TABLA DE CONTENIDO 1. Introducción 2. Presentación de la Encuesta 2.1. Objetivo 2.2. El equipo de investigación 2.3. La cédula de entrevista 2.4. El procedimiento de muestreo 2.5.

El levantamiento y captura de los datos 3. Resultados 3.1. Introducción 3.2. Datos sociodemográficos de los hogares 3.3. Tipos de hogares y de familias 3.4. Trabajo extradoméstico e ingresos 3.4.1. Trabajo de las mujeres 3.4.2. El ingreso 3.5. Participación en las tareas domésticas 3.6. Ideología de género 3.7. Vivienda 3.8. Participación de los hijos(as) en el hogar 3.9. Relaciones intrafamiliares 3.9.1. Interacción entre la pareja 3.9.1.1. Comunicación conyugal 3.9.2. Relaciones con los hijos 3.9.3. Relaciones con padres e hijos que no viven en el mismo hogar 3.9.3.1. Relación con los padres de la pareja 3.9.3.2. Relación con los hijos que viven fuera del hogar 3.10. Autoridad y toma de decisiones en la pareja 3.11. Conflicto y violencia 4. A manera de conclusión Referencias bibliográficas Anexos Anexo 1. Cédula de entrevista Anexo 2. Instructivo para los encuestadores Anexo 3. Listado de personas que participaron en la encuesta Anexo 4. Carta de presentación Anexo 5. Instructivo de codificación Anexo 6. Número total de encuestas por

municipio

1. Introducción
La familia es una unidad fundamental de la sociedad y un medio natural para el crecimiento y bienestar de sus miembros. Cada familia es una unidad de vida social y personal. La familia no es una simple yuxtaposición de individuos. La familia es de alguna manera lo que son los individuos que la componen, las relaciones que establecen entre ellos, el grupo que ellos forman, los valores que comparten o que disputan, los contactos y redes que mantienen con otras familias y grupos, el techo bajo el que habitan, las estrategias que desarrollan para vivir, sus pasatiempos, etc. (Ribeiro, 2009). En un sentido ideal la familia proporciona el soporte afectivo y material indispensable a los niños. Ella preserva y transmite los valores culturales. Ella sostiene a los ancianos y a quienes sufren algún tipo de discapacidad. Ella genera un medio propicio para la ayuda mutua y el bienestar de quienes la componen y en ella se tejen lazos privilegiados que tienen consecuencias durante toda la vida de los individuos. Se espera entonces que la familia aporte una contribución indispensable al desarrollo económico, social y cultural de una sociedad. A cambio, ella debe poder contar con el apoyo que necesita. Toda la sociedad debe manifestar una gran solidaridad hacia las familias. No obstante, es preciso reconocer que las familias enfrentan problemáticas complejas que frecuentemente afectan su buen funcionamiento y que impactan negativamente el bienestar de sus miembros. No debemos olvidar que los avatares de la vida diaria —producto tanto de factores que se producen en su dinámica interna como de otros que provienen de su exterior— confrontan a las familias a situaciones de riesgo, de incertidumbre y de vulnerabilidad. Así, por no citar más que unos pocos ejemplos, entre los factores externos podemos enumerar a la pobreza que afecta a cerca de la mitad de las familias en México, el pobre acceso a los sistemas de salud, de educación y de protección social, la precariedad del empleo. En cambio, entre los factores internos podemos señalar las altas tasas de violencia doméstica y la predominancia de estructuras patriarcales que contribuyen a tejer relaciones asimétricas entre sus miembros, principalmente en función del sexo, a lo cual se pueden añadir problemas relacionados con la comunicación e interacción de sus miembros, con la conyugalidad y la parentalidad. Debemos señalar, en principio, que la familia y la sociedad están interrelacionadas de muchas y muy variadas maneras. Dice William Goode (1966) que es a través de la familia como la sociedad puede sacar al individuo su necesaria contribución al orden social, pero que en cambio la familia sólo puede continuar si es sostenida por la sociedad a la cual pertenece. Aunque la familia es una institución moldeada por la sociedad, sabemos que ella cumple una importantísima función en el establecimiento y estructuración de la civilización, porque si bien es cierto que las pautas familiares dependen de la civilización de la que forman parte, no se puede negar que las particularidades estructurales de cada civilización resultan de la forma concreta en que se organiza la familia en una época y en un lugar específicos (Schrecker, 1970). 2

En este sentido podemos decir que la importancia estratégica de la familia se encuentra en su función mediadora dentro de una sociedad más extensa, ya que es ella la que enlaza a los individuos con la estructura social ampliada. De tal suerte, para poder sobrevivir, cualquier sociedad debe satisfacer ciertas necesidades elementales, como la producción y la distribución de alimentos, la protección de los niños y de los ancianos, los cuidados a los enfermos, el respeto y la obediencia a las leyes, la socialización de los jóvenes, etc. Es por esta razón que las familias son, y siempre han sido, elementos fundamentales de la sociedad. En ellas reposa la responsabilidad de la reproducción biológica de los individuos, de los cuidados materiales hacia los niños durante el período de crianza y de la socialización primaria. En ellas también tiene lugar el acopio y la distribución de los recursos materiales para la supervivencia del grupo doméstico y en general puede decirse que cumplen funciones de soporte físico y emocional de sus miembros (cfr. Parsons y Bales, 1955). De alguna manera podemos decir que la familia, como institución encargada de múltiples y diversas tareas, surge del hecho biológico de la larga dependencia del niño, en un proceso de compleja interacción entre la sociedad y el individuo (Benedek, 1970). Por esta razón, su función más importante consiste en la integración del recién nacido en la cultura durante sus años de formación, es decir, en su acondicionamiento a las normas y a las pautas vigentes en la respectiva civilización; en consecuencia, la familia opera, en todo tiempo y lugar, como el mejor instrumento de transmisión de las tradiciones y las convenciones, permitiendo así la incorporación del niño a la sociedad, y garantizando al mismo tiempo la continuidad de dicha sociedad, pues como señalaba Merton (1972) hace ya muchos años, «la familia es la principal correa de transmisión para la difusión de las normas culturales en la generación siguiente»1. Históricamente, los individuos han privilegiado, en su reproducción cotidiana, las relaciones que se dan en el ámbito de la vida doméstica y parental2. Las familias han jugado un papel fundamental e insustituible para el desarrollo de los individuos. Como espacios privilegiados que son para la transmisión de valores, tanto individuales como colectivos, han guiado a las generaciones en su vida diaria y en su reproducción (López e Izazola, 1994:3). En todas las culturas, la familia ha cumplido siempre una función socializadora fundamental, transmitiendo las normas y los valores societales a sus miembros y, mediante su asimilación, preparando a su descendencia para funcionar en el mundo social (Montenegro, 1995). Resulta pues indudable que para subsistir las sociedades tienen necesidad de reproducirse. Asimismo, es también indiscutible que uno de los principales agentes de la reproducción de
1 No queremos decir con esto que gracias a esta reproducción social las sociedades se mantienen estáticas; evidentemente

existe una dinámica social que hace que todas las sociedades evolucionen constantemente. Pero aun en esa evolución, la participación de las familias es esencial, pues en ellas se gestan simultáneamente muchas de las conductas innovadoras.
2 Es por ello que en prácticamente todas las culturas la familia ha sido valorizada como una estructura social vital. A pesar de que en diversas épocas han surgido doctrinas antifamilísticas, como las expuestas por la corriente antipsiquiátrica representada por Cooper (1971), Laing (1971) y Laing y Esterson (1967), lo cierto es que éstas han sido prácticamente marginales, comparativamente con las ideologías en favor de la institución familiar. Ello se debe, insistimos, a que las sociedades reconocen el importante papel que juega esta institución en la reproducción social. Pero también se debe a que, en la vida cotidiana de la mayoría de las personas, se conceptualiza a la familia como el refugio íntimo y personal contra las vicisitudes de la vida diaria y como el ámbito de expresión de la vida afectiva.

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una sociedad es la familia. A través de ésta, las sociedades buscan asegurar el remplazo de la población (y de la mano de obra), pero también tratan de reproducir la cultura, los valores y los mecanismos culturales de control social, para garantizar la continuidad y la sobrevivencia. La familia llega a ser una unidad reproductiva de la normatividad social, tarea que realiza gracias al proceso de socialización. Por ello, es necesario que el sistema familiar sea objeto de la reproducción. Pero, las familias constituyen unidades complejas que hacen parte de un mismo contexto social, a su vez complejo y cambiante. La familia debe adaptarse al entorno que la envuelve y cambiar en la medida que las fuerzas externas lo exijan. Así, la familia debe asegurar la reproducción de la continuidad social, pero incorporando innovaciones en cada generación. La familia no es una estructura social aislada ni es receptora pasiva de lo que ocurre en el contexto social en el cual se encuentra inmersa. Como ha dicho Renée Dandurand (1992) “la familia no es una isla”. Sus miembros interactúan con el mundo exterior y reelaboran en su seno las influencias que reciben en un proceso de constante retroalimentación. Con la inserción de sus miembros en la vida social y con la interacción que propicia entre ellos la cohabitación, se van gestando nuevas actividades y comportamientos, y junto con ellos los referentes para la socialización de las nuevas generaciones. Aun en las sociedades más avanzadas del planeta, la realidad nos muestra que la evolución social reciente, marcada por la modernidad, ha provocado cambios en la estructura de las familias que —lejos de universalizarlas— las hace cada vez más complejas, heterogéneas y plurales. Por ello es importante evitar hacer generalizaciones simplistas, con fuerte carga ideológica, que argumentan que la familia es única. Lejos de ser una institución “natural” —como ha sido frecuentemente calificada por grupos conservadores3— la familia es una institución social diversa y compleja que interacciona con su contexto y que se transforma continuamente. Ello se debe, entre otras cosas, a la evolución de las costumbres y prácticas familiares y sexuales, a la presencia de nuevas tecnologías de reproducción, a la existencia de tecnologías anticonceptivas que disocian sexualidad y procreación, a la especialización de las funciones y la transferencia de otras a agencias externas a la unidad doméstica, a la modificación que está sufriendo la estructura de papeles conyugales y a la cada vez mayor desacralización y secularización de la vida cotidiana. Las más claras manifestaciones de estos fenómenos pueden apreciarse en el número creciente de divorcios y de rupturas conyugales, en el incremento de los hogares monoparentales, en el aumento de familias reconstituidas, en el crecimiento de los hogares unipersonales y en el incremento de hogares sin hijos. En las últimas décadas se ha acentuado la velocidad con la que se producen los cambios en el entorno socioeconómico de México y, de manera más específica, de Nuevo León. Entre dichos cambios resaltan los siguientes: ritmos de urbanización y de industrialización acelerados, tercerización de la economía, impacto de la revolución tecnológica en la vida cotidiana de los individuos, incremento del consumismo, incluso entre los sectores más desfavorecidos de la población, globalización cultural y penetración de valores y modelos alternos de vida y de familia, tendencia hacia una mayor individualización y secularización de la vida de las personas, acceso a la democracia política y democratización de lo social, e
3 Véase por ejemplo las obras de Anson y Roa (1966) y Leclercq (1967).

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incremento en la accesibilidad a la escuela por parte de los sectores más pobres y desprotegidos de la sociedad. Estos cambios, a su vez han propiciado transformaciones sociodemográficas, como la reducción y retardo de la nupcialidad, la reducción de las tasas de fecundidad y de mortalidad, el incremento en la esperanza de vida, todos ellos factores que en conjunto contribuyen al envejecimiento de la población. Pero también han favorecido el crecimiento de las tasas de participación femenina en los mercados de empleo. El hecho es que estos cambios en el entorno social afectan a las familias y propician modificaciones en su estructura y en su organización, por lo que la naturaleza de las interacciones entre los miembros de las familias también se ha modificado. Dice Quilodrán (2008) que lo que realmente está en proceso es una nueva manera de vivir en sociedad, donde la familia se transforma rápidamente para adaptarse a las condiciones que, en parte, ella misma generó. Es por ello que no debe sorprendernos la enorme diferencia que distingue a las familias de hoy comparativamente con las de hace cincuenta o cien años. Los factores que hasta aquí hemos mencionado han contribuido de alguna manera a que se presenten importantes transformaciones en la estructura, organización y dinámica de las familias4. Algunas de éstas son: la nuclearización de la familia; una reducción en la talla media de los hogares; una mayor movilidad familiar y un relajamiento de la solidaridad familiar intergeneracional; el incremento en el número de hogares de personas solas; la diversificación de las estructuras familiares; el incremento de las tasas de divorcio y del número de hogares reconstituidos (segundas nupcias); el incremento en el número de hogares monoparentales encabezados por una mujer y cambios en el origen de la monoparentalidad; una mayor secularización de la familia, la que se rige cada vez menos por normas religiosas y que va perdiendo su carácter sacral, y una sacralización de la infancia, del incremento del tiempo que los hijos pasan en la escuela y la prolongación de la dependencia de los hijos en el hogar de sus padres. Asimismo, han contribuido a un debilitamiento relativo de la estructura patriarcal de la familia. Todos estos, y muchos otros cambios que operan en la realidad de las familias, en su formación y en su funcionamiento, plantean la necesidad de que el Estado diseñe y ponga a funcionar políticas públicas que, además de ser progresistas y coherentes, sean también dinámicas y flexibles, para que sean capaces de contribuir al buen desarrollo de las familias y de los individuos. Las perspectivas que presenta actualmente la institución familiar son, sin duda, extremadamente complejas y variadas, y la problemática que encierra ha producido considerables inquietudes en todos los sectores de la sociedad. En este sentido, si dentro de los propósitos de una política social destinada a la familia está brindar apoyo a las familias para lograr el sano y armonioso desarrollo de todos y cada uno de sus miembros, entonces deben plantearse estrategias y programas que atiendan sus necesidades. Pero, ¿acaso es posible diseñar tales estrategias y elaborar planes y programas si no se tiene un conocimiento suficientemente profundo de la realidad familiar? De tal suerte, deberíamos preguntarnos ¿qué tanto sabemos acerca de los diversos procesos que encierra la
4 Para una revisión más amplia de las transformaciones familiares que han enfrentado en las últimas décadas las familias en Nuevo León puede consultarse Ribeiro (2010a).

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organización familiar? ¿hasta qué punto hemos acumulado un conocimiento suficientemente amplio sobre la problemática que deriva de los cambios que enfrentan actualmente nuestro país y nuestro estado y sobre la repercusión que estos tienen sobre la dinámica interna de las familias? En el Concilio Nacional de Relaciones Familiares de los Estados Unidos se considera que la investigación sobre las familias puede ayudar a identificar aquellos aspectos de política pública que son necesarios para crear las condiciones sociales y familiares más adecuadas para garantizar la protección a las familias y a los individuos (NCFR, 2001). En consecuencia es necesario conocer a fondo la realidad familiar específica que es el objeto de una política de intervención del Estado. Cada familia es una unidad de vida personal. Como hemos señalado, cada familia es lo que son los individuos que la componen, el grupo que forman, las relaciones que establecen entre ellos, los valores que comparten o se disputan, los contactos que tienen con otras familias, con otras personas y con otros medios de vida, sus actividades de subsistencia, sus diversiones, etc. Es gracias a esta red de experiencias y de múltiples aprendizajes que los niños se convierten en ciudadanos. Por tal motivo, una política dirigida a la familia es, ante todo, el reconocimiento que el Estado hace de este hecho social y humano.

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2. Presentación de la Encuesta sobre Dinámica Familiar en Nuevo León
En junio de 2009 se firmó un convenio entre el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia de Nuevo León (DIF-NL) y la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) a través de la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano para llevar a cabo una investigación que permitiese hacer un diagnóstico de la familia en el estado de Nuevo León. La Encuesta sobre Dinámica Familiar en Nuevo León es una pieza fundamental para la elaboración de tal diagnóstico. 2.1. Objetivo El objetivo de la investigación sobre la dinámica familiar en Nuevo León es aportar elementos que contribuyan a realizar un diagnóstico que permita promover, reorientar e impulsar políticas públicas en la materia, a fin de que el Estado tenga a la institución familiar como eje, motivo y fundamento de sus acciones. Mediante el diagnóstico sobre la familia en Nuevo León:
• • •

Se obtendrá una descripción de la familia neoleonesa en varias dimensiones que permitirá entender su dinámica interna y su relación con el entorno. Se generarán puntos de partida para otras investigaciones sobre el tema. Finalmente, a partir de las conclusiones del Diagnóstico, podrán ser impulsadas iniciativas de ley y políticas públicas que fortalezcan a la familia en el estado.

2.2. El equipo de investigación El equipo de investigación estuvo constituido por el Dr. Manuel Ribeiro Ferreira, la Dra. Sagrario Garay Villegas, la Maestra Hortencia Sánchez Guerrero y el Dr. Marco Vinicio Gómez Mesa. Los tres primeros son profesores-investigadores de tiempo completo de la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano de la Universidad Autónoma de Nuevo León, y el último es profesor e investigador de tiempo completa de la Facultad de economía de la misma universidad. La dirección general del proyecto estuvo a cargo del Dr. Ribeiro. La Dra. Garay y la Mtra. Sánchez fueron responsables del control del levantamiento de datos y el Dr. Gómez fue el responsable del diseño y selección de la muestra y del control de la captura y verificación de los datos. Los encuestadores fueron todos estudiantes de licenciatura y de posgrado de la Universidad Autónoma de Nuevo León, principalmente de la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano. Estas personas estuvieron a cargo de cuatro supervisores, también reclutados entre los estudiantes de nivel superior de la misma universidad.

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2.3. La cédula de entrevista Para la obtención de los datos de la Encuesta sobre Dinámica Familiar de Nuevo León se diseñó una cédula de entrevista estructurada (anexo 1), que incluía 240 preguntas sobre diversos temas relacionados con la familia y su dinámica. El instrumento inicial fue revisado en diversas ocasiones y discutido por los miembros del equipo de investigación con el propósito de evaluar la pertinencia de las preguntas y de asegurarse que el lenguaje utilizado fuese lo más claro y sencillo posible. La entrevista fue anónima, aunque se registró el domicilio de la persona entrevistada con la intención de hacer la verificación posterior. Los temas principales que abordó la entrevista fueron los siguientes: • • • • • • • • • • • • • • Datos de identificación Datos sociodemográficos de las personas que viven en el hogar Datos sociodemográficos de los padres de los entrevistados Datos sociodemográficos de los hijos(as) que no viven en el hogar Nupcialidad y número de hijos Trabajo Realización de tareas domésticas Relaciones intrafamiliares Ideología de género (opiniones sobre roles y capacidades de hombres y mujeres) Vivienda Participación de los hijos(as) en el hogar Autoridad y toma de decisiones Interacción entre la pareja Conflicto y violencia

2.4. Procedimiento de muestreo Población La población objetivo está formada por todas las familias que en el momento de la entrevista se encontraban radicando en una vivienda particular del estado de Nuevo León. Los resultados del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006) se utilizaron para formar el marco muestral de esta investigación. De acuerdo con dicho conteo, Nuevo León se componía en 2005 de 51 municipios que contienen a 5,218 localidades, 7,029 Áreas Geoestadísticas Básicas (AGEBS), 58,524 manzanas, 1,014,452 viviendas y 4,199,292 habitantes5. En la tabla 1 se presenta la distribución del total de AGEBS, manzanas, viviendas y habitantes, por municipio de Nuevo León, en donde se observa la gran heterogeneidad existente.
5 Queremos señalar que para cuando se estaba finalizando la elaboración de este reporte fueron presentados los resultados preliminares del Censo de Población y vivienda de 2010, según el cual Nuevo León cuenta ahora con una población de 4,643,321 habitantes y 1,209,174 viviendas (INEGI, 2011).

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Tabla 1. Distribución de Áreas Geoestadísticas Básicas (AGEBS), manzanas, viviendas y habitantes de Nuevo León, por Municipio
Municipio
1. Abasolo 2. Agualeguas 3. Los Aldamas 4. Allende 5. Anáhuac 6. Apodaca 7. Aramberri 8. Bustamante 9. Cadereyta Jiménez 10. Carmen 11. Cerralvo 12. Ciénega de Flores 13. China 14. Doctor Arroyo 15. Doctor Coss 16. Doctor González 17. Galeana 18. García 19. San Pedro Garza García 20. General Bravo 21. General Escobedo 22. General Terán 23. General Treviño 24. General Zaragoza 25. General Zuazua 26. Guadalupe 27. Los Herreras 28. Higueras 29. Hualahuises 30. Iturbide 31. Juárez 32. Lampazos 33. Linares 34. Marín 35. Melchor Ocampo 36. Mier y Noriega 37. Mina 38. Montemorelos 39. Monterrey 40. Parás 41. Pesquería 42. Los Ramones 43. Rayones 44. Sabinas Hidalgo 45. Salinas Victoria 46. San Nicolás de los Garza 47. Hidalgo 48. Santa Catarina 49. Santiago 50. Vallecillo 51. Villaldama

AGEBS N %
13 69 35 93 318 213 201 48 319 46 134 67 299 278 86 101 351 105 59 143 120 287 63 133 66 215 35 38 76 60 161 70 429 63 10 31 85 399 436 27 122 100 81 116 238 122 34 130 153 101 50
7,029

Manzanas N %
106 411 245 816 906 3,719 740 173 1,629 269 508 412 845 2,370 183 268 2,068 657 1,366 472 2,779 574 184 237 244 6,112 200 135 393 155 1,843 273 1,733 227 101 755 262 1,388 11,835 103 526 413 120 1,042 744 3,955 435 2,242 855 233 263
58,524

Viviendas N %
687 1,156 567 8,106 4,923 100,275 3,621 942 19,686 1,772 2,406 3,538 3,032 7,663 528 888 9,493 12,524 29,175 1,558 70,250 4,085 474 1,314 1,823 162,010 611 408 1,802 898 34,984 1,236 18,009 1,407 346 1,466 1,375 14,568 271,597 324 3,209 1,889 731 8,876 7,088 115,424 3,933 59,407 10,545 588 1,235
1,014,452

N

Habitantes %
0.065 0.084 0.040 0.704 0.428 9.973 0.350 0.079 1.756 0.167 0.191 0.340 0.255 0.792 0.039 0.074 0.927 1.230 2.905 0.128 7.129 0.334 0.035 0.137 0.166 16.477 0.045 0.034 0.158 0.084 3.438 0.105 1.692 0.129 0.025 0.168 0.128 1.282 27.000 0.023 0.292 0.148 0.061 0.763 0.663 11.353 0.369 6.189 0.902 0.044 0.098
100

0.185 0.982 0.498 1.323 4.524 3.030 2.860 0.683 4.538 0.654 1.906 0.953 4.254 3.955 1.224 1.437 4.994 1.494 0.839 2.034 1.707 4.083 0.896 1.892 0.939 3.059 0.498 0.541 1.081 0.854 2.291 0.996 6.103 0.896 0.142 0.441 1.209 5.676 6.203 0.384 1.736 1.423 1.152 1.650 3.386 1.736 0.484 1.849 2.177 1.437 0.711
100

0.181 0.702 0.419 1.394 1.548 6.355 1.264 0.296 2.783 0.460 0.868 0.704 1.444 4.050 0.313 0.458 3.534 1.123 2.334 0.807 4.748 0.981 0.314 0.405 0.417 10.444 0.342 0.231 0.672 0.265 3.149 0.466 2.961 0.388 0.173 1.290 0.448 2.372 20.222 0.176 0.899 0.706 0.205 1.780 1.271 6.758 0.743 3.831 1.461 0.398 0.449
100

0.068 0.114 0.056 0.799 0.485 9.885 0.357 0.093 1.941 0.175 0.237 0.349 0.299 0.755 0.052 0.088 0.936 1.235 2.876 0.154 6.925 0.403 0.047 0.130 0.180 15.970 0.060 0.040 0.178 0.089 3.449 0.122 1.775 0.139 0.034 0.145 0.136 1.436 26.773 0.032 0.316 0.186 0.072 0.875 0.699 11.378 0.388 5.856 1.039 0.058 0.122
100

2,746 3,537 1,675 29,568 17,983 418,784 14,692 3,326 73,746 6,996 8,009 14,268 10,697 33,269 1,639 3,092 38,930 51,658 122,009 5,385 299,364 14,022 1,476 5,733 6,985 691,931 1,877 1,427 6,631 3,533 144,380 4,428 71,061 5,398 1,052 7,047 5,384 53,854 1,133,814 950 12,258 6,227 2,576 32,040 27,848 476,761 15,480 259,896 37,886 1,859 4,105
4,199,292

Total

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006)

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Clasificación de las viviendas Considerando ocho categorías de la variable Clase de vivienda particular (V1 = casa independiente, V2 = departamento en edificio, V3 = vivienda o cuarto en vecindad, V4 = vivienda o cuarto en la azotea, V5 = local no construido para habitación, V6 = vivienda móvil, V7 = refugio y V9 = no especificado), en el estado se encuentran 1,014,042 viviendas particulares habitadas y el resto (410) se ubican como viviendas colectivas (V0). Las viviendas particulares habitadas se clasificaron en regulares, para las categorías V1, V2, V3, V4 y V9 e irregulares para las categorías V5, V6 y V7, encontrándose 1,012,355 viviendas del primer tipo y 1,687 del segundo o irregulares (véase la tabla 2). Estratificación Para el análisis estadístico, la población en estudio se dividió inicialmente en dos estratos; (1) Área Metropolitana de Monterrey (AMM) y (2) Resto del estado de Nuevo León (NOAMM). A continuación se describirá cada uno de los estratos considerados. El primer estrato, que llamaremos AMM, incluye 9 municipios: (Apodaca, García, San Pedro Garza García, General Escobedo, Guadalupe, Juárez, Monterrey, San Nicolás de los Garza y Santa Catarina), 340 localidades y cuenta con un total de 34,508 manzanas. Los municipios del AMM contienen: 22.21%, 58.96%, 84.35 % y 85.70% del total de AGEBS, manzanas, viviendas y habitantes, respectivamente, del estado de Nuevo León (véase la Tabla 3). En el AMM se encuentran 3,598,597 habitantes, 1,787,658 del sexo masculino (49.68%) y 1,810,939 del sexo femenino (50.32%). El segundo estrato, que se le llamará Fuera del AMM o NOAMM, se forma por los 42 municipios de Nuevo León que no se consideran parte del Área Metropolitana de Monterrey, agrupando a 4,878 localidades. Esta área contiene, 5,468 AGEBS, 24,016 manzanas, 158,806 viviendas y 600,695 habitantes, de los cuáles 297,680 (49.56%) son mujeres y el resto son hombres (véanse las tablas 3 y 4). Tabla 2. Frecuencias y porcentajes para el tipo de vivienda en Nuevo León
Categorías para las viviendas V0. Vivienda colectiva V1. Casa independiente V2. Departamento en edificio V3. Vivienda o cuarto en vecindad V4. Vivienda o cuarto en la azotea V5. Local no construido para habitación V6. Vivienda móvil V7. Refugio V9. No especificado Total Clasificación NA Regular Regular Regular Regular Irregular Irregular Irregular Regular Frecuencia 410 934,016 26,616 16,767 1,297 1,568 60 59 33,659 1,014,452 % 0.040 92.071 2.624 1.653 0.128 0.155 0.006 0.006 3.318 100

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006)

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Tabla 3. Composición de los estratos iniciales de Nuevo León
Municipios Estrato Inicial 1. AMM 2. NOAMM Total N 9 42 51 % 17.65 82.35 100 N 1,561 5,468 7,029 AGEBS % 22.21 77.79 100 Manzanas N 34,508 24,016 58,524 % 58.96 41.04 100 Viviendas N 855,646 158,806 1,014,452 % 84.35 15.65 100 Habitantes N 3,598,597 600,695 4,199,292 % 85.70 14.30 100

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006)

Tabla 4. Distribución de los habitantes de Nuevo León, por sexo y ubicación geográfica
Frecuencia
Estrato Inicial 2. Fuera del AMM o NOAMM 1. Área Metropolitana de Monterrey Total Hombre 303 015 1 787 658 2 090 673 Mujer 297 680 1 810 939 2 108 619 Total 600 695 3 598 597 4 199 292

Porcentaje
Hombre 50.44 49.68 49.79 Mujer 49.56 50.32 50.21

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006)

En la tabla 5 se presenta la distribución de las viviendas del estado por tipo, en donde se observa que el AMM contiene la mayoría de las viviendas colectivas de Nuevo León (329 ó 80.24%), y que solamente 81 viviendas colectivas se ubican en el resto del estado. Un comportamiento similar se tiene para las viviendas particulares, tanto regulares como irregulares. Tabla 5. Distribución de las viviendas de Nuevo León, por estrato y tipo Fuera del AMM
Categoría o tipo de vivienda Vivienda colectiva (V0) Vivienda particular regular (V1, V2, V3, V4 y V9) Vivienda particular irregular (V5, V6 y V7) Total N
81 158,451 274 158,806

En el AMM
N
329 853,904 1,413 855,646

Total
N
410 1,012,355 1 687 1,014,452

%(a)
0.051 99.776 0.173 100

%(a)
0.038 99.796 0.165 100

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006) (a) Porcentajes por columna

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En Nuevo León se tienen 1,049,009 hogares en las viviendas particulares, distribuidos en 887,962 que equivalen a 84.65% del total para el AMM, y el resto (161,047 ó 15.35%) ubicados fuera del AMM. Tabla 6. Habitantes y viviendas, por estrato inicial
Estrato Inicial 2. NOAMM Habitantes 1. AMM Total de NL 2. NOAMM Viviendas 1. AMM Total de NL Habitantes por Vivienda 2. NOAMM 1. AMM Total de NL Total
600,695 3,598,597 4,199,292 158,806 855,646 1,014,452 3.783 4.206 4.139

Vivienda colectiva
2,908 11,696 14,604 81 329 410 35.901 35.550 35.620

Vivienda particular
597,787 3,586,901 4,184,688 158,725 855,317 1,014,042 3.766 4.194 4.127

Vp(a) regular
596,839 3,581,317 4,178,156 158,451 853,904 1,012,355 3.767 4.194 4.127

Vp(a) irregular
948 5,584 6,532 274 1,413 1,687 3.460 3.952 3.872

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006) (a) Vivienda particular

El estado cuenta con 5,218 localidades, 4,878 (93.48%) ubicadas fuera del AMM y 340 en el AMM. Un alto porcentaje (97.62%) de las localidades tiene menos de 500 habitantes y solamente en 49 localidades (18 del AMM y 31 fuera del AMM) residen 2,500 o más habitantes. Área Metropolitana de Monterrey En la tabla 7 se presenta la distribución del total de manzanas, viviendas y habitantes, por municipio del Área Metropolitana de Monterrey. En este estrato, Monterrey es el municipio que cuenta con los valores más altos, contrastando con el municipio de García, el cual muestra las frecuencias más pequeñas. En general, el promedio de viviendas (particulares y colectivas) por manzana es de 24.8, encontrándose aproximadamente 104 habitantes por manzana de la zona metropolitana de Monterrey (AMM). El total de viviendas del AMM es 855,646, siendo 855,317 viviendas particulares habitadas (regulares e irregulares) y el resto (329) corresponde a viviendas colectivas. Las viviendas particulares habitadas regulares son 853,904 y solamente 1,413 viviendas se clasificaron como irregulares. Las viviendas particulares habitadas cuentan con 3,586,901 habitantes, mientras que en las 329 viviendas colectivas se tienen a 11,696 personas. El promedio de habitantes por vivienda es 35.55 para las colectivas, 4.19 para viviendas particulares (véase la tabla 8). El total de hogares en viviendas particulares habitadas es de 887,962, encontrándose en promedio 1.04 hogares por vivienda.

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Tabla 7. Distribución de AGEBS, manzanas, viviendas y habitantes del Área Metropolitana de Monterrey, por Municipio Manzanas Municipio
Apodaca García San Pedro Garza García General Escobedo Guadalupe Juárez Monterrey Santa Catarina Total N 3,719 657 1,366 2,779 6,112 1,843 11,835 2,242 34,508 % 10.78 1.90 3.96 8.05 17.71 5.34 34.30 11.46 6.50 100

Viviendas
N 100,275 12,524 29,175 70,250 162,010 34,984 271,597 115,424 59,407 855,646 % 11.72 1.46 3.41 8.21 18.93 4.09 13.49 6.94 100

Habitantes
N 418,784 51,658 122,009 299,364 691,931 144,380 476,761 259,896 3,598,597 % 11.60 1.44 3.39 8.32 19.2 4.01 31.5 13.2 7.22 100

Viviendas Habitantes Habitantes por por por Manzana Manzana Vivienda

26.96 19.06 21.36 25.28 26.51 18.98 22.95 29.18 26.50 24.80

112.61 78.63 89.32 107.72 113.21 78.34 95.80 120.55 115.92 104.28

4.176 4.125 4.182 4.261 4.271 4.127 4.175 4.131 4.375 4.206

31.74 1,133,814

San Nicolás de los Garza 3,955

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006)

Tabla 8. Distribución de viviendas y habitantes, por municipio del AMM Viviendas Municipio
6. Apodaca 18. García 19. San Pedro Garza García 21. General Escobedo 26. Guadalupe 31. Juárez 39. Monterrey 46. San Nicolás de los Garza 48. Santa Catarina Total 100,275 12,524 29,175 70,250 162,010 34,984 271,597 115,424 59,407 855,646 Particulares Colectivas 100,269 12,519 29,156 70,248 161,971 34,974 271,380 115,400 59,400 855,317 6 5 19 2 39 10 217 24 7 329

Habitantes en Vp(a)
417,192 51,578 121,541 299,150 691,065 144,024 1,126,168 476,430 259,753 3,586,901

Promedio de habitantes en Vp(a)
4.161 4.120 4.169 4.258 4.267 4.118 4.150 4.129 4.373 4.194

Vc(b)
1,592 80 468 214 866 356 7,646 331 143 11,696

Vc(b)
265.33 16.00 24.63 107.00 22.21 35.60 35.24 13.79 20.43 35.55

Total

Fuente: Elaboración propia con base en datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006) (a) Vp = vivienda particular, (b) Vc = vivienda colectiva

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Diseño de muestreo Considerando la agrupación de las viviendas según su ubicación, se consideró una etapa inicial con dos estratos: (1) Área Metropolitana de Monterrey (AMM) y (2) Fuera del Área Metropolitana de Monterrey (NOAMM). En esta etapa se asignó la muestra de manera proporcional al tamaño del estrato, considerando al total de viviendas particulares habitadas como el tamaño. Por lo tanto 84.35% de la muestra se asignó al AMM y 15.65% al resto del estado. Posteriormente, dentro de cada una de estas dos áreas geográficas, se efectuó una segunda estratificación por municipio, asignándose la muestra según el tamaño del municipio, es decir proporcional al número de viviendas particulares habitadas del municipio. Para cada uno de los nueve municipios del AMM se seleccionó una muestra irrestricta aleatoria de viviendas particulares habitadas. Además, en cada uno de los 42 municipios ubicados fuera del AMM se seleccionaron muestras simples aleatorias de viviendas particulares. Dado que las muestras fueron independientes, se tiene que el diseño de muestreo utilizado fue el estratificado en cada una de las dos etapas, el municipio constituyó el estrato final. Tamaño de la muestra En la determinación del tamaño de la muestra se consideró que la proporción (π) es el principal parámetro a estimar, que el tamaño de la población objetivo es de 1,014,042 (N) y que se desea trabajar con intervalos bilaterales de 95% de confianza (α=.05). Además, se empleó un límite de error de estimación de .019 (±1.9%), un enfoque conservador (π = ½) y una tasa de no respuesta de 3.5% (λ = .035). Por lo que el número de viviendas particulares habitadas en la muestra debería de ser 2,750. Sin embargo, al efectuar la asignación de la muestra a cada estrato (municipio) se ajustó el tamaño de la muestra al entero inmediato superior por lo que el tamaño de la muestra final calculada (n) fue de 2,774. Con las condiciones antes mencionadas, al efectuar inferencia en los dos estratos iniciales (AMM y NOAMM) se garantiza que el límite de error de estimación para una proporción será inferior a .021 y .05, para el Área Metropolitana de Monterrey (AMM) y resto del estado de Nuevo León (NOAMM), respectivamente. Fórmula para determinar el tamaño de la muestra La fórmula empleada en la determinación del tamaño de la muestra ( ) es la que se obtiene al considerar el diseño de muestreo empleado, es decir el muestreo aleatorio estratificado, para estimar una proporción (π), con homogeneidad de varianzas y asignación proporcional al tamaño del estrato (Ni). En este caso, para L estratos la fracción de observaciones asignadas al i-ésimo estrato está dada por Wi = (Ni/N), con i = 1, 2, …, L. Por lo tanto;

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Donde:

, B es el límite de error de estimación. Considerando Z una variable

, se obtiene = = aleatoria con distribución normal estándar y 1.96, ya que se desean intervalos del (1-α) 100% = 95% de confianza. N es el tamaño de la población objetivo, π = (1-π) = ½ dado que se usó el enfoque conservador y λ es la tasa de no respuesta considerada. Metodología para obtener la muestra En cada uno de los municipios del estado de Nuevo León, se seleccionó una muestra simple aleatoria de viviendas particulares habitadas o conglomerados. Las viviendas particulares seleccionadas se ubicaron de acuerdo al Área Geoestadística Básica (AGEB) y manzana que pertenecen. Para cada vivienda en la muestra, se encontró la manzana en la que estaba ubicada y del total de viviendas que forman la manzana, de manera aleatoria se seleccionó una. Dado que no se tienen las direcciones de las viviendas, para la ubicación de éstas, el entrevistador se situó en la esquina más al noreste de la manzana que contenía al menos una vivienda particular en la muestra y desplazándose en sentido contrario al movimiento de las manecillas del reloj contó las viviendas hasta que encontró la (las) que formaba(n) parte de la muestra. Después de haber localizado la vivienda en donde se llevaría a cabo la entrevista, se solicitó la información al jefe o jefa de familia. Cuando las condiciones lo permitieron se efectuó la entrevista en la primera visita, de otro modo se programó revisitar la vivienda. Se efectuaron al menos tres revisitas a la vivienda (intentos de entrevista), antes de clasificarla como no respuesta. En las tablas 9 y 10 se proporciona la distribución de la muestra (n final) para cada uno de los municipios que componen los dos estratos iniciales, AMM y NOAMM.

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Tabla 9. Distribución de la muestra de 2,325 viviendas particulares habitadas, en cada uno de los 9 municipios ubicados en el Área Metropolitana de Monterrey (AMM) Municipio 6. Apodaca 18. García 19. San Pedro Garza García 21. General Escobedo 26. Guadalupe 31. Juárez 39. Monterrey 46. San Nicolás de los Garza 48. Santa Catarina Total Total V(a) 100 275 12 524 29 175 70 250 162 010 34 984 271 597 115 424 59 407 855 646 VC(b) 6 5 19 2 39 10 217 24 7 329 VPH(c) 100 269 12 519 29 156 70 248 161 971 34 974 271 380 115 400 59 400 855 317 n inicial 271.9 33.9 79.1 190.5 439.3 94.8 736.1 313.1 161.1 2 320 n final 272 34 80 191 440 95 737 314 162 2 325

(a) Total de viviendas; (b) Viviendas colectivas; (c) Viviendas particulares habitadas

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Tabla 10. Distribución de la muestra de viviendas particulares habitadas, en cada uno de los 42 municipios ubicados fuera del Área Metropolitana de Monterrey (NOAMM)
N° 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 Total Municipio 1. Abasolo 2. Agualeguas 3. Los Aldamas 4. Allende 5. Anáhuac 7. Aramberri 8. Bustamante 9. Cadereyta Jiménez 10. Carmen 11. Cerralvo 12. Ciénega de Flores 13. China 14. Doctor Arroyo 15. Doctor Coss 16. Doctor González 17. Galeana 20. General Bravo 22. General Terán 23. General Treviño 24. General Zaragoza 25. General Zuazua 27. Los Herreras 28. Higueras 29. Hualahuises 30. Iturbide 32. Lampazos 33. Linares 34. Marín 35. Melchor Ocampo 36. Mier y Noriega 37. Mina 38. Montemorelos 40. Parás 41. Pesquería 42. Los Ramones 43. Rayones 44. Sabinas Hidalgo 45. Salinas Victoria 47. Hidalgo 49. Santiago 50. Vallecillo 51. Villaldama Total V(a) 687 1,156 567 8,106 4,923 3,621 942 19,686 1,772 2,406 3,538 3,032 7,663 528 888 9,493 1,558 4,085 474 1,314 1,823 611 408 1,802 898 1,236 18,009 1,407 346 1,466 1,375 14,568 324 3,209 1,889 731 8,876 7,088 3,933 10,545 588 1,235 158,806 VC(b) 1 0 1 5 3 0 2 7 1 3 0 3 2 0 0 2 1 2 1 1 0 0 0 0 0 1 12 0 0 0 1 7 0 1 1 0 12 1 1 5 1 3 81 VPH(c) 686 1,156 566 8,101 4,920 3,621 940 19,679 1,771 2,403 3,538 3,029 7,661 528 888 9,491 1,557 4,083 473 1,313 1,823 611 408 1,802 898 1,235 17,997 1,407 346 1,466 1,374 14,561 324 3,208 1,888 731 8,864 7,087 3,932 10,540 587 1,232 158,725 n inicial 1.86 3.14 1.54 22.00 13.36 9.83 2.55 53.44 4.81 6.53 9.61 8.22 20.80 1.43 2.41 25.77 4.23 11.09 1.28 3.57 4.95 1.66 1.11 4.89 2.44 3.35 48.87 3.82 0.94 3.98 3.73 39.54 0.88 8.71 5.13 1.98 24.07 19.24 10.68 28.62 1.59 3.35 431 n final 2 4 2 22 14 10 3 54 5 7 10 9 21 2 3 26 5 12 2 4 5 2 2 5 3 4 49 4 1 4 4 40 1 9 6 2 25 20 11 29 2 4 449

(a) Total de viviendas; (b) Viviendas colectivas; (c) Viviendas particulares habitadas

2.5. El levantamiento, codificación y captura de los datos Selección y adiestramiento de encuestadores Se realizó un proceso de reclutamiento y selección de los entrevistadores entre estudiantes de nivel superior de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Se tuvieron diversas 17

reuniones de adiestramiento con los entrevistadores, los supervisores y los miembros del equipo de investigación. En tales reuniones de capacitación se revisó conjuntamente el instrumento para el levantamiento de los datos (la cédula de entrevista), se repasaron una por una todas las preguntas y se discutieron las modalidades de la aplicación. Se procuró que todos los implicados estuvieran familiarizados con el objetivo de la investigación. Entre las principales recomendaciones que se hicieron a los encuestadores, las cuales se plasmaron en un documento llamado “Instructivo para los encuestadores” (véase anexo 2), están las siguientes:
• • Deberían realizar las entrevistas preferentemente después de las cinco de la tarde, de lunes a viernes, o en cualquier horario los sábados y domingos. Al llegar a una casa, deberían explicar el motivo de la visita (de la entrevista) y preguntar por el jefe o jefa de la casa. Se entiende por jefe o jefa a aquellas personas que encabezan ese hogar, ya sean personas solas o parejas. Se podían aplicar las encuestas en hogares no familiares (por ejemplo en aquellos en donde vive una persona sola o donde viven personas no emparentadas que comparten el mismo techo). Antes de iniciar la entrevista, deberían explicar a la persona entrevistada el propósito de la investigación y mostrar la carta de presentación. Siempre deberían utilizar el gafete que se le proporcionó con el logotipo de la UANL y del DIF-NL. Deberían hacer la entrevista en el hogar que se les asignó. No debían cambiar o sustituir el hogar por otro. Si la jefa o jefe de familia no se encontraba, debían regresar más tarde u otro día.

• • •

• Para responder la entrevista únicamente escogerían a una persona en cada hogar, la cual debía ser “el señor” o “la señora” de la casa. • La totalidad de la entrevista debería aplicarse a la misma persona. No podían recabar unos datos de una persona y el resto de otra persona. • Deberían señalar, en cada entrevista, que se trataba de una entrevista anónima y que los datos serían confidenciales. Deberían explicar a la persona entrevistada que los resultados serían en términos de porcentajes y que nunca se haría referencia a un caso en particular. • • Deberían explicar a la persona entrevistada que si alguna pregunta no le gustaba, podía indicarlo y no contestarla. Se les hacía hincapié en que no olvidaran marcar la hora de inicio y de fin de la entrevista y que llenaran la cédula de entrevista con lápiz.

• Se les indicaba que no utilizasen los cuadros de codificación. Estos serían codificados posteriormente. Del mismo modo se les instruía para que si la persona entrevistada no respondía a alguna de las preguntas, la dejaran en blanco. • Si alguna pregunta no se aplicaba, deberían indicarlo claramente, para distinguirla de las que no tuvieran respuesta.

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• Deberían proceder a hacer la entrevista a un ritmo moderado. Se les recomendaba que no tratasen de hacerla demasiado rápido, ya que de esa manera podrían forzar a las personas a responder sin una reflexión adecuada para cada pregunta. • Deberían hacer las preguntas siempre en el mismo orden en el que aparecen en la cédula de entrevista. • Deberían hacer las preguntas tal y como están redactadas. No debían cambiar las palabras. Sólo si alguna pregunta no era comprendida por la persona entrevistada podrían explicársela con otras palabras. • Cuando se refiriesen a cuestiones sobre el matrimonio o divorcio debían siempre hacer alusión al último (en caso de que la persona hubiese estado casada o divorciada más de una vez). • En el cuadro de datos socio-demográficos de quienes viven en el hogar, deberían anotar los datos, incluyendo el parentesco, de todas las personas que viven en el mismo domicilio. • En los cuadros de datos socio-demográficos de los padres y de los hijos que no viven en el hogar, deberían anotar los datos de todos los que estén vivos y que no vivan en la misma casa. • Cuando preguntasen sobre la edad de la persona entrevistada deberían anotar los años cumplidos. • Cuando preguntasen los años de escolaridad que ha cursado la persona no debían incluir los años de preescolar ni los años repetidos (reprobados). • Se les recomendaba que no olvidasen anotar claramente la dirección de la casa en la que realizaron la entrevista. Se les indicaba claramente que no se considerarían las entrevistas que no incluyesen el domicilio, ya que ello era de suma importancia para la verificación.

Prueba piloto Una vez que se tuvo una versión preliminar del instrumento se procedió a hacer una prueba piloto, que consistió en la aplicación de 60 entrevistas para evaluar el instrumento, es decir, saber si todas las preguntas eran bien comprendidas por los entrevistados o si se presentaba alguna confusión. En base a la experiencia adquirida en esta prueba se modificó la redacción de algunas preguntas. El levantamiento de los datos Después de haber efectuado la prueba piloto, y hechos los ajustes necesarios en la cédula de entrevista, se procedió al levantamiento de los datos, el cual se realizó entre el mes de noviembre de 2009 y el mes de junio de 2010. En total se aplicaron 2,681 cédulas de entrevista, 93 menos que las previstas originalmente en el diseño de muestreo, aunque consistentes con el margen calculado de no respuestas, que fue de 3.5%. La duración promedio de las entrevistas fue de 32 minutos. Las personas entrevistadas fueron hombres y mujeres jefes(as) de hogar. Se decidió que solamente quienes se autodefinieran como jefes de hogar podían ser elegibles para ser entrevistados(as), pues se consideró que eran los únicos informantes calificados en función del tipo de preguntas que incluía la cédula de entrevista. 19

Participaron en el levantamiento de los datos 88 encuestadores, todos estudiantes universitarios, la mayoría de ellos estudiantes de la licenciatura y del posgrado de la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano de la Universidad Autónoma de Nuevo León6. Estos encuestadores estaban bajo el control de cuatro supervisores, también universitarios, cuyas funciones eran: • Hacer visitas a domicilios en los que se habían realizado entrevistas, con el propósito de verificar la veracidad de la información recabada. • Revisar las cédulas de las entrevistas realizadas para verificar que estaban bien hechas y que no había inconsistencias. • Llevar el control del levantamiento de los datos en función del plan de muestreo. • Planificar las visitas a las comunidades rurales. • Codificar los datos recabados. A todos los encuestadores se les proporcionó una carta de presentación, con el logotipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León y firmada por el coordinador de la investigación (véase el anexo 4). En dicha carta se explicaba brevemente el propósito de la investigación y se garantizaba el anonimato. Además, cada encuestador portaba un gafete, con los logotipos del DIF-NL y la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ello tenía el propósito de dar confianza a las personas que respondían a la entrevista, pues como es fácil suponer, la situación actual de inseguridad provoca que mucha gente sea reacia a abrir sus puertas a una persona desconocida. Codificación y captura de los datos A medida que las cédulas de entrevista se iban realizando y verificando, se inició la codificación de los datos. Esta tarea fue relativamente sencilla pues la mayoría de las preguntas eran de final cerrado, es decir, de alternativa fija. Para las preguntas de final abierto se creó un instructivo de codificación, con los códigos apropiados según el tipo de respuesta (véase el anexo 5). La captura de los datos (y su posterior verificación) se realizó por estudiantes de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Nuevo León y se trasladaron a una base de datos del Statistical Package for the Social Sciences (SPSS).

6 En el anexo 3 se encuentra el listado de todas las personas que participaron en el levantamiento de los datos.

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3. Resultados 3.1. Introducción
Como hemos señalado, se aplicaron un total de 2,681 entrevistas en los 51 municipios del Estado de Nuevo León, tanto en sectores urbanos, como rurales. Fueron aplicadas 2,235 encuestas en los nueve municipios del área metropolitana de Monterrey (83.4%) y 445 en municipios de fuera del AMM (16.6%). De total de estas encuestas, el 87.6%, es decir 2,340, fue aplicado en localidades de más de 20,000 habitantes, casi todas en municipios pertenecientes al área metropolitana de Monterrey. De las restantes, 7.2% fueron hechas en comunidades estrictamente rurales de hasta 2,500 habitantes y 5.3% en localidades intermedias de entre 2,501 y 20,000 habitantes, la mayoría de ellas en municipios que no corresponden al área metropolitana de Monterrey.

A diferencia de la Encuesta Nacional de Dinámica Familiar de 2005 (DIF e IIS-UNAM, 2005), en este caso fueron entrevistados únicamente los jefes y jefas del hogar, y no cualquier persona mayor de 18 años. Se decidió hacerlo así, pues se consideró que no cualquier adulto del hogar podía ser tomado en cuenta como informante calificado, dada la naturaleza de las preguntas incluidas en la cédula de entrevista. La determinación de quién era el jefe o jefa del hogar era realizada por los propios habitantes de cada hogar, criterio que corresponde con el utilizado por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática) (cfr. INEGI, 2001a). El 27.5% de las entrevistas (n=738) se realizaron con varones y 72.5% con mujeres (n=1943). Ello responde a que normalmente es más fácil que sean las mujeres quienes se encuentren en casa cuando llega un encuestador, por el simple hecho que la mayoría no tienen empleo extradoméstico. De hecho, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, en el segundo trimestre de 2010 la tasa de participación femenina en actividades

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económicas era de 46% entre la población femenina de 14 años y más. Si consideramos a las mujeres casadas, ese porcentaje disminuye considerablemente (cfr. INEGI, 2010).

3.2. Datos sociodemográficos de los hogares
Casi la mitad de los entrevistados (49.2%) son originarios de Monterrey o de alguno de los municipios que conforman el área metropolitana. 32.1% viene de otros estados y 0.2% del extranjero; 8.1% nació en otra ciudad de Nuevo León y 10.4% en medios rurales del Estado de Nuevo León, ya sea en rancherías o pueblos pequeños.

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La edad promedio de los entrevistados fue de 48.2 años (50.3 años los hombres y 47.3 años las mujeres). Para quienes tenían pareja en el momento de la entrevista, la edad promedio de su pareja fue de 47.2 años. El 24.5% de los entrevistados tienen 60 años o más y en el 25.6% de los hogares hay al menos una persona de más de 65 años. Pero con el proceso de envejecimiento que tanto el país como el estado de Nuevo León están experimentando es de esperar que cada vez habrá más hogares multigeneracionales. A medida que los países se han ido desarrollando, se han reducido substancialmente las tasas de natalidad y de mortalidad al tiempo que se han incrementado las expectativas de vida. Al haber menos nacimientos y más personas alcanzando edades avanzadas se presenta el fenómeno de “envejecimiento de la población”. Tal es el caso actualmente de los países industrializados de Occidente y, con seguridad, tarde o temprano los países de economías emergentes —como los de Latinoamérica— pronto llegarán a esta situación7. En todas las sociedades el envejecimiento es parte del proceso vital de los individuos; siempre lo ha sido, pues la vejez es inherente a la vida misma, a menos que ésta se vea
7 La creencia de que este fenómeno y sus consecuencias son preocupación exclusiva de los países desarrollados se opone

a las realidades y previsiones sobre la magnitud, características y heterogeneidad de este proceso en los países en desarrollo. De hecho, actualmente los países en vías de desarrollo están envejeciendo a un ritmo más rápido que los países industrializados (National Institut on Aging, 2001).

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interrumpida precozmente. Por tal motivo, se puede decir que es un fenómeno universal. No obstante, las características y el significado del envejecimiento no son estáticos, sino que adquieren formas específicas de acuerdo al contexto social en donde se produce. La definición misma de la vejez puede variar enormemente de una sociedad a otra y de un momento histórico a otro, pues como dicen Ulysse y Lesemann (1997) “no se envejece hoy como se envejecía ayer”, a lo que podríamos agregar que no se envejece igual en el campo que en la ciudad o tampoco en Nuevo León o en Chiapas. Esto es así porque, además del deterioro corporal que caracteriza al envejecimiento, existen dimensiones sociales, culturales y psicobiológicas que acompañan al proceso. Según Redondo (1990), la dependencia económica y de cuidados constituye uno de los aspectos primordiales en el análisis de la subordinación social de la vejez. Pero la relación que se establece entre el fenómeno de la vejez y de la familia no puede ser vista tan sólo de manera mecánica en el sentido de tener que ocuparse de los ancianos. Las necesidades de los ancianos están lejos de circunscribirse de manera exclusiva a la dimensión económica o a la necesidad de atención médica. Quizás uno de los problemas mayores que enfrentan muchas personas al envejecer es el profundo sentimiento de soledad y la sensación de ser inútiles. En esta dimensión, la familia juega un papel que no puede ser transferido a ninguna otra institución. La calidad de los vínculos afectivos, familiares y sociales que mantienen las personas con sus semejantes inciden de manera importante sobre su bienestar físico y psicológico: algunas investigaciones han demostrado que existe una estrecha relación entre el bienestar físico y psicológico de los ancianos y su capacidad de realizarse como personas. Así, los ancianos que no tienen intercambios afectivos significativos, que sienten una profunda soledad o que se sienten inútiles, tienen más posibilidades de tener mala salud que aquellos que pueden llenar estas necesidades (Champagne, Ladouceur, De Ravinel y Stryckman, 1992:101). La escolaridad promedio de los entrevistados es de 8.7 años para las mujeres y de 9.5 para los hombres8. Tabla 11. Edad y escolaridad promedio del jefe del hogar y de su pareja Edad promedio del jefe(a) del hogar Edad promedio jefe hogar varón Edad promedio jefe hogar mujer Edad promedio de la pareja Escolaridad promedio del jefe(a) del hogar Escolaridad promedio del jefe varón Escolaridad promedio del jefe mujer Escolaridad promedio de la pareja 48.2 años 50.3 años 47.3 años 47.2 años 9.0 años 8.7 años 9.5 años 9.6 años

Si bien la escolaridad promedio de los entrevistados de ambos sexos es de 9 años, podemos encontrar variaciones de acuerdo con el estado civil y la edad.
8 Los datos del conteo de población y vivienda arrojan para Nuevo León una media de 9.7 años para los hombres y 9.2 para las mujeres (INEGI, 2006).

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Gráfica 4. Promedio de escolaridad de los entrevistados, según su estado civil

Es de resaltar el hecho de que la mayor escolaridad la tiene el grupo de personas divorciadas, con 12.4 años en promedio, seguido por los solteros, con 10.7 años. De hecho, en un estudio sobre el divorcio que actualmente está en curso en la región metropolitana de Monterrey (Ribeiro, 2010b), encontramos que el promedio de escolaridad de los divorciados es de 14.4 años, muy superior al promedio de escolaridad del resto de la población9. El grupo menos escolarizado lo conforman el grupo de viudos y viudas, que tienen apenas 5.4 años de escolaridad en promedio, lo cual se explica, al menos en parte, por la mayor edad de las personas en esta categoría, ya que cuando estas personas eran jóvenes el acceso a la escuela estaba más restringido y era más difícil permanecer por largos períodos en ella. Así, en relación con la edad vemos que las generaciones más jóvenes tienen, en promedio, mayor escolaridad que los de mayor edad, y ello se debe a la expansión de la cobertura educativa de las últimas dos o tres décadas, lo que ha favorecido la inserción y permanencia en la escuela.

9 Si bien este dato es superior al encontrado en este estudio, ello se debe a que hace referencia únicamente a la población urbana del área metropolitana de Monterrey y no a todo el estado de Nuevo León, como es el caso que aquí nos ocupa.

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Gráfica 5. Promedio de escolaridad de los entrevistados por grupos de edad

Con respecto al estado civil, en el momento de la entrevista 69.3% de los jefes de hogar estaban casados y 6.7%% estaban en unión libre, lo que suma 75.7% de los hogares encabezados por una pareja conyugal. Adicionalmente, 6.4% de los jefes de hogar entrevistados eran solteros, 2.6% divorciados, 5.3% separados y 9.7% viudos. Si lo analizamos por sexo del jefe de hogar, encontramos que hay un poco más de hombres casados (73.8%) que de mujeres casadas (67.6%), hay casi dos veces más mujeres separadas (6.1%) que hombres (3.3%) en la misma condición y son más numerosas las viudas (10.6%) que los viudos (7.2%).

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Gráfica 6. Estado civil del jefe del hogar (%)

Gráfica 7. Estado civil del jefe del hogar, según sexo (%)

En casi el 8% de los hogares el jefe(a) de hogar está separado(a) o divorciado(a). De hecho en una gran proporción (13.3%) de los hogares encuestados aparecen personas separadas o divorciadas, en ocasiones acompañados(as) por sus hijos, viviendo en la casa de sus padres10. Esto se relaciona con el incremento sin precedentes en las tasas de divorcio que se
10 Es posible que el número de personas separadas sea un poco mayor al reportado en la encuesta, ya que en algunos

casos las personas separadas se declaran como solteras, sobre todo si la unión duró poco y no tuvieron hijos.

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han observado en los últimos años en Nuevo León, las cuales se han más que triplicado, pasando de 6.3 divorcios por cada cien matrimonios en el año 1999 (INEGI, 2008a) a 24.4 divorcios por cien matrimonios en el año 2008 (INEGI, 2009a) (Gráfica 8). La relación entre divorcios y matrimonios de Nuevo León casi duplica a la que se observa en el conjunto del país, la cual es de 13.9 (INEGI, 2009a). Gráfica 8. Relación de divorcios por cada cien matrimonios en Nuevo León, 1999-2008

Fuente: INEGI (2009b).

Cabe señalar que el incremento real de los divorcios, aunque muy importante, es un poco menor de lo que aparenta en la gráfica 8, ya que al establecer una relación entre los matrimonios y los divorcios, tales datos reflejan no únicamente el aumento en el número de divorcios, sino también la declinación en el número de matrimonios (gráfica 9). Gráfica 9. Evolución de los matrimonios y divorcios en Nuevo León, 1999-2008

Fuente: INEGI (2009b).

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Entre quienes estaban casados o unidos, la gran mayoría se han casado o unido una sola vez (91.8%), aunque encontramos a 7.3% de jefes y jefas de hogar que se ha casado dos veces y 0.8% que lo ha hecho en más de dos ocasiones. Es de esperar que, si continúa la tendencia creciente en las tasas de divorcio, presenciaremos en los próximos años un aumento importante en las tasas de segundas y terceras nupcias y, consecuentemente, un incremento significativo en la proporción de familias reconstituidas (gráfica 10). Gráfica 10. Número de veces que ha estado casado o unido el jefe del hogar (%)

La edad promedio a la primera unión fue de 23.6 años para los hombres y de 20.8 años para las mujeres. La edad promedio de la unión con la pareja actual (que incluye tanto a quienes se han casado una sola vez como a aquellos que se han casado en más de una ocasión) fue de 24.3 años para los hombres y de 21.95 años para las mujeres11. El tiempo promedio que ha transcurrido desde que tienen el estado civil actual (reportado en la entrevista) es de 20 años para las mujeres y de 22.9 años los hombres. La gráfica 11 muestra el tiempo transcurrido desde que se casaron, según el sexo del entrevistado.

11 La edad media a la primera unión que presentamos incluye tanto a quienes se casaron por vía legal o religiosa como a quienes están en unión libre.

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Gráfica 11. Duración media del estado civil actual de los entrevistados, según sexo del entrevistado(a) (en años)

En lo que respecta a la fecundidad, el número medio de hijos nacidos vivos por hogar es de 3.19. Si tomamos solamente a la población femenina que respondió la encuesta (puesto que usualmente las medidas de fecundidad se hacen en referencia a las mujeres), el promedio de hijos nacidos vivos es de 3.2 por mujer, aunque como es lógico hay diferencias importantes en el número medio de hijos según el grupo de edad de la mujer. Gráfica 12. Promedio de hijos nacidos vivos de mujeres por grupos de edad

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La fecundidad ha ido decreciendo en el estado de Nuevo León desde hace cuatro décadas, como se observa en la gráfica 14. No obstante, la disminución en el número medio de hijos nacidos vivos por mujer no se presenta igual en todas las capas de la sociedad. Así, la gráfica 14 nos muestra claramente que existe una importante correlación entre el grado de escolaridad de las mujeres y su fecundidad, ya que entre aquellas que tienen entre cero y cinco años de escolaridad el promedio de hijos nacidos vivos es de 5.2, contra 2.1 entre aquellas que tienen al menos 13 años de escuela. Gráfica 13. Evolución de las tasas de natalidad* en Nuevo León, 1970-2005

Fuente: INEGI (2008a). * Nacimientos por cada mil habitantes

Gráfica 14. Número promedio de hijos por mujer, según años de escolaridad

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Preguntamos a los entrevistados si sus parejas habían tenido hijos que no fuesen suyos. En 187 casos la respuesta fue afirmativa. Para los cuarenta y cuatro hombres que se encuentran en dicha situación el promedio de hijos que tuvieron sus esposas en otras relaciones fue de 2.6 y para las 143 mujeres esta cifra asciende a 2.4. El número promedio de integrantes por hogar es de 4.11, que corresponde muy bien con lo reportado en el II conteo de población y vivienda de 2005, el cual indica que para nuevo León el promedio es de 4.19 miembros por hogar (INEGI, 2006).

3.3. Tipos de hogares y de familias
Al igual que en la Encuesta Nacional de Dinámica Familiar (DIF e IIS-UNAM, 2005), consideramos que la familia no es un ente aislado y autárquico, sino que forma parte de un sistema que incluye a los parientes y, en ocasiones, a otras personas. Sin embargo, a diferencia de la encuesta nacional, aquí nos enfocamos a la familia censal, es decir, al grupo de personas emparentadas que viven en la misma vivienda, aunque tomamos datos de los parientes directos en línea ascendente y descendente que no viven en el hogar. La cuestión de estas diferencias es que mientras en la encuesta nacional hay un gran énfasis puesto en las redes sociales y familiares, en nuestro caso nos interesamos más por las interacciones que ocurren principalmente al interior de la unidad doméstica, aunque no dejamos de lado las interacciones con los padres y/o con los hijos que no viven en la misma casa. No tenemos, sin embargo, datos sobre las interacciones con parientes colaterales, como hermanos o primos, salvo algunas referencias incluidas en ciertas preguntas de la encuesta. El INEGI clasifica a los hogares en familiares y no familiares. Los primeros pueden ser nucleares, ampliados o compuestos, mientras los segundos son clasificados como unipersonales (donde vive una persona sola) y de corresidentes (sin parentesco entre sus miembros). Los hogares familiares nucleares, para el INEGI, son aquellos que están formados por un solo núcleo básico, ya sea una pareja, una pareja con sus hijos o bien hogares monoparentales simples. Los hogares ampliados son aquellos que tienen un núcleo básico más otros parientes, y los compuestos consisten en hogares nucleares o ampliados en los que se encuentran viviendo otras personas no emparentadas con el jefe del hogar. Nosotros hemos decidido utilizar otras clasificaciones, para dar una imagen un tanto más precisa de la compleja diversidad de los arreglos familiares que existen en Nuevo León. Primero, hacemos un acercamiento a través de una clasificación que ha sido ampliamente utilizada en sociología (cfr. Leñero, 1987), en la que dividimos a los hogares en familiares y no familiares, pero haciendo una clasificación de los primeros en tres categorías: nucleares, extensos y compuestos. En esta primera clasificación de los hogares, los nucleares son definidos tal como lo hace el INEGI, pero los extensos serían aquellos hogares que albergan tres generaciones, ya sean con un núcleo monoparental o biparental, o bien dos generaciones, pero con alguno(s) de los hijos viviendo con su propia pareja en el hogar paterno. Los hogares compuestos, en cambio, serían aquellos hogares que tienen un núcleo y al que se añaden otros parientes colaterales. En ambos casos puede haber personas no emparentadas viviendo en la misma casa. No utilizamos el concepto de hogar compuesto del INEGI, pues hay muy pocos hogares de este tipo; según la Encuesta Nacional de Dinámica de los hogares, sólo el 0.3% del total corresponde a esta categoría (DIF e IISUNAM, 2005). 32

Gráfica 15. Tipos de hogar (%)

Bajo esta clasificación, observamos que poco más de las dos terceras partes (67.7%) de los hogares son nucleares, 22.3% son extensos y 2.7% compuestos. Sólo el 7.4% de los hogares no son familiares, siendo 1.4% del total hogares de corresidentes (que pueden incluir a parientes colaterales que no forman una familia en el sentido estricto, como hermanos o primos viviendo bajo el mismo techo) y 6% hogares unipersonales. Es interesante ver como hay una gran similitud con los datos encontrados en la Encuesta Nacional de Dinámica Familiar emprendida bajo iniciativa del DIF nacional en 2005, ya que en dicha encuesta el porcentaje de familias nucleares reportado fue de 67.9%, el de familias extensas (que incluye también a las que nosotros llamamos compuestas) fue de 25.5% y los hogares unipersonales fue de 5.9% (DIF e IIS-UNAM, 2005). En la tabla 12 presentamos una clasificación, un tanto más detallada, de estas formas de arreglos de las unidades domésticas. Cabe señalar que la elaboración de una clasificación de este tipo puede variar y ser interpretada de distintas maneras, ya que intervienen en su construcción diversos criterios y variables. Así por ejemplo, una misma familia podría ser considerada como monoparental si tomamos como criterio que la madre sola (viuda, separada o divorciada) es la jefa de la familia, o simplemente como extensa, si consideramos que la jefatura recae en sus hijos. Esto es importante —tanto desde la óptica de una interpretación del fenómeno familiar como desde la perspectiva de la planeación de una política pública— pues no es lo mismo una madre joven o de mediana edad que tiene que enfrentar las dificultades y avatares de la vida diaria ella sola y ser proveedora para sus hijos todavía dependientes, que una persona mayor que, al enviudar, se fue a vivir con la familia de alguno de sus hijos, en cuyo caso los demás miembros del hogar familiar no dependen de dicha mujer.

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De tal suerte, hemos separado los hogares monoparentales según quién tiene la jefatura del hogar, y hemos dividido a los hogares extensos y nucleares en varios sub-tipos, aunque reconocemos que al interior de dichos sub-tipos pueden hacerse aún más precisiones, elevando el número de formas de organización doméstica. Pero al mismo tiempo, es preciso señalar que hay diversas condiciones que hacen más compleja la tarea de hacer una tipología familiar y que le pueden restar cierto grado de precisión. Así por ejemplo, no sabemos si un hogar que ha sido catalogado como extenso constituye en realidad una forma permanente de hogar extenso o si su dinámica corresponde a la concepción que nos hacemos de un hogar extenso. Tomemos el caso de un hogar en donde encontramos claramente a tres generaciones emparentadas entre sí en línea vertical. Puede tratarse de una situación esporádica, en la que una familia nuclear se une por un corto período a la familia de sus padres mientras consiguen una casa, e incluso puede darse el caso de que se trate de dos familias nucleares, emparentadas entre sí en línea vertical (padres, hijos y nietos) y que viven bajo el mismo techo, pero que funcionan como dos familias nucleares independientes, sin compartir necesariamente el mismo presupuesto y sin estar sujetos a una sola autoridad familiar. Del mismo modo, la definición de jefe de hogar no representa lo mismo para todos los casos. Para algunas familias el jefe de hogar puede ser la persona que más dinero aporta a la casa; pero también puede ser simbólica y ser otorgada a la persona de mayor edad o a la que ejerce mayor autoridad. Resulta pues que al elaborar una tipología como la que aquí proponemos, dos investigadores pueden llegar a conclusiones distintas al observar el mismo fenómeno. Brindar detalles más específicos a este respecto es algo que sobrepasa las pretensiones de la encuesta cuyos resultados aquí presentamos. Para ello sería necesario hacer un estudio específico, incluyendo un mayor número de dimensiones y de variables relacionadas con la organización familiar y excluyendo muchas de las variables que hemos incluido en el presente estudio. En esta clasificación ampliada podemos ver que la familia nuclear típica, compuesta por los dos padres y sus hijos apenas constituye el 48% de todos los hogares, correspondiendo 42.1% a familias nucleares típicas y 5.9% a familias nucleares reconstituidas, es decir aquellas en donde al menos uno de los cónyuges estuvo previamente casado o en unión consensual. De hecho, si tomamos el conjunto de hogares familiares que están encabezados por una pareja, independientemente de si son nucleares o no, el 13.2% pueden ser clasificados como hogares reconstituidos12. Estos datos son de suma relevancia, ya que nos muestran que los arreglos familiares distan mucho de la visión simplista, que pretende ser universal, que considera que la familia es un grupo primario formado exclusivamente por los padres y sus hijos. Los datos muestran claramente que poco menos de la mitad de los hogares se apega a esta visión idealizada de la familia y que, en cambio, encontramos una multiplicidad de formas de arreglos y de organización que muestra lo compleja que es la realidad familiar.

12 La manera en que consideramos aquí el término “familia reconstituida” o “familia reconstruida” no implica

necesariamente que los hijos vivan con un padre biológico y uno no biológico. Agrupamos bajo esta categoría a todas aquellas familias encabezadas por una pareja en la que al menos uno de los dos cónyuges estuvo previamente en una unión conyugal, ya fuese esta por matrimonio vincular o por unión consensual.

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Tabla 12. Tipos de familia y de hogares (%)
6.0 1. Persona sola 10.6 2. Pareja sola 42.1 3. Pareja con hijos (nuclear) 5.9 4. Pareja con hijos en la que el hombre o la mujer estuvo previamente casado(a) 6.6 5. Mujer sola con hijos (monoparental encabezada por mujer) 1.0 6. Hombre solo con hijos (monoparental encabezada por varón) 10.9 7. Tres generaciones con pareja en la jefatura (extensa) 0.4 8. Tres generaciones con pareja en la jefatura + otros parientes 4.4 9. Tres generaciones con mujer sola como jefa (monoparental femenina extensa) .9 10. Tres generaciones con hombre solo como jefe (monoparental masculina extensa) 2.6 11. Nuclear + otros parientes colaterales (compuesta) 0.6 12. Mujer sola con hijos y otros parientes (Monoparental femenina compuesta) 0.2 13. Hombre solo con hijos + otros parientes (Monoparental masculina compuesta) 1.2 14. Unidad familiar atípica (hermanos viviendo juntos, etc.) 0.2 15. Unidad de corresidencia (residentes sin parentesco entre ellos) 0.5 16. Abuelos con nietos (sin hijos) 0.1 17. Abuelos con nietos y bisnietos (sin hijos) 0.8 18. Extensa con jefatura de hijos 2.9 19. Monoparental femenina extensa jefatura hijos 1.0 20. Monoparental masculina extensa jefatura hijos 0.2 21. Abuela con nietos (Monoparental Femenina) 0.5 22. Monoparental femenina con jefatura de hijos 0.3 23. Monoparental masculina con jefatura de hijos 0.0 24. Monoparental femenina extensa compuesta con jefatura de hijos 0.0 25. Monoparental masculina extensa compuesta con jefatura de hijos 0.0 26. Monoparental femenina compuesta con jefatura de hijos 0.0 27. Abuela con nietos y bisnietos Total 100.0 Nota: En la encuesta encontramos casos de todos los tipos de hogares reportados en esta clasificación. Si algunos casos aparecen como 0% es porque son escasos y no alcanzan a sumar al menos un 0.1%.

Observamos así formas no comunes de organización familiar, como abuelos (en pareja o solos) viviendo con sus nietos —muchas veces menores de edad; a abuelos con nietos y bisnietos; a familias en donde conviven bajo el mismo techo una pareja con sus hijos, acompañados por el padre y el suegro viudos del jefe de hogar; hogares monoparentales simples, compuestos y extensos (con jefatura en ocasiones femenina y en otras menos frecuentes masculina). Incluso encontramos, sin que ello fuese una pretensión de la encuesta, a 5 familias encabezadas por parejas del mismo sexo (una con pareja sola y 4 nucleares, es decir parejas con hijos); en una de estas familias la pareja estaba compuesta por dos hombres y cuatro de ellas eran parejas de mujeres. Ello muestra que, más allá de cualquier discusión ideológica al respecto, es un fenómeno que existe y que muy posiblemente tienda a crecer en los años venideros. El 18.7% de todos los hogares pueden ser considerados monoparentales, ya sean estos seminucleares, extensos o compuestos, aunque esta cifra disminuye a 13.7% si restamos aquellos hogares en donde la jefatura recae en los hijos. Entre los hogares monoparentales encabezados por mujeres, el 16.3% están encabezados por madres solteras, lo que muestra la fuerte incidencia de este fenómeno, aunque cabe 35

mencionar que en 4.9% del total de hogares de la muestra encontramos viviendo a mujeres solteras con sus hijos, aunque no en todos los casos son ellas las jefas del hogar, sino que se encuentran viviendo con sus propios padres o con otros parientes. Los datos muestran que en Nuevo León, se están incrementando los nacimientos de hijos de mujeres solteras, que entre 1993 y 2005 pasaron del 4.7% al 5.7% de todos los nacimientos. En el área metropolitana de Monterrey el crecimiento fue ligeramente menor, ya que en el mismo período pasaron de 4.8% a 5.6% (INEGI, 2008a). La mayoría de estos hogares monoparentales están conformados por mujeres viudas como jefas de la familia, llegando a constituir el 45.3% de todas las familias monoparentales encabezadas por mujeres. Resalta la incidencia, que parece creciente, de la proporción de familias de este tipo encabezadas por mujeres divorciadas y separadas, que en conjunto constituyen el 38.3% de este tipo de familias. Las tendencias que hemos observado a partir de diversos indicadores, pero particularmente a través del crecimiento de las tasas de rupturas matrimoniales auguran que en breve la mayoría de los hogares monoparentales femeninos tendrán su origen precisamente en los divorcios y separaciones conyugales (cfr. Ribeiro, 2010a). Gráfica 16. Hogares monoparentales femeninos, según origen de monoparentalidad (%)

En cuanto a las familias nucleares de la muestra, que constituyen el 67.7% del total de hogares encuestados, un 70.9% representa a hogares nucleares completos (62.2% de nucleares típicos y 8.7% de nucleares reconstituidos); 15.6% atañe a parejas solas, 12.7% son familias monoparentales simples (a los que algunos autores llaman familias seminucleares) y 0.7% corresponde a abuelos con nietos.

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Gráfica 17. Tipos de familias nucleares (%)

Entre los hogares no familiares encontramos 6% de hogares unipersonales, 1.2% de unidades familiares atípicas (donde viven personas emparentadas entre sí pero que estrictamente no forman una familia (tíos y sobrinos, primos, hermanos, etc.) y 0.2% de unidades de corresidencia. Gráfica 18. Tipos de hogares unipersonales, según estado civil (%)

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La mayoría de los hogares en los que habita una persona sola están compuestos de personas viudas (45%), lo que resulta normal si tomamos en consideración el acelerado proceso de envejecimiento poblacional, el cual es consecuencia de la segunda fase de la transición demográfica, que implica una reducción de las tasas de natalidad y de mortalidad y que se acompaña por un incremento en la esperanza de vida de las personas (cfr. Ham, 2003). No obstante resalta el hecho notable de un incremento en los hogares formados por personas divorciadas y separadas, que juntas llegan a ser un 26.3% del total de los hogares unipersonales.

3.4. Trabajo extradoméstico e ingresos
En el caso de nuestra encuesta, encontramos que el 63% de los hombres y el 29.6% de las mujeres encuestados trabajaba o realizaba alguna actividad económica en el momento de la entrevista. La mayoría de quienes trabajan tienen un empleo fijo (71.5% hombres y 70.4% mujeres). El número de horas promedio que los varones trabajan por semana es de 44.3 horas, y entre las mujeres este promedio es significativamente menor (36.2 horas), pues es mayor la proporción de mujeres de de varones que realizan actividades a tiempo parcial. Al preguntar a los encuestados que se encuentran en unión conyugal sobre el trabajo de sus cónyuges, los hombres respondieron que sus parejas realizan una actividad económica en el 46% de los casos, mientras que para las mujeres esta proporción llegó al 83.2%. Estas cifras, como puede apreciarse, son sensiblemente mayores que las de los encuestados. Entre quienes no trabajaban, se encuentran principalmente pensionados y jubilados (sobre todo entre la población masculina) y algunos casos de personas sin empleo. Además, en cada hogar trabajan en promedio 1.6 personas. Tabla 13. Datos sobre el trabajo de los jefes de hogar, según sexo (%) Hombres Sí No Trabajo del jefe de hogar (porcentaje) Trabajo de la pareja del jefe del hogar ¿Trabajaba antes de casarse? ¿Trabajaba su pareja antes de casarse? ¿Su trabajo es fijo? Horas por semana que trabaja jefe del hogar Horas por semana que trabaja la pareja del jefe del hogar 63.0 83.2 90.7 46.0 71.5 44.3 40.8 37.0 16.8 9.3 54.0 28.5 Mujeres Sí No 26.9 46.0 71.6 83.2 70.4 70.4 54.0 28.4 16.8 29.6

36.2 47.6

Una de las primeras cosas que llaman nuestra atención es que cuando preguntamos a los entrevistados si tenían un empleo o actividad económica antes de casarse o unirse, el 90.7% de los hombres y el 71.6% de las mujeres respondieron afirmativamente. Sin embargo, es notorio observar que al estar casadas o formar una familia, la mayoría de las mujeres deben abandonar el empleo pues, como hemos señalado, sólo 3 de cada diez entrevistadas reconocieron que desempeñaban alguna actividad que les proporcionaba ingresos.

38

Gráfica 19. Porcentaje de jefes de hogar que tenían empleo en el momento de la entrevista, según sexo y estado civil (%)

Al analizar los datos por estado civil se observa que, entre los viudos, las tasas de participación económica son muy bajas, tanto para los hombres como para las mujeres, ya que predominan en este grupo las personas mayores que ya se retiraron de la vida laboral. Pero también llama la atención que la participación femenina es muy baja entre quienes están casadas o en unión libre, pues todo parece indicar que sigue predominando una estructura familiar de tipo patriarcal, aunque debilitada, y en consecuencia resulta difícil para las mujeres mantenerse en el mercado de empleos y conciliar sus actividades familiares y profesionales. En contraste, son relativamente altos los porcentajes de participación económica de las divorciadas, separadas y solteras dado que, en muchos casos, ellas constituyen el único soporte material para sus familias. 3.4.1. Trabajo de las mujeres En Nuevo León, en el cuarto trimestre de 2007, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo mostraba que había 3.2 millones de personas mayores de 14 años, de las cuales 50.2% eran mujeres. De esta población femenina, 744 mil (45.7%) eran económicamente activas y 885 mil (54.3%) eran no económicamente activas; asimismo, 95.5% de las mujeres económicamente activas estaban ocupadas (INEGI, 2008b). Esta tasa se ha incrementado sustancialmente en las últimas décadas, pues en 1950 la población económicamente activa femenina (ocupada y desocupada) era de apenas 13.3% en el estado de Nuevo león y 20% en Monterrey (DGE, 1953). Además, es importante resaltar que antes la mayoría de las mujeres que trabajaban eran solteras y que actualmente se ha incrementado sustantivamente el número de trabajadoras casadas. En una investigación realizada en 1989 en dos de los municipios del área metropolitana de Monterrey, encontramos que, en una muestra de 2,007 mujeres casadas o unidas, solamente 15.7% de 39

las entrevistadas declararon tener algún tipo de empleo fuera del hogar y 8.1% desempeñaban alguna actividad económica dentro de su casa (lavar ropa ajena, vender productos a vecinas, etc.) (Ribeiro, 1989). En la misma investigación se constató que la mayoría de las mujeres (67.4%) habían ejercido un empleo antes de contraer matrimonio, pero la mayoría tuvo que dejarlo precisamente a causa de sus responsabilidades familiares. Algunas investigaciones realizadas en el pasado, referentes a la familia y al trabajo de la mujer en México (Leñero, 1968, 1992; Elu, 1975a), han evidenciado el hecho de que, para la cultura conservadora, el trabajo femenino ponía en riesgo el equilibrio de la vida tradicional y el proceso de dependencia de la mujer13. Particularmente entre las capas más desfavorecidas de la sociedad se consideraba que era el hombre quien debía proveer y satisfacer las necesidades de la familia; de no ser así, sentían que su virilidad era cuestionada. Los datos obtenidos hace dos décadas por Leñero (1992) en la ciudad de Monterrey mostraban que la mayoría de los varones entrevistados no estaba de acuerdo en que su esposa trabajase fuera del hogar (66%), ni que ganase más dinero que ellos (59%), mucho menos que se interesara más en un trabajo que en las cosas del hogar (92%). En cambio, en un estudio más reciente realizado en Monterrey (Ribeiro, 2002), se encontró que el 90.6% de los hombres cuyas esposas tenían alguna actividad extradoméstica aseguró que no tenían inconveniente en que su esposa tuviese un empleo. Del mismo modo, sólo el 6.5% de las mujeres casadas que tenían algún empleo señaló que su marido se oponía a su trabajo fuera del hogar. Estos datos reflejan que en poco tiempo se ha gestado un cambio importante en términos de la aceptación del trabajo de la mujer y, sobre todo, del trabajo extradoméstico de las mujeres casadas o unidas. Sin embargo, en ese mismo estudio se descubrió que si bien la mayoría reconocía que no había problemas con el hecho de que la esposa tuviese un empleo, existía un buen número de casos que creían que sí afectaba a la familia: el 12.9% de los esposos y el 24.1% de las esposas así lo estimaron. Adicionalmente, el 12.8% de los varones y el 29.6% de las mujeres opinaron que el empleo de la esposa propiciaba dificultades en el matrimonio, lo cual no es de extrañar, ya que la situación que genera el empleo de la mujer, al proporcionarle un ingreso y al competir con sus papeles tradicionales de madre y esposa, rompe con las estructuras tradicionales de la familia patriarcal y plantea nuevos escenarios de interacción y de procesos decisionales al interior de las familias. En el caso de la encuesta que aquí nos ocupa, cuando preguntamos a los hombres casados cuyas esposas tenían un empleo en el momento de la entrevista si estaban de acuerdo con que sus parejas trabajasen fuera de casa, la gran mayoría, es decir el 92.6% dijo que sí y apenas un 7.4% dijo que no. De manera muy similar, al preguntar a las mujeres que tenían una actividad económica extradoméstica si sus esposos estaban de acuerdo en que ellas trabajasen, 92.9% respondió que sí y 7.1% que no. Observamos así que paulatinamente se va gestando una cultura de aceptación de la participación de las mujeres en el empleo, particularmente de las casadas. Ello en parte se
13 Según Leñero (1992) el primer reducto legitimado del machismo está referido al mantenimiento de los roles tradicionales de las mujeres en el seno del hogar. Este autor asegura que el cambio de los roles implica un desequilibrio institucional y genera inseguridad en el hombre. No resulta extraño entonces que, a pesar de las dificultades económicas que enfrentan muchos hogares, muchos maridos se opongan a que ellas trabajen fuera de la casa, argumentando que el empleo de ellas implica el descuido de los hijos y de la casa.

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debe a que, como señalan Ariza y Oliveira (2001), a la par de las transformaciones económicas, demográficas y sociales, ocurren cambios paulatinos al interior de las familias; éstas han enfrentado problemas económicos surgidos del marcado deterioro en el mundo del trabajo y de la consecuente caída de los salarios. Tal situación ha forzado la participación económica en el mercado laboral de un mayor número de miembros para lograr sobrevivir, particularmente de las mujeres. Denotándose que estas últimas, si bien por un lado han sido presionadas para participar en el incremento de ingreso económico, por otro lado también se han beneficiado con una mayor oportunidad de elevar su escolaridad y de acceder a mayores oportunidades de empleo. En lo que se refiere a quién tomó la decisión de que la esposa trabaje fuera de la casa, los hombres cuyas esposas tienen un empleo o actividad extradoméstica dicen que la decisión fue tomada por la esposa en 35.8% de los casos; que ellos tomaron la decisión el 1.7% de los casos y que ambos lo hicieron en el 62.4%. Algo similar reflejan los datos proporcionados por las mujeres que tienen empleo, aunque es ligeramente más elevada la proporción de quienes afirman que fueron ellas solas quienes tomaron la decisión (41.9%) y quienes dicen que fueron sus maridos quienes así lo decidieron (3.4%). Tabla 14. ¿Quién tomo la decisión de que la mujer trabaje fuera de casa? (%) ESPOSOS: La decisión de que su esposa trabaje fuera de la casa fue tomada por: Por ella misma Por usted Por los dos Total Por usted Por su esposo Por los dos Total 35.8 1.7 62.4 100.0 41.9 3.4 54.7 100.0

ESPOSAS: La decisión de que usted trabaje fuera de casa fue tomada

A la pregunta ¿afecta a su familia que su mujer trabaje fuera de casa?, los esposos de las mujeres que tenían empleo respondieron que sí en el 9.9% de los casos. Cuando le preguntamos a las mujeres si su trabajo fuera del hogar afectaba a la familia, la proporción de las que respondieron afirmativamente fue de 18.2%, respuesta que casi duplica a la de los varones (gráfica 20). Parece ser que, a pesar de que con el paso del tiempo se incrementa la proporción de mujeres que tienen un empleo, sigue predominando una noción tradicional acerca de que el cuidado de la casa y de los hijos es una responsabilidad de las mujeres. Se ha demostrado que las mujeres que trabajan fuera del hogar sienten culpa por desatender a los hijos, al esposo y a su hogar (cfr. Rojas, 1998). En cuanto a las dificultades provocadas por el trabajo de las esposas, aunque la mayoría de los hombres y las mujeres reportan no haber tenido dificultades de pareja a causa del trabajo de su esposa, en poco más del 10% de los casos señalan que sí han existido dificultades. Las esposas son más sensibles que los esposos en este aspecto, ya que 1.4% dicen que frecuentemente tienen dificultades y 13.6% señalan que a veces las tienen, mientras que entre los hombres cuyas esposas trabajan sólo 10.1% reconocen que a veces tienen dificultades provocadas por el trabajo de la esposa. No tenemos detalles acerca del tipo de dificultades que enfrentan los esposos en tales circunstancias, ya que no incluimos preguntas a este respecto para no prolongar aún más la duración de las entrevistas; no 41

obstante, creemos que es una dimensión que deberá ser explorada en futuras investigaciones, ya que, como hemos dicho, la participación económica de las mujeres es un factor susceptible de transformar de manera importante la dinámica de las parejas y de las familias al influir, de manera directa, sobre las relaciones de poder entre hombres y mujeres y al incidir en los procesos de tomas de decisiones y de acuerdos conyugales. Gráfica 20. ¿Afecta a la familia el hecho de que la mujer trabaje fuera de casa? (%)

Gráfica 21. ¿Han tenido dificultades conyugales a causa del trabajo de la mujer? (%)

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3.4.2. El ingreso Desde mediados de la década de los setentas, la literatura feminista y los estudiosos del género han denunciado las dificultades que enfrentan las mujeres para obtener empleos, para permanecer en ellos y para obtener ingresos similares a los que obtienen los hombres, además de estar obligadas a realizar dobles jornadas de trabajo14. Los datos de esta encuesta nos han mostrado que, en efecto, son relativamente pocas las mujeres jefas de hogar que tienen un empleo o actividad remunerada, aunque señalamos que los datos actuales muestran una mayor participación de las mujeres que en el pasado. También observamos que, en promedio, las mujeres trabajan menos horas semanales que los hombres, dato que sugiere que una mayor proporción de mujeres realiza trabajos a tiempo parcial. Los datos que hemos obtenido también nos muestran que, en general, ganan más dinero los hombres que las mujeres. Gráfica 22. ¿Quién gana más dinero usted o su cónyuge? Según sexo (%)

Ante la pregunta ¿quién gana más dinero usted o su esposa?, 38.6% de los hombres respondieron que ellos y solamente 29.5% dijeron que sus esposas ganan más. Las respuestas de las mujeres reflejan una situación aún más diferenciada, pues solamente 15.3% dicen que ellas tienen un mayor salario y poco más de la mitad aseguran que es su marido quien gana más dinero. En casi una tercera parte de los casos, tanto varones como mujeres señalaron que su salario y el de su pareja era más o menos el mismo (gráfica 22). En cuanto a la importancia del ingreso proveniente del trabajo, la encuesta nos muestra que, como se esperaba, los varones consideran su ingreso como indispensable para el hogar en la mayoría de los casos (77.1%). No obstante, poco más de la mitad de las mujeres entrevistadas que trabajan también consideran su ingreso como indispensable para el hogar (53.8%) (véase la gráfica 23). 15% de los varones y 32.2% de las mujeres aseguran que su ingreso
14 Hay diversas fuentes a este respecto; baste referir algunas: Ariza (2001), Arriagada (1994), Casique (2004), Elu (1975a, 1975b), García y Oliveira (1994), Labrecque (1986), Leñero (1992), Ribeiro (1994a, 2001), Wainerman y Recchini (1981)

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es importante para completar el ingreso familiar. En cambio, cuando les preguntamos a los varones cuyas esposas trabajan fuera del hogar acerca de la importancia del aporte económico de sus parejas, ´42% dicen que es indispensable y 43.7% aseguran que es importante como complemento al gasto de la familia. Notamos aquí que empieza a adquirir importancia el ingreso femenino, ya que se ha reportado que tradicionalmente el ingreso de la mujer era mayormente percibido por los miembros de la familia como un ingreso adicional, complementario y no necesariamente fundamental para la unidad familiar. Gráfica 23. Importancia del ingreso del jefe de hogar para sostenimiento familiar, según sexo (%)

Gráfica 24. Importancia del ingreso de la esposa para el sostenimiento familiar (opinión de los hombres cuya esposa tiene una actividad económica) (%)

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3.5. Participación en las tareas domésticas
El trabajo doméstico ha sido popularmente caracterizado como un trabajo tedioso, aburrido y que no proporciona satisfacción, además de que no goza de prestigio (cfr. Robinson y Milkie, 1998). De hecho, podemos decir, en cierto modo, que el trabajo doméstico es ampliamente considerado como un “no trabajo”, o al menos no como un trabajo verdadero porque no se considera productivo y porque tradicionalmente ha sido trabajo de mujeres. En nuestra experiencia como investigadores ha sido muy frecuente oír decir a las mujeres entrevistadas “yo no trabajo” para referirse al hecho de que no tienen empleo remunerado fuera de su casa. Lo mismo sucede con los varones: muchos dicen “mi esposa no trabaja”, lo cual parecería indicar que las muchas horas invertidas en planchar, lavar, limpiar cocinar y cuidar a los hijos no constituyeran un verdadero trabajo. En una revisión reciente de la literatura sobre los matrimonios de doble carrera, Spain y Bianchi (1996, citados por Becker y Moen, 1999) notaron que el “problema” de los matrimonios en los que ambos cónyuges trabajan ha sido típicamente percibido como un problema de las mujeres para equilibrar sus actividades laborales y domésticas. Ello se debe a que, aún en sociedades en las que el trabajo femenino es más frecuente y considerado como “normal”, aún no es posible disociar la imagen femenina de las funciones internas de la familia. Por su parte, Milkie y Petola (1999) dicen que probablemente el mayor desafío para las mujeres en la actualidad es tratar de equilibrar las demandas del trabajo remunerado y las del trabajo doméstico. Evidentemente, hasta donde sabemos, nadie ha hecho una declaración similar en relación a las funciones y papeles de los hombres. Resulta que aún hoy, en el umbral del siglo XXI, sigue estando vigente lo que Gail Sheehy (1986) señalaba hace casi 20 años: que la mayoría de las mujeres se sienten obligadas a escoger entre la vida familiar por una parte y el trabajo fuera de la casa por otra parte. Ello se debe, principalmente, a que no obstante la mayor participación de las mujeres en el sostenimiento de los hogares, la tradición cultural y la visión estereotipada de “lo femenino” sigue constituyendo un obstáculo que impide disociar los papeles expresivos del hecho de ser mujer. Olga Rojas (1998) señala que dado que el contexto de lo familiar y lo doméstico han sido tradicionalmente considerados como espacios femeninos, no resulta extraño que la vida adulta de las mujeres quede definida frecuentemente por el matrimonio y por la maternidad, así como por sus papeles de madres, esposas y amas de casa. La creciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo no parece haber llevado aparejada una distribución más equitativa de las tareas domésticas en el hogar. La evidencia muestra que, de alguna manera, los cambios sociales que han favorecido la participación de las mujeres en la fuerza laboral no han podido aún modificar sustancialmente la división del trabajo intradoméstico entre hombres y mujeres, y esto es igualmente cierto en países desarrollados como en aquellos que están en vías de desarrollo15.
15 Por ejemplo, en Estados Unidos la participación de los esposos en las tareas domésticas ha evolucionado lentamente

(Pittman y Blanchard, 1996). La mayoría de los estudios realizados en los Estados Unidos muestra que las mujeres hacen la mayor parte de los trabajos de la casa, incluso cuando ellas tienen un empleo de tiempo completo (Greenstein, 1996: Manke, Crouter y McHale, 1994; Robinson y Milkie, 1998). Lo mismo se ha observado en Canadá (Dandurand, 1990, 1992) y en Europa (Kluwer, Heesink y Van Den Vliert, 1996); situación que impone a las mujeres una doble jornada de trabajo y con frecuencia el acceso a empleos de tiempo parcial.

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En México, la incorporación de las mujeres al empleo tampoco ha propiciado una distribución más equitativa de las tareas domésticas (INEGI, 1998). En este país, el INEGI (2001b) señala que el 93.6% de las mujeres mayores de 20 años participa en actividades cotidianas de trabajo doméstico dentro de su hogar, mientras que la cifra para los varones es de 41.9%. En nuestra encuesta notamos un contraste bastante marcado entre hombres y mujeres en lo que hace a la realización de los quehaceres de la casa. La tabla 15 muestra que la actividad en la que los hombres aseguran participar más frecuentemente es la preparación de alimentos; quienes dicen que lo hacen diariamente constituyen el 12.1%, comparativamente con el 90.5% de las mujeres. Los varones que aseguran no participar jamás en la realización de estas tareas oscila entre el 38.5% y el 67.5%, según el tipo de actividad, mientras que en el caso de las mujeres estas cifras varían entre 1.4% y 4.8%. Tabla 15. Participación en las tareas domésticas, según sexo del entrevistado (%) Hombre
A menudo

Mujer
A menudo

Rara vez

¿Qué actividades realiza usted y su pareja (si la hay) en el hogar y con qué frecuencia?
Preparar los alimentos Lavar la vajilla Lavar y/o planchar la ropa Aseo de la casa Aseo del patio y/o frente de la casa

Rara vez

Nunca

12.1 10.6 5.2 8.9 10.9

17.6 14.4 10.8 18.2 21.0

31.8 25.5 16.5 25.9 25.6

38.5 49.6 67.5 47.0 42.5

90.5 89.8 53.7 83.1 68.9

5.1 6.0 37.2 10.9 18.9

3.1 2.3 5.9 3.2 7.3

1.4 1.9 3.2 2.8 4.8

Cuando preguntamos cuántas horas en promedio dedican a las actividades de la casa, los varones señalan que, en promedio, dedican 14.3 horas semanales y las mujeres afirman que ellas dedican 28.9 horas. Contrastan con estos datos los que se refieren a las horas promedio que las parejas de los entrevistados dedican a tareas del hogar, pues en ambos casos las cifras son menores, lo que parece indicar que tanto hombres como mujeres minimizan el trabajo que hacen sus cónyuges en la casa. Así, los hombres reportan que sus esposas dedican 16.6 horas a estas actividades y las mujeres dicen que sus parejas únicamente dedican 3.8 horas. Al comparar estos datos con lo encontrado en una investigación en 2002 en la ciudad de Monterrey (Ribeiro, 2002), observamos que el promedio de horas que los varones dicen dedicar al hogar se incrementa sustancialmente y los que las mujeres reportan disminuyen sensiblemente. Así, en la investigación del 2002 los hombres aseguraron que dedicaban 6.7 horas en promedio, mientras que las mujeres dijeron invertir 34.1 horas en promedio. Esto sugiere que se está incrementando la participación masculina en las actividades domésticas y que, en consecuencia, la mujer ve ligeramente atenuadas sus responsabilidades en el hogar, aún cuando la diferencia de dedicación al hogar sigue siendo mucho mayor en el caso de las mujeres, pues duplican el tiempo invertido por los hombres.

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Nunca

Diario

Diario

Gráfica 25. Horas promedio que dedican el jefe del hogar y su pareja a las tareas domésticas, según sexo

Al comparar las horas invertidas en el hogar por hombres y mujeres según su estado civil, observamos que no hay grandes diferencias, aunque el promedio de horas invertidas se incrementa ligeramente para las mujeres casadas así como para los hombres separados o divorciados. En casi todos los casos, el tiempo semanal invertido en este tipo de actividades por las mujeres duplica al de los hombres, excepto entre los divorciados o separados, en donde la distancia entre unos y otras se reduce. Tabla 16. Horas promedio que dedican a tareas domésticas los hombres y las mujeres, según su estado civil Casado(a) Unido(a) Soltero(a) Viudo(a) Divorciado(a)/separado(a) Promedio total Hombres 14.2 13.5 12.9 14.4 17.7 14.3 Mujeres 30.3 28.0 26.4 26.0 24.7 28.9

En cambio, cuando comparamos el tiempo invertido en el hogar según si las personas tienen un empleo o actividad económica fuera del hogar, notamos que quienes tienen un empleo dedican casi la mitad del tiempo a dichas actividades que quienes no trabajan fuera de la casa (gráfica 26). 47

Gráfica 26. Horas promedio que dedican a tareas domésticas los hombres y las mujeres, según si trabajan o no trabajan fuera del hogar

También observamos que en las localidades de menos de 20,000 habitantes las mujeres dedican más horas a las tareas del hogar que en las ciudades de mayor población. En el caso de los hombres es al contrario, pues en las ciudades grandes dedican un poco más de tiempo a las tareas domésticas que en las localidades pequeñas (gráfica 27). Gráfica 27. Horas promedio que dedican a tareas domésticas los hombres y las mujeres, según el tamaño de la localidad en que habitan

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Según García y de Oliveira (1994) todavía no es posible hablar de un cambio importante en la división intrafamiliar del trabajo doméstico. La participación masculina en estas actividades casi siempre asume la forma de “ayuda” o “colaboración”. Se trata de una participación esporádica que los maridos llevan a cabo cuando tienen tiempo libre, durante los fines de semana o las vacaciones, o cuando las esposas están enfermas. Un buen número de maridos asume esta postura de que “él ayuda”, queriendo con esto señalar que se trata de una concesión hacia su esposa y por consiguiente dicha ayuda no implica obligatoriedad ni constancia (Saucedo, Ortega, Pérez y Yoseff, 1998). Esto significa que para los varones la actividad doméstica sigue siendo concebida como una actividad por naturaleza femenina.

3.6. Ideología de género
A pesar de la tendencia que se observa en cuanto a una disminución de la separación de las esferas domésticas y extradomésticas en función del sexo, muchos hombres y mujeres siguen prefiriendo que sean las mujeres quienes desempeñen la mayor parte del trabajo doméstico (Major, 1993, citado por Kluwer, Heesink y Van de Vliert, 1996). Parece ser que esto está vinculado con las ideologías de género y con las expectativas y opiniones que tanto hombres como mujeres tienen respecto de sus vidas familiares. Por ideología de género entendemos la manera en que las personas se identifican en términos de los papeles sociales, conyugales y familiares. Para Greenstein (2000) la cuestión fundamental en el estudio de la división sexual del trabajo es por qué, frente al dramático cambio que enfrenta la sociedad con respecto al empleo femenino, el trabajo doméstico sigue siendo un trabajo de mujeres. Dicho autor señala que una de las teorías más desarrolladas para explicar la división sexual del trabajo argumenta que las mujeres hacen más trabajo doméstico porque ellas aportan menos recursos al hogar. Sin embargo, si esto fuese cierto, cabría esperar que a medida que las mujeres han ido conquistando mejores niveles de ingreso, también habría disminuido la cantidad de trabajo doméstico que efectúan, situación que no es corroborada por los datos de investigación (Greenstein, 2000). De hecho, algunos estudios (Greenstein, 1996) señalan que la variable clave para entender esta cuestión es la ideología de género. Desde esta óptica, se sugiere que en la medida en que las mujeres y los hombres asimilan una ideología más igualitaria, la división del trabajo doméstico y extradoméstico en función del sexo es menos acentuada y más equitativa. Es quizás por esta razón que aún en sociedades industrializadas como los Estados Unidos las mujeres siguen haciendo la mayor parte de los trabajos de la casa, ya que como lo demostraron Robinson y Milkie (1998), la mayoría de las mujeres que trabajan fuera de su casa y que hacen la mayoría de los quehaceres del hogar perciben en realidad poca inequidad y poco conflicto por esta distribución de las tareas del hogar. Pero la ideología de género adquiere relevancia no sólo en términos de la división social del trabajo en función del sexo, sino, sobre todo, en términos de equidad entre hombres y mujeres La separación de roles sexuales y la desventajosa posición de la mujer en prácticamente todas las esferas de lo social están en buena parte fundamentadas en lo imaginario, en la manera en que las personas —hombres y mujeres— interpretan su identidad de género. Las sociedades actuales ofrecen múltiples mecanismos de socialización, algunos de los cuales 49

actúan en el sentido de mantener y reforzar los estereotipos tradicionales, y otros que presionan en sentido opuesto, mostrando imágenes de hombres y mujeres menos diferenciadas. Así, por un lado, muchas familias reproducen todavía una imagen tradicional de lo “masculino” y de lo “femenino”. A pesar que hace ya tiempo que se han instaurado leyes que favorecen la igualdad jurídica de las mujeres en relación con los varones, los estereotipos sexuales siguen ejerciendo una gran influencia sobre la percepción de los papeles sexuales. Sin embargo, al mismo tiempo parece que se está dando un cambio significativo en este sentido y que empieza a permear una cultura más igualitaria en lo que se refiere a capacidades y potencialidades de hombres y mujeres. Los datos de nuestra encuesta nos muestran que aún existen ciertas ambigüedades y ambivalencias en torno a la percepción de lo masculino y de lo femenino, tanto entre los hombres como entre las mujeres, pero que existen diferencias muy significativas con los datos que a este mismo respecto obtuvimos hace menos de una década en la ciudad de Monterrey (Ribeiro, 2002). En la tabla 17 podemos ver los porcentajes de respuestas a diversas preguntas que aluden a estereotipos masculinos y femeninos tanto en la Encuesta sobre Dinámica Familiar 2010, como en la que se aplicó hace 8 años. Lo primero que destaca es que casi en todos los indicadores las actitudes de hombres como de mujeres tienden a ser más igualitarias en 2010 que lo que eran hace apenas unos cuantos años. También es importante destacar que se observan muy pocas diferencias entre las respuestas de hombres y mujeres en los datos de la Encuesta de Dinámica Familiar del 2010. Los datos referentes a la encuesta del 2010 nos permiten observar que si bien aún predominan algunas actitudes conservadoras que mantienen una imagen estereotipada de los sexos, simultáneamente aparecen algunas áreas en las que claramente se refleja un cambio de actitudes y que manifiesta cierta tendencia hacia la equidad. Así por ejemplo, encontramos que muy pocos hombres y mujeres opinan que “los hombres que hacen quehaceres domésticos son unos mandilones” y más bien, al contrario, la gran mayoría de ambos sexos considera que “los hombres que hacen quehaceres de la casa son tan hombres como los demás”. Asimismo, existe una tendencia hacia el igualitarismo en consideraciones tales como “los sueldos deberían ser iguales para hombres y mujeres cuando hacen el mismo trabajo”, “las mujeres tienen la misma capacidad que los hombres para manejar un negocio”, o cuando señalan que “un hombre que deja que su mujer trabaje es menos hombre”. En sentido opuesto, una importante mayoría, tanto de hombres como mujeres, opina que “cuando una mujer tiene hijos pequeños no debería trabajar fuera del hogar” y que “la mujer está mejor capacitada que el hombre para cuidar a sus hijos”.

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Tabla 17. Porcentajes de acuerdo a los enunciados que reflejan actitudes de género, según sexo
EDF 2010 Hombres
Las mujeres casadas deberían permanecer en el hogar en lugar de trabajar fuera de casa Los hombres, más que las mujeres deben ser los responsables de mantener al hogar Si el marido gana suficiente para mantener al hogar, su mujer no debería trabajar fuera de la casa Las labores del hogar pertenecen a la mujer Es normal que sea el esposo el que mande en el hogar Si una mujer tiene resueltas sus necesidades económicas, no debería trabajar fuera del hogar La mujer está mejor capacitada que el hombre para cuidar y atender a los hijos La educación y el cuidado de los hijos es más una obligación de la madre que del padre Cuando una mujer tiene hijos pequeños, no debería trabajar fuera de casa Por naturaleza, la mujer está hecha para quedarse en la casa La mujer debe seguir al esposo a donde vaya, aunque a ella no le guste Es injusto que sean las mujeres las únicas que hagan los quehaceres de la casa Las madres que están todo el día en la casa son mejores madres que las que trabajan fuera del hogar Las mujeres casadas que trabajan no deberían ganar más dinero que sus maridos Las mujeres casadas tienen tanto derecho de trabajar fuera de casa como sus maridos Tanto hombres como las mujeres tienen la misma capacidad para hacer los quehaceres de la casa Los hombres que hacen quehaceres domésticos son unos mandilones Los mejores empleos deben ser para los hombres Los hombres que hacen quehaceres de la casa son tan hombres como los demás Los sueldos deberían ser iguales para hombres y mujeres cuando hacen el mismo trabajo Si un hombre deja que su mujer trabaje se arriesga a que “le pongan los cuernos” Es injusto que sean los hombres los únicos responsables de mantener la casa Una madre que trabaja puede ser tan buena madre como una que no trabaja Cuando un hombre tiene hijos pequeños, no debería trabajar fuera de casa El hombre tiene el derecho de exigirle a su mujer que no trabaje fuera de casa Existe más armonía en los hogares en que la mujer se dedica a la casa que en los que la mujer trabaja Las mujeres tienen la misma capacidad que los hombres para manejar un negocio Una mujer casada tiene derecho de trabajar siempre que no descuide su hogar, su marido y sus hijos El hecho de que la mujer trabaje fuera de casa contribuye a la desintegración familiar Un hombre que deja que su mujer trabaje es menos hombre Una de las principales causas de la drogadicción de los jóvenes es que la madre trabaja y no está en casa Es motivo de vergüenza para un hombre no poder ganar suficiente dinero para las necesidades familiares Si una mujer casada quiere trabajar, debe pedirle permiso al esposo Las mujeres casadas deberían poder ser más independientes económicamente de sus maridos Lo malo de que cada vez más mujeres trabajen es que le quitan oportunidades de empleo a los hombres que deben mantener a sus familias 29.9 64.1 52.7 27.8 29.0 51.5 73.7 19.9 61.2 31.3 36.6 60.8 32.9 12.1 80.7 86.3 5.8 13.3 90.3 91.3 25.3 31.3 82.2 10.0 29.9 43.1 90.9 91.5 26.9 6.4 32.7 23.1 57.6 49.2 14.0

Encuesta 2002 Hombres
45.2 75.2 64.7 54.5 41.9 61.7 82.4 15 % 85.2 49.8 47.6 62.8 50.2 15.0 74.7 75.3 8.4 22.9 95.7 90.9 36.0 25.7 75.2 11.0 45.0 61.0 90.0 91.2 41.9 6.4 40.2 33.6 69.0 33.8 15.0

Mujeres
29.0 59.0 53.0 29.7 23.5 50.2 70.3 26.2 56.2 29.6 35.9 64.5 28.7 11.3 84.4 86.5 4.1 15.0 91.5 92.3 21.2 33.4 81.9 10.3 28.9 44.1 91.2 92.9 28.9 5.7 38.0 20.9 56.2 55.8 15.7

Mujeres
35.6 75.6 62.5 54.9 38.6 61.8 79.9 38.9% 76.8 46.6 50.8 66.6 37.7 17.7 73.7 80.7 7.6 30.3 93.3 88.8 21.3 48.7 77.8 4.0 42.5 51.6 87.1 94.5 31.7 9.0 39.6 25.1 64.9 48.4 34.6

51

Existen algunas áreas en las que empieza a dividirse la opinión; así, poco más de la mitad de hombres y de mujeres aceptó que “Si una mujer tiene resueltas sus necesidades económicas, no debería trabajar fuera del hogar” y “Si una mujer casada quiere trabajar, debe pedirle permiso al esposo”. En otras áreas, aun persisten opiniones tradicionales, aunque no abarcan a la mayoría de la población; tal es el caso de considerar que “Es normal que sea el esposo el que mande en el hogar”, “las labores del hogar pertenecen a la mujer”, que “el hecho de que la mujer trabaje contribuye a la desintegración familiar”, “Las madres que están todo el día en la casa son mejores madres que las que trabajan fuera del hogar”, “Las mujeres casadas deberían permanecer en el hogar en lugar de trabajar fuera de casa” o cuando se opina que “la mujer debe seguir al esposo a donde vaya, aunque a ella no le guste” o que “Una de las principales causas de la drogadicción de los jóvenes es que la madre trabaja y no está en casa”. A pesar de que la oposición al trabajo femenino parece ser mucho menor de lo que era en el pasado, aún sigue acotada por condiciones estrechamente ligadas a la imagen tradicional de la mujer, quien es percibida, en primera instancia, como madre y esposa dependiente y sujeta aún a la autoridad masculina. Los resultados obtenidos nos permitieron observar que cuando preguntamos a los entrevistados en qué casos consideraban que un hombre podía oponerse a que su esposa trabajase fuera del hogar, un porcentaje elevado de respuestas, tanto de hombres como de mujeres, aceptaron que los esposos tenían el derecho de oponerse al trabajo extradoméstico de sus cónyuges “cuando él gana suficiente para mantenerla”, “cuando el marido siente que ella descuida la casa”, “cuando tienen hijos pequeños”, “cuando el trabajo de ella requiere que viaje fuera” y “cuando el horario puede extenderse hasta tarde”. En todos estos casos más de la mitad de los entrevistados comparten dicha visión conservadora sobre el trabajo femenino. El enunciado que aglutina más respuestas que legitiman la oposición masculina al trabajo de las esposas es cuando ellas descuidan la casa, donde 77.2% de los hombres y 78.4% de las mujeres entrevistadas manifestaron su acuerdo; ello nos muestra que poco más de la tercera parte de las personas de ambos sexos siguen considerando que las cuestiones domésticas son responsabilidad principalmente de las mujeres Tabla 18. Porcentajes de acuerdo a enunciados que reflejan oposición respecto del trabajo femenino, según sexo Hombres
Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando él gana suficiente para mantenerla Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando siente que ella descuida la casa Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando la mujer gane más que él Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando tienen hijos(as) pequeños Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando el trabajo de ella requiere que viaje fuera Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando el horario se puede extender hasta tarde Un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando él quiera, por ser el hombre 55.0 77.2 14.0 67.1 55.4 51.1 15.1

Mujeres
58.2 78.4 21.4 69.9 64.0 58.3 17.0

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En contraste, los enunciados que recibieron menos aprobación por parte de los entrevistados son los que se refieren a que “un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando la mujer gane más que él” o simplemente que “un hombre puede oponerse a que su mujer trabaje cuando él quiera, por ser el hombre”. Vemos así que, por un lado empieza a develarse la predominancia de actitudes favorables a la incorporación de las mujeres —sean casadas o solteras, madres o esposas— a los mercados de empleos, pero sigue manifiesta una cultura que privilegia lo familiar y lo doméstico como ámbitos de las mujeres. En general, las opiniones que muestran nuestros entrevistados reflejan un cierto grado de ambigüedad y ambivalencia. Ello nos parece normal porque es sintomático de una cultura en transición, que no necesariamente es coherente, sino que se va construyendo paso a paso en la medida en que el entorno socioeconómico se va transformando y en proporción a la diversificación de la experiencia personal, en un contexto social cada vez más complejo y plural. Esta visión suavizada y ambivalente de las diferencias de género corresponde muy bien con lo observado por Luis Leñero en 1992 para los varones mexicanos. La relación de datos obtenida por este autor, ...apunta a ese sentido propio de un machismo atemperado que podríamos llamar “neomachismo”, todavía un tanto ambivalente pero en proceso de cambio, en el que se acaba por reconocer el principio de la igualdad entre ambos sexos, aunque no tanto el de una reciprocidad de perspectivas masculinas y femeninas en la concepción dual misma de la vida humana y social (Leñero, 1992). Con el propósito de conocer qué tanto las actitudes de género están asociadas con otras variables socioeconómicas, construimos una escala tipo Lickert a partir de los 35 indicadores que hemos utilizado; los valores de dicha escala oscilaron entre 37 (opiniones más conservadoras) y 105 (opiniones más igualitarias). Para esta escala obtuvimos un coeficiente alpha de 0.88, lo que indica que sus componentes tienen congruencia interna. Al correlacionar el valor de esta escala con el nivel de escolaridad de los entrevistados, encontramos una correlación positiva de 0.455, significativa al .01, lo que muestra que existe una tendencia entre las personas más escolarizadas a tener opiniones más igualitarias con respecto a estas cuestiones relacionadas con la ideología de género. Encontramos también que existe una ligera tendencia a un mayor conservadurismo en las comunidades pequeñas (de menos de 2,200 habitantes) que en las ciudades. También notamos que entre las mujeres, quienes trabajan fuera del hogar son sensiblemente menos conservadoras que quienes no lo hacen.

3.7. Vivienda
En cuanto a la vivienda que habitan los entrevistados, los datos que arrojó la encuesta muestran que cuatro de cada 5 entrevistados viven en casa propia (80.7%), 10.5% lo hacen en una casa rentada y 7.5% en una prestada. En cuanto a los materiales con los que están hechas las casas, predominan los materiales sólidos, como el concreto en los techos, la madera y mosaicos en los pisos y el block o ladrillo en los muros. 53

Gráfica 28. La casa que habita es… (%)

Son pocas las casas que tienen piso de tierra (1.6%), y cerca del 10% las que tienen lámina o material de desecho en el techo. Menos del 4% del total de las casas que habitan los encuestados tiene en los muros un material distinto al block o al ladrillo. Aunque cabe destacar que hay importantes variaciones según se trate de comunidades pequeñas o de ciudades de más de 20,000 habitantes. Así, en comunidades pequeñas, por ejemplo, hay menos casas que cuentan con techo de loza de concreto que en las ciudades (56.3% contra 92.4% respectivamente), hay un poco más de viviendas con piso de tierra (8.9% contra 0.9%) y predominan menos los muros hechos con block o ladrillo (79.2% contra 97.7%). Tabla 19. Materiales con que están construidas las casas, según tamaño de localidad (%) Hasta 2,500 Más de Total habs. 20,000 habs. 2.6 1.7 1.7 40.0 5.2 8.0 1.1 0.7 .8 56.3 92.4 89.5 8.9 0.9 1.6 72.1 43.7 47.2 18.9 55.9 51.2 79.2 97.7 96.3 12.5 1.2 2.1 8.3 1.1 1.6

Techo

Material de deshecho Lámina de cartón/asbesto/galvanizada Teja Loza de concreto/tabique/ladrillo Piso Tierra Cemento Madera/mosaico Muros Block/ladrillo/tabique Adobe Otro

El número promedio de cuartos que tienen las casas es de 3.5 (sin contar la cocina); de hecho, el 92.4% de las viviendas cuenta con cocina independiente (83.9% en localidades de menos de 2,500 habitantes). Cuando dividimos a la población según el tamaño de la 54

localidad donde viven, observamos que en las localidades rurales muy pequeñas, es decir de menos de 2,500 habitantes, el promedio de cuartos por vivienda es de 2.8, contra 3.2 en localidades de entre 2,501 y 20,000 habitantes, y de 3.6 en las ciudades de más de 20,000 habitantes. Gráfica 29. Número promedio de cuartos por vivienda, según tamaño de la localidad

El 97% de las casas del Estado de Nuevo León cuentan con agua entubada y el 94% con drenaje, aunque en comunidades rurales de menos de 2,500 habitantes estas proporciones disminuyen a 75% y 50.5% respectivamente.

3.8. Participación de los hijos(as) en el hogar
En prácticamente todas las sociedades las familias son las responsables de proporcionar los cuidados y atenciones que necesitan los niños para sobrevivir y para desarrollarse. Además, cada familia es también responsable de la formación y de la educación de sus niños. De alguna manera se puede decir que los niños (los hijos) constituyen el corazón de la familia (Godbout y Charbonneau, 1994). El vínculo entre padres e hijos pone en evidencia un fenómeno: el hecho de que existe una dependencia obligada de los hijos en relación con sus padres. No obstante, históricamente los hijos también han jugado un papel importante al interior de las familias, no únicamente en relación con las dimensiones afectivas, sino también en términos de reproducción y de sobrevivencia de la unidad doméstica (Margulis, 1989; Selby, Murphy, Lorenzen, Cabrera, Castañeda y Ruiz, 1994). “En todas las sociedades los niños han participado y participan, en mayor o menor grado, en los procesos de producción, intercambio y servicios que son necesarios para la supervivencia del grupo al que pertenecen” (Mendelievich, 1980). Selby y Browning (1995) señalaban hace unos años que, en México, en las clases medias y en los estratos económicamente más favorecidos los menores prácticamente no intervenían 55

en la actividad económica de la familia, mientras que en los sectores marginados los niños eran llamados a participar intensamente desde la edad de 8 años. En este sentido, constituían un importante recurso de la pobreza. Se argumenta que las familias pobres de medios urbanos, particularmente las muy pobres que se encuentran en el sector informal de la economía, deben responder al carácter relativamente escaso de los empleos y a la carencia total de garantías exógenas para su reproducción, mediante la maximización de la fuerza de trabajo de que disponen. Entran aquí en juego dos elementos: a) el número de personas en condiciones de trabajar, y b) la maximización de su uso como productores de ingreso (Margulis, 1989). Para el primero, la unidad doméstica sólo puede actuar aumentando su tamaño (por extensión o por fecundidad); para el segundo, se deben tomar decisiones respecto a la edad a la que los hijos comienzan a trabajar, a la posibilidad de que los hijos estudien o no, y a las actitudes respecto del trabajo femenino (Margulis, 1989). Además del importante papel que juegan los niños en la producción de y para la familia, también es importante su participación en la reproducción de la unidad doméstica, entendiendo por reproducción la estrategia compartida y solidaria de sus miembros con el propósito de lograr la continuidad de la familia (Margulis, 1989). Aquí es donde las niñas participan en general más que los niños, ya que al parecer los menores no escapan al esquema de división del trabajo doméstico que caracteriza al modelo predominante de estructura familiar en México (Selby y otros, 1994). No obstante, la presencia de los hijos en las familias ha cambiado radicalmente en las últimas décadas, no sólo en términos del número medio de hijos por familia, sino también por la función que tienen los hijos y el valor que estos representan para sus padres: al mismo tiempo que las tasas de natalidad se han reducido drásticamente, las sociedades occidentales le han otorgado a los niños un enorme valor expresivo y afectivo y han definido la infancia de una manera casi mítica y sagrada (cfr. Ouellette y Séguin, 1994). De tal suerte, las nuevas ideologías sobre la infancia ponen el acento sobre la protección de los derechos de los niños y los Estados han intervenido fuertemente para tratar de garantizarla. En este sentido nos interesó sondear la opinión de los padres en torno a la participación que deben tener los hijos en la familia, tanto en la realización de tareas domésticas, como en su participación económica fuera de la casa. Así, se preguntó a los entrevistados si los hijos debían colaborar con las tareas domésticas. La gran mayoría respondió que sí y únicamente el 1.9% respondió que no. Lo que llama nuestra atención es que, en general, predominan las opiniones de que tanto los hijos varones como las hijas deben participar en las labores del hogar (93.6%), lo que parece romper con la idea prevaleciente de que son las hijas quienes normalmente deben ocuparse de dichas actividades. No obstante, es preciso señalar que la encuesta no incluyó preguntas sobre el tipo de tareas que hombres y mujeres deben ejecutar al interior del hogar, por lo que la información de que disponemos es insuficiente para determinar si en este sentido prevalece o no una división interna del trabajo doméstico en función del sexo. También es importante destacar que, contra lo que hubiésemos imaginado, casi no hay diferencias en esta percepción según el tamaño de la localidad, pues las diferencias entre las comunidades rurales pequeñas (de menos de 2,500 habitantes) y las ciudades no son muy grandes (tabla 20).

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Gráfica 30. ¿Los hijos y las hijas de la familia deben ayudar con las labores domésticas? (%)

Tabla 20. Creencia acerca de que los hijos y las hijas de la familia deban ayudar con las labores domésticas, según el tamaño de la localidad (%) Tamaño de localidad De 2500 a 20,000 habs. 2.8 2.1 94.0 0.7 100.0

Sí, sólo los hijos varones Sí, sólo las hijas Sí, tanto los hijos como las hijas No, ni los hombres ni las mujeres Total

Menos de 2500 habs. 1.1 6.3 91.6 1.1 100.0

Más de 20,000 habs. 1.0 3.7 93.2 2.2 100.0

En cuanto a la edad a la que las personas creen que los hijos de ambos sexos deben empezar a colaborar en el hogar, encontramos que hay una proporción importante (43.5%) de entrevistados que consideran que deben empezar a temprana edad, a los 7 años o antes, y casi la mitad (48.4%) opinan que deben iniciar en estas actividades entre los 8 y 12 años. Sólo un 8.1% opinó que los hijos e hijas deben comenzar a ayudar con las tareas domésticas después de los 12 años (gráfica 31).

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Gráfica 31. ¿A qué edad deben comenzar a ayudar en trabajos casa los hijos? (%)

En cuanto al trabajo de los hijos fuera del hogar para ayudar con los gastos de la casa, observamos que siete de cada diez entrevistados opinaron que sí deben hacerlo. Únicamente el 29.9% señalaron que ni los hijos varones ni las hijas debían trabajar para ayudar con el gasto. Gráfica 32. ¿Los hijos e hijas deben trabajar para ayudar al gasto familiar? (%)

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Al cruzar esta información con el tamaño de la localidad, observamos que tanto en los pueblos pequeños como en las localidades de hasta 20,000 habitantes, se incrementa significativamente el número de personas que consideran que los hijos deben trabajar para ayudar con los gastos de la familia. En ambos casos los porcentajes de quienes opinan así se incrementan por encima del 80% y, en cambio, se reduce el número de quienes creen que los hijos no deben trabajar fuera de la casa, porcentajes que en comunidades pequeñas es tan sólo del 12.1% (tabla 21). Tabla 21. ¿Creencia de que en las familias los hijos e hijas deben trabajar para ayudar al gasto familiar, según tamaño de la localidad (%) Tamaño de localidad De 2500 a Más de 20,000 20,000 habs. habs. 0.7 2.8 0.7 0.4 80.1 65.3 18.4 31.5 100.0 100.0

Sí, sólo los hijos varones Sí, sólo las hijas Sí, tanto los hijos como las hijas No, ni los hombres ni las mujeres Total

Menos de 2500 habs. 6.8 0.0 81.1 12.1 100.0

Las opiniones se polarizan aún más en función del grado de escolaridad de los entrevistados, ya que a medida que crece la escolaridad las opiniones de que los hijos deben trabajar disminuyen notoriamente, como se observa en la tabla 22. Así, entre quienes tienen 17 años o más de escolaridad, 46% dicen que ni los hijos ni las hijas deben trabajar fuera del hogar, contra 14.9% que opinan lo mismo entre quienes asistieron a la escuela 5 años o menos. Lo que sugieren estos datos es que las personas más escolarizadas (que además tienen una mejor posición en la escala de estratificación socioeconómica) privilegian más que los hijos se dediquen fundamentalmente a sus estudios, aunque también podría emitirse una hipótesis en el sentido de que la mayor escolaridad se asocia más con la visión sacralizada de la infancia a la que hemos hecho alusión antes. Tabla 22. Creencia de que en las familias los hijos e hijas deben trabajar para ayudar al gasto familiar, según escolaridad jefe del hogar (%) Escolaridad del jefe del hogar 6 7–9 10 – 12 13 – 16 17 años años años años años y más 5.7 2.5 1.7 0.6 0.7 0.2 0.3 0.6 0.0 0.7 73.9 65.8 60.0 59.1 52.6 20.3 31.4 37.7 40.4 46.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0

Sí, sólo los hijos varones Sí, sólo las hijas Sí, tanto los hijos como las hijas No, ni hombres ni las mujeres Total

0–5 años 4.5 0.6 80.0 14.9 100.0

Sin embargo, a pesar de las observaciones que acabamos de hacer, notamos que aun entre los más escolarizados predomina la creencia de que los hijos sí deben trabajar para ayudar en el gasto doméstico. 59

En lo que se refiere a la edad a la que los hijos deben empezar a trabajar para colaborar con los gastos del hogar, la opinión predominante es que debe ser después de los 16 años, si bien un 15.5% señala que debe ser antes de dicha edad. Casi el 20% estima que la edad a la que deben empezar a trabajar debe ser después de los 19 años. Gráfica 33. ¿A qué edad deben empezar a trabajar los hijos para ayudar con el gasto familiar? (%)

Al dividir estas opiniones según el tamaño de la localidad donde habitan los entrevistados, notamos que no hay muchas diferencias entre las localidades medianas y las grandes, aunque sí se observa una ligera pero significativa tendencia entre quienes viven en comunidades rurales a opinar que deben comenzar a trabajar a temprana edad. Tabla 23. ¿A qué edad deben empezar a trabajar los hijos para ayudar en el gasto? Según tamaño de la localidad (%) Tamaño de la localidad Menos de De 2500 a Más de 2500 habs. 20,000 habs. 20,000 habs. 21.6% 21.1% 14.2% 66.5% 64.9% 65.7% 12.0% 14.0% 20.1% 100.0% 100.0% 100.0%

Entre los 6 y los 15 años Entre los 16 y los 18 años A los 19 años y más Total

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También observamos diferencias significativas cuando comparamos estas opiniones según el grado de escolaridad de los entrevistados. La tendencia general es que mientras más escolarizados están los jefes de familia mayor es la edad a la que opinan que los hijos deben empezar a trabajar para ayudar con los gastos de la casa (tabla 24). Tabla 24. ¿A qué edad deben empezar a trabajar los hijos para ayudar en el gasto? Según la escolaridad del jefe del hogar (%) 0–5 años 28.3 61.1 10.6 100.0 Escolaridad del jefe del hogar 6 7–9 10 – 12 13 – 16 17 años años años años años y más 14.6 13.0 10.9 7.5 6.2 73.9 67.3 66.4 56.3 56.8 11.5 19.6 22.7 36.2 37.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0

Entre los 6 y los 15 años Entre los 16 y los 18 años A los 19 años y más Total

Cuando preguntamos si creían que los hijos deberían dejar de estudiar para ponerse a trabajar cuando las necesidades económicas de la familia son muy grandes, 8 de cada diez entrevistados respondieron que no. Muy pocos dijeron que sólo los hijos o sólo las hijas y 18.4% dijeron que sí, que tanto los hijos como las hijas debían abandonar la escuela para trabajar. Gráfica 34. Si las necesidades económicas son muy grandes, ¿los hijos(as) deberían dejar de estudiar para trabajar? (%)

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Sin embargo, al cruzar la información con el tamaño de la localidad, observamos la misma tendencia que hasta ahora hemos señalado: en las comunidades rurales hay una leve tendencia a opinar que los hijos e hijas deberían dejar de estudiar para ponerse a trabajar en caso de necesidad; tal es el caso del 29% de las respuestas en las localidades pequeñas, mientras que en las ciudades de 20,000 o más habitantes 19.2% opinaron lo mismo. Tabla 25. Si las necesidades económicas son muy grandes, ¿los hijos(as) deberían dejar de estudiar para trabajar? Según tamaño de la localidad (%) Tamaño de la localidad Menos de De 2500 a Más de 2500 habs. 20,000 habs. 20,000 habs. 2.6 0.0 1.5 0.5 0.0 0.2 25.9 23.6 17.5 70.9 76.4 80.8 100.0 100.0 100.0

Sí, sólo los hijos varones Sí, sólo las hijas Sí, tanto los hijos como las hijas No, ni los hombres ni las mujeres Total

El contraste es mayor cuando comparamos las respuestas a esta pregunta en función del grado de escolaridad de los jefes de hogar. Así, el 91.7% de quienes tienen 17 años o más de escolaridad considera que los hijos no deben abandonar los estudios, aún en caso de que las necesidades de la familia sean grandes, mientras que esta proporción alcanza al 64.3% entre los menos escolarizados de los entrevistados. Tabla 26. Si las necesidades económicas son muy grandes, ¿los hijos(as) deberían dejar de estudiar para trabajar? Según escolaridad del jefe del hogar (%) 0–5 años 3.2 0.4 32.0 64.3 100.0 Escolaridad del jefe del hogar 6 7–9 10 – 12 13 – 16 17 años años años años años y más 2.1 0.8 1.3 0.3 1.4 0.2 0.2 0.2 0.0 0.0 18.3 16.6 15.9 12.0 7.2 79.5 82.4 82.6 87.7 91.3 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0

Sí, sólo los hijos varones Sí, sólo las hijas Sí, tanto los hijos como las hijas No, ni hombres ni las mujeres Total

3.9. Relaciones intrafamiliares
A nivel nacional se ha observado, a partir de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Familias en México (ENDIFAM) del año 2005, que 73.4% de las personas encuestadas percibe que se dan mucho cariño entre los miembros de la familia y 23.1% considera que se dan poco o ningún cariño (SNDIF-IIS, 2005). El comportamiento observado en Nuevo León es similar al del conjunto del país, ya que un poco más del 70% de los hombres y mujeres percibe que en sus familias todos se dan mucho cariño. A su vez, destaca que el 62

porcentaje de los que declararon que todos se daban poco cariño se encuentre en un rango que varía entre 5% y 6%, siendo ligeramente más alta esta percepción para los hombres que para las mujeres. Gráfica 35. Percepción de la provisión de afecto entre los miembros de la familia, según sexo (%)

En términos de la relación que establecen las personas con los miembros de sus familias, los datos de nuestra encuesta nos permitieron observar que, en términos generales, las personas a las que más respetan, tanto los hombres como las mujeres, son a sus padres, seguidos de sus respectivos cónyuges (véase la tabla 27). Las mujeres suelen llevarse mejor con los hijos y los hombres con la esposa. Los hombres declararon recibir más cariño de su esposa y de sus hijos(as) y sentirse más cercanos a su esposa, mientras que las mujeres, por su parte, consideran que las personas de quienes reciben más afecto son sus hijos(as) y también son a los que se sienten más cercanas. Un alto porcentaje de hombres (43.1%) declararon que la persona a la que le cuentan sus secretos es a su pareja, para las mujeres esta cifra fue mucho menor (22%), siendo los hijos(as) los que aparecen el primer lugar de importancia. La cercanía de las mujeres con los hijos(as) es un aspecto que predomina en diversos aspectos de la vida familiar, inclusive esta relación suele ser antepuesta a la relación con la pareja. Por ejemplo, mientras que una gran proporción de hombres dijeron convivir más con su esposa y salir a pasear con ella, las mujeres declararon en mayor medida la convivencia con los hijos(as) en ambas categorías. 63

Referente a la persona de la cual se sienten más alejados, un gran porcentaje de hombres y de mujeres mencionaron no sentirse alejados de nadie de su familia; aunque para ambos la menor cercanía es con sus hermanos(as) y sus hijos(as). El no tener miedo de alguien de su familia es una cuestión que predominó en las respuestas de las personas encuestadas, sólo un ligero porcentaje de hombres y mujeres mencionaron tener miedo de sus hijos(as). Las personas con las que más se pelean los encuestados son sus hijos(as) y su cónyuge, siendo mayor el porcentaje de mujeres que pelean con sus hijos(as) en comparación con los varones. Al comparar las respuestas de las mujeres con la de los hombres, resulta interesante observar que hay mayor proporción de hombres que de mujeres que señalan a su pareja como la persona que más respetan (32.2% contra 25.7%), con la que se llevan mejor (33.2% contra 20.4%), de quien reciben más cariño (32.7% contra 17.4%), de quien se sienten más cercanos (41.2% contra 22.6%), a la que le cuentan sus secretos (43.1% contra 22%), con la que conviven más (50.1% contra 24.5%) y con quien sale a pasear más (49.9% contra 33.6%). Resulta pues que en casi todas estas dimensiones para los varones la persona más significativa es la esposa, mientras que para las mujeres son los hijos y no el esposo. Ello puede deberse al hecho de que las mujeres invierten mucho más en las familias que los hombres. Como ha sido reiterado en los estudios sobre familia y género, el hombre, en su papel de proveedor, constituye una figura periférica y sus intereses se dividen entre la vida profesional y la vida familiar, entre el mundo exterior y el del hogar. La mujer, en cambio, ha sido considerada “la espina dorsal de la familia” (Anson y Roa, 1966). La figura materna ha sido fuertemente valorizada como el alma del hogar, sobre la que reposa la unidad y la solidez de la familia; es ella quien cumple los papeles expresivos y quien participa de manera dominante en el plano de las relaciones afectivas. Decía Díaz-Guerrero (1988) hace unos años, en forma por demás coloquial, que después de la luna de miel el hombre pasa de ser esclavo a ser rey y que la esposa mexicana entra, antes de la maternidad, en el camino real de la abnegación, la negación de todas sus necesidades y la prosecución absoluta de la satisfacción de las de todos los demás. Si durante el noviazgo fue la reina para el hombre, en el futuro lo será para los hijos. Si bien este señalamiento de Díaz-Guerrero puede parecer un tanto burdo, tiene algo de verdad en el sentido de que existen evidencias que sugieren que el desgaste y desencanto de la relación matrimonial es mayor entre las mujeres que entre los hombres, razón por la cual encuentran por lo general mayores satisfacciones con sus hijos que con sus esposos. Como ejemplo, los estudios realizados muestran que son las mujeres quienes inician los trámites de divorcio o quienes deciden la separación conyugal en la mayoría de los casos (Calderoni, 2005; Ribeiro, 1994; Zúñiga, 2005).

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Tabla 27. ¿Cuál es la persona de su familia...
A la que más Con la que se respeta lleva mejor Hombre Hombre De quien recibe más cariño Hombre Mujer De quien se siente más cercana Hombre Mujer A la que le cuenta sus secretos Hombre Mujer Con la que convive más Hombre Con quien sale a pasear Hombre Con quien se De quien más Con quien se siente más miedo tiene pelea más alejado Hombre Hombre Hombre 75.5 8.7 7.2 1.1 5.2 0.0 0.1 0.3 0.1 0.4 0.0 0.6 0.4 0.4 Mujer Mujer Mujer 70.6 8.0 10.0 1.8 6.0 0.3 0.5 0.2 0.2 1.0 0.1 0.5 0.6 0.3

Mujer

Mujer

Mujer

Nadie Esposo(a) Hijo(a) Padre/Madre Hermano(a) Sobrino(a) Tío(a) Primo(a) Yerno/nuera Cuñado(a) Abuelo(a) Nieto(a) Suegro(a) Todos Total

1.4 32.2 12.7 33.9 6.1 0.4 0.3 0.1 0.3 0.0 0.5 0.0 1.5 10.6

1.0 25.7 16.7 37.1 6.6 0.2 0.8 0.0 0.4 0.2 0.8 0.3 1.6 8.7

0.8 33.2 20.7 15.3 13.5 0.4 0.7 0.4 0.1 1.4 0.0 1.0 1.0 11.6

0.3 20.4 30.2 16.8 17.8 0.4 1.0 0.2 0.5 0.8 0.2 0.8 0.8 9.9

1.2 32.7 32.2 15.3 5.1 0.7 0.3 0.0 0.0 0.3 0.0 3.1 0.1 9.0

0.7 17.4 44.2 15.0 8.3 0.6 0.7 0.1 0.1 0.3 0.4 3.5 0.3 8.4

1.8 41.2 27.9 11.8 7.7 0.5 0.3 0.4 0.1 0.5 0.0 1.4 0.1 6.3

0.8 22.6 42.4 14.8 11.1 0.6 0.9 0.1 0.6 0.5 0.3 1.6 0.5 3.4

28.2 43.1 11.4 7.0 7.6 0.3 0.1 0.3 0.3 0.3 0.0 0.3 0.0 1.3

22.2 22.0 25.5 10.6 14.1 0.2 0.6 0.2 0.9 0.9 0.3 0.4 0.3 1.9

2.2 50.1 25.8 6.1 7.1 0.4 0.3 0.1 0.1 0.1 0.0 1.9 0.0 5.6

1.0 24.5 45.9 8.3 9.2 0.6 0.5 0.1 1.2 0.7 0.1 2.1 0.8 4.9

15.5 49.9 19.8 3.8 3.2 0.7 0.1 0.3 0.3 0.3 0.0 0.6 0.0 5.5

13.1 33.6 38.9 3.6 3.4 0.1 0.3 0.1 0.5 0.4 0.0 1.5 0.3 4.2

Mujer

45.4 3.5 12.8 9.1 19.5 0.3 2.6 2.1 0.1 0.8 0.8 0.3 2.3 0.3

39.7 3.0 17.2 8.9 21.3 0.3 2.0 1.2 0.5 1.1 1.0 0.3 2.6 1.0

92.3 1.7 2.1 1.7 0.4 0.0 0.1 0.0 0.0 0.6 0.4 0.0 0.7 0.0

89.4 2.0 3.3 1.5 1.8 0.2 0.3 0.1 0.2 0.5 0.2 0.2 0.3 0.1

100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0

Resulta paradójico observar que tanto hombres como mujeres, aunque un poco más las segundas, señalan que las personas de quien se sienten más alejados son sus hermanos y sus hijos. Acabamos de señalar que para las mujeres las personas más cercanas son los hijos; sin embargo, existe un 17.2% que se encuentra en el otro extremo y que dice que sus hijos (o alguno de ellos) son de quienes se sienten más alejadas. Del mismo modo, hombres y mujeres señalan que con quienes más se pelean es con la pareja y con los hijos, aunque los porcentajes son pequeños. Ello no es de extrañar, pues habitualmente es con quienes más conviven las personas al interior de las familias, por lo que es factible que se den más roces y fricciones que con otros parientes.

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Cuando las personas necesitan dinero, recurren con mayor frecuencia a los padres, hermanos e hijos. Los porcentajes son similares para hombres y mujeres en la categoría mencionada. Muy pocos hombres (8.6%) y aún menos mujeres (4.3%) señalan que acuden al banco a solicitar un préstamo cuando necesitan dinero. Es importante observar que una gran proporción de entrevistados declaró no acudir a nadie cuando necesitan dinero. Gráfica 36. ¿A quién recurre cuando necesita dinero? Según sexo

También resulta interesante observar que son pocos los hombres y mujeres que recurren a “tandas” para obtener dinero, o quienes acuden a casas de empeño. 3.9.1. Interacción entre la pareja En términos de la relación de pareja, una mayoría relativa de hombres y casi la mitad de las mujeres declararon tener una relación muy buena con su cónyuge. La tercera parte de los hombres y 4 de cada diez mujeres respondieron que su relación era buena. Sumando ambas categorías, tenemos que el 91.6% de los esposos y el 89% de las esposas afirman tener una muy buena o buena relación de pareja. Destaca que una mayor proporción de hombres señalan que su relación de pareja es muy buena, mientras que más mujeres, en comparación con los hombres, perciben que llevan una relación regular con su pareja. Asimismo, observamos que son muy pocos quienes perciben que su relación es mala, aunque también aquí son más las mujeres que los hombres quienes tienen dicha percepción.

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Gráfica 37. Percepción de la relación de los entrevistados con sus parejas, según sexo (%)

Gráfica 38. Percepción de felicidad en la vida en pareja, según sexo (%)

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Un mayor porcentaje de hombres que de mujeres se considera muy feliz en su vida de pareja (62.3% contra 46.8%), mientras que existen más mujeres que hombres que declararon ser felices en su relación pero consideran que podría ser mejor. Del mismo modo, y aunque pequeños porcentajes, dos veces más las mujeres que los hombres declararon que su vida de pareja era poco feliz (6.4% contra 3.3%). Entre los que han sido infelices sólo se cuentan el 0.7% de los hombres y el 1.1% de las mujeres. Reiteramos aquí lo que hemos señalado en términos de que, en general, la vida conyugal es relativamente menos gratificante para las mujeres, dada su condición de género y su adscripción de roles expresivos al interior de las familias. Esta percepción relativamente menos favorable que tienen las mujeres sobre la vida en pareja parece tener efecto sobre la visión que tienen del matrimonio. De tal suerte, cuando les preguntamos a los entrevistados que estaban casados o unidos si, en el caso hipotético de poder repetir su vida, se volverían a casar, la mayoría respondieron que sí lo harían y con la misma persona (79.5% de los varones y 72.5% de las mujeres). No obstante, un 21.3% de mujeres declararon que no se volverían a casar o unir y 6.2% dijeron que sí lo harían, pero con otra persona. Entre los hombres estas proporciones son menores, de 13.6% y 6.8% respectivamente (gráfica 39). Estos datos contrastan con los que se obtuvieron hace dos décadas en dos municipios del área metropolitana de Monterrey16, en una encuesta con 2,132 mujeres casadas o unidas, donde se encontró que 37.7% dijeron que no se volverían a casar o a unir y 3.4% dijeron que sí lo harían, pero con otra persona (Ribeiro, 1989). Gráfica 39. Si pudiera repetir su vida ¿se volvería a casar o unir? Según sexo (%)

16 Los municipios donde se aplicó dicha encuesta fueron San Nicolás de los Garza y Guadalupe.

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Al cuestionar a los entrevistados acerca de cuál había sido la principal satisfacción que habían obtenido de su vida en pareja, la respuesta más frecuente, tanto para los hombres como para las mujeres, fue que eran sus hijos y su pareja, aunque las proporciones fueron, en ambos casos, inferiores al 50%. Destaca en segundo lugar la referencia a que la principal satisfacción la constituyen los hijos, aunque son proporcionalmente más las mujeres que los hombres quienes hacen este señalamiento (40.5% contra 33.7%). El señalamiento de que su principal satisfacción fue el cariño y comprensión de la pareja fue la opción para el 9.4% de los hombres y el 11.3% de las mujeres. Finalmente, hubo 5.8% de hombres y 4.6% de mujeres que respondieron que su principal satisfacción había sido otra, haciendo referencia principalmente a la estabilidad económica y a la estabilidad emocional que habían logrado a través de la unión conyugal. Gráfica 40. Principal satisfacción de su vida conyugal, según sexo (%)

En general tanto los hombres como las mujeres aseguran que acostumbran realizar actividades en pareja, aunque es mayor la proporción de hombres (90.6%) que de mujeres (82.7%) quienes así lo señalan.

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Gráfica 41. Usted y su pareja, ¿acostumbran realizar actividades juntos? Según sexo del jefe del hogar (%)

En lo que concierne a la fidelidad sexual de la pareja, existe la creencia común de que la mayoría de los hombres no son fieles y, en cambio, las mujeres sí lo son. Esta creencia, sin embargo, tiene cierto sustento en los hechos, pues diversas investigaciones muestran que los valores asociados con la infidelidad masculina están fuertemente anclados en el machismo (cfr. Leñero, 1992) y que de hecho, una gran proporción de hombres son infieles. En un estudio realizado en Monterrey en 1994, se encontró que siete de cada diez hombres y dos de cada diez mujeres habían sido infieles a sus parejas (Carranza, 1994). Gráfica 42. ¿Considera usted que su pareja le es fiel? Según sexo del entrevistado (%)

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Sin embargo, aunque existe evidencia de que muchas personas casadas o unidas no practican la exclusividad sexual con sus parejas, en muchas ocasiones las personas no saben realmente si sus parejas les son fieles o no. En nuestra encuesta preguntamos a las personas que estaban casadas o en unión si consideraban que su cónyuge les era fiel. La mayoría de los entrevistados confían en que su pareja les guarda fidelidad, aunque es un poco mayor la proporción de mujeres que de hombres que responde que no (8.7% contra 6.9%) o que no sabe (8.8% contra 3.4%). 3.9.1.1. Comunicación conyugal De todas las variables de interacción conyugal, la comunicación entre los esposos es, con toda seguridad, la más significativa, pues de ella dependen en gran medida las demás. Esto significa que cualquier otro aspecto de la interacción de la pareja (distribución de roles decisionales, acuerdos, distribución de tareas y funciones, etc.) estará en gran medida supeditado a la comunicación, que constituye el medio más explícito de la interrelación marital. Se supone que la comunicación conyugal es una forma de interrelación social primaria que es utilizada por las parejas para informarse mutuamente de sus experiencias personales, para transmitirse sentimientos y pareceres, para tratar de alcanzar acuerdos en sus actividades, objetivos y metas y, en general, para hacer funcionar la estructura familiar (Leñero, 1968). Aunque algunos piensan que el valor de la comunicación conyugal ha sido en ocasiones sobreestimado, con frecuencia se ha considerado que la comunicación en la pareja es una variable clave en la integración marital (cfr. Leñero, 1967), y se ha llegado a decir que “la comunicación resulta el factor más importante que determina el tipo de relaciones que [una persona] vaya a tener con los demás y lo que le suceda en el mundo que la rodea” (Satir, 1978: 30). De ahí que en un estudio sobre la dinámica familiar sea importante incluir algunas variables relacionadas con este tema. Sin embargo, es preciso señalar que la inclusión de variables relacionadas con la comunicación en una investigación cuantitativa no es tarea fácil y no está exenta de múltiples limitaciones. De tal suerte, aunque en un sentido muy general la comunicación puede ser considerada como un proceso de transmisión de información, en la práctica existen diversos aspectos que deben ser tomados en cuenta. Así, la comunicación puede ser unidireccional o bidireccional, horizontal o vertical, verbal o no verbal, etc., resultando que difícilmente en una encuesta se puedan incluir aspectos de la comunicación que no siempre están abiertos a la observación del investigador, como los aspectos relacionales de la comunicación17. De tal suerte, en la Encuesta sobre Dinámica Familiar en Nuevo León nos hemos contentado con incluir únicamente algunos indicadores que, de manera exploratoria, nos muestran la percepción que tienen los entrevistados acerca de la manera en que se comunican con su pareja, de la frecuencia con la que platican acerca de ciertos temas de la cotidianidad de la vida familiar y sobre algunos obstáculos que perciben para su comunicación.
17 Paul Watzlawick (1972) decía hace ya varios años que la comunicación comporta dos aspectos fundamentales: a) un

aspecto de contenido (que está relacionado directamente con la información que se transmite), y b) un aspecto de relación (que se refiere a la manera en la que el mensaje es o debe ser interpretado. Esto quiere decir que en la comunicación conyugal no sólo debe ser tomado en cuenta si se intercambian los mensajes sobre diversos temas de la relación de la pareja, sino que es de suma importancia la forma que dicho intercambio adquiere; así, el mismo mensaje puede ser transmitido de una manera cordial y afectuosa, o de manera agresiva o despectiva.

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Lo primero que preguntamos a los entrevistados fue sobre la manera en la que conversan con sus cónyuges, con el propósito de sondear este aspecto relacional de la comunicación. Los resultados muestran que la mayoría de los entrevistados dicen que la manera de comunicarse siempre es amigable (59.7% los hombres y 52.4% las mujeres), o que casi siempre es amigable, aunque a veces discuten (37.7% los hombres y 43.3% las mujeres). Sólo en pocos casos las respuestas indican que discuten con frecuencia o que siempre lo hacen, aunque en ambos casos es ligeramente superior la proporción de mujeres que de hombres que así lo consideran. Si bien la información recabada nos lleva a concluir que en general la comunicación entre las parejas puede ser considerada como buena, al menos en el aspecto relacional, sobresale el hecho de que es un poco mayor la proporción de mujeres que de hombres que señalan que a veces, casi siempre o siempre discuten. Gráfica 43. Cuando platica con su pareja ¿cómo lo hace? Según sexo del jefe del hogar (%)

En general, siete de cada diez entrevistados, tanto hombres como mujeres, aseguran que cuando tienen problemas conyugales siempre les dicen a sus cónyuges lo que sienten. Sin embargo, encontramos un porcentaje significativo de personas que ante esta pregunta respondieron que pocas veces (9.8% los hombres y 11.2% las mujeres) o nunca (4.9% los hombres y 5.7% las mujeres) le dicen a su pareja lo que sienten. Aunque son similares los porcentajes de hombres y mujeres en cada una de las respuestas, es ligeramente superior la proporción de mujeres que respondieron que nunca o que pocas veces se comunican sobre esta cuestión.

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Gráfica 44. Cuando tiene un problema con su pareja ¿le dice lo que siente? Según sexo del jefe del hogar (%)

Preguntamos a los entrevistados si cuando tienen alguna preocupación su pareja se da cuenta de ello. Tres cuartas partes de los varones y 65.5% de las mujeres respondieron que siempre. En cambio, 9.1% de los hombres y 11.3% de las esposas dijeron que pocas veces y 4.2% de hombres y 7.1% de mujeres dijeron que nunca lo hacen. Encontramos aquí la misma tendencia que ya observamos, en el sentido de que son más mujeres que hombres quienes argumentan que pocas veces o nunca se da cuenta su pareja de lo que siente. Gráfica 45. Cuando está preocupado ¿su pareja se da cuenta de lo que usted siente? Según sexo del jefe del hogar (%)

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Algo muy similar sucede cuando cuestionamos a los entrevistados sobre si necesita o no la opinión de su pareja cuando toma decisiones importantes. Si bien la mayoría lo hace siempre o muchas veces, 9.6% de los hombres y 13.5% de las mujeres dicen que piden la opinión de su pareja pocas veces o nunca. Gráfica 46. Cuando toma una decisión importante ¿qué tanto necesita la opinión de su pareja? Según sexo del jefe del hogar (%)

Cuando preguntamos si las personas obtienen una opinión de su pareja cuando se las piden, el 84.1% de los hombres y el 77.6% de las mujeres respondieron afirmativamente. Son pocos los casos en donde la respuesta es que pocas veces o casi nunca, aunque nuevamente predominan ligeramente las mujeres que así lo expresan. Gráfica 47. Cuando usted le pide una opinión a su pareja, ¿se la da? Según sexo del jefe del hogar (%)

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En cuanto a los obstáculos que los entrevistados perciben en su comunicación marital, observamos que la mayoría señala que no tienen obstáculos, y esto es igual para varones como para mujeres, aunque ligeras diferencias entre ambos sexos muestran que las mujeres sienten más que los hombres que sí existen algunas condiciones que pueden obstaculizar su comunicación. Tabla 28. ¿Es obstáculo para comunicación con su pareja? Según sexo del jefe del hogar (%)
La atención a La T.V. los hijos El quehacer de la casa El trabajo de usted o su pareja La diferencia de horarios de trabajo La falta de unión entre ustedes La falta de voluntad La familia de usted o su pareja Las amistades Otras actividades

Hombres

Si, es un problema A veces es problema No es problema Total

11.3 17.0 71.7 100.0 18.7 16.2 65.1 100.0

8.9 16.4 74.7 100.0 14.8 15.3 69.9 100.0

4.0 10.0 86.0 100.0 7.5 10.5 82.0 100.0

6.1 7.7 86.2 100.0 10.2 9.8 80.1 100.0

7.7 8.9 83.4 100.0 9.1 9.1 81.9 100.0

5.2 4.7 90.0 100.0 8.4 6.3 85.3 100.0

5.1 3.7 91.3 100.0 8.6 7.0 84.5 100.0

3.5 5.6 90.9 100.0 6.0 7.6 86.5 100.0

3.8 5.8 90.4 100.0 4.9 5.8 89.4 100.0

1.5 1.2 97.3 100.0 2.2 1.4 96.4 100.0

Mujeres

Si, es un problema A veces es problema No es problema Total

El obstáculo para comunicarse en pareja que es más referido, por personas de ambos sexos, es la atención a los hijos, seguida por la televisión. En el primer caso, 34.9% de las mujeres y 28.3% de los hombres así lo establecen, señalando que siempre o en ocasiones es un problema. La televisión es citada como obstáculo para la comunicación por 30.1% de mujeres y 25.3% de los esposos. Les siguen en importancia el trabajo, tanto el doméstico como el extradoméstico y la diferencia de horarios de trabajo. En contraste, los obstáculos menos referidos aluden a las amistades o a la familia de quien responde o de su pareja. 3.9.2. Relaciones con los hijos La mayoría de las personas entrevistadas que tenían hijos mencionaron que platicaban con ellos de forma frecuente, siendo mayor el porcentaje para las mujeres en contraste con los hombres. A su vez, destaca que un mayor porcentaje de hombres que de mujeres mencionó que nunca platica con sus hijos, aunque las proporciones son muy pequeñas, 1.6% frente a 0.8% de las mujeres.

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Gráfica 48. Frecuencia con la que platica con sus hijos, según sexo (%)

Al preguntar a los entrevistados acerca de la relación con sus hijos, poco más de dos terceras partes respondieron que muy buenas y cerca de una cuarta parte dijeron que buenas. Más hombres que mujeres consideran que tienen muy buena relación con sus hijos (71.4% contra 65.8%). 28.5% de las mujeres indican que su relación es buena pero que podría ser mejor, y para los hombres esta proporción es ligeramente menor, alcanzando al 23.3% de los casos. Son pocos los hombres y mujeres que señalan que la relación a veces es mala (menos del 5% en ambos casos), y menos aún quienes dicen que la relación es mala. Gráfica 49. ¿Cómo considera que es la relación con sus hijos? Según sexo (%)

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Las expresiones físicas de afecto de los padres hacia los hijos son mayores entre las mujeres que entre los hombres, pues 79% de ellas mencionaron haber mostrado su cariño a los hijos a través de besos, abrazos o caricias, contra 69.9% de los varones. Un mayor porcentaje de hombres declararon tener este tipo de expresiones con sus hijos en pocas ocasiones y son muy pocos los casos en los que los entrevistados declararon que nunca en los últimos días se dieron muestras de afecto a sus hijos. Es preciso señalar que este apartado se refiere a aquellas familias en las que los hijos tienen 15 años o menos. Gráfica 50. ¿Cuántas veces, en los últimos 7 días, les dio a sus hijos un beso, un abrazo o una caricia? Según sexo (%)

Gráfica 51. ¿Con qué frecuencia respetan sus hijos las decisiones que usted toma? (%)

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En otro orden de ideas, de acuerdo con los encuestados, las decisiones que toman son respetadas con frecuencia por sus hijos en el 67.3% de los casos y son pocos quienes dicen que sus hijos rara vez las respetan (4.1%) o que nunca lo hacen (4.3%). Al preguntarles si las decisiones que toman son cuestionadas por sus hijos, se observa que en 31.1% de los casos no las cuestionan, la cuarta parte de los entrevistados dijo que sí, pero siempre amigablemente, un 40.1% mencionó que hay cuestionamientos amigables pero que a veces discuten, en 3.2% de los casos la respuesta es que discuten frecuentemente y sólo en 0.5% respondió que los hijos siempre discuten al cuestionar las decisiones que toma el entrevistado. Gráfica 52. ¿Sus hijos cuestionan las decisiones que usted toma? (%)

Es importante mencionar que para gran parte de la población encuestada, las decisiones que toman como padres no son criticadas por sus hijos. La gráfica 53 indica que la mitad de quienes respondieron a la entrevista y que tienen hijos en la casa aseguró que sus hijos nunca critican sus decisiones. 16.8% respondió que rara vez lo hacen, 27% dijo que en ocasiones y 6.1% señaló que es frecuente que sus hijos critiquen las decisiones que toman.

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Gráfica 53. Cuando usted toma una decisión ¿sus hijos le critican? (%)

El surgimiento de conflictos de los padres con los hijos parece ser algo que se soluciona a través de acuerdo, platicas o simplemente no haciendo nada. Los golpes en las discusiones no es algo que se presente regularmente en las discusiones con los hijos, aunque sí existe un porcentaje más alto de hombres y mujeres que reconocen que gritan cuando tienen conflictos con sus descendientes. Llama la atención que generalmente no se busca la intervención de otra persona, probablemente porque los conflictos que surgen al interior de la familia se solucionan dentro de la misma. Tabla 29. En el último pleito o discusión que hubo con sus hijos… Según sexo (%) Se hizo lo que dijo alguien de la familia
Hombres Mujeres

Se gritaron
Hombres Mujeres

Se golpearon
Hombres Mujeres

Se buscó la intervención de otra persona
Hombres Mujeres

Sí No Total

44.2 55.8 100.0

52.1 47.9 100.0

19.6 80.4 100.0

23.7 76.3 100.0

1.4 98.6 100.0

2.3 97.7 100.0

9.5 90.5 100.0

12.5 87.5 100.0

Tabla 29 (continúa). En el último pleito o discusión que hubo con sus hijos… (%) Se habló sobre ello
Hombres Mujeres

No se hizo nada
Hombres Mujeres

Se llegó a un acuerdo
Hombres Mujeres

Sí No Total

71.9 28.1 100.0

76.7 23.3 100.0

81.1 18.9 100.0

80.1 19.9 100.0

81.1 18.9 100.0

80.1 19.9 100.0

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La atención de los padres hacia los hijos puede ser visualizada a través de la comunicación sobre en dónde se encuentran éstos cuando salen. La gráfica 54 muestra que la mayoría de los hombres y mujeres que tienen hijos dependientes conocen los lugares en donde están sus hijos cuando salen del hogar, aunque la proporción es ligeramente superior entre las mujeres que entre los hombres (87.9% contra 81.1%), situación que parece normal, pues es más frecuente que sean las mujeres quienes permanecen más tiempo en el hogar. Son pocos los casos en los que los padres dicen no saber dónde están sus hijos cuando estos salen del hogar, ya que sólo 3.6% de los hombres y 1.7% de las mujeres respondieron que pocas veces saben dónde se encuentran sus hijos cuando no están en casa y 2.9% de los hombres y 2.1% de las mujeres respondieron nunca saber dónde están sus hijos si estos salen del hogar. Gráfica 54. Cuando sus hijos no están en casa ¿sabe usted dónde se encuentran? Según sexo (%)

En lo que se refiere a la supervisión de las tareas escolares de los hijos dependientes, observamos en la gráfica 55 que poco más de dos terceras partes de hombres y mujeres respondieron que ellos mismos o sus parejas acostumbran ayudar o supervisar a sus hijos en la realización de tales tareas. El 14.9% dijo que con frecuencia lo hace, 8.6% respondió que pocas veces y 7.5% aseguró nunca ayudar o supervisar a sus hijos en la realización de dichas tareas. Es importante señalar que esta variable incluye únicamente a aquellas familias que tienen hijos dependientes que asisten a la escuela.

80

Gráfica 55. ¿Usted o su pareja ayuda o supervisa a sus hijos en tareas escolares? (%)

3.9.3. Relaciones con padres e hijos que no viven en el mismo hogar 3.9.3.1. Relación con los padres de la pareja Las relaciones de los jefes de familia con sus padres pueden ser visualizadas a través de la frecuencia con la que se ven y en la comunicación que tienen con ellos. Tanto los hombres como las mujeres entrevistadas ven de forma frecuente a sus padres (cuando estos aún viven), aunque las mujeres visitan de forma más regular a su madre que a su padre. En cuanto a los padres de la pareja de la persona entrevistada, también se observa que hombres y mujeres los visitan de forma frecuente (véanse las tablas 30 y 31). Tabla 30. Frecuencia con la que ven a los padres del hombre jefe de hogar, según sexo del entrevistado(a) (%) Padre del hombre Madre del hombre Hombre Mujer Hombre Mujer 21.4 17.4 27.0 18.1 14.1 11.2 14.8 13.8 22.1 27.5 25.0 25.3 10.1 7.3 11.3 8.4 7.6 10.2 8.4 10.8 14.5 14.6 9.6 15.0 10.1 11.8 3.8 8.7 100.0 100.0 100.0 100.0

Diario Más de una vez a la semana Una vez a la semana Cada quincena Una vez al mes Menos de una vez al mes No se ven Total

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De hecho, existen diferencias poco significativas en las frecuencias de las visitas a los padres de hombres y de mujeres. Son muy pocos los casos en los que los informantes aseguran que nunca ven a sus padres, variando estas cifras entre 3.8% y 11.8%. Las cifras más elevadas en esta categoría corresponden a mujeres que nunca ven al padre de su marido (11.8%) y de mujeres que nunca ven a la madre de su marido (8.7%). Ello nos muestra que, para la mayoría de los casos, los vínculos de parentesco con las familias de origen siguen siendo muy fuertes. Tabla 31. Frecuencia con la que ven a los padres de la mujer jefa de hogar, según sexo del entrevistado(a) (%) Padre de la mujer Madre de la mujer Hombre Mujer Hombre Mujer 23.3 27.6 20.6 32.0 10.5 14.5 15.0 15.7 25.3 22.4 27.9 20.7 10.1 5.2 10.0 6.1 10.9 7.6 10.6 7.2 13.6 15.1 12.1 14.0 6.2 7.5 3.8 4.2 100.0 100.0 100.0 100.0

Diario Más de una vez a la semana Una vez a la semana Cada quincena Una vez al mes Menos de una vez al mes No se ven Total

Un porcentaje relativamente elevado, que oscila entre 9.6% y 15.1%, asegura que ven a sus padres menos de una vez al mes, aunque en la mayoría de estos casos los padres viven lejos del hogar de los entrevistados, lo que dificulta que las visitas sean frecuentes. La cuestión es que las visitas de los hijos hacia los padres pueden estar asociadas con el lugar de residencia de estos últimos, pues a pesar de que una gran proporción de éstos reside en el mismo estado, se debe de tomar en cuenta la lejanía entre los municipios así como el hecho de que en poco más del 17% de los casos los padres de ellos viven en otro estado o en otro país (tablas 32 y 33). Tabla 32. ¿Dónde viven los padres del hombre jefe de hogar? Según sexo (%) Padre del hombre Madre del hombre Hombre Mujer Hombre Mujer 7.4 5.6 9.2 4.8 7.4 8.1 9.8 8.4 21.3 25.5 24.0 25.3 43.4 42.9 39.0 44.3 18.8 16.1 16.8 14.7 1.8 1.7 1.2 2.5 100.0 100.0 100.0 100.0

En la misma casa En la misma colonia En el mismo municipio En el mismo estado En otro estado En otro país Total

Porcentajes relativamente importantes de entrevistados viven en la misma casa con los padres del varón o de la mujer. En este caso la proporción varía entre un 4.8% y un 12.7%. 82

Tabla 33. ¿Dónde viven los padres de la mujer jefa de hogar? Según sexo (%) Padre de la mujer Hombre Mujer 5.6 9.1 6.4 9.5 27.6 24.8 42.8 38.7 16.4 16.0 1.2 1.9 100.0 100.0 Madre de la mujer Hombre Mujer 5.9 12.7 5.6 8.6 29.4 24.0 40.7 37.0 16.6 15.8 1.8 2.0 100.0 100.0

En la misma casa En la misma colonia En el mismo municipio En el mismo estado En otro estado En otro país Total

En general los hombres se comunican de forma más frecuente con su madre que con su padre (36.4% contra 29.3% dicen que se comunican diariamente). Lo mismo ocurre con las mujeres, ya que éstas mantienen ligeramente una mayor comunicación con la madre de su cónyuge que con el padre (26.6% contra 24.9% lo hacen a diario). El comportamiento anterior se reproduce con los padres de la mujer, una alta proporción de hombres y mujeres mantienen mayor comunicación con la madre de la mujer en comparación con la que tienen con el padre (tablas 34 y 35). Tabla 34. Frecuencia con que se comunican con los padres del hombre jefe de hogar, según sexo (%) Padre del hombre Madre del hombre Hombre Mujer Hombre Mujer Diario 29.3 24.9 36.4 26.6 Más de una vez a la semana 24.4 17.0 23.0 17.7 Una vez a la semana 18.4 19.7 18.5 19.7 Cada quincena 5.3 6.7 6.0 7.1 Una vez al mes 3.8 7.0 3.0 7.1 Menos de una vez al mes 6.0 4.4 3.3 4.9 No se comunican 12.8 20.4 9.9 16.8 Total 100.0 100.0 100.0 100.0 Tabla 35. Frecuencia con la que se comunican con los padres de la mujer jefa de hogar, según sexo (%) Padre de la mujer Hombre Mujer 33.6 36.0 19.4 17.0 17.4 16.0 5.7 4.5 5.7 7.5 4.5 4.1 13.8 14.8 100.0 100.0 83 Madre de la mujer Hombre Mujer 35.2 44.1 20.2 16.6 20.5 15.7 6.1 3.7 4.6 6.3 3.1 3.0 10.4 10.5 100.0 100.0

Diario Más de una vez a la semana Una vez a la semana Cada quincena Una vez al mes Menos de una vez al mes No se comunican Total

Aunque es evidente que la comunicación con los padres de los entrevistados es, en general, bastante frecuente, destaca el hecho de que tanto hombres como mujeres se comunican más frecuentemente con los padres de ella que con lo de él. Así, se observa que el 44.1% de los casos la mujer se comunica diariamente con su madre y el 35.2% de los varones se comunican todos los días con la madre de su esposa. Aunque la comunicación con el padre de la esposa es ligeramente menos frecuente, de todas maneras se presenta con mayor frecuencia que con los padres del varón (36% de las mujeres se comunican diariamente con su padre y 33.6% de los varones hacen lo mismo con el padre de su mujer). La mayor comunicación de los hombres y mujeres con sus madres y suegras podría asociarse con el tipo de relación que llevan con ellas. En cuanto al tipo de relación que mantienen los entrevistados con los padres de ambos cónyuges, resalta el hecho de que es muy buena o simplemente buena en la gran mayoría de los casos (siempre por encima del 80% y llegando incluso a más del 95% de los casos). Además, las tablas 36 y 37 nos muestran que las diferencias en el tipo de relación con los padres de él o de ella son muy pequeñas y no son significativas. Ello denota que, en la mayoría de los casos las relaciones con los padres de unos y otras son cordiales. Las malas relaciones se dan principalmente con el padre del varón y son del orden del 2.7% de los casos. Tabla 36. Relación del entrevistado(a) con los padres del hombre jefe de hogar, según sexo (%) Padre del hombre Hombre Mujer 32.0 21.7 59.6 63.8 4.8 10.1 2.6 2.7 1.1 1.7 100.0 100.0 Madre del hombre Hombre Mujer 35.9 26.4 59.1 62.8 4.1 9.4 0.6 1.2 0.3 0.2 100.0 100.0

Muy buena Buena Regular Mala No sabe Total

Tabla 37. Relación del entrevistado(a) con los padres de la mujer jefa de hogar, según sexo (%) Padre de la mujer Madre de la mujer Hombre Mujer Hombre Mujer 33.9 35.2 34.3 40.5 56.0 55.6 60.7 55.3 7.0 6.1 3.8 3.3 0.8 2.2 0.9 0.7 2.3 0.9 0.3 0.2 100.0 100.0 100.0 100.0

Muy buena Buena Regular Mala No sabe Total

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3.9.3.2. Relación con los hijos que no viven en la misma casa Un poco más del 44% de los hombres y mujeres encuestados tienen hijos viviendo fuera del hogar. De estos, 16.4% mencionó tener cuatro o más hijos en esa condición. Gráfica 56. Número de hijos que no viven en la casa (%)

De los hijos que viven fuera del hogar sólo la cuarta parte de ellos residen en la misma colonia o municipio. Gráfica 57. Número total de hijos que no viven en la casa pero que viven en la misma colonia o municipio (%)

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A pesar de ello, se observa que las visitas al hogar y la comunicación con los padres ocurren de forma frecuente (tablas 38 y 39). Tabla 38. Número de hijos que no viven en la casa a los que… Según sexo (%)    Ve semanalmente o Ve menos de una vez a la semana más seguido pero más de una vez al mes Hombre Ninguno Uno Dos Tres Cuatro o más Total 22.7 31.8 19.0 10.4 16.1 100.0 Mujer 21.5 32.3 19.6 12.5 14.2 100.0 Hombre 67.3 16.1 9.5 2.8 4.3 100.0 Ve menos de una vez al mes Mujer 86.7 6.8 3.9 1.4 1.4 100.0 Nunca ve Hombre 94.8 3.3 1.4 0.5 0.0 100.0 Mujer 89.1 7.5 2.0 0.8 0.5 100.0

Mujer Hombre 69.1 13.9 7.6 4.2 5.2 100.0 88.6 7.1 1.9 0.5 1.9 100.0

Tabla 39. Número de hijos que no viven en la casa con los que… Según sexo (%) Se comunica Se comunica menos de una vez Se comunica menos de una vez semanalmente o a la semana pero más de una vez Nunca se comunica al mes más seguido al mes Hombre Mujer Hombre Mujer Hombre Mujer Hombre Mujer 18.6 20.4 81.0 80.2 97.1 93.7 83.8 81.0 32.9 30.1 9.5 7.9 1.9 3.6 7.6 10.4 20.0 20.9 3.3 5.2 1.0 1.7 3.3 4.2 12.9 12.8 2.4 2.4 0.0 0.3 2.4 1.7 15.7 15.7 3.8 3.9 0.0 0.7 2.9 2.7 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0 100.0

  

Ninguno Uno Dos Tres Cuatro o más Total

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No obstante, existe un porcentaje, pequeño pero significativo, de hijos a los que sus padres nunca ven o con los que nunca se comunican. Así, un 5.2% de los varones y un 10.9% de las mujeres aseguran que nunca ven a uno o más de sus hijos y un 16.2% de los varones y 19% de las mujeres que dijeron que nunca se comunican con uno o más de sus hijos. En otro orden de ideas, son muy bajos los porcentajes de quienes declararon tener una mala relación con sus hijos o incluso no tenerla. Este último comportamiento se reproduce para la pareja, pues también se encuentra que existe, en la mayoría de los casos, una buena relación con los hijos que residen fuera de la casa (tablas 40 y 41). Tabla 40. Número de hijos que no viven en la casa con los que tiene una relación… Según sexo (%)
  

Muy buena o buena Hombre Mujer 4.2 30.5 21.9 16.0 27.3 100.0 3.8 30.5 23.8 17.1 24.8 100.0

Regular Hombre 92.4 2.9 1.9 1.9 1.0 100.0 Mujer 93.6 3.0 1.0 1.4 1.0 100.0

Mala Hombre 99.0 0.5 0.0 0.5 0.0 100.0 Mujer 97.3 2.0 0.2 0.2 0.3 100.0

Ninguno Uno Dos Tres Cuatro o más Total

Tabla 41. Número de hijos que no viven en la casa con los que su pareja tiene una relación… Según sexo (%)    Ninguno Uno Dos Tres Cuatro o más Total Muy buena o buena Hombre 5.8 31.2 21.4 16.8 24.9 100.0 6.6 32.9 23.2 14.7 22.7 100.0 Regular Mujer 93.3 2.9 1.4 0.5 1.9 100.0 92.5 4.0 1.7 0.6 1.2 100.0 Mala Hombre 98.8 0.6 0.6 0.0 0.0 100.0 Mujer 98.6 1.2 0.2 0.0 0.0 100.0 Mujer Hombre

La mayoría (78.1%) de los entrevistados dijo no recibir apoyo económico de sus hijos que viven fuera del hogar. Sin embargo, al cruzar esta información con la edad de los jefes y jefas de familia, observamos que a medida que la edad es más avanzada se incrementa el aporte de los hijos hacia los padres, particularmente entre aquellos que tienen sesenta años y más; de tal suerte, casi la mitad (49.3%) de quienes ya entraron a la tercera edad reciben de sus hijos algún tipo de apoyo económico. Ello muestra la persistencia de una solidaridad

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familiar intergeneracional que es aún bastante fuerte, tal y como había sido reportado para la ciudad de Monterrey hace apenas dos años por Blanca Tamez (2008)18. Gráfica 58. ¿Tiene hijos que no viven con ud. pero que aportan dinero a la casa? (%)

Gráfica 59. ¿Tiene hijos que no viven con ud. pero que aportan dinero a la casa? Según grupos de edad de los jefes(as) de hogar (%)

18 Sin embargo, esta autora alerta que existe ya un número significativo de adultos mayores que no reciben apoyo alguno de parte de sus descendientes y que existe el riesgo de que dicho fenómeno se incremente en las próximas décadas.

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3.10. Autoridad y toma de decisiones en la pareja
Un capítulo importante en la dinámica interaccional de las parejas lo constituye el tema de la autoridad y de los procesos decisionales. En general, se dice que la familia mexicana, y más específicamente la familia del campo mexicano, todavía conserva rasgos típicos de la estructura familiar patriarcal. Para Díaz-Guerrero (1988), la supremacía indiscutible del padre es una de las proposiciones básicas sobre las cuales se fundamenta la estructura familiar en México. No obstante, algunos opinan que lo que en realidad prevalece es más bien un matriarcado. Leñero (1987) asegura que hasta hace poco tiempo la autoridad masculina se hacía evidente, pero que en base a sus investigaciones ha llegado a la conclusión de que el poder en la familia está vinculado con sus ciclos vitales: así, dice, la familia se inicia con un mayor poder masculino y termina, en sus últimas etapas, con uno más bien femenino. De tal suerte, este autor considera que la familia mexicana es más bien maternalista, ya que la mujer-madre es la que controla —sutilmente— la trama de la vida familiar. De hecho este aspecto del "control emocional" ejercido por la mujer-madre ha sido abundantemente expuesto en la literatura sobre psicología del mexicano. Sin intentar hacer aquí un análisis a fondo de esta cuestión, consideramos conveniente distinguir al menos dos conceptos de autoridad: uno, que se refiere al aspecto formal del poder de la familia en cuanto a las decisiones relacionadas con su supervivencia económica y que vincula a la familia con el exterior; otro el que se refiere al aspecto informal y menos aparente del poder y que se vincula con las dimensiones afectivas y emocionales de la unidad familiar y que implica decisiones cotidianas, de la vida interna de la familia y de la gestión doméstica. En el primer caso se ha hablado fundamentalmente de una autoridad masculina (por ser el hombre quien por regla general asume los roles instrumentales y se convierte en el proveedor que permite que la familia subsista). En el segundo caso, las referencias apuntan hacia una autoridad femenina, fundamentada en su maternidad y en su alianza afectiva con los hijos. El concepto de autoridad en el hogar parece estar estrechamente relacionado con diversos aspectos de la estructura familiar, con la división de roles sexuales y con la situación general de la mujer. Se dice que la cultura mexicana mantiene todavía las imágenes estereotipadas de los sexos, y atribuye a cada uno de ellos funciones específicas: se considera que el hombre es más fuerte y racional, y por ello él debe ser la cabeza de familia; la mujer es más visceral y por lo tanto menos racional, por lo que a ella le corresponde sujetarse a la autoridad del marido, aceptando abnegadamente y con un profundo sentido de autosacrificio las decisiones tomadas por éste. El patrón de predominio masculino en las relaciones conyugales es, en realidad, mucho más complejo de lo que aparenta: esta variable está relacionada con otras tales como la posición socioeconómica (Goode, 1966) o el trabajo extradoméstico femenino (Michel, 1970). En México, Elu (1975), señalaba ya hace más de tres décadas que, sin duda, el trabajo fuera del hogar constituía para la mujer una fuente de poder. Esta autora descubrió que en México los patrones decisionales de las familias mexicanas no correspondían ya a las expectativas de una total marginación femenina, pues encontró indicios de una transición hacia modelos más igualitarios.

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En Nuevo León, ya también desde hace varios años, en la investigación sobre familia y fecundidad (Ribeiro, 1989), se encontró una tendencia más generalizada hacia las decisiones compartidas entre los esposos y las esposas. En la encuesta que aquí nos ocupa, encontramos también que predominan las opiniones acerca de que la autoridad en el hogar tiende a ser compartida. El primer indicador se refiere a una pregunta general acerca de quién manda en el hogar en la mayoría de las cosas. Las respuestas apuntan en su mayoría a que son los cónyuges, esposo y esposa, quienes toman conjuntamente las decisiones. Tal fue la respuesta del 61.5% de los hombres y del 57.8% de las mujeres. Sorprende el hecho de que casi es la misma proporción de mujeres (12.3%) que de hombres (14.2%) que aseguran que ellos solos mandan en sus hogares en la mayoría de las cosas (recordemos que en estos datos están excluidos los hogares monoparentales o aquellos donde la persona entrevistada que aparece como jefe o jefa del hogar no tiene pareja). Gráfica 60. ¿Quién manda en su casa en la mayoría de las cosas? Según sexo del jefe del hogar (%)

La encuesta incluyó una serie de preguntas más específicas acerca de quién toma (o ha tomado) las decisiones acerca de temas diversos relacionados con la vida de familia (quién tiene la última palabra acerca de decisiones específicas). Los ítems incluidos se refieren a temas tales como “escoger el lugar para vivir”, “decidir si la pareja trabaja o no”, “comprar muebles o aparatos”, “escoger qué hacer los días libres o en vacaciones”, “cómo utilizar el dinero de la familia (sin contar el gasto diario)”, “cuántos hijos tener”, “si visitan o no a los parientes y amistades” y “determinar el castigo a los hijos cuando se portan mal”. Las gráficas 61 a 68 muestran los resultados a estas preguntas y se resumen en la tabla 42. 90

Como observamos en dichas gráficas, los datos apuntan principalmente hacia las opiniones compartidas, y esto resulta cierto independientemente de que la persona entrevistada sea de sexo masculino o femenino. Gráfica 61. ¿Quién tiene la última palabra para escoger el lugar para vivir? Según sexo del jefe del hogar (%)

Gráfica 62. ¿Quién tiene la última palabra para decidir si su pareja trabaja o no fuera del hogar? Según sexo del jefe del hogar (%)

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Gráfica 63. ¿Quién tiene la última palabra para comprar muebles o aparatos? Según sexo del jefe del hogar (%)

Gráfica 64. ¿Quién tiene la última palabra para escoger qué hacer los días libres o en vacaciones? Según sexo del jefe del hogar (%)

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Gráfica 65. ¿Quién tiene la última palabra para decidir cómo usar el dinero de la familia (sin contar el gasto diario)? Según sexo del jefe del hogar (%)

Gráfica 66. ¿Quién tiene la última palabra para decidir cuántos hijos tener? Según sexo del jefe del hogar (%)

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Gráfica 67. ¿Quién tiene la última palabra para decidir si visitan o no a los parientes y amistades? Según sexo del jefe del hogar (%)

Gráfica 68. ¿Quién tiene la última palabra para escoger el castigo a los hijos cuando se portan mal? Según sexo del jefe del hogar (%)

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Tabla 42. Cuando toman decisiones ¿quién tiene la última palabra? Según el sexo del jefe del hogar (%)
Escoger el lugar para vivir Hombres Mujeres 18.2 11.8 13.6 22.2 63.3 61.5 4.4 3.2 0.5 1.3 100.0 100.0 Decidir si su pareja trabaja o no fuera del hogar Hombres Mujeres 13.6 8.5 21.2 38.5 64.1 51.8 0.9 1.1 0.2 0.1 100.0 100.0 Comprar muebles o Escoger qué hacer los días aparatos libres o en vacaciones Hombres Mujeres Hombres Mujeres 12.6 18.4 8.8 11.1 13.5 11.4 8.8 9.0 72.0 68.1 75.6 71.9 1.7 1.9 6.4 7.6 0.2 0.2 0.4 0.4 100.0 100.0 100.0 100.0

Usted solo Su pareja Los dos juntos Toda la familia Otra persona Total

Tabla 42. (Continúa) Cuando toman decisiones ¿quién tiene la última palabra? Según el sexo del jefe del hogar (%)
Decidir cómo usar el dinero de la familia (sin contar el gasto diario) Hombres Mujeres 12.8 19.6 13.0 14.1 73.6 64.5 0.7 1.4 0.0 0.3 100.0 100.0 Decidir cuántos hijos tener Hombres 4.9 5.1 88.7 0.2 1.1 100.0 Mujeres 15.9 4.6 78.9 0.1 0.6 100.0 Decidir si visitan o no a los parientes/amistades Hombres 6.2 4.7 86.5 2.5 0.2 100.0 Mujeres 9.5 6.1 81.2 2.9 0.3 100.0 Escoger el castigo a los hijos cuando se portan mal Hombres 12.9 14.3 72.1 0.2 0.6 100.0 Mujeres 32.5 8.6 58.2 0.2 0.6 100.0

Usted solo Su pareja Los dos juntos Toda la familia Otra persona Total

Como se observa en la tabla 42, en todos los casos más del 50% de los entrevistados de ambos sexos refieren que las decisiones se toman en pareja. El ámbito de decisión más compartida es la que se refiere a cuántos hijos tener, donde 88.7% de los hombres y 78.9% de las mujeres aseguran que tomaron esa decisión en pareja. Le sigue en importancia la decisión de visitar o no a sus parientes y amigos. El área donde las mujeres parecen tener mayor autonomía en autoridad es acerca del castigo que se impone a los hijos cuando estos se portan mal, donde 32.5% de las mujeres aseguran que ellas toman solas dicha decisión. Sorprende que otra área en la que las mujeres aseguran que son ellas quienes toman principalmente la decisión es en lo que se refiere a cómo usar el dinero de la familia (y sorprende porque en la entrevista se especificó claramente que no se trataba del gasto diario), donde la respuesta agrupa a 19.6% de las mujeres y sólo al 12.8% de los hombres. 95

3.11. Conflicto y violencia
El conflicto y la violencia pueden ser parte de la dinámica familiar del mismo modo que lo son el amor, el afecto y la armonía. En un sentido ideal se espera que la familia sea siempre un lugar especial en donde reina la armonía; no obstante, en los hechos, sucede con relativa frecuencia que existan desacuerdos o condiciones relacionadas con la vida cotidiana que pueden afectar el ambiente familiar, dando lugar a problemas, conflictos y maltratos, ya sean estos leves o severos. Dichos conflictos pueden presentarse entre cónyuges, pero también entre padres e hijos, hermanos u otros parientes colaterales. Los problemas que suelen acarrear conflictos y violencia pueden estar asociados con múltiples factores: desde incompatibilidad de caracteres o diferencias en las expectativas que se tienen sobre la vida y el futuro, hasta conductas violentas, malos tratos, abuso sexual, alcoholismo, etc. Aunque muchas veces son también provocados por los avatares de la vida diaria, como el estrés, la frustración, etc. Tomemos por caso la violencia ejercida contra las mujeres. Aunque sabemos que este tipo de violencia no es exclusivo del ámbito de la familia, lo cierto es que en Nuevo León la violencia ejercida por el actual o último esposo o compañero es padecida por el 34.4% de las mujeres, de acuerdo con la “Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares” (ENDIREH) de 2006 (INEGI, 2008b). Así, en dicho estado de la República Mexicana, de cada cien mujeres de 15 años y más que tienen o tuvieron una relación de pareja, 29 han padecido violencia emocional (menosprecios, amenazas, prohibiciones, las ignoran, etc.); 19 violencia económica (les niegan o condicionan el gasto familiar, les prohíben trabajar, les quitan su dinero o bienes, etc.), 14 violencia física (empujones, patadas, golpes, agresiones con armas, etc.) y 6 violencia sexual (las obligan a tener relaciones sexuales o a realizar actos en contra de su voluntad, etc.) (INEGI, 2008b). Pero cabe señalar que no sólo las mujeres son víctimas de violencia al interior de los hogares. Los menores y los adultos mayores también son sujetos de violencia y malos tratos familiares. Incluso los varones también llegan a padecer violencia, aunque en mucha menor medida que las mujeres, los niños y los ancianos. El conflicto y la violencia son, hasta cierto punto, factores que se asocian con aspectos desintegradores de la unidad familiar, como es el caso del divorcio, la separación y el abandono. En una investigación actualmente en curso sobre el divorcio en Monterrey, se ha observado que los dos principales motivos de divorcio y conflicto que refieren las mujeres entrevistadas son el alcoholismo del marido y el adulterio, aunque también destacan la irresponsabilidad del marido, los problemas económicos y la intromisión de familiares, entre otros (Ribeiro, 2010b). En este apartado nos hemos dedicado de manera particular a hacer un somero sondeo19 de los conflictos que se presentan en la pareja conyugal. Nos enfocamos a la pareja ya que es ella la que por regla general constituye el núcleo central de la familia, y porque en ella recaen generalmente la mayor parte de las responsabilidades familiares.
19 Es preciso apuntar que en un estudio de la naturaleza del que aquí se presenta es muy difícil profundizar en un tema tan privado y tan íntimo como es la violencia y los conflictos. Por ello, nuestra intención es la de hacer un acercamiento superficial que nos proporcione una idea de las relaciones en las parejas y no la de hacer un estudio a profundidad sobre este tema.

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En un primer momento preguntamos a las personas que tenían pareja en el momento de la entrevista si, durante el último mes, habían tenido algún pleito o alguna discusión con su pareja. Cerca de las dos terceras partes respondieron que no. Los datos sugieren que las mujeres son más sensibles que los hombres frente a este tema, ya que 28% de ellas contra 23.4% de los varones reconoció que sí habían tenido pleitos o discusiones en una o dos ocasiones durante el último mes; 7.9% contra 5.8% dijo que dichos conflictos se habían presentado entre tres y 5 veces, y 3.1% contra 2.4% aseguró que los incidentes de este tipo se habían presentado en más de seis ocasiones durante los últimos treinta días (Gráfica 69). Gráfica 69. ¿Cuántas veces en el último mes tuvo usted algún pleito o discusión con su pareja? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

Ante la pregunta: “Cuando su pareja se molesta con usted, ¿habla con usted y aclara las cosas?”, 57.2% de los hombres y 49.7% de las mujeres respondieron que sí, una vez; la tercera parte de los entrevistados de ambos sexos respondió que sí habían aclarado las cosas en más de una ocasión, mientras que 9.1% de los hombres y 17.2% de las mujeres dijeron que no, que no habían hablado para aclarar las cosas. En este último caso la proporción de mujeres casi duplica a la de varones, sugiriendo que ellas con mayor frecuencia se quedan calladas y no hablan con sus parejas acerca de sus conflictos.

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Gráfica 70. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿habla con usted y aclara las cosas? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

El 70.5% de los varones y el 63.6% de las mujeres dijeron que cuando su pareja se molesta con ellos no le restan importancia al hecho. En cambio, 29.5% de los hombres y 36.4% de las mujeres dijeron que sí lo han hecho, ya sea en una o más ocasiones (gráfica 71). Gráfica 71. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿le quita importancia al hecho? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

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La encuesta nos muestra que, en ocho de cada diez casos, los entrevistados que están casados o unidos aseguran que cuando su pareja se molesta con ellos no dejan de hablarles, siendo muy similar la proporción de mujeres y de hombres que se encuentran en dicha situación. En cambio, en cerca del 20% de los casos los entrevistados, tanto varones como mujeres, respondieron afirmativamente a esta pregunta: 9.8% de los cónyuges varones y 11.7% de las mujeres dijeron que sí les habían dejado de hablar en una ocasión, mientras que 8.6% de los hombres y 9.6% de las mujeres respondieron que lo habían hecho en diversas ocasiones (gráfica 72). Gráfica 72. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿deja de hablarle por un tiempo? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

Notamos que cuando los cónyuges se molestan, rara vez alguno de ellos se va de la casa por algún tiempo. Solamente el 2% de los esposos y el 4% de las esposas aseguraron que sus parejas les habían dejado por unos días, ya sea en una sola ocasión o varias veces (gráfica 73). Proporciones muy similares se presentan cuando los entrevistados responden a la pregunta “Cuando su pareja se molesta con usted, ¿deja de darle dinero?”, ya que la enorme mayoría de ambos sexos respondió que eso nunca ocurre. Solo el 1.6% de los varones y el 2.3% de las mujeres respondieron que sí les han dejado de dar dinero sus parejas cuando éstas se molestan20 (gráfica 74).

20 Evidentemente es preciso considerar, tomando en cuenta la estructura de los hogares y el hecho de que apenas la cuarta parte de las mujeres casadas y la tercera parte de quienes están en unión libre tienen trabajo remunerado, que son pocos los hombres que están en posibilidades de recibir dinero de sus parejas.

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Gráfica 73. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿se va de la casa por unos días? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

Gráfica 74. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿deja de darle dinero? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

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La misma tendencia que acabamos de describir se observa en la gráfica 75, ya que son muy pocos los casos en que los entrevistados y entrevistadas prohíben salir a sus parejas en caso de que estén molestos con ellas. Gráfica 75. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿le prohíbe salir? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

Gráfica 76. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿le pega? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

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Del mismo modo, notamos que son muy pocas las personas entrevistadas de ambos sexos que afirman que sus parejas les pegan cuando están molestos con ellas (gráfica 76). Tales datos sugieren que la violencia física es relativamente marginal entre las familias de Nuevo León, aunque los datos de otras fuentes muestran lo contrario, pues como señalamos un poco antes, la “Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares” (ENDIREH) de 2006 muestra que en Nuevo León el 14% de las mujeres sufren de algún tipo de violencia física (INEGI, 2008b)21. También son pocas las personas que aseguran que sus parejas destruyen cosas cuando se molestan con ellas. En la gráfica 77 se puede observar que los hombres se quejan de esta situación en el 3.2% de los casos, mientras que las mujeres hacen lo propio en el 4.8% de los casos. Gráfica 77. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿destruye cosas (su ropa, los muebles, la puerta, etc.)? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

Algo similar ocurre cuando preguntamos a los entrevistados si cuando su pareja se molesta deja de buscarle para tener relaciones íntimas. En la mayoría de los casos esto no sucede, aunque 7% de las mujeres y 4.8% de los hombres señalaron que sí (gráfica 78). En la gráfica 79 podemos observar que solamente el 2% de las mujeres y el 0.9% de los hombres reconocieron que cuando su pareja se molesta con ellos les obliga a tener relaciones sexuales.
21 Debemos tomar en cuenta, sin embargo, que la violencia física a la que alude la ENDIREH no sólo se refiere a golpes, sino también a otros actos de violencia física, como empujones.

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Gráfica 78. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿deja de buscarla para tener relaciones íntimas? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

Gráfica 79. Cuando su pareja se molesta con usted, ¿le obliga a tener relaciones íntimas? Según sexo del jefe(a) del hogar (%)

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4. A manera de conclusión
Nuevo León es un estado altamente urbanizado. Casi el 86% de la población reside en el área metropolitana de Monterrey y 92.8% de las familias habita en localidades de más de 2,500 habitantes22. De hecho, después del Distrito Federal es la entidad federativa con mayor población urbana del país. Ello tiene como consecuencia que los indicadores de bienestar social sean más elevados que los de la mayor parte de los otros estados de la República, pues coinciden con los de medios urbanos, más que con los de rurales. Así por ejemplo, el promedio de escolaridad de los neoleoneses es 1.4 años superior al del conjunto de la población mexicana. Monterrey y su área metropolitana constituyen una región de fuerte atracción de población migrante. Poco más de la mitad de los entrevistados nació fuera de esta región, lo que contribuye a una gran diversidad en términos de culturas. Las familias de Nuevo León se están transformando. Las formas de organización familiar se vuelven cada vez más diversas y complejas. No existe un solo tipo de familia y el modelo conyugal-nuclear, aunque sigue vigente, no es el único que domina el panorama de Nuevo León, ya que coexisten familias extensas y compuestas. Es notorio el número de hogares monoparentales, particularmente de aquellos encabezados por una mujer; destaca también un número importante —y todo indica que creciente— de familias reconstruidas, debido en buena medida al incremento de las tasas de divorcio y de separación. De tal suerte, tenemos que: • Sólo 4 de cada diez son familias nucleares completas (padres e hijos viviendo en la misma casa), lo que demuestra que el estereotipo de la familia “normal” no se ajusta completamente a la realidad. 7.4% de todos los hogares son no familiares. La mayoría de estos son unipersonales. Dependiendo la forma en que sea percibida la jefatura del hogar, las familias monoparentales constituyen entre el 13.7% y el 18.7% de todas las familias. En 130 hogares hay al menos una madre soltera (en 5 de estos hogares hay dos madres solteras). Esto equivale a 4.9% de todos los hogares. En 109 hogares hay un hombre divorciado o separado y en 11 hogares 2 hombres divorciados o separados. En 247 hogares hay una mujer divorciada o separada, en 13 dos mujeres y en un hogar hay tres divorciadas o separadas. En 357 hogares vive al menos un hombre o mujer divorciado o separado (13.3% del total de hogares).

• • • • • •

22 Aunque cabe señalar que la población rural del estado está ampliamente dispersa, pues de las 5,218 localidades del estado, el 93.5% se encuentran fuera de la zona metropolitana de Monterrey (INEGI, 2006).

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La relación de divorcios por cada cien matrimonios de Nuevo León casi duplica a la que se observa a nivel nacional.

El incremento en el divorcio y la separación está generando fenómenos emergentes en el contexto neoleonés. Por un lado, los hogares monoparentales encabezados por una mujer cada vez más están conformados por mujeres separadas o divorciadas y tienden a reducirse proporcionalmente los que están constituidos por viudas. Por otro lado, cada vez hay más familias reconstituidas, en las que los hijos tienen un padre biológico y uno no biológico. Aunque no necesariamente consideramos al divorcio como un “problema social”, reconocemos que está asociado con una compleja problemática que implica a los ex cónyuges y a los hijos, así como a otros parientes y amigos y que puede incidir en la vida cotidiana de las personas. Al mismo tiempo la población está envejeciendo y consecuentemente hay cada vez más hogares unipersonales y más familias en la que al menos uno de sus miembros es un adulto mayor. • En 684 hogares al menos un adulto mayor (25.6% del total de hogares). • • En 403 hogares hay un adulto mayor (65 años y más) varón, y en cuatro hogares 2. En 492 hogares hay una mujer adulta mayor (65 años y más), y en cuatro hogares 2.

Tal situación impone serios retos a las políticas sociales en materia de familia y de bienestar de la tercera edad, pues, entre otras cosas: • Con el envejecimiento poblacional se da una transformación radical de las causas de morbilidad de la población. Se incrementan las enfermedades crónicas y degenerativas y aumenta la población envejecida discapacitada y dependiente. La mayoría de las personas que alcanzan edades avanzadas llegan finalmente a un período de pérdida de bienestar y autonomía permanente e irreversible, justo a causa de la edad (Ham, 1999). En consecuencia, cada vez habrá más demandas de servicios especializados23. • Actualmente, con una población escasa de viejos, no tenemos un sistema suficiente para responder a sus necesidades. La responsabilidad recae principalmente en la familia. • Dado que la dinámica demográfica seguirá mostrando tendencias en la reducción de la natalidad y mortalidad, las responsabilidades de muchas familias mexicanas se verán reducidas para con sus hijos (tendrán menos hijos) y aumentadas para con sus padres (los abuelos). • En un contexto de globalización económica y de retiro paulatino del Estado Benefactor, existe una preocupación por los costos sociales y económicos que puede significar el envejecimiento de la población. La realidad de los países desarrollados
23 Las enfermedades de los viejos tienen repercusiones en su entorno familiar (cfr. Salvarezza, 1998). No es sólo el viejo quien necesita ayuda, sino la familia, ya que muchas de ellas sienten que no tienen las habilidades ni la tolerancia para ocuparse de sus ancianos cuando estos llegan a un estado de deterioro físico y mental. Las familias manifiestan con frecuencia la necesidad de contar con ayuda profesional, para atender mejor a sus viejos y para descargar en ellos parte de la responsabilidad.

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nos muestra con claridad que el cambio en las estructuras demográficas está colocando sobre las espaldas de un sector productivo cada vez más reducido la responsabilidad de soportar a una proporción creciente de población “no productiva”. En tales circunstancias, algunos temen las presiones que una población creciente de viejos puede ejercer sobre los sistemas de seguridad social y sobre el costo financiero que los sistemas de salud tienen por ser solicitados intensivamente por las personas mayores (las cuales ya no contribuyen al financiamiento de tales sistemas). • Además, existe evidencia de que un sector significativo de adultos mayores son víctimas de la violencia (Mancinas y Ribeiro, 2009). • Cuando se dice que las familias se ocupan de sus ancianos, en realidad significa que son las mujeres de las familias quienes lo hacen24. ¿Cuál será el efecto de la mayor participación femenina en los mercados de empleo sobre los cuidados y atenciones a los adultos mayores? • Es posible esperar que cada vez los hijos tendrán más dificultades para mantener a sus viejos y la responsabilidad se compartirá entre menos hermanos, debido a la reducción en las tasas de fecundidad. • Existen evidencias que indican que no todos envejecemos igual. La “condición” del adulto mayor es distinta según su nivel de riqueza o pobreza, su género, su situación de empleo (actual y pasada) y su situación familiar (vivir o no en familia, tener o no hijos, etc.). Es preciso decir que los viejos no son sólo “solicitadores” de servicios, sino que también juegan un papel importante en muchas familias como soporte emocional y como complementos (y a veces substitutos) de sus hijos en la tarea de ocuparse de los nietos. Cuando los contactos intergeneracionales persisten con intensidad, los abuelos son un valioso recurso para las familias, en cuanto proveedores de afecto hacia los niños, pero también como apoyo indispensable para muchas madres trabajadoras que no cuentan con servicios de guardería o que no desean “encerrar” a sus hijos en instituciones durante períodos que con frecuencia pueden sobrepasar ocho o diez horas diarias. En otro orden de ideas, diversos indicadores nos sugieren que, en su evolución, las familias de Nuevo León están siguiendo los pasos de las de algunos países desarrollados de Occidente, aunque están ocurriendo tres o cuatro décadas más tarde. No obstante, los cambios que se observan están atravesados por ambivalencias y ambigüedades, ya que en una sociedad tan desigual y diversificada como la nuestra existen fuerzas que favorecen la permanencia y otras que empujan al cambio. En consecuencia, las familias experimentan tales cambios de manera diferencial según sus características sociales y económicas. Así por ejemplo, si bien se nota desde hace al menos cuatro décadas una tendencia generalizada hacia la reducción de la natalidad, ello no se da de igual manera entre los diversos estratos
24 Decimos esto porque en casi todos los países latinoamericanos, dada la predominancia de estructuras de tipo patriarcal y la deficitaria condición social de las mujeres, han sido éstas, más que las familias, las principales responsables de los cuidados prodigados a los ancianos.

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sociales. Las personas de estratos más desfavorecidos y menos escolarizados tienen promedios de hijos mucho mayores que las de posición socioeconómica más ventajosa. Las mujeres de nuestra muestra tienen, en promedio, 3.2 hijos, pero si dividimos a las mujeres según su nivel de escolaridad (el cual está significativamente correlacionado con el nivel socioeconómico), observamos que hay diferencias importantes entre las menos escolarizadas y las que permanecieron más años en la escuela. Los datos también muestran que se está incrementando la participación femenina en los mercados de empleos y de manera más específica está creciendo la participación de las mujeres casadas en trabajos extradomésticos. Pero al mismo tiempo se está agrandando la cantidad de horas que las mujeres trabajan por semana, lo que sugiere que cada vez más mujeres tienen empleos de tiempo completo. A pesar que se observa una tendencia en la que los ingresos de los varones son superiores a los de las mujeres, también notamos que en tres de cada diez casos los ingresos de ambos cónyuges son similares y que hay una proporción significativa, que oscila entre un 15% y un 29.5%, en los que la mujer gana más que el varón. Tal situación seguramente está teniendo un impacto significativo en la alteración de las relaciones de poder al interior de las parejas conyugales, por lo que se puede prever que se reducirá paulatinamente la enorme asimetría que históricamente ha caracterizado las relaciones de género en nuestro estado. La encuesta nos ha mostrado que, en términos generales, existe una mayor aceptación del trabajo extradoméstico femenino, tanto entre la población masculina como entre la femenina. La tradicional oposición al trabajo de las mujeres fuera de casa se ha reducido de manera notoria, aunque sigue estando acotada por ciertas condiciones relacionadas con los papeles tradicionalmente asignados a las mujeres, específicamente aquellos que se refieren a la maternidad y a las obligaciones que la acompañan. De tal suerte, por un lado parece haber un consenso en cuanto al derecho que tienen las mujeres de tener un empleo remunerado y ganar tanto dinero como su cónyuge, aunque por otro lado se observa una oposición aún importante cuando dicho trabajo se presenta en casos en los que la familia tiene hijos pequeños, cuando la mujer tiene que viajar, cuando se percibe que ella descuida la casa, e incluso cuando el salario del esposo es suficiente para sostener a la familia. Si bien los datos de la encuesta muestran que existe una mayor participación masculina en la realización de tareas domésticas que la que había sido observada apenas hace unos ocho años en la ciudad de Monterrey, y que se ha reducido sustancialmente el número de horas que las mujeres dedican semanalmente a dichas tareas, lo cierto es que la principal carga doméstica recae todavía en las mujeres. Lo anterior puede estar relacionado con los cambios que se observan en las actitudes que tanto hombres como mujeres mantienen en relación con los papeles sexuales en función del género. Aunque existe evidencia de la persistencia de algunas concepciones estereotipadas y consistentes con una estructura patriarcal de la familia, encontramos que en la mayoría de los casos se perfila una tendencia hacia la equidad en términos de la ideología de género, sobre todo entre quienes tienen mayor escolaridad. Tal situación se refiere a diversas dimensiones de los papeles que tradicionalmente han desempeñado hombres y mujeres, entre ellos los que se refieren al trabajo, tanto doméstico como extradoméstico.

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En lo que se refiere a la vivienda, encontramos que en 8 de cada diez casos la casa en la que habitan las familias es propia, lo que refleja una situación favorable si se compara con la mayor parte de las entidades federativas del país. Además, la mayoría de las casas están construidas con materiales sólidos y cuentan, en promedio con 3.5 habitaciones, sin contar la cocina. Aunque en medios rurales las viviendas son más pequeñas que en las zonas urbanas. Un hallazgo importante que obtuvimos en la encuesta se refiere a la opinión que tienen los entrevistados acerca de la participación de los hijos en las tareas del hogar y su participación en el sostenimiento del mismo. La mayoría de los entrevistados de ambos sexos (y de medios rurales y urbanos) consideran que los hijos deben ayudar en las tareas de la casa, independientemente de su sexo. Esto nos parece importante, pues en el estereotipo asociado con la familia tradicional se reservaba esta actividad a las hijas más que a los hijos varones. Ello parece ser producto de la tendencia observada hacia una mayor consciencia de la equidad de género. Nueve de cada diez piensan que los hijos deben comenzar a ayudar con los quehaceres domésticos a los doce años o antes, y la mitad de estos consideran que deben hacerlo a los 7 años o más temprano. También predominan quienes opinan que los hijos deben trabajar para ayudar en el gasto familiar, aunque este es el caso de 2 de cada tres entrevistados. En este caso se nota una diferencia en las opiniones según el grado de escolaridad, aunque cabe decir que incluso entre quienes tienen mayor escolaridad, la mitad creen que los hijos deben trabajar para ayudar con los gastos de la casa. La mayoría opina que la edad a la que deben comenzar a trabajar es después de los 16 años, aunque entre los más escolarizados existe una proporción mayor que creen que deben hacerlo después de los 19 años. A pesar de que la mayor parte de los entrevistados consideran que los hijos no deben dejar de trabajar aunque las necesidades de la casa sean muy grandes, una proporción significativa opina que sí deben hacerlo, siendo la proporción de quienes así lo creen de 8.7% entre los más escolarizados y de 32% entre quienes menos años asistieron a la escuela. Evidentemente ello pone en riesgo a los jóvenes que pueden ser presionados por sus familias para dejar la escuela, apremiados por las necesidades económicas, lo cual ocurre con más frecuencia entre quienes tienen menos escolaridad y un nivel socioeconómico más bajo. Los datos relativos a las relaciones intrafamiliares nos indican que, en la mayor parte de los casos, existe armonía entre los esposos, entre los padres y los hijos y entre los jefes de hogar y sus familias de origen, incluyendo a los padres de sus cónyuges (suegros). Existen evidencias de una bastante fuerte solidaridad familiar, que se refleja, por ejemplo, en el hecho de que la mitad de los entrevistados recurren a un familiar cuando necesitan dinero. Son muy pocos quienes aseguran que no se dan cariño en sus familias y, en general, la mayoría considera tener una buena y feliz relación conyugal. La mayoría de los entrevistados de ambos sexos consideran que existe una buena comunicación conyugal y son relativamente pocos quienes aseguran que discuten con frecuencia con su pareja; además, son reducidos los casos en los que se percibe que existen obstáculos para la comunicación, destacando entre los más importantes la atención a los hijos y la televisión. Las personas más significativas en el entorno familiar son los cónyuges, los hijos y los padres, es decir los parientes más cercanos en línea directa. Aunque para los varones 108

destaca como persona más significativa su pareja, mientras que las mujeres señalan más a sus hijos. En más de la mitad de las ocasiones la autoridad familiar es compartida, aunque en ciertos aspectos existen proporciones significativas en los que el hombre o la mujer declaran que son ellos quienes toman prioritariamente la decisión. Así, casi la tercera parte de las mujeres asegura que ella toma sola la decisión en lo que se refiere a castigar a sus hijos cuando se portan mal y dos de cada diez respondieron que ellas deciden solas cómo utilizar el dinero (sin contar el gasto diario). Para los varones, el área de mayor autonomía en las decisiones lo constituye la que se refiere a escoger el lugar para vivir, donde la proporción es de 18.2%. Finalmente, los datos de la encuesta permiten observar que, en general, son muy pocos los casos en los que las personas que respondieron la encuesta, y que estaban casadas o unidas en el momento de la entrevista, reconocieron que hay conflicto o violencia entre la pareja.

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