación organizativa de la produc-
ción, a la que nos referimos a continuación.

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