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cultura politica de las élites en Bolivia

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Debemos considerar ahora la presencia de movimientos cívicos de
apelación regional, siendo los más visibles los de Santa Cruz y Tarija,
con un discurso autonomista similar en el uso de dicha expresión con
algunos del mundo andino (en particular el aymara), empero muy dis-
tintos en su composición social, por lo menos en lo que hace a su lide-
razgo. La descentralización realizada en el nivel municipal y sus visibles

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Cultura política de las élites en Bolivia (1982-2005)

limitaciones en el nivel “meso”, que se ha mantenido con predominio
de los partidos políticos de las sucesivas coaliciones de gobierno, ha
reavivado una vieja demanda cruceña y de los departamentos sureños y
del país (Cf. Roca 1999a y Rodríguez 1993), con la perspectiva de las re-
galías que producirá la deseable exportación del gas, que en su inmensa
mayoría se halla en el subsuelo del departamento de Tarija, y que hoy es
parte de la agenda de primer orden de la política boliviana.
Ya en el pasado cercano los cívicos tuvieron un rol importante en la
democracia, aunque con el predominio social señalado (Laserna 1985).
Aquí el tema no es la oposición al régimen de autonomías, ni siquiera el
aporte del Estado boliviano al desarrollo cruceño, reconocido por estu-
diosas nacidas allí (Sandoval et al. 2003, entre otras), sino el posiciona-
miento de la temática y los énfasis que se dan en un momento de crisis.
La expectativa de administrar recursos directamente, como son las
regalías, ha dado lugar a un creciente acercamiento del comité cívico ta-
rijeño al discurso hegemónico del cruceño. Veremos a continuación dos
momentos del discurso reciente de las élites principalmente de ambos
departamentos. Uno es inmediatamente anterior a la crisis de octubre
de 2003, mientras que el otro es inmediatamente posterior y va hasta
el referendo de julio de 2004. El comité cruceño, en voz de uno de los
representantes de la “Nación camba”, antiguo titular de la organización

cívica y actual colaborador del prefecto cruceño, de nítida infuencia en

ella, ha formulado un estridente discurso de descentralización (Dab-
doub 2003a: 98) “El gobierno de un Departamento autónomo, gozará
de soberanía y se desenvolverá de acuerdo a un estatuto de autonomía
política-administrativa y territorial”, con claras preocupaciones sobre
los recursos naturales: “En caso de concesiones hidrocarburíferas o mi-
neralógicas, los departamentos propietarios, recibirán, en compensación por
su explotación, el 50% de las rentas que reciba el Estado central” (op. cit.:
99, énfasis nuestro). El trabajo del entonces representante del Comité
Cívico Tarijeño, y en este momento senador de oposición, se extien-

La reforma del Estado y las élites ¿Nuevo bloque histórico?

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7 Algunos poco consistentes, como el crecimiento “notable” de la renta interna
generada en Tarija entre 1992 y 2001. El autor toma allí (Ruiz B.W. 2003: 116-7)
los años 1992 (2%) y 2000 (3,7%), pero visto con atención, tal crecimiento es muy
inestable pues en 1995 cae a 1,75% y en 2001 a 1,97%, según el dato preliminar
del INE reportado en el mismo cuadro.

de generosamente en cifras y cuadros7

con preocupaciones similares a
las del anterior, pero postulando algo más modesto: “Estado Nacional
Unitario con Departamentos Autónomos y zonas de autonomía cul-
tural con base territorial para las comunidades originarias” (Ruiz B. W.
2003: 153).

Antes de ver su intervención en el periodo que estamos analizando,
completemos nuestra interpretación de fondo del discurso (y conse-
cuente práctica) de los actores citados. En Dabdoub, luego de un valio-
so recuento histórico (en el que olvida que la “marcha hacia el oriente”
no fue sólo una fórmula, sino el esfuerzo económico más importante
del Estado nacional proyectado desde la Revolución Nacional) utiliza
categorías como “colonialismo interno” (Dabdoub 2003: 68 ) y acude
a los artículos 171 y 1 de la CPE (op. cit.: 90) para apoyar el “derecho de
todos los pueblos y culturas de Bolivia” para ejercitar la autodetermi-

nación. Quien lea el artículo 171 no puede obviar que se refere a los

pueblos indígenas y a sus derechos colectivos materiales y culturales en
una suerte de ideal de justicia compensatoria, porque existe por lo
menos en el espíritu de la Constitución un ideal de reparación con
los que aun ahora son desfavorecidos (“indígena” es casi como sinóni-
mo de “pobre” en nuestro país, con las estadísticas que se quiera). Pero
estos mismos pobres son mencionados cuando así conviene: “Algunos
podrán pensar que nos queremos divorciar de los más pobres, como si
fuéramos los más ricos, pero no podemos omitir que casi un millón de
miserables acosan nuestras periferias urbanas...” (Dabdoub 2003: 94).
Paradójicamente, ese casi millón cuenta a la hora de hablar del peso es-

pecífco en términos demográfcos de Santa Cruz o el “oriente”.

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Cultura política de las élites en Bolivia (1982-2005)

El representante tarijeño no tiene mejor disposición ante los pueblos

indígenas. Se vale de los datos sobre autoidentifcación étnica del CNPV

2001 y establece curiosos paralelismos. En primer lugar, que el 38% que
contesta “ninguno” se trata de mestizos, es decir, “lo ‘boliviano’ propia-
mente dicho o para decirlo parafraseando a René Zavaleta, aquello que
quedó intramuros, cercado por el malón de la indiada” (Ruiz B. W. 2003:
112), que luego son rotulados como “occidentales”. Como si dijéramos,
de mestizos a “puros”.
En una palabra, los movimientos regionales de Santa Cruz y Tarija
se han etnizado o convertido al discurso etnicista. Esta situación es distin-
ta de la etnogénesis de la que hablan los antropólogos, y que también
ocurre aquí. Ésta consiste en la adhesión de miembros que hasta hace
algún tiempo ya habían perdido o no se sentían interpelados por una
identidad étnica con la que su grupo familiar tiene vínculos que se reac-
tualizan, mientras que a los que nos referimos están permeados y/o
enarbolan argumentos de identidad étnica con claros propósitos de ser-
virse del espacio de dimensión ética que los pueblos indígenas (minorías
en otras latitudes) han conseguido en la sociedad, para aprovechar de su
correlato con derechos de excepción obtenidos en atención a injusticias
históricas reconocidas.
Por lo anterior resulta poco congruente un discurso de este tipo
en el movimiento regional cruceño. Alguna vez hemos escuchado a un
respetado historiador con simpatías por la identidad cruceña8

, al calor
de una discusión para mejorar la descentralización en el nivel “meso”

8 Don José Luis Roca. Ideas similares expone en una entrevista a cargo de Diego
Ayo (2004: 272) “[...] admito que tiene el correspondiente libro un sesgo
sentimental y afectivo a favor de Santa Cruz [...] La epopeya cruceña bolivianista,
civilizadora y de gran alcance geopolítico es una página brillante de la que todos
los bolivianos deberíamos estar orgullosos. Si mi libro ha servido para dar un
fundamento teórico al movimiento llamado “Nación Camba”, ciertamente me
sentiría orgulloso de que fuera así pues, para mí, nación es sinónimo de etnia.

La reforma del Estado y las élites ¿Nuevo bloque histórico?

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(departamental, regional o “prefectural”), afrmar que estaba dispuesto

a elaborar un escudo “con yelmo y arcabuz para la etnia cruceña-hispá-
nica” para asegurarse el derecho a “tener un TCO”.
Así, mientras que la “etnia” es un concepto que permite superar el
de “raza”, con los evidentes límites biológicos de esta última, no hubo

mayores reparos a fnales del siglo XIX y comienzos del XX para que

las élites de Bolivia, incluidas las cruceñas, que desde la autocomplacida
percepción de “raza superior” tenían conocidas expectativas sobre la
extinción de “los indios”; Hoy algunas de ellas parecen estar postu-
lando que son otra etnia, para disputar los pocos logros conseguidos
socialmente en términos de justicia para los discriminados de un largo
pasado. Es interesante notar que con los cambios en la correlación de

fuerzas que se evidenció con la victoria de Evo Morales a fnes de 2005,

el énfasis del discurso de las autonomías desde los departamentos de
tierras bajas está más centrado en la “universalidad” (para todos los de-
partamentos, pero sólo para éstos) de la propuesta, antes que en la espe-

cifcidad cultural-regional, en el fn de posicionar un proyecto opositor.

Sin embargo, la identidad cruceña ha reemergido como un recurso
político ya no únicamente de un segmento que podemos asociar a las
élites, sino como en expansión por la vía del énfasis de ciertos elementos
distintivos que pasan por el contraste con el centralismo estatal como
rémora para el desarrollo y la modernización. Estas y similares conclu-
siones de un valiosos estudio centrado en la construcción identitaria
del “ser cruceño” y en el actual momento político (Peña y Jordán 2006)
son convergentes con las aquí presentadas, más allá de las diferencias
metodológicas que pueda haber.

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