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SOBRE EL INCONSCIENTE Y EL LENGUAJE:


UNA INTRODUCCIÓN A LACAN
Autor: Juan Camuña.

Ficha de la cátedra “Psicoanálisis (Freud)”.


Año 2005.

I— Graffittis en el muro

“Tenemos, pues, el plano del espejo, el mundo simétrico de los ego y de los otros
homogéneos. De él debe distinguirse otro plano, que llamaremos el muro del lenguaje.
El lenguaje sirve tanto para fundarnos en el Otro como para impedirnos radicalmente
comprenderlo. Y de esto precisamente se trata en la experiencia analítica.
El sujeto no sabe lo que dice, y por las mejores razones, porque no sabe lo que es”(1).

El ser humano ocupa un particular lugar en el mundo, en la medida en que no posee una
relación directa con el mismo, o con lo que podríamos denominar la “naturaleza”, de la que
se encuentra separado por un “muro”, que Lacan denominó como el “muro del lenguaje”.

Sabemos que existen personas, objetos, ideas pero este conocimiento sólo es aprehensible
por medio del lenguaje que hace las veces de mediador, introduciendo al símbolo como
creador de la realidad propiamente humana, y despojando al sujeto de una relación
“instintiva” o “natural” con el mundo. “El símbolo se manifiesta en primer lugar como
asesinato de la cosa”(2), con lo que el lenguaje establece un ordenamiento en la experiencia
humana que Lacan denominó como orden simbólico y que, anudado a lo imaginario y lo
real, conforma la estructura subjetiva del hombre.

El hombre se encuentra apresado por el lenguaje, rodeado por las paredes del muro (del
que, en el caso más favorable, nunca saldrá), aunque no por esto es un ser pasivo: también
habla, y su discurso muchas veces lo desconcierta: no entiende lo que dice, le extrañan sus
sueños, sus síntomas, dice más (o menos) de lo que quiere decir, verdaderos graffittis del
discurso, en los que Freud supo escuchar la verdad del deseo inconsciente del sujeto a
través de sus formaciones (sueños, chistes, síntomas neuróticos, actos fallidos, fantasías).

Será a partir de la experiencia freudiana y de los aportes de otras disciplinas (tomaremos,


para nuestro desarrollo, a la lingüística estructural) que Lacan podrá enunciar uno de sus
postulados fundamentales: el de que “El inconsciente está estructurado como un
lenguaje” * . En la explicación de esta tesis consistirá el desarrollo del presente trabajo.

*
Las citas que aparecen señaladas por un asterisco no corresponden a un texto en particular, sino que
aparecen en tantos textos y mencionadas tantas veces por Lacan, que dejamos al lector la tarea de comenzar la
lectura del autor francés para encontrarse con ellas.
2

II— La Lingüística Estructural de Ferdinand De Saussure

“Del lenguaje se ocupa la lingüística”, podríamos decir. De hecho, fue de un tenor similar
la objeción que los lingüistas le formularon a Lacan, como veremos más adelante. Pero
puede decirse, con absoluta justicia, que la lingüística como ciencia, la lingüística moderna,
debe su estatuto y sus blasones a Ferdinand de Saussure, creador de la lingüística
estructural y sin el cual no hubiera habido lingüistas en condiciones de refutar a Lacan.

Muy lejos queda nuestra intención de presentar toda la teoría de de Saussure; sólo
abordaremos aquellos aspectos fundamentales, que hicieron de su obra uno de los
referentes ineludibles para comprender los desarrollos de Jacques Lacan. A los lectores
interesados en ampliar esta temática remitimos a la clásica obra “Curso de lingüística
general”, que se consigna en la bibliografía del presente trabajo.

En primer lugar, de Saussure establece una clara diferencia entre lengua y habla, señalando
que el objeto de estudio de la lingüística es la primera.

La lengua es un hecho social y consiste en un sistema de signos de significado


convencional, y de igual valor para todos los miembros de la comunidad que la utiliza. El
valor “universal” de la lengua permite la comunicación entre las personas, lo que sucede
por medio del habla, a la que definiremos como el uso individual de los signos.

Señaladas estas diferencias, abordaremos ahora un elemento que encontramos tanto en la


lengua como en el habla: el signo, verdadero articulador entre estas dos dimensiones, y por
ello estructural en el lenguaje, el signo se sitúa en la base misma, en el fundamento del
lenguaje (ningún elemento contingente podría servir de nexo entre lengua y habla, que son,
como dijimos, las dos dimensiones que adquiere el lenguaje). Dice de Saussure: “Lo que el
signo lingüístico une no es una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica.
La imagen acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica,
la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos”. Unión que, además,
es arbitraria: “El lazo que une el significante al significado es arbitrario; o bien, puesto que
entendemos por signo el total resultante de la asociación de un significante con un
significado, podemos decir más simplemente: el signo lingüístico es arbitrario.
Así, la idea de sur no está ligada por relación alguna interior con la secuencia de sonidos s-
u-r que le sirve de significante, podría estar representada tan perfectamente por cualquier
otra secuencia de sonidos. Sirvan de prueba las diferencias entre las lenguas y la existencia
misma de lenguas diferentes: el significado «buey» tiene por significante bwéi a un lado de
la frontera franco-española y böf (boeuf) al otro, y al otro lado de la frontera franco-
germana es oks (Ochs)” (3).

El gráfico siguiente nos muestra la estructura del signo:

Sdo = Concepto
Sgte Im. Acúst.
3

En este gráfico, la barra representa la unión indisoluble entre significado y significante.

Es en la comunicación en donde entran en juego los tres elementos destacados: un sujeto


(que hace las veces de emisor) selecciona signos de la lengua y los combina mediante el
habla, constituyendo así un mensaje dirigido a otro sujeto (receptor). La estructura de la
comunicación podría graficarse de la siguiente manera:

E M R

Naturalmente, la comunicación sólo es posible si los signos poseen ya un valor


predeterminado e igual para todos los sujetos, valor que está establecido por la lengua
(dimensión sincrónica del lenguaje) y que por ello posibilita que el habla (dimensión
diacrónica) se transforme en comunicación.

III— Lacan y el “inconsciente estructurado como un lenguaje”

Señalar que el lenguaje es el fundamental creador de la realidad humana no es poco; pero


descubrir y señalar cuál es la estructura del mismo supone un paso decisivo. Es lo que hizo
de Saussure.

Considerar al hombre como un ser racional, con conciencia de sí mismo, de su ser y su


finitud, capaz de organizar su existencia mediante una abstracción –las leyes- es destacar un
hecho sin parangón en la naturaleza; pero demostrar que la razón y la conciencia son sólo
un ínfima parte del sujeto y que los “puntos claves” de la existencia humana se ven
sobredeterminados por un sistema –el Inconsciente– desconocido para el yo, supone un
paso decisivo en la consideración de la Humanitas. Es el que dio Freud.

Lacan orientará su búsqueda teórica desde la obra freudiana –el psicoanálisis- hacia el
lenguaje –de Saussure mediante–, en pos de determinar cuál es la relación entre los dos
factores claves de la existencia humana (el inconsciente y el lenguaje).

El primer paso es obvio: el sueño, el lapsus, el chiste, el síntoma neurótico son fenómenos
de lenguaje, tal como lo resalta Lacan: “La función de la palabra sólo puede explicarse al
definir el campo del lenguaje. Esos dos términos son el título de un discurso que pronuncié
en Roma, en 1953, y del cual surge mi escuela después de muchas dificultades.
Mi escuela es freudiana, y eso no debe extrañar, ya que demostré claramente que los
testimonios aportados por Freud de la existencia del inconsciente, de los sueños, de los
lapsus y ocurrencias, sólo son interpretables sobre el texto de lo que se dice a través de la
palabra del propio interesado. Este es un hecho patente en las tres obras que Freud ha
escrito sobre cada uno de esos temas y que constituyen el punto de partida de su
«pensamiento»”(4). Referencias como éstas son innumerables en la obra de Lacan, pero
sólo nos aproximan a la cuestión planteada, indicando que las formaciones del inconsciente
son hechos de lenguaje. La pregunta, entonces, subsiste: ¿de qué manera se articulan estas
dos estructuras –inconsciente y lenguaje?
4

En primer lugar, notamos que, cuando del inconsciente se trata, no es aplicable la relación
establecida por de Saussure entre significado y significante a partir del signo lingüístico,
dado que el sentido de, por ejemplo, un sueño, es singular, individual, válido únicamente
para el sujeto que lo soñó (por ello es que no se puede hablar de un “simbolismo” onírico).
Este hecho contrasta con la “universalidad” del signo, con el valor que posee el signo para
toda la comunidad que lo utiliza, a partir de la lengua común.

Un solo ejemplo nos bastará para demostrar lo expresado: el sueño freudiano conocido
como la “Mesa redonda”.

Dice el contenido manifiesto de ese sueño: “Varias personas comiendo juntas. Reunión de
invitados o mesa redonda... La señora E.L. se halla sentada junto a mí, y coloca con toda
confianza una de sus manos sobre mi rodilla. Yo alejo su mano de mí, rechazándola.
Entonces dice la señora: «¡Ha tenido usted siempre tan bellos ojos!...» En este punto veo
vagamente algo como dos ojos dibujados o el contorno de los cristales de unos lentes...”(5)

¿Qué quiere decir este sueño? Está fuera de toda duda que el relato de su sueño por parte de
un sujeto constituye un hecho de lenguaje, mas: ¿cómo aplicar la estructura del signo en
este caso? ¿Cómo aplicar el significado sobre el significante, siendo que, precisamente, el
significado se escabulle por todos lados, sin dejarse aprehender? ¿Cómo decir qué es lo que
significa este sueño con la fórmula del signo? Desde luego, poseemos el recurso de afirmar
que “los sueños” (o los lapsus, o los síntomas, etc.) “son fenómenos absurdos, carentes de
sentido y no merecen, por tanto, nuestra atención ni nuestro interés”. Atajo disponible hasta
que el maestro vienés lo cerró, demostrando que todos los fenómenos mencionados poseen
una lógica y un sentido, perfectamente comprensibles luego de realizado su análisis. Porque
el punto clave es éste: los sueños (o cualquier formación del inconsciente) poseen un
sentido, dicen algo, son un mensaje, tal el descubrimiento de Freud. Pero el primer
psicoanalista llega a esta conclusión por medio de una vía sorprendente, insólita hasta ese
momento: las ocurrencias espontáneas de sus pacientes. La asociación libre, regla técnica
fundamental del psicoanálisis, consiste en que el paciente (el analizante) diga lo primero
que se le ocurra, sin previa reflexión ni crítica, con lo que se produce un material en
apariencia azaroso, pero que a partir de la interpretación del analista va resignificándose y
“ordenándose”, con lo que comienza a aparecer en el discurso del sujeto un sentido
desconocido para él mismo hasta ese momento, pero que, paradójicamente, le es propio.
Con ello, entramos ya en el terreno del inconsciente que podemos considerar como un
discurso incomprensible para el yo, un mensaje que necesita ser traducido para comprender
su texto, labor que sólo es posible a partir del psicoanálisis.

Con estas premisas claves, Lacan realiza su lectura de de Saussure de la que extrae una
conclusión fundamental: el significante posee una radical supremacía por sobre el
significado, siendo el segundo un efecto del primero.

Podemos apreciar que Lacan conserva los dos términos introducidos por de Saussure en el
signo lingüístico, pero invertidos:

Significante (S)
5

significado (s)

En donde la barra representa la separación estructural entre significante y significado.

Lo que nos lleva a considerar qué es, para Lacan, un significante. Sabemos ya que para de
Saussure era la imagen acústica, la representación mental del concepto; mas, Lacan lo
definirá de un modo diferente: “un significante es lo que representa a un sujeto para
otro significante”*. Definición ésta, a primera vista, un tanto extraña pero sostenida por
una solidez lógica (y clínica) que veremos a continuación.

Retomemos el sueño freudiano de la mesa redonda. El contenido manifiesto no nos arroja


ninguna luz sobre el significado del mismo, aunque no deja de ser una representación
mental: un significante. Representación que sólo va aclarando su sentido en la medida en
que se le asocian otras representaciones (es decir, otros significantes) que van
constituyendo una cadena, “lógicamente eslabonada”, que es lo que Freud denominó como
cadena asociativa. En el ejemplo mencionado, “mesa redonda” es un significante que
representa a Freud, pero no para otro sujeto, sino para otro significante: la mujer, la deuda,
la paternidad, el amor, son algunos de los significantes que se destacan en la larga serie
asociativa que se desprende a partir del contenido manifiesto del sueño, y que va aclarando
el significado del mismo. Por ello, otra forma de definir al significante es la de mencionarlo
en términos de una cadena, a partir de la cual se va gestando, retroactivamente, el
significado. En base a estas consideraciones, el esquema inicial que introducimos para
explicar la teoría de Lacan (significante sobre significado), se vería corregido y precisado
de la siguiente forma:

S1—S2—S3—S4—Sn
significado

Si el significante es una cadena, se deduce que son necesarios al menos dos significantes,
para producir un efecto de sentido. Un síntoma neurótico no es, inicialmente, un
significante; pero si al síntoma se agrega alguna asociación que, retroactivamente, aclara su
sentido, estamos ya en la dimensión del significante. Isabel de R. acude a Freud derivada
por un médico, que la diagnostica como histérica. Sus síntomas eran dolores en las piernas
y dificultades para andar, cuyo origen no era orgánico. ¿Qué sentido tiene este síntoma?
¿Qué mensaje expresa? Imposible saberlo, se nos presenta como un jeroglífico similar al
contenido manifiesto de un sueño. Mas la labor de análisis arroja algunas luces que
permiten leer y comenzar a comprender el texto que un síntoma constituye. “Dolores en las
piernas, dificultad al andar” (sgte 1) se asocia con “lo sola que estaba” (sgte 2) (stehen
significa en alemán tanto “estar” como “estar en pie”) en ocasión de una serie de
infortunios familiares. Se asocia, además, con “el sentimiento de su «impotencia» y la
sensación de que «no lograba avanzar un solo paso» en sus propósitos” (sgte 3) de
reconstruir la felicidad familiar, etc.(6) En este ejemplo podemos apreciar cómo el
significado se constituye retroactivamente, como efecto de la cadena significante. Que no
hay primacía del significado se demuestra por el hecho de que un síntoma similar en su
forma en dos sujetos, posee un significado diferente para cada uno de ellos.
6

Propiedades del significante

Para finalizar este punto, destacamos que el significante posee dos propiedades: la
materialidad y la combinación. Con materialidad hacemos alusión a que cada significante
es diferente de los demás y es éste hecho el que posibilita la relación de los mismos, es
decir, su combinación. De este modo, las propiedades del significante hacen que éste se
exprese, estructuralmente, en forma de una cadena: lo que Freud denominó como la
“cadena asociativa”, que no es otra cosa que la puesta en juego del discurso (inconsciente)
del sujeto.

Finalmente, estas propiedades del significante están relacionadas con las figuras retóricas
del lenguaje: la materialidad se articula a la metáfora, y la combinación a la metonimia,
figuras retóricas que se constituyen, además, en las leyes del lenguaje, como veremos más
adelante.

La “puntada”, “puntos de capitón” o “puntos de almohadillado”. El punto de basta

De lo expresado hasta acá surge un interrogante: ¿el deslizamiento de la cadena significante


es indefinido? Lacan sostiene que no, y para explicarlo introduce los conceptos de puntada,
o puntos de capitón; y el de punto de basta.

Antes de proseguir, consideramos oportuno introducir una cita, que explica con mucha
claridad qué es un punto de capitón: “Es lo que se conoce en tapicería como capitoné.
Ingenuamente uno pensaría que esos botones aparecen cosidos uno a uno y esto sería
análogo a los signos en el sentido saussureano. En verdad el capitoné no se hace así, sino
que se trata de un entrecruzamiento de hilos que por tensión producen las depresiones en la
superficie, también llamadas puntos de almohadillado. Lo que hay que retener es que todos
estos puntos se producen simultáneamente al tirar de los hilos y no uno a uno. La
puntuación de una frase es análoga a la tensión de los hilos; tiene por resultado el
abrochamiento del sentido que resulta retroactivo y que se presenta como una unidad.
Ejemplifiquemos:
Un.
Un hombre.
Un hombre bien.
Un hombre bien parecido.
Un hombre bien parecido al mono.”(7)

El discurrir de la cadena significante no es infinito ni tampoco azaroso; si las ocurrencias


del sujeto no nos aportan, al principio, claridad alguna, de a poco van, interpretación del
analista mediante, “ordenándose” en un sentido lógico, en el que puede ya leerse un
discurso, un mensaje, estructurado por el inconsciente del sujeto. Freud expresa, con
respecto a la cadena asociativa, que “los pensamientos mismos van formando, con
admirable docilidad, cadenas lógicamente eslabonadas, en las cuales se repiten como
7

centrales determinadas representaciones” (8). Estas representaciones centrales tienen una


estructura metafórica, cuyo efecto es dar un sentido a las demás representaciones. Son los
puntos de capitón. En el sueño de la mesa redonda, que ya mencionamos anteriormente,
los puntos de capitón son las ideas que tienen que ver con la deuda, la mujer, el amor; en el
análisis de ese sueño nos da la impresión de que todas las representaciones “desembocaran”
en dichos temas, que de este modo producen un efecto de puntada, resignificando el
discurso del sujeto y estableciendo su sentido. Pero Lacan habla también de un punto de
basta, que implica una detención de la cadena significante, “el punto de basta por el cual el
significante detiene el deslizamiento, indefinido si no, de la significación” (9). En el sueño
freudiano que nos va sirviendo de ejemplo, encontramos este punto de basta, precisamente
en el momento en que Freud expresa que “En el tejido cuya trama nos descubre claramente
el análisis podría yo ahora separar más los hilos y demostrar que van a unirse todos en un
nudo único; pero consideraciones de naturaleza no científica, sino privada, me impiden
llevar a cabo en público tal labor”(10). El acceso a las representaciones inconscientes
reprimidas determina, según Freud, el efecto de sentido que adquiere el discurso del sujeto
una vez realizado el análisis; efecto de sentido que da una última puntada al discurso (el
punto de basta), resignificando toda la cadena significante, y deteniendo el deslizamiento de
la misma.

En conclusión, significado y significante, las dos dimensiones que estructuran al lenguaje, y


que de Saussure articula en el signo lingüístico, son retomadas por Lacan quien las sitúa en
otra articulación, precisamente invierte la fórmula saussuriana y demuestra la supremacía
del significante por sobre el significado.

Significado o Efecto de sentido

Hasta este momento nos hemos manejado con un término que pertenece, en realidad, al
campo de la lingüística: el significado. Lo vimos como un efecto de la cadena significante,
como lo que se constituye al final del deslizamiento significante y es singular, particular
para cada sujeto. Al ser, de esta manera, sumamente variable, Lacan intenta sustituir la
“rigidez” que transmite el concepto de significado en tanto se ve relacionado con la
“inmutabilidad” del concepto, cuando en psicoanálisis se trata de la singularidad del deseo,
y de cómo éste se constituye y expresa a través del significante (que, como vimos, es
siempre parte de una cadena). Decíamos, así, que Lacan busca reemplazar el término
“significado” por otro que exprese mejor lo que es el resultado dela cadena significante. A
tal fin, emplea el concepto de “significancia” al principio y también al final de su obra. En
el transcurso de ésta, utiliza también los términos de “significación”, “efecto de
significación” y “efecto de sentido”. Nos inclinamos por este último, dado que la
“significación” se establece entre lo imaginario y lo simbólico, quedando así lo real elidido;
en tanto que el sentido es el efecto de una intersección entre lo simbólico y lo real, en el que
se diluyen los efectos imaginarios. Aunque no desarrollaremos el tema de los tres registros
(sólo estamos exponiendo una introducción al orden simbólico) y su interrelación, nos
importaba dejar establecido en qué contexto y dentro de qué límites hablamos de
“significado”, y porqué nos parece más atinado su abordaje en términos de un efecto de
sentido.
8

Ahora bien: ¿estas diferencias que vamos marcando desde la teoría lacaniana nos indican
que de Saussure estaba equivocado? De ninguna manera. El signo es una realidad,
constituye un hecho, y si la teoría saussureana trae aparejada una verdadera revolución en
la lingüística es porque logra ordenar ciertos fenómenos en un contexto conceptual que los
explica convenientemente, adquiriendo un status verdadero y rigurosamente científico.

Sin embargo Lacan tampoco estaba equivocado y la subversión de la teoría saussureana que
éste realiza debe situarse en un eje mucho más amplio: el de la subversión freudiana que,
precisamente, invierte la valoración que el hombre poseía de sí mismo hasta ese momento.
Antes de Freud, dotado de razón y conciencia, y por ello dueño de sí, de su ser, de su
voluntad; después de Freud, “un extranjero en su propia casa”, sobredeterminado por el
inconsciente, verdadero sistema que marca, sin que el sujeto (el yo) lo sepa, el sentido de
su existencia.

Explicaremos esta diferencia de un modo más metodológico y conceptual: la teoría


saussureana se encuentra limitada a lo que Freud llamó “proceso secundario” y que
recordaremos, se caracteriza por un tipo de energía ligada, que trae aparejada una identidad
de pensamiento. Las consecuencias son evidentes: si mencionamos la palabra “casa”, cada
sujeto se representará un “lugar donde viven las personas”: unión entre significado y
significante, posibilitada por la identidad de pensamiento y que consiste en que la energía
psíquica permanece ligada a una representación determinada, sin que se desplace
permanentemente a otras representaciones.

Otro caso es el de los procesos primarios, que son inconscientes, y en los cuales la energía
fluye libremente de una representación a otra mediante desplazamientos y condensaciones,
y en los que Freud encuentra una “identidad de percepción”. Las consecuencias de este
“libre fluir” de la energía a través de las representaciones son situar al significado como
contingente, y como efecto de la cadena significante: “La casa es hermosa” nos revela un
significado que se transforma por completo sólo con un ligero desliz, un pequeño
desplazamiento: “La caza es hermosa” ya posee otro sentido, dado que condensa otra serie
diferente de ideas.
Lacan y de Saussure se sitúan, en síntesis, en dos órdenes diferentes: uno se ocupa del
inconsciente –el analista– y otro del yo –el lingüista–.

Metáfora y metonimia

Otro de los fundamentos es adoptado por Lacan en base a la sugerencia de su amigo Roman
Jakobson, lingüista ruso de la Escuela de Praga, y contemporáneo del analista francés.

Jakobson, si bien está lejos de desautorizar a De Saussure, centra su interés en aspectos que
van más allá del signo lingüístico, y sostiene que el lenguaje se organiza de acuerdo con
dos grandes ejes: el paradigmático y el sintagmático. Desarrollaremos brevemente cada
uno de ellos.
9

El eje paradigmático es el eje de las sustituciones, lo que indica que, en el registro de la


lengua, podemos encontrar términos equivalentes intercambiables entre sí (podemos decir
“mesa redonda” o “mesa circular”), lo que abre la posibilidad de sustituir una palabra por
otra. Es el eje en el que se sitúa la metáfora: si decimos que “un manto negro envolvió a la
luna”, estamos sustituyendo un significante por otro, ya que la palabra “noche” no aparece
mencionada, aunque conserva una relación con el significante anterior. Ahora bien: ¿cómo
logramos discriminar que este “manto negro” es la noche y no, por ejemplo, una nube? Para
ello es necesario considerar la ubicación de este significante en la cadena, en su relación
con los que lo preceden y los que le siguen, y esto ya nos lleva al eje sintagmático del
lenguaje.

El eje sintagmático es el de las combinaciones, se sitúa en el habla, y la figura retórica que


le corresponde es la metonimia. Si hablar es establecer relaciones entre significantes, la
metonimia es definida como “la parte por el todo”: si decimos “poner la mesa”, se entiende
que el sentido apunta a colocar el mantel, servilletas, platos, cubiertos, etc., a efectos de
almorzar o cenar; se apunta a la relación entre varios elementos unidos en contigüidad,
aunque sólo se mencione uno, incluido “en presencia” (la mesa). Otras formas que adopta
la metonimia son aquellas en que se mencionan como “el autor por la obra” (por ejemplo,
“leer a Freud”) o el “continente por el contenido” (por ejemplo, “tomar un vaso de agua”).
En estos casos encontramos también una asociación de elementos dada por contigüidad,
aunque la definición que expresa a la metonimia como “la parte por el todo” nos parece
más abarcativa, a raíz de lo cual trabajaremos con ella.

Dicen los lingüistas: “Para Jakobson, la interpretación de toda unidad lingüística pone en
marcha en cada instante dos mecanismos intelectuales independientes: comparación con las
unidades semejantes (= que podrían por consiguiente reemplazarla, que pertenecen al
mismo paradigma), relación con las unidades coexistentes (= que pertenecen al mismo
sintagma). De este modo, el sentido de una palabra está determinado a la vez por la
influencia de las que le rodean en el discurso, y por el recuerdo de las que podrían haber
ocurrido en su lugar. (...) esta dualidad es para Jakobson de una gran generalidad.
Constituiría la base de las figuras retóricas más empleadas por el “lenguaje literario”; la
metáfora (un objeto es designado por un objeto semejante) y la metonimia (un objeto es
designado por el nombre de un objeto que está asociado en él en la experiencia)
provendrían respectivamente de la interpretación paradigmática y de la sintagmática, a tal
punto que a veces Jakobson considera sinónimo sintagmática y metonímica,
paradigmática y metafórica” (11).

Las únicas “objeciones” que quizás podríamos plantear a lo expresado en esta frase, son las
de que no hablaríamos del “lenguaje literario”, sino del lenguaje en su aspecto más general;
y que no mencionaríamos el término “objeto” (empleado en las definiciones de metáfora y
metonimia), sino al concepto de significante. “Objeciones” que, naturalmente, no provienen
de la lingüística sino del psicoanálisis y que consisten, en realidad, en una extrapolación de
los conceptos de la lingüística a la experiencia psicoanalítica, con las necesarias
modificaciones que esto conlleva.
10

El siguiente esquema sintetiza lo expuesto:

Eje paradigmático Eje sintagmático

Lengua Habla
Sustitución Combinación
Significantes unidos en ausencia Significantes unidos en presencia
Sincronía Diacronía
Metáfora Metonimia

En base a estos desarrollos, Jakobson sugirió a Lacan que la metáfora podría equipararse al
concepto freudiano de condensación, y la metonimia al de desplazamiento.

Si bien los desarrollos de Freud con respecto a la condensación y al desplazamiento poseen


algunas diferencias con los de metáfora y metonimia, podemos destacar como fundamental
un punto: el de que poseen una estructura afín.

Para Freud, la condensación y el desplazamiento son las leyes que rigen el funcionamiento
del inconsciente, siendo la primera una convergencia de dos o más representaciones sobre
otra, a la que de este modo sobredeterminan. Para seguir con el ejemplo expuesto,
señalaremos lo siguiente: el contenido manifiesto de un sueño es sumamente corto, conciso,
incomprensible; mas luego del análisis, parten varias cadenas asociativas que conducen a
las ideas latentes (preconscientes) del sueño, primer paso para acceder a las
representaciones inconscientes, que son las que verdaderamente forman el sueño, pero que
no se encuentran representadas directamente en el contenido manifiesto del mismo. Dicho
de otra manera: se encuentran sustituidas por el contenido manifiesto. Recordamos que es
ésta, precisamente, la fórmula de la metáfora: la sustitución de un significante por otro.

Con respecto al desplazamiento, Freud lo define como la transferencia de la energía


psíquica desde una representación importante (inconsciente) a una indiferente (prec.-cc.),
siendo que la metonimia es definida como “la parte por el todo”. En nuestro ejemplo,
“poner la mesa” es la alusión a una parte, por medio de la cual se hace referencia a un todo.
Con la siguiente observación: la referencia cae sobre lo menos importante (la mesa ya está
puesta), dejando de lado lo verdaderamente importante (y que sí hay que poner: cubiertos,
manteles, platos, etc., que es lo que indica la expresión citada). ¿Y en el sueño de Freud? La
representación más intensa es la Sra. E.L., persona indiferente para él en la vida cotidiana, y
que en el sueño manifiesto ocupa un lugar central e intenta seducirlo. De los resultados del
análisis, podemos decir que la Sra. E.L. es una parte (indiferente, nimia), que se arroga la
representación del todo (las representaciones inconscientes, y verdaderamente importantes):
de la Sra. E.L. parten cadenas asociativas que conducen tanto al tema de la deuda como al
del amor, centrales en las ideas latentes.

De este modo, si las leyes del inconsciente son equiparables a las leyes del lenguaje,
concluimos que entonces “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”, dado
11

que obedece a sus leyes (metáfora y metonimia).

Lacan, en su teorización, conserva los términos introducidos por de Saussure en el signo


lingüístico (significado y significante), aunque invertidos; y utiliza los ejes del lenguaje
formulados por Jakobson (y cuyos modelos o formas retóricas son la metáfora y la
metonimia), aunque aplicados al sujeto del inconsciente ($).

Este procedimiento lacaniano está sumamente fundado, ya que la lingüística y el


psicoanálisis abordan dos campos diferentes (en la medida en que una se ocupa de los
fenómenos que atañen al yo, la razón y la conciencia, y el otro toma a su cargo todo aquello
que tiene relación con el inconsciente). No obstante, y por ello mismo, Lacan se hizo
acreedor a duras críticas (muchas de ellas justificadas) por parte de los lingüistas, que le
reprocharon, en resumidas cuentas, valerse de términos de su disciplina pero asignándoles
un significado o un valor diferente. Por este motivo, Lacan trazó una clara diferencia entre
los campos de incumbencia y los objetos de estudio de la lingüística y del psicoanálisis,
aclarando que él no hacía lingüística sino “lingüistería”, término que engloba o incluye
todos aquellos fenómenos de lenguaje en los que entra en juego el inconsciente.

IV— “Lingüistería”

“Un buen día me di cuenta de que era difícil no entrar en la lingüística a partir del momento
en que se había descubierto el inconsciente.
Por lo cual dije algo que me parece, a decir verdad, la única objeción que pueda yo
formular a lo que oyeron el otro día de labios de Jakobson, a saber, que todo lo que es
lenguaje pertenece a la lingüística, es decir, en último término, al lingüista.
Y no es que no se lo conceda con todo gusto cuando se trata de la poesía, a propósito de la
que esgrimió este argumento. Pero si se considera todo lo que, de la definición del lenguaje,
se desprende en cuanto a la fundación del sujeto, tan renovada, tan subvertida por Freud
hasta el punto de que allí se asegura todo lo que por boca suya se estableció como
inconsciente, habrá entonces que forjar alguna otra palabra, para dejar a Jakobson en su
dominio reservado. Lo llamaré la lingüistería.
Esto deja su parte al lingüista, y también explica el que tantas veces tantos lingüistas me
sometan a sus amonestaciones —desde luego, no Jakobson, pero es porque me ve con
buenos ojos, o dicho de otra manera, porque me quiere, como lo expreso en la intimidad—.
Mi decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, no pertenece al campo de
la lingüística”(12).

Desde sus dominios, situados en la lingüistería, Lacan prosigue su trabajo, aportando más
desarrollos a los que ya vimos. Entre ellos, dos que presentaremos acá, sin pretender que
nuestro análisis sea exhaustivo. Ellos son el “hablente” y “lalengua”.

Estos extraños términos no son más que una acentuación de las diferencias entre la
lingüística y el inconsciente; pretenden dar un contenido propio a los descubrimientos del
psicoanálisis, para situarlos en el contexto conceptual que se fue edificando, a partir de
Freud, desde la clínica.
12

Y la clínica psicoanalítica consiste, en primer lugar, en ceder la palabra al sujeto para


permitir el despliegue de un discurso que, al estar articulado y sobredeterminado por el
inconsciente, también es extraño para el propio sujeto que habla. La función del analista
será entonces la de ir operando sobre ese discurso, y lo hará también con la palabra –
interpretación mediante- a fin de ir produciendo efectos de sentido en el texto del
analizante. Lo cual no es sin consecuencias: el asombro, la angustia, la sorpresa, suelen
acompañar el (re) surgimiento de ideas y representaciones que el sujeto posee, y que le
cuesta reconocer como propias, dado que la represión implica fundar una ignorancia
permanente del yo con respecto al sujeto: al crear el inconsciente la represión divide al
sujeto, dejándolo en una situación de ignorancia con respecto al propio deseo que, sin
embargo, insiste en reaparecer: sueños, lapsus, síntomas neuróticos “hablan” un discurso
que el yo no comprende. Este sujeto que habla sin saber –sin entender– lo que dice no es
entonces el “hablante”, el sujeto que se comunica con los demás en un lenguaje sin fisuras
(como parecería ser el lenguaje si nos atenemos a la teoría saussuriana), sino un sujeto que
habla en un “idioma” que él mismo desconoce. Lacan acuñó, para referirse al sujeto del
inconsciente ($) el concepto de parlêtre, condensación entre parler (hablar) y être (ser).
Desafortunadamente, no existe, en español, una traducción eficaz de este nuevo término,
que conserve las resonancias del original francés. Se lo podría traducir como “serhablante”,
“hablanteser”, o “hablente”. Preferimos, arbitrariamente, esta última.

Mas este hablente, dijimos, habla una lengua particular: la de su propio inconsciente, y es
por ello diferente a la lengua de los lingüistas. Lacan la denominó como lalangue
(“lalengua”), homofónica a la langue (“la lengua”). En este caso, la traducción es bastante
similar, aunque vale señalar que en la homofonía concluye el parecido, ya que trazan
campos absolutamente diferenciados. Es por ello que Lacan enuncia que “el inconsciente
está estructurado como un lenguaje”, y no como “el” lenguaje: “el” lenguaje es el campo de
la lingüística; un lenguaje (lalengua) ya es la entrada en el campo psicoanalítico, en tanto da
cuenta del sujeto del inconsciente ($).

Lalengua es, en primer lugar, la lengua materna. Mas no es el idioma, ni la lengua de una
comunidad determinada, sino la manera en que el discurso del Otro se inscribió en el
sujeto, los deseos que generó, los ideales, la sexuación, las fantasías, emblemas e
identificaciones que el sujeto fue incorporando, asimilando, de su relación con el Otro, en
su paso por el complejo de Edipo y el complejo de castración; es la forma en que el
lenguaje se inscribió en el sujeto. Provisoriamente, podríamos mencionar a los padres en el
lugar de Gran Otro, aunque luego iremos precisando este punto.

De este modo, surge acá un interrogante: si lalengua que habla un sujeto es singular, ¿cómo
es entonces posible la comunicación? Si cada cual habla un lenguaje, ¿qué posibilidad
existe de que dos –o más– sujetos se entiendan? Basta una ligera observación sobre la
realidad cotidiana para concluir que el malentendido se encuentra, siempre, a la orden del
día.

Al respecto, Lacan aportó otra novedad, que trae aparejada una radical modificación de la
fórmula de la comunicación establecida por de Saussure (ver página 3), al expresar que “El
emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma invertida”*. Fórmula que, en cierta
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manera, Freud ya había adelantado: “Cuando en el tratamiento psicoanalítico aparece una


serie de ideas correctamente fundamentadas e irreprochables, surge también para el médico
un momento de perplejidad, pudiendo el paciente tomar cierta ventaja al afirmar: «Esto es
en su totalidad bien pensado y cierto, ¿no le parece? ¿Qué quisiera usted cambiar de lo que
yo he contado?». Pero no tardamos en observar que tales ideas, inatacables por el análisis,
han sido utilizadas por el enfermo para encubrir otras que tratan de escapar a su crítica y a
su conciencia. Una serie de reproches contra otros nos hace sospechar la existencia, detrás
de ella, de una serie de reproches de igual contenido contra la propia persona. Nos bastará
entonces referir cada uno de ellos a la persona del enfermo. Este modo de defenderse contra
un reproche referido a uno mismo, transfiriéndolo a otra persona, muestra algo
innegablemente automático y tiene su modelo en la conducta de los niños, que siempre que
se les reprocha alguna mentira responden: «El mentiroso eres tú»(13). Un fragmento del
“caso Dora” puede resultarnos útil a título de ejemplo: “Acusaciones contra el padre, que le
habría transmitido su enfermedad [sífilis], y detrás de ellas una acusación contra sí misma –
flujo blanco, jugueteo sintomático con el bolsillo, incontinencia posterior a los seis años-,
secreto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por los médicos; todo esto me parece
constituir una prueba indiciaria irreprochable de la masturbación infantil”(14). Dora acusa a
su padre (enfermedad sexual transmitida hereditariamente) para evitar la autoacusación por
su propia sexualidad (masturbación infantil), situando así el origen de sus síntomas en el
Otro. Por lo general, podemos afirmar que la queja neurótica se refiere siempre al Otro,
pero que el contenido de esta queja se ajusta al propio sujeto que la emite. Forzosamente, al
ponerse en juego la dimensión del inconsciente, la comunicación es equívoca, dado que si
el sujeto desconoce sus representaciones reprimidas, al emerger éstas a la conciencia son
referidas al Otro en la medida en que el propio sujeto las siente como ajenas.

Gráficamente, la fórmula de la comunicación establecida por Lacan se presentaría así:

E W M R

El equívoco que el significante abre nos lleva a realizar una aclaración: el término en forma
de “doble ve” es, en realidad, una “M” invertida.

En un aspecto más amplio, diremos que la comunicación es equívoca porque el sentido de


lo que un sujeto dice se define desde el Otro. El discurso es siempre un mensaje dirigido al
Otro, pero suele existir una diferencia entre lo que el sujeto desea expresar, y lo que el Otro
recibe, entiende o interpreta de dicho mensaje. Por ejemplo, si un sujeto desea halagar a una
mujer por medio de un piropo y la respuesta es una bofetada, quiere decir que el mensaje no
fue recibido como un piropo, sino como un insulto. Por ello, el sentido de lo que un sujeto
dice es sancionado por el Otro, con lo que la comunicación no adquiere una dimensión
lineal (como en la fórmula saussuriana), sino una mucho más compleja y que implica la
relación del sujeto con el Otro.

V- El Gran Otro

El tramo final de nuestro recorrido nos lleva a uno de los conceptos centrales en la obra
14

lacaniana, como es el del Gran Otro, introducido por el maestro francés en la clase del 25
de mayo de 1955 de su Seminario 2 (véase bibliografía).

Lacan diferencia un “otro”, escrito en minúsculas, de “Otro” con mayúsculas. Se


simbolizan con una a o a’ para el pequeño otro, y con una A para el Gran Otro (iniciales
de autre, “otro” en francés).

El pequeño otro se sitúa en la dimensión del yo y del semejante, son los otros que tratamos
a diario, cotidianamente, relación entre iguales y “de yo a yo”. La estructura de esta
relación está dada por el registro imaginario, que posee una función de desconocimiento
de la relación simbólica del sujeto con su deseo.

Por el contrario, el Gran Otro se sitúa en el registro simbólico, que es el orden del deseo
inconsciente, el lenguaje y el significante. El término evoca resonancias freudianas de la
primera época, cuando en sus inicios Freud denominaba al inconsciente como una “otra
escena”, un “otro lugar” en el que se ponía en juego y en acto el deseo del sujeto. Marca
también una alteridad fundamental, destaca la ajenidad y la extrañeza que el propio
inconsciente le causa al sujeto; como si el sujeto estuviera dividido: por un lado, lo que sabe
y conoce de sí mismo, las certidumbres yoicas con que se presenta; pero además, es como
si el sujeto fuese Otro para sí mismo, en tanto los aspectos fundamentales de su ser le son
desconocidos, a pesar de saberlos. En esa paradoja consiste el inconsciente: es un saber no
sabido y eso es, en definitiva, el Gran Otro: uno de los nombres lacanianos del
inconsciente. El sujeto del inconsciente, sujeto dividido (o sujeto barrado), se simboliza en
el álgebra lacaniana, con una “ese tachada” ($).

Lo expresado hasta acá refleja sólo parcialmente el contenido que posee el concepto de
Otro, ya que éste no sólo es una definición, un modo de nombrar al inconsciente, sino que
permite ampliar y precisar el alcance del inconsciente freudiano. Freud siempre remarcó
que las “personas” (las comillas son, en este caso, de suma importancia, ya que se trata en
realidad de representaciones) más importantes en la vida del sujeto, adquirían un valor y
una significación muy elevadas sólo en la medida en que, a partir de ciertos rasgos
particulares, lograban evocar algunas representaciones reprimidas en el sujeto, pasando a
ser sustitutivas de éstas. Para un sujeto, entonces, ocupará el lugar del Otro quien evoque
las representaciones reprimidas de su propio inconsciente. Este aporte de Lacan permite
despojar al inconsciente de resonancias tales como “lo oculto”, al destacar que el deseo
entra en juego en el campo del Otro.

El lector podrá haber inferido ya, probablemente, que el Otro no es, entonces, “alguien”
particular, sino una “abstracción”, un lugar simbólico a ser ocupado por personajes
contingentes. Al principio de este ítem dijimos que “el Otro se sitúa en el orden simbólico”,
expresión que ahora corregiremos y precisaremos, señalando que el Otro es el orden
simbólico, es el orden del lenguaje, que preexiste al sujeto, lo constituye y estructura, y
seguirá existiendo luego de que el sujeto desaparezca. De ahí la ambición de dejar una
huella, un rastro del paso por la vida que expresa la popular frase “tener un hijo, plantar un
árbol, escribir un libro”: simplemente, formar parte del universo simbólico por el que
transcurre la existencia humana, y que en Lacan se lee como el Otro.
15

Corregiremos también otra expresión utilizada, en relación a lalengua, cuando dijimos,


provisoriamente, que el Gran Otro son los padres. Es ésta una verdad a medias, ya que si
para un niño sus padres ocupan el lugar de Gran Otro, alcanza con considerar que estos
padres tuvieron o tienen, a su vez, padres (los abuelos del sujeto), que también tuvieron
padres (los bisabuelos), y así sucesivamente; con lo que, en definitiva, todos los sujetos
son, en primer lugar, hijos. La genealogía sólo es posible por el hecho de que nadie es el
Otro, lugar que puede, eso sí, encarnarse en diferentes sujetos. Con lo que volvemos a
encontrar el hecho de que el Otro es el orden simbólico, constituyente del sujeto.

Estos últimos lineamientos que venimos trazando nos permiten señalar un punto de suma
importancia: el Otro (A) no es consistente, no es perfecto; sino, por el contrario, es
inconsistente, incompleto, lo que en el álgebra lacaniana se representa como A. Si el orden
simbólico fuera perfecto, cerrado, seríamos como hormigas, perfectamente regulados por
una estructura perfecta. En el Otro siempre faltará una respuesta, La respuesta, lo que deja
un lugar al sujeto, posibilitando que él busque, por medio de su deseo, un lugar en el Otro:
dado que en el Otro siempre faltará una significación, a esta significación para su deseo
debe encontrarla en una búsqueda singular cada sujeto. Mas, como esta búsqueda se juega
siempre en relación al Otro, Lacan dice que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”*, en
la medida en que el deseo, para hacerse reconocer, debe remitirse al Otro, al cual está
articulado estructuralmente.

VI- Para concluir

El desarrollo precedente intenta presentarse como una introducción a los conceptos claves
de Lacan, de los cuales hemos desarrollado algunos en sus puntos más relevantes, dejando
su análisis exhaustivo para otra ocasión. Nos interesa destacar, sin embargo, que nuestro
abordaje es por fuerza incompleto, y que cada uno de los temas tratados posee una
fundamentación mucho más amplia, que por imperio de los límites que todo trabajo posee
no hemos desarrollado. Queda ya en la iniciativa del lector el ahondar y corregir los
lineamientos presentados en estas páginas.

Finalizamos con una cita de Lacan que, esperamos, no resultará extraña a esta altura: “El
lenguaje sin duda está hecho de lalengua. Es una elucubración de saber sobre lalengua. Pero
el inconsciente es un saber, una habilidad, un savoir-faire [saber hacer] con lalengua. Y lo
que se sabe hacer con lalengua rebasa con mucho aquello de que puede darse cuenta en
nombre del lenguaje”(15).

LIC. JUAN CAMUÑA


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Auxiliar Docente Graduado de la


Cátedra “Psicoanálisis (Freud)”

Notas

(1) Lacan, Jacques: Seminario 2 “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”,


pags. 266-67, Ed. Paidós, 1991. (Las cursivas son del original; las negritas me
pertenecen).

(2) Lacan, J.: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, pag. 307; en
“Escritos”, tomo 1, Ed. Siglo XXI, 1988.

(3) De Saussure, Ferdinand: “Curso de lingüística general”, pag. 130, Ed. Losada, 1945.
(Las cursivas pertenecen al original).

(4) Entrevista realizada a Jacques Lacan, y publicada en el libro “Freud y el psicoanálisis”,


pag. 11, Ed. Salvat, 1973.

(5) Freud, Sigmund: “Los sueños” pag. 723, Ed. Biblioteca Nueva, 1981.

(6) Freud, S.-Breuer, J.: “Estudios sobre la histeria”, pags. 118-9, Ed. Biblioteca Nueva,
1981.

(7) D’Angelo, R.; Carbajal, E.; y Marchilli, A.: “Una introducción a Lacan”, Ed. Lugar,
2000, pag. 35.

(8) Freud, S.: “Los sueños”, pag. 725, Ed. Biblioteca Nueva, 1981. (Las cursivas me
pertenecen).

(9) Lacan, J.: “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”,
pag. 785, en “Escritos”, tomo 2, Ed. Siglo XXI, 1988.

(10)Freud, S.: Ibid (8), pag. 725. (las cursivas me pertenecen).

(11): Ducrot, O.; y Todorov, T.: “Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje”,
pag. 134; Ed. Siglo Veintiuno, 17ª. edición, 1995.

(12): Lacan, J.: Seminario 20, pag. 24, Ed. Paidós, 1991.

(13): Freud, S.: “Análisis fragmentario de una histeria (caso «Dora»)”, pags. 951-2 (Las
cursivas me pertenecen).

(14): Ibid, pag. 976.

(15): Ibid (11), pag. 167 (las cursivas en francés son del original).
17

Bibliografía Consultada

• Freud, Sigmund: Obras Completas, Editorial Biblioteca Nueva, 1981.

- “Estudios sobre la histeria” (1895).


- “La interpretación de los sueños” (1900).
- “Los sueños” (1901).
- “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901).
- “El método psicoanalítico de Freud” (1904).
- “El chiste y su relación con el inconsciente” (1905).
- “Análisis fragmentario de una histeria (caso «Dora»)” (1905).
- “Psicoanálisis (cinco conferencias en la Universidad de Clarke)” (1910).
- “El porvenir de la terapia psicoanalítica” (1910).
- “Múltiple interés del psicoanálisis” (1913).
- “La represión” (1915).
- “Lo inconsciente” (1915).
- “Lecciones introductorias al psicoanálisis” (1916-17).
- “Los caminos de la terapia psicoanalítica” (1919).
- “Autobiografía” (1925).
- “La negación” (1925).
- “Psicoanálisis: escuela freudiana” (1926).
- “Construcciones en psicoanálisis” (1937).
- “Escisión del yo en el proceso de defensa” (1940).
- “Compendio del psicoanálisis” (1940).

• Lacan, Jacques: “Escritos”, Editorial Siglo XXI, decimocuarta edición, 1988; y “El
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- “El Seminario”, Libro I “Los escritos técnicos de Freud”.


- “El Seminario”, Libro II “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”.
- “El Seminario”, Libro III “Las psicosis”.
- “El Seminario”, Libro V “Las formaciones del inconsciente” (Paidós, 1999).
- “El Seminario”, Libro XI “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”.
- “El Seminario”, Libro XVII “El reverso del psicoanálisis” (Paidós, 1992).
- “El Seminario”, Libro XX “Aún”.
- “El seminario sobre La carta robada”, en “Escritos”, tomo 1.
- “Del sujeto por fin cuestionado”, en “Escritos”, tomo1.
- “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en “Escritos”, tomo 1.
18

- “La cosa freudiana o el sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”, en “Escritos”, tomo
1.
- “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, en “Escritos”, tomo 1.
- “La significación del falo”, en “Escritos”, tomo 2.
- “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en “Escritos”,
tomo 2.
- “Posición del inconsciente”, en “Escritos”, tomo 2.
- “La ciencia y la verdad”, en “Escritos”, tomo 2.
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• De Saussure, F.: - “Curso de lingüística general”, Ed. Losada, Buenos Aires, 1945.

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• D’Angelo, R.; Carbajal, E. y Marchilli, A.: - “Una introducción a Lacan”, Lugar


Editorial, Buenos Aires, 2000.

• Kristeva, J.: - “El lenguaje, ese desconocido”, Ed. Fundamentos, Madrid, 1988.

• Entrevista a J. Lacan, realizada por María José Raqué Arias, y publicada en el libro
“Freud y el psicoanálisis”, Ed. Salvat, 1973.